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Saturday, October 28, 2023

Historia y masoquismo: "La impotencia ante la historia se ha transformado en enfermedad crónica"

 


Por Jorge Ignacio Domínguez López

En 1920, tras visitar Cuba y quedar fascinado por ella, el escritor norteamericano Joseph Hergesheimer diría que el encanto de La Habana radicaba sobre todo en el hecho de que era "una ciudad que no se siente abrumada por la historia". El nuevo libro de ensayos de Enrique Del Risco, titulado Historia y masoquismo (Ediciones Furtivas, Miami, 2023), podría tomarse como una explicación a la imposibilidad de decir hoy algo como lo que afirmaba Hergesheimer.

Página a página, Del Risco hace una disección de las raíces, manifestaciones y efectos del totalitarismo en general y, como ejemplos minuciosos, en su expresión cubana. Con la exégesis de meras anécdotas o síntomas superficiales de la relación entre el poder totalitario y los gobernados, se va dibujando también esa relación a ratos —¡casi siempre!— agónica entre el ser humano y la historia. De ese y otros temas del libro conversamos recientemente.

En Leve historia de Cuba, escrito a cuatro manos con Francisco García González en la Cuba de los 90 y publicado finalmente en 2007, hay una relectura de la historia del país desde el humor y la mordacidad. A ratos, Historia y masoquismo se lee como una versión seria de Leve historia de Cuba. ¿Te parece aceptable esa comparación? ¿Qué relación hallas —o no— entre los dos libros?

No lo había pensado, pero es factible la comparación. Y productiva. En ambos libros están presentes un par de obsesiones mías que, como todas las manías, empeoran con la edad: la obsesión por la historia cubana y por los efectos de esta en la vida de los cubanos, tanto colectiva como individual.

La diferencia fundamental entre ambos libros es que si la respuesta en Leve historia de Cuba se daba desde la ficción y partía de la impotencia que sufrimos la mayoría de los humanos frente al destino colectivo, en Historia y masoquismo voy un poco más allá, usando las armas del ensayo en lugar de las de la ficción. En mi nuevo libro la impotencia ante la historia se ha transformado en enfermedad crónica, uno de cuyos síntomas más notables es la adicción a la misma dinámica que es la fuente de nuestros pesares, como se diría en un bolero.

Me refiero a la cultura totalitaria. Porque pienso que la dinámica totalitaria no obedece a la naturaleza específica del pueblo cubano. Responde más bien a la lógica del propio sistema, a cuya atracción no es ajena ningún pueblo. Porque hay que tener presente que el totalitarismo apela a los mismos instintos universales que antes satisfacía la religión, instintos que no se han apagado por mucho que las sociedades se complazcan en parecer ahora más laicas.

En los asuntos que trata Historia y masoquismo tenemos la confluencia de dos niveles de interpretación usualmente incompatibles. Uno es el de la historia, que es contingencia, hechos únicos e irrepetibles en el tiempo, y otro nivel es el de la psicología, con sus instintos incrustados en lo más profundo de la psiquis humana que un sistema tan aberrante como el totalitario logra potenciar de una manera escandalosa.

En el primer ensayo de la segunda sección del libro ("Historia") analizas la irascibilidad del totalitarismo cubano ante el humor. Mañach, en su Indagación del choteo habla de "esa afición al desorden, ese odio a la jerarquía, que es esencial del choteo". Pero Mañach se refiere al carácter del cubano, mientras que tú hablas de "humoristas profesionales". ¿Ves algún paralelismo entre las reacciones del régimen ante “el choteo” y el “humor profesional”?

Cuando se trata de analizar las relaciones entre el Estado y el humor por fuerza tenía que referirme a los humoristas profesionales. Porque, por mucho que el Estado haya intentado controlar las respuestas humorísticas a la realidad que él mismo impone, el humor del cubano de a pie ha quedado siempre fuera de su control.

Puedo recordar épocas completas donde ningún humorista profesional hacía referencia a la situación política, pero no recuerdo una sola etapa de mi vida donde los chistes populares no se burlaran implacablemente del sistema. En uno de los primeros chistes que retengo en la memoria se preguntaba que entre el choque entre el avión donde viajaba Fidel y el avión de Raúl quién se salvaría. La respuesta era "Quien se salva es el pueblo". Todo el mundo —incluso en las familias castristas— se sabía chistes, aunque solo los contara en círculos muy reducidos, de mucha confianza.

Debo añadir que ese choteo al que se refiere Mañach —que siempre trato de distinguir del humor popular, que son fenómenos que pueden partir de una actitud similar pero no son idénticos— tiene un doble filo. Si por un lado funcionaba como una forma de resistencia blanda frente a la rigidez totalitaria e intentó ser suprimido durante los primeros años de castrismo, luego ha pasado a ser instrumentalizado por el poder en su versión más populachera con los actos de repudio y las marchas de apoyo al Gobierno. El choteo de que hablaba Mañach ha demostrado ser más resistente que los sistemas políticos por los que ha atravesado el país, pero ni es responsable de la existencia de estos como no lo es de su desaparición.

En cambio, contra los humoristas profesionales —un sector que durante toda la República no dejó de satirizar al poder de turno— el castrismo fue implacable desde el mismo comienzo, mucho antes de que se enfilara contra otros sectores de la sociedad. Cuando la mayoría de los estudiosos fija el inicio de la censura castrista en el "Caso PM" en el verano de 1961 ignora que ya el 6 de febrero de 1959 Fidel Castro había llamado al pueblo a un boicot contra la publicación humorística Zigzag por haber publicado una caricatura que lo incomodó sin siquiera ser especialmente irrespetuosa. Y cuando el líder del país enfiló sus cañones retóricos contra la principal publicación humorística del país —que había estado a la cabeza de la crítica del batistato— el resto del gremio ya quedó advertido para siempre.

Es importante insistir en que, descontando a los representantes del batistato, los humoristas —junto a los jueces y periodistas que cuestionaron la aplicación industrial de la pena de muerte— fueron de los primeros en sufrir acoso oficial, pero, como en aquel famoso poema de Martin Niemöller, nadie dijo nada porque la sociedad asumió que no era con ella. Eso fue uno de los errores iniciales de la sociedad cubana frente a la revolución triunfante: no entender que los humoristas constituyen uno de los sensores más finos con los que contamos para detectar altas concentraciones de autoritarismo y fanatismo. Los humoristas están siempre entre los primeros en ser acosados por los regímenes autoritarios: en parte porque lo que menos que te perdonan es que no te los tomes en serio y en parte porque el mayor riesgo profesional de los humoristas es que a ellos mismos nadie se los toma con seriedad. Excepto los represores, claro.

En varios de los textos que conforman el libro te refieres al papel legitimador que la Nueva Trova tuvo para el régimen cubano. El cine, la literatura, las artes plásticas (en especial el afiche), el teatro... jugaron de algún modo ese mismo papel en las décadas del 60 y el 70. ¿Por qué te parece la Nueva Trova un caso que merece un análisis más insistente?

Primero hay que recordar que la tradición musical cubana es mucho más sólida que el resto de las disciplinas artísticas y que el público local tiene un oído más atento para la música que para otras manifestaciones. También debemos recordar que desde la aparición de los cassettes, la música para circular no necesitaba de la intermediación de un Estado que se había adueñado de las imprentas, las galerías, los cines, los teatros, la industria cinematográfica, los estudios de grabación etc.

También hay que distinguir a Silvio Rodríguez del resto de los propagandistas más ramplones dentro de la Nueva Trova, incluido Pablo Milanés que como compositor lírico podía ser exquisito, pero en términos propagandísticos siempre fue muy elemental, como si no se lo creyera del todo o como si no consiguiera compaginar su costado lírico con las exigencias de la propaganda. En cuanto a Silvio, debe recordarse que antes de convertirse en una suerte de retórico oficioso del régimen con su baba amorosa ("solo el amor engendra la maravilla", "que sin esperanza dónde está el amor", etc) desarrolló un discurso de resistencia que circulaba de mano en mano a través de los cassettes que mencionaba antes.

Se trataba de una resistencia muy limitada, nunca antagónica, pero que manifestaba de manera clara el rechazo a ver sometida su individualidad al gran proyecto colectivo, tal y como se le exigía al hombre nuevo, su renuencia a ser mero repetidor de la propaganda estatal. De esa mínima resistencia ética y estética a convertirse en pura propaganda las canciones de Silvio sacaron buena parte de su fuerza, de su encanto, un encanto que para muchos perdura hasta hoy. Pero incluso dentro de esa resistencia había mucho de rendición ética y estética a ese monstruo insaciable que es el Estado totalitario.

Ese sometimiento con los años y los compromisos creados se ha ido haciendo más profundo. En un documental reciente Silvio ha llegado a afirmar :"Yo siempre supe que la Revolución era más importante que yo. Eso lo tuve claro. Y eso fue lo que me salvó". Cuando Silvio habla de salvación lo hace en un sentido policial pero también religioso. Es ahí, con esa convicción religiosa —religiosa en el peor sentido, el más pobre— donde todo el posible humanismo que Silvio intentaba definir y defender en sus canciones se va al carajo. Es esa mezcla de retórica humanista con fe en el sentido de la Historia encarnado por la Revolución (nótense las mayúsculas) a lo que empezó a apelar el régimen cuando ya la propaganda real-socialista de la primera mitad del castrismo había perdido toda eficacia.

Pero también está el resto de los neotrovadores cuyas canciones no son aprovechables por la retórica del poder pero tampoco consiguieron cortar su cordón umbilical con el castrismo y su retórica "revolucionaria". Esos que emplazaban tímidamente al sistema al mismo tiempo que se consideraban sus hijos, sus herederos y continuadores, y se presentan a sí mismos como los verdaderos "revolucionarios". Con una relación tan dependiente de la retórica del poder es muy difícil crear un discurso verdaderamente auténtico y autónomo.

En cambio, el verdadero logro de la Nueva Trova en su conjunto fue crear una música cubana auténticamente triste. Hasta entonces, incluso en los boleros cubanos más plañideros y cortavenas, había mucho de impostura, de sobreactuación, de juego. Se fingía un dolor que luego era negado en la próxima composición del autor, (cuando no negaba esa tristeza en la misma canción como ocurre con "Lágrimas negras"). Las canciones de la Nueva Trova son en cambio genuinamente tristes, una tristeza permanente que —sospecho— emana de la impotencia esencial de una generación que se veía en el mejor de los casos como mera imitadora de la anterior sin nada realmente nuevo que hacer o que decir.

Escuchas aquello de "a los héroes se le recuerda sin llanto" en una canción donde a la muerte se la llama "artesana del sol" y no te queda otro remedio de sentir una lástima infinita por esos jóvenes que se llamaban "revolucionarios" pero no tenían otra opción que venerar e imitar mansamente a los que los precedieron. O morirse de una buena vez.


En la introducción a Historia y masoquismo rechazas la predeterminación del totalitarismo a favor de una tesis que lo considera un peligro constante que puede asolar a un país cuando coinciden ciertos hechos, personajes o elementos fortuitos en un momento de su historia. ¿Cuáles son entonces para ti esos elementos que nos hicieron caer como pueblo en un régimen totalitario que ya tiene el sabor de lo eterno?

Una vez que se cae en la trampa totalitaria existe la tentación de buscar una predeterminación, un fatalismo en la historia anterior. De girar toda la discusión en torno a la culpa colectiva. Pero como dije antes, el totalitarismo ha florecido en pueblos tan distintos que la búsqueda de raíces culturales, históricas o idiosincráticas se vuelve un contrasentido. Visto todos los casos a la vez lo que sí tienen en común es la situación de crisis e inestabilidad política, económica o social —con la consecuente desconfianza hacia la posibilidad democrática— que refuerza la siempre latente "nostalgia del absoluto" presente en las sociedades modernas de que habla George Steiner. Una situación que es aprovechada por un aspirante a tirano, un partido o incluso una potencia extranjera para instaurar un régimen que pretende convertir la exaltación temporal de las revoluciones en algo permanente.

¿Qué tienen en común alemanes, italianos, rusos, polacos, cubanos, venezolanos, albaneses, checos, húngaros, chinos, coreanos del norte o camboyanos? Para mí lo único que los une son esos momentos de crisis —no necesariamente económica— que han sabido aprovechar individuos, partidos o potencias con muchas ambiciones y muy pocos escrúpulos.

Disculpa la alegoría elemental: uno puede ser responsable de haberse emborrachado, pero si en medio de la borrachera alguien te viola un juez dictaminaría que el responsable de la violación es el violador. El que quiera buscar una explicación ideosincrática del totalitarismo tiene que tener en cuenta el experimento de las dos Coreas: con los mismos coreanos se construyó uno de los sistemas totalitarios más perfectos del planeta y uno de los capitalismos democráticos más pujantes de la actualidad.

Por otro lado, la tentación totalitaria sigue presente en cualquier sociedad incluyendo EEUU, donde vivo. Puede ser bajo la consigna "Make America Great Again" que agita un personaje como Trump, cuyos pujos autoritarios me recuerdan muchísimo a los de Fidel Castro. O también en la forma de ese totalitarismo por cuenta propia que es la corrección política: con el pretexto de la erradicación de la desigualdad y de la opresión a las minorías se pretende imponer principios morales por encima de la ley —condenando a gente a la marginación y al ostracismo sin llevarlas a juicio— y se intenta regular la vida cotidiana en esferas en las que ni el peor stalinismo soñó inmiscuirse.

Hasta ahora las instituciones democráticas norteamericanas y el sentido común han prevalecido frente a las presiones desde ambos extremos, pero nada garantiza que una buena crisis termine empujando a la sociedad hacia alguna trampa totalitaria.
 
Al final de "El sueño de los otros", uno de los textos de la primera parte de tu libro, planteas una serie de preguntas sobre el efecto a largo plazo (¿o eterno?) del totalitarismo. ¿Crees que muchos cubanos de la Isla "están así" porque siguen viviendo bajo un régimen totalitario que ya dura más de seis décadas o que "son así" ya para siempre, porque el régimen, en efecto, logró cambiar el carácter del cubano?

El carácter es uno de los rasgos más profundos —y por eso mismo más indefinibles— en la identidad de un pueblo, pero 64 años no son pocos para un pueblo joven, siete más que toda la República, periodo que sin dudas dejó huellas en el carácter nacional. Cambios hay con cada generación: basta escuchar las quejas que los que llevan dos meses en Miami tienen sobre los que acaban de llegar. Los emigrados siempre terminan convertidos en expertos en encontrar diferencias con los que llegan después.

Pero, hablando más en serio, si algo parece haber cambiado de manera profunda en el carácter del cubano es la confianza. Los regímenes totalitarios están especialmente interesados en minar la confianza que sus súbditos tienen en el resto de la sociedad y en sí mismos porque esa confianza es fundamental tanto para cambiar la sociedad como nuestras vidas.

El cubano puede seguir arrogante como siempre, pero la autoestima la siente lesionada. De esa desconfianza se nutren sistemas como el cubano para conseguir que la gente dependa de ellos y para que no se ponga de acuerdo para actuar de manera diferente. Una desconfianza que nos persigue a donde quiera que vayamos y que ha lastrado muchos empeños colectivos e individuales.

Que un régimen tan meticulosamente aberrante y pretencioso deje huellas profundas en la gente no debería sorprender a nadie. Si los peores instintos humanos existen incluso en sociedades donde se les castiga, ¡cómo no van a florecer allí donde se les premia! Lo que de veras me sorprende son los jóvenes que salen de Cuba tan funcionales y decentes como los que han crecido en condiciones mucho más favorables. Y ese detalle, además de sorprendente, es muy alentador.


Friday, February 17, 2023

Los juguetes de un niño egoísta*



Por Jorge Ignacio Domínguez

Hace unos años, al final de un partido, un reportero le preguntó al espectacular Greg Maddux cómo le había ido. Maddux respondió: “95-83”.

El reportero, que lo conocía, entendió perfectamente el mensaje: “De 95 lanzamientos que hice, 83 cayeron donde yo quería”. No importaba nada más: ni cuántas carreras o hits le habían conectado, ni quién había ganado. Tampoco importaban el esfuerzo y el talento monstruosos que lo hicieron quien era. El asunto se resumía a “95-83”.

Cierta parte de la obra de Jairo Alfonso me recuerda a Maddux. Durante más de una década, la visión predominante en su obra fue una acumulación voraz y realista de cosas “halladas”. Esos cuadros son sumas aleatorias de objetos que apilaba —a tamaño natural, minuciosamente dibujados— como un hoarder o acaparador compulsivo. No es una acusación de psicólogo aficionado: el mismo artista lo ha dicho de esa manera. 

Indicativos de ese “trastorno afectivo” podrían ser los títulos de esa larga serie de dibujos. El título de cada uno de ellos es simplemente un número: el que corresponde a la cantidad de objetos atrapados en el marco. Como si nada más importara, como si Greg Maddux se hubiese dedicado a dibujar.

Otra manera más amable de decirlo sería comparar esa etapa compulsiva con el flujo de conciencia joyceano: un flujo de conciencia expresado en trazos en lugar de palabras. Cada uno de esos cuadros —y con mayor exquisitez y transparencia los de gran formato— resume su experiencia, o su memoria de ciertas experiencias, a una suma de imágenes.

Algunos de esos almacenes bidimensionales parecen revelar una atracción libidinosa por los objetos más banales: un librito titulado Aprenda inglés con la ayuda de Dios, una caja de Cohibas o un frasco de aspirinas. 

Otros parecen mostrar la pérdida de la inocencia del buen salvaje crecido en la perpetua indigencia gris del socialismo. En esa obsesión acumulativa se vislumbra un sobreviviente de la escasez proletaria deslumbrado o abrumado por la chatarra infinita de la sociedad de consumo. También se percibe a veces un viaje a la semilla, un rescate de la infancia, o al menos de lo que el expatriado llama infancia, que es toda la vida anterior a la partida de casa.

El video que forma parte de la exposición es una clave para entender sus obsesiones. La radio no es una simple nostalgia, sino el talismán que rompe un encierro asfixiante, el punto de acceso a la música y las noticias proscriptas, una vía de escape. Desde esa perspectiva, su descenso a los infiernos de Telefunken es también una liberación, una puerta al resto de la realidad censurada.




Esos dibujos, quisquillosos y obsesivos, por su misma acumulación —pero no por mera acumulación—, engendran un discurso de extraña coherencia. Jairo logra superar la dicotomía de Gertrude Stein (“A rose is a rose is a rose”) y William Shakespeare (“A rose by any other name”): simplemente prescinde del nombre como evocador de la memoria. 

El objeto, la representación realista y detallada de miles de objetos, puede retratar la cópula del deseo y la memoria tan bien como el soliloquio de Molly Bloom y de paso obviar la obsesión nominalista de Stein. A primera vista, la magia de esos cuadros radica en una especie de delirio de suma teológica pintada a lápiz, pero la clave de su hechizo está en la realización, en la perseverancia artesanal, la candidez del retrato y la supuesta ingenuidad de la selección de sus elementos.

La presente muestra de Jairo AlfonsoObjectscapes, incluye dos de sus obras más logradas de ese período. La primera es “362”, un dibujo inmenso (78.7 x 159 pulgadas) más atestado que el Arca de Noé. Un Lada soviético domina la escena; pero “domina” quizás no es el verbo preciso: el Lada aparece atiborrado y casi aplastado por sus 361 compañeros de viaje. Es un cuadro de sus primeros años de estancia en España. Por coincidencia o designio —¿cuál es la diferencia?—, los hitos y giros de su obra parecen un espejo de su circunstancia personal.

La segunda es una de sus primeras obras después de establecerse en New Jersey. El título es “494 (Bergenline Avenue)”. Es un resumen de sus primeros paseos por esa vía dolorosa y ese misterio gozoso que es la avenida Bergenline, un manantial inagotable de nobleza inmigrante, estafas desalmadas, trabajo duro y kitsch multicultural. 

Uno mira esos cuadros y tiene la impresión de estar viendo la cueva del tesoro de un cleptómano o la colección de juguetes de un niño egoísta. Por alguna razón, uno siente que el niño dueño de todos esos juguetes no se los va a prestar a nadie. En esa posesión —lápiz y cartulina mediante— hay un egoísmo tan inocente como absoluto.

Al final, sin embargo, todos los niños se cansan de sus juguetes. Uno recuerda la mañana del Día de Reyes, la sorpresa y el brillo del carro de bomberos reluciente y perfecto. Dos semanas después —seamos generosos: tres semanas después—, uno comenzaba a preguntarse qué tendría en sus entrañas aquel camión de bomberos. Y entonces buscaba un destornillador en la caja de herramientas de su padre y desentrañaba el misterio chino del maldito camión con la furia investigativa de un soldado de Atila.

Ese es el punto de inflexión que resume la presente exposición de Jairo Alfonso: el instante en que la curiosidad se vuelve más importante que el brillo del camión de bomberos que nos trajeron los Reyes Magos.

Su exposición recoge ese momento en cinco dibujos hechos a lápiz y acuarela, monocromáticos, sí, pero indecisos entre el morado y el negro: “Emerson III”, “Emerson IV”, “Sylvania IV”, “Sylvania V”, “TELEFUNKEN I”. Los primeros cuatro son de 2019 y el último de 2020. Los cinco describen un arco nítido entre sus acumulaciones objetuales y sus alucinaciones endoscópicas. “Emerson IV” es muy similar a su obra anterior, aunque el objeto de estudio sea diferente. Pero en “Sylvania IV” y “TELEFUNKEN I” se anuncia claramente lo que viene.



Catálogo de la exposición ‘Objectscapes’, de Jairo Alfonso.


Y lo que viene es una revelación similar a la que experimenta el niño al despachurrar su camioncito de bomberos. Quizás no sea mera coincidencia que ese momento de su carrera siga de cerca a su entrada en la paternidad, que es un destierro al revés, porque es un retorno forzado a la infancia. Lo que el padre hace en sus cuadros hoy, probablemente lo estará haciendo su hijo ahora mismo con los juguetes que Santa le trajo esta Navidad.

Sus primeros “paisajes endoscópicos”, como los llama Jairo, son viajes al interior de los objetos que lo obsesionaron por más de diez años; pero, a la misma vez, son una salida al mundo exterior. “Sylvania IV” y “TELEFUNKEN I” podrían ser paisajes posapocalípticos o basureros a la Tomás Sánchez… y exhiben una minuciosidad y maestrías comparables.

Sin embargo, por relevantes que sean esas obras en sí mismas, todas parecen servir de preludio al núcleo de la exposición Objectscapes. Además de descubrir un mundo nuevo en las entrañas de sus radios Taíno, Sylvania y Telefunken, el artista ha emprendido también un regreso a la tela y al óleo. “He tenido que aprender a pintar de nuevo”, confiesa. 

El color, que se mueve en onda corta del ocre al marrón, recuerda al dibujante, pero es también funcional: sus paisajes interiores no son un lecho de rosas sino visiones monocromáticas como revelaciones oníricas. 

El otro descubrimiento es la escala. Si antes sus obsesiones se anclaban en el tamaño natural de cada objeto, las cinco obras más recientes de la exposición (72 x 60 pulgadas cada una, dos apaisadas, tres verticales) representan las entrañas mecánicas de sus radios de tubos o transistores en dimensiones monumentales.

Es aquí donde Jairo se convierte en Alicia que pasa de un lado al otro del espejo, en Jim Morrison cuando canta break on through to the other side. Como Morrison, Jairo ha “excavado allí nuestros tesoros” (“dug our treasures there”) y ha descubierto que “el día destruye a la noche” (“the day destroys the night”).

Sus paisajes objetuales miran a la misma vez adentro y afuera del objeto. Esas entrañas de cables, transistores, válvulas y electrodos son de algún modo su salida al mundo. Sus visiones invitan al espectador a hacer el mismo recorrido del paisaje interior al entorno, a ponderar sus misterios y devastaciones.

El resultado es una exhibición espléndida. Como Molly Bloom, el espectador “preguntará con los ojos” ante cada uno de sus cuadros. Y la respuesta será la misma con que cierra su soliloquio: 

―Sí.


*Tomado de Hypermedia Magazine.

Thursday, March 3, 2022

José Martí le tenía pavor a la moringa (probablemente)*



Por Jorge Ignacio Domínguez

Nunca me había leído un diccionario así, de punta a cabo, como si fuera una novela de capa y espada de Dumas o la biografía soft-porn de Casanova. Pero el Diccionario provincial casi-razonado de vozes cubanas de Esteban Pichardo se puede leer de un tirón, porque algo tiene de aventura, aunque le falte lo de Casanova. Esteban Pichardo publicó la primera edición de su diccionario en 1836. La que me he leído es la "tercera edición, notablemente aumentada y corregida", de 1862. (La cuarta y última edición es de 1875.) Entre otras perlas, allí encontré, en la página 185, esta definición:

Moringa.—N. s. f.—Ente fantástico o coco, con cuyo nombre se atemoriza a los niños en la parte oriental. Ahí viene la moringa.

Pensé entonces que Martí tenía nueve años cuando se publicó esta edición, y me pregunté si, a pesar de vivir en La Habana y no en "la parte oriental", doña Leonor le habría dicho alguna vez a José Julián esa frase ("Ahí viene la moringa") para que se durmiera o hiciera las tareas de matemáticas.

Y en la página 120 hallé esta otra definición que no olvidaré jamás... o hasta que el Alzheimer nos separe (a mí y a mi memoria):

Guagua.—N. s. f.—Voz ind.—Introducida hace poco tiempo; pero tan generalizada que todo el mundo la usa aplicándola a cualquiera cosa que no cuesta dinero ni trabajo, o de precio baritísimo, y cuando se espresa en modo adverbial De Guagua, aumenta la significación como absolutamente de valde, sin costo ni trabajo alguno. [...] || Guagua.— N. s. f.—Especie de coche u ómnibus usados en la Habana para viajar a los suborbios por un estipendio tan barato que le ha merecido la aplicación de aquella palabra, o quizá por la Inglesa Wagon.

Y pensé entonces que el Apóstol, además de temer a la moringa en su infancia, probablemente también sintió en la adolescencia el horror que han provocado siempre las guaguas habaneras, y que yo hasta ese instante no puede imaginar que Martí hubiese conocido.

Pero de todas las definiciones que he encontrado en el Diccionario provincial casi-razonado de Pichardo, ninguna me ha gustado tanto como la del adjetivo "ético". ¿Qué entendían los habaneros del siglo XIX por "ético"?

Ético, ca.—N. adj.—vulgar—Tísico -ca. De aquí el verbo recíproco Eticarse o Estar picado de ético, esto es, declararse la tisis en una persona. Pasado, pasadito. Ya sin remedio o esperanza.

Así es, para el cubano del siglo XIX (¿Solo el del siglo XIX?) ético quería decir "ya sin remedio o esperanza". Y pensé que el Apóstol, de cuerpo pequeño y enjuto, habrá sido considerado por sus vecinos como un tipo ético, pero no por las mismas razones que uno se imagina.

Hace exactamente un siglo y medio, cuando se publicó la tercera edición del Diccionario de Pichardo que he leído, en esa Isla la gente se movía en carros tirados por caballos, los niños le tenían miedo a la moringa y ser ético significaba estar enfermo. Ojalá que el Diccionario de Pichardo, aunque es una lectura interesantísima, sea para nosotros cada vez más obsoleto.


*Publicado originalmente en el blog Tersites.

Tuesday, February 15, 2022

Lecuona fuera del closet, así en La Habana como en New York*

Por Jorge Ignacio Domínguez

Al final de su artículo —“Cuba’s Tin Pan Alley”—, Winthrop Sargeant presenta un retrato de Lecuona en el mejor momento de su carrera. Es una imagen mucho más rica y menos etérea que la impuesta en Cuba por una devoción que insiste en ignorar su vida. El Lecuona de Sargeant es un compositor prolífero y al que sus derechos de autor permiten vivir una vida de gitano de lujo que se mueve sin tropiezos entre Guanabacoa y el Midtown neoyorkino.
Sargeant insinúa una y otra vez la homosexualidad de Lecuona sin decirlo directamente. Lo presenta como un hombre "irremediablemente afable" y “lánguido” que siempre se halla rodeado de admiradores masculinos de ropas extravagantes que toman sus licores y se alimentan a su costa. Pero Sargeant deja en claro que Lecuona, como Dios en el salmo, "se sienta por encima del aguacero". Sus éxitos tenían —según el autor— una permanencia con la que solo pueden soñar otros compositores: eso le permite ser indiferente al dinero y a la algarabía de esos muchachos de ropas sospechosamente coloridas que llenan su lujosa habitación neoyorkina.

En la visión de Sargeant, Lecuona es el cubano lúcido que ha usado los ritmos "salvajes" para hacer su música sin renunciar a sus ademanes y su vocación de hombre civilizado. Es, al fin y al cabo, el traductor de la barbarie para gringos incapaces de bailar la verdadera rumba. Y es también y sobre todo, la antítesis de Chano Pozo, el personaje que domina la primera parte del artículo. Chano Pozo es tumbadora, marihuana, descapotables desbocados en la carretera, riñas de borracho. Lecuona es el tipo lánguido que se deja robar por sus Adonis, que hace una ópera sobre un sombrero de yarey y que sueña con siboneyes clásicos y malagueñas tocadas por niñas bien.

Ambos murieron lejos de Cuba. Chano con el poco dinero que llevaba en el bolsillo, Lecuona con lo que quedaba de su fortuna derrochada. Chano duerme su eternidad de chulo violento en el cementerio de Colón. Los huesos de Lecuona —según su deseo— esperan desde hace medio siglo a que haya un cambio de apellido en la presidencia cubana para regresar. Quizás la reunión de sus dos osamentas disímiles sería un saludable ensayo de exorcismo para un país cuyo único significado perdurable es su música.

Aquí les dejo mi traducción de la última parte del artículo de Sargeant:

[Revista LIFE, edición del 6 de octubre de 1947. Páginas 145 a 148 y 151 a 157. ]


El Tin Pan Alley cubano [tercera parte]


Winthrop Sargeant

El primer compositor de Cuba

En el extremo opuesto del espectro musical cubano donde se usan puertas para producir el ritmo, está el lucrativo arte de componer música cubana para el mercado internacional. Y en ese arte Cuba ha producido un nutrido grupo de los más famosos compositores de música popular del mundo. Uno de ellos fue el fallecido Moisés Simons, quien se ganó un lugar permanente en la historia al escribir “El manisero”. Otro es Eliseo Grenet, dueño de cabarets y decano de los directores de orquestas cubanas, cuyo “Lamento cubano”, de marcado tono proafricano, enfureció de tal manera al dictador Machado, que ordenó un acoso que obligó a Grenet a marcharse a Barcelona, España. La obra maestra de Grenet es la popular canción “Mamá Inés”. Sin embargo, el rey indiscutido de la música popular cubana es un hombre de maneras suaves y talante melancólico llamado Ernesto Lecuona.

Lecuona es un fenómeno único en el mundo de la música popular. Si uno menciona su nombre en medio de un grupo de americanos tomados al azar, lo más probable es que no les diga nada. Pero sería raro hallar un americano que no conozca algunas de sus canciones de mayor éxito. Algunas de ellas se han convertido en melodías tan conocidas que la gente las atribuye a veces a algún compositor clásico de otra época. Otras de sus canciones ocupan cada año los primeros lugares de las listas de éxitos. Y aun otros son clásicos genuinos que todo estudiante de piano aprende a tocar. Entre una lista de unas 300 composiciones que Lecuona ha escrito durante los últimos 40 años, la más conocida a nivel mundial es la voluptuosa canción “Siboney”, a la que a veces algunos llaman en broma el himno nacional cubano. La siguen de cerca en popularidad archiconocidas piezas para piano como “Malagueña” y “Andalucía (La brisa y yo)” y una enorme lista de canciones populares (“Para Vigo me voy”, “Siempre en mi corazón”, “Noche azul, “Dame de tus rosas”, “María la O”, “Carabalí”, “Devuélveme el corazón” y muchas otras) que se tocan y cantan en cabarets, salones de baile, restaurantes, estadios de béisbol, bares y estudios de radio y televisión desde Alaska hasta la Tierra del Fuego.

En las editoriales de música del Tin Pan Alley de Manhattan, las composiciones de Lecuona son consideradas “estandards”, es decir, perennes éxitos de ventas. Mientras que la popularidad de una canción exitosa típica del Tin Pan Alley dura unos meses, las canciones de Lecuona se venden exitosamente por décadas. “Siboney” ha sido grabada dos o tres veces por cada una de las compañías disqueras importantes y sigue manteniendo su popularidad. “Para Vigo me voy” ha vendido casi un millón de copias solo en Estados Unidos. “Malagueña”, con ventas estables de 100,000 copias al año desde 1931, han implantado algo así como un récord en los catálogos de su editorial neoyorquina. En arreglos de todos los estilos, desde bandas de metales hasta piano o acordeón, es el éxito de ventas más constante en los Estados Unidos. Ha sobrepasado las ventas de la canción que antes tenía el record de toda la historia de la música estadounidense, el inmortal clásico “Glow Worm”, que Paul Lincke compusiera hace 45 años.

Un hombre siempre rodeado de sus admiradores

Lecuona es un cubano de 51 años, alto e irremediablemente afable, con ojos color tabaco y un limitado vocabulario de inglés infra-básico. Viaja continuamente entre un abarrotado apartamento en La Habana y una suite de un hotel del centro de New York. A pesar de sus incesantes esfuerzos por vestirse con elegancia, su talante es (como dicen siempre sus amigos) exactamente igual al del cómico Zero Mostel. Hombre notoriamente sedentario, usualmente se lo halla lánguidamente recostado en un butacón, rodeado de un grupo de admiradores latinoamericanos de vestimenta estridente que hablan sin parar y lo siguen adonde quiera que vaya y comen de su comida y beben de sus licores en cantidades ilimitadas. Lecuona muy pocas veces prueba un trago. Observa esa algarabía portátil que lo acompaña con aire preocupado y ausente a la vez. De cuando en cuando pide permiso, se levanta, va hasta un piano cercano y toca un par de canciones sobre el estruendo de la conversación. “Después de todo”, explica como justificándose, “un hombre debe tener derecho a tocar piano en su casa”.

Aunque sus ingresos por derecho de autor se calculan en decenas de miles de dólares, Lecuona no tiene ninguno de los rasgos característicos de los hombres acaudalados, excepto quizás su distraída indiferencia hacia el dinero. Constantemente regala pequeñas sumas de dinero para ayudar a maraqueros y cantantes de cabaret en ciernes, tanto americanos como cubanos. El dinero que ha regalado durante su carrera sin dudas suma una fortuna.

Lecuona es una figura tan admirada en América Latina que cuando un hombre llamado Ricardo Lecuona murió en un accidente aéreo en Colombia, muchas estaciones de radio de México, Chile, Perú, Brasil y Argentina interrumpieron sus transmisiones para hacer un minuto de silencio pensando que había sido Ernesto quien había muerto en el accidente. Hace cinco años, el expresidente Batista lo nombró attaché cultural de la Embajada Cubana en Washington. Como embajador de la música cubana, solo lo supera el formidable director de orquesta español Xavier Cugat. Su puesto no oficial como el primer músico de Cuba, que recientemente ha tenido su colofón en media docena de partituras para películas de Hollywood y de América Latina, comenzó en los cabarets y los cines mudos de La Habana. Siendo un niño de 11 años, pidió prestados un par de pantalones largos y organizó su primera orquesta. Una marcha titulada “Cuba y América”, que compuso siendo muy joven, aún hoy es en el repertorio habitual de las bandas militares cubanas. Su primer éxito internacional importante fue en 1922, cuando dio una gira por los Estados Unidos y se presentó por ocho semanas consecutivas en el teatro Capitol de New York, donde tocó por primera vez su “Malagueña” y su “Andalucía” ante el público de Estados Unidos.

Si bien “Malagueña” y su “Andalucía” eran “piezas de salón” típicas que podrían haber sido escritas por compositores latinoamericanos desde cualquier orilla del estrecho de la Florida, “Siboney”, que se estrenó en 1927, tenía la cadencia típicamente cubana que infestaría a los bailadores de Estados Unidos con el virus de la rumba. Toda esa fiebre, como han indicado frecuentemente los cubanos, estaba basada en un monstruoso malentendido. “Siboney” no era, de ninguna manera, una rumba. Como tampoco lo es “El manisero”. Esa errónea y lucrativa idea nació de la fértil imaginación del editor musical del Tin Pan Alley Herbert E. Marks, que se ha convertido desde entonces en el mayor importador de música latinoamericana de Estados Unidos. En Cuba la rumba es un atlético baile de exhibición que requiere un espacio inmenso y una no menos espectacular dosis de meneo de caderas que convertiría cualquier pista de baile americana en una cancha de hockey coreográfico. La música de la rumba es rápida y extremadamente agresiva. El baile que los americanos han importado con ese nombre es también auténticamente cubano, pero en Cuba lo llaman son. El malentendido comenzó cuando la compañía editorial de Marks publicó “El manisero” como un son y se dio cuenta de que los compradores se confundían con ese nombre y pensaban que era un error de impresión, que debía ser “song” (“canción”). Los directores de la Edward B. Marks Music Corp. inmediatamente se reunieron para discutir el asunto y decidieron clasificar como “rumba” esa canción. Y para los desprevenidos americanos ha sido desde entonces una rumba.
En este momento el reinado del son en La Habana se ve amenazado por el éxito de un nuevo ritmo llamado “El botecito”, y los promotores musicales americanos como Arthur Murray recorren Cuba de punta a punta con la esperanza de hallar otra de las minas de oro de Terpsícores. El botecito, como se baila en los salones y las calles de La Habana, es como la marcha de un regimiento en la que una muchedumbre de cubanos salameros se balancean de un lado a otro, con las manos en las caderas, como si fuera el movimiento de un bote. Como la mayoría de las modas de los salas de baile de Cuba, este nuevo pasillo se debe achacar a los ñáñigos, y nadie puede predecir cuándo desaparecerá.

*Tomado del blog Tersites

Sunday, February 13, 2022

Entre balas y marihuana: la música cubana en 1947*

Chano Pozo retratado para Life

Por Jorge Ignacio Domínguez

En esta segunda parte del artículo de Winthrop Sargeant —“Cuba’s Tin Pan Alley”—, la más interesante de las tres en las que lo he dividido, el autor describe el mundo habanero donde surge la música que en esa época se hizo universal.
Añado un par de detalles. Sargeant, para ilustrar la cultura mafiosa del mundo musical habanero, habla de "un negro inmenso y vestido con ropas muy llamativas, llamado Chano Pozo". Explica la admiración que gozaba Pozo en La Habana, no solo por su talento musical, sino por vivir al margen de cualquier ley y por su pasmosa habilidad para tentar y burlar la muerte. Un año y dos meses después de publicar su artículo, Chano Pozo moriría baleado en Harlem.

Sargeant usa la canción "Penicilina" para ejemplificar el proceso creativo y de comercialización de la música cubana. Es bueno recordar que su autor, Abelardo Valdés, fue también el compositor del famoso danzón "Almendra". La "Penicilina" es una oda a la milagrosa eficacia de ese medicamento para tratar las enfermedades venéreas. El uso masivo de la penicilina era muy reciente: antes de su introducción al mercado en 1942, contraer sífilis o gonorrea era un viaje sin retorno. La penicilina cambió las reglas del juego, y la canción de Abelardo Valdés viene a expresar lo que debió ser un sentimiento de alivio generalizado en el mundo musical habanero de entonces. Al mencionarle la canción al musicólogo Armando López, me recordó enseguida otro dato interesante: la "Penicilina" fue grabada en 1945 por el Conjunto Matamoros, cantando Beny Moré. Es una de las primeras grabaciones que hiciera en Beny en su carrera.

[Revista LIFE, edición del 6 de octubre de 1947. Páginas 145 a 148 y 151 a 157.]


El Tin Pan Alley cubano [segunda parte]


Por Winthrop Sargeant


Una música que florece entre balas y marihuana
A diferencia del azúcar y el tabaco, la música cubana es cultivada en las calles de La Habana por una masa humana políglota y marginal que canta, bebe y se muere de hambre con una exuberante indiferencia. Nace en los prostíbulos, en las “academias de baile” y en los centros clandestinos de santería, esos que los cubanos de las clases altas siguen acusando de ser escenario de horripilantes sacrificios humanos. Muchas de esas canciones son compuestas en pianos prestados, algunos de ellos con agujeros de balas, por marihuaneros que las venden por el precio de un trago de ron. Las estrenan en los inmundos cabarets de Las Fritas, una calle de pequeños negocios al estilo de Coney Island, cerca de La Playa, donde los negros de La Habana van a pasear en las noches. De Las Fritas esas canciones pasaban al corazón de La Habana, donde el estruendo de los tambores es atenuado para hacerlo más paladeable para los turistas de los cabarets más caros como el Chanflán y el Faraón. Con un poco de suerte y promoción por parte de los editores de música del caótico Tin Pan Alley de La Habana, podrán llegar a los oídos de directores de orquestas y bandas de Estados Unidos y catapultar a sus autores a la fama internacional. Con mayor frecuencia, se pierden en el enloquecido torbellino de la vida nocturna habanera, descendiendo irremediablemente, como las prostitutas de La Habana, desde los cabarets de lujo hasta los antros de 6¢, muriendo luego para dar paso a otras canciones más nuevas y más frescas.

En Las Fritas uno de los éxitos más recientes es una cancioncita movida conocida como "Penicilina", que celebra las propiedades curativas de lo que, en esa Habana relajada y libertina, es un medicamento particularmente útil. La letra de “Penicilina” automáticamente anula la posibilidad de que se convierta en un éxito internacional:

¡Ay!, ¿qué es esto?

¡Ay, ay, ay!, ¿qué es esto?
Qué malo me siento.
Ay, que si da mal de amor,
ay, que si da mal de amor,
te digo que
la penicilina lo podrá curar.
Pruébela y ya usted verá.

*1945 PEER INTERNATIONAL CORPORATION (USED BY PERMISSION)

La “Penicilina” tiene varias versiones. La más popular de todas no tiene texto, y es interpretada con ojos ardientes y caderas enloquecidas al compás de una letra reveladora: "Bum-bum, bum, bum-bum, bum". Su repetitiva melodía de seis notas se basa en un acompañamiento punzante, traqueteante, que suena como si se estuviera derrumbando un almacén de cubertería. Cuando invitaron a grabar su canción, el autor, un negro genial llamado Abelardo Valdés, incluyó apenado una estrofa de la “Marcha nupcial” de Mendelssohn para que la canción llegara a tener la duración estándar de los discos. Su popularidad local finalmente llegó a tales proporciones que Valdés se sintió inspirado a componer una segunda canción titulada “Sulfatiasol”. "Mis amigos" anunció Valdés en tono triunfal, "me dicen que debería abrir una botica”.



El problema no es el dinero

La “Penicilina”, obviamente, no fue escrita con ojos sagaces fijos en las posibilidades comerciales en Estados Unidos. El predominio de canciones de este tipo saca de quicio a los editores musicales más emprendedores de Cuba. Aunque los compositores cubanos más conocidos tienen una organización semejante a la ASCAP de Estados Unidos, la realidad es que el saldo de la exuberante producción musical habanera no se crea con el ánimo de ganar dinero, sino por pura diversión, por un ejército de compositores desconocidos e indigentes. Varios intentos de organizarlos en una estructura razonable y profesional han terminado siempre en rotundos fracasos.

Los esfuerzos por lograr mejores condiciones económicas que han surgido en la prevaleciente aura de marihuana e indigencia han sido esporádicos y extremadamente individualistas. Uno de ellos explotó el año pasado cuando un negro inmenso y vestido con ropas muy llamativas, llamado Chano Pozo, se obsesionó con su deseo de tener un Buick convertible nuevo. Pozo, cuya obra maestra es una canción titulada “El Pin Pin”, se había hecho relativamente famoso también como bailador y ejecutante de tumbadora. Un día fue a hablar con su editor, un tal Ernesto Roca, y le exigió mil dólares extras de adelanto por una nueva canción. Roca se negó a darle el dinero y Chano Pozo lo atacó. Como todos los editores de música prudentes de La Habana, Roca tenía un guardaespaldas armado que al instante le depositó cuatro balas en el vientre a Chano Pozo. Ligeramente incomodado, Pozo pasó dos semanas en el hospital, se recuperó y logró reunir el pago parcial para comprar el Buick sin la ayuda de Roca. Unos meses más tarde Pozo volvió a tentar a la muerte, esta vez como el desbocado chofer de su nuevo Buick. El Buick quedó destrozado en el accidente, pero Pozo volvió a burlar la muerte. Aun sigue siendo la estrella mimada de los cabarets y las estaciones de radio de La Habana.

El limbo musical homicida de La Habana flota en algún lugar indeterminado entre dos mundos. Uno es el cielo del éxito internacional, el dinero, los cabarets de New York y la fama de Hollywood, al que los cubanos buenos llegan a veces a pesar de ellos mismos. El otro es el submundo de la Cuba africana. Y la Cuba africana es, tanto desde el punto de vista musical como espiritual, un bastión fronterizo de una civilización selvática cuyo estado mayor sigue estando en las cercanías de los ríos Níger y Congo. En este submundo se mezclan los dialectos tribales africanos con el español mal hablado. Aún hoy se pueden hallar en Cuba negros ancianos que se consideran exiliados temporales y que, cuando se les pregunta por su nacionalidad, no se describen como cubanos, sino como yorubas o ararás transplantados. Sus organizaciones tribales, con sus ritos religiosos, su música, su medicina y su magia, son motivo de moderada preocupación para las autoridades cubanas, quienes los consideran como una posible amenaza política. Durante la dictadura de Machado, que terminó en 1933, las canciones de sátira política de origen negro eran causa frecuente de disturbios, y más de un compositor negro desapareció tras ponérsele precio a su cabeza.

Su ritmo proviene de las selvas africanas

El veinte por ciento de la población cubana es africana, y una buena porción del sector masculino de ese porcentaje está afiliada a una organización poco definida que los cubanos conocen como “los ñáñigos”, que ha existido desde los tiempos de la colonia. Los cubanos de las clases privilegiadas a veces asustan a sus hijos diciéndoles que los ñáñigos se los van a llevar si no se portan buen. La policía cubana mantiene las ceremonias tribales ñáñigas bajo estrecha vigilancia y está lista a lanzarse sobre ellos en el mismo instante en que noten que la inocua brujería puede convertirse en una conspiración política.

Una vez al año, durante el carnaval, los ñáñigos salen a la calle para celebrar el gran evento: las comparsas cubanas. Su valor como atracción turística es innegable. En las noches de cinco sábados consecutivos las calles de La Habana se inundan de una alegre muchedumbre de negros en trajes fantásticos que van pavoneándose al compás de los tambores y cantando canciones que parecen haber salido del mismo corazón de África. Pero cuando terminan las comparsas, los ñáñigos regresan a los barrios pobres y sus campos de cultivo. Las grandes tumbadoras, que aparecen ocasionalmente durante el carnaval, vuelven a su condición de instrumento ilegal. Su uso ha sido prohibido excepto durante las fiestas, y hay una buena razón para ello: ese instrumento se usaba como un telégrafo de la selva, y su poderoso repique servía para enviar mensajes secretos de un pueblo a otro a través de los campos cubanos, y de un barrio a otro en La Habana.

Con escasas excepciones, los instrumentos de la música cubana se construyen a partir de modelos originarios de África y son sin dudas los más primitivos que se hayan usado jamás en la música civilizada. Los cubanos negros los fabrican a partir de güiras secas, hojas de guatacas, cuchillos viejos, huesos de animales, troncos de árboles, cencerros inservibles y cueros de chivo. Pero su manufactura para la exportación ha llegado a convertirse en una industria bien regulada. Incluso la exótica quijada, que se hace con la mandíbula del caballo, ahora se manufactura de acuerdo a normas estrictas. La firma habanera de instrumentos musicales de José A. Solís, que suministra instrumentos a la mayoría de los virtuosos de la quijada en todo el mundo, ofrece dicho instrumento acompañado de la siguiente explicación: “[La quijada] se hace con el maxilar inferior de un caballo criollo de unos 2 años de edad, y se prepara de manera tal que cuando se la golpea con el puño produce una peculiar vibración, muy original y exclusiva de este instrumento. Dimensiones: 14 pulgadas de largo. Peso: 1,250 gramos”.

El componente indispensable de toda agrupación de rumba es, por supuesto, un par de maracas, las cuales agita con incesante entusiasmo un músico que dedica toda su carrera al dominio de ese instrumento. Otro instrumento muy relacionado con las maracas es el güiro, que se hace de una güira más larga, de superficie corrugada, que se toca rayando un clavo o un pedazo de madera sobre él, produciendo así un sonido similar al de un motor fuera de borda. Otro elemento básico es un par de bongós, o tambores grandes hechos con troncos de árbol huecos y cuero de becerro, y que se hacen sonar golpeándolos con las manos.

Una banda de rumba grande no estaría completa sin al menos una tumbadora, que se hace del tronco hueco de un árbol o de un barril viejo. Y las orquestas de rumba de más categoría pueden tener también una marímbula, un instrumento grande, en forma de caja con una serie de hojas de metal sujetas a su superficie. Cuando se pulsan con los dedos, como se hace con el harpa de boca, esas tiras de metal producen un poderoso sonido que recuerda al del contrabajo. La marímbula es un instrumento muy común en el Congo belga. Los ñáñigos lo fabrican con cajas o maletas viejas y flejes de relojes de cuerda desechados. Las orquestas también pueden tener cencerro y claves. E incluso pueden incluir una vasija grande de barro llamada botija, que es precisamente el mismo instrumento que usaban las antiguas “jug bands” de los negros de Estados Unidos. Una de las características más notables de todos estos instrumentos es que ninguno de ellos, excepto quizás la marímbula, es capaz de emitir una melodía. En las primitivas ceremonias de los negros cubanos esta deficiencia se suple, cuando se suple, con la voz humana. En los remilgados danzones de La Habana, las flautas y las guitarras generalmente proveen la melodía. Pero en la rumba, como la conocen los americanos, la sinfonía de percusión de los cubanos primitivos queda sumergida en una orquestación tradicional con violines, pianos, acordión, saxofón, trompetas, etc.

Esos refinamientos son el precio que pagan por la civilización. Los ñáñigos primitivos pueden hacer música con prácticamente cualquier cosa. Uno de sus instrumentos preferidos que, hasta ahora, no ha llegado a las orquestas que tocan en los cabarets, es la puerta. Para usar la puerta como instrumento musical, se quita de las bisagras, el ejecutante apoya uno de los extremos en sus rodillas, y la golpea furiosamente con ambos puños. El resultado es extremadamente sonoro.

[Continuará]

*Tomado del blog Tersites

Cuba sin música, ¿una república bananera más?*

Por Jorge Ignacio Domínguez

Músicos en La Habana.
Foto tomada de la revista Life del 6 de octubre de 1946.



Buscando información sobre Chano Pozo para un sobrino bongosero hallé un artículo de Winthrop Sargeant, publicado en la revista Life en octubre de 1946, que es una delicia. Se titula "Cuba's Tim Pan Alley", y tan delicioso es que decidí traducirlo.

Winthrop Sargeant, un violinista clásico que prefirió ser escritor de jazz, fue uno de los más conocidos críticos de música de Estados Unidos desde 1930 —cuando dejó su puesto en la Filarmónica de New York para dedicarse a la crítica—, hasta su muerte en 1986. El ensayo que nos ocupa apareció en la revista Life el 6 de octubre de 1946, y es una informe general sobre el proceso de comercialización de la música cubana en esa época y sobre su influencia en Estados Unidos.

Lo más interesante del ensayo quizás sea el desprecio que Winthrop Sargeant muestra por Cuba, "una república bananera más", y su mal disimulado racismo. Porque ese rechazo de Sargeant a "lo cubano" de alguna manera hace más significativo lo que dice sobre la música cubana. Sargeant no es un tipo enamorado de Cuba que, inspirado por ese arrobamiento, ensalza su música. Por el contrario, se trata de un señor que se sobrepone al rechazo que le produce Cuba, para expresar su admiración por la riqueza musical de la isla.

Esa admiración tiene su origen en un dato sencillamente descomunal: casi el veinte por ciento de la música que se escuchaba en la radio, la televisión, los bares, las películas y los salones de baile de Estados Unidos en 1946 era música cubana. Sargeant explica primero cómo se originó esa invasión cubana a partir de “El Manisero”, cómo se producían las canciones cubanas de la época, de dónde provenía esa música. Su análisis no carece tampoco de imprecisiones y exageraciones irrisorias. Afirma, por ejemplo, que debido a la popularidad de la música cubana en Estados Unidos, los campesinos cubanos dejaron de sembrar caña y tabaco para sembrar las matas de güira con las que se hacían las maracas. Pero su ensayo es un testimonio de primera mano y escrito por alguien plenamente capacitado para medir el impacto del son en los Estados Unidos, y explicar de paso por qué al "son" lo llamaron "rumba" en el Norte conquistado. Su reticiencia y falta de entusiasmo por Cuba en general, solo hacen más creíble su testimonio.

El artículo de Winthrop Sargeant es largo y difuso. Por eso colgaré aquí mi traducción en tres partes. Quienes deseen leer el original en Life, pueden hacerlo usando este enlace: Cuba's Tim Pan Alley. Quien quiera leer el artículo completo en español y sin comentarios, puede ver mi traducción íntegra en el post "El Tin Pan Alley cubano".]


[Revista LIFE, edición del 6 de octubre de 1947. Páginas 145 a 148 y 151 a 157. Esta es la primera parte del ensayo de Winthrop Sargeant]


El Tin Pan Alley cubano

De los cabarets más harapientos y los centros de santería de
La Habana emana una corriente inagotable de voluptuosos
ritmos que se bailan en todos los rincones del mundo

Winthrop Sargeant

En 1930, poco después del derrumbe de la bolsa, una tonada llorona y cadenciosa llamada "El manisero" llegó a Broadway e hizo que los pies y las caderas de los Estados Unidos comenzaran a retorcerse en el laberinto de un nuevo baile: la rumba. En un inicio, la importancia de este suceso en la historia de las costumbres de la sociedad americana parecía destinado a ser insignificante. Los augures notaron la nueva tendencia… y la atribuyeron a la crispación provocada por la gran depresión: inmediatamente pronosticaron que duraría un año o poco más. Pero en el transcurso de esa década la rumba no solo demostró que había llegado para quedarse, sino que se ha convertido en la base de una inmensa industria en los Estados Unidos. Las orquestas bailables latinoamericanas equipadas con maracas y bongós conquistaron un espacio junto a las orquestas de jazz en los clubes y los salones de baile de Nueva York a San Francisco. Rumberos como Xavier Cugat hicieron su fortuna tocando ritmos afrolatinos. En un solo año —1946— los estadounidenses le pagaron a Arthur Murray casi $14 millones para que los enseñara a bailar la rumba. Los aficionados a ese ritmo aún hoy representan más del 60% de sus enormes ganancias.

A “El manisero”, que fue la canción que dio inicio a toda esta corriente, le siguió una larga lista de populares canciones cubanas similares, que comenzaron a desplazar a los convencionales fox trots americanos de los lugares cimeros de las listas de éxitos de ventas del Tin Pan Alley. Los pequeños agricultores cubanos abandonaban sus cosechas de caña y tabaco para sembrar güiras destinadas a la manufactura de maracas. La música comenzó a hacerle competencia al azúcar, el tabaco y el ron como uno de los principales productos de exportación de Cuba, y el americano promedio, que la compraba en grandes cantidades cada vez que le pasaba por el lado a una victrola, se convirtió en su principal consumidor. Alrededor de un 20% de toda la música que se escucha hoy en día en Estados Unidos en la radio, la televisión, las victrolas y las películas de Hollywood, es latinoamericana, y casi todo ese 20% proviene de la pequeña isla de Cuba.
Sebastián Iradier

Aunque los cubanos se enorgullecen de esa creciente demanda, insisten en que el fenómeno de la su música como producto de exportación no es nada nuevo. Desde el punto de vista económico, Cuba podrá ser una república bananera más. Desde el punto de vista político, podrá ser un caldo de cultivo de inestabilidad tropical. Pero en la música ha competido con Nueva York por el título de capital de la música del hemisferio occidental desde hace casi cien años. La asombrosa influencia de la pequeña Cuba en la música popular a nivel mundial comenzó a inicios del siglo XIX, cuando un español errante llamado llamado Sebastian Yradier se estableció en La Habana, escuchó las tonadas lánguidas y lisonjeras de los nativos y escribió una canción titulada “El arreglito". “El arreglito” fue la primera habanera. Tras ser importada a España, la habanera se convirtió en uno de los géneros clave de la música popular española, y una generación más tarde a Georges Bizet escribió una que llegaría ser la pieza más popular de la ópera francesa más popular, Carmen. Después de “El arreglito”, Yradier compuso una de las más famosas canciones de Cuba, “La paloma”, que le fuese encargada por el emperador Maximiliano de México y que ha servido de modelo a muchas canciones latinoamericanas durante tres generaciones. En algún momento del siglo XIX, según los estudiosos del tema, los cubanos inventaron también el tango, que exportaron a Argentina, dando así a los argentinos la forma musical que luego se convertiría en la más característica de su folclore. La rumba y la conga surgieron más tarde. Pero esas son solo las más recientes contribuciones musicales de Cuba al mundo. Para consumo doméstico los cubanos producen una colorida variedad de sones, guarachas, danzones, puntos y boleros que hacen de las sofocantes noches habaneras una constante erupción de melodías. Lo más curioso de todos estos géneros musicales cubanos es que en ellos no hay nada genéricamente cubano. Esas canciones se escriben y se tocan en un lenguaje musical híbrido que es parte español y parte africano. Sus melodías generalmente remedan las sensuales canciones que fueron llevadas a Cuba desde la España latina y la morisca. Sus ritmos descienden del repiqueteo de los tambores de las selvas de África.


[Continuará]

Tomado del blog Tersites 

Wednesday, July 8, 2020

La útima casa de Martí en Nueva York

Por Jorge Ignacio Domíguez

¿Dónde vivió José Martí los últimos días de su exilio en New York? En su minucioso atlas biográfico titulado Ámbito de Martíde 1954, Guillermo de Zéndegui adelanta la respuesta:

La casa del doctor Ramón L. Miranda, en la calle 64, sirvió de último refugio a Martí antes de abandonar para siempre Nueva York. [...] A la hospitalidad cariñosa del dueño de aquella casa, tronco de patriotas; y a los cuidados y aliento juveniles de Quesada, debió el poder recuperar en poco tiempo las fuerzas y el aliento necesarios para iniciar la ruta definitiva, la más ardua, la que lo conduciría a un tiempo mismo al éxito y a la inmortalidad. Fué en la mañana del 31 de Enero de 1895; la fuerte nevada de la noche anterior había bloqueado materialmente la empinada escalera de la casa.(1)

Es lógico creer la versión de De Zéndegui. Cuando escribió su libro aún vivían muchas personas que habían conocido a Martí en New York. A partir de ahí el dato se vuelve moneda común en la historiografía cubana: Martí había pasado sus últimas jornadas neoyorquinas en la Calle 64 Oeste. La mención casi siempre va acompañada de una indicación melancólica: que la casa ya no existe. 


En el año 2006, al anunciar la emisión de una serie de sellos sobre lugares y personajes relacionados con José Martí, La Gaceta Oficial de Cuba, al describir los sellos con gramática díscola, confirma el dato: "Sellos de 5 centavos de valor, impresos en multicolor, ostentando en su diseño las efigies de José Martí y Gonzalo de Quesada en 1893 y la vista de la casa 116 West 64th. Street, New York."(2)


Mañach, con más pasión y menos detalles, afirma que Martí pasó sus últimos días en la casa de Gonzalo de Quesada(3). No se equivocaba: el Dr. Ramón L. Miranda y su yerno Gonzalo de Quesada vivían en esa época en la misma casa (4). Con este dato en mente, leyendo un día el epistolario martiano me llamó la atención una breve carta de Martí a Gonzalo de Quesada, escrita desde La Vega, República Dominicana, el 18 de febrero de 1895, donde el remitente indica la dirección del destinatario bajo su nombre: 349 W. 46th St., New York. (5) 


¿Por qué dirigía Martí la carta a la calle 46 Oeste y no a la 64 Oeste donde se suponía que vivía Quesada, y donde Martí habría vivido sus últimas semanas en New York? ¿Estaría esa casa, tan cercana a Times Square, aún en pie? Tratando de responder esas preguntas hallé un par de detalles que podrían ser de interés.


La casa de la calle 46



Aspecto actual de la cada del
349 West 46 Street. Foto del autor.
(Pulsar para ampliar) 

En primer lugar, en numerosos documentos de la época se indica la casa de la calle 46 como la residencia del Dr. Miranda y de Gonzalo de Quesada. El primer documento que he podido hallar donde se menciona la casa de 116 West 64th. Street como residencia del Dr. Miranda es la guía de la Asociación Médica del Condado de New York, titulada Register of Members: Manual of Information, que dice tener la información actualizada hasta el 30 de junio de 1895, por lo que debe haber sido publicada poco después de esa fecha.(6) 


La casa de la calle 46, por otra parte, aparece en numerosos documentos de fines del siglo XIX y por varias razones. Allí radicó, por ejemplo, la Sociedad de Beneficencia Hispano-Americana, fundada por el Dr. Miranda, mencionada en varios libros y guías de la época.


Hace un tiempo, y cámara en mano, me fui a la calle 46, entre la 8a y la 9a avenidas, una cuadra que hoy llaman 
Restaurant Row por la razón obvia de que allí pululan esos negocios. Busqué la casa #349 y para mi sorpresa me encontré frente a un club de jazz, el Swing 46. La calle, a menos de dos cuadras de Times Square, increíblemente conserva el mismo aspecto que tenía en el siglo XIX. El #349 es un típico brownstone que, por desgracia, parece haber sido "modernizado" con el método expedito de robarle su gracia decimonónica: en algún momento lo desnudaron de los elementos ornamentales que aún exhiben las casas aledañas.



Comparación de la casa #349 con la adyacente,
que mantiene su estado original. Foto del autor.

Buscando en los sitios web de bienes raíces de New York, descubrí que los archivos indicaban que la casa había sido construida en 1920. De ser cierto ese dato nada quedaría de la casa de los Miranda-Govín que yo buscaba. Y sin embargo, aún para un ignorante de la arquitectura como este amanuense, era evidente que la casa debía ser anterior a esa fecha.


El primer artículo que suelo leer cada sábado en la edición de fin de semana del New York Times es "Streetscapes", una deliciosa columna que desde 1987 escribe Christopher Gray sobre la historia arquitectónica de New York. Para aclarar el año de construcción de la casa de mis desvelos pensé enseguida que mi hombre en New York era Christopher Gray. Decidí escribirle... con pocas esperanzas de que me respondiera. Le envié un correo electrónico con las fotos que había tomado y mis preguntas sobre el año de construcción de la casa. Tres horas después recibí su respuesta. "Most absolutely definitely a house of the 1860s/70s/very early 1880s." (Sin duda alguna, definitivamente, es una casa de la década de 1860, 1870 o de inicios de la década de 1880".) (7)


Más tarde hallé en un número del New York Times del año 1920 una noticia que explicaba la aparente contradicción: en ese año varias de las casonas estilo townhouse de esa cuadra habían sido subdivididas en pequeños apartamentos, como tantos otros townhouses de New York durante el siglo XX.

De modo que sí, Swing 46 era la misma casa donde habían vivido el Dr. Miranda y Gonzalo de Quesada hasta 1895; pero, ¿sería allí donde Martí vivió sus últimos días neoyorquinos? ¿Y por qué entonces pensaba todo el mundo que había sido en la de la calle 64? Y si no era esa la casa, ¿por qué Martí le escribía a Gonzalo de Quesada a esa dirección?


La nota necrológica de Luciana Govín de Miranda



Párrafo de la nota necrológica de Luciana Govín de
Miranda en la edición del 11 de octubre de 1897
del New York Times.

Unas semanas después de los mensajes de Christopher Gray hallé la respuesta definitiva. El lunes 11 de octubre de 1897, el New York Times publicaba la noticia de la muerte de Luciana Govín, esposa del Dr. Miranda, suegra de Gonzalo de Quesada e hija de Félix Govín, fallecida el viernes anterior. En uno de sus párrafos finales, dice la nota: 



Cuando José Martí estaba en este país en 1895 e intentó sin éxito enviar una expedición filibustera a Cuba desde la Florida, se refugió por dos semanas en la casa de la Sra. Miranda, que estaba entonces en el número 349 de la Calle 46 Oeste. Martí le confió a ella muchos de sus planes para llevar a cabo la guerra, y dejó en su poder numerosos documentos. Poco después, cuando Martí abandonó Nueva York para unirse al general Gómez en Santo Domingo, la Sra. Miranda colaboró con grandes sumas de dinero como ayuda a la causa cubana.(8)




El artículo del New York Times no deja lugar a dudas: contrariamente a lo que vemos repetidamente en los libros, la última casa de José Martí fue la del #349 de la calle 46 Oeste, que aún existe, y donde hoy se encuentra el club Swing 46. Los Miranda-Govín y los Quesada-Miranda no vivieron en la calle 64 hasta después de la partida de Martí. Martí sin dudas visitó esa área, pues la familia Baralt vivía en el #135 de la calle 64 Oeste, pero casi seguramente nunca estuvo en la casa donde se ha afirmado que pasó sus últimos días en New York.



Notificación de la venta de la casa del 349 W. 46th St.

En la sección de bienes raíces del New York Times del 25 de abril de 1895 se halla la última pieza del rompecabezas: se notifica allí la venta de la casa del #349 de la calle 46 Oeste. La cronología queda entonces clara. El 30 de enero Martí partió hacia Cuba desde la casa de la calle 46. En abril los Miranda-Govín vendieron esa casa. Y en junio estaba ya viviendo en la de la calle 64. Menos de tres meses después de que Martí saliera de ella por última vez, aquel townhouse de la 46 ya no pertenecía a los Miranda-Govín, y el rastro de Martí comenzaría a borrarse de sus paredes de ladrillo.


La importancia de esa casa para la historia cubana es notable. Luciana Govín, el Dr. Miranda y Gonzalo de Quesada hicieron de ella uno de los lugares de referencia para los emigrados cubanos de New York. Esa fue la casa que visitó Martí frecuentemente. De allí salió, acompañado por Miranda y por Quesada, a celebrar su último cumpleaños en Delmonico's el 28 de enero de 1895. Allí escribió dos días después la orden de alzamiento que enviaría a Juan Gualberto Gómez en un habano y que daría inicio a la Guerra del 95. Fue de esa casa de donde partió definitivamente a Cuba en la fría mañana del 30 de enero de 1895, bajando por los escalones tan cubiertos de nieve entonces como los encontrarán hoy los amantes del jazz que vayan a disolver la noche en música y tragos al club Swing 46. 



Casas de la misma cuadra, que conservan el mismo aspecto que tendrían
en 1895. Posiblemente esta fue una de las últimas escenas de New York
que vio José Martí esa mañana del 30 de enero de 1895 al partir
definitivamente para Cuba. Foto del autor.



Notas

(1)  Zéndegui, Guillermo de. Ámbito de Martí, página 136. La Habana, Cuba: P. Fernández y Companía, 1954.


(2)  Gaceta Oficial No. 048 Ordinaria de 14 de julio de 2006, página 884. La Habana, Ministerio de Justicia, 2006


(3)  Mañach, Jorge. Martí, el apóstol, páginas 226 y 227. Madrid, España: Espasa-Calpe, 1933


(4)  Hay numerosos documentos de la época que confirman este detalle. Un ejemplo es The New York Charities Directory de 1895. En la página 125 de esa guía aparece la Sociedad de Beneficencia Hispano-Americana de Nueva York, que residía en casa del Dr. Miranda. En la lista de directivos aparecen en Dr. Miranda como presidente y Gonzalo de Quesada como secretario, y se indica la misma dirección para ambos. Quizás donde yerran ambos —Zéndegui y Mañach—, es en adjudicar la propiedad a los señores de la casa. En el sentido más estricto, la casa probablemente sería propiedad de Luciana Govín, esposa del Dr. Miranda e hija del acaudalado Félix Govín. 


(5)  Martí, José. Obras completas. Tomo 4, página 62. La Habana, Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, 1975. Martí escribió varias cartas a Gonzalo de Quesada desde su salida de New York el 30 de enero de 1895 hasta su muerte el 19 de mayo —casi todas más largas y significativas que la que nos ocupa—, pero esta breve nota es la única donde aparece la dirección de Quesada bajo su nombre, quizás por el carácter oficial de la misma:


                                                        La Vega, 18 de Febrero de 1895

Sr. Gonzalo de Quesada

Secretario de la Delegación

349 W. 46th. St., New York

Mi amigo muy querido:

Con comisión especial, y sólo fiable a hombres de su mérito, va a esa ciudad, a concertar detalles con Tesorería, nuestro noble amigo el Sr. Eleuterio Hatton. El merece nuestra mayor estimación, y yo ruego a Vd. que en todo se la muestre, en lo oficial y en lo privado. Pocos hombres hay de su generosidad y reserva.

Saluda a V. muy afectuosamente

                                                                            El Delegado

                                                                            José Martí


(6)  New York County Medical Association. Register of Members: Manual of Information, página 62. New York. 1895


(7)  En varios mensajes posteriores, Gray me dio otros detalles, pistas, lugares donde buscar más datos y su ofrecimiento de que cada vez que necesitara su ayuda, "le diera un grito". Vaya aquí mi agradecimiento.


(8)  The New York Times, edición del 11 de octubre de 1897. New York, EE.UU., 1897. "Filibusteros" era el término generalmente empleado para los cubanos que iban en expediciones desde Estados Unidos para sumarse a la lucha por la independencia.