Por Hugo J. Byrne
El devenir histórico de la humanidad es una cadena infinita de acontecimientos diversos en apariencia, pero cuyos eslabones están íntima y estrechamente relacionados entre sí. Nada ocurre por casualidad.
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| El USS Maine en 1898. |
El presente es un concepto intangible, una
entelequia, pues cada instante transcurrido pertenece al pasado. El tiempo se
compone sólo de dos realidades: futuro y pasado. El primero es
la incógnita que tratamos de despejar. El pasado es todo lo contrario. Es
el estudio imprescindible de la existencia humana, que llamamos historia.
Aprenderla, investigarla, escudriñarla profundamente, siempre nos ayudará a
enfrentar el porvenir con relativo éxito.
A través de la historia sabemos que las
personas pobres en la actualidad disfrutan de un nivel de vida muy superior al
de los multimillonarios del siglo XIX. Por supuesto, no me refiero a indigentes
sino a personas de moderados recursos y bajos niveles de ingreso.
Durante la segunda mitad del siglo XIX
para los «todopoderosos» magnates de antaño, era imprescindible emplear mucho
tiempo en toda actividad. Recordemos que el tiempo es nuestro más preciado
tesoro, por ser limitado y por tanto, insustituible. Se ha dicho con sobrada
razón que dedicar tiempo a otra persona o personas, es la máxima expresión de
amor.
Visitando a un amigo en Nueva Jersey, John
D. Rockefeller, desde el vecino Nueva York, tenía que enviar un sirviente a su
cochera para traer el vehículo que lo transportara a Nueva Jersey. No tengo la
menor idea del tiempo que usaba ese arcaico transporte para llegar a su
destino. Sin embargo, estoy seguro de que si viviera hoy llegaría en una
fracción de ese tiempo en su limusina. Aún más importante es que cualquier
pobretón lo haría hoy con igual presteza, a bordo del subway o de un
autobús.
Para ver ópera, John Pierport Morgan
estaba forzado a ir a un teatro y llegar antes de la hora programada para
sentarse en un palco. No existían entonces televisión ni ordenadores
electrónicos, hoy al alcance de quienes disfruten de libertad económica,
corolario del capitalismo, ya sean pobres o acaudalados.
Los coches de lujo y los carretones
rústicos de antaño no tenían refrigeración y durante el verano, tanto pobres
como ricachones, sudaban de lo lindo. El frío era harina de otro costal, pero
el adinerado tenía que cubrirse del gélido viento con tanto trapo que le
dificultaba el movimiento.
Hasta después de mediados del siglo XIX la
única calefacción disponible era producto de quemar carbón o leña, único
combustible al alcance de todos, pobres o encumbrados. Pero visitar Europa
desde Nueva York a mediados del siglo XIX, tomaba un mínimo de dos meses y
a veces hasta ochenta días. Los poderosos en los camarotes altos de un
navío de velas llegaban simultáneamente a los pobres viajando
hacinados cerca de la sentina.
En contraste, la primera vez que abordé un
vuelo transcontinental y transatlántico (desde LAX en Los Ángeles hasta
Heathrow en Londres) en 1986, el trayecto tomó menos de catorce horas. No creo
necesario agregar que soy relativamente pobre. Por supuesto, todo el progreso
obtenido por el hombre a pesar de los desastres naturales y las guerras, se
resume en una frase: «los avances de la ciencia». Es muy difícil ignorar que la
historia no es otra cosa que «la ciencia que estudia el pasado». No dudo que
algunos estén en desacuerdo porque en todo currículo formal esta disciplina
está incluida en el capítulo de «Humanidades». También afirmo algo que ya
empieza a aceptarse universalmente: cuanto más tiempo transcurre desde los
acontecimientos, se aprende más sobre ellos.
Para demostrar lo afirmado, terminar mi
desordenado preámbulo y entrar por fin en la Historia de Cuba, voy a referirme
a la explosión del barco de Guerra USS Maine, en la Bahía de La Habana,
el 15 de febrero de 1898. Aunque cuando fue deslizado al agua en 1890, era
clasificado como un «Crucero-Acorazado», el Maine no era una cosa ni la
otra. Algunos destructores contemporáneos desplazan el triple de toneladas de
agua.
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| Restos del Maine en la Bahía de La Habana @Fuente externa |
Por supuesto, esa
comparación no es justa y la uso solamente como referencia. De acuerdo a su
arbitraria clasificación sería plausible comparar al Maine con el Olympia,
Buque Insignia del Comodoro Dewey en la batalla de la Bahía de Manila. Está
demás decir que el Olympia era un verdadero acorazado, durante años el
navío más grande con casco de acero. También fue el mayor acorazado construido
en la costa oeste de Estados Unidos desde junio de 1891 hasta el lanzamiento
del USS Oregon en noviembre del año siguiente. Ambos navíos vieron
acción durante la guerra con España.
La controversia histórica
sobre la explosión del Maine en la Bahía de La Habana, a pesar de todas
las evidencias e investigaciones y, contradictoriamente, como resultado de
ellas, todavía perdura. En ese desastre perecieron más de doscientos marinos de
Estados Unidos. Por lo menos hubo cuatro investigaciones de la tragedia y lo
más interesante de eso es que todas alcanzaron resultados diferentes.
La primera de las
pesquisas fue realizada justamente después de la fatal explosión. El equipo
investigador comisionado por La Habana se concretó a una breve entrevista con
el Capitán del Maine, Charles D. Sigsbee, más una inspección ocular en
el sitio preciso del siniestro, pero desde la superficie. Sus resultados
indicaban que la explosión se había generado desde el interior del navío. La
segunda fue realizada por la «Corte de Investigación» que convocara Washington
en el Fuerte «Zachary Taylor» de Cayo Hueso, el dos de marzo del mismo año,
inmediatamente después de un estudio de los restos del Maine. Usando
personal, técnica y equipos sumergibles, los americanos concluyeron justamente
lo contrario que los peninsulares. ¿Quién puede sorprenderse?
Después de terminada la
contienda con España los hierros retorcidos del Maine fueron conducidos por el
antiguo «filibustero», John (Dinamita) O'Brien, veterano de una docena de
expediciones a Cuba insurrecta durante los años 1896 y 1897. O'Brien, entonces
Jefe de los Prácticos de la Bahía de La Habana, encabezó un grupo de
remolcadores oceánicos para depositar la corroída nave en el sitio de su
descanso final, fuera de las aguas territoriales de Cuba.
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| Instante del hundimiento definitivo en alta mar @Fuente externa |
En el año 1976, el
Almirante Hyman Rickover, conocido como «Padre del submarino nuclear», encabezó
una nueva investigación de la explosión del Maine, utilizando recursos
no conocidos antes. Su examen confirmó el veredicto de que la explosión se
había originado en las entrañas del navío y que probablemente era el resultado
fatal de la combustión espontánea del carbón bituminoso que entonces usaban como
combustible. Accidentes como ese eran bastante comunes por esa época. Me
inclino a dar crédito a esa versión.
Una vez más en 1998, en
el centenario de la explosión del Maine, la Asociación Nacional
Geográfica, con sede en Washington y de la que fui socio durante muchos años,
comisionó una firma de ingeniería naval muy prestigiosa para investigar la
explosión del barco de guerra. Ésta se desarrolló utilizando los instrumentos
más sofisticados de la época, que ya incluían modelos de computación. Los
resultados de este cuarto análisis fueron muy sorprendentes: ¡La explosión pudo
originarse tanto desde dentro como desde fuera! Sobre ese tema escribí un
ensayo en el mismo año, el que se publicara junto a una gran foto del «Maine»
en la primera plana del desaparecido semanario cubano «20 de Mayo» del sur de
California.
A pesar de que se han
originado muchas teorías alrededor del hundimiento del Maine, señalado
por muchos como motivo fundamental del desate bélico de 1898 entre Estados
Unidos y España, mi opinión es muy diferente y baso mis convicciones en mis
investigaciones de los intereses permanentes y antagónicos de ambas partes en
conflicto. Estos sobrepasaban en importancia a incidentes fortuitos,
aunque resultaran tan sangrientos como la explosión del Maine.
La Guerra
Hispanoamericana era una realidad tan inmediata como inevitable desde la severa
destrucción de muchos legítimos intereses económicos norteamericanos durante la
campaña insurrecta de 1895. En ese año la zafra azucarera fue impedida y
muy obstaculizada para el futuro cercano. Los campos de caña fueron reducidos a
cenizas. La destrucción con explosivos dañó ingenios y ferrocarriles en el
mismo corazón de las provincias occidentales. Desde ese momento la pregunta no
era si la guerra con Washington se desataría, sino cuándo. En esta conclusión
no estoy solo. Un historiador de la talla de George O'Toole en su obra The
Spanish War, afirma que la guerra fue si acaso muy ligeramente estimulada
por la llamada prensa «amarilla» y el desastre del Maine. Es básico
investigar bien los hechos para separar la realidad de la fantasía y del mito.
En el resumen final de un
artículo titulado, «Los noventa y dos días», publicado primero por la Revista «Herencia
Cubana» hace ya más de diez años, expliqué usando los mejores argumentos de que
soy capaz, cómo el conflicto entre Washington y Madrid de 1898 tiene sus
verdaderas raíces en la victoria económico-militar de la insurrección cubana de
fines de 1895.
No es necesario
consolidar terreno conquistado para ganar guerras. La historia está repleta de
incidentes bélicos que demuestran todo lo contrario. Cuando el Imperio del
Japón se rindiera a los Aliados en ceremonia solemne a bordo de un Acorazado
norteamericano en la Bahía de Tokio en 1945, ni un solo soldado occidental
había invadido por tierra las cuatro islas principales de ese Imperio. Como
MacArthur en su campaña del Pacífico, en la Cuba de 1895 el objetivo del
General Máximo Gómez no era ocupar terreno, sino arruinarlo. Para ello usó
tea y explosivos, no cargas al machete.
Algunos erróneamente
atribuyen al Presidente William McKinley la responsabilidad en la guerra contra
España. Nada más lejos de la verdad histórica. McKinley hizo cuanto pudo por
evitarla. Al reconocer que legítimos intereses norteamericanos eran muy negativamente
afectados por la guerra, empezó a cambiar su impráctica actitud
pacifista. Concluyó que el conflicto con Madrid era propicio a grandes
posibilidades de victoria rápida y con ella empezar a reunir a la nación en una
misma causa, reduciendo antagonismos creados por la herencia nefasta de la
Guerra Civil.
El congreso de Estados
Unidos estaba listo para afrontar el desafío colonial español, con o sin
McKinley. Para demostrarlo cito aquí parte de un discurso pronunciado por el
más importante legislador republicano de su tiempo: el influyente Senador por
Massachusetts Henry Cabot Lodge, quien en sesión del Senado
norteamericano declarara:
…legítimos intereses financieros de
Estados Unidos están siendo destruidos… Cuba libre significaría grandes
oportunidades de inversión a nuestro capital… deberíamos ofrecer nuestros
buenos oficios para mediar… restaurar la paz… otorgándole
independencia a una colonia que España ya no puede sostener.
Esas declaraciones datan
de antes del hundimiento del Maine y de la llamada «Resolución Conjunta».
El devenir histórico de
la humanidad es una cadena infinita de acontecimientos diversos en apariencia,
pero cuyos eslabones están íntima y estrechamente relacionados entre sí. Nada
ocurre por casualidad.
La historia de Cuba no es
excepción de esa regla. El futuro es una incógnita que sólo podremos despejar
estudiando y aprendiendo del pasado. Nadie sabe a dónde va sin saber de
dónde viene.
Solamente conociendo ese
pasado se puede aspirar a rescatar a Cuba, no sólo de la presente infame
tiranía totalitaria. También, y eminentemente, a rescatar a los cubanos de la
corrupción social y del envilecimiento colectivo al que esa tiranía los ha
forzado a vivir durante sesenta largos años, para perpetuar la explotación de
su desalmado y totalitario poder.
(*) Discurso de investidura del autor a la membresía de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, pronunciado en la Biblioteca Pública del Este de Los Ángeles, California. Publicado en el Anuario Histórico Cubanoamericano #2 (2018): 32-38
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