Monday, June 1, 2026

JOSÉ MARIO, ‘EL PUENTE’ DE UNA GENERACIÓN PERDIDA (*)

Talentoso grupo que iba desde los 15 cuando más a los 25 años

Por Héctor Santiago (**)

En el sistema que sólo habla de proyectos fantasmas para un siglo venidero y el sacrificio es tan eterno como la vida misma, está más que claro que no hay sitio para la alegría –¿quién ha visto jamás un tirano riendo?–.

José Mario Rodríguez (1940-2002) @Fuente externa

Recientemente pude ver en California el testimonio filmado a la madre de un amigo mío judío, que es parte del proyecto del director Steven Spielberg para que no se pierda el testimonio del horror del Holocausto, pues ya los pocos sobrevivientes son bien ancianos y cuando mueran… Pero afortunadamente los judíos son unos de los pocos que saben el valor de no olvidar y educar a las futuras generaciones para que puedan ver a tiempo los síntomas del odio y combatirlos con colmillos y garras. Por eso cada año en todas partes del orbe encienden velas para no olvidar, Hollywood no lo permite con películas como “Schindler’s List”, Broadway cada cierto tiempo sube a escena “El Diario de Ana Frank”, las grandes editoriales publican testimonios, investigaciones y literatura sobre el tema, además de llevar a los tribunales a los que insisten en que el Holocausto no existió.

En Rusia Soljenitzyn y otros revelan más monstruosidades del GULAG comunista, en Polonia se filma el descubrimiento de las masivas tumbas clandestinas de miles de soldados polacos asesinados por las estalinistas tropas soviéticas y se publica toda la literatura underground prohibida cuando era una colonia soviética, amparados en el status especial de Hong Kong a escondidas los jóvenes directores chinos realizan películas sobre la monstruosa Revolución Cultural Maoísta y los escritores chinos exiliados revelan al mundo el reverso de la “utopía” china. La izquierda desde el arte combativo al que nos tiene acostumbrados y las demostraciones en las calles no permite que los muertos de la infame “Guerra sucia” se olviden, ni los jóvenes aunque no vivieron su horror dejan dormir en paz a los militares verdugos.

En España el odio de la guerra civil es común empresa de los creadores como en la película “¡Ay Carmela!” de Saura y las nuevas generaciones pese a que no lo conocieron odian tanto a Franco como si aún viviera. El Papa Juan Pablo se ve obligado a pedir perdón por la censura y prisión a Galileo Galilei, el genocidio colonial de los indios precolombinos y la siniestra Inquisición, en los Estados Unidos además de en sus desgarradoras obras artísticas y activismo político los negros están exigiendo compensación monetaria por la atroz esclavitud, en Alemania, Austria y Suiza las víctimas del Holocausto exigen les devuelvan sus propiedades, les compensen por las cuentas bancarias no devueltas y llevan a los tribunales a las grandes empresas por usar la mano de obra esclava de los campos de concentración, en Latinoamérica se reescribe con cólera la historia de la Conquista y vivifica la imagen de Cristóbal Colón. Todas estas ignominias del proceder humano sucedieron hace bastantes siglos o décadas, pero el común denominador de estos y otros esfuerzos porque la verdad se abra paso –incluyendo todos los espectros políticos–, están unidos por el común denominador de brindar el testimonio desde el otro lado de las víctimas que justamente intolerantes se niegan a olvidar, ni aceptar la Historia Oficial.

El río va, Tomás Sánchez, 2020
@Fuente externa

Pero nosotros los cubanos –que somos el compendio caribeño de muchos de estos ultrajes– nos estamos quedando sin esa Historia no oficial que suelen escribir los vencidos –aunque no derrotados–. Nos estamos quedando sin nada que contar porque las voces se están apagando, editoriales y universidades del “mundo libre” nos niegan la palabra, los verdugos –que tanto tienen que ocultar– insisten que recordar es “odio”, absurdamente sólo nosotros debemos ser “tolerantes” con la inhumanidad, a las mismas víctimas nucleadas en el exilio no les interesa proteger ese legado, a las segundas y terceras generaciones de origen cubano nacidos en el extranjero no se les cuenta el porqué de esta diáspora y muchas veces ganados por la influencia izquierdista que prevalece en las universidades antagonizan con el legado histórico de sus padres, cayendo en la trampa del acercamiento a los mismos que los hicieron nacer en tierras del destierro, los jóvenes de Cuba hastiados de la política la repelen con vehemencia sólo interesados cuando emigran en “vivir bien”, los que emigran sólo por economías coinciden sus posiciones con el régimen comunista creando una quinta columna divisionaria dentro del exilio, los acomodados callan para que los dejen entrar y salir, los que nunca sufrieron una patada se niegan a intentar ni siquiera imaginarse lo que sufrieron los que fueron pateados, la comunidad internacional de “utopistas de libritos” que gozan las prebendas del capitalismo y gritan desde afuera defendiendo la “utopía” la niegan; y por supuesto de todo esto son los verdugos quienes salen ganando con este vacío.

Homosexuales y opositores en la UMAP

Y nada de esto fuera tan trágico si no hubiera tanta historia desconocida y por contar: la reconcentración de los campesinos del Escambray llevados a la fuerza a través de media isla para internarlos en el inmenso campo de concentración llamado “Ciudad Sandino” en Pinar del Río, el genocidio en los cayos de Guanahacabibes, las atrocidades de la UMAP, el Plan Camilo Cienfuegos en Isla de Pinos, los inútiles muertos en Angola, el tráfico internacional de drogas, el pillaje del patrimonio nacional y muchos horrores más. Pero todo pueblo que se queda sin memoria está maldecido a repetir sus mismos errores…

Recientemente le respondí al escritor William Navarrete que había dejado de escribir mis “Memorias” estancadas en 1966, porque siempre que las releía me parecían una obra de ficción pese a la exactitud de datos y fechas fáciles de corroborar, y que tenía miedo que nadie me las creyera por lo intensas y horrorosas, pues quien nace con alas tiene que ser muy humilde para entender al que vivió en cadenas. Aunque después de “Antes que anochezca” quizás hay alguna luz al final del túnel…

Encadenando el ego –pecado tan pernicioso en nuestro oficio y veneno fatal para la libertad–, siempre trato de ser una sombra oculta en mis testimonios pues lo interesante es hablar del “otro”, pero hablo de esto porque hace años leyendo en Madrid los primeros capítulos de una formidable novela inconclusa le pregunté a su autor y amigo por qué nunca la terminó y su respuesta fue: “Todavía no es su momento”. Ese amigo es el escritor José Mario que acaba de morir. Y tal parece que “nuestro momento” se marchará con nosotros a la tumba. Como soy un simple escribano dejaré a los críticos que comiencen a valorizar la importancia de José Mario en la poesía cubana e hispanoamericana contemporánea, marcada por la conocida tradición política de ser ignorada a nivel internacional, desconocida por el desinteresado exilio y prohibida en Cuba por más de treinta décadas. Aunque en años recientes recibió el merecido homenaje del reconocimiento a su obra en un acto en España donde se publicaron algunas de sus obras y afortunadamente para nosotros queda su labor editorial en las Ediciones El Puente por más de cuarenta años y su testimonio personal sobre esa labor.

Sin pretender predecir los años que tomará su “descubrimiento”, estoy seguro que le llegará como a Dulce María Loynaz, Gastón Baquero, Reinaldo Arenas, mientras aguarda junto con Lydia Cabrera, Enrique Labrador Ruiz, Lino Novás Calvo, Jorge Mañach, Fernando Ortiz y otros “olvidados” de ambas orillas. Y ojalá no le ofendan sus verdugos isleños con esa “reivindicación” que sólo reservan a los muertos y los vendidos. Así pues dejo a los profesionales que hablen del poeta. A mí me interesa más el ser humano, el creador de vertical integridad, pues los pequeños detalles cotidianos sirven para iluminar la trayectoria del creador, nos revelan la grandeza de su ser y evitan que el mito encubra al hombre.

Con la energía de la adolescencia y empujados por la vitalidad de lo que entonces parecía ser una revolución nacionalista –“tan verde como las palmas”–, que rectificaría los errores de nuestra joven república, nos conocimos en 1959, compartimos el horror de lo que resultó –“tan rojo como un melón”– y años después del silencio provocado por su destierro nos reunimos –“en el gusano exilio”–. Pero esta brevedad de datos carece de la riqueza que alimentaba nuestra amistad, ignora los formativos años de ser testigos de los tremendos acontecimientos que nos tocó vivir, y que a la larga nos marcaron como seres humanos pero más que todo como creadores –pues a estas alturas creo que las desgracias más que las dichas alimentan ricamente la obra–, y dejaría en la oscuridad la importancia que por siempre tendrá José Mario en la década cultural cubana de los años 60, lo decisivo que fue para nuestra generación, y como en el ingrato exilio siguió brillando con luz propia.

Virgilio Piñera (1912-1979)

La vida nos encontró en 1959 en el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional de Cuba organizado por su entonces director el olvidado dramaturgo Fermín Borges, que con vidente claridad entendía que no podía haber teatro cubano sin autores cubanos, y a su llamado respondimos lo mejor que –aun hasta hoy– dio vida a la dramaturgia nacional, retomando la tradición republicana de Virgilio Piñera, Rolando Ferrer, Carlos Felipe y otros. Todos amparados bajo la formidable guía de la poeta, académica y ensayista Mirta Aguirre, de la estirpe fundadora del Partido Socialista Popular, debajo de cuya combativa militancia se encontraba una sacerdotisa de Safo que no lograba conciliarlo con la impuesta moralidad del Partido, pero una de las pocas que tenía el don de que la militancia no le matara la humanidad, y reconociendo el incipiente talento en todos nosotros nos guiaba con profundo respeto entre la inmadurez de la adolescencia, en especial a mí que sólo contando quince años y pasando por alto mi irreverente provocación de “rebelde adolescente” contra los anquilosados esquemas conservadores hasta me permitía haciéndose la sorda que la llamara “Bruno”.

José Mario empeñado en crear junto con otros creadores un movimiento del precario teatro infantil en nuestro país, y conociendo mis incursiones en los programas infantiles de la televisión, me instó para que me uniera a él escribiendo obras infantiles bastante escasas para sustentar un movimiento teatral. Por aquel entonces en la ciudad de Marianao funcionaba el Consejo Municipal de Cultura que tenía un Departamento Infantil dirigido por la dramaturga Nora Badía –que como le pasó a todos los creadores al devenir en capo cultural más nunca escribió nada–. Allí trabajaban los dramaturgos Silvia Barros, José Corrales, José Triana, David Camps, José Mario, las actrices Perla Vázquez y Elvira Cervera. En un edificio adyacente funcionaba el “Teatro de Muñecos” dirigido por Luis Interián, un talentoso titiritero, dibujante, compositor, que regresado de los Estados Unidos se unía a todos los expatriados atraídos por la miel de la involución que terminó como una llama quemando a muchos como mariposas. Allí me llevó José Mario para que me familiarizara con las armas del oficio ya que él trabajaba también con ellos como titiritero, y cayendo bajo el encanto de la ilimitada fantasía de trabajar con los niños mi amor fue inmediato, y precisamente el poder comunicar la belleza de la poesía fue lo que atrajo a José Mario, que poseía un natural talento para el género escribiendo hermosas obritas en versos.

Para mi mayor sorpresa, sin experiencia previa, la primera obra que escribí “El Caballito Negro” –perdida como toda mi producción isleña– fue montada por Interián, a cuyo grupo finalmente me integré también como titiritero iniciando así un fructífero amor por el teatro infantil que ha continuado hoy hasta los escenarios norteamericanos. Ese grupo fue nuestra “Tarumba” lorquiana pues pronto montados en camiones comenzamos a llevar el teatro a niños de lejanas comunidades que ni sabían que existía, allí pude ver la suavidad con que José Mario atraía a los niños, como disfrutaba con ellos, su poder para con un títere en la mano improvisar coloquios en versos con ellos, mostrándome otro lado de su personalidad que no teniendo mucha paciencia no vacilaba en responder con tajantes, secas, precisas respuestas y ácido cinismo a todo el que lo provocara. De esa época conservo los mejores recuerdos, nuestra amistad se compartía en mutua concordancia, además de ser la etapa romántica de la involución… que pronto mostró su verdadero rostro.

Una tribuna para la paz democrática,
Antonio Eiriz 1968

Un día nos encontramos con que habían asignado un “equipo” que fiscalizaría nuestras obras antes de ser aprobadas y sus posteriores montajes antes del estreno, formado por un Psicólogo Infantil llamado Vega-Vega, una Pedagoga la poeta Arminda Valdés Ginebra, el dramaturgo José Triana, y un oscuro dirigente por la Asociación de Pioneros y la Unión de Jóvenes Comunistas, a lo que siguió la entrega de libros de Pavlov, Lenin, Gorky, “Historia del Socialismo en Cuba” de Blas Roca, obras infantiles soviéticas, el “Pequeño Organon” de Bertold Brecht, otros bodrios y discursos de… Que serían desde entonces nuestra biblia política. Cada uno estudiaba nuestras obras acompañándolas de comentarios, vetos, recomendando arreglos. Tras estamparle el cuño del Departamento y ponerle un número la “Comisión” las “revisaba”. Después en un Inquisitorio acto se reunían con nosotros dejando bien claro las no escritas guías que debíamos de seguir fielmente, so pena de prohibir nuestras obras. Las obras “aprobadas” nos eran compradas por el Estado en un contrato y sumadas a las únicas que podían montar los diferentes grupos oficiales de teatro infantil, así que cualquiera de nuestras obras que no pasaran ese riguroso socio-político-psicológico-pedagógico anál[…]isis era excluida del canon dramático infantil de la isla.

Pronto la falta de una captación política y adoctrinamiento en nuestras obras hizo que ninguna se salvara de la prohibición, por lo que buscando escapes recurrimos a adaptaciones de clásicos como Perrault, los hermanos Grimm, Kipling, etc., que también cayeron bajo la guillotina pues Cenicienta todo lo obtenía a través de la magia –vetada en una sociedad materialista– y no sembrando papas como una campesina o trabajando en una fábrica como una obrera, reyes y nobles eran “rezagos del pasado”, y era preciso inculcar la lealtad militante en el niño, el valor del eterno sacrificio y no utilizar tantas canciones, poesías y bailes –pues los soldados deben ser serios–, con lo que tildándolos de “contrarrevolucionarios” mandaron de un tirón al basurero de la Historia a los magos, hadas, gnomos, sílfides, y la pobre Alicia debía cambiar su país de maravillas por un sitio donde “se combatiera al imperialismo”, Gulliver debía de llevar su mensaje militante a los gigantes, etc., etc., etc. También una obra que escribimos en conjunto sobre una versión del Uncle Remus fue vetada por ser un material norteamericano y desperdiciábamos la oportunidad de que el Conejo fuera negro para iniciar una batalla racial…

Alfredo Rostgaard, [Che] , 1969. 

Después fue el turno al adaptar los “Cuentos Negros” pues Lydia Cabrera ya era una “gusana” exiliada y todo lo relacionado con la Santería debía desaparecer como “oscurantismo religioso”, especialmente atacaban en José Mario sus temas folklóricos del campesinado por el “escapismo poético” y recuerdo la acalorada discusión por nuestras obras “La Reina de las Flores” y “La Margarita Blanca” sobre un juego infantil campesino, pues ya para entonces queriendo escribir sobre temas nacionales indagábamos en ellos pero todo lo que provenía del pasado estaba contaminado. José Mario En “La Reina” había cometido el “crimen” de que se le “pasara la mano” en lo que ellos tras un idioma retorcido insinuaban lo “mariconil” del coro de alegres flores cantando en cuartetas al sol, un Viento demasiado danzarín, y un mundo de flores poéticas parece que no muy acorde con los futuros guerrilleros mercenarios en que se querían convertir a nuestros niños, para que llevaran la guerra “internacionalista” a todos los confines del mundo implantando el “paraíso de los trabajadores”. Todo esto preludio de cuando confiscaron de todas las librerías los comics y erradicaron de nuestros cines los cartones animados; gracias a al chileno comunista Ariel Dorffman –ahora académico liberal en una universidad yanki cobrando en dólares, aun escribiendo utopismos y pasándole “in… tolerantemente” la cuenta a Pinochet en la obra-película: “La Muerte y la Doncella”–, el que escribió un libro llamado “Para leer al Pato Donald”, donde el pato –no “homo”– convertido en agente de la CIA putrificaba [sic] las mentes infantiles y los muy severos capos culturales usaron como pretexto para eliminar la fantasía de la niñez cubana –y la niñez en sí–, junto con la estocada de prohibir el Día de los Reyes, y obligarlos a jurar cada mañana con pañoletas rojas al cuello: “Seremos como el Che”.

Pese a que desde ese día quedó bien claro que ahora los ataques además de a los escritores serían también a sus sexualidades, al ahogo creciente, la censura, la evidente hostilidad hacia nuestra producción, los retorcidos y kafkianos planteamientos, de cada mitin José Mario y yo salíamos riéndonos a carcajada de la estrechez imaginativa de los “asesores infantiles”, la estupidez de los argumentos, la total ignorancia del trabajo teatral, y sus coincidencias moralistas con la mentalidad burguesa que la involución proclamaba erradicaría creando al “Hombre Nuevo”. Pero aun después de las obras haber sido criticadas, censuradas, rescritas y aceptadas, otro de los trabajos de la “Comisión” era fiscalizar las puestas en escena de las obras, pues de pronto asesores, pedagogos y camaradas, con nuestra maldita típica arrogancia cubana, se convirtieron en teatristas profesionales y hasta dramaturgos infantiles como la Valdés Ginebra, por lo que los directores debían previamente discutir con ellos los diseños de los muñecos, la música, el “mensaje” de la puesta en escena, etc. Y finalmente en un pre ensayo general debían darle también el visto bueno al trabajo final del montaje antes de sus estrenos, muchos de las cuales se suspendieron cuando ellos detectaban algo que nosotros no habíamos visto por ningún lado…

Todo eso convirtió nuestro trabajo en diarias batallas para doblegarnos a sus exigencias, a las que como el gato y el ratón siempre tratábamos de evadir buscando nuevas soluciones respetando nuestra integridad artística y negados a convertirnos en cotorritas ideológicas, todo lo que volvía el mismo proceso creativo un infierno y además sabíamos que estábamos sellando nuestro destino al no mostrarnos afines a la ideología que se cernía como única forma de pensamiento sobre nuestra pobre isla. Hasta que un día nos topamos con un muro inescapable, pues una obra mía basada en un cuento de “El Libro de la Selva” de R. Kipling donde a un elefante le crecía la trompa fue interpretada como un símbolo fálico –y ya nos habían prohibido Pinocchio–. En lo que después fue bien claro era una estrategia acordada de antemano el camarada que representaba a los Pioneros comenzó airadamente a hablar de “moral revolucionaria”, a lo que se unieron Vega-Vega y la Valdés Ginebra hablando ya sin tapujos de que no podían permitir ningún velado, subliminal proselitismo homosexual. Espontáneamente sin ni siquiera habernos puesto de acuerdo, José Mario y yo nos levantamos comprendiendo que nuestro ciclo se había cumplido y nos marchamos, no sin antes decirles al equipo las honduras retorcidas y asquerosas de sus mentes al encontrar un mensaje que ni nos había pasado por la mente ni era nuestro interés reclutar “homos” ni “bugas” pues cada cual hacía con sus falos y culos lo que le viniera en ganas…

Así nos vimos oficialmente despedidos de la historia del teatro infantil cubano, al menos de nombre pues nuestras obras se siguen actualmente poniendo lo que firmadas por los directores o son “versión de”… “La Ronda de las Flores” de José Mario sin firma con el pie “Versión de un cuento folklórico” y mi “El Día que se Robaron los Colores” por su director René Fernández. Nuestra partida culminó una estampida iniciada –o seguida, no recuerdo– por José Triana que escapó –creo– al Instituto del Libro, David Camps al Teatro Musical de La Habana, Corrales que se exilió, Perla Vázquez y Elvira Servera exiliadas, y la infortunada Silvia Barros, a la que una lesbiana que trabajaba en la carpeta del Hotel Riviera y por precios cuadriplicados alquilaba sus cuartos para citas prohibidas, al verse descubierta la denunció y la milicia del hotel abrió de repente su cuarto encontrándola en la cama con su amante y las dos desnudas fueron obligadas entre insultos machistas y risas a recorrer los pasillos del hotel antes de ser recluidas en la cárcel de mujeres de Guanabacoa, donde después de ser juzgadas en plena calle por un Tribunal Popular que les hizo las más ignominiosas preguntas sobre sus prácticas sexuales y mostrar sus “aparatos” a una riente muchedumbre, cumplieron una sentencia terminando Silvia por enloquecer para siempre –la poeta Alina Galiano me contó de uno de sus súbitos ataques de locura en plena clase en un college de New York–.

Historia del éxodo, Marc Chagal, 1952

El Departamento de Teatro Infantil se diluyó en el Departamento de Teatro del Consejo Nacional de Cultura, Nora Badía después de cumplir sus funciones creando el engranaje que precisamente se contraponía a su condición de creadora murió anciana y olvidada. Y en un acto de justicia poética, Arminda Valdés Ginebra tropezó conmigo en los pasillos del Iberia que nos conducía a España en 1979, y sin que yo se lo preguntara prontamente estableció su diferencia con los muchos pasajeros camino al exilio disculpándose de que: “Se iba por reunificación familiar a reunirse con su esposo”, a lo que yo le contesté: “Me voy por gusano a reunirme con la libertad”…

Mientras tanto lo mismo sucedió con el Seminario de Dramaturgia, pues despedido de su puesto Fermín Borges, que siendo una loca tremebunda se declaraba “revolucionario” –loca y política; aceite y vinagre–, se inició así su aislamiento del mundo cultural llevándolo a trabajar en una pizzería de la playa de Marianao y terminando por morir en el anonimato de Miami con toda su obra perdida. Mirta Aguirre fue enviada a la escuela de Letras de la Universidad donde tuvo que presenciar en silencio las denuncias de las depuraciones públicas, los mea culpa a la Stalin, y la negación a darles el título de graduación a los alumnos “antisociales”, “apáticos a la revolución”, la desaparición del PSP cuando la “Purga Revolucionaria” con el encarcelamiento de algunos de sus familiares, y pese a que en 1968 ganó un premio en México por su brillante ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz también fue borrada de la cultura oficial. En los albores de mi exilio me fui a despedir para darle las gracias por todo y me encontré a una anciana temblorosa que me abrazó llorando; su testimonio de la culpa quemante de haber servido de “tonta útil” para el engranaje que después que la utilizó la echó a la basura como una piltrafa inútil. Si bien en medio de tantas bajezas humanas la distingue sus advertencias de denuncias, espionajes de la Seguridad, y el uso de su influencia política que salvó a tantos artistas facilitándoles un rápido exilio, y entre ellos me viene a la mente el director teatral Heberto Dumé. Ella fue sucedida en la dirección del Seminario, que ya nos había becado, por un judío comunista argentino Samy Feldman, un brillante profesor, testigo de las purgas durante su estancia en la Unión Soviética y que vino a Cuba creyendo que esta vez “todo sería diferente”, pero al encontrarse con la versión caribeña de lo mismo encabezó la estampida de los “utopistas de libritos” y del cual recuerdo que dos días de marcharse nos dijo: “El comunismo quita a Dios para suplantarlo por el Líder”… Lo substituyó el “otro de lo mismo” Osvaldo Dragún, lo que marcó la salida de José Mario y mi posterior expulsión por “conducta antisocial y apatía revolucionaria” –nótese que mis testimonios siempre vienen acompañados de nombres pues de que vale mencionar los hechos sin señalar a los verdugos, pues eso sólo hace que sigan durmiendo confortablemente en el anonimato–. Pero el indoblegable espíritu y el dinamismo de José Mario ya había llenado esos vacíos con lo que sería su labor más importante: las Ediciones “El Puente”.

Cada día entre un selecto grupo a prueba de infiltrados de la Seguridad íbamos comentando los negros augurios que se cernían sobre nosotros, pero lejos de quedarse en las protestas y quejas José Mario decidió combatirlos con la acción por muy descabellada que pareciera. Leyendo un manuscrito en que trabajaba un espantoso poema adolescente desde 1959, me lo pidió para la publicación inaugural de su empresa editorial, así en 1960 salieron juntos su “La Conquista” y mi “Hiroshima” iniciando la extraordinaria vida editorial sobre la que se ha querido echar un velo de olvido, distorsionarla y prohibir su verdadera historia. A lo que siguieron múltiples títulos de los cuales José Mario dejó testimonio en la revista “Mundo Nuevo” y en la “Revista de la Asociación Hispano-Cubana”. Es importante notar el mensaje subliminal que enviaban los autores de “El Puente” si examinamos los títulos de los libros como: “El Grito”, “De la espera y el silencio”, “Clamor Agudo” de José Mario, “La Marcha de los Hurones” de Isel Rivero con el mensaje implícito en el libro de las masas de animales siguiendo ciegamente a sus guías aun después de desbarrancarse o ahogarse, “27 pulgadas de vacío de Silvia Barros, “Algo en la Nada” de Gerardo Fullera León, “Silencio” de Ana Justina, etc. Con esto José Mario creaba la alternativa para los que no querían poner su obra al servicio de la cultura oficial ni politizarla, pues ya la confiscación de los medios de prensa y el poner a todos los creadores bajo una nómina oficial dejaban ver claramente que se nos guiaba al obligado camino de peleles de un único dogma. Además de todo lo apuntado otros serían los externos motivos impulsores de su quijotesca empresa en un mundo que iba lentamente cerrando todas las opciones: La desaparición de la librería y editorial “La Tertulia” que se interesaba en los escritores noveles, el infame discurso de “Con la revolución todo contra la revolución nada” y el monopolio editorial y artístico de la recién creada Unión de Escritores y Artistas de Cuba UNEAC. Los motivos internos estaban sustentados en su natural espíritu rebelde, incorruptible valentía, el insobornable respeto que sentía por la creación artística y el deber que tenía para con su generación rebosante de talentos.

Su padre era un triunfal negociante, dueño de varias propiedades y que hasta que le fue confiscada por el Estado poseía una lucrativa ferretería donde José Mario lo ayudaba sobre todo con los libros y si mi vieja mente no me juega trampas era hijo único. Siempre vi que lo adoraban y estaban muy orgullosos de que fuera escritor –sin catalogarlo de “mariconerías” ni torcerles sus destinos como es común entre las familias criollas cuando sus vástagos se asoman al arte–, por lo que no le negaron el apoyo para su costosa empresa editorial que él reforzaba con su sueldo. Más tarde en el exilio mendigando por aquí y allá entre los mecenas en España bajo el título “La Gota de Agua”, pero debo aclarar que nunca recibió subvención monetaria alguna de la UNEAC como alguien ha dicho, sino que su asociación con esta organización fue provocada por otros motivos que explicaré. Así con noble desinterés los costos de las publicaciones siempre salieron de su bolsillo, jamás exigiendo que los autores por publicar contribuyeran con algo y los que aun vivimos podemos dejarlo bien claro, y lejos de utilizarlo –como hacen tantos– para sus propósitos personales, el escaso número de sus libros contrasta con más de la veintena de autores que publicó, pues pronto lo que inicialmente sería una editorial de poesía terminó publicando cuentos, relatos y teatro.

Y en los albores de su abrupta desaparición ya contemplaba la publicación de novelas y ensayos –entre ellos textos de Reinaldo Arenas– y como un apéndice a la editorial había publicado varios números de la “Revista Literaria El Puente”. Cada día esta nueva opción de manifestarse sin plegamientos ideológicos resaltaba la importancia de “El Puente” en el mundo literario cubano, e iba creciendo pues se le sumaban nuevos creadores jóvenes que defendían fieramente su independencia creativa y los cuales tan tempranamente como en los 60 ya comenzaban a reflejar la literatura homoerótica hasta entonces tema prohibido en la conservadora sociedad cubana y el machismo guerrerista que preconizaba “El Hombre Nuevo” –todo lo que precisamente provocó que de su constante vigilancia se pasara a la brutal represión–. Su propio testimonio resulta más importante que el mío, pero no puedo dejar de pasar por alto el formidable grupo que logró aglutinar, donde sobre todo es importante la presencia numerosa de poetas, narradoras y dramaturgas, lo que siempre es algo raro en el mundo literario controlado por los hombres: Ada Abdo, Belkiz Cuza Malé, Silvia Barros, Lina de Feria, Isel Rivero, Mercedes Cortázar, Ana Garbinski, Lilliam Moro, Ana Justina, Nancy Morejón, Marinés Mederos, Ana M. Simo, Ángela Martínez, Evora Tamayo, Georgina Granados, y quizás alguna que se me escape. A los que se le unen igualmente poetas, narradores, dramaturgos y etnólogos: Miguel Barnet, Guillermo Cuevas, René Ariza, Jorge Oliva, Nelson Rodríguez, Reinaldo G. Ramos, Manuel Granados, Ángel Luis Fernández, Mariano Herrera, Jesús Abascal, Delfín Prats, Jorge Ronet, Gerardo Fulleda León, Eugenio Hernández, el peruano Rodolfo Hinostroza, Luis Rogelio Nogueras, Rogelio Martínez Furé, Pio E. Serrano, Pedro Pérez Sarduy, Jesús Abascal, Manuel Ballagas, los dramaturgos Nicolás Dorr, J. R. Brene, Eugenio Hdez, José Milián, este escribano bajo el nombre de Santiago Ruiz, etc.

Talentoso grupo que iba desde los 15 cuando más a los 25 años. Además entre las publicaciones más exitosas estuvieron la “Novísima Poesía Cubana” (1 y 2) editada por Ana M. Simo y Reinaldo G. Ramos, donde se realizó la antología de un nutrido grupo de poetas de diversas estéticas que José Mario reunió en un pequeño ensayo como “la generación de El Puente”, insinuando bien claro que el elemento común en todos era la visión artística al margen del arte oficial, el impuesto mensaje marxista y la renovada sangre juvenil con diversas voces “sin escuelas” renovando la literatura cubana post re…involución. “Novísima de Teatro” editada por Eugenio Hernández, “Teatro Infantil” (Tomo 1-2) de José Mario, “Teatro Infantil” de Silvia Barrios, “Teatro” de José Millián y de J. R. Brene “Santa Camila de la Habana Vieja”, y en espera había más títulos teatrales entre ellos mis obras infantiles y de adultos.

Otro éxito editorial fue “Poesía Yoruba” editada por el etnólogo y folklorista Rogelio Martínez Furé que se agotó tan pronto salió. Y esta edición agravó una de las más peligrosas acusaciones que se nos hacían, pues mientras aun en la oficialista UNEAC era mínima la presencia de escritores negros, en “El Puente” se contaban entre otros que recuerdo a Guillermo Cuevas, Fulleda León, Eugenio Hernández, Ana Justina, Furé, Nancy Morejón, Manuel Granados, Georgina Herrera, y el ensayista, folklorista y etnólogo Walterio Carbonell que había pretendido fundar el Partido de las Panteras Negras Cubanas y al cual se le iba a publicar un excelente ensayo “El problema racial en Cuba” –que lo extendía hasta la “involución”–. Esto nos acarreó la acusación de querer crear una división racial pro negra en la cultura cubana, pues el barbudo marxismo cubano no aceptaba “la raza” porque el internacionalismo proletario nos volvía a todos ¡militantes daltónicos! Walterio Carbonell terminó con una larga condena en la cárcel por diversionismo ideológico e igualmente el fantasma de la negritud provocó el encarcelamiento y censura de Manuel Granados, así como su esposa Georgina Granados y Nancy Morejón que de la noche a la mañana se volvieron “blancas”…

En el sistema que sólo habla de proyectos fantasmas para un siglo venidero y el sacrificio es tan eterno como la vida misma, está más que claro que no hay sitio para la alegría –¿quién ha visto jamás un tirano riendo?–, así pues el paso del ciclón “Flora” puede borrar de golpe la fascinante vida nocturna de la Habana bohemia, la muerte de un mercenario nos deja sin carnavales y el cortar caña nos roba las Navidades. Por eso José Mario concibió la idea de expandir “El Puente” a otros creadores y tomando el ejemplo de las cuevas existencialistas parisinas y los cafetines del neoyorquino Village Beaknit, logra que un legendario personaje de la vida bohemia habanera el maravilloso Felito Ayón, brinde su bar “El Gato Tuerto” en el Vedado habanero mirando al malecón, para organizar las tertulias donde con incontenible éxito comenzaron a reunirse escritores de todo tipo para escuchar a los propios autores leyendo sus obras, y a jóvenes músicos algunos de los cuales musicalizaron poemas del círculo, entre ellos la trovadora Teresita Herrera, el joven Sergio Vitier, y otros que después formaron parte del movimiento de la “Nueva Trova”, también nuestra Juliette Greco criolla la actriz Miriam Acevedo, con su dejo parisién existencialista, siempre vestida de negro, con su voz profunda decía o cantaba los poemas del grupo, además de otros cantantes entre ellos Doris de la Torre, Ela O’ Farrill, la cantautora Martha Valdés, y los cantautores José A. Méndez, César Portillo de la Luz, que bajo el movimiento del “feeling” cantaban también nuestros poemas y sus creaciones.

En el vestíbulo expusieron sus obras varios pintores –recuerdo a Antonia Eiriz y que periféricamente a lo último se nos unieron Clara Morera, Juan Boza, Justo Pérez–, a los que también se les abrió la oportunidad de ilustrar los libros, lo que ya hacían otros pintores. Así “El Puente” comenzaba a convertirse en un movimiento estético que incluía varios géneros artísticos. Con las largas colas de jóvenes para entrar atestiguando el éxito de la empresa, cada tertulia se fue convirtiendo en un intento por romper la acidez ascética que se cernía sobre La Habana y le daba un toque más allá de la aldea en que se iba convirtiendo ya aislada del resto del mundo no soviético.

Por otro lado con la confiscación de editoras e imprentas privadas, el sistema de “cuotas” de papel, cintas de mecanografía, etc., creado por la UNEAC para sus miembros, la mayoría de las empresas abastecedoras ya al servicio del Estado así como los linotipistas, se iba haciendo cada día más difícil obtener papel, tinta y otros elementos para publicar. Así que las aventuras picarescas a lo “El Buscón” de Quevedo se iban haciendo cada día más cotidianas y peligrosas pues incluía el comprar el papel de contrabando, buscar en almacenes abandonados de imprentas cerradas, sacar a escondidas de noche los botes de tinta de los periódicos y hasta robar el plomo para las planchas impresoras. Pero nadie pensaba en el peligro de ser atrapados pues la necesidad de expresarnos y la convicción de hacer lo correcto era la adrenalina que necesitábamos para no pensar en más nada. Finalmente el taimado y entrenado estalinista Nicolás Guillén que era un experto en mostrar amablemente la piel de carnero ocultando al lobo, –que es falso que movió un dedo para que sacaran a José Mario ni cerraran la UMAP, pues si de algo pecó el mundo artístico e intelectual cubano fue no sólo en contribuir a las listas sino en callar y apoyar que se enviaran a decenas de artistas e intelectuales –“lumpen” y “locas”– a los campos de concentración y bien que para consumo exterior le negaban hasta al mismo Sastre y todos los que preguntaban alarmados la existencia de los campos de concentración. Es más que evidente la contradicción en mandar a la Seguridad a cerrar “El Puente” y después sacarnos de la UMAP en lo que sería la “solución final” caribeña. ¡Por favor un poco más de respeto con la Historia!–. Guillén como una manera de neutralizar “El Puente” y ante el control estatal del mundo editorial, le propone a José Mario integrarlo a las publicaciones de la UNEAC, lo que precisamente significaba la muerte de su independencia y aceptar se le supervisara y censura los títulos, lo que éste no acepta, pero cuando finalmente las librerías comienzan a ser confiscadas, sólo acepta que la UNEAC copatrocine la distribución de los títulos de “El Puente” bajo la aprobación de la Editora Nacional dirigida por Monsieur Carpentier.

Simplemente maquiavélica manera de ganar tiempo, pues permitía que representando a la UNEAC Onelio Jorge Cardoso, Fayad Jamis, Portuondo, Félix Pita Rodríguez, y Fernández Retamar, entre otros, tuvieran acceso a los libros almacenados, lista de títulos para publicar y manuscritos que iban terminando en la Seguridad del Estado engordando el dossier contra nosotros. Paralelamente a eso tanto en la Facultad de Letras y la Facultad de Filosofía de la Universidad de La Habana comienza un ataque abierto contra la estética y la moralidad de los integrantes de “El Puente”, dirigido por el “arrepentido” capo Jesús Díaz, lo cual ya había provocado que las hordas enfurecidas de los Jóvenes Comunistas nos atacaran con palos, piedras, insultos y amenazas, en el Teatro de los Arquitectos en la calle Infanta, la puesta en escena de la obra “Los Mangos de Caín” de Abelardo Estorino dirigida por la actriz Magali Alabau –la cual éste parece jamás haber escrito pues no la menciona en su bibliografía–, prohibiendo su estreno pues como “Los siete contra Tebas” de Arrufat aludía a la insana división de la sociedad cubana.

Finalmente cuando igualmente apoyado por los coléricos Jóvenes Comunistas toma a la fuerza la redacción de “El Caimán Barbudo” gaceta literaria del periódico “Juventud Rebelde” de los Jóvenes comunistas, botando a patadas a su Consejo de Redacción y nombrado “desde arriba” su director, Jesús Díaz comienza abiertamente a publicar ataques contra todos nosotros, con ecos en “La Gaceta” de la UNEAC, labrando el camino para nuestra destrucción bien coordinada. Ya igualmente la Seguridad nos acosaba sin misericordia siguiéndonos, intimidando a nuestros amigos, llevándonos por gusto detenidos, dirigiendo nuestra expulsión de la Universidad, revisando nuestras casas sin delito alguno ni orden legal, lo que hace que el mismo José Mario cierre su casa y se traslade a vivir con sus padres, pues entre las órdenes dadas a los Comités de Defensa de la involución… estaba el “vigilar a los ¿hombres? que viven solos”. Pese a que estábamos bien al tanto poseíamos un desdén juvenil, obsesión por defender nuestros principios, la romántica idea de que actuábamos correctamente y nada nos pasaría…

Y este desdén por las consecuencias cuando uno defiende sus principios, se ilustra mejor que nada en un incidente que revela la estatura moral de José Mario y que ya había olvidado cuando se lo recordé en nuestro encuentro en su casa del Lavapiés madrileño. Para cerrar el Primer Congreso de Educación y Cultura que continuó tras la reunión de los intelectuales en la Biblioteca Nacional, se organizó en el enorme teatro de Miramar “Blanquita” –después Chaplin, después Carlos Marx–, uno de esos masivos actos faraónicos de que tanto gustan los dictadores y que la Seguridad se encargó de llenar con el remanente de militantes, soldados, obreros, etc., pues dejarlo a medias sólo con los artistas hubiera sido un insulto para… En el escenario en una mesa repleta de los capos culturales que lo aguardaban a cortina abierta impacientes desde hacía varios minutos, con sus grandes zancadas y uniforme militar entró teatralmente como es usual acaparando la atención, siendo recibido por una atronadora ovación todos de pie… menos José Mario.

A su lado se encontraba el coreógrafo mexicano Rodolfo Reyes, un furibundo comunista parte de los revolucionarios profesionales llegados para ilustrarnos, el que visiblemente colérico le gritó a José Mario que debía de levantarse pues… se lo merecía. Y él con una serena frialdad le contestó: “También así ovacionaban a Hitler”. Debo confesar que el impacto de sus palabras fue tan intenso que de pronto me sentí abochornado, cobarde, dejando de aplaudir y sentándome yo también mientras se prolongaban los vivas y ovaciones. Aun ahora que escribo esto lo recuerdo vívidamente. El camarada Reyes se presentó al otro día para denunciarnos en la UNEAC, pero tiempo después huyó como perro apaleado de la “utopía” para irse a enseñar revoluciones a Chile cuando el gobierno de Allende y creo que de allí pasó a Nicaragua, y si aún vive debe estar senilmente esperando el próximo “paraíso”.

Pero el régimen que prohibía a los Beatles, cortaba pelos y minifaldas en redadas policíacas, ya en 1965 iniciaba los dossier de “apáticos e inmorales” que terminarían en los campos de concentración de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción UMAP en Camagüey y trataba por todos los medios de evitar la contaminación del movimiento hippie, no podía quedarse de brazos cruzados ante esta provocación y peligrosa brecha ideológica. Pronto los incipientes estudiantes de sistemas represivos fueron asesorados en su analfabetismo por la KGB, la Stassi alemana, los viejos miembros del PSP, los exportadores de revoluciones y “utopistas de libritos”. Cada día llegaban nuevas denuncias contra “El Puente” al buró de Nicolás Guillén en la UNEAC, la Seguridad no le perdía los pasos al grupo, públicamente en los foros literarios se calificaba como “delito contrarrevolucionario” su independencia estética, se pedía el exterminio de la “Torre de Marfil”. A lo que se unía el socorrido recurso del juicio moral que incluía la amplia gama de “maricones” “lesbianas” “putas” “borrachos” “lujuriosos” y otros cartelitos.

Era hora de hacer algo… Pero lo que precipitó la acción fue la nominación del poeta judío norteamericano Allen Ginsberg como miembro del jurado de poesía del concurso de la Casa de las Américas, el que llegó a La Habana con una cuantiosa bolsa cargada de LSD y marihuana que fumaba irreverentemente delante de los capos culturales, habló públicamente de sus sueños eróticos con el ¡¡Che Guevara!! Y encontró a los jóvenes cubanos “irresistibles”. Este pronto se acercó a los integrantes de El Puente participando en cálidas y humosas reuniones en casa de Felito Ayón, José Mario y otras. En la revista “Mundo Nuevo” José Mario habla mejor que nadie sobre eso, lo que culminó en la pronta expulsión de Ginsberg hacia Praga, que desde entonces como Susan Sontang, aunque persistieron en sus dogmas –pues perro huevero aunque le quemen el hocico–, han atenuado sus radicales discursos utopistas y luchan contra la intransigencia del mundo izquierdista neoyorquino convertidos en denunciantes del régimen isleño. En mi reencuentro con Ginsberg en New York tuve el placer de su arrepentimiento; así que murió entre mi lista de perdones.

La Seguridad –que es lo único que funciona eficientemente en cualquier tiranía–, instruida directamente por Guillén y José A. Portuondo –entre otros–, cayó sobre la imprenta en la Habana Vieja confiscando todas las planchas de los libros publicados, ejemplares almacenados, convirtiendo en pulpa los que estaban en prensa entre ellos un libro de Delfín Prats y desapareciendo de los estantes de las librerías nuestros libros. Pero aún faltaba desbandar al grupo: fuimos enviados a la UMAP José Mario, Nelson Rodríguez, Jorge Ronet, Justo Pérez, con alguno que olvido… Ya al tanto de lo que pasaría se alejaron discretamente Nancy Morejón, Miguel Barnet, Lina de Feria, Marta Valdés; que han borrado de sus bibliografías todo contacto con “El Puente”. Silvia Barrios es presa de la locura en Miami, Ana Justina se refugió en el exilio interno muriendo alcoholizada y desconocida, Ana M. Simo que pertenecía a la Unión de Jóvenes Comunistas y se declaraba “marxista” fue detenida por lesbiana y marcada y censurada tuvo que exiliarse junto con Ada Abdo, Isel Rivero, Ángela Martínez, Evora Tamayo, Marinés Mederos, Mercedes Cortazar, Belkys Cuza Malé, Doris de la Torre, Clara Morera, Lilliam Moro; persisten en crear o se callaron entre la censura izquierdista del “mundo libre” o la apatía del exilio, de Georgina Granados supe hace años que por aquel entonces aún estaba en la isla ¿? Guillermo Cuevas fue devorado por el mundo snob de París después de haber publicado “Ochún en el Sena” donde ahora espera una irreversible ceguera, Nelson Rodríguez fue fusilado tras que se le negara repetidamente la salida del país optando por un frustrado intento de desviar un avión, René Ariza murió en San Francisco, atrapado por la locura que le produjo su estancia en la cárcel tras la Seguridad haberle confiscado un libro “contrarrevolucionario”, Manuel Granados después de una larga odisea de cárceles y persecuciones murió en París tras corta estancia, Manuel Ballagas fue detenido por un manuscrito “contrarrevolucionario” y ahora anda desconocido por el exilio, Brene murió alcoholizado escribiendo radionovelas y desaparecido de los escenarios, Reinaldo G. Ramos ha publicado algunos libros en el destierro, Jorge Oliva tras escapar nadando hacia la base naval de Guantánamo murió de SIDA en New York así como Jorge Ronet.

Pio Serrano dirige la editorial “Playor” en Madrid, Furé fue botado de su puesto como Director Artístico del Conjunto Folklórico Nacional y metido en una oscura oficina del Depto. de Etnología de la Academia de Ciencias de donde ahora ha renacido “reivindicado”, como José Milian que fue “parametrado” del movimiento teatral cubano en los 70 y prohibidas sus obras, el capo de Miguel Barnet ahora es diputado de la Asamblea Nacional, el resto sobrevive como puede o se acomodó entre delaciones y alcoholismo como Delfín Prats… Antonia Eiriz murió exiliada en el paraíso miamense, Clara Morera pasea sus areneanas tetas caídas por el exilio en New York, donde también murió inesperadamente Juan Boza tras lo cual toda su obra fue confiscada por el Welfare –del que vivía para poder pintar–, y almacenada en un almacén en Brooklyn fue destruida por una inundación, Justo Pérez al salir de la UMAP no pintó más nunca dedicándose a la decoración en el Plan Especial de Extranjeros en Varadero donde es informante de la Seguridad. Es como la biografía de la maldición que persigue a todos los integrantes de la Casa de Tebas del mito griego, si no fuera por el orgullo de haber formado parte de tan encomiable intento por defender la libertad de expresión.

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De nuestra estancia en el infierno verde de la UMAP quedan esos inconclusos capítulos de “El Stadium” –en realidad varios: el de Marianao donde reconcentraron al grupo de José Mario, el del Cerro donde reconcentraron a mi grupo y el de Ciego de Ávila–, donde publicados por primera vez en París en la revista “Mundo Nuevo” que dirigía Monegal, como el primer testimonio publicado del experimento del holocausto moralista, se acogió en España y Latinoamérica con airadas denuncias por parte de la intelectualidad “tolerante” como “falsedades” “campaña de difamación contra la revolución” “desprestigios de los reaccionarios gusanos contrarrevolucionarios vendidos al imperialismo yanki” y culpando a “Mundo Nuevo” de ser “subvencionada por la CIA” –pues quizás lo único permitido era lo que subvencionaba la KGB o el G-2 cubano–. En estos se narran el tortuoso concentramiento [sic] masivo en La Habana y el infernal viaje hacia Camagüey que culminó en los segregados campos de concentración, pues aún en aquellos donde “hombres” y “locas” compartían las insanas barracas en las calientes explanadas, el de las “locas” estaba rodeado de cercas electrificadas hasta que se crearon los de “locas nada más”. Y conste que según propias palabras de José Mario al irle recordando detalles, me confesó que los había omitido temeroso de parecer que los inventaba; entre ellos que nos tuvieron siete horas esperando en la noche bajo intensas luces, perros alemanes y AKA soviéticos sin permitirnos movernos, hasta que nos metieron en ómnibus con las ventanillas herméticamente cerradas y tapadas con papeles negros y durante las nueve horas que duró el viaje no pararon por lo que tuvimos que defecar y orinar en la parte trasera, que a la mañana bajo el intenso sol cubano volvió con sus gases la atmósfera irrespirable provocando vómitos de asco uniendo nuevos olores a la peste insufrible, y muchos se mojaban los labios en orine por la sed y nos tuvieron otras ocho horas bajo el sol en el stadium de Ciego de Ávila esperando para ser enviados a los campos designados; así que estuvimos sin comer ni beber agua unas veinticuatro horas; siendo nuestras peticiones recibidas por las risas de los soldados que nos decían: “De aquí no va a salir vivo ni un solo maricón”.

También entre otros estaban omitidos los shocks con insulina o electros que nos practicaron siguiendo métodos pavlovianos de “conducta inducida” mientras nos mostraban fotos de hombres desnudos para que en el subconsciente los rechazáramos volviéndonos a la fuerza heterosexuales, conducidos por integrantes de la universidad Carolingia de Praga y la de La Habana, psicólogos franceses y el Departamento de Higiene Mental del Ministerio de Salud Pública cubano. Y pese a mis esfuerzos por saber el número exacto de asesinados, suicidios, locos y muertos por enfermedades, nunca he podido pasar de los 86 que tengo registrados, y me temo que eso jamás se sabrá, pues otros de los verdugos el colaboracionista Norberto Fuentes admite en uno de sus libros que los registros de la UMAP fueron quemados en los años ochenta y yo mismo pude ver en un largo viaje pre exilio por la isla despidiéndome de ella como los campamentos en Camagüey habían sido aplanados con buldócer o dinamitados no dejando ningún rastro. Eran los airados años 60 pre caso Padilla y nadie quería creer –como aun los ciegos de ahora– que el sueño caribeño pudiera crear su GULAG, así que tanto fueron los ataques que José Mario convencido de que nadie le creería decidió engavetar el manuscrito.

Claro que cuando el mismo Juan Goytisolo conoció la realidad se cuidó bien de no denunciarla pública e inmediatamente para que no le viraran los cañones sus compañeros de ideología y sólo la dio a conocer mucho después en sus memorias, y los otros que las denunciaron como “mentiras contrarrevolucionarias” jamás se retractaron ni ofrecieron disculpas a las víctimas sino que se escondieron debajo del viento de la mala memoria que todo lo borra. Años más tarde la colérica izquierda latinoamericana se encargó de darle publicidad mundial al confinamiento de los detenidos en el stadium de Santiago de Chile que siguió a la caída de Allende, dándole así la estocada mortal a nuestro insignificante stadium isleño y echando el polvo del olvido sobre la abortada novela de José Mario.

Cuando debido a presiones internacionales de famosos creadores la UMAP fue cerrada –el último campamento subsistió en Maniantabo hasta 1968–, todos los que salieron se encontraron con la renacida colonial Ley de la Vagancia a lo General Tacón, que castigaba con 5 años de prisión al que no trabajara. Al ser liberados de los campamentos a cada uno se nos entregaba una sellada carta del Ministerio de las Fuerzas Armadas MINFAR para el Ministerio de Trabajo, la que contenía un código numerado con lápiz rojo que se incluía en el dossier del historial laboral; eso significaba que ninguno podía regresar a sus previos trabajos y sólo se le ofrecían unas pocas oportunidades; sepulturero en el Cementerio de Colón, trabajar en las canteras de cal viva de Arroyo Naranjo, con los cocodrilos en la Ciénaga de Zapata, limpiando baños públicos, sembrando viandas en el Cordón de la Habana, el Plan de Construcciones en Varadero y el Hospital de Dementes en Mazorra. Sólo se podían rechazar dos veces los ofrecimientos y al tercero se era automáticamente enviado al Tribunal de Trabajo en el edificio del antiguo periódico “El Diario de la Marina” en Prado y Teniente Rey, donde tras un corto juicio se era trasladado a la prisión del Castillo del Príncipe en espera de ser enviado a las granjas de trabajos forzados.

Así que ni José Mario, tantos, ni yo, podíamos regresar al Consejo Nacional de Cultura, y mucho menos a la Universidad donde nos dijeron que nunca seríamos admitidos de nuevo y jamás les darían sus títulos a los ya graduados, y en cada reunión de todo tipo nos aconsejaban dejar unos 10 años de nuestra vida trabajando en esos sitios para demostrar que estábamos “rehabilitados” y entonces seríamos “perdonados”. Sólo quedaba transigir y agachando la cerviz trabajar para el sistema, persistir en crear la voz de la resistencia con peligro de ser encarcelados o el exilio…

A su llegada a Madrid en 1968 José Mario retomó su amor por el teatro infantil comenzando a trabajar en varios grupos de títeres, conectándose con la colonia de exiliados cubanos y abriéndose paso en el mundo intelectual de la capital. Pese a que creía que al arribar al “mundo libre” encontraría oídos a sus denuncias, pronto se encontró con los decadentes últimos años de una dictadura franquista, que mientras públicamente era anticomunista hasta los tuétanos por debajo era el principal negociante no soviético con el régimen cubano, el cual en público mientras atacaba a los falangistas le llenaba las arcas, puestos ambos de acuerdo para en silencio realizar la eficiente expatriación de la colonia española que prefirió al patético enanito lleno de medallas que las barbas caribeñas, además de la expropiación en silencio del Centro Gallego, Asturiano y otras propiedades incautadas –y algunas ahora devueltas en medio del mismo discreto silencio–.

Después con la “apertura” monárquica y el posterior arribo al poder del PSE que inició el apoyo organizado al régimen de la isla, iniciando la bonanza del abierto apoyo de comunistas, rosados y la izquierda española, después el arribo de la derecha que resultó ser taimadamente “el mismo rostro de lo mismo” con sus inversiones y el turismo sexual, el entorno se volvió más hostil contra él que comenzó a ser atacado absurdamente por defender el derecho de expresión ¡¡de los mismos creadores que lo atacaban!! Pero no se amedrentó José Mario de estos ataques y censuras volviendo a reemprender su aventura editorial con la editorial “El Puente” y más tarde en el folletín literario “La Gota de Agua”, creando así la primera voz para la comunidad literaria cubana exiliada en España y otros sitios –mucho antes que los encomiables Linden Lane Magazine, Verbum, etc.–, siendo el primero en rescatar los poemas de Gastón Baquero cuando todos lo ignoraban “por negro, maricón y gusano”, publicando a los exiliados participantes de “El Puente” y dando voz a los nuevos desterrados que comenzaron a llegar en la década de los ochenta, así como a escritores españoles y latinoamericanos y artistas plásticos que contribuyeron a sus páginas.

Y algo más me queda recordar. Estábamos en un campo de concentración de la UMAP en Esmeralda, donde –entre una de las tantas– la desobediencia civil de las locas eran armar unos shows con travestismos de figuras, música y bailes de los peliculones mejicanos de los cuarenta, algunas vedettes cubanas como Rosa Carmina, Rosita Fornés, María A. Pons, Ninón Sevilla y las inevitables Tongolele y Carmen Miranda. Creando así un verdadero “Tropicana” con mosquiteros teñidos con mercurio cromo, violeta genciana, azul de metileno, sacos de yutes deshilados, güiras secas con piedrecitas usadas como maracas, collares y manillas hechos de semillas silvestres, latas de aceite como tambores, flores silvestres traídas del campo, maquilladas las pestañas con betún de zapato, las sombras de ojos hechas del hollín de las cazuelas ligado con cebo, el rostro con polvo de ladrillos anaranjados, los labios enrojecidos con jugos de flores silvestres, pelucas de sogas, y todo lo que a la imaginación ilimitada de las locas se le pudiera ocurrir para escapar al menos por esa noche de la realidad aplastante, los golpes, insultos, asesinatos, suicidios, electroshocks, el hambre y trabajo exhaustivo. Estos shows y la “Hora de contar las películas” eran junto con las trimestrales visitas de los familiares los acontecimientos más esperados. Normalmente las que llamábamos “hermanas pobres” eran de extracción campesina o los barrios más humildes de las ciudades, muchos eran analfabetos y algunos tenían un largo récord criminal, así que sus niveles culturales eran muy bajos y los patrones a seguir provenían del submundo de la cultura popular. Un día José Mario se cansó de estar rodeado de rumbas, mambos, tangos y seres alucinados, y recitándoles de memoria poemas de Lorca entre otros, además de leerles algún libro salvado de las constantes requisas y cambios de campamentos, anunció que abriría un círculo cultural, lo que fue acogido entre burlas y risas.

Pero su persistencia logró interesar a unos pocos –sobre todo a los analfabetos para los que escribía cartas de amor dirigidas a los “hombres” en los otros campamentos o los soldados de la guarnición que terminaron probando el néctar de Ganímedes–. A las dos semanas en medio de la nave, rodeado de un amplio círculo de interesados oyentes, resonaban los diálogos de Romeo y Julieta despertando llantos y suspiros, Gabriela Mistral y la Alfonsini lograban el silencio total, y Cecilia Valdés se repetía memorizados sus capítulos mientras se cortaba la caña, y finalmente el cabaretero y rumbero camp “Quinto Patio” mexicano se vio substituido por una muy seria representación de mi versión de Sayonara dirigida por José Mario, que cerrando el ciclo de nuestros tiempos de titiriteros puso por primera vez a muchos en contacto con la magia del teatro –¡Y no me pregunten de donde las locas sacaron el vestuario de las geishas porque aún hoy me lo pregunto!– Además pronto comenzó a enseñarles a leer y escribir, darles clases de inglés y francés, y hacer lecturas de sus poemas y narraciones.

Nunca olvidaré los rostros de aquellos seres abandonados como un detritus por la sociedad, que descubrían por primera vez el misterio inmemorial del arte… José Mario era un hábil constructor de puentes para unir los más disímiles elementos, un convencido del poder del arte, amante incuestionable de las libertades. Por eso es doloroso recordar que mientras él tanto construía otros en nombre de muchas cosas destruían. Ahora me estremezco al pensar que quizás en un premonitorio adiós, le dediqué la última obra de teatro que escribí, publicada mundialmente en un anterior número de “El Ateje”. No sé cómo hubiera sido toda nuestra obra sino nos hubiera tocado ver y participar en momentos tan importantes de nuestra historia nacional y estos dos abominables siglos, sé que hemos pagado un alto precio pero nuestras creaciones salieron ganando, hemos tenido el camino “pavesado” de mecenas, diablos, ángeles, Judas, verdugos, moralistas y en mi caso la vida ha sido generosa permitiéndome la luz de Lezama Lima, Virgilio Piñera, Mirta Aguirre, Gastón Baquero, Amelia Peláez, Reinaldo Arenas, Luis de la Paz, José Abreu Felippe, José Escarpenter, Dumé y la lista es larga…

También se me es agradecido el veneno, envidias, censuras y ataques de otros que me han hecho lo que soy. Y me es obligado seguir luchando hasta la muerte contra los verdugos, “tontos útiles”, “utopistas de libritos”, que insisten en ver sólo un lado de la monstruosa realidad que defienden, moralistas listos a inaugurar nuevas UMAP en una Cuba libre y todos los que en nombre de cualquier cosa justifiquen los ataques a la dignidad humana. ¡Ah, desconfiar de los “arrepentidos silenciosos”! Y no cejar en precisar la diferencia entre un “emigrante” y un “exiliado”. A eso debo añadir el orgullo de que José Mario me permitiera compartir parte de su vida, y la seguridad de que pese a todo he salido ganando pues cuando nos tendemos al sol siempre salimos brillando…

Mirando atrás recuerdo toda una generación desaparecida… ¿Quién paga por ello? Son “errores del pasado”, recordarlo es “estar lleno de “odio”, y denunciarlo es ser “intolerante”… Pero al menos cuando todos nos hayamos ido dejando paso al conveniente silencio, por algún lado, en algún momento, alguien encontrará algún histórico ejemplar de lo publicado por El Puente y sabrá que existimos. Que en medio de tanto fango, en ese millonésimo segundo que el destino nos brinda para elegir unos pocos intentamos no marchamos. Descanse en paz José Mario. Y para sus verdugos el infierno de la Historia que puede ser demorado pero jamás extinguido…

New York, 26.10.2002

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(*) Tomado de INCUBADORA

Publicación fuente: El Ateje, Revista de Literatura Cubana (no. 6, año 2, febrero-mayo), 2003 / FB: Luis de la Paz.

 (**) Actor, dramaturgo, director, coreógrafo, bailarín y titiritero. Nacido en La Habana, Cuba , en 1944, se graduó de la Escuela Nacional de Dramaturgia de Cuba tras estudiar literatura en la Universidad de La Habana. En 1959 cofundó el Movimiento Teatral Infantil en Cuba. 

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TRES MOTIVOS EN LA POESÍA DE HEBERTO PADILLA (*)

Por Gustavo Pérez Firmat (**)

«Me hubiera gustado ser solo eso, un poeta, un escritor, no una persona afectada por la política».

Heberto Padilla (1932-2000)

Aunque empezó a publicar muy joven, Heberto Padilla no fue un poeta prolífico. Si dejamos a un lado Las rosas audaces (1948), un libro juvenil que Padilla no reconoce como parte de su obra (Zapata, 1987, p. 273), quedan: cuatro poemarios –El justo tiempo humano (1962), Fuera del juego (1968), Provocaciones (1973), El hombre junto al mar(1981)–, dos cuadernos cuyos poemas, con alguna excepción, se incorporan a los poemarios –La hora (1964) y Por el momento (1970)– y dos antologías bilingües –Legacies (1982), A Fountain, A House of Stone (1991)–, aunque solo la segunda de estas recoge poemas inéditos. Su primer libro aparece cuando ya había cumplido treinta años y su último poco antes de cumplir los sesenta. De los cincuenta poemas de A Fountain, A House of Stone, solo siete son nuevos. Después de este libro, Padilla no volvió a publicar, y probablemente no escribió más poesía. Lo que dice en El hombre junto al mar acerca del destierro estadounidense de Luis Cernuda podría atribuirse a él: «La poesía / se le hizo terriblemente arisca» (Padilla, 1981, p. 77).

La poesía de Padilla gira en torno a tres actividades o núcleos argumentales: andar, objetar, cantar. Aunque las tres actividades atraviesan todos los poemarios, su importancia varía. En El justo tiempo humano prima el andar; en Fuera del juego y Provocaciones, el objetar; en El hombre junto al mar, el cantar. Los poemas inéditos de A Fountain, A House of Stone conforman una vacilante coda, como veremos.

ANDAR

Durante la década de 1950 y la primera mitad de la de 1960, Padilla fue un viajero infatigable. De las tres partes que conforman El justo tiempo humano, la primera y más larga se lee como un diario de viaje: «En la tumba de Dylan Thomas», «Hamburgo», «Londres», «Andaba yo por Grecia», «En la corte de Luis XIV». Otros poemas –«Renata», «Ana Frank», «Llegada del otoño», «Exilios»– también están ambientados en Europa. En «La hora», un poema escrito en Moscú en 1963, Padilla conjetura sobre el lugar de su muerte. Podría llegarle la hora en Londres, Moscú, Smolensk, Borodino, Lyon, New York o Noruega. El lugar que brilla por su ausencia es su país natal. Algo parecido sucede en «Cielos que cambian», de Provocaciones. El poeta alza los ojos y ve los cielos de Grecia, Marruecos, México, Londres, Moscú. Lo que no ve es el cielo azul de Cuba. Uno de los pocos poemas que escribió a propósito de un paraje de la isla, «Cayo Piedras», fue omitido de ediciones posteriores de Fuera del juego. Así como los referentes literarios de Padilla son escritores estadounidenses y europeos, sus referentes geográficos también son extranjeros.

Como se sabe, los adversarios de Padilla le sacaron en cara las frecuentes ausencias de Cuba. Según Leopoldo Ávila, la conducta de Padilla se caracterizaba por «el andar, despreocupado y boquiabierto, por las capitales europeas». Es más, «la lista de sus viajes le dan un récord que pocos pilotos han igualado» (Ávila, 1968, p. 17). Del mismo modo, la «Declaración de la UNEAC» le reprocha no haber estado en Cuba en momentos decisivos. Padilla (1968, p. 35) mismo, consciente de su vulnerabilidad en este punto, incluye en Fuera del juego un poema titulado «Siempre he vivido en Cuba», donde argumenta, con dudosa verosimilitud, que su ausencia física de la isla está compensada por su compromiso con su historia: «Yo vivo en Cuba. Siempre / he vivido en Cuba. Esos años de vagar / por el mundo de que tanto han hablado. / son mis mentiras, mis falsificaciones».

Pero, contra lo que afirma en el poema, desde muy joven Padilla alardeó de su vocación viajera. Empleado por el Ministerio de Comercio Exterior del régimen castrista, se llama a sí mismo «viajante de Comercio Exterior», un juego de palabras que nombra tanto su ocupación como su trashumancia (Padilla, 1968, p. 64). En un poema dedicado a Pablo Armando Fernández, se enorgullece de sus «viejos zapatones» que destrozó «de tanto andar» (Padilla, 1981, p. 11). En el poema inicial de Fuera del juego, «En tiempos difíciles», menciona sus «viejas piernas andariegas» (Padilla, 1968, p. 23). Dada esta insistencia en «andar», cuando el verbo recurre al final del poema –«Y finalmente, le rogaron / que, por favor, echase a andar»– adquiere una carga semántica que va más allá del uso coloquial. Echarse a andar, integrarse al proyecto de la Revolución, implica dejar de andar, abandonar sus hábitos de viajero.

OBJETAR

En el poema epónimo de Fuera del juego, Padilla (1968, p. 59) declara que el poeta «Encuentra siempre algo que objetar». En efecto, los poemas sitúan a Padilla en lo que Antonio José Ponte (2002, p. 99) ha llamado, a propósito de Lorenzo García Vega, «la tradición cubana del no». Inconforme, desobediente, malhumorado, el poeta no asiente, disiente. No se suma a la marcha. En «Fuera del juego», cuando «todo el mundo» dice «pues sí, / claro que sí, / por supuesto que sí», él se define por lo que niega: «No entra en el juego. / No se entusiasma. / No pone en claro su mensaje. / No repara siquiera en los milagros» (Padilla, 1968, p. 59).

Este ímpetu negador marca la distancia entre El justo tiempo humano y Fuera del juego, que puede leerse como una negación o retractación del compromiso con la Revolución del primero. La última parte de El justo tiempo humano, la única que guarda relación con el título, contiene siete breves poemas de sesgo político. Padilla toma el título de un verso de Salvatore Quasimodo (1961, p. 117), pero altera su significado; en el original giusto significa justo en el sentido de exacto o adecuado. El poema de Quasimodo, de tema amoroso, nada tiene que ver con la justicia social. Padilla desvía el significado de justo hacia la acepción ética del adjetivo y sustituye el amor de un pueblo por el amor de una mujer. El primero de los poemas «revolucionarios», «Pancarta para 1960», comienza: «Usureros, bandidos, prestamistas,  / adiós.  / Os ha borrado el fuego / de la Revolución» (Padilla, 1962, p. 119).

Los demás poemas de esta sección comparten el «pancartismo». Cuando no es el pancartismo justiciero de este poema, es el pancartismo cursi de «Playa Girón»: «Muerte, / no te conozco. / Aún no hay víscera mía / que hayas tocado en lo más leve» (Padilla, 1962, p. 121). O el pancartismo sentimental de «Canción»: «Duerme, / mi guerrillera, / La vida sigue en pie. / Por los caminos / tus ojos todavía resplandecen» (Padilla, 1962, p. 125).

En Fuera del juego el fugaz fervor revolucionario se ha desvanecido. Los tiempos han cambiado. Ya no estamos en el justo tiempo humano sino «En tiempos difíciles», el poema que abre la colección. Este poema debe leerse en relación con «Ahora que estás de vuelta», otro de los poemas revolucionarios de El justo tiempo humano. Al regresar a Cuba en 1959, Padilla (1962, p. 129) enumera órganos para reprobar el uso que ha hecho de ellos: su «corazón de elegía», sus ojos «habituados al resplandor / de los desastres», sus oídos «rotos / por tanta furia y tanta muerte», su lengua «de imágenes perecederas», y sus manos «que tiemblan, que solo / sabían escribir “me muero”». La desesperanza de estas frases queda superada en el poema siguiente, «El justo tiempo humano», que abre: «¡Mira la vida al aire libre!».

«En tiempos difíciles» retoma el listado anatómico. La Revolución le pide manos, ojos, labios, piernas, pecho, corazón, hombros y lengua. Mas la enumeración no propicia una transformación personal, como en el poemario anterior, sino un desmembramiento. No se trata de dones sino de donaciones. Y finalmente la Revolución le pide la prueba definitiva, que eche a andar, un andar que recuerda, con ironía salvaje, sus antiguos hábitos de viajero. No en balde, este poema está entre los señalados en la «Declaración de la UNEAC»: «Cuando Padilla expresa que se le arrancan sus órganos vitales y se le demanda que eche a andar, es la Revolución, exigente en los deberes colectivos, quien desmembra al individuo y le pide que funcione socialmente». Pero el poeta se niega a «convertirse en combustible social» (Padilla, 1968, p. 8). Como ha señalado Harris Feinsod (2017, p. 306), la enumeración de partes del cuerpo remite al género poético del blasón francés, dedicado a celebrar los encantos de una amada. Aquí, en cambio, sirve para denunciar la violencia de Estado.

El ímpetu negador de Fuera del juego culmina en los dos últimos poemas, «No fue un poeta del porvenir» y «Vámonos, cuervo». Recuperando las negaciones del poema epónimo, el primero enumera los atributos que Padilla no tuvo y los tributos que no le rindieron. El segundo cita a Vallejo para contradecirlo al intercalar un «no» en medio del endecasílabo final de «Intensidad y altura». Vallejo escribe: «Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva». Padilla (1968, p. 110) reescribe: «Vámonos, cuervo, no a fecundar la cuerva». En vez de fecundación, lo que ocupa al hablante es buscar «el hilo roto» –como el verso de Vallejo– de una cometa «que se enredó en el trípode viejo del artillero». Si se tuviera que resumir el asunto de Fuera del juego en una sola palabra, sería la partícula no.

Hay que destacar, además, que el Padilla objetor no solo apunta contra la Revolución. También se usa a sí mismo como blanco. Mucho antes de la famosa autocrítica, Padilla (1968, p. 99) ya mostraba inclinación por flagelarse o ridiculizarse, por verse como un «títere perplejo» o un «terco polichinela», como se moteja en La mala memoria (Padilla, 1989, p. 148). Así en «La sombrilla nuclear», de Fuera del juego: «Ese hombre que fornica desesperadamente en hoteles de paso. / Ese desconcertado que se frota las manos, / el charlatán sarcástico y a menudo sombrío, / solo como un profeta, / por supuesto, soy yo» (Padilla, 1968, p. 66).

Hablando con Carlos Verdecia en 1992, Padilla recuerda su último encuentro con Fidel Castro: «Me agradeció el libro de poesía romántica inglesa traducido por mí que yo le había enviado. Sí, porque yo le mandé el libro de poesía inglesa, y le mandé una carta que tú leíste en aquella oportunidad, ¿recuerdas? Yo te pregunté: “¿Tú crees que sea lo suficientemente abyecta?”» (Verdecia, 1992, p. 105). Padilla bromea, pero debajo de la broma se solapa su tendencia a la autodegradación. Por eso la autocrítica resultó tan espectacular. El poeta del no reaparece como la hipóstasis del sí. Durante la autocrítica Padilla actuaba, disimulaba, mentía, seguía un guión, se iba por las ramas, pero también se entregaba sin reserva –casi diríamos, con gusto– a un papel que había ensayado en otras ocasiones (lo cual no impide, por supuesto, que el episodio haya tenido una secuela desastrosa para su estado anímico). «También los humillados», un texto que parecería ser una amarga reflexión sobre la autocrítica, se escribió varios años antes: «Ahí está nuevamente la miserable humillación, / mirándote con los ojos del perro, / lanzándote contra las nuevas fechas / y los nombres. // ¡Levántate, miedoso!, / y vuelve a tu agujero como ayer, despreciado, / inclinando otra vez la cabeza / que la Historia es el golpe que debes aprender a resistir. / La Historia es ese sitio que nos afirma y nos desgarra» (Padilla, 1968, p. 73).

Provocaciones (1973), una delgada colección de veintiún poemas publicada por una editorial fundada en Madrid por un poeta cubano, José Mario, repite el naysaying, los gestos negadores de Fuera del juego. Dos años antes de la publicación de Provocaciones, Padilla había encabezado con este título la lectura de poemas que precedió a su arresto. En su autocrítica Padilla explica que, aunque el título aludía a la teoría de Arnold Hauser de que toda obra de arte es una provocación, el referente más inmediato era el célebre artículo de Leopoldo Ávila. Padilla responde al cargo de provocador provocando. Así y todo, la actitud desafiante de Fuera del juego ha sido matizada por una rabia contenida que asoma en «Homenaje», uno de sus más bellos poemas. El poema narra la tozudez de su abuelo al trasplantar una parra de Jerez a Cuba. Por mucho que el abuelo insista, la parra no da uvas. No entra en el juego. No se entusiasma. La contienda entre abuelo y parra se compara a los golpes de un pico contra una piedra: el abuelo es el pico; la parra es la piedra. Al llegar al final del poema, al lector le aguarda una sorpresa. Resulta que el «homenaje» no va dirigido al abuelo que no cejó, «sino a la parra desobediente / que el terco viejo isleño no logró hacer parir» (Padilla, 1973, p. 37). Padilla se identifica con la piedra y no con el pico, con la parra que, a su manera, se planta en la negación.

CANTAR

No me refiero aquí a los múltiples poemas titulados «Canción» o «Canto», que pudieran o no ser instancias de lo que entiendo por cantar. El acápite remite a una actitud que despunta en Provocaciones y se desarrolla en El hombre junto al mar, cuyo primer poema lleva por título «Lo mejor es cantar desde ahora». En este poema y otros del libro el escritor se retira del «sitio» de la Historia, de los espacios públicos que solía frecuentar, ya viajando, ya actuando como partidario u opositor del régimen castrista. Al cantar, Padilla cambia el ágora por el hogar. En lugar de la notoriedad del trotamundos o el disidente, el santuario de lo doméstico.

No es esta la modalidad más frecuente en su poesía, pero sí la que prevalece en los poemas recogidos en El hombre junto al mar, casi todos escritos durante la década de los setenta, en tiempos verdaderamente difíciles. Si el Padilla objetor niega, el Padilla cantor afirma. Trueca la «caja de penumbras» de «Los enamorados del bosque Izmailovo» por el «chaleco de feria» de «Lo mejor es cantar desde ahora». En poemas como este Padilla deja de objetar y de andar, contrae el horizonte y reduce el mundo al ámbito familiar. El poeta trotamundos «que huye a través del espejo, con bufanda y abrigo, escaleras abajo», ahora se revela como «el último espejismo / que ya ha curado el sol,  / el último síntoma de aquella enfermedad, / afortunadamente transitoria» (Padilla, 1981, p. 34).

Uno de los poemas de Provocaciones, «Pausa», ya había anticipado esta nueva actitud. En Fuera del juego, la Historia invadía todos los rincones de la vida del hablante: «Siempre, más allá de tus hombros veo el mundo. / Chispea bajo los temporales. / Es un pedazo de madera podrida, un farol viejo / que alguien menea como a contracorriente. / El mundo que nuestros cuerpos / (que nuestra soledad) no pueden abolir» (Padilla, 1968, p. 52).

Si cotejamos este poema, «En lugar del amor», con «Pausa», podemos comprobar la distancia que el poeta ha recorrido. El mundo de temporales y escombros, lo que sucede en las calles, pobladas por milicianos armados y consignas revolucionarias, no hace mella en la intimidad de la pareja: «Pero yo estoy aquí, / apretado a tu cuerpo, a tu sexo. / Yo no soy un romano / ni venero sigilas en los nichos. / Esta noche / para mí no hay Imperio como tu cama, / arma como tus brazos, / gloria como tus pechos» (Padilla, 1973, p. 55).

La abolición del mundo, entrevista en esta composición, se hace recurrente en El hombre junto al mar (1981), donde el poema también aparece. Lo que fue pausa ahora es costumbre. A pesar de que casi todos los poemas se escribieron durante los largos años de arresto domiciliario, El hombre junto al mar no es una obra negadora. Padilla se afirma en el ámbito doméstico, refugio de las tormentas y los tormentos de la Historia. Aquí, el calor de un cuerpo reemplaza la lealtad a un país: «Lo tibio de tu cuerpo es mi bandera» (Padilla, 1981, p. 42). En «La vida contigo», «A Belkis cuando pinta», «Día tras día», «Canción de aniversario» o «Amándonos», la tranquilidad del apartamiento disipa el terror y la rabia, tal como afirma en el título de otro poema: «La alegría abre también los ojos en la negrura». Así, la poesía de Padilla traza un arco que se extiende desde el compromiso de El justo tiempo humano, pasando por las retractaciones y objeciones de Fuera del juego y Provocaciones, hasta llegar a la apacibilidad de El hombre junto al mar. El poeta ya no es «el bufón que a nadie hizo reír» ni el «corsario negro» ni el «mercader de ungüentos». Los atavíos de los tres personajes se tiran «por la borda» (el título del poema de donde proceden las citas). Lo único que no ha desechado es la esperanza y el amor a la vida: «Por la borda el sueño torturado / la amargura / la costumbre de arquero y flecha y saltimbanqui / pero no la esperanza / ni el amor a la vida / lo que impulsa / a seguir adelante» (Padilla, 1981, p. 64).

El hombre junto al mar es un libro de exilio, pero de exilio interior. Igual que en Provocaciones, las pocas referencias a su trashumancia no son apuntes de viaje sino remembranzas, como en «Un restaurante al aire libre en el otoño de Budapest», donde recuerda «aquellas terrazas circulares / donde por un capricho del otoño de Hungría, cenábamos temblando». Por eso dice, más adelante en el poema, que «hace mucho tiempo que no hablo de países» y que los «temas casi obsesivos» de su poesía han desaparecido (Padilla, 1981, p. 59). De hecho, los catorce años que transcurren entre 1966, cuando Padilla regresa a Cuba, y 1980, cuando se le permite emigrar a Estados Unidos, es el tramo más largo que Padilla se mantiene sin viajar. Por primera vez en su vida adulta, se vio obligado al sedentarismo, y la imposición se dirimió en goce.

En «El que regresa a las regiones claras» Padilla (1981, p. 33) parafasea un conocido poema de Eliseo Diego, «El sitio en que tan bien se está», al formular su apología del sedentarismo: «El sitio –además– donde mejor / puede permanecer un hombre / es en su patio, su casa, / sin gentes melancólicas que acechen en los muelles / la carne atroz de las pesadillas».

En poemas como este Padilla descubre otro lugar, más allá o más acá del sitio de la Historia: por una parte, los muelles, los viajes, las pesadillas; por otra, la casa, la inmovilidad, el bienestar (el bien-estar). El presente postraumático borra, o aspira a borrar, lo pasado. El impulso claustral de estos versos constituye la última modulación significativa en su poesía.

El último libro de Padilla, A Fountain, A House of Stone (1991), difícilmente podría considerarse nuevo, ya que casi todos sus poemas habían sido incluidos en libros anteriores. Los siete poemas nuevos, agrupados al final del libro, conforman una coletilla idéntica en número a la de El justo tiempo humano, pero muy distinta en intención. El exilio continuado ha socavado la tranquilidad que se observa en El hombre junto al mar. Son poemas que ni andan, ni objetan, ni cantan. Si exceptuamos «Recuerdo de Wallace Stevens en la Florida», los demás dan constancia de la vida de Padilla en Princeton, New Jersey. Al principio de la secuencia, el temple de ánimo del poeta es un difuso malestar: «¿A quién aúlla mi perro a media noche / si afuera solo hay árboles y nieve?» (Padilla, 1991, p. 104). A medida que se suceden los poemas, el malestar se agudiza hasta llegar al último del libro, y el último que Padilla publicó, «El cementerio de Princeton». Ya que fue escrito al menos diez años antes de su muerte, no creo que Padilla lo haya concebido como un texto testamentario, un balance de cuentas, pero su contenido alienta esta lectura. El poema abre con una ecuánime reflexión sobre la imbricación de la vida y la muerte: «Un pueblo puede ser la feliz reunión de muchos seres, / pero es también un escrutinio constante de la muerte» (Padilla, 1991, p. 108). A paso seguido el hablante describe el cementerio y la labor del sepulturero y el jardinero –«guardianes de estos muertos»–, y al hacerlo va perdiendo su ecuanimidad. El poema culmina en una dolorosa exclamación:  «Oh, Dios, dinos dónde, por qué. / No solo hay un miércoles de ceniza en nuestra vida. / Hacia ese camposanto / todo el mundo camina con el mismo miedo, / los mismos ojos, los mismos pies» (Padilla, 1991, p. 109).

En estos versos aparece por última vez el motivo del andar, excepto que ahora se trata del viaje definitivo. Unos años después de la publicación de A Fountain, A House of Stone, Padilla (1994, p. 5A) resumió así su trayectoria: «Me hubiera gustado ser solo eso, un poeta, un escritor, no una persona afectada por la política». Nunca lo logró y cabe preguntarnos, en contra de lo que afirma, si su poesía hubiera alcanzado la relevancia que alcanzó si no hubiese incidido en la política. Por memorables que sean algunos de los poemas nutridos por sus viajes o su vida íntima, la veta más fértil de su poesía es la política. Objetar le era más natural que andar o cantar, lo cual nos ayuda a entender por qué el exilio lo extinguió como poeta. Ya no tenía a la vista blancos a los que disparar. Ni escenario desde donde hacerlo. Ni público que lo abucheara o aplaudiera. Fuera del juego, no había razón para seguir jugando.

COLUMBIA UNIVERSITY

(*) Tomado de Cuadernos hispanoamericanos

(**) Nació en La Habana, Cuba y se crió en Miami, Florida. Estudió en el Miami-Dade Community College, la Universidad de Miami y la Universidad de Michigan , donde obtuvo un doctorado en Literatura Comparada. Impartió clases en la Universidad de Duke de 1979 a 1999 y en la Universidad de Columbia hasta 2022. Actualmente es Profesor Emérito David Feinson de Humanidades en la Universidad de Columbia.

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