Thursday, June 18, 2026

JULIÁN ORBÓN: UNA MIRADA RETROSPECTIVA A SU ORIGINAL ESTILO. (*)

Por Ana Gabriela Fernández (**)

Julián Orbón con el clavecinista Rafael Puyana, Nueva York, 1960.
(Archivo Julián Orbón, Lilly Library, Bloomington, Indiana University)

Julián Orbón constituye, aún en la actualidad, uno de los notables enigmas en la historiografía musical cubana y española. El conocimiento que existe en torno a la obra creativa de este compositor, pianista y ensayista es todavía escaso. Descendiente del matrimonio integrado por la pianista cubana Ana de Soto, y el pianista, profesor y compositor de origen asturiano, Benjamín Orbón, naturalizado cubano y fundador del Conservatorio Orbón en la Isla, Julián Orbón de Soto nace en Avilés, Principado de Asturias, el 7 de agosto de 1925; emigra a Cuba por decisión paterna a los 15 años y vive allí durante dos décadas.

Tras el triunfo de la revolución cubana, el 1o de enero de 1959, por la incompatibilidad de su pensamiento respecto del curso tomado por ese proceso y su aversión, no al cambio social, sino a un movimiento revolucionario que dividiera a los cubanos,[1] el compositor parte hacia México a la edad de 34 años, junto con su esposa e hijos, en noviembre de 1960. Gracias a las diligentes gestiones de Carlos Chávez, el gobierno mexicano, encabezado por el presidente Adolfo López Mateos, le había expedido una invitación para trabajar como asistente en el Taller de Creación Musical del Conservatorio Nacional.

Nadie puede asegurar que la estancia de Orbón en México prometía en aquellos momentos un carácter definitivo. Bien pudo tratarse de un período de expectativa, en cuyo inicio abrigó cierta esperanza de retornar a Cuba. Pero, en abril de 1961 el proceso revolucionario acabaría por radicalizarse con la declaración pública de su carácter socialista, y la revelación oficial a Cuba y al mundo de su ideología ateísta y marxista leninista, preceptos incompatibles con las convicciones orbonianas. A finales de aquel año, la condición de migrado del compositor ya no dejaba lugar a dudas para las instituciones oficiales de la Isla. Aunque nunca obtuvo la ciudadanía cubana, su esposa e hijos sí habían nacido en Cuba, y la promulgación de una nueva resolución fijaba plazos para el retorno de aquellos cubanos que habían salido del país; términos, que una vez incumplidos, como ya era en el caso de la familia Orbón, los convertían de manera automática en emigrantes definitivos, y por tanto los estigmatizaban como apátridas y traidores, despojados de la posibilidad de regresar o visitar la Isla, una situación que se extendió por más de dos décadas para todos los cubanos que se habían marchado del país en aquella época.

Después de varios años residiendo en la capital mexicana, Orbón se trasladó de manera permanente a los Estados Unidos de América a finales de 1963. Todo parece indicar que en México no halló las condiciones propicias para su desarrollo profesional y su bienestar espiritual y económico. En los Estados Unidos se vislumbraban otras oportunidades, en correspondencia con lo que ya había ocurrido durante su estancia en Cuba: becas, encargos de obras y estrenos de su música. El retorno a España no constituía una opción; allí su obra era totalmente desconocida y por ello no se reconocía su trascendencia. Durante el tiempo en que vivió en Estados Unidos, viajó a España en varias ocasiones. Sin embargo, cuando falleció el 20 de mayo de 1991 en el país del norte, nunca más había vuelto a pisar suelo cubano. En correspondencia con su última voluntad, sus restos mortales reposan en el cementerio La Carriona de su ciudad natal.

Frente a esta situación, el compositor se ha erigido como un ente autónomo, con caracteres que podrían parecernos contradictorios cuando, en realidad, son más bien complementarios, si observamos cuidadosamente su biografía. Es oportuno preguntarse si el nombre de Julián Orbón remite al de un compositor cubano o al de un compositor español emigrado a Cuba. Repasemos algunos datos. Por sus orígenes, el músico fue mitad asturiano y mitad cubano. Aunque nació en Avilés y mantuvo hasta el final de sus días la nacionalidad española, su identidad hispano-cubana se vería favorecida por la impronta familiar desde su niñez en España y, posteriormente, por su inserción en el contexto cultural de la Isla durante su adolescencia y adultez, adonde emigró por causas familiares para reencontrarse con su padre.

En estas tierras debuta como pianista en la Academia Nacional de Artes y Letras –uno de los escenarios culturales más selectos y lujosos del país– y fue elogiado por importantes intérpretes y compositores cubanos, entre ellos Joaquín Nin Castellanos, Alberto Falcón y Olga de Blanck. También concluye sus estudios de música en el plantel familiar, se inicia en la composición, aborda la creación ensayística y ejerce la pedagogía musical, como profesor de piano y director del Conservatorio Orbón y sus más de doscientas filiales. Así mismo se integra a dos asociaciones de intelectuales y artistas de avanzada, el Grupo de Renovación Musical, un pequeño núcleo de jóvenes compositores[2], y Orígenes, integrado por destacados intelectuales, escritores y artistas cubanos.[3]

Al ser considerado un disidente en la Isla, su figura y su obra fueron casi borradas del relato historiográfico del país. El manto de silencio que cubrió a su persona y su legado, trajo como consecuencia la escasa producción en Cuba de investigaciones y trabajos musicológicos en torno a él. Destaca de manera especial la ausencia de estudios centrados en su periodo creativo inicial, cuando Orbón integra el Grupo de Renovación Musical. A esta circunstancia también contribuye la pérdida de casi todas las obras concebidas por él durante esta época, así como la propagación, después de su partida de la Isla, de ciertos criterios que estimaban su obra irrelevante para la cultura nacional por su ideología española y porque no estaba compenetrada con el medio socio-cultural cubano.[4]

No obstante estos últimos juicios, muchos de los rasgos del estilo personal desarrollado por Orbón a lo largo de su futura carrera creativa, significativos no solo para la música de España sino de Cuba e Hispanoamérica, se hallan en las primeras obras creadas por él en el entorno estético ideológico del mencionado grupo al que pertenece entre 1942 y el 18 de mayo de 1945. El hallazgo del Capriccio concertante para orquesta de cámara (La Habana, 1943-1944), una obra considerada perdida, ha permitido el conocimiento y examen de una pieza que nos revela cómo la originalidad del estilo orboniano nace desde esta etapa y no en las piezas posteriores, como aseveran algunos estudiosos.

Julián Orbón en el Grupo de Renovación Musical de Cuba

El Grupo de Renovación Musical se funda en 1942 en el entorno heterogéneo de la creación musical de concierto de la Isla, caracterizado por la composición de obras de disímiles estilos y tendencias, muchas alineadas al romanticismo, con influjos del impresionismo o fuera de cualquier orientación estética definida y un lenguaje de estilo antiguo o tradicionalista. En este ambiente se trabajan la ópera, el poema sinfónico, el oratorio, las piezas de estilo y los ciclos de piezas del romanticismo, pero casi no se cultivan formas clásicas como la sonata, el cuarteto de cuerdas, la sinfonía; tampoco la canción polifónica o el lied. Así mismo, la mayoría de los compositores del medio rechazan las obras musicales modernas, o se caracterizan por la falta de preparación técnica, el empirismo y rapsodismo.

El grupo está integrado casi en su totalidad por los más aventajados discípulos del Conservatorio Municipal de La Habana, reunidos en torno a la cátedra de composición dirigida por el maestro de origen catalán José Ardévol.[5] El objetivo fundamental de esta asociación es instituir la escuela cubana de composición y darle un giro innovador a la creación musical adentrándose en la modernidad, así como poner al día los gustos de las audiencias, anquilosados en la estética del siglo XIX.

La aspiración de progreso del colectivo se centra en un arte que mira hacia el pasado, pero no al ochocentista con el que no se identifican los noveles compositores, sino al de épocas anteriores; continuando con un lenguaje moderno las más antiguas tradiciones de la música culta occidental. La elección de las formas clásicas marca el punto de inflexión respecto al contexto nacional y define la fisonomía particular con la que se proyecta el colectivo. A esto se añade la apropiación y defensa del neoclasicismo, como el valor artístico y la dirección estética en la que debe avanzar la producción musical; y en particular del neoclasicismo español o clasicismo moderno, corriente que considera sus propias vueltas o "retornos" al pasado con la finalidad de recuperar y conciliar de las tradiciones cultas y populares de la música de España,[6] como reflejo de las indiscutibles influencias de este último país en el contexto de la Isla durante esta época.

El programa del grupo cubano, a semejanza de la línea del neoclasicismo español y a diferencian del neoclasicismo francés o el neoclasicismo en boga a inicios del siglo XX, también maneja la avenencia entre las prácticas de la música culta, y la popular y folclórica. Sobre este fundamento valora y canoniza la creación neoclásica de Manuel de Falla (de las piezas El retablo de maese Pedro y el Concerto per clavicembalo (o pianoforte), flauto, oboe, clarinetto, violino e violoncello) como el foco del ideal español y el prototipo de la universalidad; junto a la piezas de Igor Stravinsky como el ballet Pulcinella y la Sinfonía de los salmos.[7]

Estas ideas conformaron el ambiente en el que surgen las primeras obras orbonianas, pues la fase inicial del joven compositor es sincrónica a sus primeros estudios con Ardévol y sus vínculos con dicho colectivo. No obstante la diversidad de intereses y matices en las individualidades de los miembros del grupo, la ideología de este último se conforma con los rasgos aportados por sus integrantes y también, de manera recíproca, le contribuye a estos reflejándose en sus naturalezas creativas. Por estas circunstancias, no es posible comprender a Orbón en la época que compone el Capriccio..., desarticulado de la asociación que integra.

Aunque este compositor no pertenece al Conservatorio Municipal como la gran mayoría de los miembros, se afilia a esta sociedad por su condición de discípulo aventajado de Ardévol. Sin embargo no hemos hallado referencias que permitan precisar si era estudiante de composición del Conservatorio Orbón donde Ardévol también impartía esta carrera; o si recibía de este maestro clases particulares desligadas del plantel familiar, o bien ambas cosas, es decir, un alumno de esta escuela con un tratamiento diferenciado debido a los estrechos vínculos de Ardévol con Benjamín Orbón y su conservatorio. A pesar de estas imprecisiones, todo indica que el joven Orbón comienza a formarse con Ardévol después de graduarse como profesor de piano, solfeo y teoría de la música en el plantel familiar en 1941.

Figura 1: Algunos miembros del Grupo de Renovación Musical. De izquierda a derecha: Serafín Pro, Edgardo Martín, Julián Orbón, Hilario González, Virginia. Fleites, Harold Gramatges, el pianista Alberto Fernández y Juan Antonio Cámara. Lyceum y Lawn Tennis Club del Vedado, La Habana, 1943. Fondos del Museo Nacional de la Música, La Habana.

El Capriccio concertante: "La Habana, (1943), Enero, (1944)”.[8]

Entre la obras compuestas por Orbón durante su permanencia en el grupo se halla el Capriccio Concertante, pieza cuyo manuscrito autógrafo encontramos atesorado en los fondos del Museo Nacional de la Música en La Habana. El hallazgo de esta partitura –el único ejemplar de la obra localizado al día de hoy–, vino a refrendar nuestra idea de que los orígenes del estilo personal desarrollado por Orbón datan del período en que integra el grupo de La Habana.

La composición del Capriccio… es iniciada en algún momento del año 1943 y concluida en enero de 1944. Es la única obra de música de cámara con piano encontrada hasta el presente, y la segunda de esta etapa creativa orboniana con que se cuenta –además de la Tocata para piano (1943)–, pues el resto de su creación entre 1942 y 1945 se halla extraviada, o fue destruida por el compositor.[9]

El Capriccio... está estructurado en tres movimientos sucesivos, contrastantes en tempo y carácter, con la alternancia de tiempos rápido-lento-rápido. El primero y segundo tiempos no presentan títulos particulares, sino las indicaciones agógicas respectivas de Allegro y Adagio; a diferencia de la tercera y última parte, un Allegro vivace, giocoso e incisivo de gran fuerza rítmica, que ostenta el epíteto de “Final. Danza”. Está concebido para una agrupación camerística de piano, flauta, oboe, corno inglés, clarinete en sib –solo para la última parte–, fagot, 4 violas, 2 violonchelos y contrabajo.

 

Figura 2.- Fragmento del I Allegro, compases iniciales de la obra (cc. 1-3). Orbón, Julián. Capriccio concertante, partitura autógrafa, Fondos del Museo Nacional de la Música, La Habana.

A semejanza de las diferentes maneras concertantes de las obras neoclásicas que le antecedían, Orbón empleó en el Capriccio… una retórica cercana a la de los concerti grossi, motetes, fantasías y sinfonías concertantes de compositores barrocos y clásicos, con la delimitación de dos grupos instrumentales contrapuestos, o de varios componentes solistas en igualdad de jerarquías, pero alejados del protagonismo característico de un concierto. Ambos procedimientos fueron yuxtapuestos y mezclados por este compositor en los distintos movimientos de la pieza.

El carácter concertante del primer movimiento Allegro se distingue por la conducción de dos grupos de instrumentos, uno de menor tamaño y marcado carácter solista, integrado por los vientos madera (corno inglés, oboe y flauta), que en el discurso musical se halla en contraste con otro mayor, formado por las cuerdas (contrabajo, dos violonchelos y cuatro violas), piano y fagot. No obstante esta disposición, cualquiera de los instrumentos mencionados es tratado como solista en determinados momentos del discurso musical, con independencia del grupo al que esté vinculado.

El Adagio siguiente fue concebido mediante la conducción de los grupos instrumentales mencionados, pero esta vez con discursos que se contraponen durante todo el movimiento, sin valerse del tratamiento solista individual en momento alguno. En el Final, aunque se mantienen aquellos grupos, el menor de ellos es incrementado con el clarinete en sib, y la oposición entre los dos grupos se alterna con intervenciones solistas de corta duración a cargo de varios instrumentos de la orquesta.

El estreno de la pieza se realiza en una de las presentaciones habituales de la Orquesta de Cámara de La Habana bajo la batuta de José Ardévol, en esta ocasión junto al pianista Oscar Lorié, en la sala del Lyceum y Lawn Tennis Club de El Vedado el 21 de junio de 1944. Algunas de las particularidades del Capriccio... se dejaron entrever en la crítica efectuada por Alejo Carpentier a este concierto:

La revelación del concierto había de ser el Capriccio concertante para orquesta de cámara de Julián Orbón […], esta obra es de las que dejan huella en el espíritu por la seriedad de su concepción y la altura de sus miras. Orbón nos ofrece breves remembranzas, evanescentes, escurridizas, que acaban por crear una verdadera «atmósfera» musical, dotada de un indiscutible acento nuestro… y sin embargo, ajena a todo documento tradicional. Hay carácter americano, obtenido por la intuición de la sensibilidad. Este problema planteado y resuelto, honra el talento creador de Julián Orbón.[10]

El entusiasmo de Carpentier, notorio al compararlo con otras críticas suyas también positivas a composiciones anteriores de Orbón, permite concluir el significado que tuvo entonces la obra no solo en el contexto de la producción musical del grupo, sino en relación con lo concebido por Orbón hasta aquel momento. Como podemos apreciar en las valoraciones arriba citadas, los logros en el Capriccio…se hallan tanto en el aspecto artístico como en el empleo de un lenguaje musical de esencia americana, calificada por Carpentier como de “acento nuestro”. A estos razonamientos podemos añadir la repercusión de la pieza fuera de los márgenes geográficos de la Isla, un hecho pionero para Orbón hasta aquel momento, pues el Capriccio concertante es seleccionado por el Columbia Broadcasting System de Estados Unidos para el programa “Invitación a la música”, y además para el Concierto de Música Hispano-Americana del Berkshire Symphonic Festival, obteniendo los elogios de compositores como Aaron Copland y Alberto Ginastera.[11]

Algunas peculiaridades de la retórica musical del Capriccio...

Los rasgos de estilo y los recursos en la retórica de esta obra que están vinculados al lenguaje objetivo del neoclasicismo son abundantes y diversos, y se hallan simultaneados e interconectados. Vale mencionar entre estos la propensión a la objetividad del lenguaje, la concepción mecánica de los instrumentos, las citas estilísticas de los corales e himnos ambrosianos, y la música culta europea de los siglos XVII y XVIII. También se destaca la corriente del neoclasicismo al estilo español o clasicismo moderno, por las particulares “vueltas” o retornos a los modelos de la música culta y popular del pasado de España, sin repetirlos y conciliándolos desde una perspectiva moderna.[12] Es decir, como una retrospectiva a las antiguas prácticas de la música española, sin calcarlas y desde la óptica del presente del compositor.

Uno de los caracteres que singulariza el discurso musical de la pieza es la ambigüedad modal/tonal que remite a los antiguos comportamientos de la música folclórica española; así como, la utilización del primer tetracordio del modo frigio, en la variante de la escala andaluza con las opciones mayor/menor (por ejemplo, sobre el mib con las opciones mayor/menor: sol natural/solb) que constituye la disposición fundamental en los más arcaicos tipos de cantes jondos.[13] También se subrayan las estructuras de los modos más acostumbrados en la canción y otras manifestaciones de la música folclórica española: el frigio (mi-la-mi), dórico (re-sol-re), eolio (la-mi-la) y mixolidio (sol-re-sol), tomando como centro diferentes sonidos. A esto se añade el manejo del semitono cromático como una figura tópica que apunta a las particulares formas de expresión de los cantos folclóricos andaluces, y también asturianos, refiriendo así mismo la contingencia de las modalidades mayor o menor.

Todo lo anterior aparece bajo una perspectiva moderna, que se patentiza en el uso de la neo modalidad y la polimodalidad,[14] y de intercambios dinámicos entre las tónicas modales e, inclusive, por la indefinición e inestabilidad del lenguaje neo modal y polimodal, debido a la constante referencia a diversos centros modales en la obra. A esto se suma el pandiatonismo[15] observable en la profusión de las disposiciones disonantes diatónicas en algunos fragmentos.

Los retornos se relacionan además con el uso de los recursos de ejecución y las maneras discursivas de los cordófonos de pulsación de la música folclórica española –sobre todo de la andaluza–, en los distintos instrumentos del conjunto de cámara. Entre estas maneras encontramos el manejo de los acordes en bloques o arpegiados, con las consonancias perfectas de las 5.as y 4.as justas que son peculiares en la ejecución de la vihuela y guitarra en la música folclórica española. Un procedimiento puede también homologarse al asumido por Domenico Scarlatti y el padre Antonio Soler, compositores fundamentales en la historia de la música española del siglo XVIII, en sus obras para clavicémbalo. Sin embargo en el Capriccio..., los caracteres antes descritos, aunque son extrapolados a las cuerdas frotadas (contrabajo, violonchelos y violas) y al piano, y se diferencian de las antiguas prácticas (folclóricas y cultas) porque utilizan en la conformación de los acordes, las 5.as y 4.as aumentadas, y no justas, en correspondencia con las características disonantes del lenguaje moderno. A esta práctica se añaden las sugerencias al discurso de la gaita en el baile de gaita o fandango de la música folclórica de Asturias, en las partes de los aerófonos del conjunto de cámara.

Así mismo se destacan las menciones a la retórica de los instrumentos de tecla en las obras españolas del siglo XVIII, por las referencias a los aires populares un recurso peculiar de estas antiguas piezas y los trinos y mordentes característicos del clavicémbalo, que son adoptados también en el discurso de algunos aerófonos. Aparecen además las configuraciones análogas al bajo de Alberti no solo en la ejecución del piano, sino del resto de los instrumentos de la orquesta. Con este recurso, se asemeja en el presente el bajo característico de las obras legadas por Scarlatti y Soler, cuya huella también se encuentra en el Concerto per clavicembalo... de Falla, pieza que constituye uno de los cánones del grupo como ya hemos mencionado.

Sin embargo las sugerencias a este arquetipo de bajo manejadas por Orbón están formadas por distancias melódicas de 7.as y 8.as combinadas con 2.as (estas a veces en sentido escalístico), intervalos armónicos (6.as, 5.as, 4.as, 3as, entre otros) y acordes, un modo de construcción diferente al de los acordes quebrados y arpegiados de este tipo de acompañamiento en la música para teclado del estilo galante y el clasicismo. A lo anterior se adiciona que las insinuaciones orbonianas se manejan más en la M. D, que la M. I[16] en el piano –a diferencia de la práctica habitual del bajo de Alberti–, y a veces ocurren en ambas manos de manera simultánea. También rompen el patrón del modelo estándar (grave-agudo-medio-agudo), mostrando variedad en el orden relativo a las alturas (por ejemplo: grave-medio-agudo-grave, y medio-grave-medio-agudo, entre otras combinaciones), y en los sonidos que les corresponden, pues casi siempre son disímiles y no se reiteran como ocurre por lo regular en el tipo de bajo mencionado.

Otras relaciones que indican el pasado español, se establecen en el manejo de métricas referentes a las diversas expresiones de la música folclórica flamenca. Ejemplo de esto es el uso y la combinación de los compases de dos, tres y cuatro tiempos de subdivisiones binarias, y del asimétrico 5/4;[17] así como la sucesión y simultaneidad de las métricas de tres tiempos binarios, y dos tiempos ternarios. Este último recurso, que es aprovechado con abundancia, apunta además a las más diversas manifestaciones de las músicas folclóricas de distintas regiones de España, entre ellas Asturias, Castilla, León y Andalucía. Ciertos tópicos rítmicos, como las homorritmias de las divisiones ternarias de los tiempos, y el ritmo de tres semicorcheas, semicorchea y corchea (ésta última con un acento adicionado, convirtiendo en fuerte la parte débil del tiempo) son referentes del antiguo zapateado flamenco en 6/8.

La construcción temática del Capriccio... insinúa del mismo modo diversas fuentes musicales precedentes. Algunas están vinculadas al folclor español, como la “Letanía” de las procesiones de la Asunción de la Virgen del poblado asturiano de Llanes, el baile de la gaita o fandango asturiano, y el baile del pandero, registrados por Martínez Torner en el Cancionero musical de la lírica popular asturiana.[18] Otras pertenecen al folclor andaluz y el flamenco, así como al cubano –este último vinculado con el antiguo zapateo y las tonadas o melodías empleadas para entonar las décimas o poesías en el punto cubano o punto guajiro– y de otros países latinoamericanos, estas últimas relacionadas con el joropo y el galerón de origen venezolano/colombiano.

A esto se añaden las conexiones y los diálogos que se establecen con compositores y piezas de épocas lejanas. En este caso se hallan referencias a los motetes del siglo XVI, In circumcisione domini. O magnum mysterium (1572) del compositor español Tomás Luis de Victoria (1548-1611); y Quam pulchra es del Canticum canticorum (1584) del maestro de la escuela romana Giovanni Pierluigi da Palestrina (ca. 1525-1594), vinculada a la música renacentista española y en particular al estilo de Victoria. Otras maneras permiten enlazar los referencias al pasado mediato del compositor, en las frecuentes alusiones a “El paño Moruno” de las Siete canciones…, y la “Canción del amor dolido” y “Canción del fuego fatuo” de El amor brujo de Falla. A su vez, estas piezas también mencionan las antiguas manifestaciones folclóricas españolas, fuentes originarias de los cantos o las características musicales adoptadas por el compositor gaditano para la creación de las mencionadas obras.

Las “vueltas” también comprenden las arcaicas manifestaciones de la música folclórica, donde se distinguen las manifestaciones de la música folclórica flamenca, andaluza y asturiana; y los procedimientos y criterios estructurales y formales pertinentes a los siglos XVI al XVIII de la música culta española. Esto último supone un trayecto histórico desde el renacimiento hasta el barroco y el clasicismo, y de estos estilos a las composiciones de Manuel de Falla en las primeras décadas del siglo XX, como el pasado español más mediato a Orbón. Desde la perspectiva de la modernidad, el decurso anterior sitúa la retórica musical de este último compositor en el Capriccio... transitando por varias y diferentes épocas de la herencia musical de España.

Sobresale además la reutilización del compositor, desde una perspectiva moderna y novedosa, de las estructuras y formas musicales practicadas en el renacimiento, barroco y clasicismo, combinando y mezclando las características de varias formas musicales y las maneras con las que son trabajadas en los diferentes estilos del pasado. Muestra de esto es la adopción de la forma sonata (de dos partes) simultaneada con las características de la doble variación, en el I Allegro. Del tema con variaciones con los perfiles de la fuga cuádruple y la doble variación, en el II Adagio. Así como del rondó y las variaciones con una organización ajustada a la forma en arco o puente[19] en el III Final. Así mismo, el manejo de la variación constituye la técnica predominante para extender o prolongar el discurso musical en todas las formas mencionadas.

Como colofón, el examen analítico de la pieza da luz sobre las sugerencias a disímiles fuentes precedentes, folclóricas y cultas, españolas, cubanas y latinoamericanas, mezcladas y simultaneadas en el discurso musical. Esta fusión constituye la primera propuesta de integración de la música hispanoamericana realizada por el joven Orbón. El Capriccio concertante representa la respuesta orboniana a los debates y cuestionamientos en el contexto del Grupo de Renovación Musical sobre el movimiento de americanismo musical de la época, encabezado por Francisco Curt Lange,[20] presidente del Instituto Interamericano de Musicología y de la Editorial Cooperativa Interamericana de Compositores (ambos en Montevideo), con quien el colectivo cubano mantuvo estrechos vínculos desde su fundación.

Si bien en el transcurso de los dos primeros movimientos del Capriccio... se evidencia la combinación y sincronía de los rasgos de diversas fuentes de la música culta y folclórica de España, y la música folclórica de Cuba, –como ya había acontecido en la Tocata–; es en el tiempo final donde Orbón va más allá de la integración de los elementos hispanos y cubanos, proponiendo, a modo de síntesis, un particular enfoque de la música hispanoamericana.

En esta parte se vale del ostinato de la figura armónica de tónica-subdominante-dominante, según los criterios del compositor "común a casi toda la música hispanoamericana" y "una de las expresiones más puras del ser americano",[21] para sincronizar la mezcla de los rasgos de diversas expresiones musicales folclóricas españolas, cubanas y latinoamericanas –estas dos últimas muestras de los diversos procesos de transculturación de las tradiciones españolas en el Nuevo mundo. En la siguiente ilustración puede observarse encerrada en rectángulos la reiteración de acordes que corresponden a la marcha armónica I-I6-IV-V11 (con la cadencia imperfecta subdominante IV-dominante V), empleada por el compositor al inicio del último movimiento. (Figura 3).

 

Figura 3.- Inicio del III Final. Danza (cc. 1-6). Orbón, Julián. Capriccio concertante, partitura autógrafa, Fondos del Museo Nacional de la Música, La Habana.

Una orientación creativa de este tipo constituyó una novedad en el grupo y también en las obras compuestas por Orbón hasta aquel momento (enero de 1944). La mención de otras músicas, además de la española y cubana, debe haber sido reconocida por Ardévol y el resto de los integrantes del colectivo, pero de sus criterios al respecto no hemos hallado testimonios, ni información alguna que daten de esta época, ni tampoco en escritos posteriores. El conocimiento de los juicios acerca de este enfoque orboniano hubiera sido valioso, más cuando ninguno de los miembros recurrió en sus composiciones a los referentes folclóricos latinoamericanos.

En el Capriccio concertante el compositor logra conciliar la modernidad y el empleo de las formas clásicas como indicativo de universalidad, con la hispanidad, la cubanidad y el americanismo; por lo que en esta alineación constituye una obra precursora y única en el contexto del Grupo de Renovación Musical de Cuba y de América. Además, ciertos procedimientos y caracteres de la retórica musical hispano-americana de esta pieza, así como las fuentes a las que apuntan, constituyen marcas particulares del original estilo de Orbón que pueden seguirse a lo largo de su carrera creativa, si bien brotaron y se fraguaron en esta obra de juventud.



[1] Orbón, Julián. “José Martí: poesía y realidad”, Julián Orbón. En la esencia de los estilos y otros ensayos, Colibrí, Madrid, 2000, pp.108-109.

[2] A este grupo pertenecen los compositores José Ardévol, Gisela Hernández, Harold Gramatges, Hilario González, Serafín Pro, Argeliers León, Juan Antonio Cámara, Virginia Fleites, Esther Rodríguez, Dolores Torres, Enrique Aparicio Bellver y Julián Orbón.

[3] Entre sus miembros se hallan los poetas José Lezama Lima, el padre Ángel Gaztelu, Eliseo Diego, Lorenzo García Vega, Octavio Smith, Fina García Marruz, Cintio Vitier; los pintores Mariano Rodríguez y René Portocarrero; y los músicos  José Ardévol y Julián  Orbón.

[4] Ardévol, José. Introducción a Cuba: La Música, Instituto del Libro, La Habana, 1969.

[5] José Ardévol (Barcelona, 1911-La Habana, 1981), compositor, profesor y director de orquesta residente en Cuba desde 1930, y naturalizado en este país en 1938.

[6] Piquer, Ruth. Clasicismo moderno, neoclasicismo y retornos en el pensamiento musical español (1915-1939), Doble J, Sevilla, 2010,  pp. 259, 291, 393-400.

[7] Hernández, Gisela. “La música nueva”, Boletín del Grupo de Renovación Musical, núm. 4, mayo, año I, La Habana, 1943, s/p.

Orbón, Julián. “Cuarto concierto, Orquesta Filarmónica”, “Críticas”, Conservatorio, vol. 1, núm. 4, julio- septiembre, La Habana, 1944, p. 19.

Grupo de Renovación Musical. “Presencia cubana en la música universal”, Radamés Giro (comp.), Grupo de Renovación Musical, Ediciones Museo de la Música, La Habana,  pp. 63, 65-67, 70, 71 y 75.

[8] Anotación del compositor. Orbón, Julián. Capriccio concertante, partitura autógrafa, Fondos del Museo Nacional de la Música, La Habana, p. 29.

[9] Las obras de Orbón consideradas perdidas, concebidas durante su permanencia en el grupo son: Cantar a Nuestra Señora, Dos Canciones (“Leonardo a la sangre” y “Perlimplín al amor”), Sonata Homenaje Sobre la Tumba del Padre Soler, Dos Danzas e interludio sobre La Gitanilla, Numancia, Pregón, Romance de Fontefrida, Quinteto de clarinetes, y Concierto de Cámara. Fue desechada por el compositor la Obertura concertante. Además, hemos hallado referencias a la pieza para coro mixto Bodas de sangre, que estimamos también extraviada al día de hoy.

[10] Carpentier, Alejo. Concierto de la Orquesta de Cámara de La Habana. Julián Orbón”, Conservatorio, núm. 3, abril-junio, La Habana, 1944, p. 24.

[11] Reglamento y plan de estudios del Conservatorio Orbón, director general, Julián Orbón, Imp. A. Valdepasos, La Habana, ca. 1946, p. 7.

[12] Piquer Sanclemente, Ruth. Clasicismo moderno..., pp. 397-398.

[13] Rossy, Hipólito. Teoría del cante jondo, Credsa, Barcelona, 1966, pp. 90-91.

[14] Stein, Leon. Structures & Style. The study and analysis of musical forms, Expanded Edition of Summy-Birchard Music, Summy-Birchard, Inc., New Jersey, 1979, pp. 210-211.

[15] Stein, Leon. Structures & Style..., p. 213.

[16] M. D. y M. I: mano derecha y mano izquierda.

[17] Rossy, Hipólito. Teoría del cante…, p. 179.

[18] Martínez Torner, Eduardo. Cancionero musical de la lírica popular asturiana, Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo, 1986, pp. 51, 105, 122 y 237.

[19] Forma que presenta la simetría en espejo; es decir, emplea ordenamientos temáticos que son semejantes cuando se leen hacia delante o hacia atrás.

[20] Francisco Curt Lange (1903-1997), musicólogo alemán, nacionalizado uruguayo.

[21] Orbón, Julián. “Tradición y originalidad en la música hispanoamericana”, Pauta, vol. VI, núm. 21, enero-febrero-marzo, 1987, p. 26.

(*) Tomado de: Academia.edu

(**) Ana Gabriela Fernández: Originally from Havana, Cuba, Ana Gabriela Fernández, had her debut at the age of 6 and her first performance with the National Symphony Orchestra of Cuba at the age of 10. Her professional studies started with her undergraduate degree (2014) in the University of the Arts of Havana being granted the Gold Diploma upon graduation. She further pursued the Master's degree (2017) and PhD (2021) in Musical Interpretation at National Autonomous University of Mexico (UNAM) and graduated with Honors. Her graduate studies have been done with Alberto Cruzprieto in Mexico and participated in masterclasses with Evelyne Brancart, André Laplante, Dang Thai Son, and Maria Joao Pires.

She has won the International Musicalia Competition of Havana (2013), the Soloists Competition for the 85th Anniversary of UNAM Autonomy (2015) and Soloists Competition of the Philharmonic Orchestra of Mexico City (2016), among other distinctions. Read more about Ana Gabriela

Thursday, June 11, 2026

JULIÁN ORBÓN Y EL SILENCIO DEL EXILIO (*)

Por Ana V. Casanova (**)

Julián Orbón (1925-1991)

Si algún cubano no adiestrado en el arte de la música, le fuera enunciado que Julián Orbón de Soto fue uno de los más importantes compositores de Cuba durante la segunda mitad del siglo XX, acaso no mostraría asombro alguno porque no se considera un experto en el tema. Sin embargo, si a aquella afirmación añadimos que Julián Orbón fue el autor de la muy famosa canción La Guantanamera con texto de los Versos sencillos de José Martí, de seguro su semblante se tornaría estupefacto y entonces sobrevendría un invariable cuestionamiento: ¿Quién es Julián Orbón?

Hoy día en el contexto cubano la situación hipotética descrita, no es una extraordinaria. Y ese hecho se complica aún más en su significación cultural si consideramos que esas mismas informaciones dirigidas a especialistas cubanos en música ‒entiéndase musicólogos, intérpretes y compositores‒ acaso también obtengan la ignorancia y el asombro por respuesta. No hay lugar a dudas en el hecho de que varias generaciones de cubanos desconocen y por ello son incapaces de valorar la obra y los aportes a nuestra historia de compositores y ensayistas como Julián Orbón, cuyos puntos de vista creativos y de pensamiento han sido silenciados en Cuba tras su exilio en 1959.

Es de amplio dominio público, que el discernimiento de los aspectos históricos es substancial para el desempeño actual y futuro de la nación, y esto también se hace extensivo a nuestra cultura, y en especial a la música. La propagación de saberes en cuanto a tradiciones y acontecimientos históricos debe definirse por su carácter integral y no por la exposición de un devenir parcializado, ideado bajo criterios ahistoricistas como argumentos para su historicidad, concepciones que son a la vez irremediablemente transitorias; porque, de todas maneras, al final y más temprano que tarde -como señala una conocida frase- la historia pasará de manera inevitable su propio recuento.

La música, como una parte esencial del alma y el espíritu de los pueblos, tiene la posibilidad de viajar más allá de las contingencias de sus propios creadores. Muchas veces, como con lo ocurrido en el caso de la famosa Guantanamera, la ironía puede convenir una mala jugada en los caminos insospechados de los símbolos en la historia. En el caso particular de esa obra y su autor, me viene a la mente una frase que es popular entre muchos cubanos: «Dios traza líneas rectas sobre sendas curvas...», y otra propia del folclore popular: «al que no quiere caldo, dos tazas»…. Y para ilustrarlas, en una apretada síntesis, contaré solo una pequeña parte de una larga y enjundiosa historia.

El compositor, pianista, ensayista, y pedagogo Julián Orbón de Soto es un músico hispano-cubano, por orígenes y pertenencias culturales. Mitad asturiano, por su padre el pianista y compositor Benjamín Orbón; y mitad cubano por la parte materna, la también pianista Ana de Soto, ex discípula de Benjamín.

Su padre, un joven y talentoso intérprete con una incipiente pero prometedora carrera, decidió instalarse en la isla después de realizar varias giras por países de América a inicios del siglo XX. Continuó su carrera artística en Cuba y con rapidez se dio a la tarea de fundar su propia institución pedagógica, el Conservatorio Orbón uno de los más prestigiosas centros dedicados a la enseñanza de la música durante los años republicanos, que llegó a tener más de doscientas filiales en todo el país y jugó un rol significativo en las tradiciones y la memoria identitarias de la enseñanza musical en Cuba, como «expresión estética-ética de su tiempo […] [y] fuente nutricia del patrimonio tangible e intangible de nuestro archipiélago».[1]

No obstante la seguridad económica que brindaba este plantel privado para la familia Orbón, Julián fue uno de los pocos casos de descendientes de un matrimonio de padre asturiano y madre cubana, nacidos en Asturias y no en Cuba, hecho acontecido de tal manera por circunstancias de índole familiar. El nacimiento de Julián se produjo en Avilés el 7 de agosto de 1925, y su niñez y primera adolescencia transcurrió en su pueblo natal y posteriormente en Gijón. Al quedar huérfano de madre a los seis años y mientras Benjamín seguía establecido en Cuba y viajaba esporádicamente a Asturias; su tío también llamado Julián, periodista y ensayista, y su abuela paterna se ocuparon de su crianza.

Algunos miembros del Grupo de Renovación Musical. De izquierda a derecha: Serafín Pro, Edgardo Martín,Julián Orbón, Hilario González, Virginia Fleites, Harold Gramatges, el pianista Alberto Fernández y Juan Antonio Cámara. Lyceum y Lawn Tennis Club del Vedado, La Habana, 1943. Fondos del Museo Nacional de la Música, La Habana. @Fuente Externa

Con 15 años Julián el músico fue traído a Cuba por su padre. En el conservatorio habanero de la familia se graduó como profesor de piano, y de teoría y solfeo en 1941. Realizó estudios posteriores de composición en el Conservatorio Municipal de La Habana (hoy Amadeo Roldán) en la clase de José Ardévol, profesor de origen catalán establecido en la isla. Alrededor de ese maestro se nucleó un círculo integrado por sus más aventajados discípulos, conocido como Grupo de Renovación Musical (1942-1948) entre los que se hallaba el propio Orbón y también Harold Gramagtes, Edgardo Martín, Argeliers León, Hilario González, Serafín Pro, Gisela Hernández, Juan Antonio Cámara, y Enrique Bellver. Fue en este contexto que Julián comenzó a expresarse por primera vez a través de sus creaciones musicales.

Paralelo a ello se destacó en su labor como conferencista y como crítico musical en el periódico Alerta, y escribió varios ensayos que aparecieron en Orígenes, revista en torno a la cual se nucleaba el grupo homónimo al que también perteneció y en el que encontró a algunos de sus más entrañables amigos; entre ellos, Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego y el Padre Gaztelu. A la par mantuvo fuertes relaciones de amistad con otros intelectuales y artistas cubanos como Alejo Carpentier y la filósofa exiliada española María Zambrano. Sus actividades como pedagogo se intensificaron tras la muerte de su padre, Julián con solo 19 años enfrentó la dirección del Conservatorio Orbón con todas sus academias en el interior del país y prosiguió la encomiada labor iniciada por Benjamín desde hacía más de tres décadas.

Cuando en 1959 Fidel Castro, lejos de restablecer el orden democrático y se autoproclamó Primer Ministro, Julián decidió establecer su residencia fuera de la isla como consecuencia de sus profundas convicciones católicas y anti marxistas-leninistas, sustentadas en los amargos y traumáticos recuerdos de su niñez durante la Revolución asturiana de 1934 y en los inicios de la Guerra Civil española.

A finales de la década de 1950, en Cuba Julián ya había alcanzado la madurez, gran estabilidad e independencia, había contraído matrimonio con la cubana Mercedes Vecino y habían nacido sus dos hijos. De nuevo, y esta vez por decisión propia, se lanzó a un segundo exilio cuyo destino se evidenciaba incierto. Primero viajó a México, invitado por el gobierno de ese país como profesor asistente del Taller de Composición Musical del Conservatorio Nacional y después se trasladó hacia Nueva York, Estados Unidos, país donde falleció el 21 de mayo de 1991.

Eugenio Florit, Julián Orbón, Fina García Marruz
y Cintio Vitier. NY 1980 @Fuente externa

De Cuba se marchó solo con lo puesto y las más imprescindibles pertenencias. En este nuevo exilio, al desarraigo y la tristeza se sumaría la incertidumbre de una situación económica insegura, dilema que no padeció a su llegada a La Habana. Ahora perdía todo su patrimonio, sus libros, su hogar, sus partituras, sus discos, los manuscritos de casi todas sus obras compuestas durante sus años en Cuba y además sus más entrañables amistades. Todo ello incrementó sus desequilibrios emocionales pues era entonces responsable máximo de la familia que había creado y llevaba consigo.

Mientras vivió en la isla no faltaron polémicas con relación a sus identidades personal y creativa. Muchos lo criticaron por su hispanidad y no vieron, por incapacidad o porque sencillamente no quisieron, la trascendencia de las obras de Orbón,  primero para nuestra música y después para la música de América Latina. Julián fue un peculiar caso de transculturación entre lo hispano y lo cubano, entre España y América y esto lo demuestran composiciones como Preludio y Danza para guitarra y su Cuarteto de cuerdas, ambas de 1951; además de sus Tres versiones sinfónicas, obra con la que como representante de Cuba obtuvo el Premio Landaeta en el Primer Festival y Concurso de Composición de Caracas en 1954. En todas esas creaciones están presentes junto a su hispanidad muchos rasgos de su otra mitad identitaria: la música folclórico- popular cubana, con especial presencia del son cubano y la guaracha.

Con posterioridad empezó a aflorar en su creación desde su residencia en Cuba, la presencia de rasgos musicales de otras culturas americanas, como ocurrió tras su visita a Venezuela con las melodías de los llanos venezolanos, inspiradoras en particular del último movimiento de sus Danzas Sinfónicas; una obra que prueba la voluntad consciente del compositor de asimilar la cultura americana más allá de lo cubano.

Pero si alguien tenía alguna duda de la cubanidad de Orbón la respuesta más notoria y concluyente está en su Guantanamera. A partir de 1963, mientras Julián residía en el exilio en los Estados Unidos, su obra y nombre habían sido borrados de la historia de la música de Cuba tras su decisión de trasladarse a residir fuera del país, aquella canción inundaba los medios de comunicación masiva nacionales y del mundo.

Solo dos años antes de esos acontecimientos se había evidenciado una consecuencia directa del exilio de Julián con relación a la difusión de su obra en Cuba. Y esto aparece en un informe oficial de José Ardévol, que en una de sus partes responde el cuestionamiento de la omisión de la música de Orbón del programa del Primer Festival de Música Cubana realizado en junio de 1961. Ardévol en su rol de Presidente de la Comisión Nacional de Música y máximo responsable de la organización del evento, contestó en aquella ocasión: «Orbón  […] está fuera de Cuba, y en los presentes momentos no sabemos con exactitud cuál es su posición con la Revolución».[2]

Este enfoque es solo una pequeña evidencia de la política de censura que desde 1959 y durante varias décadas, vedó y desapareció el nombre y la obra de aquellos intelectuales o artistas disconformes con las medidas y métodos de aquel proceso revolucionario. Y esa censura fue aplicada tanto a aquellos que se encontraban dentro del país, como los que lo habían abandonado la isla, como era el caso de Orbón.

Imprevista por la reprimenda política, otra fue la vía a través de la cual llegó algo de la música de Orbón a Cuba y se divulgó de manera indetenible, pues venía con gran fuerza desde los predios internacionales que apoyaban las protestas contra la guerra en Vietnam y los movimientos revolucionarios de izquierda, como era la revolución cubana. Y esa fue una canción popular, representante de una ínfima parte de la creación orboniana, pero no por pequeña deleznable en su significación cultural y simbólica, como se evidencia en los siguientes hechos.

Es conocido que la música popular por su forma de comunicar tiene mayor cantidad de consumidores que la música de concierto o académica. Y la canción La Guantanamera de Julián Orbón, conocida por el músico y cantante folklórico estadounidense Pete Seeger a través del compositor cubano Héctor Angulo, discípulo de Orbón y por aquellos momentos en los Estados Unidos, se generalizó en la voz de Seeger en su país, el resto del mundo y en Cuba, como una de las muestras de los ideales más revolucionarios, nacionalistas y raigales de la música y cultura cubanas.

En nuestro país, no pudo detenerse una popularidad llegada de los escenarios internacionales más progresistas, pero nunca se mencionó a Orbón. Él formaba parte de la lista de desafectos y traidores, y por tanto era uno de los innombrables. Aún hoy se mantiene la ignorancia pública con relación a que La Guantanamera fue ideada en música por Julián Orbón con los textos poéticos de Martí, y en conjunción con el conocido estribillo de la guantanamera que había sido utilizado y popularizado con anterioridad por Joseíto Fernández para alternar con sus décimas cantadas. Orbón fue quien creó la melodía adecuada a los Versos sencillos, escritos en cuartetas; una nueva estructura musical para ello; y realizó los cambios armónicos pertinentes para yuxtaponer los versos de Martí con la música creada por él, al ya conocido estribillo. La canción creada de tal forma por Julián es la que hoy reconocemos como la popular Guantanamera y la que se hizo célebre en el mundo.[3] Y esto quizás puede hacerse evidente para cualquier persona no enterada en música, solo por el simple hecho de reconocer la diferencia entre las estructuras poéticas de las décimas, empleadas por Joseíto; y las cuartetas de los versos de Martí, utilizadas por Orbón.

Un testigo presencial de la adecuación de los versos martianos, la creación de la melodía y el empleo del estribillo, en la versión realizada por Orbón, fue su entrañable amigo, el poeta y ensayista cubano Cintio Vitier, quien plasmó su testimonio sobre aquel hecho ocurrido en la casa de Julián en 1958: «Una noche […] él nos dijo que había descubierto cómo se podían cantar los versos de La Guantanamera, y aquella noche la tocó por primera vez en Cuba».[4] Este acontecimiento lo refirió también como una «experiencia inolvidable, verdadera iluminación poética»[5] en su libro Lo cubano en poesía. Fue por esto que la práctica de esa canción se hizo habitual en los asiduos encuentros de amigos en el hogar de Julián ‒al que todos denominaban «el palacio Orbón»‒, en los que participaban los integrantes del grupo Orígenes entre otras amistades. Todas esas reuniones terminaron a partir de entonces «con un gran coro loco cantando La Guantanamera […]».[6]

El desconocimiento de la creación orboniana en Cuba es una de las consecuencias de la censura política tras su exilio. Orbón nunca más regresó a suelo cubano. En la isla, su nombre y obra musical, sus ensayos y puntos de vista musicológicos fueron borrados de la historia y como consecuencia son desconocidos por varias generaciones de músicos y estudiosos cubanos, así como por la población en general. Sin embargo, su obra como un relevante exponente de la música cubana; constituye sin duda alguna y a más de dos décadas de su fallecimiento, uno de los más grandes enigmas en cuanto a la real trascendencia para nuestra historia.

Las composiciones de Julián Orbón creadas tras su salida de Cuba estuvieron permeadas por una constante sensación de desarraigo, incrementada aún más a partir de su residencia definitiva en los Estados Unidos, país al que nunca pudo adaptarse. Julián cayó en una gran crisis creativa que solo le permitió concluir algunas pocas obras hasta su fallecimiento. El período de mayor fecundidad creativa de su no extenso catálogo había ocurrido durante su residencia en la isla. Con relación a ello, su sobrino el guitarrista español Armando Orbón comentó durante una visita a La Habana: «… el exilio lo marcó de una forma absoluta y definitiva. Toda su música posterior se volvió más desquerida, como si no aceptara la pérdida, y que se me perdone la redundancia, del paraíso perdido que era para él Cuba».[7]

No fue hasta la década de 1990 que uno de sus más entrañables amigos, el poeta y ensayista cubano Cintio Vitier, tras el fallecimiento de Julián, pudo convertirse en su principal promotor. No obstante la destacada presencia internacional de la música de Orbón durante de la segunda mitad del siglo xx, en Cuba, en todo caso, transcurrieron numerosos años hasta que fuera quebrantado el total silencio con relación a su obra, gracias al denuedo de Vitier y la participación posterior de artistas e intelectuales cubanos.

Durante la conmemoración del cincuentenario del Grupo Orígenes en 1994, fue estrenado su Cuarteto de Cuerdas por el cuarteto Brindis de Salas, y tuvo también su premier las Tres versiones sinfónicas interpretadas por la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección de Iván del Prado, en 1997.

A finales de la década de 1990 se develó una placa conmemorativa como homenaje a Orbón, en la fachada del edificio donde radicó el último de los tres locales habaneros del antiguo Conservatorio Orbón, sito en Calzada no. 1010, entre las calles 10 y 12 en el Vedado, lugar en el que también vivió Julián por un corto tiempo y donde acontecieron algunas de las primeras reuniones con sus amistades. El reconocimiento fue auspiciado por Ión de la Riva, en ese momento consejero cultural de la embajada de España en Cuba, en conjunto con los miembros de la revista Orígenes, entre ellos Cintio Vitier y Fina García Marruz.

A inicios del 2000, se gestó en Cuba un proyecto discográfico dirigido y concebido por el pianista y compositor Ulises Hernández, para la Casa discográfica Producciones Colibrí del Instituto Cubano de la Música, que estaría integrado por varios Cds, cuyos objetivos estaban dirigidos a rescatar, grabar y difundir la música de todos los integrantes sin excepción del Grupo de Renovación Musical. En el año 2013, algún tiempo después de haberse iniciado la serie y tras la edición de varios de sus discos, se realizó la grabación del CD Grupo de Renovación. Julián Orbón, primer fonograma dedicado por un sello discográfico cubano a la creación musical de ese compositor.

Todas las obras fueron grabadas por jóvenes intérpretes cubanos. El disco inicia con la última composición de Orbón, un ciclo de piezas para voz y piano escrito en Nueva York en el año 1987, cuya partitura se obtuvo gracias a la colaboración del músico e investigador avilesino José María Chema Martínez Sánchez, uno de los principales promotores de la obra y personalidad de Orbón en Asturias, quien la enviara a la autora de este escrito con ese propósito. La composición en cuestión se titula Libro de Cantares (De un Cancionero Asturiano) y fue interpretada por la soprano Bárbara Llanes y la pianista Ana Gabriela Fernández de Velazco. Prosigue el CD con la Toccata (1943) para piano ejecutada por Fidel Leal, y concluye con las Tres versiones sinfónicas tocadas bajo la dirección de José Méndez por la Orquesta Sinfónica del Instituto Superior de Arte, adscrita al Liceo Mozartiano de La Habana y a la Oficina del Historiador de la ciudad.

No solo por las excelentes interpretaciones de los músicos cubanos sino también por el elevado nivel artístico de las obras de Julián Orbón, ese disco compacto fue Nominado y obtuvo el Premio Cubadisco en la categoría Música de Concierto en el año 2014. No obstante, a esta fecha el CD no ha sido producido y aún no se oferta en el mercado nacional ni internacional.

(*) Tomado de Revista Espacio Laical No.2 - 2016. [En línea] [Fecha de consulta 2 de jun.  de 2026] Disponible en: 

https://espaciolaical.net/julian-orbon-y-el-silencio-del-exilio/ 

(**) Ana Victoria Casanova Oliva (La Habana, 23-12-1959). Musicóloga y profesora. Obtuvo el Premio de Musicología Casa de las Américas en 1986 con su libro Problemática Organológica Cubana. Es una de las autoras principales de la obra Instrumentos de la música folclórica popular de Cuba. Atlas que obtuvo Mención Honorable en el Premio Robert Stevenson (1999). Decenas de artículos, ensayos, monografías y trabajos de investigación de su autoría sobre música cubana y caribeña integran diversos proyectos enciclopédicos, compendios y revistas nacionales y extranjeras. Ha realizado varias producciones discográficas y notas especializadas a Cds que han sido galardonas en varias ocasiones con el Premio Cubadisco. Ha impartido clases magistrales y conferencias en numerosos congresos y eventos de musicología así como en distintas universidades en Cuba y otros países.


[1] Pacheco Valera, Irina. (2013-06-29). “Una aproximación al Conservatorio Orbón desde la memoria pedagógica musical”. http://archivo.cubarte.cult.cu/periodico/opinion/una-aproximacion-al-conservatorio-orbon-desd

[2] Ardévol, José (1966). “Algunos aspectos del trabajo de música en el CNC”. En Introducción a la música”. Instituto Cubano del Libro. La Habana, Cuba, p. 193.

El escrito en cuestión formaba parte del Informe que Ardévol, como Presidente de la Comisión Nacional de Música y Director General de Música del Consejo Nacional de Cultura (CNC), dirigió al Director del CNC el 22 de noviembre de 1961.

[3] Ver Gómez Sotolongo, Antonio (2006). “Tientos y diferencias de la Guantanamera compuesta por Julián Orbón. Política cultural de la Revolución Cubana de 1959”, en Cuadernos de Música, Artes Visuales, Artes Escénicas, núm. 2, Bogotá, Colombia, Pontificia Universidad Javeriana, abril–septiembre, 2006, pp. 146–175. Ese estudio realizado por Gómez Sotolongo, músico e investigador cubano residente en República Dominicana demuestra a partir del análisis musical exhaustivo, cómo la obra que todo conocemos como La Guantanamera pertenece a Julián Orbón y no a Joseíto Fernández.

[4] Picart Baluja, Gina. (2001). “Julián Orbón, la música inocente”. Revista Clave año 3 no. 1, Instituto Cubano de la Música, La Habana, p. 46.

[5] Vitier, Cintio. (1970). Lo cubano en la poesía. Instituto del Libro, La Habana, p. 251

[6] Entrevista a Cintio Vitier. Picart Baluja, Gina (2001). “Julián Orbón, la música inocente”. Revista Clave año 3 no. 1, Instituto Cubano de la Música, La Habana, p. 46.

[7] Entrevista a Armando Orbón en Picart Baluja, Gina. (2001) “Julián Orbón, la música inocente”. Revista Clave. Año 3, número 1, Instituto Cubano de la Música. La Habana, Cuba, p 48.