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Tuesday, September 29, 2026

MI PADRINO OSVALDO FARRÉS

Cuba siempre fue una tierra de grandes talentos musicales naturales, sin escuela ni preparación, solo «de oído».

Por Alejandro González Acosta

Para Rafael Saumell, por las mismas razones de siempre...

Osvaldo Farrés (1902-1985)

«En el mar», donde —por supuesto— «la vida es más sabrosa», es para todo el mundo una melodía vinculada con muchos momentos entrañables, pero para mí, en especial, es una canción de cuna. Su autor era mi «padrino» Osvaldo Farrés, y solía tararearla o cantarla cuando lo veía, generalmente en compañía de mi tío Manolo, dueño de la tintorería «Norton» en la Calle I en El Vedado, junto a la casa de mis abuelos donde vivíamos en mi primera infancia. Él residía con su adorada Josefina del Peso («su eterna noviecita») en la esquina, a la vuelta de Calzada, y mi tío —simpático, elegante, joven y guapo— era uno de sus mejores amigos «de farra». Con frecuencia apostaban el trago en la bodega de la otra esquina, con el inconcebible nombre patriótico —siendo de unos gallegos— de «La Asamblea de La Yaya», donde jugaban cubilete y dominó, entre jaibols y chicharroncitos de puerco, «para hacer boca». A mí —para irme «preparando»— me servían Ginger Ale en un vaso idéntico al de ellos, acompañado de aceitunas «Joselito», que el gallego sacaba de un frasco enorme de boca ancha. Así, yo estaba entre grandes y me sentía uno más. Mi tío Manolo no tuvo hijos varones, sólo tres primas mías —María de la Caridad, María Elena y María Cristina, en ese orden— y cuando murió mi tío, demasiado joven, amargado porque le hubieran quitado su tintorería (y por si fuera poco, más de 100 mil pesos que no se pudieron cambiar durante el famoso «canje»), ellas «se fueron al Norte» con su mamá, Fe, una mulata «muy lavadita» de hermosos ojos azules. Pero por ser varón y el hijo único de su hermano menor, era yo «el consentido». Y, por tanto, también el de su mejor amigo, Osvaldo.

Carlos Argentino, En el mar

Mi papá, por su parte, tenía un gran amigo también en la farándula, Pepe Biondi (el del famoso «dúo cómico de Dick y Biondi»), al que una vez secuestraron los del «Directorio» camino a su programa en el Edificio Focsa, el 23 de Febrero de 1958, pues, como decían, «Cuba no debe reír» en ese momento... Por lo visto, tampoco después. Y pasado el tremendo trance, cuando «vino lo que vino», Biondi se marchó velozmente a su país natal, Argentina, donde siguió trabajando con el gran Goar Mestre, el cubano Rey de la Televisión Hispanoamericana. Pero en ese tiempo todavía era uno de los mejores amigos de papá, y se iban a pasear en su «cola de pato» convertible, Plymouth, rojo, brillante y espectacular. Era «otra» Habana, no la de hoy, que ni memoria tiene y mejor que así sea, para que no le duela más. Cuando se ignora el pasado se acepta mejor el presente. Y la memoria —díganmelo a mí que por desgracia la tengo de elefante- puede hacer mucho daño.

En estos días, a propósito de George Gershwin, Alejandro Armengol escribió un sugestivo artículo —«Problemas rapsódicos»— donde enfrentó un tema complejo y enigmático: el genio musical y la técnica. El atinado texto despertó especiosos comentarios que, resumiendo un poco, se podrían sintetizar en una pregunta: El genio ¿se nace o se hace? Y eso me hizo recordar a mi padrino Osvaldo, el gran compositor cubano, el genio de Quemado de Güines, el autor de «Quizás, quizás, quizás», pero quien no sabía nada de música: un pentagrama era para él como un códice en sánscrito antiguo. Pero tenía «algo», ese «algo» que lo diferenciaba de los demás, y «le venían las canciones» de otro mundo, como si alguien se las musitara en el oído. Eso, díganle como quieran, es genio. Tenía un par de amigos que sí sabían de música y les tarareaba las melodías para que las trasladaran al papel pautado. Algo aún más sorprendente es que le venían juntas la música y la letra de las canciones, lo cual indicaba el perfecto acoplamiento entre ambas. Y apenas había estudiado.

Nat King Cole, Quizás, quizás, quizas.

Cerca de mi casa estaba una de las primeras pizzerías de La Habana, «Doña Rosina», del italiano Luigi y su hijita Rosetta, que era mi «noviecita de manita sudada» (nuestros padres eran amigos). No habían muchas más pizzerías en la ciudad, que yo recuerde: «Montecatini» en El Vedado y «La Piccola Italia» en Consulado. Después abrieron una frente al Edificio América, con el nombre «Gagarin», pero no iban muchos clientes porque decían que las pizzas provocaban hepatitis. Pero en aquella época de mis recuerdos infantiles, si no estaba en «La Yaya» bebiendo un jaibol, Farrés se encontraba en «Doña Rosina» tomando un Campari.

Osvaldo Farrés (en realidad, Farré, pues era de origen catalán) y Vázquez, nació en Quemado de Güines (1902) y falleció en New Jersey (1985). Como tantos gloriosos artistas cubanos, murió en el exilio, igual que Ernesto Lecuona. Escribió más de 300 canciones, y de ellas muchos eran boleros. Llegó a los 25 años a La Habana e hizo de todo para abrirse camino: mensajero, decorador, ilustrador, decoró carrozas del carnaval... Era lo que antes se decía con orgullo, «un luchón», un tipo que se sabía ganar la vida. Su primera canción le brotó como bromeando: «Mis cinco hijos: Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto y José», y fue un éxito instantáneo y sorprendente. Pero su verdadera revelación sería en 1940, cuando la cantante veracruzana Toña La Negra lo impulsó a la fama al cantar «Acércate más». Casado en segundas nupcias con Josefina del Peso (a quien le llevaba 30 años de edad), fue el creador y director del Bar Melódico de Osvaldo Farrés. Vivían en Calzada N.º 302, esquina a I, Apartamento 2. Tuvo dos hijos del primer matrimonio, Osvaldo y Sira del Carmen Farrés y Miró (casada con el Dr. Francisco de J. Zayas y Castro). Y una nieta, Patricia. Lleguen a ellos mis cordiales saludos donde estén.

Nat King Cole, Acércate más

Otro de los amigos que se sumaba al grupo era el primer actor y galán de la radio y la televisión, Otto Sirgo (Bayamo, 1919 - Miami, 1966), quien murió demasiado joven, apenas a los 47 años, exiliado también y después de sufrir una experiencia terrible que muchos aseguran le acortó la vida: en 1959 estuvo preso en la fortaleza de La Cabaña, condenado a muerte, pues Ernesto «Che» Guevara dio la orden de que lo fusilaran por ser «colaborador de Batista», lo cual era una monstruosa equivocación, pues a quien se referían era al periodista Otto Meruelos, que después estuvo preso durante muchos años. Pero mientras se aclaró el asunto, a Sirgo lo «tuvieron en capilla»: las peores 72 horas de toda su vida.

Muchas veces, el grupo de amigos se reunían también en la peña bohemia «El café de los Artistas», que era de Otto Sirgo, en la Calle L frente al Habana Hilton, donde después de arrebatársela pusieron «Las Bulerías». Tristes años finales de don Otto, pues además del exilio, el despojo de sus bienes y la condena a muerte, tuvo la terrible experiencia de perder muy joven su hija Charito, que era una muchacha bella y elegante, y prometedora actriz en pleno ascenso.

Los años 40 y 50 fueron la época de oro de Farrés. Fue el tiempo también de los grandes tenores: en ese momento resplandecieron figuras como René Cabel, «El tenor de las Antillas», y de México vinieron a actuar en La Habana un señorial trío de ases: Pedro Vargas, «El Tenor de las Américas» (también llamado «El Samurai de la Canción»); José Mojica (luego fray José de Guadalupe), y el Doctor Alfonso Ortiz Tirado, una figura memorable y ejemplar en todos los sentidos, pues además de ser «El médico cantor», «El ruiseñor mexicano» y «La voz de terciopelo», fue un generoso filántropo y un gran humanista. Todos pasaron por Cuba, que en esa época, era el centro de América.

Muchos de ellos estuvieron en los programas estelares de entonces, como «Jueves de Partagás», pero especialmente en «El Bar Melódico de Osvaldo Farrés», que primero comenzó a transmitirse a través de CMBF TV y luego pasó a CMQ, todos los miércoles en el horario estelar de las 9 de la noche. En este espacio el autodidacta pero muy avispado Farrés innovó la naciente televisión mundial, pues fue el creador del formato del «Piano Bar» en la televisión. Por ahí desfilaron figuras internacionales como Josephine Baker «La Platanitos», Sara Montiel, la «Saritísima», Nat King Cole «El Negro de Oro» y Maurice Chevallier. Varias veces, el programa, grabado, fue transmitido desde su casa, donde a veces me sentaba a su lado, en una pianola donde él simulaba tocar.

Todo lo que brotaba de la inspiración de Farrés era un éxito, lo mismo la guaracha «Un caramelo para Margot», que la entrañable canción a las madres, «Madrecita». Recorrió todos los registros, desde lo festivo humorístico, hasta lo lírico erótico y lo amoroso sentimental: un artista completo.

Antonio Machín, Madrecita
Pero todo eso fue en aquella época, como se decía, «de cuando Cuba reía».

Las canciones de Farrés eran una sucesión de triunfos, desde su primer éxito, «Acércate más» (cantado por Toña La Negra), «Toda una vida» y «Estás equivocada» (ambas de 1943), hasta «Tres palabras»... Era un ídolo. Y, lo mejor, un hombre bueno. Era un criollo típico, jovial, desprendido y con tanta música dentro que le brotaba a raudales.

Nat King Cole, Tres Palabras
Hombre generoso y amigo de sus amigos, a Farrés no le interesó la política: sin embargo, como una concesión, le compuso por pedido una conga a Carlos Prío para su campaña electoral, que fue memorable y muy pegajosa. Después de las elecciones donde salió triunfador, Prío le ofreció pagársela espléndidamente, pero Farrés se negó a aceptar y le dijo: «Chico, no me ofendas: eso fue un favor a un amigo, no al Presidente».

No obstante su saludable distancia de la política, esta no tardó en agredirlo. Después de la terrible experiencia de Otto Sirgo, Farrés siguió las huellas de su amigo y en 1962 salió de Cuba para no volver, convencido de que el país al que amaba entraba en una etapa terrible y desastrosa, la peor de su historia. Como los represores no pudieron atraparlo, tomaron venganza con su casa, que fue asaltada, y sus muebles y enseres quemados en la calle, quizá como un precursor «acto de repudio» de los que vendrían después, en 1980, con la barbarie inquisitorial desatada al más puro estilo de «Fascismo cotidiano», que padeció el país (y sigue padeciendo, no hay que olvidarlo, y ahí están cada semana «Las Damas de Blanco» y los opositores pacíficos para recordarlo dolorosamente).

Con Farrés —bromista, juguetón, piropeador, jaranero, cubano «jodedor» en suma— se iba toda una época de Cuba, cuando todavía alguno podía decir que «la cubanidad es amor», para sustituirlo por todo lo contrario: llegaron entonces los tiempos del odio, del rencor, de la envidia y de la destrucción, que siguen hasta hoy.

Aquel barrio de El Vedado que recuerdo ya no existe más; cuando mi primo Leonardo y yo solíamos aprovechar los sábados para ayudar a repartir la ropa de la tintorería del tío Manolo, en bicicletas, nos recibían en las casas las señoras con sus impecables batas cubanas, perfectamente peinadas y manicuradas, olorosas a Chanel N.º 5, Mitsuko de Gerlain, o Agua de colonia de Crusellas 1800, y nos invitaban —además de la «propinita» de una peseta o un quarter (de 25 centavos)— a tomar un refresco o un helado. Después todavía Leo y yo nos íbamos hasta el Carmelo de Calzada, para comer un sándwich cubano o un «Elena Ruz» (no confundir: no es Helen Ruth, como ahora dicen), con un gran batido de chocolate rebosante (se permitía «rellenar»), y ver salir a las muchachitas de Pro Arte Musical enfrente, de la casona que Doña Laura Rainieri de Alonso le había donado a su nuera, Alicia Martínez de Hoyos (alias «Alicia Alonso») para su escuela de ballet.

«Recuerdos son de pasadas glorias», como decía mi abuelo zarzuelero, pero Azorín defendía el derecho a la evocación, pues «recordar es volver a vivir» y eso, y lo bailado, nadie nos lo puede quitar.

Cuba siempre fue una tierra de grandes talentos musicales naturales, sin escuela ni preparación, solo «de oído». Porque de oído dirigía una Big Band de 40 músicos el gran Benny Moré, improvisando a cada momento. ¿Dónde estudió Chano Pozo, dónde «El Chori»...? En la Isla, el talento natural andaba por la calle y subía a las guaguas, con la guitarrita, las maracas y el gracioso reclamo nacionalista: «Coopere con el artista cubano».

No hay un país, en todo este ancho y ajeno mundo, que en casi un siglo haya entregado al patrimonio musical del planeta al menos siete ritmos musicales: desde París a Hong Kong se ha bailado con el mambo, la rumba, el son, el danzón, el mozambique, la guaracha, el chachachá...

Pero, hay que decirlo, si los padres de la música cubana han sido muchos y notabilísimos, hay un abuelo olvidado que debe recordarse; quien, para colmo, no es cubano.

Cuba le debe un gran homenaje al desconocido —por las mayorías— Louis Moreau Gottschalk (New Orleans, 1829 – Río de Janeiro, 1869) quien tuvo raíces francesas, polacas, alemanas, judías y sureñas, para un melange maravilloso y fundador. Muy joven —1854— acompañó a José White en Matanzas; luego conoció a Ignacio Cervantes, con Nicolás Ruiz Espadero, y le recomendó que fuera a estudiar a París, influyendo decisivamente su estilo. Gottschalk es el gran olvidado de la música cubana y exige un justo y pronto rescate. Por otra parte, no es raro que en Cuba casi ni se le conozca, pues al mismo tiempo es el Padre de la Música Norteamericana, precursor del ragtime y el jazz con más de 50 años de antelación, y en Estados Unidos apenas se le está «redescubriendo» a partir de los años 70 del siglo pasado. No se puede entender a Lecuona, sin saber de Cervantes, ni a este sin Ruiz de Espadero y Saumell, y detrás de todos aparece la silueta de Moreau. Es tan desconocido Gottschalk, que en lo que se ha escrito sobre él, los críticos empiezan por señalar la duda de cómo se pronuncia su apellido...

Gottschalk: El cocoyé "Grand caprice cubain de bravura", Op. 80, RO 57

Conocí la música de este compositor hace unos cuantos años, gracias a un melómano entrañable como fue mi muy querido amigo Guillermo Tovar de Teresa, Cronista de la Ciudad de México y erudito portentoso. Me obsequió varios CD de él, y después tuvimos otros tantos encuentros dedicados solamente a comentar la exquisitez de este autor, también olvidado por sus compatriotas norteamericanos, que como ya dije, apenas lo comenzaban a rescatar entonces. Convinimos que los gringos tenían con él una «conciencia negra» y la estaban purgando: no podían aceptar que el músico más influyente de la América Latina en su época, y al mismo tiempo creador de lo que después se ha llamado jazz, fuera un polaco francés medio judío, nacido en la Luisiana, y no Gershwin u otro.

Los músicos que hoy se afanan en performances y otras excéntricas ocurrencias, ignoran que hace más de cien años, Gottschalk realizó una majestuosa ejecución con ¡100 pianos! en Río de Janeiro, y eso quedó en los anales de la música como el concierto más grandioso de la historia: Monster concerts, se les decía. Involucraba a veces 800 músicos (toda una orquesta sinfónica completa, más varias orquestas y conjuntos particulares, en especial de música africana o afroamericana, que él llamaba genéricamente bambula). Se añadían al conjunto cañonazos, campanas y fuegos artificiales (según también hizo, pero mucho después, Chaikovski con su Obertura 1812, de 1880), como en el festejo para celebrar el aniversario de Don Pedro II, Emperador del Brasil. Basta tener en cuenta la complejidad de coordinar esto en una época donde no había celulares, ni walking talking ni ningún otro artilugio semejante.

De alguna forma, Farrés (parte de una sucesión que viene de Saumell- Espadero-Cervantes-Sánchez de Fuentes-Lecuona-Romeu), es también sin saberlo el heredero espiritual de Gottschalk; aunque el norteamericano tenía un dominio pleno y virtuoso sobre la técnica musical y el segundo no, entre ambos se establece una sutil complicidad que les permite captar las esencias, más allá de todo lo anecdótico, y legar una obra perdurable, permanente y eterna. El sureño virtuoso, alumno de Berlioz, el discípulo dilecto de Liszt, el estudiante de Chopin, el director del «concierto gigantesco» con 800 músicos, es hermano del autodidacta cubano, del rumbero generoso y carnavalero contumaz, del hombre gozoso que puso a bailar a todo un país —y lo sigue haciendo— porque los iguala algo tan indefinible pero al mismo tiempo tan existente, aunque impalpable, como es eso que llamamos, sencillamente y quitándole importancia, el genio. Porque, definitivamente, ya sea en New Orleans o en La Habana, en el mar, la vida es más sabrosa.

Tomado de © cubaencuentro

Sunday, August 30, 2026

EL FOTÓGRAFO DEL MUNDO ELEGANTE CUBANO

130 años del nacimiento de Joaquín Blez. Recuerdos y memorias.

Por Alejandro González Acosta

Joaquín Blez retrató este Desnudo en 1920. Fue el gran pionero de la fotografía del cuerpo en Cuba. 

Entre los más gratos e imborrables recuerdos de mi remota infancia y temprana adolescencia, está la estampa de Joaquín Blez y Marcé (Santiago de Cuba, 5 de diciembre, 1886 – La Habana, 7 de abril, 1974), el famoso Fotógrafo de la Sociedad Cubana, o El Artista de la Lente de Oro.

Mis padres habían decidido que nos mudáramos de El Vedado donde nací –en la Clínica Nuestra Señora del Carmen, hoy «Hospital Camilo Cienfuegos»- hasta el centro de La Habana, por el trabajo de mi papá. Tenía yo entonces unos cinco años de edad, en 1958. Ocupamos una casa colonial amplia, de altos puntales, pisos de mármol blanco, arcos de medio punto con coloridas lucetas, espesas persianas y un comedor de losetas ajedrezadas, ubicada en Neptuno 212, entre las calles de Industria y Amistad, en los altos de una tienda llamada faraónicamente «Luxor». Junto a ella, pared con pared, en Neptuno 210 y en los altos de «La Casa del Perro», tenía su estudio y vivía Blez con su familia: la esposa, la bellísima Lydia D’Otres de la Riva, y su hermana Olga. No tuvieron hijos. Se inició así un vínculo amistoso y vecinal, casi familiar, que se prolongó hasta mis 20 años de edad.

Joaquín Blez y Mercé (1886-1974)

Blez poseía una silueta imponente: alto, elegante y refinado, ostentaba una cabellera abundante y rizada con un blanco níveo, vestía como príncipe y estaba perdidamente enamorado de su bella y segunda esposa, quien lamentablemente murió demasiado joven por una cruel enfermedad, en 1972, que lo dejó desolado. No sólo era una mujer de extraordinaria belleza, sino también su musa. Apenas la sobreviviría dos años, herido de tristeza.

Entre ambas casas colindantes se mandó abrir una pequeña puerta –originalmente parece que las dos habían sido en algún momento una, según la tradición, perteneciente a un marqués español- para que yo pudiera pasar gran parte del día acompañando a Blez, quien me adoptó como un tío bonachón y consentidor. Me fascinaba revolver sus archivos y preguntarle la historia de cada una de las piezas que tenía en su casa, un verdadero museo del arte mundial. Con él también años después, ya adolescente, me iba de paseo los fines de semana, en su poderoso Buick Special de 8 cilindros, dorado y convertible, todo un acontecimiento que admiraba a quienes lo veían, y que guardaba en un estacionamiento de varios pisos en Galiano y Concordia, junto a la Iglesia de Monserrate, la cual era la parroquia que nos correspondía al barrio. Para ascender en este estacionamiento había que colgarse –literalmente- de un elevador en cinta que era toda una novedad modernista, residuo de La Habana de los años 50. Blez tenía una nutrida colección de fotografías de los diferentes automóviles que había conducido desde muy joven, auténticamente fastuosos. Ojalá se conserven esas imágenes en algún sitio.

Solíamos ir a las ruinas del Ingenio Taoro, en las afueras de La Habana, hacia el rumbo de Jaimanitas, por la carretera de Cangrejeras cerca de la playita de Santa Fe, donde se había formado y gustaba congregarse el Club de Fotógrafos de Cuba –según me dijo Blez- y me contaba mil historias divertidas que había tenido en su inquieta vida de bohemio antes de casarse con Lydia. Guardaba en su archivo numerosos testimonios gráficos de las fastuosas fiestas que se realizaron en el Casino Español de La Habana, el Miramar Yacht Club, el Havana Yacht Club y las elegantes mansiones de la entonces muy divertida burguesía cubana, donde era presencia obligada y solicitada como el fotógrafo oficial de la gente «chic». Recuerdo una foto en especial donde aparecía el joven Blez vestido como Poseidón sobre un velero colmado de flores, rodeado por una docena de hermosísimas mujeres con atuendos de sirenas, ninfas y náyades: sabía divertirse y tenía los medios para ello.

Otras veces nos íbamos al antiguo Cafetal Angerona, también en ruinas, por el rumbo de Artemisa y cerca de Cayajabos. Generalmente almorzábamos en un  antiguo restaurante de madera levantado casi sobre la playa de Baracoa en Santa Fe, que creo recordar se llamaba «El Merendero de la Puntilla», donde solía reunirse años antes el «Grupo Orígenes» en sus escapadas de Bauta (cuando no comían en el restaurante del «Hotel Hollywood») con el sacerdote Ángel M. Gaztelu, también antiguo amigo de mi familia[1]. Allí todos los pescadores viejos saludaban con sincero afecto y admiración a Blez, quien siempre les llevaba algunos obsequios y les tomaba fotos.

A mi «tío» Blez le debo el regalo de mi primera cámara fotográfica, que él apreciaba mucho y aún conservo, una formidable Rolleiflex con lente planar hecho por Carl Zeiss en Alemania, que es una pieza de colección muy celebrada por mis amigos fotógrafos, que la consideran de las mejores que han existido.

La madre de Blez fue Doña Felicia Marcé y Castellanos (1850-1941), viuda de su primer matrimonio con Oscar de Céspedes y Céspedes (1847-1870), segundo hijo varón de Carlos Manuel de Céspedes con su prima hermana, fusilado por los españoles pocos días después de su boda. Doña Felicia, entonces una joven prometida de apenas 18 años, confeccionó el 22 de octubre de 1868 la bandera cubana bendecida en el Te Deum de la Iglesia Parroquial Mayor de Bayamo, y es la que se exhibe en la Sala de Banderas del Museo de la Ciudad de La Habana o de los Capitanes Generales, pues las dos primeras no se conservaron[2]. Cuando murió en 1941, Doña Felicia –plenamente reconocida como autora material de dicha bandera- fue enterrada con honores militares correspondientes al grado de Coronel del Ejército Mambí, y recibió el título de «Libertadora Insigne». Hoy es bastante desconocida en Cuba.[3]

El padre de Blez fue un hacendado prósperamente establecido en la zona holguinera de Birán… Blez me mostró varios documentos originales de los juzgados holguineros, donde su padre demandaba en reiteradas ocasiones a un vecino colindante que se dedicaba por las noches a robarle ganado y recorrer las cercas entre sus propiedades: Ángel Castro Argiz. No sé a dónde habrán ido a parar estos documentos, pero los vi y leí[4].

De joven, Blez sintió una gran fascinación por la fotografía y entre su archivo –ahora por fortuna bien conservado en la Fototeca Nacional de Cuba gracias a la generosa donación de su cuñada, Olga D’Otres después de su muerte- había una foto borrosa por la que sentía un cariño muy especial: era sólo una pared con una grieta, bastante «movida» y fuera de foco. Me explicó así su afecto por ella: «Esa foto la tomé en Kingston, Jamaica, en 1907, durante un terremoto horroroso, y era la pared de la habitación del hotel donde me hospedaba en el preciso momento cuando se estaba rajando y desplomándose junto con todo el edificio. Después de tomarla, salté por la ventana, desde un segundo piso». Había ido a esa isla desde Santiago de Cuba, donde empezaba a trabajar entonces como aprendiz en un taller fotográfico, para conseguir imágenes por un sismo violento ocurrido unos días antes y lo sorprendió una de las réplicas.

José Raúl Capablanca (1888-1942). Foto Blez

Otra serie de fotos curiosas que conservaba Blez correspondían al primer proyecto de construcción del Capitolio Nacional. Sobre ellas publiqué hace años en la revista Opina de La Habana[5], un artículo que creo fue el primero donde se mencionaba a Blez en la Cuba actual, pues durante muchos años se silenció su presencia, por ser «el fotógrafo de los ricos»[6]. De esa época se destacaba sobre todo oficialmente al artista Constantino Arias, «el fotógrafo de los burdeles»; por fortuna, ya no es así. Captan el momento preciso, en una secuencia tomada con varias cámaras sobre trípodes disparadas sucesivamente (no existían aún los obturadores automáticos), del instante justo cuando explotaba la primera cúpula construida del Capitolio, pues su altura no logró satisfacer a los constructores y decidieron hacerla de nuevo, tal como está hoy. En la frente, algo borrada por los años, Blez lucía una cicatriz: «Es que me acerqué demasiado para tomar esas fotos y me cayó un pedazo de granito en la cabeza».

Pero Blez guardaba además muchas preciosas joyas en su colección que compartió conmigo. Por ejemplo, una serie muy completa tomada por él mismo de los frescos eróticos de Pompeya cuando apenas se había abierto el sitio arqueológico a la visita de los curiosos. Aparecían ahí príapos voladores, belerofontes enhiestos y mil desnudos en imaginativas y explícitas posturas que incentivaron mi juvenil secreción hormonal.

Libros no le conocí muchos, pero gustaba especialmente de dos autores italianos a los que trató personalmente: «Pitigrilli» (Dino Segre, Turín, 1893-1975) y Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956), que eran sus estrictos contemporáneos.

De Alemania guardaba un recuerdo muy especial: 

Esos años de entreguerras en Berlín fueron gloriosos. El lujo y los placeres eran grandiosos. Había un frenesí desatado después de la Gran Guerra para vivir a toda velocidad y disfrutar al máximo. Los cabarets eran únicos: lo que parecía mármol, era mármol, y lo que relucía como oro, era realmente oro. ¡Qué mujeres! Había sitios con un sistema en que las mesas podían bajarse a un sótano para tener más privacidad… 

Allí vio, en una cervecería de Múnich, subido sobre una mesa, gritando furioso y gesticulando como orate, un pálido joven de intensos ojos azules, quien hipnotizaba a la concurrencia: Adolfo Hitler. Luego buscó, compró y conservó los dos tomos de la primera edición de Mi lucha (1925 y 1928), que pude examinar.

También, guardaba una serie de fotografías de juventud que le tomó a una enigmática princesa hindú, quien residió un tiempo en La Habana haciendo demostraciones de sus bailes exóticos. Parece que no era hindú ni bailarina, sino una aventurera muy similar a la famosa Mata Hari, y Blez me dijo que lo supo por confesión de ella, pues fueron amantes.

Blez estudió diseño y composición en Florencia y procedimientos químicos en Berlín, cuando apenas finalizaba la Primera Guerra Mundial –la Gran Guerra, como se la llamó pensando que nunca habría otra barbarie semejante que le siguiera- y contaba regocijado la vida principesca que disfrutó en esa Europa devastada, pues provenía de la próspera Cuba con suficientes recursos para satisfacer sus necesidades y caprichos: entonces compró una enorme cantidad de objetos de arte y antigüedades que le sirvieron para montar su estudio fotográfico, considerado como el más elegante de Cuba en esa época. En medio de esa profusa escenografía se podían encontrar armaduras medievales, bargueños renacentistas, varios muebles firmados por Boulle, y un espléndido mueble de fina marquetería de tres cuerpos, con un gran espejo biselado central: «En ese mueble colgaron sus sombreros y sus paraguas los hombres más eminentes de Francia, hasta Napoleón III: era de Sarah Bernhardt». En la mano solía llevar un anillo precioso, de delicada factura, cincelado por Benvenuto Cellini y que adquirió «por una bicoca» en Florencia, según me dijo.

Blez conservó su claridad mental y artística hasta los meses finales de su vida. Lo acompañé una de las últimas veces que salió de su casa, pues me propuso visitar la casa de un antiguo amigo suyo, Orestes Ferrara, ya convertida entonces en el Museo Napoleónico. Allí deambulamos y él recordó numerosas anécdotas de ese tiempo que ya se había ido, dejándolo a él como uno de los últimos sobrevivientes: era la gran época de los años 20 al 50 en Cuba, donde fue, cuando no protagonista, muchas veces espectador –y memorialista- de primera fila. Varias de mis fotografías infantiles fueron realizadas por Blez e ilustran este texto. Y en especial la última que creo tomó, pues a los pocos días ya cayó en cama postrado por una hemiplejia y murió un par de meses después, a los 88 años de edad, atendido amorosamente por su cuñada, la paciente Olga, que lo veneraba como a un padre, y rodeado por sus sobrinos «Muñeca» y Pepito y todos los que le queríamos.

En esa última foto estoy sentado en una banca del jardín del Museo Napoleónico, y llevo en la mano el bastón de Blez, una gruesa y ligera caña de Indias, con empuñadura de marfil y un monograma en oro donde aparecían entrelazadas sus iniciales, JBM: era el apoyo final de aquel artista de fama internacional, que fotografió toda una época, del que hay cuatro obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, y quien se llevó a la tumba el secreto para sensibilizar la porcelana, el marfil y el terciopelo donde imprimía sus imágenes.

Descanse en paz, en la gloria de su arte, mi «tío» Joaquín Blez, tesoro cubano por fin en vías de recuperación. Este 2016, el 5 de diciembre próximo, se cumplirán 130 años de su natalicio; sirva esta evocación como un sencillo pero sincero y emocionado homenaje anticipado. Debe estar ahora muy ocupado allá arriba, tomando fotos maravillosas de ángeles y santos, dándoles, con la magia de su lente, una reforzada inmortalidad dentro de la misma inmortalidad celestial.

Notas del artículo

1.  Años después, regresé por esos rumbos precisamente con el Padre Gaztelu, para escribir un reportaje sobre la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad de Baracoa, con un diseño que recordaba a Le Corbusier, del arquitecto Eugenio Batista, con obras importantes de los pintores René Portocarrero y Mariano Rodríguez y el escultor Alfredo Lozano. Mi trabajo se publicó en la revista Cuba Internacional: «Dos iglesias, dos pintores», Sección Contrapunto, La Habana, julio de 1983, p. 61. En esa época el Padre Gaztelu estaba muy marginado de la cultura oficial por su cercanía con José Lezama Lima (muerto en 1976). Al año siguiente -1984- se exilió en Miami, donde lo visité varias veces. Falleció en 2003.

2.  La primera bandera cubana, como se sabe, fue confeccionada apresuradamente, con materiales bastos y perecederos, por Candelaria Acosta Fontaigne, «Cambula», hija del mayoral de Céspedes y, ya viudo este de su primera esposa, su amante; después, Isabel Vázquez y Moreno, casada con Pedro (Perucho) Figueredo y sus hijas (Candelaria, Eulalia, Blanca, Eloísa, Piedad y María) hicieron una segunda, con mejor resultado que la anterior pero aún imperfecta. Como ninguna de las dos cumplió con lo deseado por Carlos Manuel de Céspedes, le encargó a su futura nuera Felicia la confección de una enseña con materiales de primera y con arreglo a las normas de la heráldica. Fue cosida a máquina y con la estrella perfectamente delineada a compás, todo lo contrario de la de «Cambula», cosida a mano, como puede demostrar cualquier sencillo examen directo.

3.  La página oficial cubana EcuRed dice: «aunque no se cuenta con datos fidedignos acerca de su aspecto físico, cabe suponer que haya sido una mujer blanca...» De su vínculo con el Padre de la Patria, su suegro, no se menciona nada. También está bastante errada la entrada «Bandera de La Demajagua» del mismo sitio EcuRed, pues confunde los datos y afirma que la bandera hoy conservada es la de «Cambula», punto que, según se aclaró hace muchos años, no es así. También vinculan a Felicia Marcé casada con un coronel Manuel Milanés Céspedes, cosa que no es cierta.

4.  Conozco la existencia, pero no la he examinado, de una caja de documentos titulada «Blez Family Papers (1863-1941)» en la Cuban Heritage Collection de la University of Miami.

5. «El Capitolio dinamitado», Opina, La Habana, Nº 41, Diciembre de 1982, p. 23.

6.  Afortunadamente, la sensatez se ha impuesto finalmente y desde hace algunos años el arte de Blez se ha venido recuperando y estudiando por especialistas muy capaces. En la Fototeca Nacional de Cuba su obra ocupa hoy un merecido y durante mucho tiempo negado lugar de honor.

Del Autor

Alejandro González Acosta

La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.

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Tomado de: Este Lunes

Thursday, April 30, 2026

PARA UNA EPISTEMOLOGÍA DEL EXILIO CUBANO

Por Alejandro González Acosta

La historia de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado, sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones. 


@Eleomar Puente

Al presentar en 1996 la Fundación Hispano-Cubana en Madrid, Mario Vargas Llosa afirmó: “El exilio cubano ha sido el más calumniado, difamado y satanizado del que tenga recuerdo”. Esto es una gran verdad comprobable y persistente en muchas partes. Pero, además, en los casos especiales del exilio cubano en todos los países de una extensa geografía, excepto quizá en los Estados Unidos, ha sido de los más ignorados y acallados.

Por otro lado, son muy pocos en la historia los exilios tan prolongados como el cubano: son 60 años ya, que suman al menos cuatro generaciones (si aceptamos el lapso de 15 años más empleado para definirlas), y ello ha determinado su subdivisión y creciente complejidad: se trata de un fenómeno que incluye a padres, hijos, nietos y hasta bisnietos en muchos casos. Cada oleada ha tenido su propia motivación y configuración, lo cual determina una psicología especial como grupo, y hasta una percepción propia del exilio y la forma de asumirlo y entenderlo.

Ante el exilio que provocó, el régimen castrista siempre ha mantenido una posición de fuerza y control, como el triunfador después de una guerra civil excluyente que derivó en totalitaria por decisión personal –pero compartida colectivamente por gran parte del pueblo cubano– de su máximo líder. De tal suerte, en relación con el exilio y los emigrados, siempre se ha reservado –y utilizado ampliamente– el “derecho de admisión”, de forma totalmente arbitraria y visceral, escudado en su muy particular y adulterada concepción de la “soberanía nacional” y de la “autodeterminación del pueblo” (la cual ha monopolizado), que es la más refulgente y empleada excusa para ejercer su control totalitario, al mismo tiempo que una afilada “Espada de Damocles” –o mejor aún “Machete de Castro” – pendiente siempre sobre las cabezas de sus rehenes, ya sean los recluidos en la isla, o los que aceptan regresar –transitoria o definitivamente– en algún momento a ella. Condicionar la aceptación del ingreso al país a su “buena conducta”, establece un mecanismo de control y atemorizamiento sutil o descarnado, según se requiera. Lo especialmente perverso del régimen es que no sólo controla y manipula la psiquis de sus reprimidos más inmediatos, sino también la de sus deudos y amistades, lo cual ha establecido una amplia red de vigilancia y amenazas de largo alcance: son rehenes a distancia, teledirigidos, sin estar demasiado conscientes de ello en muchos casos, pues esta imposición se acepta de forma resignadamente pasiva.

La gabela que les impone es tanto material –pagar altas sumas por pasaportes, permisos y renovaciones– como moral (el silencio cómplice, el apoyo tácito), que apaga el grito más comprometedor: en muchas partes, las llamadas “asociaciones de amistad” creadas y controladas desde las mismas embajadas castristas, son las “brigadas de respuesta rápida” (o retardada y de liberación prolongada, en las dosis necesarias), ubicadas atinadamente en puntos estratégicos para la geopolítica del régimen en el exterior. Este advierte: El compañero que te atiende viaja contigo y te sigue vigilante, o al menos finge o simula que lo hace, para hacer permanente un estado de peligro, temor y zozobra, angustiosa y paranoide. El cubano promedio, sometido a ese régimen de vigilancia y de “la selva de mil ojos” en la isla, cuando emigra tarda mucho –si lo logra– en desprenderse de esa sensación de estar bajo permanente observación.

Exilio, éxodo, destierro y diáspora:

@Eleomar Puente. Frozen Dreams

El exilio es un hecho físico (geográfico), temporal, material y espiritual, de origen político (histórico). Es también una cultura y una experiencia vital, de una persona, un grupo, toda una nación o parte de ella, durante una o varias generaciones, mientras dure la causa que la creó. Tiene que ver con la memoria, la historia del grupo y la identidad colectiva e individual. Tiene, también, su propia dinámica especial y sus mecanismos propios de adaptación y mimesis, según el caso. El éxodo es el traslado de un pueblo o una familia ocasionado por causas externas (políticas, históricas, geográficas y hasta climáticas). El destierro es el castigo de un gobierno o una persona de autoridad contra alguien o algunos ciudadanos en particular.

Todas las anteriores son formas de la emigración, que es el fenómeno que engloba a todas. La diáspora –vocablo de origen agrícola, pues significa la dispersión de las semillas– es una manera polisémica y en ocasiones eufemística de referirse a una emigración, ya sea exilio, destierro o éxodo. Aunque desde hace tiempo se trata de imponer desde la visión del régimen castrista una diferencia entre migración económica y política, en verdad, la primera sólo debería referirse propiamente a fenómenos climáticos (sequías, hambrunas, inundaciones y otros desastres naturales), pues realmente la migración política incluye la económica: gobiernos totalitarios, corrompidos y tiránicos, afectan las condiciones materiales de vida de las naciones, además de la vida política, pues una es el reflejo y la consecuencia de la otra. En definitiva, la propia definición del individuo ante su misma situación de extrañamiento, representa cómo se asume y cómo actúa ante esa situación, por la cual se trasladó hacia otro país distinto al nativo, pero a los efectos de un estudio, eso no resulta significativo, pues su misma subjetividad no puede afectar la objetividad sistemática del mismo. Es resumen: un emigrado o emigrante puede sentirse, asumirse o hasta autonombrarse “exiliado”, “desterrado”, “diasporizado” o “transterrado”, pero de acuerdo con su origen esencial eso no afecta su misma definición: él es más allá de lo que dice ser.

Por lo anterior, exiliados o desterrados, refugiados o asilados, expatriados –por decisión personal- o emigrados, cada quien en esta condición anómala (porque lo natural es morir donde uno nació y forjó su vida) asume su propia condición, aunque eso no signifique necesariamente que la misma se ajuste a su propia esencia. La gente en general se ve como se quiere ver, no como realmente es. Es lo que Freud definió como el yo en sí y el yo para sí. Y el fenómeno cruel de exilio es también un espejo, en el cual muchos no resisten mirarse, por la terrible imagen que se les devuelve de ellos mismos desde la implacable y verídica superficie pulida.

Torre de la Libertad del Miami Dade
@AGS

Quienes asumen un éxodo, siempre lo hacen en contra de una autoridad represiva o con la cual no se sienten confortables o seguros: Moisés –y en su origen divino Jehová, como causa eficiente– obliga al Faraón con las famosas Diez plagas de Egipto, para que permita la salida de los hebreos hacia la Tierra Prometida. No es una decisión libre del monarca egipcio, y el mismo origen divino del desplazamiento, parece autorizarlo, legitimarlo y bendecirlo. El éxodo hebreo se produce desde un lugar de opresión ajeno, a otro nuevo espacio de liberación propio: de esclavo en suelo extranjero el sujeto pasa a ser libre en un suelo ya propio. Pero cuando es la propia autoridad la que arroja y extraña a sus connacionales, no se trata de un éxodo, sino de una expulsión o destierro, como las decretadas contra los judíos y los moriscos españoles, en tiempos de los Reyes Católicos y sus sucesores.

Cuando quienes salen de su país nativo –por decisión propia o ajena, libre u obligadamente-  y se dispersan entre varios países o comunidades, y pierden parte de su identidad para integrarse progresivamente en sus lugares receptores, esto puede considerarse una diáspora: son semillas dispersas que germinan en otro suelo y se dispersan y fructifican. Dis: separar, sporas: semillas. El elemento extraño entra en simbiosis con su nueva realidad e interactúa con ella, y al mismo tiempo que recibe de la misma, aporta algunos de sus rasgos para formar una nueva identidad.

Cuando una cantidad significativa se traslada fuera de su origen y se concentra en uno o varios núcleos distintivos y distinguibles, pero conservan en lo posible su identidad por decisión propia dentro del receptor, eso es un transtierro, pues no renuncia al regreso al origen, y es una forma consciente de exilio, la cual también tiene el riesgo de conducir al gueto, o núcleo enquistado dentro de una sociedad a la cual siempre considera ajena e irreconciliable. El transtierro puede ser también una variante de la auto segregación.

La subjetividad influye poderosamente en la autodefinición de la situación personal ante la condición del exilio, pero no es significativa a los efectos del análisis sociopolítico y estadístico: el emigrado puede asumirse como exiliado o dispersado (o diasporizado), pero su imagen propia en realidad no define su ubicación grupal. Digamos que, de acuerdo con el nivel de asunción y autoconocimiento, existen “exilios en sí” y “exilios para sí”. La dialéctica social entre sus miembros también define cada caso.

Desde la formación de los estados nacionales a fines de la Edad Media, todo movimiento poblacional –pacífico o bélico– de una comunidad o país con rasgos de cierta comunidad, hacia otro de forma no autorizada o consensuada, es considerado una invasión, y está sujeto a las leyes y las costumbres. Anteriormente, las invasiones de los bárbaros en los restos del decadente Imperio Romano, o las invasiones de los godos hacia las regiones celtíberas, o de los musulmanes contra los godos, fueron fenómenos típicos de expansión territorial y de conquista, muchas veces generadores de nuevas culturas o civilizaciones, como la helénica que impulsa Alejandro Magno en el Asia, y la mozárabe, que funde los elementos ibéricos y árabes en España.

Los grandes traslados periódicos y transitorios de índole religiosa, como el viaje ritual de los creyentes musulmanes a La Meca y Medina, o de los católicos a Roma, Santiago de Compostela, Guadalupe de México, Fátima en Portugal o Lourdes en Francia, son peregrinaciones, éxodos simbólicos de purificación y perfeccionamiento, voluntarios y reversibles.

La historia de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado, sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones. La más antigua de éstas parece ser la del temprano Homo Sapiens, desde su origen africano hacia Europa y Asia. Más recientes, pero igualmente remotas, las oleadas migratorias que a través del Estrecho de Bering fueron poblando el continente americano de Norte a Sur.

Cuando un grupo intenta desplazar a otros ya establecidos y prevalecer sobre ellos, esto es una invasión y constituye un proceso de dominio y vasallaje, lo mismo si son egipcios, asirios, macedonios, romanos, godos, normandos, árabes, españoles, portugueses, franceses o ingleses; pero esto no excluye la posibilidad de ciertos avances civilizatorios: la conquista del imperio persa por Alejandro Magno creó la cultura helenística, lo mismo que el derecho romano benefició a las primitivas hordas salvajes europeas, y los árabes impulsaron el conocimiento y el refinamiento de los godos ibéricos, así como los normandos invasores pulieron a los sajones primitivos para crear una cultura inglesa, y sólo los miopes adictos a la Leyenda Negra contra España pueden persistir en negar el progreso que hasta los muchas veces brutales conquistadores españoles, pero también los piadosos religiosos evangelizadores de diversas procedencias, impusieron en las regiones conquistadas de América: cada pueblo dominante (es decir, el vencedor), tiene la convicción de ser superior al dominado, y esta consciencia es la base de su dominio y su legitimidad, sea cierto o no.

Todo exilio implica un movimiento impulsado por fuerzas ajenas al sujeto. Tzvetan Todorov se ha ocupado sustantivamente de los mecanismos y procedimientos del exilio en El hombre desplazado (Buenos Aires, Taurus, 2008). Pero no es el viaje como experiencia voluntaria, en un proceso de aprendizaje y perfeccionamiento (lo que Goethe llamó Bildungsreise, el “viaje educativo”, el cual se recomendaba a los jóvenes europeos de su época, como parte de su formación personal), sino tiene que ver con el naufragio, la huida, la orfandad, el escape, el dejar todo atrás y empezar de nuevo bajo otro cielo, muchas veces desde cero.

Una filósofa española muy cercana a Cuba, María Zambrano, no sólo fue una exiliada, sino devino en una teórica del tema. Con su propia experiencia como sustento, dijo:

Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de una patria desconocida. Una patria que, una vez que se conoce, es irrenunciable. Creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par cósmicos.

En esta definición entre filosófica y poética, puede advertirse la noción del exilio también como posibilidad para el crecimiento, en lo cual subyace una cierta reminiscencia estoica: entre los clásicos latinos, el propio Séneca vivió y de alguna forma disfrutó el exilio (curiosamente, se sentía más exiliado de Roma que de su natal Córdoba), así como Ovidio, Horacio y Cicerón, quien terminó por definir resignadamente: “Ubi panis, ibi patria”; definición que el cubano José María Heredia rectificó románticamente casi dos mil años después, para convertirla en su divisa personal y exlibris: “Ubi pacis et libertas, ibi patria”.

@Eleomar Puente / "The dreams bloom" / 80" x 90" in / A/C / 2024

El asunto del desarraigamiento que implica el exilio, tiene también componentes emocionales personales muy determinantes: la actitud individual que se asume ante esta experiencia traumática, contribuye de otro modo para su propia definición, en un diapasón de sentimientos que van desde la nostalgia, la melancolía, la desposesión, la mutilación, la resignación, la culpa, la adaptación y la rabia, hasta la rebeldía, la recuperación del origen y la voluntad del regreso y su reintegración.

El exilio está en el origen mismo y en la entraña más íntima de la historia humana: para la Biblia, Adán y Eva fueron exiliados del Jardín del Edén por su desobediencia, soberbia y apetito de conocimiento: se les castigó apartándolos, por la fuerza, del sitio donde habían nacido. Pero, además, la historia demuestra que, desde la cuna de los primeros homínidos en África, se produjeron grandes éxodos, formidables traslados naturales que dispersaron la raza humana por todo el planeta.

Mas la noción real del exilio como lo entendemos hoy, nace con el concepto de patria, aunque esta sea una ciudad: exiliados romanos fueron Horacio y Virgilio, como Dante Alighieri lo fue de Florencia. El Pentateuco incluye la relación de un viaje liberador: el Éxodo, que llevó a los esclavos hebreos desde Egipto hasta la Tierra Prometida, guiados por Moisés, quien simbólicamente, nunca llegó a la misma, pues murió a la vista de ella. Cumplió su misión hasta el punto que le resultó humanamente posible, pero no cosechó nunca el fruto final de su esfuerzo liberador, lo cual suele ocurrir con los guías de esclavos que buscan su emancipación: no siempre quienes inician las grandes liberaciones las culminan; generalmente, es todo lo contrario, desde Espartaco hasta Carlos Manuel de Céspedes.

Ha habido exilios como resultado de destierros: los monarcas católicos de toda Europa –salvo contadas excepciones– arrojaron a los judíos fuera de sus fronteras. España, además, expulsó a los moriscos sobrevivientes de la Reconquista. Luego, los mismos reyes cristianos extrañaron de sus reinos en el momento indicado a los jesuitas, tanto de España y Portugal, como de Francia e Inglaterra. Todos estos sujetos apartados de su origen nativo se consideraron desterrados y arrojados de su patria. Al ser obligados a irse por la fuerza, se llevaron con ellos un pedazo de aquella.

Modernamente, en el vocabulario de las emigraciones, se han incorporado las nociones de refugiado y asilado. La primera define el concepto de abrigo humanitario por razones de desastres diversos, pero fundamentalmente naturales, y la segunda se reserva para quienes se acogen al Derecho de Asilo, consagrado por el Pacto de Montevideo de 1933 (confirmados después en las Convenciones de Viena de 1969 y 1986), para pedir cobijo en sedes diplomáticas y por extensión, en los países suscriptores. La Organización de las Naciones Unidas (fundada en 1948) tiene una división especializada para la atención de los refugiados, la ACNUR, y los asilados corresponden a las diferentes cancillerías de los países involucrados. Este es un privilegio antiguo que proviene del derecho romano, feudal y eclesiástico: los templos (paganos y cristianos), así como algunas mansiones nobiliarias, gozaban de privilegios y fueros que convertían su espacio en sitios sagrados. Actualmente, las embajadas reclaman la defensa del principio de extraterritorialidad para sus sedes, y sus representantes disfrutan de las prebendas que los eximen y protegen.

En la Antigüedad, existía también la figura de la interdicción y la proscripción: ambas suspendían los derechos del ciudadano y lo expulsaban de sus comunidades, y hasta autorizaban matarlos por parte de cualquiera que los sorprendiera si violaban su destierro… Un proscrito era una no persona, un ser cuya vida no valía nada, pues había sido excluido de su origen: era un hijo negado por su madre.

Hay que asumir, sin embargo, una distinción esencial entre lo que es un emigrado y un exiliado. El primero se encuentra, en primera instancia, motivado por impulsos sociales, económicos, o particulares: puede sostener una relación apolítica y tersa con el gobierno de su país de origen, e incluso hasta colaborar con él, aunque éste sea indirectamente responsable de su emigración. El exiliado, por el contrario, se asume y se expresa directa y claramente como un transterrado[1] por cuestiones políticas, de las cuales se pueden derivar otras motivaciones (materiales, espirituales, personales). Un emigrado es un sujeto puramente social; en cambio, un exiliado, aún a su pesar, es un ente esencialmente político. El hecho de “residir” en un país ajeno al propio no confiere la condición de exiliado, pues sólo la participación franca y activa contra el régimen que lo convirtió en tal puede sustentarlo.

Debe distinguirse, por justicia y por propiedad, entre una y otra condición, aunque puede darse el caso que una persona que comenzó siendo “residente” o “inmigrante”, después asuma un compromiso más activo y se presente ya como “exiliado”. Pero ello requiere hechos y acciones, no sólo declaraciones (generalmente en consonancia con el contexto donde se expresan), a mi modo de ver; mucho más tratándose de una materia tan compleja e históricamente mutable como es la actuación cubana en el exterior: un emigrante es un sujeto social pasivo; un exiliado es un sujeto político activo. Uno es, malgré tout, colaborador; el otro es, per se, opositor.

Un ejemplo elocuente de la transformación de los migrantes la puede ofrecer el caso de los tabaqueros cubanos de Tampa, en el siglo XIX: en principio, fueron emigrados económicos, buscando mejores oportunidades en sentido general, aunque al apoyar con sus contribuciones las gestiones para la independencia realizadas por José Martí y otros revolucionarios, asumen su condición de exiliados. Sin embargo, no puede pasarse por alto el hecho que cuando decidieron salir de Cuba para buscar mejores condiciones de vida en los Estados Unidos, por el estado de ruina que las guerras habían ocasionado en la isla, aunque su causa inmediata fue económica, en última instancia ésta tuvo un origen político.

La relación entre el gobierno tiránico impuesto en la isla y el exilio no ha sido monolítica ni estática. Primero fue el odio feroz contra quienes escaparon, condenados sin apelación a un ostracismo eterno e inapelable y sujetos a agresiones y privaciones múltiples; en los pasaportes se estampaba el aviso que era como una condena de muerte: sin regreso al país; luego vino el silencio y la difusión de mentiras de que a quienes habían abandonado el país “les iba mal”, “los médicos limpiaban pisos”, “los abogados trabajaban en fábricas”, “nadie los saludaba”, “se caían en la calle y nadie los ayudaba”, “morían de frío y hambre”, “los negros son discriminados”…

Después los ideólogos de la tiranía castrista tuvieron que asumir, ante la evidencia de lo inocuo de sus distorsiones, la indiferencia y una falsa superioridad, y más tarde hasta una fingida neutralidad interesada, para lo cual impusieron el concepto de la “diáspora”, maniobra diversionista y distractiva que eludía la verdadera y dolorosa raíz del problema o conflicto: esa fue una forma retórica propagandística, copiada de Goebbels, para silenciar o neutralizar el exilio. Dispersaron entonces una espesa neblina propagandística en el Estrecho de la Florida, destinada a difuminar la, para ellos y su régimen, crecientemente amenazante silueta de un Miami (símbolo del exilio en los Estados Unidos, en particular, y en general en todo el planeta) triunfal y sibarítico en su mismo horizonte, mientras el territorio nacional se veía cada día más decadente y ruinoso.

Antes, los “de allá”, los que se habían marchado, se ilusionaban al principio de su destierro al creer ver a lo lejos el resplandor de las luces de una Habana ya perdida; pero ahora, “los de acá”, rodeados por sombras y ruinas, como el sediento viajero del desierto engañado por el espejismo del oasis, aseguran ver “en las noches más claras”, según cuidan de especificar para darle un cierto sentido racional a su afirmación, los destellos del otrora odiado y siempre envidiado Miami, como invitación, tentación, promesa y meta.

Pero debe enfatizarse que el exilio cubano tiene ciertas especificidades muy profundas y propias. Regresemos al Génesis: cuando Adán y Eva, los originales bíblicos, fueron expulsados del Jardín del Edén, lo hicieron con el dolor por la pérdida del Paraíso. Sus actuales émulos cubanos, cuando hoy abandonan el que solía ser el vergel tropical de las delicias, lo hacen sintiendo una alegría liberadora, porque ya aquello no es el paraíso y comienza a parecerse demasiado al infierno, y así lo será aún más cada día: ese infierno (por todos) tan temido, como dijo en una de sus visiones nocturnas Juan Carlos Onetti. Y los que suelen volver –adánicos readmitidos temporalmente, por graciosa y costosa concesión del siempre vigilante portero Cancerbero– con cierta periodicidad, confiesan que al abandonarlo de nuevo para regresar a la que ya es la otra su casa –porque aquélla “ya no es tu casa, ni tú eres ya Antonio el Camborio”, como diría Federico García Lorca– más que tristeza, sienten una profunda, intensa y casi culpable sensación de alivio: esos son los resultados de aceptar una esclavitud voluntaria y a veces hasta gozosa; o lo que es decir, la mentalidad del sobreviviente.

La “dulce Cuba” sigue siendo, con una espantosa fidelidad y fijeza, como dijo hace más de dos siglos el primer exiliado cubano, José María Heredia, ese triste lugar donde “en su seno se miran, en el grado más alto y profundo, las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral”.

(*) Tomado del anuario Histórico Cubanoamericano #3 (2019): págs. 20-32.


[1] Término propuesto por el filósofo español José Gaos, exiliado en México. El novelista cubano José Manuel Prieto ha propuesto, en su proyecto de cosmopolitización expresada en Rex, la clasificación para esta etapa, “una anterior a 1917 e incluso hasta 1789”, el concepto de “viajero” para el desarraigado que vive en otro país, por las razones que sean, como parte de sus ideas políticas, o como parte del “bildungsreise” o “viaje educativo”, concepto introducido por Goethe, Hegel y Heine. Soy (dice Prieto) “un extranjero a todas luces (…) sólo hay un pequeño territorio en todo el globo donde no solo soy; lo soy, por ende, más que cualquier otra cosa…”