Thursday, February 6, 2025

Las empresas editoriales de los cubanos en el exilio (II)

Víctor Batista

 Por 
Orlando Rossardi

Exilio

La editorial Exilio fue, en verdad, un componente de la excelente revista Exilio publicada en

Nueva York (vid. el artículo ‘Instituciones y revistas culturales cubanas’ en esta Enciclopedia),

que dirigieran Víctor Batista Falla y Raimundo Fernández Bonilla. Aparte de la revista,

la editorial solo se ocupó de dar a conocer unas pocas publicaciones. Entre ellas se encuentran

los libros de poemas Ritmos acribillados (1972), de Lorenzo García Vega; Entrada en la

semejanza (1972), de Carlos M. Luis, y Hermas viales (1972) ,de Raimundo Fernández Bonilla,

además del libro de Leonel Antonio de la Cuesta, Constituciones cubanas desde 1912 hasta

nuestros días, que vio la luz en Nueva York en 1974.

Hispanova de Ediciones

En 1973 se lanza al mercado La última poesía cubana: antología reunida (1959-1973), el

primer libro de la editorial, cuya selección, estudio y notas son del propio editor, el poeta

y crítico Orlando Rodríguez Sardiñas (Rossardi), que tiene de colaboradores cercanos a

Jesús Lago Tourón y a Humberto López Morales. La editorial mantiene objetivos amplios,

aunque dedica más espacio a la crítica literaria y a la lingüística. Entre algunos de sus libros

destacamos los tomos La estructura del narrador en la novela hispanoamericana

contemporánea, de Joan Rea Boorman (1976); José Donoso: una insurrección contra la realidad,

de Isis Quinteros (1976), y el volumen de Elio Alba Buffill, Enrique José Varona: crítica

y creación literaria (1976). La literatura española está representada por la Historia de la

literatura medieval española (I), de Humberto López Morales (1974); Aproximación estructural

al teatro de Lope de Vega, de Eduardo Forastieri (1976), y el tomo de Israel Rodríguez,

La metáfora en la estructura poética de Jorge Guillén y Federico García Lorca (1977). El tema

lingüístico se ve representado por Dialectología y sociolingüística. Temas puertorriqueños,

de Humberto López Morales (1974), y el tema de las traducciones por Nociones

fundamentales de traductología (2003), de Leonel Antonio de la Cuesta. La creatividad

literaria, poesía y novela preferentemente, aparece en tomos como Vertizonte (1977 y

1980), de Rita Geada; Tiempo del hombre (1977), de Ángel Cuadra; y los poemarios Voces

de silencio (1978) y Cauce de tiempo (1981), de Amelia del Castillo. La novela La ciudad de

las magnolias, de May Betancourt, una de las más recientes publicaciones de la editorial,

salió al mercado en el año 2003.

Imprimatur/Catálogo de Letras

Parte integral de la revista Catálogo de Letras, vigente entre 1994 y 1999 (vid. el artículo ‘Instituciones

y revistas culturales cubanas’ en esta Enciclopedia), su editor, el profesor y periodista

Soren Triff, funda las ediciones Imprimatur, que sacan a la luz una serie de publicaciones

literarias entre las que se hallan, cronológicamente: El drama del hombre (1990), de

Eduardo Triff; El maestro y Li (1993), de Eduado Triff; ¿Qué podemos hacer?: un reporte de urgencia

(1994), de Alfredo Triff; Donde reposan las hachas (1994), de Eduardo Triff; la novela El

descalabro (1995), de Eduardo Triff; Desobedientes, artículos 1995-1996 (1996), de Soren Triff;

Ojo, pinta: pintores cubanos en el período especial (2000), de Raúl Rivero, y Cultura sin miedo:

antología de la revista ‘Catálogo de Letras’, 1994-1999, edición de Soren Triff (2000), que

también edita la organización Center for a Free Cuba (Centro para una Cuba Libre), de la

ciudad de Washington D.C.

Instituto y Biblioteca de la Libertad

El 28 de enero de 2003, el escritor cubano Carlos Alberto Montaner anuncia la creación,

en los Estados Unidos, del Instituto y Biblioteca de la Libertad, una asociación sin fines

de lucro concebida como movimiento cívico dedicado a generar las condiciones para lograr

una transición pacífica hacia la democracia en Cuba y fomentar, tanto fuera como

dentro de Cuba, las instituciones, los valores y principios, así como la información necesaria

para el futuro desarrollo de la nación cubana. De inmediato, el instituto se da a la

tarea de publicar unos tomos entre los que se encuentran: Cuba: un siglo de doloroso

aprendizaje (2002 y 2003) y Pérdida y recuperación de la República: Cuba a las puertas del

fin del comunismo (2003), ambos de Carlos Alberto Montaner; Con todos y para el bien de

todos: el pensamiento político y social de José Martí (2003), de Laura Ymayo Tartakoff; Cuba

y sus Constituciones republicanas (2003), de Beatriz Bernal, y Voces tras las rejas: testimonio

del presidio político actual en Cuba (2004), coordinación y dirección de José M.

González Llorente.


La Gota de Agua Ediciones

Su director es el escritor e investigador Rolando D. H. Morelli, responsable por la edición en

la Red del espacio literario y publicitario La Gota de Agua y de La Nueva Edad de Oro, revista

electrónica para niños (vid. el artículo ‘Instituciones y revistas culturales cubanas’ en esta

Enciclopedia) con contribuciones de textos de varios escritores y artículos, poesías, cuentos,

etc., de alrededor del mundo, para el deleite de los niños que lean español. Entre algunos

de los libros publicados por la editorial se encuentran Layka Froyka: el romance de

cuando yo era niña (autobiografía), de Emilia Bernal; los tomos Cuentos y relatos y Cuentos

orientales y otra narrativa, ambos del poeta romántico José María Heredia, en edición de

Rolando D. H. Morelli; El hijo noveno y otros cuentos, de Matías Montes Huidobro; Lo que te

cuente es poco y Algo está pasando (Something’s Brewing) (edición bilingüe), de Rolando D.

H. Morelli; Voces femeninas en la poesía afrocubana contemporánea (edición bilingüe), de

Armando González Pérez, y Poesías completas, 1853-1918, de Luisa Pérez de Zambrana, edición

de Ángel Huete.

La Torre de Papel

El proyecto editorial del poeta cubano Carlos A. Díaz Barrios se estrena en 1993, cuando saca,

desde Coral Gables, en la Florida, una serie de publicaciones entre las que se hallan: Oscuro

el enigma, de José Triana; Cuatro ensayos sobre poesía cubana, de Grisela Pujalá; los tomos

Espacios para lo huyuyo y Collages de un notario, de Lorenzo García Vega; Cantos del

centinela, de Esteban Luis Cárdenas; Blanco sobre blanco (1986-1993), de Emilio de Armas;

Liebe, de Magali Alabau; Transfiguración de la armonía, de Juana Rosa Pita; Naufragios y comentarios,

de Armando Álvarez Bravo, y Empieza la ciudad, de Lourdes Gil, todos publicados

en 1993. Entre los años 1994 y 2005 salen al mercado más de veinticinco títulos, entre los

que se encuentran: Afán del agua, de Nicasio Silverio; Donde el sol es más rojo, de Luis Marcelino

Gómez; Ciudad, isla invisible, de Amando Fernández; El regreso del hijo pródigo y La

caza, ambos de Carlos A. Díaz Barrios; Cuaderno de caligrafía, de Fernando Villaverde; Bajo

el sombrero, de Reinaldo Bragado Bretaña; Son peregrino, de Enrico Mario Santí; Frente al espejo

purificador, de Benigno Dou;Contrastes, de Rodolfo Martínez Sotomayor; El cerco de las

transfiguraciones, de Lourdes Gil; Discurso de las infantas, de Iraida Iturralde; El velorio de

Pura, de Flora Díaz Parrado; En los traspatios, de Lino Novás Calvo; Al norte del infierno, de

Miguel Correa Mujica; Un pedazo de azul para el naufragio, de Amelia del Castillo; En la llanura,

de Reinaldo García Ramos, y Fronesis, de Ignacio T. Granados. Otros volúmenes, en su

colección de relatos y cuentos La Segunda Mirada, son: Trailer de sueños, de Enrique Labrador

Ruiz; En los traspatios, de Lino Novás Calvo, y Papeles sin ángel, de Lorenzo García Vega,

entre otros.



Las Américas Publishing Co.

Es, sin lugar a dudas, el exponente mejor y más antiguo de librería hispana, de sitio de tertulias

para el intercambio cultural y de editorial al servicio de la lengua española en los Estados

Unidos. Las Américas abrió sus puertas en un sótano de la residencia particular del

italiano Gaetano Massa y Gilda, su mujer, a mediados de los años cincuenta; luego, durante

esos mismos años, se traslada a la calle 13 del barrio bohemio del Village, en el sur de la

isla de Manhattan, para más tarde, en los años sesenta, abrir su espacio en la segunda

planta del edificio situado en el número 152 Este de la calle 23. En 1971, el empresario español

Germán Sánchez Ruipérez (GSR Publishing Group) adquiere su fondo y se instala en el

número 37 de la Union Square West. Más tarde, en 1979, este vende la firma al periodista

cubano Pedro Yanes, quien durante todos esos años estuvo siempre a cargo de la empresa

y fue, hasta su desaparición, el alma de la misma. La librería se disolverá definitivamente en

1984. Aparte de los importantes títulos que publica la firma, uno de los aportes más característicos

y ricos de esta librería-editorial fue el de mantener por años un lugar de tertulias

donde se reunían, en sus visitas a la gran urbe de Nueva York, los intelectuales y artistas más

importantes del mundo hispánico de esas décadas. Por ella pasaron Francisco Ayala, Federico

de Onís, Emilio González López, Juan Bosch, Ernesto Sábato, Ramón J. Sender, Camilo

José Cela, Pedro Juan Soto, Enrique Laguerre, Lino Novás Calvo, Eugenio Florit, Ricardo Gullón,

Carlos Fuentes, Rafael Alberti, Nicanor Parra, Guillermo Cabrera Infante, Heberto Padilla,

Emir Rodríguez Monegal y muchísimos más que intercambiaban ideas con estudiantes

y lectores que acudían a la librería. De la extensa serie de títulos publicados citamos solo

unos pocos que aparecen en su catálogo de 1977-1978: Poética y poesía de Pablo Neruda, de

Jaime Alazraki; Roma secretíssima, de Germán Arciniegas; Panorama de la cultura puertorriqueña,

de María Teresa Babín; El Martí que yo conocí, de Blanca Z. Baralt; Julián del Casal.Vida

y obra, de Rosa M. Cabrera; Vocabulario medieval castellano, de Julio Cejador y Frauca; Pláticas

con Diviananda, de Néstor Molina; Modernismo y Vanguardia, de Octavio Corvalán; Historia

de la literatura ibero-americana, de Arturo Torres Rioseco; La literatura de España desde sus

orígenes hasta 1700, antología de Ángel Flores; Cien de las mejores poesías españolas, de Eugenio

Florit; Historia de la civilización española, de Emilio González López; Cien de las mejores

poesías hispanoamericanas, de José Olivio Jiménez; los tomos Estudio sobre el español de Cuba

y Poesía cubana contemporánea, ambos de Humberto López Morales; Martí, ciudadano

de América, de Carlos Márquez Sterling; Estudios de fonología española, de Tomás Navarro; El

pensamiento español de los siglos XVI y XVII, de Humberto Piñera Llera; Estudios galdosianos,

de Ángel del Río; La generación del 23 en Cuba y otros apuntes sobre el vanguardismo, de Carlos

Ripoll; Crónica del alba, de Ramón J. Sender; Precursores del modernismo, de Arturo Torres

Rioseco, además de la serie de estupendos tomos de Homenajes a escritores como Fernando

Alegría, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez,

Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa y Agustín Yáñez, entre otros.

Linden Lane/Ellas

Los fundadores de la exitosa Linden Lane Magazine (vid. el artículo ‘Instituciones y revistas

culturales cubanas’ en esta Enciclopedia), Heberto Padilla y Belkis Cuza Malé, ponen también

en funcionamiento unas ediciones que cuentan con los tomos siguientes: La conversación

(1983), de Juan Arcocha; Un ojo de asombro (1985), de Benigno S. Nieto; Cuban American

Writers: los atrevidos (1988), de Carolina Hospital; Libido (1989), de Walter de las Casas;

Memoria de un pasado inmediato (Remembrace of a time just past), edición bilingüe (1992),

de Guillermo Arango; Cuba sin caudillos (1994), de Ileana Fuentes, y Rehenes de Castro

(1995), de Ernesto Díaz Rodríguez, entre otros.

Linkgua

El director de las ediciones Linkgua, el escritor Radamés Molina Montes, mantiene especial

preferencia por las reimpresiones de la obra de autores clásicos cubanos aunque también se

interesa en obras más recientes. Algunos de sus volúmenes, con los que se estrena el año

2003, son los tomos Escenas americanas y Diario de campaña, de José Martí, y Diario de

amor, de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Algunos de los títulos que salen entre los años

2004 y 2005 son Ismaelillo y la pieza Adúltera, ambos de José Martí; Reflexiones políticas,

de Simón Bolívar; Poemas, de Julián del Casal; La velada del helecho, o El donativo del diablo,

de Gertrudis Gómez de Avellaneda; Arte de las putas, de Nicolás Fernández de Moratín; Espejo

de paciencia, de Silvestre de Balboa; Poemas, de José María Heredia; Sab, de Gertrudis Gómez

de Avellaneda; Poemas, de Gabriel de la Concepción Valdés; Poemas, de José Jacinto Milanés;

Abdala, de José Martí; La isla de los mirlos negros, de José Hugo Fernández;Versos sencillos, de

José Martí; Estudios críticos sobre historia y política, de Juan Varela (sic; i. e., Valera), y Nunca

canté en Broadway: antología personal 1987-2001, de Ramón Fernández Larrea, entre otros.

Mnemosyne

Desde 1969, y bajo la dirección del profesor Frank Wills de la Universidad de Miami, la editorial

se dedica a publicar reediciones y copias facsímiles de obras de autores clásicos cubanos o sobre la isla de Cuba, además de ediciones de varios temas en inglés. Su director

tuvo la cooperación cercana de la bibliotecaria Rosa Abella, fundadora de la Colección de la

Herencia Cubana de la Universidad de Miami (Cuban Heritage Collection). Entre los quince

o dieciséis libros en español publicados por la misma sobresalen: Diálogos sobre el destino,

de Gustavo Pittaluga; La conjura de la Ciénaga, de Luis Felipe Rodríguez; El bebedor de lágrimas,

de Alfonso Hernández Catá; Los ciegos, de Carlos Loveira; Cien de las mejores poesías

cubanas, de Rafael Esténger; Obra poética (edición póstuma), de Emilio Ballagas; Indagación

del choteo, de Jorge Mañach; Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos

y España, de Herminio Portell Vilá; Ensayo político sobre la isla de Cuba, del barón Alejandro

de Humboldt; Las ideas en Cuba: proceso del pensamiento político, filosófico y crítico en Cuba,

principalmente durante el siglo XIX, de Medardo Vitier; Historia de la literatura cubana,

de Juan J. Remos y Rubio, y Cuba en la mano (enciclopedia popular ilustrada), edición de Esteban

Roldán Oliarte; todos publicados en 1969. Otros libros de interés que saca a la luz la

editorial son Vía crucis y Doña Guiomar, tiempos de la conquista (1536-1548), ambos de Emilio

Bacardí Moreau, publicados en 1970, además del tomo Martí visto por sus contemporáneos

(1976), con selección y prólogo de Antonio Calatayud.

Ollantay Press

La editorial está a cargo del dramaturgo cubano Pedro R. Monge Rafuls y es consecuencia

directa de la organización cultural Centro Ollantay para las Artes que este funda en la zona

neoyorquina de Queens en 1977 (vid. el artículo ‘Instituciones y revistas culturales cubanas’

en esta Enciclopedia). Sus objetivos son la publicación de ensayos sobre el teatro y la dramaturgia

de los hispanos y las piezas de teatro que estos escriben y que, en algunas ocasiones,

llevan a la escena. Entre sus publicaciones está la revista teatral Ollantay y algunos

volúmenes, algunos de ellos bilingües, como: Los escritores inmigrantes hispanos y la familia

(Hispanic immigrant writers and the family) (1989), de Julio Marzán; Directorio de los escritores

latinoamericanos en el área metropolitana de Nueva York (1989), edición de Julio

Marzán; Los escritores inmigrantes hispanos y el problema de la identidad (Hispanic immigrant

writers and the identity question) (1989), edición de Silvio Torres-Saillant; Lo que no se

ha dicho, ensayos (1994), edición de Pedro R. Monge Rafuls; Poesída: antología de poesía sobre

el sida (1995), selección, notas e introducción de Carlos Antonio Rodríguez Matos; Se

ruega puntualidad (1997), de Pedro R. Monge Rafuls, y El tiempo en un acto, trece obras de

teatro cubano (1999), selección y prólogo de José Triana, entre otros.

Las empresas editoriales de los cubanos en el exilio (I)

 


Por Orlando Rossardi

Las contiendas americanas por la separación y liberación de las colonias españolas de la

tutela de la ‘Madre Patria’ durante el siglo XIX hacen que muchos hispanoamericanos emigren

a los Estados Unidos y se asienten en las grandes ciudades de la época y en las diversas

áreas donde se iban concentrando los hispanohablantes: San Francisco, San Antonio,

Corpus Christi, Tampa, Cayo Hueso (Key West), Nueva Orleans, Nueva York, Baltimore, Chicago,

etc. Los cubanos que dejaban la Isla preferían las ciudades de la Florida y la gran urbe de

Nueva York, donde hallan adecuado espacio para sus actividades. Gran parte de esos emigrados

y exiliados encuentran trabajo en la industria del tabaco, donde conforman sus sindicatos

y crean sus asociaciones culturales. En la zona de Ybor City, Tampa, por ejemplo,

existían más de diez ‘factorías’ de tabaco en 1895 y para 1900 ya se contaba con alrededor

de 150 en las zonas de alrededor de la ciudad de Tampa, que producían la mayor parte del

tabaco que se consumía en los Estados Unidos. Una práctica de gran repercusión y extraordinario

beneficio dentro de las tabaquerías fue el lector de tabaquería, que entretenía a la

vez que informaba a los trabajadores durante las largas jornadas de trabajo. En parte por

ese estímulo, según lo anota en su monografía Nicolás Kanellos (vid. Kanellos, 2007), surgen

luego las imprentas que editan los primeros periódicos de trabajadores. Estas imprentas,

que publican mayormente en español, se multiplican y de allí, luego, van surgiendo las

editoriales más exclusivas, que producirán sobre todo libros de creación literaria, reimpresiones

de textos clásicos de historia, literatura y ensayo político y los periódicos que hasta

nuestros días existen en las ciudades mencionadas.

No obstante, no será hasta la segunda mitad del siglo XX, con el gran aluvión de inmigración

hispana a Norteamérica, cuando se intensifique y extienda la producción de libros

y revistas en español. En la actualidad las editoriales hispanas y las imprentas y estudios

de artes gráficas que sirven a la comunidad hispana se han extendido a todas las grandes

ciudades de los Estados Unidos donde existe una abundante representación de habla española.

En el caso de los cubanos, estos se han diseminado por todo el territorio norteamericano,

aunque con preferencia se han asentado en la ciudad de Nueva York y áreas cercanas

a ella, y en el sur de la Florida, donde han estimulado la industria del libro y han

contribuido grandemente a la fundación de imprentas y editoriales a lo largo del país. Muchas

de estas empresas están consignadas en estos párrafos. Es necesario anotar que algunas

de estas editoriales, unas fundadas por cubanos y otras dirigidas por ellos, unas

situadas en los Estados Unidos y otras emplazadas fuera de territorio norteamericano, sirven

la necesidad de autores y lectores hispanohablantes y muy directamente la de cubanos

y cubano-americanos que residen en los Estados Unidos.

Editoriales cubanas o dirigidas por cubanos en los Estados Unidos

AIP (Agencia de Informaciones Periodísticas)

La Editorial Agencia de Informaciones Periodísticas (Miami), que mantiene, desde el año

1964 y hasta 1970, unos Cuadernos AIP con carácter de tipo noticioso, publica entre los

años 1964 y 1988 más de cuarenta volúmenes, entre los que se encuentran La trayectoria

de Castro: encumbramiento y derrumbe (1964) y Peligros y riesgos de comerciar con Castro

(1965), ambos de José Álvarez Díaz; Militantes del odio, y otros relatos de la revolución cubana

(1964), de Bernardo Viera Trejo; Vida de Martí (1965) y Martí frente al comunismo: glosas

de contrapunteo entre el hombre y el autómata marxista (1966), ambos de Rafael Esténger;

Lo que no dijo la foto (1966), de Bernardo Viera Trejo;Martí y nosotros (1966), de Jorge Zayas;

Elementos de geografía de Cuba (1967), de Rolando Espinosa; Exilio (1967), de José Jorge Vila

y Guillermo Zalamea Arenas; La Cuba de mis recuerdos (1970), de Esteban Valero; Lejos de mi

patria (1970), de Sergio Becerra; Cuba republicana, 1899-1958 (1974), de Mario Riera Hernández;

Sembrado en un ala (1974), de Luis Conte Agüero; La otra revolución cubana: polémica

inconclusa (1975), de José Keselman y Justo Carrillo; Era una lágrima que amaba en silencio

(1975), de Lourdes Gómez Franca; Estudio demográfico, social y económico de la comunidad

latina del Condado Dade (1976), de Orlando Álvarez; ¿Conoce usted su idioma? (1977), de

Olimpia Rosado;Caminos de papel (1977), de Humberto Medrano; La poesía de Emilia Bernal

(1982), de Félix Cruz Álvarez, y Cantos montaraces (1983), de Barón Hernández Uley, entre

otros libros de la editorial, algunos de ellos publicados en inglés y que aparecen, muchos

de ellos, sin fecha de publicación.






Baquiana

En el caso de Ediciones Baquiana, la revista literaria cuatrimestral que se publica en Internet

(vid. el artículo ‘Instituciones y revistas culturales cubanas’ en esta Enciclopedia) y el

anuario impreso son parte de este proyecto que se funda en 1999 bajo la dirección de Patricio

E. Palacios y la escritora cubana Maricel Mayor Marsán. El interés principal de sus editores

es el de ‘vincular a través del mundo de las letras a todas y a cada una de las comunidades

del ámbito iberoamericano que conviven en el sur de la Florida, por medio de la

publicación de escritores de diversos países de Hispanoamérica, así como de España y de

aquellos que aunque viven dentro de los Estados Unidos, desarrollan su labor literaria en

español, en un solo medio’. Además de la edición de los voluminosos anuarios impresos, las

ediciones recogen títulos como Errores y horrores: sinopsis histórico poética del Siglo XX

(2001), de Maricel Mayor Marsán; Poemas desde el horizonte (2003), de Mariela Abreu Ortet;

Haz de incitaciones: poetas y artistas cubanos hablan (2003), edición de Jesús J. Barquet

y Maricel Mayor Marsán y prólogo de Olympia B. González; Retazos de vida y esperanza

(2004), de Fernando Escobar Giraldo; Vengo pastoreando lunas (2004), de Manuel Roberto

Leonís Ruiz; De padres, hijos y muerte (2006), de Patricia E. Blumenreich; Soledad para tres y

una vaca (2006), de Rina Lastres; Poemas desde Church Street (2006), de Maricel Mayor

Marsán y la edición de Español o Espanglish: ¿Cuál es el futuro de nuestra lengua en los Estados

Unidos? (2005 y 2006), con textos de las ponencias llevadas a cabo en el Centro Cultural

Español (CCE) de la ciudad de Miami por especialistas, entre los que están Odón Betanzos

Palacios, Pedro Blas González, Olga Connor, Luis de la Paz, Guillermo Lousteau Heguy,

Orlando Rossardi, Francisco Javier Usero Vilchez, Beatriz Varela y Gladys Zaldívar.

Cambridge Brickhouse, Inc.

La editorial CBH (Cambridge Brickhouse, Inc.) es una empresa creada alrededor del año

1995, en Beverly Hills, California, bajo el nombre de Versal Group. Luego siguió operando en

Massachusetts bajo Cambridge BrickHouse, Inc. y su sello de publicaciones CBH Books, con

oficinas en Andover (Estados Unidos), Orizaba (México) y Buenos Aires (Argentina). Su principal

función es desarrollar materiales educativos para empresas como Houghton Mifflin,

McGraw-Hill, Harcourt, Scott Foresman y Holt, entre otras. Ofrece además servicios editoriales

(traducción, edición, corrección, ilustración, etc.) a compañías nacionales y extranjeras

interesadas en el mercado hispano en todo el mundo, como Rourke, Barefoot Books,

Magic Maestro Music, etc. Hace unos años abrió una línea de publicaciones para ayudar a

escritores de todas partes del mundo y en cualquier idioma, con un especial interés en autores

hispanos. Dicha línea es CBH Books (http://www.cbhbooks.com/), que ofrece alternativas

para aquellos autores que no encuentran salida al dilema editorial contemporáneo. El grupo de editores que lleva la empresa, dirigidos por su presidenta, la novelista cubana

Yanitzia Canetti, está compuesto por treinta y dos individuos que se ocupan de

leer, editar, corregir, diseñar e ilustrar los nuevos libros, y de promover sus ediciones en todo

el orbe. Entre los editores, diseñadores y demás creativos hispanos que laboran y colaboran

con la editorial están Manuel Alemán, Priscilla Colón, Olga Duque, Vanesa Michelangeli,

José Ortega, Raquel Welin, Laura Sobrado, Estela Serafini, Ricardo Potes, Francisco Fernández,

Julia Inés Ortiz, Verónica Molina y Diego Mansilla. Mantiene un variado catálogo que

cubre todos los géneros literarios, arte, biografía, temas históricos, culturales, deportivos, filosóficos,

educativos, y literatura infantil y juvenil. Para mayor información, visite http://

www.cambridgebh.com/ y http://www.cbhbooks.com/.

Cubana

La Editorial Cubana, que comienza sus funciones en 1987, lleva también el nombre de Luis

Botifoll, empresario y mecenas de las artes en Miami y, hasta su muerte, un activo promotor

de actividades culturales relacionadas con los cubanos del exilio y uno de los fundadores

de Editorial Cubana. Su director es el profesor y ensayista José Ignacio Rasco, coordinador

del Instituto Jacques Maritain de Cuba en Miami y presidente de honor del Partido

Demócrata Cristiano de Cuba en el Exilio. Las publicaciones de la editorial abarcan temas

muy variados, pero se centran en la historia, la política, la filosofía y la economía y, en especial,

las relaciones de estas disciplinas con Cuba y los cubanos, además de reimpresiones de

autores y obras de clásicos cubanos. Entre los libros de su catálogo destacamos: Presidentes

de Cuba, 1868-1933 (1987), publicado por el Patronato Ramón Guiteras; Características de la

evolución de la pintura en Cuba (1988), de Guy Pérez Cisneros; Santovenia: una vida con sentido

histórico (1989), de Octavio R. Costa; Alma errante, América (1990), de Emilia Bernal; La

revolución de Yara: 1868-1878 (1990), de Fernando Figueredo Socarrás; Máximo Gómez, el Generalísimo (1991), de Benigno Souza; La posición filosófica del Padre Félix Varela (1991), de

Gustavo Amigó Jansen; Los cubanos pintados por sí mismos (1992), introducción de Alberto

Hernández Chiroldes; Ala: poesías (1993), de Agustín Acosta; Bustos y Rimas (1993), de Julián

del Casal, estudio de Julio E. Hernández-Miyares; Historia y estilo (1994), de Jorge Mañach,

prólogo de Rosario Rexach; Cuba y sus jueces (1994), de Raimundo Cabrera;Antología mayor:

prosa y poesía de José Martí (1995), compilación de Carlos Ripoll; Manual del perfecto fulanista:

apuntes para el estudio de nuestra dinámica político-social (1995), de José Antonio Ramos;

Agramonte: el bayardo de la revolución cubana (1995), de Carlos Márquez Sterling; Cabezas

de estudio: siluetas políticas (1996), de Jesús Castellanos;Cartas a Elpidio (1996), del presbítero

Félix Varela y Morales; Diccionario biográfico cubano (1996), de Francisco Calcagno; Hombres

y destinos (1998), de Octavio R. Costa; Estudios y conferencias (1998), de Enrique José Varona;

Martí, hombre (1998), de Gonzalo de Quesada y Miranda; Episodios de la Revolución

Cubana (1999), de Manuel de la Cruz; Un cementerio en las Antillas (1999), de Alfonso Hernández Catá; Vida de Don José de la Luz y Caballero (2000), de José Ignacio Rodríguez; Papeles

políticos sobre Cuba (2001), de José Antonio Saco; La Enmienda Platt; la isla de corcho

(2002), de Luis Machado; Redescubrimiento de Dios (2002), de Rafael García Bárcena, y Cuba:

los primeros años de independencia (2004), de Rafael Martínez Ortiz.

Ediciones del Directorio Magisterial Cubano en el Exilio

Muy temprano en los años sesenta, el profesor Rolando Espinosa (1925-2006) organiza el

Colegio de Pedagogos Cubanos en el Exilio y funda el Directorio Magisterial Cubano en el

Exilio en la ciudad de Miami, que llevará a cabo una amplia y valiosa labor comunitaria y

editorial. Entre los títulos dados a conocer en esas ediciones, algunos sin reconocimiento o

mención de autor, se encuentran: Denuncia del estado de la enseñanza bajo el régimen comunista

de Fidel Castro (1961); Inocentes: en defensa de los estudiantes universitarios cubanos

(1963), de Alberto Martell Valdés; ¿Debe mantenerse la autonomía universitaria? (1964);

Las escuelas formadoras de maestros y su destrucción por los comunistas cubanos (1964);

Anécdotas de la enseñanza comunista (1965); Reconstrucción democrática de Cuba: sugerencias

a los maestros (1965); Elementos de historia de Cuba (1965); Síntesis de geografía de Cuba

(1965); Los símbolos de la patria (1965); José Martí, apóstol de la libertad, un mensaje y

una doctrina (1965); Destrucción de la escuela privada cubana (1965); La destrucción de la escuela

primaria en Cuba (1965); La destrucción de la enseñanza universitaria (1965); El comunismo

y la destrucción de la enseñanza secundaria en Cuba (1965); Problemas de la juventud

cubana (1965); Cómo se apoderaron los comunistas de la Universidad de La Habana (1966),

de Juan Miguel Portuondo de Castro; Nociones de educación democrática (1966); Martí y los

norteamericanos en su propia palabra: pensamiento, sentimiento, vinculación y devoción por

los Estados Unidos (1966); El comunismo en Cuba: la destrucción de las organizaciones magisteriales (1966); La mentira en la UNESCO (1966), y Proceso cultural: respuesta al farsante

de Cuba Armando Hart (1966), de Juan J. Remos, entre otros.

Eliseo Torres Editorial

Fue más bien una extensa y bien surtida librería y distribuidora de libros en español, una

de las más antiguas en la ciudad de Nueva York, y desapareció al morir su propietario,

Eliseo Torres. En 1995 Abelardo Linares, librero y poeta sevillano, adquiere su fondo de alrededor de un millón de volúmenes de poesía, novela y ensayo de autores que publican

entre los años veinte y hasta los años ochenta. Abelardo Linares transporta el fondo a

España. Allí la gran mayoría de esos libros se encuentran depositados en un almacén en

Valencia de la Concepción, Sevilla (Librería Renacimiento), donde se catalogan y se venden

a particulares y libreros. Algunos de los libros que Eliseo Torres & Sons (Eliseo Torres

e Hijos) saca a la luz serán, en su mayoría, monografías y trabajos académicos. Entre los

mismos se destacan: Escritos desconocidos de José Martí (1971), de Carlos Ripoll; Antología

crítica de la prosa modernista hispanoamericana (1976), selección, introducción y bibliografía

de José Olivio Jiménez; Maneras de narrar: contraste de Lino Novas Calvo y

Alfonso Hernández Catá (1972), de Alberto Gutiérrez de la Solana; La nueva ficción hispanoamericana a través de Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez (1972), de Luis

González del Valle y Vicente Cabrera; La tragedia en el teatro de Unamuno, Valle-Inclán y

García Lorca (1975), de Luis González del Valle; Quevedo y la poesía hispanoamericana del

siglo XX: Vallejo, Carrera Andrade, Paz, Neruda y Borges (1976), de Giuseppe Bellini, y José

Martí:Thoughts (Pensamientos) (1980), antología bilingüe en edición de Carlos Ripoll, entre

otros muchos más. Junto a Las Américas Publishing Co., que incorporó algunas de estas

ediciones y existencias, la firma da a conocer una parte muy considerable de la literatura

cubana de estos momentos.

Tuesday, January 28, 2025

EL GRAN ÉXITO Y GRAN EL FRACASO DE JOSÉ MARTÍ

 



(Palabras pronunciadas por el Dr. Eduardo Lolo en la velada patriótica-cultural por el Natalicio de José Martí llevada a cabo en el Museo Americano de la Diáspora Cubana de

Coral Gables (FL) el domingo 26 de enero de 2025)

 

42 años. Ese fue el período de vida de José Martí; es decir, que murió relativamente joven. En ese corto lapso desarrolló dos epopeyas paralelas: una patriótica, y otra literaria, que marcho a sumariar brevemente.

 

La primera estuvo llena de frustraciones desde su niñez por la incomprensión de su familia, pues sus progenitores (en particular su madre) nunca quisieron o pudieron ver el alma adolorida del hijo enfermo de historia ante las injusticias del régimen colonial del cual, ya de adolescente, sería víctima en lo personal por la autoría de una carta que nunca fue enviada. Prisión, trabajos forzados y destierro añadieron, a las torturas del alma aludidas, las del cuerpo.

 

En España, otra frustración, pues su sobrestimación del sistema republicano (posiblemente de raíz romana, cuya historia conocía), le dio esperanzas de que la Primera República española hubiese cambiado su política hacia Cuba. Como sabemos, ello es algo que no sucedió.

 

Más tarde, ya en lo que llamara “Nuestra América”, más frustraciones en sus intentos baldíos por asentarse en México, Venezuela y Guatemala porque, según sus propias palabras, “la Colonia siguió viviendo en la República”, ya que algunos de los próceres independentistas se convirtieron en caudillos y dictadores, lo cual le hizo carenar en Nueva York.

 

En los Estados Unidos, sin embargo, no cesó en su cruzada libertaria. A pesar de la persecución de los espías españoles y la incomprensión de las autoridades norteamericanas, logró aunar voluntades para reiniciar la lucha independentista. Por su experiencia en México, Venezuela y Guatemala, trató por todos los medios de que en Cuba no se repitiera esa nefasta supervivencia de la Colonia en la República de la cual había sido testigo. De ahí sus encontronazos con Máximo Gómez y Antonio Maceo, lo cual hizo que el primero es casi seguro que fuera quien mutilara y destruyera, en el Diario de Campaña de Martí, las páginas donde éste describía la famosa reunión de la Mejorana.

 

Frustración que se extendería a la República. Ello quedó demostrado cuando Estrada Palma, a pesar de su honesto manejo de los fondos públicos, no dudó, al serle imposible saciar su ambición de reelección, exigirle al gobierno norteamericano una segunda intervención militar. Este, a regañadientes como la primera vez (en ambos casos no por razones políticas, sino económicas) accedió a la petición del patriota devenido en aspirante a caudillo.

 

Siguieron a Estrada Palma, con muy honrosas excepciones, aprendices de tiranos en un agónico carnaval de generales y doctores, de los cuales al menos dos se graduaron de dictadores. Recuérdese el tiburón que se baña pero salpica, el Mayoral que viene sonando el cuero, el Egregio, el Hombre. De la República martiana “con todos y para bien de todos” hubo solamente un intento serio y casi exitoso: la redacción e implementación de la Constitución de 1940, vigente solamente hasta 1952. Fueron doce años de esperanzas revividas, asfixiadas históricamente por el Totalitarismo subsiguiente, con más de seis décadas de horror siempre exponencial. Decididamente que, como dice la vieja canción, “Martí no debió de morir, ¡ay, de morir!”

 

Su otra epopeya, la literaria, sí fue del todo exitosa. La mayor parte de su obra la escribió en tan solo 20 años: entre 1875 y 1895. Resulta asombroso que hoy en día sus Obras Completas, hayan sido reeditadas en casi una treintena de gruesos tomos. Pero lo más sorprendente no es su número de páginas, sino su forma y contenido.

 

En 1880 Martí confiesa que "el corazón no siente al leer a Núñez de Arce ese grato calor que queda al leer los versos de un verdadero poeta", refiriéndose al más conocido bardo español de entonces, implicando la decadencia del Romanticismo en lengua castellana. Por tal razón, dirige entonces su mirada hacia la literatura de otras culturas. Dijo al respecto:

 

            ¿Por qué nos han de ser fruta vedada las literaturas extranjeras, tan sobradas hoy de ese ambiente natural, fuerza sincera y espíritu actual que falta en la moderna literatura española? (…) Conocer diversas literaturas es el medio mejor de libertarnos de la tiranía de algunas de ellas.

 

Así, basándose en su condición de políglota, –y muy en especial su dominio total del francés, la lingua franca del siglo XIX), Martí toma para escribir, sin despreciar lo más notable de su herencia cultural española, lo mejor de otras literaturas; pero, no en la forma en sí, sino en el nuevo espíritu de fin de siècle del que estas emergen, prácticamente al unísono, gracias a los nuevos adelantos tecnológicos que aceleraron la velocidad tanto en las comunicaciones como en la impresión de periódicos y libros y sus distribuciones.

 

Martí comienza una especie de alquimia literaria donde fusiona en español elementos de literaturas en otras lenguas que pronto alcanzan a sus lectores de periódicos y revistas de más de 20 países y, entre ellos, sus colegas escritores tanto de España como de Hispanoamérica, lo mismo de su generación, como de la anterior y de la subsiguiente. Nacía una nueva forma de escribir en castellano que quedaría en la historia de la literatura como el Modernismo Hispano, que llevaría a la cúspide el nicaragüense Rubén Darío; el mismo que, al conocer la muerte de Martí, exclamó reprochándolo tan adolorido como indignado “¡¿Qué has hecho, Maestro?!”

 

El propio Martí reconoció su victoria literaria en su dedicatoria del poemario Ismaelillo a José Francisco, su único hijo: “Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así.”

 

En cuanto al contenido, desarrolló un ideario que rebasó el contexto histórico de la Isla que siempre llevaba en la frente adolorida, para extenderse a toda la humanidad. Sumarió lo que hoy en día llamamos “derechos humanos”, preconizando la ética como brújula histórica, la igualdad de razas, la soberanía de las naciones, el derecho de las féminas a una educación a la par de los varones, etc. etc.

 

En lo político, se mantuvo firme en su preferencia del sistema republicano, a pesar de todos sus fracasos. Y hasta previó lo que sería el socialismo en el poder, como atestiguan sus palabras refiriéndose a un estado donde se implantara un sistema socialista: “De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios.”

 

Es más, sus inequívocas y previsoras palabras sobre el tema pueden encontrarse, incluso, hasta en su epistolario personal, como en su misiva de 1889 a Fermín Valdés Domínguez donde le advierte que

 

Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y la rabia de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.

 

Para terminar, quiero leerles un poema de los Versos Sencillos que sirve de muestra, al unísono, de la forma estética y el ideario ético de la literatura martiana. Y voy a leerlo de una edición facsimilar de la original de 1889 que, como todos sabemos, es una copia digital moderna de un antiguo texto, donde aparecen errores y hasta marcas a lápiz. La tipografía, la ortografía, la diagramación y hasta los colores son semejantes a los que seleccionó el propio Martí; solamente el papel es diferente. El génesis de esta maravilla lo relato en mi breve introducción de la siguiente manera:

 

“Esta reproducción facsimilar ha sido posible gracias a que Carlos Ripoll, el más destacado martianista del Exilio hasta ahora, logró adquirir por un precio que no recuerdo (aunque creo que en el orden de los miles de dólares) un ejemplar de la primera edición. En 1991, con motivo del centenario de ésta, Ripoll mandó a imprimir su facsímil para repartir entre los alumnos de un curso dedicado a Martí que entonces impartía y un grupo de amigos, entre los cuales me encontraba. El original él lo tenía siempre expuesto, recostado en un modesto trípode de madera, en el librero que tenía enfrente de su escritorio. Hasta él dirigía su mirada cuando, fatigada por la luz del ordenador, iba a descansar como al pie de un arroyo de la sierra que, como sabemos, complace más que el mar. Cada vez que yo visitaba a Ripoll siempre hojeaba el breve tomo como si pudiera acariciar el tiempo y escuchar la voz de Martí leyendo esos versos de sencillez y genialidad hermanadas. Todavía guardo en el tacto la textura ya frágil de las páginas hirsutas por antigüedad, y en el olfato el olor de las eras emanando de la obstinada tinta firme. Luego lo volvía a colocar, cuidadosamente, en su sitio, como quien retorna una venerada reliquia a un altar de historia.”

 

Un ejemplar de esta edición facsimilar (publicada por la Editorial de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio en el 130 aniversario de la original) puede adquirirse en Amazon, a un precio muy módico, pulsando el siguiente enlace: https://www.amazon.com/dp/B0DBL5M5NB.  El que tengo en mis manos, tan pronto como yo termine de utilizarlo esta noche, voy a obsequiárselo a quien posiblemente sea el más antiguo lector martiano entre todos los que estamos aquí hoy: Don Diego Suárez.

 

El poema que he seleccionado no está entre los más famosos de Martí (“La niña de Guatemala”, “La bailarina española”, etc.).Se trata del número 45 de Versos Sencillos, en cuya confección, en base a la alquimia literaria referida, Martí combina elementos del parnasianismo, el simbolismo, el impresionismo, el expresionismo y otros patrones estéticos de otras lenguas que incorpora al español. Es más, por su elemento onírico, como que se adelanta en décadas al surrealismo.

 

Como en otras muchas de sus poesías, Martí concierta narración con descripción. El personaje cuenta que soñó caminar por un claustro de mármol, que yo comparo con una de las salas del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, con sus extraordinarias estatuas de la Grecia Antigua. Sin embargo, para el caminante del poema estas no son efigies de dioses mitológicos, sino de héroes, entre los cuales el personaje avanza compungido por las desgracias de su Patria, que les cuenta. De súbito, los héroes de mármol cobran vida y, en sorpresiva respuesta, uno de ellos, henchido de ira, le castiga violentamente por su pasividad. Huelga decir que el tema tiene plena vigencia hoy en día, tanto para los cubanos de la Isla como del Exilio.

 

En mi reproducción del poema, mantengo la ortografía, la puntuación y la diagramación originales que utilizó Martí en 1889. Como no soy tipógrafo, no he sido capaz de encontrar, exactamente, el tipo de letra decimonónico de la primera edición entre las ofertas actuales; hay que ir al facsímil referido. He aquí el poema en su integridad:

 

 

                                          XLV.

 

  Sueño con claustros de mármol

Donde en silencio divino

Los héroes, de pié, reposan :

¡De noche, á la luz del alma

Hablo con ellos : de noche!

Están en fila : paseo

Entre las filas : las manos

De piedra les beso : abren

Los ojos de piedra : tiemblan

Las barbas de piedra : empuñan

La espada de piedra : lloran:

¡Vibra la espada en la vaina!

Mudo, les beso la mano.

 

  Hablo con ellos, de noche!

Están en fila : paseo

Entre las filas : lloroso

Me abrazo á un mármol : ¡Oh mármol

Dicen que beben tus hijos

Su propia sangre en las copas

Venenosas de sus dueños!

Que hablan la lengua prohibida

De sus rufianes! que comen

Juntos el pan del oprobio,

En la mesa ensangrentada!

Que pierden en lengua inútil

El último fuego! : ¡dicen,

Oh mármol, mármol dormido,

Que ya se ha muerto tu raza!

 

  Échame en tierra de un bote

El héroe que abrazo : me ase

Del cuello : barre la tierra

Con mi cabeza: levanta

El brazo, ¡el brazo le luce

Lo mismo que un sol! : resuena

La piedra : buscan el cinto

Las manos blancas : del soclo

Saltan los hombres de mármol!

 

Muchas gracias.

Saturday, January 25, 2025

El piloto derribado por el gobierno cubano debería ser recordado en su natal North Hudson


Por Rolando Alum*

Me apresuro a terminar mi decimocuarto y último artículo de opinión para nuestro Jersey Journal, ya que, lamentablemente, dejará de publicarse el mes próximo. Permítanme aprovechar esta oportunidad para honrar la memoria de Mario Manuel de la Peña (1971-1996), que nació en el antiguo Hospital North Hudson de Weehawken (ahora Palisades Medical Center en el cercano municipio de North Bergen). Oímos continuamente hablar de derribos de aviones no militares por parte de países belicosos y rebeldes. 

Recuerdo en particular el monstruoso derribo de un avión de pasajeros coreano por parte de la entonces Unión Soviética en septiembre de 1983. Pero años después, y más cerca de casa, sufrimos el derribo en febrero de 1996 por parte de aviones militares de la Cuba “socialista” de dos pequeños aviones civiles con base en Estados Unidos, uno de los cuales estaba pilotado por un nativo del condado de Hudson, Mario de la Peña. 

Con tan sólo 24 años, Mario era voluntario de la organización “Hermanos al Rescate” [BTTR], con sede en Florida, que patrullaba por aire el Estrecho de Florida en busca de balseros cubanos fugitivos. Estos pilotos alertaban rutinariamente a la Guardia Costera de los Estados Unidos para salvar las vidas de los refugiados. A veces, los pilotos también lanzaban volantes con la Declaración Universal de los Derechos Humanos impresa en español, muchos de los cuales, con vientos favorables, caían en tierra cubana, informando así a los cubanos comunes de esos derechos ideales que les privó su gobierno de orientación marxista. 

En la tarde de ese sábado 24 de febrero de 1996, aviones militares cubanos derribaron dos avionetas, matando, además de Mario, a otros tres aviadores. Como concluyeron las investigaciones de organizaciones internacionales (como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos): 

1--Las avionetas estaban desarmados. 

2--Fueron atacados escandalosamente en el espacio aéreo internacional, lejos de Cuba. 

3--Una tercera avioneta, cuyos tripulantes presenciaron los ataques criminales, logró regresar al sur de Florida. 

4--Como se informó debidamente, las aeronaves militares del estado cubano nunca implementaron ningún método de advertencia o intercepción (como un aterrizaje forzoso), como lo establece el protocolo internacional. 

5--De hecho, la grabación monitoreada por los EE. UU. de las comunicaciones verbales entre los pilotos cubanos comunistas con sus superiores en La Habana prueba que se dieron órdenes de “destruir sin piedad las avionetas”, lo que evoca las grabaciones del ataque soviético del avión comercial coreano. 

Al acercarnos al 29 aniversario de la prematura muerte de Mario, y dado que residió de niño con su familia en Union City y West New York, sugiero a los comisionados electos del condado de Hudson y a los funcionarios municipales pertinentes que consideren resoluciones que conmemoran el legado de Mario e incluso nombrar una calle o esquina con una placa correspondiente en honor al martirio de este idealista humanitario y luchador por la libertad hudsoniano. 


*El profesor Roland Armando Alum, residente de West New York (N.J.) durante la mayor parte de su vida, es un profesor universitario de antropología jubilado y ex funcionario de los gobiernos estatal y federal, actualmente investigador externo asociado en estudios latinoamericanos de la Universidad de Pittsburgh y vicepresidente del Centro de Política, Investigación y Desarrollo Hispano de Nueva Jersey con sede en Trenton.

PILOT SHOT DOWN BY CUBAN GOVERNMENT SHOULD BE MEMORIALIZED IN HIS NATIVE NORTH HUDSON



By Rolando Alum

I rush to complete my 14th and final Op-Ed for our Jersey Journal inasmuch as --regrettably-- it ceases publication next month. Allow let me to take this opportunity to honor the memory of Mario Manuel de la Peña (1971-1996), who was born at the old Weehawken’s North Hudson Hospital (now Palisades Medical Center in the nearby municipality of North Bergen).

We continuously hear about the downing of non-military aircraft by rogue bellicose countries. I particularly recall the monstrous shooting-down of a Korean passenger plane by the then Soviet Union in September 1983. But years later, and closer to home, we had the February 1996 downing by “Socialist” Cuba’s military airplanes of two U.S.-based, small civilian planes, one of which was piloted by our own Hudson native, Mario de la Peña.

Only 24 years young, Mario was a volunteer with the Florida-based “Brothers to the Rescue” [BTTR] organization that air-patrolled the Florida Straits searching for Cuban seafaring escapees. These pilots routinely alerted the U.S. Coast Guard so as to save refugees’ lives. Sometimes the pilots would also drop fliers with the Universal Declaration of Human Rights printed in Spanish, many of which --with favorable winds-- would fall on Cuban land, thus informing ordinary Cubans of such ideal rights deprived to them by their Marxist-oriented government.

On that Saturday afternoon of February 24, 1996 Cuban military aircraft shot down two BTTR planes, killing, aside from Mario, three other airmen. As the investigations by international organizations (e.g., the Inter-American Commission on Human Rights) concluded:

1--The BTTR planes were unarmed.

2--They were scandalously attacked in international airspace, far away from Cuba.

3--A third BTTR plane, whose pilots witnessed the criminal attacks, managed to return to

south Florida.

4--As duly reported, the Cuban state’s military aircrafts never implemented any warning or interception methods (such as a forced landing), as is the international protocol.

5--In fact, the U.S.-monitored recording of the verbal communications between the Communist Cuban pilots with their Havana superiors prove that orders were given to mercilessly “destroy the BTTR planes,” evocative of the Korean airliner’s Soviet attack recordings.

As we approach the 29th anniversary of Mario’s untimely death, and given that he resided as a child with his family in Union City and West New York, I herewith suggest to the elected Hudson County commissioners and the apropos municipalities’ officials to consider resolutions memorializing Mario’s legacy and even a street or corner naming with a corresponding plaque honoring the martyrdom of this idealistic humanitarian, freedom fighter Hudsonite.

*===BYLINE: Prof. Roland Armando Alum, a West New York (N.J.) resident for most of his life, is a retired Anthropology college professor and former State and Federal governments official, currently a University of Pittsburgh external research associate in Latin-American studies and vice-chair of the Trenton-based New Jersey Center for Hispanic Policy, Research & Development

Wednesday, January 15, 2025

“Soy una optimista profesional: sigo pensando que Cuba tiene arreglo”*

Ileana Fuentes 

Por William Navarrete

Hubiera podido conocer a Ileana Fuentes en 1995, durante uno de mis primeros viajes a Miami, en que recorriendo la avenida 12 de La Pequeña Habana descubrí que existía un museo cubano en la ciudad. Mi curiosidad me llevó a visitarlo y recuerdo perfectamente el cuadro de Juan Abreu que allí se exhibía. Ahora, al entrevistar a Ileana, me entero de que fue ella quien organizó aquella exposición, la primera que organizaba como directora de un museo que había tenido no pocos percances desde que había sido fundado. Siempre me ha gustado debatir con Ileana Fuentes, como se dice, a chaqueta quitada. Una vez mantuvimos una polémica por correo electrónico por una portada de un libro en homenaje al centenario de la República Cubana que yo había coordinado desde París y para el que el pintor Ramón Alejandro había dibujado una portada que a Ileana le pareció poco apropiada por razones que ahora sería un poco largo precisar. Aquella disputa intelectual no hizo mellas en nuestra amistad. Al contrario, seguimos intercambiando y colaborando cada vez que la ocasión se presenta. No podía dejar a Ileana Fuentes fuera de esta serie de entrevistas. Sus aportes han sido esenciales para la cultura cubanoamericana en el exilio; sus libros, una referencia para investigadores y estudiosos. Mejor dejemos que sea ella quien nos cuente su larga trayectoria al servicio de la Cuba libre con la que muchos seguimos soñando.

―Cuéntanos de tus orígenes familiares.


―Nací en La Habana, en la clínica de la Quinta Covadonga. Mis abuelos paternos emigraron de Asturias a Cuba a principios del siglo XX. Los maternos lo hicieron de Galicia. Mis padres nacieron en Cuba. Mi padre, Juan Fuentes Pérez, nació en La Habana en 1909. Fue músico y maraquero del primer Conjunto Casino en la década de 1930. Se le conocía con el nombre artístico de “Bolita” y compuso varios temas en colaboración con otros músicos, canciones como como Con la lengua afuera o la guaracha A mí qué, grabados por la RCA Victor junto a Roberto Espí, Esteban Grau y otros. Se casó con mi madre en 1947; ya en esa época había dejado la música y era sastre de la Casa Cofiño, sita en la calle Neptuno, en La Habana.

Ermitas Ramos Vázquez, mi madre, era habanera, nacida en 1922, la más joven de siete hijos. Era doctora en Pedagogía y maestra de la escuela pública N° 8 de Guanabacoa. Fui hija única y en el momento de mi llegada al mundo mis padres vivían en la calle Ánimas, de La Habana Vieja. Luego nos mudamos para Concordia, entre Escobar y Lealtad, y en 1958 para el Ensanche de La Habana, calle Montoro N° 13, entre Carlos III y Lugareño, a cuatro cuadras de la Plaza Cívica, entonces en construcción.
Con su madre, Ermitas, y su padre, Juan, en La Habana, ca. 1956 (Foto: Cortesía)

―¿Dónde cursaste tu primera escolaridad?

―Estudié en el American Dominican Academy o colegio de las Dominicas Americanas (que no debe confundirse con el de las Dominicas Francesas, también en El Vedado). Se encontraba en la calle 5ta. y D, al doblar del teatro Auditórium de El Vedado, en lo que había sido la última residencia de Máximo Gómez. Ocupaba gran parte de una manzana en un edificio antiguo de dos pisos, con unos enormes patios centrales y jardines llenos de recovecos, enormes árboles y plantas tropicales.

Tras el triunfo del castrismo, nacionalizada ya la escuela, la convirtieron en los camerinos del Ballet Nacional de Cuba. Estudié en ese colegio toda la primaria hasta el octavo grado. Las clases eran en español con una sesión en inglés. Luego, el bachillerato se cursaba en inglés. También había profesoras laicas; todas las jefas de grado lo eran. El octavo grado no lo terminé porque mis padres me sacaron de la escuela después de que fuera intervenida. En octubre de 1960 salí definitivamente del país.
Primera comunión en Las Dominicas, La Habana, 15 de abril de 1956. Sentadas, de izq. a der., Carlota Pérez y Carmen Vázquez. Detrás las tías Carmen Ramos, Celia Ramos, Josefina Souto y su madre (Foto: Cortesía)

―¿Tu familia militó contra Batista? ¿En qué condiciones les sorprendió a ustedes el triunfo de 1959?

―A pesar de ser única hija, mi familia era numerosa. Vivíamos con mi abuela materna, Carmen Vázquez, mi tío Pepe y mi tía Celia, que era mi madrina. Como muchos de los que eran demócratas convencidos, mi padre vendió bonos del Movimiento 26 de Julio mientras trabajaba en la Sastrería Cofiño, entre 1957 y 1958. Había conocido a Fidel Castro en las filas del Partido Ortodoxo y recordaba muy bien al personaje.

El 1° de enero de 1959 nos sorprendió en casa pues, aunque los mayores tenían la costumbre de salir a festejar el 31 de diciembre, la situación estaba demasiado tensa para salir a esperar el año nuevo en algún cabaret. A las 5:00 de la mañana nos sorprendió la algarabía de la calle y todos nos levantamos. Se vivieron momentos de mucha ansiedad pues poco después empezaron a liberar a los presos sin tener en cuenta los motivos por los que habían sido encarcelados. El 8 de enero entró el Ejército Rebelde con Fidel Castro al frente a la capital. Me daba miedo ver a toda aquella gente vestida de verde olivo y con rosarios que les colgaban del cuello.

Los juicios populares empezaron poco después. Recuerdo perfectamente el que le hicieron a Sosa Blanco, transmitido por la televisión. Podíamos darnos cuenta de que todo aquello era un circo romano; la gente gritando “Paredón”. Después de esto nada volvió a la normalidad, aunque todo pareció retomar su curso, al menos durante un año más.

―¿En qué momento se dan cuenta que el país había caído en manos de una nueva dictadura?

―Como dije ya, mi padre conocía a Fidel Castro desde la fundación del Partido Ortodoxo. Fidel había aspirado a representante de la Cámara cubana. De modo que mi padre se dio cuenta de todo enseguida. Su esperanza no era otra cosa que la negación de que todo hubiese sido en vano. Mi abuela Carmen y él fueron los últimos en sentarse a escuchar los discursos del “Máximo Líder”. Recuerdo en particular uno en 1960 que duró siete horas en el que Castro empezó a hablar del apoyo que habían recibido los rebeldes y mi abuela Carmen empezó a gritarle mentiroso y de rabia apagó el televisor. Entonces le dijo a mi padre: “Juanito, esto se acabó”.

―¿En qué momento tus padres tomaron la decisión de irse del país y por qué?

―Hubo tres detonantes. El primero fue el hecho de que habían intervenido las escuelas privadas, como la de las Dominicas en la que yo estaba estudiando. Y las interventoras eran las mismas maestras de antes, pero esta vez vestidas con uniformes de milicianas.

La segunda razón fue la Campaña de Alfabetización. Sabíamos que habían reclutado a menores para la Brigada Conrado Benítez, para que participaran en dicha campaña y obligaron a los maestros de las escuelas públicas a inscribirse como voluntarios. Entonces, como mi madre trabajaba en una escuela de este tipo, tuvo que alfabetizar a personas en otros barrios después de que terminaba su jornada laboral. Nos contaba que en las aulas habían asignado a dos milicianos, sentados detrás, con un rifle en la mano cuya misión era vigilar el contenido de lo impartido. Entre los milicianos haciendo posta, y el currículo de alfabetización que enseñaba que la “F” era de Fidel y la “C” de Camilo, mi madre no pudo con aquello.

La tercera razón fue el miedo de los padres a que enviaran a sus hijos a alfabetizar a lugares recónditos. Había una alarma generalizada por la subversión de la autoridad parental. Cuando nacionalizaron las escuelas hicieron circular una carta que los alumnos debieron firmar mediante el cual se comprometían a estudiar en otro país aún sin la autorización de sus padres.

Además de esto, durante la invasión de bahía de Cochinos apresaron a mi tío Carlos y estuvo tres semanas desaparecido. Mi tía Carmita, embarazada, mi madrina Celia y mi madre estuvieron buscándolo mucho tiempo hasta que dieron con él en el Castillo del Príncipe. Cuando lo soltaron estaba esquelético y pesaba 22 libras menos.

En resumidas cuentas, ni los menores teníamos escuela, ni Carlos tenía trabajo ya y todos sabían que aquello terminaría muy mal.

―¿Cómo sales de Cuba?

―A mediados de 1960 comenzaron a hacerse los trámites para sacar a menores de edad solos, sin sus padres, de Cuba. Polita Grau, sobrina del expresidente Ramón Grau San Martín, fue una de las principales promotoras de aquella acción que se concretó con la operación llamada “Pedro Pan”. Entre diciembre de 1960 y octubre de 1962 salimos 14.048 menores de Cuba, una cifra muy superior a la de los niños judíos puestos a salvo en Europa durante la Segunda Guerra Mundial en lo que se llamó “Kindertransport”. Fui parte de esa operación y salí de la Isla con mi primo Carlos Manuel, hijo de mis tíos Carmen Ramos y Carlos García, el 20 de octubre de 1961. Tenía 13 años y mi primo seis.

―¿Dónde caíste?

―Caí en lo que habían sido barracas del ejército americano que se encontraban en el Kendall Camp, área actual de Kendall, una zona que era pura maleza, pantano, cocodrilos y mosquitos, pues Miami terminaba en la avenida 57. Allí fuimos alojadas miles de muchachas según íbamos llegando de Cuba. Estuve en esas barracas dos semanas hasta que me reubicaron en Denver (Colorado), en un orfanato católico. Conmigo fueron cinco las reubicadas en ese lugar; en total a Denver fueron más de 200 muchachas entre 1961 y 1962. Viví ocho meses y medio en Denver pues mi familia fue saliendo poco a poco rumbo a Nueva York gracias a que un hermano de mi madre vivía en esta ciudad desde los años 40. Él fue el que nos reclamó a todos entre 1961 y 1966.

Mi madre, mi tío Carlos y mi prima Carmencita salieron en noviembre vía México. En enero de 1962 salieron tía Carmita con su bebé y en febrero salió mi padre. Todos fueron a vivir a Nueva York. De pronto, eran 12 personas en una casa para cuatro. Me quedé en el orfanato hasta el 14 de junio de 1962. En aquella casa no cabía ni una hormiga.
En la azotea del orfelinato Queen of Heaven, Denver, Colorado, 1962 (Foto: Cortesía)

―¿Cómo fue tu vida en ese orfanato de monjas?

―Eran monjas de la Caridad de la orden fundada por la madre Cabrini. En realidad, las hermanas eran muy estrictas. Esos orfanatos habían sido el resultado de la depresión económica de 1929 y ya en la década de 1960 todos estaban medio vacíos. Eran incosteables y no había suficientes huérfanos para poblarlos. El programa de Pedro Pan les benefició mucho porque el gobierno federal les daba dinero por cada niña o niño cubano. Yo creo que los “pedropanes” que peor la pasaron fueron aquellos que fueron colocados en hogares adoptivos, pues había menos control de lo que les pudiera pasar. En el orfanato me enviaron a cursar los estudios secundarios junto a otras seis compañeras en la escuela Skinner Junior High que se encontraba a una milla de distancia y a la que íbamos caminando a veces con hasta un pie de nieve acumulada.

―¿En qué momento logras reunirte con tus padres y en qué condiciones?

―No fue hasta junio de 1962 que mis padres pudieron sacarme del orfanato. Para la fecha ya se habían mudado para un apartamento en Washington Heights, en Nueva York. Vivíamos ocho personas bajo un mismo un techo. Cuando intentaron inscribirme en una escuela secundaria de las mismas monjas de la Caridad que quedaba cerca de nuestra casa me hicieron repetir el noveno grado por las malas notas que traía de Denver. Después de todo me alegré porque eso me permitió mejorar el inglés. Allí cursé los cuatro años de secundaria y me gradué con honores.

―¿Fuiste a la universidad después?

―Después del bachillerato entré en la universidad privada Fordham, una institución jesuita de Nueva York. Estudié Premédica y como requisito seis asignaturas: Cálculo, Biología, Química, Alemán, Sociología y Física. Aquello era el reino del machismo, pues Fordham había sido una universidad exclusiva de varones hasta 1963, de modo que, en septiembre de 1966, cuando yo entré, había cientos de varones y menos de 50 hembras. Las clases de Biología y Química eran de 25 varones y tres o cuatro hembras. Fue una etapa muy difícil. ¡Te podrás imaginar!

Duré tres años en Premédica y al cabo de ese tiempo dije: “Ni una disección de animal muerto más!”. Pedí una licencia académica y me di de baja. A los 21 años me fui a trabajar y estuve dos enseñando en una escuela secundaria. Y cuando me sentí que estaba lista regresé a estudiar Historia en la misma Fordham, donde, además, conseguí un trabajo. De modo que la matrícula no me costaba nada porque trabajaba donde mismo estudiaba. Saqué mi licenciatura en Historia en 1973.

―La Ileana que yo conocí hace más de dos décadas estaba ya muy activa en los temas relacionados con la democratización de Cuba ¿En qué momento empezaste a militar por esta causa?

―En los años 1967-1969 existían varios grupos de cubanos exiliados en Nueva York que trataban de derrocar al castrismo. Abdala, la agrupación de cubanos jóvenes fundada por Gustavo Marín, se inició en esa época. Un día me encontré con Iván Acosta, un estudiante cubano de New York University que vivía cerca de mi casa. Iván me propuso entonces asistir a una reunión de unos 300 estudiantes universitarios cubanos del área metropolitana en la que se hablaría sobre qué hacer con respecto al futuro de Cuba. Asistí a esa reunión, y al rato de comenzada, Iván me tocó el hombro y me propuso que dijera algo. Fui la penúltima en dirigirme al público y lo que dije lo publiqué después en mi libro Cuba sin caudillo (Linden Lane Press, Princeton, 1994). Tenía 20 años y dije que había asistido a esa reunión buscando una respuesta y me marchaba como mismo había venido.

Me empecé a involucrar poco a poco con diferentes personas y a participar en actividades. Mi padre me acompañaba a casi todo. De aquellas reuniones salieron muchas amistades. Todavía teníamos muchas esperanzas en que algo iba a suceder, aunque ahora, visto con la distancia del tiempo, me doy cuenta de que todo era pura ilusión. ¡Y aquí estamos 65 años después!

―En esa época empezaron algunos exiliados a ir a Cuba invitados por el propio régimen a un diálogo con las autoridades. ¿No te invitaron?

―Por supuesto que me invitaron y me negué. No tenía deseos de participar en un monólogo. No quise hacerle el juego al régimen ni caer en su trampa, de lo cual no me arrepiento. Es cierto que los que fueron al diálogo consiguieron que empezaran los viajes de la comunidad en exilio a Cuba y se liberaron a muchos presos políticos. Pero también generaron el primer gran cisma del exilio cubano. A pesar de ese cisma, las amistades perduraron con el tiempo, como con Iraida Iturralde y Adriana Méndez Rodena, entre otras. Muchos de quienes participaron en aquellos diálogos han reconocido el fracaso de la empresa y el hecho de que esa acción dinamitó la unidad del exilio.

Hubo también brigadas como Venceremos con los Maceítos cuyos miembros achacaban a sus padres el haberlos sacado de la Isla de niños. Algunos habían sido “pedropanes” como yo y a muchos les comieron el cerebro haciéndoles creer que todo había sido manipulación del Departamento de Estado estadounidense y de la CIA, y un error de sus padres. Es algo que nunca se ha podido probar y el tiempo ha dado la razón a los padres que supieron que con el régimen la única opción posible había sido aquella.

―¿Empezaste a trabajar entonces directamente con el tema cubano?

―Entre 1971 y 1973 terminé mi licenciatura y trabajé en el Departamento de Documentación Comercial de un banco internacional durante un año. A fines de 1975, me volví a encontrar con Iván Acosta, que para entonces había fundado el Centro Cultural Cubano en la avenida 11 y la calle 51, en Nueva York. Ya habían montado la pieza teatral Los gusanos. Dos meses después le dije a mi jefe en el banco que me iba de voluntaria a trabajar a un centro cultural y me convertí en administradora de dicho centro. Mi padre puso el grito en el cielo. Recuerdo que todos los sábados me ponía, debajo de la almohada, 25 dólares para mis pequeños gastos. Así estuve hasta que en 1977 empecé a trabajar en un programa federal de empleo de artistas como directora de campo.

―Creo que buena parte de tu labor por la cultura cubana en el exilio la hiciste desde la universidad Rutgers, en Nueva Jersey. ¿Puedes contarnos sobre este periodo?

―En efecto, fue dirigiendo la Oficina de Artes Hispanas de esta universidad que ideé el proyecto “Outside Cuba/Fuera de Cuba” (1985-1989). Surgió estando yo en una conferencia en 1982 en la que me puse a conversar con la artista exiliada Inverna Lockpez y a quejarnos de lo muy atrevida que nos parecía la generación Mariel cuando decían que habían sido ellos los que trajeron la cultura cubana al exilio. Entonces recuerdo que le dije a Inverna: “El problema es que nosotros, los que llegamos mucho antes, nunca hemos hecho nada por que nos conozcan y reconozcan”. Fue en ese momento que inventé “Outside Cuba”.

John Bettenbender, mi decano, me apoyó totalmente. Era un proyecto que deseaba mostrar que había una cultura cubana libre en el exilio desde la década de 1960. El proyecto incluía una exposición itinerante de arte y, por otra parte, una conferencia internacional sobre literatura. Dividimos a los artistas por generaciones, desde Cundo Bermúdez, Rafael Soriano, José Mijares, Jorge Camacho, Zilia Sánchez, Agustín Fernández, Carmen Herrera, Juan Boza hasta artistas que entonces eran más jóvenes como Jorge Pardo, Connie Lloveras, Humberto Calzada, Silvia Lizama, Tony Labat, Gustavo Ojeda, María Martínez Cañas, etc. En total eran 47 artistas del exilio escogidos entre unos 200 expedientes (en la época internet no existía) que nos facilitó la fundación CINTAS. La selección tenía que ser unánime, o sea que los tres curadores de la exposición (Ricardo Pau-Llosa, Ricardo Viera y la propia Inverna Lockpez) tenían que estar de acuerdo. Así fue como organizamos la exposición inaugurada en el museo Zimmerli de la Universidad Rutgers de Nueva Jersey el 22 de marzo de 1987, y el catálogo ―libro bilingüe de 367 páginas que es de consulta obligatoria― fue impreso en 1989. El vernissage fue apoteósico y hasta el gobernador del estado asistió. Viajamos con la muestra durante dos años a Nueva York, Ohio, Ponce (Puerto Rico), Miami y Atlanta.

Conferencia internacional de literatura cubana en exilio “Desde el Niágara hasta El Mariel”, octubre de 1988 en Rutgers University, New Brunswick (Foto: Cortesía)

―Te mudaste a Miami a mediados de la década de 1990. ¿Qué te motivó a dejar Nueva Jersey?

―Mis relaciones en la Universidad se habían deteriorado pues las prioridades y los enfoques sobre las minorías habían cambiado y durante todo 1994 me hicieron la vida imposible por ser cubana exiliada y anticomunista. Mi puesto se lo otorgaron a una administradora puertorriqueña. Le puse una demanda a la Universidad por discriminación.

Ese mismo año durante un viaje a Miami en el que vine a dictar una conferencia sobre la mujer cubana conocí a la abogada María Cristina del Valle, quien había sido elegida presidenta de la junta del Museo Cubano. Fue ella quien me propuso dirigirlo.

―Se ha hablado mucho de ese Museo Cubano que ha pasado por varias etapas. ¿Puedes contarnos sobre él y de tu participación en la institución?

―El primer museo se llamaba Museo Cubano de Arte y Cultura y contaba en su junta con personalidades del exilio como Margarita Ruiz, Mignon Medrano, Ofelia Tabares, Ana Rosa Núñez y Luis Batifoll. Radicaba en una casita del Southwest sita en la calle 13 y la 12 avenida. La idea original había sido de Mignon porque quería dotar al exilio de una institución que permitiera poner demandas contra el Gobierno de Cuba por el tráfico de obras de arte que habían sido confiscadas a sus propietarios al salir de Cuba o, simplemente, que formaban parte del patrimonio nacional. Ya Cuba había vendido en subastas cuadros de Joaquín Sorolla que eran patrimonios del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, entre otras.

La empresa fue un fiasco. Cuando el Museo organizó exposiciones de artistas que habían permanecido en Cuba como Amelia Peláez o acólitos del régimen como Mariano Rodríguez que había sido incluso fundador y primer presidente de la Sección de Artes Plásticas de la oficialista UNEAC hasta 1963, hasta bombas se pusieron en la entrada del Museo para sabotear aquella exposición.

El caso es que para sufragar gastos el Museo comenzó a hacer subastas de arte, algo que, como sabemos, no es de la competencia de ningún museo del mundo. El cisma generado por el escándalo de sucesivos errores duró unos 10 años hasta que en 1994 se renovó la junta con gente más joven.

Fue entonces que, durante mi conferencia, en cuyo panel estaban también Huber Matos hijo (representando a Cuba Independiente y Democrática) y Domingo Moreira (representando a la Fundación Nacional Cubano Americana), y en la que yo me había debatido contra el machismo imperante, se me acercó María Cristina del Valle y me dijo: “Nos haces mucha falta en Miami y, en particular, en el Museo”.

―Empezó entonces tu nueva vida en la capital del exilio y dirigiendo esta institución…

―María Cristina vino a verme a Nueva Jersey, a ofrecerme formalmente la dirección del Museo, y yo le dije que estaba de acuerdo, pero necesitaba un salario y hacer una mudanza con mi hija menor para Miami. Aunque el Museo no tenía dinero, la Junta sacó entonces un préstamo de 30.000 dólares, avalado por seis de sus directivos, para pagar salarios y cosas básicas. Mis padres se mudaron también para Miami seis meses después. Aquel “museo” en realidad era una casita cayéndose a pedazos, con alfombras malolientes y cucarachas muertas debajo, comején por los cuatro costados; no tenía casi luces, y no tenía una colección de arte. Un auténtico desastre. Contaba con cinco salones y uno de estos se utilizaba como almacén y estaba abarrotado de obras tiradas al descuido y muchas de ellas dañadas o en mal estado.

Me dieron ganas de salir huyendo y regresar a Nueva Jersey. Pero me quedé, encomendándome a las once mil vírgenes para que me alumbraran el camino y me dieran fuerzas.

El 5 de enero de 1995 empezó entonces la segunda etapa del Museo, ahora como Museo Cubano solamente. Recluté a cubanos que habían llegado a Miami a través de la Base Naval de Guantánamo para que prestaran brazos en todo lo que había que arreglar. La primera exposición se inauguró el 20 de mayo de ese año con artistas cubanos del exilio como César Trasobares, Juan Abreu, Baruj Salinas, María Martínez-Cañas, Mario Bencomo, Humberto Calzada, Susana Sorí, Gay García, Juan “Sí” Rodríguez, María Brito, Pablo Cano, entre otros. Imagínate, yo los conocía a casi todos gracias a mi proyecto “Outside Cuba” y cuando se enteraron de que era yo quien iba a dirigir el Museo su apoyo fue total.

Pero, al final, en menos de un año se acabaron los fondos, no dio tiempo a recaudar recursos o solicitar grants, y no pudimos seguir. Por suerte, como había logrado una compensación por daños con mi demanda a la Universidad, pude instalarme en Miami y empezar de nuevo.
Ileana y su hija, Carisa Perez-Fuentes, en representación de la REDFEM durante una sesión de varias ONG en Naciones Unidas, Nueva York, ca. 2005 (Foto: Cortesía)


―Tu labor sobre temas relacionados con el feminismo es muy conocida. Has estado siempre muy activa al respecto. Cuéntanos algo de tu labor en este ámbito.

―Cuando vivía en Nueva Jersey, inicié con Iraida Iturralde, Lourdes Gil, Margarita García y Belkis Cuza, entre otras, la Fundación de la Mujer Cubana (que dejé cuando me trasladé para Miami). El día 10 de febrero de 1990, en una conferencia sobre Cuba en Union City, Nueva Jersey, elaboré por primera vez en público mi óptica feminista acerca de la problemática cubana en la ponencia titulada “Hacia la erradicación del machismo de la vida cubana”. Fue un verdadero escándalo. Belkis Cuza, editora de Linden Lane Magazine, publicó el trabajo.

No fue hasta 2003 en Miami que, junto a mi amiga la neuróloga Sandra Gómez y la abogada Ofelia Nardo, fundé REDFEM, la Red Feminista Cubana, una ONG que funcionó incluso dentro de Cuba hasta 2011 con mujeres activistas de derechos humanos.

A través de REDFEM aportamos asistencia humanitaria tras el paso de ciclones por la Isla. Como en esa época comenzaron a permitir el cuentapropismo en Cuba, comenzamos a ayudar a que mujeres emprendedoras pudieran crear sus propios micronegocios. Creamos casas de lectura dirigidas por mujeres y entre 2004 y 2011 hicimos una gran labor docente sobre derechos humanos y feminismo porque en Cuba no existían precedentes de acciones de este tipo, llevadas a cabo por una ONG feminista, a la excepción de FLAMUR (Federación Latinoamericana de Mujeres Rurales) que se ocupaba de las mujeres del ámbito rural bajo el incansable liderazgo de Magdelivia Hidalgo. REDFEM desmontó la idea de que Vilma Espín y la Federación de Mujeres Cubanas eran feministas y mostró a Espín como lo que era: una gran burguesa al servicio del machismo militar cubano.

―Pero vuelve a surgir la idea del Museo Cubano…

―Ofelia Tabares había vuelto a la carga y en 2007 decidió intentar reorganizar el Museo Cubano. Para ello, la directiva disponía de un viejo edificio que había sido sede de la ópera en Coral Way y la avenida 12, pero estaba prácticamente en ruinas y había que reconstruirlo. El condado Miami-Dade concedió 10 millones de dólares para su compra y remodelación y se contrató a la compañía de arquitectos Rodríguez and Quiroga Architects Chartered para ello.

La directiva del Museo me propuso un contrato de consultora cultural y trabajé intensamente para que la institución volviera a abrir con una sede por todo lo alto. Y también le cambiamos el nombre a Museo Americano de la Diáspora Cubana pues nuestra pretensión era que la institución fuera reconocida y acreditada por la Asociación Americana de Museos y pudiera unirse a la prestigiosa Smithsonian Institution. Montamos un teatro fabuloso y dos pisos de galerías espectaculares; rescatamos aquel edificio que estaba casi perdido. Finalmente, después de muchas peripecias, pudimos inaugurarlo en octubre de 2016 con una exposición retrospectiva de la obra del reconocido artista cubanoamericano Luis Cruz-Azaceta.

Hicimos muchas actividades. Luego preparamos una muestra colectiva de nueve artistas y empezamos a traer grupos escolares para promover el arte y la cultura cubana entre los niños. El condado aportaba fondos y eso nos permitió organizar en octubre de 2018 una gran exposición de homenaje a Celia Cruz, en colaboración con la fundación que se ocupa de la obra de la artista. Asistieron más de 1.000 personas el día de la inauguración. La gente no cabía dentro. Menos mal que planificamos una recepción al aire libre en la fabulosa azotea del edificio.

Mi labor en el Museo terminó en enero de 2019 cuando hubo un cambio de dirección. Ese fue el año en que tuve que colgar el sable. Durante dos años no hubo director ejecutivo y luego vino la pandemia. Mantengo contacto con algunos artistas e intelectuales ―soy miembro del PEN Club de Escritores Cubanos del Exilio y de la Academia de Historia Cubana en Exilio―, pero estoy totalmente desvinculada del actual museo.

Academia de Historia de Cuba en el Exilio, Miami, 16 de diciembre de 2023. De izq. a der., Armando Valladares, José Albertini, Ernesto Díaz Rodríguez, Ileana Fuentes y el Dr. Eduardo Lolo (Foto: Cortesía)

―¿Qué has hecho después? ¿Qué crees del futuro de Cuba?

―Desde 2019 regresé a mi escritura y empecé a redactar mis memorias de “pedropan” tituladas Retrato de Wendy y que abarcan entre 1955 y 1970. Están escritas en inglés y en español. Es importante que se publiquen estas historias personales, que son parte de la historia de Cuba y del exilio, especialmente las memorias de las mujeres. Hay muchas historias masculinas ya contadas. Hay que aumentar las voces femeninas como documentación de nuestra realidad.

Como soy una optimista profesional sigo pensando que Cuba tiene arreglo, que a las mujeres les reconocerán plenamente sus derechos, que se acabarán los feminicidios, que la Isla será un día un país democrático sin un solo preso o presa por razones políticas, un país donde se respeten los derechos humanos, y que esa gentuza terminará por abandonar el poder.

No obstante, no es menos cierto que el daño no ha sido solo físico, sino moral. Ha sido un daño enorme que implica la pérdida de ética y de valores elementales durante más de seis décadas. Mi visión optimista de Cuba, que confieso persiste, es casi más un acto de wishful thinking que de reflexión realista de lo que tenemos por delante.

*Tomado de Cubanet