El escritor y profesor Jorge Mañach entrevista al general mambí Enrique Loynaz del Castillo para el programa de radio La Universidad del aire en 1950. Este blog ya publicó en entregas consecutivas un resumen de las Memorias de la guerra del propio Loynaz del Castillo redactado por Guillermo A. Belt. Sirva esta grabación como complemento e ilustración de del trabajo desarrollado por nuestro colega Belt.
La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. se propone evitar que los hechos históricos de Cuba y sus exilios se conviertan en leyendas, dejando un registro fidedigno de los mismos ‒sin censuras ni manipulaciones demagógicas‒ con el fin de que nunca pierdan su condición de historia. Este blog intenta reflejar nuestro quehacer en ese sentido, al tiempo de brindarse como tribuna abierta para que testigos y estudiosos del avatar cubano puedan contribuir de buena voluntad en el intento
Monday, March 25, 2024
Sunday, July 23, 2023
De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias. Epílogo
Por Guillermo A. Belt
Con las armas se defienden las repúblicas, afirma
Cervantes en el capítulo XXXVIII de la primera parte del Quijote. En la
disyuntiva entre las armas y las letras planteada en esa cita se inspiró el
título de la serie de artículos publicados hasta la fecha sobre el sentir y
pensar de Enrique Loynaz del Castillo, para conocimiento de las juventudes que
dentro y fuera de Cuba tienen el derecho y el deber de llamarse compatriotas
suyos.
Varios años han pasado desde que leí por primera vez Escambray: la guerra olvidada, de Enrique Encinosa, por recomendación de mi amigo Tony de la Cuesta, historiador y profesor universitario quien por sobre todo combatió sin tregua por la libertad de Cuba. En el prólogo de su segundo y más detallado esfuerzo de investigación histórica, como él mismo lo califica, Encinosa nos dice:
La guerra de guerrillas en
Cuba –de 1959 a 1966- contra el régimen de Fidel Castro fue un conflicto que el
mundo desconoce o ha ignorado y la historia – escrita por los vencedores- ha
distorsionado.
Fue una guerra brutal y larga.
En Cuba, desde mediados de 1959 hasta finales de 1966, unos cuantos miles de
humildes – y mal armados- campesinos se enfrentaron, en lucha desigual, al poderío
militar del régimen de Fidel Castro. Sin suministros adecuados, acosados por
bien armadas huestes enemigas, los guerrilleros fueron eventualmente derrotados
pese a la furia y tenacidad con que combatieron.
Pese a todas las dificultades, la etapa de los
alzamientos guerrilleros merece ser estudiada profundamente. La guerra campesina abarcó las seis
provincias de la Isla, siendo la campaña militar más extensa llevada a cabo en
Cuba desde el inicio de la República en 1902. Desde los tiempos de los mambises
nunca se había combatido con tanta fiereza en suelo cubano.
Mucho me temo que nuestros
jóvenes compatriotas, tanto en Cuba como en el ya larguísimo exilio, saben muy
poco, o nada, de los siete años de guerra de guerrillas documentados por
Enrique Encinosa. Tampoco es probable que conozcan de la fiereza y el heroísmo
de los mambises que pelearon en nuestras tres guerras por la independencia: la
Guerra Grande, la Guerra Chiquita y la que Martí llamó la Guerra Necesaria.
Enrique Loynaz del Castillo tenía
14 años cuando conoció al general Serafín Sánchez, veterano de las tres
guerras, estando ambos en el exilio. Tanto insistió en unirse a la expedición
organizada por Máximo Gómez y Antonio Maceo en 1885 que Serafín Sánchez,
obtenida la anuencia del padre del adolescente, aceptó incorporarlo como
ayudante suyo. La esposa del general le confeccionó el uniforme: pantalones
largos, los primeros que vestiría, y una chamarreta.
Fracasado el intento debido a
complicaciones ajenas a los patriotas cubanos, Loynaz nunca dejó de trabajar
por la libertad de Cuba. Recaudó fondos, escribió artículos, fundó clubes
revolucionarios y periódicos en la República Dominicana y en Costa Rica.
Apadrinado por Serafín Sánchez y por el general Francisco Carrillo viajó a
Nueva York para conocer a José Martí, quien poco después lo envió a San José como
secretario de Antonio Maceo. Allí Loynaz hace amistad con el héroe y con su
hermano José, y salva la vida del vencedor de Peralejo cuando sufre un atentado
a la salida del teatro en la capital costarricense.
Diez años más tarde Loynaz logra
su propósito. Martí lo designa para acompañar a los generales Carlos Roloff y
Serafín Sánchez en la expedición que los llevaría a desembarcar en Las Villas
en 1895. El escritor y ahora guerrero, en su libro titulado Memorias de la
guerra, recoge episodios vividos a lo largo de la contienda, primero como
uno de los ayudantes de Maceo, luego en calidad de jefe del Estado Mayor del
general Sánchez. En la presentación del libro, Dulce María Loynaz dice lo
siguiente sobre las dotes de escritor de su padre:
No había olvidado su
elocuencia, pero lo que me sorprendía era que sin la carga emocional del
instante, del calor humano de las multitudes, ese combustible generador de
tanto noble empeño, desprovisto de todo en la soledad de su vejez, era también
capaz de cincelar un párrafo con elegancia casi clásica o llevarnos a
presenciar un combate con el dinamismo de una cinta cinematográfica.
En la serie de artículos cito
extensamente las palabras de Loynaz del Castillo describiendo combates,
principalmente aquellos en los que participó, porque nos llevan a presenciar el
heroísmo de las cargas al machete, así como la resistencia física y el valor de
la infantería mambisa. Los guerrilleros del Escambray y los que combatieron en
condiciones desiguales en las seis provincias contra el poderío militar de la
dictadura también lo hicieron heroicamente, esta vez con revólveres y escopetas
enfrentados a helicópteros, aviones, morteros y metralletas.
Los mambises del siglo 19 y sus sucesores en el siglo 20 dejaron lecciones de valor y perseverancia, tanto en el campo de batalla como en el exilio, que no debemos ni podemos olvidar. Valga el modesto esfuerzo de la serie sobre Memorias de la guerra como un aporte más a la memoria colectiva de los cubanos dispuestos a recobrar las libertades que nuestros mambises defendieron con las armas.
Sunday, July 16, 2023
De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXVII De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXVII
Por Guillermo A. Belt
| General Juan Bruno Zayas |
El primer contingente de doscientos hombres al mando del general Mayía Rodríguez había sido detenido por orden del Consejo de Gobierno, ocasionando el primer conflicto entre el gobierno civil y la autoridad suprema del Ejército Libertador. Entonces Máximo Gómez dispone la marcha inmediata del general Juan Bruno Zayas al frente de una fuerza heterogénea, debilitada por su numerosa impedimenta. El 17 de mayo sufre una derrota en Matanzas, y el 20 de este mes otra, en la finca Carolina, donde pierde la vida el general Esteban Tamayo. Zayas se ve obligado a retroceder a la jurisdicción de Sagua con un contingente reducido a doscientos hombres.
Al frente de cien jinetes con cien tiros cada uno emprende Zayas su nueva marcha a Occidente. El 22 de junio entra en la provincia de La Habana. Todo el mes de julio lo pasa el general Zayas intentando rehacer su maltrecha brigada, reducida a menos de la mitad tras varios combates. El 30 de julio, a una legua de El Gabriel se enfrenta a una columna española de infantería y caballería y una poderosa guerrilla. Cercado, Zayas intenta saltar una cerca, su caballo queda detenido en ella, y batiéndose a pie, revólver en mano, el general cae muerto de una estocada que le atraviesa el cuerpo.
En un último esfuerzo Gómez recurre al Mayor General Mayía Rodríguez, quien inicia la marcha a Occidente el 3 de septiembre al frente de doscientos hombres con sesenta mil tiros. El 19 cruza la Trocha, y el 7 de octubre marcha hacia la vía férrea entre Sagua y Santo Domingo. Cuando la tropa hace alto en el batey del demolido ingenio Colorado para que descanse la infantería, aparece súbitamente la caballería española. Mayía Rodríguez ordena la carga y al frente de su escolta y del Estado Mayor obliga a retroceder al enemigo. La infantería española abre fuego y el general Rodríguez resulta herido de bala en una rodilla, la que le quedaba sana pues la otra la tenía anquilosada desde la guerra anterior por un balazo. En estas condiciones se dispone la retirada de los mambises hacia las lomas de Cienfuegos y Trinidad. Así terminó el último intento formal de llevar auxilios al general Maceo, nos dice Enrique Loynaz del Castillo en Memorias de la guerra.
Otra gran pérdida para la causa de la libertad de Cuba es la muerte del general José Maceo. El 5 de julio de 1896 el León de Oriente cae combatiendo en la Loma del Gato, jurisdicción de Songo. Loynaz cita la Orden del Día expedida por Máximo Gómez al conocer la noticia:
“La suerte ha querido una vez más poner a prueba nuestros corazones de patriotas, y ha descargado el más duro golpe sobre uno de nuestros guerreros más esclarecidos y hermano de nuestro gran compañero de gloria y penalidades, el Lugarteniente General del Ejército. El Mayor General José Maceo, Jefe del 1º Cuerpo de Ejército, ha muerto el día 5 en la Loma del Gato. Los guerreros no lloran sus muertos y sí juran sobre sus tumbas imitar su ejemplo y levantar más alta la bandera que defendieron.”
| General José Maceo |
Recordemos que Loynaz del Castillo había hecho amistad con José Maceo cuando se habían conocido estando ambos en el exilio. Martí había enviado al joven Loynaz a Costa Rica como secretario de Antonio Maceo, quien le encargó convencer a su hermano para contraer matrimonio, lo que Loynaz logró. La muerte de José, como luego la del general Antonio, de la cual se enteraría tardíamente, habrán sido golpes muy duros en lo personal, además del impacto en el ánimo de sus compañeros de guerra. Pero aún faltaba el golpe más duro de todos, la muerte de Serafín Sánchez, presenciada por su jefe de Estado Mayor.
Loynaz dedica cinco páginas de su libro a la figura de Serafín Sánchez. Había nacido Serafín Sánchez el 2 de julio de 1846 en la romántica Sancti Spíritus, la de ondulantes calles solitarias y colonial arquitectura, la de los vetustos guardapolvos que vieron asomar los angélicos rostros de la belleza criolla al paso de los recios caballeros de capa y espada. Cerca de la ciudad como digno marco de su grandeza empínase a los cielos la cordillera cuyo silencio de siglos iban a interrumpir los jinetes apocalípticos de la guerra.
Tuvo una niñez tranquila, nos dice Loynaz, en la finca de su padre, el rico hacendado don Joaquín Sánchez, y los estudios de primeras letras a cargo de su venerable madre, doña Isabel Valdivia, gran cubana, que como la ilustre madre de los Maceo dio en cada parto un paladín de la Patria. Fue su mentor aquel gran carácter, Honorato del Castillo, guía de la juventud espirituana, a cuyo frente se lanzó a la guerra al grito libertador de Yara.
Tenía 20 años Serafín Sánchez cuando comenzó a guerrear. En la batalla de Júcaro, a las órdenes del general Ángel Castillo, sucesor de Honorato, fue ascendido a capitán. Luego pasa a Camagüey. El día funesto de Jimaguayú, la última orden del general Agramonte la recibió el capitán Serafín Sánchez al frente de su compañía, desplegada en las lindes del potrero.
Muerto Ignacio Agramonte, el presidente Céspedes encarga el mando de Camagüey al general Máximo Gómez. A sus órdenes Serafín Sánchez combate en Palo Seco, Nuevitas, Santa Cruz, la Sacra, el Naranjo y las Guásimas. … el 6 de enero de 1876 forzando la Trocha penetró en Las Villas el general Máximo Gómez al frente de las tropas camagüeyanas y villareñas. Con ellas iba el ya comandante Serafín Sánchez. A las órdenes directas del general Gómez combatió en la Reforma, la Campana, Paso Cataño, el Jícaro y otras gloriosas acciones de guerra.
Lamentables divisiones y malquerencias entre cubanos, incluyendo rebeliones militares en Las Villas, Camagüey y Oriente, dan al traste con la República y se produce la capitulación del Zanjón. Serafín Sánchez empieza a conspirar para renovar la lucha por la libertad. Y así lo hizo, pues apenas transcurrido un año, levantóse en armas con Francisco Carrillo y Emilio Núñez, en el territorio de Las Villas en apoyo del movimiento revolucionario iniciado por José Maceo, Calixto García y Quintín Bandera en la plaza Dolores de Santiago de Cuba.
Al fracasar este nuevo intento, Serafín Sánchez y Francisco Carrillo, generales ambos, lograron refugiarse en el extranjero. En busca de trabajo para el sustento peregrinó el general Sánchez por distintos países con su inseparable amigo el general Carrillo. Tremendas vicisitudes no doblegaron aquellos espíritus animosos. En la casa del patriota don Eduardo Hernández hallaron albergue, pero tenían que turnarse para salir pues sólo poseían un par de zapatos entre los dos.
| General Serafín Sánchez |
Loynaz recuerda la frustrada expedición en 1884-85, planeada por Máximo Gómez y Antonio Maceo, en la que Sánchez y Carrillo estaban destinados a Las Villas. Fue entonces cuando conocí a esos dos excelsos cubanos los que a fuerza de ruegos insistentes consintieron en mi incorporación como ayudante del general Sánchez, en la intentada expedición, sobreponiendo mi fogoso entusiasmo a la inexperiencia de mis catorce años.
En 1895 Loynaz se encuentra nuevamente con Sánchez, radicado ahora en Cayo Hueso como escogedor de tabaco en la fábrica de tabacos del señor Hidalgo Gato… Ganaba cuatro pesos diarios, tres para su casa y uno para los fondos revolucionarios. Terminaba siempre temprano porque en sumando los cuatro pesos suspendía su trabajo. Mi objetivo, decía, no es el dinero, sino un medio de esperar el toque de llamada.
Cuando suena el toque, Loynaz acompaña a Serafín Sánchez: … desembarcamos en la noche del 24 de julio de 1895, natalicio del Libertador Simón Bolívar, dos centenares de expedicionarios y entusiastas, armados e instruidos en el ejercicio de maniobras militares…
Pisaban suelo cubano a una milla del puerto de Tunas de
Zaza, y marcharían con rumbo a la ciudad de Sancti Spíritus, en cuyas
inmediaciones se acampó.
Regresemos ahora a las operaciones militares del general Serafín Sánchez en Las Villas. Escribe a su esposa, Josefa Piña de Sánchez, encareciéndole que no cesara de pedir una expedición de 3,000 rifles y un millón de cápsulas que a su juicio bastarían para terminar la guerra. El 10 de noviembre de 1896, de regreso por las estribaciones de la cordillera, sostuvo el general Sánchez reñido combate en el Marino, finca inmediata a los Altos de Alberichs, o Boca de Toro, donde la columna invasora celebró gloriosa función de armas…Continuó la marcha el general Sánchez, por la cordillera de Banao, entrando en la llanura de Sancti Spíritus el 17 de noviembre. Con el general Sánchez venía el general Rosas, y con su brillante Estado Mayor y Escolta, el general Francisco Carrillo.
Al oscurecer y acampar en Manaquitas, las fuerzas mambisas son acometidas súbitamente por numerosa Guardia Civil. El general Sánchez encabeza la carga al frente de su Escolta y Estado Mayor, poniendo en fuga a la Guardia Civil. A un prisionero le dice Serafín Sánchez, según escribe Loynaz: Te pongo en libertad para que vayas enseguida a decirle al general López Amor que el mismo que le encendió la leva en Palo Prieto, el general Serafín Sánchez, va con una columna a Paso de las Damas. Que me siga.
A las once de la mañana del 18 de noviembre Sánchez llega a Paso de las Damas, magnífico potrero situado en la margen oriental del río Zaza. Sobre la escarpada margen del río, dominando el paso llamado de las Damas, colocó todo el regimiento de infantería de Remedios, al mando del brigadier José González Planas. Al otro lado del río situó una avanzada del mismo regimiento y una patrulla de jinetes exploradores, encargados de recorrer constantemente nuestro rastro, por donde, naturalmente, era de esperar el enemigo. La presencia de nuestro mejor regimiento de infantería sobre la empinada barranca del Paso de las Damas era suficiente garantía de seguridad hacia el rastro.
En la margen opuesta del Zaza sitúa un fuerte destacamento de caballería de la brigada de Sancti Spíritus, con orden de mantener parejas de exploración constante para impedir el acceso al Paso de la Larga. Fortalece así ambos pasos, situados a la izquierda y derecha en los extremos del frente de combate. Sánchez le encarga a Loynaz situar una tercera avanzada sobre el camino que debían seguir después del combate esperado. Cuando Loynaz regresa de cumplir esta orden encuentra a su general instalado en su tienda de campaña, junto al general Carrillo.
De repente, del otro lado del río, sonó un cañonazo, cuyo proyectil, a pocos metros de nuestra tienda de campaña, estalló. Enseguida, nuevas detonaciones de cañón y fusilería y gritos de nuestra gente: “¡A caballo, el enemigo!” …La agilidad mental del general Sánchez le permitió adivinar el verdadero objetivo del enemigo, que era forzar el Paso de la Larga, donde seguramente estaba llegando cuando rompió el fuego, en amago de finta, sobre el Paso de las Damas.
Sánchez, seguido de algunos ayudantes, galopa hacia el Paso de la Larga luego de ordenar a Loynaz que dirija a todos los hombres disponibles, sin esperar la formación de sus unidades, al Paso de la Larga donde el general los situaría. …Partí a escape hacia el Paso de la Larga. Llevaba en alto la bandera de Cuba que acababa de arrancar de la tienda de campaña.
Encontré al general Sánchez enojadísimo, porque el destacamento colocado sobre la alta cuesta del vado de la Larga había descuidado la exploración del lado opuesto del río y cuando sintió las detonaciones por el rumbo de las Damas fue que descubrió el grueso del enemigo vadeando ya el Paso de la Larga.
Sánchez establece un arco de resistencia que comprende una pequeña eminencia del terreno, donde se sitúa él junto con su escolta y Estado Mayor. También se sitúan allí los generales Carrillo y Rosas con sus ayudantes. A la derecha de esta posición están la infantería y caballería al mando del brigadier José Miguel Gómez, y a la izquierda, apostado sobre el Paso de las Damas, el regimiento de infantería de Remedios al mando del brigadier González Planas.
Luego de varias operaciones, incluyendo detener una carga temeraria y suicida de la escolta del general Carrillo, iniciada sin autorización, tras reforzar las líneas de combate de los mambises y siendo las cuatro de la tarde, se ve al enemigo desbordar la margen del río hacia las fuerzas cubanas, tras un fuego intensísimo. Loynaz obtiene autorización del general Sánchez para ponerse al frente de una compañía de infantería del brigadier González Planas, llegada para reforzar la línea de José Miguel Gómez, cuyos hombres han quedado sin parque.
A la carrera ocuparon los infantes, por mí conducidos, la posición que había defendido hasta su última cápsula el brigadier José Miguel Gómez. Al tenderlos en tierra ocupé la extrema izquierda de aquella línea desplegada a menos de cien metros de la infantería española que avanzaba impertérrita con vibrantes descargas…Minutos después vi tambaleándose mi caballo y me tiré de él antes de que me cayera encima. Otro caballo me envió enseguida el general Rosas…En lo más vivo del tiroteo, alcanzado por varios proyectiles, cayó también el 2º caballo que me envió el general Rosas, sin darme tiempo, esta vez, para evitar que me aprisionara debajo de él. Mientras unos infantes me extraían, sucedió algo inesperado, tremendo, abrumador…
El general Sánchez, que fijaba los anteojos en dirección de la lucha sostenida por nuestra compañía y acababa de ordenar al brigadier González que la reforzara ya con todo su regimiento, me vio caer sin levantarme, y dirigiéndose al teniente coronel Indalecio Salas, que estaba a su lado, le dijo: “Mataron a Enriquito. Lo siento por Juanita.” En esos instantes se estremeció: una bala le había entrado por el hombro izquierdo y salido por el derecho, destrozándole la aorta y con ella la vida del gran prócer de la Patria. Vacilando sobre su caballo exclamó: “¡Me han matado!” Arrojó un buche de sangre y aún pudo añadir: “Eso no es nada, siga la marcha.”
El general Carrillo asume el mando y ordena la retirada inmediata del cadáver del general Sánchez, junto con los cadáveres de los ayudantes y ordenanzas que habían caído defendiendo la vida de su jefe. Mientras la tremenda desgracia abatía la izquierda de la línea cubana, a la derecha llegaba el salvador refuerzo: toda la infantería del brigadier González Planas, recibida con aclamaciones y desplegada inmediatamente frente al enemigo.
Loynaz pregunta al brigadier si han matado a Serafín Sánchez. González Planas le contesta:
“Vaya para allá que hace falta. Déjeme esto a mí.” Nuestro
autor describe muy emotivamente su encuentro con el cadáver del general que
había aceptado llevarlo como ayudante, a los catorce años, en una expedición
para liberar a Cuba del dominio español. Los hombres de González Planas
resisten sin retroceder una pulgada hasta las siete de la noche, hora en que
el grueso del enemigo se retiró para acampar junto al río… Ya el cadáver del
general Sánchez había llegado a Pozo Azul, donde el general Carrillo dispuso
acampar.
No muy lejos un carpintero construía su ataúd. Sobre la tapa de cedro esculpí con afilado cortaplumas estas palabras: “Mayor General Serafín Sánchez, Por Patria, 18 de noviembre de 1896.” A las seis de la mañana (del día siguiente), en silenciosa marcha, lo llevamos en hombros a enterrar en un áspero recodo de la finca Las Olivas. Contaba cincuenta años aquella noble vida, toda ofrendada a la libertad de Cuba.
Wednesday, July 5, 2023
De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXVI
Por Guillermo A. Belt
En octubre de 1896 el General en Jefe Máximo Gómez ordena al general Calixto García marchar a Camagüey. El 9 de octubre el general García parte del campamento de Moscones con un contingente de tres mil hombres y un convoy de 25 carretas y 80 mulas cargadas de armas y parque. En medio de un ciclón, nos relata Enrique Loynaz del Castillo en su libro, con sorprendente pericia militar, improvisando botes y balsas, cruza el río Cauto desbordado, sin perder ni un hombre ni un arma, y adelanta, a través de caminos inundados, con su larga columna de las tres armas. Esta notable marcha, a la que no pudo oponer el enemigo operación ninguna, fue objeto de inmediata comunicación del Capitán General al Ministerio de la Guerra.
Reunidos Gómez y García el 14 de octubre, tras cruzar éste el río Jobabo, acuerdan los detalles del ataque a Guáimaro, la plaza que fue la capital de la República el 10 de abril de 1869, y cuna de la primera Constitución revolucionaria de Cuba. En la mañana del 17 de octubre se disparó el primer cañonazo de las tropas cubanas. A las once y media de la mañana, obedeciendo órdenes del general García, el coronel Mario G. Menocal, al frente de una pequeña fuerza de infantería holguinera del regimiento Martí, se lanzó al asalto de la fortaleza, con tal coraje que la guarnición la abandonó para refugiarse en el fuerte de Las Tunas sobre el ángulo norte del cuadrilátero de fuertes.
Guáimaro estaba protegida por un cinturón de defensa formado por ocho fuertes. Fuera del cinturón de baluartes y sobre la loma de Gonfau al norte del pueblo se hallaba el fuerte Mella, el más formidable de todos, y por consiguiente primer objetivo del ataque. Tomado éste, Calixto García, que había rodeado de trincheras el pueblo, dictó una orden del día disponiendo el asalto simultáneo de los fuertes el 27 de octubre. Así se hizo, y los cubanos conquistaron todos los objetivos señalados después de un barraje con su único cañón. El acta de rendición se firmó el día siguiente. Este importantísimo hecho de armas…afirmó de nuevo la actividad de la guerra en el territorio camagüeyano e inauguró una nueva etapa de la Revolución en la que entraban en acción los cañones insurrectos para destruir las plazas fortificadas del enemigo.
El enemigo siguió a Cascorro, cuya guarnición pudo levantar, incendiando el pueblo y emprendiendo retirada en dirección de San Miguel de Nuevitas… No sólo fue el abandono de Cascorro la consecuencia de la toma de Guáimaro; simultáneamente fueron abandonados los recintos fortificados de Las Yeguas, Vertientes, la Unión, Contramaestre y la Caridad, quedando todo el territorio de Camagüey, exceptuando la ciudad y sus dos puertos de Nuevitas y Santa Cruz en poder del Ejército Libertador.
Máximo Gómez envía a Calixto García a Oriente para activar las operaciones y además para que le envíe pertrechos que permitan a Gómez emprender su marcha definitiva en auxilio de Maceo. La columna del general Mayía Rodríguez, batido y herido en el combate de Colorado, no había podido llegar, como tampoco el contingente del general Juan Bruno Zayas, muerto el 30 de julio en combate. Calixto García cumple el encargo de Máximo Gómez y reanuda sus operaciones militares en Oriente.
El general García recibe informes de una poderosa columna española que conduce un convoy en el camino de Bayamo a Manzanillo y decide hostilizarla. El 17 de diciembre se intensifica el combate sobre el campo de Peralejo, inmortalizado por Antonio Maceo. Entonces Calixto García hace lo que tan bien supieron hacer muchos generales mambises.
Allí, renovando el denuedo de los orientales de Maceo, y poniéndose al frente de su Estado Mayor y Escolta y de un grupo de jinetes, se lanzó el general García sobre los cuadros enemigos. Llevaba apenas doscientos hombres; pero el arrojo los llevó hasta la línea española, envuelta en fuego. Una cerca de alambre, invisible al iniciar la carga, se interpuso entre el enemigo y los machetes cubanos. Ordenando el despliegue, para ofrecer menos blanco a ese fuego a boca de jarro, sostuvo el general García, con tremendo riesgo de su vida, aquella línea temeraria antes de disponer su retirada. El combate terminó con aquel lance; las fuerzas contendientes durmieron a poca distancia sobre el mismo campo de batalla. Por la mañana, al toque de diana y formación, supo el general García que la columna se retiraba en dirección de Bueyecito. Explorado el campo se encontraron muchos muertos, abandonados por aquella columna de cerca de cinco mil hombres bajo la presión de setecientos soldados cubanos.
Tuesday, June 20, 2023
De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXV
Por Guillermo A. Belt
Tras separarse de Maceo en Matanzas el 10 de marzo de
1896, Máximo Gómez regresa a Las Villas. En Memorias de la guerra nos
cuenta Enrique Loynaz del Castillo que los generales Maceo y Gómez habían
librado 21 combates en La Habana y Matanzas en sólo un mes, al costo de las
vidas de una nutrida lista de Jefes esclarecidos y de oficiales denodados.
Gómez se propone organizar un contingente de refuerzo a Maceo en las operaciones de Vueltabajo. Con este fin recaba la ayuda del Gobierno de la República en Armas, y lo hace enviando a Oriente a Serafín Sánchez, nombrado en abril en el cargo recién creado de Inspector General del Ejército, con instrucciones de solicitar “que el Gobierno me ponga en condiciones, no de resistir – pues de esa situación me atrevo a responder – sino de ofender y triunfar.” Al propio tiempo y en el mismo oficio al Secretario de la Guerra, general Carlos Roloff, lamenta que el Ejército Invasor haya sido “abandonado a su propia suerte y recursos.”
Comienza a darse un conflicto de autoridad entre el gobierno y el General en Jefe.
Dedicó el General en Jefe algunas semanas a la reorganización de las fuerzas de Las Villas, que exhaustas de parque se batían a la defensiva, incapacitadas de presentar grandes combates después del de Manajanabo sostenido por el general Serafín Sánchez, uno de los más reñidos de la guerra.
Empero las noticias que a diario le llegaban de Oriente y
Camagüey impusieron al general Gómez la necesidad de trasladarse a aquella
comarca, en la que ninguna operación militar se realizaba, a pesar de haberse
recibido varias expediciones con armamento… Veía el General en Jefe usurpadas
sus atribuciones y reaccionó enérgicamente. La dirección de la guerra había
sido confiada a él, no al Gobierno.
Loynaz consigna detalles del conflicto, tan penosos que opto por omitirlos en este resumen que, junto con los anteriores en la serie de artículos, se basa en la aspiración de estimular interés en episodios de nuestra última guerra por la independencia. Pasemos, por tanto, a las primeras operaciones del general Calixto García luego de desembarcar el 24 de marzo en la playa de Maraví, a dos leguas de Baracoa, con dos mil rifles, dos cañones, un millón de tiros y una tonelada de dinamita. Si grande era tal refuerzo para la guerra por el armamento, aún más lo era por la presencia del general Calixto García. Iban a repetirse las épicas jornadas de la Guerra de los Diez Años, y a reverdecerse los laureles de Santa Rita, de Baire, de Jiguaní, de Guisa, de Holguín, de Melones, de tantas acciones famosas del gran guerrero de Holguín. Contaba ahora el general García cincuentisiete años…
El 1º de julio, en la jurisdicción de Holguín, libró la acción de Los Moscones, en la que batió durante tres horas con sólo su escolta de infantería y caballería – que no sumaba cien hombres – una columna de mil quinientos hombres con dos piezas de artillería. Después de la acción el general García pasó a acampar en la cercana Prefectura de Mala Noche.
Informado de la situación, Gómez resuelve pasar la trocha
militar de Júcaro a Morón hacia Camagüey, cuya creciente desorganización
amenazaba con la posibilidad de una catástrofe; porque los elementos
españolizantes de las ciudades sólo necesitaban comunicaciones con el campo
insurrecto para iniciar la desmoralización de nuestras fuerzas. El 26 de
mayo la cruza y acampa en tierra camagüeyana.
El 9 de junio las tropas que había podido concentrar el general Gómez en el campamento de Lauretania ascendían a cuatrocientos cincuenta jinetes bien montados y cien infantes, núcleos de nuevas unidades en formación. Con ellas avanzó el Jefe del Ejército Libertador al ataque de la columna española del general Jiménez Castellanos, compuesta de dos mil hombres de las tres armas, que salía de operaciones en dirección del rio Najasa.
Adoptó el general Gómez una táctica que era una de sus predilectas: situarse sobre el rastro del enemigo y en aire de persecución trabar el combate. En las inmediaciones de Versalles interceptó el rastro de la columna y lo siguió inmediatamente, trocando en situación ventajosa de perseguidor la de perseguido que aspiraba a imponerle el general español.
A la vanguardia de las fuerzas cubanas iba un escuadrón al mando del teniente coronel Armando Sánchez Agramonte, a quien Gómez había dado orden de cargar al divisar al enemigo en marcha. Al cabo de tres horas de rastreo, cuando se divisa a la columna española ésta ya no está en marcha sino parapetada sobre escabrosa margen del rio Najasa que dominaba el camino. Sin detenerse cargó el teniente coronel Sánchez sobre la posición enemiga, ocupándola gracias al denuedo de la caballería camagüeyana, pero quedando herido su valeroso jefe, a tiempo que el avance iniciado se consolidaba con la intervención de la infantería oriental. Alrededor de la conquistada posición se generalizó rudo combate, indeciso toda la tarde.
Gómez acampa esa noche en una finca vecina, donde se establece el hospital de sangre para atender a los heridos. A las seis de la mañana del día siguiente ataca de nuevo. El combate se prolonga todo el día. Al caer la tarde se acampó en el mismo sitio del día anterior y continuó durante toda la noche el tiroteo sobre la columna para privarla de reposo. Al intermitente fuego de los cubanos replicaban nutridas cargas de fusilería.
Al amanecer del 11 – tercer día de combate – avanzó de nuevo el general Gómez con su escasa columna sobre la que tenía sitiada en el batey de Saratoga y se reanudó con mucha intensidad el fuego. No tardó en conocer que durante la noche había llegado de la ciudad de Camagüey – por solicitud apremiante del general Jiménez Castellanos – una columna de mil soldados en su auxilio, sumando ya tres mil los sitiados por el medio millar de insurrectos cubanos. No obstante pronto se pronunció en retirada la división enemiga que fue tiroteada en todo el trayecto a la ciudad por un destacamento de caballería al mando del teniente coronel Juan Manuel Bazán.
Así combatían los cubanos. La historia recoge este combate como la Batalla de Saratoga.
Friday, June 9, 2023
De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXIV
Por Guillermo A. Belt
El primer día del año 1896, al terminar el breve combate
de El Estante, cumplía el general Serafín Sánchez la orden recibida del general
Gómez de regresar a Las Villas para activar allí las operaciones, aprovechando
la circunstancia de haber acudido a las provincias occidentales casi todo el
ejército español.
Volvimos a cruzar el Hanábana cuya anchurosa corriente contemplé con melancolía recordando los dos cruces de los días álgidos de la Invasión. Dejábamos atrás la trágica Matanzas, acercándonos a la comarca inmortalizada por la victoria de Mal Tiempo. Por todas partes una quietud desconcertante, como si hubiera terminado la guerra.
El general Sánchez recorre el territorio dando órdenes de reclutamiento y concentración. Así logra organizar una nueva columna de unos dos mil hombres y al frente de ella marcha en dirección a Villaclara. Pronto comienzan las dificultades, descritas por el general Máximo Gómez en su Diario de campaña, que Enrique Loynaz del Castillo cita en las memorias que venimos rescatando.
Escribió el General en Jefe: “El Gobierno había nombrado para Las Villas y Occidente delegado con amplísimas facultades al Secretario del Interior (ni siquiera al de la Guerra) doctor Santiago García Cañizares, al que me encuentro hecho una autoridad terrible. Este hombre revestido de tan amplias y extraordinarias facultades lo centraliza todo, y ni Dios que hubiera sido militar le podía hacerse mover.”
Ante este nuevo conflicto entre la autoridad civil y la militar el general Gómez llama al Dr. García Cañizares a su cuartel general. “… y aunque al principio contestó a mi llamamiento con evasivas, al fin vino donde yo estaba, y la entrevista, que a su comienzo fue acalorada, terminó de feliz manera, pue él se convenció de los muchos trastornos que nos producían esas extralimitaciones, y que el mucho gobernar y legislar no era ni bueno ni práctico, dadas nuestras condiciones y manera de hacer la guerra. Nosotros, recuerdo que le dije, no le hacemos ningún daño a España con decretos, sino con hombres que sepan dar mucho machete.”
En la mañana del 8 de febrero, tras acampar la tarde anterior sobre los cerros de Manajanabo, Serafín Sánchez demostrará la veracidad de la afirmación de Máximo Gómez sobre cómo hacer daño al enemigo. Loynaz del Castillo describe el terreno: [los cerros son] pequeñas elevaciones ondulantes cubiertas de yerba de escasa altura, que afectaban la forma de un semicírculo extendido un kilómetro. Frente a esta línea semicircular extendíase un arroyo de márgenes pantanosas y a unos seiscientos metros de los cerros, siendo el terreno intermedio de potrero limpio y de suave pendiente. En ambos extremos de la línea de colinas se extendían montes ligeros.
Viendo las ventajas defensivas de la posición, el general Sánchez decide esperar al enemigo y presentar combate a la columna del general López Amor, calculada en 1,500 hombres o más.
Como de costumbre, encontramos en Memorias de la
guerra mención de los preparativos y la descripción de la línea de combate.
Por la madrugada enviáronse fuertes exploraciones y tiradores sobre la
columna, en tanto que el general Sánchez situaba las fuerzas en línea de
combate. A nuestra derecha el regimiento Honorato – la mejor caballería de Las
Villas – con su jefe, el coronel Rosendo García; a continuación, el regimiento
Victoria mandado por el teniente coronel Ángel Rodríguez; seguidamente la mitad
de la escolta con el teniente Alpízar, a mis órdenes. Continuando en la misma
dirección situó el resto de la escolta con el coronel Ruperto Pina, su valeroso
jefe; al frente y a la izquierda desplegó la infantería del entonces coronel
José Miguel Gómez, núcleo del nuevo regimiento, el “Máximo Gómez”.
A las diez de la mañana suenan los primeros disparos entre los exploradores cubanos y el enemigo que se acerca. Poco después la caballería española cruza el arroyo y se alinea. Loynaz (recordemos que es jefe del Estado Mayor) despliega el escuadrón de la escolta a su cargo y rompe el fuego; otro tanto hace el otro escuadrón mandado por Pina. Observando masas de infantería que cruzan el arroyo, Serafín Sánchez decide que la infantería de José Miguel Gómez ataque la retaguardia enemiga ejecutando un movimiento envolvente. El general Sánchez recorre sus líneas varias veces, indiferente al nutrido fuego de la fusilería enemiga.
Al cabo de dos horas de combate la infantería española inicia un decidido ataque sobre la posición de las fuerzas cubanas. Entonces el general Sánchez, que había estado aguardando por el sonido de disparos a retaguardia de los españoles, ordenó por medio de Loynaz que el coronel Rosendo García se lanzara a la carga. Estaba el coronel impaciente, mordiéndose el bigote y desenvainando el machete se lanzó a la carga con aquellos jinetes del Honorato, una tromba de acero entre la humareda del combate.
Loynaz ordena al teniente coronel Rodríguez cargar a la izquierda del regimiento Honorato. El general Sánchez va en busca del resto de su escolta para lanzarla a la carga también. Pero los jinetes cubanos se atascan en el pantano y no logran abrir una brecha en el muro de bayonetas españolas. Sánchez ordena el repliegue a las posiciones originales. Al aproximarme a aquellos valientes, encontré al coronel Rosendo García mal herido, y los cuatro comandantes de sus escuadrones muertos, y también el abanderado, teniente Cuní. El jefe del Victoria en el momento de recibir la orden era derribado de balazo mortal, y varios de sus oficiales.
Cuando se escuchan disparos a retaguardia de la columna española, al completarse el movimiento envolvente de la infantería de José Miguel Gómez, el general español ordena la retirada de sus tropas. Eran las dos de la tarde, escribe Loynaz. El combate había durado cuatro horas. En el campo de batalla fueron enterrados veinte muertos cubanos, mientras unos 75 heridos eran atendidos por el Dr. García Cañizares en un hospital cercano.
Después de un día de descanso continuó marcha el general Sánchez con su dolorosa caravana hasta llegar a las inmediaciones del Zaza donde al cuidado de distintos prefectos se repartieron los heridos.
En los cerros de Manajanabo quedó demostrado que Cuba tenía hombres que sabían dar mucho machete.
Tuesday, June 6, 2023
De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXIII
Por Guillermo A. Belt
Las fuerzas cubanas obligadas a mantener su única ventaja
sobre el enemigo, que era la celeridad insuperable de sus movimientos, apenas
descansaron unas horas después de la tremenda jornada del 29 [de
diciembre]. A las seis de la mañana del 30 se renovó la marcha en el mismo
orden de los últimos días: a vanguardia el general Maceo, precedido en la
extrema de alguna caballería villareña; a retaguardia, por donde nos amenazaba
la columna de Suárez Valdés, el general Serafín Sánchez; en el centro, como
siempre, el General en Jefe, su Estado Mayor y escolta.
Enrique Loynaz del Castillo relata los incidentes de la invasión a Occidente en los últimos días de 1895, antes de avistar las inmediaciones de la provincia habanera. En una frase resume esta etapa: Repetíase, como en las lomas del Quirro, y como sucederá más adelante, la situación descrita en un rasgo elocuente del general Máximo Gómez: “El enemigo en lugar de detenernos nos empuja.” Y agrega: Limitábanse las columnas perseguidoras a ocupar los campamentos que necesariamente dejábamos atrás.
El 31 de diciembre, al amanecer, la columna invasora marcha al sur, hacia Manjuarí en la ciénaga de Zapata donde hace alto para internar a sus heridos. Luego continúa marchando hasta la medianoche y tras recorrer catorce leguas acampa en El Estante, frente a una sabana pedregosa que se extendía hasta el lindero de la provincia de La Habana.
La madrugada del nuevo año trae una sorpresa nada agradable para Loynaz y un viejo amigo suyo. El general Maceo, con la aprobación del General en Jefe, dispuso que el general Serafín Sánchez, Jefe del 4º Cuerpo, regresara al territorio de Las Villas para activar en él las operaciones que disminuyeran la presión esperada contra el Ejército Invasor.
Loynaz no especula sobre el origen de esta decisión. Tampoco lo haremos aquí, si bien transcribo la opinión de nuestro autor sobre la inesperada medida. Contrario a lo que era de presumir, no hubo presión ninguna hasta el mismo término de la Invasión. Y más tarde, cuando fue necesario consolidar el dominio de las provincias invadidas, hubo de advertirse la falta del general denodado que aportó el contingente mayor a la campaña decisiva, y cuyo heroísmo – tan alto como sus virtudes – era uno de los pilares de la Revolución.
No hay mal que por bien no venga, dice el refrán. Por disposición inmediata del general Sánchez, me encargué de la jefatura del Estado Mayor del 4º Cuerpo de Ejército, a sus órdenes.
El general y amigo le había ofrecido este cargo desde que
llegaron juntos a Las Villas, y aunque lo había aceptado con júbilo Loynaz
decidió aplazar la toma de posesión mientras ambos acompañaran a Maceo en su
marcha a Occidente.
Era hora de despedirse. Ahora me encaminé a su tienda de campaña para darle el abrazo de Año Nuevo. Sentí en este momento honda emoción; desfilaba en mis recuerdos el afecto que nos unió en el destierro y la escena trágica de Costa Rica borrando la preterición de que me hizo objeto el panegírico de Martí junto al vivac de Canasta. Y me regaló el General una botella de vino Jerez, y otra para el general Sánchez, de quien a poco se despedía en términos afectuosos, reiterándole que sólo la necesidad de operaciones en Las Villas le obligaba a desprenderse de sus grandes servicios.
Afuera, ante las tropas alineadas, la banda de música, dirigida por el capitán Dositeo Aguilera, estremecía el campamento con las vibrantes notas del Himno Invasor. Debieron escucharlo las tropas españolas del coronel Galbis, que en esos momentos aparecieron ante nuestras avanzadas.
Mientras situaba el general Maceo la infantería de los hermanos Ducasse, rodilla en tierra, decidió el general Sánchez participar en la acción al frente de su Estado Mayor y escolta, y de la escolta del general Luis de Feria, destinado también a acompañarnos, y las desplegó de modo que tomasen de flanco a la infantería española, que ya se veía avanzar, parapetada en una cerca de piedra y haciendo fuego por descargas; a tiempo que el general Gómez iba contra ella con alguna caballería.
El general Gómez impide al enemigo envolver la vanguardia, comprometida en audaz movimiento de flanqueo por Maceo. Languideció el fuego y a poco, terminado el combate, desde la posición del general Sánchez veíase en retirada la columna española, y en marcha hacia la provincia de La Habana el ejército de Gómez y Maceo.
En tanto, silenciosos y contrariados, emprendíamos el camino de Las Villas los acompañantes del general Serafín Sánchez …Obedezco, obedeceré siempre, me decía el General Sánchez. Y ya no volvimos a ver al maravilloso caudillo de la Invasión, al homérico adalid de Baraguá, de Peralejo, de Mal Tiempo.
Wednesday, May 31, 2023
De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXII
Por Guillermo A. Belt
Había que aprovechar la traslación de las tropas
españolas al territorio de Cienfuegos – obtenida por la rapidísima maniobra de
retroceso – con una penetración a fondo en la provincia de Matanzas,
adelantando cuanto lo permitiera la ausencia de obstáculos en la nueva
dirección a Occidente.
Así describe Loynaz del Castillo el nuevo objetivo de la columna invasora. Partiendo de Aguada de Pasajeros, las fuerzas cubanas marchan con máxima celeridad hasta las diez de la noche cuando acampan en el ingenio Domínguez, inmediato a la población de Calimete. Y continúa el autor de Memorias de la guerra.
Era Calimete un punto de etapa en los continuos movimientos realizados por las columnas españolas, y lo ocupaban de continuo tropas considerables. Las que teníamos ahora al frente iban a probar que eran las de más alto temple desplegadas frente a la Invasión.
Ocupaba esta plaza el batallón español de Navarra, fuerte
de ochocientos cincuenta soldados y una guerrilla de caballería, al mando del
teniente coronel Perera, que gozaba merecida fama de habilidad y valentía.
Antes de salir el sol las tropas cubanas están en sus puestos de combate. Como de costumbre, al centro el General en Jefe Máximo Gómez con su Estado Mayor y escolta; a continuación, la infantería al mando del coronel Vidal Ducasse, parapetada en el ingenio; a la derecha, el Lugarteniente General Antonio Maceo, su Estado Mayor y escolta, con fuerzas de caballería; y a la izquierda de Gómez, el mayor general Serafín Sánchez, con su Estado Mayor, escolta y la caballería de Las Villas.
Las tropas españolas presentan batalla en tres grandes cuadros, asentados en las guardarrayas de los cuadriláteros de cañas. Sobre ellos se lanzó a la carga toda la caballería cubana; a la derecha, los generales Gómez y Maceo; a la izquierda, el general Serafín Sánchez.
Al lado del gran villareño me tocó cargar porque había
ido a llevarle la orden del general Maceo. A escape, los machetes en alto,
llegamos al cuadro y abrióse a nuestro empuje la brecha ensangrentada. Cuando
parecía todo él desmoronarse, en confuso remolino de bayonetas y machetes,
cortó nuestra acometida la columna española del general García Navarro, que
llegaba a la carrera. Los pocos jinetes que penetramos al cuadro al lado del
general Sánchez pudimos con dificultad retroceder, abriéndonos paso hacia los
nuestros, que no lograron entrar.
El general Sánchez alinea de nuevo su caballería, pronuncia una breve arenga y la lanza de nuevo a la carga. Esta vez los jinetes cubanos llegan a dos metros del muro de bayonetas pero se ven obligados a retirarse ante numerosas bajas causadas a hombres y caballos por la fusilería enemiga. Loynaz del Castillo relata lo sucedido a continuación de esta segunda carga.
Rojo de ira, el general Sánchez rehízo a gritos y planazos su maltrecha caballería y a su frente, espoleando el caballo ya herido, se lanzó, delantero en la línea, como a buscar la muerte. Esta vez no llegaron tan lejos sus jinetes, desparramados por la fusilería. A contenerlos, a desplegarlos otra vez contra el cuadro mortífero, corrió el general Sánchez, frenético, pero a su lado llegaba al galope el teniente coronel Mariano Sánchez Vaillant, ayudante de Maceo, con la orden de desistir del nuevo asalto. Llovían los proyectiles enemigos. El teniente coronel Sánchez recibió uno en el pecho. La caballería villareña, desplegada en orden abierto, recibía sin contestarlas las descargas españolas. En aquel instante llegó allí el general Máximo Gómez, junto al caudillo de Las Villas: “Deje eso, General, ya se ha hecho bastante.” El general Sánchez hizo replegar su fuerza a más abrigado sitio, y, pie a tierra, aguardó nuevas órdenes.
Loynaz regresa a la casa del ingenio, donde Maceo refuerza con sus jinetes desmontados la infantería de los hermanos Ducasse, atrincherándolos frente al asalto de la infantería española. La carga de caballería de Gómez y Maceo se había estrellado ante el valladar de bayonetas, al igual que la de Sánchez. Comprendiendo que era inminente ahora una fuerte ofensiva del enemigo sobre la casa de ingenio, allí acumulaba el general Maceo toda la fuerza de que podía echar mano.
Los cubanos rechazan el ataque español, tras lo cual se produce una tregua para que ambos bandos puedan recoger sus muertos y heridos. Los españoles regresan a sus posiciones originales a la orilla de Calimete. Maceo reorganiza sus tropas, vuelve a montar sus improvisados infantes, y la columna invasora emprende la marcha por el camino real, ahora desguarnecido. Atrás quedan más de veinte muertos y más de ochenta heridos, presurosamente atendidos y alejados del combate.
Esta larga y sangrienta jornada terminó al acampar a las ocho de la noche en la finca Coabilla, de cuyas abundantes cañas se aprovisionaron las tropas cubanas, de temple férreo para resistir las marchas más agotadoras…Tal fue la jornada de Calimete, la más dura y reñida de toda la campaña de la Invasión.
Sunday, May 28, 2023
De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXI
Por Guillermo
A. Belt
En episodios anteriores del libro de Enrique Loynaz del Castillo, Memorias de la guerra, los generales Máximo Gómez, Antonio Maceo y Serafín Sánchez dirigen varias cargas de caballería contra el ejército español. Lo hacen galopando a la cabeza de sus tropas y atacando al enemigo a golpes de machete. Todo ello muy digno de alabanzas, pero podríamos pensar que sólo eso sabían hacer: enardecer a los soldados con su ejemplo de valor personal, montar a caballo muy bien, y dar machetazos. Nada más lejos de la realidad; veamos.
Durante la noche del 23, [de diciembre de 1895] acampados en Sumidero, conferenciaron ampliamente los generales Gómez, Maceo y Serafín Sánchez, la trilogía milagrosa de la Invasión.
Las informaciones recibidas acusaban la acumulación de formidables obstáculos en el camino natural de la Invasión. Desde Matanzas hasta Unión de Reyes, aprovechada la estrechez de la Isla, habíanse acumulado las divisiones de los generales Suárez Valdés, Aldecoa, Prats, Luque y Molina. Complicaba la magnitud del obstáculo interpuesto a la Columna Invasora la numerosa impedimenta de los heridos de los últimos combates. Situarlos en una zona de seguridad fue apremiante objetivo. Evadir la combinación de columnas enemigas que oponían un muro infranqueable de bayonetas, haciéndolas quedar a retaguardia, fue el otro inmediato objetivo.
En la madrugada del 24 se emprende la marcha al sur, multiplicando incendios y revelando al enemigo el rumbo de las tropas invasoras, como se había hecho desde el comienzo. Al propio tiempo, los mambises destruyen las vías férreas en grandes tramos.
Como la eficacia de la nueva maniobra exigía velocidad extrema, se marchó durante catorce horas continuas, acampando casi a media noche en la finca Crimea cerca de Jaguey Grande y ya en la costanera de la ciénaga.
Los numerosos heridos al cuidado del doctor Manuel Alfonso fueron internados en la ciénaga, aunque todos deseaban continuar en las filas, antes que exponerse a la ferocidad de los guerrilleros, perseguidores despiadados de nuestros hospitales.
El 26 de diciembre la columna invasora llega al río Hanábana, limítrofe con Las Villas, y entra de nuevo en este territorio abandonando todos los progresos alcanzados en Matanzas. Reanuda la marcha el 27, siempre al este, pero ahora no tan larga y penosa como las jornadas anteriores. Las tropas obtienen nuevas provisiones y reponen fuerzas.
La maniobra de retroceso y falsa retirada a Las Villas – así se nombra esta sección del libro de Loynaz – fue completamente exitosa. Con los heridos a buen recaudo, el alto mando, acampado en las inmediaciones de Aguada de Pasajeros, decide el nuevo asalto a la provincia de Matanzas por la brecha abierta a través del valladar de Jovellanos que la maniobra de aparente retroceso eliminó.
En efecto, las columnas allí acumuladas – más de doce mil hombres – a las que otras numerosas se agregaron, adelantáronse en la dirección seguida por nuestro movimiento de retroceso. Lejos de detenerse para atacar las fuerzas cubanas en retirada quisieron adelantársele en Las Villas para coparlas. Allí esperaban dar el golpe de gracia a la Revolución. El general Martínez Campos llegó a cablegrafiar al Gobierno de Cánovas que antes de cuarentiocho horas habría infligido un golpe decisivo con el copo de las gruesas partidas insurrectas.
Martínez Campos manda traer de Matanzas al territorio de Cienfuegos a todas sus tropas disponibles a fin de interponerlas en el camino de lo que creía ser el objetivo de los cubanos: la seguridad de la cordillera de la Siguanea. Mientras tanto, el ejército cubano descansaba la tarde y la noche del 27 en confortable campamento cerca de Aguada de Pasajeros.
El día 28 de Diciembre (día de los Inocentes), a las tres de la madrugada, los toques de diana y formación pusieron en pie y a caballo las fuerzas cubanas. Tras breve desayuno se dio el toque de marcha: ¡otra vez a Occidente!
Una nueva ruta había sido trazada en reservada conferencia que en la casa de vivienda del ingenio celebraron los generales Gómez, Maceo y Sánchez. Se volvió a cruzar el Hanábana y se adelantó con celeridad y sin obstáculo a través de la provincia de Matanzas, ahora desguarnecida.
Sin obstáculo alguno estaba ya realizada la afortunada maniobra de retroceso y nuevo avance sorpresivo. Frente a la maestría de esta maniobra contrasta la falta de coordinación de las columnas enemigas, que inutilizó la enorme superioridad numérica, sus vacilaciones y el aturdimiento con que se intentó el copo ante la falsa retirada, sin abrumar la retaguardia cubana con algunas columnas que impidieran la doble conversión de su marcha y la embestida definitiva a las provincias occidentales.
¡La Academia arrollada por el Genio!
Nunca mejor dicho.
Thursday, May 18, 2023
De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XX
Por Guillermo A. Belt
| Batalla de Coliseo por Armando Menocal. Fragmento. |
A medida que van llegando las noticias de la Invasión la provincia de Matanzas realiza levantamientos continuos. Se combate en toda la parte norte de la provincia. Cinco mil soldados españoles no logran impedir la entrada de los brigadieres [José] Lacret Morlot y Francisco Pérez en el territorio de Matanzas.
El Ejército Invasor inicia su marcha hacia Matanzas el 18 de diciembre, llegando ese día a El Mamey, nos cuenta Enrique Loynaz del Castillo, y continúa el relato. Larga y fatigosa fue la marcha. A la una del día, a través de los terrenos del central Hormiguero cruzamos el lindero de la provincia de Matanzas…Hacia nuestra línea se aproximaba el enemigo…Extremaba sus precauciones. Buscaba el abrigo del monte y de cercano arroyo, frente a nuestra línea, descubierta y presta a cargar. No atreviéndose a avanzar más, ni a cruzar el arroyo, empeñó el combate a descargas y cañonazos.
A las cuatro de la tarde el enemigo avanza por el flanco derecho. Inmediatamente el general Gómez dio la orden de carga, seguida de los toques de degüello y a galope se lanzó nuestra caballería en perfecta formación, en la carga más imponente y ordenada que he presenciado.
Resulta imposible cruzar el arroyo porque los caballos se hunden en el cieno. Gómez da la orden de retirada, el enemigo no sale de su posición atrincherada, y al oscurecer las fuerzas cubanas reanudan la marcha sin ser seguidas por los españoles. Esa noche acampan en San Lorenzo del Desquite, y a las seis de la mañana en marcha de nuevo. Maceo y Serafín Sánchez rechazan ataques a las avanzadas y la retaguardia, respectivamente.
El Ejército Invasor marcha todo un día y la mitad de la noche sin descanso, evadiendo las columnas españolas. Al encontrarse con un tren lleno de soldados españoles en la vía férrea de Colón a Cárdenas y cruzar fuego con ellos, las fuerzas cubanas se dividen en la oscuridad. Loynaz del Castillo queda con Maceo, a quien deseaba acompañar hasta el final de la Invasión, no obstante mi propósito – que ya le había anunciado – de aceptar el cargo de Jefe de Estado Mayor del Ejército de Las Villas ofrecido por el general Sánchez. El resto de la fuerza cubana queda con los generales Gómez y Sánchez.
A las tres de la tarde del 23 de diciembre de 1895 la columna de Maceo avista el pueblo de Coliseo en el llano a su vanguardia. Maceo ordena a sus tropas pasar al otro lado de una cerca de piedra “para dar la cara al enemigo” – así lo cita Loynaz. A poco se les une el general Gómez, junto con Serafín Sánchez, a la derecha de la línea. Hay un gran cuadro mural en la suntuosa residencia que fue de la señora Rosalía Abreu, en Palatino, que reproduce exactamente esta escena de Coliseo, con impresión de vida; porque fue su autor un ayudante del general Gómez, el artista de excelso patriotismo, Armando Menocal.
Los cubanos contemplaban las llamas en Coliseo, de donde les llegaban pocas balas, según recuerda Loynaz. Mientras el fuego en los suburbios de Coliseo crecía en intensidad, divisamos una gran columna española que a la derecha, es decir, al lado del este de las ruinas del [antiguo ingenio] “Audaz” y a unos trescientos metros de ellas, tomó posición en forma de un gran cuadro irregular, cerrado en sus cuatro lados por nutridas filas de infantería, y a su lado norte flanqueado por fuerzas escasas de caballería. Esta columna la manda en persona el Capitán General de la Isla, Mariscal Martínez Campos.
Ante la imposibilidad de lanzar una carga de caballería exitosa contra el gran cuadro enemigo, Gómez y Maceo acuerdan contestar el fuego de artillería y fusilería desde la cerca de piedra. En este punto, el entonces comandante Loynaz del Castillo ve una oportunidad de actuar: Encontrándome al lado del general Maceo, me aventuré, confiado en el viejo afecto que nos unía, a sugerirle la ocupación de las ruinas del “Audaz” en previsión de que se nos adelantara en el mismo propósito el enemigo… El general me concedió su atención, pero no respondió nada…
Loynaz insiste, ofreciendo ir él mismo con alguna caballería de Serafín Sánchez. Entonces me preguntó, “¿Qué fuerza es ésa?” Díjele:” Un escuadrón del regimiento Martí, del coronel Justo Sánchez y otro de la escolta del general Sánchez, fuerza de coraje.” Maceo le ordena que vaya enseguida y se dirige con sus ayudantes a Coliseo.
Loynaz no logra ocupar las ruinas porque los españoles han llegado minutos antes y se han parapetado en ellas, desde donde abren fuego inmediatamente. Entonces ordena cortar una cerca de alambre, saca a su gente del batey del ingenio hacia un terreno más bajo cubierto por un cañaveral, donde a salvo de las descargas enemigas pude alinear a la fuerza, tarea en que me ayudó el coronel Justo Sánchez. No atreviéndome a regresar a presencia del general Maceo sin haber alcanzado el éxito, desplegué, pie a tierra, la fuerza ya rehecha hacia la parte posterior del muro ocupado por los españoles, que viéndose acometidos por la espalda tuvieron que batirse a la descubierta. Así nos sostuvimos, junto a las ruinas del Audaz, aunque no dentro de ellas, como una hora.
Éramos la última fuerza cubana sobre el campo de la acción. Sólo aguardábamos la orden de retirada, cuyo toque no pudimos escuchar… Mientras el cuadro español permanecía inmóvil, podíamos, sin gran peligro, aguardar. De pronto a galope se nos aproximó un jinete; era el ayudante del general Maceo, Alberto Boix.
En sus Crónicas de la guerra, el general Miró Argenter explica la apresurada llegada de Boix. Loynaz lo cita: “Quedaba únicamente nuestra retaguardia, sosteniéndose con vigor en el ingenio Audaz. No había oído el toque de retirada y continuaba firme en su puesto. Viendo el general Maceo comprometida la situación de aquellos escuadrones, sobre quienes toda la columna española iba a dirigir sus ataques, mandó a escape cuatro oficiales, uno tras otro, para que alguno llegara vivo y pudiera trasmitir la orden de retirada. Llegaron ilesos a Prodigio.”
Supuestamente Martínez Campos comentó que se daría un tiro en la cabeza ante su derrota en Coliseo, a 130 kilómetros de La Habana. Sabemos que no lo hizo; quizás lo consideró. Razón de sobra tenía.


