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Tuesday, October 24, 2023

Eduardo Hidalgo Gato: Cubano a carta cabal

 


Por Guillermo A. Belt

 

Cuando recordamos a Eduardo Hidalgo Gato como figura destacada de entre los patriotas que a la larga hicieron posible la República de Cuba, vemos a un hombre extraordinariamente generoso que puso su fortuna al servicio de la independencia de nuestro país. Como pocos, me apena agregar, en aquellos como en estos tiempos.

Hidalgo Gato fue más que un mecenas de la guerra. Si bien el amor a la tierra natal no nace exclusivamente de la antigüedad del asentamiento de la familia en ese territorio – pienso en Antonio Maceo, y no es el único patriota sin esa distinción – vale señalar que los Hidalgo Gato se establecieron en La Habana a fines del siglo XVI, según lo consigna Joaquín de Santa Cruz en su Historia de familias cubanas.

Eduardo nació en Santiago de las Vegas en 1847. “Su niñez pasó sin acontecimientos que merezcan citarse.” Así lo expresó Raoul Alpízar y Poyo, Secretario de Correspondencia de la Asociación Nacional de Emigrados Revolucionarios Cubanos en el discurso pronunciado el 28 de enero de 1896 en sesión solemne de dicha institución. Casi en la pubertad aprendió a hacer tabacos. “Excelente y aventajado tabaquero, ganaba Eduardo Hidalgo Gato cuanto quería con la habilidad de sus manos”, continúa Alpízar, quien lo conoció y conversó ampliamente con él.

Al comienzo de la Guerra Grande, Eduardo se pone a las órdenes de Federico Pons, jefe del Departamento Occidental y desempeña varias comisiones de servicio. Los voluntarios de Bejucal lo delatan, y Pons lo oculta en La Habana en la casa de huéspedes propiedad del marido de una hermana del poeta cubano Francisco Orgaz. Luego Pons lo lleva al vapor La Alianza, que viaja a Nueva Orleans vía Cayo Hueso. Dice Alpízar que tras de mil peripecias, incluyendo un serio accidente con peligro de naufragio, los pasajeros fueron recogidos por una goleta, y finalmente Hidalgo Gato llega a Nueva York.

Allí, ni corto ni perezoso, Eduardo se alista en la expedición al mando del general Goicuria, que debía viajar en el vapor Katherine West. En espera del general, los tripulantes, entre los cuales estaba Juan Clemente Zenea, fueron apresados por una embarcación de la Marina de Guerra de Estados Unidos y conducidos al Arsenal de Brooklyn. Gracias a gestiones de la Junta Cubana de Nueva York, presidida por Miguel Aldama, los expedicionarios fueron liberados. Agrega Alpízar que Hidalgo Gato fue miembro de la 4ª Compañía de Infantería, y resume esta etapa de su vida con estas palabras: “Hay que decir, ajustándose a la verdad histórica, que antes de ser millonario, fue expedicionario y patriota.”

Durante la Guerra Chiquita, siendo su fortuna de tamaño mediano, Hidalgo Gato contribuyó con sumas tan grandes que causó asombro en los dirigentes de aquel intento. Nunca aceptó recibos ni comprobantes de sus donaciones, por lo que no se puede comprobar lo afirmado por Alpízar, que “…él solo dio más que ningún otro cubano para la Libertad de su Patria.”



Cuando comienza a organizarse el Partido Revolucionario Cubano, ya Eduardo Hidalgo Gato es sumamente rico, millonario. Apoya financieramente las actividades de Martí, pero no se limita a ello. Viajaba a Cuba con frecuencia como hombre de negocios, dueño de una fábrica de tabacos. La mayoría de los viajes los aprovechaba para llevar comunicaciones y órdenes relativas a los preparativos de guerra, a riesgo de ser descubierto y encarcelado o, más probablemente, fusilado.

Al producirse el desastre de Fernandina, Martí recurre nuevamente a la generosidad y el patriotismo de Hidalgo Gato. El 27 de octubre de 1894 le escribe una carta. Su texto parcial (faltan párrafos iniciales) ocupa cuatro páginas completas, 51-54, Tomo III, del Epistolario de José Martí, Colección de Libros Cubanos, Cultural, S.A., La Habana 1931. Martí le pide desesperadamente 5,000 pesos, ofreciendo plenas garantías de su devolución puesto que califica la operación de préstamo.

Grave error, lo del préstamo con garantía formal, lo cual no impidió la respuesta positiva que permitió a Martí viajar a Montecristi para reunirse con Máximo Gómez. Ya en marcha la Guerra Necesaria, el Gobierno de la República en Armas había acordado un empréstito mediante la venta de bonos a 25 centavos, con valor nominal de un peso pagadero al triunfo de la república. Una comisión visitó a Hidalgo Gato. El millonario que tanto dinero había dado se negó a comprar los bonos. Los comisionados apelaron a Estrada Palma. Don Tomás mandó a buscar a su amigo Hidalgo Gato y le preguntó los motivos de su negativa.

Volvamos al discurso de Alpízar, nieto por cierto de José Dolores Poyo.

Entonces, el señor Gato, con un rasgo muy suyo, suficiente a hacerle inmortal y a colocar su nombre junto al de los fundadores de la Libertad cubana, dijo así al venerable Estrada Palma:

“La Patria tiene derecho a exigirme dinero, sacrificios, esfuerzos y hasta la vida misma, si es preciso para su Libertad. Pero ni la Patria, ni usted, ni nadie tiene derecho a hacerme aceptar esos Bonos, que el día cercano del triunfo de nuestra causa, vendrían a destruir mi historia de sacrificios por la Libertad…Y para demostrar que no es porque me niegue a contribuir, como siempre, al fondo de la Guerra, ahí va ese cheque de $10,000.00 con los que contribuyo esta vez a la cuestación…”

Mi hija Mimi, tataranieta por línea materna de Eduardo Hidalgo Gato, recuerda que en la familia del patriota se guardaba con orgullo esta afirmación suya sobre los bonos: “La República no se hipoteca.”

Saturday, July 22, 2023

El improbable viaje de mi tío de la Cuba comunista a figura clave en el alunizaje del Apolo 11

Su fascinación por los viajes espaciales comenzó en Cuba y lo siguió hasta el exilio en Nueva York y Florida. Los héroes de este país vienen de todas partes.

Por Rick Jervis

No conocí muy bien a mi tío, Miguel Hernández, mientras crecía.

Vivía en Houston, Texas, que, para un niño cubanoamericano como yo que creció en Miami, era tan lejano y extranjero como Anchorage o Reykjavik. Sabía que era primo hermano de mi mamá y lo llamábamos “Chichi”. Visitaba Miami al menos una vez al año con su esposa, Tere, y sus dos hijos, Michael y Jorge Luis, que eran un poco mayores que yo. Todos jugábamos béisbol o íbamos a la piscina juntos, luego se iban de nuevo.

Sin embargo, para nuestra familia, Miguel era una leyenda viviente, alguien que trabajaba para la NASA, almorzaba con astronautas y se reunía con presidentes. Sin embargo, no fue hasta mucho más tarde que descubrí la profundidad de su papel en ayudar a los astronautas estadounidenses a llegar a la luna, y el camino improbable de La Habana a Houston que lo llevó allí.

Mientras celebramos el 50 aniversario del alunizaje del Apolo 11, que ocurrió hace 50 años el sábado, habrá películas y foros y merecidos elogios de nombres conocidos como Buzz Aldrin y Neil Armstrong. Pero una legión de ingenieros, matemáticos y el inmigrante cubano ocasional también ayudaron a realizar esa hazaña hercúlea.

“Nunca imaginé que estaría involucrado en este tipo de trabajo”, me dijo Miguel recientemente. “Pero siempre me interesó”.

Un ojo hacia las estrellas


Cuando era un niño que crecía en Cuba, hojeaba copias de Aviation Week & Space Technology, lo que despertó un interés temprano en los viajes espaciales. En 1959, poco después de que Fidel Castro se apoderara de la isla y comenzara a conducirla hacia el comunismo al estilo soviético, una réplica del Sputnik I soviético, el primer satélite en orbitar la Tierra, llegó en un barco al puerto de La Habana. Miguel, entonces de 17 años, se maravilló con la esfera de metal pulido con cuatro antenas que podría dar la vuelta a la Tierra.

Mientras Castro nacionalizaba empresas y se apoderaba de viviendas, Miguel, de 19 años, se volvió contra el gobierno, repartiendo panfletos anticastristas y denunciando al régimen. Cuando sus amigos activistas comenzaron a caer en prisión, Miguel huyó de Cuba, dirigiéndose primero a Miami y luego a la ciudad de Nueva York para vivir con familiares. Tenía $100 en el bolsillo y no sabía inglés. Su tía le prestó un abrigo, dos tallas más grande, para sobrevivir a los inviernos de Nueva York.

Trabajó en la sala de correo de American International Underwriters (ahora AIG) en el centro y tomó clases de inglés por la noche. Pero su mente a menudo se desviaba hacia el cielo. En su tiempo libre, leyó cómo el cosmonauta soviético Yuri Gagarin se convirtió en la primera persona en viajar al espacio en abril de 1961, seguido unas semanas más tarde por el estadounidense Alan Shepard. Asistió al desfile de teletipos de la ciudad de Nueva York para John Glenn, el primer estadounidense en orbitar la Tierra. Se maravilló cuando, poco después, el presidente John Kennedy prometió que Estados Unidos sería el primero en poner un hombre en la luna.

"Dije: 'Estas personas están locas'", comentó.

Cuando aprendió suficiente inglés, Miguel asistió a la Universidad de Florida y se graduó en ingeniería mecánica. Cuando los reclutadores de la NASA visitaron su campus en 1966, aprovechó la oportunidad de trabajar en la agencia espacial. Fue asignado al recién inaugurado Centro Espacial John F. Kennedy cerca de Cabo Cañaveral, Florida, entrenando astronautas para las nacientes misiones Apolo. Miguel y un equipo de otros ingenieros se encargaron de aprender todos los sistemas necesarios para impulsar a un hombre al espacio y enseñárselos a los astronautas a través de simuladores. Su especialidad: propulsión y cohetes.

Un proyecto peligroso

Apenas unas semanas después de su nuevo trabajo, ocurrió una tragedia. Miguel observó con horror desde la sala de control cómo un incendio en la cabina arrasaba el módulo Apolo 1 durante un ensayo de lanzamiento de prueba, matando a los tres astronautas. “Eso tuvo un impacto terrible en todos”, dijo.

Las misiones continuaron y en 1969 aumentaba el rumor sobre el alunizaje del Apolo 11. Miguel se dejó llevar por el fervor. Él y su equipo trabajaron en turnos de 24 horas, verificando dos veces los sistemas y preparando a los astronautas para llegar a la luna. Mike Collins, el menos conocido de los tres pilotos del Apolo 11, fue el más amable, dijo Miguel, aunque los tres, Collins, Aldrin y Armstrong, apreciaron y absorbieron el entrenamiento.

"Había que tener la confianza de los astronautas", dijo. "No podías decirles en ningún momento algo que luego podría estar equivocado. Eso podría costarles la vida".

Miguel vio el alunizaje como millones de personas en todo el mundo: en un televisor en su sala de estar con su familia, y completamente asombrado. “Fue un logro para todo el mundo”, dijo. “Fue algo que no solo hizo Estados Unidos, fue algo que hizo la raza humana”.

Más tarde ese año, Miguel transmitió la misión Apolo 12 en español para la estación de radio La Fabulosa WFAB en Miami. También recibió la Medalla Presidencial de la Libertad por su papel en el espeluznante rescate de la misión Apolo 13 en 1970, que casi quedó varada en el espacio después de que explotara un tanque de oxígeno, paralizando un sistema clave. En total, entrenaría a los astronautas para las misiones Apolo 1, 7, 9, 11, 13, 15 y 17, tres vuelos de la estación espacial Skylab y las dos primeras misiones del transbordador espacial.

Quizás su mayor logro fue una ruptura considerable en la barrera de color de la agencia. En un momento en que las tensiones raciales aún estallaban en los EE. UU. y el movimiento por los derechos civiles estaba llegando a su cúspide, Miguel era el único latino en su departamento y el único que conocía en la NASA.

Dijo que nunca se sintió discriminado; todos estaban demasiado concentrados en las misiones para preocuparse por la raza o las nacionalidades. Aunque creo que eso es cierto, también creo que no siempre podría haber sido fácil ser un emigrado cubano en la década de 1960, trabajar junto a colegas hiperinteligentes que no se parecían ni hablaban como usted y comunicarse en un idioma que aprendió unos años antes.

Nada de eso se interpuso en su camino, por supuesto.

La frontera de la próxima generación

Miguel dejó la NASA en la década de 1980 y aprovechó su conjunto de habilidades y experiencia únicas en un negocio exitoso, Hernandez Engineering, que tuvo un contrato con la agencia espacial durante décadas. Hoy, con 77 años y jubilado, viaja por el mundo con su esposa y disfruta de las frecuentes visitas de sus hijos y cinco nietos.

Por suerte, ahora vivo en Austin, a dos horas en auto desde Houston. He llevado a mi esposa y a mis dos hijas a visitar a Miguel en su casa en el suburbio de Seabrook en Houston y en su rancho cerca de College Station. Me encanta verlo bromear con mis hijas, cocinarles la cena o ayudarlas a limpiar la maleza de su rancho.

Mi hija mayor, Elle, de 8 años, adquirió recientemente una fascinación incansable por el espacio exterior y los astronautas y espera ser el primer ser humano en Marte. Miguel le ha prometido acceso especial a las instalaciones de entrenamiento de la NASA y presentaciones a los astronautas la próxima vez que estemos en la ciudad, una perspectiva que hace que Elle se ría gozosa.

Un día, mientras gira suavemente en gravedad cero en la Estación Espacial Internacional, se asomará por una ventana y mirará hacia la Tierra y pensará en aquellos que abrieron su camino hacia las estrellas.

Friday, July 21, 2023

My tio's unlikely journey from communist Cuba to key figure in Apollo 11 moon landing

 His fascination for space travel began in Cuba and followed him into exile in New York and Florida. Heroes in this country come from all over.


By Rick Jervis

I didn’t know my tío, Miguel Hernandez, very well growing up.

He lived in Houston, Texas, which, for a Cuban American kid like me growing up in Miami, was as faraway and foreign as Anchorage or Reykjavik. I knew he was my mom’s first cousin and we called him “Chichi.” He would visit Miami at least once a year with his wife, Tere, and two sons, Michael and Jorge Luis, who were slightly older than me. We'd all play baseball or hit the pool together, then they were gone again.

To our family, though, Miguel was a living legend, someone who worked for NASA, lunched with astronauts and met presidents. It wasn’t until much later, however, that I discovered the depth of his role in helping U.S. astronauts reach the moon — and the unlikely path from Havana to Houston that got him there.


As we celebrate the 50th anniversary of the Apollo 11 moon landing — which occurred 50 years ago Saturday — there will be films and forums and well-deserved praise of household names such as Buzz Aldrin and Neil Armstrong. But a legion of engineers, mathematicians and the occasional Cuban immigrant also helped realize that Herculean feat.

“I never imagined I’d be involved in this type of work,” Miguel told me recently. “But I was always interested in it.”

An eye toward the stars

As a boy growing up in Cuba, he'd rifle through copies of Aviation Week & Space Technology, sparking an early interest in space travel. In 1959, shortly after Fidel Castro took hold of the island and began steering it into Soviet-style communism, a replica of the Soviet Sputnik I — the first satellite to orbit the Earth — arrived on a ship in Havana Harbor. Miguel, then 17, marveled at the polished metal orb with four antennae that could circle the Earth.


As Castro nationalized companies and seized homes, 19-year-old Miguel turned against the government, handing out anti-Castro pamphlets and denouncing the regime. When his activist friends began landing in prison, he fled Cuba, heading first to Miami and later to New York City to live with relatives. He had $100 in his pocket and knew no English. His aunt lent him a coat — two sizes too big — to survive the New York winters.


All it takes is a series of policies:Venezuela was my home, and socialism destroyed it. Slowly, it will destroy America, too.

He worked in the mailroom of American International Underwriters (now AIG) downtown and took English classes at night. But his mind often drifted skyward. On his spare time, he read of how Soviet cosmonaut Yuri Gagarin became the first person in space in April 1961, followed a few weeks later by American Alan Shepard. He attended the New York City ticker-tape parade for John Glenn, the first American to orbit the Earth. He marveled when, soon after, President John Kennedy promised that America would be the first to put a man on the moon.

"I said, 'These people are crazy,'" he said. 


When he had learned enough English, Miguel attended the University of Florida, graduating with a mechanical engineering degree. When NASA recruiters visited his campus in 1966, he jumped at the chance to work at the space agency. He was assigned to the newly-opened John F. Kennedy Space Center near Cape Canaveral, Florida, training astronauts for the nascent Apollo missions. Miguel and a team of other engineers were tasked with learning all the systems required to propel a man into space and teach them to the astronauts via simulators. His specialty: propulsion and rockets.

A dangerous project

Just a few weeks into his new job, tragedy struck. Miguel watched in horror from the control room as a cabin fire swept the Apollo 1 module during a test launch rehearsal, killing all three astronauts. “That had a terrible impact on everyone,” he said.

The missions continued and by 1969 buzz was mounting for the Apollo 11 moon landing. Miguel was swept up in the fervor. He and his team worked 24-hour shifts, double-checking systems and readying the astronauts to reach the moon. Mike Collins, the lesser known of the three Apollo 11 pilots, was the nicest, Miguel said, though all three — Collins, Aldrin and Armstrong — appreciated and absorbed the training.

50th anniversary:I worked on the Apollo 11 moon mission. Here's how a team of heroes achieved greatness.

"You needed to have the confidence of the astronauts," he said. "You couldn't at any moment tell them something that later turned out to be wrong. That could cost them their lives."


Miguel watched the moon landing like millions of others around the world: on a TV set in his living room with his family — and in complete awe. “It was an accomplishment for the whole world,” he said. “It was something not just that the United States did — it was something the human race did.”

Later that year, Miguel broadcast the Apollo 12 mission in Spanish for La Fabulosa WFAB radio station in Miami. He also received the Presidential Medal of Freedom for his role in the hair-raising rescue of the Apollo 13 mission in 1970, which was nearly stranded in space after an oxygen tank exploded, crippling a key system. In all, he would train astronauts for the Apollo 1, 7, 9, 11, 13, 15 and 17 missions, three Skylab space station flights and the first two Space Shuttle missions.

Perhaps his greatest achievement was a sizable puncture in the agency’s color barrier. At a time when racial tensions still flared in the U.S., and the civil rights movement was reaching its apex, Miguel was the only Latino in his department and the only one he knew of at NASA.


He said he never felt discriminated against; everyone was too focused on the missions to care about race or nationalities. Though I believe that’s true, I also think it couldn’t have always been easy being a Cuban émigré in the 1960s, working alongside hyper-intelligent colleagues who didn't look or talk like you and communicating in a language you learned just a few years earlier.

None of that got in his way, of course.
The next generation's frontier

Miguel left NASA in the 1980s and parlayed his unique skill set and experience into a successful business, Hernandez Engineering, that contracted with the space agency for decades. Today, 77 and retired, he travels the world with his wife and enjoys frequent visits from his sons and five grandchildren.


As luck has it, I now live in Austin, a two-hour drive from Houston. I’ve taken my wife and two daughters to visit Miguel at his home in the Houston suburb of Seabrook and at his ranch near College Station. I’ve relished watching him joke with my daughters or cook them dinner or helping them clear brush on his ranch.


My eldest daughter, Elle, 8, recently acquired a tireless fascination with outer space and astronauts and hopes to be the first human on Mars. Miguel has promised her special access to NASA training facilities and introductions to astronauts next time we’re in town, a prospect that makes Elle giggle with delight.

One day, spinning gently in zero gravity in the International Space Station, she’ll peer out a window and look down at Earth and think of those who blazed her trail to the stars.

Rick Jervis is the Austin-based correspondent for USA TODAY. Follow him on Twitter: @MrRJervis.

Thursday, August 2, 2018

Semblanza de Orestes Ferrara

Por Hugo J. Byrne

“No hay en la bárbara guerra, del mundo más que un consuelo, las estrellas en el cielo y las niñas en la tierra.” 
(Estrofas iniciales de un poema de José Martí dedicado a la niña María Luisa Sánchez, futura esposa del Coronel Ferrara).

La historia contemporánea no es prolífica en individuos que se entregaran voluntariamente a la causa de la libertad de pueblos extranjeros.  Entre los pocos del siglo XIX se destacan algunos nombres como Lord Byron, Giuseppe Garibaldi y Máximo Gómez.  La historia confirió en algunos de ellos dos nacionalidades, como es el caso del último mencionado.   Gómez era dominicano por nacimiento y cubano por vocación y voluntad.  Él mismo lo aclaró afirmando: “Soy cubano y dominicano y es por eso que no puedo ser presidente de ninguno de los dos países”.  

Nadie pone en duda que al inaugurarse la República en 1902, la presidencia de Cuba hubiera sido del jefe supremo del Ejército Libertador, de haber éste aspirado a ella.  La Constitución de 1901 establecía que un extranjero podía ocupar la primera magistratura si cumplía una sola condición: la de haber combatido durante diez años en las guerras por la independencia de Cuba.   Los únicos veteranos en esa categoría eran Gómez y el General Carlos Roloff, quien no se acercaba al prestigio nacional o a la inmensa popularidad del primero. 

No cabe duda que la lealtad de Gómez a los ideales que lo impulsaron a la monumental tarea que culminara con la independencia, nunca se dividió.  Se sabía caudillo de guerra y sólo para la guerra, y ella la libró en nombre de esos ideales, ausentes de ambiciones de mando una vez alcanzada la libertad. 

Entre las pocas figuras históricas que tuvieran la rara oportunidad de escoger una entre dos nacionalidades en el ocaso de sus vidas, se destaca otro nombre de prosapia mambisa: Orestes Ferrara y Marino (1876-1972). Quizás el hombre público más influyente de la primera etapa republicana de Cuba (1902-1933), Ferrara era oriundo de la ciudad portuaria de Nápoles, Italia, siendo sus padres Vincenzo Ferrara y Annunciacione Marino. Vincenzo había luchado junto a Garibaldi, lo que no le impidió a Orestes ser el vástago de una familia prestigiosa y pudiente.  Orestes cursó sus primeros estudios en Génova.

Aunque sin pruebas precisas deduzco que Ferrara era más alto que el promedio de los hombres de su generación, especialmente entre los europeos meridionales. En cuantas fotos lo he visto en compañía de otros, el Coronel mambí sobrepasa en estatura al resto.   

Ferrara inició estudios de derecho en la Universidad de Nápoles, pero su inquieto temperamento y pasión por la libertad exigían actividades que no podía brindarle la sosegada vida académica.   La inquietud popular en la cercana Creta estaba al rojo vivo, y Ferrara demostraba gran interés en apoyar a los nacionalistas griegos en su lucha denodada por liberarse de la coyunda turca.  

Después de algún tiempo y ciertas desilusiones, su espíritu rebelde decidió buscar gloria surcando mares aún más lejanos, para ofrecer su brazo a otro pueblo heroico que  luchaba contra la última colonia española del Continente Americano. Para concretar su generoso propósito Ferrara se trasladó a Paris, recabando la ayuda del Doctor Emeterio Betances.  

Este galeno boricua, veía su hermosa tierra natal como una extensión ultramarina de Cuba, a cuyo destino la consideraba estrechamente unida por sangre y cultura. Betances era el representante en Francia de la Junta Revolucionaria Cubana.

Fue Betances quien facilitara a Ferrara, junto a otro napolitano llamado Gugliemo Petriccione, el cruce del Atlántico hasta Nueva York.  Una vez en territorio americano Ferrara y su amigo se dirigieron a Tampa, en aquel entonces un hervidero de insurrección cubana.  En Ibor City Ferrara conocería a María Luisa Sánchez, hija de un matrimonio cubano que había emigrado al oeste de Florida por convicciones separatistas y quien eventualmente desposaría al napolitano devenido en mambí.

En octubre de 1897 Ferrara y Petriccione navegaron a Cuba en el remolcador “Dauntless”, timoneado por el ya famosísimo capitán “Dinamita” Johnny O’Brian, en la sexta travesía en que este último burlara el asedio mortal de las cañoneras españolas.  O’Brian, por cuya cabeza Weyler ofrecía una jugosa recompensa, desembarcó sin problemas en la costa norte cubana.  

La casa del “filibustero” O’Brian en New York siempre estaba vigilada por agentes de la Compañía Pinkerton, en la nómina de Madrid.  Pero siempre a una prudente distancia.  La esposa de “Dinamita” no vacilaba en escaldarlos, derramándoles cubos de agua hirviendo si se acercaban más de lo debido.

Integrado como soldado raso a las huestes del General Calixto García, desde el primer momento Ferrara se destacó en el combate por su determinación e inteligencia.  Bajo las órdenes de García, Ferrara tomó parte en la toma de Santa Cruz del Sur y en el asedio de Victoria de las Tunas, la segunda ciudad más fortificada de Oriente. Tunas También capitularía después de tres días de lucha, ablandada por los cañones insurrectos que comandaba otro distinguido voluntario extranjero: Frederick Funston.

Ascendido a Teniente Coronel y en parte para recompensar sus deseos, Ferrara fue enviado al campamento del Generalísimo Máximo Gómez, para lo cual se vio en la necesidad de atravesar la notoria trocha de Júcaro a Morón.  En esta difícil travesía fue donde más se hiciera patente su fe en los destinos de la guerra y su confianza en sí mismo.  Durante ese trayecto Ferrara enfermó gravemente.

Para su suerte tenía como compañero de aventura otro oficial de nombre Aurelio Sonville, quien compensaba su frágil físico con una voluntad de acero.  Carentes de mapas o de un “práctico”, Sonville y Ferrara estuvieron perdidos en varias ocasiones.  Pasaron hambre y exposición a los elementos, siendo su mayor preocupación las columnas enemigas que peinaban los senderos, forzándolos a caminar entre las entonces vírgenes malezas de Cuba. Negociar matorrales frondosos sin hacer ruido es de por sí una labor muy ardua.

Pero hacerlo mientras los soldados coloniales lo buscaban por todas partes y cuando sus vacilantes piernas apenas resistían los estragos de la fiebre, elevan los esfuerzos de Ferrara a nivel heroico.  Ferrara y su compañero se tenían que postrar varias horas a pleno día.  

Después de atravesar los alambres de púas de La Trocha, los desgarrones en las ropas y las múltiples heridas en la piel los hacían lucir como pordioseros más que insurrectos. Los mosquitos y otros insectos los devoraban noche y día. Incluso se vieron forzados a vadear un gran lodazal del que Ferrara emergiera descalzo.

Una mañana les sorprendió la visita de un palurdo muy hablador, quien afirmaba venir del Campamento de Gómez, ser curandero y querer hacer algo por Ferrara.  Sin aportar ningún beneficio facultativo, el charlatán al menos entretenía al enfermo con su conversación absurda e interminable.  Ante la sonrisa de Ferrara el curandero diagnosticó su mal: los italianos “cantan constantemente y eso les infecta la garganta”.

Al final llegaron al campamento del General en Jefe.  Tanto Ferrara como Frederick Funston, en sus respectivas memorias, describieron certeramente la personalidad severa y agresiva de Gómez.  Desde su arribo supo Ferrara del Consejo de Guerra Sumarísimo al General Bermúdez y llegó a tiempo para presenciar su ejecución, en la que el propio Gómez se vio forzado a dirigir la escuadra.  En breve tiempo Ferrara pasó a formar parte del Estado Mayor de Gómez.

Las acciones de guerra en que Ferrara se involucró a las órdenes del Generalísimo fueron todas breves y vertiginosas.  Gómez era un artista de la escaramuza y la retirada.  Nunca pudo ser acorralado a pesar de acampar y combatir siempre dentro de la misma zona, kilómetros más o menos. El líder insurrecto desarrolló la más efectiva guerrilla de su tiempo.  Era el mismo juego de gato y ratón que había usado el “viejo” con espectacular éxito en el otoño de 1895.  A pesar de que tanto Weyler como Martínez Campos eran buenos guerreros (aunque muy distintos en otros aspectos), nunca pudieron tomar la medida del veterano guerrillero: se enfrentaban con Gómez y este pertenecía a una clase por sí sólo.

El último caudillo insurrecto bajo cuyas órdenes sirviera Ferrara y con quien mantuviera una duradera alianza política una vez establecida la República fue el General José Miguel Gómez, jefe de los alzados en Las Villas y futuro presidente de Cuba.  Con José Miguel, Ferrara participó en los combates del Jíbaro y Arrollo Blanco, después de desatada la guerra entre Madrid y Washington. Al finalizar la contienda Ferrara ostentaba el grado de Coronel.

Una lista de todas las funciones que Orestes Ferrara desempeñara en Cuba tras el fin del régimen colonial haría esta reseña interminable. Por eso me limitaré a las que considero principales.  La primera de esas fue durante la intervención norteamericana de 1898 a 1902: en 1901 el General Wood lo nombró Gobernador Interino de Santa Clara. 

Graduado en la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana y al poco tiempo Profesor de la misma disciplina en esa bicentenaria institución educativa, Ferrara fue periodista insigne y editor del primer periódico nacional de gran circulación: “El Heraldo de Cuba”. Fue Representante por Las Villas, Presidente de la Cámara, Embajador en Washington y Presidente del Consejo de Ministros durante el gobierno de Gerardo Machado.  Se cuenta entre los más destacados intelectuales de Cuba en todos los tiempos.  

A partir de agosto de 1933 vivió la mayor parte de su larga vida fuera del país.  La producción literaria de Ferrara durante esa época fue tan extensa como formidable. “El Papa Borgia” se considera la mejor biografía del Pontífice Alejandro VI hasta la fecha.

A fines de la década de los treinta, Ferrara brindó a Cuba la que estimo su mejor contribución: su trabajo en la Convención Constituyente a la Carta Fundamental de 1940, que, con todas sus evidentes lagunas, errores y fantasías, fuera adoptada libremente por el pueblo. Fue electo como constituyente representando a Las Villas, su vieja base política.

Esa última obra en pro de la patria adoptiva terminó abruptamente cuando un cobarde atentado contra su vida sólo lograra matar a su chofer.  Deseando terminar sus días en paz tras haber arriesgado tanto y tantas veces por Cuba, Orestes Ferrara optó por su exilio postrero.  Los asesinos nunca fueron identificados. Empero, no tengo dudas que representaban la  misma facción criminal que hoy rige Cuba.  El viejo insurrecto regresaría muy brevemente en 1955 y sus observaciones de esa visita merecen un análisis separado, que no compete a este trabajo.     

De Ferrara hay casi tantas anécdotas como de Francisco de Quevedo y por eso prefiero omitirlas todas, pues podría inconscientemente incluir alguna apócrifa.  Siempre actuó caballerosamente y en su trato con aquellos que admiraba o simplemente respetaba era correcto, aunque directo y honrado cuando mantenía una opinión opuesta.  También era capaz de ser mordaz e irónico con los que por diversas razones no se hacían merecedores de su respeto.  Durante la Constituyente, con mucha frecuencia hacía mofa del seudónimo del delegado comunista Francisco Calderío (“Blas Roca”), llamándolo “señorPiedra”.

En sus últimos años Ferrara pudo reclamar para su ventaja la ciudadanía de su tierra natal, pero optó por conservar la cubana en medio de su exilio definitivo en Roma, cuando se hizo evidente que su regreso a la patria de su adopción nunca se materializaría: “Fui cubano tanto en la batalla como en la victoria y moriré cubano”. Acaso el viejo insurrecto sentía, como Martí, que “de la patria puede tal vez desertarse, pero nunca de su desventura”. 

Orestes Ferrara se enamoró de Cuba y el verdadero amor nada demanda. Honor a su ilustre memoria.
 
 

Tuesday, May 30, 2017

Juan Antonio Alvarado Ramos (1953- 2017)

Por Enrique Del Risco

Etnólogo, investigador, editor. En persona lo conocí muy brevemente. Apenas el año pasado en los alrededores del evento anual del Latin American Studies Association (LASA) que se celebró en Nueva York. ¡Al fin! Nos dijimos, porque llevábamos años (diez para ser exactos) de intercambio epistolar, de yo enviarle artículos para las dos revistas que fundó: Islas e Identidades. Dos revistas dedicadas a temas afrocubanos. Dos revistas hechas en libertad, que en el caso cubano equivale a decir en el exilio. Porque de ambas se podrían hacer unas cuantas críticas menos que pertenecieran a esa rama de los estudios afrocubanos que no pasan de la etnología pintoresquista y complaciente, el jineteo académico cuando no la abierta y declarada defensa o encubrimiento de la opresión (“a los negros cubanos se les niega el derecho a expresarse pero eso no hace al gobierno cubano racista: son los mismos derechos que les niegan al resto de la población”).

Confieso que fui un colaborador esquivo bajo el argumento, fácilmente demostrable, de mi ignorancia sobre la cultura afrocubana. Esa esquivez puso de relieve dos virtudes de Alvarado, paciencia y tenacidad, tan necesarias para lidiar con informantes reticentes en un estudio de campo. Con el tiempo fui descubriendo otras cualidades como la flexibilidad, la inteligencia y el entusiasmo infinito y contagioso, detalle imprescindible para emprender nuevos proyectos. Fue así como me fue exprimiendo artículos sobre temas en los que me atrevía algo más como la música, el cine o sobre esa variante de discriminación que di en llamar “racismo revolucionario”. En abril, sin que me lo pidiera le anuncié que quería colaborar en el próximo número que ya no sé si saldrá. Me imagino que se sorprendió pero la escritura del texto –o la más difícil tarea de encontrar tiempo para hacerlo- se demoró más de lo que esperaba. Pero mis demoras no conseguían agotarle la paciencia Alvarado y mis pedidos de prórrogas fueron concedidos varias veces. Hasta a finales de abril en que estando él en un nuevo congreso del LASA, esta vez en Lima, me repondió: “yO REGRESO EL 6 DE MAYO DE LIMA. Crees que sería posible para el 7 de mayo???”. Le dije que sí pero no fue hasta el día 9 que conseguí enviarle el trabajo. Esta vez, sin embargo no me contestó de inmediato como otras veces para darme su opinión sobre el artículo. No supe más de él hasta el pasado domingo en que leí la noticia de su muerte el viernes anterior.   

Siento, como sentí a la muerte de Jesús Díaz, escritor de renombre pero también editor de la revista Encuentro de la cultura cubana que los editores de revista hacen sentir su ausencia de una manera especialmente dolorosa. No se trata simplemente de que ya no podamos contar con su presencia, su talento. Hay en esa voluntad de aunar otras voluntades dispares y díscolas un modo de romper nuestro habitual ensimismamiento y encausarnos en una aventura colectiva que de no ser por ellos nunca hubiéramos emprendido ya sea como escritores o como lectores. Aventuras que luego nos parecen lógicas y naturales pero habrían sido imposibles sin la voluntad que la mantenía con vida semana a semana, mes tras mes, un año tras otro. Y esa voluntad en el caso primero de Islas y luego de Identidades no llevaba otro nombre que el de Juan Antonio Alvarado Ramos.

Tuesday, May 23, 2017

OCTAVIO R. COSTA (1915-2005)

Por Marcos Antonio Ramos

El doctor Octavio R. Costa fue hasta su fallecimiento uno de los más conocidos articulistas cubanos e hispanos de Estados Unidos. Su condición de historiador, ensayista y profesor ha sido ampliamente resaltada. Se desempeñó también como crítico literario y de arte. En su nativa Cuba y en la emigración cubana recibió reconocimientos importantes como intelectual. Su aporte a la historiografía cubana fue tan abundante y minucioso que debe ser incluido entre los historiadores más valiosos de su generación.

Nació en San Cristóbal, en la antigua provincia cubana de Pinar del Río, el 12 de junio de 1915, hijo de Octavio R. Costa (1890-1972) y Basilisa Blanco Santos (1888-1969). Cursó estudios primarios y secundarios en su provincia y en 1940 recibió el título de Doctor en Derecho en la Universidad de La Habana. También recibió un Certificado de Aptitud Periodística, destacándose tanto en esa profesión como en el ejercicio del derecho. Muy joven todavía, contrajo matrimonio el 20 de diciembre de 1941 con el gran amor de su vida, la señora Caruca Sarmiento De esa unión nacieron sus hijos Octavio, Orlando y Jorge, de los cuales siempre estuvieron orgullosos. El matrimonio Costa fue también bendecido con varios nietos.

El doctor Costa estuvo muy relacionado, entre otras figuras de la mayor jerarquía imaginable en la República de Cuba, con el eminente historiador y hombre público Emeterio Sandalio Santovenia y Echaide. Don Octavio no sólo fue su secretario y asistente principal durante el tiempo en que el doctor Santovenia sirvió a su país como Senador de la República (1940-1948) sino también cuando este ocupó el cargo de Ministro de Estado (Relaciones Exteriores) de Cuba en la década de los años cuarenta. Por su condición de biógrafo de Santovenia fue que se despertó en mí, hace más de medio siglo, un gran interés por la trayectoria de estos ilustres colegas que llegaron a ser mis muy apreciados amigos.

A pesar de su extraordinario desempeño como abogado y notario, la vocación de escritor prevaleció siempre en Don Octavio. Su pluma era apreciada grandemente en publicaciones como Diario de la Marina, decano de la prensa cubana, y la revista Bohemia, de difusión continental. A estos datos pudieran añadirse los nombres de numerosas publicaciones diarias y semanales, así como de revistas especializadas de academias y sociedades profesionales. Es posible mencionar que miles de artículos en Cuba y el extranjero llevaban su prestigiosa firma. De singular importancia e interés fueron las veintisiete entrevistas a personalidades del país, publicadas en Diario de la Marina. No debe extrañar que fuera escogido como presidente del Pen Club en Cuba y seleccionado para encabezar esfuerzos similares de escritores y periodistas. Sobre el joven pinareño establecido en La Habana y en Estados Unidos lloverían infinidad de condecoraciones, reconocimientos y distinciones, entre ellas la Real Orden de Isabel la Católica, otorgada por la Corona de España.

En marzo de 1955 fue designado director del diario habanero Pueblo, logrando ampliar tanto la calidad como la circulación de esa publicación periódica. Continuó dirigiendo Pueblohasta diciembre de 1958. Sus editoriales y artículos se caracterizaron, a pesar del ambiente de polarización que le rodeaba, por una esencial moderación y por un estilo que no se entregó jamás a un apasionamiento innecesario o a la falta de objetividad de que adolecen hasta las mejores plumas en medio de los conflictos políticos y sociales. Su sección editorial “Imagen del Día” queda como la mejor prueba de su dedicación a la causa del buen periodismo en un período tan difícil en la historia de Cuba como el de los años cincuenta del pasado siglo.


Con la salida de Cuba del presidente Fulgencio Batista y la llegada al poder de la revolución encabezada por el doctor Fidel Castro se le presentó, como a tantos otros periodistas, una situación compleja y dura que le obligó a solicitar asilo político en la Embajada de Méjico, la cual estaba entonces a cargo del licenciado Gilberto Bosque, un embajador que le extendió todo tipo de consideraciones. En mayo de 1959, el eminente periodista cubano salió de su país para iniciar su vida como exiliado. México sería, pues, su primer destino como desterrado por razones políticas.

Después de realizar labores en Ciudad de México, que por su condición de exiliado temporal en ese país no alcanzaban las condiciones de sus anteriores trabajos, el doctor Costa se radicó a partir de 1960 en San Antonio, Texas, Estados Unidos de América, llegando pronto a ser designado como director del diario La Prensa fundado en 1913. Más adelante pasó a radicar en Los Ángeles, California, donde desempeñaría importantes funciones en el diario La Opinión y luego en Noticias del Mundo, publicación esta última de carácter nacional e internacional. Para la infinidad de amigos y admiradores en Miami y otras ciudades, Octavio sería reconocido sobre todo por sus artículos en Diario las Américas, el periódico dirigido por su entrañable amigo Don Horacio Aguirre, tan cubano como nicaragüense.
 
El tan respetado periodista cubano doctor Ariel Remos reseñaría parte de sus esfuerzos de la siguiente manera: “Diez mil crónicas diarias bajo el nombre de 'Instantáneas', dan fe de la labor sin par realizada por Costa en Los Ángeles, en el orden de la convivencia cultural de una comunidad. Esas Instantáneas no sólo son testimonio cultural, sino crónicas diarias del mundo hispanoamericano de Los Ángeles, que el polígrafo instituyó en el periódico La Opinión en 1960. Quienes hagan el recuento histórico de la presencia hispanoamericana en la vida cívica y cultural de Los Ángeles entre 1960 y 1990, no podrán prescindir de las Instantáneas de Costa...” A lo afirmado por el doctor Remos puede añadirse que no existió actividad cultural y patriótica alguna a la que Don Octavio no prestara su colaboración.

Los entornos en que desarrolló sus actividades en Texas y California fueron  testigos de su incansable actividad como conferencista y orador de muy altos vuelos. Como sucedería después en Miami, ciudad que visitaba constantemente desde su llegada a Estados Unidos, el doctor Costa orientaba e inspiraba en todo tipo de tribunas. Combinó sus diversas labores con el ejercicio de la docencia universitaria, enseñando diversos cursos de historia y literatura en St. Mary's College, California State University y Colegio Este de Los Angeles. También enseñó cursos en la Universidad de Miami y otras instituciones.


Además de su larga y sobresaliente carrera periodística, Don Octavio alcanzó quizás sus más altos reconocimientos como historiador, vocación que le llevó a convertirse en referencia obligada para todos los investigadores de estudios cubanos. Dentro de su interés por la historia puede haber prevalecido su notable aporte como biógrafo. Muchas importantes figuras de Cuba fueron estudiadas por el incansable investigador pinareño. Entre los críticos que elogiaron su incansable esfuerzo pueden mencionarse algunos de los de mayor prestigio en Cuba, como José María Chacón y Calvo, Jorge Mañach y Félix Lizaso. Entre la infinidad de academias e instituciones culturales que le abrieron sus puertas como miembro de número o correspondiente, debe mencionarse en primerísimo lugar la Academia Cubana de la Historia. A esa docta corporación ingresó con un ensayo titulado “Perfil político de Calixto García.” Sus labores como investigador incansable de la historia y sus personajes no se detuvieron con su salida del país.

Sería necesario un trabajo altamente especializado para describir tanto su obra literaria como sus labores como biógrafo y sus contribuciones al estudio de la historia de Cuba. Entre sus obras iniciales se cuentan, además de la biografía de Emeterio Santovenia, las de Antonio Maceo, Juan Gualberto Gómez, Manuel Sanguily y otros próceres. Esos libros, así como Rumor de Historia y Suma del Tiempomerecieron los elogios de figuras cumbres de la crítica literaria. Entre ellos, y mediante numerosos artículos, se destacaron los sumamente favorables comentarios, ya señalados, del doctor Jorge Mañach, cuyas opiniones en las décadas de los años cuarenta y cincuenta eran suficientes para ayudar a consagrar a cualquier escritor contemporáneo en la mayor de las Antillas.


Su último libro publicado en La Habana fue Hombres y destinos, culminando así su obra como historiador en el suelo natal. Al igual que tantos otros escritores cubanos obligados a vivir en el destierro, la obra de Octavio Costa no sólo continuó sino que se intensificó apreciablemente. En un gran homenaje que le tributó el Centro Norte-Sur de la Universidad de Miami se mencionarían muchos de sus libros: Ser y Esencia de Martí, Perfil y Aventura del Hombre en la Historia, los dos volúmenes de Imagen y Trayectoria del Cubano en la Historia, El Impacto Creador de España sobre el Nuevo Mundo, Raíces y destinos de los pueblos hispanoamericanos. A tales libros pueden añadirse sus biografías de Modesto Mora, Luis Botifoll y otras personalidades que han dejado huella en la emigración. Muchos de sus libros fueron publicados por Ediciones Universal de Juan Manuel Salvat y por Editorial Cubana. De su profunda espiritualidad da testimonio su libro Variaciones en torno a Dios, el Tiempo y la Muerte así como su autobiografía Bajo mi terca lucha con el tiempo, una verdadera crónica del tiempo cubano que le tocó vivir, en su patria y el exterior.

Ángel Cuadra, Eduardo Lolo, Octavio R. Costa y Juan Manuel Salvat en 2001

No puedo terminar sin mencionar que, además de escribir artículos sobre Octavio R. Costa y sus libros, compartí con él momentos inolvidables conversando sobre el hermoso suelo donde nacimos. Y aunque no tuve el privilegio de tenerlo como profesor, siempre le llamé y seguiré llamando “Maestro”.


El viernes 16 de diciembre de 2005 falleció en la ciudad de Los Ángeles, un leal hijo de Cuba, hombre de muchos, muchísimos, amigos, un ciudadano por derecho propio de la república de las letras.

Tuesday, May 9, 2017

Un cubano alcalde de París, la historia lo enterró y ahora lo rescata

Por William Navarrete*

El 5 de octubre de 2015, Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, y otros ediles del Ayuntamiento de la capital, inauguraron en la esquina de la calle Saussure y el bulevar de Pereire, en el distrito XVII de la capital francesa, la calle Severiano de Heredia. Todo el que levante la vista hacia las dos tarjas que a lo largo de esta arteria peatonal existen podrá leer algunos de sus cargos: ‘‘Diputado del Distrito XVII. Presidente del Consejo de París (1879). Ministro de Obras Públicas (1887)’’.
Nacido en La Habana, en 1836, y educado en París desde los 11 años de edad aproximadamente, este otro Heredia cubano (menos conocido que sus dos primos poetas, José María Heredia y Heredia y José-María de Heredia) fue, por así decirlo, el primer hombre de origen africano en obtener una cartera de ministro en un gobierno europeo y el único nativo del continente americano que ha ocupado el relevante puesto de la Alcaldía de París.
 El gesto, para estos tiempos en que el lenguaje de la diversidad o de la ‘‘mixité’’ (como se llama en francés al fenómeno de integración racial a nivel de instituciones) está de moda, tiene mucho de significación política. Y como suelen hacer los de la política, echar mano al único alcalde de París con orígenes africanos y rendirle homenaje más de un siglo después tiene bastante de ganga.
Hijo de la esclava y el amo
Poco se sabe de la infancia de Severiano de Heredia. Los autores que han abordado su biografía (tanto en español como en francés) afirman que fue bautizado en la parroquia de Jesús del Monte, en aquel entonces en los campos aledaños a La Habana, el 4 de enero de 1837, como hijo de los esclavos liberados Henri Domingo de Heredia y Beatriz de Cárdenas (quienes llevaban entonces los patronímicos de sus amos). En el acta de bautizo aparece como padrino Ignacio de Heredia Campuzano, terrateniente y propietario de esclavos, quien estaba casado con la normanda Madeleine Godefroy, con quien no tuvo hijos. El conde de Jaruco, en Historia de familias cubanas, menciona a Severiano como hijo adoptivo (e insinúa que natural) del mencionado Ignacio, y añade que Severiano tomó como segundo apellido –ignoro la razón– el de ‘‘Arredondo’’.


Muchos afirman que era más bien hijo del amo con Beatriz, su esclava, algo que explica por qué el amo decide adoptarlo desde su más tierna edad. Los Heredia formaban parte de un clan de terratenientes de la isla vecina de La Española, establecidos en Cuba después de los episodios de la revolución haitiana. Severiano es primo en grados diversos de José María Heredia y Heredia (1803-1839), el cantor del Niágara y En el teocalli de Cholula, uno de los poetas cubanos insignes del siglo XIX, y también de José-María de Heredia (1842-1905), de similar importancia en el ámbito literario francés.
Después de la muerte de su padre adoptivo (o biológico) en 1848, Severiano viaja con su madre a París y se instala definitivamente en la Ciudad Luz.
Estudios y vida parisina
Severiano de Heredia estudia en uno de los mejores institutos de París: el Lycée Louis-le-Grand, sito en el bulevar Saint-Michel, oficializado con sus correspondientes cartas patentes por el Rey en 1563. Allí estudia durante nueve años, aprende la retórica y será recompensado con un Premio Honorífico en 1853.

Para ese entonces es un joven rico y consentido. Alguien que vive de sus rentas, pues ha heredado la plantación cubana de Santo Cristo y un centenar de esclavos. Puede permitirse lujos, frecuentar la ópera, los cafés en donde se mide el pulso de la vida mundana y la brillante sociedad parisina de esa época. Es un diletante perfecto que escribe, de vez en cuando, críticas de arte para Le Gaulois, u otros textos para la Revue de París, y sueña con convertirse en escritor. Posee una villa en el bulevar Pereire y a juzgar por lo que de él cuenta su vecino y contemporáneo, el editor y escritor Maurice Dreyfous, en su libro de memorias Ce que je tiens à dire (Lo que tengo que contar), publicado en 1912, era un ser ocioso que prefería pasar el día callejeando más que otra cosa.
Influencia de la masonería
Para entender la trepidante carrera política de Severiano habrá que remontarse a la influencia de la francmasonería en este ámbito. En 1866, dos años antes de casarse con Henriette Hanaire, entra en la logia Estrella Polar, perteneciente a la orden del Gran Oriente de Francia. De sus diferentes cargos y funciones desempeñadas en el seno de dicha orden, de la que llegó a obtener el alto grado de Rosa Cruz en 1870, da cuenta Jean-Marie Mayeur en su diccionario biográfico Los parlamentarios del departamento del Sena durante la Tercera República (en francés). Sabido es que el apoyo de esta cofradía o institución iniciática (incluso en la época actual) es una pieza clave para llegar a ocupar puestos políticos de relevancia en la sociedad francesa.
Hoy una calle de París lleva el nombre de Severiano de Heredia.
Cortesía William Navarrete
A ello se añadirá un contexto político particularmente turbulento, marcado por la guerra franco-prusiana de 1870, el fin del Tercer Imperio tras la derrota de Napoleón III y el comienzo de la llamada Tercera República. Por sentimiento patriótico, tal vez porque ya tenía previsto lanzarse en política, solicita y obtiene por decreto de ese año la nacionalidad francesa. Poco después, en abril de 1873, un mes antes de que ocupe la presidencia el general Patrice de Mac-Mahon, duque de Magenta, Severiano obtiene el cargo de Consejero municipal, en representación del barrio de Ternes (distrito XVII de París). Es su primer puesto de importancia en esta esfera.
Carrera política
A partir de su primera nominación, el cubano (si nos atenemos a que nació en la isla de Cuba, entonces bajo la égida de España), naturalizado francés, será representante del departamento del Sena (que incluía entonces la capital actual y algunas municipalidades limítrofes) y en 1879 es elegido presidente del Consejo de París, un puesto que equivale hoy al de alcade. Tenía 42 años y había sido designado por los ediles de un Ayuntamiento que se reunía entonces en el palacio de Luxemburgo por haber sido incendiado el original por los communards en mayo de 1871 (y no reconstruido hasta años después).
A principios de la Tercera República, la función de alcalde había dejado de existir. París se había enfrentado al Estado durante los episodios sangrientos de la Comuna y había quedado administrada por una asamblea de consejeros o representantes dirigidos por un presidente cuyas funciones eran aproximadamente las de un alcalde de antes y de nuestro tiempo.
Severiano de Heredia fue reelegido diputado del distrito XVII en 1881 y, finalmente, ministro de Obras Públicas en 1887, año en que comenzó la construcción de la Torre Eiffel, al final del mandato de Jules Grévy.
Durante ese periodo y la década siguiente se hará eco de las ideas más progresistas en aras de la separación del Estado de la Iglesia, en favor de la libertad de la prensa, de la escuela pública, se destacará en la creación bibliotecas municipales y se convertirá en portavoz de la necesidad de un Estado laico. Llegó incluso a presidir la Asociación Filotécnica, después de que lo hicieran Víctor Hugo y Jules Ferry. Compartía, además, las ideas de este último, pero lo perseguía su pasado esclavista, el hecho de que su fortuna personal se fundara en la explotación de la mano de obra esclava y en la economía colonial de la plantación, algo que sus detractores evocaban constantemente para desacreditarlo.
En el universo de las rencillas políticas no le sobraron enemigos. ‘‘El mulato del Elíseo’’, como a menudo le llamaban, era caricaturizado en la prensa por los sectores conservadores, y hasta por los propios socialistas de la época.
Rescatado de las tinieblas
El empeño de Paul Estrade, profesor universitario e hispanista, influyó en la decisión de la Alcaldía de París de rendir homenaje a este olvidado de la historia. De la misma manera que su pariente José-Maria de Heredia, también nacido en Cuba, fue el primer extranjero en ocupar un sillón en la Academia de la Lengua francesa, Severiano había sido el primer hombre de color en encabezar un ministerio europeo.
Por razones inexplicables, tal vez porque a fines del siglo XIX Europa se repartía África durante la conferencia en Berlín (1885) y porque la política colonial entraba en contradicción con su permanencia en un puesto gubernamental, el hijo de esclavos afrocubanos se convirtió en un personaje incómodo.
De las tinieblas del olvido lo rescata el profesor Estrade en un libro que lleva en portada una de las caricaturas inspiradas en él: Ce mulâtre cubain que Paris fit maire (Ese mulato cubano que París convirtió en alcalde), publicado en las ediciones Les Indes savantes, en 2011 (por ahora sólo en francés).
Y no porque no hubiera referencias de él en la prensa y en diferentes tras publicaciones, sino porque hasta entonces a nadie parecía importarle mucho la vida y obra de tan singular personaje.
Descendencia y herencia
Severiano de Heredia muere arruinado en 1901, en el mismo barrio en que comenzó su carrera política, muy cerca del parque Monceau. Se dice que invirtió lo que quedaba de su fortuna en el desarrollo del automóvil eléctrico (en lo cual también se adelantó a su época). Tuvo dos hijos de los que el varón murió pequeño y la hija, Marcelle de Heredia, fue una célebre neurofisiológica que tuvo sólo un hijo adoptivo: el pintor Carlos Lapicque, fallecido en 1998.
Al entierro de Severiano asistieron algunos miembros del gobierno y del cuerpo diplomático de Haití (Cuba se encontraba entonces bajo administración norteamericana durante el primer periodo de ocupación), encargado de dirigir las exequias. Nunca obtuvo la Legión de Honor, ni ninguna de esas altas órdenes francesas que pasan de mano en mano por alianzas y favoritismos. Y en el cementerio de Batignolles, en un mausoleo de piedra en forma de caseta, fue enterrado sin que su nombre figurara por ello durante mucho tiempo en la lista de personalidades y hombres ilustres que acoge el camposanto.

Panteón de Severiano de Heredia 
Quedan muy pocas calles disponibles en una ciudad tan densa como París y los olvidados tienen que conformarse con pedazos de plazuelas o calles peatonales que son más bien aceras. De hecho, la de Severiano tiene una sola manzana y un café moderno (L’Iguane) como única referencia. Por otra parte, el cementerio de Batignolles lo ha incluido finalmente en su lista de personalidades, tal vez la mejor prueba de que comienzan a rendir honores merecidos a este hombre singular, nacido en la mayor de las Antillas.

*Escritor cubano residente en París. El texto, tomado de El Nuevo Herald, es reproducido aquí con autorización expresa del autor.