La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. se propone evitar que los hechos históricos de Cuba y sus exilios se conviertan en leyendas, dejando un registro fidedigno de los mismos ‒sin censuras ni manipulaciones demagógicas‒ con el fin de que nunca pierdan su condición de historia. Este blog intenta reflejar nuestro quehacer en ese sentido, al tiempo de brindarse como tribuna abierta para que testigos y estudiosos del avatar cubano puedan contribuir de buena voluntad en el intento
Showing posts with label Carlos Alberto Montaner. Show all posts
Showing posts with label Carlos Alberto Montaner. Show all posts
Son días de sentimientos encontrados para mí. Este 25 de junio se cumplió en España el tercer aniversario desde que la ley de eutanasia entró en vigor. Y el pasado 29 de junio marcó el primer año de la muerte de mi padre, el escritor cubano y analista político Carlos Alberto Montaner, quien pudo acogerse en Madrid a la prestación de ayuda para morir. Mi padre ha sido una de las 323 personas que en 2023 recibieron la muerte asistida en España. De ese modo, cumplió su deseo de marcharse de este mundo antes de que una cruel enfermedad neurodegenerativa acabara por postrarlo en una cama con las facultades físicas y cognitivas totalmente mermadas. Mi padre falleció a los 80 años gracias a la sedación que le practicó un equipo médico de la sanidad pública española. No fue fácil recorrer el camino debido a los obstáculos que enfrentamos, a pesar de que con anterioridad él había establecido sus últimas voluntades en el testamento vital (documento que está al alcance de todos los españoles). Para él y para la Asociación Morir Dignamente (DMD), que fue nuestra guía en todo momento, no había duda de que su caso se ceñía a los requisitos de la ley vigente: su enfermedad era incurable, crónica e imposibilitante. Unos años atrás le habían diagnosticado Parkinson y una posterior resonancia magnética arrojó un diagnóstico más cruel: su mal era un Parkinson atípico y más severo llamado Parálisis Supranuclear Progresiva (PSP).
Mi padre luchó con perseverancia contra el avance de la enfermedad, pero cuando advirtió que más pronto que tarde su actividad intelectual, que había sido su brújula desde muy joven, se desvanecería irremediablemente, tomó la decisión (muy meditada) de solicitar la eutanasia antes de perder del todo su autonomía. El objetivo de la ley de eutanasia en España es el de respetar la voluntad de quienes, por determinadas enfermedades, desean poner fin a la vida; asimismo, debe garantizar que se haga con la máxima profesionalidad de los médicos, algo que no siempre se cumple. Para mi padre, la mayor dificultad radicó en la falta de formación de los profesionales de la sanidad pública en lo referente a abordar con conocimiento una ley que todavía es nueva y que está en pleno rodaje.
Según datos de DMD, casi un tercio de las personas que solicitan la eutanasia en España fallecieron durante la tramitación. Es un escollo que los defensores de este derecho atribuyen, principalmente, a la burocracia y a una tendencia de los médicos a no ponerse en el lugar de quienes solicitan la prestación de ayuda para morir al verse cercados por enfermedades terminales o padecimientos que avanzan inexorablemente como el Alzheimer, ELA o Parkinson. Fue muy duro para mí y la familia inmediata acompañar a mi padre en un camino cuyo final sería su despedida definitiva. Pero también fue un motivo de satisfacción ayudarlo a concluir su fructífera trayectoria vital. A lo largo de su vida luchó por la libertad en Cuba, su país natal y de donde tuvo que huir por la dictadura castrista; también luchó a favor de las libertades individuales porque era un firme creyente en el modelo de las democracias abiertas. Mi padre era un liberal en el sentido más amplio (no sólo en lo económico) y siempre se pronunció a favor de la legalización de la eutanasia. Para él era un derecho fundamental que debía estar al alcance de quienes se vieran en situaciones extremas de salud.
La vida nos aboca a pasar de lo abstracto a lo concreto y es la prueba definitiva de la capacidad de poner en práctica las creencias que enarbolamos. En el otoño de su vida –después de haber escrito sus memorias. Sin ir más lejos, publicadas en 2019–, mi padre se vio en la disyuntiva de plantearse una muerte asistida como salida a una enfermedad que lo carcomía con rapidez. Lejos de abordarlo con emotividad, lo hizo con fría racionalidad y fiel a su línea de pensamiento: había llegado el momento de acogerse a la ley de eutanasia y, por ser ciudadano español, tenía la fortuna de poder hacerlo en uno de los pocos países que ha legalizado este derecho (un total de 7 en todo el mundo).
En la década de los 70, mi padre vivió con júbilo la transición a la democracia en España. Desde entonces, la conquista de las libertades individuales fue avanzando porque la sociedad española estaba dispuesta a abrazar la tolerancia. Cuando en junio de 2021 la ley de eutanasia finalmente entró en vigor, contaba con el respaldo de la mayoría de los españoles. Representó todo un triunfo frente a las presiones de la Iglesia y la oposición de partidos de ultraderecha como Vox. Hoy me uno a las celebraciones de organizaciones como DMD, que en el tercer aniversario de esta ley también informan de la importancia de mejorarla y de resolver los obstáculos que los solicitantes encuentran a lo largo de tan duro proceso.
También, y a pesar del profundo dolor que siento por su pérdida, celebro que mi padre pudo despedirse como él lo deseaba: por medio de una muerte digna y muy dulce (Una muerte muy dulce es el título del libro que Simone de Beauvoir escribió sobre los últimos días de vida de su madre), que lo libró de un deterioro definitivo que para él era inaceptable. Mi padre vivió y murió libremente. Ganó la más primordial de las batallas.
No se me ocurre con qué comparar la lectura de Carlos Alberto Montaner en mis años cubanos. La imagen de los cristianos que acceden a una página de la Biblia contrabandeada al interior de su celda es demasiado elemental aunque se le asemeje en secretismo, deslumbramiento y emoción. Pero más que dirigidos a exaltar alguna fe los artículos de Montaner eran continuos llamados a la razón y a la decencia. A su manera ejemplar, sus textos nos recordaban que toda la rabia del mundo no justifica la renuncia a razonar, ni a adoptar una ética que no se correspondiera con un razonamiento equilibrado ni con un elemental sentido de la justicia. Si buena parte de la intelectualidad latinoamericana se desentendía de las atrocidades del castrismo para concentrarse en atrocidades similares cometidas por un Pinochet o un Videla, Montaner no veía por qué unas debían ser peores (o mejores) que las otras. Y si eso lo decía alguien que había sido perseguido por el castrismo desde la adolescencia y a quien se seguía demonizando en aquellos noventas en que lo leíamos furtivamente en La Habana ¿qué derecho teníamos a poner la rabia por delante de la razón?
La visión expandida y penetrante de Carlos Alberto Montaner también nos ponía en contacto con otros temas que entonces nos parecían menos urgentes. Como el de morir en el exilio. De todos aquellos recortes que contrabandeábamos en La Habana de la primera mitad de los noventa, en una era anterior al internet, ninguno recuerdo mejor que el que me pasó un amigo arquitecto a la entrada del cementerio en el que trabajábamos. En él Montaner lamentaba la muerte del gran historiador cubano Leví Marrero, una muerte más lamentable, nos decía, por ser el autor de la monstruosa serie de catorce volúmenes sobre el pasado nacional quien falleciera desterrado de la isla que conoció y describió como pocos.
Llegué a conocer a Montaner no mucho después de mi lectura de aquel artículo tras mi llegada a Madrid donde el escritor vivía desde hacía décadas. Por entonces el cubano se codeaba con el futuro premio Nobel Mario Margas Llosa y con el inminente jefe de gobierno español Jose María Aznar. Días en que la aparición del Manual del idiota latinoamericano… y español, escrito junto a Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas supuso un estremecimiento para el mundo intelectual de la lengua. Una sacudida necesaria pero no por eso bien recibida. La minuciosa disección que hacían los autores de esa difundida especie de intelectual que, —lejos de haber aprendido algo de la ejemplar implosión del comunismo europeo— insistía en principios desastrosos para la humanidad donde quiera que se hubieran aplicado, apenas fue respondida con un escolar “más idiota serás tú”. Aquella advertencia inteligente y mordaz —que en las horas más bajas de la “Gran Marcha Hacia Delante” de que hablaba Kundera pudo parecer tautologica— ha terminado siendo profética. La idiotez latinoamericana no solo no ha desaparecido sino que avanzó muchísimo desde la aparición de aquel libro. Pero a Montaner nunca pareció desanimarse ante el incansable vigor de la estupidez humana e insistió en ilustrarnos casi hasta el final de sus días.
Al contrario de buena parte de los escritores que he conocido, la estatura de Montaner se acrecentaba cuando se le conocía de cerca. La elegancia y tersura de su prosa era un reflejo atenuado de la elegancia y sobriedad de su persona. Una contención que no limitaba su gracia y jovialidad sino que le daba una dulzura expresiva y una civilidad que no he conocido en nadie más. Al salir de uno de nuestros encuentros un amigo que me acompañaba, ya frente a los elevadores del edificio me susurró “Es un caballero”. Como si se tratara de un secreto que debía quedar entre nosotros. Un caballero cubano, aunque le parezca un oxímoron a los que nacimos en la Cuba desgreñada y chusma que sigue siendo hoy.
No solo era Montaner cubanísimo en sus ademanes cuidados, en su gracia, en su conocimiento extenso y profundo del país, en su sabiduría, en su insaciable curiosidad y en su sorprendente humildad. Montaner era Cuba. Pero una Cuba de la que ya hemos olvidado su posibilidad de ser y ahora, en ausencia suya, no creo que podramos recuperar. La presencia de Montaner imponía un respeto instantáneo, pero al mismo tiempo con su suavidad y sus mañas de buen conversador eliminaba toda distancia para hacerte sentir como a un igual. Quizás fue por eso que cuando en nuestra única comida juntos propiciada por esa otra encarnación de Cuba que es Paquito D’Rivera me atreví a soltarle una broma. A él, al Enemigo Número 1 del castrismo, al Anticastro mismo le susurré cuando iban a tomarnos una foto: “Tenga cuidado, que esta foto conmigo puede comprometerlo”. Y a diferencia de aquellos que andan demasiado tiempo encaramados en su propia importancia, Montaner de inmediato entendió la broma y rio de buena gana.
Cada vez que alguien me dice “Me gusta como escribes, pero no estoy de acuerdo con todo lo que dices” me carcajeo por dentro. Extraña pretensión esa la de estar de acuerdo con todo lo que piensa otro cuando muchas veces uno no concuerda siquiera con lo que dijo tiempo atrás. Posiblemente Montaner y yo estuviéramos en desacuerdo en muchos asuntos pero creo que coincidíamos en las cuatro o cinco cosas fundamentales que conforman la visión de cualquiera frente al mundo. Siempre ajeno a los extremos su opinión sobre cada asunto importante era minuciosamente razonada.
Montaner era al mismo tiempo firme y tolerante y no permitía que su cortesía exquisita le impidiera dejar claras sus diferencias con el interlocutor, pero —cosa rara en el ámbito intelectual— no se tomaba el disentimiento como ofensa personal. Nunca se dejó seducir por presión del número o de los tiempos, ni siquiera al final de su vida, cuando su debilidad física quizás invitara a un descanso mental. Así, no tuvo miedo de contradecir ni el entusiasmo mayamés por Trump ni el latinoamericano por Petro detalles por los que muchos no lo perdonarán nunca. Para alguien tan ajeno al odio visceral como Montaner los ataques que recibió entonces debieron parecerle una prueba adicional de que la razón seguía estando de su parte.
La más joven generación cubana, crecida en la isla bajo el bombardeo incesante de la propaganda oficial contra Montaner supondrá que algo de verdad habrá en el terroristalacayodelimperialismo con que se le representaba en Cuba. Y estarán equivocados. Cuando se trataba de presentar a Montaner los medios cubanos impecablemente falsos. Aparte del nombre y la fecha de nacimiento mentían en todo lo demás. Para esos jóvenes nunca será tarde para empezar a leerlo.
La muerte de Carlos Alberto Montaner —que a pesar de sus ochenta años cumplidos y de la enfermedad que lo aquejaba puede parecernos demasiado temprana— es una muestra más de su compromiso con la razón. A alguien que hizo de la lucidez y su ejercicio el sentido de su vida le debió parecer insoportable la idea de existir sin ella.
Si cada vez que muere un gran cubano recuerdo aquel artículo de Montaner sobre Levi Marrero ahora, a la muerte de su autor se siente multiplicada esa falta sin fondo de la que hablaba Vallejo. Una circunstancia especialmente triste porque en aquella fecha tan lejana como nos resulta 1995 —cuando ya llevaba 35 años de exilio— Montaner no podía imaginar que 28 años después él también moriría lejos de la patria a cuya libertad había consagrado toda su vida. Sin conseguirla. Triste porque con Carlos Alberto Montaner se nos va una posibilidad de Cuba que él encarnaba como nadie y porque cualquiera que sea el futuro cubano se las tendrá que arreglar sin su lucidez ejemplar.
El gran periodista y patriota Carlos Alberto Montaner, acosado por una enfermedad degenerativa y paralizante, anuncia su retiro con la columna que publicamos a continuación. Otro en su caso se dedicaría un homenaje a sí mismo pero Montaner, con esa índole generosa y elegante que conduce su vida, ha decidido convertir su última columna en lista de agradecimiento a las personas que lo ayudaron en su carrera periodística. Uno termina sabiendo más del periodismo en español en el continente que del propio Montaner. Y, sin embargo, por todo lo que agradece ya nos podemos hacer una idea de lo que Montaner ha significado para los medios y los lectores de la lengua, mucho más allá del estrecho ámbito de lo cubano.
Esta última está escrita con la gracia habitual con que el periodista ha creado sus columnas por décadas e incluso con más sentido del humor del que acostumbra, como tratando de quitarle peso al momento terrible en que una mente tan lúcida como la suya se ve obligada a renunciar al que ha sido su principal medio de expresión. Ese humor es una manera galante y contradictoria de hacernos saber cuánto dolor debe causarle dejar de escribir sus artículos, tan apreciados en todo el continente. Como para que leamos su última columna sin entender del todo lo que perdemos ahora que su voz se apaga, mientras intenta disimular tanta grandeza entre agradecimientos y bromas.
Todavía no es tiempo. Solo nos empezaremos a hacer idea de lo que nos estamos perdiendo cuando ante el próximo gran acontecimiento nos empecemos a preguntar qué opinaría Montaner, qué palabras usaría para darle sentido a la realidad bruta. Mientras llega el momento de entender mejor esa pérdida solo podemos decir: Gracias Carlos.
Mi última columna
Por Carlos Alberto Montaner
Me jubilo sin júbilo alguno. Me retiro del "columnismo". Mis columnas, durante años, las distribuyó mi colaboradora más estrecha, Lucía Guerra. He cumplido 80 años. Padezco parálisis supranuclear progresiva (PSP). El nombre lo dice todo.
Es una enfermedad rara del cerebro. Me la diagnosticaron en el hospital Gregorio Marañón —uno de los mejores de España— tras una resonancia magnética. Tres personas por cada 100.000 la padecen. No es contagiosa, ni heredada. No hay cura para ella. No se sabe cómo comienza ni por qué se origina. Es de la familia del parkinsonismo, pero sin temblores. De ahí la confusión en el diagnóstico. Se caracteriza por impedirme conversar bien y leer, más allá de los titulares (Linda, mi mujer, y nuestra hija, Gina, me leen los diarios), no así escribir todo lo "bien" que me ha permitido llevar más de medio siglo escribiendo —entre otras cosas— una columna sindicada a la semana. He escrito miles de columnas y debo a mis artículos todo lo que he hecho posteriormente.
Este PSP que ahora me afecta se caracteriza (como el otro, el de los comunistas cubanos), por el "habla lenta o arrastrada" que hizo que dejara los comentarios en CNN en Español (donde tanto compartí con Andrés Oppenheimer, Camilo Egaña y otros notables periodistas), pese a los esfuerzos por retenerme que hizo mi amiga Cynthia Hudson, presidente de la cadena. O en 20 estaciones de radio, comenzando por "El Sol de la Mañana", bajo la dirección del matrimonio dominicano Espaillat, Montse y Antonio, siguiendo con "La Hora de la Verdad" en RCN de Bogotá, en un espacio dirigido por Fernando Londoño, hasta la modestísima emisora por internet que orienta Orlando Gutiérrez hacia Cuba, y tiene uno de sus más sólidos baluartes en Julio Estorino. Además, durante años mis comentarios llegaron a Cuba por medio de Radio Martí. Gracias por tolerarme en sus filas.
Al periodista cubano Carlos Castañeda lo vi llegar a Puerto Rico a finales de los 60 con un trabajo que a mí me parecía muy difícil: levantar El Día de Ponce hasta que compitiera con El Mundo de San Juan. Si yo hubiera sabido los planes de Carlos con cierta antelación me habría quedado a librar esa batalla, pero ya tenía hasta los boletos para España. Había sido aceptado en la Universidad Complutense de Madrid para hacer el doctorado. Mi familia y yo nos embarcábamos en una nueva aventura europea.
Era el primer semestre de 1970. Castañeda mudó El Día para San Juan, le cambió el nombre, le llamó El Nuevo Día e hizo un tabloide con grandes titulares, fotos ad hoc y grandes caricaturas. Pronto se quedó solo en el terreno. El Mundo cerró. De aquel lance antes de instalarme en Madrid guardo un consejo que fue muy importante en mi vida profesional: "Busca en NuevaYork a Joaquín Maurín —me dijo Castañeda—. Es un exiliado español. Dile que tú quieres escribir columnas para su agencia ALA (American Literary Agency). Ahí están los mejores de la lengua, entre otros, Germán Arciniegas y Pablo Neruda". Lo hice. Maurín me pidió una muestra. Se la di. Cuando la encontré reproducida en 156 diarios me juré cuidar mis columnas. Y así he hecho desde entonces.
Joaquín Blaya me llamó a Madrid. Era un chileno, presidente de Univisión. Luego lo sería de Telemundo. Me pidió un comentario a la semana y dejó que yo escogiera el tema. Sería, claro, de actualidad. La promesa de Maurín se había cumplido. ALA le daba difusión a mis ideas y estas me abrían otros campos como la TV, mucho mejor pagados que la prensa plana. Blaya demostró que era un ejecutivo de altísima calidad. En una oportunidad me dieron un minuto para explicar una hipótesis de un cura antropólogo, profesor de una universidad de Nueva York, sobre el programa del welfare, diseñado fundamentalmente por hombres, y su impacto en mujeres de bajos recursos. Sin duda, era un tema polémico. El canal 41 de Nueva York vio la rentabilidad política, o actuó por temor, bajo la indicación de la gerencia. Lo cierto es que Al Sharpton, ministro baptista, fue a pedir mi cabeza al canal, sin haber oído mi comentario en español, y Blaya me defendió con total firmeza.
Cuando The Miami Herald parió un pliego en español, creyeron que sería un fenómeno pasajero. Pero luego comprobaron que aumentaba el perímetro del castellano. Como el mundillo de los editores de diarios es muy reducido, se hablaba con mucho respeto de Carlos Castañeda y de la hazaña que había realizado en Puerto Rico. Lo llamaron y de ahí nació El Nuevo Herald en la primera parte de los 80. Allí comparecieron Roberto Suárez, Gustavo Pupo Mayo, Sam Verdeja, Armando González, Roberto Fabricio y el gran Carlos Verdecia, exdirector de El Nuevo Herald.
Creo que fue Pupo Mayo. Me ofrecieron la dirección de El Nuevo. No la acepté. No quería desplazarme de España. Me ofrecieron dirigir la página de Opinión. Puse dos condiciones para que no aceptaran: solo estaría presente la primera semana del mes. Las otras tres las pasaría en España. (A fin de cuentas, inauguré el trabajo a distancia que se popularizó durante la pandemia.) La segunda condición era que fueran mis adjuntos Araceli Perdomo, de cuya integridad se contaban cosas muy positivas en la redacción, y Andrés Hernández Alende, para no cometer errores ni injusticias. Al extremo que, andando el tiempo, tras mi renuncia, Araceli y Andrés me sustituyeron en el cargo. A lo largo del tiempo El Nuevo Herald ha sido mi casa.
He tenido la oportunidad de escribir en los mejores periódicos de América Latina, de España y de EEUU. En los últimos tiempos mi columna semanal ha aparecido en El Libero, el mejor periódico digital de Chile, y en El Independiente, un excelente diario digital que sacan Casimiro García-Abadillo, Victoria Priego (dos grandes veteranos del periodismo español) y —en la parte internacional— Ana Alonso. Esos dos diarios completan el cuadro del ámbito de la lengua en el que he tenido el privilegio de dar la batalla de y por la libertad. Al final de mis memorias, Sin ir más lejos, publicadas por Silvia Matute en Debate, editora de Penguin-Random House, cité al filósofo Julián Marías por su humilde frase. Hoy lo vuelvo a hacer: "Hice lo que pude".
Durante más de 10 años, dos veces a la semana, fueron reflejándose los acontecimientos más actuales de la realidad.
Unas veces esos hechos fueron examinados con apasionado rigor, otras con cierto distanciamiento, pero en todas las instancias prevaleció la verdad, mi verdad, sin que mediara otro interés u otra intención.
Jamás he sentido la intromisión de un director de programación o de nadie. He dicho todo lo que he querido decir.
Entonces, ¿Por qué interrumpo mi propio espacio radial? Sencillo. Por problemas de salud. Tengo Parkinson. Hasta ahora es una enfermedad sin curación.
Cuando era joven creía que la enfermedad sólo se manifestaba como movimientos involuntarios, pero eso es sólo una parte. Hay problemas que se agregan del habla y de la locomoción que se incrementan. Por ahora, el Parkinson me ha permitido escribir. Espero que se conserve.
Existe una medicina hace varias décadas que mantiene el organismo funcionando, pero todavía no hay curación, aunque los israelíes están trabajando en ella y parece que la respuesta definitiva será por las células-madre.
En fin, les ruego a mis oyentes que perdonen y excusen cualquier exceso de mi parte. Un gran abrazo,
“Me habría gustado cerrar los ojos por última vez en la tierra en que nací. Para lograrlo “hice lo que pude”, leyenda que el filósofo [español] Julián Marías sugirió que le pusieran en su tumba. Me gustaría reproducir ese epitafio en la mía: “Hice lo que pude”. Sin duda, no fue suficiente”
“Llegó la hora de recapitular. Hay que ir haciendo las maletas. Desaparecer es una actividad ingrata que solo se justifica porque es la única prueba irrefutable de que hemos vivido. Si la vida fuera eterna, sería otra cosa muy cercana a las pesadillas”, así comienzaCarlos Alberto Montanerel “prólogo para un epílogo” de su libro de memorias,Sin ir más lejos, que presentara este martes en elInteramerican Institute for Democracy(IID).
Varios de los miembros delIDD(Beatrice Rangel, María Fernanda Egas,César Vidal, Tomás Regalado,Oscar García MendozayCarlos Sánchez Berzaín) comentaron el libro, elogiaron la labor y la personalidad de Montaner y contaron anécdotas de su relación con el prominente intelectual y activista político, nacido enLa Habana el 3 de abril de 1943y quien en 1961 lograra escapar de una prisión castrista para menores, comenzando así el largo exilio que ha marcado su vida.
“Desde mi particular rincón existencial, Carlos Alberto Montaner llena un espacio muy importante. Porque yopertenezco a esa generación que sucumbió ante la narrativa de la Revolución cubana. Además yo tenía al gran panfletario de esa generación en mi casa, porque mi padre murió creyendo en la Revolución cubana, y el símbolo de esto era el Che Guevara”, declaróBeatrice Rangel.
El Interamerican Institute for Democracy celebra las memorias de su expresidente, Carlos A. Montaner
La política y politóloga venezolana, relató que en su etapa universitaria, luego de participar en protestas, “cuya intención era cambiar el mundo”, resolvió militar en la Social Democracia.
“Y cuando ya estaba agotada con el estudio de los líderes del socialismo democrático, cayó en mis manos un artículo deFirma Press[fundado por Montaner] firmado por Montaner. El texto más o menos delineaba la contradicción entre la redención del hombre y la supresión de la libertad. Comencé a pensar entonces quela prioridad absoluta para América Latina era obtener la libertad, jamás experimentada en ese territorio y siempre secuestrada”, reconoció Rangel.
Según la exministra del gobierno deCarlos Andrés Pérez, “gracias a ese vuelco” su partido [Acción Democrática] decidió que se ocupara de organizar las verbenas con que celebraba el aniversario de su fundación”.
“Y ahí, a través de las verbenas, conocí a fondo el pueblo venezolano.Cuando llegó el momento de participar en la formulación de políticas públicas, me incliné hacia la libertad. Y aún cuando la propuesta no fue exitosa -ya que el gobierno del que formé parte fue desalojado del poder por los intereses del clientelismo- constaté la exactitud de los argumentos de Montaner:la única forma de realmente lograr el progreso es a través de la libertad. Y la libertad demanda que dejemos a un lado las ideologías”, defendió la activista y consultora.
El escritor español César Vidal (i), director del IID, junto a Carlos Alberto Montaner.
Montaner, elegido por la revistaForeign Policycomo uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica, fue vicepresidente de laInternacional Liberaldurante 20 años. Con una treintena de libros de ensayo (Viaje al corazón de Cuba, La libertad y sus enemigos,Las raíces torcidas de América Latina) y ficción (La trama,Otra vez adiós, La mujer del coronel,Tiempo de canallas), es sin dudas uno de los autores cubanos más reconocidos a nivel mundial. Desde hace varias décadas millones de personas leen su columna semanal y escuchan sus comentarios radiales en más de medio centenar de medios de habla hispana, entre diarios, emisoras radiales y televisoras.
“Sus memorias son un testimonio de cómo el comunismo tomó por sorpresa a los cubanos, de tantas historias de gente noble, valiosa, valiente y patriota. Es la historia de la resistencia cubana que poco reconocimiento ha recibido por parte de los demócratas y los luchadores de la libertad del mundo. Y es el testimonio de aquella promesa que se hizo Carlos Alberto al salir de su amada Cuba: luchar por su libertad”, precisó la periodista ecuatorianaMaría Fernanda Egas.
En el concurrido evento, homenaje a la vez delIIDa la trayectoria de su ilustre miembro, quien presidió el instituto desde 2015 hasta 2018,Egashabló de los valores de la visión política de Montaner, de las características literarias de su obra y delempleo del humor como recurso recurrenteen sus discursos y escrituras de diversos géneros.
“Desde el principio de las memorias podemos disfrutar de un sentido del humor, que es una forma de inteligencia y además un recurso artístico. Adentrándonos en su formación como escritor, aprendemos que ese recurso no es una casualidad sino una deliberada elección en su formación.¿Es el humor un componente de su resistencia a la dictadura?¿Es ese humor, que leemos en cada página y que también lo podemos escuchar en los discursos de Montaner, una forma de sobrevivir?”, preguntó Egas.
Karen Hollihan sugirió a Carlos Alberto Montaner no ocultar la enfermedad de Parkinson que padece.
“El humor es consustancial a mi persona. Quizás se practica en la familia de una manera muy intensa.Quizás lo aprendí de mi padre que era un humorista muy notable en su vida diaria. A lo mejor quise emular con él”, respondió Montaner, quien en el evento compartió cuánto le ha servido la sugerencia deKaren Hollihan, exrelacionista pública del IID, de no esconder la enfermedad deParkinsonque padece.“Hago perfectamente en hacerle caso porque efectivamente es lo correcto no ocultar esas cosas. Y decirlas y se acabó y no pasa nada”, expresó el autor deLa última batalla de la guerra fríayLos cubanos. Historia de Cuba en una lección.
Egas, exiliada política del gobierno deRafael Correa, mencionó los constantes ataques, por parte el régimen cubano, a la imagen y el trabajo de Montaner. “Los perseguidos políticos cubanos, que los vamos conociendo a través de la historia de vida de Carlos Alberto, algunos sobreviven, algunos no, fueron los primeros ensufrir aquellos actos de repudio y asesinatos de la reputación, que hoy los regímenes castrochavistas replican, incluso a través de las redes sociales (…). En sus memorias,Carlos Alberto se da el gusto de desmentir al G2 cubano (policía política)contando la historia de primera mano. Sin tener necesidad de hacerlo, pues su trayectoria y su honradez hablan por él mismo”, resaltó.
En pocos minutos más, no se pierda la transmisión en vivo de la presentación de "Sin ir mas lejos", las anticipadas memorias de nuestro past Presidente y Director @CarlosAMontaner
A la pregunta de si guarda algún rencor a la falta de solidaridad por parte de los gobiernos y naciones de la región con la causa de la libertad de Cuba, Montaner confesó que no existe rencor: “Lo que sucede es que hay una hostilidad permanente del gobierno hacia mí y de mí hacia el gobierno, hacia la dictadura de los Castro, en este caso de Raúl porque Fidel ya desapareció”.
“Incluso he llegado a pensar que he sido muy afortunado en poder salir de Cuba y hacer mi vida fuera de Cuba. No tengo ningún problema personal con la dictadura de Cuba, no me quitaron nada porque yo no tenía nada. Lo único que trataron fue de desacreditarme. Yo creo que no lo han logrado. El aparato de difamación del gobierno es constante pero no creo que eso la gente lo tome en serio. El agente de la CIA que me han dicho que yo soy, o terrorista o que ponía bombas en los cines, eso es ridículo porque yo me he opuesto a todo eso durante toda la vida”, reveló el autor, quien en 2010 recibió en Madrid elPremio Juan de Mariana por una vida dedicada a la defensa de la libertad, y en México en 2019 TV Azteca le otorgó el Caminos de Libertad.
Carlos Alberto Montaner firma sus memorias a una exiliada cubana en el IID.
En sus palabras sobre Montaner, el politólogo uruguayo y profesor de Ciencias Políticas y Sociología en universidades de Estados Unidos,Luis Fleischman, recordó a los presentes que “Cuba es un país que ha destruido la humanidad de la gente. Un Estado totalitario que ha eliminado cualquier expresión individual” y que ante esto Montaner “representa la defensa de las ideas liberales”, manifestó el autor deAmérica Latina en la era post-Chávez: la amenaza a la seguridad en los Estados Unidos.
“Las ideas de Carlos Alberto Montaner son siempre muy iluminantes y yo realmente aprendo muchísimo de él cada vez que leo algo. Pero lo más importante es la personalidad de Carlos Alberto y qué es lo que él irradia en sus escritos. Y lo que yo veo es no solamente un compromiso con la democracia sino también un humanismo verdadero.No hay ninguna demagogia. Es realmente un auténtico liberal que cree en la democracia. Un humanista”, afirmó el también asesor del Proyecto de Seguridad Hemisférica por el Centro de Política de Seguridad en Washington.
El Dr. Luis Fleischman, director del IID, comparte su experiencia con Carlos A. Montaner.
Fleischman, de origen judío, agradeció que Montaner haya mantenido siempre una “sensibilidad especial” hacia el pueblo judío. “Uno de los Estados más difamados del mundo es obviamente el Estado de Israel y Montaner ha sido siempre un defensor del Estado de Israel, que ha sido víctima de difamaciones muy serias, donde no existe prácticamente la verdad”.
Montaner “es un ejemplo de que toda regla tiene excepción. Yo sigo insistiendo en quela política es la actividad en la que se hacen amigos de mentira y enemigos de verdad. Pero es precisamente la política, el exilio político, el que me permite hacer un amigo de verdad, don Carlos Alberto Montaner. Porque yoencuentro en él, el modelo de lo que es el exiliado político”, dijo el abogado, político y catedrático boliviano, exiliado en Estados Unidos,Carlos Sánchez Berzaín.
El Dr. Carlos Sánchez Berzaín elogia "Sin ir más lejos" en el IID.
“Me quedo con el amigo.Es un militante de la esperanza. Para Montaner no hay imposibles. Es un ejemplo de lealtad. Pero sobre todo es un profeta de la solidaridad”, concluyó el politólogo.
"Sin ir más lejos" (2019) es también una historia de la Cuba contemporánea y su larga diáspora.
EnSin ir más lejos, publicado por la colecciónDebatede Penguin Randon House, Montaner escribe sobre álgidos momentos de la Revolución cubana y sus exilios, su peregrinaje de más de medio siglo entreMiami, Puerto Rico y Madrid, entre otros temas recurrentes en su obra. Para no pocos, éstas memorias son también una historia de la Cuba contemporánea y su larga diáspora.
“No recuerdo un solo día en el que esa isla no hubiera estado presente en mí de alguna forma. Siempre ha existido una llamada, una noticia, un visitante, un artículo, un libro, una entrevista, una firma colectica, una conversación, algo que me obligaba a recordar mi condición de exiliado y me retrotraía al centro del conflicto”, asevera el intelectual en sus memoriosas páginas.
Montaner, quien ha adelantado que sus dos próximos libros serán una obra teatral y unanovela sobre Paul Lafargue y Laura Marx, una de las hijas de Karl Marx que se suicidara junto a su marido, pone punto final a sus memorias respondiendo a la pregunta: “¿Algún lamento especial antes de partir?”.
“Sí, no haber visto una Cuba libre y encaminada hacia la prosperidad.Me habría gustado cerrar los ojos por última vez en la tierra en que nací. Para lograrlo “hice lo que pude”, leyenda que el filósofo [español] Julián Marías sugirió que le pusieran en su tumba.Me gustaría reproducir ese epitafio en la mía: “Hice lo que pude”. Sin duda, no fue suficiente”, así termina, en la página 396,Sin ir más lejos.