Blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio
La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. se propone evitar que los hechos históricos de Cuba y sus exilios se conviertan en leyendas, dejando un registro fidedigno de los mismos ‒sin censuras ni manipulaciones demagógicas‒ con el fin de que nunca pierdan su condición de historia. Este blog intenta reflejar nuestro quehacer en ese sentido, al tiempo de brindarse como tribuna abierta para que testigos y estudiosos del avatar cubano puedan contribuir de buena voluntad en el intento
Desde el primero de enero, a pesar del poder casi
omnímodo de los opresores, hombres y mujeres de diferentes procedencias
sociales y de todas las edades y razas, enfrentaron la dictadura.
Instalación, Yo sé de de un pesar profundo, de Erik Ravelo Foto tomada de Facebook
Se que a algunos no les
gustará este comentario, que no faltaran quienes se molesten y hasta me
increpen, pero como admirador de José Martí sigo su postulado de que "Un
hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un
hombre honrado” y pretendo, intento, ser un hombre honrado, así que lo que
opino no lo callaré, aunque mis compatriotas se sientan agraviados.
Avergüenza ver a muchos
nacidos en Cuba seguir apoyando el totalitarismo castrista a pesar de no
disfrutar el más mínimo derecho ciudadano y sobrevivir en la miseria extrema.
La mayoría de los cubanos, están conscientes que viven en condiciones peores que
los esclavos de los ingenios azucarero del siglo XVIII, sin embargo, un
segmento nada despreciable, participa en espectáculos que benefician al sistema
que los oprime.
Estoy convencido que hay
quienes creen que el castrismo les dio una vida mejor, no especulo, los
conozco, personas que no se percatan que viven como animales de corral y que
las condiciones de vida de todos tienden a mejorar cuando hay libertad y se
pueden disfrutar libremente los derechos.
Estas personas no
entienden que se han convertido en una masa manipulada por una clase que
detenta el poder para su exclusivo beneficio, que están sometidos a una
instrucción doctrinal que les hace creer que la alternativa es la muerte o una
miseria mayor. Estos sujetos se niegan a aceptar que la realidad que viven
forma parte de un entramado gigantesco que funciona dentro de las murallas
construidas por los Castro y en la que Miguel Díaz Canel es el mayoral.
Recientemente vi un
número notable de cubanos vitoreando al inepto déspota de Díaz Canel,
mostrando, incomprensiblemente, respaldo a quien le oprime, aún más, mientras
la capital permanencia en casi absoluta oscuridad, otro o el mismo populacho,
se detenía frente al iluminado hotel donde se reunían los integrantes de un
convoy de idiotas útiles convencidos de que quienes los aclamaban eran víctimas
de confabulaciones imperiales y no de un sistema que ha conducido a la nación
al despeñadero.
Estoy convencido de que
algunos participan en estos actos por miedo, un sentimiento del que muy pocos
se escabullen y que los cubanos han vivido por demasiadas décadas. Otros,
asisten porque permanecen seducidos por una mentira que ha sido derruida por la
realidad, están convencidos como las ratas de Hamelin que seguir la tonada
hasta la hecatombe es lo mejor, sin faltar unos terceros, al menos por dos
motivaciones que al final de las cuentas se confunden, la frivolidad y respaldo
a quien te oprime, una especie de síndrome de Estocolmo masivo.
El castrismo ha
dispuesto de un notable talento para manipular a la población cubana. Con ese
propósito creó un número importante de organizaciones que reparten mucho
garrote y poca zanahoria generando una inseguridad mezclada con miedo difícil
de superar, pero por encima de esa inducción criminal, tengo la certeza que no
faltan cubanos que como robots tienen inscrito en su consciente que cualquier
otra propuesta política o ideológica es peor que la que padecen.
Al totalitarismo
castrista nunca le han faltado aliados porque todos los que rechazan lo que
representa Estados Unidos, están dispuestos a asistirle, por eso, la escogencia
de Castro de Washington como su archienemigo, siempre le ha sido favorable.
No obstante, me siento
muy orgulloso de que nunca han faltado cubanos que rechacen el castrismo. Desde
el primero de enero, a pesar del poder casi omnímodo de los opresores, hombres y
mujeres de diferentes procedencias sociales y de todas las edades y razas,
enfrentaron la dictadura en tiempos en que la comida no faltaba y el fluido
eléctrico satisfacía la demanda, gracias a que los bienes acumulados de la
República que Fidel y Raúl Castro destruyeron, los había originado.
Cierto que en aquellos
días la libertad de prensa estaba siendo corroída. El viajar libremente sufría
limitaciones, quienes practicaban una religión eran discriminados, la
educación mutaba a adoctrinamiento y hasta ponerse cuello y corbata era subversivo,
abusos, que condujeron al fusilamiento de Porfirio Ramírez, Alberto Tapia
Ruano y de miles más, que Pedro Luis Boitel y Orlando Zapata Tamayo junto a
otros dignos compatriotas fallecieran en huelga de hambre y que Ángel de Fana,
Ernesto Díaz Rodríguez y Amado Alfonso con otros centenares de miles, fueran a
prisión por defender los derechos de todos.
Los géneros musicales creados en Cuba durante la Colonia y la República perdieron sus mercados a consecuencia de la descapitalización que provocó la abolición de la propiedad privada en la isla.
@Fuente externa
Una gran parte de la
historia de la música en Cuba ha estado sepultada, como lo estuvieron las
riquezas de Pompeya y Herculano bajo las cenizas del Vesubio. Sin embargo, la
música popular profesional cubana estableció su hegemonía en los mercados
durante la primera mitad del siglo XIX, y esto tuvo sus causas; entre otras, la
calidad que alcanzaron las orquestas, intérpretes y compositores de las danzas
cubanas desde las primeras décadas del siglo XIX, lo que fue posible por la
existencia en Cuba, y fundamentalmente en La Habana, de profesores criollos y
extranjeros de un alto nivel académico, de sociedades de recreo en las que se
impartían clases de música, teatro, pintura, de casas de música en las que se
comercializaban métodos para el estudio de los diversos instrumentos y se
vendían instrumentos de todo tipo, así como partituras, y en las que también se
presentaban habitualmente conciertos con aficionados y profesionales. Todo esto
en un medio donde existía un mercado ue demandaba los productos de la música
profesional. Así que, para poder comprender la devastación que sufrió el
mercado de la música cubana durante la segunda mitad del siglo XX, es
imprescindible, aunque sea en una muy apretada síntesis, mencionar las
condiciones que propiciaron el vertiginoso mercado de la música cubana desde el
siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX.
Las rutas marítimas
y una gran bahía
La posición
geográfica de Cuba, en la ruta de las corrientes marinas que permiten la
navegación de ida y regreso entre Europa y las Antillas, y la existencia en La
Habana de una bahía de grandes proporciones, capaz de proteger a cientos de
naves de los temidos huracanes y de corsarios y piratas, propiciaron que el
puerto de la capital de la isla se convirtiera en el más importante de América
durante los siglos del descubrimiento, conquista y colonización. Esto originó
que, en 1561, la corona dispusiera la concentración en La Habana de las naves
que viajaban hacia Europa, por lo que la capital de la isla recibió mares de
cantos y bailes durante siglos. Esta sería una de las premisas para que allí se
consolidara una clase adinerada que disfrutaba de las diversiones que se
presentaban en las grandes urbes de entonces, y se fundaran con premura en la
capital cubana academias, teatros, casas de música, salones de baile, imprentas
de partituras y todo lo que el mercado del entretenimiento requería.
Los teatros desde
finales del XVIII
Teatro Coliseo
En 1775 la ciudad
tuvo su primer teatro, El Coliseo (1775-1846), al que le siguieron, entre
otros, el Diorama (1828-1846), el Gran Teatro de Tacón (1838), El Circo
Habanero —llamado Villanueva— (1847-1868), el Albisu (1870-1918), el Payret
(1877-2013), el Irijoa —llamado después Teatro Martí— (1884), el Teatro
Alhambra (1890-1935) y el Auditórium (1929-1977). En cada uno de ellos los
commodities más preciados fueron, por supuesto, la música, y entre estos los
más sonados fueron los géneros de la música popular profesional cubana. El
último teatro que se construyó en La Habana fue el Blanquita, en 1950, que por
sus dimensiones y modernidad fue comparado con el Radio City Music Hall de
Nueva York.
En los escenarios
habaneros hubo ópera, vaudeville, zarzuela, comedia, drama, y cantantes,
actores y actrices de primer cartel; se escucharon algunos de los concertistas
más aplaudidos en las salas de Europa y los Estados Unidos y los más populares
artistas del espectáculo, conformándose en este proceso una tradición y un
bagaje cultural propicios para quienes iniciaron el cine (1897), la radio
(1922) y la televisión (1950).
Las academias desde
la primera mitad del siglo XIX
Conservatorio Nacional (ca. 1904) @Fuente externa
En 1832 Federico
Edelmann (1794-1848), un prestigioso pianista francés, llegó a La Habana. Allí
ejerció como concertista y profesor de piano, y en 1836 fundó la imprenta
Edelmann y Cía. Edelman tuvo entre sus alumnos a Fernando Aristi (1828-1888),
Manuel Saumell (1817-1870) y Pablo Desvernine (1823-1910), quienes serían a su
vez intérpretes de primer cartel y profesores de música. En 1843 llegó a Cuba
el pianista José Miró (1815-1878), que impartió clases, entre otros, a Nicolás
Ruiz Espadero (1832-1890), quien sería un virtuoso pianista y maestro de
Ignacio Cervantes (1847-1905), Cecilia Aristi (1856-1930) y Angelina Sicouret
(1880-1945).
En 1885 el profesor
y compositor holandés Hubert de Blanck (1856-1932) fundó el Conservatorio
Nacional. Le siguieron el Conservatorio Falcón, del pianista Alberto Falcón
(1873-1961); el Conservatorio de Música y Declamación, de Carlos Alfredo
Peyrellade (1840-1908); el Conservatorio Orbón, del asturiano Benjamín Orbón
(1879-1944), que tuvo más de cien filiales por toda la isla y gozó de tal rigor
académico que sus títulos tenían valor oficial; y la Escuela de Música
O`Farril, fundada en 1903 por Guillermo Tomás (1868-1933), que se convertiría
en el Conservatorio Municipal de La Habana.
Haciendo la América
crearon academias, educaron a músicos que alcanzaron altos estándares técnicos
en la ejecución de sus instrumentos, y contribuyeron a divulgar y actualizar
los repertorios tanto técnico-docentes como artísticos entre estudiantes de música,
músicos profesionales y público. Llegaban por muy diversas razones, pero
después de la conquista y colonización y después, durante la República, la
principal razón por la que un músico hacía la América en Cuba era porque en La
Habana, Matanzas y Santiago de Cuba, y eventualmente en cualquier otra ciudad
de la isla, podía tocar, cantar y enseñar como se enseñaba la música en los más
prestigiosos centros de enseñanza de los Estados Unidos y Europa.
Los estudios
académicos tuvieron, pues, el aporte de los músicos que llegaron a la isla a
«hacer la América», y, a través de ellos los cubanos conocieron las técnicas de
interpretación y composición, se convirtieron en estudiantes de mérito y muchos
de ellos asistieron a prestigiosos conservatorios de Europa y los Estados
Unidos. Este proceso de enseñanza y aprendizaje duró al menos dos siglos, por
lo que en la primera mitad del siglo XX La Habana contaba con artistas que
asombraban a los más exigentes públicos y críticos.
El cine desde las
primeras décadas del siglo XX
Cine Fausto, La Habana. @Fuente externa
El 23 de enero de
1897 los habaneros asistieron por primera vez a un espectáculo de imágenes en
movimiento, presentado por el francés Gabriel Antoine Veyre (1871-1936), quien,
según Arturo Agramonte, poco después filmó una película de un minuto que se exhibió
el 7 de febrero de 1897, pasando a la historia de la cinematografía cubana como
la primera película filmada en Cuba. En 1932 se estrenó el primer corto musical
cubano, titulado Maracas y bongó, que según los créditos de la cinta fue «la
primera película de este género que se producía en Cuba por artistas, técnicos
y personal cubanos». Estuvo dirigido por Max Tosquella y contó con las
actuaciones, entre otros, de la soprano Yolanda González y el Septeto Cuba. En
él se interpretaron las piezas «Vanidad», una criolla de Armando Valdés;
«Lágrimas negras», una canción de Miguel Matamoros; «La cumbancha», una rumba
de Fernando Collazo; y «Maracas y bongó», un son de Neno Grenet. En 1937 se
estrenó La serpiente roja, primera película sonora filmada en Cuba; y en 1938,
la película Romance del Palmar, que por mucho tiempo fue la película cubana con
más éxito de taquilla. El cine supuso un eficiente medio de difusión para la
música cubana durante la República, y tal fue su rentabilidad que en 1955 La
Habana tenía 138 cines.
Hoteles, cafeterías,
aires libres y cabarés
En la película Romance del Palmar, Rita Montaner
canta el Manisero, de Simons en los aires libres
del hotel Saratoga.
Desde el siglo XIX
hubo bailes en teatros, hoteles, glorietas, cafeterías, casas particulares e
instituciones privadas, conceptos que en el siglo XX se ampliaron hasta crearse
interpretaciones tropicales de los cabarés de París y los teatros de Broadway.
El cabaré habanero aceptó todos los géneros y aparecieron sitios como Sans
Souci, Montmartre, Tropicana, el Salón Rojo, el Parisien, y muchísimos otros
que presentaban espectáculos con música en vivo todas las noches; fueron fuente
de entretenimiento, riqueza y empleos, y establecieron un mercado en el que se
realizaron con vértigo los productos de la música cubana.
Las grabaciones
desde las primeras décadas del siglo XX
En 1918 la Casa
Humara tenía la exclusividad en la importación y distribución de los productos
de la Victor y vendía anualmente «más de 10,000 máquinas parlantes». Entre los
años 1917 y 1918 colocó en el mercado «un número de discos no menor de 200,000»
y llegó a operar hasta 1959 «con más de cinco millones de pesos al año», en
«una red comercial con más de trescientas agencias diseminadas por toda Cuba».
En 1926 la Victor
Talking Machine Company comercializaba en Cuba la vitrola, un aparato tan
eficaz que en 1953 llegaron a instalarse unas 6,000 en toda la isla y en 1957
la cifra se elevó a 15,000. Estas casas establecieron múltiples cadenas de
suministro de productos de la música cubana, contribuyendo a que estos
mantuvieran su hegemonía en los mercados y multiplicaran los capitales, tanto
así que en 1940 se anunciaban, además de las ya mencionadas, la Compañía Cubana
de Fonógrafos, La Casa de la Música y la Casa Barrié.
En 1944 Ramón Sabat
(1902-1986) fundó el sello Panart, de donde salió en 1945 el primer disco hecho
en Cuba, y un año después al menos una docena de agrupaciones registraron allí
casi un centenar de matrices que quedaron impresas en millones de discos. Por
solo citar algunas cifras, en 1949 vendió en tres meses 8,000 copias de la
guaracha «Bigote de Gato», y en 1953, más de 20,000 de «La Engañadora». En 1959
había en La Habana dos fábricas impresoras de discos: la Impresora Cubana de
Discos S. A (ICD) y la Cuban Plastic and Record Corporation, que imprimían las
matrices de una docena de sellos discográficos.
La radio se une al
mercado de la música
El 10 de octubre de
1922, con las primeras transmisiones producidas en la isla, la radio se unió a
la industria que difundía la música cubana desde La Habana, y ya en 1933 Cuba
era el cuarto país con mayor cantidad de radioemisoras, con un total de 62. Muy
pronto las industrias se abrieron espacios en el dial y colocaron programas con
sus nombres de marca. Las casas de discos y los sellos disqueros también se
acercaron a la radio y la prensa comenzó a dedicarles cada vez espacios más
extensos. Ya en la década del 40 La Habana era la ciudad con mayor densidad
radial del mundo, con más de treinta emisoras, por lo que la competencia era
recia y salían beneficiados los productos de la música cubana, porque estos
eran el principal atractivo para que el público mantuviera la sintonía y porque
los patrocinadores los utilizaban como «gancho» para anunciar sus bienes y
servicios.
En 1956 Cuba tenía
5,800,000 habitantes que residían en 1,200,000 hogares, de los que más de un
millón contaban con uno o más receptores de radio; esta puede ser una
referencia de cuán importante era entonces la radio para los músicos, cuya
música sonaba en millones de hogares al mismo tiempo. Todas las emisoras
tuvieron música en todos sus programas, contribuyendo así en la conformación de
los hábitos de escucha de extensos segmentos de la población, tanto en Cuba
como en otras islas del Caribe y el sur de los Estados Unidos, donde se
captaban las emisoras que transmitían desde La Habana.
La televisión le
pone las imágenes a la música
Primera retransmisión de la televisión cubana (1950)
El primer canal de
la televisión cubana, Unión Radio Televisión, se inauguró oficialmente el 24 de
octubre de 1950; y el segundo, CMQ-TV, el 11 de marzo de 1951. En 1957 ya había
cuatro canales: CMQ-Televisión Canal 6, CMBF-TV Canal 7, Televisión Nacional
Canal 4 y Canal 2 TV, que alternaban música, deportes, noticias, humor y cine.
Tomando al azar la
programación del martes 1 de enero de 1957, es posible conocer que ese día,
entre otras orquestas, cantantes y bailarines, se presentaron ante las cámaras
de CMQ-Televisión Olga Chorens y Tony Álvarez con el Conjunto Casino, Martha
Singer y la Orquesta Somavilla, la Orquesta Riverside y Tito Hernández,
atracciones líricas y los pianistas Adolfo Guzmán y Rafael Somavilla, y Benny
Moré y su orquesta.
El 19 de marzo de
1958, Tele-Color, S. A. Canal 12 transmitió la primera señal de televisión a
color en Cuba desde el Hotel Habana Hilton, que se inauguraba también ese día.
Según se anunció, actuarían Miguel Herrero y su grupo de arte español, María de
Aragón, Olga Guillot, María Marcos, Fernando Albuerne, Arturo Gatica, Hilda
Sour y Jorge Astudillo, Christina Denise y sus guitarristas, y una selección de
artistas norteamericanos.
Mercado y prensa
libre
Resumiendo, durante
más de dos siglos La Habana tuvo teatros, universidades, cine-teatros,
conservatorios de música, fábricas de discos, sellos discográficos, estudios de
grabaciones, cabarés, cines, emisoras de radio, canales de televisión,
periódicos como el Diario de la Marina y revistas como Carteles, Bohemia,
Vanidades, Social y Orígenes, que acompañaron al público tanto para
entretenerlo con banalidades como para servirle de báculo en el arduo proceso
de aprehensión de las leyes estéticas que propician el pleno disfrute de las
grandes obras del arte musical y escénico. La prensa cubana también llegaba con
regularidad a los inmigrantes latinos en Nueva York y llevaba las nuevas de la
farándula habanera y las listas de los éxitos musicales; por su parte, las
disqueras se encargaban de poner en manos de aquel público los discos de moda
en la isla.
Durante la República
la industria de la música en Cuba corría por las paralelas de hierro del libre
mercado y la ley de la oferta y la demanda, y eran los consumidores cubanos
quienes trazaban las pautas de ese mercado. En ese competitivo mercado de la música
popular profesional que se fue conformando, se crearon géneros musicales que se
establecerían en el gusto del público con tanta firmeza como lo habían hecho
las danzas cubanas durante el siglo XIX, y estos nuevos géneros surgidos en la
isla durante el siglo XX fueron también objeto de apropiación por parte de muy
diversos compositores.
El principio del fin
Entrada de Castro y sus guerrilleros en La Habana. @Fuente externa
Pero todo esto
comenzaría a cambiar completamente a partir del 1 de enero de 1959 con la huida
del dictador Fulgencio Batista. Para esa fecha, cientos de contratos estaban
por firmarse y cientos más por ejecutarse; y decenas de músicos, meseros,
luminotécnicos, magos, funambulistas, concertistas de primer cartel,
periodistas, presentadores, fotógrafos, empleados de las fábricas de discos,
técnicos de los estudios de grabaciones, dueños de sellos disqueros, artistas
del cine, la radio y la televisión, músicos de las orquestas de baile, dueños
de centros nocturnos y todos los que se empleaban en el complejo y veloz
mercado de la música en Cuba, que había transitado por las férreas paralelas
del libre mercado, comenzaron a zozobrar.
Se inició entonces
un proceso de abolición de la propiedad privada y de imposición de un sistema
de producción socialista. Como consecuencia de las políticas económicas
impuestas, fueron expoliados todos los inversionistas que habían garantizado
hasta entonces los insumos para la industria local, las producciones, las
realizaciones de los productos en el mercado, la capitalización y las nuevas
inversiones. Los productos de la música cubana, al igual que el café, el tabaco
y el ron, que se habían posicionado en todos los mercados, dejaron de
producirse en Cuba en las cantidades suficientes para suplir la demanda, y los
productos de la música cubana fueron abandonando el nicho que habían ocupado
desde el siglo XIX, descapitalizándose la industria. Además de abolir la
propiedad privada y descarrilar el sistema económico capitalista para implantar
un sistema de economía planificada, la disidencia política fue motivo de
persecuciones a los artistas y de censura a sus obras, que dejaron de
presentarse en público por todos los medios hasta hoy. El sistema no
capitalista hizo colapsar la industria, y la persecución política hizo colapsar
el talento artístico.
La apropiación
estaba echada
Sin embargo, dos
siglos de posicionamiento de los productos de la música cubana en los mercados
habían provocado que músicos de los cuatro puntos cardinales se apropiaran de
los géneros creados en Cuba. Johnny Pacheco, uno de los músicos que en Nueva
York había sido absorbido por las influencias de los géneros de la música
cubana y quien había hecho apropiación de estos, en 1960 firmó con el sello
Alegre y un año después consiguió vender más de cien mil copias de su disco
Pacheco y su Charanga, en el que vuelve a hacer uso de los géneros de la música
popular cubana, como se puede apreciar en todas las piezas del disco, entre
ellas, «Soy de Batabanó» y «El agua de Clavelito», esta última un chachachá
que, según registra Cristóbal Díaz Ayala, compuso M. A. Pozo y que la Orquesta
Aragón había grabado por primera vez para la Victor en 1953.
En 1964 Johnny
Pacheco y Jerry Masucci crearon la disquera Fania Records y grabaron su primer
disco titulado Mi nuevo tumbao… Cañonazo, en el que cambia la orquesta charanga
por el conjunto, un tipo de agrupación también creada en Cuba y que integran
trompetas, piano, contrabajo y percusión, derivada de los septetos y sextetos
de son, lo que es posible escuchar en la pieza que le da título a ese disco.
Para ese mismo año, Charlie y Eddie Palmieri también habían dejado el formato
de charanga y habían integrado una orquesta con trompetas y trombones más en el
estilo de los conjuntos cubanos o las bandas de jazz, como es posible escuchar
en la pieza «Palo pa rumba», en la que se interpreta una rumba cubana.
En 1968 Johnny grabó
con la Fania un disco en vivo en el Red Garter que incluyó la pieza «Cómo me
gusta el son», en el más claro estilo del son montuno cubano como se puede
escuchar; además, en el texto del son también se utilizan topónimos y se
mencionan tipos cubanos. Otro importante paso de la Fania, en su camino para
monopolizar el mercado que hasta hacía poco tiempo había que compartir con las
disqueras que distribuían los discos cubanos, fue la producción del documental
Nuestra cosa latina, en el que aparece la pieza «Quítate tú pa ponerme yo»,
tema que apareció en los momentos en que se iba imponiendo la palabra salsa
para referirse a lo que poco antes se había conocido como rumba, son,
chachachá, mambo, etc. Es como si la salsa le estuviera diciendo al son:
«Quítate tú pa ponerme yo».
Izzy Sanabria y la
resignificación de la música cubana con la palabra salsa
Durante la década
del 70 del siglo XX, mientras la industria musical cubana expiraba y la palabra
salsa se abría paso en el mercado, un nuyorican nacido en Mayagüez y criado en
Nueva York, quien muchos años atrás había diseñado la carátula de un disco de
Chapotín para el sello Panart de La Habana, llamado Izzy Sanabria, era el
presentador de la Fania y diseñador gráfico de las carátulas de sus discos.
Tuvo un show de televisión, fundó la revista Latin New York y el premio de
música latina de la propia revista. Y a través de todos estos medios, con gran
eficacia, fue resignificando los géneros de la música cubana entre el público
latino de Nueva York.
Izzy Sanabria fue
explicándoles que aquella música que escuchaban procedía de África, del barrio
latino, de Europa, de los indios y que se llamaba salsa; pero, según m i
criterio, la palabra salsa termina por posicionarse definitivamente en el
mercado como nombre de marca de los géneros de la música cubana a consecuencia
del eficiente trabajo de marketing que tuvo la película documental titulada
Salsa. Este filme comenzó a grabarse el 24 de agosto de 1973 en un concierto en
el Yankee Stadium en el que participarían las estrellas de Fania, la Típica 73
y Mongo Santamaría; pero ese concierto no se pudo terminar a consecuencia de
los desórdenes provocados por el público, y fue necesario terminarlo el 18 de
noviembre del mismo año en la inauguración del estadio Roberto Clemente de San
Juan, Puerto Rico. Se grabaron dos álbumes que salieron rápidamente al mercado,
y el documental se estrenó en 1976. En los dos fonogramas y en el documental
titulado Salsa, el repertorio que interpreta la Fania está integrado por piezas
que pertenecen a los géneros de la música popular cubana, entre ellos, rumba,
son y guaracha.
Como ya he
mencionado, los productos de la música popular profesional se habían
descapitalizado en Cuba a consecuencia del expolio de todas y cada una de las
partes que componían la industria, y paralelamente la Fania comenzó a
capitalizarlos y resignificarlos; finalmente, el público latino de Nueva York
les dio un nuevo significado a la rumba, el son, la guaracha, la pachanga, el
bolero, y los compró con el nombre de marca salsa.
Conclusiones
Después de 1959 la industria de la música cubana dejó de regirse por las leyes
de la oferta y la demanda y perdió todos los incentivos para producir riqueza,
como lo había hecho durante más de dos siglos. Los géneros musicales creados en
Cuba durante la Colonia y la República perdieron sus mercados a consecuencia de
la descapitalización que provocó la abolición de la propiedad privada en la
isla. Cuba dejó de ser el centro de la industria de la música en el Caribe, y
La Habana dejó de ser su escaparate. Los inmigrantes caribeños en Nueva York se
apropiaron de esos géneros, los capitalizaron y resignificaron, colocándolos
así en el nicho de mercado que había ocupado la música cubana.
La salsa, a través
de un largo proceso, se convirtió en la música representativa del Caribe
hispano, por la apropiación, resignificación y capitalización que los
productores y consumidores latinos residentes en Nueva York hicieron de los
géneros de la música popular profesional creados en Cuba durante la primera
mitad del siglo XX.
A free Cuba, once again aligned with the
West and an ally of Washington, would leave a much safer neighborhood for the
United States.
The phrase “America First” has been a
recognizable rallying cry of the citizen and political movement that brought
President Donald Trump to the White House twice. The America First Policy
Institute believes that a foreign policy approach that prioritizes the United
States is based on the idea that when the United States puts the security,
prosperity, and general well-being of its people first, it is better positioned
to lead the world and preserve peace and stability. In economic terms, to summarize, the
U.S. was Cuba’s main trading partner between 1902 and 1958; sugar dominated
bilateral trade; and U.S. investments had a structural weight in key sectors of
the island’s economy.
This last element dispels the widespread
notion that an “America First” foreign policy would mean isolationism. The
operation to remove dictator Nicolás Maduro and the beginning of a transition
to democracy in Venezuela, or the weakening of the Iranian nuclear program, are
key to achieving a robust peace under U.S. hegemony.
Now, after these two international
successes, the focus seems to be on Cuba, the oldest totalitarian regime in the
West. Just 90 miles from the Florida Keys, Havana transformed the island from
one of the closest allies in Hispanic America into a hub of anti-American
propaganda in the heart of the continent since 1959.
Furthermore, the Castro regime made Cuba
available to terrorist groups from Europe, Central and South America, and even
some operating within the United States. On the other hand, it provided
diplomatic and military support to anti-American regimes in Africa and Asia.
It’s no wonder that it earned a place on the list of state sponsors of
terrorism in 1982, with brief interruptions during the Democratic
administrations of Barack Obama and Joe Biden.
A free Cuba, once again aligned with the
West and an ally of Washington, would leave a much safer neighborhood for the
United States. One without Chinese radar bases pointed at its territory, like
those denounced in the international press a few years ago.
To imagine this possible future, it is
helpful to understand what past relations between Cuba and the United States
were like. Yuleisy Mena, an adjunct professor at Florida International
University, recalls that the relationship, not only commercial but also guided
by geopolitical pragmatism, dates back to the 19th century. An example was the
Spanish-American War of 1898, which marked a period in which islanders and
Americans took up arms together.
“Many Americans wanted to help Cuba,
knowing the horrors committed by the Spanish military officer Valeriano Weyler
against the rural population; but also because many Cubans and Americans wanted
to rid themselves of the domination of European empires in the hemisphere —
something key to the Monroe Doctrine — and they also had an interest in Cuba
becoming a republic for pragmatic and ideological reasons,” Mena explained to
me.
During the republican period, Cuba was a
strategic ally in Latin America. That is, until 1959, when Cuba fully entered
the Cold War, but on the Soviet side. That tension has not yet subsided, and
Professor Mena believes that Castroism still poses a danger to the United
States, especially regarding espionage. “These individuals are present in
various industries and sectors of society,” she states, “and they can be of
Cuban or American origin; they simply have to sympathize with Marxism in its
political or cultural forms.”
Cubans have always risen to the challenge
On the other hand, there are always
risks for a post-Castro Cuba, based on understanding and evaluating the
available data. Professor Emeritus Octavio de la Suarée of William Paterson
University believes that “one of the ills that has always been attributed to
Cubans is the Hispanic legacy of caudillismo, that is, the figure of an
all-powerful leader.” That tradition, he recalls, stretches from the monarchy
to the dictatorships of Latin American strongmen after the successive
independence movements of the early 19th century, and on to the political
processes of the 21st century.
Suarée, who is also president of the
Cuban Academy of History in Exile, asserts that the communist indoctrination
received by the Cuban population from 1959 to the present “requires a good dose
of freedom and democracy, which cannot be learned overnight.” He fears that a
people “accustomed to the government thinking for them may not be prepared to
think for themselves.”
First, Suarée argues, it will be
necessary to educate the Cuban people about the meaning of freedom, human
rights, and democracy, and their importance, so they can vote consciously in
free elections and exercise the right that has been denied them for so long.
And that is also fundamental, he
asserts, to enjoying a good relationship with the United States. “We had a
history as an independent nation during the Republic (between 1902 and 1958),
and we could enjoy it again,” according to the Cuban-American historian. But to
achieve this, he believes it is essential to first build citizens who can
create and sustain it. “We have a lot to learn.”
“Let us remember that the United States
is great because it enjoys basic institutions established from its beginnings;
we never had them. Can we build them now?” he asks. “To be free, we need to
create a civic-minded and responsible Cuban citizen, one who knows how to
respect others, without mockery or boasting, a hard worker, dedicated, and
respectful. Is that possible?”
Optimistic, Suarée reflects that Cubans
have always risen to the challenge of adversity, fought hard, and triumphed.
“And they will do so again.” And in this New Cuba, “relations with the United
States will once again be cordial,” for the benefit of both nations and for the
security and peace of the Western Hemisphere.
(**) Yoe Suárez is a writer, producer, and journalist, exiled
from Cuba due to his investigative reporting about themes like torture,
political prisoners, government black lists, cybersurveillance, and freedom of
expression and conscience. He is the author of the books "Leviathan:
Political Police and Socialist Terror" and "El Soplo del Demonio:
Violence and Gangsterism in Havana."
Se dice que Maximilien
Robespierre, en pleno fragor de la Revolución Francesa, justificó el terror con
una frase que aún hoy provoca un escalofrío moral: «On ne saurait pas faire une
omelette sans casser des œufs» ('No se puede hacer una tortilla sin romper
huevos'). Más allá de su autenticidad literal, la sentencia condensa una lógica
que ha acompañado a muchos proyectos políticos que se proclaman redentores: la
idea de que el sufrimiento presente es un sacrificio necesario para un futuro
luminoso. En nombre de esa promesa, la Revolución Francesa aceptó la guillotina
como instrumento pedagógico, creyendo que la virtud podía imponerse a golpe de
decreto y que la justicia podía brotar del filo de una cuchilla. La metáfora
culinaria, tan doméstica y tan brutal, revela la facilidad con que ciertos
líderes convierten a los seres humanos en materia prima, en ingredientes
prescindibles de una receta que solo ellos conocen.
Esa misma lógica -la
del huevo roto como requisito del porvenir- reapareció en los discursos de
quienes, siglos después, diseñaron sistemas que prometían igualdad, abundancia
y fraternidad universal. Pero si alguna vez el socialismo mereciera un epitafio
final, podría ser este: aquí yace una artimaña ideada por sabelotodo que
rompieron huevos con desenfreno, pero jamás lograron crear una tortilla. Se
multiplicaron los sacrificios, se justificaron las carencias, se exigió
obediencia en nombre de un mañana que nunca llegó. Los huevos -vidas,
libertades, sueños, generaciones enteras- se rompieron sin medida, mientras la
tortilla prometida permanecía siempre en preparación, siempre a punto de
aparecer, siempre retrasada por un enemigo externo, un complot interno o una
supuesta falta de fe del pueblo. El resultado fue un banquete vacío: mesas sin
comida, discursos sin sustancia, y un pueblo obligado a aplaudir una receta que
jamás probó.
La historia, sin
embargo, no condena por decreto: invita a pensar. La frase de Robespierre y su
eco en los experimentos sociales posteriores nos recuerdan que ningún proyecto
político puede reclamar el derecho de triturar vidas en nombre de un ideal. Que
ninguna tortilla vale la dignidad humana. Y que cuando un poder promete el
paraíso a cambio de sacrificios interminables, lo más sensato es desconfiar: no
por falta de esperanza, sino por respeto a los huevos que ya han sido rotos y a
los que aún podrían romperse.
Desgraciadamente, el pueblo cubano no
está en capacidad de juzgar a sus verdugos, así, que confiemos que sean
procesados por nuestros amigos.
Sería algo así como justicia divina,
que el principal fiscal acusador del totalitarismo castrista fuera procesado
por una corte estadounidense, conociendo, que Raúl fue el operador más fiel y
eficiente con que contó Fidel durante toda su malévola existencia.
Los dos, delinquieron contra los
países democráticos del hemisferio y directamente contra Estados Unidos en
innumerables ocasiones, como lo fue el derribo en aguas internacionales de los
aviones de Hermanos al Rescate que causó la muerte de cuatro activista, tres
ciudadanos estadounidenses y un residente.
Audio del derribo de las avionetas
De veras, que distinguimos con mucha
satisfacción que el fiscal general de la Florida haya iniciado una investigación por el derribo de las dos aeronaves, un crimen que no hubiera
ocurrido si Raúl Castro, a la sazón ministro de la Defensa de Cuba, no lo hubiera
autorizado. Además, sugerimos a las autoridades que sería muy conveniente que
otros delitos en los cuales el verdugo de la loma de San Juan estuvo
involucrado, fueran sacados a la luz.
Por ejemplo, en 1993, Raúl Castro fue
investigado por otro jurado de la Florida por estar involucrado en actividades
de narcotráfico, sin embargo, la investigación fue cerrada por falta de
voluntad política de parte de la administración del presidente Clinton. También
fue acusado de ser jefe de una conspiración que tenía como objetivo introducir
toneladas de cocaína en Estados Unidos, Cuba sería la plataforma,
Los hermanos Castro suministraron
armas y explosivos a grupos extremistas radicales, fomentaron redes de
espionaje como la red Avispa, sedujeron a varios funcionarios estadounidenses
para que espiaran a su propio país, sin olvidar que se cuentan entre los
pioneros en organizar, con el respaldo de una estructura gubernamental, la
introducción y distribución de narcóticos en territorio de la unión americana.
Por otra parte, el sistema que ambos
hermanos impusieron en Cuba, instrumentó una campaña de subversión y terrorismo
que afectó a todo el hemisferio con repercusiones en este país, incluidos los
asesinatos de funcionarios del gobierno de Estados Unidos; entre otros, Dan
Mitrione en Uruguay y el embajador en Guatemala, John Gordon Mein, ejecutados
por grupos subversivos entrenados y avituallados por el sistema castrista.
El caso de Mitrione fue el más
escandaloso. Un agente castrista de nombre Manuel Hevia Cosculluela, suministró
información sobre Mitrione a los Tupamaros, el grupo terrorista que ejecutó el
crimen.
Un sector del exilio cubano siempre ha
estado a favor de juzgar internacionalmente a los hermanos Fidel y Raúl Castro,
un esfuerzo sin resultados positivos porque hasta el momento, a pesar de las
evidencias, ningún gobierno ha mostrado energía política para juzgar a estos
criminales.
Raúl Castro, aparte de ser un
ejecutor, sirvió como acusador en todos los procesos judiciales importantes que
efectuó el castrismo. Instrumentó un espurio juicio que terminó en las 71 ejecuciones de la Loma de San Juan el 11 de enero de 1959 y cumplió la misma
función en el juicio contra Huber Matos y sus compañeros en diciembre de ese
mismo año.
Otro proceso en el que asumió el papel
de fiscal, una seria aproximación a Robespierre, fue en el de la denominada
“micro fracción”, en 1967.
Aquel fue un soberano escándalo. Los
indiciados, más de una treintena, fueron condenados a diferentes penas de
cárcel, entre ellos, un hombre que tomó conciencia, como pocos, del daño que el
nuevo sistema causaría a los cubanos: Ricardo Bofill Pagés, quien años más
tarde y en prisión, sembraría las bases para promover novedosas formas de lucha
contra el totalitarismo.
Las constantes pugnas dentro del
castrismo, genuinas peleas de hienas, condujeron a la destitución en 1968 de
Ramiro Valdés, el otrora todopoderoso y sanguinario ministro del Interior, al
parecer, como consecuencia de su rivalidad con el hermano del faraón. No
obstante, “Ramirito” era insustituible en su rol de duro, razón por la cual
nunca ha dejado de estar en la primera fila de los verdugos más connotados del
sistema.
Es apropiado reconocer que la purga
más sangrienta del castrismo, sin alusión a las numerosas e inexplicables
muertes de generales y doctores ocurridas en los últimos años, tuvo lugar en
1989, cuando fueron condenados a muerte y fusilados, el general Arnaldo Ochoa y
otros tres altos oficiales de los cuerpos armados.
Desgraciadamente, el pueblo cubano no
está en capacidad de juzgar a sus verdugos, así, que confiemos que sean
procesados por nuestros amigos.
Hay dos fuerzas que gobiernan al
régimen: el orgullo, que impide reconocer el fracaso del modelo; la vergüenza,
que impide admitir la necesidad de un cambio profundo.
La idea de que el gobierno cubano
intenta deslizar al país hacia un capitalismo administrado, inspirado en el
modelo vietnamita, circula desde hace años en análisis académicos, debates de
economistas y conversaciones populares. No se trata de una reforma declarada,
sino de un movimiento subterráneo, casi vergonzante, que intenta conciliar dos
fuerzas incompatibles: la supervivencia económica y la preservación del
monopolio político.
Un país exhausto y un poder que no
quiere soltar el timón-
La crisis económica ha dejado al
Estado sin margen para sostener el viejo modelo. La escasez, los apagones, la
improductividad y la emigración masiva han erosionado la legitimidad del relato
revolucionario. En ese contexto, sectores del propio aparato reconocen la
necesidad de introducir mecanismos de mercado, ampliar el espacio privado y
atraer inversión extranjera. Pero estas aperturas no buscan democratizar la
economía, sino administrar la escasez sin ceder el control. Es un capitalismo
vigilado, un mercado con correa corta, una apertura que no se atreve a
pronunciar su nombre.
El contexto internacional como cortina
de humo-
Mientras Estados Unidos concentra su
atención en conflictos externos -como la guerra con Irán-, el gobierno cubano
percibe un respiro. La presión diplomática disminuye, la mirada global se
desplaza, y La Habana aprovecha ese intersticio para maniobrar. En ese silencio
relativo, el régimen intenta reacomodarse: negocia discretamente con actores
extranjeros, flexibiliza ciertos sectores económicos, y refuerza su narrativa
de resistencia para justificar cada contradicción. Es una estrategia de
supervivencia: avanzar sin que parezca avance, reformar sin admitir la reforma,
cambiar sin que el cambio amenace la arquitectura del poder.
Orgullo y vergüenza: los dos fantasmas
que gobiernan-
El discurso oficial oscila entre dos
polos que se anulan mutuamente: El orgullo de proclamarse bastión
antiimperialista, guardián de una épica que ya no alimenta a nadie. La
vergüenza de un país que se desmorona, donde la justicia social se ha vuelto un
recuerdo y la igualdad se reduce a la igualdad en la carencia. Ese vaivén
produce un gobierno que camina sobre una cuerda floja: demasiado orgulloso para
admitir el fracaso del modelo, demasiado avergonzado para reconocer que las
reformas llegan tarde y mal.
El espejismo vietnamita-
Vietnam logró combinar un sistema de
partido único con un capitalismo dinámico. Pero Cuba no es Vietnam: no tiene su
demografía, no tiene su geografía, no tiene su inserción en Asia, no tiene su
cultura empresarial, y no tiene su relación con las potencias vecinas. Aun así,
el gobierno cubano intenta imitar la fórmula, como quien copia un mapa ajeno
sin entender el terreno que pisa. El resultado es un híbrido inestable: mercado
sin libertad, reformas sin transparencia, modernización sin derechos.
La distancia creciente con la justicia
social-
Mientras el discurso insiste en
“preservar las conquistas”, la realidad muestra un país donde la desigualdad
crece, la pobreza se profundiza y la vida cotidiana se vuelve una carrera de
obstáculos. La justicia social -bandera histórica del proyecto revolucionario-
se ha convertido en una sombra que ya no acompaña al Estado, sino que lo acusa.
El país que avanza de espaldas-
Cuba parece caminar hacia adelante
mirando hacia atrás, como si el porvenir fuera un territorio prohibido y solo
el pasado pudiera ofrecerle legitimidad. En ese extraño movimiento, el gobierno
intenta deslizar reformas económicas que recuerdan al modelo vietnamita: un
capitalismo administrado, vigilado, casi clandestino, que permita oxigenar la
economía sin alterar la arquitectura del poder. Pero este avance no es un
proyecto, sino un pudor. No se anuncia: se filtra. No se proclama: se insinúa.
Es el gesto de un Estado que sabe que debe cambiar, pero teme que el cambio lo
desnude.
La política como teatro de sombras-
En el escenario internacional, la
guerra entre Estados Unidos e Irán funciona como una cortina de humo. Mientras
las potencias se distraen, La Habana mueve piezas con la cautela de quien teme
ser visto. No es la audacia de un estratega, sino la astucia del que sobrevive.
El Partido Comunista intenta preservar lo que llama “conquistas”, aunque muchas
de ellas se han vuelto ruinas simbólicas. Y sin embargo, insiste en defenderlas
como si fueran reliquias sagradas, como si admitir su desgaste fuera traicionar
la épica que lo sostiene. La política cubana se ha convertido en un teatro de
sombras: figuras que se mueven, discursos que se repiten, gestos que simulan
firmeza mientras el suelo tiembla bajo los pies.
Orgullo y vergüenza: los dos
guardianes del abismo-
Hay dos fuerzas que gobiernan al
régimen: el orgullo, que impide reconocer el fracaso del modelo; la vergüenza,
que impide admitir la necesidad de un cambio profundo. Ese doble filo produce
un poder que no puede avanzar ni retroceder, un poder que se sostiene en
equilibrio sobre una cuerda que se desgasta con cada día de apagón, con cada
éxodo, con cada silencio que se vuelve insoportable. El orgullo impide la
autocrítica. La vergüenza impide la transparencia. Entre ambos, la justicia
social -esa promesa fundacional- se ha vuelto una resonancia que ya no responde
a nadie.
El espejismo vietnamita-
Vietnam es el modelo que se invoca en
voz baja: un país que mantuvo el partido único mientras abrazaba el mercado.
Pero Cuba no es Vietnam. Su geografía, su historia, su relación con el mundo,
su tejido productivo, su cultura económica: todo es distinto. El intento de
imitarlo se parece más a un espejismo que a una estrategia. Es como copiar la
sombra de un árbol sin tener el árbol. El resultado es un híbrido: mercado sin
ciudadanía, apertura sin pluralismo, reformas sin reforma.
El país que se deshace en la boca del
discurso-
Mientras el gobierno habla de
“actualización”, “perfeccionamiento” y “transformación”, la vida cotidiana se
hunde en una precariedad que ya no puede ocultarse. La justicia social -esa
bandera que alguna vez iluminó a millones- se ha convertido en un argumento
vacío, repetido por inercia, como un mantra que ya no convoca fe sino
cansancio. El pueblo vive en un presente que no promete futuro. El Estado vive
en un pasado que no puede revivir. Y entre ambos se abre un abismo que ninguna
consigna logra cerrar.
La política como acto de respiración-
Lo que ocurre hoy en Cuba no es solo
un proceso económico: es un drama existencial. Un país que intenta reformarse
sin reconocerse, un poder que quiere cambiar sin transformarse, una sociedad
que resiste sin esperanza clara. La política, en este punto, deja de ser un
sistema y se convierte en un acto de respiración: inhalar lo suficiente para no
colapsar, exhalar lo justo para no perder el control. Pero toda respiración
tiene un límite. Y cuando el aire se vuelve escaso, incluso el silencio se
convierte en una forma de protesta.