Sunday, October 29, 2023

María Badías-Valero (1959-2023)

Esta semana ha fallecido la escritora y pintora exiliada María Badías-Valero. Casada con el escritor de Mariel Roberto Valero tuvo estrechas relaciones con otros integrantes de este grupo incluido Reinaldo Arenas. Para el primer número del nuestro Anuario le pedimos a Badías una colaboración para un dossier dedicado a Arenas. Como manera de recordarla reproducimos aquí su texto publicado en aquel número.

Mi primer viaje con Reinaldo Arenas: El Gran Cañón del Colorado

Por María Badías Valero

“Rey es la persona más triste que he conocido”, dijo el poeta Roberto Valero cuando le pregunté cómo era Reinaldo Arenas. “Pero te puede engañar. Tiene un sentido del humor extraordinario y te vas a divertir mucho con él”. Ya lo había empezado a conocer a través de su novela El mundo alucinante. Poco después me lo presentó Roberto, quien en breve sería mi esposo. Ambos éramos estudiantes en la Universidad de Georgetown en Washington, D.C., donde Roberto había obtenido una beca para hacer su doctorado en literatura latinoamericana, y estaba organizando un panel sobre autores cubanos llegados por el Mariel. Arenas, quien ya contaba con reconocimiento internacional, sería la figura más destacada.

A comienzos de mayo de 1982, dos años después del éxodo del Mariel, en cuya oleada llegaron Reinaldo, Roberto, y más de cien mil refugiados cubanos a las costas de los Estados Unidos (en aquellos tiempos la estrella norte de los perseguidos de nuestro planeta, y en especial de los que huían del régimen castrista), Roberto y yo nos encontrábamos haciendo planes para nuestras primeras vacaciones juntos. El semestre había concluido, y como los dos teníamos trabajos universitarios, no nos tocaba ni estudiar ni trabajar hasta agosto. Roberto estaba deseoso de ver los Estados Unidos, país que idolatraba, y yo siempre estaba lista para cualquier viaje. Habíamos ahorrado dinero para nuestro primer apartamento, y podíamos ahorrar más si postergábamos la mudanza hasta mediados de julio. Nuestros ahorros nos permitían un viaje, y él me preguntó que adónde quería ir.

“El gran sueño de mi vida siempre ha sido ir al Gran Cañón del Colorado”, le dije. Le conté que de chiquita había leído un libro ilustrado sobre unos niños que viajan al Gran Cañón con sus abuelos, y que después me había topado con fotos y dispositivas que me dejaron incurablemente ilusionada. Pero en parte se lo dije en broma. Era un viaje imposible.

Roberto había leído el mismo libro y se había dejado seducir por las mismas imágenes. Pero él no se dejaba limitar por ningún obstáculo.

“Pues vamos al Gran Cañón”, dijo.

Le dije que el Cañón quedaba casi al extremo opuesto del enorme país, y busqué un mapa para demostrárselo. Agregué que nuestros ahorros no eran tantos, y que en menos de un par de meses teníamos que poner un depósito y el primer y último mes de alquiler para un apartamento.

Él miró el mapa detenidamente, trazando una ruta con el índice.

“Estos son los Estados Unidos”, declaró. “Aquí eres libre, y puedes ir a dónde te dé la gana. El sistema de carreteras es excelente, tenemos mapas, y tú tienes un carro. Y en cuanto al dinero, no te preocupes. Ahora mismo voy a llamar a Arenas, y ya vas a ver cómo lo entusiasmo para que venga con nosotros. Él vendrá con su amigo Lázaro, y como vamos a repartir los gastos entre cuatro, nos va salir muy barato”. Me miró feliz, con una expresión libre de toda duda. “Tú quieres ver el Gran Cañón del Colorado. Vas a ver el Gran Cañón del Colorado”. Se levantó y fue al teléfono a llamar a Reinaldo, quien se apuntó con entusiasmo. Unos diez días después, aún incrédula, estaba al timón rumbo a Nueva York para recoger a Reinaldo y a Lázaro, la primera parte de nuestra aventura hacia el Gran Cañón del Colorado.

Reinaldo vivía en un edificio viejo cerca de Times Square. En su apartamento, modesto pero amplio, todo estaba dispuesto en un orden impecable. Colgado en la pared detrás de su escritorio y su máquina de escribir, un retrato de Virginia Woolf velaba el sitio como una versión británica de la Caridad del Cobre. Nos alojó en un apartamento vacío cerca del suyo (“miren, este sitio está vacío hace meses y yo puse un colchón muy bueno y algunos muebles ahí’) donde caímos rendidos después de pasar una noche inolvidable dando vueltas por el festival del barrio italiano en la calle Mulberry. Rey perdió una cantidad considerable de dinero en un misterioso juego al azar con un personaje que tenía el don de convencer a cualquiera que estaba a punto de ganarse una fortuna si solo jugaba una vez más (“si gano, no paramos hasta Oregón”), y después comimos en el barrio chino. Al día siguiente partimos bien temprano, armados con el mapa y los cálculos de Roberto, listos para conquistar el oeste. Solo que nos llevó casi dos horas salir de la ciudad. Cada vez que cruzábamos el puente que nos sacaba de la ciudad, volvíamos a caer otra vez en dirección a Manhattan. “Esta maldita ciudad no me deja salir de ella”, dijo Rey. Nueva York fue su segunda patria, y ya ejercía una extraña atracción sobre él.

Una vez que logramos escaparnos de Nueva York, avanzamos sin contratiempos. Nuestra primera parada notable sería el Gateway Arch de San Luis, el monumento más alto de los EE.UU., una obra maestra del arquitecto Eero Saarinen. Impresionante desde la lejanía, el arco resplandecía plateado como un espejismo al fondo de las praderas, los graneros y las vacas. Reinaldo no quería montarse en el elevador que va hasta la cima del arco, ofreciendo vistas memorables de la ciudad y sus entornos. “Ustedes van y sacan fotos”, dijo, pero finalmente fue y disfrutó enormemente. Esa noche descansamos en las afueras de San Luis, y la mañana siguiente paramos a desayunar en un McDonald’s, donde había un mapa enorme de los Estados Unidos. Rey me preguntó que dónde estábamos y que dónde estaba el Cañón, y yo se lo señalé. Miró el mapa unos segundos e hizo unos trazos en el aire con la mano. “Ah, entonces casi llegamos. Vamos por aquí, seguimos así, doblamos para abajo, manejamos toda la noche, y mañana estamos allá”. Nos faltaban unos tres días de viaje.

Por donde quiera que íbamos éramos una sensación, yo con el pelo en trenzas pegadas y ellos con sus acentos, y todos, claro, hablando español. Después de atravesar varios estados, finalmente salimos de Kansas y entramos en Colorado. Siguiendo la ruta 70 hacia el oeste, el pobre Toyota empezó a renquear; avanzaba lentamente y pensé que había algún problema con el motor. Entonces vimos nieve a ambos lados de la carretera, y me di cuenta de que estábamos subiendo una montaña. Habíamos llegado a la cordillera de las Rocosas. Salimos del auto con gran alegría y terminamos en una guerra de bolas de nieve. Esta fue nuestra introducción a los majestuosos paisajes del oeste, primero las montañas nevadas y después los desiertos de piedra roja. Cuando pasábamos por el desierto pintado, especulábamos acerca del misterioso origen de esos paisajes, y yo me puse a dar explicaciones de que si la erosión, los procesos geológicos, etc. “Nada de eso”, dijo Reinaldo. “Lo que pasa es que todas las noches unas locas despatarradas se ponen a pintarrajear el desierto para que vengan los turistas y ellas se enriquecen vendiéndoles Coca-Cola y camisetas”. Así se resolvió el misterio.

Seguimos por Colorado y Utah, pasando por la foresta de árboles petrificados, los cañones del Escalante, los arcos naturales… Todo obra de los extraterrestres, según Rey, y yo no quise seguir con mis aburridas explicaciones científicas. En algún momento Roberto sugirió que nos retratáramos tirados en el desierto leyendo la revista de arte y literatura Linden Lane, que aún publica Belkis Cuza Malé desde algún sitio de Texas, y Rey convirtió esto en retratarse desnudo, solo cubierto por una revista Linden Lane.

Llegamos al Gran Cañón, al área de Desert View, por la mañana. Después de pasar un buen rato contemplando el deslumbrante panorama, decidimos hacer el descenso hasta el río Colorado. Pronto nos enteramos que las famosas mulas estaban reservadas por meses, que nadie había cancelado, y que había una lista de espera para las cancelaciones. “Vamos a pie”, no sé quién dijo, y nos dirigimos hacia el comienzo del camino que baja hacia el río, donde vimos un letrero dando varias advertencias, entre ellas, de no tratar de bajar hasta el fondo del cañón y volver a subir el mismo día, de llevar agua y comida, etc. Roberto me miró. “Ya sabes cómo son los americanos de exagerados”, le dije. Y con eso los cuatro, frescos y ligeros sin el peso del agua, comida y demás bultos recomendados por los americanos exagerados, comenzamos nuestro descenso.

Imposible describir la belleza, los paisajes, las sensaciones… Las entrañas de la tierra, abiertas y dispuestas a contar su historia de diluvios, terremotos, erosión, y vaya, quién sabe si hasta invasiones de extraterrestres. A medida que avanzó el día, soleado y de un cielo azul salvaje, el fresco de la mañana se evaporó y dio paso a un calor seco, abrasador. No sé a qué hora llegamos al fondo, pero el sol ardía y parte del plan había sido ir a nadar en el río, así que nos quitamos la ropa y nos lanzamos a las aguas del Colorado. Bien recuerdo el momento en que mi cuerpo entró al agua. Con el calor que hacía, y sin saber que el río proviene de los deshielos, descubrí que aquella agua estaba a uno o dos grados del punto de hielo. Todas las funciones vitales del cuerpo cesaron, y por un momento sentí que hasta el aire en los pulmones se me estaba congelando. Salí corriendo hacia el calor. Roberto y Rey también salieron corriendo despavoridos. “Bueno, listo, ya les podemos contar a nuestros nietos que nos bañamos en el río Colorado al fondo del Gran Cañón”, dijo Roberto. “No me meto ahí ni aunque me lo pidiera la misma Gertrudis Gómez de Avellaneda”, dijo Rey. Pero nuestro amigo Lázaro no estuvo de acuerdo. “Esto no es nada”, dijo, y se volvió a tirar en el río una y otra vez, burlándose de nosotros. Se divirtió mucho con la broma, pero le iba a salir cara. Después de explorar el fondo del Cañón, empezamos el ascenso.

Al principio todo iba bien, a pesar de que el hambre y la sed ya se hacían presentes. El espectáculo que nos rodeaba era una gran distracción, e íbamos entretenidos comentando nuestras experiencias y haciendo chistes sobre el chapuzón en el río. Las paredes del Cañón cambiaban color con la luz dorada del sol que iba bajando hacia el oeste… Y de repente alguien apagó la luz. Oscuridad total. Oscuridad –y frío.

Los paisajes impresionantes desaparecieron. Empecé a sentir el cansancio, el hambre y la sed se agudizaron, y no podía ver nada. Roberto y yo íbamos en silencio cogidos de la mano, poniendo un pie delante del otro en la pura esencia del color negro, con la memoria de los precipicios que nos rodeaban. Como a mitad del camino había un campamento que claro, estaba lleno (habíamos visto esto posteado al lado del aviso de los americanos exagerados). “Roberto, podemos parar aquí, nos tiramos en la tierra y subimos mañana”, sugerí. “¿Estás loca?” me dijo. “Estamos rodeados de alacranes y coyotes y quién sabe más qué”. Le dije que los alacranes y compañía estaban en sus cosas y no iban a meterse con nosotros si no nos metíamos con ellos. “Sigue, dale, pon un pie delante del otro y sigue, que ya casi hemos llegado. Si paras, no vas a poder seguir.” Podíamos sentir a Rey y a Lázaro que se iban quedando más y más atrás. En algún momento Rey pidió que necesitaba ayuda con Lázaro. El estar en el río tanto tiempo le había provocado hipotermia; no podía caminar y estaba temblando. Entre los tres tuvimos que cargarlo, y literalmente lo sacamos arrastrado del Gran Cañón.

Creo que nunca he logrado un estado Zen tan perfecto como en aquellos momentos. Todo mi ser se concentró en mis pisadas. Cuando por fin salimos, Roberto y yo dejamos a Reinaldo con Lázaro sentados en el muro a la entrada del camino, y fuimos a la tienda del centro de visitantes a comprar agua y algo de comer, y después al carro a buscar una manta para Lázaro. La tienda estaba al cerrar y lo primero que vimos fue paquetes de galletas Oreo, así que compramos varios y algunas botellas de agua. En el camino de vuelta al muro donde Rey nos esperaba con Lázaro, quien se veía grave, nos tomamos dos botellas de agua y engullimos dos paquetes enteros de Oreos entre los dos.

Años más tarde Lázaro y yo compartimos nuestros recuerdos del viaje y de cómo casi no salimos del Gran Cañón, y él me contó una parte de la historia que yo no conocía. Me dijo que antes de salir de Nueva York Reinaldo se había quejado de que yo iba a ir en el viaje. “No sé por qué Valero tiene que traer a una mujer en este tipo de viaje. Ellas se quejan de todo y se cansan enseguida”, le dijo. Según Lázaro, cuando él y Rey empezaron a quedarse atrás, él le dijo a Rey, “Oye Rey, mira, ahí va la mujer delante de nosotros”. “Cállate, Lázaro”, le dijo Rey. “Eso no es una mujer. Eso es un demonio”.

El regreso del Gran Cañón estuvo lleno de más sorpresas y aventuras. En lugar de volver a Nueva York, Rey y Lázaro quisieron pasar unos días en Washington para conocer la ciudad y ver los museos. Rey quería ir a tocar el pedazo de la luna (“la luna es mi madre”, decía) que tienen en el museo Smithsonian del Aire y del Espacio, y al entrar nos encontramos frente a un gigantesco mural del suroeste americano. Nos retratamos sonrientes y engreídos porque acabábamos de estar entre esos paisajes. Yo, una jovencita que recién cumplía el sueño de su vida, y ellos, unos marielitos que habían llegado a los cayos apenas dos años atrás, y ya habían logrado atravesar los Estados Unidos y experimentar algunas de sus grandes maravillas.

Saturday, October 28, 2023

Historia y masoquismo: "La impotencia ante la historia se ha transformado en enfermedad crónica"

 


Por Jorge Ignacio Domínguez López

En 1920, tras visitar Cuba y quedar fascinado por ella, el escritor norteamericano Joseph Hergesheimer diría que el encanto de La Habana radicaba sobre todo en el hecho de que era "una ciudad que no se siente abrumada por la historia". El nuevo libro de ensayos de Enrique Del Risco, titulado Historia y masoquismo (Ediciones Furtivas, Miami, 2023), podría tomarse como una explicación a la imposibilidad de decir hoy algo como lo que afirmaba Hergesheimer.

Página a página, Del Risco hace una disección de las raíces, manifestaciones y efectos del totalitarismo en general y, como ejemplos minuciosos, en su expresión cubana. Con la exégesis de meras anécdotas o síntomas superficiales de la relación entre el poder totalitario y los gobernados, se va dibujando también esa relación a ratos —¡casi siempre!— agónica entre el ser humano y la historia. De ese y otros temas del libro conversamos recientemente.

En Leve historia de Cuba, escrito a cuatro manos con Francisco García González en la Cuba de los 90 y publicado finalmente en 2007, hay una relectura de la historia del país desde el humor y la mordacidad. A ratos, Historia y masoquismo se lee como una versión seria de Leve historia de Cuba. ¿Te parece aceptable esa comparación? ¿Qué relación hallas —o no— entre los dos libros?

No lo había pensado, pero es factible la comparación. Y productiva. En ambos libros están presentes un par de obsesiones mías que, como todas las manías, empeoran con la edad: la obsesión por la historia cubana y por los efectos de esta en la vida de los cubanos, tanto colectiva como individual.

La diferencia fundamental entre ambos libros es que si la respuesta en Leve historia de Cuba se daba desde la ficción y partía de la impotencia que sufrimos la mayoría de los humanos frente al destino colectivo, en Historia y masoquismo voy un poco más allá, usando las armas del ensayo en lugar de las de la ficción. En mi nuevo libro la impotencia ante la historia se ha transformado en enfermedad crónica, uno de cuyos síntomas más notables es la adicción a la misma dinámica que es la fuente de nuestros pesares, como se diría en un bolero.

Me refiero a la cultura totalitaria. Porque pienso que la dinámica totalitaria no obedece a la naturaleza específica del pueblo cubano. Responde más bien a la lógica del propio sistema, a cuya atracción no es ajena ningún pueblo. Porque hay que tener presente que el totalitarismo apela a los mismos instintos universales que antes satisfacía la religión, instintos que no se han apagado por mucho que las sociedades se complazcan en parecer ahora más laicas.

En los asuntos que trata Historia y masoquismo tenemos la confluencia de dos niveles de interpretación usualmente incompatibles. Uno es el de la historia, que es contingencia, hechos únicos e irrepetibles en el tiempo, y otro nivel es el de la psicología, con sus instintos incrustados en lo más profundo de la psiquis humana que un sistema tan aberrante como el totalitario logra potenciar de una manera escandalosa.

En el primer ensayo de la segunda sección del libro ("Historia") analizas la irascibilidad del totalitarismo cubano ante el humor. Mañach, en su Indagación del choteo habla de "esa afición al desorden, ese odio a la jerarquía, que es esencial del choteo". Pero Mañach se refiere al carácter del cubano, mientras que tú hablas de "humoristas profesionales". ¿Ves algún paralelismo entre las reacciones del régimen ante “el choteo” y el “humor profesional”?

Cuando se trata de analizar las relaciones entre el Estado y el humor por fuerza tenía que referirme a los humoristas profesionales. Porque, por mucho que el Estado haya intentado controlar las respuestas humorísticas a la realidad que él mismo impone, el humor del cubano de a pie ha quedado siempre fuera de su control.

Puedo recordar épocas completas donde ningún humorista profesional hacía referencia a la situación política, pero no recuerdo una sola etapa de mi vida donde los chistes populares no se burlaran implacablemente del sistema. En uno de los primeros chistes que retengo en la memoria se preguntaba que entre el choque entre el avión donde viajaba Fidel y el avión de Raúl quién se salvaría. La respuesta era "Quien se salva es el pueblo". Todo el mundo —incluso en las familias castristas— se sabía chistes, aunque solo los contara en círculos muy reducidos, de mucha confianza.

Debo añadir que ese choteo al que se refiere Mañach —que siempre trato de distinguir del humor popular, que son fenómenos que pueden partir de una actitud similar pero no son idénticos— tiene un doble filo. Si por un lado funcionaba como una forma de resistencia blanda frente a la rigidez totalitaria e intentó ser suprimido durante los primeros años de castrismo, luego ha pasado a ser instrumentalizado por el poder en su versión más populachera con los actos de repudio y las marchas de apoyo al Gobierno. El choteo de que hablaba Mañach ha demostrado ser más resistente que los sistemas políticos por los que ha atravesado el país, pero ni es responsable de la existencia de estos como no lo es de su desaparición.

En cambio, contra los humoristas profesionales —un sector que durante toda la República no dejó de satirizar al poder de turno— el castrismo fue implacable desde el mismo comienzo, mucho antes de que se enfilara contra otros sectores de la sociedad. Cuando la mayoría de los estudiosos fija el inicio de la censura castrista en el "Caso PM" en el verano de 1961 ignora que ya el 6 de febrero de 1959 Fidel Castro había llamado al pueblo a un boicot contra la publicación humorística Zigzag por haber publicado una caricatura que lo incomodó sin siquiera ser especialmente irrespetuosa. Y cuando el líder del país enfiló sus cañones retóricos contra la principal publicación humorística del país —que había estado a la cabeza de la crítica del batistato— el resto del gremio ya quedó advertido para siempre.

Es importante insistir en que, descontando a los representantes del batistato, los humoristas —junto a los jueces y periodistas que cuestionaron la aplicación industrial de la pena de muerte— fueron de los primeros en sufrir acoso oficial, pero, como en aquel famoso poema de Martin Niemöller, nadie dijo nada porque la sociedad asumió que no era con ella. Eso fue uno de los errores iniciales de la sociedad cubana frente a la revolución triunfante: no entender que los humoristas constituyen uno de los sensores más finos con los que contamos para detectar altas concentraciones de autoritarismo y fanatismo. Los humoristas están siempre entre los primeros en ser acosados por los regímenes autoritarios: en parte porque lo que menos que te perdonan es que no te los tomes en serio y en parte porque el mayor riesgo profesional de los humoristas es que a ellos mismos nadie se los toma con seriedad. Excepto los represores, claro.

En varios de los textos que conforman el libro te refieres al papel legitimador que la Nueva Trova tuvo para el régimen cubano. El cine, la literatura, las artes plásticas (en especial el afiche), el teatro... jugaron de algún modo ese mismo papel en las décadas del 60 y el 70. ¿Por qué te parece la Nueva Trova un caso que merece un análisis más insistente?

Primero hay que recordar que la tradición musical cubana es mucho más sólida que el resto de las disciplinas artísticas y que el público local tiene un oído más atento para la música que para otras manifestaciones. También debemos recordar que desde la aparición de los cassettes, la música para circular no necesitaba de la intermediación de un Estado que se había adueñado de las imprentas, las galerías, los cines, los teatros, la industria cinematográfica, los estudios de grabación etc.

También hay que distinguir a Silvio Rodríguez del resto de los propagandistas más ramplones dentro de la Nueva Trova, incluido Pablo Milanés que como compositor lírico podía ser exquisito, pero en términos propagandísticos siempre fue muy elemental, como si no se lo creyera del todo o como si no consiguiera compaginar su costado lírico con las exigencias de la propaganda. En cuanto a Silvio, debe recordarse que antes de convertirse en una suerte de retórico oficioso del régimen con su baba amorosa ("solo el amor engendra la maravilla", "que sin esperanza dónde está el amor", etc) desarrolló un discurso de resistencia que circulaba de mano en mano a través de los cassettes que mencionaba antes.

Se trataba de una resistencia muy limitada, nunca antagónica, pero que manifestaba de manera clara el rechazo a ver sometida su individualidad al gran proyecto colectivo, tal y como se le exigía al hombre nuevo, su renuencia a ser mero repetidor de la propaganda estatal. De esa mínima resistencia ética y estética a convertirse en pura propaganda las canciones de Silvio sacaron buena parte de su fuerza, de su encanto, un encanto que para muchos perdura hasta hoy. Pero incluso dentro de esa resistencia había mucho de rendición ética y estética a ese monstruo insaciable que es el Estado totalitario.

Ese sometimiento con los años y los compromisos creados se ha ido haciendo más profundo. En un documental reciente Silvio ha llegado a afirmar :"Yo siempre supe que la Revolución era más importante que yo. Eso lo tuve claro. Y eso fue lo que me salvó". Cuando Silvio habla de salvación lo hace en un sentido policial pero también religioso. Es ahí, con esa convicción religiosa —religiosa en el peor sentido, el más pobre— donde todo el posible humanismo que Silvio intentaba definir y defender en sus canciones se va al carajo. Es esa mezcla de retórica humanista con fe en el sentido de la Historia encarnado por la Revolución (nótense las mayúsculas) a lo que empezó a apelar el régimen cuando ya la propaganda real-socialista de la primera mitad del castrismo había perdido toda eficacia.

Pero también está el resto de los neotrovadores cuyas canciones no son aprovechables por la retórica del poder pero tampoco consiguieron cortar su cordón umbilical con el castrismo y su retórica "revolucionaria". Esos que emplazaban tímidamente al sistema al mismo tiempo que se consideraban sus hijos, sus herederos y continuadores, y se presentan a sí mismos como los verdaderos "revolucionarios". Con una relación tan dependiente de la retórica del poder es muy difícil crear un discurso verdaderamente auténtico y autónomo.

En cambio, el verdadero logro de la Nueva Trova en su conjunto fue crear una música cubana auténticamente triste. Hasta entonces, incluso en los boleros cubanos más plañideros y cortavenas, había mucho de impostura, de sobreactuación, de juego. Se fingía un dolor que luego era negado en la próxima composición del autor, (cuando no negaba esa tristeza en la misma canción como ocurre con "Lágrimas negras"). Las canciones de la Nueva Trova son en cambio genuinamente tristes, una tristeza permanente que —sospecho— emana de la impotencia esencial de una generación que se veía en el mejor de los casos como mera imitadora de la anterior sin nada realmente nuevo que hacer o que decir.

Escuchas aquello de "a los héroes se le recuerda sin llanto" en una canción donde a la muerte se la llama "artesana del sol" y no te queda otro remedio de sentir una lástima infinita por esos jóvenes que se llamaban "revolucionarios" pero no tenían otra opción que venerar e imitar mansamente a los que los precedieron. O morirse de una buena vez.


En la introducción a Historia y masoquismo rechazas la predeterminación del totalitarismo a favor de una tesis que lo considera un peligro constante que puede asolar a un país cuando coinciden ciertos hechos, personajes o elementos fortuitos en un momento de su historia. ¿Cuáles son entonces para ti esos elementos que nos hicieron caer como pueblo en un régimen totalitario que ya tiene el sabor de lo eterno?

Una vez que se cae en la trampa totalitaria existe la tentación de buscar una predeterminación, un fatalismo en la historia anterior. De girar toda la discusión en torno a la culpa colectiva. Pero como dije antes, el totalitarismo ha florecido en pueblos tan distintos que la búsqueda de raíces culturales, históricas o idiosincráticas se vuelve un contrasentido. Visto todos los casos a la vez lo que sí tienen en común es la situación de crisis e inestabilidad política, económica o social —con la consecuente desconfianza hacia la posibilidad democrática— que refuerza la siempre latente "nostalgia del absoluto" presente en las sociedades modernas de que habla George Steiner. Una situación que es aprovechada por un aspirante a tirano, un partido o incluso una potencia extranjera para instaurar un régimen que pretende convertir la exaltación temporal de las revoluciones en algo permanente.

¿Qué tienen en común alemanes, italianos, rusos, polacos, cubanos, venezolanos, albaneses, checos, húngaros, chinos, coreanos del norte o camboyanos? Para mí lo único que los une son esos momentos de crisis —no necesariamente económica— que han sabido aprovechar individuos, partidos o potencias con muchas ambiciones y muy pocos escrúpulos.

Disculpa la alegoría elemental: uno puede ser responsable de haberse emborrachado, pero si en medio de la borrachera alguien te viola un juez dictaminaría que el responsable de la violación es el violador. El que quiera buscar una explicación ideosincrática del totalitarismo tiene que tener en cuenta el experimento de las dos Coreas: con los mismos coreanos se construyó uno de los sistemas totalitarios más perfectos del planeta y uno de los capitalismos democráticos más pujantes de la actualidad.

Por otro lado, la tentación totalitaria sigue presente en cualquier sociedad incluyendo EEUU, donde vivo. Puede ser bajo la consigna "Make America Great Again" que agita un personaje como Trump, cuyos pujos autoritarios me recuerdan muchísimo a los de Fidel Castro. O también en la forma de ese totalitarismo por cuenta propia que es la corrección política: con el pretexto de la erradicación de la desigualdad y de la opresión a las minorías se pretende imponer principios morales por encima de la ley —condenando a gente a la marginación y al ostracismo sin llevarlas a juicio— y se intenta regular la vida cotidiana en esferas en las que ni el peor stalinismo soñó inmiscuirse.

Hasta ahora las instituciones democráticas norteamericanas y el sentido común han prevalecido frente a las presiones desde ambos extremos, pero nada garantiza que una buena crisis termine empujando a la sociedad hacia alguna trampa totalitaria.
 
Al final de "El sueño de los otros", uno de los textos de la primera parte de tu libro, planteas una serie de preguntas sobre el efecto a largo plazo (¿o eterno?) del totalitarismo. ¿Crees que muchos cubanos de la Isla "están así" porque siguen viviendo bajo un régimen totalitario que ya dura más de seis décadas o que "son así" ya para siempre, porque el régimen, en efecto, logró cambiar el carácter del cubano?

El carácter es uno de los rasgos más profundos —y por eso mismo más indefinibles— en la identidad de un pueblo, pero 64 años no son pocos para un pueblo joven, siete más que toda la República, periodo que sin dudas dejó huellas en el carácter nacional. Cambios hay con cada generación: basta escuchar las quejas que los que llevan dos meses en Miami tienen sobre los que acaban de llegar. Los emigrados siempre terminan convertidos en expertos en encontrar diferencias con los que llegan después.

Pero, hablando más en serio, si algo parece haber cambiado de manera profunda en el carácter del cubano es la confianza. Los regímenes totalitarios están especialmente interesados en minar la confianza que sus súbditos tienen en el resto de la sociedad y en sí mismos porque esa confianza es fundamental tanto para cambiar la sociedad como nuestras vidas.

El cubano puede seguir arrogante como siempre, pero la autoestima la siente lesionada. De esa desconfianza se nutren sistemas como el cubano para conseguir que la gente dependa de ellos y para que no se ponga de acuerdo para actuar de manera diferente. Una desconfianza que nos persigue a donde quiera que vayamos y que ha lastrado muchos empeños colectivos e individuales.

Que un régimen tan meticulosamente aberrante y pretencioso deje huellas profundas en la gente no debería sorprender a nadie. Si los peores instintos humanos existen incluso en sociedades donde se les castiga, ¡cómo no van a florecer allí donde se les premia! Lo que de veras me sorprende son los jóvenes que salen de Cuba tan funcionales y decentes como los que han crecido en condiciones mucho más favorables. Y ese detalle, además de sorprendente, es muy alentador.


Friday, October 27, 2023

LA ALQUIMIA MUSICAL DE KING KLAVÉ

 


Por Gloria Chávez Vásquez

El sonido y ritmo musical de New York City, el crisol original, es el sonido de la multitud, de los trenes, del tráfico; es el sonido social y multiétnico de los habitantes, preñado de memorias, que da pie a la melancolía, al baile o a la danza, en los eternos anocheceres. Descargar, musicalmente, es experimentar, la captura de esos sonidos. Como luciérnagas o mariposas. Es, en definitiva, la búsqueda de las raíces íntimas y culturales, familiares y amistosas, en medio de las cuales, los inmigrantes de primera y segunda generación viven el día a día.


Amaury Acosta

A la vida de este alquimista, se llega a través de su música, un sonido melódico, catártico, típico de NYC, que ha trascendido lo experimental porque sus acordes tienen alma joven. Te seduce. O más bien, te dejas seducir por el ritmo, como si te bañaras en un rio de notas musicales. Te pasa con 5/4 joint; o Dillicuta, dos composiciones que son como una descarga organizada, disciplinada, que te llena los sentidos. Los arreglos evocan imágenes de los chicos del Hood y del graffitti. Aquellos que surfean la ciudad en los techos del subway, desde el Bronx, Queens o Brooklyn. Los que se cuelan en el underground para rayar paredes y columnas, desafiando las entrañas del monstruo. Es posible ver su tag, sello oficial de la angustia urbana, en un tren de regreso a casa.

Nacido en 1987, en el barrio de Hell’s Kitchen, en el centro de Manhattan, a tres cuadras de Times Square, de padres cubanos exiliados. Amaury es producto neto del Nueva York multicultural y bilingüe y el sistema de educación pública, Class’06 (La Guardia H.S. for Performing Arts y la Jacqueline K. Onassis) y graduado en Jazz y Música contemporánea en The New School (2011).

Sus tempranas influencias musicales fueron el rock, R&B, metal rock y cantantes de Hip Hop como Emminem, Jay-Z y Tupac. Supo que lo suyo era la música, a los 12 años, cuando su padre, el artista y empresario músico/cultural Iván Acosta presentó en Town Hall, el concierto El Super Son cubano, con leyendas como Pedrito Martínez y Horacio “El negro” Hernández quien le obsequió a Amaury sus baquetas, después del show.

Música cubana


Enganchado por la música cubana y especialmente su belleza y sofisticación, sus primeros pasos los dio con la batería, la güira y la maraca. En la universidad se especializaba en percusión y composición, cuando conoció al pianista Austin Peralta de quien aprendió a amar el piano y quien lo preparó para la odisea en la que se desenvuelve hoy en día.

El notable compositor y director de orquesta Jon Batiste (1986) “bajaba de Julliard a la New School para “hacer sesiones y a janguiar con nosotros” –recuerda A. Acosta. Batiste, un artista versátil, ganador de 5 premios Grammy, ha grabado con artistas de la talla de Stevie Wonder, Prince, Willie Nelson, Lenny Kravitz y Lana Del Rey, con su banda Stay Human. “Fue un momento único y muy especial” – agrega – Ahí fue cuando supe lo que era la excelencia musical.

En una serie de cinco conciertos de música electrónica fusionada con el jazz, donde Austin P. presentó a lumbreras de la música norteamericana como Flying Lotus, Peralta le indicó el rumbo. Fue como haber visto un fantasma –recuerda AA. Era una música futurista de riqueza extraordinaria. Ese día empezó en forma, su carrera en el mundo de la producción.

Con los años se metió de lleno en el piano, su instrumento favorito. Descubrió en la música electrónica, el vehículo en el que podía expresarme más libremente. Aunque más estructurada, le permitía crear un ecosistema propio y adoptar estilos como el de J Dilla, Dr, Dre, grandes artistas del Hip Hop. Es en esos sonidos rígidos, combinados con la variación que es el jazz y los de su cultura, donde el musicólogo cubano encontró su filosofía personal.

– La música cubana es un fenómeno del Caribe y del mundo que ha influenciado muchos géneros; y la clave es como el matrix que abre portales y galaxias musicalmente. Sin clave no puedo tocar esa música.

Siendo cubano-americano, Acosta no se identifica con la narrativa prejuiciada con que perciben los americanos y extranjeros su cultura. No le hacen gracia los estereotipos del cubano que pintan las películas de Hollywood: fumando tabaco, tomando mojito o bailando salsa. Por eso su música es una forma de rebelión contra ese estigma. Es también su manera de innovar para que siga evolucionando la música y que exista en el espacio que no existía.

King Klavé

Acosta formó una banda de Jazz Fusion Afrocubana (U)nity con la que tocó por más de 10 años y realizó 5 giras internacionales. Se presentaron en ciudades del Japón, Australia, EE.UU. México, Honduras, Canadá, Corea del Sur y Cuba. En esos diez años grabaron 3 discos y AA se dedicó a desarrollar un álbum en el que encontrar mi voz, mi fe en mí mismo y en mi visión para crear este nuevo diálogo y expresar esta dualidad mía de tener dos culturas que se influyen mutuamente.

Durante su búsqueda por ese sonido propio la pregunta era: –¿Qué tal si pudiera mezclarse a Questlove y Jazzy Jeff en un solo artista? Ahmir K. Thompson (Questlove) es el baterista de Roots, la banda del Tonight Show desde 2014 y productor del álbum del musical Hamilton en Broadway. Jeffrey Allen Townes (Jazzy Jeff), productor musical y actor, fue miembro de la banda DJ Jazzy Jeff & the Fresh Prince con Will Smith.

El resultado fue King Klavé, un proyecto artístico que vincula la música, el cine y la pintura y que se terminó en Brooklyn, durante la pandemia. El mundo se apagó y lo vi como un momento oportuno para sumergirme y terminar mi disco, dice Amaury. El álbum King Klavé debutó en 2022, con la grabación de 17 canciones de Jazz, Hip Hop, R&B, Funk, fusionado con música afrocubana y los talentos musicales de Pino Palladino, Pedrito Martínez, DJ Harrison, Marcus Machado, Jake Sherman, J. Hoard y la portada del artista cubano Luis Cruz Azaceta.

El disco, de vinilo blanco, con sus arreglos y producción, fue grabado en varios estudios de NY y masterizado en Londres, con mezclas de Paul Wilson y Louis Benedetti y en él logró captar los sonidos de NYC filtrados en ritmo y mezcla de jazz conga y rumba. El álbum termina con una pieza melódica y reflexiva, titulada “Rezo” (oración), con Pedrito Martínez, y conecta tres puntos” Nueva York, Cuba y África, el triángulo de inspiración detrás del álbum.

Música urbana

Hay muchos estilos actuales en la música urbana: Hip hop, reggaetón, pop, alternativa entre otros. Amaury Acosta dice apoyar todo lo que tenga calidad, musicalidad y talento, porque me gusta escuchar buena música. Como en la moda, en la que usas una ropa y luego la tiras, en la música hay canciones hechas para existir y desaparecer rápido. Esa música no me interesa.

Como productor, Acosta escucha sonidos frescos y diferentes para inspirarse. Admira las nuevas producciones y lo que pasa detrás del escenario. De la música hispana le gusta el Techno y House, el Hip Hop bueno, nada prefabricado y sin intención ni propósito. Disfruta escuchando ideas y estudiar cómo impactan al público y especialmente el baile. En la música moderna, Amaury encuentra mucho talento e innovación en los sonidos.

Acosta ha colaborado con artistas como Iggy Pop, Wynton Marsalis, Kimbra, José James, Paquito D’Rivera, Cándido Camero, Israel “Cachao” López, Descemer Bueno, Arturo O’Farrill, Taylor Eigsti. Hace poco compuso, un solo de Jazz drum para la película de Gigi Hadid titulada: When Gigi met Gigi patrocinada por Vogue y Ralph Lauren.

– Me gusta el cine y hace tres años conocí a tres hermanos cineastas con quien hicimos un video. Fue bien rápido y no pudimos concretar la idea y por eso queremos hacerlo de nuevo. La bendición y pesadilla del artista es hacer las cosas siempre mejor. Fue un corto cinematográfico, para encapsular visualmente mi esencia artística y mi dualidad como cubano americano. Amaury calcula que el video estará listo a finales de este año.

– Mi música oculta muchas sutilezas –dice Acosta. Estoy sacando de tantos rincones culturales diferentes, tengo elementos que se mueven en diferentes direcciones para parecerse a la complejidad de los tiempos que estamos viviendo. Eso es lo que hace que el sonido se sienta tan etéreo”, dice Amaury. Mi meta artística es seguir creando nuevas posibilidades musicales y expandiendo la filosofía y diálogo entre la música. No tengo interés en tocar música reviviendo el pasado. Hay miles de gente haciendo eso. Mis referentes son los músicos del pasado que miraban al futuro.

Enlace: https://kingklave.bandcamp.com



Gloria Chávez Vásquez escritora, periodista y educadora reside en Estados Unidos. Su mas reciente novela Mariposa Mentalis acaba de ser publicada por Editorial Verbum en España.

José Martí, un hombre flor entre hombres máuser*

'Biche morte', Gustave Courbet, 1857

Por David Leyva González 

En el poemario Versos sencillos de José Martí, encontramos una imagen poética estrechamente relacionada con la pintura. Se encuentra en el Poema V, específicamente en la cuarteta: “Mi verso es de un verde claro / Y de un carmín encendido / Mi verso es un ciervo herido / Que busca en el monte amparo”.[1]

Sobre las posibles significaciones de esta simbólica poesía se realizó un documental en 2021 titulado Un ciervo herido de amor, interpretado por un variado grupo de actores cubanos (Osvaldo Doimeadiós, Jorge Enrique Caballero, Yudexi de la Torre, Ray Cruz, Maridelmis Marín y Ana Flavia Barrios), guión de Eduardo Vázquez Pérez y dirección de Alberto Luberta Martínez.

El audiovisual devela las analogías entre episodios de la vida de Martí y la pictórica escena del ciervo herido del poemario de 1891. El hecho es que la recurrencia de este cuadro se muestra en su escritura desde años antes, específicamente, desde 1884. Dos hipótesis expone el investigador-guionista sobre el origen del paralelismo entre el animal-perseguido y el poeta, ninguna de las dos excluyentes: una es el desencanto de una sensibilidad por la vida mezquina, competitiva, banalizada y falta de amor de la ciudad moderna, la otra es el dolor que le trajo a Martí la decisión de abandonar un movimiento libertario que le interesaba grandemente, conocido como plan Gómez-Maceo, que buscaba reiniciar la lucha por la independencia de Cuba.

En octubre de 1884, el entonces joven de 31 años, no pudo aceptar los métodos de dirección del general dominicano Máximo Gómez. Él se percató que la leyenda de la guerra de los Diez Años miraba el asunto de Cuba desde un punto de vista militar-centralizado, sin opciones para ir practicando –desde la propia organización de la guerra– el espíritu democrático de la futura República.

En la ética martiana era imprescindible evitar las dictaduras, y contraponer a este mal el constante ejercicio del voto y el respeto a la diversidad de criterios. Su oposición al plan Gómez-Maceo la sintetizó en versos a su amigo uruguayo Enrique Estrázulas: “Esto que en gorja le charlo, / Lo voy en gorja diciendo, / Pero se me van saliendo / Las lágrimas al contarlo! // Hallé que a poner corría, / So capa de santa guerra, / La libertad de mi tierra / Bajo nueva tiranía:— // Hallé —¡oh cállelo!— que aquellos / A quienes todo me di, / So capa de patria ¡ay de mí! / Solo pensaban en ellos:— // Y gemí, por la salud / De mi pueblo, y trastorné / Mi vida,— mas les negué / El manto de mi virtud!”.[2]

Su angustia sobre el temor del militarismo ligado a los destinos de Cuba quedó registrado en una legendaria carta a Gómez, en la cual, todavía quema la frase: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.[3]

El dominicano se contuvo, no contestó la misiva; pero los comentarios y las intrigas que provocaron la salida de Martí, fueron –como perros desatados– hacia la presa más expuesta de aquel conflicto de intereses: el joven habanero que, a pesar de sus dotes de orador y escritor, no contaba con hazaña militar alguna.

Buena parte de la emigración cubana puso en duda la integridad revolucionaria, valor personal y compromiso político del nacido en 1853. Fueron días muy difíciles para el poeta. Gabriela Mistral dijo que “Martí era un hombre flor que tuvo la desgracia de nacer, vivir y morir entre hombres máuser”.[4]


Según el código viril que imperaba en aquel tiempo, los que conocieron la retirada de Martí se sintieron con la libertad de juzgar lo hecho por el escritor y acusarlo de cobarde o de compararlo con alguien femenino, temeroso y asustadizo. Eduardo Vázquez cita cartas del poeta al amigo mexicano Manuel Mercado que corroboran ese ambiente de intriga y acusación comparado a la cacería de un ser vivo aún más indefenso que el ciervo… la cierva:

[…] mire que así me siento, como una cierva acorralada por los cazadores en el último hueco de la caverna.[5]

[…] vivo como acorralado y apaleado, y la brutalidad, deshonestidad y sordidez que veo a mi alrededor […] –creo que se lo he dicho a Vd. porque es verdad– como una cierva, despedazada por las mordidas de los perros, que se refugia para morir en el último tronco.[6]

El documental no deja de relatar tampoco el momento en que Martí tuvo que, para seguir fiel a su sueño de una Cuba descolonizada de España, dejar a un lado la mansedumbre de “cierva” y mostrarse a la altura de la conducta machista que caracterizaba el movimiento independentista de la isla.

En un mitin político, noviembre de 1884, Antonio Zambrana, amigo de Ignacio Agramonte y uno de los redactores de la Constitución de Guáimaro (1869), quiso, semejante a la frase popular: “hurgar en la herida”.

El respetado abogado tenía la palabra y, sin dejar de mirar a Martí, expresó: “Cuando falta valor sobre argumentos, lo cierto es que, los cubanos que no apoyen este movimiento [Plan Gómez-Maceo], deberían usar sayas en vez de pantalones”. La reacción de Martí fue eléctrica y de improviso se abalanzó hacia Zambrana. Los presentes evitaron –como pudieron– el enfrentamiento; y en medio de la separación y el tumulto, la voz del poeta, devenido pugilista, le recalcó al veterano de la Guerra de los Diez Años: “Yo soy tan hombre, que no quepo en mis pantalones. Y eso se lo pruebo aquí, y donde sea”.[7]

Por cierto, Antonio Zambrana fue uno de los profesores de Martí en el colegio San Pablo (1867) y admiró el trabajo intelectual realizado por su alumno en el poemario Ismaelillo y en La América de Nueva York, como lo demuestran las cartas que le envió en julio de 1884. Justo en noviembre de ese año, ocurre el lamentable altercado. Curiosamente, con el de cursar de los años Zambrana se afilió al Partido Autonomista y Martí se convirtió en el centro del movimiento independentista. En 1891, se trastocó el desenlace de 1884. Zambrana dictaba una conferencia en San José, Costa Rica, Martí entró al salón en compañía de Antonio Maceo y el auditorio, de manera espontánea, comenzó a ovacionar a los recién llegados.[8]

El autor de la “Rosa blanca” debió alternarse, en su carrera política, con el gladiador de “Pollice verso” e intentar demostrar, con acciones y palabras, que la creación de una Cuba independiente y digna no estaba solo en el coraje, sino también en el poder de conciliación, inteligencia y capacidad de sacrificio de sus líderes. Sin embargo, considero, que los hirientes comentarios que recibió el poeta, a lo largo de su etapa conspirativa, sobre su nula experiencia militar, fueron estimulando la insistencia de Martí de permanecer en la guerra y su conducta precipitada en el primer y único combate: Dos Ríos.

El año en que sucedió este conflicto del exilio cubano en Nueva York (1884), coincide con el momento en que Martí estudiaba, en su carrera como crítico de arte, la obra de Gustave Courbet. Observó el poeta los cuadros del francés en la exposición que se preparó para los fondos del pedestal de la Estatua de la Libertad y leyó un extenso estudio sobre este pintor en Century Magazine, a partir del cual escribió un texto en español para La América de Nueva York.

¿Y cuál es uno de los temas pictóricos más reiterados por Courbet? Curiosamente, a pesar de su apego por la vida moderna y su compromiso con los humildes en la Comuna de París, buscó siempre Courbet el regreso a los bosques de su Ornans, natal, donde representó, más de una vez, y de diversas maneras, la triste imagen del ciervo herido que huye de las mordidas de los perros y trata de encontrar refugio en lo intrincado del monte.

En la mayoría de estos cuadros se plasma la persecución o muerte del ciervo. El Century Magazine que leyó Martí, exhibe, por ejemplo, el grabado de una obra del pintor donde encontramos a un ejemplar macho capturado que es clavado por una pata a un árbol y custodiado por dos grandes perros. Sin embargo, existe una obra del francés: Muerte de Biche (la cierva), 1857, donde el centro y único personaje del lienzo es una cierva que, en su escapatoria, ha ido a morir a un rincón del bosque. Años antes, Courbet pintó El hombre herido (1844-1845), donde él mismo se representó, moribundo, al pie de un árbol, estableciéndose la analogía visual con los ciervos muertos o perseguidos de la década de 1850.

El tema de la cacería del ciervo y de otros animales es antiquísimo en la Historia del Arte (de cierta forma es consustancial a la propia historia del hombre si se analiza su aparición desde la pintura rupestre). Sin embargo, en Courbet, y, sobre todo, en esta obra: Muerte de la cierva, la cacería es referida, no es lo impactante. Cobra más valor la mirada de compenetración del artista con ese indefenso animal que, luego de las mordidas de los perros, logró morir tranquilo al interior del bosque. Esta correlación ciervo-hombre se sintetiza en el mito griego de Acteón que, por haber visto desnuda a la diosa Diana, es castigado a convertirse en ciervo y ser perseguido eternamente por los perros. De hecho, ya en el siglo XX, Frida Khalo expone un lienzo, donde simboliza todo el calvario de su experiencia con el dolor, a través de un autorretrato en que ella misma es un ciervo macho, cubierto de flechas como San Sebastián, en el interior de una floresta.

Miquel Molina en su artículo “La historia oculta de un cuadro de Courbet” devela que el autorretrato representado en El hombre herido, a pesar de las urgencias económicas, nunca fue vendido ni se separó del pintor. Un dibujo anterior, Siesta campestre (1844), enseña al propio Courbet durmiendo en el bosque, tiernamente abrazado a una mujer. Este dibujo es el antecedente de Un hombre herido, y la mujer se identifica con Virgine Binet, amante del artista. El estudio radiográfico de la obra (1973) determinó que “bajo la superficie subyacen no uno, sino dos cuadros diferentes. En uno aparece el perfil de una cara de mujer, y en otro, una pareja tiernamente abrazada”.[9]

Binet dejó plantado a Courbet en 1851 y el cuadro de amor se refundió en cuadro de dolor; por tanto, ese proceso analógico entre artista y animal herido que ocurrió en el pintor francés, dialogó, años después, con el Martí neoyorquino de 1884 que anhela un trozo de monte para huir de las intrigas políticas. Fue así como encontró ese oasis visual en las obras de arte de los catálogos y los salones del siglo XIX. Sin embargo, la relación con Courbet continuó y el poeta, al escribir los Versos sencillos en 1890, reactivó esa imagen del ciervo en los Montes Catskill. Por cierto, los bosques de Catskill, constituyen una reserva natural de los ciervos de cola blanca, aunque, ya aquí, el paralelismo no ocurre con el poeta, sino con algo muy querido para él, tanto como la amada misma: el verso.


Notas:

[1] José Martí: “Poema V”, Obras completas. Edición crítica, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, t. 14, p. 307.

[2] José Martí: “A Enrique Estrázulas”, Obras completas. Edición crítica, ed. cit., t. 15, pp. 266-267.

[3] José Martí: “Al general Máximo Gómez” (1884), Obras completas, ed. cit., t. 1, p. 177.

[4] La cita la tomo de Guillermo Cabrera Infante “Un diario que dura más de cien años”, en José Martí: Diario, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1997, p. 10.

[5] José Martí: “Carta a Manuel Mercado”, Obras completas, ed. cit., t. 20, p. 84.

[6] José Martí: “Carta a Manuel Mercado” (1886), Obras completas, ed. cit., t. 20, p.88.

[7] Las frases fueron transcritas del propio documental.

[8] Los hechos de 1867, 1884 y 1891 están registrados en Ibrahim Hidalgo Paz: José Martí. Cronología (4ta Edición)Centro de Estudios Martianos, 2018, p. 14, pp. 56-57 y p. 102.

[9] Miquel Molina: “La historia oculta de un cuadro de Courbet expuesto en el MNAC (Museu Nacional d’Arte de Catalunya)”, La Vanguardia, 14 de mayo del 2011.

*Tomado de Rialta Magazine

Thursday, October 26, 2023

Yesenia Selier: notas sobre el vacío

 


Por Enrique Del Risco

Ha muerto Yesenia Selier, bailarina, coreógrafa, performer, investigadora, educadora, promotora cultural, activista por la igualdad racial y orgullosa madre soltera de trillizos. La lista de títulos podría ser mucho más extensa pero dejar de mencionar tan solo uno de los anteriores sería disminuir demasiado a alguien a quien la ahora corta vida que vivió desde siempre le quedó pequeña, estrecha a sus ambiciones múltiples y abrumadoras.

Yesenia, nacida en La Habana pero con hondas raíces en San Diego de Núñez, Pinar del Río, (la patria chica del novelista Cirilo Villaverde como no cesaba de recordarme) se graduó de psicología en la Universidad de la Habana para luego hacer un máster de Estudios Latinoamericanos en la New York University. Esa era la misma institución con la que pensaba graduarse de doctorado una vez que le pusiera punto final a la tesis sobre danza que pensaba defender el próximo año. Porque todo lo que había hecho hasta ahora —desde promotora de hip hop hasta profesora de danzas afrocubanas, desde realizadora de audiovisuales hasta colaboradora de artistas visuales estrellas musicales y cinematográficas como Wynton Marsalis, Chucho Valdés, Pedrito Martínez, Teresita Fernández, Coco Fusco, April Yvette Thompson o Matt Dillon— no era nada en comparación con lo que planificaba hacer en los próximos días, meses, años. Con todo y su abultado currículum cabía sospechar que lo mejor siempre estaba por venir.

“Pitia”, “maga”, “sacerdotisa” preferiría llamarse antes que cualquier clasificación ortopédica con la que los resumés reducen a quien desborda sus cuadrículas. Yesenia, ser tan actuante como inteligente, era capaz de explicar la naturaleza y el sentido de una danza con la misma precisión con que la ejecutaba. Verla inundar el escenario del Rose Hall con su interpretación de Yemayá que era a la vez orisha y oleaje marino suponía un privilegio y a la vez el redescubrimiento que el mundo se nos resiste a ser descuartizado en magia y razón. Maga era también Yesenia cuando convertía a un puñado de gringos pálidos, tan bienintencionados como cortos de talento rítmico, en solvente conjunto rumbero.

Cuando dije en su presencia que los cubanos en el exterior solíamos sobreactuar nuestra cubanía Yesenia se lo tomó como algo personal. La entiendo: lo que en otros sería sobreactuación en ella era naturaleza manifestándose. Nada tenía de complaciente o turístico su interpretación de lo afrocubano. Su performance sobre José Antonio Aponte, pionero de la rebeldía afrocubana fue justo lo contrario al exotismo complaciente. Había que ver las caras de terror mal contenido de los académicos espectadores cuando Yesenia, ataviada de Yemayá, destrozó una muñeca plástica lanzando griticos agudos, escalofriantes: más que de Aponte el público parecía sentirse cerca de los hacendados que celebraron su ejecución. Con un gesto similar Yesenia no acudía a los subterfugios de la meticulosa clasificación racial cubana para identificarse: negra se llamaba a sí misma para dejar claro que, aunque fuera mulata y bailara rumba, para nada quería congraciarse con el exotismo cómodo de la mulata rumbera.  

No puedo calcular hasta qué punto Yesenia sufrió el racismo o la misoginia en su tierra o en ésta pero sospecho que, aparte del desprecio grosero y asustado ante el fenómeno que era ella, su fina sensibilidad debió resentir el sofisticado racismo de salón de la academia norteamericana. Me permiten calcularlo los obstáculos que encontró como directora de Religiones Afro-Globales en el Smithsonian National Museum of African Art. O que, en medio de su actuación en el Rose Hall, al explicarle a alguien que además de bailar cursaba un doctorado comentara: “Ah, una mulata intelectual”. Como si ante el tremendo reto mental que representaba Yesenia para mi interlocutor su cerebro solo pudiera proporcionarle clasificaciones salidas del teatro bufo.

El respeto que merecía Yesenia por sus investigaciones, su reconstrucción y difusión de las danzas afrocubanas, su activismo, me llevó a proponer su candidatura como miembro de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, propuesta que fue aceptada de inmediato. Recuerdo el discurso que dio en al Asociación de Ex-Presos Políticos de Union City aceptando su inducción a la AHCE sobre la presencia afrocubana en la historia del país como uno de esos momentos que enaltecen y dan sentido a una institución que se precia de rescatar el pasado de la nación. Los múltiples compromisos de Yesenia académicos y artísticos hizo que su colaboración con la AHCE fuera menos abundante de lo que hubiera deseado. No obstante, y tras mucha insistencia, el mes pasado conseguí publicarle su magnífico ensayo “La habitación propia de la negra cubana”.

Sin embargo, de los sucesivos avatares de Yesenia creo que ninguno la define mejor que el de amiga. Esa continua exigencia entre iguales que es toda amistad verdadera Yesenia se la ofrecía y demandaba lo mismo a una estrella de cine que a su familia. Nos conocimos por más de tres lustros, fue maestra de mis hijos de todas las maneras posibles, vivíamos a quinientos metros de distancia, compartimos montones de alegrías y unas cuantas angustias, sus hijos crecieron junto a los míos, pero aun así nuestra complicidad con el mundo de Yesenia no tenía nada de especial: todos sus amigos, (que constituíamos legiones porque era imposible sustraerse al encanto de su entrega) éramos especiales. Especiales al punto que, pasadas las presentaciones en la sala de su casa, parecíamos un cónclave de los mayores genios que ha dado la humanidad, inflados por la inagotable generosidad de nuestra anfitriona.

Imposible no llegar a las lágrimas al pensar que esa sonrisa franca de trompeta de carnaval no estará esperándonos tras la puerta de su apartamento oloroso a puerco y pollo al horno. Junto al dominó de su madre y el cariño tímido de sus hijos ya hombres. Tan imposible como asomarnos al balcón desde donde contemplábamos el majestuoso paisaje de Manhattan entretenidos en despellejar el universo y no pensar que fue el último sitio que pisó, el último paisaje que retuvo antes de saltar al vacío. Desde donde escapó de sus bien disimuladas angustias quien tanto nos dio hasta decidir que ya era suficiente.

Empecé escribiendo “ha muerto Yesenia Selier”. “Fallecer” me parece un eufemismo cuando la muerte se te estrella contra la cara con su violencia congénita. En el caso de Yesenia “fallecer” solo tiene sentido si se recuerda su sentido original de “faltar”. Al margen de la imposible digestión de su muerte lo más definitivo que nos deja Yesenia Selier es el vastísimo vacío que intentamos ir rellenando con el recuerdo de su deslumbrante paso por nuestras vidas, ahora mucho más pobres; con la reunión de su obra ahora dispersa; con la tremenda mentira de que así no se irá del todo, cuando lo único cierto es que alguna vez una sola persona (mujer y negra, recalcaría ella) fue capaz de rellenar todo eso. Y no le pareció suficiente.

 

 

Tuesday, October 24, 2023

Eduardo Hidalgo Gato: Cubano a carta cabal

 


Por Guillermo A. Belt

 

Cuando recordamos a Eduardo Hidalgo Gato como figura destacada de entre los patriotas que a la larga hicieron posible la República de Cuba, vemos a un hombre extraordinariamente generoso que puso su fortuna al servicio de la independencia de nuestro país. Como pocos, me apena agregar, en aquellos como en estos tiempos.

Hidalgo Gato fue más que un mecenas de la guerra. Si bien el amor a la tierra natal no nace exclusivamente de la antigüedad del asentamiento de la familia en ese territorio – pienso en Antonio Maceo, y no es el único patriota sin esa distinción – vale señalar que los Hidalgo Gato se establecieron en La Habana a fines del siglo XVI, según lo consigna Joaquín de Santa Cruz en su Historia de familias cubanas.

Eduardo nació en Santiago de las Vegas en 1847. “Su niñez pasó sin acontecimientos que merezcan citarse.” Así lo expresó Raoul Alpízar y Poyo, Secretario de Correspondencia de la Asociación Nacional de Emigrados Revolucionarios Cubanos en el discurso pronunciado el 28 de enero de 1896 en sesión solemne de dicha institución. Casi en la pubertad aprendió a hacer tabacos. “Excelente y aventajado tabaquero, ganaba Eduardo Hidalgo Gato cuanto quería con la habilidad de sus manos”, continúa Alpízar, quien lo conoció y conversó ampliamente con él.

Al comienzo de la Guerra Grande, Eduardo se pone a las órdenes de Federico Pons, jefe del Departamento Occidental y desempeña varias comisiones de servicio. Los voluntarios de Bejucal lo delatan, y Pons lo oculta en La Habana en la casa de huéspedes propiedad del marido de una hermana del poeta cubano Francisco Orgaz. Luego Pons lo lleva al vapor La Alianza, que viaja a Nueva Orleans vía Cayo Hueso. Dice Alpízar que tras de mil peripecias, incluyendo un serio accidente con peligro de naufragio, los pasajeros fueron recogidos por una goleta, y finalmente Hidalgo Gato llega a Nueva York.

Allí, ni corto ni perezoso, Eduardo se alista en la expedición al mando del general Goicuria, que debía viajar en el vapor Katherine West. En espera del general, los tripulantes, entre los cuales estaba Juan Clemente Zenea, fueron apresados por una embarcación de la Marina de Guerra de Estados Unidos y conducidos al Arsenal de Brooklyn. Gracias a gestiones de la Junta Cubana de Nueva York, presidida por Miguel Aldama, los expedicionarios fueron liberados. Agrega Alpízar que Hidalgo Gato fue miembro de la 4ª Compañía de Infantería, y resume esta etapa de su vida con estas palabras: “Hay que decir, ajustándose a la verdad histórica, que antes de ser millonario, fue expedicionario y patriota.”

Durante la Guerra Chiquita, siendo su fortuna de tamaño mediano, Hidalgo Gato contribuyó con sumas tan grandes que causó asombro en los dirigentes de aquel intento. Nunca aceptó recibos ni comprobantes de sus donaciones, por lo que no se puede comprobar lo afirmado por Alpízar, que “…él solo dio más que ningún otro cubano para la Libertad de su Patria.”



Cuando comienza a organizarse el Partido Revolucionario Cubano, ya Eduardo Hidalgo Gato es sumamente rico, millonario. Apoya financieramente las actividades de Martí, pero no se limita a ello. Viajaba a Cuba con frecuencia como hombre de negocios, dueño de una fábrica de tabacos. La mayoría de los viajes los aprovechaba para llevar comunicaciones y órdenes relativas a los preparativos de guerra, a riesgo de ser descubierto y encarcelado o, más probablemente, fusilado.

Al producirse el desastre de Fernandina, Martí recurre nuevamente a la generosidad y el patriotismo de Hidalgo Gato. El 27 de octubre de 1894 le escribe una carta. Su texto parcial (faltan párrafos iniciales) ocupa cuatro páginas completas, 51-54, Tomo III, del Epistolario de José Martí, Colección de Libros Cubanos, Cultural, S.A., La Habana 1931. Martí le pide desesperadamente 5,000 pesos, ofreciendo plenas garantías de su devolución puesto que califica la operación de préstamo.

Grave error, lo del préstamo con garantía formal, lo cual no impidió la respuesta positiva que permitió a Martí viajar a Montecristi para reunirse con Máximo Gómez. Ya en marcha la Guerra Necesaria, el Gobierno de la República en Armas había acordado un empréstito mediante la venta de bonos a 25 centavos, con valor nominal de un peso pagadero al triunfo de la república. Una comisión visitó a Hidalgo Gato. El millonario que tanto dinero había dado se negó a comprar los bonos. Los comisionados apelaron a Estrada Palma. Don Tomás mandó a buscar a su amigo Hidalgo Gato y le preguntó los motivos de su negativa.

Volvamos al discurso de Alpízar, nieto por cierto de José Dolores Poyo.

Entonces, el señor Gato, con un rasgo muy suyo, suficiente a hacerle inmortal y a colocar su nombre junto al de los fundadores de la Libertad cubana, dijo así al venerable Estrada Palma:

“La Patria tiene derecho a exigirme dinero, sacrificios, esfuerzos y hasta la vida misma, si es preciso para su Libertad. Pero ni la Patria, ni usted, ni nadie tiene derecho a hacerme aceptar esos Bonos, que el día cercano del triunfo de nuestra causa, vendrían a destruir mi historia de sacrificios por la Libertad…Y para demostrar que no es porque me niegue a contribuir, como siempre, al fondo de la Guerra, ahí va ese cheque de $10,000.00 con los que contribuyo esta vez a la cuestación…”

Mi hija Mimi, tataranieta por línea materna de Eduardo Hidalgo Gato, recuerda que en la familia del patriota se guardaba con orgullo esta afirmación suya sobre los bonos: “La República no se hipoteca.”

BANQUETE DE TIRANOS




INTRODUCCIÓN

Ante la internacional camaradería pública en nuestros días de tiranos de países y lenguas diferentes tales como el ruso Vladimir Putin, el chino Xi Jinping, el iraní Alí Hoseiní Jamenei y, en nuestro continente, el nicaragüense Daniel Ortega, el venezolano Nicolás Maduro y el cubano Raúl Castro (o su ignorante títere, incapaz de administrar eficientemente ni un “puesto de fritas”) entre otros, Circe ‘desempolvó’ un trabajo mío sobre una polémica que tuvo lugar en la prensa miamense en 2008, catapultada por un artículo de Carlos Ripoll (1922-2011), y en la cual yo hube de inmiscuirme.

            Carlos Ripoll es el único cubano que conocí que fuera 3 veces exiliado. Primeramente siendo niño, cuando durante el machadato su padre decidió salir al exilio con su familia. Una vez terminado el período caótico que siguiera a la dictadura de Gerardo Machado, la familia regresó a Cuba. Luego, en el batistato, el joven Carlos Ripoll salió por sí mismo al exilio, regresando una vez derrocado el tirano Fulgencio Batista. Pero, tempranamente percatado del rumbo totalitario del castrismo, de nuevo abandonó el país. En el Exilio desarrolló una considerable obra historiográfica con Cuba impresa en medio de la mente, tratando de conjugar la falsificación de la Historia de Cuba por el totalitarismo. Al final, terminó siendo el que más investigaciones ha realizado y más libros ha publicado sobre la vida y la obra de José Martí, habiendo hecho del estudio y registro del acontecer martiano un objetivo de vida. Dada la profundidad, la calidad literaria, la objetividad histórica y la vastedad de su obra, ésta habrá de ser cantera imprescindible para cualquier estudio martiano futuro. Especialmente en una Cuba realmente cimentada en el ideario del Apóstol.[1]

A continuación, mi breve artículo.

E.L.

 

 

CARLOS RIPOLL Y LOS TIRANOS DEL BANQUETE

 

Por Eduardo Lolo

 

Visto desde mi óptica lejana (vivo en Nueva York), tal parece que se ha comenzado a producir en la prensa de Miami una especie de revisionismo histórico con tintes apologéticos de Gerardo Machado y Fulgencio Batista. Dan pie inicial a esta impresión los trabajos de José A. Mijares (“Presidente Gerardo Machado y Morales”, Diario las Américas, martes 20 de mayo de 2008) e Ivette Leyva Martínez (“Despierta singular interés vida y obra de Batista”, El Nuevo Herald, 23 de mayo de 2008) sobre esos conocidos personajes de la historia de Cuba.

            A raíz de la aparición de dichos escritos, el estudioso martiano Carlos Ripoll –quien siempre se ha caracterizado por salirle al paso a todo lo que considere falso, injusto o equivocado con relación a José Martí y/o Cuba–, envió a El Nuevo Herald un artículo titulado “Banquete de tiranos” (tomado de un verso martiano) que saldría publicado en ese diario el pasado 27 de junio y que la Editorial Dos Ríos (fundada por el mismo Ripoll) reproduciría poco después con igual título en forma de folleto.

En su reacción a los artículos de Mijares y Leyva Martínez, Ripoll llama al primero “una justificación del machadato” y acusa a la segunda de “ofrecer una cándida memoria de Batista”. Una lectura atenta de los trabajos que Ripoll refuta dan la impresión de que ambos autores olvidaron que las tiranías se diferencian entre sí únicamente por ser unas peores que otras, pues nada bueno desde el punto de vista histórico puede atribuirse a quien cercene, viole o destruya un orden democrático legalmente constituido, por muy imperfecto que éste sea y por muy variadas y vistosas que sean las razones –reales o inventadas– que se esgriman a manera de justificación. Tampoco es determinante el comportamiento del tirano previo a su constitución como tal: si algo de bueno hizo antes de convertirse en dictador, su propia deformación histórica lo anula moralmente por deshonra.

Si Machado no se hubiera vuelto un tirano, no se habría producido la Revolución del 33 y Batista no habría tomado la historia por asalto. Es posible que éste hubiera alcanzado de todas formas los grados de general por méritos castrenses honrosos, o que simplemente, ya anciano, se hubiera retirado de sargento taquígrafo para cuidar nietos en Banes, finales ambos que pudieran haber sido igualmente dignos. Por la misma razón, sin el Golpe de Estado de 1952 no se habría producido el ataque al Cuartel Moncada en 1953 y mucho menos la Revolución del 59, siendo lo más probable que Fidel Castro hubiera terminado asesinado en una callejuela habanera en un tiroteo entre gángsteres ‘políticos’ de poca monta. Un dictador dio pie a la emergencia del siguiente, en una especie de tétrica carrera de relevos ensangrentada.

            El lógico razonamiento anterior, sin embargo, todo parece indicar que constituye un juicio ‘incorrectamente político’ en cierto sector del actual ambiente intelectual miamense. La unidad y semejanza de las tiranías por su raíz similar o aproximada, al parecer se quiere sustituir por una división entre ‘tiranías malas’ y ‘tiranías buenas’, reservándose en la historia de Cuba el primer rótulo para el castrismo y, por probadas diferencias en el nivel de barbarie, endulzándose el machadato y el batistato con el segundo. Ello es algo que considero podría inferirse del tono y la posible intención de la ‘respuesta’ de Emilio Ichikawa (“No es propaganda, ¡es la historia!”, El Nuevo Herald, 25 de septiembre de 2008) al artículo de Ripoll.

El trabajo de Ichikawa debe haber sido escrito con mucha premura o al descuido, pues desde el mismo principio adolece de evidentes inexactitudes, como cuando hace referencia a dos artículos de Ripoll a los que objeta, cuando en realidad se trata de uno solo. Más adelante pone en boca (o en pluma) de Ripoll cosas que no aparecen en el trabajo que rechaza, como al aseverar que “Ripoll se posiciona en la creencia de que hay que criticar más a las figuras republicanas y no tanto a Castro” cuando pocos intelectuales como Carlos Ripoll han criticado tanto, tan profundamente y por tanto tiempo a Fidel Castro y su régimen (y claro que Ichikawa no puede comparársele ni en constancia ni en profundidad en el intento).

Pero donde parece haber una mala intención rayana en el vituperio es cuando asevera que “Banquete de tiranos, de Carlos Ripoll, puede ser leído y hasta aplaudido en cualquiera de las Escuelas del Partido de la Isla”. Aun cuando los alumnos y ‘profesores’ de dichas ‘escuelas’ desconozcan el resto de la obra de Ripoll, resulta absurdo y ridículo pensar que habrían de leer y aplaudir un texto que, entre otras cosas, asevera que Fidel Castro “con todo derecho ocuparía puesto de honor” en el señalado Banquete de Tiranos, o que dejaran pasar por alto el evidente paralelo que hace Ripoll entre las Damas de Blanco del castrismo y las Mujeres Martianas del batistato en la versión ilustrada de la Editorial Dos Ríos.

Ichikawa titula su trabajo “No es propaganda, ¡es la historia!”, el cual justifica al señalar que, en sus juicios sobre el artículo dedicado a Machado, Ripoll “parte rebajando el texto con malicia al llamarlo ‘publicidad’. Este lance marcará ya todo el tono de su réplica”. Pero es el caso que el marbete de “publicidad” no fue inventado por Ripoll ni constituye una interpretación suya del texto que refuta, sino que puede leerse calzando las tres páginas del número del Diario las Américas en que aparece el trabajo sobre Machado en cuestión, de donde se desprende que éste no era más que un anuncio pagado en forma de artículo periodístico. De no ser así, habría que asumir que se trata de una semejante errata triple (no enmendada hasta donde tengo conocimiento), lo cual, aunque posible, no resulta lógico ni probable. ¿Es que Ichikawa ni siquiera se tomó el trabajo de leer con cuidado el artículo que defiende? Si lo hizo, cómo es que no se dio cuenta de que, contrario a lo que pregona con su título, no era historia, sino propaganda. Ante semejante incongruencia entonces cabría preguntarse: ¿Quién intenta rebajar a quién con malicia?

            El hecho de que Fidel Castro haya opacado en el horror a sus predecesores, no los libra de culpa. Un tirano es un tirano es un tirano. Ni justificaciones históricas ni colores ideológicos políticamente ‘correctos’ sirven de atenuantes para juzgar a ninguno de ellos. En realidad, no hay lenitivo alguno a la hora de enjuiciar a un dictador: una tiranía, por su propia naturaleza, es una prueba de cargo. Irrefutable.

 

 

(Tomado del extinto cibersitio del Exilio La Nueva Cuba, publicado el 27 de octubre de 2008.)



[1] Ver Su mano franca: acerca de Carlos Ripoll. Ed. de Eduardo Lolo. Miami: Alexandria Library, 2010.