Showing posts with label Bahia de Cochinos. Show all posts
Showing posts with label Bahia de Cochinos. Show all posts

Monday, September 6, 2021

General del Pino: Bombardeamos nuestras tropas en Girón por error de Fidel Castro*


Por Carlos Cabrera Pérez

El General de Brigada (r) Rafael del Pino Díaz (Pinar del Río, 1938) fue héroe de Playa Girón, neutralizando a la aviación enemiga que -hace 60 años- bombardeó tres aeropuertos militares cubanos y dio cobertura aérea al desembarco de la Brigada 2506 en Bahía de Cochinos.

En 1987 se fugó con parte de su familia a Estados Unidos, tripulando una avión Cessna, y hoy encabeza el Movimiento de Objetores de Conciencia que pide a militares que no repriman a los cubanos.

Del Pino, que habla con igual destreza que cuando pilotaba, incluso desde su bautizo aéreo en el cielo de Playa Girón, cuenta para CiberCuba sus recuerdos de aquellos días, incluido un error de Fidel Castro Ruz, ordenando -pese a su desconocimiento del teatro de operaciones- un bombardeo que causó numerosas bajas a las tropas cubanas.

La derrota de la Brigada 2506 en el sur de Matanzas, contribuyó a la mitificación y poderío de Castro, pero el general del Pino tiene claves de las postalitas de hace 60 años.


General, ¿qué recuerdos tiene de los bombardeos del 15 de abril de 1961?

Primero tengo que hablar de un encuentro que tuvimos con Fidel, un piloto de Sea Fury, Gustavo Bourzac y yo, unos días antes del bombardeo. Fidel fue a la base aérea de San Antonio para inspeccionar los armamentos soviéticos que estaban entrando por el Mariel y almacenados en la base aérea por sus cercanías a dicho puerto.

Bourzac me avisa que Fidel está allí y vamos a verlo. Estaba inspeccionando unos obuses de 122 mm y le preguntamos: comandante, ¿Y cuando llegan los Mig? Se viró para nosotros y pasándose la mano por la barba nos dijo: Así que ustedes quieren Mig, mig, mig. ¡Miiilll…vacas es lo que voy a traer aquí, para que coman yerba entre las pistas porque todos ustedes, los pilotos, se creen mejor que nadie y han estado criticando nuestras relaciones con la URSS. Además, cuando suene aquí la primera bomba van a salir corriendo.

Yo no pude aguantar ese insulto y le respondí - ¡Usted está equivocado comandante, nosotros si vamos a despegar pase lo que pase! Entonces, uno de los guardaespaldas se me aproximó y Fidel lo detuvo. Creo que se dio cuenta que nos había insultado, se me acercó, me puso la mano en el hombro y me dijo en voz baja – No te molestes que yo lo hago para levantarles la moral.

Allí terminó todo y el día del bombardeo Bourzac y Alberto Fernádez lograron despegar, pero no pudieron interceptar los B-26. Carreras y yo corríamos para montarnos en el T-33 número 715, y uno de los B-26 de la Brigada 2506 lo destruyó con los cohetes. Después supe que había sido René García, uno de los viejos pilotos de la Fuerza Aérea que se había exiliado, muy buen piloto que era.

Cuando Fidel Castro llegó a la base en horas del mediodía para ver los daños causados y pasó junto a nosotros no pude aguantarme y le dije: - Se dio cuenta comandante lo que le dije el otro día – nosotros íbamos a despegar bajo cualquier ataque y Bourzac y Fernández lo hicieron. Me ignoró y siguió de largo haciendo preguntas.

El 18 de abril, por una orden errónea de Fidel Castro, la aviación cubana bombardeó tropas propias; ¿Cómo se produjo esa trágica circunstancia?

El problema fue que Fidel Castro no estaba en realidad dirigiendo los combates, se limitaba a dar órdenes que aseguraran esto o lo otro y, el día 18, se le ocurre mandar un batallón, el 113 de las milicias, por un camino dentro de la ciénaga para tratar de cortarle la retirada a las fuerzas de la Brigada 2506, que habían desembarcado y que se encontraban en Playa Larga.

Lo único que se nos informa es que, a partir de dos kilómetros después de donde veamos los impactos de nuestra artillería, podíamos atacar todo lo que viéramos.

Cuando llegamos a la zona, incluso dejamos más de dos kilómetros sin tocar, fueron aproximadamente cuatro kilómetros y descubrimos unos camiones con tropas que estaban por un caserío llamado Soplillar y los atacamos, creándole muchas bajas a nuestras propias tropas.

¿Considera usted que la invasión de Bahía de Cochinos reforzó el poder y el mito de Fidel Castro?

De eso se encargó el absoluto control de los medios de información. Fidel se encontraba en el central azucarero Australia, a 52 kilómetros de la linea del frente de guerra.

Todas esas fotos de Fidel tirándose de un tanque T-34 o montado en otro tanque SAU-100, disparando contra el buque Houston, que ya estaba hundido por nuestra aviación, es pura pantomima. Esas fueron fotos para las postalitas creadas por los fotógrafos del régimen.

Cuando eso sucede ya no había nadie en toda el área, los invasores se habían internado en la Ciénaga de Zapata. Hace 60 años que están tomándole el pelo a los cubanos. Desgraciadamente con esa distorsión de la historia han influenciado en las nuevas generaciones que no conocen la verdad de lo ocurrido.

¿Mantiene usted contactos con pilotos de la Brigada 2506?

Si, como no, yo fui muy amigo de René García y de Gustavo Ponzoa, ya fallecidos, y mantengo amistad también con Matías Farias.

*Tomado de Cibercuba

Sunday, April 18, 2021

María Werlau: A mi papá lo mataron hace 60 años en Playa Girón y nunca encontramos sus restos




Por Carlos Cabrera Pérez

María C. Werlau (La Habana, 1959) Graduada en Georgetown University, fue banquera con una carrera brillante, llegando a la vicepresidencia segunda del Chase Manhattan Bank, pero el tema cubano siempre la estuvo rondando hasta que se lanzó al ruedo y fundó Archivo Cuba, un trabajo ciclópeo que documenta 7.437 muertos o desaparecidos durante el castrismo, la reciente colonización de Cuba a Venezuela,y la venta de servicios médicos cubanos en el extranjero, con jugosos contratos para el gobierno y leoninos para médicos y demás personal sanitario.

Pero esta vez, Werlau no abordará parte de su trabajo investigativo de 21 años sobre el terror castrista y sus mañas de supervivencia, sino una tragedia personal que la vincula directamente con la batalla inconclusa de Playa Girón, que se inició el 17 de abril de hace 60 años y en la que se mataron o desaparecieron 272 cubanos, entre ellos, su padre Armando Cañizares Gamboa que, habiendo combatido junto a Che Guevara en la Sierra Maestra, se fue a Miami con su esposa embarazada, ex combatiente del Movimiento 26 de julio, y la pequeña María, tras avisarle un compañero de lucha que la seguridad comunista preparaba su captura tras identificarlo como miembro de la naciente oposición clandestina, junto a otros combatientes de la sierra y el llano.

Su padre regresó a Cuba como miembro de la Brigada 2506, donde desapareció el 21 de abril de 1961 y nunca más su viuda, ya fallecida, y su hija supieron de su paradero, aunque aún a María C. Werlau le quedaba por superar una artera maniobra de La Habana, que usó a un supuesto agente en Estados Unidos para comunicarles que Armando Cañizares Gamboa estaba vivo.

¿Cómo se enteró tu mamá de la muerte de su esposo?

Varias semanas después de la invasión, mi madre fue a la consulta de un médico en Miami, buscando tratamiento para la migraña, causada por el estrés. Allí vio un ejemplar de la revista Life (mayo de 1961), que contenía un reportaje sobre la invasión. Hojeándola, encontró una foto en la que reconoció a su esposo, mi padre, al parecer muerto.



Cuando años después, mi tío fue liberado de la prisión y llegó a Miami, le confirmó que una bala arrancó a mi padre su chapilla de identificación y que él se la había atado a sus pantalones, tal como aparecía en la fotografía. Yo me enteré de la existencia de la foto al cumplir 17 años. Mi madre se negó a enseñármela. Ni siquiera la guardaba en casa. Fui a la biblioteca de la universidad y la encontré, pero no se lo dije.

Mi madre le rogó a mi padre que no se incorporara a la Brigada 2506, porque la familia tenía ahora dos bebés -mi hermano recién nacido y yo con un año, acababa de llegar al exilio y disponía de muy pocos recursos- pero mi padre insistió en que, habiendo ayudado a Castro a alcanzar el poder, tenía la obligación moral –hacia sus hijos y hacia Cuba- de contribuir a derrocarlo.



Mis tíos Julio y Francisco, y el marido de mi tía, José, también se incorporaron a la Brigada 2506. Cuatro esposas y siete niños pequeños quedaron en Estados Unidos, rezando y esperando. Mi padre partió hacia los campamentos de Guatemala el 18 de enero de 1961. Nunca volvimos a verlo. Por suerte, mis tíos sí regresaron.

Mi padre y su hermano Julio formaron parte de un reducido grupo que luchó intensamente y, durante cuatro días, evitaron que los capturaran, pese a que estaban consternados por la falta del apoyo aéreo prometido.

Largamente superados en número, los invasores fueron machacados por los aviones de la fuerza aérea gubernamental que, supuestamente, debían de haber sido neutralizados en tierra, el día 15. Convencidos de que la invasión había fracasado, los supervivientes trataron de romper el cerco de las fuerzas castristas y marchar a las montañas del Escambray, para unirse a las guerrillas que operaban allí.

Fatigados y hambrientos, se quedaron dormidos. Un grupo de milicianos los descubrió, empezó a dispararles y se produjo un tiroteo. Mi padre y su amigo, Manuel Rionda, estaban malheridos por los disparos y las esquirlas de una granada. Los milicianos que los capturaron se negaron a prestarles atención médica y obligaron al resto del grupo a separarse de ellos. Nunca volvió a saberse nada de Manuel ni de mi padre.

¿Y qué pasó con tus tíos?

Desde el inicio de la invasión, el gobierno emprendió una redada masiva de civiles. Mis abuelos paternos, que vivían en Camagüey, fueron arrestados junto con miles de otros cubanos sospechosos de ser contrarrevolucionarios. Cuando por fin fueron puestos en libertad, mi abuela se enteró que -probablemente- mi padre había muerto y de que mi tío estaba en prisión, y, destrozada por el dolor, sufrió infarto cardíaco. Por suerte, logró sobrevivir. La muerte de mi padre –real o supuesta- había ocurrido el día del cumpleaños de mi abuela.

Nuestros parientes que vivían en Cuba buscaron desesperadamente a Manuel y a mi padre. El gobierno cubano se negó a dar información alguna o a confirmar el fallecimiento de ambos hombres, pese a las reiteradas súplicas de sus familiares, e hizo caso omiso de las peticiones que se formularon por conducto de la Cruz Roja Internacional. A la madre de Manuel le estafaron una considerable suma de dinero, que era difícil de obtener en Cuba en esos días. La promesa de devolverle los cadáveres para que pudiera darles sepultura fue sólo una treta montada por un miliciano a fin de extorsionar a la afligida madre.

Mientras mi tío Julio estuvo en la cárcel con el resto de los brigadistas presos, los sufrimientos se acumularon para las familias de los prisioneros. Las visitas de los parientes que aún vivían en Cuba fueron otras tantas ocasiones para que el gobierno de Castro los humillara y atropellara. Mi abuela nos contaría después que a las mujeres las desnudaban, las cacheaban de manera irrespetuosa y se burlaban de ellas. Entre las experiencias deplorables que presenció recordaba cómo una guardiana del penal tiraba por el aire la prótesis de seno de una señora mayor que había ido a visitar a su hijo.

Muchas de las mejores amigas de mi madre atravesaban una situación similar, con los maridos en prisión, heridos o fallecidos, y niños pequeños. Muchos de esos hombres ni siquiera murieron en combate. Simplemente, los soldados del régimen les dieron caza cuando la munición se les había agotado o fueron asesinados en el momento mismo de la captura. Nueve miembros de la Brigada 2506 murieron asfixiados cuando sus verdugos hacinaron a un centenar de prisioneros en un camión-rastra herméticamente cerrado. Ese horno mortal sobre ruedas tardó ocho horas en llegar a La Habana, mientras los hombres gritaban desesperadamente pidiendo clemencia.

Cuando ya parecía asumido el dolor, y arropada por la familia, incluidos tus abuelos que pudieron salir de Cuba, recibes una extraña confidencia...

En 1981, recibí información de un hombre que vivía en Las Vegas y que insistía en que mi padre y su primo estaban vivos en una cárcel de Cuba. Me habló de los ojos color verde de mi padre, sabía que era oriundo de Camagüey y se refería a sus dos hermanos por sus nombres de pila. Esta noticia me produjo una gran conmoción y rápidamente traté de confirmarla.

Como no quería que mi madre tuviera que pasar por nuevos trastornos emocionales, pedí ayuda a mis tíos. Tras indagar sobre el asunto, se enteraron de que ese hombre era probablemente un espía de Castro residente en Estados Unidos. Supusimos que su objetivo era aprovecharse de cualquiera, probablemente en cumplimiento de órdenes superiores.

El cruel engaño no pudo llegar en peor momento; pocos meses antes, mi familia había sufrido una pérdida atroz, mi querido y único hermano, Armando Cañizares murió en un accidente de tráfico, causado por un conductor ebrio. Mi madre no supo de este incidente hasta muchos años después.

Mi hermano sólo tenía 19 años cuando murió. Mi pena fue muy profunda en múltiples dimensiones, pero uno de los aspectos que más me afectó fue saber que él había sufrido más que yo por la carencia de un padre –y yo la había padecido mucho-. La pérdida de mi padre también marcó para siempre a mis abuelos y al resto de sus hermanos. En cuanto a mi madre, apenas alcanzo a hablar de cuánto le afectó, pues me resulta demasiado doloroso.

¿Cómo influyó la trágica desaparición de tu padre, en tu decisión de fundar Archivo Cuba y el trabajo que realizas?

En muchas ocasiones he visto cómo una pérdida así repercute en la vida de mucha gente; es como una piedra que cae en un lago y genera ondas concéntricas que van causando dolor a numerosas personas en distintos grados de intensidad, según su cercanía a la persona desaparecida.

Y esta apreciación se refleja en la labor que realizó en Archivo Cuba porque la persona fallecida o desaparecida paga sin duda el precio más elevado, pero también hay muchas otras víctimas con diferentes niveles de sufrimiento.

Desaparecido tu papá, ¿cómo se reorganizó la familia, teniendo en cuenta que estaba separada, tus abuelos y otros parientes en Cuba y ustedes en el exilio?

Mi mamá, María del Carmen Cuca Pino, nunca volvió a casarse. El amor mutuo que ella y mi padre se habían profesado fue muy intenso. Mi madre sentía un compromiso apasionado con la libertad de Cuba y trabajó incansablemente en asuntos relativos a los derechos humanos, como directora del grupo Madres Contra la Represión (MAR, por sus siglas en inglés) y el Free Society Project, que ayudó a crear el proyecto Archivo Cuba.

Mi madre murió de cáncer en julio de 2008. Fue una pérdida devastadora para mí, pero dejó un profundo amor que siempre está conmigo. Y su amor por la patria y la libertad, su empeño de promover la armonía y la justicia en el mundo, su honda fe religiosa y su estoicismo ante las dificultades y los sufrimientos son mi fuente de constante inspiración. Sin embargo, siempre me apena pensar en la frustración y la profunda tristeza que padeció durante casi toda su vida por la prolongación del totalitarismo en Cuba y el largo sufrimiento de su pueblo.

Mis abuelos paternos lograron salir de Cuba y llegaron a Estados Unidos en 1965. La suerte estaba echada: un sistema basado en el odio y dirigido con puño de hierro que parecía ya irreversible.

Mis abuelos habían padecido la pérdida de un hijo, la separación de todos sus hijos y nietos, la derrota de los mejores empeños de liberar a Cuba en Girón y mediante la insurrección del Escambray. Habían perdido sus tierras, confiscadas por el Estado comunista, como casi toda la propiedad privada del país. Al no disponer de otro lugar donde vivir, tuvieron que permanecer en la casa de su antigua finca, afrontando humillaciones diarias y contemplando cómo los ineptos funcionarios del Estado destruían el trabajo de toda una vida.

Recuerdo nítidamente la llegada de mis abuelos al aeropuerto de Miami. Yo tenía entonces seis años de edad. Era un gran día, mi hermano, mis primos y yo estábamos muy emocionados, porque no los conocíamos. ¡Hasta dejamos de ir a clase ese día! Mi abuela, tenía la reputación de ser una persona de carácter muy fuerte y la idea de estar en su presencia me infundía temor.

Pero, desde el primer momento en que nos vimos, el vínculo emocional fue inmediato. Luego, a menudo me diría que mirarme era como estar viendo a mi padre. Mi abuela era una persona muy fuerte, pero cada vez que se mencionaba el nombre de mi padre, sus ojos se llenaban de lágrimas.

Mis cuatro abuelos fallecieron hace ya algún tiempo, sin volver a ver de nuevo su patria. Mi abuela materna, Carmen Cros, que murió en 1998, tenía la personalidad más optimista que uno pueda imaginar. Padeció en privado muchas penas, nunca se quejó de nada y fue una mujer alegre y divertida hasta el último día de sus 91 años.

Sin embargo, sus últimas palabras antes de morir fueron de añoranza por la ciudad de Santiago de Cuba, donde había nacido, que no había vuelto a ver en los últimos 37 años: “Ah, las calles de Santiago…”, decía, mientras sostenía apretadamente una estatua de plata en miniatura de la Virgen de la Caridad del Cobre, una de las pocas cosas que había logrado sacar de Cuba, cuando marchó al exilio.

Mi tío Fidel Pino, único hermano de mi madre, que fue como un padre para mí, tampoco volvió nunca a Cuba y por desgracia murió de cáncer, todavía joven, en 1999. Siempre hablábamos de la isla. Era ingeniero, tenía un carácter muy noble y un gran amor por su patria. Entre sus muchos proyectos concibió un plan para reconstruir las infraestructuras de Cuba.

¿Tu tío Julio consiguió superar el dolor por la muerte su hermano Armando, tu padre?

Mi tío Julio, que desembarcó con mi padre en bahía de Cochinos, nunca superó el trauma por la muerte de mi padre y el fracaso de los esfuerzos que ambos realizaron en favor de la libertad de Cuba… ni siquiera lo ha superado hoy, después de sesenta años.

Los dos hermanos se adoraban y siempre estaban juntos. Uno de mis recuerdos más antiguos es el de mi tío sentado en el umbral de su casa de Miami, con una camisa a cuadros de mangas cortas, supongo que estaría recién salido de las prisiones cubanas. Nos miraba a su hija pequeña, a mi hermano y a mí mientras jugábamos. Yo tendría entonces unos tres años de edad, pero fui capaz de comprender que estaba triste, muy, muy triste.

Mi otro tío, Francisco, murió en 2005. Tras el fracaso de la invasión, se jugó la vida en reiteradas ocasiones como miembro de equipos de infiltración organizados y financiados por el gobierno del presidente Kennedy para prestar apoyo a la resistencia anticomunista, dentro de Cuba. Mi madre guardaba, como un tesoro, un hermoso caracol que le había traído de una de aquellas expediciones, recuerdo de su añorada Cuba.

Todas estas magníficas personas, a las que tanto he querido, se marcharon de este mundo con la pesadumbre de no haber visto la libertad restaurada en Cuba y no haber podido volver a verla. Su historia resume la de tantos cubanos que han padecido la pena del destierro.

Pese a tu profundo sufrimiento de hija sin padre y la estrechez económica de tu familia, consigues graduarte en Georgetown y llegar a vicepresidenta del Chase Manhattan Bank; ¿cómo viviste el sueño americano y cómo vislumbras a Cuba?

Como solía decir mi madre, en más de un sentido, nuestra familia tuvo la suerte de poder escapar de Cuba y vivimos en libertad, mientras que los que han quedado allí deben pasarlo mucho peor. El peso de todo este dolor compartido se hace mayor porque esta larga pesadilla todavía no ha concluido.

Este viernes, Raúl anunció la salida formal del poder del último Castro Ruz, dejando a Cuba en la miseria y convertida en una gran cárcel, pero Cuba será libre y el pueblo cubano logrará por fin forjar su destino en paz, con esperanza en el futuro. Mientras eso no ocurra, el sueño sigue vivo, pero nuestro deber es hacerlo realidad.

Tomado de Cibercuba

Wednesday, April 19, 2017

APRIL 17TH 1961 THE BAY OF PIGS INVASION.

[From the book, A CUBAN SONG IN MY HEART]
By Iván Acosta

Add caption
The mercenaries and traitors have landed, but our glorious revolutionary army is winning. Fatherland or death was the slogan that proclaimed a Cuban victory. It was broadcast repeatedly on national radio all over the island. It was April 17, 1961. Accompanied by the Riverside Orchestra, Tito Gomez was singing “Vereda Tropical.” They played the song more than ten times that day. Around 10:30 a.m. I went with Uncle Nené to the bus terminal, for he was returning to Santiago de Cuba. That was the last time I saw him. The streets looked empty early in the night. Only military vehicles and buses full of detainees were in the streets. I returned to the restaurant where I worked, on Carlos III and Infanta Avenues. Bonifacio was a bus inspector who always stood on that corner; he came close to me and literally whispered: "The boys are here." I could see the inner turmoil reflected on his face, although no one let their feelings show for fear of being arrested. We were in the midst of very difficult times. Two minutes later, two militia trucks stopped in front of the restaurant. They went in with a belligerent attitude, and one of them yelled: "No one move!" Everyone remained silent. The militiamen arrested all the restaurant employees at gunpoint. I was hiding under the counter from where I could see what was going on. Suddenly, I felt a pistol in my face and heard its owner, a black miliciano, say: "Get out of there, worm!" The weapon was a 45 caliber pistol. They loaded us unto a meat truck that smelled rotten and was full of flies. The truck stopped after a twenty-five minutes, and we heard people yelling: "Down with communism, the invaders are here.” They forced us off the truck still pointing the machine guns at us, as if we were the invaders.
I was scared and confused. They searched us one by one, and brought us into the sports arena, a huge stadium built for the people. Ironically, the people in there were kept under lock and key: women; rebel soldiers stripped of their weapons; bus drivers; clergymen; even children with their mothers. An evangelical minister stood up and started to pray out loud. A soldier struck him down hard with the back of his machine gun, silencing him. An engineer who had been a rebel commander now also under arrest- made a fast assessment of the situation, and told us we were among twenty thousand innocent souls imprisoned in the arena.



THE YOUNGEST IN THE MORRO CASTLE MOATS

At seventeen, I was the youngest among the six thousand men detained in the ditches that made up Morro Castle's moat, across the Havana skyline. April 20th marked the third day without food. By then, three of the men had died from thirst and sunstroke. Over the fortress loud speakers, authorities kept repeating military reports such as: “The Yankee imperialist invasion with the help of its mercenary worms has been defeated by our heroic naval forces, under the leadership of our Commander-in-Chief, our top leader…” More than 150,000 soldiers and militia were deployed to fight the thousand or so invaders that were left to their own fate by orders from the White House. By April 24th, the invasion had been totally defeated. They began releasing prisoners slowly. Five men had died without medical assistance. We had slept on top of stones and sand for eight days. Some of us managed to eat twice in all that time.


We had to push hard against one another to get a sip of water from a watering hose that was turned on thirty feet above us. One of the corners of the moat that became an improvised toilet, showed blood stains from all those killed at the fateful firing wall. I found a piece of charcoal and jumped to a reef to write on the old wall a line that came to mind: “Since the precarious situation I'm under doesn't allow me to prove that God exists, that is proof in itself that He does." I didn't know if the applause that followed, coming from a few prisoners, was for me or for my heroic deed. They let me go the next day. My fathers was among the hundreds of faces that waited outside for the release of their loved ones. Two restaurant employees, my dad and I took a taxi back home. En route, we saw several milicianos putting the final touches on a huge poster on one of the fortress walls. It read: Death to the Invader - Cuba, First Socialist Country in America. With a pained look on his face, the driver said: "We have to leave Cuba, or we have to stay and die fighting." No one uttered a word. He refused payment, but kept on driving. We traveled the rest of the way in silence, listening to the radio. First the “Queen of Guaguancó”, Celeste Mendoza, followed by Colombian, Nelson Pinedo, singing with the Sonora Matancera Orchestra I'm Off to Havana and Ain't Coming Back.

Tuesday, April 18, 2017

17 DE ABRIL DE 1961 – LA INVASION DE BAHIA DE COCHINOS.

[Del libro, CON UNA CANCION CUBANA EN EL CORAZON]

Por Iván Acosta

La invasión de los mercenarios y vendepatrias ha llegado, pero nuestro glorioso ejército revolucionario está venciendo. Patria o Muerte. ¡Venceremos!”. Esto lo repetían cada cinco minutos por todas las emisoras de radio en cadena a través de la isla. Era el 17 de abril de 1961. Tito Gómez acompañado por la Orquesta Riverside cantaba “Vereda Tropical”. Repitieron la misma canción más de diez veces. Como a las 10:30 a.m. acompañé a mi tío Nené hasta la terminal de ómnibus, ya que él regresaba para Santiago de Cuba. Esa fue la última vez que lo vi. Ya las calles comenzaban a lucir desoladas. Sólo se veían vehículos militares
Ciudad Deportiva
o guaguas y camiones repletos de personas detenidas. Al regresar a mi trabajo, en el restaurante Las Avenidas, de Carlos III e Infanta, Bonifacio, un inspector de ómnibus que siempre estaba parado en aquella esquina, se me acercó y comentó en voz baja: “Ya llegaron los muchachos’”. Se le veía la emoción reflejada en los ojos, cosa que no podía exteriorizar, pues vivíamos momentos difíciles. No pasaron dos minutos cuando vimos, frente al establecimiento, dos camiones de milicianos. Entraron al restaurante en táctica de combate y uno de ellos gritó: “Todo el mundo quieto”, y todo el mundo quieto se quedó. Después sacaron a todos los empleados, a punta de pistola. Yo me había agachado detrás del mostrador y desde allí lo presenciaba todo, cuando de repente, me dí con una pistola calibre 45 apuntándome a la cara. Un miliciano negro portaba el arma, y me dijo: “Sal pronto de ahí, gusano de mierda”. Nos montaron en un camión de carne, con peste a carne podrida y lleno de moscas. Viajamos por unos veinticinco minutos; cuando el camión paró, se escucharon unos gritos que decían: “¡Qué vivan los invasores, abajo el comunismo!”. Nos bajaron del camión, apuntándonos con las ametralladoras, como si nosotros fuésemos los invasores. Nos registraron uno a uno, y nos metieron a todos en el edificio de la Ciudad Deportiva, un enorme estadio que fue construido para el pueblo, e ironicamente, ahí estaba el pueblo, pero encarcelado. Allí había mujeres; soldados rebeldes desarmados; choferes de guagua; sacerdotes; y hasta niños acompañando a sus madres. Un ministro evangélico se paró y comenzó a orar en voz alta, hasta que un miliciano se le acercó por detrás y lo silenció con un fuerte culatazo de rifle por la espalda. Un ingeniero, comandante rebelde, que también estaba arrestado, hizo un cálculo, y nos dijo que allí había alrededor de veinte mil almas inocentes.

 EL MÁS JOVEN EN LOS FOSOS DEL MORRO.

Mis 17 años me hacían el más joven de los seis mil hombres detenidos en los fosos de El Morro, frente al litoral habanero. El 20 de abril llevábamos tres días sin ingerir ningún tipo de alimento. Ya había tres muertos de sed e insolación. El fuerte altoparlante de la fortaleza transmitía los partes militares: “La invasión de los gusanos mercenarios del imperialismo yanqui, ha sido derrotada por nuestras heroicas fuerzas armadas revolucionarias, lideradas por el comandante en jefe, nuestro máximo líder…”. Habían movilizado a más de 150,000 soldados y milicianos para luchar contra mil y pico de invasores que habían sido abandonados al garete por orden de la Casa Blanca. Para el 24 de abril, la invasión había sido totalmente derrotada. Comenzaron a liberar a los detenidos. Habían muerto cinco hombres sin asistencia médica. Llevábamos ocho días durmiendo sobre piedras y arena. Algunos habíamos logrado comer dos veces. Y a base de empujones, se luchaba para lograr un sorbo de agua, lanzado por una manguera a unos 30 pies de altura. En un rincón de los fosos, que se había usado como letrina improvisada, aún manchado de sangre se encontraba el fatídico paredón de fusilamientos. Me encontré un trozo de carbón, y desde una roca de arrecife pude escribir sobre el antiguo paredón una frase que me vino a la memoria: “La imposibilidad en que me encuentro de probar que Dios existe, me prueba su existencia”. Varios presos me aplaudieron, no sé si por la frase o por mi hazaña. Al medio día me soltaron.

Castillo del Morro

Afuera, entre cientos de rostros esperando a sus seres queridos, se encontraba mi papá. Dos de los empleados del restaurante y nosotros tomamos un carro de alquiler para que nos llevara de vuelta a casa. Por la carretera podíamos ver a unos milicianos terminando de pintar un enorme letrero sobre uno de los muros de la fortaleza: “Muerte al agresor - Cuba primer país socialista de América”. El chofer no nos quiso cobrar. Con el rostro apenado nos dijo: “De aquí hay que irse o hay que morir peleando”. Nadie dijo ni pío. Continuamos el viaje en silencio, escuchando en la radio a “la reina del guaguancó”, Celeste Mendoza y luego al colombiano Nelson Pinedo con la Sonora Matancera cantando “Me voy pa'la Habana y no vuelvo más”.