Tuesday, September 29, 2026

MI PADRINO OSVALDO FARRÉS

Cuba siempre fue una tierra de grandes talentos musicales naturales, sin escuela ni preparación, solo «de oído».

Por Alejandro González Acosta

Para Rafael Saumell, por las mismas razones de siempre...

Osvaldo Farrés (1902-1985)

«En el mar», donde —por supuesto— «la vida es más sabrosa», es para todo el mundo una melodía vinculada con muchos momentos entrañables, pero para mí, en especial, es una canción de cuna. Su autor era mi «padrino» Osvaldo Farrés, y solía tararearla o cantarla cuando lo veía, generalmente en compañía de mi tío Manolo, dueño de la tintorería «Norton» en la Calle I en El Vedado, junto a la casa de mis abuelos donde vivíamos en mi primera infancia. Él residía con su adorada Josefina del Peso («su eterna noviecita») en la esquina, a la vuelta de Calzada, y mi tío —simpático, elegante, joven y guapo— era uno de sus mejores amigos «de farra». Con frecuencia apostaban el trago en la bodega de la otra esquina, con el inconcebible nombre patriótico —siendo de unos gallegos— de «La Asamblea de La Yaya», donde jugaban cubilete y dominó, entre jaibols y chicharroncitos de puerco, «para hacer boca». A mí —para irme «preparando»— me servían Ginger Ale en un vaso idéntico al de ellos, acompañado de aceitunas «Joselito», que el gallego sacaba de un frasco enorme de boca ancha. Así, yo estaba entre grandes y me sentía uno más. Mi tío Manolo no tuvo hijos varones, sólo tres primas mías —María de la Caridad, María Elena y María Cristina, en ese orden— y cuando murió mi tío, demasiado joven, amargado porque le hubieran quitado su tintorería (y por si fuera poco, más de 100 mil pesos que no se pudieron cambiar durante el famoso «canje»), ellas «se fueron al Norte» con su mamá, Fe, una mulata «muy lavadita» de hermosos ojos azules. Pero por ser varón y el hijo único de su hermano menor, era yo «el consentido». Y, por tanto, también el de su mejor amigo, Osvaldo.

Carlos Argentino, En el mar

Mi papá, por su parte, tenía un gran amigo también en la farándula, Pepe Biondi (el del famoso «dúo cómico de Dick y Biondi»), al que una vez secuestraron los del «Directorio» camino a su programa en el Edificio Focsa, el 23 de Febrero de 1958, pues, como decían, «Cuba no debe reír» en ese momento... Por lo visto, tampoco después. Y pasado el tremendo trance, cuando «vino lo que vino», Biondi se marchó velozmente a su país natal, Argentina, donde siguió trabajando con el gran Goar Mestre, el cubano Rey de la Televisión Hispanoamericana. Pero en ese tiempo todavía era uno de los mejores amigos de papá, y se iban a pasear en su «cola de pato» convertible, Plymouth, rojo, brillante y espectacular. Era «otra» Habana, no la de hoy, que ni memoria tiene y mejor que así sea, para que no le duela más. Cuando se ignora el pasado se acepta mejor el presente. Y la memoria —díganmelo a mí que por desgracia la tengo de elefante- puede hacer mucho daño.

En estos días, a propósito de George Gershwin, Alejandro Armengol escribió un sugestivo artículo —«Problemas rapsódicos»— donde enfrentó un tema complejo y enigmático: el genio musical y la técnica. El atinado texto despertó especiosos comentarios que, resumiendo un poco, se podrían sintetizar en una pregunta: El genio ¿se nace o se hace? Y eso me hizo recordar a mi padrino Osvaldo, el gran compositor cubano, el genio de Quemado de Güines, el autor de «Quizás, quizás, quizás», pero quien no sabía nada de música: un pentagrama era para él como un códice en sánscrito antiguo. Pero tenía «algo», ese «algo» que lo diferenciaba de los demás, y «le venían las canciones» de otro mundo, como si alguien se las musitara en el oído. Eso, díganle como quieran, es genio. Tenía un par de amigos que sí sabían de música y les tarareaba las melodías para que las trasladaran al papel pautado. Algo aún más sorprendente es que le venían juntas la música y la letra de las canciones, lo cual indicaba el perfecto acoplamiento entre ambas. Y apenas había estudiado.

Nat King Cole, Quizás, quizás, quizas.

Cerca de mi casa estaba una de las primeras pizzerías de La Habana, «Doña Rosina», del italiano Luigi y su hijita Rosetta, que era mi «noviecita de manita sudada» (nuestros padres eran amigos). No habían muchas más pizzerías en la ciudad, que yo recuerde: «Montecatini» en El Vedado y «La Piccola Italia» en Consulado. Después abrieron una frente al Edificio América, con el nombre «Gagarin», pero no iban muchos clientes porque decían que las pizzas provocaban hepatitis. Pero en aquella época de mis recuerdos infantiles, si no estaba en «La Yaya» bebiendo un jaibol, Farrés se encontraba en «Doña Rosina» tomando un Campari.

Osvaldo Farrés (en realidad, Farré, pues era de origen catalán) y Vázquez, nació en Quemado de Güines (1902) y falleció en New Jersey (1985). Como tantos gloriosos artistas cubanos, murió en el exilio, igual que Ernesto Lecuona. Escribió más de 300 canciones, y de ellas muchos eran boleros. Llegó a los 25 años a La Habana e hizo de todo para abrirse camino: mensajero, decorador, ilustrador, decoró carrozas del carnaval... Era lo que antes se decía con orgullo, «un luchón», un tipo que se sabía ganar la vida. Su primera canción le brotó como bromeando: «Mis cinco hijos: Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto y José», y fue un éxito instantáneo y sorprendente. Pero su verdadera revelación sería en 1940, cuando la cantante veracruzana Toña La Negra lo impulsó a la fama al cantar «Acércate más». Casado en segundas nupcias con Josefina del Peso (a quien le llevaba 30 años de edad), fue el creador y director del Bar Melódico de Osvaldo Farrés. Vivían en Calzada N.º 302, esquina a I, Apartamento 2. Tuvo dos hijos del primer matrimonio, Osvaldo y Sira del Carmen Farrés y Miró (casada con el Dr. Francisco de J. Zayas y Castro). Y una nieta, Patricia. Lleguen a ellos mis cordiales saludos donde estén.

Nat King Cole, Acércate más

Otro de los amigos que se sumaba al grupo era el primer actor y galán de la radio y la televisión, Otto Sirgo (Bayamo, 1919 - Miami, 1966), quien murió demasiado joven, apenas a los 47 años, exiliado también y después de sufrir una experiencia terrible que muchos aseguran le acortó la vida: en 1959 estuvo preso en la fortaleza de La Cabaña, condenado a muerte, pues Ernesto «Che» Guevara dio la orden de que lo fusilaran por ser «colaborador de Batista», lo cual era una monstruosa equivocación, pues a quien se referían era al periodista Otto Meruelos, que después estuvo preso durante muchos años. Pero mientras se aclaró el asunto, a Sirgo lo «tuvieron en capilla»: las peores 72 horas de toda su vida.

Muchas veces, el grupo de amigos se reunían también en la peña bohemia «El café de los Artistas», que era de Otto Sirgo, en la Calle L frente al Habana Hilton, donde después de arrebatársela pusieron «Las Bulerías». Tristes años finales de don Otto, pues además del exilio, el despojo de sus bienes y la condena a muerte, tuvo la terrible experiencia de perder muy joven su hija Charito, que era una muchacha bella y elegante, y prometedora actriz en pleno ascenso.

Los años 40 y 50 fueron la época de oro de Farrés. Fue el tiempo también de los grandes tenores: en ese momento resplandecieron figuras como René Cabel, «El tenor de las Antillas», y de México vinieron a actuar en La Habana un señorial trío de ases: Pedro Vargas, «El Tenor de las Américas» (también llamado «El Samurai de la Canción»); José Mojica (luego fray José de Guadalupe), y el Doctor Alfonso Ortiz Tirado, una figura memorable y ejemplar en todos los sentidos, pues además de ser «El médico cantor», «El ruiseñor mexicano» y «La voz de terciopelo», fue un generoso filántropo y un gran humanista. Todos pasaron por Cuba, que en esa época, era el centro de América.

Muchos de ellos estuvieron en los programas estelares de entonces, como «Jueves de Partagás», pero especialmente en «El Bar Melódico de Osvaldo Farrés», que primero comenzó a transmitirse a través de CMBF TV y luego pasó a CMQ, todos los miércoles en el horario estelar de las 9 de la noche. En este espacio el autodidacta pero muy avispado Farrés innovó la naciente televisión mundial, pues fue el creador del formato del «Piano Bar» en la televisión. Por ahí desfilaron figuras internacionales como Josephine Baker «La Platanitos», Sara Montiel, la «Saritísima», Nat King Cole «El Negro de Oro» y Maurice Chevallier. Varias veces, el programa, grabado, fue transmitido desde su casa, donde a veces me sentaba a su lado, en una pianola donde él simulaba tocar.

Todo lo que brotaba de la inspiración de Farrés era un éxito, lo mismo la guaracha «Un caramelo para Margot», que la entrañable canción a las madres, «Madrecita». Recorrió todos los registros, desde lo festivo humorístico, hasta lo lírico erótico y lo amoroso sentimental: un artista completo.

Antonio Machín, Madrecita
Pero todo eso fue en aquella época, como se decía, «de cuando Cuba reía».

Las canciones de Farrés eran una sucesión de triunfos, desde su primer éxito, «Acércate más» (cantado por Toña La Negra), «Toda una vida» y «Estás equivocada» (ambas de 1943), hasta «Tres palabras»... Era un ídolo. Y, lo mejor, un hombre bueno. Era un criollo típico, jovial, desprendido y con tanta música dentro que le brotaba a raudales.

Nat King Cole, Tres Palabras
Hombre generoso y amigo de sus amigos, a Farrés no le interesó la política: sin embargo, como una concesión, le compuso por pedido una conga a Carlos Prío para su campaña electoral, que fue memorable y muy pegajosa. Después de las elecciones donde salió triunfador, Prío le ofreció pagársela espléndidamente, pero Farrés se negó a aceptar y le dijo: «Chico, no me ofendas: eso fue un favor a un amigo, no al Presidente».

No obstante su saludable distancia de la política, esta no tardó en agredirlo. Después de la terrible experiencia de Otto Sirgo, Farrés siguió las huellas de su amigo y en 1962 salió de Cuba para no volver, convencido de que el país al que amaba entraba en una etapa terrible y desastrosa, la peor de su historia. Como los represores no pudieron atraparlo, tomaron venganza con su casa, que fue asaltada, y sus muebles y enseres quemados en la calle, quizá como un precursor «acto de repudio» de los que vendrían después, en 1980, con la barbarie inquisitorial desatada al más puro estilo de «Fascismo cotidiano», que padeció el país (y sigue padeciendo, no hay que olvidarlo, y ahí están cada semana «Las Damas de Blanco» y los opositores pacíficos para recordarlo dolorosamente).

Con Farrés —bromista, juguetón, piropeador, jaranero, cubano «jodedor» en suma— se iba toda una época de Cuba, cuando todavía alguno podía decir que «la cubanidad es amor», para sustituirlo por todo lo contrario: llegaron entonces los tiempos del odio, del rencor, de la envidia y de la destrucción, que siguen hasta hoy.

Aquel barrio de El Vedado que recuerdo ya no existe más; cuando mi primo Leonardo y yo solíamos aprovechar los sábados para ayudar a repartir la ropa de la tintorería del tío Manolo, en bicicletas, nos recibían en las casas las señoras con sus impecables batas cubanas, perfectamente peinadas y manicuradas, olorosas a Chanel N.º 5, Mitsuko de Gerlain, o Agua de colonia de Crusellas 1800, y nos invitaban —además de la «propinita» de una peseta o un quarter (de 25 centavos)— a tomar un refresco o un helado. Después todavía Leo y yo nos íbamos hasta el Carmelo de Calzada, para comer un sándwich cubano o un «Elena Ruz» (no confundir: no es Helen Ruth, como ahora dicen), con un gran batido de chocolate rebosante (se permitía «rellenar»), y ver salir a las muchachitas de Pro Arte Musical enfrente, de la casona que Doña Laura Rainieri de Alonso le había donado a su nuera, Alicia Martínez de Hoyos (alias «Alicia Alonso») para su escuela de ballet.

«Recuerdos son de pasadas glorias», como decía mi abuelo zarzuelero, pero Azorín defendía el derecho a la evocación, pues «recordar es volver a vivir» y eso, y lo bailado, nadie nos lo puede quitar.

Cuba siempre fue una tierra de grandes talentos musicales naturales, sin escuela ni preparación, solo «de oído». Porque de oído dirigía una Big Band de 40 músicos el gran Benny Moré, improvisando a cada momento. ¿Dónde estudió Chano Pozo, dónde «El Chori»...? En la Isla, el talento natural andaba por la calle y subía a las guaguas, con la guitarrita, las maracas y el gracioso reclamo nacionalista: «Coopere con el artista cubano».

No hay un país, en todo este ancho y ajeno mundo, que en casi un siglo haya entregado al patrimonio musical del planeta al menos siete ritmos musicales: desde París a Hong Kong se ha bailado con el mambo, la rumba, el son, el danzón, el mozambique, la guaracha, el chachachá...

Pero, hay que decirlo, si los padres de la música cubana han sido muchos y notabilísimos, hay un abuelo olvidado que debe recordarse; quien, para colmo, no es cubano.

Cuba le debe un gran homenaje al desconocido —por las mayorías— Louis Moreau Gottschalk (New Orleans, 1829 – Río de Janeiro, 1869) quien tuvo raíces francesas, polacas, alemanas, judías y sureñas, para un melange maravilloso y fundador. Muy joven —1854— acompañó a José White en Matanzas; luego conoció a Ignacio Cervantes, con Nicolás Ruiz Espadero, y le recomendó que fuera a estudiar a París, influyendo decisivamente su estilo. Gottschalk es el gran olvidado de la música cubana y exige un justo y pronto rescate. Por otra parte, no es raro que en Cuba casi ni se le conozca, pues al mismo tiempo es el Padre de la Música Norteamericana, precursor del ragtime y el jazz con más de 50 años de antelación, y en Estados Unidos apenas se le está «redescubriendo» a partir de los años 70 del siglo pasado. No se puede entender a Lecuona, sin saber de Cervantes, ni a este sin Ruiz de Espadero y Saumell, y detrás de todos aparece la silueta de Moreau. Es tan desconocido Gottschalk, que en lo que se ha escrito sobre él, los críticos empiezan por señalar la duda de cómo se pronuncia su apellido...

Gottschalk: El cocoyé "Grand caprice cubain de bravura", Op. 80, RO 57

Conocí la música de este compositor hace unos cuantos años, gracias a un melómano entrañable como fue mi muy querido amigo Guillermo Tovar de Teresa, Cronista de la Ciudad de México y erudito portentoso. Me obsequió varios CD de él, y después tuvimos otros tantos encuentros dedicados solamente a comentar la exquisitez de este autor, también olvidado por sus compatriotas norteamericanos, que como ya dije, apenas lo comenzaban a rescatar entonces. Convinimos que los gringos tenían con él una «conciencia negra» y la estaban purgando: no podían aceptar que el músico más influyente de la América Latina en su época, y al mismo tiempo creador de lo que después se ha llamado jazz, fuera un polaco francés medio judío, nacido en la Luisiana, y no Gershwin u otro.

Los músicos que hoy se afanan en performances y otras excéntricas ocurrencias, ignoran que hace más de cien años, Gottschalk realizó una majestuosa ejecución con ¡100 pianos! en Río de Janeiro, y eso quedó en los anales de la música como el concierto más grandioso de la historia: Monster concerts, se les decía. Involucraba a veces 800 músicos (toda una orquesta sinfónica completa, más varias orquestas y conjuntos particulares, en especial de música africana o afroamericana, que él llamaba genéricamente bambula). Se añadían al conjunto cañonazos, campanas y fuegos artificiales (según también hizo, pero mucho después, Chaikovski con su Obertura 1812, de 1880), como en el festejo para celebrar el aniversario de Don Pedro II, Emperador del Brasil. Basta tener en cuenta la complejidad de coordinar esto en una época donde no había celulares, ni walking talking ni ningún otro artilugio semejante.

De alguna forma, Farrés (parte de una sucesión que viene de Saumell- Espadero-Cervantes-Sánchez de Fuentes-Lecuona-Romeu), es también sin saberlo el heredero espiritual de Gottschalk; aunque el norteamericano tenía un dominio pleno y virtuoso sobre la técnica musical y el segundo no, entre ambos se establece una sutil complicidad que les permite captar las esencias, más allá de todo lo anecdótico, y legar una obra perdurable, permanente y eterna. El sureño virtuoso, alumno de Berlioz, el discípulo dilecto de Liszt, el estudiante de Chopin, el director del «concierto gigantesco» con 800 músicos, es hermano del autodidacta cubano, del rumbero generoso y carnavalero contumaz, del hombre gozoso que puso a bailar a todo un país —y lo sigue haciendo— porque los iguala algo tan indefinible pero al mismo tiempo tan existente, aunque impalpable, como es eso que llamamos, sencillamente y quitándole importancia, el genio. Porque, definitivamente, ya sea en New Orleans o en La Habana, en el mar, la vida es más sabrosa.

Tomado de © cubaencuentro

Sunday, September 27, 2026

LA CULPA ES DEL TOTÍ (=EL EMBARGO)

Por María Argelia Vizcaíno

www.mariaargeliavizcaino.com

Totí. Pájaro de plumaje muy negro y pico encorvado que se alimenta de semillas e insectos

Los opresores siempre se justifican de sus propios errores culpando a otro, por eso los castristas invariablemente achacan los problemas que sufre el pueblo a cualquier cosa, pero principalmente al embargo unilateral de Estados Unidos, que ellos llaman «bloqueo», como si las fuerzas marítimas americanas estuvieran rodeando la isla perennemente y no les permitieran ningún tipo de comunicación ni comercio con otros países.

Y como no hay peor ciego que el que no quiere ver, todavía existen infelices que repiten esa excusa, a pesar de que tienen Internet donde pueden enterarse de la verdad, de que el único bloqueo es el impuesto por el gobierno cubano a su pueblo. No podemos olvidar que «el embargo total contra el gobierno castrista comenzó el 25 de abril de 1961», como ha escrito una testigo fiel de aquellos años, la respetada periodista Tania Díaz Castro en «La verdadera historia del Embargo».

Con razón Nicolás Águila en un documentado artículo explica: «Los desabastecimientos en la Isla son, por cierto, anteriores al embargo norteamericano. Y se deben ante todo a la ineficiencia de un sistema proverbialmente improductivo, al que hay que añadirle el efecto multiplicador de la desastrosa gestión castrista. No se explica de otro modo cómo se fueron perdiendo, uno a uno, aquellos productos que antes se daban silvestres en los campos de Cuba y que nunca habían faltado en la mesa del pobre».

Menos mal que no soy la única que dice lo mismo. Porque la tiranía de Cuba compra todo desde otros países, pero, aún así, el embargo de Estados Unidos permite que Cuba pueda comprar, si paga en efectivo, bienes humanitarios, insumos de primera necesidad, productos agrícolas, medicinas, equipo médico y comida, entre otras cosas, pero son los genocidas del gobierno castrista los que no quieren pagar, sólo cuando les conviene a ellos para surtir sus propias bodegas, almacenes, farmacias y hospitales de uso exclusivo de dirigentes y turistas.

¿Quién es el criminal?

Los genocidas culpan al «embargo criminal» de no poder comprar comida al pueblo, pero es como publicó la revista británica The Critic a finales del 2021, que «el embargo es crediticio», porque sólo le impide al gobierno cubano el «acceso a créditos bancarios», desmintiendo la existencia de lo que la tiranía y sus cómplices llaman «bloqueo estadounidense a Cuba».

Entre 2001 y 2020, EEUU exportó a Cuba un total de 2.48 millones de toneladas de carne de pollo con un valor acumulado de 2.088 millones de USD. El 32% del total de toneladas de esos 20 años llegó a Cuba en los últimos 4 años (2017-2020). En el mes de junio de 2022, ese pollo importado se vende por la libreta de racionamiento a 1 libra por persona al mes, por un precio de 35 pesos (alrededor de 1,46 USD según la tasa oficial; 0,36 USD según la informal). Y en las tiendas en «moneda libremente convertible» (MLC) el equivalente es a casi $10 USD. Sin olvidar que comprar en MLC, o sea, con divisas, solo puede ser gracias a una transferencia internacional por remesas enviadas desde el exterior de la nación o en el mercado «informal», lo que hace que la tasa de cambio se multiplica por cinco.

Y el salario promedio que devenga un cubano es de $3.838 en pesos nacionales, a lo que el destacado economista Pedro Monreal explica que «tomando como referencia los propios datos aportados por el gobierno cubano, que se trataría de un salario promedio muy cercano a lo que en otros países se conoce como umbral de pobreza» y «cada vez resulta más insuficiente para asegurar los alimentos y demás bienes de primera necesidad indispensables para subsistir».

Para colmo, para comprar, los consumidores tendrán que pasar horas en una cola, sin garantía alguna de que el producto no se agote antes de que puedan entrar a comprar. Lo que los seres pensantes se preguntan ¿si es que en realidad hay un «embargo criminal» cómo es que el gobierno puede comprar pollo en Estados Unidos? La excusa del «bloqueo americano» es imposible de creer, ya que viviendo en un mismo país supuestamente «bloqueado», todos pueden ver a los turistas con incontables zonas exclusivas y la cúpula dirigente, que no padecen de estrechez alimenticia y de ningún tipo.

Una excelente respuesta de este «dale al que no te dio» la he encontrado en un artículo del respetado historiador y escritor humorista Ramón Fernández Larrea (mi coterráneo por adopción) que empieza escribiendo: «En Cuba, la culpa de que las cosas no funcionen siempre la tienen los demás. Antes eran los malos gobiernos de la “neocolonia”. Después fue el pueblo mal agradecido y holgazán, que no se esfuerza nunca lo suficiente, y el bloqueo, que sí se esfuerza». Y finaliza su extraordinario artículo, como todos los suyos diciendo: «Culpar a los demás, que en lenguaje científico se dice “echarle el muerto a otro” lo aprendieron del Delirante en jefe, que no llegó al asalto al cuartel Moncada que había organizado él mismo y le echó la culpa al chofer del auto, a los semáforos, a la limpieza de las calles, a los carnavales de Santiago y a los soldados de Batista, que empezaron a combatir desde el primer disparo recibido, en lugar de esperar que él apareciera. Pero me queda una duda: ¿En aquel tiempo ya había bloqueo?» .

El que necesite más explicación, si no es cómplice de la maldad, es mejor que la busque acudiendo a ver un científico para que le investigue por qué tiene su cerebro atrofiado. La ignorancia se puede arreglar informándose correctamente, y esta es la idea de este libro, poder ayudar con datos de la verdadera historia, pero la imbecilidad no tiene remedio.

Para estos inmorales socialistas es mejor culpar a otro de la ineficiencia de un gobierno que ha dejado destruir la producción nacional de todo, por implantar un gobierno totalitario y represivo. El embargo es como el totí, un «pájaro de plumaje muy negro y pico encorvado, que se alimenta de semillas e insectos», al que siempre se ha culpado de comerse las cosechas de arroz, por eso el sabio refrán dice: «todos los pájaros comen arroz, pero el totí es el que siempre carga la culpa».

¿Quién es el criminal? Pobres de los que todavía repiten que Estados Unidos es el culpable de sus necesidades alimenticias que ya son crónicas. Parece que muchos viviendo bajo la tiranía se han visto obligados a repetir el mito, pero casi nadie se lo cree, es el miedo y la autocensura los que le dicen que hay que culpar al totí.

NOTA: Este artículo forma parte del libro «Cocina cubana: Tradiciones y degeneraciones» de María Argelia Vizcaíno, que pueden adquirir sólo por Amazon.


Friday, September 25, 2026

«PERLA SIN CORONA». RETOMANDO EL TEMA DE LA CUBA ESPAÑOLA

RESEÑA Y PRESENTACIÓN EDITORIAL

«Perla sin corona. Historia crítica de Cuba entre dos imperios»

Carlos Manuel Estefanía

Continuación y profundización de Cuba Imperial

Hay libros que llegan para poner orden en el desorden de la memoria colectiva. Perla sin corona, el nuevo volumen de Carlos Manuel Estefanía, es uno de ellos: una obra que continúa y profundiza el recorrido iniciado en Cuba Imperial para abordar los siglos más decisivos y menos comprendidos de la historia de la isla, aquellos en que Cuba dejó de ser una colonia española para convertirse en el escenario de una transición imperial que nadie controló del todo y que todos, en cambio, reclamaron como propia.

Estefanía escribe con la autoridad de quien conoce los archivos y con la claridad de quien respeta al lector. El resultado es un ensayo histórico de largo aliento que no concede fácil acomodo a ninguna de las mitologías en pugna: ni al nacionalismo cubano que necesita héroes sin fisuras, ni a la nostalgia española que prefiere olvidar los siglos de extracción y abandono, ni al entusiasmo anglosajón que todavía celebra 1898 como una guerra de liberación. Perla sin corona es, ante todo, un ejercicio de honestidad intelectual aplicado a una historia que ha sido, demasiadas veces, secuestrada por la política.

Un proyecto en dos volúmenes: de Cuba Imperial a Perla sin corona

Para entender el alcance de este libro es necesario situarlo dentro del proyecto historiográfico más amplio que Estefanía ha venido construyendo. Cuba Imperial, su volumen anterior, se ocupó de los primeros siglos de la presencia española en la isla: la conquista, el sometimiento de los pueblos originarios, la fundación de las primeras villas, la construcción del aparato colonial bajo los Austrias y la formación lenta e irreversible de una sociedad criolla que empezaba a distinguirse de la metrópoli que la había engendrado. Aquel libro estableció las coordenadas fundamentales del mundo cubano: su carácter esencialmente hispánico, su diversidad étnica sin precedentes, su posición estratégica en el corazón del Atlántico.

Perla sin corona toma el relevo exactamente donde Cuba Imperial lo dejó. Si el primer volumen preguntaba cómo nació Cuba, este segundo pregunta cómo empezó a morir —y renacer— bajo el peso de dos imperios que la codiciaron, la explotaron, la transformaron y, finalmente, la soltaron sin haberla comprendido nunca del todo. La continuidad entre ambos libros no es solo cronológica; es temática y metodológica. El mismo rigor en el uso de fuentes primarias, la misma desconfianza hacia las interpretaciones interesadas, la misma voluntad de separar lo que los documentos dicen de lo que la tradición ha querido que digan.

Leídos juntos, los dos volúmenes constituyen la historia crítica más completa de Cuba colonial disponible en lengua española para el lector no especializado: accesible sin ser superficial, rigurosa sin ser árida, apasionada sin perder nunca el norte de la evidencia.

El argumento central: la perla que nunca tuvo corona propia

El título del libro no es una metáfora ornamental. Cuba fue durante siglos llamada, con razón, «la perla del Caribe» y «la llave del Nuevo Mundo». Era el nodo financiero y estratégico que articulaba dos océanos, el punto de encuentro de las flotas que sostenían el mayor imperio que el mundo occidental había conocido, la ciudad —La Habana— que en el siglo XVIII superaba en riqueza, monumentalidad y sofisticación urbana a cualquier ciudad de las Trece Colonias norteamericanas. Era, en todos los sentidos materiales e históricos, la perla más valiosa de la corona española.

Y, sin embargo, nunca tuvo corona propia. España la trató como una fuente de rentas antes que como una comunidad de ciudadanos. Los Estados Unidos la liberaron en 1898 para someterla de otra manera, prohibiendo la entrada del ejército cubano a la ciudad que sus propios soldados habían contribuido a conquistar, izando su bandera donde nunca debió ir, manteniendo en sus puestos a los funcionarios civiles de la corona española mientras se congratulaban de haber terminado con el colonialismo. El propio movimiento independentista cubano, como Estefanía demuestra con una documentación que incomoda, construyó una narración nacional que simplificó, omitió y en ocasiones directamente falsificó aquellos aspectos de su propia historia que no encajaban con el relato que necesitaba para sostenerse.

La tesis de fondo del libro es tan sencilla como perturbadora: Cuba no puede entenderse si se la separa de España, y no puede entenderse si se acepta sin examen crítico la versión del nacionalismo cubano sobre su propia historia. Ambas operaciones —la separación y la aceptación acrítica— producen el mismo resultado: una isla sin contexto, un pueblo sin pasado real, una historia convertida en propaganda.

Los grandes temas del libro

Perla sin corona aborda cuatro grandes ejes temáticos que atraviesan sus páginas con coherencia y ambición:

El primero es la cuestión de los orígenes, retomada y ampliada desde Cuba Imperial. Estefanía dedica páginas memorables a demostrar que los pueblos aborígenes de Cuba no desaparecieron con la conquista, como sostuvo durante décadas la historiografía oficial, sino que se asimilaron, se mezclaron y sobrevivieron en proporciones que la genética moderna está apenas comenzando a cuantificar. El mito del exterminio total, tan útil para ciertos relatos sobre la crueldad española, resulta ser, él mismo, una forma de violencia hacia los descendientes de los taínos que aún hoy viven en las sierras orientales de la isla.

El segundo eje es el de las reformas borbónicas del siglo XVIII y su impacto en la sociedad cubana. Aquí el libro ofrece uno de sus análisis más originales: la demostración de que la modernización impuesta por los Borbones no fue simplemente una mejora administrativa, sino una ruptura violenta del pacto informal que había sostenido la vida colonial bajo los Austrias. El estanco del tabaco, la ejecución de los vegueros en Jesús del Monte, la dependencia estructural del comercio francés: episodios que la historia escolar cubana trata como anécdotas, y que Estefanía coloca en su lugar exacto como el primer gran antagonismo entre el Estado imperial y la sociedad criolla.

El tercero es el de la ocupación británica de La Habana en 1762, quizás el capítulo más revelador del libro. En pocas semanas de comercio libre, los ingleses demostraron empíricamente lo que los hacendados criollos llevaban décadas sospechando: que el monopolio español era el principal obstáculo para la prosperidad de la isla. La ocupación británica no fue solo una derrota militar; fue una lección económica que transformó para siempre las aspiraciones de la élite cubana. Y tuvo además una consecuencia que la historiografía anglosajona sistemáticamente omite: los milicianos norteamericanos que combatieron en los fosos del Morro llevaron de vuelta a sus colonias las lecciones tácticas y el resentimiento fiscal que diez años después los llevarían a rebelarse contra Londres.

El cuarto y más extenso eje es el del pensamiento político cubano del siglo XIX: Varela, Heredia, Arango y Parreño, Saco. Son los padres fundadores del imaginario nacional cubano, las figuras que el canon ha elevado a la categoría de santos laicos de la patria. Estefanía los lee con admiración y sin reverencia, que es la única forma honesta de leer a los grandes. Y lo que encuentra en esa lectura es fascinante: que el mismo hombre que enseñó a los cubanos a pensar —Varela— fue también el que denunció con mayor lucidez el patriotismo de fachada que él mismo contribuía a alimentar; que el poeta del exilio —Heredia— llegó a la conclusión, después de observar de cerca las repúblicas hispanoamericanas, de que la independencia prematura sería para Cuba una catástrofe; que el ilustrado que diseñó la modernización económica de la isla —Arango y Parreño— fue al mismo tiempo el abogado más elocuente de la continuación de la trata de esclavos.

José Antonio Saco: la figura más actual del siglo XIX cubano

Si hay una figura que vertebra la segunda mitad de Perla sin corona, esa es la de José Antonio Saco (1797-1879), el pensador bayamés al que Estefanía rescata del lugar secundario que le ha asignado una historiografía más cómoda con los héroes de espada que con los de pluma.

Saco fue, antes que nadie, el intelectual que comprendió que la identidad cubana no podía construirse sobre la negación de sus raíces hispánicas ni sobre la rendición ante el expansionismo anglosajón. Su famosa sentencia —»Desearía que Cuba no solo fuese rica, ilustrada, moral y poderosa, sino que fuese también Cuba cubana y no anglosajona»— resuena en este libro con una actualidad que desconcierta: fue pronunciada en 1848, cuando los sectores más poderosos de la oligarquía criolla consideraban seriamente la anexión a los Estados Unidos como solución a todos sus problemas.

«Aquí yace José Antonio Saco, que no fue anexionista, porque fue más cubano que todos los anexionistas.»

Las palabras cinceladas en su tumba son el mejor resumen posible de una vida dedicada a pensar Cuba desde Cuba, sin tutelas externas ni complacencias ideológicas. Estefanía las recoge al final del capítulo dedicado a Saco con una sobriedad que es, en sí misma, un acto de respeto intelectual.

La guerra de 1898: la pregunta que el nacionalismo no responde

El libro cierra con un análisis de la guerra hispano-norteamericana de 1898 que es, probablemente, la parte más polémica y más necesaria de toda la obra. La pregunta que Estefanía formula es tan simple como explosiva: ¿a quién debe Cuba, en última instancia, su separación de España?

La respuesta del canon nacionalista cubano es conocida: a sus propios hijos, al Ejército Libertador, a los mambises que durante treinta años combatieron sin descanso por la independencia. Estefanía no niega este mérito; lo documenta y lo celebra. Pero añade, con la misma honestidad que aplica al resto del libro, los datos que esa versión omite: que España no había sido militarmente derrotada en la isla cuando firmó la paz; que los Estados Unidos entraron en la guerra sin reconocer al gobierno cubano y salieron de ella tratando al ejército cubano como a un subalterno incómodo; que la decisión final de rendir Cuba fue tomada en una mesa diplomática en París sin que ningún representante cubano estuviera presente; y que el motivo de la rendición española no fue la derrota militar en la isla, sino la destrucción de su flota naval y el agotamiento político de una metrópoli que miraba más a Europa que al Caribe.

Esta es la historia de Cuba que no se enseña en las escuelas: no porque sea falsa, sino porque es demasiado compleja para caber en un relato de héroes y villanos. Estefanía la cuenta con la calma del historiador que ha leído los documentos y la pasión del cubano que ama demasiado a su país como para mentirle.

El método: fuentes, rigor y mirada revisionista

Una de las señas de identidad de Perla sin corona, como de Cuba Imperial, es la solidez de su aparato documental. Estefanía no escribe desde el ensayo especulativo ni desde la polémica gratuita; escribe desde los archivos. A lo largo de sus páginas el lector encontrará referencias a documentos del Archivo General de Indias, cartas capitulares habaneras del siglo XVII, crónicas militares suecas del siglo XIX consultadas en la Biblioteca Estatal de Estocolmo, informes de gobernadores coloniales, actas de la Real Audiencia de Santo Domingo y un larguísimo etcétera de fuentes primarias que anclan cada afirmación en la evidencia antes que en la tradición.

Este rigor no sacrifica la legibilidad. Estefanía escribe para el lector culto y curioso, no para el especialista universitario que ya conoce las respuestas. Su prosa es clara, directa, con frecuencia irónica, y tiene la virtud poco común de hacer que la historia compleja resulte apasionante sin simplificarla. Quien comience este libro buscando entretenimiento lo encontrará; quien lo comience buscando rigor histórico también.

La perspectiva revisionista que define su trabajo no es una postura ideológica sino metodológica: consiste en preguntar qué dicen los documentos antes de aceptar lo que dice la tradición, y en asumir que la tradición, cuando contradice los documentos, suele tener razones políticas para hacerlo. Esta actitud, que en cualquier otra disciplina científica se llamaría simplemente honestidad intelectual, resulta en el campo de la historia colonial cubana un acto de valentía.

Para quién es este libro

Perla sin corona está escrito para dos lectores fundamentales, como el propio Estefanía confiesa en su nota inicial. Para los cubanos, a quienes ofrece la posibilidad de conocer sus raíces sin el filtro del adoctrinamiento ni la nostalgia; de entender por qué son como son, de dónde vienen realmente, qué tienen de español, de africano, de indígena, de anglosajón sin saberlo, y por qué esa mezcla irreductible y magnífica no es una debilidad identitaria sino su mayor riqueza.

Y para los españoles, a quienes ofrece algo más difícil pero igualmente valioso: la posibilidad de entender que Cuba no era solo una colonia, sino una parte del mundo hispánico que creció, se transformó, y terminó por ser más española que la propia España en muchos aspectos decisivos, antes de que la incomprensión mutua y el oportunismo geopolítico de una tercera potencia los separaran para siempre. O casi para siempre.

Pero más allá de estos dos lectores específicos, el libro interpela a cualquier persona interesada en cómo se construyen y destruyen los imperios, cómo nacen las naciones, cómo se forja y se falsifica la memoria histórica, y cómo los grandes procesos del mundo atlántico —la esclavitud, el liberalismo, el colonialismo, el imperialismo— se vivieron desde dentro en una isla que durante tres siglos fue el centro gravitacional del mundo occidental.

Ficha técnica:

Título: Perla sin corona. Historia crítica de Cuba entre dos imperios

Autor: Carlos Manuel Estefanía

Colección: Historia crítica de Cuba (Vol. II)

Volumen anterior: Cuba Imperial

Editorial: Lulu Press

Formato: 6 × 9 pulgadas, rústica

Idioma: Español

Temática: Historia de Cuba, Historia colonial, Historia del Caribe, Historia de España en América

Perla sin corona está disponible en Lulu Press en formato impreso y digital. Junto con Cuba Imperial, constituye una de las lecturas más estimulantes y necesarias sobre la historia del Caribe hispano disponibles hoy en lengua española.

La obra está disponible en Lulu

Tomado de Cuba Nuestra

Tuesday, September 22, 2026

LA LEYENDA DE LOS VENCIDOS

Por Vicente Echerri

Cadáver de José Calvo Sotelo tras su asesinato el 13 jul. 1936 @Museo Centro de Arte Reina Sofía 

Al tiempo de escribir esta nota, se cumplen exactamente 90 años de la sublevación que dio lugar a la Guerra Civil española: un conflicto que duró casi tres años y enfrentó a buena parte de las Fuerzas Armadas del país con el gobierno de la Segunda República que, secuestrado por socialistas radicales, comunistas y anarquistas, había iniciado una deriva hacia la imposición de un régimen totalitario, con los crímenes y desmanes que le son inherentes.

Esta guerra civil, que concluyó con el triunfo de los sublevados en abril de 1939, captó la atención del mundo y dio lugar, en favor de los vencidos, a un relato romántico impulsado por toda una generación de intelectuales y artistas de izquierda —poetas, narradores, ensayistas y pintores— que construyeron una suerte de epopeya en la que los derrotados aparecían como héroes de la libertad, la justicia y la solidaridad frente a las fuerzas reaccionarias que resultaron triunfadoras —con ayuda de las potencias fascistas— para imponer una implacable represión y una dictadura personal que se prolongaría durante más de tres décadas.

La dictadura —que desmerecería la causa que le dio origen— coadyuvó a la fabricación de un mito: el de la democracia traicionada, que nueve décadas después del inicio de la contienda sigue presentándose como una verdad indiscutible y distorsionando la historia de uno de los episodios más cruentos y traumáticos del siglo XX.

Aunque el régimen franquista fue una secuela natural del triunfo de los nacionales, no constituyó una consecuencia necesaria. Su existencia sirvió para consolidar el relato de que la sublevación militar —o el fallido golpe de Estado— se produjo contra un orden legítimo que encarnaba el bien y el progreso de España, cuando, en realidad, se trataba de un régimen degenerado cuya cúpula mostraba una creciente impotencia para controlar las fuerzas disruptivas que bullían en su interior y que, de manera evidente, tendían al establecimiento de una tiranía bolchevique.

Sin embargo, los derrotados contaron desde el principio con un aparato propagandístico que exaltó su causa durante la guerra y que, tras la derrota, se dedicó a exculparla. El malogrado experimento de la Segunda República española se transformó, para los apologistas de la izquierda internacional, en un proyecto prometedor —de libertad y justicia social para la felicidad de todo un pueblo— que las fuerzas reaccionarias se habían encargado de frustrar.

Curiosamente, el mayor aliado de este relato fue la propia dictadura franquista, que, con su prolongada permanencia en el poder y la supresión o el menoscabo de las libertades fundamentales, contribuyó a justificar la existencia del régimen precedente y a atenuar o edulcorar sus enormes crímenes y desatinos. La larga duración del franquismo sirvió para enturbiar el fracaso y la esencia criminal de la Segunda República.

Casi un siglo después, es hora de decir con claridad que la Segunda República española fue un gran fiasco, pese a sus buenas intenciones —las mismas que pavimentan el camino del infierno—: un experimento de ingeniería social que, como todos los de su clase, produjo decenas de millares de víctimas, sin mérito alguno que pudiera redimirlo.

La sublevación y la consiguiente guerra civil que condujeron al derrocamiento de la República están —en mi opinión— plenamente justificadas como acciones nobles que los militares se ven instados a emprender cuando las autoridades civiles traicionan sus obligaciones y acaudillan —o permiten actuar— a fuerzas que postran a la sociedad y subyugan a los ciudadanos. No así la larga dictadura que se derivó de aquellas acciones y que, por sí misma, contribuyó a robustecer la leyenda de los vencidos.

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© Imagen de portada: «El detonante de la sublevación». El 13 de julio, como represalia por el crimen del teniente de la Guardia de Asalto José Castillo a manos de pistoleros falangistas, miembros de su unidad y policías de simpatías socialistas asesinaron al diputado monárquico José Calvo Sotelo. Desde febrero se habían registrado al menos tres decenas de muertos en «incidentes» políticos, pero el magnicidio hizo saltar todo por los aires. La tarde del 17 de julio, en Melilla, estalló la sublevación militar. (Fuente, diario El Español).

Tomado de Hypermedia Magazine

Sunday, September 20, 2026

¿SUICIDA O SUICIDADO?: RENÉ RAY RIVERO (¿? –†1959)

Por María Argelia Vizcaíno

www.mariaargeliavizcaino.com

@Fuente externa

René Ray Rivero fue un alto dirigente del gobierno cas­trista, hermano del ingeniero civil Manolo Ray (Cuba, 1924 –†Miami, 2013) que fue designado Primer Ministro de Obras Públicas del Gobierno Provisional Re­volucionario, juramentando su cargo el 5 de enero de 1959 en el Palacio Presidencial de La Habana.

Después de la huida de Batista (la madrugada del 1 de enero de 1959) el nuevo gobierno dirigido por Fidel Castro le dio un alto cargo en el Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados (donde Faustino Pérez primero fue el ministro). Bajo extrañas cir­cunstancias, falleció en el mes de marzo de 1959. La versión ofi­cial declaró que se suicidó con una pistola en la celda donde es­taba detenido. El solo hecho de saber que un detenido tiene una pistola se hace extraño este suicidio.

El documentado historiador Antonio de la Cova ha escrito que:

René Ray falleció misteriosamente en una estación de policía de La Habana el 12 de marzo de 1959, que el mismo Castro anun­ció ese día que René Ray se había suicidado. Y nos amplía un poco la información sobre este oscuro caso. Esa mañana Ray, como fun­cionario del Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados au­torizó que se entregara la Caja de Seguridad en el Banco Trust Company of Cuba, de la calle Fábrica y Concha, en La Habana, que estaba a nombre del coronel José Pérez Domínguez y su es­posa la señora Juanita González, a esta última. El coronel Pérez se había retirado del ejército durante la presidencia de Carlos Prío Socarrás. Se dijo que la caja contenía un millón de dólares y que René Ray cobró $400,000 por entregarla, por lo que los fidelistas inmediatamente ‘le pasaron la cuenta’. 

Agregando el Dr. de la Cova que «su hermano Manolo Ray nunca pidió aclaración por la muerte de su hermano ni jamás volvió a hablar públicamente del caso».

Referente a este caso escribió Ricardo Samitier remitido en un correo electrónico el 20 de agosto de 2014, con el título «Cuando se ordenan varias autopsias es que quieren condenar a alguien...», haciendo referencia al asesinato de René Ray por los Castro diciendo fue suicidio: «La primera vez que conocí que el gobierno pidiera ‘tres opiniones’ equivalente a tres autopsias, fue en el ‘primer suicidio/asesinato’ ordenando por Fidel Castro. Ase­sinaron a René Ray estando ‘retenido’ en la Jefatura de la Policía dándole un tiro en la cabeza. De acuerdo a la autopsia el tiro en la sien derecha fue de arriba hacia abajo (en vez de abajo hacia arriba que es lo normal en los casos de suicidio) además fue de delante a atrás (en vez de atrás hacia delante que es lo normal) de contra no presentaba productos de pólvora en la piel (que es lo normal con un tiro a ‘boca tocante’ que es el término usado en me­dicina legal cuando un tiro es dado de boca tocante a menos de 4 pulgadas)». 

Además, en su interesante escrito nos dice que «la autopsia de René Ray fue firmada por 3 médicos forenses… y para cubrirse… rompiendo con los ‘términos’ utilizados en medicina legal… firma­ron diciendo: que el tiro había sido dado a una distancia no mayor de 75 centímetros. Un IMPOSIBLE… ya que el antebrazo doblando el codo, nunca puede tener más de 30 centímetros.

«Los periódicos y la revista Bohemia, incluso el conservador Diario de la Marina, omitieron publicar la increíble autopsia.

«Para suerte de los futuros historiadores de los crímenes de la revolución, el periódico El Mundo, del 14 de marzo de 1959, la pu­blicó.”

En la mayoría de las redes sociales tienen como fecha del «sui­cidio-asesinato» el 7 de marzo de 1959, nosotros usamos el día 12, por la credibilidad que nos ofrece Antonio de la Cova.

Lo más impresionante de este caso para mí es encontrar la manera que los castristas desde el principio de su tiranía han manipulado la información oficial. René Ray Rivero no es la excepción, ya vimos en este mismo libro lo ocurrido al Dr. Rogelio Sopo Ba­rreto, y a Félix Lugerio Pena Díaz, que nos hacen preguntarnos si fueron ¿suicidas o suicidados?

Nota: Este artículo forma parte del libro de la autora María Argelia Vizcaíno titulado «¿Suicidas o suicidados?», que pueden adquirir sólo por Amazon.com.