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Saturday, January 25, 2025

El piloto derribado por el gobierno cubano debería ser recordado en su natal North Hudson


Por Rolando Alum*

Me apresuro a terminar mi decimocuarto y último artículo de opinión para nuestro Jersey Journal, ya que, lamentablemente, dejará de publicarse el mes próximo. Permítanme aprovechar esta oportunidad para honrar la memoria de Mario Manuel de la Peña (1971-1996), que nació en el antiguo Hospital North Hudson de Weehawken (ahora Palisades Medical Center en el cercano municipio de North Bergen). Oímos continuamente hablar de derribos de aviones no militares por parte de países belicosos y rebeldes. 

Recuerdo en particular el monstruoso derribo de un avión de pasajeros coreano por parte de la entonces Unión Soviética en septiembre de 1983. Pero años después, y más cerca de casa, sufrimos el derribo en febrero de 1996 por parte de aviones militares de la Cuba “socialista” de dos pequeños aviones civiles con base en Estados Unidos, uno de los cuales estaba pilotado por un nativo del condado de Hudson, Mario de la Peña. 

Con tan sólo 24 años, Mario era voluntario de la organización “Hermanos al Rescate” [BTTR], con sede en Florida, que patrullaba por aire el Estrecho de Florida en busca de balseros cubanos fugitivos. Estos pilotos alertaban rutinariamente a la Guardia Costera de los Estados Unidos para salvar las vidas de los refugiados. A veces, los pilotos también lanzaban volantes con la Declaración Universal de los Derechos Humanos impresa en español, muchos de los cuales, con vientos favorables, caían en tierra cubana, informando así a los cubanos comunes de esos derechos ideales que les privó su gobierno de orientación marxista. 

En la tarde de ese sábado 24 de febrero de 1996, aviones militares cubanos derribaron dos avionetas, matando, además de Mario, a otros tres aviadores. Como concluyeron las investigaciones de organizaciones internacionales (como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos): 

1--Las avionetas estaban desarmados. 

2--Fueron atacados escandalosamente en el espacio aéreo internacional, lejos de Cuba. 

3--Una tercera avioneta, cuyos tripulantes presenciaron los ataques criminales, logró regresar al sur de Florida. 

4--Como se informó debidamente, las aeronaves militares del estado cubano nunca implementaron ningún método de advertencia o intercepción (como un aterrizaje forzoso), como lo establece el protocolo internacional. 

5--De hecho, la grabación monitoreada por los EE. UU. de las comunicaciones verbales entre los pilotos cubanos comunistas con sus superiores en La Habana prueba que se dieron órdenes de “destruir sin piedad las avionetas”, lo que evoca las grabaciones del ataque soviético del avión comercial coreano. 

Al acercarnos al 29 aniversario de la prematura muerte de Mario, y dado que residió de niño con su familia en Union City y West New York, sugiero a los comisionados electos del condado de Hudson y a los funcionarios municipales pertinentes que consideren resoluciones que conmemoran el legado de Mario e incluso nombrar una calle o esquina con una placa correspondiente en honor al martirio de este idealista humanitario y luchador por la libertad hudsoniano. 


*El profesor Roland Armando Alum, residente de West New York (N.J.) durante la mayor parte de su vida, es un profesor universitario de antropología jubilado y ex funcionario de los gobiernos estatal y federal, actualmente investigador externo asociado en estudios latinoamericanos de la Universidad de Pittsburgh y vicepresidente del Centro de Política, Investigación y Desarrollo Hispano de Nueva Jersey con sede en Trenton.

Tuesday, November 12, 2024

La Cuba de hoy y de mañana

El pasado septiembre Hypermedia Magazine tradujo y publicó un artículo que el periodista norteamericano J.D. Whelpley dio a la luz en 1900, en la revista The Atlantic Monthly. A dos años de terminada la guerra hispano-americana y en plena reconstrucción del país bajo la ocupación norteamericana el periodista hizo interesantes observaciones a partir de su visita a la isla. Por el interés histórico que puedan tener estas observaciones -con toda su carga de desconfianza, superioridad, racismo y condescendencia- creemos importante reproducirlas en nuestro blog.  

La Cuba de hoy y de mañana



En ningún momento de la historia reciente de Cuba ha sido más difícil que ahora para el pueblo de los Estados Unidos obtener una visión correcta de las condiciones en esa isla. Esta puede parecer una afirmación injustificada en vista de la paz que ahora prevalece, la reactivación del comercio, la presencia de norteamericanos en todas las comunidades y la gran cantidad de espacio que la prensa dedica ahora a Cuba y a su pueblo.

Sin embargo, es cierto, como lo sabe cualquiera que haya analizado el asunto desde un punto de vista imparcial y desinteresado. Incluso cuando España tenía a Cuba agarrada por el cuello y desalentaba a los norteamericanos de venir a la isla, el pueblo de los Estados Unidos estaba bastante bien informado de lo que estaba sucediendo. El propósito de una gran parte de la prensa es obtener noticias sensacionales.

Hace dos años, Cuba era un campo atractivo. Las noticias obtenidas desde allí fácilmente podían considerarse exclusivas, rara vez podían corroborarse y, si bien es posible que hubiera habido una exageración considerable en algunas de las historias de horror anteriores a la guerra de 1897 y 1898, los hechos fueron lo suficientemente sorprendentes como para hacer que la exageración fuera insignificante en su conjunto.

La situación actual es peculiar. Cuba ha sido «agotada» desde el punto de vista del periodismo sensacionalista, y abandonada al estadístico, al economista teorizador y al experto gubernamental. Con una campaña nacional en marcha, y una administración, con las manos llenas de problemas en otras direcciones y en busca del respaldo en las urnas, los funcionarios de la administración consideran muy deseable que los asuntos cubanos se mantengan en un segundo plano tanto como sea posible.

Esta actitud en Washington tiene un efecto notable en la prensa conservadora del país; ya que muchos periódicos que no están a favor de la administración actual se oponen aún más al triunfo del ala demócrata que defiende la libre acuñación de plata, y por lo tanto, excluyen de sus columnas cualquier información que pueda servir como munición para el enemigo común. Junto con los periódicos estrictamente de la administración, esto incluye el noventa por ciento o más de los periódicos respetables del país.

Los pocos escritores valiosos que han visitado Cuba últimamente están casi todos controlados necesariamente por estas influencias. Los corresponsales de prensa destacados en la isla han encontrado inútil malgastar sus energías en algo que no sea el suceso diario o la descripción casual de algún trozo pintoresco de la vida.

En cuanto a si los cubanos están a favor o en contra de la anexión, si los americanos gustan o disgustan, si los cubanos son aptos o no para el autogobierno, si están alegres u hostiles bajo la inyección forzosa de los ideales americanos en su sistema español de gobierno, son temas en gran parte prohibidos.

Cuando estuve en Cuba el invierno pasado, y tras una paciente indagación entre todas las clases de personas, llegué a la conclusión de que los cubanos se oponían de forma abrumadora a la anexión de la isla a Estados Unidos. En un artículo cuidadosamente meditado publiqué este hecho en Estados Unidos. La afirmación suscitó sorpresa y críticas. Estas últimas amainaron cuando mi opinión fue confirmada enfáticamente por los generales Wood, Ludlow y muchos otros. Un periodista inteligente y responsable, destinado en La Habana para uno de los grandes diarios de Nueva York, me comentó amargamente la discusión que había suscitado la publicación de esta noticia: «Después de estudiar esa cuestión durante seis meses, escribí un artículo a dos columnas en el que adoptaba la misma opinión que usted, y eso fue hace cinco meses, pero nunca se imprimió. Era una herejía».

Los funcionarios del gobierno estadounidense se unen en el coro de «Todo va bien» por razones obvias. Complace a los cubanos, hace avanzar la causa del poder fáctico en casa y satisface al pueblo de Estados Unidos. La única nota discordante que ha llegado a las costas de este país proviene de las declaraciones de los funcionarios que, al regresar, ya no tienen restricciones para hablar, así como de empresarios, periodistas y otros observadores inteligentes que han pasado algún tiempo en la isla. El contraste entre lo que dicen los funcionarios del gobierno y los políticos y los demás es tan marcado, que por sí mismo arroja sospechas sobre la sinceridad de las declaraciones de los primeros.


La gran dificultad para presentar correctamente estos asuntos es la imposibilidad de citar los puntos de vista reales de aquellos cuyas opiniones llamarían la atención. Lo que el secretario Root, el general Wood, el general Ludlow, el coronel Black, el coronel Rathbone, el general Chaffee y otros realmente saben y realmente piensan sobre la Cuba de hoy y la Cuba de mañana sería intensamente interesante.

Si se conociera, contribuiría en gran medida a formar el sentimiento público en los Estados Unidos, y así influiría en la legislación nacional sobre el tema. Pueden creer que los cubanos son todo lo que se espera de ellos, que están aceptando de buen grado, incluso con alegría y con humilde espíritu de agradecimiento, las enseñanzas de los norteamericanos, y que no pasarán más que unos meses antes de que el buque del Estado cubano pueda ser botado de los astilleros norteamericanos y, conducido por una tripulación cubana, realizar un viaje exitoso y provechoso.

Por otra parte, pueden creer que la tarea que el gobierno estadounidense ha emprendido ostensiblemente es inútil. Pueden haber llegado a la conclusión, tras dieciocho meses de prueba, de que el cubano prefiere sus propios ideales, costumbres y formas de hacer a los de los estadounidenses, y que no se ha hecho ni se puede hacer ningún progreso con esta generación en materia de sustitución.

Incluso, pueden haber llegado a la conclusión de que la falta de control político está tan arraigada en la naturaleza de los cubanos, que, aun eligiendo sus propios sistemas ejecutivo y judicial, no serían capaces de dirigir un gobierno estable e independiente.

Si son optimistas, pueden expresar su optimismo; si son pesimistas, deben ser cautelosos.

Con un conocimiento íntimo de lo que ha logrado o no la intervención estadounidense durante el último año y medio, estos hombres están en condiciones de ilustrar al pueblo estadounidense sobre lo que puede esperarse como desenlace de la situación cubana. Pero, por la propia naturaleza de las cosas, no pueden hacerlo. Deben autoengañarse, ser evasivos o faltar a la verdad de forma optimista.

Las relaciones de Estados Unidos con Cuba son ahora tan falsas y antinaturales, las relaciones de la cuestión cubana con la política nacional en Estados Unidos están tan llenas de posibles peligros para el partido dominante, que hablar claro está más allá de la posibilidad del momento por parte de quienes sostienen las políticas actuales con la esperanza de hacer las del futuro.

Se puede ver fácilmente, por lo tanto, que la mayoría del pueblo de los Estados Unidos tiene pocas oportunidades en este momento de juzgar la situación real en Cuba y, en consecuencia, no puede formarse una opinión realmente inteligente sobre lo que es probable que depare el futuro en las relaciones de los Estados Unidos con esa isla y su pueblo.

La actual agudeza de los asuntos puertorriqueños y filipinos también sirve para desviar la atención pública de Cuba. Será necesaria alguna marcada perturbación de la aparente paz que ahora reina en esa dirección, o alguna tregua en el interés que ahora se presta a otros asuntos, antes de que los inquietos periódicos estadounidenses aprovechen la oportunidad que aquí se les presenta para explotarla y comentarla. En la actualidad es comparativamente fácil para los interesados desacreditar cualquier rumor inquietante.

Repasar brevemente las condiciones existentes en Cuba cuando comenzó la intervención americana es necesario a efectos de comparación. Bajo el dominio español el jefe del gobierno era un militar con poder autocrático apoyado por una fuerza armada. La sombra de la autonomía prevalecía en forma de un gobierno civil subordinado que se extendía desde los asuntos estatales hasta los municipales. El poder judicial era una función subordinada del gobierno, el poder supremo descansaba en el «fiscal» del tribunal supremo, que era en realidad un funcionario del gobierno. Los tribunales eran lentos y venales. Las leyes se hacían para los ricos e influyentes, y así se administraban.


El sistema impositivo estaba concebido de tal manera que permitía escapar al aristócrata terrateniente, y el hombre de negocios y el consumidor pagaban las facturas. Los derechos de importación eran pesados para las necesidades y ligeros para los lujos.

La iglesia desempeñaba un papel importante en el gobierno y, por una ley inicua, un legado a la iglesia se convertía en una hipoteca sobre un patrimonio que se mantenía en su totalidad contra todos y cada uno de los compradores de un pie de tierra de ese patrimonio.

Estas llamadas hipotecas eclesiásticas ascienden ahora a millones de dólares, y hoy en día enturbian el título de propiedad de cientos de miles de acres de las tierras más valiosas.

Los asuntos postales de la isla eran tan imperfectos que pocos se preocupaban de confiar una carta importante a los correos, y el sistema de cobro revertido se había convertido en una especie de chantaje. De los trescientos mil niños en edad escolar que había en Cuba, unos cuatro mil asistían a lo que se dignificaba con el nombre de escuelas públicas.

La educación pública era meramente superficial, y el porcentaje de analfabetismo en consecuencia alcanza ahora en muchas comunidades el ochenta o incluso el noventa por ciento. El bandolerismo prevalecía en todo el país, y era inspirado y sostenido por hombres con altos cargos y posición social en La Habana.

En resumen, la vida, la libertad y la justicia no estaban aseguradas para los ciudadanos de Cuba a menos que pudieran pagar generosamente por la inmunidad contra el asesinato, el encarcelamiento o las desastrosas complicaciones legales.

En tiempos de paz, a pesar de estos agravios, tan grandes cuando se ven a la luz de la civilización moderna, Cuba floreció. Su suelo fértil producía azúcar, tabaco y frutas. La vida no era dura para los pobres con sus necesidades sencillas y sus disposiciones felices. Para los ricos podía hacerse deseable según los medios y la influencia. Los norteamericanos llegaron a Cuba en tiempo de guerra, cuando a estas condiciones se añadió la lacra de un largo conflicto civil, con la consiguiente hambruna del pueblo, reconcentración, estancamiento del comercio y males similares. Es difícil concebir una tierra más hermosa y más desolada por las malas pasiones de los hombres.

La tarea que se presentaba a los estadounidenses no era ligera, pues se trataba de poner orden en medio del caos, y puede decirse sin prejuicios que ningún pueblo podría haberlo hecho más rápida o eficazmente. Los hambrientos fueron alimentados, la vida se hizo segura en cada ciudad, pueblo y barrio. Las aduanas se convirtieron en casas de la moneda, y el dinero recaudado en ellas se contabilizó honestamente.

Toda la isla fue limpiada y desinfectada, real y figuradamente hablando. Resumir todo lo realizado es decir que Cuba fue administrada con un nivel de orden como nunca lo ha sido ningún país hispanoamericano en la historia de este hemisferio.

Tanto los naturales como los extranjeros respiraron aliviados. Los hombres se aventuraron en los campos para labrar la tierra. La fértil tierra respondió con gusto a un ligero estímulo. El comercio revivió y cobró fuerza a medida que pasaban los meses, pues sobre todo flotaba la bandera de los Estados Unidos, lo que significaba que aquí, allá y acullá estaban los oficiales tranquilos, de mirada aguda y resuelta del ejército estadounidense, con cientos de soldados robustos, impetuosos y bien equipados a su disposición.

Hasta aquí todo iba bien. Los Estados Unidos habían llevado a cabo su programa. Los españoles habían sido expulsados de Cuba y se había restablecido el orden. Se cerraba así el primer capítulo de la intervención estadounidense en Cuba.

Por difícil que hubiera sido, fue fácil de llevar a cabo en comparación con lo que vendría después, porque hasta entonces los estadounidenses no habían necesitado cooperación ni ayuda. Ellos concibieron y ejecutaron sus propios planes. Aunque llevados a cabo en una tierra extraña y en condiciones nuevas, no les resultaba un trabajo desconocido. En otros lugares se había aliviado la angustia y restablecido el orden. Se trataba simplemente de adaptar los hombres, el material y el sentido común a un clima tropical.

Después de esto, sin embargo, vendría la preparación de la isla para la libertad y la independencia, pues el pueblo estadounidense, en su ansiedad por demostrar motivos desinteresados, se había comprometido a entregar Cuba a los cubanos. Sin embargo, había una salvedad, contenida en la promesa hecha al mundo entero, de que Cuba mantuviera siempre un gobierno estable.

Al primer vistazo sobre el terreno fue evidente para los estadounidenses que para garantizar esto Cuba tendría primero que ser pacificada permanentemente, las iniquidades contenidas en el código legal eliminadas, la honestidad hecha la regla en todos los departamentos del gobierno, los niños educados adecuadamente, la iglesia retirada a su legítima esfera de influencia, el sistema de impuestos revisado, y una nueva forma de gobierno creada.

Los cubanos, debido a su falta de experiencia, eran manifiestamente incapaces de lograr estas cosas por sí mismos, por lo que los estadounidenses, con vigor y entusiasmo, se pusieron manos a la obra para enseñarles.

La historia de este esfuerzo es el segundo capítulo del relato de la intervención, y aún no puede escribirse todo, aunque, como ocurre con la mayoría de los relatos, puede deducirse alguna idea de lo que está por venir. Las verdaderas dificultades comenzaron en este momento, y por la sencilla razón de que la tarea requería la cooperación de los cubanos. Hasta entonces, los estadounidenses habían trabajado solos; ahora sólo debían guiar, y los cubanos realizar el trabajo al que se habían creído asignados durante mucho tiempo.


Llamando en su ayuda a los hombres cuyos nombres habían sido más generalmente identificados con la lucha por la independencia de Cuba, el general Brooke intentó una forma de gobierno casi civil. Siguió las recomendaciones de los consejeros cubanos en la medida de sus posibilidades, y estos le condujeron a escollos desde el principio.

Descubrió que los dirigentes cubanos habían luchado por un cambio de amos y no de métodos. Se peleaban con el pueblo y entre ellos. Se opusieron a las reformas y fomentaron los problemas entre los naturales y los estadounidenses.

La situación llegó a ser tan grave que el caos amenazó de nuevo, y el general Brooke fue retirado por una administración alarmada para dejar sitio al general Wood, que había mostrado el mayor tacto y los mejores resultados en el departamento bajo su administración.

Probablemente el general Brooke se alegró de escapar. El lugar no le convenía, ni él al lugar. El general Wood era un hombre más joven, con la vida aún por delante, y aprovechó la gran oportunidad que se le presentaba. Su primer acto como gobernador fue uno que le granjeó el aplauso de los cubanos conservadores y propietarios, pues echó del cargo a la pandilla de pendencieros que el general Brooke había reunido y los sustituyó por los autonomistas, el grupo más digno y admirable de hombres identificados con la lucha de los cubanos contra España.

El general Wood continuó alimentando a los hambrientos, desinfectando las ciudades, vigilando el país, recaudando los ingresos necesarios a través de las aduanas y gastando el dinero donde más se necesitaba. Reconociendo los males del sistema legal y otras regulaciones públicas que habían dejado los españoles, nombró comisiones para revisarlos todos, y en cada una de estas comisiones colocó a norteamericanos para dar a los cubanos el beneficio de su sistema y experiencia.

Día a día, a medida que los asuntos erróneos han ido llamando su atención, los ha ido enderezando. En su intenso deseo de mantener la paz en la isla, tanto por su propio bien como por el de la administración que le colocó en su alto cargo, se esfuerza por aplacar a todos los elementos opuestos.

Si un cubano con seguidores se vuelve demasiado ruidoso o se inclina por la crítica, le da un cargo. Esta política se ha seguido con tanta asiduidad que ahora pasar lista a los titulares de los cargos es pasar lista a los principales agitadores de la isla que florecieron en tiempos de tensión y rebelión.

Esto no significa, sin embargo, que estos hombres sean aptos para dirigir al pueblo en tiempos de reconstrucción pacífica, pues muchos de ellos son ignorantes y peligrosos demagogos, y casi todos ellos sólo están esperando el momento, y no con demasiada paciencia, hasta que se vean libres del fuerte control del gobernador americano, para poder obrar su propia voluntad en los asuntos públicos como han soñado hacer durante todos los años en que envidiaron al español el ejercicio de su poder autocrático.

En la época de los españoles, un gobernador foráneo ejercía un gobierno autocrático con ciertas limitaciones legales. Una evasión de estas limitaciones era posible, pero sólo se lograba mediante algún truco secreto. Bajo el mando americano un gobernador foráneo ejerce un poder que no reconoce limitaciones. Cada juez es considerado como un oficial militar bajo su autoridad, y cada ley no es más que una orden militar sujeta a cambio o incluso a ser borrada a una palabra del cuartel general militar.

Bajo esta autoridad absoluta se mantiene a raya la injusticia legalizada, se vacían las cárceles de prisioneros injustamente confinados, se ajusta la tarifa de modo que, ostensiblemente al menos, se grave más a los ricos y menos a los pobres. El dinero recaudado se contabiliza de forma más general y se distribuye con mayor justicia, la instrucción pública ha recibido un fuerte impulso y, en general, en toda la isla el pueblo es libre de perseguir su propia voluntad y placer en las artes de la paz.

Los funcionarios locales fueron al principio designados en todos los municipios, y posteriormente elegidos por sufragio restringido. Sin embargo, es dudoso que los resultados de las elecciones en cuanto a los hombres seleccionados para los cargos sean tan satisfactorios como los del sistema de designación.

Las comisiones nombradas para planificar reformas en los sistemas jurídico y fiscal no han logrado nada tangible por voluntad propia. Las leyes de la Cuba española se mantienen hoy, con algunas modificaciones menores, como las leyes de la Cuba americana.

El capital se invertía en Cuba bajo el dominio español por derecho de garantía y concesión del gobierno. No se ha invertido capital nuevo en Cuba bajo el dominio americano por dos razones. Una, es que el gobierno de los Estados Unidos no se ha atrevido a confiar a sus propios funcionarios el derecho de otorgar concesiones. La otra razón es que el capital de todas las nacionalidades teme ahora que Estados Unidos vaya a mantener la concepción popular de la promesa dada por el Congreso en el sentido de que Cuba será entregada en manos de un gobierno cubano independiente.

No sólo el capital se ha mostrado reacio a ir a Cuba, sino que desde la intervención estadounidense se han retirado realmente de la isla más de ciento treinta millones de dólares de dinero español y de otros países. Lo que se ha logrado en Cuba hasta el momento por la intervención estadounidense puede incluirse en la vigilancia efectiva de la isla, y ningún hombre, por muy optimista que sea en cuanto al futuro, puede poner el dedo en la llaga sobre algo más de valor permanente o señalar un hecho consumado que pueda utilizarse como argumento a favor de la afirmación de que los cubanos serán capaces en poco tiempo de dirigir un gobierno propio, independientemente de la orientación y el control real estadounidenses, que pueda calificarse de estable.

Hay buenas razones para ello. Se encuentran en la naturaleza de la intervención, en las incómodas relaciones políticas de Estados Unidos con la isla y en el carácter y la disposición del pueblo cubano.

La intervención de Estados Unidos en los asuntos cubanos fue la de una fuerza armada presente principalmente para preservar el orden. Esto en sí mismo implica superioridad. Esta implicación es de lo más objetable para cualquier pueblo por débil que sea nacionalmente.

Para el orgulloso y excitable cubano, lleno de antagonismo racial natural, la plena comprensión de esta actitud de los norteamericanos, la de un severo maestro de escuela con la vara en la mano obligando al buen comportamiento, trajo consigo resentimiento y distanciamiento de la obra propuesta de americanizar el gobierno en todas sus funciones.

Necesariamente se ha continuado con la forma militar de la intervención americana. Necesariamente el gobernador americano ha retenido en sus propias manos la autoridad final en todas las cosas. Cada día se ha hecho más difícil predecir cuándo se podría prescindir de esta forma de intervención o en qué momento, o en qué punto se podría permitir que la autoridad americana caducara y la cubana se convirtiera en definitiva.

Hasta ahora los cubanos se muestran en general pasivos en cuanto a estas cosas, pero ellos, al igual que los estadounidenses que ejercen la autoridad, son plenamente conscientes de que el día no se acerca perceptiblemente, ni está cada vez más claro cuándo y cómo los Estados Unidos pueden «dejarlo ir».

España se vio obligada a regañadientes a entregar a su revoltoso hijo a Estados Unidos. El Congreso de los Estados Unidos, para satisfacer la conciencia nacional, todavía gobernada en 1898 por la teoría del aislamiento de la virtud nacional, aprobó una resolución declarando que era el sentimiento del padrastro que el niño fuera libre e independiente.

Sin embargo, había una restricción previa a esta intención que tenía precedencia, y era la promesa a la comunidad internacional por parte del futuro padre de que el niño debería comportarse siempre en lo sucesivo, no sólo ante el mundo, sino en sus relaciones con aquellos que echaran su suerte en su íntima compañía.

En el transcurso de un artículo titulado “Growth of our Foreign Policy”, en el Atlantic de marzo, el honorable Richard Olney expresó brevemente el único significado que puede tener esta promesa en las condiciones actuales, y es que Cuba, desde la firma del tratado con España, pertenecía a Estados Unidos como fideicomisario, y seguiría perteneciendo así.

Esta conclusión es lógica e inevitable tanto si se considera el asunto desde el punto de vista geográfico, estratégico, político, comercial, o en interés de la vigilancia efectiva del continente americano, una tarea asignada a Estados Unidos por las naciones de la tierra, y reclamada por ese país como un derecho así como aceptada como una responsabilidad.

El Tratado de París, en la medida en que afecta a las relaciones de Estados Unidos con Cuba, tiene precedencia sobre la legislación interna promulgada como una cuestión de conveniencia o disculpa política, especialmente cuando dicha legislación se limita a expresar un sentimiento, sujeto a cambios legítimos a la luz de una información y experiencia más completas.

Se puede suponer sin entrar en detalles que mientras a los cubanos no se les haya confiado una gran responsabilidad en ningún departamento de su propio gobierno, poco o ningún progreso se ha hecho para inducirlos a un esquema de autogobierno como el que posiblemente contemplaron aquellos que hace dos años, o incluso más recientemente, abogaban honestamente y creían en la posibilidad de una Cuba libre e independiente.

Los cubanos se quejan ahora amargamente de que nadie puede decir si pueden gobernarse a sí mismos o no hasta que se haya probado. Los estadounidenses los calman con discursos elogiosos, alaban su patriotismo, su generosidad, su adaptabilidad, su sentimentalismo, su afán por añadir sus nombres a la lista de sueldos del gobierno, e invariablemente concluyen con un tributo a sus gracias sociales.

A la persistente y repetida pregunta de cuánto tiempo va a continuar el estatus actual, los estadounidenses se muestran evasivos, indefinidos o contemporizadores, ya que ningún hombre familiarizado con la isla, su gente y sus asuntos, por muy optimista que sea su creencia en el destino de Cuba como república libre, ha tenido la temeridad de fijar un día en el futuro próximo en el que se pueda retirar con seguridad el poder policial estadounidense.

Esto se debe a la absoluta falta de autocontrol político que han manifestado los cubanos en casi todas las ocasiones en que podría haberse ejercido con ventaja. En las reuniones de las comisiones han reducido a los miembros norteamericanos a la desesperación y a un sentimiento de desesperanza de lograr alguna vez el objeto en vista.

Como funcionarios han abusado de su poder, y muchos de ellos no han mostrado ninguna concepción de la idea de un cargo público como una confianza pública. Su incapacidad, su falta de progresismo y, en muchos casos, su deshonestidad han mantenido a los funcionarios estadounidenses ocupados corrigiendo errores y enderezando entuertos.

La idea española de gobierno se ha criado en ellos y están completamente imbuidos de su espíritu. Si la intervención norteamericana cesara hoy, Cuba se convertiría, en un plazo increíblemente corto, en una furiosa caldera de alboroto civil provocado por la guerra interna por el botín. Con el tiempo triunfaría el hombre o la facción más fuerte, y se organizaría entonces un gobierno del mismo carácter indeseable que los que existen ahora en los países centroamericanos.

A los cubanos no les gustan los americanos, y eso es bastante natural. Para los cubanos inteligentes, los estadounidenses representan un país que creen que ahora les está negando su derecho de nacimiento. Con los ignorantes, el antagonismo racial es fuerte.

Estas son generalizaciones, por supuesto, pues hay muchas excepciones, como hay cubanos que están a favor de la anexión, pero son una minoría irremediable. Con una Cuba libre existe la cuestión racial, siempre presente, siempre amenazadora y siempre peligrosa.

Casi un tercio de la población es negra, y una raza no se mezcla con la otra en términos de igualdad social. Incluso se ha propuesto seriamente por conocidos cubanos que tan pronto como Cuba fuera libre se dividiera en dos repúblicas, los negros ocuparían la parte oriental de la isla y los blancos la occidental.

Es difícil para los estadounidenses que no están familiarizados con los pueblos de los países hispanoamericanos darse cuenta del tremendo abismo que existe entre ellos y el pueblo de Estados Unidos en sus costumbres, forma de pensar, ideales políticos y normas morales en asuntos que afectan al bien público.

Los cubanos son hispanoamericanos. Al igual que en México y Centroamérica, la riqueza y la inteligencia de Cuba están en manos de extranjeros y de un pequeño porcentaje de nativos que han vivido mucho en el extranjero o que poseen cualidades excepcionales.

Una Cuba gobernada por los estadounidenses significa un sufragio restringido y una seguridad relativa. Una Cuba libre significa sufragio universal y la rápida caída de la frágil estructura política diseñada y erigida por los estadounidenses, y ahora mantenida intacta sólo por su presencia.

La continuación de las condiciones actuales en Cuba será posible durante algún tiempo sin graves problemas. El experimento de una Cuba libre puede incluso intentarse con el tiempo, dependiendo esto en gran medida del sentimiento público y del poder dominante en las políticas de Estados Unidos.

Inevitablemente resultará en otra intervención que no necesitará disculpas, y continuará mientras Estados Unidos siga siendo una nación.

Es posible que la anexión sea provocada por una franquicia restringida, que con el tiempo perderá la esperanza de una Cuba libre, y buscará la ventaja comercial y la estabilidad política en una unión con Estados Unidos.

También es posible que la situación en Cuba se vuelva tan tensa, incluso hasta la violencia, que Estados Unidos reconozca un cambio de política, y con la mayor suavidad posible transmita a los cubanos la imposibilidad de una república independiente en vista del fracaso de los planes bien trazados en sentido contrario.

Lo único que parece absolutamente remoto, improbable y casi imposible desde todos los puntos de vista es una república cubana libre e independiente.

La esperanza de Cuba no está en la generación actual, sino en la venidera. Con educación, desarrollo, contacto con las instituciones estadounidenses y un largo respiro de la guerra de guerrillas, el nuevo pueblo de Cuba hará una nueva Cuba.

Este pueblo no deseará una existencia política separada, pues se dará cuenta de los mayores beneficios de la libre relación social y comercial con una nación poderosa de la que forma parte, y cuyas necesidades en ciertas direcciones sólo pueden ser suplidas por ella.

Julio de 1900.

Saturday, July 27, 2024

Entrevista a asaltante al cuartel de Bayamo*

Orlando Castro García junto a su esposa, Georgina Cid, exprisionera política

Por Wilfredo Cancio Isla

Orlando Castro García repasa el pasado con la serenidad que suele acompañar a los patriarcas. A los 90 años, cumplidos este 14 de julio, conserva una envidiable lucidez para rememorar en detalle los sucesos de una vida definitivamente asociada con la leyenda y la historia contemporánea de Cuba.

Se define a sí mismo como un sobreviviente privilegiado. Conserva una voz enérgica y las palabras dejan pronto entrever la virtud de su liderazgo innato. Su trayectoria vital atraviesa el accidentado mapa de batallas cívicas, episodios violentos, descalabros, prisiones y exilios que ha marcado el devenir cubano desde la segunda mitad del siglo XX hasta el presente.

Formado en el seno de una familia humilde de Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas, fervoroso defensor de los valores patrios y de su cubanía, Castro García pertenece a la generación de jóvenes que emergieron con determinación de guerreros para desafiar el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, perpetrado por Fulgencio Batista.

Entonces su vida apacible y anónima cambió para siempre. Tenía 25 años y vivía con su primera esposa en un confortable apartamento en el edificio del Retiro de Arquitectos, en Infanta y Humboldt, en la capital cubana. Estudiaba para Contador Público en la Universidad de La Habana y había sido promovido a supervisor de créditos y cobros de la poderosa empresa Sabatés, sucursal de Procter & Gamble en la isla, cuando decidió enrolarse en una quimérica aventura militar, animado por su amigo Raúl Martínez Ararás. Fue así que Castro García se convirtió en uno de los 25 asaltantes del Cuartel "Carlos Manuel de Céspedes", en Bayamo, una acción coordinada con el ataque al Cuartel Moncada de Santiago de Cuba, liderado por Fidel Castro.

"Cuando trato ahora de explicarme cómo me enrolé en esas acciones, la única explicación que hallo es la juventud que teníamos", confiesa. "Teníamos la pasión patriótica de hacerle frente a la situación de Cuba, pero carecíamos de madurez y conocimientos militares mínimos... Fue un gran fiasco".

A 65 años de la insurrección armada del 26 de julio de 1953, el veterano combatiente recuerda los momentos cruciales de aquella frustrada escaramuza, que terminó en una revolución triunfante seis años después, habla de su temprana ruptura con Fidel Castro y reflexiona sobre el futuro de un país que abandonó en 1979, tras una cruenta prisión por motivos políticos. Un país al que entregó sus energías y sus desvelos como a ninguna otra causa, y adonde no piensa que podrá volver.

Castro García reside en Miami y está casado -en segundas nupcias- con Georgina Cid, una ex prisionera política que cumplió 16 años en las cárceles cubanas. "Georgina me ha soportado por mucho tiempo", sonríe. "No podía haber encontrado una compañera mejor en esta vida".

De los atacantes del Moncada y Bayamo que marcharon al exilio en Estados Unidos, sobrevive además Gerardo Granados, residente en Orlando, Florida, quien declinó la solicitud de entrevista por razones de enfermedad.​

Orgullo de ser cubano

¿Cuáles eran las ideas del joven que decide involucrarse en una acción militar contra el gobierno? ¿Había usted adquirido entonces una conciencia patriótica?

Por la educación que recibí desde la enseñanza primaria, me sentía identificado con la historia de mi país. Siendo todavía un adolescente, estaba orgulloso de la Guerra de Independencia, de José Martí, de Carlos Manuel de CéspedesPensaba que la historia nuestra era fantástica. Me enorgullecía decir: Yo soy cubano. Tenía la semilla del sentimiento patriótico, pero no había desarrollado ideas políticas propiamente. Así que al producirse el golpe del 10 de marzo, me veo comprometido a asumir una actitud para responder a aquel hecho que había quebrantado el orden constitucional del país.

¿Cómo llega a enrolarse en la conspiración del 26 de julio?

Por Raúl Martínez Ararás, quien había coincidido conmigo en la Escuela Profesional de Comercio de La Habana y tenía contactos con Fidel Castro, a quien solo veo en alguna ocasión. Llega un momento en que Martínez Ararás me dice que se está preparando un ataque a posiciones militares y quiere saber si podía contar conmigo, y yo le digo que sí.

¿Tenía usted algún conocimiento militar o noción de la acción armada que estaba a punto de realizarse?

Absolutamente no. Ningún conocimiento militar, ni había hecho entrenamientos con armas. Se hicieron algunas prácticas con los muchachos que iban a participar en la acción, en pueblitos de La Habana y Matanzas, pero no eran prácticas militares. Martínez Ararás me visitó un día en mi casa y me dijo que nuestro grupo iba a atacar una posición militar en Bayamo. Aquello para mí fue grandioso. Pero con la experiencia que después me dio la vida, no hubiese participado nunca en una acción de ese tipo sin una preparación y sin la logística necesaria. Había mucha pasión, pero poco conocimiento. La primera vez que yo cogí un arma de fuego fue para participar en el ataque.

Improvisación absoluta

¿Cuál fue su responsabilidad en los preparativos de la operación?

Prácticamente todas las armas que se utilizaron en Bayamo se situaron en mi apartamento. Mi misión fue trasladarlas en maletas por el ferrocarril hacia Bayamo. Eran sumamente pesadas. Llegué a Bayamo con las armas en el tren en la mañana del 24 de julio. A la llegada a la terminal de trenes me estaba esperando Gerardo Pérez-Puelles, otro asaltante, quien había viajado varios días antes y había alquilado un local en un hotelucho de citas amorosas.

¿Allí se alojaron los demás participantes?

Sí. Llegaron en el atardecer del 25 de julio. Con Pérez-Puelles tomamos una foto del cuartel desde un acueducto para saber por dónde íbamos a entrar. Esa fue la única labor previa al asalto.


¿Cómo fue el momento de la salida para la acción?

Pues le fuimos dando los uniformes a la gente. De más está decir que ningún uniforme le venía bien a ninguno, era un desastre. Todo muy mal organizado, esa es la realidad histórica. Salimos poco antes del amanecer. Castro dijo años después que todo aquello había sido una labor muy responsable e inteligentemente preparada, pero nada de eso es cierto. Todo fue de una improvisación absoluta.

¿Por qué nunca pudieron entrar al cuartel?

El ataque fue por detrás del cuartel, donde había unos corrales con caballos. La presencia nuestra agitó a los caballos y cuando un soldado salió a ver qué pasaba, se produjeron los primeros disparos y aquellos animales corrieron de un lugar a otro tremendamente agitados. La poca preparación nuestra nos impidió pasar de la parte posterior del cuartel. Los soldados montaron una ametralladora y empezaron a disparar. El tiroteo duraría acaso 10 ó 12 minutos. El volumen de fuego de los militares fue muy superior. Sus rifles eran muy superiores a nuestras escopetas, solo por el ruido de los disparos fue evidente. Fuimos unos guerreros muy ingenuos.

En fuga hasta La Habana

¿Qué sucedió en la estampida de los asaltantes?

En la huida me encuentro con un muchacho atacante que yo no conocía. Era Enrique Cámara, de Marianao. Con él me interno en las calles de Bayamo y en una esquina donde había gente tomándose un cafecito hago un discurso convocando a la gente a la rebelión, algo completamente absurdo. Les digo que esto es una revolución y necesitamos el apoyo del pueblo. Nadie me hizo caso, incluso nos pasó por al lado un vehículo con policías y ni siquiera se dieron cuenta de que éramos asaltantes, aunque a unas cuadras de allí sostuvieron un encuentro a tiros con compañeros nuestros. A insistencia de un vecino que se percató de la situación, cogimos el camión de un lechero para salir hasta las afueras del pueblo. El lechero estaba aterrorizado, pero tuvo que sacarnos de allí porque ninguno de los dos sabíamos manejar.

¿Cómo logró llegar a La Habana?

Llegué en un ómnibus local a Manzanillo, después de la ayuda de una familia campesina que nos dio ropa limpia y leche e hizo oraciones a los santos para que nos protegieran. Creo que en el camino hubo más de una persona que detectó que yo era un prófugo y no quiso hacerme daño, tal vez porque no eran simpatizantes del gobierno. La gente de Sabatés en Manzanillo gestionó en un taller donde estaban arreglando un vehículo militar para sacarme a mí de allí hasta Cayo Espino, un lugar a las afueras, y luego estuve escondido por varios días en un bohío en la sierra cercana. Poco después salí de Manzanillo en un ómnibus, disfrazado de empleado de la ruta Santiago-Habana. Cuando arribé a La Habana todo estaba coordinado para mi asilo en la Embajada de Argentina, donde me encuentro con Martínez Ararás y Pérez Puelles. De ahí salimos para Costa Rica con un salvoconducto. Estando en la embajada argentina, se asila allí José Pardo Llada.

Una visita de Fidel Castro

Usted viaja después a México y Honduras, y regresa a Cuba tras la amnistía de 1955. Comienza entonces su distanciamiento con Fidel Castro. ¿Qué lo motivó?

Dos o tres semanas después de que naciera mi único hijo, Fidel Castro me visita en mi apartamento. Se ha enterado que yo he redactado un memorando, firmado por varios asaltantes, entre ellos Ciro Redondo. El documento pide que el Movimiento "26 de Julio" debe tener dirección colegiada, no unipersonal, y debe hacer un programa democrático, explicándole al pueblo de Cuba hacia dónde queremos llevarlo. Fidel Castro sabía de la existencia del memorando por vía de Ramiro Valdés, quien no quiso firmarlo, y me dice que las revoluciones no se hacen con memorandos. Yo fui respetuoso y le dije: "Sí, está bien Fidel, pero es fundamental fijar las posiciones y el memorando se te va a entregar de todas maneras". No quedó satisfecho y antes de la despedida se acercó a la cuna de mi hijo y me dijo: "Oye este muchacho es fuerte, va a ser un soldado de la revolución". Y yo –con un poco más de experiencia y madurez- le respondí: "No, Fidel, va a ser un ciudadano de la república democrática".

Es significativo que del centenar de sobrevivientes de las acciones del Moncada y Bayamo, 27 se distanciaron de Fidel Castro, y que solo 20 de ellos figuraron como expedicionarios del yate Granma, en 1956. ¿Qué pasó en esos tres años?

Hubo mucha gente que estuvo con Fidel Castro en la prisión de Isla de Pinos que terminó muy decepcionada con su personalidad. Después de la amnistía -y es algo que la mayoría ignora- hubo una libertad de prensa absoluta para combatir al régimen y denunciar los crímenes del Moncada, y Castro se explayó. Se mostró como un verdadero caudillo, que era lo que cuadraba a su persona. Es por eso que en ese momento hacemos el memorando diciéndole que no queremos caudillismo, porque el caudillismo es lo que estamos combatiendo. Pero eso él lo recibió como un insulto.

Pero firmantes del memorando, como Ciro Redondo, se enlistaron luego en la expedición del Granma...

Es verdad, Ciro acompañó a Fidel Castro en el Granma y murió peleando con él en la Sierra Maestra. Ciro tenía la pasión irrefrenable de la lucha por Cuba, pero ya con más conocimiento de quien era Fidel Castro. Es una especulación, pero si tal vez Ciro hubiera sobrevivido la revolución se hubiera separado del régimen. Lo digo porque Ciro firmó con mucho gusto el memorando.

El fracaso electoral

¿Le entregó el documento finalmente?

Fui a llevárselo días después a una casa en la Calzada de Jesús del Monte donde estaba reunido. No lo leyó porque ya Ramiro Valdés le había pasado una copia. Fue muy ríspido conmigo, me dijo si no temía que el documento cayera en manos de la policía política de la dictadura. Le respondí que no, que este no era un memorando conspirativo, sino un memorando político para fijar nuestras posiciones ante la Historia. Fue mi último encuentro con Fidel Castro y la ruptura definitiva entre nosotros.

Usted participó en las cuestionadas elecciones generales de 1958 para aspirar a representante por el Partido del Pueblo Libre, con Carlos Márquez Sterling en la candidatura presidencial. ¿Era esa una solución viable en un país convulsionado y descreído de los políticos tradicionales?

Las elecciones fueron un fracaso. Nosotros fuimos a elecciones porque queríamos marcar un esfuerzo para buscar soluciones al problema de Cuba que no fueran la violencia y la revolución. Además, ya desconfiábamos completamente de Castro y de lo que se proponía. Por eso apoyamos a Márquez Sterling. ¿Por qué fracasaron las elecciones? Fidel Castro ya estaba convertido en un Robin Hood contemporáneo, después de los artículos del periodista Herbert Matthews en el New York Times y, en honor a la verdad, el pueblo de Cuba mayoritariamente no quería un proceso electoral que le abriera un camino de transición pacífica para resolver el problema político de la nación. El pueblo de Cuba favoreció en la solución revolucionaria de Fidel Castro. En definitiva, eso fue lo que decidieron nuestros compatriotas y los resultados no tengo que contarlos, porque todos los conocemos.

¿Qué hizo usted después de 1959?

Fui un conspirador activo contra Fidel Castro. Después de 1959 no vi ninguna posibilidad de negociación con el régimen impuesto. Caí preso en 1961. Se había producido la invasión de Bahía de Cochinos y subestimé la eficiencia de los servicios de inteligencia de Castro. Fui acusado de conspiración y me condenaron a 30 años; cumplí 17.

¿Qué fue lo peor de la prisión?

Todo. La prisión fue muy violenta en todos los sentidos: las requisas, el trato a los prisioneros, la alimentación, la falta de atención médica, el trabajo forzado con el llamado plan Camilo Cienfuegos, todo eso fue cruel y severo. Nuestros familiares eran humillados. El régimen de Castro ha sido extremadamente deshumanizado. No ha habido piedad ni respeto mínimo por las personas. Vi morir a muchos presos por bayonetazos de los guardias.

El incierto futuro cubano

¿Cómo ve el futuro de Cuba?

Quisiera que se abrieran todas las posibilidades para un proceso de democratización en Cuba, con diversidad de partidos políticos, pero realmente no lo veo como algo cercano. El régimen se ha perpetuado y pretende que el poder lo hereden sucesores incondicionales. A Raúl Castro los años lo obligarán a desaparecer pronto después de heredar el poder de su hermano, pero ellos pretenden que sus hijos y sus nietos sigan al mando para alargar hasta el infinito este doloroso proceso de la revolución. Realmente, no me siento optimista con el futuro de Cuba.

¿Se arriesga a vislumbrar una solución para la encrucijada cubana?

Cualquier solución debe ser ajena a la violencia. Es una convicción que asumí después del ataque armado en Bayamo. Ninguna solución violenta puede ser recomendable. Las soluciones políticas negociadas son siempre la mejor salida para el futuro de un país. Desde el exilio fue partidario del diálogo y la búsqueda de una solución pacífica, y respaldé el movimiento de derechos humanos, con Gustavo Arcos Bergnes y Jesús Yánez Pelletier desde la isla. Pero no sé si el pueblo cubano habrá aprovechado la experiencia de lo vivido estos años para hacer de Cuba un país mejor del que tenemos ahora.

¿Está acaso decepcionado del pueblo cubano?

No diría que decepcionado, pero he cambiado mi manera de pensar con respecto a la responsabilidad y la actitud de la inmensa mayoría de los seres humanos, no solo de los cubanos. Los movimientos populistas que aúpan a líderes fantasiosos prometiendo soluciones inverosímiles, son errores enormes y demostración de inmadurez de los ciudadanos. La democracia es el mejor sistema, pero exige que los electores sean responsables, sensatos y pensantes.

¿Qué le pasa por la cabeza en este 65 aniversario de aquella gesta?

Siento que por mi juventud y mi inmadurez contribuí a que Fidel Castro se convirtiera en un dictador. La revolución castrista, que fue la opción que se impuso, ha derivado en una tragedia tremenda para el pueblo de Cuba. Aún hoy pienso que hubiera sido más beneficioso un proceso de transición negociada. Nos hubiéramos evitado el exilio, miles de fusilamientos, las prisiones viles, y tras la interrupción del 10 de marzo, se hubiera retomado un proceso de desarrollo del país y la historia fuera completamente diferente.


*Esta entrevista fue publicada originalmente en Martí Noticias el 26 de julio de 2018.

Friday, January 20, 2023

Presencia cultural de Cuba en Nueva York*


Por Ximena Hidalgo Ayala


La comunidad cubana fue de las primeras en tener presencia empresarial en la ciudad de Nueva York y a pesar de que numéricamente no es una de las comunidades latinas más grandes de la ciudad, es una de las más activas culturalmente.

La actividad cultural de la comunidad cubana en Nueva York la lidera el Centro Cultural Cubano de Nueva York, que trabaja permanentemente para exhibir y compartir la riqueza humana de Cuba en las Artes, la Educación y la Cultura, muestra de ello es el nutrido calendario de actividades cuyos detalles se pueden encontrar en línea. Esta prestigiosa organización cultural inició el 2023 con la presentación del libro de poesía Memoria, de la Editorial Betania, cuyo lanzamiento se realizó el pasado sábado 14 de enero a las 3PM en un evento digital en el cual fue posible conocer a su autora, la joven poeta cubana Laura Domingo Aguero, nacida en La Habana (1985), escritora y coreógrafa, graduada del prestigioso Instituto Superior de Arte (ISA), quien desde hace una década reside en España y es autora de la obra Invocaciones y otros límites (México 2014, España 2016) y de la obra País de las aguas (Cuba 2019 y 2021).

En su nueva obra la autora comparte metáforas de su vida, desde su primer aliento, a través de su niñez y juventud adulta, guardando sus memorias como un álbum de fotografías en sepia. La presentación de la obra incluyó una introducción de Felipe Lazaro y una revisión crítica de la profesora Maria Tersa Gonzalez de Garay, la participación del crítico literario Jorge Luis Arcos y una breve lectura de su libro por parte de Laura Domingo Aguero, quien además respondió a las preguntas de los asistentes, en una conversación moderada por Manuel Rodriguez Ramos, director del Programa de Literatura del CCC.

TRIBUTO A JOSÉ MARTÍ

Para el viernes 27 y sábado 28 de enero, la organización ha planificado su homenaje anual por el natalicio del venerado líder cubano Jose Marti (1853-1895), poeta, ensayista, periodista y figura del proceso independentista latinoamericano, que será recordado con una exaltación de su obra literaria y una visita especial a su monumento el Parque Central.

Cuba tiene una larga tradición literaria y personalidades de la talla de Jose Marti dejaron su huella con conocidos versos que han llegado a formar parte de canciones emblemáticas como Guantanamera. Cuba, la isla grande del Caribe americano es cuna de poetas, escritores, compositores y cantantes de fama mundial y uno de los objetivos del CCC es resaltar y promover esos aportes.

Para febrero están planificadas varias actividades, entre ellas la proyección de un documental para el martes 7 y la presentación de la artista Olga Cerpa y Mestisay: canciones del mundo en guitarra, que se realizará el jueves 9 de febrero a las 8PM en el Weill Recital Hall del Carnegie Hall en Manhattan. Como dice en su sitio web, el evento retorna por demanda popular y en esta ocasión la afamada artista compartirá con la audiencia nuevas interpretaciones de su reciente disco compacto titulado Palosanto, con un repertorio único de canciones del mundo acompañáda en guitarra.Actualmente el Centro Cultural Cubano, que por su nombre en inglés Cuban Cultural Center, se encuentra en su propio sitio web en línea y en las redes sociales, donde se puede apreciar que la organización se mantuvo muy activa en el 2022, con un sinnúmero de actividades presenciales y en línea. Una entidad cultural sin fines de lucro dedicada exclusivamente a la promoción de la riqueza cultural de Cuba en cuya labor se destaca el respaldo al talento femenino.



*Tomado de Impacto Latino

Tuesday, August 30, 2022

Goar Mestre en Argentina: “Si vamos a morir, lo haremos de pie”*


Por María Nöllmann
LA NACION

Goar Mestre conoció a Fidel Alejandro Castro Ruz mucho antes de que fuese reconocido mundialmente como “Fidel”, a secas. El joven revolucionario, entonces de rostro imberbe y pelo corto, se acercó una tarde de 1955 a la oficina del empresario mediático para rendirle gratitud. “Señor Mestre, le vengo agradecer lo que usted y sus hermanos hicieron por mí”, expresó él. Acababa de ser liberado de la condena que cumplía en prisión hacía dos años, por el sangriento asalto al cuartel Moncada, en el que había intentado detentar el poder del dictador Fulgencio Batista.

Los tres hermanos Mestre, propietarios del conglomerado mediático más importante de Cuba, habían sido en gran parte los responsables de la liberación de Castro. Mientras el revolucionario todavía estaba preso, ellos habían iniciado una campaña en sus medios de comunicación -nueve radios y siete canales de televisión- para exigir del liberación de quien consideraban un preso político.

“Mira Fidel, tu cabeza huele a pólvora. Yo que tú, me voy de Cuba”, le dijo Mestre en aquella primera reunión. Castro efectivamente se fue de la isla, pero no para abrirse de la lucha armada, sino todo lo contrario: desde el exilio, en México, junto a Ernesto “Che” Guevara, planeó el regreso a su tierra natal y la instalación de una base guerrillera en la Sierra Maestra.



“Éramos una familia feliz”, recuerda Ani Mestre, la hija menor de Goar y Alicia MartínFabian Marelli - LA NACION

En esos años de lucha constante, Mestre no solo apoyó la revolución, creyendo que restauraría la democracia, sino que también ayudó a financiarla, donando a la causa varios miles de dólares. Pero, apenas Fidel llegó al poder, el empresario se dio cuenta de que se había equivocado.

Para el tiempo en que ocurrió su segunda reunión, los roles se habían invertido. Ahora, era Castro, devenido en comandante, quien trataba de “tú” a Mestre. Desde una sala del Habana Hilton, el empresario le pidió que liberara a uno de sus periodistas, que había sido encarcelado por expresar su opinión. Pero el nuevo jefe no prestó mucha atención al reclamo: ya barbudo y con uniforme de fajina, se concentró, en cambio, a hacerle entender, con pocas palabras, cómo iban a ser las cosas de ahí en adelante. Tal como Mestre no se cansaría de repetirle a su familia desde el exilio, “era otro Fidel”. Al despedirse, Fidel tomó la birome Cross de oro que el empresario le había prestado momentáneamente y, con una sonrisa, remató: “Esta Cross es mía”.



Goar Mestre junto a su hija menor, Ani, en Cuba; "Mi padre trabajaba mucho. Pero cuando volvía a casa todas las noches nadaba y pasaba tiempo con nosotros", recuerda ellaFabian Marelli - LA NACION

“Lo primero que le sacó fue su birome -cuenta Ani Mestre (72), la hija menor de Goar-. A la Cross de oro le siguieron todas sus empresas”. Desde el living de su departamento, en Recoleta, la menor de los Mestre recuerda con una memoria inquebrantable la vida de su familia en Cuba, su riesgosa huida del régimen cubano y, especialmente, a ese hombre, su padre, fundador de Canal 13, bautizado en el mundo mediático como el “padre de la televisión latinoamericana”. Aquel hombre que sobrevivió a dos exilios y eligió reinventarse una y mil veces.

“Si vamos a morir, lo haremos de pie”

La hija menor de Mestre tenía 10 años cuando su familia huyó de Cuba. Fue entre 27 y el 29 de marzo de 1960, poco más de un año después del comienzo del gobierno revolucionario. Goar, la cara visible del emporio mediático del Grupo Mestre, sabía de antemano que, en algún momento, él y su familia tendrían que precipitarse al aeropuerto. Estaba preparado para ese día: había enviado a sus tres hijos mayores a estudiar a colegios pupilos de Estados Unidos y tenía un pasaje abierto a Miami guardado en su billetera.



La familia Mestre, a pleno, en el mar Caribe, poco antes de abandonar definitivamente CubaFabian Marelli - LA NACION

“La situación se puso cada vez peor. Hubo reforma agraria, fusilamientos, censuras a los medios…Me acuerdo que había milicianos armados fuera de casa. Mis padres hablaban las cosas importantes en el jardín, porque tenían miedo de que nos estuvieran grabando”, retrata Ani.

“Si vamos a morir, lo haremos de pie”. Esa fue la postura que decidieron tomar los hermanos Mestre cuando un periodista de CMQ, su canal más escuchado, les pidió permiso para anunciar que el programa siguiente desenmascararía la verdadera ideología del comandante Castro. Al próximo día, el periodista fue impedido de estacionar frente al noticiero: en la calle, frente al canal, se habían instalado decenas de manifestantes alineados con el gobierno, que arengaban sin cesar: “CMQ confiscación”; “CMQ intervención”.

Tras el exilio, Ani, ex presidenta de la Cooperadora de Acción Social (COAS), volvió cuatro veces a Cuba; “La isla era y es divina, más allá de la destrucción que causó el régimen”, diceFabian Marelli - LA NACION

Era Viernes Santo. Los tres hijos mayores de Goar, la cara visible del Grupo Mestre, habían viajado a Cuba para pasar el receso escolar. En dos días, y sin que el gobierno se enterara, su padre y su madre, la argentina Alicia Martín, prepararon la huida familiar. “Mi viejo se jugó a que el vuelo saliera antes que la noticia de su arresto. Nunca pensamos que nos íbamos para toda la vida. Estábamos seguros de que el gobierno ese no podía durar mucho, estando a 90 millas de Estados Unidos”, acota Ani. En su departamento guarda una colección de marfiles de sus padres, unas de las pocas pertenencias que sobrevivieron a la huida de Cuba. “Cuando se murieron mis viejos, con mis hermanos decíamos que los objetos como estos, además de un precio de tasación, tenían un valor extra, porque eran salvados del naufragio”, suma ella, con una sonrisa.

Goar huyó en el mismo avión que dos de sus hijos, que ya tenían un pasaje para volver a sus internados en Estados Unidos, el domingo de Pascua. Dos días después, ya con las cuentas bancarias congeladas, viajaron su esposa y sus otras dos hijas. Antes de subir al avión, las desnudaron: tenían que controlar que no llevaran consigo más dinero del permitido: 5 dólares por persona.


Los primeros medios de los Mestre en ser intervenidos por el régimen fueron Circuito CMQ y Radio Reloj, el 12 de septiembre de 1960; para el 5 de octubre, todo su patrimonio había sido confiscado

A la Argentina Goar llegó con 48 años. Pero, lejos de pensar en abandonar el mundo mediático, como hizo su hermano Abel al llegar, días más tarde, a Miami, él decidió empezó de cero en el rubro. Desde antes del exilio, el empresario mediático ya había empezado un negocio en la Argentina. Cuando llegó, tenía todo preparado para fundar, junto a socios argentinos, la productora televisiva Proartel, que vendía contenido a Canal 13. Al tiempo, fue nombrado presidente de la productora y director del canal.

“Era un osado. La plata que papá tenia afuera de Cuba la invirtió entera en Canal 13. Por suerte, el canal empezó a ganar plata enseguida”, suma Ani. Su padre nunca más volvió a Cuba después del exilio. Ella y sus hermanos, en cambio, viajaron varias veces. La primera vez que lo hicieron fue a 25 años de su exilio. Para hacerlo, tuvieron que afrontar meses de trámites y hasta una entrevista en la Embajador de Cuba en la Argentina, quien intentó convencerlos de que, al llegar, notarían en seguida los “logros de la Revolución”.

El segundo exilio

14 años después de haberse instalado en Buenos Aires, Goar y su mujer enfrentaron un segundo exilio, esta vez sin sus hijos, que ya eran mayores y tenían sus propias familias. La mudanza a Uruguay ocurrió después de que el gobierno de María Estela Martínez de Perón lo despojara de Canal 13 y Proartel, en 1974.

Mestre ya había tenido problemas con el peronismo incluso antes de vivir en la Argentina. De viaje en Buenos Aires, en 1948, durante una Asamblea de la Asociación Internacional de Radiodifusión -Mestre era parte del consejo directivo- el empresario caribeño escribió una carta dirigida al entonces presidente Juan Domingo Perón destacando la falta de libertad de expresión que existía en el país y explicando los problemas que ello implicaba para el correcto funcionamiento de una democracia. A los pocos días, fue citado por el canciller Bramabuglia, quien, luego de una larga discusión, lo habría amenzado: “Váyase de Buenos Aires lo antes posible porque, si se queda, lo puede pasar mal”.

Era de esperarse que con el regreso de Perón al poder, en 1973, siendo ya Goar Mestre el empresario mediático más importante de la Argentina, la relación entre ambos se volviera a tensar. Fue finalmente tras la muerte del mandatario, en 1974, que la flamante presidenta terminó de poner fichas en el asunto. Luego de reiterados conflictos e intervenciones, el titular del Comité Federal de Radiodifusión se presentó en las oficinas de Canal 13 y Proartel para oficializar la estatización de las dos empresas, acompañado de oficiales policiales y de militantes, que, con bombos y pancartas, coparon la zona.

“Papá se fue a su casa a iniciar las acciones legales -recuerda su hija menor-. Nunca más recuperaron las empresas. En la Argentina, la guerrilla y los secuestros estaban bravos. Entonces, él se fue con mi mamá para Uruguay. Durante años no volvieron”.

Goar, de ya 61 años, se recluyó con su esposa en su casa de verano, en Punta del Este. Pero, aunque hubiese sido lógico que él decidiera, en esa instancia, poner un punto final a su vida profesional, no lo hizo.

Años antes de partir de la Argentina, el empresario se había preparado para ello. En 1962, tras presenciar el golpe militar al presidente Arturo Frondizi y el combate en las calles de las dos fracciones de las Fuerzas Armadas, azules y colorados, Goar tomó la decisión de dejar de apostar 100% en la Argentina. Según escribiría Pablo Sirvén en El Rey de la TV, Mestre inició un “operativo audaz de autosalvataje”, al desprenderse de parte de sus acciones de Proartel, para obtener efectivo y poder resguardarlo en un lugar lejano y seguro.

“El tiempo que estuvieron en Uruguay no fue tanto. La Argentina estaba convulsionada, pero no fue un exilio como el de Cuba. No fue tan duro, aunque le habían vuelto a sacar su canal, que era su pasión”, suma su hija, quien define a su padre como un hombre de principios, inteligente, emprendedor y sumamente simpático.

En Uruguay, Mestre se asoció al grupo constructor Safema. Junto a ellos, empezó a construir edificios en Montevideo y Punta del Este. No era un rubro desconocido para él. En su cuba natal, también había sido socio de una constructora. “Los de Safema le dieron la sorpresa de ponerle nombres que hicieran referencia a Cuba a algunos edificios , como Malecón y Varadero. Después el grupo siguió y él se abrió. Pero estuvo muy entretenido”, recuerda Ani.

Goar Mestre falleció en Buenos Aires en marzo de 1994, a los 81 años, siete días antes que su esposa.

*Tomado de La Nación

Thursday, April 14, 2022

Muere a los 84 años Basilio Guzmán, ex preso político cubano que luchó contra Batista y Castro

 El Mundo, 14 de abril de 2022

A pesar de estar enfermo, hasta sus últimos años estuvo involucrado en la lucha por la recuperación de la democracia y la libertad en su país

Basilio Guzmán Marrero.Center for a Free Cuba Twitter

EFE

Actualizado Jueves, 14 abril 2022 - 16:03

El exiliado cubano Basilio Guzmán Marrero, luchador contra los regímenes de Fulgencio Batista y Fidel Castro y preso político durante 22 años, ha muerto en Estados Unidos a los 84 años a causa de una larga enfermedad, según informa este jueves el Centro para una Cuba Libre.

Era uno de los llamados Plantados, los presos políticos que se negaron a participar en cualquier plan de reeducación o a cooperar de alguna manera con el régimen castrista.

A pesar de estar enfermo, hasta sus últimos años estuvo involucrado en la lucha por la recuperación de la democracia y la libertad en su país, según el Centro para una Cuba Libre.

Tanto en julio como en noviembre de 2021 Guzmán Marrero participó en piquetes ante la Embajada de Cuba en Washington en apoyo de las protestas en la isla.

Según el Centro por una Cuba Libre, Guzmán Marrero, que nació el 15 de abril de 1937 en el seno de una familia humilde del interior de la provincia de La Habana, se unió a la resistencia contra Fulgencio Batista tras el golpe de Estado de 1952.

Poco después de la victoria revolucionaria en 1959 se unió a otros cubanos que, habiendo luchado por la restauración de la democracia y la Constitución de 1940, se sintieron "traicionados" por el modelo soviético impuesto en Cuba por Fidel Castro, agrega la organización de defensa de los derechos humanos en Cuba.

Por eso se unió al Frente Nacional Democrático, pero en 1962 fue identificado como anticastrista y encarcelado.

Guzmán Marrero, que era carpintero, pasó 22 años de prisión en Cuba y fue reconocido por Amnistía Internacional como preso de conciencia.

En 2020 publicó el libro autobiográfico "Después de la noche: Mis 22 años en el Presidio Político de Cuba".

En 1984 fue excarcelado junto a otros 25 presos políticos gracias a las gestiones del reverendo estadounidense Jesse Jackson y llegó a EE.UU., donde se casó con una voluntaria de Amnistía Internacional, tuvo una hija, volvió a la carpintería y creó un negocio exitoso en el norte del estado de Virginia.

Saturday, November 6, 2021

The Butcher*


How a drifter from Milwaukee became the chief executioner of the Cuban Revolution—and a test case for U.S. civil rights.

By Tony Perrottet

Part One

On the balmy night of April 9, 1959, a little over three months after Fidel Castro and Che Guevara seized power in Cuba, a group of famous international writers gathered in El Floridita, a popular restaurant in Old Havana. They were an urbane set—Tennessee Williams, George Plimpton, Elaine Dundy, and her husband, Kenneth Tynan—and they were expecting to carouse with Cuba’s most beloved yanqui, Ernest Hemingway. Instead, they encountered another Midwestern expatriate, wearing a wide military belt and a hulking .45 service revolver.

Burly and tattooed, the man had rough-hewn good looks. He was in his late thirties—more than two decades younger than Hemingway—and stood five-foot-ten, with thick brown hair and, in the words of his draft card, a “ruddy” complexion. An English journalist later described him as “tall, straight and meanly friendly,” with striking blue eyes that, “yellowing after only a few beers, suggested company dangerous to keep when drunk.” The American’s words tumbled out in the distinctively nasal accent of someone from blue-collar Milwaukee. He pronounced “that” as “dat” and dropped his g’s. He was the uneducated son of Polish immigrants, the type of man one of Williams’s own fictional snobs might have called a redneck.

But if his origins were humble, at El Floridita the man needed no introduction. His image had appeared on the front pages of newspapers across the United States. In fact, after Hemingway, he was probably the most notorious American in the Caribbean. His name was Herman Marks, and he had risen through the ranks of Castro’s rebel army to command the revolution’s firing squads. Around Havana, there were rumors that he had a sadistic streak; his version of a coup de grâce, it was said, was to empty his pistol into a condemned man’s face, so relatives could not recognize the corpse. Marks’s brutal work had earned him a nickname: He was El Carnicero—the Butcher.

The literati peppered him with questions, and Marks responded with pride. He boasted of being second-in-command to Che himself at La Cabaña prison, and declared that he was so busy, he conducted nightly executions until 2 a.m., and sometimes until dawn. He called the proceedings “festivities” and showed off his cuff links made from spent bullet shells.

Marks knew what the gathered writers were really after. It was an open secret in Havana that he invited select visitors to the executions, which were conducted in the empty stone moat around La Cabaña, beneath a giant floodlit statue of Christ with outstretched arms. American politicians, journalists, starlets, and socialites had all made discreet inquiries about watching a firing squad do its work. Williams, whose grandfather had been a minister, forlornly felt that he might comfort a condemned man by offering “a small encouraging smile” before he was shot.

On this particular night, Marks told the group at El Floridita, he had a busy schedule. The prisoners awaiting execution included a German mercenary. “He made the invitation as easily as he might have offered a round of cocktails at his home,” Plimpton later recalled. Marks counted the visitors out: “Let’s see… five of you… quite easy… we’ll drive over by car… tight squeeze…”

Unnoticed by the others, Tynan had been listening to Marks with growing horror, and now the Englishman leapt to his feet and began shouting. According to Plimpton, the red-faced theater critic squinted his eyes and flapped his arms like an enormous bird while denouncing Marks. He didn’t want to be in the same room as an executioner, Tynan gasped, let alone witness his handiwork. He would attend the execution only to run in front of the firing squad to protect the condemned. Tynan then stormed out of the bar, followed by Dundy.
Almost nothing about Herman Marks’s early life suggested that he would someday play a pivotal role in a Latin American revolution. He was born in Milwaukee in 1921, and raised in a neighborhood of shoddy brick houses and bare streets. His father, Frederick, was an unemployed alcoholic who beat him; his mother, Martha Yelich, barely kept the family afloat by working as a short-order cook in a diner. He does not appear to have been close with his elder sister, Elsie, or his younger one, Dorothy; but he remained devoted to his mother throughout his life, in his own eccentric fashion.

The Markses’ volatile marriage crumbled during the Great Depression, when Herman was 12. After his mother remarried, Herman began getting into trouble. He skipped classes and was expelled from every school he attended; at 14, he was sent to a reformatory, where he ran away on three occasions and was once caught stealing a car. Over the next two decades, he was arrested 32 times in ten states, from Hawaii to Maine, mostly for drunkenness, petty theft, and disorderly conduct.

He never stayed more than three months in any one place, working odd jobs in factories, on docks, and at horse ranches. In April 1939, he joined the merchant marine, and he served in the Pacific during World War II. (He later claimed in court that he “had been in jails all over” the region, including while on shore leave in Australia.) After the war, Marks floated aimlessly around the United States, Mexico, and Canada, adding to his rap sheet: vagrancy in Texas, public drunkenness in Ohio and North Dakota, attempted grand larceny in New York City, and “prowling” in Las Vegas, a crime for which he was given 30 days in jail and then told to leave town. In Los Angeles in 1949, he robbed an elderly woman, drunkenly grabbing her by the throat. According to the police report, he only made away with naphthalene mothballs “to the value of 29 cents.” He got six months for assault but escaped from jail with two friends. While fleeing, all three seriously hurt their ankles after jumping from a dangerous height; Marks and one of the other men limped on for weeks, until they were caught in Galveston, Texas, and sent back to California to finish their sentences.

Back home in Milwaukee, at age 27, Marks brawled with his mother’s third husband and physically threw him out of the house. (Yelich took her son’s side; he was fined five dollars by local authorities for his actions.) Later that same year, he was arrested and convicted of carnal knowledge with a 16-year-old girl. According to the police report, Marks was working as a stable hand and met the girl at a bar, where, the police conceded, she had shown the bartender a birth certificate that said she was an adult. The pair then attended a riotous celebration in a barn where, an investigator noted, “drinking and sex parties went on almost nightly.” Marks was sentenced to three and a half years in prison.

His niece, Penlo Hobbs, remembered her relatives being frightened of Uncle Herman well before he entered the state penitentiary in Waupun. “He was the bogeyman,” she said. “We weren’t allowed to have anything to do with him.” Even Marks’s mother had reservations about her son. “I don’t know what happened to him,” she once told the Milwaukee Sentinel. “Whatever he did was not my fault. I sent him to parochial school and raised him good.”

She said Marks was generous when he wasn’t broke, lavishing her with bouquets of flowers, but mainly he spent his money on girls and booze. And he had an explosive temper. “He was always drinking and fighting,” his mother said. “As soon as somebody said anything wrong, he was up and mad.” Marks’s erratic personality was symbolized by his tattoos. His left arm bore a double heart inscribed with the words “Love, Nellie.” (There is no record of who Nellie was.) On his right arm was a skull pierced with a dagger, alongside the military motto “Death Before Dishonor.”

His mother took Marks in after he was released from Waupun penitentiary in 1955. A few months later he left home again. “He kissed me one day and said he was going,” his mother recalled. Somebody took a photo of him looking bronzed and fit, which Yelich carried in her purse until the day she died. “I don’t think he knew where he was going,” she said. “He was looking for something.”

He found it on a shrimp boat in Florida. While hauling nets in late 1957, he ran into some men he knew from his days in the merchant marine. They were from Cuba, an island Marks had visited several times in the service, and once as a tourist. It was now embroiled in a civil war between leftist revolutionary guerrillas, led by a young lawyer named Fidel Castro, and the military dictatorship of Fulgencio Batista. That Christmas, Marks learned that one of his Cuban friends had been murdered in Havana by military police; they purportedly broke into the man’s house one night and shot him dead at his kitchen table. Soon after hearing the news, Marks went to an army surplus store in Key West and bought olive drab fatigues and paratrooper boots. With a Colt .45 revolver, $400 in cash, and “about ten words in Spanish,” as he later put it, Marks took a boat to Cuba. His plan was as audacious as it was simple: He would join the revolution.

Havana was under military curfew, with Batista’s menacing, blue-uniformed intelligence officers patrolling the streets. Loitering in the city’s bars, Marks failed to find any agents of M-26-7, Castro’s underground 26th of July Movement, named for the date of the group’s first armed uprising. So Marks took a bus east to the sleepy town of Manzanillo, in the tropical foothills of the Sierra Maestra, where he met two young Cubans also hoping to join the guerrillas. The trio hiked for three nights before reaching a jungle outpost of some 40 rebels under the command of Captain Paco Cabrera. An English-speaking officer interrogated Marks. Like many of the roughly two dozen yanquis who ultimately joined Cuba’s rebellion, Marks rewrote his personal history. According to one guerrilla, he claimed that he was a Korean War veteran; to others, he explained that his facility with weapons was born of a childhood enthusiasm for guns. He was accepted into the group with a meal of beef and celebratory rum.

Marks’s profile among the guerrillas rose when he saw three teenagers fumbling with a U.S. Army .30-caliber machine gun and stepped in to show them how to disassemble and clean it. By the time he was finished, a crowd had gathered around him, with men holding up rusted and broken weapons, wordlessly appealing for help. He was soon tasked with fixing the array of firearms used by rebel forces, everything from sport rifles to shotguns to carbines dating back to Cuba’s colonial days.

Marks was assigned to the unit led by Che Guevara, which suffered the highest casualties in the rebel army—one of its cohorts was dubbed the suicide squad. Marks quickly rose through the ranks to become a captain. In the spring of 1958, Che transferred him to Minas del Frío, a rebel stronghold, where Marks helped establish a military school and train recruits to repel the impending Operation Finish Fidel, a mass invasion of the Sierra Maestra by Batista’s army, which outnumbered the guerrillas 100 to 1. By May, Marks was on the front lines of combat. In one skirmish, he broke three teeth on a rock when he tripped leading a charge; in another, he led a group of 18 rebels who disabled a 250-man convoy in an ambush.

By August, Batista’s generals had to admit that they could not dislodge the guerrillas, and the army withdrew from the Sierra Maestra. The following month, Marks volunteered to join Che on a harrowing 350-mile mission across the mosquito-filled swamps of the eastern lowlands. The rebels hoped to establish a new base in the Escambray Mountains of central Cuba and use it to seize enough ground to effectively cut the island in half. In a biography of Castro, journalist Tad Szulc observed that the expedition, where the men would abandon the known terrain of the Sierra to trudge across exposed, unknown, and hostile territory, “must have seemed like a demented plan.” Che warned volunteers that conditions would be miserable, food short, and casualties likely close to 50 percent. Marks signed up anyway.

Although most of the mission’s men survived the trek, it was universally agreed to be the most grueling campaign of the entire war. Che’s column walked mostly at night to avoid army patrols and strafing airplanes. They forded rivers naked and once traversed a shallow lagoon filled with razor-sharp plants. They suffered from dire hunger and endured hurricane-fueled rain. “I’ve been through enough mud and water to last me the rest of my life,” Che wrote to Castro. “Hunger, thirst, weariness, the feeling of impotence against the enemy forces that were increasingly closing in on us, and above all, the terrible foot disease that the peasants called mazamorra—which turned each step our soldiers took into an intolerable torment—had made us an army of shadows.”

During a skirmish, Marks was wounded in the knee and ankle. Infection set in. “Pus and blood was continuously running, and I couldn’t get a shoe on my foot,” he later said. He had trudged with Che for over a month to get to the Escambray Mountains, but the possibility of fatal gangrene now threatened. Che decided to get the yanqui to safety. In early November, supporters of M-26-7 smuggled Marks from a farm into the city of Santa Clara, where he was dispatched by plane to Key West for medical care.

Although he had gone to great lengths to make sure Marks did not succumb to his injury, privately Che was not unhappy to see him go, writing in his war journal that the American “fundamentally … didn’t fit into the troop.” One of Che’s close aides, Enrique Acevedo, told biographer Jon Lee Anderson that Marks was “brave and crazy in combat, tyrannical and arbitrary in the peace of camp.” According to Acevedo, the American’s ruthless nature had disturbed the Cuban recruits—particularly his readiness to volunteer for execution duty, which he did with “an enthusiasm that was unseemly.”

The Cubans’ reaction to Marks echoed that of a reform-school psychiatrist who’d encountered him when he was 16. The psychiatrist reported that Marks was oddly detached—“a very stolid emotionless person when not excited” who “shows almost a lack of adequate feeling in respect to situations he finds himself in.” Later, when Marks was in Waupun prison, the facility’s psychiatrist found that he was “amoral rather than immoral,” and was “narcissistic in his makeup.”

These assessments would resonate throughout Marks’s peculiar career in Cuba.

Part Two

On New Year’s Day in 1959, Marks was resting in his hospital bed in Key West, listening to the radio, when a news update came over the airwaves: Batista had escaped from Havana in the hours before dawn that day, abandoning his country. In that moment, Castro’s rebel army had been handed effective control of Cuba. Days later, Marks hobbled to the docks and took the first ferry to Havana, which was still operating daily. He wanted to savor the victory, rejoin his compañeros, and, not incidentally, claim his promised share of property following the revolution’s land reform, which had always been at the top of Castro’s agenda.

Marks arrived in Havana on January 3 to find the city in a tense state of limbo, awaiting Castro’s arrival in a triumphant procession from the east. When news of Batista’s flight had filtered out on New Year’s Day, jubilant Habaneros sacked several casinos and smashed parking meters with baseball bats; Marks walked from the dock to the presidential palace along empty streets strewn with debris and shattered slot machines. Most of the city was under lockdown, with gun-toting cadres loyal to the M-26-7 maintaining a fragile order. Batista’s disgraced police and rank-and-file soldiers were all lying low; Boy Scouts had taken over as traffic cops, directing the few cars still on the roads.

At the presidential palace, armed student activists told Marks that his old comandante, Che, and an advance guard of 200 rebels had taken over La Cabaña. The golden-hued Spanish fortress was built in the age of conquistadors to guard galleons filled with Aztec and Incan gold from pirates; under Batista it had been a military base and a prison. It housed some 3,000 troops, but the demoralized officers had surrendered to the rebels without firing a shot. Marks made his way there to report for duty.

He spent his first night in Che’s billet, carousing, and after breakfast the next morning, Che took him to the quartermaster to find fatigues and a beret. Whatever concerns Che had had about the American during the rebels’ trek eastward the previous year weren’t enough to dissuade him from appointing Marks head of security at La Cabaña.

On January 8, Havana’s silence broke when Castro arrived, riding atop a tank and surrounded by guerrillas. He proceeded along the Malecón waterfront, thronged by adoring crowds. Eventually, Castro took the penthouse apartment atop the Havana Hilton as his temporary office, while guerrillas slept on the floor of the hotel foyer. For weeks the streets of Havana were filled with music and dancing to celebrate the demise of the ancien régime. Guerillas were offered free bus rides, meals, and alcohol wherever they went.

At La Cabaña, to focus his officers’ restless energies, Che offered literacy classes and crash courses on international politics, explaining the importance of Vladimir Lenin and the Soviet Union. Still, a festive air permeated everything. Che’s office was besieged by female admirers who lined up for hours hoping to see him; when he barred the door, they climbed through the windows. The fortress’s former officers club was thrown open to the barbudos—“bearded ones,” as the shaggy young guerrillas were nicknamed. The English writer Norman Lewis visited La Cabaña and found rebels in freshly pressed uniforms, “sipping delicately from small coffee cups, and smilingly discussing the past achievements and future promise of the new order.”

Lewis was among the small army of foreign artists, writers, and celebrities who descended on Havana to enjoy the intoxicating “honeymoon of the revolution,” as the French intellectual Jean-Paul Sartre called it. Another was veteran Milwaukee Journal reporter William J. Normyle. He visited Havana in mid-February, and was surprised to learn that Castro’s guerrillas included one of Wisconsin’s native sons. He wrote a glowing profile of Marks, dwelling on his idealism and derring-do as a freedom fighter. Marks revealed that he had no plans to leave Cuba anytime soon. “I’m staying here,” he told Normyle. “There’s a lot of work to be done.”

Marks, it seems, conveniently left his criminal history out of his interviews, telling Normyle that he had attended vocational school in Milwaukee before joining the merchant marine. What’s more, Normyle’s article didn’t mention that at least part of Marks’s work in Cuba was shooting prisoners to death.

For many foreigners, the first dark chord in Havana’s celebratory mood was struck by the start of trials for “war criminals” from the Batista regime. Nobody knows the exact death toll of the seven years of Batista’s military rule. The figure 20,000 was offered by the director of Havana’s morgue in 1959, and accepted by the revolutionary government. Although the true number may be less, nobody disputes that the carnage was horrific. Nearly every Cuban had a family member who was illegally detained, tortured, murdered, or disappeared by the regime. Castro urged Cubans not to take revenge against Batista’s henchmen who remained on the island after the dictator’s escape. He promised proper trials based on laws he had signed in the Sierra Maestra in February 1958. Yes, his brother Raúl had ordered that more than 70 Batista loyalists be machine-gunned before open graves in the city of Santiago, but henceforth, Castro insisted, the proceedings would be civilized—there would be none of the bloody mob violence associated around the world with uprisings and revolutions past.

The first trials, the so-called Cleansing Commission, were set up in Havana in January 1959 under the supervision of a young lawyer named Miguel Ángel Duque de Estrada. Che presided as the “supreme prosecutor.” Targeting the most detested members of the Batista regime, the trials were held at La Cabaña, where 800 prisoners were squeezed into stone cells made to hold only 300. Three judges heard attorneys and witnesses, then parsed the evidence to decide who was mistakenly charged, who deserved a long prison sentence, and who should be sent al paredón—“to the wall.” By the end of January, some 100 Batista loyalists had been executed.

Marks was in many ways the perfect soldier to run the firing squads. He was ambitious and had shown in the Sierra that he was not averse to undesirable and even grisly tasks. He believed that the executions of Batista’s most loathsome minions was part and parcel of the revolution, and he saw Che’s decision to put him in charge of carrying out such a difficult job on behalf of the Cuban people as an honor.

Marks achieved a burst of notoriety when the new government initiated Operation Truth. It chose three of the most brutal Batista partisans to prosecute at a public trial, and Castro invited international journalists as observers. He even offered to pay their expenses. All told, 385 journalists from U.S. and Latin American media converged on Havana. It turned out to be a PR misstep; what happened next was a show trial, held at the aptly named Coliseum, the national sports stadium. The accused men were paraded before 18,000 jeering and furious Cuban spectators. For the benefit of those who could not attend, the event was televised live.

The first accused man to take the stand was Major Jesús Sosa Blanco, a garrison officer from the provincial town of Holguín, who was charged with 108 murders, many preceded by savage torture. He was also believed to have ordered the massacre of unarmed campesinos. Over 12 hours, some 40 tearful witnesses, including widows and a 12-year-old boy, took the stage to testify about the murders of their loved ones. The audience screamed and wailed. When the handcuffed defendant morosely repeated that he had only done his duty, his words were drowned out by the crowd chanting, “Al paredón! Al paredón!”

Sosa Blanco was convicted and sentenced to death. On February 18, his appeal was adjudicated without a public audience, and his sentence was upheld. Some 200 barbudos came to watch him die. The condemned man was transported in a small bus to La Cabaña’s dry, floodlit moat, where Marks unlocked his handcuffs and led him to the spot where he would be executed. According to Marks, Sosa Blanco asked if he could address the crowd with some final words and then give the orders to the firing squad himself. Marks agreed. “Although I am marked as a criminal,” Sosa Blanco said, “I have served my government to the best of my ability as an officer.” He wished good luck to all those gathered, and then cried out: “Pelotón, atención! Prepare! Apunte! Fuego!”

All this left the international community outraged. U.S. journalists in particular denounced the executions as well as the trials at the Coliseum, some of which were televised, with language that veered into ugly bias. Time led the charge, decrying the “popcorn-munching atmosphere” and insisting that it revealed a congenital Cuban longing for “blood purges.” U.S. senators held press conferences to warn that the Cuban uprising was spinning out of control, just as the French, Russian, and Chinese revolutions had before it.

Many Cubans saw American objections to the executions as rank hypocrisy. For seven agonizing years, the U.S. government had not breathed a word of protest against Batista’s regime, which had killed so many Cuban citizens. After Batista’s flight, mass graves were opened all over the island, full of corpses with broken limbs or missing eyes; many victims had been burned, strangled, disemboweled, or buried alive. Police stations were found to contain torture implements, including handmade tools designed for pulling nails and teeth, electrical wires that could be inserted into ears, and “fire seats”—perforated metal thrones under which flames mutilated genitalia. When Castro asked Cubans for a show of support for Operation Truth, a million demonstrators gathered in Havana to demand more executions and to express outrage at the Americans’ double standards.

Soon, though, with a diplomatic tour to the United States pending, Castro bowed to international pressure and moved the trials back behind the closed doors of La Cabaña. They were now held at night within the bowels of the prison, “in a large hall that might have served as a church,” according to Norman Lewis. Benches held dozens of prisoners’ relatives, many of them women and children. “The place was surprisingly quiet,” Lewis noted, “and despite the provision of microphones I had to listen intently to follow the details of what was going on, especially when prisoners under examination replied to questions, as they usually did, in a low-voiced, hesitant fashion. Two small birds fluttered continuously under the roof.”

Although the accused men Lewis saw tried were “criminal small-fry,” he flinched at the barbarity revealed in their testimony. A boyish 18-year-old named José Cano was accused of stabbing one victim in the eyes before murdering him. Another, Gregorio Gonzalez, aged 22, said he had executed a 73-year-old grandmother with two shots to the head for harboring a pair of rebel agents in her house. A death sentence was handed down for both men. Only a woman’s gasp broke the silence in the room.

A photograph taken around the time, published in The New York Times Magazine, shows Marks in smart guerrilla khakis, standing at attention as he hears a verdict. It was his job to escort men like Cano and Gonzalez to their deaths, one after the other.

By the end of March 1959, the nightly firing squads at La Cabaña had become something of a production line. According to wire reports, Marks had already carried out 200 executions, though he claimed the figure was closer to 80; on one busy night, he told an Associated Press reporter, 11 men were put to death. To the many foreign journalists who attended, Marks insisted that he was acting as a humanitarian. It was he who had suggested that the executions take place in the moat beneath the looming white statue of Christ, because the figure would be an uplifting last sight for the condemned. He said he also wanted to ensure that the process was clean and efficient, compared with messy executions that had been conducted in the provinces.

Some observers found the proceedings a little too efficient. “It was a mechanical, cold-blooded, business-like procedure for Marks,” New York Times reporter Herbert Matthews wrote, “like a butcher killing cattle in an abattoir.” Still, glitches happened. When the floodlights failed, sentences were carried out by the headlamps of military Jeeps, as if they were gangland murders in Hollywood B movies. There were scenes of panic and despair. Some condemned men tried to buy their freedom with money or gifts. A more serious problem was that the young soldiers in the firing squads, who were generally between 16 and 20, often lost their nerve at the decisive moment. The Cubans did not follow the European tradition of giving one of the riflemen a blank round to salve the squad’s consciences, so the soldiers often aimed for a leg, a shoulder, or the wall. This left Marks to fire the fatal shot into a man now writhing in agony. On one occasion, when a man waved a Santeria hex at the riflemen and cursed them, their children, and their grandchildren, all six deliberately missed. Marks shot the man himself and had the squad court-martialed.

Marks’s local infamy rose another notch when the English-language Times of Havana, beloved by American tourists and expats, ran a profile of him on April 2. It was largely sympathetic, apart from describing him as “humorless” and noting that he “discusses his duties unsmilingly and unemotionally.” Marks hit on many of the themes he would return to in interviews over the coming months. “Running firing squads is not a pleasant job, but it’s one that must be done,” he said. “When a soldier gets his orders, he carries them out whether he likes it or not.” Marks also expressed his love for his new home. “Cuba is a beautiful country,” he said. “The people are wonderful. I like everybody here and most everybody likes me. I’ve got a good position in a happy, contented place.”

A long waiting list formed for Marks’s macabre tourist attraction. Visiting reporters, politicians, and movie stars were eager for their turn, including the Hollywood matinee idol Errol Flynn, who was so shaken by the experience that he retched on a guard’s shoes. Still, Flynn was fascinated enough to invite Marks to dine with him and his 16-year-old paramour, Beverly Aadland, in his hotel suite, where Flynn argued that condemned men should have a say in the method of their own executions. Marks disagreed, pointing out that they had never given their victims a choice. “Somebody was pretty smart in the government by putting an American in charge of blowing out Cuban brains,” Flynn wrote in a letter at the time. (Flynn also reported the rumor of Marks’s sadist coup de grâce—that he deliberately disfigured some condemned prisoners by emptying his pistol into their heads—but admitted that he had not seen it himself, despite attending several executions. The story, Flynn wrote, was “hearsay.”)

Ernest Hemingway encouraged George Plimpton to witness an execution, because “it was important that a writer get around to see just about anything, especially the excesses of human behavior.” But Plimpton didn’t attend on the night he first met Marks at El Floridita. When he, Tennessee Williams, and the other foreigners whom Marks had invited convened at the appointed time in the hotel lobby, Marks turned up only to inform them that the evening’s executions had been called off. Plimpton speculated that Marks had been set on edge by Kenneth Tynan’s rant about the proceedings at La Cabaña, and that he sensed others in the group might have concerns. “He had doubtless concluded that we were an odd lot: our own doubts so obviously seethed; we didn’t seem grateful; we kept staring at him with our mouths ajar,” Plimpton wrote.

It is also possible that Marks had no idea how famous Williams was when he extended the invitation, and had been subsequently warned off by a superior. Only the afternoon before, Tynan and Williams had visited the presidential palace to meet Castro. They waited for two and a half hours until, Tynan later wrote, “with a shrug and a cry, someone identified Mr. Williams as the famous Yankee playwright, and we were promptly whisked into Castro’s sanctum, where, unknown to us, a crucial cabinet meeting had been in session.” Castro halted the proceedings to pay tribute to Williams, explaining in faltering English “how much he admired his plays, especially the one about the cat that was upon the burning roof.”

But things didn’t end in the hotel lobby. In a final twist, as Plimpton revealed many years later to James Scott Linville and another colleague at The Paris Review, Hemingway himself decided to take his friend on an evening jaunt to see Marks at work. He prepared shakers of cocktails for himself and Plimpton to take with them. According to Linville, “Arriving at their destination, they got out, set up chairs, brought out the drinks, and arranged themselves as if they were going to watch the sunset. Soon enough, a truck came. … The truck stopped and some men with guns got out of it. In back were a couple of dozen others who were tied up. Prisoners. The men with guns hustled the others out of the back of the truck and lined them up. And then they shot them. They put the bodies back in the truck and drove off.”

By then, Marks’s reputation as a killer was international news. An AP reporter named Theodore A. Ediger broke the story in late March, and his work was syndicated, appearing in newspapers across America, including the Milwaukee Journal. Ediger’s profile detailed Marks’s work as an executioner, but the author was nonetheless a little starstruck. He described Marks as a “slender, sun-bronzed officer” who was fondly referred to as “El Capitán Herman” by his Cuban comrades. When asked about his youth in America, Marks claimed to have worked as a coal miner in Butte, Montana, and as a “hospital surgeon attendant.” Ediger concluded the piece, “He says he likes Cuba so much that he is not homesick.”

This time the publicity in Milwaukee, where Marks’s photo ran on the front page, drew the attention of John C. Burke, the warden at Waupun penitentiary, where Marks had done time. Burke contacted the Journal, and Normyle, the reporter who had met Marks in Havana back in February, did some digging and discovered Marks’s 32 criminal convictions. “Marks Left Crime Trail,” another front-page headline soon read. In the accompanying article, Burke described Marks as “a real stinker” and a “rascal” who caused constant trouble in the prison by refusing to work. The exposé was picked up by other papers and various magazines, including Time and Newsweek. It also heralded Marks’s debut in The New York Times, under the headline “Executioner Is Ex-Convict.” Marks’s criminal past was linked to rumors of his cruelty in Cuba, and to his nickname, El Carnicero.

If anything, the coverage enhanced Marks’s mystique in Havana’s expat circles, where oddballs and outsiders abounded. Marks was given the best tables in the swank restaurants that were still operating in the city’s Art Deco hotels. He became a familiar figure at El Floridita and Sloppy Joe’s, another popular drinking establishment. He made regular cameos at an office in downtown Havana, which was shared by New York Times correspondent Ruby Hart Phillips—a prim, matronly figure whose uniform was “grey sweater, carmine blouse and blue slacks,” according to Time—and Ted Scott, the brothel-hopping Times of Havana editor. In his office, Scott had set up a makeshift shooting gallery, with cards that moved on a wire; in his downtime he used an air pistol for target practice. One day, Phillips had to restrain Marks from trying to hit the cards with his .45 revolver.

Jean Secon, a striking American photojournalist in her twenties, had moved to Havana in 1958 and established herself as a stringer. She was arrested by Batista’s regime for attempting to meet Castro in the Sierra and flown back to Havana. After the revolution succeeded, she became a fixture in the city, hobnobbing with barbudos in restaurants and bars. In early 1959, she met Marks while attending an execution. The two hit it off and became romantically involved.

The couple shared a talent for Gatsby-like reinvention. Like Marks, Secon had buried her past in America. She’d fled her life in upstate New York, divorced her husband, and worked as a model in Manhattan before lighting out for Cuba. Now her life was full of adventure. Her future in the tropics, and with Marks, looked bright.

Part Three

In May 1959, following a successful diplomatic tour of the United States—where he was feted by crowds in Washington, D.C., and New York City, and on the campuses of Harvard and Princeton—Castro put an end to the execution of “war criminals.” According to the most reliable figures, some 500 of Batista’s cronies had been sent to the wall, most of them on Marks’s watch. On June 2, Che was married at La Cabaña to his sweetheart Aleida March, a guerrillera who had been his personal assistant during the war. After a rum-fueled reception in his bodyguard’s quarters, Che was sent by Castro on an international tour, which took him to India, China, and Africa.

Marks and the other men under Che’s command regarded his new diplomatic role as a demotion from his work at La Cabaña. They were also upset to learn that they would all be transferred to the sleepy province of Las Villas to do odd jobs, such as enforce the desegregation of beaches. “It was like the house falling down,” one of Che’s young officers recalled.

Over the summer of 1959, the happy atmosphere for American expats in Cuba eroded. Castro’s government followed through on its promise to break up sugar estates larger than 3,300 acres, including Castro’s own family farm near Birán and vast tracts owned by American companies. Instead of providing compensation in cash, the government offered dubious bonds. Tit-for-tat retaliation between Washington and Havana ensued. Moscow, sensing an opportunity, stepped up its support for Castro’s government. Historians continue to debate whether Castro jumped or was pushed into the arms of the Soviet Union. What’s certain is that his government gradually filled with Communist activists.

Marks would later tell U.S. authorities—perhaps playing to their sentiments—that he opposed the creep of Communism into the ranks of Cuba’s freedom fighters. He claimed that when he discovered that the literacy teachers at La Cabaña were using Communist pamphlets for their classes, he made a bonfire out of the reading material—a move that surely would have annoyed the pro-Soviet Che, had he heard about it, but which was not yet a punishable offense. After the move to Las Villas, Marks blamed his political outspokenness for a series of further transfers deeper into the countryside, a sort of Cuban Siberia. For a while he was in a “no-man’s-land,” as he put it, training “misfits” from the rebel army who had gone AWOL or fallen asleep on duty. Eventually, he ended up in the city of Santa Clara, with his captain’s rank intact but no duties to perform.

While he was posted in the provinces, Marks observed from a distance a bizarre episode of Cold War espionage in which a fellow American guerrilla fighter—William Morgan, known as the Yankee Comandante—helped foil a military coup against Castro backed by the right-wing dictator of the Dominican Republic. In the crackdown on critics of the revolution that followed, Secon made her first appearance in The New York Times, not as a reporter but as a news item. When she and another journalist tried to interview Morgan in his Havana home, the pair had the honor of being the first U.S. correspondents arrested by the Castro regime. The nature of the charges was never clear, a sign of the government’s increasingly authoritarian bent and Castro’s suspicion of a free press. Secon and the other journalist were detained for a week, then released.

In September, Che returned from his triumphant world tour—he was the toast of the international left—and revisited his old regiment in the provinces, informing them that he was moving into Cuba’s civil sector. He would run the Industrialization Department, to develop the national economy, and take over as head of the National Bank. Marks, though, remained in his rural limbo; Che, always a calculating figure, had evidently decided that the American was no longer of any special use. Then, in a lucky break, Marks ran into another of his former guerrilla commanders, the prodigiously bearded Camilo Cienfuegos, who pulled a few strings and got him transferred back to Havana to command an infantry battalion at Campo Libertad (Fort Freedom). Marks was put in charge of the various security details assigned to officials’ homes and to Havana’s railways and bridges. He was given a large house with a swimming pool, along with a Packard sedan.

That October, one of Castro’s most beloved Sierra compañeros, Huber Matos, resigned from the rebel army to protest the growing influence of Communists in the government. He was immediately arrested as a counter-revolutionary and sentenced to 30 years in prison. Matos’s imprisonment was a turning point in U.S.-Cuban relations: The Eisenhower administration issued increasingly bellicose statements, and Cubans began to feel a sense of siege. Bombs planted by anti-Castro agents exploded in Havana stores, and light planes from Florida dropped incendiary devices to set fire to sugarcane fields. Anti-Castro guerrillas began operating in the countryside, funded by right-wing exile communities in Miami. By the end of 1959, the CIA was thinking about assassinating Castro, a consideration supposedly justified by the increasing presence of Soviet officials in Cuba. The American public was also souring on the revolution. It wasn’t long before the New York press, which previously had compared Castro to George Washington, began referring to the Cuban leader contemptuously as El Beardo.

As rumors of an impending U.S. invasion grew, Castro began arming Cuban citizens with vintage Soviet weapons, and he revived the tribunals—this time with the power to impose a death sentence for offenses against the revolution. In January 1960, Marks was made chief security officer at El Princípe prison, another colonial relic in Havana. Its cells were crammed with 3,000 inmates, mostly opponents of Castro from militant dissident groups. The Butcher was told to get back to business.

In February 1960, a U.S. embassy staff officer named Wayne Gilchrist steered his lumbering Chevrolet into the cobbled courtyard of El Princípe and handed Marks an envelope. Inside was a Certificate of Loss of Nationality. The United States had stripped Marks of his citizenship.

It was another indicator, if any more were needed, that the romance between the United States and revolutionary Cuba was well and truly over. One by one, Marks and other yanqui expats who had remained in Castro’s forces after Batista’s exit were stripped of citizenship. Their crime? Serving in a foreign military.

Marks did not take the news lying down. A few days after Gilchrist’s visit, he held a press conference. Secon covered the thinly attended event—Marks later conceded that it had lured only “three or four” journalists—for the Times of Havana and the wire service United Press International. The Times ran her story on the front page, with a photo of Marks wearing a beret and a “well-trimmed beard,” as she described it, which he “thoughtfully fingered” as he pondered his legal situation. Marks claimed that Americans in Cuba were being targeted for political reasons. “A person’s citizenship is his right of birth,” he declared, noting that Americans had fought in the Spanish Civil War and as part of the British and French armies in the two World Wars without losing their nationality. “I am proud to have fought with such men as Che Guevara and Fidel Castro, proud to be part of the revolution,” he concluded, “but I am also proud of being an American citizen, and I do not intend to stop being one.”

Secon editorialized her own outrage. “If the reputation Herman Marks won in the Sierra Maestra still holds,” she wrote, “the U.S. State Department will have one hell of a battle denying what the man calls his birthright.”

By the time of the press conference, Marks was well into his stint at El Princípe. His time there produced a string of lurid stories, although their veracity is difficult to establish; most were retroactively spread by Miami Cubans when anti-Castro propaganda became virulent in their city. In the Cuban poet Armando Valladares’s error-filled 1986 memoir, Against All Hope, Marks is depicted as a savage drunkard who referred to the prison as his “private hunting preserve” and would order the guards to attack inmates with chains and truncheons before stealing their possessions. Valladares describes Marks’s executions as gory ordeals, with the American often bringing his pet dog with him to lap up the blood of the condemned. John Martino—an American casino worker with mob connections who was arrested for smuggling Batista henchmen out of the country—wrote a tome in 1963 called I Was Castro’s Prisoner, which includes a chapter entitled “Sadists and Perverts of El Princípe.” After one inmate begged to be spared, Martino claimed, Marks fired all the rounds in his pistol into the man’s face, turning it into “a shapeless piece of meat,” and supposedly giving his mother a fatal heart attack when she opened his coffin at the funeral.

The story later circulated that Marks was stripped of his position at El Princípe due to his brutality and alleged theft of prison funds; Marks denied the charges when they surfaced. Whatever the truth, he was transferred from the prison in March 1960 to downtown Havana, where he trained police officers in firearm safety after a series of clumsy shooting accidents injured bystanders. It was a demotion, perhaps, but hardly a disgrace.

Despite months of relative luxury thanks to his job perks, Marks was painfully aware that life for Americans in Cuba was becoming more dangerous by the day. The escalating drama was excellent copy for Secon, but it risked spinning out of control and trapping the couple, or worse. The most alarming sign was an enormous May Day rally in the Plaza de la Revolución, where cadres of Cubans armed with their Soviet weapons marched past Castro’s podium in a tropical echo of Moscow’s military parades. Castro orated about the threat of a U.S. invasion, which Cubans, he said, would face like the Spartans at Thermopylae. A chant began: “Cuba sí, yanqui no!”

Marks became convinced that he was being followed by Cuban intelligence agents. His paranoia increased when, in early May, several officers close to him were arrested. Secon was just as jittery. As Marks later recounted, “A lot of people were coming to the same conclusion: Get out while there was still a chance.”