Monday, July 20, 2026

APORTACIONES PEDAGÓGICAS Y CULTURALES DEL EXILIO CUBANO EN NUEVA YORK: SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX (*)

Por Jesse Fernández

A comienzos de la década de los sesenta, el exilio cubano en los Estados Unidos estaba integrado por un número impresionante de profesionales y eruditos que se vieron obligados a abandonar su país ante la amenaza del totalitarismo comunista implantado por Fidel Castro y sus partidarios o secuaces. Muchos de esos primeros exiliados, eran ya intelectuales reconocidos internacionalmente por su notable labor en el campo de las artes, las ciencias, la pedagogía, el periodismo, etc. El aporte cultural y educativo del llamado “exilio histórico” se efectuó tanto en los EU como en los otros países que abrieron sus puertas a las mejores mentes de Cuba en aquellos momentos, y que ganaban así lo que Cuba perdía. Como señala el profesor y ensayista Alberto Gutiérrez de la Solana:

Las grandes mentes cubanas fueron expulsadas de Cuba por el déspota mediante las amenazas, los falsos juicios, los asesinatos, los fusilamientos, las cárceles y la mordaza. El tirano le arrancó el cerebro a la nación más progresiva de la América de origen español y la convirtió en isla-prisión.[1]

Dada las limitaciones de tiempo, sólo me es posible delinear brevemente a tres figuras representativas del exilio cubano que se distinguieron por su meritoria labor en el campo de la enseñanza y por su empeño en difundir y exaltar nuestro legado cultural fuera de la isla. Me refiero a Humberto Piñera Llera, Rosario Rexach y José Olivio Jiménez. Por supuesto, lo ideal hubiera sido realizar un estudio minucioso de los cientos de pedagogos de la diáspora cubana, entre los que no podrían faltar los siguientes nombres conocidos de todos – debo reiterar que sólo se incluyen figuras que se destacaron profesionalmente durante la segunda mitad del siglo XX: Roberto Agramonte, Levi Marrero, Jorge Mañach, Octavio R. Costa, Carlos Raggi, las hermanas Mercedes y Rosario García Tudurí, Oscar Fernández de la Vega, Alberto Gutiérrez de la Solana, José Ignacio Rasco, Carlos Ripoll, Julio Hernández Miyares, Antonio Radamés de la Campa, José López Isa, José Sánchez-Boudy, Elio Alba Buffill, Esther Sánchez Grey-Alba, Antonio A. Acosta, Manuel Gómez Reinoso, Zenaida Gutiérrez Vega, Rosario Hiriart, Raquel Chang Rodríguez y muchos más que harían esta lista interminable.

Humberto Piñera Llera

Humberto Piñero (1911-1986)

No hay duda de que el Profesor Humberto Piñera Llera es uno de los pensadores y educadores cubanos más importantes del siglo XX. Desde muy temprana edad da pruebas Piñera de su vocación por la enseñanza al ejercer como maestro de escuela primaria en Camagüey, donde vivió desde niño, aunque había nacido en la ciudad de Cárdenas en 1911. Posteriormente ingresa en la Universidad de la Habana, donde se gradúa con honores en la cátedra de Filosofía y Letras en 1942. Poco después la Universidad lo nombra Profesor Adjunto en la cátedra de Filosofía Moral del eminente profesor y erudito Roberto Agramonte.

Su labor intelectual y pedagógica en el destierro se compara favorablemente con sus logros profesionales dentro de la isla. Antes de sumarse al destierro, el Prof. Piñera había alcanzado honores como catedrático y conferenciante, así como autor de importantes libros de filosofía: Filosofía de la Vida y filosofía existencial, de 1952, y Panorama de la filosofía cubana, de 1960. En los E.U y en España publicaría más tarde otras obras importantes. Me limito a citar varias que considero indispensables: El pensamiento español de los siglos XVI y XVII (1970); Filosofía y literatura: aproximaciones (1975); Idea, Sentimiento y Sensibilidad de José Martí (1982), y Sartre y su idea de la libertad, que aparece póstumamente, en 1989.  

En 1961, al año escaso de su llegada a los Estados Unidos, el Doctor Piñera es contratado por la New York University (NYU) para enseñar Literaturas Hispánicas.  En esa prestigiosa Universidad habría de ofrecer también cursos a nivel de doctorado a estudiantes de Filosofía y Letras, entre ellos a varios miembros de la diáspora cubana. Algunos de ellos seguirían los pasos del ilustre maestro y mentor al convertirse en catedráticos, ensayistas y autores de obras en torno a figuras notables de la historia de Cuba y de las letras y culturas hispánicas en general. Valga mencionar a los doctores Alberto Gutiérrez de la Solana, Julio Hernández Miyares, Elio Alba Buffill, Esther Sánchez-Grey Alba y Rosario Hiriart, entre muchos otros. Alberto Gutiérrez de la Solana, que además de discípulo llega a ser colega de Piñera en NYU, exalta «su erudición, su actitud siempre alerta ante el resurgimiento del pensamiento filosófico, y su devoción por la enseñanza»[2]. Por su parte, Julio Hernández Miyares subraya los atributos profesionales y espirituales del maestro: «Desde la primera entrevista con él en su oficina de NYU, me impresionaron su cordialidad, discreción, lucidez y jovialidad. Me sentí como junto a un viejo amigo, presto a brindarme su ayuda desinteresada y valiosa»[3].

Durante cuatro años (1972-1976), el Dr. Piñera dirigió el Programa de Español que NYU mantenía en Madrid. Por iniciativa propia logra ampliar dicho programa, añadiendo estudios especializados a nivel de Máster y de Doctorado. Además, se convierte en guía y mentor de estudiantes cubanos afiliados a la Agrupación Abdala, fundada en NY por Gustavo Marín, cuyos miembros asistían a varias universidades españolas. (p. 23). Otros esfuerzos dignos de mencionar son la fundación de la Revista Exilio, una de las primeras publicaciones dirigidas por desterrados cubanos, y de la Revista Cubana, dirigida por Carlos Ripoll y el propio Humberto Piñera. En el ensayo titulado Las ideas extrañas y el destino propio (1969) se pregunta Piñera: «¿por qué ha pasado en Cuba últimamente todo lo que ha pasado?» Las respuestas del autor no eran alentadoras pues, en su opinión, los deplorables acontecimientos ocurridos en Cuba en 1959 se debieron a que:

Nuestra personalidad jamás ha dejado de estar dominada vigorosamente por ciertas determinaciones psicológicas negativas, como, por ejemplo, el individualismo, la falta de solidaridad, de previsión y de sentido práctico[4].

Que el exilio cubano no juzgara de irreverentes las opiniones del profesor Piñera en aquellos momentos comprueba la autoridad moral del ilustre pensador y erudito. Sus ideas y argumentos en aquel y otros ensayos históricos y filosóficos tienen tanta vigencia hoy como el día en que fueron escritos hace medio siglo.  Como nos recuerda Julio Hernández Miyares en un ensayo dedicado a su ilustre maestro y mentor en New York University:

Cuando se escriba la historia definitiva de las letras cubanas del siglo XX, […] la figura de Humberto Piñera Llera ocupará un lugar cimero entre los hombres de pensamiento que mantuvieron dignamente en el destierro los postulados de la integridad, cubanía y amor a la libertad[5].

Rosario Rexach

Rosario Rexach (1912-2003)

La Profesora Rosario Rexach también demuestra su vocación pedagógica y sus capacidades intelectuales desde muy temprano. Después de graduarse de la Escuela Normal ingresa a la Universidad de la Habana, donde obtiene un doctorado en Filosofía y Letras. Su formación académica e intelectual fue orientada por dos ilustres educadores y pensadores de la época: los doctores Roberto Agramonte y Jorge Mañach. Este último la anima a colaborar en actividades culturales celebradas en la Sociedad Lyseum de la Habana, la organización femenina dedicada a promover la cultura, la literatura y las artes dentro y fuera de Cuba. Además de ser una eminente pedagoga, Rosario Rexach comienza a distinguirse como investigadora y ensayista. La publicación en 1938 del ensayo titulado Orientación vocacional de la mujer en Cuba marca su entrada en el mundo de las letras. Poco después de producirse el cataclismo Castro-comunista, la joven educadora decide abandonar su patria, sin sospechar que nunca más habría de regresar a ella.

A los 26 años de edad Rosario Rexach daba ya muestras de una singular capacidad para armonizar la pedagogía, el pensamiento filosófico y la investigación histórico-literaria.  Entre sus primeros escritos en el campo de la investigación hay que mencionar los siguientes títulos: El pensamiento de Varela y la formación de la conciencia cubana (1950) y El carácter de Martí y otros ensayos (1954). Años más tarde, ubicada ya en el exilio, la autora actualiza y amplía los dos libros antes citados. El primero, titulado Dos figuras cubanas y una sola actitud (Miami, 1991), incluye ahora varios ensayos sobre Jorge Mañach, que, junto a Félix Varela, son los dos pensadores cubanos cuya vida y obra influyen profundamente en la formación intelectual de la escritora.  Los ensayos incluidos en el segundo libro escrito en Cuba, El carácter de Martí y otros ensayos, pasan a formar parte del volumen titulado Estudios sobre Martí (Madrid,1986), prologado por el poeta Gastón Baquero. Según el Profesor José Olivio Jiménez, es éste «un libro enjundioso […] que al cabo nos brinda la generosa maestra que para mí –y para tantos –ha sido la profesora Rexach»[6].

Cuando llega a Nueva York en la década de los sesentas Rosario Rexach encuentra un ambiente propicio para desarrollar muchas de la actividades educativas y culturales en las que se había distinguido en su país. Para comenzar, descubre que muchos de sus antiguos colegas y alumnos de la Universidad de la Habana continúan siendo sus mejores amigos en el destierro. Entre ellos hay que mencionar a Oscar Fernández de la Vega, Carlos Ripoll, José Olivio Jiménez, Zenaida Gutiérrez Vega, Antonio Radamés de la Campa y Manuel Gómez Reinoso. Todos ellos eran ya reconocidos en la diáspora cubana no sólo por su destacada labor educativa sino por sus esfuerzos por mantener vivo y difundir nuestro legado cultural e histórico. Gómez Reinoso le ofrece a Rosario un puesto de profesora adjunta en el Dowling College de Long Island, donde él enseñaba y era jefe del departamento de Literaturas Hispánicas; José Olivio Jiménez la lleva a Hunter College para enseñar cursos especializados de literatura cubana e hispánica en general; Elio Alba Buffill la nombra presidente del Círculo de Cultura Panamericano, y posteriormente es designada académica de número de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.  

A su vocación de servicio y a su inquieta curiosidad intelectual debemos varios libros, un nutrido número de conferencias ofrecidas en prestigiosas instituciones profesionales, así como artículos periodísticos y ensayos académicos publicados en revistas literarias nacionales y extranjeras. Rosario Rexach, en efecto, no necesitaba un salón de clases para transmitir su sabiduría y su entusiasmo por todo lo relacionado con la historia y la cultura. Para enseñar le bastaba su pluma y la elocuencia de sus palabras siempre claras, justas y sinceras. Con razón el destacado poeta y ensayista cubano Gastón Baquero, en el prólogo antes aludido, la declaró «Guía perfecta, guía benévola», opinión que comparto y con la que cierro a estos breves apuntes sobre una de las más prestigiosas educadoras de nuestro angustioso, pero a la vez fecundo exilio.

José Olivio Jiménez

José Ovidio Jiménez (1926-2003)

Desde muy joven, José Olivio Jiménez se destacó en el campo de la enseñanza, tanto en Cuba como en los Estados Unidos y en España –los tres países que más profundamente marcaron lo que él mismo calificó de «magisterio integral». Nace en Las Villas en 1926 y allí realiza los primeros estudios bajo la supervisión de su madre que, según él, era «una sencilla maestra rural», pero que en realidad desempeñaría un papel decisivo en su vida profesional. Se gradúa con honores en la Escuela Secundaria de Santa Clara, y en la capital villareña completa asimismo el bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza y, simultáneamente, obtiene el grado de pedagogía en la Escuela Normal para Maestros. A los 18 años comienza su carrera pedagógica en una escuela primaria de la capital habanera. En un ensayo autobiográfico inédito, titulado Cuanto sé de mí: Esbozo de una Autobiografía integral, Jiménez declara que «la enseñanza fue mi primera vocación». Es curioso que cuando ingresa a la Universidad de la Habana para iniciar sus estudios de Filosofía y Letras, dos de sus profesores dilectos fueran Jorge Mañach y la joven catedrática Rosario Rexach, maestros y mentores ejemplares que influirían profundamente su desarrollo intelectual.  En 1952, al completar el doctorado con honores, Jiménez recibe una beca para continuar estudios superiores en la Universidad Central de Madrid, donde se gradúa con un doctorado en Filología Románica en 1955. El título de su tesis doctoral era «Panorama de la lírica cubana contemporánea».

Jiménez regresa a Cuba en 1956 y en seguida es contratado por la Universidad Católica de Villanueva, y por el Instituto de Segunda Enseñanza de la Habana. A finales de 1958, presintiendo los trágicos acontecimientos que ya se anunciaban en la isla, y que pronto culminarían en lo que Guillermo Cabrera Infante llama «la caída en el abismo histórico», Jiménez abandona nuevamente su país para volver a España. En la autobiografía antes citada José Olivio afirma que «Con el tiempo, la realidad me ha hecho no tener que arrepentirme de aquella decisión de no volver a Cuba, a pesar de que supuso la amputación impuesta de mis primeras raíces»[7].

El año 1960 es una fecha decisiva en la trayectoria profesional e intelectual del joven educador y crítico cubano. Unos días antes de cumplir los 34 años llega como profesor adjunto a Merrimack College, cerca de Boston. La soledad en lo que él llama «las praderas seis meses nevadas de Massachusetts», así como su curiosidad intelectual, hacen que Jiménez se matricule en un curso de literatura española en la cercana Universidad de Harvard. El profesor del curso era el destacado hispanista y humanista Raimundo Lida, quien pronto se convierte en amigo y mentor de José Olivio, y lo anima a completar el libro Cinco poetas del tiempo, que sería el primero de una veintena de obras que verían la luz en las próximas tres décadas de su fructífera labor como crítico literario, tanto de autores cubanos e hispanoamericanos como peninsulares. En 1962, es decir, dos años después de su experiencia en Boston, Jiménez se incorpora al departamento de Lenguas Románicas de Hunter College de la City University of New York (CUNY).

 En la legendaria «ciudad grande» de su admirado José Martí encuentra el Profesor Jiménez un terreno fértil para sus aspiraciones profesionales. En corto tiempo comienza a ser reconocido en los círculos académicos norteamericanos y extranjeros, no sólo por sus aptitudes educativas sino también por sus luminosos escritos y conferencias, que no se hicieron esperar después del éxito alcanzado con su primer libro, Cinco poetas del tiempo, considerado hoy una obra indispensable para estudiar la poesía española del siglo XX. Como señalamos antes, a esta publicación habría de añadir Jiménez una veintena de libros, que las limitaciones de tiempo me impiden enumerar. Me limito a citar las que considero aportes fundamentales en su trayectoria como crítico y ensayista: Antología de la poesía Hispanoamericana contemporánea:1914-1970 (1971); Antología crítica de la poesía modernista hispanoamericana (1985) (que cuenta ya con más de 10 reimpresiones), La Raíz y el Ala: Aproximaciones críticas a la obra literaria de José Martí (1993), y José Martí: Ensayos y crónicas (1995) (ampliada y reimpresa en Editorial Cátedra) (2004). 

 Además de enseñar literatura peninsular e hispanoamericana en Hunter College, José Olivio Jiménez pasa a ser uno de los fundadores del Programa Doctoral de Español en el Centro de Estudios Graduados de CUNY.  La claridad expositiva, el entusiasmo, la cordialidad y el respeto por sus estudiantes caracterizaron siempre lo que podría llamarse «el sistema educativo» del profesor Jiménez, o como él prefería llamarlo, sus «manierismos didácticos». Esa práctica pedagógica, que respondía a una inclinación natural de su persona, se hizo patente a lo largo de su larga y brillante carrera, como lo comprueba el nombramiento a Profesor Distinguido (Distinguished Professor, el más alto rango otorgado por sistema universitario de la City University of New York.  No cabe duda de que el Profesor Jiménez, por su brillante labor didáctica, su erudición y su fecunda labor como crítico y ensayista, tiene un sitio asegurado en el ámbito de la cultura, en el sentido más amplio de esta palabra.

De los tres educadores brevemente reseñados es lícito afirmar que fueron maestros de maestros, ejemplos vivos de dedicación y humanismo, y verdaderos arquetipos para aquellos que supieron beneficiarse de su sabiduría e inagotable generosidad.

(*) Ponencia presentada en el Primer Congreso de la Academia de la Historia de Cuba, Corp. el 15 de septiembre de 2018 en el William V. Musto Cultural Center de Union City (NJ) y publicada en el Anuario Histórico Cubanoamericano #2 (2018): págs. 151-160]


[1] El soñar despierto de Levi Marrero. Círculo: Revista de Cultura, Vol. XXVI, 1997: 19.   

[2] Estela Piñera y Alberto Gutiérrez de la Solana. Humberto Piñera Llera: Pensador, escritor, crítico y educador, p.36.

[3] Ibid, p.51

[4] Exilio, Otoño-Invierno 1969: 97

[5] Estela Piñera y Alberto Gutiérrez de la Solana. p.50

[6] Círculo: Revista de Cultura, Vol. XVII, 1988: 55

[7] p.28  

Thursday, July 16, 2026

MANIOBRAS DEL TOTALITARISMO CASTRISTA

Por Pedro Corzo

Recomiendo a los enemigos del totalitarismo castrista, gobiernos y personas, que no se dejen engañar. Cierto que son unos ineptos en el arte o ciencia de gobernar, absolutamente incapaces en la producción de riquezas, pero en lo que respecta a manipulación y control político, son unos maestros consagrados, entre otras condiciones, porque son sujetos sin escrúpulos.

Por décadas, los contrarios al castrismo han subestimado las habilidades para sobrevivir y hacer daño de ese sistema. La mentira y el engaño son las herramientas que mejor manejan, se transmutan como salamandras y como tales, son tóxicas para las democracias y los derechos ciudadanos.

No es la primera vez que el castrismo promete cambios que jamás concreta, porque como dice el refrán: «Compran pescado y les cogen miedo a los ojos». El empobrecimiento del país ha sido una constante política de estado porque el totalitarismo tiene la certeza que la independencia económica conlleva a la política.

Los jerarcas del castrismo siempre han tenido una visión absoluta y de eternidad en lo que respecta al poder. Tienen muchas similitudes con los regímenes teocráticos, actúan como fundamentalistas religiosos, siendo inflexibles en aceptar cualquier medida que ponga en juego su autoridad imperial.

Cierto que el deterioro actual no tiene precedentes y las decisiones del gobierno de Estados Unidos tienen al sistema totalitario en conteo final, sin embargo, no se les puede dar cuartel, porque montan un espectáculo teatral capaz de confundir a tirios y troyanos el tiempo suficiente para que Washington cambie de perspectivas y los cubanos nuevamente se agoten entre el garrote y muy pocas zanahorias.

Muy acertadas las recientes declaraciones del Departamento de Estado de calificar como «señales de humo superficiales» y una «estrategia típica» el paquete de 176 reformas económicas anunciado por la dictadura.

Aciertan, cuando dicen que el castrismo intenta crear una ilusión de apertura para que cese la presión internacional, agrego, también, para que las protestas de los cubanos cesen, saben que cuando el pueblo asuma el protagonismo que le corresponde, no los salva ni el medico chino, expresión del refranero cubano que significa que no hay cura posible.

El castrismo ha demostrado ser un histrión con gran talento, poseedor de un guion bien articulado desarrollado en un escenario en el que el pueblo ha ocupado los peores puestos, lugares, que aparentemente está dispuesto a abandonar. El ciudadano está harto de tanta miseria

No tengo dudas que la dictadura teme profundamente a Estados Unidos y todo lo que esta nación representa por ser contrarios a las propuestas castrista; estoy convencido de que resentiría el fin de la deshonesta asistencia que la Union Europea le viene prestando consistentemente; pero, mi incuestionable certeza es que a lo que más temen es a la furia de la población.

El sistema, con estas propuestas, busca neutralizar los sectores del gobierno que no tienen acceso a los privilegios del aparato central, además, confundir a la población, harta de la miseria absoluta que les degrada, una situación que les ha conducido a protestar cívicamente generando un clima de inestabilidad que puede hacer girar las bayonetas que el soldado, también en la desdicha, empuña.

Los Castro, Diaz Canel y todos los sicarios que les han servido por décadas, conocen de lo que son capaces las masas cuando rompen las cadenas. Ellos, conscientemente, han sometido al pueblo a condiciones de miseria extrema, humillado y degradado a las personas a niveles inimaginable y eso hace fecundar un odio y una sed de pasar cuentas que la historia ha plasmado numerosas veces.

Cuba lo ha vivido, y los nonagenarios que han destruido el país y puesto en riesgo la nación lo saben, aunque, por si acaso, les recuerdo la extrema maldad a la que puede llegar la ira popular.

Después del derrocamiento del general-dictador Gerardo Machado, el cadáver de uno de sus esbirros más connotados, el brigadier Antonio Ainciart Agüero, fue exhumado de una fosa común en el cementerio de Marianao y llevado por las turbas a la Universidad de La Habana para colgarlo de una farola, mientras, intentaban hacerlo, la soga se rompió y el cuerpo en proceso de descomposición cayó al suelo, interviniendo entonces el dirigente estudiantil Eduardo Chibas quien a punta de pistola impidió que la profanación continuara.

La historia puede repetirse, aunque no precisamente para absolver a los tiranos y a la tiranía.

 Tomado de 14YMedio.Com

Monday, July 13, 2026

DE CADA CUAL SEGÚN SU CAPACIDAD A CADA CUAL SEGÚN SU INGENUIDAD

Los cambios en Cuba

Por Antonio Gómez Sotolongo


NOTA ANTES DE LEER ESTE ARTÍCULO: En 2008, harto de las infinitas vueltas de la noria en la que cabalgan las reformas impuestas por el castrismo en Cuba, realicé un breve recuento de aquellas en un artículo que publiqué en mi blog. Ahora, como la noria continúa sus infinitas vueltas, lo re-publico en este blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, porque, salvo algunas pinceladas, se puede leer como si de las 176 medidas de Canel se tratara. 

Santo Domingo. Viernes 13 de junio de 2008

La última «reforma» propuesta por Raúl Castro, que desde los cuatro puntos cardinales recibió loas, demuestra cuánta desmemoria somos capaces de acumular los seres humanos: Castro II, anunció la buena nueva de que se ajustarían los salarios de los trabajadores cubanos al rendimiento laboral. Anuncio que voló como las palomas que salen de la chistera de un mago, anuncio de una «reforma» que para nadie en Cuba es novedad. Es cierto que la década del 70 del siglo XX nos queda muy lejos en el recuerdo, y más aún la del 20; sin embargo, puedo tolerar el olvido, pero no lo comparto.

En 1975, Castro I celebró el I Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), del que salieron los planes del quinquenio 75-80, y entre la multitud de «reformas» que brotó del aquelarre, estuvo El Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE), un remedo de la más olvidada aún, Nueva Política Económica (NEP) con la que Vladimir Ilich Lenin pretendía «reformar», a principio de los 20’s, la depauperada economía soviética.

Entre los mecanismos que ambos sistemas proponían para el desarrollo acelerado de la economía socialista, se contemplaba la vinculación del salario de los trabajadores con el rendimiento y la productividad de estos en la jornada laboral, algo que se resumía en el precepto: «De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo».

Algunas de estas «reformas» fueron practicadas en Cuba, y como consecuencia de ello aparecieron el mercado libre campesino, los mercados paralelos, el trabajo por cuenta propia y hasta una Ley de la Vivienda que permitía, en ciertas condiciones, arrendar, vender y comprar solares, azoteas y bienes inmuebles.

Por supuesto, que la primera que voló como Matías Pérez fue esta última Ley, que ni siquiera llegó a ser puesta en vigor completamente; y más tarde, todos los demás consecuentes de las «reformas» promulgadas por el I Congreso del PCC y reafirmadas en 1980 por el II Congreso.

A mediados del II quinquenio, Castro I promulgó nuevas «reformas», las que bautizó con el castizo nombre de «Rectificación de Errores y Tendencias Negativas», y que anulaban todas las «reformas» anteriores, poniendo fin a eso que hoy Castro II anuncia: «La vinculación de los salarios con el rendimiento laboral».

Ciertamente, en los 80’s se elevó la producción y mejoró relativamente el poder adquisitivo de los ciudadanos, quienes utilizaban entonces el peso cubano para sus obligaciones fundamentales. Pero más de tres décadas después, las «reformas» que propone Castro II, tienen un panorama muy distinto: Cuba no tiene moneda nacional, por más eufemismos y trucos lingüísticos que el régimen utilice para expresar lo contrario. Los trabajadores cubanos obtienen sus salarios en una moneda que le llaman «peso cubano», pero todas las obligaciones fundamentales, incluidas las cacareadas y aplaudidas «reformas» del género celular o teléfono móvil, deben cubrirlas con un papel moneda innombrable, conocido como CUC, que por supuesto se adquiere a precios superiores al dólar norteamericano.

Esta espiral sin fin, esta infinita resurrección y muerte de «reformas» ha sido el modo de vida y de operaciones de una de las dictaduras más largas de América, y todavía en sus laberintos, los herederos del trono insisten en los mismos métodos, en las mismas «reformas», porque las desmemorias e ingenuidades atrapan a los seres humanos, los anulan, y les impiden ver que nada se reformará en Cuba mientras gobiernen quienes la devastaron.

NOTA PARA LEER DESPUÉS DE HABER LEÍDO EL ARTÍCULO: Cualquier semejanza del pasado que cuenta este artículo con el presente, no es pura imaginación, es justo la realidad, es justo lo que va a suceder y es justo otra cortina de humo, justo para cambiar el discurso, aquel discurso que corría a raudales por los medios y de boca a oído y que rezaba: «Apagones e invasión». ¿Alguien lo recuerda? Aquella «palabra diaria» impuesta por los enemigos del castrismo y que le hacían tambalear, fue sustituido de un plumazo. Ahora, el castrismo lanza este nuevo señuelo al aire y ha sido tan bien acogido como otros tantos que lanzó en el pasado para confundir atrapar a ingenuos por naturaleza, y a ingenuos de oportunidad.

Tomado de El Tren de Yaguaramas 2da. Época.

Más información:

https://es.wikipedia.org/wiki/Nueva_Pol%C3%ADtica_Econ%C3%B3mica

https://www.pcc.cu/pccweb/congreso1.php

 

Thursday, July 9, 2026

LA HABANA Y SU ASTILLERO (*)

Por Enrique Martínez Ruiz (**)

Bahía de La Habana

El Adelantado Diego Velázquez de Cuéllar, gobernador de la isla de Cuba, emprendió la campaña de conquista y colonización desde el este, y su progresión fue marcando la fundación de núcleos urbanos con el establecimiento de los seis primeros insulares entre 1511 y 1515 (Baracoa, 1511-12; Bayamo, 1513; Trinidad, 1514; Sancti Spiritus, 1514; Puerto Príncipe —actualmente Camagüey—, 1514, y Santiago de Cuba, 1515). En 1515 se fundó también La Habana, pero su verdadero establecimiento tuvo lugar el 16 de noviembre de 1519, bautizada como San Cristóbal de La Habana, nombre que respondía al de un santo, patrón de los navegantes, y a un topónimo nativo.

Diego Velázquez de Cuéllar

La «perla de las Antillas», como también se denomina a Cuba[1], fue objetivo frecuente de piratas y corsarios, que tuvieron a La Habana bajo el fuego de sus cañones y víctima de sus asaltos en varias ocasiones durante la primera mitad del siglo XVI, lo que decidió a Felipe II a darle mayor relevancia y convertirla en uno de los puntos neurálgicos del Imperio, pues en 1564, implantado definitivamente el sistema de flotas, la ciudad cubana se convertiría en el punto de reunión de las naves que comerciaban en tierras americanas para hacer todas juntas el regreso a Sevilla. Por esta razón, el monarca español decidió también fortificar adecuadamente la plaza a fin de que pudiera resistir los ataques y dar abrigo a la flota hasta su partida, cargada de materias primas diversas (metales preciosos, esmeraldas, maderas, especies, palo de tinte, etc.). Un conjunto de construcciones hicieron de ella la mejor defendida de la América de entonces. Su excelente puerto, con una amplia bahía natural al fondo, y sus maderas, buenas y abundantes, hicieron de La Habana un importante centro naval (su principal problema logístico fue que los troncos para la arboladura había que importarlos de Finlandia o Escandinavia, aunque se intentó traerlos de Santa María de Chimalapa y de Pensacola; pero por su dureza, las maderas cubanas no se astillaban en el combate, lo que agradecían las tripulaciones). El 20 de diciembre de 1592 se sancionaba oficialmente una realidad que venía siendo un hecho desde años atrás: Felipe II le confería el título de ciudad. Una distinción que llegaba casi tres décadas después de que el gobernador de Cuba hubiera trasladado allí su residencia oficial desde Santiago, donde había estado el gobierno isleño hasta entonces.

Durante el siglo XVII prosigue la consolidación defensiva de La Habana, en el marco de un amplio y permanente sistema defensivo naval[2], considerada ya el «antemural de las Indias Occidentales» y «la llave del Nuevo Mundo»[3]. En el plano civil, la fisonomía de la ciudad presenta en sus edificios una clara influencia de la arquitectura española, particularmente canaria, que adapta y asume empleando con profusión un material que será decisivo en su vocación marinera: la madera.

Plano de las gradas en el astillero de La Habana (1788)

Sin embargo, no todo fue progreso, pues a mediados del siglo XVII perdió un tercio de su población, debido al contagio de una epidemia de peste que, procedente de Cartagena de Indias, se presentó en la isla en 1649. Las consecuencias de la epidemia se sumaban a una cierta relegación, que supuso el establecimiento de la Armada de Barlovento en 1640[4], pues hubo de compartir protagonismo con Veracruz y Cartagena de Indias. Pero La Habana mantuvo su importancia gracias al astillero, ya que en él se construyeron diversos buques para la Armada de Barlovento y se carenaron muchos de los navíos de esa flota a lo largo del siglo, y así se fue formando una tradición constructora en la ciudad, en la que confluían el interés real y el de la jerarquía local[5].

El azote epidémico no fue suficiente para limitar la importancia de la ciudad, pues siguió su crecimiento con construcciones de importancia, tanto civiles (la fuente de la Dorotea de la Luna en La Chorrera) como religiosas (convento de San Agustín, monasterio de Santa Teresa) y militares (castillo de El Morro), y en 1665, el 30 de noviembre, Mariana de Austria, madre y regente de Carlos II confirmó el escudo que La Habana venía utilizando, compuesto por una llave de oro —desde tiempo atrás gozaba del título de «llave del Nuevo Mundo»— y tres torres de plata sobre campo azul, que simbolizaban las tres primeras fortificaciones de la plaza: la de la Real Fuerza, la de San Salvador de la Punta y la de los Tres Reyes del Morro.

El siglo XVIII se ha considerado como el gran siglo del arte en la América española, pues es entonces cuando se puede considerar la existencia de un arte hispanoamericano, resultado de la unión de las tendencias españolas con las indígenas. Tal realidad artística, junto con la amplitud del denominado reformismo borbónico, tienen clara incidencia en Cuba y, particularmente, en La Habana, toda vez que la Ilustración llega al tiempo que se registra un auge económico, favorecido por la libertad de comercio iniciada en 1764 y progresivamente ampliada a lo largo del siglo; en ese año aparecieron los primeros periódicos en la ciudad, La Gaceta y El Pensador. La enseñanza superior contaba desde 1728 con la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo, ubicada en el convento de San Juan de Letrán, una oferta que se amplía al aparecer otros centros, aprovechando los edificios de los jesuitas, expulsados en 1767. Las nuevas perspectivas económicas favorecen unos cambios migratorios que llevan a La Habana a gentes procedentes de Canarias, en gran parte, y de Cataluña, al tiempo que se impone el cultivo del tabaco y se desarrolla la industria azucarera. Tampoco faltan nuevas instituciones, como el Tribunal de Cuentas, el Protomedicato y Correos, que empiezan a enlazar regularmente la isla con la Península.

Por otra parte, la ciudad sigue embelleciéndose. La impronta urbanística de Sabatini llega a la isla y, junto a construcciones civiles favorecidas por militares, se prosiguen los trabajos de fortificación. Por ejemplo, el marqués de la Torre, capitán general de la isla, facilita la construcción de un teatro, del Palacio de los Gobernadores y la urbanización de la plaza de Armas, «animando con su ejemplo a la aristocracia y a la alta burguesía criolla, que se dedicaron a reedificar con el mayor decoro, sus residencias urbanas y rurales»[6]. Entre los principales impulsores arquitectónicos estaban la Iglesia y los militares. Aquella contaba con los recursos de la mitra, las contribuciones de los vecinos acomodados y las limosnas. Y así, a principios del siglo XVIII, el doctor Diego Avelino de Compostela, obispo, promovió la construcción de templos (iglesias de San Felipe Neri, San Ignacio de Loyola y Santo Ángel Custodio), colegios y hospitales. Era el inicio de una labor constructiva que sus sucesores en la sede cubana continuaron. Por lo que se refiere a los militares, podemos considerar al conde de Ricla y a Bucarelli como los mejores exponentes, aunque su labor tiene lugar después de la conquista de La Habana por los ingleses en 1762.

Pero no era la primera vez que los británicos intentaron apoderarse de la ciudad, pues en el contexto de la denominada guerra de la Oreja de Jenkis, iniciada en agosto de 1739 y unida en 1740 a la guerra de Sucesión Austriaca, Londres preparó un plan de operaciones que puso en marcha antes de la declaración de guerra y que incluía el ataque del comodoro Brown a La Habana[7], en donde se presenta el 17 de septiembre de 1739 y mantiene el bloqueo hasta el 16 de noviembre. Los ingleses volvieron a la carga con La Habana en 1748, encomendando la nueva expedición al almirante Knowles, quien decidió atacar primero Santiago, aunque, ante las dificultades encontradas, su acción acabó centrándose en La Habana a mediados de octubre, recibiendo entonces la noticia de la firma de la paz de Aquisgrán. El estallido de la guerra en el continente europeo había desviado la atención en gran medida de lo que pasaba en ultramar, donde los ingleses cosecharon un soberano fracaso, pues no alcanzaron ninguno de los objetivos importantes que se propusieron[8], lo que se debió, en buena parte, al hecho de que los efectivos ingleses llegaron a América desde Europa y no se habían aclimatado a las nuevas latitudes en que iban a intervenir; algo que los ingleses tuvieron en cuenta en su siguiente campaña caribeña, pues ya actuaron con soldados procedentes de sus colonias norteamericanas, adaptados a las condiciones climatológicas americanas. En efecto, en plena guerra de los Siete Años[9], al amanecer del 6 de junio de 1762, 50 navíos ingleses con 14.000 hombres a bordo se presentaron en La Habana, que por entonces contaba con el siguiente dispositivo defensivo:

• Castillo de la Fuerza: construido entre 1538 y 1545, había sido reforzado en 1747.

• Castillo del Morro: debido a J. B. Antonelli en 1589, su artillería fue muy reforzada en 1734.

• Castillo de la Punta: también de Antonelli, fue completado sustancialmente en 1730.

• Torreón de Cojimar: 1646.

• Torreón de La Chorrera: construido en 1646 para proteger la traída de aguas construida ese mismo año, fundamental para el abastecimiento de la ciudad, las fortificaciones y los navíos.

• Las murallas, construidas en el último tercio del siglo XVII, no eran muy resistentes y no aguantarían un bombardeo de la artillería. A lo largo del siglo XVIII se va completando su trazado hasta terminar en 1760 la garita de la Puerta de Tierra, abrazando la ciudad desde el arsenal al castillo de la Punta.

• La santabárbara: construida en 1742 al otro lado de la bahía, para que en caso de posibles accidentes la ciudad no se viera afectada.

• Batería de La Pastora: debajo del Morro, fue terminada en 1748.


Atlas Marítimo de España (1789)

La guarnición la formaban más de 27.500 hombres y la artillería se componía de 104 cañones de bronce, 250 de hierro, de diferentes calibres, además de 9 morteros de bronce y 11 de hierro.

Los ingleses centraron su ataque primeramente en el castillo del Morro, un reducto casi inexpugnable, y que rindieron por haber capturado antes la loma donde posteriormente se edificaría la Cabaña[10], colocando su artillería para el posterior ataque a la ciudad, a la que rindieron al cabo de dos meses, capturando también 9 navíos de línea de 64 y 74 cañones, y 25 buques mercantes, en cuya variada carga había tres millones de pesos pertenecientes a la Compañía Real[11]. La Habana permaneció en manos inglesas hasta 1763[12], año en que fue devuelta a España a cambio de la Florida[13]. Para entonces, la ciudad superaba los 160.000 habitantes; el primer censo oficial es de 1774 y registra un total de 171.670 habitantes, incluidos 44.333 esclavos. Era la tercera ciudad de la América española, detrás de México y Lima.

El año 1763 fue un año importante para la ciudad. El 8 de julio desembarcó en ella Alonso Fuertes de Villalpando, conde de Ricla. Llegaba con 1200 hombres, un cuerpo de Artillería y dos ingenieros militares, Silvestre Abarca y Agustín Crame, con quienes empezaría la «edad de oro» de las fortificaciones de La Habana[14]. Carlos III reguló por decreto un plan defensivo desde La Florida a la Guayana, especialmente necesario en el caso de La Habana, por la anterior ocupación inglesa. En ese mismo año de 1763 empezó la construcción de la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, que nacía con la pretensión de ser la mayor fortificación construida por España en tierras americanas; bajo la dirección de Silvestre Abarca, sus obras duraron más de once años, pues no finalizaron hasta 1774, y su coste resultó colosal; el resultado fue un recinto de 700 metros de largo por 240 de ancho, abaluartado, con revellines y foso, cuarteles y almacenes.

Plano de la plaza del Ferrol (1774)

El esfuerzo mereció la pena: situada en una posición dominante, al otro lado de la bahía, y artillada con un buen número de cañones fabricados en Barcelona, todavía se mantiene protegiendo el acceso a la bahía de la plaza. Actualmente está destinada a albergar un museo y a actividades culturales; uno de sus cañones es disparado a las nueve de cada noche, recordando la señal utilizada antaño para anunciar el cierre de las murallas de La Habana. Por esas mismas fechas comenzaba también la construcción del Fuerte del Príncipe, según un proyecto de Abarca hecho en 1767 y que se terminaría en 1779, dirigido por Crame y Luis Huet, responsables de la edificación del castillo de Atarés, más pequeño y ubicado en uno de los brazos de la bahía. Así se completaba una línea defensiva que, a la postre, nunca sería puesta a prueba[15].

El otro gran elemento de La Habana es el astillero, cuya actividad se remonta a fines del siglo XVI, gracias a sus características naturales y a sus excelentes maderas[16]. Una actividad incentivada en el siglo XVIII, pues ya en sus inicios, Bernardo Tinajero, a la sazón secretario del Consejo de Indias, era consciente de que se necesitaba un gran esfuerzo naval para contrarrestar las consecuencias del Tratado de Utrecht de 1713. Y para ese esfuerzo eran necesarios los astilleros peninsulares y americanos, pues un navío construido en ultramar duraría más de 30 años, mientras que los fabricados en Vizcaya no pasarían de la decena18[17]. «Adoptando los diseños del constructor, Antonio de Gaztañeta firmó primeramente en 1713 un asiento privado con Manuel López Pintado para la construcción en La Habana de diez navíos y ese mismo año, en junio, se aprobó un proyecto para elegir a La Habana como el astillero por excelencia de América. El extenso informe, de unos 100 folios por una cara, sopesaba con detenimiento los diferentes astilleros americanos, sus ventajas e inconvenientes, así como el panorama general de la armada española y sus objetivos en la nueva lucha que se presentaba»[18].

El plan de Tinajero no pudo llevarse a efecto, pues el cerco de Barcelona exigió la concentración de todos los esfuerzos, y Jean Orry vetó su realización, al dar preferencia a la adquisición de buques[19]. Sin embargo, a la postre se cumplió, pues La Habana fue el astillero americano verdaderamente activo y se convertiría en el centro de construcción naval de la proyectada renovación de la Armada. La caída de Tinajero en 1714, siendo el primer titular de la Secretaría de Marina e Indias, y la ascensión de Alberoni, marcan un giro de la política española hacia el Mediterráneo; tras del destierro del italiano en 1718, José Patiño, intendente de Marina desde 1717, continuó el plan de Tinajero y el astillero cubano se puso a la cabeza de la construcción de navíos, pues por la Real Orden de 31 de mayo de 1724 se emprenderían obras de envergadura en el carenero que ya existía en el puerto de La Habana —algo que la favorecía a costa de Coatzacoalcos, en la bahía de Campeche, donde se había sopesado la posibilidad de ubicar el astillero más importante de la Real Armada en el Nuevo Mundo.

En la trayectoria del astillero de La Habana en el siglo XVIII se han distinguido tres etapas[20]:

• 1717-1736: la de Patiño y Juan de Acosta.

• 1740-1751: la de la Real Compañía de La Habana.

• 1764-1789: la de Carlos III y la Intendencia de Marina.

Los planes de Patiño como intendente de Marina, y, después, como secretario de Marina e Indias, se encaminaron a una reorganización total de la Armada con la construcción naval como aliciente; en 1732 dividió las costas españolas en tres departamentos marítimos, con su cabecera en Cartagena, El Ferrol y Cádiz, y desplazó progresivamente la construcción naval hacia La Habana, en donde se habían producido modificaciones y mejoras (edificación de talleres, construcción de gradas y diques para facilitar la botadura de los navíos). Además, desde las cajas de Nueva España llegaría por orden real el dinero necesario para mantener su actividad.

Entre 1728 y 1737 se construyeron 39 navíos de guerra, de los que 14, todos de más de 60 cañones, fueron fabricados en La Habana, y el primer español de tres puentes, el Real Felipe, fue botado en 1732 en Guarnizo[21].

Compás de puntas

Estamos en el despegue de un amplio programa de construcción naval que haría de La Habana su principal centro, función que se había iniciado con la labor del asentista Manuel López Pintado, pero la conjunción entre el plan de gestión naval y los conocimientos técnicos se produjo con Juan de Acosta, el gran animador del astillero cubano durante un cuarto de siglo[22]. En La Habana desde 1717, alférez de la Compañía de Gente de Mar, capitán de la Maestranza del Arsenal desde 1722, supervisor de la construcción de los navíos San Juan y San Lorenzo en 1724 y 1725, Acosta firmaba en 1731 un asiento por el que se comprometía a construir cuatro navíos —uno por año— de 74 cañones; para ello dependería del gobernador de la isla en lo referente al dinero y del comisario de Marina para la provisión de materiales y control del gasto. Por entonces, el comisario era Lorenzo Montalvo, un joven con el que Acosta tuvo frecuentes discrepancias; nombrado intendente más tarde, Montalvo estaría al frente de una de las etapas más prósperas del astillero cubano. La labor constructora de Acosta continuó después de cumplir con las condiciones del asiento, y entre 1724 y 1740, bajo su dirección, se construyeron 23 buques.

Pero los tres años que van desde la muerte de Patiño, en 1736, hasta una nueva guerra con Inglaterra, iniciada en 1739[23], conocida como la de la Oreja de Jenkis, que enlazó con la de Sucesión Austriaca —hechos a los que ya nos hemos referido—, suponen una ralentización de la actividad constructora, pues si bien el nombramiento en 1741 de José del Campillo —que había sido comisario de Marina en La Habana— como sucesor de Patiño al frente de las Secretarías de Hacienda, Guerra y Marina e Indias, pudo suponer la vuelta a las anteriores directrices, aunque hubo que desviar mucho dinero para las necesidades bélicas y el mismo Campillo murió prematuramente en 1743. Además, se produjo un giro en la situación del astillero cubano, ya que a fines de 1740 se había creado la Real Compañía de Comercio de La Habana, que, por Real Cédula de 4 de junio del año siguiente, asumía por una década —dirigida por Martín de Aróstegui— la responsabilidad de construir tres o cuatro bajeles por año a cambio del monopolio del tabaco, que disfrutaría en previsión de pérdidas iniciales[24]. En 1751, la Compañía se deshacía del asiento, pero para entonces ya habían sido botados 13 navíos, dos de los cuales eran los primeros armados con 80 cañones, el San Alejandro y el San Pedro (que llegaría a estar más de cincuenta años en servicio).

En 1748 se suprimió la escuadra de Barlovento y el apostadero de Veracruz fue trasladado a La Habana, de manera que a su astillero se sumará la responsabilidad de la defensa naval caribeña[25], pero de 1752 a 1764 la ciudad pasa por una clara crisis constructora: sólo se botan 5 buques, mientras Ferrol fletaba 27[26].

En 1764, Carlos III creaba en La Habana la Intendencia de Marina, única en América, y ordenó que las dos tesorerías que funcionaban en la isla —una para la construcción naval y otra para el mantenimiento de los navíos— operaran al unísono, lo que supuso una clara mejoría en la utilización de los recursos, que el intendente supo manejar con eficacia28[27], de manera que entre 1765 y 1789, la construcción reverdece y salen 19 navíos, de los que 5 estaban artillados con más de 100 cañones, entre ellos el ampliamente recordado Santísima Trinidad. Además, se botaron 15 fragatas y otras embarcaciones menores, hasta un total de 62 naves: una sustantiva aportación al rearme naval español, que por esos años colocaba a su Armada en segundo lugar en el mundo. El astillero de La Habana vive su mejor momento en las décadas de 1770 y 1780, pero a mediados de esta última se produce un giro de la situación, al escasear los fondos que se destinan a incentivar la economía peninsular española, en perjuicio de las cantidades que antes llegaban a La Habana[28]. Además, el enfrentamiento con Inglaterra —ayuda a la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica y fracaso ante Gibraltar[29]— iba a derivar hacia escenarios más europeos, sobre todo en los años finales del siglo XVIII y los iniciales del XIX.

Pero la fisonomía urbana de La Habana sigue conservando el brillante aspecto que ha ido adquiriendo a lo largo del siglo. Precisamente, en 1789 y 1790, relacionada con la división de la diócesis de Cuba, se convierte en catedral la Iglesia Mayor de La Habana, nueva sede obispal, mientras Santiago de Cuba conserva su condición mitral. Y el 15 de enero de 1796 llegan a La Habana los restos de Cristóbal Colón, su penúltimo viaje, si consideramos auténticos los que se guardan en la catedral de Sevilla.

 (*) Este trabajo forma parte del Proyecto de Investigación HAR2009-11830 titulado «El ejército de la Ilustración: Novedades orgánicas, tácticas y logísticas», financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación.

(**) Enrique Martínez Ruiz (16 de noviembre de 1943) es un historiador español, autoridad en historia militar e historia de las instituciones. Fue catedrático de Historia Moderna en la Universidad Complutense de Madrid.

Tomado de Academia.edu


[1] Para la historia de la isla, v. t. Valdés (1964) y Kuethe (1986).

[2] (Goodman, 2001: 22).

[3] Denominaciones que estaban ya en Arrate (1954).

[4] (Torres Ramírez, 1981: 27).

[5](García del Pino, 2000: 157-182).

[6] (Rodríguez Martín, 2003: 513-526). (Weiss, 1996). (Pérez-Beato, 1936).

[7] No nos detendremos en el relato de la guerra, que tuvo su acontecimiento más resonante en América en el fracasado ataque inglés a Cartagena de Indias. Una exposición del conflicto muy gráfica, en Blanco (2001: 139 y ss).

[8]Para las presas marítimas realizadas estos años, Otero (1999).

[9] Tampoco pormenorizaremos en el origen, desarrollo y desenlace de esta guerra. Un buen relato de su gestación y hechos militares, en Blanco (2004: 37 y ss).

[10] Parece que Antonelli, mirando la ciudad desde la loma de la Cabaña, exclamó: «La Habana será de quien domina este punto»; sin embargo, se tardaría mucho tiempo en fortificar el lugar, de lo que se aprovecharon los ingleses.

[11] (Ramos-Kuethe, 2011).

[12] (Calleja Leal y O’Donnell, 1999).

[13] Para una aproximación al contexto internacional, v. Juan y Martínez (2001) y Martínez (1987). También en Black y Woodfine (1988).

[14] (Ramos Zúñiga, 1993: 49-64).

[15] Más detalles sobre la actividad de los gobernadores militares y de las realizaciones arquitectónicas civiles, tanto públicas como domésticas, en Rodríguez (2003: 519 y ss.).

[16] Por razones obvias, nos limitaremos a dar unas someras referencias a su trayectoria histórica, que aquí nos interesa más que su producción naval. Para la primera mitad del siglo XVIII, v. Serrano (2008).

[17] (Merino Navarro, 1981: 97).

[18] (Kuethe y Serrano, 2007: 763-776; cita en 766).

[19] Sobre el fracaso del plan de Tinajero, v. Pérez-Mallaina (1982: 405) y Inglis (1985: 47 y ss.).

[20] (Kuethe y Serrano, 2006: 767).

[21] (Manera y Moya, 1981: 415-416).

[22] (Serrano, 2006: 7-31).

[23] Sobre este enfrentamiento con Inglaterra, además de las referencias ya citadas, pueden consultarse Bethencourt (1989: 337-345) y Otero (2004).

[24] Para la Compañía, v. Gárate (1993).

[25] Una visión general del problema caribeño, en Zapatero (1990).

[26] (Manera y Moya, 1981: 416 y ss).

[27] (Kuethe y Serrano, 2006: 201-213).

[28] (Barbier y Klein, 1981: 311-342).

[29] Para estos sucesos, v. t. Thompson (1967), Oltra y Pérez (1987), Beerman (1992) y Alsina (2006: 169-170).