Por Enrisco
Mucho antes de que la humanidad enloqueciera con la rumba, otro ritmo latino ya la había arrebatado. Me refiero al engendro de raíces gitanas, africanas y gauchas conocido como tango. Como suele suceder, al principio en Argentina la alta sociedad despreció el impetuoso baile.
Pero al llegar a París en 1908, su ritmo se hizo contagioso, y en 1913 en los salones de Europa no se bailaba otra cosa. En Londres lo mezclaban con el té y en Rusia el zar le pidió a sus sobrinos que le enseñasen unos pasillitos.
En el invierno de ese año, el tango, convertido en pandemia, arrasó Estados Unidos y gracias a la naturaleza comercial del país pronto se vendían zapatos, ropa, sombreros y maquillaje dedicados exclusivamente al tango. Pero ninguna fiebre es eterna.
Para 1915 París decretó la expulsión de varios maestros de tango, el baile fue ilegalizado en varias ciudades norteamericanas y el Papa condenó la inmoralidad de restregarse con tal violencia con el pretexto de bailar. Para fines de ese año la pandemia parecía estar controlada. La segunda ola del tango fue menos violenta pero más insidiosa.
En lugar de baile instrumental el tango empezó a cantar amores perdidos, mujeres perjuras, madres abandonadas y carreras de caballos.
Y no tuvo mejor representante que Carlos Gardel quien ayudado por la difusión del gramófono triunfó en 1917 con “Mi noche triste” acompañado de guitarra sin importar que la canción abriera con puro lunfardo: “Percanta que me amuraste”.
Gardel, ahora considerado más argentino que el bife de chorizo o creerse Dios, había nacido en Tolosa, Francia con el nombre de Charles Romuald Gardès.
Su madre, la lavandera Berthe Gardès, cansada del desprecio que entonces le dedicaban a las madres solteras se fue a Argentina cuando el niño tenía tres añitos, justo a tiempo para que no hablara español arrastrando la erre.
El resto es leyenda.
Si al principio la fama del rebautizado Carlos Gardel viajó a lomos de las grabaciones y la radio, lo último en tecnología hasta el momento, con la aparición del cine sonoro alcanzó unos límites desconocidos para cualquier artista latino anterior a la invención de los video clips.
Video clips extendidos fueron sus películas con una trama inventada para justificar la transición de canción a canción.
Todos sus largometrajes sonoros Gardel los filmó para la Paramount entre 1931 y 1935. De los ocho la mitad fueron filmados en las afueras de París y el resto en Nueva York: “Cuesta abajo” (1934), “Tango en Broadway” (1934), “El día que me quieras” (1935) y “Tango bar” (1935).
O sea, el Buenos Aires donde Gardel derretía a nuestras abuelas cantando “Por una cabeza” o “Volver” era una copia en cartón armada dentro de un estudio en Astoria, Queens.
Pero mientras cantara a nadie parecía importarle si Gardel se paseaba por una ciudad de ladrillo o de cartón corrugado. Buena parte de los actores de sus películas en Nueva York también eran de attrezzo: ante la falta de sudamericanos en la ciudad Gardel tuvo que convencer a los diplomáticos de Argentina, Chile, Colombia, Venezuela y Perú para que rellenaran la escenografía.
Daba igual. A los estrenos de sus películas la gente acudió en hordas y hasta obligaba a los proyeccionistas a volver a proyectar las mismas canciones una y otra vez convirtiendo al cine en un antecedente del karaoke.
Sin apenas hablar inglés Gardel conquistó Nueva York, ciudad a la que había llegado el 28 de diciembre de 1933 y donde pasaría la mayor parte del resto de su vida. Que no sería mucha.
Gracias a las películas neoyorquinas la fama de Gardel terminó de arrasar todo el continente. Tras verlo en pantalla, ahora Latinoamérica se moría por escucharlo en vivo.
El cantante partió de Nueva York para iniciar su gira latinoamericana el 28 de marzo de 1935. Apenas tuvo tiempo para actuar en Puerto Rico, Venezuela, Curazao, Aruba y Colombia. El 24 de junio, mientras despegaba de Medellín rumbo a Cali, su avión chocó con otro muriendo el cantante y dejando a todo un continente huérfano de su grandeza.
La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. se propone evitar que los hechos históricos de Cuba y sus exilios se conviertan en leyendas, dejando un registro fidedigno de los mismos ‒sin censuras ni manipulaciones demagógicas‒ con el fin de que nunca pierdan su condición de historia. Este blog intenta reflejar nuestro quehacer en ese sentido, al tiempo de brindarse como tribuna abierta para que testigos y estudiosos del avatar cubano puedan contribuir de buena voluntad en el intento
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Sunday, November 28, 2021
Thursday, September 23, 2021
Una aclaración necesaria
Por Enrique Del Risco
Hace cuatro años publicaba un artículo que comenzaba con una declaración del caricaturista Arístides Pumariega ha sido bastante más claro en entrevistas que le han hecho al respecto:
“En el proceso revolucionario cubano el primero que sufrió la embestida de esa severa intolerancia del triunfante Fidel Castro fue Antonio Prohías, este increíble artista que a fines de la década de 1940 comenzó a trabajar como caricaturista en el periódico El Mundo y entre sus tiras cómicas se encontraba el increíble personaje El Hombre Siniestro, a fines de la década de 1950, era el presidente de la Asociación de Caricaturistas de Cuba. Cuando Castro fue con el primer gabinete de su gobierno a la Sierra Maestra a firmar la Reforma Agraria, Prohías hizo una caricatura que reflejaba al séquito como un grupo de bombines. Eso encolerizó a Castro a tal punto que Prohías debió marcharse a la carrera de Cuba hacia Estados Unidos”.
A continuación yo añadía:
"Hay varias imprecisiones al respecto que vale la pena aclarar: una es que la mencionada caricatura no fue publicó a raíz de la firma de la Ley de Reforma Agraria, ocurrida el 17 de mayo de 1959 sino unos meses antes, el 31 de enero. Y Prohías no se marchó de Cuba “a la carrera” sino quince meses más tarde 'el día 1 de mayo de 1960, 3 días antes de que Castro aboliese por completo la libertad de prensa en Cuba'”.
Pues ahora descubro una imprecisión todavía más importante. La caricatura aludida de los bombines no es del famoso Antonio Prohías sino de un tocayo suyo, el menos conocido Antonio Rubio Nuñez quien firmaba sus caricaturas simplemente como “Antonio”.
Nacido el 26 de noviembre de 1920 Antonio Rubio inició su carrera profesional a los 25 años tras ser descubierto por el famoso Conrado Massager. Colaborador de Zig Zag, Avance, Bohemia, El Crisol, Infomacion, Pueblo, Prensa Libre, y el Diario de la Marina tuvo una carrera en Cuba jalonada de premios incluido el importante Premio Juan Gualberto Gómez a la mejor caricatura del año que recibiera en cinco ocasiones. Fue además fundador y presidente de la Asociación de Caricaturistas de Cuba y vicepresidente del Colegio de Periodistas de La Habana.
El no haber corregido ese error es imperdonable de mi parte. Que Fidel Castro en su discurso y siguiendo su costumbre no mencionara al caricaturista tampoco era de mucha ayuda. No ayudan tampoco otros detalles que apuntalan la confusión como una carta de renuncia de Prohías al periódico El Mundo en los días posteriores al discurso de Fidel. O como que la propia hija piense que el mencionado dibujo era de su padre:
El no haber corregido ese error es imperdonable de mi parte. Que Fidel Castro en su discurso y siguiendo su costumbre no mencionara al caricaturista tampoco era de mucha ayuda. No ayudan tampoco otros detalles que apuntalan la confusión como una carta de renuncia de Prohías al periódico El Mundo en los días posteriores al discurso de Fidel. O como que la propia hija piense que el mencionado dibujo era de su padre:
En El Mundo apareció en una fecha que no hemos podido determinar la siguiente caricatura de Prohías.
Por las dudas compárense la firma de la caricatura de los bombines (aunque borrosísima) con la de otra caricatura de Rubio:
Pero ahí no acaban los errores de mi artículo pues descubro que ni siquiera ese del 6 de febrero de 1959 es el primer ataque público de Fidel Castro contra un caricaturista ni tampoco será el único de ese año.
Ya en un discurso del 21 de enero, a menos de dos semanas de su entrada triunfal en La Habana de 1959 se refería a una caricatura aparecida en una publicación mexicana diciendo
Castro aclara, por si hacía falta decirlo
Ya en un discurso del 21 de enero, a menos de dos semanas de su entrada triunfal en La Habana de 1959 se refería a una caricatura aparecida en una publicación mexicana diciendo
“Repugnaba abrir algunos periódicos extranjeros, algunos periódicos de México, por ejemplo, y encontrarse allí una caricatura donde aparecía Cuba vestida de blanco en un charco de sangre y nosotros ahí con barba y fusil, como unos vulgares verdugos”.
Semanas después del ataque abierto contra la caricatura de Rubio, el 22 de marzo de 1959 en un discurso pronunciado desde el Palacio Presidencial, Castro vuelve a arremeter contra caricaturistas de los cuales tampoco menciona nombres. Primero hace una alusión oscura al pasado de uno de ellos diciendo:
“ustedes me dicen que el pueblo está conmigo [pero] se olvidan de algunos cintillos y de algunas caricaturas, y se olvidan o no han reparado tal vez cómo algunos de los que hasta hicieron fotografías y retratos del esbirro Salas Cañizares, hoy hacen caricaturas y fotografías contra la Revolución”.
De inmediato se refiere a otro caricaturista
Semanas después del ataque abierto contra la caricatura de Rubio, el 22 de marzo de 1959 en un discurso pronunciado desde el Palacio Presidencial, Castro vuelve a arremeter contra caricaturistas de los cuales tampoco menciona nombres. Primero hace una alusión oscura al pasado de uno de ellos diciendo:
“ustedes me dicen que el pueblo está conmigo [pero] se olvidan de algunos cintillos y de algunas caricaturas, y se olvidan o no han reparado tal vez cómo algunos de los que hasta hicieron fotografías y retratos del esbirro Salas Cañizares, hoy hacen caricaturas y fotografías contra la Revolución”.
De inmediato se refiere a otro caricaturista
“que esta mañana, en un rotativo —no sé si de motu proprio o mandado por el dueño—, ponía unos versitos y en los versitos ponía a un lado: “aumento de sueldo”, y por otro lado un cartelito que decía: “contrarrevolucionario”, y lo titulaba: “El parche antes de que salga el grano.”
A continuación Fidel Castro en labores de Crítico en Jefe interpreta el dibujo:
A continuación Fidel Castro en labores de Crítico en Jefe interpreta el dibujo:
"por lo que yo entendí, no sé si quería decir que por un lado queríamos comprar a los periodistas hablando de un aumento de sueldo y por otro lado queríamos intimidarlos con el cartelito de contrarrevolucionario”.
Castro aclara, por si hacía falta decirlo
“que ni queremos comprar a nadie, ni queremos intimidar a nadie, porque nosotros no tenemos que comprar a nadie para que nos defienda, porque sabemos defendernos; nosotros no tenemos que intimidar a nadie para que no nos ataquen, porque no le tememos a nadie, y porque al que tienen que venir a convencer es al pueblo”.
Pero de inmediato se contradice diciendo que “desde ahora declaro que me tienen sin cuidado las lisonjas y los ataques” porque, generoso como es, “en definitiva nos atacarán haciendo uso de la misma libertad que hemos conquistado para el pueblo”.
El único humorista al que ataca Fidel Castro con nombre y apellidos en sus discursos 1959 será Carlos Robreño Dupuy, hijo del teatrista Gustavo Robreño y hermano del escritor Eduardo. En este caso la ocasión es algo más señalada. Se trata de la renuncia forzada del hasta entonces presidente de la República Manuel Urrutia Lleó al que el propio Castro había impuesto tras su llegada al poder. Por el carácter ornamental del cargo que ostentaba Urrutia el pueblo le había endilgado el sobrenombre de “Cuchara”, ya que “ni pinchaba ni cortaba”. La sustitución por otro presidente ornamental, el cienfueguero Osvaldo Dorticós Torrado, hizo que Carlos Robreño publicara un artículo titulado “Cambio de cucharas”.
En su discurso del 22 de julio de 1959 Castro por una vez rompe con su tradición de denostar anónimamente y se refiere a
El único humorista al que ataca Fidel Castro con nombre y apellidos en sus discursos 1959 será Carlos Robreño Dupuy, hijo del teatrista Gustavo Robreño y hermano del escritor Eduardo. En este caso la ocasión es algo más señalada. Se trata de la renuncia forzada del hasta entonces presidente de la República Manuel Urrutia Lleó al que el propio Castro había impuesto tras su llegada al poder. Por el carácter ornamental del cargo que ostentaba Urrutia el pueblo le había endilgado el sobrenombre de “Cuchara”, ya que “ni pinchaba ni cortaba”. La sustitución por otro presidente ornamental, el cienfueguero Osvaldo Dorticós Torrado, hizo que Carlos Robreño publicara un artículo titulado “Cambio de cucharas”.
En su discurso del 22 de julio de 1959 Castro por una vez rompe con su tradición de denostar anónimamente y se refiere a
“un señor periodista publica [que] con un título verdaderamente insolente —un señor que confunde el humorismo con la grosería muchas veces, que se llama Carlos Robreño” [a quien] “no se le ocurre sino escribir un artículo indecente que titula “Cambio de cucharas”. Se trata, sencillamente, de una historieta de mal gusto de este señor que hace un cuento y lo termina diciendo que un cliente que llegó a un restaurante pide un menú, una amplia cartulina en la cual aparecen escritos los platos del día...”.
Ya esa alusión bastaría para que el mencionado humorista fuese sometido a un sistemático linchamiento público.
En cambio, de la famosa caricatura de Antonio Prohías en la que aparece un vendedor de periódicos anunciando “Extra… extra última hora Fidel Castro 45 minutos sin hablar” no hemos encontrado ninguna referencia por parte del aludido. Lo seguro es que no le hizo mucha gracia.
Dos años antes de las famosas "Palabras a los intelestuales" donde Fidel Castro fijaba los limites de la creacion artística estos ataques públicos dejaban claro que el ejercicio de la sátira en el país se había convertido en una actividad de alto riesgo. Previsiblemente los dueños de las publicaciones en que aparecieron estas caricaturas y escritos se vieron forzados primero a expulsar a los infractores (o a aceptar sus renuncias como en el caso de Prohías) para luego ver cómo eran clausurados uno tras otro los diarios y revistas que hasta entonces habían funcionado con independencia del Estado. Mientras Antonio Prohías debió salir del país el primero de mayo de 1960, Antonio Rubio Núñez (Antonio) debió hacerlo en julio de 1961. Los siguieron entre otros importantes humoristas Ramón Arroyo Cisneros (Arroyito) en 1963, Silvio Fontanillas Quiroga (Silvio) en 1964 y otros de los que desconocemos la fecha de exacta de partida pero que escaparon en los primeros años de la dictadura cubana como Carlos Robreño, José Manuel Roseñada, Niko Lursen (emigró a Panamá), Luaces y Vergara así como los comediantes Alberto Garrido, Federico Piñero, Mimí Cal, Leopoldo Fernández o Aníbal de Mar. El humorista, como se ha dicho tantas veces, es de los primeros en resentir la pérdida de libertades, en no poder respirar sin ellas y el más indefenso de todos los creadores ante los embates de la censura.
P.D: Cualquiera que pueda ofrecer información detallada sobre la salida al exilio de cualquiera de estos creadores será de agradecer.
En cambio, de la famosa caricatura de Antonio Prohías en la que aparece un vendedor de periódicos anunciando “Extra… extra última hora Fidel Castro 45 minutos sin hablar” no hemos encontrado ninguna referencia por parte del aludido. Lo seguro es que no le hizo mucha gracia.
Dos años antes de las famosas "Palabras a los intelestuales" donde Fidel Castro fijaba los limites de la creacion artística estos ataques públicos dejaban claro que el ejercicio de la sátira en el país se había convertido en una actividad de alto riesgo. Previsiblemente los dueños de las publicaciones en que aparecieron estas caricaturas y escritos se vieron forzados primero a expulsar a los infractores (o a aceptar sus renuncias como en el caso de Prohías) para luego ver cómo eran clausurados uno tras otro los diarios y revistas que hasta entonces habían funcionado con independencia del Estado. Mientras Antonio Prohías debió salir del país el primero de mayo de 1960, Antonio Rubio Núñez (Antonio) debió hacerlo en julio de 1961. Los siguieron entre otros importantes humoristas Ramón Arroyo Cisneros (Arroyito) en 1963, Silvio Fontanillas Quiroga (Silvio) en 1964 y otros de los que desconocemos la fecha de exacta de partida pero que escaparon en los primeros años de la dictadura cubana como Carlos Robreño, José Manuel Roseñada, Niko Lursen (emigró a Panamá), Luaces y Vergara así como los comediantes Alberto Garrido, Federico Piñero, Mimí Cal, Leopoldo Fernández o Aníbal de Mar. El humorista, como se ha dicho tantas veces, es de los primeros en resentir la pérdida de libertades, en no poder respirar sin ellas y el más indefenso de todos los creadores ante los embates de la censura.
P.D: Cualquiera que pueda ofrecer información detallada sobre la salida al exilio de cualquiera de estos creadores será de agradecer.
Wednesday, March 10, 2021
Cuando la Madre Patria se acordó de sus hijos
Por Enrisco
Hubo un tiempo en que el español se puso de moda en Nueva York. Fue por allá, por los tiempos de la Primera Guerra Mundial. En 1917 Estados Unidos entraba en guerra con Alemania cuando se dio cuenta de que su segunda lengua, la más frecuente en el sistema escolar, aparte del inglés era precisamente el alemán. En su lugar la lengua que encontró más a mano era el español. Era la lengua de los países latinoamericanos con los que había intensificado el comercio ahora que se hacía tan complicado hacerlo con Europa. Así fue como los estudiantes gringos aprendieron a decir ¿Dón-de es-tá la bi-blio-te-ca?” y “El pe-rro se co-mió la ta-rea”.
Por su parte España andaba interesada en recuperar el terreno perdido tras las guerras de independencia hispanoamericana del siglo XIX y sobre todo tras la Guerra hispanoamericana en Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Lo que había sido una contienda “arrancapescuezo” hasta apenas unos años antes, podía verse ahora como mero malentendido familiar. Malentendido que la Madre Patria estaba dispuesta a perdonar. Porque así son las madres, de corazón grande y generoso, comprensivas con las pataletas de los hijos. Una cosa es que los hijos se hagan independientes y otra es que ni siquiera les echen una cartica en el correo contándoles cómo les va.
La carnada para la recuperación del amor perdido por la Madre Patria fue el idioma y la cultura comunes. Y el montón de españoles que seguía emigrando a América cada año porque a veces la Madre Patria era inhabitable para los mismos españoles. Así se pusieron de moda términos como “la hispanidad” o “la raza”. La española Unión Iberoamericana se propuso “estrechar las relaciones sociales, económicas, científicas, literarias y artísticas de España, Portugal y las naciones americanas”.
Echaron mano, por supuesto, a Cristóbal Colón, el genovés que murió creyendo que Cuba era una isla japonesa. En 1913 Faustino Rodríguez San-Pedro, presidente de la Unión Iberoamericana, propuso celebrar la Fiesta de la Raza el día en que Colón había desembarcado en una isla de las Bahamas, el 12 de octubre. ¿No venían celebrando los italianos el Colombus’s Day desde 1909? ¿Cuál era el problema con que los hispanoamericanos celebraran el día en que sus recontratatarabuelos paternos empezaron a machacarles la vida a sus recontratatarabuelos maternos?
O como lo dijera tan lindamente la susodicha Unión, el 12 de octubre serviría para celebrar “la intimidad espiritual existente entre la Nación descubridora y civilizadora y las formadas en el suelo americano, hoy prósperos Estados”. Mamá Patria, siempre tan generosa, recordándoles a los hijos todo lo que hizo por ellos.
La moda de la hispanidad prendió por un tiempo en Nueva York. En 1916 Federico de Onís fue enviado a Nueva York para ocupar la cátedra de Español de la Universidad de Columbia y en 1920 se creó en dicha universidad el Instituto de las Españas que luego se convertiría en la Casa Hispánica, todavía vigente.
Desde España trajeron intelectuales para explicar la grandeza de la cultura española pero cuando en 1929 llegó el poeta Federico García Lorca más que explicar nada quedó tan sobrecogido por la monstruosa imagen que le ofrecía la urbe norteamericana que los poemas resultantes no se atrevieron a publicarlos hasta cuando llevaba un rato muerto.
En 1927 se hicieron planes grandiosos para propagar la idea de la Hispanidad en Nueva York. Para ello se importarían más intelectuales de España. (Una cosa era hablar de “intimidad espiritual” y otra muy distinta tener en cuenta a los boricuas de El Barrio). Para estrechar los lazos de la antigua metrópoli con sus ex-colonias se construiría una grandiosa Casa de las Españas en la capital del mundo. Pero entonces llegó la depresión. La Gran Depresión, quiero decir. Y el retorno de la grandeza española quedó, como la búsqueda de El Dorado, en puro delirio.
Hubo un tiempo en que el español se puso de moda en Nueva York. Fue por allá, por los tiempos de la Primera Guerra Mundial. En 1917 Estados Unidos entraba en guerra con Alemania cuando se dio cuenta de que su segunda lengua, la más frecuente en el sistema escolar, aparte del inglés era precisamente el alemán. En su lugar la lengua que encontró más a mano era el español. Era la lengua de los países latinoamericanos con los que había intensificado el comercio ahora que se hacía tan complicado hacerlo con Europa. Así fue como los estudiantes gringos aprendieron a decir ¿Dón-de es-tá la bi-blio-te-ca?” y “El pe-rro se co-mió la ta-rea”.
Por su parte España andaba interesada en recuperar el terreno perdido tras las guerras de independencia hispanoamericana del siglo XIX y sobre todo tras la Guerra hispanoamericana en Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Lo que había sido una contienda “arrancapescuezo” hasta apenas unos años antes, podía verse ahora como mero malentendido familiar. Malentendido que la Madre Patria estaba dispuesta a perdonar. Porque así son las madres, de corazón grande y generoso, comprensivas con las pataletas de los hijos. Una cosa es que los hijos se hagan independientes y otra es que ni siquiera les echen una cartica en el correo contándoles cómo les va.
La carnada para la recuperación del amor perdido por la Madre Patria fue el idioma y la cultura comunes. Y el montón de españoles que seguía emigrando a América cada año porque a veces la Madre Patria era inhabitable para los mismos españoles. Así se pusieron de moda términos como “la hispanidad” o “la raza”. La española Unión Iberoamericana se propuso “estrechar las relaciones sociales, económicas, científicas, literarias y artísticas de España, Portugal y las naciones americanas”.
Echaron mano, por supuesto, a Cristóbal Colón, el genovés que murió creyendo que Cuba era una isla japonesa. En 1913 Faustino Rodríguez San-Pedro, presidente de la Unión Iberoamericana, propuso celebrar la Fiesta de la Raza el día en que Colón había desembarcado en una isla de las Bahamas, el 12 de octubre. ¿No venían celebrando los italianos el Colombus’s Day desde 1909? ¿Cuál era el problema con que los hispanoamericanos celebraran el día en que sus recontratatarabuelos paternos empezaron a machacarles la vida a sus recontratatarabuelos maternos?
O como lo dijera tan lindamente la susodicha Unión, el 12 de octubre serviría para celebrar “la intimidad espiritual existente entre la Nación descubridora y civilizadora y las formadas en el suelo americano, hoy prósperos Estados”. Mamá Patria, siempre tan generosa, recordándoles a los hijos todo lo que hizo por ellos.
La moda de la hispanidad prendió por un tiempo en Nueva York. En 1916 Federico de Onís fue enviado a Nueva York para ocupar la cátedra de Español de la Universidad de Columbia y en 1920 se creó en dicha universidad el Instituto de las Españas que luego se convertiría en la Casa Hispánica, todavía vigente.
Desde España trajeron intelectuales para explicar la grandeza de la cultura española pero cuando en 1929 llegó el poeta Federico García Lorca más que explicar nada quedó tan sobrecogido por la monstruosa imagen que le ofrecía la urbe norteamericana que los poemas resultantes no se atrevieron a publicarlos hasta cuando llevaba un rato muerto.
En 1927 se hicieron planes grandiosos para propagar la idea de la Hispanidad en Nueva York. Para ello se importarían más intelectuales de España. (Una cosa era hablar de “intimidad espiritual” y otra muy distinta tener en cuenta a los boricuas de El Barrio). Para estrechar los lazos de la antigua metrópoli con sus ex-colonias se construiría una grandiosa Casa de las Españas en la capital del mundo. Pero entonces llegó la depresión. La Gran Depresión, quiero decir. Y el retorno de la grandeza española quedó, como la búsqueda de El Dorado, en puro delirio.
Thursday, May 14, 2020
Wall Street aprende (‘una poquita’ de) español*
Por Enrisco
Como ya venía siendo tradición, al puntillazo del imperio colonial español en América en 1898 le siguió el estrechamiento de los lazos entre Nueva York y Latinoamérica. Y quien dice lazos, dice cadenas, cables, tuberías. Porque ya para esos años cuanta inversión se perdía en la más remota mina sudamericana debía buscársela en Wall Street, el sitio donde el capitalismo apuesta su futuro con dinero del presente.
Dado el recién adquirido control de Cuba y Puerto Rico (que si la primera era una república y la segunda una colonia lo dejamos en manos de especialistas en determinar si la mordida proviene de galgos o podencos) era natural que el objetivo primordial de aquellas apuestas fuera el principal producto que proporcionaba el Caribe: diabetes pura en la forma de sacos de azúcar.
Y quien dice Cuba y Puerto Rico dice República Dominicana que está en el medio, y las Antillas Mayores son así de pegajosas. Pero para asegurar la inversión se tramitó en Dominicana una intervención militar, que rima con inversión, y que duró más de ocho años, entre 1916 y 1924. Que las apuestas hay que asegurarlas a como dé lugar.
En Estados Unidos la industria azucarera seguía siendo dominada por los Havemeyer de Brooklyn quienes, para que se notara menos el control familiar, en 1891 nombraron la compañía American Sugar Refining Company. Y a partir de 1900 la rebautizaron como Domino Sugar, para que se confundiera con un juego de mesa.
Pero no todo en la vida es endulzar el café y los pancakes. También está el asunto de iluminarse y comunicarse con el prójimo para explicarle, entre otras cosas, cómo van sus inversiones al sur de la frontera. Hablo del auge de la electrificación y de la comunicación que sacudió Estados Unidos con el cambio de siglo. Quien dice electricidad y teléfonos dice cables. Y en esa época los cables se hacían de cobre.
En primera fila de inversiones en minas de cobre estaban los Guggenheim que antes de ser museo en forma de espiral (o de cáscara de naranja para los que anden flojos en geometría) habían invertido en minas de cobre de Arizona, estado previamente escamoteado a México en un momento de distracción. Luego invirtieron en minas en Chile y Perú en una compleja operación que requería esfuerzos como pronunciar la palabra “Chiquicamata”, el nombre de la mayor mina de cobre del mundo a cielo abierto.
Por su parte, James Ben Ali Haggin, abogado de Kentucky y criador de caballos de raza, se alió con otros millonarios afincados en Nueva York (J.P. Morgan, Henry Frick) para crear la Cerro de Pasco Corporation con sede en Broad Street y que al cabo de un par de décadas tendría el control del 80% del negocio del cobre a nivel mundial.
Y quien dice electricidad también dice petróleo y para eso estaban los Rockefeller, ya asentados en Nueva York. Cuando todavía no les había dado por las pistas de patinaje y los árboles de Navidad invirtieron en la extracción de petróleo en México, Perú y Venezuela, países que, los pobres, no sabían qué hacer con ese chapapote maloliente en que se habían convertido los dinosaurios fermentados.
Pero tanto trasiego de mercancías necesitaba de vías más expeditas. Y para eso nada mejor que darle un empujoncito al viejo sueño de construir un canal en Centroamérica, sueño que llevaba años trabado en las circunvoluciones cerebrales del imperialismo francés. Es cuando aparece otro neoyorquino, el abogado William Cromwell, aliado al banquero J.P. Morgan (ese nunca ha sabido ser teatro o museo), para convencer al gobierno de que convenciera a Colombia para construir un canal. Pero como los colombianos se pusieron remolones, otro neoyorquino, el entonces presidente Teddy Roosevelt, ayudó a Panamá a independizarse de Colombia. Y, por supuesto, el primer acto soberano del gobierno panameño fue acordar la construcción de un canal bajo el control de Estados Unidos.
*Publicado originalmente en Nuestra Voz.
Thursday, February 6, 2020
La bandera boricua y su disputado copyright*
Por Enrisco
Hasta no hace mucho la insignia más visible en Nueva York era la bandera puertorriqueña. Más que la americana o la M dorada de McDonald’s. Colgando de balcones, de antenas o espejos de carros, de cuellos y muñecas. En forma de toallas, sábanas, pulseras, collares, cortinas de baño. Ahora, con la disminución de la población boricua y el aumento de la hípster, el logo de Starbucks abunda más, pero la versión daltónica de la bandera cubana sigue ahí, resistiendo. Y recordándonos cuál fue la comunidad latina más numerosa y notable en la Nueva York del siglo XX.
El 22 de diciembre de 1895 fue la presentación en sociedad de la bandera. En el llamado Chimney Corner Hall, en la esquina de Broadway con Wall Street, donde boricuas notables como Manuel Besosa, José Julio Henna, Juan de M. Terreforte, Roberto H. Todd, Sotero Figueroa y Arturo Schomburg se reunieron para constituir la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano. El mismo partido que había iniciado la última guerra por la independencia de Cuba meses antes y que prometía que en cuanto triunfara lucharía por liberar a Puerto Rico. Más de 300 boricuas fueron a pelear a Cuba esperando que les devolvieran el favor. Y se quedaron esperando.
En dicha reunión se adoptó la que conocemos como bandera puertorriqueña. Juan de M. Terreforte, elegido vicepresidente, declararía más tarde: “La adopción de la bandera cubana con los colores invertidos me fue sugerida por el insigne patriota Francisco Gonzalo Marín en una carta que me escribió desde Jamaica”.
Eso bastó para considerar a Pachín Marín inventor de la enseña que ha servido de escenografía a conciertos de Bad Bunny y Calle 13. Algo muy conveniente teniendo en cuenta que el periodista y poeta Pachín Marín murió luchando por la independencia de Cuba y era primo de Luis Muñoz Marín, gobernador de Puerto Rico entre 1948 y 1964. Así todo quedaba en familia.
Sin embargo, con el éxito de la bandera surgieron disputas por su paternidad. Se dice que el padre de la criatura fue Antonio Vélez Alvarado, periodista radicado en Nueva York desde 1887. En dicha ciudad fue editor de la Gaceta del Pueblo e impresor de los famosos Versos sencillos de su amigo José Martí (más conocidos como “la letra de la Guantanamera”) y de Patria, órgano de los independentistas cubanos. Según el historiador Ovidio Dávila, estando Vélez Alvarado el 11 de junio de 1892 en su apartamento de 219 de la 23 Street de Nueva York se quedó contemplando la bandera cubana que tenía colgando en la pared y al “cambiar la mirada súbitamente, experimentó una ilusión óptica que interpretó como un ‘raro daltonismo’, o sea le provocó que sus ojos invirtieran los colores, lo rojo lo vio azul y lo azul lo vio rojo”. Se habrá dicho: “si le vamos a copiar el mofongo a los dominicanos y el reguetón a los panameños ¿por qué no copiarles la bandera a los cubanos?”. En serio: lo que pensó fue: “… si los cubanos y los puertorriqueños vamos a pelear juntos como hermanos, nada más justo que las banderas sean también hermanas, con una sola inversión de colores”.
Entusiasmado, le envió el diseño de la bandera a Ramón Emeterio Betances pero la respuesta del prócer desde París no fue muy alentadora: “lo primordial es conseguir la independencia. Después cualquier trapo servirá de bandera”. (Téngase en cuenta que Betances tenía su propio diseño aspirante a enseña nacional que era a su vez una versión de la dominicana. Como el mofongo boricua).
Hasta no hace mucho la insignia más visible en Nueva York era la bandera puertorriqueña. Más que la americana o la M dorada de McDonald’s. Colgando de balcones, de antenas o espejos de carros, de cuellos y muñecas. En forma de toallas, sábanas, pulseras, collares, cortinas de baño. Ahora, con la disminución de la población boricua y el aumento de la hípster, el logo de Starbucks abunda más, pero la versión daltónica de la bandera cubana sigue ahí, resistiendo. Y recordándonos cuál fue la comunidad latina más numerosa y notable en la Nueva York del siglo XX.
El 22 de diciembre de 1895 fue la presentación en sociedad de la bandera. En el llamado Chimney Corner Hall, en la esquina de Broadway con Wall Street, donde boricuas notables como Manuel Besosa, José Julio Henna, Juan de M. Terreforte, Roberto H. Todd, Sotero Figueroa y Arturo Schomburg se reunieron para constituir la Sección Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano. El mismo partido que había iniciado la última guerra por la independencia de Cuba meses antes y que prometía que en cuanto triunfara lucharía por liberar a Puerto Rico. Más de 300 boricuas fueron a pelear a Cuba esperando que les devolvieran el favor. Y se quedaron esperando.
En dicha reunión se adoptó la que conocemos como bandera puertorriqueña. Juan de M. Terreforte, elegido vicepresidente, declararía más tarde: “La adopción de la bandera cubana con los colores invertidos me fue sugerida por el insigne patriota Francisco Gonzalo Marín en una carta que me escribió desde Jamaica”.
Eso bastó para considerar a Pachín Marín inventor de la enseña que ha servido de escenografía a conciertos de Bad Bunny y Calle 13. Algo muy conveniente teniendo en cuenta que el periodista y poeta Pachín Marín murió luchando por la independencia de Cuba y era primo de Luis Muñoz Marín, gobernador de Puerto Rico entre 1948 y 1964. Así todo quedaba en familia.
Sin embargo, con el éxito de la bandera surgieron disputas por su paternidad. Se dice que el padre de la criatura fue Antonio Vélez Alvarado, periodista radicado en Nueva York desde 1887. En dicha ciudad fue editor de la Gaceta del Pueblo e impresor de los famosos Versos sencillos de su amigo José Martí (más conocidos como “la letra de la Guantanamera”) y de Patria, órgano de los independentistas cubanos. Según el historiador Ovidio Dávila, estando Vélez Alvarado el 11 de junio de 1892 en su apartamento de 219 de la 23 Street de Nueva York se quedó contemplando la bandera cubana que tenía colgando en la pared y al “cambiar la mirada súbitamente, experimentó una ilusión óptica que interpretó como un ‘raro daltonismo’, o sea le provocó que sus ojos invirtieran los colores, lo rojo lo vio azul y lo azul lo vio rojo”. Se habrá dicho: “si le vamos a copiar el mofongo a los dominicanos y el reguetón a los panameños ¿por qué no copiarles la bandera a los cubanos?”. En serio: lo que pensó fue: “… si los cubanos y los puertorriqueños vamos a pelear juntos como hermanos, nada más justo que las banderas sean también hermanas, con una sola inversión de colores”.
Entusiasmado, le envió el diseño de la bandera a Ramón Emeterio Betances pero la respuesta del prócer desde París no fue muy alentadora: “lo primordial es conseguir la independencia. Después cualquier trapo servirá de bandera”. (Téngase en cuenta que Betances tenía su propio diseño aspirante a enseña nacional que era a su vez una versión de la dominicana. Como el mofongo boricua).
Pachín Marín, amigo de Vélez Alvarado, entró en la “tiradera” con un poema titulado, precisamente, “El trapo”. Si tiempo después lo confundieron con el inventor de la bandera boricua sería porque en esa época no le daban mucha importancia a los copyrights ni tendrían idea del éxito futuro de la bandera boricua en cuestiones de merchandising.
*Artículo aparecido originalmente en Nuestra Voz
Monday, December 23, 2019
Esteban Bellán, precursor de millonarios
Por Enrisco
Para apreciar el valor de las cosas hay que tomar distancia. Un par de metros o cien años. Depende. Imagínese, por ejemplo, que manda al hijo a estudiar a Nueva York con la esperanza que regrese hecho un profesional respetable pero al graduarse el muchacho le comunica que se va a quedar jugando a un jueguito que, por más que se lo expliquen, no entiende. Eso fue lo que le debió pasar al padre del primer latinoamericano que jugó béisbol profesionalmente. El primer hispanohablante que jugó en lo que después vendría a conocerse como una de las Ligas Mayores, esa fábrica de multimillonarios especializados en las complejísimas habilidades de tirar una pelotica y de golpearla con un palo.
Esteban Bellán nació en La Habana en 1849 y con trece años fue a estudiar a la actual Universidad de Fordham, en el Bronx. No era raro que lo enviaran a la futura cuna del hip hop. Siendo el de Fordham un colegio jesuita, se había convertido en destino habitual de los cubanitos y resto de latinoamericanos católicos. Esteban entró a la escuela junto con su hermano mayor, Domingo. Junto a ellos vivían en Nueva York su mamá (irlandesa de apellido Hart) y su hermana Rosa. Pero además de católica Fordham fue una de las dos primeras universidades en jugar un partido oficial de béisbol, tres años antes de llegar Esteban. Así que al terminar sus estudios en julio de 1868 ya había adquirido una incurable afición por pegarle a una pelota con un bate.
No sabemos cómo le sentó al padre de Bellán que su hijo se quedara en Nueva York jugueteando con palos y pelotas. De hecho no sabemos siquiera su nombre. O si la señora Hart para ese entonces ya era viuda. Pero quedarse jugando pelota en Nueva York no era mala idea. En parte porque estaba a punto de estallar en Cuba la guerra de independencia y —como se demostraría con el fusilamiento de ocho estudiantes de medicina— fueron años en que ser joven y caminar por las calles de La Habana era una pésima combinación. Otra buena razón para quedarse fue que a Bellán empezaron a pagarle por apalear pelotas. Seis temporadas estuvo jugando para equipos del estado de Nueva York: primero los Unions of Morrisania, luego los Unions de Lansingburgh para después pasar a jugar la tercera base con los Troy Haymakers de la Nacional Association, antecesora directa de la actual National League, la más antigua de las Ligas Mayores.
En esos años el béisbol, sin acercarse a las millonadas de ahora, empezaba a ser un buen negocio. En 1874 el jugador mejor pagado ganaba dos veces y media por temporada lo que un norteamericano promedio en el año. Y en 1888 José Martí escribía: “muchos peloteadores de éstos reciben por sus dos meses de trabajo, más paga que un director de banco, o regente de universidad, o secretario de un departamento en Washington”.
Pero más que el de hacer dinero a Bellán le interesaba el negocio de ser pionero. En 1872 fue a Cuba para fundar el primer club de béisbol del país, el Habana. Y en 1874, ya de regreso definitivo a su país bateó tres jonrones en el primer partido oficial del béisbol cubano donde el Habana apabulló a Matanzas 51 a 9. Y gratis. Porque el béisbol cubano tardaría un cuarto de siglo en profesionalizarse. En 1878 fue fundador de la Liga Cubana de Baseball y mánager (y también cátcher) del equipo que ganó los primeros cinco campeonatos: el Habana.
Bellán viviría 82 años, exactamente hasta el 8 de agosto de 1932, sin sospechar que con el tiempo se convertiría en precursor de un montón de millonarios cubanos, dominicanos, venezolanos, panameños y boricuas. Morir para ver.
Tuesday, November 5, 2019
Hostos, otro adelantado
Por Enrisco
Mucho antes de ser Community College en Nueva York, Hostos fue un patriota, escritor y educador. Eugenio María nació en 1839 en Mayagüez, Puerto Rico. Su padre, escribano y secretario de la reina Isabel II de España por control remoto, mandó a su hijo de 13 años a hacer el bachillerato en Bilbao, España. El muchacho volvió a Puerto Rico en 1855 pero no por mucho tiempo: en 1858 viajó a Madrid a estudiar Derecho y Filosofía y Letras siendo discípulo de los más importantes educadores de la época.
Allí con 24 años publicó su obra más famosa, La peregrinación de Bayoán, novela en forma de diario que denunciaba el régimen colonial. La novela, como era de esperar, fue ignorada en España y prohibida en Puerto Rico. En 1868 tras el alzamiento de Lares y la batalla del Pepino (ver “La guerra antes de Netflix”) Hostos abogó ante las autoridades españolas por la liberación de los patriotas en prisión. Lo consiguió pero al reclamar derechos para su patria le contestaron que de eso nada, monada.
Así que en 1869 se fue a Nueva York donde los exiliados cubanos intentaban impulsar la independencia de su país que era como decir Puerto Rico pero con más parqueos. Se integró a la Junta Revolucionaria Cubana y dirigió su órgano La Revolución,aunque muy pronto se dio cuenta de que aquello tenía menos posibilidades que yo con Scarlett Johansson.
En 1870 emprende un viaje por Sudamérica prometiendo buscar apoyos para la causa de la independencia cubana. Tarea ardua porque cada país tenía sus propios problemas para andar ocupándose de la independencia de Cuba. Sin embargo, Hostos consiguió dejar huella por donde pasó: en Colombia creó la Sociedad de Inmigración Antillana y propuso crear un canal en Panamá en manos latinoamericanas; en Perú fundó el periódico La Patria y la Sociedad de Auxilios para Cuba; en Chile abogó por la educación científica e igualdad de derechos para las mujeres; en Argentina proyectó la creación de un mercado común sudamericano y de un ferrocarril que atravesara los Andes.
Un visionario: o sea, alguien a quien siempre demoran demasiado en darle la razón.
Tras pasar por Brasil regresa en 1874 a Nueva York donde escribe para la revista La América Ilustraday continua su campaña a favor de la independencia antillana. Al año siguiente se une a una expedición independentista que sale del puerto de Boston sin conseguir llegar a Cuba. Decide entonces asentarse en República Dominicana primero y luego en Venezuela, dejando a su paso el habitual reguero de periódicos, sociedades y escuelas.
A Hostos lo llamaban “Ciudadano de América” por su entrega a la independencia de Cuba y Puerto Rico, a la unidad de las Antillas y a la de América Latina. Para dar el ejemplo se casó en Venezuela con la quinceañera cubana Belinda de Ayala (él tenía 38) adelantándose de nuevo a su tiempo: de hacerlo ahora iría preso. La poeta boricua Lola (“Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas”) Rodríguez de Tió fue madrina de la boda. Del matrimonio nacerán cinco hijos.
En 1879 regresa a República Dominicana donde reforma el sistema educativo, fundando escuelas normalistas en la capital y en Santiago de los Caballeros. En 1888 el gobierno chileno le propone hacer lo mismo en Chile y para durante una década Hostos permaneció allá, fundando.
En 1898, tras la intervención que puso fin al dominio español en su patria, regresó para reclamarle al gobierno norteamericano que le concediera la independencia. Luego de varias gestiones infructuosas se asentó nuevamente en República Dominicana donde murió en 1903.
Su último deseo fue ser llevado a Puerto Rico cuando fuese independiente. Mientras tanto, sigue enterrado en el Panteón de los Héroes Nacionales de Santo Domingo, esperando que le llegue su momento.
Friday, September 6, 2019
Nueva York arma a los rebeldes cubanos (mientras puede)*
Por Enrisco
En Nueva York la primera Guerra de Independencia cubana (1868-1878) no solo consistió en comprar periódicos y comentar las noticias frente al café con leche. A las noticias había que alimentarlas. Con armas y balas de ser posible. Los mismos hacendados que ganaban millones vendiendo azúcar a los comerciantes neoyorquinos, ahora en el exilio gastaban parte de ese dinero en comprarse el pasaje de vuelta en la forma de guerra victoriosa.
En Nueva York la primera Guerra de Independencia cubana (1868-1878) no solo consistió en comprar periódicos y comentar las noticias frente al café con leche. A las noticias había que alimentarlas. Con armas y balas de ser posible. Los mismos hacendados que ganaban millones vendiendo azúcar a los comerciantes neoyorquinos, ahora en el exilio gastaban parte de ese dinero en comprarse el pasaje de vuelta en la forma de guerra victoriosa.
En Cuba se enseña que los Estados Unidos siempre fueron enemigos de su independencia, pero a juzgar por la cantidad de expediciones que zarpaban de puertos yanquis es difícil imaginarse un enemigo más permisivo.
De las 58 expediciones que partieron entre 1868 y 1875 hacia Cuba la mayoría zarpó directamente de puertos norteamericanos, principalmente desde Nueva York. Solo dos de ellas fueron interceptadas por las autoridades yanquis, urgidas por chivatazos del gobierno español.
Y no es que los cubanos de entonces fueran más discretos que los de ahora. Las colectas de dinero eran públicas y a los expedicionarios se les despedía con el consabido fiestón. Como si en vez de expedición clandestina se tratara de una delegación a los juegos olímpicos. No era difícil ser espía español con gente así.
De las seis expediciones más importantes —las de los vapores Salvador, Perrit, Anna, Upton, Florida, Hornet y Virginius—, cinco partieron de Nueva York y la otra de Key West que es como los gringos han aprendido a decir “Cayo Hueso”. A veces no salían con el alijo de armas, sino que cargaban los barcos en alta mar o en puertos como Nassau (Bahamas), Puerto Plata (República Dominicana), La Guaira (Venezuela) o Colón (Panamá). Entonces se encomendarían a partes iguales a la Virgen de la Caridad y a Ochún para que la marina española no los capturara, algo que conseguían cuatro de cada cinco veces. Los santos manejan estadísticas que la razón no comprende.
Así les iba a los cubanos en la guerra: cada expedición llegada a salvo era batalla ganada para los mambises, celebraciones de los exiliados frente al periódico en los cafés de Nueva York y bolsillos que se relajaban para pagar la próxima expedición. Y vuelta a reiniciar el ciclo. Así hasta la cuarta expedición del vapor Virginius.
Organizada por Miguel de Quesada y su Junta Cubana de Nueva York, la expedición del Virginius fue sorprendida en alta mar (lo que ahora llamarían “aguas internacionales”) por la corbeta española Tornado. Apresados los expedicionarios cubanos y la tripulación norteamericana y británica fueron conducidos a Santiago de Cuba. 147 tripulantes y expedicionarios —o sea, todos excepto cinco menores— fueron condenados a muerte en juicios que duraban lo que colar el café del juez.

Entre el 3 y el 8 de noviembre fueron fusilados 53, incluidos el capitán de la embarcación, Joseph Fry, y más de tres decenas de ciudadanos norteamericanos y británicos. La interrupción de la carnicería se debió a una súbita toma de conciencia humanitaria alentada por la aparición frente a Santiago de Cuba de un buque de la armada británica, el Niobe, que amenazó con cañonear la ciudad si continuaban las ejecuciones.
En Estados Unidos el escándalo fue tan grande que el gobierno pensó en declararle la guerra a España aunque luego se transó por $80 000 en indemnizaciones. El trágico destino del Virginius marcó prácticamente el fin de las expediciones a Cuba. Sin otras fuentes de armamentos que las de un enemigo muy poco dispuesto a soltarlos, las acciones de los mambises fueron languideciendo hasta cesar por completo en 1878. A partir de entonces para los independentistas cubanos de Nueva York solo quedaban la vuelta discreta a la isla o seguir bebiendo el café con leche amargo y aguado del exiliado.
*Texto originalmente publicado en Nuestra Voz
Wednesday, September 4, 2019
Emilia Casanova, la reina del Hudson*
Por Enrisco
En una época en que las mujeres le pedían permiso al marido hasta para sacar a pasear el perro hubo una en Nueva York que llenaba barcos de hombres y armas y los mandaba a la guerra. A liberar a su país, Cuba, del dominio español. Se llamaba Emilia Casanova de Villaverde. Mujer de armas tomar, literalmente, y enviarlas con una bandera bordada por ella misma de propina. Una bandera cubana, porque en Nueva York Emilia era Cuba.
El Villaverde le venía de su esposo Cirilo, famoso escritor cubano. El Casanova le venía de su padre, Inocencio, natural de Canarias convertido en uno de los empresarios más ricos de Cuba. El ímpetu con que acometía todo le venía de nacimiento, ocurrido en Cárdenas, el 18 de enero de 1832. Lo de Emilia era meterse en el monte y montar a caballo. Nada la emocionó más en su juventud que la imagen del general Narciso López, desembarcado en su ciudad con una bandera acabada de estrenar. Tanta fue su emoción que estuvo despotricando del dominio español hasta que su familia decidió emigrar a Estados Unidos antes que terminaran presos o peor: como el pobre Narciso López (ver “El general y la tuerca”).
Nada ilusionaba más a Emilia que fundar un país donde ondeara libremente esa bandera. Conoció a Cirilo Villaverde en 1855 en Filadelfia. Saber que estuvo presente cuando el general López inventó la bandera que ella vio ondear en Cárdenas debió ser fulminante. Habrá descubierto en él a su alma gemela, por mucho que el cuerpo del escritor hubiese nacido veinte años antes que el suyo. Se casaron y tuvieron dos hijos Narciso (como el general ejecutado) y Enrique. Y una hija, Emilia, que murió a los seis años, en diciembre de 1867.
Diez meses más tarde, el 10 de octubre 1868, un grupo de patriotas se levantó en Cuba contra el dominio español. Emilia emplearía todas sus energías en apoyar a los rebeldes. El 6 de febrero de 1869 fundó la Liga de las Hijas de Cuba, sociedad creada para organizar a las mujeres del exilio y reunir fondos para auxiliar a los independentistas. En serio. Un historiador norteamericano comenta que la impresionante mansión del padre de Emilia, en el Bronx, conocida como Castello Casanova “se había convertido en un escondite secreto para las armas cubanas que serían usadas en la revolución y la tradición local habla de barcos misteriosos que se aventuraban cautelosamente en las noches sin luna por las aguas del canal”.
Tal relevancia alcanzó Emilia que aparecía en las caricaturas españolas con más frecuencia que cualquier otro exiliado: lo mismo la dibujaban cosiendo frenéticamente banderas cubanas que mangoneando a su esposo Cirilo. O si no, insinuaban que este le era infiel. Lo que nunca pudieron poner en duda fue la fidelidad de ella a la causa independentista. Y como no le podían hacer daño con las caricaturas probaron con apresar al padre. Pero nada conseguía detener a Emilia: lo mismo se reunía con el presidente Ulysses Grant para que intercediera por Inocencio que se presentaba ante el Congreso norteamericano para que reconociera a la República en Armas cubana.
Desde su exilio neoyorquino Emilia vería el fracaso de la primera Guerra de independencia de Cuba en 1878, la muerte de su esposo Cirilo en 1894 y, un año más tarde, el inicio de la última y definitiva guerra de independencia. Pero no vería su final pues Emilia moriría el 4 de marzo de 1897. Un año más y habría visto su adorada bandera ondear en el Morro. Acompañada de la gringa, eso sí. Porque la alegría nunca llega sola: siempre viene acompañada de la etiqueta con el precio.
*Publicado originalmente en Nuestra Voz.
*Publicado originalmente en Nuestra Voz.
Tuesday, July 23, 2019
Cuando la sangre casi llega al río (Hudson)
Por
Enrisco
Una vez iniciada la guerra por la independencia de Cuba
en 1868 la situación entre la comunidad caribeña en Nueva York se tornó
especialmente interesante. E interesante —como sabe cualquiera al que le han pedido
que dé su opinión sobre algo horrendo, desde una pintura abstracta hasta un
dulce de berenjena con tomillo— no quiere decir algo necesariamente bueno.
A los cubanos que atendían sus negocios en la ciudad o
los exiliados de intentonas anteriores se le sumó gente muy variopinta ligada a
la causa independentista: intelectuales, abogados, amas de casa, hacendados
siquitrillados, tabaqueros perseguidos y salvadores de la patria diversos.
Todos entusiastas y exaltados. Todos —decían— legítimos y únicos representantes
de su sufrida patria. Uno daba un concierto para armar una expedición, otra
recogía joyas para ayudar a huérfanos y viudas de la guerra, otra para
comprarle una espada ceremonial a un general recién llegado al exilio y otros
vendían bonos cuyo valor aumentaría el día que la patria fuera libre.
Y pasó lo que tenía que pasar. De la sospecha mutua sobre
su patriótica pureza se pasó a las acusaciones, de ahí al insulto y enseguida firme
compromiso de caerse a tiros en cuanto sonara el timbre anunciando el final de la
guerra. Porque ¿para qué buscarse un enemigo en España si te lo podías
encontrar en la acera de enfrente? Surgieron dos bandos: aldamistas contra
quesadistas que eran como los Montescos y los Capuletos pero sin historia de
amor intercalada. Los primeros seguían a Miguel Aldama, figura máxima de la
burguesía habanera que, al huir de la isla, asumió la representación de la
República en Armas cubana desde Nueva York. Contra estos se alzaban los
seguidores de Manuel de Quesada, general del Ejército Libertador designado por
su cuñado y presidente de la citada república en Armas, Carlos Manuel de
Céspedes, representante de esta para promover expediciones armadas que
reforzaran la insurgencia en Cuba. A dos cubanos con atribuciones similares les
quedaba chiquita la ciudad más grande del continente una vez que decidieran
acusarse de todo lo que les pasara por la cabeza. Empezando por traidores y
aspirantes a tiranos: otra linda tradición cubana fundada en la isla de
Manhattan y a la que hoy le hace honor la oposición de la isla.
Pueden imaginarse el resultado: el envío de las
expediciones fue disminuyendo hasta que, tras el desdichado final del Virginius,
se interrumpió del todo. Para entonces ya llevaba dos años en la ciudad
Francisco Vicente Aguilera, vicepresidente de la República en Armas, a quien
habían mandado para poner orden entre sus compatriotas. Más fácil era que lo
hubieran mandado a pelear contra los españoles armado con el cuchillo de la
mantequilla.
Pero por difícil que fuera su misión Aguilera intentó
cumplirla. Incluso preparó varias expediciones pero nunca consiguió que llegaran
a la isla. Ya hacía rato andaba apagado el entusiasmo norteamericano por la
independencia cubana y el de muchos de sus compatriotas por financiar
expediciones. Aguilera insistió en sus esfuerzos hasta que un cáncer en la
garganta lo mató el 22 de febrero de 1877. Quien había sido uno de los hombres
más ricos de su país murió pobrísimo en su apartamento del 223 West de la 30th
Street entre séptima y octava avenidas. Sus funerales, en cambio, fueron de los
más importantes celebrados en la ciudad: su cuerpo fue velado en la Governor’s
Room del ayuntamiento de Nueva York (como antes habían hecho con el presidente
Monroe) y ante él desfilaron millares de personas mientras las banderas de los
edificios oficiales estaban izadas a media asta. Un año más tarde la guerra
había concluido sin que Cuba consiguiera dejar de ser colonia española.
Aparecido originalmente en Nuestra Voz.
Aparecido originalmente en Nuestra Voz.
Tuesday, April 2, 2019
La guerra antes de Netflix*
Por Enrisco
Antes de que apareciera Netflix (o ese Netflix ortopédico que era la televisión) no había nada más entretenido que una buena guerra. Fíjense en este detalle: luego de disfrutar dos guerras mundiales en treinta años la producción de la Copa Mundial de las guerras se ha paralizado. Y no es casual que ocurriera tras la difusión mundial de la televisión. Hay quien culpa a la bomba atómica. Pero ¿para qué necesita Alemania una guerra con Francia cuando le puede propinar una buena goleada en vivo y en directo? O viceversa.
Pero en la era pretelevisiva nada como las guerras para mantenerse entretenido, cambiar de aires, crearse odios y amores virtuales y aprender un poco de Historia y de Geografía, asignaturas en las que los norteamericanos han estado tradicionalmente flojos. Algo así ocurrió en 1868, cuando los habitantes de las últimas colonias españolas en el Nuevo Mundo, Cuba y Puerto Rico, se cansaron de que les llamaran “españoles” impunemente. Y de ser gobernados por políticos corruptos sin tener derecho a ser políticos corruptos ellos mismos. También tendrían otros motivos, porque los pueblos —como los adolescentes— siempre encontrarán razones para reclamar independencia. Así que, aprovechando que las cosas no andaban muy estables por España y el ejército acababa de jubilar a la reina Isabel II, boricuas y cubiches decidieron alzarse en armas.
En Puerto Rico el alzamiento, ahora conocido como “el Grito de Lares”, se produjo el 23 de septiembre y un par de días más tarde ya se estaban haciendo las conclusiones del evento y repartiendo años de prisión para los implicados. No obstante, en las menos de 30 horas que duró el alzamiento les dio tiempo para: proclamar la república de Puerto Rico, crear un gobierno provisional, abolir el sistema de libretas de jornaleros, declarar libres a los esclavos en armas contra las autoridades, saquear el pueblo de Lares, apresar a sus autoridades y ser derrotados en un combate que pasó a la historia como la batalla del Pepino. Hay gente que sabe aprovechar el tiempo.
Los cubanos se retrasaron, pero no por mucho tiempo. Menos de tres semanas después, el 10 de octubre, lanzaron su Grito, el de la Demajagua, que era el nombre de la finca en que se habían reunido los complotados. Los cubanos también formaron gobierno, liberaron esclavos y hasta se hicieron derrotar en su primer combate, pero tuvieron el cuidado de hacerlo en un pueblo llamado Yara para que el enfrentamiento no trascendiera como una riña en un puesto de verduras.
Sin embargo, de alguna manera los cubanos se las arreglaron para que una empresa con un comienzo tan poco promisorio sobreviviera diez años más, aunque sin conseguir su objetivo que era —no estaba de más recordarlo— la independencia.
La consecuencia fundamental en lo que respecta a la presencia latina en Nueva York es la llegada a la ciudad de millares de cubanos y boricuas. Y que fuera más frecuente escuchar el español en el transporte público o leerlo en la prensa diaria. Si Nueva York se había convertido en el destino de los principales productos antillanos (azúcar, tabaco y exiliados) no era extraño que lo siguiera siendo por un buen rato.
Acá llegarían por igual aristócratas y torcedores de tabaco a beber el amargo vino del exilio. Lejos de la familia, los amigos y los plátanos maduros fritos. A escuchar una lengua extraña. O a escuchar en lengua conocida de boca de exiliados veteranos cosas como: “Mira que te dije que aquello nunca iba a cambiar”. Por algo muchos de ellos decidían que era mejor incorporarse a la guerra en Cuba que seguirla por periódico. Y de Nueva York zarparon unas cuantas expediciones para liberar la isla y que que los periódicos tuvieran algo emocionante que contar.
*Publicado previamente en Nuestra Voz.
Sunday, February 10, 2019
William Walker y el síndrome de abstinencia

Por Enrisco
No fue el venezolano Narciso López el último conquistador de bolsillo que zarpó de puertos norteamericanos a la caza de nuevas tierras del sur, allí donde el café cuelga de las matas y el subjuntivo crece silvestre. No. Luego de la anexión de Texas y el galante despojo de la mitad de México cualquier cosa parecía posible. Como que un nativo de Nashville, Tennessee, se declarara presidente de Nicaragua.
Ese fue William Walker. Nacido en 1824 de inmigrante inglés y americana, el precoz Walker se graduó en la universidad a los 14 años. Luego estudió medicina y leyes pero se le daba mejor causar (y recibir) heridas y violar las leyes. Probó suerte en el Oeste. En San Francisco tuvo éxito como periodista: tres veces lo retaron a duelo y fue herido en dos. En el Wild West lo de “la letra con sangre entra” podía ser demasiado literal. Buscando un oficio menos peligroso que el periodismo Walker probó con el de invasor de países.
Tuvo suerte. Corría la moda del “filibusterismo” que consistía en apoderarse de territorios en Latinoamérica y convertirlos en estados esclavistas. Algo había que hacer para conservar una tradición que tantas satisfacciones les había dado… a los dueños de esclavos.
En 1853 Walker desembarcó con 45 hombres en el norte de México, y al primer pueblito que encontró lo proclamó capital de la República de Baja California que se acababa de inventar. Luego le cambió el nombre por el de República de Sonora. Tres meses después, al ver que el gobierno mexicano no estaba dispuesto a que siguiera cambiándole el nombre a su flamante república (por el de República de Medio México, por ejemplo) Walker regresó a los Estados Unidos. Allí fue severamente juzgado por violar las leyes de neutralidad… y absuelto en ocho minutos.
Poco después, y como para ampliar los conocimientos geográficos de Walker, en los periódicos norteamericanos empezó a hablarse de Nicaragua. Sucedía que el magnate neoyorquino Cornelius Vanderbilt quería construir un canal interoceánico a través de Nicaragua. Solo que una guerra civil entre liberales y conservadores nicaragüenses estaba resultando pésima para hacer negocios allá. Y en plena guerra los liberales nicas tuvieron la brillante idea de pedirle ayuda a Walker.
Con el apoyo de Vanderbilt, Walker desembarcó en Nicaragua en junio de 1855. Ganó y perdió batallas hasta que en octubre tomó el control del país. Ya Walker iba a entregarle el poder a sus aliados liberales pero, pensándoselo mejor, se proclamó presidente del país. Buscando apoyo de los esclavistas del sur, reinstituyó la esclavitud en Nicaragua, abolida hacía más de treinta años. Y como al parecer a Walker le costaba conjugar el subjuntivo en español declaró el inglés la lengua oficial. Su gobierno llegó a ser reconocido por el de los Estados Unidos en mayo de 1856. Pero en medio de su entusiasmo Walker cometió un grave error: darle la espalda a su protector neoyorquino, Vanderbilt.
Sintiéndose traicionado Vanderbilt pagó una coalición de fuerzas centroamericanas para que sacaran a Walker del poder. Eso lo consiguieron en mayo de 1857. De vuelta a su país Walker fue recibido como un héroe en Nueva York. No obstante, ante la disyuntiva de pasarse la vida recordando en los bares de Manhattan sus tiempos de presidente nicaragüense Walker decidió ir a recuperar el puesto. En una de sus intentonas fue interceptado y devuelto a los Estados Unidos. En otra fue entregado a las autoridades hondureñas que decidieron curarle el síndrome de abstinencia de riesgo y poder del modo más radical posible: fusilándolo. Y así, tras intenso tratamiento con plomo, el alma aventurera de William Walker fue liberada de su cuerpo el 12 de septiembre de 1860. Un bonito ejemplo a seguir. El de los hondureños, digo.
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