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Sunday, October 12, 2025

Minúscula historia del anexionismo en Cuba

  




           A Jorge Ignacio Domínguez, a quien mucho le debe este artículo. Pronto sabrán por qué


Por Enrique Del Risco

El anexionismo, (a los Estados Unidos, por supuesto aunque alguna vez se mencionó en relación con México o la Colombia bolivariana) sigue siendo un estigma para la historiografía cubana actual. Señalar a una personalidad como anexionista es sacarla definitivamente del juego patriótico del pasado cubano. O del presente. Se expulsa a Narciso López (de quien Cirilo Villaverde, una vez su secretario personal insistía en que no era anexionista) pero se acepta la bandera diseñada por él, aunque esta fuera, en casi cada uno de sus detalles, empezando por la estrella, una solicitud simbólica de anexión. Y sin embargo José Martí, el gran fustigador de la idea de la anexión en su tiempo, trataba con deferencia y admiración a José Ignacio Rodríguez, el gran defensor de la idea de la anexión a finales del siglo XIX (“Ama a su patria con tanto fervor como el que más, y la sirve según su entender, que en todo es singularmente claro”). Y es que esa línea fronteriza que hoy se traza entre independencia y anexión era en aquellos días mucho más tenue de lo que hoy se pretende.

Un ejemplo señalado sería el del propio novelista Cirilo Villaverde, partidario de las expediciones de Narciso López en 1850 y 1851, polemista de José Antonio Saco a favor de la idea de anexión en esos mismos años y defensor franco de la independencia a partir del estallido de la Demajagua en 1868. ¿Qué hacer con el novelista, aparentemente tan voluble en cuestiones patrióticas? Porque cuando la disyuntiva oscila entre lo sagrado y lo sacrílego no caben las medias tintas ni las sutilezas evolutivas. No obstante, siendo Villaverde el autor de Cecilia Valdés, la novela cubana más importante del siglo XIX, se le perdonan esos pecados de juventud (en sus años de partidario de López se acercaba a los cuarenta) o preferiblemente se olvidan, como a la bandera.

Más complicado, pero no menos ilustrativo es el caso de Carlos Manuel de Céspedes y el resto de los revolucionarios de 1868. Porque apenas iniciado el alzamiento ya se habían solicitado el apoyo del gobierno norteamericano ofreciendo como moneda de cambio la anexión. ¿Era totalmente sincero el ofrecimiento de Céspedes o apenas un amago táctico para atraer la ayuda que tan desesperadamente necesitaba? Quizás se trataba de lo segundo pero igual disculpa podría extenderse a Narciso López, que en su momento emplearon desde Cirilo Villaverde al historiador Herminio Portell Vilá. Pero esas no son preguntas admisibles en el estricto campo de la historiografía oficial cubana. Las opciones son tan elementales como las de un plebiscito: independencia o anexión. Patriota o traidor.

Pero sucede que en el 2009 la Universidad de Camagüey publica el libro Guáimaro Alborada en la historia constitucional cubana, de Andry Matilla Correa y Carlos Manuel Villabella Armengol. Sucede que en Camagüey, donde Joaquín de Agüero y Agüero se alzara el 4 de julio de 1851, o Ignacio Agramonte muriera con una camiseta con el diseño de la bandera estadounidense (Moreno Fraginals dixit), el anexionismo es asunto menos ortodoxo que para los señores del Instituto de Historia en La Habana. Y si hay que hablar de la constitución de la república en armas celebrada en Guáimaro, ciudad todavía dentro de los actuales límites provinciales de Camagüey el tema del anexionismo es inevitable. Porque por mucho que les incomode a los empleados de la Oficina de Asuntos históricos del Consejo de Estado actual el asunto de la anexión está estrechamente entretejido con la primera constitución de la república en armas. Cualquier historia, por oficial que sea, reside en los detalles y el detalle fundamental de aquella asamblea era la necesidad de constituirse en gobierno al que le fuera reconocida la beligerancia por el de Washington. Y ofrecerle algo a cambio. Y ahí está el acuerdo de la Cámara d el 29 de abril de 1869:

 


1o. Comunicar al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos que ha recibido una petición suscrita por un gran número de ciudadanos en que se suplica a la Cámara manifieste a la Gran República los vivos deseos que animan a nuestro pueblo de ver colocada esta Isla entre todos los Estados de la Federación Norteamericana.

2o. Hacer presente al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos que éste es realmente, en su entender, el voto casi unánime de los cubanos, y que si la guerra actual permitiese que se acudiera al sufragio universal, único medio de que la anexión legítimamente se verificaría, ésta se reali zaría sin demora.

3o. Al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos, para que no retarde la realización de las bellas esperanzas que acerca de la suerte de Cuba este anhelo de sus hijos hace concebir. Y en cumplimiento del acuerdo, la Cámara de Representantes de la Isla de Cuba, dirige la presente manifestación al Presidente de la Gran República de los Estados Unidos. Guáimaro, Abril 30 de 1869.

El Presidente.—Salvador Cisneros y B.— Lucas Castillo.—Miguel C. Gutiérrez.—José Mª Izaguirre.—Arcadio J. García.—F. Fornaris y Céspedes.—Tranquilino Valdés.—Miguel Betancourt.—Dr. A. Lorda.—Pedro M. A. Agüero.—Tomás Estrada.— Manuel de J. de Peña.—Pío Rosado.—Francisco Sánchez Betancourt.— Eduardo Machado.—El Secretario. Antonio Zambrana. Sancionó el presente acuerdo.—El Presidente de la República.—C. M. de Céspedes.


Tan importante como el texto del mensaje son las firmas que lo calzan, que incluyen la del todavía sacrosanto Padre de la Patria. Y convencido o no en su momento de la anexión, lo que sí debió tener claro Céspedes era la imposibilidad de derrotar al ejército colonial español sin ayuda externa. ¿Acaso los rebeldes de las Trece Colonias no habían solicitado ayuda de Francia y España en su guerra contra Inglaterra? Y ninguna ayuda le resultaría más afín que la que le pudiera dar la primera república surgida en el continente y la más poderosa de todas. Curiosamente, quien con más claridad se manifestó contra estos ofrecimientos fue Cirilo Villaverde. Aleccionado por la falta de ayuda a los proyectos emancipadores de la década anterior Villaverde -uno de los que había defendido contra José Antonio Saco sobre la necesidad de la anexión a los Estados Unidos- quiso alertar a los revolucionarios del 68. 


En su artículo “La revolución de Cuba vista desde Nueva York” Villaverde les advierte sobre el peligro que entraña confiar en aliado tan voluble y contingente como el gobierno y el pueblo norteamericanos pues estos “siempre ha subordinado nuestros deseos a su conveniencia, sacrificando nuestras más caras y legítimas esperanzas a sus miras egoístas e inhumanas”. Y añade -complementando las ideas de su antiguo antagonista, Saco- que “a la satisfacción de ese deseo [el de “poseer la isla de Cuba”] no tendrá el gobierno americano el menor escrúpulo en todos tiempos [sic] de prescindir de la personalidad y aun de la existencia del pueblo cubano”. El Villaverde de 1869 dice entender los impulsos anexionistas de los generales del ejército independentista pero no los comparte. Al pragmatismo norteamericano deberá anteponérsele un mínimo de realismo criollo:


No se nos esconde que la mayor parte de los caudillos cubanos, en sus horas de melancolía, vuelven los ojos hacia la gran República, esperan refuerzos de todas clases, y hablan de anexión como para mejor congraciarse con ella, e interesar las simpatías del pueblo americano. Eso se comprende fácilmente; lo que no comprendemos es que los cubanos hoy en los Estados Unidos abriguen la esperanza de que halagada la codicia de los americanos por la adquisición de Cuba […] se logrará no solo interesar las simpatías, sino obtener la ayuda del pueblo y cuando menos la aquiescencia del gobierno de Washington.

La apatía oficial del gobierno de Washington hacia los independentistas cubanos durante los meses siguientes a la incauta declaración de Guáimaro fue suficiente para conseguir entender los consejos de Villaverde. Ya en la correspondencia posterior de Céspedes con las autoridades norteamericanas hay claras señales de su aprendizaje. Como en la carta que le envía al entonces presidente Grant el 12 de enero de 1872 en la que apela, más que al sentimentalismo ético del mandatario norteamericano, al cálculo económico de cuánto le estaba costando a su país la guerra en Cuba, sin mencionar el ya inoperante asunto de la anexión:

El gasto en que incurre Estados Unidos debido a la actual situación anormal quizás, a la larga, equivalga al gasto de una guerra. Además, estos desembolsos no aportan ningún beneficio al país y, en cierta medida, comprometen su honor y dignidad.

Usted sabe, señor Presidente, por experiencia, que los cubanos nada pueden esperar de la promesa de España, y que es en vano esperar que ese país se convenza de las ventajas que obtendría al reconocer nuestra independencia. Nuestra lucha, como todas las de su tipo, será larga, pero el acto que la justicia le exige, señor Presidente, es decir, el reconocimiento de nuestra beligerancia e independencia, la acortaría considerablemente.

 


Ya parecía haberse comprendido en el campo insurrecto la inutilidad de apelar al cebo de la anexión para atraer la necesitada ayuda norteamericana. Resignados a que poca o ninguna ayuda recibirían de la potencia del norte el independentismo cubano alcanzó su forma definitiva gracias a las decepciones que sufriera su inicial impulso anexionista. No pienso que ese impulso fuera ni profundo ni convencido sino algo así como “Salgamos primero de España con la ayuda que podamos conseguir y luego ya veremos” sin considerar que el “ya veremos” ha sido la perdición de naciones completas. Lo cierto es que ninguna ayuda efectiva consiguieron los insurrectos durante la guerra de 1868 y al final de esta, diez años después, apenas aparecería alguien que la invocara… a excepción del propio régimen colonial español que se ofrecía como salvaguarda de la isla y sus habitantes frente a los voraces intereses del vecino norteño.

Pocas manifestaciones concretas tuvo la idea de la anexión desde entonces. Cierto que a principios de la última década del siglo XIX algunas voces en el exilio norteamericano se levantaron para defenderla como el escritor, abogado y diplomático José Ignacio Rodríguez, quien en 1900 publicaría su interesantísimo Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la anexión de la isla de Cuba á los Estados Unidos de América. O Juan Bellido de Luna, quien sostuviera una larguísima aunque respetuosa polémica con el periodista independentista Enrique Trujillo.

 

 



Sin embargo, las más de las veces el anexionismo se manifestaba menos como corriente política que como recurso estratégico para conseguir el apoyo a terceras partes tanto al mantenimiento del orden colonial como a su destrucción. Como amenaza o como señuelo. Ese es el caso de la famosa carta de José Martí al mexicano Manuel Mercado quien -no debe olvidarse- más que su “hermano queridísimo” era por entonces Ministro de Gobernación del gobierno de Porfirio Díaz: era el apoyo de este último lo que buscaba Martí azuzando el temor -perfectamente justificado- a la expansión estadounidense por el continente. Advertirle que con el apoyo a los insurrectos cubanos podría contribuir a “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. No se entiende del todo la famosa carta inconclusa a Mercado si se ignora que en esos mismos días Martí notificaba al New York Herald que el objetivo de la guerra que entonces los cubanos libraban contra España era “la conquista de la libertad que ha de abrir a los Estados Unidos la Isla que hoy le cierra el interés español”. La aparente contradicción entre ambos documentos la salva el sentido político, táctico y contingente de ambos.

Pero retrocedamos unos años, a 1889. En octubre de ese año se celebró la Conferencia Panamericana en la capital de Estados Unidos a la que asiste Martí. Allí conoció de primera mano los manejos de James G. Blaine, Secretario de Estado del entonces presidente Benjamin Harrison, para avanzar la vieja aunque intermitente ambición norteamericana de anexarse a Cuba. Una comunicación privada de Martí a su seguidor y confidente Gonzalo de Quesada del 29 de octubre retrata su criterio sobre la anexión de Cuba a Estados Unidos con más precisión que la carta de 1895 a Manuel Mercado, donde el interés táctico particular -obtener el apoyo del gobierno de Porfirio Díaz- se disfraza de estrategia continental. En la misiva a Gonzalo de Quesada Martí rechaza y teme la anexión pues para “que la Isla sea norteamericana no necesitamos hacer ningún esfuerzo, porque, si no aprovechamos el poco tiempo que nos queda para impedir que lo sea, por su propia descomposición vendrá a serlo. Eso espera este país, y a eso debemos oponernos nosotros”. Las razones de su rechazo no se limitarían a la pérdida de soberanía política sino de su propio sentido como nación: "Y una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella? Ni ¿por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera, -no del pueblo que es, propio y capaz- sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Base más segura quiero para mi pueblo".

 El asunto de la anexión deja de ser mera cuestión política para convertirse en existencial y responderse la pregunta: ¿serían capaces los cubanos ya no de alcanzar la independencia sino de conservarla y hacerla respetar frente a un vecino interesado y poderoso?:

[U]n pueblo en la angustia del nuestro necesita despejar el enigma;-arrancar, de quien pudiera desconocerlos, la promesa de respetar los derechos que supimos adquirir con nuestro empuje,-saber cuál es la posición de este vecino codicioso, que confesamente nos desea, antes de lanzarnos a una guerra que parece inevitable, y pudiera ser inútil, por la determinación callada del vecino de oponerse a ella otra vez, como medio de dejar la isla en estado de traerla más tarde a sus manos, ya que sin un crimen político, a que sólo con la intriga se atrevería, no podría echarse sobre ella cuando viviera ya ordenada y libre.

La respuesta es inequívoca: “El sacrificio oportuno [la guerra de independencia] es preferible a la aniquilación definitiva [la anexión]”. Y añade a continuación: “Es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos, y la existencia de Cuba independiente, sin la pérdida, o una transformación que es como la pérdida, de nuestra nacionalidad”. No obstante, reconoce el sentido y el peligro de la opción anexionista “un modo de pensar, que como todo lo que lleva esperanza a los infelices, y libertad cómoda a los débiles, tendrá muchos adeptos, aquí [en Estados Unidos] y en Cuba”.  

Pero tratándose de Martí, nada es sencillo. Ese mismo 29 de octubre en que le escribe la carta a Gonzalo de Quesada firma un poema dedicado “A Néstor Ponce de León”, editor y librero exiliado en Nueva York desde 1869 y conocido anexionista con la intención de disipar el rumor de haber atacado a los “anexionistas viles” en su discurso por el alzamiento del 10 de octubre de 1868 que diera ese mismo mes. Si acaso lo de “anexionistas viles” sería una traducción muy elemental del llamado martiano a desechar “como funesta e indigna de hombres, la libertad ficticia y alevosa que pudiera venirnos, por arreglos o ventas, del comerciante extranjero, que con sus manos se conquistó la libertad, y no podría tratar como a iguales, ni como dignos- de ella, a los que no supiesen conquistarla. ¿Cuándo se ha levantado una nación con limosneros de derechos?”. Las veintisiete cuartetas del poema vienen a constituir una solución salomónica al dilema de la anexión: rechazo a la doctrina, aunque no a los que la profesen:

Donde no nos puedan ver
Diré a mi hermano sincero:
«¿Quieres en lecho extranjero
A tu patria, a tu mujer?»

Pero enfrente del tirano
Y del extranjero enfrente.
Al que lo injurie: «¡Detente!»
Le he de gritar: «¡Es mi hermano!»

No obstante, como me señala Jorge Ignacio Domínguez, uno de los más profundos conocedores del exilio cubano de finales del siglo XIX en Nueva York, algo debió ocurrir entre ese octubre de 1889 y la polémica entre Juan Bellido de Luna y Enrique Trujillo para que el anexionismo se convirtiera de peccata minuta de la infancia revolucionaria de muchos de los próceres cubanos en mancha imborrable de la que todos se apresuraban a renegar. Y ese algo bien pudo ser la campaña sorda y discreta de Martí contra el anexionismo ("donde no nos puedan ver") que, unida a la más estentórea de Trujillo, transformaron dicha corriente de gesto protoindependentista en francamente antipatriótico. Es en medio de esa polémica que figuras tan señaladas como Tomás Estrada Palma, Fernando Figueredo Socarrás, Cirilo Villaverde, el boricua Ramón Emeterio Betances y Amalia Simoni, viuda de Ignacio Agramonte, se ocuparon de despejar retrospectivamente cualquier sombra de anexionismos pasados en ellos o en sus compañeros de armas pese a lo que atestiguaban documentos oficiales de dos décadas atrás.



Quizás la más llamativa de estas declaraciones fuera la del casi octogenario Cirilo Villaverde al asear la memoria del más notorio defensor del anexionismo en Cuba, Narciso López, al decir: “Yo fui, soy, y nunca seré otra cosa que independentista, y podría jurar que Gaspar Betancourt Cisneros y Narciso López lo fueron también”. Al finalizar la polémica Enrique Trujillo no solo rechaza tajantemente la posibilidad de la anexión de Cuba a los Estados Unidos como solución política porque “sería tan antipatriótica como inconveniente a sus intereses sociales”. También la excomulga de la historia nacional al decir que

Nada hay que pruebe en esta discusión que la tendencia anexionista haya sido en nuestra patria un sentimiento patriótico. Ha sido concebida y torpemente desarrollada por la necesidad. Cuando aquellos del año 1823, porque supusieron que nunca serían fuertes para combatir a España; cuando los proyectos de López, por satisfacer intereses esclavistas: y aún así, el mismo López, por boca del ilustre Lugareño, queda exonerado de esa mancha, pues la mayoría de los anexionistas de antaño levantaron esa bandera como un pretexto.

(Una explicación amable de esta cañona histórica sería que Trujillo no pretendía ser historiador sino apenas era un influencer preparando a las masas para entrar en una nueva guerra. Y esta disculpa podría hacerse extensiva a la historiografía oficial cubana: lejos de interesarle un recuento fiel del pasado se esfuerza por justificar retrospectivamente al régimen presente).   


En 1898, cuando estuvo más cerca que nunca la posibilidad de la anexión tras la intervención de Estados Unidos en Cuba contra España el gobierno norteamericano ya fuera por sentimentalismo, demagogia o cálculo evitó aprovecharla. Pese a la rapacidad de unos cuantos políticos norteños la famosa Resolución Conjunta con la que el congreso de Estados Unidos justificaba su entrada en la guerra reconocía que “pueblo de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”, resolución aprobada con la abrumadora mayoría de 324 votos a favor y 19 en contra. Que este gesto fuera empañado por el Tratado de París primero -al no darle cabida a una delegación que representara los intereses cubanos- y la Enmienda Platt después -al reservarse Estados Unidos el derecho a intervenir en Cuba cuando lo estimara conveniente hasta su derogación en 1934-, confirmaría las advertencias de Villaverde pero no los deseos de los nunca abundantes anexionistas cubanos.

En la actualidad no hay mayor valedor del anexionismo en Cuba -aparte de los cubanos que, desprovistos de todo, verían con buenos ojos la anexión al imperio Mongol- es el propio gobierno de la isla. Como el régimen colonial español en el siglo XIX busca su justificación última en ser el único obstáculo existente entre las ansias de conquista norteamericanas y la sobrevivencia de la nación cubana. De ahí su insistencia en borrar de la historia nacional tanto a aquellas figuras sobre las que recayera la sombra del anexionismo o expurgar esta de aquellas a las que no puede renunciar. Reinventarse el peligro de la anexión es un recurso extremo para darse alguna verosimilitud y sentido como régimen. Y si acaso, halagar al patrioterismo local que se ufana de ser pretendido por la todavía nación más poderosa del mundo.

Contra la insostenible amenaza de anexión no vale ningún contraejemplo. Como los casos de Filipinas y Puerto Rico, ocupadas al mismo tiempo que Cuba y con mucho menos respetos por su soberanía: ambos proyectos coloniales han constituido de una manera o de otra un fracaso. Si Filipinas alcanzó su independencia en 1946 Puerto Rico ha mantenido, desde ese oxímoron que es el Estado Libre Asociado, una distintiva y heroica autonomía cultural y social mientras la integración económica y política completa le es negada tras cada plebiscito en que se ha votado mayoritariamente por la estadidad (2012, 2017, 2020 y 2024). Si eso ocurre con una isla de algo más de tres millones de habitantes infinitamente más próspera que Cuba ¿en qué mundo cabría que a Estados Unidos le interese asumir de golpe nueve millones viviendo en pobreza extrema a los que habría que añadir de inmediato a las nóminas de la seguridad social norteamericana? No en este mundo ciertamente, donde Estados Unidos sigue siendo tan calculador como en tiempos de Villaverde. Si acaso esa necesidad de sentirse pretendido, de justificar un régimen inexcusable es el único asidero que le queda a lo que fue una vieja corriente histórica y hoy es apenas el recuerdo de un tibio romance que nunca fructificó. Es por eso que, pasados dos siglos de su momento de mayor intensidad valdría la pena hacer un recuento mesurado y preciso de este.

Monday, April 15, 2024

Nuevo libro: "Emilia Casanova: La patriota cubana y gran amor de Cirilo Villaverde"


Nuevo libro de Ena Curnow. Esta vez sobre la vida de la patriota Emilia Casanova, una de las figuras más importantes del exilio independentista cubano en el siglo XIX.

El tiempo tiende a borrar nombres. Cuba, América y el mundo parecieran olvidar a Emilia Casanova, fundadora de la Liga de las Hijas de Cuba, organización dirigida a recaudar fondos, preparar expediciones y cabildear en pro de la independencia de su Patria.

Aplaudida por el Congreso de los EE. UU., la cubana persuadió al “duro” presidente Grant para liberar a su padre de los españoles en la Isla. Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo y Máximo Gómez reconocieron sus méritos.
Los hombres de su época, sin embargo, no aprobaron su propuesta de que las mujeres llevaran armas y municiones a la Isla, tema aprovechado por los semanarios satíricos españoles para hacer mofa de ella.
Emilia Casanova, la esposa del gran novelista Cirilo Villaverde, merece que se le recuerde.

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Saturday, January 18, 2020

La venganza de Cirilo



Por Enrisco

A veces la literatura es la guerra por otros medios. Como la política o las cenas familiares. Como pasó con la novela Cecilia Valdés, la mulata que fue mito. Su autor, Cirilo Villaverde, se había mudado a Nueva York en 1848 porque en Cuba un tribunal español lo condenó a muerte y quizás pensó que el clima de la isla no era el más apropiado para su salud. Acá se unió al general venezolano Narciso López que conspiraba para liberar a Cuba del despótico poder español y entonces… bueno ya se vería.

Como Nueva York todavía no tenía ni estatua de la Libertad, ni puente de Brooklyn, ni teatros de Broadway y el único atractivo turístico era marcharse a Europa, Villaverde se dedicó a hacer patria: fue secretario de López cuando preparaba sus expediciones a Cuba, testigo de la creación de la bandera cubana y redactor de artículos explicando que antes de estar sometida a España era preferible que Cuba fuera de otro, lo que de paso lo convirtió en precursor del bolero.
Después de que los españoles ejecutaran a Narciso López —mientras el otro (Estados Unidos) no parecía dispuesto a arriesgarse para obtener Cuba—, Villaverde se inclinó por la independencia. No por mucho tiempo: en Filadelfia conoció a Emilia Casanova. Del intercambio de impresiones sobre su mutuamente admirado Narciso López pasarán a casarse el 8 de julio de 1855. A su primer hijo lo llamaron (¿adivinan?) Narciso.
Tras una amnistía regresan a vivir en Cuba en 1858 pero dos años después vuelven a Nueva York para siempre. O casi. Acá los sorprende la guerra de independencia cubana de 1868 que Cirilo recibe con entusiasmo y más artículos. Y colabora con Emilia en la organización de expediciones en apoyo a los insurrectos. Pero luego del fracaso del Virginius las cosas pintaban para los independentistas color Titanic tras el encuentro con el iceberg.
Así fue. Como pasó con el Titanic, al principio no se notó mucho. Los mambises creyeron que podían seguir dando machete como aquellos músicos que pulsaban sus instrumentos durante el hundimiento del Titanic. Hasta que empezaron a preguntarse si tenía sentido seguir. Justo entonces Villaverde regresó al manuscrito de una novela que comenzara cuarenta años antes sobre los amores imposibles entre la mulata Cecilia y el señoritingo blanco Leonardo. Imposibles no porque se abstuvieran de meterse mano sino porque (aunque no lo sabían) eran medio hermanos: al padre de Leonardo, Don Cándido Gamboa, ser esclavista y racista militante no le había impedido aparearse con negras esclavas y, como subproducto de su intercambio cultural, engendrar a la bella Cecilia.
¿Y qué tienen que ver los amores interraciales de dos medios hermanos con la guerra que se acababa? Pues que Cirilo tenía una memoria de elefante y reprodujo La Habana de medio siglo antes con tal precisión que se siente la presencia del último de los tornillos de las calesas en las que los cocheros esclavos paseaban a sus dueños. Y como la guerra de independencia era una batalla contra la realidad colonial Cirilo supondría que reproducir una realidad tan fea con tanto detalle era una forma de combatirla.
Quien fuera comentarista de modas, cronista campestre, conspirador fallido, preso, fugitivo, periodista comprometido, organizador de expediciones y diseñador de patrias llegó, tras décadas de exilio, a publicar en 1882 en su imprenta “El Espejo” de la calle Cedar la novela que lo consagraría como el mayor novelista cubano del siglo. Ya podía morir tranquilo, pero como tampoco tenía apuro esperó más de una década para hacerlo. Y el que había pasado su vida en el exilio regresó cadáver a su patria, para lo mismo que aquel que pedía que si moría en Madrid lo enterraran en Barcelona y viceversa.
Para seguir dando guerra.

Sunday, January 12, 2020

EMILIA Y CIRILO: TODO POR LA LIBERTAD*

Por Teresa Fernández Soneira «Cuba no solo es posible, y es probable, sino que es seguro que alcanzará la libertad». Emilia Casanova
Era el 18 de enero de 1832 y en la finca Caimito de Cárdenas, en Matanzas, nacía Emilia Casanova Rodríguez.  Los padres, Petronia e Inocencio, educarían a Emilia con esmero y esta se convertiría en una mujer fuerte y dinámica, pero sobre todo luchadora que dedicaría su vida a la independencia de Cuba. Todo comenzó en 1850 cuando Emilia contaba 18 años de edad.  Mientras se hallaba recostada a un ventanal de su casa vio al general venezolano Narciso López  portar la bandera cubana diseñada por él y que las cubanas y norteamericanas de Nueva Orleáns, en los Estados Unidos, habían confeccionado. Para asombro general, López había desembarcado en Cárdenas en la mañana del 19 de mayo a la cabeza de 610 expedicionarios.  Junto al postigo donde resonaban los primeros tiros por la independencia, los ojos de Emilia se iluminaron al ver el nuevo pabellón de la nacionalidad cubana, y desde aquel feliz momento, dice un biógrafo, «todos sus gustos, sus pensamientos, hasta sus placeres –dice un biógrafo - se concentraron en esa idea primordial que llegó a ser la religión de su alma, y que le dio nuevo impulso, la revistió de nuevo carácter, y la hizo nacer a nueva vida ».  Pero López y sus expedicionarios serían apresados un año más tarde, siendo este condenado a morir por garrote vil, y muchos de sus soldados fusilados. 
Un día, mientras el gobernador español, Manuel Fortún, celebraba un banquete para festejar la derrota de López y al que habían asistido Emilia Casanova y su padre, llegó el momento de hacer los brindis.  En su intrepidez, Emilia dedicó el suyo a la libertad del mundo y a la de Cuba. Los españoles quedaron desconcertados sobre todo porque la que lo proponía era una joven cubana. Fortún condenó las palabras y las consideró un insulto a España. Preocupado y temeroso, el padre de Emilia se la llevó para los Estados Unidos donde la internó en un colegio.  Pero Emilia aprovecharía aquel tiempo en Nueva York para hacer contactos con los miembros de la Junta Cubana dirigida por Gaspar Betancourt Cisneros.   Al saber Betancourt Cisneros que Emilia regresaba a Cuba no dudó en confiarle una comisión delicada y peligrosa: llevar a los conspiradores de La Habana y Matanzas documentos importantes así como volantes sediciosos para distribuir clandestinamente en la isla. 
En Matanzas Emilia formó un núcleo de propaganda y hasta se atrevió a planear una conspiración con la ayuda de su hermano mayor. Aquellas actividades llegarían a oídos de las autoridades españolas y la familia se vería obligada a huir precipitadamente al exilio de Filadelfia en los Estados Unidos. En esa ciudad Emilia conoce al escritor y novelista pinareño Cirilo Villaverde con quien contrae matrimonio el 8 de julio de 1855.  De esta unión nacerían tres hijos: Narciso, Emilia  y Enrique.  Al matrimonio no solo los unía el amor sino también su deseo ardiente de ver a Cuba libre.     «…ni cuando en las oscuras mañanas de invierno iba
puntual, muy hundido ya el cuerpo, a su servidumbre de
trabajador allá en la mesa penosa de EL Espejo, se vio a
Cirilo Villaverde tan meritorio y fogoso y digno de
verdadera admiración». José Martí, Patria, octubre, 1894

Cirilo Villaverde de la Paz había nacido el 28 de octubre de 1812 en San Diego de Núñez, Pinar del Río, zona por entonces rica en ingenios y cafetales.  Sus padres fueron Dolores de la Paz y Tagle y el Dr. Lucas Villaverde y Morejón, médico este del ingenio Santiago.  En 1823 Cirilo se traslada a La Habana donde estudia filosofía, pintura y derecho, y en 1834 obtiene el título de bachiller en leyes aunque pronto abandona la labor de abogado para dedicarse al magisterio y a la literatura que son sus grandes pasiones.  La Habana se hallaba por entonces convulsionada por conspiraciones y por grupos de cubanos que incitaban a la rebelión, como Francisco Lemus quien había dirigido proclamas subversivas al pueblo de Cuba, o el gran poeta santiaguero, José María Heredia, implicado en la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar.  Este desasosiego en la sociedad se advertiría luego en los escritos de Villaverde. 
En 1838 Cirilo escribe para diversas publicaciones donde aparecen algunas de sus novelas como La peña blanca y El perjurio. Por su obra, Excursión a Vuelta Abajo, un crítico comentó que Cirilo representaba para los pinareños el primer descubridor de la riqueza ecológica y de los paisajes paradisíacos de la provincia.  Dice Villaverde: «fui yo, Cirilo Villaverde, en Excursión a Vuelta Abajo, quien descubrió para las letras universales vida, paisajes y costumbres de estas regiones de Vuelta Abajo al amparo de la pupila creadora del señor Moreau,  con sus dibujos, y otros amigos que me acompañaron en la más hermosa de mis aventuras» . La excursión la realizó el 20 de marzo de 1839 en compañía del pintor francés Alejandro Moreau y del presbítero Francisco Ruiz quienes se dirigieron a Ceiba del Agua, Bejucal, Rincón y San Antonio de los Baños para luego internarse en territorio pinareño.
Asiste Villaverde por entonces a las tertulias literarias de Domingo del Monte,  y publica trabajos críticos para El Recreo de las Damas, Aguinaldo Habanero y La Cartera Cubana.  Pero es en 1838 cuando escribe su obra cumbre, Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, una novela romántica de tema costumbrista.  Dice Villaverde en el prólogo de la primera edición: «Publiqué el primer tomo de esta novela en la Imprenta Literaria de Don Lino Valdés a mediados del año de 1839. Contemporáneamente empecé la composición del segundo tomo, que debía completarla; pero no trabajé mucho en él […].  Durante la mayor parte de esa época de delirio y de sueños patrióticos (1865-1878) durmió, por supuesto, el manuscrito de la novela. ¿Qué digo? no progresó más allá de una media decena de capítulos, trazados a ratos perdidos, cuando el recuerdo de la patria empapada en la sangre de sus mejores hijos se ofrecía en todo su horror y en toda su belleza, y parecía que demandaba de aquellos que bien y mucho la amaban, la fiel pintura de su existencia bajo el triple punto de vista físico, moral y social […]». 
En la sentida dedicatoria de Cecilia Valdés típica del exiliado que lo invade la nostalgia, Cirilo escribió: «A las cubanas: lejos de Cuba y sin esperanza de volver a ver su sol, sus flores ni sus palmas, a quién, sino a vosotras, caras paisanas, reflejo del lado más bello de la patria, pudiera consagrar con más justicia estas tristes páginas».  Por esta obra Manuel de la Cruz  considerará a Cirilo Villaverde «príncipe y creador de la novela cubana».   Por entonces Villaverde edita para las escuelas su Compendio geográfico de la isla de Cuba (1845), y junto a su amigo Antonio Bachiller y Morales  dirige el Faro Industrial de La Habana.  Es autor de una serie de relatos y de libros de temas didácticos, históricos y políticos en los que transmite su preocupación por la cuestión de la esclavitud, y describe las costumbres del campo por los recuerdos que guarda de cuando era niño en el ingenio Santiago en Pinar del Río. 
Además de dedicarse a escribir, Villaverde conspira contra el dominio español junto a Narciso López y otros patriotas. En 1848 es detenido por su participación en la conspiración de Trinidad y de Cienfuegos y condenado, primero a diez años de presidio, y luego al garrote . Relata Villaverde: «Encerrado cual fiera en una oscura y húmeda bartolina, permanecí seis meses consecutivos al cabo de los cuales, después de ser juzgado y condenado a presidio por la Comisión General Permanente como conspirador contra los derechos de la corona de España, logré evadirme el 4 de abril de 1849 en unión de D. Vicente Fernández Blanco» . Huye entonces en una goleta que se dirige a Estados Unidos y llega a Nueva York donde se aglutina ya una considerable colonia de exiliados cubanos a la que Simón Camacho  llamaría “un barrio de La Habana». 
En Nueva Orleáns publica El Independiente y es colaborador en La Verdad.  En aquellos años de exilio afirmaría: «Fuera de Cuba, reformé mi género de vida: troqué mis gustos literarios por más altos pensamientos; pasé del mundo de las ilusiones al mundo de las realidades; abandoné, en fin, las frívolas ocupaciones del esclavo en tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre en tierra libre. Quedáronse allá [se refiere a Cuba] mi manuscritos y libros, que si bien recibí algún tiempo después, ya no me fue dado hacer nada con ellos; puesto que primero como redactor de La Verdad, periódico separatista cubano, luego como secretario militar del General Narciso López, llevé una vida muy activa y agitada, agena (sic) por demás a los estudios y trabajos sedentarios» .  En 1854 viaja a Filadelfia para dedicarse a la enseñanza del idioma español, y un año más tarde conoce a la patriota Emilia Casanova con quien contrae matrimonio, como ya mencionamos antes.
Acogiéndose a una amnistía concedida por el gobierno español, el matrimonio viaja a La Habana en 1858 y va a residir a la casa de la calle Galiano 85 ½ donde luego estuvo la famosa tienda El Encanto.  En esa casa les nace su primer hijo, Narciso, el 8 de septiembre en 1858.   En la capital Cirilo trabaja como codirector y redactor del periódico La Habana y colabora en Cuba Literaria.  Pero la situación en Cuba es cada vez más difícil por lo que liquidan sus propiedades en la Isla y en 1860 se van a vivir nuevamente a Estados Unidos. 
En 1861 les nace la hija a la que pondrían por nombre Emilia, como la madre, pero que moriría en 1867. En Nueva York Emilia y Cirilo fundan colegios en Oak Point, Nueva York; en el Bronx, y en Weehawken, Nueva Jersey . Emilia ayuda a constituir la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en 1866, y aunque está embarazada de Enrique, su tercer hijo, eso no la detiene a seguir participando en actividades revolucionarias. En enero de 1869 funda la primera sociedad de carácter político establecida por mujeres cubanas en territorio extranjero: La Liga de las Hijas de Cuba. Tiene esta organización por objetivo recaudar fondos para la guerra y así socorrer a los heridos y enfermos del Ejército Libertador. Sería esta asociación la precursora de más de 53 clubes revolucionarios femeninos  establecidos para apoyar la insurrección.
La Liga de las Hijas de Cuba envía una carta a José Morales Lemus  de la Junta Cubana, informándole sus propósitos: «El comité de la sociedad Liga de las Hijas de Cuba, […] comprendiendo la urgencia de levantar fondos para proveer a las necesidades de los hospitales de los ejércitos que combaten por la libertad e independencia de la patria, varias señoras se asociaron con este santo objeto a la mira; y desde el 6 de febrero próximo pasado se constituyeron en una sociedad formal y bajo un reglamento escrito, después de la elección de empleadas que desempeñasen los cargos de toda corporación pública».   También estas damas redactan un manifiesto que envían al célebre escritor francés Víctor Hugo  y que va firmado por más de 300 mujeres.  En el manifiesto le piden a Hugo se exprese públicamente a favor de la libertad de Cuba y el las complace.
Al estallar la Guerra de los Diez Años, Cirilo Villaverde se suma a la Junta Revolucionaria mientras colabora con sus escritos en La Familia, El Avisador Hispanoamericano, El Fígaro y en la Revista Cubana.  Emilia por su lado ayuda a familias que han dejado la isla o que han sido expulsadas y que llegan a Nueva York sin recursos para vivir. También escribe cartas a importantes figuras mundiales y a varios presidentes de la América Latina pidiendo apoyo para Cuba.  Vemos que su amplio epistolario incluye personalidades como el ilustre Giuseppe Garibaldi  en Italia, la señora Margarita Masa de Juárez en México, al general Quintín Quevedo en Bolivia. También envía cartas a Benjamín Vicuña McKenna de Chile, a Pedro José Varela en Montevideo, a la señora Juana Manso de Noroña en Buenos Aires, así como a otras celebridades en Venezuela y en el Perú.
A fines de 1868 el padre de Emilia adquiere una mansión en Oak Point, Nueva York conocida como Whitlock’s Folly.   La mansión posee numerosas bodegas para guardar vino así como túneles secretos subterráneos. Uno de los pasajes sale al río Hudson lo que les facilita transportar por esa vía rifles, pólvora y municiones en los barcos que van con expediciones secretas para Cuba.  No pocas de esas expediciones son organizadas por Emilia Casanova, y también se cree que la tripulación del Virginius  salió de esta casa. En la mansión se dan cita los patriotas y Emilia, con palabra encendida y fervorosa, los agita y anima para la insurrección. 
Con la guerra en camino, esta valiente mujer se presenta en Washington en abril de 1868 en los momentos en que el Gabinete de la nación está en sesión. Solicita una audiencia con el Presidente norteamericano Ulysses Grant  quien se la concede enseguida. Como se comunica perfectamente en inglés, le plantea al presidente Grant los anhelos y trabajos del pueblo cubano por alcanzar la independencia y solicita de este que haga suya la guerra separatista. 
En 1869 Cirilo escribe el reporte La Revolución Cubana vista desde Nueva York,  dirigido al presidente Carlos Manuel de Céspedes y que relata lo que sucede entre los emigrados de la ciudad, en especial la actuación de la Junta dirigida por Morales Lemus y Miguel Aldama, quienes quieren controlar y monopolizar las actividades revolucionarias en aquella ciudad.  Villaverde sigue también publicando novelas y cuentos, como Dos amores y El penitente; La cruz negra, La tejedora de sombreros de yarey y El ciego y su perro.  Aunque está en el exilio, su narrativa, predominantemente histórica, costumbrista y social, contribuye a que se consolide ese género en Cuba.  
Las mujeres de la Liga de las Hijas de Cuba presentan al Congreso de los Estados Unidos un Memorial redactado por Emilia y firmado por 30,000 personas de todo el país, fechado el 4 de marzo de 1872,  en el que piden beligerancia para Cuba.  Entre sus párrafos el Memorial expone: «Lo que en Cuba existe no es una sedición pasajera provocada por causa fortuita y sostenida por intereses personales, ni mucho menos es un alzamiento de populacho movido por malas pasiones y dirigido por agentes extranjeros, como dicen los partidarios de España. Lo que hay en Cuba es una revolución popular, política y social, preparada muy de antemano, que ha pasado y está pasando por todos los trámites porque han pasado y pasan y precisamente tienen que pasar semejantes revoluciones».  Desde entonces La Liga comienza a organizar conciertos, rifas de joyas, ferias y bazares y todo tipo de actividades para crear recursos para las necesidades de la contienda.
Pero eso no es todo.  Esta mujer a la que nada detiene, realiza visitas a los más importantes jefes políticos; asiste diariamente al Congreso de los Estados Unidos y suscita debates entre los congresistas sobre el asunto cubano, y en el llamado Salón Mármol contiguo al Senado en el que los senadores reciben visitas, entabla discusiones sobre la obligación de apoyar a la revolución cubana. 
Cirilo entre tanto publica varias ediciones de su Cecilia Valdés, aunque es en 1882 cuando sale la versión definitiva. Uno de los ejemplares llega a manos del gran escritor español Benito Pérez Galdós,  el que al leerla exclama: «no creí que un cubano escribiese una cosa tan buena». A pesar del éxito, Villaverde se quejaría en varias ocasiones de no haber podido siquiera recuperar el dinero invertido en la impresión de su novela.  Periodista, pedagogo, luchador por la causa de la independencia, exiliado durante dos largos períodos en Estados Unidos, «su actividad y su novela son un reflejo fehaciente de las tensiones de su patria».  
Llega el 10 de octubre de 1884 y los exiliados de Nueva York se reúnen en Tammany Hall  para conmemorar el Grito de Yara.  Emilia Casanova, así como una gran muchedumbre, asisten al evento. Todos esperan la presencia de los líderes. Al llegar Gómez y Maceo los aplauden calurosamente, pero cuando entra Emilia se repite la atronadora ovación.  Emilia ese día vistió ropa militar para dar testimonio público de su actuar revolucionario.  Según la historiadora Perla Cartaya Cotta, “lucía un uniforme que consistía en una levita con una golilla fruncida, mangas anchas, y dos bandas azules del hombro a la cintura, una a la derecha y otra a la izquierda con ocho estrellas de cinco puntas. La falda era también color azul» , que era el color de rebeldía que portaban los que estaban en contra de España.  En aquellos momentos de efervescencia patriótica no faltaron quienes compararon a Emilia Casanova con Madame Roland. 
Entre 1888 y 1894 Cirilo hace breves viajes a Cuba; escribe la «Advertencia» y las «Notas» y Cuestión de Cuba; traduce al español David Cooperfield del escritor inglés Charles Dickens, así como publica varios cuentos y relatos.  A pesar de vivir muchos años en el extranjero, mantiene relaciones con sus contemporáneos y ejerce influencia en la cultura cubana. 
Cuando en 1892 Martí funda el Partido Revolucionario Cubano, Emilia Casanova pasa de los sesenta años y ya le van quedando pocas fuerzas. Ha dedicado más de 40 años a la lucha patria, ha sufrido por Cuba, y ha utilizado casi todos sus recursos monetarios en la empresa.  Se entusiasma con la unidad que está logrando Martí y los planes que este tiene para la Guerra de Independencia. Pensamos que Emilia y Martí coincidieron en alguna actividad revolucionaria y que se conocieron en persona, no solo porque los dos vivían en Nueva York, sino también por las descripciones que de ella nos ha dejado Martí. 
Sin ver a Cuba libre, Cirilo Villaverde muere en Nueva York el 23 de octubre de 1894 a los 82 años de edad. «Su muerte parece su último desafío al dominio español sobre su tierra natal», escribe el historiador Enrique del Risco.   Y continúa: «su esposa, Emilia Casanova, lo hizo embalsamar y enviar a La Habana para ser enterrado en la Necrópolis de Cristóbal Colón donde se congregaron sus admiradores, casi todos a su vez partidarios de la independencia». Al saber de su muerte, José Martí escribió: «Cirilo] ha muerto tranquilo, al pie del estante de las obras puras que escribió, con su compañera cariñosa al pie, que jamás le desamó la patria que él amaba, y con el inefable gozo de no hallar en su conciencia, a la hora de la claridad, el remordimiento de haber ayudado con la mentira de la palabra ni el delito del acto, a perpetuar en su país el régimen inextinguible que lo degrada y ahoga» .  Al terminar el entierro, Emilia exclamó: « ¡Si mi esposo duerme en tierra esclava, a mí me tocará siendo Cuba Libre!». Desgraciadamente no fue así.  Emilia tampoco llegó a ver la hora de la redención pues fallece en Nueva York poco tiempo antes de terminar la guerra, el 4 de marzo de 1897.  José Martí escribió elocuentes palabras acerca de una mujer de quien afirmó es «una cubana que en el indómito corazón lleva toda la fiereza y esperanza de Cuba, y en los ojos todo el fuego y el mérito todo de la tierra en la abundancia y gracia de su magnífica palabra...».   Se refería a Emilia Casanova.  Los restos de Emilia permanecieron enterrados en el cementerio de St. Raymond en el Bronx de Nueva York hasta que en 1944, gracias al empeño de su hijo Narciso, fueron trasladados a Cuba donde reposan en el Cementerio de Colón de La Habana al lado de la tumba de su esposo Cirilo. 
En el Norte de los Estados Unidos vivieron exiliados por más de cuatro décadas Emilia Casanova y Cirilo Villaverde. Donde había una necesidad humanitaria o bélica que apoyar, allí estaba Emilia. Cirilo, como el mismo se había definido: «cubano como soy hasta la médula de los huesos y hombre de moralidad», estuvo siempre presto a organizar la insurrección o redactar algún artículo o reporte. «Precursor, y feliz creador de una nueva jerarquía en la novela, »  nos dejó una de las obras cumbres de nuestra literatura.  Emilia, fiel al juramento que desde muy joven había hecho en Matanzas al ver ondear la bandera cubana, había luchado por sus ideales hasta el final de sus días a pesar de críticas y obstáculos. Con palabra ardiente se había acercado a presidentes y ministros para abogar por su sufrida Patria. Cirilo hablaba a los jóvenes de Nueva York que tocaban a su puerta para escuchar sus relatos de Cuba. Tenía derecho a hablarles, porque como había dicho Martí, a la hora de la prueba se había entregado con coraje a la conspiración de López sufriendo hasta prisión, y no había mostrado miedo a morir.
Cirilo y Emilia entraron en la muerte gloriosa  por la puerta grande luego de dedicar sus vidas a luchar como patriotas enteros.  Dios tuvo que conferir a este matrimonio el premio merecido de la gloria eterna por entregar su ser y su quehacer a la libertad. Cuba no puede olvidar a los que la han amado y se han sacrificado por ella.  Y nosotros tampoco.
 

Bibliografía
Apuntes biográficos de Emilia Casanova Villaverde escritos por un contemporáneo, Nueva York, 1874.

Cartaya Cotta, Perla: « ¿Quién fue Emilia Casanova?», Palabra Nueva, enero 2003.

Camacho, Simón: Cosas de los Estados Unidos, Imprenta El Porvenir, Nueva York, 1864.

de la Cruz, Manuel: Revista Cubana, tomo XIV, La Habana 1889.
del Risco, Enrique: «Tras los pasos del escritor cubano Cirilo Villaverde en Nueva York», El Nuevo Herald, Miami, 14 octubre, 2016.
El Moro Muza, La Habana 1870.

Estrade, Paul: «Los clubes femeninos en el Partido Revolucionario Cubano (1892-1898) », Anuario de Estudios Martianos, vol. 10, La Habana 1987, pp., 175-201.

Fernández Soneira, Teresa: Mujeres de la Patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba, vol. I (2014), y vol. III (de próxima publicación) Ediciones Universal, Miami.

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Horrego Estuch, Leopoldo: «Emilia Casanova, la vehemencia del separatismo», discurso, Academia de la Historia de Cuba, La Habana, 1951.

«Memorial» dirigido al Congreso de los Estados Unidos por La Liga de las Hijas de Cuba, Nueva York, marzo de 1872.
Pérez, Lisandro: Sugar, Cigars & Revolution, The Making of Cuban New York, New York University Press, New York, 2018.

Periódico Patria, octubre, 1894.

Villaverde, Cirilo: Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, Oxford University Press, New York, 2005.

_______: La Revolución de Cuba vista desde Nueva York, New York, 1869. *Artículo aparecido originalmente en la revista Convivencia.