Cuba siempre fue una tierra de grandes talentos musicales
naturales, sin escuela ni preparación, solo «de oído».
Para Rafael Saumell, por las mismas razones de siempre...
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| Osvaldo Farrés (1902-1985) |
«En el mar», donde —por supuesto— «la vida es más sabrosa»,
es para todo el mundo una melodía vinculada con muchos momentos entrañables,
pero para mí, en especial, es una canción de cuna. Su autor era mi «padrino»
Osvaldo Farrés, y solía tararearla o cantarla cuando lo veía, generalmente en
compañía de mi tío Manolo, dueño de la tintorería «Norton» en la Calle I en El
Vedado, junto a la casa de mis abuelos donde vivíamos en mi primera infancia.
Él residía con su adorada Josefina del Peso («su eterna noviecita») en la
esquina, a la vuelta de Calzada, y mi tío —simpático, elegante, joven y guapo—
era uno de sus mejores amigos «de farra». Con frecuencia apostaban el trago en
la bodega de la otra esquina, con el inconcebible nombre patriótico —siendo de
unos gallegos— de «La Asamblea de La Yaya», donde jugaban cubilete y dominó,
entre jaibols y chicharroncitos de puerco, «para hacer boca». A mí —para
irme «preparando»— me servían Ginger Ale en un vaso idéntico
al de ellos, acompañado de aceitunas «Joselito», que el gallego sacaba de un
frasco enorme de boca ancha. Así, yo estaba entre grandes y me sentía uno más.
Mi tío Manolo no tuvo hijos varones, sólo tres primas mías —María de la
Caridad, María Elena y María Cristina, en ese orden— y cuando murió mi tío,
demasiado joven, amargado porque le hubieran quitado su tintorería (y por si
fuera poco, más de 100 mil pesos que no se pudieron cambiar durante el famoso «canje»),
ellas «se fueron al Norte» con su mamá, Fe, una mulata «muy lavadita» de
hermosos ojos azules. Pero por ser varón y el hijo único de su hermano menor,
era yo «el consentido». Y, por tanto, también el de su mejor amigo, Osvaldo.
Mi papá, por su parte, tenía un gran amigo también en la
farándula, Pepe Biondi (el del famoso «dúo cómico de Dick y Biondi»), al que
una vez secuestraron los del «Directorio» camino a su programa en el Edificio
Focsa, el 23 de Febrero de 1958, pues, como decían, «Cuba no debe reír» en ese
momento... Por lo visto, tampoco después. Y pasado el tremendo trance, cuando «vino
lo que vino», Biondi se marchó velozmente a su país natal, Argentina, donde
siguió trabajando con el gran Goar Mestre, el cubano Rey de la
Televisión Hispanoamericana. Pero en ese tiempo todavía era uno de los
mejores amigos de papá, y se iban a pasear en su «cola de pato» convertible,
Plymouth, rojo, brillante y espectacular. Era «otra» Habana, no la de hoy, que
ni memoria tiene y mejor que así sea, para que no le duela más. Cuando se
ignora el pasado se acepta mejor el presente. Y la memoria —díganmelo a mí que
por desgracia la tengo de elefante- puede hacer mucho daño.
En estos días, a propósito de George Gershwin, Alejandro
Armengol escribió un sugestivo artículo —«Problemas rapsódicos»— donde enfrentó un tema complejo y enigmático: el genio
musical y la técnica. El atinado texto despertó especiosos comentarios que,
resumiendo un poco, se podrían sintetizar en una pregunta: El genio ¿se
nace o se hace? Y eso me hizo recordar a mi padrino Osvaldo, el gran
compositor cubano, el genio de Quemado de Güines, el autor de «Quizás, quizás,
quizás», pero quien no sabía nada de música: un pentagrama era para él como un
códice en sánscrito antiguo. Pero tenía «algo», ese «algo» que lo diferenciaba
de los demás, y «le venían las canciones» de otro mundo, como si alguien se las
musitara en el oído. Eso, díganle como quieran, es genio. Tenía un
par de amigos que sí sabían de música y les tarareaba las melodías para que las
trasladaran al papel pautado. Algo aún más sorprendente es que le venían juntas
la música y la letra de las canciones, lo cual indicaba el perfecto
acoplamiento entre ambas. Y apenas había estudiado.
Osvaldo Farrés (en realidad, Farré, pues era
de origen catalán) y Vázquez, nació en Quemado de Güines (1902) y falleció en
New Jersey (1985). Como tantos gloriosos artistas cubanos, murió en el exilio,
igual que Ernesto Lecuona. Escribió más de 300 canciones, y de ellas muchos
eran boleros. Llegó a los 25 años a La Habana e hizo de todo para abrirse
camino: mensajero, decorador, ilustrador, decoró carrozas del carnaval... Era
lo que antes se decía con orgullo, «un luchón», un tipo que se sabía ganar la
vida. Su primera canción le brotó como bromeando: «Mis cinco hijos: Pedro,
Pablo, Chucho, Jacinto y José», y fue un éxito instantáneo y sorprendente. Pero
su verdadera revelación sería en 1940, cuando la cantante veracruzana Toña La
Negra lo impulsó a la fama al cantar «Acércate más». Casado en segundas nupcias
con Josefina del Peso (a quien le llevaba 30 años de edad), fue el creador y
director del Bar Melódico de Osvaldo Farrés. Vivían en Calzada N.º
302, esquina a I, Apartamento 2. Tuvo dos hijos del primer matrimonio, Osvaldo
y Sira del Carmen Farrés y Miró (casada con el Dr. Francisco de J. Zayas y
Castro). Y una nieta, Patricia. Lleguen a ellos mis cordiales saludos donde
estén.
Otro de los amigos que se sumaba al grupo era el primer
actor y galán de la radio y la televisión, Otto Sirgo (Bayamo, 1919 - Miami,
1966), quien murió demasiado joven, apenas a los 47 años, exiliado también y
después de sufrir una experiencia terrible que muchos aseguran le acortó la
vida: en 1959 estuvo preso en la fortaleza de La Cabaña, condenado a muerte,
pues Ernesto «Che» Guevara dio la orden de que lo fusilaran por ser «colaborador
de Batista», lo cual era una monstruosa equivocación, pues a quien se referían
era al periodista Otto Meruelos, que después estuvo preso durante muchos años.
Pero mientras se aclaró el asunto, a Sirgo lo «tuvieron en capilla»: las peores
72 horas de toda su vida.
Muchas veces, el grupo de amigos se reunían también en la
peña bohemia «El café de los Artistas», que era de Otto Sirgo, en la Calle L
frente al Habana Hilton, donde después de arrebatársela pusieron «Las Bulerías».
Tristes años finales de don Otto, pues además del exilio, el despojo de sus
bienes y la condena a muerte, tuvo la terrible experiencia de perder muy joven
su hija Charito, que era una muchacha bella y elegante, y prometedora actriz en
pleno ascenso.
Los años 40 y 50 fueron la época de oro de Farrés. Fue el
tiempo también de los grandes tenores: en ese momento resplandecieron figuras
como René Cabel, «El tenor de las Antillas», y de México vinieron a actuar en
La Habana un señorial trío de ases: Pedro Vargas, «El Tenor de las Américas»
(también llamado «El Samurai de la Canción»); José Mojica (luego fray José de
Guadalupe), y el Doctor Alfonso Ortiz Tirado, una figura memorable y ejemplar
en todos los sentidos, pues además de ser «El médico cantor», «El ruiseñor
mexicano» y «La voz de terciopelo», fue un generoso filántropo y un gran
humanista. Todos pasaron por Cuba, que en esa época, era el centro de América.
Muchos de ellos estuvieron en los programas estelares de
entonces, como «Jueves de Partagás», pero especialmente en «El Bar Melódico de
Osvaldo Farrés», que primero comenzó a transmitirse a través de CMBF TV y luego
pasó a CMQ, todos los miércoles en el horario estelar de las 9 de la noche. En
este espacio el autodidacta pero muy avispado Farrés innovó la naciente
televisión mundial, pues fue el creador del formato del «Piano Bar» en la
televisión. Por ahí desfilaron figuras internacionales como Josephine Baker «La
Platanitos», Sara Montiel, la «Saritísima», Nat King Cole «El Negro de Oro» y
Maurice Chevallier. Varias veces, el programa, grabado, fue transmitido desde
su casa, donde a veces me sentaba a su lado, en una pianola donde él simulaba
tocar.
Todo lo que brotaba de la inspiración de Farrés era un
éxito, lo mismo la guaracha «Un caramelo para Margot», que la entrañable
canción a las madres, «Madrecita». Recorrió todos los registros, desde lo
festivo humorístico, hasta lo lírico erótico y lo amoroso sentimental: un
artista completo.
Las canciones de Farrés eran una sucesión de triunfos,
desde su primer éxito, «Acércate más» (cantado por Toña La Negra), «Toda una
vida» y «Estás equivocada» (ambas de 1943), hasta «Tres palabras»... Era un
ídolo. Y, lo mejor, un hombre bueno. Era un criollo típico, jovial, desprendido
y con tanta música dentro que le brotaba a raudales.
No obstante su saludable distancia de la política, esta
no tardó en agredirlo. Después de la terrible experiencia de Otto Sirgo, Farrés
siguió las huellas de su amigo y en 1962 salió de Cuba para no volver,
convencido de que el país al que amaba entraba en una etapa terrible y
desastrosa, la peor de su historia. Como los represores no pudieron atraparlo,
tomaron venganza con su casa, que fue asaltada, y sus muebles y enseres
quemados en la calle, quizá como un precursor «acto de repudio» de los que
vendrían después, en 1980, con la barbarie inquisitorial desatada al más puro
estilo de «Fascismo cotidiano», que padeció el país (y sigue padeciendo, no hay
que olvidarlo, y ahí están cada semana «Las Damas de Blanco» y los opositores
pacíficos para recordarlo dolorosamente).
Con Farrés —bromista, juguetón, piropeador, jaranero,
cubano «jodedor» en suma— se iba toda una época de Cuba, cuando todavía alguno
podía decir que «la cubanidad es amor», para sustituirlo por todo lo contrario:
llegaron entonces los tiempos del odio, del rencor, de la envidia y de la
destrucción, que siguen hasta hoy.
Aquel barrio de El Vedado que recuerdo ya no existe más;
cuando mi primo Leonardo y yo solíamos aprovechar los sábados para ayudar a
repartir la ropa de la tintorería del tío Manolo, en bicicletas, nos recibían
en las casas las señoras con sus impecables batas cubanas, perfectamente
peinadas y manicuradas, olorosas a Chanel N.º 5, Mitsuko de
Gerlain, o Agua de colonia de Crusellas 1800, y nos invitaban
—además de la «propinita» de una peseta o un quarter (de 25
centavos)— a tomar un refresco o un helado. Después todavía Leo y yo nos íbamos
hasta el Carmelo de Calzada, para comer un sándwich cubano o
un «Elena Ruz» (no confundir: no es Helen Ruth, como ahora dicen),
con un gran batido de chocolate rebosante (se permitía «rellenar»), y ver salir
a las muchachitas de Pro Arte Musical enfrente, de la casona
que Doña Laura Rainieri de Alonso le había donado a su nuera, Alicia Martínez
de Hoyos (alias «Alicia Alonso») para su escuela de ballet.
«Recuerdos son de pasadas glorias», como decía mi abuelo
zarzuelero, pero Azorín defendía el derecho a la evocación, pues «recordar es
volver a vivir» y eso, y lo bailado, nadie nos lo puede quitar.
Cuba siempre fue una tierra de grandes talentos musicales naturales, sin escuela ni preparación, solo «de oído». Porque de oído dirigía una Big Band de 40 músicos el gran Benny Moré, improvisando a cada momento. ¿Dónde estudió Chano Pozo, dónde «El Chori»...? En la Isla, el talento natural andaba por la calle y subía a las guaguas, con la guitarrita, las maracas y el gracioso reclamo nacionalista: «Coopere con el artista cubano».
No hay un país, en todo este ancho y ajeno mundo, que en
casi un siglo haya entregado al patrimonio musical del planeta al menos siete
ritmos musicales: desde París a Hong Kong se ha bailado con el mambo, la rumba,
el son, el danzón, el mozambique, la guaracha, el chachachá...
Pero, hay que decirlo, si los padres de la música cubana
han sido muchos y notabilísimos, hay un abuelo olvidado que debe recordarse;
quien, para colmo, no es cubano.
Cuba le debe un gran homenaje al desconocido —por las
mayorías— Louis Moreau Gottschalk (New Orleans, 1829 – Río de Janeiro, 1869)
quien tuvo raíces francesas, polacas, alemanas, judías y sureñas, para un melange maravilloso
y fundador. Muy joven —1854— acompañó a José White en Matanzas; luego conoció a
Ignacio Cervantes, con Nicolás Ruiz Espadero, y le recomendó que fuera a
estudiar a París, influyendo decisivamente su estilo. Gottschalk es el
gran olvidado de la música cubana y exige un justo y pronto rescate.
Por otra parte, no es raro que en Cuba casi ni se le conozca, pues al mismo
tiempo es el Padre de la Música Norteamericana, precursor del ragtime y
el jazz con más de 50 años de antelación, y en Estados Unidos
apenas se le está «redescubriendo» a partir de los años 70 del siglo pasado. No
se puede entender a Lecuona, sin saber de Cervantes, ni a este sin Ruiz de
Espadero y Saumell, y detrás de todos aparece la silueta de Moreau. Es tan
desconocido Gottschalk, que en lo que se ha escrito sobre él, los críticos
empiezan por señalar la duda de cómo se pronuncia su apellido...
Conocí la música de este compositor hace unos cuantos
años, gracias a un melómano entrañable como fue mi muy querido amigo Guillermo
Tovar de Teresa, Cronista de la Ciudad de México y erudito portentoso. Me
obsequió varios CD de él, y después tuvimos otros tantos encuentros dedicados
solamente a comentar la exquisitez de este autor, también olvidado por sus
compatriotas norteamericanos, que como ya dije, apenas lo comenzaban a rescatar
entonces. Convinimos que los gringos tenían con él una «conciencia negra» y la
estaban purgando: no podían aceptar que el músico más influyente de la América
Latina en su época, y al mismo tiempo creador de lo que después se ha llamado jazz,
fuera un polaco francés medio judío, nacido en la Luisiana, y no Gershwin u
otro.
Los músicos que hoy se afanan en performances y
otras excéntricas ocurrencias, ignoran que hace más de cien años, Gottschalk
realizó una majestuosa ejecución con ¡100 pianos! en Río de Janeiro, y eso
quedó en los anales de la música como el concierto más grandioso de la
historia: Monster concerts, se les decía. Involucraba a veces 800
músicos (toda una orquesta sinfónica completa, más varias orquestas y conjuntos
particulares, en especial de música africana o afroamericana, que él llamaba
genéricamente bambula). Se añadían al conjunto cañonazos, campanas y
fuegos artificiales (según también hizo, pero mucho después,
Chaikovski con su Obertura 1812, de 1880), como en el festejo para
celebrar el aniversario de Don Pedro II, Emperador del Brasil. Basta tener en
cuenta la complejidad de coordinar esto en una época donde no había celulares,
ni walking talking ni ningún otro artilugio semejante.
De alguna forma, Farrés (parte de una sucesión que viene
de Saumell- Espadero-Cervantes-Sánchez de Fuentes-Lecuona-Romeu), es también
sin saberlo el heredero espiritual de Gottschalk; aunque el norteamericano
tenía un dominio pleno y virtuoso sobre la técnica musical y el segundo no,
entre ambos se establece una sutil complicidad que les permite captar las
esencias, más allá de todo lo anecdótico, y legar una obra perdurable,
permanente y eterna. El sureño virtuoso, alumno de Berlioz, el discípulo dilecto
de Liszt, el estudiante de Chopin, el director del «concierto gigantesco» con
800 músicos, es hermano del autodidacta cubano, del rumbero generoso y
carnavalero contumaz, del hombre gozoso que puso a bailar a todo un país —y lo
sigue haciendo— porque los iguala algo tan indefinible pero al mismo tiempo tan
existente, aunque impalpable, como es eso que llamamos, sencillamente y
quitándole importancia, el genio. Porque, definitivamente, ya sea
en New Orleans o en La Habana, en el mar, la vida es más sabrosa.
Tomado
de © cubaencuentro




