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Monday, July 3, 2023

FALLECE EL COLEGA RAFAEL E. SAUMELL


Con profunda tristeza damos a conocer el fallecimiento de nuestro colega Rafael E. Saumell (1951-2023). Al momento de su deceso, y entre otros galardones, era Miembro Numerario de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y Miembro Correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Llegado al exilio en 1988 luego de sufrir los rigores del Presidio Político castrista, escribió y publicó un libro icónico de la historiografía cubana del destierro: La cárcel letrada: narrativa carcelaria cubana (2012) además de otra obra de narrativa histórica: En Cuba todo el mundo canta. Memorias noveladas de un expreso político (2008), ambos seleccionados entre los mejores libros de autores cubanos exiliados en los años de sus primeras ediciones. Además de ello, decenas de trabajos suyos individuales han sido publicados en revistas, compilaciones y antologías de carácter académico y en la prensa cubana de la diáspora. Paralelamente a su labor de escritor, desarrolló una exitosa carrera profesoral en varias universidades de los EE.UU., por la cual recibió diversos premios. Al morir, ostentaba el título de Profesor Emérito de Español, concedido por la Houston State University, de Texas. 

Vaya hasta su familia y sus colegas texanos nuestra solidaridad ante tamaña y prematura pérdida, que es también pérdida de nuestra institución y del Exilio cubano todo. Otro cubano más que habrá de yacer en una tumba incómoda, como es toda sepultura fuera de la Patria. QPD.

 

Dr. Octavio de la Suarée, presidente AHCE              Dr. Eduardo Lolo, secretario AHCE

 

 

A continuación, el Blog de nuestra organización reproduce un importante trabajo de Rafael E. Saumell, publicado en el Anuario Histórico Cubanoamericano No 4 (2020): 210-224.

 

 PROPAGANDA ENEMIGA


Rafael E. Saumell


¿Qué es un escritor? Una persona que escribe libros. La respuesta no es original. ¿Qué es un censor literario? Un funcionario que los prohíbe por diversas razones: porque se trata de su empleo, para evitar la contaminación de ciertas ideas que no deben circular pero sí perseguir, para prevenir que la indecencia y la pornografía se apoderen de las mentes sanas. ¿Qué es un crítico? Una persona que señala lo bien y lo mal hecho. ¿Qué es un juez? Alguien que sentencia a favor de la legalidad cuando ni el escritor, ni el censor, ni el crítico se ponen de acuerdo. ¿Qué es un policía? Una persona que puede encarcelar al escritor, al censor, al crítico y al juez. ¿Quién arresta al policía? Otro policía con la ayuda del juez que firmó la orden para detener a todos los anteriores.

Ya casi estamos de acuerdo. Sin embargo, hay un elemento nuevo: la propaganda enemiga. Dice el Código Penal de Cuba:



Artículo 103-1. Incurre en sanción de privación de libertad de uno a ocho años el que:

a) incite contra el orden social, la solidaridad internacional o el Estado socialista, mediante la propaganda oral o escrita o en cualquier otra forma;

b) confeccione, distribuya o posea propaganda del carácter mencionado en el inciso anterior.

2. El que difunda noticias falsas o predicciones maliciosas tendentes a causar alarma o descontento en la población, o desorden público, incurre en sanción de privación de libertad de uno a cuatro años.

3. Si para la ejecución de los hechos previstos en los apartados anteriores, se utilizan medios de difusión masiva, la sanción de privación de libertad es de siete a quince años.

4. El que permita la utilización de los medios de difusión masiva a que se refiere el apartado anterior, incurre en sanción de privación de libertad de uno a cuatro años.



Yo soy un escritor aislado, individual, refugiado en una biblioteca polvorienta, anónima y casi privada. Mejor dicho, soy el escritor de un libro de cuentos que no es propaganda. ¿Qué es propaganda? Podría redactar un texto filosófico, sociológico, político, amigo o enemigo del tema. Haré más sencillo el asunto. El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) dice:



“Del lat. mod. [Congregatio de] propaganda [fide] '[Congregación para] la propagación [de la fe]', congregación de la curia romana encargada de las misiones, que fundó Gregorio XV en 1622.

1. f. Acción y efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores.

2. f. Textos, trabajos y medios empleados para la propaganda.

3. f. Asociación cuyo fin es propagar doctrinas, opiniones, etc.

4. f. Rel. En la Iglesia católica, organismo de la curia romana encargado de la propagación de la fe”.

Hay un vocablo sinónimo: propalar, es decir, divulgar una cosa oculta. Falta el sustantivo adjetivado enemigo: “Del lat. inimīcus. Sups. irregs. enemicísimo, p. us., inimicísimo, desus.; reg., enemiguísimo.

1. adj. contrario (‖ que se muestra completamente diferente).

2. adj. Dicho de una persona o de un país: Contrarios en una guerra. U. t. c. s. m.

3. m. y f. Persona que tiene mala voluntad a otra y le desea o hace mal.

4. m. Conjunto de personas o de países contrarios a otros en una guerra.

5. m. En el derecho antiguo, hombre que había dado muerte al padre, a la madre o a alguno de los parientes de otro dentro del cuarto grado, le había acusado de un delito grave, etc.”


El diccionario no sirve para explicar qué me pasó. Había escrito un libro de cuentos y unos cuantos poemas, todos permanecían inéditos. Sólo los habían leído unos cuantos amigos, pero uno de ellos no lo era tanto y por eso actuó como censor, delator y crítico. Me denunció ante la policía, me detuvieron, fui presentado al Tribunal Provincial de La Habana, Sala de los delitos contra la Seguridad del Estado. Me condenaron a cinco años de cárcel.

Leo la sentencia diecinueve de mil novecientos ochenta y dos emitida por los cinco jueces: “…[el acusado] se dedicaba a escribir materiales de contenido contrarrevolucionario, vejaminosos y denigrantes contra figuras del Estado y del Partido Comunista de Cuba e incitan contra el orden social, la solidaridad internacional y el Estado socialista, conservando en su poder muchos de dichos materiales, que le fueron ocupados en su domicilio…tales como los intitulados “Historia de una infamia”, “El automóvil”, “Cirilo el jefe”, “Emilio parodia mal a Baudelaire”, “Me voy de viaje” y otros con ese carácter, que no se han probado otros hechos que, digo, ni que ocurrieran en otra forma distinta a la narrada”. Incitar, ¿qué significa ese verbo en las mentes de un policía y de un juez? No lo sé, pero en el diccionario se lee: “Del lat. Incitāre.tr. Inducir con fuerza a alguien a una acción.”

¡Ya! Según esos señores yo moví o estimulé a alguien, ¿a quién?, para que ejecutara una cosa, ¿cuál? Bueno, comprendo, a ciertos lectores, digamos Máximo Palenzuela, mi lector-delator, a Adolfo Martí Fuentes y a José Martínez Matos, uno poeta el otro cuentista, ambos peritos literario-policiales, para que colaboraran con la policía, indignados como estaban por el contenido de mis “materiales contrarrevolucionarios”, persuadieron a los militares sobre la peligrosidad de mi obra, convencieron a los jueces que escucharon el caso y contribuyeron a que los magistrados me privaran de libertad.

Lamentablemente, con semejantes entuertos yo aún no sé en qué consiste la propaganda enemiga, aunque sí sé muy bien lo que me vino encima. Para imaginarlo basta con que alguien haya visto la adaptación cinematográfica de El proceso de Franz Kafka hecha por Orson Welles. Me despertaron bien temprano, empecé a escuchar un montón de preguntas, me sacaron de la casa hacia Villa Marista, sede de los servicios de contrainteligencia. Allí me hicieron la acusación oficial: propaganda enemiga, ¡Cuidado!

Dormía al lado de mi esposa Manena. En el cuarto de al lado estaban nuestros hijos, Abdel, seis años, Michael, unos dos meses. Nos despertaron unas voces irreverentes. Abrí los ojos, me levanté para ver quiénes llamaban. Cuatro policías, tres de uniforme y otro de civil: me mostraron una orden de registro en busca de propaganda enemiga.

Pensé, creo: Rebelión en la granja, 1984, La gran estafa, Mi lucha, Discurso de la Cortina de Hierro, Tratado de Sociología General, El estado burocrático, La doctrina del fascismo, La decadencia de Occidente, Fuera del juego, Tres Tristes Tigres, Eros y la civilización, Los guerrilleros en el poder, Cuba, est-elle socialiste?, Desde mi silla de ruedas, Les temps modernes, Selecciones del Reader’s Digest, Vanidades, Proceso, Diario de las Américas, Mundo Nuevo, Le Point, L”Express, The Washington Post, The New York Times, Cambio 16, El País, Films and Filming…


¿Qué rayos es propaganda enemiga? Mi esposa Manena y yo tuvimos que desalojar el cuarto. Los niños podían continuar en sus camas. Un policía se sentó a la mesa del comedor donde ya estaban mi cuñado y su esposa. Menos el agente uniformado, todos nos veíamos desaliñados y desconcertados. El de civil dirigía la requisa. Libro por libro, página por página, papel por papel, gaveta por gaveta, escondrijo por escondrijo, lámpara por lámpara, bombillo por bombillo, cinta por cinta, revista por revista, periódico por periódico, archivo por archivo, lápiz por lápiz, bolígrafo por bolígrafo, armario por armario, ojo por ojo, diente por diente.

Me asomé a la ventana del comedor que tiene rejas gruesas, tantos como los barrotes de una cárcel. Miré hacia lo alto, hacia la luz y las puertas cerradas de las casas de mis vecinos. Las detallé como si fuese un escritor barroco, a lo Carpentier y a lo Lezama, porque no sabía cuándo volvería a verlas. Me sabía condenado aunque nadie me hubiera dicho nada, aunque ninguno de los guardias me lo hubiera gritado a la cara, aunque no existiera aún la acusación del fiscal, aunque no hubiera juicio oral por el momento, aunque no decretaran sentencia, aunque aún no conociera aún las puertas selladas con planchas metálicas, ni las paredes de estuco, ni las literas de hierro, ni las celdas sin ventanas, ni las letrinas turcas, ni los trajes amarillos sin mangas, ni los silbidos de los escoltas, ni la severidad del interrogador, ni los cuartitos de inquisición con aquella luz blanca, ni las sillas para detenidos, ni el terror, ni los pasillos largos, mudos e interminables de Villa Marista.

“Historia de una infamia” es el relato de un oportunista con suerte, escritor y diplomático que deserta durante una misión en el exterior, pero resulta secuestrado por un grupo de opositores al gobierno que aparenta representar. Lo toman de rehén a cambio de la liberación de presos políticos. El hombre muere a manos de sus captores después de sufrir y de confesar su verdadera identidad a quienes lo ejecutaron.

“El automóvil” se basa en la descripción del vehículo donde viajaba Anastasio Somoza, hijo, de quien se decía que había probado él mismo la calidad del blindaje de su coche con una potente ametralladora. No se le ocurrió utilizar una bazuka.

“Cirilo el jefe” se inspira en la historia de un “tapadito”, un simulador, dirigente sindical que salió de Cuba por el puente de El Mariel cuando los demás lo creían ocupado en atender la salud de su esposa.

“Emilio parodia mal a Baudelaire” reproduce el monólogo de un intelectual que se aburre en una reunión de obreros donde la mayoría de sus colegas repiten como loros un discurso en el cual no creen.

“Me voy de viaje” tiene que ver con la traición, la pusilanimidad y la sorpresa extrema que recibe un hombre el día en que se arriesga a escapar de un mundo que aborrece.

En esos relatos había puesto las vidas mías y de mis amigos, hermanos y detractores, de los ilusos y de los crueles, de quienes blasfemaron contra aquéllos que hasta el día anterior habían sido vecinos, compañeros de oficina, de taller, de ómnibus, de barras, de colas, de expectativas y angustias.

Titulé la colección con un préstamo tomado a Vicente García de Diego y de su poema “El juego inacabable de la mar”, que reproduzco a continuación:



Dos tiempos es uno

Lo que fue vive en mí de tal manera

Que es vivir de verdad, no recordar;

No es eso que de pronto viene a verme

O toca con su dedo en mi cristal.

Lo que se fue ha quedado en mí infundido

Y casi todo lo que él fue soy yo;

Creo que es mañana lo que pasa ahora

Y no recuerdo bien si se marchó

Dudo si es él, que al fin se ha detenido,

O si yo, confundido, vuelvo atrás

Y miro con los ojos el pasado

Y es la memoria la que ha de mirar

Vivir entre dos tiempos es hermoso:

Es no sentirse nunca en soledad,

Es el alma entre calmas y mareas,

El juego inacabable de la mar

Casi todo sucede así en la vida

Y es como un entremijo cada ser

Un adobado extraño el de las cosas,

Uno solo el ahora y el ayer.



En 1980, a partir de los sucesos de la Embajada del Perú y el éxodo del Mariel, el país, o sea, los amigos y los enemigos, todos nos habíamos partido en dos, un sector de la población desfilaba y vociferaba contra la otra a lo largo de la quinta avenida, en jornadas que nunca debieron producirse. Unos lanzaban piedras, papas, huevos, insultos contra los que querían emigrar. A veces los forzaban a arrodillarse, a besar los testículos de cartón de un muñeco llamado Tío Sam. La ira oficial ocasionó lesionados y muertos. Mis ojos, mi piel, mis vísceras, mi corazón y lucidez registraron esas conductas. Yo quise escribirlas y perpetuarlas para exorcizarme y liberar las penas de aquellos meses.

No tenía por qué pedir autorización para hacer versos y cuentos sobre aquellos días terribles. O los escribía o no valía la pena ser escritor. En la celda cuatro de Villa Marista seguí armando poemas que ya he olvidado. Uno se llamó “Te amaré”, declaración de amor a mi esposa, abandonada y casi enloquecida, tan parecida a la Jeanne de Modigliani. Dediqué cánticos a mis hijos, a mi padre, a mi madre, al joven Ramón, con quien compartía aquel cementerio de vivos.

La noche en que me condujeron a la fortaleza-prisión de La Cabaña había jaleo en las galeras de los presos comunes. Se entretenían con un campeonato de boxeo mientras yo iba perdiendo las señas de hombre civil en el lapso de un pestañear: la melena de caracoles, la barba, la ropa civil. Me impusieron un uniforme gris, con rayas negras al costado de los pantalones. Me dieron un número de presidiario, 736193. Me llevaron a una zona de la penitenciaría más oscura que las otras, con cuatro grutas bien húmedas donde vivían cientos de hombres, algunos de los cuales nunca saldrían de allí con vida porque se suicidarían, morirían de vejez, de infartos o de balas por fusilamiento. Otros enloquecerían, se volverían decrépitos.

Viví entre espías, ex oficiales del ejército, la marina, la aviación y la policía de Batista, guerrilleros del Escambray, de Sierra Maestra, del llano, de los movimientos 26 de julio y 13 de marzo, del partido comunista de Blas Roca y los hermanos Escalante, antiguos colaboradores de Castro en el asalto al cuartel Moncada y en el desembarco del yate Granma, ex-jueces, ex-fiscales, ex-abogados, conspiradores, saboteadores, piratas del mar y del aire, marineros de esquinas o de botes, antiguos exiliados sacados de embajadas, propagandistas de rumores, de noticias censuradas, de chistes, de malos pronósticos, de versos, de diarios con citas no citables, de poemas, de novelas, de ensayos, de caricaturas humorísticas.

Eran parte del mismo país dejado atrás, silenciados por la prensa única. Podría hacer una lista larga de nombres y apellidos, basta con recordar la extensión de la desgracia con la cifra de presidiario que me tocó, 736193, y que ha seguido creciendo hasta nuestros días.

Lejos y cerca de nosotros se hallaba la otra nación: la participante en zafras azucareras, los estudiantes de las escuelas en el campo, los obreros y los militares internacionalistas, médicos y enfermeras, atletas célebres, informantes de los comités de defensa de la revolución y de la policía política, de escritores y artistas que sirven a los aparatos de represión.

Los familiares de los presos asisten a las visitas programadas, cargan jabas con galletas de sal y de dulce, barras de guayaba, turrones, caramelos, bolígrafos, jabones, desodorantes, talcos, revistas y libros autorizados. ¿De dónde habrán sacado tales mercancías? Van a reunirse con hijos, hermanos, padres, esposos. Se someten a requisas implacables.

En el salón los presos aguardan vestidos con sus mejores uniformes, afeitados, pelados, sonrientes, bromistas, angustiados, inquietos, preocupados, deseosos de hablar, preguntar, indagar, para dejar de sufrir por un par de horas hasta que los guardias ordenan el fin de aquello, sin cesar de caminar y de escudriñar a cada persona, civil y recluso, repitiendo que se acabó la visita entre adioses, tristezas, abrazos, besos, lágrimas, nerviosismos, por los años de los años.

Regreso al mundo de las huelgas de hambre, de los alimentos mal cocinados y magros, del spaghetti blanco e insípido, de los plátanos hervidos y con sabor a plástico, de los huevos salcochados, del arroz con gorgojos, de granos de soya nadando en un líquido indefinible, de pescados sin masa pero con espinas. Vuelta a la atmósfera de las pesquisas sorpresivas, los soldados cayendo en aluviones sobre las celdas. Hurgan para descubrir lo ocultado. Se llevan libros, diccionarios, diarios de apuntes, fotos. En las celdas el paisaje es una perfecta ruina.

De pronto uno se entera que han fusilado al hermano de un compañero y al esposo de su sobrina. Es el hombre que compone décimas, te las ha dado a leer para que revises la ortografía. A veces te ha confiado una carta escrita a la esposa, también sentenciada. Es mediodía, a unas horas de la ejecución ocurrida en la madrugada. Das el pésame, decides no almorzar, aunque te mueres de hambre, te acuestas bajo el peso del silencio que ha reprimido las energías de todos, recuerdas a otros muertos en los fosos de La Cabaña, por ejemplo, Juan Clemente Zenea, recitas en voz tenue sus versos originalmente anotados sobre un pañuelo, con el aceite de la lámpara que iluminaba sus últimos momentos:“¡Y ninguno, ninguno se ha lanzado/A arrebatar la víctima indignado/ ¡De los brazos horribles de la muerte!”

No recuerdo cuándo decidí suicidarme. Comencé a juntar pastillas de psicofármacos, las trituraba con el tacón de mis botas, pacientemente. Me hice de frasquitos de cristal, robados de la enfermería, los molía a pisotones, evitaba los ruidos y las sospechas de los insomnes que apenas descansaban a partir de las 10 p.m. pues andaban afiebrados por la zozobra de las condenas que pendían sobre ellos.

La noche arribó súbita al final de aquel año húmedo. Después de que el oficial de guardia ordenó silencio apagaron los televisores de las galeras. Algunos formaron pequeños grupos en los pasillos que median entre las literas y se dedicaron a conversar de cualquier asunto. Esperé y cuando no pude aguantar más me levanté de la cama.

Empecé a tragar el polvo de las tabletas. A cada sorbo pensaba en mis hijos Abdel y Michael, en Manena, en mis padres, en la vida que iba dejando, en los fulgores del tiempo ido y la miseria del futuro, en la vergüenza de mi acto, en el estupor de mis compañeros al hallarme muerto a la mañana siguiente justo antes del recuento, en la reacción de los guardias, en el impacto que tendrían las cartas que había preparado para mi esposa, las autoridades de la cárcel, los hombres de la galera dos, zona uno, prisión de San Carlos de la Cabaña.

Las ingerí hasta que no quedó más que el papel de los envoltorios. Me dirigí al baño con una cuchilla de afeitar, nueva, entre las manos, que había escamoteado al jefe de la galera a la hora en que mandaron a rasurarnos. Me agaché, me corté el lado izquierdo del cuello con suavidad. Me fijé en el clavo de unas dos pulgadas de largo que servía para cerrar la puerta. En el lugar de la herida introduje el clavo y raspé la piel abierta. La sangre brotaba con fluidez, me sentía débil y mareado.

Con esfuerzo salí de la letrina y me metí en la cama. Me tapé con una colcha, anudé una toalla alrededor del cuello para que nadie se percatara de la sangre derramada. Sin embargo, mi vecino de los altos había venido observando mis pasos, no pasó mucho rato para darse cuenta de lo que sucedía. Gritó bien alto, despertó a todos. Ahora recuerdo en penumbras que alguien me conducía a la enfermería ubicada en la zona de los presos comunes.

Allí había un médico-recluso, el doctor Mario Zaldívar Batista. Al despertar me habían hecho un lavado de estómago y taponado la herida sin coserla hasta que un médico-militar mandó a cerrarla unas seis horas después. Un preso-enfermero, habituado a lidiar con caras sajadas, puñaladas y pinchazos, cerró la zanja del cuello. Quiero repetir unas palabras del Apocalipsis: “El mar entregó sus muertos y el reino de la muerte entregó los muertos que había en él; y todos fueron juzgados, cada uno conforme a lo que había hecho.” Aunque sobreviví algo se había marchado y se fue desde entonces.

Qué poemas escribiría, de qué clase de vida haría cantos, el pasado en fuga, el presente enterrado en una mazmorra, el futuro a cargo de los perros que caminarían entre las alambradas, los reflectores de las garitas, soldados que portarían fusiles con balas prestas a segar la libertad de quienes osaran escapar. De retorno a la galera nadie me trató como víctima, nadie me reprochó por cobarde, pero yo sabía que era un ladrón como afirmó el poeta.

En qué país viviría, en qué calles, cuáles olores abundarían, cómo serían La Habana y Santiago de Cuba, las gentes, las muchachas embarazadas, los primos de la infancia, las avenidas sucias y llenas de baches, los edificios y las casas del barrio, las guaguas, las oficinas, los estudios de radio y televisión donde había trabajado, los hijos, la mujer, este destierro en el hogar sólo visto por los ojos de la memoria, cantando bajito aquel son antiguo: “Oh, La Habana, Oh, La Habana, quien no la ve no la ama”.

Una vez inventé un personaje suicida que apuntó en su cuaderno estas meditaciones: “Con los años he buscado siempre la eternidad, lo que pudiera escapar al tiempo sin envejecer, más allá de la propia vida que nos ha tocado. Un poeta, digamos Lezama Lima, ha creído en la resurrección porque es imposible, sabiendo que la imagen poética es el único don concedido al hombre para alcanzar la fijeza. Es la vía para saldar las deudas con los vivos y con los muertos que forman nuestra existencia, siempre dentro de los límites de la fugacidad (“ah, que tú escapes…”), dando cuerpo y alma a criaturas que luego de estar entre nosotros pasan adentro, llenando con sus voces y sus maneras de ser nuestro universo creador.”

“No puede haber juicio concluyente sobre nadie hasta que la vida no haya sido borrada. Cuánto dejamos, cuál testimonio, ésa es la eternidad, ésa es la poesía, la respuesta a la muerte, la derrota a la vejez y al tiempo devorador, por la intemporalidad de la poesía, hecha en el lapso de una existencia se ha prolongado a sí misma con la sola juventud de la creatividad permanente”.

Poesía de lo sucedido, de lo anterior para anclar en la identidad extraviada, por la responsabilidad violenta de la literatura, capaz de convertir a una persona en un reo no metafórico de sus palabras. Reconquistar lo acontecido hasta que el futuro se imponga y haga la justicia, compartir el hambre, la soledad, las golpizas, los insomnios, el encierro, la incomunicación, la rabia, las furias, los rencores, las polémicas, los ríos divisorios.

Hasta que esa verdad no se asiente como la prueba de lo ocurrido y señal de lo evitable, no aceptar la concordia ni permitir que la vida se falsee ni se esconda en versos clandestinos. ¿Qué me propongo? No traicionarme para no ser traicionado. Seguir la espiral de las imágenes hasta el punto en que la vida merezca ser elogiada y no lamentada, forcejear con mi pasado para no hincarme de rodillas ante el presente y entregar los hilos del mensaje que estoy obligado a tejer para mis relevos.

Ésa es la lección de mi muerte truncada, esos los signos del compromiso. Vencer, incluso, el rencor para poder conversar con el funcionario que proclama: “nadie estuvo preso, jamás, por su obra.” Convencerlo de que miente y engaña, porque aquí más de una ha ido a la cárcel con su dueño. Un verso, una novela, un dibujo, un cuadro, un filme, una sinfonía pueden trastornar a burócratas y delatores.

La evidencia de que una persona escribe sobre estas melancolías es prueba de que el crimen ha sido cometido muchas veces. La propaganda enemiga no existe en materia de creación literaria o artística. No hay excusas para atropellar la razón ni la polémica. La nación pide que no se estanquen las ideas en las oficinas de unos pocos funcionarios jamás elegidos.

La propaganda enemiga promueve la autocensura, el miedo, los exilios internos y externos. Son propagandistas enemigos quienes se confieren la potestad de acallar a quienes discrepan, quienes pretenden imponer de qué forma y fondo son los versos y los destierros.

En una ocasión leí que en Latinoamérica la entrada de un escritor a la prisión constituye un natural accidente de trabajo. Es cierto. Acá, en Cuba, donde la veleidad institucional es la norma, donde los ministros cambian como los partes meteorológicos, nada resulta más permanente que un calabozo. Hágase la estadística y se comprobará que desde 1959 en la Unión de Escritores y Artistas ha habido más bajas, proporcionalmente, que en las unidades militares y policiales.

No nos engañemos. Ni los escritores ni los artistas hacemos propaganda enemiga. Ésa es una clasificación del poder para atemorizar a los que ejercen el pensamiento independiente. Hay muchas incongruencias en Cuba: se fundan editoriales al mismo tiempo que se construyen prisiones, se abren las puertas al turismo extranjero, pero no a las ideas; se inauguran escuelas y se siembra el país con agentes policiales; se repudian la tortura y la pena de muerte en congresos internacionales y se practican ambas detrás de nuestras propias murallas; se cierran cuarteles, pero se levantan unidades militares.

Quienes promueven la propaganda enemiga son los mismos fabricantes de las desigualdades señaladas arriba. Las amparan los colaboracionistas que callan o aplauden el encarcelamiento de un disidente. Felizmente, el pueblo de Cuba no está casado con el gobierno actual hasta que la muerte los separe.

Saturday, July 1, 2023

Entrevista a Rafael Saumell*

Por Luis Felipe Rojas

Rafael Saumell escuchó la emisora en la prisión en que lo tenían recluído por motivos políticos y Leticia Ramos deja la radio prendida cuando sale de casa. Hoy presentamos la Radio Martí que cada uno se ha buscado pegados al dial.

El primer pretexto del gobierno cubano fue decir que el nombre ofendía el orgullo nacional, y por inferencia la llamaron ‘radio anticubana’, como anticubano era cada uno de los que la escuchaban a escondidas. Era el 20 de mayo de 1985, y la voz de Moisés López anunciaba: “Muy Buenos días, escuchan la primera transmisión de Radio Martí, programa de información de La Voz de los Estados Unidos de América”.
Rafael Saumell, escritor cubano.
Rafael Saumell, escritor cubano.
El escritor y profesor Rafael Saumell pasó varios años encerrado en los fosos de la prisión La cabaña, en La Habana, del tiempo en que estuvo en Guanajay recuerda que fue precisamente allí donde escuchó Radio Martí (RM) por primera ocasión.

“Yo puedo decir que con orgullo y tremenda curiosidad –y con una suerte enorme, precisa- gracias un compañero preso político en la cárcel de Guanajay se inventó una radio de Galena, pude escuchar las primeras emisiones de RM desde la cárcel y para mí eso siempre significó lo que yo siempre he dicho: “No hay proja que taje una nube de ideas”, que es un frase de José Martí”, afirmó Saumell.

El hoy profesor de literatura y residente en el estado de Texas, concluye: “Por primera vez tuvimos una voz los que no teníamos voz en Cuba”.

*Tomado de Radio Martí



Rafael E. Saumell Muñoz (1951-2023)

 

En la tarde del 30 de junio, falleció víctima de una larga enfermedad, el Doctor en Literatura en lengua española, miembro de la AHCE y colaborador de este blog Rafael E. Saumell Muñoz. Saumell falleció en su casa, en la ciudad de Huntsville, Texas

Nacido en La Habana, Cuba (1951), Rafael E. Saumell Muñoz fue escritor, crítico literario y profesor de español y literatura hispanoamericana en Sam Houston State University (SHSU), Texas. Estuvo a cargo del Programa de Maestría en Español desde 2011 hasta 2018. Residió en los Estados Unidos de América desde 1988. Era Licenciado en Lingüística Francesa (1978) por la Universidad de La Habana. Se graduó con un doctorado en español (1994) por Washington University en St. Louis, Missouri (1994). Fue electo Colaborador de la ANLE en 2009 y Miembro Correspondiente en 2012.

En Cuba publicó artículos de ensayo en las revistas Unión, El Caimán Barbudo y Materiales sobre Propaganda. Fungió como editor de la Revista Cubana de Ciencia Agrícola. Asimismo, trabajó como guionista y director de programas de radio (Radio Progreso, CMBF-Radio Musical Nacional) y televisión (Canal 6). Ex miembro de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba (UNEAC). En octubre de 1981, debido al contenido de una colección de cuentos no publicados, fue arrestado por el Departamento de Seguridad del Estado (DSE) y posteriormente sancionado a cinco años de privación de libertad por el delito de Propaganda Enemiga. Por orden de las autoridades, su libro sobre la radio y la TV en Cuba (La corte del supremo espectáculo, Ediciones Unión), fue convertido en pulpa. Fue excarcelado en 1986. En ese período (1981-1986), y junto a otros presos políticos, se unió al Comité Cubano Pro Derechos Humanos, primera institución de su género después de la revolución de 1959.

Saumell fue miembro de Modern Language Association, Academia de la Historia de Cuba en elExilio, Comité Pro Democracia Octavio Paz, Club Literario Cronopios (Houston, TX), del Consejo Editorial de Otro Lunes, Revista Hispanoamericana de Cultura. Igualmente, y del Consejo Editorial Académica de The Measure. A Journal of Undergraduate Research (SHSU).

Saumell fue autor de dos libros: En Cuba todo el mundo canta. Testimonio novelado de un ex preso político (Madrid: Editorial Betania, 2008) y La cárcel letrada: narrativa carcelaria cubana (Madrid: Editorial Betania, 2013). Sus ensayos académicos han sido incluidos en distintas colecciones publicadas por varias editoriales en los EE.UU. (Florida, New York y Texas University Press), Chile, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, la antigua Unión Soviética y Uruguay. Algunas de sus obras han sido traducidas al francés, inglés y ruso. El relato “¡Tírale por la cara!” ganó el Concurso Querido Borges (2005) y “Blanquita, qué trágica eres”, resultó incluido en la antología Los académicos cuentan de la ANLE (2014).

Artículos y reseñas suyos han aparecido en Revista Iberoamericana, Otro Lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura, The Encyclopedia of Postcolonial Studies, RANLE, Revista de Estudios Hispánicos, Hispania, Revista Hispano-Cubana, The National Association of Hispanic and Latino Studies, Círculo: Revista de Cultura, AfroCuban Anthology Journal, Encuentro de la Cultura Cubana, L’Ordinaire Latino Américain, La Habana Elegante, Literal, Cuadernos del Lazarillo, Linden Lane Magazine, Review/Revista Monográfica. MELUS, Research in African Literatures.

Participó en numerosas conferencias académicas organizadas por instituciones regionales, nacionales e internacionales. Sus temas docentes y de investigación se centraban en los derechos humanos y su tratamiento en literatura y cine, a través de las obras de autores hispanoamericanos y de Europa del Este (antes llamado campo socialista) durante los siglos XIX y XX.

Nuestra institución siente mucho una muerte que se nos hace temprana y le hace llegar a sus familiares las más sentidas condolencias.

Thursday, February 10, 2022

“Alberto Saumell Soto: un testimonio recuperado sobre Jesús Menéndez”

Por Rafael E. Saumell

El 22 de enero de 1948, cerca de las nueve y media de la mañana, dos destacados políticos cubanos, Jesús Menéndez Larrondo (1911-1948) y Alberto “Beto” Saumell Soto (1908-1991), se conocieron y reunieron en la oficina del segundo en la ciudad de Bayamo donde este ocupaba el cargo de alcalde desde 1944. Representaban dos bandos políticos opuestos: el Partido Socialista [Comunista] Popular (PSP), y el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo)[1]. Horas más tarde, Menéndez caería asesinado por el Capitán Joaquín Casillas Lumpuy (1907-1959), en la terminal de trenes de Manzanillo.

            En aquella fecha fungía como presidente de la república el Dr. Ramón Grau San Martín (1882-1969), electo en 1944 y afiliado a los auténticos. Asimismo, Menéndez dirigía la Federación Nacional de Obreros Azucareros y era Representante a la Cámara. ¿Qué hacía el sindicalista en Bayamo y por qué se presentó en el despacho de Saumell?

            Precisamente de eso trata el testimonio escrito por Saumell bajo el título “La muerte de Jesús Menéndez”, reproducido a continuación y en su totalidad, fechado el primero de noviembre de 1977, a petición de Josefina Ruiz, añade, quien según consta en el texto “necesitaba estos datos para escribir un libro sobre la vida y muerte de Jesús Menéndez.”[2]  

            ¿Cómo llegó este documento raro y excepcional a mis manos? Él me lo entregó en su casa, ubicada en Calle 19 No. 263 entre 17 y 19, Vedado, La Habana, Cuba. Gracias a valiosos intermediarios, logré sacarlo de Cuba y recuperarlo más tarde. En la dirección indicada, el autor residió por varios años hasta que se marchó de la isla entre 1979 y 1980. Vivía en el ostracismo, sin conexión alguna con el gobierno de Fidel Castro, salvo los lazos histórico-políticos que mantuvo con movimientos y personas vinculadas a la rebelión contra Fulgencio Batista a partir de marzo de 1952, rotos después de 1959, sobre todo cuando su hijo Alberto Saumell del Valle fue arrestado y a renglón seguido condenado a prisión por los tribunales revolucionarios.[3]  

Años atrás, Beto Saumell también se había destacado por su rebeldía contra la dictadura (1925-1933) del general Gerardo Machado Morales (1871-1939), por la cual fue enviado a la cárcel en Isla de Pinos (1931), donde compartió idéntico destino junto a otros sancionados, entre ellos Carlos Prío Socarrás (1903-1977), quien llegaría a ser presidente de la república (1948-1952), Raúl Roa García (1907-1982), Ministro de Relaciones Exteriores (1959-1976), y su amigo entrañable Pablo de la Torriente Brau (1901-1936), quien lo cita en repetidas oportunidades en Presidio Modelo (1969).[4]

            ¿Cómo lo conocí? No a causa de llevar un mismo apellido, sino por mediación de Segundo Curti Messina (1910-2000), Representante a la Cámara y ministro en los gobiernos de Ramón Grau San Martín (1882-1969) y Carlos Prío Socarrás, entre 1944 y 1952. Ambos tenían para mí el poderoso atractivo de haber sido individuos muy prominentes en la política nacional antes de 1959, y de haber pasado al anonimato desde entonces. Igualmente, se habían quedado en la isla, tal y como lo hizo Grau San Martín. Según Curti Messina, esa decisión la tomaron porque “este muchacho” [Fidel Castro] “…no era el dueño del país”.[5]

            Cuando Eduardo “Eddy” Chibás (1907-1951) decidió romper filas con los Auténticos (1947), y fundar el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), Saumell lo secundó, y este dato lo señala en el documento en cuestión. Fue uno de los dirigentes nacionales de la nueva entidad y con ella militó más allá del balazo que se disparó el propio Chibás (5 de agosto de 1951), en uno de los estudios de la radioemisora CMQ, el cual le costó la existencia (16 de agosto). [6]

            A partir del golpe de estado 10 de marzo de 1952, dado por el expresidente Fulgencio Batista (1901-1973), se sumó a los esfuerzos para derrocarlo, como lo demuestra el comandante Húber Matos (1918-2014) en el capítulo 3 de Cómo llegó la noche (2002)[7]: “En la casa de Nelson Béquer, en Manzanillo, un grupo de líderes regionales del Partido del Pueblo Cubano (ortodoxo), nos reunimos con dos miembros de la dirección nacional, los legisladores Alberto Saumell Soto y Luis Orlando Rodríguez (1912-1989). Ellos plantean que no queda otro camino que la lucha, que nos organicemos clandestinamente para responder con hechos hasta acabar con la dictadura” (39).

Anteriormente expliqué que para 1977 Beto Saumell vivía desconectado, a la fuerza, de la vida pública nacional. Sin embargo, no estaba fuera del alcance de periodistas e investigadores sobre el período republicano que lo consultaban con cierta frecuencia para conseguir informaciones y valoraciones sobre personas y sucesos con los cuales estuvo vinculado. Eso explica por qué fue visitado por Josefina Ruiz con respecto a “la muerte de Jesús Menéndez”. Al parecer se sabía que él había sido una de las últimas personas que habló con el sindicalista antes de ser asesinado pero no había una declaración suya grabada o de puño y letra.

De lo que no existía duda era que el capitán Casillas Lumpuy lo mató en el sitio, el día, y a la hora admitidas. Sin embargo, hay dos versiones consistentes en declarar que: a) Menéndez disparó primero y el militar ripostó con ventaja mortal para él; b) Menéndez no llevaba ningún arma consigo. El testimonio de Saumell aclara que el visitante le enfatizó estar desarmado, que su misión en la provincia se basaba en hacer gestiones ante ciertos administradores de ingenios para que empezaran a cumplir con las disposiciones del Diferencial Azucarero.[8] Subrayó que no intentaba promover huelgas, que estaba avisado de planes de atentado contra su persona y por eso le pidió apoyo y acompañamiento al alcalde de Bayamo.[9]

Hace seis años esa polémica volvió a alcanzar vigencia debido a un artículo del historiador Newton Briones Montoto (NBM) con el sugestivo encabezamiento “La muerte de Jesús Menéndez: una historia mal contada.”[10] A resultas de ello, Steve Cushion, historiador inglés, redactó una “Carta abierta a NBM.” Hubo otras refutaciones reconocidas por Briones Montoto en “Respuesta a una historia mal contada”, procedentes de Pedro Antonio García, de Angelina Rojas Blaquier, y de Vladimiro Roca. Finalmente, el sitio Cubadebate publicó una entrevista a Teresita de Jesús Menéndez Cervera, hecha por Felipa de las Mercedes Suárez Ramos: “El orgullo de ser hija de Jesús Menéndez.”

Recomiendo con gran énfasis leer todos esos trabajos debido al valor argumentativo que muestran, a las diatribas políticas que manifiestan y las potentes tensiones ideológicas que aún existen a la hora de valorar el período republicano y el actual. De manera similar, confieso que me da mucha alegría haber salvado del olvido las páginas e, insisto, “estos recuerdos” de Beto Saumell, para que sirvan de reconocimiento adicional a su muy meritoria trayectoria personal de entrega y sacrificios consecuentes, en beneficio de su nación y por más de medio siglo. Ojalá que aparezcan más escritos suyos o sobre su persona de ahora en adelante, por un mejor porvenir. 



[1] Hasta 1947 Beto Saumell fue miembro del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), cuando Eduardo Chibás sentó las bases para la formación del Partido Ortodoxo, tal y como lo aclara él en el documento.

[2] Para reforzar la originalidad de dicho documento ver la copia facsimilar incluida en este trabajo. No se hizo ningún cambio ni en la ortografía ni en la sintaxis. Al cierre de este trabajo, aún no he podido hallar ninguna bibliografía de Josefina Ruiz dedicada a Menéndez. Por consiguiente, es posible que esta sea la primera ocasión en que se publiquen íntegramente “estos recuerdos” del antiguo alcalde. 

 

[3] Ver Enri Saumell, “Beto Saumell: alcalde de la dignidad”. http://www.cubademocraciayvida.org/web/article.asp?folderID=136.

 

[4] Consultar, por ejemplo “XLII: Lo que nos contó Saumell”. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1969: 413-420.

[5] Conocí a Curti Messina hacia 1975 y mantuve conversaciones con él regularmente en su casa del municipio Playa hasta 1988 cuando salí de Cuba. La frase entrecomillada me la dijo en una de mis visitas.

[6] Consultar La Enciclopedia de Cuba. Gobiernos republicanos. Tomo 14. Editor Vicente Báez. San Juan y Madrid: Enciclopedia y Clásicos Cubanos, Inc.: 423-424.

[7] Barcelona: Tusquets Editores, S.A.,  tercera edición, 2007.

[8] Portell Vilá explica qué fue el diferencial azucarero: “En enero de 1946 el Presidente Grau San Martín ponía en práctica otra original idea para una distribución equitativa de las ganancias de la industria azucarera. Se le llamó el “diferencial azucarero” porque se hacía cargo de la diferencia que había en cuanto a ganancias por la venta de azúcares a Estados Unidos a un cierto precio, y la venta en el mercado mundial, donde los precios eran más altos. En opinión del Dr. Grau San Martín ese exceso diferencial de ganancia no podía ser para el fabricante y vendedor de azúcar solamente, sino que debía ser a beneficio de todo el país” Nueva Historia de la República de Cuba (Miami, Florida, La Moderna Poesía, Inc., 1986: 579-580).

[9] Sin embargo, Portell Vilá contradice en varios aspectos esenciales lo planteado por Menéndez de acuerdo con  el testimonio de Saumell: “de 1947 en adelante hubo una guerra abierta de los “auténticos” contra los comunistas, como en otros tiempos…El hecho más sensacional en la nueva pugna tuvo lugar en enero de 1948, cuando el congresista Jesús Menéndez, miembro del Partido Socialista fue muerto a balazos…cuando trataba de abrirse paso a través de una fila de soldados para arengar a los trabajadores de un central azucarero a fin de que paralizaran sus trabajos…era un hombre terrible con una pistola e iba armado al surgir el incidente.” [mi énfasis] Nueva Historia de la República de Cuba: 569-570).

[10] Espacio Laical # 2, 2016: 78-85. 078_La_muerte_de_Jesus_Menendez_-_una_historia_mal_contada.pdf (espaciolaical.net)

Vladimiro Roca. “¿Una historia mal contada? Espacio Laical #3-4: 102-106. ESPACIO LAICAL No 3-4 2016.pdf 

Steve Cushion. “Carta abierta a Newton Briones Montoto”. Espacio Laical # 1, 2017: 72-75.  072-075CartaNewtonBriones.pdf (espaciolaical.net)

Newton Briones Montoto. “Respuesta a una historia mal contada.” Espacio Laical # 1, 2017: 76-82. 076-082RespuestaUnahistoria.pdf (espaciolaical.org)

Pedro Antonio García. “La historia tal como fue.”  Bohemia. 21 de enero, 2017.  La historia tal como fue | Revista BohemiaRevista Bohemia

Angelina Rojas Blaquier. “A propósito de una historia mal contada.” Trabajadores 5 enero, 2017.

A propósito de una historia mal contada • Trabajadores

Felipa de las Mercedes Suárez Ramos. Cubadebate. 22 enero, 2018. “El orgullo de ser hija de Jesús Menéndez.” http://www.cubadebate.cu/especiales/2018/01/22/el-orgullo-de-ser-hija-de-jesus-menendez/print

 La muerte de Jesús Menéndez

Por Alberto Saumell Soto


“Quamquam animus menimisse horret incipiam”.

[“Ante lo cual mi memoria retrocede con dolor”]

.Virgilius.


        


  
El día 22 de Enero de 1948 ocupaba yo el cargo de Alcalde Municipal de Bayamo, elegido por el Partido Auténtico. Me encontraba en mi despacho de la alcaldía esa mañana, como de costumbre, atendiendo durante las primeras horas del día a todo el que a mí se dirigía, sin audiencia previa. Como a las nueve y media entraron a mi despacho los dos más connotados líderes comunistas de Bayamo, los señores Riverón y Fleitas, para decirme que el líder sindical comunista Jesús Menéndez quería hablar conmigo, que él estaba afuera con el también líder comunista Paquito Rosales, exalcalde municipal de Manzanillo, en espera de que le concediera una entrevista. Les dije que con mucho gusto los recibiría tan pronto como terminara con las audiencias que tenía por delante. Riverón y Fleitas salieron y cuando terminé los mandé a pasar a mi despacho. Tras la presentación porque yo no conocía personalmente a Jesús Menéndez aunque lo había oído nombrar como dirigente sindical azucarero y representante a la Cámara por el Partido Comunista, los invité a sentarse y les dije:

“¿En qué puedo servirles?”

“Vine a verlo por un asunto muy especial”, me dijo Menéndez, “Yo ando en ciertas gestiones con los administradores de ingenios sobre el Diferencial Azucarero, porque no se está cumpliendo con esa ley en muchos centrales, y al llegar aquí para hablar con el administrador del Central Mabay, se me ha informado que me van a hacer un atentado cuando llegue al ingenio”.

“Yo no creo eso”, le dije, “porque el gobierno auténtico no persigue a nadie por sus opiniones políticas ni usa ese tiránico sistema de los atentados. Aquí hay libertad y respeto para todas las opiniones, incluyendo las de ustedes, puesto que tienen su partido perfectamente legal y sus representantes a la Cámara, de los que Ud., Menéndez, es uno de ellos, y al Senado”.


            “Mire señor Alcalde”, me dijo en un tono conciliador y confidencial, “eso es así; pero yo le aseguro que esta información que me han dado viene de fuentes fidedignas y estoy seguro de que me están velando y me van a hacer el atentado. Si no estuviera seguro no vendría a decírselo a Ud., que me ha sido recomendado por sus condiciones de hombre recto, por mis compañeros Riverón y Fleitas”.

“Bueno, en ese caso”, le repliqué, “yo lamentaría mucho que en mi término municipal, del cual soy alcalde, ocurriera un hecho semejante, no sólo contra Ud. sino contra cualquier ciudadano. De modo que si hay algo que yo pueda hacer en su favor, lo haré con mucho gusto. Pero la verdad es que me cuesta mucho trabajo creer en eso. No obstante, si Ud. quiere, yo puedo acompañarlo hasta el Central Mabay y así podré ayudarle y comprobar lo que haya de cierto en su afirmación”.

“¡No sabe cuánto se lo agradecería!”, me contestó.

“Bien, pues ahora mismo podemos salir para allá en mi auto”.

Salimos y me puse al timón de mi auto Chevrolet acompañado por Jesús Menéndez, que iba en guayabera…bueno, todos íbamos en guayabera, y se sentó a mi lado, al lado de él, junto a la ventanilla, iba Paquito Rosales, detrás Riverón, Fleitas y Raúl Sánchez, joven empleado del ayuntamiento a quien le decíamos el Gallego.

Noté que Jesús Menéndez no llevaba revólver. Le pregunté:

“¿Pero Ud. no usa revólver?”

“Nunca uso revólver”, me contestó.

“Tampoco yo lo uso”, le dije, “porque cuando yo era muchacho veía a los políticos menocalistas y liberales siempre armados de tremendos cuarenta y cinco y con sombreros de jipijapa, y juré que si algún día yo fuere político no lo usaría. Y así lo he cumplido. Nunca uso revólver ni sombrero de jipijapa”.


Por este estilo íbamos conversando por el camino de terraplén que partía desde la carretera de Manzanillo hacia el Central Mabay. Había dos caminos para ir a Mabay, uno más largo que iba directamente al pueblo de Mabay que está al lado del ingenio, y otro más corto que conducía al ingenio por una colonia de caña en donde hay un portillo de entrada en esa colonia y de ahí en línea recta hasta un portón por el que se entra en el batey del ingenio. Cerca del portón había una casita de madera habitada por una mujer viuda de un obrero accidentado, que la administración le entregó para que ella cuidara de dicho portón o talanquera cuando venía algún vehículo, y como era la costumbre, todos le daban una propina a la mujer. Esta vez, cuando me iba se dirigía desde su casita al portón para abrirlo, lo cual era algo perfectamente normal. Lo que no era normal fue que cuando ya estábamos cerca vimos a dos guardias rurales armados en el portón. La mujer abrió antes de que nosotros llegáramos; pero cuando llegamos uno de los guardias nos dijo que tenían órdenes de no dejar pasar. Desde luego yo observé que estaban un poco nerviosos y que habían estado hablando como secreteándose apenas hubimos llegado. Le contesté al guardia:

“Yo soy el alcalde de Bayamo y nadie puede impedirme entrar aquí; de modo que si Ud. tiene una orden que cumplir, cúmplala, pues yo tengo la orden mía como alcalde de que nadie me puede impedir entrar”.

Y pisé el acelerador para entrar. Entonces me pidió que lo llevara hasta la oficina del ingenio a ver a su jefe, el capitán no sé qué. Le dije que sí y se montó en el guardafango del auto. Por supuesto que ellos, los soldados, me conocían, y no se imaginaron que yo pudiera ir ese día al ingenio, así es que no sabían qué hacer ante mi imprevista presencia…y nada menos que con Jesús Menéndez. Dentro del batey rodamos hasta la casa de las oficinas y parece que al oír el ruido del motor de mi auto salió de adentro el capitán jefe del Escuadrón 35 de Bayamo.





Debo aclarar que hasta hacía poco había sido jefe de dicho Escuadrón el Capitán Casillas Lumpuy, que después fue [sic] trasladado creo que para Palma Soriano. Durante el tiempo en que estuvo en ese cargo se portó correctamente conmigo como alcalde, y en algunas ocasiones en que su actuación no se ajustaba a la ley le llamaba la atención y se ponía en su lugar, porque es cierto que en el gobierno auténtico los militares estaban completamente sometidos a los dictados de las autoridades civiles.

Por eso el capitán al salir de la oficina y vernos bajar del auto acompañados del soldado que le habló enseguida del problema, se puso pálido y nervioso al recibir la sorpresa extraordinaria de verme a mí con los demás, entre los que venía Jesús Menéndez. Nos dirigimos hacia él; le presenté a Jesús Menéndez como líder azucarero y a los demás. Le dije:

“El señor Jesús Menéndez viene a hablar con el administrador del ingenio señor Bohorques, sobre un problema del diferencial azucarero. Dígame, capitán, ¿qué pasa aquí que veo guardias y que no me querían dejar pasar?”

“No, no pasa nada”, dijo el capitán muy nervioso y casi tartamudeando, “es que Ud. sabe, se trata de un problema que no tiene importancia. ¡Cómo no, ustedes pueden pasar! ¡Ya lo creo!”.

“Bueno, mire, el señor Menéndez quiere hablar con el señor Bohorques. Vamos a su casa”.

“Sí, ¡cómo no! Por aquí, él vive allí en aquella casa”, dijo.

Un poco más allá estaba la casa de vivienda del administrador señor Bohorques. Llegamos; tocamos; salió Bohorques; nos saludamos; le expliqué la misión que nos llevaba allí. Nos mandó a pasar inmediatamente y ya en su despacho nos invitó a sentarnos alrededor del buró frente al cual él se sentó. El capitán preguntó si podía quedarse a oír la conversación. El propio Menéndez le dijo que con mucho gusto, que allí no iba a tratarse ningún secreto, sino el problema del diferencial azucarero.

Durante un cuarto de hora aproximadamente estuvieron discutiendo el asunto con absoluta corrección por ambas partes. Al fin, el administrador señor Bohorques le dijo a Menéndez:

“¡Chico, yo creía que venías a otra cosa! Pero creo que tú tienes razón en este planteamiento. Vamos a hacer una cosa, vamos a firmar estos acuerdos mañana aquí mismo”.

“No, yo no puedo venir mañana porque tengo que ir al Central Estrada Palma, y de ahí a Manzanillo en donde permaneceré hasta mañana para ir después a Bayamo”, le contestó Menéndez.


“Bueno, entonces, mañana por la tarde nos reuniremos en el despacho del alcalde de Bayamo para firmar y dejarlo todo terminado, ¿le parece bien?”, dijo Bohorques.

“Me parece bien”, aceptó Menéndez.

“Esa es la casa del pueblo y tendré mucho gusto en ponerla a la disposición de ustedes”, dije yo en un tono festivo, contento al ver que aquéllo [sic] había terminado bien.

De ahí salimos para dirigirnos al paradero de Mabay, donde Menéndez y Paquito Rosales tomarían el gas car hacia Yara, cerca del límite del municipio de Bayamo y ya perteneciente a Manzanillo, para desde este lugar ir al Central Estrada Palma en un trencito de vía estrecha.

Al salir de la casa del administrador el capitán se despidió cordialmente de nosotros. Un poquito más adelante se acercaron cinco obreros del central que venían del pueblo situado al otro lado del batey y le dijeron a Menéndez:

“Venimos a verlo para que venga con nosotros a la casa del sindicato en el pueblo, pues allí están reunidos nuestros compañeros esperándolo para que les hable”.

“No es conveniente”, dijo Menéndez, “hablar en mítines y reuniones ahora pues cualquier palabra mal interpretada puede dar lugar a crear conflictos innecesarios. La mía consiste en hablar directamente con los administradores de ingenios para resolver este problema en favor de los trabajadores. Después que yo termine mi labor vendré el día que ustedes me señalen, para hablarles”.

Se despidieron y nosotros nos dirigimos, por el batey, hacia la salida que comunicaba con el paradero.

Cuando llegamos al paradero le dije:

“Me parece que Ud. tenía razón. Creo que efectivamente lo estaban velando. Me extraña todo ésto [sic]. Yo averiguaré qué es lo que pasa. Iré en cuanto pueda a ver al Presidente para plantearle este problema”.

“Yo se lo dije, alcalde, que estaba seguro de que me querían hacer un atentado aquí en Mabay. No sabe Ud. cuánto le agradezco que me haya acompañado hasta aquí, pues si no es por eso quién sabe lo que hubiera pasado”, me dijo en un tono que reflejaba un verdadero sentimiento de gratitud.

“¡Bueno! Creo que el peligro ha pasado ya…menos mal”, le dije. En eso llegó el gascar. Antes de subir me abrazó conmovido y me repitió:

“¡No sabe Ud. cuánto se lo agradezco!”.

Subió al gascar con Paquito Rosales. Nosotros regresamos a Bayamo haciendo comentarios sobre el caso y en cierto modo contentos porque había fracaso un atentado.

Ese mismo día, cuando me encontraba en mi casa en Bayamo, puse el radio para oír el noticiero de la CMQ. Alrededor de las ocho de la noche, no recuerdo bien la hora exacta. Como era la costumbre entonces, interrumpieron la transmisión con el “¡Flash! ¡Flash! ¡Última hora!... Acaba de caer abatido a balazos en la estación de ferrocarril de Manzanillo el líder obrero y representante a la Cámara Jesús Menéndez. Se dice que un tal Capitán Casillas Lumpuy es el que lo mató”.

La verdad es que me conmovió profundamente la noticia, pues en lo poco que lo traté observé que Jesús Menéndez era muy medido en sus palabras, muy dedicado a su labor y muy correcto en su trato, por lo que simpaticé con él en esa primera y única vez en que nos relacionamos.

Dos o tres días después vinieron a mi casa Riverón y Fleitas. Conversamos sobre el caso. Por distintos conductos había llegado el relato de lo sucedido, tanto de amigos míos que por casualidad estaban en la estación de Manzanillo cuando lo ocurrido, como de amigos de Riverón y Fleitas. Todos concordaban en los datos siguientes:

Jesús Menéndez se bajó en el paradero de Yara, primer pueblo que hay en la jurisdicción de Manzanillo cuando se va desde Bayamo hacia allá. Aquí tomó, junto con Paquito Rosales, un trencito de vía estrecha para ir al Central Estrada Palma. En este central habló con el administrador. Los obreros le pidieron también que les hablara en una reunión de trabajadores y él les dijo lo mismo que les había dicho a los de Mabay. Regresó a Yara por la misma vía para tomar aquí el tren de por la noche que iba de Bayamo a Manzanillo, a fin de regresar al día siguiente a Bayamo para firmar en la alcaldía la documentación del Central Mabay, como ya hemos dicho. En el paradero le esperaba el Capitán Casillas, aunque no estoy seguro si venía en el tren o ya estaba esperándole en la estación; pero allí estaba. Le dijo a Jesús Menéndez que él quería que lo acompañara, cuando llegaran a Manzanillo, al cuartel, para una entrevista que deseaba sostener con él. Menéndez le dijo que no tenía que ir a ninguna parte. Ya en el tren, Casillas se sentó a su lado y Paquito Rosales en el asiento de enfrente. Casillas insistía en un tono aparentemente amistoso para que lo acompañara, “porque, mira que te conviene, etc.”, con la negativa rotunda de Menéndez. Cuando llegaron a Manzanillo, había dos guardias armados en el andén esperando. Se bajaron y entonces Casillas le dijo:
Capitán Joaquín Casillas Lumpuy
“Bueno, chico, no me vas a acompañar”.

“No me fastidie más, compadre, ya le he dicho que yo no tengo que ir a ninguna parte con Ud.”, le contestó Jesús Menéndez, dándole la espalda. Ahí mismo cayó Jesús Menéndez cuando Casillas sacó el revólver y le tiró por la espalda. Paquito Rosales salió huyendo y Casillas se fue [sic] con los soldados dejándolo tirado en el piso del andén. Otras personas lo recogieron y llevaron para la casa del sindicato de Manzanillo, en donde lo velaron hasta su traslado para La Habana. En La Habana le hicieron el entierro. No hubo huelgas de protesta por parte del proletariado ni una seria protesta por parte del Partido Comunista, que tenía sus representantes y senadores en el Congreso. Poco después la esposa de Jesús Menéndez, cansada de pedir que se hiciera justicia y parece que decepcionada con sus propios compañeros, se suicidó pegándose fuego.

Esta visita de los comunistas Riverón y Fleitas tenía como objetivo preguntarme si yo podría hacer una carta de protesta por el crimen y exigir que se hiciera justicia, para publicarla en todos los periódicos. La hice. En ella expresaba, más o menos, que yo estaba seguro de que el gobierno auténtico haría justicia, etc., y que aunque yo no podía probarlo, era vox populi que el asesino había sido el Capitán Casillas, y pedía para éste el castigo más severo. No publicaron la carta en todos los periódicos, no sé por qué; pero sí en el periódico Hoy y en una revista azucarera cuyo nombre no recuerdo [Azúcar] y que publicaba el Sindicato del Azúcar.

Mientras tanto, el capitán Casillas, que tenía un querendango en Bayamo, venía con mucha frecuencia a la ciudad en un auto cuña con la capota baja. Se jactaba, haciendo correr la voz, y era cierto, que él andaba solo en el auto “a ver si hay algún timbaludo que se atreva a enfrentarse conmigo”. No hubo ningún timbaludo que lo hiciera de aquéllos [sic] a quienes correspondía hacerlo; pero yo, que no usaba revólver ni era “timbaludo”, pensando que podría encontrarme con él en cualquier momento y enfrentarnos a causa de mis declaraciones, tuve que usar revólver, por si acaso.

Efectivamente, uno de esos días iba yo caminando por la calle General García conversando con un conocido en dirección a la calle Saco, cuando vi a Casillas parado en la esquina de Saco y General García hablando con un amigo. Con esa rapidez mental que se apodera de uno en los momentos de peligro, me dije: “Si me bajo de la acera y cruzo la calle, para evitar un problema, se va a creer que le tengo miedo y entonces sí me va a atacar o me va a coger la baja. Tengo que seguir, pase lo que pase, y resolver de una vez”.




Así lo hice, hablando con mi acompañante, pero sin saber lo que decía y muy alerta para dispararle rápidamente si hacía cualquier movimiento sospechoso. Al pasar por su lado, lo miré, me miró, no me dijo nada, como en las novelas de guapos, yo seguí, crucé la calle Saco mirando de reojo por si hacía algo; pero no, se quedó muy tranquilo conversando con su amigo…y así ya yo sabía que ese no me haría nada. Después, en varias ocasiones, me topé con él, siempre sin hablarnos, y así per saecula saeculorum. Años más tarde cayó abatido a balazos al tratar de fugarse al ser cogido prisionero, en Santa Clara, por los rebeldes. Sic poenam dedit.

Por esa época ya se había producido la escisión del partido auténtico. Yo estaba con Chibás y eso me impidió ver al presidente Dr. Ramón Grau San Martín. No obstante, se supo que el autor intelectual del complot había sido el General Genovevo Pérez, jefe del ejército, que por dinero que le dieron algunos dueños de ingenios que no cumplían con la ley del diferencial azucarero, se prestó a ese crimen. Ignoro qué ha sido del gordo General Genovevo Pérez, pero supongo que estará disfrutando tranquilamente del producto de su crimen en algún lugar del planeta.

Estos recuerdos han sido escritos para la señora Josefina Ruiz, escritora inteligentísima que necesitaba estos datos para escribir sobre la vida y muerte de Jesús Menéndez, lo que ha hecho con pena, pero con suma complacencia, el doctor Alberto Saumell Soto, Abogado Emérito de Bayamo, en primero de noviembre de 1977.