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Tuesday, August 5, 2025

Fallece el historiador Leopoldo Fornés-Bonavía Dolz


Por Felipe Lázaro 

Este caluroso domingo 3 de agosto, ha fallecido el historiador cubano Leopoldo Fornés-Bonavía Dolz en la capital española.

Estudió Historia en las Universidades de La Habana y Carolina de Praga. Se licenció en Historia y Geografía por la Universidad Complutense de Madrid. Ejerció la docencia, como profesor de Historia, hasta su jubilación.

De su enjundiosa bibliografía hay que resaltar dos volúmenes de Historia de América (Madrid, 1986 y 2001). Coordinó la obra colectiva Historia Universal (Puerto Rico, 1995), en la que colaboró como autor. Además de su obra más importante,  indispensable para acercarse a la historia cubana: Cuba. Cronología. Cinco siglos de Historia política y cultura (Madrid: Verbum, 2003).

Miembro destacado del Comité Pro Derechos Humanos en Cuba, dirigido por la Dra. Martha Frayde en el Madrid de los años 80 y 90. Asistiendo, puntualmente, los primeros domingos de cada mes a la Tertulia que la mencionada Dra. Frayde organizaba en el Café Central, cerca de la Plaza Santa Ana. Fue un asiduo colaborador de la Revista Hispano Cubana, participando en los actos de la Fundación Hispano Cubana en la madrileña calle Orfila. También colaboró con textos y reseñas en la revista Encuentro de la cultura cubana publicada en Madrid desde 1996 al 2002.

No faltaba a ningún acto cubano que se organizaba en Madrid en los años 80, 90 y principios del presente siglo: presentaciones de libros de las editoriales cubano-madrileñas, como: Playor, Pliegos, Verbum y Betania, en Casa de América, el Ateneo de Madrid, el Círculo de Bellas Artes y el Centro Cubano en la calle Claudio Coello. 

Leopoldo era jovial y atento, muy fino en su trato. Afable y, sobre todo, muy cubano. Siempre se regodeaba con un buen chiste, un cuento o una anécdota histórica de los vaivenes cubanos. Un  gran erudito de lo cubano. Cuba pierde otro de sus mejores e ilustres hijos lejos de la Patria. 
¡Descansa en Paz, amigo y compatriota!


Thursday, April 17, 2025

Vargas Llosa y ese extraño imán que tiene la muerte


Por Luis Leonel León

El escritor y periodista peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2010, falleció el domingo 13 de abril en Lima a los 89 años. Al último de los protagonistas del Boom Latinoamericano y uno de sus principales autores, cuya obra trascendió aquel fenómeno editorial (y en alguna medida también un movimiento cultural de acelerado crecimiento que entusiasmó al mundo entre 1960 y 1970) le conocí en Madrid, hace 20 años. Su obra la disfrutaba desde diciembre de 1985, cuando le compré a un vendedor de libros usados en la Calzada de Bejucal un ejemplar de La ciudad y los perros (1963), editada por Seix Barral, luego de ver su versión cinematográfica, premiada en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana de ese año, dirigida por el también peruano Francisco Lombardi, quien en 1999 llevó a la gran pantalla Pantaleón y las visitadoras. 

Nunca he olvidado sus amables palabras, ni aquella carcajada cómplice, pero sobre todo guardo las historias que no pudo dejar de contar. Con una disciplina inamovible durante más de 6 décadas, Vargas Llosa edificó un extenso y valioso corpus creativo, donde los grandes temas como la libertad y la opresión, el poder y el amor, el deseo y la identidad, viajan desde ambientes de la compleja y a veces increíble realidad peruana –y latinoamericana por extensión– hacia ese artefacto intelectual y sentimental que llamamos “universalidad” y al que suelen aspirar los grandes autores. En varios libros él lo consiguió. 

Motivado por las causas sociales, presentes en sus libros, Vargas Llosa fue candidato a la presidencia de Perú en 1990. Aunque terminó derrotado por Alberto Fujimori, nunca dejó de ser el escritor más admirado en su país y uno de los más leídos en Hispanoamérica. "Fujimori me devolvió a la literatura", confesó. Su apoyo al neoliberalismo se hizo más fuerte cuando en el 2021, ante la amenaza del izquierdista Pedro Castillo, puso en primer plano la defensa de las ideas de libertad, apartó su rechazo de 30 años a la familia Fujimori y en un acto de campaña abrazó a la hija de su antiguo contrincante y dijo: "Le pido a Keiko salvar al país de un peligro enorme que es caer en manos del totalitarismo". 

Sus ideales y experiencias, expresados con claridad en sus libros y columnas, evolucionaron del coqueteo con el comunismo y la revolución cubana hacia el liberalismo clásico –sobre todo en lo económico y en las libertades fundamentales– y las más duras críticas al castrismo, el socialismo del siglo XXI y el separatismo español. "La libertad, según los liberales, es una sola y debe darse simultáneamente en el campo económico, político, social, individual. Y que todo lo que signifique mayor libertad es bueno para el conjunto de la sociedad", dijo en una entrevista con BBC Mundo en mayo de 2019. 

El golpe de timón ideológico de Vargas Llosa comenzó en la década de 1980 gracias a la Dama de Hierro. “Para mí fue importantísimo lo que significó en Gran Bretaña el gobierno de Margaret Thatcher”, confesó en una entrevista con Jorge Lanata. “Era un país adormecido por las reformas laboristas y el espíritu emprendedor de la revolución industrial se había apagado. Ciertamente había libertad pero parecía un país muerto en vida. Thatcher infundió en la sociedad británica el espíritu empresarial, obligando a las empresas a competir en ese sistema frío pero eficaz que es el libre mercado, eliminando a las empresas que no funcionaban y premiando a las que sí. E inundó otra vez al país con cultura democrática”, le dijo al periodista argentino en la Feria del Libro de Buenos Aires del 2018.

En los últimos años ha apoyado a políticos de derecha como Jair Bolsonaro en Brasil, Mauricio Macri y Javier Milei en Argentina, Sebastián Piñera y José Antonio Kast en Chile, Carlos Mesa en Bolivia, Rodolfo Hernández en Colombia. En España a José María Aznar, Albert Rivera y a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a quien catalogó como símbolo de “resistencia liberal” e incluso la comparó con Ronald Reagan.

Pero a quien nunca soportó fue a Donald Trump. Su aversión era tal que llegó a decir que el presidente estadounidense era el mayor peligro para América Latina, cuando él mismo seguía denunciando que las peores pesadillas en nuestra la región se debían a las políticas socialistas. Antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, lo calificó de populista, demagogo, payaso, nacionalista, racista e irresponsable. Si bien es cierto que en ocasiones frases y poses –más que posturas y acciones concretas– no bien estructuradas por Trump han dado pie a esos y otros epítetos, el recio anti-trumpismo de Vargas Llosa y su incompleta comprensión del movimiento MAGA, lo arrastraron por un sendero equivocado, no exento de terquedad. “La corrección política es enemiga de la libertad”, apuntó, sin embargo, el novelista, quien experimentó no pocas contradicciones y virajes en su vida. Al menos en sus declaraciones públicas, jamás le dio una oportunidad a Trump. Al peruano no le fue bien en la política, no en balde llegó a decir: “La política es una forma de la maldad. El mayor error que he cometido en mi vida”. En cambio, fue un ilustre fabricante de ficciones.  

Desde joven he disfrutado de sus libros, primero leídos a hurtadillas y luego comprados en sus mejores ediciones, con la libertad que me ha traído el exilio, a pesar de que a veces funcione como una especie de cárcel abierta y transparente que también nos acompaña. Para Vargas Llosa, Cuba fue primero ilusión y luego desencanto. Aunque desde antes se había decepcionado por la creciente censura del dictador Fidel Castro y los campos de concentración conocidos como las UMAP (unidades militares de apoyo a la producción), Vargas Llosa rompió definitivamente con el castrismo en 1971 cuando Castro ordenó apresar y torturar al poeta disidente Heberto Padilla y su esposa, Belkis Cuza Malé, ambos acusados de “actividades subversivas”. Padilla permaneció 37 días detenido en una celda de la policía política, mientras que Cuza Malé fue liberada al tercer día. Padilla fue obligado a culparse por actuar en contra de la revolución comunista. La funesta operación castrista fue condenada en dos cartas abiertas, la primera publicada en francés en el periódico Le Monde el 9 de abril de 1971 y la segunda en el diario Madrid el 21 de mayo de 1971, ambas firmadas por intelectuales de izquierda y derecha de distintos países, entre ellos Vargas Llosa. Castro respondió fustigando a los firmantes, la mayoría de ellos hasta ese momento “amigos de la revolución”.

El 5 de mayo de 1971, el autor de Los jefes (1959) y El pez en el agua (1993) envió la siguiente carta a Haydée Santamaría, guerrillera comunista y presidenta de la Casa de las Américas: 

“Le presento mi renuncia al comité de la revista Casa de las Américas, al que pertenezco desde 1965, y le comunico mi decisión de no ir a Cuba a dictar un curso, en enero, como le prometí durante mi último viaje a La Habana. Comprenderá que es lo único que puedo hacer luego del discurso de Fidel fustigando a los escritores latinoamericanos que viven en Europa, a quienes nos ha prohibido la entrada en Cuba por tiempo indefinido e infinito. ¿Tanto le ha irritado nuestra carta pidiéndole que esclareciera la situación de Heberto Padilla? ¡Cómo han cambiado los tiempos!

Recuerdo muy bien esa noche que pasamos con él, hace cuatro años, y en la que admitió de buena gana las observaciones y las críticas que le hicimos un grupo de esos intelectuales extranjeros, a los que ahora llama canallas. De todos modos, había decidido renunciar al comité y a dictar ese curso desde que leí la confesión de Heberto Padilla y los despachos de Prensa Latina sobre el acto de la Uneac en el que los compañeros Belkis Cuza Malé, Pablo Armando Fernández, Manuel Díaz Martínez y César López hicieron su autocrítica.

Conozco a todos ellos lo suficiente como para saber que ese lastimoso espectáculo no ha sido espontáneo, sino prefabricado como los juicios estalinistas de los años treinta. Obligar a unos compañeros, con métodos que repugnan a la dignidad humana, a acusarse de traiciones imaginarias y a firmar cartas donde hasta la sintaxis parece policial es la negación de lo que me hizo abrazar desde el primer día la causa de la Revolución Cubana: su decisión de luchar por la justicia sin perder el respeto a los individuos. No es este el ejemplo del socialismo que quiero para mi país. Sé que esta carta me puede acarrear invectivas: no serán peores que las que he merecido de la reacción por defender a Cuba.

Atentamente, Mario Vargas Llosa".

Nueve días después, el 14 de mayo, Santamaría le respondió: “Usted no ha tenido la menor vacilación en sumar su voz —una voz que nosotros contribuimos a que fuera escuchada— al coro de los más feroces enemigos de la Revolución Cubana […] Cuando en abril de 1967 usted quiso saber la opinión que tendríamos sobre la aceptación por usted del premio venezolano Rómulo Gallegos, otorgado por el gobierno de Leoni, que significaba asesinatos, represión, traición a nuestros pueblos […] le propusimos que aceptara ese premio y entregara su importe al Che Guevara, a la lucha de los pueblos. Usted no aceptó esa sugerencia: usted se guardó ese dinero para sí, usted rechazó el extraordinario honor de haber contribuido, aunque fuera simbólicamente, a ayudar al Che Guevara”.

La misiva de Santamaría manipula los hechos. Lo que ocurrió fue que cuando en 1967 Vargas Llosa ganó el premio literario Rómulo Gallegos con La casa verde (1966), consistente en $25,000, Santamaría le pidió donar ese dinero al Che Guevara, con la promesa de que se lo devolverían por debajo de la mesa, pues la supuesta donación no era más que una farsa para hacerle propaganda al castrismo y sus guerrillas en Latinoamérica. Castro y sus acólitos jamás lo perdonaron. De haberse prestado para aquella desvergüenza, Vargas Llosa hubiera quedado atrapado, quizás para siempre, en el chantaje del régimen de La Habana, como otros escritores y artistas. Y no hubiera sido el escritor ni el promotor del liberalismo clásico que fue. 

La venganza castrista contra Cabrera Infante

Esta es solo una de las historias de oposición al comunismo en que salió victorioso Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, el hombre que este lunes 14 de abril fue velado en privado, por familiares y amigos, en su casa en el distrito limeño de Barranco. Sus restos, en un carro fúnebre negro, a la más clásica usanza moderna, fueron llevados al Centro Funerario y Crematorio del Ejército, ubicado en Santiago de Surco, en el sur de Lima. El autor de clásicos contemporáneos como Conversación en la catedral (1966), La guerra del fin del mundo (1981) y La fiesta del chivo (2000), dejó instrucciones a su familia sobre su funeral y pidió ser cremado luego de una ceremonia íntima. 

En señal de duelo nacional, Perú amaneció con las banderas a media asta en instituciones públicas, cuarteles militares y policiales. Muchísimas personas colocaron flores alrededor de la vivienda del autor de El hablador (1987). Cuentan que no pocas librerías abrieron el lunes colocando en primer plano en sus vitrinas los libros de Vargas Llosa, ofreciéndolos con descuentos. En el Colegio Militar Leoncio Prado, donde Vargas Llosa estudió y se ambienta la La ciudad y los perros, los cadetes rindieron homenaje formando filas humanas con las iniciales del más premiado de los autores peruanos: MVLL. 

“Vargas Llosa fue una figura significativa de la literatura y la cultura latinoamericanas. Su escritura refleja su profundo amor por la narrativa, caracterizada por la riqueza de su lenguaje y que abarca diversos géneros, desde libros autobiográficos y novelas históricas hasta ficción erótica y thrillers. Fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2010 por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes agudas de la resistencia, la revuelta y la derrota del individuo”, destacó el Comité del Premio Nobel en X. 

La presidenta peruana Dina Boluarte, vestida con un traje negro, asistió al velorio y le dio el pésame a la familia a nombre del gobierno. Boluarte fue recibida en la puerta del edificio por el hijo mayor del escritor, Álvaro Vargas Llosa, cuyo abrazo, rodeados de la seguridad presidencial y periodistas, fue fotografìa principal en varios medios.  

"No tengo otra cosa que decir que Perú ha perdido a uno de sus mejores hombres y nosotros a un ser infinitamente querido al que vamos a echar de menos", declaró Álvaro, quien rápidamente comprendió, en buena medida gracias a las enseñanzas y experiencias de su padre, las esencias del totalitarismo cubano y en respuesta a la maquinaria propagandística y distorsionadora del castrismo, elogió el aplomo de sus exiliados dedicandoles artículos y un libro, El exilio indomable. 

La Vigía, Hemingway y la finca del castrismo

En los últimos meses, Vargas Llosa vivió en Lima, según varios medios y agencias, casi retirado, tras desarrollar una carrera que lo ubicó en los más altos peldaños de las letras hispanas. Se ha dicho que llevaba días sintiéndose mal, afectado por una fuerte neumonía de la que al final no se repuso, y que a la familia, ante el deterioro de su salud, no le sorprendió su muerte. Sin embargo, aunque la neumonía pudo haber influido su fallecimiento, el periodista peruano residente en Miami, Jaime Bayly, reveló que Vargas Llosa "sabía que se estaba muriendo, el mundo no lo sabía, nosotros no lo sabíamos”. Bayly contó en su programa, emitido a través de redes sociales, que un peruano residente en Madrid, de apellido Carrera, le envió un email en julio de 2024 contándole sobre la lucha de su esposa contra el cáncer y que se había encontrado con Vargas Llosa en el hospital Fundación Jiménez Díaz en Madrid, quien acudía a la zona reservada para pacientes que tienen cáncer hematológico”. De ahí la frase de Bayly: "murió de neumonía, pero no es exactamente cierto que estaba sano”. Sus hijos declararon que se fue en paz y rodeado del amor de sus seres queridos. 

Nacido en la sureña ciudad peruana de Arequipa el 28 de marzo de 1936, en una familia de clase media, fue educado por su madre y sus abuelos maternos en Cochabamba (Bolivia) y luego en Perú. Tras sus estudios en la Academia Militar de Lima obtuvo una licenciatura en Letras y dio sus primeros pasos en el periodismo, un oficio del que nunca se alejó y que influyó mucho en su literatura (y viceversa, como otros autores de los siglos XX y XXI). 

Sus exploraciones amorosas no fueron convencionales. Tampoco lo fue su literatura, aunque en sus experimentaciones, sobre todo en lo estructural y en la fusión de géneros, se arriesgara menos que otros del Boom como Julio Cortázar (sin dudas el que más lejos llegó), Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos y José Donoso. La pasión de Vargas Llosa por la historia y la política lo condujo a investigar temas, situaciones y personajes que, con su innegable talento y un oficio de hierro, convirtió en novelas que han seducido lo mismo al lector común que a los más exigentes críticos.  

Fue un autor que, en no pocos libros, indagó más en el erotismo y la sexualidad que en el amor. En sus novelas, el erotismo y el deseo sexual, bien facturados y no circunscritos a la descripción del acto físico, convergen con el poder, la violencia, la guerra, la política, la historia, los giros de la memoria. Vargas Llosa entendía que la mejor literatura erótica es aquella que se despliega en libros que no son sólo eróticos, tal como ocurre en grandes piezas de James Joyce, Gustave Flaubert o Anton Chéjov, donde el erotismo va a la par de los demás ingredientes y complejidades de la vida y la sociedad. Y eso fue lo que practicó en sus libros, no sólo en los que se lanzan directamente al erotismo como Elogio de la madrastra (1988) y Los cuadernos de Don Rigoberto (1997).

A comienzos de 1995 le dediqué a Elogio de la madrastra uno de mis primeros comentarios sobre libros en el programa radial A esta hora, que ese año fundé, junto a otros realizadores, en Radio Metropolitana, la emisora cultural de La Habana. Precisamente entre los bullets points del comentario estaban el tratamiento del sexo en la gran literatura, y los delicados márgenes entre lo erótico y lo pornográfico, tema que luego fue el centro del debate de la última hora del show que salía en vivo los domingos desde las 7 de la mañana hasta el mediodía. Recuerdo que la diferencia entre erotismo y pornografía fue lo que más llamó la atención de los directivos que estaban monitoreando el nuevo programa. Creo que no se dieron cuenta que la novela era de Vargas Llosa o no sabían quién era el autor. 

Su vida amorosa estuvo marcada por relaciones y rupturas con mujeres cercanas a su familia e incluso con una prima hermana. En 1959, mientras residía en París, se casó con su tía política Julia Urquidi, 10 años mayor que él y que luego le inspiraría para escribir La tía Julia y el escribidor (1977). Cuando años después rompió con Urquidi, se casó con su prima hermana y sobrina de su ex mujer, Patricia Llosa, con quien tuvo tres hijos, Álvaro, Gonzalo y Morgana. Tras iniciar en 2015, con casi 80 años, un romance con una conocida personalidad del mundo madrileño, Isabel Preysler, expareja del cantante Julio Iglesias, Vargas Llosa se divorció de Patricia luego de 50 años de matrimonio, uno de los acontecimientos más controversiales de su vida. Siete años después, en 2022, Preysler y Vargas Llosa anunciaron su separación. Su romance con la Preysler desató un fenómeno sociocultural, al principio sorprendente y raro, pero luego interesante. Pocos escritores serios han tenido la presencia en la llamada "prensa del corazón" (que en realidad es la prensa del chisme o el chisme trastocado en prensa) que la que tuvo Vargas Llosa gracias a la socialité española. Fue una etapa que a sus biógrafos les tocará investigar y relatar con la profundidad de una novela de tramas y pasiones furtivas. Al final de su vida regresó a Lima y se reconcilió con la madre de sus hijos. 

Según El País, el escritor fue diagnosticado con una grave enfermedad en el verano del 2020. Cuando se enteró de que para su enfermedad no existía cura, pero sí tratamientos para retrasar la muerte, redactó una carta para sus hijos, Álvaro, Morgana y Gonzalo, explicándoles la situación. “No quiso hacerlo público, pero su entorno más íntimo lo sabía. Sus últimos meses de vida los dedicó a visitar los escenarios de algunas de sus novelas más celebradas”, asegura el periodico español. Quiso esperar el final cerca del mar y que sus cenizas fueron esparcidas en la bahía de Paracas. Sus hijos cumplieron sus últimas voluntades. Lo planificó todo tal como si se tratara de una novela. La novela de los últimos días de su vida. 

Vargas Llosa fue un maestro de la novela. No por casualidad o por meras operaciones de mercadotecnia vendió millones de libros por los que recibía, por concepto de derechos de autor, miles de euros cada mes. A lo largo de su carrera, de más de seis décadas, creó una impresionante y bastante fiel comunidad de lectores, no solo en Hispanoamérica, pues sus libros fueron traducidos a más de 30 idiomas. Desarrolló una obra no sólo muy particular y valiosa, sino también muy prolífica y diversa, cautivando a los lectores de disímiles generaciones y a la crítica, lo mismo con novelas, cuentos y ensayos, que con piezas teatrales y artículos periodísticos. Fue un escritor total. 

Aunque le pude ver una vez en la Feria del Libro de Miami, donde le conocí fue en la Casa América de Madrid en noviembre de 2004. Durante una semana presenté allí el ciclo de cine Otras imágenes posibles, que por primera vez mostraba en Europa una veintena de películas documentales y de ficción realizadas de manera independiente, la mayoría por estudiantes de cine y jóvenes cubanos, junto a otras que, aunque producidas dentro del sistema, abordan críticamente la realidad cubana a pesar de la censura. La última tarde, Vargas Llosa presentó su libro La tentación de lo imposible, sobre Los miserables y Victor Hugo. Yendo a su sala nos encontramos y alguien de la institución le mencionó  mi ciclo. Me saludó cordialmente y cuando escuchó mi nombre me dijo: “Todo con ele”. Le dije algo que aún suelo repetir: “Era la única letra que estaban dando ese día” y él soltó una carcajada. Me dijo que le hubiera gustado haber visto algunos de los filmes y le hice una síntesis veloz. 

Desde esta ventana*

Como me presentaron como el curador de la muestra, al principio creyó que yo era un crítico, pero alguien le explicó que era cineasta y que tenía un documental sobre La Habana. No sé si me equivoqué al leer en sus ojos una mezcla de sentimientos: curiosidad, nostalgia, desconsuelo y quizás incluso hasta esperanza. O al menos fue lo que quise ver en su expresión. Me comentó que Habaneceres le gustaba como título. Le conté que gracias a la biblioteca de la Fundación Alejo Carpenter había leído varios de sus libros, proscritos en la isla y que sabía que su posición ante el caso Padilla había ayudando a que esas otras verdades de la revolución se conocieran un poco, pues el mito lamentablemente persistía. No olvido una frase tan amable como inspiradora: “Estoy seguro de que tu documental, como otros de los que has traído, también ayudarán a desmitificar la revolución cubana”. Tenía que irse a presentar su libro y no pudimos hablar mucho más que eso. Fueron unos 5 minutos. Un breve e inolvidable encuentro. Recuerdo que cuando se apagaban las luces en mi sala y comenzaba un cortometraje, yo me escapaba a su sala para escucharle y regresaba sólo para presentar el próximo. Lo mismo hice una o dos noches antes con Caetano Veloso, que también tuvo allí una presentación aquella semana, no tan interesante como la de Vargas Llosa, pero igualmente a sala repleta. 

Casi 5 años después me reencontré con Vargas Llosa en el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico por la Libertad (CEDICE) en Caracas, en el Encuentro Internacional Libertad y Democracia. Había mucha tensión, Vargas Llosa fue retenido en el aeropuerto por la dictadura chavista, pero de todos modos fui al evento con un par de amigos del equipo de producción del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) que yo dirigía en Venezuela. Por desgracia tuvimos que irnos antes de tiempo cuando uno de mis colegas detectó entre el público a un agente cubano. No quisimos arriesgarnos a un interrogatorio ya que nos habíamos llevado la cámara del ICAIC para filmar un evento antichavista. Pero alcancé a saludar a Vargas Llosa, quien se acordó de mí. Allí conocí a Antonio Ledezma, alcalde de Caracas, con quien después hablé en otras dos ocasiones, con mucho cuidado de no ser visto por la policía política y los chivatos cubanos y venezolanos. A los pocos días del encuentro en el CEDICE, coincidí en el bar Rajatabla, al lado del teatro Teresa Carreño, con la abogada neoyorquina prochavista Eva Golinger, quien me habló horrores de Vargas Llosa y de otros de los excelentes panelistas de aquél evento. Entre tragos y una música altísima hice una defensa de la escritura de Vargas Llosa, le dije que era una de las voces cardinales del Boom y que incluso había influenciado a autores cubanos jóvenes. Por aquellos tiempos Eva solía pasar por el Rajatabla. Como un año antes, una amiga común, también estadounidense de izquierda, nos había presentado y de pronto sentí que, sin variar su posición, Eva bajó el tono y reconoció los valores literarios del peruano. “De la que me libré”, pensé al día siguiente, cuando los efectos del ron Pampero se habían esfumado y la concupiscencia de la madrugada era sólo un recuerdo. 

¿Qué hubiera dicho o escrito Vargas Llosa sobre aquello? A veces me lo he preguntado. Nunca lo entrevisté, pero me hubiera gustado mucho hacerlo. Además de un excelente escribidor, era muy buen respondedor. Agudo y simpático. No olvido y aun me sigo riendo de la cara y la sonrisa de Vargas Llosa al escuchar uno de los comentarios más desatinados del periodista Jorge Ramos –por aquellos momentos en Univisión– cuando, en una entrevista en la Feria del Libro de Miami, le propuso a Vargas Llosa utilizar el “lenguaje igualitario”, basándose en que si de pronto ellos se encontraban entre un grupo de 5 o 6 mujeres por qué no decir “todes” en vez de todos o nosotros. Al escritor, conocedor de nuestra lengua, ante tamaña aberración no le quedó otro remedio que decirle a Ramos que eso era estupidez que de ninguna manera él iba a aprobar. Es mi último recuerdo de Vargas Llosa en un evento público en Miami.

Se ha ido uno de esos autores que son una biblioteca. De sus ensayos, recomiendo La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary (1975), el primero que leí, a finales de los ochenta en La Habana. También La verdad de las mentiras. Ensayos sobre la novela moderna (1990), Cartas a un joven novelista (1997), El viaje a la ficción (2008), La civilización del espectáculo (2012) y Medio siglo con Borges (2020). De su obra periodística, para comprender el viaje de sus ideas, vale la pena leer los tres volúmenes de Contra viento y Marea. En cuanto a teatro, La Chunga (1986) y Los cuentos de la peste (2015). Conversación en La Catedral (1969), La guerra del fin del mundo (1981) y La fiesta del chivo (2000) están consideradas sus piezas maestras. De sus novelas, recuerdo otras, menos celebradas, como El paraíso en la otra esquina (2003) y Travesuras de la niña mala (2006), las últimas que leí en Cuba. Al llegar a Estados Unidos compré su nueva novela, El sueño del celta (2010). Todos sus libros no han causado el mismo impacto ni todos sobresalen de igual modo, pero todos tienen su marca y todos están muy bien escritos. 

Aprovechó el boom del Boom y, sin vender su alma al diablo del enfermo y vulgar izquierdismo latinoamericano, como hizo Gabriel García Márquez, le sacó provecho, casi como el autor de Cien años de soledad (1967), la obra más reconocida de su amigo y de la generación del Boom. Tuvo la gran suerte de trabajar en lo que de verdad le gustaba y, con tonos altos, bajos y medios, como todo autor, no paró de escribir, lo mismo en su eterna ciudad, Lima, que en París, Londres, Nueva York, Punta Cana y Madrid. 

A propósito de su fallecimiento, el diario español El País publicó un artículo titulado “Mario Vargas Llosa, el más español de los escritores latinoamericanos”. Aunque desde 1993 adquirió la nacionalidad española y pasó mucho tiempo viviendo en la madre patria, Vargas Llosa siempre escribió y vivió como lo que era: un escritor peruano, un autor cardinal del boom latinoamericano, sin nada que ver con el provincianismo que flota en ese ridículo y falso titular de El País, un medio que con los años ha venido a menos, muy distante a aquellas páginas de los años noventa y comienzos de este siglo donde brilló la columna de opinión, Piedra de Toque, del autor que acaba de fallecer en su querida Lima, con los suyos. 

Con sus análisis y sobre todo con sus novelas, Mario Vargas Llosa, el escritor peruano que mejor retrató el Perú del siglo XX, hizo crecer en nuestra lengua el universo de la literatura, eso que él llamó “la verdad de las mentiras”. Fue muy leído, reverenciado y exitoso. Ganó, entre muchos otros premios, el Príncipe de Asturias de las Letras (1986), el Planeta (1993) y el Cervantes (1994). Fue académico de la RAE y casi al final de su vida, en 2023, fue también premiado con su incorporación a la Academia Francesa. La literatura fue su pasión y su adicción perenne. En 1981, a propósito de la presentación en Madrid de su novela La guerra del fin del mundo declaró: “La pasión por la literatura, como todos los buenos vicios, se acrecienta con los años, y con el tiempo se descubre que lo importante no son los libros que se escriben, sino el hecho de escribirlos, el tránsito hacia el libro”. 

Intentar hacer un resumen de la obra de Vargas Llosa no es tarea imposible, pero siempre resultaría un río de omisiones y descartes de imágenes, personajes, diálogos e historias que –como ocurre con los clásicos, según Borges– no pocos leerán y volverán a leer. Y por estos días, por ese extraño imán que tiene la muerte, con mucha más intensidad y una inevitable maleta de nostalgias. 

Tuesday, February 11, 2025

WALDO BALART, in memoriam*




Por Felipe Lázaro

Personalmente conocí a Waldo a mediados de los años 70 en un Madrid marcado por la abundante presencia de exiliados cubanos que, desde 1959, llegaban a España sin cesar, en oleadas sucesivas. Esos años, como los 80 y la década de los 90, fueron testigos de un boom cubano en la madre patria, sobre todo en Madrid; donde casi todos los días había alguna actividad cubana anticastrista, fuese una presentación de libros, lectura de poesía o una exposición de pintura y constantes conferencias de temática cubana, etc. De esa época, recuerdo las concurridas reuniones festivas en la casa de Waldo en la mítica calle de San Cosme y San Damián (calle de poetas cubanos: donde vivió José Mario hasta su muerte y se había suicidado Wifredo Fernández) con la asistencia de sus amigos españoles (los pintores Ceferino Moreno, José María Iglesias y Jerónimo Salinero o los escritores Manolo Conde y Teresa Soubriet) y un buen puñado de cubanos como los pintores Lorenzo Mena y Andrés Lacau o los poetas José Mario e Isel Rivero, Pío E. Serrano y Edith Llerena, David Lago y Benita C. Barroso, Elías Miguel Muñoz y Rolando Morelli, y quien escribe este texto.

Además de otros escritores que lo visitaban, como Reinaldo Arenas o su gran amigo el galerista Florencio García Cisneros que dirigía en Nueva York la revista Noticias de Arte. También su relación con sus amigas del alma: las profesoras Estrella Busto Ogden y Olga Connor, Uva de Aragón y Rosario Hiriart. Más tarde, ya en los 90, fueron asiduos a su atelier otros jóvenes poetas cubanos, de entonces, como Alberto Lauro, Orlando Fondevila, León De la Hoz, Efraín Rodríguez Santana, Bladimir Zamora, Antonio José Ponte y Nelson Simón, entre una lista interminable de amigos (como Osbel Suárez, Santiago Méndez Alpízar o Nidia Fajardo) o como los escritores cubanos residentes en Francia (Zoé Valdés, Jacobo Machover, Armando Valdés Zamora. y William Navarrete). O intelectuales hispanoamericanos como los venezolanos Carlos Contramaestre y Elizabeth Burgos, el dominicano Carlos Julio Báez, el norteamericano Louis Bourne o el historiador y político español Guillermo Gortázar, pero ya en su nueva residencia madrileña de la calle San Ildefonso.

Como un sentido reconocimiento a Waldo, hay que recordar que fue él quien ayudó a José Mario para que refundara en Madrid las Ediciones El Puente (1970-1988), creara las Ediciones La Gota de Agua (1973- 1981) y publicara los 50 números de la revista literaria Resumen Literario El Puente (1979-1988), como de otros innumerables proyectos literarios y culturales que emprendía José Mario. Sin olvidar que también fue ayudado en su labor editora por otros mecenas cubanos como el escritor Pancho Vives y el editor Víctor Batista Falla, entre otros.

De esa época (finales de los 80, y toda la década de los años 90) recuerdo -y siempre le agradeceré a Waldo- su presencia en los actos betanianos, cuando presentábamos algún libro nuevo, fuese en la madrileña Casa de América, en el Ateneo, en el Círculo de Bellas Artes o en la Fundación Hispano Cubana en la calle Orfila. Con especial cariño también recuerdo su invariable asistencia a la Tertulia del Café Central que convocaba la Dra. Martha Frayde y que siempre terminaba en un concurrido almuerzo en alguno de los restaurantes cerca de la Plaza Santa Ana.

Recordemos que durante esos años, un clásico del cubaneo en Madrid siempre fueron las sucesivas exposiciones de Waldo en diversas galerías madrileñas (o su participación anual en la Feria Internacional ARCO) donde sus compatriotas y amigos españoles arropaban su quehacer artístico.

Él siempre fue un imán viviente de amistad y a sus sucesivos domicilios madrileños peregrinaron cubanos, hispanoamericanos y españoles, cuyo eco se ha podido percibir en las redes sociales, tras su muerte.

En estas horas de dolor, recordamos a otros amigos de Waldo, como Mariela A. Gutiérez, Yolanda Portero, Roberto Cazorla y la fotógrafa Lucía del Pozo (poseedora de un nutrido álbum de fotos de él), a su gran amigo y vecino de siempre Ángel Gómez, a sus sobrinas Mirtica y América, y a sus sobrinos Lincoln, Mario, Rafael y José a quienes hacemos llegar públicamente nuestro más sentido pésame.

Waldo Balart ya es para siempre otro hijo de lujo de Banes, un cubano ilustre que tenía dos pasiones vitales: su patria y su obra pictórica. Y su dedicación cotidiana para consolidar ambos amores, lo confirman como un amante de la Libertad, como un luchador incansable de una Cuba nueva, cada vez más cercana, y uno de los mejores exponentes de la plástica cubana de finales del siglo XX y principios del XXI.

¡DESCANSA EN PAZ, amigo Waldo!

*Tras conocer el fallecimiento de nuestro entrañable amigo, el pintor y escultor cubano Waldo Díaz-Balart (Banes, 1931 - Madrid, 2025) ponemos a disposición de los lectores de nuestro blog su libro Ensayos sobre Arte (Betania, 1993) para su lectura y descarga gratuita.

Wednesday, December 4, 2024

El bodeguero de la calle Ocho

Por Enrique Del Risco


Uno quiere pensar que muertes como la de Juan Manuel Salvat deben doler menos. Que cuando se ha cumplido el ciclo vital a plenitud como fue su caso la muerte es menos desgracia que trámite inevitable. Porque el Gordo Salvat, como le llamaban desde joven, cumplió con todos los requisitos que se le imponían a un hombre de su tiempo. Rebelde connotado contra las tiranías que le tocaron en macabra suerte supo ser empresario exitoso, padre de familia, patriota y promotor de cultura, casi todo al mismo tiempo.

Cuando conocí a Salvat era ya una leyenda miamense. Había leído su edición de El color del verano, la arrebatada novela de Reinaldo Arenas con ese fervor que solo se puede encontrar en una Habana hambrienta, entre tantas cosas, de lecturas así. Era Salvat la tabla de salvación de libros que por aquel entonces no podían encontrar acomodo en ningún otro sitio. Libros gusanos, quiero decir. Libros que, independientemente de su valor literario, histórico o antropológico, cargaban con el estigma de que sus autores transitaban por el lado equivocado de la historia cuando el rumbo correcto de esta lo marcaban abominaciones como la llamada Revolución Cubana.

Acudí a Salvat para publicar una colección de artículos humorísticos gusanos que en principio pensaba llamar La política cómica pero que, enterado de que en aquellos tiempos existía un periodiquito en Miami de igual título cambié por el de El Comandante ya tiene quien le escriba. Salvat fue todo lo amable que se puede ser en aquellas circunstancias: yo llegaba con el que iba a ser mi primer libro en Estados Unidos, o en Miami, si es que eso es compatible. Con todo el desparpajo que cabe suponer, con toda la torpeza. Pensando que hasta algún dinero le podría sacar a aquel librillo. Pero ¿iba a sacar de paso a alguien que había tratado a Lydia Cabrera, a Carlos Montenegro, a toda la generación de Mariel?

Hasta donde sé en Universal había dos categorías de autores: los que pagaban para publicar y los que no. Nunca escuché que hubiese autores que pertenecieran a una tercera categoría, la de los que recibían dinero por los libros, aunque tampoco lo descarto. Salvat comentaba, riéndose, que Lydia Cabrera lo más cerca que tuvimos los cubanos de una aristocracia intelectual, lo llamaba El Bodeguero de la calle Ocho. Hijo de un bodeguero literal de Sagua la Grande a quien había ayudado siendo niño, el mote, lejos de ofenderlo, debía reportarle no poco orgullo. Los libros pueden ser una mercadería tan digna o tan indigna como otra cualquiera. Que otros vieran su tránsito de luchador clandestino a editor y librero como dos fases de una misma batalla contra la opresión o la insignificancia. Salvat entendía que al final lo que importaba era que cuadraran las cuentas con las cuales mantener a su familia y hacer que Universal siguiera funcionando. Cumplía con sus autores imprimiendo sus libros, poniéndolos a la venta y cumpliendo con el ritual de invitarlos a comer a Casa Juancho en donde te conminaba a que probaras el cordero, lo mejor del menú. No cabía espacio para otra misión de beneficencia que no fuera convertir en libros manuscritos que de otra manera se hubieran perdido en el reciclaje perpetuo de los basureros del exilio.


Durante años cultivamos una relación distendida, con o sin libros por medio. Nuestras familias coincidían en Miami Beach donde Salvat tenía un apartamento y nosotros usábamos el que nos prestaba otra librera y editora, Teresa Mlawer, cubana que, con tesón parecido, se había abierto camino en Nueva York principalmente con la edición y venta de literatura infantil. Una amistad de arena y sol del verano permanente de Miami y de las visitas obligadas a Universal para encontrar con libros y amigos inesperados. O encuentros en la feria del libro de la ciudad donde en las mesas correspondientes a la librería permanecía, inagotable, El comandante ya tiene quien le escriba. Entre nosotros el dinero por la venta de los libros nunca fue un problema: nunca le reclamé un centavo, ni me lo pagó.

Pero de todas las conversaciones que tuve Salvat la que mejor recuerdo fue una de las primeras. Supongo que fue el día en que acordamos que publicaría mi libro. Todavía estábamos conociéndonos. Hablamos de la historia cubana reciente que era también la de su vida. De sus misiones clandestinas bajo el ojo implacable del castrismo, del cañoneo desde una lancha del edificio Rosita (reconvertido en el Sierra Maestra) donde se suponía que un grupo de jerarcas soviéticos celebraban algo. Me mencionó las penalidades increíbles que tuvieron que pasar en los primeros años del castrismo: las prisiones, los compañeros fusilados. “Nada de lo que vino después se compara con lo que pasamos nosotros”, concluyó. Con toda mi arrogancia de aquella edad lo contradije. Le comenté que peor debió haber sido para la generación del Mariel, gente continuamente acosada por un régimen ya totalmente constituido, donde hasta la familia les retiraba el saludo. Luego, el escarnio horroroso contra los que se atrevían a irse para llegar a Estados Unidos y ser asolados por la alienación de los inadaptados y la epidemia del SIDA. Lo lógico era que en ese momento Salvat se hubiera aferrado a sus propias desventuras e imponerlas sobre las ajenas frente a uno que no había conocido de primera mano ni unas ni otras pero aquellos ojos claros en su cara redonda tuvieron un momento reflexivo para concluir:

-Sí, es posible.

En esa concesión nada trivial -Dios sabe lo celosos que somos los cubanos con la importancia de nuestros sufrimientos- Salvat me reveló una de las claves de su incansable gestión. Esa paciencia, esa falta de arrogancia, tan rara entre compatriotas, tuvo que ser decisiva para conservar ese refugio de libros clavado en una arteria -la calle 8- por la que circulaba con mucha más fluidez la yuca y la carne de puerco. Por noble que pudiera parecer su trasiego con libros no habría podido sostenerlo por tanto tiempo de faltarle su humildad y tesón de bodeguero.


Con el escritor Luis Aguilar León

Decía al principio que una muerte como la de Salvat nos debía doler menos sabiendo que faltaba a la verdad. Porque, para un ser limpio y empecinado como Salvat, todos los honores y agradecimientos que recibió en vida debieron parecerles pocos comparados con la conciencia de que el país que tantos desvelos le causó sigue asfixiado por el mismo yugo contra el que luchó desde su juventud por todos los medios a su alcance. El dolor que debió sentir hasta el último minuto ante ese fracaso esencial, más que todos sus éxitos, nos da la verdadera dimensión de valor de gente como Salvat.

Wednesday, November 27, 2024

Juan Manuel Salvat (1940-2024)

Juan Manuel Salvat y José Basulto en 1962 

Juan Manuel Salvat, fundador de las Ediciones Universal en Miami en 1965, falleció ayer martes 26 de noviembre en dicha ciudada los 84 años de edad. Salvat había nacido en el 27 de marzo de 1940, en Sagua la Grande, provincia de Las Villas. De acuerdo con el Diario de las Américas Juan Manuel Salvat era hijo "de Manuel Salvat Martínez y Consuelo Roque Olivé" y "creció en una pequeña tienda de víveres en Cuba, en la que ayudaba a su padre a despachar alimentos, arroz, frijoles y azúcar”. “De joven, decidió estudiar Derecho en la Universidad San Juan Bautista de la Salle, en Cuba; sin embargo, terminó solo el primer año y parte del segundo, pues en 1959 se matriculó en la Universidad de La Habana” en la facultad de Ciencias Sociales donde llegó a alcanzar el cargo de vicesecretario general de la Federación Estudiantil Universitaria en dicha escuela.


Sin embargo el 5 de febrero de 1960 su vida cambiaría de manera radical: “’Se había anunciado que el dirigente soviético Anastas Mikoyan, uno de los máximos responsables de la masacre rusa en Hungría, llevaría una corona de flores a la estatua de Martí en el Parque Central. Un grupo de estudiantes nos organizamos para llevar pacíficamente una corona en forma de bandera cubana, como desagravio. Al realizar nuestro acto de protesta, fuimos reprimidos por la Policía del Gobierno y llevados prisioneros al G-2’, dijo Salvat al historiador cubano Rafael Rojas en una entrevista publicada en la revista Encuentro de la Cultura Cubana en los años 90”.

"Luego vino la expulsión de la FEU y de la universidad, en actos públicos en la Plaza Cadenas, donde nos rodearon turbas a los gritos de 'paredón'” explicó en la misma entrevista. A partir de ahí " tomamos el camino de la conspiración, fundando, en la misma tradición de los estudiantes cubanos de los 20 y los 50, el Directorio Revolucionario Estudiantil". El lema de la organización era “"José Antonio Echeverría, con tus ideas en marcha". Miembro del DRE Salvat salió y regresó "en varias ocasiones a la Isla de forma clandestina y con documentación falsa, para realizar campañas de propaganda y otras acciones contra el régimen cubano”. En la nota del Diario de las Américas se menciona que en “1961, luego de ser detenido durante un tiempo en Cuba, organizó su salida forzosa de Cuba a través de la Base Naval de Guantánamo”.

"El compañero del DRE, Julio Hernández Rojo, organizó el viaje. En julio de 1961 logré, con ayuda, saltar la cerca. Ya se había avisado a la Base y un Jeep de los Marines vino a recogerme pues en ese lugar había minas y no podía moverme hasta que ellos llegaran. A los pocos días, junto con Manuel Guillot y Rafael Quintero, nos llevaron en avión a Cayo Hueso, y de allí a Miami donde ya estaban mis padres, hermanos, mi novia y después esposa, Marta Ortiz Iturmendi, el gran amor de mi vida".



De acuerdo con la nota publicada por su fallecimiento por Diario de Cuba en 1965 Salvat “creó en Miami la Distribuidora Universal, y en 1968 comenzó a publicar libros bajo el sello de Ediciones Universal. En sus más de 40 años de historia, Ediciones Universal, considerado el más grande proyecto editorial cubano del exilio, publicó más de 1.000 títulos, la mayoría de autores o temas cubanos, toda vez que Salvat consideró como su misión principal el preservar, a través de los libros, "los valores fundamentales de nuestra cultura".

“Entonces, Miami no era lo que es hoy, ni los cubanos eran la mayoría, pero había un mercado, una inquietud muy grande por leer en español y leer libros relacionados con Cuba. Formábamos parte de un exilio que pensaba en regresar a la isla y que quería estar más cerca de Cuba, a través de los libros”, dijo Salvat en exclusiva a DIARIO LAS AMÉRICAS.

Hasta el 2013 Juan Manuel Salvat conservó la librería Universal en la calle 8 donde, entre un largo catálogo de libros en español ofrecía el largo millar de títulos publicados por su propia editorial. Entre estos se encontraban desde clásicos cubanos como Heredia o Martí, libros testimoniales hasta las primeras ediciones de títulos de autores imprescindibles del exilio como Lydia Cabrera, Enrique Ros, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz, Calixto Masó, Antonio de la Cova, Luis Aguilar León, Eladio Secades, Ramón Chao, Emilio Cueto, Octavio R. Costa, Jorge e Isabel Castellanos, Reinaldo Arenas, Carlos Victoria, Guillermo Rosales, José Abreu Felippe, Nicolás Abreu o Luis de la Paz.

NOTA LUCTUOSA DE PRENSA

 


Nueva York, 26 de noviembre de 2024

La Junta Directiva de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, a nombre de todos sus miembros y colaboradores, se une al luto de la Cuba eterna por el fallecimiento en Miami en el día de hoy de uno de sus más firmes y destacados hijos: Juan Manuel Salvat. Cristiano de fe y práctica cabal, patriota de ideas y acción sin treguas, hombre de armas y almas tomar, deja una huella de amor infinito en todos los que tuvimos el placer y el honor de conocerlo y trabajar con él. Como decano de los editores cubanos del Exilio, su labor incansable por salvaguardar lo mejor de la cultura cubana allende los mares, lo había convertido en puerto seguro de las letras desterradas que de la Patria nunca se han ido del todo. De mente y corazón abiertos, jamás fue sectario más que del amor a Cuba, Dios, la familia, y a todos cuantos tocaban a sus puertas en busca del reposo del guerrero que bien sabía del doloroso peso sublime de llevar en sí el decoro de muchos cuando había muchos sin decoro.

Nuestras condolencias a su familia, que era parte indisoluble de su persona, sus luchas, sus logros y sus tenaces esperanzas por Cuba siempre. Que en la Paz del Señor descanse.

 

Dr. Octavio de la Suarée, presidente.                      Dr. Eduardo Lolo, secretario.

 

Friday, October 11, 2024

FALLECE SYLVIA LANDA GARCÍA-GALÁN

El colega Julio Estorino nos acaba de comunicar el fallecimiento en el mes de agosto de la Académica Sylvia Landa, en la ciudad de Miami (FL). Sylvia Landa García Galán (que era su nombre completo), había nacido en La Habana, donde estudió en la Universidad de Villanueva. En su país natal fue una destacada poetisa, declamadora, periodista y activista cultural, habiendo sido electa miembro de afamadas instituciones en el ramo tales como el Ateneo de Matanzas. También escribió columnas y reportajes aparecidos en el periódico El Mundo y la revista Carteles, entre otros medios.

En el exilio, obtuvo diversos grados en las universidades de Tulane y Loyola, de New Orleans, donde continuó su tarea de activista cultural con la creación y producción durante mucho tiempo de “Aquí se habla español”, el primer programa en castellano de la Televisión Pública local, etc.

Una vez relocalizada en la Florida, extendió sus labores iniciadas en Cuba. Entre ellas son de destacar su trabajo como curadora de las importantes muestras pictóricas “Grandes Maestros de la Pintura Cubana” y “Cuba Arte”, de la cual emergió su ensayo “La Pintura Colonial Cubana”, así como sus columnas sobre asuntos culturales en el Ðiario Las Américas y otras publicaciones.

Como autora, además de sus poesías, dio a conocer El tabaco y su acción en la Guerra de Independencia; fue, asimismo, una activa investigadora de campo y coleccionista de artefactos y documentos históricos relacionados con Cuba. Entre sus descubrimientos y adquisiciones son de destacar cartas manuscritas de Félix Varela, Antonio Maceo, Enrique José Varona y José Martí, así como el documento firmado por el rey Alfonso XIII proclamando la libertad de Cuba luego del Tratado de París de 1898 entre España y los Estados Unidos. Entre los artefactos que llegó a adquirir, se destaca el reloj de bolsillo que portaba José Martí el día de su caída en Dos Ríos.

Desde que nuestra institución comenzó sus primeros pasos en 2013 y hasta la fecha, hemos obtenido importantes logros gracias a la dedicación de todos sus miembros. Pero también hemos sufrido la partida final de 13 colegas sin llegar a ver desde la tierra el advenimiento de una Cuba que sea, finalmente, “con todos y para el bien de todos.” QPD.

 

JUNTA DIRECTIVA AHCE

Thursday, October 10, 2024

SENSIBLE FALLECIMIENTO EN NUESTRA MEMBRESÍA

 

La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (AHCE), da a conocer, con sumo pesar, el fallecimiento del académico Armando de Armas, ocurrido este martes 8 de octubre de 2024, en la ciudad de Miami (FL), donde residía desde hacía tres décadas.

De Armas, nacido el 15 de octubre de 1958 en Santa Clara, estudió filología en la Universidad Central de las Villas. Entre sus obras se destacan las novelas La Tabla (Fundación Hispano Cubana, Madrid, 2008, reeditado por Exodus, Miami, en 2020), Caballeros en el Tiempo (Atmósfera Literaria, Madrid, 2013), Escapados del paraíso (2017, Colección Fugas), y El Guardián en la Batalla (2017, NeoClub, ganadora del Premio de Narrativa Reinaldo Arenas de ese año), Capitán Caín, y Avellaneda al atardecer: Historia del amor oculto (ambas editadas por Exodus en 2024).

Publicó los libros de relatos Mala jugada (D’Fana Editions, 1996) y Carga de la caballería (2006, El Almendro, Miami,) y cuentos suyos integran antologías en España, Italia, Francia, República Checa y Alemania. En el género de ensayo, publicó Mitos del antiexilio (2007, El Almendro) y Los naipes en el espejo (2011, NeoClub Ediciones), obras que le valieron su elección como Miembro Numerario de la AHCE.

En 2018 fue reconocido por el Centro UNESCO de Cultura de Puerto Rico debido a “su incansable labor cultural manifestada en cada una de sus obras literarias e históricas”. Fue, además, incluido en el libro de entrevistas y valoraciones sobre vida y obra de pensadores, escritores y artistas, tanto de Occidente como del Oriente, titulado Scrittori, artisti, Spirali (Milán, 2009), del escritor y académico italiano Armando Verdiglione.

En 1994 se exilió en Miami, luego de escapar de Cuba, junto a un grupo de amigos, en una embarcación que fue tiroteada durante varias millas por las Tropas Guardafronteras, logrando traer con él dos novelas y un relato, que publicó fuera de la isla. En 1999 su testimonio de aquella fuga fue publicado en la revista Lettre International de Berlín. En 1995 sobrevivió al naufragio de la embarcación Sun Down II, como parte de una flotilla de exiliados que, desde Cayo Hueso, se dirigían a protestar frente a las Costas de La Habana.

En la revista de nuestra Academia, Anuario Histórico Cubanoamericano, publicó varios ensayos, entre ellos: Biología de la democracia, 90 años después (No. 3, 2019) y Andrés Facundo Cristo de los Dolores Petit (No. 4, 2020). Durante varios años y hasta 2022, trabajó como periodista en la emisora Radio Martí y su publicación digital Martí Noticias. En el exilio no dejó de oponerse al castrismo, desde el activismo y el pensamiento.



Sobre cuánto determina la cultura en la política, expresó en una entrevista con nuestro académico Luis Leonel León, publicada en 2017 en Diario Las Américas: “Las personas desinformadas o menos despiertas, como parte del gran rebaño al que ni siquiera saben que pertenecen, repiten que la cultura no tiene nada que ver con la política. Y están equivocados. La cultura no sólo tiene mucho que ver con la política, sino que la determina. Siempre ha sido así. Un régimen político dado es siempre consecuencia de una cultura dada. Pero a su vez, el espíritu es quien determina la cultura, o se manifiesta mediante la cultura. Lo que está dentro crea lo que está afuera, a toda acción antecede un pensamiento. Y el pensamiento no mora en el cerebro como pedestremente nos dice el materialismo. El pensamiento es captado por el cerebro, mero mecanismo, sofisticado, pero mecanismo al fin. Lo alto manda sobre lo bajo. Nada inferior produce algo superior. Esta es la esencia de lo que el mundo ha vivido hasta ahora, de cómo se manifiesta la historia a consecuencia de la metahistoria”.

Tenía 66 años al momento de su fallecimiento, cuya causa, hasta el momento, no ha sido dada a conocer por sus familiares y amigos. Llegue a todos quienes le querían la más sentida condolencia de todos sus colegas de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, de la cual fue un destacado miembro. QEPD.

Junta Directiva AHCE, 9 de octubre de 2024.

Tuesday, July 2, 2024

La muerte asistida de mi padre, Carlos Alberto Montaner*


Por Gina Montaner

 
Son días de sentimientos encontrados para mí. Este 25 de junio se cumplió en España el tercer aniversario desde que la ley de eutanasia entró en vigor. Y el pasado 29 de junio marcó el primer año de la muerte de mi padre, el escritor cubano y analista político Carlos Alberto Montaner, quien pudo acogerse en Madrid a la prestación de ayuda para morir. Mi padre ha sido una de las 323 personas que en 2023 recibieron la muerte asistida en España. De ese modo, cumplió su deseo de marcharse de este mundo antes de que una cruel enfermedad neurodegenerativa acabara por postrarlo en una cama con las facultades físicas y cognitivas totalmente mermadas.
Mi padre falleció a los 80 años gracias a la sedación que le practicó un equipo médico de la sanidad pública española. No fue fácil recorrer el camino debido a los obstáculos que enfrentamos, a pesar de que con anterioridad él había establecido sus últimas voluntades en el testamento vital (documento que está al alcance de todos los españoles). Para él y para la Asociación Morir Dignamente (DMD), que fue nuestra guía en todo momento, no había duda de que su caso se ceñía a los requisitos de la ley vigente: su enfermedad era incurable, crónica e imposibilitante. Unos años atrás le habían diagnosticado Parkinson y una posterior resonancia magnética arrojó un diagnóstico más cruel: su mal era un Parkinson atípico y más severo llamado Parálisis Supranuclear Progresiva (PSP).

Mi padre luchó con perseverancia contra el avance de la enfermedad, pero cuando advirtió que más pronto que tarde su actividad intelectual, que había sido su brújula desde muy joven, se desvanecería irremediablemente, tomó la decisión (muy meditada) de solicitar la eutanasia antes de perder del todo su autonomía. El objetivo de la ley de eutanasia en España es el de respetar la voluntad de quienes, por determinadas enfermedades, desean poner fin a la vida; asimismo, debe garantizar que se haga con la máxima profesionalidad de los médicos, algo que no siempre se cumple. Para mi padre, la mayor dificultad radicó en la falta de formación de los profesionales de la sanidad pública en lo referente a abordar con conocimiento una ley que todavía es nueva y que está en pleno rodaje.

Según datos de DMD, casi un tercio de las personas que solicitan la eutanasia en España fallecieron durante la tramitación. Es un escollo que los defensores de este derecho atribuyen, principalmente, a la burocracia y a una tendencia de los médicos a no ponerse en el lugar de quienes solicitan la prestación de ayuda para morir al verse cercados por enfermedades terminales o padecimientos que avanzan inexorablemente como el Alzheimer, ELA o Parkinson. Fue muy duro para mí y la familia inmediata acompañar a mi padre en un camino cuyo final sería su despedida definitiva. Pero también fue un motivo de satisfacción ayudarlo a concluir su fructífera trayectoria vital. A lo largo de su vida luchó por la libertad en Cuba, su país natal y de donde tuvo que huir por la dictadura castrista; también luchó a favor de las libertades individuales porque era un firme creyente en el modelo de las democracias abiertas. Mi padre era un liberal en el sentido más amplio (no sólo en lo económico) y siempre se pronunció a favor de la legalización de la eutanasia. Para él era un derecho fundamental que debía estar al alcance de quienes se vieran en situaciones extremas de salud.

La vida nos aboca a pasar de lo abstracto a lo concreto y es la prueba definitiva de la capacidad de poner en práctica las creencias que enarbolamos. En el otoño de su vida –después de haber escrito sus memorias. Sin ir más lejos, publicadas en 2019–, mi padre se vio en la disyuntiva de plantearse una muerte asistida como salida a una enfermedad que lo carcomía con rapidez. Lejos de abordarlo con emotividad, lo hizo con fría racionalidad y fiel a su línea de pensamiento: había llegado el momento de acogerse a la ley de eutanasia y, por ser ciudadano español, tenía la fortuna de poder hacerlo en uno de los pocos países que ha legalizado este derecho (un total de 7 en todo el mundo).

En la década de los 70, mi padre vivió con júbilo la transición a la democracia en España. Desde entonces, la conquista de las libertades individuales fue avanzando porque la sociedad española estaba dispuesta a abrazar la tolerancia. Cuando en junio de 2021 la ley de eutanasia finalmente entró en vigor, contaba con el respaldo de la mayoría de los españoles. Representó todo un triunfo frente a las presiones de la Iglesia y la oposición de partidos de ultraderecha como Vox. Hoy me uno a las celebraciones de organizaciones como DMD, que en el tercer aniversario de esta ley también informan de la importancia de mejorarla y de resolver los obstáculos que los solicitantes encuentran a lo largo de tan duro proceso.

También, y a pesar del profundo dolor que siento por su pérdida, celebro que mi padre pudo despedirse como él lo deseaba: por medio de una muerte digna y muy dulce (Una muerte muy dulce es el título del libro que Simone de Beauvoir escribió sobre los últimos días de vida de su madre), que lo libró de un deterioro definitivo que para él era inaceptable. Mi padre vivió y murió libremente. Ganó la más primordial de las batallas.

*Tomado de El Nuevo Herald

Wednesday, May 8, 2024

Yesenia Selier o el saber en movimiento*

 

Fotografías de Geandy Pavón

Con nombre como de anagrama de río ruso Yesenia Selier es lo más cerca que he conocido de un perpetuum mobile, la máquina imposible con la que los físicos todavía sueñan. Bailarina, educadora, investigadora, promotora cultural, perpetua era la agitación de Yesenia, perpetua su alegría, sus creaciones alimentadas por una fuente de energía que parecía inagotable. De ahí que nos resultara a los que la conocíamos tan inexplicable que pusiese fin a su vida el pasado 22 de octubre con solo 48 años de edad. Con el egoísmo de los vivos, de los sobrevivientes, no dejaremos de echarle en cara que aquella noche de domingo decidiera privarnos de la infinita vitalidad que irradiaba.
Negra, cubana, intelectual, madre de trillizos, artista, bruja, era la tarjeta de presentación de una vida desbordada que la propia Yesenia no sabía cómo acotar. Había nacido en La Habana el 12 de abril de 1975 para luego pasar parte de su infancia en el pueblo de San Diego de Núñez, la patria diminuta del gran novelista cubano del siglo XIX Cirilo Villaverde. Esa experiencia infantil en un rincón de Pinar del Río la puso en contacto íntimo con la naturaleza, una naturaleza con la que sus ancestros desde siempre habían mantenido diálogo extenso y nutritivo. En ese sentido la fortuna de Yesenia fue doble: por lo que le venía de nacimiento y porque de regreso a La Habana pasó a vivir en El Vedado, justo enfrente de la casa de cultura municipal donde además de ser cuna de un famoso festival de jazz anual, el Jazz Plaza, era la sede de un proyecto de enseñanza de bailes afrocubanos. Allí Yesenia siendo niña tomó clases de baile y de teatro llegando a participar en presentaciones infantiles junto al reputado Conjunto Folklórico Nacional de Rogelio Martínez Furé.

Yesenia, mujer tan de espíritu como de cuerpo, terminó graduándose de Psicología en la Universidad de La Habana pero ningún pergamino con letras góticas bastó para retenerla como examinadora de angustias ajenas. Partícipe ubicua del movimiento cultural afrocubano que se empezó a gestar en la década de los noventa Yesenia ayudó a darle forma y consistencia con reflexiones que fue madurando en aquellos años: la primera ponencia que incluye su currículum lleva un título revelador: “Identidad y subjetividad: los negros cubanos”. Y premonitorio, porque las preocupaciones anunciadas en esa ponencia inicial no la abandonarían el resto de su vida. Luego escribiría que en Cuba “lo negro continúa siendo mayormente pensado por intelectuales blancos; reinventado por los poderes y saberes en cuanto aspecto sea posible imaginar” y nunca renunció a contrariar aquella visión ajena y condescendiente.



Al graduarse en 2000 Yesenia ya era una experimentada promotora y estudiosa del rap nacional, género que llevaba tres lustros de tortuosa pero prometedora existencia en la isla. Unos meses después de recibir su diploma de licenciada en sicología Yesenia se graduaba a su vez de madre de trillizos. Pero lo que dominaría la vida profesional de Yesenia fue su pasión por el baile. El baile, con sus exigencias físicas pero también intelectuales se ofrecía como campo propicio para un ser tan expansivo como ella. Junto con la música que lo incita, el baile es religión oficial entre cubanos. Falso que todos bailen en la isla: en Cuba se baila bien o no se baila. Allá, los parias incapaces de mover los pies con cierta sincronización, se apartan del centro de la fiesta para, desde su destierro en las orillas, burlarse de los pocos infelices que se atreven a exhibir su torpeza danzaria, casi siempre extranjeros. El bailador en Cuba es cosa silvestre, sin escuelas ni academias. Allá, o se nace para bailador, o algún condiscípulo compadecido dedica los ocios escolares a remediar la falta de talento que la naturaleza no te dio. En Cuba hay muchas más academias de bailes regionales españoles o de ballet que de ritmos cubanos. Como si se asumiera que los ritmos locales te vienen desde la cuna o no te quedará otro remedio que envidiar a los afortunados desde los rincones de la fiesta. De ahí la tremenda suerte que Yesenia desde niña encontrara buenos maestros que guiaran sus pasos.

Cuando Yesenia se profesionalizó como bailarina decidió llevar al plano del baile las costumbres analíticas adquiridas en las clases universitarias. Y cuando más adelante ingresó a un doctorado en la New York University su tema de investigación inicial fue precisamente la profesionalización de las danzas afrocubanas en la figura de las rumberas que inundaron las pantallas de la época de oro del cine mexicano. En un país donde el baile popular es religión resulta paradójico que apenas existan estudios comprehensivos sobre sus diferentes manifestaciones: a la incapacidad para valorar algo que parece parte de la naturaleza misma del pueblo se suma el típico desdén intelectual ante la cultura popular: “la centralidad de la noción de ‘alta cultura’, denotada por los cánones artísticos occidentales en nuestra apreciación del arte” se quejaba Yesenia, impedía a muchos intelectuales locales acercarse a esos fenómenos culturales con el respeto que merecían. Ella misma, ajena a cualquier prejuicio, era una de las llamadas a llenar ese vacío.


Su inmersión en las religiones afrocubanas le permitió a Yesenia reunir conocimiento de primera mano sobre la importancia esencial de estas en la coreografía de las danzas populares y su significado y sentido. El baile de Yesenia era saber en movimiento. Por eso cuando en 2014 Wynton Marsalis y Chucho Valdés preparaban el estreno mundial de la obra “Ochas” en el prestigioso Jazz at Lincoln Center la elegida para bailar la danza dedicada a Yemayá fue Yesenia, cometido que encarnó con una precisión y una gracia únicas. Al año siguiente la conocida artista visual Teresita Fernández al crear su instalación Fata Morgana en Madison Square Park también invitó a Yesenia junto a un grupo de bailarines a su cargo. Esta vez se trataba de interpretar a los principales orishas de la religión yoruba de los que la bailarina se reservó el papel de Oshún. A la orisha de la fertilidad y feminidad Yesenia supo sumarle, además de la proverbial sensualidad de la diosa, una destilada elegancia. Esa comprensión del profundo sentido ritual de las danzas africanas trasplantadas a América no siempre fue imitada por sus colegas, anticoloniales en teoría pero colonizados (o colonizadores) en la práctica. Así le ocurrió en el 2022 en el Smithsonian National Museum of African Art institución donde Yesenia había sido designada directora de Religiones Afro-Globales. Allí la directora del museo, empeñada en mostrar su visión de “qué es un museo de arte africano en el siglo XXI”, no supo encontrarle acomodo a todo el saber que Yesenia —quien siempre supo conciliar modernidad y tradición— le ofrecía.

Yesenia emigró a Estados Unidos en 2004 y no mucho después se casó con el intelectual cubano-americano Ariel Fernández. Su proceso de adaptación a una nueva realidad debió haber sido difícil, pero cuando la conocí, poco después, parecía que llevaba toda una vida acá y yo era el recién llegado: ya para entonces Yesenia tenía revolucionado el condado de Hudson con sus clases de danzas afrocubanas y de salsa para niños y jóvenes. Con el carisma y el ímpetu que nunca la abandonaron se hacía cómplice indispensable de todo el que la conociera. Escuchar su lista de proyectos daba vértigo. Y todavía más si comprendías que Yesenia no era de los arquitectos a tiempo completo de castillos en el aire. Si múltiples eran sus intereses y su ambición su capacidad de llevarlos a cabo no era menor. Desde fundar compañías de baile y crear coreografías hasta escribir y montar obras de teatro, desde realizar producir documentales a protagonizar videos musicales con la asistencia de sus talentosos hijos. Yesenia parecía una inagotable fuente de energía, de conocimiento, de vida, de movimiento. De todo eso nos alimentábamos dándolo por sentado, como si Yesenia compartiera la fuerza silvestre de sus bailes o los poderes sobrenaturales de las orishas que encarnaba.

La inmigrante, madre de trillizos, obtendría un master en el Center of Latin American and Caribbean Studies de NYU y a continuación entró en su programa de doctorado de la misma universidad. Pero el exigente régimen de estudios no consiguió apartarla ni de sus ocupaciones como madre, otra vez soltera, ni de las abundantes proyectos u obligaciones que se imponía. La última década fue la más prolífica de su intensa carrera. Años en que recibía una beca tras otra y difundía su visión sobre la danza afrocubana en lugares tan distantes entre sí como México, Grecia y Brasil. Y nada de lo anterior la hacía siquiera atenuar su activismo o su intensa vida social. Magnífica anfitriona, en su apartamento lo mismo se podía asistir a una descarga del cantautor Roberto Poveda, que ser testigo del virtuosismo del célebre instrumentista Pancho Terry que alternar con estrellas como el percusionista Pedrito Martínez o el actor Mat Dillon con quien Yesenia colaboró en un documental sobre Fellove, legendario músico cubano. Yesenia era el punto donde se tocaban mundos supuestamente afines pero ajenos en la práctica como el activismo feminista y el afrolatino, el cine independiente, la música y el baile caribeños, la literatura, las artes plásticas, la academia y la vida cotidiana del barrio. Porque una de las cosas que Yesenia ejercía con más persistencia era la creación de comunidades donde cabía todo el que las necesitara.


El último intercambio que tuvimos fue apenas un mes antes de su muerte. Me envió un viejo artículo para que fuera republicado en el sitio de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio a la que también Yesenia pertenecía. “La habitación propia de la negra cubana” se titulaba y ya había aparecido en una antología de pensadoras afrocubanas en 2011. Como Virginia Woolf, Yesenia reclamaba un espacio para pensar, un espacio tanto concreto como conceptual que necesitaba como pensadora negra para autorrepresentarse y crear, en una sociedad, un mundo, que tiene la necesidad constante “de contener lo negro”, de recluirlo en casillas o categorías más fáciles de manipular, necesidad que “se extiende como curiosa tendencia a lo largo de nuestra historia: en una cárcel, en la noción de lo ‘folklórico’ o en una agencia de rap”.

Al final de su vida el tema de su tesis de grado había evolucionado hasta convertirse en una indagación obsesiva sobre la construcción y representación de imágenes raciales del Caribe español. También trabajaba en otro ambicioso proyecto titulado “Desnudando el mito de la mulata”. No queda claro si este era parte de su tesis de doctorado, pero la meticulosidad con que se desgranan sus diferentes aspectos en el índice basta para imaginarlo como libro independiente, exhaustivo y al mismo tiempo polémico destinado a combatir las representaciones que retratan “blackness as an inert matter, awaiting the transformative touch of the West”.

La última vez que vi a Yesenia nos invitó a los presentes a participar en la siembra ritual de una ceiba, iroko en la tradición yoruba, en una maceta en su apartamento. “Iroko” era justo el título de uno de sus últimos proyectos: un documental que contaba la historia de su propia familia, la que se había encargado durante generaciones de la custodia secreta de la Ceiba de los Lukumíes, sembrada en tiempos de la esclavitud sobre reliquias yorubas. Según la descripción del proyecto, el documental incluía la peregrinación anual a la ceiba realizada esta vez el 31 de mayo del 2022, la misma fecha —insiste la descripción del proyecto— en que fueron procesados por el gobierno cubano los artistas afrocubanos Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Castillo, miembros del Movimiento San Isidro. “In their honor, Exu [o Eshú en la mitología Yoruba] offers to the Ceiba a Cuban flag as a prayer for Cuba and the life of the artists, who were finally sentenced to 5 and 9 years in prison”. En su descripción del documental, actualmente en post-producción bajo el cuidado de la productora Natalie Romero, Yesenia anticipa el ánimo de guerrero que alentaba una de sus últimas piezas, ese ánimo con que afrontaba todo en la vida: su condición de negra, de intelectual, de artista, de defensora de la igualdad y la libertad del ser humano.

Su brutal salida de este mundo, lanzándose desde el balcón de su apartamento, no solo interrumpe uno de los momentos más creativos de la carrera de Yesenia Selier. También elimina toda distracción y nos hace ver lo desesperada que debió ser su lucha contra la incomprensión ajena y los demonios propios. Yesenia Selier nos deja en cambio su energía ejemplar y esos claros en la selva de lo real que desbrozó con sus pies desnudos y que permanecen allí, como invitándonos a avanzar siempre más allá de lo que nos permiten nuestras pobres convenciones.

Nota: Agradezco a la mamá de Yesenia, Mercedes Crespo, a su hijo Malcolm Selier y a sus amigas Penélope Hernández y Natalie Romero su ayuda en la reunión de datos incluidos en este artículo.

*Tomado de la revista Esferas, del Departamento de Español y Portugués de NYU