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Wednesday, September 13, 2023

Soy la hija de Martí


Por Manuel Vázquez Portal

Carmen Miyares fue la mujer definitiva, total de José Martí.
Arcón secreto de toda confidencia.
Verdadero reposo del guerrero.
Meretriz del lecho, dama del salón, compañera de ansias, amiga de agonizante cotidianeidad, timón de casa,
Palinuro de la familia, medicina del alma.
Madre de María.
¿Momento turbio del futuro apóstol? ¿Se aprovecho Martí de una familia en quiebra con un cabeza de familia desvalido?
¿Abusó “el Don Juan” de la vulnerabilidad de una mujer en crisis?
¿Codició el poeta la mujer del prójimo? ¿Traicionó al amigo?
¿Encontró Carmen Miyares algo grandioso en él que no tenía, o ella no le veía en Manuel Mantilla?
Veámoslo con los ojos del doctor Antonio de la Cova.
Apunta De la Cova:
<< Cuando el Apóstol cubano José Martí llegó a Nueva York el 3 de enero de 1880, se albergó en el hogar de su compañero del presidio político, Miguel Fernández Ledesma, en el 337 W. 31 Street. Pocas semanas después, se mudó para la residencia del matrimonio de Manuel Mantilla y Carmen Miyares, en el 49 E. 29 Street, en Manhattan, a seis cuadras de distancia.
Hasta ahora, los escritores han presentado una versión incorrecta y nebulosa sobre Manuel Mantilla. José Manuel Castañón, en Cuba: hablo contigo; sigo hablando contigo (2001) página 117, indica que “en el Centro de Estudios Martianos con Fina García Marruz, le informaron de la vida de Carmen Miyares, “mujer abnegada y luchadora que para mantener a su esposo paralítico y los tres hijos del matrimonio –Manuel, Ernesto, y Carmen, – puso una pensión en Nueva York, a donde fue a alojarse como huésped José Martí.
Tres años después, Rubén Pérez Nápoles, en Martí: el poeta armado (2004), página 230, describe a Manuel Mantilla como “un anciano achacoso y estaba inválido, por lo que en la práctica difícilmente funcionaban las relaciones normales del matrimonio”. El censo de Nueva York de 1880 y el certificado de defunción de Mantilla desmienten estas versiones propagadas durante más de un siglo.
El certificado de defunción No. 519022 de Manuel Mantilla confirma que cuando falleció al mediodía del 12 de febrero de 1885, tenía la edad de 42 años con dos meses y dos días. Por lo tanto, cuando Martí fue a residir en su hogar en 1880, Mantilla tenía 37 años de edad. El censo federal de 1880 lo confirma.
Pérez Nápoles se equivoca al decir que Mantilla era un anciano inválido que no podía tener relaciones matrimoniales. La columna 20 del censo de 1880 pregunta si la persona está “Mutilado, lisiado, postrado en una cama, o con discapacidad.” En la casilla que le corresponde a Mantilla, esta selección no está marcada como cierta.
El certificado de defunción de Mantilla indica que enfermó un año antes de morir, a principios de 1884, afectado por “enfermedad mitral del corazón” que fue la causa principal de su muerte. Como resultado de dicha condición, cinco meses antes de fallecer, Mantilla fue afectado por “congestión de los pulmones, riñón y el hígado.”
Carmen Miyares nunca tuvo que trabajar para “mantener a su esposo” como alega el Centro de Estudios Martianos. El censo de 1880 indica que Mantilla era comerciante a comisión y que su esposa era ama de casa. La familia Mantilla y sus dos huéspedes eran atendidos por una sirvienta alemana y un cocinero cubano. El certificado de defunción de Mantilla indica que estaba empleado como comerciante>>.
Despejadas estas primeras dudas veamos la otra parte que relata el doctor de la Cova,
<<El certificado de nacimiento de María Mantilla señala que ella nació a las 4:40 AM el 28 de noviembre de 1880. (José Francisco Martí Zayas-Bazán nació el 22 de noviembre. Puntería que tenía Martí para embarazar en febrero, y que sus hijos nacieran bajo el signo de Sagitario).
La fecha indica que, si Martí es su padre, la engendró en febrero, (como a su primogénito) pocas semanas después de conocer a la señora Carmen Miyares de Mantilla. (Deslumbramiento mutuo y fulminante que los llevó a la cama). Aunque el certificado de nacimiento señala a Manuel Mantilla como el padre, parece que él no fue quien dio la información ya que su edad de 40 años no es correcta y aparece como desempleado. También la edad de Carmen Miyares es errónea por cinco años, dando a especular, parece probablemente que la doctora Annie M. Brown, quien asistió el parto y firmó el certificado de nacimiento, fue quien anotó los datos. La residencia de la madre, donde ocurrió el nacimiento, es 243 Grand Avenue, Brooklyn, lo que significa que la familia Mantilla se había mudado de donde residían en Manhattan el 5 de junio de 1880, según la fecha del censo.
Todos los relatos históricos concuerdan que Martí vivía como huésped de los Mantilla en febrero de 1880. Sin embargo, cuatro meses después, cuando Carmen Miyares estaba en avanzado estado de embarazo, Martí ya no residía con los Mantilla. El censo federal de Nueva York del 8 de junio de 1880 demuestra que para esa fecha Martí se alojaba en la casa de huéspedes de Henry C. Beers y su familia, en el 345 Fourth Avenue de Manhattan, lejos de la familia Mantilla.
Cuando la esposa de Martí, Carmen Zayas Bazán llegó a Nueva York en diciembre de 1880 con el hijo de ambos, escuchó los rumores que su marido era el padre de María Mantilla. Al poco tiempo, Carmen volvió a Cuba con su hijo y obtuvo pasaporte sin el consentimiento de su esposo, valiéndose de la ayuda del cónsul español.
Tras la muerte de Manuel Mantilla, Martí regresó a vivir con Carmen Mantilla y su familia. El 22 de enero de 1895, el Ministro Español en Washington, Emilio Muruaga, envió un cable al gobierno norteamericano señalando a Manolito Mantilla como “el hijastro del Sr. Martí, el agitador cubano.”



En 1915, Carmen Mantilla viajó a La Habana y se hospedó con la familia Baralt. Allí entregó la biblioteca personal de José Martí al doctor Julio Villaldo.
Carmen Mantilla falleció el 17 de abril de 1925 y fue inhumada en el cementerio Woodlawn en el Bronx, donde posteriormente la acompañaron dos hijos.
Diez años después, su hija María Mantilla ofreció la evidencia más contundente que existe respecto a su paternidad en una carta de nueve páginas que le envió a su hijo, el actor César Romero, el 9 de febrero de 1935.
La misiva relata la vida de José Martí y afirma: “Yo quiero que sepas, querido, que él era mi padre, y yo quiero que tú te sientas orgulloso de eso. Algún día, hablaremos mucho sobre esto, pero claro, esto es solamente para tu conocimiento, y no para publicidad. Esto es mi secreto, y Papá lo sabe.
El 23 de enero de 2004, las nietas de María Mantilla, Victoria y Martí Romero, hijas de Eduardo Romero, viajaron a La Habana y donaron la carta original a la Fragua Martiana. La prensa oficialista castrista reportó la visita y el obsequio del documento, pero no identificaron a las hermanas Romero como las biznietas de José Martí ni tampoco mencionaron que María Mantilla se identifica en la misiva como la hija de Martí.
Por otra parte, un estudio antropométrico realizado por el antropólogo, arqueólogo, médico legal, espeleólogo e historiador doctor Ercilio Vento Canosa, explica, en una entrevista concedida al periodista Yamil Díaz Gómez, que hay un 74.3 % de compatibilidad entre José Martí y María Mantilla, lo que es un % muy por encima del índice de la casualidad.
Los que se desglosaría de la siguiente manera: Forma coincidente de la cara, 1. De las cejas, 2. Ojo, 9. Nariz 5. Labios ,3. Mentón y mejilla, 5. Pelo, 1. Orejas, 12. Manos, 5. Piel, 1. Espacio inter-naso-bucal, 2.
El propio Martí, aunque, como caballero de su época se llevó el secreto a la tumba, le escribe el 9 de abril de 1895: << Y mi hijita ¿qué hace, allá en el Norte, tan lejos? ¿Piensa en la verdad del mundo, en saber, en querer, ─en saber, para poder querer, ─querer con la voluntad, y querer con el cariño? ¿Se sienta, amorosa, junto a su madre triste? ¿Se prepara a la vida, al trabajo virtuoso e independiente de la vida, para ser igual o superior a los que vengan luego, cuando sea mujer, a hablarle de amores, ─a llevársela a lo desconocido, o a la desgracia, con el engaño de unas cuantas palabras simpáticas, o de una figura simpática? ¿Piensa en el trabajo, libre y virtuoso, para que la deseen los hombres buenos, para que la respeten los malos, y para no tener que vender la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa y por el vestido? Eso es lo que las mujeres esclavas, ─esclavas por su ignorancia y su incapacidad de valerse, ─llaman en el mundo "amor". Es grande, amor; pero no es eso. Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto>>.
Y aquí, a 1 mes y 10 días de su muerte, Martí no usa “hijita” como un apelativo cariñoso simplemente, sino, que lo eleva a la categoría de sustantivo legitimador de su paternidad.
En testimonio revelado a la escritora Nydia Sarabia, Maria Teresa Bances, (Teté) viuda de José Francisco Martí, años antes de su fallecimiento dijo: <<Yo no conocía personalmente a María Mantilla. Con mi esposo este tema era delicado y nunca se habló de la existencia de María. Pero llegó el Centenario de Martí en 1953. Como única hija política de Martí fui invitada a un banquete donde asistiría (Fulgencio) Batista que era entonces el presidente de turno…Al fin me convencieron y fui al banquete…Cuál no sería mi sorpresa al anunciar la llegada de María Mantilla. Cuando la vi por primera vez en persona y bastante cerca, me impresionó el parecido que tenía con Pepe Martí, mi esposo, ya fallecido…A medida que la veía conversar con los que la rodeaban, me percataba de que en sus ademanes, su sonrisa, su forma hasta de sentarse, aparte del parecido físico como la cara, las manos, eran tan iguales a las de Pepe Martí, que no pude por menos de convencerme que existía un parentesco entre ambos>>
Como última prueba, el cruce de cartas entre María Mantilla y Gonzalo de Quesada y Miranda, muchos años después. Dice María: <<Yo, como usted sabe soy la hija de Martí, y mis 4 hijos: María Teresa, César, Graciela y Eduardo Romero, son los únicos nietos de José Martí […] Y también quiero dar a conocer los nombres de los cuatro biznietos de Martí. Robert y Holly Hope –hijos de Graciela, y Victoria María y Martí, las hijas de Eduardo […] No me quedan muchos años más de vida, quiero dar a conocer al mundo este secreto que guardo en mi corazón con tanto orgullo y satisfacción>>.
A lo que Gonzalo de Quesada y Miranda responde: << Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza y hasta desea que se haga saber>>.

Monday, September 11, 2023

¿De mujer? Pues puede ser

Por Manuel Vázquez Portal


No niego que tengo cierto problema personal con lo impoluto. Lo hierático. Lo marmóreo. Lo solemne. Lo sacralizado. Lo intocable.
¡Que soy un irreverente! Eso no hay siquiera que discutirlo.
Me gustan los seres humanos con virtudes y miserias. Con valores y defectos. Con audacias y miedos. Con amores y odios. Con corduras y delirios. Con prudencia y desasosiegos. Con creencias e incertidumbres. Con contradicciones y coherencias. Con actitudes y consecuencias. Con criterios y dudas. Con aflicciones y regocijos. Con pudores y procacidades. Con mesuras y descomedimientos.
No creo en los fabricados de una sola pieza; a mi entender, dejan de ser humanos.
El Martí que reverencio, que venero, que admiro no es el del busto de la escuela, y mucho menos el de los panegíricos utilitarios de políticos y académicos; sino, ese otro tipo que acertaba y se equivocaba, que dudaba y arremetía, que elogiaba y fustigaba, que juzgaba y perdonaba, que se despeñaba y escalaba, que soñaba y ponía en práctica, que se fatigaba y renacía.
El Martí que reverencio, que venero, que admiro no es ese ser perfecto, inmaculado, santo (o diablo) que han fabricado las distintas tendencias ideológicas para usarlo o ponerlo a su servicio; sino, ese otro tipo maltrecho, y recompuesto, por un destino que no pudo evadir, y que lo condujo por los más abruptos senderos, por los más oscuros dédalos, por los más luminosos amaneceres. Un tipo que vivió a como sus circunstancias le impusieron, y que no se rindió.
Fue niño y emprendió malcriadeces y trastadas.
Fue adolescente y se masturbó desaforadamente escondido en un baño.
Fue joven y galanteó hasta a las mismísimas brujas.
Fue hombre y erró, y acertó, y gozó, y sufrió, y rió, y lloró, y amó, y odió.
Fue un ser humano antes que poeta, y héroe, y apóstol, y maestro, y gloria, y mármol.
No me le quiten ni me le pongan. No me le coloquen <<máscaras y vicios>> que él detestaba. Déjenme verlo con los trazos con que él mismo dibujó su ser y su imagen. No me lo adornen ni me lo desformen. Despójenmelo de leyendas negras y de mitificaciones áureas.
Aquellos que no puedan admirarlo con desinterés y bondad, por los menos, envídienlo con cortesía, pero, no intenten demeritarlo ni sobrevaluarlo, porque su propia vida los desmentirá.
¿Fue un patriota sin par?
Su historia lo prueba.
¿Fue un poeta extraordinario?
Sus versos lo evidencian.
¿Fue un visionario histórico?
Su legado teórico y práctico lo prueba.
¿Fue un beodo repugnante?
Sus contemporáneos lo niegan.
La leyenda negra partió de una caricatura enemiga en La Política Cómica, publicada el 25 de marzo de 1895, que lo dibuja en un lugar público, junto a una mesa con una botella y una mujer sentada en sus piernas.
Y sobrevino el mote de Pepe Ginebrita y la coña de que era un templón.
Mas, lo cierto es que Martí no bebía Ginebra. Solo bebía Mariani, una bebida estimulante y muy famosa en la época que, según se sabe, era preferida por el Papa León XIII, el presidente estadounidense William McKinley, la Reina Victoria de Inglaterra y Thomas Edison.
Martí gustaba del vino. Lo elogia en varios de sus poemas. Y hablando sobre la fabricación del vino que recién comenzaba en las américas nuestras, califica al vino de: <<culto pagado a las generosas uvas>>, y más adelante agrega: << Hay en la vid algo del espíritu del hombre. Los alcoholes abominables agobian y embrutecen. El vino, sano y discreto, repara las fuerzas perdidas>>. A ese texto también pertenece la célebre frase, <<nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino>> que tanto repiten por ahí los citadores de oído, sin apenas saber de dónde coño salió.
Martí no era un curdonauta.
Sabía disfrutar, en las pocas veces que pudo, porque las más de las ocasiones no tenía ni dónde caerse vivo, de los excelentes sorbos de vinos reparadores.
¿Fue un Don Juan?
¿Un Casanovas?
¿Un Bradomín?
¿Un templón cubano?
Su historia de amor lo desdice.
Y esto requiere un poco más de calma.
Martí fue un hombre hecho de amor. Amor a todo lo existente. Al universo y a todas sus criaturas, realidades y sortilegios. Pero su amor mayor fue a la Patria, y la Patria, como ideal, ha sido la única que le correspondió a su altura, convirtiéndolo en eternidad. Luego Carmen Miyares, su gemela en sexo y espíritu. El resto fueron amores inacabados.
¿De mujer? Pues puede ser.
Solo amó con la intensidad de todo su espíritu a cinco de ellas. Y cinco no es siquiera un buen average para un supuesto Marqués de Bradomín.
Los Ligones baratos, los Templones aficionados, los Donjuanes, son proclives al disfrute de las cáscaras, sin detenerse a buscar la almendra, y sin comprometer la fibra honda de la fruta agridulce que es el amor. Y…
Perdónenme esta leve distracción, esta mínima subtrama, esta breve digresión.
Es que me ha venido, ahora mismo a la memoria, una escena que disfruté junto a mi abuelo Pablo Vázquez, quien cursó una escuela de 66 años casado con mi abuela Panchita Marín y murió junto a ella.
Era un plácido atardecer campestre. Abuelo Pablo, rodeado de muchos de sus nietos, derramaba sabiduría sobre nosotros. Y, está más que sabido, que, cuando un grupo de hombres está hablando “cosas de hombres”, es siempre sobre mujeres. Uno de mis primos mayores contó:
─Abuelo, lo hice tres veces anoche con Dorita, la vecina.
Abuelo lo miró hondo. Puso los ojos pícaros. Y de la voz le brotaron como sutiles tijeretazos que le desataron todos los amarres a la risa:
─ ¿Tan malos te quedaron los dos primeros que tuviste que repetir?
Juro que entonces no saqué conclusiones. Aún ni siquiera tenía muy claro por dónde le entraban las veces a Dorita. Pero no lo olvidé. Cuando el abuelo Pablo Vázquez decía cosas había que recordarlas por si se necesitaban en el futuro.
Y, pensando en lo Ligones, los Templones, los Donjuanes y Martí, he comprendido mejor al abuelo.
Martí no veía el amor como algo únicamente carnal y desechable una vez usado. No mentía para conquistar. No veía a la mujer como una mariposa que había que atrapar y luego abandonar. Mientras que el Don Juan siente compulsión irresistible a seducir, engañar y huir. El Don Juan es un esclavo de la cantidad. Es un adicto. Es desafiante. Es burlesco. Es desprecio a la mujer que, una vez conseguida, ha de abandonarse. Y quizás por eso, más que un Don Juan, como algunos quieren pintarlo, Martí fue un padecedor iterativo. Sobre tal detalle, Gonzalo de Quesada y Miranda apunta: <<Martí no fue ni nunca pudo ser el tipo del enamorado frívolo, del clásico Don Juan>>.
Y si acudimos a la parte exterior, no emocional del hecho, nos damos cuenta de que Martí no reunía las cualidades físicas del Don Juan típico. Tenía solo a su favor poseer el aura del rebelde heroico y la locuacidad suficiente para hechizar, pero, era chiquitico (apenas 5 pies y 46 centímetros, y unas 138 libras de peso), cabezón, patizambo, con las orejas tan separadas de la cabeza que asemejaba un SUV con las puertas abiertas, feas cicatrices de los grilletes en los tobillos y los párpados algo corroídos por la cal de las canteras. Y aunque el alma de la mujer es como el corazón con que Dios ve lo invisible, el refrán popular de “caballo grande ande o no ande” también juega su papel, y, según otra leyenda muy propia del imaginario popular cubano, Martí, lo único que tenía de equino no era visible a los ojos, y quizás por ahí le salía el agua al coco.
Por lo que les propongo que hagamos un recorrido ligero por los amores de Martí.
Según el propio Gonzalo de Quesada y Miranda, cuando Martí llega a esa edad en que el varón necesita amancebarse, y ello ocurre en la Zaragoza de 1870, tras la primera deportación que sufrió, se cuentan unas 14 aventurillas sin resultados. Pero que, en una de ellas, y en la cual ya el futuro apóstol juega en serio, han sido muchos los que dedujeron que con Blanca Montalvo se inició en el amor y en el sexo. <<Allí tuve un buen amigo, / allí quise a una mujer>>. El amigo era el joven pintor zaragozano Pablo Gonzalvo, y la mujer Blanca Montalvo.
Blanca Montalvo era la cuarta de una familia modesta de seis hermanos, de la que Martí, se enamora y, a pesar de la oposición paterna de la muchacha, la relación fue adelante y se veían a escondidas. Este fue, al parecer, el amor inaugural e inolvidable para el joven de 22 años que era el Martí de entonces, y por ello afirmará 20 años después: <<Amo la tierra florida, / musulmana o española, / donde rompió su corola / la poca flor de mi vida>>. Focalizo los dos últimos versos, porque esta confesión metafórica viene a corroborar la opinión de muchos de que, con Blanca Montalvo, Martí chocó con la bola por primera vez.

Todo indica que Martí nació para que el amor no le permitiera llegar a extra inings. El segundo gran juego, fue con la actriz mexicana Rosario de la Peña. Una mujer que sin ser escritora está ligada a la historia de las letras de su país en el Siglo XIX. A las tertulias en su casa asistía lo más granado de la intelectualidad de la época. Martí la conoció en 1875. Lo introdujo ante ella el médico y poeta Juan de Dios Peza.
Y ahí mismo el tipo se encalabernó de nuevo. Y volvió a chocar con el cinturón de castidad que aquella mujer interpuso a su pasión, y a la pasión de todos lo que quisieron quimbársela. ¿Sospechoso? Bueno. Habrá que averiguar sobre la sexualidad de la Charo.
No aceptó nunca a ninguno.

Rosario de la Peña y Llerena

La quisieron ligar Manuel Acuña, Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Altamirano, Justo Sierra, Manuel María Flórez, Juan de Dios Peza, y José Martí; y no fue hasta más de 50 años después, ya con 77 años de edad que Rosario confesó sus simpatías por Martí. Le respondió a un reportero:
─ ¿Cuál era el más simpático? ─ Preguntó el periodista.
─Pepe Martí, ¡Qué duda cabe! Era el Libertador un hombre agradable, en extremo insinuante y en los ojos traía todo el sol de su isla nativa.
Pero ya no se valía. Después que el Pepe había demostrado con su obra y con su vida que era un ser grandioso, todo el mundo lo halló simpático, atractivo y luminoso, pero antes de reventar tuvo pocas flores que comer,
Y hasta ahí las clases con la azteca sobre quien se conserva este escopetazo que el Pepe le metió a boca de jarro:
En ti pensaba, en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría,
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.
Ando yo por la tierra con los ojos
Alzados ─ ¡oh, mi afán! ─ a tanta altura
Que en ira altiva o míseros sonrojos
Encéndiolos la humana criatura.
Vivir, ─Saber morir; así me aqueja
Este infausto buscar, este bien fiero,
Y todo el Ser en mi alma se refleja,
¡Y buscando sin fe, de fe me muero!
(29 de marzo de 1875)
¿Después?
Después: María García Granado, de quien hace unos días les chismee todo cuanto le he arañado a la historia. Amor letal. Tragedia griega. Mariconá del destino.
Y a renglón seguido:
Carmen Zayas-Bazán.
<<Es tan bella mi Carmen, es tan bella>>. A grandes trancos sobre su belleza y su fealdad: Martí y Carmen se conocen en México. En febrero de 1875 se hacen novios. En diciembre de 1877 se casan. En enero de 1887 viajan a Guatemala. A los once meses de casados tienen a su hijo, José Francisco Martí y Zayas-Bazán. Por entonces viven en La Habana. Martí vuelve a conspirar y lo vuelven a deportar. Y ahí empieza la gran candanga. Parece hacerse realidad aquello de que “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor huye por la ventana”. Carmen le escribe:
<<Mucho más que tú tienen méritos esos hombres que lucharon y que hoy se rinden, no a un gobierno que combatieron sino a las necesidades de sus hijos no satisfechas… Sacrificar a todos y cantar purezas lejos del contagio, olvidando cuánto hay de más sagrado en la tierra, y más serio en la vida, ni es valor ni así se cumple con el deber>>.
¡Cómo para mandarla al carajo!
Sin embargo, viene Carmen a Nueva York. No hay arreglo entre ellos. Piensan distinto. Carmen no es la compañera que Martí necesita. La falta de comprensión, de amabas parte, hace que Carmen regrese a La Habana con Pepito, en marzo de 1885.
Carmen no volvió a Nueva York hasta mediados de 1891. Habían pasado seis años separados y ya era demasiado tarde para el matrimonio. Carmen Miyares estaba de pícher de relevo con las bolas de Martí.
Las amigas le contaron a Carmen Zayas-Bazán y la camagüeyana cogió un berrinche de Tínima y muy señor mío. A espaldas de Martí, y con la ayuda de Enrique Trujillo, se fue al consulado español para solicitar su regreso a La Habana. Lo que Martí consideró una traición.
<<Eva me ha sido traidora (la Zayas-Bazán) / Eva me consolará (la Mijares)>>. ─Aclaro aquí que Martí usa el nombre bíblico de Eva porque ambas se llaman Carmen y en el nombre de Eva resume al género, que, según él, es símbolo de pecado y consuelo a la vez)
Nunca más volvieron a verse la Zayas-Bazán y él, aunque se escribían periódicamente y Martí le siguió enviando regularmente una mesada.
Y así llegamos a la recta final del partido amoroso de Martí.
La santiaguera María del Carmen Miyares Peoli fue la mujer definitiva de aquella <<alma trémula y sola>> que llegó al noveno ining el 19 de mayo de 1895 con un relicario colgado al cuello donde guardaba amorosamente la imagen de María Mantilla, la hija que nunca reconoció, fruto de su doble play con Carmen Miyares, quien, al saber la noticia, escribió a su amiga Irene Pintó de Carrillo:
<<Figúrate que será de mi vida sin Martí, el afecto más grande de mi vida, toda la felicidad se ha ido con él: ya para mí el sol se eclipsó y viviré en eterna tiniebla. Martí se había fundido en nuestras almas de tal manera, que, a pesar de todas nuestras desgracias, éramos criaturas felices por el cariño tan grande y desinteresado que nos teníamos>>.
Martí no fue, no podía ser, un Don Juan.
Había demasiado amor, demasiada entereza y demasiado compromiso en él:
Yo sólo sé de amor. Tiemblo espantado
Cuando, como culebras, las pasiones
Del hombre envuelven tercas mi rodilla;
dejó escrito.

Wednesday, September 6, 2023

La bailarina española

Por Manuel Vázquez Portal

Ese título no existe en la obra poética de José Martí. Los versos que recrean las ondulaciones del cuerpo, los taconeos sobre el tablado de la soberbia gallega y la rosa en la provocadora boca de Agustina Otero Iglesias, sólo llevan sobre los octosílabos geniales un número diez a la manera romana, es decir, X.
Versos Sencillos, ese libro que el pueblo cubano recita de memoria desde la más temprana infancia y que parece una cédula de identidad, fue escrito ─diría el propio poeta─ <<como jugando>> y por ello se pregunta en su prólogo:
<<¿Por qué se publica esta sencillez, escrita como jugando, y no mis encrespados Versos Libres, mis endecasílabos hirsutos, nacidos de grandes miedos, o de grandes esperanzas, o de indómito amor a la libertad, o de amor doloroso a la hermosura>>.
Ninguno de los poemas que integra Versos Sencillos tiene título algunos, solamente los números.
Sin embargo, no es únicamente el X, el poema que ha sido arbitrariamente titulado; al número IX (nueve), se le llama, La niña de Guatemala; al XXXIX (treinta y nueve), Le dicen La Rosa Blanca, y otros más, como, Yo soy un hombre sincero, al número I (uno).
Pero no es sobre este delirio de renombrarle a Martí sus poemas que quisiera escribir sino sobre quién era esa bellísima bailarina gallega que el poeta se negó a aceptar que lo fuera y la calificara de <<divina>>.
Martí encontró a Agustina Otero Iglesias, quien más tarde se nombró Carolina Otero, pero que fue más conocida como La Bella Otero, una noche de invierno en un teatro de Nueva York donde ella actuó en más de una ocasión, y él pudo entrar porque, dice el poema, no estaba la bandera española.
El siglo XIX fue prolijo en cortesanas deslumbrantes ─lo que hoy llamaríamos en Cuba jineteras despampanantes. El París de por entonces, en particular, era la capital donde rutilaban las más hermosas, libres y osadas hembras de la Belle Epoque.
En la Ciudad Luz se codearon Cora Pearl, la fogosa pelirroja que convirtió la procacidad y el desparpajo en su santo y seña; la bellísima Liane De Pugy, quien vaciaba bolsas muy rentables por sólo dejarse ver mientras se bañaba y era masajeada por sus sirvientas; la aristocrática Cleo de Merode, quien arribó a Paris como bailarina de ballet clásico, y resultó una de las cortesanas más codiciadas de la ciudad; Emilianne de Alencon, una bisexual radiante que ─según la describen─ era dueña de perversidades como para competir con el Marqués de Sade.
Entre esa miríada de hermosuras que vivía de la más refinada prostitución y cuyos protectores eran los hombres más adinerados del orbe, comerciantes multimillonarios, afamados artistas, grandes políticos, príncipes y reyes, se encontraba una mujer por quien muchos hombres se suicidaron o se hicieron matar: Carolina Otero, La Bailarina Española.
Su nombre verdadero era Agustina Otero Iglesias, y había nacido el 4 de noviembre de 1868 en un pueblito pobrísimo de Pontevedra, España.
Hija de madre soltera y violada a los diez años, partió de la aldea con una compañía de cómicos portugueses que pasó por la localidad.
En Barcelona se hizo amante de un banquero que la promocionó como bailarina, y con él se fue a Marsella y después a París, donde, a los veinticuatro años, decidió cambiar su nombre, demasiado vulgar, por el de Carolina, y dio comienzo a su leyenda.
Carolina no solo se dedicaba a la danza, también podía actuar en el teatro y hasta cantar, al punto de que llegó a representar el protagónico de la ópera Carmen, de Bizet.
En la cúspide de su fama poseía su templo en el Folies Bergere de París. Visitó Nueva York, Europa, Argentina, Rusia y Cuba, entre otros países.
Como bailarina creó un estilo en el que se mezclaban el flamenco y el fandango con otras danzas exóticas, y danzaba envuelta en gasas transparentes bordadas con pedrería que insinuaban sus armoniosas formas.
Fue la primera artista española que logró fama internacional y a los treinta años amasaba una de las fortunas más importantes de su tiempo.


Cuentan que sirvió de inspiración a grandes artistas de su época ya que tenía medidas perfectas de busto, cintura y caderas; es decir, 97-53-92, y desplegaba una sensualidad de serpiente adiestrada.
Se dice que el célebre arquitecto francés Charles Delmas modeló las cúpulas del hotel Carlton, de Cannes, alucinado por la extraña forma de sus senos.
Hay quienes afirman que reunió un tesoro en joyas costosísimas, y uno de sus amantes, el Zar de Rusia Nicolás II, le entregaba en cada uno de sus encuentros una joya de la corona de su país, en tanto, un banquero alemán le obsequió un collar que había pertenecido a la reina María Antonieta.
Según el cotejo de algunas nóminas se ha llegado a la conclusión de que entre sus incontables amantes estuvieron Guillermo II de Alemania, Nicolás II de Rusia, Leopoldo de Bélgica, Alfonso III de España y el político Aristíde Brian, con quien Carolina sostuvo una relación hasta que él murió.
También fue amante de Cornelius Vanderbilt, uno de los más grandes multimillonarios norteamericanos de todos los tiempos y el poeta italiano Gabrielle D'Annunzio le escribía versos, y De Dion, célebre propietario de una firma automovilística, le regaló el último modelo de su coche.
Carolina envejeció, y la afición que siempre había sentido por los casinos devino patológica. Comenzó a vender todas sus propiedades hasta que se arruinó. Se dice que dejó sobre los tapetes rojos una fortuna de cuarenta millones de francos oro.
Terminó instalándose en una habitación alquilada en un edificio insignificante de Niza, donde apenas tenía los muebles indispensables para sobrevivir. Se dice que su familia gallega le ofreció ayuda, pero ella la rechazó.
Carolina Otero tuvo una larga vida, murió el 10 de abril de 1965.
A grandes saltos, y sin tener en cuenta cientos de relatos, y las propias memorias de la Bella Otero, aquí está la historia, vida y muerte de la mujer que deslumbró a José Martí, en una gélida noche neoyorkina, y que le arrancó uno de los más intensos poemas que se halle en su obra.

X
El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.

Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.

Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.

Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero!

Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.

Preludian, bajan la luz
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.

Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.

Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.

Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.

Súbito de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.

El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca:
Lentamente taconea.

Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...

Baila muy bien la española;
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca a su rincón
El alma trémula y sola!

Monday, September 4, 2023

La que no murió de amor

Por Manuel Vázquez Portal

Quien crea que María Cristina García Granados le arrancó a José Julián Martí y Pérez un solo poema, esta más perdido que el secreto que ella misma se llevó a la << bóveda helada>> de lo que verdaderamente ocurrió entre ellos.

María Cristina García Granados no murió de amor.
Parece ser que fue el choque de dos empecinados temperamentos atrapados en las normas morales de una época, y el resultado no pudo ser mas dramático. Ella se empecinó en no vivir sin él, y él lamentó profundamente no haber podido traicionar su palabra empeñada, romper con Carmen Zayas-Bazán y desbarrancarse delirio abajo con María García Granados.
María Cristina lo quiso gobernar. Y él le dijo que no, qué no. Y el destino les pasó la cuenta a ambos. Porque el destino sí que no anda creyendo en empecinamientos, torceduras, caprichos y rejuegos: es inexorable, y una vez dictado no hay Layo de Tebas que no muera a manos de Edipo.
─Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme.
Dijo ella.
─Nunca más he vuelto a ver a la que murió de amor.
Se lamentó luego él.
Lo ocurrido con ella, indica que se suicidó.
Lo ocurrido con él, indica que, 17 años y 9 días después, se suicidó también.
Ella se adentró en el río, emperradisima, y murió el 10 de mayo de 1878.
Él se adentró en Dos Ríos, encojonadísimo, y murió el 19 de mayo de 1895.
Mayo fue para ellos el mes más cruel.
¿Razones de ella?
Desde concepción romántica de la honra, hasta perreta adolescente de joven consentida (sobradamente se sabe que procedía de una familia con fortuna y poder como para complacerle todos sus caprichos; no por casualidad, la llevaron en andas obispos y embajadores), por no conseguir lo que quería.
¿Razones de él?
Aberrado sentido del honor. Complejo de no participación. Le pidieron más que Abdala y el soneto 10 de octubre que escribió con apenas 16 años. Machismo cubano a pulso. ¿Quién cojones les dijo a Máximo Gómez y a Antonio Maceo que él era discursos nada más y que no tenía cojones para fajarse a tiros por sus ideas? Y ahí estuvo, cayendo de cara al sol, para demostarlo.
Pero mirémoslo con calma.
Primero lo supuestamente fáctico, según testigos de la época.
Luego, lo contra fáctico, lo especulativo, según la visión de nuestra época.
Versiones del tiempo de los hechos señalan que María padecía, como Margarita Gautier ─la dama de las camelias─ de tuberculosis, y no era esta, por entonces, sin vacuna y sin penicilina aún, una enfermedad que permitiera adentrarse en las aguas frías de un río: (Se entró de tarde en el río / La sacó muerta el doctor)
Un poema anterior al IX (La niña de Guatemala) de Versos Sencillos, hace sospechar que José Martí conocía el padecimiento de la joven ─según algunos datos, era una herencia familiar─ y lo escribió para consolarla y halagarla.
<<Terrestre enfermo, que a sus solas llora
El furor de los hombres, la extrañeza
De su comercio brusco, y su odiadora
Feral naturaleza,─
Siento una luz que me parece estrella,
Oigo una voz que suena a melodía,
Y alzarse miro a una gentil doncella,
Tan púdica, tan bella
Que se llama─¡María!>>.
Ello ocurre por los meses finales de 1877, poco antes de que Martí partiera para México, donde el 20 de diciembre se casaría con Carmen Zayas Bazán, y el poema IX de Versos Sencillos ─conocido como La Niña de Guatemala─ se publicó muchos años después, en 1891, y había sido escrito mientras el propio Martí se recuperaba de su flaca salud en una zona rural cerca de New York, quizás trabando ya amistad con la pelona.
El 26 de marzo de 1877 había arribado Martí a Guatemala, procedente de México. Porfirio Díaz había establecido una dictadura militar, y ello, provocó que Martí abandonara la tierra azteca. 

<< ¿Del tirano? Del tirano / Di todo, ¡di más!>>.

El poeta y prócer cubano conocería a María Cristina García Granados en La Academia de Niñas de Centro América, cuando fue invitado a impartir lecciones de redacción y composición. Él la descubrió disfrazada de dama egipcia en una fiesta del colegio y quedó fascinado con la visión.
María era hija del general Miguel García Granados, un patriota guatemalteco que había sido presidente del país y contaba con una ilustre y numerosa familia.
Miguel García Granados


El patriota y pedagogo cubano, José María Izaguirre, uno de los insignes bayameses que se uniera a Carlos Manuel de Céspedes, exiliado en Guatemala, tras diez años de guerra que concluyeran con El pacto del Zanjón, (tras el cual el mismísimo General Antonio Maceo, tumbó la mula para Santo Domingo), y donde el gobierno de José Rufino Barrios le dio oportunidad de instruir a la juventud, fue quien presentó al joven José Martí a la sociedad guatemalteca, entre la que se distinguía la familia García Granados.
Es el propio José María Izaguirre quien, para que hoy tengamos una idea de cómo lucía María Cristina García Granados, nos la describió con detalles precisos y lenguaje elegante:
<<Entre las hijas del General había una llamada María, que se distinguía de sus hermanas como la rosa se distingue de las otras flores. Era alta, esbelta y airosa: su cabello negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos profundamente negros y melancólicos, velados por pestañas largas y crespas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por el teclado sabía sacar de él notas que parecían salir de su alma y que pasaban a impresionar el alma de sus oyentes>>
El retrato lo completa, muchos años después, la descendiente de José Joaquín Palma, Ana Eugenia Cintrón Palma, quien afirmara en una entrevista:
<<María Cristina era una mujer independiente, interesada en las letras, una mujer inquieta, con una personalidad carismática, sin ser bella, era muy atractiva, con un pelo ondulado, castaño oscuro largo (Nótese cierta contradicción entre esta descripción y la de José María Izaguirre), ojos muy lindos y con personalidad extrovertida>>.
Para cuando José Martí escribió Versos Sencillos, ya su matrimonio con Carmen Zayas Bazán andaba a tropezones y quizás aquel amor de juventud frustrado por la palabra empeñada, vino a su memoria con los matices de la idealización: <<Era su frente ¡la frente / Que más he amado en mi vida!>>
Carmen Zayas Bazán



Sin embargo, el requiebro escrito por María Cristina García Granados, casi una semana después de que él regresara de México, ya junto a Carmen, sobre quien Martí escribiría: <<Es tan bella mi Carmen, es tan bella /que si el cielo la atmósfera vacía /dejase, de su luz dice una estrella / que en el alma de Carmen la hallaría.>> parece desdecir lo afirmado por Martí, dice María en su esquela:
<<Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán. Te suplico que vengas pronto, Tu niña.>>
Lo cual hace evidente que Martí fue un <<hombre sincero>>, que no le embarajó el tiro a la María. Y si la pasó o no por la piedra, fue sin engaños.
Es entonces José María Izaguirre quien viene a explicarnos, como testigo presencial, lo que realmente sucedía.
Asegura Izaguirre que María:
<<Tenía veinte años de edad, y hasta entonces había permanecido insensible a los tiros del amor. Su familia era su encanto y a ella consagraba los tiernos afectos de su corazón. Sin embargo, desde que Martí frecuentaba la casa, se notó en ella cierta tristeza que nadie se explicaba, así como el silencio en que se encerraba delante de él. Era evidente que algo pasaba en su interior; pero ese algo nadie se lo explicaba y quizás ella misma ignoraba la causa de lo que le pasaba>>.
También, Ana Eugenia Cintrón Palma, novelista, guatemalteca y tataranieta del poeta y prócer cubano José Joaquín Palma, explica:
<<No creo que pasara de lo platónico. Ella sabía desde un principio que él estaba comprometido en México y que se tendría que ir a casar. Pero aun así en sus anhelos de adolescente desarrolla por él un amor platónico muy profundo. Todos los relatos coinciden con que ella le producía a él una ternura inmensa, porque sabía que era un amor imposible, que era una niña a la que él no podía comprometer>>.
Y continúa Izaguirre:
José María Izaguirre


<<Lo que sí sabía ella era que cuando veía a Martí experimentaba un deleite supremo y que cuando él estaba ausente su tristeza aumentaba, su ansiedad de verlo era mayor y no cesaban estos tormentos hasta que él se hallaba de nuevo en su presencia>>.
Y aquí lo especulativo.
¿Le alcanzaron realmente a María Cristina las coyundas morales de la época para contrarrestar el empuje brutal, natural, y animal de sus hormonas desagüacatadas?
Solo ella nos lo podría responder. Y se fue con el secreto.
¿La extroversión, la información cultural y la tendencia a ser independiente, le sujetaron suficientemente las pantaletas frente a un seductor de alto calibre como era Martí?
Solo ella y él lo supieron.
¿Se adentra en las frías aguas de la tarde por simple rabieta de muchacha despechada, por soberbia, o con el fin de limpiar la honra que imponía una época donde el himen, más que una membranita insignificante, era el sello de garantía de la decencia y la compostura, al mismo tiempo que un estrecho cepo donde la mujer tenía que aprisionar sus instintos naturales?
Especulaciones van. Especulaciones vienen.
Y de que Martí hizo esfuerzos harto lisonjeros para impresionarla, dan cuenta estos otros versos que escribió poco después de conocerla vestida de dama egipcia en La Academia de Niñas de Centro América, muchos años antes de los Versos Sencillos:
Si en la fiesta teatral —corrido el velo—
Desciende la revuelta escalinata,
Su pie semeja cisne pequeñuelo
Que el seno muestra de luciente plata.
[…]
Quisiera el bardo, cuando al sol la mece,
Colgarle al cuello esclavo los amores;
¡Si se yergue de súbito, parece
¡Oh! Cada vez que a la mujer hermosa
Con fraternal amor habla el proscripto,
Duerme soñando en la palmera airosa,
Novia del Sol en el ardiente Egipto.
Amo el bello desorden, muy más bello
Desde que tú, la espléndida María,
Tendiste en tus espaldas el cabello,
¡Como una palma al destocarse haría!
Desempolvo el laúd, beso tu mano
Y a ti va alegre mi canción de hermano.
¡Cuán otro el canto fuera
Si en hebras de tu trenza se tañera!
El flechazo, para decirlo de manera cursi, fue mutuo y fulminante. Si ella logró sobreponerse al furor de sus hormonas, Martí tuvo que pujar contra sus alegres gónadas para respetarle la integridad, y eso seguirá siendo un enigma para el que la historia no nos da otras pistas para desentrañarlo.
También para los que de modo abyecto, retorcido, piensan que Martí se aprovechó de la intensa pasión que María Cristina García Granados sentía por él, el propio Izaguirre aclara:
<<Este sentimiento, desconocido para ella, fue creciendo de día en día hasta tomar los caracteres de una verdadera pasión, y aunque ella lo disimulaba por el recato propio de una joven educada en el amor a la honra, bien comprendió Martí lo que le pasaba. Caballero, ante todo, y ligado por igual sentimiento a otra mujer a quien había jurado ser su esposo, se abstuvo de fomentar con sus galanterías o con demostraciones de afecto aquella pasión que parecía próxima a tomar las proporciones de un incendio. Su papel se limitó desde entonces a tratarla simplemente como amigo, y fue separándose poco a poco para que María comprendiese que no debía entregarse al sentimiento que la dominaba, pues por más que él reconociese sus merecimientos, como los reconocía, y que simpatizase con ella, no podría corresponder a su pasión>>.
Sin embargo, la pasión, el amor desenfrenado, devino ceguera, y ante la imposibilidad de consumación tomó los rasgos del suicidio romántico y, olvidando los cuidados que debía mantener para con su enfermedad, María arrancó, muchos años después, el hondo lamento del poeta:
¡Nunca más he vuelto a ver / A la que murió de amor!
IX
Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.

Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

Ella, Por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
El volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.

Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en la vida!

Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos;
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!