Por Carlos Alberto Montaner
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| Primera imagen divulgada por el diario El Fígaro el 3 de febrero de 1918 del óleo de Esteban Valderrama Peña (1892-1964) |
En la década de los cincuenta, cuando yo era muy joven y
me asomaba a la adolescencia, la invocación del nombre de Martí solía
estremecerme. Por aquellos años todavía estaba viva la tradición romántica
decimonónica. Los jóvenes -y los viejos- se enamoraban con poemas, y también
morían y mataban por las causas políticas recitando versos. Recuerdo vivamente
una poesía dedicada a Martí de Francisco Riverón, popular y talentoso decimero,
que terminaba con una estentórea e ingenua exhortación a la resurrección:
Cuba quiere sentir que te despiertas.
Hay que romper un sol sobre la noche.
Hace falta tu voz, José. ¡Despierta!
Entonces la poesía patriótica era muy estimada, como lo
fue durante nuestras guerras de independencia. El propio Martí publicó su
conocida elegía a los estudiantes de Medicina fusilados el 27 de noviembre de
1871 como epílogo a un relato de aquellos hechos escrito por Fermín
Valdés-Domínguez, él mismo acusado y condenado durante el juicio contra esos
jóvenes cubanos. Muchos años más tarde, Tania Díaz Castro, en un notable
artículo distribuido por el Grupo de Trabajo Decoro, contará cómo, tras el
golpe militar de 1952, los estudiantes convocaron a la resistencia con otro
poema de Riverón leído por los altavoces universitarios. Se titulaba «General de tres galones», y calificaba a Batista con los peores
epítetos. Riverón simpatizaba con el Partido Ortodoxo, y en aquella época la
recitación de poemas era una manera de calentar el espíritu para entrar en
combate. (Riverón, como tantos escritores, moriría perseguido y acosado por la
dictadura comunista en 1975).
Incluso Fidel Castro, hombre de lacrimal estéril, cuando
comienza a organizar su movimiento insurreccional ordena la confección de un
himno y de una bandera. Su débil pulsión lírica no le impedía entender que esos
resortes psicológicos eran fundamentales para mantener la cohesión del grupo y
poder arrastrar a la lucha y el heroísmo a un puñado de muchachos. Para él, la
poesía no era una expresión del espíritu, sino un instrumento de manipulación
política. Poco después del triunfo revolucionario, el Himno del 26 de Julio
fue perdiendo importancia frente a las notas de La Internacional,
hasta convertirse en una anécdota musical desdeñable. Ya no le resultaba útil.
Por supuesto, tras la desaparición de la URSS y del campo socialista lo que
comenzó a dejar de oírse fue la propia Internacional. Entonces se retomó
con vigor el Himno Nacional,como parte de un hipócrita esfuerzo por renacionalizar
el proceso revolucionario y dotarlo de una identidad más acorde con el
postsovietismo.
En todo caso, esta tradición de recurrir a los poemas y
cantos patrióticos también se ha utilizado frente a la tiranía comunista, al
menos en los primeros tiempos. En los años sesenta y setenta todavía los
cubanos conservaban el ademán romántico, y una forma emotiva de relacionarse
con la idea de la patria. Manuel Artime, ex oficial de la Sierra Maestra, joven
médico católico que luego organizó eficazmente uno de los mayores grupos de
oposición a Castro –el Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR)– y
dirigió –en el plano político– la invasión de Playa Girón, poco antes de zarpar
escribió un poema en el que sintetizaba la traición de Castro a la revolución:
Rojo, blanco y azul era ese paño por
el que fue a morir un pueblo entero. ¿Qué maldito poder oscuro, extraño, envolvió
sus colores con engaño para volverlo ruso y extranjero?
Evidentemente, Artime vibraba y hacía vibrar a sus
partidarios enarbolando uno de los símbolos clave de la sociedad cubana.
Adonde quiero llegar es a lo siguiente: los vínculos
políticos que en nuestros días unen a los cubanos, o las creencias y
comportamientos que los apartan, probablemente poseen una menor carga emotiva,
y percibo, ciertamente, que unos y otras se expresan de una manera mucho menos
afectiva. Todo es más frío, cerebral y razonado que antes. Y si no yerro en mi
apreciación, es posible que, en los tiempos que corren, caracterizados por la
actitud postmoderna, el corazón de las generaciones más jóvenes lata a un ritmo
diferente ante la idea de la patria. No creo que se trate de un fenómeno
estrictamente cubano, sino de una tendencia que se observa en todo Occidente.
Tal vez la idea romántica de la nación esté muriendo en todas partes. Pero
acaso eso suceda de una forma mucho más intensa en Cuba, como consecuencia del
uso y abuso que la revolución ha hecho de estos oscuros resortes psicológicos.
Volvamos ahora a Martí, porque estas reflexiones tienen
que ver con la forma en que los cubanos se fueron relacionando con él, así como
con la propia nación.
Por qué «Apóstol»
Los cubanos, como nadie ignora, llamamos a Martí «el
Apóstol». ¿Por qué? La acepción más frecuente de apóstol es la de
profeta o emisario de Dios. Los doce apóstoles recibieron esa denominación
porque tenían la tarea de difundir la palabra divina. Para ejercer ese
magisterio, Dios los dotaba de carisma, un vocablo de origen griego que
hacía alusión, precisamente, a una facultad divina otorgada para fascinar a las
personas e influir en ellas. Pablo de Tarso, que no era uno de los apóstoles
originales, dado que vivió varias décadas más tarde, fue llamado «el apóstol de
los gentiles». Llevaba a los no judíos la buena nueva de la llegada del Mesías
y del surgimiento de una religión salvífica: el cristianismo. Su carisma, según
la tradición, generaba conversiones. Se ha dicho, incluso, que sin él el
cristianismo no hubiera trascendido.
¿Qué buena nueva traía Martí? ¿Acaso el establecimiento
de la República? ¿De qué religión era apóstol este talentoso escritor de la
segunda mitad del siglo XIX? Hay otra pregunta importante que formular: ¿cuándo
comenzó a ser percibido como un apóstol? ¿Tal vez desde sus años en New York,
cuando ya había madurado intelectualmente? Puede ser, aunque todavía de una
manera confusa. Parece que nuestro hombre poseía ese extraño don del carisma.
Impresionaba a muchas de las personas con las que se comunicaba, y muy
especialmente si lo hacía desde una tribuna. Los que le oyeron solían recordarle
con emoción.
Mi amigo Humberto Medrano me contó alguna vez la anécdota
del encuentro entre su padre y Martí. A fines del XIX, el joven Ignacio Medrano
acababa de licenciarse como ingeniero de Minas en una universidad alemana y
regresaba a su Colombia natal. El barco hizo escala en New York, donde Ignacio
pasaría unos días hasta reembarcarse, supongo que rumbo a Barranquilla; pero
entonces sucedió lo inesperado: un amigo cubano, con el que había coincidido en
la misma casa de huéspedes, le invitó a acudir a una velada patriótica en la
que hablaría Martí, quien estaba convocando a la insurrección contra España.
Ignacio fue a la velada, escuchó a Martí... y fue tal el impacto que le
produjo, fue de tal intensidad la impresión que le dejó, que poco después
embarcó rumbo a Cuba a pelear por la libertad de la Isla. Se había adiestrado
para demoler montañas, así que no le fue difícil hacer lo mismo con las
instalaciones del enemigo. Felizmente, vio la victoria, alcanzó el grado de
coronel, seguramente como consecuencia de su habilidad como dinamitero, y, tras
conocer a quien fuera la madre de Humberto, se radicó para siempre en Cuba.
Por supuesto, yo no tuve la experiencia del coronel
Medrano, pero en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando vivía en
Puerto Rico, un buen exiliado llamado Enrique Núñez, continuando una tradición
cubana, tuvo la idea feliz de instaurar en el destierro para los 28 de enero
una cena martiana. A ellas solía invitar a un notable actor y
periodista, llamado Pedro Zervigón, que se sabía de memoria los discursos de
Martí, y los decía o recitaba con gran vigor y una excepcional naturalidad,
virtudes con las que buscaba revivir al Apóstol que oyeron los emigrados de su
tiempo.
Durante aquellas cenas martianas, en un experimento de
forzada empatía yo solía cerrar los ojos cuando Zervigón hablaba, y me
imaginaba que estaba en Tampa, en New York o en Cayo Hueso, dependiendo del
texto, con el objeto de tratar de reproducir mental y emocionalmente el efecto
que esas palabras pudieron ejercer en sus contemporáneos. Obviamente, sabía que
ni Zervigón era Martí, ni San Juan era Cayo Hueso, ni yo estaba en 1892 o 1893;
pero para mí, que entonces (y ahora) me interesaba mucho por los temas relacionados
con la psicología, lo importante era analizar cómo fluían las palabras, y cómo
entraban en mi conciencia. Al fin y al cabo, la experiencia teatral es
exactamente ésa: saltar sobre los convencionalismos y vivir la farsa como si
fuera verdad.
El resultado de ese pseudoteatro era bastante
satisfactorio. En alguna medida, funcionaba la magia y me era dable acercarme
al Martí de su época, por lo menos en el ámbito de la palabra. Por supuesto,
faltaba el contacto personal, y no se daba el misterio de la extraña
fascinación que produce el héroe carismático. En todo caso, mi curiosidad se
encaminaba a tratar de contestar tres preguntas que desde entonces me visitan,
y que hoy dan origen a estos papeles: ¿por qué Martí se convirtió en la figura
clave de la sociedad cubana? ¿Cómo se produjo ese proceso de creciente
mitificación de su figura? ¿Qué pasará con su imagen cuando desaparezca el
castrismo?
Los enigmas
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| Muerte de José Martí en Dos Ríos, por Carlos Enríquez. 1939 |
Otro dato menor, pero significativo: en 1899, un año
después de concluida la guerra, los interventores norteamericanos, que siempre
fueron atentos con la familia de Martí, más por solidaridad que por méritos,
conceden un puesto de trabajo a la anciana madre del Apóstol, doña Leonor
Pérez, que padecía serias dificultades económicas. Pero tampoco le otorgan un
empleo excepcional: la nombran oficial de tercera en el Ministerio de
Agricultura. No estaba mal para la época, mas es obvio que todavía en ese momento
no se percibe a Martí como la figura fundamental de la nación cubana.
En esos tumultuosos primeros tiempos post coloniales, los
que conocieron a Martí le recuerdan como un escritor brillante que tuvo el
excepcional talento de organizar el PRC y, desde esa plataforma, lanzar la
insurrección del 95; pero su muerte casi inmediata impidió que su peso
gravitara sobre la estructura del Ejército Libertador o del Gobierno de la
República en Armas. Obsérvese quiénes son las personas que ocupan la
presidencia a partir de 1902 y hasta 1933, cuando la generación de los mambises
se despide: Estrada Palma, José Miguel Gómez, Mario García Menocal, Alfredo
Zayas, Gerardo Machado. Ninguno formaba parte del entorno martiano. La mayor
parte ni siquiera se cruzó jamás con él.
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| Estatua de José Martí, erigida en el Parque Central, La Habana, Cuba. |
Sin embargo, en 1905 Máximo Gómez -que desembarcó junto a
Martí en Playitas en 1895, pero a quien molestaba que quienes los recibieron
llamaran a su compañero «presidente» -inaugura la primera estatua de
la República a un héroe de la guerra. Al Apóstol. La iniciativa la había
lanzado el diario El Fígaro en 1899, y a partir de ese momento comenzó
una recaudación creciente que permitió que el escultor José Vilalta se
trasladara a Roma para, allí, en mármol de Carrara, esculpir una estatua de 10
metros de altura y 36 toneladas de peso. La escultura, situada en el lugar más
emblemático de La Habana de entonces, sustituyó a la de la reina española
Isabel II, y en su proximidad se sembraron 28 palmas en recuerdo del natalicio
de Martí (28 de enero) y ocho pequeños jardines, en memoria de los estudiantes
de Medicina fusilados en noviembre de 1871, hecho luctuoso que los cubanos
continúan recordando anualmente.
Quiero subrayar la coincidencia, porque voy a volver
sobre ella más adelante. En las insurrecciones cubanas contra España se
producen miles de muertos; muchos de ellos son figuras heroicas: Carlos Manuel
de Céspedes, Ignacio Agramonte, Bernabé Varona, los Maceo, entre otros
centenares; pero el primer homenaje ritual que hace la República es a José
Martí y a los estudiantes de Medicina. Los estudiantes ni siquiera son héroes
en el sentido tradicional, pues no realizaron hazaña alguna reputada como
prodigiosa: son sólo víctimas inocentes. Martí no es una víctima pero es, a su
manera, inocente: muere sin disparar un tiro durante un combate de una guerra
que él ha conseguido desatar, mas no es culpable de nada. Su muerte temprana le
pone a salvo de las asperezas de la política. No vivió la frustración de la
Asamblea del Cerro, ni la incómoda y poco elegante disputa sobre el monto de
las indemnizaciones que reclamaban los veteranos a Washington y a la recién
estrenada patria, ni los amargos debates sobre la Enmienda Platt. No tuvo que
enfrentarse a los conflictos entre Masó y Gómez. No conoció las primeras
disputas regionales entre los caudillos políticos locales. No chocó con los
militares norteamericanos que gobernaron Cuba durante cuatro años, combinando
la buena administración pública con las malas relaciones políticas. Es verdad
que Martí y Maceo discutieron acremente durante el breve encuentro que tuvieron
en La Mejorana, pero ambos murieron poco después en acciones militares, y las
discrepancias quedaron como oscuras anécdotas carentes de importancia. Su
muerte, pues, colocó a Martí más allá de las contingencias y pequeñeces de la
política.
La República y la religión civil
Cuando en 1901 los cubanos se dan su primera
constitución, declaran que la forma de gobierno será la republicana. Muy
probablemente eso es lo que Martí habría prescrito si hubiera estado vivo;
entre otras razones, porque no había otra opción disponible, si exceptuamos la
monarquía. Cuando los cubanos recurren a la frase «La Cuba que soñó
Martí», sin duda aluden a una república, dado que no hay indicios de que
el Apóstol pretendiera algo diferente. Ello quería decir que los cubanos
optaban por un modelo de Estado laico, en el que todos los ciudadanos serían
iguales ante la ley, con los mismos derechos y deberes; en el que la autoridad
de los gobernantes estaría limitada y el poder, dividido en tres ramas
independientes -legislativo, judicial y ejecutivo-, como salvaguarda de los
derechos individuales -incluido, naturalmente, el muy importante derecho de
propiedad.
La característica esencial de la república moderna, de
todas las repúblicas modernas, es esa: se trata de un modelo frío y cerebral
que parte de los esquemas intelectuales propuestos por los ideólogos de la
Ilustración. En Cuba, como en Estados Unidos a partir de 1776, o en Europa
desde la revolución francesa de 1789, se prescribió teóricamente, aunque no se
hiciera en la práctica, lo que recetaron Locke, Montesquieu y Rousseau: pura
ingeniería política concebida para proteger los derechos individuales, canalizar
las pasiones de los seres humanos y solucionar los conflictos pacíficamente;
para organizar la cadena de mando y la jerarquía administrativa con arreglo a
la racionalidad aritmética que brinda el método democrático de toma de
decisiones colectivas mediante consultas electorales periódicas.
Pero no sólo eso: el modelo republicano, que era,
fundamentalmente, una determinada arquitectura institucional, también llevaba
implícita una propuesta ética: a partir de su implantación, se suponía que los
ciudadanos desarrollarían o potenciarían una suerte de vinculación cívica. Lo
que les uniría no serían los secretos e inefables lazos tribales, ni el culto
por los mártires, ni símbolos rituales como el himno o la bandera.
Teóricamente, lo que daría cohesión a los cubanos, como a todos los republicanos,
sería la sujeción a la ley y la lealtad a las instituciones: lo que hoy se
suele llamar patriotismo constitucional o patriotismo cívico. En
última instancia, las repúblicas habían sido diseñadas para erradicar el
componente religioso que se desprendía de la idea de que la legitimidad del
monarca provenía de la voluntad divina entregando la soberanía al pueblo, para
que éste decidiera su destino racional y democráticamente.
Pero pronto se vio que, en la Isla, ese lazo racional y
democrático no existía o era muy débil, y quien primero pareció advertirlo fue
Estrada Palma, aunque Enrique José Varona también lo señalara con gran
preocupación. Don Tomás, en una conocida correspondencia teñida por el
pesimismo, se queja de tener que dirigir una república en la que no abundan los
ciudadanos. Y así sucedía: había cubanos profundamente comprometidos con la
patria, pero no a la manera republicana, sino a la manera nacionalista. Para ellos
Cuba era un sentimiento, no un razonamiento. Era un temblor cuando escuchaban
el himno. Era la historia mil veces contada del rescate de Sanguily efectuado
por Agramonte, o de la toma de Victoria de las Tunas dirigida por Calixto
García, con la artillería mambisa construida y desplegada por el coronel Juan
Miguel Portuondo. Eran las legendarias cargas al machete de los Maceo, la
estrategia de las contramarchas de Máximo Gómez o el valor sin límites de
Quintín Banderas. Esa era la patria que electrizaba a los cubanos: la
del heroísmo.
En otras palabras: a lo cubano se llegaba por el
camino de la emoción, de la hazaña, del sacrificio, y, por supuesto, de la
sangre. La sangre, como ocurre siempre, era el alimento del patriotismo
nacionalista. Eso explica, por ejemplo, la tenaz pervivencia -que llega a
nuestros días-de la conmemoración ritual de la triste historia de los ocho
estudiantes de Medicina fusilados por el nunca cometido delito -que ni
siquiera lo era-de profanar la tumba de Gonzalo Castañón, un periodista español
muerto en Cayo Hueso en un confuso duelo motivado por querellas políticas con
los independentistas. Lo que unía a los cubanos, el nexo secreto que mantenía
la cohesión de la tribu, era la sangre, la reverencia a los héroes, las
leyendas empapadas de heroísmo, dolor y sacrificio. Pero había más: en la
medida en que se degradaba la República y aumentaban la insatisfacción y la
frustración, con los crecientes atropellos, con los conatos de insurrección,
con la corrupción, los pucherazos y el inveterado clientelismo, simultáneamente
iban fortaleciéndose los lazos nacionalistas. Era como si en la conciencia
política de los cubanos existiera un mecanismo compensatorio con dos cámaras
conectadas: por una parte se nos deterioraba el Estado republicano y la idea
del patriotismo cívico, pero cuando eso ocurría por la otra se revitalizaban
los lazos tribales, en un crescendo nacionalista.
La creciente figura Martí
Es dentro de ese juego dialéctico de suma cero donde la
figura de Martí se engrandece paulatinamente, con cada fracaso que sufre el
país, con cada político que defrauda a la sociedad, con cada elección amañada.
A Martí se le reconoce como el artífice de los levantamientos del 95, pero su
nombre comienza a reverenciarse ritualmente. Primero fue la estatua del Parque
Central, inaugurada en 1905. Poco después, durante la segunda intervención,
designan a José Francisco Martí Zayas-Bazán –capitán del ejército mambí, el
único hijo reconocido del Apóstol– asistente y edecán de William H. Taft
–secretario de Guerra norteamericano y próximo presidente del vecino del
Norte–, enviado especial de Teddy Roosevelt para poner orden en el revuelto
avispero cubano.
Son los interventores norteamericanos los que aceleran el
culto a la figura de Martí. En 1907 ordenan que en el cementerio de Santa
Ifigenia se edifique un templete para dar sepultura dignamente a los restos del
Apóstol. En junio de ese año, cuando muere Leonor Pérez, madre de Martí,
declaran duelo oficial. Charles Magoon, el interventor oficial, decide que,
tras las elecciones generales del 14 de noviembre de 1908, la república cubana
reinicie su vida institucional independiente el 28 de enero, en homenaje a José
Martí. Para que no quedaran dudas de sus intenciones, la víspera de esa fecha
asigna una pensión vitalicia a Carmen Zayas Bazán, la viuda del Apóstol.
Evidentemente, está intentando potenciar los lazos que cohesionan a los
cubanos.
Pero éstos todavía no conocen en forma masiva a Martí. La
relación comenzará a fortalecerse por medio de los libros de texto, de poemas
infantiles tiernos y efectivos, de muy fácil memorización. Poco a poco, los
niños crecen recitando «Cultivo una rosa blanca», «Los dos príncipes», «Los
zapaticos de rosa» y los populares octosílabos de los «Versos sencillos». Esos
poemas les emocionan: en un lenguaje muy cálido, les hablan del dolor, de la
caridad, de la bondad. Cuando llegan a la adolescencia, descubren la faceta
patriótica: «A mis hermanos muertos el 27 de noviembre«, «Yugo y estrella»,
incluso «Abdala». Son versos que tienen un poderoso componente ético. Hablan de
la valentía y convocan al sacrificio. Más tarde, en el umbral de la madurez, en
la universidad, comparece el Martí periodista, ensayista, redactor de
admirables cartas personales, y, por encima de todo, el orador que conmueve. La
sociedad cubana es, todavía, eminentemente romántica y sentimental. En las
veladas patrióticas, además del Himno Nacional, se entona El
Mambí de Luís Casas Romero -veterano él mismo, por cierto-, y a los
asistentes invariablemente se les humedecen los ojos. La nación es eso: un nudo
en la garganta y un trallazo de adrenalina.
Martí es el personaje perfecto para impactar a esa
sociedad romántica y emotiva. Sin proponérselo, pues ha muerto mucho antes,
logra comunicar a sus compatriotas una cierta imagen de sí mismo como hombre
sin tacha dotado de un excepcional talento, medularmente honrado y bondadoso,
que ofrendó su vida para salvar a los cubanos. Así lo perciben. El vínculo que
se establece es de carácter emocional, el único capaz de generar un proceso de
santificación laica, que tiene un obvio componente religioso. Es entonces
cuando aparecen los primeros rincones martianos, verdaderas ermitas en
las que se venera su imagen y se colocan rosas blancas. Paulatinamente, el
culto se va extendiendo por todo el país. Los aniversarios de su nacimiento y
de su muerte se convierten en oportunidades para obligados poemas, discursos y
ensayos, pronunciados o escritos en todos los estamentos de la sociedad.
Paradójicamente, todos los líderes y partidos lo asumen como guía moral,
mientras el estamento político es severamente criticado. Todos dicen
reivindicar su herencia.
En 1926, en Manzanillo, la revista Orto organiza
oficialmente la primera cena martiana en la fecha del natalicio
de Martí, y rápidamente la costumbre se extiende por toda la Isla. Lo llaman la
noche buena cubana, en una clara alusión al nacimiento del "dios de
los cubanos", apelativo que llega a utilizarse en publicaciones de la
época. De una manera explícita, desean separar el 28 de enero del 20 de mayo,
nacimiento de una república que les dejaba profundamente frustrados e
insatisfechos. Martí y el martianismo se convierten en una alternativa
inconsciente a la república fallida.
En 1933, la República colapsa por primera vez. Si en
1906, tras la renuncia de Estrada Palma, el país se había quedado sin gobierno,
en 1933 se queda sin Estado. La República se desplomó bajo el peso de los
excesos y atropellos del machadato y por la acción, también antirrepublicana,
de los revolucionarios del 33, ya muy permeados por las prédicas socialistas y
fascistas propias del momento. A partir de entonces, para la imaginación
popular y para las élites políticas, con pocas excepciones, la solución de los
males de la nación ya no vendrá del buen funcionamiento de las instituciones
republicanas, sino de la acción benevolente de los revolucionarios heroicos: el
revolucionario sustituye al republicano y pasa a ser el arquetipo del hombre
virtuoso.
Ese desastre propulsa la figura de Martí. Precisamente en
1933 aparece Martí, el Apóstol, estimable biografía escrita por Jorge
Mañach en la que se desliza un leve aunque elegante tono hagiográfico. En 1938
Gonzalo de Quesada lanza la idea de crear una especie de santuario, al que
propone llamar Fragua Martiana. El lugar elegido son los restos de las canteras
de San Lázaro, en plena Habana Vieja, donde estuvo confinado Martí a los 16
años. La propuesta no cuaja hasta enero de 1952, durante el gobierno de Carlos
Prío, otro declarado martiano, cuando se abre el museo al público. Un año antes,
en julio de 1951, el mismo presidente había inaugurado el mausoleo definitivo,
un edificio sobrio y elegante erigido en el cementerio de Santa Ifigenia, en
Santiago de Cuba, bajo la dirección del arquitecto Jaime Benavent y el escultor
Mario Santí.
El recorrido del cadáver de Martí es la perfecta metáfora
mortuoria que explica el crecimiento de su figura: cuando se inicia la
república, los restos yacen en la tumba discreta en que los inhumaron los
españoles; en 1907, el gobierno interventor de Charles Magoon coloca el ataúd
en un templete mucho más digno; en 1947, durante el periodo de Grau, exhuman
otra vez el cadáver y lo sitúan en el Retablo de los Héroes de la Guerra de
Independencia, junto a otros patriotas principales; en 1951, en época de Prío,
lo trasladan al mausoleo definitivo, con un lucernario que permite que la luz
natural alumbre siempre a quien pedía morir de cara al sol, cubierto por la
bandera cubana.
La apoteosis definitiva de Martí como fuente de
inspiración política tiene lugar a mediados del siglo XX. En 1953, al poco de
instaurarse la dictadura de Batista, se cumplen los cien años de su nacimiento.
La editorial Lex, dirigida por un republicano español exiliado en la Isla,
publica sus obras casi completas en una cuidada edición en dos tomos impresos
en papel biblia y letra pequeña, proeza ejemplar, pues Martí escribió casi tres
millones de palabras. En ese año, Fidel Castro y sus partidarios organizan un
desfile con antorchas frente a la Fragua Martiana. La estética es típica del
fascismo, pero los discursos y arengas son pretendidamente martianos. Los
jóvenes se declaran miembros de la «generación del Centenario», como subrayando
su compromiso con la figura del Apóstol. Pero Batista reclama pertenecer a la
misma estirpe, pues se tiene por un martiano medular. Y algo de eso había:
desde 1937, en que el ex sargento se convierte en el hombre fuerte de
Cuba, se viene hablando de fabricar una gran plaza cívica con una estatua
monumental de Martí. Varias veces fueron convocados concursos... que luego se
declararán desiertos. Finalmente, en su última etapa, Batista se decidió a
acometer la obra, y en 1958 la inaugura. El obelisco, con 139 metros, es la
edificación más alta de La Habana. Tiene a sus pies una estatua de mármol de 18
metros en la que se ve a un Martí pensativo. Batista no pudo imaginar que su
Plaza Cívica se iba a convertir en el centro ceremonial de la liturgia
castrista.
La segunda muerte de Martí
La gran ironía es que la revolución, con cada desfile
frente a la estatua de Martí, con cada declaración de supuesta subordinación al
pensamiento del Apóstol, con cada interesada manipulación de sus escritos o de
sus inventadas intenciones, lo que consigue no es legitimar la tiranía, sino un
mayor distanciamiento crítico de la sociedad con sus orígenes independentistas
y con quien fuera su más ilustre cabeza. Ya en los primeros tiempos del
castrismo, en una simpática y macabra comedia cinematográfica titulada La
muerte de un burócrata, aparece una ridícula fábrica de bustos de Martí que
provoca la hilaridad de los espectadores. Pero cuando el régimen sustituye a
Marx por Allan Kardec y asegura que si ellos, los mambises -con Martí a
la cabeza-, hubieran vivido en nuestra época habrían sido como los castristas,
lo que genera entre la juventud es un rechazo frontal a los fundadores de la
patria. Este sentimiento se acrecienta a fines de los sesenta, cuando el
aparato de propaganda del PC, en busca de legitimidad para la sovietización de
la Isla, decide endosar al Apóstol el patrocinio ideológico de la revolución y
declara solemnemente, y enseña en las escuelas, que Martí era «el autor
intelectual del ataque al Moncada», cometiendo un fraude que equivalía a
afirmar que Martí -persona eminentemente demócrata, tolerante y respetuosa del
prójimo-era partidario de las persecuciones a los homosexuales, del
colectivismo, de los pogromos contra los disidentes, del paredón de fusilamiento
y de los infinitos atropellos y arbitrariedades que debían sufrir los cubanos
como consecuencia de los absurdos dogmas impuestos por Castro y sus seguidores.
Pero todavía faltaba otra estafa intelectual: ocurre
cuando la dictadura, en el colmo de la manipulación, para justificar el régimen
de partido único alega que Martí no fundó dos partidos, sino sólo uno, el
Revolucionario Cubano, con el objeto de transmitir a los cubanos, especialmente
a las jóvenes generaciones, que el Apóstol era un adicto al totalitarismo y un
enemigo de la libertad y la diversidad. Algo parecido a decir que, como Abraham
Lincoln sólo formó parte del Partido Republicano, era también un enemigo del
pluralismo político. En suma, cuando los apologistas del régimen sugieren que
Fidel Castro es el heredero directo de José Martí, los cubanos más bisoños,
menos conocedores de la historia y víctimas directas del desastre provocado en
el país por la larga dictadura comunista, inmediatamente sospechan de los
valores morales y de la cordura del Apóstol.
Inevitablemente, esas deshonestas campañas
propagandísticas han producido una enorme erosión en la forma en que los
cubanos perciben a Martí. Poco a poco, por arte de birlibirloque castrista, el
Apóstol ha dejado de ser el santo patrón de la cubanidad y se ha transformado,
injustamente, en el siniestro ideólogo de una dictadura que hasta busca en sus
palabras la coartada para justificar el engaño de quienes prometieron
democracia y libertades sólo como una estratagema para ganar tiempo y poder introducir
de contrabando el modelo estalinista: "En silencio ha tenido que
ser". Con esta frase de Martí, inscrita en una carta personal, hasta
llegaron a filmar una laudatoria serie de televisión en torno al espionaje y la
represión antidemocráticas.
Por eso entre los cubanos de estos tiempos, unido a la
universal decadencia de la sensibilidad romántica -de lo que pueden ser
síntomas la extinción casi total de los recitadores en el mundo hispánico y el
rechazo general al verso dulce y sentimental-, se aprecia un alejamiento
sustancial del culto martiano y una indiferencia glacial ante la visión heroica
de nuestra historia. Si con la llegada de Castro al poder se verificó el
hundimiento absoluto del paradigma republicano –ya muy golpeado como consecuencia
de la revolución de 1933–, sustituido a partir de 1959 por una combinación contra
natura de marxismo-leninismo y nacionalismo romántico, la decadencia y muerte
del castrismo traerán de la mano el descrédito absoluto de esa fórmula como
sostenimiento y discurso esencial de la nación cubana.
Sin embargo, tal vez quede un saldo positivo en esta
segunda muerte de José Martí. Probablemente no era saludable que los cubanos
sustituyeran el patriotismo cívico que proponía la república por el culto cuasi
religioso al Apóstol que se fue imponiendo. Martí, además de ser un excelente
escritor, fue un hombre fundamentalmente bueno, dotado de un fuerte instinto
altruista y de una personalidad carismática, y es muy razonable y constructivo
respetar su memoria y asignarle la mayor responsabilidad en la organización del
levantamiento de 1895, pero carece de sentido convertirle –y lo mismo cabe
decir de cualquier otra figura histórica– en el nexo fundamental de la sociedad
cubana, como los cristianos hacen con Cristo o los musulmanes con Mahoma. Al
fin y al cabo, Martí, un espíritu bastante humilde, jamás solicitó o esperó ese
tipo de veneración, dado que no quería otra honra que la de «morir
callado», pegado «al último tronco, al último peleador»,
luchando por su patria.
En el ocaso del castrismo, el problema que se nos
presenta es verdaderamente dramático: los cubanos de principios del siglo XXI,
escépticos y desengañados con todo, no parecen vibrar ni con el patriotismo
cívico, fórmula acertada pero bastante frígida desde el punto de vista
emocional, ni con el ya apagado nacionalismo romántico representado por Martí.
¿Qué nos queda, entonces, para juntar a la tribu y marchar hacia la
constitución de una sociedad justa, estable y próspera en la que se pueda vivir
con la ilusión de que mañana será mejor que hoy y de la que no valga la pena
emigrar? Ese es el gran reto que los cubanos tendremos planteado cuando llegue
la hora de la libertad.
Número 45-46
Tomado de la Ilustración liberal








