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Friday, January 13, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias


 Por Guillermo A. Belt

I

 

…volvamos a la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más.

 

            La alternativa entre dos cosas, por una de las cuales hay que optar, planteada en el Quijote (Primera Parte, Capítulo XXXVIII) la conoció sin duda Enrique Loynaz del Castillo, en la literatura como en la vida real. Muy joven debió enfrentarse a este reto, y superó la prueba con tan buena fortuna que tras alcanzar, combate tras combate, el grado de general de brigada del Ejército Libertador de Cuba nos dejó a generaciones de cubanos sus Memorias de la Guerra, editadas con esmero y devoción por su hija Dulce María Loynaz, de tanta gloria en las letras como su padre en las armas.

             Para el guerrero de temperamento impetuoso, como lo califica la hija poetisa, nada fácil habrá sido la tarea de recoger por escrito tantos hechos, recuerdos y emociones. Tampoco le fue fácil a Dulce María organizar los manuscritos para su publicación. Prueba al canto, en sus propias palabras al hacer la presentación del libro en La Habana el 27 de diciembre de 1986:

            Llegaron a mi casa estos originales después de haber muerto el autor. Gustaba él de leerme muchos de los pasajes allí vividos, y algo debe haberme ayudado este conocimiento previo.

            Pero ahora me enfrentaba por primera vez a la totalidad de las Memorias y su aspecto no podía ser más desconcertante. Revueltas estaban unas con otras, desprendidos muchos de sus pliegos, confusa la numeración de los capítulos.

            Años me llevó la labor en cuyo curso la lenta pero progresiva nublazón de mis ojos fue haciéndola paradójicamente más difícil cuanto más avanzaba en ella y más apremiaba el tiempo.

             En octubre de 1989 la Editorial de Ciencias Sociales publicó el libro. Su propósito, nos dice Dulce María, es dar a conocer “a los jóvenes de hoy una parte bastante ignorada de nuestra historia de sacrificios y gloria.” Han transcurrido más de tres décadas desde que la gran poetisa logró su noble empeño de rescatar historias de aquella guerra que hizo posible el nacimiento de la República de Cuba. La juventud de hoy, en la isla y fuera de ella, sigue ignorando casi toda la historia verdadera de nuestro país, relegada deliberadamente al olvido por el régimen totalitario impuesto por mentiras y engaños hace más de sesenta años.

             Hoy, Memorias de la Guerra, de Enrique Loynaz del Castillo, es un libro prácticamente imposible de encontrar en librerías. Sé de un ejemplar en la Biblioteca del Congreso que con mucha suerte y tiempo podría leerse allí mismo, sin que la augusta institución lo preste a ninguna otra biblioteca. Luego de indagaciones con compatriotas bibliófilos que son además buenos amigos, como Emilio Bernal Labrada y Alejandro González Acosta, éste muy dilecto amigo de Dulce María Loynaz y autor de La dama de América, fue Carlos Paldao, director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, ANLE, quien me dio la gratísima sorpresa de regalarme un ejemplar, un tanto venido a menos pero perfectamente legible.

             Acudo de nuevo al Quijote: “Porque has de saber, Sancho, que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama temeridad.” Con temeridad rescato el propósito de Dulce María Loynaz, amparado en el parentesco familiar que para mi honra nos une, y me propongo presentar en una serie de artículos el sentir y pensar de Enrique Loynaz del Castillo, para conocimiento de las juventudes que dentro y fuera de Cuba tienen el derecho y el deber de llamarse compatriotas suyos.

Monday, May 9, 2022

DICTADURA Y DEMOCRACIA: UN DEBATE ENTRE GÓMEZ Y MARTÍ

 


Por Antonio Gómez Sotolongo

Cada 19 de mayo se cumple un año más de la muerte en combate de José Martí, el Apóstol de Cuba. Un día como ese, de 1895, Máximo Gómez escribió en su diario lo siguiente:

El 19, a la Vuelta Grande, en donde encuentro al General Bartolo Masó con más de 300 jinetes- y a Martí y mis ayudantes.

Pasamos un rato de verdadero ardor y espíritu guerrero; ignorando que el enemigo venía marchando por mi rastro […]

Dos horas después, nos batíamos a la desesperada con una columna de más de 800 hombres, a una legua del campamento, en Dos Ríos.

Jamás me he visto en lance más comprometido- y Martí, que no se puso a mi lado, cayó herido o muerto en lugar donde no se pudo recoger y quedó en poder del enemigo.

Cuando supe eso avancé solo hasta donde pudiera verlo.

Esta pérdida sensible del amigo, del compañero y del patriota; la flojera y poco brío de la gente, todo eso abrumó mi espíritu a tal término, que dejando algunos tiradores sobre un enemigo que ya de seguro no podía derrotar, me retiré con el alma entristecida.

¡Qué guerra ésta! Pensaba yo por la noche; que al lado de un instante de ligero placer, aparece otro de amarguísimo dolor. Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma podemos decir del levantamiento.

Así demostraba el General Gómez el respeto y el cariño fraterno ante un hombre con quien había tenido un fuerte encontronazo en Nueva York, en octubre de 1884. Había sido verdaderamente fuerte el altercado entre los dos hombres, pero había muchas y más grandes cosas que los unían, por eso 1892, cuando Martí lo visitó en «La Reforma», en La República Dominicana, Gómez escribió en su diario:

Septiembre 11.- […] Muchos cubanos prominentes de nuestro Partido, con aparente razón temían que ahora, guardando yo algún resentimiento de Martí, por su conducta pasada, negase a la Revolución que él trata de resucitar, mi apoyo moral y todos mis servicios.

No debe ser así, pues Martí viene a nombre de Cuba, anda predicando los dolores de su Patria, enseña sus cadenas, pide dinero para comprar armas; y solicita compañeros que le ayuden a libertar, y como no hay un motivo, uno solo, ¿por qué dudar de la honradez política de Martí? Yo, sin tener que hacer el menor esfuerzo, sin tener que ahogar en mi corazón el menor sentimiento de queja contra Martí, me he sentido decididamente inclinado a ponerme a su lado y acompañarlo en la empresa que acomete.

Así pues Martí ha encontrado mis brazos abiertos para él, y mi corazón, como siempre, dispuesto para Cuba.

Aquella desavenencia entre Gómez y Martí, del todo ríspida, quedó registrada también en el diario del General dominicano:

Agregaré a esto que no faltaba alguien, como José Martí, que le tenga miedo a la dictadura, i que cuando más dispuesto lo creía se retiró de mi lado furioso según carta suya insultante, que conservo; porque no dejándolo yo, inmiscuirse en los asuntos del plan general de la Revolución, a cargo mío en estos momentos, y deseando enseñarle su papel, se ha creído que yo pretendo ser un dictador i dando a éste frívolo pretexto, la gravedad que jamás en si puede tener se ha alejado de mi lado vertiendo especies que no creo favorezcan a las cosas i a los hombres. He empezado de nuevo a saborear gotas amargas, pero yo seguiré mi camino sin miedo ni contemplaciones. 

Ambos hombres, ya desde entonces, debatían acerca del valor de la libertad y la democracia. Para Gómez, Martí se inmiscuía en sus asuntos, en los que nadie tenía derecho a opinar y mucho menos a fiscalizar; y para Martí, Gómez estaba en el deber de actuar de manera transparente y democrática. Y ese ideal de libertad y democracia el Apóstol lo enunció en la mencionada carta, dirigida al general Gómez con fecha 20 de octubre de 1884:

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento:-y cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante este espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?: ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Uds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?-Si la guerra es posible, y los nobles y legítimos prestigios que vienen de ella, es porque antes existe, trabajado con mucho dolor, el espíritu que la reclama y hace necesaria:-y a ese espíritu hay que atender, y a ese espíritu hay que mostrar, en todo acto público y privado, el más profundo respeto;- porque tal como es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ella exponga la vida.—El dar la vida constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.

Entiendo que Martí tenía muy claro los peligros que corría la Patria que estaban tratando de fundar, y no se equivocó, porque aunque el general Gómez nunca estuvo en condiciones ni en el camino de ser un dictador, muchos otros llegaron, desde 1902 hasta hoy, para comandar a Cuba como si la isla fuera un regimiento.

Este artículo fue publicado el 20 de mayo de 2012 en el blog del autor. En línea: https://eltrendeyaguaramas2epoca.blogspot.com/2012/05/dictadura-y-democracia-un-debate-entre.html Corregido y editado para el blog de la AHCE

 

Tuesday, May 3, 2022

EL COMITÉ CUBANO DE PARÍS

 

Ramón Emeterio Betances

Por Teresa Fernández Soneira

 

"¡Cubanos y puertorriqueños!, unid vuestros esfuerzos, trabajad de concierto, somos hermanos, somos uno en la desgracia; seamos uno también en la Revolución y en la independencia de Cuba y Puerto Rico. Así podremos formar mañana la confederación de las Antillas."                Ramón Emeterio Betances[1]

 

Era el París del siglo XIX en el que todos se respetaban: había tolerancia y libertad, fuera uno republicano o monárquico; anarquista o bonapartista; judío, católico o protestante. La libertad de pensamiento, de prensa, de asociación, de reunión, estaba reconocida. El derecho a la huelga estaba garantizado, y el divorcio existía de nuevo. Era la belle époque[2] en que el arte y el amor tenían por capital a París. Los cubanos se dieron cita en ese contexto ya desde 1830 y durante el resto del siglo XIX en que duraron las contiendas independentistas.  A Francia emigraban aquellos cubanos pudientes que no querían estar expuestos a los conflictos de la guerra en la isla.  Eran los sectores más privilegiados; una comunidad sumamente rica, aunque no quería esto decir que todos los cubanos que allí residían eran adinerados ya que, por ejemplo, la hija de José Antonio Saco o el hijo de Narciso López vivían en la estrechez. 

Estaba la colonia compuesta por los hijos de los hacendados azucareros, los dueños de las grandes caballerías de terrenos, y por algunos otros cubanos influyentes.  Había entre ellos científicos, abogados, músicos, artistas y médicos. Todos se entrelazaban profesional y fraternalmente.  La mayoría de ellos habían logrado trasplantar a París las mismas relaciones sociales que tenían en la Isla, así como su modo de vivir: los azucareros continuaban con su aristocrático estilo de vida, y los profesionales seguían ejerciendo sus carreras con éxito. No existían sectores de obreros asalariados, ni artesanos, ni campesinos, ni comerciantes.  Los cubanos de origen trabajador y los profesionales de menos relieve, que fue el mayor número de exiliados desde el 1868 en adelante, marcharon a Estados Unidos, México, las Antillas, y a Centro y Sur América. 

A “la ciudad luz,” como llamaban a París, fueron Mercedes Santa Cruz y Montalvo, condesa de Merlín,[3] el poeta José María de Heredia, y también Gertrudis Gómez de Avellaneda, aunque esta última luego de un tiempo en Francia, hizo de España su hogar.  Les siguieron los políticos de diferentes tendencias: Francisco Frías Jacott, Conde de Pozos Dulces; Porfirio Valiente, José Valdés Fauli, José Antonio Saco, José Morales Lemus, Nicolás Azcárate, Francisco Vicente Aguilera, Manuel de Quesada y otros más. También integraban la comunidad varios comerciantes, como los hermanos Terry de Cienfuegos. José Emilio y Francisco Terry eran los “varones de la sacarocracia,[4]” y de ellos dos, José Emilio fue el que más se destacó por ser en aquel momento el “primer productor de azúcar del mundo”.  Su gran fortuna le permitió adquirir en 1891 el famoso castillo de Chenanceau[5] en la región del Loira.

Igualmente se distinguieron varias damas de la alta burguesía cubana junto a sus esposos: Marta Abreu Arencibia y sus hermanas, Rosalía y Rosa.  Leonor García Whitmarsh, hija del General Calixto García Iñiguez; Ana de Quesada de Céspedes, viuda del padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, y la hija de Juan Clemente Zenea, la Sra. Piedad Zenea de Bobadilla. También estaban Cristina Saco Frías, hija de José Antonio Saco, y Dolores Madán, Marquesa de San Carlos de Pedroso.   Aunque nunca se llegó a realizar un censo de la población cubana que residía en Francia en esas décadas, a partir de unas 160 fichas se pudo averiguar que el número de miembros de aquella colonia ascendía a unos 300.


El Comité de París, como era conocido este grupo, creó una prensa diversa y con pluralidad de enfoques.  Fue importante el periódico El Americano, que se publicaba en francés y español y que era tribuna de muchos destacados antillanos. También se editaba el Bulletin de la Révolution Cubaine bajo la dirección de Ramón de Armas y Céspedes, que divulgaba una relación detallada de las operaciones militares en la Isla.  El santiaguero, Porfirio Valiente y Cuevas[6], quien ya había conspirado en los Soles y Rayos de Bolívar[7] en La Habana en 1823, publicó en París su folleto Réformes dans les iles de Cuba et Porto Rico.[8]  Algunos miembros del Comité escribían para L’Intransigeant, Le Jour o Le Temps, La Renaissance, La Petite République y Le Matin. También se publicaba el periódico bilingüe La República Cubana/La République Cubaine dirigido por Domingo Figarola-Caneda,[9] y que era el órgano revolucionario de los cubanos en Francia. Otros periódicos como La Revista Latinoamericana (1874) y El Hispanoamericano (1882) así como América en París (1891), publicaban también sobre el tema cubano. La prensa se convirtió en uno de los medios más importantes de este Comité para divulgar los problemas de Cuba. Tuvieron la fortuna de ser apoyados por varios escritores franceses de renombre, entre ellos Víctor Hugo y Elisée Reclus[10]. 

Desde Nueva York, José Martí estaba al tanto de lo que ocurría en Francia.  Conocía al médico puertorriqueño, Dr. Ramón Emeterio Betances[11], que residía en París, y se comunicó con él: “París es a un tiempo residencia de un gobierno nuevo humano, y de un grupo considerable de hijos de Cuba. […] ¿Quería Ud. contribuir con su ayuda valiosa a organizar en París un grupo vigoroso y activo de auxiliares de nuestra seria y creciente Revolución?”[12]  Betances, quien se había distinguido por su labor en favor de su patria, Puerto Rico, y había sido amenazado de ser expulsado de Francia por sus labores conspirativas, acepta la propuesta de Martí.  En aquellos momentos Betances no solo practicaba su profesión de médico, sino que también era delegado del Partido Revolucionario en Francia; Agente Diplomático General de la República de Cuba en ese país, y presidente honorario del Club Borinquen de Nueva York.  No pocas veces le causaría agotamiento tantas obligaciones. El Comité comenzó a reunirse en su domicilio los lunes a las 8 y media de la noche. Dice el historiador Paul Estrade[13] que “su consultorio y su casa se habían convertido en un antro de agitadores y en un nido de conspiradores”.  Una vez nombrado director del Comité, su primera declaración fue para el semanario La Revue Diplomatique:[14]Martí, Gómez y Maceo hoy están de nuevo a la cabeza de la revolución del 24 de febrero de1895 que el gobierno español ha querido hacer pasar primero por un asalto de bandidos y después por una rebelión de negros… […] Cuba está destinada a probar, una vez más, que los españoles han podido hacer todo en América, excepto hijos españoles”.   

Aunque a menudo divididos, las funciones del Comité se mantuvieron más o menos activas a lo largo de tres años, sobre todo entre 1896 y 1897.  El grupo celebraba tertulias en la casa de José Valdés Fauli[15] donde se informaba de las últimas noticias recibidas de la Isla; se intercambian datos sobre la situación económica de algunos exiliados, y se buscaba la forma de remediar su miseria. Para influenciar en Francia, España y los Estados Unidos sobre los asuntos de Cuba, se preparaban informes que luego aparecían publicados en la prensa en diferentes idiomas. Las más importantes conferencias y reuniones del Comité se llevaron a cabo en el salón del hotel de las Societes Savantes en el Barrio Latino. Allí habló, entre otros, Vicente Mestre Amabile[16] sobre su obra “La cuestión cubana y el conflicto hispanoamericano”, y también se realizó un banquete con algunos masones franceses.  Para apoyar las necesidades de las tropas mambisas se llevaron a cabo otras actividades en el restaurante Marguery y en los salones del Gran Hotel de París.

Además de estos profesionales y comerciantes, residían en París músicos y artistas como el violinista José White Lafitte; el pianista y compositor Ignacio Cervantes; el pintor Guillermo Collazo y el dibujante Heredia y Saavedra.  No hay información sobre si Cervantes y White tocaron en alguna velada de la comunidad. Sabemos que Cervantes desarrolló parte de sus estudios en París y que llegó a tocar junto a las grandes cantantes Christina Nilsson and Adelina Patti, y que White, se convirtió en gran amigo del compositor italiano Giachino Rossini, y fue aclamado por los amantes de la música clásica en toda Europa. 

Marta Abreu

A pesar de que con sus fortunas estos cubanos lograron colocarse en primera fila una vez que terminó la guerra, sus aportaciones económicas a la lucha revolucionaria siempre estuvieron por debajo de sus capacidades económicas. Pero hubo excepciones. Por su generosidad y patriotismo no podemos dejar de mencionar a la gran benefactora villaclareña, Marta Abreu Arencibia, quien donó parte de su fortuna a la causa patriótica: unos $200,000.00 de la época.  Como dijo el Dr. Fermín Valdés Domínguez[17], Marta humildemente “ocultaba entonces su nombre bajo el seudónimo de Ignacio Agramonte y ella, como aquel gran genio, sería para los cubanos, símbolo de honor”.  En una reunión uno de los asistentes informó que con mil fusiles bien distribuidos en Las Villas se aseguraría el triunfo de la guerra en menos de un año. Marta preguntó que cuánto costarían esos fusiles, y el informante le dijo que el precio sería de $10,000. Marta replicó: "Pues yo los doy".  Tiempo después, Estrada Palma le pidió al escritor Raimundo Cabrera[18] que fuera a visitar a Marta, ya que nuevamente necesitaba su ayuda, esta vez para adquirir un vapor, estimándose que valdría unos $80,000. El giro de Marta no se hizo esperar. En total, en los 3 años que funcionó el Comité Cubano en Francia se recogieron 1.800.000 francos, aunque esta cifra posiblemente no sea la correcta pues muchas entregas no llegaron a documentarse por temor a represalias si se conocían en Cuba los nombres de los donantes. Pero no todas las contribuciones fueron en dinero.  Hay que resaltar los sesenta cubanos de París que quisieron pasar a las filas del Ejército Libertador, y que se embarcaron para Cuba a luchar en la manigua.

Al llegar el fin de la guerra, la comunidad se dispuso a celebrar por todo lo alto con banquetes y actividades patrióticas.  He aquí un resumen de la crónica publicada en la revista “Cuba y América”: “La satisfacción que los cubanos íbamos sintiendo, al aproximarse la memorable fecha del 20 de mayo y el inefable placer que hemos de seguir experimentando, viene demostrándose en los salones de la colonia cubana de París, por numerosas recepciones en donde la animación y la alegría general unida a los acordes de la cadenciosa danza o las notas agudas de triunfales himnos, nos han hecho entrever la Patria independiente en su aspecto real de unánime alborozo” .[19] 

En la misma revista apareció la invitación que hacían el General Collazo y su esposa Angelita Benítez a una comida la noche del 20 de mayo.  Dice la crónica que el salón estaba decorado con numerosas banderas cubanas.  En los salones también había varios retratos de patriotas, entre ellos el de José Martí junto a una estrella de flores blancas naturales que colgaba del centro de uno de los espejos del comedor, y los elegantes menús llevaban impresos el escudo de Cuba.  Varias damas asistieron como las señoras Leonor Pérez de la Riva, Angelina Ponce de León de Lombard, y las parejas los señores Martínez-Ibor, los Whitmarsh-García; Collazo-Benítez; Elisa Bilbao-Marcaida y su esposo Raimundo Cabrera.  También estaban Gloria de Céspedes de Quesada, hermana gemela de Carlos Manuel de Céspedes; Tomás Terry y su esposa Teresa Dorticós y Leys, y Amalia Goicuría de Vaymari, hija del patriota Domingo Goicuría.

Raimundo Cabrera


Cuando llegó el momento del regreso, casi todos los integrantes de aquella colonia volvieron a la Isla. Algunos mantuvieron residencia en Francia, y otros pocos se quedaron a vivir definitivamente en ese país como Enrique Piñeyro y Barry y Francisco de Frías y Jacott, IV conde de Pozos Dulces.  En cuanto al Dr. Betances, después de haber realizado una intensa labor manteniendo la unión y recaudando fondos para el Ejército Libertador; de haber sido militante defensor de la libertad de las Antillas, y de haber vivido en el exilio la mayor parte de su vida, acabaría sus días gravemente enfermo en una clínica cercana a París viendo como su patria, Puerto Rico, terminaba bajo el dominio español.  Falleció el 16 septiembre de 1898 a los 71 años.  Su esposa, la puertorriqueña Simplicia Jiménez Carlo,[20] estuvo con él hasta el final, así como su mejor amigo, el médico cubano Filiberto Fonst.  Al morir, la Sra. Piedad Zenea de Bobadilla se encargó de guardar en una caja toda la papelería de Betances y luego enviarla a Benjamín Guerra, tesorero de Partido Revolucionario Cubano en Nueva York. 

El 10 de diciembre de 1898 se firmó el Tratado de París entre España y Estados Unidos sin que fuera invitada una delegación cubana.  Así se dio fin a la Guerra Hispano-Cubana-Norteamericana, y  España abandonó sus demandas sobre Cuba.  Comenzaba una nueva etapa para la futura República. 

 

 


 Notas:

Araujo, Nara: “José Martí, crónicas francesas”, El Nuevo Félix, 2007.

Barnet, J.A.: “Los salones cubanos de París”, Cuba y América, año VI, no. 25, pp. 125-128, La Habana, julio, 1902.

Castromori, Javier de: “Enrique Piñeyro: esteticista de la crítica literaria cubana, En el centenario de su muerte”, Memorandum Vitae, 13 abril, 2011.

 

De Armas Céspedes, Ramón: Bulletin de la Révolution Cubaine, 1871-1874.

Domingo Acebrón, María Dolores: “Los reformistas cubanos en París, 1838-1878”, Caravelle CMHLB, no. 74, pp 105-117, Toulusse, 2000.

 

Enríquez Ureña, Max: “Poetas Cubanos de Expresión Francesa”, revista Iberoamericana, Nueva Orleáns, Luisiana, mayo, 1941.

 

Estrade, Paul:  Iniciación a Betances, Casa de las Américas, La Habana, 2008.

___________:  La colonia cubana de París  1895-1898- El combate patriótico de Betances y la solidaridad de los revolucionarios franceses, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,1984.

___________: Solidaridad con Cuba Libre 1895-189: la impresionante labor del Dr. Betances en París, Universidad de Puerto Rico, San Juan, 2001.

___________: y Félix Ojeda Reyes: Pasión por la libertad, Instituto de Estudios del Caribe Editorial de la Universidad de Puerto Rico, San Juan, 2000.

 

La Revue Diplomatique, París, 19 mayo, 1895.

 

Martí, José: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.

 

Navarrete, William: “Un castillo francés propiedad de cubanos”, El Nuevo Herald, Miami, 1 de mayo, 2016. 

 

Ojeda Reyes, Félix: El desterrado de París, biografía del Dr. Ramon Emeterio Betances, Ediciones Puerto, San Juan, 2001.

 

Pons Cardá, Rubén: “Betances y la colonia cubana en París (1895-1898”), Revista de Sociología Histórica, año 1, núm. 1, Universidad de Murcia, oct. 2010.

Valiente, Porfirio: Las reformas en las islas de Cuba y Puerto Rico, Imprimerie Centrale des Chemins de fer, París, 1869.

 

 

Tomado de la revista Convivencia: un umbral para la ciudadanía y la sociedad civil. Desde el interior de Cuba. No. 86, Año XV: p. 30-33. Reproducido con permiso de la autora.

 



[1] Manifiesto de 1867.

[2] Belle époque, período anterior a la Primera Guerra Mundial caracterizado por el progreso socioeconómico y cultural y, consecuentemente, del ocio.

[3] Mercedes Santa Cruz, condesa de Merlín (La Habana, 1789 - París, 1852) escritora y novelista cubana. Llegó a Madrid en 1802 donde sus padres tenían un lugar preferente en la Corte de Carlos IV.  En 1810 se casó con Cristóbal Merlín de Thionville y en 1813 se marcharon a París.

[4] Aristocracia azucarera cubana.

[5] En el castillo se puede todavía apreciar en la galería del primer piso, dos butacas de cuero con las iniciales E.T. (Emilio Terry). José Emilio Terry vendió el castillo a su hermano Francisco, y tras su muerte lo heredó su hija Natalia quien lo vendió en 1913 a Henri Menier, heredero de los fabricantes de chocolates del mismo apellido. Ver William Navarrete, “Un castillo francés propiedad de cubanos”, El Nuevo Herald, 1 de mayo 2016.

[6] Porfirio Valiente y Cuevas (Santiago de Cuba, 1807- Jamaica, c. 1870), político y patriota cubano.

[7]  Intentos prematuros para lograr la independencia de Cuba de la sociedad secreta masónica de los Soles y Rayos de Bolívar.

[8] Las reformas en las islas de Cuba y Puerto Rico, Imprimiere Céntrale des Chemins de fer, París,1869.

[9] Periodista, literato y patriota, (1852-1926). Fundador y primer director de la Biblioteca Nacional de La Habana.

[10] Elisee Reclus, (Sainte Foy la Grande, Francia, 1830- Bélgica, 1905), geógrafo francés de ideas anarquistas.

[11] Ramón Emeterio Betances (Cabo Rojo, Puerto Rico, 1827 - Neuilly-sur-Seine, Francia, 1898) prócer puertorriqueño y el principal artífice de la insurrección armada conocida como el Grito de Lares.  Era médico, historiador y diplomático. Había estudiado medicina en Francia donde tuvo renombre por sus investigaciones científicas. 

[12] Carta de José Martí a Ramón Emeterio Betances, Obras completas de José Martí, tomo VIII, p. 55, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1975.

[13] Paul Estrade y Félix Ojeda Reyes: Pasión por la libertad, Instituto de Estudios del Caribe Editorial de la Universidad de Puerto Rico, San Juan 2000, p. 199.

[14] La Revue Diplomatique, París, 19 mayo 1895.

[15] Abogado y rector de la Universidad de La Habana, salió de Cuba por ser acusado de promover los acontecimientos del Teatro Tacón en La Habana y forzado a exiliarse. Le fueron embargados todos sus bienes.

[16] Vicente Mestre Amabile, ofreció esta conferencia el 5 junio 1896.

[17] Fermín Valdés Domínguez (La Habana 1853-1910), médico y amigo entrañable de José Martí.

[18] Raimundo Cabrera abogado, periodista, publicista y novelista (La Habana 1852-1923).

[19] J.A. Barnet: “Los salones cubanos de París”, Cuba y América, año VI, no. 25, pp. 125-128, La Habana, julio 1902.

[20] Simplicia Jiménez Carlo (Cabo Rojo 1842-San Juan, Puerto Rico 1923)