Friday, June 24, 2022

Despedida de Carlos Alberto Montaner

Queridos amigos: esta es una carta pública.

 

Durante más de 10 años, dos veces a la semana, fueron reflejándose los acontecimientos más actuales de la realidad. 

 

Unas veces esos hechos fueron examinados con apasionado rigor, otras con cierto distanciamiento, pero en todas las instancias prevaleció la verdad, mi verdad, sin que mediara otro interés u otra intención. 

 

Jamás he sentido la intromisión de un director de programación o de nadie. He dicho todo lo que he querido decir. 

 

Entonces, ¿Por qué interrumpo mi propio espacio radial? Sencillo. Por problemas de salud. Tengo Parkinson. Hasta ahora es una enfermedad sin curación.

 

Cuando era joven creía que la enfermedad sólo se manifestaba como movimientos involuntarios, pero eso es sólo una parte. Hay problemas que se agregan del habla y de la locomoción que se incrementan. Por ahora, el Parkinson me ha permitido escribir. Espero que se conserve. 

 

Existe una medicina hace varias décadas que mantiene el organismo funcionando, pero todavía no hay curación, aunque los israelíes están trabajando en ella y parece que la respuesta definitiva será por las células-madre.

 

En fin, les ruego a mis oyentes que perdonen y excusen cualquier exceso de mi parte. Un gran abrazo,

 

Carlos Alberto Montaner



Wednesday, June 22, 2022

"El totalitarismo se alimenta de lo peor de nosotros mismos"

 Por Claudia González Marrero


Enrique Del Risco Arrocha (La Habana, 1967) es uno de esos escritores que te muestra con humor lo que deberías considerar lamento, no sin antes invitarte a reflexiones a veces incómodas.

Su experiencia como historiador le ha permitido revisitar, o rescatar, el pasado de la Isla en Leve historia de Cuba (con Francisco García González, 2007). Como doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de New York (NYU), donde es profesor actualmente, ha trabajado los vínculos entre la literatura y el poder, en obras como Los que van a escribir te saludan (2021).

Sin embargo, la primera condición de Enrique, se podría decir, es la de cubano. Aunque sale de Cuba en 1995 y, tras un breve periplo en España, se asienta en New Jersey desde 1997, la mayor parte de su obra, que abarca cuento, novela, ensayo, memorias, antologías, reflexiona sobre una Cuba de la que es parte importante; sobre todo si pensamos en una intelectualidad nacional allende fronteras.

La escritura de Enrique marca siempre una pauta a analizar, entre lo institucional y lo individual, entre la dominación y lo humano, entre lo público y lo privado. En Nuestra hambre en La Habana (2022) Enrique vuelve a ubicarse en este balance, esta vez desde una perspectiva quizás inédita para muchos, pero desgarradoramente familiar para cualquier cubano que haya vivido la década de los 90 en Cuba.




Enrique, tu más reciente libro, Nuestra hambre en La Habana, es uno de los productos más esmerados que ha dado la narrativa testimonial respecto a la memoria de crisis alimentaria en nuestro país. No ubicas tu relato únicamente en la falta de comida, sino que repasas cada carencia tras la caída del campo socialista y las contrastas desde la perspectiva de un hombre joven, recién graduado, entusiasta de la cultura. Pero también das la sensación de retratar un sentimiento colectivo, de replicarte en las vivencias de tus congéneres. ¿Cuánto hay en esta obra de experiencia personal y cuánto de imaginario popular? ¿Cómo fue su proceso de redacción?

Nuestra hambre en La Habana es estrictamente una obra de no ficción. Allí, como dices, relato mi experiencia personal como recién graduado empeñado en llevar una vida normal y hasta feliz en la medida de lo posible en medio de aquella crisis espantosa que fue paralizando el país. Si entra el imaginario popular en forma de chistes y rumores es porque creo que aquellos chistes y aquellos rumores captan el espíritu de la época de una manera que yo no lo podría hacer, pero tengo el cuidado siempre de deslindar lo que experimentaba yo de primera mano de lo que me llegaba por diferentes vías.

Nuestra hambre… empezó por un artículo que me pidieron sobre la precariedad en Cuba y en cuanto terminé de escribirlo ya sabía que allí había material para un libro.

Fue un libro relativamente fácil de construir a partir de dos líneas narrativas. De un lado mi experiencia personal como historiador del cementerio de La Habana, como profesor en una escuela totalmente disfuncional y como museólogo en un museo olvidado en la Habana Vieja. Esa línea tenía un sentido cronológico, ordenado. La otra línea narrativa es la del país: cómo se fue gestando la debacle y cómo a través de los años nos habían preparado para soportarla obedientemente, y los diferentes aspectos en que afectó nuestra vida colectiva y nuestra percepción del régimen. Porque el hambre es apenas una sinécdoque de unas carencias bastante más profundas.

Durante toda la narración de Nuestra hambre… registras todo tipo de carencias y privaciones, materiales y simbólicas, a las que el cubano ha debido “rendirse” o resistir. ¿Cuáles son las significantes y los límites de esa hambre de la Cuba que viviste?

El hambre es eso que te decía antes: una sinécdoque del sistema que la engendra, de las carencias materiales, pero también de las espirituales y la más decisiva y tangible es la falta de libertad.

El hambre es un subproducto del monopolio del Estado sobre los medios de producción y de su tremendísima ineficiencia. Y, al mismo tiempo, es parte del sistema represivo, de una eficiencia increíble, sobre todo si se compara con la ineptitud del sistema productivo.

El régimen primero llevó a casi toda la sociedad a vivir en nivel de supervivencia pura y a eso se le llamó “igualdad”, “austeridad”, “sacrificios por un futuro mejor”. Luego, al que se portaba muy bien, o sea, el que contribuía activamente al sistema, se le premiaba con algunos privilegios y al que se portaba mal, sin siquiera ser abiertamente opositor, se le marginaba sin que pudiera siquiera buscarse la vida por sí mismo, pues el Estado se convirtió virtualmente en el único empleador del país.

En el campo, donde a los campesinos no se les podía amenazar con el hambre pues se bastaban a sí mismos para alimentarse, se les negaba el acceso a servicios como la electricidad y el agua corriente para, por ejemplo, obligarlos a integrarse a las cooperativas. O sea, para someterse al control del Estado. Y no hablo de los 90. Eso ocurría ya en lo que le llamo el período clásico de la Revolución, allá por los 70. En los años del I Congreso del Partido Comunista y la adopción de la Constitución socialista.

Recomiendo leer una suerte de diario que Juan Abreu escribió por aquellos días y que luego publicó con el título de A la sombra del mar. Impresionante.

Durante los 90 fueron tantos los productos contrahechos que el Estado impuso como alternativa a la escasez, que aún hoy conviven en el imaginario cubano, allí donde se encuentre, alimentos tabúes en forma de “comidas de pobres”. ¿Puedes hablarnos de algunos de estos alimentos, antes parte de la cocina cubana y luego relegados por el rechazo a esos tiempos? ¿Cómo los renegociaste fuera de Cuba? ¿Crees que Cuba, como territorio físico, ha perdido sus referencias culinarias, de lo que significan diferentes alimentos, sus formas de elaborarlos, los rituales alrededor de la comida?

El hambre es innegociable. Al menos el hambre de los 90. Los 80, esos a los que ahora se les ve con una aureola de abundancia, fueron mi época de las comidas de pobre: arroz, chícharo, huevos y no he renunciado a ninguno de ellos.

Los 90 fueron una caída a un nivel más bajo aun: el picadillo de cáscara de plátano, el bistec de cascos de toronja, un pescado inmundo llamado chicharro, la llamada pasta de oca y el siempre socorrido vaso de agua con azúcar. Confieso que desde entonces no he sentido ninguna necesidad de regresar a ellos. ¿Quién lo haría, a menos que fuera un masoquista irredento?



Por otro lado, de niño tuve mucha suerte, pues mi abuela, hija de canarios, se desvelaba por mantener la mayor cantidad de referencias culinarias posibles: su arroz con pollo y sus moros con cristianos, sus platos preferidos de los domingos, eran sublimes. O aquellas ocasiones excepcionales en que aparecían unos cangrejos y toda la familia se ponía en función de preparar una harina con cangrejos, un plato explosivo que comíamos en el patio para evitar que al romper las muelas de cangrejo a golpes de maza la harina saltara por todo el comedor.

Entre semana mi abuela se encargaba de regalarnos con platos como sopa de plátano, de ajo, de quimbombó, escabeches de pescado, bacalao a las vizcaína, pollo con papas, fricasé de guanajo. Cuando no, pedía que le dieran falda en la carnicería en lugar de bistec, la salaba, la colgaba en la cocina y al mes estábamos comiendo tasajo, esa comida de piratas y esclavos que a mí me encanta.

Ella era una verdadera conspiradora contra la monotonía culinaria del castrismo. El único día que no cocinaba era el de las Madres, cuando comprábamos una paella de mariscos que vendía exclusivamente ese día la cafetería de mi barrio, El Becerra.

Luego estaba mi abuela paterna, la camagüeyana, de platos más simples, pero con la enjundia guajira de lo que cultivas y crías en el patio de su casa. Uno de los platos que mejor recuerdo por su rareza en el contexto cubano era el llamado queso de puerco, que se elaboraba con todo lo de aprovechable que tenía la cabeza del puerco, sesos incluidos. Se hervía, luego se prensaba y se convertía en una especie de carne fría con forma de queso.

También dominaba un repertorio de repostería impresionante: desde las yemitas y las cremitas de leche hasta el llamado pan patato a base de diferentes viandas. Pero eso era un privilegio que no creo que abundara entre los cubanos en esos tiempos.

Encima, con la cruzada antirreligiosa se barrió con un calendario de festividades y tradiciones siempre asociados a algún tipo de comida. Casi todos los viví vicariamente a través de los cuentos de mi abuela materna que, viniendo de una familia muy pobre y siendo ella misma razonablemente fidelista —si es que eso existe—, no cesaba de contarme: me refiero a esos festines que a mí se me antojaban infinitos que uno se podía dar por unos cuantos centavos en una fonda china o en el famoso Mercado Único.

O un “pan polaco” del que no cesaba de hablar y que supongo venía de alguna tradición judía. A muchos niños de mi generación ni los cuentos les llegaban y en los malhadados 90 había niños que crecían sin saber lo que era un sándwich o desconociendo el humildísimo gofio de harina tostada con que se mataban el hambre nuestros ancestros.

Comentas que en los 90 era recurrente la evasión a nombrar a Fidel, pero que esta no respondía a miedo sino a hastío, porque: “La conciencia colectiva de la nación concluyó que aquel nombre había sido mencionado demasiadas veces para añadir una más”. También relatas varias frases populares que nombraban productos barrocos como los “perros calientes sin tripa” o mecanismos de distribución normada como “los cosmonautas”, para los huevos que desaparecían en cuenta regresiva. Este lenguaje críptico pervive hoy día en otras variantes ¿Cómo interpretas estas expresiones? ¿Crees que pueden incluir un trasfondo político?

Quiero hacer una distinción. De un lado estaba la imaginación popular y del otro la imaginación estatal, que no se quedaba a la zaga y fue la que engendró denominaciones tales como “picadillo de soya”, “pasta de oca”, “picadillo texturizado”, “picadillo enriquecido”, “perro sin tripa”, “fricandel”, el “cerelac” y la más imaginativa de todas que fue llamarle “Período Especial en Tiempos de Paz” a lo que no era otra cosa que una crisis terrible. Compárese eso con “la Gran Depresión”, que da una idea más clara de lo ocurrido en los 30 en medio mundo.

El pueblo se defendía como podía, se resistía a ese bombardeo semántico con sus propias invenciones dando testimonio, a pesar de no rebelarse abiertamente, de su descontento, su inteligencia, su vitalidad. Y claro que tenían un trasfondo político, aunque fuera porque un sistema totalitario tiene la virtud de politizarlo todo y en medio de la imbecilización colectiva cualquier muestra de inteligencia es directa o indirectamente un acto de resistencia.

Hay un chiste que no incluyo en el libro y que acabo de recordar. Cuando la neuritis óptica se hizo epidémica y empezó a provocar ceguera en la gente, el Gobierno —sin aludir directamente al problema, porque a la hora de referirse a los desastres cubanos el Gobierno es más discreto que Sherezada—, empezó a repartir unas pastillitas amarillas de complejo vitamínico B. La gente bautizó a las pastillas como “la caperucita Roja” porque eran “para verte mejor”. Pues Daniel Díaz Torres, el director de cine, me contó que a Carlos Lage se le ocurrió hacerle el chiste a Quientusabes porque le habrá parecido inocuo, supongo, y el asunto fue que por mucho que se lo explicó Quientusabes nunca entendió el chiste y Lage, amoscado, desistió de explicárselo. No me consta si la anécdota es real o inventada, pero ahí tienes un buen resumen de las relaciones entre el humor popular y el poder.


En esta misma idea, ¿cuánto crees que ha estremecido el humor, en forma de lenguaje o de memes, al monolito de la narrativa institucional cubana? ¿Algunas diferencias sustanciales entre los 90 y 2000?

El humor no puede derrocar un poder que se asienta por la fuerza, no debe pedírsele tanto, pero puede erosionar el discurso del poder, hacerlo cada vez más ridículo, menos convincente. De ahí que el discurso del poder en la actualidad se haya vuelto cada vez más cínico porque luego de tanta burla no se cree ni a sí mismo. Y, una vez que el ejercicio del poder se vuelve más descarnado, al menos se va quebrando esa intimidad entre opresores y oprimidos que hace del totalitarismo un sistema tan perversamente eficaz. Pero el humor no solo ha cambiado la relación con el poder. La misma oposición se ha vuelto más desenfadada, menos hierática.

Afirmas que, en su precariedad, a los cubanos se les ha escamoteado incluso la posibilidad de denunciar el hambre frente a mayores hambrunas de la Historia: “Nuestra hambre era un hambre con baja autoestima. Lo sigue siendo. Todavía mucha gente no se atreve a llamarla por su nombre”. Ante hambrunas históricas como la del Holocausto “[…] debemos retroceder, humildes, reconociendo que nuestra hambreada condición no llegaba a esos extremos”. Como intelectual crítico al régimen cubano dentro de la academia estadounidense seguramente has debido tener encuentros con personas que desde sus posiciones “ajenas” han relativizado o “romantizado” las experiencias que relatas en tus memorias. ¿Puedes contarnos alguna anécdota y la reacción habitual del Enrique crítico, humorista e historiador a estas circunstancias?

La primera persona que me encontré en mi primer día en una universidad estadounidense, un estudiante graduado igual que yo en esos momentos, me preguntó si era “cubano o gusano” y mi respuesta no fue amable ni ingeniosa sino lo suficientemente disuasoria como para que no insistiera en esa vía.

Desde entonces me propuse no entrar en debates sobre la cuestión cubana. Lo que hay en Cuba es una tiranía insoportable y eso es tan poco debatible como mi condición humana y la del resto de los cubanos. Tan poco debatible como lo era la injusticia de la esclavitud en el siglo XIX si se me permite la comparación.

En cualquier intento de debate le preguntaba a mi interlocutor cuánto tiempo había vivido en Cuba y la respuesta en el mejor de los casos era dos semanas, a continuación le decía que yo había vivido en Cuba veintiocho años: si en dos semanas pretendía saber más sobre mi país que yo en veintiocho años me estaba diciendo estúpido y no aceptaba discutir con gente que me insultara. Luego parece que la voz se fue corriendo entre los colegas y desde hace mucho ninguno viene a tratar de convencerme de que aquello es ni siquiera regular.

No obstante, el libro está dedicado a una colega mía, boricua por más señas, quien me dijo que estaba planificando un número sobre la precariedad para la revista del departamento y que pensaba que no podía hablar del asunto sin mencionar el caso cubano. Luego, el artículo resultante se convirtió en el primer capítulo del libro.

No ando por ahí predicando el evangelio de la maldad castrista, pero si me preguntan y los veo genuinamente interesados, respondo. Desde el inicio, para evitarles a la gente de otras nacionalidades la tentación de asumirme tranquilamente dentro de su sistema de expectativas, me presento diciendo: “Soy cubano, pero nadie es perfecto”. Y entienden.

En Nuestra hambre… abordas un tema para mí esencial cuando hablamos de teoría totalitaria según Hannah Arendt: “Cuando la indigencia resulta lo bastante abrumadora como para aplastar el instinto de resistencia, se está a las puertas del sometimiento absoluto. […] Es rara la vez que el hambre haya incitado al desacato, la sublevación. Sobre todo cuando el hambre se convierte en sistema, y la supervivencia, en el objetivo esencial de los sometidos”. Incluso sin llegar a esa hambre física que describes, en Geopolítica del hambre, Josué de Castro afirma: “El comer siempre lo mismo explica la pérdida de ambición, falta de iniciativa, tristeza de las poblaciones en situación de sociosegregación alimentaria”. ¿Qué conclusión saca el Enrique protagonista de tu texto? ¿Ha sido el hambre en Cuba un mecanismo premeditado de dominación, finalidad o efecto?

Primero, debo decir que no creo que el hambre en los sistemas comunistas sea premeditada. Más bien es una consecuencia lógica de privar a la gente concreta de sus medios de producción y entregárselos al Estado que, además de torpe y chapucero, tiene menos interés en producir comida que en conservarse a sí mismo como sistema.

Una vez producida el hambre de manera más o menos “natural”, el Estado sí la sabe aprovechar muy bien para manipular con ella a la gente. La mejor muestra de ello es que, ante las situaciones límites, sus soluciones temporales consisten casi siempre en conceder un poquito de libertad económica para luego quitarla en cuanto la situación mejora. No es nada nuevo. De ese tipo de control ya sabían los incas cuando prohibían a sus súbditos crear recetas nuevas para que pudiera alcanzar la cantidad estricta de alimentos que le asignaban a cada comunidad.

Pero las tácticas de la escasez no solo se ejercen contra la población interna. Además, esa población hambreada es usada como rehén para conseguir tanto concesiones políticas de los gobiernos extranjeros como remesas y mansedumbre en general por parte de la emigración.

Al relatar los pasajes de la crisis de los balseros afirmas: “Ante tal panorama, si algo hacía que mereciera la pena arriesgarse, si algo podía cambiar al menos el destino individual, era escapar de allí, un propósito al que se han consagrado generaciones de cubanos cuando todavía están en edad de soñar, de ejercer su esperanza”. Hoy día vemos una migración tan persistente y diría con mayor masividad que la de los 90. Como joven intelectual que logró sus aspiraciones en el exilio, ¿cómo asumes la emigración en tu generación y ahora?

Al margen de que hay gente que prácticamente nace con el impulso de irse de Cuba, lo normal es que la emigración sea el plan B en la vida de cualquier persona. Yo mismo no me planteé irme hasta los 90, ya graduado de la universidad. De otra manera no hubiera estudiado Historia de Cuba y en lugar de eso habría estudiado Inglés u otra carrera con más visión de futuro. Pero cuando decidí irme, cuando descubrí que no tenía posibilidades de llevar una vida decente y que me cerraban todas las vías para hacer algo que me permitiera trabajar por mi propio país, ayudarlo de cualquier manera a sacarlo de la situación en que estaba, ya se había convertido en el plan A de buena parte de mi generación. La gente no daba explicaciones de por qué se iba, sino de por qué se quedaba.


Que treinta años después se repita la misma situación para las nuevas generaciones es una denuncia contra los que siguen dirigiendo el país de manera tan desastrosa. Y así se sigue privando al país de la gente más creativa y emprendedora de cada generación.

En cuanto a mí, si de algún éxito me siento orgulloso es de no haber dejado de hacer lo que me gusta y en lo que creo, con plena libertad. Y de haber creado un entorno de gente querida —empezando por mi familia— en el que sentirme a salvo del chantaje de la nostalgia.

En el libro relatas el descalabro de todas las normas establecidas debido a la crisis: el robo, los asaltos a los autobuses por divertimento, la falta de solidaridad. Con estas normas me refiero, según Hannah Arendt, a las reglas de comportamiento que frente a una crisis de estas dimensiones revela un colapso del sentido común, porque no se tienen a disposición otras categorías morales independientes de la experiencia autoritaria. Sin embargo, tu relato personal nos recuerda que algo que se debe defender a toda costa es la facultad personal del juicio. ¿Cuánto crees que las carencias prolongadas en el tiempo, las ramificaciones de esa hambre en sentido general, han calado en el patrimonio, en la memoria y en la identidad nacional? ¿Cómo resguardar el juicio y la ética personal ante la precariedad extendida por generaciones?

Las carencias han calado muchísimo tanto a nivel material como espiritual: en la pérdida de tradiciones, de formas de convivencia, de la belleza elemental que se necesita para una vida digna pero también, y sobre todo, nos ha desacostumbrado a vivir en libertad, ha instalado una desconfianza y una mezquindad adicional en las relaciones entre los cubanos, la pérdida de un mínimo de cortesía que hace la vida más agradable.

Al salir de Cuba me sorprendía que los desconocidos me saludaran al cruzarse conmigo en la escalera o en la calle. O para poner otro ejemplo cotidiano: en Cuba, cuando pasaban con una bandeja —en las extrañas situaciones en que eso sucedía—, agarrabas con cuantas galletas o pasteles te cabían en las manos o si era algún refresco observabas con cuidado antes de agarrar el vaso que tuviera algo más de líquido que los demás.

El famoso hombre nuevo del Che Guevara resultó ser un chivato tremendamente miserable, alguien que le sirve a la perfección al Estado para mantenerse, pero de quien nadie quiere ser amigo.

Por otro lado, la socialidad caribeña, como he podido comprobar en República Dominicana, Puerto Rico o en el Caribe colombiano, es de una suavidad, largueza y espontaneidad envidiables; pero el castrismo ha hecho de los cubanos unos seres ásperos, mezquinos y recelosos. Curarnos de eso será arduo y laborioso, y debiéramos empezar desde ahora, donde quiera que estemos. Pero eso es lo que produce el totalitarismo por donde quiera que pasa.

Lo asombroso —y eso quiero destacarlo— es la cantidad de gente joven decente y magnífica que sigue saliendo de Cuba pese a todo. El tipo de cosas que te devuelven la confianza en el ser humano.

Junto a la cuestión de la emigración creo que también nos hemos preguntado alguna vez por la sociedad que queda en la Isla, sus formas de resistir, subvertir, y las consecuencias cada vez más aterradoras que estamos viendo luego del 11J. En tu libro afirmas: “Nada hacía más temible a ese entramado de vigilancia e intimidación que el hecho de que estuviera compuesto por gente. Cientos de miles. No robots a los que en algún momento se les puede desconectar o reprogramar, sino seres cuya capacidad operacional se multiplicaba ante el temor de que un cambio de régimen les hiciera perder sus privilegios. O desatara el rencor de sus víctimas. Digo “víctima” y ya me arrepiento. Si algo le cuesta producir a un régimen como el cubano (aparte de bienes de consumo), son víctimas puras (…) Resulta muy difícil apelar a la solidaridad entre víctimas cuando todos han sido un poco verdugos”. Entonces, ¿cómo podemos llamarnos, banalidad del mal o resistencia, víctimas o victimarios? ¿Cómo te imaginas un proceso de reconciliación nacional post-régimen?

En la sociedad moderna, ante la pérdida de sistemas tradicionales que cohesionan la sociedad y le dan sentido como la religión, las estructuras familiares, etc., la ideología totalitaria es una tentación que no se debe despreciar. Lo vemos ahora mismo con los populismos de derecha o la ideología woke, de vocación totalitaria evidente. Luego está ese magnífico mecanismo de dominación que mezcla la esperanza, la envidia, la mezquindad y la violencia para crear un círculo vicioso en que casi todo el mundo es a la vez víctima y verdugo de otros.

El mecanismo lo describe muy bien Lino Novás Calvo en un cuento de 1932, "Aquella noche salieron los muertos":

Los celosos hablaban entonces en nombre de los esclavos y volvían a ser esclavos ellos mismos. Después si seguían eran ajusticiados y sus huesos se juntaban en aquella tierra con los de los otros. Otros esclavos pasaban entonces a su lugar, escogidos por Amiana o sus manfucas, por valientes o delatores. Estos eran los rebeldes de abajo, contra los de abajo. Al subir se cruzaban con los que bajaban. Esto sostenía a Amiana y le dio humos. Comenzó a sentir gusto en perseguir, como si se rascara un salpullido por dentro o se apretara un forúnculo. […] Las gentes de Amiana querían hacerse méritos con él y por eso inventaban complots y descubrían rebeldes donde no los había. Pero luego lo eran. Amiana los mandaba a los barracones y entonces se hacían resentidos y hablaban en nombre de los esclavos. Estos veían entonces la ocasión de dejar de serlo y delataban a los que venían de arriba, y así estos pasaban entonces al cementerio.

El totalitarismo se alimenta de lo peor de nosotros mismos. La mejor manera de contrarrestarlo es ser lo mejor que podamos, pero sobre todo lo más generosos que podamos. Pero no hay que esperar a que se caiga el régimen, si es que alguna vez lo hace. Debemos empezar ahora mismo.

Tu libro pareciera una radiografía del malestar general de los años 90, pero también un inventario de cada aspecto o ejercicio en el que se ocupaban los cubanos como tú para resistir el infortunio. Si tuvieras que narrar el presente, signado por títulos tan abstractos como el del Período Especial en Tiempos de Paz, Coyuntura, Continuidad, que elementos crees deberías añadirle o sustraerle a tu texto original. En resumen, ¿cuánto dista la Cuba de tus memorias de la actual?

Decía el filósofo Richard Rorty —y yo no me canso de repetirlo— que aceptar el vocabulario heredado “es aceptar a otro la descripción de uno mismo, ejecutar un programa previamente preparado, escribir a lo máximo variaciones de poemas previamente escritos”.

Por eso al inicio del libro propongo un cambio de vocabulario y empiezo por llamarle a la crisis de los 90 por su nombre real: Hambre. A las sucesivas crisis desde entonces las llamaría Hambre 2, Hambre 3. Porque en lo esencial el sistema no ha cambiado de naturaleza: las causas de las crisis son las mismas y los resultados son idénticos. Si algo ha cambiado es la gente: ahora es más descreída, mejor informada y, si acaso, más cínica. Excepto un grupo de gente increíblemente valiente, esperanzada y empeñada en cambiar el país, el resto tiene claro que lo mejor que puede hacer con sus vidas es prepararse para marcharse en cuanto puedan.

Siento que la brecha que existe entre la Cuba de principios de los 60 y la de los 80 es mayor que la que existe entre la de los 90 y la de ahora, aunque haya transcurrido más tiempo. Los 90 fueron un momento clave para lo que vino después. En ese momento comenzaron los fenómenos que ahora son la norma del país como el turismo y el jineterismo masivos, la fundación de la mafia hotelera de Estado, el cuentapropismo y el abandono de toda esperanza creíble de la utopía comunista.

Luego han aparecido fenómenos que no alcancé a ver, que van desde la exportación masiva de personal calificado, la sustitución de profesores por televisores, la introducción del Internet o una circulación más fluida de la gente en ambas direcciones —en mi época la gente raramente usaba el pasaje de vuelta—. También hay un mayor conocimiento desde afuera sobre lo que pasa adentro. Y a juzgar por lo que me cuentan los que salen y la facilidad con que nos comunicamos, el meollo del régimen ha cambiado muy poco desde que me fui. Para decirlo de otro modo: pueden haber ocurrido muchos cambios, pero las razones por las que me fui, siguen intactas.

Claudia González Marrero es Investigadora de Food Monitor Program.

Sunday, June 19, 2022

INVESTIDOS DOS NUEVOS ACADÉMICOS EN LA FLORIDA

El Dr. Daniel I. Pedreira

El 18 de junio tuvo lugar en la ciudad de Miami (FL) el Acto de Investidura de dos nuevos académicos: el Dr. Daniel I. Pedreira y el Lic. Vicente Morín Aguado. La actividad, que tuvo lugar en la Westchester Regional Library del Sistema de Bibliotecas Públicas de Miami-Dade, estuvo organizada por el Capítulo de la Florida de nuestra institución y contó con numeroso público. Fungió como Maestro de Ceremonias el Lic. Luis Leonel León, secretario de dicho capítulo.

El primer investido fue el Dr. Daniel I. Pedreira, autor de PEN Club of Cuban Writers in Exile: Foundation, Struggle and Present, An Instrument of Peace: The Full-Circled Life of Ambassador Guillermo Belt Ramírez y El último constituyente: El desarrollo político de Emilio "Millo" Ochoa. También ha publicado importantes ensayos de carácter histórico en varias compilaciones tales como Resistencia, Homenaje a Ángel Cuadra Landrove, etc. Trabajos suyos han sido editados en destacadas revistas tales como el Anuario Histórico Cubanoamericano, Cuban Affairs Journal, etc. Además, decenas de ensayos y artículos con su firma han aparecido en múltiples medios de prensa y es columnista del Semanario Libre, del cual fue corresponsal en Washington. En la actualidad es Secretario del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio. Su Discurso de Investidura tuvo por título “Juan Remos Rubio y el rescate de un paladín cultural cubano”, con el cual hizo un resumen bio-bibliográfico del destacado escritor y educador cubano en su larga existencia tanto en Cuba como en el Exilio. El Discurso de Respuesta estuvo a cargo de Pedro Corzo, destacado historiador y productor de documentales historiográficos.

El Lic. Vicente Morín Aguado recibiendo su Diploma de Membrecía de manos del Dr. Eduardo Lolo

Luego tuvo lugar la investidura del Lic. Guillermo Morín Aguado, quien se caracteriza por escribir artículos y ensayos de carácter histórico o del presente a manera de registro histórico, fundamentalmente en publicaciones en la red cibernética. Entre ellos cabe destacar. “La violencia y los cambios políticos en Cuba”, “El día en que fabricaron la Revolución Cubana”, “La madrugada de los 71 asesinatos de Raúl Castro Ruz.” “El José Martí que ahora mismo nos acecha.”,etc. Por su labor periodística recibió el Premio anual 2011 de la revista católica Palabra Nueva., Mención del concurso 2014 “Economía Soy Yo”, auspiciado por los portales web Diario de Cuba y Hablemospress, fue asimismo ganador del Premio Reportaje de la editorial Hypermedia 2015. (La Otra Cuba). Además, es colaborador asiduo de las publicaciones del Cuban Studies Institute, reportero regular del Havana Times, y colaborador de otras revistas digitales como Cubaencuentro, Cubanet, CiberCuba, Diario de Cuba, etc. Su Discurso de Investidura tuvo por título “Los americanos en la Isla de Pinos, de cómo se instruyó un ‘caso’ de penetración imperialista.” en el cual detalla la falsificación de la historia de Isla de Pinos por la historiografía totalitaria. El Discurso de Respuesta lo dio el Dr. Eduardo Lolo, autor de varios libros de historia y crítica literaria y compendios bibliográficos y quien es actualmente presidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio. El Dr. Lolo tuvo también a su cargo las conclusiones del acto y la entrega de los correspondientes diplomas de membrecía a los nuevos académicos.

¡Bienvenidos sean los nuevos colegas Pedreira y Morín Aguado!

 

 

Fotos de Circe M. Lolo.

 

Saturday, June 18, 2022

Yesenia Selier: "Entender lo cubano en movimiento"*


[Una entrevista a la miembro de la AHCE Yesenia Selier]

Por Maikel Pons Giralt

Según se describe en su blog personal Yesenia Selier es una artista e investigadora nacida en Cuba. Durante más de 25 años ha estado estudiando, enseñando y realizando danza afrocubana, desde un estilo de enseñanza cálido y dinámico, dirigiendo talleres en los Estados Unidos, Europa y América Latina. Como intérprete de géneros tradicionales, su presencia en el escenario es emocionante, ferozmente hermosa; transmite una autenticidad amorosa. Yesenia ha trabajado junto a artistas como Teresita Fernández, Coco Fusco, Septeto Nacional de Cuba, Jane Bunnett, Wynton Marsalis, Chucho Valdés, Pedrito Martínez, Román Díaz.

Escribió y produjo la obra de teatro “Women Orishas” para el Museo Cubano de Miami (2013); el espectáculo “Cuba en Clave” para el Centro Cultural Cubano de Nueva York (2014); el performance-procesión “Día de Reyes” en el Madison Square Park (2015); el performance “Oshun-Inform” en el Washington Square Park (2016); “Love Vibration”, en el Queens Museum (2017); “Nigra Suns” en el Kennedy Center for the Performing Arts (2018); y “Cachita”, APAP (2019).

Su trabajo sobre la cultura afrocubana, que abarca la danza, la música y la identidad racial, ha sido publicado en Cuba, Estados Unidos, Colombia y Brasil. Yesenia Selier es Máster en Artes y Estudios Latinoamericanos y Caribeños por la Universidad de New York (NYU) y candidata a doctorado en el Departamento de Medios, Cultura y Comunicación de NYU. Actualmente se desempeña como Manager en Religiones Afro-Globales en el Smithsonian National Museum of African Art.

Con ella conversamos…

¿Cómo ha sido vivir fuera de Cuba y también con tu corazón, tu mente y tu cuerpo dentro de Cuba?

Bueno, es interesante que muchas personas cuando viven fuera de su territorio se apegan más a su cultura, a sus costumbres; en lo personal nunca he dejado a un lado mi cubanía. Además, he colocado siempre mi atención, mi interés, mi seguimiento y compromiso como investigadora y artista en representar a Cuba con el objetivo no sólo de compartir la cultura cubana, sino de expandir nuestra audiencia y ampliar el entendimiento que existe sobre lo cubano. Creo que una de las cosas más poderosas que me ha dado también estar fuera de Cuba ha sido entender lo cubano en movimiento, yo creo que eso es parte del trabajo que he estado haciendo.

Por una parte, está mi práctica como bailarina, como maestra de baile centrada en el performance conceptual en torno a los bailes afrocubanos, entonces por ahí definitivamente hay una conversación que siempre va ampliándose en torno a lo que es el movimiento del cuerpo cubano, los archivos que existen en torno a la africanía, al legado cultural africano. También creo que, desde el punto de vista investigativo, me ha interesado muchísimo entender la dinámica de los afrocubanos fuera de Cuba, ha sido el eje central de mi trabajo en los Estados Unidos, lo fue además durante la investigación de una maestría en estudios latinoamericanos que desarrollé en New York University (NYU).

¿En qué año saliste de Cuba?

Salí de Cuba en el año 2004, precisamente a través de un intercambio académico con Hunter College, ese programa para estudiosos del Caribe fue la razón que me trajo acá a los Estados Unidos. Tenía en ese momento una relación sentimental con una persona cubanoamericana, pues nos casamos y durante un tiempo considerable estuve trabajando como artista, como maestra de danza y ejecutiva de las artes en diferentes organizaciones en New Jersey y en New York.

¿Y cómo accedes a los estudios de maestría que mencionas, qué tema investigaste?

Apliqué a una beca en NYU, afortunadamente la recibí y pude dedicarme a realizar mi maestría. Para mí fue un momento transformador muy importante porque hasta entonces mi trabajo de investigación en Cuba se puede decir que estaba ubicado en el área de la piscología social, mirando a las interacciones de raza, con prácticas culturales de tipo religiosas, y musicales, como el hip hop.

Resulta que cuando comencé mi maestría (2010) ya llevaba seis años en Estados Unidos, estaba enseñando y de alguna manera experimentaba una cierta saturación en torno a los estudios cubanos sobre raza. En mi apreciación en esos estudios se hacía mucho énfasis en el aspecto cuantitativo, en la dimensión política, por lo cual necesité pensar en una búsqueda diferente respecto a lo racial dentro de nuestra historia cultural, sin abandonar la mirada a la dimensión política, que es central en mi trabajo.

Fue ahí que me decidí a incorporar parte de mi práctica artística, me cuestionaba por qué no utilizar esa experiencia e interacciones con una amplia comunidad de estudiantes y de artistas en los Estados Unidos, para desarrollar otro tipo de intervenciones. En lo que creo que, también, era una búsqueda de mi propia identidad académica, me decidí a investigar cómo el baile cubano se convirtió en un fenómeno transnacional. Me interesaba conocer cómo el baile cubano se reveló en algo reconocible internacionalmente, y además cómo empezó a participar de las industrias culturales fuera de Cuba. Fue un trabajo en cierto modo anticanónico, pero me ayudó de alguna manera a identificar mi especialidad, hoy me satisface decir que soy una etnógrafa del baile.

El estudio me ayudó a desarrollar mi propia metodología observando el momento de bailar, tan común pero tan íntimo, como un texto que nos informa sobre la historia, la identidad, la política y las transformaciones sociales.

¿Esa nueva perspectiva de la Yesenia investigadora, tenía más que ver con Yesenia la mujer negra, activista y preocupada por la problemática racial en Cuba?

¡Totalmente! Aunque valoro que esas facetas que describes siempre han estado arraigadas a mi identidad, de alguna forma encontraron un espacio en ideas que derivaron en investigaciones concretas, publicaciones, que para mi alegría sirven aún de referencia para muchas personas […]

¿Por ahí también va tu tesis de doctorado? ¿En qué universidad y programa la desarrollas?

Fui aceptada en el programa de doctorado Media, Culture and Communication de la misma NYU. La tesis doctoral viene a responder preguntas que quedaron de esa primera investigación. Específicamente intento entender cómo se desarrolla el lenguaje comercial que empieza a convenir qué cosa es lo negro pero sin ser lo negro; de dónde sale este lenguaje, esta serie de convenciones a nivel de performance…

¿Que no necesariamente salen de personas negras?

¡Exactamente! Lo curioso de esto es que no son los productores culturales negros quienes crean este lenguaje en medios de comunicación como el cine, ellos están en diálogo con las comunidades culturales endógenas. Entonces se manifiesta esta otra producción, esta especie de falsificación de lo negro que se presenta y que a veces se convierte en más verdadero que lo verdadero. Y esto no solo ocurre en Estados Unidos y en Cuba, sino en otros países de América Latina como México, donde se produjo la industria cinematográfica más importante del mundo hispano. En este país se creó toda una metodología que les permitió servir a los mercados locales importando artistas. A partir de la conexión entre los mercados locales y las industrias del entretenimiento se obtenía información de los trends, lo que permitía identificar los artistas más populares que eran llevados a México para producir los filmes ajustados al gusto del mercado interno…



¿Cómo es que una especialista en danza, una teatrista, una pedagoga del baile y la música afrocubana logra que su cuerpo se enfoque para comenzar ese proceso creativo en el ámbito académico formal? ¿Cómo has logrado, entre tantos desafíos, que la Yesenia en movimiento, que ya danzó Yemayá en el Lincoln Center con Chucho Valdés al piano y Wynton Marsalis en la dirección orquestal, logre salir de ese performance y lidiar además con el rigor de la investigación? Cuéntanos un poco de tus estrategias.

Lo más importante y que no dijiste es que también soy madre de trillizos (risas), eso es lo más importante. Sobre lo que me preguntas lo primero que se me ocurre compartirte es la anécdota de algo que me dijo mi amigo Arsenio Castillo, que ya no está entre nosotros, justo los primeros días que los trillizos nacieron, en el año 2000. En ese momento yo estaba en una agonía, estaba en pánico, en una conversación yo le decía a mi amigo Arsenio: ¡Si me convierto solamente en la mamá de los trillizos, que era el imperativo que me colocaba la vida, y dejo de hacer las cosas que quiero hacer, las cosas que son importantes para mí, no voy a ser una buena madre porque no seré una persona feliz, sino amargada! ¡Es que no hay un manual, no hay un manual de cómo voy a hacer esto! Y él me dijo muy tranquilo, fumándose un cigarro: ¡Lo que tienes que hacer es tirar el manual, tú no necesitas manual y si hubiera uno lo que tienes que hacer es tirarlo! Y eso me acompaña todavía hoy.

Sí, creo que lo que he hecho ha sido establecer mis prioridades día a día, a veces apagando el fuego que hay que apagar, dejando para mañana lo que se puede dejar. Pero mi realización profesional y artística ha sido siempre un regalo, no solo para mí, sino también para mis hijos. Es algo que no veo separado de ellos, le doy gracias a Olofin y a todos los Orishas porque tengo tres hijos saludables, que son extraordinariamente creativos, son gente asentada que saben lo que quieren, siempre lo han sabido. O sea, creo que valió la pena seguir adelante, seguir intentando, hacerlos parte también, en la medida de lo posible, de todos estos procesos.

Pero hay una cosa muy interesante en eso que me preguntas porque siempre es difícil lograr ese balance entre el arte, la danza y ser una académica, entonces mi estrategia ha sido que el día del cuerpo es el día del cuerpo y ya, al otro día lo dedico a los libros, a la escritura, a las ideas. Pero yo diría que mucho de mi crecimiento intelectual, de mi entendimiento de las filosofías y las epistemologías africanas, se ha profundizado a través de mi pedagogía del baile. Y esta interrelación es la que singulariza mi labor de enseñanza artística, pues me permite brindar aproximaciones desde la historia, la cultura, la filosofía, y eso a las personas que participan en mis talleres artísticos les resulta una experiencia particularmente interesante. Por ello considero que no existe un divorcio entre mi práctica artística y mi práctica académica.

Inclusive cuando realizo intervenciones más completas, como una pieza teatral, trato de ser vocera y también popularizar lo investigativo a través del arte que ofrezco a un público que no es el académico. Como mujer negra, rural, —soy pinareña—, para mí es muy importante mantener esas vías de comunicación con ese público no académico, que además sé que es mayoría, me interesa una tesis doctoral que pueda conveniar una información accesible a ese público popular.

¿Has tenido barreras raciales en Cuba o en Estados Unidos? ¿Te has llegado a sentir diferente por ser negra o te han querido hacer sentir diferente? ¿Ser una cubana negra marca la diferencia para moverte en determinados espacios?

En el proceso de venir de Cuba para Estados Unidos, creo que necesité varios años para restaurar mi mente desde el punto de vista racial, en cuanto a las experiencias concretas que tuve aquí y las expectativas que traía del Caribe. No es lo mismo ver las cosas en la distancia que experimentarlas en carne propia.

Por ejemplo, una de las primeras y más poderosas experiencias que tuve llegando acá fue la de notar miedo hacia mí como persona negra, o sea, caminando por la calle, sin hacer nada raro, he podido notar que mi presencia era percibida a veces como una amenaza. Yo tenía mi cabello con dreadlocks largos, que los tuve como nueve años, y esas percepciones nunca las experimenté en Cuba, realmente. También está el fenómeno del colorismo, en Cuba no soy la persona más oscura de piel y quizás eso me protege de otras experiencias, además de que hay una diferencia cuando estás en tu entorno cultural y hay maneras de que algunas personas puedan leerte más allá de lo racial.

¿Eres más negra en EE. UU que en Cuba?


Yo no creo que esa distinción aplica, pero para mí esa experiencia de notar que algunas personas tienen miedo del cuerpo negro es algo que descubro acá en los Estados Unidos. Pienso, por otro lado, que venir de Cuba es una de las cosas que me ha permitido moverme dentro de los espacios académicos, es que nosotros en Cuba, aun con todos los problemas que tenemos desde el punto de vista racial, no tenemos una sociedad totalmente segregada, que en el caso de los Estados Unidos yo sí diría que está, que se vive en una sociedad segregada. O sea, hay barrios exclusivamente latinos, barrios más negros, barrios de clase alta; existe toda una serie de mecanismos políticos que facilitan esos aislamientos.

Además, creo que estar en el mundo académico, en la educación posgraduada, es un espacio un poco solitario para cualquier persona de color. Y yo si utilizo el término de color, aunque no lo utilizaba en Cuba, porque aquí tenemos comunidades, somos más que negros las personas que experimentan racismo, entonces me parece que “de color” se convierte en una categoría inclusiva para entornos multiculturales, multirraciales y multiétnicos. Entonces para la gente que no es blanca estar en espacios como NYU es un poquito aterrador. Es aterrador moverse dentro de esa Universidad de élite mundial, sumamente cara, donde yo y otros muchos estudiantes negros o no blancos simplemente llegamos por becas, no porque estamos pagando la Universidad. De esa manera mi experiencia, como cubana, de haber crecido en un entorno racista pero no plenamente segregado, —porque crecí teniendo casi tantos amigos negros como blancos toda mi vida—, me ha facilitado moverme dentro de esos espacios que pueden ser muy agónicos, muy difíciles, y negociar esas diferencias.

Pero para mí no es una respuesta sencilla, no es una respuesta de una cosa o la otra, también intento hacer mi trabajo, académico y artístico, con una visión inclusiva, no solamente para los cubanos, los cubanos negros. Mi experiencia acá me permite también reconocer la similaridad en nuestras luchas como afrolatinos. Tenemos un problema grave con la invisibilidad de los afrolatinos en los diversos entornos nacionales, eso es algo que emerge conversando con otros activistas. En ese horizonte mi trabajo, aunque tiene un punto de partida en mis orígenes y repertorios culturales, no es solamente para nosotros, es para mucha otra gente. Es también para las personas blancas que yo pienso que sí, que tenemos que sentar en la mesa de nuestras agonías y de nuestras ansiedades, de nuestras esperanzas, porque yo pienso que son ellos los que tienen que hacer el mayor trabajo.

Creo que ha sido el camino de muchos inmigrantes negros llegados a los Estados Unidos. Por ahí hay un trabajo fabuloso de Nancy Mirabal que, entre otras cosas, muestra cómo los clubes afrocubanos en la ciudad de Nueva York se van convirtiendo en transnacionales. Porque realmente es muy difícil entender nuestras historias y avanzar nuestras agendas en solitario, por eso es el gran sentido y la verdad, el gran valor y la belleza también de la vida fuera, no estamos y no existimos en solitario […].

*Tomado de On Cuba Magazine

Tuesday, June 7, 2022

LA MUERTE DE MARTÍ: ¿INMOLACIÓN, IMPERICIA O PREDESTINACIÓN?


(Palabras pronunciadas por el Dr. Eduardo Lolo en el simposio Martí, su muerte y su familia llevado a cabo por Patria de Martí, una organización del Exilio cubano, el 19 de mayo de 2022.)

Algunos han sugerido, directa o indirectamente, que Martí partió solo al galope en busca de las balas que le ocasionarían la muerte; es decir, que fue una premeditada inmolación histórica por un ideal que le venía acuciando desde su adolescencia. Y, como fue llevada a cabo con la ayuda de un agente exterior, habría sido una acción que se pudiera calificar, utilizando el vocabulario actual, como un suicidio asistido.

Yo no voy a conjeturar sobre las posibles razones de semejante actitud. Según Sigmund Freud el suicidio está asociado a la melancolía por la pérdida de amor y, basado en ese concepto, mi hipótesis voy a basarla en el por qué Martí no tenía razones para tal supuesta inmolación. Y voy a comenzar por una razón mucho tiempo atrás dada por William Shakespeare en su famoso Soneto LXVI


Cansado de todo esto, invoco el descanso de la muerte

Al ver nacer el mérito como mendigo

Y la enclenque torpeza alegremente ornada

Y la fe más sincera vilmente traicionada


Y la honra refulgente con deshonra concedida

Y el virginal pudor brutalmente atropellado

Y la recta perfección, con saña afrentada

Y el brío juvenil por cojera quebrado


Y el arte amordazado por la autoridad

Y la necedad con tono doctoral oprimiendo al talento

Y llamada simpleza la verdad más natural

Y al bien, cautivo, sirviendo al mal, su señor


Harto de todo esto, huiría espantado de la vida,

Si no fuera porque, al morir, dejaría solo a mi amor.


De lo anterior se desprende que la razón de suicidarse y la razón de no suicidarse, incluso en las más difíciles circunstancias, tienen la misma raíz: el amor. Y es el caso que Martí, a pesar de todas las vicisitudes de su vida, nunca careció de amor. Llegado muy joven a España, casi de inmediato fue objeto y sujeto de amor. Incluso, en más de una ocasión fue amado y supuestamente amó a más de una mujer a la vez. Nunca le faltó, pues, amor al que culpable dejar solo por tratar de morir voluntariamente. Es más, en 1895 Martí llevaba tiempo disfrutando de una estable relación amorosa con una mujer que lo idolatraba: Carmen Mantilla, con quien mantendría la más larga relación de ese tipo en toda su vida (más de una década), aunque según muchos de naturaleza controvertida y, de hecho, nunca legalizada.

Descartada dicha razón, paso mi conjetura a otro tipo de amor: al de sus ideales. En el momento de tomar las riendas del caballo que lo llevaría a la muerte y, al mismo tiempo, a la inmortalidad, Martí estaba en el punto culminante de sus luchas por sus ideales. Atrás habían quedado su destierro, sus desavenencias en 1884 con Máximo Gómez y, más recientemente, su encontronazo con Maceo, quien se sintió deshonrado cuando Martí lo destituyó como jefe de la expedición mambisa desde Costa Rica a favor de un subalterno, afrenta que todo parece indicar Maceo nunca le perdonó. Incluso, los supuestamente enérgicos pormenores de la famosa reunión de La Mejorana (que por algo fueron desprendidos de su Diario de Campana), en nada disminuyeron que Martí, sin lugar a dudas, fuera reconocido como el líder de la gesta del 95. Los héroes de epopeyas anteriores quedaban, voluntariamente o a regañadientes, bajo su liderazgo. La Guerra del 95 fue, como dijo Pedro Roig, la Guerra de Martí.

A lo anterior súmese que ya por ese entonces Martí era uno de los escritores hispanoamericanos más conocidos de la época, alabado tanto por sus contemporáneos como por grandes figuras de la generación anterior y la posterior a la suya, como demuestran las palabras de Sarmiento y Darío respectivamente. Sus “correspondencias” (como él llamaba su combinación genérica de ensayo y crónica) se publicaban en más de una docena de importantes medios de prensa de los Estados Unidos e Hispanoamérica. Como poeta, fue uno de los iniciadores del movimiento Modernista y pionero de la Literatura Infantil en idioma español en América.

¿Quién va a suicidarse en la cima de su vida, cosechando los frutos de todos sus esfuerzos políticos, intelectuales y personales?

Pasemos a la segunda posibilidad: la impericia militar de Martí por falta de entrenamiento y experiencia al respecto. Como yo estoy en la misma situación, no puedo opinar al respecto. Pero, por lo mismo, creo poder suponer con conocimiento de causa (en este caso mi ignorancia), cuál podría haber sido la ruta que se hubiera trazado Martí para unirse a las fuerzas mambisas batallando contra las fuerzas coloniales. Como todos sabemos, unos vigías llegaron al campamento insurrecto con la noticia de que venía en esa dirección una columna enemiga. Gómez, de inmediato, sale a enfrentarla antes de que llegaran al campamento mambí, el cual siempre tiende a moverse lentamente por la llamada impedimenta. Martí, incumpliendo las órdenes de Gómez, al escuchar los disparos, sale al galope hacia el sitio desde donde se oía el fragor del combate a fin de formar parte de la batalla. Se supone que una pequeña partida de guerrilleros (colaboradores militares cubanos de las fuerzas colonialistas) se encontraba oculta haciendo sus labores de exploradores detrás de las fuerzas mambisas, puede que observando y evaluando el campamento para luego llevar su información a los españoles. Martí no los vio, pues permanecían escondidos entre la maleza, conjeturo que no tanto emboscados como tratando de pasar inadvertidos. Pero la venida de un jinete solitario fue para ellos mucha tentación y lo abatieron de inmediato, sin saber quién era.

¿Fue un error táctico de Martí? ¿Debió haberse ladeado a la izquierda o a la derecha para incorporarse al frente de batalla de costado en vez de intentar hacerlo en línea recta? No tengo la menor idea. Sería bueno que un especialista en estrategia militar de caballería (que no creo que existan muchos en la actualidad) diera su opinión. Errado o no, lo cierto es que la decisión de Martí le costó la vida en el pináculo de su existencia.

Paso a entonces a la tercera posibilidad: la predestinación. Es conocida la polémica (todavía para muchos sin resolver, dicho sea de paso) entre predestinación y libre albedrío. Las herramientas para seleccionar una u otro incluyen elementos tanto de teología como de filosofía. Dicha porfía comenzó en el siglo XVI, con dos figuras claves en el desarrollo de dichos sistemas: Juan Calvino, defensor de la predestinación, y Jacobo Arminio, del libre albedrío. En la actualidad las posturas han sido sintetizadas popularmente en dos frases comunes muy ilustrativas: “nada es casualidad” como interpretación del calvinismo y “el hombre hace su propio destino”, como síntesis de los criterios arminianos. Altos pensadores han tratado de combinar ambas posturas sin éxito definitivo alguno. Como cubano al fin (pues metemos la cuchareta en todo), yo tengo mi opinión personal, que me reservo por no venir al caso. Dejo a cada cual que saque su propia conclusión con relación a la muerte de Martí a caballo en la historia y entre la predestinación y el libre albedrío.

Pero cualquiera que sea el sistema elegido (el calvinista o el arminiano, o alguna combinación) de ahí salto a otra “papa caliente” del pensamiento: la premonición. Hay muchos charlatanes que dicen poder “ver” el pasado o el futuro, o ambos a la vez, y hasta ganarse la vida con ello desde tiempos inmemoriales. Y unos pocos que sorprenden por demostrar haber visto (o más bien sentido) uno u otro de manera involuntaria y sin ánimo de lucro alguno. El concepto materialista del tiempo como “unidireccional e irreversible” desecha el concepto de premonición. Otras interpretaciones como “la multiplicidad del tiempo” hasta ahora no han dado más que especulaciones al respecto u obras de ciencia-ficción. No voy a meterme en conceptos físicos como “tiempo solar medio” o “tiempo solar aparente” y otras (para mí) galimatías dado mi incultura científica. Yo voy a utilizar otra concepción emitida no por un científico, sino por un poeta: Góngora, quien dijo que el tiempo no pasa, que somos nosotros los que pasamos. De ser cierto (o al menos posible) ese concepto, entonces el tiempo es un ente permanentemente fijo e inamovible junto al cual pasa la vida. Se me ocurre “verlo” como una alta muralla, cuyo principio y fin desconocemos (si es que tiene tales), junto a la cual va la senda de la vida, con lo que no se puede obviar la fórmula de la distancia recorrida como la multiplicación de velocidad por tiempo. Así las cosas, y para no complicar mucho el asunto, quienes avancen a una velocidad superior o inferior a la norma “verían” en la vida o en el tiempo (o al menos tendrían una especie de atisbo de) aspectos que, para quienes avanzamos a la velocidad media, formarían parte del pasado o del futuro, según se atrasen o adelanten a la media.

Pero regresemos a Martí. Es de todos conocido su “moriré de cara al sol.” Nótese que no dijo “quiero morir de cara al sol”, o “pienso morir…”, sino “moriré” Y claro que se refería al sol del trópico, específicamente al sol de arrebato de su Cuba, no al sol casi siempre mortecino de Nueva York donde lo escribió. Con aproximadamente un lustro de antelación, ya él lo daba como un hecho incuestionable y sin duda alguna ineludible, a la espera en el tiempo: “moriré” a secas. Y así fue.

¿Fue la muerte de Martí producto de una inmolación preconcebida? Estoy seguro de que no. ¿Fue su impericia militar casualidad o causalidad de su muerte en combate, o su fin “de cara al sol” premonición de un hecho predestinado? Como quiera que haya sido, abandono el reino de las conjeturas y ahora me ataño a los hechos. Por todo lo que vino después en nuestra historia es evidente que “Martí no debió de morir” y que, por lo tanto, todos sentimos compungidos que “aquí, falta, señores, ¡ay!, una voz.” Aunque, como parte de este panel y con este público presente, y todos los esfuerzos del exilio por la reconquista de la libertad en nuestra Patria y mantener digna la antorcha martiana, pongo en duda de que falte del todo esa voz. Su voz todavía reverbera en su obra y en la voz de cada exiliado cubano y los compatriotas dignos en la Isla, quienes llevan en sí “el decoro de muchos”. Cierto que “Martí no debió de morir”; pero, como todo héroe, Martí no ha muerto del todo. Es más, parafraseándolo aunque con cambio de personaje, estoy seguro de que Martí tiene mucho que hacer por Cuba. Todavía.

Muchas gracias.

Tomado de Palabra Abierta: Revista y Casa Editora de Cultura Universal. Posted: 06/06/2022.

Thursday, June 2, 2022

Corsi e ricorsi. Las vueltas que da la vida

Por Guillermo A. Belt

Un poco de historia antigua, a lo menos así calificarían mis nietas algo ocurrido hace 77 años, es lo que ofrezco hoy a los lectores del blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio. Es historia de Cuba, desde luego, y si comienzo en primera persona y con alusiones familiares es porque en el relato figura mi padre, y porque en la recurrencia de la historia que postuló Giambattista Vico se asoma también quien firma estas líneas.

El 26 de junio de 1945, en San Francisco, estado de California, se abrió a la firma de las delegaciones participantes la Carta de las Naciones Unidas. El embajador en Washington y jefe de la delegación de Cuba, Dr. Guillermo Belt Ramírez, fue elegido relator del comité coordinador de la conferencia, y en tal calidad presentó formalmente la Carta a la firma de sus colegas. Cumplida la responsabilidad protocolar, el Embajador Belt firmó el documento constitutivo de la organización mundial en nombre del gobierno de la República de Cuba, en el turno correspondiente a nuestro país entre las 50 delegaciones asistentes.

Su Alteza Real Amir Faisal ibn Abdul Aziz, en la fecha Ministro de Relaciones Exteriores de Arabia Saudí, firmó la Carta en representación de su país. Hijo del rey Abdul Aziz, el Príncipe Faisal había desempeñado importantes misiones diplomáticas desde muy joven y contaba con amplia experiencia en reuniones internacionales. Había cumplido 39 años poco antes de esta ocasión histórica. Al Embajador Belt le faltaban pocos días para los 40. Coincidían ambos diplomáticos en la edad, y pronto se verían unidos por mucho más.


La política exterior de Cuba era muy independiente en aquellos tiempos. En agosto de 1946 el jefe de la delegación cubana en Naciones Unidos solicitó una reunión extraordinaria de la Asamblea General para eliminar el privilegio del veto, como lo informó el diario The Baltimore Sun en su edición del 3 de ese mes. Estados Unidos defendió el veto. En diciembre el mismo diario, afirmando que se daba largas al tema enviándolo a un subcomité creado al efecto, citó al Embajador Belt: “The United States defends the veto because there are still, unfortunately, vestiges of isolation in this country.”[1]

El año siguiente Naciones Unidas abordó un tema que hoy, tres cuartos de siglo después, continúa vigente: la partición de Palestina. El propósito de la resolución presentada a la consideración del organismo mundial era crear un estado para el pueblo judío antes del fin del mandato de Gran Bretaña sobre Palestina, previsto para el 15 de mayo de 1948. Cuba fue el único país de América Latina que votó en contra. Se abstuvieron Argentina, Chile, Colombia, El Salvador, Honduras y México; los demás votaron a favor. La resolución se aprobó con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones.

El diario New York Times, en su artículo del 17 de octubre de 1947, se refirió en estos términos a la posición de Cuba: “El Dr. Guillermo Belt, de Cuba, dijo que su país consideraba firmemente que las recomendaciones de la mayoría no conducirían a una justa y duradera solución del problema. Dijo que Cuba también se oponía a su adopción porque aprobarlas podría poner en peligro la paz.”[2]

Arabia Saudí votó en contra de la partición de Palestina. El Príncipe Faisal, en un gesto que nunca olvidarían mi padre y mi madre, los visitó para agradecer personalmente la posición de Cuba, coincidente con la de su país. Los recuerdos tangibles de esa visita se perdieron, junto con mucho más, como consecuencia del desastre ocurrido en Cuba en 1959. Cuando el príncipe ascendió al trono de su país, el 2 de noviembre de 1964, nuestra familia celebró el acontecimiento aplaudiendo al Rey Faisal en privado y en el exilio.

El 17 de noviembre de 2021, gracias a la gentileza de dos amigos cubanos, Alberto van der Mye y Gustavo de los Reyes, conocí a Su Alteza Real Turki AlFaisal Al Saud. El Príncipe Turki presentaba en la biblioteca Riggs de la universidad Georgetown, en la capital de los Estados Unidos, su libro titulado The Afghanistan File.[3] Alberto y Gustavo estudiaron en esa universidad junto con el príncipe, y la amistad entre ellos se mantiene hasta hoy.

El Príncipe Turki, al igual que su padre el Rey Faisal, tuvo una brillante carrera diplomática. Fue embajador en Gran Bretaña y en los Estados Unidos. Su libro, amablemente dedicado por él y que leí con sumo interés, trata de otra etapa de su exitosa trayectoria, la que lo llevó a dirigir durante 24 años (1977-2001) el servicio de inteligencia exterior de Arabia Saudí.


Cuando estreché su mano esa tarde en la universidad, y luego en la embajada de su país, sentí que con nuestro encuentro fortuito celebrábamos el corsi e ricorsi de la amistad entre su padre y el mío, nacida, al igual que el príncipe, en 1945. Las vueltas que da la vida.

Notas

[1] The Baltimore Sun, December 2, 1946. En Belt, Guillermo A., Tiempo para todo bajo el sol/A Time to Every Purpose, 234. Colección Pulso Herido, Academia Norteamericana de la Lengua Española, 2020. “Estados Unidos defiende el veto porque, desafortunadamente, aún quedan vestigios de aislacionismo en este país.” Traducción del autor.

[2] Belt, op. cit., 235. La cita original en inglés es: “Dr. Guillermo Belt of Cuba said his country felt strongly that the majority recommendations would not lead to a just or lasting solution of the problem. He said Cuba also opposed their adoption because of the belief that to approve them might endanger the peace.” La traducción al español es del autor.


[3] Prince Turki AlFaisal Al Saud, The Afghanistan File, Arabian Publishing, 50 High Street, Cowes, Isle of Wight, Great Britain, 2021
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Tuesday, May 31, 2022

Galardón a Guillermo A. Belt

 

El pasado 20 de mayo, día de la república cubana, el Instituto San Carlos con sede en Cayo Hueso le otorgó a Guillermo A. Belt la medalla por la "excelencia nacional cubana". Miembro de nuestra academia y tambien de la Academia Norteamericana de la Lengua Española Guillermo A. Belt es Doctor en Derecho, Colegio de Abogados de La Habana (1956-1960) y profesor de Derecho Internacional Público, Universidad de Villanueva, La Habana (1957-1960). Fue Miembro de la Comisión Especial para la Reforma de la Constitución de Cuba, Miami, Florida (1960-1961) y funcionario internacional de la Secretaría General, Organización de los Estados Americanos, Washington, D.C. (1961-1998). Es actualmente académico correspondiente de la ANLE.

Guillermo A. Belt ha participado en numerosas conferencias regionales e internacionales sobre temas interamericanos. Es autor de estudios, investigaciones e informes sobre asuntos hispanoamericanos. Ha dictado conferencias en universidades de Estados Unidos y América Latina, y en organismos especializados, para estudiantes de grado y postgrado, y personal diplomático, sobre aspectos de la historia y el desarrollo político de la región.

En nombre de la AHCE queremos hacerle llegar nuestra más cálida felicitación.

Momento en que Danny Mendoza, nieto del homenajeado, recibe la medalla en nombre de su abuelo