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Tuesday, October 22, 2024

Respuesta a la investidura de Ellen Lismore Leeder y Mariela A. Gutiérrez

 Respuesta a los discursos de investidura a la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp., de las doctoras Ellen Lismore Leeder y Mariela A. Gutiérrez, el martes 9 de enero de 2018 en la Universidad Rafael Belloso Chacín, situada en 2550 NW 100 Ave., (entrada por la 102 Ave), a las 7.00 pm.


Por Octavio de la Suarée,


Muy buenas tardes.

Es un honor para mí responder a estos discursos de investidura a la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp., dando así comienzo a este nuevo 2018 a la vez que vemos aumentar las filas de
nuestra organización con estas dos destacadas escritoras. Y como todo en esta vida nos viene en pares, cada destello de luz viene acompañado de su recogedora sombra, a la vez que les damos la más calurosa bienvenida a las doctoras Ellen Lismore Leeder y Mariela A. Gutiérrez y celebramos hoy junto con ellas, no podemos dejar de recordar que en este mismo acogedor recinto le dimos la bienvenida hace apenas un año al querido colega Salvador Larrúa-Guedes, ese Caballero de la Hispanidad, que acaba de fallecer prematuramente. Mas, si por un lado no podemos olvidarnos que hemos perdido en el hermano Salvador una parte integral de esta Academia, por otro, solo tenemos que mirar a nuestro derredor para comprender que aun así esta centenaria institución continúa su dedicada labor 

de informar al pueblo cubano donde quiera que se halle de los hechos que forjan su historia, labor que se nos hará aún más fácil ahora con la adhesión de estas conocidas escritoras. Queremos asimismo señalar que con estas dos investiduras de hoy, la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp., no solo continúa reforzando su misión y expandiendo su alcance, sino que a la vez reconoce que casi la cuarta parte de su membresía reside o tiene relaciones estrechas con este Estado de la Florida, cuyo intercambio a través de los siglos –es interesante destacar-, informa  muchos de los estudios del desaparecido colega.

Pasemos a responder estas provocadoras presentaciones.

Ellen Lismore Leeder

La Dra. Ellen Lismore Leeder, en su discurso titulado “Breve acercamiento a un suceso histórico cubano: La toma de La Habana por los ingleses”, nos informa de su decisión de haber escogido este tema para exponer algunos detalles de este extraordinario suceso “que considero de gran interés durante la época colonial de nuestra patria”. Comienza su estudio por recordarnos la importancia del marco histórico en que se encuentra este hecho al ser una de las principales batallas que tuvo lugar en la conocida “Guerra de los siete años” por control de la balanza política en Europa. La Habana, por supuesto, era una de las más codiciadas metrópolis del nuevo mundo con cuantiosos tesoros, y la más importante colonia española del Caribe. Por otro lado, La Habana también estaba bien fortificada, como señala la Dra. Lismore Leeder, debido a que por mucho tiempo la ciudad había sido objeto de ataques de corsarios –piratas y filibusteros--, algunos por iniciativa propia y otros “enviados por países europeos conocedores del botín que pudiera existir en el lugar”. La topografía del área, con sus alturas y valles e irregular disposición en general, no ayudaba a defender adecuadamente la ciudad. No obstante, La Habana se encontraba protegida por un casco amurallado –como indica la profesora Lismore Leeder--además del conocido Castillo del Morro, que situado a gran altura podía defender la ciudad de cualquier flota que hubiese intentado acercarse por mar. La batalla en si duró dos meses escasos, desde la llegada de la Fuerza británica el 6 de junio de 1762 con unos 30,000 hombres en más de 200 embarcaciones a cargo del Duque de Albermarle, jefe de la expedición, y del Vice Admiral George Pocock, comandante naval, hasta el 13 de agosto, cuando las baterías inglesas compuestas de 47 cañones, 12 morteros y 5 horowitzers comenzaron a bombardear la ciudad a una distancia de solo unos 500 metros.

Si por un lado tenemos que admirar la estrategia empleada por los ingenieros ingleses para penetrar las fortificaciones españolas como asimismo el arrojo de las tropas invasoras, por otro lado, tenemos que reconocer que los españoles no se prepararon lo suficiente para tratar de evitar la captura de la ciudad, además de cometer graves equivocaciones. La primera se encuentra en la designación de Juan del Prado Portocarrero como Gobernador de La Habana y Capitán General de la Villa, quien sorprendido por el tamaño de la fuerza invasora –aunque esperaba el ataque-- adopta una estrategia defensiva de demora, esperando o bien que le llegasen refuerzos de sabrá Dios dónde (pues no se esperaba nada más de España) o que una epidemia de fiebre amarilla decimase a los invasores o que un ciclón viniese a salvar la situación. Por supuesto, ninguna de las tres plegarias llegó a su destino. El segundo error lo comete el mismo Prado Portocarrero con el asentimiento del comandante de sus fuerzas navales, Gutierre de Hevia, cuando ordena tender una gran cadena que enlace las dos puntas de la entrada de la bahía y hundir de seguido tres de sus naves de guerra previamente desmanteladas: “Asia, Europa y Neptuno”.


Nadie podría ahora entrar en la bahía de La Habana, pero al mismo tiempo, los veintidós buques de guerra de la marina española tampoco podrían moverse y quedaban acorralados en su lugar. Y ahora los españoles disponían de 3 buques de guerra menos.

Pasemos al tercer error. La Habana tiene uno de los puertos más agraciados de las Indias Occidentales, con apertura de 180 metros de ancho y con 800 metros de largo que puede acomodar fácil 100 barcos o más. La entrada la defienden por un lado, el muy sólido Castillo del Morro, situado en la cordillera de La Cabaña, en la parte norte de la entrada con 64 cañones y 700 hombres y, por otro lado, está el Castillo de la Punta en la parte sur, también muy protegido. Pues bien, resulta que el mismo rey Carlos III, desde el lejano Madrid, se había percatado de que el punto débil de la defensa de la isla se encontraba en el rocoso promontorio situado en la colina de la Cabaña, junto al Castillo de La Cabaña y le había encomendado a Prado Portocarrero que fortificase esa debilidad, expresa recomendación que fue ignorada por completo por el Gobernador debido bien a su ignorancia, su soberbia o su estupidez.

Y precisamente fue ahí mismo por donde el ingeniero inglés, Patrick Mackellar, comenzó la construcción de parapetos para bombardear el Castillo del Morro desde una muy cercana y excelente posición de unos 7 metros o 23 pies de altura más elevado que el mismo castillo. En dos ocasiones diferentes trataron los españoles de destruir los parapetos de Mackellar, pero ya era muy tarde y las dos veces fueron rechazadas las incursiones. Varios días después La Habana tuvo que rendirse.
Mariela A. Gutiérrez

En el segundo discurso que escuchamos, “José Martí: Amor Devoto a la Patria y a su América”, la Dra. Mariela A. Gutiérrez nos presenta un interesante recorrido del desarrollo afectivo e intelectual del Apóstol desde el momento en que sale desterrado de la isla y pone pie en tierra en el continente americano.

Es ahí cuando el joven desterrado conoce íntimamente la flora, la fauna y en especial su gente, y cuando comienzan a evolucionar sus sentimientos de amor hacia todo ser humano, ya presentes desde su estadía en el presidio político en Cuba. Es a través de sus peregrinaciones por México y Centro América –como precisa la Dra. Gutiérrez--cuando Martí descubre una “naturaleza sublime y diferente” y al observar la fragilidad y la dolorosa realidad de las repúblicas americanas concretiza sus conceptos indigenistas. Es como si de repente tuviese una revelación y piensa como el Libertador Bolívar en términos colectivos mientras vibra dentro de él su pasión americanista.

Preocupado como está por el destino tanto de su patria como de la América Latina en general, el Apóstol pasa revista al pasado americano, evalúa el presente y considera su porvenir. Siguiendo su pensamiento a través de su penetrante y esclarecedor ensayo “Nuestra América”, la profesora precisa que es en el pasado de esta América hispana donde Martí encuentra los graves errores que sentaron la base de muchos de los problemas que padece el continente hoy día, a saber: la discriminación hacia el aborigen primero y hacia el negro después, forzado a vivir aquí contra su voluntad. Critica fuertemente Martí las guerras de conquista contra las culturas indígenas por innecesarias en la gran mayoría de los casos y a la vez la deleznable trata de esclavos durante siglos por conseguir mano de obra barata, sin pensar en las consecuencias que traería la esclavitud para esa sociedad en un futuro no muy lejano. Por último, critica la tendencia eurocentrista no solo de los extranjeros, sino de los mismos criollos que se dejan deslumbrar por todas las novedades creadas en el exterior, a la vez que rechazan cualquier característica autóctona del país natal.

Como consecuencia de todo lo anterior, no es de sorprender que este héroe americano considere tanto la falta de libertad como la negación de la dignidad humana las dos consideraciones apremiantes en la América Hispana de su tiempo, privación de derechos humanos del hombre que continúa en boga aún hoy día. El Apóstol también pasa revista a tres naciones en las que había vivido después del destierro forzado de su patria por las autoridades coloniales españolas y de las cuales tiene que salir rápidamente auto desterrándose por similares razones. En México, con la llegada de Porfirio Díaz al poder, Martí se percata rápidamente de que el nuevo gobernante no es más que otro caudillo lleno de ambiciones personales que va a proteger los intereses económicos extranjeros y que por igual va a demoler todo lo que es generador de progreso para el aborigen mexicano. Esta revelación continúa haciéndose más intensa cuando pasa a Guatemala y vive más cercano de los indios. Ahí comprende la necesidad de educar a los indios para lograr un cambio social y económico en el nuevo continente y para que no continue en existencia una América dividida.

Los indios –explica-- son seres humanos, la raíz primigenia del Continente y hay que amarlos y respetarlos. Termina auto desterrándose de Guatemala, al igual que antes lo hiciera de México y poco después de Venezuela.

Martí llega a la conclusión –como sesudamente apunta la profesora--que los problemas de la América Hispana no son simplemente raciales, sino más bien de naturaleza social y económica, y que hoy día en América lo que existe no es más que una falsa democracia, llena de corrupción y de autoritarismo, sin sentido alguno ni de justicia ni de sensibilidad moral. Por todo lo anterior es imperativo acabar con las guerras civiles, tomar consciencia de lo que somos, salirse de la inanición y construir un porvenir colectivo en América. Ser un verdadero americano es aceptar la huella del indígena y la transmigración del africano. Y como recalca la profesora Gutiérrez citando al Apóstol: “En los países de indios, los gobernantes aprenden indio”.

Podemos decir, a manera de resumen, que Jose Martí se inspira en la filosofía de la Americanidad, donde es necesario corregir los errores del pasado, heredados en su mayoría de España, e ir aproximando lo que en últimas instancias ha de ir juntándose. O sea, alcanzar la nivelación deseada, como apunta nuestro escritor, mediante la propagación de un ideario común, político, social y económico, para que concluyan las divisiones existentes y la América Latina termine siendo una sola entidad que refleje las aspiraciones de su pueblo.

Por último, como especifica el Apóstol en su esclarecedor estudio, “Nuestra América”, el pluralismo o el multiculturalismo de América, como diríamos hoy día, le permitirá levantarse como un continente unido y fuerte en un futuro no muy lejano.

Queremos expresar nuestro agradecimiento a las dos presentadoras– y ahora colegas- por su visión y sus contribuciones a la historiografía cubana de este exilio, a la vez que les damos nuestra más cordial bienvenida. ¡Muchas felicidades!

Muchas gracias.





Wednesday, February 17, 2021

El poeta-patriota: entrevista a Ángel Cuadra Landrove[1]*

 Por Mariela A. Gutiérrez[2] 

      
Ángel Cuadra nace en La Habana, Cuba, un 29 de agosto de 1931. Graduado de Derecho de la Universidad de La Habana e integrante del grupo de poesía Renuevo es considerado en aquel entonces el poeta más significativo de la lucha contra el dictador Fulgencio Batista. Al triunfar la Revolución, publica su primer libro de poemas: Peldaño (1959). Como casi todos sus compañeros de lucha, paso a paso, va cayendo en desfavor ―primero en el Instituto de Reforma Agraria, como abogado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba― por su firme rechazo a la sovietización del país y a la tiranía. Bajo el pseudónimo de Alejandro Almanza, escribe un importante ensayo histórico donde esboza la misión de la juventud latinoamericana ante las aspiraciones de sus pueblos y la amenaza del nuevo imperialismo, y por el que obtiene mención de honor en el concurso convocado en París por la revista Cuadernos en 1962. En 1964 lo obligan a bajarse del avión que lo conduciría a París, invitado por el Instituto de Cultura Hispánica. Finalmente, en 1967 es condenado a quince años de prisión.

Después de innumerables vicisitudes, continúa en silencio su labor poética y funda en su celda un pequeño taller llamado Víspera. Puesto en “libertad condicional” ―trabajando en los campos cubanos durante la semana― en diciembre de 1976, es encarcelado de nuevo al publicarse en Washington su poemario Impromptus (Solar 1977), escrito en su totalidad desde la prisión. A raíz de esto, y habiéndose negado a firmar un documento de rechazo a su obra poética, Amnistía Internacional lo adopta como prisionero de conciencia. Luego se publica Tiempo de hombre (Hispanova 1978), que recopila poemas de 18 años vividos en silencio forzoso. En julio de 1979, días después de haber logrado pasar el manuscrito de Poemas en correspondencia (desde prisión) /A Correspondence of Poems (from Jail) (Solar 1979) es trasladado a Boniato, la cárcel más remota y temida de toda la isla, donde, con una creciente imposibilidad de escribir y viviendo en condiciones que transgreden las reglas más elementales de los derechos humanos, permanece hasta 1982 con un centenar de otros prisioneros políticos. En octubre de 1980 el PEN Club de Suecia lo nombra miembro honorario. Después, en marzo de 1981 Amnistía Internacional lo selecciona, en Europa, preso del mes. Su condena original se cumple en abril de 1982, no obstante, de acuerdo con el Nuevo Código Penal vigente en Cuba la misma quedaría reducida a l0 años. A finales de 1979 la apelación de Ángel Cuadra es desestimada. Cabe decir que la Comisión Internacional de Juristas protestó por ello ante el régimen castrista, sin resultado alguno. El joven poeta, después de catorce años de prisión, permanece encarcelado. En el ínterin, su poesía, la que ha sido apreciada y antologada desde un principio, es traducida al ruso, al alemán y al inglés. En 1981 se publica en Alemania la segunda edición de su colección Poemas en correspondencia.

Ángel Cuadra se exilia en los Estados Unidos en 1985. Publica sus antologías Esa tristeza que nos inunda (Selección, España, 1985) y Fantasía para el viernes (EE.UU., 1985); Las señales y los sueños (Teruel, España, 1988); Réquiem violento por Jan Palach (EE.UU., 1989); La voz inevitable (Miami: Universal, 1994); Antología de la poesía cósmica de Ángel Cuadra (Miami, 1999); Diez sonetos ocultos (EE.UU., 2000); Los signos del amor (Teruel, España, 2002); De los resúmenes y el tiempo (Miami: Universal, 2003). También ha escrito varios ensayos de importancia y ha ganado múltiples premios literarios en Estados Unidos y España.

Me siento privilegiada de conocer desde hace casi veinte años a Ángel Cuadra, pero sobre todo me honra el haber escrito mucho sobre su obra poética, narrativa y ensayística. Hoy, de nuevo, me siento honrada de poder entrevistar a este hombre de letras y de acción a quien tanto admiro. Cabe decir que Ángel Cuadra para llegar a este momento de su vida ha tenido que deambular mucho por este vasto mundo, y mil y una vez ha debido preguntarse si ha valido la pena o no el abandonar la tranquilidad del anonimato ciudadano para entregarse en alma y cuerpo a la lucha revolucionaria en defensa de la libertad de Cuba, su Patria, a la cual, desde su juventud, ha “sentido” encadenada. Un día, muy joven, salió a la calle, junto con otros tantos jóvenes y no tan jóvenes, lleno de sueños de libertad, a defender y rescatar el suelo patrio y aún, cincuenta y siete años más tarde, no ha regresado a casa.

Hoy por hoy “el individuo” en él podrá por fin preguntarse si lo que ha vivido ha sido lo que de verdad ameritaba ser vivido. Sin embargo, “el poeta” no está lejos de la verdad, de su verdad, porque al haber escogido al bardo, al luchador, al prisionero político, por sobre su “yo íntimo”, ha tenido que abandonar a jamás la tranquilidad que siempre conlleva el anonimato de una vida personal, privada. Sobre este tenor se basa mi conversación con este singular poeta-patriota, el carismático Ángel Cuadra.

Mariela A. Gutiérrez. Conocemos mucho, o al menos bastante, del Ángel Cuadra adulto, pero tu niñez permanece un misterio del cual sólo tenemos las evidencias de preciosas fotos de un niño muy lindo. ¿Cómo eras de niño? ¿Sabías ya lo que serías más tarde en la vida?

Ángel Cuadra Landrove. No, no lo sabía. De niño fui becado en una escuela del municipio de La Habana, llamada José Miguel Gómez; buena escuela. Yo diría que de educación integral. Había alumnos que dormían allí toda la semana, hasta el viernes. Otros estaban solo de día, y se les conocían como “externos”. Yo vivía a tres cuadras de la escuela. Almorzaba y comía allí solamente: era externo; entraba antes de las 8 de la mañana y salía a las 6 de la tarde.

Buena escuela. Gran director de la misma: Calixto Suárez. Además de las clases de instrucción general, en horas de la mañana, por la tarde teníamos talleres de carpintería, mecánica, agricultura y deportes, así como educación física. Y además, orientación cívica, moral y sentido de ciudadano; educación cristiana/laica y de responsabilidad comunitaria.

Claro, que no sabía aun lo que sería, o quería ser, en la vida. Entré en esa escuela, porque mi madre me consiguió una beca para la misma, y yo tenía seis años de edad; yo era entonces, el más pequeño de todos los alumnos. Al inicio se me hacía penoso aquellas tantas horas, metido en aquella amplia escuela, como en una cárcel triste. Con el tiempo, en el andar cotidiano, se me hizo como un hogar, que todavía recuerdo con cariño de hijo agradecido.

Desde aquel primer grado, me destacaba, de modo que cuando se hizo una fiesta de fin de curso, yo fui escogido para hacer uno de los personajes de la obra Blanca Nieves y los Siete Enanitos, llevada a escena. Tuvimos varios ensayos y, finalmente, pusimos la obra en el teatro del cine Tosca, que estaba en nuestra misma barriada.

Nada más pensaba esperar de la vida. Sino que me gustaba tener más libertad. Solo, después, cuando cursaba la Segunda Enseñanza, pasó por mi mente estudiar Derecho, sin mucho entusiasmo, aunque sí como la opción más inmediata. Pero la poesía era como una actividad que me atraía; desde los años iniciales de la escuela, o sea, a los seis años, de hecho, desde que aprendí a escribir, yo hacía versos; un poco antes de entrar en la citada escuela.

M.A.G. ¿Qué importancia tuvieron tus padres en tu niñez y adolescencia? ¿Eran aficionados a las artes?

A.C.L. Yo tuve unos padres magníficos. No eran específicamente aficionados a las artes. Ellos eran trabajadores. Mi madre trabajaba en una cigarrería, de una marca muy conocida en Cuba; mi padre en la fábrica de tabacos H. Upman. Luego, yo soy de una familia de tabaqueros, empezando por mi abuelo por parte de mi padre, el cual era un asturiano anarquista y tabaquero de oficio, en el cual orientó a todos sus hijos; o sea, simbólicamente, soy de una estirpe de humo… aunque nunca fumé.

En cuanto al arte, fue mi hermana mayor la que nació con una sorprendente vocación al piano. Mi madre, entonces, forzó a la otra hermana, menor, a estudiar piano. Cada una tenía un piano, por lo que desde distintos lugares de la casa, casi siempre me seguía la música. Y yo nunca aprendí ningún instrumento.

Finalmente, en respuesta a la importancia de mis padres, ésta fue decisiva. Supieron darme cariño y ejemplo, pero también orientaron mi conducta con firmeza; la honradez y el deber me los sembraron con su ejemplo y exigencia y con ello me hicieron respetarlos y amarlos.

M.A.G. ¿Desde pequeño sentiste atracción hacia el teatro? ¿Cuándo se despertó el tespiano Ángel Cuadra en ti?

A.C.L. Sí, me interesaba el teatro, pero nunca como un oficio al que entregarme, aunque sí como una tentación circunstancial o reto. Así, sí; donde tuve ciertos asomos. Ya te expuse aquella obrita de la escuela primaria. También, cuando hacía mi preparatoria para ingresar en el Bachillerato (tenía yo 12 años), y, en una escuela intermedia, todos los viernes, como despedida de la semana, hacíamos una actividad, entre las cuales, con otros dos estudiantes, hacíamos un “sketch”, (no sé cómo se escribe) titulado “Tres grandes locos”, libreto breve que yo escribía, en burla a los personajes de Hitler, Mussolini e Hirohito, y algunos otros temas cómicos.

Ya en la Universidad, además de Derecho, yo matriculé en el Teatro Universitario. En La Habana Bussiness Academy, donde cursaba yo mecanografía, conocí al profesor Carlos González Elcid, al que quise como un amigo, a pesar de que por su edad podría ser mi padre. Él mismo escribía pequeñas obras de teatro para adolescentes estudiantes. Entre sus alumnas yo conocía a Elisa, una jovencita que tenía inclinación al teatro. Allí, como actividad extra, formamos una especie de Club de Artes Dramáticas, que yo dirigía, aun siendo alumno, pero bajo una especie de clase extracurricular del profesor González; pero era yo el que impartía algunos elementos de actuación y dirigía las obras que poníamos dos veces al año, en locales de la ciudad de La Habana. Así, el Sr. González pudo ver en escena, todas las obras que con tales fines había escrito.

Posteriormente, mi contacto con el teatro fue en la Universidad de La Habana. Primero, en las obras que el Seminario ponía para el público, con los estudiantes y artistas invitados. Pero ya graduado en Derecho, matriculé de nuevo Filosofía y Letras y allí, con un grupo de condiscípulos, fundamos el Grupo Germinal, cuya dirección del grupo se me encargó a mí. Llevamos a escena, en locales bien visitados por el público habanero, tres obras, dos de ellas cubriendo un proyecto de escenificar el teatro cubano. Era ya el año 1958, cuando se acabó todo en el país para dar paso al gobierno revolucionario.

En 1961, regresé al Teatro Universitario, para finalizar el último año de los tres que el curso comprendía. Ya graduados, y a nivel profesional, se creó la Sala Tespis, con una sala fija, sita en la céntrica Rampa, en Calle L y 23. Allí hice casi siempre papeles protagónicos. Comenzamos sus actividades con la comedia inglesa de Terence Rattigan, que protagonicé con Elisa. Protagonicé también, desde los inicios, en la comedia de Lope de Vega La Dama Boba, obra que estuvo varios meses en escena, y que compartí con la actriz Marta Llovio. También trabajé, como contrafigura, con la entonces famosa actriz Gina Cabrera. En fin, en dicha sala actué durante cinco años, en muchas de las obras famosas del teatro internacional (Debo señalar como detalle que, paralelamente, durante todo ese tiempo ejercía la profesión de abogado; era algo así como por el día vestir la solemne toga de Doctor, y por la noche la máscara intemporal del actor). 




M.A.G. Si tuvieras que escoger entre el teatro y la poesía, ¿cuál escogerías?

A.C.L. Entre el teatro y la poesía, sin duda escogería la poesía, aunque ambas tienen bastantes puntos en común.

M.A.G. ¿Cuál es la diferencia, si la hubiera, para ti, entre el teatro y la poesía? ¿Qué te ha aportado espiritualmente cada una?

A.C.L. ¡Diferencias entre el teatro y la poesía! Para exponerlas mejor, es más atinado señalar sus coincidencias, para desde este segundo peldaño apreciar esto mejor. El teatro es la vida rehaciéndose en el escenario; en la poesía van las cosas de la vida narrándose en la voz del autor del poema. En el teatro lo metafórico se acompaña de la acción del autor; la poesía tiene solo la palabra, por lo que lo metafórico se da en una relación callada entre el poeta y el lector. Son dos modos de movimiento: en el teatro, en lo exterior; en la poesía, en nuestro interior. Los dos nos enseñan cosas pero por diferentes vías. Si como expuso Enrique Anderson Imbert, la poesía es un modo de asomarse a las cosas; el teatro se asoma también a las cosas, pero desde otra perspectiva.

Ambos, teatro y poesía me han aportado cosas. El teatro, entender un poco más las relaciones humanas y colateralmente la pérdida del miedo escénico; por ejemplo, para desenvolverme y para actuar como abogado en los juicios y en las comparecencias verbales ante los jueces y tribunales. La poesía, por el descubrimiento de espacios internos, a través de la intuición, que es el mecanismo esencial de la poesía.

M.A.G. ¿Quiénes fueron las figuras señeras durante tus años de formación?

A.C.L. En la vida, los ideales, el mundo, el patriotismo: José Martí. En la poesía, por orden en el tiempo: Enrique González Martínez (mexicano), Miguel Hernández (español) y Pablo Neruda (chileno).

M.A.G. Si la historia no hubiese sido como ha sido y hubieses podido hacer una vida normal en tu Cuba amada, ¿cómo crees que se hubiera desarrollado tu vida? ¿Habrías sido poeta, actor de teatro, político, u otra cosa? ¿Hasta qué punto es tu vida diferente por las circunstancias históricas que han ocurrido?

A.C.L. La respuesta es difícil. Primero hubiera tenido que vivir, esto es, ganarme la vida, como abogado. Porque estudié y me gradué en esa profesión y a mis padres sé que les complacía, aunque ellos siempre me dejaron mi libre albedrío. Incluso, uno de mis cuñados, muy allegado a mí, ejercía la profesión. En fin, creo que la vida me hubiera obligado, a ejercer la abogacía.

M.A.G. Se te ha llamado “genuino intelectual anti bárbaro”, a la manera de Bernard-Henri Lévy, quien nunca se dejó abrumar por la fatalidad, quien nunca renunció a la palabra libertad durante tantos años de prisión, escudándote en tu poesía, recóndita y libérrima, la que siempre ha volado más allá de los ámbitos de la rebeldía y del odio; se ha dicho que “no ha habido celda que reprimiera tu verbo”. ¿Qué me puedes comentar al respecto?

A.C.L. ¿Argumentar? Mucho; lo que tomaría mucho espacio. Creo que es cierto lo que expones en la pregunta; halago que me haces y agradezco. Desde luego, a la libertad no se renuncia, a no ser a quien se le ha marchitado el alma. Ésta es libre, y como patrimonio del alma la libertad se escapa a las rejas. Martí escribió al respecto: “El hombre ama la libertad aunque no sepa que la ama”. Luego, ella está en una zona del ser más allá de lo “inteligencial”, esto es, en la intuición. La poesía, que tiene su primera vislumbre en los planos de lo intuitivo, en la prisión tiene su mejor aliado en lo esencial del alma y, como dices en la pregunta, “no había celda que la reprimiera”. Por último, baste agregar que la poesía en aquellos momentos tan difíciles, fue el último refugio y la última acción en nuestra lucha. De modo que la misma sirvió, además, para sacarme de la celda al mundo, y también como última arma para luchar por la libertad, en aporte a la lucha por la democracia en nuestro país.

¿El odio? Con Martí se aprende que “No hay perdón para los actos de odio”, dijo él. En cuanto a mí, reproduzco estos versos de uno de mis poemas. “Me odio porque la palabra mañana esta inviolada en mí”. Luego, espero que el futuro pueda ser mejor o más bien esperanzador, y tendrá, por tanto, que agenciarse con lo mejor del pasado, para ayudar a construir el futuro. Ortega y Gasset dijo, más o menos, esto: que al pasado hay que acudir para ver no sólo lo que hicimos mal y rehacerlo, sino también lo que debimos hacer y no hicimos.

Completo la pregunta: conocí a muchos en la prisión política; tan adversa circunstancia fue, al cabo, una enseñanza para fortalecer o descubrir en uno mismo lo mejor del ser humano. En muchos de nosotros el dolor y la situación robustecieron muchos de los valores positivos de nuestra humanidad.

M.A.G. ¿Cuál es la diferencia para ti entre la poesía y la barbarie de nuestros tiempos?

A.C.L. Creo que la mejor respuesta a esta pregunta, con mucho de sabiduría y alguna ingenua grandeza, la da José Martí: “La poesía que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida”. Y complementando la respuesta a esta pregunta de tal vaguedad, como pueden serlo el anhelo y el pronóstico desesperado para los tiempos que corren, te diré que es posible que la poesía “anide” (como si tratásemos de un libro de augurios) en la contratapa de la “barbarie”; en el cansancio y desaliento que ésta deja a su paso, y la urgente necesidad de volver el rostro en la búsqueda de otro paisaje en donde es aún posible el milagro.

M.A.G. ¿Podrías contarme cómo hacías para escribir en la prisión sin que te descubrieran, sin que te molestaran?

A.C.L. Había momentos o períodos en los que los guardias nos dejaban más tranquilos. Así era entonces que los guardias no entraban apenas a las galeras (galeras en el caso de la prisión de La Cabaña, prisión antigua y sombría) o en las barracas en otras prisiones; sólo lo hacían para los dos conteos diarios del personal preso, o cuando venían en tropa a hacer requisas generales, y lo registraban todo, rompían cosas (las pocas que teníamos), mientras nos sacaban a todos para el patio general. En esos momentos o períodos podíamos hacer cierta vida de relaciones culturales entre nosotros (conferencias, charlas), y escribir en los papeles que podíamos obtener, entre ellos los forros de las cajetillas de cigarros, papel higiénico, o pedazos de cartuchos. Todo eso galera adentro, donde la producción artística, rudimentaria, se propiciaba. Ahora, el problema era, esconderla para que no la cogieran los guardias en las requisas, y más difícil aún como sacarla en los días de visita, para entregársela a los familiares.

M.A.G. En tu poema “Carta a Donald Walsh (In Memoriam)” hablas de Walt Whitman y de José Martí, anudados, en el idioma de la poesía. ¿Por qué ellos, y cuál es la temática que los une en tu pensamiento?

A.C.L. El poeta norteamericano Donald Walsh tradujo al inglés mi libro escrito en prisión “Poemas en Correspondencia”. En mi poema a Walsh menciono a Walt Whitman, como símbolo intelectual y literario de los Estados Unidos, y a José Martí como símbolo cubano en ese mismo campo de la poesía y la cultura. A ambas altas figuras las vislumbro uniendo las manos en un saludo simbólico, emblemático, pues no había sino una simbología en dicho acto, ya que nunca se saludaron Martí y Whitman, como tampoco pudimos saludarnos en un apretón de manos Walsh y yo. Él enfermó y falleció sin que pudiéramos realizar ese encuentro, lo que era como unir en un saludo fraterno las manos de dos pueblos. Y en Martí, como en Whitman, se encuentra el eslabón coincidente de la libertad en sus respectivas obras poéticas. Por su parte, Donald Walsh sacaba mi poesía a la libertad en el mundo, en idioma inglés.

M.A.G. ¿Crees tú que la poesía logra que el hombre de todos los días pueda trascender “lo inmediato exterior”, como bien ejemplificas en tu antología La voz inevitable, para (y cito) “llevar al poema su acontecer personal interno o la creación de un mundo fabuloso y, por tanto, intemporal”?

A.C.L. Esta pregunta tiene dos partes. Primero trata de la trascendencia de lo inmediato de la poesía. Sí estimo que la cotidianidad del hombre puede trascender la inmediatez por la poesía, porque por medio de ella han quedado grabados hechos, culturas y hasta soluciones filosóficas que son las interrogantes de los seres humanos a través de los tiempos. En tales casos la poesía, el poema, logra lo intemporal. Un ejemplo muy simple, “cualquier tiempo pasado fue mejor”; ya la gente repite este verso independizándolo del poeta Manrique. Ya la frase es anónima; pertenece a todos. Trascendió.

Sobre la otra parte de la pregunta, que enlaza lo anterior con mi libro “La Voz Inevitable”, ese libro recoge mi poesía civil, testimonial o política. Sus poemas fueron escritos en cuatro circunstancias distintas: 1) durante los días de acción clandestina dentro de Cuba, contra el régimen castro-comunista; 2) en los años de prisión; 3) ya excarcelado, pero en Cuba, durante los tres años en los cuales el gobierno me impidió irme del país y 4) en el exilio.

Este tipo de poesía es generalmente pasajera o transitoria. Sólo si tiene calidad estética y asuntos y enfoques que van más allá de la inmediatez, ese poema podría lograr la intemporalidad. (Ojalá que algunos de los poemas de este querido libro mío alcancen esta ilustre categoría).

M.A.G. ¿Por qué llamas “peculiares” a las manifestaciones artísticas, el desarrollo de las posibilidades estéticas y la capacidad de derivar el dolor en la dirección de la belleza durante el largo, cruel y masivo presidio político cubano desde 1959 hasta el presente?

A.C.L. La producción poética escrita en la prisión política cubana, en especial el presidio de los primeros 25 años (más o menos) de la dictadura castro-comunista, tiene precisamente esa peculiaridad: fue escrita por prisioneros puramente políticos. Casi ninguno había antes andado por los caminos de la creación poética; y allí, bajo el dolor y la situación aquella, se les despertó (a algunos para siempre) la inclinación o vocación creadora. Esta es la insólita peculiaridad de esas manifestaciones estéticas. En algunos, esa inclinación cesaría cuando dejaran atrás las circunstancias que le motivaron la incursión en la poesía, como una canalización de la adversidad. Pero otros, como si aquello fuese el descubrir en uno mismo la presencia de una vocación que estaba latente, echaron a andar por caminos líricos para siempre.

M.A.G. Si volvieras a vivir todo lo que has vivido desde tu niñez hasta hoy día, ¿qué cambiarías? ¿Qué omitirías? ¿Qué agregarías?

A.C.L. Dedicarme más a la literatura, y a la poesía; y soslayar más lo accesorio de la vida, en lo que pierde el tiempo el creador literario. A la vez, darme más al calor de la vida familiar.

M.A.G. En tu conferencia “Luces entre sombras: La creación literaria en el presidio político cubano”, que luego fue publicada en 2001 por el Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo, pronunciaste que dentro del encierro físico y anímico que padecen los hombres en las cárceles del totalitarismo la creación literaria se convierte en “una canalización psicológica, como purga aliviadora de la comprensión interior”. ¿Podrías extenderte en este punto en relación a tu propia experiencia en las cárceles cubanas?

A.C.L. Ya gran parte de esta pregunta está sintetizada en una pregunta anterior. En cuanto a mí, sí opino que la nueva circunstancia del encierro carcelario ─el contacto con aquellos hombres de lucha, del que, al cabo, uno llega a sentirse vitalmente incluido, o sea, parte de dicho grupo humano─ nos lleva a la canalización psicológica; es purga aliviadora el tratar a los demás, de igual a igual, en lo que podemos decir la desnudez humana, donde todos éramos iguales, y no teníamos superioridad vana de fortuna, título, jerarquía, más que los verdaderos valores humanos de cada quien. Todo eso aumentó la temática de mi poesía, al ampliarme la visión de la vida. Aunque, por otro lado, me limitó el campo de expresión, y las oportunidades de asumirla en el enorme camino de la experiencia general de las relaciones humanas.

No obstante, agrego que las circunstancias del país, el nuevo medio social, nos obligó a abordar otros temas sociopolíticos, que nutren los temas de “La Voz Inevitable”. Y finalmente, me propició el calificarme como hombre de mi tiempo y del espacio que me tocó vivir. Reto que acepté, en ese “compromiso con la vida” ─de mi país y del mundo─, ante lo que se encuentra convocado el escritor.

M.A.G. En mis trabajos sobre tu obra yo he llegado a la conclusión de que tu poesía “amatoria”, como yo misma la he encasillado, sufre y goza de la misma trayectoria que la del apóstol de Cuba y América, José Martí, elevándose en prisión a esferas más etéreas, más espirituales, dejando lo carnal aparte para convertirse en la herramienta de lo trascendental divino, como tú mismo has dicho: “Pero el reto que más se impone al prisionero en su mundo inmediato ─su submundo, mejor─, amurallado infierno donde la cotidianidad se hace eterna”. ¿Me equivoco en mi apreciación de lo que acabo de expresar?

A.C.L. Esto es tema para meditar, y para entrar en una dimensión muy íntima: en el mundo interior de uno, en donde la imaginación y la evidencia se confunden. Ya muchos aspectos de lo demandado en esta pregunta se encuentran tocados de alguna forma en el contexto general de este cuestionario. Luego, extraigo de esta pregunta lo que no se ha tratado hasta ahora, como cuando señalas, como rozando sólo sus fronteras, mi poesía “amatoria”, de la que supones, y así lo dices, que en prisión dicho tema se eleva a esferas “más etéreas, más espirituales”, hasta entrar a “lo trascendental divino”. Esto no es por efecto de la prisión. Una relación amorosa tiene lo esencial en sí misma. La prisión lo que nos da es tiempo y propicia el meditar en esa relación, y encontrarle ‑si es que lo tiene‑ las afinidades entre los protagonistas de la aventura amorosa; los episodios vividos que, a veces, pueden parecer predispuestos por algo que no es el azar, y en el reposo de la meditación, descubrirle a aquella relación otras connotaciones, que solo en ese tipo de evocación le encontramos. Y así con lo que una relación tiene en sí misma y lo que nuestra evocación le inventa como hermoso aditamento, podría consumarse en nuestro espíritu, lo que tú llamas “trascendental divino”. ¡Qué otra cosa, si no es lo que hemos expuesto, hizo escribir a André Breton este verso: “Al conocerte, ¿te reconocí?”. (Me atrevo a apoyar lo antes expuesto, con parte de un poema mío, en el que dije: “y los destellos / de irracional verdad que te atribuyo”).

M.A.G. Nunca escribiste poesía infantil, ¿por qué no?

A.C.L. No; nunca escribí poesía infantil, salvo un poemita sobre un ratón llamado Emiliano, para ser utilizado, en las brigadas provinciales de Teatro Infantil. Fuera de eso, nunca me sentí motivado por ese género de poesía.

M.A.G. ¿Te sientes satisfecho de tu vida, de tu obra? ¿Cambiarías algo?

A.C.L. No; no estoy satisfecho de ninguna de las dos; aunque de la vida no me arrepiento de aquella parte en la que entregué tanto tiempo y energías en la lucha por la democracia para mi país. De poder volver a vivir la misma vida, claro que cambiaría muchas cosas.

M.A.G. Desde 1985 vives en los Estados Unidos, treinta y un años; ¿sientes que tu palabra desde un país libre tenga la misma resonancia y alcance que aquella palabra tuya lanzada desde la tenebrosa cárcel de Boniato, en Cuba?

A.C.L. Estimo que nunca tendría mi palabra ni tanta resonancia ni tanto alcance como la que dirigí al mundo desde las cárceles políticas en mi país.

M.A.G. Has sido encarcelado y maltratado, has sido galardonado y aplaudido muchas y tan merecidas veces, has sido y eres respetado y admirado, por poeta, por preso político y luego exiliado político. ¿Valió la pena, Ángel, todo lo que hiciste, todo lo que escribiste, todo lo que viviste y sufriste?

A.C.L. Creo que sí valió la pena todo lo que hice, viví, escribí y padecí, en última instancia, como consuelo y recompensa moral, aunque sea por aquello que dijo Martí sobre que “En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro…cuando hay muchos hombres sin decoro hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres… En esos hombres… va un pueblo entero, va la dignidad humana”. De modo que respondo a la pregunta, de nuevo, sí valió la pena, por ocupar, aunque sea un espacio modesto, pequeñito, entre esos otros hombres (en lo tocante a mi patria) que señaló Martí. Y, como Martí le dijo al General Máximo Gómez al invitarlo de nuevo a la guerra, aunque no tenga otra remuneración que recibir, en cambio, que “la ingratitud probable de los hombres”.

M.A.G. ¿Tienes planes para el futuro? ¿Crees que el pueblo cubano logrará volver a su Tierra Prometida del Caribe?

A.C.L. Aspiraciones siempre se tienen mientras tengamos una vida consciente. Propósitos, también, aunque a veces se confundan con la fantasía. En cuanto a si el pueblo cubano volverá a un momento de esplendor… aquí se abre una gran interrogación. Llenémosla con la esperanza, de que sea, al menos, mejor que la situación actual, al desaparecer el régimen que tenemos hoy.

M.A.G. ¿Qué recomiendas a todos los que esperan, como tú, por la libertad? ¿Seguirás escribiendo para mantener la fe de todo un pueblo en alto?

A.C.L. Recomendar no debo, pues cada cual encontrará su modo de hacer por la libertad, y la lucha o labor en favor de ésta, que encuentra en la acción misma su recompensa. En cuanto a si seguiré escribiendo en modesto obsequio de nuestro pueblo, siempre que pueda, lo haré. 



[1] “Ángel Cuadra Landrove: El poeta patriota”. Entrevista de la Dra. Mariela A. Gutiérrez, publicada originalmente en RANLE (Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española), sección Ida y Vuelta. Volumen VI No. 11, 2017), pp. 66-79. Esta entrevista de la Dra. Gutiérrez al eminente poeta cubano Ángel Cuadra, quien acaba de fallecer en Miami, Florida, el pasado 13 de febrero, 2021 ha sido autorizada para su publicación en el blog de la AHCE por el Dr. Carlos Paldao, director ejecutivo de la revista RANLE de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

[2] Dra. Mariela A. Gutiérrez. Ensayista, conferencista, investigadora y crítica literaria. Profesora titular del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Waterloo, en Ontario, Canadá. Se especializa en los estudios afro-hispánicos (principalmente Cuba) y en la literatura femenina latinoamericana del siglo XX y es la principal especialista de la obra de la ilustre autora cubana Lydia Cabrera. Autora de ocho libros y ciento diez artículos y ensayos. Merecedora de siete premios internacionales y numerosos premios nacionales entre los que se encuentran la Medalla de Honor de Bagnère de Bigorre (2004, Pirineos Franceses), el University of Waterloo Award for Excellence in Research (2006), el University of Waterloo Distinguished Professor Award (2009), el Premio Educadora del Año 2011 de la National Association of Cuban American Educators (NACAE). Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y Miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), Es Miembro Pleno de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. (AHCE).

*La entrevista apareció originalmente en Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, sección "Ida y Vuelta". (Volumen VI No. 11, 2017, pp. 66-79) y ha sido reproducida por cortesía por el editor de la revista Carlos Paldao y de la autora, la doctora Mariela A. Gutiérrez.

 

Wednesday, October 21, 2020

PRÓLOGO A PANORAMA DE ENSAYOS, EL ÚLTIMO LIBRO DE ELLEN LISMORE LEEDER (1931-2020)


Mariela A. Gutiérrez*

Panorama de ensayos, la más reciente publicación de la destacada Dra. Ellen Lismore Leeder, profesora emérita de Barry University, en Miami, Florida, es un significativo potpurrí de selectos ensayos relacionados a diferentes ángulos de crítica literaria que analizan la obra de diecisiete inestimables autores cubanos y dos ilustres escritores de España.

Comienza el libro con el ensayo titulado “Versatilidad y presencia de Patria en la obra de Concepción Teresa Alzola”. Dicho ensayo analiza la obra de esta distinguida escritora cubana, enfatizando principalmente su libro póstumo, Trayectoria de la mujer cubana. La Dra. Leeder hace hincapié en el alto profesionalismo de Alzola y menciona la notable versatilidad que el total de su obra posee tanto en el campo de la lexicografía, el folklore, el refranero y la ficción. Leeder señala las virtudes de Concepción Alzola y de su obra, sobre todo por el constante amor y presencia de la patria amada en cada uno de sus libros.

El siguiente ensayo, El caimán ante el espejo, de Uva de Aragón, es enfocado por la Dra. Leeder desde la perspectiva de la hermandad cubana que se encuentra en la frágil encrucijada que le ofrecen dos polos socio-históricos opuestos que han hecho, quizás, que el país permanezca en una constante extremista, según nos dice la autora, creada por el odio entre hermanos, el resentimiento, y las ansias negativas que un buen número de cubanos guarda en su pecho y que no han podido ser reconciliadas a través de los tantos años que ha durado el conflicto político de la dividida alma cubana.

Ellen L. Leeder enfoca exitosamente la solitaria angustia existencial y la soledad del individuo en un ensayo que dedica a la actitud desesperada que expresa el controversial autor cubano Reinaldo Arenas ante la agonía, el dolor, la crueldad del ser humano, el que Leeder ha titulado “El concepto de soledad en Celestino antes del alba y en El mundo alucinante de Reinaldo Arenas”.

En “Arte y versatilidad en la poesía de Gertrudis Gómez de Avellaneda” la Dra. Leeder hace énfasis sobre la versatilidad de los poemas de la gran Tula, en poemas que reflejan siempre sus experiencias, sus preferencias y sus inquietudes. La poética de la Avellaneda es exquisita, inspirándose, según comenta Ellen Leeder, no solamente en los aspectos telúricos cubanos, sino también en el amor apasionado, del que ella tanto comprendía, y sobre todo en el sentimiento religioso, el cual reinó en su obra en los últimos años de su vida.

Por otra parte, Ellen Leeder y una servidora, a través de muchos años, hemos disfrutado como ponentes en muchos y diferentes paneles y mesas en congresos nacionales e internacionales y en publicaciones académicas relacionadas con la obra de Lydia Cabrera, nuestra ilustre escritora y etnóloga. Siempre que yo formo un panel o mesa sobre Cabrera, mi primer paso ha sido y aún es invitar a la Dra. Ellen Leeder, por su elocuente profesionalismo y su indiscutible entusiasmo en relación a la obra de Lydia Cabrera. En su ensayo “Aproximación a los árboles mágicos de Lydia Cabrera”, la Dra. Leeder abre al lector la puerta del mundo maravilloso afrocubano de las plantas y las hierbas medicinales, vistos a través de los ojos de Lydia Cabrera, nuestra máxima etnóloga cubana. Acto seguido, tenemos el hermoso y revelador ensayo que Leeder ha titulado “Lo sobrenatural y las piedras preciosas en la obra de Lydia Cabrera”, el que proporciona al lector el disfrute del mágico ambiente, lleno de simbolismo, que rodea al universo de las piedras preciosas, sus misterios, sus poderes y sus significados ocultos.  

En su ensayo “El mundo poético de María Elena Cruz Varela” podemos disfrutar la visión de Ellen Leeder en relación a las inquietudes y la desesperación de Cruz Varela frente a la opresión y al “exilio interior” que permea la obra de esta autora tan significativa del exilio cubano. La protesta secreta y oscura de María Elena Cruz Varela es ejemplo de la callada rebelión de un grupo de opositores que no ha abandonado el país y sufre cada día el régimen totalitario que impera en la isla desde hace seis décadas.

En el ensayo titulado “Acercamiento a la obra pedagógica de María Luisa Dolz” Ellen Leeder nos presenta el mundo de los hogares cubanos de antaño, visto desde la perspectiva de una gran pedagoga, digna de los más altos galardones de la pedagogía cubana. La Dra. Leeder nos presenta, despojada de sus velos, a María Luisa Dolz, educadora “patria”, a quienes algunos no conocen o ya han olvidado; ella, la pedagoga viajera y científica, la forjadora por excelencia de futuras generaciones cubanas de jóvenes instruidos, principalmente, de mujeres ilustradas, por lo tanto, libres; gran pionera de la educación cubana de a finales del siglo diecinueve.

Ellen L. Leeder en su ensayo “Leonardo Fernández Marcané y la poesía romántica hispanoamericana” nos habla del libro La poesía romántica hispanoamericana (2004) del siempre recordado educador y ensayista cubano, Leonardo Fernández Marcané, que en gloria esté. Leeder comenta sobre el serio y valioso aporte que esta publicación hizo a la literatura hispanoamericana; el libro, según enfatiza la Dra. Leeder, reúne a nueve ilustres poetas románticos de América Latina; algunos son bardos sobresalientes y otros son de bien ganada fama en toda Latinoamérica.

Ellen Leeder no se detiene únicamente a indagar la obra de reconocidos autores latinoamericanos, principalmente de origen cubano. En su libro, la Dra. Leeder le da cabida a España también; allí, en la Madre Patria, se encuentran Federico García Lorca y Ángel María de Lera, ilustres escritores peninsulares del tiempo de la cruenta guerra civil española. En sus ensayos, “El mundo dramático de Federico García Lorca” y “Dimensión existencial en la narrativa de Lera”, Leeder nos hace penetrar en la dimensión dramática de la obra poética de García Lorca y en el caso de Lera nos hace testigos de la profunda dimensión existencialista que da una fuerte unidad a sus relatos y que acompaña los elementos autobiográficos y los aspectos sociales y testimoniales que van mano a mano con la supervivencia socio-histórica del pueblo español durante los años de la guerra civil.

En “Los espacios interiores en Jardín, de Dulce María Loynaz” Ellen Leeder desea abrirnos los ojos ante los misterios de ese jardín encantado que es personaje protagónico en la novela de la ilustre escritora cubana Dulce María Loynaz del Castillo. Loynaz personifica su jardín, y la Dra. Leeder nos lo muestra a través de su propia visión de la personificación del mismo, amante, trasnochador, borracho, encantador, muralla verde y protectora. Ellen Leeder proporciona, en suma, la verdad de los pasajes poéticos que encierran los espacios interiores de la Loynaz, basándose en la expresión artística de los espacios exteriores de su encantador Jardín.

En el ensayo dedicado a la dramaturga Maricel Mayor Marsán, titulado “Universalidad y estilo en el teatro de Maricel Mayor Marsán”, Ellen L. Leeder nos presenta el cómo, a través de sus piezas teatrales, la autora se enfrenta “con valentía y determinación a exponer los graves defectos de los malos gobiernos e instituciones y por encima de todo destaca la indiferencia y abulia de los humanos ante el terrible mal de la contaminación de nuestro Mundo” (Leeder, 111). La Dra. Leeder explica en detalle estos temas universales que agobian nuestras sociedades modernas y que Mayor Marsán expone con clara intensidad en su obra, de una manera inspirada y vigorosa, apoyándose en variados y efectivos recursos literarios.

“El papel de la mujer en La noche de Ina” es un ensayo excepcional en su riqueza investigativa sobre la mujer en Cuba a través de los personajes femeninos de la exitosa escritora cubana Hilda Perera. No obstante, los personajes femeninos pererianos pueden ser de cualquier clase social de la Cuba del siglo XX. Lo importante para Ellen Leeder en su ensayo es analizar el papel decisivo que ellas poseen dentro de la obra de Perera, guiadas siempre por sus impulsos emocionales, nobles y sinceros. La edad tampoco es un problema; las heroínas de Hilda Perera son de diferentes edades; lo que importa en ellas es sus luchas, según expresa Leeder: la lucha en una patria que se desploma, la lucha de las que se niegan a ser absorbidas por el mundo que las rodea, y otras, como personajes menores, quienes por ser jóvenes son siempre exhibidas por la autora como ejemplos de ternura. En el caso de La noche de Ina, la protagonista, Irene, es una nuera que posee diferentes puntos de vista en cuanto a ideología y valores morales de los de su suegra; la Dra. Leeder expone el uso del monólogo interior por parte de Perera para develar los pensamientos y las emociones de la protagonista.

En el siguiente ensayo, “Imagen de Patria en la narrativa de Hilda Perera y Josefina Leyva”, Ellen Leeder, nos proporciona una constancia de la problemática de la Cuba de hoy, tal y como la presentan las obras de las antes mencionadas escritoras. La Dra. Leeder analiza la realidad cubana en las páginas de Perera y Leyva, desde la época pre-castrista hasta finales del siglo XX. Leeder expone además momentos claves de la historia de Cuba tal como aparecen en las novelas de ambas autoras.

Para Ellen Leeder la obra de Luis de la Paz tiende a ser testimonial, aunque el autor haya vivido ya tantos años fuera de su tierra natal. Sin embargo, en su ensayo “Vigencia de Patria en Tiempo vencido de Luis de la Paz” el lector se percata, cómo Leeder comparte con el lector la vigencia de lo testimonial en los cuentos de este vital autor del exilio cubano. La Dra. Leeder destaca esto al decir: “La presencia patria es evidente (en los cuentos de Luis de la Paz) al exponer las tribulaciones sufridas por los cubanos bajo el régimen imperante y cuando han decidido sin remedio salir hacia un exilio triste e inevitable provocado principalmente por diferentes motivos y situaciones críticas” (Leeder, 130).

Por su parte, “Versatilidad en Manuel María Pérez y Ramírez: Poesía y periodismo” es un testimonio histórico por parte de Ellen Leeder del trabajo poético de este hombre de verso y espada, quien, en el siglo XIX, a través de sus escritos y poemas, demostró su amor patriótico por su Cuba y su cultura con la pluma y en el campo de batalla. La Dra. Leeder agrega que, periodista y literario por un lado y militar por el otro, su labor intelectual, su versatilidad, han hecho de Pérez y Ramírez un creador de distinguida cualidad erudita, quien volcó su profundo amor por la patria en versos elegantes, llenos de inspirado fervor patriótico.

Ellen L. Leeder además dedica su detallado y sentido ensayo “Esther Sánchez-Grey Alba y su trayectoria literaria” a la Dra. Sánchez-Grey Alba, enfatizando su trayectoria como acreditada profesora emérita y reconocida crítica literaria, especialmente en el género teatral.

En el ensayo titulado “Esencia de patria en la poesía de Gladys Zaldívar” Ellen L. Leeder analiza la obra de esta reconocida poeta y ensayista cubana. Según Leeder es en la poesía donde el lector descubre la voz auténtica de esta autora cubana. Zaldívar, nos dice la Dra. Leeder, es una aguda investigadora, “pero es en cuanto a su expresión poética en que hallamos la verdadera trascendencia y vena original de nuestra autora” (Leeder, 145). Para Ellen Leeder lo más importante de la obra de Gladys Zaldívar es que mantiene viva, tenue y constantemente, en nuestra memoria la Cuba que todo exiliado cubano dejó atrás.

“Ideal patrio y realismo histórico en El pez volador” es el último ensayo de este libro crítico tan completo que nos regala la Dra. Ellen Lismore Leeder. En este incisivo ensayo Ellen Leeder celebra el enjundioso libro con bases autobiográficas escrito por el Dr. Eduardo Zayas Bazán, profesor emérito de la Tennessee State University y el Dr. Robert J. Higgs y que lleva por nombre El pez volador. Leeder destaca la técnica novelesca usada, la que utiliza flashbacks y el contrapunto, elementos que dan a la obra de Záyas Bazán y Higgs un interesante estilo cinematográfico. Cuba, por su parte, sigue en primera plana, como sucede en todos los otros ensayos que Ellen Leeder nos ofrece en su libro.

El afán del retorno, de alcanzar la justicia anhelada y de lograr la libertad de todo un pueblo unen en un único anhelo las páginas de este valioso libro de ensayos que, sin lugar a dudas, será lectura obligatoria en las bibliotecas universitarias de ambos continentes y será lectura instructiva y testimonial en las bibliotecas públicas nacionales e internacionales.


*Dra. Mariela A. Gutiérrez. Ensayista, conferencista, investigadora y crítica literaria. Profesora titular del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Waterloo, en Ontario, Canadá. Se especializa en los estudios afro-hispánicos (principalmente Cuba) y en la literatura femenina latinoamericana del siglo XX y es la principal especialista de la obra de la ilustre autora cubana Lydia Cabrera. Autora de ocho libros y ciento diez artículos y ensayos. Merecedora de siete premios internacionales y numerosos premios nacionales entre los que se encuentran la Medalla de Honor de Bagnère de Bigorre (2004, Pirineos Franceses), el University of Waterloo Award for Excellence in Research (2006), el University of Waterloo Distinguished Professor Award (2009), el Premio Educadora del Año 2011 de la National Association of Cuban American Educators (NACAE). Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y Miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), Es Miembro Pleno de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. (AHCE).

 

 

Tomado de:

Lismore Leeder, Ellen. Panorama de ensayos. Nueva York: Editorial de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, 2020. Págs. 11-17.

Wednesday, July 22, 2020

Lydia Cabrera: Libertad y Amor en dos cuentos afrocubanos



Por
Mariela A. Gutiérrez
University of Waterloo, Canadá[1]



La liberación del mítico peregrino en un cuento de Lydia Cabrera
            Mucho se ha escrito sobre la persona de Lydia Cabrera y sobre la africanía de su obra; es justo también decir que durante los últimos 60 años, en Cuba, en el continente americano, norte y sur, y en la misma Europa, se han publicado un sinnúmero de obras críticas sobre la producción etnográfica y el estudio de las creencias religiosas y la medicina de raíces africanas en la isla de Cuba que son frutos de la investigación y la recopilación de esta brillante escritora y etnóloga cubana.
            No obstante, siempre ha existido un vacío en las investigaciones sobre la naturaleza psico-espiritual de su obra, o sea, los estudios sobre el fondo mítico-simbólico de su producción literaria siempre han brillado por su ausencia. En la década de los ochenta, cuando escribía mi tesis de doctorado sobre Lydia Cabrera, me dí cuenta de la necesidad de que un estudio mítico-simbólico sobre su obra un día fuera escrito; catorce años más tarde, en 1997, esa íntima convicción se hizo realidad en mi libro titulado Lydia Cabrera: Aproximaciones mítico-simbólicas a su cuentística, el cual comprende la minuciosa tarea de profundizar en ciertos aspectos míticos y simbólicos de importancia que permean la cuentística de Cabrera, los que hasta entonces habían permanecido como una experiencia inédita. Es preciso enfatizar que la narrativa mítica de Cabrera está saturada de lo sobrenatural de aparentes raíces africanas; sin embargo, el cosmos mítico de la autora tiene, en realidad, una base mucho más compleja, más universal, que la mera fuente africana.  Por supuesto, lo africano ancestral es la piedra angular de su cuentística, pero, sin lugar a dudas, detrás de la africanía de sus cuentos hay una ligazón primordial con “la verdad objetiva y universal simbólica” (Cirlot 12), lo cual hace que los relatos de Cabrera tengan una consecuencia inmediata dentro del dominio de la mítica tradicional universal.

            De esa vena mítica de la cuentística cabreriana he escogido, para nuestro encuentro de hoy, dos cuentos de la insigne escritora y etnóloga cubana Lydia Cabrera. El primero enfoca una de esas “verdades objetivas y fundamentales del simbolismo universal”; les hablo de la Libertad con mayúscula, de ese derecho inalienable al que todo ser humano debería tener acceso, de ese derecho civil y político al que todo individuo aspira desde que el mundo es mundo; en dicho cuento hay una suprema reverencia a esa palabra, Libertad, la que se convierte en clamor, arrollador y subversivo, cuando se le impide al individuo poseer el derecho a ejercerla. El Segundo relato trata del Amor, también con mayúscula, de un temible monstruo secuestrador quien comete el error de caer en la trampa de una hermosísima doncella que no es en realidad lo que aparenta ser; y así, por su propia culpa, el monstruo enamorado perderá el control de la situación, lo que le acarreará consecuencias nefastas.
            El primer cuento titulado “Se va por el río”, es representativo de la temática de las aguas en la narrativa de Cabrera, el cual se encuentra en la colección que lleva por nombre Cuentos para adultos niños y retrasados mentales. Este es un hermoso relato de variadas fuentes arcaicas combinadas, pero de obvio trasfondo africano, en el cual una hermosa pero desgraciada mujer, esclava en el harén de un rey muy rico, sufre los maltratos de la favorita del rey quien le tiene celos; para colmos, las otras concubinas del monarca también le hacen daño y la humillan para así halagar hipócritamente a la que llaman “la Principal” (45), aunque todas en verdad la odian.  No obstante, todo cambia un día para la triste esclava, gracias a la intervención de las aguas retozonas de un río y a una cucharita de plata que pertenece a “la Principal”.
            Para mí[2] es primordial analizar la relación simbólica que existe entre este río y la cuchara que se escapa de las manos de la esclava cuando la lava en sus aguas, enfilándose como si fuera un pez por la corriente juguetona del que se ha convertido en su cómplice.  La cuchara de “la Principal”, como objeto simbólico —como a menudo sucede en el simbolismo primitivo— al ser traspasada de su lugar usual a otro medio ––en este caso el río–– su contenido inconsciente se transforma bajo la luz de otro ambiente. Recordemos al célebre mitólogo español Juan Eduardo Cirlot cuando dice: “Los utensilios, especialmente, encierran una fuerza mística que amplifica el ritmo y la intensidad de la volición humana” (335). Los objetos de forma y función simple son vistos como activos o pasivos; el cuchillo, por ejemplo, por su forma y función es activo y se presenta como la inversión de la lanza ya que por ser corto expone la corta dimensión espiritual del que lo posee. De esta manera, la cuchara, cóncava como una concha, recoge, concentra, simbolizando la prosperidad, el viaje próspero, y es también, por su función, activa. La misma, al navegar en las aguas del río, recoge el simbolismo del pez como barco místico de la vida, como movimiento penetrante ascensional del inconsciente.
            La cuchara de plata de “la Principal”, una vez en las manos de la esclava, quien al lavarla la pone en contacto con las aguas “corrientes” del río, modifica y transforma su contenido inconsciente, en este caso sacando a relucir el deseo de libertad que embarga el alma de la esclava, poniéndolo en acción al unir sus propios esfuerzos a las buenas intenciones de las aguas del río, el cual, en su camino de liberación, va a llevarlas a ambas ––cuchara y esclava–– hasta las orillas del mar, origen de todo lo que vive. Al principio, cuando la esclava ve la cuchara escaparse por el río, se desespera, llora, implorándole que vuelva porque “la Principal” de seguro la matará. De nada sirven sus ruegos, la cuchara, símbolo de la euforia de su alma que quiere libertad, “[retoza], [bazuquea], [resplandece], llenándose de agua la cabeza hueca y lanzando con ímpetu chorros en alto” (45). Por fin, la mujer se echa al río a nadar “en pos de la pícara cuchara” (45) y al hacerlo va también en pos de sus íntimos deseos de libertad y de una vida mejor. Por supuesto, sólo su inconsciente se da cuenta de este paso, la mujer cree que va estrictamente en busca de la cuchara de “la Principal”.
   
         Hay tres paradas en el camino de liberación de la esclava; ella nada sin tregua detrás de la “cuchara endiablada” (46), más el río tiene sus propios designios y él la va llevando camino a tres encuentros que actúan como tres escalones que ella debe subir en la senda de su iniciación y trascendencia. El primer encuentro ocurre “en una ribera de gran soledad por la que había entrado el río” (46); allí la espera una anciana quien le pide que la ayude y la lleva hasta una casucha en ruinas, sin techo que la cubra. La esclava deja de lado su afán de perseguir la cuchara y decide techarle la casa a la viejita. En estos momentos la presencia acuática es en forma de lluvia “triste y tierna” (47); la joven busca a la anciana para solo darse cuenta de que ha sido sólo su fantasma, “allí en aquellas ruinas, hacía años, muerta de abandono, la lluvia la había amortajado” (47). La vieja está muerta, sólo hay “silencio, soledad, el rumor del río” (47). La esclava da sepultura a los huesos de la anciana y sigue su carrera en pos de la cuchara de plata, la que todo este rato la espera “[colocada] sobre una piedra cuidando ahora de llenarse de sol su cabeza hueca” (46). Al obedecer al llamado ancestral, la esclava ha escogido dar tributo a sus mayores por encima de su propia libertad. La mujer ha subido el primer peldaño.
            El segundo encuentro toma lugar cuando “el río [penetra] en la selva” (47). Allí, en la orilla, la espera un tigre. Al verla, el tigre se la quiere comer, tiene hambre. Ella le niega sus piernas porque las necesita para impulsarse en el agua; él, entonces, le pide sus pechos, y ella abriendo sus brazos se aproxima “y el tigre [devora] sus pechos y [bebe] su sangre” (47). De inmediato la esclava se echa a nadar con nuevas fuerzas, como si nada hubiera pasado, “ligera y desmemoriada” (47) en busca de la cuchara, sin advertir que sus senos retoñan. Al enfrentarse con el tigre, o sea con lo instintivo, salvaje, indómito, la mujer entrega incondicionalmente sus pechos y su sangre, y con ello da paso al sacrificio. Ofreciendo sus pechos ––símbolos de amor, protección, alimento, maternidad y fertilidad–– junto con su sangre ––el principio de la vida, el alma, la fuerza regeneradora–– para saciar el hambre y la sed de la bestia, la esclava ha escogido el sacrificio conciliatorio antes que su propia libertad. La mujer sube un segundo peldaño en su extraño camino liberador.
            El río sigue “su curso (...) mudo y negro” (47) bajo la bóveda de la noche; nosotros nos imaginamos que en él siguen navegando la esclava y la cuchara. Con la llegada del amanecer, la mujer se da cuenta de que se están aproximando al mar. Al llegar a su destino y sin dar explicaciones, la cuchara sale del río y se entrega voluntariamente a la mujer; ésta, algo confundida ante la sorpresa de haber logrado recobrar la cuchara, comienza a buscar un camino de regreso a la casa del rey, su dueño. 
            Mientras se orienta, la esclava se tropieza con un hombre que anda a gatas y que con su cuerpo le cierra el paso. Este hombre es su tercer encuentro. El le pide que le ayude, le dice que está mugroso y que el peso de su suciedad le impide ponerse de pie. La buena mujer accede y con sus uñas empieza a raspar la endurecida costra que cubre la espalda del hombre. Sus uñas sangran y la cuchara interviene diciéndole “utilízame” (48). Por supuesto, la esclava no quiere mellar la cuchara de plata de “la Principal”; pero ésta le asegura que ella no le pertenece a esa mujer y la exhorta a que la use “como instrumento” (48), palabras que tienen un doble sentido que la pobre joven no sabe captar. Poco a poco, la joven y su cuchara van limpiando la cargada espalda del hombre, pero, ante su asombro, los que parecen ser bultos de mugre son en realidad joyas preciosas, que van cayendo al suelo una tras otra. Tras el éxito de la laboriosa operación, el hombre, aliviado, le regala las joyas a la esclava, que baste decir se encuentra anonadada ante todo lo que le está sucediendo. La cuchara, a su vez, le dice que desde este instante ella es “una reina poderosa” (49), con séquito, vacas, carneros, puercos, un pastor y un ejército de soldados que nunca serán vencidos; pero ella no quiere nada, aún cuando la alegre cuchara le hace saber que ella misma es su cetro de reina, porque la sufrida mujer —en lo profundo de su ser— sólo desea “un poco de cariño” (49).
            El tercer peldaño ha sido franqueado, la buena esclava prefiere rehusar a los bienes y riquezas del mundo a cambio de un poco de amor, el estado más elevado del espíritu. Sin darse por vencida, la cuchara ––su cetro––, en posesión de su papel de “instrumento del que se [ha] valido el destino” (49), entonces la lleva a un lugar lleno de gentes que la esperan gozosos para que entre ellos la nueva reina comparta su amor y sus riquezas, hasta “... más allá del fin de sus días” (49). La esclava del cuento, como el mítico peregrino, supera el laberinto, que en su caso le ofrece la búsqueda de la cuchara en la corriente del río, para llegar al centro simbólico, a la patria prometida, en donde encuentra la libertad y el amor, y puede finalmente reposarse de su forzosa peregrinación acuática, la que pudiera parecer sin sentido para los que no creen en las leyes ocultas del universo y sus pruebas, a las que todo escogido debe someterse antes de alcanzar el bienestar anímico absoluto que solo puede proporcionar el “sentirse” libre, y por ende “ser” libre.

Ncharriri, monstruo enamorado del bestiario cabreriano
            El segundo relato que veremos hoy se titula “Ncharriri” y es uno de los varios “relatos de animales” que se encuentran en Ayapá: cuentos de Jicotea, la tercera antología de cuentos negros de Lydia Cabrera de 1971, la que yo considero su más lograda colección. Indiscutiblemente, Ncharriri es el monstruo enamorado del bestiario cabreriano.
            No obstante, comencemos por decir que los animales han existido en la psique del hombre desde tiempos inmemoriales.[3] Para el hombre primitivo el animal ha significado la magnificación, y para el hombre civilizado más bien la oposición. Desde siempre ha existido la identificación del humano con su contrapartida animal, quizá por la necesidad de una integración total con el inconsciente, o por el deseo cósmico de la inmersión en las aguas primordiales, o del baño de renovación en las fuentes de la vida. El hombre —primitivo o no— siente la necesidad de creer que hubo una era en la que los animales hablaban; Edad de Oro anterior al intelecto en la que las fuerzas ciegas de la naturaleza, sin estar sometidas al logos, poseían condiciones extraordinarias y sublimes.



        En la tradición africana, como en tantas otras tradiciones mundiales, existen los relatos de animales que hablan, los que por muchas centurias se han transmitido oralmente, sufriendo sólo los cambios conformes al paso del tiempo, al período de esclavitud, y a la migración y adaptación del hombre africano al nuevo medio americano. Estos cuentos sobreviven ante todo porque siempre han sido utilizados para explicar satisfactoriamente los misterios de la vida y de la naturaleza humana, como lo pueden ser la astucia, la venganza, la codicia, la justicia, entre otros. La mayor parte de estos relatos de animales son fábulas, por lo tanto llevan consigo una moraleja; casi siempre en éstos el débil debe de luchar contra el más fuerte, ya sea de palabra o de obra, pero siempre con la suficiente picardía o astucia para lograr ser el vencedor. A veces la lucha se lleva a cabo entre uno que ha osado desequilibrar la naturaleza y otro que debe exterminarlo para que todo vuelva a la normalidad. Sin embargo, de una u otra forma, este modelo de perseverancia es el que el esclavo necesitaba para sobrevivir sus cadenas y para conservar el espíritu de la lucha en medio de las innumerables vicisitudes que lo rodeaban en su nueva vida sin libertad.
            Por otra parte, debemos recordar que a las fábulas africanas también se les considera como parte del llamado sistema de Ifá, o de Adivinación.[4] Este sistema de Adivinación es la regla que tiene la función de advertir al género humano sobre los peligros que le amenazan, y de ayudar a vencerlos, mediante una retribución perfectamente establecida por los mismos dioses. 
            Por su parte, “Ncharriri,” relato netamente afrocubano, como en más de una ocasión ha hecho la literatura de temática africanista, por su forma misma de ser, ataca la raíz de la palabra como concepto, de la palabra como signo y como definición, y se aparta de la sensibilidad educada, del pensamiento lógico, con esa su arma principal: el ritmo, el sonido, el tam–tam voluptuoso de su estructura. Lo mismo sucede con el metalenguaje físico (el llamado body language) de los personajes de “Ncharriri,” ya que el relato mismo se presenta como expresión psicosomática del subconsciente africano, en este caso del afrocubano. 
            El eminente psicólogo francés Jacques Lacan ha dicho que el subconsciente está estructurado como un lenguaje, y luego, su estudiante y sucesora, Julia Kristeva, redefine el concepto como impulso rítmico, pre–edípico, esencialmente móvil, que ha sido reprimido por el lenguaje simbólico racional pos–edípico. No obstante, la estructura del relato “Ncharriri” se define por su pura sensorialidad, la que “neutraliza el fantasma de la ‘ciencia pura’ ... y recupera su condición [metalinguística] ... —dominada por los impulsos, pero [que] también [es] social, política e histórica— que rompe y renueva el código social” (Kristeva, System 54–55). 
            Sin embargo, con la intención de hacer más ameno el estudio de este relato, he querido enfocar el cuento en cuestión en relación a la diégesis y al significado que tienen ambos roles, el del monstruo Ncharriri y el de Jicotea, típica tortuguita cubana, dentro del Orden Simbólico tradicional y su liaison histórico–social con el universo al que pertenecen, el afrocubano.
            Por otra parte, cabe recordar que en el pensamiento africano la astucia es una virtud; el africano durante la esclavitud se sirve de la misma para una y otra vez salvar obstáculos o salirse de apuros, a veces de vida o muerte. En los cuentos negros de Lydia Cabrera podemos apreciar el valor que esta “cualidad” tiene para el africano a través de la dramatis persona de más popularidad en los cuentos de la autora, Jicotea, la tortuguita de agua dulce que en sí encarna la astucia misma, y que representa para el afrocubano el simbolo de llegar a lo que se desea, tome el tiempo que tome el lograrlo. Lo importante es ser astuto y vencer contra los que supuestamente son más poderosos.
            Jicotea, en sus diferentes roles en los cuentos de Lydia Cabrera, se encuentra dotada de un sin fin de atributos, buenos y malos. En los relatos donde su lado maligno no sale a relucir, las características principales de Jicotea son la astucia, la magia y el ser amigo de burlas y tretas sin llegar a caer en la maldad; a veces nos hace reir, otras nos impacienta, pero siempre se le celebra su astucia sin par, lo que lo salva de situaciones increíbles una y otra vez. Su personaje puede ser masculino o femenino por razones de androgeneidad, lo que veremos más adelante.
            Por desgracia, Jicotea tiene un lado maligno, demoníaco, que destruye por momentos todos los recuerdos buenos que se tienen de él. Sus atributos malos son estremecedores. En el volumen Ayapá: cuentos de Jicotea nos encontramos que en ciertos cuentos como “La venganza de Jicotea” su conducta es amoral, es perverso, mentiroso, y sobre todo su astucia es malvada. En “El ladrón del boniatal” (Ayapá) su maldad raya en lo inhumano. Aquí Jicotea es criminal, malvado, amoral, falto de caridad para con su prójimo. Otro ejemplo es “Jicotea y el árbol de Güira que nadie sembró” (Ayapá); en este relato Jicotea es ante todo cruel, física y mentalmente, sin razón ni motivo, sólo porque tiene celos.
            Sin embargo, en este trabajo de hoy he querido profundizar aún más en el alma de Jicotea, comentando un cuento específico, “Ncharriri,” en el cual vemos tanto al personaje de Jicotea como a su antagonista unidos al símbolo. No podemos olvidar la unión que siempre existe entre el personaje, su función y su símbolo, ya que toda actividad terrena, todo atributo en un ente, también está ligado al símbolo el que, como dice el reconocido filósofo e historiador de religiones Mircea Eliade, es la unificación de un nivel con otro, porque bajo la fachada de las leyendas y mitos se esconden los principios morales y religiosos, y las leyes que gobiernan la vida del universo.
            El relato “Ncharriri” nos cuenta que un monstruo llamado Ncharriri[5] roba doncellas, una cada siete años. Cada siete años viene al pueblo y se roba a la más bella doncella del lugar. Jicotea, quien con el poder de la palabra puede encantar los ojos, hace que Ncharriri lo vea como una bellísima doncella. Al ver una doncella tan hermosa Ncharriri quiere apoderarse de ella. Pero, un hilo de agua corre entre los dos; Jicotea lo convierte en un cerco de llamas impidiéndole acercarse.
            Jicotea, transformado en bellísima doncella, le pide a su pretendiente que le entregue sus uñas de tigre, sus cuernos, sus dientes, su nariz, y sus orejas, y sólo así ella le seguirá.
            También le pide que le entregue sus pies. Por fin le pide que le entregue su corazón y sus manos. Ncharriri accede a todo esto, con tal de poseer a tan hermosa doncella. Pero muere al entregarle su corazón.
            Esta vez, ninguna doncella desaparece antes de la llegada del amanecer.
            En este hermoso relato de Cabrera nos encontramos ante un personaje extraordinario, un monstruo increíble llamado Ncharriri, al que se le describe dotado de cuernos admirables, uñas de tigre, dientes de marfil, una nariz larga pintada de amarillo, grandes orejas redondas de caracoles, una cola flexible y airosa que termina como si fuera la copa de un arbolito lleno de flores extrañas y cocuyos fulgurantes, con pies en vez de patas, ojos de cuentas rojas, cuatro manos inmensas, y un corazón. No exageraríamos al decir que nuestro monstruo es un digno ejemplar entre la bestias fabulosas del folklore mundial.
  
          La otra dramatis persona en el cuento es Jicotea, que una vez más, en el rol de animal mágico, posee ciertos poderes que utiliza en este relato para vencer a Ncharriri. Por ejemplo, tiene el don de la palabra para encantar los ojos; Jicotea también transforma un hilo de agua en un cerco de llamas, y se transfigura, ante los ojos encantados del monstruo, en una bellísima doncella. Por otra parte, al eliminar el peligro de Ncharriri, Jicotea realiza una buena acción, ya que salvando a las doncellas del pueblo su actuación cobra calidad humana y heróica.
            Ncharriri, como cualquier otra bestia fabulosa, posee una combinación de diferentes características físicas que sugieren otras posibilidades de la creación y la liberación de los principios convencionales que rigen los fenómenos del universo.  Tengamos en cuenta que los monstruos compuestos de variados atributos son símbolos del caos primordial o de los poderes aterradores de la naturaleza, y que ante todo los monstruos aterradores representan el mal o las fuerzas caóticas del mundo y también de la naturaleza humana.
            Es interesante recordar que algunas bestias fabulosas del folklore tienen como adversario a un dios o a un héroe, como es el caso de Marduk, el Creador, que vence a Tiamat, símbolo del caos primordial; o Teseo que vence al Minotauro; sin ir más lejos, recordemos que muchos caballeros matan dragones. Hazañas de este tipo siempre representan el triunfo del orden sobre el caos, del bien sobre el mal, de la luz sobre las tinieblas.
            Así, en este relato, Jicotea puede ser comparado con uno de estos héroes, al salvar a las doncellas de las garras de Ncharriri. ¡Y qué hermoso es Jicotea!; en su personaje hay la magia que todo héroe debe poseer y hay el espíritu de la contienda —en este caso mental y sobrenatural— que se lleva a cabo entre él y el monstruo que amenaza a las doncellas del lugar. Jicotea es el héroe de las doncellas y del pueblo mismo, triunfando sobre el caos y los poderes aterradores de la naturaleza simbolizados en el personaje de Ncharriri.
            Sin embargo, el simbolismo tradicional de la tortuga no es tan glamoroso como la hazaña, aparentemente heróica, que ha llevado a cabo Jicotea. La etimología griega de la palabra tortuga es tartarucha, o sea del vocablo Tartarus (Tártaro), región infernal de la mitología clásica, descrita como un abismo insondable y tenebroso de Hades, el infierno helénico, al cual no llega ni un rayo de sol, en el que los malvados sufren su castigo, y en el cual Zeus encarceló a los titanes, sus propios hijos, cuando quisieron matarlo. En algunas culturas la tortuga tiene un significado cósmico; para los orientales su carapacho representa el cielo y su suave vientre representa la tierra; en Nigeria se la relaciona con el sexo femenino y se le atribuye el sentido emblemático de la lujuria; en alquimia simboliza la “masa confusa”; en el nivel religioso representa la evolución natural versus la elevación espiritual. En muchas culturas se le atribuyen los atributos negativos de pesantez, involución, oscuridad, lentitud, estancamiento, corporeidad, entre otros (Cirlot 446–47).
            De esta manera hemos podido ver, aunque escuetamente, que en la esfera del personaje encontramos atributos que le pertenecen y que dan colorido al relato, y que varían según la realidad histórica del momento, sin contar las influencias de la religión, la tradición y las leyendas nacionales. O sea, según el lugar donde se encuentren los personajes, según el escenario en el cual se desarrollen, tendrán cualidades y atributos diferentes, como bien se puede constatar en los cuentos negros de Lydia Cabrera, con los personajes de Jicotea, el elefante, el venado, el mono, los dioses, entre otros.  Por otra parte, lo que abre posibilidades sin fin son los atributos dados a los personajes, sus cualidades, características, a veces humanas o mágicas, otras ancestrales o divinas, sin olvidar las características rituales, míticas o religiosas que algunos personajes poseen, gracias a la repetición de los rituales ancestrales que mantiene siempre en el subconsciente colectivo del mundo ese pasado mítico de la humanidad.
            Cabe aquí decir que, para bien o para mal, Jicotea es el más famoso personaje de Lydia Cabrera, apareciendo como protagonista en casi dos tercios de la obra cuentística de la autora. A veces es un personaje masculino y otras femenino, dado a su naturaleza andrógina; además, su simbolismo en el folklore afrocubano la inviste de características sobrenaturales interesantísimas para sólo ser un animal tan pequeño y hasta cierto punto físicamente limitado. Como podemos constatar en este cuento, la astucia y el ingenio son facultades vitales en Jicotea; sin embargo, Jicotea posee una impresionante variedad de “virtudes” que corresponden al universo espiritual afrocubano, por ejemplo ella es capaz de manejar la magia con certera pericia, como podemos apreciar en el relato “Ncharriri.”
            Lo antes dicho tiene razón de ser porque Jicotea tiene un gran valor religioso para los afrocubanos por ser vehículo y alimento de Changó, dios yoruba del trueno, del fuego y de los tambores; vale aquí decir que Jicotea, por tanto, es bruja consumada, como bien lo demuestran cuentos como “Vida o muerte,” “La herencia de Jicotea” y “La rama en el muro,” todos en el volumen titulado Ayapá: Cuentos de Jicotea, entre otros. Los afrocubanos la consideran como un mago o duende, mediador entre los hombres y los dioses, ya que es capaz de manejar las fuerzas de la naturaleza casi como los mismos dioses.
   
         El valor religioso de Jicotea es de gran importancia entre los afrocubanos.  Las sacerdotisas de Changó confirman que las jicoteas nacen cuando truena. A la jicotea se le da el secreto del principio sagrado del fuego: “su naturaleza, su esencia, es fuego: así se explica que mora en las aguas dulces y no pueda, aunque viva y trafique en la tierra, prescindir del agua. ¡Ardería y perecería consumida por su propio fuego!” (Ayapá: 17).  En realidad, Jicotea tiene muchas características de Changó, y tal como este dios afrocubano, no posee una conducta digna de elogio. Jicotea, aparte de complacerse en hacer fechorías, también es experta en hacer brujería; cabe además decir que cualquier parte del cuerpo de la jicotea, sea su carapacho, su carne, su sangre, puede ser utilizada para curaciones, tanto como en operaciones de magia blanca y negra.
            Hay también una relación de paralelos sociales entre los africanos llevados a Cuba como esclavos durante la colonia y esta pequeña tortuguita de agua dulce, nativa de la isla. El africano llega esclavo a Cuba, como una bestia encadenada, lo que lo coloca en lo más bajo de la escala social. Esto lo liga a la Jicotea que entre los animales se encuentra en una posición marginal. Entonces, el esclavo encuentra en Jicotea un modelo; imitando su astucia y sus tretas puede el hombre negro embaucar a su amo blanco en algunas ocasiones. Las fechorías, las traiciones ingeniosas, las mentiras, lo salvan de vez en cuando del dolor cotidiano de vivir, y esto le hace ver en Jicotea el símbolo de lo que ellos son en ese momento histórico: criaturas débiles, desposeídas, impotentes ante la fuerza y el poder, del hombre blanco para los africanos, y el tigre, león, elefante, etc. para la tortuguita de agua dulce. Aunque es cierto que la astucia ha salvado muchas veces al afrocubano y a Jicotea, ambos también han guardado cicatrices; el primero las lleva en su cuerpo y su alma y Jicotea las lleva en la superficie cuarteada de su carapacho. Sin embargo, Jicotea tiene el poder de resucitar, porque posee una naturaleza bruja, algo que al hombre le ha sido vedado por los dioses.
            Volviendo a nuestro relato, la interacción entre Ncharriri y Jicotea comienza en la línea 19 del relato. El párrafo empieza dando un transfondo espacial: “Una noche negra, pasando siete años, Ncharriri bajó al pueblo” (51), el que repite en sí las otras mil noches negras anteriores en las cuales Ncharriri bajó para robarse “una jovencita [que] lo esperaba en la ventana” (51). Sin embargo, en esta “noche negra”, como de walpurgis[6] “sólo una vieja velaba en su ventana” (51). El Orden simbólico aparece en el mismo escenario espacial de los hechos, y esta vez auguria —con la presencia de una vieja y no de una joven en la ventana— que la incursión nocturna y por lo tanto secreta del monstruo en el pueblo no tendrá posiblemente los buenos resultados de antaño para el raptor.  La vieja en su ventana no espera, sino que “vela”; de inmediato viene a la mente la figura simbólica del guardián, el cual tiene a su cargo el defender un lugar sagrado contra los poderes contrarios y la intromisión de alguien o algo indigno de penetrar en su dominio (Cirlot 231). La presencia de la vieja parece amedrentar por un momento al monstruo, quien, no obstante, titubea, para luego “[seguir] el rumbo que le indic[a] su corazón” (51).
            Junto con la frase anterior hace acto de presencia el primer impulso visceral, pre–edípico, que experimenta Ncharriri, el cual se infiltra calladamente en su pecho. Con anterioridad, en sus visitas de antaño, “él descendía la calle en que vivía la jovencita más bella de aquel pueblo” (51); esta vez, por el contrario, Ncharriri va en dirección del río, habitat por excelencia de Jicotea, la tortuga, y allí queda frente a frente a su contrincante; y lo hace sin darse cuenta, porque lo único que ve el pobre monstruo es una hermosísima doncella, la más bella de todas.
            Jicotea ha utilizado su magia para engañar los ojos de Ncharriri, su belleza misteriosa tienta la lujuria de Ncharriri, quien de por sí se encuentra predispuesto pues ha bajado al pueblo en busca de una mujer. Además, el disfraz mágico de Jicotea–doncella es seductor y lleno de simbolismo; en su frente lleva la media luna atravezada, símbolo de la feminidad, pero también del país de los muertos, del inconsciente, de los elementos cambiantes (Cirlot 283–84). Jicotea porta la media luna en su frente como lo hacen Astarté, Venus y Diana, diosas de la mitología universal. Sus pechos son tres, no dos, “como tres frutos de güira[7] colgando unidos de un mismo tallo” (52), como exitante Mater cornucópica.
            Primero, el corazón de Ncharriri le ha indicado el camino; ahora los ojos de Ncharriri se dejan encantar por la hermosura de Jicotea–doncella. En este momento, el monstruo se encuentra colmado de impulsos sexuales primarios que subvierten el orden regulado de sus visitas acostumbradas.
            El escenario continúa ofreciendo su metalenguaje metafórico y ahora aprendemos que “entre Ncharriri y la bella corría un hilo de agua” (52), hilo que los separa como una sútil barrera, elemento natural que resulta ser el más propicio para Jicotea. No obstante, esta barrera no es lo suficientemente adecuada para las intenciones de Jicotea–doncella quien la “[convierte] en un cerco de llamas” (52). Recordemos que el fuego es un elemento intrínseco en la naturaleza mágica de Jicotea, como hemos comentado en páginas anteriores, su simbolismo está unido a la purificación. 
            En el caso de Ncharriri, cada vez que el monstruo arroja —a petición de Jicotea— una parte de su cuerpo “por encima del cerco infranqueable de falsas llamas” (52), subconscientemente va despojándose de los atributos que lo ligan a su simbolismo. Ncharriri primero se arranca “sus magníficas uñas de tigre” (52); este desgarramiento lo libera de aspectos simbólicos masculinos de agresividad que están ligados a la figura del tigre, la energía, la agresión y la virilidad (Cirlot 271, 441–42). Acto seguido, Ncharriri lanza por entre el cerco de llamas “sus cuernos admirables” (52), los cuales como corona natural en su cabeza le otorgan atributos de poder y fuerza. En las tradiciones primitivas los cuernos tienen un valor sacro, y tanto como las coronas primitivas simbolizan la fuerza.[8]
            Entonces, concentrándose en el rostro mismo, Jicotea le pide “sus dientes de marfil, su larga nariz pintada de amarillo, sus grandes orejas redondas ornadas de caracoles” (52), y el monstruo le da todo lo que le pide la doncella quien “resplandec[e] más bella a través de la blanca llamarada” (52). Jicotea ha subvertido la manifestación de la vida espiritual (Cirlot 390) reflejada en el rostro de Ncharriri. Simbólicamente, Ncharriri, al perder sus dientes, ha perdido sus muros defensores quedando el ser interior vulnerable al ataque externo (Cirlot 171); también, al quedarse sin nariz ni orejas pierde otras expresiones de los matices de la espiritualidad inherentes a la expresión facial, quedando en realidad casi “sin rostro,” al solo quedarle aún los ojos y la boca.
            Después, Ncharriri debe arrancarse su cola “tan flexible y airosa que termin[a] la copa de un arbolito cuajado de flores extrañas y de cocuyos fulgurantes” (52), y al hacerlo se está mutilando en una forma dual, tanto en lo simbólico como en la relación psíquica de su entrega con el falo; el monstruo está entregando el poder activo que perpetúa su vida, el elemento masculino de fuerza que permite la propagación de la especie, y en resumidas cuentas, su propia virilidad. Cuando Ncharriri arroja sus pies con la promesa de Jicotea de que huiría “como el viento llevando [a la doncella] en el saco” (52), pierde otras dos partes esenciales de su cuerpo, que simbolizan otro aspecto del alma, por ser soporte del hombre erecto (Cirlot 361).
            Uno a uno, todo lo que une a Ncharriri al Orden Simbólico y al principio de realidad va desapareciendo. La imagen unitaria, su ego, está siendo lentamente fragmentada. Durante esta penosa prueba el monstruo no profiere palabra; su racionalidad —la que sabemos está intrínsicamente ligada al lenguage— no puede evadir la subyugación irracional e impulsiva, el coup de foudre, que representa el personaje de Jicotea–doncella.
            Sin embargo, por un único instante, quizá premonitorio de su próxima auto-aniquilación, su boca se abre para responder a la única pregunta, que no es una orden, proferida por la presunta femme–fatale:

   “¿Hay entre tus siete mil mujeres una más bella que yo?”
    El monstruo atesta:  “Mis siete mil mujeres se avergonzarán al verte” (52)

            Y así, sin aguardar un minuto más, la poderosa voz de Jicotea arremete con todas sus fuerzas pidiéndole al monstruo los últimos bastiones de su desmoronado ser: “tus ojos de cuentas rojas y tus manos. Y... también tu corazón. ¡Ncharriri, arráncate tu corazón y tus cuatro manos inmensas!” (53).
            Ncharriri obediente, enamorado, en su camino sin retorno que lo lleva hacia la muerte, no escucha la última llamada del Orden Simbólico, emanando de su propia voz. Su metalenguaje físico compromete su cuerpo al sacrificio en franco intercambio con el gozo de la deseada reunión simbiótica con lo irracional.
            Ncharriri, entonces, se arranca los ojos, almenas del alma, luces del espíritu; se arranca tres de sus cuatro manos, porque con la cuarta, como en ritual primitivo, se arranca su único corazón. Las manos, como los pies, son soportes del cuerpo; no obstante, según el mitólogo Marius Schneider la mano es la manifestación corporal del estado interno manifestado por la vía acústica, o sea, el gesto. Las cuatro manos del monstruo también están ligadas a la idea de la totalidad terrena, del cosmos físico, de los cuatro elementos, por lo que tienen relación con lo estable y lo sólido como son los símbolos.
            Por último, se desgarra el corazón, centro del cuerpo simbólico de la eternidad, motor inmóvil, verdadera sede de la inteligencia –según las doctrinas tradicionales– siendo el cerebro sólo un instrumento de la realización (Cirlot 144). Démonos cuenta, sin embargo, de que la noción del amor ligado con el corazón no se encuentra en este relato; el corazón de Ncharriri es el impulso vital de su vida física, sin él toda otra materia corporal cae en la nada de la muerte.
            El monstruo cae “muerto a la orilla del río” (53), las aguas vuelven a donde yadís ardía el cerco de fuego; el escenario metafísico desaparece. Su deseo de posesión por la bellísima Jicotea–doncella lleva a Ncharriri a la muerte de su entidad simbólico–social.  Sin embargo, en el plano anímico su descalabrada actuación puede verse como un exitoso intento de regresar a la armonía preedípica. Como bien lo expresa la eminente profesora Toril Moi, de Duke University: “si aceptamos que el final del deseo es la consecuencia lógica de la satisfacción ... podemos entender porqué Freud, en Beyond the Pleasure Principle, sitúa la muerte como objeto último del deseo —como el Nirvana o la recuperación de la unidad perdida, la curación final del sujeto dividido” (Moi 111).
            Finalmente, sin olvidar que toda teoría crítica es “política” en el sentido que busca siempre controlar el discurso, quiero poner fin a mi análisis de este relato diciendo que lo único que Jicotea–doncella no le pide a Ncharriri es su boca, quizá porque la palabra no tiene cabida en el universo de los impulsos pre-edípicos; su instrumento, la boca, puede entonces quedar del otro lado del cerco de fuego ya que no forma parte del metalenguaje irracional utilizado en el proceso de reintegración en el anárquico universo de los sentidos.
            Pero, quizá deba yo mencionar a Ncharriri una última vez en relación al amor; sentimento como el que —en el volumen Cuentos negros de Cuba (1936)— siente el sapo del relato titulado “El sapo guardiero”, quien nunca había conocido el amor hasta que dos niños se adentran en el bosque de la bruja Sampunga y allí se pierden y él, con tal de que la bruja no los halle y se los coma, sacrifica su vida para que ellos se salven y encuentren el camino de retorno a su hogar; este amor que el sapo solo descubre en sí mismo, cuando aprende a cerrar entre sus suaves ancas a estas dos criaturas mortales y aprende a acariciarlos para que pierdan su temor del bosque. Él, que nunca ha amado, que nunca ha sentido. No obstante, amor como el del sapo no es el de Ncharriri. Ncharriri, hasta el instante en que se encuentra con Jicotea-doncella, jamás ha experimentado el amor, solo lujuria—, pero al verla frente a sí en todo su mágico esplendor se convierte en un monstruo cuasi enamorado; Jicotea-doncella es la más bella de todas, y le ha pedido a su pretendiende el sumum de todos los sacrificios, el desmembramiento, el que lentamente lo lleva a una muerte segura. Pero, qué importa morir, parece decirnos Ncharriri, y con este reto el monstruo prueba al lector, que él también ha sido privilegiado por nuestra Lydia, porque su creadora le ha permitido descubrir la más cercana emoción que pueda atribuírsele a un monstruo que se siente “enamorado” por arte de la magia de Jicotea, sentimiento al que Lydia Cabrera no da por costumbre cabida en su obra, salvo en un caso o dos. Creo que hoy todos los que aquí estamos congregados virtualmente no estaríamos lejos de la verdad si pensáramos que es muy probable que Ncharriri no hubiese jamás querido cambiar su suerte, porque al menos por un rato llegó a ser un monstruo feliz, aunque con ello perdiese la vida en el intento. 
            En la cuentística de Cabrera presenciamos como el hombre y la naturaleza se aúnan en un universo en el cual viven en conjunto el bien y el mal; todo lo creado está sujeto a los movimientos del universo, al continuo balance del mismo, y por consiguiente, la creación siempre se siente acechada por una posible destrucción de su armonía. En los cuentos de Cabrera el estado desarmónico es a veces de inmediata reparación, como cuando se trata sólo de un diablo de camino; en otras ocasiones restablecer el orden universal muestra ser de gran magnitud, como en el caso de las múltiples casi-muertes de Jicotea, la tortuguita, quien por ser un elemento cósmico absoluto, toma su tiempo en perecer.
            Indudablemente, la narrativa de Cabrera conlleva la autenticidad de la fuerza telúrica, la religiosidad, y —sobre todo— la extraordinaria subsistencia histórica de lo ancestral africano en el universo contemporáneo. Gracias a la monumental obra que nos ha legado Lydia Cabrera hoy día, en el siglo XXI, somos testigos de la elaboración mística y mágica de una realidad maravillosa escondida –la africana– la cual convive en medio del mundo espiritual blanquinegro que caracteriza en gran parte a la sociedad cubana, dentro y fuera de la Isla.

Obras citadas y de consulta


Cabrera, Lydia. Ayapá, cuentos de Jicotea. Miami: Ediciones Universal, 1971.

_____.  “El sapo guardiero”, en Cuentos negros de Cuba. 2da. edición. Madrid:     Ediciones C.R., 1972: 171-174.

_____.  “Ncharriri,” en Ayapá: Cuentos de Jicotea. Miami: Ediciones Universal, 1971:     49–53.

_____.  ¿Por qué...? Cuentos negros de Cuba. 2da. edición. Madrid: Ediciones C.R.,        1972.

_____.  “Se va por el río”, en Cuentos para adultos niños y retrasados mentales. Miami: Ultra Graphic Corp., 1983, pp. 44-49.

Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos. Barcelona: Editorial Labor S.A., 1981.

Eliade, Mircea. Cosmos and History. New York: Harper & Row, 1967.

_____. Images et symboles: essais sur le symbolisme magico–religieux. Paris:       Gallimard, 1952.

Gutiérrez, Mariela A. Lydia Cabrera: Aproximaciones mítico-simbólicas a su        cuentística.  Madrid: Verbum, 1997.

Kristeva, Julia. La révolution du langage poétique. Paris: Seuil, 1974.

_____. “The System and the Speaking Subject:” A Survey of Semiotics. Lisse,        Netherlands, The Peter de Ridder Press: 45–55.

Lacan, Jacques. Ecrits. Paris, Seuil, 1966.

Moi, Toril. Teoría literaria femenista. Trad. Amalia Bárcena. Madrid: Cátedra, 1988.

Scheneider, Marius. El origen musical de los animales–símbolos en la mitología y la        escultura antiguas. Barcelona, 1948.        



[1] Dra. Mariela A. Gutiérrez. Ensayista, conferencista, investigadora y crítica literaria. Profesora titular del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Waterloo, en Ontario, Canadá. Se especializa en los estudios afro-hispánicos (principalmente Cuba) y en la literatura femenina latinoamericana del siglo XX y es la principal especialista de la obra de la ilustre autora cubana Lydia Cabrera. Autora de ocho libros y ciento diez artículos y ensayos. Merecedora de siete premios internacionales y numerosos premios nacionales entre los que se encuentran la Medalla de Honor de Bagnère de Bigorre (2004, Pirineos Franceses), el University of Waterloo Award for Excellence in Research (2006), el University of Waterloo Distinguished Professor Award (2009), el Premio Educadora del Año 2011 de la National Association of Cuban American Educators (NACAE). Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y Miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), Es Miembro Pleno de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp. (AHCE).
[2] Los siguientes párrafos forman parte de una ponencia mía leída en la reunión del PEN Internacional en Nueva York el 17 de Septiembre, 2005. Fue publicada anteriormente como parte de un trabajo más extenso que escribí sobre la insigne autora cubana titulado “Lydia Cabrera: Cuentos libertarios para el centenario”, en Círculo: Revista de Cultura Panamericana (CELJ). Vol. XXXII, otoño 2003, pp. 175-184.
[3] Las siguientes páginas hacen parte de mi ponencia “Ncharriri monstruo enamorado del bestiario cabreriano” leída en el XXVI Congreso de Verano de Círculo de Cultura Panamericano, el 22 de julio, 2006 en Miami, Florida. La misma fue publicada posteriormente en Círculo: Revista de Cultura Panamericana (CELJ), Vol. XXXVI, Otoño 2007, pp. 54-65.
[4] El sistema de Ifá o sistema de Adivinación consiste en dieciseis signos o “letras” llamados Odú. En cada Odú habla un orisha o Santo. Por su parte, estos dieciseis signos capitales dan origen a otros quince signos menores.
[5] El nombre mismo del monstruo está ligado al universo africano: Ncha (tarro, cuerno) Riri (chivo, cabra macho), i.e., “cuernos de chivo” es su nombre en yoruba.
[6] Noche de brujas.
[7] Árbol tropical de la familia de las bignoniácias, de fruto globoso, como seno de mujer, con corteza dura y              blanquecina, lleno de pulpa blanca.
[8] La etimología de cuerno y corona es la misma, compartiendo las mismas consonantes KRN en griego y cornu, corona en latín (Cirlot 160).