Friday, October 23, 2026

LA CRUZ DE CELIA. Estampas de CUBA (2 de 2)


Por María Argelia Vizcaíno

Figura estelar de la música afrocubana, Celia Cruz ya tiene un lugar asegurado en la historia del género. Su carrera de más de cinco décadas es reconocida en todo el mundo. EDUARDO LIVIA DAZA

A Celia se le ha tratado con intención peyorativa por rábulas despreciables y he visto con pesar que casi ninguna pluma ni voces autorizadas hayan rebatido esa ramplonería insolente, que ella por su gran corazón ha pretendido no darle importancia.

Uno de los actos más repudiables ocurrió el sábado 29 de abril del 2000, en el estadio municipal Hiram Bithorn, de Puerto Rico, donde la Fania All Stars preparó el encuentro titulado «De esto se trata ser leyenda», en un estadio con numerosas butacas vacías, pero las que estaban llenas en su mayoría fueron muy bien escogidas para que el espectador se convirtiese en actor. La producción general fue mediocre y gran parte de los asistentes no esperaron el final porque muchos sectores de las gradas no recibían sonido y otras veces la retroalimentación de la acústica era lo que les llegaba. Pero los que prepararon la cama para nuestra Celia creyeron que salieron airosos, pues su burdo libreto era lo que contaba.

El acto fue primero politizado con discursos de Willie Colón, que pre-calentaron el ambiente (*). Por lógica y conveniencia dejaron a Celia para el cierre, no sólo por ser la única mujer del grupo sino por ser de todos la más famosa, así que cuando salió a escena había mucho menos espectadores. Para presentarla escogieron a Cheo Feliciano, que pocos meses antes había viajado a Cuba para grabar un disco y se había cansado de declarar las maravillas que encontró bajo ese sistema destructor. Ese era el aviso para preparar a la audiencia que recibieron a la Reina con «tímidos aplausos» que fueron opacados rápidamente con vulgares abucheos. Como Celia cantó sin reparo el Cúcala, los «salseros» rechiflaban, gritaban «fuera» y pedían a gritos por «Andy». Celia concluyó con la educación que la caracteriza y noblemente les dijo: «Gracias, los quiero mucho».

Los que critican que la cultura no debe mezclarse con la política prepararon suciamente su venganza. Todo ese sarcasmo hiriente por la actitud que Celia asumió años atrás, cuando en 1997 Andy Montañez se solidarizó, abrazó y felicitó al paladín castrista Silvio Rodríguez, miembro del buró político del régimen totalitario, lo que le costó la cancelación del contrato para actuar en Miami, la capital del exilio cubano, para así evitar más polémicas. Ese mismo Montañez estuvo en La Habana y «repitió consignas QUE SE VAYAN, que era el símbolo de la feroz ola de represión de 1980» como relata el admirado escritor Roberto Luque Escalona en el artículo «Guerra a los cubanos», publicado en El Nuevo Herald, el 22 de marzo de 1997, así que sabemos del lado que cojea.

Silvio Rodríguez y Andy Montañez

Mucha casualidad que ese concierto estaba respaldado por Montañez, Cheo y Willie Colón (este último en Panamá arremetió contra la «Mafia de Miami»), y sabe Dios cuantos otros con simpatías marxistas y otras malas entrañas escondidas jugaron en la misma novena. No olvidemos que los agentes del terrorismo, otrora llamado comunismo, están preparados para crear condiciones que favorezcan la permanencia de su sistema y atacar a sus oponentes, y la música es una de sus mejores armas porque recluta a resentidos sociales, a los tontos que se dejan engañar más de una vez, a los elementos «ignorantones» y cínicos que se venden por unos dólares.

Todo este acto grotesco lo reseñó en El Nuevo Día el 1ro. de mayo del 2000, Javier Santiago bajo el título de «La Salsa en pleno consenso». Con aparente ingenuidad reportó que «el pueblo salsero estaba indignado», como si los pocos que participaron en semejante complot fueran la representación mayoritaria de los puertorriqueños que tanto han querido a Celia, esa fue la respuesta de los que manipulan a las masas que no toleran los éxitos del exilio cubano, no permiten otros ídolos que su antiyanqui momia y los muertos que le son tan útiles, porque no pueden hablar. El reportero Santiago apoyó la maquinada «protesta» al decir que «doña Celia le echó más sal al no querer reconocer su desplante a un compañero artista». Espero que al saber la verdad se dé cuenta quién hizo el desplante.

La grandeza de esta cubana ejemplar se consolidó hace muchos años, pero se mostró una vez más en el Concierto de las Américas delante de los presidentes de todo el continente reunidos para la Cumbre celebrada en Miami, Florida, en el año 1994. Celia cerró la presentación pidiendo: «Señores presidentes, no hagan nada que pueda ayudar a Fidel. Queremos una Cuba libre del comunismo».

Celia Cruz en el concierto de Las Américas (25 dic. 1994)

Esa es la gran dama que ha llevado con honra su CRUZ y sufre las injusticias del mundo, aunque los tullidos de mente y los codiciosos envilecidos se empeñen en hacer ver lo contrario. Ojalá que Cristina Saralegui y su esposo Marcos Ávila —otros cubanos muy envidiados por sus logros sucesivos y por anticastristas— incluyan en la producción cinematográfica que preparan sobre la vida de la Divina Diosa (como la llama Johnny Pacheco) estas anécdotas de significación, para que el público pueda apreciar la fibra patriótica de Celia Cruz, que se ha mantenido con firmes convicciones y jamás acudirá a ninguna invitación del gobierno opresor para actuar para un pueblo amordazado, como sí se han gozado de participar sus principales detractores.

Muy a pesar de ellos, con su bilis derramada por la constante producción de éxitos, sigue siendo la Reina de la Guaracha, que hoy llaman Salsa y como ha escrito tan bien Luis Mario, el Poeta Nacional en el exilio en su poema dedicado a Celia Cruz, recogido en el libro Antología Sin Tierra:

«Ya no está en Cuba, pero Cuba anhela/

que le sequen su llanto con su piel de ciruela. /

Señora guarachera, pero siempre señora, /

su voz es un sedante cuando la patria llora». •

E-mail: mariaargelia@hotmail.com

Escrito en el año 2000.

(*) Agradecemos a Willie Colón por esta carta necesaria para dar su versión de lo

sucedido contra Celia Cruz este nefasto día. 

 

To: <mariaargelia@hotmail.com>

Subject: Dear Ms. Vizcaino

Date: Fri, 30 Mar 2007 02:06:31 -0400

 

Dear Ms. Vizcaino,

What happened between the Estefans and myself was unfortunate but the press was largely responsible for blowing it up.

Celia and Pedro were close friends of my family. Celia was the maid of honor at my wedding. The situation where Celia was booed in Puerto Rico was due to a false rumor that she had used some denigrating words to describe a prominent Puerto Rican (Andy Montañez) . As I understood it,

It was actually someone else that said those words and whenever I was asked about it, I corrected them and defended Celia. This was a false rumor about Celia just like the rumor about my organizing against Celia is totally unfounded and inaccurate.

I have never supported the Castro regime nor have I ever been to Cuba. I will never go until Cuba is free of this dictator.

I believe that in a Democracy everyone has a right to their opinion and to petition. But a petition should be based on truths not false rumors.

Respectfully

Willie Colón

-----------------------------------------------------

Traducción, cortesía de la amiga puertorriqueña Edith Rodríguez.  

Estimada Sra. Vizcaíno,

Lo que ocurrió entre los Estefan y yo fue muy desafortunado, pero la prensa tuvo mucho que ver al exagerar. Celia y Pedro eran muy amigos de mi familia.

Celia fue la Dama de Honor en mi boda. La situación donde a Celia la abuchearon en Puerto Rico fue debido a falsos rumores, donde supuestamente ella utilizó algunas palabras denigrantes describiendo al prominente puertorriqueño (Andy Montañez). Lo que tengo entendido, fue que otra persona fue quien dijo esas palabras. Donde quiera que yo iba me hacían la misma pregunta, yo les aclaraba y defendía a Celia. Esto fue un falso rumor sobre Celia, al igual del rumor, que yo estaba organizado en contra de ella, fueron totalmente incorrectos y sin fundamentos.

Nunca he apoyado el régimen de Castro, tampoco nunca he visitado Cuba. Iré a Cuba sólo cuando esta sea libre de este Dictador.

Creo en la Democracia, donde todos tenemos el derecho a opinar como a pedir. Pero una petición debe estar basada en la verdad y no en falsos rumores.

Respetuosamente,

Willie Colon. 

Por favor, no omita el nombre del autor ni la fuente de dónde fue publicado cualquier escrito que copie y distribuya. Hay que respetar los derechos de los autores, que es respetarnos a nosotros mismos. Gracias.

María Argelia Vizcaíno

«Todo, el que copia el trabajo de otro y lo presenta como suyo demuestra lo indigno de su origen». José Martí.

Tuesday, October 20, 2026

LA CRUZ DE CELIA. Estampas de CUBA (1 de 2)

Por María Argelia Vizcaíno

«Cuba tiene una cruz en su vestido. Celia tiene una cruz en su apellido». LUIS MARIO «Antología sin tierra»

Durante décadas he escuchado a algunas personas que tienen a su alcance medios de comunicación, tratando de pisotear la gloria de Celia Cruz, por eso hoy deseo defender con justicia a una de las mujeres más extraordinarias de nuestro país, porque no sólo nos ha honrado llevando una vida artística con decencia en un medio que la mayoría no sabe controlar los excesos y la promiscuidad, paseando con su voz espectacular los principales géneros de la música cubana popular por todos los rincones del mundo, sino que ha sabido defender con dignidad su postura anti totalitaria, amante de la paz, y jamás se ha doblegado ante el chantaje familiar que le impone la dictadura a sus desterrados.

Empecemos por recordar lo que la mayoría ya sabe. Celia de la Caridad Cruz Alfonso, hija del trabajador ferroviario Simón Cruz y Catalina Alfonso, nació en una modesta vivienda que especifica el Dr. Cristóbal Díaz Ayala en «Del Areyto a la Nueva Trova» que estaba en la esquina que forman las calles Flores y San Benigno, en la barriada de la Víbora, La Habana. Inscripta el 21 de octubre de 1925 en el registro civil de Santo Suárez, según el Dr. Héctor Ramírez Bedolla, colombiano con el título de «sonomatancerólogo» que viajó expresamente a Cuba para obtener la inscripción. En el «Diccionario de la Música Cubana» de Helio Orovio, (donde fue vetada en su primera edición) se dice que vio la luz en 1924 y «se inició en el canto en Radio García Serra», en el programa para aficionados La Hora del Té; especificando Enrique C. Betancourt en «Apuntes para la historia» que era la emisora CMCU en los 1,285 kilociclos desde la Víbora. El documentado Rosendo Rosell aclara en el tomo I de «Vida y Milagros de la Farándula en Cuba» que Celia «debutó en el cabaret Faraón, en Zanja casi esquina a Belascoaín, lugar en que (el cantante Wilfredo) Gallito Curbelo tenía su orquesta, alternando, si mal no recuerdo, con el Conjunto Niágara. Allí la llevó Bienvenido León (voz segunda y maracas del Septeto Nacional), donde Luis Ardison, que era el dueño, la puso cantar en su estilo tanguero». Aquel primer tango fue Nostalgias, de Cadícamo y Cobián.  Posteriormente entre Curbelo y el catalán Daniel Vila que era su manager y entre otros «la convencieron para que adoptase el estilo afro, que empezó con Facundo de Eliseo Grenet».

Desde entonces donde quiera que ha cantado se ha robado el público que la ha escuchado y por eso ha recibido más de un centenar de premios, como aquellos que ganó como aficionada en la Corte Suprema del Arte, Radio-CMQ, cantera de brillantes artistas cubanos, y el concurso de «Reina de la Conga», convocado por Mario Lavín propietario de Radio Lavín-Mil Diez, donde obtuvo otro primer título firmado por un distinguido jurado integrado por nada menos que Rita Montaner, Miguel Matamoros, Gonzalo Roig y Eliseo Grenet. 

Al integrar en 1950 la Sonora Matancera, encuentra en el trompetista Pedro Knigth el amor duradero y los reconocimientos que continuaron son incontables: una estatua de cera en el archifamoso Museo de Cera de Buena Park, California; una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, California y otra en la Ciudad de Miami; Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Yale y después en la Florida International University; Medalla Nacional de las Artes en 1994 de manos del presidente de EEUU; decenas de nominaciones al Grammy, obteniendo su gran premio en 1990; más de veinte discos de oro, de plata y platino; hasta grabó en 1973 con el pianista judío norteamericano Larry Harlow el tema Divina Gracia para la primera ópera latina Hommy a Latin Opera, adaptación de la ópera de rock Tommy del grupo The Who, a lo que el excelente investigador Nicolás Ramos Gandía en www.noti-salsa.com ha dicho que después de esta grabación «la Fania promovería a Celia como la reina de la Salsa». 

Celia Cruz con la Sonora Matancera

En su carrera artística ha incursionado además en telenovelas mexicanas como «Valentina» y «El alma no tiene color» de gran audiencia; ha tenido papeles en películas de Hollywood como en The Mambo King, Salsa y The Perez Family, pero su vida es cantar  como dice en su álbum que ocupa el número 76 de toda su carrera, editado en el año 2000, por algo ha logrado más producciones disqueras que años cumplidos; incluso es la primera cubana que ha puesto a bailar nuestra música hasta la más alta aristocracia de Mónaco, como en el tradicional Baile de las Rosas celebrado en el Sporting Club de Monte Carlo a principio del 2000 y públicos como los japoneses y finlandeses que sin entender lo que dice en sus letras, estiman el torrente de su voz y el dominio de la escena.

Contar en una estampa la larga trayectoria de esta indiscutible estrella artística es imposible, por eso después de un simple recuento les traigo la parte menos comentada, lo que representa la verdadera cruz de Celia. La que sufrió calladamente por estar condenada por la inquisición castrista, que no sólo prohibió su música en la isla esclava, sino la obliga a la separación de sus seres queridos, que le impidió estar al lado de su querida madre en sus momentos finales, convertida en una víctima más de la confabulación de los mediocres mercenarios de la doctrina de Marx en el ámbito mundial. 

Lo más cerca que he estado de Celia ha sido a través de un teléfono celular, cuando mi hija Dayamí que es una de sus mayores Fans, presenciando un concierto que dio en West Palm Beach, me llama emocionada para compartir conmigo ese inolvidable momento y para que yo también la pudiera escuchar en vivo. Sin embargo, cuando he oído o leído las injusticias contra esta inigualada mujer, me he sentido muy junto a ella y la defiendo con orgullo.

Si esta novela sacada de la vida real que les relato a continuación no cambia alguna mala opinión que los comunistas han querido se propague sobre Celia Cruz, definitivamente hay que darle el mérito al que nos ha robado la patria por casi medio siglo, que le ha otorgado una cruz a cada uno de los millones de cubanos, a los que han atrapado con sus falacias y a los que, como Celia, vagamos por el mundo sin regresar a la patria oprimida, pero sin doblar la cerviz. Ellos calumnian a los que disienten de su doctrina porque algo queda, somos nosotros los que conocemos sus tretas los que no podemos ser cómplices de su divulgación.

Continuará.

Sunday, October 18, 2026

12 DE OCTUBRE. FRUSTRACIÓN Y FUSILADOS

 Por Pedro Corzo

Escribo por la necesidad de decir lo que pienso y contar mis experiencias, para hacerles llegar a quienes de buena fe abrazan propuestas disruptivas, la sugerencia de que se informen adecuadamente sobre los promotores de soluciones mágicas; que investiguen a fondo quiénes son las personas que promueven procedimientos expeditos, cambios radicales que supuestamente dejarán satisfechos a todos, sugerencia válida, tanto para los salvadores de la derecha o de la izquierda.

Y es que testimonios como el que expongo a continuación demuestran cómo la ciudadanía de un país puede perder sus derechos y bienes, mientras es sumida en la miseria espiritual y material por quienes usan sus habilidades histriónicas para manipular los resentimientos y la envidia, proclamando una falsa imparcialidad y una injusta justicia. Los tramposos cuentan con numerosos recursos, el mayor, la estulticia y animosidad de sus seguidores.

Los cubanos tuvimos muchas advertencias. No escuchamos ni quisimos ver. Mi país no fue sometido por algún maleficio, sino por un delincuente que supo manipular lo peor de nuestra sociedad colocándolos en una situación en la que podían destruir todo lo que habían ambicionado sin haberlo trabajado.

Para quienes éramos jóvenes en octubre de 1960 y hemos sobrevivido estas casi siete décadas, estos días son inolvidables, fueron un parteaguas en nuestras vidas y el fin de una quimera. Cierto que muchos nunca fueron devotos del tirano, pero las descargas de fusil que no escuchamos despertaron a los más soñolientos, pero alentados por un profundo sentido de equidad.

Esos días están clavados en nuestras memorias de manera indeleble, es un recuerdo que nos sacudirá siempre mientras no hayamos logrado reivindicar los crímenes de los Castro, entre los que ocupa, para los villareños, un lugar cimero aquellas primeras ejecuciones en la dolorosamente recordada finca de «La Campana», Escambray.

Ocurrió un 12 de este mes. Fueron cinco los patriotas ejecutados. Porfirio Ramírez Ruiz, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria de Las Villas, FEU, y capitán del Ejército Rebelde; Plinio Prieto Ruiz, comandante del Ejército Rebelde; Sinesio Walsh Río, campesino y capitán del Ejército Rebelde y José Palomino Colón y Ángel Rodríguez del Sol, ambos trabajadores agrícolas.

El proceso contra estos hombres fue un espectáculo que haría recordar el coliseo romano y los crímenes contra los cristianos. No hacían falta pruebas, ni testigos confiables, tampoco se produjo sentencia, fue la voluntad de Fidel Castro que utilizó como perro fiel a un comandante de nombre Félix Torres, la mano que ejecutó aquellos viles asesinatos y que había devastado la zona del Escambray con un funesto plan agrícola que afectó a todos los campesinos, particularmente a los más humildes.

Aquel juicio reiteró lo que muchos habían podido apreciar en los previos procesos judiciales de la revolución castrista. Fueron más de un centenar de procesados, asociaron en un mismo encausamiento a personas que no tenían vínculos de ninguna especie y por supuesto nunca contaron con una defensa adecuada porque la gestión judicial era parte esencial de la campaña de intimidación y represión que se estaba instrumentando, de la cual la mayoría de la población no se había percatado.

A los que iban a ser ejecutados, reitero, nunca se dictó sentencia en el espurio juicio, los acompañó el sacerdote Olegario Cifuentes en el autobús que los condujo hasta el mismo paredón de la finca La Campana. Testigos de la época afirman que cuando el autobús que transportaba a los condenados pasó por la ciudad de Manicaragua, uno de ellos gritó con firmeza y sin atisbos de temor, «nos llevan para La Campana para fusilarnos».

Fusilamiento de Cornelio Rojas (Santa Clara, Cuba 1959)

El padre Olegario habló con ellos, les pidió que se confesaran y se ofreció para llevar un mensaje a sus familiares, Plinio Prieto le entregó una breve misiva para su esposa e hijos y dijo antes de morir con la entereza que le caracterizó toda su existencia:

«Tengo fe en Dios y en los hombres».

La muerte de estos patriotas no amedrentó a quienes sus convicciones los comprometían con la libertad y los derechos ciudadanos, todo lo contrario, el sacrificio de estos cinco patriotas de tomar las armas contra la utopía fidelista se extendió por todos los rincones del país, siendo la región del Escambray la más fértil y el mayor escenario de la lucha de los cubanos contra el totalitarismo.

Tomado de: La Prensa

Friday, October 16, 2026

EL «DÍA DE LA TRAICIÓN»: LA MALA MEMORIA DE MUCHOS CUBANOS NOS CONDENA (*)

Por María Argelia Vizcaíno


Cheo Feliciano en La Habana, el monumento a los mártires de la invasión de Bahía de Cochinos y Gabriel García Márquez, unidos en la traición a los cubanos.

El gran cantante Cheo Feliciano ha fallecido igualmente el premio Nobel Gabriel García Márquez y pretenden que se olvide la complicidad de ambos con la tiranía castrista

Me duele tanto que la mala memoria de muchos de mis compatriotas cubanos, sea gran parte culpable de que estemos condenados por más de cinco décadas a sufrir la peor tiranía del continente americano, que no puedo dejar de escribir por qué un 17 de abril es llamado con justicia el «Día de la Traición», aunque reconozco dos fechas que le anteceden con similar significado.

A los Mártires de la invasión de Bahía de Cochinos


Ahora que acaba de fallecer un gran artista puertorriqueño, Cheo Feliciano, no puedo olvidar lo que ocurrió en octubre de 1997, cuando actuó en el Tropicana de La Habana, y las declaraciones tan favorables que hizo de aquella nación que hacía 40 años estaba soñando visitar, sin manifestar nada de lo que ha estado sufriendo el pueblo cubano por culpa de un gobierno totalitario desde 1959.

Tampoco olvido la complicidad del bolerista-sonero contra nuestra Celia Cruz cuando participó en uno de los actos más repudiables ocurridos el sábado, 29 de abril del 2000, en el estadio municipal Hiram Bithorn, de Puerto Rico, donde la Fania All Stars preparó el encuentro titulado «De esto se trata ser leyenda». Como decimos en el argot cubano, fue «una cama» lo que le prepararon a nuestra mejor representante artística cubana. Para presentar a nuestra reina escogieron a Cheo Feliciano, que pocos meses antes había vuelto a viajar a Cuba para grabar un disco y se había cansado de declarar las maravillas que encontró bajo ese sistema destructor. Dicho sea de paso, un disco titulado «Cheo Feliciano en Cuba» y que, de las 10 canciones, sólo cuenta con un tema cubano, de Portillo de la Luz.

Cheo Feliciano falleció un día 17 de abril

Al salir Celia a cantar la recibieron con «tímidos aplausos» opacados rápidamente con vulgares abucheos, chiflidos y gritos de «fuera», pidiendo a gritos por «Andy». Mucha casualidad que ese concierto estaba respaldado por Andy Montañez y Cheo Feliciano[1]. Si quieren los detalles pueden leer mi artículo «La Cruz de Celia».

A esto, el admirado periodista Andrés Pascual (EPD) en su excelente artículo titulado «La música cubana y el músico boricua», refiriéndose a Andy Montañez, Cheo Feliciano y Papo Lucas nos dice, que «a pesar de sus viajes promocionales pro Castro a la Isla para, a su vez, recibir dosis de activismo político a desplegar en Puerto Rico por la vía del Independentismo vicioso, antiamericano y anti puertorriqueño», lograron un «fervoroso desarrollo del entusiasmo castrocomunista». Algo que no le gusta reconocer a los desmemoriados, o a los desconocedores, o a los oportunistas, o a los que juraron tan fuertemente a diario que serían como el asesino Guevara, que se les pegó encima del pecho más fuerte que su propia pañoleta de pionero.

No obstante, por mi fe cristiana, nos unimos en oración por el fallecimiento del artista, del esposo, el padre, el amigo, el bolerista-sonero que fue Cheo Feliciano, por su descanso eterno y resignación de sus familiares, pero eso no me hace olvidar que se prestó a darle legitimidad a la tiranía que rige en mi patria, ni a su complicidad para boicotear a nuestra Celia Cruz, ícono del exilio cubano.

¡Qué día le tocó abandonar el mundo de los vivos!, nada menos que el 17 de abril, que se conmemora un aniversario más de la traición cometida a los valientes patriotas cubanos que fueron a Bahía de Cochinos a entregar su vida por la libertad de Cuba. Lo que representa otro hecho histórico, que penosamente esos cubanos desmemoriados prefieren ni mentar, ni informase al respecto. Por ellos, y algunas cosas más, estamos condenados indefinidamente a sufrir la peor tiranía del continente americano, y la indiferencia de tantos.

Gabriel García Márquez falleció
un día 17 de abril

Por si fuera poco, hoy también ha fallecido el premio Nobel Gabriel García Márquez, colombiano amigo personal del tirano en jefe de Cuba, que gozó de muchísimos privilegios que le niegan a la población cubana. Otra figura internacional que traicionó a nuestro pueblo, al ponerse a favor de las violaciones de los derechos humanos y la libertad de Cuba, alabando a un genocida. Su apostasía, servilismo, indecencia, mezquindad, villanía, infamia, confabulación (valga la redundancia) es imperdonable. Por eso no me alegro de su muerte, pero no lo lloro. Solo lo siento por sus admiradores, y sus alabarderos, que no saben nada de lo corrupto que fue el premiado escritor.

Creo que la manera que han bautizado al 17 de abril de 1961, como el «Día de la Traición», ahora está más que confirmada, y por partida triple, aunque le anteceden el 26 de julio de 1953 y sobre todo el primero de enero de 1959 del que ya había escrito, que discuten por el número uno de un collar de engaños, deslealtades, perjurio, vileza, falacias maquinadas por afiliados al demonio y su manada de hienas peligrosamente esparcidas por el mundo.

(*) Este artículo es una colaboración de la autora con el blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio. Se publicó originalmente en la Internet el 17 de abril de 2014, pero ya no aparece.


[1] Próximamente se publicará en este blog.

Tuesday, October 13, 2026

LA SEGUNDA MUERTE DE JOSÉ MARTÍ

 Por Carlos Alberto Montaner


Primera imagen divulgada por el diario El Fígaro el 3 de febrero de 1918 del óleo de Esteban Valderrama Peña (1892-1964)

En la década de los cincuenta, cuando yo era muy joven y me asomaba a la adolescencia, la invocación del nombre de Martí solía estremecerme. Por aquellos años todavía estaba viva la tradición romántica decimonónica. Los jóvenes -y los viejos- se enamoraban con poemas, y también morían y mataban por las causas políticas recitando versos. Recuerdo vivamente una poesía dedicada a Martí de Francisco Riverón, popular y talentoso decimero, que terminaba con una estentórea e ingenua exhortación a la resurrección:

Cuba quiere sentir que te despiertas.

Hay que romper un sol sobre la noche.

Hace falta tu voz, José. ¡Despierta!

Entonces la poesía patriótica era muy estimada, como lo fue durante nuestras guerras de independencia. El propio Martí publicó su conocida elegía a los estudiantes de Medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871 como epílogo a un relato de aquellos hechos escrito por Fermín Valdés-Domínguez, él mismo acusado y condenado durante el juicio contra esos jóvenes cubanos. Muchos años más tarde, Tania Díaz Castro, en un notable artículo distribuido por el Grupo de Trabajo Decoro, contará cómo, tras el golpe militar de 1952, los estudiantes convocaron a la resistencia con otro poema de Riverón leído por los altavoces universitarios. Se titulaba «General de tres galones», y calificaba a Batista con los peores epítetos. Riverón simpatizaba con el Partido Ortodoxo, y en aquella época la recitación de poemas era una manera de calentar el espíritu para entrar en combate. (Riverón, como tantos escritores, moriría perseguido y acosado por la dictadura comunista en 1975).

Incluso Fidel Castro, hombre de lacrimal estéril, cuando comienza a organizar su movimiento insurreccional ordena la confección de un himno y de una bandera. Su débil pulsión lírica no le impedía entender que esos resortes psicológicos eran fundamentales para mantener la cohesión del grupo y poder arrastrar a la lucha y el heroísmo a un puñado de muchachos. Para él, la poesía no era una expresión del espíritu, sino un instrumento de manipulación política. Poco después del triunfo revolucionario, el Himno del 26 de Julio fue perdiendo importancia frente a las notas de La Internacional, hasta convertirse en una anécdota musical desdeñable. Ya no le resultaba útil. Por supuesto, tras la desaparición de la URSS y del campo socialista lo que comenzó a dejar de oírse fue la propia Internacional. Entonces se retomó con vigor el Himno Nacional,como parte de un hipócrita esfuerzo por renacionalizar el proceso revolucionario y dotarlo de una identidad más acorde con el postsovietismo.

En todo caso, esta tradición de recurrir a los poemas y cantos patrióticos también se ha utilizado frente a la tiranía comunista, al menos en los primeros tiempos. En los años sesenta y setenta todavía los cubanos conservaban el ademán romántico, y una forma emotiva de relacionarse con la idea de la patria. Manuel Artime, ex oficial de la Sierra Maestra, joven médico católico que luego organizó eficazmente uno de los mayores grupos de oposición a Castro –el Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR)– y dirigió –en el plano político– la invasión de Playa Girón, poco antes de zarpar escribió un poema en el que sintetizaba la traición de Castro a la revolución:

Rojo, blanco y azul era ese paño por el que fue a morir un pueblo entero. ¿Qué maldito poder oscuro, extraño, envolvió sus colores con engaño para volverlo ruso y extranjero?

Evidentemente, Artime vibraba y hacía vibrar a sus partidarios enarbolando uno de los símbolos clave de la sociedad cubana.

Adonde quiero llegar es a lo siguiente: los vínculos políticos que en nuestros días unen a los cubanos, o las creencias y comportamientos que los apartan, probablemente poseen una menor carga emotiva, y percibo, ciertamente, que unos y otras se expresan de una manera mucho menos afectiva. Todo es más frío, cerebral y razonado que antes. Y si no yerro en mi apreciación, es posible que, en los tiempos que corren, caracterizados por la actitud postmoderna, el corazón de las generaciones más jóvenes lata a un ritmo diferente ante la idea de la patria. No creo que se trate de un fenómeno estrictamente cubano, sino de una tendencia que se observa en todo Occidente. Tal vez la idea romántica de la nación esté muriendo en todas partes. Pero acaso eso suceda de una forma mucho más intensa en Cuba, como consecuencia del uso y abuso que la revolución ha hecho de estos oscuros resortes psicológicos.

Volvamos ahora a Martí, porque estas reflexiones tienen que ver con la forma en que los cubanos se fueron relacionando con él, así como con la propia nación.

Por qué «Apóstol»

Los cubanos, como nadie ignora, llamamos a Martí «el Apóstol». ¿Por qué? La acepción más frecuente de apóstol es la de profeta o emisario de Dios. Los doce apóstoles recibieron esa denominación porque tenían la tarea de difundir la palabra divina. Para ejercer ese magisterio, Dios los dotaba de carisma, un vocablo de origen griego que hacía alusión, precisamente, a una facultad divina otorgada para fascinar a las personas e influir en ellas. Pablo de Tarso, que no era uno de los apóstoles originales, dado que vivió varias décadas más tarde, fue llamado «el apóstol de los gentiles». Llevaba a los no judíos la buena nueva de la llegada del Mesías y del surgimiento de una religión salvífica: el cristianismo. Su carisma, según la tradición, generaba conversiones. Se ha dicho, incluso, que sin él el cristianismo no hubiera trascendido.

¿Qué buena nueva traía Martí? ¿Acaso el establecimiento de la República? ¿De qué religión era apóstol este talentoso escritor de la segunda mitad del siglo XIX? Hay otra pregunta importante que formular: ¿cuándo comenzó a ser percibido como un apóstol? ¿Tal vez desde sus años en New York, cuando ya había madurado intelectualmente? Puede ser, aunque todavía de una manera confusa. Parece que nuestro hombre poseía ese extraño don del carisma. Impresionaba a muchas de las personas con las que se comunicaba, y muy especialmente si lo hacía desde una tribuna. Los que le oyeron solían recordarle con emoción.

Mi amigo Humberto Medrano me contó alguna vez la anécdota del encuentro entre su padre y Martí. A fines del XIX, el joven Ignacio Medrano acababa de licenciarse como ingeniero de Minas en una universidad alemana y regresaba a su Colombia natal. El barco hizo escala en New York, donde Ignacio pasaría unos días hasta reembarcarse, supongo que rumbo a Barranquilla; pero entonces sucedió lo inesperado: un amigo cubano, con el que había coincidido en la misma casa de huéspedes, le invitó a acudir a una velada patriótica en la que hablaría Martí, quien estaba convocando a la insurrección contra España. Ignacio fue a la velada, escuchó a Martí... y fue tal el impacto que le produjo, fue de tal intensidad la impresión que le dejó, que poco después embarcó rumbo a Cuba a pelear por la libertad de la Isla. Se había adiestrado para demoler montañas, así que no le fue difícil hacer lo mismo con las instalaciones del enemigo. Felizmente, vio la victoria, alcanzó el grado de coronel, seguramente como consecuencia de su habilidad como dinamitero, y, tras conocer a quien fuera la madre de Humberto, se radicó para siempre en Cuba.

Por supuesto, yo no tuve la experiencia del coronel Medrano, pero en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando vivía en Puerto Rico, un buen exiliado llamado Enrique Núñez, continuando una tradición cubana, tuvo la idea feliz de instaurar en el destierro para los 28 de enero una cena martiana. A ellas solía invitar a un notable actor y periodista, llamado Pedro Zervigón, que se sabía de memoria los discursos de Martí, y los decía o recitaba con gran vigor y una excepcional naturalidad, virtudes con las que buscaba revivir al Apóstol que oyeron los emigrados de su tiempo.

Durante aquellas cenas martianas, en un experimento de forzada empatía yo solía cerrar los ojos cuando Zervigón hablaba, y me imaginaba que estaba en Tampa, en New York o en Cayo Hueso, dependiendo del texto, con el objeto de tratar de reproducir mental y emocionalmente el efecto que esas palabras pudieron ejercer en sus contemporáneos. Obviamente, sabía que ni Zervigón era Martí, ni San Juan era Cayo Hueso, ni yo estaba en 1892 o 1893; pero para mí, que entonces (y ahora) me interesaba mucho por los temas relacionados con la psicología, lo importante era analizar cómo fluían las palabras, y cómo entraban en mi conciencia. Al fin y al cabo, la experiencia teatral es exactamente ésa: saltar sobre los convencionalismos y vivir la farsa como si fuera verdad.

El resultado de ese pseudoteatro era bastante satisfactorio. En alguna medida, funcionaba la magia y me era dable acercarme al Martí de su época, por lo menos en el ámbito de la palabra. Por supuesto, faltaba el contacto personal, y no se daba el misterio de la extraña fascinación que produce el héroe carismático. En todo caso, mi curiosidad se encaminaba a tratar de contestar tres preguntas que desde entonces me visitan, y que hoy dan origen a estos papeles: ¿por qué Martí se convirtió en la figura clave de la sociedad cubana? ¿Cómo se produjo ese proceso de creciente mitificación de su figura? ¿Qué pasará con su imagen cuando desaparezca el castrismo?

Los enigmas

Muerte de José Martí en Dos Ríos, por Carlos Enríquez. 1939 

Situémonos en la época: Martí muere en 1895, a los 42 años. Es un hombre todavía joven que ha vivido toda su vida adulta fuera de Cuba, salvo por una breve estancia en La Habana, en 1878, tras la Paz del Zanjón. Los cubanos de la Isla le conocían poco y le habían leído menos, dado que su obra como escritor se desarrolló en el exilio, en publicaciones de escasa circulación o en periódicos remotos editados en Buenos Aires, México o Caracas. Martí, además, no fue un mambí durante la Guerra de los Diez Años, lo que implica que no participó en hazañas heroicas susceptibles de ser utilizadas en la creación de una leyenda. Los exiliados que le conocieron y admiraron, o los luchadores que le trataron muy amistosamente, como Fermín Valdés Domínguez, pese a sus méritos, no tuvieron demasiada influencia tras el establecimiento de la República. Estrada Palma, a quien él elige como sucesor o Delegado en el Exilio ante el Partido Revolucionario Cubano, no era un amigo íntimo, sino alguien que también inspiraba confianza a Máximo Gómez y a Antonio Maceo, por su condición de prestigioso ex combatiente de la Guerra de los Diez Años y ex presidente de la República en Armas. Aparentemente, lo que Martí intentaba con esa designación era estrechar los lazos entre el exilio y los insurrectos con una persona fiable como con Don Tomás.

Otro dato menor, pero significativo: en 1899, un año después de concluida la guerra, los interventores norteamericanos, que siempre fueron atentos con la familia de Martí, más por solidaridad que por méritos, conceden un puesto de trabajo a la anciana madre del Apóstol, doña Leonor Pérez, que padecía serias dificultades económicas. Pero tampoco le otorgan un empleo excepcional: la nombran oficial de tercera en el Ministerio de Agricultura. No estaba mal para la época, mas es obvio que todavía en ese momento no se percibe a Martí como la figura fundamental de la nación cubana.

En esos tumultuosos primeros tiempos post coloniales, los que conocieron a Martí le recuerdan como un escritor brillante que tuvo el excepcional talento de organizar el PRC y, desde esa plataforma, lanzar la insurrección del 95; pero su muerte casi inmediata impidió que su peso gravitara sobre la estructura del Ejército Libertador o del Gobierno de la República en Armas. Obsérvese quiénes son las personas que ocupan la presidencia a partir de 1902 y hasta 1933, cuando la generación de los mambises se despide: Estrada Palma, José Miguel Gómez, Mario García Menocal, Alfredo Zayas, Gerardo Machado. Ninguno formaba parte del entorno martiano. La mayor parte ni siquiera se cruzó jamás con él.

Estatua de José Martí, erigida en el Parque Central, La Habana, Cuba.

Sin embargo, en 1905 Máximo Gómez -que desembarcó junto a Martí en Playitas en 1895, pero a quien molestaba que quienes los recibieron llamaran a su compañero «presidente» -inaugura la primera estatua de la República a un héroe de la guerra. Al Apóstol. La iniciativa la había lanzado el diario El Fígaro en 1899, y a partir de ese momento comenzó una recaudación creciente que permitió que el escultor José Vilalta se trasladara a Roma para, allí, en mármol de Carrara, esculpir una estatua de 10 metros de altura y 36 toneladas de peso. La escultura, situada en el lugar más emblemático de La Habana de entonces, sustituyó a la de la reina española Isabel II, y en su proximidad se sembraron 28 palmas en recuerdo del natalicio de Martí (28 de enero) y ocho pequeños jardines, en memoria de los estudiantes de Medicina fusilados en noviembre de 1871, hecho luctuoso que los cubanos continúan recordando anualmente.

Quiero subrayar la coincidencia, porque voy a volver sobre ella más adelante. En las insurrecciones cubanas contra España se producen miles de muertos; muchos de ellos son figuras heroicas: Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Bernabé Varona, los Maceo, entre otros centenares; pero el primer homenaje ritual que hace la República es a José Martí y a los estudiantes de Medicina. Los estudiantes ni siquiera son héroes en el sentido tradicional, pues no realizaron hazaña alguna reputada como prodigiosa: son sólo víctimas inocentes. Martí no es una víctima pero es, a su manera, inocente: muere sin disparar un tiro durante un combate de una guerra que él ha conseguido desatar, mas no es culpable de nada. Su muerte temprana le pone a salvo de las asperezas de la política. No vivió la frustración de la Asamblea del Cerro, ni la incómoda y poco elegante disputa sobre el monto de las indemnizaciones que reclamaban los veteranos a Washington y a la recién estrenada patria, ni los amargos debates sobre la Enmienda Platt. No tuvo que enfrentarse a los conflictos entre Masó y Gómez. No conoció las primeras disputas regionales entre los caudillos políticos locales. No chocó con los militares norteamericanos que gobernaron Cuba durante cuatro años, combinando la buena administración pública con las malas relaciones políticas. Es verdad que Martí y Maceo discutieron acremente durante el breve encuentro que tuvieron en La Mejorana, pero ambos murieron poco después en acciones militares, y las discrepancias quedaron como oscuras anécdotas carentes de importancia. Su muerte, pues, colocó a Martí más allá de las contingencias y pequeñeces de la política.

La República y la religión civil

Cuando en 1901 los cubanos se dan su primera constitución, declaran que la forma de gobierno será la republicana. Muy probablemente eso es lo que Martí habría prescrito si hubiera estado vivo; entre otras razones, porque no había otra opción disponible, si exceptuamos la monarquía. Cuando los cubanos recurren a la frase «La Cuba que soñó Martí», sin duda aluden a una república, dado que no hay indicios de que el Apóstol pretendiera algo diferente. Ello quería decir que los cubanos optaban por un modelo de Estado laico, en el que todos los ciudadanos serían iguales ante la ley, con los mismos derechos y deberes; en el que la autoridad de los gobernantes estaría limitada y el poder, dividido en tres ramas independientes -legislativo, judicial y ejecutivo-, como salvaguarda de los derechos individuales -incluido, naturalmente, el muy importante derecho de propiedad.

La característica esencial de la república moderna, de todas las repúblicas modernas, es esa: se trata de un modelo frío y cerebral que parte de los esquemas intelectuales propuestos por los ideólogos de la Ilustración. En Cuba, como en Estados Unidos a partir de 1776, o en Europa desde la revolución francesa de 1789, se prescribió teóricamente, aunque no se hiciera en la práctica, lo que recetaron Locke, Montesquieu y Rousseau: pura ingeniería política concebida para proteger los derechos individuales, canalizar las pasiones de los seres humanos y solucionar los conflictos pacíficamente; para organizar la cadena de mando y la jerarquía administrativa con arreglo a la racionalidad aritmética que brinda el método democrático de toma de decisiones colectivas mediante consultas electorales periódicas.

Pero no sólo eso: el modelo republicano, que era, fundamentalmente, una determinada arquitectura institucional, también llevaba implícita una propuesta ética: a partir de su implantación, se suponía que los ciudadanos desarrollarían o potenciarían una suerte de vinculación cívica. Lo que les uniría no serían los secretos e inefables lazos tribales, ni el culto por los mártires, ni símbolos rituales como el himno o la bandera. Teóricamente, lo que daría cohesión a los cubanos, como a todos los republicanos, sería la sujeción a la ley y la lealtad a las instituciones: lo que hoy se suele llamar patriotismo constitucional o patriotismo cívico. En última instancia, las repúblicas habían sido diseñadas para erradicar el componente religioso que se desprendía de la idea de que la legitimidad del monarca provenía de la voluntad divina entregando la soberanía al pueblo, para que éste decidiera su destino racional y democráticamente.

Pero pronto se vio que, en la Isla, ese lazo racional y democrático no existía o era muy débil, y quien primero pareció advertirlo fue Estrada Palma, aunque Enrique José Varona también lo señalara con gran preocupación. Don Tomás, en una conocida correspondencia teñida por el pesimismo, se queja de tener que dirigir una república en la que no abundan los ciudadanos. Y así sucedía: había cubanos profundamente comprometidos con la patria, pero no a la manera republicana, sino a la manera nacionalista. Para ellos Cuba era un sentimiento, no un razonamiento. Era un temblor cuando escuchaban el himno. Era la historia mil veces contada del rescate de Sanguily efectuado por Agramonte, o de la toma de Victoria de las Tunas dirigida por Calixto García, con la artillería mambisa construida y desplegada por el coronel Juan Miguel Portuondo. Eran las legendarias cargas al machete de los Maceo, la estrategia de las contramarchas de Máximo Gómez o el valor sin límites de Quintín Banderas. Esa era la patria que electrizaba a los cubanos: la del heroísmo.

En otras palabras: a lo cubano se llegaba por el camino de la emoción, de la hazaña, del sacrificio, y, por supuesto, de la sangre. La sangre, como ocurre siempre, era el alimento del patriotismo nacionalista. Eso explica, por ejemplo, la tenaz pervivencia -que llega a nuestros días-de la conmemoración ritual de la triste historia de los ocho estudiantes de Medicina fusilados por el nunca cometido delito -que ni siquiera lo era-de profanar la tumba de Gonzalo Castañón, un periodista español muerto en Cayo Hueso en un confuso duelo motivado por querellas políticas con los independentistas. Lo que unía a los cubanos, el nexo secreto que mantenía la cohesión de la tribu, era la sangre, la reverencia a los héroes, las leyendas empapadas de heroísmo, dolor y sacrificio. Pero había más: en la medida en que se degradaba la República y aumentaban la insatisfacción y la frustración, con los crecientes atropellos, con los conatos de insurrección, con la corrupción, los pucherazos y el inveterado clientelismo, simultáneamente iban fortaleciéndose los lazos nacionalistas. Era como si en la conciencia política de los cubanos existiera un mecanismo compensatorio con dos cámaras conectadas: por una parte se nos deterioraba el Estado republicano y la idea del patriotismo cívico, pero cuando eso ocurría por la otra se revitalizaban los lazos tribales, en un crescendo nacionalista.

La creciente figura Martí

Es dentro de ese juego dialéctico de suma cero donde la figura de Martí se engrandece paulatinamente, con cada fracaso que sufre el país, con cada político que defrauda a la sociedad, con cada elección amañada. A Martí se le reconoce como el artífice de los levantamientos del 95, pero su nombre comienza a reverenciarse ritualmente. Primero fue la estatua del Parque Central, inaugurada en 1905. Poco después, durante la segunda intervención, designan a José Francisco Martí Zayas-Bazán –capitán del ejército mambí, el único hijo reconocido del Apóstol– asistente y edecán de William H. Taft –secretario de Guerra norteamericano y próximo presidente del vecino del Norte–, enviado especial de Teddy Roosevelt para poner orden en el revuelto avispero cubano.

Son los interventores norteamericanos los que aceleran el culto a la figura de Martí. En 1907 ordenan que en el cementerio de Santa Ifigenia se edifique un templete para dar sepultura dignamente a los restos del Apóstol. En junio de ese año, cuando muere Leonor Pérez, madre de Martí, declaran duelo oficial. Charles Magoon, el interventor oficial, decide que, tras las elecciones generales del 14 de noviembre de 1908, la república cubana reinicie su vida institucional independiente el 28 de enero, en homenaje a José Martí. Para que no quedaran dudas de sus intenciones, la víspera de esa fecha asigna una pensión vitalicia a Carmen Zayas Bazán, la viuda del Apóstol. Evidentemente, está intentando potenciar los lazos que cohesionan a los cubanos.

Pero éstos todavía no conocen en forma masiva a Martí. La relación comenzará a fortalecerse por medio de los libros de texto, de poemas infantiles tiernos y efectivos, de muy fácil memorización. Poco a poco, los niños crecen recitando «Cultivo una rosa blanca», «Los dos príncipes», «Los zapaticos de rosa» y los populares octosílabos de los «Versos sencillos». Esos poemas les emocionan: en un lenguaje muy cálido, les hablan del dolor, de la caridad, de la bondad. Cuando llegan a la adolescencia, descubren la faceta patriótica: «A mis hermanos muertos el 27 de noviembre«, «Yugo y estrella», incluso «Abdala». Son versos que tienen un poderoso componente ético. Hablan de la valentía y convocan al sacrificio. Más tarde, en el umbral de la madurez, en la universidad, comparece el Martí periodista, ensayista, redactor de admirables cartas personales, y, por encima de todo, el orador que conmueve. La sociedad cubana es, todavía, eminentemente romántica y sentimental. En las veladas patrióticas, además del Himno Nacional, se entona El Mambí de Luís Casas Romero -veterano él mismo, por cierto-, y a los asistentes invariablemente se les humedecen los ojos. La nación es eso: un nudo en la garganta y un trallazo de adrenalina.

Martí es el personaje perfecto para impactar a esa sociedad romántica y emotiva. Sin proponérselo, pues ha muerto mucho antes, logra comunicar a sus compatriotas una cierta imagen de sí mismo como hombre sin tacha dotado de un excepcional talento, medularmente honrado y bondadoso, que ofrendó su vida para salvar a los cubanos. Así lo perciben. El vínculo que se establece es de carácter emocional, el único capaz de generar un proceso de santificación laica, que tiene un obvio componente religioso. Es entonces cuando aparecen los primeros rincones martianos, verdaderas ermitas en las que se venera su imagen y se colocan rosas blancas. Paulatinamente, el culto se va extendiendo por todo el país. Los aniversarios de su nacimiento y de su muerte se convierten en oportunidades para obligados poemas, discursos y ensayos, pronunciados o escritos en todos los estamentos de la sociedad. Paradójicamente, todos los líderes y partidos lo asumen como guía moral, mientras el estamento político es severamente criticado. Todos dicen reivindicar su herencia.

En 1926, en Manzanillo, la revista Orto organiza oficialmente la primera cena martiana en la fecha del natalicio de Martí, y rápidamente la costumbre se extiende por toda la Isla. Lo llaman la noche buena cubana, en una clara alusión al nacimiento del "dios de los cubanos", apelativo que llega a utilizarse en publicaciones de la época. De una manera explícita, desean separar el 28 de enero del 20 de mayo, nacimiento de una república que les dejaba profundamente frustrados e insatisfechos. Martí y el martianismo se convierten en una alternativa inconsciente a la república fallida.

En 1933, la República colapsa por primera vez. Si en 1906, tras la renuncia de Estrada Palma, el país se había quedado sin gobierno, en 1933 se queda sin Estado. La República se desplomó bajo el peso de los excesos y atropellos del machadato y por la acción, también antirrepublicana, de los revolucionarios del 33, ya muy permeados por las prédicas socialistas y fascistas propias del momento. A partir de entonces, para la imaginación popular y para las élites políticas, con pocas excepciones, la solución de los males de la nación ya no vendrá del buen funcionamiento de las instituciones republicanas, sino de la acción benevolente de los revolucionarios heroicos: el revolucionario sustituye al republicano y pasa a ser el arquetipo del hombre virtuoso.

Ese desastre propulsa la figura de Martí. Precisamente en 1933 aparece Martí, el Apóstol, estimable biografía escrita por Jorge Mañach en la que se desliza un leve aunque elegante tono hagiográfico. En 1938 Gonzalo de Quesada lanza la idea de crear una especie de santuario, al que propone llamar Fragua Martiana. El lugar elegido son los restos de las canteras de San Lázaro, en plena Habana Vieja, donde estuvo confinado Martí a los 16 años. La propuesta no cuaja hasta enero de 1952, durante el gobierno de Carlos Prío, otro declarado martiano, cuando se abre el museo al público. Un año antes, en julio de 1951, el mismo presidente había inaugurado el mausoleo definitivo, un edificio sobrio y elegante erigido en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, bajo la dirección del arquitecto Jaime Benavent y el escultor Mario Santí.

El recorrido del cadáver de Martí es la perfecta metáfora mortuoria que explica el crecimiento de su figura: cuando se inicia la república, los restos yacen en la tumba discreta en que los inhumaron los españoles; en 1907, el gobierno interventor de Charles Magoon coloca el ataúd en un templete mucho más digno; en 1947, durante el periodo de Grau, exhuman otra vez el cadáver y lo sitúan en el Retablo de los Héroes de la Guerra de Independencia, junto a otros patriotas principales; en 1951, en época de Prío, lo trasladan al mausoleo definitivo, con un lucernario que permite que la luz natural alumbre siempre a quien pedía morir de cara al sol, cubierto por la bandera cubana.

La apoteosis definitiva de Martí como fuente de inspiración política tiene lugar a mediados del siglo XX. En 1953, al poco de instaurarse la dictadura de Batista, se cumplen los cien años de su nacimiento. La editorial Lex, dirigida por un republicano español exiliado en la Isla, publica sus obras casi completas en una cuidada edición en dos tomos impresos en papel biblia y letra pequeña, proeza ejemplar, pues Martí escribió casi tres millones de palabras. En ese año, Fidel Castro y sus partidarios organizan un desfile con antorchas frente a la Fragua Martiana. La estética es típica del fascismo, pero los discursos y arengas son pretendidamente martianos. Los jóvenes se declaran miembros de la «generación del Centenario», como subrayando su compromiso con la figura del Apóstol. Pero Batista reclama pertenecer a la misma estirpe, pues se tiene por un martiano medular. Y algo de eso había: desde 1937, en que el ex sargento se convierte en el hombre fuerte de Cuba, se viene hablando de fabricar una gran plaza cívica con una estatua monumental de Martí. Varias veces fueron convocados concursos... que luego se declararán desiertos. Finalmente, en su última etapa, Batista se decidió a acometer la obra, y en 1958 la inaugura. El obelisco, con 139 metros, es la edificación más alta de La Habana. Tiene a sus pies una estatua de mármol de 18 metros en la que se ve a un Martí pensativo. Batista no pudo imaginar que su Plaza Cívica se iba a convertir en el centro ceremonial de la liturgia castrista.

La segunda muerte de Martí

La gran ironía es que la revolución, con cada desfile frente a la estatua de Martí, con cada declaración de supuesta subordinación al pensamiento del Apóstol, con cada interesada manipulación de sus escritos o de sus inventadas intenciones, lo que consigue no es legitimar la tiranía, sino un mayor distanciamiento crítico de la sociedad con sus orígenes independentistas y con quien fuera su más ilustre cabeza. Ya en los primeros tiempos del castrismo, en una simpática y macabra comedia cinematográfica titulada La muerte de un burócrata, aparece una ridícula fábrica de bustos de Martí que provoca la hilaridad de los espectadores. Pero cuando el régimen sustituye a Marx por Allan Kardec y asegura que si ellos, los mambises -con Martí a la cabeza-, hubieran vivido en nuestra época habrían sido como los castristas, lo que genera entre la juventud es un rechazo frontal a los fundadores de la patria. Este sentimiento se acrecienta a fines de los sesenta, cuando el aparato de propaganda del PC, en busca de legitimidad para la sovietización de la Isla, decide endosar al Apóstol el patrocinio ideológico de la revolución y declara solemnemente, y enseña en las escuelas, que Martí era «el autor intelectual del ataque al Moncada», cometiendo un fraude que equivalía a afirmar que Martí -persona eminentemente demócrata, tolerante y respetuosa del prójimo-era partidario de las persecuciones a los homosexuales, del colectivismo, de los pogromos contra los disidentes, del paredón de fusilamiento y de los infinitos atropellos y arbitrariedades que debían sufrir los cubanos como consecuencia de los absurdos dogmas impuestos por Castro y sus seguidores.

Pero todavía faltaba otra estafa intelectual: ocurre cuando la dictadura, en el colmo de la manipulación, para justificar el régimen de partido único alega que Martí no fundó dos partidos, sino sólo uno, el Revolucionario Cubano, con el objeto de transmitir a los cubanos, especialmente a las jóvenes generaciones, que el Apóstol era un adicto al totalitarismo y un enemigo de la libertad y la diversidad. Algo parecido a decir que, como Abraham Lincoln sólo formó parte del Partido Republicano, era también un enemigo del pluralismo político. En suma, cuando los apologistas del régimen sugieren que Fidel Castro es el heredero directo de José Martí, los cubanos más bisoños, menos conocedores de la historia y víctimas directas del desastre provocado en el país por la larga dictadura comunista, inmediatamente sospechan de los valores morales y de la cordura del Apóstol.

Inevitablemente, esas deshonestas campañas propagandísticas han producido una enorme erosión en la forma en que los cubanos perciben a Martí. Poco a poco, por arte de birlibirloque castrista, el Apóstol ha dejado de ser el santo patrón de la cubanidad y se ha transformado, injustamente, en el siniestro ideólogo de una dictadura que hasta busca en sus palabras la coartada para justificar el engaño de quienes prometieron democracia y libertades sólo como una estratagema para ganar tiempo y poder introducir de contrabando el modelo estalinista: "En silencio ha tenido que ser". Con esta frase de Martí, inscrita en una carta personal, hasta llegaron a filmar una laudatoria serie de televisión en torno al espionaje y la represión antidemocráticas.

Por eso entre los cubanos de estos tiempos, unido a la universal decadencia de la sensibilidad romántica -de lo que pueden ser síntomas la extinción casi total de los recitadores en el mundo hispánico y el rechazo general al verso dulce y sentimental-, se aprecia un alejamiento sustancial del culto martiano y una indiferencia glacial ante la visión heroica de nuestra historia. Si con la llegada de Castro al poder se verificó el hundimiento absoluto del paradigma republicano –ya muy golpeado como consecuencia de la revolución de 1933–, sustituido a partir de 1959 por una combinación contra natura de marxismo-leninismo y nacionalismo romántico, la decadencia y muerte del castrismo traerán de la mano el descrédito absoluto de esa fórmula como sostenimiento y discurso esencial de la nación cubana.

Sin embargo, tal vez quede un saldo positivo en esta segunda muerte de José Martí. Probablemente no era saludable que los cubanos sustituyeran el patriotismo cívico que proponía la república por el culto cuasi religioso al Apóstol que se fue imponiendo. Martí, además de ser un excelente escritor, fue un hombre fundamentalmente bueno, dotado de un fuerte instinto altruista y de una personalidad carismática, y es muy razonable y constructivo respetar su memoria y asignarle la mayor responsabilidad en la organización del levantamiento de 1895, pero carece de sentido convertirle –y lo mismo cabe decir de cualquier otra figura histórica– en el nexo fundamental de la sociedad cubana, como los cristianos hacen con Cristo o los musulmanes con Mahoma. Al fin y al cabo, Martí, un espíritu bastante humilde, jamás solicitó o esperó ese tipo de veneración, dado que no quería otra honra que la de «morir callado», pegado «al último tronco, al último peleador», luchando por su patria.

En el ocaso del castrismo, el problema que se nos presenta es verdaderamente dramático: los cubanos de principios del siglo XXI, escépticos y desengañados con todo, no parecen vibrar ni con el patriotismo cívico, fórmula acertada pero bastante frígida desde el punto de vista emocional, ni con el ya apagado nacionalismo romántico representado por Martí. ¿Qué nos queda, entonces, para juntar a la tribu y marchar hacia la constitución de una sociedad justa, estable y próspera en la que se pueda vivir con la ilusión de que mañana será mejor que hoy y de la que no valga la pena emigrar? Ese es el gran reto que los cubanos tendremos planteado cuando llegue la hora de la libertad.

Número 45-46

Tomado de la Ilustración liberal