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Friday, April 14, 2023

CUANDO SALÍ DE CUBA: LOS NIÑOS CUBANOS DE MADRID

 

Centro Cultural Cubano de Nueva York
te invita al lanzamiento neoyorquino de


CUANDO SALÍ DE CUBA:


LOS NIÑOS CUBANOS

DE MADRID


por Remberto y María Pérez
Padre Camiñas recibiendo un grupo de niños a su llegada a Barajas.

Un episodio casi olvidado de nuestra historia:

el éxodo de más de mil niños a Madrid 

entre 1966 y 1970, acogidos por

el fraile franciscano cubano

Antonio Camiñas 




MARTES 25 DE ABRIL, 2023

6 PM


¡Con el testimonio personal de

JOSÉ MOYA y DAMIÁN DE ARMAS


COLUMBIA UNIVERSITY
School of International & Public Affairs
Conference Room 802
Amsterdam Ave. @ 118th St., NYC



ENTRADA GRATIS

ESPACIO LIMITADO 

Tuesday, October 19, 2021

Mi último día en La Habana*


 

Por Ileana Fuentes

Dedicado a los 14,048 niños y niñas que salieron de Cuba entre 1960 y 1962 por la Operación Pedro Pan

Nota: Este texto narra mi experiencia personal del día en que salí de Cuba hace 60 años. No constituye un trabajo periodístico. Cada cubano y cada cubana que partió al exilio vivió una experiencia similar, o peor. Son historias que deben ser contadas porque constituyen la historia privada y no-oficial –pero no por eso menos oficial ni menos pública- de todo un pueblo.

MIAMI, Estados Unidos.- El telegrama llegó hace unos días. La suerte estaba echada. Carlitos y yo saldríamos de Cuba hoy, 20 de octubre. Año 1961. Toda la familia se dio cita en casa por la mañana. Todos intuían que se iniciaba el fragmentado viaje hacia la libertad, y que de pronto éramos como un organismo que se iría desmembrando poco a poco. Los muertos quedarían aquí, en el Cementerio de Colón; los vivos huiríamos despavoridos.

Tía Carmita y Juana empezaron a acicalar a Carlitos. Tía había mandado a hacer un trajecito de lana a la medida. Pobre niño de apenas 6 años, con el calor que hace aquí, y en un día como hoy, de por sí incierto y preocupante. Mamá y madrina me ayudaron a vestir. “Aquí tienes. Ponte esto”, dijo madrina. ¿Y qué es “esto”?  No puedo creerlo: un ajustador copa B que mi cuerpo no necesita. A mis trece años yo no tengo con qué llenar una copa B, ni B, ni A, ni de ningún tamaño. Pero aquí está, su ajustador de algodón blanco con alforcitas y encajitos, lavado, hervido, almidonado y planchado, listo para yo heredarlo precisamente hoy. Los encajitos almidonados pican, como la lana.

— “Ya eres una señorita. Tienes que usar un ajustador… No puedes salir así, con las masas sueltas”, insistió mamá. “Ya no eres una niña. Tienes que ponerte esto también”.

Otro “esto”. Mamá se refería a una faja de goma, “para mantener tus curvas controladas”. Como si el trauma de este día no fuese suficiente, el separarme de mi familia, de mis amigas, de abandonar mi hogar, mi barrio… o el terror de viajar sola rumbo a otro país no bastaran… Como si el hecho de no poder negarme a una adultez prematura no fuera suficiente intimidación, había que añadirle estos amarres más aptos para vacas y yeguas que para “señoritas”. “Si pudiera llamar a María Julia o a Martica para ir a montar bicicleta”, pensé.  En este día soleado de octubre, esta Wendy entre miles de otras Wendys huiría de Cuba para refugiarse en el país de Nunca-Jamás vistiendo una faja de goma, unas ridículas medias de nylon, un ajustador que me quedaba grande y me picaba, ¡y ropa de invierno: falda de pana y pullover de angora! ¡La temperatura en La Habana –y en Miami– está en 27 grados centígrados!

Mientras esperábamos a que llegara el resto de la familia sonó el teléfono. Lo contesté yo. Era Martica, mi compañera ciclista. Mamá estaba muy cerca, y poniéndose el índice de la mano derecha sobre los labios con seriedad de militar, me dijo, sin emitir el más mínimo sonido: “Ni una palabra”. Rechacé la invitación de Martica: para mí no habría bicicleta hoy. “Lo siento, Martica, no puedo ir a montar bicicleta. Tengo que salir con mi mamá”.

Hubiera querido decirle que había otra salida programada, “la salida más drástica de mi vida, Martica, lejos de aquí, de ti, de Mari y Lalita, lejos de Joe, de Hiriam y Olguita, lejos de Maribel y Yoly, de Jesusito y Chemi, de la vieja revolucionaria Inés y su maldito comité de defensa, lejos de la quincalla y el puesto de fritas de la esquina, lejos de Aldito y su cotorra malhablada, y del pobre enajenado Elías, y de todo lo que me es familiar, Martica… Tu “salida” llegará también, un día de estos. ¿Cuándo te volveré a ver, mi amiguita querida?

A eso de las 11, todos habían llegado: mi padrino Antonio, tía Teresa, y mi prima Carmencita; tío Pepe y madrina Celia; tía Carmita y tío Carlos, su hermano Pancho y su hermana Flora con su esposo Joaquín; Fina, la queridísima prima de mi mamá y su esposo Andrés; los entrañables amigos de mis padres, María Cuervo y David Abascal; mi adorada Juana, mamá, papá, Carlitos y yo. Nos tomamos una última foto: sentados en el sofá de mimbre en la terraza, Carlitos, Carmencita y yo, con nuestra prima recién nacida, Carmen María, en mis brazos.

—“Sonrían…”

Cuatro carros esperaban abajo frente a la casa para llevarnos al aeropuerto. Esta no sería una despedida alegre como las anteriores, sería más bien como un cortejo fúnebre por la Avenida Carlos III hasta la carretera de Rancho Boyeros, que nos llevaría directo al Aeropuerto Internacional José Martí. Abuela Carmen había fallecido dos meses antes. Todos, excepto Carlitos y yo, vestían de negro.

Había muchas familias con niños esperando su turno para entrar en la pecera. Si mis padres me hubieran dado más detalles en vez de mantenerlo todo en secreto, yo hubiera sabido de antemano que muchos de los pasajeros serían adolescentes que viajaban sin sus padres, como yo. En los años cincuenta, los familiares y amigos del viajante tenían libre acceso a las puertas de embarque. La espera para abordar se hacía acompañado, y era muy placentera. Desde la terraza exterior la gente despedía los vuelos y podía ver a su ser querido subir las escalerillas del avión.

Pero las cosas han cambiado. Estos viajes no son de vacaciones, son viajes de índole política, viajes de desafectos, de “sálvese el que pueda”, viajes para poner a los menores a salvo del comunismo. En las salas de espera de las puertas de embarque, que son herméticas, de cristal, no puede entrar nadie que no vaya a viajar. Es, literalmente, un tanque, una pecera. Carlitos y yo hicimos la cola rodeados de la familia, todos tristes, todos llorando, aferrados a nosotros. Desprenderme del abrazo de mima y pipo y sentir que me empujaban hacia el interior de la pecera fue como si me arrancaran la piel.

Yo llevaba en la mano nuestras dos pequeñas maletas. La cola terminaba ante un mostrador a la entrada de la pecera que continuaba adentro de la misma, donde había que mostrar a los milicianos de aduana los pasaportes, las visas waivers, el expediente de vacunas y el pasaje. Una vez adentro, las maletas las agarró otro miliciano, las abrió, les puso un sello y varios cuños, y las puso sobre unas mesas detrás del mostrador. Al instante, ambas desaparecieron. “¿Tiene algo que declarar?”, preguntó el miliciano. La pregunta me tomó de sorpresa. Mamá había insistido que llevara puestos los areticos de brillantes que me había regalado abuela Carlota, y en mis orejas estaban, escondidos bajo el pelo que las cubría. Nadie puede salir de Cuba con sus prendas. Solo se permiten tres mudas de ropa por persona.

“No, no tengo nada que declarar”, mentí más fresca que una lechuga. La práctica de decir mentiritas en el matriarcado Ramos sirvió de algo. Igual, pasé tremendo susto.

Carlitos y yo encontramos dos asientos. La pecera se iba llenando de gente. Carlitos se estaba poniendo impaciente y majadero, y le dio por llorar.  Busqué con la vista a mi familia del otro lado del cristal en busca de algún consuelo. Pero allí, en la parte exterior de la pecera, todos lloraban. Será una imagen imborrable la de mis padres, mis tíos, todos ellos sufriendo esta separación. Retrato de familia y retrato de mi infancia, pañuelos en mano, con un dolor tremendo en el alma, todos vestidos de negro de pie a cabeza, todos de luto no solo por mi abuela muerta sino por la muerte colectiva esa mañana de octubre.

Empezaron a llamar nombres. Oí el mío a lo lejos. Carlitos seguía lloriqueando. Me levanté para dirigirme al mostrador. El niño empezó a gritar: “No te vayas, Illy, no te vayas”. Una amable señora se hizo cargo de Carlitos con una bolsa de chocolates. Una miliciana me indica que la siga. Me llevó por fuera a la parte trasera del edificio. Se veían claramente los aviones en la pista, con sus escalerillas ya posicionadas. Pasamos varias puertas, hasta que se detuvo ante una, y me hizo entrar. Era una habitación pequeña, con una larga mesa y varias sillas pegadas a la pared. Al sentarme reconocí mi maleta ya abierta sobre la mesa. Detrás de la mesa, otra miliciana. Ambas estaban armadas. La miliciana número 2 me llamó al frente.

— “¿Eres tú Ileana Fuentes Ramos?”

— “Sí.”

— “¿Es esta tu maleta?”

— “Sí.”

— “¿A dónde viajas?”

— “A Nueva York, a visitar a mi tío, que vive allá.”

— “Pero, ¿tu vuelo no es a Miami?”

— “Sí, pero de ahí seguiré para Nueva York.” Con la ayuda de mamá, me había aprendido la respuesta de memoria.

— “¿Quién te espera en Miami?”

— “Las monjas.”

— “¿Qué monjas?”

— “Las monjas de las Dominicas Americanas.”

Fue ahí donde la miliciana empezó a sacar cosas de la maleta. Además de las tres mudas de ropa, los tres juegos de ropa interior, un segundo par de zapatos, el abrigo de invierno, y artículos personales como mi cepillo de dientes y el peine, yo llevaba otras cosas en el equipaje que no estaban en la lista de artículos aprobados. Mamá, la anti comunista, haciendo de las suyas. No había sido suficiente lo de los aretes de brillantes. ¿Y si ahora los descubrían y me cortaban las orejas?

— “¿Qué son estas fotografías?

— “Esa es mi abuela, que murió hace dos meses. Ese es mi papá; esa es Juana, nuestra sirvienta [¡Oh, oh! Metí la pata con esa palabra.]… Esa es mi mamá.”

— “¿Así que ‘nuestra sirvienta’? Tú eres una de esas niñas bitongas de padres burgueses y gusanos que quieren irse del país”.

El susto ya era miedo. Confesar mis pecados al cura, aterrorizada con la amenaza del infierno y la perdición eterna no era nada comparado a esto. Intuía que alguna penitencia recibiría, y no diez “Ave Marías” precisamente. Bajé la cabeza y no dije ni pío.

— “¿Estos zapatos tan lindos, son americanos?”

— “No sé. Mi mama es la que los compra”.

— ¿Y estas batas, son americanas?”

— “Oh, no, esas son cubanas. Mi mamá y mi madrina me los hacen. Compran la tela en la calle Muralla, y a coser. Ellas son muy buenas costureras”.

— “Tu mamá no es costurera. Tu mamá es maestra, ¿no?”

— “Bueno, sí. Ella es maestra de la Escuela No.8 de Guanabacoa, y alfabetizadora. Pero también cose muy bien”.

— “¿Ella viajará a Nueva York también?”

— “No creo. Mi mamá está muy ocupada con la campaña de alfabetización” [Otra respuesta que me aprendí de memoria]”.

— “Así y todo, ella estará pensando en reunirse contigo allá, ¿no crees?”

— “En realidad no lo sé.”

— “¿Y tu papá? ¿Se irá para Nueva York también?”

— “No lo sé, pero él es un viejo amigo de Fidel, de cuando militaban juntos en el Partido Ortodoxo”. [Respuesta memorizada número tres].

Estoy más tranquila. Mamá, en la campaña de alfabetización, y papi un viejo amigo de Fidel. Eso compensa el disparate de “sirvienta” y hará invisibles mis areticos. Ahora no hay quien dude de que solo me voy de vacaciones a Nueva York.

— “¿Y quién más en la familia se va para el Norte?

— “Que yo sepa, nadie”.

— “¿Y estos libros qué hacen aquí? Aquí no puede haber ningún libro”.

— “Esos son mis libros de piano. Mamá quiere que siga practicando mientras estoy en Nueva York”.

— “¿Practicando? ¿Tu tío en Nueva York tiene un piano?”

— “Bueno, eso espero”.

— “Eso esperas…. Estos libros no salen del país: aquí se quedan. Son patrimonio nacional. La revolución se los dará a niños pobres revolucionarios que los necesiten”.

— “No, no, por favor. Esos son mis libros de piano. ¿No podrían entregárselos a mi mama? Estoy segura de que las niñas pobres de Guanabacoa le sacarán provecho”.

— “¡Cállate la boca! Tu mamá también se irá del país, y tu papá, y los padres de tu primito. Todos los gusanos burgueses se irán del país, y mejor, porque no queremos escoria como ustedes en la nueva Cuba”.

“Llévate a esta chiquilla para la sala de espera…” le dijo a la miliciana número 1, que en todo este tiempo no había abierto la boca. El interrogatorio me había parecido una eternidad, pero solo tomó una media hora.  La número 1 me escoltó hasta la pecera. Ya todos estaban en fila, listos para salir hacia el avión y abordar el vuelo de PanAm que nos llevaría a Estados Unidos. La amable señora no había soltado a Carlitos, y a ella me acerqué. El niño seguía inquieto.

— “¿A dónde vamos? ¿A dónde vamos? ¿Por qué mami y papi están allá afuera?” Pobre Carlitos, todo le picaba por culpa del trajecito de lana. Traté de calmarlo.

— “Tú y yo nos vamos de vacaciones, mi amor… Ellos vendrán después”, le susurré al oído. La amable señora le dio más chocolates. ¡Benditos chocolates! ¡Bendita la amable señora! Lo tomé de la mano y, a unos pasos de la puerta de salida, miré de nuevo hacia los cristales de la pecera.  Mi gente, la supuesta escoria, tenía pánico en sus rostros. Les dije adiós con la mano y les tiré besos. Pánico es lo que sentía yo por dentro, de solo pensar que quizás nunca más los volvería a ver.

De Retrato de Wendy: Memorias. © Ileana Fuentes. De próxima publicación.

*Publicado originalmente en Cubanet. Reproducido aquí por cortesía de la autora.

Saturday, December 26, 2020

Operación Peter Pan: Más de 14.000 niños cubanos fueron rescatados de la hecatombe castrista*



Por Ileana Fuentes

MIAMI, Estados Unidos. – El 26 de diciembre de 1960 ―hace 60 años― comenzó un éxodo político de cubanos menores de edad sin precedentes en el continente americano. Muchos años antes ―entre 1938 y 1940―, se había dado el éxodo de niños y niñas judíos, a quienes sus padres habían querido poner a salvo de las garras asesinas del nazismo alemán.

Aquel éxodo, coordinado desde Londres, salvó la vida a más de 9.000 menores de 17 años, provenientes de Alemania, Austria, Checoslovaquia y Polonia, que cruzaron por barco hasta Gran Bretaña desde puertos en Bélgica y los Países Bajos. Unos 7.500 eran judíos; los padres de muchos de ellos ya estaban en campos de concentración nazis y morirían durante el holocausto. Aquella operación se llamó informalmente el Kindertransport, o sea, “transporte de niños”. El primer vuelo del Kindertransport aconteció el 2 de diciembre de 1938 y rescató desde Berlín a 200 huérfanos judíos. El último vuelo del Kindertransport aconteció en mayo de 1940.

El éxodo de menores de Cuba salvó a 14.048 niños y niñas de la hecatombe castrista. Yo fui una de esas niñas. Informalmente, el programa se denominó Operación Peter Pan. Esta es, hasta el día de hoy, la operación de rescate de niños y niñas mayor que recoge la historia. Todas las salidas fueron por avión ―por las aerolíneas PanAm, National y KLM― con destino a Estados Unidos, y el primer vuelo salió del Aeropuerto “José Martí”, el 26 de diciembre de 1960. En ese vuelo escaparon apenas dos niños cubanos.

Luego de varios vuelos semanales durante los 23 meses que duraría, la Operación Peter Pan terminó súbitamente el 22 de octubre de 1962, en el séptimo día de la gravísima Crisis de Octubre o Crisis de los Misiles, en la que Cuba, Estados Unidos y la Unión Soviética ―el mundo entero, en realidad― se vieron al borde de un conflicto nuclear. Esa conflagración fue el máximo deseo del megalómano Fidel Castro, según documenta la correspondencia entre el propio Castro y Nikita Jruschev, así como las memorias del líder soviético.

La coordinación del éxodo Peter Pan se dio entre La Habana, Miami y Washington DC. En Cuba, un grupo de valientes educadores y líderes católicos desarrollaron las redes (de padres y maestros) en las escuelas privadas, mayormente. El motor de estas gestiones fue James Baker, director de la Academia Ruston, una escuela estadounidense en La Habana. Colaboraron con él Sergio Giquel, ortodoncista, y su esposa Serafina, quienes mantenían “archivos dentales” de los futuros Peter Pan en su consultorio; Frank Finlay, presidente de la KLM en Cuba, y su esposa Berta, exprofesora de la Ruston; y la británica Penny Powers.

Polita Grau, Albertina O’Farrill y 
Ramón “Mongo” Grau Alcina (sobrino del expresidente de Cuba, Ramón Grau San Martín) tomaron la batuta de la Operación más adelante. Polita, Ramón y Albertina fueron acusados por el régimen de ser agentes de la CIA, y condenados a 30 años de cárcel. Polita, por ejemplo, cumplió 14 de esos 30 años.

En Miami, el alma y el cerebro del éxodo ―y de la relocalización de miles de niños y niñas en orfelinatos católicos a lo largo y ancho de la nación― fue un sacerdote católico ―más adelante, monseñor― que había emigrado de Irlanda: el padre Bryan O. Walsh. Walsh era en aquel momento director ejecutivo del Buró Católico de Bienestar, y conformó con el programa de Bienestar de los Niños lo que fue el Programa de Niños Cubanos. El Buró Católico fue autorizado por el Departamento de Estado a procesar las visas de estudio y notificar a los padres en Cuba que la documentación de sus hijos estaba resuelta y que podían viajar a Miami. A Bryan Walsh, que narra toda esta epopeya en Cuban Refugee Children, ca. 1971, se le debe el éxito de este rescate.

James Baker viajó a Miami por primera vez en preparativos de la operación rescate a mediados de diciembre de 1960, y se entrevistó con Walsh el día 12. En esa reunión pactaron una estrecha colaboración. Se sentaron las bases de donaciones de empresas privadas, como la Esso Standard Oil (estadounidense) y Shell Oil Company (británica). Miembros de la Cámara de Comercio de EE. UU. en La Habana, ahora en Miami, fueron parte de ese esfuerzo recaudatorio, y ayudaron al intercambio de cartas y documentos, a través de valija diplomática.

El 2 de diciembre de 1960, la administración del presidente Dwight Eisenhower asignó fondos especiales (al principio, 1 millón de dólares) para asistencia a los refugiados cubanos y se fundó el Centro de Refugiados Cubanos en Miami, “el Refugio”. De ese fondo salieron los primeros presupuestos para el programa de niños refugiados. El Buró Católico se ocupó de los niños católicos, la mayoría; el Buró de Servicios a la Infancia se encargó de asistir a los niños de fe protestante, y el Servicio Judío de Familias y Niños se ocupó de los niños judíos, que fueron los menos.

El 15 de diciembre, un grupo de estos empresarios le trajeron al padre Walsh una carta de James Baker con los primeros 125 nombres de niños cubanos listos para salir solos de Cuba una vez sus visas de estudio se recibieran en Cuba. Comenzaba el gran éxodo. Más de 130 agencias de las Caridades Católicas en todo el país se unieron al esfuerzo. Walsh y sus colaboradores establecieron un sistema de espera en el aeropuerto de Miami de los vuelos diarios que llegaban de La Habana. Desde el inicio establecieron una relación colaborativa con los oficiales del Servicio de Inmigración y Naturalización en el aeropuerto para identificar y recibir a los niños que venían solos. Con el condado Dade y con la arquidiócesis de Miami, se habilitaron los refugios en las antiguas barracas de Kendall y el campamento Matecumbe, que fungía de campo de recreo de verano para jóvenes.

Aunque ya el Buró Católico tenía bajo su custodia a unas cuantas docenas de niños cubanos de la comunidad de refugiados, atendidos por varias comunidades de monjas en el downtown de Miami, y en una casona propiedad del industrial Mauricio Ferré (años después alcalde de Miami) puesta a la disposición de Walsh, no fue hasta el 26 de diciembre que los primeros niños arribaron a Miami a través del programa. Los hermanos Sixto y Vivian Aquino llegaron en el segundo vuelo del día en la aerolínea National. Comenzaba oficialmente la Operación Peter Pan.

El 28 llegaron dos más, seis el día 30 y doce el 31. Nunca en su historia el gobierno de Estados Unidos había costeado un programa para niños refugiados. La emisión de visas de estudio para los niños que Jim Baker y su grupo estaban identificando en Cuba se demoraba demasiado. La Operación Peter Pan se vio al borde de la cancelación cuando EE. UU. rompió relaciones con Cuba, y comenzó el cierre de su embajada en La Habana. Durante el mes de enero 1961, y mientras pequeñísimos grupos de niños llegaban a Miami, se montó un operativo de salidas a través de Kingston, Jamaica, con la aerolínea KLM, en colaboración con la arquidiócesis de Kingston y la aprobación del gobierno británico.

Es en estos momentos que surge la idea de emitir documentos de exención de visa ―en vez de visas de estudio― para los niños cubanos de entre seis y 16 años de edad. Menores de entre 16 y 18 años también recibieron dichas exenciones, con verificación previa de nombres y fechas de nacimiento. El Departamento de Estado y el Departamento de Justicia de EE. UU. colaboraron en aprobar el sistema de exención de visas.

Hubo que resolver, también, la ubicación escolar de los recién llegados. Para ello se reclutó un equipo de educadores cubanos ya exiliados en Miami, que estaba encabezado por James Baker y su esposa Sibyl. Lo integraban también monjas dominicas (de las Dominicas Americanas de Cuba) que se habían exiliado. Se fundó una escuela “cubana” en el Hogar para Niños Cubanos; algunos niños asistirían después a la secundaria Archbishop Curley, y a la primaria de la parroquia Sts. Peter & Paul.

De poquito a poquito, para no levantar muchas sospechas en La Habana, fueron llegando los niños y las niñas cubanas. El campamento Matecumbe y las barracas en Kendall se fueron llenando al tiempo que Walsh desarrollaba una red nacional de parroquias católicas, que pusieron a disposición de Caridades Católicas y el Buró Católico de Miami los orfelinatos para niños y niñas y su red de familias sustitutas ―casi todas estadounidenses― en 35 estados de la Unión: Nuevo México, Nebraska, Delaware, Indiana, Colorado y Florida, entre otros.

Noventa y cinco agencias de bienestar social gestionaron esta relocalización. De los 14.048 menores de edad que salieron solos de Cuba en esos 23 meses, 6.584 se ubicaron con amistades de la familia o parientes ya establecidos en EE. UU.; 7.464 quedaron bajo la protección del Programa de Niños Cubanos del Buró Católico y demás agencias protestantes y hebreas. Es importante notar que, si bien la mayoría de los menores eran de familias de la clase media, también se rastrearon barrios más pobres al menos en La Habana para identificar las necesidades de esos padres y madres respecto a su prole. Y para desmentir la propaganda, entre los 14.048 menores de edad hubo no solo niños y niñas hispanodescendientes, sino también menores de edad afrodescendientes y de origen asiático.

Más de 14.000 menores de edad en 23 meses: un cálculo de 610,8 niños por mes, o 140 semanales en el transcurso de 100 semanas. Si bien no ocurrió de esa manera matemáticamente perfecta, lo cierto es que ocurrió. Y también para desmentir la propaganda: nadie nos secuestró. Nuestros padres tomaron la desgarradora decisión de enviarnos solos al extranjero, de ponernos a salvo de la hecatombe comunista. No hay manera exacta de agradecer el sacrificio de esa generación. Hicieron historia. Nos hicieron libres. Descansen en paz.

*Tomado de Cubanet.