Thursday, April 16, 2026

«QUÍTATE TÚ PA´PONERME YO»

Le dijo la salsa al son

Por Antonio Gómez Sotolongo

Los géneros musicales creados en Cuba durante la Colonia y la República perdieron sus mercados a consecuencia de la descapitalización que provocó la abolición de la propiedad privada en la isla.

@Fuente externa

Una gran parte de la historia de la música en Cuba ha estado sepultada, como lo estuvieron las riquezas de Pompeya y Herculano bajo las cenizas del Vesubio. Sin embargo, la música popular profesional cubana estableció su hegemonía en los mercados durante la primera mitad del siglo XIX, y esto tuvo sus causas; entre otras, la calidad que alcanzaron las orquestas, intérpretes y compositores de las danzas cubanas desde las primeras décadas del siglo XIX, lo que fue posible por la existencia en Cuba, y fundamentalmente en La Habana, de profesores criollos y extranjeros de un alto nivel académico, de sociedades de recreo en las que se impartían clases de música, teatro, pintura, de casas de música en las que se comercializaban métodos para el estudio de los diversos instrumentos y se vendían instrumentos de todo tipo, así como partituras, y en las que también se presentaban habitualmente conciertos con aficionados y profesionales. Todo esto en un medio donde existía un mercado ue demandaba los productos de la música profesional. Así que, para poder comprender la devastación que sufrió el mercado de la música cubana durante la segunda mitad del siglo XX, es imprescindible, aunque sea en una muy apretada síntesis, mencionar las condiciones que propiciaron el vertiginoso mercado de la música cubana desde el siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX.

Las rutas marítimas y una gran bahía

La posición geográfica de Cuba, en la ruta de las corrientes marinas que permiten la navegación de ida y regreso entre Europa y las Antillas, y la existencia en La Habana de una bahía de grandes proporciones, capaz de proteger a cientos de naves de los temidos huracanes y de corsarios y piratas, propiciaron que el puerto de la capital de la isla se convirtiera en el más importante de América durante los siglos del descubrimiento, conquista y colonización. Esto originó que, en 1561, la corona dispusiera la concentración en La Habana de las naves que viajaban hacia Europa, por lo que la capital de la isla recibió mares de cantos y bailes durante siglos. Esta sería una de las premisas para que allí se consolidara una clase adinerada que disfrutaba de las diversiones que se presentaban en las grandes urbes de entonces, y se fundaran con premura en la capital cubana academias, teatros, casas de música, salones de baile, imprentas de partituras y todo lo que el mercado del entretenimiento requería.

Los teatros desde finales del XVIII

Teatro Coliseo

En 1775 la ciudad tuvo su primer teatro, El Coliseo (1775-1846), al que le siguieron, entre otros, el Diorama (1828-1846), el Gran Teatro de Tacón (1838), El Circo Habanero —llamado Villanueva— (1847-1868), el Albisu (1870-1918), el Payret (1877-2013), el Irijoa —llamado después Teatro Martí— (1884), el Teatro Alhambra (1890-1935) y el Auditórium (1929-1977). En cada uno de ellos los commodities más preciados fueron, por supuesto, la música, y entre estos los más sonados fueron los géneros de la música popular profesional cubana. El último teatro que se construyó en La Habana fue el Blanquita, en 1950, que por sus dimensiones y modernidad fue comparado con el Radio City Music Hall de Nueva York.

En los escenarios habaneros hubo ópera, vaudeville, zarzuela, comedia, drama, y cantantes, actores y actrices de primer cartel; se escucharon algunos de los concertistas más aplaudidos en las salas de Europa y los Estados Unidos y los más populares artistas del espectáculo, conformándose en este proceso una tradición y un bagaje cultural propicios para quienes iniciaron el cine (1897), la radio (1922) y la televisión (1950).

Las academias desde la primera mitad del siglo XIX

Conservatorio Nacional (ca. 1904) @Fuente externa

En 1832 Federico Edelmann (1794-1848), un prestigioso pianista francés, llegó a La Habana. Allí ejerció como concertista y profesor de piano, y en 1836 fundó la imprenta Edelmann y Cía. Edelman tuvo entre sus alumnos a Fernando Aristi (1828-1888), Manuel Saumell (1817-1870) y Pablo Desvernine (1823-1910), quienes serían a su vez intérpretes de primer cartel y profesores de música. En 1843 llegó a Cuba el pianista José Miró (1815-1878), que impartió clases, entre otros, a Nicolás Ruiz Espadero (1832-1890), quien sería un virtuoso pianista y maestro de Ignacio Cervantes (1847-1905), Cecilia Aristi (1856-1930) y Angelina Sicouret (1880-1945).

En 1885 el profesor y compositor holandés Hubert de Blanck (1856-1932) fundó el Conservatorio Nacional. Le siguieron el Conservatorio Falcón, del pianista Alberto Falcón (1873-1961); el Conservatorio de Música y Declamación, de Carlos Alfredo Peyrellade (1840-1908); el Conservatorio Orbón, del asturiano Benjamín Orbón (1879-1944), que tuvo más de cien filiales por toda la isla y gozó de tal rigor académico que sus títulos tenían valor oficial; y la Escuela de Música O`Farril, fundada en 1903 por Guillermo Tomás (1868-1933), que se convertiría en el Conservatorio Municipal de La Habana.

Haciendo la América crearon academias, educaron a músicos que alcanzaron altos estándares técnicos en la ejecución de sus instrumentos, y contribuyeron a divulgar y actualizar los repertorios tanto técnico-docentes como artísticos entre estudiantes de música, músicos profesionales y público. Llegaban por muy diversas razones, pero después de la conquista y colonización y después, durante la República, la principal razón por la que un músico hacía la América en Cuba era porque en La Habana, Matanzas y Santiago de Cuba, y eventualmente en cualquier otra ciudad de la isla, podía tocar, cantar y enseñar como se enseñaba la música en los más prestigiosos centros de enseñanza de los Estados Unidos y Europa.

Los estudios académicos tuvieron, pues, el aporte de los músicos que llegaron a la isla a «hacer la América», y, a través de ellos los cubanos conocieron las técnicas de interpretación y composición, se convirtieron en estudiantes de mérito y muchos de ellos asistieron a prestigiosos conservatorios de Europa y los Estados Unidos. Este proceso de enseñanza y aprendizaje duró al menos dos siglos, por lo que en la primera mitad del siglo XX La Habana contaba con artistas que asombraban a los más exigentes públicos y críticos.

El cine desde las primeras décadas del siglo XX

Cine Fausto, La Habana. @Fuente externa

El 23 de enero de 1897 los habaneros asistieron por primera vez a un espectáculo de imágenes en movimiento, presentado por el francés Gabriel Antoine Veyre (1871-1936), quien, según Arturo Agramonte, poco después filmó una película de un minuto que se exhibió el 7 de febrero de 1897, pasando a la historia de la cinematografía cubana como la primera película filmada en Cuba. En 1932 se estrenó el primer corto musical cubano, titulado Maracas y bongó, que según los créditos de la cinta fue «la primera película de este género que se producía en Cuba por artistas, técnicos y personal cubanos». Estuvo dirigido por Max Tosquella y contó con las actuaciones, entre otros, de la soprano Yolanda González y el Septeto Cuba. En él se interpretaron las piezas «Vanidad», una criolla de Armando Valdés; «Lágrimas negras», una canción de Miguel Matamoros; «La cumbancha», una rumba de Fernando Collazo; y «Maracas y bongó», un son de Neno Grenet. En 1937 se estrenó La serpiente roja, primera película sonora filmada en Cuba; y en 1938, la película Romance del Palmar, que por mucho tiempo fue la película cubana con más éxito de taquilla. El cine supuso un eficiente medio de difusión para la música cubana durante la República, y tal fue su rentabilidad que en 1955 La Habana tenía 138 cines.

Hoteles, cafeterías, aires libres y cabarés

En la película Romance del Palmar, Rita Montaner
canta el Manisero, de Simons en los aires libres
del hotel Saratoga.

Desde el siglo XIX hubo bailes en teatros, hoteles, glorietas, cafeterías, casas particulares e instituciones privadas, conceptos que en el siglo XX se ampliaron hasta crearse interpretaciones tropicales de los cabarés de París y los teatros de Broadway. El cabaré habanero aceptó todos los géneros y aparecieron sitios como Sans Souci, Montmartre, Tropicana, el Salón Rojo, el Parisien, y muchísimos otros que presentaban espectáculos con música en vivo todas las noches; fueron fuente de entretenimiento, riqueza y empleos, y establecieron un mercado en el que se realizaron con vértigo los productos de la música cubana.

Las grabaciones desde las primeras décadas del siglo XX

En 1918 la Casa Humara tenía la exclusividad en la importación y distribución de los productos de la Victor y vendía anualmente «más de 10,000 máquinas parlantes». Entre los años 1917 y 1918 colocó en el mercado «un número de discos no menor de 200,000» y llegó a operar hasta 1959 «con más de cinco millones de pesos al año», en «una red comercial con más de trescientas agencias diseminadas por toda Cuba».

En 1926 la Victor Talking Machine Company comercializaba en Cuba la vitrola, un aparato tan eficaz que en 1953 llegaron a instalarse unas 6,000 en toda la isla y en 1957 la cifra se elevó a 15,000. Estas casas establecieron múltiples cadenas de suministro de productos de la música cubana, contribuyendo a que estos mantuvieran su hegemonía en los mercados y multiplicaran los capitales, tanto así que en 1940 se anunciaban, además de las ya mencionadas, la Compañía Cubana de Fonógrafos, La Casa de la Música y la Casa Barrié.

En 1944 Ramón Sabat (1902-1986) fundó el sello Panart, de donde salió en 1945 el primer disco hecho en Cuba, y un año después al menos una docena de agrupaciones registraron allí casi un centenar de matrices que quedaron impresas en millones de discos. Por solo citar algunas cifras, en 1949 vendió en tres meses 8,000 copias de la guaracha «Bigote de Gato», y en 1953, más de 20,000 de «La Engañadora». En 1959 había en La Habana dos fábricas impresoras de discos: la Impresora Cubana de Discos S. A (ICD) y la Cuban Plastic and Record Corporation, que imprimían las matrices de una docena de sellos discográficos.

La radio se une al mercado de la música

El 10 de octubre de 1922, con las primeras transmisiones producidas en la isla, la radio se unió a la industria que difundía la música cubana desde La Habana, y ya en 1933 Cuba era el cuarto país con mayor cantidad de radioemisoras, con un total de 62. Muy pronto las industrias se abrieron espacios en el dial y colocaron programas con sus nombres de marca. Las casas de discos y los sellos disqueros también se acercaron a la radio y la prensa comenzó a dedicarles cada vez espacios más extensos. Ya en la década del 40 La Habana era la ciudad con mayor densidad radial del mundo, con más de treinta emisoras, por lo que la competencia era recia y salían beneficiados los productos de la música cubana, porque estos eran el principal atractivo para que el público mantuviera la sintonía y porque los patrocinadores los utilizaban como «gancho» para anunciar sus bienes y servicios.

En 1956 Cuba tenía 5,800,000 habitantes que residían en 1,200,000 hogares, de los que más de un millón contaban con uno o más receptores de radio; esta puede ser una referencia de cuán importante era entonces la radio para los músicos, cuya música sonaba en millones de hogares al mismo tiempo. Todas las emisoras tuvieron música en todos sus programas, contribuyendo así en la conformación de los hábitos de escucha de extensos segmentos de la población, tanto en Cuba como en otras islas del Caribe y el sur de los Estados Unidos, donde se captaban las emisoras que transmitían desde La Habana.

La televisión le pone las imágenes a la música

Primera retransmisión de la televisión cubana (1950)

El primer canal de la televisión cubana, Unión Radio Televisión, se inauguró oficialmente el 24 de octubre de 1950; y el segundo, CMQ-TV, el 11 de marzo de 1951. En 1957 ya había cuatro canales: CMQ-Televisión Canal 6, CMBF-TV Canal 7, Televisión Nacional Canal 4 y Canal 2 TV, que alternaban música, deportes, noticias, humor y cine.

Tomando al azar la programación del martes 1 de enero de 1957, es posible conocer que ese día, entre otras orquestas, cantantes y bailarines, se presentaron ante las cámaras de CMQ-Televisión Olga Chorens y Tony Álvarez con el Conjunto Casino, Martha Singer y la Orquesta Somavilla, la Orquesta Riverside y Tito Hernández, atracciones líricas y los pianistas Adolfo Guzmán y Rafael Somavilla, y Benny Moré y su orquesta.

El 19 de marzo de 1958, Tele-Color, S. A. Canal 12 transmitió la primera señal de televisión a color en Cuba desde el Hotel Habana Hilton, que se inauguraba también ese día. Según se anunció, actuarían Miguel Herrero y su grupo de arte español, María de Aragón, Olga Guillot, María Marcos, Fernando Albuerne, Arturo Gatica, Hilda Sour y Jorge Astudillo, Christina Denise y sus guitarristas, y una selección de artistas norteamericanos.

Mercado y prensa libre

Resumiendo, durante más de dos siglos La Habana tuvo teatros, universidades, cine-teatros, conservatorios de música, fábricas de discos, sellos discográficos, estudios de grabaciones, cabarés, cines, emisoras de radio, canales de televisión, periódicos como el Diario de la Marina y revistas como Carteles, Bohemia, Vanidades, Social y Orígenes, que acompañaron al público tanto para entretenerlo con banalidades como para servirle de báculo en el arduo proceso de aprehensión de las leyes estéticas que propician el pleno disfrute de las grandes obras del arte musical y escénico. La prensa cubana también llegaba con regularidad a los inmigrantes latinos en Nueva York y llevaba las nuevas de la farándula habanera y las listas de los éxitos musicales; por su parte, las disqueras se encargaban de poner en manos de aquel público los discos de moda en la isla.

Durante la República la industria de la música en Cuba corría por las paralelas de hierro del libre mercado y la ley de la oferta y la demanda, y eran los consumidores cubanos quienes trazaban las pautas de ese mercado. En ese competitivo mercado de la música popular profesional que se fue conformando, se crearon géneros musicales que se establecerían en el gusto del público con tanta firmeza como lo habían hecho las danzas cubanas durante el siglo XIX, y estos nuevos géneros surgidos en la isla durante el siglo XX fueron también objeto de apropiación por parte de muy diversos compositores.

El principio del fin

Entrada de Castro y sus guerrilleros en La Habana.
@Fuente externa

Pero todo esto comenzaría a cambiar completamente a partir del 1 de enero de 1959 con la huida del dictador Fulgencio Batista. Para esa fecha, cientos de contratos estaban por firmarse y cientos más por ejecutarse; y decenas de músicos, meseros, luminotécnicos, magos, funambulistas, concertistas de primer cartel, periodistas, presentadores, fotógrafos, empleados de las fábricas de discos, técnicos de los estudios de grabaciones, dueños de sellos disqueros, artistas del cine, la radio y la televisión, músicos de las orquestas de baile, dueños de centros nocturnos y todos los que se empleaban en el complejo y veloz mercado de la música en Cuba, que había transitado por las férreas paralelas del libre mercado, comenzaron a zozobrar.

Se inició entonces un proceso de abolición de la propiedad privada y de imposición de un sistema de producción socialista. Como consecuencia de las políticas económicas impuestas, fueron expoliados todos los inversionistas que habían garantizado hasta entonces los insumos para la industria local, las producciones, las realizaciones de los productos en el mercado, la capitalización y las nuevas inversiones. Los productos de la música cubana, al igual que el café, el tabaco y el ron, que se habían posicionado en todos los mercados, dejaron de producirse en Cuba en las cantidades suficientes para suplir la demanda, y los productos de la música cubana fueron abandonando el nicho que habían ocupado desde el siglo XIX, descapitalizándose la industria. Además de abolir la propiedad privada y descarrilar el sistema económico capitalista para implantar un sistema de economía planificada, la disidencia política fue motivo de persecuciones a los artistas y de censura a sus obras, que dejaron de presentarse en público por todos los medios hasta hoy. El sistema no capitalista hizo colapsar la industria, y la persecución política hizo colapsar el talento artístico.

La apropiación estaba echada

Sin embargo, dos siglos de posicionamiento de los productos de la música cubana en los mercados habían provocado que músicos de los cuatro puntos cardinales se apropiaran de los géneros creados en Cuba. Johnny Pacheco, uno de los músicos que en Nueva York había sido absorbido por las influencias de los géneros de la música cubana y quien había hecho apropiación de estos, en 1960 firmó con el sello Alegre y un año después consiguió vender más de cien mil copias de su disco Pacheco y su Charanga, en el que vuelve a hacer uso de los géneros de la música popular cubana, como se puede apreciar en todas las piezas del disco, entre ellas, «Soy de Batabanó» y «El agua de Clavelito», esta última un chachachá que, según registra Cristóbal Díaz Ayala, compuso M. A. Pozo y que la Orquesta Aragón había grabado por primera vez para la Victor en 1953.

En 1964 Johnny Pacheco y Jerry Masucci crearon la disquera Fania Records y grabaron su primer disco titulado Mi nuevo tumbao… Cañonazo, en el que cambia la orquesta charanga por el conjunto, un tipo de agrupación también creada en Cuba y que integran trompetas, piano, contrabajo y percusión, derivada de los septetos y sextetos de son, lo que es posible escuchar en la pieza que le da título a ese disco. Para ese mismo año, Charlie y Eddie Palmieri también habían dejado el formato de charanga y habían integrado una orquesta con trompetas y trombones más en el estilo de los conjuntos cubanos o las bandas de jazz, como es posible escuchar en la pieza «Palo pa rumba», en la que se interpreta una rumba cubana.

En 1968 Johnny grabó con la Fania un disco en vivo en el Red Garter que incluyó la pieza «Cómo me gusta el son», en el más claro estilo del son montuno cubano como se puede escuchar; además, en el texto del son también se utilizan topónimos y se mencionan tipos cubanos. Otro importante paso de la Fania, en su camino para monopolizar el mercado que hasta hacía poco tiempo había que compartir con las disqueras que distribuían los discos cubanos, fue la producción del documental Nuestra cosa latina, en el que aparece la pieza «Quítate tú pa ponerme yo», tema que apareció en los momentos en que se iba imponiendo la palabra salsa para referirse a lo que poco antes se había conocido como rumba, son, chachachá, mambo, etc. Es como si la salsa le estuviera diciendo al son: «Quítate tú pa ponerme yo».

Izzy Sanabria y la resignificación de la música cubana con la palabra salsa

Durante la década del 70 del siglo XX, mientras la industria musical cubana expiraba y la palabra salsa se abría paso en el mercado, un nuyorican nacido en Mayagüez y criado en Nueva York, quien muchos años atrás había diseñado la carátula de un disco de Chapotín para el sello Panart de La Habana, llamado Izzy Sanabria, era el presentador de la Fania y diseñador gráfico de las carátulas de sus discos. Tuvo un show de televisión, fundó la revista Latin New York y el premio de música latina de la propia revista. Y a través de todos estos medios, con gran eficacia, fue resignificando los géneros de la música cubana entre el público latino de Nueva York.

Izzy Sanabria fue explicándoles que aquella música que escuchaban procedía de África, del barrio latino, de Europa, de los indios y que se llamaba salsa; pero, según m i criterio, la palabra salsa termina por posicionarse definitivamente en el mercado como nombre de marca de los géneros de la música cubana a consecuencia del eficiente trabajo de marketing que tuvo la película documental titulada Salsa. Este filme comenzó a grabarse el 24 de agosto de 1973 en un concierto en el Yankee Stadium en el que participarían las estrellas de Fania, la Típica 73 y Mongo Santamaría; pero ese concierto no se pudo terminar a consecuencia de los desórdenes provocados por el público, y fue necesario terminarlo el 18 de noviembre del mismo año en la inauguración del estadio Roberto Clemente de San Juan, Puerto Rico. Se grabaron dos álbumes que salieron rápidamente al mercado, y el documental se estrenó en 1976. En los dos fonogramas y en el documental titulado Salsa, el repertorio que interpreta la Fania está integrado por piezas que pertenecen a los géneros de la música popular cubana, entre ellos, rumba, son y guaracha.

Como ya he mencionado, los productos de la música popular profesional se habían descapitalizado en Cuba a consecuencia del expolio de todas y cada una de las partes que componían la industria, y paralelamente la Fania comenzó a capitalizarlos y resignificarlos; finalmente, el público latino de Nueva York les dio un nuevo significado a la rumba, el son, la guaracha, la pachanga, el bolero, y los compró con el nombre de marca salsa.

Conclusiones
Después de 1959 la industria de la música cubana dejó de regirse por las leyes de la oferta y la demanda y perdió todos los incentivos para producir riqueza, como lo había hecho durante más de dos siglos. Los géneros musicales creados en Cuba durante la Colonia y la República perdieron sus mercados a consecuencia de la descapitalización que provocó la abolición de la propiedad privada en la isla. Cuba dejó de ser el centro de la industria de la música en el Caribe, y La Habana dejó de ser su escaparate. Los inmigrantes caribeños en Nueva York se apropiaron de esos géneros, los capitalizaron y resignificaron, colocándolos así en el nicho de mercado que había ocupado la música cubana.

La salsa, a través de un largo proceso, se convirtió en la música representativa del Caribe hispano, por la apropiación, resignificación y capitalización que los productores y consumidores latinos residentes en Nueva York hicieron de los géneros de la música popular profesional creados en Cuba durante la primera mitad del siglo XX.

Para una  información más detallada recomiendo la lectura de: Historia de la Música Popular Cubana. Del las danzas habaneras a la salsa (1829-1976)

Monday, April 13, 2026

HOW IS A FREE CUBA IN THE NATIONAL INTEREST OF THE UNITED STATES? (*)

The focus seems to be on Cuba

By Yoe Suarez (**)

A free Cuba, once again aligned with the West and an ally of Washington, would leave a much safer neighborhood for the United States.

The phrase “America First” has been a recognizable rallying cry of the citizen and political movement that brought President Donald Trump to the White House twice. The America First Policy Institute believes that a foreign policy approach that prioritizes the United States is based on the idea that when the United States puts the security, prosperity, and general well-being of its people first, it is better positioned to lead the world and preserve peace and stability. In economic terms, to summarize, the U.S. was Cuba’s main trading partner between 1902 and 1958; sugar dominated bilateral trade; and U.S. investments had a structural weight in key sectors of the island’s economy.

This last element dispels the widespread notion that an “America First” foreign policy would mean isolationism. The operation to remove dictator Nicolás Maduro and the beginning of a transition to democracy in Venezuela, or the weakening of the Iranian nuclear program, are key to achieving a robust peace under U.S. hegemony.

Now, after these two international successes, the focus seems to be on Cuba, the oldest totalitarian regime in the West. Just 90 miles from the Florida Keys, Havana transformed the island from one of the closest allies in Hispanic America into a hub of anti-American propaganda in the heart of the continent since 1959.

Furthermore, the Castro regime made Cuba available to terrorist groups from Europe, Central and South America, and even some operating within the United States. On the other hand, it provided diplomatic and military support to anti-American regimes in Africa and Asia. It’s no wonder that it earned a place on the list of state sponsors of terrorism in 1982, with brief interruptions during the Democratic administrations of Barack Obama and Joe Biden.

A free Cuba, once again aligned with the West and an ally of Washington, would leave a much safer neighborhood for the United States. One without Chinese radar bases pointed at its territory, like those denounced in the international press a few years ago.

To imagine this possible future, it is helpful to understand what past relations between Cuba and the United States were like. Yuleisy Mena, an adjunct professor at Florida International University, recalls that the relationship, not only commercial but also guided by geopolitical pragmatism, dates back to the 19th century. An example was the Spanish-American War of 1898, which marked a period in which islanders and Americans took up arms together.

“Many Americans wanted to help Cuba, knowing the horrors committed by the Spanish military officer Valeriano Weyler against the rural population; but also because many Cubans and Americans wanted to rid themselves of the domination of European empires in the hemisphere — something key to the Monroe Doctrine — and they also had an interest in Cuba becoming a republic for pragmatic and ideological reasons,” Mena explained to me.

During the republican period, Cuba was a strategic ally in Latin America. That is, until 1959, when Cuba fully entered the Cold War, but on the Soviet side. That tension has not yet subsided, and Professor Mena believes that Castroism still poses a danger to the United States, especially regarding espionage. “These individuals are present in various industries and sectors of society,” she states, “and they can be of Cuban or American origin; they simply have to sympathize with Marxism in its political or cultural forms.”

Cubans have always risen to the challenge

On the other hand, there are always risks for a post-Castro Cuba, based on understanding and evaluating the available data. Professor Emeritus Octavio de la Suarée of William Paterson University believes that “one of the ills that has always been attributed to Cubans is the Hispanic legacy of caudillismo, that is, the figure of an all-powerful leader.” That tradition, he recalls, stretches from the monarchy to the dictatorships of Latin American strongmen after the successive independence movements of the early 19th century, and on to the political processes of the 21st century.

Suarée, who is also president of the Cuban Academy of History in Exile, asserts that the communist indoctrination received by the Cuban population from 1959 to the present “requires a good dose of freedom and democracy, which cannot be learned overnight.” He fears that a people “accustomed to the government thinking for them may not be prepared to think for themselves.”

First, Suarée argues, it will be necessary to educate the Cuban people about the meaning of freedom, human rights, and democracy, and their importance, so they can vote consciously in free elections and exercise the right that has been denied them for so long.

And that is also fundamental, he asserts, to enjoying a good relationship with the United States. “We had a history as an independent nation during the Republic (between 1902 and 1958), and we could enjoy it again,” according to the Cuban-American historian. But to achieve this, he believes it is essential to first build citizens who can create and sustain it. “We have a lot to learn.”

“Let us remember that the United States is great because it enjoys basic institutions established from its beginnings; we never had them. Can we build them now?” he asks. “To be free, we need to create a civic-minded and responsible Cuban citizen, one who knows how to respect others, without mockery or boasting, a hard worker, dedicated, and respectful. Is that possible?”

Optimistic, Suarée reflects that Cubans have always risen to the challenge of adversity, fought hard, and triumphed. “And they will do so again.” And in this New Cuba, “relations with the United States will once again be cordial,” for the benefit of both nations and for the security and peace of the Western Hemisphere.

(*) From The Washington Stand

(**) Yoe Suárez is a writer, producer, and journalist, exiled from Cuba due to his investigative reporting about themes like torture, political prisoners, government black lists, cybersurveillance, and freedom of expression and conscience. He is the author of the books "Leviathan: Political Police and Socialist Terror" and "El Soplo del Demonio: Violence and Gangsterism in Havana."

Saturday, April 11, 2026

LA TORTILLA IMPOSIBLE: ROBESPIERRE, LA REVOLUCIÓN Y EL EPITAFIO DEL SOCIALISMO

Por Rafael Bordao. Ph. D

Fusilamientos en La Cabaña, Cuba.
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Se dice que Maximilien Robespierre, en pleno fragor de la Revolución Francesa, justificó el terror con una frase que aún hoy provoca un escalofrío moral: «On ne saurait pas faire une omelette sans casser des œufs» ('No se puede hacer una tortilla sin romper huevos'). Más allá de su autenticidad literal, la sentencia condensa una lógica que ha acompañado a muchos proyectos políticos que se proclaman redentores: la idea de que el sufrimiento presente es un sacrificio necesario para un futuro luminoso. En nombre de esa promesa, la Revolución Francesa aceptó la guillotina como instrumento pedagógico, creyendo que la virtud podía imponerse a golpe de decreto y que la justicia podía brotar del filo de una cuchilla. La metáfora culinaria, tan doméstica y tan brutal, revela la facilidad con que ciertos líderes convierten a los seres humanos en materia prima, en ingredientes prescindibles de una receta que solo ellos conocen.

Esa misma lógica -la del huevo roto como requisito del porvenir- reapareció en los discursos de quienes, siglos después, diseñaron sistemas que prometían igualdad, abundancia y fraternidad universal. Pero si alguna vez el socialismo mereciera un epitafio final, podría ser este: aquí yace una artimaña ideada por sabelotodo que rompieron huevos con desenfreno, pero jamás lograron crear una tortilla. Se multiplicaron los sacrificios, se justificaron las carencias, se exigió obediencia en nombre de un mañana que nunca llegó. Los huevos -vidas, libertades, sueños, generaciones enteras- se rompieron sin medida, mientras la tortilla prometida permanecía siempre en preparación, siempre a punto de aparecer, siempre retrasada por un enemigo externo, un complot interno o una supuesta falta de fe del pueblo. El resultado fue un banquete vacío: mesas sin comida, discursos sin sustancia, y un pueblo obligado a aplaudir una receta que jamás probó.

La historia, sin embargo, no condena por decreto: invita a pensar. La frase de Robespierre y su eco en los experimentos sociales posteriores nos recuerdan que ningún proyecto político puede reclamar el derecho de triturar vidas en nombre de un ideal. Que ninguna tortilla vale la dignidad humana. Y que cuando un poder promete el paraíso a cambio de sacrificios interminables, lo más sensato es desconfiar: no por falta de esperanza, sino por respeto a los huevos que ya han sido rotos y a los que aún podrían romperse.

Thursday, April 9, 2026

RAÚL CASTRO ¡A LA REJA!

Por Pedro Corzo

Desgraciadamente, el pueblo cubano no está en capacidad de juzgar a sus verdugos, así, que confiemos que sean procesados por nuestros amigos.  


Sería algo así como justicia divina, que el principal fiscal acusador del totalitarismo castrista fuera procesado por una corte estadounidense, conociendo, que Raúl fue el operador más fiel y eficiente con que contó Fidel durante toda su malévola existencia.

Los dos, delinquieron contra los países democráticos del hemisferio y directamente contra Estados Unidos en innumerables ocasiones, como lo fue el derribo en aguas internacionales de los aviones de Hermanos al Rescate que causó la muerte de cuatro activista, tres ciudadanos estadounidenses y un residente.


Audio del derribo de las avionetas

De veras, que distinguimos con mucha satisfacción que el fiscal general de la Florida haya iniciado una investigación por el derribo de las dos aeronaves, un crimen que no hubiera ocurrido si Raúl Castro, a la sazón ministro de la Defensa de Cuba, no lo hubiera autorizado. Además, sugerimos a las autoridades que sería muy conveniente que otros delitos en los cuales el verdugo de la loma de San Juan estuvo involucrado, fueran sacados a la luz.

Por ejemplo, en 1993, Raúl Castro fue investigado por otro jurado de la Florida por estar involucrado en actividades de narcotráfico, sin embargo, la investigación fue cerrada por falta de voluntad política de parte de la administración del presidente Clinton. También fue acusado de ser jefe de una conspiración que tenía como objetivo introducir toneladas de cocaína en Estados Unidos, Cuba sería la plataforma,  

Los hermanos Castro suministraron armas y explosivos a grupos extremistas radicales, fomentaron redes de espionaje como la red Avispa, sedujeron a varios funcionarios estadounidenses para que espiaran a su propio país, sin olvidar que se cuentan entre los pioneros en organizar, con el respaldo de una estructura gubernamental, la introducción y distribución de narcóticos en territorio de la unión americana.

Por otra parte, el sistema que ambos hermanos impusieron en Cuba, instrumentó una campaña de subversión y terrorismo que afectó a todo el hemisferio con repercusiones en este país, incluidos los asesinatos de funcionarios del gobierno de Estados Unidos; entre otros, Dan Mitrione en Uruguay y el embajador en Guatemala, John Gordon Mein, ejecutados por grupos subversivos entrenados y avituallados por el sistema castrista.

El caso de Mitrione fue el más escandaloso. Un agente castrista de nombre Manuel Hevia Cosculluela, suministró información sobre Mitrione a los Tupamaros, el grupo terrorista que ejecutó el crimen.

Un sector del exilio cubano siempre ha estado a favor de juzgar internacionalmente a los hermanos Fidel y Raúl Castro, un esfuerzo sin resultados positivos porque hasta el momento, a pesar de las evidencias, ningún gobierno ha mostrado energía política para juzgar a estos criminales.

Raúl Castro, aparte de ser un ejecutor, sirvió como acusador en todos los procesos judiciales importantes que efectuó el castrismo. Instrumentó un espurio juicio que terminó en las 71 ejecuciones de la Loma de San Juan el 11 de enero de 1959 y cumplió la misma función en el juicio contra Huber Matos y sus compañeros en diciembre de ese mismo año.

Otro proceso en el que asumió el papel de fiscal, una seria aproximación a Robespierre, fue en el de la denominada “micro fracción”, en 1967.

Aquel fue un soberano escándalo. Los indiciados, más de una treintena, fueron condenados a diferentes penas de cárcel, entre ellos, un hombre que tomó conciencia, como pocos, del daño que el nuevo sistema causaría a los cubanos: Ricardo Bofill Pagés, quien años más tarde y en prisión, sembraría las bases para promover novedosas formas de lucha contra el totalitarismo.

Las constantes pugnas dentro del castrismo, genuinas peleas de hienas, condujeron a la destitución en 1968 de Ramiro Valdés, el otrora todopoderoso y sanguinario ministro del Interior, al parecer, como consecuencia de su rivalidad con el hermano del faraón. No obstante, “Ramirito” era insustituible en su rol de duro, razón por la cual nunca ha dejado de estar en la primera fila de los verdugos más connotados del sistema.

Es apropiado reconocer que la purga más sangrienta del castrismo, sin alusión a las numerosas e inexplicables muertes de generales y doctores ocurridas en los últimos años, tuvo lugar en 1989, cuando fueron condenados a muerte y fusilados, el general Arnaldo Ochoa y otros tres altos oficiales de los cuerpos armados.

Desgraciadamente, el pueblo cubano no está en capacidad de juzgar a sus verdugos, así, que confiemos que sean procesados por nuestros amigos.   

Juicio al general de división de Cuba,
Arnaldo Tomás Ochoa Sánchez

Monday, April 6, 2026

EL PENDULO ROTO: CUBA ENTRE EL ORGULLO, LA VERGÜENZA Y EL ESPEJISMO VIETNAMITA.

 Por: Rafael Bordao, PhD.

Hay dos fuerzas que gobiernan al régimen: el orgullo, que impide reconocer el fracaso del modelo; la vergüenza, que impide admitir la necesidad de un cambio profundo.


La idea de que el gobierno cubano intenta deslizar al país hacia un capitalismo administrado, inspirado en el modelo vietnamita, circula desde hace años en análisis académicos, debates de economistas y conversaciones populares. No se trata de una reforma declarada, sino de un movimiento subterráneo, casi vergonzante, que intenta conciliar dos fuerzas incompatibles: la supervivencia económica y la preservación del monopolio político.

Un país exhausto y un poder que no quiere soltar el timón-

La crisis económica ha dejado al Estado sin margen para sostener el viejo modelo. La escasez, los apagones, la improductividad y la emigración masiva han erosionado la legitimidad del relato revolucionario. En ese contexto, sectores del propio aparato reconocen la necesidad de introducir mecanismos de mercado, ampliar el espacio privado y atraer inversión extranjera. Pero estas aperturas no buscan democratizar la economía, sino administrar la escasez sin ceder el control. Es un capitalismo vigilado, un mercado con correa corta, una apertura que no se atreve a pronunciar su nombre.

El contexto internacional como cortina de humo-

Mientras Estados Unidos concentra su atención en conflictos externos -como la guerra con Irán-, el gobierno cubano percibe un respiro. La presión diplomática disminuye, la mirada global se desplaza, y La Habana aprovecha ese intersticio para maniobrar. En ese silencio relativo, el régimen intenta reacomodarse: negocia discretamente con actores extranjeros, flexibiliza ciertos sectores económicos, y refuerza su narrativa de resistencia para justificar cada contradicción. Es una estrategia de supervivencia: avanzar sin que parezca avance, reformar sin admitir la reforma, cambiar sin que el cambio amenace la arquitectura del poder.

Orgullo y vergüenza: los dos fantasmas que gobiernan-

El discurso oficial oscila entre dos polos que se anulan mutuamente: El orgullo de proclamarse bastión antiimperialista, guardián de una épica que ya no alimenta a nadie. La vergüenza de un país que se desmorona, donde la justicia social se ha vuelto un recuerdo y la igualdad se reduce a la igualdad en la carencia. Ese vaivén produce un gobierno que camina sobre una cuerda floja: demasiado orgulloso para admitir el fracaso del modelo, demasiado avergonzado para reconocer que las reformas llegan tarde y mal.

El espejismo vietnamita-

Vietnam logró combinar un sistema de partido único con un capitalismo dinámico. Pero Cuba no es Vietnam: no tiene su demografía, no tiene su geografía, no tiene su inserción en Asia, no tiene su cultura empresarial, y no tiene su relación con las potencias vecinas. Aun así, el gobierno cubano intenta imitar la fórmula, como quien copia un mapa ajeno sin entender el terreno que pisa. El resultado es un híbrido inestable: mercado sin libertad, reformas sin transparencia, modernización sin derechos.

La distancia creciente con la justicia social-

Mientras el discurso insiste en “preservar las conquistas”, la realidad muestra un país donde la desigualdad crece, la pobreza se profundiza y la vida cotidiana se vuelve una carrera de obstáculos. La justicia social -bandera histórica del proyecto revolucionario- se ha convertido en una sombra que ya no acompaña al Estado, sino que lo acusa.

El país que avanza de espaldas-

Cuba parece caminar hacia adelante mirando hacia atrás, como si el porvenir fuera un territorio prohibido y solo el pasado pudiera ofrecerle legitimidad. En ese extraño movimiento, el gobierno intenta deslizar reformas económicas que recuerdan al modelo vietnamita: un capitalismo administrado, vigilado, casi clandestino, que permita oxigenar la economía sin alterar la arquitectura del poder. Pero este avance no es un proyecto, sino un pudor. No se anuncia: se filtra. No se proclama: se insinúa. Es el gesto de un Estado que sabe que debe cambiar, pero teme que el cambio lo desnude.

La política como teatro de sombras-

En el escenario internacional, la guerra entre Estados Unidos e Irán funciona como una cortina de humo. Mientras las potencias se distraen, La Habana mueve piezas con la cautela de quien teme ser visto. No es la audacia de un estratega, sino la astucia del que sobrevive. El Partido Comunista intenta preservar lo que llama “conquistas”, aunque muchas de ellas se han vuelto ruinas simbólicas. Y sin embargo, insiste en defenderlas como si fueran reliquias sagradas, como si admitir su desgaste fuera traicionar la épica que lo sostiene. La política cubana se ha convertido en un teatro de sombras: figuras que se mueven, discursos que se repiten, gestos que simulan firmeza mientras el suelo tiembla bajo los pies.

Orgullo y vergüenza: los dos guardianes del abismo-

Hay dos fuerzas que gobiernan al régimen: el orgullo, que impide reconocer el fracaso del modelo; la vergüenza, que impide admitir la necesidad de un cambio profundo. Ese doble filo produce un poder que no puede avanzar ni retroceder, un poder que se sostiene en equilibrio sobre una cuerda que se desgasta con cada día de apagón, con cada éxodo, con cada silencio que se vuelve insoportable. El orgullo impide la autocrítica. La vergüenza impide la transparencia. Entre ambos, la justicia social -esa promesa fundacional- se ha vuelto una resonancia que ya no responde a nadie.

El espejismo vietnamita-

Vietnam es el modelo que se invoca en voz baja: un país que mantuvo el partido único mientras abrazaba el mercado. Pero Cuba no es Vietnam. Su geografía, su historia, su relación con el mundo, su tejido productivo, su cultura económica: todo es distinto. El intento de imitarlo se parece más a un espejismo que a una estrategia. Es como copiar la sombra de un árbol sin tener el árbol. El resultado es un híbrido: mercado sin ciudadanía, apertura sin pluralismo, reformas sin reforma.

El país que se deshace en la boca del discurso-

Mientras el gobierno habla de “actualización”, “perfeccionamiento” y “transformación”, la vida cotidiana se hunde en una precariedad que ya no puede ocultarse. La justicia social -esa bandera que alguna vez iluminó a millones- se ha convertido en un argumento vacío, repetido por inercia, como un mantra que ya no convoca fe sino cansancio. El pueblo vive en un presente que no promete futuro. El Estado vive en un pasado que no puede revivir. Y entre ambos se abre un abismo que ninguna consigna logra cerrar.

La política como acto de respiración-

Lo que ocurre hoy en Cuba no es solo un proceso económico: es un drama existencial. Un país que intenta reformarse sin reconocerse, un poder que quiere cambiar sin transformarse, una sociedad que resiste sin esperanza clara. La política, en este punto, deja de ser un sistema y se convierte en un acto de respiración: inhalar lo suficiente para no colapsar, exhalar lo justo para no perder el control. Pero toda respiración tiene un límite. Y cuando el aire se vuelve escaso, incluso el silencio se convierte en una forma de protesta.