Friday, September 18, 2026

¿CUBANO O GUSANO? UNA CUESTIÓN VITAL (*)

Por Enrique del Risco

Una tribuna para la paz democrática, Antonia Eiriz (1968)

Nueva York, 1998, en mi primer día en una universidad norteamericana. El primer condiscípulo con que me encuentro me pregunta de dónde soy.

—De Cuba —respondo.

—Pero ¿cubano o gusano?

No estuve a la altura de las circunstancias, lo confieso. En lugar de explicarle lo ofensiva que podía ser esa palabra que había soltado con tanta ligereza, como si se tratara apenas de una precisión geográfica, o geopolítica le respondí que gusana sería su abuela. Ese resultó el camino más corto para hacernos amigos hasta que la vida nos perdió de vista, pero el incidente debió enseñarme lo que pensaría para sí cualquiera que tuviera nociones mínimas de geografía y política: ¿Cubano o gusano? ¿cubano de Cuba o de Miami? ¿Representante más o menos voluntario de aquella revolución que había iluminado los convulsos años sesenta´s, o desperdicio caído del carro de la Historia? Y, dependiendo de la respuesta, quedaría sellado tu destino en los medios culturales fuera de la isla. Medios dominados por un progresismo que ve al régimen cubano con los mejores ojos posibles a pesar de sí mismo.

«¿Cubano o gusano?» es una pregunta retórica. Antes de contestarla quien la hizo ya la respondió por ti. Pregúntenle a la gran artista Antonia Eiriz. Pensábamos que el silencio de veinte años de la pintora obedecía a exclusivamente a la censura patria. Sin embargo, Papier maché, obra del dramaturgo Carlos Celdrán, nos revela que la primera acusación en toda regla contra la artista vino de la crítica argentina Raquel Tibol, radicada en México. La «descubridora» de Frida Khalo cargó contra una exposición de la Eiriz y Raúl Martínez auspiciada «por la embajada de la Cuba revolucionaria en México». La tesis de Celdrán, puesta en boca de Eiriz es que si «una autoridad, una leyenda [como Tibol] se dio el lujo de atacarme, ¿cómo ellos [los censores locales] no iban a posicionarse? Le hicieron caso, sobre todo Portuondo, que se vio, imagino, humillado, porque la Tibol desde México despertó́ las alarmas que él debió́ haber despertado antes sobre mí».

Celdrán expone en Papier maché el curioso caso de críticos en el «mundo libre» más celosos que los de un estado totalitario. Y de cómo los primeros terminan condicionando la labor de los segundos. Caso raro en aquellos años en que los comisarios locales dejaban muy poco trabajo a los internacionales pero, por ello mismo, revelador. La permisividad local hasta entonces quizás pudiera atribuirse a la conciencia de los censores de que se hallaban ante una artista cuyo arte les costaba aquilatar. «Antonia Eiriz es actualmente el único creador, dentro de la pintura cubana, capaz de sorprenderme» escribía el novelista y crítico Edmundo Desnoes en 1964. En cambio, desde fuera del país las exigencias eran otras. «¿Cómo era posible que Cuba exportara un arte nihilista, trágico, que sembraba la desesperanza, la desolación?» le hace decir Celdrán a la Tibol en la obra— «¿Qué señal equívoca, rara, era aquella para nosotros, para Latinoamérica?». Al arte cubano —o los cubanos en general— le habían asignado la misión de ofrecer esperanza al mundo y, por esta vez, la había incumplido.

No obstante, la crítica original de Tibol, publicada en la revista Política en noviembre de 1966, es bastante más feroz que las alusiones de Papier maché. En Política Tibol cuestiona a Eiriz por su «falta de claridad» y la somete a un interrogatorio retórico. El origen de la inconformidad manifiesta en la obra de Eiriz «¿Es el Estado socialista? ¿Es la disciplina muchas veces férrea de una sociedad que se quita los pañales y se estructura y se construye racionalmente? ¿Es la colectivización de los bienes materiales y, en consecuencia, de muchos bienes de espíritu?». Luego Tibol pasa a los cuadros concretos: «¿qué nos quiere decir con esas manchas de rojo en los dedos de un barbudo? ¿Que al ocupar la tribuna habla de hechos de sangre? ¿Que el que habla tiene sangre en las manos?». Y concluye: «Las dos cosas serían ciertas y ninguna criticables [sic] para cualquier revolucionario que oiga el discurso del guerrillero».

Lo que un censor estatal cubano suele ocultar tras discreto velo —la sangre derramada por ese mismo Estado— no ofrece inconveniente mayor a la crítica por cuenta propia que interroga la obra de Eiriz y concluye: «Antonia Eiriz expresa su repugnancia por hechos frecuentes en cualquier sociedad que entra en cambios estructurales». Los fusilamientos, la represión son reducidos a la condición de «hechos frecuentes» que la artista debería aceptar con el mismo fervor con que se los aplaude desde el exterior. Pero al no hacerlo, se la acusa por la poca claridad y el exceso de escrúpulos. El propio Celdrán le hace decir a Tibol en Papier maché: «porque el arte no está́ nunca por encima de las causas del mundo, Antonia» entendiendo que al ser reducida la realidad cubana a ilustración y cifra de una causa no le estaba permitido a los artistas cubanos expresar sus objeciones a dicha causa. Tibol desde México y la censura cubana posterior sellarán el destino de Eiriz quien dejará de pintar desde 1968 hasta su salida de Cuba en 1990. De ahí que en Papier maché el personaje de Héctor, quien intenta montar la obra que ha escrito sobre Antonia Eiriz, tenga esta conversación con el español encargado de evaluar su propuesta:

Programador. (Pausa. Bebe de su cerveza). Pena que no haya sido una artista muy conocida.

Héctor. Sí lo es y mucho...

Programador. Me refiero a que no haya logrado ser una artista reconocida internacionalmente.

Héctor. Sin embargo, su factura sí es de primer nivel.

Programador. Lo sé, por supuesto, pero a veces eso no es suficiente. […] Podríamos estar hablando, entonces, de una artista local, no digo que sobredimensionada, pero sí con una obra reducida, importante, quizás, pero poco promocionada.

Un perfecto círculo vicioso: si una crítica argentino-mexicana se pregunta en 1966 por qué de la Cuba revolucionaria se exporta un arte poco ejemplar, «obviamente pequeño burgués», condenándolo al ostracismo, al siglo siguiente un programador de teatro en España se permite rechazar una pieza teatral sobre la artista aduciendo que no es lo bastante conocida. Tengamos en cuenta que tanto la crítica del siglo pasado como el programador en este son gente progresista, integrantes de lo que el checo Milan Kundera definiría como la Gran Marcha. La «marcha de revolución en revolución, de lucha a lucha, siempre adelante» que permite convertir cualquier vida tediosamente burguesa en parte de la revolución mundial. Porque la Gran Marcha consiste en conservar la ilusión colectiva que hace admirable a las revoluciones: «el riesgo, el coraje y el peligro de muerte, una vida vivida a gran escala». La ilusión de que, pese a los continuos contratiempos causados por la reacción, la humanidad sigue empeñada en «ese hermoso camino hacia delante, el camino hacia la fraternidad, la igualdad, la justicia, la felicidad y aún más allá». Y si el castrismo ha fracasado en proporcionarle a su pueblo fraternidad, igualdad, justicia y la felicidad ha conseguido en cambio que se reconozca a la Revolución Cubana como uno de los hitos indispensables de la Gran Marcha. Y que, por tanto, renegar de la Revolución Cubana se convierta en un perdonable acto de traición a la Gran Marcha.

Segunda anécdota personal

Sería el año 2002. Madrid. Una amiga me gestiona el contacto con una importante editorial española para entregar mi manuscrito. Al recibirlo y ver el título —Leve historia de Cuba— la funcionaria de la editorial pregunta:

—¿Este es un libro anticastrista?

—No. El anticastrista soy yo —le respondo— Esto es literatura.

Donde ella dijo «anticastrista» puede entenderse perfectamente «contrarrevolucionario», «gusano». O sea, contrario al rumbo de la Historia que comparten la crítica de Eiriz, el programador de Papier Maché y la propia empleada de la editorial. Uno se pregunta ¿cuánta intuición debió tener aquella señora para determinar la condición política de una obra con solo leer el título? ¿Le bastó leer junto a la pesada «historia» la palabra «leve» para detectar mi condición de disidente de la Gran Marcha, de gusano? ¿Conocía mi interlocutora la subversiva connotación de la palabra «leve» en la obra del checo Kundera?

Wifredo Lam, La Jungla, 1943, Museum of Modern Art, New York, NY, USA. Detalle.

Tomemos el caso de otro artista, también cubano, pero internacionalmente reconocido, como preferiría el programador español en la obra Papier maché. Hablo de Wifredo Lam, quien recorrió el mundo como representante de la Cuba revolucionaria, aunque con el cuidado de no residir en el país que pretendía encarnar. Este año 2026 del señor el Museo de Arte Moderno de Nueva York le dedicó una impresionante retrospectiva a su obra. No obstante, al Lam de la expo del MoMA no se lo presentó como símbolo de la Revolución Cubana, fenómeno que hace tiempo se va haciendo impresentable. When I Don’t Sleep, I Dream, el título de la expo del MoMA, es presentada dentro del discurso de la crítica decolonial, uno de los nuevos avatares de la Gran Marcha en los marcos de la academia. «Como declaró célebremente —nos dice el texto con el que los curadores presentan a Lam— su obra buscaba ser ‘un acto de descolonización’». Un anuncio que permite conservarle a Lam un puesto en la Gran Marcha, tan cambiante en sus consignas como las explicaciones del pintor sobre el significado de su obra. Según su ex esposa Helena Holzer en sus memorias llenas de admiración por Lam, las declaraciones de este sobre el cuadro Le présent eternel en los años setentas como representación de la prostitución y los prejuicios raciales en la Cuba prerrevolucionaria «no reflejan sus sentimientos ni sus intenciones en el momento en que creó esta espléndida y enigmática obra, en 1944. En aquel entonces, constituía una trinidad que representaba el ave del amor y el arma de la destrucción (los opuestos Yin y Yang) flanqueando al Tao supremo en el centro».

Afortunadamente, a diferencia de los tiempos en que los lineamientos artísticos eran trazados por Stalin, Zhdánov o Trotsky, a un artista se le perdona que un cuadro pueda ser a veces una representación de conceptos de la filosofía taoísta y, otras, una denuncia social. Más complicado para un discurso enfrascado en la crítica de las jerarquías eurocéntricas, es explicar por qué uno de los representantes de manual del discurso anticolonial vivió casi toda su vida en Europa. Sobre todo, considerando que en 1959 triunfó en Cuba ese hito de la Gran Marcha y de la narrativa decolonial que es la Revolución Cubana. Cierto que Lam no solo se abstuvo de criticar al régimen cubano sino erigió en su incansable defensor en el mundo artístico. Sin embargo, esa insistencia en mantener prudente distancia física con su isla natal debió resultarle conflictiva a los curadores de la exhibición del MoMA. ¿La solución? Explicar la residencia de Lam en Europa hasta su muerte como rechazo al golpe de estado de Batista el 10 de marzo de 1953. Así lo expresa la prosa curatorial: «Tras el golpe militar de Fulgencio Batista, Lam abandonó Cuba de manera definitiva y se estableció en París». No obstante, dicha afirmación es negada por otro texto de la misma exposición. Es el que muestra un mural realizado por Lam en el Edificio del Seguro Médico en La Habana en 1956, o sea, en pleno régimen batistiano. Pero no se trata de ese hecho puntual. Aunque ciertamente a partir de 1952 Lam fija residencia en Europa como señala su biógrafo Lowery Stock Sims, el artista «mantuvo estrechos vínculos con Cuba a lo largo de la década de 1950» y «mantuvo su residencia en Marianao hasta la Revolución de 1959, lo cual le permitió pasar largos periodos en Cuba cada año hasta 1958». Más adelante, el biógrafo señala que «a pesar de la volátil situación política en Cuba durante la segunda mitad de la década de 1950, Lam continuó utilizando La Habana como base, particularmente cuando comenzó a viajar para exponer en Venezuela y México entre 1955 y 1957. Por otra parte, el hiato entre su salida de Cuba en abril de 1958 y el regreso «triunfal» en 1963 el biógrafo, más atento a los hechos que los curadores del MoMA, lo explica diciendo que el artista «perdió su casa y las posesiones que había dejado en Cuba, y sus pinturas fueron nacionalizadas por el gobierno y depositadas en el Museo Nacional de Bellas Artes». A pesar de estas pérdidas, Lam «fue ciertamente un partidario de los objetivos de la Revolución Cubana con respecto a la igualdad y la justicia social y económica». Para tratar de resumir el contraste entre las declaraciones públicas y sus elecciones vitales Stock Sims explica: «Así que para Lam mantener su reputación en un ámbito más amplio y también para ser un hijo de fe de Cuba [léase, para no ser declarado gusano] tuvo que lidiar con una miríada de contradicciones en su vida personal y profesional».

Lo anterior viene a resumir el minucioso acuerdo entre el artista y el nuevo régimen: mientras Lam le ofrecía a distancia su apoyo incondicional a la llamada Revolución Cubana esta no lo rebajaría a la condición de gusano como sucedía con todo el que mantuviera su residencia en el extranjero. Aunque a distancia, Lam era parte de la cultura revolucionaria. A eso se refiere el biógrafo con mantener «su reputación en un ámbito más amplio». Si para ello Lam debía renegar de su principal mentora en la cultura afrocubana, la etnóloga Lydia Cabrera, ahora gusana en el exilio, lo hacía. El mismo Lam que le había comentado a Carlos Franqui que su cuadro «La Jungla» contenía los retratos de Trotsky, de Breton, del propio Lam y de Lydia Cabrera le explica luego a un periodista francés que con su cuadro trataba de «representar el espíritu de los negros en su situación de entonces». Porque más allá de sus relaciones con el gobierno cubano Wifredo Lam debía tener muy claro que para ser aceptado en el establishment cultural del Primer Mundo como artista cubano debía estar en términos privilegiados con el régimen «revolucionario» de su país.

Ya para el momento del estreno de la retrospectiva de Lam en el MoMA en 2025 la Gran Marcha ha cambiado de forma y aspecto. Ahora las revoluciones no resultan tan atractivas y el discurso redentor de la lucha de clases ha cambiado al de la raza, el género o la teoría decolonial. Curiosamente la Revolución Cubana no se menciona ni una sola vez en los textos que acompañan la expo mientras que la gusana —y lesbiana— Lydia Cabrera es rescatada del olvido. La insistente residencia del artista en Europa viene a ser resuelta como rechazo al dictador de turno. Así su obra, presentada como «acto de descolonización» viene a ocupar el puesto asignado al Tercer Mundo en la Gran Marcha.

Última anécdota personal: solo lo gusano es político

Feria de Guadalajara. Diciembre del 2019. Me reúno con un agente literario para que me gestione un libro con el imprudente título de Nuestra hambre en La Habana. Su primera pregunta es:

—Pero este libro ¿es político?

Le contesto con otra pregunta:

—¿Y qué es lo que entiendes por político?

—Todo —me responde con prudencia.

—Pues si político es todo, este libro es político —replico, ya consciente de que nada voy a conseguir en esa reunión. Porque en realidad lo que me pregunta el agente (literario) es si mi libro es gusano. A treinta años de la caída del muro de Berlín comprendo que solo lo gusano es político. Incorrectamente político, quiero decir. Porque si todo es político nada lo es. O lo es solo si va a contracorriente de lo que Kundera llamaba la Gran Marcha.

Un caso similar a mi encuentro en Guadalajara puede verse en Papier maché. En su reunión con Héctor, el dramaturgo cubano que quiere montar la obra sobre Antonia Eiriz el programador español le objeta: «El tema central de tu proyecto es de interés local. En eso espero que concuerdes conmigo».

Héctor. ¡Es una artista!

Programador. Da igual como lo veas, es un fenómeno local. Y si, además, sumamos el ingrediente político...

Héctor. ¿Cómo?

Programador. Hay mucha ideología aquí́, ¿cierto o no?

Héctor. Era inevitable...

Programador. No hablo por nosotros, que se entienda. A mí me da igual lo que pienses políticamente. Es tu derecho. Sin embargo, es probable que muchos espectadores [lo] encuentren excesivo...

Esa insistencia en convertir la historia de una víctima ilustre de la tan internacionalizada Revolución Cubana en «tema local» es una de las tantas tácticas de los participantes en la Gran Marcha: ignorar las contundentes lecciones que nos va dando la historia o circunscribirlas a un ámbito muy limitado. Porque, más allá de las evidencias que aporta la realidad totalitaria esta no afecta el prestigio imperecedero de la Gran Marcha. Nos explica Kundera: 

¿Dictadura del proletariado o democracia? ¿Rechazo a la sociedad de consumo o incremento de la producción? ¿Guillotina o supresión de la pena de muerte? Eso no tiene la menor importancia. Lo que hace del hombre de izquierdas un hombre de izquierdas no es tal o cual teoría, sino su capacidad de convertir cualquier teoría en parte del kitsch llamado Gran Marcha hacia adelante. [Pero] La identidad del kitsch no viene dada por una estrategia política, sino por imágenes, metáforas, por un vocabulario.

Frente a las imágenes de Fidel Castro entrando en tanque en La Habana o del Che Guevara vivo o muerto insertas para siempre en el imaginario de la Gran Marcha cuentan muy poco los cuadros grotescos de Antonia Eirzi, los libros de Cabrera Infante, las investigaciones de Lydia Cabrera, los ensayos de Antonio José Ponte, la narrativa de Virgilio Piñera y Francisco García González, la poesía de Heberto Padilla, Néstor Díaz de Villegas, Emilio García Montiel o Jorge Salcedo o ese grito permanente que es la obra de Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales, Carlos Victoria, los hermanos Abreu y el resto de la generación de Mariel, todos ejemplos, del gran arte gusano. Lo gusano no en su acepción estrecha de contrarrevolucionario o anticastrista sino como rechazo profundo a ser dóciles integrantes de la Gran Marcha. Como si lo ocurrido en el último siglo no tuviera importancia. Como si no hubiera pasado nada o no quisiéramos aprender. Gusanos como Borges cuando escribía esos textos que se negaban a ser la ilustración de cualquier ideología, como en los ensayos de Octavio Paz, como Vargas Llosa en la Guerra del fin del mundo, como en ciertos cuentos de Arreola o hasta alguno de Cortázar, como en toda la obra de Roberto Bolaño posterior a 1989 en la que se negaba a ignorar las lecciones de la historia reciente. O como Orwell, Kundera, Sandor Marai, Solzhenitsyn, Nadezhda Mandelstam, Bulgakov, Platonov, Vasili Grossman, Wajda, Agnieszka Holland, Milosz, Hrabal, o Svetlana Aleksiévich.   

No es este un catálogo de arte político en el sentido usual del término. Si la política es «el conjunto de actividades que se asocian con la toma de decisiones en grupo» desde que el carro de la historia anda en piloto automático —y la consigna de que “todo es político” es el punto cardinal que guía a ese piloto automático— la única decisión auténticamente política es bajarse de este y seguir a pie, como buenamente se pueda.

«A la realidad le gustan las simetrías» escribió socarronamente Borges sabiendo que esa afición por la coherencia no es asunto de la realidad sino de la mente humana. Sobre todo de aquellos lanzados a la conquista de lo inexistente que recibe el nombre poético de utopía ya sea en nombre de la historia o del arte. Y estos amantes de las simetrías asumen que las vanguardias políticas y artísticas tienen que llegar por medios distintos a conclusiones idénticas, o lo que es lo mismo, a ser parte de distintos contingentes del mismo desfile. De esto concluyen que una obra solo tiene un valor esencial si acepta la parafernalia tribal de la Gran Marcha. No se trata de compartir los mismos ideales de justicia, libertad e igualdad sino de compartir y defender las mismas señas de identidad, las imágenes y el vocabulario kitsch de la Gran Marcha. Y mostrar pública adherencia a los mismos mitos fundacionales y a las inercias que de estos se derivan, y permanecer fieles «a la pureza de su propio kitsch».

Herederos veganos del estalinismo los marchantes actuales viven convencidos de la perfecta confluencia y simetría entre ideología y arte y condenan al que los contradiga al gulag blando de la cancelación. El artista gusano que trato de perfilar aquí no es aquel que comparte mismos resabios que la Gran Marcha aunque avance en dirección contraria. Hablo de aquellos que, parafraseando a Andrés Trapiello, piensan que el arte es lo contrario de la política porque la política persigue el éxito mientras que el arte nace siempre de un fracaso, o tiende a él. Un fracaso que nace de la sospecha de que los dioses que animan el mundo y los artistas que lo describen y cuestionan nunca han de ponerse de acuerdo. Y la melancólica convicción de que es mejor que sea así.

(*) Publicado originalmente en Hypermedia Magazine

Tuesday, September 15, 2026

BUENAS NOTICIAS PARA LOS CUBANOS EN PARTICULAR Y ADMIRADORES DE JOSÉ MARTÍ DE TODO EL MUNDO. Nuevas publicaciones

Noticias

Por Eduardo Lolo

 Carlos Ripoll (1929-2011)

La editorial Alexandria Library Publishing House me ha hecho llegar la grata noticia de que muchos libros de Carlos Ripoll (1929-2011), el más importante martianista del Exilio hasta el presente, se encuentran en la Internet para ser leídos gratuitamente. Entre ellas, obras icónicas tales como La vida íntima y secreta de José Martí, Doctrinas, máximas y aforismos, así como La falsificación de Martí en Cuba (estas dos últimas tanto en español como en inglés), José Martí. Antología Mayor: prosa y poesía, textos desconocidos del Apóstol descubiertos por Ripoll en sus investigaciones, y otras no menos importantes aportaciones a la historiografía martiana del reconocido ensayista.

Para tener acceso a estas obras sin las manipulaciones, anacronismos y falsificaciones castristas del ideario martiano, solamente tiene que pulsar el siguiente enlace: Obra de Carlos Ripoll

También nos informa Modesto (Kiko) Arocha que su editorial, en su esfuerzo por editar las Obras Completas de José Martí tal y como aparecieron originalmente, acaba de publicar José Martí: Escenas Norteamericanas. 367 artículos y ensayos de José Martí sobre Norteamérica (1181-1891), que recoge los dos primeros tomos de lo que Martí llamó sus Obras Completas y le entregara a Gonzalo de Quesada (su albacea literario) antes de abandonar Nueva York para luchar por la Independencia de Cuba y diera su vida «de cara al sol». El Editor recomienda la compra de la versión en Kindle (de sólo $8.56) porque con ella se puede hacer la búsqueda por palabras o frases de todo el libro. Para más información y su posible adquisición, pulse el siguiente enlace: AQUÍ.

El ideario y la obra de Martí, gracias a los martianistas verdaderos de casi siglo y medio, tanto en Cuba como en sus exilios y de otras nacionalidades, siguen incólumes y vigentes para el disfrute y la educación humanística de las nuevas generaciones de cubanos en particular e hispanos en general de todo el mundo.

Como cubano soy martiano, luego existo.

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TEXTO DE CONTRAPORTADA DE ESCENAS NORTEAMERICANAS

Por Eduardo Lolo

José Martí (1853-1895) fue un escritor, poeta, periodista y líder político cubano, conocido como uno de los principales héroes de la independencia de Cuba. Nacido en La Habana, Martí mostró desde temprana edad un profundo interés por la literatura y la política, desarrollando un fuerte sentimiento patriótico que lo llevó a enfrentarse al dominio colonial español en su país.

A los 16 años fue encarcelado por sus actividades independentistas y deportado a España, donde continuó su formación académica en Derecho y Filosofía y Letras, primero en la Universidad de Zaragoza y después en la Universidad Central de Madrid (hoy Complutense).

De regreso a América, Martí intentó asentarse en México, Venezuela y Guatemala; pero baldíamente, pues, según sus propias palabras, «la Colonia siguió viviendo en la República», ya que algunos de los próceres independentistas se convirtieron en caudillos y dictadores, lo cual le hizo carenar en los Estados Unidos al calor de una democracia todavía bisoña.

En Nueva York, Martí continuó su cruzada anti-colonialista y dejó el más fidedigno registro de la vida en el país que le acogiera, como puede apreciarse en esta edición de sus «Escenas Norteamericanas», la mayoría de las cuales él mismo seleccionó para integrar los dos primeros tomos de lo que serían sus Obras Completas. Combinando crónica con ensayo, Martí elogia lo positivo que apreció y, al mismo tiempo, criticó todo lo que le faltaba a la democracia norteamericana en su evolución histórica, la cual no culminaría hasta el siguiente siglo. Son piezas que se caracterizan por el acabado de su factura —como corresponde al periodismo literario decimonónico que cultivó exitosamente—, así como por la objetividad e imparcialidad de sus descripciones y la profundidad de sus análisis, de carácter visionario.

Desde el punto de vista estético, a Martí se le considera uno de los fundadores del Modernismo Hispano, tanto en prosa como en verso. En cuanto al contenido, desarrolló un ideario que rebasó el contexto histórico de la independencia de Cuba, para extenderse a toda la humanidad. Sumaría lo que hoy en día llamamos «derechos humanos», preconizando la ética como brújula histórica, la igualdad de razas, la soberanía de las naciones, el derecho de las féminas a una educación a la par de los varones, etc., etc.

En lo político, se mantuvo firme en su preferencia por el sistema republicano, a pesar de encontrarse todavía en sus primeras etapas de evolución moderna. Y hasta previó —con varias décadas de antelación— lo que habría de ser el socialismo en el poder, como atestiguan sus palabras refiriéndose a un estado donde se implantara un sistema socialista: «De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios».

José Martí murió el 19 de mayo de 1895 en la batalla de Dos Ríos, luchando por la independencia de Cuba. Su legado sigue vigente como símbolo de patriotismo, humanismo y amor por la libertad.

HISTORIA DE LAS FALSIFICACIONES CONTADA POR SUS PALABRAS (*)

Por Enrique Del Risco Arrocha

Enrique del Risco. (1967)

La Historia no la escriben necesariamente los vencedores. La Historia suelen escribirla historiadores a sueldo de los vencedores que son los que quedan en mejores condiciones para subvencionar a los historiadores después de cada contienda. Pero incluso cuando la Historia no la escriban los vencedores debemos tener en cuenta que la Historia como tal no está compuesta de hechos sino de palabras. Compuesta por un lenguaje que refleja otra guerra, la guerra de insultos, invectivas, descalificaciones que precede y acompaña a las acciones físicas. Una guerra en la que —y en eso Goebbels, el ministro de propaganda nazi, lo tenía claro— no ganan necesariamente la inteligencia y la racionalidad sino la repetición y el volumen.

La entronización en Cuba a partir de 1959 de un régimen político totalitario impuso reglas de juego más a tono con los preceptos de Goebbels. Ya no se trataba de la propaganda elaborada por un gobierno o por la prensa afín para difamar a sus opositores. A partir de entonces se erigió un sistema que no solo controlaba por completo la esfera política sino también los medios de difusión masiva, la publicidad, las casas editoriales, el sistema educativo un complejo y ubicuo entramado de organizaciones de masas creadas para imponer la ideología y voluntad política de su líder. Cada vez que Fidel Castro comparecía ante las cámaras de televisión para pronunciar sus maratónicos discursos —que en la década del sesenta alcanzó una frecuencia semanal— sus palabras eran transmitidas por todos los canales de televisión existentes y por todas las emisoras nacionales de radio. Pero no solo eso: en los días siguientes sus palabras eran reproducidas literalmente por toda la prensa escrita y luego «discutidas» —esto es repetidas, machacadas y digeridas— en multitud de “círculos de estudio” cual si de textos bíblicos se trataran. Y más allá de esto sus principales frases eran repetidas en vallas por todo el país, en los actos matutinos de las escuelas o en los textos oficiales por los que estudiaban niños y adultos. O luego servían de exergo a los libros académicos para justificar la visión del autor que en realidad era la del poder que lo autorizaba a existir como tal.

Pero no pretendo decir que esos discursos que se agolpaban en la prensa nacional conformaban la mentalidad de los cubanos a su imagen y semejanza. Después de todo muchas veces los nuevos discursos negaban lo que se había dicho en los anteriores. Más importante que la difusión de las ideas del líder fue la deformación del vocabulario cubano hasta incapacitarlo para dar cuenta de su propia realidad. La escritora Masha Gessen al estudiar el caso soviético afirma que «la capacidad de dar sentido a la propia existencia en el mundo es propia de la libertad» y que «el régimen soviético despojó a las personas no solo de la aptitud para vivir en libertad, sino también de la capacidad para comprender cabalmente de qué se les había despojado y cómo había ocurrido esto». Así el régimen buscaba «aniquilar la memoria personal y la memoria histórica tanto como el análisis académico de la sociedad» y su sistemática labor de propaganda fue de hecho un ataque a «la humanidad de la sociedad rusa, que perdió las herramientas e incluso el lenguaje para entenderse» (Gessen.15) De eso precisamente quiero hablar en esta ponencia: del lenguaje del castrismo. Porque no se trata solo de que la sociedad cubana haya perdido las palabras para explicarse a sí misma sino que estas han sido sustituidas por un léxico ideado para hacer más profunda tal incomprensión.

El lingüista judío alemán Victor Klemperer apuntaba en su estudio de La lengua del Tercer Reich que en el esfuerzo propagandístico de los nazis «el efecto más potente no lo conseguían ni los discursos, ni los artículos, ni las octavillas, ni los carteles» ni nada «que se captase mediante el pensamiento o el sentimiento conscientes». De acuerdo con Klemperer el «nazismo se introducía más bien en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente» (Klemperer.31). Klemperer, lingüista al fin, estaba convencido de que “el lenguaje no solo crea y piensa por mí sino que guía a la vez mis emociones”. Y lo decía ante la evidencia de que incluso la caída del Tercer Reich no había conseguido llevarse consigo el lenguaje que creó sino que este persistía incluso entre quienes desde una ideología contraria intentaban describirlo.

Si observamos el caso cubano debemos reconocer el triunfo casi total de la neolegua totalitaria. El léxico impuesto desde el poder ha sido adoptado no solo por su sistema de propaganda, o por sus repetidores dentro o fuera de la isla, sino por el cubano de a pie, por los cubanos cultos, por los exiliados, por los académicos de adentro o afuera, por castristas o anticastristas. Expresiones usadas para definir el régimen de la isla como «Revolución Cubana» o «Cuba socialista» son las escogidas por él mismo para disimular su esencia autoritaria; su peor crisis no conoce otra denominación que la de «Período Especial»; a la disidencia que se produjo dentro del seno del Partido Comunista a finales de los sesenta la llaman por el despectivo epíteto de «microfracción» y a la destrucción de los remanentes de pequeña empresa y el trabajo por cuenta propia en 1968 se le conoce como «Ofensiva Revolucionaria»; y al repunte ideológico y represivo alentado por el apoyo chavista y la campaña alrededor del balserito Elián González se insiste en llamarle «Batalla de las Ideas». Cualquier intento por describir lo que ha pasado en la isla en las últimas décadas con mayor apego al fenómeno en sí y menos al vocabulario que ha producido es visto como tendencioso, extremista, poco objetivo. La lengua del castrismo ha demostrado ser, en fin, su baluarte más firme. De tan ubicua y aceptada que es se ha vuelto invisible incluso para sus propios detractores.

Gusanos, mercenarios, bandidos, escorias

Uno de los casos en los que la lengua del castrismo ha mostrado particular eficacia es en nombrar a sus enemigos, en su intento de negarles agencia, dignidad, voluntad propia y, llegado el caso, hasta su propia humanidad. En ese sentido la palabra «gusano» fue y sigue siendo un hallazgo ejemplar. Aparecida en el apogeo de la instauración del régimen totalitario y cuando este encontraba una mayor resistencia interna, el término imitaba “la visión apocalíptica nazi” en la que al decir de un estudioso los judíos «putativos enemigos de la civilización […] eran representados como organismos parásitos —como sanguijuelas, parásitos, piojos, bacterias o vectores de contagio» (Smith.15). El propio Hitler había proclamado en su Mein Kampf que «El judío es y será siempre el parásito típico, un bicho, que, como un microbio nocivo, se propaga cada vez más, cuando se encuentra en condiciones adecuadas. Su acción vital se parece a la de los parásitos de la Naturaleza. El pueblo que le hospeda será exterminado con mayor o menor rapidez» (Hitler.185-186).

El primer discurso donde Fidel Castro menciona la palabra «gusano» corresponde al del día 2 de enero de 1961. Allí la repite nada menos que 23 veces. Su estrategia para entronizarla se hace evidente. Empeñado en representar el papel de David frente al Goliath norteamericano Castro debe reconocer no obstante la existencia de una resistencia interna pero insistiendo en su total dependencia del enemigo externo. «Ese enemigo poderoso —dice Castro— ha sido el encargado de "revolver la gusanera” aquí en nuestro país […]  Y los gusanos se han removido, los gusanos se han agitado». La resistencia interna no sería una reacción de descontento ante el régimen sino el rezago de un pasado putrefacto porque “los gusanos no pueden vivir sino de la pudrición […] no podían vivir ni hacer de instrumentos del imperialismo, como no fuese en el mundo y en el medio corrompido en que vivía nuestro pueblo antes del día luminoso del 1ro de enero de 1959» (Castro. 2 de enero, 1961). Y si yo hablaba antes de un hallazgo es porque «gusano», al tiempo que difama al contrario, retiene un aire de desparpajo popular. Gracias a eso consigue entrar en el vocabulario corriente como una disyuntiva frente a la que cada cubano debía definirse. Una disyuntiva que se resume en este diálogo de la película Memorias del subdesarrollo: «Tú no eres revolucionario ni gusano». «¿Entonces qué soy?». «Nada, tú no eres nada».

Con el epíteto «gusano» se busca, además, reducir la complejidad de la oposición al castrismo —desde el latifundista hasta el revolucionario frustrado— a una imagen elemental y única. Según Klemperer el principio en que se basaban los insultos nazis era este: «¡Que tus oyentes no se planteen un pensamiento crítico, trátalo todo de manera simplista! Si hablaras de varios adversarios, alguien podría pensar que tú, el aislado, tal vez no tuvieras razón… Así pues, redúcelos a un común denominador, ponlos todos juntos en un paréntesis, establece un rasgo común entre ellos» (Klemperer.254). 

Tal fue la naturalización del vocablo «gusano» que en mi primer día en una universidad norteamericana, hace ya veinte años, al presentarme un estudiante latinoamericano me preguntó «Pero tú, ¿eres cubano o gusano?» Así, con el mismo aire curioso que si me preguntara si era de La Habana o de Santiago de Cuba. O para que el año pasado en un congreso español sobre cine histórico una ponente de la Universidad de Cádiz, precisamente al explicar otra película de Tomás Gutiérrez Alea (Las doce sillas), dijera que «Esta obra se hace eco de las primeras medidas llevadas a cabo por los revolucionarios como las expropiaciones y sus consecuencias que cristalizaron en el éxodo masivo de amplios sectores de la oligarquía y burguesía cubanas a Miami que, desde aquella época y siempre, se les apodó de gusanos para significar su esencia corrupta y servil» (Pérez Murillo.617).

Pero con tal epíteto no se buscaba únicamente significar la «esencia corrupta y servil» de los así llamados «gusanos» sino también justificar su exterminio. Elías Canetti explica en su famoso libro Masa y poder que con la animalización del contrario el «detentador del poder además que degrada a los hombres hasta convertirlos en animales […] degrada a nivel de alimaña todo lo que no es apropiado para ser dominado, y finalmente lo extermina por millones» (Canetti.382). No sorprende que en un discurso Fidel Castro admita que «a los que no podamos convencer ni persuadir ni neutralizar, a los que nos combatan, a los que nos hagan la guerra sencillamente [deberemos] hacerles la guerra […] a los contrarrevolucionarios activos, como parásitos que son […] como gusanos que son […] como servidores del imperialismo que son [debemos] exterminarlos» (Castro.13 de marzo,1961).

Pero no fue «gusanos» la única designación utilizada por el castrismo contra sus adversarios. Otra que ha tenido empleo extenso es la de «mercenario», asociada desde 1961 a los miembros de la brigada 2506 derrotada en Playa Girón. Incluso antes que desembarcaran a lo largo de la bahía de Cochinos ya Fidel Castro había despojado a los futuros invasores de cualquier objetivo autónomo llamándolos «mercenarios». En un discurso del 4 de marzo de 1961, cuando todavía faltaba más de un mes para la proyectada invasión Castro repite 21 veces el vocablo. Como para asegurarse que penetrara en el léxico de su sistema de propaganda y a su vez en el de toda la nación.

Y así fue. De la eficacia del vocablo da cuenta la manera en que se entronizó en el habla coloquial cubana. Al punto que en la conocida canción «Memorias» de un cantautor contestatario como Carlos Varela al tiempo que evoca la censura contra «los discos de los Beatles» añade, con aire alegre: «cambiamos mercenarios por compotas/ cuando Playa Girón/ y a las fiestas íbamos con botas/ cantando una canción/ de Lennon» (Varela). El régimen consideró este término lo suficientemente eficaz como para que entrado el siglo XXI, ante la aparición de una nueva hornada de disidentes, volviera a endilgárselo como si una nueva invasión se tratara. Si esta vez el término no ha calado en el habla popular al menos justifica la insistencia de la prensa oficial en cuestionar las fuentes de financiamiento de los disidentes y presiona a estos a que continuamente den explicaciones sobre su financiamiento.

Otro caso notable es la expresión «bandidos del Escambray», usada para calificar a las guerrillas rurales que enfrentaban al régimen cubano en los años sesenta. Se trataba de una frase que al mismo tiempo cuestionaba la catadura moral de los rebeldes y reducía a fenómeno local lo que fue —en su momento de mayor actividad— una serie de levantamientos guerrilleros que abarcaron todas las provincias del país. Aunque Fidel Castro hablara profusamente de «bandas contrarrevolucionarias» curiosamente el término «bandidos» fue poco usado por este para referirse a los que se rebelaban contra su régimen. Pero es obvio que el sistema de propaganda fue instruido al detalle de cómo debía manejarse ese fenómeno. De manera que la represión contra estas guerrillas campesinas fue conocida como Lucha Contra Bandidos y el esfuerzo por exterminarlas fue oficialmente bautizado como la «Limpia del Escambray». Tal manipulación lingüística ha sido lo bastante exitosa como para que rara vez se use el término «guerrillas» para referirse a esta forma de resistencia ni siquiera entre los historiadores del exilio. En su afán de exterminarlos el régimen estaba consciente que el cerco y el aislamiento físico al que sometió a estos combatientes no estaría completo sin el correspondiente acoso lingüístico.

La imaginación mostrada por el régimen castrista para destruir a sus contrarios ha sido demasiado profusa para no pretender resumirla en esta ponencia. Sin embargo, no quisiera cerrar este recuento sin referirme a otro epíteto que marcó época en la Historia cubana. Me refiero a «escoria». Su uso se circunscribe especialmente al año 1980 y a los sucesos que desembocaron en la crisis de la embajada del Perú en el que casi 11 mil personas buscaron refugio en la sede diplomática peruana en La Habana y al posterior éxodo por el puerto del Mariel de más de 125 mil cubanos hacia los Estados Unidos. Una palabra hasta entonces extraña al habla cubana aparecía indisociable de aquellos sucesos.

No fue Fidel Castro el primero en pronunciarla. Al menos no en sus discursos oficiales. La menciona el 1ro de mayo de ese año cuando la crisis llevaba un mes de iniciada y ya era el término favorito de la prensa nacional para referirse a los que intentaban escapar. En esta ocasión, al parecer, el régimen prefirió que dicha palabra pareciera surgir del propio pueblo, un clamor popular que era en realidad la voz del ventrílocuo. Hasta donde he podido investigar la primera mención que aparece en el órgano oficial del partido Comunista de Cuba, el diario Granma, es el 7 de abril, a una semana exacta de la entrada en la embajada de los primeros solicitantes de asilo en un editorial titulado «La posición de Cuba». El objetivo de este es presentar a los refugiados como antisociales (haciendo énfasis especialmente en la condición homosexual de «no pocos de ellos»), seres que no merecían ser protegidos por ninguna ley de asilo político. Dice el editorial:

Como dijo Fidel en la clausura del último Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas, la histórica empresa de hacer una revolución y construir el socialismo es absolutamente voluntaria y libre. Aunque en nuestro país no se persigue ni hostiga a los homosexuales, entre los que se alojaron en el patio de la embajada peruana había no pocos de ellos, amén de aficionados al juego y a las drogas que no encuentran aquí fácil oportunidad para sus vicios (La posición de Cuba).

Luego el editorial exhibe sus dotes telepáticas: «Nuestro pueblo trabajador piensa unánimemente: ¡Que se vayan los vagos! ¡Que se vayan los antisociales! ¡Que se vayan los lumpens! ¡Que se vayan los delincuentes! ¡Que se vaya la escoria!» (La posición de Cuba). Difícil suponer que tal palabra apareciera espontáneamente en boca del pueblo. Sobre todo si se piensa que este ya disponía de otros términos como el de «gusano» que también se usó profusamente en aquellos días. Pero el régimen tenía buenas razones para poner a circular otro apelativo. Si se atiende a la lógica con la que se presentó la palabra «gusano» su recuperación dos décadas más tarde resultaba embarazosa para el régimen. ¿Acaso los gusanos no anidaban en la podredumbre? Llamarles gusanos en 1980 equivalía a reconocer que la llamada revolución generaba su propia putrefacción. De ahí que el término «escoria» pareciera más apropiado. El residuo que sobrenada en los hornos al fundir los metales parecerá demasiado rebuscado como invención popular pero conveniente para presentar a los refugiados en la embajada y a los que partían por el puerto de Mariel como el deshecho de la forja de una nueva sociedad. Esa era la imagen que trataba de ofrecer de sí mismo un régimen que quería convertir la fuga masiva de sus ciudadanos en expulsión de desechos. No por gusto un artículo que publicara en aquellos días el entonces viceministro de relaciones exteriores cubano Ricardo Alarcón se titulaba El acero y la escoria (Alarcón).  Allí decía: «Toda Revolución es una fragua. […] ¿A qué sorprenderse porque en el crisol de nuestra sociedad revolucionaria hayan sobrenadado algunas substancias impuras? ¿Por qué asombrarse si los martillazos de la Historia hacen saltar algunos desechos viles y de ninguna estimación? […] Mariel es como un gran filtro que libra a la Patria de impurezas» (Alarcón de Quesada).

«Escoria» fue el epíteto obligatorio para definir a aquellos que escaparon en el ochenta. Tanto como para que en la prensa cubana aparecieran titulares como este: «Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos» (Armendáriz.6). Todavía hoy se asocia automáticamente aquel éxodo a la palabra «escoria». El escritor Juan Abreu, miembro insigne de aquella generación, recuerda cómo en Barcelona, al mencionar el año de su partida un joven recién salido de Cuba le comentó: «Así que tú eras parte de la escoria». Abreu aclara que «la palabra fue pronunciada a la ligera, sin intención peyorativa. Todo lo contrario, sonó como una burla a la forma en que el régimen cubano calificó a los "marielitos"» (Abreu.10). Y sin embargo Abreu no deja de traslucir una incomodidad que resuelve invocando a algunos —hoy muertos ilustres— que en aquellos días llamaban «escoria». En primer lugar a Reinaldo Arenas «esa escoria cubana» de quien Abreu se precia de «haber sido amigo». Arenas le basta a Abreu para reconciliarlo con su «país, que lo dio a él, en una época llena de cobardes, delatores, oportunistas y canallas» (11). Y Abreu también piensa en otros escritores como Roberto Valero, Guillermo Rosales o en el artista Carlos Alfonzo. Y al invocar a sus muertos Abreu confiesa que aquella noche:

Volví a ser lo que más soy, un marielito, una escoria. Es decir, una forma de ser transgresor, marginal, según lo veo. Un hombre orgulloso de venir de donde viene. Alguien feliz de haber nacido en el mismo lugar que estos amigos que acabo de recordar. De esta gente que sabía que uno no puede venderse en lo fundamental, ni claudicar en lo fundamental. Yo no creo en Dios y, sin embargo, alzo los ojos a este cielo pastoso e imploro por ellos, con humildad llena de vida y de peligro: Por favor, no olvides a la escoria (14). 

No estoy seguro de que la manera más recomendable de lidiar con la lengua del castrismo, una lengua creada para controlar nuestras emociones y pensamientos sea la de Abreu: esa prestidigitación con que convierte un insulto en motivo de orgullo. Después de todo Abreu es un poeta, condición que casi ninguno de nosotros comparte. Y no lo digo porque Abreu literalmente escriba poesía sino por la especial atención y uso que hace del vocabulario heredado. Pero podríamos imitarlo al menos en esa atención e intención máximas con que hace uso de palabras creadas para dominarnos.

Bibliografía

Alarcón de Quesada, Ricardo. “El acero y la escoria”. Granma, 13 de mayo, 1980, p. 6.

Armendariz, Jorge. “Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos”. Granma, 17 de junio, 1980, p. 6.

“La posición de Cuba”. (Editorial). Granma, 7 de abril, 1980, p.1.

Castro. Fidel. “Discurso pronunciado en el desfile efectuado en la Plaza Cívica, el 2 de enero de 1961”.

http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f020161e.html

----------------. “Discurso pronunciado en el acto de recordación a los Mártires del Asalto al Palacio Presidencial celebrado en la Escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1961”. http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f130361e.html

Gessen, Masha. El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo. Madrid: Turner Publicaciones SL, 2018.

Hitler, Adolf. Mi lucha.

file:///C:/Users/enris/Downloads/Adolf%20HitlerMi%20Lucha(1).pdf

Klemperer, Victor. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Barcelona: Editorial Minúscula, 2012.

Pérez Murillo, María Dolores. “La Revolución Cubana filmada por Tomás Gutiérrez Alea”.

https://earchivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/24789/Revolucion_Perez_CIHC_2017.pdf

Smith, David Livingstone. Less than human: why we demean, enslave, and exterminate others. New York: St Martin Press, 2011.

Varela, Carlos. https://www.letras.com/carlos-varela/1266095/

(*) Ponencia presentada en el Primer Congreso de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. el 15 de septiembre de 2018 en el William V. Musto Cultural Center de Union City (NJ) y publicada en el Anuario Histórico Cubanoamericano #2 (2018): 161-172.

Sunday, September 13, 2026

EL CULTIVO DEL AVESTRUZ

Por María Argelia Vizcaíno  

 www.mariaargeliavizcaino.com

G. G. Frías y el avestruz. Cualquier semejanza no es pura coincidencia.

En abril de 2019, el comandante Guillermo García Frías  (de los llamados «histórico») estuvo participando en el programa oficialista de la televisión nacional de Cuba «Mesa Redonda» que el régimen cubano estaba trabajando en el «cultivo del avestruz»[1].  Así mismo, CULTIVO, en lugar de decir «cría».

Explicó que sería la mejor alternativa para la producción y distribución de carne, ya que esta ave producía «más carne que una vaca» y tenía tantas propiedades igual que la carne de jutía.

El pueblo cubano en cuanto se enteró del disparate, primero se ofendió, pero después se multiplicaron los memes o fotomontajes con la imagen del avestruz, de jutías y la de García Frías.

Dando el beneficio de la duda, a lo mejor el comandante se confundió con el helecho de avestruz (Matteuccia Struthiopteris), arbusto que se distingue por hojas talladas, que su nombre se debió a la similitud de las mismas similares a una pluma de avestruz, que cuando se secan y se usan en el diseño de ramos y decoración del hogar. Por eso quizás, en lugar de criar avestruz, dijo cultivar.

Pero sabiendo que el llamado «comandante de la revolución» García Frías, es casi analfabeto, que, de arriero de mulas, pasó en 1959, por su fidelidad a los Castro, al puesto de jefe del Ejército de Occidente, también el de vicepresidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, ministro de Transporte, asignándole la Fundación y dirección de la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna.

Informa Andy P. Villa, (autor del libro: «Memorias de 100 y Aldabó, la prisión más temible de Cuba»), que García Frías es la única persona en Cuba que se le permite poseer espacios para subastar valiosos ejemplares equinos de pura sangre (algunos importados de Venezuela que fueron robados a sus legítimos dueños), también en su espaciosa finca localizada en la carretera a Managua, ser el único en poseer vallas para peleas de gallos finos, «donde se recaudan apuestas que, por debajo de la mesa, al año suman entre 100 y 150 000 dólares»[2]

En la finca también tenían un quiosco, cerca de la valla de gallos, para la venta de calzado femenino de importación, que en 1991 costaban desde $20.00 USD en adelante, y se vendían a las esposas de los personajes del gobierno que allí se reunían y a las jineteras que acompañaban a los extranjeros, en su mayoría mexicanos. Todo era penado por la «ley revolucionaria» con altas condenas de cárcel ya sea por: «Tenencia ilegal de divisas; Peleas de gallos prohibidas; y juego y apuestas ilícitas»[3].

Pero el comandante García Frías estaba por encima de la ley, como toda la cúpula gobernante.

Esta riqueza les asegura a sus herederos llevar una vida de comodidades, nada imaginable para el pueblo cubano, como ha demostrado Alexander Otaola en unos de sus populares programas «Hola Otaola», con fotos de los autos de lujo que maneja el joven Jorge Alejandro de Cárdenas García, uno de los nietos, hijo de Loreta García, la primogénita de Guillermo García Frías y otra foto junto a uno de sus caballos pura sangre.

En muchos gobiernos del mundo sus dirigentes son multimillonarios, pero eso no debe ocurrir en Cuba donde supuestamente se hizo una revolución socialista para que todos fuéramos iguales. Esto me recordó el libro «Rebelión en la Granja», de George Orwell (ideal para conocer la falsedad de los sistemas socialistas), que los cerdos que usurpan el poder político en la granja entre sus primeras leyes aseguran que: «Todos los animales son iguales», pero poco después la cambian. Y se lee reescrita: «Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros», para de esta forma asegurar los intereses de la clase que ostenta el poder y de forma perpetua.

En esta ocasión para el pueblo cubano es imperdonable que los jerarcas pretendan sustituir la carne de res (desde hace años perdida de los hogares cubanos) con un ave que hasta esos momentos casi nadie en la isla había consumido. Pero peor aún, es la nueva promesa que, como todas, jamás se cumplirán.

Con ese tipo de ignorantes se ha forjado ese gobierno dictatorial, no importa que casi no sepan leer ni escribir, ni entiendan de economía, producción, ni la diferencia de cultivar y criar, mientras sean fieles a su Partido Comunista, Comité Central y a los Castro y sus monigotes.

Desde esa disertación de García Frías en la Mesa Redonda (llamada por el pueblo irónicamente Mesa retonta) se le llama comandante avestruz, además de la mención de su «cultivo», es porque este tipo de ave no voladora esconde la cabeza, para que no vean su vida de millonario corrupto, pero él es incomible.

 


El avestruz y la jutía

Cortesía del apreciado amigo Cástulo Gregorisch, quien nos envía esta poesía acorde con el tema, 15 de abril, 2019.

 

Brillante la solución

que propone García Frías,

para mitigar la hambruna

de un pueblo que se desangra

por la falta de comida,

darle “avestruz” y “jutía”.

 

Primero le dieron “claria”

con un poco de “moringa”,

también harina de “soja”

con azúcar y agua fría,

y alguno que otro mejunje

para engañar la barriga.

 

Contando sesenta años

de insensata carestía,

se muere el pueblo de hambre,

todo es pura catibía,

con cascarita de piña

y un centenar de mentiras.

 

La cúpula gobernante,

Castro, Canel y familia,

viven como millonarios

no sufren la carestía,

las barrigas se les hinchan

llenas de buena comida.

 

No conocen el avestruz,

no conocen la jutía,

a no ser cuando Raúl,

empedernido borracho

como todos ya sabemos,

le chupa el rabo a la misma . . .

Nota: Este artículo completo forma parte del libro de la autora María Argelia Vizcaíno «Cocina Cubana: Tradiciones y degeneraciones», historia del nacimiento, evolución y casi perdida cocina típica cubana, pp 278-280.


[1] Cubanet (10 de febrero, 2022). Guillermo García Frías, el «comandante avestruz», cumple 94 años, www.cubanet.org/noticias/guillermo-garcia-frias-el-comandante-avestruz-cumple-94-anos/, consultado el 16 de marzo, 2022.

[2] Villa, Andy P. (1 de agosto, 2012). Comandante Guillermo García con “Finca y todo” gracias a “su Revolución”.

[3] Ídem.  Villa, Andy P. (1 de agosto, 2012).