Saturday, March 20, 2021

IN MEMORIAM Álvaro Ínsua (1935–2019)

By Roland Armando Alum

Álvaro Ínsua, born February 15, 1935, died in Miami, Florida, nearing his 84th birthday on January 13, 2019.

Ínsua’s historical connection to anthropology was his association with famed anthropologist Oscar Lewis and wife Ruth in the ill-fated “Project Cuba.” With the approval of the United States and Cuban governments, Lewis went to socialist Cuba in 1969–1970 to test a “corollary” of his controversial “culture of poverty” theory. Lewis had developed the culture of poverty idea through ethnographic research among Mexicans and Puerto Ricans, and hypothesized further that it could not exist in communist societies because the conditions engendering it would be absent in socialist economies.

Lewis met Ínsua at the Cuban Academy of Science, where Ínsua was a statistician, a subject he taught at the University of Havana. Considering themselves anthropology aficionados, Ínsua and wife Greta developed a close social relationship with Lewis, becoming de facto informants; Lewis also incorporated Greta into his research staff. Unfortunately, as well-documented later, the Castro brothers’ regime continuously spied on the Lewises through electronics, household staff, and the Communist Youth’s field assistants assigned to the project. When it appeared that the data gathered through Lewis’s typical collection of oral life histories was revealing the existence of a culture of poverty, not as a survivor of the pre-Castro era, but a post-1959 development, the regime abruptly cancelled the project. Much of the research material and imported equipment were confiscated, and the Lewises were expelled. Even Raúl Castro publicly accused Lewis later of being “a US spy.” Worse, Ínsua suffered six long years of imprisonment for his involvement; Greta, albeit harassed, was spared jail, as she reminded me recently. Lewis (1914–1970) died soon after returning to the United States.

In 1978 Ínsua, already out of prison, contacted me through third parties while I was completing my field research (for the University of Pittsburgh) in rural Dominican Republic. After obtaining exit visas, the Ínsua family was allowed to go into exile, coinciding in Miami with the arrival of the Mariel “Freedom Flotilla” refugees, among whom Ínsua still collected some life histories. Soon thereafter, the Ínsuas took an arduous bus ride to New Jersey, where I welcomed them; here, Ínsua worked for a bank. In 1985 he became the lead reporter in Miami for the federal government-sponsored Radio Martí Spanish-language broadcasting, retiring three decades later.

Of relatively humble origins, Ínsua had taken odd jobs earlier in life, especially while residing in New York during the authoritarian dictatorship of Fulgencio Batista in the 1950s. Upon returning to Cuba, he tried his luck at acting, while studying statistics.

Ínsua is survived by his wife of 63 years, and their son, grandson, great-granddaughter, and great-great-grandson. There are several writings about the Lewises’ Cuban mishap, but few dwell on Ínsua; those interested in his case may begin with the latest articles, for example: Waldo Acebo Meireles’s (2020) six-part “Historia del Proyecto Cuba”; Lillian Guerra’s (2015) “Former Slum Dwellers, Communist Youth and the Lewis Project in Cuba”; and my own (2015) “The Cuban Culture of Poverty Conundrum”.


Emeritus Professor Authors Book on Famed Cuban Poets


(Submitted by Michael Kinane, Public and Media Relations)

The Academy of Cuban History in Exile recently published "Agustín Acosta and Oscar Fernández de la Vega - Two exemplary Cubans: Poetry, Teaching and Duty," by Dr. Jesse Fernández, distinguished teaching professor emeritus of SUNY Old Westbury. The volume brings together a study of the historical development of the prominent 20th century Cuban intellectuals mentioned in the title of the book. Acosta is considered one of the major poets in Cuban history, and was also a political leader in the 1930’s whose opposition to the totalitarian regime at that time landed him in prison and almost cost him his life. Fernández de la Vega, a close friend and admirer of Acosta, was a distinguished educator and scholar whose opposition to the Castro regime forced him to leave Cuba in 1960, at the peak of his career. The Academy of Cuban History in Exile is a not-for-profit organization in the United States that develops and documents records of historical facts related to Cuba and those exiled from the now-Communist nation.

Monday, March 15, 2021

Documental "Plantados" (2006)

Documental Plantados del 2006 de Rafael A. Lima. No confundir con el largometraje de ficción de Lilo Vilaplana que acaba de ser estrenado.



Sunday, March 14, 2021

Fidel Castro, el último rey católico*

Por Norma Morandini
El papa Francisco, en su visita al líder de la revolución cubana, Fidel Castro, le obsequió un libro y discos con los sermones y reflexiones de Armando Llorente, jesuita español tutor del colegio en el que se formó Castro. El mismo sacerdote que fue expulsado por la revolución debió exiliarse en Miami en 1961 y antes de morir quiso absolver a Castro. El biógrafo del Papa Austen Ivereigh se entusiasmó: los regalos fueron para que Fidel se reconciliase con su pasado de jesuita. No hacía falta, Fidel Castro nunca dejó de ser jesuita, la matriz religiosa y moral que adaptó al marxismo leninismo y tanto confundía a los soviéticos. Es la tesis desarrollada por el historiador italiano Loris Zanatta en su libro Fidel Castro, el último rey católico (Edhasa), de pronta aparición en España. En él muestra ampliamente la apropiación de las palabras de la religión y la moral del sacrificio para ganar el cielo, sintetizada en una de las frases más repetidas por Fidel Castro: “Hay que reprimir al hombre para salvarlo”.

La idea entusiasmaba al sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal y al fraile dominico brasileño Frei Betto, amigo y biógrafo de Castro, quienes veían en el líder de la revolución cubana un cruzado por la cristiandad: alcanza con acercarse sin devoción a su liturgia revolucionaria, sus larguísimos discursos evangelizadores y hasta la iconografía oficial que lo muestra con palomitas sobre su cuerpo, más parecida a la de los santos de las estampitas católicas que a un comandante que predicó la violencia redentora. En el copioso y riguroso ensayo, el historiador desmonta el mito ideológico más poderoso entre la izquierda latinoamericana y demuestra en Fidel Castro la raíz hispánica de tradición nacionalista católica, la cruz impuesta con la espada y el desprecio al liberalismo laico que pervive en los populismos actuales bajo el disfraz de los socialismos del siglo XXI. La política impregnada por la religión y el sentimiento religioso de los sectores populares convertido en fe ideológica sobre el que se montaron regímenes caudillescos hicieron de la democracia liberal una exótica flor de invernadero, ajena a la tradición autocrática de América Latina.

Autor de varios libros sobre lo que más ha estudiado y conoce, el peronismo y el nacionalismo católico, la religión y la fe popular como sustento ideológico de los caudillos políticos, Zanatta encara una biografía ciclópea sobre una de las figuras ineludibles del siglo XX, narrada ya ampliamente y a la que le ha dedicado años de estudio. Una ventaja, si se piensa que la materia prima del historiador son las fuentes y en el caso de Fidel Castro y la revolución cubana, estas llenan bibliotecas. Sin embargo, faltan las mas importantes, las cubanas, cerradas a cal y canto a no ser para investigadores que refuercen el mito.

Sin subyugarse con el carisma del personaje, “el primer historiador de sí mismo”, sobre la novedad anticipada en el titulo Loris Zanatta explica que no debiera extrañar que “el monarca comunista del siglo XX sea heredero del ideal de los monarcas del pasado: creció en una isla que fue España durante siglos, en un ambiente familiar y social hispánico y católico”, educado por sacerdotes en los principios del comunitarismo de las misiones jesuitas. Un legado que impregnó su universo moral, la salvación de las almas por la evangelización ideológica y el soplo creador del “hombre nuevo” por la acción y la disciplina revolucionaria, la sociedad sin clases del comunismo y la redención del pueblo elegido por el mesías-líder salvador. Las analogías entre la sociedad castrista y aquellas cristianas de la colonia surgen de un minucioso y atractivo recorrido por la vida de Fidel Castro y la sociedad cubana, “donde el individuo está sometido a la colectividad sobre la cual vela la Iglesia, o sea, el partido garante de la ortodoxia y la unidad de la fe. Y sobre, ello, el Rey, Castro, investido de los poderes temporales y espirituales”. En ese viaje histórico, Zanatta encuentra rasgos que son comunes a muchos católicos latinos que como Castro desprecian los valores y las prácticas democráticas del liberalismo anglosajón a los que el líder de la revolución cubana imputaba las “fracturas morales del mundo” y que hoy repiten los nuevos populismos en la región. Esa permanencia cultural dimensiona la importancia del libro en un tiempo en el que Cuba exporta su fracasado modelo socialista y en el continente se actualiza el debate en torno a la democracia, amenazada por las autocracias y los populismos electorales.

Se trata de un inmenso ensayo que escandalizará tanto a los fieles devotos de Castro, por ver la herencia hispánica y católica asociada al icono marxista-leninista, como a los anticastristas que combatieron su comunismo, a quienes incomodará verlo como un monarca católico. Sin embargo, su lectura desapasionada nos ofrece aspectos que estuvieron siempre al alcance de la comprensión racional pero fueron desechados por la fuerza emocional del autoengaño ideológico, el despotismo, la moral sexual, la glorificación de los pobres por su pureza de alma para justificar el fracaso económico de la revolución, el desprecio a las democracias y su apoyo a las guerrillas armadas del continente.

Un libro perturbador para los que tuvimos veinte años en los setenta y caímos bajo los vahos de la revolución cubana. Tras la resaca de los exilios, las muertes y los desaparecidos debimos aprender el valor de vivir en lo que las revoluciones desprecian, la democracia liberal, y hoy miramos con perplejidad a las nuevas generaciones educadas en libertad que reescriben la historia, niegan la violación de los derechos humanos en Venezuela y glorifican las guerrillas armadas aupadas por el régimen de Castro, tal como muestra Zanatta, solo con “hechos” y con las copiosas palabras de Fidel.

*Publicado en El País


Friday, March 12, 2021

Mecenas de cubanos en México (final)

Por Alejandro González Acosta

Retomando la tradición de Mercado y Martí, en México los cubanos también han disfrutado del mecenazgo, propio y ajeno. Don Pablo Machado fue un rico empresario cubano asentado en México alrededor de 1930, dedicado a la industria azucarera, donde obtuvo un gran éxito, que compartió gustosamente con sus compatriotas: fundó el Círculo Cubano de México en 1938, y todavía en 1959, cuando Castro implantó su control en la isla, recibió numerosos compatriotas que huían, los hospedó, alimentó y procuró encontrarles trabajo para que crearan una nueva vida en el exilio. Que yo sepa, no existe ningún monumento dedicado a honrar la memoria de este benefactor.

Salvador Riestra

A mediados de los 80 del siglo pasado, fueron famosas las veladas bohemias organizadas por el anfitrión Salvador Riestra Zepeda, un empresario mexicano y promotor artístico, donde coincidieron muchas veces músicos extraordinarios como Rubén González (muchísimo antes del éxito de Buenavista Social Club), Elena Burke, Pablo Milanés, Amaury Gutiérrez, David Torrens y Francisco Céspedes, al mismo tiempo que artistas como Florencio Gelabert (hijo), Arturo Cuenca, Isidro López Botalín, y varios más.

Artista exquisito, que lleva el blasón en su nombre como el orfebre, escultor y medallista Lorenzo Rafael Gómez de Bustamante y Cox -“Lorenzo El Magnífico” para quienes nos preciamos de su amistad por muchos años- miembro de la antigua aristocracia oaxaqueña y querido amigo entrañable que se nos acaba de “adelantar”, también acogió y promovió varios artistas cubanos como Enrique Roca “El Choco”, y muchos otros.

Y no tiene que ser dispendioso el mecenazgo. Por ejemplo, Eliseo Alberto Diego (1951-2011) fue, a pesar de sus limitaciones materiales como escritor que vive de su pluma, también un mecenas a su manera: permanentemente y durante muchos años su mesa en México –con platos que él mismo preparaba- contó con la consuetudinaria presencia de entrañables amigos menesterosos, a quienes llamaba cariñosamente sus “becarios”. Al finalizar la comida, decía que les “cobraba” el mesaje, pues leía sus últimos escritos a los comensales, y todos terminaban llorando, pero “con pura magia satisfechos”.

Por su parte el financiero y empresario mexicano Alejandro Palma (además, un gran melómano), también protegió a otros escritores cubanos, creando la Beca “Gabino Palma” que otorgó a Eliseo Alberto y Rafael Rojas. Hace mucho que los cubanos beneficiados por él le deben un reconocimiento que simbolice el oro de su amistad generosa y desinteresada.

Después, damas cubano-mexicanas como Alina Menocal Johnson de Rocha y Aymée Labarrere de Servitje, promovieron artistas plásticos y cineastas cubanos que empezaron su recorrido internacional en México a mediados de los 80 del siglo pasado. Y también las hermanas Germaine y Claudia Gómez Haro, gestoras del “Centro de Cultura Casa Lamm”, han protegido sobre todo al arte y la cultura cubana oficial. Incomprensiblemente, el gobierno cubano aún no ha premiado como debiera las múltiples atenciones, los numerosos gestos de cordialidad y los útiles servicios de estas dos generosas promotoras, como una muestra de torpeza, ingratitud o ignorancia. O de las tres cosas.

Damas mexicanas como Azul Verdugo de Landeros y Virginia González Torres, reconocidas benefactoras y filántropas, apoyaron decisivamente con su valiente discreción una causa humanitaria muy publicitada después, como la del Mayor Aviador Orestes Lorenzo Pérez, quien el 19 de diciembre de 1992, rescató a su esposa e hijos secuestrados por el castrismo, en una avioneta Cessna 310, fabricada en 1961, adquirida con el generoso aporte de 30 mil dólares de la mecenas cubana en Texas Elena Díaz Verson de Amos[1]. El arrojado militar se había fugado de Cuba el 20 de marzo de 1991 en un avión de combate MIG 23 BN, y Raúl Castro había dictado que nunca permitiría que el prófugo se reuniera con su familia de nuevo, y que si quería verlos “fuera por ellos”.

Lorenzo le tomó la palabra y voló clandestinamente a la isla, para recogerlos en una carretera muy transitada, como una proeza caballeresca en tiempos de la Guerra Fría. Antes, las valerosas damas mexicanas fueron a la isla llevando escondidos los planes, mapas e indicaciones grabadas de Orestes para su esposa, relatando todo el plan de escape, y transmitiendo oralmente las contraseñas establecidas para poder comunicarse en clave.

El vuelo de regreso (a diferencia del de su fuga inicial que tomó apenas 10 minutos) fue de 100 minutos de una agonía mortal, cuando finalmente volvió a su punto de partida, que tiene el emblemático nombre de las victorias heroicas: Cayo Marathon. Esta es una asombrosa y valiente acción la cual aún espera por la película que la narre.
Víctor Batista

En esta honrosa relación de mecenas cubanos hay un lugar especial para Víctor Batista Falla (1933-2020), recientemente fallecido en Cuba debido a la mortal pandemia, después de 60 años de haber salido de allí huyendo del castrismo. Primero se estableció en New York, donde fundó y financió las revistas Exilio y escandalar, y luego fijó su residencia en Madrid, donde abrió la Editorial Colibrí, para autores cubanos.

El mejor Mecenas es una especie de Narciso tímido, un Ícaro que presta sus alas para que otros vuelen, un relevo de Sísifo que ayuda a empujar la piedra, un Pigmalión convertido en Galatea, un Ganimedes servidor de Apolo.

El mecenazgo le venía a Víctor Batista en la sangre. Su tío, el cienfueguero Eutimio Falla Bonet (1905-1965), fue uno de los más decididos protectores del arte y la cultura cubanas; no sólo financió, sino que supervisó y co-ejecutó la restauración de dos monumentos muy valiosos del patrimonio artístico religioso cubano: la Iglesia Parroquial Mayor de San Juan Bautista en la ciudad de Remedios, y la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en Santa Clara, que son obras muy significativas del barroco insular.

Víctor Batista Falla Bonet, cumpliendo esta tradición familiar, más que mecenas, fue facilitador, impulsor y materializador de proyectos, donde metía no sólo sus recursos sino sus saberes y quereres. Aunque solía bromear presentándose como “el tío de la duquesa”, en realidad los Mestre-Batista-Falla ya pertenecían a la nobleza española desde mucho antes del matrimonio de su sobrina con el entonces heredero del Gran Ducado de Luxemburgo, y estaban emparentados con los Marqueses de Santa Olalla, los Condes de Casa Montalvo, los Condes del Castillo, los Marqueses de San Felipe y Santiago, los Condes de Casa Barreto y los Condes de Macurijes, y sus ancestros se remontan documentadamente hasta principios del siglo XVI.

En Cuba, la nobleza de la cuna no ha estado separada de la bondad y la generosidad, así como de un alto espíritu de servicio y una decidida vocación patriótica, traducidas en el estímulo de los talentos artísticos y literarios, y materializadas en grandes obras que no sólo llenan de justificado orgullo sino sirven como estímulo para levantar un país y colocarlo de nuevo entre las naciones más progresistas y avanzadas. Esos seres no sólo están por derecho propio en gran parte de nuestro pasado, sino les corresponderá también para cumplir un destino histórico, un papel fundamental en nuestro futuro.


Notas

[1] Esta misma patricia cubana, hija del periodista Salvador Díaz Verson (uno de los primeros en advertir, sin ser escuchado, la intención comunista de Castro), también ayudó para que huyera disfrazada de la isla Alina Fernández, la hija de Fidel Castro, en 1993. En esta operación también participaron la Fundación “Armando Valladares” y una de sus ejecutivas, Cristina Arriaga.

Wednesday, March 10, 2021

Cuando la Madre Patria se acordó de sus hijos

Por Enrisco

Hubo un tiempo en que el español se puso de moda en Nueva York. Fue por allá, por los tiempos de la Primera Guerra Mundial. En 1917 Estados Unidos entraba en guerra con Alemania cuando se dio cuenta de que su segunda lengua, la más frecuente en el sistema escolar, aparte del inglés era precisamente el alemán. En su lugar la lengua que encontró más a mano era el español. Era la lengua de los países latinoamericanos con los que había intensificado el comercio ahora que se hacía tan complicado hacerlo con Europa. Así fue como los estudiantes gringos aprendieron a decir ¿Dón-de es-tá la bi-blio-te-ca?” y “El pe-rro se co-mió la ta-rea”.

Por su parte España andaba interesada en recuperar el terreno perdido tras las guerras de independencia hispanoamericana del siglo XIX y sobre todo tras la Guerra hispanoamericana en Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Lo que había sido una contienda “arrancapescuezo” hasta apenas unos años antes, podía verse ahora como mero malentendido familiar. Malentendido que la Madre Patria estaba dispuesta a perdonar. Porque así son las madres, de corazón grande y generoso, comprensivas con las pataletas de los hijos. Una cosa es que los hijos se hagan independientes y otra es que ni siquiera les echen una cartica en el correo contándoles cómo les va.


La carnada para la recuperación del amor perdido por la Madre Patria fue el idioma y la cultura comunes. Y el montón de españoles que seguía emigrando a América cada año porque a veces la Madre Patria era inhabitable para los mismos españoles. Así se pusieron de moda términos como “la hispanidad” o “la raza”. La española Unión Iberoamericana se propuso “estrechar las relaciones sociales, económicas, científicas, literarias y artísticas de España, Portugal y las naciones americanas”.

Echaron mano, por supuesto, a Cristóbal Colón, el genovés que murió creyendo que Cuba era una isla japonesa. En 1913 Faustino Rodríguez San-Pedro, presidente de la Unión Iberoamericana, propuso celebrar la Fiesta de la Raza el día en que Colón había desembarcado en una isla de las Bahamas, el 12 de octubre. ¿No venían celebrando los italianos el Colombus’s Day desde 1909? ¿Cuál era el problema con que los hispanoamericanos celebraran el día en que sus recontratatarabuelos paternos empezaron a machacarles la vida a sus recontratatarabuelos maternos?

O como lo dijera tan lindamente la susodicha Unión, el 12 de octubre serviría para celebrar “la intimidad espiritual existente entre la Nación descubridora y civilizadora y las formadas en el suelo americano, hoy prósperos Estados”. Mamá Patria, siempre tan generosa, recordándoles a los hijos todo lo que hizo por ellos.

La moda de la hispanidad prendió por un tiempo en Nueva York. En 1916 Federico de Onís fue enviado a Nueva York para ocupar la cátedra de Español de la Universidad de Columbia y en 1920 se creó en dicha universidad el Instituto de las Españas que luego se convertiría en la Casa Hispánica, todavía vigente.

Desde España trajeron intelectuales para explicar la grandeza de la cultura española pero cuando en 1929 llegó el poeta Federico García Lorca más que explicar nada quedó tan sobrecogido por la monstruosa imagen que le ofrecía la urbe norteamericana que los poemas resultantes no se atrevieron a publicarlos hasta cuando llevaba un rato muerto.

En 1927 se hicieron planes grandiosos para propagar la idea de la Hispanidad en Nueva York. Para ello se importarían más intelectuales de España. (Una cosa era hablar de “intimidad espiritual” y otra muy distinta tener en cuenta a los boricuas de El Barrio). Para estrechar los lazos de la antigua metrópoli con sus ex-colonias se construiría una grandiosa Casa de las Españas en la capital del mundo. Pero entonces llegó la depresión. La Gran Depresión, quiero decir. Y el retorno de la grandeza española quedó, como la búsqueda de El Dorado, en puro delirio.

Tuesday, March 9, 2021

La mala suerte: 13 fotos de la prisión cubana

Por Julio César González Laureiro

En principio, la fotografía carcelaria se interesó solo por el rostro de los sancionados.

La imagen, que tenía el objeto de servir como medio de identificación, constituyó un nuevo elemento en el expediente de los condenados, donde se asentaba la raza, la estatura, la edad, y otras señas con valor identificativo, como las heridas y tatuajes.

Puesta en uso unas décadas después de que fuera abolida la mutilación y la costumbre de marcar al reo, la foto resultó un método de gran utilidad en el proceso de identificación de los criminales, aunque no siempre aportó los efectos deseados:

“No son raros –escribe Fernando Ortiz en un estudio titulado La identificación dactiloscópica– los casos de retratos de individuos (…) tan parecidos, que inducen a error al más experto, y (…) retratos del mismo reo fotografiado en diferentes edades, que con mucha dificultad pueden reconocerse como del mismo sujeto”.



Leocadio Páramo de la Laguna

Hijo de Raimundo y Luciana

Natural de Madrid, soltero, 27 años, alfarero

En: Los Criminales de Cuba…

1.

Llegados los años 60 del siglo XIX, y teniendo en cuenta “la dificultad de aprehender a los criminales (…) por las señas vagas y frecuentemente equivocadas, que traen las requisitorias”, el Jefe Superior de Policía propuso fotografiar a los acusados de delitos graves, a los prófugos del presidio y los reincidentes.

A este fin, Domingo Dulce Garay, Capitán General de Cuba, designa al fotógrafo José Lorenzo Cabrera, dueño de una Galería en O'Reilly 60, para fotografiar a los “penados y reclusos” que ingresen al Presidio y al correccional de vagos y, en caso de fuga, remitir “a los jefes de la Guardia civil, de policía, gobernadores y comandantes militares, el número de retratos necesarios (…) con lo cual será a todos fácil retener las facciones de los prófugos, y (…) conseguir su aprehensión”.

Probablemente, algunos de los dibujos empleados para ilustrar Los criminales de Cuba, se realizaron a partir de los retratos confeccionados en presidio por aquella época.



José Menéndez Fernández

Hijo de Manuel y Vicenta

Natural de Madrid, soltero, 16 años, cigarrero

Propietario: Archivo Nacional de Cuba

2.

En las primeras fotos de que disponemos, correspondientes a los años 70 del siglo XIX, el preso no mira a la cámara y es prácticamente retratado de medio cuerpo.

La imagen, que evidencia la falta de un método o sistema para elaborar las fichas de presos y penados, sugiere, por su composición, el uso de fotógrafos particulares.

Se piensa que algunos de ellos, además de suplir las carencias del Presidio, pudieron establecer “pequeños” estudios en la institución penitenciaria.

La conocida foto de José Martí en el Presidio de la Habana, de la cual dedicara sendas copias a su madre y a su amigo Fermín Valdés Domínguez, corrobora la relación de los retratistas profesionales con las instituciones de castigo[1].



Epifanio Horta Plasencia

Hijo de Alejandro y Serafina

Natural de Mariel, soltero, 46 años, tabaquero.

Propietario: Archivo Nacional de Cuba

3.

Al preso, en los años 80, se le ve arrellanado en una butaca como mejor le conviene, imponiendo a la lente su dignidad, que la prisión le usurpará apenas abandone la pose.


Rogelio Rodríguez

Hijo de Bembenuto y Juana

Natural de Caibarién, soltero, 16 años, barbero

Propietario: Museo Antropológico Montané

4.

No fue hasta los años 90 del siglo XIX, que el Presidio dispuso de un gabinete antropométrico y de un sistema para confeccionar la ficha fotográfica de los penados: una foto de frente y de perfil al momento de ingresar a Presidio y una foto de frente y de perfil después de ser pelado y rasurado.[2]

El número del retrato, que en principio no coincide con el del sancionado, aparece al pie o en la parte superior de la foto.

Mientras tanto, el Oficial encargado del Archivo “[conserva] las medidas, retratos y negativos de los penados, y los [tiene] debidamente ordenados”.



Escuela del Presidio

Propietario: Archivo Nacional de Cuba

5.

El edificio-prisión, objeto de numerosas críticas por su mal estado y las carencias de todo tipo, no fue captado por la lente del Estudio Cohner hasta varias décadas después de haberse introducido la fotografía en Cuba.

En las láminas, que develan el quehacer del Presidio durante la colonia, los presos van a misa, trabajan, estudian y forman delante del petate o a la espera del rancho.

Todo en la prisión está escrupulosamente ordenado y limpio.

Con certeza, la administración se atribuye el derecho de indicar qué espacios pueden ser fotografiados y en qué momento.



Patio interior del Presidio a la hora del rancho

Propietario: Biblioteca Nacional de Cuba

6.

Aunque menos reposadas que las anteriores, las fotos del Presidio por José Gómez de la Carrera siguen igual itinerario durante la primera intervención norteamericana.

Y lo mismo las de la Cárcel y el Vivac en los inicios de la república.

“Comparar el vivac de ayer con el de hoy –-escribiría un periodista--, es hacer una travesía desde un muladar a una floresta”.



7.

El primer fotógrafo del Presidio de que se tiene noticia, nombrado en 21 de enero de 1904, fue Juan Francisco Steegers Perera, quien introdujo en Presidio la identificación dactiloscópica[3] y dirigió el Gabinete Nacional de Identificación entre 1911 y 1921.

Esta institución, que se interesó en el estudio de los brujos y ñáñigos por considerarlos proclives al delito, vulgarizó sus ideas sobre el tipo criminal, infundiendo, entre sus contemporáneos, el miedo y el odio por los practicantes y asociados.

Acto de colocación de la primera piedra de la Cárcel Modelo

Propietario: Archivo Nacional de Cuba

8.

Las fotos del Presidio, la Cárcel y el Vivac, difundidas en el cruce de los siglos XIX y XX, parecen poner en entredicho la necesidad de transformar la red de instituciones penitenciarias, pero las fotos por venir dan testimonio del apremio de la reforma; basta la del presidente Gómez, al pie del Castillo del Príncipe, colocando la primera piedra de la Cárcel Modelo; la de Gerardo Machado y Morales en la inauguración de las obras del Presidio de Isla de Pinos.



Acto de colocación de la primera piedra del Presidio Modelo

En: El Presidio Modelo

(A modo de homenaje, y teniendo en cuenta la naturaleza del evento al que se dedican estas líneas, en las fotos escogidas para ilustrar aquellos actos, aparecen por azar, o no, un fotógrafo que acecha tras su cámara y otro que la lleva en ristre).


Detalle de una foto realizada en el acto inaugural de la primera galera del Presidio Modelo

Propietario: Centro de Documentación del MICONS (Perteneció al Ministerio de Obras Públicas)

9.

La mejora del edificio-prisión es el gran tema de la fotografía carcelaria durante el siglo XX.


Vista aérea del Presidio Modelo

Propietario: Biblioteca Central de la Universidad de la Habana

A este género de foto, que incluye la escuela, el taller, el campo, el hospital y las áreas para la práctica de deportes, no escapa ningún evento que resalte el accionar de las autoridades en bien de la sociedad y el preso: el homenaje a Carlos Montenegro en el Castillo del Príncipe, la inauguración de la Prisión provincial de Pinar del Río, la celebración del quinto aniversario del Plan de Reducación Camilo Cienfuegos en Isla de Pinos, uno de los pocos actos acontecidos en la prisión tras el triunfo de la revolución cubana de enero de 1959, que ha sido graficado por la prensa.

En fin, la “radical transformación de nuestro régimen penitenciario”.


10.

Aunque las normas de la prisión, cualquier prisión, no dejan resquicio a la imprudencia, la foto ofrece en ocasiones otra visión de los encierros.

Son sus autores, en este caso, fotógrafos que transponen las puertas del presidio a la voz del carcelero… o en tiempos de cambios.



Armas requisadas durante un plante en el Presidio Modelo

Propietario: Museo Presidio Modelo

Se deben, a los primeros, las fotos de los accidentes, los plantes y las fugas, que terminan casi siempre con la muerte de un recluso; la de los presos políticos agradeciendo o denunciando el trato que les dispensan; las anexas a los expedientes judiciales como elementos probatorios.



El Garrote

En: “Imaging Cuba under the American Flag: Charles Edward Dotty in Havana, 1899-1902”

A los segundos corresponden las fotos de las celdas de castigo, del patíbulo y el verdugo, de los salones de torturas y sus aditamentos.

Son las fotos del garrote de la Cárcel de la Habana por Charles Edward Doty, las del Castillo de Atarés después de la caída de Machado, la del periodista Pablo de la Torriente Brau junto a los féretros del Presidio y la de los presos, otras vez los presos, cuyos rostros se difuminan en las fotos de los turistas y el discurso de los políticos.


Notas
[1] Esta tradición, que se mantenía vigente a mediados del siglo pasado, no sobrevive a la república.

[2] Este sistema, según Octavio Montoro y Saladrigas, se puso en práctica en Presidio en 1894.

[3] La dactiloscopia se introdujo en Cuba en diciembre 1902 para ser utilizada en el Servicio de Sanidad Marítima, y la primera muestra de su empleo aparece en el “Registro monodactilar de trabajadores analfabéticos inmunes a la fiebre amarilla”.


Monday, March 8, 2021

El mecenazgo en Cuba

Por Alejandro González Acosta

En Cuba existe una antigua, sostenida y rica tradición de generoso mecenazgo.

La sociedad (por supuesto “civil”), se comprometía y tomaba parte en el empeño de llevar el país por la senda del progreso y la cultura, en un proceso gradual y siempre insatisfactorio para las necesidades, inevitablemente crecientes. Pero también hacían gala de esa entrega y ese orgullo en el exterior.

Su historia muestra una sólida vocación de protección, estímulo e impulso de los talentos nacionales. No sólo de familias cubanas, sino de las propias autoridades españolas, para quienes la isla era una provincia más de la monarquía hispana.


El Gobernador Luis de las Casas y Aragorri y el Intendente Alejandro Ramírez, fueron muy señalados en esto, propiciando la creación de la Sociedad Económica de Amigos del País, de honda y fructífera existencia, que fue una institución de amplio mecenazgo donde tomaron parte personajes criollos como Francisco de Arango y Parreño, José Agustín Caballero, Tomás Romay, Luis de Peñalver y familias como los O’Farril y los Montalvo.

Esta Sociedad Económica de Amigos del País creó la primera biblioteca pública (que aún existe funcionando), el Jardín Botánico, la Academia de San Alejandro, el primer Papel periódico de La Habana y la Revista Bimestre Cubana, entre muchas otras obras de beneficio social: se trató sobre todo de un organizado mecenazgo colectivo.

También hubo mecenas cubanos que ejercieron su influjo en otros países de América:

Una figura interesantísima y lamentablemente muy poco conocida es la de Manuel del Socorro Rodríguez de la Victoria (Bayamo, 3 de abril, 1758 – Bogotá, 2 de junio, 1819)[1]. Este joven bayamés autodidacta destacó desde muy niño por su inteligencia y aplicación, y recibió el apoyo tanto del párroco de Bayamo, como después del Marqués de Guisa, y finalmente del Capitán General de la Isla de Cuba, José Manuel de Ezpeleta, quien se lo llevó como protegido y secretario cuando lo nombraron Virrey de la Nueva Granada. Allí Rodríguez de la Victoria llegó a convertirse en una de las principales figuras de la ilustración neogranadina, y se le considera el creador del periodismo colombiano. Fue un erudito impulsor de la Real Biblioteca Pública, que resultó el núcleo de la formación liberal en ese virreinato.

Era habitual que tanto funcionarios, como hacendados e instituciones religiosas protegieran y promovieran algunos jóvenes con dotes especiales.

En Cuba, además de los ya mencionados antes, han existido notables mecenas.

No necesitaban ser unos grandes nababs o tycoons, pues bastaba con proveer los medios necesarios en el momento justo.

Siempre hubo cubanos ilustrados y generosos: por ejemplo, el clan Loynaz del Castillo, contando con la fortuna recibida por la parte materna de los Muñoz Sañudo (una de las familias más poderosas económicamente de la isla), además de los patrimonios personales acrecentados por sus distintas actividades, protegieron a numerosos escritores y artistas en general.

Eran famosas las veladas de los jueves en su residencia señorial de la Calle de Línea en El Vedado, las llamadas “juevinas”, donde tomaron parte destacados escritores nacionales y extranjeros. Debido a que también los Loynaz eran jóvenes bohemios y excéntricos, hasta organizaron veladas funambulescas de larga memoria, como la renombrada cena en el tope de la Loma de Chaple con meseros vestidos de pajes Luis XV y servidos a la luz de candelabros de plata y oro, que recuerda Alejo Carpentier en algún documental[2].

María Luisa Gómez Mena

Gran mecenas también fue María Luisa Gómez Mena, la famosa “sobrina de la Condesa de Revilla de Camargo”, una bohemia de vida intensa, pero también con gran sensibilidad, voluntad, decisión e intuición artística. Fue promotora de importantes proyectos en Cuba y el extranjero, como México, España y Estados Unidos. A ella se le debe aún un gran homenaje por su desempeño fundamental en la cultura de su tiempo.

En la época cuando Cuba aún era posesión española, fue famoso Francisco Marti y Torrens, un acaudalado catalán llegado muy pobre a la isla, quien apoyó, entre otros empeños, la construcción del Gran Teatro de Tacón, aunque no era un personaje con una educación refinada y su forma de enriquecerse no fue muy escrupulosa.

Algo parecido ocurrió después con empresarios muy acaudalados, como Alfredo Hornedo, Benito Remedios y Julio Lobo, “El Zar del Azúcar”. Los dos primeros fueron bastante peculiares en sus gustos y empeños, pero dejaron grandes obras de tras de ellos. El tercero formó la rica colección sobre Napoleón Bonaparte que hoy se conserva en un museo especial.

Tanto Martha como Rosalía Abreu fueron también grandes, generosas y atinadas mecenas, no sólo de artistas y patriotas, sino también de la ciencia, como el caso de la segunda de las hermanas, que instaló en Cuba el primer zoológico-laboratorio dedicado a estudiar los primates, lo cual derivó en murmullos maliciosos y venenosos.

Porque debe advertirse que los mecenas también pueden recibir de sus protegidos las mordidas de la ingratitud, las dentelladas de la incomprensión y los venenos de la envidia. Para ser un mecenas no basta con ser rico, sino culto, o al menos sensible, y también generoso (que no es precisamente espléndido ni manirroto), junto con un gran espíritu humano.

El caso del escritor José Rodríguez Feo (1920-1993) puede ser un buen ejemplo: fue lo suficientemente rico y generoso para financiar muchos proyectos literarios, como la revista Orígenes, pero también fue mezquino para exigir por ello una pleitesía total, confundiendo a sus protegidos con esclavos o sirvientes, actitud que no aceptaron José Lezama Lima y otros del grupo como Virgilio Piñera, quienes pusieron distancia con él.

Por supuesto que la gratitud –como escuché decir alguna vez a un ente tenebroso- no es “como una medicina que tiene fecha de caducidad”, pero entre personas de bien y con un alma sana y una mente limpia, se impone como un privilegio espontáneo y natural, no como una imposición obligada o imperiosa. Por eso en la relación entre mecenas y artistas, su éxito también depende muchas veces de las características humanas de ambos.

Mujeres de gran sensibilidad, energía y decisión, fueron promotoras fundamentales de la cultura y el arte en Cuba, como Elena Pollack de Aguilera, Laura Raynieri de Alonso, Natalia Aróstegui de Bolívar, Lily Hidalgo de Conill, Catalina Lasa de Pedro y Martha Abreu de Estévez, y también Primeras Damas como María Jaén de Zayas, Mariana Seva de García Menocal, Elvira Machado de Machado, María Dolores Tarrero de Prío, y Martha Fernández Miranda de Batista.

Lo que quisieron hacer después las “damas revolucionarias” como Pastorita Núñez, Celia Sánchez, Vilma Espín y Haydée Santamaría, fueron burdos proyectos de propaganda, manipulación y de muy poco gusto, aunque algunas de ellas provinieran de antiguas familias francesas de hacendados y profesionistas adinerados (como Vilma Espín de los Guillois, y Celia Sánchez de los Manduley). Al menos con estas sí se logró la “abolición de LA clase”.



[1] Su estudioso más importante en la actualidad es Kevin Zedeño-Guillén.

[2] “Habla Carpentier… sobre La Habana (1912-1930”. Director: Héctor Veitia, ICAIC, 1973.

Saturday, March 6, 2021

“Morir en la cruz todos los días”


Por Rafael E. Saumell


“En la cruz murió el hombre en un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días”.
José Martí (Carta a Gonzalo de Quesada, 1 de abril, 1895).[1]





Reseña de Derribados, pero no vencidos. Ediciones Logos: Rosario, Argentina, 2020. 304pp., por Jorge Arrastía. 

La narrativa cubana de tema carcelario posterior a 1959 sigue creciendo y nunca ha dejado de hacerlo, sobre todo a partir de los años setenta del siglo anterior. El título en cuestión es solo uno de sus más recientes ejemplos. Desde Perromundo (1972), de Carlos Alberto Montaner, el número libros (testimonios, poemarios, estudios) no ha cesado de aumentar. Desde mediados de los ochenta, los nombres de Armando Valladares, Jorge Valls, Ernesto Díaz, Ángel Cuadra, Ana Lázara Rodríguez, Húber Matos, etc., alcanzaron merecida difusión y acogida entre los lectores familiarizados con la dictadura en vigor desde entonces.

Por cierto, Milho Montenegro, muy excepcionalmente desde La Habana y con el plan de publicarla allí, prepara una antología de poemas escritos en la cárcel durante las últimas seis décadas, por autores que cumplieron sentencias bien por enfrentarse al gobierno o por delitos cometidos contra la propiedad o las personas. En este sentido, debe decirse que hay un testimonio recogido, editado y publicado por Alfredo A. Ballester sobre un reo común: Memorias de Abecedario. Ex condenado a muerte y presidiario en Cuba (Miami: Editorial Voces de Hoy, 2011).

En el ámbito académico, los interesados pueden consultar la tesis doctoral Escritura entre rejas: literatura carcelaria cubana del siglo XX, de Ana Casado Fernández, Universidad Complutense de Madrid, 2016. Por otro lado, los investigadores Yannelys Aparicio y Ángel Esteban de la Universidad Internacional de La Rioja y la de Granada, respectivamente, tienen en prensa una edición comentada sobre Hombres sin mujer, la vida y la obra de Carlos Montenegro.

Asimismo, hay dos piezas cinematográficas que ya forman parte del canon carcelario: Conducta impropia (1984), de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal; y Nadie escuchaba (1987), de Néstor Almendros y Jorge Ulla. Para este año se espera el estreno de Plantados, dirigida por Lilo Villaplana, con guion de Ángel Santiesteban, Juan Manuel Cao y el propio Villaplana.

De esta manera el texto de Jorge Arrastía es parte de una tradición literaria, ensayística y fílmica que, por motivos de sobra conocidos, no circula libremente entre su público natural, vale decir, el radicado en la isla. El autor de este testimonio, nacido en la barriada de El Cerro, La Habana (1934), es un antiguo preso plantado (1964-1979), hoy residente en Miami, Florida.

Es graduado de la Academia Naval (1952), y sirvió como oficial de la Marina de Guerra antes de 1959. Participó en el plan inicial del levantamiento revolucionario del 5 de septiembre de 1957, protagonizado por sus compañeros del distrito naval de la ciudad de Cienfuegos. Durante los primeros meses del gobierno de Castro renunció a su cargo militar, pasó a la construcción de un hotel en Caonao, luego al Ministerio de Hacienda y, finalmente, fue empleado como profesor en la Escuela Superior de Pesca. El 16 de abril de 1964 resultó arrestado por conspiración, motivo por el cual lo condenaron a veinte años. Al principal encausado de su causa, Aurelio Martínez Ferro, lo pasaron por las armas. A Arrastía le llegó el indulto el trece de marzo de 1979. Salió de la isla el seis de abril de aquel año. Ha escrito cuatro poemarios y publicado algunos ensayos.

Gabriel Sánchez Zinny, el prologuista, nos da un resumen de la obra: “…es la historia de un hombre con ideales, amante de su patria, de su familia, de sus amigos y de la libertad, a quien en plena juventud y durante quince largos años de prisión por el régimen castrista todo le fue quitado, salvo su fe en Dios” (11). Igualmente agrega esta valoración: “con un estilo poético, que entremezcla el relato de los crudos episodios vividos con sus reflexiones espirituales, sin mostrar rencor y aun con buen humor…revela la profunda huella que la prisión …dejó en su alma” (11).

El instante decisivo para afianzar sus principios le llega en presidio cuando un amigo llamado Pepín le muestra lo que en la superficie parece ser un cuaderno escolar lleno de notas sobre geografía a historia del país. Sin embargo, mientras avanza en la lectura descubre que se trata no de un manual académico sino de las famosas meditaciones escritas por el sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), fundador de Opus Dei (1928), autor de un libro de consejos y meditaciones muy popular entre católicos (Camino, 1934), traducido a varios idiomas y editado cientos de veces. El efecto causado por el hallazgo y la lectura de ese texto lo resume Arrastía con estas palabras: “Aquel cuaderno, esa inquietud, marcarían mi vida para siempre” (59).

Para quienes pasaron por la cárcel San Carlos de la Cabaña, ubicada a la entrada de la bahía de La Habana, y fijan su atención en el diseño de la portada de Derribados, de inmediato se darán cuenta de que están viendo una imagen coloreada muy semejante a las galeras típicas de la tristemente célebre edificación colonial: más que celdas el ojo avisado ve cavernas húmedas, de escasa luz y mal ventiladas, donde sobreviven cientos de hombres que duermen en literas de tres y cuatro camas de altura.

El hacinamiento agrava los efectos del verano que allí es cruelmente húmedo y asfixiante; durante los inviernos y los días nublados se acentúan las penumbras y la sensación de vivir en una atmósfera helada, a pesar de que en Cuba hace un frío meramente tropical. Al recordar aquel lugar Arrastía señala a través del narrador: “En aquella fortaleza todos los tonos eran graves. Voces muy roncas. Gritos más roncos. Gargantas rudas. Acentos, inflexiones, maneras…Todos sombríos, profundos, abismales…Todo se acuesta grave, y grave se levanta” (99).

A la vez, asume el lugar desde diferentes perspectivas: “Celda, Monasterio, Prisión. Te lanzas en el uno: amor devorador, sublime, heroico. Te arrojan, en la otra, de ascos los odios. Y quedas dentro. Solo. Con tus entrañas…La diferencia la forjas tú, la esculpes, y te adueñas: creador, endiosado; o acaso verdugo de ti mismo, satanizado, porque lo quieres. Un Dios al que rechazas o te aferras” (15). A lo Gaston Bachelard se opinaría que, al mismo tiempo, es un “espacio amado” o “de hostilidad, del odio y del combate” (28-29)[2].

Le pregunté por el título y respondió: “Está tomado de un guerrero, de un Saulo heroico y pendenciero”. Luego incorpora una cita bíblica: “Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no parezca nuestra. En mil maneras somos atribulados, pero no nos abatimos; en perplejidades, no nos desconcertamos; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no vencidos[3]; llevando siempre en el cuerpo la mortificación de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos estamos siempre entregados a la muerte” (2 Corintios 4).[4]

¿Qué tiene en común Derribados… con sus antecedentes? Varios rasgos típicos: denuncia del sistema político, judicial y penitenciario, identificación de los abusos, torturas (físicas, psicológicas) y privaciones a las que fueron --y aún están sometidos-- los presos políticos de su generación y las actuales, la documentación minuciosa y verificable de violaciones de derechos humanos, individuales, sociales y económicos, la elaboración de una crónica contestataria y por ello en conflicto con la historia oficial de la revolución, la reafirmación de valores ideológicos y religiosos en un medio donde la intolerancia al pluralismo y a la fe son razones de estado.

¿En qué se distingue? En primer lugar, por el tratamiento del narrador a la representación y experiencia del dolor, físico, mental y moral, a partir de la fe religiosa. Lo logra de una manera que puede compararse con la forma de razonar y exponer de C.S. Lewis en El problema del dolor (1940)[5] y de Elie Wiesel en Night (1958)[6], uno cristiano, el otro judío. En el primer caso, Lewis utiliza una cita para adelantar el contexto y punto de vista predominante en su ensayo: “El Hijo de Dios sufrió hasta morir, no para que los hombres no sufrieran, sino para que sus sufrimientos pudieran ser como los Suyos” (George MacDonald, Unspoken Sermons. First Series).

Arrastía, en concordancia con Escrivá, Lewis y Wiesel, sin dudar de la bondad, de la omnipotencia y de la existencia de Dios por no impedir los tormentos y las ejecuciones llevadas a cabo por las autoridades, se sobrepone a las pruebas que le traen el encierro, el hambre, el repudio, los apremios y el exilio interior que implica toda pena de cárcel. La idea de que la persona está hecha a imagen y semejanza del Creador, implica también el conocimiento propio, en cuerpo y alma, de las estaciones de la cruz.

En esos términos se pronuncia Escrivá en Camino: “58. No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo, para purificarte, y siente, con Él, los insultos, y los salivazos, y los bofetones…y las espinas, y el peso de la cruz…, y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo… Y métete en el costado abierto de Nuestro Señor Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón”.[7] De esas bases éticas, filosóficas y teológicas, Arrastía saca la fuerza moral y la convicción suficientes para resistir, salvar a otros y salvarse. En otras palabras, soporta todo “el dolor humano” posible.

En el capítulo “Sí, pero sufro” lo expresa claramente: “Absurdo separar a Dios del sufrimiento. Parece paradoja. Eso gritaban los fariseos al Cristo –un solo requisito, para ellos creer—bajarse de la cruz. ¡Cualquier cosa menos la cruz! La cruz molesta” (123). En una de las circulares de Isla de Pinos conoce al padre franciscano Fr. Miguel Ángel Loredo, condenado a quince años en 1964, porque las autoridades argumentaron que dio refugio en el Convento de San Francisco a Ángel Betancourt, ingeniero de vuelo de Cubana de Aviación, quien intentó desviar una aeronave comercial a los Estados Unidos. En el acto murieron el piloto y el custodio, el copiloto recibió heridas. De Fray Loredo cuenta: “Fue una gota de agua en el desierto: tuvimos misa, confesiones, bautizos y confirmaciones, entre un torrente de conversiones; la gente volvía” (148).[8]

Reparemos en la última oración: “la gente volvía”. En presidio, claro que el escepticismo en cuanto a la omnipotencia y la benevolencia de Dios puede reinar e imponerse entre algunos, de manera temporal o definitiva. Sin embargo, para Arrastía, la noción de un Dios presente en cada ser, lo reafirma en la certeza de que Él padece tanto como sus criaturas y las acompaña cada minuto. En Noche hay una ocasión en la cual los condenados son obligados a presenciar el ahorcamiento de un adolescente judío. Wiesel escucha a uno de los prisioneros preguntarse: “¿por qué Dios no impide este crimen?” Una voz le replica al incrédulo: “porque acaban de ahorcarlo”.

En la literatura cubana hay un texto precursor donde se barajan conceptos equivalentes. En El presidio político en Cuba (1871), Martí hace innumerables referencias a Dios. Lo llama providente, sinónimo de bien, confía en su existencia: “Presidio, Dios: ideas para mí tan cercanas como el inmenso sufrimiento y el eterno bien. Sufrir es quizás gozar” (17).[9]

Dos párrafos más adelante, invoca un principio ético que inherente a la narrativa del presidio. El testigo que narra no debe de hablar solo de sí, también de quienes no han tenido voz y también agonizaron: “Pero otros sufrían como yo, otros sufrían más que yo. Y yo no he venido aquí a cantar el poema íntimo de mis luchas y mis horas de Dios. Yo no soy aquí más que un grillo que no se rompe entre otros mil que no se han roto tampoco. Yo no soy aquí más que una gota de sangre caliente, en un montón de sangre coagulada” (17-18).

Más de una vez, el narrador exclama: “Nunca estuve [antes de estar preso], he estado, ni estaré mientras aliente, más cerca de Dios” (16). ¿Por qué? Porque es una elección y un compromiso. La celda puede ser la de una prisión o la de un monasterio, de amor o de ascos, como señaló arriba. Meridianamente dice: “La fe es dignidad y es hombría. Es hoy, es el ayer, es el mañana, es tiempo y es espacio, es galanura; es ángel que te trepa al monte erguido para que en firmeza constates que existen horizontes que se mueven cada vez, que al estirarte creces si atinas a encumbrarte a puro filo de la espada” (CP).

Ese comportamiento lo convirtió en preso plantado. Significa que rechazó vestir un uniforme similar al de los delincuentes, o sea quitarse el de color amarillo de los políticos para llevar el azul de los comunes. No admitió dejarse reeducar -por adoctrinar-, se abstuvo de sumarse a los trabajos forzados. En el capítulo “Del amarillo al azul o a un corto blanco” (171-173) informa: “A los que no aceptaban el uniforme azul los encerraban en galeras separadas, flamantemente desvestidos con los blancos calzoncillos de dos patas, tu toalla, tu jarrito y tu cuchara” (172).

El castigo de los guardias consistió en aislarlos del resto de los reclusos, los incomunicaron. Arrastía y sus compañeros pasaron una buena cantidad de años bajo esas circunstancias, en diferentes establecimientos a lo largo y ancho de la isla. En otro documento indica: “Perdí, honestamente, la cuenta, del número de prisiones en que me encerraron. Estuve en todas las provincias, menos en Las Villas y en Oriente. Entre las más sombríamente famosas: La Cabaña, las Circulares de Isla de Pinos (cuatro enormes edificios atestados con millares de presos), Kilo 7, y el llamado Combinado del Este” (CP).

En Veinte años y cuarenta días (1988), Jorge Valls también describe el momento del cambio de uniformes, las consecuencias de rechazar el azul: “Nos prohibieron las visitas, el correo (tanto enviarlo como recibirlo), la luz del sol, libros o cualquier material impreso, contacto con otras galeras, etc. Solo nos prestaban atención médica en casos de emergencia. Éramos trogloditas desnudos en una caverna del siglo XX” (62).[10]

Hacia el final del libro, bajo el subtítulo “¿Miedo?” (245-246), Arrastía enfatiza cómo su fe lo sostuvo para poder superar tantas privaciones: “Recordé mi primera noche en Seguridad del Estado con los zapatos como almohada y mi sueño profundo…La suerte estaba echada. Es cierto que se movía la barca, que había tempestad y la mar se encrespaba; pero en la popa, cabeza en cabezal, dormía Él” (246). Ante esta declaración me vino a la mente lo dicho por Lewis en la última frase del “Apéndice” incluido en el ensayo discutido previamente: “El dolor proporciona una oportunidad al heroísmo; la oportunidad es tomada con sorprendente frecuencia”.




[1] Se considera que esta carta es el testamento literario del autor. Ver Obras escogidas en tres tomos. Tomo III. Noviembre 1891-mayo 1895. La Habana, Editorial Política, 1981: 484-487 pp.

[2] La poética del espacio. Colombia: Fondo de Cultura Económica, 1993.

[3] Mi énfasis en itálicas.

[4] Comunicación personal de J. Arrastía para este trabajo. En lo adelante, la identificaré con las letras CP entre paréntesis, cada vez que la mencione entre comillas.

[5] Traducción de Susana Bunster. http://bibliotecadigital.tamaulipas.gob.mx/archivos/descargas/0669f127a_Lewis,%20C.%20S.%20-%20El%20Problema%20del%20Dolor.pdf

[6] Translated from the French by Marion Wiesel. New York: Hill and Wang, 2016. PDF.

[7] Madrid: Editorial Rialp, S.A., 1939. PDF.

[8] Loredo, Fray Miguel Ángel. Después del silencio. Entrevistado por Nicolás Pérez Diez-Argüelles. Miami: Ediciones Universal, 1988.

[9] Publicado por la Comisión Nacional Organizadora de los Actos y Ediciones del Centenario y del Monumento de Martí. La Habana: Impresora Mundial, S.A., 1953.

[10] Madrid: Ediciones Encuentro, 1988. Traducción del original en inglés por María Mercedes Lucini

Twenty Years and Forty Days. Life in a Cuban Prison.