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Wednesday, January 15, 2025

“Soy una optimista profesional: sigo pensando que Cuba tiene arreglo”*

Ileana Fuentes 

Por William Navarrete

Hubiera podido conocer a Ileana Fuentes en 1995, durante uno de mis primeros viajes a Miami, en que recorriendo la avenida 12 de La Pequeña Habana descubrí que existía un museo cubano en la ciudad. Mi curiosidad me llevó a visitarlo y recuerdo perfectamente el cuadro de Juan Abreu que allí se exhibía. Ahora, al entrevistar a Ileana, me entero de que fue ella quien organizó aquella exposición, la primera que organizaba como directora de un museo que había tenido no pocos percances desde que había sido fundado. Siempre me ha gustado debatir con Ileana Fuentes, como se dice, a chaqueta quitada. Una vez mantuvimos una polémica por correo electrónico por una portada de un libro en homenaje al centenario de la República Cubana que yo había coordinado desde París y para el que el pintor Ramón Alejandro había dibujado una portada que a Ileana le pareció poco apropiada por razones que ahora sería un poco largo precisar. Aquella disputa intelectual no hizo mellas en nuestra amistad. Al contrario, seguimos intercambiando y colaborando cada vez que la ocasión se presenta. No podía dejar a Ileana Fuentes fuera de esta serie de entrevistas. Sus aportes han sido esenciales para la cultura cubanoamericana en el exilio; sus libros, una referencia para investigadores y estudiosos. Mejor dejemos que sea ella quien nos cuente su larga trayectoria al servicio de la Cuba libre con la que muchos seguimos soñando.

―Cuéntanos de tus orígenes familiares.


―Nací en La Habana, en la clínica de la Quinta Covadonga. Mis abuelos paternos emigraron de Asturias a Cuba a principios del siglo XX. Los maternos lo hicieron de Galicia. Mis padres nacieron en Cuba. Mi padre, Juan Fuentes Pérez, nació en La Habana en 1909. Fue músico y maraquero del primer Conjunto Casino en la década de 1930. Se le conocía con el nombre artístico de “Bolita” y compuso varios temas en colaboración con otros músicos, canciones como como Con la lengua afuera o la guaracha A mí qué, grabados por la RCA Victor junto a Roberto Espí, Esteban Grau y otros. Se casó con mi madre en 1947; ya en esa época había dejado la música y era sastre de la Casa Cofiño, sita en la calle Neptuno, en La Habana.

Ermitas Ramos Vázquez, mi madre, era habanera, nacida en 1922, la más joven de siete hijos. Era doctora en Pedagogía y maestra de la escuela pública N° 8 de Guanabacoa. Fui hija única y en el momento de mi llegada al mundo mis padres vivían en la calle Ánimas, de La Habana Vieja. Luego nos mudamos para Concordia, entre Escobar y Lealtad, y en 1958 para el Ensanche de La Habana, calle Montoro N° 13, entre Carlos III y Lugareño, a cuatro cuadras de la Plaza Cívica, entonces en construcción.
Con su madre, Ermitas, y su padre, Juan, en La Habana, ca. 1956 (Foto: Cortesía)

―¿Dónde cursaste tu primera escolaridad?

―Estudié en el American Dominican Academy o colegio de las Dominicas Americanas (que no debe confundirse con el de las Dominicas Francesas, también en El Vedado). Se encontraba en la calle 5ta. y D, al doblar del teatro Auditórium de El Vedado, en lo que había sido la última residencia de Máximo Gómez. Ocupaba gran parte de una manzana en un edificio antiguo de dos pisos, con unos enormes patios centrales y jardines llenos de recovecos, enormes árboles y plantas tropicales.

Tras el triunfo del castrismo, nacionalizada ya la escuela, la convirtieron en los camerinos del Ballet Nacional de Cuba. Estudié en ese colegio toda la primaria hasta el octavo grado. Las clases eran en español con una sesión en inglés. Luego, el bachillerato se cursaba en inglés. También había profesoras laicas; todas las jefas de grado lo eran. El octavo grado no lo terminé porque mis padres me sacaron de la escuela después de que fuera intervenida. En octubre de 1960 salí definitivamente del país.
Primera comunión en Las Dominicas, La Habana, 15 de abril de 1956. Sentadas, de izq. a der., Carlota Pérez y Carmen Vázquez. Detrás las tías Carmen Ramos, Celia Ramos, Josefina Souto y su madre (Foto: Cortesía)

―¿Tu familia militó contra Batista? ¿En qué condiciones les sorprendió a ustedes el triunfo de 1959?

―A pesar de ser única hija, mi familia era numerosa. Vivíamos con mi abuela materna, Carmen Vázquez, mi tío Pepe y mi tía Celia, que era mi madrina. Como muchos de los que eran demócratas convencidos, mi padre vendió bonos del Movimiento 26 de Julio mientras trabajaba en la Sastrería Cofiño, entre 1957 y 1958. Había conocido a Fidel Castro en las filas del Partido Ortodoxo y recordaba muy bien al personaje.

El 1° de enero de 1959 nos sorprendió en casa pues, aunque los mayores tenían la costumbre de salir a festejar el 31 de diciembre, la situación estaba demasiado tensa para salir a esperar el año nuevo en algún cabaret. A las 5:00 de la mañana nos sorprendió la algarabía de la calle y todos nos levantamos. Se vivieron momentos de mucha ansiedad pues poco después empezaron a liberar a los presos sin tener en cuenta los motivos por los que habían sido encarcelados. El 8 de enero entró el Ejército Rebelde con Fidel Castro al frente a la capital. Me daba miedo ver a toda aquella gente vestida de verde olivo y con rosarios que les colgaban del cuello.

Los juicios populares empezaron poco después. Recuerdo perfectamente el que le hicieron a Sosa Blanco, transmitido por la televisión. Podíamos darnos cuenta de que todo aquello era un circo romano; la gente gritando “Paredón”. Después de esto nada volvió a la normalidad, aunque todo pareció retomar su curso, al menos durante un año más.

―¿En qué momento se dan cuenta que el país había caído en manos de una nueva dictadura?

―Como dije ya, mi padre conocía a Fidel Castro desde la fundación del Partido Ortodoxo. Fidel había aspirado a representante de la Cámara cubana. De modo que mi padre se dio cuenta de todo enseguida. Su esperanza no era otra cosa que la negación de que todo hubiese sido en vano. Mi abuela Carmen y él fueron los últimos en sentarse a escuchar los discursos del “Máximo Líder”. Recuerdo en particular uno en 1960 que duró siete horas en el que Castro empezó a hablar del apoyo que habían recibido los rebeldes y mi abuela Carmen empezó a gritarle mentiroso y de rabia apagó el televisor. Entonces le dijo a mi padre: “Juanito, esto se acabó”.

―¿En qué momento tus padres tomaron la decisión de irse del país y por qué?

―Hubo tres detonantes. El primero fue el hecho de que habían intervenido las escuelas privadas, como la de las Dominicas en la que yo estaba estudiando. Y las interventoras eran las mismas maestras de antes, pero esta vez vestidas con uniformes de milicianas.

La segunda razón fue la Campaña de Alfabetización. Sabíamos que habían reclutado a menores para la Brigada Conrado Benítez, para que participaran en dicha campaña y obligaron a los maestros de las escuelas públicas a inscribirse como voluntarios. Entonces, como mi madre trabajaba en una escuela de este tipo, tuvo que alfabetizar a personas en otros barrios después de que terminaba su jornada laboral. Nos contaba que en las aulas habían asignado a dos milicianos, sentados detrás, con un rifle en la mano cuya misión era vigilar el contenido de lo impartido. Entre los milicianos haciendo posta, y el currículo de alfabetización que enseñaba que la “F” era de Fidel y la “C” de Camilo, mi madre no pudo con aquello.

La tercera razón fue el miedo de los padres a que enviaran a sus hijos a alfabetizar a lugares recónditos. Había una alarma generalizada por la subversión de la autoridad parental. Cuando nacionalizaron las escuelas hicieron circular una carta que los alumnos debieron firmar mediante el cual se comprometían a estudiar en otro país aún sin la autorización de sus padres.

Además de esto, durante la invasión de bahía de Cochinos apresaron a mi tío Carlos y estuvo tres semanas desaparecido. Mi tía Carmita, embarazada, mi madrina Celia y mi madre estuvieron buscándolo mucho tiempo hasta que dieron con él en el Castillo del Príncipe. Cuando lo soltaron estaba esquelético y pesaba 22 libras menos.

En resumidas cuentas, ni los menores teníamos escuela, ni Carlos tenía trabajo ya y todos sabían que aquello terminaría muy mal.

―¿Cómo sales de Cuba?

―A mediados de 1960 comenzaron a hacerse los trámites para sacar a menores de edad solos, sin sus padres, de Cuba. Polita Grau, sobrina del expresidente Ramón Grau San Martín, fue una de las principales promotoras de aquella acción que se concretó con la operación llamada “Pedro Pan”. Entre diciembre de 1960 y octubre de 1962 salimos 14.048 menores de Cuba, una cifra muy superior a la de los niños judíos puestos a salvo en Europa durante la Segunda Guerra Mundial en lo que se llamó “Kindertransport”. Fui parte de esa operación y salí de la Isla con mi primo Carlos Manuel, hijo de mis tíos Carmen Ramos y Carlos García, el 20 de octubre de 1961. Tenía 13 años y mi primo seis.

―¿Dónde caíste?

―Caí en lo que habían sido barracas del ejército americano que se encontraban en el Kendall Camp, área actual de Kendall, una zona que era pura maleza, pantano, cocodrilos y mosquitos, pues Miami terminaba en la avenida 57. Allí fuimos alojadas miles de muchachas según íbamos llegando de Cuba. Estuve en esas barracas dos semanas hasta que me reubicaron en Denver (Colorado), en un orfanato católico. Conmigo fueron cinco las reubicadas en ese lugar; en total a Denver fueron más de 200 muchachas entre 1961 y 1962. Viví ocho meses y medio en Denver pues mi familia fue saliendo poco a poco rumbo a Nueva York gracias a que un hermano de mi madre vivía en esta ciudad desde los años 40. Él fue el que nos reclamó a todos entre 1961 y 1966.

Mi madre, mi tío Carlos y mi prima Carmencita salieron en noviembre vía México. En enero de 1962 salieron tía Carmita con su bebé y en febrero salió mi padre. Todos fueron a vivir a Nueva York. De pronto, eran 12 personas en una casa para cuatro. Me quedé en el orfanato hasta el 14 de junio de 1962. En aquella casa no cabía ni una hormiga.
En la azotea del orfelinato Queen of Heaven, Denver, Colorado, 1962 (Foto: Cortesía)

―¿Cómo fue tu vida en ese orfanato de monjas?

―Eran monjas de la Caridad de la orden fundada por la madre Cabrini. En realidad, las hermanas eran muy estrictas. Esos orfanatos habían sido el resultado de la depresión económica de 1929 y ya en la década de 1960 todos estaban medio vacíos. Eran incosteables y no había suficientes huérfanos para poblarlos. El programa de Pedro Pan les benefició mucho porque el gobierno federal les daba dinero por cada niña o niño cubano. Yo creo que los “pedropanes” que peor la pasaron fueron aquellos que fueron colocados en hogares adoptivos, pues había menos control de lo que les pudiera pasar. En el orfanato me enviaron a cursar los estudios secundarios junto a otras seis compañeras en la escuela Skinner Junior High que se encontraba a una milla de distancia y a la que íbamos caminando a veces con hasta un pie de nieve acumulada.

―¿En qué momento logras reunirte con tus padres y en qué condiciones?

―No fue hasta junio de 1962 que mis padres pudieron sacarme del orfanato. Para la fecha ya se habían mudado para un apartamento en Washington Heights, en Nueva York. Vivíamos ocho personas bajo un mismo un techo. Cuando intentaron inscribirme en una escuela secundaria de las mismas monjas de la Caridad que quedaba cerca de nuestra casa me hicieron repetir el noveno grado por las malas notas que traía de Denver. Después de todo me alegré porque eso me permitió mejorar el inglés. Allí cursé los cuatro años de secundaria y me gradué con honores.

―¿Fuiste a la universidad después?

―Después del bachillerato entré en la universidad privada Fordham, una institución jesuita de Nueva York. Estudié Premédica y como requisito seis asignaturas: Cálculo, Biología, Química, Alemán, Sociología y Física. Aquello era el reino del machismo, pues Fordham había sido una universidad exclusiva de varones hasta 1963, de modo que, en septiembre de 1966, cuando yo entré, había cientos de varones y menos de 50 hembras. Las clases de Biología y Química eran de 25 varones y tres o cuatro hembras. Fue una etapa muy difícil. ¡Te podrás imaginar!

Duré tres años en Premédica y al cabo de ese tiempo dije: “Ni una disección de animal muerto más!”. Pedí una licencia académica y me di de baja. A los 21 años me fui a trabajar y estuve dos enseñando en una escuela secundaria. Y cuando me sentí que estaba lista regresé a estudiar Historia en la misma Fordham, donde, además, conseguí un trabajo. De modo que la matrícula no me costaba nada porque trabajaba donde mismo estudiaba. Saqué mi licenciatura en Historia en 1973.

―La Ileana que yo conocí hace más de dos décadas estaba ya muy activa en los temas relacionados con la democratización de Cuba ¿En qué momento empezaste a militar por esta causa?

―En los años 1967-1969 existían varios grupos de cubanos exiliados en Nueva York que trataban de derrocar al castrismo. Abdala, la agrupación de cubanos jóvenes fundada por Gustavo Marín, se inició en esa época. Un día me encontré con Iván Acosta, un estudiante cubano de New York University que vivía cerca de mi casa. Iván me propuso entonces asistir a una reunión de unos 300 estudiantes universitarios cubanos del área metropolitana en la que se hablaría sobre qué hacer con respecto al futuro de Cuba. Asistí a esa reunión, y al rato de comenzada, Iván me tocó el hombro y me propuso que dijera algo. Fui la penúltima en dirigirme al público y lo que dije lo publiqué después en mi libro Cuba sin caudillo (Linden Lane Press, Princeton, 1994). Tenía 20 años y dije que había asistido a esa reunión buscando una respuesta y me marchaba como mismo había venido.

Me empecé a involucrar poco a poco con diferentes personas y a participar en actividades. Mi padre me acompañaba a casi todo. De aquellas reuniones salieron muchas amistades. Todavía teníamos muchas esperanzas en que algo iba a suceder, aunque ahora, visto con la distancia del tiempo, me doy cuenta de que todo era pura ilusión. ¡Y aquí estamos 65 años después!

―En esa época empezaron algunos exiliados a ir a Cuba invitados por el propio régimen a un diálogo con las autoridades. ¿No te invitaron?

―Por supuesto que me invitaron y me negué. No tenía deseos de participar en un monólogo. No quise hacerle el juego al régimen ni caer en su trampa, de lo cual no me arrepiento. Es cierto que los que fueron al diálogo consiguieron que empezaran los viajes de la comunidad en exilio a Cuba y se liberaron a muchos presos políticos. Pero también generaron el primer gran cisma del exilio cubano. A pesar de ese cisma, las amistades perduraron con el tiempo, como con Iraida Iturralde y Adriana Méndez Rodena, entre otras. Muchos de quienes participaron en aquellos diálogos han reconocido el fracaso de la empresa y el hecho de que esa acción dinamitó la unidad del exilio.

Hubo también brigadas como Venceremos con los Maceítos cuyos miembros achacaban a sus padres el haberlos sacado de la Isla de niños. Algunos habían sido “pedropanes” como yo y a muchos les comieron el cerebro haciéndoles creer que todo había sido manipulación del Departamento de Estado estadounidense y de la CIA, y un error de sus padres. Es algo que nunca se ha podido probar y el tiempo ha dado la razón a los padres que supieron que con el régimen la única opción posible había sido aquella.

―¿Empezaste a trabajar entonces directamente con el tema cubano?

―Entre 1971 y 1973 terminé mi licenciatura y trabajé en el Departamento de Documentación Comercial de un banco internacional durante un año. A fines de 1975, me volví a encontrar con Iván Acosta, que para entonces había fundado el Centro Cultural Cubano en la avenida 11 y la calle 51, en Nueva York. Ya habían montado la pieza teatral Los gusanos. Dos meses después le dije a mi jefe en el banco que me iba de voluntaria a trabajar a un centro cultural y me convertí en administradora de dicho centro. Mi padre puso el grito en el cielo. Recuerdo que todos los sábados me ponía, debajo de la almohada, 25 dólares para mis pequeños gastos. Así estuve hasta que en 1977 empecé a trabajar en un programa federal de empleo de artistas como directora de campo.

―Creo que buena parte de tu labor por la cultura cubana en el exilio la hiciste desde la universidad Rutgers, en Nueva Jersey. ¿Puedes contarnos sobre este periodo?

―En efecto, fue dirigiendo la Oficina de Artes Hispanas de esta universidad que ideé el proyecto “Outside Cuba/Fuera de Cuba” (1985-1989). Surgió estando yo en una conferencia en 1982 en la que me puse a conversar con la artista exiliada Inverna Lockpez y a quejarnos de lo muy atrevida que nos parecía la generación Mariel cuando decían que habían sido ellos los que trajeron la cultura cubana al exilio. Entonces recuerdo que le dije a Inverna: “El problema es que nosotros, los que llegamos mucho antes, nunca hemos hecho nada por que nos conozcan y reconozcan”. Fue en ese momento que inventé “Outside Cuba”.

John Bettenbender, mi decano, me apoyó totalmente. Era un proyecto que deseaba mostrar que había una cultura cubana libre en el exilio desde la década de 1960. El proyecto incluía una exposición itinerante de arte y, por otra parte, una conferencia internacional sobre literatura. Dividimos a los artistas por generaciones, desde Cundo Bermúdez, Rafael Soriano, José Mijares, Jorge Camacho, Zilia Sánchez, Agustín Fernández, Carmen Herrera, Juan Boza hasta artistas que entonces eran más jóvenes como Jorge Pardo, Connie Lloveras, Humberto Calzada, Silvia Lizama, Tony Labat, Gustavo Ojeda, María Martínez Cañas, etc. En total eran 47 artistas del exilio escogidos entre unos 200 expedientes (en la época internet no existía) que nos facilitó la fundación CINTAS. La selección tenía que ser unánime, o sea que los tres curadores de la exposición (Ricardo Pau-Llosa, Ricardo Viera y la propia Inverna Lockpez) tenían que estar de acuerdo. Así fue como organizamos la exposición inaugurada en el museo Zimmerli de la Universidad Rutgers de Nueva Jersey el 22 de marzo de 1987, y el catálogo ―libro bilingüe de 367 páginas que es de consulta obligatoria― fue impreso en 1989. El vernissage fue apoteósico y hasta el gobernador del estado asistió. Viajamos con la muestra durante dos años a Nueva York, Ohio, Ponce (Puerto Rico), Miami y Atlanta.

Conferencia internacional de literatura cubana en exilio “Desde el Niágara hasta El Mariel”, octubre de 1988 en Rutgers University, New Brunswick (Foto: Cortesía)

―Te mudaste a Miami a mediados de la década de 1990. ¿Qué te motivó a dejar Nueva Jersey?

―Mis relaciones en la Universidad se habían deteriorado pues las prioridades y los enfoques sobre las minorías habían cambiado y durante todo 1994 me hicieron la vida imposible por ser cubana exiliada y anticomunista. Mi puesto se lo otorgaron a una administradora puertorriqueña. Le puse una demanda a la Universidad por discriminación.

Ese mismo año durante un viaje a Miami en el que vine a dictar una conferencia sobre la mujer cubana conocí a la abogada María Cristina del Valle, quien había sido elegida presidenta de la junta del Museo Cubano. Fue ella quien me propuso dirigirlo.

―Se ha hablado mucho de ese Museo Cubano que ha pasado por varias etapas. ¿Puedes contarnos sobre él y de tu participación en la institución?

―El primer museo se llamaba Museo Cubano de Arte y Cultura y contaba en su junta con personalidades del exilio como Margarita Ruiz, Mignon Medrano, Ofelia Tabares, Ana Rosa Núñez y Luis Batifoll. Radicaba en una casita del Southwest sita en la calle 13 y la 12 avenida. La idea original había sido de Mignon porque quería dotar al exilio de una institución que permitiera poner demandas contra el Gobierno de Cuba por el tráfico de obras de arte que habían sido confiscadas a sus propietarios al salir de Cuba o, simplemente, que formaban parte del patrimonio nacional. Ya Cuba había vendido en subastas cuadros de Joaquín Sorolla que eran patrimonios del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, entre otras.

La empresa fue un fiasco. Cuando el Museo organizó exposiciones de artistas que habían permanecido en Cuba como Amelia Peláez o acólitos del régimen como Mariano Rodríguez que había sido incluso fundador y primer presidente de la Sección de Artes Plásticas de la oficialista UNEAC hasta 1963, hasta bombas se pusieron en la entrada del Museo para sabotear aquella exposición.

El caso es que para sufragar gastos el Museo comenzó a hacer subastas de arte, algo que, como sabemos, no es de la competencia de ningún museo del mundo. El cisma generado por el escándalo de sucesivos errores duró unos 10 años hasta que en 1994 se renovó la junta con gente más joven.

Fue entonces que, durante mi conferencia, en cuyo panel estaban también Huber Matos hijo (representando a Cuba Independiente y Democrática) y Domingo Moreira (representando a la Fundación Nacional Cubano Americana), y en la que yo me había debatido contra el machismo imperante, se me acercó María Cristina del Valle y me dijo: “Nos haces mucha falta en Miami y, en particular, en el Museo”.

―Empezó entonces tu nueva vida en la capital del exilio y dirigiendo esta institución…

―María Cristina vino a verme a Nueva Jersey, a ofrecerme formalmente la dirección del Museo, y yo le dije que estaba de acuerdo, pero necesitaba un salario y hacer una mudanza con mi hija menor para Miami. Aunque el Museo no tenía dinero, la Junta sacó entonces un préstamo de 30.000 dólares, avalado por seis de sus directivos, para pagar salarios y cosas básicas. Mis padres se mudaron también para Miami seis meses después. Aquel “museo” en realidad era una casita cayéndose a pedazos, con alfombras malolientes y cucarachas muertas debajo, comején por los cuatro costados; no tenía casi luces, y no tenía una colección de arte. Un auténtico desastre. Contaba con cinco salones y uno de estos se utilizaba como almacén y estaba abarrotado de obras tiradas al descuido y muchas de ellas dañadas o en mal estado.

Me dieron ganas de salir huyendo y regresar a Nueva Jersey. Pero me quedé, encomendándome a las once mil vírgenes para que me alumbraran el camino y me dieran fuerzas.

El 5 de enero de 1995 empezó entonces la segunda etapa del Museo, ahora como Museo Cubano solamente. Recluté a cubanos que habían llegado a Miami a través de la Base Naval de Guantánamo para que prestaran brazos en todo lo que había que arreglar. La primera exposición se inauguró el 20 de mayo de ese año con artistas cubanos del exilio como César Trasobares, Juan Abreu, Baruj Salinas, María Martínez-Cañas, Mario Bencomo, Humberto Calzada, Susana Sorí, Gay García, Juan “Sí” Rodríguez, María Brito, Pablo Cano, entre otros. Imagínate, yo los conocía a casi todos gracias a mi proyecto “Outside Cuba” y cuando se enteraron de que era yo quien iba a dirigir el Museo su apoyo fue total.

Pero, al final, en menos de un año se acabaron los fondos, no dio tiempo a recaudar recursos o solicitar grants, y no pudimos seguir. Por suerte, como había logrado una compensación por daños con mi demanda a la Universidad, pude instalarme en Miami y empezar de nuevo.
Ileana y su hija, Carisa Perez-Fuentes, en representación de la REDFEM durante una sesión de varias ONG en Naciones Unidas, Nueva York, ca. 2005 (Foto: Cortesía)


―Tu labor sobre temas relacionados con el feminismo es muy conocida. Has estado siempre muy activa al respecto. Cuéntanos algo de tu labor en este ámbito.

―Cuando vivía en Nueva Jersey, inicié con Iraida Iturralde, Lourdes Gil, Margarita García y Belkis Cuza, entre otras, la Fundación de la Mujer Cubana (que dejé cuando me trasladé para Miami). El día 10 de febrero de 1990, en una conferencia sobre Cuba en Union City, Nueva Jersey, elaboré por primera vez en público mi óptica feminista acerca de la problemática cubana en la ponencia titulada “Hacia la erradicación del machismo de la vida cubana”. Fue un verdadero escándalo. Belkis Cuza, editora de Linden Lane Magazine, publicó el trabajo.

No fue hasta 2003 en Miami que, junto a mi amiga la neuróloga Sandra Gómez y la abogada Ofelia Nardo, fundé REDFEM, la Red Feminista Cubana, una ONG que funcionó incluso dentro de Cuba hasta 2011 con mujeres activistas de derechos humanos.

A través de REDFEM aportamos asistencia humanitaria tras el paso de ciclones por la Isla. Como en esa época comenzaron a permitir el cuentapropismo en Cuba, comenzamos a ayudar a que mujeres emprendedoras pudieran crear sus propios micronegocios. Creamos casas de lectura dirigidas por mujeres y entre 2004 y 2011 hicimos una gran labor docente sobre derechos humanos y feminismo porque en Cuba no existían precedentes de acciones de este tipo, llevadas a cabo por una ONG feminista, a la excepción de FLAMUR (Federación Latinoamericana de Mujeres Rurales) que se ocupaba de las mujeres del ámbito rural bajo el incansable liderazgo de Magdelivia Hidalgo. REDFEM desmontó la idea de que Vilma Espín y la Federación de Mujeres Cubanas eran feministas y mostró a Espín como lo que era: una gran burguesa al servicio del machismo militar cubano.

―Pero vuelve a surgir la idea del Museo Cubano…

―Ofelia Tabares había vuelto a la carga y en 2007 decidió intentar reorganizar el Museo Cubano. Para ello, la directiva disponía de un viejo edificio que había sido sede de la ópera en Coral Way y la avenida 12, pero estaba prácticamente en ruinas y había que reconstruirlo. El condado Miami-Dade concedió 10 millones de dólares para su compra y remodelación y se contrató a la compañía de arquitectos Rodríguez and Quiroga Architects Chartered para ello.

La directiva del Museo me propuso un contrato de consultora cultural y trabajé intensamente para que la institución volviera a abrir con una sede por todo lo alto. Y también le cambiamos el nombre a Museo Americano de la Diáspora Cubana pues nuestra pretensión era que la institución fuera reconocida y acreditada por la Asociación Americana de Museos y pudiera unirse a la prestigiosa Smithsonian Institution. Montamos un teatro fabuloso y dos pisos de galerías espectaculares; rescatamos aquel edificio que estaba casi perdido. Finalmente, después de muchas peripecias, pudimos inaugurarlo en octubre de 2016 con una exposición retrospectiva de la obra del reconocido artista cubanoamericano Luis Cruz-Azaceta.

Hicimos muchas actividades. Luego preparamos una muestra colectiva de nueve artistas y empezamos a traer grupos escolares para promover el arte y la cultura cubana entre los niños. El condado aportaba fondos y eso nos permitió organizar en octubre de 2018 una gran exposición de homenaje a Celia Cruz, en colaboración con la fundación que se ocupa de la obra de la artista. Asistieron más de 1.000 personas el día de la inauguración. La gente no cabía dentro. Menos mal que planificamos una recepción al aire libre en la fabulosa azotea del edificio.

Mi labor en el Museo terminó en enero de 2019 cuando hubo un cambio de dirección. Ese fue el año en que tuve que colgar el sable. Durante dos años no hubo director ejecutivo y luego vino la pandemia. Mantengo contacto con algunos artistas e intelectuales ―soy miembro del PEN Club de Escritores Cubanos del Exilio y de la Academia de Historia Cubana en Exilio―, pero estoy totalmente desvinculada del actual museo.

Academia de Historia de Cuba en el Exilio, Miami, 16 de diciembre de 2023. De izq. a der., Armando Valladares, José Albertini, Ernesto Díaz Rodríguez, Ileana Fuentes y el Dr. Eduardo Lolo (Foto: Cortesía)

―¿Qué has hecho después? ¿Qué crees del futuro de Cuba?

―Desde 2019 regresé a mi escritura y empecé a redactar mis memorias de “pedropan” tituladas Retrato de Wendy y que abarcan entre 1955 y 1970. Están escritas en inglés y en español. Es importante que se publiquen estas historias personales, que son parte de la historia de Cuba y del exilio, especialmente las memorias de las mujeres. Hay muchas historias masculinas ya contadas. Hay que aumentar las voces femeninas como documentación de nuestra realidad.

Como soy una optimista profesional sigo pensando que Cuba tiene arreglo, que a las mujeres les reconocerán plenamente sus derechos, que se acabarán los feminicidios, que la Isla será un día un país democrático sin un solo preso o presa por razones políticas, un país donde se respeten los derechos humanos, y que esa gentuza terminará por abandonar el poder.

No obstante, no es menos cierto que el daño no ha sido solo físico, sino moral. Ha sido un daño enorme que implica la pérdida de ética y de valores elementales durante más de seis décadas. Mi visión optimista de Cuba, que confieso persiste, es casi más un acto de wishful thinking que de reflexión realista de lo que tenemos por delante.

*Tomado de Cubanet

Friday, September 22, 2023

“Donde están la paz y la libertad, está la patria”. Entrevista con el escritor, académico e investigador cubano-mexicano Alejandro González Acosta*

 

Por William Navarrete

Tiendo un puente telefónico entre París y Ciudad México para entrevistar al académico, escritor e investigador cubano-mexicano Alejandro González Acosta. Nuestra conversación fluyó como si nos conociéramos de toda la vida. Por eso lamenté no haberlo encontrado en las diferentes ocasiones en que he viajado a Ciudad de México, donde vive desde hace unos 35 años. 

Conversador nato y con miles de anécdotas y vivencias por contar, ha sido también uno de los investigadores más eminentes de la UNAM, de la que es doctor en Letras Iberoamericanas y en donde trabaja desde hace tres décadas sin ganas de jubilarse. Ha recibido numerosos reconocimientos por su trabajo, como el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (1989) y el Premio Internacional Inca Garcilaso de la Vega de ensayo (1990). Es fundador y miembro numerario de la Academia Mexicana de Estudios Heráldicos y Genealógicos y en este ámbito ha realizado estudios sobre la descendencia de Moctezuma II por la línea femenina de Isabel Tucuichpoch, así como de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Con unos 20 libros publicados de diferentes temas ha sido director de numerosos proyectos de investigación sobre historia y literatura. Ostenta un extenso currículo que lo hizo acreedor en 2017 de la Gran Orden y Collar Triunfo de la República, recibida en la ciudad de Puebla.

Naciste en La Habana en la convulsa década de 1950. ¿Puedes hablarnos de tus orígenes y de tus primeros pasos por la ciudad?

―Nací en el barrio del Vedado, en 1953, en el antiguo hospital Nuestra Señora del Carmen, frente al edificio López Serrano. Ese hospital lo llamaron después Camilo Cienfuegos. Mis padres vivían en la calle 1, esquina a Calzada, cerca de donde estaba la pizzería Dona Rossina. Allí permanecí hasta los cinco años de edad en que nos mudamos a la calle Neptuno, en Centro Habana.

Mi padre, Elpidio José González González, era hijo de gallegos que se habían establecido en Sagua la Grande, antigua provincia de Las Villas, entonces una ciudad muy próspera. Aunque él había estudiado para contador, en realidad se asoció con dos amigos para poner un restaurante de comida española llamado La Moda, sito en las calles San Miguel e Industria, en Centro Habana, razón por la que nos mudamos para este barrio. El restaurante, después de que el gobierno castrista lo confiscó, pasó a llamarse El Hanabanilla. El caso es que, por su céntrica posición, venían muchas personas importantes a comer allí. 

En cuanto a mi madre, Mercedes Acosta del Castillo, descendía de catalanes y canarios, y había nacido en Aguada de Pasajeros, un pueblo que después de la división administrativa de 1976 pertenece a la provincia de Cienfuegos. Era, como muchas mujeres de la época, ama de casa.

¿Qué recuerdos tienes de ese barrio de Centro Habana, epicentro comercial de La Habana antes de 1959?

―Para que tengas una idea de la importancia de la cuadra en que vivía ―calle Neptuno No. 212 entre Industria y Amistad― te puedo decir que, hoy en día, cuando alguien quiere mostrar la maravilla que era La Habana de entonces, la foto que reproduce siempre es la de mi cuadra. Vivíamos en los altos de la tienda Luxor, que vendía objetos y ropas exóticas, como bien dejaba suponer su nombre, y casi frente a la tienda Roseland. Colindante estaba el edificio en cuyos bajos se hallaba La Casa del Perro, una tienda de objetos para mascotas, la primera de su tipo en Cuba.

Tuve la suerte, desde pequeño, de frecuentar a personas que fueron importantes para la cultura del país. Mi padrino, por ejemplo, era el gran compositor Osvaldo Farrés, muy amigo de un tío paterno. Y nuestro vecino en la calle Neptuno, cuya casa daba pared con pared con la nuestra, era el gran fotógrafo profesional de celebridades y de La Habana elegante de aquellos tiempos Joaquín Blez Marcé, nacido en Santiago de Cuba en 1886, al que considerábamos como un miembro más de la familia, al punto que terminamos por abrir una puerta para comunicar directamente nuestras casas. Vivía allí con su hermana y su esposa Lydia D’Otres de la Riva. Blez me adoptó como si fuera su sobrino y recuerdo que me llevaba a pasear en su Buick, el auto que estacionaba en un garaje de varios pisos en Galiano y Concordia. Íbamos a las ruinas del antiguo ingenio Taoro, al pueblo de Jaimanitas por la antigua carretera de Cangrejeras y almorzábamos en un restaurante de madera casi sobre la playa de Baracoa que se llamaba Hollywood, donde se reunió el Grupo Orígenes. Blez me dejaba hurgar en su papelería y archivo, lo que para mí significaba un viaje por La Habana fastuosa de décadas anteriores. 

Al mudarnos para ese barrio, me matricularon en una escuela que estaba en Trocadero y Consulado, el Colegio Academia Santa Cruz, privado, que luego cuando lo nacionalizaron lo renombraron como Guillermo Llabre y lo trasladaron al final del Paseo del Prado, entre Genios y Refugio, de modo que caminaba todos los días por la calle Neptuno y doblaba a la izquierda para seguir por la alameda arbolada del paseo que brillaba como un crisol, porque la limpiaban con chorros de agua todas las mañanas. Como a veces llegaba antes de que empezaran las clases, me daba un salto hasta el monumento de Juan Clemente Zenea, sito en La Punta. Allí aprendí de memoria el primer poema de mi vida, A una golondrina, de este autor bayamés fusilado por las autoridades españolas de la Isla en 1871.

También recuerdo la “Casa de la bruja” que, cosa de muchachos, era como llamábamos a la mansión de la última descendiente de Frank Maximiliam Steinhart, un alemán naturalizado norteamericano que primero fue cónsul en La Habana hasta que renunció en 1907 y se convirtió en propietario de los tranvías capitalinos y en una de las personas más pudientes del país. A la casona la llamábamos así porque en ella vivía todavía una descendiente del hijo del fundador de aquel imperio familiar, también llamado Frank. La señora salía de su casa en un flamante Rolls-Royce, con su chofer. Un mayordomo les abría la puerta, algo que nos llamaba la atención a todos en aquellos primeros tiempos de Revolución.

¿En dónde cursas tus primeros estudios? ¿Y qué recuerdos tienes de los primeros años del triunfo del castrismo?

―Como dije, empecé mis estudios primarios en una escuela privada llamada Colegio Academia Santa Cruz. Mi último curso antes de que la nacionalizaran y pasase a llamarse Guillermo Llabre fue el de segundo grado, de cuya graduación, que tuvo lugar en el antiguo Teatro Alkázar (luego Musical y ahora una ruina absoluta), conservo fotografías. Por cierto, en la misma esquina quedaba la heladería El Anón de Virtudes, propiedad de unos chinos que fabricaban los mejores helados del país y que, por supuesto, el gobierno castrista no tardó en confiscar y borrarla del mapa. 

Recuerdo que en casa se hablaba de la posibilidad de irnos del país, pero los planes se frustraban porque mi abuela paterna vivía todavía y no podían incluirla en el viaje pues era demasiado anciana. A nadie de la familia, incluido yo, le interesó nunca el tema político. Cuando el ataque al Palacio Presidencial en 1957 oímos los tiros desde la casa y lo único a lo que atinó mi madre fue a esconderme debajo de la cama. 

Por supuesto, después de 1959, el ambiente escolar se politizó y como todos los niños tuve que cantar aquella cancioncita que decía: “Qué viva Cuba, y viva Fidel / y todos los que lucharon junto con él”. También recuerdo particularmente el momento de la Crisis de Octubre pues caminaba con mi padre hasta la casa de un tío que vivía en Malecón y Perseverancia, y vimos en las bocacalles los sacos de arena puestos para los atrincheramientos y la gente que cantaba en grupos una especie de conga que decía “La ORI, la ORI, la ORI es la candela / No le digan ORI, díganle candela …”. En efecto, esas siglas correspondían a las Organizaciones Revolucionarias Integradas, el preámbulo que aunaba a las organizaciones “revolucionarias” anteriores y primer eslabón creado, antes del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) y, luego, Partido Comunista de Cuba (PCC), para ejercer más tarde el control totalitario.

Tu escolaridad continúa entonces en aquel difícil periodo entre las décadas de 1960-1970…

―La secundaria la cursé en lo que había sido el antiguo Colegio de Los Escolapios, en las calles San Rafael y San Nicolás, que rebautizaron, como todo, José Antonio Echevarría, y que luego mudaron para el cuarto piso de la Manzana de Gómez. Luego me tocó la época en que crearon experimentalmente un grado 13 antes de finalizar los estudios preuniversitarios. Entonces nos llevaron a un “concentrado” (proveniente de varias escuelas secundarias) que instalaron en un edificio frente a la Plaza de Armas, que había sido la antigua embajada norteamericana en La Habana. A ese concentrado lo llamaron Forjadores del Futuro y recuerdo que entre mis compañeros de clases estaba la poeta Reina María Rodríguez. Después cursé el bachillerato en el antiguo Instituto de La Habana, llamado ya José Martí, y lo terminé en 1974.

―¿Fue entonces que comenzaste tus estudios de Letras?

―Ese año no hubo ninguna posibilidad de estudiar una carrera de Letras. Lo único que se le acercaba y por lo que tuve que optar entonces fue Pedagogía, que se cursaba en el Instituto Pedagógico Enrique José Varona, en la antigua Ciudad Militar Columbia, rebautizada Ciudad Libertad. Allí, lejísimos de donde vivía, cursé la carrera hasta que me gradué en 1978.

Eran años difíciles porque a la vez que estudiábamos teníamos que formar a los alumnos de los destacamentos pedagógicos llamados Manuel Ascunce Domenech para que dieran clases en las llamadas ESBEC (Escuelas Secundarias Básicas en el Campo) y en los ISPEC (Institutos Preuniversitarios en el Campo). De esa forma estudiábamos y trabajábamos a la vez. Por suerte, lo que llamaban “servicio social”, una especie de periodo obligatorio en el que trabajabas donde te mandaran para retribuir lo que supuestamente habían costado tus estudios, lo pude hacer en el mismo Instituto Pedagógico en el que estudié.

En paralelo estudié Periodismo, mediante los cursos nocturnos para trabajadores, porque no me veía toda la vida como profesor. Era una manera de abrirme las puertas hacia otras posibilidades.

¿Y te sirvió de algo?

―Tanto que, gracias a una propuesta de mi amigo, el escritor Senel Paz, empecé a trabajar en 1983 para Cartelera, una especie de magazín que publicaba el Ministerio de Cultura con todos los eventos artísticos y culturales que ocurrían en la ciudad. Allí estuve hasta 1985 y durante ese tiempo ingresé también en la Academia Cubana de la Lengua.

Justamente sobre este tema deseaba indagar pues tengo entendido que fuiste el miembro más joven que entró en una institución de este tipo… ¿Qué puedes contarnos de esta? 

―La Academia de la Lengua Cubana, fundada en 1926, disponía en 1952 de una sede en el Palacio del Segundo Cabo, concedida por el presidente de la Republica Carlos Prío Socarrás, siendo entonces su director don Ernesto Dihigo López-Trigo. Por supuesto, en 1959 Fidel Castro abolió las restantes academias no gubernamentales, como la de Historia y de Bellas Artes, y solo sobrevivió la de la Lengua, albergada ya en las propias casas de sus directores. 

Un concurso de circunstancias hizo que, el 23 de abril de 1983 y con 29 años de edad, me convirtiera en el miembro más joven que había ingresado en ese tipo de institución en el mundo. Resultó que yo frecuentaba a Dulce María Loynaz pues en esa época vivía ya en El Vedado, justo al doblar de su casa. También habían fallecido, por vejez, unos cuantos miembros anteriores de la Academia y a Dulce María, quien la presidía entonces, se le ocurrió que debían “rejuvenecer” un poco el grupo. Fue entonces que propuso mi nombre.

La condición de académico es vitalicia, con lo cual, aunque en el exilio, sigo perteneciendo a esta y, por razones biológicas me he convertido hoy en día en su decano, pues todos los miembros actuales han ingresado después de mí.


―¿Qué recuerdos tienes de esta gran escritora?

―Con Dulce María sucede lo mismo que con Lezama: resulta que ahora todo el mundo la conoció. Ella me llamaba “El Benjamín”, por ser el más joven del grupo. Según las afinidades, Dulce María recibía en el portal de su casa los miércoles y los viernes entre las 5:00 p.m. y las 7:00 p.m. a dos grupos distintos de personas. Cuando se acababa el tiempo pedía permiso y se retiraba, pues decía que lo que no se podía decir en dos horas no debía ser muy importante. Y añadía que cuando una persona era, como ella, muy vieja, no le quedaba ya mucho tiempo para desperdiciar. Todos mis recuerdos sobre ella los conté en mi libro La Dama de América, publicado en Madrid, en las ediciones Betania.

―¿Conociste a los familiares de Dulce María?

―Conocí a su medio hermano Enrique que vivía en la casona colonial medio derruida de Línea y 8, en El Vedado. Esa casa fue la que sirvió de escenografía para la novela Jardín, publicada por Dulce María en 1951. Como solía suceder con muchos hombres cubanos del siglo XIX, el general Enrique Loynaz del Castillo había tenido una esposa oficial (de la cual se divorció) y cuatro hijos con ella (Dulce María, Flor, Carlos y Enrique); pero también se casó después y tuvo otros con mujeres con las que no se casó y uno de ellos fue este otro Enrique que menciono. Dato curioso, cuando Dulce María falleció, como ya había ganado el Premio Cervantes, el Ministerio de Cultura cubano solicitó a la Junta de Andalucía la financiación para reparar la casa de la escritora sita en la calle 19, argumentando que había sido en esta donde se habían dado cita en diferentes momentos Federico García Lorca, Juan Ramon Jiménez, Blasco Ibáñez, Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, entre otros destacados intelectuales españoles. Así obtuvieron los fondos, sin que la Junta se enterara de que, en realidad, ninguno de ellos puso nunca los pies en la casa que ayudaron a restaurar, sino que fue en aquella otra de la de la calle Línea, hoy prácticamente en ruinas.

También conocí a Flor Loynaz, quien vivía en una hermosa quinta entre La Lisa y el Country Club llamada Santa Bárbara. Cuando Flor falleció en 1985 cargué su ataúd en el cementerio junto a Eusebio Leal, Juan Emilio Frigulls (un antiguo cronista del Diario de La Marina, más tarde en Radio Reloj) y Delio Carreras Cuevas (cronista oficial de la Universidad de La Habana). Su casa la heredó Dulce María. Inicialmente una alemana radicada en Cuba, Helga Neuffer, representante de la firma Bayer, quiso comprarla, pero un día Gabriel García Márquez pasó por allí y le gustó, preguntó de quién era y se antojó de que la convirtieran en la Sede del Nuevo Cine Latinoamericano. Tal vez influyó también el hecho de que allí fue donde Tomás Gutiérrez Alea filmó su película Los sobrevivientes (1979). 

Inmediatamente, el Gobierno hizo las gestiones y le compró la casa a su propietaria. Al parecer, según la propia Dulce María y para hacer honor a la verdad, se la pagaron a un precio conveniente, considerando el valor que entonces podía tener en Cuba. Cuando Flor murió, el único familiar conocido que quedaba vivo era justamente ese medio-hermano que mencioné. Como solía beber y Dulce María no confiaba en lo que podía suceder, me pidió que fuera yo quien, en representación de la familia, asistiera al acto de inauguración de dicha sede, que se celebraría justamente un 4 de diciembre de 1986, día de Santa Bárbara. 

Ese día asistí a los discursos inaugurales, delante de Fidel Castro. Recuerdo y lo cuento en mi libro La Dama de América (p. 31) cuando Gabriel García Márquez dijo públicamente que “los pueblos latinoamericanos tenían no solo el derecho de producir y exportar drogas hacia los Estados Unidos, para compensar todo lo que les habían robado, sino también para minar su juventud y que no dispusieran de soldados para combatirnos”. Entonces vi cuando Fidel Castro hizo un gesto de aprobación, sonrió y aplaudió discretamente, que para mí quería decir que seguramente desde mucho antes había anotado en su mente aquella sugerencia.



¿Es cierto que a Dulce María ciertas personalidades del mundo de la cultura trataban de sacarle objetos de valor de su propia casa?

―No mientras yo viví en el país, que yo sepa. Ella sabía muy bien el valor de sus cosas. El embajador de España entonces, don Antonio Serrano de Haro Medialdea, se ocupaba de abastecerla frecuentemente. En una ocasión, cuando lo del Mariel, azuzados por la presidenta del CDR, le hicieron un mitin de repudio. En esa época la acompañaban Flor y su amiga de toda la vida Angelina Busquet. Fue Eusebio Leal, cuya casa (en realidad, vivía en un departamento encima de la mansión de la familia Albear que le prestaron después de uno de sus numerosos divorcios), colindaba con la de Dulce María, quien me avisó para que fuéramos a socorrerlas pues yo vivía entonces muy cerca de ambos. La presidenta del CDR la detestaba y tuvimos que encararla para que suspendieran aquel mitin absurdo. Las tres pobres ancianas estaban aterrorizadas. 

Más tarde, ya en México, intervine ante el escritor don Eulalio Ferrer, mostrándole la obra de Dulce María, pues sabía que él podía influir para que don Inocencio Arias, el hombre fuerte de la cultura en España entonces, intercediera para que le otorgaran el Premio Cervantes.

―Tengo entendido que fue en ese periodo en que trabajaste para la casa de modas La Maison…

―En efecto, cuando entré en la Academia de la Lengua ya trabajaba como vicepresidente de CONTEX, en 1985. Fue Cachita Abrantes quien me invitó inicialmente a trabajar en relaciones públicas y de prensa para la firma y su evento Cubamoda, pues buscaban a alguien que tuviera cierta prestancia y que hablara varios idiomas. Fueron dos amigas suyas de esa época, Giselle Artaud (modelo principal de La Maison) y Marilú Hornia, quienes le hablaron de mí y así fue como entré.

Fue una época muy interesante, a pesar de lo difícil que era trabajar con Cachita dado su carácter voluble y caprichoso. Como trabajaba en relaciones públicas me ocupé de muchas personalidades que visitaban entonces la Isla, como Naty Abascal (duquesa de Feria), Carolina Herrera, miembros de la familia Rockefeller, Paco Rabanne, la duquesa de Alba, Kenzo, Robert de Niro, Treat Williams, Christopher Walken, Jeremy Irons, Harry Belafonte y su esposa, que era diseñadora, y muchos más que visitaban entonces la Isla sin que nadie se enterara porque la prensa no lo mencionaba. Era la época en que muchas modelos despuntaron y, entre estas recuerdo, además de las mencionadas, a Laura Brouté Depestre, a Rosa (también bailarina del Copa Room del hotel Riviera) e incluso a la propia Alina Fernández Revuelta, hija no reconocida de Fidel Castro que también llegó un buen día para modelar.



―¿Te fue fácil salir de Cuba? ¿Cómo y cuándo lo lograste?

―Yo había logrado en dos ocasiones que, previo concurso de oposición, me concedieran una beca para cursar estudios en El Colegio de México, pero las dos veces me negaron la salida, a pesar de que yo no tenía ningún problema político, pero tampoco era miembro de la UNEAC ni de la UPEC. En 1987, volví a ganar la beca y gracias a Lucía Sardiñas, una persona que trabajaba en el Comité Central, pude obtener el anhelado permiso. Esta persona era la colaboradora de José Felipe Carneado, el responsable de Asuntos Religiosos en dicho Comité Central. Un día, la viuda de Regino Pedroso vino a una reunión de la Academia acompañada por ella. Fue entonces que me preguntó qué podían hacer ellos para tener alguna atención con Dulce María y yo le dije que su mayor sueño sería la publicación de Memorias de la guerra, de su padre, el general Loynaz, varias veces postergada. Así fue como las memorias fueron publicadas entonces. Establecí con Lucía Sardiñas una sólida y sincera relación de amistad y gratitud, hasta el día de hoy.

Llegué a la Ciudad de México un 15 de agosto de 1987 gracias a algunos amigos mexicanos que reunieron el dinero para pagarme el boleto. Primero me presenté en El Colegio de México y luego ―como me habían indicado en La Habana― fui a ver al entonces ministro consejero de asuntos culturales de Cuba en México, el escritor Miguel Cossío Woodward (quien había sustituido al poeta Fayad Jamís), que al verme en vez de darme la bienvenida preguntó molesto que qué hacía yo en México.

―¿Y finalmente conseguiste estudiar en dicha institución? 

―Solo pude estudiar cuatro semestres en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios (CELL), y fue una etapa de mucho aprovechamiento, pero un personaje detestable, quien ya falleció, me sacó con el pretexto de que un trabajo escolar que había presentado no servía. Lo cierto es que ese mismo trabajo ganó luego el premio de ensayo Sor Juana Inés de la Cruz, en 1989. 

Al final, lo que sucede conviene, porque gracias al gran poeta y humanista mexicano don Rubén Bonifaz Nuño, a quien considero mi padre putativo, pasé de ser un simple becario a convertirme en investigador de la UNAM. Y desde entonces he desarrollado toda mi actividad profesional en esta Universidad donde he realizado numerosas investigaciones sobre la historia del Virreinato, entre muchos otros temas. 



―¿Cómo vives tu cotidianidad en la abigarrada capital de México?

―Desde que llegué vivo en Tlalpan, durante unos años en un cuartico diminuto en una azotea, al que llamé “mi celda franciscana con vista de Sheraton”,  hasta que pude pasar a un apartamento más grande y propio y traer a mi madre. Con mucho esfuerzo construí mi propia casa en este barrio en el que me instalé desde el principio, porque es uno de los pocos sitios del DF en donde la tierra no tiembla. De hecho, Tlalpan quiere decir “lugar en tierra firme”. Curiosamente, aquí en este antiguo pueblo vivió también 15 días José Martí, cuando vino de España y lo invitaron, en 1875, con 22 años de edad, a la inauguración del cementerio de Tlalpan que queda a la vuelta de mi casa. También en este barrio (entonces capital del Estado de México) vivió durante casi tres años José María de Heredia, donde publicó la revista Misceláneaperiódico de arte y literatura, que pude publicar en su integralidad, en un libro de más de 500 páginas armando como un rompecabezas los diferentes números atesorados por diferentes bibliotecas del mundo. 

―¿Has regresado a Cuba? 

―Una sola vez, en 1992, pues mi madre vivía aún en la Isla. Viajé un 7 de febrero por su 70 cumpleaños. El viaje fue una odisea que vale la pena contar y por sí solo explica por qué nunca más regresé. Como había hecho algunas declaraciones que al régimen no le gustaron se me dificultaba el regreso, pero mi amigo el escritor y académico mexicano Gonzalo Celorio Blasco, que era entonces como el virrey de la cultura universitaria, pues era su coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, organizó una delegación oficial para poder incluirme en ella y que yo pudiera entrar al país. Y una vez más gracias a Lucía Sardiñas conseguí un permiso de 72 horas, extensible a una semana, pues al llegar dijeron que a mi pasaporte le faltaba el sello de permiso de residencia en el exterior. Pero para colmo, a la hora de salir no aparecía en la lista del vuelo, y gracias a Gonzalo Celorio, el “seguroso” de turno no tuvo otra opción que dejarme subir al avión ya que mi amigo le dijo que sin mí él tampoco se iba, lo cual traería serios problemas con la UNAM. Así fue como viajé en una diminuta silla plegable detrás del piloto en una nave de Mexicana de Aviación, el 11 de febrero de 1992, última vez que estuve en la Isla, sin que haya regresado desde entonces, ni pretenda volver a hacerlo.

Por suerte, pude sacar a mi madre en 1994. Y en 1996 me convertí en ciudadano mexicano “por servicios prestados a la cultura y la educación”, un caso extremadamente raro entonces. Y entre los servicios prestados estuvo la redacción de los libros de texto oficiales sobre la historia de México por encargo del doctor Ernesto Zedillo, quien entonces era Secretario de Educación y no pensaba ni siquiera convertirse más tarde en presidente. Cuando se enteró de esa concesión, mi amigo Carlos Alberto Montaner me comentó: “Eres el segundo cubano en la historia en conseguir la ciudadanía mexicana por esa vía”. A lo cual mi pregunta lógica e inmediata fue: “¿Y quién fue el primero?”. Y respondió: “El boxeador ‘Mantequilla’ Nápoles, pero él tuvo que matar a puñetazos a un par de rivales para que se la dieran”. Afortunadamente, no tuve que recurrir a esos extremos.

De Cuba ni siquiera tengo nostalgia pues siempre digo que uno debe tener nostalgia de los lugares gratos: París, Venecia, Florencia, Granada y sitios como esos, no de uno en donde se sufrió. Yo he hecho mío, como lema, el ex libris de José María Heredia, poeta del siglo XIX cubano al que he dedicado varios estudios. Dicho ex libris dice: “Donde están la paz y la libertad, está la patria”. (Ubi pacis et libertas, ibi patriae).

No tengo además ninguna esperanza en el futuro de Cuba. Con lo cual recuerdo la frase de Oscar Wilde que citaba, a su vez, mi maestro don Raimundo Lazo: “Un pesimista no es más que un optimista muy bien informado”.

[Publicado originalmente en Cubanet]

*Alejandro José González Acosta (El Vedado, La Habana, Cuba, 1953). Doctor en Letras Iberoamericanas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con Mención Honorífica. Investigador en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales de México), con 33 años de antigüedad. Su principal campo de especialización ha sido el Estudio de Fuentes, realizando el rescate de varias obras desconocidas o perdidas, para el completamiento de la bibliografía mexicana. En 1993 fue Co-Fundador (junto con los doctores José Pascual Buxó y Arnulfo Herrera Curiel), del Seminario de Cultura Literaria Novohispana en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas, del cual se desempeñó como Co-Titular durante varios años. Contribuyó a gestionar para este Seminario el apoyo de la DGAPA y luego del CoNaCyT, durante varios años. Con estos colegas, también inauguró y cofundó la Maestría en Literatura Mexicana de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en 1994.

Dirige el Proyecto de Investigación “Rescate de José María Heredia. Edición Crítica de sus Obras Completas”, auspiciado permanentemente por la UNAM y durante tres años por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Actualmente es Co-Responsable del Proyecto “Las Literaturas en México en la Época Novohispana. Historia y Corpus Multidisciplinario”. Proyecto PAPIIT Nº IG-4204018, Etapa 29. Responsable Titular: Dra. Ana Castaño Navarro. Desarrolla varios temas investigativos de interés peersonal y profesional: Cultura, Arte y Literatura Virreinales, Historia y Literatura Mexicanas de la primera mitad del Siglo XIX, y Temas Hispanoamericanos en generalComo parte de su Proyecto Principal Individual relacionado con el estudio del poeta cubano-mexicano José María Heredia (1803-1839), ha publicado ya varios libros como autor único: El enigma de Jicotencal. Estudio de dos novelas sobre el héroe tlaxcalteca (UNAM, 1997); Dos novelas indigenistas: <Jicotencal>, de José María Heredia y <Xicoténcal, príncipe americano>, de Salvador García Baamonde (Edición, Estudio y Notas, UNAM, 2002); Miscelánea. Periódico crítico y literario (Edición, Estudio y Notas, UNAM, 2007); y Teatro del México Independiente: Tres dramas poblanos sobre Xicoténcatl El Joven (Edición, Estudio y Notas; Colección Al Siglo XIX, Ida y regreso, Coordinación de Humanidades-UNAM, 2017), así como numerosos estudios ensayísticos y artículos de historia y crítica literaria, en libros colectivos y revistas especializadas.

Otros libros suyos ya publicados están referidos a sus investigaciones virreinales, como Crespones y campanas tlaxcaltecas en 1701 (UNAM, 2000); Hernán Cortés en Cholula, de Fermín del Rey (Edición, Estudio y Notas, UNAM, 2000); y La Milagrosa Aparición de la Virgen María de Guadalupe, de José Lucas Anaya (Edición, Estudio y Notas, UNAM, 1995). En todos estos casos se aportó para la bibliografía nacional documentos desconocidos, incompletos, o que se daban por perdidos, propiciando su completamiento y enriquecimiento.  Entre sus libros publicados más recientes están: Biografía de un grupo: los primeros 100 años de la Tertulia Artístico Literaria “Los Pergaminos” (Jalapa, Editorial Las Ánimas - Academia Nacional de Geografía e Historia - Legión de Honor de México, 2016); La Dama de América. Textos y documentos sobre Dulce María Loynaz (Madrid, Betania, 2016); y La flama del tiempo. Testimoniales y estudios poéticos. Homenaje a Rubén Bonifaz Nuño (Coordinador en colaboración y Coautor, Universidad Autónoma Metropolitana, Dirección General de Publicaciones, 2018).

Están ya en prensa o en revisión para publicarse próximamente varios libros: Asedios a Sor Juana. Ensayos, estudios y reseñas (Universidad Veracruzana); Cuba: historia de un error (Madrid, Betania); y Fulgores de Fulgencio (Madrid, Editorial Verbum). Recibió tres veces el Premio Nacional Universitario en Cuba (1978, 1983 y 1984).  Reside en México desde 1987, y a partir de 1996 es Ciudadano Mexicano, mediante Decreto Presidencial, por “haber prestado señalados Servicios a la Nación en la Cultura y la Educación”. Obtuvo el Premio Nacional de EnsayoSor Juana Inés de la Cruz” (Sociedad Cultural Sor Juana Inés de la Cruz, 1989), y el Premio Especial Internacional Inca Garcilaso de la Vega” (Gobierno del Perú - Instituto Panamericano de Geografía e Historia de la Organización de Estados Americanos, 1990). Es Miembro de Número de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (1989), Fundador y Miembro de Número de la Academia Mexicana de Estudios Heráldicos y Genealógicos (1990), y Miembro Legionario de la Legión de Honor Nacional de México (2011). Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua en 1983, y desde esa fecha es además vitaliciamente Miembro Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española. También es Miembro Correspondiente en México de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (2017). En 2017 fue elegido Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, con sede en Washington. Es Miembro y Secretario de la Ilustre Cofradía y Tertulia Cultural “Los Pergaminos” (fundada en 1919). En mayo de 2018 fue seleccionado como miembro del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, integrado por las 100 personalidades más destacadas del país, sustituyendo al fallecido pintor José Luis Cuevas, y actualmente es Miembro de su Consejo Ejecutivo. En 2018 ingresó como Académico de Número de la Academia Nacional de Historia y Geografía de México, patrocinada por la Universidad Nacional Autónoma de México desde 1929. En septiembre del mismo año, fue nombrado Miembro de la Junta Directiva de la Filial Mexicana de la Sociedad de Escritores y Artistas Españoles, de la cual además es Miembro Correspondiente en México. En el mes de julio de 2022, ingresó como Miembro de Honor de la Academia de Letras y Artes “Juan Rueda Ortiz”.

Ha obtenido distintos premios y condecoraciones, pero más recientemente fue distinguido con la Gran Orden y Collar Triunfo de la República (2017), entregada por el Ciudadano General Secretario de la Defensa Nacional y la Presidencia de la Academia Nacional de Historia y Geografía, en la Ciudad de Puebla de Zaragoza. Avanza en la Reconstrucción de la Biblioteca privada de José María Heredia, según una escueta e incompleta lista autógrafa de 1833, y prosigue en el estudio, análisis e identificación de autoría de dos manuscritos escritos en lengua náhuatl con alfabeto latino, que se cree sean los más antiguos existentes, pertenecientes a una colección privada mexicana: Amatlahcuilolli itoca. Ediftolla macozque tlaxcaltecah (1535) y Doctrina Christiana (1556). Pertenece al Padrón de Asesores y Tutores del Posgrado en Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, desde 1999. Es miembro del Comité Editorial del Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Revista de la Biblioteca Nacional de México), y del Consejo Editorial del mismo Instituto.