Thursday, May 7, 2026

LOS POETAS DE GALA (*)

Un pedazo de la historia del exilio cubano…

Por Julio Estorino

José María Heredia (1803-1839)

Cuando se dice “la poesía en el exilio”, se habla de una poesía comprometida, en primer término, con el quehacer patriótico de aquellos que han tenido que irse de su patria forzados por las circunstancias políticas impuestas allí. Se habla también de nostalgia, de rebelión ante la injusticia, también de lo que algunos clasifican como “poesía de barricada”, aquella que exhorta al cumplimiento del deber para con la patria lejana, se habla de versos que desgranan anticipadamente la visión de la victoria, y el gozo del regreso, versos de la esperanza.

Entre nosotros, cae por su propio peso la cita del Cantor del Niágara, el exiliado aquel que, maravillado ante la imponente cascada, siente, sin embargo, que algo le falta al hermoso paisaje que tiene ante sus ojos… “las palmas, ¡ay! Las palmas deliciosas / que en las llanuras de mi ardiente patria / nacen del sol a la sonrisa y crecen / y al soplo de las brisas del océano / bajo un cielo purísimo se mecen”… ¡Cuánto entendemos nosotros, los cubanos exiliados del presente, la desazón de Heredia ante aquel recuerdo, dulce y punzante a un mismo tiempo!

En el extenso catálogo de la poesía patriótica cubana, existe algo singular, que no sé si se da también en la historia literaria de otros pueblos y que pudiéramos llamar la poesía premonitoria del posible destierro. Lo expresó Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, al final de las hermosas rimas de su poema Mi Hogar[1]:

   ¡Oh mi hogar! Yo te saludo,

Yo te ensalzo y te bendigo,

Porque en ti seguro abrigo

Hallar mi familia pudo.

Ojalá el destino crudo,

Me niegue golpes impíos,

Y goce yo entre los míos

De vida apacible y larga,

Sin beber el “agua amarga

De los extranjeros ríos”.

Y, más cercano a nosotros en el tiempo, lo expresó también el último, grande y legítimo Poeta Nacional de Cuba, Agustín Acosta y Bello, en uno de sus hermosos poemas, “Jaculatoria final”, donde se vuelca en toda sinceridad el temor profético del poeta al vislumbrar su futuro:

Señor: cuando yo sea una sombra tan solo,

En busca del sendero que me lleva hacia Ti,

Escucha el hondo ruego que te dirijo ahora:

¡no me alejes de aquí…

Déjame entre mis palmas, mis cumbres y mis ríos

-el claro paraíso en que siempre viví-

No me lleves a tierras extrañas y sombrías:

¡no me alejes de aquí… !

Si Tú me purificas cuando en tu luz me acojas,

Daré sus resplandores al suelo en que nací,

Quiero seguir amándolo como lo he amado siempre:

¡no me alejes de aquí…!

Y si es cierto que hay otras existencias: si es cierto

Todo cuanto en los libros sagrados aprendí;

Si es cierto que se nace más de una vez, recuérdalo:

¡quiero nacer de nuevo aquí… ¡

Agustín Acosta (1886-1979) 

Por esos misterios de la Omnipotencia que escapan al limitado entendimiento de sus criaturas, Dios no complació al poeta, pero, nos dio a sus compatriotas desterrados el gozo, el consuelo y el orgullo de tenerlo entre nosotros. Y al pie de su tumba, en un camposanto de Miami, el ángel Gabriel, el de las anunciaciones, espera un día que vendrá, para poder anunciarle al Poeta, antes que a ningún otro cubano, que Cuba es libre ya, que sus huesos ya pueden regresar a Matanzas.

Claro está que, si hablamos de la Poesía en exilio, es para nosotros referencia inescapable, la vida, el corazón y la pluma de un cubano que vivió en el destierro mucho más tiempo que aquel que los tiranos de entonces le dejaron vivir en la patria suya y nuestra. En su poema Domingo triste, José Martí, nos confiesa, sin buscar atenuantes en el lenguaje, que él murió cuando lo arrancaron de su patria:

Las campanas, el Sol, el cielo claro

me llenan de tristeza, y en los ojos

llevo un dolor que el verso compasivo mira,

un rebelde dolor que el verso rompe

y es ¡oh, mar! la gaviota pasajera

que rumbo a Cuba va sobre tus olas!

…Cáscara soy de mí, que en tierra ajena

gira, a la voluntad del viento huraño,

vacía, sin fruta, desgarrada, rota.

Miro a los hombres como montes; miro

…de la vida en mi torno: ni un gusano

es ya más infeliz: suyo es el aire,

y el lodo en que muere es suyo!

Siento la coz de los caballos, siento

las ruedas de los carros; mis pedazos

palpo: ya no soy vivo: ni lo era                                                                                    

cuando el barco fatal levó las anclas

que me arrancaron de la tierra mía! 

Los poetas no somos los congéneres favoritos de la gente práctica, esos que prefieren un manual para ensamblar un mueble antes que un poemario. Nos miran como a bichos raros y, que nadie se entere: a veces pienso que quizás tienen razón. Son los que preguntan ¿para qué sirve la Poesía? Y, más específicamente en nuestro caso, nos dicen que ni poesías ni discursos, van a liberar a Cuba de sus presentes desgracias, algo que sabemos, como también sabemos que, sin poesías ni discursos, la patria no podrá alcanzar su verdadera liberación.

Para ilustrar esto, permítanme compartir con ustedes una anécdota personal, algo que me demostró en mi temprana y ahora distante juventud, el valor de la poesía, la fuerza de un poema escrito en el destierro.

En septiembre de 1962, a mis 19 años, estaba yo asilado en la Embajada de Uruguay en La Habana. Yo era uno entre casi cuatrocientos compatriotas que esperábamos un salvoconducto que la incipiente tiranía castrocomunista estaba obligada a darnos, en virtud de los entonces vigentes tratados interamericanos y que, en mi caso, demoró un año en llegar. Para el 8 de septiembre de aquel año, los asilados organizamos una procesión con una pequeña imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, la Virgen Mambisa, procesión que se realizó de noche, con gran solemnidad y a la luz de antorchas que los empleados de la sede diplomática nos ayudaron a confeccionar y que, rezando el rosario, recorrió todo el perímetro de la embajada, junto a la sencilla cerca de alambre que nos separaba del territorio cubano. Al pasar frente a la garita donde los guardias del régimen custodiaban la entrada, estos rastrillaron sus metralletas con toda la mala intención de que son capaces los comunistas.

Llegamos al punto final de la procesión, un lugar que estaba cerca, precisamente, del lugar donde estaban los guardias, y allí nos detuvimos. Yo subí a una terraza que quedaba en un segundo piso y desde allí comencé a recitar una oración, escrita en pareados por el poeta exiliado en Miami Ernesto Montaner, poema que había llegado a mis manos en mis andares dentro de lo que llamábamos entonces, el clandestinaje cubano… Las doce campanadas de un año que moría / eran doce advertencias del monstruo que vendría / Eran doce rugidos de bronce, que, en el viento, eran doce llamadas por el advenimiento / del apóstol mentido, del falso redentor: / el corazón de Judas… / las barbas del Señor…

Lo maravilloso para mí no fue ver a aquellos trescientos y tantos cubanos y cubanas, mis compañeros de asilo, emocionados, sobrecogidos, emocionados hasta el llanto. Lo maravilloso para mí fue poder ver a aquella escuadra de milicianos que pocos minutos antes había rastrillado sus metralletas para amedrentarnos, extáticos, petrificados, tocados por la magia con la que los envolvía los versos de un poeta del bando contrario: un poeta exiliado.

Llegados a este punto, creo que se impone una exposición más amplia y generalizada sobre la obra de los poetas exiliados de estos tiempos, la constatación de esa obra y, al menos una ligera comparación, en conjunto, con los que nos precedieron, los poetas desterrados durante las luchas por la independencia. Un intento, tímido, por mi parte, de respuesta a la inquietante pregunta que espontáneamente aflora en nuestros pensamientos: ¿Han sido fieles los poetas exiliados del presente, al legado de sus predecesores, los poetas desterrados durante las luchas por la independencia de la patria que añoramos?

Sería pretencioso de mi parte tratar de dar una respuesta categórica a tan cáustica pregunta. El exilio cubano del siglo XIX duró 30 años, de 1868 a 1898 y fue interrumpido por breves períodos de mal llamada paz en la Isla. El nuestro va, prácticamente, desde mediados del siglo XX hasta el primer cuarto del XXI… ¡67 años! y, desgraciadamente, aún no cesa. El nuestro es también más numeroso y más extendido. Yo no conozco la obra de todos los poetas de nuestro destierro y aún cuando me refiriera solamente a los exiliados en el sur de La Florida, la respuesta a la pregunta que nos inquieta, carecería de la amplitud imprescindible para ser justa.

Debido a ello, me referiré solamente al grupo de poetas que mejor he conocido, los poetas de GALA, el Grupo Artístico y Literario Abril, agrupación cuyo nombre es en sí mismo una tarjeta de presentación que describe su membresía: escritores de todo género literario, pintores, escultores, recitadores, etc. GALA se gestó en Miami en 1977, se fundó en 1978 y existió hasta 1997, o sea, que tuvo diez años de excelente labor. Su motor impulsor fueron José Ferrer, un cubano españolizado que amaba las letras, sin que él mismo fuese escritor, y su hija, la valiosa poetisa Araceli Perdomo, a quien muchos de ustedes seguramente recuerdan de sus tiempos como responsable de las páginas de opinión de El Nuevo Herald.

Amelia del Castillo, nuestra querida y admirada Amelia del Castillo, fue, de principio a fin, el alma del grupo. Desde el primer momento, Agustín Acosta, muy mayor ya para entonces, fue escogido como su Presidente de Honor. Arístides Sosa de Quesada fue el primer presidente que nos dimos. Y los poetas… los poetas y las poetisas… ¿qué decirles? Tengo necesariamente que entrar en terrenos resbalosos, porque tengo que mencionar algunos nombres y dar unos pocos ejemplos para llegar a la respuesta que buscamos. Desde ahora les pido perdón por las inevitables omisiones.

Poetas y amigos de GALA. Arriba, de izq. a der: Dr. Angel Pío de la Portilla,
Dr. Rodolfo Moreno, Blanca Rosa Pereda, Raquel Fundora, Aracely Perdomo,
Dra. Delia Díaz de Villar, Esperanza Rubido, Dr. Arístides Sosa de Quesada,
Miguel González y Dr. Rolando Espinosa. 
Abajo, en igual orden: Amelia del Castillo,
José Borrell,
Consuelo y Agustín Acosta. Pura del Prado, Dr. Demetrio Pérez Arencibia,
Julio Estorino y Miguel González Pando. (Homenaje al Poeta Nacional de Cuba,
Agustín Acosta.
YMCA Internacional José Martí, Miami, 23 de mayo de 1976)

Algunos de los poetas de GALA: Pura del Prado, mi querida Pura cuyo poema “!Aquí no, qué va!”, se convirtió prontamente en un himno para el destierro: El día que yo me muera / se va a morir Cuba un poco / porque mi espíritu loco / tiene zumo de palmera… / ¡Prométanmelo, soldados! / ¡Roto ese muro de hierro, / no dejen en el destierro / mis huesos abandonados!... / ¡Llévenme para allá! / Aquí, no. ¡Qué va!

Otros poetas en GALA: Mercedes García Tudurí, José Manuel Cuscó, Adela Jaume, Roberto Cazorla, Luis Mario, Norman Rodríguez: Norman Rodríguez, el más desconocido y uno de los mejores decimistas del idioma castellano, que, en los siguientes versos, nos demostró ser exiliado de cuerpo, pero no de alma: “Yo tuve patria. La tuve / y la volveré a tener. / ¡Que no se debe perder / el regalo de una nube! / Aquella paz donde anduve, / aquel cielo donde fui, / que Dios escogió por mí / y yo lo hice mi altar, / no me lo pueden quitar… / ¡porque me lo dio Martí!”

Juan Orlando García, Sergio Galán Pino, Uva de Aragón, Carlos Fojo, José Albertini, Alfredo Leiseca, Rosa Leonor Withmarsh, Jorge Antonio Doré, Fico López, Lucas Lamadrid… Lucas, que describió magistralmente el rigor de la represión contra los intelectuales no adeptos al régimen: “Fuimos a ver el crimen / que no ocurrió en la calle / sino entre las columnas / de un templo sin fervor y sin deidades. / Fuimos a ver el crimen / y allí estaba todavía el cadáver / del hombre asesinado… / ¡Un poeta obligado a retractarse!”

Héctor Maldonado, Francisco Henríquez, Pablo Le Riverend, Salvador Subirá, Orlando Rossardi, Ulises Prieto, Aurelio Torrente, una poetisa, tan honda y tan alta como la modestia que la acompaña: mi admirada Sara Martínez Castro, que, a sus catorce años de destierro, nos llamaba al cumplimiento del deber: “Por la puerta entreabierta del recuerdo / se asoma el corazón en una lágrima... / Catorce años de exilio / con el alma sin voz en las pisadas / con un paisaje huérfano en los ojos / con la emoción prendida de crisálidas. / Por la puerta entreabierta del recuerdo / se asoma el corazón en una lágrima... / ¡Hay que ponerse al cinto la vergüenza / y salir al rescate de la patria!

Termino esta apretada selección que he hecho de memoria, con quien, ya lo dije, fue el corazón de GALA: Amelia del Castillo y que hoy, a sus 105 años, mantiene viva su llama poética: su poema “Caminos”: Han marcado mis pies muchos caminos. / los sepias y dorados andaluces / paisajes de olivares y de cruces / El verde deslumbrante en las laderas, / el blanco de las nieves espumosas / el alpino despliegue de asombrosas / pinceladas en lagos y praderas. / Han marcado mis pies muchos caminos, / caminos que no saben de mis huellas, / que no tienen mi sol, ni mis estrellas: / errantes, extranjeros, peregrinos… / Magníficos y bellos… / ¡pero no mis caminos!

Debo añadir, como referencia final, que, en 1979, GALA instituyó un premio de Derechos Humanos, el premio “Pluma de Oro”, que se adjudicó en varias ocasiones, a poetas que eran entonces prisioneros políticos en Cuba, como Ángel Cuadra, Jorge Valls, Armando Valladares, Andrés Vargas Gómez, Ernesto Díaz Rodríguez, no recuerdo si algún otro. Todos ellos, una vez llegados al exilio, fueron miembros de honor de GALA.

¿Han honrado los poetas de nuestro destierro el legado hermoso de sus pares del 68 y del 95? ¿La patria los contempla orgullosa? ¿Se siente bien el alma cubana hoy, cuando se dice: la poesía en el exilio?

Modestamente, pero lleno de paz, tengo que decir ¡Sí! Hemos cumplido y estamos cumpliendo, pero la palabra final, la tendrá la historia. Que Dios nos ayude.

(*) Ponencia presentada en el Encuentro con el Libro Cubano, efectuado en la ciudad de West Miami, el 19 de julio de 2025. Se le han hecho algunas correcciones de estilo para su publicación en este blog.


[1] Nápoles Fajardo, Juan C. (El Cucalambé). 1938. Rumores del Hórmigo. Editado por Lorenzo Vidal y Miguel Lesasserier. La Habana: Talleres Seoane, Fernández y Ca. 103-107 En línea: Rumores del Hórmigo.

Monday, May 4, 2026

REFLEXIONES SOBRE LA CUBANIDAD EN EL MARCO DE CONSILIENCIA (*)

Por Jorge A. Sanguinetty

Es necesario explicar por qué la república y la sociedad cubanas no resistieron el embate revolucionario y por qué y cómo los cubanos en masa se dejaron despojar de sus derechos y de sus propiedades en tan corto tiempo y de manera tan radical. 

Hombre crucificado en el basurero (1992). Tomás Sánchez.
@Fuente externa 

Cuando los edificios se derrumban sin una razón aparente se debe hacer una evaluación de las causas que provocaron el desastre. Cuando el derrumbe es provocado por alguna fuerza externa e inesperada, como un terremoto o una explosión, la evaluación de la estructura sigue siendo necesaria y hay que enfocarla en el por qué el edificio no resistió tal embate, en los factores determinantes de la debilidad estructural. En ambos casos la evaluación tiene que tomar en cuenta el diseño y la calidad de la estructura y las condiciones por las que no se mantuvo estable. Como se trata de una estructura física, la evaluación se puede hacer objetivamente con elementos o componentes tangibles y con instrumentos de medida y otras herramientas, de manera que la evaluación no dependa de opiniones subjetivas que vayan a predominar sobre la evidencia material y pueda alcanzarse un consenso sobre los orígenes del evento.

Sin embargo, cuando se trata del derrumbe de una república o sociedad la evaluación es infinitamente más compleja, pues se trata de una “estructura” intangible cuyos elementos o componentes no se pueden ver, tocar o medir. Lo que podemos percibir como estructuras sociales están sostenidas por fuerzas invisibles y con frecuencia la evaluación de las causas de su derrumbe se enfoca en lo que es aparentemente obvio, como las causas directas o externas. De este modo se puede afirmar que el derrumbe de la república y la sociedad cubanas que ocurre fundamentalmente entre 1959 y 1960 todavía no ha sido adecuadamente explicado. Abundan las evaluaciones que enfocan todo el análisis de las causas en la voluntad de Fidel Castro y su movimiento revolucionario, pero se quedan cortas en la explicación del fenómeno al no incluir los factores que permitieron que un grupo relativamente exiguo de guerrilleros se apoderara del país entero con sus siete millones de habitantes en menos de dos años. Las defensas de la sociedad, o sea, lo que se puede entender como su sistema inmune, no fueron lo suficientemente robustas para oponerse al proceso o revertirlo después, a pesar de la heroica resistencia de muchos ciudadanos.

Busco en el análisis de la cubanidad, como expresión de la cultura cubana en su sentido más amplio, las causas de ese derrumbe. Me interesan también los factores que han permitido que el régimen político, económico y social, que surge del derrumbe hayan perdurado por más de seis décadas a pesar de su incapacidad para gobernar satisfactoriamente y ser el único responsable del enorme deterioro del nivel de desarrollo económico y social del país alcanzado hasta 1959. Además, es notorio  que después de 62 años es sólo ahora con las manifestaciones de protesta del 11 de julio que aparece un desafío importante, sin duda el más serio, al poder del régimen instalado desde entonces. En principio se puede afirmar que los factores que explican el derrumbe de la República tienden a ser los mismos que explican la permanencia y estabilidad del nuevo régimen, tópicos que por su importancia y proyección hacia el futuro merecen ser analizados con un cierto grado de rigor y profundidad. Aunque sea someramente, me propongo tocar algunos elementos de análisis que no suelen ser considerados en muchas reflexiones y escritos.

Al sur del Calvario (1994). Tomás Sánchez
@Fuente externa

Los análisis y estudios que he leído sobre el cambio revolucionario y la estabilidad del régimen resultante son con frecuencia superficiales y no contribuyen a lograr una comprensión cabal del proceso y a que Cuba pueda superar esta situación en un futuro visible. No hay que conformarse con explicaciones triviales y simplistas como la de que todo ocurrió por la voluntad de un líder revolucionario y sus obedientes seguidores. Es necesario explicar por qué la república y la sociedad cubanas no resistieron el embate revolucionario y por qué y cómo los cubanos en masa se dejaron despojar de sus derechos y de sus propiedades en tan corto tiempo y de manera tan radical. 

No voy a referirme a la cubanidad vagamente y en abstracto, como si fuera una entelequia ambigua o caja negra sobre cuyo contenido sabemos poco. Para producir un análisis convincente y de utilidad práctica para los cubanos quiero referirme a algunos factores o variables específicas constitutivas de lo que conocemos por cubanidad. Con el fin de observar y evaluar la naturaleza de la cubanidad en su conjunto es necesario identificar y analizar los componentes que la definen y la hacen perceptible.  Fernando Ortiz habló de los componentes de la cubanidad a modo de metáfora comparándolos con los de un ajiaco, pero prefiero usar una analogía más dinámica y realista y con tal fin adopto la nomenclatura del economista Joel Mokir que ha estudiado las raíces culturales del crecimiento económico, en especial la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX. 

@Fuente externa
En su libro The Culture of Growth, The Origins of the Modern Economy, el autor agrupa los componentes que definen cada cultura en tres grandes clases de agregados: conocimientos y creencias, preferencias y valores predominantes o más frecuentes en una sociedad dada. Este enfoque nos permite ampliar la concepción de Fernando Ortiz abriendo oportunidades analíticas de gran utilidad práctica. Acercándonos a los tres vectores de Mokyr para ver con más detalle los componentes de la cultura cubana, el grupo de conocimientos y creencias incluye no sólo el saber hablar español con el léxico cubano sino también las formas en que el lenguaje se usa para adquirir, ampliar, transmitir y difundir conocimientos y creencias, además de preferencias y valores. Es fácil percibir las múltiples y muy complejas interacciones de estos componentes de la cultura, pero en extremo difícil describirlas con precisión y evaluarlas por su naturaleza intangible y hasta subjetiva. Esta condición no debe detenernos en la investigación de los fenómenos y componentes que nos interesan, en especial sobre cómo la cultura cubana influencia y hasta determina la evolución de la sociedad en todos sus aspectos, o sea, en su organización política, económica y social. 

Para mejor comprender o percibir la evolución de la cultura cubana podemos ampliar la concepción de Ortiz y comparar la cubanidad como algo análogo a una selva o bosque con sus componentes en materia de fauna, flora, clima y territorio, con todo y su ecología, con múltiples variables exógenas y endógenas, y una existencia e identidad propias. Al igual que una selva, la cubanidad tiene un origen en los múltiples organismos que aparecen de manera exógena pero van apareciendo, plantándose y creciendo en medio de una red compleja e indescriptible de innumerables interacciones.

@Fuente externa
En esta analogía aplico el marco analítico de Conciliencia desarrollado por el entomólogo Edward Wilson en su libro Consilience, The Unity of Knowledge, donde el autor explica cómo la expansión del conocimiento de las ciencias naturales como la física, la química y la biología, ha hecho que sus fronteras toquen a las de complejidad creciente en las ciencias sociales y las humanidades. Así, la analogía de la cultura como si fuera una selva nos permite usar las propiedades de la biología evolucionaria para mejor comprender los cambios culturales en el tiempo y sus variaciones en el espacio, en especial cómo los principios darwinistas de la selección natural entre los componentes específicos de la cultura. Del mismo modo que una selva es un super organismo compuesto de organismos vivos que interactúan entre sí para crear una dinámica conjunta, la cultura que llamamos cubanidad evoluciona como resultado del conjunto de sus organismos constitutivos, sus propias evoluciones individuales, pero no necesariamente independientes y de la misma evolución conjunta de todo el sistema.

Como expresión de la cultura cubana la cubanidad es una entidad viva, evoluciona en el tiempo, pero también varía en el espacio porque tiene rasgos regionales y la afectan los movimientos migratorios de sus portadores. Desde 1959 se puede afirmar que ha estado sufriendo cambios o choques abruptos, en algunos casos traumáticos, no evolutivos y difíciles de calibrar o evaluar aunque acaban afectando sus evoluciones futuras. Las presiones totalitarias provenientes del nuevo régimen de gobierno en Cuba para lograr un predominio ideológico basado en las ideas marxistas-leninistas e implementado mediante el monopolio estatal del sector educativo, la prohibición de toda forma de educación privada y el control de todos los medios de expresión, han estado modificando continuamente la cubanidad y sus componentes desde 1959. 

Independientemente de cómo se forma y evoluciona, los cubanos tomamos la cubanidad por dada de manera parecida a cómo tomamos el clima, algo a lo que nos acostumbramos desde el nacimiento, con lo que estamos forzados a vivir, como algo inmutable, a lo que tenemos que adaptarnos. Y nunca se nos ocurre que es algo a cuya formación y evolución contribuimos, aunque sea de manera infinitesimal e inconsciente pero que en conjunto conforman la cultura. Que además, como cualquier otra cultura, se forma, reproduce y crece como una selva, de manera silvestre, aunque puede haber sectores que se cultiven deliberadamente, de acuerdo a un plan. Pero es legítimo, a pesar de todo lo aparentemente inmutable o inconmovible de una cultura, preguntarnos: ¿Qué factores exógenos y endógenos conforman o influyen en la cubanidad y en sus variaciones? ¿Tiene sentido analizar críticamente algunos de sus componentes? Jorge Mañach lo hizo en su Indagación del choteo al que señaló como un rasgo no precisamente admirable de la cubanidad. A propósito, creo que lo que llamamos choteo es una forma de comportamiento que puede estar correlacionado con otras características de la cubanidad, como es la frecuente propensión de algunos o muchos ciudadanos de no tomarse muy en serio el cumplimiento de las normas o de las leyes. Pero yo quiero referirme aquí, aunque sea brevemente, a otros componentes, pues la cultura es la base determinante de los comportamientos ciudadanos que en conjunto generan o modulan los acontecimientos de una sociedad y lo hacen de una manera recurrente, como una serie interminable de cadenas de Markov, de manera que lo que pasa en un período dado está determinado o por lo menos influenciado por lo que pasó en el período anterior.

En este punto y a modo de aclaración metodológica quiero apuntar que se puede hacer de los componentes de la cultura una conceptualización o formulación más precisa y rigurosa mediante la lógica simbólica o la teoría de conjuntos con base en conjuntos confusos (“fuzzy sets”). Me refiero a conjuntos confusos porque la cubanidad u otra cultura no se define por los que se identifican con un grupo, tengan exactamente los mismos rasgos. O sea, en una cultura dada hay rasgos predominantes en el conjunto de los miembros de esa cultura, como es el hablar como cubano, por ejemplo, en el caso de la cubanidad, pero siempre hay otros miembros con conocimientos y creencias, preferencias y valores diferentes, que no los excluyen del mismo grupo. Dicho de otro modo y viéndolo con una perspectiva amplia, la cubanidad, como cualquier otra cultura reside en sus portadores y cada uno de ellos aporta, a su manera y con intensidades variables y casi sin saberlo a la cultura de la cual también se nutre. Con esta última observación no quiero dejar de reconocer en el marco de la cubanidad el acervo cultural acumulado desde su nacimiento en forma de arte, historia, literatura, arquitectura, etc., pero que no son pertinentes a este análisis.

Protestas del 11J. Esquina de Toyo,
La Habana. @Fuente externa

Para no abrirme en abanico y perder el foco de la exposición que más me interesa escojo un tema específico o grupo de componentes culturales que me preocupa sobremanera para poder ilustrar concretamente un modo de proceder en este análisis. Así me pregunto: ¿es la cultura cubana o cubanidad compatible con una organización democrática de la república? O planteado de otro modo: ¿son o han sido las actitudes, ideas y comportamientos cubanos compatibles con la promoción y mantenimiento de una democracia? ¿Son esos comportamientos motivados por la cultura prevaleciente de los cubanos, en materia de conocimientos, creencias, preferencias y valores? ¿Qué componentes concretos de la cubanidad son propicios a la democracia? ¿Es la falta frecuente de respeto por el cumplimiento de las leyes un rasgo de la cubanidad? ¿Hay algo en la cultura cubana que nos ayude a explicar por qué los cubanos en su gran mayoría acogieron con gran indiferencia la ruptura constitucional del 10 de marzo de 1952 orquestada por Fulgencio Batista y la aceptación y adaptación de muchos a la transfiguración revolucionaria que comenzó en 1959 y ha durado hasta hoy?

Las manifestaciones del 11 de julio demostraron que hay muchos cubanos que valoran y prefieren vivir en libertad, pero ¿cuántos son y qué tienen que hacer para lograrlo? ¿Qué saben cuántos cubanos cómo organizarse con tales fines? ¿Por qué tantos cubanos se han adaptado al totalitarismo y por qué los que no se adaptan prefieren irse del país en vez de intentar cambiar al régimen? Si, por alguna razón, el sistema actual de gobierno en Cuba desapareciera, como ocurrió con la Unión Soviética, ¿cuán preparados están los cubanos pare reconstruir la República sobre principios democráticos? Una democracia que funcione con un mínimo de estabilidad requiere una organización compleja, que resulte de acuerdos colectivos que no son fáciles de alcanzar, con leyes y reglas que deben cumplirse con cierta disciplina y regularidad. Esa organización necesita que, por lo menos, una masa crítica de ciudadanos tenga la capacidad de llegar a acuerdos estables y duraderos y saber cómo lograr un mínimo de apoyo del resto de la población. Para organizarse se requieren acciones colectivas coordinadas, lo cual a su vez depende de que los miembros de una acción colectiva dada lleguen a acuerdos que se puedan cumplir con un mínimo de disciplina, precisión y eficacia. Y para llegar a acuerdos se requieren diálogos organizados entre los actores.

Sin una capacidad colectiva para formar una sociedad organizada en favor de los ciudadanos, las sociedades tienden a depender de un poder que las organice, como un deus ex machina. De la demanda social para evitar el caos y tener un mínimo de orden y seguridad ciudadana surgen los poderes centrales. La historia nos enseña que esos poderes nacen y se consolidan en forma de caudillos o dictadores, y Cuba no es una excepción a lo que se puede postular como una regla o ley de la organización social: La incapacidad de una sociedad para organizarse crea un vacío que tiende a llenarse con una autoridad máxima o caudillo, que concentra grandes poderes que suelen administrarse dictatorialmente y a contrapelo de los intereses de la mayoría de los ciudadanos.

Caricatura de Abela. @Fuente externa

Sin el apoyo de investigaciones empíricas, mis observaciones del comportamiento típico de los cubanos (que se asemeja al de otros latinoamericanos) indican que en varios componentes de la cubanidad tenemos desventajas frente a otras culturas. Por ejemplo, por ser desorganizados los diálogos entre cubanos no facilitan lograr acuerdos sobre acciones colectivas prácticas y duraderas. Un detalle que no sólo es observable en Cuba sino también entre la mayor parte de los cubanos que vivimos en el llamado exilio. Ortega y Gasset propuso hace unos cien años en su España Invertebrada, que la desorganización de la política española estaba correlacionada con la desorganización de los diálogos entre los españoles, fenómeno que se puede extrapolar a los cubanos. Los diálogos sirven a los interlocutores para identificar sus intereses comunes y sus desacuerdos como fase preliminar a los acuerdos necesarios para acciones colectivas. En este contexto se puede señalar también que dentro de la cultura cubana no se destaca una gran capacidad de manejar y resolver conflictos, lo cual es esencial para llegar a acuerdos que puedan generar beneficios comunes.

Se puede afirmar que la cubanidad sufrió cambios traumáticos a partir de 1959. ¿Qué pasó con la cubanidad desde entonces? ¿Se puede decir que la capacidad de dialogar libremente se fortaleció o se debilitó? Es de esperar que la falta de libertad de asociación ha impedido que los ciudadanos desarrollen destrezas retóricas y organizativas necesarias en una sociedad democrática. La ofensiva ideológica revolucionaria, la supresión de la libertad de expresión y de prensa, el adoctrinamiento masivo y otras intervenciones deben haber dejado una huella en la cubanidad, pero creo que se puede postular, de nuevo sin el apoyo de evidencia rigurosa, que en el 11 de julio una masa significativa, acaso representativa, de cubanos mostraron preferencias y valores a favor de vivir en libertad, así definida vagamente aún cuando no tengan el conocimiento ni las destrezas de cómo lograrlo. Pero tales preferencias y valores no parecen ser compartidos por los cubanos que pertenecen al gobierno y al Partido. Pero ¿qué significa esto? ¿Se bifurcó la cubanidad? ¿Hay una cubanidad para los gobernantes y otra para los ciudadanos de a pie? Aunque no creo que tenga sentido afirmar que hay dos cubanidades, porque la predominancia de los rasgos originales de la cultura cubana así lo determinan, me parece que se puede reconocer que hay una segmentación cultural en Cuba que en la actualidad separa a los gobernantes de los gobernados.

La gran cuestión es si, en el largo plazo, podemos influenciar o incluso mejorar en alguna medida ciertos componentes de la cubanidad. Al fin y al cabo la cubanidad se fue formando evolutivamente desde el comienzo de la nación cubana y sus componentes resultaron de la combinación aleatoria de infinitos factores, muchos de los cuales fueron fortuitos pero otros resultaron de decisiones deliberadas en muchos sectores, familias, industrias, programas educativos, inmigraciones, clubes, religiones, la influencia de otras culturas, etc. No propongo someter a la cubanidad a ningún plan de ingeniería cultural pero definitivamente creo que es legítimo considerar cambios dentro de alguna perspectiva razonable. Independientemente del carácter “silvestre” de la “selva cultural” que es la cubanidad, sectores de la misma pueden ser cultivados deliberadamente del mismo modo que se planta y atiende un jardín o un parque. De la misma manera que el clima del planeta o de una de sus regiones no se cambia con facilidad, “mejorar” algunos componentes de la cubanidad parece una tarea imposible, pero no lo es. Hoy, las tendencias negativas del cambio climático nos obligan a tomar medidas que disminuyan o incluso detengan el calentamiento global. Lo que parecía descabellado pensar hace algunos años ahora se ha convertido en una tarea necesaria y factible, aunque costosa, para los habitantes de La Tierra.

Las Damas de Blanco son arrestadas en Lawton, La Habana

Pero aparte de estas disquisiciones, Cuba tiene un desafío gigantesco en el corto plazo y es el de construir una nueva república sobre una base democrática a partir de las condiciones actuales. Y ¿cómo puede lograrse semejante hazaña partiendo del gobierno y sociedad actuales y en el marco de la cultura cubana tal como existe ahora? Descontando la aparición de un superpoder político que pueda definir y dirigir el proceso, que dicho sea de paso no está entre mis preferencias, la solución está en el desarrollo de coaliciones que puedan converger hacia un acuerdo nacional empezando por mantener diálogos comprometidos con una meta concreta. El acuerdo tiene que formarse entre coaliciones e individuos que, conscientes de nuestras características culturales, puedan superar las limitaciones que he apuntado someramente arriba. Pero ¿cómo pueden formarse, en Cuba y fuera de la isla? En este sentido las experiencias de otros países en su formación democrática puede ser una fuente de conocimientos e inspiración.

Estos son temas que pudieran alimentar debates e intercambios entre los cubanos como una preparación para un futuro democrático en la Isla. El régimen dictatorial en Cuba no necesariamente será automática o fortuitamente reemplazado por una república como la que muchos cubanos desean. Mucho dependerá de cómo los cubanos de ambas orillas trabajen y se preparen.

(*) Tomado de la página Ego de Kaska

Thursday, April 30, 2026

PARA UNA EPISTEMOLOGÍA DEL EXILIO CUBANO

Por Alejandro González Acosta

La historia de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado, sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones. 


@Eleomar Puente

Al presentar en 1996 la Fundación Hispano-Cubana en Madrid, Mario Vargas Llosa afirmó: “El exilio cubano ha sido el más calumniado, difamado y satanizado del que tenga recuerdo”. Esto es una gran verdad comprobable y persistente en muchas partes. Pero, además, en los casos especiales del exilio cubano en todos los países de una extensa geografía, excepto quizá en los Estados Unidos, ha sido de los más ignorados y acallados.

Por otro lado, son muy pocos en la historia los exilios tan prolongados como el cubano: son 60 años ya, que suman al menos cuatro generaciones (si aceptamos el lapso de 15 años más empleado para definirlas), y ello ha determinado su subdivisión y creciente complejidad: se trata de un fenómeno que incluye a padres, hijos, nietos y hasta bisnietos en muchos casos. Cada oleada ha tenido su propia motivación y configuración, lo cual determina una psicología especial como grupo, y hasta una percepción propia del exilio y la forma de asumirlo y entenderlo.

Ante el exilio que provocó, el régimen castrista siempre ha mantenido una posición de fuerza y control, como el triunfador después de una guerra civil excluyente que derivó en totalitaria por decisión personal –pero compartida colectivamente por gran parte del pueblo cubano– de su máximo líder. De tal suerte, en relación con el exilio y los emigrados, siempre se ha reservado –y utilizado ampliamente– el “derecho de admisión”, de forma totalmente arbitraria y visceral, escudado en su muy particular y adulterada concepción de la “soberanía nacional” y de la “autodeterminación del pueblo” (la cual ha monopolizado), que es la más refulgente y empleada excusa para ejercer su control totalitario, al mismo tiempo que una afilada “Espada de Damocles” –o mejor aún “Machete de Castro” – pendiente siempre sobre las cabezas de sus rehenes, ya sean los recluidos en la isla, o los que aceptan regresar –transitoria o definitivamente– en algún momento a ella. Condicionar la aceptación del ingreso al país a su “buena conducta”, establece un mecanismo de control y atemorizamiento sutil o descarnado, según se requiera. Lo especialmente perverso del régimen es que no sólo controla y manipula la psiquis de sus reprimidos más inmediatos, sino también la de sus deudos y amistades, lo cual ha establecido una amplia red de vigilancia y amenazas de largo alcance: son rehenes a distancia, teledirigidos, sin estar demasiado conscientes de ello en muchos casos, pues esta imposición se acepta de forma resignadamente pasiva.

La gabela que les impone es tanto material –pagar altas sumas por pasaportes, permisos y renovaciones– como moral (el silencio cómplice, el apoyo tácito), que apaga el grito más comprometedor: en muchas partes, las llamadas “asociaciones de amistad” creadas y controladas desde las mismas embajadas castristas, son las “brigadas de respuesta rápida” (o retardada y de liberación prolongada, en las dosis necesarias), ubicadas atinadamente en puntos estratégicos para la geopolítica del régimen en el exterior. Este advierte: El compañero que te atiende viaja contigo y te sigue vigilante, o al menos finge o simula que lo hace, para hacer permanente un estado de peligro, temor y zozobra, angustiosa y paranoide. El cubano promedio, sometido a ese régimen de vigilancia y de “la selva de mil ojos” en la isla, cuando emigra tarda mucho –si lo logra– en desprenderse de esa sensación de estar bajo permanente observación.

Exilio, éxodo, destierro y diáspora:

@Eleomar Puente. Frozen Dreams

El exilio es un hecho físico (geográfico), temporal, material y espiritual, de origen político (histórico). Es también una cultura y una experiencia vital, de una persona, un grupo, toda una nación o parte de ella, durante una o varias generaciones, mientras dure la causa que la creó. Tiene que ver con la memoria, la historia del grupo y la identidad colectiva e individual. Tiene, también, su propia dinámica especial y sus mecanismos propios de adaptación y mimesis, según el caso. El éxodo es el traslado de un pueblo o una familia ocasionado por causas externas (políticas, históricas, geográficas y hasta climáticas). El destierro es el castigo de un gobierno o una persona de autoridad contra alguien o algunos ciudadanos en particular.

Todas las anteriores son formas de la emigración, que es el fenómeno que engloba a todas. La diáspora –vocablo de origen agrícola, pues significa la dispersión de las semillas– es una manera polisémica y en ocasiones eufemística de referirse a una emigración, ya sea exilio, destierro o éxodo. Aunque desde hace tiempo se trata de imponer desde la visión del régimen castrista una diferencia entre migración económica y política, en verdad, la primera sólo debería referirse propiamente a fenómenos climáticos (sequías, hambrunas, inundaciones y otros desastres naturales), pues realmente la migración política incluye la económica: gobiernos totalitarios, corrompidos y tiránicos, afectan las condiciones materiales de vida de las naciones, además de la vida política, pues una es el reflejo y la consecuencia de la otra. En definitiva, la propia definición del individuo ante su misma situación de extrañamiento, representa cómo se asume y cómo actúa ante esa situación, por la cual se trasladó hacia otro país distinto al nativo, pero a los efectos de un estudio, eso no resulta significativo, pues su misma subjetividad no puede afectar la objetividad sistemática del mismo. Es resumen: un emigrado o emigrante puede sentirse, asumirse o hasta autonombrarse “exiliado”, “desterrado”, “diasporizado” o “transterrado”, pero de acuerdo con su origen esencial eso no afecta su misma definición: él es más allá de lo que dice ser.

Por lo anterior, exiliados o desterrados, refugiados o asilados, expatriados –por decisión personal- o emigrados, cada quien en esta condición anómala (porque lo natural es morir donde uno nació y forjó su vida) asume su propia condición, aunque eso no signifique necesariamente que la misma se ajuste a su propia esencia. La gente en general se ve como se quiere ver, no como realmente es. Es lo que Freud definió como el yo en sí y el yo para sí. Y el fenómeno cruel de exilio es también un espejo, en el cual muchos no resisten mirarse, por la terrible imagen que se les devuelve de ellos mismos desde la implacable y verídica superficie pulida.

Torre de la Libertad del Miami Dade
@AGS

Quienes asumen un éxodo, siempre lo hacen en contra de una autoridad represiva o con la cual no se sienten confortables o seguros: Moisés –y en su origen divino Jehová, como causa eficiente– obliga al Faraón con las famosas Diez plagas de Egipto, para que permita la salida de los hebreos hacia la Tierra Prometida. No es una decisión libre del monarca egipcio, y el mismo origen divino del desplazamiento, parece autorizarlo, legitimarlo y bendecirlo. El éxodo hebreo se produce desde un lugar de opresión ajeno, a otro nuevo espacio de liberación propio: de esclavo en suelo extranjero el sujeto pasa a ser libre en un suelo ya propio. Pero cuando es la propia autoridad la que arroja y extraña a sus connacionales, no se trata de un éxodo, sino de una expulsión o destierro, como las decretadas contra los judíos y los moriscos españoles, en tiempos de los Reyes Católicos y sus sucesores.

Cuando quienes salen de su país nativo –por decisión propia o ajena, libre u obligadamente-  y se dispersan entre varios países o comunidades, y pierden parte de su identidad para integrarse progresivamente en sus lugares receptores, esto puede considerarse una diáspora: son semillas dispersas que germinan en otro suelo y se dispersan y fructifican. Dis: separar, sporas: semillas. El elemento extraño entra en simbiosis con su nueva realidad e interactúa con ella, y al mismo tiempo que recibe de la misma, aporta algunos de sus rasgos para formar una nueva identidad.

Cuando una cantidad significativa se traslada fuera de su origen y se concentra en uno o varios núcleos distintivos y distinguibles, pero conservan en lo posible su identidad por decisión propia dentro del receptor, eso es un transtierro, pues no renuncia al regreso al origen, y es una forma consciente de exilio, la cual también tiene el riesgo de conducir al gueto, o núcleo enquistado dentro de una sociedad a la cual siempre considera ajena e irreconciliable. El transtierro puede ser también una variante de la auto segregación.

La subjetividad influye poderosamente en la autodefinición de la situación personal ante la condición del exilio, pero no es significativa a los efectos del análisis sociopolítico y estadístico: el emigrado puede asumirse como exiliado o dispersado (o diasporizado), pero su imagen propia en realidad no define su ubicación grupal. Digamos que, de acuerdo con el nivel de asunción y autoconocimiento, existen “exilios en sí” y “exilios para sí”. La dialéctica social entre sus miembros también define cada caso.

Desde la formación de los estados nacionales a fines de la Edad Media, todo movimiento poblacional –pacífico o bélico– de una comunidad o país con rasgos de cierta comunidad, hacia otro de forma no autorizada o consensuada, es considerado una invasión, y está sujeto a las leyes y las costumbres. Anteriormente, las invasiones de los bárbaros en los restos del decadente Imperio Romano, o las invasiones de los godos hacia las regiones celtíberas, o de los musulmanes contra los godos, fueron fenómenos típicos de expansión territorial y de conquista, muchas veces generadores de nuevas culturas o civilizaciones, como la helénica que impulsa Alejandro Magno en el Asia, y la mozárabe, que funde los elementos ibéricos y árabes en España.

Los grandes traslados periódicos y transitorios de índole religiosa, como el viaje ritual de los creyentes musulmanes a La Meca y Medina, o de los católicos a Roma, Santiago de Compostela, Guadalupe de México, Fátima en Portugal o Lourdes en Francia, son peregrinaciones, éxodos simbólicos de purificación y perfeccionamiento, voluntarios y reversibles.

La historia de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado, sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones. La más antigua de éstas parece ser la del temprano Homo Sapiens, desde su origen africano hacia Europa y Asia. Más recientes, pero igualmente remotas, las oleadas migratorias que a través del Estrecho de Bering fueron poblando el continente americano de Norte a Sur.

Cuando un grupo intenta desplazar a otros ya establecidos y prevalecer sobre ellos, esto es una invasión y constituye un proceso de dominio y vasallaje, lo mismo si son egipcios, asirios, macedonios, romanos, godos, normandos, árabes, españoles, portugueses, franceses o ingleses; pero esto no excluye la posibilidad de ciertos avances civilizatorios: la conquista del imperio persa por Alejandro Magno creó la cultura helenística, lo mismo que el derecho romano benefició a las primitivas hordas salvajes europeas, y los árabes impulsaron el conocimiento y el refinamiento de los godos ibéricos, así como los normandos invasores pulieron a los sajones primitivos para crear una cultura inglesa, y sólo los miopes adictos a la Leyenda Negra contra España pueden persistir en negar el progreso que hasta los muchas veces brutales conquistadores españoles, pero también los piadosos religiosos evangelizadores de diversas procedencias, impusieron en las regiones conquistadas de América: cada pueblo dominante (es decir, el vencedor), tiene la convicción de ser superior al dominado, y esta consciencia es la base de su dominio y su legitimidad, sea cierto o no.

Todo exilio implica un movimiento impulsado por fuerzas ajenas al sujeto. Tzvetan Todorov se ha ocupado sustantivamente de los mecanismos y procedimientos del exilio en El hombre desplazado (Buenos Aires, Taurus, 2008). Pero no es el viaje como experiencia voluntaria, en un proceso de aprendizaje y perfeccionamiento (lo que Goethe llamó Bildungsreise, el “viaje educativo”, el cual se recomendaba a los jóvenes europeos de su época, como parte de su formación personal), sino tiene que ver con el naufragio, la huida, la orfandad, el escape, el dejar todo atrás y empezar de nuevo bajo otro cielo, muchas veces desde cero.

Una filósofa española muy cercana a Cuba, María Zambrano, no sólo fue una exiliada, sino devino en una teórica del tema. Con su propia experiencia como sustento, dijo:

Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de una patria desconocida. Una patria que, una vez que se conoce, es irrenunciable. Creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par cósmicos.

En esta definición entre filosófica y poética, puede advertirse la noción del exilio también como posibilidad para el crecimiento, en lo cual subyace una cierta reminiscencia estoica: entre los clásicos latinos, el propio Séneca vivió y de alguna forma disfrutó el exilio (curiosamente, se sentía más exiliado de Roma que de su natal Córdoba), así como Ovidio, Horacio y Cicerón, quien terminó por definir resignadamente: “Ubi panis, ibi patria”; definición que el cubano José María Heredia rectificó románticamente casi dos mil años después, para convertirla en su divisa personal y exlibris: “Ubi pacis et libertas, ibi patria”.

@Eleomar Puente / "The dreams bloom" / 80" x 90" in / A/C / 2024

El asunto del desarraigamiento que implica el exilio, tiene también componentes emocionales personales muy determinantes: la actitud individual que se asume ante esta experiencia traumática, contribuye de otro modo para su propia definición, en un diapasón de sentimientos que van desde la nostalgia, la melancolía, la desposesión, la mutilación, la resignación, la culpa, la adaptación y la rabia, hasta la rebeldía, la recuperación del origen y la voluntad del regreso y su reintegración.

El exilio está en el origen mismo y en la entraña más íntima de la historia humana: para la Biblia, Adán y Eva fueron exiliados del Jardín del Edén por su desobediencia, soberbia y apetito de conocimiento: se les castigó apartándolos, por la fuerza, del sitio donde habían nacido. Pero, además, la historia demuestra que, desde la cuna de los primeros homínidos en África, se produjeron grandes éxodos, formidables traslados naturales que dispersaron la raza humana por todo el planeta.

Mas la noción real del exilio como lo entendemos hoy, nace con el concepto de patria, aunque esta sea una ciudad: exiliados romanos fueron Horacio y Virgilio, como Dante Alighieri lo fue de Florencia. El Pentateuco incluye la relación de un viaje liberador: el Éxodo, que llevó a los esclavos hebreos desde Egipto hasta la Tierra Prometida, guiados por Moisés, quien simbólicamente, nunca llegó a la misma, pues murió a la vista de ella. Cumplió su misión hasta el punto que le resultó humanamente posible, pero no cosechó nunca el fruto final de su esfuerzo liberador, lo cual suele ocurrir con los guías de esclavos que buscan su emancipación: no siempre quienes inician las grandes liberaciones las culminan; generalmente, es todo lo contrario, desde Espartaco hasta Carlos Manuel de Céspedes.

Ha habido exilios como resultado de destierros: los monarcas católicos de toda Europa –salvo contadas excepciones– arrojaron a los judíos fuera de sus fronteras. España, además, expulsó a los moriscos sobrevivientes de la Reconquista. Luego, los mismos reyes cristianos extrañaron de sus reinos en el momento indicado a los jesuitas, tanto de España y Portugal, como de Francia e Inglaterra. Todos estos sujetos apartados de su origen nativo se consideraron desterrados y arrojados de su patria. Al ser obligados a irse por la fuerza, se llevaron con ellos un pedazo de aquella.

Modernamente, en el vocabulario de las emigraciones, se han incorporado las nociones de refugiado y asilado. La primera define el concepto de abrigo humanitario por razones de desastres diversos, pero fundamentalmente naturales, y la segunda se reserva para quienes se acogen al Derecho de Asilo, consagrado por el Pacto de Montevideo de 1933 (confirmados después en las Convenciones de Viena de 1969 y 1986), para pedir cobijo en sedes diplomáticas y por extensión, en los países suscriptores. La Organización de las Naciones Unidas (fundada en 1948) tiene una división especializada para la atención de los refugiados, la ACNUR, y los asilados corresponden a las diferentes cancillerías de los países involucrados. Este es un privilegio antiguo que proviene del derecho romano, feudal y eclesiástico: los templos (paganos y cristianos), así como algunas mansiones nobiliarias, gozaban de privilegios y fueros que convertían su espacio en sitios sagrados. Actualmente, las embajadas reclaman la defensa del principio de extraterritorialidad para sus sedes, y sus representantes disfrutan de las prebendas que los eximen y protegen.

En la Antigüedad, existía también la figura de la interdicción y la proscripción: ambas suspendían los derechos del ciudadano y lo expulsaban de sus comunidades, y hasta autorizaban matarlos por parte de cualquiera que los sorprendiera si violaban su destierro… Un proscrito era una no persona, un ser cuya vida no valía nada, pues había sido excluido de su origen: era un hijo negado por su madre.

Hay que asumir, sin embargo, una distinción esencial entre lo que es un emigrado y un exiliado. El primero se encuentra, en primera instancia, motivado por impulsos sociales, económicos, o particulares: puede sostener una relación apolítica y tersa con el gobierno de su país de origen, e incluso hasta colaborar con él, aunque éste sea indirectamente responsable de su emigración. El exiliado, por el contrario, se asume y se expresa directa y claramente como un transterrado[1] por cuestiones políticas, de las cuales se pueden derivar otras motivaciones (materiales, espirituales, personales). Un emigrado es un sujeto puramente social; en cambio, un exiliado, aún a su pesar, es un ente esencialmente político. El hecho de “residir” en un país ajeno al propio no confiere la condición de exiliado, pues sólo la participación franca y activa contra el régimen que lo convirtió en tal puede sustentarlo.

Debe distinguirse, por justicia y por propiedad, entre una y otra condición, aunque puede darse el caso que una persona que comenzó siendo “residente” o “inmigrante”, después asuma un compromiso más activo y se presente ya como “exiliado”. Pero ello requiere hechos y acciones, no sólo declaraciones (generalmente en consonancia con el contexto donde se expresan), a mi modo de ver; mucho más tratándose de una materia tan compleja e históricamente mutable como es la actuación cubana en el exterior: un emigrante es un sujeto social pasivo; un exiliado es un sujeto político activo. Uno es, malgré tout, colaborador; el otro es, per se, opositor.

Un ejemplo elocuente de la transformación de los migrantes la puede ofrecer el caso de los tabaqueros cubanos de Tampa, en el siglo XIX: en principio, fueron emigrados económicos, buscando mejores oportunidades en sentido general, aunque al apoyar con sus contribuciones las gestiones para la independencia realizadas por José Martí y otros revolucionarios, asumen su condición de exiliados. Sin embargo, no puede pasarse por alto el hecho que cuando decidieron salir de Cuba para buscar mejores condiciones de vida en los Estados Unidos, por el estado de ruina que las guerras habían ocasionado en la isla, aunque su causa inmediata fue económica, en última instancia ésta tuvo un origen político.

La relación entre el gobierno tiránico impuesto en la isla y el exilio no ha sido monolítica ni estática. Primero fue el odio feroz contra quienes escaparon, condenados sin apelación a un ostracismo eterno e inapelable y sujetos a agresiones y privaciones múltiples; en los pasaportes se estampaba el aviso que era como una condena de muerte: sin regreso al país; luego vino el silencio y la difusión de mentiras de que a quienes habían abandonado el país “les iba mal”, “los médicos limpiaban pisos”, “los abogados trabajaban en fábricas”, “nadie los saludaba”, “se caían en la calle y nadie los ayudaba”, “morían de frío y hambre”, “los negros son discriminados”…

Después los ideólogos de la tiranía castrista tuvieron que asumir, ante la evidencia de lo inocuo de sus distorsiones, la indiferencia y una falsa superioridad, y más tarde hasta una fingida neutralidad interesada, para lo cual impusieron el concepto de la “diáspora”, maniobra diversionista y distractiva que eludía la verdadera y dolorosa raíz del problema o conflicto: esa fue una forma retórica propagandística, copiada de Goebbels, para silenciar o neutralizar el exilio. Dispersaron entonces una espesa neblina propagandística en el Estrecho de la Florida, destinada a difuminar la, para ellos y su régimen, crecientemente amenazante silueta de un Miami (símbolo del exilio en los Estados Unidos, en particular, y en general en todo el planeta) triunfal y sibarítico en su mismo horizonte, mientras el territorio nacional se veía cada día más decadente y ruinoso.

Antes, los “de allá”, los que se habían marchado, se ilusionaban al principio de su destierro al creer ver a lo lejos el resplandor de las luces de una Habana ya perdida; pero ahora, “los de acá”, rodeados por sombras y ruinas, como el sediento viajero del desierto engañado por el espejismo del oasis, aseguran ver “en las noches más claras”, según cuidan de especificar para darle un cierto sentido racional a su afirmación, los destellos del otrora odiado y siempre envidiado Miami, como invitación, tentación, promesa y meta.

Pero debe enfatizarse que el exilio cubano tiene ciertas especificidades muy profundas y propias. Regresemos al Génesis: cuando Adán y Eva, los originales bíblicos, fueron expulsados del Jardín del Edén, lo hicieron con el dolor por la pérdida del Paraíso. Sus actuales émulos cubanos, cuando hoy abandonan el que solía ser el vergel tropical de las delicias, lo hacen sintiendo una alegría liberadora, porque ya aquello no es el paraíso y comienza a parecerse demasiado al infierno, y así lo será aún más cada día: ese infierno (por todos) tan temido, como dijo en una de sus visiones nocturnas Juan Carlos Onetti. Y los que suelen volver –adánicos readmitidos temporalmente, por graciosa y costosa concesión del siempre vigilante portero Cancerbero– con cierta periodicidad, confiesan que al abandonarlo de nuevo para regresar a la que ya es la otra su casa –porque aquélla “ya no es tu casa, ni tú eres ya Antonio el Camborio”, como diría Federico García Lorca– más que tristeza, sienten una profunda, intensa y casi culpable sensación de alivio: esos son los resultados de aceptar una esclavitud voluntaria y a veces hasta gozosa; o lo que es decir, la mentalidad del sobreviviente.

La “dulce Cuba” sigue siendo, con una espantosa fidelidad y fijeza, como dijo hace más de dos siglos el primer exiliado cubano, José María Heredia, ese triste lugar donde “en su seno se miran, en el grado más alto y profundo, las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral”.

(*) Tomado del anuario Histórico Cubanoamericano #3 (2019): págs. 20-32.


[1] Término propuesto por el filósofo español José Gaos, exiliado en México. El novelista cubano José Manuel Prieto ha propuesto, en su proyecto de cosmopolitización expresada en Rex, la clasificación para esta etapa, “una anterior a 1917 e incluso hasta 1789”, el concepto de “viajero” para el desarraigado que vive en otro país, por las razones que sean, como parte de sus ideas políticas, o como parte del “bildungsreise” o “viaje educativo”, concepto introducido por Goethe, Hegel y Heine. Soy (dice Prieto) “un extranjero a todas luces (…) sólo hay un pequeño territorio en todo el globo donde no solo soy; lo soy, por ende, más que cualquier otra cosa…”