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Thursday, May 28, 2026

TRES MOTIVOS EN LA POESÍA DE HEBERTO PADILLA (*)

Por Gustavo Pérez Firmat (**)

«Me hubiera gustado ser solo eso, un poeta, un escritor, no una persona afectada por la política».

Heberto Padilla (1932-2000)

Aunque empezó a publicar muy joven, Heberto Padilla no fue un poeta prolífico. Si dejamos a un lado Las rosas audaces (1948), un libro juvenil que Padilla no reconoce como parte de su obra (Zapata, 1987, p. 273), quedan: cuatro poemarios –El justo tiempo humano (1962), Fuera del juego (1968), Provocaciones (1973), El hombre junto al mar(1981)–, dos cuadernos cuyos poemas, con alguna excepción, se incorporan a los poemarios –La hora (1964) y Por el momento (1970)– y dos antologías bilingües –Legacies (1982), A Fountain, A House of Stone (1991)–, aunque solo la segunda de estas recoge poemas inéditos. Su primer libro aparece cuando ya había cumplido treinta años y su último poco antes de cumplir los sesenta. De los cincuenta poemas de A Fountain, A House of Stone, solo siete son nuevos. Después de este libro, Padilla no volvió a publicar, y probablemente no escribió más poesía. Lo que dice en El hombre junto al mar acerca del destierro estadounidense de Luis Cernuda podría atribuirse a él: «La poesía / se le hizo terriblemente arisca» (Padilla, 1981, p. 77).

La poesía de Padilla gira en torno a tres actividades o núcleos argumentales: andar, objetar, cantar. Aunque las tres actividades atraviesan todos los poemarios, su importancia varía. En El justo tiempo humano prima el andar; en Fuera del juego y Provocaciones, el objetar; en El hombre junto al mar, el cantar. Los poemas inéditos de A Fountain, A House of Stone conforman una vacilante coda, como veremos.

ANDAR

Durante la década de 1950 y la primera mitad de la de 1960, Padilla fue un viajero infatigable. De las tres partes que conforman El justo tiempo humano, la primera y más larga se lee como un diario de viaje: «En la tumba de Dylan Thomas», «Hamburgo», «Londres», «Andaba yo por Grecia», «En la corte de Luis XIV». Otros poemas –«Renata», «Ana Frank», «Llegada del otoño», «Exilios»– también están ambientados en Europa. En «La hora», un poema escrito en Moscú en 1963, Padilla conjetura sobre el lugar de su muerte. Podría llegarle la hora en Londres, Moscú, Smolensk, Borodino, Lyon, New York o Noruega. El lugar que brilla por su ausencia es su país natal. Algo parecido sucede en «Cielos que cambian», de Provocaciones. El poeta alza los ojos y ve los cielos de Grecia, Marruecos, México, Londres, Moscú. Lo que no ve es el cielo azul de Cuba. Uno de los pocos poemas que escribió a propósito de un paraje de la isla, «Cayo Piedras», fue omitido de ediciones posteriores de Fuera del juego. Así como los referentes literarios de Padilla son escritores estadounidenses y europeos, sus referentes geográficos también son extranjeros.

Como se sabe, los adversarios de Padilla le sacaron en cara las frecuentes ausencias de Cuba. Según Leopoldo Ávila, la conducta de Padilla se caracterizaba por «el andar, despreocupado y boquiabierto, por las capitales europeas». Es más, «la lista de sus viajes le dan un récord que pocos pilotos han igualado» (Ávila, 1968, p. 17). Del mismo modo, la «Declaración de la UNEAC» le reprocha no haber estado en Cuba en momentos decisivos. Padilla (1968, p. 35) mismo, consciente de su vulnerabilidad en este punto, incluye en Fuera del juego un poema titulado «Siempre he vivido en Cuba», donde argumenta, con dudosa verosimilitud, que su ausencia física de la isla está compensada por su compromiso con su historia: «Yo vivo en Cuba. Siempre / he vivido en Cuba. Esos años de vagar / por el mundo de que tanto han hablado. / son mis mentiras, mis falsificaciones».

Pero, contra lo que afirma en el poema, desde muy joven Padilla alardeó de su vocación viajera. Empleado por el Ministerio de Comercio Exterior del régimen castrista, se llama a sí mismo «viajante de Comercio Exterior», un juego de palabras que nombra tanto su ocupación como su trashumancia (Padilla, 1968, p. 64). En un poema dedicado a Pablo Armando Fernández, se enorgullece de sus «viejos zapatones» que destrozó «de tanto andar» (Padilla, 1981, p. 11). En el poema inicial de Fuera del juego, «En tiempos difíciles», menciona sus «viejas piernas andariegas» (Padilla, 1968, p. 23). Dada esta insistencia en «andar», cuando el verbo recurre al final del poema –«Y finalmente, le rogaron / que, por favor, echase a andar»– adquiere una carga semántica que va más allá del uso coloquial. Echarse a andar, integrarse al proyecto de la Revolución, implica dejar de andar, abandonar sus hábitos de viajero.

OBJETAR

En el poema epónimo de Fuera del juego, Padilla (1968, p. 59) declara que el poeta «Encuentra siempre algo que objetar». En efecto, los poemas sitúan a Padilla en lo que Antonio José Ponte (2002, p. 99) ha llamado, a propósito de Lorenzo García Vega, «la tradición cubana del no». Inconforme, desobediente, malhumorado, el poeta no asiente, disiente. No se suma a la marcha. En «Fuera del juego», cuando «todo el mundo» dice «pues sí, / claro que sí, / por supuesto que sí», él se define por lo que niega: «No entra en el juego. / No se entusiasma. / No pone en claro su mensaje. / No repara siquiera en los milagros» (Padilla, 1968, p. 59).

Este ímpetu negador marca la distancia entre El justo tiempo humano y Fuera del juego, que puede leerse como una negación o retractación del compromiso con la Revolución del primero. La última parte de El justo tiempo humano, la única que guarda relación con el título, contiene siete breves poemas de sesgo político. Padilla toma el título de un verso de Salvatore Quasimodo (1961, p. 117), pero altera su significado; en el original giusto significa justo en el sentido de exacto o adecuado. El poema de Quasimodo, de tema amoroso, nada tiene que ver con la justicia social. Padilla desvía el significado de justo hacia la acepción ética del adjetivo y sustituye el amor de un pueblo por el amor de una mujer. El primero de los poemas «revolucionarios», «Pancarta para 1960», comienza: «Usureros, bandidos, prestamistas,  / adiós.  / Os ha borrado el fuego / de la Revolución» (Padilla, 1962, p. 119).

Los demás poemas de esta sección comparten el «pancartismo». Cuando no es el pancartismo justiciero de este poema, es el pancartismo cursi de «Playa Girón»: «Muerte, / no te conozco. / Aún no hay víscera mía / que hayas tocado en lo más leve» (Padilla, 1962, p. 121). O el pancartismo sentimental de «Canción»: «Duerme, / mi guerrillera, / La vida sigue en pie. / Por los caminos / tus ojos todavía resplandecen» (Padilla, 1962, p. 125).

En Fuera del juego el fugaz fervor revolucionario se ha desvanecido. Los tiempos han cambiado. Ya no estamos en el justo tiempo humano sino «En tiempos difíciles», el poema que abre la colección. Este poema debe leerse en relación con «Ahora que estás de vuelta», otro de los poemas revolucionarios de El justo tiempo humano. Al regresar a Cuba en 1959, Padilla (1962, p. 129) enumera órganos para reprobar el uso que ha hecho de ellos: su «corazón de elegía», sus ojos «habituados al resplandor / de los desastres», sus oídos «rotos / por tanta furia y tanta muerte», su lengua «de imágenes perecederas», y sus manos «que tiemblan, que solo / sabían escribir “me muero”». La desesperanza de estas frases queda superada en el poema siguiente, «El justo tiempo humano», que abre: «¡Mira la vida al aire libre!».

«En tiempos difíciles» retoma el listado anatómico. La Revolución le pide manos, ojos, labios, piernas, pecho, corazón, hombros y lengua. Mas la enumeración no propicia una transformación personal, como en el poemario anterior, sino un desmembramiento. No se trata de dones sino de donaciones. Y finalmente la Revolución le pide la prueba definitiva, que eche a andar, un andar que recuerda, con ironía salvaje, sus antiguos hábitos de viajero. No en balde, este poema está entre los señalados en la «Declaración de la UNEAC»: «Cuando Padilla expresa que se le arrancan sus órganos vitales y se le demanda que eche a andar, es la Revolución, exigente en los deberes colectivos, quien desmembra al individuo y le pide que funcione socialmente». Pero el poeta se niega a «convertirse en combustible social» (Padilla, 1968, p. 8). Como ha señalado Harris Feinsod (2017, p. 306), la enumeración de partes del cuerpo remite al género poético del blasón francés, dedicado a celebrar los encantos de una amada. Aquí, en cambio, sirve para denunciar la violencia de Estado.

El ímpetu negador de Fuera del juego culmina en los dos últimos poemas, «No fue un poeta del porvenir» y «Vámonos, cuervo». Recuperando las negaciones del poema epónimo, el primero enumera los atributos que Padilla no tuvo y los tributos que no le rindieron. El segundo cita a Vallejo para contradecirlo al intercalar un «no» en medio del endecasílabo final de «Intensidad y altura». Vallejo escribe: «Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva». Padilla (1968, p. 110) reescribe: «Vámonos, cuervo, no a fecundar la cuerva». En vez de fecundación, lo que ocupa al hablante es buscar «el hilo roto» –como el verso de Vallejo– de una cometa «que se enredó en el trípode viejo del artillero». Si se tuviera que resumir el asunto de Fuera del juego en una sola palabra, sería la partícula no.

Hay que destacar, además, que el Padilla objetor no solo apunta contra la Revolución. También se usa a sí mismo como blanco. Mucho antes de la famosa autocrítica, Padilla (1968, p. 99) ya mostraba inclinación por flagelarse o ridiculizarse, por verse como un «títere perplejo» o un «terco polichinela», como se moteja en La mala memoria (Padilla, 1989, p. 148). Así en «La sombrilla nuclear», de Fuera del juego: «Ese hombre que fornica desesperadamente en hoteles de paso. / Ese desconcertado que se frota las manos, / el charlatán sarcástico y a menudo sombrío, / solo como un profeta, / por supuesto, soy yo» (Padilla, 1968, p. 66).

Hablando con Carlos Verdecia en 1992, Padilla recuerda su último encuentro con Fidel Castro: «Me agradeció el libro de poesía romántica inglesa traducido por mí que yo le había enviado. Sí, porque yo le mandé el libro de poesía inglesa, y le mandé una carta que tú leíste en aquella oportunidad, ¿recuerdas? Yo te pregunté: “¿Tú crees que sea lo suficientemente abyecta?”» (Verdecia, 1992, p. 105). Padilla bromea, pero debajo de la broma se solapa su tendencia a la autodegradación. Por eso la autocrítica resultó tan espectacular. El poeta del no reaparece como la hipóstasis del sí. Durante la autocrítica Padilla actuaba, disimulaba, mentía, seguía un guión, se iba por las ramas, pero también se entregaba sin reserva –casi diríamos, con gusto– a un papel que había ensayado en otras ocasiones (lo cual no impide, por supuesto, que el episodio haya tenido una secuela desastrosa para su estado anímico). «También los humillados», un texto que parecería ser una amarga reflexión sobre la autocrítica, se escribió varios años antes: «Ahí está nuevamente la miserable humillación, / mirándote con los ojos del perro, / lanzándote contra las nuevas fechas / y los nombres. // ¡Levántate, miedoso!, / y vuelve a tu agujero como ayer, despreciado, / inclinando otra vez la cabeza / que la Historia es el golpe que debes aprender a resistir. / La Historia es ese sitio que nos afirma y nos desgarra» (Padilla, 1968, p. 73).

Provocaciones (1973), una delgada colección de veintiún poemas publicada por una editorial fundada en Madrid por un poeta cubano, José Mario, repite el naysaying, los gestos negadores de Fuera del juego. Dos años antes de la publicación de Provocaciones, Padilla había encabezado con este título la lectura de poemas que precedió a su arresto. En su autocrítica Padilla explica que, aunque el título aludía a la teoría de Arnold Hauser de que toda obra de arte es una provocación, el referente más inmediato era el célebre artículo de Leopoldo Ávila. Padilla responde al cargo de provocador provocando. Así y todo, la actitud desafiante de Fuera del juego ha sido matizada por una rabia contenida que asoma en «Homenaje», uno de sus más bellos poemas. El poema narra la tozudez de su abuelo al trasplantar una parra de Jerez a Cuba. Por mucho que el abuelo insista, la parra no da uvas. No entra en el juego. No se entusiasma. La contienda entre abuelo y parra se compara a los golpes de un pico contra una piedra: el abuelo es el pico; la parra es la piedra. Al llegar al final del poema, al lector le aguarda una sorpresa. Resulta que el «homenaje» no va dirigido al abuelo que no cejó, «sino a la parra desobediente / que el terco viejo isleño no logró hacer parir» (Padilla, 1973, p. 37). Padilla se identifica con la piedra y no con el pico, con la parra que, a su manera, se planta en la negación.

CANTAR

No me refiero aquí a los múltiples poemas titulados «Canción» o «Canto», que pudieran o no ser instancias de lo que entiendo por cantar. El acápite remite a una actitud que despunta en Provocaciones y se desarrolla en El hombre junto al mar, cuyo primer poema lleva por título «Lo mejor es cantar desde ahora». En este poema y otros del libro el escritor se retira del «sitio» de la Historia, de los espacios públicos que solía frecuentar, ya viajando, ya actuando como partidario u opositor del régimen castrista. Al cantar, Padilla cambia el ágora por el hogar. En lugar de la notoriedad del trotamundos o el disidente, el santuario de lo doméstico.

No es esta la modalidad más frecuente en su poesía, pero sí la que prevalece en los poemas recogidos en El hombre junto al mar, casi todos escritos durante la década de los setenta, en tiempos verdaderamente difíciles. Si el Padilla objetor niega, el Padilla cantor afirma. Trueca la «caja de penumbras» de «Los enamorados del bosque Izmailovo» por el «chaleco de feria» de «Lo mejor es cantar desde ahora». En poemas como este Padilla deja de objetar y de andar, contrae el horizonte y reduce el mundo al ámbito familiar. El poeta trotamundos «que huye a través del espejo, con bufanda y abrigo, escaleras abajo», ahora se revela como «el último espejismo / que ya ha curado el sol,  / el último síntoma de aquella enfermedad, / afortunadamente transitoria» (Padilla, 1981, p. 34).

Uno de los poemas de Provocaciones, «Pausa», ya había anticipado esta nueva actitud. En Fuera del juego, la Historia invadía todos los rincones de la vida del hablante: «Siempre, más allá de tus hombros veo el mundo. / Chispea bajo los temporales. / Es un pedazo de madera podrida, un farol viejo / que alguien menea como a contracorriente. / El mundo que nuestros cuerpos / (que nuestra soledad) no pueden abolir» (Padilla, 1968, p. 52).

Si cotejamos este poema, «En lugar del amor», con «Pausa», podemos comprobar la distancia que el poeta ha recorrido. El mundo de temporales y escombros, lo que sucede en las calles, pobladas por milicianos armados y consignas revolucionarias, no hace mella en la intimidad de la pareja: «Pero yo estoy aquí, / apretado a tu cuerpo, a tu sexo. / Yo no soy un romano / ni venero sigilas en los nichos. / Esta noche / para mí no hay Imperio como tu cama, / arma como tus brazos, / gloria como tus pechos» (Padilla, 1973, p. 55).

La abolición del mundo, entrevista en esta composición, se hace recurrente en El hombre junto al mar (1981), donde el poema también aparece. Lo que fue pausa ahora es costumbre. A pesar de que casi todos los poemas se escribieron durante los largos años de arresto domiciliario, El hombre junto al mar no es una obra negadora. Padilla se afirma en el ámbito doméstico, refugio de las tormentas y los tormentos de la Historia. Aquí, el calor de un cuerpo reemplaza la lealtad a un país: «Lo tibio de tu cuerpo es mi bandera» (Padilla, 1981, p. 42). En «La vida contigo», «A Belkis cuando pinta», «Día tras día», «Canción de aniversario» o «Amándonos», la tranquilidad del apartamiento disipa el terror y la rabia, tal como afirma en el título de otro poema: «La alegría abre también los ojos en la negrura». Así, la poesía de Padilla traza un arco que se extiende desde el compromiso de El justo tiempo humano, pasando por las retractaciones y objeciones de Fuera del juego y Provocaciones, hasta llegar a la apacibilidad de El hombre junto al mar. El poeta ya no es «el bufón que a nadie hizo reír» ni el «corsario negro» ni el «mercader de ungüentos». Los atavíos de los tres personajes se tiran «por la borda» (el título del poema de donde proceden las citas). Lo único que no ha desechado es la esperanza y el amor a la vida: «Por la borda el sueño torturado / la amargura / la costumbre de arquero y flecha y saltimbanqui / pero no la esperanza / ni el amor a la vida / lo que impulsa / a seguir adelante» (Padilla, 1981, p. 64).

El hombre junto al mar es un libro de exilio, pero de exilio interior. Igual que en Provocaciones, las pocas referencias a su trashumancia no son apuntes de viaje sino remembranzas, como en «Un restaurante al aire libre en el otoño de Budapest», donde recuerda «aquellas terrazas circulares / donde por un capricho del otoño de Hungría, cenábamos temblando». Por eso dice, más adelante en el poema, que «hace mucho tiempo que no hablo de países» y que los «temas casi obsesivos» de su poesía han desaparecido (Padilla, 1981, p. 59). De hecho, los catorce años que transcurren entre 1966, cuando Padilla regresa a Cuba, y 1980, cuando se le permite emigrar a Estados Unidos, es el tramo más largo que Padilla se mantiene sin viajar. Por primera vez en su vida adulta, se vio obligado al sedentarismo, y la imposición se dirimió en goce.

En «El que regresa a las regiones claras» Padilla (1981, p. 33) parafasea un conocido poema de Eliseo Diego, «El sitio en que tan bien se está», al formular su apología del sedentarismo: «El sitio –además– donde mejor / puede permanecer un hombre / es en su patio, su casa, / sin gentes melancólicas que acechen en los muelles / la carne atroz de las pesadillas».

En poemas como este Padilla descubre otro lugar, más allá o más acá del sitio de la Historia: por una parte, los muelles, los viajes, las pesadillas; por otra, la casa, la inmovilidad, el bienestar (el bien-estar). El presente postraumático borra, o aspira a borrar, lo pasado. El impulso claustral de estos versos constituye la última modulación significativa en su poesía.

El último libro de Padilla, A Fountain, A House of Stone (1991), difícilmente podría considerarse nuevo, ya que casi todos sus poemas habían sido incluidos en libros anteriores. Los siete poemas nuevos, agrupados al final del libro, conforman una coletilla idéntica en número a la de El justo tiempo humano, pero muy distinta en intención. El exilio continuado ha socavado la tranquilidad que se observa en El hombre junto al mar. Son poemas que ni andan, ni objetan, ni cantan. Si exceptuamos «Recuerdo de Wallace Stevens en la Florida», los demás dan constancia de la vida de Padilla en Princeton, New Jersey. Al principio de la secuencia, el temple de ánimo del poeta es un difuso malestar: «¿A quién aúlla mi perro a media noche / si afuera solo hay árboles y nieve?» (Padilla, 1991, p. 104). A medida que se suceden los poemas, el malestar se agudiza hasta llegar al último del libro, y el último que Padilla publicó, «El cementerio de Princeton». Ya que fue escrito al menos diez años antes de su muerte, no creo que Padilla lo haya concebido como un texto testamentario, un balance de cuentas, pero su contenido alienta esta lectura. El poema abre con una ecuánime reflexión sobre la imbricación de la vida y la muerte: «Un pueblo puede ser la feliz reunión de muchos seres, / pero es también un escrutinio constante de la muerte» (Padilla, 1991, p. 108). A paso seguido el hablante describe el cementerio y la labor del sepulturero y el jardinero –«guardianes de estos muertos»–, y al hacerlo va perdiendo su ecuanimidad. El poema culmina en una dolorosa exclamación:  «Oh, Dios, dinos dónde, por qué. / No solo hay un miércoles de ceniza en nuestra vida. / Hacia ese camposanto / todo el mundo camina con el mismo miedo, / los mismos ojos, los mismos pies» (Padilla, 1991, p. 109).

En estos versos aparece por última vez el motivo del andar, excepto que ahora se trata del viaje definitivo. Unos años después de la publicación de A Fountain, A House of Stone, Padilla (1994, p. 5A) resumió así su trayectoria: «Me hubiera gustado ser solo eso, un poeta, un escritor, no una persona afectada por la política». Nunca lo logró y cabe preguntarnos, en contra de lo que afirma, si su poesía hubiera alcanzado la relevancia que alcanzó si no hubiese incidido en la política. Por memorables que sean algunos de los poemas nutridos por sus viajes o su vida íntima, la veta más fértil de su poesía es la política. Objetar le era más natural que andar o cantar, lo cual nos ayuda a entender por qué el exilio lo extinguió como poeta. Ya no tenía a la vista blancos a los que disparar. Ni escenario desde donde hacerlo. Ni público que lo abucheara o aplaudiera. Fuera del juego, no había razón para seguir jugando.

COLUMBIA UNIVERSITY

(*) Tomado de Cuadernos hispanoamericanos

(**) Nació en La Habana, Cuba y se crió en Miami, Florida. Estudió en el Miami-Dade Community College, la Universidad de Miami y la Universidad de Michigan , donde obtuvo un doctorado en Literatura Comparada. Impartió clases en la Universidad de Duke de 1979 a 1999 y en la Universidad de Columbia hasta 2022. Actualmente es Profesor Emérito David Feinson de Humanidades en la Universidad de Columbia.

BIBLIOGRAFÍA

Ávila, Leopoldo. «Las provocaciones de Heberto Padilla», Verde Olivo, 9.45, 1968, pp. 17-18.

Feinsod, Harris. The Poetry of the Americas, Oxford University Press, Nueva York, 2017.

Padilla, Heberto. El justo tiempo humano, UNEAC, La Habana, 1962.

Fuera del juego (Premio Julián del Casal), UNEAC, La Habana, 1968.

Provocaciones, La Gota de Agua, Madrid, 1973.

El hombre junto al mar, Seix Barral, Barcelona, 1981.

Legacies (edición bilingüe, traducido por Alastair Reid y Andrew Hurley), Farrar Straus Giroux, Nueva York, 1982.

La mala memoria, Plaza & Janés, Barcelona, 1989

A Fountain, a House of Stone (edición bilingüe, traducido por Alastair Reid y Alexander Coleman), Farrar Straus Giroux, Nueva York, 1991.

«Política y poesía», El Nuevo Herald, 6 de agosto de 1994, 5A.

Ponte, Antonio José. El libro perdido de los origenistas, Aldus, México, 2002.

Quasimodo, Salvatore. Tutte le poesie, Mondadori, Milán, 1961.

Verdecia, Carlos. «Conversación con Heberto Padilla», La mala memoria de Heberto Padilla (edición condensada), Kosmos Editorial, San José (Costa Rica), 1992, pp. 101-116.

Zapata, Miguel Ángel. «Entre la épica y la lírica de Heberto Padilla». Inti, 26-27, 1987-1988, pp. 273-284.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

 

Tuesday, June 17, 2025

Destierro y destiempo

Por Gustavo Pérez Firmat


Deslenguados a unas pocas leguas. Collage de LLL.

Soy lo que fui, hace años, para siempre: un cubano de Miami, sin lengua pero deslenguado, que ha tenido la buena suerte y la mala fortuna de vivir casi toda su vida en un país libre, pero que no es el suyo, y de escribir su obra en dos idiomas, ninguno de los cuales en propiedad le pertenece. El exilio nos cambia, nos da la oportunidad o nos impone la obligación de convertirnos en otra persona, alguien que a veces no se nos parece. De ahí que, para mí, el hacer carrera de profesor y escritor más que un destino ha sido un desatino, una especie de falla, un accidente topográfico producido por los temblores que sacuden la isla donde nací. Soy escritor para dejar constancia que debí haber sido otra cosa. Hace años escribí un librito que titulé Equivocaciones. Y es que no escribo por vocación; escribo por equivocación. Meter la pata es mi condena. A decir verdad, yo nací con alma de almacenista, igual que mi padre y que mi abuelo—cuestión de libras en vez de libros, de arrobas en vez de arrobos, de joie de víveres.

El que padece la ausencia no es un perdedor, aunque haya perdido. Al perdedor algo le ha sucedido. Su pérdida es transitiva, tiene un complemento: alguna posesión, un ser querido, su país. La ausencia carece de transitividad. Al expresarse como verbo, deviene una acción reflexiva que recae sobre el sujeto: ausente es quien se ausenta. Y aunque un perdedor también puede perderse, el que se ausenta no se pierde. A veces sucede todo lo contrario y en la ausencia se halla a sí mismo. En un sentido estricto la ausencia es la pérdida de lo que nunca se tuvo, una pérdida en sí perdida. De ahí que su tesitura afectiva, como señala LaCapra, sea la melancolía en vez del luto (48).

Sucede, sin embargo, que una pérdida de mucha duración, que se hace crónica e irreversible, llega a experimentarse como ausencia. Para el perdedor a largo plazo, el objeto de la pérdida se desvanece, y lo que ya no se tiene se confunde con lo que nunca se tuvo. Cuando esto sucede, el luto por la pérdida se desliza hacia la melancolía por lo ausente—una melancolía sin fin, ya que no hay manera de restituir lo que nunca fue. Así ocurre, por ejemplo, en la obra de escritores cuyo destierro se prolonga por varias décadas, en particular si abandonaron su país natal muy jóvenes. Esta es la situación de los integrantes de la “primera generación cubanoamericana” (Rojas 26) o “la generación 1.5” (Pérez Firmat 18): Roberto Fernández, Cristina García, Carolina Hospital, Dionisio Martínez, Pablo Medina, Elías Miguel Muñoz, Achy Obejas, Virgil Suárez (entre otros). El saber de ausencia le imparte a la patria largamente perdida un carácter fantasmático, irreal. Más que un referente histórico es una figura de la imaginación. Como en la novela de Cristina García, Dreaming in Cuban (1992), Cuba no se recuerda, se sueña.Hace unos años hice una lectura de poesía en un centro para personas jubiladas cerca de Chapel Hill, el pueblo en Carolina del Norte donde vivo. Después de mi presentación se me acercó una señora para decirme que aunque no era cubana y había vivido toda su vida en el profundo sur, entendía los poemas que yo acababa de leer porque, en sus palabras, “aging is a process of exile.” O sea, envejecer es un exilio. Siempre he recordado esa frase, y con los años me he dado cuenta de que esa sexagenaria Scarlett O’Hara, teñida de rubio y vestida con shorcitos para jugar tennis, tenía razón. 

En su juventud, el exiliado le apuesta al tiempo. Confía en que, con el tiempo, el destierro será redimido por el regreso. De ahí aquel brindis tantas veces repetido por los exiliados cubanos: “El año que viene estamos en Cuba.” Sin embargo (y hasta con embargo), a medida que el exiliado envejece, el tiempo, antes su cómplice, se le vuelve hostil. Empezamos a perder el tiempo, por así decirlo. Empezamos a sentir una falta de sincronía entre el tiempo de nuestras vidas y el tiempo de la historia. Nuestro tiempo, en el sentido histórico, ya no coincide con nuestro tiempo, en el sentido vital. Cuando esto sucede, en vez de vivir con tiempo, a tiempo, vivimos a destiempo.

Por supuesto, esta sensación de destiempo invade a todo el que llega a viejo. En mis cursos les digo a los estudiantes que no me hablen acerca de nada que haya ocurrido en los últimos diez o quince años porque no tengo la menor idea. El presente, la contemporaneidad, a ellos les pertenece. Ojalá la sepan aprovechar. En vez de ser contemporáneo de mis estudiantes. soy su destemporáneo. Compartimos la misma época pero no el mismo tiempo. 

Para el exiliado, el destiempo, la destemporaneidad tiene repercusiones que van más allá del no estar al día, del proverbial despiste, ya que altera la definición misma del exilio. Envejecer en el exilio es también el envejecer del exilio. Como nosotros, el exilio tiene sus edades: su juventud, su madurez y su tercera edad. Y si hay achaques de la edad, también hay achaques de la edad del exilio, que nos dejan marcas no tan evidentes como las arrugas o las canas, pero no por ello menos reales. Cuando el exilio dura por décadas deja de ser un estado pasajero para convertirse en una condición crónica. Crónica en ambos sentidos: una condición sujeta al tiempo y tan irreversible como el propio envejecer. Al final de la película de Andy García, The Lost City, el protagonista, Fico Fellove, abandona la isla. Al llegar a Nueva York le dice a un americano: “I’m only impersonating an exile. I’m still in Cuba.” Es posible que todo el que ha abandonado su país, al llegar al destierro, piense igual que Fico Fellove y niegue la realidad del exilio. Pero enton pasan los años. Y al fin al cabo otra realidad se impone, la realidad de un de un exilio crónico, exilio duro por duradero, sin fin ni finalidad. La impostura ya no es máscara; es cara. Es más, es más cara.

Llegué a Miami con mi padres y mis hermanos el 24 de octubre de 1960 y nunca he vuelto a Cuba. Cuando llegué tenía 11 años; ya he cumplido 64. A medida que ha pasado el tiempo, el exilio ha ido acaparando una parte cada vez mayor de mi vida. Ya ocupa más de tres cuartas partes. Es como si la edad de mi exilio se fuera aproximando más y más a mi edad. A veces hasta me parece que algún día mi exilio y yo tendremos la misma edad. Ese día, el niño que vivió en el Reparto Kohly en La Habana y asistió a La Salle del Vedado habrá desaparecido por completo. Ese día, seré sólo exilio. Seré alguien que sabe que ha perdido algo pero que no sabe lo que es porque la época antes de la pérdida ya no existe.  

Así es como se presentan los síntomas de un exilio perdurable. No es mero juego de palabras decir que el exiliado crónico es también un exiliado anacrónico. Después de tanto tiempo, lo que ya no se tiene se confunde con lo que nunca se tuvo, y lo que fue nostalgia se siente como melancolía. Supongamos que Fico Fellove todavía vive en Nueva York. ¿Cómo se describiría a sí mismo después de medio siglo de exilio? Dudo mucho que siga diciendo que el exilio es una impostura, que él todavía está en Cuba. Creo que diría que el exilio ha calado en lo más profundo de su ser. Tanto, que ya ni siquiera es un cubano exiliado. Es un exiliado cubano. Lo sustantivo es el exilio; lo adjetivo, la nacionalidad. 

No sé en qué momento arribé a lo que en inglés se llama the point of no-return, modismo que para el exiliado cobra un significado inusitado. Sé que no fue una revelación súbita. Ocurrió poco a poco, casi insensiblemente. El primer atisbo coincidió con la invasión de Playa Girón. Cuando desperté para ir al colegio la mañana del 17 de abril de 1961 mi tío y mi padre estaban en el Florida Room de nuestra casa en Miami escuchando trasmisiones de onda corta, ambos convencidos de que la invasión iba a triunfar. Cuando no fue así, dejaron de hablar con tanto optimismo de un regreso inmediato a la isla. Lo mismo sucedió con la llamada crisis de los misiles. Y con los desembarcos de Alpha 66. Y con la fingida gestión de Alabau Trelles. Y con tantos otros momentos de esperanza y desengaño, booms and busts. El lema de mi padre, como el de tantos, era siempre: “Lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo.” Con el tiempo el lema se trocó en dilema: la cosa se ponía cada vez peor pero nada bueno salía de ello.

La última vez que me pareció que nuestro exilio tenía expiration date, fecha de vencimiento, fue a principios de los años 90, después de la caída del muro de Berlín. En uno de mis libros describo un concierto de Willy Chirino en el Dade County Auditorium que ocurrió en el verano del 1991. Chirino acababa de lanzar una canción que pronto se convirtió en himno: “Nuestro día ya viene llegando.” En ese momento sí nos parecía, en efecto, que el regreso era posible. Pero entonces, igual que antes, igual que siempre, empezaron a pasar los años y nuestro día no acababa de llegar. Llegaban, eso sí, más y más cubanos a las costas de la Florida.

Por esos años, además, mi familia entró en uno de esos ciclos de contracción que atribulan a todas las familias. Hay épocas cuando las familias crecen y otras épocas cuando las familias menguan. Durante nuestras primeras décadas de exilio, mi familia crecía. Los que éramos jóvenes nos casábamos y teníamos hijos. Los que ya no eran jóvenes, seguían tirando. Por esos años me parecía que nadie se moría en Miami. En los años noventa, la familia empezó a menguar. Primero los abuelos, después los tíos y las tías. Cuando mi padre falleció, hace justamente diez años, me di cuenta de que nuestro exilio era definitivo, que ya habíamos llegado al point of no return. La fecha de vencimiento nos había vencido. Si no había regreso para mi padre, tampoco podía haber regreso para mí. Orlando González Esteva tiene una frase que describe con precisión mis sentimientos: “El futuro ya pasó.” No digo que el futuro haya pasado para todos. Sólo digo que ha pasado para mí. 

Cuando el futuro pasa, el tiempo se vuelve destiempo, o lo que es peor, contratiempo. El año que viene no vamos a estar en Cuba. El día que venía llegando no llegó. La esperanza de la espera se dirime en la sabiduría de que ya no hay motivo para seguir esperando. Ahora cuando pienso en Cuba, oigo la voz de mi padre, que ya no existe. Lo cual no quiere decir, claro, que yo no siga siendo cubano. Descreo de la asimilación, del desexilio, del ex-exilio o del post-exilio. Tampoco creo en un exilio que deviene diáspora o emigración. Pero sé que un exilio sin fin, que un exilio sin auxilio, ha cambiado mi relación con el país donde nací.

Hay tres palabras distintas para designar la condición de ser cubano--cubanidad, cubanía y cubaneo. En inglés, todas se traducen Cubanness, aunque no significan lo mismo. El término más antiguo y difundido es cubanidad, cuyos orígenes se remontan al despertar del sentir nacionalista en Cuba a principios del siglo XIX. En una conferencia del 1939, Fernando Ortiz define la cubanidad como “la condición genérica de cubano” (“Los factores humanos de la cubanidad” 166). El adjetivo es clave: la cubanidad es un atributo genérico. No admite individualización. En el sentido en que uso el término, designa un estado legal avalado por partidas de nacimiento y pasaportes, documentos que equiparan la nacionalidad con la ciudadanía. Esto quiere decir, sin embargo, que la cubanidad es la manifestación más precaria de la nacionalidad. Es posible ser cubano y no tener vínculos legales con Cuba. Lo opuesto también sucede: para reclamar cubanidad no es necesario haber nacido o haber sido criado en Cuba. Basta con una carta de naturalización. 

El cubaneo es distinto. A diferencia de la cubanidad, prescinde del aval de documentos expedidos por un gobierno. En lugar, se manifiesta en todo un repertorio informal de gestos, gustos, costumbres, de maneras de hablar, pensar y sentir. En vez de nombrar un estado civil, el cubaneo designa un estado de ánimo—una actitud, un talante, cierta disposición afectiva. De ahí que el referente del cubaneo no sea un país—entidad política—sino un pueblo—conjunto social y cultural. Cabe añadir que el cubaneo no siempre ha sido bien visto, inclusive por los propios cubanos. Es el blanco de obras como Manual del perfecto sinvergüenza (1922) de José Muzaurrieta, La indagación del choteo (1928) de Jorge Mañach y El carácter cubano (1941) de Calixto Masó. Un reciente diccionario de cubanismos publicado en España define el cubaneo de esta manera: “Actitud despreocupada y superficial que se considera típica de los cubanos” (Diccionario del español en Cuba 169). Un ejemplo de esta actitud es la frase favorita de mi padre, “Jodido pero contento,” máxima que sabiamente supedita la jodedera a la jodedura. Como dijo no sé quién, a veces lo más profundo es la piel. 

En efecto, el cubaneo dista mucho de ser superficial. O más bien, se trata de una actitud superficial que entraña un sentido profundo. Pues si la cubanidad designa pertenencia a una nación, el cubaneo denota algo igualmente significativo: pertenencia a una comunidad. Para el exiliado, el cubaneo ayuda a colmar el vacío creado por la separación. Es un antídoto contra la ausencia. Porque en el fondo esa informalidad efusiva y callejera—encarnada en el paradigmático apóstrofe callejero, “oye tú”—no es otra cosa que una manera de reanudar los vínculos rotos por el exilio. Como el “oye tú.” el cubaneo reclama comunicación, contacto. El slogan de un anuncio comercial en la Cuba que ya no existe preguntaba: “¿Hay ambiente, mi gente?” Como la cerveza Crystal, el cubaneo crea ambiente, mitiga el desconcierto de vivir en tierra extraña.

Llegamos entonces al tercer término, cubanía, una de esas pocas palabras con fecha de nacimiento, ya que fue acuñada por Fernando Ortiz en la conferencia que mencioné anteriormente, dictada en la Universidad de La Habana el 28 de noviembre de 1939. Desde entonces, “cubanía” y “cubanidad” tienden a usarse indistintamente, aunque Ortiz introdujo la nueva voz para discriminar entre ellas. La idea para el neologismo le llega a Ortiz de Miguel de Unamuno, que distinguía entre hispanidad e hispanía. Según Unamuno, igual que hay una diferencia entre humanidad, atributo genérico, y hombría, virtud individual, existe una distinción correspondiente entre hispanidad e hispanía.

Siguiendo los pasos de Unamuno, Ortiz define la cubanía como una cubanidad arraigada en el sentir del individuo. “Una cubanidad,” dice él, “sentida, consciente y deseada” (166). Por lo tanto, la cubanía no yace en una relación legal entre un ciudadano y su nación, ni tampoco en la relación de cordialidad entre cubanos. La cubanía forma parte de nuestra vida interior. No se convalida, se siente. No se expresa, se siente. Según Ortiz, estriba en “la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser” (166). Sucede entonces que la cubanía no depende de contingencias como el destierro o el destiempo, sino de un acto de voluntad, de una especie de añoranza, un querer ser (tal vez, un querer ser lo que ya no somos). A diferencia de la cubanidad, que remite a un país, y a diferencia del cubaneo, que remite a un pueblo, la cubanía encarna en algo más sutil e inefable: en una patria. Como en el conocido poema de Martí, “Cuba y la noche,” la patria es una presencia cordial e íntima, una posesión inconfiscable, un país que no se abandona y un pueblo poblado de noche.

La Constitución cubana del 1940 afirma: “El ciudadano tiene derecho a residir en su patria.” Y también tiene el derecho, digo yo, de que su patria resida en su interior. La cubanía es la manisfestación de lo cubano propia de los exiliados para quienes el único regreso posible es hacia adentro y no hacia atrás. Como dijera una vez el escritor español Vicente Llorens, los ojos del exiliado no ven lo que miran, sino lo que llevan dentro. La Cuba de la cubanía es una corazonada. Como tal, es mitad corazón y mitad nada. 

No se me oculta que al fundar mi relación con Cuba en el concepto de cubanía me estoy evadiendo de la historia y hasta de la geografía de la isla. Reconozco que la Cuba de la cubanía guarda poca relación con el país que hace más de medio siglo padece la dictadura castrista. Tampoco se me oculta que en mi relación con Cuba hay un elemento de rencor. No es casualidad que en inglés destiempo es distemper, que quiere decir mal humor. 

No sé si a otros cubanos exiliados les pasará lo mismo, pero en lo que se refiere a Cuba, reboto entre el apetito y el empalago. Hay épocas cuando mi mundo mental y sentimental gira alrededor de Cuba, centro de gravedad y ligereza. Pero hay otras épocas cuando me harto de todo lo que tenga que ver con Cuba. Entonces me canso de ser sombra de ese Pérez cualquiera que dejó su país siendo niño y hace más de treinta vive en un apartado lugar que en otro tiempo e idioma se hubiera llamado la Loma del Chaple, pero que aquí y ahora se llama Chapel Hill. 

De más está decir que estos sentimientos encontrados, este vaivén entre apego y rechazo, love and hate, también se proyectan hacia el sujeto que los siente, hacia uno mismo, ya que si bien es verdad que, como dice Albita en una de sus canciones, no tenemos la culpa de haber nacido en Cuba, sí tenemos la culpa—los de aquí y los de allá y los del más allá—de que a Cuba le haya pasado lo que le pasó.

Ultimamente mi resguardo contra lo cubano, mi cura de Cuba, es un pueblecito que se llama Mayberry. Está ubicado en las montañas de Carolina del Norte. Tiene 1800 habitantes, o más bien residentes, la mayoría de los cuales, aún hoy en día, nunca ha viajado más allá de los límites del pueblo. Las grandes carreteras que criscruzan (digo, que atraviesan) los Estados Unidos no pasan por Mayberry. La razón es muy sencilla: Mayberry no existe. Es un lugar ficticio, la localidad donde transcurre un programa de televisión de los años 60, The Andy Griffith Show, del cual mi esposa Mary Anne y yo somos fans. Hace un par de años que me dedico a escribir un libro sobre este lugar sin límites. Me puse a trabajar en este proyecto durante uno de mis accesos de desamor patrio. Quería alejarme de Cuba, imaginar una vida no dañada por el exilio, una vida como la de los ciudadanos de Mayberry. Pero es una ambición irrealizable. Ni siquiera en Mayberry he podido olvidar quién soy y de dónde. 

En uno de los episodios del programa, Barney Fife, el asistente del sheriff del pueblo, saluda a otro mayberriano diciéndole, en un español macarrónico, “Hola, amigo.” El otro le pregunta al sheriff: “Is he one of ours?” (“Mountain Wedding”). Si me hacen esa pregunta a mí, siempre tendré que responder que no. No soy uno de ellos. A pesar de su afabilidad, esa gente no es mi gente. A pesar de los 30 años que he vivido en el profundo sur, ese ambiente no es mi ambiente. No existe manera de tender un puente, ni aunque fuera un gran puente, entre Mayberry y el Reparto Kohly.  

Cuba es una piel que no se muda, sobre todo cuando degenera en pellejo. Dice Dulce María Loynaz: “De las islas no se despide nadie para siempre” (Un verano en Tenerife 28). Y dice Tres Patines: “Por mucho que crezca, el bombín nunca llega a bombón.” Y no es que yo sea un bombín, ni mucho menos un bombón, but if the cap fits, wear it. Traducción en cubano: “Al que nació pa’ tamal, del cielo le caen las hojas.” En mi caso particular, son las hojas de los libros que me han hecho profesor inútil y escritor equivocado.


Obras citadas

Diccionario del español en Cuba. Coordinación de Gisela Cárdenas Molina, Antonio María Tristá Pérez, Reinhold Werner. Madrid: Gredos, 2000. 

LaCapra, Dominick. Writing History, Writing Trauma. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2001. 

Loynaz, Dulce María. Un verano en Tenerife. Madrid: Aguilar, 1958.

“Mountain Wedding.’’ The Andy Griffith Show: Season Three, episode 31, written by Jim Fritzell and Everett Greenbaum, directed by Bob Sweeney, broadcast April 29, 1963.  

Ortiz, Fernando. “Los factores humanos de la cubanidad.” Revista Bimestre Cubana 21 (1940): 161-86.

Pérez Firmat, Gustavo. Vidas en vilo. La cultura cubanoamericana. Madrid: Colibrí, 2000.

Rojas, Rafael. Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano. Barcelona: Anagrama, 2006.

The Lost City. Directed by Andy García. Performances by García, Dustin Hoffman, Inés Sastre and Bill Murray, CineSon, 2005.   

(Publicado originalmente en el Anuario Histórico Cubanoamericano #1 (2017): 51-61.



Monday, June 9, 2025

De nuestros miembros: Gustavo Pérez Firmat, Julio Shiling, Arturo Cárdenas, Francisco Rodríguez, Eduardo Lolo y Luis Leonel León (mayo 2025)

El profesor y escritor Gustavo Pérez Firmat ha sido seleccionado para integrar The American Academy of Sciences and Letters, una institución dedicada a honrar la excelencia en la erudición en todas las disciplinas del mundo universitario moderno. En noviembre próximo será la ceremonia donde se honrará su labor. ¡Nuestras más calurosas felicitaciones al muy justamente galardonado colega! 

Pérez Firmat es uno de los más importantes intelectuales del cubano del exilio. Sus libros Life on the Hyphen (1994) –traducido al español con el título Vidas en vilo (2000)– y Next Year in Cuba: A Cubano’s Coming of Age (1997), nominado al Premio Pulitzer de no ficción (El año que viene estamos en Cuba), entre otros, se consideran obras icónicas de la literatura cubanoamericana. 

Apreciado por cubanos y angloparlantes por igual, ha recibido el reconocimiento de la Fundación John Simon Guggenheim, el Fondo Nacional para las Humanidades, el Consejo Americano de Sociedades Científicas, la Fundación Mellon, etc. En 1997, Newsweek lo incluyó entre los 100 estadounidenses a seguir para el siglo XXI y la revista Hispanic Business lo seleccionó como uno de los 100 hispanos más influyentes en los Estados Unidos. Pérez Firmat, además, apareció en el documental Cubamerican y en la serie de PBS Latino Americans del 2013. 

Entre sus libros de investigación y crítica literaria y cultural vale citar: Idle Fictions (1982, 1993), Literature and Liminality (1986); Do the Americas Have a Common Literature (editor, 1990); The Cuban Condition (1989, 2006); Life on the Hyphen (1994, 2012); My Own Private Cuba (1999); Cincuenta lecciones de exilio y desexilio (2000; 2016); Vidas en vilo, 2000, 2015); Tongue Ties (2003); The Havana Habit (2010); A Cuban in Mayberry (2014).



También ha publicado varias colecciones de poesía en inglés y español: Carolina Cuban (1987); Equivocaciones (1989); Bilingual Blues (1995); Scar Tissue (2005); The Last Exile (2016); Sin lengua, deslenguado (2017), Viejo Verde (2019); la novela Anything but Love (2000). Life on the Hyphen recibió el Premio Nacional del Libro Eugene M. Kayden University Press en 1994 y recibió una Mención Honorífica en el Premio Katherine Singer Kovacs de la Modern Language Association y el Premio del Libro Bryce Wood de la Latin American Studies Association.

Por otra parte, otros de nuestros académicos han estado muy activos en el mes de mayo participando individualmente, o en forma colectiva, en importantes actividades para conmemorar la caída en combate de José Martí y celebrar un aniversario más de la fundación de la República de Cuba en 1902, así como escribiendo y publicando nuevos trabajos sobre tales efemérides. Entre ellos Julio Shiling, Arturo Cárdenas, Francisco Rodríguez, Eduardo Lolo y Luis Leonel León. 

El ensayista y politólogo Julio M. Shiling es autor de catorce libros, incluyendo Dictaduras y sus paradigmas: ¿por qué algunas dictaduras se caen y otras no? (2013), que ya va por su tercera edición. Sus artículos y ensayos han aparecido en decenas de publicaciones impresas y electrónicas en los EE. UU., América Latina y Europa. Además, desde el 2006 viene dirigiendo Patria de Martí, un medio digital que reúne el trabajo de numerosos autores, en especial martianistas del Exilio. Patria de Martí, entre otros galardones, recibió el Premio Derechos Humanos Libertad 2015 por la Asociación por la Paz Continental (ASOPAZCO), una ONG española consagrada con la promoción de los derechos humanos en el mundo, así como el Premio Herencia de 2017 por su aporte a la cultura cubana, otorgado por la organización Cuban Cultural Heritage.

Acto de la institución Patria de Martí, celebrando el nacimiento de la República de
Cuba. Sentados, de izquierda a derecha, los académicos Santiago Cárdenas, Frank
Rodríguez y Julio Shiling. En el podio, Eduardo Lolo. (Foto de José Tarano). 

El historiador Santiago Cárdenas es además un destacado galeno llegado al exilio en 1992 como refugiado político. En Cuba, fue redactor de la publicación semanal jesuita Vida Cristiana (1956-1957) y, ya bajo la dictadura castrista, de las publicaciones clandestinas Ecos del SínodoEl Pueblo de Dios como parte de su activismo religioso enfrentado al Totalitarismo, por lo cual sufrió persecución política. Una vez en los Estados Unidos, fue editor médico en las revistas Éxito y Viva Semanal, publicadas por el periódico Chicago Tribune. Además, ha sido comentador médico de familia en Radio Martí. Entre sus obras publicadas se destacan Nicea 325; Payá: el chivo; el hombre; el profeta; José Martí: viñetas de su vida y Rescatando a Juan Clemente Zenea en el exilio. Desde hace más de una década, escribe “Los Recuerdos de Santiaguito”, una columna de contenido historiográfico que aparece en la página digital de la Red Mundial de los Maristas.

El editor e historiador Frank Rodríguez llegó a los EE.UU. mediante la operación clandestina de salvamento de menores “Pedro Pan”, epopeya de la cual se ha convertido en uno de sus más destacados historiadores, como lo demuestra su obra Pedro Pan Memoir Pancho Montana (1983). Más allá de ese tema que le es tan cercano, sus publicaciones historiográficas incluyen su labor como editor de Cubans an Epic Journey: A Struggle for Truth and Freedom (2022) –traducido al español y publicado el mismo año– y Cuba: Chronological History (2022). Además, es coautor, junto a Carlos Alberto Montaner, de USA in the World (2004), una serie de ensayos de ciencias políticas. Profesionalmente, ha ocupado diversos cargos ejecutivos en importantes compañías editoriales. En la actualidad, se desempeña como Administrador del Museo Americano de la Diáspora Cubana con sede en Miami, lo cual alterna con sus presentaciones en diversos medios como analista político especializado, fundamentalmente, en temas cubanos. 

Eduardo Lolo fue uno de sus fundadores y primer presidente de nuestra institución, donde todavía funge como editor del Anuario Histórico Cubanoamericano. Es autor de más de una docena de libros, casi todos disponibles en Amazon, entre ellos Las trampas del tiempo y sus memorias (1990, 2024) Premio Letras de Oro de Ensayo concedido por un jurado internacional presidido por Camilo José Cela, así como tres compilaciones de estudios sobre la vida y obra de José Martí. Su más reciente obra se titula El Asesinato de la Historia o Crimen en el Occidente Express (2024), publicado por nuestra Academia. Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y Académico Correspondiente en los EE. UU. de la Real Academia Española (RAE). Comendador Gran Placa de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V de la Sociedad Heráldica Española, etc.



Otros han realizado actividades fuera de Estados Unidos, entre ellos Luis Leonel León, escritor, periodista y realizador de documentales y series historiográficas –Brigada 2506 héroes cubanos, Mariel 40 años–, fundador de la editorial Colección Fugas y la revista El Nuevo Conservador, quien viajó a España para presentar algunos de sus filmes en el Real Círculo Artístico de Barcelona, junto al también cineasta Orlando Jiménez Leal –autor de clásicos del cine cubano del exilio como La otra Cuba, 8A y El Super–, el escritor Néstor Díaz de Villegas y otros intelectuales cubanos y europeos.