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Monday, May 9, 2022

DICTADURA Y DEMOCRACIA: UN DEBATE ENTRE GÓMEZ Y MARTÍ

 


Por Antonio Gómez Sotolongo

Cada 19 de mayo se cumple un año más de la muerte en combate de José Martí, el Apóstol de Cuba. Un día como ese, de 1895, Máximo Gómez escribió en su diario lo siguiente:

El 19, a la Vuelta Grande, en donde encuentro al General Bartolo Masó con más de 300 jinetes- y a Martí y mis ayudantes.

Pasamos un rato de verdadero ardor y espíritu guerrero; ignorando que el enemigo venía marchando por mi rastro […]

Dos horas después, nos batíamos a la desesperada con una columna de más de 800 hombres, a una legua del campamento, en Dos Ríos.

Jamás me he visto en lance más comprometido- y Martí, que no se puso a mi lado, cayó herido o muerto en lugar donde no se pudo recoger y quedó en poder del enemigo.

Cuando supe eso avancé solo hasta donde pudiera verlo.

Esta pérdida sensible del amigo, del compañero y del patriota; la flojera y poco brío de la gente, todo eso abrumó mi espíritu a tal término, que dejando algunos tiradores sobre un enemigo que ya de seguro no podía derrotar, me retiré con el alma entristecida.

¡Qué guerra ésta! Pensaba yo por la noche; que al lado de un instante de ligero placer, aparece otro de amarguísimo dolor. Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma podemos decir del levantamiento.

Así demostraba el General Gómez el respeto y el cariño fraterno ante un hombre con quien había tenido un fuerte encontronazo en Nueva York, en octubre de 1884. Había sido verdaderamente fuerte el altercado entre los dos hombres, pero había muchas y más grandes cosas que los unían, por eso 1892, cuando Martí lo visitó en «La Reforma», en La República Dominicana, Gómez escribió en su diario:

Septiembre 11.- […] Muchos cubanos prominentes de nuestro Partido, con aparente razón temían que ahora, guardando yo algún resentimiento de Martí, por su conducta pasada, negase a la Revolución que él trata de resucitar, mi apoyo moral y todos mis servicios.

No debe ser así, pues Martí viene a nombre de Cuba, anda predicando los dolores de su Patria, enseña sus cadenas, pide dinero para comprar armas; y solicita compañeros que le ayuden a libertar, y como no hay un motivo, uno solo, ¿por qué dudar de la honradez política de Martí? Yo, sin tener que hacer el menor esfuerzo, sin tener que ahogar en mi corazón el menor sentimiento de queja contra Martí, me he sentido decididamente inclinado a ponerme a su lado y acompañarlo en la empresa que acomete.

Así pues Martí ha encontrado mis brazos abiertos para él, y mi corazón, como siempre, dispuesto para Cuba.

Aquella desavenencia entre Gómez y Martí, del todo ríspida, quedó registrada también en el diario del General dominicano:

Agregaré a esto que no faltaba alguien, como José Martí, que le tenga miedo a la dictadura, i que cuando más dispuesto lo creía se retiró de mi lado furioso según carta suya insultante, que conservo; porque no dejándolo yo, inmiscuirse en los asuntos del plan general de la Revolución, a cargo mío en estos momentos, y deseando enseñarle su papel, se ha creído que yo pretendo ser un dictador i dando a éste frívolo pretexto, la gravedad que jamás en si puede tener se ha alejado de mi lado vertiendo especies que no creo favorezcan a las cosas i a los hombres. He empezado de nuevo a saborear gotas amargas, pero yo seguiré mi camino sin miedo ni contemplaciones. 

Ambos hombres, ya desde entonces, debatían acerca del valor de la libertad y la democracia. Para Gómez, Martí se inmiscuía en sus asuntos, en los que nadie tenía derecho a opinar y mucho menos a fiscalizar; y para Martí, Gómez estaba en el deber de actuar de manera transparente y democrática. Y ese ideal de libertad y democracia el Apóstol lo enunció en la mencionada carta, dirigida al general Gómez con fecha 20 de octubre de 1884:

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento:-y cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante este espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?: ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Uds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?-Si la guerra es posible, y los nobles y legítimos prestigios que vienen de ella, es porque antes existe, trabajado con mucho dolor, el espíritu que la reclama y hace necesaria:-y a ese espíritu hay que atender, y a ese espíritu hay que mostrar, en todo acto público y privado, el más profundo respeto;- porque tal como es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ella exponga la vida.—El dar la vida constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.

Entiendo que Martí tenía muy claro los peligros que corría la Patria que estaban tratando de fundar, y no se equivocó, porque aunque el general Gómez nunca estuvo en condiciones ni en el camino de ser un dictador, muchos otros llegaron, desde 1902 hasta hoy, para comandar a Cuba como si la isla fuera un regimiento.

Este artículo fue publicado el 20 de mayo de 2012 en el blog del autor. En línea: https://eltrendeyaguaramas2epoca.blogspot.com/2012/05/dictadura-y-democracia-un-debate-entre.html Corregido y editado para el blog de la AHCE

 

Thursday, February 10, 2022

MÁXIMO GÓMEZ Y LA REELECCIÓN PRESIDENCIAL

Por Antonio Gómez Sotolongo.

Y no quiero ver a mi patria, ¡no!, víctima de capataces. La prefiero esclava de los demás a verla esclava de sus hijos. \
José Martí[1].

El 21 de febrero de 1901 fue aprobada la primera Constitución de la República de Cuba, y en aquella Carta Magna, los constitucionalistas, teniendo en mente a Máximo Gómez, incluyeron «un precepto capacitando a ciudadanos no nacidos en la Isla para ocupar la Presidencia, siempre que hubieren servido con las armas a Cuba en sus guerras de independencia, diez años por lo menos[2]-[3]».

Pero Máximo Gómez se negó rotunamente a presentarse como candidato en aquellas elecciones, y apoyó a Tomás Estrada Palma (1835-1908) con el mismo fervor que empuñó el machete en las dos guerras por la independencia de Cuba. «Los hombres de la guerra para la guerra, y los de la paz para la paz», había dicho.

El 1 diciembre de ese mismo año, después de realizarse las primeras elecciones libres en la Isla, el Gobernador Leonard Wood (1860-1927) traspasó el mando a Estrada Palma quien resultó ganador en los comicios.

Aquel primer período presidencial, aquel primer ensayo de democracia en Cuba había salido bastante bien, tanto que se le ha llamado «la República modelo»[4]. La honradez del mandatario y su capacidad para administrar con pulcritud los fondos públicos le ganaron una gran admiración y le dieron una gran popularidad entre los votantes.

La situación general en cuba era excelente. Rápidamente se alcanzaban nuevos centrales azucareros […] aumentando la producción y el trabajo: funcionaba ya el Ferrocarril Central, construido por iniciativa privada durante la Intervención; los vapores españoles llegaban cargados de europeos resueltos a conquistar su bienestar en un país necesitado de brazos, y el capital extranjero, hallando favorables todas las circunstancias, se derramaba sobre la Isla fomentando servicios públicos de transporte y alumbrado […]. Y Teodoro Roosevelt (1858-1919), quien había peleado en Santiago de Cuba, era ahora Presidente de los Estados Unidos y con amistosa benevolencia felicitaba a Estrada Palma por la cordura y firmeza con que guiaba a la República en estos primeros años críticos»[5].

Con esta popularidad y estos magníficos resultados fue fácil que Estrada Palma decidiera, sin violar la Constitución, continuar en el poder[6]; sin embargo, una buena parte de los que apoyaron su candidatura en 1901 lo rechazaron para un segundo mandato y entonces se destapó «el viejo odio criollo a la continuidad de los gobiernos, incubado en largos siglos de vida colonial (y se) vio renacer el temido mando único de los Capitanes Generales, a beneficio de un grupo de adictos y en perjuicio de la mayoría del país»[7].

Para empujar la reelección se fundó el Partido Moderado, que utilizó todos los medios económicos y políticos que proporcionaba el Poder para sumar votos. Una de sus maniobras fue cesantear a los empleados públicos que no se «moderaran», es decir, a quienes no se incorporaran a su partido y votaran por Estrada Palma.

Contra la reelección el general Máximo Gómez inició una campaña que lo llevó por toda la isla, y con el mismo fervor que llamó a votar por Tomás Estrada Palma en su primer mandato constitucional, así se opuso a que se mantuviera en el poder por cuatro años más.

Gómez, en medio de aquella lucha contra la reelección de 1905, encontró la muerte. Lo que no habían conseguido las balas y los sables de los colonizadores españoles, lo consiguió una enfermedad infectocontagiosa.

Las elecciones se realizaron; y, como sucede siempre que la ética no puede imponerse sobre las ansias de poder, Estrada Palma venció al candidato por el Partido Liberal, el general José Miguel Gómez (1858-1921).

Pero el descontento popular, guiado por algunos de los más importantes sobrevivientes de las luchas independentistas, explotó en una confrontación armada conocida como «guerrita de agosto», en la que perdieron la vida, entre otros patriotas, el general Quintín Banderas (1834-1906), y provocó la segunda intervención de los Estados Unidos en Cuba.

Amparado por la Enmienda Platt, que había quedado estampada en la Constitución[8] de 1901, Estrada Palma, «quien se consideró impotente frente a los alzados, solicitó la intervención del gobierno norteamericano»[9], y el 28 de septiembre de 1906 tomó posesión como Gobernador Provisional de Cuba el Comisionado William H. Taft, (1857-1930) quien fue sustituido a principios de octubre por Charles Magoon (1861-1920).

En la proclama que el Comisionado dio a conocer al pueblo de Cuba para ejecutar esta segunda intervención, se advirtió que:

«el no haber el Congreso tomado acuerdo en cuanto a la renuncia del Presidente de la República de Cuba, o elegido un sustituto» dejaba al país «sin gobierno» en una época en que prevalecía «gran desorden»; por lo que el Presidente de los Estados Unidos le había confiado establecer un gobierno provisional el cual duraría solamente el tiempo necesario para «restablecer el orden, la paz y la confianza pública» y celebrar elecciones[10].

Durante la segunda intervención se mantuvo la organización administrativa de la República, ondeó la bandera cubana en todas las instituciones y el 28 de enero de 1909 Charles Magoon entregó la presidencia de la república a José Miguel Gómez, quien resultó ganador en las elecciones convocadas en 1908.

Este tramo de la Historia de Cuba indica que las ansias de poder en los políticos no son nuevas, nos vienen desde la fundación misma de nuestras Repúblicas. El deseo de imperar incluso al precio de violentar la moral y las leyes está en el espíritu de muchos de ellos, quienes son capaces de someter sus valores morales a sus apetitos económicos, y trepar con desprecio por encima de sus prójimos.

El conflicto hoy está en que quienes prorrogan sus poderes lo hacen sin medida, acumulando en ellos tanta autoridad que son capaces de secuestrar la soberanía, de dejar sin la menor capacidad de respuesta al soberano.

Máximo Gómez estaría hoy contra la reelección, pero tendría un grave conflicto si tuviera que reconocer que la única manera de evitarla es la intervención extranjera, porque la soberanía nacional es ahora arrebatada por los mismos criollos.

Ya no son las armas extranjeras las que «crean en nuestros pueblos la situación de miseria material y de apenamiento, por estar cohibidos en todos sus actos de soberanía»[11], ya no vienen de ultramar, ya no son importados, ahora quienes nos arrebatan la soberanía, quienes esclavizan la Patria son sus peores hijos.

Este artículo fue publicado el 5 de julio de 2019 en el blog del autor. En línea: https://eltrendeyaguaramas2epoca.blogspot.com/2019/07/maximo-gomez-y-la-reeleccion.html Corregido y editado para el blog de la AHCE


[1] José Martí. 1975. Obras completas. Volumen 22 fragmentos, fragmento 17, p. 17. La Habana: Ciencias Sociales. [En línea] [Fecha de consulta 30 de enero de 2022] Disponible en: http://biblioteca.clacso.edu.ar/Cuba/cem-cu/20150115031746/Vol22.pdf


[2] Portuondo, Fernando. 1950. Historia de Cuba. La Habana: Minerva. 581


[3] El artículo 65 dice textualmente: «Para ser Presidente de la República se requiere: 1. Ser cubano por nacimiento o naturalización, y en este último caso, haber servido con las armas a Cuba, en sus guerras de independencia, diez años por lo menos».


[4] Portuondo 1950, 581


[5] Ídem 583


[6] El artículo 66 dice textualmente: «El cargo durará cuatro años, y nadie podrá ser Presidente en tres períodos consecutivos».


[7] Portuondo 1950, 583


[8] «La Enmienda Platt se suprimió totalmente en la Constitución de 1940, pero mucho antes el Presidente Franklin D. Roosevelt había accedido -siguiendo la política del Buen Vecino, iniciada por él- a firmar un nuevo Tratado Permanente con Cuba (1934), en el cual fueron eliminadas todas las cláusulas que se referían al derecho de intervención» [Nota de Fernando Portuondo en el libro citado, p. 580]


[9] Portuondo 1950, 584.585


[10] Ídem 585


[11] Diario de Campaña del Mayor General Máximo Gómez, p. 425 [En línea] [Fecha de consulta 5 de julio de 2019] Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/diario-de-campana-del-mayor-general-maximo-gomez/

Wednesday, March 18, 2020

La casa del Manifiesto de Montecristi


Por Camilo Venegas Yero
El autor junto al también escritor Alejandro Aguilera
El 2 de septiembre de 1888, Máximo Gómez escribió en su diario: “Nuevas y gratas impresiones al pisar por tercera vez las playas de mi tierra natal”. Volvía a su país con la intención de dedicarse al cultivo del tabaco (con la ayuda de vegueros cubanos) y la ganadería.

Venía de largos viajes y, para decirlo con sus propias palabras, de la “más espantosa miseria”. Además de anotar todo lo que hacía, el guerrero dejaba constancia de sus reflexiones: “Las grandes tiranías requieren grandes hérores”, afirmó. “Siguen los cubanos en su indeferentismo hacia mí”, confesó.

El general Ulises Heureaux le ofreció protección y el empresario Alejandro Grullón ayuda económica. Las cosechas fueron “mezquinas”. Los vegueros cubanos, también. El 11 de septiembre de 1892, cuando compartió con Martí, primero un café y después un ron, Gómez era un hombre desesperado.

“Martí viene a nombre de Cuba, anda predicando los dolores de la Patria, enseña sus cadenas, pide dinero”, anota. La casa, convertida hoy en un precario museo, parece un escenografía de una puesta en escena que no se repondrá más. Pero aún es útil para imaginarse los personajes moviéndose dentro de ella.

Siempre que vamos a Montecristi (al pie del Morro, una majestuosa elevación en la costa, hay un hotel que nos gusta mucho), pasamos horas en la casa donde vivieron Manana y Máximo. He leído todo lo que ha caído en mis manos sobre los días que compartieron Gómez y Martí en aquel espacio.

Ahí adentro, mientras el Delegado invitaba al guerrero, “sin temor de negativa, a este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que ofrecerle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”. Luces siempre ténues. Calor y mosquitos. Lo estricto.

Aún cuando se sentían vigilados, de seguro se sentaron en el portal y caminaron por los alrededores. Eso no está en ningún libro. Tampoco lo que hacían Manana, Panchito y las niñas entre ellos. La vida cotidiana de la casa del Manifiesto de Montecristi: siempre que estoy dentro de ella, trato de imaginarme eso.

Sunday, March 15, 2020

Dos cartas

Reproducimos a continuación dos cartas intercambiadas entre el Capitán General español Ramón Blanco y el Mayor General Máximo Gómez. En la primera, fechada el 5 de Marzo 1898 el español le propone al jefe del Ejército Libertador cubano una alianza con sus tropas para enfrentar la inminente invasión norteamericana.

Señor:

Con la sinceridad que siempre ha caracterizado todos mis actos, me dirijo a usted, no dudando por un momento que su clara inteligencia y nobles sentimientos, los que como enemigo honrado reconózcole, harán acoger mi carta favorablemente.


No puede ocultarse a usted que el problema cubano ha cambiado radicalmente. Españoles y cubanos nos encontramos ahora frente a un extranjero de distinta raza, de tendencia naturalmente absorbente, y cuyas intenciones no son solamente privar a España de su bandera sobre el suelo cubano, por razón de su sangre española. El bloqueo de los puertos de la Isla no tiene otro objeto. No sólo es dañoso a los españoles, sino que afecta también a los cubanos, completando la obra de exterminio que comenzó con nuestra guerra civil.

Ha llegado, por tanto, el momento supremo en que olvidemos nuestra pasadas diferencias y en que, unidos cubanos y españoles para nuestra propia defensa, rechacemos al invasor. España no olvidará la noble ayuda de sus hijos de Cuba, y una vez rechazado de la Isla el enemigo extranjero, ella, como madre cariñosa, abrigará en sus brazos a otra nueva hija de las naciones del Nuevo Mundo, que habla en su lengua, profesa su religión y siente correr en sus venas la noble sangre española. Por todas estas razones, General, propongo a usted hacer una alianza ambos ejércitos en la ciudad de Santa Clara. Los cubanos recibirán las armas del Ejército español y, al grito de ¡viva España! Y ¡viva Cuba!, rechazaremos al invasor y liberaremos de un yugo extranjero a los descendientes de un mismo pueblo".
Su afectísimo servidor,

Ramón Blanco Erenas

Capitán General



Respuesta de Máximo Gomez a Ramon Blanco.


Sr. General Don Ramón Blanco
Señor:

Me asombra su atrevimiento al proponerme otra vez términos de

paz, cuando sabe que españoles y cubanos jamás podrán vivir en paz en el suelo de Cuba. Usted representa en esta Cuba una monarquía vieja, desacreditada, y nosotros combatimos por un principio americano, el mismo de Bolívar y de Washington.

Usted dice que pertenecemos a la misma raza y me invita a luchar contra un extranjero; pero usted se equivoca otra vez, porque no hay diferencias de sangre y raza. Yo solo creo en una raza, la Humanidad, y para mí no hay sino naciones buenas o malas. España ha sido, hasta aquí, mala, cumpliendo en estos momentos los Estados Unidos hacia Cuba un deber de humanidad y civilización. Desde el atezado indio salvaje hasta el refinado inglés un hombre es para mí digno de respeto, según su honradez y sentimientos, cualquiera que sea el país o raza a que pertenezca o la religión que profese.

Así son para mí las naciones, y hasta el presente sólo he tenido motivos de admiración para los Estados Unidos. He escrito al presidente McKinley y al general Miles. No veo el peligro de exterminio por los Estados Unidos a que usted se refiere en su carta. Si así fuere, la Historia los juzgará. Por el presente sólo tengo que repetirle que es muy tarde para inteligencias entre su ejército y el mío.

Su afectísimo servidor, Máximo Gómez Báez