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Saturday, September 21, 2024

La postverdad y el poeta. Glosa a Gargantas sofocadas. La alianza de José Martí con los negros.


Por Mario Ángel-Luzbel

La postverdad, para no entrar en filosofías de segunda mano, es un torrente de mentiras inédito en la historia. En muchos países las encontramos de la mañana a la noche en todos los grandes medios, dependientes en Estados Unidos de un gobierno demócrata infectado por George Soros, líder de la corriente globalista o movimiento woke. Soros donó 60 millones de dólares para las elecciones de 2024. Centenares de instituciones y numerosos gobiernos se subordinan al mandato del financista, incluidas la ONU y la Unión Europea. Soros pretende, a pesar de sus años, apropiarse del orbe, preferentemente el occidental, a cuyos países divide cada vez con mayor saña. Su objetivo es destrozar a occidente y dejarlo inerme en manos de su hijo para que comparta ese poder con los cómplices del padre, unas decenas de superoligarcas.

Con la mentira se pone y levanta el sol, se la respira, se vive con ella, un día hasta se la extrañará. La postverdad en el globalismo es un huracán imperturbable que arrasa, sin detenerse, los dos hemisferios.

En el siglo XIX, con más de un costado similar al de hoy, Martí describió un contexto en Estados Unidos y acaso pensó que jamás llegaría al siglo XXI: “[los periódicos] vuelcan cubas de lodo sobre las cabezas. Se miente y exagera a sabiendas (…). El que inventa una villanía eficaz se pavonea orgulloso”.

“Domingo del Monte, ¿“El Más Real y Útil de los Cubanos de su Tiempo?” (2016) despeña la esperanza martiana en cuanto a que aquella situación no arribaría, de ningún modo, al siglo XXI, y mucho menos que él mismo se convertiría en objetivo de la postverdad que hoy nos acosa, junto a la creciente censura. El autor de este artículo, el académico Francisco Morán, es un prototipo de la postverdad, que Gargantas sofocadas pulveriza.

Referimos aquí varios fragmentos de la visión y actitud martiana hacia los afrodescendientes, cubanos y norteamericanos. Muy coloreada, la postverdad sobre el tema arriba a nuestros días principalmente desde la academia del país más poderoso del mundo, cuyo PIB todavía sobrepasa al de China en cerca de 10 trillones de dólares. Si así es su poderío, así la influencia de sus universidades dentro y fuera del país.

Desde mediados de los noventa del siglo pasado, la distorsión de la obra martiana respecto de los afrocubanos fue fruto de muy parciales lecturas y problemáticas interpretaciones. En los años que corren, subordinada en larga medida la academia al globalismo y a consensos dentro de los ‘nuevos’ neomarxismos, el dilema se agrava si se entiende que el asunto ocupa el corazón y el estómago de la historia de Cuba y Estados Unidos. Del libro Gargantas sofocadas. La alianza de Martí con los negros, solo ofrecemos un recodo de la mirada martiana a la opresión que sufrían los hombres y mujeres de estirpe en África.

Fuera de las Obras completas hay un apunte donde revela su actitud en el caso de que una hipotética hija suya se enamorara de un hombre negro, documento que por taimada razón se mantendría sin publicar hasta 1978. Manifiesta ahora “la oposición y repulsa general, y los prejuicios sociales, odios a la juventud y la mujer, que el problema negro implica”. Y si esa hija se enamora de alguien de epidermis oscura: “Yo sé que tendría la sensatez y el valor de afrontar el aislamiento social”. Los muy escasos y más que medianos analistas de estas líneas se desentienden de la subversión que dispone el bardo, de pie sobre una realidad en que lo predominante era el concubinato del blanco con la negra.

Leer al caribeño Fanon y al camerunés Mbembe empuja a meditar que no padeció el poeta, en manera alguna –las razas deben mezclarse, dijo–, la obsesión de separar el phallus del negro de la mujer blanca, evidente en sus condenas contra las agresiones que sufrían parejas mixtas en el Sur de Estados Unidos. Sobre el afroamericano afirmó su derecho a casarse con quien quiera, negra o blanca. ¿Fue casual que hablara no de un hijo que sí tenía, sino de una hija?

En “Para las ‘Escenas”, de los alrededores de 1893 y la frase que encabeza ese apunte, argumento propicio para el arte teatral, escribe Martí: “Hay que levantarle al negro la altivez, para su propio bien, para que no olvide cuando vivía entre montes”. Ha visto en Cuba y Estados Unidos a negros que padecen en su autoestima, y como remedio insta al blanco a ayudar a levantar una altivez nacida en la selva africana, ámbito cultural muy otro y que, paradójicamente, muchos blancos desprecian. Pero es que el artista, sin duda, no involucra a estos, sino al blanco solidario, a un antirracista casi inconcebible por la tarea que le propone: ayudar a que el negro afiance su orgullo en el recordar cuando vivía libre entre montes. Con esto incita a que no olvide su cultura y su tradición, ya que el monte, en el estudio célebre de Lydia Cabrera, es su núcleo. Como en varios casos, el isleño desborda su mundo, y a sí mismo, de manera implacable.

Se ha criticado sin apostillas que el pensamiento martiano suscribe a la generación revolucionaria de ascendencia europea como liberadora del negro —algo que por demás es historia—, pero se desconoce o silencia que también exclamó que el hombre “del Congo y el de Benín defendía con su pecho a los hombres del color de sus tiranos, a los que habían sido sus tiranos”.

Indica, como en casi incontables ocasiones, la moral superior del negro en el contexto, pero en particular a la solidaridad que obligatoriamente tuvo que generar una guerra que se extendió por diez años. En otra espesura de su obra recuerda al campesino negro que “vuela a su rifle, con el que jamás en diez años hirió a la ley”, y mira con amor “al hombre de tez de amo que marcha a su lado o detrás de él, defendiendo la libertad”. Apartando sus modos para unir a la rebeldía, ¿es que ha sustraído a la raza, y en particular a sus líderes, de las insubordinaciones que con razón o sin ella condujeron a la rendición del Zanjón, “detalle” nunca resaltado por la historiografía salvo cuando se trata de Antonio Maceo?

La academia estadounidense y analistas de distintas huertas obvian un punto en Martí digno de mención. Criticar a España por decretos que concedían un puñado de derechos civiles a los afrocubanos, pues Martí sabía que serían incumplidos en la práctica social, no le impide poner aquellos decretos contra lo que él mismo ha dicho, y los sirve para expresar una noción inusitada: “Sin el interés fraternal [por la independencia] de nuestros libertos que, a no ser tan nobles como son, y hombres de tanto fuego y libertad como nosotros, podrían seguir con más agradecimiento, en su afán de legítima mejora, al español aleccionado que se la ofrece, que a los cubanos incapaces que los desdeñan”.

Junto al relato ineludible para crear la nación, laten en el político ideas de muchísimo interés y solo concebibles después que se leen. Aquel “nosotros”, que implica un ellos y que tanto irrita a los sospechantes, se produce mientras estrecha diariamente lazos con sus “amigos”, sus “íntimos”, su “familia”, lo que Cabrera denomina “pequeño grupo neoyorquino” de negros y mulatos, y que en el libro que apenas glosamos resulta muy principal: la fuente de sus desarrollos antirracistas. Se piensa como grupo operativo cimentado en la teoría sociológica del suizo-argentino Enrique Pichon Rivière (1907-1977). El ellos, entonces, subraya a un otro culturalmente hablando, y esto lo recapacita, hasta el hartazgo, la filosofía actual.

Existe un desentendimiento generalizado de sus críticas contra los padres de la patria en lo que tiene que ver con la opresión de los afrodescendientes. Nadie, en efecto, duda de la veneración que el poeta sintió y expresó por próceres como Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, etc. Si esas críticas se hubieran señalado, la historiografía se viera hoy menos culpable y la academia norteamericana se hubiera tal vez evitado unos cuantos embarazosos errores. Las críticas de Martí contra “los grandes del diez”, según les llama a la sazón, comprende la utilización del vocablo “punible” a pesar de que reflexiona sobre el pasado. Dichos apóstrofes están en su obra, y en Gargantas sofocadas.

Hay extravíos en la historiografía casi inexplicables. Mientras se admite la inclusividad que significa la frase “con todos y para el bien de todos”, apenas se habla de la abundancia, muy superior, en que exige derechos y literalmente derechos humanos para los negros, y esto representa un vacío primordial en las numerosas incursiones en Martí por las universidades estadounidenses (entiéndase siempre la mayoría). Solo en el artículo “Mi Raza” la palabra derecho aparece en once ocasiones. Y en otro distrito: “Todo hombre negro [en Cuba] ha de saludar con gozo, y todo blanco que sea de veras hombre, el reconocimiento de los derechos humanos en una sociedad que no puede vivir en paz sino sobre la base de la sanción y práctica de esos derechos”.

Convendría precisar que más de un decenio antes de que el ilustre W.E.B. Du Bois dijera en The souls of black folk (1903) su famosa frase en torno a que el siglo XX sería el del problema de la raza, “color line”, utilizada por la crítica contra Martí, ya este había expresado –repetimos, una década antes– acerca del afronorteamericano: “¿A qué la escuela [con profesores blancos] donde le enseñan que nació para siervo por el castigo del color, y que jamás podrá gozar en su suelo nativo de los derechos plenos de hombre?”.

También existe una notable diferencia entre las ideas martianas en torno al liberto cubano y las que Du Bois manifestó sobre el exesclavo en Estados Unidos. Los dos capítulos que Gargantas sofocadas dedica a comparar a Du Bois y Martí carecen de antecedentes en la historiografía. Aquí se demuestra la mayor radicalidad antirracista del poeta sobre un arquetipo de la lucha por los derechos y el primer negro que obtuvo un doctorado en Estados Unidos. Una veintena de temas inestrenados, que van desde la resistencia pacífica contra el racismo a la pobreza que aplasta al negro, así como intervenciones sobre la cultura relacionada con la raza en Cuba y Estados, cooperan en integrar un volumen sobre el cual Rafael Saumell, Profesor Emeritus, afirmó que es el más revelador que se haya escrito sobre Martí.

Aunque la sabe efímera por su lado noticioso, el autor se anima a dibujar, en el Epílogo, la circunstancia imperante en los años postreros en que escribió su ensayo. A nuestro entender, un pretexto para ampliar su tesis sobre la crisis del conocimiento que aqueja a las supuestas ciencias blandas en la academia norteamericana y en muchas otras. Tal crisis se ha intensificado con el globalismo, sus imposiciones y el obligado consenso izquierdizante. De la academia norteña nació la Critical Race Theory, donde todos los blancos son sistemática y esencialmente racistas. En la academia internacional hay quien respalda o calla sobre el catastrofismo climático y un ejército aplaude el aborto absoluto. Al peor feminismo, ese que ya no existe porque cualquiera puede ser mujer, allí se le dan urras. Banderas políticas e ideológicas como esas se coluden con las de LGBTQ+, y allí, en la academia, se calla, acepta o asiente sobre el adoctrinamiento de los niños en los colegios para que cambien de sexo a espaldas de los padres y luego reciban, de por vida, hormonas que le destruyen la salud física y la psiquis, cuando no los someten a cirugías. Allí, en la universidad, se baja la cabeza ante el aberrante “derecho” a tener sexo con adultos, y allí renace un antisemitismo que es lo único invariable en toda la historia. Martí tiene que hacer no poco en un planeta que vive en el filo del abismo y donde la indignidad de la cobardía facilita que todo se envenene. 

Wednesday, September 6, 2023

La habitacion propia de la negra cubana*

Por Yesenia Selier


A Inés María Martiatu, intelectual afrocubana que se plantó y me dijo, “Afrocubanas no sale para la imprenta hasta que no me mandes tu ensayo. Este libro no estará completo sin tu voz.”



La vilipendiada identidad afrocubana, escarmentada sangrientamente en La masacre del Doce, La masacre de la Escalera y la Conspiración de Aponte, se ha hecho a la luz, acompasándose también a las tendencias globales de la Diáspora Africana. Ella, aún tierna criatura busca horizontes y espejos en que mirarse. Para los que la pensamos ha habido un marco de referencia en el Movimiento de los Derechos Civiles, la figura y el movimiento de Malcom X y Black is Beautiful.

Aunque el postmodernismo ha colocado en el centro la otredad, implosionando el esencialismo de siglos enteros de pensamiento humano; lo negro continua siendo mayormente pensado por intelectuales blancos; reinventado por los poderes y saberes en cuanto aspecto sea posible imaginar. En esta dinámica no solo se expresan realidades coloniales, post-coloniales?, sino también una falta real, numérica, de producción intelectual desde la negritud.

Virginia Wolf hace casi un siglo, en el ensayo “Una habitación propia” (2005) reflexiona sobre las condiciones necesarias para que una mujer pueda escribir novelas de ficción. “500 libras al año y una habitación propia, donde pueda escribir sin interrupciones”. Y me pregunto si detrás del análisis subsecuente que pudiera derivarse, salvando las inmensas distancias, geográficas, históricas y temporales, pudiéramos encontrar acá, alguno de los dilemas de nuestra ausencia discursiva, puesto que el icónico ensayo, ilustra excelentemente los dilemas del sujeto subalterno para articular su experiencia, recrear, crear. La Woolf ratifica la necesidad de ser sujeto de sí misma, como premisa fundamental del creador, mujer en este caso, con una denuncia explícita de la constricción mental que para la mujer supone la sociedad patriarcal

El patriarcado, tábula rasa contra la cual se han rebelado las feministas de todas las épocas, ha sido un paisaje, remoto o , cuanto menos, inconstante, para las mujeres negras. Según bell hooks, las construcciones simbólicas sobre las mujeres negras, fueron creadas para enfatizar su condición de cuerpo sacrificable (hooks, 1992). Pensemos en Cecilia Valdés, María la O, “La mulata” del teatro bufo, modelos todas, más allá de sus cualidades, de mujeres disponibles, o de moralidad caída (Martiatu, 2008), pero por sobre todo, sacrificables. Una mujer negra, y ahí hablan más las estadísticas que los esterotipos, se encontrará en cualquier época, más probablemente, en el fondo del continuo de la pobreza, menos educada y con más hijos y carecerá, también, más probablemente, de proveedores masculinos, económicos y/ o afectivos. Así también, una mujer negra, en cualquier época ha sido más fácilmente usada y abandonada sexualmente; diana fácil de la violencia verbal y física y degradada de sus atributos femeninos; del marco de la fragilidad y del de la belleza, despertando, en fin, menos simpatías por sus penas,

La alienación del negro y de lo negro, y muy especialmente de la negra, es una constante en el vaivén de lo histórico y lo cotidiano; y en él se imponen nociones fundamentales, fundacionales si se quiere, convenientemente distanciadas de los umbrales de la ética: nuestras valoraciones sobre el arte y nuestras valoraciones estéticas. En las primeras, en las que no ahondaré por falta de “una habitación propia”. Apenas nótese la centralidad de la noción de “alta cultura”, denotada por los cánones artísticos occidentales en nuestra apreciación del arte. Es interesante que el contestado término afrocubano, es aceptado por los académicos cubanos por más de cincuenta años para clasificar la música de ascendencia africana. La definición orticiana, crea una válvula de escape para digerir la ruidosa y temible omnipresencia del tambor y la clave en lo cubano. Tenemos un cuarto aparte no solo para lo que los sacos de ébano, pertinazmente recrearon de África, sino también creaciones autóctonas como la rumba y la conga, y hasta el mismo son y sus subgéneros; imposibles sin la alternancia de sus creadores en el “alto” y “bajo” mundo. La necesidad de contener lo negro, se extiende como curiosa tendencia a lo largo de nuestra historia: en una cárcel, en la noción de lo “folklórico” o en una agencia de rap. En esa contención se expresa la tensión omnipresente de la cubanidad, ¿qué hacemos con el negro?

A la negra, eterna doméstica en el imaginario popular le toca el incontestable terreno de la estética. Pasa, bemba, ñata, “negra bonita”, “tremenda blanca se perdió” ...juicios de valor empotrados al sentido común cubano, es el telón de fondo, uno de ellos, sobre el cual se constituyen nuestras identidades. La concomitancia de la condición femenina con lo bello, y la centralidad de la apariencia, es otro. Aunque se ha abundado el tema de la estética negra en diferentes documentos culturales, líricas de rap, poesía y algún que otro escrito en Cuba, después de la década del noventa, este continúa siendo el punto álgido, irresuelto, para la mayorÍa de las mujeres negras de la Diáspora y el que más nos afecta en la vida cotidiana.

Más allá del charco, otro telón lo constituye el carácter agresivo, sutil colonizador de la subjetividad, del estado postmoderno globalizado. En el contexto del neoliberalismo se exageran el lugar y el valor de la opción personal, con un rechazo a la acción colectiva y un enfoque mayor en el éxito propio. Son los ecos del neo-conservadurismo, uno bien despierto, revitalizado con Viagra y sangre nueva, listo a enterrar cada conquista social de los años sesenta, presto a certificar la defunción del feminismo y la instauración de su impostor, el postfeminismo.

La autora del artículo durante un performance en Washington Square

  El infame postfeminismo enmarca, al menos, una serie de actitudes de las mujeres contemporáneas. Rechazo al feminismo en sí, como doctrina estigmatizante y androgénica, que aunque gestó nuevos grados de libertad para la mujer, no consiguió su felicidad, y una noción extendida de que la equidad está garantizada legalmente en las sociedades contemporáneas. Así se orquesta un retorno a la geografía corporal y a las presiones normativas sobre el cuerpo: disminuido de tallas, mejorado con cirugías, corregido con inyecciones; en una estandarización extrema de lo bello y de lo sexy. Flaca, retocada, esquilada como una oveja, una mujer postmoderna se prescribe: exitosa profesionalmente, una dulce esposa, pero no espantar las ganas del esposo y una madre abnegada, empoderada solo por el consumo. “Sex and the City”, es el súmmum de la conciencia femenina ideal, en el contexto postfeminista.

En un contexto donde el poder se iguala a la capacidad para el consumo, la tábula rasa de las afrodescendientes dista abismalmente de las mujeres blancas. En Estados Unidos, investigaciones muestran que mientras el patrimonio neto promedio (entendido como la diferencia entre los valores acumulativos y la deuda) de una mujer blanca soltera entre los 36-49 años es cuarenta y cinco mil dólares el de una mujer negra soltera en el mismo rango de edades ¡es de solo cinco dólares! En el país del cual ha trascendido una discusión intelectual por más de 200 años sobre los derechos de los negros y un exitoso movimiento por los derechos civiles en los 60 se contempla en la actualidad una involución de los valores conquistados hace 50 años.

En el cuerpo de las mujeres negras estadounidenses, ha muerto el pelo malo, y se impuesto el pelo muerto. Los fabulosos “tachos” y los míticos “productos” que han aguado la boca de las negras cubanas por decadas, admirando los productos del “brutal”, consisten en casi 90%, implantes de pelo natural. La clientela del implante fue expandiéndose silenciosamente, en principio solo para iniciadas que “entraban por la puerta de atrás para que nadie se enterara”, alcanzando en la actualidad niveles prácticamente normativos.

La estigmatización de cada rasgo de la fisionomía negra, fue una de las obsesiones de la modernidad. Más que grito de moda, el “vicio” del implante, reempaqueta la noción del pelo bueno y es el centro de la exploración del documental de Chris Rock, “Good Hair (2009). Mujeres de distintas edades, clases y niveles educativos confiesan a la cámara, sin el menor conflicto que “el pelo lacio, relajado, ayuda a que los blancos se relajen y uno luce más compuesto”. “Hacerse el pelo” es parte de lo que es ser una mujer negra, nos dice la actriz Nia Long, “un hombre negro debe acogerlo, aceptarlo”. Debemos según esta afirmación, hacernos el pelo, porque no tenemos uno; un hombre negro debe aceptar el absurdo gasto de que una mujer sea completada en su opresión. “Hemos venido a peinar la opresión y explotación cada mañana. Te la pegas o la superpones cada día. ¿Cómo vas a pensar claramente cuando sufres explotación todo el tiempo? Hay necesidad de un movimiento básico para recapturar el hecho de que no controlamos algo tan cerca de nosotros como el pelo en nuestra cabeza” , dice el reverendo Al Sharpton, sobre el desriz que ha usado por más de 20 anos.

Los hombres afroamericanos, con las dificultades estructurales e históricas para su integración a la sociedad americana, y la definitiva tendencia endogámica, son los conejillos de indias de este vicio. “El vicio del implante es una inversión más costosa que la educación de los hijos”, comenta Sharpton. Andre Harrell, empresario musical, agrega que “El precio de mantener una mujer es como el precio de mercado de bienes raíces en Nueva York, va por el cielo. El precio de una visita a la peluquera te puede dejar en bancarrota”. Por si esto fuera poco el implante impone bizarros límites a las relaciones personales e íntimas de las parejas. En cuanto a las opciones recreativas: ni playas, ni piscinas, el pánico a la lluvia y el traumático, “Do not touch” en la cama. “Si estás con una chica con implante”, concéntrate en sus senos, aconseja Harrel, jocosa y dolorosamente a un tiempo.

El documental incluye voces menos adormiladas por las presiones del capitalismo tardío, que impone y rinde a muchas mujeres a esta aberración íntima, estética y económica. Sheila Bridges, diseñadora interior, una mujer negra con alopecia, abraza en lo más hondo su condición y su diferencia afirma que las mujeres negras “usamos el pelo como si fuera una divisa (...) y nuestra autoestima esta atada a él. En la actualidad los standares son completamente irreales e inalcanzables para una mujer negra.”

Más allá de una villanía preconcebida, según Derrida (1997) la noción de humanidad es definida ante todo como hermandad, es un concepto en fundamentalmente falocéntrico. La hegemonía es además, invisiblemente blanca. Mujeres, blancas y negras en cada lugar del globo, hemos avanzado increíblemente en términos de nuestra educación, participación económica y social, con derechos ganados de jure y de facto, pero hay mucho camino por recorrer aun en términos de una equidad y respeto consistentes, en nuestra vida diaria.

Este escrito no pretende impugnar a mis hermanas desrizadas, pero como parte de asumir su diversidad y complejidad, la subjetividad negra, me ha parecido indispensable, abordar críticamente algunas de nuestras realidades. Nuestras opciones, aún las más personales, tienen consecuencias políticas, más allá de los cantos de sirena. La negra y el negro, desrizados o no, blanqueados o no, no adulteran las consecuencias sociales de la tecnología clasificatoria del racismo. Pero, como afirma una de las entrevistadas por Rock en “Good Hair”, “dejar el pelo en la textura en que sale de mi cabeza, es visto como un acto revolucionario y hay que tener convicción para llevarlo”.

Las negras cubanas, en la periferia del consumismo, desde el lugar en que se encuentre en el continuo del tejido social y educacional, libran sus batallas diarias también frente al espejo. Mientras cantamos “ La Bayamesa” y honramos el escudo nacional con la imagen de “La Cubana”, trigueña hermosa de cabellos largos, lacios, bajo el gorro frigio, carecemos de una habitación propia. El diez por ciento de la población de la ardiente Habana donde se concentra la quinta parte de la población insular, vive aún en grimosos solares y de ellos la mayoría son negros y negras. Invito entonces a que nos atrevamos todas, a tomar una habitación para nosotras, a recrearla cada mañana ante el espejo, a documentar en cualquier modo posible nuestra experiencia y a pelear, cuesta arriba como el salmón, los criterios negadores y opresivos de nuestra auténtica belleza.

 

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*Publicado en Afrocubanas: historia, pensamiento y prácticas culturales. Edit. Daisy Rubiera Castillo, Inés María Martiatu. Editorial de Ciencias Sociales, 2011.