Monday, May 31, 2021

Guillermo A. Belt: “La diplomacia de Cuba es una diplomacia reactiva”

Por Enrique Del Risco


“Lucidez”, esa es la primera palabra que me viene a la mente cuando pienso en Guillermo A. Belt. “Mesura” sería la siguiente. Incluso, como se verá, a la hora de evaluar al régimen de un exilio que le ha durado toda la vida. El mismo régimen que a la hora de definir a su padre Guillermo Belt Ramírez, uno de los diplomáticos cubanos del siglo XX, lo tacha de “servil al imperialismo” entre otras lindezas. Ecured, la enciclopedia digital oficialista, ha preferido ignorar que el padre de nuestro entrevistado estuvo entre los fundadores de la ONU y de la OEA, y que en la primera fue el designado para presentar la Carta de las Naciones Unidas a la asamblea plenaria y a pesar de las presiones norteamericanas votó en contra de la creación del Estado de Israel en territorio palestino. O que como representante cubano ante la OEA logró hacer aprobar en abril de 1948 la Doctrina Grau que prohibía la agresión económica entre los países miembros de la organización, iniciativa dirigida principalmente a frenar las pretensiones de usar la cuota azucarera como elemento de presión sobre Cuba. El antiguo embajador terminaría emigrando a los Estados Unidos con el resto de su familia donde su hijo entraría a trabajar en la misma OEA que ayudara a fundar su padre años atrás junto a un largo centenar de exiliados cubanos. A sus 88 años Guillermo A. Belt acaba de publicar un libro bilingüe Tiempo para todo bajo el sol/ A Time to Every Purpose que intenta resumir la extensísima saga familiar (son pocos los cubanos que pueden rastrear sus ancestros hasta el siglo XI) que me sirve de pretexto para disfrutar una vez más de su lucidez y su mesura.

Me acabo de leer su libro Tiempo para todo bajo el sol/ A Time to Every Purpose que recoge muy bien la historia familiar de los Belt, pero toma demasiada distancia de la suya. Pongámonos personales entonces: ¿Cómo fue para usted crecer siendo hijo de una personalidad como su padre?

Vamos a ver. A mi edad los recuerdos se difuminan, pierden claridad. Tu pregunta me lleva a otra: ¿cuándo me di cuenta de que mi padre era una personalidad? Sería como a los 10 años. Papá, conversando con mamá y nosotros, sentados a la mesa en nuestra casa en La Coronela, hablaba de Grau y su campaña para la presidencia. Fines de 1943 o comienzos del 44. Mi padre nos contaba lo que estaba haciendo para lograr la elección de Grau.

Recuerdo que un día me preguntó un amigo: “¿Qué hace tu viejo apoyando a Grau, cuando la gente decente como él apoya a Saladrigas?” Buena pregunta porque Carlos Saladrigas, el candidato del gobierno, era una persona honesta, muy conocida, un amigo de mi padre que se había destacado en la lucha contra Machado.

¿Es cierto, como afirma Ecured, que su padre “conspiró junto con la embajada de Estados Unidos contra el Gobierno de los Cien Días”?

Lo de Ecured es una falsedad, otra más. Lo que ocurrió lo cuento en un párrafo, el primero de la página 48 de mi libro, y también en las páginas 171 y 172 del texto en inglés. Mi padre no aceptó un cargo ofrecido por Grau en su primer gobierno por lealtad a Céspedes, quien lo había nombrado secretario de Instrucción Pública. Así lo declaró a la prensa y cito la publicación que conozco, de la Associated Press, recogida en The Baltimore Sun, así como la del New York Times. No dudo que hayan salido sus declaraciones en la prensa cubana, pero no tuve acceso a ella cuando escribí el libro.

Lo cual explica que once años después Grau le ofreciera a su padre la representación de su gobierno ante Estados Unidos ¿Qué recuerda de los años en que su padre fue embajador en Washington? 

Para nosotros, “los niños” –soy el mayor y cumplí los 12 poco después de llegar a Washington– fue grande el cambio de estilo de vida. Algo de esto lo cuento en el libro. A mi padre y mi madre los recuerdo muy jóvenes y sumamente ocupados, pero siempre pendientes de nosotros.

Con mis hermanos José Agustín (Sonny) y Noel, hoy ambos en la paz eterna, y nuestra hermana Marilys –40 días de nacido tenía Juan, el menor, al llegar a la embajada– nos asomábamos al balcón interior del tercer piso para ver llegar a los invitados a cenas diplomáticas ofrecidas por mis padres. A Sonny, Noel y a mí nos gustaba ver a personajes de la Guerra Mundial recién terminada, como el almirante Chester W. Nimitz, jefe de la Marina de Guerra de los Estados Unidos, que venían de uniforme de gala. Era como asomarte a la historia reciente del mundo, con protagonistas reales, en vivo y en directo.

En el libro hay una foto de todos nosotros en el balcón interior del segundo piso. No hay constancia gráfica de nuestra atalaya en el tercero, donde estaban los dormitorios.


La Familia Belt (FOTO Facebook de Daniel Pedreira)

¿Cómo fue integrarse de nuevo al sistema educativo cubano? ¿Era muy diferente del norteamericano?

Fue muy difícil. Los profesores del Instituto del Vedado me examinaron de las asignaturas que no se estudiaban en Estados Unidos, como el Español, la Historia y Geografía de Cuba, y la Cívica. Querían examinarme, además, de Historia y Geografía universal. En aquel entonces me pareció una exageración; hoy no estoy tan seguro. Traté de convencerlos de que era mucho pedir; se apiadaron de mí. Mis padres me pusieron a estudiar con un tutor, de lunes a viernes, horario escolar. Regresamos a Cuba a comienzos de 1949 y en septiembre ya estaba listo para ingresar en cuarto año de bachillerato en el Colegio De La Salle del Vedado, tras aprobar en el Instituto todos los exámenes de las asignaturas no convalidadas, correspondientes al ingreso y a los años primero, segundo y tercero del bachillerato. Así alcancé a mis antiguos compañeros de clase de la primaria.

Sus años universitarios fueron de los más tormentosos en la historia de la república. ¿Cómo los recuerda personalmente?

Lo tormentoso de aquellos años me puso a escoger entre la Universidad de La Habana y la recién inaugurada Universidad de Villanueva. Mi abuelo materno José Agustín Martínez, gran abogado, autor del Código de Defensa Social, quería verme en La Habana, su alma máter y la de mi padre y abuelo paterno. Elegí Villanueva porque en la Universidad de La Habana la carrera de Derecho me habría llevado más de cinco años debido a frecuentes huelgas estudiantiles.

Yo quería graduarme a tiempo para comenzar a trabajar con mi padre. Salvo en época de exámenes iba todas las mañanas al bufete de mi padre en Morro 158, y por las tardes a clases. En Villanueva no hubo huelgas. Un día llegaron unos estudiantes de La Habana a hablar con nosotros. El rector me encargó atenderlos como presidente de la Escuela de Derecho. Tuve que explicarles que no podíamos acompañarlos en la huelga que planeaban porque no lo permitía el reglamento de nuestra universidad privada. Ese día me arrepentí de no haberme matriculado en la Universidad de La Habana.

Uno de los artículos de fe más insistentes de la propaganda oficial era la total subordinación de la política exterior cubana a la norteamericana durante la República. ¿Llegó a ser así en algún momento? ¿Cambió a lo largo de los años? ¿Cómo?

Buen ejemplo de la falsificación sistemática de la historia de Cuba por el régimen atrincherado en el poder. En el exilio cubano se hacen esfuerzos por rescatar la verdad de lo que fue la República de Cuba. Destacan los de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, de la que soy miembro. A poco de mi incorporación, la AHCE amablemente acogió en su blog un artículo mío, “Relaciones Internacionales de la República de Cuba”, publicado originalmente en el número especial de la revista Herencia en conmemoración del centenario de la República. Allí doy antecedentes de la trascendental actuación oficial de Cuba en escenarios internacionales, desde la III Conferencia Internacional Americana en 1906, hasta la VI, celebrada en La Habana en 1928, que aprobó el Código de Derecho Internacional Privado y lo denominó Código Bustamante en honor de su autor, el ilustre jurisconsulto cubano Antonio Sánchez de Bustamante. Recuerdo también la doctrina de la agresión económica que mi padre planteó, en representación de Cuba, en la conferencia interamericana de 1947 en Río de Janeiro, y que al año siguiente fue acogida en el artículo 16 de la Carta de la OEA al aprobarse este tratado en Bogotá.

Estas propuestas y actuaciones de Cuba republicana, y otras que no cito para no alargar la respuesta, fueron a contrapelo de la política exterior de los Estados Unidos.

La presencia de su padre en Washington coincidió con uno de los períodos más activos de la política exterior cubana durante la república con la participación destacada y distintiva de Cuba en la fundación de la ONU y la OEA. ¿Qué me puede decir al respecto?

Días después de su elección por una montaña de votos, Grau le preguntó a mi padre si quería ser ministro de Relaciones Exteriores o embajador en Washington. Mi padre eligió la embajada porque pensaba que como embajador podía hacer mucho más que como canciller. Corrían los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y sus aliados iban camino a la victoria, y la capital estadounidense era el centro de la actividad diplomática mundial.

En septiembre de 1944, mi padre acompañó a Grau en la visita que hizo a Estados Unidos como presidente electo. El presidente Franklin D. Roosevelt le ofreció un almuerzo al antiguo profesor universitario, el mismo que se había negado a reconocer cuando asumió la presidencia en 1933, por exigencia de los estudiantes de la Universidad de La Habana al disolverse la pentarquía instalada a la caída de Machado. Mi padre recordaba que Roosevelt, después de una amable charla con Grau en la Casa Blanca, le comentó que le costaba trabajo pensar que no había reconocido su gobierno anterior. El próximo embajador de Cuba en Washington entraba con buen pie, aún antes de comenzar su misión.

El 27 de noviembre, el embajador Belt presentó sus cartas credenciales a Roosevelt. En diciembre voló de regreso a La Habana para el bautizo de Juan, su quinto hijo, y para pasar la Navidad con su familia. No había tiempo que perder, así que el 1 de enero de 1945 llegamos todos a Washington, a la base aérea de Andrews.

El 25 de abril mis padres estaban en San Francisco para la conferencia internacional que creó las Naciones Unidas. El primer día los Cuatro Grandes –Estados Unidos, Gran Bretaña, la URSS y China– integrantes del Comité de Coordinación, eligieron al Embajador Guillermo Belt, jefe de la Delegación de Cuba, relator de este. Fue, por tanto, la primera persona electa a un cargo en esa conferencia, y en tal calidad presentó la Carta de las Naciones Unidas, que lleva su firma, a la aprobación del plenario.

Desde el comienzo, Cuba desempeñó un papel muy destacado y ampliamente comentado en la prensa internacional. En el libro, cito artículos referentes a las actuaciones de mi padre en contra del veto, que estaba reservado a los Cinco Grandes (al sumarse Francia al club exclusivo de los cuatro primeros), así como oponiéndose a la partición de Palestina. Estas propuestas, fuertemente impulsadas por Estados Unidos, fueron aprobadas. Sin extenderme demasiado, el tiempo ha dado la razón a los argumentos del embajador cubano en ambos casos.

Mi padre fue jefe de la delegación de Cuba a la Conferencia Interamericana celebrada en Bogotá en 1948, que aprobó la Carta de la OEA. Ya mencioné su propuesta de prohibir la agresión económica, acogida en el articulado de la Carta. Esta doctrina, reconocida como tal por tratadistas de Derecho Internacional, debió llamarse Doctrina Belt –y así lo escribió uno de ellos–.[1] Mi padre prefirió denominarla Doctrina Grau por lealtad al presidente que le había encargado la defensa de Cuba en el ámbito internacional.

La iniciativa fue combatida por los Estados Unidos porque iba dirigida a su gobierno, que podría valerse de la cuota azucarera de Cuba en el mercado estadounidense para ejercer presiones indebidas sobre nuestro país. La creación de este principio de Derecho Internacional la explico con citas textuales en el capítulo XV del libro (del texto en inglés), y de manera resumida en el capítulo correspondiente en español.


Daniel Pedreira, autor de la biografía ‘An Instrument of Peace The Full-Circled Life of Ambassador Guillermo Belt Ramírez’, Lexinton Books, 2019, junto a Guillermo A. Belt (FOTO página de Facebook de la Cuban Cultural Heritage)

Siendo su padre el creador de la doctrina que se oponía a la agresión económica, ¿qué opinaba sobre el embargo norteamericano hacia Cuba instaurado en 1960?

Durante la Segunda Guerra Mundial, la República de Cuba hizo un aporte importante a la economía de los Estados Unidos al garantizar el suministro de azúcar. Cuba no se aprovechó de su posición como principal vendedor para exigir un alza del precio del azúcar.

La preocupación de mi padre, planteada en la conferencia que tuvo lugar en Río de Janeiro en 1947 para definir los actos de agresión y aprobar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, fue evitar que Estados Unidos, al distribuir su cuota de compra de azúcar entre Cuba y productores menores, pudiese valerse de su posición de comprador para exigir ventajas de tipo económico en sus relaciones con Cuba a cambio de mantener nuestra cuota.

La Carta de la OEA prohíbe la adopción por un Estado miembro de medidas coercitivas de carácter económico o político para obtener ventajas de cualquier naturaleza o para forzar la voluntad soberana de otro Estado. Esta disposición recoge fielmente el principio de Derecho Internacional propuesto por el jefe de la Delegación de Cuba, primero en Río de Janeiro y un año más tarde en Bogotá.

Mi padre no consideraba que el embargo de los Estados Unidos sobre el comercio con Cuba constituía agresión económica puesto que no se llevaba a cabo con el fin de obtener ventajas, ni como una presión indebida sobre su voluntad soberana.

La ley de Estados Unidos estableciendo el embargo tiene por propósito el retorno de Cuba al régimen de democracia y respeto por los derechos humanos que prevaleció, aunque de manera imperfecta, durante la República. Al aprobarse la ley, el gobierno de Cuba no cumplía, y no cumple hasta hoy, los compromisos que al respecto contrajo al firmar la Carta de la OEA y la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José).

¿Y qué piensa usted?

Comparto la opinión de mi padre sin reservas.

¿Cuál era el credo de los gobiernos auténticos en política exterior?

El nacionalismo fue el credo del gobierno de Ramón Grau San Martín, fundador del Partido Revolucionario Cubano Auténtico, como de su sucesor inmediato en la presidencia, Carlos Prío Socarrás. Mi padre recibió de Grau un voto de confianza sin restricciones para llevar a cabo su misión diplomática.

¿Cuál fue el papel de su padre en ponerlo en práctica?

El papel de Guillermo Belt Ramírez en la defensa de los intereses de Cuba lo resumo así en el libro:

Cuando un embajador, de carrera o político, goza de la confianza absoluta del presidente, sus decisiones y declaraciones, al reflejar fielmente el pensamiento del jefe de Estado, constituyen la política exterior con respecto al país donde está acreditado. Guillermo Belt, acreditado ante el gobierno de los Estados Unidos, la Organización de las Naciones Unidas y la Organización de los Estados Americanos, hizo política exterior en los tres ámbitos.


De izquierda a derecha el embajador cubano en el Reino Unido Guillermo (Willy) de Blank, el primer ministro Winston Churchill, y Guillermo Belt Ramírez (FOTO Facebook de Daniel Pedreira / Life)

¿Qué cambios apreciables introdujo Batista en política exterior tras su golpe de Estado?

Batista supo trasmitir a los Estados Unidos la idea de que él garantizaba la estabilidad del país, trabajando hábilmente por medio los embajadores Sumner Welles y Jefferson Caffery en los años convulsos en Cuba a comienzos de la década de 1930.

Digo esto sobre la base de lo que le oí contar a mi padre y en lo que he leído años después. Con el mismo fundamento pienso que en su única presidencia producto de elecciones, 1940-1944, continuó dando garantías de estabilidad al vecino del norte, muy valoradas por este, especialmente en tiempos de guerra como aquellos.

Tras el golpe de Estado hizo lo mismo porque esperaba obtener tan buen resultado como en ocasiones anteriores. Estados Unidos lo tiró por la borda cuando consideró, hacia 1958, que la situación en Cuba quedaba fuera del control de Batista, el hombre fuerte, el strongman.

Son apreciaciones muy básicas, desde luego. No entro en detalles porque no puedo decirte que haya estudiado a fondo la política exterior de Cuba entre 1952 y 1959.

¿Recuerda las circunstancias concretas en las que usted y su familia decidieron marcharse de Cuba? 

Mi padre tenía varios clientes extranjeros a quienes representaba como abogado en Cuba. A fines de enero de 1959 y comienzos de febrero viajó a Miami para reunirse con uno de ellos que había comprado grandes extensiones de tierra en Isla de Pinos con miras a su desarrollo turístico. En marzo una compañía de reaseguros de Múnich que había abierto oficinas en La Habana lo invitó, con todos los gastos pagos, a una sesión de su junta directiva en la ciudad alemana, en calidad de presidente de la sucursal cubana y abogado de la empresa. Papá invitó a mi madre y a mi hermano Juan a acompañarlo.

Estando a cargo del bufete de mi padre, un día me avisaron que unos milicianos habían arrestado a un grupo de personas en El Vedado, y entre ellos iba un cliente nuestro, ciudadano de los Estados Unidos. La noticia era que los habían llevado al Palacio de los Deportes. Sin muchas esperanzas fui allí, con tan buena suerte que en la puerta me encontré con un hijo de Pelayo Cuervo [líder del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), asesinado el 13 de marzo de 1957 a raíz del asalto al Palacio Presidencial] a quien conocía socialmente. Me preguntó qué hacía yo por allí, así que le di el nombre de mi cliente, con su nacionalidad, afirmando que el hombre no mataba ni una mosca. Dio órdenes a un miliciano y minutos después el muchacho regresó con el americano, que traía cara de susto. Mi amigo providencial me dijo, “ahí lo tienes”, y sin más ni más nos fuimos de allí, sin firmar un papel, pero desde luego agradeciéndole yo profusamente por su amabilidad al hijo de Pelayo, que vestía uniforme con insignias de comandante.

Esa fue una clara señal de que el estado de derecho había pasado de moda. Cuando mi padre, de regreso con Mamá y Juan en New York, me llamó para decirme que planeaban volver a La Habana en esos días, le sugerí que no lo hiciera y le conté lo sucedido en el Palacio de los Deportes, y otras cosas más que mejor me guardo.

Mi padre me hizo caso, gracias a Dios. Mamá y Juan volvieron a La Habana a fin de hacer arreglos para mi abuela en su casa y para Juan en el colegio. Poco después ellos salieron de Cuba, y fue por última vez, aunque no lo supieran entonces. Luego fueron saliendo, por separado, Noel y Marilys, ella con su esposo y dos hijos. Con excepción de Sonny –que eligió quedarse en Cuba un tiempo más porque era amigo de Yoyi García Bango, entonces en un alto cargo en la Dirección de Deportes– fui yo el último en salir, no sin antes viajar a Wisconsin en el verano de 1959 por invitación de otro cliente de Estados Unidos, agradecido por haberle aconsejado una rápida salida de Cuba tan pronto cayó Batista. Y no me fui sin primero embarcar hacia Miami a mi hija Mimi, de dos años, con su madre y abuela, para reunirme con ellas unos meses después.

Poco después de su llegada a los Estados Unidos usted junto a un centenar de cubanos exiliados pasa a trabajar en la estructura administrativa de la OEA. ¿Puede describirme las circunstancias en que se produjo esa “invasión” cubana?

Gracias por la pregunta porque me permite agradecer públicamente al embajador uruguayo José Antonio Mora Otero, en aquel entonces Secretario General de la OEA, por la generosa acogida que nos brindó a un grupo de algo más de cien cubanos exiliados. Cuba participaba en las reuniones de la OEA, el régimen no había sido excluido. Un día el embajador Carlos Lechuga protestó en una sesión del Consejo Permanente contra el ingreso de tantos cubanos, a quienes calificó de enemigos de la revolución. El Dr. Mora le contestó que, por los sueldos fijados reglamentariamente, inferiores a los de otros organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo, había contratado a funcionarios cubanos altamente capacitados en beneficio de la OEA.

¿Esa presencia de exiliados cubanos tuvo algún impacto en el funcionamiento de la OEA? ¿Puede darme ejemplos concretos?

El tiempo le dio la razón a Mora, quien además, para honra suya, no se amilanó ante la critica de Lechuga. José Antonio Guerra, reconocido economista, ocupó un alto cargo en la Secretaría Ejecutiva para Asuntos Económicos. René Monserrat, otro economista cubano, fue nombrado director del Departamento Económico. Guillermo de Zéndegui llegó a la dirección del Departamento de Asuntos Culturales, y el Dr. Marcelo Alonso –uno de cuyos libros sirvió de texto en varias universidades de los Estados Unidos– a la del Departamento de Asuntos Científicos. El jurista Francisco García Amador fue director del Departamento Legal, y el exembajador de Cuba ante la Santa Sede, José Miguel Ribas, actuó hasta su retiro como asesor de alto nivel. García Amador dejó de recuerdo un libro suyo sobre el Sistema Interamericano, que fue obra de consulta imprescindible por muchos años. Zéndegui dirigió la puesta en valor del casco antiguo de la ciudad de Santo Domingo.

Ejemplos concretos, como me pides. Y como también me invitas a contar mis cosas, ahora hablaré de mí (le robo el título a Antonio Gala). Cuando entré a la OEA en junio de 1961 los compatriotas mencionados ya estaban allí, y algunos me ayudaron. Recuerdo los consejos de Guillermo de Zéndegui, viejo amigo de mi padre, también los de José Miguel Ribas, y especialmente los de Valentín Riva, muy querido amigo que había trabajado con mi padre en la embajada y dirigía la división de publicaciones de la OEA.

No te canso con detalles de mi carrera de treinta y siete años. Trabajé de cerca con cinco secretarios generales: dos habían sido presidentes –Galo Plaza, del Ecuador, y César Gaviria, de Colombia; tres, embajadores de carrera con distinguida trayectoria– Mora, del Uruguay, Alejandro Orfila, de Argentina, y Joao Clemente Baena Soares, de Brasil. Trabajé mucho, y se dice que bien. Creo que no dejé mal al Dr. Mora, que me abrió las puertas, ni a los otros cuatro, que me confiaron funciones a veces difíciles y delicadas.

Su vinculación al mundo diplomático debe haberlo mantenido al tanto sobre la evolución de la diplomacia castrista. ¿Qué nos puede decir sobre esta?

Al comienzo de mi carrera en la OEA no tuve acceso a los órganos políticos, como el Consejo Permanente, donde habría podido observar la actuación de la diplomacia castrista en el escenario interamericano. Poco después se excluyó la participación del régimen en la OEA, lo que libró a los colegas de Lechuga de sus consignas y reclamos, no dudo que para beneplácito general. Diplomáticos cubanos aparecían de vez en cuando en sesiones públicas del Consejo, y de la Asamblea General cuando esta tenía lugar en el bello edificio de la avenida Constitution y la calle 17. Cabildeaban más o menos discretamente con sus aliados naturales, los representantes diplomáticos de regímenes “de izquierda”.

Los diplomáticos castristas tienen formación profesional. En el arte de la diplomacia, desde luego, y también en las mañas de lo que se ha dado en llamar la inteligencia, por no decir el espionaje.


De izquierda a derecha Manuel Brana, editor de periódicos; Ramón Grau San Martín, presidente cubano; y Guillermo A. Belt (FOTO Facebook de Eleonor González / CBS Archive)

¿Tendría alguna manera de comparar la diplomacia cubana antes y después de 1959? ¿Persiste algún parecido? ¿Cuál es la diferencia fundamental?

La diplomacia de Cuba después de 1959 es una diplomacia reactiva. Se opone automáticamente a todo lo que pueda plantear Estados Unidos. Es más, a todo lo que representa este país, capitalismo incluido. El imperialismo yanqui, las entrañas del monstruo y todo eso. Por otra parte, es una diplomacia de apoyo a los regímenes bajo su tutela en América Latina y el resto del mundo.

A veces se les mojan los papeles a estos agentes de la diplomacia y/o del MININT. Como cuando gritan a voz en cuello para que no se oiga la denuncia que algún opositor del régimen trata de presentar al Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

No recuerdo nada parecido en la diplomacia cubana antes de 1959.

Dicho esto, debo reconocer que los diplomáticos del régimen castrista logran sus objetivos cuando, por ejemplo, se elige a Cuba para integrar un organismo de protección de los derechos humanos. Lo logran con el apoyo de otros regímenes que son también violadores sistemáticos de estos derechos. Si hay amargura en mis palabras es porque vienen de quien alguna vez creyó en la bondad de la diplomacia multilateral.

 ¿Cómo evalúa el estado actual de las relaciones exteriores de Cuba? ¿Cuál cree que sea su proyección en los próximos años?

Por visibles razones geográficas y otras de índole histórica tenemos que reconocer el peso de las relaciones de Cuba con los Estados Unidos. Me parece que las relaciones exteriores están hoy en compás de espera en lo tocante al gobierno de Biden. Con toda seguridad hay gestiones en marcha para contrarrestar la mala publicidad generada por la represión del Movimiento San Isidro, que va en aumento sobre otras personas. Gestiones que no sólo se enfocan en la rama ejecutiva, sino que se dirigen al Congreso, la prensa complaciente y la academia comprometida.

No me atrevo a esbozar siquiera una proyección de lo que serían las relaciones exteriores de Cuba, y por ende su diplomacia, en los próximos años. Sí deseo, para ti y para quienes lo vean, un regreso honorable a lo que fue Cuba, su gente y su visión del mundo en nuestra efímera y valiente República.

La historia de la familia Belt puede rastrearse incluso entre los acompañantes de Guillermo de Normandía en la conquista de Inglaterra en 1066 y ha atravesado la historia de varios países y continentes. Cuba puede parecer apenas un desvío en la extensa historia familiar y sin embargo usted ha elegido ser, como aquel Juan Dahlmann del cuento de Borges, hondamente cubano. ¿Qué me puede decir de esa elección?

Dahlmann, nieto de alemán, se aferró a la nacionalidad de su abuelo materno, de apellido Flores, muerto en combate en Argentina, por romanticismo, según Borges. O quién sabe por qué, es una de esas ambigüedades que Borges planteaba al lector.

Mis abuelos y abuelas nacieron en Cuba, las bisabuelas también. Y el bisabuelo John Benjamin Belt, nacido en la ciudad de Washington, descendiente de muchas generaciones de estadounidenses, tuvo el acierto de echar su suerte en Cuba, como se dice al comienzo del libro.

Y el acierto de emparentarnos, agrego ahora, mediante su esposa con Dulce María Loynaz, por vía materna.[2] Para contarlo mejor, me permito copiar un párrafo de las memorias de mi madre, publicadas privadamente:

El Arzobispo de La Habana llevó a John Benjamin al palacio del Capitán General de Cuba, Serrano, a quien llamaban el “General bonito”. Serrano le pidió a Belt que fuera tutor de sus hijos y que viviera en su palacio. Así sucedió que John Benjamin conoció a la que iba a ser su mujer, Carmen Muñoz Baena y Romay, hija del marqués de Santa Olalla, Juan Muñoz Baena y Fernández de Castro.

A diferencia de tu personaje el British, en Turcos en la niebla, me siento afortunado de haber nacido en Cuba, en 1933, mientras mi padre trabajaba por derrocar a un buen gobernante que seducido por el poder quiso perpetuarse en la presidencia. Afortunado también por la crianza que a todos nos dio mi madre, tan cubana siempre, estuviese ella en Washington, Madrid, Londres o París, mujer cosmopolita que escribió sus memorias en español cubano, a mano y en varias libretas escolares, sin aspirar a verlas publicadas. En el libro cito algunos fragmentos; ojalá los lean quienes como tú tengan esa amabilidad, y verán que para un día de fiesta quisiera yo escribir como Mamá.

La cubanía se hereda, no sólo por orgullo legítimo en nuestros antecesores, sino que también puede trasmitirse por otras vías. Mis hermanos y yo nos criamos en la casa donde nacimos todos menos Juan, a quien le tocó nacer en una clínica. Allí aprendimos las delicias del arroz con frijoles negros, la ropavieja, el arroz con picadillo y plátanos maduros, las frituras de malanga (las de seso me gustaban más), la yuca con mojo y el arroz con pollo. Ah, las croquetas de jamón y de pollo, que puedes comer a cualquier hora. De postre, dulce de guayaba con queso crema, o casquitos de guayaba, o flan de caramelo.

Mi hija mayor nació en Cuba, pero vino a los Estados Unidos con dos años de edad. Mi hija menor, el nieto y las dos nietas nacieron en este país. A todos les encantan estos platos, con la posible excepción de las frituras de seso. Y a todos les gusta mucho la música cubana.

La cubanía también se siembra. Mis padres la sembraron en mis hermanos y en mí. Continuaron esta noble tarea en su casa en Westmoreland Hills, Maryland, zona residencial de Washington, ciudad donde nació el bisabuelo John Benjamin. Nosotros, con nuestros hijos y nietos, allí nos reuníamos los domingos, en el exilio todos, como nos reuníamos antes en La Coronela, y disfrutábamos de esos platos, oíamos y bailábamos nuestra música, y hablábamos de Cuba, siempre Cuba.


Notas:

[1] Félix Fernández-Shaw: La Organización de los Estados Americanos, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1963, p. 425.

[2] Cfr. Guillermo A. Belt: “La tristeza y Dulce María”, Blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, 28 de octubre, 2020.

Hijo de Batista: Roberto Batista. El turno del hijo

 

Por Alejandro González Acosta

A diferencia de otras naciones como Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, Estados Unidos y la misma España, el género de las memorias no cuenta en Cuba con muchos títulos.

Quizás sea porque enfrentar el recuerdo y realizar un balance equilibrado de lo vivido, suele ser difícil, complejo y hasta problemático.

En realidad, son muy pocos los personajes de la historia cubana que escribieron sus memorias, y prefirieron dejar sus biografías para ocupación de los historiadores.

Muchos menos son los descendientes de esos actores de la historia que asumieron el empeño de recordar las vidas de sus antepasados.

Por ejemplo, el brigadier José Martí y Zayas Bazán, hijo del prócer cubano por excelencia, habló poco y escribió menos sobre su padre.

Un caso aislado y que resultaría más cercano, sería el de Alina Fernández Revuelta, con sus controvertidas Memorias de la hija rebelde de Fidel Castro (1997).

A veces las luces -y las sombras- proyectadas por sus padres, suelen ser paralizantes, unos escollos demasiado escabrosos para remontar, o pesos excesivamente incómodos de llevar.

Por eso se debe no sólo agradecer la voluntad, sino reconocer la valentía de Roberto Batista, para asumir frontalmente y evocar la figura de su padre en sus memorias como hijo.

Pocos personajes cubanos han sido tan anatematizados, en vida y en muerte, como Fulgencio Batista Zaldívar. Hay que asumir sincera y honestamente que la orgullosa burguesía cubana blanca nunca le perdonó que fuera mestizo y con un origen sumamente humilde. Se le encargó hacer el “trabajo sucio” cuando se le necesitó (1933), y luego se pretendió echarlo a un lado. Pero él supo aprovechar todas las oportunidades para ocupar un lugar que sentía le correspondía y se había ganado.

Si revisamos la lista de los gobernantes cubanos desde Tomás Estrada Palma hasta los hermanos Castro, veremos que casi todos provienen de la clase media o alta de la sociedad; todos tuvieron la dicha de recibir de sus padres una educación regular y, en algunos casos, hasta universitaria, al contrario de Batista, quien fue un autodidacta y el único presidente que era un auténtico proletario. Irónicamente, el otro mandatario cubano que ha sido muy demonizado, Gerardo Machado, también tuvo un origen muy humilde.

Debido a lo anterior, es una gran paradoja que no sólo por su origen, sino por su programa de gobierno, Batista fue el mandatario cubano más auténticamente popular hasta 1958 (como también ocurrió con Machado en 1933), y hasta los viejos comunistas más recalcitrantes tuvieron que aceptar esto, y pactar con él.

Otro “casi” mandatario cubano con ese mismo origen, sería Andrés Rivero Agüero, también de procedencia muy humilde como Batista, pero no tanto, aunque aprendió autodidactamente a leer y escribir apenas hasta los 16 años, quien fue elegido en unos comicios desarrollados en medio de una guerra civil, y bajo amenazas muy severas de los guerrilleros (los cuales diseminaron bombas y petardos por muchos lugares públicos, ocasionando terror y muertes de civiles inocentes), obtuvo un 70 % de los votos, con plena vigencia de la Constitución de 1940, varios partidos políticos activos (concurrieron cuatro a la justa electoral, aunque uno de los contendientes, traicioneramente, se retiró en el último momento), y una prensa enteramente libre encabezada por la muy opositora y parcializada revista Bohemia. De haberse acordado un pacto civil como se propuso en su momento, Rivero habría tomado posesión de su mandato de transición el 24 de febrero de 1959, convocado de inmediato a una Asamblea General Constituyente y nuevas elecciones para pacificar el país… Pero por no haber sabido –o querido- esperar menos de dos meses, los cubanos han soportado 62 años -hasta ahora- de opresión. Porque, digámoslo francamente, el problema de casi todos era sacar a Batista como fuera.

Roberto Batista ha continuado el empeño que otros de sus hermanos antes que él emprendieron en el rescate y la difusión de la obra de su padre, pero confiesa que no fue nada fácil hacerlo: esto se entiende perfectamente. En efecto, una persona que prácticamente desde su nacimiento fue objeto de agresiones, provenientes de sus mismos compañeros de colegio –blancos y nacidos en cuna de oro-, y siendo un niño de apenas diez años haber sido considerado como “una mala simiente que había que exterminar por completo”, cuando el 13 de Marzo de 1957 los asaltantes del Palacio Presidencial querían asesinar no sólo al presidente Batista, sino a toda su familia, y que al llegar a su natal New York el 30 de diciembre de 1959, fue recibido por una multitud agresiva que les gritaba “asesinos” a él, sus hermanos y su madre, no puede decirse que haya disfrutado una vida plácidamente como “un lecho de rosas”.


Durante muchos años vivió con el trauma de su origen y de esa infancia y juventud, acosada, perseguida y atacada. Es realmente admirable el temple de este hombre que supo sobreponerse a todos los golpes, y a la larga, superarlos, con optimismo, dignidad, valentía y veracidad, para sanar de sus heridas emocionales mediante la escritura.

Y es que la memoria –como la escritura, que es su forma visible- es una catarsis saludable: exorcismo y conjuro que liberan y purifican al mismo tiempo.

Por supuesto que un guerrero como Fulgencio Batista buscó limpiar su nombre en vida con la publicación de varias obras, donde depositó sus reflexiones y documentó sus acciones de gobierno. Pero casi nadie quiso escucharlo y menos leerlo. Paradójicamente, un hombre cuyo origen político había sido la revuelta contra Machado –su semejante en tantos sentidos- y que había sido aplaudido por los comunistas (incluido Pablo Neruda), terminó recibiendo el asilo protector de dos personajes a los que antes aludió siempre con desdén y hasta repulsión: Rafael Leónidas Trujillo y Francisco Franco Baamonde. Esto debió ser suficiente castigo para sus culpas.

Su última fuga ocurrió con su muerte sorpresiva en Marbella, relativamente joven aún (72 años), poco antes que un comando enviado por Fidel Castro a cargo de uno de los “jimaguas asesinos”, los “killers” De La Guardia, lo despachara expeditamente, probablemente con todos los que lo acompañaran en ese momento, culminando el propósito criminal trunco de unos años antes.

Aunque siempre se habla del “Golpe de Estado” del 10 de Marzo de 1952, creo que eso es un error. Norberto Bobbio[1] precisa que sólo se puede considerar un golpe de Estado cuando uno de los elementos que constituyen ese Estado se impone a los demás y suprime el orden vigente. En el momento de su acción, Batista no era titular del Poder Ejecutivo, ni del Legislativo, ni del Judicial, y ni siquiera era un militar en activo, pues ya había pasado a la condición de retiro: era sólo un senador que había sido elegido por una ciudad con la que no tenía un vínculo mayor (Santa Clara), y competía para unas elecciones que se realizarían en unos meses, si antes el país no caía en el precipicio de la anarquía hacia la que ya caminaba con velocidad de vértigo.

Aunque reiteradamente algunos dicen aún como artículo de fe que en esos comicios el ganador sería Roberto Agramonte (heredero sucesorio de Eduardo Chibás, pero no de su carisma), y otros aseguran que el triunfador sería el apático Carlos Hevia, hechura del desprestigiado Carlos Prío, apoyándose en unas muy amañadas “encuestas” que publicaba la entonces revista Bohemia, dirigida por uno de los enemigos más viscerales de Batista[2], nada permite afirmar documentadamente que eso hubiera ocurrido así.

Y nunca lo sabremos porque Batista, escuchando a “amigos” que luego en la desgracia le dieron la espalda y le negaron el saludo, se sintió de nuevo un “salvador de la patria”, y acudió al llamado de lo que supieron venderle como su “destino” y su “deber”.

Pero, regresando al Dizionario de Bobbio, aquello resultó estrictamente un cuartelazo, un motín, un alzamiento incruento, que fue recibido en ese momento con gran beneplácito general, y hasta cierto alivio por volver a sentir algo de orden en un país ya descontrolado por la anarquía de los grupos gansteriles, que ni Grau ni Prío quisieron o pudieron sujetar. Por otro lado, además de la grave situación de creciente anarquía en el país durante los últimos meses de 1951 y primeros de 1952, existen también otros testimonios que documentan el incipiente propósito del propio presidente Carlos Prío para realizar un autogolpe, ahí sí, de Estado.

Por supuesto que de no haberlo hecho Batista, la historia cubana habría sido muy diferente, en cualquiera de los escenarios posibles mencionados, pero eso ya pertenece al territorio de los buenos deseos y no de las duras realidades. Y es muy fácil y cómodo para muchos atribuir que “toda la culpa de lo que pasó y sigue pasando en Cuba fue de Batista” (muerto hace 49 años). Habrá que asumir en un futuro todas las culpas, pero compartidas honradamente, con un líder obnubilado, grupos de poder muy ambiciosos en varios bandos, una clase ilustrada totalmente despistada, y un pueblo que como casi siempre esperaba apático para aplaudir al vencedor. Culpar “de todo” a Batista es tan desproporcionado e injusto como achacar la responsabilidad exclusiva de la Comuna de París al 18 Brumario de Luis Bonaparte.

En realidad, a Batista no lo vencieron sus enemigos, sino que fue derrotado por sus “amigos”, quienes primero le aconsejaron y casi exigieron el “golpe”, prometiendo apoyo absoluto y permanente, y luego lo traicionaron y vendieron, pensando salvarse ellos entre los restos del naufragio republicano como había ocurrido ya otras veces.

Y, en primer lugar, fue traicionado por los Estados Unidos de América, cuyos gobiernos nunca lograron tragar que el primer presidente mestizo en la América hispana fuera el cubano Fulgencio Batista, y tener que recibirlo en Washington con honores de Jefe de Estado y como aliado vencedor, mientras en el propio sur del país los negros eran vejados y discriminados.

Pero eso necesitará de una catarsis aún más profunda y desgarradora que la de Roberto Batista, y tomará mucho tiempo para asumirla, y quizás finalmente logremos “hacer las paces con Batista” que, de algún modo, será hacerla también con nosotros mismos.

Uno de quienes critica la fatal decisión del cuartelazo, es precisamente su hijo Roberto, en este libro que es al mismo tiempo confesión y balance, y también penitencia y alivio: no sólo le debía eso a sus hijos y nietos, sino a sus compatriotas.

Junto con este libro de memorias, lenta y sólidamente, va brotando una nueva bibliografía relacionada con Batista, que aporta otros enfoques y visiones, más documentados y fiables.

En la narrativa destaca la primera novela sobre el personaje, aparecida hace poco (Zoé Valdés, Pájaro lindo de la madrugá, Algaida, 2020), que contiene varios méritos: no sólo por su temática, al asumir la controvertida figura de Batista en una obra literaria que trascenderá, sino hacerlo sin acudir a la biografía, y ni siquiera a la historia, tejiendo la evocación de dos testigos protagonistas, que al final de sus vidas realizan el balance de sus aciertos y equivocaciones, de sus luces y sombras, de las equivocaciones cometidas y los sueños acariciados: estos dos viejos amigos simbolizan esa Cuba que amó y detestó a Batista, y que hoy continúa evocando su silueta como el monstruo o el ángel, como el constructor republicano o el dictador responsable.

Pero también han aparecido estudios de gran solvencia historiográfica, como el sólido ensayo de investigación documental y análisis histórico contrastado de Frank Argote-Freyre, The Making of a Dictator: From Revolutionary to Strongman ((Rutgers University Press: 2006, 416 pp.), que urge se traduzca ya al español y se difunda más ampliamente; o el de Jacobo Machover, Cuba de Batista à Castro. Une contre-histoire (Buchet-Chastel, 2018). O testimonios tan reveladores como el del ayudante personal de Batista Alfredo J. Sadulé, entrevistado por Antonio José Ponte para Diario de Cuba (4 de abril de 2012 (en línea); o artículos más puntuales, como el análisis de Abel Sierra Madero y Lilian Guerra, “El 10 de marzo fue una herencia”. (Cuban Studies, University of Pittsburgh, Vol. 44, 2016, pp. 367-383). También ensayos magistrales como los de Néstor Díaz de Villegas “Nuevas aportaciones al estudio del batistato” (Diario de Cuba, 21 de Marzo de 2012) y “Batista explicado a los niños” (El Nuevo Herald, 6 de Julio de 2001),  y de Vicente Echerri, “Vigencia de Batista, logro mayor de la revolución” (Diario de Cuba, 14 de Mayo de 2012). O textos incluso tan contrastantes como los de Alejandro Prieto Blanco, “Pogolotty”, Batista: El ídolo del pueblo (Sevilla, Punto Rojo Libros, 2017), y Arnaldo Miguel Fernández, “Un sargentón llamado Batista” (cubaencuentro.com, 4 de Septiembre de 2017). Todos estos estudios se van integrando a una creciente bibliografía polifónica sobre Fulgencio Batista Zaldívar, que ayudan mucho para revisitar al controvertido y polifacético personaje histórico, tan indisoluble de la vida de todos los cubanos como el de Fidel Castro.

Aunque a muchos les cueste aceptarlo y menos aún asumirlo con la entereza de la integridad y la sinceridad autocríticas, el clamor general condenó a Batista sin escucharlo ni brindarle la oportunidad de una defensa. Se entendería entonces la plausible actitud de decepción, fastidio y hasta de hastío cuando él salió de la isla, abandonada a los apetitos y pecados de sus ingratos ciudadanos: “Nunca me entendieron ni aceptaron: ahora ahí se los dejo”.

Al menos, los Castros no pueden negar algo incontrovertible: Batista les heredó la escenografía perfecta para su “revolución”: un país moderno y pujante, con una arquitectura notable y grandes obras apenas inauguradas. Desde el camino que recorrió hasta las oficinas flamantes que de inmediato ocuparía Castro, las construyó Batista: el Túnel por el que entró en La Habana atravesando la Bahía, lo había abanderado Batista unos meses antes, bajo la mirada del también flamante Cristo de La Habana (inaugurado por Martha Fernández Miranda, su esposa), y lo que bautizaron inopinadamente como el Palacio de la Revolución era la sede del Tribunal Supremo de Justicia y Fiscalía General de la República: todo un símbolo de lo que vendría.

Realmente, en Cuba se equivocaron muchos en ese momento –casi todos- menos una voz fuerte y clara, auténtica, valiente y sincera, de otro mestizo que también supo desde niño del sacrificio, la exclusión, el rencor y el rechazo, y a pesar de todo se abrió paso en la isla y en el exilio; Gastón Baquero lo anunció tempranamente cuando muchos de sus “amigos” se prestaron gozosos a condenarlo como “batistiano”.

El 19 de abril, desde las páginas de su Diario de La Marina, Gastón Baquero se despedía dolorosamente de sus lectores, y “partía al silencio” y de inmediato al destierro. No pudo ser más claro ni más certero. Sus palabras de hace sesenta y dos años suenan hoy con una impresionante actualidad, en los oídos de propios y extraños, pero especialmente para quienes aún perseveran en decirse “engañados”, “traicionados” y “vendidos” y achacar a Batista toda la responsabilidad de esa formidable equivocación histórica a la cual ciegamente contribuyeron, para descarrilar un país que aunque con dificultades y tropiezos, avanzaba en la senda del progreso y de la lenta y compleja construcción de una democracia:

…El progreso cubano culminó, como se sabe, en la fuga del dictador, en la impotencia de la junta militar, y en el ascenso al poder de la juventud partidaria de la revolución. Los caracteres ideológicos de ésta no fueron nunca disfrazados por sus dirigentes. En el manifiesto dado por el Dr. Fidel Castro en diciembre de 1957, al desembarcar en Cuba, están contenidas todas las ideas que hoy se van convirtiendo en leyes. Si algún capitalista se engañó, fue porque quiso; si algún propietario pensó que todo terminaría al caer el régimen, pensó mal, porque claramente se le dijo por el doctor Castro que todo comenzaría al caer el régimen; y si alguna persona alérgica a las grandes conmociones económicas y sociales siguió y ayudó al Movimiento creyendo que éste venía solamente “a tumbar a Batista”, pero no a cambiar costumbres muy arraigadas en la organización económica y social, se equivocó totalmente o no leyó con atención aquel manifiesto. El doctor Castro no ha engañado a nadie, aunque mucha gente conservadora y enemiga de las convulsiones le siguieron sin preguntarse detenidamente hacia dónde la llevaban.

Con la certera visión que sólo alcanzan los poetas en sus intuiciones, y que los convierten dolorosamente en Casandras, dijo Baquero:

…Ahora nos encontramos en el ápice del despertar. Aquella señora que “compró sus bonitos del 26”, no soñó que la revolución le iba a rebajar un 50 por ciento de sus rentas por alquileres; aquel industrial que por ideología o por miedo abrió sus arcas, creyó que tenía adquiridos títulos revolucionarios y subsiguiente influencia; aquel sacerdote que hizo de su sotana un manto de piedad para salvar vidas de jóvenes acosados, y de su iglesia un centro de conspiración, creyó que se tendría en cuenta su filosofía de la sociedad y de la vida. …¡Cuántas ilusiones, esperanzas, elucubraciones y cálculos han fallado! Pues llegó la revolución, de veras, radical, inflexible, sin compromiso ante sus ojos, y anhelosa de llevar a cabo un enorme cambio, un programa descomunal de contenido económico y social que ha venido gestándose en la mente de los cubanos revolucionarios desde los mismos años inaugurales de la República. Llegó la revolución en la que no tienen cabida el perdón de los errores, el pensamiento conservador, la doctrina tradicionalista ni el conformismo acomodaticio que, es cierto, ha frustrado tantas esperanzas del cubano.

Por falta de aviso no quedó: miraron, pero no vieron; escucharon, pero no oyeron; sintieron, pero no razonaron; y al final, cuando la realidad no sólo los alcanzó sino que los aplastó y expulsó, lo más sencillo y fácil fue adoptar el recurso pueril de la irresponsabilidad: toda la culpa fue de Batista.

Mientras estuvieron sobre la carroza, aplaudieron y vitorearon; cuando fueron apartados, excluidos o expulsados de aquello que inventaron, cuando el mismo Golem que crearon los destruyó, entonces acudieron a descargarse de culpas, y achacar a otro sus propias equivocaciones, y sus errores.
Y mientras se mantenga esa actitud mental, no habrá solución para el problema de Cuba: si sus hijos no maduran y se convierten al fin en ciudadanos, seguirán siendo súbditos; si son incapaces de entender que ellos mismos forjaron sus eslabones, nunca podrán sacudir sus cadenas ni liberarse de ellas.

Este libro es valioso sobre todo por el testimonio de una persona que fue víctima de una trágica historia, la cual en última instancia no era la suya, condenado inapelablemente por  un juez terrible, sordo y ciego, quien no le permitió defensa alguna, y dictó bíblicamente su sentencia contra toda una estirpe. Quizás Roberto y sus hermanos fueron de los primeros en padecer un juicio así, pero después hubo muchos más en circunstancias semejantes y todavía peores, y aún hoy abundan los que sufren castigos similares.

Este libro necesario es la expresión de un doloroso ejercicio de amor filial, de fidelidad patriótica y de integridad personal: así debe entenderse.

En algún momento, cuando se empiece realmente a intentar escribir una historia de Cuba donde se aspire a dar honesta cuenta de las visiones contrastantes, además de consultar los libros de Fulgencio como Sombras de América, Paradoja, Respuesta, Leyes y piedras y varios más, habrá que incluir este doloroso y sincero testimonio de Roberto, el Hijo de Batista.

 

Roberto Batista Fernández, Hijo de Batista. Memorias. Madrid, Editorial Verbum, 2020, 236 pp. Serie Biblioteca Cubana.



[1] Norberto Bobbio y otros, Dizionario di Politica (1983). En realidad, la entrada de “Colpo di Stato” es de Carlos Barbé.

[2] Miguel Ángel Quevedo, quien se suicidaría después en el exilio, y entonces muy controlado por el “dipsómano” Enrique de la Osa, autor de la famosa “Mentira de los 20 mil muertos de Batista”. Lo más terrible en lo que nadie repara es que mientras la cifra de los “muertos de Batista” es una cantidad cerrada, la de los Castro sigue aumentando trágicamente durante estos tantísimos años de dictadura infinita.

Sunday, May 30, 2021

60 aniversario del magnicidio de Trujillo: los senderos divergentes de República Dominicana y Cuba*

Por Rolando Alum 


NUEVA JERSEY, Estados Unidos.  ̶  Este 30 de mayo de 2021 se cumplen 60 años del ajusticiamiento del sanguinario dictador Rafael Trujillo, quien atormentó a la República Dominicana (R.D.) por 31 años (1930-1961).  A propósito de la fecha, propongo contrastar el itinerario de R.D. con el de “Cuba Socialista” en las seis décadas más recientes.

Aunque Dominicana logró constituirse en república independiente mucho antes que Cuba, para los años cincuenta del pasado siglo el estándar de vida cubano era superior al de la nación quisqueyana, una situación diferente a la de hoy en día.

Como escribiera la historiadora Lauren Derby en The dictator’s seduction (2009), previo al arribo al poder de Fidel y Raúl Castro en Cuba en 1959, “Trujillo no tuvo paralelo en las Américas como arquetipo de autócrata absolutista”. Citemos meramente un par de semejanzas:

  • Los dos regímenes montaron un andamiaje propagandístico internacional con legiones de intelectuales apologistas obstinados en “lavar” la imagen de esas dictaduras, incluyendo campañas demonizando a los opositores internos y los exiliados.
  • El poder titular se traspasó del hermano mayor al menor (Héctor Trujillo y Raúl Castro, respectivamente).  Ellos, a su vez, designaron sus sucesores “a dedo”, y aunque no emparentados, sí leales servidores: Joaquín Balaguer en R.D. y Miguel Díaz-Canel en Cuba.

Ciertamente, Balaguer jugó un rol fundamental en la evolución paulatina hacia la democracia quisqueyana, y posteriormente se desempeñó como presidente electo repetidamente (aunque, admito, controvertido).  Los expertos, aun algunos apologistas, dudan que Díaz-Canel fomente una transición positiva similar.

Los períodos posbatistato y postrujillato

Fulgencio Batista abandonó Cuba el 1ro de enero de 1959.  Los hermanos Castro llenaron el vacío de poder disfrazados de “revolucionarios humanistas”. La lucha antibatistiana de los años cincuenta, esencialmente burguesa, fue una rebelión proconstitucionalista y civilista. Sin embargo, la familia Castro impuso una distopía orwelliana militarizada que ha sumido al país en una miseria sin precedentes. Irónicamente, los cubanos dependen hoy mayormente de los tan vituperados exiliados.

En República Dominicana al Trujillato le siguió un período de inestabilidad que culminó en la guerra civil e intervención conjunta de la OEA y EE.UU. (1965).  En las elecciones de 1966 resultó electo presidente el extrujillista Balaguer, quien, no obstante, su pasado patrocinó una constitución liberal (influenciada por la cubana de 1940) cuyo legado es todavía guía reglamentaria en R.D.

Durante las últimas seis décadas, a pesar de múltiples contratiempos, R.D. ha marchado progresivamente por la senda de la Sociedad Abierta Popperiana, expandiendo los derechos individuales, así como preservando la libre empresa que estimula el crecimiento económico y la disminución de la pobreza. Cuba, por el contrario, continúa retrocediendo en todo aspecto con su ridículo patrón sovietizante. Examinemos otros contrastes más bien político-jurídicos:

La estructura gubernamental dominicana refleja la división tripartita clásica, con los poderes ejecutivo y legislativo (con representación de todos los partidos políticos de todas las ideologías) electos por el voto popular.  El poder judicial es independiente, típico del modelo liberal.  Pero en Cuba impera el unipartidismo omnipotente, controlado por una sola casta familiar: los Castro y sus más allegados privilegiados.

R.D. ha celebrado 16 comicios generales eligiendo ocho presidentes (tres fueron reelectos), patrocinados por cuatro partidos principales alternándose en el gobierno.  En tres ocasiones casi consecutivas se eligieron mujeres a la vicepresidencia. En Cuba, sin embargo, rige un solo partido todopoderoso: el comunista, y dominado por hombres (muchos de ellos ya envejecidos).

En República Dominicana, aparte de la encomiable renovación política y generacional periódica:

  • El estado no hostiga a los que deseen emigrar, ni los gays, raperos, y otros grupos considerados marginados (como los practicantes de ritos afrocubanos).
  • No existen exiliados o presos políticos, torturados, desaparecidos, paredones, ni comités de chivatos.
  • No se controla la población con racionamientos.
  • Los emigrados (que no son oficialmente vituperados como “escoria,” “gusanos”, traidores, etc.) pueden participar en la política doméstica aun desde el exterior.

República Dominicana prospera, Cuba languidece

Irónicamente, entre los problemas más apremiantes de R.D. se encuentran:

  • Las riñas interpartidistas: un fenómeno que en Cuba no tiene lugar ya que se permite solamente un partido piramidal, exclusivista (y machista).
  • La inmigración haitiana —esa perenne hipersensitiva preocupación nacional: las inmigraciones indocumentadas son típicas de las sociedades abiertas, adonde los ciudadanos de países menos libres y/o menos desarrollados ansían emigrar.  En Cuba se presenta el otro extremo: la huida en masa constante (“votando con los pies”), por cierto, contrariamente a la Cuba pre-1959, cuya tasa de inmigración fue positiva desde 1902.

Usualmente, los cubanٔólogos internacionales enarbolan la experiencia poscomunista de la Europa Centro-Oriental como inspiradora para una Cuba post socialista. Pero Cuba bien pudiera aprender lecciones del experimento dominicano (particularmente de sus fallas).

Quedan aún múltiples retos socio-económico-políticos por remediar en R.D.; pero su sistema democrático-liberal merece elogio mundial al conmemorarse el sexagésimo aniversario de la caída del nefasto Trujillato.

*Rolando Alum Linera es antropólogo sociocultural Investigador Asociado Externo de la Universidad de Pittsburgh, y ex becario Fulbright y de la OEA en Santo Domingo; y dedica este artículo a la memoria de su prima-hermana Caridad Linera (Cuba 1944  ̶  Miami 2021), quien rutinariamente lo animó a proseguir análisis comparativos entre los sistemas dictatoriales. Este artículo fue publicado en Cubanet y reproducido aquí por cortesía de su autor.