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Thursday, August 15, 2024

Reinaldo García Ramos o la salvación por la memoria



Por Enrique Del Risco

Los pueblos ya vienen de por sí olvidadizos. Por eso cuando un estado totalitario acomete su habitual borrado de la memoria colectiva no hace más que acentuar un proceso natural, si es que hay algo natural en lo que respecta a los pueblos y su memoria. Son por lo general esos seres melancólicos llamados intelectuales —cuando no cosas peores— los que se empeñan en dejar por escrito el testimonio de un pasado que no le importa a casi nadie hasta que es demasiado tarde y no queda más remedio que convertirlo en mito.

En cuestiones de memoria los cubanos hemos ido mejorando nuestra suerte. Desde que Aldo Baroni —en un libro que muchos citan el título pero que pocos parecen haber leído— definiera la isla como “Cuba, país de poca memoria” en 1944 se ha avanzado bastante en la restitución del pasado. Sobre todo, a través de la palabra escrita como en buena parte de la obra de Guillermo Cabrera Infante, uno de los primeros en darse cuenta luego del “Affaire PM” de que ese presente que se deshacía en las manos para convertirse instantáneamente en pasado merecía ser retenido a través de la literatura.

Los soviéticos resumieron muy bien la arbitraria administración de la memoria por un régimen comunista con la frase: “nadie sabe el pasado que le espera”. Bastante sabían ellos de eventos desvanecidos en las cronologías, personajes que desaparecían de fotos icónicas o de la misma memoria colectivizada en diccionarios o relatos oficiales después que el pelotón de fusilamiento, el Gulag —cuando no el exilio en el caso de los afortunados— hubiera dispuesto de la materia inservible para la historia oficial. No es casual que sea la generación de Mariel —la primera en constituirse como grupo de resistencia literaria y cultural contra el asedio totalitario— la que con más conciencia se empeñó en dejar constancia casi notarial del pasado escamoteado a todos. No solo pienso en Reinaldo Arenas y su famosa autobiografía Antes que anochezca. También está José Abreu Felippe y su pentalogía “El olvido y la calma”, un quinteto de novelas que abarca desde la infancia del protagonista en la década de los cincuenta hasta entrados los ochenta cubanos. O su hermano Juan que con sus memorias Debajo de la mesa y la suerte de diario que tituló A la sombra del mar donde reconstruye su vida desde su infancia hasta los durísimos años setenta, esos en que de ocuparle aquellos escritos en el fondo de una gaveta podía haberle acarreado unos cuantos años de cárcel. (Lo anterior me hace recordar otro chiste soviético. Aquel en que en una conversación de condenados en el Gulag le preguntan a un recién llegado cuál es su condena. “Diez años” responde este. “Y ¿por qué estas preso?”. “Por nada” vuelve a responder. “Mientes”, le dicen “porque por no hacer nada solo te meten cinco años”. Igualmente, en los años en que Juan Abreu escribe las páginas que luego irán a parar a A la sombra del mar no hacer nada era un delito que la famosa Ley contra la Vagancia castigaba con el envío a un campo de trabajo conocido entonces con el bucólico nombre de “granja”. Por escribir te tocaba un poco más).

Ahora Ediciones Furtivas nos trae una reconstrucción arqueológica de hace más de medio siglo con el libro Una amiga en París (Cartas 1968-1972) de Reinaldo García Ramos. García Ramos es una figura clave de la generación de Mariel, recordado tanto por sus poemarios como por su participación en la revista que recogiera el nombre del éxodo que el castrismo había convertido en carne de infamia. Lo natural es que las páginas de Una amiga en París se hubieran perdido entre otras tantas que los cubanos nos hemos exprimido dentro y fuera de la isla con la misma vocación de náufragos. Porque lo que recoge García Ramos en Una amiga en París es una selección de 33 de las más de doscientas cartas que este le escribiera a la poeta Ana María Simo miembro de la generación agrupada alrededor de Ediciones El Puente, la editorial fundada por el también poeta José Mario y una de las tantas víctimas del ansia castrista de control absoluto. Simo es la amiga en París a que se refiere el título y a quien García Ramos le escribía para coordinar las gestiones para sacarlo de Cuba, la isla donde la homofobia de Estado y la persecución ideológica la habían vuelto inhabitable para el autor de las cartas.

Las cartas de Una amiga en París van desde abril de 1968 hasta septiembre de 1972. Son años de triste recordación que incluyen la mencionada Ofensiva Revolucionaria; el escándalo que fueron objeto los libros Fuera del juego de Heberto padilla y Los siete contra Tebas de Antón Arrufat tras recibir los Premios UNEAC de 1968; la devastadora Zafra de los Diez Millones; la detención del propio Padilla por la Seguridad del Estado; el feroz Congreso de Educación y Cultura de 1971 y el subsiguiente proceso de “parametración” con que expulsaron del mundo de la cultura a todo el que no les pareciera lo suficientemente adecuado política, sexual o estéticamente. A todos estos sucesos se refiere García Ramos en medio de sus tribulaciones burocráticas ya sea para gestionar su salida como para encontrar algún oasis en el desértico mundo laboral cubano, árido sobre todo para aquellos de quienes se sospechaba poca simpatía por el régimen o “desviaciones” ideológicas o sexuales que por aquellos años venían a ser más o menos lo mismo.

Gracias a la sensibilidad y a la acuciosa disciplina con que García Ramos reporta desde las incidencias del Salón de Mayo en La Habana hasta un artero ataque de ladillas nos vamos haciendo una idea íntima y tremendamente compleja de aquellos años. García Ramos no es lánguido burgués de Memorias del subdesarrollo y cuyo distante reporte se interrumpe en la Crisis de los Misiles de 1962. El protagonista de Memorias al menos vivía de las rentas y sus amoríos eran vistos con cierta comprensión por los mismos encargados de vigilarlo. El reportaje de García Ramos viene de años tan terribles como los de Memorias pero todavía más oscuros, menos iluminados por el recuerdo colectivo. Encima, en su doble condición de “gusano” y homosexual, García Ramos era doblemente marginado, vigilado y sus aventuras sexuales debían ser tan clandestinas como sus lecturas. Uno puede entender lo importante que fueron para el autor estas cartas donde podía expresarse con una libertad y una lucidez imposibles en su vida cotidiana. Lo mismo da cuenta de las últimas medidas tomadas por el gobierno para apretar las clavijas económicas o políticas que de su propio embrutecimiento y alienación y del “espectáculo de mi propia depauperación individual”.      

Se puede pensar que cualquiera con dos dedos de frente y con ojos y oídos para percibir lo que ocurría a su alrededor podría haber escrito una crónica honesta de aquellos años. Pero sucede que no. Donde los Carpentier, los Vitier o los Eliseo Diego sobornados por las imposiciones de la Historia o incluso los Lezama o los Piñera, atenazados por el miedo, no se atrevieron a confesar en sus cartas más íntimas lo que sentían y pensaban, la coherencia intelectual y la integridad ética de un García Ramos (auxiliado por cierto candor juvenil) fue capaz de dar cuenta honesta de tiempos en que tantos aplaudían a los verdugos de su libertad. Aún consciente del peligro de hablar por lo claro (“No puedo manifestar ni un segundo, con nadie, mis preferencias políticas o sexuales, por ejemplo. Me liquidarían sin contemplaciones”) el autor de las cartas no incurre en el pecado mayor de mentirse a sí mismo y rechaza el régimen en el que sobrevive no por sus fallas circunstanciales sino por su propia esencia: la de “encasillar en patrones abstractos los deseos y necesidades de millones de criaturas vivas y darles (o pretender darles) a todos ellos por igual, la misma supuesta satisfacción”. 

La estrecha vigilancia ética a la que García Ramos somete al régimen que lo constriñe se redobla cuando juzga sus propias tácticas de supervivencia. Reconoce que por mucho que se refugie en su ironía y sus lecturas

cuando llega la hora de celebrar chistes y comentarios mediocres, cuando es preciso perder tiempo y hacer concesiones (porque hacer lo contrario, rebelarse, carece absolutamente de sentido), todas esas lecturas se van a la mierda. y un diálogo genial de una obra de Camus no penetra sino nominalmente en nuestra sensibilidad y sólo tenemos escasamente unos segundos para darnos cuenta, con un estremecimiento de sorpresa y de confirmación a la vez, que estamos siendo tragados por ese personaje que nos hemos visto obligados a inventar, y que nuestros actos ya no se corresponden ni en lo más mínimo con nuestro ser más íntimo ni con nuestras aspiraciones ni con nuestra inteligencia.

Hundido en los intestinos del castrismo García Ramos no renuncia a entender el régimen más allá de sí mismo. Sobre todo en relación con el mundo occidental que todavía veía el comunismo con simpatía. Pero no por ello acepta el relativismo “de que la existencia es prácticamente insoportable en cualquier parte” para hacer de su vida en Cuba algo más aceptable. En los mismos días en que Michel Foucault se declara admirador de Mao Zedong en el París al que García Ramos sueña escapar, el cubano acepta con orgullo su condición de desertor de la Gran Marcha de la Humanidad hacia el Porvenir. Al escribir estas cartas se resiste a que su experiencia sea reducida a lo que aparezca en “los sesudos ensayos de periodistas ladinos y experimentados, ni en los discursos, ni en las estadísticas, ni en los libros de historia académica, vida que sólo se puede captar por la expresión desgarrada del que la sufre”. El corresponsal se resiste a ser mero objeto de la descripción de los que peregrinan al paraíso revolucionario. Como Padilla en su famoso poemario García Ramos se sale del juego en el que solo tienen derecho a ser escuchados los devotos de la religión del progresismo. “Quizás, sí, me he convertido sin remedio en un reaccionario ajado y sin gran dosis de vitalidad: no me importa. No es de los libros ni de las creencias políticas en boga de donde tengo que sacar una verdad; es de mí mismo, de lo que con mi torpe existencia pueda llegar a descifrar”.  

En todo caso, a pesar de contar con todas las disculpas posibles Una amiga en París evita caer en el patetismo. El humor que recorre estas cartas se lo impide. Un humor entendido no como el impulso de tirar a broma incluso lo más terrible sino el esfuerzo por distanciarse de su propio sufrimiento para poder apreciar mejor el profundo sinsentido que lo produce. Al fin y al cabo la tragedia siempre termina dignificando sus causas. En cambio, todo el acoso y la marginación por los que pasa García Ramos no le impiden apreciar la ridiculez y el absurdo del régimen que lo oprime. Comprende, por ejemplo, que de aceptar los principios sobre los que erige el “hombre nuevo” guevariano él mismo quedaría despojado de todo rastro de dignidad.

Digámoslo: sobrevivimos sólo para que sobre nuestros huesos pasen las sonrosadas piernecitas de estos gozadores del futuro. Ellos son la pureza. Ellos son la garantía de una salvación. Nosotros no; nosotros somos un rebaño de seres monstruosos y deformes, viles y cínicos, que apenas logramos por momentos convencernos de nuestra inservible condición histórica. Por eso estamos (sí, desde luego, dichosa y divinamente) preparados para desaparecer. [...] Somos criaturas, repito, convencidas de su próxima, necesaria e inexorable desaparición.

En el episodio más humillante que recogen estas cartas, el del interrogatorio por el que debe pasar su autor sobre sus preferencias sexuales conducido por militares que supuestamente evalúan su incorporación al Servicio Militar Obligatorio, termina convertido en una falsa teatral titulada El golpetazo del oprobio. En dicha farsa, mientras que el autor se reserva el papel de “El Incomprendido”, le asigna a sus interrogadores personajes nombrados “Primera Señora” y “Segunda Señora”. No obstante, las hilarantes escenas que describe no le ahorran al lector lo vejatorio de una situación que incluye parlamentos (tomados del natural) dignos del orwelliano interrogador de 1984:

Aquí tenemos nosotros toda la información, pero queremos que seas tú mismo el que nos hables del asunto y ver hasta qué punto podemos confiar en ti. Nosotros no queremos destruirlos a ustedes [los homosexuales, se sobreentiende], sino ayudarlos. Cuando tú termines de hablar, nosotros te vamos a dar un consejo. Nosotros no hacemos nada con pasar este expediente tuyo al departamento de lacras sociales…

Hay que agradecer la escritura, rescate y publicación de estas cartas de cuya importancia el autor estaba consciente incluso a medida que las redactaba. En algún momento, García Ramos al revisar correspondencia acumulada reconoce quedar impresionado por su volumen: “¿es así como se escriben esos enormes libros que leemos? ¿Esas novelas alemanas interminables? […] ¿Te imaginas que en esas trecientas cuartillas puede haber por lo menos cien de un interés más permanente?”. La edición de estos cinco años de confesiones epistolares, interrumpidas por el traslado de la destinataria a Estados Unidos, suma 161 páginas que nos traen, junto con noticias fresquísimas del pasado, una pequeña epopeya de la dignidad humana. La de un escritor que, abandonada toda esperanza de expresarse públicamente, no renuncia al deber fundamental de todo ser humano de ser honesto consigo mismo, cualesquiera que sean las circunstancias. Y pocas circunstancias pueden ser más asfixiantes que las de un ser inteligente, honesto, independiente y sensible en medio de una sociedad que ha optado por la necedad y la obediencia.

Interrumpida la correspondencia en 1972 a García Ramos todavía le faltarían ocho años para poder escapar de Cuba a través del éxodo de Mariel. Uno puede lamentar la pérdida de lo que el autor pudo haberle contado a su confidente en aquellos años pero también vale preguntarnos si estamos dispuestos a padecer tanta verdad.


Friday, June 5, 2020

Néstor Díaz de Villegas: “Viví en la Era Arenas y le conozco las entrañas”

Por Enrique Del Risco
El totalitarismo no es especialmente fecundo en poetas malditos. La burda pero eficaz intuición totalitaria suele detectar y machacar a los poetas mucho antes de que puedan descubrir su propio malditismo. A partir de entonces no les queda otra que convertirse en poetas mártires o disidentes. Si no es que los domestican antes. En el caso de Néstor Díaz de Villegas tales opciones (martirologio, disidencia o vasallaje) le fueron servidas con apenas dieciocho años, cuando lo condenaron a pasar los próximos seis en la cárcel por un poema que en cualquier otro sitio se habría tomado por broma adolescente. (Más joven aún lo habían expulsado de la escuela de arte San Alejandro por “extravagancia” y otras yerbas.) Sin embargo, al salir rumbo a los Estados Unidos en 1979 tras un lustro en prisión, persistió, negado a la lógica totalitaria, en su vocación de poeta y de maldito. Y así hasta este hoy impreciso en que hablamos de sus relaciones con Reinaldo Arenas y con la generación del Mariel que, según el propio Néstor, no existe.

¿Tuviste, como Arenas, una fase inicial de encantamiento con la Revolución o saltaste directamente al desencanto? ¿Coincidió ese desencanto con tus primeros pasos como poeta?
No logro recordar un momento de encantamiento, sólo los episodios de desencanto. Recuerdo el día que confiscaron la zapatería de mi tío Pedrín y el excusado del bar donde le dio un infarto. Así entró el terror en nuestras vidas. Recuerdo el día en que trajeron al pueblo el cuerpo de Rigoberto Tartabull en un helicóptero militar, una piltrafa envuelta en un trapo de camuflaje. Era la guerra del Escambray vista de cerca. A los once años me reconcentraron en Topes de Collantes con otros ocho mil estudiantes de enseñanza media. Ese fue el principio de mis vagabundeos. El origen de mi poesía posiblemente esté en esas vivencias.
Tuviste un raro privilegio entre los escritores de Mariel o de otras generaciones: el de haber ido a la cárcel por tus escritos cuando lo usual es que el poder cubano prefiera usar pretextos menos glamorosos a la hora de encarcelar escritores. ¿Cómo te sentías al respecto? ¿Cómo reaccionó tu poesía?
Me sentía muy por encima de mis coetáneos, con la prepotencia típica de la juventud. Era el primer contrarrevolucionario en unas escuelas repletas de lamebotas. Me consideraba un iluminado. En la cárcel dejé de escribir de política y me dediqué a la lírica. Definí mis afinidades y propósitos, y compuse bellos poemas a contrapelo del prosaísmo de la época.
¿En qué circunstancias conociste a Reinaldo Arenas? ¿Qué impresión te causó?
En los primeros setenta, merodeando La Habana Vieja en compañía de mi amigo Pedro Jesús Campos, entré en contacto con gente muy interesante, entre la que se encontraba un extraño personaje que era amigo de Tomasito la Goyesca. Reinaldo se presentó en mi vida a la manera en que el barón de Charlus aparece en la novela de Proust; es decir, oblicuamente.
Por entonces, Pedro recitaba unas estrofas anónimas que decían “¡Ah, la Goyesca, gaya, enjoyada, soltando yescas!”, parado encima de un banco del Parque de la Fraternidad. Tuve la suerte de descubrir esa poesía de la manera más extraordinaria. Más tarde, en el Miami de 1980, ocurrió la conexión de las rimas y su autor secreto.
Saliste de Cuba en 1979 como parte de aquel proceso de vaciamiento de las cárceles de presos políticos directamente hacia los Estados Unidos ¿Cuáles fueron las primeras impresiones que tuvieron a su llegada a los Estados Unidos? ¿Alguna sorpresa o decepción que te impactó en aquellos primeros instantes?
Soy un optimista, y por eso le encontré el lado bueno a mi nueva situación. Lo que no significa que el exilio fuera un lecho de rosas, sobre todo en el momento del aterrizaje y el vapuleo de costa a costa, el desarraigo, la morriña y la depresión. Pero, en nuestra época, la libertad era una necesidad, como bien dijo Reinaldo, y un camino sin retorno. De la extrañeza y la decepción fue responsable, principalmente, la idea falsa de una Arcadia a noventa millas que había insuflado en nuestras conciencias la música popular norteamericana, otro daño colateral del lavado imperialista de cerebro.
Tu condición de miembro de la generación de Mariel es si acaso– excéntrica: cuando empezaron a llegar los marielitos a la Florida ya llevabas meses allí. ¿Podrías hablar de la llegada de aquel torrente de seres humanos? ¿Qué impresión te causó? ¿Cómo participaste del proceso de recepción de los refugiados?
Llegué a Estados Unidos exactamente un año antes del Mariel. Había vivido un tiempo en Los Ángeles y estaba de regreso en Miami cuando la toma de la embajada del Perú. Del lado de acá hubo una explosión social paralela. Las calles se llenaron de decenas de miles de manifestantes y en las inmediaciones del Miami Dade College de la Calle 8 se levantó una especie de catedral del pueblo enardecido, con cientos de catres disponibles para los huelguistas de hambre. Se alzaron barricadas, se paralizó el tráfico y se armó un caos que llegó a convertirse en característica permanente de la ciudad.
Desde mi puesto de observación entre las turbas, vi cómo se desaprovechaba la oportunidad del siglo. Vi a un pueblo dando palos de ciego, sin dirigencia, ni estrategia, ni estratagemas. Entendí con absoluta certeza el error de un puente marítimo que salvara la situación, cuando lo que se requería era provocar una catástrofe. Al comienzo del Mariel, recibí a medio Parque Cristo en mi diminuto apartamento de Coconut Grove. Diez o doce personas desesperadas, sin un lugar donde meterse, entre las que se encontraba Pedro Jesús Campos.
Se habla mucho de la incomprensión o incluso de abierta hostilidad del exilio de Miami hacia los marielitos recién llegados. ¿Hubo algo de eso?
En 1980, en la esquina de la farmacia Robert de Flagler Street, me tropecé por casualidad con El Meme, un asesino en serie que había conocido en la cárcel Pretensado de Santa Clara, en 1974. El Meme era un caballero fascinante que estaba preso desde antes de la Revolución y del que se contaba que había cometido asesinatos espectaculares por dondequiera que había pasado.
Se enamoró de mí, y sólo un traslado providencial al campo de concentración de Ariza me salvó de tener que darle el sí. Ahora se limpiaba las uñas con un cuchillo a la entrada de la farmacia. No me reconoció, pero me dio las más efusivas gracias por haberlo recordado.
Por el Mariel no llegó solamente la intelectualidad marginal, sino toda la hediondez de Cuba. Miami se hinchó como una rata de cloaca, y hubo un momento en que no pudo admitir ni un barco de basura más. Aún no existía la DEA, y los delincuentes que Fidel despachó en los camaroneros desembarcaban aquí y al otro día estaban armados con escopetas de dos cañones. Un primo que vino a visitarme, creo que en el 1982 o el 1983, me llevó a su carro para proponerme un tumbe, y cuando abrió el maletero vi que cargaba un par de carabinas Remington y cinco o seis pistolas.
Ese fue el Miami donde irrumpieron los marielitas. Ese fue el Miami que Fidel tomó por asalto. No había empleos, ni viviendas disponibles. La ciudad estaba copada y comenzó entonces el éxodo masivo de americanos blancos, el llamado white flight. El South Beach judío se transformó en un espantoso gueto cubano. La portada de la revista Time se preguntaba, en 1981, si Miami no se habría convertido en el Paradise Lost.

¿Cómo eran las relaciones entre el viejo exilio literario cubano y los marielitos? ¿Puedes darnos ejemplos concretos?
El viejo exilio literario nos recibió con los brazos abiertos. En la residencia del profesor Orlando Rodríguez Sardiñas se organizaron tertulias literarias que casi siempre terminaban mal, porque Carlitos Victoria y Benjamín Ferrara eran borrachos empedernidos que después de beberse todo el alcohol disponible se ponían insoportables. Esteban Luis Cárdenas era alcohólico, pero siempre elegante. Nadie le hacía el menor caso a la obra de nuestro ilustre anfitrión.
A la villa de Olga Connor en Coconut Grove asistía un público más selecto. Allí se presentaron Reinaldo Arenas, Heberto Padilla y creo que hasta Vargas Llosa. Recuerdo la noche en que me enfrasqué en una discusión bizantina con un viejo atorrante que yo no conocía, y que resultó ser el poeta chileno Gonzalo Rojas. Creo que lo hice papilla y que el público me aplaudió. Igualmente acogedora fue la tertulia de la profesora Ofelia Hudson, una mujer devota de los escritores y artistas marielitas.
La librería SIBI de Bird Road fue el epicentro de la actividad cultural del Mariel. Allí conocí a Carlos Montenegro, y una vez leí con él. Era un tipo imponente, de pelo en pecho, cadenón de oro y bigote teñido, con una jevita colgada del brazo, que recuerdo siempre joven y voluptuosa. También conocí a Lydia Cabrera, a Pura del Prado, a Marcia Morgado y a los hermanos Abreu. Allí leyó Pedro Campos, en una de las raras ocasiones en que se rebajó a participar de la farándula literaria.
En la 27 Avenida y la US1, donde hoy está la estación del metro, había un barrio de artistas y una cafetería con desayuno a 99 centavos donde aterrizaba René Ariza cada mañana. Se vendaba los ojos y comenzaba a dibujar a dos manos sus vírgenes y Cristos patafísicos. El dueño del establecimiento, un cubano conch de Cayo Hueso, aceptaba sus dibujos como pago.
Una vez Nancy y Juan Manuel Pérez Crespo, los dueños de SIBI, llevaron a René cenar a un restaurante de Coral Gables, y cuando apareció un plato de carne de puerco, el dramaturgo, que era vegetariano militante, volcó la mesa y arrojó la comida al piso. El viejo exilio literario fue extremadamente amable y paciente con los recién llegados.
Enrique Labrador Ruiz, Nancy Pérez Crespo, Lydia Cabrera y Reinaldo Arenas. Foto tomada del blog de Nancy Pérez Crespo.
No debemos olvidar a la doctora Alducin, directora de la Rama Hispánica de la Biblioteca Pública de la Pequeña Habana, que dio refugio en sus salones con aire acondicionado a una caterva de poetas callejeros, desnutridos y aterrillados que incluía a Eduardo Campa, Esteban Luis Cárdenas, Guillermo Rosales y a otros que perecieron sin dejar obra y cuyas voces resonaron en las escalinatas de esa biblioteca, hoy desaparecida.
¿Cómo te reencontraste con Reinaldo Arenas?
La primera vez que nos vimos fue en la Librería Universal. Pedrito entró allí y se lo encontró metido entre los estantes. Entonces me enteré de que el tipo borroso de las noches habaneras era uno de los grandes escritores cubanos. Inmediatamente busqué Celestino antes del alba, y lo leí. El cajero de la Universal en esa lejana época era el filósofo Humberto Piñera, y en torno a la registradora se reunía el corrillo de Ángel Aparicio Laurencio, José Sánchez Boudy, Guillermo de Zéndegui y el anarquista Frank Fernández. Imagino que Reinaldo llegó a tratarlos, y que ellos apreciaron a Reinaldo.
¿Cómo se desarrolló la relación entre ustedes en Estados Unidos?
Nos vimos unas cuantas veces, siempre por intermedio de Pedro Campos. Solíamos ir a la discoteca Trece Botones, en los muelles de South River Drive. Allí Rey desaparecía en el Cuarto Oscuro desde temprano. Venía acompañado de su séquito, pero de ese grupo sólo recuerdo al pintor Gilberto Ruiz, con gafas negras y camisa de seda, oliendo popper y girando en la pista de baile. Una vez me tocó ir por Reinaldo al Cuarto Oscuro a la hora del cierre. Esa escena está recogida en el segundo tomo de mi libro Sabbat Gigante.
¿Era realmente tan antagónica la relación de Arenas con Miami? ¿Y con Nueva York? ¿Qué crees que le hizo preferir a una ciudad sobre otra?
No tengo la menor idea, nunca hablamos de eso. Recuerdo nuestros encuentros en el hotel Seagull de la 21 y Collins, la antigua zona del vodevil judío y los cines de relajo, las caminatas por la playa y sus conversaciones con Pedro. Pero son memorias muy vagas. Lo veo encabronado, en una conferencia que impartió en FIU junto a un Heberto Padilla ebrio y desordenadamente lúcido. También lo recuerdo en una lectura junto a los hermanos Abreu, en una biblioteca insignificante de algún barrio menor, donde Rey actuó como si estuviera ante la Academia Sueca.
Háblanos de lo que significó la revista Mariel cuando apareció. ¿Qué impresión te causaron aquellos primeros números? ¿Qué recepción general tuvo la revista en aquellos tiempos? ¿Qué significó para ti verte publicado en la revista?
En 1982, había intentado venderle a Juan Manuel Salvat el cuaderno Canto de preparación, con poemas míos y de Pedro Campos escritos en los años setenta. El lector de Salvat para los manuscritos de poesía era el profesor Ángel Aparicio Laurencio, verdadero santo de la Librería Universal. Ángel pasaba las vacaciones de verano detrás de la registradora y el resto del año enseñaba literatura española en la Universidad de Redlands. Nuestro plaquette fue rechazado por Salvat, y Aparicio se lo llevó y lo publicó en California.
Dos años más tarde, Reinaldo recibió mi libro Vida Nueva y me respondió de inmediato. Su carta, fechada en Nueva York, el 3 de abril de 1984, dice textualmente: “He leído tu libro Vida Nueva y puedo afirmarte que me ha encantado, qué limpidez, qué concisión y fulgor. Algo inesperado, realmente inicias una poesía nueva”. Era el espaldarazo que necesitaba, y que buscaba desesperadamente.
Mariel fue el perfecto vehículo para un grupo de debutantes que no tenía la menor idea de dónde colocar sus obras. Fue un lugar de la imaginación donde reaparecían los desaparecidos y donde resucitaron Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Severo Sarduy, Carlos Montenegro y Labrador Ruiz. Claro que esperaba ver mis concisas y fulgurantes Odas olímpicas a doble página, pero cuando me llegó la revista, las encontré apeñuscadas entre David Lago y Reinaldo García Ramos. Fue una decepción, y acaso un despertar. Sólo en tal sentido, también yo llegué en el Mariel.

Mariel usualmente se piensa como una generación de narradores, pero también la integraron varios magníficos poetas ¿Qué los unía aparte de lo obvio que ya hemos comentado?
Conocí a algunos poetas de la época, como Carlos Díaz Barrios, Eduardo Campa, Esteban Luis Cárdenas, Benigno Dou, Andrés Reynaldo, Benjamín Ferrara y Pedro Jesús Campos, que habían entrado en escena en un momento previo, en la tertulia de la Funeraria de Calzada. No puedo hablar de Reinaldo García Ramos o de Roberto Valero, pues desconozco sus antecedentes. Creo que todos los demás son poetas de la Funeraria tanto como del Mariel. Se conocían y se leían previamente, tenían influencias similares.
¿Qué me puedes decir de las tertulias de la funeraria de Calzada y K?
Nunca visité la funeraria, pero conocí a algunas personas que fueron asiduas de la tertulia. La atracción del lugar era el café gratis que repartían en los velorios. Benigno Dou me ha asegurado que no existen “los poetas de la Funeraria”, sino “el poeta de la Funeraria”: Rogelio Fabio Hurtado. Roberto Madrigal fue uno de los primeros en unirse al grupo, y recuerda los nombres de muchos de los asistentes, desde Nicolás Lara y Juan Miguel Espino hasta el pintor Jesse Ríos. Madrigal cree que la Funeraria terminó con una recogida de 1973.
Estando preso en Ariza, circa 1975, escribí un libro infantil para mi sobrino Alexis. Era una libreta escolar con ilustraciones y poemas, que titulé Cuaderno de Alex. Ela Corona, la mujer de Beni en aquel entonces, le pidió la libreta a mi sobrino y la presentó al grupo de la Funeraria. Fue un éxito. Así entré en contacto con Rogelio Fabio y conocí el samizdat de poesía que publicaba en copias al carbón, cosido a máquina, con los escritos de algunos de ellos y traducciones de poetas norteamericanos. Al parecer, la Funeraria continuó existiendo hasta que Fabio, Beni y Elio Bernardo Ruiz fueron acusados de trotskistas y sacados de circulación.
¿Qué impacto tuvo la generación del Mariel en el exilio de la época? ¿Puedes dar ejemplos concretos de ese impacto?
No existe una generación del Mariel. Existe un grupo de personas nucleadas alrededor de la revista homónima, exponente de una cierta sensibilidad específica de los años ochenta.
Pero, ¿acaso eso que acabas de mencionar, un grupo de personas nucleadas alrededor de una revista homónima y que comparte cierta sensibilidad específica, no es la definición de generación literaria? Y pasa, en el caso de Mariel, que escritores que nunca publicaron en la revista comparten esa misma sensibilidad específica de la que hablas, y aun más, cierta actitud común hacia lo literario. ¿Todos esos no son síntomas claros de pertenencia a una generación?
Es más bien la definición de una secta, o de una sociedad de hombres y mujeres notables. Reinaldo fundó una república in partibus infidelium y arrastró con él a personas de diversas generaciones, les otorgó cargos, papeles, entre los que destacaron Oliente Churre, Zebro Sardoya, Clara Mortera, Bastón Dacuero y las hermanitas Bronté (ellas mismas venían en una variedad de sabores). Esas personas (o “infundios”, como prefería llamarles Rey) contaban con los más variados antecedentes. Para mí, el momento revelación de la revista Mariel no fue ningún texto de los marielitos, sino los sonetos de “Otro daiquirí”, de Severo Sarduy, nacido en 1937.
¿Cómo te enteraste de la muerte de Arenas? ¿Qué impresión te causó?
Bajé de mi habitación en un hotel de South Beach y compré el periódico de la mañana. Allí estaba la noticia. Desconocía que Rey estuviera enfermo, hacía tiempo que no sabía de él. Llamé a Pedrito y se lo dije. Su muerte nos produjo una enorme melancolía. Era el fin de una época. Pedro falleció dos años más tarde. Cuando salió Antes que anochezca, tuve que apartar la vista de la fotografía en que Reinaldo aparece estragado por el sida. Aún me cuesta mirarla.
Luego del éxito inicial de sus dos primeras novelas a su salida de Cuba no consigue publicar en las grandes editoriales de la lengua hasta su muerte. Sin embargo, su autobiografía, Antes que anochezca, se convierte en best seller cuando la publican póstumamente. ¿Crees que ese éxito póstumo, aunque merecido, fue una manera de malentenderlo, de poner su autobiografía y el tono que predomina en ella (distinto del resto de su obra) por encima de su obra de ficción?
No creo. Es el libro que lo canoniza. Reinaldo es un escritor difícil, emblema de unos tiempos difíciles, y ese libro pone al alcance de todos la Era Arenas. A partir de Antes que anochezcaLezama y Virgilio pasan a ser personajes de Reinaldo, fragmentos de su Weltanschauung. En El color del verano, que no es menos autobiográfica, todos somos por fin marionetas de Reinaldo. Conseguirlo de esa manera es la apoteosis de la ficción.
¿Cómo valorarías el impacto que tuvo Arenas sobre ti como persona?
Tuve que escapar de la atracción de Arenas como había escapado antes de la atracción de Castro. Me resistí a ser otro de sus epígonos y evité mencionar el mar, las pentagonías y las mofetas. Todavía me niego a abrazar la causa a la que él sacrificó su arte. Viví en la Era Arenas y le conozco las entrañas.

Tuesday, April 28, 2020

Ultimos días en La Habana*

Por Roberto Madrigal

Mi última semana en Cuba la pasé en el campamento El Mosquito. Utilizo la palabra campamento porque fue el eufemismo oficial que nadie cuestionó. Era, en realidad, un campo de concentración transicional para quienes iban a salir por el puerto del Mariel.
El Mosquito fue, en tiempos mejores, una finca propiedad de la familia Carbonell, quienes eran, entre otra cosas, los dueños de las plantaciones de henequén en Cuba. No sé qué hizo con ella el gobierno revolucionario tras intervenirla a principios de los sesenta, pero durante unos meses de 1980, se convirtió en la antesala de la salida para cientos de miles de cubanos. Una antesala incierta, porque muchos eran regresados a sus casas después de pasar un tiempo por allá, debido a “irregularidades en sus papeles” descubiertas a última hora, a pesar de que antes de llegar a El Mosquito ya habían sido procesados en el Círculo Militar Gerardo Abreu Fontán de la Playa de Marianao.
Tras echar un vistazo final al balcón de mi apartamento, adornado por manchas de huevos y tomates podridos explotados contra sus paredes y cristales, producto de los diarios (aunque en mi caso algo anémicos) mítines de repudio, y llegar de madrugada al Abreu Fontán, escapando de una turba organizada que nos daba la bienvenida con insultos y pedradas, una cuarenta y ocho horas después una guagua militar nos dejó, a mí y a un grupo de procesados que íbamos rumbo a Cayo Hueso, en El Mosquito.
Entré por una inmensa nave tipo almacén, en obediente y controlada fila, para llegar a unas mesas repletas de militares en las cuales uno presentaba sus papeles y era, una vez más, interrogado respecto a la fidelidad de los datos. El caos, la confusión y el ruido reinaban en esa nave. Me llevaron a un lado y me sometieron a un breve cacheo. No tuve muchos problemas pues yo solamente llevaba la ropa que tenía puesta. Vi que mucha gente trataba de pasar una prenda personal, una foto o un recuerdo, de los cuales, después de ser injuriados por atrevidos, eran despojados.
De ahí pasé a la “zona” que me tocaba. El campamento estaba dividido en varias de estas zonas, dominadas por unas carpas gigantescas y delimitadas por unas sogas. En cada parcelación ubicaban grupos humanos según la denominación oficial. En una estaban los “homosexuales”, en otra “los delincuentes”, en otra “las familias” y finalmente “los diplomáticos”, que consistía en los que se habían asilado en la embajada de Perú. Puede que hubiera otras divisiones, pero esas fueron las que pude notar. Por supuesto, me llevaron casi de la mano a la sección diplomática.
El contacto entre los habitantes de las distintas zonas estaba prohibido. Para salir de la zona a las letrinas, que se encontraban hacia el dienteperro casi a la orilla del mar, había que pedir permiso. La carpa que me tocó, tenía literas dobles capaces de albergar unas noventa personas, pero seríamos unos trescientos diplomáticos, una cifra bastante constante ya que si hoy salían dos, pues mañana llegaban dos y así. A las mujeres con niños y a las personas mayores les reservábamos las literas, el resto dormíamos a la intemperie.

Teníamos que alinearnos cada vez que hacían un llamado para llevarse gente hacia el Mariel. A la entrada de la zona había cinco o seis militares, casi todos tenientes, con listas de nombres que de repente gritaban: “¡Dame un par de diplomáticos!” y con ello comenzaba un ritual, tenso y horroroso, que ocurría dos o tres veces al día. Una vez formados en una fila que los gritos de los militares conminaban a que fuera bien recta, sin que nadie se saliera ni un centímetro, traían a otro militar con una bayoneta al cuello y sosteniendo a un furioso perro pastor alemán. El hombre caminaba, mientras el perro ladraba, con la punta de la bayoneta hacia la fila, haciendo un límite imaginario y cortando al que estuviera fuera de alineación.
Después, uno de los oficiales, siempre gritando, decía: “Pero yo no quiero que se vayan en orden” y entonces había dos alternativas. O él o uno de sus compinches apuntaban con el dedo a los escogidos, sin orden ni concierto, o sacaban a alguien de la fila y le pedían que escogiera a dos personas y si ellos aprobaban la selección, los tres se irían. Con ello no solamente aseguraban la humillación de los diplomáticos, sino que garantizaban la generalización del sentimiento de incertidumbre.
Por lo general, traían comida en cajitas, en una cantidad insuficiente para alimentar a toda la población. Situaban un centro de distribución cerca de las letrinas y llamaban a la gente a venir en fila, por zonas. Los diplomáticos éramos los últimos. Nunca cogí una cajita y en consecuencia perdí quince libras (tratar de salir de Cuba, en aquellos tiempos, era la mejor forma de perder peso).
Una noche anunciaron que se aproximaba un ciclón y evacuaron a todo el campamento, excepto a los diplomáticos. Recogieron la carpa y nos dejaron allí a la intemperie mientras los oficiales buscaban refugio en la nave de recepción. Por varias horas hubo mal tiempo, lluvia y ventolera, pero el ciclón nunca llegó y el resto de la población regresó temprano en la madrugada.
Por suerte para mí, me encontré con mi amigo Ricardo Oteiza (como hago este recuento de memoria y esta traiciona luego de tantos años, no estoy seguro si nos encontramos en el Abreu Fontán o en el propio Mosquito), con quien también fui compañero de espacio en el patio de la embajada de Perú. Al menos podíamos rumiar nuestras preocupaciones y dividir un poco el espanto. El último día de nuestra estancia, cuando por circunstancias azarosas éramos los dos primeros de la fila, el camarada teniente de turno pidió tres diplomáticos y escogieron a Ricardo y a dos más que estaban al final de la fila.
Finalmente, el 12 de mayo de 1980, me tocó agarrar la guagüita que me llevaría al puerto delMariel. Me montaron en un camaronero, el Cayman, con capacidad para veinte personas, pero en donde agolparon unas 260, la gran mayoría expresos comunes. Por mal tiempo nos retuvieron unas catorce horas en el puerto, sin bajarnos de las embarcaciones. Desde allí pude ver a Ricardo en la proa de otra embarcación atiborrada de gente. Otra docena de horas de espera más tarde y el Cayman zarpó en medio de un mar que metía miedo. No fue hasta la madrugada del 15 de mayo que llegué a una base militar en Cayo Hueso. Nunca más he regresado a la isla.
El Mosquito es un episodio tenebroso que no sé por qué no ha sido contado con más frecuencia y con la importancia que se merece, por el tratamiento humillante que se le dio a los que por allí pasaron, en la historia del éxodo de 1980.

*Tomado del blog Diletante sin causa por cortesía de su autor

Thursday, April 23, 2020

7 de abril de 1980: mi expulsión ignominiosa del Instituto Superior de Arte*

Por Carlos Molina
Carlos Molina, autor de este artículo, junto a Leo Brower
La tarde del 6 de abril recibí una llamada de un agente de la Seguridad del Estado, un tal “Igor” que  “me atendía”. Me dijo que ya sabían que yo estaba haciendo gestiones para salir del país y tenía que presentarme al siguiente día a las 8:00am, en la oficina del Decano de Música del Instituto Superior de Arte, Carlos Fariñas, quien me daría una carta de baja como profesor y fundador del departamento de guitarra desde 1976. Le expliqué que podía quedarme hasta el final del curso, ya que no tenía la fecha de salida todavía y que los alumnos se quedarían sin maestro. Me respondió que no importaba y que hiciera lo que me decía.

Unas semanas antes el violinista Evelio Tieles se me había acercado a preguntarme (con cara de dudas y el ceño fruncido) que “se decía que yo me quería ir del país”, que si eso era cierto. Le contesté que cómo iba a llevarse por lo que “se decía”. Apunté: “Mira, se dice que tu hermano es maricón y yo nunca le he hecho caso a eso”. Se marchó sin hablar más nada. Esto fue en los pasillos del Segundo piso del ISA.

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Desde hacía varios años me carteaba con el francés Robert Vidal, tratando de ir al Concurso de la Radio Francesa ORTF que él fundó en Paris. Siempre por una razón u otra, el gobierno cubano no aprobaba mi participación, a pesar de haber ganado el Premio en Cuba en 1970. En 1975, conocí a Vidal personalmente en el Festival Internacional de Esztergom donde compartíamos los desayunos y las comidas diarias con Abel Carlevaro. Ya en 1976, Vidal me volvió a escribir sobre el Festival Mundial de Guitarra que él dirigiría en Martinica del 26 de noviembre al 12 de diciembre de ese año.

Para lograr mi participación en Martinica, tuve la iniciativa de abordar y hablar personalmente con  Nicolás Guillén, presidente de la UNEAC. Guillén sabía que yo había obtenido el Primer Premio del Concurso UNEAC y que pertenecía a la directiva del Departamento de Música, presidido por Enrique González Mantici. Con posterioridad a la entrevista y, avalado por mi trayectoria guitarrística nacional e internacional en ese momento, mi gestión tuvo el éxito esperado…

Dicha trayectoria se puede resumir con los siguientes logros: la dedicatoria y estreno del Canticum de Leo Brouwer para mi graduación en 1968; mis múltiples conciertos en las más importantes salas de concierto de La Habana y en el resto de la nación; los conciertos con la Orquesta Sinfónica Nacional; la organización y dirección del Panorama de la Guitarra, primer festival de guitarra en la historia de Cuba en 1976 (8 conciertos celebrados en la Biblioteca Nacional, adonde participaron todos los guitarristas graduados en esos años); el lanzamiento y publicación en dicha biblioteca de la tesis sobre la Escuela Cubana de Guitarra; mi primera gira de conciertos por Hungría, incluyendo la Zeneakademia Kisterem de Budapest y otras cuatro ciudades; los conciertos en la Filarmonia de San Petersburgo y otras cinco ciudades de la URSS; los conciertos en Checoslovaquia en el Dum Umelcu, Dvrorak Hall de Praga y otras ciudades; el concierto representando a Cuba en el Interpodium BHS Festival de Bratislava, también en Checoslovaquia; la primera participación cubana en un festival internacional de guitarra, con concierto y clases magistrales en el Festival Internacional de Esztergom, Hungría, adonde conocí y compartí diariamente con Abel Carlevaro y Robert Vidal.

Ese trabajo profesional y el haber sido nombrado profesor inaugural del ISA junto Isaac Nicola y Leo Brouwer, llevó a Nicolás Guillén a escribir una recomendación al Ministerio de Cultura, la cual pudo lograr mi primer viaje a un país capitalista (conservo los tomos de la Obra Poética de Nicolás Guillén con la siguiente dedicatoria: “Para mi querido amigo Carlos Molina, marido de su guitarra. Como recuerdo de su admirador Nicolás Guillén, La Habana, Sept. 4/73”).

Como consecuencia de la gestión de Guillén asistí al Festival de Martinica. Allí disfruté de  conciertos de maestros como John Williams, Alirio Díaz, Leo Brouwer, Rodrigo Riera, Atahualpa Yupanqui, Paco Peña y Alberto Ponce. Con éste último recibí quince días de master clases diarias, (siendo el único que recibió ese privilegio). La oportunidad de perfeccionarme con el Maestro Alberto Ponce fue una ocasión única para mi carrera. Ponce era el profesor de L’École Normale de Paris, antiguo discípulo y asistente de Emilio Pujol y Primer Premio del concurso de la ORTF que organizaba Vidal por muchos años.

Durante mi estancia en el festival perfeccioné 17 piezas de Emilio Pujol bajo la tutela de Ponce. Tal fue el embullo y complacencia de este último, que me ofreció la posición de asistente de sus clases en París. En ese momento, con 30 años de edad, vi los cielos abiertos. Le advertí que en Cuba no se hacían las cosas tan fáciles, que debía de escribir una carta pidiéndome al Consejo Nacional de Cultura, el cual decidiría el asunto. Dado el prestigio de esa institución, partí con la ilusión y alegría desmesurada de un joven que aspiraba abrirse camino en el mundo profesional guitarrístico a nivel mundial.

Pasaron varios meses, hasta que un día en una recepción del Ministerio de Cultura, Harold Gramatges, a la sazón asesor del ministro Armando Hart Dávalos, con algunos tragos de más, se me acercó y me mencionó la carta de Ponce que el Ministerio había recibido. Yo me hice el sueco y me mostré sorprendido, a lo cual me dijo que la estaban considerando, pues Ponce le pedía al ministerio que yo fuera su asistente en París. Todo quedó así por el momento, y a los pocos días, tuve la llamada y visita del “agente Igor” para entrevistarse conmigo. Igor comenzó a citarme en casa de mis padres.

En la primera entrevista me dijo que estaban muy contentos del ofrecimiento y que sería muy bueno que se pudiera realizar. Claro, que el Departamento de Seguridad tendría que brindarme un “entrenamiento”, de manera que yo haría algunas funciones que ellos determinarían. Inmediatamente le expliqué que eso me ponía muy nervioso, que yo era un guitarrista y pensaba que no podría hacer otra cosa. Quedó pendiente una segunda entrevista para que yo lo pensara.

En la segunda entrevista Igor me reiteró que la Seguridad seguía muy interesada; que previamente a mi salida para trabajar con Ponce tendría que pasar un entrenamiento que ellos me darían, lo cual no me privaría de seguir con mi trabajo de la guitarra. La idea era que yo investigara al GATT (¿?).  Le repetí que no me creía adecuado para eso, que me ponía nervioso el sólo pensar en ello. Volvió a darme otra oportunidad con otra entrevista. Poco tiempo después me citó con una actitud molesta, precisándome si aceptaba la proposición del Departamento o no, a lo cual le dije que con esas condiciones, NO.

Tal y como me orientó Igor en su llamada el 6 de abril, al otro día fui a las 8:00 de la mañana a la oficina de Carlos Fariñas a pedir la carta de renuncia como profesor. Toqué la puerta de su oficina y lo vi agitado, llamando por teléfono sin parar. Me dijo que lo esperara afuera. Así hice, esperé y volví a tocar. No abrió la puerta. No fue hasta las 3:00 pm me autorizó a entrar. Me indicó que lo siguiera hasta el Aula Magna, donde siempre nos reuníamos con los alumnos. Fue entonces que di cuenta del plan que se estaba urdiendo.

Allí estaban presentes todos los estudiantes del plantel: la directora general del Instituto de apellido Santamaría (hermana de Aldo Santamaría, buscado internacionalmente por narcotráfico por la Interpol) y otros profesores que no recuerdo. La directora leyó públicamente un escrito largo en que se me acusaba de “traidor a la Patria”. Cuando terminó de leer, escuché la palabra “deshonrosamente”, repetida nuevamente; la misma palabra que en 1972, el entonces decano Roberto Valera había usado contra mí en una carta dándome de baja como estudiante del Nivel Superior de Música. Leía: Expulsado deshonrosamente por extravagancias que atentan contra la moral socialista.  Lo único que atiné a expresar fue: “¿Ya terminó?”.

Llegó entonces el momento de marcharme del lugar. Tenía la premonición de que me prepararían alguna encerrona luego de la renuncia, por lo que había parqueado mi Chevrolet ’58, apuntando a la salida de la calle que daba a la avenida, detrás de unos matorrales, de manera que no se pudiera ver. Salí a la escalera que daba al primer piso y cuando me asomé, vi una masa de gente abajo,  esperándome, algunos de ellos armados con palos.

Pensé bajar y enfrentarme a ellos. Pero, recapitulando, no lo hice. Conocía bien todos los recovecos del edificio y salí por un pasillo que daba a la cocina (recuerdo vívidamente la cara de asombro de un empleado que trabajaba al verme pasar). Salí al primer piso por la parte de atrás y agachado entré en mi auto. Cuando manejé hacia la salida que daba a la avenida principal me encontré dos automóbiles que me cerraban el paso: uno era de Karelia Escalante, hija de Juan Escalante, condenado años atrás en la llamada Microfracción junto a otros militantes del Partido Comunista, incluyendo a Ramón Calcines, padre de Evelio Tieles.

Dirigí mi auto decisivamente hacia los dos carros que me bloqueaban el paso y afortunadamente me abrieron camino. Salí a la avenida y pasé por la casa adonde vivía Flores Chaviano con su esposa Ana y su madre. Paré allí unos minutos y llamé por teléfono a Marisa, pidiéndole que vistiera a las niñas par irnos al Rovers Club en la calle Capdevila, al cual pertenecíamos desde hacía poco. Unos veinte minutos después las recogí y nos dirigimos al Rovers. Le expliqué cómo había sucedido todo y estuvimos allí hasta que cerraron el club tarde en la noche. Regresamos a casa con mucho temor. Todo el barrio estaba durmiendo.

Posteriormente, ya en Miami, supimos por boca de profesores como Mercy Soto y su esposo, profesor de Artes Plásticas del ISA, que las llamadas telefónicas de Fariñas habían sido para dar la orientación a todos los departamentos que llevaran a los alumnos a “repudiarme” en la reunión que  organizaron en el Aula Magna. Ese día trataron de conseguir unas guaguas para ir a mi casa a hacerme un acto de repudio, pero no pudieron por falta de gasolina, transportes rotos, etc.

Relataré más adelante todo lo concerniente al horrible “repudio” que nos hicieron injustamente del 3 al 13 de mayo, por orientación expresa y escrita de la Seguridad del Estado conjuntamente con los Comités de Defensa de la Revolución.


*Tomado de TuMiamiBlog