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Thursday, May 21, 2026

UN ENCUENTRO CON HERNÁN CORTÉS EN LA CASA MUSEO DEL PRESIDENTE POLK (*)

De los entretelones emerge un capítulo de la historia de Cuba.

Por: Vicente Morín Aguado (**) 

El ideal anexionista pretendía obtener las libertades propias de la constitución norteamericana, conservando la esclavitud. Mientras encontraba apoyo en los intereses de los estados esclavistas norteamericanos, chocaba con la oposición del norte, a la vez que desafiaba las leyes federales, opuestas a la expansión del oprobioso sistema de explotación humana.

Casa Museo James K. Polk @Fuente externa.

Un domingo rodé por la interestatal 65 hasta Columbia City, consumando mi tercera visita a una casa presidencial convertida en museo. Junto a la imprescindible bandera, pañoletas al viento, carteles y vallas reiteraban el cuarto de milenio ininterrumpido de ejercicio democrático, inaugurado con la declaración de independencia que cambió el mundo.

Nuestra guía se afanó en mostrarnos las interioridades de la vivienda y sus habitantes, donde el onceno presidente es protagonista. Se trata de una familia de la clase alta, propietarios de dos fincas con numerosos esclavos, a mediados del siglo XIX.

En mi patria, Cuba, la esclavitud de plantaciones, caña de azúcar principalmente, era la base de una próspera economía, al igual que el algodón hacia el centro-sur de los Estados Unidos. De a primeras, contrasta la rusticidad de los norteamericanos frente a la exhibición de refinamiento y lujos propios de similares propietarios caribeños.

Solo dos pequeños jarrones de Sevres adornan el comedor. La mesa es para seis comensales. Estantes y demás recipientes ocupan lugares exactamente pensados, significando el valor concedido al espacio habitado. 

El comedor Polk está repleto de muebles originales.
@Fuente externa.

En los cuartos, las camas matrimoniales no alcanzan ni siquiera a la medida Queen. La cocina es el lugar de mayor amplitud de la vivienda, bien equipada según los cánones de la época.

James Knox Polk nació el 2 de noviembre de 1795 en Pineville, Carolina del Norte. Samuel, su padre, marchó pronto en busca de oportunidades a Columbia, pequeña ciudad de Tennessee, un estado de la llamada frontera en los tiempos iniciales de la república norteamericana. El hijo pródigo habría de regresar a la tierra natal procurando una escuela de altos estudios, graduándose de leyes en 1818. (UNC, Chapel Hill).

James Knox Polk (1795-1849)

Samuel, convertido en un rico plantador, juez del poblado, impulsó la carrera política del joven, de vuelta al Volunteer State, bajo la sombra poderosa de Andrew Jackson, uno de los presidentes icónicos de la nación.

Según las normas del siglo XIX, el onceno período presidencial transcurrió entre marzo de 1845 hasta igual fecha de 1849. Polk cumplió su promesa preelectoral de no reelegirse, regresando a Nashville al término de su mandato cuatrienal. El acontecimiento principal de su gobierno fue la guerra contra México. Las hostilidades terminaron con la toma de la capital azteca por el ejército del cual era Polk comandante en jefe, el 15 de septiembre de 1847.

Tal y como es costumbre en este tipo de visitas guiadas, el tema mexicano quedó al margen, evitando probables controversias políticas. Sin embargo, era imposible para nuestra interlocutora dejar de mostrarnos una pieza que sin dudas es la joya del museo, capaz de desatarle la lengua a cualquiera medianamente conocedor de la historia.

En medio del amplio espacio del piso superior, de espaldas a la escalera, debí girar mi cuerpo totalmente, siguiendo el índice de nuestra guía, hasta encontrarme con una figura que reconocí al instante, sin mediar explicación alguna.

Retrato de Hernán Cortés

Al directo pregunté: ¿Qué hace Hernán Cortés aquí?

Efectivamente, de la alta pared ininterrumpida entre los dos pisos, colgaba un retrato a tres cuartos, tamaño natural, del renombrado Conquistador de México.

La reseña de cómo esta pieza llegó a manos de la familia Polk se basa en la explicación de quien nos atendió, confirmada con la lectura de un artículo publicado por John Holtzapple, director de esta casa museo durante 35 años.

Se trata de: A portrait of Spanish Conquistador Hernán Cortés: A Gift to the First Lady. Summer 2013. White House Historical Association[1].

En medio de la ocupación norteamericana, el general William Jenkins Worth obtuvo una copia del célebre retrato del hijo ilustre de Medellín en Extremadura, España. La pintura original es una de las cuatro que han estado hasta hoy preservadas en el hospital Jesús de Nazareno, fundado por el propio conquistador en 1524, tres años después de la toma de Tenochtitlán.

William Jenkins Worth (1794-1849)

La vetusta institución médica se mantiene en funciones, orgullo nacional, al ser la más antigua de su tipo en América. Allí reposan los restos del controvertido personaje español.

La copia al óleo de quien es considerado arquetipo del conquistador europeo en el Nuevo Mundo fue obsequiada por Worth a la entonces primera dama.

Coincidencia geográfica e histórica, el ejército invasor de los Estados Unidos desembarcó en Veracruz 328 años después que fuera fundada esa villa por los españoles, desde donde ambos ejércitos partieron hacia el mismo destino con similares propósitos.

El antes citado John Holtzapple nos ubica en contexto:

Desde la publicación en 1843 de la muy popular obra History of the Conquest of Mexico de William H. Prescott, la historia del enfrentamiento entre la España del siglo XVI y los aztecas había capturado la imaginación de Estados Unidos. La guerra con México avivó aún más la fascinación del público por Cortés y Moctezuma. Los partidarios y críticos de las políticas expansionistas del presidente Polk celebraron o denunciaron la guerra como la “segunda conquista de México.

De vuelta en Nashville, Sarah Polk reordenó la mansión familiar, colocando a Cortés en la mejor posición de su vestíbulo. Entre tanto, el manto de los cruciales acontecimientos mexicanos ocultaba la presencia de Cuba en las crónicas diarias.

Recién concluidas las hostilidades, el general Worth recibió la visita de un cubano, quien le hizo una propuesta a tono con el ambiente belicoso del momento.

Ambrosio José González, abogado y profesor universitario, traía la encomienda de una organización política clandestina llamada Club de La Habana: tres millones de dólares para el prestigioso militar, solicitándole formar y comandar un ejército conjunto de cubanos, estadounidenses sureños, junto a cuanto mercenario se dispusiera a incorporarse a la tropa, con la misión de conquistar la isla mayor del Caribe, anexándola a la Unión americana.

Ambrosio José González (1818-1893)

Asombra la cifra si consideramos el valor de la moneda. Un dólar diario era entonces el salario medio en la costa este del país.

¿Podía ser Cuba una buena tajada isleña para el imperio en formación?

La respuesta había cobrado fuerza entre los políticos de ambos países, generando un polémico debate, cuyas consecuencias se aprecian en la intensa labor de lo que se ha llamado anexionismo por parte de los historiadores. La figura cimera de esta tendencia política fue el militar y político español, nacido en Venezuela y muerto en La Habana, Narciso López.

El ideal anexionista pretendía obtener las libertades propias de la constitución norteamericana, conservando la esclavitud. Mientras encontraba apoyo en los intereses de los estados esclavistas norteamericanos, chocaba con la oposición del norte, a la vez que desafiaba las leyes federales, opuestas a la expansión del oprobioso sistema de explotación humana.

Moviéndose en medio de tales contradicciones, López, González y otros cubanos encontraron el apoyo de notables figuras sureñas, cito al senador Jefferson Davis, el gobernador de Mississippi John A. Quitman, el general Robert E. Lee, junto a numerosos plantadores. La delegación de La Habana visitó la Casa Blanca el 23 de junio de 1848, estrechando la mano del presidente Polk.

Se propuso al ejecutivo la compra de Cuba, negada rotundamente por Madrid, a la vez contraproducente para el gobierno federal, obligado a desestimar acciones favorables a la extensión del sistema esclavista.

Dadas las circunstancias, López, González y demás anexionistas, preconizaron la opción militar. ¿Rechazó el general Worth los tres millones de dólares?

Ni siquiera tuvo tiempo de sopesar calmadamente la oferta. Surgieron un par de inconvenientes en el camino, primero, le trasladaron a Texas, bajo el mando del general Zachary Taylor, quien ocuparía la Casa Blanca al año siguiente. Taylor no simpatizaba con este tipo de aventuras. El segundo inconveniente resultó lapidario. Ciertas enfermedades ahora bajo control, causaban tantas o más muertes que la pólvora durante el siglo XIX.

Sarah Polk bebió un vino amargo el 7 de mayo de 1849, noche inaugural del retrato de Cortés en su casa de Nashville. El correo le trajo la infausta noticia del fallecimiento de William Jenkins Worth, víctima del cólera.

Cuenta John Holtzapple:

Un mes después, James K. Polk también murió de cólera. A lo largo de los cuarenta y dos años de viudez de Sarah Polk, la pintura fue un punto frecuente de sus recuerdos. En una entrevista de 1884, le dijo a un periodista de Nashville: “Considero que la adquisición de Texas, y los resultados posteriores a la guerra con México, es decir, la incorporación de California y Nuevo México al territorio de los Estados Unidos, se cuentan entre los acontecimientos más importantes en la historia de este país.

Como se sabe, el colosal despojo territorial abarcó 2,4 millones de km2, el 30 % del territorio continental continuo de los Estados Unidos, equivalente al 55 % de la extensión de la naciente república mexicana, heredado del antiguo virreinato español llamado Nueva España.

Narciso López y sus seguidores afrontaron la muerte sucesiva de Worth y Polk con nuevas acciones. Una primera expedición partió hacia Cuba en septiembre de 1849, detenida por la intervención de la marina, ordenada por el nuevo presidente Zachary Taylor.

El 19 de mayo de 1850, Ambrosio González acompañó al persistente Narciso López en un segundo intento. Esta vez tomaron la costera ciudad de Cárdenas. El abogado y profesor universitario resultó herido durante el asalto a la casa de gobierno, siendo el primer cubano en derramar su sangre por la libertad, tal y como era entendida en aquellos momentos. (Patria, periódico del exilio en Tampa y Key West, diciembre 31, 1892, págs. 2 y 3. Por Gonzalo de Quesada)

No obstante, desde la capital llegaron refuerzos, superando abrumadoramente a los patriotas. A pesar de la derrota, esta expedición dejó un legado imperecedero: por vez primera se izó en territorio libre del dominio colonial la bandera de la estrella solitaria, nuestro símbolo nacional.

Tanto la bandera como el vigente escudo de nuestro país, fueron creados por colaboradores de la derrotada incursión militar. La estrella significa la unidad indisoluble del estado; el escudo muestra la relevancia geopolítica de Cuba, llave a la entrada del golfo, entre Yucatán y la Florida.

López lo intentaría por tercera vez desde los Estados Unidos. El consabido proverbio de las tres veces se cumplió a favor de España, negándole el éxito al obstinado aventurero anexionista.

Por su parte, Ambrosio González fundó hogar en Carolina del Sur, volviendo a tomar las armas cuando la guerra civil le incitó a combatir, como era de esperarse, del bando Confederado, alcanzando no obstante la errada elección histórica, relevantes méritos en el campo de batalla.

Casi al final de sus 74 años, está documentado que abrazó el independentismo, incorporándose al Partido Revolucionario Cubano, PRC, fundado por José Martí en los Estados Unidos. (Consultar biografía escrita por Antonio Rafael de la Cova, 2003)

Murió en Nueva York el 31 de julio de 1893, donde está enterrado en el cementerio Woodlawn, en el Bronx.

El anexionismo flota aún entre ambas riberas del estrecho de la Florida, cual anhelo desesperado de libertad, camino torcido pero recurrente de un matrimonio mal llevado, siempre intentando la reconciliación.

En cuanto a su figura fundacional, Narciso López es uno de esos casos raros en la historia, de una personalidad cuyos reiterados fracasos no impidieron elevarlo a la categoría de inolvidable.

Aún resuenan sus palabras, momentos antes de ser estrangulado por el garrote el 1ro de septiembre de 1851, en la explanada pública del Castillo de la Punta, a la entrada de la Bahía milagrosa que le dio a Cuba la categoría de llave de Las Américas.

«Mi muerte no cambiará los destinos de Cuba».


[1] https://www.whitehousehistory.org/a-portrait-of-spanish-conquistador-hernan-cortes 

(*) Tomado de Facebook

(**) Periodista independiente cubano. Se formó como profesor de Historia y Pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona. Ha publicado sus textos en Diario de Cuba, Cibercuba, 14 y Medio, El blog de Montaner, entre otros. Arqueólogo, investigador de la historia y la cultura aborigen, especialmente las pictografías de la isla anteriores a Colón.

Tuesday, February 10, 2026

Hace 129 años los cubanos en armas contra España solicitaron la intervención norteamericana.



Por Vicente Morín Aguado.

El 9 de febrero de 1897, Máximo Gómez Báez, General en Jefe del Ejército Libertador, firmó una carta dirigida al presidente de los Estados Unidos de América, Stephen Grover Cleveland, solicitando la intervención norteamericana bajo la explícita invocación de la doctrina Monroe. Estas fueron sus palabras:

“El pueblo norteamericano, que con todo derecho marcha a la vanguardia del Hemisferio Occidental, no puede y no debe seguir tolerando el asesinato sistemático y a sangre fría de indefensos americanos, por temor de que la historia pueda acusarlos de complicidad con tales atrocidades. Su acción estaría, además, sólidamente fundada en la Doctrina Monroe, ya que esa doctrina no puede referirse meramente a la usurpación de territorio americano, y no puede descansar solamente en la defensa de las potencias constituidas en América contra la ambición europea.”

Antes de estampar su firma, el hombre que mostró a los insurrectos la valía de cargar al machete, exhorta al mandatario de la Casa Blanca:

“Corone su honorable trayectoria de estadista con un noble acto de caridad cristiana. Dígale a España que el asesinato debe cesar, que la crueldad debe cesar, y ponga su sello de autoridad en lo que diga. Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en tu memoria, y Dios, el misericordioso, verá en ella la obra más meritoria de toda su vida.”

(La carta completa está reproducida por Florencio García Cisneros en: Máximo Gómez, ¿Caudillo o Dictador?, Miami, 1986.) (Documento original, archivado con el # 75 en: «Letters of Gen Máximo Gómez to the President», 55th Congress Session, Senat«U. S. Dept. Of State. The United States. Govt. Print off; 1897.)

Es de notar que los independentistas cubanos contaban con un poder civil, creado por una constitución, llamado Gobierno de la República en Armas, con su presidente y consejo, al cual estaba subordinado el General en Jefe. ¿Por qué no es el presidente de ese gobierno quien escribe, dejando al supremo mando militar la firma de una petición de tanta trascendencia política?
Presidente Grover Cleveland

La decisión responde a la popularidad del héroe militar en la gran nación vecina. La guerra de Cuba era reportada diariamente a los principales periódicos estadounidenses mediante corresponsales acreditados en la Isla y, aún de mayor relevancia, el propio Cleveland había mencionado al general Gómez Báez en su último mensaje al Congreso, previo a la sucesión presidencial.

Veamos el contexto del momento histórico.

Desde febrero de 1896 gobernaba en la Isla antillana el General Valeriano Weyler Nicolau, sagaz y despiadado militar, con amplia experiencia en el tipo de guerra irregular vigente entre españoles y cubanos. Con el objetivo de privar a los insurrectos de su base social y de sustento, Weyler decretó el Bando de la Reconcentración.

Dejemos que sea el remitente quien ilustre la situación, tal y como lo hizo para el presidente norteamericano:

“Los españoles, incapaces de ejercer soberanía sobre el interior de Cuba, han obligado a los campesinos a concentrarse en aldeas, donde se espera que la miseria los obligue a servir en los ejércitos de un gobierno que aborrecen. Estos infelices no solo se ven obligados a abandonar el único medio de vida que les permite vivir; no solo se ven obligados a morir de hambre, sino que se les tacha de firmes partidarios de nuestras armas, y contra ellos, sus esposas e hijos, se dirige una persecución terrible y cruel”.

El éxodo masivo incrementó la insalubridad reinante, provocando un notable aumento de las enfermedades infecciosas, en particular de la Fiebre Amarilla. Ambos contendientes ejecutaban una guerra total, destruyendo sembrados, fábricas y cuanto de valor pudiera servir al otro bando.

España gobernaba la otrora rica colonia bajo estado de sitio, aplicando un régimen de facultades omnímodas otorgadas al Gobernador, aún más severo que el absolutismo trasnochado reinante en la metrópoli. Para los alzados en armas, la victoria significaba no solo una independencia política, se trataba de fundar una república democrática ajena a toda forma de discriminación sobre sus ciudadanos.
Soldados del Ejército Libertador

La soberanía nacional no era en sí misma el fin último, era el instrumento para alcanzar democracia y progreso con igualdad ante la ley.

Los independentistas se sostenían en medio de dificultades extraordinarias. El ejército español contaba con 200 mil efectivos, las mejores armas de la época, bien avituallados, agregando inclusive a unos 30 mil nacidos en la isla a sus tropas, los llamados guerrilleros y voluntarios, colocados en la vanguardia de las columnas.

La cifra de combatientes insurrectos no pasaba de 25 mil, aplicando la única táctica posible frente a un enemigo superior 8 a 1, una guerra irregular: emboscadas, ataques sorpresivos con cargas de caballería al machete, provocando bajas, abasteciéndose en lo posible de armas y alimentos, pero sin aniquilar al adversario en batallas campales, menos aún tomar las ciudades.

El ejército colonial sufría este acoso, una guerra de desgaste que se prolongaba en el tiempo sin conseguir eliminar la resistencia libertaria.

La proverbial intransigencia española conducía la situación política al extremo, porque de ninguna manera la monarquía ibérica aceptaba negociación alguna que implicara la independencia. En el plano internacional ,a pesar de la probada vocación civilista de los cubanos, ningún estado había reconocido a la República de Cuba en Armas.

El General Gómez no recibió respuesta epistolar ni de Cleveland ni del sucesor McKinley, la respuesta vino con hechos: el 19 de abril de 1898, mediante una Joint Resolution, el Congreso de los Estados Unidos declaró: “El pueblo de Cuba es, y de derecho, debe ser libre e independiente:”

En tres meses la potencia emergente derrotó a España, con la valiosa participación de miles de combatientes cubanos en la toma de Santiago de Cuba. Gómez entró en la Habana, aclamado en apoteosis popular como libertador, el 24 de febrero de 1899.

La ocupación militar norteamericana se encargó de la transición, que duró casi 4 años, dada la necesidad de recuperar la economía, sanear las ciudades, erradicando la Fiebre Amarilla, organizar elecciones desde los municipios hasta las presidenciales, dotando al país de una Nueva Constitución.

¡Al fin llegamos!, exclamó el viejo Gómez, al izar la bandera de la estrella solitaria en el Castillo del Morro, el 20 de mayo de 1902, acompañando al General Leonard Wood, médico de profesión, quien momentos antes había arriado la insignia que hoy ostenta 50 estrellas.

Saturday, November 1, 2025

Cristóbal Colón, el descubridor y los descubiertos ante la historia.





Por Vicente Morín Aguado

“Fue tal la grandeza del descubrimiento, que aquel a quien se debe no pudo comprenderla, adivinando solo una pequeña parte de la gloria inmortal con que la posteridad habría de rodear su nombre.” (Alexander von Humboldt)

El último episodio de su hazaña, a la vez el primero de la saga que acompañará a Cristóbal Colón mientras la humanidad exista, sucedió en medio de las olas tempestuosas, como debía ser, tratándose del más grande marino de todos los tiempos.

Capitán y marineros echaban suertes para ir en peregrinación a un santo lugar si lograban salvarse. Dadas las circunstancias, el Almirante escribió dos versiones de sus aventuras, una la echó al mar en un barril, la otra quedó en su pecho de probado nadador, con la esperanza de salvar a la pequeña Niña, porque sabía que en un par de jornadas podrían aparecer las Canarias o tal vez las Azores.

Sucedió lo último, muy a pesar suyo porque en Portugal Colón no era bienvenido, aunque el Rey Juan II le recibió, permitiéndole volver al punto de partida de aquel viaje extraordinario, con la significativa compañía de una decena de nativos americanos capturados en el Nuevo Mundo, testimonio incontrastable de la unidad definitiva de los humanos sobre su único planeta habitable.

Antes de desembarcar en Palos de la Frontera el 15 de marzo de 1493, exactamente un mes después de la tempestad y el milagro, puso posdata a la carta remitida al Escribano de ración del Rey Fernando II de Aragón, Luis de Santángel. A la vez envió nuevas versiones del descubrimiento a los reyes y al tesorero de la corte Gabriel Sánchez.

Todas las cartas alcanzaron su destino a comienzos de abril, previo al recibimiento regio en el monasterio badalonés de San Jerónimo de la Murtra. Lo que no previó el Almirante fue una auténtica filtración de documentos de estado, porque de inmediato el texto íntegro del reporte escrito en medio de la tempestad, llegó a manos del Fraile Pere Posa, impresor barcelonés con taller propio, quien habría de publicar la primera de las llamadas Cartas del Descubrimiento de América.

La gente de Barcelona comenzó entonces a leer en éxtasis una noticia cuyo encabezamiento decía:

“En veinte días pasé a las Indias con la armada que los ilustrísimos Rey e Reina, nuestros señores me dieron, donde encontré muchas islas pobladas con gente sin número, y de todas ellas he tomado posesión por Sus Altezas con pregón y bandera real extendida, y no me fue contradicho. A la primera que yo hallé puse nombre San Salvador (…), los indios la llaman Guanaham.”

Esteban Mira Caballos, autor de la última y muy prolija biografía de Christophorus Columbus, afirma en su libro Colón: el converso que cambió el mundo:

“La sorpresa que causó fue extraordinaria, y prueba de ello son las múltiples reediciones de su carta anunciadora dirigida al escribano de ración Luis de Santángel, que se convirtió en uno de los primeros impresos superventas de la historia.”

Las versiones del inaudito acontecimiento se reprodujeron sin censura, el derecho de autor no aplicaba, combinadas con ilustraciones al mejor imaginar de los editores, pasando de mano en mano, de idioma en idioma, por toda Europa. Cualquier duda respecto a la existencia de un mundo nuevo allende el mar tenebroso quedó definitivamente despejada, se había producido el más noticiado de los descubrimientos desde el origen de las primeras civilizaciones.

¿Por qué afirmamos descubrimiento?

Del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), copio las acepciones correspondientes a descubrir: “Manifestar, hacer patente.” “Destapar lo que está tapado o cubierto.” “Hallar lo que estaba ignorado o escondido, principalmente tierras o mares desconocidos.” “Registrar o alcanzar a ver.” “Venir en conocimiento de algo que se ignoraba.”

El argumento negacionista de la historia, hasta hoy prevaleciente, es simple:

Dado que Colón y sus continuadores encontraron pueblos, culturas, incluso estructuras políticas estatales en los territorios por primera vez ante sus ojos, los nativos fueron en consecuencia auténticos y previos descubridores de aquellas tierras.

¿Nos sirve de algo semejante razonamiento?

Al finalizar el siglo XV el mundo estaba dividido. África, cuna de la humanidad, unida a Europa y Asia, junto a los archipiélagos adyacentes, interconectados por mares mediterráneos, formaban un conglomerado de tierras emergidas, cuyos habitantes tenían un universo común, esa porción mayoritaria del planeta se identifica con la palabra griega Ecúmene, que significa la tierra habitada por los humanos.

Del otro lado de los océanos, al este o al oeste, según nos posicionemos, había un mundo desconocido para los habitantes del Ecúmene euroasiático-africano, ¿Se trataba de otro Ecúmene? La respuesta es crucial para entender por qué es justo decir descubrimiento, en el único sentido posible, del Este al Oeste atravesando el océano donde todavía hoy se buscan las ruinas de la platónica Atlántida.

Una de las pocas regularidades probadas de la historia es el desarrollo desigual de las culturas humanas, entendidas en la forma, medios, conocimientos, con que cada pueblo se establece en un lugar, se relaciona con el medio y adquiere una capacidad propia de convivir, organizándose socialmente, culminando en los estados y las civilizaciones.

En 1492 Europa marchaba a la cabeza del planeta en cuanto al desarrollo científico-técnico. Últimamente proliferan comparaciones absurdas entre las culturas europeas y americanas en tiempos del descubrimiento, ignorando la enorme diferencia que las separaba.

Lo dicho en nada equivale a considerar a los pueblos americanos gente minusválida culturalmente, incapaz o inferior. Eran al igual que sus congéneres del Viejo Mundo, humanos plenamente capaces, homo sapiens sapiens, tal y como se evidencia en las crónicas de los conquistadores, amplificadas por la arqueología, numerosos testimonios, y demás estudios hasta la actualidad.

Admirar, estudiar, divulgar la historia precolombina, no tiene por qué entrar en contradicción con el significado extraordinario para la humanidad en su conjunto, de los viajes del descubrimiento de América.

Otra cosa es establecer un rasero de igualdad donde las evidencias del desigual desarrollo cultural son abrumadoras.

Los descubridores vinieron de Europa porque tenían las ventajas de la navegación de altura, equipados con brújula, astrolabio, cartografía sobre papel, naos y carabelas, precedidos por milenios de experiencia en los mares, incluso conociendo la medida exacta de la tierra, calculada mil quinientos años atrás por Eratóstenes de Alejandría, aún cuando el propio Colón, por diversas razones, creía o hizo creer que era un tanto menor.

Negacionistas e improvisados historiadores hablan de la pólvora y las espadas, obviando armas aún de mayor poder, como la escritura silábica plenamente desarrollada, reitero, el papel, agregar la rueda, y los animales de tiro, en particular el caballo, así como la domesticación de varias aves y diversos mamíferos.

Hablamos de velocidad de movimiento e información, de capacidad para almacenar el conocimiento adquirido y trasmitirlo.

Un aparte merece el tema de las construcciones, manipulado por textos turísticos, patrioteros y otros igual de exagerados. Las pirámides, tanto en el viejo como en el nuevo mundo, son en términos de arquitectura la forma primigenia de edificar. El desarrollo arquitectónico superior está vinculado a los arcos, las bóvedas, los entablados y las columnas, elementos aún no logrados en la América precolombina, conocidos en Grecia, Roma y el Oriente mucho antes del siglo XV.

En lo militar, sin acudir a la pólvora, está claro que cualquier legión romana, falange griega, formación bélica mongol o árabe, china o japonesa, vencía sin dificultad al mejor ejército azteca o inca.

Es evidente que los conquistadores apreciaron de inmediato la enorme ventaja que les acompañaba en sus empresas: ¿Podría un Cortés o un Pizarro engañar a un monarca europeo, francés, un jeque árabe o al emperador de China, tal y como lo hicieron con Moctezuma o Atahualpa? La respuesta está en los siglos de experiencia política, de conquista y dominación, a favor de los conquistadores españoles.

En los albores del capitalismo, el viejo mundo acumulaba milenios de guerras de conquista, que abarcaron todas las regiones euroasiáticas y parte de África, generando un obligado intercambio cultural, de tecnología y conocimientos, mediado por la extensión de las religiones monoteístas clásicas.

De tal forma, los hombres del siglo XV en el Ecúmene conocido, tenían una noción general, bastante clara, del mundo por ellos habitado. América, el bien llamado Nuevo Mundo, necesitaba andar un largo trecho en su movimiento social, hasta alcanzar una visión abarcadora, capaz de verse ellos mismos formando parte de un gran conjunto geográfico y cultural.

Estamos ante dos visiones de un acto: el descubrimiento como la simple acción de llegar por primera vez y el descubrimiento como acción compleja, destinada a revolucionar para siempre la historia de la humanidad.

En cuanto a las acusaciones de genocidio, de violencia desmedida, ambos mundos practicaban por igual semejante proceder, porque el someter y despojar a otros pueblos era entonces la única forma de enriquecerse. Solo con el advenimiento del capitalismo industrial, al multiplicarse la productividad del trabajo, surgieron los incentivos capaces de colocar la convivencia pacífica por encima de la violencia sistematizada.

A pesar de la verdad anterior, tuvimos dos guerras mundiales, vivimos en permanentes guerras regionales, sin que la filosofía del despojo haya desaparecido de nuestro convulsionado planeta.

Epílogo:

Volviendo a los comienzos, recordamos al Lucayo Diego Columbus, no era la Malitzin de las avanzadas culturas mexicas, hablamos de un indígena de Guanahaní, con escasos 15 años, capturado por El Almirante el mismo 12 de octubre, convertido en su traductor, fiel seguidor y acompañante por el resto de los azarosos viajes del insigne genovés.

Bautizado en Barcelona a finales de abril de 1493, resultó el único sobreviviente de la decena de compatriotas suyos apresados por el Almirante durante el primer viaje. Adoptó el nombre del primogénito de Colón, convertido en Guatiao, título honroso cuya esencia explica el profesor Emérito en Yale, el cubano José Juan Arrom: “mediante el sacramento del bautismo, padres y padrinos quedan unidos en indisoluble relación…”

Al paso de dos años hablaba correctamente el español según testimonio del cronista Oviedo, siendo valiosa fuente de información para contemporáneos suyos como el padre Las Casas y Pedro Mártir de Anglería. En 1514, asentado en Santo Domingo, se pierde el rastro de esta vida extraordinaria.

Diego Colón lucayo es el primer ejemplo de un largo proceso, complejo, multicultural, entre los dos mundos que chocaron el 12 de octubre de 1492. De tal proceso histórico nacimos los pueblos nuevos de América, desde Alaska a la Patagonia.

No cabe más orgullo.

Vicente Morín Aguado. Hendersonville, Tennessee, octubre de 2025.

Thursday, September 4, 2025

Entre el mito, la manipulación y los hechos, ¿quién ganó la crisis de los misiles de 1962?

 


Por Vicente Morín Aguado.

En la mañana del 28 de octubre de 1962 John F. Kennedy conversó telefónicamente con su antecesor en el cargo, el veterano general héroe de la 2da Guerra Mundial, Dwight D. Eisenhower, comunicándole detalles del intercambio de mensajes sostenidos con el mandatario soviético Nikita S. Krushov. Era el preámbulo entre norteamericanos antes de publicitar un final feliz, si consideramos las consecuencias en ciernes.

Por vez primera en casi dos siglos, los Estados Unidos quedaron expuestos a una amenaza existencial al instalarse en Cuba 42 misiles de alcance medio con ojivas nucleares a escasos 10 minutos de Washington, cuando no existían interceptores capaces ante tal capacidad agresiva.

Cuba era por tanto, el foco del problema a resolver. Finalmente la Casa Blanca logró la retirada incondicional de los cohetes. Ambos “K” implicados, Castro quedó al margen, intercambiaron decenas de mensajes vía teletipos, el gran archipiélago caribeño quedó bajo cuarentena, de hecho bloqueo naval sin declaración oficial de guerra, hubo dos incidentes que pusieron dedos en los gatillos nucleares y, finalmente, una discusión cara a cara entre representantes de ambos mandatarios.


¿Por qué afirmo incondicional? Porque los cohetes existían, eran una amenaza real y fueron retirados, en tanto la moneda de cambio: la promesa de no invadir militarmente a Cuba, era palabra dicha; adicionalmente, tal actitud estaba en plena concordancia con la política previa de John F. Kennedy respecto a como enfrentar la revolución liderada por Fidel Castro.

No obstante, Castro la armó en público y en privado al conocer el acuerdo soviético-norteamericano, reprochando a Nikita por no tenerle en cuenta ya que, según sus razonamientos, era él, era Cuba, quien corría el riesgo mayor, sujeto a la buena voluntad de su enemigo, considerando, como bien pronto sucedió, que por diversas causas el liderazgo norteamericano estaba sujeto a los vaivenes de una democracia representativa, junto a los avatares de la historia que ahora se movía a la velocidad de los aparatos cósmicos.

Había razones para apartar a Castro, un joven aventurero de 36 años, sin experiencia militar, quien incluso llegó a la osadía de aconsejar a Krushov el 26 de octubre, en carta desclasificada, iniciar el ataque nuclear. Aparte de otras consideraciones, los misiles fueron puestos por Moscú, los operaba Moscú y Moscú los retiró de igual manera. La diferencia es que llegaron en secreto, y regresaron a la vista del mundo entero.

 


La llamada operación Anádyr implicó a unos 42 mil hombres, decenas de bombarderos y aviones cazas, técnicos especializados, buques y otros medios, todo ejecutado en secreto, conformando la mayor operación militar realizada por la desaparecida URSS fuera de sus fronteras en sus siete décadas de existencia.

Al paso de los años, en especial recuerdo la conferencia internacional sobre este hecho histórico, celebrada en La Habana 40 años después, el Comandante cubano repetía un argumento contrario a las evidencias: “Fue un error soviético ejecutar el plan en secreto, nosotros insistíamos en hacer público el acuerdo soviético-cubano”- reiteraba Castro-, argumentando que el secretismo fue interpretado por la parte norteamericana como prueba del carácter ofensivo del armamento instalado en la isla.

Conociendo la reacción de Washington al descubrir las rampas de lanzamiento y demás obras militares, ¿Hubiera sido posible hacerlo proclamando de antemano semejantes planes? No obstante, consta que mientras los cohetes norteamericanos en Europa, incluso los discutidos Júpiter de Turquía que no serán olvidados en este ensayo, fueron instalados con conocimiento previo, el engaño soviético avivó el fuego naturalmente asociado a las consecuencias de semejante maniobra militar.

Antes de abordar el plato fuerte, es decir, Cuba, hablemos de los Júpiter en Asia Menor.

La génesis final del entendimiento que puso fin a la crisis de 1962 se gestó durante una conversación cara a cara entre el embajador Anatoly Dobrinin y el enviado personal de JFK, su hermano y fiscal general de los Estados Unidos, Bobby Kennedy.

Dobrinin no era un embajador cualquiera, contaba con la absoluta confianza del Kremlin, experiencia y consideración similar a la de un ministro. Al final del encuentro, el ruso envió un cablegrama a Moscú resumiendo los puntos discutidos. Bobby había sugerido encarecidamente la más rápida respuesta posible de Krushov, ofreciendo una línea telefónica confidencial a Dobrinin.

La lectura del cablegrama, ya desclasificado, habla del asunto misiles Júpiter Turquía. Lo esencial era que: EEUU, JFK, aceptaban la exigencia de retirar los cohetes de Turquía, pero debido a que esos misiles eran parte de un acuerdo con la OTAN, la solución requería entre 4 y 5 meses, bajo la condición expresa de no publicitar esta parte de lo acordado.

Sigo citando al diplomático soviético: "¿Y qué pasa con Turquía?" Le pregunté a R. Kennedy.

"Si ese es el único obstáculo para lograr la regulación que mencioné anteriormente, entonces el presidente no ve ninguna dificultad insuperable para resolver este problema", respondió R. Kennedy. "La mayor dificultad para el presidente es la discusión pública del tema de Turquía.”

Subrayo, aclarando otra de las falsas afirmaciones hechas mitos, que en esa conversación no se habló de misiles en Italia.

Respecto a Cuba, el memorando de Dobrinin dice:

“Lo más importante para nosotros", subrayó R. Kennedy, "es obtener lo antes posible el acuerdo del gobierno soviético para detener los trabajos en la construcción de las bases de misiles en Cuba y tomar medidas bajo control internacional que imposibiliten el uso de estas armas. A cambio, el gobierno de los Estados Unidos está dispuesto, además de derogar todas las medidas sobre la "cuarentena", a dar las garantías de que no habrá ninguna invasión de Cuba y que otros países del hemisferio occidental están dispuestos a dar las mismas garantías, el gobierno de los Estados Unidos está seguro de esto".



Considerando que ya era de madrugada en la capital de Rusia, 28 de octubre, la respuesta de Krushov fue rápida: Los R-12 que en apenas 10 minutos alcanzaban a Washington o Nueva York serían de inmediato desmantelados. Algunos analistas aseguran que al menos 10 de los 42 cohetes ya estaban listos para ser utilizados.

Antes de dar una respuesta de alivio a la paranoia de los estadounidenses, Kennedy conversó con Eisenhower. Ofrecemos una transcripción directa de lo hablado sobre Cuba:

Eisenhower: Por supuesto, pero señor presidente, ¿puso alguna condición? ¿en esto?

JFK: No, excepto que no vamos a invadir Cuba. Eso es lo único que tenemos ahora. Pero de ninguna manera planeamos invadir Cuba en estas condiciones. Si podemos sacarlos, [los cohetes], estaremos mucho mejor.

IKE: Estoy muy de acuerdo. Sólo me preguntaba si lo estaba intentando, sabiendo que cumpliríamos nuestra palabra, si intentaría involucrarnos en cualquier tipo de declaraciones o compromisos que finalmente, algún día, podrían ser muy embarazosos. Esto es, supongamos que comenzaran a bombardear Guantánamo

JFK: Correcto.

Eisenhower: A lo que me refiero, estoy bastante de acuerdo en que creo que es una medida muy conciliadora.

hecho. Siempre que no diga eso...

JFK: Correcto. Ah bueno estoy de acuerdo. Ah, sí, es cierto. Creo que lo que tenemos que hacer es mantener... Por eso no creo que se pueda olvidar la historia cubana. Creo que conservaremos suficiente libertad para proteger sus intereses si él…

IKE: Eso es todo lo que quiero...

JFK: -- si él, si se involucran en la subversión, si intentan realizar algún acto agresivo y así sucesivamente, entonces todas las apuestas están canceladas.

(Presidential papers. JFKPOF-TPH-41-2)

Video: https://youtu.be/0bZd-hmwGP4

Si se entiende correctamente, y este es el punto, en la mente de Kennedy, reforzada la idea por las sospechas de su veterano interlocutor, estaba el presupuesto de que Cuba debía cumplir una condición: No involucrarse en acciones subversivas que pusieran en peligro la seguridad nacional de los Estados Unidos porque en ese caso, lo acordado, la promesa hecha a Krushov, perdería su efecto, sería cancelada.

Han pasado 63 años, los lectores han de juzgar si Fidel Castro y sus sucesores actuaron tal y como JFK presuponía al darle a los soviéticos la consabida promesa de no invadir a Cuba.

Consideraciones finales:

John Fitzgerald Kennedy fue asesinado 11 meses después. Nikita Serguéievich Krushov desapareció para siempre de la escena política en 1964, en tanto Fidel Castro, su hermano Raúl y el actual gobernante designado por voluntad de este último, mandan en Cuba hasta hoy. Jamás hubo un tratado, un acuerdo formal, en los Estados Unidos requiere votación del Senado, respecto al entendimiento de octubre de 1962.

Lo que si existe es una Resolución Conjunta de ambas cámaras legislativas norteamericanas, votada en el apogeo de la crisis, antes del acuerdo, donde se decía:

“Estados Unidos estaba determinado a prevenir -por cualquier medio que fuera necesario, incluyendo el uso de armas- que el régimen marxista-leninista de Cuba extendiera, por la fuerza o la amenaza de la fuerza, sus actividades agresivas o subversivas a cualquier parte de este hemisferio, y a prevenir la creación o uso de una capacidad militar apoyada externamente en Cuba, que pudiera poner en peligro la seguridad de Estados Unidos (…)”. (United States: “Proclamation 3504. Interdiction of the Delivery of Offensive Weapons to Cuba. October 23, 1962”, AJIL, Vol. 57, Num. 2, 1963.)

Kennedy estuvo en lo cierto cuando afirmó a su antecesor en la presidencia que el único requisito efectivo era la promesa de no invadir a Cuba. Para el ex senador por Massachusetts tal promesa concordaba plenamente con sus planes respecto la historia reciente de la rebelde isla caribeña. La prueba mayor es que un año atrás negó el apoyo aéreo a la Brigada 2506 en el momento crítico de la batalla, después de llevar ventaja inicial en su enfrentamiento con las fuerzas castristas en Bahía de Cochinos.

Mas tarde Kennedy asumió la responsabilidad de los hechos, del fracaso del desembarco de abril de 1961. En octubre de 1962, era comprensible que aceptara el compromiso de no invadir militarmente a Cuba. Lo que el ejecutivo de la Casa Blanca no tuvo en cuenta es que su entendimiento era con Krushov, Fidel Castro nunca se consideró parte de tal acuerdo porque los cohetes como llegaron se fueron.

Aunque fuera justificada la exclusión del dictador cubano de tan urgentes tratativas en busca de una solución a lo que se había convertido en una crisis mundial, el hecho tuvo consecuencias que se arrastran hasta hoy.

Epílogo:

Es evidente que las posteriores administraciones norteamericanas respetaron la línea roja de no invadir a Cuba en tanto de ninguna manera, ni siquiera submarinos en tránsito, regresaran las armas nucleares a Cuba. Sin embargo, tampoco había una obligación de atarse a la promesa y menos aún, la URSS estaba en condiciones de impedir una acción militar norteamericana si llegaba la ocasión.

Esta situación alude a la llamada Doctrina Brezhnev, según la cual si un país socialista aliado de Moscú se encontraba de cualquier manera en una situación capaz de conducir al quiebre del sistema socialista, entonces, como sucedió en Checoslovaquia, Hungría o Polonia, las tropas soviéticas acudirían en consecuencia.

Corría el año 1993, Mario Vázquez Raña, empresario mexicano, propietario de El Sol de México, entrevistó al General de Ejército Raúl Castro Ruz, a la sazón Ministro de Defensa si equiparamos su cargo con similares, a la vez sucesor oficial de Fidel Castro. Copiamos la confesión hecha por quien años después asumiría la presidencia de su país.

Vísperas del año nuevo 1990, El muro de Berlín derribado, la URSS de Gorvachov en medio de serias contradicciones políticas internas, Raúl Castro arriba a Moscú con una misión secreta, confirmar qué haría la Unión Soviética en caso de una posible intervención militar norteamericana. Al efecto, el 29 de diciembre de 1989 es recibido en el Kremlin. Así se lo contó al entrevistador mexicano:

“Presta atención, Mario, la respuesta del máximo dirigente soviético fue tajante: en caso de agresión norteamericana a Cuba, nosotros no podemos combatir en Cuba afirmó textualmente, porque ustedes están a 11 mil kilómetros de nosotros y agregó: ¿Vamos a ir allá a que nos partan la cara?”

“La parte soviética nos hizo saber que no estaba en disposición de plantearle a Estados Unidos ningún tipo de advertencia en relación con Cuba, ni siquiera recordar a Washington el compromiso de (John F.) Kennedy de octubre de 1962, el cual siempre era puesto en duda por cada nueva administración yanqui.”

Lamentablemente, dentro del exilio cubano aún se deja escuchar con insistencia la versión falseada de que hubo un pacto secreto entre EEUU y la URSS que salvó a la llamada Revolución Cubana al impedir una intervención militar norteamericana. Los hechos prueban que tal pacto jamás existió, en todo caso el bien llamado “entendimiento” entre Kennedy y Krushov del 27 al 28 de octubre sin que ambos hombres de estado se dieran la mano o firmaran documento alguno.

Tampoco hubo impedimento estratégico de tipo militar capaz de frenar a los Estados Unidos, ni de frenarlo ahora, si decidieran una intervención militar en Cuba.

Fidel Castro por su parte, desconoció tener obligación alguna de colaborar ante el presupuesto de no exportar la subversión antinorteamericana, pro comunista, donde quiera que le fuera posible hacerlo, contando con el apoyo económico y militar de la desaparecida Unión Soviética. La única línea roja conservada, puede decirse que por parte de la URSS y Rusia, ha sido evitar la presencia de armas nucleares en la isla caribeña.

Por último una pregunta: ¿Quién salió ganando de la confrontación llamada Crisis de octubre de 1962?

Nicolai Leónov, Teniente General de la KGB al mando de su departamento de análisis, amigo de Raúl Castro y su biógrafo reconocido, comentó antes de morir a los 93 años que el Gran derrotado fue Estados Unidos porque «tuvo que aceptar la Revolución Cubana y comprometerse a no atacar la isla, lo que suponía reconocer su primera gran derrota en el hemisferio occidental y un gran revés para la doctrina Monroe». (Swissinfo.ch obituario. 22 abril 2022).


Leonov al centro con Raúl Castro a bordo del barco "Andrea Gritti" en 1953 meses antes del asalto al cuartel Moncada


Si valoramos los hechos durante la década del sesenta, rebajando el tono grandilocuente, el compromiso de Kennedy dio un importante respiro a Castro en sus primeros años de gobierno, no obstante, Washington alcanzó un resultado permanente de importancia estratégica:

El Nuevo Mundo, América, ha permanecido hasta hoy libre de armas nucleares. Una amenaza de 10 minutos en 1962, cuando no había sistemas efectivos de intercepción, significaba un problema existencial para el territorio conjunto que en geografía, población y economía constituye el fundamento de la gran nación estadounidense.

La retirada de los Júpiter no significó un equivalente como peligro ofensivo nuclear, incluso estos cohetes ya estaban siendo sustituidos por sistemas mejorados, Polaris primero y luego Poseidón, con la impronta de los submarinos. Además, EEUU conservó instalaciones balísticas propias y otras junto a sus aliados en la OTAN, al igual en ASIA, algo imposible de contrabalancear por la URSS o Rusia actualmente.

La decisión de La Casa Blanca en cuanto a no invadir a Cuba ha obedecido a otras razones políticas que no son parte de este breve ensayo sobre la Crisis de octubre de 1962. También está claro que la URSS antes o Rusia ahora, no defenderían a la dictadura más prolongada del hemisferio occidental en caso de un ataque norteamericano.

Thursday, September 26, 2024

Fulgencio Batista, ¿El revolucionario de 1933? (Parte 2)

 

Batista junto a Ramón Grau San Martín y otros militares

Por Vicente Morín Aguado.

El 10 de septiembre de 1933 Ramón Grau San Martín saludó a la muchedumbre, encumbrado en un balcón del palacio presidencial. Lo que podría llamarse una representación ocasional del pueblo cubano, justificaba con sus aplausos un mandato conseguido por decisión de 19 conspiradores, amparados por la rebelión de un millar de soldados, cuyo jefe era el sargento Fulgencio Batista.

En la Asamblea de los 19 predominaban los miembros del Directorio Estudiantil Universitario (DEU), una amalgama de jóvenes adictos a ideas de izquierda, entre ellos no pocos comunistas. Podría interpretarse que los estudiantes universitarios habían tomado el poder en Cuba, al menos muchos de ellos se lo creyeron, pero no era cierto, sencillamente porque el DEU carecía de fuerza real y base social para ejercer los atributos correspondientes a la presidencia de una nación.

La posibilidad de que un grupo de personas más o menos ilustres aprovecharan la rebelión de los soldados en Columbia, creando una junta de gobierno, se debió a la ausencia de poder generada por la renuncia obligada del dictador Machado, cuando en medio de una creciente huelga general, conoció que los altos mandos castrenses ya no le obedecían.

Estos conspiradores le habían ganado la partida a otros que les precedieron, los que instauraron a Carlos Manuel de Céspedes en el poder, liderados por el embajador norteamericano Sumner Welles, con plena participación de varias figuras del gabinete de Machado, quien también era, de hecho, parte del arreglo en ciernes, cuyo objetivo no pudo cumplirse: evitar el caos, tal y como el propio dictador saliente predecía, justificando la postergación de su renuncia.

Los conspiradores de la mediación-Sumner Welles era el mediador-, querían volver al estado de cosas, la normalidad digamos, previo a la prórroga de poderes de 1828, que convirtió en dictadura la elección democrática de 1924. Los nuevos conspiradores pretendían cambios cuya esencia debía consolidarse en una nueva constitución, anhelo proclamado en el manifiesto a la nación que justificaba el golpe de estado.

El embajador americano, contrariado en sus planes iniciales, comprendió de inmediato que aquel sargento taquígrafo, con biografía de machetero en los cañaverales, por muy contraproducente que fuera a las tradiciones políticas, era la única solución a la mano para resolver el vacío de poder.

El embajador norteamericano Sumner Welles saludando a Batista


La inteligencia natural de Batista, cultivada por su propio esfuerzo, arribó a la misma conclusión, por muy diplomado en Harvard que fuera su contraparte. Mucho antes de los míticos cien días napoleónicos, el pequeño Napoleón del Caribe era reconocido por la embajada estadounidense como el hombre fuerte de Cuba.

Los enemigos de Batista le acusan de espada de la contrarrevolución, remedo tropical del Gran Corso, sin embargo, aunque las comparaciones suelen ser cojas, el legado progresista de la revolución francesa, al igual sucedió con la cubana de 1933, se debe en ambos casos al patrocinio de un poder regulador, capaz de estabilizar la sociedad más allá de la inevitable convulsión revolucionaria.

Se trata en pocas palabras, de la represión y Batista la ejerció sin preferencias ostensibles hacia izquierdas o derechas. El ejército actuó donde quiera que se intentó una acción armada contra el gobierno provisional del momento, siempre representado por civiles. No debe olvidarse que el empleo de las armas de fuego, los sabotajes con explosivos y otras acciones violentas se habían extendido a la práctica política por parte de casi todas las organizaciones en el país.

El hecho de que la represión se concentrara en los grupos de izquierda se explica porque estos grupos persistieron en la estrategia de la toma del poder apelando a las armas. El ejército y la policía reprimieron sin miramientos en todas partes, muchas veces con excesos, llegando hasta ejecutar verdaderas masacres, como la que puso punto final al sitio del castillo de Atarés el 9 de noviembre de 1933.

El último capítulo represivo de importancia se dio al liquidar la huelga nada pacífica de marzo de 1935, organizada por el partido comunista junto a otros grupos de izquierda radical, cuyo objetivo era la toma del poder para establecer la dictadura del proletariado, según la doctrina marxista.

En enero de 1936, vuelto el país a una sustancial normalidad, se celebraron elecciones democráticas, en las cuales votaron por vez primera las mujeres. El presidente electo, Miguel Mariano Gómez, gobernó hasta diciembre de ese año, sustituido por su vice Laredo Bru, al ejecutarse un peculiar proceso de destitución, ejerciendo el congreso sus poderes.

Las razones directas del impeachment a la cubana se derivaron de los planes sociales que entonces impulsaba el ejército nacional, iniciativa de Batista, cuyo poder real seguía siendo el factor político principal. Miguel Mariano decidió retar ese poder, pero escogió mal el momento y la causa, porque impuso el veto presidencial a un impuesto mínimo a cada saco de azúcar, cuya recaudación sufragaría un plan educativo cívico-militar destinado a la gente del campo.

A finales de aquel año, había 2300 escuelas rurales, sustentadas en su mayoría por soldados y clases convertidos en maestros. Donde faltaban locales docentes, los cuarteles servían de aulas para impartir la enseñanza elemental en un país con un 70 % de analfabetismo. La docencia iba acompañada de atención médica mediante equipos móviles, incluyendo hasta bibliotecas ambulantes.

El ex sargento no olvidaba sus orígenes. Si era demagogia, si aumentaba su creciente popularidad, no dejaba por ello de ser una forma efectiva de ayudar a un sector marginal, mayoritario, de la sociedad cubana.

Otras medidas populares fueron ejecutadas mediante los 7 presidentes que en igual número de años, obedecieron a la voluntad del Coronel Jefe del ejército nacional. En tan breve período de tiempo hubo cambios sustanciales en Cuba.

Además del voto femenino, se proclamó la jornada de 8 horas, se legalizaron los sindicatos bajo preceptos democráticos, diversas medidas de seguridad social fueron decretadas, entre ellas las relativas a descanso retribuido, accidentes laborales y otras afines.

En el campo, dos leyes fueron relevantes, una protegió a los colonos azucareros del desalojo, respaldando sus producciones, otra inició una reforma agraria al repartir tierras estatales a los campesinos, copiando lo que en México hacía el General Lázaro Cárdenas, a quien Batista visitó con entusiasmo.

Cuba logró acuerdos favorables con los Estados Unidos en el terreno comercial, incluyendo el pago de la deuda, lastre del machadato, sin que por ello el país quebrara. La zafra azucarera se estabilizó gradualmente y en ascenso con un mercado internacional seguro. La economía, cuyos resultados suelen apreciarse al paso de los años sin importar quien gobierne entonces, enrumbó el país hacia la prosperidad en los años 50.

Finalmente, en 1938, el Partido Comunista alcanzó un pacto con el hombre fuerte, regularizando su situación legal. El propio Jefe militar declaró al respecto:

«El Partido Comunista, según su constitución, es un partido democrático que persigue sus fines dentro del marco de un régimen capitalista y ha renunciado a la violencia como método político; en consecuencia, tiene los mismos derechos que cualquier otro partido político». Thomas, Hugh. Cuba : La lucha por la libertad (p. 681). Ed. Kindle.

Quedaba por realizar un anhelo proclamado insistentemente desde que los 19 conspiradores, entre ellos el sargento jefe de las Fuerzas armadas de la república, derribaran al gobierno sucesor del machadato: La Asamblea Constituyente.

El 15 de noviembre de 1939, Federico Laredo Bru, el último de los calificados “presidentes marionetas”, dio luz verde a una elecciones democráticas como nunca antes había conocido el país. Tuvimos entonces La Constitución de 1940.

Fulgencio Batista Zaldívar renunció a sus atributos militares, postulándose para primer presidente según la Nueva Ley de Leyes de la nación, derrotando con 800 mil votos por 650 mil a su oponente, aquel a quien un día elevó a la presidencia al firmar como recién aclamado Jefe del Ejército, la proclama del 5 de septiembre: Ramón Grau San Martín.

Desde cualquier ángulo que se aprecie, hasta este momento los hechos indican que el hijo de Banes, el cortador de caña, el taquígrafo y autodidacta, el Indio, el mulato bonito, el hombre fuerte de Cuba, el Coronel Jefe de las Fuerzas Armadas, el invitado especial del Jefe del Estado Mayor conjunto del ejército de los Estados Unidos, General Malin Craig, el amigo de Franklin Delano Roosevelt, califica en la categoría de revolucionario, sin necesidad de adicionarle una filiación ideológica.



Wednesday, September 25, 2024

Fulgencio Batista, ¿El revolucionario de 1933? (Parte I)



Por: Vicente Morín Aguado.

Si repasamos una lista de las figuras políticas asociadas a la década del treinta, un nombre escapa a las previsiones de todos los expertos o implicados en una secuencia de acontecimientos llamada con toda razón, la revolución del 33. Ese nombre insólito es Fulgencio Batista Zaldívar.

El 4 de septiembre de 1933 los soldados y clases en el campamento de Columbia, entonces ubicado en la periferia habanera, concretaron un acto de rebeldía inédito en Cuba. La situación en la unidad cabecera del ejército nacional fue descrita por un testigo de la siguiente manera:

“Allí no mandaba nadie ni nadie obedecía. Aquello era sencillamente una acumulación de mil soldados, cada uno de los cuales hacía lo que le daba la gana.” (Padilla Rubio, citado por Solera Robert A: La república de militares y estudiantes. 2015)

En formación, recuperada la disciplina, los sublevados nombraron de entre ellos mismos y por votación, una junta de 8 representantes, de la cual emerge ese mismo día el sargento taquígrafo de apellido Batista como “presidente de la Asamblea de Alistados.”

El país vivía bajo un gobierno provisional, instaurado el 13 de agosto, después de renunciar el dictador Gerardo Machado, electo en 1924, quien había prorrogado su mandato inconstitucionalmente ante de las elecciones cuatrienales.

Este gobierno provisional nació de un acuerdo entre el plenipotenciario enviado por la Casa Blanca, Benjamín Sumner Welles, miembros del gabinete en ejercicio y algunas figuras políticas, por lo cual no satisfacía a la mayoría de la oposición. El desacuerdo crecía a diario, dada la notoria incapacidad del “escogido” para presidente, Carlos Manuel de Céspedes.

El movimiento anti machadista tenía un amplio espectro político: la izquierda, liderada por el Partido Comunista-fundado 1925-, bajo la órdenes de la Comintern, acompañada de los sindicatos muy activos, agrupados en la CNOC; una organización celular clandestina muy activa, de corte nacionalista, empleando acciones de sabotaje (ABC); el llamado “Directorio” (DEU) que agrupaba al estudiantado universitario, pujante en las protestas públicas y los medios de difusión, devenido un foco de activismo político renovador de la sociedad, alimentado igualmente desde la izquierda, y también la derecha tradicional desplazada del poder por Machado.

No debe olvidarse que el país padecía su peor momento económico desde la fundación de la república en 1902, resultado directo de la crisis mundial que siguió al Crack de la bolsa de Nueva York en 1929.

Washington quería la vuelta a la normalidad institucional, negociar un nuevo tratado comercial, incluyendo la deuda existente, inclusive debido a la política del Buen Vecino, estaba en el aire la eliminación de la odiosa Enmienda Platt, junto a la voluntad de evitar un desembarco de marines en la Isla.

La oposición no tradicional aceptaba lo anterior pero quería mucho más. Jaime Suchlicki en su Historia de Cuba (2006, Pureplay Press) ha retratado el momento: “Los estudiantes monopolizaban la retórica de la revolución.”

Estudiantes armados frente al Capitolio habanero el 15 de septiembre de 1933.


El nacionalismo en boga exigía confiscar propiedades extranjeras, limitar el capital foráneo, conceder derechos laborales, modernizar la democracia ampliando los derechos sociales, erradicar la corrupción administrativa, el voto femenino y otras demandas asociadas. El antimperialismo había alcanzado una notable influencia en el pensamiento político bajo la influencia de los comunistas. Los seguidores disciplinados de Moscú hablaban abiertamente de una revolución marxista-leninista.

Un nuevo elemento de vital importancia vino a complicar la pugna por el poder, toda la oposición, sin excepciones, estaba armada, acudiendo a las balas, los explosivos y demás actos asociados de violencia, como medio frecuente de acción política.

Aunque la violencia urbana era entonces asunto extendido a otros muchos países, en Cuba respondía a la represión que de igual manera había institucionalizado el poder público, inclusive con grupos paramilitares como la tristemente célebre Porra machadista, colaboradora de la Policía nacional.

La caída de Machado se vio acompañada por la furia popular, hubo una noche de 133 bombazos en la capital, mientras decenas de linchamientos sucedían en pleno día. Hacia los campos, más de 40 fábricas de azúcar fueron tomadas por los trabajadores. Aplicando una típica consigna enviada desde Moscú, se crearon una decena de “soviets de obreros y campesinos”, paso inicial hacia la “dictadura del proletariado.”

Pero por muy armados que estuvieran los estudiantes, las células clandestinas de una organización llamada ABC, y hasta los comunistas, agregando a los militares de alta graduación en el Hotel Nacional, se hacía evidente que ninguna de esas fuerzas era suficiente para imponer su autoridad, menos aún dadas las desavenencias entre ellas.

Los empresarios y comerciantes, de por sí afectados por la grave crisis económica, clamaban por la vuelta al orden público. La ciudadanía estaba cansada de la anarquía.

La paradoja es que los políticos se mostraban ajenos a la suerte de una fuerza tan importante como el ejército nacional. La alta oficialidad que no pudo abandonar el país cuando Machado voló a la cercana Nassau, se había atrincherado en el Hotel Nacional de Cuba, donde residía el todopoderoso embajador norteamericano, quien de inmediato se mudó al Hotel Presidente, alejándose de tan indeseable fardo del machadato.

Los soldados y clases estaban preocupados por asuntos internos, tales como salarios, uniformes y ascensos. La noticia de su revuelta resultó una oportunidad inesperada pero aplaudida por quiénes rechazaban la mediación. Entre el 4 y el 5 de septiembre Columbia pasó a ser el epicentro de la revolución.

Batista entró en esa vorágine, firmando junto a otros 18 ciudadanos ilustres-firmaron tres militares más- la destitución Céspedes, estampando su rúbrica sobre un título sustanciosamente modificado respecto al día anterior. En pocas horas era ya “Sargento Jefe de todas las Fuerzas Armadas de la República.”

Fulgencio Batista con los cinco miembros de la Pentarquía

La destitución del 5 de septiembre formalizó un gobierno de 5 civiles ilustres, llamado La Pentarquía, que duró tantos días como su composición numérica.

De su actuación solo queda un registro indeleble: El pentarca Sergio Carbó, periodista bien visto por los soldados, firmó un decreto nombrando a Fulgencio Batista Coronel-Jefe de las Fuerzas Armadas. En la biografía escrita por Edmund Chester, Carbó confiesa que “Le di un jefe al ejército, para que por algún medio pudiéramos evitar la anarquía abierta en el país”.

La pentarquía se disolvió al decidir que uno de ellos, el médico fisiólogo y profesor universitario, Ramón Grau San Martín, se convirtiera en Presidente, jurando su cargo ante el pueblo, desde un balcón del Palacio Presidencial el 10 de septiembre de 1933.

Designado por el DEU con el apoyo de soldados rebeldes, junto a otras figuras destacadas, convertidos en una especie de asamblea considerada a sí misma la fuente del poder temporal de la república- “Asamblea de los 19”-, el gobierno de Grau respondía a las intenciones de los radicales dispuestos a pasarse de los propósitos limitados de la mediación norteamericana.

Mirando hacia atrás, era un acto revolucionario y Batista había sido parte.

De la proclama hecha al pueblo de Cuba, una promesa solemne prevaleció, cuya resolución llegó a ser el logro más sustancioso de aquellos años convulsos: Convocar la elección de una Asamblea Constituyente con el objetivo de redactar una nueva carta magna.

El estrenado coronel tenía 32 años, de adolescente cortó caña a machete, oficio de esclavos se le decía en Cuba. Luego sería repartidor de agua, carpintero, aprendiz de sastre; alistado en el ejército a los 21 años, su afán insaciable de superación le hizo taquígrafo, llegando al Estado Mayor Nacional.

Hugh Thomas nos ofrece esta semblanza en su libro, Cuba, la lucha por la libertad:

“Su sangre india, era de tez casi rojiza, y poseía un gran encanto personal. Causó buena impresión al corresponsal del New York Times: "por su rapidez mental es como un rayo. Sonríe con facilidad y a menudo, y dedica completa atención a la persona que le habla". Su variada experiencia, su conocimiento de todas las partes de Cuba y de todas las clases sociales, lo convertirían, cuando llegara a ganar el poder revolucionario, en un oponente formidable, particularmente desde que quedó claro que no era simplemente un burócrata, sino un hombre autodidacta salido del pueblo, y que esperaba ser adorado por este.”

Grau San Martín aceptó al nuevo jefe del ejército, cauteloso, en apariencia dócil, astuto, hasta adulador, pero imprescindible ante el vacío de poder real. El pacto de organizaciones convertido en La Asamblea de los 19, liderada por estudiantes universitarios, distaba de un sólido acuerdo común, enfrentando a la vez la beligerancia de otros grupos influyentes en la marea política del momento.

Estados Unidos negó reconocimiento formal al nuevo gobierno, consecuencia de cómo había llegado al poder. Su posterior actuación en nada favoreció poner fin a la predisposición de La Casa Blanca. Sin embargo las circunstancias llevaron al inevitable encuentro de Welles con Batista, a espaldas de su jefe nominal, el presidente de la nación.

Las razones del encuentro se explican en las palabras del embajador: “Usted es la única persona en Cuba que representa la autoridad.”

Un mulato ex cortador de caña, autodidacto, acabada de entrevistarse en la Embajada de los Estados Unidos con un graduado de Harvard, diplomático de carrera, representante personal del hombre que desde la Casa Blanca podía decidir hasta la intervención militar de su poderoso ejército en Cuba.

El contraste desafiaba los cánones de la política prevalecientes en Washington, también en La Habana.

¿Revolucionario o Contrarrevolucionario? La actuación posterior de Batista, no la profesión de un ideario político ajeno a la naturaleza de su personalidad, nos dará las claves para una respuesta.