Talentoso grupo que iba desde los 15 cuando más a los 25 años
Por Héctor Santiago (**)
En el sistema que sólo habla de proyectos fantasmas para un siglo venidero y el sacrificio es tan eterno como la vida misma, está más que claro que no hay sitio para la alegría –¿quién ha visto jamás un tirano riendo?–.
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| José Mario Rodríguez (1940-2002) @Fuente externa |
Recientemente pude ver en California el testimonio filmado a la madre de un amigo mío judío, que es parte del proyecto del director Steven Spielberg para que no se pierda el testimonio del horror del Holocausto, pues ya los pocos sobrevivientes son bien ancianos y cuando mueran… Pero afortunadamente los judíos son unos de los pocos que saben el valor de no olvidar y educar a las futuras generaciones para que puedan ver a tiempo los síntomas del odio y combatirlos con colmillos y garras. Por eso cada año en todas partes del orbe encienden velas para no olvidar, Hollywood no lo permite con películas como “Schindler’s List”, Broadway cada cierto tiempo sube a escena “El Diario de Ana Frank”, las grandes editoriales publican testimonios, investigaciones y literatura sobre el tema, además de llevar a los tribunales a los que insisten en que el Holocausto no existió.

En España el odio de la guerra civil es común empresa de los creadores como en la película “¡Ay Carmela!” de Saura y las nuevas generaciones pese a que no lo conocieron odian tanto a Franco como si aún viviera. El Papa Juan Pablo se ve obligado a pedir perdón por la censura y prisión a Galileo Galilei, el genocidio colonial de los indios precolombinos y la siniestra Inquisición, en los Estados Unidos además de en sus desgarradoras obras artísticas y activismo político los negros están exigiendo compensación monetaria por la atroz esclavitud, en Alemania, Austria y Suiza las víctimas del Holocausto exigen les devuelvan sus propiedades, les compensen por las cuentas bancarias no devueltas y llevan a los tribunales a las grandes empresas por usar la mano de obra esclava de los campos de concentración, en Latinoamérica se reescribe con cólera la historia de la Conquista y vivifica la imagen de Cristóbal Colón. Todas estas ignominias del proceder humano sucedieron hace bastantes siglos o décadas, pero el común denominador de estos y otros esfuerzos porque la verdad se abra paso –incluyendo todos los espectros políticos–, están unidos por el común denominador de brindar el testimonio desde el otro lado de las víctimas que justamente intolerantes se niegan a olvidar, ni aceptar la Historia Oficial.
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| El río va, Tomás Sánchez, 2020 @Fuente externa |
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| Homosexuales y opositores en la UMAP |
Y nada de esto fuera tan trágico si no hubiera tanta historia desconocida y por contar: la reconcentración de los campesinos del Escambray llevados a la fuerza a través de media isla para internarlos en el inmenso campo de concentración llamado “Ciudad Sandino” en Pinar del Río, el genocidio en los cayos de Guanahacabibes, las atrocidades de la UMAP, el Plan Camilo Cienfuegos en Isla de Pinos, los inútiles muertos en Angola, el tráfico internacional de drogas, el pillaje del patrimonio nacional y muchos horrores más. Pero todo pueblo que se queda sin memoria está maldecido a repetir sus mismos errores…
Recientemente le respondí al escritor
William Navarrete que había dejado de escribir mis “Memorias” estancadas en
1966, porque siempre que las releía me parecían una obra de ficción pese a la
exactitud de datos y fechas fáciles de corroborar, y que tenía miedo que nadie
me las creyera por lo intensas y horrorosas, pues quien nace con alas tiene que
ser muy humilde para entender al que vivió en cadenas. Aunque después de “Antes
que anochezca” quizás hay alguna luz al final del túnel…
Sin pretender predecir los años que
tomará su “descubrimiento”, estoy seguro que le llegará como a Dulce María
Loynaz, Gastón Baquero, Reinaldo Arenas, mientras aguarda junto con Lydia
Cabrera, Enrique Labrador Ruiz, Lino Novás Calvo, Jorge Mañach, Fernando Ortiz
y otros “olvidados” de ambas orillas. Y ojalá no le ofendan sus verdugos
isleños con esa “reivindicación” que sólo reservan a los muertos y los
vendidos. Así pues dejo a los profesionales que hablen del poeta. A mí me
interesa más el ser humano, el creador de vertical integridad, pues los
pequeños detalles cotidianos sirven para iluminar la trayectoria del creador,
nos revelan la grandeza de su ser y evitan que el mito encubra al hombre.
Con la energía de la adolescencia y
empujados por la vitalidad de lo que entonces parecía ser una revolución
nacionalista –“tan verde como las palmas”–, que rectificaría los errores de
nuestra joven república, nos conocimos en 1959, compartimos el horror de lo que
resultó –“tan rojo como un melón”– y años después del silencio provocado por su
destierro nos reunimos –“en el gusano exilio”–. Pero esta brevedad de datos
carece de la riqueza que alimentaba nuestra amistad, ignora los formativos años
de ser testigos de los tremendos acontecimientos que nos tocó vivir, y que a la
larga nos marcaron como seres humanos pero más que todo como creadores –pues a
estas alturas creo que las desgracias más que las dichas alimentan ricamente la
obra–, y dejaría en la oscuridad la importancia que por siempre tendrá José
Mario en la década cultural cubana de los años 60, lo decisivo que fue para
nuestra generación, y como en el ingrato exilio siguió brillando con luz
propia.
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| Virgilio Piñera (1912-1979) |
José Mario empeñado en crear junto con
otros creadores un movimiento del precario teatro infantil en nuestro país, y
conociendo mis incursiones en los programas infantiles de la televisión, me
instó para que me uniera a él escribiendo obras infantiles bastante escasas
para sustentar un movimiento teatral. Por aquel entonces en la ciudad de
Marianao funcionaba el Consejo Municipal de Cultura que tenía un Departamento
Infantil dirigido por la dramaturga Nora Badía –que como le pasó a todos los
creadores al devenir en capo cultural más nunca escribió nada–. Allí trabajaban
los dramaturgos Silvia Barros, José Corrales, José Triana, David Camps, José
Mario, las actrices Perla Vázquez y Elvira Cervera. En un edificio adyacente
funcionaba el “Teatro de Muñecos” dirigido por Luis Interián, un talentoso
titiritero, dibujante, compositor, que regresado de los Estados Unidos se unía
a todos los expatriados atraídos por la miel de la involución que terminó como
una llama quemando a muchos como mariposas. Allí me llevó José Mario para que
me familiarizara con las armas del oficio ya que él trabajaba también con ellos
como titiritero, y cayendo bajo el encanto de la ilimitada fantasía de trabajar
con los niños mi amor fue inmediato, y precisamente el poder comunicar la belleza
de la poesía fue lo que atrajo a José Mario, que poseía un natural talento para
el género escribiendo hermosas obritas en versos.
Para mi mayor sorpresa, sin
experiencia previa, la primera obra que escribí “El Caballito Negro” –perdida
como toda mi producción isleña– fue montada por Interián, a cuyo grupo
finalmente me integré también como titiritero iniciando así un fructífero amor
por el teatro infantil que ha continuado hoy hasta los escenarios
norteamericanos. Ese grupo fue nuestra “Tarumba” lorquiana pues pronto montados
en camiones comenzamos a llevar el teatro a niños de lejanas comunidades que ni
sabían que existía, allí pude ver la suavidad con que José Mario atraía a los
niños, como disfrutaba con ellos, su poder para con un títere en la mano
improvisar coloquios en versos con ellos, mostrándome otro lado de su
personalidad que no teniendo mucha paciencia no vacilaba en responder con
tajantes, secas, precisas respuestas y ácido cinismo a todo el que lo
provocara. De esa época conservo los mejores recuerdos, nuestra amistad se
compartía en mutua concordancia, además de ser la etapa romántica de la
involución… que pronto mostró su verdadero rostro.
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| Una tribuna para la paz democrática, Antonio Eiriz 1968 |
Pronto la falta de una captación
política y adoctrinamiento en nuestras obras hizo que ninguna se salvara de la
prohibición, por lo que buscando escapes recurrimos a adaptaciones de clásicos
como Perrault, los hermanos Grimm, Kipling, etc., que también cayeron bajo la
guillotina pues Cenicienta todo lo obtenía a través de la magia –vetada en una
sociedad materialista– y no sembrando papas como una campesina o trabajando en
una fábrica como una obrera, reyes y nobles eran “rezagos del pasado”, y era
preciso inculcar la lealtad militante en el niño, el valor del eterno
sacrificio y no utilizar tantas canciones, poesías y bailes –pues los soldados
deben ser serios–, con lo que tildándolos de “contrarrevolucionarios” mandaron
de un tirón al basurero de la Historia a los magos, hadas, gnomos, sílfides, y
la pobre Alicia debía cambiar su país de maravillas por un sitio donde “se
combatiera al imperialismo”, Gulliver debía de llevar su mensaje militante a
los gigantes, etc., etc., etc. También una obra que escribimos en conjunto
sobre una versión del Uncle Remus fue vetada por ser un material norteamericano
y desperdiciábamos la oportunidad de que el Conejo fuera negro para iniciar una
batalla racial…
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| Alfredo Rostgaard, [Che] , 1969. |
Después fue el turno al adaptar los “Cuentos Negros” pues Lydia Cabrera ya era una “gusana” exiliada y todo lo relacionado con la Santería debía desaparecer como “oscurantismo religioso”, especialmente atacaban en José Mario sus temas folklóricos del campesinado por el “escapismo poético” y recuerdo la acalorada discusión por nuestras obras “La Reina de las Flores” y “La Margarita Blanca” sobre un juego infantil campesino, pues ya para entonces queriendo escribir sobre temas nacionales indagábamos en ellos pero todo lo que provenía del pasado estaba contaminado. José Mario En “La Reina” había cometido el “crimen” de que se le “pasara la mano” en lo que ellos tras un idioma retorcido insinuaban lo “mariconil” del coro de alegres flores cantando en cuartetas al sol, un Viento demasiado danzarín, y un mundo de flores poéticas parece que no muy acorde con los futuros guerrilleros mercenarios en que se querían convertir a nuestros niños, para que llevaran la guerra “internacionalista” a todos los confines del mundo implantando el “paraíso de los trabajadores”. Todo esto preludio de cuando confiscaron de todas las librerías los comics y erradicaron de nuestros cines los cartones animados; gracias a al chileno comunista Ariel Dorffman –ahora académico liberal en una universidad yanki cobrando en dólares, aun escribiendo utopismos y pasándole “in… tolerantemente” la cuenta a Pinochet en la obra-película: “La Muerte y la Doncella”–, el que escribió un libro llamado “Para leer al Pato Donald”, donde el pato –no “homo”– convertido en agente de la CIA putrificaba [sic] las mentes infantiles y los muy severos capos culturales usaron como pretexto para eliminar la fantasía de la niñez cubana –y la niñez en sí–, junto con la estocada de prohibir el Día de los Reyes, y obligarlos a jurar cada mañana con pañoletas rojas al cuello: “Seremos como el Che”.
Pese a que desde ese día quedó bien claro que ahora los ataques además de a los escritores serían también a sus sexualidades, al ahogo creciente, la censura, la evidente hostilidad hacia nuestra producción, los retorcidos y kafkianos planteamientos, de cada mitin José Mario y yo salíamos riéndonos a carcajada de la estrechez imaginativa de los “asesores infantiles”, la estupidez de los argumentos, la total ignorancia del trabajo teatral, y sus coincidencias moralistas con la mentalidad burguesa que la involución proclamaba erradicaría creando al “Hombre Nuevo”. Pero aun después de las obras haber sido criticadas, censuradas, rescritas y aceptadas, otro de los trabajos de la “Comisión” era fiscalizar las puestas en escena de las obras, pues de pronto asesores, pedagogos y camaradas, con nuestra maldita típica arrogancia cubana, se convirtieron en teatristas profesionales y hasta dramaturgos infantiles como la Valdés Ginebra, por lo que los directores debían previamente discutir con ellos los diseños de los muñecos, la música, el “mensaje” de la puesta en escena, etc. Y finalmente en un pre ensayo general debían darle también el visto bueno al trabajo final del montaje antes de sus estrenos, muchos de las cuales se suspendieron cuando ellos detectaban algo que nosotros no habíamos visto por ningún lado…
Así nos vimos oficialmente despedidos
de la historia del teatro infantil cubano, al menos de nombre pues nuestras
obras se siguen actualmente poniendo lo que firmadas por los directores o son
“versión de”… “La Ronda de las Flores” de José Mario sin firma con el pie
“Versión de un cuento folklórico” y mi “El Día que se Robaron los Colores” por
su director René Fernández. Nuestra partida culminó una estampida iniciada –o
seguida, no recuerdo– por José Triana que escapó –creo– al Instituto del Libro,
David Camps al Teatro Musical de La Habana, Corrales que se exilió, Perla
Vázquez y Elvira Servera exiliadas, y la infortunada Silvia Barros, a la que
una lesbiana que trabajaba en la carpeta del Hotel Riviera y por precios
cuadriplicados alquilaba sus cuartos para citas prohibidas, al verse
descubierta la denunció y la milicia del hotel abrió de repente su cuarto
encontrándola en la cama con su amante y las dos desnudas fueron obligadas
entre insultos machistas y risas a recorrer los pasillos del hotel antes de ser
recluidas en la cárcel de mujeres de Guanabacoa, donde después de ser juzgadas
en plena calle por un Tribunal Popular que les hizo las más ignominiosas
preguntas sobre sus prácticas sexuales y mostrar sus “aparatos” a una riente
muchedumbre, cumplieron una sentencia terminando Silvia por enloquecer para
siempre –la poeta Alina Galiano me contó de uno de sus súbitos ataques de
locura en plena clase en un college de New York–.
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| Historia del éxodo, Marc Chagal, 1952 |
Mientras tanto lo mismo sucedió con el
Seminario de Dramaturgia, pues despedido de su puesto Fermín Borges, que siendo
una loca tremebunda se declaraba “revolucionario” –loca y política; aceite y
vinagre–, se inició así su aislamiento del mundo cultural llevándolo a trabajar
en una pizzería de la playa de Marianao y terminando por morir en el anonimato
de Miami con toda su obra perdida. Mirta Aguirre fue enviada a la escuela de
Letras de la Universidad donde tuvo que presenciar en silencio las denuncias de
las depuraciones públicas, los mea culpa a la Stalin, y la negación a darles el
título de graduación a los alumnos “antisociales”, “apáticos a la revolución”,
la desaparición del PSP cuando la “Purga Revolucionaria” con el encarcelamiento
de algunos de sus familiares, y pese a que en 1968 ganó un premio en México por
su brillante ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz también fue borrada de la
cultura oficial. En los albores de mi exilio me fui a despedir para darle las
gracias por todo y me encontré a una anciana temblorosa que me abrazó llorando;
su testimonio de la culpa quemante de haber servido de “tonta útil” para el
engranaje que después que la utilizó la echó a la basura como una piltrafa
inútil. Si bien en medio de tantas bajezas humanas la distingue sus
advertencias de denuncias, espionajes de la Seguridad, y el uso de su
influencia política que salvó a tantos artistas facilitándoles un rápido
exilio, y entre ellos me viene a la mente el director teatral Heberto Dumé.
Ella fue sucedida en la dirección del Seminario, que ya nos había becado, por
un judío comunista argentino Samy Feldman, un brillante profesor, testigo de
las purgas durante su estancia en la Unión Soviética y que vino a Cuba creyendo
que esta vez “todo sería diferente”, pero al encontrarse con la versión
caribeña de lo mismo encabezó la estampida de los “utopistas de libritos” y del
cual recuerdo que dos días de marcharse nos dijo: “El comunismo quita a Dios
para suplantarlo por el Líder”… Lo substituyó el “otro de lo mismo” Osvaldo Dragún,
lo que marcó la salida de José Mario y mi posterior expulsión por “conducta
antisocial y apatía revolucionaria” –nótese que mis testimonios siempre vienen
acompañados de nombres pues de que vale mencionar los hechos sin señalar a los
verdugos, pues eso sólo hace que sigan durmiendo confortablemente en el
anonimato–. Pero el indoblegable espíritu y el dinamismo de José Mario ya había
llenado esos vacíos con lo que sería su labor más importante: las Ediciones “El
Puente”.
Cada día entre un selecto grupo a
prueba de infiltrados de la Seguridad íbamos comentando los negros augurios que
se cernían sobre nosotros, pero lejos de quedarse en las protestas y quejas
José Mario decidió combatirlos con la acción por muy descabellada que
pareciera. Leyendo un manuscrito en que trabajaba un espantoso poema
adolescente desde 1959, me lo pidió para la publicación inaugural de su empresa
editorial, así en 1960 salieron juntos su “La Conquista” y mi “Hiroshima”
iniciando la extraordinaria vida editorial sobre la que se ha querido echar un
velo de olvido, distorsionarla y prohibir su verdadera historia. A lo que
siguieron múltiples títulos de los cuales José Mario dejó testimonio en la
revista “Mundo Nuevo” y en la “Revista de la Asociación Hispano-Cubana”. Es
importante notar el mensaje subliminal que enviaban los autores de “El Puente”
si examinamos los títulos de los libros como: “El Grito”, “De la espera y el
silencio”, “Clamor Agudo” de José Mario, “La Marcha de los Hurones” de Isel Rivero
con el mensaje implícito en el libro de las masas de animales siguiendo
ciegamente a sus guías aun después de desbarrancarse o ahogarse, “27 pulgadas
de vacío de Silvia Barros, “Algo en la Nada” de Gerardo Fullera León,
“Silencio” de Ana Justina, etc. Con esto José Mario creaba la alternativa para
los que no querían poner su obra al servicio de la cultura oficial ni
politizarla, pues ya la confiscación de los medios de prensa y el poner a todos
los creadores bajo una nómina oficial dejaban ver claramente que se nos guiaba
al obligado camino de peleles de un único dogma. Además de todo lo apuntado
otros serían los externos motivos impulsores de su quijotesca empresa en un
mundo que iba lentamente cerrando todas las opciones: La desaparición de la
librería y editorial “La Tertulia” que se interesaba en los escritores noveles,
el infame discurso de “Con la revolución todo contra la revolución nada” y el
monopolio editorial y artístico de la recién creada Unión de Escritores y
Artistas de Cuba UNEAC. Los motivos internos estaban sustentados en su natural
espíritu rebelde, incorruptible valentía, el insobornable respeto que sentía
por la creación artística y el deber que tenía para con su generación rebosante
de talentos.
Su padre era un triunfal negociante,
dueño de varias propiedades y que hasta que le fue confiscada por el Estado
poseía una lucrativa ferretería donde José Mario lo ayudaba sobre todo con los
libros y si mi vieja mente no me juega trampas era hijo único. Siempre vi que
lo adoraban y estaban muy orgullosos de que fuera escritor –sin catalogarlo de
“mariconerías” ni torcerles sus destinos como es común entre las familias
criollas cuando sus vástagos se asoman al arte–, por lo que no le negaron el
apoyo para su costosa empresa editorial que él reforzaba con su sueldo. Más
tarde en el exilio mendigando por aquí y allá entre los mecenas en España bajo
el título “La Gota de Agua”, pero debo aclarar que nunca recibió subvención
monetaria alguna de la UNEAC como alguien ha dicho, sino que su asociación con
esta organización fue provocada por otros motivos que explicaré. Así con noble
desinterés los costos de las publicaciones siempre salieron de su bolsillo,
jamás exigiendo que los autores por publicar contribuyeran con algo y los que
aun vivimos podemos dejarlo bien claro, y lejos de utilizarlo –como hacen
tantos– para sus propósitos personales, el escaso número de sus libros
contrasta con más de la veintena de autores que publicó, pues pronto lo que
inicialmente sería una editorial de poesía terminó publicando cuentos, relatos
y teatro.
Y en los albores de su abrupta
desaparición ya contemplaba la publicación de novelas y ensayos –entre ellos
textos de Reinaldo Arenas– y como un apéndice a la editorial había publicado
varios números de la “Revista Literaria El Puente”. Cada día esta nueva opción
de manifestarse sin plegamientos ideológicos resaltaba la importancia de “El
Puente” en el mundo literario cubano, e iba creciendo pues se le sumaban nuevos
creadores jóvenes que defendían fieramente su independencia creativa y los
cuales tan tempranamente como en los 60 ya comenzaban a reflejar la literatura
homoerótica hasta entonces tema prohibido en la conservadora sociedad cubana y
el machismo guerrerista que preconizaba “El Hombre Nuevo” –todo lo que
precisamente provocó que de su constante vigilancia se pasara a la brutal
represión–. Su propio testimonio resulta más importante que el mío, pero no
puedo dejar de pasar por alto el formidable grupo que logró aglutinar, donde
sobre todo es importante la presencia numerosa de poetas, narradoras y dramaturgas,
lo que siempre es algo raro en el mundo literario controlado por los hombres:
Ada Abdo, Belkiz Cuza Malé, Silvia Barros, Lina de Feria, Isel Rivero, Mercedes
Cortázar, Ana Garbinski, Lilliam Moro, Ana Justina, Nancy Morejón, Marinés
Mederos, Ana M. Simo, Ángela Martínez, Evora Tamayo, Georgina Granados, y
quizás alguna que se me escape. A los que se le unen igualmente poetas,
narradores, dramaturgos y etnólogos: Miguel Barnet, Guillermo Cuevas, René
Ariza, Jorge Oliva, Nelson Rodríguez, Reinaldo G. Ramos, Manuel Granados, Ángel
Luis Fernández, Mariano Herrera, Jesús Abascal, Delfín Prats, Jorge Ronet,
Gerardo Fulleda León, Eugenio Hernández, el peruano Rodolfo Hinostroza, Luis
Rogelio Nogueras, Rogelio Martínez Furé, Pio E. Serrano, Pedro Pérez Sarduy,
Jesús Abascal, Manuel Ballagas, los dramaturgos Nicolás Dorr, J. R. Brene,
Eugenio Hdez, José Milián, este escribano bajo el nombre de Santiago Ruiz, etc.
Talentoso grupo que iba desde los 15
cuando más a los 25 años. Además entre las publicaciones más exitosas
estuvieron la “Novísima Poesía Cubana” (1 y 2) editada por Ana M. Simo y
Reinaldo G. Ramos, donde se realizó la antología de un nutrido grupo de poetas
de diversas estéticas que José Mario reunió en un pequeño ensayo como “la
generación de El Puente”, insinuando bien claro que el elemento común en todos
era la visión artística al margen del arte oficial, el impuesto mensaje
marxista y la renovada sangre juvenil con diversas voces “sin escuelas”
renovando la literatura cubana post re…involución. “Novísima de Teatro” editada
por Eugenio Hernández, “Teatro Infantil” (Tomo 1-2) de José Mario, “Teatro
Infantil” de Silvia Barrios, “Teatro” de José Millián y de J. R. Brene “Santa
Camila de la Habana Vieja”, y en espera había más títulos teatrales entre ellos
mis obras infantiles y de adultos.
Otro éxito editorial fue “Poesía
Yoruba” editada por el etnólogo y folklorista Rogelio Martínez Furé que se
agotó tan pronto salió. Y esta edición agravó una de las más peligrosas
acusaciones que se nos hacían, pues mientras aun en la oficialista UNEAC era
mínima la presencia de escritores negros, en “El Puente” se contaban entre
otros que recuerdo a Guillermo Cuevas, Fulleda León, Eugenio Hernández, Ana
Justina, Furé, Nancy Morejón, Manuel Granados, Georgina Herrera, y el
ensayista, folklorista y etnólogo Walterio Carbonell que había pretendido
fundar el Partido de las Panteras Negras Cubanas y al cual se le iba a publicar
un excelente ensayo “El problema racial en Cuba” –que lo extendía hasta la
“involución”–. Esto nos acarreó la acusación de querer crear una división
racial pro negra en la cultura cubana, pues el barbudo marxismo cubano no
aceptaba “la raza” porque el internacionalismo proletario nos volvía a todos
¡militantes daltónicos! Walterio Carbonell terminó con una larga condena en la
cárcel por diversionismo ideológico e igualmente el fantasma de la negritud
provocó el encarcelamiento y censura de Manuel Granados, así como su esposa
Georgina Granados y Nancy Morejón que de la noche a la mañana se volvieron
“blancas”…
En el sistema que sólo habla de
proyectos fantasmas para un siglo venidero y el sacrificio es tan eterno como
la vida misma, está más que claro que no hay sitio para la alegría –¿quién ha
visto jamás un tirano riendo?–, así pues el paso del ciclón “Flora” puede
borrar de golpe la fascinante vida nocturna de la Habana bohemia, la muerte de
un mercenario nos deja sin carnavales y el cortar caña nos roba las Navidades.
Por eso José Mario concibió la idea de expandir “El Puente” a otros creadores y
tomando el ejemplo de las cuevas existencialistas parisinas y los cafetines del
neoyorquino Village Beaknit, logra que un legendario personaje de la vida
bohemia habanera el maravilloso Felito Ayón, brinde su bar “El Gato Tuerto” en
el Vedado habanero mirando al malecón, para organizar las tertulias donde con
incontenible éxito comenzaron a reunirse escritores de todo tipo para escuchar
a los propios autores leyendo sus obras, y a jóvenes músicos algunos de los
cuales musicalizaron poemas del círculo, entre ellos la trovadora Teresita
Herrera, el joven Sergio Vitier, y otros que después formaron parte del
movimiento de la “Nueva Trova”, también nuestra Juliette Greco criolla la
actriz Miriam Acevedo, con su dejo parisién existencialista, siempre vestida de
negro, con su voz profunda decía o cantaba los poemas del grupo, además de
otros cantantes entre ellos Doris de la Torre, Ela O’ Farrill, la cantautora
Martha Valdés, y los cantautores José A. Méndez, César Portillo de la Luz, que
bajo el movimiento del “feeling” cantaban también nuestros poemas y sus
creaciones.
En el vestíbulo expusieron sus obras
varios pintores –recuerdo a Antonia Eiriz y que periféricamente a lo último se
nos unieron Clara Morera, Juan Boza, Justo Pérez–, a los que también se les
abrió la oportunidad de ilustrar los libros, lo que ya hacían otros pintores.
Así “El Puente” comenzaba a convertirse en un movimiento estético que incluía
varios géneros artísticos. Con las largas colas de jóvenes para entrar
atestiguando el éxito de la empresa, cada tertulia se fue convirtiendo en un
intento por romper la acidez ascética que se cernía sobre La Habana y le daba
un toque más allá de la aldea en que se iba convirtiendo ya aislada del resto
del mundo no soviético.
Por otro lado con la confiscación de
editoras e imprentas privadas, el sistema de “cuotas” de papel, cintas de
mecanografía, etc., creado por la UNEAC para sus miembros, la mayoría de las
empresas abastecedoras ya al servicio del Estado así como los linotipistas, se
iba haciendo cada día más difícil obtener papel, tinta y otros elementos para
publicar. Así que las aventuras picarescas a lo “El Buscón” de Quevedo se iban
haciendo cada día más cotidianas y peligrosas pues incluía el comprar el papel
de contrabando, buscar en almacenes abandonados de imprentas cerradas, sacar a
escondidas de noche los botes de tinta de los periódicos y hasta robar el plomo
para las planchas impresoras. Pero nadie pensaba en el peligro de ser atrapados
pues la necesidad de expresarnos y la convicción de hacer lo correcto era la
adrenalina que necesitábamos para no pensar en más nada. Finalmente el taimado
y entrenado estalinista Nicolás Guillén que era un experto en mostrar
amablemente la piel de carnero ocultando al lobo, –que es falso que movió un
dedo para que sacaran a José Mario ni cerraran la UMAP, pues si de algo pecó el
mundo artístico e intelectual cubano fue no sólo en contribuir a las listas
sino en callar y apoyar que se enviaran a decenas de artistas e intelectuales
–“lumpen” y “locas”– a los campos de concentración y bien que para consumo
exterior le negaban hasta al mismo Sastre y todos los que preguntaban alarmados
la existencia de los campos de concentración. Es más que evidente la
contradicción en mandar a la Seguridad a cerrar “El Puente” y después sacarnos
de la UMAP en lo que sería la “solución final” caribeña. ¡Por favor un poco más
de respeto con la Historia!–. Guillén como una manera de neutralizar “El
Puente” y ante el control estatal del mundo editorial, le propone a José Mario
integrarlo a las publicaciones de la UNEAC, lo que precisamente significaba la
muerte de su independencia y aceptar se le supervisara y censura los títulos,
lo que éste no acepta, pero cuando finalmente las librerías comienzan a ser confiscadas,
sólo acepta que la UNEAC copatrocine la distribución de los títulos de “El
Puente” bajo la aprobación de la Editora Nacional dirigida por Monsieur
Carpentier.
Simplemente maquiavélica manera de
ganar tiempo, pues permitía que representando a la UNEAC Onelio Jorge Cardoso,
Fayad Jamis, Portuondo, Félix Pita Rodríguez, y Fernández Retamar, entre otros,
tuvieran acceso a los libros almacenados, lista de títulos para publicar y
manuscritos que iban terminando en la Seguridad del Estado engordando el
dossier contra nosotros. Paralelamente a eso tanto en la Facultad de Letras y
la Facultad de Filosofía de la Universidad de La Habana comienza un ataque
abierto contra la estética y la moralidad de los integrantes de “El Puente”,
dirigido por el “arrepentido” capo Jesús Díaz, lo cual ya había provocado que
las hordas enfurecidas de los Jóvenes Comunistas nos atacaran con palos,
piedras, insultos y amenazas, en el Teatro de los Arquitectos en la calle
Infanta, la puesta en escena de la obra “Los Mangos de Caín” de Abelardo
Estorino dirigida por la actriz Magali Alabau –la cual éste parece jamás haber
escrito pues no la menciona en su bibliografía–, prohibiendo su estreno pues
como “Los siete contra Tebas” de Arrufat aludía a la insana división de la
sociedad cubana.
Finalmente cuando igualmente apoyado
por los coléricos Jóvenes Comunistas toma a la fuerza la redacción de “El
Caimán Barbudo” gaceta literaria del periódico “Juventud Rebelde” de los
Jóvenes comunistas, botando a patadas a su Consejo de Redacción y nombrado
“desde arriba” su director, Jesús Díaz comienza abiertamente a publicar ataques
contra todos nosotros, con ecos en “La Gaceta” de la UNEAC, labrando el camino
para nuestra destrucción bien coordinada. Ya igualmente la Seguridad nos
acosaba sin misericordia siguiéndonos, intimidando a nuestros amigos,
llevándonos por gusto detenidos, dirigiendo nuestra expulsión de la
Universidad, revisando nuestras casas sin delito alguno ni orden legal, lo que
hace que el mismo José Mario cierre su casa y se traslade a vivir con sus
padres, pues entre las órdenes dadas a los Comités de Defensa de la involución…
estaba el “vigilar a los ¿hombres? que viven solos”. Pese a que estábamos bien
al tanto poseíamos un desdén juvenil, obsesión por defender nuestros principios,
la romántica idea de que actuábamos correctamente y nada nos pasaría…
Y este desdén por las consecuencias
cuando uno defiende sus principios, se ilustra mejor que nada en un incidente
que revela la estatura moral de José Mario y que ya había olvidado cuando se lo
recordé en nuestro encuentro en su casa del Lavapiés madrileño. Para cerrar el
Primer Congreso de Educación y Cultura que continuó tras la reunión de los
intelectuales en la Biblioteca Nacional, se organizó en el enorme teatro de
Miramar “Blanquita” –después Chaplin, después Carlos Marx–, uno de esos
masivos actos faraónicos de que tanto gustan los dictadores y que la Seguridad
se encargó de llenar con el remanente de militantes, soldados, obreros, etc.,
pues dejarlo a medias sólo con los artistas hubiera sido un insulto para… En el
escenario en una mesa repleta de los capos culturales que lo aguardaban a
cortina abierta impacientes desde hacía varios minutos, con sus grandes
zancadas y uniforme militar entró teatralmente como es usual acaparando la
atención, siendo recibido por una atronadora ovación todos de pie… menos José
Mario.
A su lado se encontraba el coreógrafo
mexicano Rodolfo Reyes, un furibundo comunista parte de los revolucionarios
profesionales llegados para ilustrarnos, el que visiblemente colérico le gritó
a José Mario que debía de levantarse pues… se lo merecía. Y él con una serena
frialdad le contestó: “También así ovacionaban a Hitler”. Debo confesar que el
impacto de sus palabras fue tan intenso que de pronto me sentí abochornado,
cobarde, dejando de aplaudir y sentándome yo también mientras se prolongaban
los vivas y ovaciones. Aun ahora que escribo esto lo recuerdo vívidamente. El
camarada Reyes se presentó al otro día para denunciarnos en la UNEAC, pero
tiempo después huyó como perro apaleado de la “utopía” para irse a enseñar
revoluciones a Chile cuando el gobierno de Allende y creo que de allí pasó a
Nicaragua, y si aún vive debe estar senilmente esperando el próximo “paraíso”.
Pero el régimen que prohibía a los
Beatles, cortaba pelos y minifaldas en redadas policíacas, ya en 1965 iniciaba
los dossier de “apáticos e inmorales” que terminarían en los campos de
concentración de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción UMAP en
Camagüey y trataba por todos los medios de evitar la contaminación del
movimiento hippie, no podía quedarse de brazos cruzados ante esta provocación y
peligrosa brecha ideológica. Pronto los incipientes estudiantes de sistemas
represivos fueron asesorados en su analfabetismo por la KGB, la Stassi alemana,
los viejos miembros del PSP, los exportadores de revoluciones y “utopistas de
libritos”. Cada día llegaban nuevas denuncias contra “El Puente” al buró de
Nicolás Guillén en la UNEAC, la Seguridad no le perdía los pasos al grupo,
públicamente en los foros literarios se calificaba como “delito
contrarrevolucionario” su independencia estética, se pedía el exterminio de la
“Torre de Marfil”. A lo que se unía el socorrido recurso del juicio moral que
incluía la amplia gama de “maricones” “lesbianas” “putas” “borrachos”
“lujuriosos” y otros cartelitos.
Era hora de hacer algo… Pero lo que
precipitó la acción fue la nominación del poeta judío norteamericano Allen
Ginsberg como miembro del jurado de poesía del concurso de la Casa de las
Américas, el que llegó a La Habana con una cuantiosa bolsa cargada de LSD y
marihuana que fumaba irreverentemente delante de los capos culturales, habló
públicamente de sus sueños eróticos con el ¡¡Che Guevara!! Y encontró a los
jóvenes cubanos “irresistibles”. Este pronto se acercó a los integrantes de El
Puente participando en cálidas y humosas reuniones en casa de Felito Ayón, José
Mario y otras. En la revista “Mundo Nuevo” José Mario habla mejor que nadie
sobre eso, lo que culminó en la pronta expulsión de Ginsberg hacia Praga, que
desde entonces como Susan Sontang, aunque persistieron en sus dogmas –pues
perro huevero aunque le quemen el hocico–, han atenuado sus radicales discursos
utopistas y luchan contra la intransigencia del mundo izquierdista neoyorquino
convertidos en denunciantes del régimen isleño. En mi reencuentro con Ginsberg
en New York tuve el placer de su arrepentimiento; así que murió entre mi lista
de perdones.
La Seguridad –que es lo único que
funciona eficientemente en cualquier tiranía–, instruida directamente por
Guillén y José A. Portuondo –entre otros–, cayó sobre la imprenta en la Habana
Vieja confiscando todas las planchas de los libros publicados, ejemplares
almacenados, convirtiendo en pulpa los que estaban en prensa entre ellos un
libro de Delfín Prats y desapareciendo de los estantes de las librerías
nuestros libros. Pero aún faltaba desbandar al grupo: fuimos enviados a la UMAP
José Mario, Nelson Rodríguez, Jorge Ronet, Justo Pérez, con alguno que olvido…
Ya al tanto de lo que pasaría se alejaron discretamente Nancy Morejón, Miguel
Barnet, Lina de Feria, Marta Valdés; que han borrado de sus bibliografías todo
contacto con “El Puente”. Silvia Barrios es presa de la locura en Miami, Ana
Justina se refugió en el exilio interno muriendo alcoholizada y desconocida,
Ana M. Simo que pertenecía a la Unión de Jóvenes Comunistas y se declaraba
“marxista” fue detenida por lesbiana y marcada y censurada tuvo que exiliarse
junto con Ada Abdo, Isel Rivero, Ángela Martínez, Evora Tamayo, Marinés
Mederos, Mercedes Cortazar, Belkys Cuza Malé, Doris de la Torre, Clara Morera,
Lilliam Moro; persisten en crear o se callaron entre la censura izquierdista
del “mundo libre” o la apatía del exilio, de Georgina Granados supe hace años
que por aquel entonces aún estaba en la isla ¿? Guillermo Cuevas fue devorado
por el mundo snob de París después de haber publicado “Ochún en el Sena” donde
ahora espera una irreversible ceguera, Nelson Rodríguez fue fusilado tras que
se le negara repetidamente la salida del país optando por un frustrado intento
de desviar un avión, René Ariza murió en San Francisco, atrapado por la locura
que le produjo su estancia en la cárcel tras la Seguridad haberle confiscado un
libro “contrarrevolucionario”, Manuel Granados después de una larga odisea de
cárceles y persecuciones murió en París tras corta estancia, Manuel Ballagas
fue detenido por un manuscrito “contrarrevolucionario” y ahora anda desconocido
por el exilio, Brene murió alcoholizado escribiendo radionovelas y desaparecido
de los escenarios, Reinaldo G. Ramos ha publicado algunos libros en el
destierro, Jorge Oliva tras escapar nadando hacia la base naval de Guantánamo
murió de SIDA en New York así como Jorge Ronet.
Pio Serrano dirige la editorial
“Playor” en Madrid, Furé fue botado de su puesto como Director Artístico del
Conjunto Folklórico Nacional y metido en una oscura oficina del Depto. de
Etnología de la Academia de Ciencias de donde ahora ha renacido “reivindicado”,
como José Milian que fue “parametrado” del movimiento teatral cubano en los 70
y prohibidas sus obras, el capo de Miguel Barnet ahora es diputado de la
Asamblea Nacional, el resto sobrevive como puede o se acomodó entre delaciones
y alcoholismo como Delfín Prats… Antonia Eiriz murió exiliada en el paraíso
miamense, Clara Morera pasea sus areneanas tetas caídas por el exilio en New
York, donde también murió inesperadamente Juan Boza tras lo cual toda su obra
fue confiscada por el Welfare –del que vivía para poder pintar–, y almacenada
en un almacén en Brooklyn fue destruida por una inundación, Justo Pérez al
salir de la UMAP no pintó más nunca dedicándose a la decoración en el Plan
Especial de Extranjeros en Varadero donde es informante de la Seguridad. Es
como la biografía de la maldición que persigue a todos los integrantes de la
Casa de Tebas del mito griego, si no fuera por el orgullo de haber formado
parte de tan encomiable intento por defender la libertad de expresión.
Disponible aquí
También entre otros estaban omitidos
los shocks con insulina o electros que nos practicaron siguiendo métodos
pavlovianos de “conducta inducida” mientras nos mostraban fotos de hombres
desnudos para que en el subconsciente los rechazáramos volviéndonos a la fuerza
heterosexuales, conducidos por integrantes de la universidad Carolingia de
Praga y la de La Habana, psicólogos franceses y el Departamento de Higiene
Mental del Ministerio de Salud Pública cubano. Y pese a mis esfuerzos por saber
el número exacto de asesinados, suicidios, locos y muertos por enfermedades,
nunca he podido pasar de los 86 que tengo registrados, y me temo que eso jamás
se sabrá, pues otros de los verdugos el colaboracionista Norberto Fuentes
admite en uno de sus libros que los registros de la UMAP fueron quemados en los
años ochenta y yo mismo pude ver en un largo viaje pre exilio por la isla
despidiéndome de ella como los campamentos en Camagüey habían sido aplanados
con buldócer o dinamitados no dejando ningún rastro. Eran los airados años 60
pre caso Padilla y nadie quería creer –como aun los ciegos de ahora– que el
sueño caribeño pudiera crear su GULAG, así que tanto fueron los ataques que
José Mario convencido de que nadie le creería decidió engavetar el manuscrito.
Claro que cuando el mismo Juan
Goytisolo conoció la realidad se cuidó bien de no denunciarla pública e
inmediatamente para que no le viraran los cañones sus compañeros de ideología y
sólo la dio a conocer mucho después en sus memorias, y los otros que las
denunciaron como “mentiras contrarrevolucionarias” jamás se retractaron ni
ofrecieron disculpas a las víctimas sino que se escondieron debajo del viento
de la mala memoria que todo lo borra. Años más tarde la colérica izquierda
latinoamericana se encargó de darle publicidad mundial al confinamiento de los
detenidos en el stadium de Santiago de Chile que siguió a la caída de Allende,
dándole así la estocada mortal a nuestro insignificante stadium isleño y
echando el polvo del olvido sobre la abortada novela de José Mario.
Cuando debido a presiones
internacionales de famosos creadores la UMAP fue cerrada –el último campamento
subsistió en Maniantabo hasta 1968–, todos los que salieron se encontraron con
la renacida colonial Ley de la Vagancia a lo General Tacón, que castigaba con 5
años de prisión al que no trabajara. Al ser liberados de los campamentos a cada
uno se nos entregaba una sellada carta del Ministerio de las Fuerzas Armadas
MINFAR para el Ministerio de Trabajo, la que contenía un código numerado con
lápiz rojo que se incluía en el dossier del historial laboral; eso significaba
que ninguno podía regresar a sus previos trabajos y sólo se le ofrecían unas
pocas oportunidades; sepulturero en el Cementerio de Colón, trabajar en las
canteras de cal viva de Arroyo Naranjo, con los cocodrilos en la Ciénaga de
Zapata, limpiando baños públicos, sembrando viandas en el Cordón de la Habana,
el Plan de Construcciones en Varadero y el Hospital de Dementes en Mazorra.
Sólo se podían rechazar dos veces los ofrecimientos y al tercero se era
automáticamente enviado al Tribunal de Trabajo en el edificio del antiguo
periódico “El Diario de la Marina” en Prado y Teniente Rey, donde tras un corto
juicio se era trasladado a la prisión del Castillo del Príncipe en espera de
ser enviado a las granjas de trabajos forzados.
Así que ni José Mario, tantos, ni yo,
podíamos regresar al Consejo Nacional de Cultura, y mucho menos a la
Universidad donde nos dijeron que nunca seríamos admitidos de nuevo y jamás les
darían sus títulos a los ya graduados, y en cada reunión de todo tipo nos
aconsejaban dejar unos 10 años de nuestra vida trabajando en esos sitios para
demostrar que estábamos “rehabilitados” y entonces seríamos “perdonados”. Sólo
quedaba transigir y agachando la cerviz trabajar para el sistema, persistir en
crear la voz de la resistencia con peligro de ser encarcelados o el exilio…
A su llegada a Madrid en 1968 José
Mario retomó su amor por el teatro infantil comenzando a trabajar en varios
grupos de títeres, conectándose con la colonia de exiliados cubanos y
abriéndose paso en el mundo intelectual de la capital. Pese a que creía que al
arribar al “mundo libre” encontraría oídos a sus denuncias, pronto se encontró
con los decadentes últimos años de una dictadura franquista, que mientras
públicamente era anticomunista hasta los tuétanos por debajo era el principal
negociante no soviético con el régimen cubano, el cual en público mientras
atacaba a los falangistas le llenaba las arcas, puestos ambos de acuerdo para
en silencio realizar la eficiente expatriación de la colonia española que
prefirió al patético enanito lleno de medallas que las barbas caribeñas, además
de la expropiación en silencio del Centro Gallego, Asturiano y otras
propiedades incautadas –y algunas ahora devueltas en medio del mismo discreto
silencio–.
Después con la “apertura” monárquica y
el posterior arribo al poder del PSE que inició el apoyo organizado al régimen
de la isla, iniciando la bonanza del abierto apoyo de comunistas, rosados y la
izquierda española, después el arribo de la derecha que resultó ser
taimadamente “el mismo rostro de lo mismo” con sus inversiones y el turismo
sexual, el entorno se volvió más hostil contra él que comenzó a ser atacado
absurdamente por defender el derecho de expresión ¡¡de los mismos creadores que
lo atacaban!! Pero no se amedrentó José Mario de estos ataques y censuras
volviendo a reemprender su aventura editorial con la editorial “El Puente” y
más tarde en el folletín literario “La Gota de Agua”, creando así la primera
voz para la comunidad literaria cubana exiliada en España y otros sitios –mucho
antes que los encomiables Linden Lane Magazine, Verbum, etc.–, siendo el
primero en rescatar los poemas de Gastón Baquero cuando todos lo ignoraban “por
negro, maricón y gusano”, publicando a los exiliados participantes de “El
Puente” y dando voz a los nuevos desterrados que comenzaron a llegar en la
década de los ochenta, así como a escritores españoles y latinoamericanos y
artistas plásticos que contribuyeron a sus páginas.
Y algo más me queda recordar.
Estábamos en un campo de concentración de la UMAP en Esmeralda, donde –entre
una de las tantas– la desobediencia civil de las locas eran armar unos shows
con travestismos de figuras, música y bailes de los peliculones mejicanos de
los cuarenta, algunas vedettes cubanas como Rosa Carmina, Rosita Fornés, María
A. Pons, Ninón Sevilla y las inevitables Tongolele y Carmen Miranda. Creando
así un verdadero “Tropicana” con mosquiteros teñidos con mercurio cromo,
violeta genciana, azul de metileno, sacos de yutes deshilados, güiras secas con
piedrecitas usadas como maracas, collares y manillas hechos de semillas
silvestres, latas de aceite como tambores, flores silvestres traídas del campo,
maquilladas las pestañas con betún de zapato, las sombras de ojos hechas del
hollín de las cazuelas ligado con cebo, el rostro con polvo de ladrillos
anaranjados, los labios enrojecidos con jugos de flores silvestres, pelucas de
sogas, y todo lo que a la imaginación ilimitada de las locas se le pudiera
ocurrir para escapar al menos por esa noche de la realidad aplastante, los
golpes, insultos, asesinatos, suicidios, electroshocks, el hambre y trabajo
exhaustivo. Estos shows y la “Hora de contar las películas” eran junto con las
trimestrales visitas de los familiares los acontecimientos más esperados.
Normalmente las que llamábamos “hermanas pobres” eran de extracción campesina o
los barrios más humildes de las ciudades, muchos eran analfabetos y algunos
tenían un largo récord criminal, así que sus niveles culturales eran muy bajos
y los patrones a seguir provenían del submundo de la cultura popular. Un día
José Mario se cansó de estar rodeado de rumbas, mambos, tangos y seres
alucinados, y recitándoles de memoria poemas de Lorca entre otros, además de leerles
algún libro salvado de las constantes requisas y cambios de campamentos,
anunció que abriría un círculo cultural, lo que fue acogido entre burlas y
risas.
Pero su persistencia logró interesar a
unos pocos –sobre todo a los analfabetos para los que escribía cartas de amor
dirigidas a los “hombres” en los otros campamentos o los soldados de la
guarnición que terminaron probando el néctar de Ganímedes–. A las dos semanas
en medio de la nave, rodeado de un amplio círculo de interesados oyentes,
resonaban los diálogos de Romeo y Julieta despertando llantos y suspiros,
Gabriela Mistral y la Alfonsini lograban el silencio total, y Cecilia Valdés se
repetía memorizados sus capítulos mientras se cortaba la caña, y finalmente el
cabaretero y rumbero camp “Quinto Patio” mexicano se vio substituido por una
muy seria representación de mi versión de Sayonara dirigida por José Mario, que
cerrando el ciclo de nuestros tiempos de titiriteros puso por primera vez a
muchos en contacto con la magia del teatro –¡Y no me pregunten de donde las
locas sacaron el vestuario de las geishas porque aún hoy me lo pregunto!–
Además pronto comenzó a enseñarles a leer y escribir, darles clases de inglés y
francés, y hacer lecturas de sus poemas y narraciones.
Nunca olvidaré los rostros de aquellos
seres abandonados como un detritus por la sociedad, que descubrían por primera
vez el misterio inmemorial del arte… José Mario era un hábil constructor de
puentes para unir los más disímiles elementos, un convencido del poder del
arte, amante incuestionable de las libertades. Por eso es doloroso recordar que
mientras él tanto construía otros en nombre de muchas cosas destruían. Ahora me
estremezco al pensar que quizás en un premonitorio adiós, le dediqué la última obra
de teatro que escribí, publicada mundialmente en un anterior número de “El
Ateje”. No sé cómo hubiera sido toda nuestra obra sino nos hubiera tocado ver y
participar en momentos tan importantes de nuestra historia nacional y estos dos
abominables siglos, sé que hemos pagado un alto precio pero nuestras creaciones
salieron ganando, hemos tenido el camino “pavesado” de mecenas, diablos,
ángeles, Judas, verdugos, moralistas y en mi caso la vida ha sido generosa
permitiéndome la luz de Lezama Lima, Virgilio Piñera, Mirta Aguirre, Gastón
Baquero, Amelia Peláez, Reinaldo Arenas, Luis de la Paz, José Abreu Felippe,
José Escarpenter, Dumé y la lista es larga…
También se me es agradecido el veneno,
envidias, censuras y ataques de otros que me han hecho lo que soy. Y me es
obligado seguir luchando hasta la muerte contra los verdugos, “tontos útiles”,
“utopistas de libritos”, que insisten en ver sólo un lado de la monstruosa
realidad que defienden, moralistas listos a inaugurar nuevas UMAP en una Cuba
libre y todos los que en nombre de cualquier cosa justifiquen los ataques a la
dignidad humana. ¡Ah, desconfiar de los “arrepentidos silenciosos”! Y no cejar
en precisar la diferencia entre un “emigrante” y un “exiliado”. A eso debo
añadir el orgullo de que José Mario me permitiera compartir parte de su vida, y
la seguridad de que pese a todo he salido ganando pues cuando nos tendemos al
sol siempre salimos brillando…
Mirando atrás recuerdo toda una
generación desaparecida… ¿Quién paga por ello? Son “errores del pasado”,
recordarlo es “estar lleno de “odio”, y denunciarlo es ser “intolerante”… Pero
al menos cuando todos nos hayamos ido dejando paso al conveniente silencio, por
algún lado, en algún momento, alguien encontrará algún histórico ejemplar de lo
publicado por El Puente y sabrá que existimos. Que en medio de tanto fango, en
ese millonésimo segundo que el destino nos brinda para elegir unos pocos
intentamos no marchamos. Descanse en paz José Mario. Y para sus verdugos el
infierno de la Historia que puede ser demorado pero jamás extinguido…
New York, 26.10.2002
______
(*) Tomado de INCUBADORA
Publicación fuente: El Ateje, Revista
de Literatura Cubana (no. 6, año 2, febrero-mayo), 2003 / FB: Luis de la Paz.
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