Tuesday, October 13, 2026

LA SEGUNDA MUERTE DE JOSÉ MARTÍ

 Por Carlos Alberto Montaner


Primera imagen divulgada por el diario El Fígaro el 3 de febrero de 1918 del óleo de Esteban Valderrama Peña (1892-1964)

En la década de los cincuenta, cuando yo era muy joven y me asomaba a la adolescencia, la invocación del nombre de Martí solía estremecerme. Por aquellos años todavía estaba viva la tradición romántica decimonónica. Los jóvenes -y los viejos- se enamoraban con poemas, y también morían y mataban por las causas políticas recitando versos. Recuerdo vivamente una poesía dedicada a Martí de Francisco Riverón, popular y talentoso decimero, que terminaba con una estentórea e ingenua exhortación a la resurrección:

Cuba quiere sentir que te despiertas.

Hay que romper un sol sobre la noche.

Hace falta tu voz, José. ¡Despierta!

Entonces la poesía patriótica era muy estimada, como lo fue durante nuestras guerras de independencia. El propio Martí publicó su conocida elegía a los estudiantes de Medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871 como epílogo a un relato de aquellos hechos escrito por Fermín Valdés-Domínguez, él mismo acusado y condenado durante el juicio contra esos jóvenes cubanos. Muchos años más tarde, Tania Díaz Castro, en un notable artículo distribuido por el Grupo de Trabajo Decoro, contará cómo, tras el golpe militar de 1952, los estudiantes convocaron a la resistencia con otro poema de Riverón leído por los altavoces universitarios. Se titulaba «General de tres galones», y calificaba a Batista con los peores epítetos. Riverón simpatizaba con el Partido Ortodoxo, y en aquella época la recitación de poemas era una manera de calentar el espíritu para entrar en combate. (Riverón, como tantos escritores, moriría perseguido y acosado por la dictadura comunista en 1975).

Incluso Fidel Castro, hombre de lacrimal estéril, cuando comienza a organizar su movimiento insurreccional ordena la confección de un himno y de una bandera. Su débil pulsión lírica no le impedía entender que esos resortes psicológicos eran fundamentales para mantener la cohesión del grupo y poder arrastrar a la lucha y el heroísmo a un puñado de muchachos. Para él, la poesía no era una expresión del espíritu, sino un instrumento de manipulación política. Poco después del triunfo revolucionario, el Himno del 26 de Julio fue perdiendo importancia frente a las notas de La Internacional, hasta convertirse en una anécdota musical desdeñable. Ya no le resultaba útil. Por supuesto, tras la desaparición de la URSS y del campo socialista lo que comenzó a dejar de oírse fue la propia Internacional. Entonces se retomó con vigor el Himno Nacional,como parte de un hipócrita esfuerzo por renacionalizar el proceso revolucionario y dotarlo de una identidad más acorde con el postsovietismo.

En todo caso, esta tradición de recurrir a los poemas y cantos patrióticos también se ha utilizado frente a la tiranía comunista, al menos en los primeros tiempos. En los años sesenta y setenta todavía los cubanos conservaban el ademán romántico, y una forma emotiva de relacionarse con la idea de la patria. Manuel Artime, ex oficial de la Sierra Maestra, joven médico católico que luego organizó eficazmente uno de los mayores grupos de oposición a Castro –el Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR)– y dirigió –en el plano político– la invasión de Playa Girón, poco antes de zarpar escribió un poema en el que sintetizaba la traición de Castro a la revolución:

Rojo, blanco y azul era ese paño por el que fue a morir un pueblo entero. ¿Qué maldito poder oscuro, extraño, envolvió sus colores con engaño para volverlo ruso y extranjero?

Evidentemente, Artime vibraba y hacía vibrar a sus partidarios enarbolando uno de los símbolos clave de la sociedad cubana.

Adonde quiero llegar es a lo siguiente: los vínculos políticos que en nuestros días unen a los cubanos, o las creencias y comportamientos que los apartan, probablemente poseen una menor carga emotiva, y percibo, ciertamente, que unos y otras se expresan de una manera mucho menos afectiva. Todo es más frío, cerebral y razonado que antes. Y si no yerro en mi apreciación, es posible que, en los tiempos que corren, caracterizados por la actitud postmoderna, el corazón de las generaciones más jóvenes lata a un ritmo diferente ante la idea de la patria. No creo que se trate de un fenómeno estrictamente cubano, sino de una tendencia que se observa en todo Occidente. Tal vez la idea romántica de la nación esté muriendo en todas partes. Pero acaso eso suceda de una forma mucho más intensa en Cuba, como consecuencia del uso y abuso que la revolución ha hecho de estos oscuros resortes psicológicos.

Volvamos ahora a Martí, porque estas reflexiones tienen que ver con la forma en que los cubanos se fueron relacionando con él, así como con la propia nación.

Por qué «Apóstol»

Los cubanos, como nadie ignora, llamamos a Martí «el Apóstol». ¿Por qué? La acepción más frecuente de apóstol es la de profeta o emisario de Dios. Los doce apóstoles recibieron esa denominación porque tenían la tarea de difundir la palabra divina. Para ejercer ese magisterio, Dios los dotaba de carisma, un vocablo de origen griego que hacía alusión, precisamente, a una facultad divina otorgada para fascinar a las personas e influir en ellas. Pablo de Tarso, que no era uno de los apóstoles originales, dado que vivió varias décadas más tarde, fue llamado «el apóstol de los gentiles». Llevaba a los no judíos la buena nueva de la llegada del Mesías y del surgimiento de una religión salvífica: el cristianismo. Su carisma, según la tradición, generaba conversiones. Se ha dicho, incluso, que sin él el cristianismo no hubiera trascendido.

¿Qué buena nueva traía Martí? ¿Acaso el establecimiento de la República? ¿De qué religión era apóstol este talentoso escritor de la segunda mitad del siglo XIX? Hay otra pregunta importante que formular: ¿cuándo comenzó a ser percibido como un apóstol? ¿Tal vez desde sus años en New York, cuando ya había madurado intelectualmente? Puede ser, aunque todavía de una manera confusa. Parece que nuestro hombre poseía ese extraño don del carisma. Impresionaba a muchas de las personas con las que se comunicaba, y muy especialmente si lo hacía desde una tribuna. Los que le oyeron solían recordarle con emoción.

Mi amigo Humberto Medrano me contó alguna vez la anécdota del encuentro entre su padre y Martí. A fines del XIX, el joven Ignacio Medrano acababa de licenciarse como ingeniero de Minas en una universidad alemana y regresaba a su Colombia natal. El barco hizo escala en New York, donde Ignacio pasaría unos días hasta reembarcarse, supongo que rumbo a Barranquilla; pero entonces sucedió lo inesperado: un amigo cubano, con el que había coincidido en la misma casa de huéspedes, le invitó a acudir a una velada patriótica en la que hablaría Martí, quien estaba convocando a la insurrección contra España. Ignacio fue a la velada, escuchó a Martí... y fue tal el impacto que le produjo, fue de tal intensidad la impresión que le dejó, que poco después embarcó rumbo a Cuba a pelear por la libertad de la Isla. Se había adiestrado para demoler montañas, así que no le fue difícil hacer lo mismo con las instalaciones del enemigo. Felizmente, vio la victoria, alcanzó el grado de coronel, seguramente como consecuencia de su habilidad como dinamitero, y, tras conocer a quien fuera la madre de Humberto, se radicó para siempre en Cuba.

Por supuesto, yo no tuve la experiencia del coronel Medrano, pero en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando vivía en Puerto Rico, un buen exiliado llamado Enrique Núñez, continuando una tradición cubana, tuvo la idea feliz de instaurar en el destierro para los 28 de enero una cena martiana. A ellas solía invitar a un notable actor y periodista, llamado Pedro Zervigón, que se sabía de memoria los discursos de Martí, y los decía o recitaba con gran vigor y una excepcional naturalidad, virtudes con las que buscaba revivir al Apóstol que oyeron los emigrados de su tiempo.

Durante aquellas cenas martianas, en un experimento de forzada empatía yo solía cerrar los ojos cuando Zervigón hablaba, y me imaginaba que estaba en Tampa, en New York o en Cayo Hueso, dependiendo del texto, con el objeto de tratar de reproducir mental y emocionalmente el efecto que esas palabras pudieron ejercer en sus contemporáneos. Obviamente, sabía que ni Zervigón era Martí, ni San Juan era Cayo Hueso, ni yo estaba en 1892 o 1893; pero para mí, que entonces (y ahora) me interesaba mucho por los temas relacionados con la psicología, lo importante era analizar cómo fluían las palabras, y cómo entraban en mi conciencia. Al fin y al cabo, la experiencia teatral es exactamente ésa: saltar sobre los convencionalismos y vivir la farsa como si fuera verdad.

El resultado de ese pseudoteatro era bastante satisfactorio. En alguna medida, funcionaba la magia y me era dable acercarme al Martí de su época, por lo menos en el ámbito de la palabra. Por supuesto, faltaba el contacto personal, y no se daba el misterio de la extraña fascinación que produce el héroe carismático. En todo caso, mi curiosidad se encaminaba a tratar de contestar tres preguntas que desde entonces me visitan, y que hoy dan origen a estos papeles: ¿por qué Martí se convirtió en la figura clave de la sociedad cubana? ¿Cómo se produjo ese proceso de creciente mitificación de su figura? ¿Qué pasará con su imagen cuando desaparezca el castrismo?

Los enigmas

Muerte de José Martí en Dos Ríos, por Carlos Enríquez. 1939 

Situémonos en la época: Martí muere en 1895, a los 42 años. Es un hombre todavía joven que ha vivido toda su vida adulta fuera de Cuba, salvo por una breve estancia en La Habana, en 1878, tras la Paz del Zanjón. Los cubanos de la Isla le conocían poco y le habían leído menos, dado que su obra como escritor se desarrolló en el exilio, en publicaciones de escasa circulación o en periódicos remotos editados en Buenos Aires, México o Caracas. Martí, además, no fue un mambí durante la Guerra de los Diez Años, lo que implica que no participó en hazañas heroicas susceptibles de ser utilizadas en la creación de una leyenda. Los exiliados que le conocieron y admiraron, o los luchadores que le trataron muy amistosamente, como Fermín Valdés Domínguez, pese a sus méritos, no tuvieron demasiada influencia tras el establecimiento de la República. Estrada Palma, a quien él elige como sucesor o Delegado en el Exilio ante el Partido Revolucionario Cubano, no era un amigo íntimo, sino alguien que también inspiraba confianza a Máximo Gómez y a Antonio Maceo, por su condición de prestigioso ex combatiente de la Guerra de los Diez Años y ex presidente de la República en Armas. Aparentemente, lo que Martí intentaba con esa designación era estrechar los lazos entre el exilio y los insurrectos con una persona fiable como con Don Tomás.

Otro dato menor, pero significativo: en 1899, un año después de concluida la guerra, los interventores norteamericanos, que siempre fueron atentos con la familia de Martí, más por solidaridad que por méritos, conceden un puesto de trabajo a la anciana madre del Apóstol, doña Leonor Pérez, que padecía serias dificultades económicas. Pero tampoco le otorgan un empleo excepcional: la nombran oficial de tercera en el Ministerio de Agricultura. No estaba mal para la época, mas es obvio que todavía en ese momento no se percibe a Martí como la figura fundamental de la nación cubana.

En esos tumultuosos primeros tiempos post coloniales, los que conocieron a Martí le recuerdan como un escritor brillante que tuvo el excepcional talento de organizar el PRC y, desde esa plataforma, lanzar la insurrección del 95; pero su muerte casi inmediata impidió que su peso gravitara sobre la estructura del Ejército Libertador o del Gobierno de la República en Armas. Obsérvese quiénes son las personas que ocupan la presidencia a partir de 1902 y hasta 1933, cuando la generación de los mambises se despide: Estrada Palma, José Miguel Gómez, Mario García Menocal, Alfredo Zayas, Gerardo Machado. Ninguno formaba parte del entorno martiano. La mayor parte ni siquiera se cruzó jamás con él.

Estatua de José Martí, erigida en el Parque Central, La Habana, Cuba.

Sin embargo, en 1905 Máximo Gómez -que desembarcó junto a Martí en Playitas en 1895, pero a quien molestaba que quienes los recibieron llamaran a su compañero «presidente» -inaugura la primera estatua de la República a un héroe de la guerra. Al Apóstol. La iniciativa la había lanzado el diario El Fígaro en 1899, y a partir de ese momento comenzó una recaudación creciente que permitió que el escultor José Vilalta se trasladara a Roma para, allí, en mármol de Carrara, esculpir una estatua de 10 metros de altura y 36 toneladas de peso. La escultura, situada en el lugar más emblemático de La Habana de entonces, sustituyó a la de la reina española Isabel II, y en su proximidad se sembraron 28 palmas en recuerdo del natalicio de Martí (28 de enero) y ocho pequeños jardines, en memoria de los estudiantes de Medicina fusilados en noviembre de 1871, hecho luctuoso que los cubanos continúan recordando anualmente.

Quiero subrayar la coincidencia, porque voy a volver sobre ella más adelante. En las insurrecciones cubanas contra España se producen miles de muertos; muchos de ellos son figuras heroicas: Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Bernabé Varona, los Maceo, entre otros centenares; pero el primer homenaje ritual que hace la República es a José Martí y a los estudiantes de Medicina. Los estudiantes ni siquiera son héroes en el sentido tradicional, pues no realizaron hazaña alguna reputada como prodigiosa: son sólo víctimas inocentes. Martí no es una víctima pero es, a su manera, inocente: muere sin disparar un tiro durante un combate de una guerra que él ha conseguido desatar, mas no es culpable de nada. Su muerte temprana le pone a salvo de las asperezas de la política. No vivió la frustración de la Asamblea del Cerro, ni la incómoda y poco elegante disputa sobre el monto de las indemnizaciones que reclamaban los veteranos a Washington y a la recién estrenada patria, ni los amargos debates sobre la Enmienda Platt. No tuvo que enfrentarse a los conflictos entre Masó y Gómez. No conoció las primeras disputas regionales entre los caudillos políticos locales. No chocó con los militares norteamericanos que gobernaron Cuba durante cuatro años, combinando la buena administración pública con las malas relaciones políticas. Es verdad que Martí y Maceo discutieron acremente durante el breve encuentro que tuvieron en La Mejorana, pero ambos murieron poco después en acciones militares, y las discrepancias quedaron como oscuras anécdotas carentes de importancia. Su muerte, pues, colocó a Martí más allá de las contingencias y pequeñeces de la política.

La República y la religión civil

Cuando en 1901 los cubanos se dan su primera constitución, declaran que la forma de gobierno será la republicana. Muy probablemente eso es lo que Martí habría prescrito si hubiera estado vivo; entre otras razones, porque no había otra opción disponible, si exceptuamos la monarquía. Cuando los cubanos recurren a la frase «La Cuba que soñó Martí», sin duda aluden a una república, dado que no hay indicios de que el Apóstol pretendiera algo diferente. Ello quería decir que los cubanos optaban por un modelo de Estado laico, en el que todos los ciudadanos serían iguales ante la ley, con los mismos derechos y deberes; en el que la autoridad de los gobernantes estaría limitada y el poder, dividido en tres ramas independientes -legislativo, judicial y ejecutivo-, como salvaguarda de los derechos individuales -incluido, naturalmente, el muy importante derecho de propiedad.

La característica esencial de la república moderna, de todas las repúblicas modernas, es esa: se trata de un modelo frío y cerebral que parte de los esquemas intelectuales propuestos por los ideólogos de la Ilustración. En Cuba, como en Estados Unidos a partir de 1776, o en Europa desde la revolución francesa de 1789, se prescribió teóricamente, aunque no se hiciera en la práctica, lo que recetaron Locke, Montesquieu y Rousseau: pura ingeniería política concebida para proteger los derechos individuales, canalizar las pasiones de los seres humanos y solucionar los conflictos pacíficamente; para organizar la cadena de mando y la jerarquía administrativa con arreglo a la racionalidad aritmética que brinda el método democrático de toma de decisiones colectivas mediante consultas electorales periódicas.

Pero no sólo eso: el modelo republicano, que era, fundamentalmente, una determinada arquitectura institucional, también llevaba implícita una propuesta ética: a partir de su implantación, se suponía que los ciudadanos desarrollarían o potenciarían una suerte de vinculación cívica. Lo que les uniría no serían los secretos e inefables lazos tribales, ni el culto por los mártires, ni símbolos rituales como el himno o la bandera. Teóricamente, lo que daría cohesión a los cubanos, como a todos los republicanos, sería la sujeción a la ley y la lealtad a las instituciones: lo que hoy se suele llamar patriotismo constitucional o patriotismo cívico. En última instancia, las repúblicas habían sido diseñadas para erradicar el componente religioso que se desprendía de la idea de que la legitimidad del monarca provenía de la voluntad divina entregando la soberanía al pueblo, para que éste decidiera su destino racional y democráticamente.

Pero pronto se vio que, en la Isla, ese lazo racional y democrático no existía o era muy débil, y quien primero pareció advertirlo fue Estrada Palma, aunque Enrique José Varona también lo señalara con gran preocupación. Don Tomás, en una conocida correspondencia teñida por el pesimismo, se queja de tener que dirigir una república en la que no abundan los ciudadanos. Y así sucedía: había cubanos profundamente comprometidos con la patria, pero no a la manera republicana, sino a la manera nacionalista. Para ellos Cuba era un sentimiento, no un razonamiento. Era un temblor cuando escuchaban el himno. Era la historia mil veces contada del rescate de Sanguily efectuado por Agramonte, o de la toma de Victoria de las Tunas dirigida por Calixto García, con la artillería mambisa construida y desplegada por el coronel Juan Miguel Portuondo. Eran las legendarias cargas al machete de los Maceo, la estrategia de las contramarchas de Máximo Gómez o el valor sin límites de Quintín Banderas. Esa era la patria que electrizaba a los cubanos: la del heroísmo.

En otras palabras: a lo cubano se llegaba por el camino de la emoción, de la hazaña, del sacrificio, y, por supuesto, de la sangre. La sangre, como ocurre siempre, era el alimento del patriotismo nacionalista. Eso explica, por ejemplo, la tenaz pervivencia -que llega a nuestros días-de la conmemoración ritual de la triste historia de los ocho estudiantes de Medicina fusilados por el nunca cometido delito -que ni siquiera lo era-de profanar la tumba de Gonzalo Castañón, un periodista español muerto en Cayo Hueso en un confuso duelo motivado por querellas políticas con los independentistas. Lo que unía a los cubanos, el nexo secreto que mantenía la cohesión de la tribu, era la sangre, la reverencia a los héroes, las leyendas empapadas de heroísmo, dolor y sacrificio. Pero había más: en la medida en que se degradaba la República y aumentaban la insatisfacción y la frustración, con los crecientes atropellos, con los conatos de insurrección, con la corrupción, los pucherazos y el inveterado clientelismo, simultáneamente iban fortaleciéndose los lazos nacionalistas. Era como si en la conciencia política de los cubanos existiera un mecanismo compensatorio con dos cámaras conectadas: por una parte se nos deterioraba el Estado republicano y la idea del patriotismo cívico, pero cuando eso ocurría por la otra se revitalizaban los lazos tribales, en un crescendo nacionalista.

La creciente figura Martí

Es dentro de ese juego dialéctico de suma cero donde la figura de Martí se engrandece paulatinamente, con cada fracaso que sufre el país, con cada político que defrauda a la sociedad, con cada elección amañada. A Martí se le reconoce como el artífice de los levantamientos del 95, pero su nombre comienza a reverenciarse ritualmente. Primero fue la estatua del Parque Central, inaugurada en 1905. Poco después, durante la segunda intervención, designan a José Francisco Martí Zayas-Bazán –capitán del ejército mambí, el único hijo reconocido del Apóstol– asistente y edecán de William H. Taft –secretario de Guerra norteamericano y próximo presidente del vecino del Norte–, enviado especial de Teddy Roosevelt para poner orden en el revuelto avispero cubano.

Son los interventores norteamericanos los que aceleran el culto a la figura de Martí. En 1907 ordenan que en el cementerio de Santa Ifigenia se edifique un templete para dar sepultura dignamente a los restos del Apóstol. En junio de ese año, cuando muere Leonor Pérez, madre de Martí, declaran duelo oficial. Charles Magoon, el interventor oficial, decide que, tras las elecciones generales del 14 de noviembre de 1908, la república cubana reinicie su vida institucional independiente el 28 de enero, en homenaje a José Martí. Para que no quedaran dudas de sus intenciones, la víspera de esa fecha asigna una pensión vitalicia a Carmen Zayas Bazán, la viuda del Apóstol. Evidentemente, está intentando potenciar los lazos que cohesionan a los cubanos.

Pero éstos todavía no conocen en forma masiva a Martí. La relación comenzará a fortalecerse por medio de los libros de texto, de poemas infantiles tiernos y efectivos, de muy fácil memorización. Poco a poco, los niños crecen recitando «Cultivo una rosa blanca», «Los dos príncipes», «Los zapaticos de rosa» y los populares octosílabos de los «Versos sencillos». Esos poemas les emocionan: en un lenguaje muy cálido, les hablan del dolor, de la caridad, de la bondad. Cuando llegan a la adolescencia, descubren la faceta patriótica: «A mis hermanos muertos el 27 de noviembre«, «Yugo y estrella», incluso «Abdala». Son versos que tienen un poderoso componente ético. Hablan de la valentía y convocan al sacrificio. Más tarde, en el umbral de la madurez, en la universidad, comparece el Martí periodista, ensayista, redactor de admirables cartas personales, y, por encima de todo, el orador que conmueve. La sociedad cubana es, todavía, eminentemente romántica y sentimental. En las veladas patrióticas, además del Himno Nacional, se entona El Mambí de Luís Casas Romero -veterano él mismo, por cierto-, y a los asistentes invariablemente se les humedecen los ojos. La nación es eso: un nudo en la garganta y un trallazo de adrenalina.

Martí es el personaje perfecto para impactar a esa sociedad romántica y emotiva. Sin proponérselo, pues ha muerto mucho antes, logra comunicar a sus compatriotas una cierta imagen de sí mismo como hombre sin tacha dotado de un excepcional talento, medularmente honrado y bondadoso, que ofrendó su vida para salvar a los cubanos. Así lo perciben. El vínculo que se establece es de carácter emocional, el único capaz de generar un proceso de santificación laica, que tiene un obvio componente religioso. Es entonces cuando aparecen los primeros rincones martianos, verdaderas ermitas en las que se venera su imagen y se colocan rosas blancas. Paulatinamente, el culto se va extendiendo por todo el país. Los aniversarios de su nacimiento y de su muerte se convierten en oportunidades para obligados poemas, discursos y ensayos, pronunciados o escritos en todos los estamentos de la sociedad. Paradójicamente, todos los líderes y partidos lo asumen como guía moral, mientras el estamento político es severamente criticado. Todos dicen reivindicar su herencia.

En 1926, en Manzanillo, la revista Orto organiza oficialmente la primera cena martiana en la fecha del natalicio de Martí, y rápidamente la costumbre se extiende por toda la Isla. Lo llaman la noche buena cubana, en una clara alusión al nacimiento del "dios de los cubanos", apelativo que llega a utilizarse en publicaciones de la época. De una manera explícita, desean separar el 28 de enero del 20 de mayo, nacimiento de una república que les dejaba profundamente frustrados e insatisfechos. Martí y el martianismo se convierten en una alternativa inconsciente a la república fallida.

En 1933, la República colapsa por primera vez. Si en 1906, tras la renuncia de Estrada Palma, el país se había quedado sin gobierno, en 1933 se queda sin Estado. La República se desplomó bajo el peso de los excesos y atropellos del machadato y por la acción, también antirrepublicana, de los revolucionarios del 33, ya muy permeados por las prédicas socialistas y fascistas propias del momento. A partir de entonces, para la imaginación popular y para las élites políticas, con pocas excepciones, la solución de los males de la nación ya no vendrá del buen funcionamiento de las instituciones republicanas, sino de la acción benevolente de los revolucionarios heroicos: el revolucionario sustituye al republicano y pasa a ser el arquetipo del hombre virtuoso.

Ese desastre propulsa la figura de Martí. Precisamente en 1933 aparece Martí, el Apóstol, estimable biografía escrita por Jorge Mañach en la que se desliza un leve aunque elegante tono hagiográfico. En 1938 Gonzalo de Quesada lanza la idea de crear una especie de santuario, al que propone llamar Fragua Martiana. El lugar elegido son los restos de las canteras de San Lázaro, en plena Habana Vieja, donde estuvo confinado Martí a los 16 años. La propuesta no cuaja hasta enero de 1952, durante el gobierno de Carlos Prío, otro declarado martiano, cuando se abre el museo al público. Un año antes, en julio de 1951, el mismo presidente había inaugurado el mausoleo definitivo, un edificio sobrio y elegante erigido en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, bajo la dirección del arquitecto Jaime Benavent y el escultor Mario Santí.

El recorrido del cadáver de Martí es la perfecta metáfora mortuoria que explica el crecimiento de su figura: cuando se inicia la república, los restos yacen en la tumba discreta en que los inhumaron los españoles; en 1907, el gobierno interventor de Charles Magoon coloca el ataúd en un templete mucho más digno; en 1947, durante el periodo de Grau, exhuman otra vez el cadáver y lo sitúan en el Retablo de los Héroes de la Guerra de Independencia, junto a otros patriotas principales; en 1951, en época de Prío, lo trasladan al mausoleo definitivo, con un lucernario que permite que la luz natural alumbre siempre a quien pedía morir de cara al sol, cubierto por la bandera cubana.

La apoteosis definitiva de Martí como fuente de inspiración política tiene lugar a mediados del siglo XX. En 1953, al poco de instaurarse la dictadura de Batista, se cumplen los cien años de su nacimiento. La editorial Lex, dirigida por un republicano español exiliado en la Isla, publica sus obras casi completas en una cuidada edición en dos tomos impresos en papel biblia y letra pequeña, proeza ejemplar, pues Martí escribió casi tres millones de palabras. En ese año, Fidel Castro y sus partidarios organizan un desfile con antorchas frente a la Fragua Martiana. La estética es típica del fascismo, pero los discursos y arengas son pretendidamente martianos. Los jóvenes se declaran miembros de la «generación del Centenario», como subrayando su compromiso con la figura del Apóstol. Pero Batista reclama pertenecer a la misma estirpe, pues se tiene por un martiano medular. Y algo de eso había: desde 1937, en que el ex sargento se convierte en el hombre fuerte de Cuba, se viene hablando de fabricar una gran plaza cívica con una estatua monumental de Martí. Varias veces fueron convocados concursos... que luego se declararán desiertos. Finalmente, en su última etapa, Batista se decidió a acometer la obra, y en 1958 la inaugura. El obelisco, con 139 metros, es la edificación más alta de La Habana. Tiene a sus pies una estatua de mármol de 18 metros en la que se ve a un Martí pensativo. Batista no pudo imaginar que su Plaza Cívica se iba a convertir en el centro ceremonial de la liturgia castrista.

La segunda muerte de Martí

La gran ironía es que la revolución, con cada desfile frente a la estatua de Martí, con cada declaración de supuesta subordinación al pensamiento del Apóstol, con cada interesada manipulación de sus escritos o de sus inventadas intenciones, lo que consigue no es legitimar la tiranía, sino un mayor distanciamiento crítico de la sociedad con sus orígenes independentistas y con quien fuera su más ilustre cabeza. Ya en los primeros tiempos del castrismo, en una simpática y macabra comedia cinematográfica titulada La muerte de un burócrata, aparece una ridícula fábrica de bustos de Martí que provoca la hilaridad de los espectadores. Pero cuando el régimen sustituye a Marx por Allan Kardec y asegura que si ellos, los mambises -con Martí a la cabeza-, hubieran vivido en nuestra época habrían sido como los castristas, lo que genera entre la juventud es un rechazo frontal a los fundadores de la patria. Este sentimiento se acrecienta a fines de los sesenta, cuando el aparato de propaganda del PC, en busca de legitimidad para la sovietización de la Isla, decide endosar al Apóstol el patrocinio ideológico de la revolución y declara solemnemente, y enseña en las escuelas, que Martí era «el autor intelectual del ataque al Moncada», cometiendo un fraude que equivalía a afirmar que Martí -persona eminentemente demócrata, tolerante y respetuosa del prójimo-era partidario de las persecuciones a los homosexuales, del colectivismo, de los pogromos contra los disidentes, del paredón de fusilamiento y de los infinitos atropellos y arbitrariedades que debían sufrir los cubanos como consecuencia de los absurdos dogmas impuestos por Castro y sus seguidores.

Pero todavía faltaba otra estafa intelectual: ocurre cuando la dictadura, en el colmo de la manipulación, para justificar el régimen de partido único alega que Martí no fundó dos partidos, sino sólo uno, el Revolucionario Cubano, con el objeto de transmitir a los cubanos, especialmente a las jóvenes generaciones, que el Apóstol era un adicto al totalitarismo y un enemigo de la libertad y la diversidad. Algo parecido a decir que, como Abraham Lincoln sólo formó parte del Partido Republicano, era también un enemigo del pluralismo político. En suma, cuando los apologistas del régimen sugieren que Fidel Castro es el heredero directo de José Martí, los cubanos más bisoños, menos conocedores de la historia y víctimas directas del desastre provocado en el país por la larga dictadura comunista, inmediatamente sospechan de los valores morales y de la cordura del Apóstol.

Inevitablemente, esas deshonestas campañas propagandísticas han producido una enorme erosión en la forma en que los cubanos perciben a Martí. Poco a poco, por arte de birlibirloque castrista, el Apóstol ha dejado de ser el santo patrón de la cubanidad y se ha transformado, injustamente, en el siniestro ideólogo de una dictadura que hasta busca en sus palabras la coartada para justificar el engaño de quienes prometieron democracia y libertades sólo como una estratagema para ganar tiempo y poder introducir de contrabando el modelo estalinista: "En silencio ha tenido que ser". Con esta frase de Martí, inscrita en una carta personal, hasta llegaron a filmar una laudatoria serie de televisión en torno al espionaje y la represión antidemocráticas.

Por eso entre los cubanos de estos tiempos, unido a la universal decadencia de la sensibilidad romántica -de lo que pueden ser síntomas la extinción casi total de los recitadores en el mundo hispánico y el rechazo general al verso dulce y sentimental-, se aprecia un alejamiento sustancial del culto martiano y una indiferencia glacial ante la visión heroica de nuestra historia. Si con la llegada de Castro al poder se verificó el hundimiento absoluto del paradigma republicano –ya muy golpeado como consecuencia de la revolución de 1933–, sustituido a partir de 1959 por una combinación contra natura de marxismo-leninismo y nacionalismo romántico, la decadencia y muerte del castrismo traerán de la mano el descrédito absoluto de esa fórmula como sostenimiento y discurso esencial de la nación cubana.

Sin embargo, tal vez quede un saldo positivo en esta segunda muerte de José Martí. Probablemente no era saludable que los cubanos sustituyeran el patriotismo cívico que proponía la república por el culto cuasi religioso al Apóstol que se fue imponiendo. Martí, además de ser un excelente escritor, fue un hombre fundamentalmente bueno, dotado de un fuerte instinto altruista y de una personalidad carismática, y es muy razonable y constructivo respetar su memoria y asignarle la mayor responsabilidad en la organización del levantamiento de 1895, pero carece de sentido convertirle –y lo mismo cabe decir de cualquier otra figura histórica– en el nexo fundamental de la sociedad cubana, como los cristianos hacen con Cristo o los musulmanes con Mahoma. Al fin y al cabo, Martí, un espíritu bastante humilde, jamás solicitó o esperó ese tipo de veneración, dado que no quería otra honra que la de «morir callado», pegado «al último tronco, al último peleador», luchando por su patria.

En el ocaso del castrismo, el problema que se nos presenta es verdaderamente dramático: los cubanos de principios del siglo XXI, escépticos y desengañados con todo, no parecen vibrar ni con el patriotismo cívico, fórmula acertada pero bastante frígida desde el punto de vista emocional, ni con el ya apagado nacionalismo romántico representado por Martí. ¿Qué nos queda, entonces, para juntar a la tribu y marchar hacia la constitución de una sociedad justa, estable y próspera en la que se pueda vivir con la ilusión de que mañana será mejor que hoy y de la que no valga la pena emigrar? Ese es el gran reto que los cubanos tendremos planteado cuando llegue la hora de la libertad.

Número 45-46

Tomado de la Ilustración liberal

Monday, October 12, 2026

NUEVA PUBLICACIÓN DE LA EDITORIAL DE LA ACADEMIA DE LA HISTORIA DE CUBA EN EL EXILIO, CORP.

MAR DE ESPUMA: MARTÍ Y LA LITERATURA INFANTIL, 2da ed.

Esta segunda edición del conocido ensayo del Dr. Eduardo Lolo (cuya primera edición data de 1995) es un estudio novedoso y penetrante de La Edad de Oro de José Martí. El autor revisó y actualizó significativamente el texto de 1995 y añadió algunas imágenes. Se trata de un exhaustivo análisis de la famosa obra desde el punto de vista estilístico y temático, con hincapié en sus fuentes tanto textuales como de las ilustraciones que acompañaban la edición príncipe de la revista martiana en 1889. Es un trabajo realizado con seriedad académica que intenta llegar al lector más exigente, incluyendo maestros, profesores, críticos literarios, historiadores y padres en general, quienes tendrán a su disposición un estudio de alto nivel técnico y objetividad histórica de una de las piezas básicas de la Literatura Infantil en idioma español.

CONTENIDO

Palabras Preliminares del Autor a la 2da. edición.

Introducción.

Capítulo 1: Principio y fin de La Edad de Oro.

Capítulo 2: Las crónicas.

Capítulo 3: Los artículos.

Capítulo 4: Los poemas.

Capítulo 5: Los cuentos.

Capítulo 6: Contenido, ética y estética en La Edad de Oro.

Capítulo 7: La Edad de Oro re-vista

Bibliografía.

Obras de Eduardo Lolo (1991-2024)

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Sunday, October 11, 2026

MÁXIMO GÓMEZ Y LA REELECCIÓN PRESIDENCIAL

Por Antonio Gómez Sotolongo

Máximo Gómez Báez (1836-1905)


El 21 de febrero de 1901 fue aprobada la primera Constitución de la República de Cuba, y en aquella Carta Magna, los constitucionalistas, teniendo en mente a Máximo Gómez, incluyeron «un precepto capacitando a ciudadanos no nacidos en la Isla para ocupar la Presidencia, siempre que hubieren servido con las armas a Cuba en sus guerras de independencia, diez años por lo menos[1]-[2]».

Pero Máximo Gómez se negó rotundamente a presentarse como candidato en aquellas elecciones, y apoyó a Tomás Estrada Palma (1835-1908) con el mismo fervor que empuñó el machete en las dos guerras por la independencia de Cuba. «Los hombres de la guerra para la guerra, y los de la paz para la paz», había dicho.

El 1 diciembre de ese mismo año, después de realizarse las primeras elecciones libres en la Isla, el Gobernador Leonard Wood (1860-1927) traspasó el mando a Estrada Palma quien resultó ganador en los comicios.

Aquel primer período presidencial, aquel primer ensayo de democracia en Cuba había salido bastante bien, tanto que se le ha llamado «la República modelo»[3]. La honradez del mandatario y su capacidad para administrar con pulcritud los fondos públicos le ganaron una gran admiración y le dieron una gran popularidad entre los votantes.

La situación general en cuba era excelente. Rápidamente se alcanzaban nuevos centrales azucareros […] aumentando la producción y el trabajo: funcionaba ya el Ferrocarril Central, construido por iniciativa privada durante la Intervención; los vapores españoles llegaban cargados de europeos resueltos a conquistar su bienestar en un país necesitado de brazos, y el capital extranjero, hallando favorables todas las circunstancias, se derramaba sobre la Isla fomentando servicios públicos de transporte y alumbrado […]. Y Teodoro Roosevelt (1858-1919), quien había peleado en Santiago de Cuba, era ahora Presidente de los Estados Unidos y con amistosa benevolencia felicitaba a Estrada Palma por la cordura y firmeza con que guiaba a la República en estos primeros años críticos»[4].

Tomás Estrada Palma (1935-1908)

Con esta popularidad y estos magníficos resultados fue fácil que Estrada Palma decidiera, sin violar la Constitución, continuar en el poder[5]; sin embargo, una buena parte de los que apoyaron su candidatura en 1901 lo rechazaron para un segundo mandato y entonces se destapó «el viejo odio criollo a la continuidad de los gobiernos, incubado en largos siglos de vida colonial […] y se vio renacer el temido mando único de los Capitanes Generales, a beneficio de un grupo de adictos y en perjuicio de la mayoría del país»[6].

Para empujar la reelección se fundó el partido Moderado, que utilizó todos los medios económicos y políticos que proporcionaba el Poder para sumar votos. Una de sus maniobras fue cesantear a los empleados públicos que no se «moderaran», es decir, a quienes no se incorporaran a su partido y votaran por Estrada Palma.

Contra la reelección el general Máximo Gómez inició una campaña que lo llevó por toda la isla, y con el mismo fervor que llamó a votar por Tomás Estrada Palma en su primer mandato constitucional, así se opuso a que se mantuviera en el poder por cuatro años más.

Gómez, en medio de aquella lucha contra la reelección de 1905, encontró la muerte. Lo que no habían conseguido las balas y los sables de los colonizadores españoles, lo consiguió una enfermedad infectocontagiosa.

Las elecciones se realizaron; y, como sucede siempre que la ética no puede imponerse sobre las ansias de poder, Estrada Palma venció al candidato por el partido Liberal, el general José Miguel Gómez (1858-1921).

Pero el descontento popular, guiado por algunos de los más importantes sobrevivientes de las luchas independentistas, explotó en una confrontación armada conocida como «guerrita de agosto», en la que perdieron la vida, entre otros patriotas, el general Quintín Banderas (1834-1906), y provocó la segunda intervención de los Estados Unidos en Cuba.

Amparado por la Enmienda Platt, que había quedado estampada en la Constitución[7] de 1901, Estrada Palma, «quien se consideró impotente frente a los alzados, solicitó la intervención del gobierno norteamericano»[8], y el 28 de septiembre de 1906 tomó posesión como Gobernador Provisional de Cuba el Comisionado William H. Taft, (1857-1930) quien fue sustituido a principios de octubre por Charles Magoon (1861-1920).


En la proclama que el Comisionado dio a conocer al pueblo de Cuba para ejecutar esta segunda intervención, se advirtió que:

«el no haber el Congreso tomado acuerdo en cuanto a la renuncia del Presidente de la República de Cuba, o elegido un sustituto» dejaba al país «sin gobierno» en una época en que prevalecía «gran desorden»; por lo que el Presidente de los Estados Unidos le había confiado establecer un gobierno provisional el cual duraría solamente el tiempo necesario para «restablecer el orden, la paz y la confianza pública» y celebrar elecciones[9].

Durante la segunda intervención se mantuvo la organización administrativa de la República, ondeó la bandera cubana en todas las instituciones y el 28 de enero de 1909 Charles Magoon entregó la presidencia de la república a José Miguel Gómez, quien resultó ganador en las elecciones convocadas en 1908.

José Miguel Gómez (1858-1921)

Este tramo de la Historia de Cuba indica que las ansias de poder en los políticos no son nuevas, nos vienen desde la fundación misma de nuestras Repúblicas. El deseo de imperar incluso al precio de violentar la moral y las leyes está en el espíritu de muchos de ellos, quienes son capaces de someter sus valores morales a sus apetitos económicos, y trepar con desprecio por encima de sus prójimos.

El conflicto hoy está en que quienes prorrogan sus poderes lo hacen sin medida, acumulando en ellos tanta autoridad que son capaces de secuestrar la soberanía, de dejar sin la menor capacidad de respuesta al soberano.

Máximo Gómez estaría hoy contra la reelección, pero tendría un grave conflicto si tuviera que reconocer que la única manera de evitarla es la intervención extranjera, porque la soberanía nacional es ahora arrebatada por los mismos criollos.

Ya no son las armas extranjeras las que «crean en nuestros pueblos la situación de miseria material y de apenamiento, por estar cohibidos en todos sus actos de soberanía»[10], ya no vienen de ultramar, ya no son importados, ahora quienes nos arrebatan la soberanía son nacionales y nacionalistas.

Tomado del blog El Tren de Yaguaramas 2da. Época.


[1] Portuondo, Fernando. 1950. Historia de Cuba. Minerva. La Habana. 581

[2] El artículo 65 dice textualmente: «Para ser Presidente de la República se requiere: 1. Ser cubano por nacimiento o naturalización, y en este último caso, haber servido con las armas a Cuba, en sus guerras de independencia, diez años por lo menos».

[3] Portuondo, Fernando. 1950. Historia de Cuba. Minerva. La Habana. 581

[4] Ídem 583

[5] El artículo 66 dice textualmente: «El cargo durará cuatro años, y nadie podrá ser Presidente en tres períodos consecutivos».

[6] Ídem

[7]«La Enmienda Platt se suprimió totalmente en la Constitución de 1940, pero mucho antes el Presidente Franklin D. Roosevelt había accedido -siguiendo la política del Buen Vecino, iniciada por él- a firmar un nuevo Tratado Permanente con Cuba (1934), en el cual fueron eliminadas todas las cláusulas que se referían al derecho de intervención» [Nota de Fernando Portuondo en el libro citado, p. 580]

[8] Cfr.: Portuondo 1950, 584.585

[9] Ídem 585

[10] Cfr. Diario de Campaña del Mayor General Máximo Gómez 425 [En línea] [Fecha de consulta 5 de julio de 2019] Disponible en:

https://www.google.com/search?q=diario+de+campa%C3%B1a+de+maximo+gomez&rlz=1C1RUCY_esDO779DO779&oq=diario+de+camapa%C3%B1a+de&aqs=chrome.2.69i57j0l5.7785j0j8&sourceid=chrome&ie=UTF-8

Friday, October 9, 2026

¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO? o el proceso de una imaginación perdida

Por Manuel Gayol Mecías

ENGLISH SUMMARY

The essay reflects on why Cubans, after more than 60 years of dictatorship, have not collectively risen to change the political system. The author argues that the issue is not simply fear, but a deeper psychological and cultural passivity shaped by history, exile, mythmaking, and a distorted national imagination.

«¿Quién le pone el cascabel al gato?, si nadie quiere poner el muerto», como se ha comentado entre bastidores. Pienso que en el fondo el problema es de pasividad psicológica. Creo que el cubano, al menos el que ha pasado en la Isla este proceso de más de 60 años, en cuanto a lo político, en general ha sido y es pasivo, digamos, inerte. Y si esto, en algún momento, se ha llegado a afirmar de una manera radical, no es porque sea un estereotipo, sino porque ha sido y es una realidad palpable: la inercia de no querer cambiar al régimen, sino la de irse, a todo costo y por cualquier costa, en busca del sueño americano, que es como decir: «en busca del sueño cubano en otro país».

Es la comodidad de querer llegar a un lugar ya establecido, con orden y estructura hechos, pensados y organizados, y donde no hace falta buscar la libertad, porque ya esta se encuentra implantada desde hace muchos años y hay una seguridad histórica y constitucional. ¿Y, bueno, quién no lo quiere así?    

Pero también porque el cubano de la Isla ha creado su propio mito de Estados Unidos, «donde todo está inventado ya» y «el dólar crece debajo de las piedras». En el país del Norte, dicen, «en un año tienes tu carro, y hasta el último modelo»; y así se veían (y todavía se ven) fotos de muchísimos cubichis que, al año de haber alcanzado esa tierra «prometida», ya mandaban (mandan) esas fotos con sus carros y, los más osados, mostraban (muestran) también el frente de «sus casas».

Es una mezcla de verdades, medias verdades, falsedades y una imaginación fosforescente que no tiene asidero real corpóreo alguno. Incluso, muchos, muchísimos, al año (sin la residencia de inmigración aún), o a los dos años a más tardar (con la residencia calentita en su mano), pronto estaban (y están) viajando a Cuba, enseñando las fotos de sus supuestos negocios en Estados Unidos, o las buenas prendas que exhiben (y que habían rentado en secreto con el solo propósito de lucirlas, y crear a su alrededor una imagen de tipo duro, para que todos en el barrio le envidien, le vean con ojos de asombro, como si él o ella (bueno, más los hombres que las mujeres) hayan estado predestinados para ser bendecidos por Obatalá o Yemayá, o si no aquellos que visitan la Isla para darle gracias a sus santos por haberles dado tantas cosas, tantas oportunidades de vivir la vida, porque «logré mi sueño de irme pa´la Yuma». De aquí que no sea necesario «ponerle el cascabel al gato», si yo puedo rehacer mi vida como yo quiero solo con llegar al país de los gringos, y después regreso a la Isla como un triunfador.

Distinto asunto este en la otra clase de cubano que se va porque, en realidad, quiere salvar a su familia (esto es como una gran contradicción de la especie). Este tiene que enfrentar las más inimaginables penurias, las más grandes incertidumbres, pero se sobrepone, trabaja en lo que sea, trabaja, trabaja y trabaja, ayuda a su familia en la Isla en lo que puede, pero asimismo crea su base, su asiento firme y si es joven estudia, y si es mayor organiza su hogar y emprende algo que le permita ayudar a sus hijos, que tienen que estudiar, estudiar y estudiar, y que además aprenden a recordar su país, su patria y toman conciencia de que se encuentran en un exilio histórico, porque algún día irán a reconstruir su nación.

¿¡Es tan complejo el cubano!? Existen los que se meten en la política y triunfan, y todos ellos con la obsesión de Cuba, ¡hay que liberar a Cuba! Y crean empresas, negocios increíbles, se hacen ceos, presidentes, profesores y ocupan altos cargos en grandes corporaciones americanas, y en otros lugares del mundo, y de alguna manera siguen pensando en Cuba.

Por todo esto, por generaciones tan contrastantes, acepto que podrían existir ciertos condicionamientos, aparentemente genéticos en el cubano que, como ya he dicho, proveen una buena dosis de actitud condicionada por la imagen de Cuba; es como que la imagen de la Isla (fantasmagóricamente) propicia un determinismo (no sé si, en verdad, genético o psicológico) que le hace añorar Cuba, por un lado, y, por otro, le produce un vacío mental divorciado de su entorno; que no le deja ver cuál es la verdadera realidad, social y política, que le rodea a él y a la Isla. Tanto para el que se va y regresa con su vanidad a cuestas como para el que se marcha de la Isla, imbuido de un enorme espíritu de superación no solo por salvar a su familia, sino —y en buena medida importante— para algún día ayudar a liberar a su «patria» (que, en realidad, hace años que cambió y no es tal). Y ambos casos se reflejan por la historia social y política que nos tocó después de 1959.

Complejamente se juntaron varios aspectos y circunstancias. El cubano, por ignorancia, por naturaleza o por lo que sea, ha sido un impresionista, y por ello sufrió un verdadero asombro en el año 1959, cuando triunfó la rebelión inventada y dirigida por Fidel Castro.

Fuimos engañados, sí, pero también nos engañamos a nosotros mismos: aceptamos las medias verdades que nos vendieron él y sus acólitos, y no vimos o no quisimos tomar en cuenta las mentiras que venían envueltas, como si fueran en papel de regalo. Fuimos «los crédulos de la aurora», como dijera alguna vez Guillermo Cabrera Infante.

Dejamos que el espejismo tomara fuerza; o peor, nos hicieron creer en el Espejismo, en el que Alicia quedó afuera y nosotros metidos dentro del espejo, en una dimensión realmente atípica. Las generaciones posteriores se fueron perdiendo una tras otra, aplastadas, por la parte oscura de la fortísima generación triunfante.

En algún momento, la generación que tomó el poder en Cuba en 1959 se dividió (debido a otro de nuestros posibles atributos: la división y el caudillismo). El líder mayor se quedó en Cuba con el poder y la otra parte de la generación se marchó para Estados Unidos, España y otros lugares.

La parte de esa generación llegada a Estados Unidos se hizo fuerte y se convirtió en la oposición del exilio, tenaz, firme y porfiada contra el castrismo. En la Isla, las demás generaciones, de un futuro ya pasado, no pudimos hacer nada para recuperar la patria, y poco a poco, nos fuimos adaptando, hasta que muchos logramos llegar a Estados Unidos.

Por su parte, Castro y su proceso fueron reduciendo nuestras esperanzas, lentamente, envolviéndonos con hábiles mecanismos sociopolíticos, con promesas, pero más que todo con el terror, tal como Hitler hizo con los alemanes y los judíos, o Mussolini con los italianos, o Lenin con los rusos, o Mubarak con los egipcios y las otras dictaduras de los países árabes (Pero en Cuba, al igual que en todas las sociedades mencionadas, hubo largas e irresponsables complicidades, que en el caso de nuestra Isla solo crean la posibilidad de un final impredecible).

Ahora bien, las causas que llevaron a estos pueblos a la sumisión son diferentes entre sí, por supuesto. Porque todos los pueblos tienen su talón de Aquiles que permite convertirlos en masas. Probablemente el nuestro se acercó un tanto al de los rusos, pero tampoco llegó a ser igual.

Y yo me pregunto: ¿cuál ha sido, es o será el tiempo límite de los cubanos, hasta cuándo y por qué nuestro pueblo tiene que esperar a la muerte de los Castro y de los demás octogenarios que tienen el poder?

La respuesta puede ser diversa, con diferentes y fuertes razones. Este ensayo, intuitivamente, intenta algo para llegar a esa respuesta (o sea, tratar de descubrir lo que tuvo que ver la falsa imaginación del cubano para creerse los mitos y el Espejismo que le presentaron. Una total predisposición para no ver la verdadera realidad física a su alrededor).

En mi caso, por ejemplo, mi solución fue la de irme y sacar a mi familia. Y también ha sido la decisión de millones de cubanos que, de una manera u otra, se han exiliado y desperdigado por todo el mundo. Otros miles están varados en países desconocidos e inesperados (gracias al expresidente Barack Obama), y otros millones se han quedado dentro de la Isla esperando su oportunidad para entrar a EE.UU., aguardando asimismo a que sea Donald Trump, en estos tiempos, quien se decida a darles una visa humanitaria de ingreso a este país o derrotar de alguna forma al castrismo.

El caso es que todavía, a más de 60 años de dictadura, unos cuantos cubanos dentro de la Isla se deben hacer esta pregunta: ¿por qué el pueblo egipcio se rebeló en masa a los 30 años y Cuba aún no lo ha hecho a los 60? (1).

Parece que a muchos de una gran mayoría se le envolvió con pequeños poderes, por ejemplo, el poder de un carnicero (el único que puede repartir la carne en el barrio… cuando la carne llega, naturalmente); el jefe de un almacén que tiene la potestad de distribuir artículos… si los hay; el jefe de cualquier cosa que no tienen los demás; o el portero de un restaurante, digamos, que decide cuántas personas van a comer allí y muchas veces quién entra al restaurante y quién no.

Por otra parte, con el Comité de Defensa de la Revolución envolvieron a la mayoría de los cubanos, les enredaron y les involucraron en nuestro defecto de interesarnos en la vida ajena, metiches, como diría un mexicano, y de aquí les transformaron en vigilantes del otro; les redujeron la sensibilidad de servir a las personas y les dieron la facultad de espiar a ese prójimo, y además la oportunidad de burlarse de sus semejantes, que nos viene del choteo demasiado repetido, continuado, incesante; se dejaron quitar el respeto por la privacidad debido a su propio sentido del relajo: «la vida es un relajo», dirían. Y se ha sido tan ligero que por el juego del desdoblamiento lo han permitido todo y, lo peor, se acostumbraron, y aún mucho peor, lo convirtieron en parte de su nueva cultura. Asimismo, nos hicieron creer que podíamos (siquiera acercarnos a) ser centro del mundo, como si —primero— América Latina, y después todo el orbe, tuviera que ver con nosotros de una manera crucial. Y esto lo lograron por el afán relativamente inconsciente de tener —por nuestras propias características genéticas, históricas y culturales— una especie de reafirmación de identidad o autosuficiencia positiva, que incluso podría provenir de nuestra historia de criollo, la cual aprovecharon Fidel Castro y su gente para degenerar esa característica y vendernos la idea de que éramos un pueblo llamado a un destino glorioso (esto también podría venir de más atrás, de lo que el Dr. Coutín me comentó alguna vez, acerca de esa dislocación mental que se ha venido a llamar los «altos destinos», y que, repetidamente, aparece en cierta «literatura antiimperialista» cubana de la primera mitad del siglo XX).

Todo esto entra en esa imaginación positiva que teníamos de que, aun cuando sabíamos que éramos (y somos) isla, nos imagin(áb)amos realmente como seres de tierra firme, pero que en el proceso de la «Revolución» los castristas quisieran proyectarse como potencia de varios nuevos aspectos «logrados» por esa «Revolución»: potencia en la «educación», la «medicina», el «deporte», la «cultura de las artes y la literatura». Pero en lo que, realmente, sí se convirtieron fue en potencia militar, en llevar a cabo la conformación de un aparato de seguridad del Estado y un Ministerio del Interior que, en su represión, nada más podía ser igualado por Rusia, Alemania «Democrática», Corea del Norte e Irán. Y así quisieron hacer creer que eran potencia en la «solidaridad internacionalista» para ayudar a otros pueblos, imagen falsa que verdaderamente se llama: «invadir a otros pueblos» (e interferir en los asuntos internos de otros pueblos).

A partir de 1959 se fue creando, tristemente, una nueva cultura para el cubano que con el tiempo ha venido acorralando dentro de nosotros los valores que teníamos en nuestra historia social anterior; valores que sí hacían que creyéramos buenamente en una supuesta cubanía. Pero, por todo lo anteriormente expuesto, la cubanía aquí se fue como el papalote de nuestra mejor imaginación, al que se le partió el hilo, y se perdió en la infinita grisura de un cielo tormentoso, que aún no ha pasado.

♦♦♦

Entonces nuestra culpa fue por no superar el miedo, y habernos dejado arrastrar al estercolero de la masividad, al insondable muladar de los círculos del infierno o al mismísimo ano del Hades; y lo fue también por el hecho de haber tenido (y tener aún) el complejo proceso de una imaginación exaltada, sin contar con el sentido telúrico de nuestros pies sobre la tierra.

[Este trabajo, ligeramente actualizado por el editor en 2026, pertenece al subcapítulo 39 del icónico ensayo 1959. Cuba el ser diverso y la Isla imaginada de Manuel Gayol Mecías. Fue presentado por el autor como discurso de investidura a la membresía de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, el 19 de mayo de 2018, en la Biblioteca Pública del Este de Los Angeles, California]. Publicado en el Anuario Histórico Cubanoamericano # 2 (2018): 39-46.


(1) Consúltese a Yoani Sánchez: «Tan lejos del Cairo», en la sección «Tribuna» de El País (5 de febrero de 2011) [https://elpais.com/diario/2011/02/05/opinion/1296860405_850215.html].