Blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio
La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. se propone evitar que los hechos históricos de Cuba y sus exilios se conviertan en leyendas, dejando un registro fidedigno de los mismos ‒sin censuras ni manipulaciones demagógicas‒ con el fin de que nunca pierdan su condición de historia. Este blog intenta reflejar nuestro quehacer en ese sentido, al tiempo de brindarse como tribuna abierta para que testigos y estudiosos del avatar cubano puedan contribuir de buena voluntad en el intento
The
essay reflects on why Cubans, after more than 60 years of dictatorship, have
not collectively risen to change the political system. The author argues that
the issue is not simply fear, but a deeper psychological and cultural passivity
shaped by history, exile, mythmaking, and a distorted national imagination.
«¿Quién
le pone el cascabel al gato?, si nadie quiere poner el muerto», como se ha
comentado entre bastidores. Pienso que en el fondo el problema es de pasividad
psicológica. Creo que el cubano, al menos el que ha pasado en la Isla este
proceso de más de 60 años, en cuanto a lo político, en general ha sido y es
pasivo, digamos, inerte. Y si esto, en algún momento, se ha llegado a afirmar
de una manera radical, no es porque sea un estereotipo, sino porque ha sido y
es una realidad palpable: la inercia de no querer cambiar al régimen, sino la
de irse, a todo costo y por cualquier costa, en busca del sueño americano, que
es como decir: «en busca del sueño cubano en otro país».
Es
la comodidad de querer llegar a un lugar ya establecido, con orden y estructura
hechos, pensados y organizados, y donde no hace falta buscar la libertad,
porque ya esta se encuentra implantada desde hace muchos años y hay una
seguridad histórica y constitucional. ¿Y, bueno, quién no lo quiere así?
Pero
también porque el cubano de la Isla ha creado su propio mito de Estados Unidos,
«donde todo está inventado ya» y «el dólar crece debajo de las piedras». En el
país del Norte, dicen, «en un año tienes tu carro, y hasta el último modelo»; y
así se veían (y todavía se ven) fotos de muchísimos cubichis que, al año de haber alcanzado esa tierra «prometida», ya
mandaban (mandan) esas fotos con sus carros y, los más osados, mostraban
(muestran) también el frente de «sus casas».
Es
una mezcla de verdades, medias verdades, falsedades y una imaginación
fosforescente que no tiene asidero real corpóreo alguno. Incluso, muchos,
muchísimos, al año (sin la residencia de inmigración aún), o a los dos años a
más tardar (con la residencia calentita en su mano), pronto estaban (y están)
viajando a Cuba, enseñando las fotos de sus supuestos negocios en Estados
Unidos, o las buenas prendas que exhiben (y que habían rentado en secreto con
el solo propósito de lucirlas, y crear a su alrededor una imagen de tipo duro,
para que todos en el barrio le envidien, le vean con ojos de asombro, como si
él o ella (bueno, más los hombres que las mujeres) hayan estado predestinados
para ser bendecidos por Obatalá o Yemayá, o si no aquellos que visitan la Isla
para darle gracias a sus santos por haberles dado tantas cosas, tantas
oportunidades de vivir la vida, porque «logré mi sueño de irme pa´laYuma».
De aquí que no sea necesario «ponerle el cascabel al gato», si yo puedo rehacer
mi vida como yo quiero solo con llegar al país de los gringos, y después
regreso a la Isla como un triunfador.
Distinto
asunto este en la otra clase de cubano que se va porque, en realidad, quiere
salvar a su familia (esto es como una gran contradicción de la especie). Este
tiene que enfrentar las más inimaginables penurias, las más grandes
incertidumbres, pero se sobrepone, trabaja en lo que sea, trabaja, trabaja y
trabaja, ayuda a su familia en la Isla en lo que puede, pero asimismo crea su
base, su asiento firme y si es joven estudia, y si es mayor organiza su hogar y
emprende algo que le permita ayudar a sus hijos, que tienen que estudiar,
estudiar y estudiar, y que además aprenden a recordar su país, su patria y
toman conciencia de que se encuentran en un exilio histórico, porque algún día
irán a reconstruir su nación.
¿¡Es
tan complejo el cubano!? Existen los que se meten en la política y triunfan, y
todos ellos con la obsesión de Cuba, ¡hay que liberar a Cuba! Y crean empresas,
negocios increíbles, se hacen ceos,
presidentes, profesores y ocupan altos cargos en grandes corporaciones
americanas, y en otros lugares del mundo, y de alguna manera siguen pensando en
Cuba.
Por
todo esto, por generaciones tan contrastantes, acepto que podrían existir
ciertos condicionamientos, aparentemente genéticos en el cubano que, como ya he
dicho, proveen una buena dosis de actitud condicionada por la imagen de Cuba;
es como que la imagen de la Isla (fantasmagóricamente) propicia un determinismo
(no sé si, en verdad, genético o psicológico) que le hace añorar Cuba, por un
lado, y, por otro, le produce un vacío mental divorciado de su entorno; que no
le deja ver cuál es la verdadera realidad, social y política, que le rodea a él
y a la Isla. Tanto para el que se va y regresa con su vanidad a cuestas como
para el que se marcha de la Isla, imbuido de un enorme espíritu de superación
no solo por salvar a su familia, sino —y en buena medida importante— para algún
día ayudar a liberar a su «patria» (que, en realidad, hace años que cambió y no
es tal). Y ambos casos se reflejan por la historia social y política que nos
tocó después de 1959.
Complejamente
se juntaron varios aspectos y circunstancias. El cubano, por ignorancia, por
naturaleza o por lo que sea, ha sido un impresionista, y por ello sufrió un
verdadero asombro en el año 1959, cuando triunfó la rebelión inventada y
dirigida por Fidel Castro.
Fuimos
engañados, sí, pero también nos engañamos a nosotros mismos: aceptamos las
medias verdades que nos vendieron él y sus acólitos, y no vimos o no quisimos
tomar en cuenta las mentiras que venían envueltas, como si fueran en papel de
regalo. Fuimos «los crédulos de la aurora», como dijera alguna vez Guillermo
Cabrera Infante.
Dejamos
que el espejismo tomara fuerza; o peor, nos hicieron creer en el Espejismo, en
el que Alicia quedó afuera y nosotros metidos dentro del espejo, en una
dimensión realmente atípica. Las generaciones posteriores se fueron perdiendo
una tras otra, aplastadas, por la parte oscura de la fortísima generación
triunfante.
En
algún momento, la generación que tomó el poder en Cuba en 1959 se dividió
(debido a otro de nuestros posibles atributos: la división y el caudillismo).
El líder mayor se quedó en Cuba con el poder y la otra parte de la generación
se marchó para Estados Unidos, España y otros lugares.
La
parte de esa generación llegada a Estados Unidos se hizo fuerte y se convirtió
en la oposición del exilio, tenaz, firme y porfiada contra el castrismo. En la
Isla, las demás generaciones, de un futuro ya pasado, no pudimos hacer nada
para recuperar la patria, y poco a poco, nos fuimos adaptando, hasta que muchos
logramos llegar a Estados Unidos.
Por
su parte, Castro y su proceso fueron reduciendo nuestras esperanzas,
lentamente, envolviéndonos con hábiles mecanismos sociopolíticos, con promesas,
pero más que todo con el terror, tal como Hitler hizo con los alemanes y
los judíos, o Mussolini con los italianos, o Lenin con los rusos, o Mubarak con
los egipcios y las otras dictaduras de los países árabes (Pero en Cuba, al
igual que en todas las sociedades mencionadas, hubo largas e irresponsables
complicidades, que en el caso de nuestra Isla solo crean la posibilidad de un
final impredecible).
Ahora
bien, las causas que llevaron a estos pueblos a la sumisión son diferentes
entre sí, por supuesto. Porque todos los pueblos tienen su talón de Aquiles que
permite convertirlos en masas. Probablemente el nuestro se acercó un tanto al
de los rusos, pero tampoco llegó a ser igual.
Y
yo me pregunto: ¿cuál ha sido, es o será el tiempo límite de los cubanos, hasta
cuándo y por qué nuestro pueblo tiene que esperar a la muerte de los Castro y
de los demás octogenarios que tienen el poder?
La
respuesta puede ser diversa, con diferentes y fuertes razones. Este ensayo,
intuitivamente, intenta algo para llegar a esa respuesta (o sea, tratar de
descubrir lo que tuvo que ver la falsa imaginación del cubano para creerse los
mitos y el Espejismo que le presentaron. Una total predisposición para no ver
la verdadera realidad física a su alrededor).
En
mi caso, por ejemplo, mi solución fue la de irme y sacar a mi familia. Y
también ha sido la decisión de millones de cubanos que, de una manera u otra,
se han exiliado y desperdigado por todo el mundo. Otros miles están varados en
países desconocidos e inesperados (gracias al expresidente Barack Obama), y
otros millones se han quedado dentro de la Isla esperando su oportunidad para
entrar a EE.UU., aguardando asimismo a que sea Donald Trump, en estos tiempos,
quien se decida a darles una visa humanitaria de ingreso a este país o derrotar
de alguna forma al castrismo.
El
caso es que todavía, a más de 60 años de dictadura, unos cuantos cubanos dentro
de la Isla se deben hacer esta pregunta: ¿por qué el pueblo egipcio se rebeló
en masa a los 30 años y Cuba aún no lo ha hecho a los 60? (1).
Parece
que a muchos de una gran mayoría se le envolvió con pequeños poderes, por
ejemplo, el poder de un carnicero (el único que puede repartir la carne en el
barrio… cuando la carne llega, naturalmente); el jefe de un almacén que tiene
la potestad de distribuir artículos… si los hay; el jefe de cualquier cosa que
no tienen los demás; o el portero de un restaurante, digamos, que decide
cuántas personas van a comer allí y muchas veces quién entra al restaurante y
quién no.
Por
otra parte, con el Comité de Defensa de la Revolución envolvieron a la mayoría
de los cubanos, les enredaron y les involucraron en nuestro defecto de
interesarnos en la vida ajena, metiches,
como diría un mexicano, y de aquí les transformaron en vigilantes del otro; les
redujeron la sensibilidad de servir a las personas y les dieron la facultad de
espiar a ese prójimo, y además la oportunidad de burlarse de sus semejantes,
que nos viene del choteo demasiado repetido, continuado, incesante; se dejaron
quitar el respeto por la privacidad debido a su propio sentido del relajo: «la
vida es un relajo», dirían. Y se ha sido tan ligero que por el juego del
desdoblamiento lo han permitido todo y, lo peor, se acostumbraron, y aún mucho
peor, lo convirtieron en parte de su nueva cultura. Asimismo, nos hicieron
creer que podíamos (siquiera acercarnos a) ser centro del mundo, como si
—primero— América Latina, y después todo el orbe, tuviera que ver con nosotros
de una manera crucial. Y esto lo lograron por el afán relativamente
inconsciente de tener —por nuestras propias características genéticas,
históricas y culturales— una especie de reafirmación de identidad o
autosuficiencia positiva, que incluso podría provenir de nuestra historia de
criollo, la cual aprovecharon Fidel Castro y su gente para degenerar esa
característica y vendernos la idea de que éramos un pueblo llamado a un destino
glorioso (esto también podría venir de más atrás, de lo que el Dr. Coutín me
comentó alguna vez, acerca de esa dislocación mental que se ha venido a llamar
los «altos destinos», y que, repetidamente, aparece en cierta «literatura
antiimperialista» cubana de la primera mitad del siglo XX).
Todo
esto entra en esa imaginación positiva que teníamos de que, aun cuando sabíamos
que éramos (y somos) isla, nos imagin(áb)amos realmente como seres de tierra
firme, pero que en el proceso de la «Revolución» los castristas quisieran
proyectarse como potencia de varios nuevos aspectos «logrados» por esa «Revolución»:
potencia en la «educación», la «medicina», el «deporte», la «cultura de las
artes y la literatura». Pero en lo que, realmente, sí se convirtieron fue en
potencia militar, en llevar a cabo la conformación de un aparato de seguridad
del Estado y un Ministerio del Interior que, en su represión, nada más podía
ser igualado por Rusia, Alemania «Democrática», Corea del Norte e Irán. Y así
quisieron hacer creer que eran potencia en la «solidaridad internacionalista»
para ayudar a otros pueblos, imagen falsa que verdaderamente se llama: «invadir
a otros pueblos» (e interferir en los asuntos internos de otros pueblos).
A
partir de 1959 se fue creando, tristemente, una nueva cultura para el cubano
que con el tiempo ha venido acorralando dentro de nosotros los valores que
teníamos en nuestra historia social anterior; valores que sí hacían que
creyéramos buenamente en una supuesta cubanía.Pero, por todo lo anteriormente expuesto, la cubanía aquí se fue
como el papalote de nuestra mejor imaginación, al que se le partió el hilo, y se perdió en la infinita grisura de
un cielo tormentoso, que aún no ha pasado.
♦♦♦
Entonces
nuestra culpa fue por no superar el miedo, y habernos dejado arrastrar al
estercolero de la masividad, al insondable muladar de los círculos del infierno
o al mismísimo ano del Hades; y lo fue también por el hecho de haber tenido (y
tener aún) el complejo proceso de una imaginación exaltada, sin contar con el
sentido telúrico de nuestros pies sobre la tierra.
[Este
trabajo, ligeramente actualizado por el editor en 2026, pertenece al
subcapítulo 39 del icónico ensayo 1959.Cuba el ser diverso y la Isla imaginadade Manuel Gayol Mecías. Fue presentado por el autor como
discurso de investidura a la membresía de la Academia de Historia de Cuba en el
Exilio, el 19 de mayo de 2018, en la Biblioteca Pública del Este de Los
Angeles, California]. Publicado en el Anuario Histórico Cubanoamericano #
2 (2018): 39-46.
(1) Consúltese a Yoani Sánchez: «Tan
lejos del Cairo», en la sección «Tribuna» de El País (5 de febrero de 2011) [https://elpais.com/diario/2011/02/05/opinion/1296860405_850215.html].
Uno
de los comisarios[1]
más cercanos al poder durante la década de 1960 y 1970 en Cuba, fue, sin
dudas, Félix Sautié Mederos. En varias ocasiones visitó la Unión Soviética
para estudiar los programas de rehabilitación de ese país. Recorrió algunos
campos de trabajo forzado (gulags), como el de Novosibirsk en Siberia. Además,
fue parte del Consejo Nacional de Cultura y estuvo a cargo de publicaciones
como Mella, El Caimán Barbudo y el periódico Juventud
Rebelde.
Al
parecer, su labor dentro de esta publicación no fue mirada con buenos ojos,
porque a mediados de 1968, fue enviado a la granja de rehabilitación «Juventud
Heroica» en Ciego de Ávila, a trabajar en la agricultura. Durante un año, Félix
Sautié supo de los rigores del trabajo forzado: los programas que había ayudado
a diseñar y a desarrollar, se habían vuelto también en su contra. Hoy es un
hombre solo que escribe sobre teología y la Revolución «traicionada». Todavía
cree en un «socialismo participativo y democrático, próspero y sustentable», al
menos es lo que dice en su website.
El
27 de junio de 2012 fui a su casa en Centro Habana. Ese año ya mis días en Cuba
estaban contados, no aguantaba más. Como no sabía si habría regreso, me dediqué
a entrevistar a varios funcionarios e intelectuales para un proyecto de libro
sobre el «hombre nuevo» y la utopía comunista. Había que apurar el tiempo.
«Yo
no sé de dónde tú sacaste el teléfono mío, porque mi teléfono no lo sabe nadie.
Mi teléfono te lo dio la Seguridad del Estado», me dijo Félix Sautié en tono
acusador. No sabía que su número lo había sacado de una guía electrónica en
formato Excel, que se había filtrado. Solo tuve que entrar su nombre en el
buscador. ETECSA, el monopolio estatal de comunicaciones, no cuida en lo
absoluto la privacidad de sus clientes.
Después
que bajó la tensión y dejó de acusarme de agente, la conversación comenzó a
fluir. Me ofreció café, agua, y explicó que la diabetes lo estaba envejeciendo
aceleradamente. Encendí la grabadora… Hablamos de la política cultural de la
Revolución, de la «parametración», de las Unidades Militares de Ayuda a la
Producción, entre otros temas.[2] Hizo
referencias constantes a sus «memorias» escritas, empeñado en magnificar su
propia importancia y reescribir su biografía. En su retórica subyace una
homofobia contenida, que me molestó bastante. Sin embargo, compartió detalles
que pueden servir para llenar algunos huecos y vacíos historiográficos.
Antes
de que pudiera formular la primera pregunta, empezó a hablar sin pausas, se
metió en un personaje, en un monólogo destinado a alguien más, como si en la
habitación hubiera cámaras ocultas y otra grabadora, además de la mía:
«Yo
te quiero decir que empecé en la Revolución en 1957, era un joven católico,
dirigente de la Juventud Católica, y cuando vine a ver yo estaba integrado, sin
darme cuenta, plenamente en el proceso de la Revolución; pero siempre he
seguido detrás de la Revolución. Yo soy militante del Partido, fundador del
Partido Comunista de Cuba —pa’ dejar claras las cosas—, miembro del núcleo
zonal de aquí y soy el orientador ideológico de ese núcleo. Te expongo mi
biografía a tiempo porque aquí en estos momentos hay una situación en la cual
todo el que es crítico es disidente, es enemigo, es traidor.
Me
mandan gente de la Seguridad a regañarme, aparecen tipos por otro lado,
aparecen personas como tú; me hacen entrevistas, después me golpean. Hay quien
narra mi casa, yo soy un hombre que vive… yo me integré a la Revolución porque
me salió de los cojones y creyente en Dios toda la vida. Entré en el Partido
creyendo en Dios y a mí me anularon la pregunta, o sea que… porque ya yo era
secretario de la ORI, entonces…»[3]
¿De las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI)?
(le pregunté para guiar la conversación. Hasta ese momento no me dejaba poner
una).
Sí,
yo fui secretario de la ORI en Oriente, fui del Movimiento 26 de Julio, o sea,
yo he estado en todos estos procesos, pero siempre con mi opinión y mi
criterio. Y mi opinión y mi criterio me han costado que de un lado y de otro me
arañen: que me arañe la Iglesia, que me arañe la derecha, que me arañe la
izquierda, que me arañen en todas partes. Aquí tú tienes que estar de acuerdo
con todo para ser un magnífico combatiente. Entonces esa etapa para mí fue tan
complicada como puede ser esta.
Yo
soy de los que está consciente que estoy terminando; porque hay quienes no
están conscientes que están terminando y que no les queda
tiempo —empezando por Fidel, por Raúl y por todos los que están doblando
los ochenta— y que para que la Revolución sobreviva, hace mucho tiempo que
debieron de haber entregado el poder como hizo Mandela. Pero esto que yo he
dicho, lo escribo, me lo han venido a grabar aquí y se lo han llevado a ellos,
y no me he ido porque no me ha dado la gana. Tengo cinco hijos afuera y nueve
nietos, no me he ido porque no me ha dado la gana de irme, porque este es mi
país. ¿Por qué no se van ellos?
¿Cómo fue que armonizó su fe religiosa con la Revolución?
Lo
digo en mi primer libro autobiográfico, que se llama Sin tiempo para
morir, en el cual yo explico por qué a mí —creyendo en Dios— me
aceptaron en el Partido. A través de los años el cristianismo abrió una
corriente de izquierda, de ahí surgió la Teología de la Liberación. Yo leía a
Alfonso Comín, militante del Partido Comunista de Cataluña y católico… Bebí en
esa corriente desde los años de Acción Católica, y esa corriente me llevó hacia
la izquierda.
Soy
teólogo, licenciado en Teología, miembro de la Asociación de Teólogos Laicos de
España, miembro correspondiente, porque no estoy allá, no puedo ir. Soy
académico con obra publicada, una de mis obras es Evangelio y
Revolución, en la que se plantea toda esa corriente. Tengo incluso un libro
en proceso, que se llama Crítica política cristiana y revolucionaria,
en la cual se explica toda esa posición.
La Revolución, entre otras cosas, fue un proceso
religioso que enfrentó directamente otras posiciones religiosas.
Ese
fue el esquematismo y el dogmatismo, que a mí me mordió muy temprano.
Sí, pero es muy simple explicar eso a través del
dogmatismo.
No,
no, no; eso fue dogmatismo oportunista.
¿Qué resortes se activaron?
Sencillamente,
se activó un resorte de supervivencia al quitarnos los norteamericanos la cuota
azucarera y cerrarnos la entrada del petróleo. Aleksander Alekseiev,
representante de la agencia TASS, en esos momentos estaba en Cuba. Ese
individuo —muy cercano a Carlos Rafael [Rodríguez] y a una serie de viejos
comunistas— fue el puente para debatir con la entonces Unión Soviética. El
primer ministro era Anastas Mikoyán y partir de las conversaciones, se hizo una
exposición en el Palacio de Bellas Artes para discutir, precisamente…
De ahí salieron los cien millones de rublos que la URSS
le dio al gobierno revolucionario.
Sí.
Ahí se hizo un tratado comercial y se estableció la línea de barcos más larga
del mundo, desde los puertos de Odesa y de toda esa área trayendo petróleo, y
eso significó un viraje. Entonces la Revolución de los años sesenta —que
Fidel dijo que era verde olivo, que no iba a dar un paso a la derecha ni un
paso a la izquierda, sino un paso adelante—, se sovietizó. Su máxima expresión
estuvo cuando se aceptó la invasión de Checoslovaquia.
Yo
te digo del dogmatismo porque ahí se produjo todo un proceso muy complicado en
el cual la Revolución, primero, se centralizó cada vez más; después de
que se centralizó, se personificó en una sola persona, Fidel. Sus
decisiones eran indiscutibles y había que estar de acuerdo con ellas. Cuando tú
nada más hacías una objeción o una crítica, terminabas en una granja de trabajo
en Ciego de Ávila como yo, en el mejor de los casos. Entonces es un proceso que
yo no te lo puedo explicar en tan corto tiempo, ni tengo la capacidad de
sintetizarlo. Sí te puedo decir que están aquí los arañazos.
Pero usted tuvo responsabilidad en el diseño y la gestión
de esas políticas.
Yo
me he equivocado mucho, en la «guerrita de los emails» yo salí diciendo que yo
era victimario y víctima. Tuve los cojones porque en aquel momento había que
tenerlos para decirlo, tuve los cojones para decir eso.[4]
Primero,
Ambrosio Fornet no fue parametrado. Reynaldo González no fue parametrado.
Yo
era miembro del Consejo Nacional de Cultura en esa época de la parametración y
tengo mi historia.
Desiderio
Navarro, que en los años sesenta y pico publicaba en la revista de la UNEAC a
favor del realismo socialista búlgaro, ni siquiera el ruso, a favor del
realismo socialista búlgaro —y yo publicaba a favor del surrealismo
en Juventud Rebelde, con el gallego Posada, con [Roberto] Matta, y con un
grupo de gente—, se aparece en medio de aquella baraúnda de la «guerrita de los
emails», que yo la entendí como una explosión necesaria; pero entonces me
quieren mezclar a mí dentro del pensamiento gris.
Los
que se hicieron dueños de la «guerra de los emails» no fueron parametrados.
Tomás Morales, Meme Solís sí, porque sí fue parametrado; Vicente Revuelta y un
grupo más fueron parametrados.
Reynaldo
González aparece diciendo que fue parametrado. Reynaldo no fue parametrado,
como no lo fueron Portocarrero ni Héctor Quintero; como no fue parametrado mi
primo Adolfo de Luis, que era uno de los teatristas importantes de aquel
momento. Entonces ese fue un proceso en el cual Armando Quesada fue el que se
aprovechó de la Resolución No. 3. Esa Resolución la inspiró Tony Pérez, que
vino de la vieja guardia, la firmó [Luis] Pavón, Fidel aceptó y lo tuvo que
decir.[5]En aquella época es iluso pensar que se pudiera haber hecho algo que
Fidel no aceptara.
Adjudicarle toda la responsabilidad a Pavón, como si
Pavón hubiera tenido el poder suficiente…
Sí,
yo lo conozco porque yo salí de la Juventud y me mandaron de director a la
Escuela de Arte. De la Escuela de Arte a mí se me llamó al Partido para decirme
que tenía que ir como vicepresidente ejecutivo de Cultura, porque a las diez de
la mañana Pavón ya no estaba en sus cabales. Pavón padecía de una migraña muy
fuerte que la resistía tomando, estaba alcohólico. Como Pavón había sido
secretario del Che y además una persona decente, porque yo sigo diciendo que es
una persona decente…
¿Decente?
Allí
había un personaje que era Marilú Moré de Castro, la ayudante de Pavón, que era
la que decidía todo cuando Pavón no estaba claro… A mí me mandaron pa’ eso, y
choqué con la Resolución No. 3. Cuando me nombran vicepresidente, un día me
dice mi secretaria en la oficina del Palacio del Segundo Cabo, que allá abajo
estaba Adolfo de Luis que quería hablar conmigo. Y yo dije: «Bueno, está bien,
que pase pa’acá». Yo estaba con el estilo UJC, no me comportaba como un
burócrata oficial. Entonces Adolfo se para en la puerta y me dice: «Muchachito,
ustedes están sacando de Cultura a los maricones de culo, pero no están sacando
a los maricones de mente y tú que estás ahora, vengo a decirte algo que quizás
tú no recuerdes bien o no sepas. Yo soy tu primo y le voy a decir a todo el
mundo que tú tienes un primo maricón, pa’ que lo sepas».
Figúrate
tú, sin preámbulo, sin nada.
«Pero
siéntate, vamos a conversar», le dije.
«No,
no, no, yo nada más que vine a decirte este mensaje; lo último que quiero
decirte: investiguen a Armando Quesada», y se va.
Quesada
era el director de Teatro de Cultura.
¿Que lo investigaran en qué sentido?
¿En
qué sentido? Eso fue lo mismo que yo me dije. Lo mandé a investigar y cuando yo
vi aquel expediente, yo no sabía qué iba a hacer.
¿Quiénes hicieron el informe?
La
gente que atendía…
Ah, la Seguridad del Estado.
Pero los
que atendían la Cultura, los especialistas en cultura. Si yo había pedido la
investigación, el que tenía que tomar medidas era yo, si bien todo aquel
proceso era un gran montaje, yo no tenía la autoridad, yo no podía quitar a un
tipo que no lo había nombrado yo. Mi historia no tenía nada que ver con la
historia de Pavón, yo na’ más que tenía un tío viejo comunista histórico, que
quise mucho por cierto, fue fiscal de los fusilamientos en La Habana, pero sí
conocía a Lázaro Peña por razones familiares, era muy amigo de mi padre, iba a
mi casa. No sabía a dónde ir. No podía ir a Tony Pérez, que era el secretario
ideológico en aquel momento y me había mandado a apoyar a Pavón, y la
Resolución No. 3 la había firmado Pavón. Además, yo no llevaba ni quince días
allí en el Segundo Cabo, ni tres meses en la Escuela de Arte…
¿Eso fue en 1972?
Sí,
yo era nuevo allí, no sabía ni qué carajo iba a hacer. Y recuerdo que fui a ver
a Lázaro Peña y le dije: «Vengo a pedirle consejo, mire lo que me ha pasado».
Resulta que Armando Quesada era maricón de culo y estaba parametrando
homosexuales. Había sido pareja de Héctor Quintero, se habían fajado. Después
se metió en el Ejército y allí se hizo instructor de arte y se construyó una
historia de duro. Con esa historia de duro llegó al Consejo Nacional de Cultura
junto con el equipo de Pavón. Aquello era complicado. Cuando yo llego y le
cuento eso al viejo Lázaro Peña, me dice: «¡Bingo! Pavoncito y su equipo han
estado parametrando a quienes no son. Parametraron a Meme Solís, que canta las
canciones de Tania y algunas mías —porque algunas canciones que Tania
cantaba eran de Lázaro—, y Flavio Bravo está muy disgustado con Pavoncito
porque le liquidó a Tomás Morales de Tropicana». Y por ahí me empezó a hacer
una lista y dice: «Despreocúpate, eso es un problema mío, tú no tienes
posibilidad de meterte en esta guerra».
¿Y por qué usted baja la voz?
Bajo
la voz porque me emociono, esta es la historia de mi vida.
¿Qué pasó después?
Se
dio una asamblea en Teatro Estudio. Estaban Lázaro Peña, que se sentó en el
medio, el secretario del Sindicato de Cultura a un costado, Armando Quesada y
yo. Empieza la asamblea, aquello estaba abarrotado. Entonces [Adolfo] Llauradó
dijo: «Lázaro, antes de empezar esta asamblea, en la mesa hay un Torquemada, no
tiene nada que hacer aquí». Yo le pregunté bajito a Lázaro: «¿Ese seré yo?». «Estate
tranquilo, que aquí está todo bajo control, Torquemada no eres tú».
¿Pero qué pasó? ¿Qué dijeron?
Bueno,
allí dijeron todo lo que había pasado: los que estaban parametrando, todo el
mundo defendiendo sobre todo a Vicente Revuelta, que era la figura más ilustre.
El problema es que con independencia de que se sea maricón o no, se puede ser
brillante o no, se puede ser maricón mediocre y maricón brillante. Tú no puedes
identificar la preferencia sexual de una persona con su capacidad y su
honestidad, incluso con su honestidad.
¿De dónde viene ese sentimiento homofóbico?
Ese
sentimiento homofóbico venía de la estructura machista…
Pero se reforzó con la Revolución.
Se
reforzó de una manera tremenda, y se reforzó de una manera tremenda por el
estalinismo, que poco a poco se fue metiendo aquí hasta en los huesos.
Las mismas UMAP son un ejemplo de esa política de Estado.
Mira,
si tú puedes tener acceso un día a [Carlos] Aldana, él no quiere hablar,
pregúntale sobre la UMAP y lo que desde la Juventud Comunista hicimos para
denunciarlo; pregúntaselo a él, no me lo preguntes a mí. La UMAP fue el apogeo
de Saturno, que se empezó a comer a la Revolución.[6]
No, es que el modelo mismo es totalitario.
Ese
modelo estalinista es totalitario, ese modelo no tiene nada que ver con Carlos
Marx… El machismo nuestro es ancestral, que nos viene de África y nos viene de
España, porque los abakuás eran machistas y buena parte de la religiosidad
popular era machista, y los maricones tenían que estar guardados en el clóset;
podían ser maricones siempre y cuando estuvieran guardados en el clóset, lo
cual en realidad es una falsedad histórica.
Se puede identificar varios momentos. El discurso de
Fidel Castro el 13 de marzo de 1963, cuando habla de los pepillos y elvispreslianos.
Ahí está su teoría sobre la homosexualidad a la que asocia con la enfermedad.
La ley del Servicio Militar Obligatorio de ese año y la Ley de la Vagancia de
1971. Hay otros, pero…
Yo
asistí al Consejo de Ministros por la UJC donde se discutió la Ley de la
Vagancia; en aquella época todavía se podía discutir con Fidel, y aquello fue…
Hubo una discusión de Carlos Rafael Rodríguez, que estuvo en contra,
discutiendo hasta el final él y Fidel, ahí no discutió más nadie. La Ley de la
Vagancia se aprobó sin el voto de Carlos Rafael. Eso no se me olvida a mí
nunca, una discusión tremenda; de ahí vino todo lo que iba a pasar. El problema
es que los procesos sociales no son simples.
Volviendo
a la crisis de la parametración. Después de aquella discusión hubo una reunión
de la dirección del Consejo Nacional de Cultura en la cual Pavón me cuestionó: «¿Por
qué tú hiciste todo eso?». Yo tenía el expediente en la mano y yo se lo dije en
esa reunión: «Ese señor que está ahí, Armando Quesada, es un farsante, porque
él es más maricón que los maricones que él ha botado».
Armando Quesada
Aquella
discusión fue un final de semana; el lunes cuando regreso a mi oficina a
trabajar, estaba mi pasaporte, que lo tenía mi secretaria, y un pasaje de
avión. Cuando aquello los pasaportes se entregaban, pero el mío era además
diplomático, que no necesitaba permiso de salida. Entonces yo tenía el
pasaporte y el pasaje, tenía un plan de trabajo. Mi secretaria me dice: «Dentro
de dos días sales pa’ Panamá a una reunión de expertos culturales de la UNESCO
que está programada con un seminario por unos cuarenta y cinco días». Pero yo
no soy experto cultural y nunca he trabajado con la UNESCO, y ella dice: «Esa
es una decisión que ya está tomada y usted tiene que ir».
Me
habían sacado cuarenta y cinco días del país, en la cresta de la bronca que se
había armado. ¿Quién lo decidió? A esta altura no lo sé, pero los que lo
decidieron tenían poder para decidirlo y a una velocidad…
¿Qué pasó al regreso?
Al
regreso ya se había cuestionado la Resolución No. 3 en el Tribunal Supremo. La
Resolución No. 3 es la única resolución de un ministerio que el Tribunal
Supremo echó pa’ atrás.[7] Dice
José Milián en una de las broncas de los emails, que yo no tenía nada que ver
con eso, que yo no sabía nada, que ellos eran los que habían presentado la
Resolución al Tribunal. El que estuvo detrás de que presentaran la Resolución
al Tribunal Supremo fue Lázaro Peña, que movió sus peones y la presentaron;
pero el pobre Milián no sabe eso.
Cuando
yo regresé de Panamá se creó una comisión en la cual me pusieron a mí al frente
para reunirme con todos los parametrados y grabarlos. Aquella comisión
comenzaba con una grabadora de casete y tú le preguntabas: “¿Usted está de
acuerdo con que lo graben? esto va a terminar con un informe”. Yo empecé con
Raquel Revuelta, con Vicente, al que respetaba mucho, aunque no soy teatrista,
pero lo respetaba mucho; igual que respeté a Portocarrero y a mucha gente. Con
todo eso se elaboró un informe.
¿Qué decía? ¿No lo conserva?
Sí,
lo tengo por ahí. Tendría que buscarlo. Figúrate tú, ellos decían lo que pasaba
de verdad.
Usted dirigió Mella, que fue una
publicación que apoyó, por ejemplo, las depuraciones en los preuniversitarios y
en la universidad. También dirigió Juventud Rebelde.
Yo
de aquello no sé directamente. Yo en aquel proceso no participé y no lo
conozco… Bueno, lo conozco como lo puede conocer todo el mundo, porque aquel
proceso yo lo pasé fuera, metido en Camagüey. Si a mí me hubieran puesto en ese
proceso, yo hubiera depurado a gente, no te estoy diciendo eso… porque en aquel
momento yo era igual que ellos; o sea, yo me había creído la Revolución, pero
me la había creído en un punto que lo sufrí y me ha afectado mi salud. Yo soy
de las múltiples generaciones que fuimos quemados. Todos los jóvenes que se han
destacado, todos, han terminado tronados.
Eso empezó en 1964.
Yo
en el 64 era el director del Mella, allí estuve menos de un año porque en
el 65 se fundió Mella con La Tarde y nombraron de director
de Juventud Rebelde a Miguel Rodríguez, que después se suicidó.
Cuando Miguelito se suicida, Armando Hart me llama y me dice: «Bueno, te vamos
a…, hace falta que tú regreses pa’ Juventud Rebelde». Entonces regresé
pa’ Juventud Rebelde, porque no había a quién poner. Estuve 18 meses
metido en Juventud Rebelde, que aquello era una locura, donde tuve un
gran proceso precisamente por una depuración que habían hecho en la Escuela de
Arte, que determinó que yo hiciera un artículo, «Militante o artista». Yo nunca
firmé ningún documento a partir de eso.
Yo
no estaba ligado a la universidad; los que atendían la universidad eran Marcos
Portal, Jaime Crombet. Entonces yo estaba metido en Juventud
Rebelde, me metí en el proceso de la crítica, que era tremenda… Metimos la
crítica por cuatrocientos toneladas métricas de mantequilla que se echaron a
perder; fue un escándalo tremendo que voló en pedazos la empresa ALIMPORT y
volé en pedazos yo. Terminé castigado con una sanción de un año de trabajo en
la granja «Juventud Heroica» de Ciego de Ávila, recogiendo bejuco de boniato, y
después fui parte de la Columna Juvenil del Centenario.
Recuerdo
que tuvieron que sacarme de la Columna; Jaime me citó a una reunión en La
Habana y cuando llegué me estaban esperando en el aeropuerto José Martí y me
llevaron para la sala 2 del Calixto García, y estuve dos meses allí ingresado,
porque había perdido calor en el estómago y estaba ya en una situación crítica.
Demasiado estrés, ¿no?
No
demasiado estrés, lo que pasa es que yo soy diabético y el trabajo en la
agricultura… Recuerdo que yo me desmayaba en el surco. Después de mi salida del
hospital me nombraron secretario de Trabajo Social, porque yo había hecho una
experiencia de rehabilitación con delincuentes y predelincuentes en la Columna,
y fui el miembro de la Juventud en la Comisión de Prevención Social y empezamos
a hacer un trabajo con Raúl Ferrer, fundar las escuelas talleres. Entonces lo
que me dediqué fue a visitar centros de rehabilitación y jóvenes
predelincuentes y delincuentes, De ahí salí pa’ Cultura.
Para mí la Columna Juvenil del Centenario fue una
estrategia que siguió la máxima dirección del país para esconder o disfrazar
los daños a la imagen de la Revolución que habían ocasionado las UMAP. ¿Usted
comparte eso conmigo? Yo leí el reglamento de la Columna Juvenil del
Centenario, es militar.
La
UMAP se puso muy mala, cuando eso estábamos en el Buró de la Juventud,
estaba Aldana… Aquello se había puesto muy malo, malo, malo; habían llegado
muchas quejas a Raúl, cuando aquello ese señor que fue amigo mío hasta ese
momento, que se llamaba Quintín Pino Machado, él era uno de los dirigentes. La
UMAP la habían hecho con un empaque de rehabilitación.
El empaque fue el Servicio Militar.
Sí,
pero la habían hecho con el empaque de rehabilitar a la gente con problemas.
Los que pusieron al frente de la UMAP, los que estaba en las prisiones, eran
animales con patas que no tenían nada que ver con la Revolución. Como muchos
policías hoy, muchos tipos que está haciendo la represión y que están jodiendo,
que no tienen nada que ver. Entonces en la selección que hicieron, esos son los
tipos que se prestaron para reprimir y aquello fue terrible.
La represión sí tiene que ver con la Revolución. Es parte
de la Revolución…
Mira…
A nosotros nos dieron la tarea especial y escogimos un grupo de jóvenes con
características especiales y los preparamos en una de las casas que está en El
Laguito, que cuando aquello era de la Marina de Guerra. Le hicimos una
preparación y una caracterización y esos cincuenta tipos se buscaron líos y
cayeron presos en distintos campamentos de la UMAP. Esa gente en un momento
determinado se mandó a sacar, nos reunimos en esa misma casa y corroboramos la
mayor parte de las cosas que se saben.
La
tarea de nosotros fue prepararlos y recoger el impacto. A los tipos los
seleccionaron los aparatos, los seleccionaron, los pusieron allí y después los
aparatos se encargaron de darles palos, complicarlos, castigarlos, sancionarlos
y meterlos. Esa parte sí yo no sé cómo se hizo; el que sí sabía eso era
[Carlos] Aldana, porque el responsable militar de la UJC en aquella época era
el secretario de la UJC, que eso era el vínculo directo con el Estado Mayor
General…
Eso significa que estaba involucrado Raúl Castro, ¿no?
Sí,
toda su vida trabajó con él.
Entonces Raúl Castro fue uno de los que diseñó las UMAP…
Sí,
pero en medio de eso mandaron a hacer esa verificación y yo fui de los que
ayudó. Redactamos un informe y ese informe se elevó a la dirección del país. A
partir de ahí, Quintín Pino Machado, que era amigo mío, dejó de serlo.
¿Por qué?
Porque
el informe lo golpeó y lo golpearon. Después vino la desarticulación. En medio
de eso estaba la idea de Fidel de que con el trabajo de los jóvenes iban a
salvar la Revolución. Cuando él quiso hacer los diez millones, que es una de
las cosas más nefastas que se le ocurrieron, porque no había condiciones…
Entonces estaba toda aquella mística sovietóloga de las tierras vírgenes y de
los jóvenes; incluso yo fui en una delegación a Siberia, a Novosibirsk, con los
komsomoles; en fin, toda esa historia.
¿Usted cree que las UMAP hayan sido parte de esa
experiencia?
La
UMAP fue el golpe fallido de esa experiencia que después se rectificó con el
Ejército Juvenil del Trabajo. Pero se llegó a la conclusión de que no era
práctico meter un ejército que hacía falta, por eso éramos los jóvenes los que
teníamos que ir a las tierras vírgenes a conquistar Camagüey; entonces nosotros
nos creímos todas esas ideas.
Ese fue el año de la Ofensiva Revolucionaria. La invasión
a Checoslovaquia…
Ya
yo estaba castigado en la granja «Juventud Heroica» de Ciego de Ávila, y allí
me fue a ver Jaime y me dijo que yo iba a salir junto con él, Domenech, con
Aldana, con un grupo de gentes y un señor que fue mucho tiempo dirigente
importante, que se llama Lázaro Vázquez, que fue de la Operación Mambí, secretario
del Partido en Camagüey. Entonces todas esas tierras las manejaban los guardias
y se dio la orden de que los guardias nos iban a ir entregando los campamentos
y nosotros íbamos a movilizar a los jóvenes, se iban a llamar por tres años y
toda esa mística.
¿Ocuparon los mismos campamentos de las UMAP?
Los
mismos campamentos de las FAR y de la UMAP; fueron todos los campamentos,
porque se metieron 50 000 hombres, fueron todos los campamentos y algunos los
hubo que construir. A mí me pusieron a escribir el reglamento, toda la
estructura. Lo escribí y se lo llevamos a Armando Hart. La primera propuesta
que hicimos demandaba pocos recursos, unos cuantos camioncitos… Cuando esa
propuesta llegó a Raúl, Hart se la llevó, Raúl dijo que eso era una barbaridad,
que se iban a morir 50 000 hombres y que había que poner todos los recursos,
que nos iban a dejar todos los recursos, los yipis [jeeps], los
campamentos, las cocinas. Todo aquello de buenas a primeras pasó a ser de
nosotros; había que formar cocineros, de todo, sanitarios… Entonces nos dimos a
esa tarea con una idea productiva. Juan Herrera, que fue ministro del Azúcar,
fue el jefe de operaciones de la Columna, Lázaro Vázquez, jefe de Estado Mayor,
Jaime Crombet, jefe de la Columna, el político de la Columna fui yo, y a Aldana
lo pusieron de asesor militar mío.
Nosotros
hicimos los documentos normativos, cogimos los documentos de la Operación Mambí
y los adaptamos. La idea no era formar a nadie de a cojones; yo choqué con esa
idea; no era formar a nadie, ni era rehabilitar, ni era la UMAP: la idea de la
Columna era sembrar la caña y producir los diez millones. Porque vino Acevedo,
que cuando aquello era el delegado del Buró Político; vino Juan Almeida, que
era duro, y nos dijo: «Ustedes aquí vienen pa’ garantizar la Zafra de los Diez
Millones, ustedes no tienen otra tarea».
Yo
iba abriendo escuelitas con Raúl Ferrer para la batalla por el sexto grado, y
atrás iba Jorge Reyes, que era del aparato de operaciones, cerrándome las
escuelas porque los horarios esos había que aprovecharlos también; se empezó a
cortar caña con luces. Y yo llevé la bronca hasta el Buró Político, con Hart
que terminó diciéndome que yo tenía que salir, que él tenía un proyectico pa’
trabajar con 1 500 delincuentes y predelincuentes que se llamó Pre Columna del
Centenario. Me dijo que esa concepción donde iba a poder aplicarla era allí,
porque en la Columna yo no podía aplicarla.
Todo
puede ser cierto, incluso, que te digan que la estrategia de las UMAP fue
formar el hombre nuevo… Esa estrategia yo me la creí, pero la verdad es que la
tarea de la Columna era cortar caña, esa era la orientación, cortar caña y
luchar por el prestigio de la Revolución para que se lograran los diez
millones. Y la Columna cumplió, la caña que había que cortar para producir los
diez millones en Camagüey nosotros la cortamos. Cuando se cumplió ese objetivo,
los estudiosos, los cabezones de arriba ya habían creado otra idea, que es el
EJT [Ejército Juvenil del Trabajo]; pero en el EJT entonces pusieron a gente
con cabeza, tipos capaces. Muchos de mis delincuentes y predelincuentes pasaron
al EJT, llegaron a ser oficiales y pelearon en Angola.
¿Cuál era el criterio para reclutar para la Pre Columna?
Era
la depuración por expediente de todos los delincuentes y predelincuentes,
porque nosotros hicimos una captación de 100 000; de esos 100 000 se quedaron
60 000 y de los 60 000 se depuró y nos quedamos con 1 000, que eran los que
tenían mayores problemas. Se sacaron de los reformatorios, por expediente;
incluso se hizo una experiencia y se sacaron gentes que habían matado, y de
hurtos, y se mezclaron y dio resultado. Dio resultado en el sentido de que
muchos encontraron su trabajo y llegaron a ser oficiales de las FAR y muchos
combatieron en las guerras después y rehicieron su vida. Otros no. Cuando a mí
me nombran secretario de Trabajo Social, cuando iba a los reformatorios, los
tipos que habían estado en la Columna se escondían pa’ que yo no los viera.
Tuvimos una gran bronca porque los campamentos estaban custodiados y entonces
yo llegué a la escuela de maestros y yo dije que no podía ser. Esa fue una
bronca con Armando Hart tremenda, y yo boté pa’l carajo a los guardias y los
tipos no se fueron. Esa es mi verdad, la verdad de los que la concibieron es
otra, quizás…
¿Qué pasó después?
Vino
el Congreso de la Juventud y me dieron la tarea de ir a organizar la enseñanza
del arte. Empecé a estudiar Historia del Arte en la Universidad, llegué hasta
el quinto año en medio de todos esos procesos. Cuando se murió mi hijo y todo
eso, me fui pa’ la Isla de la Juventud.
¿Qué hizo en la Isla?
Fui
vicepresidente del Poder Popular y atendí la Educación, la Cultura. Después
salí para acá, porque me mandaron a fundar la editorial José Martí, y después
fui para una empresa que era un aparato de inteligencia.
Pero en 1968 también estuvo en El Caimán Barbudo.
Sustituyó a Jesús Díaz.
Eso
pasó por una publicación de Sixto Quintela: «Los diablos blancos». La discusión
fue —ahí sí participé— por ese cuento donde el principal diablo
blanco era Fidel. Eso reventó la copa porque directo bajó una orden que había
que… Porque, además, cuando tú te lees el cuento te das cuenta de que el diablo
blanco no podía ser otro que Fidel. El diablo blanco hablaba en una plaza que
era la Plaza de la Revolución, de un país donde gobernaban los diablos blancos.
¿Quién era el que hablaba en la Plaza de la Revolución?
Entonces
estuve de sustituto en El Caimán…, creo que fueron tres o cuatro
ediciones, no fue mucho más. Lo que sí publiqué fue un artículo sobre El
Caimán Barbudo en la nueva etapa con Armando Hart. En ese artículo yo
explicaba la nueva etapa, los objetivos de El Caimán... Después hice
con mi amigo Matta —que fue amigo mío toda la vida, yo fui amigo de los
surrealistas toda mi vida—, hicimos un Caimán
Barbudo gráfico, que está incluso expuesto en la Casa de las
Américas; fue Matta, Posada, Saura, fue una de las últimas obras que hizo
Matta.
¿Por qué lo sacaron de El Caimán Barbudo?
Yo
estaba de director de Juventud Rebelde, director de El Caimán…;
cuando aquello no existía la editora Abril y Pionero, Juventud
Técnica… todo eso se dirigía desde Juventud Rebelde y
yo era el director. Cuando a mí me revientan en Juventud Rebelde por
el proceso de crítica, entraron Remigio Ruiz y Ángel Guerra; fueron los que
aguantaron el palo, después vino Jorge López, que se suicidó también. Juventud
Rebelde tiene dos directores suicidados.
¿Por qué se suicidaron?
Jorge
López no sé, porque ya yo estaba fuera, yo estaba en Camagüey; Miguelito porque
le diagnosticaron un cáncer de páncreas y no lo soportó.
Cuando
se formó la bronca de El Caimán Barbudo yo estaba al frente
de Juventud Rebelde y fui responsable de atender esa bronca.
Tuve una discusión con Jesús Díaz en la cual le dije: «No nos entendemos; tú
estás diciendo una cosa y yo estoy diciendo otra». Después Jesús Díaz fue un
gran personaje, hizo una novela, Hart lo apadrinó y terminó fuera de Cuba, y yo
estoy aquí. Adolfo Rivero, que estaba en aquella bronca, escribió en
el Miami Herald hasta que se murió y escribió a favor de la elección
de Bush, y era más comunista que yo. Quintela estaba con Rivero allá también, a
favor de los republicanos.
¿Lo molesta mucho la Seguridad del Estado?
Muchachitos
que cuando acaban de salir de la escuela de la Seguridad los entrenan y
entonces vienen a medir el termómetro político, a mí me lo han venido a medir
muchas veces. Una vez Jaime [Crombet] mandó a una muchacha que trabajaba con
[Abelardo Colomé Ibarra] Furry, se sentó ahí, puso una grabadora, se le
acabaron los casetes, le saqué una caja y le dije: «Mira, lo primero que voy a
decirte es que Fidel tiene que renunciar, Fidel tiene que hacer lo que hizo
Mandela, porque nosotros lo hemos seguido a él y él no tiene derecho a hacer lo
que está haciendo, no lo tiene».
Cuando
a Aldana lo quitaron vino a verme un oficial que se llama Blanco Fung. Aldana y
yo surgimos juntos, Aldana fue el que matraqueó para que a mí me sacaran de
Camagüey. Yo soy amigo de él, independientemente de lo que haya hecho o no.
Entonces vino a verme el oficial y me dice: «¿Qué usted piensa?», y le dije: «¿Eso
lo van a oír Fidel y Raúl? Si lo van a oír Fidel y Raúl pon ahí: dice Félix
Sautié, el loco, que Aldana y yo salimos juntos de la UJC, que a mí me mandaron
pa’ Cultura y a él lo mandaron pa’ la ayudantía de Raúl; por tanto, lo que haya
hecho Aldana no es responsabilidad mía, es responsabilidad de Fidel y Raúl». El
tipo recogió la grabadora y se fue.
Los
dos surgimos juntos en la Juventud igual que Jaime y otro grupo de gente.
Cuando cayó en desgracia vienen a mí a preguntarme. Primero, yo estaba en
Cultura y a él lo pusieron en la oficina de Raúl y después en el frente
ideológico, al cual yo jamás llegaba ni me reunía, ni sabía lo que había
pasado, por la sencilla razón de que estaba en otro nivel… Llegó a ser miembro
del Buró Político y yo era un comemierda. Entonces, ¿cómo carajo, a esta altura
de la discusión, le vienen a preguntar al comemierda lo que hizo un miembro del
Buró Político, que fue Fidel el que lo sacó? Chico, pregúntale a Fidel por qué
lo sacó. ¿Por qué tú me vas a preguntar a mí? Porque el problema aquí es que
siempre la culpa la tiene otro: el imperialismo, tú, el otro, el pueblo, la
falta de disciplina…
Abel Sierra Madero (1976)
(**) Abel Sierra Madero (Matanzas, 1976) es un autor y catedrático cubano
enfocado en el campo de la historia de la sexualidad. En 2006 obtuvo el premio
Casa de las Américas por su libro Del otro lado del espejo: la sexualidad en
la construcción de la nación cubana.
Félix Sautié Mederos (Visión general creada por IA) (1938-2026) fue un
destacado sociólogo, periodista, teólogo laico y militante político cubano
vinculado a los procesos de la Revolución Cubana. En su juventud fue un devoto
católico y dirigente de la Juventud Católica. Abandonó sus estudios de
seminarista para sumarse al proceso revolucionario a finales de los años
cincuenta. Fue militante y fundador del Partido Comunista de Cuba (PCC). Ocupó
importantes responsabilidades institucionales y de prensa en las décadas de
1960 y 1970, tales como director del Semanario Mella (1964), del periódico
Juventud Rebelde (1965-1966) y director fundador de la revista cultural El
Caimán Barbudo (1966). Desempeñó funciones como Director Nacional de Escuelas
de Arte y Vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura (1972), así como
director fundador de la Editorial José Martí (1982). Se graduó en Ciencias
Sociales, Economía y en Estudios Bíblicos y Teológicos. Ejerció como
corresponsal permanente en Cuba de la revista española Tiempo de Paz (del
Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad) y mantuvo una activa labor
como articulista y columnista crítico sobre temas sociales y políticos en
diversos medios de prensa de Cuba y el extranjero.
[1]En el argot de los comunistas se define
«comisario» a quienes de
manera oficiosa y/o de oficio se encargan de perseguir, delatar, reprimir, acosar
y acusar a quienes ofrezcan o puedan ofrecer oposición a las normas dictadas
por el «Partido Comunista de Cuba (PCC) (que) es (según la constitución
castrista) la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado. (Nota del
editor)
[2]La política de «parametración»
formó parte de una ola represiva contra los intelectuales en Cuba a inicios de
la década de 1970. Se le conoció con ese nombre debido a la Resolución No. 3
emitida el 10 de julio de 1972 por el Consejo Nacional de Cultura. La
regulación dictaminaba que aquellos que no reunían «los parámetros ideológicos
exigidos» para pertenecer a las instituciones del Consejo Nacional de Cultura
—dirigido entonces Luis Pavón Tamayo—, podían ser expulsados sin
contemplaciones. Pavón estuvo al frente de la institución durante cinco años. A
ese período oscuro se le conoció como «Pavonato» o «Quinquenio Gris».
[3]Las Organizaciones Revolucionarias
Integradas (ORI) fue una suerte de partido político, creado en julio de 1961,
para agrupar y representar al Movimiento 26 de Julio, al Partido Socialista
Popular y al Directorio Revolucionario.
[4]Como «guerrita de los emails» se
conoció al intercambio de correos electrónicos que se produjo en 2007 entre
varios intelectuales, indignados por la presencia de exfuncionarios y censores
culturales en la televisión estatal.
[5]Se refiere a Antonio Pérez Herrero,
uno de los censores más siniestros del campo cultural cubano de las primeras
décadas de la Revolución. Hasta 1985, año en que fue destituido de su cargo, se
desempeñó como jefe del Departamento Ideológico del Partido Comunista de Cuba.
[6]Carlos Aldana fue jefe del
Departamento Ideológico del Partido Comunista de Cuba desde 1986 hasta 1992.
Ese año cayó en desgracia y fue destituido, al ser acusado de reformista. Durante
mucho tiempo estuvo en el epicentro del poder.
[7]Las purgas de la política de
«parametración» incluyó a miembros del grupo Teatro Estudio, una compañía
dirigida por los hermanos Raquel y Vicente Revuelta, del grupo de Teatro Guiñol
dedicado a los niños, y del Teatro Musical. Muchos fueron despedidos y perdieron
sus trabajos. Entre los expulsados estuvieron Gloria Andreu y Denis Leonardo
Ferrera, quienes impugnaron la Resolución No. 3 ante los tribunales, por
considerarla una violación de la justicia laboral y de la Constitución de la
República. Para aplacar los ánimos de los intelectuales y dar fin al asunto, el
Tribunal Supremo de Justicia tomó cartas en el asunto. El 24 de septiembre de
1973, La Gaceta Oficial publicó la sentencia No. 48 emitida por el tribunal que
invalidaba la Resolución No. 3 del Consejo Nacional de Cultura. La sentencia
que dejaba muy mal parado a Pavón. La justicia revolucionaria consideró de modo
excepcional que la disposición era anticonstitucional. No conozco
un caso similar.