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Thursday, October 31, 2024

LA ÉPOCA QUE QUISIERON BORRAR (Una conversación conmigo mismo)

 

Discurso de investidura del Dr. Aurelio de la Vega a la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp., el sábado 19 de mayo de 2018, East Los Angeles Public Library, Los Angeles, Ca. Transcripción de Octavio de la Suarée, con el propósito de dar a conocer a la juventud cubana la verdadera historia de la denigrada República de Cuba (1902-1958) por la perversa tergiversación castrista del registro histórico. 

 
Desde hace algún tiempo, una parte de mí, desdoblada, me pregunta con insistencia sobre hechos musicales que ocurrieron en Cuba en la primera mitad del pasado siglo, época en que la República cubana nació (1902) y murió (1959). Este otro “ýo” reitera la idea de que la memoria no debe jugarnos jugarretas, y que las vivencias de aquellos tiempos tienen que mantenerse vivas y presentes. Como estoy de acuerdo con ese “otro yo”, converso hoy con él, objetivizado cuando lo coloco en el papel de entrevistador -que de pronto considero ajeno, con interés inquisidor-, y lo elevo a la categoría de extraño amable, que entra en mi estudio de visita y me insta a revivir cosas que fueron muy reales e interesantes. Llamemos al “otro” Interlocutor, afirmando que sabe mucho sobre la historia de la que fui protagonista, y que pregunta tanto porque quiere aclarar aspectos musicales de la República cubana.

Esta conversación comienza una tarde de invierno en Northridge, y concluye un día después, al crepúsculo, sentados ambos – el interlocutor y yo- en los farallones de Pacific Palisades, que miran al Océano Pacífico con la misma persistencia con que lo hacían al menos desde 1947, en que por vez primera supe de esta relación tierra del oeste norteamericano-océano. En suelo estadounidense, fueron testigos de muchas visitas de aquel primer grupo de refugiados europeos que, huyendo de la Segunda Gran Guerra, se habían acomodado en Santa Mónica, California, a partir de 1938, y que por años incluyó a Arnold Schoenberg y a Thomas Mann, a Ernest Bloch y a Bertold Brecht, a Richard Neutra y a Ernst Toch, a Hanns Eisler y a Lion Feuchtwanger, a Bruno Walter y a Jascha Heifetz, A Franz Werfel y a Alma María Mahler. Algunos se quedaron hasta la muerte por estos lares (como fue el caso de Heinrich Mann, hermano mayor de Thomas, y el de Schoenberg), y en tardes, mañanas y domingos se sentaban en los bancos de esos mismos acantilados que yo, nuevo refugiado, empecé a conocer de pura visita hace setenta y un años y que ahora revisito con permanencias. Allá lejos queda Cuba, a la cual no he regresado por cerca de seis décadas, pese a mi amor por ella, porque a unos vengativos envidiosos, vestidos de redentores y repletos de ansias de poder, se les ocurrió cambiarla, acusarla y llevarla a una destrucción ético-física casi total que, sin guerra ni bombardeos, la empujó a un bajo escaño del Tercer Mundo.

Interlocutor: Desde que Cuba fue proclamada como territorio marxista-leninista la maquinaria gubernamental cubana, que sin elecciones libres y honestas se ha mantenido en el poder por cincuenta y nueve años, insiste en afirmar que en la Cuba republicana, anterior al poderío total del castrismo, la cultura era casi inexistente, el pueblo, humillado y desamparado, no tenía acceso a la educación superior, la clase media era reducidísima, la medicina era pobrísima y primitiva, y la subyugación política de la Isla al imperialismo estadounidense sumía a la nación en una inercia total. Se multiplican otras muchas más falsedades, hoy repetidas ad infinitum por “las cotorras liberales” del planeta y por “los tontos útiles”, que tanto proliferan y quienes contribuyen a crear un grueso diccionario de mentiras y distorsiones. Ambas – mentiras y distorsiones- pueden ser desmontadas y destruidas fácilmente por cualquier mente no comprometida y objetiva, con solo leer toda clase de estadísticas publicadas por instituciones mundiales socioeconómicas e historiográficas. Como tú eres compositor, hacedor de música clásica específicamente, que ocupaste importantes posiciones musicales y educativas en la Cuba-BC, y que fuiste parte, en las décadas de los 40 y 50, del desarrollo de esa música de arte cubana (que por esa época comenzaba a tomar auge, marcando con su presencia un tiempo de gran efervescencia artístico cultural), ¿qué grado de evolución y madurez había alcanzado ese tipo de música que tú representas durante el período republicano cubano?

Aurelio de la Vega: Ya hemos dicho muchas veces que el gran florecimiento de la música popular cubana, que explota por vez primera en la escena internacional en la década de los 20, eclipsa rápidamente la percepción de una música clásica cubana que en el siglo XIX había producido a un Manuel Saumell, a un Ignacio Cervantes, a un Gaspar Villate, o a un José Manuel (“Lico”) Jiménez. Solo Guillermo Tomás, en las primeras décadas del siglo, había tratado de expandir al terreno sinfónico de gran formato la música pianística del siglo XIX, que era el principal modo de expresión de la incipiente música cubana clásica. Enseguida, Eduardo Sánchez de Fuentes trata de continuar la tradición lírico-dramática de Villate y de José Mauri, y durante las primeras décadas de la República escribe varias óperas. Es la época en que Ernesto Lecuona compone sus más conocidas piezas pianísticas y sus zarzuelas, antes de sucumbir, en los 49 y 50, a la atracción comercial (de Broadway a Hollywood) que abarató su música. Habrá que esperar a la aparición de la figura importantísima de Amadeo Roldán para enfrentarnos al primer compositor relevante cubano de música clásica que se viste de contemporaneidad. Enseguida se suceden Alejandro García Caturla y José Ardévol -el catalán que llega a Cuba y funda el Grupo de Renovación Musical, primer intento orgánico por establecer una verdadera escuela de compositores cubanos de música clásica, que de Harold Gramatges a Edgardo Martín, de Serafín Pro a Gisela Hernández, de Argeliers León a Virginia Fleites, de Hilario González a Julián Orbón, llenan con sus creaciones dos décadas de producción. Pronto Orbón abandona el Grupo de Renovación y comienza su fecunda carrera de importante compositor que se nutre de Cuba y de España, y une el son al Canto Georgiano, y la tonadilla a los ritmos africanos. Fuera de esta órbita neoclásica primero y más tarde nacionalista, de corte tonal, cuyos dioses tutelares eran Stravinsky, Falla, Bartók y García Caturla, aparezco yo con mis deseos de universalizar la música cubana. Para ello adopto primero un pan-tonalismo cromático, que pronto desemboca en el primer atonalismo que nace en suelo cubano, para pasar enseguida a las primeras obras dodecafónicas creadas por un hijo de Cuba. Mis dioses no eran franceses, ni españoles, ni italianos, sino alemanes. Con esto vienen formas complejas, grandes estructuras, poco interés en lo natamente vernáculo. Esta doble proyección de lo que es la música clásica cubana de las dos últimas décadas de la República -nacionalismo neotonal versus universalismo atonal- crea una fascinante, activísima y contrastante atmósfera musical que en lo creativo produce múltiples y varias obras. Son también los tiempos en que Alfredo Diez Nieto, Paul Csonka (un vienés que se radica en Cuba a partir de los años iniciales de la Segunda Guerra Mundial), Carlo Borbolla, Natalio Galán y Félix Guerrero producen sus composiciones independientemente del Grupo de Renovación.

Principalmente, la década de los 50 es concretamente un tiempo musical jugoso, intenso, fructífero, y más transcendental que cualquier otro momento antecedente o subsiguiente. Son años en que la música clásica cubana entra en contacto con el gran público a través de innumerables conciertos (de las presentaciones de la Orquesta Filarmónica de La Habana a las veladas de la Sociedad de Conciertos y de la Sociedad de Música de Cámara de Cuba) y, asimismo, de transmisiones radiales. Ahora sí hay música cubana clásica de envergadura (de piezas sinfónicas a obras de cámara sólidas, de ballets a óperas), y aunque también se componen obras para piano se va más allá de danzas, de piezas características descriptivas, de música amable de salón, y se escriben sonatas, suites, preludios y variaciones. Si observamos de nuevo la década del 50 -postrimerías de la República- podemos anotar varias obras importantes: las Tres Versiones Sinfónicas y el Concerto Grosso de Julián Orbón, los Tres Preludios a modo de Tocata y la Sinfonietta para orquesta de cuerdas de Harold Gramatges, las Fugas para cuerdas y las Soneras de Edgardo Martín, el Cuarteto de Cuerdas No. 3 de José Ardévol, y mi Introducción y Episodio, para una orquesta enorme, y mi dodecafónico Cuarteto de Cuerdas en Cinco Movimientos (In Memoriam Alban Berg).


Los conciertos con obras mías y de mis colegas se sucedían rápidamente, y hay numerosos estrenos que proclaman toda clase de estilos y de personalidades creativas. La Habana bulle con acelerada actividad musical. La música clásica cubana, que comienza a ser reconocida más allá de las fronteras nacionales, obtiene su mayoría de edad.

Interlocutor: Se proclama por las autoridades cubanas que el número de orquestas sinfónicas, tras el triunfo de la Revolución Castrista, se elevó rápidamente a través de la Isla, y que la educación musical profesional alcanzó metas muy superiores a la instrucción que se impartía durante la era republicana. ¿Qué me dices sobre esto?

Aurelio de la Vega: Como toda propaganda que emana continuamente, a modo de bombardeo justificativo, de todo estado totalitario, la verdad es a medias, y está muy teñida de proselitismo. Puede afirmarse que el número de orquestas sinfónicas se elevó considerablemente. Lo que no se dice es que el nivel técnico interpretativo de las mismas era, y es, inferiorísimo al que alcanzó durante los 40 y los 50 la antigua Orquesta Filarmónica de La Habana, que llegó a ser una de las tres mejores de toda América Latina y que alcanzó norteamericanos de segunda línea, comparándose con (y hasta superando a) orquestas como las de New Orleans, San Francisco, Seattle, Denver, Indianápolis, Phoenix, Dallas y Houston (por aquella época, antes de llegar a ser conjuntos de primer orden), Tulsa, Cincinnati, Atlanta o Miami, por nombrar unas cuantas. La calidad de los grupos de cámara en la Cuba actual es también muy desigual, y si bien el Cuarteto de La Habana es, sin lugar a dudas, un grupo excelente, otros conjuntos de cámara no son de igual calidad. Lo que siempre hay que recordar es que el mundo musical occidental de libre mercado (véase el caso de España) ha avanzado en todos los órdenes, de lo económico a lo artístico, con el decursar de los años. No se puede especular con total certeza lo que hubiese logrado una continuada Cuba republicana en el terreno de la música clásica, por ejemplo, medio siglo más tarde. Lo que sí es muy importante es pasar revista a lo que existió en la Isla hace ya más de siete décadas.

Si bien es cierto que la actividad de La Habana era mil veces superior a la que tenía lugar en el resto de la Isla, no hay por ello que negar que la capital llegó a ser, en las últimas dos décadas republicanas, una de las ciudades más deslumbrantes de las Américas en lo tocante a música, bien fuese popular o clásica. Como esta última es la que nos concierne en este curioso diálogo, enfrentémonos con los datos históricos reales.

En lo tocante a los conjuntos musicales de música clásica que operaban en la Cuba republicana, apuntemos que siempre hablamos de las décadas del 40 y del 50, con incursiones a los últimos años de los 30, porque es en esa época que la Isla avanza rápidamente desde un punto de vista musical. De 1902 a 1918, año éste en que se funda en La Habana la magnífica y prestigiosa Sociedad Pro-Arte Musical pueden apuntarse los esfuerzos ingentes que realizó la Banda Municipal de la capital, dirigida por Guillermo Tomás, el verdadero pionero de la música sinfónica cubana. Tomás y su banda tocaron por primera vez en Cuba música de Wagner, de Max Reger y de Richard Strauss, en transcripciones laboriosas que realizaba Tomás como tarea de amor. Tomás compuso, asimismo, poemas sinfónicos de corte alemán que fueron las verdaderas primeras obras sinfónicas cubanas, tras la única Sinfonía de Ignacio Cervantes. No hay que olvidar que ya en la décadas de los 10 y de los 20 se hacía ópera en La Habana con buen nivel artístico, y nada más y nada menos que Enrico Caruso fue persuadido, tras una oferta monetaria gigantesca para su época, proveniente en su totalidad de la vilipendiada burguesía habanera, para que cantase en la capital.

Primero hablemos de Pro-Arte Musical. Esta increíble sociedad, fundada por María Teresa Giberga y dirigida por ella y por mujeres cubanísimas que la ayudaron y prosiguieron luego su labor inicial -mujeres cubanas que también establecieron más tarde la Sociedad de Conciertos, la Sociedad de Música de Cámara de Cuba, la Coral de La Habana, el Lyceum (y Lawn Tennis Club), y Pro-Arte Musical de Santiago de Cuba-, se convirtió en las décadas de los 30, 40 y 50 en una entidad ejemplar que capeando toda clase de altibajos socio-económico-políticos, trajo a La Habana lo más notable del mundo musical internacional -de Rubinstein a Horowitz, de Heifetz a Isaac Stern, de Gigli a Mario del Mónaco, de Rosa Ponselle a Helen Traubel, de Milstein a Platigorsky, pasando por temporadas de ópera, por la presentación de la Orquesta Sinfónica de Filadelfia, con Eugene Ormandy a la cabeza, y de los Ballet Rusos de Montecarlo, con Leonid Massine y Michel Fokine bailando y diseñando coreografía. Pro-Arte tenía socios que asistían a un promedio de tres conciertos mensuales (abonos de tarde y noche) mediante el pago de una irrisoria cuota, y lo más asombroso de todo es que construyó su propio y elegante edificio en la esquina de Calzada y D, en el Vedado. Este local dignísimo tenía la mejor sala de conciertos de Cuba, el famoso Auditorium, que tanto recordarían cantantes, instrumentalistas y directores de orquesta, famosos todos, como uno de los templos musicales más acogedores y significativos de las Américas. Además del Auditorium, el edificio de Pro-Arte Musical contenía una hermosa biblioteca que poseía una de las colecciones más completas de partituras de ópera de todo el continente americano, y una sala de conferencias y salón de actos en donde el Grupo de Renovación Musical dio conciertos y yo pronuncié, en 1946, una conferencia sobre Schoenberg y la Segunda Escuela Vienesa. Para coronar su lista de aportaciones, Pro-Arte Musical creó una Escuela de Ballet que se hizo pronto famosa, donde se forjaron Alicia Alonso (neé Martínez) -vocera luego del régimen castrista-, Fernando Alonso y Alberto Alonso. Este último salió de Cuba poco después del triunfo de la revolución marxista, y vivió y actuó en Puerto Rico hasta su muerte prematura. Esta Escuela de Ballet de Pro-Arte, luego Ballet Alicia Alonso y posteriormente Ballet Nacional de Cuba, ocupó un edificio adyacente al del Auditorium, que era una amplia casona en Calzada adquirida por Pro-Arte a fines de los 40. De esa Escuela, dirigida por excelentes profesores rusos, salieron muchos de los mejores bailarines de ballet que ha dado Cuba. Pro-Arte Musical presentó a numerosos cantantes e instrumentalistas cubanos, de Ángel Reyes (violinista) a Ivette Hernández (pianista), de María Teresa Sardiñas (soprano) a Jorge Bolet (uno de los grandes pianistas del siglo XX). Tanto Bolet como Hernández fueron en sus años tempranos becados por Pro-Arte para realizar estudios en los Estados Unidos. Pro-Arte presentó, además, el estreno de los ballets Forma, de José Ardévol (sobre un libreto de Lezama Lima) e Ícaro, de Harold Gramatges, así como la ópera S.O.S. de Csonka. El Auditorium, y todo el interior del edificio de Pro-Arte Musical, fue consumido por un fuego misterioso en los primeros tiempos del castrismo. La hermosa biblioteca desapareció para siempre, a la par del teatro. El gobierno marxista cubano, que había bautizado al Auditorium con el nombre de Teatro Amadeo Roldán ( y lo vendía así, como erigido por la revolución, a los “socialistas del Este” y a los norteamericanos, por lo general jóvenes de ojos asombrados que lograban burlar las leyes existentes y visitaban la Isla), tardó muchos años en reconstruirlo. El escenario quedó reducido, y el exterior es ahora una muestra del mejor arte arquitectónico soviético: cuadradito, desprovisto de belleza, estéril y soberanamente anti imaginativo.

Aparte de Pro-Arte Musical, la Sociedad de Conciertos, fundada en La Habana por Rosa Rivacoba de Marcos, y que realizaba sus actividades en el Lyceum del Vedado, ofrecía conciertos numerosos, presentando principalmente instrumentalistas y cantantes nacionales, y en sus temporadas se estrenaron varias obras de compositores cubanos de música clásica (incluyendo mi Trío para Violín, Cello y Piano de 1949). La Sociedad de Conciertos llegó a tener su propio Cuarteto de Cuerdas, que alcanzó un excelente nivel profesional. A la par de la Sociedad de Concierto, también desarrollaba en el Lyceum sus actividades la Sociedad de Música de Cámara de Cuba, cuyo principal promotor, el violinista Carlos Agostini (quien falleció en el Canadá hace años), también había fundado el Cuarteto de Cuerdas de esta Sociedad.

¿Y qué decir del Lyceum de La Habana, institución creada y dirigida por entusiastas y valiosísimas mujeres cubanas que bajo la égida de Elena Mederos habían concebido esta maravillosa asociación? El Lyceum contaba en las últimas décadas de la República con un atractivo edificio propio, situado en la esquina de Calzada y Ocho, en el Vedado, y poseía una biblioteca de gran uso público, una íntima y agradable sala de conciertos y una sala de exposiciones, donde aquella pléyade espléndida de pintores cubanos, que en las décadas del 40 y 50 dieron a Cuba, por vez primera, un perfil pictórico internacional, colgaron sus cuadros estupendos. Allí expusieron, entre otros, Mario Carreño, René Portocarrero, Carlos Enríquez, Eduardo Abela, Wilfredo Lam, Amelia Peláez, Cundo Bermúdez, Mariano Rodríguez, Víctor Manuel, Luis Martínez Pedro, Hugo Consuegra y Daniel Serra Badué.

También estaba activa la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, dirigida por el compositor Harold Gramatges, que más allá de su secreta agenda comunista, ofreció excelentes conciertos en la década de los 50. Finalmente, hay que señalar la existencia del magnífico Coro Polifónico Nacional, bajo la tutela de Serafín Pro, uno de los compositores que fundaron con Ardévol el ya mencionado Grupo de Renovación Musical.

El Lyceum, Pro-Arte Musical y la Sociedad de Conciertos, entre otras, eran instituciones -repetimos una vez más- timoneadas por mujeres de la comunidad habanera, de burguesas a intelectuales, de profesionales a educadoras, de ricas a representantes de la clase media, de mayores de edad a jóvenes entusiastas. Todas muy independientes todas desmanteladoras de otro mito ‘revolucionario’ que asegura al mundo que la mujer cubana solo se liberó al triunfo del castrismo (!). Algún día, también se escribirá pausadamente sobre estas mujeres republicanas que tanto hicieron por la cultura de Cuba.

Interlocutor: Sí. Todo esto es muy bonito y loable, pero ¿qué me dices, insisto, acerca de las orquestas al servicio de la música clásica y qué me explicas con respecto a la enseñanza musical?

Aurelio de la Vega: Tomemos primero el caso de la enseñanza de líneas y bolitas. En la Cuba republicana existían cientos de conservatorios esparcidos por toda la Isla. Con la excepción notable del Conservatorio Municipal de Música de La Habana, fundado por Roldán, donde sí se impartía una instrucción musical intensa, orgánica y cabal, y donde se enseñaban todos los instrumentos y se oían conciertos interpretados por sus grupos instrumentales y vocales, es cierto que muchos conservatorios de la era republicana, que graduaban alumnos como fábricas activísimas de embutidos, dejaban mucho que desear. Dentro de esa serie grande de conservatorios que solo enseñaban pobremente piano, teoría y solfeo, podían detectarse, sin embargo, algunas instituciones más serias: los Conservatorios Orbón, Falcón, Ada Iglesias, Peyrellade y Hubert de Blanck, con distintos niveles de efectividad, que incluían en sus planes de estudio Historia de la Música, Armonía, un poco de Contrapunto y de Orquestación y que, en el caso de Ada Iglesias, que yo recuerde, hasta Estética de la Música. El hecho de que posteriormente las escuelas de música creadas por la revolución marxista hayan llevado la enseñanza musical a planos más técnicos y desarrollados, no excluye la parte mejor de la acción de los conservatorios republicanos, los cuales abonaron el terreno para que muchos cubanos se lanzaran a proseguir estudios fuera de Cuba con una noción más o menos sólida de los juegos y misterios del arte musical. No hay que olvidar que en el Conservatorio Musical de Música de La Habana -institución establecida en plena República-, impartían clases casi todos los compositores del Grupo de Renovación, quienes luego, quedados en Cuba después tras la revolución castrista, vinieron a fundamentar y dirigir la enseñanza musical en Cuba a partir de 1959. Debe mencionarse, asimismo, que en los 50, las Universidades de La Habana y de Las Villas mantenían Escuelas de Verano dentro de las cuales se insertaron cursos de Apreciación Musical.

Capítulo aparte merece el establecimiento de la Sección de Música de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, que fue fundada por mí en 1953, por encomienda de la propia Universidad, y que funcionaba dentro de la Facultad de Filosofía. Era la primera escuela de música a nivel universitario que se inauguraba en Cuba y la segunda de toda América Latina, habiéndose establecido la de la Universidad de Tucumán, Argentina, en 1947. Esta escuela de música de la Universidad de Oriente creó una Licenciatura (4 años) y una Maestría (2 años adicionales). Los planes para un Doctorado fueron esbozados. Se contrataron profesores especializados de primera línea y, antes de yo abandonar definitivamente la tierra natal, graduamos el primer contingente de alumnos que cursaron la Licenciatura en Música. Posteriormente a 1959, en el afán antihistórico del castrismo, se borró mi existencia del ámbito musical de Cuba, y mi nombre desapareció como fundador de esta escuela universitaria de música, para ser emplazado por el de dos de losa profesores que yo había traído a la Universidad. Mi ostracismo biográfico se unió al de otros que dentro del campo de la música clásica cubana habían contribuido en la era republicana al desarrollo de la misma -de Julián Orbón a Alberto Bolet; de las damas de Pro-Arte Musical, de la Sociedad de Conciertos y del Lyceum, a los mecenas de la Orquesta Filarmónica.

Ahora hablemos de las orquestas. En La Habana existieron desde la década de los 30 dos orquestas activas: la Sinfónica, fundada y dirigida por Gonzalo Roig, que tocaba mucha música de este compositor y de Lecuona - y que acompañó en algunas ocasiones al montaje de óperas del repertorio italiano-, y la Filarmónica, fundada y dirigida por Amadeo Roldán y por el director de orquesta español Pedro Sanjuán, la cual pronto se convirtió en conjunto altamente profesional y a través de la cual La Habana escuchó por vez primera mucha música contemporánea internacional, de Stravinsky a Bartók, de Hindemith al propio Roldán, de Prokofieff a García Caturla. En la década de los 40 la Orquesta Filarmónica cayo providencialmente en manos del famosísimo director de orquesta alemán Erich Kleiber, alejado del teatro musical europeo a causa de la horrísona Segunda Guerra Mundial. Kleiber transformó radicalmente la Orquesta, y en seis años la convirtió en un aparato sinfónico notable, capaz de llegar a interpretar muy bien el difícil laberinto atonal de Wozzeck de Alban Berg. Por esta época, la Orquesta estaba financiada en su casi totalidad por el mecenas cubano Agustín Batista, prominente y acaudalado hombre de negocios que le permitió a Cuba tener su primer y activísimo gran conjunto sinfónico. La Filarmónica pasó luego a ser dirigida por la flor y nata de los más prominentes directores de orquesta del mundo: Bruno Walter, Arthur Rodzinski, Manuel Rosenthal, Herbert Von Karajan, Efrem Kurtz, Erich Leinsdorff, William Steinberg, Serge Koussevitzky, Sir Thomas Beecham, Juan José Castro, Charles Münch, Pierre Monteux y Sergiu Celibidache, entre otros. Incidentalmente, la Filarmónica, en los 50, tocó música de Ardévol y de los cubanos Edgardo Martí n, Pablo Ruiz Castellanos y Gilberto Valdés. Hay que apuntar que la orquesta ofrecía conciertos populares a medianoche en el Teatro Nacional (antes Teatro del Centro Gallego) al precio de 50 centavos la entrada, platea y palcos incluidos.

Además de estas dos orquestas sinfónicas, existían en la Cuba republicana la Orquesta de Cámara de La Habana, fundada y dirigida por José Ardévol, la Orquesta de Cuerdas del Instituto Nacional de Cultura, que regía Alberto Bolet, y la Orquesta Sinfónica de Santiago de Cuba, bajo la dirección de Antonio Serret. Con la Orquesta de Cámara de La Habana, Ardévol hizo oír por vez primera en Cuba, música de Malipiero, Villa-Lobos, Chávez, Milhaud y otros muchos compositores importantísimos dentro del campo de la música clásica contemporánea y estrenó obras de él mismo, de Roldán, de Edgardo Martín y de Harold Gramatges. La Orquesta de Cuerdas del Instituto Nacional de Cultura (fundado por Guillermo de Zéndegui a mediados de la década de los 50, y que sustituía y ampliaba en sus funciones a la antigua Dirección de Cultura del Ministerio de Educación) tenía por sede el Palacio de Bellas Artes, situado directamente al sur del Palacio Presidencial de La Habana, y efectuaba sus conciertos en su propia sala decorada con murales de José Mijares. Allí se oyó por vez primera en Cuba mi Elegía para orquesta de cuerdas (1954), que Bolet había estrenado en Londres con la Royal Philarmonic Orchestra.

Finalmente debe notarse el lecho de que la radioemisora CMQ

había fundado una orquestra sinfónica propia, bajo la dirección de Enrique González Mantici, militante del Partido Socialista Popular, y buen director, al que nunca se le preguntó su filiación política. Mantici, además de tocar varias obras sinfónicas cubanas, estrenó en 1951, con esta Orquesta, mi Obertura a una Farsa Serie, compuesta un año antes.

Interlocutor: ¿Y eso era todo?

Aurelio de la Vega: No. Además de los conjuntos musicales mencionados anteriormente, sufragados casi todos por individuos y entidades comerciales privadas (salvo en el caso de la Orquesta de Cuerdas del Instituto Nacional de Cultura, las subvenciones gubernamentales eran mínimas), existían, desde la década de los 30, la Ópera Nacional, que presentó muchas óperas en La Habana y que en la década de los 50 organizó varias presentaciones notables en el Palacio de los Deportes; los conciertos gratuitos de la Plaza de la Catedral, costeados por el Estado (que culminan a mediados de los 50 en una magnífica puesta en escena del oratorio de Honegger Juana de Arco en la hoguera, obra estrenada en Zürich, en este formato, en 1942); los también gratuitos conciertos de verano en el Estadio del Cerro y, sobre todo, las transmisiones radiales de varias emisoras cubanas que, a finales de los 40 y en la década de los 50, incrementaron su apoyo a la música clásica. La CMQ llegó a trasmitir, en horas de gran audiencia, a través de la televisión (Cuba fue el primer país de América Latina que en plenos tiempos republicanos tuvo televisión en colores), ballets clásicos y zarzuelas, como la Lola Cruz de Lecuona, y llegó a crear historia al montar, en estreno mundial escénico, el ballet La Rebambaramba de Amadeo Roldán. La música clásica se difundía desde los 40 por la cadena radial CMZ, fundada por Fulgencio Batista durante su primer período presidencial constitucional, y también por la emisora de filiación comunista Radio Mil Diez, siendo, sin embargo, las transmisiones más populares las de los conciertos diurnos dominicales de la Orquesta Filarmónica en el Auditorium, patrocinados por la General Electric en la CMBF y por la General Motors en la RHC.

Interlocutor: Basta ya de recuentos. Una última observación: ¿es cierto que toda esta actividad musical que has mencionado era de carácter elitista, y tú mismo has sido tildado de esto?

Aurelio de la Vega: Si ser elitista es sinónimo de buen gusto, de refinamiento estético y cultural, y de aspiración al saber y a la defensa de la cultura occidental, a la cual yo -y creo que la gran mayoría de los que tomaron parte en la gran aventura de la música clásica cubana durante la República, pertenecíamos y pertenecemos-, me alegro de sustentar el calificativo. Pero si se usa éste negativa y peyorativamente para indicar discriminaciones, falta de generosidad, egoísmo cultural y cerrazón de puertas a las clases más pobres, rechazo totalmente, en mi nombre y en el de tantos otros, que esto tuviese nada que ver con la realidad histórica del desarrollo de la música clásica en Cuba. He apuntado que había en la Isla, sobre todo en La Habana, un sinnúmero de conciertos de gran calidad con entrada gratis, la matrícula del Conservatorio Musical de Música en la capital era casi inexistente, los abonos de los conciertos de Pro-Arte y los dominicales de la Filarmónica eran de costo minúsculo, y un par de estaciones de radio transmitían música clásica de continuo. Ahora pregunto yo: ¿cuántas veces hay que alertar al mundo para que vea la verdad histórica más allá de la cortina de humo “oficial” alimentada diariamente por el actual Gobierno cubano?, ¿cuánta más paciencia hay que esgrimir para tratar de convencer al dudoso? Frente al malvado, me encojo de hombros o escupo en el suelo, frente al marxista doctrinario y furibundo guardo silencio, frente al imbécil de todos colores, me largo a tomar un buen vino. Los datos reales, querido, quedan fundamentados en libros, memorias, ensayos, opúsculos, revistas, diccionarios, publicaciones de organismos económicos internacionales y, sobre todo, en la verdad que proclamamos los que fuimos testigos y partícipes de una etapa magnífica, donde Cuba llegó a ocupar, pese a la corrupción política imperante y al enlodamiento cívico, una posición económica envidiable, y a poseer una vida intelectual y artística realmente asombrosa. Conmovedor es recordar aquellos tiempos. Para los que quieran oír, diles, “Interlocutor”, lo que hemos hablado.

Post Data:

Aurelio de la Vega fue un compositor cubano de reconocida fama internacional. Nacido en La Habana, en 1925, residió en Los Ángeles desde 1959. Fue un profesor Emérito Distinguido de la Universidad Estatal de California en Northridge. Falleció en 2022.

Tuesday, October 22, 2024

Respuesta a la investidura de Ellen Lismore Leeder y Mariela A. Gutiérrez

 Respuesta a los discursos de investidura a la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp., de las doctoras Ellen Lismore Leeder y Mariela A. Gutiérrez, el martes 9 de enero de 2018 en la Universidad Rafael Belloso Chacín, situada en 2550 NW 100 Ave., (entrada por la 102 Ave), a las 7.00 pm.


Por Octavio de la Suarée,


Muy buenas tardes.

Es un honor para mí responder a estos discursos de investidura a la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp., dando así comienzo a este nuevo 2018 a la vez que vemos aumentar las filas de
nuestra organización con estas dos destacadas escritoras. Y como todo en esta vida nos viene en pares, cada destello de luz viene acompañado de su recogedora sombra, a la vez que les damos la más calurosa bienvenida a las doctoras Ellen Lismore Leeder y Mariela A. Gutiérrez y celebramos hoy junto con ellas, no podemos dejar de recordar que en este mismo acogedor recinto le dimos la bienvenida hace apenas un año al querido colega Salvador Larrúa-Guedes, ese Caballero de la Hispanidad, que acaba de fallecer prematuramente. Mas, si por un lado no podemos olvidarnos que hemos perdido en el hermano Salvador una parte integral de esta Academia, por otro, solo tenemos que mirar a nuestro derredor para comprender que aun así esta centenaria institución continúa su dedicada labor 

de informar al pueblo cubano donde quiera que se halle de los hechos que forjan su historia, labor que se nos hará aún más fácil ahora con la adhesión de estas conocidas escritoras. Queremos asimismo señalar que con estas dos investiduras de hoy, la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp., no solo continúa reforzando su misión y expandiendo su alcance, sino que a la vez reconoce que casi la cuarta parte de su membresía reside o tiene relaciones estrechas con este Estado de la Florida, cuyo intercambio a través de los siglos –es interesante destacar-, informa  muchos de los estudios del desaparecido colega.

Pasemos a responder estas provocadoras presentaciones.

Ellen Lismore Leeder

La Dra. Ellen Lismore Leeder, en su discurso titulado “Breve acercamiento a un suceso histórico cubano: La toma de La Habana por los ingleses”, nos informa de su decisión de haber escogido este tema para exponer algunos detalles de este extraordinario suceso “que considero de gran interés durante la época colonial de nuestra patria”. Comienza su estudio por recordarnos la importancia del marco histórico en que se encuentra este hecho al ser una de las principales batallas que tuvo lugar en la conocida “Guerra de los siete años” por control de la balanza política en Europa. La Habana, por supuesto, era una de las más codiciadas metrópolis del nuevo mundo con cuantiosos tesoros, y la más importante colonia española del Caribe. Por otro lado, La Habana también estaba bien fortificada, como señala la Dra. Lismore Leeder, debido a que por mucho tiempo la ciudad había sido objeto de ataques de corsarios –piratas y filibusteros--, algunos por iniciativa propia y otros “enviados por países europeos conocedores del botín que pudiera existir en el lugar”. La topografía del área, con sus alturas y valles e irregular disposición en general, no ayudaba a defender adecuadamente la ciudad. No obstante, La Habana se encontraba protegida por un casco amurallado –como indica la profesora Lismore Leeder--además del conocido Castillo del Morro, que situado a gran altura podía defender la ciudad de cualquier flota que hubiese intentado acercarse por mar. La batalla en si duró dos meses escasos, desde la llegada de la Fuerza británica el 6 de junio de 1762 con unos 30,000 hombres en más de 200 embarcaciones a cargo del Duque de Albermarle, jefe de la expedición, y del Vice Admiral George Pocock, comandante naval, hasta el 13 de agosto, cuando las baterías inglesas compuestas de 47 cañones, 12 morteros y 5 horowitzers comenzaron a bombardear la ciudad a una distancia de solo unos 500 metros.

Si por un lado tenemos que admirar la estrategia empleada por los ingenieros ingleses para penetrar las fortificaciones españolas como asimismo el arrojo de las tropas invasoras, por otro lado, tenemos que reconocer que los españoles no se prepararon lo suficiente para tratar de evitar la captura de la ciudad, además de cometer graves equivocaciones. La primera se encuentra en la designación de Juan del Prado Portocarrero como Gobernador de La Habana y Capitán General de la Villa, quien sorprendido por el tamaño de la fuerza invasora –aunque esperaba el ataque-- adopta una estrategia defensiva de demora, esperando o bien que le llegasen refuerzos de sabrá Dios dónde (pues no se esperaba nada más de España) o que una epidemia de fiebre amarilla decimase a los invasores o que un ciclón viniese a salvar la situación. Por supuesto, ninguna de las tres plegarias llegó a su destino. El segundo error lo comete el mismo Prado Portocarrero con el asentimiento del comandante de sus fuerzas navales, Gutierre de Hevia, cuando ordena tender una gran cadena que enlace las dos puntas de la entrada de la bahía y hundir de seguido tres de sus naves de guerra previamente desmanteladas: “Asia, Europa y Neptuno”.


Nadie podría ahora entrar en la bahía de La Habana, pero al mismo tiempo, los veintidós buques de guerra de la marina española tampoco podrían moverse y quedaban acorralados en su lugar. Y ahora los españoles disponían de 3 buques de guerra menos.

Pasemos al tercer error. La Habana tiene uno de los puertos más agraciados de las Indias Occidentales, con apertura de 180 metros de ancho y con 800 metros de largo que puede acomodar fácil 100 barcos o más. La entrada la defienden por un lado, el muy sólido Castillo del Morro, situado en la cordillera de La Cabaña, en la parte norte de la entrada con 64 cañones y 700 hombres y, por otro lado, está el Castillo de la Punta en la parte sur, también muy protegido. Pues bien, resulta que el mismo rey Carlos III, desde el lejano Madrid, se había percatado de que el punto débil de la defensa de la isla se encontraba en el rocoso promontorio situado en la colina de la Cabaña, junto al Castillo de La Cabaña y le había encomendado a Prado Portocarrero que fortificase esa debilidad, expresa recomendación que fue ignorada por completo por el Gobernador debido bien a su ignorancia, su soberbia o su estupidez.

Y precisamente fue ahí mismo por donde el ingeniero inglés, Patrick Mackellar, comenzó la construcción de parapetos para bombardear el Castillo del Morro desde una muy cercana y excelente posición de unos 7 metros o 23 pies de altura más elevado que el mismo castillo. En dos ocasiones diferentes trataron los españoles de destruir los parapetos de Mackellar, pero ya era muy tarde y las dos veces fueron rechazadas las incursiones. Varios días después La Habana tuvo que rendirse.
Mariela A. Gutiérrez

En el segundo discurso que escuchamos, “José Martí: Amor Devoto a la Patria y a su América”, la Dra. Mariela A. Gutiérrez nos presenta un interesante recorrido del desarrollo afectivo e intelectual del Apóstol desde el momento en que sale desterrado de la isla y pone pie en tierra en el continente americano.

Es ahí cuando el joven desterrado conoce íntimamente la flora, la fauna y en especial su gente, y cuando comienzan a evolucionar sus sentimientos de amor hacia todo ser humano, ya presentes desde su estadía en el presidio político en Cuba. Es a través de sus peregrinaciones por México y Centro América –como precisa la Dra. Gutiérrez--cuando Martí descubre una “naturaleza sublime y diferente” y al observar la fragilidad y la dolorosa realidad de las repúblicas americanas concretiza sus conceptos indigenistas. Es como si de repente tuviese una revelación y piensa como el Libertador Bolívar en términos colectivos mientras vibra dentro de él su pasión americanista.

Preocupado como está por el destino tanto de su patria como de la América Latina en general, el Apóstol pasa revista al pasado americano, evalúa el presente y considera su porvenir. Siguiendo su pensamiento a través de su penetrante y esclarecedor ensayo “Nuestra América”, la profesora precisa que es en el pasado de esta América hispana donde Martí encuentra los graves errores que sentaron la base de muchos de los problemas que padece el continente hoy día, a saber: la discriminación hacia el aborigen primero y hacia el negro después, forzado a vivir aquí contra su voluntad. Critica fuertemente Martí las guerras de conquista contra las culturas indígenas por innecesarias en la gran mayoría de los casos y a la vez la deleznable trata de esclavos durante siglos por conseguir mano de obra barata, sin pensar en las consecuencias que traería la esclavitud para esa sociedad en un futuro no muy lejano. Por último, critica la tendencia eurocentrista no solo de los extranjeros, sino de los mismos criollos que se dejan deslumbrar por todas las novedades creadas en el exterior, a la vez que rechazan cualquier característica autóctona del país natal.

Como consecuencia de todo lo anterior, no es de sorprender que este héroe americano considere tanto la falta de libertad como la negación de la dignidad humana las dos consideraciones apremiantes en la América Hispana de su tiempo, privación de derechos humanos del hombre que continúa en boga aún hoy día. El Apóstol también pasa revista a tres naciones en las que había vivido después del destierro forzado de su patria por las autoridades coloniales españolas y de las cuales tiene que salir rápidamente auto desterrándose por similares razones. En México, con la llegada de Porfirio Díaz al poder, Martí se percata rápidamente de que el nuevo gobernante no es más que otro caudillo lleno de ambiciones personales que va a proteger los intereses económicos extranjeros y que por igual va a demoler todo lo que es generador de progreso para el aborigen mexicano. Esta revelación continúa haciéndose más intensa cuando pasa a Guatemala y vive más cercano de los indios. Ahí comprende la necesidad de educar a los indios para lograr un cambio social y económico en el nuevo continente y para que no continue en existencia una América dividida.

Los indios –explica-- son seres humanos, la raíz primigenia del Continente y hay que amarlos y respetarlos. Termina auto desterrándose de Guatemala, al igual que antes lo hiciera de México y poco después de Venezuela.

Martí llega a la conclusión –como sesudamente apunta la profesora--que los problemas de la América Hispana no son simplemente raciales, sino más bien de naturaleza social y económica, y que hoy día en América lo que existe no es más que una falsa democracia, llena de corrupción y de autoritarismo, sin sentido alguno ni de justicia ni de sensibilidad moral. Por todo lo anterior es imperativo acabar con las guerras civiles, tomar consciencia de lo que somos, salirse de la inanición y construir un porvenir colectivo en América. Ser un verdadero americano es aceptar la huella del indígena y la transmigración del africano. Y como recalca la profesora Gutiérrez citando al Apóstol: “En los países de indios, los gobernantes aprenden indio”.

Podemos decir, a manera de resumen, que Jose Martí se inspira en la filosofía de la Americanidad, donde es necesario corregir los errores del pasado, heredados en su mayoría de España, e ir aproximando lo que en últimas instancias ha de ir juntándose. O sea, alcanzar la nivelación deseada, como apunta nuestro escritor, mediante la propagación de un ideario común, político, social y económico, para que concluyan las divisiones existentes y la América Latina termine siendo una sola entidad que refleje las aspiraciones de su pueblo.

Por último, como especifica el Apóstol en su esclarecedor estudio, “Nuestra América”, el pluralismo o el multiculturalismo de América, como diríamos hoy día, le permitirá levantarse como un continente unido y fuerte en un futuro no muy lejano.

Queremos expresar nuestro agradecimiento a las dos presentadoras– y ahora colegas- por su visión y sus contribuciones a la historiografía cubana de este exilio, a la vez que les damos nuestra más cordial bienvenida. ¡Muchas felicidades!

Muchas gracias.





Saturday, October 5, 2024

RESPUESTA a los discursos de Investidura de José Antonio Albertini, Salvador Larrúa-Guedes y Armando Valladares

RESPUESTA a los tres Discursos de Investidura de la Academia de la Historia Cuba en el Exilio, Corp., de José Antonio Albertini, Salvador Larrúa-Guedes y Armando Valladares, el viernes 4 de agosto de 2017, 7.00 pm, en el Salón de Conferencias de la Universidad Rafael Belloso Chacín, situado en el 2550 NW 100 Ave., Doral, Florida 33172.

Por Octavio de la Suarée, Academia de la Historia de Cuba en el Exilio.

Muy buenas tardes.

Los tres bien desarrollados y muy provocativos Discursos de Investidura a la Academia de la Historia de Cuba en el exilio, Corp., que acabamos de escuchar, de José Antonio Albertini, Salvador Larrúa-Guedes y Armando Valladares, discuten sucintamente las relaciones socioculturales cubanoestadounidense desde de tres puntos de vista diferentes. Pasemos a revisarlos.


Salvador Larrúa-Guedes
La ponencia del profesor Salvador Larrúa-Guedes, titulada “Floridanos en Cuba, Hispano Cubanos en La Florida”, nos ofrece un detallado recorrido de los intercambios entre la isla de Cuba y la península de La Florida a través de tres siglos. Su estudio se puede dividir en tres secciones. La primera se inicia en 1513 con las exploraciones y el establecimiento de los españoles en la Florida y cercanías con Ponce de León, Pánfilo de Narváez y Hernando de Soto, entre otros, y continúa hasta 1762 con la toma de La Habana por los ingleses.

En su fascinante y esclarecedor ensayo el historiador establece la primacía de los indios floridanos como los iniciales pobladores de la isla en sucesivas etapas cronológicas, los descendientes directos de los matacumbes de los cayos, los tequestas de Miami, los timucuas , los apalaches y los calusas del centro-este de la Florida, muchos de los cuales regresarán a la Florida con el establecimiento de las encomiendas. Este conjunto, al que el profesor califica como
pertenecientes al grupo occidental, se establecerá a todo lo largo de la parte noroeste de Cuba, desde la península de Guanacahabibes hasta Matanzas, y lo seguirá un segundo grupo al este de la isla, el grupo oriental, entre los que se encuentran los taínos y los araucos, procedentes de la América del Sur. El grupo occidental será responsable por el establecimiento del poblado de Guanabacoa primero y de Casablanca después, del otro lado de la bahía de San Cristóbal de La Habana.

Más adelante, en 1763, los 3,000 floridanos que huyen de la dominación inglesa de San Agustín, --La Florida ahora en control de los ingleses--, establecerán el poblado de San Agustín del Nuevo Mundo en La Habana.

Esta continua relación sociocultural entre la isla y la Florida aumentará con el intercambio comercial que tendrá lugar entre Cuba y las Trece Colonias con el negocio de la melaza para la industria del ron, ya que se prefería el azúcar de Cuba cuya proporción de miel era mayor que el de otras Antillas. Y seguidamente los beneficios económicos derivados del negocio de la trata de esclavos en África ha de aumentar por igual las relaciones entre los Estados Unidos y la isla, ajenos ambos a los choques constantes de Inglaterra y España.

Si el profesor Larrúa-Guedes enfoca su contribución en los intercambios socioculturales y económicos entre Cuba y la Florida durante los trescientos años que van desde el siglo XVI al XIX, el antiguo Embajador de los Estados Unidos ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el Honorable Armando Valladares Pérez, concentra su aportación al señalado tema de “La Alta Jerarquía Católica y el totalitarismo cubano” de hoy día. En ella, el poeta y destacado autor del poemario Desde mi silla de ruedas (1974), denuncia la detestable y abusiva política de la Alta Jerarquía del Vaticano en sus relaciones con la dictadura castrista. Pasa de seguido a destacar tres ejemplos, comenzando por lo menos tres años antes de que el expresidente estadounidense, Barack Obama, viajara a Cuba, la Conferencia Católica de Obispos Cubanos de EEUU pidió a su administración que levantara el bloqueo comercial a la isla. Como señala el diplomático cubano, “Los obispos católicos le exigieron a la administración del presidente Obama que se restablecieran las relaciones diplomáticas con el régimen comunista de La Habana, sin ponerle a éste absolutamente ninguna condición” En resumen –concluye- esto resultaría “una fiesta para los carceleros de La Habana” que tendrían todas las de ganar y nada que perder”.
Armando Valladares

De esta forma, los obispos estadounidenses rehúsan encarar el verdadero problema de la falta de libertades en la isla y la total represión comunista contra sus ciudadanos. “Tratan de convertir lo negro en blanco, - sostiene – y, por supuesto, lo blanco en negro”. El embajador presenta a continuación una aguda distinción entre el “embargo físico, económico, “externo”, de los Estados Unidos” en la isla y el “embargo interior”, represivo, que mantiene el régimen comunista desde hace 57 largos años contra los fieles católicos y contra los 11 millones de cubanos en la isla. “Al gobierno estadounidense los obispos le exigen levantar totalmente el embargo externo y le recriminan sus alegados “efectos dañinos –subraya el Embajador-, pero al régimen cubano –continúa- no se le pide en contrapartida absolutamente ninguna “abolición” y ninguna eliminación del andamiaje constitucional, jurídico y policial que asfixia a los habitantes de la isla cárcel, un andamiaje, ese sí, intrínsecamente dañino”. Esta partidaria e injusta política de la Alta Jerarquía Católica, esta posición basada en una cruel ignorancia de los hechos y de la verdad – que tanto recuerda a los clásicos monitos aquellos que no veían nada malo, no escuchaban nada malo y, por ende, aquí, tampoco “decían nada malo” del régimen castro-comunista; en fin esta omisión de no pedirle responsabilidades a la dictadura totalitaria, “no podía ser más flagrante – cito-- y el episcopado católico de los Estados Unidos manifiesta de esta manera una increíble condescendencia con el régimen cubano, violador sistemático de todos y cada uno de los derechos del hombre”.

Y más triste y deprimente aún es ver que un grupo como los obispos estadounidenses que tantas veces ha demostrado una firme y pública oposición al aborto, en una clara actitud “provida”, como recuerda el poeta, con relación al indefenso pueblo cubano “actúan como “adhoc” embajadores del régimen opresor y, por lo tanto, se colocan en una nítida actitud “promuerte”.

Paso seguido el representante diplomático trae a colación otra violación de la Alta Jerarquía Católica, cuando Monseñor Jaime Ortega, entonces Cardenal de La Habana, en una Conferencia en Harvard acusa al destierro cubano de Miami de haber instigado poco antes de la llegada de Benedicto XVI a Cuba a que 13 cubanos ocuparan brevemente la Basílica Menor de la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad en La Habana sin prueba alguna. Lo que hizo el Cardenal Ortega con esa gratuita acusación -y que a la vez subraya nuestro poeta – es haber dado origen a una situación asombrosa e inimaginable en materia de servilismo eclesiástico y de cooperación con el régimen comunista. Ha actuado, de facto, como “agente” del castrismo en Estados Unidos.

Un tercer ejemplo de conducta rastrera e inexplicable la encontramos en los altos funcionarios del Vaticano antes, durante y después del viaje papal de Benedicto XVI a Cuba, cuando solicitaron el levantamiento del embargo comercial estadounidense. Y eso que alegan que su reino no es de este mundo.

En resumen, parecen ahora verídicas las palabras del fallecido arzobispo de Santiago de Cuba Monseñor Pedro Meurice, cuando poco antes de morir en 986, advertía a todo quien quisiera oírle: “Nos consideraban una iglesia de mártires y ahora muchos dicen que somos una iglesia de traidores”.

Finalmente, el escritor José Antonio Albertini, en su presentación titulada “Cuba y Puerto Rico: Quizá del águila las dos alas”, da la voz de alerta sobre el posible futuro de la isla de Cuba. Comienza por recordarnos las palabras del estadista norteamericano John Quincy Adams, cuando le observaba a su embajador en Madrid que al separarse Cuba de España la manzana nunca caía lejos del árbol y la preocupación del Apóstol por conseguir la independencia para evitar que Cuba corriese la misma suerte que Puerto Rico, Guam y las Filipinas. En un penetrante y rápido estudio sobre el estado del pueblo en la isla, y especialmente de la juventud, advierte que resultaría relativamente fácil para que la población cubana de hoy votase a favor de la anexión a los Estados Unidos, de efectuarse elecciones libres en la isla, como es muy probable que ocurra en el futuro, una vez que desaparezca la calaña comunistoide de la isla.


José Antonio Albertini
El novelista señala agudamente que aunque el castrismo no haya logrado separar al pueblo cubano del pueblo norteamericano como se observa en el reciente y cariñoso recibimiento a los turistas en la isla, el castrismo sí ha logrado denigrar tanto la imagen de los próceres cubanos como la de la República y no resulta nada sorprendente que el joven pueblo cubano – que nunca conoció la República- se deje arrastrar por sus necesidades del momento y favorezca la unión más que la independencia, en una isla como Cuba que en estos momentos no produce mucho. Aunque la anexión o la categoría de estado sería una píldora más difícil de tragar para los puertorriqueños, el reciente y continuo emigrar de la isla del encanto hacia los Estados Unidos en busca de mejoras económicas no excluye esa posibilidad. Y por supuesto, no olvidemos los poderosos intereses creados que favorecerían esta nueva posición.

Por supuesto que el futuro destino de Cuba tendrá que ser trazado por el mismo pueblo cubano de la isla y esperemos que cuando llegue el momento de considerarlo el éxito del exilio cubano, especialmente en Miami, sea tomado en cuenta. El pueblo cubano de la isla tendrá que ganarse la independencia política de la misma manera que el exilio cubano en Miami se ganó la independencia económica.

Muchísimas gracias a los 3 ponentes por sus excelentes presentaciones.

¡Y bienvenidos todos a la Academia!

Monday, September 30, 2024

DISCURSO EN EL ACTO DE CLAUSURA DE ACTO DE INVESTIDURA DE LA AHCE

Por Eduardo Lolo

 Comienzo diciendo algo que no me canso de repetir una y otra vez: que un hecho histórico, por muy importante que sea, si no queda registrado, corre el riesgo de diluirse entre las brumas del tiempo y desaparecer o, en el mejor de los casos, terminar convertido en leyenda. Si no hubiera sido por la famosa obra Cyropoedia de Xenophon, posiblemente Ciro el Grande estaría en la misma categoría que King Arthur; es decir, una fábula. Del hecho parte el registro, que lo autentifica y precisa en el tiempo, convirtiéndolo en Historia.

El registro histórico ha tenido un desarrollo que comienza con el hombre de las cavernas en lo que hoy llamamos petroglifos y siguiera con las pinturas rupestres, donde el bisonte perseguido por el cazador hace miles de años continúan su carrera detenida en el tiempo, el bisonte todavía vivo; el cazador, incansable en su persecución.

Sin embargo, no hay duda alguna que el registro histórico no alcanzó su mayoría de edad hasta el advenimiento de la escritura. Aunque al inicio tuvo sus tropiezos. Las pirámides y otros monumentos del Antiguo Egipto no fueron más que montículos mortuorios saqueados llenos de bellas pinturas y jeroglíficos indescifrables hasta el descubrimiento de la llamada Rosetta Stone, en la cual se había publicado el decreto que honraba al faraón Ptolomeo V en tres idiomas, entre ellos el griego y el desaparecido egipcio en sus jeroglíficos. Con la traducción de los jeroglíficos,  los monumentos egipcios cobraron, de pronto, vida. La civilización en la que nacieron hacía siglos había desaparecido; pero perduró su historia.

Viejos pergaminos, incunables, periódicos, revistas, fotos y filmaciones en celuloide se encargarían, con el tiempo, de continuar el registro histórico iniciado en las cavernas. Más recientemente, grafitis de ocasión sobre muros ansiosos de historia y los teléfonos celulares, con su acceso a las redes sociales, completan ese desarrollo hasta nuestros días.

No obstante, no todo han sido ganancias. El registro histórico puede ser manipulado. Quienes van a Toledo se quedan maravillados con la gran obra del Greco “El entierro del Conde de Orgaz” con su cadáver rodeado de rostros tristes. Pero todo es falso, los dolientes que aparecen eran toledanos pudientes de egos notables que pagaron al pintor para que los incluyera en el cuadro, pues ninguno de ellos había nacido en tiempos del occiso. Hasta la mirada que describe lo visto es falsa, pues el Greco tampoco existía. Hay otros muchos ejemplos: la presencia de la madre de Napoleón en la auto-coronación de su hijo como Emperador, el escamoteo de las figuras de Carlos Franqui y Huber Matos en fotos icónicas de Fidel Castro en la Sierra Maestra y a su llegada a La Habana, respectivamente, y un largo etcétera.

Sin embargo, la manipulación y su extremo en falsificación del registro histórico se tornan más peligrosas aún en la palabra escrita. La historiografía castrista es un ejemplo perfecto. De ahí que uno de los objetivos básicos de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio sea el conjurar académicamente, más allá del debate ideológico, las falsedades de los que ya Martí había calificado como “bribones inteligentes”. Una de las víctimas más destacada del castrismo ha sido, precisamente, el ideario martiano. En el Exilio, tan temprano como en 1973, Carlos Márquez Sterling acuñó el término “falsificar”, que luego desarrollaría profunda y ampliamente Carlos Ripoll, el más importante martianista del Exilio hasta el momento. Ahora Julio M. Shiling toma la antorcha, que no solamente mantiene viva, sino que le da más luz aún, llevando la denuncia a este siglo como historiador y, como ya se dijo en la su presentación por Luis Leonel León, en su fundación y conducción de Patria de Martí, la única entidad del Exilio, de la cual tengo noticia, dedicada en especial a la “desfalsificación” de Martí por parte de la historiografía castrista. Muy justo el merecido honor de haber sido admitido en la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio.

Otro de los objetivos básicos de nuestra institución es registrar los hechos históricos, tanto de Cuba como de sus exilios, para que no sean víctimas de las brumas del tiempo a las que me refería al principio. Uno de esos hitos históricos que comienza en nuestra Patria y se extiende hasta el Exilio es la llamada Operación Pedro Pan (1960-1962) –la única acción encubierta importante contra el castro-comunismo que resultara exitosa–en la cual los padres y madres en la Isla se desgajaron el corazón para que sus hijos cultivaran un futuro digno en la cercana/lejana tierra de libertad. Francisco Rodríguez e Yvonne Conde dieron una notable descripción de esa epopeya en Pancho Montana (1996) y Operación Pedro Pan: la historia inédita de 14,048 niños cubanos (2001), respectivamente. La hazaña también se extendió a la ficción en obras tales como la galardonada narración Kike (1984) de Hilda Perera y Operación Pedro Pan: el Éxodo de los Niños Cubanos, una novela histórica (1994) de Josefina Leyva.

Ahora Francisco Rodríguez vuelve a tocar el tema pero desde una óptima más personal aún mediante el resumen de una visión del todo privada, testimonial, pues él fue uno de esos miles de niños que pudieron salvarse de la mutilación de futuro que de seguro habrían sufrido de haber permanecido en la Cuba del Totalitarismo. Se trata de un registro histórico desde dentro, en que desgarro y esperanza se combinan, en que la heroicidad es compartida por adultos e infantes a la par. Frank (como le llaman sus amigos) es uno y muchos a la vez, persona y personaje de manera simultánea; hecho y registro en sí mismo; historiador que es parte de la historia que registra. En su caso, es igualmente muy justo el merecido honor de haber sido admitido en la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio.

En ambos se destaca, también, el hecho de que dan a conocer sus trabajos tanto en español como en inglés, ampliando el alcance de sus trabajos al público anglosajón en general y, en particular, a las nuevas generaciones de cubanos nacidos fuera de nuestra Patria, pero contentivos de una cubanía que trasciende tiempos y geografías, y les llega por genética histórica a través de una especie de herencia almática.

Por todo lo anterior, es para mí un honor, a nombre de la Junta Directiva de nuestra institución, pasar de inmediato a entregar a Julio M. Shiling y a Francisco Rodríguez los correspondientes diplomas que los acreditan, para honra bidireccional, como Miembros Numerarios de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.


Museo Americano de la Diáspora Cubana

Miami, 27 de septiembre de 2024

Sunday, May 15, 2022

Cuba, sol de sus hijos

 


“Deseo que mi entierro tenga lugar en Nueva York en el caso de que Fidel Castro o cualquier otro gobernante de Cuba sea comunista o represente alguna facción, grupo o clase que sea gobernada, dominada o inspirada por doctrinas extrañas provenientes del extranjero. Por otra parte, en el caso de que Cuba sea libre al momento de mi muerte, deseo ser enterrado allí..."

Ernesto Lecuona.

Por Ingeborg Portales  

Para el musicólogo cubano Cristóbal Díaz Ayala, Ernesto Lecuona es el Pico Turquino de la música cubana. Ernesto Lecuona tenía 65 años cuando abandonó Cuba en el año 1960. Aunque el ser humano suele guardar siempre una última gota de esperanza, pienso que Lecuona supo en el momento de su partida, que el suyo era un adiós definitivo. Lecuona sabía todo lo que implicaba aquella toma de poder. Las palabras que escribió en su testamento, sobre su voluntad final, denotan la ausencia casi total de esperanzas. De Lecuona, Agustín Lara dijo, “Cuba es su música. Cuba es Lecuona”.

El 20 de abril de 1997 salí de Cuba, hacia Lima, Perú. En una de las primeras correspondencias familiares, mi padre me enviaba un CD de Lecuona, “para mi hija, con amor''. Lamento no conservarlo. Desapareció en uno de esos naufragios que tocan vivir. Pero conservo el mensaje, y de consuelo las palabras sabias de mi madre, “la vida es ir dejando”. Si lo sabremos los cubanos. También en Lima, a 3950 kilómetros de Cuba, “descubrí a Celia Cruz”.

Los peruanos la adoraban; la adoraban y la conocían, como no la conocía yo, siendo cubana. Porque después de su salida hacia México en 1960 con la Sonora Matancera, a Celia se le impidió regresar, ni siquiera para enterrar a su madre en 1962. Lo hizo en una sola ocasión, muchos años más tarde, en 1990, invitada por el Congreso de los Estados Unidos, para cantar en la Base Naval de Guantánamo. Allí se le escuchó decir con esa energía única, “ ¡Hay que gozar! ¿Es triste verdad? Pero es lindo estar aquí hoy. ¿El punto más alto dicen? ¡Azúcar!” Y preguntar, “¿Y aquí dónde está Caimanera? Que yo le canto en esa canción que canté ayer. ¡Qué bonito es el Caney, Guantánamo, Caimanera!”.

Uno de los momentos más emotivos de la visita de Celia a la Base Naval de Guantánamo fue inmortalizado por el fotorreportero de El Nuevo Herald Carlos Manuel Guerrero. Debe ser la foto más estremecedora que le hicieron a Celia. Lleva un vestido azul y peluca roja, está agachada. Tiene un vasito plástico blanco en la mano. La estrella solitaria recoge un poco de tierra cubana del otro lado de la cerca. Instante decisivo que el fotógrafo Guerrerito no dejó escapar. “Fue la última oportunidad que tuvo Celia de respirar ese aire y de tocar esa tierra”, con estas palabras lo describió el presentador del noticiero nacional de Telemundo José Díaz-Balart. Trece años después “la guarachera de Cuba” o la “Reina Rumba” -como la bautizara el escritor colombiano Umberto Valverde- llevó ese puñado de tierra en su féretro y a su tumba.


En Lima adoraban a Celia porque se presentó muchas veces, en varios lugares. En julio de 2001, dos años antes de su muerte, estuvo en el Festival de Jazz en Suiza, acompañada por la orquesta del pianista peruano César Correa y el violinista cubano integrante de la Fania All Stars, Alfredo de la Fe. Hasta el día de hoy los peruanos recuerdan orgullosos ese concierto. Además de todas sus presentaciones anteriores en la tierra andina, en aquella ocasión Celia improvisó con los versos de Augusto Polo Campos, “Contigo Perú” con la misma devoción con que los peruanos cantaron y bailaron sus canciones siempre.

Celia estuvo más cerca que nunca, quizás porque empezaba a despedirse de todos los que la habían querido bien. Dos años después, el 16 de julio de 2003, el mundo entero lloraba la pérdida de Celia Cruz, mientras el diario oficial cubano Granma minimizaba la noticia en tres líneas. Lo mismo que hizo el periódico Revolución, cuarenta años atrás, el 30 de noviembre de 1963, cuando murió Ernesto Lecuona.

Casi al año de estar en Lima, en enero de 1998 tuve la oportunidad de regresar a Cuba, justo cuando sucedió la primera visita de un sumo pontífice a la isla en la Historia de la Iglesia Católica. El Papa de origen polaco Juan Pablo II pronunció aquellas palabras que a tantos llenaron de esperanzas: “Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades, y que el mundo se abra a Cuba”. Al final de la misa en la Plaza Cívica de La Habana, los cubanos cantaron “Virgen Mambisa”, el himno a la Virgen de la Caridad del Cobre del cancionero litúrgico cubano. Un lamento afro compuesto en los años 70 por Rogelio Zelada, director del coro de la Iglesia de Cristo Rey en La Habana y por su organista Orlando Rodríguez. El pueblo pedía a la Virgen, “da libertad a tu pueblo, siembra amorosa la unión”. Pero las palabras de Juan Pablo II cayeron en el vacío. Cuba no se abrió al mundo y los cubanos siguieron buscando la única forma posible de hacerlo, el exilio impuesto cuarenta años atrás.

Cuando llegué a Miami en el año 2004 fui consciente de que la gran mayoría de los cubanos que abandonaron la isla durante los primeros años, lo hicieron pensando que sería algo momentáneo, que regresarían en breve para retomar sus vidas, tal como antes. Comprendí el peso de esa realidad al escuchar las historias de familiares paternos, a quienes mi padre pudo volver a abrazar después de más de cuarenta años y a quienes yo ni siquiera conocía. Pero sobre todo porque durante mis últimos días en Miami, tuve en mis manos el mejor testimonio histórico.

Una semana antes de mudarnos a New Jersey, mi hija menor encontró dos maletas pequeñas y antiguas en el basurero del edificio donde vivíamos en Coral Gables. Por varios días no nos atrevimos a abrirlas. Llegué a pensar que podían contener las cenizas de alguien; y de algún modo, las contienen. Cuando las abrí comencé a armar el rompecabezas que encontré. Un rompecabezas puede ser un juego, un problema o un acertijo de difícil solución. Un rompecabezas puede ser también un arma, compuesta de dos bolas de hierro sujetas a los extremos de un mango corto y flexible. Este fueron dos maletas; un arma, pero un “lucero del ocaso”.

Las dos maletas habían pertenecido a la familia cubana Vianello Alacán. Adriana de la Caridad Alacán fue esposa de Luis Vianello, y madre de tres hijos, uno de ellos Raúl Vianello Alacán. Raúl Vianello nació en 1927, fue el esposo de Vilma Palma y padre de tres hijos. Fue piloto aviador naval y jefe de Operaciones del Escuadrón B-26. Murió el 7 de abril de 1961 en uno de los tres aviones derribados durante la invasión a Bahía de Cochinos.

Las maletas contienen correspondencia familiar, fotos de Raúl Vianello, cartas de condolencia por su muerte, un telegrama, periódicos con noticias de Cuba, tarjetas de presentación, sobres de primeros sueldos ganados en el exilio, lista de primeros envíos a Cuba, un pañuelo bordado en punto de cruz con restos de maquillaje y una novena a la Virgen de Fátima por la Libertad de Cuba, entre otras memorias. En cada carta y con esa caligrafía elegante de la época, se pueden leer una y otra vez las ansias con que todos esperaban un retorno inmediato a la Patria, a ese suelo que era motivo de orgullo.

A raíz de mi trabajo como reportera para el periódico Sun Sentinel de Florida, supe también de la presencia en Miami de importantes músicos cubanos, como Israel López “Cachao” y Generoso Jiménez. Sus carreras musicales y vidas personales son otros testimonios, que una vez puestos todos juntos, permiten seguir construyendo un pedazo de la Historia de Cuba, de estos 63 años de fugas y exilios.

Israel López "Cachao"


Solamente de las conversaciones con Generoso Jiménez, Bebo Valdés, Israel López “Cachao” y Cándido Camero sería demasiado extenso enumerar ahora la lista de músicos cubanos importantes con los que ellos trabajaron. Durante los años cincuenta, la mayoría de estos músicos ya salían a trabajar o vivían en otros países. Después de 1959, muchos de ellos no regresaron y murieron lejos de Cuba, otros salieron en años posteriores. Con los nacidos en la década del cincuenta y sesenta, la lista de los que abandonaron el país se extiende aún más. Y de otros talentos que también Cuba perdió entre los músicos nacidos a partir de los años 70, resultaría más fácil mencionar a aquellos que todavía están en la isla, porque la gran mayoría ha emigrado.

Una de las preguntas recurrentes en estas conversaciones ha sido siempre sobre el regreso o la posibilidad del regreso a Cuba. He escuchado repuestas tan emotivas como la de Bebo Valdés, “No sería nada bueno para mí: lo primero que haría sería ir a visitar a mamá y papá en sus tumbas, y llorar mucho”. La de Cachao, “Regresaría a tocar y a ayudar si hay que hacerlo. Con mucho gusto, pero no creo que por ahora se pueda hacer”.

La de Cándido Camero, “Yo digo que un cubano puede estar fuera de Cuba, pero Cuba no puede estar fuera de un cubano”. La de Paquito D’Rivera, “Supongo que echarme a llorar entre las ruinas físicas y psicológicas que ha causado el socialismo”.

La de Felipe Martínez “Pipo”, “Ir a la casa donde nací, todavía ahí viven mis primos, a quienes no conozco. Ver el patio de mi casa, ir a la esquina, al parque, al potrero donde jugábamos pelota”. La de Iván Acosta, “Ya se cumplieron sesenta años desde que escapé de la tiranía castrista. Y créeme, no ha pasado un solo día sin pensar en lo que podría haber sido nuestro país. Todavía tengo esperanzas, no las pierdo. Tarde o temprano lo malo se acabará”.

La de Alfredo Triff, “Regresé en 2013. Un viaje en busca del joven que dejé atrás. Caminé desenfrenadamente la ciudad. Descubrí la esquina de San Ignacio y Obrapía, donde mis padres se encontraron por primera vez. La Habana sigue siendo bella, pero está muy maltratada”.

La de Luis Cruz Azaceta, “Para mí sería fantástico a mi edad. Poder caminar por el barrio mío, por la cuadra. Me imagino que todo ha cambiado totalmente, son sesenta y dos años que llevo ya en el exilio. Sería grandioso poder regresar, aunque no viva allá; pero por lo menos pisar la tierra cubana y besarla, porque yo me siento muy cubano”. La de Boris Larramendi, “Cuba sigue doliendo. Mientras esté aquello, no sé si regresaré”. Y la de Omar Sosa, “La verdad te tengo que confesar que con todos los problemas que hay allí, despertarse por la mañana y ver el malecón, ver ese mar, es fuerza”.

Estas respuestas me han permitido acercarme un poco a lo que la escritora y entrevistadora ucraniana Svetlana Alexievich define como “lo inmutable del ser humano, la vibración de la eternidad”. Los músicos cubanos que han partido de este mundo lejos de Cuba como Generoso Jiménez, Bebo Valdés, Israel López “Cachao” y Cándido Camero son eternos, “nunca podrán morir, porque sus corazones no los tenían aquí”. Luis Aguilé, el argentino amigo, lo proclamó al mundo, cincuenta y cinco años atrás, cuando se fue de Cuba.

Hoy, con mi entrada a la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, elevo la Plegaria de Ernesto Lecuona a la Virgen de la Caridad del Cobre, para que a Cuba “el sol de sus hijos, pronto la calma le haga alcanzar'', “para que en Cuba reine gozosa la paz”.

Ingeborg Portales

Union City, NJ Marzo de 2022

Saturday, February 19, 2022

LA ÉPOCA QUE QUISIERON BORRAR: Una conversación conmigo mismo


Por Aurelio de la Vega

Desde hace algún tiempo, una parte de mí, desdoblada, me pregunta con insistencia sobre hechos musicales que ocurrieron en Cuba en la primera mitad del pasado siglo, época en que la República cubana nació (1902) y murió (1959). Este otro “yo” reitera la idea de que la memoria no debe jugarnos jugarretas, y que las vivencias de aquellos tiempos tienen que mantenerse vivas y presentes. Como estoy de acuerdo con ese “otro yo”, converso hoy con él, objetivizado cuando lo coloco en el papel de entrevistador -que de pronto considero ajeno, con interés inquisidor-, y lo elevo a la categoría de extraño amable, que entra en mi estudio de visita y me insta a revivir cosas que fueron muy reales e interesantes. Llamemos al “otro” Interlocutor, afirmando que sabe mucho sobre la historia de la que fui protagonista, y que pregunta tanto porque quiere aclarar aspectos musicales de la República cubana.

Esta conversación comienza una tarde de invierno en mi casa de Northridge, y concluye un día después, al crepúsculo, sentados ambos –el Interlocutor y yo- en los farallones de Pacific Palisades, que miran al Océano Pacífico con la misma persistencia con que lo hacían al menos desde 1947, en que por vez primera supe de esa relación tierra del oeste norteamericano-océano. En suelo estadounidense, fueron testigos de muchas visitas de aquel primer grupo de refugiados europeos que, huyendo de la Segunda Gran Guerra, se habían acomodado en Santa Mónica, California, a partir de 1938, y que por años incluyó a Arnold Schoenberg y a Thomas Mann, a Ernest Bloch y a Bertolt Brecht, a Richard Neutra y a Ernst Toch, a Hanns Eisler y a Lion Feuchtwanger, a Bruno Walter y a Jascha Heifetz, a Franz Werfel y a Alma María Mahler. Algunos se quedaron hasta la muerte por estos lares (como fue el caso de Heinrich Mann, hermano mayor de Thomas, y el de Schoenberg), y en tardes, mañanas y domingos se sentaban en los bancos de esos mismos acantilados que yo empecé a conocer de pura visita hace setenta y un años y que ahora revisito, como exiliado, con permanencia. Allá lejos queda Cuba, a la cual no he regresado por seis décadas, pese a mi amor por ella, porque a unos egolátricos “camaradas”, con un desenfrenado argentino Nietzschiano metido en la comparsa, vestidos de redentores y repletos de ansias de poder, se les ocurrió cambiarla, acusarla y llevarla a una destrucción ético-física casi total que, sin guerra ni bombardeos, la empujó a un bajo escaño del Tercer Mundo.

Interlocutor: Se afirma que desde que Cuba fue proclamada como territorio marxista-leninista la maquinaria gubernamental cubana, que sin elecciones libres y honestas se ha mantenido en el poder por casi sesenta años, insiste en afirmar que en la Cuba republicana, anterior al poderío total del castrismo, la cultura era casi inexistente, el pueblo, humillado y desamparado, no tenía acceso a la educación superior, la clase media era reducidísima, la medicina era pobrísima y primitiva, y la subyugación política de la Isla al imperialismo estadounidense sumía a la nación en una inercia total. También se dice que se multiplican otras muchas más falsedades, hoy repetidas ad infinitum por “las cotorras liberales” del planeta y por los “tontos útiles”, que tanto proliferan y quienes contribuyen a crear un grueso diccionario de mentiras y distorsiones. Finalmente se apunta que ambas –mentiras y distorsiones- pueden ser desmontadas y destruidas fácilmente por cualquier mente no comprometida y objetiva, con sólo leer toda clase de estadísticas publicadas por instituciones mundiales socio-económicas e historiográficas. Como tú eres compositor, hacedor de música clásica específicamente, que ocupaste importantes posiciones musicales y educativas en la Cuba-BC, y que fuiste parte, en las décadas de los 40 y 50, del desarrollo de esa música de arte cubana (que por esa época comenzaba a tomar auge, marcando con su presencia un tiempo de gran efervescencia artístico-cultural), ¿qué grado de evolución y madurez había alcanzado ese tipo de música que tú representas durante el periodo republicano cubano?

Aurelio de la Vega: Ya hemos dicho muchas veces que el gran florecimiento de la música popular cubana, que explota por vez primera en la escena internacional en la década de los 20, eclipsa rápidamente la percepción de una música clásica cubana que en el siglo XIX había producido a un Manuel Saumell, a un Ignacio Cervantes, a un Gaspar Villate, o a un José Manuel (“Lico”) Jiménez. Sólo Guillermo Tomás, en las primeras décadas del siglo XX, había tratado de expandir al terreno sinfónico de gran formato la música pianística del siglo XIX, que era el principal modo de expresión de la incipiente música cubana clásica. Enseguida, Eduardo Sánchez de Fuentes trata de continuar la tradición lírico-dramática de Villate y de José Mauri, y durante las primeras décadas de la República escribe varias óperas. Es la época en que Ernesto Lecuona compone sus más conocidas piezas pianísticas y sus zarzuelas, antes de sucumbir, en los 40 y 50, a la atracción comercial (de Broadway a Hollywood) que abarató su música. Habrá que esperar a la aparición de la figura importantísima de Amadeo Roldán para enfrentarnos al primer compositor relevante cubano de música clásica que se viste de contemporaneidad. Enseguida se suceden Alejandro García Caturla y José Ardévol –el catalán que llega a Cuba y funda el Grupo de Renovación Musical, primer intento orgánico por establecer una verdadera escuela de compositores cubanos de música clásica, que de Harold Gramatges a Edgardo Martín, de Serafín Pro a Gisela Hernández, de Argeliers León a Virginia Fleites, de Hilario González a Julián Orbón, llenan con sus creaciones dos décadas de producción. Pronto Orbón abandona el Grupo de Renovación y comienza su fecunda carrera de importante compositor que se nutre de Cuba y de España, y une el son al Canto Gregoriano, y la tonadilla a los ritmos africanos. Fuera de esta órbita, neoclásica primero y más tarde nacionalista, de corte tonal, cuyos dioses tutelares eran Stravinsky, Falla, Bartók y García Caturla, aparezco yo con mis deseos de universalizar la música clásica cubana. Para ello adopto primero un pan-tonalismo cromático, que pronto desemboca en el primer atonalismo que nace en suelo cubano, para pasar enseguida a las primeras obras dodecafónicas creadas por un hijo de Cuba. Mis dioses no eran franceses, ni españoles, ni italianos, sino alemanes. Con esto vienen formas complejas, grandes estructuras, poco interés en lo netamente vernáculo. Esta doble proyección de lo que es la música clásica cubana de las dos últimas décadas de la República –nacionalismo neotonal versus universalismo atonal- crea una fascinante, activísima y contrastante atmósfera musical que en lo creativo produce múltiples y variadas obras. Son también los tiempos en que Alfredo Diez Nieto, Paul Csonka (un vienés que se radica en Cuba a partir de los años iniciales de la Segunda Guerra Mundial), Carlo Borbolla, Natalio Galán y Félix Guerrero producen sus composiciones, independientes del desarrollo del Grupo de Renovación.

Principalmente, la década de los 50 es concretamente un tiempo musical jugoso, intenso, fructífero y más transcendental que cualquier otro momento antecedente. Son años en que la música clásica cubana entra en contacto con el gran público a través de innumerables conciertos (de las presentaciones de la Orquesta Filarmónica de La Habana a las veladas de la Sociedad de Conciertos y de la Sociedad de Música de Cámara de Cuba) y, asimismo, de transmisiones radiales. Ahora sí hay música cubana clásica de envergadura (de piezas sinfónicas a obras de cámara sólidas, de ballets a óperas), y aunque también se componen obras para piano se va más allá de danzas, de piezas características descriptivas, de música amable de salón, y se escriben sonatas, suites, preludios y variaciones. Si observamos de nuevo la década de los 50 –postrimerías de la República- podemos anotar varias obras importantes: las Tres Versiones Sinfónicas y el Concerto Grosso de Julián Orbón, los Tres Preludios a modo de Tocata y la Sinfonietta para orquesta de cuerdas de Harold Gramatges, las Fugas para cuerdas y las Soneras de Edgardo Martín, el Cuarteto de Cuerdas No. 3 de José Ardévol, y mi Introducción y Episodio, para una orquesta enorme, y mi dodecafónico Cuarteto de Cuerdas en Cinco Movimientos (In Memoriam Alban Berg).

Los conciertos con obras mías y de mis colegas se sucedían rápidamente, y hay numerosos estrenos que proclaman toda clase de estilos y de personalidades creativas. La Habana bulle con acelerada actividad musical. La música clásica cubana, que comienza a ser reconocida más allá de las fronteras nacionales, obtiene su mayoría de edad.

Interlocutor: Se proclama por las autoridades cubanas que el número de orquestas sinfónicas, tras el triunfo de la revolución castrista, se elevó rápidamente a través de la Isla, y que la educación musical profesional alcanzó metas muy superiores a la instrucción que se impartía durante la era republicana. ¿Qué me dices sobre esto?

Aurelio de la Vega: Como toda propaganda que emana continuamente, a modo de barraje justificativo, de todo estado totalitario, la verdad es a medias, y está muy teñida de proselitismo. Puede afirmarse que el número de orquestas sinfónicas se elevó considerablemente. Lo que no se dice es que el nivel técnico-interpretativo de las mismas era, y es, posiblemente con la excepción de la Orquesta Sinfónica Nacional, inferiorísimo al que alcanzó durante los 40 y 50 la antigua Orquesta Filarmónica de La Habana, que llegó a ser una de las tres mejores de toda América Latina y que alcanzó perfil musical semejante al de conjuntos orquestales norteamericanos de segunda línea, comparándose con (y hasta superando a) orquestas como las de New Orleans, San Francisco, Seattle, Denver, Indianápolis, Phoenix, Dallas y Houston (por aquella época, antes de llegar a ser conjuntos de primer orden), Tulsa, Cincinnati, Atlanta o Miami, por nombrar unas cuantas. La calidad de los grupos de cámara en la Cuba actual es también muy desigual, y si bien el Cuarteto de La Habana es, sin lugar a dudas, un grupo excelente, otros conjuntos de cámara no llegan al nivel de este. Hay grupos que hacen grandes esfuerzos, de su director a los jóvenes integrantes, pero los instrumentos que tocan estos son de mala calidad, con el fatídico aval de “Made in China”. Lo que siempre hay que recordar es que el mundo musical occidental de libre mercado ha avanzado en todos los órdenes, de lo económico a lo artístico, con el decursar de los años. No se puede especular con total certeza lo que hubiese logrado una continuada Cuba republicana en el terreno de la música clásica, por ejemplo, medio siglo más tarde. Lo que sí es muy importante es pasar revista a lo que existió en la Isla hace ya más de seis décadas, antes de la llegada del castrismo.

Si bien es cierto que la actividad de La Habana era mil veces superior a la que tenía lugar en el resto de la Isla, no hay por ello que negar que la capital llegó a ser, en las dos últimas décadas republicanas, una de las ciudades más deslumbrantes de las Américas en lo tocante a música, bien fuese popular o clásica. Como esta última es lo que nos concierne en este curioso diálogo, enfrentémonos con los datos históricos reales.

En lo tocante a los conjuntos musicales de música clásica que operaban en la Cuba republicana, apuntemos que siempre hablamos de las décadas de los 40 y 50, con incursiones a los últimos años de los 30, porque es en esa época que la Isla avanza rápidamente desde un punto de vista musical. De 1902 a 1918, año éste en que se funda en La Habana la magnífica y prestigiosa Sociedad Pro-Arte Musical, pueden apuntarse los esfuerzos ingentes que realizó la Banda Municipal de la capital, dirigida por Guillermo Tomás, el verdadero pionero de la música sinfónica cubana. Tomás y su banda tocaron por vez primera en Cuba música de Wagner, de Max Reger y de Richard Strauss, en transcripciones laboriosas que realizaba Tomás como tarea de amor. Tomás compuso, asimismo, poemas sinfónicos de corte alemán que fueron las verdaderas primeras obras sinfónicas cubanas, tras la única Sinfonía de Ignacio Cervantes. No hay que olvidar que ya en las décadas de los 10 y de los 20 se hacía ópera en La Habana con buen nivel artístico, y nada más y nada monos que Enrico Caruso fue persuadido (tras una oferta monetaria gigantesca para su época, proveniente en su totalidad de la vilipendiada burguesía habanera), para que cantase en la capital.

Primero hablemos de Pro-Arte Musical. Esta increíble sociedad, fundada por María Teresa Giberga y dirigida por ella y por mujeres cubanísimas que la ayudaron y prosiguieron luego su labor inicial –mujeres cubanas que también establecieron más tarde la Sociedad de Conciertos, la Sociedad de Música de Cámara de Cuba, la Coral de La Habana, el Lyceum (y Lawn Tennis Club), y Pro-Arte Musical de Santiago de Cuba- se convirtió en las décadas de los 30, 40 y 50 en una entidad ejemplar que, capeando toda clase de alti-bajos socio-económico-políticos, trajo a La Habana lo más notable del mundo musical internacional –de Rubinstein a Horowitz, de Heifetz a Isaac Stern, de Gigli a Mario del Mónaco, de Rachmaninoff a Schnabel, de Rosa Ponselle a Helen Traubel, de Milstein a Piatigorsky, pasando por temporadas de ópera, por la presentación de la Orquesta Sinfónica de Filadelfia, con Eugéne Ormandy a la cabeza, y por las actuaciones de los Ballets Rusos de Montecarlo, con Leonid Massine y Michel Fokine bailando y diseñando coreografía. Pro-Arte tenía socios que asistían a un promedio de tres conciertos mensuales (abonos de tarde y de noche) mediante el pago de una irrisoria cuota, y lo más asombroso de todo es que construyó su propio y elegante edificio en la esquina de Calzada y D, en El Vedado. Este local dignísimo tenía la mejor sala de conciertos de Cuba, el icónico Auditorium, que tanto recordarían cantantes, instrumentistas y directores de orquesta, famosos todos, como uno de los templos musicales más acogedores y significativos de las Américas. Además del Auditorium, el edificio de Pro-Arte Musical contenía una hermosa biblioteca que poseía una de las colecciones más completas de partituras de ópera de todo el continente americano, y una sala de conferencias y salón de actos en donde el Grupo de Renovación Musical dio conciertos y yo pronuncié, en 1946, una conferencia sobre Schoenberg y la Segunda Escuela Vienesa. Para coronar su lista de aportaciones, Pro-Arte musical creó una Escuela de Ballet que se hizo pronto famosa, donde se forjaron Alicia Alonso (neé Maríínez) –vocera luego del régimen castrista- , Fernando Alonso y Alberto Alonso. Este último salió de Cuba poco después del triunfo de la Revolución marxista, y vivió y actuó en Puerto Rico hasta su muerte prematura. Esta Escuela de Ballet de Pro-Arte, luego Ballet Alicia Alonso y posteriormente Ballet Nacional de Cuba, ocupó un edificio adyacente al del Auditorium, que era una amplia casona en Calzada adquirida por Pro-Arte a fines de los 40. De esa Escuela, dirigida por excelentes profesores rusos, salieron muchos de los mejores bailarines de ballet que ha dado Cuba. Asimismo, Pro-Arte Musical presentó a numeroso cantantes e instrumentistas cubanos, de Ángel Reyes (violinista) a Ivette Hernández (pianista), de María Teresa Sardiñas (soprano) a Jorge Bolet (uno de los más grandes pianistas del siglo XX). Tanto Bolet como Hernández fueron en sus años tempranos becados por Pro-Arte para realizar estudios en los Estados Unidos. Pro-Arte presentó, además, el estreno de los ballets Forma, de José Ardévol (sobre un libreto de Lezama Lima) e Ícaro, de Harold Gramatges, así como la ópera S.O.S. de Csonka. El Auditorium, y todo el interior del edificio de Pro-Arte Musical, fue consumido por un fuego piromaníaco en los primeros tiempos del castrismo. La hermosa biblioteca desapareció para siempre, a la par del teatro. El gobierno marxista cubano, que había rebautizado al Auditorium con el nombre de Teatro Amadeo Roldán (y lo vendía así, como erigido por la Revolución, a los “socialistas del Este” y a los norteamericanos, por lo general jóvenes de ojos asombrados que lograban burlar las leyes existentes y visitaban la Isla), tardó muchos años en reconstruirlo.
Teatro Amadeo Roldán, antiguo Auditorium


Aparte de Pro-Arte Musical, la Sociedad de Conciertos, fundada en La Habana por Rosa Rivacoba de Marcos, y que realizaba sus actividades en el Lyceum del Vedado, ofrecía conciertos numerosos, presentando principalmente instrumentistas y cantantes nacionales, y en sus temporadas se estrenaron varias obras de compositores cubanos de música clásica (incluyendo mi Trío para Violín, Cello y Piano de 1949). La Sociedad de Conciertos llegó a tener su propio Cuarteto de Cuerdas, que alcanzó un excelente nivel profesional. A la par de la Sociedad de Conciertos, también desarrollaba en el Lyceum sus actividades la Sociedad de Música de Cámara de Cuba, cuyo principal promotor, el violinista Carlos Agostini (quien falleció en Canadá hace años), también había fundado el Cuarteto de Cuerdas de esta Sociedad.

¿Y qué decir del Lyceum de La Habana, institución creada y dirigida por entusiastas y valiosísimas mujeres cubanas que bajo la égida de Elena Mederos habían concebido esta maravillosa asociación? El Lyceum contaba en las últimas décadas de la República con un atractivo edificio propio, situado en la esquina de Calzada y Ocho, en El Vedado, y poseía una biblioteca de gran uso público, una íntima y agradable sala de conciertos y una sala de exposiciones, donde aquella pléyade espléndida de pintores cubanos, que en las décadas de los 40 y 50 dieron a Cuba, por vez primera, un perfil pictórico internacional, colgaron sus cuadros estupendos. Allí expusieron, entre otros, Mario Carreño, René Portocarrero, Carlos Enríquez, Eduardo Abela, Wifredo Lam, Amelia Peláez, Cundo Bermúdez, Mariano Rodríguez, Víctor Manuel, Luis Martínez Pedro, Hugo Consuegra y Daniel Serra Badué.

También estaba activa la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, dirigida por el compositor Harold Gramatges, que, más allá de su agenda secreta comunista, ofreció excelentes conciertos en la década de los 50. Finalmente hay que señalar la existencia del magnifico Coro Polifónico Nacional, bajo la tutela de Serafín Pro, uno de los compositores que fundaron, con Ardévol, el ya mencionado Grupo de Renovación Musical.

El Lyceum, Pro-Arte Musical y la Sociedad de Conciertos, entre otras, eran instituciones –repetimos una vez más- timoneadas por mujeres de la comunidad habanera, de burguesas a intelectuales, de profesionales a educadoras, de ricas a representantes de la clase media, de mayores de edad a jóvenes entusiastas. Todas muy independientes, todas desmanteladoras de otro mito “revolucionario” que asegura al mundo que la mujer cubana sólo se liberó al triunfo del castrismo. Algún día, también se escribirá pausadamente sobre estas mujeres republicanas que tanto hicieron por la cultura de Cuba.

Interlocutor: Sí, todo esto es muy bonito y loable pero, ¿qué me dices, insisto, acerca de las orquestas al servicio de la música clásica y qué me explicas con respecto a la enseñanza musical?

Aurelio de la Vega: Tomemos primero el caso de la enseñanza de líneas y bolitas. En la Cuba republicana existían cientos de conservatorios esparcidos a lo largo de la Isla. Con la excepción notable del Conservatorio Municipal de Música de La Habana, fundado por Roldán, donde sí se impartía una instrucción musical intensa, orgánica y cabal, y donde se enseñaban todos los instrumentos y se oían conciertos interpretados por sus grupos instrumentales y vocales, es cierto que muchos conservatorios de la era republicana, que graduaban alumnos como fábricas activísimas de embutidos, dejaban mucho que desear. Dentro de esa serie grande de conservatorios, que sólo enseñaban pobremente piano, y teoría y solfeo, podían detectarse, sin embargo, algunas instituciones más serias: los Conservatorios Orbón, Falcón, Ada Iglesias, Peyrellade y Hubert de Blanck, con distintos niveles de efectividad, que incluían en sus planes de estudio Historia de la Música, Armonía, un poco de Conrapunto y de Orquestación, y que, en el caso del de Ada Iglesias, que yo recuerde, hasta Estética de la Música. El hecho de que posteriormente las escuelas de música creadas por la revolución marxista hayan llevado la enseñanza musical a planos más técnicos y desarrollados, no excluye la parte mejor de la acción de los mejores conservatorios republicanos, los cuales abonaron el terreno para que muchos cubanos se lanzaran a proseguir estudios fuera de Cuba con una noción más o menos sólida de los juegos y misterios del arte musical. No hay que olvidar que en el Conservatorio Municipal de Música de La Habana –institución establecida en plena República- impartían clases casi todos los compositores del Grupo de Renovación, quienes luego, quedados en Cuba tras la revolución castrista, vinieron a fundamentar y dirigir la enseñanza musical en Cuba a partir de 1959. Debe mencionarse, asimismo, que en los 50, las Universidades de La Habana y de Las Villas mantenían Escuelas de Verano dentro de las cuales se insertaron cursos de Apreciación Musical.

Capítulo aparte merece el establecimiento de la Sección de Música de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, que fue fundada por mí en 1953, por encomienda de la propia Universidad, y que funcionaba dentro de la Facultad de Filosofía. Era la primera escuela de música a nivel universitario que se inauguraba en Cuba y la segunda de toda América Latina, habiéndose establecido la de la Universidad de Tucumán, Argentina, antes, en 1947. Esta escuela de música de la Universidad de Oriente creó una Licenciatura (4 años) y una Maestría (2 años adicionales). Los planes para un Doctorado fueron esbozados. Se contrataron profesores especializados de primera línea y, antes de yo abandonar definitivamente la tierra natal, graduamos el primer contingente de alumnos que cursaron la Licenciatura en Música. Posteriormente a 1959, en el afán anti-histórico del castrismo, se borró mi existencia del ámbito musical de Cuba, y mi nombre desapareció como fundador de esta escuela universitaria de música, para ser reemplazado por el de dos de los profesores que yo había traído a la Universidad. Mi ostracismo biográfico se unió al de otros que dentro del campo de la música clásica cubana habían contribuído en la era republicana al desarrollo de la misma –de Julián Orbón a Alberto Bolet; de las damas de Pro-Arte Musical, de la Sociedad de Conciertos y del Lyceum, a los mecenas de la Orquesta Filarmónica.

Ahora hablemos de las orquestas. En La Habana existieron desde la década de los 30 dos orquestas activas: la Sinfónica, fundada y dirigida por Gonzalo Roig, que tocaba mucha música de este compositor y de Lecuona -y que acompañó en algunas ocasiones al montaje de óperas del repertorio italiano- , y la Filarmónica, fundada y dirigida por Amadeo Roldán y por el director de orquesta español Pedro Sanjuán, la cual pronto se convirtió en conjunto altamente profesional y a través de la cual La Habana escuchó por vez primera mucha música contemporánea internacional, de Stravinsky a Bartók, de Hindemith al propio Roldán, de Prokofieff a García Caturla. En la década de los 40 la Orquesta Filarmónica cayó providencialmente en manos del famosísimo director de orquesta alemán Erich Kleiber, alejado del teatro musical europeo a causa de la horrísona Segunda Guerra Mundial. Kleiber transformó radicalmente la Orquesta, y en seis años la convirtió en un aparato sinfónico notable, capaz hasta de llegar a interpretar muy bien el difícil laberinto atonal del Wozzeck de Alban Berg. Por esta época, la Orquesta estaba financiada en su casi totalidad por el mecenas cubano Agustín Batista, prominente y acaudalado hombre de negocios que le permitió a Cuba tener su primer y activísimo gran conjunto sinfónico. La Filarmónica pasó luego a ser dirigida por la flor y nata de los más prominentes directores de orquesta del mundo: Bruno Walter, Arthur Rodzinski, Manuel Rosenthal, Herbert von Karajan, Efrem Kurtz, Erich Leinsdorff, William Steinberg, Serge Koussevitzky, Sir Thomas Beecham, Juan José Castro, Charles Münch Pierre Monteux y Sergiu Celibidache, entre otros. Incidentalmente, la Filarmónica, en los 50, tocó música de Ardévol y de los cubanos Edgardo Martín, Pablo Ruiz Castellanos y Gilberto Valdés. Hay que apuntar que la Orquesta ofrecía conciertos populares a medianoche en el Teatro Nacional (antes Teatro del Centro Gallego) al precio de 50 centavos la entrada, platea y palcos incluidos.
Erich Kleiber

Además de estas dos orquestas sinfónicas, existían en la Cuba republicana la Orquesta de Cámara de La Habana, fundada y dirigida por José Ardévol, la Orquesta de Cuerdas del Instituto Nacional de Cultura, que regía Alberto Bolet, y la Orquesta Sinfónica de Santiago de Cuba, bajo la dirección de Antonio Serret. Con la Orquesta de Cámara de La Habana, Ardévol hizo oír por vez primera en Cuba, música de Malipiero, Villa-Lobos, Chávez, Milhaud y otros muchos compositores importantísimos dentro del campo de la música clásica contemporánea, y estrenó obras de él mismo, de Roldán, de Edgardo Martín y de Harold Gramatges. La Orquesta de Cuerdas del Instituto Nacional de Cultura (fundado por Guillermo de Zéndegui a mediados de la década de los 50, y que sustituía y ampliaba en sus funciones a la antigua Dirección de Cultura del Ministerio de Educación) tenía por sede el Palacio de Bellas Artes, situado directamente al sur del Palacio Presidencial de La Habana, y efectuaba sus conciertos en su propia sala decorada con murales de José Mijares. Allí se oyó por vez primera en Cuba mi Elegía para orquesta de cuerdas (1954), que Bolet había estrenado en Londres con la Royal Philarmonic Orchestra.

Finalmente debe anotarse el hecho de que la radioemisora CMQ había fundado una orquesta sinfónica propia, bajo la dirección de Enrique González Mantici, militante del Partido Socialista Popular, y buen director, al que nunca se le preguntó su filiación política. Mantici, además de tocar varias obras sinfónicas cubanas, estrenó en 1951, con esta Orquesta, mi Obertura a una Farsa Seria, compuesta un año antes.

Interlocutor: ¿Y eso era todo?

Aurelio de la Vega: No. Además de los conjuntos musicales mecionados anteriormente, sufragados casi todos por individuos y entidades comerciales privadas (ya que salvo en el caso de la Orquesta de Cuerdas del Instituto Nacional de Cultura, las subvenciones gubernamentales eran mínimas), existían, desde la década de los 30, la Ópera Nacional, que presentó muchas óperas en La Habana y que en la década de los 50 organizó varias presentaciones notables en el Palacio de los Deportes; los conciertos gratuitos de la Plaza de la Catedral, costeados por el Estado (que culminan a mediados de los 50 en una magnífica puesta en escena del oratorio de Honegger Juana de Arco en la Hoguera, obra estrenada en Zürich, en este formato, en 1942); los también gratuitos conciertos de verano en el Estadio del Cerro y, sobre todo, las trasmisiones radiales de varias emisoras cubanas que, a finales de los 40 y en la década de los 50, incrementaron su apoyo a la música clásica. La CMQ llegó a trasmitir, en horas de gran audiencia, a través de la televisión (Cuba fue el primer país de América Latina que en plenos tiempos republicanos tuvo televisión en colores), ballets clásicos y zarzuelas, como la Lola Cruz de Lecuona, y llegó a crear historia al montar, en estreno mundial escénico, el ballet La Rebambaramba de Amadeo Roldán. La música clásica se difundía desde los 40 por la cadena radial CMZ, fundada por Fulgencio Batista durante su primer período presidencial constitucional, y también por la emisora de filiación comunista Radio Mil Diez, siendo sin embargo las trasmisiones más populares las de los conciertos diurnos dominicales de la Orquesta Filarmónica en el Auditorium, patrocinados por la General Electric en la CMBF y por la General Motors en la RHC.

Interlocutor: Basta ya de recuentos. Una última observación: ¿es cierto que toda esta actividad musical que has mencionado era de carácter elitista, y tú mismo has sido tildado de esto?

Aurelio de la Vega: Si ser elitista es sinónimo de buen gusto, de refinamiento estético y cultural, y de aspiración al saber y a la defensa de la cultura occidental, a la cual yo -y creo que la gran mayoría de los que tomaron parte en la gran aventura de la música clásica cubana durante la República, pertenecíamos y pertenecemos-, me alegro de sustentar el calificativo. Pero si se usa éste negativa y peyorativamente para indicar discriminaciones, falta de generosidad, egoísmo cultural y cerrazón de puertas a las clases más pobres, rechazo totalmente, en mi nombre y en el de tantos otros, que esto tuviese nada que ver con la realidad histórica del desarrollo de la música clásica en Cuba. He apuntado que había en la Isla, sobre todo en La Habana, un sinnúmero de continuos conciertos de gran calidad con entrada gratis, la matrícula del Conservatorio Municipal de Música en la capital era casi inexistente, los abonos a los conciertos de Pro-Arte y a los dominicales de la Filarmónica eran de costo minúsculo, y un par de estaciones de radio trasmitían música clásica de continuo. Ahora pregunto yo: ¿cuántas veces hay que alertar al mundo para que vea la verdad histórica más allá de la cortina de humo “oficial” alimentada diariamente por el actual gobierno cubano?, ¿cuánta más paciencia hay que esgrimir para tratar de convertir al dudoso? Frente al malvado me encojo de hombros o escupo en el suelo, frente al marxista doctrinario y furibundo exhibo una sonrisa enmarcada en silencio, frente al imbécil de todos colores me largo a tomar un buen vino. Los datos reales, querido, quedan fundamentados en libros, memorias, ensayos, opúsculos, revistas, diccionarios, publicaciones de organismos económicos internacionales y, sobre todo, en la verdad que proclamamos los que fuimos testigos y partícipes de una etapa magnífica, donde Cuba llegó a ocupar, pese a la corrupción política imperante y al enlodamiento cívico, una posición económica envidiable, y a poseer una vida intelectual y artística realmente asombrosa. Conmovedor es recordar aquellos tiempos. Para los que quieren oír, diles, “Interlocutor”, lo que hemos hablado.

Discurso de Investidura como Miembro Numerario de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. Publicado en el Anuario Histórico Cubanoamericano #2 (2018): 15-31.