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Tuesday, July 9, 2024

Fidel, tirano tímido*



Por Enrique Del Risco

Antes del encontronazo en Córdoba en 2006 con el periodista exiliado Juan Manuel Cao, que terminó sacándolo de circulación, uno de los mayores berrinches públicos protagonizados por Fidel Castro fue en una reunión con aprendices de periodistas en la Universidad de La Habana en octubre de 1987. Digo público y exagero. En realidad, la reunión ocurrió a puertas cerradas en la sede del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (ese que los cubanos llamamos «El Partido», para abreviar, a falta de otro). A pesar de que el suceso contó con la mayor concentración de periodistas por metro cuadrado que conociera la república por aquellos días, no trascendió a la prensa.
Por suerte existen los rumores. Gracias a ellos nos enteramos de que en la reunión los pichones de periodistas, soliviantados por los aires de apertura que soplaban desde la Unión Soviética, se cuestionaron la realidad nacional al punto de que el Comandante en Jefe, primer secretario del Partido y presidente del Consejo de Estado y de Ministros, llegó a dar un puñetazo en la mesa. Si los rumores son fidedignos, lo que detonó la explosión del Máximo Líder fue la afirmación de que en la prensa cubana circulaba rampante el culto a su personalidad.

Fidel Castro siempre fue especialmente sensible con el tema. No solo decía haber combatido el culto a la personalidad, sino que afirmaba —con su modestia característica— haber marcado nuevas pautas universales al respecto. «En nuestro país nos cabe a los dirigentes revolucionarios la honra de haber establecido un precedente único hasta hoy —dijo el 13 de marzo de 1966—, que fue una ley de la Revolución, una de las primeras leyes de la Revolución, estableciendo la prohibición de ponerle el nombre de ningún dirigente vivo a ninguna calle, a ninguna ciudad, a ningún pueblo, a ninguna fábrica, a ninguna granja; prohibiendo hacer estatuas de los dirigentes vivos; prohibiendo algo más: las fotografías oficiales en las oficinas administrativas. Le cabe a esta Revolución ese honor».

Cuando hacía un resumen de sus primeros 20 añitos en el poder, el Comandante en Jefe aseguró: «Nuestra Revolución jamás devoró a ninguno de sus hijos, porque no hubo culto a la personalidad ni dioses sedientos de sangre. La más estrecha unión, respeto y camaradería reinó siempre entre todos los revolucionarios». Cuando se había retirado de sus cargos oficiales de secretario general, etcétera, se ufanaba de que «Nunca se practicó tampoco en nuestro país el culto a la personalidad, prohibido por nuestra propia iniciativa desde los primeros días del triunfo». Cierto que luego del fusilamiento de Ochoa y el curioso infarto de Abrantes hablar de «estrecha unión, respeto y camaradería» se hacía incómodo y el retirado Comandante en Jefe prefirió ser discreto al respecto.


Usemos su estilo rotundo para decir que nunca un hombre de Estado se vanaglorió más de su humildad. Incluso llegó a decir que «El ejercicio del poder debe ser la práctica constante de la autolimitación y la modestia». ¡Ya habría querido Marco Aurelio tanta contención para sí! Pero preguntémonos, en serio, ¿por qué tanto comedimiento en una personalidad desbordada por naturaleza? Deberemos recordar entonces que, a diferencia de Mao Tse Tung o Kim Il Sung, el reinado de Castro I se inició cuando todavía resonaban los ecos del XX Congreso del PCUS de 1956. Allí, el entonces secretario general Nikita Khrushev había resumido una de las carreras criminales más brillantes en la historia de la humanidad bajo la acusación, más bien tenue, del culto a la personalidad. De las conclusiones del histórico congreso soviético, el Comandante en Jefe, etcétera, extrajo una de sus más importantes lecciones para el ejercicio del poder en nombre del comunismo. Podías mandar a la muerte a 20 millones de personas —si la demografía de la nación lo permitía, claro—, pero lo verdaderamente imperdonable para una ideología tan arraigada en la humildad sería llenar el país de estatuas y retratos tuyos.

El culto de la personalidad del líder tal y como lo había ejercido en vida Stalin era, además de poco pragmático, un atentado a la estética. Instalar en cada población del país una estatua en bronce de al menos el doble del tamaño natural era, por una parte, un despilfarro de materias primas y, por otro, una obscenidad.

Eso no no impedía que cada vez que el Comandante en Jefe tomaba la tribuna para lanzar un discurso —de al menos dos horas y media— todos los canales de televisión y las estaciones de radio lo transmitieran en cadena y todos los periódicos lo reprodujeran al día siguiente en su totalidad. O que no hubiera recurso más socorrido para adornar ciudades, fábricas o carreteras que empapelarlas con frases tomadas de los mismos discursos acompañadas de un retrato de su modesto autor. O que las menores insinuaciones lanzadas en sus discursos tomaran desde la mañana siguiente fuerza de ley inapelable, sin importar siquiera que contradijera lo dicho por el mismo orador en una ocasión anterior.


Muy pronto, el Comandante Etcétera le tomó el gusto a tan esforzado ejercicio de autocontención y timidez. ¿Para qué aparecer como el origen de las decisiones y medidas que se tomaban en el país, si bien podía presentarse como el intérprete y ejecutor de los deseos del pueblo? ¿O por qué no permitirles a sus ciudadanos expresar libremente lo que su líder había decidido por ellos? ¿Era necesario eliminar el estipendio que recibían los estudiantes universitarios? Se le daba la tarea al deportista más popular del momento —el inefable Alberto Juantorena— para que en nombre de los estudiantes del país renunciar a unos pesitos que nadie en su sano juicio hubiera rechazado.

¿Había que revitalizar las milicias? Se le daba la palabra a un humilde ciudadano para que les recordara a los asistentes en algún magno evento la necesidad de defender la patria y usar los fines de semana en infinitos entrenamientos. ¿Cometía el Comandante un error de cálculo sobre la cantidad de gente dispuesta a irse del país en 1980? Dejaba que el pueblo se lanzara «espontáneamente» a asediar a los que optaban por irse. ¿Se empezaban a multiplicar las voces disidentes? El pueblo, tan autónomo siempre, creaba grupos parapoliciales nombrados «Brigadas de Respuesta Rápida» que se encargaban de los famosos actos de repudio.

Todo lo anterior fue iniciativa popular, si no me cree busque en los discursos del Comandante las expresiones «Brigadas de Respuesta Rápida» y «actos de repudio» y no los encontrará ni una sola vez. (Sin embargo, fui testigo en 1990 de cómo un «seguroso» vestido de civil montaba en una guagua para animarnos a participar en un acto de repudio «espontáneo» contra «los que nos quieren quitar las escuelas y los círculos infantiles». ¿Estaría actuando el «seguroso» por cuenta propia? Los que sin dudas no lo hacían eran los estudiantes de la Universidad de La Habana, a quienes ese día los dispensaron de ir a clases para que pudieran hostigar al disidente Gustavo Arcos Bergnes en su apartamento en El Vedado).


El autoritarismo recatado y tímido se empezó a ensayar muy temprano. En otro artículo he mencionado el caso del discurso del 6 de febrero de 1959 cuando el líder de la «revolú» triunfante «sugirió» un boicot a una publicación por el simple hecho de haber incluido en sus páginas una caricatura suya. (Para asegurar el cumplimiento del boicot, la madrugada siguiente, miembros del Ejército Rebelde requisaron los ejemplares de la publicación recién salidos a la venta). Apenas un año más tarde, el Comandante fue interpelado en medio de un discurso a sindicalistas por una mujer que se quejaba de «que le estaban haciendo igual que en la época del Gobierno de Batista». Con su habitual contención, el orador le pide a la multitud que se calme y que invite a la señora «a que se retire buenamente» porque «aquí en una tribuna no se vienen a plantear problemas personales de ninguna clase; y cuando una persona viene a un acto o a una tribuna a plantear un problema personal, es por dos razones: o porque quiere sabotear el acto o porque no está muy bien de su salud». Minutos más tarde comenta que le han informado que «la señora está mal de salud mental». Resulta totalmente lógico, porque al decir del orador «nadie que esté cuerdo se atreve a venir a provocar al pueblo aquí».

Paradójicamente, saberte en posesión de un poder tan vasto e infalible, tan incontestable que solo se atreverían a desafiarlo quienes están fuera de sus cabales, puede hacerte perder la cabeza. Fue lo que le ocurrió al camarada Stalin. Fidel, en cambio, poseía un control sobre sí mismo que, aun sabiéndose sobrehumano, renunció a sembrar la isla con estatuas suyas. (Algún guasón argumentará que al Comandante siempre se le dio tan mal la escultura como la agricultura, pero no vale la pena contestarle).

Más importante y duradero fue esparcir sus ideas y sus frases con la esperanza de que echaran raíces en su pueblo. En efecto, nunca su pensamiento ha estado más presente entre los cubanos. Sobre todo, por aquello de «no los queremos, no los necesitamos» que tanto compatriota ha tomado de paternal consejo para irse de la isla. Que ahora se haya creado un esplendoroso Centro Fidel Castro Ruz, dedicado a su pensamiento o que abunden las referencias públicas al «Dios Fidel» no es traicionar la infinita modestia comandántica. Fidel, en su infinita sabiduría, no se oponía a homenajear «a los que ya rindieron su vida por la causa».

Es hora de que, tras su muerte, demos rienda suelta a la adoración que merece. Porque si las cosas en la isla no marchan como debieran, seguramente es por no seguir fielmente su guía infalible.

*Publicado originalmente en El Toque


Tuesday, September 7, 2021

LA FIRMA DE FIDEL


Por Emilio Bernal Labrada

            Era un sábado abrileño de 1959, con agradable estado del tiempo. La prensa de la capital había dado la noticia de que Fidel Castro, a quien el dueño y rector de la revista Bohemia Miguel Ángel Quevedo había calificado de “Máximo Líder de la Revolución” —aparte de retratarlo en la portada en pose nazarena—, llegaría a Washington en horas vespertinas, a pocos meses de haberse apoderado de nuestro país.

            Habiéndome establecido hacía poco en la capital norteamericana decidí, por curiosidad, dirigirme a la embajada cubana. Tal vez podría tomarle la medida al presunto líder, de quien tenía sospechas desde que, en el sangriento acto “putschista” del Moncada, había dado tales muestras de peligrosidad para la integridad política de la Isla que me instó a emigrar. Tuve el presentimiento, modestia aparte, de aciagos días para el suelo patrio si seguía suelto el personaje. Este había sido salvado por Monseñor Pérez Serantes y luego indultado por el gobernante Batista gracias a la “palanca” de su esposa Mirta Díaz Balart de Castro, cuyo parentesco con un ministro del “Guajirito de Banes” lo había sin duda impulsado a contraer matrimonio con ella. Castro acostumbraba, por astucia, hacer ambiciosos planes a largo plazo. Claro, nunca imaginé que esos planes cuajaran a tales extremos ni por tan dilatado tiempo.

            En todo caso, fui a la embajada con un par de compatriotas. Nos colocamos frente al edificio cerca de las seis de la tarde y en pocos minutos vimos que cruzaba la Calle 16 su abultada figura, sin la menor escolta, a saludarnos en persona. Vestía su conocido traje y botas de soldado, pero sin aire militar y dando muestras de cansancio. Como me adelanté a los demás, sentí un fuerte pisotón de su pesada bota —ya mala señal, pero hice caso omiso— y, estrechándole la mano, no sé por qué se me ocurrió decirle, sabiendo de sus inclinaciones de tribuno: “Dos palabras, Fidel”.

—Bueno, ya dije más de dos palabras— me contestó sin mucho entusiasmo, como indispuesto. Evidentemente, se había percatado de que ese público de cuatro gatos no merecía una perorata de esas que gustaba ofrecer durante horas a mítines multitudinarios. Su expresión daba a entender que ya bastante había hecho con cruzar la calle a saludarnos. —Pero vengan mañana a la embajada, ya que habrá una recepción a la una de la tarde— agregó, dando media vuelta y alejándose sin más comentarios.

            Ni corto ni perezoso, me presenté en el hermoso edificio de la Calle 16 NW a la hora señalada, preparado con alguna documentación pero lamentando olvidar la camarita fotográfica que desde entonces siempre me ha acompañado. Había ya una muchedumbre, destacándose entre ella unos cuantos barbudos poco acicalados, como recién bajados de la Sierra. Intercambié algunas palabras con ellos, además de saludar a célebres compatriotas como Pedro Ramos y Camilo Pascual, admirados lanzadores para el equipo entonces llamado Senadores de Washington. En fin, había un gentío considerable que entraba libremente y se paseaba por todas las habitaciones del inmueble en esa época despreocupada de la “seguridad” hoy imperante.

            Entrando en una gran antesala que fungía como espacio de recepción en el segundo piso, me encontré a Castro arrellanado cómodamente tras un gran escritorio y, luego de un par de palabras de saludo, le ofrecí mi pasaporte cubano, pidiéndole su autógrafo.

            —Cómo no—, me dijo muy listo. Sacó un bolígrafo y, sin molestarse en buscar una hoja en blanco, abrió la página en que aparecían mi fotografía y filiación y, ante mis ojos atónitos, procedió a garabatear exageradamente su firma por encima del retrato y todo lo que allí estaba escrito. Incrédulo, vi que extendía su autógrafo de arriba abajo y de lado a lado a través de la doble hoja principal.

En ese momento, pensé que quien así trataba un documento oficial de la República era seguramente capaz de destrozar cuanto se encontrara en su camino: reglas, normas, instituciones, constitución, y obras físicas y simbólicas de todo tipo. Es decir, transmitía un clarísimo mensaje: este documento no tiene valor alguno —lo que importa aquí es mi firma—. Sin inmutarme, disimulé, le di las gracias y le extendí entonces mi carnet de la Universidad de La Habana, en que había cursado estudios hasta poco antes. Me dirigió entonces, sonriente, una inconfundible mirada de inteligencia, como diciendo “tú eres de los nuestros”.

Obedecía ello a que Castro había sido dirigente de la Federación Estudiantil Universitaria, FEU; lo que no supe a ciencia cierta sino más adelante era que había aprovechado su cargo para cometer toda suerte de atropellos, amenazas a profesores e incluso, según rumores, asesinar sin escrúpulos y por la espalda a un estudiante rival, Manolo Castro (idéntico apellido, pero no pariente). El joven Fidel, que entonces tenía apenas 32 años, se limitó esta vez a poner su firma de manera normal en un espacio en blanco (no era necesario repetir la peripecia). Luego, entre el fluir del gentío, saludé a sus acompañantes y les pedí que también autografiaran mi documento universitario para tener constancia. Aun cuando entonces no eran conocidos, alguno ha venido a ser más o menos tristemente célebre: Ramiro Valdés, Alberto León y dos más cuyas firmas son ilegibles.

            No volví a ver a Castro durante el resto de la recepción. Me imaginé que se habría retirado a hablar en privado con sus seguidores a fin de preparar su comparecencia del día siguiente en el programa televisivo “Meet the Press”, y su posible reunión en la Casa Blanca con Eisenhower. El presidente norteamericano, sin embargo, prefirió evitar el encuentro, seguramente por suspicacias y para no darle relieve a quien no era, formalmente, jefe de estado. “Ike” envió, en su lugar, al vicepresidente Nixon, quien sostuvo una entrevista con Castro de la cual no resultó sino una noticia anodina, desprovista de interés. Ello me pareció sospechoso, ya que Castro desaprovechaba así una valiosa oportunidad para afianzar las relaciones y obtener ventajas económicas que hubieran sido sumamente útiles para Cuba, cuya economía había sufrido durante todo el período guerrillero, con la caída del turismo, el terrorismo por él instigado y otros perjuicios.

De la comparecencia televisiva de Castro capté su hábil manera de expresarse, con indudables visos demagógicos. Hablaba con gran soltura, chamullando pobremente el inglés al hacer pronunciamientos pro democráticos y afirmar sus buenas intenciones —evitó cuanto fuera criticable—. Ateniéndome a lo que decía, pensé que si bien el futuro no estaba muy claro, había esperanzas, pero entretejidas de inquietud. Si alguna trampa urdía, el evidente calibre de su astucia no filtraba la menor señal capaz de revelar aviesas intenciones.

            Volviendo a la recepción en la embajada, se tornó un tanto desordenada, carente de organización. Viendo que muchos se apoderaban tranquilamente del micrófono para dirigirse a los presentes sobre la suerte de Cuba, aproveché la ocasión para pronunciar breves palabras, en español e inglés, respecto a la importancia de recaudar fondos para los niños de la Isla; el tema se había abordado de modo general pero sin que se llegara a ninguna conclusión o petición de donaciones. Otra oportunidad desaprovechada, pensé.

            Pasadas las cuatro de la tarde, me fui de la embajada un poco inquieto pero tratando de no darle demasiada importancia al encuentro fideliano. Al llegar a mi casa, le conté a mi esposa lo acontecido y guardé el pasaporte y mi carnet universitario en una gaveta. Ni siquiera me molesté en lo que hoy hubiera hecho sin vacilar: sacar copias fotostáticas de los documentos y, por si acaso, guardarlos en lugar seguro. Años después, comprobé que había desaparecido el pasaporte, sin duda sustraído por algún codicioso (¡qué tontería!, nadie sino el titular podrá jamás disponer de él). Aunque hasta hoy no lo he recuperado, sí conservo el carnet universitario con todas sus firmas, hoy varias veces copiado y puesto a buen recaudo en una caja de caudales bancaria. Al fin y al cabo, es cuestión de historia.

            Resumen: La atropellante firma de Fidel Castro, mucho antes de que revelara él sus verdaderas intenciones, ¡era un síntoma y símbolo que, en retrospectiva, lo retrataba de pies a cabeza! Nunca jamás soñé siquiera con tanta maleficencia, que —algún día lo sabrá todo el planeta—, engendró lo que algún día se conocerá como el holocausto cubano.

            En contraste, mi encuentro con Fulgencio Batista en 1952, en el Club Náutico de Varadero, fue de naturaleza muy diferente y abría otras perspectivas para Cuba, pese a la muy lamentable ruptura del orden institucional.  Pero esa es otra historia…  

Sunday, March 14, 2021

Fidel Castro, el último rey católico*

Por Norma Morandini
El papa Francisco, en su visita al líder de la revolución cubana, Fidel Castro, le obsequió un libro y discos con los sermones y reflexiones de Armando Llorente, jesuita español tutor del colegio en el que se formó Castro. El mismo sacerdote que fue expulsado por la revolución debió exiliarse en Miami en 1961 y antes de morir quiso absolver a Castro. El biógrafo del Papa Austen Ivereigh se entusiasmó: los regalos fueron para que Fidel se reconciliase con su pasado de jesuita. No hacía falta, Fidel Castro nunca dejó de ser jesuita, la matriz religiosa y moral que adaptó al marxismo leninismo y tanto confundía a los soviéticos. Es la tesis desarrollada por el historiador italiano Loris Zanatta en su libro Fidel Castro, el último rey católico (Edhasa), de pronta aparición en España. En él muestra ampliamente la apropiación de las palabras de la religión y la moral del sacrificio para ganar el cielo, sintetizada en una de las frases más repetidas por Fidel Castro: “Hay que reprimir al hombre para salvarlo”.

La idea entusiasmaba al sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal y al fraile dominico brasileño Frei Betto, amigo y biógrafo de Castro, quienes veían en el líder de la revolución cubana un cruzado por la cristiandad: alcanza con acercarse sin devoción a su liturgia revolucionaria, sus larguísimos discursos evangelizadores y hasta la iconografía oficial que lo muestra con palomitas sobre su cuerpo, más parecida a la de los santos de las estampitas católicas que a un comandante que predicó la violencia redentora. En el copioso y riguroso ensayo, el historiador desmonta el mito ideológico más poderoso entre la izquierda latinoamericana y demuestra en Fidel Castro la raíz hispánica de tradición nacionalista católica, la cruz impuesta con la espada y el desprecio al liberalismo laico que pervive en los populismos actuales bajo el disfraz de los socialismos del siglo XXI. La política impregnada por la religión y el sentimiento religioso de los sectores populares convertido en fe ideológica sobre el que se montaron regímenes caudillescos hicieron de la democracia liberal una exótica flor de invernadero, ajena a la tradición autocrática de América Latina.

Autor de varios libros sobre lo que más ha estudiado y conoce, el peronismo y el nacionalismo católico, la religión y la fe popular como sustento ideológico de los caudillos políticos, Zanatta encara una biografía ciclópea sobre una de las figuras ineludibles del siglo XX, narrada ya ampliamente y a la que le ha dedicado años de estudio. Una ventaja, si se piensa que la materia prima del historiador son las fuentes y en el caso de Fidel Castro y la revolución cubana, estas llenan bibliotecas. Sin embargo, faltan las mas importantes, las cubanas, cerradas a cal y canto a no ser para investigadores que refuercen el mito.

Sin subyugarse con el carisma del personaje, “el primer historiador de sí mismo”, sobre la novedad anticipada en el titulo Loris Zanatta explica que no debiera extrañar que “el monarca comunista del siglo XX sea heredero del ideal de los monarcas del pasado: creció en una isla que fue España durante siglos, en un ambiente familiar y social hispánico y católico”, educado por sacerdotes en los principios del comunitarismo de las misiones jesuitas. Un legado que impregnó su universo moral, la salvación de las almas por la evangelización ideológica y el soplo creador del “hombre nuevo” por la acción y la disciplina revolucionaria, la sociedad sin clases del comunismo y la redención del pueblo elegido por el mesías-líder salvador. Las analogías entre la sociedad castrista y aquellas cristianas de la colonia surgen de un minucioso y atractivo recorrido por la vida de Fidel Castro y la sociedad cubana, “donde el individuo está sometido a la colectividad sobre la cual vela la Iglesia, o sea, el partido garante de la ortodoxia y la unidad de la fe. Y sobre, ello, el Rey, Castro, investido de los poderes temporales y espirituales”. En ese viaje histórico, Zanatta encuentra rasgos que son comunes a muchos católicos latinos que como Castro desprecian los valores y las prácticas democráticas del liberalismo anglosajón a los que el líder de la revolución cubana imputaba las “fracturas morales del mundo” y que hoy repiten los nuevos populismos en la región. Esa permanencia cultural dimensiona la importancia del libro en un tiempo en el que Cuba exporta su fracasado modelo socialista y en el continente se actualiza el debate en torno a la democracia, amenazada por las autocracias y los populismos electorales.

Se trata de un inmenso ensayo que escandalizará tanto a los fieles devotos de Castro, por ver la herencia hispánica y católica asociada al icono marxista-leninista, como a los anticastristas que combatieron su comunismo, a quienes incomodará verlo como un monarca católico. Sin embargo, su lectura desapasionada nos ofrece aspectos que estuvieron siempre al alcance de la comprensión racional pero fueron desechados por la fuerza emocional del autoengaño ideológico, el despotismo, la moral sexual, la glorificación de los pobres por su pureza de alma para justificar el fracaso económico de la revolución, el desprecio a las democracias y su apoyo a las guerrillas armadas del continente.

Un libro perturbador para los que tuvimos veinte años en los setenta y caímos bajo los vahos de la revolución cubana. Tras la resaca de los exilios, las muertes y los desaparecidos debimos aprender el valor de vivir en lo que las revoluciones desprecian, la democracia liberal, y hoy miramos con perplejidad a las nuevas generaciones educadas en libertad que reescriben la historia, niegan la violación de los derechos humanos en Venezuela y glorifican las guerrillas armadas aupadas por el régimen de Castro, tal como muestra Zanatta, solo con “hechos” y con las copiosas palabras de Fidel.

*Publicado en El País


Sunday, December 22, 2019

Prohías, Fidel y los bombines

 
A Arístide y Rebeca por la ayuda

Por Enrique Del Risco



Las historias del humor gráfico cubano suelen pasar por alto el incidente. O se refieren a él de manera tan sesgada que parece que se trata de mero mal entendido que el caricaturista Prohías decidió tomarse a la tremenda. En cambio su colega Arístide Pumariega ha sido bastante más claro en entrevistas que le han hecho al respecto:

“En el proceso revolucionario cubano el primero que sufrió la embestida de esa severa intolerancia del triunfante Fidel Castro fue Antonio Prohías, este increíble artista que a fines de la década de 1940 comenzó a trabajar como caricaturista en el periódico El Mundo y entre sus tiras cómicas se encontraba el increíble personaje El Hombre Siniestro, a fines de la década de 1950, era el presidente de la Asociación de Caricaturistas de Cuba. Cuando Castro fue con el primer gabinete de su gobierno a la Sierra Maestra a firmar la Reforma Agraria, Prohías hizo una caricatura que reflejaba al sequito como un grupo de bombines. Eso encolerizó a Castro a tal punto que Prohias debió marcharse a la carrera de Cuba hacia Estados Unidos”

Portada de Zig Zag de febrero de 1959
Hay varias imprecisiones al respecto que vale la pena aclarar: una es que la mencionada caricatura no fue publicó a raíz de la firma de la Ley de Reforma Agraria, ocurrida el 17 de mayo de 1959 sino unos meses antes, el 31 de enero. Y Prohías no se marchó de Cuba “a la carrera” sino quince meses más tarde “el día 1 de mayo de 1960, 3 días antes de que Castro aboliese por completo la libertad de prensa en Cuba”. Imprecisiones aparte Aristide acierta en lo fundamental. El caso de Prohías es, por lo prematuro y visceral, paradigmático en cuanto a la relación establecida entre Fidel Castro con el humor en particular y con la libertad de prensa en general.

Porque no se trató de una mera censura o de la persecución de un caricaturista, sino de establecer las pautas que se seguirían con cualquier discurso levemente crítico o satírico hacia el poder encarnado por el líder. Porque a apenas seis días de la publicación de la caricatura de marras el entonces flamante primer ministro aprovecha un discurso que da ante los trabajadores de la refinería de petróleo Shell para lanzar un ataque en toda regla contra el caricaturista. El propio Castro reconoce que está aprovechando “la circunstancia de que se está trasmitiendo este acto para tocar cuestiones que atañen no solo a los obreros de la Shell sino a todo el país”.

Y al parecer una de las cuestiones que más le escocen es que hay “caricaturas casi continuas que están también llenas de mala intención y de mala fe”. “¡Dios nos libre de querer coartar el humorismo!” exclama para a seguidas pasar a las amenazas no muy veladas:

“yo no creo que nuestros artistas sean tan poco originales, yo no creo que nuestros artistas sean tan poco revolucionarios, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño al pueblo, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño a la Revolución, sembrando la intriga y sembrando la insidia contra la Revolución"




Para que no queden dudas y aunque Fidel Castro da una de las primeras muestras de ese estilo desdeñoso en que pocas veces se negaba a mencionar nombres de rivales, sobre todo si actúan a escala local alude a los “bombines” que lo acompañaban en la caricatura de Prohías. Los bombines como un viejo símbolo vernáculo del arribismo y el oportinismo: 

“me pintan a mí rodeado de bombines. Y yo me pregunto: ¿Dónde están los bombines?, porque no tengo ni escolta. Porque todo el mundo me ha visto cómo ando por las calles, todo el mundo me ha visto cómo ando por las calles casi solo a cualquier hora del día y de la noche”.

 Pero si se observa en detalle la caricatura conociendo lo suficiente al personaje con el que lidiamos podría pensarse que el ejército de señores de traje y bombín que lo sigue le molestó menos que la representación de su propia figura. 


Y es que ante las caras recelosas de los barbudos que lo acompañan la figura del propio Fidel aparece representada con un gesto de descuidada altivez que pudo despertar la rabia del representado. Rabia de no verse en estado de alerta máxima, de devoción máxima. De temer incluso que el caricaturista hubiese descubierto su juego: hacerse el desentendido mientras los verdaderos “bombines” del momento, los líderes del partido comunista, iban tomando posiciones en el gobierno a la sombra que constituyó Fidel Castro en el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA).

Y entonces comienza el ataque en toda regla:


Los bombines que se los pinten a los que los tengan, que se los denuncien de frente a los que tengan bombines y se digan sus nombres, porque eso es lo cívico en el periodista, eso es lo digno en el periodista, eso es lo valiente en el periodista. Pero que no me pinten más bombines porque yo no ando rodeado de bombines, y conmigo no anda ningún bombín y yo no le he dado a nadie un cargo en el Estado. Es justo que lo aclare, porque si quieren pintar a otros con bombines que pinten al ministro que los tenga, pero que no cometan la vileza, la innobleza y la indecencia de venir a pintárselo al que no tiene porque eso no es honrado y eso no es de artista. Y si tienen tan poca imaginación, si tienen tan poco talento que no se pueden valer más que de la calumnia y de la intriga, que entonces no se llamen artistas, que entonces no escriban, que entonces no pinten; porque el artista debe ser para ayudar al pueblo con su talento, para ayudar al pueblo con la verdad, no con la calumnia y con la intriga.

Fidel no pierde la oportunidad de dar una de esas muestras de desprecio por el poder en que insistía por aquellos días afirmando que “Si creen que soy un dictador, que me lo digan para irme, señores”. Va del chantaje moral (“no importa que nos ataquen con los mismos derechos que hemos conquistado nosotros con tantos sacrificios”), a la amenaza con la destrucción de la imagen pública del acusado, con su ejecución moral: “no se olviden que nosotros también tenemos derecho a defendernos y que nosotros nunca aplicaremos la censura, pero aplicaremos algo que es peor que la censura, que es el anatema moral, la denuncia, la descaracterización ante el pueblo”.

No se trata de obligar al gobierno ejerza la censura sino de que el pueblo sea quien renuncie a leer a los herejes:

“Por lo tanto, el pueblo tiene también que castigar a los intrigantes y a los calumniadores, y la recomendación que yo les hago a los obreros de la Shell es precisamente el boicot […] El boicot que le recomiendo al pueblo es que no les presten ningún favor a los que desde ahora se les están viendo sus intenciones malévolas, sus intenciones cobardes y sus intenciones ruines. ¡Lo que le recomiendo al pueblo es que no los lean!”

Se trata de una pauta repetida luego tantas veces en los actos de repudio o las brigadas de respuesta rápita: ante cualquier manifestación opositora será el pueblo, no el gobierno el que se encargará de tomar la justicia por su mano.

Que el pueblo, que es inteligente; que el pueblo, que es despierto; que el pueblo, que es listo; que el pueblo, que sabe dónde están sus intereses y dónde están los intrigantes y los ruines y los enemigos de la Revolución que usan mil pretextos so capa de libertades —de libertades que debieran hacer un uso digno y patriótico de ellas—, que el pueblo se encargue de saber y de discernir quiénes son aquellos a los que no debe leer. ¡Ese será el castigo!

El gran líder imagina un castigo ejemplar. Que sea el desínteres del pueblo en lugar de la represión del gobierno lo que autoregulelo que circula entre este. O que al menos sea esa la apariencia.

Eso es peor que una censura, porque en la censura se quiere escribir, hay interés en lo que uno va a escribir y no lo dejan escribir. Y esto es peor, porque el individuo escribe, habla, y nadie le hace caso.

El discurso tiene lugar precisamente un viernes, el día anterior de la salida a la calle del semanario Zigzag. El pueblo ha sido debidamente informado del boicot que llevará a cabo justo al día siguiente. Imaginar que Fidel contaba solo con la voluntad popular para ahogar las voces disidentes sería conocerlo muy poco. Conocerlo mejor supone imaginar que el discurso es apenas la indicación de que una operación cuidadosamente coreografiada está en marcha y se prefija la manera en que esta deberá ser representada: como la espontánea reacción del pueblo ante el ataque a su líder. Nada que no hayan practicado antes Stalin o Goebbels.




Sobre los resultados del boicot solo he encontrado esta afirmación de Roger Reed: “Aun sin utilizar la censura convencional, las críticas a la publicación [Zigzag] hicieron disminuir las ventas de manera considerable cuando muchos vendedores de periódicos se negaron a ponerla a la venta”. De ahí podemos inferir que la coreografía más que ser confiada al público lector se ecntró en los canales de distribución. Y surtió efecto. De momento Prohías debió abandonar Zig- Zag. A la semana siguiente del discurso aparecía una nota en la propia publicación referida a una reunion en el hotel Habna Hilton entre la dirección del semanario y Fidel. Pese a la furia y la claridad de los ataques del viernes anterior el primer ministro afirmaría que “sus palabras no iban contra ningún periódico en particular sino que aludían a manifestaciones que se habían expresado de variados modos en diversos órganos y que consideraba su deber rebatir por el bien de la revolución”
Zig Zag Libre en el exilio febrero de 1963 con portada de Silvio

Friday, December 13, 2019

El Comandante y su manicurista


A continuación les presentamos la introducción de la más reciente novela del escritor Servando González El Comandante y su manicurista que acaba de salir a la venta.



Introducción 


Quien haya tenido la curiosidad de fijarse con detenimiento en fotos de Fidel Castro, de seguro habrá notado sus uñas perfectamente manicuradas. Quienes lo conocieron de cerca nunca se pudieron explicar cómo Castro se preocupaba tanto por el arreglo de sus uñas cuando nunca se caracterizó por su higiene, al punto de que su hediondez era una de sus características personales. El apodo “bola de churre”, por el que muchos comenzaron a llamarlo a sus espaldas, surgió cuando estudiaba bachillerato en el Colegio de Belén y lo siguió hasta la Universidad de La Habana.

Según algunos que formaban su círculo íntimo, tan pronto como se asentó en La Habana tras haber derrocado al Presidente Batista en 1959, Castro comenzó a usar los servicios de una manicurista profesional para que le arreglara las uñas. La manicurista, una joven mulata clara llamada Remedios Gutiérrez Morán, le arreglaba las uñas una o dos veces por semana, al punto que llegó a ser considerada la manicurista personal de Fidel Castro.

 Para tenerla cerca cuando la necesitaba —a veces la llamaban bien entrada la noche y hasta en la madrugada—, algunos años después de haber estado usando sus servicios regularmente, Castro ordenó que le dieran una casa bastante agradable, con tres cuartos y dos baños, en Buenavista, un barrio de Marianao aledaño a La Habana. La casa estaba relativamente cerca de lo que luego se llamó Punto Cero, el nombre en clave con que se denominaba la residencia personal de Castro cerca de El Laguito, en el Reparto Biltmore, donde había vivido lo más selecto de la alta burguesía habanera hasta que Castro los despojó de sus bienes.

A fin de facilitar todos los requerimientos que el equipo de seguridad personal de Castro imponía, y para remunerar regularmente a Remedios por su trabajo, unos años después la nombraron sargento del ejército, lo cual le permitía usar el uniforme militar cuando tenía que visitar a Castro para arreglarle las uñas. Un dato interesante es que, tal como Remedios le contó a su hija, a pesar de que era joven y bastante bella, Castro nunca trató de aprovecharse de la situación para establecer una relación sexual con ella.

Más de cuarenta años después, cuando Remedios falleció, la casa en Buenavista pasó a ser propiedad de su hija Margarita, quien todavía vive ahí con sus hijas. Poco después, cuando Margarita decidió ampliarla para acomodar mejor a una de las hijas —la vivienda en la Cuba de Castro siempre fue y continúa siendo una necesidad casi imposible de satisfacer por los cubanos comunes y corrientes—, los albañiles tuvieron que derribar una pared en lo que había sido el closet de la habitación de Remedios y, para su sorpresa, hallaron que la pared ocultaba un compartimiento secreto. Allí Margarita encontró varias cajas de zapatos que contenían una gran cantidad de hojas sueltas llenas de notas escritas del puño y letra de su madre.

Cuando las comenzó a leer, Margarita se asustó tanto que pensó quemarlas, pero luego cambió de idea y las preservó bien ocultas en el fondo de un gran baúl. En la primera hoja del grupo que contenía sus notas — al parecer la más antigua aunque, como veremos después, no fueron escritas en orden cronológico— Remedios explica en qué consisten sus notas.

Según Remedios, al triunfo de la Revolución castrista en enero de 1959, ella trabajaba como manicurista en La Habana, en una peluquería situada en la calle Infanta, casi esquina a San Lázaro, frente por frente a la Iglesia del Carmen. Un día, en marzo o abril, llegaron varios militares del Ejército Rebelde en un jeep y le dijeron que tenía que acompañarlos.

Remedios casi se muere del susto, pues años antes había tenido un novio que era soldado del ejército de Batista y pensó que la iban a prender para fusilarla, pero los militares la tranquilizaron y le dijeron que llevara sus instrumentos de trabajo, pues tenía que arreglarle las uñas a alguien muy importante. Cuando llegó al lugar, que resultó ser una suite en el quinto piso del hotel Havana Hilton, ahora llamado Habana Libre, su sorpresa fue enorme al ver que su cliente era nada menos que Fidel Castro.

Remedios escribió que su nerviosismo era tan grande que casi no podía hablar ni sostener en sus manos los instrumentos de trabajo, pero que Castro comenzó a hablarle bien bajito, con una voz suave, y la calmó. Cuando terminó, los militares la llevaron de nuevo a su trabajo y le pagaron muy bien —más de tres veces lo que regularmente ella cobraba— y, a partir de ese día, las visitas a Castro se repitieron una o dos veces por semana. A veces, cuando Castro estaba de visita en las provincias, la llevaban en avión, la hospedaban en un buen hotel, y luego la traían de regreso a La Habana.

Pero aquí viene lo más interesante de todo. Según Remedios, alrededor de cinco años después de que comenzó a hacerle la manicura y se había convertido en la manicurista personal de Castro, empezó a ocurrir algo bien extraño. Cuando le arreglaba las uñas, un proceso que llevaba entre 45 minutos o una hora, algunas veces Castro caía en una especie de profundo letargo y comenzaba a hablar en voz baja, contando detalles íntimos de su vida. Este letargo duraba unos pocos minutos y a veces más de media hora. Sin saberlo, Remedios se había convertido en una especie de psicoanalista de Fidel Castro.

Margarita dijo que su madre le había contado que, como la mayoría de los cubanos entonces, al principio ella admiraba a Fidel Castro y lo veía como un Dios todopoderoso que se sacrificaba por el pueblo, en particular por los humildes. Pero, con el pasar del tiempo y después de escuchar de boca de Castro sus crímenes y su maldad, llegó a odiarlo, aunque fue lo suficientemente inteligente para no evidenciar el odio y el profundo desprecio que había llegado a sentir por Castro, a quien, cuando estaba a solas con su hija y nunca dentro de la casa, porque sospechaba que le habían instalado micrófonos secretos para grabar sus conversaciones, lo llamaba tirano sanguinario.

Aunque Remedios era una persona con poca educación formal —al parecer nunca pasó del sexto grado de la enseñanza primaria—, tenía buena letra y una excelente memoria y un día, al regresar de hacerle la manicura a Castro, se le ocurrió anotar lo que éste le había contado. Desafortunadamente, Remedios nunca fechó sus notas, por lo que no tengo certeza de cuando fue que las escribió, pero todo indica que comenzó a hacerlo a fines de los sesenta. No obstante, su hija tuvo la precaución de no alterar el orden en que estaban las cajas cuando las halló, ni el orden de las notas colocadas en las cajas y, como la lógica indica que las últimas en cada grupo son en realidad las primeras, al menos tenemos una idea del orden en que las escribió.

En esta compilación aparecen las notas contenidas en quince cajas. En realidad las cajas que Margarita halló eran dieciocho, pero en tres de ellas, al parecer producto de una inundación o de una cañería rota, las notas se mojaron y, cuando se secaron, se convirtieron en un bloque macizo imposible de separar. Luego descubrí en la Internet que existen laboratorios especializados que tal vez logren salvar las notas, pero es un proceso bastante lento y excesivamente costoso, así que decidí publicar solamente las notas de las cajas en buen estado. Sin embargo, no descarto la posibilidad de que algún día, si logro salvarlas, publique una nueva versión de este libro que incluya todas las notas.

La mayoría de las notas tienen una o dos páginas, algunas no pasan de un par de párrafos, y hay otras bastante largas, de cinco páginas o más. Inicialmente pensé reproducirlas en orden cronológico, pero, debido a que muchas veces dentro de una misma nota hay reminiscencias de hechos pasados, así como de hechos que sucedieron más tarde, finalmente decidí publicarlas en el mismo orden en que Remedios las escribió. De todas formas, como Castro en su narración nunca mantuvo un orden cronológico, y dentro de cada nota salta de un tema a otro en tiempo y espacio, sin transición, el orden no es sumamente importante.

También hallé que algunas notas repiten un mismo hecho con ligeras variantes y otras que presentan dos versiones bastante diferentes del mismo hecho —como las que se refieren al asesinato de Camilo Cienfuegos. No obstante, decidí publicarlas tal y como fueron escritas.

Por tanto, tan solo he corregido graves errores ortográficos y gramaticales que podrían haber afectado su comprensión y he añadido algunas notas aclaratorias entre corchetes, sobre todo cuando Castro nombra a personas por el nombre propio o un apodo. Como cada nota consistía en un solo largo párrafo, para facilitar su lectura las he dividido en párrafos lógicos, más cortos. Además, cuando Castro se refiere a conversaciones y menciona literalmente la conversación, he seguido los convencionalismos de la novela y las he colocado entre guiones para facilitar su lectura.

A pesar de que Remedios tenía buena letra, a veces encontré palabras que, tal vez debido a que las escribió de prisa, no he logrado descifrar. En estos casos, he puesto entre corchetes “ilegible” para indicar que falta una palabra.

En el caso de nombres propios extranjeros o poco comunes, Remedios los escribió fonéticamente, tal como le sonaron al oído, por lo que, en lo posible, los he corregido. Por ejemplo, Yon Esmí lo traduje como John Smith, Cruchó como Jrushchov, y así por el estilo.

Muchas de las notas que Remedios recogió y que aparecen aquí se refieren a cosas bien conocidas de la vida de Fidel Castro, otras son menos conocidas, como la confirmación de boca del propio Castro de que la CIA lo reclutó a comienzos de 1948 y lo envió a Bogotá, Colombia, para que participara en el asesinato de Gaitán y actuara como agente provocador en los disturbios del Bogotazo, así como su papel tanto en el asesinato de Allende como en la captura y muerte del Che Guevara. Pero también hay algunas que creo son totalmente desconocidas para la gran mayoría de los lectores, tales como las que se refieren a como Castro ordenó el asesinato del Comandante Camilo Cienfuegos, a sus estrechas relaciones con David Rockefeller, y a la posibilidad de que Castro en realidad haya sido un hijo ilegítimo de John D. Rockefeller III.

Tuve conocimiento de la existencia de estas notas a comienzos del año 2008, cuando un amigo que había visitado la Isla en varias ocasiones por motivos familiares me mencionó su existencia. Según él, una amiga de confianza le había hablado sobre Margarita, una amiga de la infancia, que le había contado que su madre había sido la manicurista de Fidel y había escrito unas notas sobre Castro. Después de mucho rogarle, su amiga lo puso en contacto con Margarita.

Cierta vez que mi amigo visitó a Margarita en su casa de Buenavista, ésta le dejó leer algunas de las notas, que le parecieron sumamente interesantes. Margarita le dijo que estaba muy necesitada de dinero, pues la vida en Cuba se había encarecido extraordinariamente, y lo que ella ganaba sólo le alcanzaba para cubrir las necesidades más básicas.

Al principio todo me pareció una patraña, pero cuando mi amigo me contó lo que había leído en algunas de las notas cambié de opinión y le dije que le propusiera comprárselas. Luego, durante otra visita, mi amigo tuvo la oportunidad de visitar de nuevo a Margarita y la convenció de que le vendiera las notas. Ella finalmente decidió hacerlo, pero con la condición de que sólo se dieran a conocer después de la muerte de Castro. Mi amigo le ofreció 600 dólares por las notas y ella los aceptó de inmediato y quedó muy agradecida porque en esos tiempos en la Cuba de Castro esa cantidad de dinero era mucho más que lo que ganaba un médico o un ingeniero en un año.

Castro falleció hace ya varios años, por lo que el requisito acordado con Margarita se ha cumplido. Por tanto, he decido ponerlas al alcance de todos los interesados en la vida de esa personalidad tan contradictoria que fue Fidel Castro. Como verán los lectores, estas notas revelan un Fidel Castro bastante diferente de lo que la mayor parte de sus biógrafos, los periodistas izquierdistas y sus admiradores más fervientes han escrito sobre él. Pero también un Fidel Castro bien diferente del que nos han pintado sus más acérrimos detractores.

Este es un Fidel Castro totalmente desprovisto de empatía, calor humano y que nunca conoció los dos sentimientos más importantes de un ser humano: el amor y la amistad. Un Fidel Castro que siempre sintió un desprecio profundo por todos los que lo rodeaban, incluyendo no sólo a sus padres, sus hermanos, sus varias mujeres y concubinas y sus muchos hijos legítimos e ilegítimos, sino también por quienes en algún momento erróneamente se consideraron sus mejores amigos.

Un Fidel Castro vulgar, soez, grosero y mal hablado, intolerante, engreído, racista y arrogante; un manipulador que siempre vio a los que lo rodeaban como piezas de un juego de ajedrez, para usarlas y descartarlas cuando ya no le eran útiles; un ganstercillo de mala ralea que nunca evolucionó desde sus días en la escuelita de Birán y luego en el Colegio de Belén, cuando formó su primeras pandillas para amedrentar tanto a sus compañeros de escuela como a sus maestros; un asesino incipiente que se unió a las pandillas en la Universidad de La Habana y asesinó a sangre fría a sus primeras víctimas; un ladrón que se apropió de las propiedades legítimas de muchos cubanos; un psicópata malvado, totalmente desprovisto de respeto por la vida humana, que ordenó el asesinato de Salvador Allende, la captura y muerte del Che Guevara, el asesinato de Hugo Chávez, y tal vez hasta tuvo un papel importante en el asesinato del presidente Kennedy.

Pero también las notas reflejan un Fidel Castro interesado en problemas existenciales y humanos. Un Fidel Castro ávido de información y conocedor profundo de complejas teorías conspiratorias. Un Fidel Castro que, al final de su vida, duda sobre su propio papel histórico.

En su novela Historia de Tom Jones, publicada en 1749, Henry Fielding dedica un capítulo a “Los que deben o no deben escribir historias como esta”, e insiste en que lo que escribió es historia verdadera. Según Fielding, los que escriben ficción no son los novelistas, sino los historiadores. Los novelistas son los que dicen la verdad.

Coincido plenamente con Fielding y tengo la impresión de que, algún día, muchos de los que hayan leído estas notas van a llegan a la conclusión de que hay en ellas más verdades que en la mayoría de las historias sobre Fidel Castro escritas por historiadores académicos “serios” financiados por instituciones “prestigiosas” que reciben cuantiosas donaciones de los capitalistas más reaccionarios.

No hay forma de saber si las notas que Remedios escribió son realmente lo que Castro le contó o son producto de su imaginación, y mucho menos que lo que según ella Castro le dijo es verdad, porque siempre fue un mentiroso patológico y tal vez hasta en sus raptos decía mentiras. Sin embargo, si tan solo la mitad de lo que aparece en estas notas es cierto, y la abundancia de información fácilmente verificable indica que lo es, hay que llegar a la conclusión de que Fidel Castro no sólo engañó a sus enemigos más recalcitrantes, sino también a sus más fieles seguidores.

Como el gato de Cheshire de Alicia, Castro logró esconderse detrás de su sonrisa; una sonrisa que al principio llamó humanismo, después socialismo y luego comunismo aunque hay quienes sospechan que en realidad era fascismo y jesuitismo. Pero la sonrisa borró totalmente al gato que estaba detrás.

 No obstante, como no tengo el tiempo ni los medios necesarios para verificar el origen y la veracidad de la información que aparece en estas notas, he decidido publicarlas como si fueran una obra de ficción, es decir, una novela.

El lector hallará que algunas parecen absurdas y hasta totalmente disparatadas, pero, como bien dijo Mark Twain, la realidad siempre supera a la ficción porque la ficción tiene que ajustarse a ciertas reglas, en tanto que la realidad no se rige por regla alguna.


Servando Gonzalez, editor-compilador California, 2018-2019.