Sunday, September 6, 2026

IMPORTANCIA DEL AYER EN EL MAÑANA (*)

Por Hugo J. Byrne

El devenir histórico de la humanidad es una cadena infinita de acontecimientos diversos en apariencia, pero cuyos eslabones están íntima y estrechamente relacionados entre sí. Nada ocurre por casualidad.

El USS Maine en 1898.

El presente es un concepto intangible, una entelequia, pues cada instante transcurrido pertenece al pasado. El tiempo se compone sólo de dos realidades: futuro y pasado. El primero es la incógnita que tratamos de despejar. El pasado es todo lo contrario. Es el estudio imprescindible de la existencia humana, que llamamos historia. Aprenderla, investigarla, escudriñarla profundamente, siempre nos ayudará a enfrentar el porvenir con relativo éxito.

A través de la historia sabemos que las personas pobres en la actualidad disfrutan de un nivel de vida muy superior al de los multimillonarios del siglo XIX. Por supuesto, no me refiero a indigentes sino a personas de moderados recursos y bajos niveles de ingreso.

Durante la segunda mitad del siglo XIX para los «todopoderosos» magnates de antaño, era imprescindible emplear mucho tiempo en toda actividad. Recordemos que el tiempo es nuestro más preciado tesoro, por ser limitado y por tanto, insustituible. Se ha dicho con sobrada razón que dedicar tiempo a otra persona o personas, es la máxima expresión de amor.

Visitando a un amigo en Nueva Jersey, John D. Rockefeller, desde el vecino Nueva York, tenía que enviar un sirviente a su cochera para traer el vehículo que lo transportara a Nueva Jersey. No tengo la menor idea del tiempo que usaba ese arcaico transporte para llegar a su destino. Sin embargo, estoy seguro de que si viviera hoy llegaría en una fracción de ese tiempo en su limusina. Aún más importante es que cualquier pobretón lo haría hoy con igual presteza, a bordo del subway o de un autobús.

Para ver ópera, John Pierport Morgan estaba forzado a ir a un teatro y llegar antes de la hora programada para sentarse en un palco. No existían entonces televisión ni ordenadores electrónicos, hoy al alcance de quienes disfruten de libertad económica, corolario del capitalismo, ya sean pobres o acaudalados.

Los coches de lujo y los carretones rústicos de antaño no tenían refrigeración y durante el verano, tanto pobres como ricachones, sudaban de lo lindo. El frío era harina de otro costal, pero el adinerado tenía que cubrirse del gélido viento con tanto trapo que le dificultaba el movimiento.

Hasta después de mediados del siglo XIX la única calefacción disponible era producto de quemar carbón o leña, único combustible al alcance de todos, pobres o encumbrados. Pero visitar Europa desde Nueva York a mediados del siglo XIX, tomaba un mínimo de dos meses y a veces hasta ochenta días. Los poderosos en los camarotes altos de un navío de velas llegaban simultáneamente a los pobres viajando hacinados cerca de la sentina.

En contraste, la primera vez que abordé un vuelo transcontinental y transatlántico (desde LAX en Los Ángeles hasta Heathrow en Londres) en 1986, el trayecto tomó menos de catorce horas. No creo necesario agregar que soy relativamente pobre. Por supuesto, todo el progreso obtenido por el hombre a pesar de los desastres naturales y las guerras, se resume en una frase: «los avances de la ciencia». Es muy difícil ignorar que la historia no es otra cosa que «la ciencia que estudia el pasado». No dudo que algunos estén en desacuerdo porque en todo currículo formal esta disciplina está incluida en el capítulo de «Humanidades». También afirmo algo que ya empieza a aceptarse universalmente: cuanto más tiempo transcurre desde los acontecimientos, se aprende más sobre ellos.

Para demostrar lo afirmado, terminar mi desordenado preámbulo y entrar por fin en la Historia de Cuba, voy a referirme a la explosión del barco de Guerra USS Maine, en la Bahía de La Habana, el 15 de febrero de 1898. Aunque cuando fue deslizado al agua en 1890, era clasificado como un «Crucero-Acorazado», el Maine no era una cosa ni la otra. Algunos destructores contemporáneos desplazan el triple de toneladas de agua.

Restos del Maine en la Bahía de La Habana @Fuente externa

Por supuesto, esa comparación no es justa y la uso solamente como referencia. De acuerdo a su arbitraria clasificación sería plausible comparar al Maine con el Olympia, Buque Insignia del Comodoro Dewey en la batalla de la Bahía de Manila. Está demás decir que el Olympia era un verdadero acorazado, durante años el navío más grande con casco de acero. También fue el mayor acorazado construido en la costa oeste de Estados Unidos desde junio de 1891 hasta el lanzamiento del USS Oregon en noviembre del año siguiente. Ambos navíos vieron acción durante la guerra con España.

La controversia histórica sobre la explosión del Maine en la Bahía de La Habana, a pesar de todas las evidencias e investigaciones y, contradictoriamente, como resultado de ellas, todavía perdura. En ese desastre perecieron más de doscientos marinos de Estados Unidos. Por lo menos hubo cuatro investigaciones de la tragedia y lo más interesante de eso es que todas alcanzaron resultados diferentes.

La primera de las pesquisas fue realizada justamente después de la fatal explosión. El equipo investigador comisionado por La Habana se concretó a una breve entrevista con el Capitán del Maine, Charles D. Sigsbee, más una inspección ocular en el sitio preciso del siniestro, pero desde la superficie. Sus resultados indicaban que la explosión se había generado desde el interior del navío. La segunda fue realizada por la «Corte de Investigación» que convocara Washington en el Fuerte «Zachary Taylor» de Cayo Hueso, el dos de marzo del mismo año, inmediatamente después de un estudio de los restos del Maine. Usando personal, técnica y equipos sumergibles, los americanos concluyeron justamente lo contrario que los peninsulares. ¿Quién puede sorprenderse?

Después de terminada la contienda con España los hierros retorcidos del Maine fueron conducidos por el antiguo «filibustero», John (Dinamita) O'Brien, veterano de una docena de expediciones a Cuba insurrecta durante los años 1896 y 1897. O'Brien, entonces Jefe de los Prácticos de la Bahía de La Habana, encabezó un grupo de remolcadores oceánicos para depositar la corroída nave en el sitio de su descanso final, fuera de las aguas territoriales de Cuba.

Instante del hundimiento definitivo en alta mar @Fuente externa

En el año 1976, el Almirante Hyman Rickover, conocido como «Padre del submarino nuclear», encabezó una nueva investigación de la explosión del Maine, utilizando recursos no conocidos antes. Su examen confirmó el veredicto de que la explosión se había originado en las entrañas del navío y que probablemente era el resultado fatal de la combustión espontánea del carbón bituminoso que entonces usaban como combustible. Accidentes como ese eran bastante comunes por esa época. Me inclino a dar crédito a esa versión.

Una vez más en 1998, en el centenario de la explosión del Maine, la Asociación Nacional Geográfica, con sede en Washington y de la que fui socio durante muchos años, comisionó una firma de ingeniería naval muy prestigiosa para investigar la explosión del barco de guerra. Ésta se desarrolló utilizando los instrumentos más sofisticados de la época, que ya incluían modelos de computación. Los resultados de este cuarto análisis fueron muy sorprendentes: ¡La explosión pudo originarse tanto desde dentro como desde fuera! Sobre ese tema escribí un ensayo en el mismo año,  el que se publicara junto a una gran foto del «Maine» en la primera plana del desaparecido semanario cubano «20 de Mayo» del sur de California.

A pesar de que se han originado muchas teorías alrededor del hundimiento del Maine, señalado por muchos como motivo fundamental del desate bélico de 1898 entre Estados Unidos y España, mi opinión es muy diferente y baso mis convicciones en mis investigaciones de los intereses permanentes y antagónicos de ambas partes en conflicto. Estos sobrepasaban en importancia a incidentes fortuitos, aunque resultaran tan sangrientos como la explosión del Maine.

La Guerra Hispanoamericana era una realidad tan inmediata como inevitable desde la severa destrucción de muchos legítimos intereses económicos norteamericanos durante la campaña insurrecta de 1895. En ese año la zafra azucarera fue impedida y muy obstaculizada para el futuro cercano. Los campos de caña fueron reducidos a cenizas. La destrucción con explosivos dañó ingenios y ferrocarriles en el mismo corazón de las provincias occidentales. Desde ese momento la pregunta no era si la guerra con Washington se desataría, sino cuándo. En esta conclusión no estoy solo. Un historiador de la talla de George O'Toole en su obra The Spanish War, afirma que la guerra fue si acaso muy ligeramente estimulada por la llamada prensa «amarilla» y el desastre del Maine. Es básico investigar bien los hechos para separar la realidad de la fantasía y del mito.

En el resumen final de un artículo titulado, «Los noventa y dos días», publicado primero por la Revista «Herencia Cubana» hace ya más de diez años, expliqué usando los mejores argumentos de que soy capaz, cómo el conflicto entre Washington y Madrid de 1898 tiene sus verdaderas raíces en la victoria económico-militar de la insurrección cubana de fines de 1895.

No es necesario consolidar terreno conquistado para ganar guerras. La historia está repleta de incidentes bélicos que demuestran todo lo contrario. Cuando el Imperio del Japón se rindiera a los Aliados en ceremonia solemne a bordo de un Acorazado norteamericano en la Bahía de Tokio en 1945, ni un solo soldado occidental había invadido por tierra las cuatro islas principales de ese Imperio. Como MacArthur en su campaña del Pacífico, en la Cuba de 1895 el objetivo del General Máximo Gómez no era ocupar terreno, sino arruinarlo. Para ello usó tea y explosivos, no cargas al machete.

Algunos erróneamente atribuyen al Presidente William McKinley la responsabilidad en la guerra contra España. Nada más lejos de la verdad histórica. McKinley hizo cuanto pudo por evitarla. Al reconocer que legítimos intereses norteamericanos eran muy negativamente afectados por la guerra, empezó a cambiar su impráctica actitud pacifista. Concluyó que el conflicto con Madrid era propicio a grandes posibilidades de victoria rápida y con ella empezar a reunir a la nación en una misma causa, reduciendo antagonismos creados por la herencia nefasta de la Guerra Civil.

El congreso de Estados Unidos estaba listo para afrontar el desafío colonial español, con o sin McKinley. Para demostrarlo cito aquí parte de un discurso pronunciado por el más importante legislador republicano de su tiempo: el influyente Senador por Massachusetts Henry Cabot Lodge, quien en sesión del Senado norteamericano declarara: 

…legítimos intereses financieros de Estados Unidos están siendo destruidos… Cuba libre significaría grandes oportunidades de inversión a nuestro capital…  deberíamos ofrecer nuestros buenos oficios para mediar… restaurar la paz otorgándole independencia a una colonia que España ya no puede sostener. 

Esas declaraciones datan de antes del hundimiento del Maine y de la llamada «Resolución Conjunta».

El devenir histórico de la humanidad es una cadena infinita de acontecimientos diversos en apariencia, pero cuyos eslabones están íntima y estrechamente relacionados entre sí. Nada ocurre por casualidad.

La historia de Cuba no es excepción de esa regla. El futuro es una incógnita que sólo podremos despejar estudiando y aprendiendo del pasado. Nadie sabe a dónde va sin saber de dónde viene.

Solamente conociendo ese pasado se puede aspirar a rescatar a Cuba, no sólo de la presente infame tiranía totalitaria. También, y eminentemente, a rescatar a los cubanos de la corrupción social y del envilecimiento colectivo al que esa tiranía los ha forzado a vivir durante sesenta largos años, para perpetuar la explotación de su desalmado y totalitario poder.

(*) Discurso de investidura del autor a la membresía de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, pronunciado en la Biblioteca Pública del Este de Los Ángeles, California. Publicado en el Anuario Histórico Cubanoamericano #2 (2018): 32-38 

Friday, September 4, 2026

EL ARTE ES UN ARMA DE LA REVOLUCIÓN CUBANA (*) (**)

Por Antonio Gómez Sotolongo

A propósito del elogio oficial por el 50 aniversario de la fundación de la Escuela Nacional de Arte, aquel sueño inacabado.

El fin de la educación no es hacer al hombre rudo, por el desdén o el acomodo imposible al país en que ha de vivir, sino prepararlo para vivir bueno y útil en él. José Martí

Escuela de Artes Plásticas

La abolición de la propiedad privada en Cuba fue un proceso violento, en el que las víctimas no solamente fueron despojadas de todas sus riquezas, sino que también fueron arrastradas sus reputaciones y tapiadas sus obras. Quienes habían construido los pilares del patrimonio nacional fueron desterrados, sus riquezas saqueadas y sus nombres proscritos, con tal saña, que más de medio siglo después, cuando de aquellas fortunas no queda nada a causa del dispendio e incompetencia de los llamados «revolucionarios», la Historia oficial que se refleja en los textos dista mucho de la realidad.

Según el elogio que publicó en 2012 el Centro Nacional de Escuelas de Arte (CNEART)[1], «La fundación de la Escuela Nacional de Arte en 1962 dio inicio a la extraordinaria expansión de la enseñanza artística, como una de las obras más trascendentales y hermosas de la Revolución Cubana expresada en el desarrollo y prestigio alcanzados por el arte en Cuba».

En este primer párrafo lapidario y contradictorio, se entierra un pasado en el que gracias a los altos niveles académicos de la enseñanza de las artes en Cuba y su expansión por todo el territorio nacional, los artistas cubanos conquistaron el respeto y la popularidad internacional. Es muy larga la lista de músicos, pintores, bailarines y actores que desde el siglo XVIII habían llevado el arte cubano por todo el mundo, cientos de artistas sin los cuales nunca se hubiera podido alcanzar «el desarrollo y prestigio» que en ese mismo párrafo se reconoce como un logro de la «Revolución Cubana».

Lo que ciertamente sucedió en 1962, fue que producto del expolio de centenares de escuelas de música, la prohibición de impartir clases particulares y el éxodo de un buen número de maestros, el país se vio desprovisto de enseñanza artística por primera vez durante siglos, nunca había faltado en Cuba uno o docenas de estudiantes para cualquier buen profesor de música, lo mismo en Gibara que en El Vedado. Pero en 1962, a consecuencia de la abolición de la propiedad privada en Cuba, la enseñanza de las artes fue prácticamente anulada... tanto en Aguada de Pasajeros, como en La Habana.

Entonces, ante la necesidad de continuar adoctrinando a los jóvenes, utilizar el arte como «un arma de la revolución» y seguir disponiendo sin medida del patrimonio nacional, fueron depositados cientos de niños, adolescentes y jóvenes en los ricos terrenos del expoliado Country Club, en el entonces exclusivo reparto Cubanacán, y alojados en las casas que recién habían sido confiscadas porque sus moradores habían cometido «el delito de viajar fuera de su país».

Aquellos bienes inmuebles que formaban parte del patrimonio de muchos de los que con su talento habían contribuido a crear las riquezas de la nación, fueron los albergues de la ENA, y aquella fue la más ominosa maniobra que el régimen pudo hacer para garantizar que nunca más todas aquellas fortunas volvieran a ser de sus dueños, y nunca más los cientos de estudiantes pudieran volver a sus pueblos, de donde fueron arrancados porque en ellos no quedó ni la más modesta academia privada. Fue la más eficaz manera de hacerles creer a aquellos niños «que los dueños de aquellas riquezas las habían abandonado ante el paso arrollador de la justa revolución cubana».

Más adelante el documento afirma que: «Su fundación se llevó a cabo a partir de todo el arsenal de tradiciones artístico-culturales que se gestara en la práctica creadora de pedagogos y artistas cubanos desde siglos anteriores». Esto tampoco se coteja con la realidad, porque de todos aquellos pedagogos y artistas que dieron lustre y prestigio a la enseñanza de las artes en Cuba, quienes no comulgaron con el castrismo fueron acosados de tal modo que emigraron o se quedaron fuera del sistema de enseñanza. No fue casual que en 1959 nombraran a Harold Gramatges asesor del Departamento de Música de la Dirección General de Cultura, quien fue Presidente de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, el ala cultural del Partido Socialista Popular (comunista), desde su fundación en 1951 hasta su desaparición en 1960, y quien, como escribe Helio Orovio en su Diccionario de la música cubana, intervino «en la reforma de la enseñanza de la música» en Cuba.

Para no hacer muy larga la lista de aquellos que no pudieron participar por sus ideas contrarias al castrismo, solamente mencionaré a Julián Orbón (1925-1991), maestro, compositor y continuador del sistema de enseñanza musical popularmente conocido como Plan Orbón, fundado por su padre Benjamín (1874-1944) y que contaba con más de un centenar de academias con aquella franquicia, un sistema de enseñanza muy extendido y eficaz que fue eliminado con la expolio de las academias que lo implementaban; y Aurelio de la Vega (1925), quien salió al exilio en 1960. Ambos artistas ya tenían en 1959 obras de importancia para la Historia de la Música cubana, muchas de ellas estrenadas por la Orquesta Filarmónica, y ambos tenían una probada capacidad pedagógica, pero fueron echados a un lado por aquella «reforma de la enseñanza de la música» debido a sus ideas políticas.

Pero ni siquiera ellos, unos de los más sobresalientes de esa larga lista, jamás fueron mencionados en las clases de Historia de la Música que se impartieron en las habitaciones de aquellas majestuosas viviendas arrebatadas a sus dueños y convertidas en salones de clases, jamás sus obras fueron interpretadas como parte de aquel «arsenal de tradiciones artístico-culturales» que menciona el documento del CENEART.

Y aunque el texto anota casi 50 escuelas fundadas por «la revolución», era mayor la cantidad que para el estudio de las artes existía en el país antes de 1959. Si tenemos en cuenta que de música, adscritas al Plan Orbón, eran más de un centenar repartidas por toda la isla, al sumarles las pocas que recopiló Orovio en su Diccionario, alcanzan una cantidad sensiblemente superior a las que hoy existen.

La enseñanza privada, con sus altas y bajas se reorganizó a partir de la década del treinta. Según Edgardo Martín, «la enseñanza privada toma nuevos vuelos y procura ponerse en mejores condiciones de rendimiento. […] aparecen nuevos tipos de enseñanza; se ensayan metodologías nuevas, [y] se hace un trabajo más riguroso que antes»1. Pero lo que mejor habla de la calidad de la enseñanza musical en Cuba antes de 1959, es la impetuosa vida artística en ciudades como La Habana, Matanzas y Santiago de Cuba. Y si bien es cierto que algunas instituciones públicas necesitaban que el Estado les aportara más recursos, no era necesario que las convirtieran en centros de adoctrinamiento, la educación musical no necesitaba una metodología uniforme en todo el territorio nacional que amordazara las individualidades, el estudio de las artes debió seguir siendo libre y abierto, público y privado.

Medio siglo es mucho tiempo en la Historia; sin embargo, ha sido poco para superar el arte producido antes de 1959 en la mayor de las Antillas. No era necesario hacer una Escuela Nacional de Arte para que el Arte Cubano fuera universal, eso ya había sucedido, pero por todos los medios, como filosofía política del castrismo, se ha hecho creer, borrando y mancillando la obra de decenas de artistas e intelectuales cubanos que se fueron al exilio, que «gracias a la revolución la cultura cubana floreció como nunca antes».

Según Edgardo Martín2, desde las primeras décadas del siglo XX se presentaron en el Teatro Auditorium, y otras salas de la Sociedad Pro-Arte Musical, «Casi todo lo más grande del concertismo, la ópera y el ballet en todo el mundo», lo que propició que se formara «en La Habana un público, que aunque minoritario, estaba al día en cuanto a música, ópera y ballet se refiere». Y aunque Martín anota en estas líneas que allí iba una élite, en la misma obra nos informa que los abonados de Pro-Arte eran más de cinco mil, y que los conciertos se repetían para que los no socios pudieran disfrutar por precios populares las mismos conciertos. Si se toman en cuenta esas cifras y se relacionan con la cantidad de habitantes de la isla entonces, probablemente los guarismos nos sorprendan. También acusa Martín que en «esa institución [Pro-Arte] prevaleció cierto conservatismo», pero a pesar de eso, por sus salas pasaron casi todos los artistas cubanos de calidad en la época y se presentaron en primera audición algunas de las más representativas obras cubanas de entonces.

Del sueño a la pesadilla

De poco sirvió el sistema doctrinal que impuso el castrismo en las Escuelas de Arte, porque se abolió, junto a la propiedad privada, el mercado del arte, un mercado que se había hecho con todos y para todos durante la colonia y la república. Para lo que sirvió la abolición de la propiedad privada en Cuba fue para que la falta de recursos cundiera en todas las escuelas, incluidas las de arte y la indigencia se enseñoreara en ellas. Para lo que sí sirvió la destrucción del mercado del arte fue para que los artistas y pedagogos cubanos alimentaran el arte en otros países, a donde van a parar desde 1959 todos aquellos que pueden y quieren hacerse una mejor vida, para ellos, sus hijos y sus nietos.

De nada valió el cerco y la represión contra los que no se amoldaron a las ordenanzas y los dictados, porque al abolirse la propiedad privada se suprimieron casi todas las fuentes de empleo de los artistas, y el propio sistema debió sacar del país tanto a tirios como a troyanos, por las buenas o por las malas, conformándose así un exilio multicolor que se extiende ya por más de tres generaciones.

De tal modo que, para ajustar las glorias a las memorias, habrá que decir, con toda franqueza, que a pesar de los desmanes de la «revolución» los artistas cubanos mantuvieron el prestigio internacional, pero sobre todo porque la lista de artistas y pedagogos que debieron ir al exilio durante este medio siglo es abrumadora, y generación tras generación, quienes lograron concluir sus estudios en la ENA o el ISA, buscaron por todos los medios emigrar, por las buenas o por las malas. Esto no niega que Cuba luzca hoy una mejor vida cultural que otros países de la región, como lo fue siempre; sin embargo, los niveles de pobreza en los que viven la mayoría de los artistas que residen en la isla es visible y triste, es también por esa realidad que los empresarios de todo el mundo se las arreglan para buscar en las vitrinas bien surtidas del arte en la Isla piedras preciosas a precios de pulga.

Y aunque hablar de lo que pudo ser y no fue es metafísica, como apuntaba el sabio Roberto Pellón, si todos durante nuestra niñez nos hubiéramos podido quedar en nuestros pueblos, al calor de nuestras familias, en las academias más cercanas a nuestras casas, o aprendiendo con el profesor que impartía clases particulares y luego, adultos y maduros, hubiéramos decidido libremente buscar más allá, hoy seríamos seguramente los mismos, pero con un pasado más apacible, agarrados a nuestro suelo y muy probablemente con un mejor país, tal como lo hicieron quienes prestigiaron el arte cubano durante tres siglos de Colonia y medio siglo de República. Hoy, muy probablemente, estaríamos siendo buenos y útiles en nuestra patria, pero no se puede agradecer como un regalo la educación gratuita que debemos aceptar obligatoriamente, la que se nos otorga a cambio de nuestra lealtad a un régimen. 

(*) Cfr.: «Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura». En revista Casa de las Américas, año XI, n. 65-66, marzo-junio, 1971.

(**) Publicado en El Tren de Yaguaramas 2da. Época

1 Martín, Edgardo. 1971. «Panorama Histórico de la Música en Cuba». Cuadernos CEU Universidad de La Habana, Cuba.182

Ídem, p.114


[1] Al parecer el elogio del CNEART por el 50 aniversario de la fundación de la ENA trasladó su sitio en la red o fue borrado por lo que no es posible compartirlo como es debido.  

Tuesday, September 1, 2026

CUBA, LA NOSTALGIA IMPRESCINDIBLE

Por Manuel Gayol


Uno de los aspectos cruciales para residir en la Imago es la nostalgia (debo aclarar que me voy a referir a la nostalgia de las generaciones de cubanos que ya hoy en día han muerto, o tienen 90, 80 70 y hasta 60 y 50 años).

La nostalgia, por naturaleza propia, es imaginación, y es imaginación consustancial con la paradoja; sí, y es paradoja porque es el deseo de tener lo que ya no se tiene, o se tuvo y aún guarda la esperanza de recuperarse. De modo que el cubano de esas generaciones, haciendo honor a la imaginación y a un espíritu contradictorio, anhelaba emigrar al mismo tiempo que añoraba la Isla.

Todos sueñan con Cuba

Creo que es difícil que se logre encontrar a uno de estos cubanos que por muy asimilado que esté a la cultura de su nuevo país, y aún después de años y años de exilio, que no hable de su tierra, que no sueñe con Cuba.

Y una de las cosas desgarradoras de esta tragicomedia es que los hijos que nacen en el extranjero y que, supuestamente (aquí he preferido no usar el adverbio «realmente»), son extranjeros en relación con la patria de los padres o de los abuelos, también crecen con la insistencia de conocer esa quimera que la familia les ha metido por los ojos. Que de tanto mencionar, mañana, tarde y noche, días, meses y años, ya les rechina en las entendederas y les envuelve en una sábana blanca, azul y roja, como un manto tibio e irrompible de cubaneo. Una burbuja que les mantiene en una imperecedera atmósfera de nostalgia virtual (una nostalgia heredada por lo que no se conoció).

Este fenómeno es producto de la nostalgia de los abuelos y de los padres. Y desde esta perspectiva generacional la nostalgia es, pues, una energía muy poderosa que contagia la memoria; es una fuerza de recuerdos que se hace vivencia diaria en la mente del que se fue.

Las otras nostalgias

Los emigrantes de otros países también tienen su nostalgia, porque es un sentimiento universal, aun cuando es una problemática muy sui generis en cada persona y de cada país, la nostalgia es una pasión que embarga a todos los que dejaron algo muy querido. Todos nos desmembramos, salimos del arraigo, y es como si flotáramos en el espacio, en la soledad de una noche sideral oscura y sólo nos queda recordar para no morir. Entonces, la nostalgia es lo que se constituye en una función vital, en una razón existencial.

Pero el tipo de cubano de las generaciones que he mencionado al principio, con esto como con otras tantas cosas más, ha sido (y es) obsesivo compulsivo. Hasta se adapta en el nuevo lugar que le ha tocado. Pero nunca, jamás, ha perdido la idiosincrasia. En mucho, lucha por preservar las costumbres, la forma de hablar, y de traspasársela a los hijos y a los nietos. Independientemente de que sepa que no va a poder regresar (porque en el subconsciente siempre late el regreso). Pienso que toma la nueva cultura como un enriquecimiento. Una manera socialmente disciplinada de cumplir con el entorno de vida.

Un ejemplo de ello se encuentra en las grandes comunidades de Miami, en Hialeah, o en el condado de Dade. O en New Jersey y en California (al menos, hasta la fecha). Por supuesto, también en España y en otros países donde haya cubanos. Pero las de Estados Unidos son las de mayor concentración. En todos estos lugares han reproducido las antiguas asociaciones que tuvieron en la Isla, los clubes. Han creado instituciones, negocios, compañías, industrias. En otros países, por supuesto, han hecho menos, pero se buscan y se encuentran. Y aunque a veces se están señalando con el dedo, de una forma u otra se reencuentran, se pelean y se unen en agrupaciones.

Las imágenes de Cuba

Otro ejemplo puede ser las páginas que, con mayor o menor calidad, con mayor o menor sentimentalismo, circulan por la Internet con fotos y videos de Cuba. Casualmente, en estos precisos instantes, me acaban de enviar una página de fotos. La Cuba que yo dejé al salir en 1962, de recorrido en tren por la Isla de aquellos tiempos de antes de 1959. A cualquier otra persona le puede parecer una pérdida de tiempo eso de ver fotos de lugares que ya posiblemente ni existan o estén muy transformados. Sin embargo, para el promedio de los isleñis cubichis (y aquí reconozco que me refiero al cubano de otros tiempos, no a los que actualmente tienen 20, 30 o 40 años de edad), es algo que se agradece mientras se hace el recorrido virtual, para luego transferirla a otros en una cadena que nunca termina.

Un nuevo ejemplo, también por Internet, son los poemas sobre Cuba.

Las páginas que dicen cómo son los cubanos… (Bueno, como ya he dicho, los cubanos de las generaciones pasadas. Las nuevas generaciones —los nacidos en las décadas de los años 60, 70 y 80— tienen otro tipo de nostalgia y, naturalmente, otro tipo de comportamiento que veré más adelante)…

Pero, para mí, la más importante y famosa hasta ahora, por la calidad y el sentimiento desgarrador, sin perder un trasfondo de humor, son los dos escritos que hizo el profesor Luis Aguilar León, fallecido en 2008.

Solamente con usar cualquier buscador de Google, Yahoo!, etc. y escribir el nombre de Luis Aguilar León, les va a salir este artículo del Profeta (inspirado en el poeta libanés Gibrán Khalil Gibrán) hablando de los cubanos, que se hizo público en la red de una manera incesante. Pero años después, en El Nuevo Herald, Aguilar León publicó una continuación en la que El Profeta habla del regreso a Cuba.

El cubano es pura nostalgia

¿Qué otra cosa podría decirse, entonces —si se ve desde la proyección de las primeras generaciones de exiliados— que no fuera que el cubano es pura nostalgia, que lleva el ímpetu de su imaginación hasta los más remotos recovecos de la memoria para poder sentirse de nuevo, y siempre, en su Isla?

De aquí también le viene la resistencia a ese cubano exiliado, de este gran aliento de memoria vital y constante. Y en sus comunidades donde puede reproduce el ambiente dejado atrás. Así, te lo encuentras en cualquier lugar del mundo. En los puestos y los cargos más espectaculares o increíbles. Y no es de extrañar que en seguida, ese cubano si se encuentra con uno nos hable del lugar donde nació y vivió, y de sus calles y costumbres, y te pregunte ¿de dónde eres? Compadre, ¿de qué parte de Cuba eres?, y te recuerde la comida y las andanzas isleñas…

Si algo grande hemos descubierto en el exilio —hablo de esta clase de cubano— es que somos tales gracias a la nostalgia…

La nostalgia así parece ser una fuerza creadora en nosotros; está en nuestra naturaleza. Para los médicos y los psiquiatras o psicólogos podría ser una enfermedad, en determinados casos, pero para los isleñis cubichis significa, en mucho, un mecanismo de existencia. Claro, estoy hablando del que está fuera de la Isla, pero es que todos los que se encuentran en la Isla la tienen escondida. Tan pronto se marchan y se instalan en otro país, no más pasan unos días, y ya se desata. La nostalgia es una fuerza, como dije, pero que muchas veces se da a la distancia del origen. Irremisiblemente su vector apunta al pasado, aunque metafísicamente hablando, quizás pueda dirigirse hacia el futuro, cuando sabemos que hay un futuro que se pudiera encontrar en el origen, el futuro de la nostalgia.

A no dudar, la nostalgia es el resultado de una contradicción en nosotros (los viejos, digámoslo así): nos queremos marchar para luego regresar. Anhelamos asimismo el viaje; el viaje que siempre esperamos, incluso, nos damos cuenta de que la vida, de una forma u otra, es un viaje, y el viajante lo es en la medida que necesita recordar el pasado, la tierra primigenia. Por eso somos viajeros y nostálgicos; somos el ansia y la paz; somos ese deseo de ser la imaginación misma.

La libertad de la nostalgia

Pero en la medida que somos nostalgia por imaginación y deseo, además, somos libres; y esto es así, porque la libertad viene a ser una resultante más de la fórmula imaginación más nostalgia, debido a que siempre el mayor camino verdadero para ser libre proviene de la imaginación. Por ejemplo, un preso político y hasta el común, por muy encerrados que estén, son hombres libres porque viven de la imaginación. Su pensamiento se convierte en un almacén de imágenes, y a no dudar es en ese encierro cuando más rienda suelta le dan a la nostalgia (que significa ser los recuerdos y algo más). Por eso en el cubano, incluso en el que está preso por puro delito común, ya lo dije, o el ciudadano que se encuentra atenazado entre las cuatro paredes de la Isla, la nostalgia aguarda y se impone.

La nostalgia histórica

El isleñis cubichis se busca constantemente en sus épocas anteriores, incluso viviendo dentro de la misma Isla. No en balde uno de los programas de televisión mejores y más vistos en Cuba, que duró probablemente alrededor de treinta años, fue San Nicolás del Peladero, un programa costumbrista de crítica de la politiquería antes de la Revolución; con excelentes libretos y encomiables actuaciones. Pero el programa en sí no era sólo visto porque fuera de crítica política, que supuestamente favorecía al régimen castrista, y porque fuera muy bien realizado; no, sino porque era toda una serie de nostalgia, algo que imaginaba tremendamente bien caricaturizada la vida antes de 1959. Y muchas generaciones de cubanos, que sabían que más o menos había sido así, se regocijaban viéndolo, vivían de nuevo aquel mundo intrigante, corrupto y oportunista y al mismo tiempo gozaban de la pasión, la inteligencia picaresca y en una libertad que tenían los habitantes de aquella dimensión para existir que, por encima de cualquier crítica, dejaba entrever que era un mundo más libre que el que les daba el régimen. La nostalgia así, entre tantas cosas, estaba en la misma Isla.

Otro medio, este ahora radial, que ayudaba a los cubanos en Miami a sobrevivir mediante la nostalgia era el programa Nocturno, programa de canciones y música instrumental que surgió en la Isla y que del presente fue pasando al pasado; quiero decir, por su duración, fue conjugando el presente y el pasado, y nos puso siempre en sintonía con distintos momentos del ayer en la Isla, representadas por cantantes, grupos y por canciones muy populares en diferentes épocas, me refiero a los que teníamos 30 y 40 años en la década de los 70.

Esta imaginación nostálgica, que ha sido contundente en nosotros para caracterizar nuestra personalidad, propicia de hecho la esperanza, debido a que potencia más aún nuestra memoria histórica, y cuando digo esto es porque quiero señalar que con la nostalgia contamos con un recurso que nos sirve para recuperar nuestros verdaderos recuerdos en un futuro (la memoria que nos han querido robar).

O sea, estoy hablando de una paradoja más: tenemos que recuperar el futuro; en otras palabras, tenemos que prepararnos para un futuro (que pudiera ser no muy lejano) en el que volvamos a encontrar la libertad esencial, no superficial, ni a medias, ni mediante jueguitos reformistas, no, hablo de la libertad legítima, auténtica, en la que realmente seamos lo que hemos tenido que ser siempre; la libertad que cuando se tenga nos permita entonces recuperar de veras nuestro mejor pasado, y regresar de nuevo a esos principios que latían en el ayer y que, sabemos, se encuentran en el presente y el futuro de los países democráticos.

Esta nostalgia es deseo y amor

Y aunque nunca lleguemos a materializar nuestros recuerdos, nuestra añoranza, nos conformamos con recordar y soñar; aun cuando la memoria permanezca con exactitud en la realidad dejada atrás, pero por eso mismo aceptamos y queremos la nostalgia, porque en la memoria nuestra Isla sigue siendo sentida de una manera extraordinaria; es cuando la realidad objetiva del pasado viene a ser imaginada, y se convierte en idílica por el deseo, que es una fuerza emotiva muy fuerte. De hecho, quiero aclarar que nunca nos vamos a encontrar lo que quedó atrás como mismo estaba; no sólo porque el tiempo cambia las cosas y a la gente, sino además porque el Gobierno en cincuenta años y más se encargó de transformar, para mal, y destruir para peor, los lugares, las construcciones y hasta el espíritu de muchos de los que se quedaron. Y esto desafortunadamente es real.

El caso es que la nostalgia está dentro del ánimo incesante de uno; eso de vivir completamente para la imaginación. En buena medida somos una ficción objetiva. Y todo esto lo que quiere decir es que, en última instancia, vivimos para amar nuestra Isla Imaginada.

Por eso necesitamos esta nostalgia. El día que no sea así, dejaremos de ser los cubanos que somos.

La otra nostalgia

Claro, me he estado refiriendo a los cubanos que hemos tenido una Cuba más libre, mejor estructurada, de muchas más opciones de vida, con defectos económicos, políticos y sociales, pero una Cuba más humana, esperanzada siempre en la posibilidad de progresar.

Desafortunadamente, después de 1959 las generaciones que nacieron fueron viviendo una nostalgia de la miseria. ¿Qué puede añorar hoy en día un cubano de 30, 40 ó 50 años de edad en esa Isla en ruinas que dejó atrás: las becas, las escuelas en el campo, las escuelas al campo, la masa cárnica, las hamburguesas McCastro, la máscara como si fuera un rostro, la artesanía en la Plaza de la Catedral?… Una vez leí en un blog de Denis Fortún en Encuentro en la red (29/01/09) lo siguiente:

… ‘esos recuerdos’ para muchos se resumen en las escuelas al

campo y los desayunos con una leche saborizada a humo y leña; los inseparables ‘tres mosqueteros’ integrados por el aguado chícharo con granos como balines en medio de un ‘caldejo’ insaboro e irreconocible, arroz blanco y un huevo hervido —en una época de aparente abundancia—; los muñequitos rusos con Tusha Cutusha y Tío Stiopa a la vanguardia; Elpidio Valdés y Carburo; el ‘De Pie’ de los becados en Habana Campo con el horrible Programa Habana 19; las incontables y estériles tareas que debíamos cumplir; o cualquier otra de las tantas cosas, innumerables por espacio y extensión, con las que crecimos en medio de una realidad socialista enrevesada y demagógica.

Hay un cierto sentimiento de conmiseración hacia estas personas que, cuando miran atrás, no encuentran más que desgarraduras. Recuerdos de hambre y carencia, de miedo y acoso. Independientemente de que sí se podría sentir una quizás agradable tristeza de algunas cosas. Como por ejemplo, el hecho de ir al Malecón de La Habana en las tardes para ver el crepúsculo; algunas reuniones en casas de amigos tomando te, y hasta digamos té con alcohol de 90 grados. O recordar las extravagancias de fiestas inventadas. Olas gestiones para lograr celebrar un cumpleaños; las escaramuzas para evitar los trabajos voluntarios; o cómo fue la boda o el nacimiento de un hijo; las reuniones familiares y clandestinas para escuchar Radio Martí; el grupo de la universidad en el que nos burlábamos de la política y de los funcionarios del régimen.

Este último tipo de nostalgia es placenteramente triste; pero se hace demasiado triste cuando un cubano en el exilio mira hacia atrás y se da cuenta de que no puede recuperar su juventud. Cuando nada más puede recordar los agravios, la discriminación, la falta de libertades, la miseria y el hambre. Años que gastó bajo el asedio de los absurdos; tratando de escapar del laberinto; años pensando en una esperanza nunca definida, una esperanza de la incertidumbre; esperando, siempre esperando, sin saber incluso por lo que se espera, por lo que se quiere. Despierto para soñar con un consumo que no llega. Dormido para soñar con la miseria que perdura; y peor, con la miseria inacabable que corroe el espíritu.

Esta entonces es la nostalgia del espejismo y, por tanto, no es tal. Lo que quiero decir es que el recuerdo de cualquier cosa no conforma la nostalgia. En el sentimiento nostálgico siempre —además de una tristeza placentera— hay un deseo, un sabor de algo cálido siquiera, de algo que sirvió para mantener la filialidad o el amor por otro ser, o por el rincón de algo muy querido, algo que siempre quedó ahí latente; a no dudar también fuera una experiencia de vida pero que nunca fue desagradable, sino al contrario. En realidad, la nostalgia es la añoranza de lo mejor que dejamos atrás.

Capítulo XIX tomado de su libro 1959: Cuba, el ser diverso y la Isla imaginada, inédito

Tomado de Hispánica L.A. 

Sunday, August 30, 2026

EL FOTÓGRAFO DEL MUNDO ELEGANTE CUBANO

130 años del nacimiento de Joaquín Blez. Recuerdos y memorias.

Por Alejandro González Acosta

Joaquín Blez retrató este Desnudo en 1920. Fue el gran pionero de la fotografía del cuerpo en Cuba. 

Entre los más gratos e imborrables recuerdos de mi remota infancia y temprana adolescencia, está la estampa de Joaquín Blez y Marcé (Santiago de Cuba, 5 de diciembre, 1886 – La Habana, 7 de abril, 1974), el famoso Fotógrafo de la Sociedad Cubana, o El Artista de la Lente de Oro.

Mis padres habían decidido que nos mudáramos de El Vedado donde nací –en la Clínica Nuestra Señora del Carmen, hoy «Hospital Camilo Cienfuegos»- hasta el centro de La Habana, por el trabajo de mi papá. Tenía yo entonces unos cinco años de edad, en 1958. Ocupamos una casa colonial amplia, de altos puntales, pisos de mármol blanco, arcos de medio punto con coloridas lucetas, espesas persianas y un comedor de losetas ajedrezadas, ubicada en Neptuno 212, entre las calles de Industria y Amistad, en los altos de una tienda llamada faraónicamente «Luxor». Junto a ella, pared con pared, en Neptuno 210 y en los altos de «La Casa del Perro», tenía su estudio y vivía Blez con su familia: la esposa, la bellísima Lydia D’Otres de la Riva, y su hermana Olga. No tuvieron hijos. Se inició así un vínculo amistoso y vecinal, casi familiar, que se prolongó hasta mis 20 años de edad.

Joaquín Blez y Mercé (1886-1974)

Blez poseía una silueta imponente: alto, elegante y refinado, ostentaba una cabellera abundante y rizada con un blanco níveo, vestía como príncipe y estaba perdidamente enamorado de su bella y segunda esposa, quien lamentablemente murió demasiado joven por una cruel enfermedad, en 1972, que lo dejó desolado. No sólo era una mujer de extraordinaria belleza, sino también su musa. Apenas la sobreviviría dos años, herido de tristeza.

Entre ambas casas colindantes se mandó abrir una pequeña puerta –originalmente parece que las dos habían sido en algún momento una, según la tradición, perteneciente a un marqués español- para que yo pudiera pasar gran parte del día acompañando a Blez, quien me adoptó como un tío bonachón y consentidor. Me fascinaba revolver sus archivos y preguntarle la historia de cada una de las piezas que tenía en su casa, un verdadero museo del arte mundial. Con él también años después, ya adolescente, me iba de paseo los fines de semana, en su poderoso Buick Special de 8 cilindros, dorado y convertible, todo un acontecimiento que admiraba a quienes lo veían, y que guardaba en un estacionamiento de varios pisos en Galiano y Concordia, junto a la Iglesia de Monserrate, la cual era la parroquia que nos correspondía al barrio. Para ascender en este estacionamiento había que colgarse –literalmente- de un elevador en cinta que era toda una novedad modernista, residuo de La Habana de los años 50. Blez tenía una nutrida colección de fotografías de los diferentes automóviles que había conducido desde muy joven, auténticamente fastuosos. Ojalá se conserven esas imágenes en algún sitio.

Solíamos ir a las ruinas del Ingenio Taoro, en las afueras de La Habana, hacia el rumbo de Jaimanitas, por la carretera de Cangrejeras cerca de la playita de Santa Fe, donde se había formado y gustaba congregarse el Club de Fotógrafos de Cuba –según me dijo Blez- y me contaba mil historias divertidas que había tenido en su inquieta vida de bohemio antes de casarse con Lydia. Guardaba en su archivo numerosos testimonios gráficos de las fastuosas fiestas que se realizaron en el Casino Español de La Habana, el Miramar Yacht Club, el Havana Yacht Club y las elegantes mansiones de la entonces muy divertida burguesía cubana, donde era presencia obligada y solicitada como el fotógrafo oficial de la gente «chic». Recuerdo una foto en especial donde aparecía el joven Blez vestido como Poseidón sobre un velero colmado de flores, rodeado por una docena de hermosísimas mujeres con atuendos de sirenas, ninfas y náyades: sabía divertirse y tenía los medios para ello.

Otras veces nos íbamos al antiguo Cafetal Angerona, también en ruinas, por el rumbo de Artemisa y cerca de Cayajabos. Generalmente almorzábamos en un  antiguo restaurante de madera levantado casi sobre la playa de Baracoa en Santa Fe, que creo recordar se llamaba «El Merendero de la Puntilla», donde solía reunirse años antes el «Grupo Orígenes» en sus escapadas de Bauta (cuando no comían en el restaurante del «Hotel Hollywood») con el sacerdote Ángel M. Gaztelu, también antiguo amigo de mi familia[1]. Allí todos los pescadores viejos saludaban con sincero afecto y admiración a Blez, quien siempre les llevaba algunos obsequios y les tomaba fotos.

A mi «tío» Blez le debo el regalo de mi primera cámara fotográfica, que él apreciaba mucho y aún conservo, una formidable Rolleiflex con lente planar hecho por Carl Zeiss en Alemania, que es una pieza de colección muy celebrada por mis amigos fotógrafos, que la consideran de las mejores que han existido.

La madre de Blez fue Doña Felicia Marcé y Castellanos (1850-1941), viuda de su primer matrimonio con Oscar de Céspedes y Céspedes (1847-1870), segundo hijo varón de Carlos Manuel de Céspedes con su prima hermana, fusilado por los españoles pocos días después de su boda. Doña Felicia, entonces una joven prometida de apenas 18 años, confeccionó el 22 de octubre de 1868 la bandera cubana bendecida en el Te Deum de la Iglesia Parroquial Mayor de Bayamo, y es la que se exhibe en la Sala de Banderas del Museo de la Ciudad de La Habana o de los Capitanes Generales, pues las dos primeras no se conservaron[2]. Cuando murió en 1941, Doña Felicia –plenamente reconocida como autora material de dicha bandera- fue enterrada con honores militares correspondientes al grado de Coronel del Ejército Mambí, y recibió el título de «Libertadora Insigne». Hoy es bastante desconocida en Cuba.[3]

El padre de Blez fue un hacendado prósperamente establecido en la zona holguinera de Birán… Blez me mostró varios documentos originales de los juzgados holguineros, donde su padre demandaba en reiteradas ocasiones a un vecino colindante que se dedicaba por las noches a robarle ganado y recorrer las cercas entre sus propiedades: Ángel Castro Argiz. No sé a dónde habrán ido a parar estos documentos, pero los vi y leí[4].

De joven, Blez sintió una gran fascinación por la fotografía y entre su archivo –ahora por fortuna bien conservado en la Fototeca Nacional de Cuba gracias a la generosa donación de su cuñada, Olga D’Otres después de su muerte- había una foto borrosa por la que sentía un cariño muy especial: era sólo una pared con una grieta, bastante «movida» y fuera de foco. Me explicó así su afecto por ella: «Esa foto la tomé en Kingston, Jamaica, en 1907, durante un terremoto horroroso, y era la pared de la habitación del hotel donde me hospedaba en el preciso momento cuando se estaba rajando y desplomándose junto con todo el edificio. Después de tomarla, salté por la ventana, desde un segundo piso». Había ido a esa isla desde Santiago de Cuba, donde empezaba a trabajar entonces como aprendiz en un taller fotográfico, para conseguir imágenes por un sismo violento ocurrido unos días antes y lo sorprendió una de las réplicas.

José Raúl Capablanca (1888-1942). Foto Blez

Otra serie de fotos curiosas que conservaba Blez correspondían al primer proyecto de construcción del Capitolio Nacional. Sobre ellas publiqué hace años en la revista Opina de La Habana[5], un artículo que creo fue el primero donde se mencionaba a Blez en la Cuba actual, pues durante muchos años se silenció su presencia, por ser «el fotógrafo de los ricos»[6]. De esa época se destacaba sobre todo oficialmente al artista Constantino Arias, «el fotógrafo de los burdeles»; por fortuna, ya no es así. Captan el momento preciso, en una secuencia tomada con varias cámaras sobre trípodes disparadas sucesivamente (no existían aún los obturadores automáticos), del instante justo cuando explotaba la primera cúpula construida del Capitolio, pues su altura no logró satisfacer a los constructores y decidieron hacerla de nuevo, tal como está hoy. En la frente, algo borrada por los años, Blez lucía una cicatriz: «Es que me acerqué demasiado para tomar esas fotos y me cayó un pedazo de granito en la cabeza».

Pero Blez guardaba además muchas preciosas joyas en su colección que compartió conmigo. Por ejemplo, una serie muy completa tomada por él mismo de los frescos eróticos de Pompeya cuando apenas se había abierto el sitio arqueológico a la visita de los curiosos. Aparecían ahí príapos voladores, belerofontes enhiestos y mil desnudos en imaginativas y explícitas posturas que incentivaron mi juvenil secreción hormonal.

Libros no le conocí muchos, pero gustaba especialmente de dos autores italianos a los que trató personalmente: «Pitigrilli» (Dino Segre, Turín, 1893-1975) y Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956), que eran sus estrictos contemporáneos.

De Alemania guardaba un recuerdo muy especial: 

Esos años de entreguerras en Berlín fueron gloriosos. El lujo y los placeres eran grandiosos. Había un frenesí desatado después de la Gran Guerra para vivir a toda velocidad y disfrutar al máximo. Los cabarets eran únicos: lo que parecía mármol, era mármol, y lo que relucía como oro, era realmente oro. ¡Qué mujeres! Había sitios con un sistema en que las mesas podían bajarse a un sótano para tener más privacidad… 

Allí vio, en una cervecería de Múnich, subido sobre una mesa, gritando furioso y gesticulando como orate, un pálido joven de intensos ojos azules, quien hipnotizaba a la concurrencia: Adolfo Hitler. Luego buscó, compró y conservó los dos tomos de la primera edición de Mi lucha (1925 y 1928), que pude examinar.

También, guardaba una serie de fotografías de juventud que le tomó a una enigmática princesa hindú, quien residió un tiempo en La Habana haciendo demostraciones de sus bailes exóticos. Parece que no era hindú ni bailarina, sino una aventurera muy similar a la famosa Mata Hari, y Blez me dijo que lo supo por confesión de ella, pues fueron amantes.

Blez estudió diseño y composición en Florencia y procedimientos químicos en Berlín, cuando apenas finalizaba la Primera Guerra Mundial –la Gran Guerra, como se la llamó pensando que nunca habría otra barbarie semejante que le siguiera- y contaba regocijado la vida principesca que disfrutó en esa Europa devastada, pues provenía de la próspera Cuba con suficientes recursos para satisfacer sus necesidades y caprichos: entonces compró una enorme cantidad de objetos de arte y antigüedades que le sirvieron para montar su estudio fotográfico, considerado como el más elegante de Cuba en esa época. En medio de esa profusa escenografía se podían encontrar armaduras medievales, bargueños renacentistas, varios muebles firmados por Boulle, y un espléndido mueble de fina marquetería de tres cuerpos, con un gran espejo biselado central: «En ese mueble colgaron sus sombreros y sus paraguas los hombres más eminentes de Francia, hasta Napoleón III: era de Sarah Bernhardt». En la mano solía llevar un anillo precioso, de delicada factura, cincelado por Benvenuto Cellini y que adquirió «por una bicoca» en Florencia, según me dijo.

Blez conservó su claridad mental y artística hasta los meses finales de su vida. Lo acompañé una de las últimas veces que salió de su casa, pues me propuso visitar la casa de un antiguo amigo suyo, Orestes Ferrara, ya convertida entonces en el Museo Napoleónico. Allí deambulamos y él recordó numerosas anécdotas de ese tiempo que ya se había ido, dejándolo a él como uno de los últimos sobrevivientes: era la gran época de los años 20 al 50 en Cuba, donde fue, cuando no protagonista, muchas veces espectador –y memorialista- de primera fila. Varias de mis fotografías infantiles fueron realizadas por Blez e ilustran este texto. Y en especial la última que creo tomó, pues a los pocos días ya cayó en cama postrado por una hemiplejia y murió un par de meses después, a los 88 años de edad, atendido amorosamente por su cuñada, la paciente Olga, que lo veneraba como a un padre, y rodeado por sus sobrinos «Muñeca» y Pepito y todos los que le queríamos.

En esa última foto estoy sentado en una banca del jardín del Museo Napoleónico, y llevo en la mano el bastón de Blez, una gruesa y ligera caña de Indias, con empuñadura de marfil y un monograma en oro donde aparecían entrelazadas sus iniciales, JBM: era el apoyo final de aquel artista de fama internacional, que fotografió toda una época, del que hay cuatro obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, y quien se llevó a la tumba el secreto para sensibilizar la porcelana, el marfil y el terciopelo donde imprimía sus imágenes.

Descanse en paz, en la gloria de su arte, mi «tío» Joaquín Blez, tesoro cubano por fin en vías de recuperación. Este 2016, el 5 de diciembre próximo, se cumplirán 130 años de su natalicio; sirva esta evocación como un sencillo pero sincero y emocionado homenaje anticipado. Debe estar ahora muy ocupado allá arriba, tomando fotos maravillosas de ángeles y santos, dándoles, con la magia de su lente, una reforzada inmortalidad dentro de la misma inmortalidad celestial.

Notas del artículo

1.  Años después, regresé por esos rumbos precisamente con el Padre Gaztelu, para escribir un reportaje sobre la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad de Baracoa, con un diseño que recordaba a Le Corbusier, del arquitecto Eugenio Batista, con obras importantes de los pintores René Portocarrero y Mariano Rodríguez y el escultor Alfredo Lozano. Mi trabajo se publicó en la revista Cuba Internacional: «Dos iglesias, dos pintores», Sección Contrapunto, La Habana, julio de 1983, p. 61. En esa época el Padre Gaztelu estaba muy marginado de la cultura oficial por su cercanía con José Lezama Lima (muerto en 1976). Al año siguiente -1984- se exilió en Miami, donde lo visité varias veces. Falleció en 2003.

2.  La primera bandera cubana, como se sabe, fue confeccionada apresuradamente, con materiales bastos y perecederos, por Candelaria Acosta Fontaigne, «Cambula», hija del mayoral de Céspedes y, ya viudo este de su primera esposa, su amante; después, Isabel Vázquez y Moreno, casada con Pedro (Perucho) Figueredo y sus hijas (Candelaria, Eulalia, Blanca, Eloísa, Piedad y María) hicieron una segunda, con mejor resultado que la anterior pero aún imperfecta. Como ninguna de las dos cumplió con lo deseado por Carlos Manuel de Céspedes, le encargó a su futura nuera Felicia la confección de una enseña con materiales de primera y con arreglo a las normas de la heráldica. Fue cosida a máquina y con la estrella perfectamente delineada a compás, todo lo contrario de la de «Cambula», cosida a mano, como puede demostrar cualquier sencillo examen directo.

3.  La página oficial cubana EcuRed dice: «aunque no se cuenta con datos fidedignos acerca de su aspecto físico, cabe suponer que haya sido una mujer blanca...» De su vínculo con el Padre de la Patria, su suegro, no se menciona nada. También está bastante errada la entrada «Bandera de La Demajagua» del mismo sitio EcuRed, pues confunde los datos y afirma que la bandera hoy conservada es la de «Cambula», punto que, según se aclaró hace muchos años, no es así. También vinculan a Felicia Marcé casada con un coronel Manuel Milanés Céspedes, cosa que no es cierta.

4.  Conozco la existencia, pero no la he examinado, de una caja de documentos titulada «Blez Family Papers (1863-1941)» en la Cuban Heritage Collection de la University of Miami.

5. «El Capitolio dinamitado», Opina, La Habana, Nº 41, Diciembre de 1982, p. 23.

6.  Afortunadamente, la sensatez se ha impuesto finalmente y desde hace algunos años el arte de Blez se ha venido recuperando y estudiando por especialistas muy capaces. En la Fototeca Nacional de Cuba su obra ocupa hoy un merecido y durante mucho tiempo negado lugar de honor.

Del Autor

Alejandro González Acosta

La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.

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Tomado de: Este Lunes