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Friday, August 15, 2025

Inauguración de monumento a Louis Pasteur en La Habana, 20 de julio de 1935

A la izquierda el embajador francés y al centro el alcalde de La Habana Guillermo Belt


El Alcalde de la Habana ha sido nombrado Caballero de la Legión de Honor por el Gobierno francés. Distinguidas personalidades se congregaron con motivo de la inauguración del busto a Pasteur. El Alcalde hizo constar que Cuba se honraba al honrar al ilustre científico francés.

Por el Alcalde Municipal fue descubierto ayer el busto del sabio francés Luis Pasteur. Al acto concurrieron personalidades del mundo diplomático, social, científico y político. Entre los asistentes recordamos al Alcalde Municipal, al Secretario de Estado; al Instructor de Ministros; al Coronel Manuel Despaigne; Dr. José Antonio López del Valle; Manuel Ecay; Dr. José A. Presno;
ex-comandante Ramón Font; Capitán de la Cruz Roja; señor Álvaro Novoa; el Sr. Manuel Vendreil, Jefe del Archivo General del Municipio, que cumplimentó a los concurrentes al acto antes de la llegada del Alcalde Municipal; Dr. Mario Montero, Presidente de la Audiencia de la Habana; Ingeniero Montolieu, Tesorero de la Comisión para la erección del busto y el homenaje; Ingeniero Castellanos; Dr. Antonio Díaz Albertini; Emilio Vasconcelos, Jefe del Departamento de Fomento Municipal; Pedro Morán, Secretario Particular del Dr. Presno; señor Raúl Ureña; Paquito Calderón, alto empleado del Municipio; Capitán Juan Arias, Ayudante del Alcalde
Municipal; señor Augusto Martínez Pereira, Secretario Particular del Alcalde Municipal; Dr. Octavio Montoro; Dr. Jorge Alfredo Belt, Secretario de la Administración Municipal; Jefe del Cuerpo de Bomberos; doctores Hernández Miyares y José María Aguilera, Jefe de Auditores Municipales; Dr. Antonio Vígnier, Tesorero Municipal; señor Rafael i Spencer, Contador del Municipio; Ingeniero Eddy Chibás; Dr. Ismael Ferrer, Jefe de los Servicios de la Sanidad Municipal; señor Antonio Pérez Reyes, Jefe del Departamento
de Gobernación Municipal; doctor Oscar Remírez, Jefe del Departamento de Consultoría Legal, el señor Ministro de Francia, y su distinguida esposa; señor Juan Sabatés, Presidente de la Comisión del Turismo, con nutrida representación de ese organismo; Sr. Humberto Novo, Jefe de Despacho de la Alcaldía, representación
de la Asociación Farmacéutica Nacional y otras distinguidas
personalidades de la esfera social.

La Banda de Música del Municipio ejecutó el Himno Nacional y la Marsellesa. El Alcalde Municipal usó de la palabra, pronunciando un elogio a Pasteur, y a la compenetración que por días une más aún a Cuba y a Francia. Le siguió en el uso de la palabra el Dr. Octavio Montoro, que dedicó sus más cálidos elogios a la consagración del ilustre hijo de Francia, ya desaparecido, diciendo entre otras
cosas, que su vida fue un constante luchar por el bien de la Humanidad, su afán por el progreso de la ciencia, llevando una vida modesta y sencilla cual buen hijo de la inmortal Francia.
Y, por último, habló el Ministro de Francia, elevando un himno a la memoria de Luis Pasteur, su hermano de patria, señalando las excelsas virtudes que le adornaban, y su dedicación a mitigar los dolores de la humanidad, agradeciendo profundamente, en nombre de su nación,aquel acto, y, por último, imponiendoal Dr. Belt la condecoración de CABALLERO DE LA LEGION
DE HONOR DE FRANCIA, diciéndole: «Vuestro hijo, enfermo
de gravedad recientemente, ha sido salvado gracias al genio y a la ciencia de Luis Pasteur. Francia premia en usted al gobernante prestigioso que sabe honrar a Cuba.»




DISCURSO DEL DR. BELT, ANTE EL BUSTO DEL SABIO PASTEUR.

Sr. Secretario de Estado, Excmo, señor Ministro de la República
Francesa, Autoridades, señoras y señores:

Para convertir en una realidad lo que hace meses era solamente
la iniciativa feliz de un grupo distinguido del Comité France-Ame-
rique: Rendir un justo tributo a un gran bienhechor de la Humanidad,
nos reunimos hoy, para honrar, honrándonos, en el cincuentenario de la primera inyección de la vacuna antirrábica, la figura excelsa y gloriosa del gran Pasteur. Y he dicho que nos honramos hoy, porque, honrar, honra, como dijo en un pensamiento feliz el Apóstol insigne de nuestras libertades, el gran José Martí.

No puedo ocultar la satisfacción inmensa que me embarga por haberme correspondido el honor de dénominar esta Plaza con el nombre del sabio ilustre que hoy ocupa nuestra atención, honrando así 1a memoria de un hombre sencillo y modesto, dotado de una extraordinaria energía, que jamás desmayó ni ante la crítica ni las dificultades de su época, pues tuvo siempre como inspiración estos dos grandes sentimientos: El amor a sus semejantes y la piedad hacia la humanidad doliente.

En este acto sencillo hay, sin embargo, algo muy importante que
quiero hacer resaltar, y es la compenetración cada día mayor que
existe entre el pueblo francés y el pueblo de Cuba, muy especialmente, a través de sus hombres de ciencia. Hace precisamente algunos años, la ciudad de París honró a uno de
nuestros grandes hombres, el doctor Carlos Finlay, que como el gran
Pasteur, fue un fiel servidor de la humanidad, dándole su nombre preclaro a una de las espléndidas avenidas de esa hermosa ciudad.
En la mañana de hoy, repito, rendimos un justo tributo a un hombre,
de ciencia francés, cuya ciencia y cuya gloria traspasaron las fronteras de su Patria, para ser gloria y ciencia de la Humanidad.

Excelentísimo Sr. Ministro: Permítame que os haga portador de un
mensaje afectuoso del pueblo de la Habana al gran pueblo francés. Y
si la Marsellesa confunde hoy sus notas brillantes y patrióticas con las de nuestro Himno Nacional, si la Ciencia ha unido a perpetuidad los nombres de Pasteur y Finlay, elevemos nuestro pensamiento al cielo por tan esclarecidos hombres del saber, y porque el sol de la libertad ilumine cada vez más radiante a la incomparable Francia y a nuestra idolatrada Cuba.
He dicho.

En la tarja del monumento se consignaba:

LUIS PASTEUR
Erigido por suscripción, entre las corporaciones científicas
de la República, a la memoria de este sabio bacteriólogo francés
y gran benefactor de la humanidad, el año 1935, cincuentenario
de la primera inoculación contra la rabia. Esta obra es una Réplica
ampliada del célebre busto del escultor Dubois.


P.D. El monumento a Louis Pasteur, ubicado en  Línea entre G y H, fue reemplazado en diciembre de 2022 por uno al beisbolista y patriota Emilio Sabourín. El de Pasteur fue reubicado en los jardínes del hospital América Arias.

Tuesday, May 13, 2025

Un cubano en la OEA XVIII (Final)


El autor, (derecha) junto a Mauricio Granillo 

Por Guillermo A. Belt


César Gaviria era presidente de Colombia en 1994 cuando fue elegido Secretario General de la OEA. Sería el quinto y último de los funcionarios de este rango con quien me tocaría trabajar.

Mi amigo el excanciller Julio Londoño había sido nombrado embajador de Colombia en la OEA. Gaviria estaba aún en Bogotá y no había tomado posesión de su nuevo cargo cuando Julio me llamó por teléfono y me invitó a visitarlo en su oficina en Washington. Allí me presentó a Miguel Silva, en misión de avanzada para reunir información sobre la Secretaría General, por encargo de Gaviria, con quien trabajaba en la presidencia. Miguel era joven, muy inteligente y de trato cordial. Le di la información que necesitaba sobre la estructura y el funcionamiento de la Secretaría General, y con respecto a los principales funcionarios con los que se relacionaría Gaviria. Fue esta una excelente oportunidad que me brindó gentilmente el Embajador Londoño porque Miguel Silva pasaría a ser el primer jefe de gabinete del nuevo Secretario General.

Como se ha visto anteriormente, yo había presentado la renuncia a mi cargo de confianza cuando Alejandro Orfila asumió el cargo máximo en la OEA. Otro tanto había hecho a la llegada de Joao Clemente Baena Soares. Ahora me tocaba renunciar ante César Gaviria, y yo estaba plenamente consciente de que esta vez sí se aceptaría la renuncia de uno de los pocos asesores del Secretario General. Con el expresidente llegaron varios colaboradores cercanos suyos. Era mucha la gente bien capacitada, y pocos los puestos como el mío.

Mi oficina en el Edificio Principal quedaba junto al salón de sesiones del Consejo Permanente. Poco después de la toma de posesión de Gaviria, llegaron a visitarme Miguel Silva y dos jóvenes colombianos, Martín Carrizosa y César Negret. Martín reemplazaría a Miguel algún tiempo después cuando éste decidió regresar a Bogotá, y Negret era el subjefe de gabinete. Cuando Miguel celebró mi oficina con su habitual amabilidad, le dije que estaba a su disposición. Entonces agregué que también lo estaba mi cargo, desde luego, por ser de confianza, pero que yo no estaba listo para retirarme de la OEA, por lo que le agradecería ofrecerme otro puesto. De inmediato Miguel me preguntó si tenía alguno en mente.

Mauricio Granillo, muy buen amigo mío, había sido embajador de El Salvador en la OEA por varios años, y ahora era el director de personal de la Secretaría. Días antes me había dicho que el cargo de Inspector General quedaría vacante por renuncia del titular, quien regresaría a Brasil, y me lo había sugerido como nuevo destino. Por consiguiente, le contesté a Miguel Silva que podría desempeñar esta función. Miguel dijo que le parecía interesante la idea y la consultaría con Gaviria.

Pocos días después César Negret me invitó a su oficina. Me informó que Gaviria había decidido nombrarme Inspector General con la recomendación de Silva y Carrizosa. Negret comentó que el embajador de Panamá, Lawrence Chewning Fábrega, había dado excelentes referencias mías. A los tres les di las gracias, y muy pronto tomé posesión de mi nueva oficina en el Edificio Premier, en la calle 18.


 El Canciller Julio Londoño presidiendo una reunión en la OEA

El Inspector General presenta sus informes directamente al Secretario General. No recibe instrucciones de ningún otro funcionario, y el Secretario General debe darle máxima libertad de acción. Así fue mi relación con Gaviria desde el comienzo. Los asuntos de rutina los trataba con el jefe de gabinete, y en algunos casos con el subjefe, pero las recomendaciones importantes las formulaba directamente a Gaviria. Tuve que hacer tres que en lo personal fueron difíciles por tratarse de amigos míos. A dos de ellos me vi en la obligación de pedirles la renuncia, y quedaron fuera de la Secretaría General. El tercero tuvo que aceptar el traslado a un cargo de menor relevancia.


Lo más difícil de todo fue ocupar el cargo sabiendo que debió haberse nombrado a Alfonso Caycedo, el auditor principal, con larga experiencia en estas funciones. El primer día le dije a Alfonso que con él se cometía una injusticia. Me contestó ofreciéndome su total apoyo y colaboración.

Fuimos amigos a partir de entonces y hasta su fallecimiento, ocurrido poco antes de terminar estas evocaciones. Sus leales y sabios consejos me ayudaron mucho a desempeñar mis funciones a cabalidad. Más de una vez se los agradecí personalmente, y ahora dejo constancia escrita de mi gratitud a este noble amigo y muy capaz funcionario internacional.

*

No habrán sido muchos los caminos andados, ni muchas las veredas que entre 1961 y 1998 logré abrir. Tampoco navegué en cien mares, ni atraqué en cien riberas. Fui testigo, eso sí, y a veces protagonista de sucesos que en el campo de las relaciones internacionales trazaron rumbos hasta entonces inexplorados en la práctica, aunque esbozados en los salones académicos y la literatura especializada.

En pocas palabras, cumplí con mi deber de funcionario internacional. Tuve la buena fortuna de hacerlo sin faltar a mis convicciones como cubano enemigo del régimen tiránico que sufre mi país hace más de sesenta años. Me ayudaron a salir adelante las enseñanzas de mis padres, por sobre todo. Asimismo, me animó el ejemplo de mi padre como funcionario público en su juventud y, aún joven, embajador en Washington y la OEA, y jefe de la delegación de Cuba en Naciones Unidas y en muchas reuniones internacionales.

Resultaron útiles los estudios de Derecho; mi breve experiencia como abogado en ejercicio; la también breve experiencia como profesor universitario; y el idioma inglés, bien aprendido en Georgetown Preparatory School cuando vivíamos en la capital de los Estados Unidos, no lejos del Edificio Principal de la OEA, sin que me pasara por la mente entonces que doce años después pondría pie en él por primera vez, entrando por un túnel, como quien lo toma por asalto, para desembocar, incierto y deslumbrado, en el elegante despacho del Secretario General José Antonio Mora Otero.

A diferencia de mi ingreso, la salida del Edificio Principal fue por la puerta grande. El miércoles 24 de junio de 1998, seis días antes de la fecha de mi retiro reglamentario, el Consejo Permanente celebró sesión ordinaria bajo la presidencia del Embajador Michael Arneaud, Representante Permanente de Trinidad y Tobago. Luego de despedir a varios Representantes Alternos que culminaban sus funciones en la OEA, el Presidente del Consejo Permanente dijo:

Today we also bid farewell to the Inspector General, Mr. Guillermo Belt, who is retiring after a long career of service to this organization. Mr. Belt has done a tremendous job during his career at the OAS, and I feel that the least we could do is to really thank him for his efforts and for his very detailed reports to us over the past few years. Mr. Belt, thank you very much for all you’ve done for us.

En las actas de esta reunión (OEA/Ser.G CP/ACTA 1164/98, 24 junio 1998) constan las muy generosas palabras de los embajadores Mauricio Granillo Barrera, Representante Permanente de El Salvador, y Lawrence Chewning Fábrega, Representante Permanente de Panamá, quienes hablaron a continuación del Presidente del Consejo. Sería una falta de modestia citarlas aquí, como también las igualmente generosas y afectuosas expresiones del Secretario General Adjunto, Embajador Christopher R. Thomas.

Asimismo me dedicaron amables palabras de despedida, en este orden, el Embajador Claude Heller Rouassant, Representante Permanente de México; la Representante Interina de Canadá, Renata Elisabeth Wielgosz; el Embajador Denis G. Antoine, Representante Permanente de Granada; el Representante Alterno de los Estados Unidos, Ronald D. Godard; la Embajadora Marlene Fernández Del Granado, Representante Permanente de Bolivia; y la Embajadora Beatriz M. Ramacciotti, Representante Permanente del Perú. Todos estos reconocimientos figuran en las páginas 8 a 13 del Acta citada, que, como todas las del Consejo Permanente, son actas textuales.

Avisado gentilmente por mis queridos amigos Mauricio Granillo y “Chuni” Fábrega que debía asistir sin falta a esta sesión, y sentado, por primera vez en mi larga carrera, en la galería de visitantes del salón de sesiones del Consejo Permanente, escuché sorprendido sus palabras y las de sus colegas. De habérseme invitado a ocupar un puesto en la mesa de la presidencia, como lo hice por varios años, no dudo que se habría notado la emoción con la que recibí estos generosos reconocimientos de mi trabajo.

Monday, April 28, 2025

Un cubano en la OEA XVII

El presidente de Guatemala, Jorge Serrano Elías, a la derecha, da a conocer la disolución del parlamento de su país el 25 de mayo de 1993

Por Guillermo A. Belt

Guatemala

En la madrugada del 25 de mayo de 1993 el Presidente de Guatemala, Jorge Serrano Elías, expidió un decreto disponiendo la interrupción temporal de varios artículos de la Constitución, de la Ley de Amparo, Exhibición Personal y Constitucionalidad, y de la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Además, disolvía el Congreso, dejaba sin efecto la integración de la Corte Suprema de Justicia y de la Corte de Constitucionalidad, y removía de su cargo al Procurador General de la Nación.

Golpe de estado, sin duda. “Estos acontecimientos, inesperados y alarmantes, en mi opinión configuraban una situación prevista por la Asamblea General.” Con estas palabras, referidas a la Resolución 1080 y tomadas de su libro Síntesis de una gestión, antes citado en estos recuerdos, calificó el Secretario General Baena Soares lo que terminaría siendo la aplicación más rápida y exitosa de dicha disposición.

Baena solicitó una reunión extraordinaria del Consejo Permanente para ese mismo día, y el presidente del cuerpo la declaró abierta a las cinco de la tarde. Tras escuchar el informe del Secretario General y las intervenciones de varios miembros, el órgano político aprobó por unanimidad una resolución deplorando los hechos y llamando al restablecimiento inmediato de las instituciones democráticas y el pleno respeto de los derechos humanos en Guatemala. Asimismo, convocó a una Reunión Ad Hoc de Ministros de Relaciones Exteriores, encargando a Baena fijar su sede y fecha, en consulta con los cancilleres.

Si bien hubo concordancia total del Consejo Permanente con la apreciación de los hechos por el Secretario General, el órgano político encargó a Baena encabezar una misión de averiguación de los hechos, dejando en sus manos la elección de los cancilleres que le acompañarían a Guatemala y la redacción de un informe para facilitar el trabajo de la Reunión Ad Hoc.

Esta demostración de confianza, sin precedentes en la no siempre cordial relación entre el Consejo Permanente y el Secretario General, nos recordaba a quienes llevábamos varios años en la OEA algunos choques verbales entre embajadores y antecesores de Baena Soares. Ahora, en cambio, los representantes de los Estados miembros confiaban una misión diplomática de gran importancia al funcionario que habían visto en el pasado como un simple administrador.

Al día siguiente Baena invitó a los señores Maurice King, Ernesto Leal y Sergio Abreu, Ministros de Relaciones Exteriores de Barbados, Nicaragua y Uruguay, para integrar la misión que más bien debió denominarse de constatación de los hechos, puesto que poco o nada quedaba por averiguar. Para el lector no familiarizado con el tema aclaro que la distribución geográfica es un principio rector en la composición de misiones de esta naturaleza. El Secretario General lo aplicó invitando al canciller de un país caribeño, a un canciller centroamericano – obviamente, tratándose de un asunto de especial interés para la región – y un ministro suramericano. Los tres cancilleres aceptaron, modificando sus agendas de trabajo para poder cumplir con el nuevo compromiso.


El tiempo apremiaba. En una semana y media los Ministros de Relaciones Exteriores debían reunirse en Managua. La sesión ordinaria de la Asamblea General de la OEA comenzaría el domingo 6 de junio, bajo la presidencia del Canciller de Nicaragua como anfitrión de sus colegas. Además, habría que celebrar la Reunión Ad Hoc antes de la Asamblea General. Por consiguiente, tras consultas urgentes a los cancilleres el Secretario General convocó a la reunión Ad Hoc para el jueves 3 de junio, en la sede de la OEA en Washington. De tal suerte que antes de viajar a Guatemala el viernes 28 de mayo, los integrantes de la misión sabían que debían tener su informe listo en pocos días para consideración de la Reunión Ad Hoc.

El sábado tuvo lugar en un hotel de la capital guatemalteca la reunión interna de la misión para acordar su plan de trabajo. Baena, siempre amable conmigo, me preguntó si yo tomaría notas de todas las reuniones. Contesté que sí. Complacido, el Secretario General me dijo que él también lo haría, como era su costumbre, y luego compararíamos nuestros resúmenes de lo conversado.

A continuación, la misión recibió a los Jefes de Misión de los países miembros de la OEA y países observadores acreditados en Guatemala, quienes estuvieron de acuerdo en que el país enfrentaba una crisis de gran magnitud de la que era imprescindible salir sin demora. Varios diplomáticos manifestaron su convicción de que era inminente un golpe militar a menos que se encontrara una solución a la crisis jurídico-política.

Yo diría que no quedó duda de que nosotros compartíamos el sentido de urgencia que nuestros interlocutores habían dado a su percepción de lo que había que hacer para evitar males mayores. Con estas palabras cierra Baena en su libro esta primera toma de impresiones.

Esa misma noche la misión visitó a Serrano Elías en la Casa Presidencial. Tras escuchar a sus visitantes, Serrano opinó que el país había llegado a una situación de descomposición social. Reconoció la posibilidad de un golpe de estado y afirmó que había pensado en renunciar, descartando esta posibilidad porque habría sido una muestra de cobardía. Afirmó que las medidas adoptadas significaban una interrupción parcial del orden institucional, pero no de la vigencia constitucional. Aseguró que no quería ser dictador, ni permanecer en la presidencia un día más de su mandato.

Baena, en sus propias palabras de nuevo: Serrano conocía bien los organismos internacionales. No dudo de que estaba al tanto de las actuaciones de la OEA en Panamá, Haití y Perú. La Organización había reaccionado con vigor en esos casos, aunque no siempre con iguales resultados. Serrano actuó conscientemente contra la Constitución, pensando, quizás, que podría navegar hasta puerto seguro en medio de la tormenta que él mismo había causado.

A primera hora del domingo la misión se reunió con el Procurador de los Derechos Humanos, licenciado Ramiro de León Carpio, quien el 26 de mayo había hecho una declaración rechazando absolutamente todas las medidas adoptadas por Serrano, y llamando al presidente a acatar lo resuelto por la Corte de Constitucionalidad, que el 25 de mayo había declarado inconstitucional el decreto presidencial de esa misma fecha. Pronto resultaría evidente el repudio general a la actuación de Serrano en los sectores más influyentes de la sociedad civil guatemalteca.

A lo largo de ese día y hasta altas horas de la noche la Misión del Secretario General se entrevistó con quince entidades y personalidades más, incluyendo a dirigentes políticos, líderes sindicales, altas autoridades militares, magistrados del Tribunal Supremo Electoral y de la Corte Suprema de Justicia, miembros de Colegio de Abogados y Notarios, profesores universitarios y miembros del Colegio de Periodistas. El lunes por la mañana se completó el total de veinte entrevistas, entre ellas las celebradas con el Presidente de la Corte de Constitucionalidad y el de la Conferencia Episcopal, antes de la segunda reunión con el Presidente Serrano al mediodía.

Tanto Baena como los tres cancilleres invitados por él estaban conscientes de la falta de mandato para negociar una salida a la crisis. Pero era evidente que la presencia de la OEA en el país había pasado a ser un factor decisivo para impulsar los mecanismos nacionales que en definitiva producirían una solución constitucional.

Los militares, sin apoyar a Serrano habían dado esa apariencia, pero a partir de su reunión con la Misión del Secretario General asumieron una actitud expectante, según trascendió en una declaración pública del Ministro de Defensa. En segundo lugar, a pesar de la fuerte censura de prensa comenzó a conocerse lo que ocurría en el país porque la prensa internacional informaba sobre las actividades de la misión. Por último, la misión insistió en que la solución a la crisis tenía que ser guatemalteca. A estos efectos sugirió la creación de un centro articulador de la propuesta política.

Al mediodía del lunes 31 de mayo la misión visitó a Serrano por segunda vez y le hizo un resumen de lo que le había sido expuesto en sus numerosas reuniones. Ante las reiteradas afirmaciones del presidente que decía contar con el apoyo militar, Baena relató la reunión con las autoridades de las fuerzas armadas y la impresión de que el futuro de Serrano era muy incierto. Esa tarde la misión regresó a Washington.

El martes 1 de junio el Ministro de la Defensa Nacional de Guatemala emitió un comunicado a la prensa sobre la decisión del ejército de publicar y ejecutar la sentencia de la Corte de Constitucionalidad del 25 de mayo, que en su parte pertinente dice así: Consecuentemente, procede declarar que los actos realizados por el Presidente de la República adolecen de nulidad ipso jure y, por lo tanto, carecen de toda validez jurídica… Agregaba el ministro que, enfrentado a la realidad, Serrano había optado por dejar su cargo. El vicepresidente había asumido temporalmente la presidencia, conforme a la Constitución, y luego había renunciado también. Poco después se supo que Serrano había salido de Guatemala rumbo a El Salvador.

El jueves 3 de junio comenzó en la sede de la OEA la Reunión Ad Hoc sobre Guatemala. Los cancilleres decidieron el regreso del Secretario General a Guatemala acompañado de los cancilleres que él eligiera para continuar apoyando los esfuerzos del pueblo guatemalteco. La Reunión Ad Hoc acordó reunirse en Managua el domingo 6 de junio para recibir el informe de la segunda etapa de la Misión del Secretario General.

Baena invitó al Ministro de Relaciones Exteriores del Ecuador, Diego Paredes, a acompañarlo. En esta ocasión no pudieron hacerlo los cancilleres de Barbados, Nicaragua y Uruguay debido a compromisos previos. La presión del tiempo iba en aumento. Quedaban dos días de trabajo, viernes y sábado. El domingo, en Managua, además de la reunión sobre Guatemala recién convocada, tendría lugar el diálogo informal de cancilleres, previo a la sesión inaugural de la Asamblea General, y el lunes 7 de junio sesionaría allí la Reunión Ad Hoc sobre Haití con la participación del Presidente Aristide.

Para cumplir con estas obligaciones, el viernes tomamos un vuelo de itinerario de Washington a Miami, y desde allí en un avión fletado viajamos a Guatemala, donde nos esperaría el avión para llevarnos a Managua a primera hora del domingo. Durante todo el día y la noche del sábado tuvimos reuniones con autoridades militares, judiciales, figuras políticas y representantes diplomáticos, así como con la Instancia Nacional de Consenso, grupo creado por diversos sectores del país.

El Congreso de Guatemala se reunió el sábado hasta altas horas de la noche, estando la misión en el país, y ante la falta absoluta de Presidente y Vicepresidente de la República, eligió a Ramiro de León Carpio para ejercer la presidencia del país. El Secretario General y el Canciller Paredes lo visitaron esa noche en su residencia, felicitándolo por el retorno al orden constitucional.

La misión viajó a Managua muy temprano el domingo. Ante un pedido del nuevo gobierno de Guatemala se postergó para el lunes la Reunión Ad Hoc a fin de recibir un mensaje de agradecimiento del Presidente De León Carpio. Baena termina así este relato: De esta manera, a los catorce días de planteada la crisis, se cerraba con éxito un capítulo en la historia del fortalecimiento de la democracia. En Guatemala respondieron con vigor las instituciones en que se asienta el sistema constitucional y democrático.

Tuesday, April 15, 2025

Un cubano en la OEA (XVI)

 Por Guillermo A. Belt

Perú


El 5 de abril de 1992, diez meses después de aprobada la Resolución 1080 y por segunda vez, el Secretario General  invocó este mecanismo para la protección de la democracia en los Estados Miembros de la OEA. El presidente del Perú, Alberto Fujimori, quien había sido electo el año anterior con un amplio mandato popular, ante la aguda crisis de terrorismo y violencia sufrida por el país por más de una década suspendió temporalmente el Parlamento, el Poder Judicial, la Contraloría General y otras instituciones fundamentales.

El Secretario General Baena Soares consideró que estas medidas configuraban una interrupción del proceso político institucional democrático en Perú, una de las situaciones previstas en la resolución citada. Por consiguiente, solicitó inmediatamente una sesión extraordinaria del Consejo Permanente, el cual, reunido el día siguiente, deploró los hechos, instó a las autoridades  a restablecer de inmediato la absoluta vigencia de las instituciones democráticas y el pleno respeto a los derechos humanos, y convocó a una reunión ad hoc de Ministros de Relaciones Exteriores.

El lunes 13 de abril se reunieron en la sede de la OEA en Washington los cancilleres de los países miembros y eligieron al Dr. Héctor Gros Espiell, Ministro de Relaciones Exteriores del Uruguay, para presidir los trabajos de la reunión. Para hacer un relevamiento de la situación Gros Espiell viajó a Lima el 20 de abril, invitando a Baena Soares a acompañarlo. El Secretario General a su vez me invitó a participar en esta visita al país.

El martes 21 Gros y Baena se reunieron con Fujimori. Yo quedé en la antesala como dispone el protocolo pues el presidente se reunía él solo con los dos funcionarios principales. Terminada la reunión supe que el presidente les había expuesto el esquema de cronograma que se proponía adoptar: una consulta popular el 30 de junio sobre las medidas adoptadas el 5 de abril, y tras varias etapas, elecciones el 1 de marzo de 1993 para integrar la Cámara de Senadores y la de Diputados, con instalación del nuevo Congreso el 1 de abril.

En Perú estábamos ante una situación muy distinta de las encaradas anteriormente en Panamá y Haití, donde la OEA se enfrentó con golpes de estado llevados a cabo por los generales Noriega y Cédras, respectivamente. Ahora se trataba de lograr que un presidente elegido democráticamente y con gran popularidad rectificara medidas por él adoptadas, que si bien respondían a una indudable situación crítica no dejaban de representar una interrupción del proceso democrático.

Para mí, cubano exiliado por motivos políticos, el respeto a las instituciones democráticas me tocaba de cerca. Las numerosas reuniones con autoridades peruanas en esta primera visita, en las que tuve el privilegio de participar junto con diplomáticos de trayectorias tan destacadas como las de Gros Espiell y Baena Soares, fueron una cátedra en el arte de la negociación diplomática y política.

Fujimori  estrecha la mano de Héctor Gros Espiell el 5 de mayo de 1992 en Lima,  mientras João Clemente Baena Soares  Secretario General de la OEA, observa.

Para dar una idea de lo valiosa que fue esta experiencia ofrezco la relación de las entrevistas realizadas en Lima entre el martes 21 y el jueves 23 de abril.

Primer Ministro Oscar de la Puente Raygada y otros miembros del gabinete del Presidente Fujimori.

Miembros del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.

Primer Vicepresidente del Perú Máximo San Román (quien había expresado públicamente su oposición a las medidas del Presidente Fujimori).

Presidente del Senado y Presidente de la Cámara de Diputados.

Fiscal de la Nación.

Vocales Titulares de la Corte Suprema de Justicia.

Contralora General de la Nación.

Arzobispo Primado de Lima.

Presidente de la Conferencia Episcopal.

Dos ex Presidentes de la República.

Dirigentes y representantes de los partidos políticos.

Personeros de varios organismos no gubernamentales.

Representantes de los medios de comunicación.

Al concluir esta primera etapa Gros Espiell y Baena Soares decidieron que convendría llevar a cabo una segunda visita cuanto antes. A estos efectos Gros Espiell invitó a los cancilleres de Argentina, Canadá, Honduras y Paraguay para unirse a la misión en esa visita.

El 4 de mayo comenzó en Lima la segunda visita y se acordó pasar a una etapa de acción, es decir, promover de inmediato gestiones para establecer el diálogo propuesto por la reunión ad hoc. Tres ideas básicas fueron propuestas por la misión: restablecimiento de la democracia representativa antes de finales de 1992, modificaciones constitucionales mediante un proceso compatible con las normas de la democracia representativa, y participación de la OEA en el restablecimiento de la plena democracia constitucional.

La misión llevó a cabo nuevas reuniones con las personas e instituciones de la primera visita. El resultado de este esfuerzo se resume en palabras del Embajador Baena Soares, tomadas de su libro antes citado:

En cada reunión de nuestra segunda visita habíamos presentado ideas de aproximación de las posiciones que pudieran abrir un campo  de entendimiento para el restablecimiento del orden institucional democrático; pero al concluir la segunda etapa de la Misión se pudo constatar una profunda separación de concepciones sobre el contenido y la vigencia de las instituciones de democracia representativa en el Perú.

El tiempo apremiaba. La Reunión Ad Hoc había acordado celebrar una nueva sesión el 17 de mayo, la que tendría lugar en Nassau donde se reuniría la Asamblea General de la OEA en su sesión ordinaria de 1992. El 13 de mayo el Canciller Gros Espiell, encontrándose en Barcelona en misión oficial, recibió una llamada telefónica del Ministro de Economía del Perú solicitándole viajar urgentemente a Lima para reunirse con el Presidente Fujimori sobre importantes ajustes al cronograma propuesto originariamente por el primer mandatario.

Gros y Baena Soares acordaron telefónicamente que el canciller uruguayo viajaría a Lima y de allí a la capital de Las Bahamas, donde el Secretario General debía llegar el 15 de mayo para participar en las sesiones de la Asamblea General, la Reunión Ad Hoc sobre Perú y otra Reunión Ad Hoc sobre Haití. Por razones presupuestarias y también para no recargar excesivamente las agendas de los cancilleres, la OEA celebraba en 1992 tres reuniones consecutivas a nivel ministerial en una misma sede.

El sábado 16 de mayo, en su reunión con Gros, Fujimori le expresó que estaba dispuesto a anunciar un programa para la democratización, modificando sustancialmente los criterios expuestos en las dos visitas anteriores de la misión, y le entregó un documento con las ideas esenciales de ese programa. Un Congreso Constituyente Democrático, producto de una elección popular libre y directa, redactaría y aprobaría enmiendas a la Constitución de 1979, que luego serían sometidas a referéndum de ratificación.  Además, habría elecciones generales parlamentarias y presidenciales.

El Primer Ministro del Perú había asumido la cartera de Relaciones Exteriores desde la segunda visita de la misión. Se hallaba en vuelo de Lima a Nassau cuando recibió una llamada del Presidente Fujimori quien “ponía a consideración de la OEA la posibilidad de su presencia personal en este tan importante foro para no solamente exponer la viabilidad de un programa de retorno inmediato a la legitimidad constitucional, sino venir a hacerlo él mismo, para contraer con la OEA el compromiso personal del inmediato retorno a la legitimidad constitucional.”

Las palabras citadas las pronunció el canciller peruano al intervenir en la sesión de la Reunión Ad Hoc en horas de la noche del domingo 17 de mayo, según consta en actas. El Canciller Gros, por su parte y en calidad de presidente de la reunión, informó que Fujimori acababa de llegar a Nassau y que el canciller peruano solicitaba que la exposición de su presidente se realizara el día siguiente. Así se acordó.

Permítame el lector benevolente un paréntesis en la narración. En mi calidad de director de la Secretaría de la Asamblea General, la Reunión de Consulta, el Consejo Permanente y las Conferencias me correspondía dirigir la preparación y el desarrollo de las sesiones de la Asamblea y las reuniones sobre Haití y Perú, todas consecutivas en Nassau. Así lo hice. Además, a falta de normas de protocolo para el recibo de un Jefe de Estado en una Reunión Ad Hoc, fui designado para acompañar al Presidente Fujimori en su camino de ingreso al salón de sesiones. Hubo muchas fotos de su espectacular llegada, de las que lamentablemente no obtuve copia.

Vayamos nuevamente al libro de Baena Soares, quien cita las palabras de Fujimori:

Mi presencia aquí es, supongo, una sorpresa para todos ustedes. Pido mil disculpas a esta ilustre Asamblea por ello y dejo sentado que no ha sido mi intención alterar su desenvolvimiento normal. Pero en vista de la trascendental importancia que ella tiene para el Perú, he querido utilizar este elevado foro de manera inédita en toda la historia de la OEA para ofrecer con mi presencia la garantía del sólido compromiso que ha adquirido mi Gobierno con el pueblo peruano y con el Hemisferio, respecto de un retorno a la institucionalidad de mi país.

El presidente del Perú concluyó su discurso invitando a la OEA a participar en el proceso y supervisar el tránsito a la plena democracia. Asimismo solicitó el asesoramiento de la OEA en materia electoral y la presencia en todos los actos de observadores de la Organización.

Una de las cualidades más admirables del Embajador Baena Soares es su modestia, tan evidente en el párrafo con el que cierra este capítulo de su libro:

Dejo librado al juicio histórico el dictamen sobre la actuación de la OEA en el caso peruano. En lo personal me siento satisfecho de haber cumplido con la difícil tarea que nos encomendaron los Cancilleres y de haber contribuido, junto con ellos, al restablecimiento de la institucionalidad democrática.

Friday, December 27, 2024

Un cubano en la OEA (XV)

Por Guillermo A. Belt

Baena Soares con el autor

 

El fortalecimiento de la democracia

 

En la década de los 90 hubo mucha actividad de la OEA para fortalecer la democracia en los Estados Miembros. Vale recordar que en 1948 al aprobarse la Carta de la Organización de los Estados Americanos se estableció como uno de los propósitos esenciales de la organización interamericana el de promover y consolidar la democracia representativa dentro del respeto al principio de no intervención (Artículo 2, inciso b). Ninguna otra organización, regional o mundial, incluida la ONU, ha consagrado en su Carta la promoción de la democracia representativa como objetivo fundamental.

Cuando la Asamblea General se reunió en Santiago de Chile en junio de 1991, todos los gobiernos allí representados eran producto de la voluntad popular libremente expresada. En una de las primeras sesiones, los Ministros de Relaciones Exteriores aprobaron por unanimidad el Compromiso de Santiago con la Democracia Representativa y la Renovación del Sistema Interamericano. Asimismo aprobaron por unanimidad la Resolución 1080, titulada Democracia Representativa. 

Esta resolución previó dos situaciones que de presentarse en cualquiera de los Estados Miembros podrían amenazar la estabilidad de los gobiernos democráticos: hechos que ocasionen una interrupción abrupta o irregular del proceso político institucional democrático, o del legítimo ejercicio del poder por un gobierno democráticamente electo. En tal caso, el Secretario General solicitaría la convocación inmediata del Consejo Permanente, el que examinaría la situación y convocaría a una reunión ad hoc de Ministros de Relaciones Exteriores, o una sesión extraordinaria de la Asamblea General, todo ello dentro de un plazo de 10 días. Los Cancilleres, en uno u otro foro, adoptarían las decisiones apropiadas conforme a la Carta y el derecho internacional.

La Resolución 1080 otorgó al Secretario General una facultad política sin precedentes. El funcionario administrativo de más alto rango en la Organización tendría a partir de 1991 la  responsabilidad de calificar hechos de naturaleza política, como sería, por ejemplo, una decisión presidencial respecto de otros poderes del estado, la cual estaba facultado para presentar a los embajadores de los Estados Miembros como una amenaza a la estabilidad democrática. Si bien es cierto que se requería la opinión del Consejo Permanente coincidente con la del Secretario General antes de convocar a los Cancilleres, el prestigio del Secretario General estaba en juego cuando éste hacía la calificación inicial de los hechos.

El nuevo mecanismo para la defensa de la democracia sería puesto a prueba pocos meses después. Al respecto cito las palabras del Embajador Baena Soares en su libro Síntesis de una gestión:

En la madrugada del 30 de septiembre de ese mismo año, el timbre del teléfono en mi residencia oficial comenzó a sonar con incómoda insistencia. No era, por cierto, la primera vez que esto ocurría. Para el Secretario General de la OEA no hay días ni horas libres. El cargo se ocupa de forma ininterrumpida, sin excluir domingos ni días feriados, tanto en la sede como fuera de ella. La noticia no podía esperar: estaba en marcha un movimiento militar con el fin de derrocar al Presidente Aristide.

La situación aún era confusa. Aristide se hallaba en su residencia, pero no se sabía a ciencia cierta si estaba en libertad. Tampoco se sabía si la guardia presidencial permanecía leal al mandatario de cuya seguridad era responsable… Después de varias conversaciones telefónicas con embajadores que tampoco tienen asegurado el descanso nocturno, decidí ir a mi despacho muy de mañana. El día de trabajo había comenzado antes de salir el sol.

Baena demostró una vez más la prudencia y el profesionalismo que a mi ver caracterizaron su exitosa gestión a lo largo de su mandato. Solicitó al Presidente del Consejo Permanente la convocatoria de una sesión para la mañana del día siguiente con el fin de dar tiempo para recibir nuevas noticias sobre la incierta situación. Al recibir más información procedente de diversas fuentes, incluyendo desde luego las diplomáticas, solicitó adelantar la sesión para esa misma tarde. El Embajador Jean Casimir, recientemente designado por el Presidente Aristide para representar a Haití en la OEA, en su primera comparecencia en el Consejo Permanente confirmó la gravedad de los hechos y solicitó la presencia de la OEA en su país.

El Consejo Permanente respaldó unánimemente la solicitud del Secretario General y convocó a una reunión ad hoc de Ministros de Relaciones Exteriores conforme a la Resolución 1080, encargando al Secretario General los arreglos correspondientes. Después de urgentes consultas telefónicas con los Cancilleres, Baena convocó a la reunión para la tarde del miércoles 2 de octubre. Cito a Baena de nuevo:

Esta sería la primera vez que un órgano de la OEA emprendería la difícil tarea de restituir la autoridad constitucional de un Jefe de Estado. El Presidente Aristide había salido de Haití en la madrugada de ese martes 1 de octubre en un avión enviado especialmente al efecto por el Presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, y se encontraba en Caracas. Lo llamé por teléfono y lo invité a dirigir la palabra a la Reunión Ad Hoc. Aceptó de inmediato y viajó el miércoles a Washington, donde, en el Salón de las Américas de nuestra sede, ocupó la tribuna en una sesión que bien puede calificarse de histórica.

En el capítulo anterior (XIV) se relatan las actuaciones en la crisis de Haití. Aquí he regresado al tema, la primera aplicación de la Resolución 1080, porque a partir de esta experiencia se dieron otras dos misiones para el fortalecimiento de la democracia: al Perú, en abril de 1992, y a Guatemala en mayo de 1993. Dado que las exigencias del trabajo en Haití determinaron mi regreso a la oficina del Secretario General en calidad de asesor, donde permanecería hasta el término del mandato de Baena Soares, fui invitado por él a participar en las misiones mencionadas. En el capítulo siguiente me referiré a ellas.

Consigno mi profundo agradecimiento al Embajador Joao Clemente Baena Soares por la confianza que tuvo a bien depositar en mí. A su lado aprendí todo lo que sé de diplomacia multilateral. Fundamentos de diplomacia tuve en mi adolescencia y temprana juventud gracias a mi padre, quien fue además guía y ejemplo para toda la vida. Pero sólo pude ver su gestión como embajador a cierta distancia. Con Baena compartí situaciones complicadas, observando de primera mano la maestría de un gran diplomático de carrera de quien se ha dicho: hubo una OEA antes de Baena y otra después. Otra mucho mejor, para entendernos.

Wednesday, December 11, 2024

Un cubano en la OEA (XIV)

 

Trinidad y Tobago/Venezuela

 

La Asamblea General se reunió en Washington en noviembre de 1989, en aquel entonces el mes designado para su período ordinario de sesiones. Entre los Cancilleres participó el de Trinidad y Tobago, Sahadeo Basdeo, quien tuvo la amabilidad de recordarme privadamente nuestro trabajo en Panamá. A propósito de ello me dijo que le pediría al Secretario General mi colaboración en el examen de un incidente surgido entre su gobierno y el de Venezuela al ser interceptada una embarcación pesquera trinitaria en aguas venezolanas.



Basdeo habló con Baena en un receso de la Asamblea. Por su parte, el Secretario General consultó al viceministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, Adolfo Taylhardat, sobre la designación de un grupo de expertos de la OEA para asistir en la investigación del incidente del 6 de octubre anterior. Logrado el acuerdo de las partes, Baena designó a Hugo Caminos, Subsecretario de Asuntos Jurídicos, y a mí para integrar el grupo. En nuestra primera conversación propuse a Caminos invitar a un experto forense en balística, y sugerí pedir la colaboración de la Real Policía Montada de Canadá para su selección dado el prestigio de ese cuerpo armado. Así se hizo, y el 11 de diciembre llegamos a Puerto España Caminos y yo con Robin Y. Thériault para comenzar nuestro trabajo.

El lector empático de nuestras máximas aspiraciones comprenderá cuánto se añora la toga, una vez lucida por vez primera. Asumí el interrogatorio de los testigos y actores del encuentro entre el barco pesquero Captain Fernando y el patrullero de la Guardia Nacional, primero en Puerto España y después en Caracas, adonde llegamos tres días después. Los disparos de advertencia del patrullero habían causado la muerte del pescador trinitario al mando de la embarcación, y este hecho lamentable debía ser investigado a fondo.

Nuestras diligencias en Trinidad y Tobago incluyeron un sobrevuelo de la zona del incidente, la inspección del pesquero y varias entrevistas con expertos en materia forense y balística. Luego, en Caracas, tuvimos plena colaboración de la Guardia Nacional, con un oficial de alto rango presenciando nuestro interrogatorio de sus subalternos, los tripulantes de la lancha patrullera. Las preguntas las hacía yo en español, naturalmente, y de inmediato traducía las respuestas al inglés para beneficio de nuestro experto canadiense.

Al terminar nuestras averiguaciones fuimos invitados a visitar al Presidente Carlos Andrés Pérez en el Palacio de Miraflores, a quien presentamos verbalmente el resultado de nuestras investigaciones. Nuestra conclusión fue que la Guardia Nacional había actuado imprudentemente y con violencia excesiva al disparar una ráfaga sobre el pesquero trinitario.

Cuando entregamos nuestro informe escrito al Secretario General, el 22 de diciembre, Baena lo trasmitió de inmediato al Primer Ministro de Trinidad y Tobago y al Presidente de Venezuela. Poco después, los dos mandatarios hicieron declaraciones públicas expresando su complacencia por el trabajo de la OEA y anunciando que con base en nuestras recomendaciones habían acordado medidas para evitar la repetición de incidentes de este tipo, así como una indemnización por Venezuela a los familiares de la víctima del incidente.

Un alto en el camino

 

El año 1990 comenzó con una sorpresa para mí. Hugo De Zela, jefe de gabinete de Baena, me llamó por teléfono y sin rodeos me dijo que el Secretario General había decidido nombrarme director del Departamento de Recursos Humanos. Como hemos visto, días antes había terminado con éxito la misión que junto con Hugo Caminos habíamos cumplido en Trinidad y Tobago y Venezuela. El nombramiento anunciado me extrañó. Le contesté al jefe de gabinete que hablaría directamente con el Secretario General al respecto.

Baena me recibió sin demora. Le dije que desempeñaría las nuevas funciones si él me ordenaba que lo hiciera. Muy gentilmente me contestó que no me daría esa orden pero me agradecería asumir el cargo para dar la oportunidad a su titular, un destacado educador brasileño, de pasar a la dirección del Departamento de Asuntos Educativos, recientemente vacante. Acepté de inmediato, desde luego. Quedamos en dos cosas: los asuntos de importancia los trataría directamente con el Secretario General, y mi nuevo destino sería de corta duración.

Lo primero me brindó la oportunidad de despachar con el Secretario General los nombramientos, ascensos y contrataciones del personal sin pasar por el conducto reglamentario del Subsecretario de Administración, mi supervisor inmediato. En cuanto a lo segundo, en otra de las vueltas que da la vida mi relación de trabajo con el embajador Christopher Thomas, forjada en Panamá, determinó mi regreso al entorno del Consejo Permanente.

En julio de 1990 Thomas fue electo Secretario General Adjunto. A la sazón representaba a su país en las Naciones Unidas, y comenzó a venir a Washington desde Nueva York para familiarizarse con sus nuevas funciones antes de asumirlas. En esta tarea buscó mi colaboración, por lo que solíamos reunirnos para analizar temas de fondo, como también el personal con el cual trabajaría.

En una de las primeras reuniones Chris me invitó a ser su asesor principal. Al aceptar con el mayor gusto le propuse crear un nuevo cargo, el de jefe de gabinete del Secretario General Adjunto.  El flamante segundo de a bordo en el escalafón de la OEA acogió la idea de inmediato. A renglón seguido acordamos que en lugar de nombrar un director de la oficina encargada de los servicios a los cuerpos políticos – el cargo desempeñado por mí durante siete años – esas funciones las asumiría yo junto con las que tuviera a bien asignarme como jefe de gabinete.

Este esquema sin precedentes representó un evidente ahorro en la planta de personal del sector. Dos por uno, como quien dice. En lo personal, evitó roces innecesarios como los que se dieron bajo McComie entre el asesor principal del Secretario General Adjunto en aquella época y quien suscribe, causados por haber desempeñado yo una responsabilidad mayor y haber tenido en la práctica mucho más poder que aquel funcionario que gozaba de la absoluta confianza de su jefe.

El regreso tan grato a mis quehaceres de varios años, marcado por la relación muy cordial  y de mutua confianza que mantuve con Chris Thomas, llegó a su fin cuando una nueva crisis me llevó de nuevo a trabajar directamente con el Secretario General Baena Soares.

Haití

 

Casi dos años habían transcurrido desde la misión que puso fin al conflicto entre Trinidad y Tobago y Venezuela cuando la OEA debió enfrentar un desafío mucho más grave. El 30 de septiembre de 1991 un golpe militar en Haití depuso al Presidente Jean Bertrand Aristide, elegido por amplia mayoría a comienzos de año. El Secretario General informó de inmediato al Consejo Permanente y solicitó una reunión ad hoc de ministros de Relaciones Exteriores al amparo de la Resolución 1080, un nuevo mecanismo para la defensa de la democracia establecido en junio por la Asamblea General reunida en Santiago de Chile.

Jean Bertrand Aristide

La Reunión Ad Hoc de Ministros de Relaciones Exteriores sobre Haití tuvo lugar en el Salón de las Américas y pasó a la historia como la primera en que un presidente depuesto horas antes comparecía ante los Cancilleres de la OEA. El Presidente Carlos Andrés Pérez había rescatado a Aristide en la madrugada del 1 de octubre enviando a Puerto Príncipe un avión militar que lo llevó a Caracas. Allí lo llamó Baena y lo invitó a la reunión en Washington.

Tras un dramático recuento del golpe de estado, Aristide solicitó la presencia en su país, cuanto antes, de una delegación de la OEA para demostrar a los golpistas el rechazo de la comunidad internacional. Esa madrugada la reunión ad hoc autorizó al Secretario General, por unanimidad, a trasladarse urgentemente a Haití “en unión de un grupo de Ministros de Relaciones Exteriores de Estados Miembros”. Seis Cancilleres, los de Argentina, Bolivia, Canadá, Costa Rica, Trinidad y Tobago, y Venezuela, junto con el subsecretario para Asuntos Interamericanos de los Estados Unidos y el ministro de Estado en la cancillería de Jamaica, acompañaron a Baena en el primer viaje a Haití.

Baena me invitó a formar parte de un reducido grupo de asesores junto con su jefe de gabinete, Hugo De Zela, y todos salimos de la base aérea Andrews en un avión facilitado por la ministra de Relaciones Exteriores de Canadá, Barbara McDougall, única mujer en el grupo, sin cuya colaboración hubiese sido imposible viajar debido a la suspensión de todos los vuelos comerciales a Haití.

El 4 de octubre, o sea el cuarto día después del golpe de estado, estábamos ya en Puerto Príncipe, donde sin salir del aeropuerto por motivos de seguridad nos reunimos con los autores del derrocamiento de Aristide. El Canciller Iturralde, de Bolivia, a quien sus colegas habían elegido para presidir la reunión ad hoc, le leyó la cartilla a Cédras (como decimos en mi tierra). Lo hizo literalmente, dando lectura a la resolución adoptada con el voto unánime de todos los Cancilleres de los Estados Miembros de la OEA. Habló en español con interpretación simultánea al francés por intérpretes de la Secretaría General.

Una vez más recomiendo al lector interesado consultar el libro de Baena Soares, del cual cito el párrafo que resume el planteamiento hecho a Cédras, cara a cara:

 

La Misión recalcó que las elecciones que llevaron al poder al Presidente Aristide habían sido observadas por la OEA, como también por las Naciones Unidas, y que su legitimidad no admitía dudas. Indicó con absoluta claridad el alcance de nuestro mandato, cuya finalidad fundamental era la restitución del Presidente Aristide en el cargo para el cual lo habían elegido sus compatriotas.

 

A diferencia de Noriega, quien nos había recibido en el Fuerte Amador con una mirada penetrante a cada uno y una expresión inescrutable en el rostro, este general no miraba de frente y mostraba preocupación, sentado solo frente a los Cancilleres, como si estuviera en el banquillo de los acusados. Baena describe la escena en su libro:

 

Cédras mantuvo la mirada baja y su rostro mostraba honda preocupación. Me llamó la atención que no nos miraba de frente. Sus acompañantes escuchaban, inmóviles y atentos. Poco a poco, uno primero, luego otros dos, se sentaron junto a su jefe. Los de rango indeterminado permanecieron en segunda fila. Parecían estar allí para vigilar lo que hacían sus jefes.

 

Nos resultó indescifrable la pasividad de la cabeza visible del golpe militar, como también su respuesta, limitada a unas palabras dichas en voz baja con imprecisas alusiones a supuestas violaciones de los derechos humanos por parte de Aristide. Terminada la extraña entrevista, la Misión se reunió, siempre en el aeropuerto, con personalidades de la vida política, económica y social. Al final de la tarde volamos a Kingston para pernoctar, y el sábado regresamos a Puerto Príncipe para continuar las conversaciones con las personalidades mencionadas, lo que permitió comprobar la profunda polarización de la sociedad haitiana. Tras las dos visitas la Misión regresó a Washington antes del anochecer puesto que los pilotos canadienses no tenían confianza en el sistema de iluminación del aeropuerto en la capital de Haití.

Raoul Cédras

No había tiempo que perder, así que el Secretario General decidió visitar a Aristide el domingo para dar cuenta de las primeras actuaciones solicitadas por el presidente depuesto y aprobadas por los Cancilleres. A fin de mantener máxima discreción sobre la reunión, Baena me pidió llevarlo en mi automóvil al apartamento donde Aristide residía temporalmente, en el elegante sector de Georgetown, en la capital de EE.UU.

 Así lo hice, actuando de chofer más bien que de asesor puesto que permanecí en el vestíbulo del edificio mientras se celebraba el encuentro entre ellos dos, sin testigo alguno. En honor a la confianza del Embajador Baena Soares es sólo ahora, a tres décadas de distancia, que menciono la entrevista en aquel domingo de octubre.

Tras una tercera visita a Puerto Príncipe, interrumpida por el ingreso violento en el aeropuerto de un grupo de policías fuertemente armados mientras la Misión se reunía con Cédras, la reunión de Baena con Aristide dio sus primeros frutos. El presidente depuesto envió una carta al Secretario General en la cual, conforme a lo conversado, solicitaba que la OEA organizara y despachara cuanto antes una misión civil que apoyara en Haití el retorno a la democracia constitucional. En su sesión del 8 de octubre la Reunión ad hoc aprobó la solicitud de Aristide, autorizando al Secretario General para organizar y financiar lo que se llamó la OEA-DEMOC.

En Síntesis de una gestión se relatan las intensas actividades de este nuevo mecanismo para el fortalecimiento de la democracia durante los meses finales de 1991, y a lo largo de 1992 y 1993. Cuando se publicó el libro en mayo de 1994 la crisis en Haití no se había resuelto. En fin de cuentas, la amenaza de intervención militar por los Estados Unidos provocó la renuncia de Cédras, sin que el aspirante a dictador llegara a sufrir la dura suerte del general panameño, encarcelado inicialmente por treinta años en este país, luego por unos más en Francia, a los que se agregaron los necesarios para morir en una prisión panameña.

Cierro el capítulo de Haití con una nota leve en el relato de la tragedia del noble y sufrido pueblo del país vecino al mío. En julio de 1992 Baena Soares designó a Irene Cámara, subjefe de Gabinete, junto con Hugo Caminos, subsecretario de Asuntos Jurídicos y conmigo para explorar la posibilidad de una visita al país por una misión de alto nivel.

A tal efecto los tres viajamos a Haití y nos reunimos con Cédras y varios oficiales suyos. A diferencia de ocasiones anteriores, Cédras se veía tranquilo, con rostro atento y un tanto amable. No así sus acompañantes, de expresión siniestra todos ellos. Para demostrar que sabía quiénes éramos, Cédras me preguntó de entrada si deseaba hablar en español, a lo que Irene contestó rápidamente que yo entendía bien el francés, exagerando gentilmente. 

Al presentar Irene la sugerencia de la misión de alto nivel, Cédras afirmó que sería bien recibida y contaría con todas las facilidades para su gestión. Este era nuestro objetivo central. El éxito de nuestra misión se debió a la habilidad de Irene Cámara y Hugo Caminos, ambos diplomáticos con experiencia en el servicio exterior de Brasil y Argentina, respectivamente. Las Grandes Ligas de la diplomacia latinoamericana en aquellas fechas, digo yo, recordando especialmente a los embajadores Darío Castro Alves y Raúl Quijano.

Antes de cerrar la reunión, uno de los siniestros oficiales de Cédras, aparentando interés, preguntó por Augusto Ramírez Ocampo, el negociador designado por Baena al establecer la misión especial OEA-DEMOC. Irene contestó que el distinguido diplomático se recuperaba de un problema de salud. Ante la respuesta, dos o tres de aquellos militares truculentos intercambiaron miradas cómplices. Posiblemente se debería a nuestra imaginación, pero nuestra impresión fue que, al menos en la opinión de nuestros interlocutores, el quebranto de salud sufrido por Ramírez Ocampo se debió a las artes del vudú, y no a la intensa actividad que le cupo desarrollar, desembocando en un infarto cardíaco.

Friday, December 6, 2024

Un cubano en la OEA XIII



Por Guillermo A. Belt

La cumbre presidencial en Costa Rica

En 1989, cuando participamos en la Misión de la Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores sobre Panamá, había entre mi jefe y yo una relación de confianza forjada en varias ocasiones anteriores, especialmente durante la misión a Costa Rica en 1985. En uno de nuestros viajes a la capital panameña recibí una demostración más de esa confianza a raíz de una inesperada llamada telefónica.

Unos minutos antes de iniciar las negociaciones diarias con los representantes de los tres sectores nacionales – el Diálogo Tripartito – Baena me llamó por teléfono a mi habitación. Comenzó diciéndome “No vas a creer lo que te voy a contar.” Le contesté que iba de inmediato a su habitación del hotel donde nos alojábamos. Entonces me dijo que el Presidente de Costa Rica, Oscar Arias lo había llamado por teléfono pidiéndole que lo fuera a ver en San José ese mismo día para tratar un asunto urgente.

Baena había ordenado su pasaje aéreo de ida y vuelta. Me dijo que suponía que Arias, quien dos años antes había recibido el Premio Nobel de la Paz por su propuesta de pacificación de Centroamérica, tendría alguna sugerencia sobre la solución de la crisis panameña y querría comunicársela en persona. Me encargó excusar su ausencia a los tres cancilleres pero sin revelar la causa. Así lo hice, valiéndome de una fórmula diplomática de las que no dan lugar a pedir detalles ni aclaraciones porque hacerlo sería una descortesía.

De regreso en Panamá al final del día, Baena me llamó para conversar privadamente. Arias le había dicho que estaba organizando una cumbre de presidentes y jefes de gobierno de los países miembros de la OEA, a celebrarse en San José para celebrar el centenario de la democracia costarricense. El Presidente de Costa Rica le solicitaba al Secretario General designar a un experto en reuniones de esta naturaleza para asesorar a sus funcionarios de protocolo, teniendo en cuenta que la OEA había organizado con éxito la Reunión de Presidentes y Jefes de Gobierno de las Américas en Punta del Este en 1967.

Para eso me había pedido Arias que viajara a San José, dijo Baena sin ocultar su sorpresa. Seguidamente me informó que le había dado mi nombre, puesto que yo había dirigido el protocolo para recibir a los presidentes en el aeropuerto en Montevideo, primero, y luego en la sede de la reunión en el Hotel San Rafael del balneario uruguayo. El Presidente de Costa Rica le había agradecido por su pronta respuesta.

En consecuencia, a fines de octubre llegué a San José donde me recibió amablemente el embajador a cargo del protocolo de la cumbre. Se trataba de un diplomático a quien había conocido en Washington y que gozaba de la confianza del Presidente Arias. Siento mucho no recordar su nombre, aunque sí su cara y su gentileza. Juntos revisamos los arreglos hechos por él con gran eficiencia y elegancia. En realidad me quedó muy poco por recomendarle.

Todo, pues, iba viento en popa con miras a las ceremonias fijadas para el 27 y 28 de octubre de 1989. Lo imprevisible, como también lo insuficientemente previsto es la amenaza que se cierne sobre los planes de protocolo. Así me lo explicó alguna vez un profesional del protocolo de Itamaraty, uno de los mejores del mundo (aunque varios diplomáticos brasileños me tildan de excesivamente optimista en este juicio.) En la cumbre de Oscar Arias lo imprevisto fue el servicio secreto de los Estados Unidos.

Arias, Ménem y Bush

El Presidente George Bush (padre) había aceptado la invitación, como lo habían hecho Brian Mulroney, de Canadá, el argentino Carlos Menem, Virgilio Barco, de Colombia, Rodrigo Borja, de Ecuador, el presidente uruguayo Julio María Sanguinetti y el Primer Ministro de Belice, George Price, entre otros muchos. Lo insuficientemente previsto fue la reacción de los agentes del servicio secreto que llegaron a San José días antes del inicio de la reunión, como es su costumbre, para enterarse de los pormenores y revisar cuidadosamente los lugares en que se encontraría el presidente estadounidense durante su estadía en el país.

Una de las ceremonias sería la inauguración de la Plaza de la Democracia. Los presidentes se presentarían ante la multitud desde un balcón abierto sobre la plaza. Me tocó mostrar el balcón a los agentes de la avanzada mientras el embajador a cargo del protocolo cumplía otras funciones. La reacción del agente principal fue inmediata. Su presidente no podría salir al balcón porque el riesgo de un disparo desde uno de los edificios en torno a la plaza era muy grande. Le dije que tendría que tratar este asunto directamente con las autoridades nacionales, sin perjuicio del adelanto que yo les haría al respecto.

En las conversaciones sobre esta complicación el embajador costarricense enfatizó la importancia que el Presidente Arias daba a la ceremonia en el balcón, donde él se dirigiría a su pueblo y esperaba que varios colegas suyos dijeran unas palabras. El asunto tenía serias connotaciones diplomáticas y políticas y se acordó que habría que encontrar una solución para que el presidente de los Estados Unidos participara en la inauguración de la plaza.

Así fue. El gobierno de los EE.UU. transportó en un avión militar de carga un vidrio antibalas y lo hizo colocar en el balcón sobre la Plaza de la Democracia. El vidrio dejaba un espacio de un par de metros a cada lado, sin llegar completamente a los extremos del balcón. El día de la ceremonia los presidentes se acomodaron lo mejor que pudieron en el balcón. Arias pronunció un buen discurso, como era de esperar, y al final de sus palabras salió de detrás del vidrio y saludó al pueblo, que lo aplaudió delirantemente.

El diario La Nación, de Costa Rica, en un amplio reportaje ilustrado con varias fotografías, muestra una del Presidente Bush saludando con la mano en alto. El pie de foto dice:


“En dos ocasiones, el presidente Bush dejó la protección del vidrio antibalas; su gesto causó algarabía entre el público y congoja entre su nutrido cuerpo de seguridad. Aparecen Arias, Sanguinetti y Menem.”

Yo estaba en primera fila detrás de los mandatarios, junto a un agente del servicio secreto, que ante el gesto de Bush dijo en voz baja pero con sentido énfasis: Son of a bitch! Se olvidó de agregar, Don’t quote me.