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Monday, June 9, 2025

De nuestros miembros: Gustavo Pérez Firmat, Julio Shiling, Arturo Cárdenas, Francisco Rodríguez, Eduardo Lolo y Luis Leonel León (mayo 2025)

El profesor y escritor Gustavo Pérez Firmat ha sido seleccionado para integrar The American Academy of Sciences and Letters, una institución dedicada a honrar la excelencia en la erudición en todas las disciplinas del mundo universitario moderno. En noviembre próximo será la ceremonia donde se honrará su labor. ¡Nuestras más calurosas felicitaciones al muy justamente galardonado colega! 

Pérez Firmat es uno de los más importantes intelectuales del cubano del exilio. Sus libros Life on the Hyphen (1994) –traducido al español con el título Vidas en vilo (2000)– y Next Year in Cuba: A Cubano’s Coming of Age (1997), nominado al Premio Pulitzer de no ficción (El año que viene estamos en Cuba), entre otros, se consideran obras icónicas de la literatura cubanoamericana. 

Apreciado por cubanos y angloparlantes por igual, ha recibido el reconocimiento de la Fundación John Simon Guggenheim, el Fondo Nacional para las Humanidades, el Consejo Americano de Sociedades Científicas, la Fundación Mellon, etc. En 1997, Newsweek lo incluyó entre los 100 estadounidenses a seguir para el siglo XXI y la revista Hispanic Business lo seleccionó como uno de los 100 hispanos más influyentes en los Estados Unidos. Pérez Firmat, además, apareció en el documental Cubamerican y en la serie de PBS Latino Americans del 2013. 

Entre sus libros de investigación y crítica literaria y cultural vale citar: Idle Fictions (1982, 1993), Literature and Liminality (1986); Do the Americas Have a Common Literature (editor, 1990); The Cuban Condition (1989, 2006); Life on the Hyphen (1994, 2012); My Own Private Cuba (1999); Cincuenta lecciones de exilio y desexilio (2000; 2016); Vidas en vilo, 2000, 2015); Tongue Ties (2003); The Havana Habit (2010); A Cuban in Mayberry (2014).



También ha publicado varias colecciones de poesía en inglés y español: Carolina Cuban (1987); Equivocaciones (1989); Bilingual Blues (1995); Scar Tissue (2005); The Last Exile (2016); Sin lengua, deslenguado (2017), Viejo Verde (2019); la novela Anything but Love (2000). Life on the Hyphen recibió el Premio Nacional del Libro Eugene M. Kayden University Press en 1994 y recibió una Mención Honorífica en el Premio Katherine Singer Kovacs de la Modern Language Association y el Premio del Libro Bryce Wood de la Latin American Studies Association.

Por otra parte, otros de nuestros académicos han estado muy activos en el mes de mayo participando individualmente, o en forma colectiva, en importantes actividades para conmemorar la caída en combate de José Martí y celebrar un aniversario más de la fundación de la República de Cuba en 1902, así como escribiendo y publicando nuevos trabajos sobre tales efemérides. Entre ellos Julio Shiling, Arturo Cárdenas, Francisco Rodríguez, Eduardo Lolo y Luis Leonel León. 

El ensayista y politólogo Julio M. Shiling es autor de catorce libros, incluyendo Dictaduras y sus paradigmas: ¿por qué algunas dictaduras se caen y otras no? (2013), que ya va por su tercera edición. Sus artículos y ensayos han aparecido en decenas de publicaciones impresas y electrónicas en los EE. UU., América Latina y Europa. Además, desde el 2006 viene dirigiendo Patria de Martí, un medio digital que reúne el trabajo de numerosos autores, en especial martianistas del Exilio. Patria de Martí, entre otros galardones, recibió el Premio Derechos Humanos Libertad 2015 por la Asociación por la Paz Continental (ASOPAZCO), una ONG española consagrada con la promoción de los derechos humanos en el mundo, así como el Premio Herencia de 2017 por su aporte a la cultura cubana, otorgado por la organización Cuban Cultural Heritage.

Acto de la institución Patria de Martí, celebrando el nacimiento de la República de
Cuba. Sentados, de izquierda a derecha, los académicos Santiago Cárdenas, Frank
Rodríguez y Julio Shiling. En el podio, Eduardo Lolo. (Foto de José Tarano). 

El historiador Santiago Cárdenas es además un destacado galeno llegado al exilio en 1992 como refugiado político. En Cuba, fue redactor de la publicación semanal jesuita Vida Cristiana (1956-1957) y, ya bajo la dictadura castrista, de las publicaciones clandestinas Ecos del Sínodo y El Pueblo de Dios como parte de su activismo religioso enfrentado al Totalitarismo, por lo cual sufrió persecución política. Una vez en los Estados Unidos, fue editor médico en las revistas Éxito y Viva Semanal, publicadas por el periódico Chicago Tribune. Además, ha sido comentador médico de familia en Radio Martí. Entre sus obras publicadas se destacan Nicea 325; Payá: el chivo; el hombre; el profeta; José Martí: viñetas de su vida y Rescatando a Juan Clemente Zenea en el exilio. Desde hace más de una década, escribe “Los Recuerdos de Santiaguito”, una columna de contenido historiográfico que aparece en la página digital de la Red Mundial de los Maristas.

El editor e historiador Frank Rodríguez llegó a los EE.UU. mediante la operación clandestina de salvamento de menores “Pedro Pan”, epopeya de la cual se ha convertido en uno de sus más destacados historiadores, como lo demuestra su obra Pedro Pan Memoir Pancho Montana (1983). Más allá de ese tema que le es tan cercano, sus publicaciones historiográficas incluyen su labor como editor de Cubans an Epic Journey: A Struggle for Truth and Freedom (2022) –traducido al español y publicado el mismo año– y Cuba: Chronological History (2022). Además, es coautor, junto a Carlos Alberto Montaner, de USA in the World (2004), una serie de ensayos de ciencias políticas. Profesionalmente, ha ocupado diversos cargos ejecutivos en importantes compañías editoriales. En la actualidad, se desempeña como Administrador del Museo Americano de la Diáspora Cubana con sede en Miami, lo cual alterna con sus presentaciones en diversos medios como analista político especializado, fundamentalmente, en temas cubanos. 

Eduardo Lolo fue uno de sus fundadores y primer presidente de nuestra institución, donde todavía funge como editor del Anuario Histórico Cubanoamericano. Es autor de más de una docena de libros, casi todos disponibles en Amazon, entre ellos Las trampas del tiempo y sus memorias (1990, 2024) Premio Letras de Oro de Ensayo concedido por un jurado internacional presidido por Camilo José Cela, así como tres compilaciones de estudios sobre la vida y obra de José Martí. Su más reciente obra se titula El Asesinato de la Historia o Crimen en el Occidente Express (2024), publicado por nuestra Academia. Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y Académico Correspondiente en los EE. UU. de la Real Academia Española (RAE). Comendador Gran Placa de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V de la Sociedad Heráldica Española, etc.



Otros han realizado actividades fuera de Estados Unidos, entre ellos Luis Leonel León, escritor, periodista y realizador de documentales y series historiográficas –Brigada 2506 héroes cubanos, Mariel 40 años–, fundador de la editorial Colección Fugas y la revista El Nuevo Conservador, quien viajó a España para presentar algunos de sus filmes en el Real Círculo Artístico de Barcelona, junto al también cineasta Orlando Jiménez Leal –autor de clásicos del cine cubano del exilio como La otra Cuba, 8A y El Super–, el escritor Néstor Díaz de Villegas y otros intelectuales cubanos y europeos. 


Thursday, April 17, 2025

Vargas Llosa y ese extraño imán que tiene la muerte


Por Luis Leonel León

El escritor y periodista peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2010, falleció el domingo 13 de abril en Lima a los 89 años. Al último de los protagonistas del Boom Latinoamericano y uno de sus principales autores, cuya obra trascendió aquel fenómeno editorial (y en alguna medida también un movimiento cultural de acelerado crecimiento que entusiasmó al mundo entre 1960 y 1970) le conocí en Madrid, hace 20 años. Su obra la disfrutaba desde diciembre de 1985, cuando le compré a un vendedor de libros usados en la Calzada de Bejucal un ejemplar de La ciudad y los perros (1963), editada por Seix Barral, luego de ver su versión cinematográfica, premiada en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana de ese año, dirigida por el también peruano Francisco Lombardi, quien en 1999 llevó a la gran pantalla Pantaleón y las visitadoras. 

Nunca he olvidado sus amables palabras, ni aquella carcajada cómplice, pero sobre todo guardo las historias que no pudo dejar de contar. Con una disciplina inamovible durante más de 6 décadas, Vargas Llosa edificó un extenso y valioso corpus creativo, donde los grandes temas como la libertad y la opresión, el poder y el amor, el deseo y la identidad, viajan desde ambientes de la compleja y a veces increíble realidad peruana –y latinoamericana por extensión– hacia ese artefacto intelectual y sentimental que llamamos “universalidad” y al que suelen aspirar los grandes autores. En varios libros él lo consiguió. 

Motivado por las causas sociales, presentes en sus libros, Vargas Llosa fue candidato a la presidencia de Perú en 1990. Aunque terminó derrotado por Alberto Fujimori, nunca dejó de ser el escritor más admirado en su país y uno de los más leídos en Hispanoamérica. "Fujimori me devolvió a la literatura", confesó. Su apoyo al neoliberalismo se hizo más fuerte cuando en el 2021, ante la amenaza del izquierdista Pedro Castillo, puso en primer plano la defensa de las ideas de libertad, apartó su rechazo de 30 años a la familia Fujimori y en un acto de campaña abrazó a la hija de su antiguo contrincante y dijo: "Le pido a Keiko salvar al país de un peligro enorme que es caer en manos del totalitarismo". 

Sus ideales y experiencias, expresados con claridad en sus libros y columnas, evolucionaron del coqueteo con el comunismo y la revolución cubana hacia el liberalismo clásico –sobre todo en lo económico y en las libertades fundamentales– y las más duras críticas al castrismo, el socialismo del siglo XXI y el separatismo español. "La libertad, según los liberales, es una sola y debe darse simultáneamente en el campo económico, político, social, individual. Y que todo lo que signifique mayor libertad es bueno para el conjunto de la sociedad", dijo en una entrevista con BBC Mundo en mayo de 2019. 

El golpe de timón ideológico de Vargas Llosa comenzó en la década de 1980 gracias a la Dama de Hierro. “Para mí fue importantísimo lo que significó en Gran Bretaña el gobierno de Margaret Thatcher”, confesó en una entrevista con Jorge Lanata. “Era un país adormecido por las reformas laboristas y el espíritu emprendedor de la revolución industrial se había apagado. Ciertamente había libertad pero parecía un país muerto en vida. Thatcher infundió en la sociedad británica el espíritu empresarial, obligando a las empresas a competir en ese sistema frío pero eficaz que es el libre mercado, eliminando a las empresas que no funcionaban y premiando a las que sí. E inundó otra vez al país con cultura democrática”, le dijo al periodista argentino en la Feria del Libro de Buenos Aires del 2018.

En los últimos años ha apoyado a políticos de derecha como Jair Bolsonaro en Brasil, Mauricio Macri y Javier Milei en Argentina, Sebastián Piñera y José Antonio Kast en Chile, Carlos Mesa en Bolivia, Rodolfo Hernández en Colombia. En España a José María Aznar, Albert Rivera y a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a quien catalogó como símbolo de “resistencia liberal” e incluso la comparó con Ronald Reagan.

Pero a quien nunca soportó fue a Donald Trump. Su aversión era tal que llegó a decir que el presidente estadounidense era el mayor peligro para América Latina, cuando él mismo seguía denunciando que las peores pesadillas en nuestra la región se debían a las políticas socialistas. Antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, lo calificó de populista, demagogo, payaso, nacionalista, racista e irresponsable. Si bien es cierto que en ocasiones frases y poses –más que posturas y acciones concretas– no bien estructuradas por Trump han dado pie a esos y otros epítetos, el recio anti-trumpismo de Vargas Llosa y su incompleta comprensión del movimiento MAGA, lo arrastraron por un sendero equivocado, no exento de terquedad. “La corrección política es enemiga de la libertad”, apuntó, sin embargo, el novelista, quien experimentó no pocas contradicciones y virajes en su vida. Al menos en sus declaraciones públicas, jamás le dio una oportunidad a Trump. Al peruano no le fue bien en la política, no en balde llegó a decir: “La política es una forma de la maldad. El mayor error que he cometido en mi vida”. En cambio, fue un ilustre fabricante de ficciones.  

Desde joven he disfrutado de sus libros, primero leídos a hurtadillas y luego comprados en sus mejores ediciones, con la libertad que me ha traído el exilio, a pesar de que a veces funcione como una especie de cárcel abierta y transparente que también nos acompaña. Para Vargas Llosa, Cuba fue primero ilusión y luego desencanto. Aunque desde antes se había decepcionado por la creciente censura del dictador Fidel Castro y los campos de concentración conocidos como las UMAP (unidades militares de apoyo a la producción), Vargas Llosa rompió definitivamente con el castrismo en 1971 cuando Castro ordenó apresar y torturar al poeta disidente Heberto Padilla y su esposa, Belkis Cuza Malé, ambos acusados de “actividades subversivas”. Padilla permaneció 37 días detenido en una celda de la policía política, mientras que Cuza Malé fue liberada al tercer día. Padilla fue obligado a culparse por actuar en contra de la revolución comunista. La funesta operación castrista fue condenada en dos cartas abiertas, la primera publicada en francés en el periódico Le Monde el 9 de abril de 1971 y la segunda en el diario Madrid el 21 de mayo de 1971, ambas firmadas por intelectuales de izquierda y derecha de distintos países, entre ellos Vargas Llosa. Castro respondió fustigando a los firmantes, la mayoría de ellos hasta ese momento “amigos de la revolución”.

El 5 de mayo de 1971, el autor de Los jefes (1959) y El pez en el agua (1993) envió la siguiente carta a Haydée Santamaría, guerrillera comunista y presidenta de la Casa de las Américas: 

“Le presento mi renuncia al comité de la revista Casa de las Américas, al que pertenezco desde 1965, y le comunico mi decisión de no ir a Cuba a dictar un curso, en enero, como le prometí durante mi último viaje a La Habana. Comprenderá que es lo único que puedo hacer luego del discurso de Fidel fustigando a los escritores latinoamericanos que viven en Europa, a quienes nos ha prohibido la entrada en Cuba por tiempo indefinido e infinito. ¿Tanto le ha irritado nuestra carta pidiéndole que esclareciera la situación de Heberto Padilla? ¡Cómo han cambiado los tiempos!

Recuerdo muy bien esa noche que pasamos con él, hace cuatro años, y en la que admitió de buena gana las observaciones y las críticas que le hicimos un grupo de esos intelectuales extranjeros, a los que ahora llama canallas. De todos modos, había decidido renunciar al comité y a dictar ese curso desde que leí la confesión de Heberto Padilla y los despachos de Prensa Latina sobre el acto de la Uneac en el que los compañeros Belkis Cuza Malé, Pablo Armando Fernández, Manuel Díaz Martínez y César López hicieron su autocrítica.

Conozco a todos ellos lo suficiente como para saber que ese lastimoso espectáculo no ha sido espontáneo, sino prefabricado como los juicios estalinistas de los años treinta. Obligar a unos compañeros, con métodos que repugnan a la dignidad humana, a acusarse de traiciones imaginarias y a firmar cartas donde hasta la sintaxis parece policial es la negación de lo que me hizo abrazar desde el primer día la causa de la Revolución Cubana: su decisión de luchar por la justicia sin perder el respeto a los individuos. No es este el ejemplo del socialismo que quiero para mi país. Sé que esta carta me puede acarrear invectivas: no serán peores que las que he merecido de la reacción por defender a Cuba.

Atentamente, Mario Vargas Llosa".

Nueve días después, el 14 de mayo, Santamaría le respondió: “Usted no ha tenido la menor vacilación en sumar su voz —una voz que nosotros contribuimos a que fuera escuchada— al coro de los más feroces enemigos de la Revolución Cubana […] Cuando en abril de 1967 usted quiso saber la opinión que tendríamos sobre la aceptación por usted del premio venezolano Rómulo Gallegos, otorgado por el gobierno de Leoni, que significaba asesinatos, represión, traición a nuestros pueblos […] le propusimos que aceptara ese premio y entregara su importe al Che Guevara, a la lucha de los pueblos. Usted no aceptó esa sugerencia: usted se guardó ese dinero para sí, usted rechazó el extraordinario honor de haber contribuido, aunque fuera simbólicamente, a ayudar al Che Guevara”.

La misiva de Santamaría manipula los hechos. Lo que ocurrió fue que cuando en 1967 Vargas Llosa ganó el premio literario Rómulo Gallegos con La casa verde (1966), consistente en $25,000, Santamaría le pidió donar ese dinero al Che Guevara, con la promesa de que se lo devolverían por debajo de la mesa, pues la supuesta donación no era más que una farsa para hacerle propaganda al castrismo y sus guerrillas en Latinoamérica. Castro y sus acólitos jamás lo perdonaron. De haberse prestado para aquella desvergüenza, Vargas Llosa hubiera quedado atrapado, quizás para siempre, en el chantaje del régimen de La Habana, como otros escritores y artistas. Y no hubiera sido el escritor ni el promotor del liberalismo clásico que fue. 

La venganza castrista contra Cabrera Infante

Esta es solo una de las historias de oposición al comunismo en que salió victorioso Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, el hombre que este lunes 14 de abril fue velado en privado, por familiares y amigos, en su casa en el distrito limeño de Barranco. Sus restos, en un carro fúnebre negro, a la más clásica usanza moderna, fueron llevados al Centro Funerario y Crematorio del Ejército, ubicado en Santiago de Surco, en el sur de Lima. El autor de clásicos contemporáneos como Conversación en la catedral (1966), La guerra del fin del mundo (1981) y La fiesta del chivo (2000), dejó instrucciones a su familia sobre su funeral y pidió ser cremado luego de una ceremonia íntima. 

En señal de duelo nacional, Perú amaneció con las banderas a media asta en instituciones públicas, cuarteles militares y policiales. Muchísimas personas colocaron flores alrededor de la vivienda del autor de El hablador (1987). Cuentan que no pocas librerías abrieron el lunes colocando en primer plano en sus vitrinas los libros de Vargas Llosa, ofreciéndolos con descuentos. En el Colegio Militar Leoncio Prado, donde Vargas Llosa estudió y se ambienta la La ciudad y los perros, los cadetes rindieron homenaje formando filas humanas con las iniciales del más premiado de los autores peruanos: MVLL. 

“Vargas Llosa fue una figura significativa de la literatura y la cultura latinoamericanas. Su escritura refleja su profundo amor por la narrativa, caracterizada por la riqueza de su lenguaje y que abarca diversos géneros, desde libros autobiográficos y novelas históricas hasta ficción erótica y thrillers. Fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2010 por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes agudas de la resistencia, la revuelta y la derrota del individuo”, destacó el Comité del Premio Nobel en X. 

La presidenta peruana Dina Boluarte, vestida con un traje negro, asistió al velorio y le dio el pésame a la familia a nombre del gobierno. Boluarte fue recibida en la puerta del edificio por el hijo mayor del escritor, Álvaro Vargas Llosa, cuyo abrazo, rodeados de la seguridad presidencial y periodistas, fue fotografìa principal en varios medios.  

"No tengo otra cosa que decir que Perú ha perdido a uno de sus mejores hombres y nosotros a un ser infinitamente querido al que vamos a echar de menos", declaró Álvaro, quien rápidamente comprendió, en buena medida gracias a las enseñanzas y experiencias de su padre, las esencias del totalitarismo cubano y en respuesta a la maquinaria propagandística y distorsionadora del castrismo, elogió el aplomo de sus exiliados dedicandoles artículos y un libro, El exilio indomable. 

La Vigía, Hemingway y la finca del castrismo

En los últimos meses, Vargas Llosa vivió en Lima, según varios medios y agencias, casi retirado, tras desarrollar una carrera que lo ubicó en los más altos peldaños de las letras hispanas. Se ha dicho que llevaba días sintiéndose mal, afectado por una fuerte neumonía de la que al final no se repuso, y que a la familia, ante el deterioro de su salud, no le sorprendió su muerte. Sin embargo, aunque la neumonía pudo haber influido su fallecimiento, el periodista peruano residente en Miami, Jaime Bayly, reveló que Vargas Llosa "sabía que se estaba muriendo, el mundo no lo sabía, nosotros no lo sabíamos”. Bayly contó en su programa, emitido a través de redes sociales, que un peruano residente en Madrid, de apellido Carrera, le envió un email en julio de 2024 contándole sobre la lucha de su esposa contra el cáncer y que se había encontrado con Vargas Llosa en el hospital Fundación Jiménez Díaz en Madrid, quien acudía a la zona reservada para pacientes que tienen cáncer hematológico”. De ahí la frase de Bayly: "murió de neumonía, pero no es exactamente cierto que estaba sano”. Sus hijos declararon que se fue en paz y rodeado del amor de sus seres queridos. 

Nacido en la sureña ciudad peruana de Arequipa el 28 de marzo de 1936, en una familia de clase media, fue educado por su madre y sus abuelos maternos en Cochabamba (Bolivia) y luego en Perú. Tras sus estudios en la Academia Militar de Lima obtuvo una licenciatura en Letras y dio sus primeros pasos en el periodismo, un oficio del que nunca se alejó y que influyó mucho en su literatura (y viceversa, como otros autores de los siglos XX y XXI). 

Sus exploraciones amorosas no fueron convencionales. Tampoco lo fue su literatura, aunque en sus experimentaciones, sobre todo en lo estructural y en la fusión de géneros, se arriesgara menos que otros del Boom como Julio Cortázar (sin dudas el que más lejos llegó), Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos y José Donoso. La pasión de Vargas Llosa por la historia y la política lo condujo a investigar temas, situaciones y personajes que, con su innegable talento y un oficio de hierro, convirtió en novelas que han seducido lo mismo al lector común que a los más exigentes críticos.  

Fue un autor que, en no pocos libros, indagó más en el erotismo y la sexualidad que en el amor. En sus novelas, el erotismo y el deseo sexual, bien facturados y no circunscritos a la descripción del acto físico, convergen con el poder, la violencia, la guerra, la política, la historia, los giros de la memoria. Vargas Llosa entendía que la mejor literatura erótica es aquella que se despliega en libros que no son sólo eróticos, tal como ocurre en grandes piezas de James Joyce, Gustave Flaubert o Anton Chéjov, donde el erotismo va a la par de los demás ingredientes y complejidades de la vida y la sociedad. Y eso fue lo que practicó en sus libros, no sólo en los que se lanzan directamente al erotismo como Elogio de la madrastra (1988) y Los cuadernos de Don Rigoberto (1997).

A comienzos de 1995 le dediqué a Elogio de la madrastra uno de mis primeros comentarios sobre libros en el programa radial A esta hora, que ese año fundé, junto a otros realizadores, en Radio Metropolitana, la emisora cultural de La Habana. Precisamente entre los bullets points del comentario estaban el tratamiento del sexo en la gran literatura, y los delicados márgenes entre lo erótico y lo pornográfico, tema que luego fue el centro del debate de la última hora del show que salía en vivo los domingos desde las 7 de la mañana hasta el mediodía. Recuerdo que la diferencia entre erotismo y pornografía fue lo que más llamó la atención de los directivos que estaban monitoreando el nuevo programa. Creo que no se dieron cuenta que la novela era de Vargas Llosa o no sabían quién era el autor. 

Su vida amorosa estuvo marcada por relaciones y rupturas con mujeres cercanas a su familia e incluso con una prima hermana. En 1959, mientras residía en París, se casó con su tía política Julia Urquidi, 10 años mayor que él y que luego le inspiraría para escribir La tía Julia y el escribidor (1977). Cuando años después rompió con Urquidi, se casó con su prima hermana y sobrina de su ex mujer, Patricia Llosa, con quien tuvo tres hijos, Álvaro, Gonzalo y Morgana. Tras iniciar en 2015, con casi 80 años, un romance con una conocida personalidad del mundo madrileño, Isabel Preysler, expareja del cantante Julio Iglesias, Vargas Llosa se divorció de Patricia luego de 50 años de matrimonio, uno de los acontecimientos más controversiales de su vida. Siete años después, en 2022, Preysler y Vargas Llosa anunciaron su separación. Su romance con la Preysler desató un fenómeno sociocultural, al principio sorprendente y raro, pero luego interesante. Pocos escritores serios han tenido la presencia en la llamada "prensa del corazón" (que en realidad es la prensa del chisme o el chisme trastocado en prensa) que la que tuvo Vargas Llosa gracias a la socialité española. Fue una etapa que a sus biógrafos les tocará investigar y relatar con la profundidad de una novela de tramas y pasiones furtivas. Al final de su vida regresó a Lima y se reconcilió con la madre de sus hijos. 

Según El País, el escritor fue diagnosticado con una grave enfermedad en el verano del 2020. Cuando se enteró de que para su enfermedad no existía cura, pero sí tratamientos para retrasar la muerte, redactó una carta para sus hijos, Álvaro, Morgana y Gonzalo, explicándoles la situación. “No quiso hacerlo público, pero su entorno más íntimo lo sabía. Sus últimos meses de vida los dedicó a visitar los escenarios de algunas de sus novelas más celebradas”, asegura el periodico español. Quiso esperar el final cerca del mar y que sus cenizas fueron esparcidas en la bahía de Paracas. Sus hijos cumplieron sus últimas voluntades. Lo planificó todo tal como si se tratara de una novela. La novela de los últimos días de su vida. 

Vargas Llosa fue un maestro de la novela. No por casualidad o por meras operaciones de mercadotecnia vendió millones de libros por los que recibía, por concepto de derechos de autor, miles de euros cada mes. A lo largo de su carrera, de más de seis décadas, creó una impresionante y bastante fiel comunidad de lectores, no solo en Hispanoamérica, pues sus libros fueron traducidos a más de 30 idiomas. Desarrolló una obra no sólo muy particular y valiosa, sino también muy prolífica y diversa, cautivando a los lectores de disímiles generaciones y a la crítica, lo mismo con novelas, cuentos y ensayos, que con piezas teatrales y artículos periodísticos. Fue un escritor total. 

Aunque le pude ver una vez en la Feria del Libro de Miami, donde le conocí fue en la Casa América de Madrid en noviembre de 2004. Durante una semana presenté allí el ciclo de cine Otras imágenes posibles, que por primera vez mostraba en Europa una veintena de películas documentales y de ficción realizadas de manera independiente, la mayoría por estudiantes de cine y jóvenes cubanos, junto a otras que, aunque producidas dentro del sistema, abordan críticamente la realidad cubana a pesar de la censura. La última tarde, Vargas Llosa presentó su libro La tentación de lo imposible, sobre Los miserables y Victor Hugo. Yendo a su sala nos encontramos y alguien de la institución le mencionó  mi ciclo. Me saludó cordialmente y cuando escuchó mi nombre me dijo: “Todo con ele”. Le dije algo que aún suelo repetir: “Era la única letra que estaban dando ese día” y él soltó una carcajada. Me dijo que le hubiera gustado haber visto algunos de los filmes y le hice una síntesis veloz. 

Desde esta ventana*

Como me presentaron como el curador de la muestra, al principio creyó que yo era un crítico, pero alguien le explicó que era cineasta y que tenía un documental sobre La Habana. No sé si me equivoqué al leer en sus ojos una mezcla de sentimientos: curiosidad, nostalgia, desconsuelo y quizás incluso hasta esperanza. O al menos fue lo que quise ver en su expresión. Me comentó que Habaneceres le gustaba como título. Le conté que gracias a la biblioteca de la Fundación Alejo Carpenter había leído varios de sus libros, proscritos en la isla y que sabía que su posición ante el caso Padilla había ayudando a que esas otras verdades de la revolución se conocieran un poco, pues el mito lamentablemente persistía. No olvido una frase tan amable como inspiradora: “Estoy seguro de que tu documental, como otros de los que has traído, también ayudarán a desmitificar la revolución cubana”. Tenía que irse a presentar su libro y no pudimos hablar mucho más que eso. Fueron unos 5 minutos. Un breve e inolvidable encuentro. Recuerdo que cuando se apagaban las luces en mi sala y comenzaba un cortometraje, yo me escapaba a su sala para escucharle y regresaba sólo para presentar el próximo. Lo mismo hice una o dos noches antes con Caetano Veloso, que también tuvo allí una presentación aquella semana, no tan interesante como la de Vargas Llosa, pero igualmente a sala repleta. 

Casi 5 años después me reencontré con Vargas Llosa en el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico por la Libertad (CEDICE) en Caracas, en el Encuentro Internacional Libertad y Democracia. Había mucha tensión, Vargas Llosa fue retenido en el aeropuerto por la dictadura chavista, pero de todos modos fui al evento con un par de amigos del equipo de producción del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) que yo dirigía en Venezuela. Por desgracia tuvimos que irnos antes de tiempo cuando uno de mis colegas detectó entre el público a un agente cubano. No quisimos arriesgarnos a un interrogatorio ya que nos habíamos llevado la cámara del ICAIC para filmar un evento antichavista. Pero alcancé a saludar a Vargas Llosa, quien se acordó de mí. Allí conocí a Antonio Ledezma, alcalde de Caracas, con quien después hablé en otras dos ocasiones, con mucho cuidado de no ser visto por la policía política y los chivatos cubanos y venezolanos. A los pocos días del encuentro en el CEDICE, coincidí en el bar Rajatabla, al lado del teatro Teresa Carreño, con la abogada neoyorquina prochavista Eva Golinger, quien me habló horrores de Vargas Llosa y de otros de los excelentes panelistas de aquél evento. Entre tragos y una música altísima hice una defensa de la escritura de Vargas Llosa, le dije que era una de las voces cardinales del Boom y que incluso había influenciado a autores cubanos jóvenes. Por aquellos tiempos Eva solía pasar por el Rajatabla. Como un año antes, una amiga común, también estadounidense de izquierda, nos había presentado y de pronto sentí que, sin variar su posición, Eva bajó el tono y reconoció los valores literarios del peruano. “De la que me libré”, pensé al día siguiente, cuando los efectos del ron Pampero se habían esfumado y la concupiscencia de la madrugada era sólo un recuerdo. 

¿Qué hubiera dicho o escrito Vargas Llosa sobre aquello? A veces me lo he preguntado. Nunca lo entrevisté, pero me hubiera gustado mucho hacerlo. Además de un excelente escribidor, era muy buen respondedor. Agudo y simpático. No olvido y aun me sigo riendo de la cara y la sonrisa de Vargas Llosa al escuchar uno de los comentarios más desatinados del periodista Jorge Ramos –por aquellos momentos en Univisión– cuando, en una entrevista en la Feria del Libro de Miami, le propuso a Vargas Llosa utilizar el “lenguaje igualitario”, basándose en que si de pronto ellos se encontraban entre un grupo de 5 o 6 mujeres por qué no decir “todes” en vez de todos o nosotros. Al escritor, conocedor de nuestra lengua, ante tamaña aberración no le quedó otro remedio que decirle a Ramos que eso era estupidez que de ninguna manera él iba a aprobar. Es mi último recuerdo de Vargas Llosa en un evento público en Miami.

Se ha ido uno de esos autores que son una biblioteca. De sus ensayos, recomiendo La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary (1975), el primero que leí, a finales de los ochenta en La Habana. También La verdad de las mentiras. Ensayos sobre la novela moderna (1990), Cartas a un joven novelista (1997), El viaje a la ficción (2008), La civilización del espectáculo (2012) y Medio siglo con Borges (2020). De su obra periodística, para comprender el viaje de sus ideas, vale la pena leer los tres volúmenes de Contra viento y Marea. En cuanto a teatro, La Chunga (1986) y Los cuentos de la peste (2015). Conversación en La Catedral (1969), La guerra del fin del mundo (1981) y La fiesta del chivo (2000) están consideradas sus piezas maestras. De sus novelas, recuerdo otras, menos celebradas, como El paraíso en la otra esquina (2003) y Travesuras de la niña mala (2006), las últimas que leí en Cuba. Al llegar a Estados Unidos compré su nueva novela, El sueño del celta (2010). Todos sus libros no han causado el mismo impacto ni todos sobresalen de igual modo, pero todos tienen su marca y todos están muy bien escritos. 

Aprovechó el boom del Boom y, sin vender su alma al diablo del enfermo y vulgar izquierdismo latinoamericano, como hizo Gabriel García Márquez, le sacó provecho, casi como el autor de Cien años de soledad (1967), la obra más reconocida de su amigo y de la generación del Boom. Tuvo la gran suerte de trabajar en lo que de verdad le gustaba y, con tonos altos, bajos y medios, como todo autor, no paró de escribir, lo mismo en su eterna ciudad, Lima, que en París, Londres, Nueva York, Punta Cana y Madrid. 

A propósito de su fallecimiento, el diario español El País publicó un artículo titulado “Mario Vargas Llosa, el más español de los escritores latinoamericanos”. Aunque desde 1993 adquirió la nacionalidad española y pasó mucho tiempo viviendo en la madre patria, Vargas Llosa siempre escribió y vivió como lo que era: un escritor peruano, un autor cardinal del boom latinoamericano, sin nada que ver con el provincianismo que flota en ese ridículo y falso titular de El País, un medio que con los años ha venido a menos, muy distante a aquellas páginas de los años noventa y comienzos de este siglo donde brilló la columna de opinión, Piedra de Toque, del autor que acaba de fallecer en su querida Lima, con los suyos. 

Con sus análisis y sobre todo con sus novelas, Mario Vargas Llosa, el escritor peruano que mejor retrató el Perú del siglo XX, hizo crecer en nuestra lengua el universo de la literatura, eso que él llamó “la verdad de las mentiras”. Fue muy leído, reverenciado y exitoso. Ganó, entre muchos otros premios, el Príncipe de Asturias de las Letras (1986), el Planeta (1993) y el Cervantes (1994). Fue académico de la RAE y casi al final de su vida, en 2023, fue también premiado con su incorporación a la Academia Francesa. La literatura fue su pasión y su adicción perenne. En 1981, a propósito de la presentación en Madrid de su novela La guerra del fin del mundo declaró: “La pasión por la literatura, como todos los buenos vicios, se acrecienta con los años, y con el tiempo se descubre que lo importante no son los libros que se escriben, sino el hecho de escribirlos, el tránsito hacia el libro”. 

Intentar hacer un resumen de la obra de Vargas Llosa no es tarea imposible, pero siempre resultaría un río de omisiones y descartes de imágenes, personajes, diálogos e historias que –como ocurre con los clásicos, según Borges– no pocos leerán y volverán a leer. Y por estos días, por ese extraño imán que tiene la muerte, con mucha más intensidad y una inevitable maleta de nostalgias. 

Tuesday, February 25, 2025

Iván Acosta presenta en Nueva York su libro "Fuacatapam"

 


Por Grethel Delgado

MIAMI.- Fuacatapam, el nuevo libro del dramaturgo y cineasta cubano Iván Acosta tuvo su presentación neoyorquina en Baruch College, perteneciente a la universidad de la ciudad de Nueva York (CUNY). A finales de enero, Fuacatapam tuvo su debut en la Colección Cubana (Cuban Heritage Collection) de la Universidad de Miami.

“Fuacatapam es un libro muy diverso. Tiene varios cuentos como el que le da título y que es un recorrido por temas cubanos y del exilio, por Miami, por Cuba, por la historia y por la actualidad", dijo Acosta a Diario Las Américas.

Este viernes 21 de febrero, en uno de los salones de lectura de Baruch, Fuacatapam unió a lectores hispanos de diferentes generaciones para escuchar al autor hablar de su obra, acompañado de su editor, el escritor y cineasta cubano exiliado en Miami, Luis Leonel León, y el escritor Rolando Pérez, autor del prólogo y profesor emérito de Hunter College.

Como amplió Acosta: "Está Napoleoncito el deliverista, que relata las peripecias de un mensajero en medio de la pandemia del COVID-19. El pez maldito de los ojos coloraos, que es más fantástico. Hay de todo o casi todo: cuentos, viñetas, notas históricas, monólogo teatral y hasta un poema que escribí hace muy poco, el 17 de noviembre pasado, el día de mi cumpleaños. Se llama No vinieron las abejas y cuando lo lean ya verán cuál es su historia y los motivos que me inspiraron. Yo se lo envié a Luis Leonel León para que él lo leyera, nunca pensando en el libro, pero él, que es el editor y que tiene esa visión, pues me llamó y me dijo: Iván ya el poema está editado e integrado al libro. Y ahí está. Es un libro que abarca textos escritos a lo largo de casi 55 años, desde 1970 con el monólogo Esperando en el Aeropuerto Internacional de Miami, que pertenece a mi obra Grito 71, hasta finales del año pasado, con No vinieron las abejas”.

El evento fue organizado por una de las instituciones cubanoamericanas más importantes y legendarias en los Estados Unidos: el Centro Cultural Cubano de Nueva York (CCCNY), fundado en 1972 por Acosta y otros artistas e intelectuales exiliados en la Gran Manzana.

“Siempre es un placer presentar una obra de la mano del Centro (CCCNY). Varios miembros y fundadores asistieron a la presentación. Primero Miami y luego Nueva York han respondido con interés y entusiasmo a Fuacatapam. Las dos primeras presentaciones han sido un éxito y espero que así siga su viaje por otras plazas académicas y ferias del libro”, comentó Acosta, residente en Manhattan desde 1961.

Acosta ha escrito casi una veintena de obras de teatro (Grito 71, Cuba: Punto X, Un cubiche en la luna, Recojan las serpentinas que se acabó el carnaval), dirigido más de una decena de filmes (Amigos, Rosa y el ajusticiador del canalla, Cándido manos de fuego, Cómo se forma una rumba) y centenares de comerciales para televisión. Entre sus libros recientes destacan Con una canción cubana en el corazón, El Super. Edición 40 años y Ventanas neoyorkinas con vistas cubanas (Colección Fugas).

Aquí en Manhattan la pasamos muy bien. Incluso se desató un debate muy interesante alrededor del personaje de la India Agripina que en el cuento que le da título al libro desaparece a los cubanos mayores de 15 años tanto en la isla como en el exilio. Para mí fue inesperado ver que algunas personas, en medio del debate, llegaron a confundir la ficción que presenta el relato con la realidad. Fue increíble pero a la vez simpático comprobar que uno de los tópicos que desarrolla El Quijote sigue teniendo vigencia”, comentó a Diario Las Américas el director de Colección Fugas, Luis Leonel León.

Este año la editorial lanzará dos libros más de Acosta, como parte de sus obras completas, junto a otras obras de autores del exilio y el inxilio cubanos. Entre las próximas entregas de autores independientes que viven en la isla se encuentran: De Caín y Kundera al asere ilustrado, y Cuba desde Cuba, ambos de Luis Cino, y Quinquenio sucio de La Habana, de la también periodista independiente Camila Acosta.

Otros títulos de próxima aparición en Colección Fugas son: La comedia eléctrica (Rolando Pérez), Miami no estaba en los planes, y La Perestroika que nunca llegó. Historia íntima del teatro cubano de los 90 (los dos de Jorge Ignacio Pérez), Transición. La Cuba y los cubanos del tardocastrismo. 2015-2021 (Yoe Suárez), Ventanas neoyorkinas con vistas cubanas (Iván Acosta), Los pronombres de la isla calvario, Náufrago en otra orilla, y Los Asesinos del ZOL (los tres de Yoandy Castañeda), Marxianismo (Andrés R. Rodríguez), Últimos diálogos con CAM (Carlos Alberto Montaner), Miami Avant-Garde 21, y Antología de fugas. Travesía por la escritura cubana de la diáspora (estos últimos de Luis Leonel León), entre otros.

“Doy las gracias muy especialmente a todos los que el viernes, bajo un agradable frío neoyorquino, vinieron a la presentación. Desde New Jersey también se acercaron amigos y lectores fieles. Agradezco a los amigos y seguidores del Centro Cultural Cubano de Nueva York, un grupo tan especial que por más de 50 años ha cuidado y defendido lo mejor de la creación cubana en el exilio, no solo en Nueva York, sino también en muchos otros lugares", apuntó Acosta.

"También agradezco a Diario Las Américas y a ti, Grethel, por la amable cobertura. Siempre agradeceré a mi amigo Luis Cruz Azaceta, uno de nuestros mejores pintores, por las ilustraciones magníficas que enriquecen el libro. Y por supuesto a mi familia, a mi esposa Teresa y mi hijo Amaury que nos acompañaron en Baruch, y a mis colegas Rolando Pérez y Luis Leonel León, mi editor”, acotó.

Thursday, February 13, 2025

Lanzamiento en Nueva York de Fuacatapam, el último libro de Iván Acosta



Nos complacemos en anunciar el lanzamiento en Nueva York de Fuacatapam, el último libro del miembro de la AHCE Iván Acosta, una mezcla magistral de narración, realismo mágico y sátira política mordaz. La historia sigue a La India Agripina y su compañero Don Liborio, que simboliza el espíritu cubano, en un viaje surrealista a través de la Cuba posrevolucionaria. Se encuentran con figuras históricas icónicas como José Martí, Antonio Maceo y Félix Varela, pero el ingenio agudo y el humor irreverente de La India cambian las expectativas.

Con ecos de la magia afrocubana de Lydia Cabrera y el choteo (humor) tan intrínseco a la cultura cubana, esta sátira caprichosa pero conmovedora reflexiona sobre la represión política y el complejo legado de la revolución, llevando al lector a una exploración vibrante de la imaginación y la identidad.

El autor estará acompañado en un panel por el escritor y erudito literario Rolando Pérez y el periodista Luis Leonel León. Palabras de bienvenida de la Dra. Elena Martínez, de Baruch College, y la Dra. Perla Rozencvaig, del Programa de Literatura del CCCNY.

BARUCH COLLEGE

VC-13 Sala 150

Lexington at 25th Street, NYC

VIERNES 21 DE FEBRERO, 2025

a las 6:30 PM

Tuesday, October 3, 2023

Entrevista a Eduardo Lolo

El periodista y miembro de la AHCE Luis Leonel León entrevista al también miembro y vicepresidente Eduardo Lolo: 

"Uno de los elementos fundamentales de nuestra labor es conjurar la falsificación de la Historia en Cuba.





Tuesday, May 23, 2023

· León Ichaso o el arte de cumplir los sueños

 (Como homenaje al recién fallecido director de cine León Ichaso publicamos aquí la entrevista que le hiciera el miembro de la AHCE Luis Leonel León para el Anuario de la misma  institucion correspondiente al 2018)

Por Luis Leonel León

          Fue en 1963 cuando llegó a Estados Unidos junto a su madre. Había cumplido los 14 y ya, gracias a su padre, quien demoró unos años en tomar el mismo rumbo, tenía conocimientos de cine y televisión. Pero fue aquí donde formó como cineasta, en el exilio. Primero en Miami, ciudad de la que literalmente huyó, y luego en New York. Desde hace más de una década, entre producciones de Hollywood y aventuras independientes, vive en California. Aunque soñaba con ser corredor de motocicletas o guitarrista de rock, León Ichaso es el cineasta cubanoamericano que mayor éxito ha logrado en Estados Unidos. El Súper, Azúcar amarga, El cantante, Crossover Dreams, Piñero, Paraíso, y muchas otras de sus películas, así lo demuestran. A sus 70 años dice no querer serlo, pero sigue siendo un artista irreverente. Tiene más de un mundo que contar y le encanta hacerlo. Esta fue una de esas ocasiones.  

No pocos te catalogan como un cineasta del exilio cubano. ¿Lo eres? 

Definitivamente mi carrera comenzó aquí en el exilio, aunque desde Cuba, más o menos ya yo me estaba formando, sobre todo viendo a mi padre, Justo Rodríguez Santos, trabajar en cine y televisión. Pero sí, yo diría que soy un cineasta del exilio. Así nos conocen.

¿Y qué significa ser un cineasta exiliado?: ¿etiqueta, fatalidad, una carga pesada?

Una carga pesada porque no tienes país. Eres un cineasta sin cine. Sobre todo cuando hay festivales o se ponen las películas, o se pregunta la ficha de la película, pues todo el mundo tiene su país. Yo técnicamente quedo como un cineasta sin país. Por ejemplo, Azúcar amarga es una película americana, El Súper es una película americana. El cine cubano que se reconoce es el que hacen los que viven en Cuba. El cubano exiliado, el cine exiliado, es otra cosa, y no es oficial para ellos. Y de contra ya piensan que si el cine es exiliado es un cine derechista, o un cine retrógrado, o algo de eso, por lo que significa Miami para mucha gente, que es el exilio. Cuando salió Azúcar amarga, me di cuenta cómo nos miraban a los que éramos en realidad cineastas del exilio: como gusanos.

Tu padre integró el grupo Orígenes, fue escritor, realizador, publicista. ¿De qué manera te influyó todo eso? 

Fue una influencia completamente natural y completamente agradecida. Mi padre fue un hombre muy divertido. Era como un hippie en Cuba. Era fotógrafo, escritor, un poeta conocido. Hacía televisión experimental en el Teatro Experimental del Aire, en Cuba. Y me llevaba con él a todos lados. Yo aprendí cine en los estudios de CMQ, viajando con mi padre cuando él filmaba escenas para Historias de la Revolución, o me llevaba a conocer al Indio Fernández, el director mexicano. Eso todo fue ocurriendo como automáticamente y yo ni sabía que tenía eso en mí. Nunca fui al colegio a estudiar cine. 

¿Cómo fue aprender cine haciendo cine?

Así mismo. Llega un momento, más o menos 1967, cuando había un cine que se llamó underground, que empecé a hacer cine con mis propias cámaras pequeñas, de 8 milímetros. Y eso se convirtió después en trabajar en comerciales con mi padre. Trabajé muchos años haciendo comerciales con él, y todo eso me llevó a hacer mi propia película, El Súper. Me dije: voy a fabricarme aquí mi propia puerta para entrar en este negocio, no voy a esperar a un título de una universidad, ni a que me llamen. Así fue cómo ocurrió lo que tú dices: estudiar cine haciendo cine. 

Con una súper 8 hiciste tu primera película, Aluminio, en Miami.

Y muchas otras después. Era la época en que esa alternativa existía. En el año 1969 tuve un show que me organizaron Dolores Prida y Mercedes Cortázar, dos muchachas cubanas que tenían una revista que se llamaba La Nueva Sangre. La revista hizo en Nueva York una muestra de mis películas. Se llamó Cinema 69. Y se dio, fíjate qué cosa más curiosa, en el espacio de Waldo Díaz-Balart, que era el cuñado de Fidel Castro. Y allí se dio mi primera exhibición. Y esas peliculitas underground se veían. 

¿Cómo era entonces el mundo intelectual? 

Yo estaba fuera de Miami. Había explorado Nueva York. En Miami pasó una cosa que fue bastante ridícula. En Miami, a todo el que se dejaba el pelo largo o la barba o usaba sandalias, le decían comunista. Estar en Miami era muy desagradable si tú estabas como yo en el 67, con el pelo largo y las sandalias y fumando marihuana y lo que fuera. Eso era un pecado mortal. Hasta me cayeron a golpes en Lincoln Road una pila de cubanos imbéciles que pensaban que yo era un comunista. Ya Miami no me hacía ninguna gracia. Porque lo que pasaba es que ya no aceptaban nada que se fuera del guetto cubano y yo estaba desesperado por escaparme de eso, a través de los años 60, de los Beatles, de los Rolling Stones, del ácido y de lo que fuera. Eso no se aceptaba.

¿Y llegas a la Gran Manzana?

La primera noche que llegué Nueva York empecé a trabajar en un restaurante que se llamaba Max’s Kansas City, que convirtió en un lugar de encuentro de poetas, músicos, pintores, políticos, en los años 60 y 70. Iban Andy Warhol, Lou Reed, Jimi Hendrix y mucha gente. Yo trabajaba ahí de bus boy y empecé a conocer ese cine y otro mundo diferente, más interesado en cosas universales, que no tenían que ver ni con Cuba ni con nada. Y conocí ese mundo y me quedé en Nueva York, formé parte de ese movimiento y me quedé viviendo en Nueva York.

En 1978 fuiste a ver la obra off-Broadway de Iván Acosta, El Súper, estrenada a finales de 1977. ¿Recuerdas qué sentiste al verla?

Yo era amigo de Iván Acosta. Había ido con Iván a algunas de las protestas del grupo Abdala. Incluso filmé unas de las manifestaciones en la calle 43 y la octava avenida. Me acuerdo que nos cayeron a palos y tuvimos que salir corriendo. Iván me invitó a la primera presentación del Centro Cultural Cubano de Nueva York (CCCNY). Llevé Aluminio, y como no tenía más nada, también llevé el documental de Orlando Jiménez Leal, PM, y esa fue la noche de cine en el CCCNY, aquella gran noche en la Catedral Saint John the Divine. 

Según me ha contado Iván fueron miles de personas durante una semana de arte cubano. 

Fue mucha gente. Una cosa completamente nueva. Se pusieron obras de teatro, películas, exhibiciones de pintura, poesía, libros. Fue muy interesante. Allí Iván y yo nos hicimos amigos. Y en la obra El Súper actuaba Reinaldo Medina, que también está en la película como Pancho, que por entonces estaba haciendo comerciales con Orlando y conmigo, y ya estaba transformado en Pancho y me dijo, con la voz del personaje: “si tú no vas a ver esta obra te mato”. Y yo me dije: si no voy a ver esta obra el loco este es capaz de cualquier cosa. Creo que la fui a ver con Manolo Arce, que después la reescribió y produjo conmigo, y con Camilo Vila, que también es otro director cubano. Y en el intermedio de la obra le dije a Iván: yo voy a hacer de esto una película. Y así fue.



Para trasladar la obra al cine la llevaron a un sótano real, donde vivía un súper real. 

Encontramos ese sótano en la 190 y Broadway. El sótano de un súper puertorriqueño. Y en el filme mantuvimos la mayoría del elenco de la pieza, con pequeños cambios como usar a Elizabeth Peña para el papel de Aurelita, y se cambió al personaje del puertorriqueño, yo traje a un actor-director puertorriqueño, Efraín López Neri. Pequeños cambiecitos. Lo bueno que tenía el proyecto era que todo estaba ensayado, muy bien escrito, y con tremendas actuaciones de Raimundo Hidalgo Gato, Zully Montero, Reinaldo Medina y los demás. 

Inmediatamente comenzaste a producir segmentos para el popular programa Saturday Night Live. 

Es que la película tuvo mucha acogida. Se estrenó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) y después ganó muchos festivales. Lo que me llevó a mí a empezar estos segmentos de Saturday Night Live, que eran películas cómicas cortas, de más o menos 5 minutos. Hice una de un torero en Nueva York, Pepe González, el único torero de la ciudad. Otra de un safari para matar cucarachas. Cosas así. 

El humor, incluso insertado en dramas impactantes, siempre está presente en tus obras.

Siempre hay humor sí, al menos siempre hay su chiste, medio escondido o explícito. Lo que pasa es que mí me encanta la comedia. Y El Súper es una comedia diferente. 

Tragicomedia, diría yo. Un término, por cierto, que en gran medida define a los cubanos. 

Yo creo que sí. Igual que a los italianos, que hacían aquel cine, muy parecido en ese sentido. Es aprender a reírse también de la desgracia que nos ocurre. El afiche de El Súper que yo hice cuando la película se estrenó, y que muy poca gente conoció, es un afiche en blanco y negro, donde sale Raimundo Hidalgo Gato parado frente su casa, ante toda esa nieve, que no puede ni caminar, y arriba dice en inglés: Cuando te puedes reír de la tragedia de estar completamente desplazado, estás salvado. Y eso es más o menos de lo que estamos hablando. Después ese afiche se cambió porque la distribuidora americana quería algo más chistoso. Y se hizo otro que decía “de la misma gente que le trajeron los Ricky Ricardo, los tabacos cubanos, los watergate plumbers”. Se hizo una cosa diferente, la Estatua de la Libertad aguantando una herramienta y adentro el súper siendo aprisionado por esa llave inglesa que usan los plomeros.

¿Cómo fue recibida El Súper entre exilio cubano?

Fue muy interesante. Al principio hubo gente que estaba muy disgustada con la película porque pensaban que se metía con Bahía de Cochinos, que se burlaba de Pancho, que si no estaba “clara” la película. Pero eso fueron cuatro gatos. Porque cuando se estrenó fue como una catarsis. El exilio necesitaba reírse. Necesitaba ya darse cuenta de que a lo mejor no se volvía más nunca. Pero había que parar de vivir con esa seriedad y esta ilusión, casi que le prohibía a uno moverse. Han pasado ya 40 años. Fue la primera película que habló de eso, que presentó una cosa tan simple como los cubanos refugiados. 

He hablado en New York con dominicanos, boricuas y otros hispanos, gente de aquellos tiempos y más jóvenes, y se han visto reflejados en la película, pues no sólo habla de exiliados sino también de emigrantes. 

El Súper tiene una cosa muy universal. Ese fue uno de sus éxitos. Una de las cosas que hice con el guión, junto con Manolo, cuando reescribimos la obra de Iván, fue quitarle la política y hacer del enemigo de El Súper no tanto Fidel Castro como el elemento de estar desplazado, la nieve, el inglés, los americanos. Las cosas que él no comprendía se convierten en un enemigo más efectivo. En la obra él tenía pesadillas con Fidel Castro que se le colaba en el basement. Y todo eso estaba muy bien, pero hubiera retenido la película y nuestro mensaje y presencia en el cine precisamente con una película de cubanos exiliados, lo que somos. Y creo que de ese modo lo logramos. 

Con Azúcar amarga fue todo lo contrario. 

Ahí sí me lancé con una pistola en la mano. Ahora, con El Súper había que tener un poco más de cuidado. Era la primera. Además, no había necesidad, la película decía tanto en contra de aquel régimen y de aquel hombre, que no había que abusar. Eso creo que hizo a la película mucho más popular. 

Siendo estudiante de cine de Cuba, en los años 90, vi con unos amigos, de manera clandestina, Azúcar amarga. Fue el encuentro con un cine de denuncia que me interesaba, pero que sólo era posible hacer fuera de Cuba. 

Por supuesto. Azúcar amarga incluso acaba con el personaje principal tratando de matar a Fidel Castro. Y te cuento algo, todo el mundo, más que nada del mundo americano, del cine de arte, me decían: ese final es lo que la echa a perder. Y soy consciente de eso. Si hubiera acabado en un momento en que hay un close up después de que su novia se ha ido de Cuba en una balsa y él se queda ahí solo, destruido, oyendo de lejos el eco de la voz de Fidel dando un discurso, hubiera sido un final artístico brillante y poderoso. Pero honestamente yo quería que alguien tratara de meterle un tiro a Fidel Castro. Y me la jugué con ese final. 



Eso era lo que más preocupaba a los censores y a la policía política en Cuba, que al final la película decía que para acabar con el problema cubano no quedaba otra vía que matar a Fidel Castro.

Claro que la película se hizo con esa intención. Era el momento en que todos estaban regresando a Cuba. Con todos, quiero decir, Leonardo Dicaprio, Jack Nicholson. Todo el mundo estaba descubriendo a Cuba como el nuevo vacilón y eso a mí me volvió loco, y me dije: coño, tengo que tratar de parar esto un poquitico. Así y todo la película fue super popular. Yo no me lo podía creer. Se estrenó en México en siete salas. Se estrenó en España, en Madrid, como en ocho salas también. Se puso por todos lados. Y mandé para Cuba como 50 casetes VHS. Poquito a poco. 10 por aquí, 15 por allá, para que la trataran de ver allí. 

Durante años navegaste a contracorriente en muchas cosas: los exiliados, los emigrantes, los hispanos en EEUU, que tienen fuerte presencia en tu cine. ¿Cómo surgió Crossover Dreams? 

Sucede que en Nueva York estás más en contacto con la música nuestra, que en esa época se le llamaba “salsa”. Y entonces había como un renacimiento de cosas puertorriqueñas y latinas en Nueva York, que yo estaba presenciando, viviendo. Iba a esos conciertos, a ver a Héctor Lavoe, Eddie Palmieri, Oscar D’ León. Y la idea de esos músicos que iban corriendo de un night club a otro, del Bronx a Brooklyn, a Manhattan, en una noche, para ganarse cuatro kilos, tocando esa música tan nuestra en medio de las nevadas más brutales del mundo, me di cuenta que era una cosa de lo más interesante. Tú salías a la acera y el mundo se está cayendo de nieve y dentro de los clubs las palmas, salsa y la gente sudando. Qué interesante. Y todos esos músicos latinos abrazaban el sueño de cantar y hacerse conocidos también en inglés. De ahí viene el término Crossover Dreams. Todos habían hecho su disco en inglés y casi todos habían fallado. Entonces me lució algo muy interesante, y que era una película que yo podía hacer, de nuevo, como El Súper, con poco dinero. Y ya había conocido a Rubén Blades. 

Que se estrenó como actor contigo en Crossover Dreams. 

Y en ese momento no le podía ir mejor, pero me dijo esta frase: “El sueño mío es ser actor, escríbeme algo”. Y así fue. Yo estaba conectado con todo ese mundo de músicos que ya conocía, de llamarlos para hacer, con mi padre, comerciales de Café Bustelo, del Banco de Ponce. Cuando llegó el momento de hacer la película no era un desconocido que se estaba lanzando, yo los llamaba por teléfono, oye fulano, voy a hacer esto, ¿me ayudas? Crossover Dreams tuvo la oportunidad de estrenarse también en el MOMA y después en el Festival de Cannes. De Nueva York fuimos varias personas al festival, imagínate, una cosa muy especial.

En tu cine confluyen dos espíritus: el aliento del cine de arte y la energía del cine popular. ¿Es a propósito?

Creo que ocurre de manera natural. Yo no soy un tipo bien artístico y pesado. Soy un tipo de calle. Lo que vengo también de una familia muy culta y muy preparada. Mi tío Paco Ichaso [fundador del grupo Minorista] era un periodista de nombre, mi padre un poeta y un gran escritor, mi madre Antonia Ichaso también escribía novelas. Mi hermana igual, escritora. Eso está ahí. Pero de mi familia yo soy el más lanzado a la calle. Y quizás eso es Nueva York. Porque en Miami no vas a salir a caminar a la calle ni vas a conocer a un puertorriqueño que canta, ni nada de eso. En Nueva York te tropiezas con esa gente. Vas caminando y ves un concierto de salsa en el Parque Central y dices “mira quién está ahí”. Es la única ciudad del mundo donde se ven estas cosas. Eso yo creo que me dio a mi más acceso. Definitivamente Miami estaba completamente en bancarrota en cuestiones espirituales o educacionales. Y Nueva York era una abundancia de todo ese tipo de cosas que incluía el mundo de la calle. Y lo he mantenido siempre en mis proyectos.


El personaje de Croosover Dreams no es un músico famoso. Como pasa en El Súper y Piñero. Son historias de antihéroes, con finales no especialmente felices, que buscan retratar la crudeza de la vida.

Mucha gente me decía: con tanto cubano rico y con tanto cubano que le ha ido bien, chico, tú tuviste que hacer la película de un guagüero. Pero yo pienso que es mucho más interesante que haga la película del guagüero que la de un señor que tiene un banco en la calle Flagler. Eso es lo que me ha interesado, mucho más que lo pulido de las cosas, que todo esté perfectico. Eso nunca me ha gustado. 

La fotografía y la edición de tus películas también van por ese sendero. 

Creo que también pasa porque cuando me meto en un proyecto estoy desde que el primer tiro de la cámara hasta que se pone en un cine. Hacer cine independiente te obliga a tener cuatro sombreros. Yo aprendí a editar cuando hacía comerciales, aprendí a fotografiar cuando faltaba un fotógrafo. Uno se pone a hacer de todo.  

¿Qué tal te fue con Piñero? 

Fue una experiencia increíble. Un personaje que yo conocía muy poco. Lo conocía cuando él escribía para Miami Vice, que yo dirigía, y era un tipo al que uno tenía que salirle corriendo. Tú estabas sentado diez minutos al lado de Miguel Piñero y te robaba la cartera, te quitaba el dinero y te la colocaba otra vez. Pero lo encontré interesante. Era un gran poeta y dramaturgo. A esa película no le fue muy bien en Miami. Volvemos a eso. Porque si no era cubano, no funcionaba, al menos entonces. Y me pasó eso. “¿Qué hago yo haciendo una película sobre un puertorriqueño tecato, poeta, bandido?”, me decían. Son pequeñas desilusiones que también recibes, que son parte de la vida en que yo me he metido. Porque ya yo mañana no puedo salir de aquí. Ya estoy muy viejo, no puedo decir me voy a meter a manejar un taxi. Ya es o retirarme o seguir haciendo cine. Estoy trabajando en un proyecto que me gustaría hacer con el actor cubano Adrián Mas, sobre un cubano que le mete un tiro a otro en una gasolinera en una discusión de política. Un cubano que le grita a otro “balsero de mierda” y le pega un tiro. Basado en un hecho real. 



Tu última película es Paraíso, rodada en 2008 en Miami, a donde has retornado a filmar más de una vez.

Paraíso la ha visto muy poca gente y yo creo que es una de mis mejores películas, y una de las más serias, con un mensaje devastador y una crítica muy fuerte a los de allá, pero también a los de aquí, a todo. El personaje es un animal, un salvaje, y a la misma vez es un muchacho que está perdido, que no está preparado para sus sueños. Un tipo que ha soñado todo el tiempo con venir para acá y cuando llega, no sabe qué hacer. Es la construcción del hombre nuevo de la revolución, que yo conocí y me di cuenta que era un fenómeno que se merecía pensarlo y dedicarle un proyecto. Y ahí está Paraíso, hasta el momento mi última película.

Luego intentaste hacer, también en Miami, la película La última noche. 

Eso fue otra cosa. Esta era sobre un actor al que la familia lo mete en una casa de viejos. Pero la película se cayó a pedazos, no la terminé. Sucede que con los proyectos latinos, cubanos, que a mí me encantan, te matas con deudas tratando de hacerlos, y de pronto, ya la película te la robaron. No se ha estrenado y ya te la piratearon. Entonces te dices, ok, esta me la piratearon, vamos a intentar otra. Y luego pasa otra cosa. Eso sumado a que la gente ya no va al cine, dicen que la ven cuando salga en DVD. Entonces piensas para qué me voy a matar una vez más. Mi madre me lo suplicaba, me decía: “no más, mi hijito, que tú sufres mucho”. Hay muchas cosas que te frenan. Y tampoco puedo llegar muerto de hambre a mi vejez tratando de hacer películas que son muy bonitas, que me encantan, que tienen las mejores críticas del mundo… y que nadie las vio.

Una pregunta final. Aunque se le ha hecho muchas veces a los cineastas siempre me seduce hacerla: ¿Qué es el cine para ti?

Nunca me lo he cuestionado mucho, pero es una pregunta interesante. Trabajar en el cine tiene una cosa que es como trabajar en muchas cosas de una manera muy especial. Cada proyecto nunca es el mismo. Tú puedes ser un día un salsero, al otro puedes ser un asesino, al otro día puedes estar con una guitarra eléctrica con Jimi Hendrix al lado, puedes estar cerca de Mohamed Ali. Hay un aprendizaje y una compañía. Siempre sentí que haciendo cine tenía como una gran familia, que me gustaba. A lo mejor no veía a este fotógrafo en 4 años, a lo mejor nos encontrábamos en otro proyecto. Hay una película que yo vi en Cuba, Trapecio, de Burt Lancaster y Tony Curtis, sobre un circo. Recuerdo que me impresionó tanto, cómo vivía esa gente, los veía ensayando en el circo, y sentí que quería estar en ese mundo. Eso se sumó a lo que veía con mi padre, trabajando con creadores impresionantes, el ambiente de la CMQ, el canal 4. Había como una gran familia dentro de eso, que era muy especial. No es como si me sintiera llamado a hacer cine, como una vocación por algo sagrado, como un cura. Pero me gustaba inmortalizar ciertas cosas que yo pensaba que nadie más se iba a preocupar por ellas. Creo que Iván Acosta cuando escribió El Súper no se imaginó el interés que ese encargado de un edificio iba a tener. Algo así sucede. Y de pronto, ya no conocía otro mundo. En esto también puedes poner tus dos centavos por aquí, por allá, conocer personas increíbles. La música de El Súper la hizo Enrique Ubieta, que escribió varios de los himnos de la Revolución, un músico que luego fue ultrajado y destruido por Fidel Castro. Lo conocí en Nueva York, mi padre me lo presentó: era un genio. Y después trabajar con Rubén Blades, o con músicos panameños que hicieron la música de Crossover Dreams. En El cantante, eso fue un derroche de música. Yo había conocido a Héctor Lavoe cuando había un restaurante en la Octava avenida en Nueva York que se llamaba El Asia, y ahí entrabas y veías en un domingo aburrido a Tito Puente, a Machito, a Miguelito Valdés, que le decían Mr. Babalú, y veías a Héctor Lavoe. Veías a todo el mundo ahí cuando nadie era famoso. Y después todos estos mundos se reúnen y los vuelvo a ver. Ha sido para mí una cosa muy interesante. Porque el cine te deja hacer una cosa que es muy interesante. Por ejemplo, yo soy como un rockanrolero de closet. Eso es lo que me hubiera gustado ser a mí. Antes quería ser campeón de motocicletas. No hubiera sido nunca ni campeón de motocicletas ni guitarrista famoso. Ahora, en el cine, puedo tener una escena donde hay una motocicleta y puedo envolverme en la música que me gusta. Yo lo he hecho. He tenido la gran dicha de trabajar con músicos fenomenales. Y el cine me ha ayudado a cumplir todos esos sueños.