Le dijo la salsa al son
Por Antonio Gómez
Sotolongo
Los géneros musicales creados en Cuba durante la Colonia y la República perdieron sus mercados a consecuencia de la descapitalización que provocó la abolición de la propiedad privada en la isla.
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| @Fuente externa |
Las rutas marítimas
y una gran bahía

La posición
geográfica de Cuba, en la ruta de las corrientes marinas que permiten la
navegación de ida y regreso entre Europa y las Antillas, y la existencia en La
Habana de una bahía de grandes proporciones, capaz de proteger a cientos de
naves de los temidos huracanes y de corsarios y piratas, propiciaron que el
puerto de la capital de la isla se convirtiera en el más importante de América
durante los siglos del descubrimiento, conquista y colonización. Esto originó
que, en 1561, la corona dispusiera la concentración en La Habana de las naves
que viajaban hacia Europa, por lo que la capital de la isla recibió mares de
cantos y bailes durante siglos. Esta sería una de las premisas para que allí se
consolidara una clase adinerada que disfrutaba de las diversiones que se
presentaban en las grandes urbes de entonces, y se fundaran con premura en la
capital cubana academias, teatros, casas de música, salones de baile, imprentas
de partituras y todo lo que el mercado del entretenimiento requería.
Los teatros desde
finales del XVIII
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| Teatro Coliseo |
En 1775 la ciudad
tuvo su primer teatro, El Coliseo (1775-1846), al que le siguieron, entre
otros, el Diorama (1828-1846), el Gran Teatro de Tacón (1838), El Circo
Habanero —llamado Villanueva— (1847-1868), el Albisu (1870-1918), el Payret
(1877-2013), el Irijoa —llamado después Teatro Martí— (1884), el Teatro
Alhambra (1890-1935) y el Auditórium (1929-1977). En cada uno de ellos los
commodities más preciados fueron, por supuesto, la música, y entre estos los
más sonados fueron los géneros de la música popular profesional cubana. El
último teatro que se construyó en La Habana fue el Blanquita, en 1950, que por
sus dimensiones y modernidad fue comparado con el Radio City Music Hall de
Nueva York.
En los escenarios
habaneros hubo ópera, vaudeville, zarzuela, comedia, drama, y cantantes,
actores y actrices de primer cartel; se escucharon algunos de los concertistas
más aplaudidos en las salas de Europa y los Estados Unidos y los más populares
artistas del espectáculo, conformándose en este proceso una tradición y un
bagaje cultural propicios para quienes iniciaron el cine (1897), la radio
(1922) y la televisión (1950).
Las academias desde
la primera mitad del siglo XIX
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| Conservatorio Nacional (ca. 1904) @Fuente externa |
En 1832 Federico
Edelmann (1794-1848), un prestigioso pianista francés, llegó a La Habana. Allí
ejerció como concertista y profesor de piano, y en 1836 fundó la imprenta
Edelmann y Cía. Edelman tuvo entre sus alumnos a Fernando Aristi (1828-1888),
Manuel Saumell (1817-1870) y Pablo Desvernine (1823-1910), quienes serían a su
vez intérpretes de primer cartel y profesores de música. En 1843 llegó a Cuba
el pianista José Miró (1815-1878), que impartió clases, entre otros, a Nicolás
Ruiz Espadero (1832-1890), quien sería un virtuoso pianista y maestro de
Ignacio Cervantes (1847-1905), Cecilia Aristi (1856-1930) y Angelina Sicouret
(1880-1945).
En 1885 el profesor
y compositor holandés Hubert de Blanck (1856-1932) fundó el Conservatorio
Nacional. Le siguieron el Conservatorio Falcón, del pianista Alberto Falcón
(1873-1961); el Conservatorio de Música y Declamación, de Carlos Alfredo
Peyrellade (1840-1908); el Conservatorio Orbón, del asturiano Benjamín Orbón
(1879-1944), que tuvo más de cien filiales por toda la isla y gozó de tal rigor
académico que sus títulos tenían valor oficial; y la Escuela de Música
O`Farril, fundada en 1903 por Guillermo Tomás (1868-1933), que se convertiría
en el Conservatorio Municipal de La Habana.
Haciendo la América
crearon academias, educaron a músicos que alcanzaron altos estándares técnicos
en la ejecución de sus instrumentos, y contribuyeron a divulgar y actualizar
los repertorios tanto técnico-docentes como artísticos entre estudiantes de música,
músicos profesionales y público. Llegaban por muy diversas razones, pero
después de la conquista y colonización y después, durante la República, la
principal razón por la que un músico hacía la América en Cuba era porque en La
Habana, Matanzas y Santiago de Cuba, y eventualmente en cualquier otra ciudad
de la isla, podía tocar, cantar y enseñar como se enseñaba la música en los más
prestigiosos centros de enseñanza de los Estados Unidos y Europa.
Los estudios
académicos tuvieron, pues, el aporte de los músicos que llegaron a la isla a
«hacer la América», y, a través de ellos los cubanos conocieron las técnicas de
interpretación y composición, se convirtieron en estudiantes de mérito y muchos
de ellos asistieron a prestigiosos conservatorios de Europa y los Estados
Unidos. Este proceso de enseñanza y aprendizaje duró al menos dos siglos, por
lo que en la primera mitad del siglo XX La Habana contaba con artistas que
asombraban a los más exigentes públicos y críticos.
El cine desde las
primeras décadas del siglo XX
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| Cine Fausto, La Habana. @Fuente externa |
El 23 de enero de
1897 los habaneros asistieron por primera vez a un espectáculo de imágenes en
movimiento, presentado por el francés Gabriel Antoine Veyre (1871-1936), quien,
según Arturo Agramonte, poco después filmó una película de un minuto que se exhibió
el 7 de febrero de 1897, pasando a la historia de la cinematografía cubana como
la primera película filmada en Cuba. En 1932 se estrenó el primer corto musical
cubano, titulado Maracas y bongó, que según los créditos de la cinta fue «la
primera película de este género que se producía en Cuba por artistas, técnicos
y personal cubanos». Estuvo dirigido por Max Tosquella y contó con las
actuaciones, entre otros, de la soprano Yolanda González y el Septeto Cuba. En
él se interpretaron las piezas «Vanidad», una criolla de Armando Valdés;
«Lágrimas negras», una canción de Miguel Matamoros; «La cumbancha», una rumba
de Fernando Collazo; y «Maracas y bongó», un son de Neno Grenet. En 1937 se
estrenó La serpiente roja, primera película sonora filmada en Cuba; y en 1938,
la película Romance del Palmar, que por mucho tiempo fue la película cubana con
más éxito de taquilla. El cine supuso un eficiente medio de difusión para la
música cubana durante la República, y tal fue su rentabilidad que en 1955 La
Habana tenía 138 cines.
Hoteles, cafeterías,
aires libres y cabarés
Desde el siglo XIX
hubo bailes en teatros, hoteles, glorietas, cafeterías, casas particulares e
instituciones privadas, conceptos que en el siglo XX se ampliaron hasta crearse
interpretaciones tropicales de los cabarés de París y los teatros de Broadway.
El cabaré habanero aceptó todos los géneros y aparecieron sitios como Sans
Souci, Montmartre, Tropicana, el Salón Rojo, el Parisien, y muchísimos otros
que presentaban espectáculos con música en vivo todas las noches; fueron fuente
de entretenimiento, riqueza y empleos, y establecieron un mercado en el que se
realizaron con vértigo los productos de la música cubana.
Las grabaciones
desde las primeras décadas del siglo XX

En 1918 la Casa
Humara tenía la exclusividad en la importación y distribución de los productos
de la Victor y vendía anualmente «más de 10,000 máquinas parlantes». Entre los
años 1917 y 1918 colocó en el mercado «un número de discos no menor de 200,000»
y llegó a operar hasta 1959 «con más de cinco millones de pesos al año», en
«una red comercial con más de trescientas agencias diseminadas por toda Cuba».
En 1926 la Victor
Talking Machine Company comercializaba en Cuba la vitrola, un aparato tan
eficaz que en 1953 llegaron a instalarse unas 6,000 en toda la isla y en 1957
la cifra se elevó a 15,000. Estas casas establecieron múltiples cadenas de
suministro de productos de la música cubana, contribuyendo a que estos
mantuvieran su hegemonía en los mercados y multiplicaran los capitales, tanto
así que en 1940 se anunciaban, además de las ya mencionadas, la Compañía Cubana
de Fonógrafos, La Casa de la Música y la Casa Barrié.
En 1944 Ramón Sabat
(1902-1986) fundó el sello Panart, de donde salió en 1945 el primer disco hecho
en Cuba, y un año después al menos una docena de agrupaciones registraron allí
casi un centenar de matrices que quedaron impresas en millones de discos. Por
solo citar algunas cifras, en 1949 vendió en tres meses 8,000 copias de la
guaracha «Bigote de Gato», y en 1953, más de 20,000 de «La Engañadora». En 1959
había en La Habana dos fábricas impresoras de discos: la Impresora Cubana de
Discos S. A (ICD) y la Cuban Plastic and Record Corporation, que imprimían las
matrices de una docena de sellos discográficos.
La radio se une al
mercado de la música

El 10 de octubre de
1922, con las primeras transmisiones producidas en la isla, la radio se unió a
la industria que difundía la música cubana desde La Habana, y ya en 1933 Cuba
era el cuarto país con mayor cantidad de radioemisoras, con un total de 62. Muy
pronto las industrias se abrieron espacios en el dial y colocaron programas con
sus nombres de marca. Las casas de discos y los sellos disqueros también se
acercaron a la radio y la prensa comenzó a dedicarles cada vez espacios más
extensos. Ya en la década del 40 La Habana era la ciudad con mayor densidad
radial del mundo, con más de treinta emisoras, por lo que la competencia era
recia y salían beneficiados los productos de la música cubana, porque estos
eran el principal atractivo para que el público mantuviera la sintonía y porque
los patrocinadores los utilizaban como «gancho» para anunciar sus bienes y
servicios.
En 1956 Cuba tenía
5,800,000 habitantes que residían en 1,200,000 hogares, de los que más de un
millón contaban con uno o más receptores de radio; esta puede ser una
referencia de cuán importante era entonces la radio para los músicos, cuya
música sonaba en millones de hogares al mismo tiempo. Todas las emisoras
tuvieron música en todos sus programas, contribuyendo así en la conformación de
los hábitos de escucha de extensos segmentos de la población, tanto en Cuba
como en otras islas del Caribe y el sur de los Estados Unidos, donde se
captaban las emisoras que transmitían desde La Habana.
La televisión le
pone las imágenes a la música
El primer canal de
la televisión cubana, Unión Radio Televisión, se inauguró oficialmente el 24 de
octubre de 1950; y el segundo, CMQ-TV, el 11 de marzo de 1951. En 1957 ya había
cuatro canales: CMQ-Televisión Canal 6, CMBF-TV Canal 7, Televisión Nacional
Canal 4 y Canal 2 TV, que alternaban música, deportes, noticias, humor y cine.
Tomando al azar la
programación del martes 1 de enero de 1957, es posible conocer que ese día,
entre otras orquestas, cantantes y bailarines, se presentaron ante las cámaras
de CMQ-Televisión Olga Chorens y Tony Álvarez con el Conjunto Casino, Martha
Singer y la Orquesta Somavilla, la Orquesta Riverside y Tito Hernández,
atracciones líricas y los pianistas Adolfo Guzmán y Rafael Somavilla, y Benny
Moré y su orquesta.
El 19 de marzo de
1958, Tele-Color, S. A. Canal 12 transmitió la primera señal de televisión a
color en Cuba desde el Hotel Habana Hilton, que se inauguraba también ese día.
Según se anunció, actuarían Miguel Herrero y su grupo de arte español, María de
Aragón, Olga Guillot, María Marcos, Fernando Albuerne, Arturo Gatica, Hilda
Sour y Jorge Astudillo, Christina Denise y sus guitarristas, y una selección de
artistas norteamericanos.
Mercado y prensa
libre
Resumiendo, durante
más de dos siglos La Habana tuvo teatros, universidades, cine-teatros,
conservatorios de música, fábricas de discos, sellos discográficos, estudios de
grabaciones, cabarés, cines, emisoras de radio, canales de televisión,
periódicos como el Diario de la Marina y revistas como Carteles, Bohemia,
Vanidades, Social y Orígenes, que acompañaron al público tanto para
entretenerlo con banalidades como para servirle de báculo en el arduo proceso
de aprehensión de las leyes estéticas que propician el pleno disfrute de las
grandes obras del arte musical y escénico. La prensa cubana también llegaba con
regularidad a los inmigrantes latinos en Nueva York y llevaba las nuevas de la
farándula habanera y las listas de los éxitos musicales; por su parte, las
disqueras se encargaban de poner en manos de aquel público los discos de moda
en la isla.
Durante la República
la industria de la música en Cuba corría por las paralelas de hierro del libre
mercado y la ley de la oferta y la demanda, y eran los consumidores cubanos
quienes trazaban las pautas de ese mercado. En ese competitivo mercado de la música
popular profesional que se fue conformando, se crearon géneros musicales que se
establecerían en el gusto del público con tanta firmeza como lo habían hecho
las danzas cubanas durante el siglo XIX, y estos nuevos géneros surgidos en la
isla durante el siglo XX fueron también objeto de apropiación por parte de muy
diversos compositores.
El principio del fin
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| Entrada de Castro y sus guerrilleros en La Habana. @Fuente externa |
Pero todo esto
comenzaría a cambiar completamente a partir del 1 de enero de 1959 con la huida
del dictador Fulgencio Batista. Para esa fecha, cientos de contratos estaban
por firmarse y cientos más por ejecutarse; y decenas de músicos, meseros,
luminotécnicos, magos, funambulistas, concertistas de primer cartel,
periodistas, presentadores, fotógrafos, empleados de las fábricas de discos,
técnicos de los estudios de grabaciones, dueños de sellos disqueros, artistas
del cine, la radio y la televisión, músicos de las orquestas de baile, dueños
de centros nocturnos y todos los que se empleaban en el complejo y veloz
mercado de la música en Cuba, que había transitado por las férreas paralelas
del libre mercado, comenzaron a zozobrar.
Se inició entonces
un proceso de abolición de la propiedad privada y de imposición de un sistema
de producción socialista. Como consecuencia de las políticas económicas
impuestas, fueron expoliados todos los inversionistas que habían garantizado
hasta entonces los insumos para la industria local, las producciones, las
realizaciones de los productos en el mercado, la capitalización y las nuevas
inversiones. Los productos de la música cubana, al igual que el café, el tabaco
y el ron, que se habían posicionado en todos los mercados, dejaron de
producirse en Cuba en las cantidades suficientes para suplir la demanda, y los
productos de la música cubana fueron abandonando el nicho que habían ocupado
desde el siglo XIX, descapitalizándose la industria. Además de abolir la
propiedad privada y descarrilar el sistema económico capitalista para implantar
un sistema de economía planificada, la disidencia política fue motivo de
persecuciones a los artistas y de censura a sus obras, que dejaron de
presentarse en público por todos los medios hasta hoy. El sistema no
capitalista hizo colapsar la industria, y la persecución política hizo colapsar
el talento artístico.
La apropiación
estaba echada
Sin embargo, dos
siglos de posicionamiento de los productos de la música cubana en los mercados
habían provocado que músicos de los cuatro puntos cardinales se apropiaran de
los géneros creados en Cuba. Johnny Pacheco, uno de los músicos que en Nueva
York había sido absorbido por las influencias de los géneros de la música
cubana y quien había hecho apropiación de estos, en 1960 firmó con el sello
Alegre y un año después consiguió vender más de cien mil copias de su disco
Pacheco y su Charanga, en el que vuelve a hacer uso de los géneros de la música
popular cubana, como se puede apreciar en todas las piezas del disco, entre
ellas, «Soy de Batabanó» y «El agua de Clavelito», esta última un chachachá
que, según registra Cristóbal Díaz Ayala, compuso M. A. Pozo y que la Orquesta
Aragón había grabado por primera vez para la Victor en 1953.
En 1964 Johnny
Pacheco y Jerry Masucci crearon la disquera Fania Records y grabaron su primer
disco titulado Mi nuevo tumbao… Cañonazo, en el que cambia la orquesta charanga
por el conjunto, un tipo de agrupación también creada en Cuba y que integran
trompetas, piano, contrabajo y percusión, derivada de los septetos y sextetos
de son, lo que es posible escuchar en la pieza que le da título a ese disco.
Para ese mismo año, Charlie y Eddie Palmieri también habían dejado el formato
de charanga y habían integrado una orquesta con trompetas y trombones más en el
estilo de los conjuntos cubanos o las bandas de jazz, como es posible escuchar
en la pieza «Palo pa rumba», en la que se interpreta una rumba cubana.
En 1968 Johnny grabó
con la Fania un disco en vivo en el Red Garter que incluyó la pieza «Cómo me
gusta el son», en el más claro estilo del son montuno cubano como se puede
escuchar; además, en el texto del son también se utilizan topónimos y se
mencionan tipos cubanos. Otro importante paso de la Fania, en su camino para
monopolizar el mercado que hasta hacía poco tiempo había que compartir con las
disqueras que distribuían los discos cubanos, fue la producción del documental
Nuestra cosa latina, en el que aparece la pieza «Quítate tú pa ponerme yo»,
tema que apareció en los momentos en que se iba imponiendo la palabra salsa
para referirse a lo que poco antes se había conocido como rumba, son,
chachachá, mambo, etc. Es como si la salsa le estuviera diciendo al son:
«Quítate tú pa ponerme yo».
Izzy Sanabria y la
resignificación de la música cubana con la palabra salsa
Durante la década
del 70 del siglo XX, mientras la industria musical cubana expiraba y la palabra
salsa se abría paso en el mercado, un nuyorican nacido en Mayagüez y criado en
Nueva York, quien muchos años atrás había diseñado la carátula de un disco de
Chapotín para el sello Panart de La Habana, llamado Izzy Sanabria, era el
presentador de la Fania y diseñador gráfico de las carátulas de sus discos.
Tuvo un show de televisión, fundó la revista Latin New York y el premio de
música latina de la propia revista. Y a través de todos estos medios, con gran
eficacia, fue resignificando los géneros de la música cubana entre el público
latino de Nueva York.
Izzy Sanabria fue
explicándoles que aquella música que escuchaban procedía de África, del barrio
latino, de Europa, de los indios y que se llamaba salsa; pero, según m i
criterio, la palabra salsa termina por posicionarse definitivamente en el
mercado como nombre de marca de los géneros de la música cubana a consecuencia
del eficiente trabajo de marketing que tuvo la película documental titulada
Salsa. Este filme comenzó a grabarse el 24 de agosto de 1973 en un concierto en
el Yankee Stadium en el que participarían las estrellas de Fania, la Típica 73
y Mongo Santamaría; pero ese concierto no se pudo terminar a consecuencia de
los desórdenes provocados por el público, y fue necesario terminarlo el 18 de
noviembre del mismo año en la inauguración del estadio Roberto Clemente de San
Juan, Puerto Rico. Se grabaron dos álbumes que salieron rápidamente al mercado,
y el documental se estrenó en 1976. En los dos fonogramas y en el documental
titulado Salsa, el repertorio que interpreta la Fania está integrado por piezas
que pertenecen a los géneros de la música popular cubana, entre ellos, rumba,
son y guaracha.
Como ya he
mencionado, los productos de la música popular profesional se habían
descapitalizado en Cuba a consecuencia del expolio de todas y cada una de las
partes que componían la industria, y paralelamente la Fania comenzó a
capitalizarlos y resignificarlos; finalmente, el público latino de Nueva York
les dio un nuevo significado a la rumba, el son, la guaracha, la pachanga, el
bolero, y los compró con el nombre de marca salsa.
Conclusiones
Después de 1959 la industria de la música cubana dejó de regirse por las leyes
de la oferta y la demanda y perdió todos los incentivos para producir riqueza,
como lo había hecho durante más de dos siglos. Los géneros musicales creados en
Cuba durante la Colonia y la República perdieron sus mercados a consecuencia de
la descapitalización que provocó la abolición de la propiedad privada en la
isla. Cuba dejó de ser el centro de la industria de la música en el Caribe, y
La Habana dejó de ser su escaparate. Los inmigrantes caribeños en Nueva York se
apropiaron de esos géneros, los capitalizaron y resignificaron, colocándolos
así en el nicho de mercado que había ocupado la música cubana.
La salsa, a través de un largo proceso, se convirtió en la música representativa del Caribe hispano, por la apropiación, resignificación y capitalización que los productores y consumidores latinos residentes en Nueva York hicieron de los géneros de la música popular profesional creados en Cuba durante la primera mitad del siglo XX.
Para una información más detallada recomiendo la lectura de: Historia de la Música Popular Cubana. Del las danzas habaneras a la salsa (1829-1976)










