Tuesday, September 1, 2026

CUBA, LA NOSTALGIA IMPRESCINDIBLE

Por Manuel Gayol


Uno de los aspectos cruciales para residir en la Imago es la nostalgia (debo aclarar que me voy a referir a la nostalgia de las generaciones de cubanos que ya hoy en día han muerto, o tienen 90, 80 70 y hasta 60 y 50 años).

La nostalgia, por naturaleza propia, es imaginación, y es imaginación consustancial con la paradoja; sí, y es paradoja porque es el deseo de tener lo que ya no se tiene, o se tuvo y aún guarda la esperanza de recuperarse. De modo que el cubano de esas generaciones, haciendo honor a la imaginación y a un espíritu contradictorio, anhelaba emigrar al mismo tiempo que añoraba la Isla.

Todos sueñan con Cuba

Creo que es difícil que se logre encontrar a uno de estos cubanos que por muy asimilado que esté a la cultura de su nuevo país, y aún después de años y años de exilio, que no hable de su tierra, que no sueñe con Cuba.

Y una de las cosas desgarradoras de esta tragicomedia es que los hijos que nacen en el extranjero y que, supuestamente (aquí he preferido no usar el adverbio «realmente»), son extranjeros en relación con la patria de los padres o de los abuelos, también crecen con la insistencia de conocer esa quimera que la familia les ha metido por los ojos. Que de tanto mencionar, mañana, tarde y noche, días, meses y años, ya les rechina en las entendederas y les envuelve en una sábana blanca, azul y roja, como un manto tibio e irrompible de cubaneo. Una burbuja que les mantiene en una imperecedera atmósfera de nostalgia virtual (una nostalgia heredada por lo que no se conoció).

Este fenómeno es producto de la nostalgia de los abuelos y de los padres. Y desde esta perspectiva generacional la nostalgia es, pues, una energía muy poderosa que contagia la memoria; es una fuerza de recuerdos que se hace vivencia diaria en la mente del que se fue.

Las otras nostalgias

Los emigrantes de otros países también tienen su nostalgia, porque es un sentimiento universal, aun cuando es una problemática muy sui generis en cada persona y de cada país, la nostalgia es una pasión que embarga a todos los que dejaron algo muy querido. Todos nos desmembramos, salimos del arraigo, y es como si flotáramos en el espacio, en la soledad de una noche sideral oscura y sólo nos queda recordar para no morir. Entonces, la nostalgia es lo que se constituye en una función vital, en una razón existencial.

Pero el tipo de cubano de las generaciones que he mencionado al principio, con esto como con otras tantas cosas más, ha sido (y es) obsesivo compulsivo. Hasta se adapta en el nuevo lugar que le ha tocado. Pero nunca, jamás, ha perdido la idiosincrasia. En mucho, lucha por preservar las costumbres, la forma de hablar, y de traspasársela a los hijos y a los nietos. Independientemente de que sepa que no va a poder regresar (porque en el subconsciente siempre late el regreso). Pienso que toma la nueva cultura como un enriquecimiento. Una manera socialmente disciplinada de cumplir con el entorno de vida.

Un ejemplo de ello se encuentra en las grandes comunidades de Miami, en Hialeah, o en el condado de Dade. O en New Jersey y en California (al menos, hasta la fecha). Por supuesto, también en España y en otros países donde haya cubanos. Pero las de Estados Unidos son las de mayor concentración. En todos estos lugares han reproducido las antiguas asociaciones que tuvieron en la Isla, los clubes. Han creado instituciones, negocios, compañías, industrias. En otros países, por supuesto, han hecho menos, pero se buscan y se encuentran. Y aunque a veces se están señalando con el dedo, de una forma u otra se reencuentran, se pelean y se unen en agrupaciones.

Las imágenes de Cuba

Otro ejemplo puede ser las páginas que, con mayor o menor calidad, con mayor o menor sentimentalismo, circulan por la Internet con fotos y videos de Cuba. Casualmente, en estos precisos instantes, me acaban de enviar una página de fotos. La Cuba que yo dejé al salir en 1962, de recorrido en tren por la Isla de aquellos tiempos de antes de 1959. A cualquier otra persona le puede parecer una pérdida de tiempo eso de ver fotos de lugares que ya posiblemente ni existan o estén muy transformados. Sin embargo, para el promedio de los isleñis cubichis (y aquí reconozco que me refiero al cubano de otros tiempos, no a los que actualmente tienen 20, 30 o 40 años de edad), es algo que se agradece mientras se hace el recorrido virtual, para luego transferirla a otros en una cadena que nunca termina.

Un nuevo ejemplo, también por Internet, son los poemas sobre Cuba.

Las páginas que dicen cómo son los cubanos… (Bueno, como ya he dicho, los cubanos de las generaciones pasadas. Las nuevas generaciones —los nacidos en las décadas de los años 60, 70 y 80— tienen otro tipo de nostalgia y, naturalmente, otro tipo de comportamiento que veré más adelante)…

Pero, para mí, la más importante y famosa hasta ahora, por la calidad y el sentimiento desgarrador, sin perder un trasfondo de humor, son los dos escritos que hizo el profesor Luis Aguilar León, fallecido en 2008.

Solamente con usar cualquier buscador de Google, Yahoo!, etc. y escribir el nombre de Luis Aguilar León, les va a salir este artículo del Profeta (inspirado en el poeta libanés Gibrán Khalil Gibrán) hablando de los cubanos, que se hizo público en la red de una manera incesante. Pero años después, en El Nuevo Herald, Aguilar León publicó una continuación en la que El Profeta habla del regreso a Cuba.

El cubano es pura nostalgia

¿Qué otra cosa podría decirse, entonces —si se ve desde la proyección de las primeras generaciones de exiliados— que no fuera que el cubano es pura nostalgia, que lleva el ímpetu de su imaginación hasta los más remotos recovecos de la memoria para poder sentirse de nuevo, y siempre, en su Isla?

De aquí también le viene la resistencia a ese cubano exiliado, de este gran aliento de memoria vital y constante. Y en sus comunidades donde puede reproduce el ambiente dejado atrás. Así, te lo encuentras en cualquier lugar del mundo. En los puestos y los cargos más espectaculares o increíbles. Y no es de extrañar que en seguida, ese cubano si se encuentra con uno nos hable del lugar donde nació y vivió, y de sus calles y costumbres, y te pregunte ¿de dónde eres? Compadre, ¿de qué parte de Cuba eres?, y te recuerde la comida y las andanzas isleñas…

Si algo grande hemos descubierto en el exilio —hablo de esta clase de cubano— es que somos tales gracias a la nostalgia…

La nostalgia así parece ser una fuerza creadora en nosotros; está en nuestra naturaleza. Para los médicos y los psiquiatras o psicólogos podría ser una enfermedad, en determinados casos, pero para los isleñis cubichis significa, en mucho, un mecanismo de existencia. Claro, estoy hablando del que está fuera de la Isla, pero es que todos los que se encuentran en la Isla la tienen escondida. Tan pronto se marchan y se instalan en otro país, no más pasan unos días, y ya se desata. La nostalgia es una fuerza, como dije, pero que muchas veces se da a la distancia del origen. Irremisiblemente su vector apunta al pasado, aunque metafísicamente hablando, quizás pueda dirigirse hacia el futuro, cuando sabemos que hay un futuro que se pudiera encontrar en el origen, el futuro de la nostalgia.

A no dudar, la nostalgia es el resultado de una contradicción en nosotros (los viejos, digámoslo así): nos queremos marchar para luego regresar. Anhelamos asimismo el viaje; el viaje que siempre esperamos, incluso, nos damos cuenta de que la vida, de una forma u otra, es un viaje, y el viajante lo es en la medida que necesita recordar el pasado, la tierra primigenia. Por eso somos viajeros y nostálgicos; somos el ansia y la paz; somos ese deseo de ser la imaginación misma.

La libertad de la nostalgia

Pero en la medida que somos nostalgia por imaginación y deseo, además, somos libres; y esto es así, porque la libertad viene a ser una resultante más de la fórmula imaginación más nostalgia, debido a que siempre el mayor camino verdadero para ser libre proviene de la imaginación. Por ejemplo, un preso político y hasta el común, por muy encerrados que estén, son hombres libres porque viven de la imaginación. Su pensamiento se convierte en un almacén de imágenes, y a no dudar es en ese encierro cuando más rienda suelta le dan a la nostalgia (que significa ser los recuerdos y algo más). Por eso en el cubano, incluso en el que está preso por puro delito común, ya lo dije, o el ciudadano que se encuentra atenazado entre las cuatro paredes de la Isla, la nostalgia aguarda y se impone.

La nostalgia histórica

El isleñis cubichis se busca constantemente en sus épocas anteriores, incluso viviendo dentro de la misma Isla. No en balde uno de los programas de televisión mejores y más vistos en Cuba, que duró probablemente alrededor de treinta años, fue San Nicolás del Peladero, un programa costumbrista de crítica de la politiquería antes de la Revolución; con excelentes libretos y encomiables actuaciones. Pero el programa en sí no era sólo visto porque fuera de crítica política, que supuestamente favorecía al régimen castrista, y porque fuera muy bien realizado; no, sino porque era toda una serie de nostalgia, algo que imaginaba tremendamente bien caricaturizada la vida antes de 1959. Y muchas generaciones de cubanos, que sabían que más o menos había sido así, se regocijaban viéndolo, vivían de nuevo aquel mundo intrigante, corrupto y oportunista y al mismo tiempo gozaban de la pasión, la inteligencia picaresca y en una libertad que tenían los habitantes de aquella dimensión para existir que, por encima de cualquier crítica, dejaba entrever que era un mundo más libre que el que les daba el régimen. La nostalgia así, entre tantas cosas, estaba en la misma Isla.

Otro medio, este ahora radial, que ayudaba a los cubanos en Miami a sobrevivir mediante la nostalgia era el programa Nocturno, programa de canciones y música instrumental que surgió en la Isla y que del presente fue pasando al pasado; quiero decir, por su duración, fue conjugando el presente y el pasado, y nos puso siempre en sintonía con distintos momentos del ayer en la Isla, representadas por cantantes, grupos y por canciones muy populares en diferentes épocas, me refiero a los que teníamos 30 y 40 años en la década de los 70.

Esta imaginación nostálgica, que ha sido contundente en nosotros para caracterizar nuestra personalidad, propicia de hecho la esperanza, debido a que potencia más aún nuestra memoria histórica, y cuando digo esto es porque quiero señalar que con la nostalgia contamos con un recurso que nos sirve para recuperar nuestros verdaderos recuerdos en un futuro (la memoria que nos han querido robar).

O sea, estoy hablando de una paradoja más: tenemos que recuperar el futuro; en otras palabras, tenemos que prepararnos para un futuro (que pudiera ser no muy lejano) en el que volvamos a encontrar la libertad esencial, no superficial, ni a medias, ni mediante jueguitos reformistas, no, hablo de la libertad legítima, auténtica, en la que realmente seamos lo que hemos tenido que ser siempre; la libertad que cuando se tenga nos permita entonces recuperar de veras nuestro mejor pasado, y regresar de nuevo a esos principios que latían en el ayer y que, sabemos, se encuentran en el presente y el futuro de los países democráticos.

Esta nostalgia es deseo y amor

Y aunque nunca lleguemos a materializar nuestros recuerdos, nuestra añoranza, nos conformamos con recordar y soñar; aun cuando la memoria permanezca con exactitud en la realidad dejada atrás, pero por eso mismo aceptamos y queremos la nostalgia, porque en la memoria nuestra Isla sigue siendo sentida de una manera extraordinaria; es cuando la realidad objetiva del pasado viene a ser imaginada, y se convierte en idílica por el deseo, que es una fuerza emotiva muy fuerte. De hecho, quiero aclarar que nunca nos vamos a encontrar lo que quedó atrás como mismo estaba; no sólo porque el tiempo cambia las cosas y a la gente, sino además porque el Gobierno en cincuenta años y más se encargó de transformar, para mal, y destruir para peor, los lugares, las construcciones y hasta el espíritu de muchos de los que se quedaron. Y esto desafortunadamente es real.

El caso es que la nostalgia está dentro del ánimo incesante de uno; eso de vivir completamente para la imaginación. En buena medida somos una ficción objetiva. Y todo esto lo que quiere decir es que, en última instancia, vivimos para amar nuestra Isla Imaginada.

Por eso necesitamos esta nostalgia. El día que no sea así, dejaremos de ser los cubanos que somos.

La otra nostalgia

Claro, me he estado refiriendo a los cubanos que hemos tenido una Cuba más libre, mejor estructurada, de muchas más opciones de vida, con defectos económicos, políticos y sociales, pero una Cuba más humana, esperanzada siempre en la posibilidad de progresar.

Desafortunadamente, después de 1959 las generaciones que nacieron fueron viviendo una nostalgia de la miseria. ¿Qué puede añorar hoy en día un cubano de 30, 40 ó 50 años de edad en esa Isla en ruinas que dejó atrás: las becas, las escuelas en el campo, las escuelas al campo, la masa cárnica, las hamburguesas McCastro, la máscara como si fuera un rostro, la artesanía en la Plaza de la Catedral?… Una vez leí en un blog de Denis Fortún en Encuentro en la red (29/01/09) lo siguiente:

… ‘esos recuerdos’ para muchos se resumen en las escuelas al

campo y los desayunos con una leche saborizada a humo y leña; los inseparables ‘tres mosqueteros’ integrados por el aguado chícharo con granos como balines en medio de un ‘caldejo’ insaboro e irreconocible, arroz blanco y un huevo hervido —en una época de aparente abundancia—; los muñequitos rusos con Tusha Cutusha y Tío Stiopa a la vanguardia; Elpidio Valdés y Carburo; el ‘De Pie’ de los becados en Habana Campo con el horrible Programa Habana 19; las incontables y estériles tareas que debíamos cumplir; o cualquier otra de las tantas cosas, innumerables por espacio y extensión, con las que crecimos en medio de una realidad socialista enrevesada y demagógica.

Hay un cierto sentimiento de conmiseración hacia estas personas que, cuando miran atrás, no encuentran más que desgarraduras. Recuerdos de hambre y carencia, de miedo y acoso. Independientemente de que sí se podría sentir una quizás agradable tristeza de algunas cosas. Como por ejemplo, el hecho de ir al Malecón de La Habana en las tardes para ver el crepúsculo; algunas reuniones en casas de amigos tomando te, y hasta digamos té con alcohol de 90 grados. O recordar las extravagancias de fiestas inventadas. Olas gestiones para lograr celebrar un cumpleaños; las escaramuzas para evitar los trabajos voluntarios; o cómo fue la boda o el nacimiento de un hijo; las reuniones familiares y clandestinas para escuchar Radio Martí; el grupo de la universidad en el que nos burlábamos de la política y de los funcionarios del régimen.

Este último tipo de nostalgia es placenteramente triste; pero se hace demasiado triste cuando un cubano en el exilio mira hacia atrás y se da cuenta de que no puede recuperar su juventud. Cuando nada más puede recordar los agravios, la discriminación, la falta de libertades, la miseria y el hambre. Años que gastó bajo el asedio de los absurdos; tratando de escapar del laberinto; años pensando en una esperanza nunca definida, una esperanza de la incertidumbre; esperando, siempre esperando, sin saber incluso por lo que se espera, por lo que se quiere. Despierto para soñar con un consumo que no llega. Dormido para soñar con la miseria que perdura; y peor, con la miseria inacabable que corroe el espíritu.

Esta entonces es la nostalgia del espejismo y, por tanto, no es tal. Lo que quiero decir es que el recuerdo de cualquier cosa no conforma la nostalgia. En el sentimiento nostálgico siempre —además de una tristeza placentera— hay un deseo, un sabor de algo cálido siquiera, de algo que sirvió para mantener la filialidad o el amor por otro ser, o por el rincón de algo muy querido, algo que siempre quedó ahí latente; a no dudar también fuera una experiencia de vida pero que nunca fue desagradable, sino al contrario. En realidad, la nostalgia es la añoranza de lo mejor que dejamos atrás.

Capítulo XIX tomado de su libro 1959: Cuba, el ser diverso y la Isla imaginada, inédito

Tomado de Hispánica L.A. 

Sunday, August 30, 2026

EL FOTÓGRAFO DEL MUNDO ELEGANTE CUBANO

130 años del nacimiento de Joaquín Blez. Recuerdos y memorias.

Por Alejandro González Acosta

Joaquín Blez retrató este Desnudo en 1920. Fue el gran pionero de la fotografía del cuerpo en Cuba. 

Entre los más gratos e imborrables recuerdos de mi remota infancia y temprana adolescencia, está la estampa de Joaquín Blez y Marcé (Santiago de Cuba, 5 de diciembre, 1886 – La Habana, 7 de abril, 1974), el famoso Fotógrafo de la Sociedad Cubana, o El Artista de la Lente de Oro.

Mis padres habían decidido que nos mudáramos de El Vedado donde nací –en la Clínica Nuestra Señora del Carmen, hoy «Hospital Camilo Cienfuegos»- hasta el centro de La Habana, por el trabajo de mi papá. Tenía yo entonces unos cinco años de edad, en 1958. Ocupamos una casa colonial amplia, de altos puntales, pisos de mármol blanco, arcos de medio punto con coloridas lucetas, espesas persianas y un comedor de losetas ajedrezadas, ubicada en Neptuno 212, entre las calles de Industria y Amistad, en los altos de una tienda llamada faraónicamente «Luxor». Junto a ella, pared con pared, en Neptuno 210 y en los altos de «La Casa del Perro», tenía su estudio y vivía Blez con su familia: la esposa, la bellísima Lydia D’Otres de la Riva, y su hermana Olga. No tuvieron hijos. Se inició así un vínculo amistoso y vecinal, casi familiar, que se prolongó hasta mis 20 años de edad.

Joaquín Blez y Mercé (1886-1974)

Blez poseía una silueta imponente: alto, elegante y refinado, ostentaba una cabellera abundante y rizada con un blanco níveo, vestía como príncipe y estaba perdidamente enamorado de su bella y segunda esposa, quien lamentablemente murió demasiado joven por una cruel enfermedad, en 1972, que lo dejó desolado. No sólo era una mujer de extraordinaria belleza, sino también su musa. Apenas la sobreviviría dos años, herido de tristeza.

Entre ambas casas colindantes se mandó abrir una pequeña puerta –originalmente parece que las dos habían sido en algún momento una, según la tradición, perteneciente a un marqués español- para que yo pudiera pasar gran parte del día acompañando a Blez, quien me adoptó como un tío bonachón y consentidor. Me fascinaba revolver sus archivos y preguntarle la historia de cada una de las piezas que tenía en su casa, un verdadero museo del arte mundial. Con él también años después, ya adolescente, me iba de paseo los fines de semana, en su poderoso Buick Special de 8 cilindros, dorado y convertible, todo un acontecimiento que admiraba a quienes lo veían, y que guardaba en un estacionamiento de varios pisos en Galiano y Concordia, junto a la Iglesia de Monserrate, la cual era la parroquia que nos correspondía al barrio. Para ascender en este estacionamiento había que colgarse –literalmente- de un elevador en cinta que era toda una novedad modernista, residuo de La Habana de los años 50. Blez tenía una nutrida colección de fotografías de los diferentes automóviles que había conducido desde muy joven, auténticamente fastuosos. Ojalá se conserven esas imágenes en algún sitio.

Solíamos ir a las ruinas del Ingenio Taoro, en las afueras de La Habana, hacia el rumbo de Jaimanitas, por la carretera de Cangrejeras cerca de la playita de Santa Fe, donde se había formado y gustaba congregarse el Club de Fotógrafos de Cuba –según me dijo Blez- y me contaba mil historias divertidas que había tenido en su inquieta vida de bohemio antes de casarse con Lydia. Guardaba en su archivo numerosos testimonios gráficos de las fastuosas fiestas que se realizaron en el Casino Español de La Habana, el Miramar Yacht Club, el Havana Yacht Club y las elegantes mansiones de la entonces muy divertida burguesía cubana, donde era presencia obligada y solicitada como el fotógrafo oficial de la gente «chic». Recuerdo una foto en especial donde aparecía el joven Blez vestido como Poseidón sobre un velero colmado de flores, rodeado por una docena de hermosísimas mujeres con atuendos de sirenas, ninfas y náyades: sabía divertirse y tenía los medios para ello.

Otras veces nos íbamos al antiguo Cafetal Angerona, también en ruinas, por el rumbo de Artemisa y cerca de Cayajabos. Generalmente almorzábamos en un  antiguo restaurante de madera levantado casi sobre la playa de Baracoa en Santa Fe, que creo recordar se llamaba «El Merendero de la Puntilla», donde solía reunirse años antes el «Grupo Orígenes» en sus escapadas de Bauta (cuando no comían en el restaurante del «Hotel Hollywood») con el sacerdote Ángel M. Gaztelu, también antiguo amigo de mi familia[1]. Allí todos los pescadores viejos saludaban con sincero afecto y admiración a Blez, quien siempre les llevaba algunos obsequios y les tomaba fotos.

A mi «tío» Blez le debo el regalo de mi primera cámara fotográfica, que él apreciaba mucho y aún conservo, una formidable Rolleiflex con lente planar hecho por Carl Zeiss en Alemania, que es una pieza de colección muy celebrada por mis amigos fotógrafos, que la consideran de las mejores que han existido.

La madre de Blez fue Doña Felicia Marcé y Castellanos (1850-1941), viuda de su primer matrimonio con Oscar de Céspedes y Céspedes (1847-1870), segundo hijo varón de Carlos Manuel de Céspedes con su prima hermana, fusilado por los españoles pocos días después de su boda. Doña Felicia, entonces una joven prometida de apenas 18 años, confeccionó el 22 de octubre de 1868 la bandera cubana bendecida en el Te Deum de la Iglesia Parroquial Mayor de Bayamo, y es la que se exhibe en la Sala de Banderas del Museo de la Ciudad de La Habana o de los Capitanes Generales, pues las dos primeras no se conservaron[2]. Cuando murió en 1941, Doña Felicia –plenamente reconocida como autora material de dicha bandera- fue enterrada con honores militares correspondientes al grado de Coronel del Ejército Mambí, y recibió el título de «Libertadora Insigne». Hoy es bastante desconocida en Cuba.[3]

El padre de Blez fue un hacendado prósperamente establecido en la zona holguinera de Birán… Blez me mostró varios documentos originales de los juzgados holguineros, donde su padre demandaba en reiteradas ocasiones a un vecino colindante que se dedicaba por las noches a robarle ganado y recorrer las cercas entre sus propiedades: Ángel Castro Argiz. No sé a dónde habrán ido a parar estos documentos, pero los vi y leí[4].

De joven, Blez sintió una gran fascinación por la fotografía y entre su archivo –ahora por fortuna bien conservado en la Fototeca Nacional de Cuba gracias a la generosa donación de su cuñada, Olga D’Otres después de su muerte- había una foto borrosa por la que sentía un cariño muy especial: era sólo una pared con una grieta, bastante «movida» y fuera de foco. Me explicó así su afecto por ella: «Esa foto la tomé en Kingston, Jamaica, en 1907, durante un terremoto horroroso, y era la pared de la habitación del hotel donde me hospedaba en el preciso momento cuando se estaba rajando y desplomándose junto con todo el edificio. Después de tomarla, salté por la ventana, desde un segundo piso». Había ido a esa isla desde Santiago de Cuba, donde empezaba a trabajar entonces como aprendiz en un taller fotográfico, para conseguir imágenes por un sismo violento ocurrido unos días antes y lo sorprendió una de las réplicas.

José Raúl Capablanca (1888-1942). Foto Blez

Otra serie de fotos curiosas que conservaba Blez correspondían al primer proyecto de construcción del Capitolio Nacional. Sobre ellas publiqué hace años en la revista Opina de La Habana[5], un artículo que creo fue el primero donde se mencionaba a Blez en la Cuba actual, pues durante muchos años se silenció su presencia, por ser «el fotógrafo de los ricos»[6]. De esa época se destacaba sobre todo oficialmente al artista Constantino Arias, «el fotógrafo de los burdeles»; por fortuna, ya no es así. Captan el momento preciso, en una secuencia tomada con varias cámaras sobre trípodes disparadas sucesivamente (no existían aún los obturadores automáticos), del instante justo cuando explotaba la primera cúpula construida del Capitolio, pues su altura no logró satisfacer a los constructores y decidieron hacerla de nuevo, tal como está hoy. En la frente, algo borrada por los años, Blez lucía una cicatriz: «Es que me acerqué demasiado para tomar esas fotos y me cayó un pedazo de granito en la cabeza».

Pero Blez guardaba además muchas preciosas joyas en su colección que compartió conmigo. Por ejemplo, una serie muy completa tomada por él mismo de los frescos eróticos de Pompeya cuando apenas se había abierto el sitio arqueológico a la visita de los curiosos. Aparecían ahí príapos voladores, belerofontes enhiestos y mil desnudos en imaginativas y explícitas posturas que incentivaron mi juvenil secreción hormonal.

Libros no le conocí muchos, pero gustaba especialmente de dos autores italianos a los que trató personalmente: «Pitigrilli» (Dino Segre, Turín, 1893-1975) y Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956), que eran sus estrictos contemporáneos.

De Alemania guardaba un recuerdo muy especial: 

Esos años de entreguerras en Berlín fueron gloriosos. El lujo y los placeres eran grandiosos. Había un frenesí desatado después de la Gran Guerra para vivir a toda velocidad y disfrutar al máximo. Los cabarets eran únicos: lo que parecía mármol, era mármol, y lo que relucía como oro, era realmente oro. ¡Qué mujeres! Había sitios con un sistema en que las mesas podían bajarse a un sótano para tener más privacidad… 

Allí vio, en una cervecería de Múnich, subido sobre una mesa, gritando furioso y gesticulando como orate, un pálido joven de intensos ojos azules, quien hipnotizaba a la concurrencia: Adolfo Hitler. Luego buscó, compró y conservó los dos tomos de la primera edición de Mi lucha (1925 y 1928), que pude examinar.

También, guardaba una serie de fotografías de juventud que le tomó a una enigmática princesa hindú, quien residió un tiempo en La Habana haciendo demostraciones de sus bailes exóticos. Parece que no era hindú ni bailarina, sino una aventurera muy similar a la famosa Mata Hari, y Blez me dijo que lo supo por confesión de ella, pues fueron amantes.

Blez estudió diseño y composición en Florencia y procedimientos químicos en Berlín, cuando apenas finalizaba la Primera Guerra Mundial –la Gran Guerra, como se la llamó pensando que nunca habría otra barbarie semejante que le siguiera- y contaba regocijado la vida principesca que disfrutó en esa Europa devastada, pues provenía de la próspera Cuba con suficientes recursos para satisfacer sus necesidades y caprichos: entonces compró una enorme cantidad de objetos de arte y antigüedades que le sirvieron para montar su estudio fotográfico, considerado como el más elegante de Cuba en esa época. En medio de esa profusa escenografía se podían encontrar armaduras medievales, bargueños renacentistas, varios muebles firmados por Boulle, y un espléndido mueble de fina marquetería de tres cuerpos, con un gran espejo biselado central: «En ese mueble colgaron sus sombreros y sus paraguas los hombres más eminentes de Francia, hasta Napoleón III: era de Sarah Bernhardt». En la mano solía llevar un anillo precioso, de delicada factura, cincelado por Benvenuto Cellini y que adquirió «por una bicoca» en Florencia, según me dijo.

Blez conservó su claridad mental y artística hasta los meses finales de su vida. Lo acompañé una de las últimas veces que salió de su casa, pues me propuso visitar la casa de un antiguo amigo suyo, Orestes Ferrara, ya convertida entonces en el Museo Napoleónico. Allí deambulamos y él recordó numerosas anécdotas de ese tiempo que ya se había ido, dejándolo a él como uno de los últimos sobrevivientes: era la gran época de los años 20 al 50 en Cuba, donde fue, cuando no protagonista, muchas veces espectador –y memorialista- de primera fila. Varias de mis fotografías infantiles fueron realizadas por Blez e ilustran este texto. Y en especial la última que creo tomó, pues a los pocos días ya cayó en cama postrado por una hemiplejia y murió un par de meses después, a los 88 años de edad, atendido amorosamente por su cuñada, la paciente Olga, que lo veneraba como a un padre, y rodeado por sus sobrinos «Muñeca» y Pepito y todos los que le queríamos.

En esa última foto estoy sentado en una banca del jardín del Museo Napoleónico, y llevo en la mano el bastón de Blez, una gruesa y ligera caña de Indias, con empuñadura de marfil y un monograma en oro donde aparecían entrelazadas sus iniciales, JBM: era el apoyo final de aquel artista de fama internacional, que fotografió toda una época, del que hay cuatro obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, y quien se llevó a la tumba el secreto para sensibilizar la porcelana, el marfil y el terciopelo donde imprimía sus imágenes.

Descanse en paz, en la gloria de su arte, mi «tío» Joaquín Blez, tesoro cubano por fin en vías de recuperación. Este 2016, el 5 de diciembre próximo, se cumplirán 130 años de su natalicio; sirva esta evocación como un sencillo pero sincero y emocionado homenaje anticipado. Debe estar ahora muy ocupado allá arriba, tomando fotos maravillosas de ángeles y santos, dándoles, con la magia de su lente, una reforzada inmortalidad dentro de la misma inmortalidad celestial.

Notas del artículo

1.  Años después, regresé por esos rumbos precisamente con el Padre Gaztelu, para escribir un reportaje sobre la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad de Baracoa, con un diseño que recordaba a Le Corbusier, del arquitecto Eugenio Batista, con obras importantes de los pintores René Portocarrero y Mariano Rodríguez y el escultor Alfredo Lozano. Mi trabajo se publicó en la revista Cuba Internacional: «Dos iglesias, dos pintores», Sección Contrapunto, La Habana, julio de 1983, p. 61. En esa época el Padre Gaztelu estaba muy marginado de la cultura oficial por su cercanía con José Lezama Lima (muerto en 1976). Al año siguiente -1984- se exilió en Miami, donde lo visité varias veces. Falleció en 2003.

2.  La primera bandera cubana, como se sabe, fue confeccionada apresuradamente, con materiales bastos y perecederos, por Candelaria Acosta Fontaigne, «Cambula», hija del mayoral de Céspedes y, ya viudo este de su primera esposa, su amante; después, Isabel Vázquez y Moreno, casada con Pedro (Perucho) Figueredo y sus hijas (Candelaria, Eulalia, Blanca, Eloísa, Piedad y María) hicieron una segunda, con mejor resultado que la anterior pero aún imperfecta. Como ninguna de las dos cumplió con lo deseado por Carlos Manuel de Céspedes, le encargó a su futura nuera Felicia la confección de una enseña con materiales de primera y con arreglo a las normas de la heráldica. Fue cosida a máquina y con la estrella perfectamente delineada a compás, todo lo contrario de la de «Cambula», cosida a mano, como puede demostrar cualquier sencillo examen directo.

3.  La página oficial cubana EcuRed dice: «aunque no se cuenta con datos fidedignos acerca de su aspecto físico, cabe suponer que haya sido una mujer blanca...» De su vínculo con el Padre de la Patria, su suegro, no se menciona nada. También está bastante errada la entrada «Bandera de La Demajagua» del mismo sitio EcuRed, pues confunde los datos y afirma que la bandera hoy conservada es la de «Cambula», punto que, según se aclaró hace muchos años, no es así. También vinculan a Felicia Marcé casada con un coronel Manuel Milanés Céspedes, cosa que no es cierta.

4.  Conozco la existencia, pero no la he examinado, de una caja de documentos titulada «Blez Family Papers (1863-1941)» en la Cuban Heritage Collection de la University of Miami.

5. «El Capitolio dinamitado», Opina, La Habana, Nº 41, Diciembre de 1982, p. 23.

6.  Afortunadamente, la sensatez se ha impuesto finalmente y desde hace algunos años el arte de Blez se ha venido recuperando y estudiando por especialistas muy capaces. En la Fototeca Nacional de Cuba su obra ocupa hoy un merecido y durante mucho tiempo negado lugar de honor.

Del Autor

Alejandro González Acosta

La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.

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Tomado de: Este Lunes

Friday, August 28, 2026

ESTEBAN SALAS, EL BACH CUBANO (*)

(**) Por Teresa Fernández Soneira

“… fue el más sabio y el más ilustre de los músicos cubanos, el Presbítero Don Esteban Salas, el “Bach cubano” como se le ha llamado siempre; bajo su dirección aprendieron los pocos músicos que entonces cultivaban el arte en ese país”[1]. Rafael Salcedo.

Poco se ha escrito de él y mucho menos reconocido al primer gran compositor clásico que tuvo Cuba, el músico habanero Esteban Salas y Montes de Oca. Pero debido a la importancia del papel que desempeñó en la historia de la música cubana del siglo XVIII, nada más justo que colocar a Salas en el lugar que le corresponde.

El historiador José Luciano Franco encontró la partida de bautismo de Salas en la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje. En ella consta lo siguiente:

Libro III de bautizos de blancos, del Archivo Parroquial del Santo Cristo del Buen Viaje, correspondiente al año 1726, figura inscrito con el número 77, el de Esteban Salas, que nació el 25 de diciembre de 1725 en la ciudad de La Habana. Hijo legítimo de Don Tomás de Salas y Castro y Doña Petrona de Montes de Oca, ambos naturales de Islas Canarias. Folio 13 (vuelto)[2].

Parroquial del Santo Cristo del Buen Viaje, La Habana, Cuba.

Monseñor Ramón Suárez Polcari en su Historia de la Iglesia Católica de Cuba[3], relata: “Sus contemporáneos lo describen con tez morena, nariz aguileña, frente despejada, labios gruesos y carnosos, y sensibilidad tropical exuberante en su obra. Hombre de Iglesia, siempre vestido con el traje talar, muy escueto y pobre, con la tela envejecida hasta la trama”.

De joven, Esteban Salas se educó en La Habana. Primero estudió gramática, y luego ingresó como tiple de coro en la Parroquial Mayor. Algunos años más tarde se matricula en la Universidad de La Habana y estudia Filosofía y Teología, y aprende los oficios de organista y compositor, pero no termina sus estudios de Derecho Canónico por motivos de salud. Desde muy joven vive como un sacerdote aunque se considera indigno de ordenarse. Ha hecho votos de pobreza y castidad, y siempre viste de negro.

La Parroquial Mayor de La Habana (la ciudad aún no tenía catedral) poseía un alto nivel de riqueza material y actividad intelectual por el intercambio comercial, ya que las flotas que regresaban a España y que viajaban en la ruta de Veracruz-Habana-Sevilla, y luego Cádiz, hacían escala en La Habana. Por esa vía se cree vinieron a la Isla los maestros españoles que servirían en la Parroquial Mayor, y que pudieron preparar a un músico de la talla de Esteban Salas. Santiago de Cuba, aunque era capital de la Isla, no tenía la vida cultural que tenía La Habana, pues se encontraba en el extremo oriental de la isla, con pocos recursos económicos por la lejanía de las rutas comerciales. En La Habana, los instrumentos eran usados para los oficios religiosos, pero en Santiago se carecía hasta de libros de música, y en Cuba los organistas y músicos permanecían en sus cargos por poco tiempo pues tenían su vista siempre puesta en La Habana.

Sala Parroquial del Museo de la Ciudad de La Habana.

En 1722, el Obispo Francisco Jerónimo Valdés funda en Santiago de Cuba el Colegio Seminario de San Basilio el Magno y establece una cátedra de canto llano. Eso, sin embargo, no soluciona el dilema de la música en la Catedral de Santiago. En diciembre de 1755 el Cabildo se dirigió al Rey Fernando VI, pidiéndole licencia y ayuda para finalmente establecer una capilla de música en Santiago de Cuba. No sería hasta diez años después que Carlos III (sucesor de Fernando VI), respondiera a la solicitud.

Pedro Agustín Morel de Santa Cruz (1694-1768)

Mientras tanto, en 1753 Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, de la Española, había sido nombrado Obispo de Cuba y establecido su residencia en La Habana. Allí conoce a Esteban Salas y piensa que él es la persona indicada para constituir la capilla de música de Santiago de Cuba. Al recibirse el 26 de abril de 1765 la Real Cédula, Morell de Santa Cruz pide entonces a Salas que se traslade a Santiago.

Salas en Santiago de Cuba

Cuando Salas llega a Santiago es ya un hombre maduro. Su extremada modestia comienza a dar de qué hablar. Los canónigos, algo desconfiados, lo someten a prueba y le exigen la composición inmediata de un himno a la Virgen. Salas sale victorioso de aquel examen escribiendo el motete Ave Maris Stella. Algo tranquilizado, el Cabildo le hace otra encomienda: la composición de un salmo que Salas también escribe para beneplácito de los más exigentes. Finalmente le es concedida la plaza de Maestro. Muy pronto el Cabildo también le confía a Salas la enseñanza de algunas clases en el Seminario San Basilio el Magno, enseñando allí las cátedras de Filosofía, Teología y Moral. Salas lo acepta a condición de no recibir estipendio alguno. Escribe también varios textos de filosofía que son publicados.

Una vez asentado en Santiago en su nuevo cargo, Salas comienza a laborar intensamente y pide al Cabildo un estipendio de 1,400 pesos anuales para el mantenimiento de la capilla, y una asignación de 370 pesos para él. Expone la gran pobreza de los músicos que habrían de actuar bajo su dirección y la necesidad de que puedan llevar una vida digna. Después procede a la creación de plazas: tres tiples, dos altos, dos tenores; dos violines, un violón, dos bajones y un arpa, además del órgano: un total de catorce ejecutantes. No es mucho, pero es un buen comienzo para una iglesia que sólo había conocido, hasta entonces, organistas temporales y capilla de dos voces. Hace trabajar mucho a sus músicos y cantores, y les impone nuevas disciplinas. Forma a varios discípulos, entre ellos Manuel Miyares y Francisco José Hierrezuelo. Está siempre componiendo y escribe con letra clara y segura, lo que más tarde haría más fácil el descifrar sus manuscritos.

El entusiasmo que puso Salas por hacer de la capilla de música de la Catedral algo digno de ésta, se aprecia por los resultados. La capilla se fue enriqueciendo con flautas, oboes, trompas y violas, llegando a establecer una pequeña orquesta clásica que podía ejecutar sinfonías, convirtiendo a la Catedral en sala de conciertos. El historiador Pablo Hernández Balaguer[4] dice: “Salas fue el verdadero punto de partida de la práctica de la música seria en Cuba. Con él comienza a apreciarse en Cuba y a diferenciarse la música popular de la música culta en el templo y en el pueblo”.


Cuando en 1783 parecía haber llegado al punto más alto de su carrera, el Supremo Consejo de Indias le exige la devolución de las sumas suplementarias que le habían estado entregando para mayor lucimiento de la capilla de música. Sorprendido y desconcertado, sin saber cómo reunir aquella tremenda cantidad de dinero, dirigió una larga carta al Rey explicando lo ocurrido. Pero la respuesta se hizo esperar siete años, y en ese tiempo la angustia y la incertidumbre quebrantaron su salud hasta el extremo de que estuvo a punto de morir. Por entonces los canónigos lo instan a que tome las órdenes sacerdotales, pero por estimarse a sí mismo indigno de llevar el hábito o de decir misa, sigue en su propio mundo, llevando traje de abate.

Dr. Antonio Feliú y Centeno (1728-1791)

En 1789, el Obispo Antonio Feliú y Centeno llega a Santiago. Mientras el Cabildo lo agasajaba, observa que Salas permanece en segundo plano, en medio de los monaguillos. El prelado va hacia él, le toma en brazos y le pide que solicite su ordenación. Esta vez el músico accede y recibe la primera tonsura en noviembre del mismo año, y en marzo de 1790 ya es sacerdote. El Viernes Santo de 1790 recibe la tonsura y oficia su primera misa, componiendo para aquella ocasión tan solemne un Stabat Mater monumental. “[Salas] llegó a vivir como un mendigo”, nos dice Monseñor Polcari[5] en la obra ya citada. “Su sotana se iba haciendo trizas y sólo se alimentaba con chocolate, pero seguía atendiendo a sus deberes ministeriales… aunque todo el dinero debía entregarlo para sufragar las deudas”, termina diciendo Polcari.

El 12 de noviembre de 1801, una Real Cédula pone fin a la deuda y a su preocupación, pero ya para Salas era muy tarde. Enfermo y deprimido, deja de existir, en la mayor pobreza, el 15 de junio de 1803, después de haber desempeñado su cargo por 39 años. Su cuerpo fue sepultado en la Santa Iglesia del Carmen[6], y el señor obispo dispuso que sus exequias se hicieran con la mayor pompa y solemnidad, y toda la ciudad de Santiago de Cuba se asoció al duelo. El día de sus funerales se leyeron estos versos:

No es muerto Esteban no, que vida ha sido/ de perdurable paz su monumento; por él con subterráneo apartamento/a la mansión de Dios se nos ha ido. Ya desnudo del hombre mal nacido/dejó la patria y valle turbulento, viajando en derechura al firmamento/por la lóbrega senda del olvido. Puerta dichosa fue, no sepultura/la que le abrió el destino en su partida.

Salas deja al morir un precioso legado al Archivo Catedralicio compuesto por más de un centenar de obras. En los años subsiguientes a su muerte se siguieron oyendo en la Catedral de Santiago sus villancicos y algunas otras obras como la Misa de Réquiem. Esta obra fue perpetuada por Juan París[7], el maestro de capilla que le sucedió, quien realizó numerosas copias de las composiciones de aquél de modo que pudo continuarse y renovarse su interpretación en los oficios de la Catedral. En 1855, el Semanario Cubano publicó el primer artículo dedicado a la memoria de Esteban de Salas, cuya obra fue calificada como ‘venerable”. En lo adelante, alguna que otra vez su nombre fue mencionado en estudios sobre la música cubana, pero una vez disuelta la capilla y con la entrada del nuevo siglo, su figura comenzó a ser poco a poco olvidada.

No sería hasta la década de 1940 en que el escritor, investigador y musicólogo Alejo Carpentier se da a la tarea de desenterrar la obra de Esteban Salas y Montes de Oca. Los documentos y las obras se encontraban en estado lamentable y en gran desorden en un armario de la Catedral, y su estudio fue tarea larga y paciente. Algunas partituras no sólo estaban semi destruidas, sino que fue preciso hacer un estudio minucioso de muchas otras obras para determinar lo que era realmente obra suya. “Las prolongadas búsquedas que nos llevaron a dar con un buen lote de partituras de Salas”, dice Alejo Carpentier, “arrojan plena luz sobre una figura que no sólo es adquisición para Cuba, sino para la historia musical de todo el continente”[8].

A raíz de este hallazgo, los investigadores se dedican a estudiar la figura de Salas, y en 1953, al cumplirse los 150 años de la muerte del compositor, José Luciano Franco escribe para la revista Carteles un artículo titulado “Salas, el compositor olvidado”. Tres años más tarde, Pablo Hernández Balaguer[9] comienza la ardua labor de catalogación de la obra. “De toda la música conservada de este compositor, 146 obras en total, sólo 80 y tantas pudieron ser devueltas a la vida; las demás solamente nos dan una pista de lo que fueron”, dice Hernández Balaguer. “No obstante, tal pista es en extremo valiosa para la investigación, pues nos brinda la oportunidad de estudiar mejor la naturaleza de su música, el conjunto vocal e instrumental de que se valía Salas, a más de otros aspectos de su obra”, termina diciendo Hernández Balaguer.

Salas compuso misas, lecciones, las Siete Palabras, un Himno a la Virgen, pasionarios, salmodias, Letanías del Corazón de Jesús, Letanías del Trisagio; 16 salves y motetes para la Octava de la Asunción; te deums, stabat maters, motetes, pastorelas y 30 villancicos, así como un himno titulado Saludad a la Aurora Divina, autos sacramentales y unas canciones compuestas junto con Pérez y Ramírez. Carpentier añade: “[…] la finura, el buen gusto, el frescor de ideas, nunca abandonan a Salas. Su lenguaje es además conciso y directo. No hay espacio perdido. Se vale del canon y de la fuga con frecuencia, pero no abusa gratuitamente del juego contrapuntístico”[10].

Conciertos, grabaciones y publicaciones

En 1959 el Coro de Madrigalistas, dirigido por el maestro Manuel Ochoa, grabó un disco de villancicos en el que aparecen varios villancicos de Salas. En 1960 se interpretó la música de Salas en la Catedral de Santiago, repitiéndose el mismo programa en La Habana. Después, el viernes 15 de abril de ese mismo año, Viernes Santo, en la iglesia del Espíritu Santo de La Habana, Monseñor Ángel Gaztelu[11], su párroco entonces, predicó el Sermón de las Siete Palabras a la par que se interpretaba, por primera vez la versión musicalizada de este texto atribuida a Esteban Salas. Este oficio de Semana Santa fue dirigido por Juan Viccini y estuvo a cargo de un coro, dos solistas y un conjunto de cuerdas[12].

En 1996 el coro Exaudi de Cuba, bajo la batuta de María Felicia Pérez, graba los tres primeros discos compactos con música de este compositor, y más tarde el conjunto Música Antigua Ars Longa, bajo la dirección de Teresa Paz y Aland López, continúa el “rescate” y difusión de la obra de Salas con los discos: Nativité en Santiago de Cuba, y Cantus in honore Beatae Mariae Virginiae. Estos coros han seguido ofreciendo conciertos y dando a conocer la música religiosa de Salas en Cuba y en el extranjero. También se han venido celebrando los Festivales de Música Antigua Esteban Salas en La Habana. Importante es la colección de libros Música Sacra de Cuba, siglo XVIII, escritos por la musicóloga cubana Miriam Escudero.

En Miami, el grupo coral Seraphic Fire, con residencia en esta ciudad, presentó en septiembre del 2008, y luego en enero del 2019, unos conciertos de música religiosa de Latinoamérica, y escogió de Cuba la música de Salas. Como dijo esa noche su director, Patrick Dupré Quigley, “oirán las composiciones de Esteban Salas como hubieran sonado en la Catedral de Santiago de Cuba en el siglo XVIII”. Para los que pudimos asistir, estos conciertos fueron memorables.

En palabras de Carpentier, Salas “fue un verdadero místico” y el primer gran compositor serio de música religiosa clásica que tuvo Cuba. De él parte en línea recta la tradición que luego continuarían Laureano Fuentes, Ignacio Cervantes, Cratilio Guerra, Antonio Raffelin, Manuel Saumell y otros. La vida de Salas estuvo llena de dificultades y siempre tuvo que luchar contra los que, celosos de su talento, se empeñaban en amargar su productiva vida. Pero nos ha quedado su música que le ha conquistado, aunque dos siglos después de su muerte, un lugar cimero en la historia de la música religiosa de Cuba.

Discografía:

Esteban Salas: Les Grandes Heures du Baroque Cubain, 1996

Esteban Salas: un barroco cubano del siglo XVIII, 1996

Nativité à Santiago de Cuba, 2001

Cantus in honore Beatae Mariae Virginis, 2002

Esteban Salas: un barroco cubano, 2003

Esteban Salas. Passio Domini Nostri Jesu Christi, 2004

Referencias:

Pablo Hernández Balaguer, Los villancicos, cantatas y pastorelas de Esteban Salas, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987, cédulas y órdenes, legajo 2, núm. 198.

Mons. Ramón Suárez Polcari, Historia de la Iglesia Católica de Cuba, Vol. I, Ediciones Universal, Miami, Florida, 2003.

Hernández Balaguer, Pablo, Ibid.

Según Alejo Carpentier en obra citada: Libro de Entierros No. 7, folio 25 vuelto, No. 50, Catedral de Santiago de Cuba.

Alejo Carpentier, La Música en Cuba, Fondo de Cultura Económica, México, 1972.

Balaguer, Pablo Hernández, El Más Antiguo Documento de la Música Cubana, Editorial Letras Cubanas, 1986.

Carpentier, Alejo, Ibid.

Bibliografía

Arrate, Martín Félix de: Llave del Nuevo Mundo, Antemural de las Indias Occidentales, Fondo de Cultura Económica, México.

Balaguer, Pablo Hernández: Los Villancicos, Cantatas y Pastorelas de Esteban Salas, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986.

Carpentier, Alejo: La Música en Cuba, Fondo de Cultura Económica, México, 1972.

El Más Antiguo Documento de la Música Cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986.

Miriam Escudero: “Esteban Salas in aeternum”, Opus Habana, La Habana, 11 de julio de 2003, en www.opushabana.cu/noticias.

____________: Esteban Salas, maestro de capilla de la Catedral de Santiago de Cuba (1764-1803). Libros I-VIII, Ediciones Boloña, Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, Universidad de Valladolid, España, Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana.

Suárez Polcari, Mons. Ramón: Historia de la Iglesia Católica de Cuba, Vol. I, Ediciones Universal, Miami, 2003.

Trelles, Carlos M.: Bibliografía Cubana de los siglos XVII y XVIII, La Habana, Imprenta del Ejército, 1927.

(*) Tomado del blog Gaspar, el lugareño. Publicado originalmente en la Revista Herencia Cultural Cubana, Miami, marzo 2009, pp. 87-91.

(**) Teresa Fernández Soneira (La Habana 1947), es una historiadora y escritora cubana radicada en Miami desde 1961. Ha hecho importantes aportes a la historia de Cuba con escritos y libros de temática cubana, entre ellos, CUBA: Historia de la educación católica 1582-1961, Ediciones Universal, Miami, 1997, Con la Estrella y la Cruz: Historia de las Juventudes de Acción Católica Cubana, Ediciones Universal, Miami, 2002. En los últimos años ha estado enfrascada en su obra Mujeres de la Patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba, (Ediciones Universal, Miami 2014 y 2018). El volumen I dedicado a la mujer en las conspiraciones y la Guerra de los Diez Años, y el volumen 2, de reciente publicación, trata sobre la mujer en la Guerra de Independencia. En estos dos volúmenes la autora ha rescatado la historia de más de 1,300 mujeres cubanas y su quehacer durante nuestras luchas independentistas.


[1] Carlos M. Trelles: Bibliografía Cubana de los siglos XVI y XVIII, La Habana, Imprenta del Ejercito, 1927.

[2] Pablo Hernández Balaguer: Los villancicos, cantatas y pastorelas de Esteban Salas, Editorial Letras Cubanas, La Habana 1987, cédulas y órdenes, legajo 2, núm. 198.

[3] Mons. Ramón Suárez Polcari: Historia de la Iglesia Católica de Cuba, vol. I, Ediciones Universal, Miami, 2003.

[4] Pablo Hernández Balaguer, Ibid.

[5] Suárez Polcari, Ibíd.

[6] Según Alejo Carpentier en obra citada: Libro de Entierros No. 7, folio 25 vuelto, no. 50, Catedral de Santiago de Cuba.

[7] Juan París (Barcelona, 1759 – Santiago de Cuba, 1845) sacerdote y compositor.

[8] Alejo Carpentier: La Música en Cuba, Fondo de Cultura Económica, México, 1972.

[9] Hernández Balaguer, Pablo, Ibid.

[10] Hernández Balaguer, Pablo, Ibid.

[11] Ángel Gaztelu, (Puente la Reina (Navarra, España), 1914-Miami, Florida octubre 2003). Emigró con su familia a Cuba y se naturalizó cubano. Sacerdote, escritor, poeta, y una de las figuras principales del grupo literario Orígenes que marcó el desarrollo de la poesía en Cuba en los años 40 del siglo XX.

[12] 13 Miriam Escudero: “Esteban Salas in aeternum”, Opus Habana, La Habana, 11 julio 2003.