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Tuesday, March 24, 2020

Casa Gato

Por Mimi Belt-González


La Casa Gato, que se encuentra en 1209 Virginia Street, en Cayo Hueso, alguna vez fue conocida como el Hospital Mercedes.




Eduardo Hidalgo Gato, inmigrante cubano y fabricante de tabacos, la construyó para su familia en 1887. En 1911 donó la gran casa familiar a un grupo de filántropos cubanos en Cayo Hueso a fin de habilitarla como hospital para pobres, con una sola condición: que al hospital le pusieran por nombre el de su esposa, Mercedes. Y fue así como Casa Gato pasó a llamarse La Casa del Pobre Mercedes Hospital, abreviado usualmente como Mercedes Hospital.



En 1919 Eduardo H. Gato vendió la propiedad a la ciudad de Cayo Hueso, y la casa fue trasladada a lomo de mula, según cuentan, a su ubicación de hoy. Con el tiempo, el terreno de la casa original pasó a ser Bayfront Park, donde hay un árbol sembrado en honor del generoso inmigrante cubano.



María Gutsens, una abnegada enfermera a quien recuerdan como un ángel o una santa, dirigió el Hospital Mercedes durante casi todo su funcionamiento. A comienzos de la Segunda Guerra Mundial el hospital cerró sus puertas, y al cabo de unos años se convirtió en edificio de apartamentos. Algunos residentes aseguran que el espíritu de María recorre los pasillos.



Hoy, Casa Gato figura en el Registro Nacional de Sitios Históricos, y conserva su reputación de casa encantada.

Wednesday, March 18, 2020

La casa del Manifiesto de Montecristi


Por Camilo Venegas Yero
El autor junto al también escritor Alejandro Aguilera
El 2 de septiembre de 1888, Máximo Gómez escribió en su diario: “Nuevas y gratas impresiones al pisar por tercera vez las playas de mi tierra natal”. Volvía a su país con la intención de dedicarse al cultivo del tabaco (con la ayuda de vegueros cubanos) y la ganadería.

Venía de largos viajes y, para decirlo con sus propias palabras, de la “más espantosa miseria”. Además de anotar todo lo que hacía, el guerrero dejaba constancia de sus reflexiones: “Las grandes tiranías requieren grandes hérores”, afirmó. “Siguen los cubanos en su indeferentismo hacia mí”, confesó.

El general Ulises Heureaux le ofreció protección y el empresario Alejandro Grullón ayuda económica. Las cosechas fueron “mezquinas”. Los vegueros cubanos, también. El 11 de septiembre de 1892, cuando compartió con Martí, primero un café y después un ron, Gómez era un hombre desesperado.

“Martí viene a nombre de Cuba, anda predicando los dolores de la Patria, enseña sus cadenas, pide dinero”, anota. La casa, convertida hoy en un precario museo, parece un escenografía de una puesta en escena que no se repondrá más. Pero aún es útil para imaginarse los personajes moviéndose dentro de ella.

Siempre que vamos a Montecristi (al pie del Morro, una majestuosa elevación en la costa, hay un hotel que nos gusta mucho), pasamos horas en la casa donde vivieron Manana y Máximo. He leído todo lo que ha caído en mis manos sobre los días que compartieron Gómez y Martí en aquel espacio.

Ahí adentro, mientras el Delegado invitaba al guerrero, “sin temor de negativa, a este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que ofrecerle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”. Luces siempre ténues. Calor y mosquitos. Lo estricto.

Aún cuando se sentían vigilados, de seguro se sentaron en el portal y caminaron por los alrededores. Eso no está en ningún libro. Tampoco lo que hacían Manana, Panchito y las niñas entre ellos. La vida cotidiana de la casa del Manifiesto de Montecristi: siempre que estoy dentro de ella, trato de imaginarme eso.

Tuesday, February 25, 2020

El museo y la montaña


El palacio Westman, antigua sede del Museo de Historia Natural y lugar de trabajo de Erik Ekman en Suecia

Por Ernesto Fumero Ferreiro
En la foto de arriba aparece un edificio de Estocolmo donde, durante seis años, trabajó un científico sueco que tendría cierta conexión con Cuba. Entre otras cosas es la primera persona que se conoce llegó a la cima del Pico Turquino.


El edificio como tal es un palacete construído en el año 1800 por un magnate de la construcción, como vivienda para su familia. Actualmente radican en él oficinas y es la sede de una veintena de organismos, desde agencias estatales como el Consejo Sueco para la Enseñanza Superior hasta la representación local de la firma Bacardí. Entre 1828 y 1916 el edificio fue propiedad de la Academia de Ciencias Sueca y sede de su colección de historia natural, lo que con el tiempo se convertiría en el Museo de Historia Natural.


Esta era la época en que los museos de historia natural estaban de moda y la colección sueca aumentaba su volumen cada año así que en 1901 la Academia comenzó a construir la actual sede del museo a donde se mudarían en 1916. 

La sala de mamíferos del Museo de Historia Natural durante la época en que Ekman trabajó allí
Pero sería en este edificio donde el museo contrataría para su Departamento de Botánica a Erik Leonard Ekman, en marzo de 1908. Ekman se había graduado en Botánica el año anterior, en la Universidad de Lund, y acababa de pasarse tres meses en Argentina coleccionando plantas. Durante sus años en el museo Ekman escribió una serie de artículos de botánica, especializándose en la flora sudamericana, mostrando en ello un especial talento para la sistematización de las plantas. Sin embargo, al parecer el trabajo de oficina en el museo no era todo a lo que Erik aspiraba y en 1913 envió una solicitud para un estipendio que le financiara dos años de trabajo de campo en Sudamérica. El estipendio le fue aprobado y en febrero de 1914 dejaba el museo y Estocolmo. Su primera parada fue nuevamente en Lund, donde defendió su tesis de doctorado el 2 de marzo y unos días más tarde partía con rumbo a América.
Erik Ekman


La idea era pasarse dos años en Brasil, en la zona de Pernambuco, pero a petición de dos profesores, la Academia de Ciencias le puso como condición al estipendio que hiciera una parada en el Caribe, a coleccionar ciertas especies. Debería pasarse un mes en Cuba y ocho meses en La Española, antes de seguir viaje a Brasil. A Erik Ekman no le gustaba mucho la idea pero no tenía otro remedio que aceptarla así que en abril de 1914 llegaba en barco a la Habana. Inmediatamente se puso a coleccionar plantas en los alrededores de la ciudad pero pronto sus planes de viajar en un mes tuvieron contratiempos. Primero hubo un brote epidémico en Cuba que limitaba sus posibilidades de viaje, luego esas posibilidades se vieron limitadas por revueltas violentas en Haití y República Dominicana; para el verano comenzaba la Primera Guerra Mundial, lo que hacía el viaje más difícil aún. A todas estas, Erik descubría que la flora cubana estaba mucho menos clasificada que lo que se sabía y que habían cientos de especies desconocidas para las Ciencias. Para acortar la historia: la estancia de un mes en Cuba se convirtieron en diez años.

Cuando Erik se dio cuenta que estaría en Cuba más tiempo de lo esperado decidió irse a Oriente y más específicamente al pueblo de Bayate, del que había oído hablar en la Habana. En Bayate había un asentamiento sueco con varios cientos de habitantes nórdicos. La mayoría venían de otros asentamientos suecos en Minnesota y otras regiones en Estados Unidos, pero otros habían venido directamente de Suecia. Los colonos suecos se dedicaban principalmente a la producción de azúcar, aprovechando los altos precios del producto en esa época y habían construído hasta su propio central (el Palmarito del Cauto) desde donde se transportaba el azúcar en tren hasta Santiago. (La zona de Bayate se encuentra actualmente cubierta por el embalse de agua Protesta de Baraguá. Lo único que quedó fuera del agua fue el cementerio que actualmente queda en las afueras del poblado Mella, antiguo Miranda.)
Celebración sueca de Midsommar en el pueblo de Bayate, Oriente
En Bayate Ekman se dedicó a coleccionar plantas, muchas de ellas, como ya se ha contado, totalmente desconocidas. Desde allí salía a sus expediciones que a veces duraban meses. En estas acostumbraba a dormir en tiendas de campaña o simplemente en hamacas a la intemperie. Pero Ekman no se contentaba con las plantas y quería también un poco de aventuras así que un día de abril de 1915 le pidió a su amigo Johan Nyström que le acompañara a subir la montaña más alta de Cuba, el pico Turquino, de la que había oído que nadie nunca había escalado. Johan, además de su finca, era el dueño del Nyströms Café & Restaurang, donde él y su esposa Cristina servían especialidades suecas. Ya para abril la zafra azucarera había terminado y Johan tenía menos que hacer así que aceptó la invitación de Erik y unos días más tarde salían los dos suecos con rumbo al Turquino.

Al llegar a un poblado cerca de su base Erik preguntó a sus habitantes si alguien podría guiarlos por los trillos de la zona. Dos hombres se ofrecieron de voluntarios: Joaquín y Regino. Pero cuando estos se enteraron que la aventura consistía en subir al Turquino decidieron consultar a los orishas. Por suerte los santos dieron su aprobación y los cuatro hombres salieron de expedición un poco más tarde. Pero cuando se acabaron los trillos se dieron cuenta que la expedición no estaba muy bien pertrechada que digamos. Ni siquiera tenían sogas para escalar así que en ocasiones tuvieron que emplear lianas para ello. También la comida empezó a terminarse antes de lo calculado y finalmente tenían solo un poco de boniato y miel en su mochila. Por suerte también pudieron cazar algunas jutías con las que completar la dieta. Por fin en la medianoche entre el 17 y 18 de abril llegaron a su meta. Erik Ekman fue el primero en llegar a la cima.


Al llegar al lugar comprobaron que no había ninguna huella humana por lo que llegaron a la conclusión de que eran las primeras personas en visitarlo. La noche estaba fresca y decidieron hacer una gran hoguera. A falta de nada mejor que compartir los dos suecos y los dos cubanos compartieron una botella de ron Bacardí, ese mismo ron que hoy tiene su representación en Suecia en el antiguo trabajo de Ekman. Por la mañana Erik escribió un mensaje que guardó en la botella de ron  vacía, indicando que ellos habían estado allí. La botella se cubrió por un montículo de piedras en la cima de la montaña.

En la cima se quedaron por unas horas para disfrutar del paisaje. Ese era el Pico Real del Turquino y con ayuda de un instrumento para ello, Erik Ekman midió su altura: 1974 metros sobre el nivel del mar. Como líder de la expedición Erik se tomó el derecho a nombrar otros cuatro picos en el macizo montañoso que carecían de nombre. Al segundo más alto (1872 m) le dio el nombre de Pico Cuba y al tercero (1734 m), el de Pico Suecia. A otros dos picos le dio los nombres de sus guías cubanos: Pico Joaquín (1686 m) y Pico Regino (1606 m). Al regresar a Bayate le escribió a la oficina cubana encargada de ese tipo de registros, en la Habana, que anotó la altura de la montaña y aprobó los nombres propuestos por Ekman.

A pesar de que Ekman era un hombre extremadamente comedido en sus gastos, el dinero de su estipendio se fue gastando con el tiempo, sobre todo tras un viaje a Haití en 1917 donde enfermó de malaria y de donde regresó a Bayate tras tres meses y medio. En Bayate se dedicó entonces a trabajar en las fincas o construyendo caminos. De más está decir que la Academia de Ciencias Sueca no estaba para nada contenta con lo que había pasado con el viaje de Ekman pero cuando en 1920 comenzaron, por fin, a llegar sus envíos, cambiaron de tono completamente. La colección era en extremo valiosa y sobrepasaba todas las expectativas. Pronto todos los desacuerdos estaban olvidados y nuevos financiamientos fueron aprobados. Desde Cuba Ekman envió a Suecia 50 mil ejemplares de unas 20 mil especies diferentes, 850 de ellas totalmente desconocidas para las Ciencias.

Por fin, en 1924 Ekman se fue de Cuba y viajó nuevamente a Haití. Ya para entonces la mayoría de los suecos de Bayate se habían marchado, igual de rápido que como habían aparecido, fundamentalmente a causa de la debacle del precio azucarero de 1920-1921. En Haití Ekman estuvo hasta 1928 cuando se trasladó a República Dominicana. Desde la Española envió incluso más ejemplares que desde Cuba, incluídas 960 nuevas especies. También en esa isla midió la altura de su montaña más alta, de algo más de 3000 metros sobre el nivel del mar.

A pesar de sus largos años de viaje, Erik Ekman no había olvidado a Suecia. En su diario puede leerse cuánto extrañaba a su país y sus deseos de un día regresar para pasar su años maduros en el museo, estudiando sus plantas. Pero para finales de 1930 un nuevo estipendio era aprobado para su anhelado viaje a Sudamérica. Desgraciadamente un nuevo obstáculo impidió este viaje o su regreso a Suecia. Erik había enfermado de malaria. No era ni mucho menos la primera vez pero sí sería la última. Murió el 15 de enero de 1931 en Santiago de los Caballeros. Tenía 47 años.

Sunday, February 23, 2020

José Martí en Fernandina Beach, La Florida.


Por Karen Cabrera



En la casona conocida como The Florida House Inn, fundada en 1857 en el corazón del distrito histórico de Fernandina Beach, estuvo alojado Martí en febrero de 1893.



Este inmueble, construido originalmente por el político y abogado de origen judío David Yulee como hospedaje para los trabajadores de un proyecto ferroviario que nunca se completó, sirvió de albergue a soldados de la Unión durante la guerra, y una vez terminada ésta, fue convertido en hotel donde se albergaron figuras de la talla de los Vanderbilt, los DuPont y los Carnegie.

 

En la primavera de 1893, José Martí se alojó en The Florida House, mientras preparaba el llamado Plan Fernandina, con el cual pretendía promover una guerra corta, sin grandes desgastes para los cubanos. Tras el fracaso de este plan, que supuso un duro revés para la causa de la independencia, Martí decidió viajar a Montecristi, en la República Dominicana, para reunirse con Máximo Gómez y seguir adelante con los planes de pronunciamientos armados en la Isla.



Frente a The Florida House existe una placa, colocada en un soporte de concreto, y dedicada a José Martí en ocasión de su estancia en la vivienda. La placa reza:





“Florida House
José Martí
1853-1895




Patriota y poeta cubano, campeón de la libertad y del respeto a la dignidad humana, quien residiera aquí en febrero de 1893 durante su lucha por la independencia de su país.



Fernandina Beach, 28 de enero de 1990.
En el aniversario de su nacimiento.




Donado por 
-El Club Latinoamericano de Jacksonville
-La Asociación Cultural Hispanoamericana de Jacksonville”



Saturday, February 22, 2020

José Martí en Zaragoza*

Por Arsenio Rodríguez Quintana

En la casa de José Martí en Zaragoza. En casa de José Martí en Zaragoza... Aquí vivió José Martí en esta ciudad”. La tarja indica el edificio en el que se alojó el joven de 20 años recién llegado a Zaragoza en 1873. La calle Platerías y el número 13 siguen siendo los mismos .

José Martí (poeta, periodista, dirigente político y considerado como el héroe de la independencia de Cuba) residió en Zaragoza desde mayo de 1873 hasta noviembre de 1874, periodo en el que realizó su último año para conseguir la titulación de Bachillerato en el Instituto Goya y obtuvo los títulos de Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza.
Entonces, el instituto y la universidad ocupaban un mismo edificio en la plaza de la Magdalena, en el actual solar del Instituto Pedro de Luna.
Martí se adentró en el mundo de la filosofía, se interesó en el transcendentalismo del filósofo alemán Krause, relacionando a este con el filósofo norteamericano Emerson. Ambos filósofos fueron verdaderamente admirados por Martí.

Aunque se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras con sobresaliente, Martí no pudo recoger sus títulos porque no tenía dinero para que se los expidieran. La Universidad de Zaragoza corrigió esa situación a título póstumo en 1995 y descubrió un busto en bronce, que es el que todavía se mantiene en la entrada del edificio Paraninfo.

ÉL mismo confesaba en sus Versos Sencillos escritos en 1891, en aquella Zaragoza de la I República, “tuve un buen amigo, y allí quise a una mujer” de los cuales sabemos sus nombres: Fermín Valdés era el amigo y la joven Blanca Montalvo su primer y gran amor, que también vivía, como él, en la C/ Manifestación y a la que recordaría más tarde en sus Versos Sueltos:

“Para Aragón en España
tengo yo en mi corazón
un lugar, todo Aragón,
franco, fiero, fiel, sin saña.
Si quiere un tonto saber
por qué lo tengo, le digo
que allí tuve un buen amigo,
que allí quise a una mujer”.

*Tomado del blog del autor. Para más información ver este artículo.

Wednesday, May 8, 2019

Visitando a Arsenio Rodríguez



Ralph Mendez y Enrique Del Risco junto a la tumba de Arsenio Rodríguez


Por Enrique Del Risco
 
El viernes pasado di un viaje memorable. De esos que cuando lo vives no tienes otro remedio que echar mano a pobre y abusada metáfora del sueño. Me había invitado a visitar la tumba de Arsenio Rodríguez, (el músico que más contribuyó al desarrollo de una de las tradiciones musicales más importantes del siglo XX) su más esforzado y documentado biógrafo, el colombiano Jairo Grijalba Ruiz. Un cementerio situado a unos cuarenta minutos de Nueva York, algo que en mis 22 años de vivir en esta zona me había resultado a mí, extraño ser sin licencia de conducir, inalcanzable. Nos llevaba Ralph Méndez, historiador autodidacta y uno de quienes más ha hecho por conservar viva la memoria de Arsenio, más allá de su música. Boricua tenía que ser. Y allá íbamos tres devotos a la búsqueda de su dios mayor. Tres enamorados.
El biógrafo de Arsenio, Jairo Grijalba, y Ralph Méndez

Por el camino hablábamos, por supuesto, del músico. Tuve la buena idea de preguntar si existían películas de Arsenio tocando con sonido (las pocas que circulan son pequeños fragmentos mudos) y el biógrafo me extendió su teléfono: allí aparecía Arsenio tocando el tres con sonido metálico que estuvo presente en sus últimas grabaciones. Magia, pensé. Como si aquellas fotos estáticas que había repasado montones de veces hubiesen condescendido a animarse. El viaje de la mano de Ralph fue como sobre una alfombra voladora donde lo más extraño parecía tan natural como inevitable. Así llegamos a la tumba del Ciego Maravilloso que alguna vez fue anónima y que fue el propio Ralph quien se encargó de coordinar los esfuerzos para colocar la tarja. “Desde el primer momento todas las puertas se me fueron abriendo” dijo, humilde, “como si ya estuviera decidido que debía hacerlo”. 


Luego de regreso al Bronx, escuchar al colombiano y al boricua desgranar datos minuciosos frente a la imbatible consistencia del mito. Y Ralph conduciéndonos por un barrio feo que gracias a sus observaciones se iba convirtiendo en el mundo que animóArsenio con su tres en sus últimas dos décadas de vida. Así una iglesia “Pare de sufrir” era de nuevo el Teatro Puerto Rico, una clínica el antiguo Club Tropicana, y un edificio en reparaciones, camino a convertirse en no se sabe qué, volvía a ser el Club Cubano Interamericano. 
Arsenio Rodríguez en el Club Cubano Interamericano
Terminamos el recorrido en el único sitio que seguía siendo lo que siempre había sido. La Casa Amadeo, la tienda de música del compositor Mike Amadeo fundada en 1941 como Casa Hernández por el también compositor Rafael Hernández y su hermana Victoria. Amadeo que a sus ochenta y cinco años es un monumento vivísimo a lo mejor de la música latina en el Bronx. Y en esos minutos que serán infinitos lo mismo nos habló de las rutinas de Arsenio que agarró una de las guitarras que tenía en venta para cantarnos una canción que acaba de componer.

Todo muy raro. Tan raro como aquel cuadro de Dalí en que el mismo cuando niño le levanta la piel al mar para ver qué guarda debajo. Los tres peregrinos de esa tarde teníamos un poco de niños que van despertando en la realidad vulgar una más antigua y esencial. De todo eso tuve la certeza un rato antes de llegar a la Casa Amadeo, mientras fotografiábamos la clínica que se levanta en el lugar que fue el Club Tropicana. El guardia de seguridad del lugar salió a preguntarnos, receloso, lo que hacíamos ahí. Difícil explicarle que no fotografiábamos el lugar que custodiaba sino otro que había existido allí hace mucho tiempo. Solo consiguió aplacarse un poco al escuchar la palabra “Tropicana” en la que reconoció un pasado que escapaba a sus obligaciones laborales. “No estamos retratando este edificio” le dije “sino su fantasma”. “Me gusta” me respondió, sonriendo al fin, “un fantasma”. Era la palabra que necesitaba para tranquilizarse del todo, para asegurarse que nuestras fotos correspondían a otra dimensión, la misma a la que pertenecen los sueños, la magia y los juegos infantiles. A casi nada.
Con Ralph Mendez junto a la tumba de Arsenio Rodríguez

Sunday, February 25, 2018

Hardman Hall o de cómo se inventa una guerra

Por Enrique Del Risco

Uno de los sitios que con más frecuencia usaron los exiliados cubanos en Nueva York para sus actos patrióticos fue el Hardman Hall situado en los números 138-140 de la Quinta Avenida. El Hardman Hall un salón creado por una famosa fábrica de pianos para exhibir sus productos y promoverlos a través de conciertos tal y como ocurría con otros locales usados por el exilio cubano como el Chickering Hall y el Steinway Hall. Allí Martí habló “en no menos de doce ocasiones entre 1889 y 1893” según el investigador Enrique López Mesa. La mayoría de estos eventos se daban en ocasión de fechas patrióticas como la del 10 de octubre cuya conmemoración tuvo por sede el Hardman Hall en los años 1889, 1890, 1891 y 1892. Pero ninguno de ellos fue más importante para el futuro de la historia cubana que el de 1891. No tanto por el contenido del discurso en sí sino por las circunstancias en que se dio y por la cadena de hechos que de él se derivaron.  
El 10 de octubre de 1891 pudo haber sido una fecha más en el calendario patriótico del exilio cubano de Nueva York. Ese día se celebraba el 23 aniversario del inicio de la primera guerra de independencia cubana sin que el estado de cosas en Cuba o en el exilio presagiase la proximidad de la guerra definitiva por la que año tras año se clamaba por esas fechas. No contando siquiera con la superstición de los números redondos poco se podía esperar. Lo cierto es que ese día sin que nadie lo pudiera constatar se inició el proceso que llevaría a la creación del Partido Revolucionario Cubano, dirigido por Martí y de ahí a la preparación y arranque de la guerra que anualmente se anunciaba como inevitable.
En su libro José Martí: letras y huellas desconocidas el estudioso Carlos Ripoll da una convincente versión de lo que debió suceder aquella noche. Contrariamente a lo que la mayoría de los historiadores da a entender, (aunque sin atreverse a afirmarlo directamente), a inicios de la década de los 90 el exilio cubano no era precisamente un hervidero de entusiasmo ni Martí su líder indiscutible. A principios de 1891 sólo se mantenía activo en Nueva York el club “Los Independientes”, fundado en Brooklyn tres años antes. El propósito de esta organización se reducía a recaudar fondos para cuando pudiera iniciarse una acción militar contra España. Sin embargo, los modestos trabajos de ese grupo separatista lograron atraer la atención del diario The New York Herald. Allí, con el objeto de alarmar a España y forzarla a respaldar acuerdos comerciales que le convenían al Ministro de Estado norteamericano, James G. Blaine, fue publicado un extenso artículo en el que se daba mayor importancia de la que en realidad tenían a las actividades revolucionarias de los cubanos. En la edición dominical del 13 de septiembre salió bajo estos titulares: “Cuba Determined to be Free from Spain; The Cuban Colony in this City Raising Funds and Preparing for Another Revolution” (Ripoll.1976.101). 
“La colonia cubana en esta ciudad —declaraba el artículo— no es grande. No es rica colectivamente ni es tan influyente como las colonias de otras naciones extranjeras pero es más unida que cualquier otra colonia extranjera a excepción, quizás, de la china, y es más fervorosamente patriótica”. 
El artículo daba por hecho el estallido inminente de una nueva guerra por la independencia. Exageraba, entre otras cosas, el número de miembros del club elevándolos a “dos millares de miembros juramentados para empuñar las armas en cuanto empezara otra insurrección en Cuba”.
En principio los representantes españoles en los Estados Unidos no le dieron importancia a tales declaraciones. El embajador español en Washington, al tanto de los movimientos de los emigrados cubanos comentaba a las autoridades de Madrid: “… La maravillosa facultad creativa de los Yankees ha convertido la caja del club en una manigua y ha hecho de cada dollar un filibustero”(103). En cambio, la reacción de la comunidad exiliada fue muy diferente: deseaba creer en los avances de los trabajos conspirativos y en la inminencia de la guerra que conseguiría la independencia para Cuba. Por ello acudió en masa al acto en el Hardman Hall. “Hacía años que no se lograba reunir a tantos cubanos en una fiesta patriótica. Entre los oradores se encontraban Gonzalo de Quesada, Rafael de Castro Palomino y Rafael Serra, presidente la SociedadProtectora de la Instrucción La Liga. El discurso que cerraba la noche estuvo a cargo de Martí.
Artículo sobre el evento en Hardman Hall
La celebración de discursos en Nueva York se había convertido, como habíamos dicho, en una suerte de rutina patriótica del exilio cubano neoyorquino y a Martí en su principal oficiante. Sin embargo Martí se cuidó de convertir esta ocasión recurrente en ejercicio gratuito de retórica y, lejos desmentir los rumores sobre los supuestos preparativos de guerra desde el inicio del discurso dio a entender –oscuramente- que los rumores que lo dicho en el artículo del New York Herald el mes anterior era cierto.

Venimos a caballo como el año pasado, a anunciar que al caballo le ha ido bien; que las jornadas que se andan en la sombra son también jornadas; […] que no es la hora todavía de soltarle el freno a la cabalgadura, pero que la cincha se la hemos puesto ya, y la venda se la hemos quitado ya, y la silla se la vamos a poner […] ¡A caballo venimos este año, lo mismo que el pasado, sólo que esta caballería anda por donde se vence, y por donde no la oye andar el enemigo! [Los subrayados son míos]
En el informe que hizo del discurso un espía al servicio de España hizo notar una “particularidad notable”: “No se insultó a España ni a sus hijos, y se mencionó entre aplausos y vivas el de los españoles liberales y honrados que han perecido por el derecho, la justicia y la libertad de América”.
Como si quisiera reforzar la impresión de que los preparativos para la guerra se hallaban muy avanzados al día siguiente de su discurso Martí dio un paso cargado de dramatismo: presentar la renuncia a sus puestos consulares de las repúblicas de Argentina, Paraguay y Uruguay en la ciudad. Ciertamente sus declaraciones en el discurso eran incompatibles con su condición de representante de un país que tenía relaciones con España pero no es menos cierto que no era la primera vez que Martí pronunciaba discursos de este cariz siendo representante consular. Dicho gesto le daba un peso adicional a su discurso. Si Martí estaba dispuesto a renunciar a un consulado por un discurso ¿qué no estaría dispuesto a hacer por la libertad de Cuba? Al margen de cualquier especulación lo cierto es que tanto el discurso como las renuncias fueron eficaces a la hora de atraer la atención tanto de las autoridades españolas como del exilio cubano. Enrique Trujillo, contemporáneo suyo, comentaba en 1896 que “la determinación del señor Martí le llenó de admiradores y su acción fue comentada favorablemente y repercutida [sic] en Cuba, en la América Latina y hasta en España”. (Ripoll.1976.111)
 El éxito oratorio junto a su renuncia a su condición de cónsul múltiple (retendría el de cónsul uruguayo por un tiempo más) agrandó la figura de Martí ante los ojos del resto de los emigrados del país. Al mes siguiente fue invitado a hablar en Tampa donde tuvo un éxito apoteósico gracias a dos de sus más memorables discursos, pronunciados en noches consecutivas: “Con todos y para el bien de todos” (26 de noviembre) y “Los pinos nuevos” (27 de noviembre). Poco después viajó invitado a Cayo Hueso con resultado similar. A su regreso a Nueva York de su viaje a Cayo Hueso Martí se había convertido en líder indiscutible del exilio en Estados Unidos. Al año siguiente se fundaría el Partido Revolucionario Cubano encargado de organizar la guerra.
No pretendo sugerir aquí que el liderazgo de Martí, la creación del Partido Revolucionario Cubano y la organización de la última guerra de independencia cubana fuera solo el resultado de una de las tantas exageraciones en que incurre la práctica periodística y de su manipulación por parte del cubano. Al insistir en las circunstancias que rodearon estos hechos sólo intento subrayar la contingencia de un proceso histórico al que generalmente se le ha dado una explicación providencial, mítica. El entusiasmo despertado por el fantasioso artículo del The New York Herald se habría disipado en los meses siguientes si Martí no se hubiera estado preparando desde hacía tiempo para aprovechar, inflar y, sobre todo, darle sentido a la primera circunstancia favorable una vez que se presentase.

El Hardman Hall se trasladó años después a otro edificio en el 433 Fifth Avenue pero en el 138 de la Quinta Avenida, queda, tras varias modificaciones el edificio donde se conjuraron las circunstancias para convertir un discurso en el germen de la última guerra de independencia cubana.

138 Fifh Ave., Nueva York, Foto del autor



Saturday, January 13, 2018

Un cementerio del exilio

El ahora conocido como el Caballero Rivero Woodlawn North Park Cemetery and Mausoleum es uno de los cementerios más antiguos de Miami. Fue fundado en 1913 por tres de las figuras más importantes en el desarrollo inicial de Miami ―Thomas O. Wilson, William N. Urmey and Clifton D. Benson― establecida como ciudad menos de veinte años antes, el 28 de julio de 1896. En 1926 un reconocido arquitecto funerario McDonald Lovell fue contratado para diseñar el mausoleo principal del cementerio. La Funeraria Caballero, fundada en la Habana en 1857, que fue reabierta en la calle 8 en los años sesenta luego de que sus dueños se exiliaran desde Cuba, en 1990 se fusionó con Woodlawn Park Cemeteries and Funeral Home. Tres años más tarde, en 1993 la nueva entidad adquirió Rivero Funeral Homes fundada en la Habana en 1946 y que para entonces se había convertido en el mayor negocio funerario de la Florida con lo que asumió su actual nombre: Caballero Rivero Woodlawn North Park Cemetery and Mausoleum. Desde antes de estos cambios ya el cementerio situado en la calle 8 de SW entre las avenidas 32 y 33, corta distancia del concurrido restaurante Versailles acogía restos de cubanos, famosos o no fallecidos, en la ciudad.

Allí reposan los restos de los expresidentes Gerardo Machado y Carlos Prío Socarrás, el de los líderes del exilio Manuel Artime y Jorge Mas Canosa, el del afamado caricaturista Antonio Prohías y del bailarín y estrella del American Ballet Theater Fernando Bujones. El Caballero Rivero Woodlawn North Park Cemetery de la 8 calle con la 32 avenida del suroeste es, en mayor medida que otros, el cementerio del exilio cubano.

Recorrido:
Al entrar al cementerio y tomar la senda de la derecha a unos cincuenta metros de la entrada encontramos el mausoleo de Carlos Prío Socarrás (1903-1977) quien fuera el último presidente de la república elegido en elecciones democráticas (1948-1952) depuesto por el golpe de estado de Fulgencio Batista. 


Unos metros más adelante se encuentra la tumba de Jorge Más Canosa una de las figuras más importantes del exilio en las décadas del 80 y 90 del siglo pasado y fundador de la Fundación Nacional Cubano Americana.



Algo más adelante se encuentra el mausoleo principal del cementerio.



En este se encuentra el nicho que contiene los restos del caricaturista Antonio Prohías (1921-1998)

El de Gerardo Machado Morales (1871-1939)


 Y el del tristemente célebre Esteban Ventura Novo (1913-2001):


Cerca de la salida a mano derecha se encuentra la tumba del bailarín Fernando Bujones (1955-2005):


Muy cerca se encuentra la tumba del coronel Emilio Bacardí Lay (1877-1971), quien acompañara a Maceo en la invasión a Occidente y posteriormente fuera vicepresidente de la compañía de ron Bacardí. No confundir con su padre, el patriota, político y escritor Emilio Bacardí Moreau  (1844–1922) quien se halla enterrado en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba.






Thursday, June 29, 2017

Reinaldo Arenas: vida, pasión y muerte en dos apartamentos

Foto tomada por Nicolás Abreu en su casa en una cena de Navidad. Juanto a Arenas el escritor Luis de la Paz
Por Enrique Del Risco
Otra tregua fecunda
Cuando Reinaldo Arenas interrumpió los devastadores estragos del sarcoma kaposi atracándose con medicamentos y whiskey el 7 de diciembre de 1990 en su apartamento en el centro de Manhattan no hacía más que dar fin a una escena interrumpida tres años antes. “Yo pensaba morir en el invierno de 1987” son las primeras palabras del prólogo de su autobiografía. Hablaba del invierno en que una crisis de su enfermedad lo obligó a ingresar en un hospital de Nueva York. Al ser dado de alta regresó al apartamento con pocas intenciones de seguir viviendo. Pero de pronto tropieza con una revelación en forma de un matarratas:
Ya en casa, comencé a sacudir el polvo. De pronto sobre la mesa de noche me tropecé con un sobre que contenía un veneno para ratas llamado Troquemichel. Aquello me llenó de coraje, pues obviamente alguien había puesto aquel veneno para que yo me lo tomara. Allí mismo decidí que el suicidio que yo en silencio había planificado tenía que ser aplazado por el momento. No podía darle el gusto al que me había dejado en el cuarto aquel sobre.
Pero se trataba de algo más que de llevarle la contraria a un enemigo anónimo. La meta antes de que la muerte llegara era concluir con los proyectos que habían obsedido su carrera literaria: concluir el ciclo de cinco novelas que llamaba pentagonía y escribir su autobiografía. Según su recuento ese mismo día “como no tenía fuerzas para sentarme en la máquina, comencé a dictar en una grabadora la historia de mi propia vida”.
Al año siguiente, luego de otra recaída y otro ingreso de vuelta a su apartamento de la vez anterior, (también el de su muerte) tiene lugar la escena con la que cierra su dramático prólogo de Antes que anochezca.
“Cuando yo llegué del hospital a mi apartamento, me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: ‘Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano”
Menos de dos años bastaron para arribar a la meta que él mismo se había impuesto.
La ciudad prometida
Al salir de Cuba durante el éxodo del Mariel Arenas había vivido en Miami poco más de tres meses. Fue entonces que en agosto de 1980 recibió una invitación para asistir al Segundo Encuentro de Intelectuales Cubanos Disidentes en la universidad de Columbia. Al parecer la ciudad lo fascinó al punto de trocar una visita breve en el lugar que viviría el resto de su vida. “Y de pronto, yo que había llegado solamente por tres días a Nueva York, me vi con un pequeño apartamento en la calle 43 entre la Octava y la Novena Avenida, a tres cuadras de Times Square, en el centro más populoso del mundo”. El dramaturgo Iván Acosta escribe que cuando Arenas “llegó a Nueva York vivió 21 dias en mi apartamento del Manhattan Plaza. Luego mi mamá, que era amiga del super del edificio 333 West calle 43, le consiguió un apartamento en el 4to piso”. 
Aspecto actual del 333 W 43rd Street
En su autobiografía, ya desencantado de la ciudad, Arenas explica aquella decisión como una mezcla de enamoramiento y autoengaño. “El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y, siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado. Ese rostro pensé hallarlo en Nueva York, cuando llegué aquí en 1980; la ciudad me envolvió. Pensé que había llegado a una Habana en todo su esplendor, con grandes aceras, con fabulosos teatros, con un sistema de transporte que funcionaba a las mil maravillas, con gente de todo tipo, con la mentalidad de un pueblo que vivía en la calle, que hablaba todos los idiomas; no me sentí un extranjero al llegar a Nueva York”.
Al año siguiente de su llegada Arenas seguía insistiendo en las virtudes de la ciudad: “Es una ciudad auténtica. Su autenticidad radica precisamente en el desinterés por esa palabra”. Y en 1983 en Mariel, la revista que había fundado junto a otros compañeros de generación, define la relación con la ciudad en términos de tolerancia: ¿Qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?”.
Entrada del 333 W 43rd Street
Seis  años más tarde esa tolerancia mutua pasa de ser ―a través de la inminencia de muerte que le trae la enfermedad que ha exterminado a decenas de amigos y conocidos― de Tierra Prometida a terreno baldío y hostil: “Manhattan es una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación ¿qué se puede recordar?”


Dos apartamentos
Aspecto actual del edificio del 328 W 44th Street
Aparte de la estancia de las tres semanas iniciales en el apartamento del dramaturgo Iván Acosta, a Reinaldo Arenas se le conocen sólo dos lugares de residencia en Nueva York: aquel inicial de 333W 43rd Street, cuarto piso, donde vivió entre 1980 y 1983 y el del 328 W 44th Street situado a una cuadra de distancia del anterior “en un sexto piso sin ascensor” según describe el propio Arenas. En esos lugares debió producir la mayor parte de su obra. Desde reescribir libros que le habían sido incautados por la Seguridad del Estado como es el caso de Otra vez el marhasta producir la mayor parte de sus narraciones. A su estancia en el apartamento de la 43 corresponden la aparición de las novelas Cantando en el pozo (versión revisada de su ópera prima Celestino antes del alba), y Otra vez el mar y la colección de cuentos Termina el desfile. A su estancia en el apartamento de la calle 44 se corresponde con la escritura de las novelas El portero, El asalto, La loma del ángel y El color del verano además de colecciones de poemas, cuentos, artículos y su famosa autobiografía.

En esa autobiografía deja constar, entre tantas cosas, las causas de su salida del apartamento de la calle 43.  “[E]n 1983 el dueño el edificio en que vivía decidió echarnos del apartamento; quería recuperar el edificio y necesitaba tenerlo vacío, para repararlo y alquilarlo por una mensualidad mayor a la que nosotros pagábamos”. El dueño, según Arenas “se las arregló para rompernos el techo de la casa y el agua y la nieve entraban en mi cuarto” de manera que “no me quedó más remedio que cargar mis bártulos y mudarme para el nuevo tugurio”, el apartamento de la 44.
Entre el mar y la buhardilla

“El mar es nuestra selva y nuestra esperanza”. Tal fue el título de la primera conferencia pronunciada por Arenas en los Estados Unidos. El mar, presencia constante en su obra, lo describe allí como algo que “nos hechiza, exalta y conmina”. Se sobreentiende que a la búsqueda de la libertad. Mucho se ha hablado del significado del mar para Arenas. Menos de esos recintos cerrados que le opuso en vida y obra: el “cuarto de criados de mi tía Orfelina”, las múltiples celdas de fray Servando Teresa de Mier, el cuarto del hotel Monserrate, sus apartamentos neoyorquinos. Eran estos reductos la contraparte y punto de partida hacia esa infinitud que podía identificar con el mar o con la creación. Uno de los ejes de su vida que a su vez le servía de baluarte de resistencia frente a la corrupción de las palabras. “El escritor debe preferir la buhardilla al tráfico con las palabras” dijo en aquella misma conferencia en la Florida International University. Allí también afirmó que “en última instancia la verdadera patria del escritor es la hoja en blanco”. En los alrededores de su máquina de escribir, pudo añadir.
Recorte de noviembre de 1981. En la foto Arenas aparece junto al dramaturgo Iván Acosta
Todas las descripciones de su último apartamento en Nueva York coinciden en su aspecto austero, casi monástico, en contraste con alguien con tan poco de monje. Lugar de trabajo y refugio antes que de vida social. El estudioso Enrico Mario Santí cuenta en una entrevista de próxima aparición: 
Vivía en pleno Hell´s Kitchen, en una época en que Times Square no era la sucursal de Disneylandia que es hoy… Su apartamento era un walkup, en un arduo quinto o sexto piso. Si años después se hablaría de la guarida en La Habana Vieja para el Diego de Fresa y chocolate, te aseguro que mucho antes Reinaldo Arenas ya tenía la suya en el exilio de Manhattan. Nunca, que yo recuerde, coincidí allí con nadie más, salvo con Lázaro Carriles, que según me dijo Reinaldo transitaba esporádicamente. El apartamento era pequeño, no recuerdo muebles ni cuadros; solo libros que, amontonados con papeles y prensa, forzaron a Arenas a alquilar el apartamento de enfrente, que funcionaba como archivo, o almacén”. 
El escritor colombiano Jaime Manrique cuenta de su única visita al apartamento de Arenas, un par de días antes de su suicidio: “Junto a una cadena de sonido anticuada y un televisor recuerdo un cuadro primitivo del campo cubano. Una mesa, dos sillas y un sofá gastado completaban la decoración”.
Ese último Arenas que describe Manrique aparece además de destruido físicamente por la enfermedad, receloso y reclusivo: “Llamé a la puerta. Oí lo que me parecía un torpe accionar de cerraduras y cadenas, lo cual incluso en Times Square parecía excesivo”.
Santí explica coincide en el recelo y da cuenta de su causa: 
“Uno de esos días que quedamos en vernos para comer y fui a recogerlo, toqué y noté que se demoraba mucho. Por fin abrió, y al entrar me di cuenta que la puerta ahora ostentaba varias cerraduras y una de esas enormes trancas de hierro que hacen presión entre puerta y suelo. Con angustia, me contó que habían entrado en el apartamento a robar, pero que extrañamente solo se habían llevado papeles. Había tenido que dejar el almacén de enfrente. Que yo sepa, nunca se aclararon esas circunstancias. Era señal que las cosas estaban cambiando. La guarida ya no era tal”.
Agonía en la guarida

La sensación de indefensión que le provocó tal incidente reforzaría la paranoia que Manrique había notado desde sus primeros encuentros con Arenas tras su llegada a Nueva York y que vio como “una extensión de la paranoia que existe en el mundo de la emigración cubana. En la Cuba de Castro los disidentes tenían que diseñar unos elaborados sistemas de comunicación para evitar que los espiaran. Habían transplantado esas actitudes a este país, como si aquí también se sintieran bajo vigilancia constantemente”.
Pero ni la enfermedad ni esa sensación de vulnerabilidad le impidieron enfrascarse en esa vorágine rabiosa de creación que debieron ser sus últimos años en aquel apartamento. De aquella visita que le hiciera Manrique observó: “Sobre la mesa descansaban montones de manuscritos, miles y miles de hojas y Reinaldo parecía un naufragio en medio de un mar de papeles. Cuando pregunté si eran copias de un manuscrito que hubiera terminado recientemente, me contó que los tres manuscritos que había sobre la mesa eran una novela, un libro de poemas y su autobiografía, Antes que anochezca
Manrique cuenta como en aquella visita Arenas fantaseó con la posibilidad de morir junto al mar. “Me gustaría irme de aquí antes de que venga el invierno. Mi sueño es ir a Puerto Rico y encontrar un sitio en la playa para morir cerca del mar”. Dos días después de la visita de Manrique el agente literario de Arenas, Thomas Colchie, lo “llamó para decir que Reinaldo se había suicidado la noche anterior, que había tomado pastillas tragándoselas con sorbos de Chivas Regal”. Iván Acosta rememora que la “primer persona que lo vio muerto fue una vecina de él, colombiana, que a veces le colaba café y le hacía sopas de pollo. Ella vio la puerta entrejunta y lo vio tendido sobre el sofá en la sala”.
Vista de la calle 44 desde el edificio donde muriera Arenas

De momento el apartamento donde vivió, creó y murió Reinaldo Arenas ha sobrevivido a la furia de demoliciones y reconstrucciones que parece ser la naturaleza de la ciudad. Ya Arenas hablaba en su desengañado “Adios a Manhattan” de los “viejos y acogedores edificios del West Side” que “son demolidos rápidamente para dar paso a moles deshumanizadas e incosteables para quien no esté en las condiciones de desembolsillar cientos de miles de dólares”. Y dicho proceso en la última década no ha hecho más que intensificarse. De puro milagro el edificio todavía se yergue el 328 W 44th Street, a unos doscientos metros de la frenética Times Square, justo en la cuadra del famoso club de jazz Birdland. Es de temer que el raro milagro de su subsistencia no se prolongue mucho más tiempo. 

Nota: Agradezco el aporte para elaborar este artículo de los mencionados Iván Acosta, Enrico Mario Santí, Jaime Manrique y de Perla Rozencvaig y Miguel Correa.