Tuesday, March 10, 2026

¿A QUÉ HUELE EL COLAPSO? (*)

Actualidad

por Yoani Sánchez, La Habana

La ciudad está salpicada de estos lugares que una vez cerraron sus puertas y comenzaron a degradarse rápidamente. Grandes mercados, bancos, cines y moteles que olían a café recién colado, a frituras y a aire acondicionado, de los que hoy solo brota hediondez.


Tomo una hoja de hierbabuena del balcón y la aprieto entre mis dedos antes de echarla al agua que voy a tomar. En las manos me queda un aroma fresco y esperanzador. Agasajar la nariz es una tarea difícil en estos tiempos que vivimos en Cuba. El colapso del país huele a basura quemada, a aguas albañales y a falta de limpieza. Cada aroma agradable es un premio escaso e invaluable para los sentidos.

Son las cuatro de la madrugada y salto de la cama. Ha regresado la electricidad después de un apagón que comenzó la tarde anterior. Nada más levantarme me voy a la azotea. Mis dos perras, las estrellas y yo. La ciudad duerme y yo oteo el horizonte. La Habana ya no huele a lo mismo. A esa hora me llega la peste de desperdicios que se acumulan por todos lados y, desde el cercano Zoológico de la calle 26, se escucha el rugido desesperado de un león. Debe tener hambre.

Nunca pensé que iba a extrañar aquel tufo

Cuando era niña y me iba a visitar a mis parientes en los pequeños pueblos de Villa Clara y Cienfuegos, al regresar a la capital me golpeaba el olor. Esta ciudad siempre tuvo un aroma particular. El servicio de gas manufacturado instalado en muchas casas, los tantos vehículos que circulaban por sus calles y las aguas de la bahía mezcladas con el petróleo que caían en ella, hacían que el lugar donde nací y crecí oliera a aceites industriales y a alquitrán. Nunca pensé que iba a extrañar aquel tufo.

Ahora La Habana tiene otra “huella olfativa”. Un portal por el que siempre transitaba cuando caminaba por la calle Reina, en Centro Habana, se ha convertido en un urinario público que me hace contener la respiración cuando paso cerca. De la tienda Ultra sale un vaho, la fetidez del abandono. La ciudad está salpicada de estos lugares que una vez cerraron sus puertas y comenzaron a degradarse rápidamente. Grandes mercados, bancos, cines y moteles que olían a café recién colado, a frituras y a aire acondicionado, de los que hoy solo brota hediondez.

El dinero huele a miseria y el billete de mil con el rostro de Mella

Hasta el dinero huele a miseria. Tiene un hedor a humedad, como si hubiera estado guardado en una cueva oscura y mugrienta. Frente a los cajeros automáticos la gente hace colas de horas para poder sacar un poco de efectivo. Muchas veces la máquina se rompe o se apaga por un corte eléctrico antes de que los clientes puedan obtener esos devaluados bonos de colores que conforman la moneda nacional.

Quienes tienen más recursos pagan por el dinero. Comprar pesos se ha convertido para muchos en la única vía de tener billetes en la mano. Pero lo que obtienes es un amasijo de papeles sucios. Un amigo me ha contado que en el país donde vive metieron algunos euros en un laboratorio y les encontraron trazas de droga, heces y saliva. Fantaseo con que alguien lleve a analizar una muestra de pesos cubanos. No me sorprenderán los resultados.

El billete de 1.000, con el rostro de Julio Antonio Mella, quizás tenga vestigio de gasolina, de perfume y del líquido que suelta una caja de cuartos de pollo cuando empieza a descongelarse. Del de 200, que tiene la imagen de Frank País, de seguro brotarán restos de aceite vegetal, lágrimas y boñiga de caballo de los tantos cocheros que mueven pasajeros de aquí a allá en las casi paralizadas ciudades cubanas. Del trozo de papel, de tonos rojos y con el rostro de Ernesto Che Guevara, saldrían las huellas de un pasado en que servía para pagar algo que costaba hasta tres pesos. Un remoto tiempo en que en las calles de La Habana Vieja le ofrecían ese papel con el gesto adusto del guerrillero a los turistas, que venían en masa, a ver este desvencijado experimento social en el que vivimos.

Pero ahora el dinero huele a pobreza. También se sienten así las oficinas de trámites, los locales antes climatizados del poderoso monopolio de telecomunicaciones Etecsa y hasta el lobby de los ministerios. Las miasmas se han apoderado de todo el espectro de olores a donde quiera que vayamos. El ascensor de mi edificio huele a orine. En el cercano policlínico alguien ha echado un chorro de desinfectante para tapar el olor a enfermedad y suciedad que lo cubre todo. La consulta de estomatología ya no desprende aquella mezcla de agentes antisépticos y materiales dentales.

Pego la nariz a mi axila. Después de toda una mañana caminando yo también huelo como La Habana, una combinación de penuria y desespero.

(*) Tomado del perfil de FB de Yoani Sánchez

Monday, March 9, 2026

CASTRO Y CHÁVEZ, UNA ASOCIACIÓN CRIMINAL

Revista

La participación de los agentes castristas en el narcotráfico

Por Pedro Corzo

Los vínculos entre los déspotas de ambos países han sido tan profundos que el carnicero más devastador del castrismo, Ramiro Valdés, ha sido un asiduo visitante al país sudamericano con el objetivo de montar la base logística que el chavismo necesitaba para sobrevivir

Fidel Castro y Hugo Chávez

La muerte de varias decenas de esbirros castristas en Caracas testimonia de manera irrefutable la estrecha alianza existente entre los sistemas dictatoriales de Cuba y Venezuela, liga en la que está directamente involucrada la dictadura nicaragüense de Ortega- Murillo, déspotas que han decidido liberar prisioneros políticos en un intento por aliviar la presión que las actuales condiciones hemisféricas dejan apreciar.

Cierto que Venezuela le ha facilitado al totalitarismo cubano un respaldo invaluable consistente en la entrega de petróleo, contratación de trabajadores esclavos y respaldo internacional, pero los Castro le han trasmitido, primero a Hugo Chávez y después al felizmente encarcelado Nicolás Maduro, sus vastos conocimientos en actividades relacionadas con la represión, el espionaje y un aspecto poco comentado, la estrategia a desarrollar para que la mayoría de la población insatisfecha políticamente, emigre con el objetivo de reducir la oposición y tener ingresos provenientes del extranjero.

Han sido muchas las denuncias sobre el control ejercido por oficiales de las Fuerzas Armadas de Cuba sobre los institutos armados venezolanos. Efectivos de diferentes graduaciones tienen autoridad en el fuerte Tiuna, el centro marcial más importante, mientras, instruyen a los servicios de espionaje y contraespionaje en como neutralizar hasta arrestar, a los potenciales conspiradores dentro de las unidades castrenses.   

Hay que señalar que las enseñanzas de castrismo han conducido a la autocracia venezolana a implantar un control social muy semejante al de Cuba, caracterizado por el sectarismo, la discriminación y la desconfianza ciudadana, con el remate de una desesperanza generalizada, en mi opinión, el legado más trágico de cualquier dictadura.

Ramiro Valdés (1932)

Los vínculos entre los déspotas de ambos países han sido tan profundos que el carnicero más devastador del castrismo, Ramiro Valdés, ha sido un asiduo visitante al país sudamericano con el objetivo de montar la base logística que el chavismo necesitaba para sobrevivir, así que es fácil colegir que los agentes castristas situados en Venezuela han debido tener una notable participación en la gestión del tráfico de drogas que manejaba el cartel de los Soles.

El castrismo es igualmente responsable del narcotráfico como Maduro y Diosdado Cabello, máxime, si recordamos las denuncias de la estrecha relación de Fidel Castro con varios de los capos del narcotráfico de los ochenta y noventa y otras recientes, que aducen que el totalitarismo intento cubrir con el fusilamiento del general Ochoa y de otros altos oficiales, su actividad delictiva.

Manuel Piñeiro (1933-1998)

Es ampliamente conocido que el Departamento América, uno de los organismos del totalitarismo dedicado exclusivamente a la subversión y desestabilización de las democracias, durante toda su existencia y bajo la dirección de Manuel Piñeiro, alias “Barbarroja”, cuando estaba corto de dinero buscaba los recursos necesarios en el tráfico de drogas y  Carlos Lehder, más de treinta años preso en Estados Unidos por traficar narcóticos, dijo a Radio Martí, “Yo fui invitado por el gobierno comunista de Cuba, por la dictadura castrista a Cuba, a establecer allí un conducto, una línea, una ruta de tráfico de cocaína hacia los Estados Unidos”.

Por otra parte, creo necesario recordar que los esbirros castristas que murieron el 3 de enero último en Caracas no han sido los únicos de su estirpe en ser abatidos en defensa de lo peor. Fidel Castro siempre anhelo someter a Venezuela, aunque fue Hugo Chávez, traidor a su país, quien se la entregó en bandeja de plata.

El primer sicario castrista que se tenga conocimiento muerto en ese país fue Antonio Briones Montoto, uno de los invasores de Machurucuto. El interés de Castro por imponer su fundamentalismo en el hemisferio fue constante pero dos países, para desgracia de estos, ejercieron sobre el déspota cubano una atracción fatal, Venezuela y Colombia.

Rómulo Betancourt (1908-1981)

El interés de Castro en Venezuela se evidenció con su viaje a Caracas en enero de 1959, cuando quiso convencer al excelso demócrata Rómulo Betancourt de que se aliara a sus propuestas, objetivo que no logró porque el guatireño lo caló a fondo mientras millones de cubanos se embelesaban con el tirano  Fidel.

Desde los albores de la revolución cubana cientos de insurgentes venezolanos fueron entrenados y pertrechado con armas y dinero de la Isla, sin embargo, la ayuda de los Castro no destruyó la democracia, fueron Hugo Chávez y Nicolás Maduro quienes la echaron abajo y todos juntos, han estado involucrados en el tráfico de drogas.  

CELEBRADO EL XI ENCUENTRO DEL CENTRO DE ESTUDIOS CONVIVENCIA.

 Actualidad

A la memoria de Siro del Castillo


Los días 7 y 8 de marzo de 2026 el Centro de Estudios Convivencia (CEC) celebró el Onceno Encuentro del Itinerario de Pensamiento y Propuestas para Cuba, en la Universidad Internacional de la Florida, con el apoyo del Instituto de Estudios Cubanos. Participaron más de 60 estudiosos provenientes México, España y Cuba, Isla y Diáspora.

El sábado 7 fue estudiado el tema “La cultura de la vida: aborto, eutanasia y pena de muerte en el futuro de Cuba: Visión y Propuestas”. Luego de la bienvenida y la presentación de los participantes fueron dictadas dos conferencias motivadoras. La primera a cargo del Dr. Antonio Manuel Padovani Cantón con el título “Cuando el que debe proteger mata”. La segunda a cargo del sacerdote católico Jorge Luis Pérez Soto, titulada “Recolocando el ser humano al centro: cultura de la vida en una Cuba nueva”. En el horario de la tarde tuvo lugar el trabajo en equipos para responder entre todos, y a partir de los aportes personales, la guía de estudios recibida con anterioridad.

Al finalizar esta primera jornada tuvo lugar la presentación de tres libros producidos por la editorial Alexandria Library: 1. El daño antropológico en Cuba y su sanación. Un proyecto humanista martiano para la reconstrucción de Cuba, de Dagoberto Valdés Hernández; 2. Juan Pablo II: enseñanzas para la Bioética en Cuba, de Yoandy Izquierdo Toledo; y 3. Patria, sacrificio y revolución. Antropología de la violencia política en la Cuba revolucionaria, de Raisiel Damián Rodríguez González. Además, disfrutamos de una velada cultural con el pianista y cantante Félix Bernal y el percusionista Dagmar Arencibia.

El domingo 18 el tema de estudio fue “El tamaño, los roles y la interacción entre la sociedad civil y el Estado en el futuro de Cuba: Visión y Propuestas”. La jornada matutina transcurrió con dos conferencias impartidas por los Doctores en Ciencias Políticas Daniel Pedreira y Carlos Manuel Rodríguez Arechavaleta. La primera bajo el título “La sociedad civil: pilar indispensable para la Cuba democrática” y la segunda: “Sociedad civil en contextos de transición. Cuba y las nuevas dinámicas de la sociedad civil”.

El CEC agradece, después de 11 años de trabajo ininterrumpido, la participación de decenas de cubanos de la Isla y la Diáspora, el método parlamentario empleado en las dinámicas de trabajo en equipo y la discusión en plenaria. El clima de respeto, el espíritu propositivo y la amistad cívica, evitando la confrontación, las descalificaciones y el lenguaje agresivo, han hecho posible la producción, hasta la fecha, de 19 informes de estudios que pueden ser descargados en: https://centroconvivencia.org/propuestas/. Luego del trabajo de compilación y edición de los aportes emanados de este encuentro, se publicarán en la página web los dos informes correspondientes.

En las circunstancias actuales de Cuba, en medio de grandes incertidumbres, el think tank de Convivencia apuesta por seguir “pensando Cuba”, para que el día después de mañana no nos encuentre desprevenidos.

Tomado de Convivencia. Centro de Estudios. Pensando Cuba.

Thursday, March 5, 2026

UN PAÍS QUE CARGA UNA DESGRACIA QUE NO ELIGIÓ (*)

Revista

El odio fue sembrado, administrado y convertido en política de estado

Por Rafael Bordao

La Habana, Cuba. @Fuente externa

Miami/Hay naciones que avanzan, tropiezan, y se reinventan. Y hay otras –como Cuba– que fueron condenadas a caminar en círculos, arrastrando un sacrificio que dejó de ser digno para convertirse en castigo. Durante décadas, la vida cotidiana se volvió una sucesión de renuncias: renunciar a la libertad, renunciar a la palabra, renunciar al futuro, renunciar incluso al derecho elemental de imaginar otra vida.

El sacrificio dejó de ser una acción heroica para transformarse en un mecanismo de control. Se sacrificaba el pueblo para salvar al poder, no al revés. Y así, generación tras generación, los mismos hombros cargaron la escasez, la vigilancia, la obediencia, la espera interminable. La élite gobernante, blindada por privilegios, jamás sintió la molestia de la cola, del apagón, del miedo, del exilio forzado. La pregunta entonces se vuelve filosófica: ¿Qué clase de sistema necesita que su pueblo sufra para poder existir?

El odio no brotó del corazón de los cubanos. Fue sembrado, fue administrado, fue convertido en política de Estado. Para justificar la represión, hacía falta un enemigo. Para justificar la pobreza, hacía falta un culpable. Para justificar la vigilancia, hacía falta un traidor.

"El odio se volvió un recurso renovable"

Ese odio se alimentó con discursos interminables, con manuales escolares que confundían historia con propaganda, con noticieros que repetían la misma liturgia del miedo, con marchas obligatorias donde la unanimidad era una forma de permanecer. El odio se volvió un recurso renovable; siempre había alguien a quien culpar, siempre había un “otro” que amenazaba la pureza del proyecto. Pero el odio tiene un costo ontológico: destruye la convivencia, corroe la memoria, y fractura la identidad colectiva. Y cuando un país vive demasiado tiempo bajo la lógica del enemigo, termina sospechando incluso de sí mismo.

"Nadie firmó un contrato para renunciar a la libertad"

Nadie votó esta condena. Nadie eligió entregar su vida a un dogma que ya no sostiene ni el aire que respiramos. Nadie firmó un contrato para renunciar a la libertad de movimiento, de pensamiento, de creación. La decisión la tomó una cúpula que confundió su permanencia con la salvación de la patria, que convirtió la ideología en religión obligatoria y la historia en un monólogo sin fisuras.

Esa cúpula decidió que el país debía pagar eternamente por un sueño que dejó de ser sueño y se convirtió en coartada; decidió que el pueblo debía inmolarse para que ellos pudieran seguir gobernando; decidió que la nación era un laboratorio y los ciudadanos, piezas reemplazables. La filosofía política nos enseña que todo poder que exige sacrificio sin ofrecer libertad es un poder ilegítimo. Pero, en Cuba, esa ilegitimidad se normalizó, se ritualizó, se convirtió en paisaje.

Ruinas del teatro Campoamor. @Fuente externa

Hoy, el discurso oficial flota como un cascarón vacío. Las normativas ya no conmueven, los héroes ya no inspiran, las promesas ya no engañan. El país está exhausto. La gente ya no cree, ya no espera, ya no teme como antes. El dogma se ha vuelto un fósil ideológico incapaz de explicar la ruina, la emigración masiva, la desesperanza que se respira en cada esquina. Cuando un dogma deja de sostenerse, lo único que queda es la pregunta que lo desarma todo: ¿hasta cuándo?

Camuflaje para un sueño migratorio. Óleo sobre lienzo. 50 x 69"
Eleomar Puente. (Cuba 1968)

Escribir sobre Cuba es escribir contra el silencio. Es un acto de rebeldía, pero también de duelo. Es reconocer que el país ha sido herido por quienes juraron salvarlo. Es afirmar que la memoria no puede seguir secuestrada por un relato único. Es reclamar el derecho a preguntar, a dudar, a disentir, a imaginar. Porque un país no se salva con mandatos, sino con verdad. No se reconstruye con miedo, sino con dignidad. No se libera con odio, sino con justicia.

(*) Tomado del diario 14 y Medio 

Wednesday, March 4, 2026

EL CINQUILLO Y LA TUMBA FRANCESA

Revista

La huella de Haití en la cultura cubana

Por Antonio Gómez Sotolongo

La noche del 14 de agosto de 1791 se produce, en Saint-Domingue, un gravísimo acontecimiento. Suenan los tambores del vodú en Bois Caimán. Bajo una lluvia torrencial, doscientos delegados de dotaciones de la Llanura del Norte, llamados por el iluminado Bouckman, beben la sangre tibia de un cerdo negro, juramentándose para la rebelión.

@Fuente externa

Así describe Alejo Carpentier, en «La Música en Cuba», el inicio de la Revolución de Haití, un acontecimiento que estremeció el Caribe y que tuvo enorme influencia en la conformación de la cultura cubana, sobre todo en la región oriental de la isla. Las terroríficas degollinas que realizaron los esclavos haitianos contra sus amos franceses y la destrucción del magnífico emporio que entonces era la economía haitiana provocaron la estampida de miles de colonos franceses y negros criollos haitianos, muchos de los cuales llegaron a Santiago de Cuba en la más desoladora miseria.

Los criollos haitianos, arrastrados junto a sus amos por fidelidad o en calidad de esclavos domésticos, cargaron con sus hábitos, cantos y danzas y con una lengua propia conocida como creole o patois, resultantes de un proceso de transculturación, y se les conoció como «franceses», incluso se le llamó «francés» a todo su entorno.

A pesar de que hubo algunos que con el tiempo se desplazaron por toda la isla, en su mayoría se establecieron en la región oriental, donde permanece la huella de su cultura. Según algunos historiadores fue el precio de la tierra la causa de que los «franceses» se arraigaran en esta región. Afirma Julio Le Riverand, en su Historia económica de Cuba, que mientras en Oriente la caballería de tierra valía 100 pesos, en La Habana no bajaba de 1000 y según los datos existentes se sabe que la hacienda Santa Catalina, propiedad del Marqués de Jústiz, localizada en la región de Guantánamo, fue vendida a colonizadores franceses emigrados de Haití, al precio de 20 pesos la caballería.

Tumba Francesa La Caridad de Oriente @Fuente Externa

Descendientes de estos criollos haitianos, interesados en conservar sus costumbres y protegerse unos a otros, crearon las sociedades de Tumba francesa, las que según el Dr.Olavo Alén, «constituyeron y constituyen aún hoy, una fuente constante de elementos culturales de ese folklore primario o antecedente cuya interacción conformó los primeros rasgos de la cultura cubana». 

A principios del siglo XXI, se mantenían tres de estas sociedades, dos de ellas en zonas urbanas y una en un poblado campesino. La Sociedad Tumba Francesa La Caridad de Oriente, fundada el 24 de febrero de 1862 con el nombre de Sociedad La Fayette y declarada por el Fondo de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) Patrimonio Intangible de la Humanidad en 2003, está ubicada en el número 501 de la calle Los Maceos, esquina a San Bartolomé, en el barrio Los Hoyos, en Santiago de Cuba.

Uno de los eventos más significativos de estas sociedades son las fiestas en las que se baila en parejas sueltas, con figuras que rememoran gestos y actitudes de los bailes del Cabo y Port-au-Prince, y se entonan cantos afrohaitianos acompañados por tambores, que se denominan: premier o redoblé, sécond y bula o bebé, catá tambora, chachá o maruga.

Estos instrumentos son anchos y chatos y se tocan con baquetas, muy semejantes a los del vodú haitiano. Los cueros, según se afirma en el Diccionario de la Música Cubana, de Helio Orovio, «se tensan por medio de cuerdas y tarugos ganchudos, yendo algunas cuerdas ensartadas en el aro, del cual descienden diagonalmente a pasar por debajo de una estaca o cuña y ascienden otra vez al cuero, formando ángulos».

El cinquillo cubano

Una de las células rítmicas que con más fuerza influyó en la música cubana fue el llamado cinquillo, un figurado de procedencia africana y que los «franceses» de Haití visibilizaron en Cuba. Esta célula, que seguramente se encontraba en los barracones de esclavos en Cuba desde mucho antes, no tuvo real influencia en la música profesional hasta entrado el siglo XIX, cuando las contradanzas comenzaron a difundirse por toda la isla

Fernando Ortiz, en su libro «La africanía de la música folklórica de Cuba», la recoge como una de las siete células rítmicas afrocubanas más importantes y la considera como la «célula rítmica africana del Danzón, llamada cinquillo». También utilizada en las antiguas contradanzas cubanas y que se diseminó en casi todos los géneros de la música popular cubana.

«Al ser introducido en la isla –nos comenta Alejo Carpentier-, el cinquillo se hizo uno con la contradanza oriental. Las orquestas de baile se apoderaron de él para salpimentar sus ejecuciones». Y para el danzón, a finales del siglo XIX, se convirtió en la célula rítmica medular, algo que se puede apreciar desde el que se considera el primero en su género: Las Alturas de Simpson, de Miguel Failde. 

Está muy difundido en la historiografía cubana el suceso que protagonizó el compositor catalán residente en Santiago de Cuba, Juan Casamitjana y Alsina, y que diera un enorme impulso a la difusión de los cantos de los negros «franceses». Según se cuenta, cierta noche de 1836, el músico, que había compuesto un buen número de canciones cubanas, pudo escuchar, al paso de una comparsa, los cantos del Cocoyé. Anotó las coplas y los ritmos y compuso una partitura que muy pocos días después colocó en los atriles de la banda del Regimiento de Cataluña. En esa oportunidad, la retreta, en la que habitualmente se escuchaban los clásicos del repertorio universal, se convirtió en una invaluable difusora de los cantos y ritmos afrohaitianos y dio un verdadero impulso a la mezcla de éstos con las células rítmicas afrocubanas.

Las coplas y los ritmos del Cocoyé (o Cocuyé), con sus cinquillos, transitaron por las partituras de un buen número de compositores, incluso llegaron a las salas de conciertos en obras de muy diversos compositores; entre ellos, el pianista y compositor Louis Moreau Gottschalk, nacido en New Orleans y radicado por temporadas en Cuba, quien compuso una obra titulada El Cocoyé Op. 80 (Grand Caprice Cubain di Bravura) y Amadeo Roldán quien compuso las obras Obertura sobre temas cubanos, y la Oriental, de «Tres pequeños poemas».

La cultura afrohaitiana, con el paso de los siglos, sufrió en Cuba una nueva transculturación, marcó su huella indeleble, y se convirtió en una de las fuentes que contribuyeron a la conformación de la cultura cubana.

Saturday, February 21, 2026

Entrevista a Enrique Del Risco sobre la antología "El túnel al final de la luz"*



Por Luis de la Paz

El escritor y profesor Enrique del Risco nacido en 1967, cuando ya el castrismo había destruido gran parte de Cuba y adoctrinado a un considerable sector de la población, logró sobrevivir mejor que mucho de sus contemporáneos a la educación politizada.

En sus libros se aprecia un detallado poder de análisis y observación. Entre sus publicaciones se encuentran Nuestra hambre en La Habana y Los que van a escribir te saludan, y más recientemente, El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika, publicado por la editorial Hypermedia, en junio de 2025.

Eres el editor de El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika libro donde más de sesenta autores exponen “la revuelta cultural y social que se produjo en Cuba en paralelo a la perestroika soviética”. Háblanos del resultado de ese libro.

Estoy muy contento con el resultado. Fue un libro que nació de una conversación casual con mi mujer a la hora del desayuno y con el que terminé arrastrando a más de medio centenar de artistas, escritores, periodistas, críticos y activistas de todo tipo a reconstruir a través de la memoria unos años en los que muchos creímos que podíamos cambiar el país. Es un libro coral llenos de historias y observaciones importantísimas. El título ya revela el final penoso de ese intento, pero creo que tanto aquel movimiento como el libro que hemos hecho valieron la pena. En el caso del libro, porque ha servido para crear conciencia sobre aquel movimiento, sobre sus posibilidades y sus imposibilidades.

Cuando hablo de crear conciencia no solo me refiero a los que no tomaron parte en él. También hablo de los que participamos en ese proceso y, aun así, teníamos una visión fragmentaria de aquellos años. Creo que a través de los testimonios recogidos en el libro podemos ver ese fenómeno como lo que fue: un movimiento social y político -además de cultural y artístico- que pudo darse por circunstancias históricas muy específicas. Pero justamente esas circunstancias -las reformas que se acometieron en la URSS y el resto de Europa del Este- impedían ver de antemano la conclusión a la que arribó ese movimiento: que el socialismo -o sea, un régimen donde un partido tiene el monopolio de los mecanismos políticos y el Estado el del sistema productivo del país- es antidemocrático e irreformable por naturaleza.

Naces en 1967 en medio de apagones, colas y hambre, la misma situación (quizás menos dramática que la actual), pero con los mismos componentes. Pasas la infancia, la adolescencia… ¿en qué momento tomas conciencia del desastre nacional?

La conciencia del desastre en Cuba yo creo que todos la hemos tenido desde una edad muy temprana. Recuerdo un día, con menos de diez años, en que luego de larga odisea llegábamos por fin al Parque Lenin en la cama de un camión, le pregunté a mi padre: “Papi ¿cuándo es que vamos a salir del subdesarrollo?”. Esa pregunta ya encerraba la conciencia plena del desastre. Pero claro, siempre quedaba el recurso de echarle la culpa al pasado capitalista (que en esa época quedaba a unos quince años de distancia) o al embargo.

La adquisición de la otra conciencia, la de que el desastre era producto del mismo sistema fue más lenta y progresiva. Estudié tres años en la Escuela Vocacional Lenin que era una escuela-vitrina para mostrarla, junto con Ubre Blanca y otros "logros" de la revolución, a los visitantes extranjeros. O hasta a los mismos presos políticos cuando los excarcelaban luego de estar veinte años en la cárcel, para que se arrepintieran de haberse opuesto a una revolución capaz de crear escuelas así, como cuenta Jorge Valls en sus memorias. Pues mi estancia en La Lenin se convirtió en un curso intensivo sobre simulación socialista: desde cómo la comida mejoraba en momentos estratégicos hasta instalaciones deportivas, laboratorios de lengua, estudios de música que solo se abrían cuando llegaba una delegación extranjera. O piscinas que solo se llenaban un par de semanas al año. Por cierto, de esas falsedades mi amigo Ernesto Chao y yo dimos cuenta públicamente a Carlos Lage, entonces secretario general de la Juventud Comunista en una visita que hizo a la escuela y lo único que conseguimos fue que más tarde el director general intentara intimidarnos. Y de esa experiencia de simulación e intimidación salió el primer texto de ficción que escribí en mi vida, una obrita de teatro titulada “Galileo y el masarreal” que nunca pude montar. Pero aún así nos quedaba la excusa de que tanta falsedad era obra de funcionarios intermedios.

Llegado a la universidad, entre las conversaciones con condiscípulos más enterados que uno, la comparación entre las revelaciones sobre el comunismo en Europa del Este y la realidad cubana y el terror pánico de buena parte de mis profesores para lidiar con ciertas verdades, fue que me quedé sin excusas racionales que ofrecer. Luego, la vigilancia y la persecución sobre los que intentábamos mejorar la realidad en que vivíamos, de democratizarla (todavía la palabra “totalitarismo” no era parte de nuestro vocabulario, pero “democracia” definitivamente sí) hicieron el resto. Esos años cubanos de la perestroika me enseñaron no solo que era el sistema el que generaba el desastre, sino que este no estaba interesado en ningún cambio que significara renunciar a un ápice de su poder y cedérselo a los ciudadanos.

Tu libro brinda una cronología de los años ochenta en Cuba, y todo marca en general retrocesos. Aun así la juventud presenta nuevos proyectos y desafíos. Tú fuiste parte de ellos. Cómo es la visión de impulsar arte y cultura, sabiendo que lograr el éxito es difícil.

Había mucha ingenuidad por parte de nosotros, ingenuidad de la que nos fueron curando los agentes de la seguridad del estado, los funcionarios del castrismo y el propio Fidel Castro cuando no solo rechazaban nuestras propuestas, sino que nos perseguían por hacerlas. A esa ingenuidad inicial súmale el aliento que nos daba saber que en la Unión Soviética se estaban reconociendo los errores y horrores que se habían cometido y existía una voluntad real de cambios. Y ver que nuestros represores inmediatos también sabían lo que ocurría en la URSS y eso los hacía comportarse con más contención que unos años antes.

Por lo demás si uno es joven y está vivo lo mínimo que puede hacer es intentar dotar a la existencia (artística, social, política) de vitalidad y sentido. Eso fue lo que tratamos de hacer en esos años. Si no cambiamos el país al menos nos cambiamos a nosotros mismos. Y cambiamos la idea que se tenía en Cuba por entonces sobre el arte y sus posibilidades. Cuando uno ve un performance callejero de Luis Manuel Otero Alcántara o un monólogo crítico de cualquier humorista actual o una galería o una compañía teatral que usa un espacio privado para crear proyectos al margen del Estado comprende que esas posibilidades empezamos a crearlas en la segunda mitad de los ochenta, a pesar del rechazo del propio Fidel Castro a aceptar los cambios que se estaban produciendo en Europa del Este. Cuando al fin los represores vieron sus manos libres tras el derrumbe del Bloque Comunista ya era demasiado tarde para retrotraer la vida cubana a los años del totalitarismo más cerrado, meter al genio de la libertad en la botella de la que había salido.

Hay quienes dicen que los cubanos no han hecho nada para procurar un cambio en el país. ¿Qué responderían a ello?

Siempre ha habido cubanos deseando y tratando de cambiar el país. Lo mismo con los movimientos guerrilleros y clandestinos de principios de los sesentas, que la contracultura de catacumbas que surgió luego y que vino a florecer con la generación del Mariel, o los movimientos políticos y artísticos surgidos en los ochenta, así hasta llegar a hoy. Piénsese en un detalle: los que participaron activamente en el derrocamiento del régimen batistiano no pasaban de diez mil, la misma cantidad de personas que, por cierto, se apretujaron en la embajada de Perú en 1980 en cuanto quitaron la guardia. En cada momento del castrismo ha habido una cantidad semejante o mayor opuesta al régimen, solo que, a diferencia de los opositores a Batista, no tenían enfrente un estado totalitario capaz de aplastar la más mínima señal de disidencia. Si durante el castrismo unas generaciones consiguieron hacerse más visibles que otras ha sido por circunstancias históricas que contuvieron en cierto grado la ferocidad del estado totalitario.

¿Qué aporta el humor a un mejor entendimiento de tus libros y la situación cubana?

La respuesta más corta es la de Woody Allen: “comedia es tragedia más tiempo”. Y a la tragedia cubana le ha sobrado tiempo para convertirse en comedia. No se me malentienda, la situación en Cuba sigue siendo trágica. De hecho, ahora es mucho más trágica de lo que lo haya sido nunca con la hambruna, el despoblamiento galopante, el envejecimiento de la sociedad, la parálisis productiva, la caída abismal de las condiciones de vida y la represión rampante y descarada. Pero también hay que reconocer que el sistema que sostiene esa tragedia es profundamente ridículo: solo hay que ver las justificaciones que usan para explicar tanto desastre.

Por otro lado, el sistema que rige Cuba no es una simple dictadura. Es un sistema de control mucho más complejo -el del totalitarismo- que a su vez crea un impacto muy complicado en los seres humanos y en las relaciones que se establecen entre ellos. Y yo creo que el humor es la perspectiva ideal para lidiar con tanta complejidad asentada a su vez sobre una base tan ridícula: un tirano y un partido que determinan que la realidad es de cierto modo y todo el aparato del régimen -represivo, propagandístico, educativo, cultural- tiene que encargarse de acomodar el mundo real a como ellos digan. Y en esos casos solo te quedan dos opciones: el humor o la esquizofrenia. Yo prefiero el humor.

Asombra y entristece ver el grado de degradación a la que ha llegado Cuba como país. El castrismo tocó fondo hace mucho tiempo y sigue perforándolo con la esperanza de encontrar algo, que no sea otra cosa que más miseria y fango. ¿Qué más se puede esperar en Cuba?

Esa es una pregunta ante la que no tengo palabras ni ideas, solo fe o tozudez pura. Sospecho que si, luego de treinta años viviendo fuera de mi país, Cuba fuera un lugar medianamente normal y próspero me daría más o menos lo mismo ejercer de cubano. Es la tragedia en la que sigue atrapada Cuba la que nos hace seguir preocupados por su destino, la que nos convence de que su única esperanza -sus Obi Wan Kenobi- somos los que todavía nos desvelamos por ella.

Tus libros generalmente requieren trabajo de investigación, consulta y redacción. ¿Cuáles son tus próximos desafíos literarios y ensayísticos?

Tengo un par de libros terminados, buscando editorial: la novela “Los cimarrones de Greenwich Village”, que es la segunda parte de la Trilogía Cubana del Hudson en la que estoy empeñado y que trata sobre la presencia cubana en la zona de Nueva York y Nueva Jersey desde el siglo XIX hasta ahora. En 2019 se publicó la primera parte, “Turcos en la niebla” que se enfocaba en la época actual. Con “Los cimarrones…” retrocedo al siglo XIX, centrado en la figura de Cirilo Villaverde, el autor de la novela “Cecilia Valdés” quien vivió más de cuarenta años exiliado en Nueva York. El otro libro que tengo terminado es “Nueva York se escribe con Ñ” que es una historia de la presencia hispana en Nueva York desde el siglo XVI hasta 1960 contada a través de viñetas de corte humorístico. Por ejemplo, ¿sabías que el primer habitante no aborigen de Manhattan era dominicano? Por ese libro desfila todo el mundo: desde Francisco Miranda y José Martí hasta Diego Rivera y Rita Moreno.

Ahora mismo estoy trabajando en la tercera parte de la Trilogía Cubana del Hudson, la novela “Homero y yo”, que trata sobre la vida del gran músico ciego Arsenio Rodríguez en Nueva York, donde vivió sus últimos veinte años de vida. Ya terminé la primera versión, pero todavía requiere unas cuantas reescrituras. También trabajo en una obra de teatro, “Palíndrome”, con solo dos personajes remando en un kayak con los que abordo la actual polarización política en este país. En la primera mitad de la obra los personajes viven bajo una distopía de derechas y en la segunda mitad, una de izquierdas. Y ya que me preguntas por los ensayos empiezo a darle forma a uno sobre la recepción fuera de Cuba del arte y la literatura producida en el exilio. De este solo te adelanto el título: “¿Cubano o gusano?”.




*Aparecida en Libre.

Thursday, February 19, 2026

EL PATRIOTA QUE PRESERVANDO EL PASADO ESTÁ SEMBRANDO EL FUTURO

Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

Antonio Gómez Sotolongo (Aguada de Pasajeros, Cuba, 1954) es mucho más que un músico e investigador: es uno de esos cubanos que, desde el rigor intelectual y la pasión por la cultura, ha dedicado su vida a preservar la memoria musical de la nación. Formado como contrabajista en la Escuela Nacional de Arte y graduado en el Instituto Superior de Arte de La Habana, inició su trayectoria en los escenarios, pero muy pronto comprendió que su misión no se limitaba a interpretar la música, sino también a estudiarla, documentarla y defenderla del olvido.

Radicado desde 1991 en la República Dominicana, donde ha sido Contrabajista Principal de la Orquesta Sinfónica Nacional, Gómez Sotolongo ha desarrollado una obra investigativa que constituye un verdadero acto de patriotismo cultural. Sus libros y ensayos no solo describen géneros, fechas y nombres; reconstruyen procesos históricos, explican contextos sociales y revelan cómo la música ayudó a forjar la conciencia nacional cubana.

En obras como Historia de la música popular cubana y, especialmente, en su más reciente libro La música del Tacón en el Diario de la Marina (1844-1851), rescata un período esencial en la conformación de la cultura cubana. Al estudiar la relación entre el Gran Teatro de Tacón y el Diario de la Marina, demuestra cómo la escena musical habanera del siglo XIX contribuyó decisivamente a moldear el gusto estético, la sensibilidad colectiva y el sentido de pertenencia que terminó por definir a Cuba y a La Habana como espacio cultural propio.

Antonio es, sin duda, uno de los cubanos que con su trabajo ha preservado el pasado para que no se diluya en la desmemoria. Su labor confirma que proteger la herencia cultural no es un ejercicio nostálgico, sino una forma de construir identidad y proyectar futuro.

Mis más sinceras felicitaciones por este nuevo libro. Su investigación sobre el Tacón y el Diario de la Marina no solo reconstruye una etapa esencial de nuestra historia cultural, sino que nos ayuda a comprender cómo se fue gestando el sentido de pertenencia que define a Cuba y a La Habana. Al preservar esas riquezas del pasado, estás sembrando conciencia para las generaciones futuras.