Thursday, May 18, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XX

 Por Guillermo A. Belt

 

Batalla de Coliseo por Armando Menocal. Fragmento.

A medida que van llegando las noticias de la Invasión la provincia de Matanzas realiza levantamientos continuos. Se combate en toda la parte norte de la provincia. Cinco mil soldados españoles no logran impedir la entrada de los brigadieres [José] Lacret Morlot y Francisco Pérez en el territorio de Matanzas.

El Ejército Invasor inicia su marcha hacia Matanzas el 18 de diciembre, llegando ese día a El Mamey, nos cuenta Enrique Loynaz del Castillo, y continúa el relato. Larga y fatigosa fue la marcha. A la una del día, a través de los terrenos del central Hormiguero cruzamos el lindero de la provincia de Matanzas…Hacia nuestra línea se aproximaba el enemigo…Extremaba sus precauciones. Buscaba el abrigo del monte y de cercano arroyo, frente a nuestra línea, descubierta y presta a cargar. No atreviéndose a avanzar más, ni a cruzar el arroyo, empeñó el combate a descargas y cañonazos.

A las cuatro de la tarde el enemigo avanza por el flanco derecho. Inmediatamente el general Gómez dio la orden de carga, seguida de los toques de degüello y a galope se lanzó nuestra caballería en perfecta formación, en la carga más imponente y ordenada que he presenciado.

Resulta imposible cruzar el arroyo porque los caballos se hunden en el cieno. Gómez da la orden de retirada, el enemigo no sale de su posición atrincherada, y al oscurecer las fuerzas cubanas reanudan la marcha sin ser seguidas por los españoles. Esa noche acampan en San Lorenzo del Desquite, y a las seis de la mañana en marcha de nuevo. Maceo y Serafín Sánchez rechazan ataques a las avanzadas y la retaguardia, respectivamente.

El Ejército Invasor marcha todo un día y la mitad de la noche sin descanso, evadiendo las columnas españolas. Al encontrarse con un tren lleno de soldados españoles en la vía férrea de Colón a Cárdenas y cruzar fuego con ellos, las fuerzas cubanas se dividen en la oscuridad. Loynaz del Castillo queda con Maceo, a quien deseaba acompañar hasta el final de la Invasión, no obstante mi propósito – que ya le había anunciado – de aceptar el cargo de Jefe de Estado Mayor del Ejército de Las Villas ofrecido por el general Sánchez. El resto de la fuerza cubana queda con los generales Gómez y Sánchez.

A las tres de la tarde del 23 de diciembre de 1895 la columna de Maceo avista el pueblo de Coliseo en el llano a su vanguardia. Maceo ordena a sus tropas pasar al otro lado de una cerca de piedra “para dar la cara al enemigo” – así lo cita Loynaz. A poco se les une el general Gómez, junto con Serafín Sánchez, a la derecha de la línea. Hay un gran cuadro mural en la suntuosa residencia que fue de la señora Rosalía Abreu, en Palatino, que reproduce exactamente esta escena de Coliseo, con impresión de vida; porque fue su autor un ayudante del general Gómez, el artista de excelso patriotismo, Armando Menocal.

Los cubanos contemplaban las llamas en Coliseo, de donde les llegaban pocas balas, según recuerda Loynaz. Mientras el fuego en los suburbios de Coliseo crecía en intensidad, divisamos una gran columna española que a la derecha, es decir, al lado del este de las ruinas del [antiguo ingenio] “Audaz” y a unos trescientos metros de ellas, tomó posición en forma de un gran cuadro irregular, cerrado en sus cuatro lados por nutridas filas de infantería, y a su lado norte flanqueado por fuerzas escasas de caballería. Esta columna la manda en persona el Capitán General de la Isla, Mariscal Martínez Campos.

Ante la imposibilidad de lanzar una carga de caballería exitosa contra el gran cuadro enemigo, Gómez y Maceo acuerdan contestar el fuego de artillería y fusilería desde la cerca de piedra. En este punto, el entonces comandante Loynaz del Castillo ve una oportunidad de actuar: Encontrándome al lado del general Maceo, me aventuré, confiado en el viejo afecto que nos unía, a sugerirle la ocupación de las ruinas del “Audaz” en previsión de que se nos adelantara en el mismo propósito el enemigo… El general me concedió su atención, pero no respondió nada…

Loynaz insiste, ofreciendo ir él mismo con alguna caballería de Serafín Sánchez. Entonces me preguntó, “¿Qué fuerza es ésa?” Díjele:” Un escuadrón del regimiento Martí, del coronel Justo Sánchez y otro de la escolta del general Sánchez, fuerza de coraje.” Maceo le ordena que vaya enseguida y se dirige con sus ayudantes a Coliseo.

Loynaz no logra ocupar las ruinas porque los españoles han llegado minutos antes y se han parapetado en ellas, desde donde abren fuego inmediatamente. Entonces ordena cortar una cerca de alambre, saca a su gente del batey del ingenio hacia un terreno más bajo cubierto por un cañaveral, donde a salvo de las descargas enemigas pude alinear a la fuerza, tarea en que me ayudó el coronel Justo Sánchez. No atreviéndome a regresar a presencia del general Maceo sin haber alcanzado el éxito, desplegué, pie a tierra, la fuerza ya rehecha hacia la parte posterior del muro ocupado por los españoles, que viéndose acometidos por la espalda tuvieron que batirse a la descubierta. Así nos sostuvimos, junto a las ruinas del Audaz, aunque no dentro de ellas, como una hora.

Éramos la última fuerza cubana sobre el campo de la acción. Sólo aguardábamos la orden de retirada, cuyo toque no pudimos escuchar… Mientras el cuadro español permanecía inmóvil, podíamos, sin gran peligro, aguardar. De pronto a galope se nos aproximó un jinete; era el ayudante del general Maceo, Alberto Boix.

En sus Crónicas de la guerra, el general Miró Argenter explica la apresurada llegada de Boix. Loynaz lo cita: “Quedaba únicamente nuestra retaguardia, sosteniéndose con vigor en el ingenio Audaz. No había oído el toque de retirada y continuaba firme en su puesto. Viendo el general Maceo comprometida la situación de aquellos escuadrones, sobre quienes toda la columna española iba a dirigir sus ataques, mandó a escape cuatro oficiales, uno tras otro, para que alguno llegara vivo y pudiera trasmitir la orden de retirada. Llegaron ilesos a Prodigio.”

Supuestamente Martínez Campos comentó que se daría un tiro en la cabeza ante su derrota en Coliseo, a 130 kilómetros de La Habana. Sabemos que no lo hizo; quizás lo consideró. Razón de sobra tenía.

Tuesday, May 16, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XIX

 Por Guillermo A. Belt


Al amanecer del 15 de diciembre [de 1895] el Ejército Invasor al mando de los generales Máximo Gómez, Antonio Maceo y Serafín Sánchez emprendió resueltamente la marcha por los llanos de Cienfuegos al avanzar por el centro de la Isla.

 Así comienza Enrique Loynaz del Castillo el relato de la batalla de Mal Tiempo, al que dedica seis páginas de su libro Memorias de la guerra. Tengamos presente que la fuerza invasora era de unos 2,000 hombres, y que a ella se opusieron 10,000 tropas españolas con armamento superior, como el fusil Mauser modelo 1893, capaz de hacer diez disparos por minuto.

Regresemos al relato de Loynaz: Sólo dos cápsulas había para cada fusil. Esta contrariedad hizo que el General en Jefe consultara al general Maceo. “Con los machetes basta”, respondió el vencedor de Peralejo. Y el general Gómez dispuso: “Al avistar al enemigo, un tiro y al machete”.

Era el mediodía.  A vanguardia el contingente oriental con el general Maceo; en el centro el general Máximo Gómez con su Estado Mayor y escolta; luego la pequeña fuerza de infantería; a retaguardia las fuerzas villareñas con el general Serafín Sánchez al frente.

Loynaz es testigo de una conversación entre Máximo Gómez y Serafín Sánchez. Gómez dice: Me está extrañando que a esta hora no hayamos tenido ningún encuentro todavía. Sánchez le asegura que tiene fuertes exploraciones en ambos flancos. Relata Loynaz que iban dejando atrás el central Teresa, incendiados sus cañaverales, y en aquel momento teníamos a la derecha a unos treinta metros una vía férrea estrecha que orillaba pequeño cañaveral, de escasa altura. De súbito, por allí óyense tiros y aparecen nuestros exploradores, con el capitán Esquerra, corriendo a nuestras filas, de cerca perseguidos. El general Gómez, todavía junto al general Sánchez, gritó, con voz estentórea: “De frente al enemigo. ¡Firmes!”

Cuando asoman los españoles por encima de las cañas en la vía férrea, Gómez ordena hacer fuego. Los cubanos hacen una sola descarga, y Gómez grita “¡Arriba!”. Vibraba el toque de degüello. Y a la carga se lanzó toda nuestra caballería. Los jinetes enemigos huían. Pero un poco más allá, triple línea de infantería opuso sus descargas y bayonetas a los cubanos enardecidos. Sobre la línea de cuchillos se arrojaron los jinetes. El primero en saltar sobre las bayonetas fue el general Máximo Gómez, siguiéndole, pugnando por apareársele, el general Sánchez y yo con ayudantes y escoltas, que al heroico Generalísimo formamos un escudo de machetes.

En un artículo anterior recogimos un incidente similar, al lanzarse Maceo a la carga en tanto que sus ayudantes, Loynaz entre ellos, se esforzaban por adelantarse para que no fuera el general quien primero chocara con el enemigo. Antonio Maceo, al igual que su hermano José, conocido como el león de Oriente, acostumbraban a encabezar los combates, casi siempre a caballo. Máximo Gómez no sólo introdujo la carga al machete sino que la dirigió al frente de sus tropas.

Prosigue Loynaz: Toda la línea española la veíamos rota y desbaratada por nuestra caballería desenfrenada. A poco Serafín me dijo: “¡Llevamos macheteados más de cuarenta!” Y era entonces que el estrago comenzaba. Formaban los españoles cuadros, inmediatamente deshechos: grupos de a tres, espalda con espalda, y eran acuchillados.

Dispersada la columna enemiga, se escucha un fuerte tiroteo a vanguardia. Es el general Maceo a la carga, al frente de la caballería oriental. En este punto, Loynaz transcribe el relato de su amigo el entonces teniente Manuel Piedra, más tarde general, quien como ayudante de Maceo se lanza entre los primeros, con el Estado Mayor, y destrozan la tropa española a machetazos. Cuando Piedra persigue a un grupo de soldados enemigos, un oficial y cuatro soldados, ocultos tras una cerca de mayas, le disparan. Piedra continúa al galope hacia ellos y dos balas hacen blanco en su pierna derecha. Cuando se inclinaba para dar un golpe de machete al oficial, éste le da un balazo por el costado derecho, paralizándole el brazo. El oficial está recargando el revólver cuando llegan dos jinetes cubanos y matan a todos los españoles.

Mientras tanto, algo parecido le sucede a Loynaz. Tropecé con un grupo de tres soldados, en formación de grupo contra caballería. Apuntando con mi revólver, que sólo cápsulas descargadas contenía, les intimé la rendición. Como vacilaran, les arrebaté las armas a los dos más cercanos; el otro, volviéndose me apuntaba. Le eché encima el caballo, al que hundí las espuelas en sus ijares, porque espantado ante la bayoneta, resistióse a arrollar a mi contrario, al que en vano acometí con mi machete, que rebotaba en el máuser. Un disparo me rozó el sombrero, mas al mismo tiempo un soldado de la escolta de Serafín, llegando a galope, tiró un machetazo al pescuezo de mi enemigo, que con la sorpresa retratada en los ojos, vaciló y cayó.  

El Ejército Invasor rechaza al enemigo en dos frentes. Cuando Maceo los arrolla, los españoles se retiran al pueblo de Cruces. Máximo Gómez los derrota en la vía férrea, prendiendo fuego a la locomotora y el tren en que habían llegado unos 500 infantes. Serafín Sánchez improvisa una fuerza de infantería armada con fusiles recién quitados al enemigo, y dispara sobre la cerca de piedra tras la cual se han apostado los españoles.

El combate terminaba. En los cañaverales incendiados perecieron alrededor de doscientos soldados españoles, cuyos cadáveres carbonizados asomaban en los escombros, junto a los restos de sus fusiles.

En nuestro poder quedaron ciento cincuenta rifles máuser, treinticinco remington, seis acémilas cargadas de cajas de cápsulas, y otras muchas provisiones y equipajes, con escasos prisioneros salvados del horror del macheteo. Fuera de los cañaverales contáronse ciento dos muertos de machete.

Esta victoria – la más decisiva de la guerra – sólo costó cuatro muertos y cincuentiocho heridos a los cubanos… Eran las cuatro de la tarde y había terminado la jornada inmortal de la independencia.

 

 

 

 

Tuesday, May 9, 2023

Carlos Alberto Montaner: Mi última columna


El gran periodista y patriota Carlos Alberto Montaner, acosado por una enfermedad degenerativa y paralizante, anuncia su retiro con la columna que publicamos a continuación. Otro en su caso se dedicaría un homenaje a sí mismo pero Montaner, con esa índole generosa y elegante que conduce su vida, ha decidido convertir su última columna en lista de agradecimiento a las personas que lo ayudaron en su carrera periodística. Uno termina sabiendo más del periodismo en español en el continente que del propio Montaner. Y, sin embargo, por todo lo que agradece ya nos podemos hacer una idea de lo que Montaner ha significado para los medios y los lectores de la lengua, mucho más allá del estrecho ámbito de lo cubano.


Esta última está escrita con la gracia habitual con que el periodista ha creado sus columnas por décadas e incluso con más sentido del humor del que acostumbra, como tratando de quitarle peso al momento terrible en que una mente tan lúcida como la suya se ve obligada a renunciar al que ha sido su principal medio de expresión. Ese humor es una manera galante y contradictoria de hacernos saber cuánto dolor debe causarle dejar de escribir sus artículos, tan apreciados en todo el continente. Como para que leamos su última columna sin entender del todo lo que perdemos ahora que su voz se apaga, mientras intenta disimular tanta grandeza entre agradecimientos y bromas.


Todavía no es tiempo. Solo nos empezaremos a hacer idea de lo que nos estamos perdiendo cuando ante el próximo gran acontecimiento nos empecemos a preguntar qué opinaría Montaner, qué palabras usaría para darle sentido a la realidad bruta. Mientras llega el momento de entender mejor esa pérdida solo podemos decir: Gracias Carlos.

Mi última columna

Por Carlos Alberto Montaner

Me jubilo sin júbilo alguno. Me retiro del "columnismo". Mis columnas, durante años, las distribuyó mi colaboradora más estrecha, Lucía Guerra. He cumplido 80 años. Padezco parálisis supranuclear progresiva (PSP). El nombre lo dice todo.

Es una enfermedad rara del cerebro. Me la diagnosticaron en el hospital Gregorio Marañón —uno de los mejores de España— tras una resonancia magnética. Tres personas por cada 100.000 la padecen. No es contagiosa, ni heredada. No hay cura para ella. No se sabe cómo comienza ni por qué se origina. Es de la familia del parkinsonismo, pero sin temblores. De ahí la confusión en el diagnóstico. Se caracteriza por impedirme conversar bien y leer, más allá de los titulares (Linda, mi mujer, y nuestra hija, Gina, me leen los diarios), no así escribir todo lo "bien" que me ha permitido llevar más de medio siglo escribiendo —entre otras cosas— una columna sindicada a la semana. He escrito miles de columnas y debo a mis artículos todo lo que he hecho posteriormente.

Este PSP que ahora me afecta se caracteriza (como el otro, el de los comunistas cubanos), por el "habla lenta o arrastrada" que hizo que dejara los comentarios en CNN en Español (donde tanto compartí con Andrés Oppenheimer, Camilo Egaña y otros notables periodistas), pese a los esfuerzos por retenerme que hizo mi amiga Cynthia Hudson, presidente de la cadena. O en 20 estaciones de radio, comenzando por "El Sol de la Mañana", bajo la dirección del matrimonio dominicano Espaillat, Montse y Antonio, siguiendo con "La Hora de la Verdad" en RCN de Bogotá, en un espacio dirigido por Fernando Londoño, hasta la modestísima emisora por internet que orienta Orlando Gutiérrez hacia Cuba, y tiene uno de sus más sólidos baluartes en Julio Estorino. Además, durante años mis comentarios llegaron a Cuba por medio de Radio Martí. Gracias por tolerarme en sus filas.

Al periodista cubano Carlos Castañeda lo vi llegar a Puerto Rico a finales de los 60 con un trabajo que a mí me parecía muy difícil: levantar El Día de Ponce hasta que compitiera con El Mundo de San Juan. Si yo hubiera sabido los planes de Carlos con cierta antelación me habría quedado a librar esa batalla, pero ya tenía hasta los boletos para España. Había sido aceptado en la Universidad Complutense de Madrid para hacer el doctorado. Mi familia y yo nos embarcábamos en una nueva aventura europea.

Era el primer semestre de 1970. Castañeda mudó El Día para San Juan, le cambió el nombre, le llamó El Nuevo Día e hizo un tabloide con grandes titulares, fotos ad hoc y grandes caricaturas. Pronto se quedó solo en el terreno. El Mundo cerró. De aquel lance antes de instalarme en Madrid guardo un consejo que fue muy importante en mi vida profesional: "Busca en NuevaYork a Joaquín Maurín —me dijo Castañeda—. Es un exiliado español. Dile que tú quieres escribir columnas para su agencia ALA (American Literary Agency). Ahí están los mejores de la lengua, entre otros, Germán Arciniegas y Pablo Neruda". Lo hice. Maurín me pidió una muestra. Se la di. Cuando la encontré reproducida en 156 diarios me juré cuidar mis columnas. Y así he hecho desde entonces.

Joaquín Blaya me llamó a Madrid. Era un chileno, presidente de Univisión. Luego lo sería de Telemundo. Me pidió un comentario a la semana y dejó que yo escogiera el tema. Sería, claro, de actualidad. La promesa de Maurín se había cumplido. ALA le daba difusión a mis ideas y estas me abrían otros campos como la TV, mucho mejor pagados que la prensa plana. Blaya demostró que era un ejecutivo de altísima calidad. En una oportunidad me dieron un minuto para explicar una hipótesis de un cura antropólogo, profesor de una universidad de Nueva York, sobre el programa del welfare, diseñado fundamentalmente por hombres, y su impacto en mujeres de bajos recursos. Sin duda, era un tema polémico. El canal 41 de Nueva York vio la rentabilidad política, o actuó por temor, bajo la indicación de la gerencia. Lo cierto es que Al Sharpton, ministro baptista, fue a pedir mi cabeza al canal, sin haber oído mi comentario en español, y Blaya me defendió con total firmeza.

Cuando The Miami Herald parió un pliego en español, creyeron que sería un fenómeno pasajero. Pero luego comprobaron que aumentaba el perímetro del castellano. Como el mundillo de los editores de diarios es muy reducido, se hablaba con mucho respeto de Carlos Castañeda y de la hazaña que había realizado en Puerto Rico. Lo llamaron y de ahí nació El Nuevo Herald en la primera parte de los 80. Allí comparecieron Roberto Suárez, Gustavo Pupo Mayo, Sam Verdeja, Armando González, Roberto Fabricio y el gran Carlos Verdecia, exdirector de El Nuevo Herald.

Creo que fue Pupo Mayo. Me ofrecieron la dirección de El Nuevo. No la acepté. No quería desplazarme de España. Me ofrecieron dirigir la página de Opinión. Puse dos condiciones para que no aceptaran: solo estaría presente la primera semana del mes. Las otras tres las pasaría en España. (A fin de cuentas, inauguré el trabajo a distancia que se popularizó durante la pandemia.) La segunda condición era que fueran mis adjuntos Araceli Perdomo, de cuya integridad se contaban cosas muy positivas en la redacción, y Andrés Hernández Alende, para no cometer errores ni injusticias. Al extremo que, andando el tiempo, tras mi renuncia, Araceli y Andrés me sustituyeron en el cargo. A lo largo del tiempo El Nuevo Herald ha sido mi casa.

He tenido la oportunidad de escribir en los mejores periódicos de América Latina, de España y de EEUU. En los últimos tiempos mi columna semanal ha aparecido en El Libero, el mejor periódico digital de Chile, y en El Independiente, un excelente diario digital que sacan Casimiro García-Abadillo, Victoria Priego (dos grandes veteranos del periodismo español) y —en la parte internacional— Ana Alonso. Esos dos diarios completan el cuadro del ámbito de la lengua en el que he tenido el privilegio de dar la batalla de y por la libertad. Al final de mis memorias, Sin ir más lejos, publicadas por Silvia Matute en Debate, editora de Penguin-Random House, cité al filósofo Julián Marías por su humilde frase. Hoy lo vuelvo a hacer: "Hice lo que pude".

Monday, May 8, 2023

José Martí: de Montecristi a Playitas de Cajobabo*


Por Alfred J. López

Traducción de Guillermo A. Belt

El viaje de Montecristi a Cuba fue tortuoso y lleno de peligros: diez días navegando y ocultándose alternativamente, bajo constante amenaza de ser descubiertos y capturados. Que hayan logrado llegar a Cuba se debió a la improvisación, la oportuna intervención de amigos y, al menos en una ocasión, a pura buena suerte.

Gómez, Martí y sus cuatro acompañantes emprendieron viaje al amanecer del 1 de abril. A las pocas horas, el vicecónsul español en Montecristi cablegrafió la noticia a su contraparte en Santo Domingo, y éste a las autoridades en Cuba. Se reportó que los rebeldes viajaban al oeste, hacia Haití, y se notificó asimismo al consulado haitiano.

Debido al escaso viento la goleta Brothers tardó treinta y tres horas para completar una travesía de menos de 140 millas, y arribó a la isla Gran Inagua en Las Bahamas al atardecer del 3 de abril para cargar provisiones. En la primera escala los revolucionarios y su tripulación contratada comprobaron que el viaje sería muy peligroso. Los cubanos estuvieron a punto de ser descubiertos cuando un funcionario del puerto exigió registrar la embarcación. Un registro aduanero posterior descubrió varios revólveres a bordo, pero Martí se las arregló para convencer a las autoridades que eran para la protección personal de los pasajeros. El dueño de la goleta, John Bastian, había desaparecido sospechosamente mientras todo esto ocurría, y regresó sólo para informar a los pasajeros que la tripulación había desertado. Durante las veinticuatro horas siguientes Martí y Gómez intentaron contratar otra tripulación, sin éxito.

Evidentemente Bastian se había acobardado, pero los cubanos no podían desentenderse de él sin arriesgarse a ser delatados a las autoridades. Habían comprado la embarcación, pero sin una tripulación se hallaban varados, y por tanto a merced de los espías españoles. Martí y Gómez no pudieron hacer más que presionar a Bastian para devolverles parte del dinero que le habían pagado, y esperar que se presentase una oportunidad para escapar de la isla y evitar ser capturados.

No queda claro cómo Martí logró avisar de su precaria situación a un diplomático simpatizante con su causa, de apellido Barbes, cónsul de Haití en Gran Inagua. De no ser por la oportuna intervención de Barbes la partida de los cubanos se habría demorado apreciablemente, con el consiguiente aumento de las posibilidades de captura. El cónsul haitiano puso a Martí en comunicación con el capitán Heinrich J. Löwe, del carguero alemán Nordstrand, quien aceptó llevar la expedición a Cuba mediante el pago de una cuantiosa suma.

El Nordstrand había hecho escala en Gran Inagua para entregar una carga procedente de Mobile, Alabama, y con el fin de contratar una tripulación adicional para escalas en Cap Haïtien y Jamaica. El plan parecía sacado de una novela de aventuras: después de la escala programada en Haití el barco navegaría cerca de la costa sur de Cuba, en la oscuridad de la noche, y los cubanos se dirigirían a la playa en un bote de remos comprado al efecto. El cónsul Barbes les dio pasaportes falsos puesto que habrían de viajar ocultando sus nombres verdaderos. Todos los agentes españoles y los de la agencia de detectives Pinkerton, desde Montecristi hasta Cuba, los estarían buscando; cualquier situación imprevista, desde el mal tiempo hasta un agente aduanero suspicaz, o un desafortunado encuentro con la marina española, sería desastrosa.


El Nordstrand hizo la escala prevista en Cap Haïtien el 6 de abril. Allí permanecería por cuatro días más, tiempo suficiente para que agentes españoles descubrieran la presencia de los cubanos y los hicieran arrestar. Para evitar ser descubiertos los seis hombres acordaron separarse y hospedarse en lugares diferentes. Martí se hospedó en casa de Ulpiano Dellundé, y los demás en hoteles y casas de seguridad, hasta reunirse a bordo del Nordstrand el 10 de abril, tras pasar esos días esperando y sin salir a la calle.

Martí se valió de esta oportunidad inesperada para escribir de nuevo a su adorada María, ahora en una carta más larga y personal que su despedida anterior de la familia. En la carta del 9 de abril se complace en recordar las intimidades cotidianas de la vida en común, preocupándose por sus estudios y ensalzando las bondades de dos libros enviados con la carta. Sin embargo, al final de los consejos paternales podemos ver que Martí se percató de la posibilidad de no verla nunca más:

Siéntete limpia y ligera, como la luz. Deja a otras el mundo frívolo: tú vales más. Sonríe, y pasa. Y si no me vuelves a ver […] pon un libro, -el libro que te pido, - sobre la sepultura. O sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres. -Trabaja. Un beso. Y espérame.

Era imprescindible salir de Cap Haïtien sin tropiezos antes de que Martí pudiese dominar el temor de morir en el campo de batalla. Pero el viaje estuvo a punto de no ocurrir.

Ese mismo día, quizás mientras Martí le escribía a María, llegó la orden de arresto de los cubanos. A pesar de todos sus esfuerzos se había detectado su presencia, y a las 12:05 p.m. del 9 de abril llegó la orden a Cap Haïtien junto con la noticia del envío de un buque de guerra español para llevarse a los cubanos. Los expedicionarios se salvaron gracias a un héroe muy improbable: el telegrafista a tiempo parcial José Arán, quien estaba de servicio al llegar la orden y era, casualmente, ahijado de Ulpiano Dellundé [médico amigo de Martí]. Arán corrió de inmediato a casa de su padrino para avisarle a Martí, y esa noche los cubanos se reunieron a bordo del Nordstrand, ocultándose allí hasta la partida del barco a las 2 p.m. del día siguiente. Arán no entregó el telegrama a su destino sino hasta el día siguiente, cuando el peligro había pasado.

Los seis hombres permanecieron ocultos en sus camarotes aún después de zarpar el Nordstrand por temor a ser descubiertos por otra embarcación o por un tripulante, que podrían avisar a las autoridades. Durante las últimas treinta horas a bordo del Nordstrand, Martí hizo un poco de trabajo que no había podido atender debido al trajín del día anterior: escribir a [Gonzalo de] Quesada y a[Benjamín] Guerra sobre la administración de Patria durante su ausencia.

En la carta del 10 de abril dio importantes directrices a sus lugartenientes para la guerra de ideas que debían librar en Nueva York.

Y siempre los mismos puntos principales: capacidad de Cuba para su buen gobierno, -razones de esta capacidad, - incapacidad de España para desenvolver en Cuba capacidades mayores,-decadencia fatal de Cuba, y alejamiento de sus destinos, bajo la continuación del dominio español, diferencias patentes entre las condiciones actuales de Cuba y las de las repúblicas americanas cuando la emancipación, - moderación y patriotismo del cubano negro, y certeza probada de su colaboración pacífica y útil, - afecto leal al español respetuoso-concepto claro y democrático de nuestra realidad política; y de la guerra culta con que se la ha de asegurar. Eso cada día, y en formas varias y en el periódico todo.

El metódico sentido de propósito es quizás lo más llamativo de la carta porque está escrita en las horas tumultuosas antes del arribo de Martí a Cuba. Ni los peligros constantes de la expedición, ni el peligro que corría su propia vida distrajeron a Martí de concentrarse en la tarea que se debía llevar a cabo. En su vasta obra resultaría difícil hallar una declaración más explícita del propósito y la misión editorial.

Pero muy pronto se agotó el tiempo para escribir cartas. Antes del anochecer del 11 de abril comenzaron a verse nubarrones, y se encrespó el mar a tal punto que se balanceaba la armazón considerable del Nordstrand. El general Gómez y el capitán Löwe convinieron que el barco no se acercaría a menos de tres millas de la costa, y que desde este punto los invasores avanzarían en un bote más pequeño. El Nordstrand llegó poco después al límite acordado, pero lo hizo bajo un aguacero tan torrencial que era poco probable que el bote pequeño alcanzara la costa. La pesada cubierta de nubes causaba una oscuridad casi total, descrita más tarde por Gómez como “un negro sudario que podría envolvernos para siempre”. Entonces el capitán Löwe acercó el barco a una milla de la costa sur de Cuba, y los revolucionarios bajaron su bote de remos en las aguas tormentosas. Cargaron sus armas y pertrechos, luego abordaron ellos mismos y comenzaron a remar desesperadamente.

Tiempo después Gómez describió la horrible milla final de la travesía:

Se va en el acto el vapor y quedamos desamparados, envueltos en aquella pavura atroz. Ninguno de los seis somos marinos, y con todo, echamos manos a los remos. Martí y César [Salas] a proa, reman muy mal, pero a la desesperada; los demás al centro, yo he agarrado el timón que apenas lo entiendo que al fin se zafa y se pierde. La obscuridad es profunda y el chubasco arrecia. Hemos perdido el rumbo y no podemos divisar bien la tierra. Dos hombres en tierra, que nos figuramos pueden ser guardias españolas, nos marcan nuestro rumbo, y para allí con trabajos y fatigas inauditas nos dirigimos.

Al cabo de una hora la tormenta cedió, permitiendo que la tripulación cansada se aproximara a la costa. Pero a las 10 p.m. aún no habían encontrado un lugar para desembarcar entre los peñascos y acantilados a lo largo de la costa. Eventualmente encontraron una pequeña extensión de playa, conocida simplemente como La Playita, que ofrecía una abertura al pie de un acantilado. Allí desembarcaron, empapados, exhaustos y afortunados de estar vivos.


*Fragmento del libro José Martí: a Revolutionary Life de Alfred J. López traducido especialmente para nuestro blog por el miembro de la AHCE Guillermo A. Belt.

Saturday, May 6, 2023

Memoria histórica en Cuba, contar la historia no oficial*


 Por Luis Felipe Rojas

En los libros de estudio en Cuba no aparece el traslado de campesinos que colaboraron con los guerrilleros alzados contra Fidel Castro en el Escambray –a unos 260 kilómetros de La Habana- y otras partes de Cuba. Tampoco aparecen los testimonios de las personas que denuncian que sus derechos más elementales han sido violados en las cárceles cubanas. Llenar ese vacío fue el objetivo del ex prisionero político, escritor y periodista de origen cubano Pedro Corzo, cuando fundó en septiembre de 1999 en Miami el Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo (IMHCCT).

El triunfo de la revolución cubana en 1959, la victoria en Bahía de Cochinos y el fin de la guerra del Escambray a finales de la década de 1960 está documentado en el registro museográfico de Cuba. Estos y otros hechos de relevancia desde que Fidel Castro llegó al poder, aparecen en los manuales de historia y libros de textos escolares en diferentes niveles de enseñanza.

Las operaciones de la Seguridad del Estado contra los intentos de exiliados cubanos desde Estados Unidos de derrocar al gobierno regido por el Partido Comunista de Cuba, tiene un museo en el Memorial de la Denuncia. Los grupos de vigilancia a nivel de comunidad en todo el país, constituidos en los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), también tienen un museo.

Sin embargo, poco se sabe de los fusilamientos masivos contra altos oficiales, otros miembros y simpatizantes del régimen de Fulgencio Batista (1952-1958). Por años se ha acusado el gobierno cubano de la falta de garantías jurídicas al establecer los tribunales revolucionarios para condenarlos a muerte o largas penas de cárcel hace varias décadas.

La historia que se imparte en las escuelas, los medios de prensa y el propio gobierno de Cuba sostienen que todos sus opositores son «mercenarios» al servicio de potencias extranjeras como Estados Unidos.

“Todas las formas son válidas”

Consultado por la Voz de América sobre la metodología de esta organización independiente, Corzo apunta: “No discrimina ningún método, recogemos desde la lucha armada hasta la lucha no violenta. Creemos que todas las formas son válidas para derribar un régimen que ahoga cualquier capacidad y posibilidad de expresión plural”.

Hasta la fecha el Instituto ha producido 15 documentales que recogen testimonios de ex prisioneros políticos y familiares de fusilados por acciones contra el gobierno cubano, como el dedicado a Porfirio Remberto Ramírez Ruiz, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) en la antigua provincia de Las Villas, fusilado el 12 de octubre de 1960.

También han dedicado libros impresos y otros materiales en video a describir los hechos que llevaron a la invasión por parte de la Brigada de Asalto 2506 por Bahía de Cochinos, las incursiones de militares cubanos anticomunistas en distintos conflictos en África o las huelgas de hambre como herramienta de protesta y resistencia en las cárceles cubanas.

Desde la instauración del gobierno revolucionario, Castro responsabilizó a las diferentes administraciones del gobierno de Estados Unidos de fomentar la violencia, acusándolos de apoyar a los distintos grupos anticastristas que optaban por infiltrarse en territorio vecino, ya fuera para organizar la lucha clandestina o cometer actos de sabotaje.

-Emprender una compilación de datos así ¿pudiera terminar inclinando cualquier esfuerzo para registrar los hechos hacia un sesgo ideológico, partidista?

-“Se acordó crear una institución que no se comprometiera políticamente con ninguna estrategia, con ninguna organización, con ninguna política, salvo aquella que tienen a la democracia y el respeto a la dignidad humana como su primer punto de referencia”, responde Corzo.

Una “oferta” variada

Para el historiador y escritor cubano radicado en Nueva Jersey, Enrique Del Risco, la constancia es un factor fundamental en la compilación de la memoria histórica.

“Creo que todo lo que se haga en ese sentido es válido. Creo que el Instituto está haciendo un trabajo serio, constante, que es una de las cosas más importantes acá en este tema”, explica Enrisco, autor también de varios libros de memorias, ficción y humor.

Con la aparición de los blogs en los años 2000 y la popularización de YouTube, salieron a la luz diferentes proyectos alternativos que van desde la historia de los gremios empresariales o sindicales en la Cuba anterior a 1959 hasta la guerra cubana en Angola de la segunda mitad del siglo XX.

La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, así como Archivo Cuba que “documenta el costo de vidas de la revolución cubana y estudia la justicia transicional”, son algunos de los proyectos tienen la memoria histórica como centro. Mientras que el blog Havanaluanda muestra en su portal digital que “los historiadores pro-castristas sólo han tratado aquellas aristas que les conviene políticamente”, al tiempo que invita a sumarse a los colaboradores y a quienes deseen aportar datos.

Instituciones independientes y centros universitarios también se enfocan en la historia de Cuba de décadas recientes.

“Hay mucha gente que está tratando de hacer lo mismo, y hay ahora mismo una oferta indiscriminada. Es muy difícil en esa vorágine tratar de imponer un poco de cordura. Hay mucho desconocimiento en los cubanos mismos sobre lo que ha pasado en Cuba, desconocimiento que uno va subsanando cuando sale porque en Cuba es muy difícil acceder a buena parte de este material”, sostiene Enrisco.

Tanto Corzo como Daniel Pedreira, quien es un joven cubanoamericano con un doctorado en Ciencias Políticas y que imparte tal materia en la Universidad Internacional de la Florida (FIU), sostienen que el Instituto es el primero de su tipo, al haber sido fundado sin que haya un cambio de gobierno en Cuba, a diferencia de otros América Latina que han sido creados tras el fin de los conflictos armados.

Un muro de contención

Durante décadas el gobierno cubano se ha negado a recibir la visita e inspección de un relator de derechos humanos de la ONU, al menos desde que en 1994, con Castro en el poder, el Alto Comisionado para los Derechos Humanos, José Ayala Lasso visitara la isla.

Por otra parte Cuba ha sido reelegida para varios mandatos consecutivos en al Consejo de Derechos Humanos de la ONU. “Esto no sólo recompensa el pobre historial de Cuba en materia de derechos humanos, sino que también socava la integridad del Consejo para responsabilizar a los gobiernos abusivos por sus acciones en la región y en todo el mundo”, indica una carta de diferentes organizaciones de la sociedad civil que fue difundida en 2020 por Freedom House.

Los críticos resaltan que La Habana, por tanto, ha gozado de éxito a nivel internacional evitando cualquier tipo de sanción.

“Eso se debe a que el gobierno cubano ha dedicado recursos que no dedica a su pueblo, pero los dedica a propagar esa visión de su historia, la historia cubana a su forma. Y eso a través de sus embajadas y agentes alrededor del mundo durante 64 años, eso… cuando uno martilla una mentira muchas veces pudieran pasar muchas generaciones alrededor del mundo que se van creyendo esas mentiras”, sostiene Pedreira.

Corzo es pesimista a la hora emitir las denuncias por medio de organizaciones internacionales y que así llegue a la ONU. “Han contado con numerosos recursos y las grandes relaciones que posibilita un gobierno. El gobierno cubano ha tenido desde que llegó al poder, la habilidad de generar fuera de Cuba una clientela política muy vasta y que transita por la academia, el arte en cualquiera de sus manifestaciones y en las ciencias, y eso es muy difícil de contrariar, muy difícil de neutralizar”.

Para el politólogo y experto en temas cubanos desde FIU, Sebastián Arcos, influye mucho cuando las denuncias son contra un “gobierno de derecha”.

“Desafortunadamente en el mundo la izquierda ha logrado en gran manera ganar la guerra cultural, y me explico: es mucho más fácil llegar a instituciones internacionales o a la prensa cuando se trae una denuncia de un gobierno de derecha que de un gobierno de izquierda”.

En ese sentido, insiste Arcos: “es mucho más fácil criticar a un (Augusto) Pinochet que a un Fidel Castro”.

Desde hace décadas organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Freedom House o el Comité para la Protección de los Periodistas expiden informes parciales en los que exponen casos de violaciones a los derechos humanos en Cuba y a la vez que condenan estos actos emiten recomendaciones a La Habana.

Consultado por la Voz de América, Cristhian Jiménez, coordinador de campaña para el Caribe por Amnistía Internacional, refutó que sobre su organización pese algún tipo de influencia o la ejerzan ellos mismos.

“No hacemos referencias a formas de gobierno, en todo caso donde haya una violación a los derechos humanos, nosotros actuamos; es parte primordial de nuestra especialidad, independientemente de la ideología política del gobierno, el interés económico o la religión”, asevera.

Conservar la memoria histórica

“El camino es largo y difícil”, Corzo espera que el registro de tales denuncias “sirva a organismos internacionales que se ocupen de conocer la tragedia cubana, de divulgarla, y que en alguna medida sirva de experiencia a otros países, a otros pueblos y a los mismos cubanos del mañana de no volver a repetir los errores del pasado”.

Jiménez enfatiza en que Amnistía Internacional tiene como trabajo fundamental la recepción de denuncias, la investigación puntual y entonces la actuación en tales casos. “Para la memoria histórica es imprescindible tener ese tipo de información, sin importar el país donde eso suceda, de la mano de información sólida es posible en el momento o en el futuro poder alcanzar juicios justos y alcanzar justicia para las personas que fueron violentadas en sus derechos humanos”.

Corzo insiste en que la perseverancia en esta labor es fundamental, debido a ingente cantidad de recursos que La Habana dedica “todo el tiempo” a divulgar sus ideas por el mundo. “El gobierno cubano no se descuida, no mira enemigos pequeños; para ellos todos los enemigos son de igual intensidad y de igual riesgo para su poder”.

*Publicación original en ‘VOA’.

Wednesday, May 3, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XVIII


Por Guillermo A. Belt


Dos semanas después de la creación del Himno Invasor en el potrero de La Matilde, la columna invasora pernocta frente a la Trocha de Júcaro a Morón, línea militar formada por una vía férrea de diecisiete leguas de largo entre dos zanjas orillada por alambradas de siete hilos de altura y protegida por treintitrés fuertes entre sus puntos extremos, el puerto de Júcaro en la costa sur y el de Morón, inmediato a la costa norte, de la que sólo lo separa un pantano y la laguna llamada de Leche por el color de sus aguas. Así la describe Enrique Loynaz del Castillo, autor del himno, en Memorias de la guerra.

Continúa su relato de primera mano: El 29 de Noviembre, el Ejército Invasor, rompiendo las alambradas a machetazos y saltando las zanjas, desplegó su vanguardia junto a la barrera militar y forzando el paso la cruzó bajo los fuegos del fuerte más próximo, La Redonda. El fuerte del otro lado secundó el fuego, sin resultado apreciable porque nuestras fuerzas desfilaron rápidamente y en orden abierto… Con este paso trascendental la Invasión había entrado en una fase nueva de combates continuos y reñidos, después de un recorrido sin resistencia, de cerca de setecientos kilómetros.

El 1 de diciembre el ejército invasor acampa en La Reforma, donde logra impedir un movimiento envolvente por una columna enemiga de mil quinientos hombres al mando del general Suárez Valdés. Cerca del fuerte enemigo de Iguará libra un combate imprevisto que termina con la retirada de las fuerzas españolas para refugiarse en el fuerte, no sin antes causar sensibles bajas a los cubanos, entre ellas la muerte del jefe de la escolta de Maceo, teniente coronel Andrés Hernández.

El 10 de diciembre, luego de pasar cerca del pueblo de Fomento, los generales Gómez y Maceo detienen la marcha y junto con el Estado Mayor y la escolta de cada uno quedan en espera de una información que se les ha anunciado. Al escucharse unos disparos a vanguardia, Maceo ordena al corneta tocar a degüello. Todos se lanzan al galope, con Maceo a la cabeza. Los ayudantes, Loynaz, entre ellos, logran pasarlo para evitar que sea el general quien primero choque con el enemigo. Con tal velocidad llegamos al río que la pequeña barranca de un metro o metro y medio de alto fue saltada por los caballos todos sin vacilar cayendo en las aguas, donde seguramente no daríamos pie, y alcanzando, acero en mano, la opuesta orilla y el playazo ocupado por la fuerza enemiga detrás de unas maniguas.

El enemigo se retira tras intenso intercambio de disparos. Así termina la acción de Casa de Tejas, que hubiera podido, con mayor esfuerzo del enemigo, dejar cortados del camino del ejército invasor a sus más grandes jefes.

El ejército reanuda su marcha hacia Quemados Grandes, donde se halla acampado el general Serafín Sánchez. Al amanecer del 10 de diciembre continúa marchando, siempre al oeste. El 11 acampa en la altura de Boca del Toro. En prolongada espera todo el medio día, a la una y media se dejó ver el enemigo, unos cuatro mil hombres de las tres columnas de Oliver, Manrique de Lara y García Navarro, con dos cañones y alguna caballería…Algunas unidades nuestras de caballería bajaron a hostilizar al enemigo, que al momento inició el fuego por descargas con mucha intensidad. A la vez dos piezas de artillería cañoneaban, aunque sin resultado alguno, nuestra posición: la ocupada por el general Maceo y su Estado Mayor, su escolta y un regimiento de Oriente. Un intento de envolver la altura por nosotros ocupada fue tan prontamente rechazado que no llegó a iniciarse la subida.

En la presentación de Memorias de la guerra, Dulce María Loynaz destaca la capacidad de su padre para “llevarnos a presenciar un combate con el dinamismo de una cinta cinematográfica.” Prueba de su afirmación son los párrafos que transcribo seguidamente.

Nunca presencié tan bello campo de batalla. La inmensa línea de copos de humo, reventando por momentos y ya entrada la noche convertida en zig-zag de resplandores. Arriba las nubes a cada instante iluminadas por los rojizos relámpagos de la artillería y todo era un estruendo sin intermitencias horas tras horas. Allá, en una de nuestras líneas de fuego, tendida en un alto, contemplábamos al obscurecer la silueta de un joven ayudante de Miró – de apellido Cabrera si mal no recuerdo – inquieto el caballo a cada  fogonazo; pero él obstinado y temerario, el brazo extendido y el acero, ante la lluvia de balas. A veces un proyectil de cañón, como incendiada esfera, recorría el espacio.

Acá, en el Estado Mayor, se peleaba, ya a pie, y a caballo. Los ayudantes apuntaban sus fusiles. A un Mauser, en las manos del comandante Miguel Varona del Castillo, en momentos en que lo prestaba al general Maceo, que quiso hacer un disparo, le fue destrozada la caja de madera. El enemigo, que por allí avanzaba, se replegó a tiempo que apagaba el círculo de fuego alrededor de nuestra posición. La noche ponía fin al combate, quedando los dos ejércitos en sus posiciones. Eran las ocho. 

Tuesday, May 2, 2023

Oswaldo Payá: "“I am not going to leave. It is Fidel who must leave.”


INTERVIEW TO DAVID E HOFFMAN BY VICENTE MORIN AGUADO 

By Vicente Morín Aguado.

I met David E. Hoffman* at the splendid Books & Books, Coral Gables, Florida, during the presentation of his recent biography on Oswaldo Payá Sardiñas, emblematic Cuban opponent, Sakharov Prize for Human Rights of the European Parliament, Catholic and promoter of non-violence, who died in the dark and still not clarified circumstances on July 22, 2012, as a result of a car accident.

Exploring the Nashville environment, as a newly arrived Cuban, I discovered another great book store, Barnes & Noble, part of picturesque Hendersonville, and the face of the Cuban martyr reappeared, motivating the following question that the biographer answered:

Carlos Alberto Montaner, perhaps the most widely read in the Spanish language of Cuban journalist has written: “The acts that a liberal classifies in Russia as political crimes, he ignores when they occur in Cuba”. Considering that you have written, and with remarkable success, on the Russian-Soviet subject, do you also suffer this kind of disappointment? 

I think what Carlos Alberto is saying is that when a government anywhere denies people basic rights—to free speech, belief, assembly, press and free enterprise—we should be equally concerned. The lack of rights cannot be ignored in Cuba any more than in Russia or China. Do you know that the 1948 Universal Declaration of Human Rights was written with the help of prominent Cubans, including the jurist Gustavo Gutiérrez, whose thinking about freedom and democracy informed the drafting process? The word “universal” meant that it would apply to all, and we should not forget that in today’s world. No country can simply check out.

This biography has the merit of addressing, between literature, testimony and the historical chronicle, a synthesis of the last 120 years. What did you learn about our past?

What I learned is that, since 1902, there have been waves of Cubans who struggled to establish democracy, clean government, independence and prosperity. They tried but didn’t always succeed. Take a look back at Gutiérrez’s generation, who came of age in the 1920s. They were discouraged by what they saw after two decades of statehood.

There were a series of rebellions – remember the Minoristas and the Veterans and Patriots. This generation was further discouraged by the Machado dictatorship. They discovered a new the visions of Jose Martí, in part through Jorge Mañach’s book, “Martí: Apostle of Freedom.” By 1940, Cubans had come together to write a new Constitution that was the most democratic (and long-winded) in their history. It was followed by 12 years of constitutional transfer of power, although the scourge of corruption lingered, some semblance of democracy existed. The 1940 Constitution contained a small but essential provision allowing for a citizen initiative—for the people to take charge and ask for laws. This provision amazingly remained during Fidel Castro’s revolution. And when Oswaldo Payá began to advance the Varela Project in the late 1990s, it was this provision that allowed him to seek signatures for a citizen initiative. So yes—the waves of change are connected. Unfortunately, there were also waves of repression and falling backwards.

Ignoring sales statistics, personally, tell at least one pleasant and an unpleasant anecdote about the reception of your book.

One of the most pleasant aspects of the reception was our event at Books & Books in Coral Gables, with the Payá family present, and also the Gutiérrez family, and many other people familiar with the story. The most unpleasant by far is the simple fact that Oswaldo Payá is not with us, and he must rely on me and his friends and family to tell the story.

To what extent were the authorities in Cuba hostile with regard to investigating the life of a notorious political opponent like Oswaldo Payá?

The authorities in Cuba have never conducted a thorough investigation into Oswaldo Payá’s death. They charged the driver of the car, Ángel Carromero, with homicide, and put him on trial, and convicted him. But Carromero later said he was forced to give a false confession. At no time did the authorities in Cuba admit that the car carrying Oswaldo Payá was rammed from behind by state security. I hope they will agree to conduct a real investigation and release the autopsy report to the Payá family. That would be a start.

Did you try to go to Cuba as part of your investigation?

Yes, I went to Cuba. I walked the streets where Oswaldo Payá lived and worked. I devoted time to archival research, much of it outside the island. Please look at the endnotes to see the sources. Some of the records of the 1940 constituent assembly are still not public and I was not able to see them (although I asked) but the transcripts of the floor debate are open, and online. I used the extensive literature about the Cuba Republic, and the transcripts of Fidel. Most of the people necessary to interview for the book — those who knew Payá and worked with him — are no longer in Cuba, so I found them elsewhere, including the United States, Spain, Sweden and Germany.

To this day, do you think that your American compatriots understand the drama of the Cuban people?

Yes, I do, and I think the story of Cuba runs deep through the fabric of life in the United States. The story of the revolution and its failings is widely known and, as a reminder, about 300,000 Cubans fled the island over a year’s time. Their flight to exile says a lot about conditions in Cuba, and in the United States, it is impossible to ignore this sad and enduring catastrophe. Those people didn’t take chances on rafts or overland because they were happy and prosperous in Cuba. On their faces today is written the tragic drama of the economic and political failures of the revolution.

Do you can comment on the reception of your book among American politicians? Some important names that can be mentioned.

I really do not like to boast. Oswaldo Payá was not always well understood by politicians in the United States, especially in the exile community, but I think he is better understood now in the US, and his legacy and ideals are highly regarded.

I appreciate your modesty, but may be without mentioning names, I would like to know if there is evidence that this biography is known in the American political sphere.

Well, the book was featured at a number of events in Washington and Miami, including the Cuban Heritage Collection, the National Endowment for Democracy, and excerpts were published in The Washington Post. Honestly, it is hard for me to judge the impact—but I do think Oswaldo Payá is better known and understood in the United States than he was in 2003.

According to your long experience as a journalist, what sensitive aspects could help Cuban journalists opposed to the ruling regime in Cuba, to gain support and sensitivity in U.S. society.

Look, there is no secret to journalism. You ask questions and try to find out what happened. In an open society this is a daily routine, rather like the first coffee of the morning. But in closed societies like Cuba, such questions are prohibited. Why? What is the regime afraid of? So it is harder in a closed environment to ask questions, but journalism is not a crime. Reporting is not treason. But in a dictatorship, it takes a great deal of courage to be a journalist. More power to those who try against the odds.

The historical figure you biographed, is part of a list of political leaders whose preaching and personal nonviolent action, however, led them to be victims of murder. I'm thinking on Luther King or Mahatma Ghandi; is Payá one more of this tragic list?

Sadly, yes. But it is more important to focus on his life, and there you will see he is also a historic figure. I often say he is like Andrei Sakharov, who challenged the totalitarian Soviet state. Sakharov saw the flaws in the Soviet system, and eventually decided to stand up to them. Oswaldo Payá had the same sense of determination, the same moral compass, the same commitment to basic human rights.

Some lesson derived from Paya's life could be a compass for those who formulate policy towards Cuba?

Oswaldo Payá challenged Fidel from within. Once, during the Mariel boatlift, his relatives came and offered to bring him back to Florida. Way back then, Oswaldo said, “I am not going to leave. It is Fidel who must leave.” His point was that change has to come from within in order to be sustainable and legitimate. The 11J protests were a good example of change from within. The future of Cuba is not going to be decided by the United States, nor in the United States. Those who formulate policy toward Cuba should do everything they can that the desire for change from within is taking Cuba to a better future. This means enabling those forces for change.

What can you say to English-speaking people, especially from North America, as a recommendation for them to read Give me Liberty, The true story of Oswaldo Payá and his daring quest for a free Cuba?

Right now, the world seems to be awash in dictatorships. Look at China, Russia, Belarus, Burma. Look at the lack of freedoms even in places like Turkey, Egypt, Cambodia. The rollback of democracy is deeply concerning. The story of Oswaldo Payá is about one man’s effort to cause change in the other direction—to establish rights and democratic governance where there is now a dictatorship. Oswaldo Payá had the inspiration, stamina and vision to carry out this campaign, and I think it is profoundly inspiring, especially at this dark hour in which totalitarianism is returning to the globe.


*David E. Hoffman, journalist, born Palo Alto, CA. 1953. He won three National Journalism Awards during a decade of coverage for The Washington Post from the White House, Reagan administration, and the early days of George Bush Sr. Then he held the head of the Moscow office of such an important American medium for 6 years. His books reflect it this way:

- The Oligarchs: Wealth and Power in the New Russia. (PublicAffairs, 2002), ISBN 978-1-58648-001-1.

-The Dead Hand: The Untold Story of the Cold War Arms Race and its Dangerous Legacy (Doubleday, 2009), ISBN 978-0-385-52437-7 (Premio Pulitzer de 2010).

-The Billion Dollar Spy: A True Story of Cold War Espionage and Betrayal, Nueva York, Doubleday, 2015, ISBN 978-0385537605.

His fourth book motivates the following interview: Give me Liberty, The true story of Oswaldo Payá and his daring quest for a free Cuba. (Simon & Schuster, 2022)

 

 

 

Monday, April 24, 2023

Cartas a Pedro, novela de Janisset Rivero




Por Enrique Del Risco

De las cuatro razones que, según George Orwell, explicaban que alguien se dedicara al suplicio equívoco de la escritura al menos tres son notables en la novela Cartas a Pedro de la autora Janisset Rivero: el entusiasmo estético, el impulso histórico y el propósito político. Sobre todo ese impulso histórico que el escritor inglés definía como “el deseo de ver las cosas como son, de hallar cuál es la verdad, de almacenarla para su buen uso en la posteridad”. Del egoísmo puro y duro -que es la otra motivación fundamental que señala Orwell para escribir- no hablaré pues además de que no conozco lo suficiente a la autora que cualquiera que sea el tamaño de su ego lo ha sabido disimular lo suficiente como para que no se interponga en la lectura de su libro. En esto Rivero parece seguir al autor de 1984 cuando dice que “no se puede escribir nada legible a menos que uno aspire a una anulación constante de la propia personalidad” porque “La buena prosa es como el cristal de una ventana”.

La historia que nos cuenta Janisset es, en su inicio, la de un hombre, Alberto de la Fuente, antiguo ingeniero caído en desgracia por uno de esos traspiés de la decencia en un sistema escrupulosamente corrupto y que en el presente de la novela trabaja como empleado de limpieza en un hospital. Su drama y el de la novela empieza cuando una de las pacientes le pide que le guarde un paquete de cartas por unos días. Desde ese momento Alberto se ve acosado hasta la asfixia por el operativo que ha lanzado la policía política del país para recuperar aquellos documentos. Unas cartas que denuncian pasados crímenes y que amenazan con echar por tierra el cuidadoso borrado de memoria que el poder ha aplicado a uno de los episodios más oscuros de su pasado.

Este es el inicio del dispositivo narrativo que Janisset Rivero, conocida hasta ahora fundamentalmente como poeta y activista por los derechos humanos en Cuba, emplea para explicarnos el infierno particular que le ha tocado a los disidentes cubanos. Un infierno que, como el de Dante, consta de diferentes círculos en los que se ejercen dosis incrementadas del horror acorde con la gravedad de los pecados de desobediencia contra el régimen que se cometan. Es así como el exingeniero Alberto de la Fuente, castigado como auxiliar de limpieza en uno de los círculos más superficiales de aquel infierno, accede, en medio de la persecución que sufre, a las historias de víctimas recluidas en círculos más profundos y terribles: son las odiseas particulares de miembros de la resistencia bajo continua persecución, de familiares y seres allegados de los presos políticos y hasta de los propios presos. Las cartas que protege Alberto de la policía fueron las que años atrás escribiera Sarah, la mujer que se las dio a cuidar, a su entonces novio, el líder de la resistencia Pedro Luis Bencomo, muerto en una huelga de hambre con la que exigía el respeto de los derechos de los prisioneros.

La historia de un preso líder de la resistencia llamado Pedro Luis Bencomo que muere tras una huelga de hambre hace que cualquier lector medianamente enterado piense en el caso de Pedro Luis Boitel. Boitel fue un prisionero político anticastrista muerto tras 53 días de huelga de hambre el 25 de mayo de 1972, al año siguiente de haber cumplido la condena de diez años sin que lo liberaran. Pero a pesar de que el Bencomo de la novela Cartas a Pedro comparte no pocas características con Boitel -desde haber luchado contra la dictadura anterior hasta las elecciones que protagonizó por el liderazgo universitario contra el candidato oficial del castrismo- la autora insiste en no ubicar ni el lugar ni el tiempo en que se desarrolla la historia. Y sin embargo esta y otras referencias permitirían ubicar los acontecimientos que narra en Cuba entre la década del setenta y la del noventa.

Según nos informa el escritor William Navarrete en su prólogo a Cartas a Pedro “Janisset Rivero no ha deseado enfocar la historia en un contexto específico, a sabiendas que lo que ha sucedido en Cuba, su país natal, puede reproducirse, y de hecho se reproduce ya, en otros países del continente americano”. La novela, pues, se nos presenta como una distopía, o sea, una sociedad ficticia y terrible cuando en realidad puede reconocerse en ella hasta en los detalles más nimios la cotidianidad cubana. Porque lo que para otros lectores podría parecer distópico para el lector cubano se trata de puro costumbrismo. Tanta es la precisión con que describe Rivero su mundo “ficticio” que muchas veces se puede intuir hasta el barrio habanero en el que transcurren algunos de sus episodios.

Y aquí me van a permitir una breve digresión. Mientras leía las primeras páginas de este mundo “ficticio” que me era tan fácil de reconocer me pareció identificar una incongruencia. Es a la altura de la página 31 donde dice. “Era una tarde hermosa de mayo, hacía exactamente un año. El cementerio de la ciudad era inmenso y antiguo. Lena había estado varias veces allí, buscaba una tumba. Aquél día había conseguido al fin que un empleado del cementerio le diera los datos del lugar donde se encontraba”. Justo en ese momento detuve la lectura: había encontrado una inexactitud. Porque yo, que trabajé durante unos tres años como historiador de aquel cementerio conocí al empleado del archivo encargado de dar la ubicación de las tumbas. Jaime se llamaba. Precisamente en mi libro Nuestra hambre en La Habana lo describo

Muy blanco, rechoncho, bajo y calvo. Y sudoroso a pesar de que el archivo, por rarísima deferencia a la conservación de los papeles que alojaba, era favorecido por un sistema de aire acondicionado. Jaime estaba entre los pocos justos que —con independencia de su rango oficial— hacían funcionar aquel mundo en medio del caos que era cualquier institución cubana. De los pocos que entendían la función de cada una de las rutinas administrativas que se habían establecido desde siempre.

Y en un país donde prácticamente nada funciona excepto quizás la vigilancia, Jaime con sus viejos hábitos republicanos, era la eficiencia misma a la hora de facilitar la ubicación de las tumbas. Solo que unas líneas después descubro que Janisset ha sido -una vez más- exacta en su narración del ambiente pues la tumba que busca Lena, su personaje, es la de Pedro Luis Bencomo, el Boitel de ese mundo paralelo. Y recordé que cuando trabajaba en el archivo del cementerio puse nervioso a Jaime la vez que me dio por interesarme en ciertos mapas. Dichos planos correspondían a la zona del cementerio donde enterraban a los ejecutados por el régimen, tumbas que se preocupaban por mantener en secreto, aunque abarcaban una parte considerable de la necrópolis. Fue entonces que Jaime me contó de la vez que dio la dirección de la tumba de Pedro Luis Boitel a unas personas que se la pidieron: el pobre archivero del cementerio había terminado detenido durante semanas junto a los que se habían interesado por la tumba de Boitel. Desde entonces tenía mucho cuidado en no dar la dirección del mártir perseguido más allá de la muerte. Tal era el miedo que seguía inspirando la sombra de Boitel en la propia dictadura que lo había empujado a la muerte.

Hoy Boitel es recordado por un número creciente de compatriotas, aunque siguen siendo muchos a quienes el ocultamiento del pasado llevado a cabo durante décadas les ha impedido conocer la biografía de este y otros héroes de la reciente historia cubana. Seres cuyas vidas son un testimonio de que hubo quienes, pese al efecto devastador del régimen sobre la voluntad y la memoria del pueblo, se supieron sobreponer al miedo y la apatía para enfrentarse a sus verdugos. Cartas a Pedro sería un drama histórico si la historia no se siguiera repitiendo en Cuba y en otros países del continente. En el caso cubano mil cuarentaicinco personas permanecen desde hace 650 días en prisión por el único delito de manifestarse pacíficamente en contra del gobierno que ha secuestrado sus derechos por 64 años.

Cartas a Pedro no se trata sin embargo de un simple libro de denuncia. Como dije al principio, tres de los cuatro motivos que señalaba Orwell para escribir son bastante evidentes a lo largo de la historia. Porque Janisset Rivero no solo ha puesto su novela al servicio de un propósito político, o sea, el de “propiciar que el mundo avance en una dirección determinada” que en este caso es de la libertad y la democracia para su país y para otros caídos bajo regímenes parecidos; o al servicio del impulso histórico para preservar una realidad que durante décadas nos han querido ocultar. También a Janisset la domina en Cartas a Pedro el entusiasmo estético que la hace buscar belleza en los lugares más sorprendentes y terribles y de compartir su placer “ante el impacto de un sonido u otro, ante la firmeza de una buena prosa, ante el ritmo de un buen relato”. Ese entusiasmo estético es lo que hace que Cartas a Pedro no se detenga en la simple denuncia y convierta este peregrinaje por el horror totalitario en una trepidante novela de suspenso donde la policía es una dedicada agente del Mal y sus perseguidos, acosados y arrinconados, pero todavía capaces de amar, son la única oportunidad que le queda al Bien en aquella pobre isla.

 

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XVII

Por Guillermo A. Belt

El Consejo de Gobierno, presidido por el marqués de Santa Lucía, llega a la sabana de los Mangos de Baraguá donde Antonio Maceo ha concentrado a más de tres mil hombres para recibir a las autoridades civiles. El comandante Enrique Loynaz del Castillo, ahora miembro del Estado Mayor del general Maceo, describe el encuentro en su libro, Memorias de la guerra.

El general Maceo había formado en dos larguísimas filas, de más de un kilómetro, aquellas tropas bien armadas, y a la cabeza de ellas, bajo un pabellón de banderas, desenvainados los sables y presentadas las armas, adelantóse, erguido en blanco corcel y sombrero en mano, a recibir al Presidente del Consejo de Gobierno. Largo fue el abrazo de los Caudillos esclarecidos, Maceo y Cisneros, que cuando todo se hundía en el Zanjón, ellos, Maceo y Cisneros, en Baraguá y en la Cámara de Representantes, encendieron dos candelabros de gloria junto al cadáver de la República.

Maceo aprovecha el poco tiempo en Baraguá para perfeccionar la organización del Ejército Invasor, y el 22 de octubre de 1895 inicia la marcha a Occidente. Eran tres mil hombres. Delante tenían que avanzar entre doscientos mil soldados españoles.

El 7 y 8 de noviembre se dan los primeros combates de la invasión, en el campo de Guaramaná y en el Labado, respectivamente. En este último Maceo manda a formar a su Estado Mayor y su escolta. Loynaz del Castillo pide permiso para ir a la línea de fuego al mando del general José Manuel Capote, veterano de la Guerra de los Diez Años. Recorre a caballo la línea de infantes tendidos sobre un cañaveral recién cortado. En este como en el primer combate triunfan las fuerzas cubanas y el enemigo se retira.

Cuando terminó el combate ya tenía un nuevo y generoso amigo, que no tardó mucho en enviarme de regalo un caballo. Así logró Loynaz reponer el caballo enteramente cojo debido a las largas marchas, por el que Maceo le había llamado la atención cuando pasó frente a él, con palabras que años después recordaba nuestro autor:

Un jefe en un día de combate se desluce, se pone en ridículo. A las que respondió Loynaz: General, se desluce el caballo, el jinete nunca; le ruego me permita ir a la línea de fuego.

Una semana después veremos a Loynaz escribiendo la letra y tarareando la melodía del Himno Invasor. Copio a continuación lo publicado en este mismo blog en noviembre de 2020 dado que lo dicho por Loynaz del Castillo en su conferencia de 1943, citada textualmente, coincide con lo recogido en Memorias de la guerra.

Aniversario del Himno Invasor



Por Guillermo A. Belt

Es un viernes, al caer de la tarde del 15 de noviembre. Han pasado tres semanas desde el comienzo de la invasión en las sabanas de Baraguá aquel 22 de octubre de 1895, y una desde que las fuerzas de caballería aumentaron a 1,300 jinetes al ingresar a Camagüey, tras el cruce del Jobabo, límite con Oriente.

Las avanzadas vuelven con la noticia de haber encontrado una finca próxima. Se llama La Matilde, y ya tiene su historia de guerra, que los mambises conocen, sin saber que le tocará ser sede de otra más. Fue propiedad del padre de Amalia Simoni, y en ella vivió, dando a luz a su primer hijo, aquella camagüeyana que, arrestada por las tropas españolas durante la Guerra de los Diez Años y conminada a escribir a su esposo, el Mayor General Ignacio Agramonte, pidiéndole abandonar la lucha, contestó: “Primero me dejo cortar una mano antes que escribirle a mi esposo para que sea un traidor.”

Antonio Maceo decide acampar allí y lo hace en una arboleda de la finca, junto con su Estado Mayor, cediendo la casa al Consejo de Gobierno que lo acompaña en la marcha hacia Occidente. En medio de los preparativos del caso, se observa que en las paredes de la casa hay palabras ofensivas para los mambises, evidentemente escritas por los soldados españoles que habían ocupado la vivienda con anterioridad. Y en una ventana, unos versos, bajo la bandera española.

En este punto del relato, tengo el honor de dar la palabra al General de Brigada del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo.[i]

"A nadie habíasele ocurrido crear un himno para la tremenda campaña que iba a decidir la suerte de la Patria. Por mera casualidad, fue ocurrencia mía. El Ejército Invasor, al mando del general Maceo, acampó, en compañía de las fuerzas camagüeyanas, comandadas por el general José María Rodríguez (Mayía), en el gran potrero La Matilde, propiedad que fue del doctor Simoni, padre de dos admirables cubanas, Matilde, esposa del general Eduardo Agramonte Piña, y Amalia, la romántica y adorada compañera del general Ignacio Agramonte. Era el 15 de noviembre de 1895.

Respetuoso, en grado sumo, el general Maceo del Gobierno Civil de la República, asignó para alojamiento al Presidente Salvador Cisneros Betancourt, ilustre Marqués de Santa Lucía, y al Consejo de Gobierno por él presidido, la magnífica casa de vivienda de La Matilde, y él acampó en la arboleda inmediata, junto a los establos, en los que instaló su numeroso y brillante Estado Mayor, a las órdenes del ilustre general José Miró Argenter, y en cuyo alto Cuerpo, donde sabias enseñanzas recibíanse con la presencia del vencedor de Peralejo, y ejemplos temerarios, tuve uno de los más preciados privilegios de mi vida, la compañía de los otros ayudantes, Hugo Robert, Manuel Piedra, herido en la Batalla de Mal Tiempo y en otros campos de batalla, Miguel Varona, Emilio Bacardí, Peregrín Carulla, Mariano Sánchez Vaillant, Perucho Aguilera, Pérez Carbó, Pedro Echavarría, los Sauvanell, los hermanos Pilot, los hermanos Llorens, los hermanos Ivonet, los hermanos Mariano y Ramón Corona, Juan Maspons Franco, Alberto Boix, Rafael Ferrer, Adolfo Peña, Carlos Pastor, Arturo Bolívar, A. Sagebien, Salvador Pastor, Alfredo Jústiz, Ascensio y Armando Gómez, Rafael Peña y J. Muñoz y el insigne Carlos González Clavet , todos ellos, o muertos o heridos por la Patria. Aunque de las fuerzas, estaban siempre con nosotros alegrando el campamento, con sus dichos, los que fueron luego brillantes generales, entonces temerarios oficiales, Calixto García Enamorado, José Lara Miret, que tiene doce balazos por la libertad, Ángel Guardia, Enrique Céspedes, los Duchase y otros del heroico ejército oriental. Con nosotros, siempre deleitándonos con su ameno trato, el entonces teniente coronel Mario Menocal y los miembros del Consejo de Gobierno, Santiago García Cañizares, Rafael Portuondo, Severo Piña y José Clemente Vivanco.
Algunos amigos, apenas acampados, recorríamos la casa de La Matilde, y de paso alguna raspadura obteníamos de los miembros del Gobierno allí alojados.
Vimos en las paredes del edificio no pocos insultos que nos dejó el enemigo, allí acampado hasta nuestra aproximación, en vez de esperarnos para combatir. En una ventana, blanca y azul, algo distinto leímos: unos bellos versos, bajo el dibujo de una pirámide, coronada por española bandera. Quiso borrarla un compañero: me opuse y lo convencí de que las letras y las artes, bajo cualquier bandera, son patrimonio universal, ajeno a los conflictos de los hombres.
En ese momento, sobre la otra hoja de la misma ventana, pinté la adorada bandera de Cuba, y bajo su glorioso palio escribí estos versos, que me esfuerzo en recordar con la exactitud posible a casi medio siglo de distancia:

¡A las Villas valientes cubanos:
A Occidente nos manda el deber
De la Patria a arrojar los tiranos
¡A la carga: a morir o vencer!

De Martí la memoria adorada
nuestras vidas ofrenda al honor
y nos guía la fúlgida espada
de Maceo, el Caudillo Invasor.

Alzó Gómez su acero de gloria,
y trazada la ruta triunfal,
cada marcha será una victoria:
la victoria del Bien sobre el Mal.

¡Orientales heroicos, al frente:
Camagüey legendaria avanzad:
¡Villareños de honor, a Occidente,
por la Patria, por la Libertad!

De la guerra la antorcha sublime
en pavesas convierta el hogar;
porque Cuba se acaba, o redime,
incendiada de un mar a otro mar.

A la carga escuadrones volemos,
Que a degüello el clarín ordenó,
los machetes furiosos alcemos,
¡Muera el vil que a la Patria ultrajó!


Alguna que otra estrofa, innecesaria, escrita en aquella ventana, fue por mí suprimida, o modificada durante la campaña, por no avivar innecesarios odios.

En aquel ambiente patrio, caldeado al rojo, los versos de la Invasión, como en seguida los llamaron, fueron como reguero de pólvora…
La gran casa se colmó de oficiales y soldados que sacaban copias y agotaban el papel y la amabilidad del Gobierno. El Presidente Cisneros decidió mudarse. “No podemos con este gentío, trabajar. Tu himno nos desaloja”. ¡El himno estaba consagrado!
Aquel exitazo inesperado me animó a buscarle melodía apropiada al verso. Horas y horas de solitarios ensayos, fijaron en mi memoria la melodía, altiva y enardecedora.

Enseguida me dirigí al general Maceo, mi compañero de cuarto y de peligros, en Costa Rica: “General, aquí le traigo un himno de guerra, que merecerá el gran nombre de usted: déjemelo tararear”.
“Pues bien”, me respondió el General. Y a medida que yo canturriaba los versos, la mirada se le animaba. Al terminar, en la estrofa evocadora de las trompetas de carga, puso sobre mi cabeza su mano mutilada por la gloria…
“Magnífico –dijo–. Yo no sé de música, para mí es un ruido, pero ésta me gusta. Será el Himno Invasor; sí, quítele mi nombre, y recorrerá en triunfo la República…”. Luego agregó: “Véame a Dositeo, para que mañana temprano lo ensaye la Banda”. “General –objeté– tiene que ser ahora mismo, porque mañana se me habrá olvidado esta tonada, como me ha pasado con otras”. “Pues bien, vaya ahora mismo y traiga a Dositeo”.
Era el capitán Dositeo Aguilera, el jefe de la pequeña banda del Ejército Invasor: agradable, inteligente y acogedor.

“Lo he llamado –le dijo el general– para que la Banda toque un himno de guerra, que le va a cantar el comandante Loynaz. Váyanse por ahí y siéntense en alguna piedra, donde nadie los moleste; trabajen, hasta que la Banda toque exactamente el Himno Invasor. Apúreme eso”.
En dos taburetes Dositeo y yo nos pusimos al trabajo. Apenas media hora habría, a mi juicio, transcurrido, y ya estaba completa en el pentagrama la melodía, que le fui tarareando en sus tres variaciones armónicas.
La volvió a tararear leyendo sus notas. La celebró, pero agregó: “No se me contraríe si le hago una pequeña corrección…”.

Interrumpí: “El General dijo que exactamente…”. “Sí, pero ni el General, ni usted saben nada de música. Con las notas de este primer compás, no hay voz que llegue a los últimos. Y un himno se hace para el canto. Así en voz baja, únicamente, puede usted tararearlo. La corrección es poca cosa, bajar el primer compás.
Déjeme esto a mí, que necesito ahora mismo empezar el verdadero trabajo, instrumentar esto: y con la prisa que quiere el General”.

Así nació, hace un siglo y cuarto, el Himno Invasor. Nadie mejor para contarlo que su autor, veterano de más de 60 combates, y de todos los de la invasión: La Reforma, Boca del Toro, El Quirro, Mal Tiempo, Santa Isabel, La Colmena, Coliseo, La Entrada, Calimete y El Estante. Y poeta, con inspiraciones musicales, por si fuera poco.


[i] Conferencia del General Loynaz del Castillo a la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, en los salones de la Benemérita Casa de Maternidad y Beneficencia, La Habana, 12 de febrero de 1943.