Monday, April 22, 2019

Un viejo recorte de Reinaldo Arenas

Nos escribe el académico Iván Acosta:

"En el 1980, Reinaldo decidió venir a vivir en Nueva York. Al principio, yo me encargué de orientarlo en la Babel de hierro.
Les conseguimos un apartamentico a media cuadra del nuestro, en la calle 43 casi esquina a la 9na avenida, en el corazón de Hell's Kitchen.
Reinaldo solía visitarnos casi todas las noches. Una vez nos contó, a Teresa y a mí, esta terrible historia que más adelante publicó en el órgano oficial del CID [Cuba Independiente y Democrática].
Es una narración muy fuerte, terrible y triste.
Aquí la comparto con ustedes"



Saturday, April 20, 2019

BALDOR, SU ÁLGEBRA Y SU HISTORIA*

Inline image
Aurelio Baldor, el autor del libro que más terror despierta en los estudiantes de bachillerato de toda Latinoamérica, no nació en Bagdad. Nació en La Habana, Cuba, y su problema más difícil no fue una operación matemática, sino la revolución de Fidel Castro.

Por Álvaro Álvarez


Esa fue la única ecuación inconclusa del creador del Álgebra de Baldor, un apacible abogado y matemático que se encerraba durante largas jornadas en su habitación, armado sólo de lápiz y papel para escribir un texto que desde 1941 aterroriza y apasiona a millones de estudiantes de toda Latinoamérica.

El Álgebra de Baldor, aún más que El Quijote de la Mancha, es el libro más consultado en los colegios y escuelas desde Tijuana hasta la Patagonia.

Tenebroso para algunos, misterioso para otros y definitivamente indescifrable para los adolescentes que intentan resolver sus “misceláneas” a altas horas de la madrugada, es un texto que permanece en la cabeza de tres generaciones que ignoran que su autor, Aurelio Ángel Baldor, no es el terrible hombre árabe que observa con desdén calculado a sus alumnos amedrentados, sino el hijo menor de Gertrudis y Daniel, nacido el 22 de octubre de 1906 en La Habana, y portador de un apellido que significa “valle de oro” y que viajó desde Bélgica hasta Cuba.

Daniel Baldor reside en Miami y es el tercero de los siete hijos del célebre matemático. Inversionista, consultor y hombre de finanzas, Daniel vivió junto a sus padres, sus seis hermanos y la abnegada nana negra que los acompañó durante más de cincuenta años, el drama que se ensañó con la familia en los días de la revolución de Fidel Castro.

Aurelio Baldor era el educador más importante de la isla cubana durante los años cuarenta y cincuenta. Era fundador y director del Colegio Baldor, una institución que tenía 3.500 alumnos y 32 buses en la calle 23 y 4, en la exclusiva zona residencial del Vedado. Un hombre tranquilo y enorme, enamorado de la enseñanza y de mi madre, quien hoy lo sobrevive, y que pasaba el día ideando acertijos matemáticos y juegos con “números”, recuerda Daniel, y evoca a su padre caminando con sus 100 kilos de peso y su proverbial altura de un metro con noventa y cinco centímetros por los corredores del colegio, siempre con un cigarrillo en la boca, recitando frases de Martí y con su álgebra bajo el brazo, que para entonces, en lugar del retrato del sabio árabe intimidante, lucía una sobria carátula roja.

Los Baldor vivían en las playas de Tarará en una casa grande y lujosa donde las puestas de sol se despedían con un color distinto cada tarde y donde el profesor dedicaba sus tardes a leer, a crear nuevos ejercicios matemáticos y a fumar, la única pasión que lo distraía por instantes de los números y las ecuaciones. La casa aún existe y la administra el estado cubano. Hoy hace parte de una villa turística para extranjeros que pagan cerca de dos mil dólares para pasar una semana de verano en las mismas calles en las que Baldor se cruzaba con el “Che” Guevara, quien vivía a pocas casas de la suya, en el mismo barrio.

“Mi padre era un hombre devoto de Dios, de la patria y de su familia”, afirma Daniel. “Cada día rezábamos el rosario y todos los domingos, sin falta, íbamos a misa de seis, una costumbre que no se perdió ni siquiera después del exilio”. Eran los días de riqueza y filantropía, días en que los Baldor ocupaban una posición privilegiada en la escalera social de la isla y que se esmeraban en distribuir justicia social por medio de becas en el colegio y ayuda económica para los enfermos de cáncer.

El 2 de enero de 1959 los hombres de barba que luchaban contra Fulgencio Batista se tomaron La Habana. No pasaron muchas semanas antes de que Fidel Castro fuera personalmente al Colegio Baldor y le ofreciera la revolución al director del colegio. “Fidel fue a decirle a mi padre que la revolución estaba con la educación y que le agradecía su valiosa labor de maestro, pero ya estaba planeando otra cosa”, recuerda Daniel. Los planes tendría que ejecutarlos Raúl Castro, hermano del líder del nuevo gobierno, y una calurosa tarde de septiembre envió a un piquete de revolucionarios hasta la casa del profesor con la orden de detenerlo. Sólo una contraorden de Camilo Cienfuegos, quien defendía con devoción de alumno el trabajo de Aurelio Baldor, lo salvó de ir a prisión. Pero apenas un mes después la familia Baldor se quedó sin protección, pues Cienfuegos, en un vuelo entre Camagüey y La Habana, desapareció en medio de un mar furioso que se lo tragó para siempre. “Nos vamos de vacaciones para México, nos dijo mi papá. Nos reunió a todos, y como si se tratara de una clase de geometría nos explicó con precisión milimétrica cómo teníamos que prepararnos. Era el 19 de julio de 1960 y él estaba más sombrío que de costumbre. Mi padre era un hombre que no dejaba traslucir sus emociones, muy analítico, de una fachada estricta, durísima, pero ese día algo misterioso en su mirada nos decía que las cosas no andaban bien y que el viaje no era de recreo”, dice el hijo de Baldor.
Colegio Baldor en El Vedado

Un vuelo de Mexicana de Aviación los dejó en la capital azteca. La respiración de Aurelio Baldor estaba agitada, intranquila, como si el aire mexicano le advirtiera que jamás regresaría a su isla y que moriría lejos, en el exilio. El profesor, además del dolor del destierro, cargaba con otro temor. Era infalible en matemáticas y jamás se equivocaba en las cuentas, así que si calculaba bien, el dinero que llevaba le alcanzaría apenas para algunos meses. Partía acompañado de una pobreza monacal que ya sus libros no podrían resolver, pues doce años atrás había vendido los derechos de su álgebra y su aritmética a Publicaciones Culturales, una editorial mexicana, y había invertido el dinero en su escuela y su país.

La lucha empezaba. Los Baldor, incluida la nana, se estacionaron con paciencia durante 14 días en México y después se trasladaron hasta Nueva Orleáns, en Estados Unidos, donde se encontraron con el fantasma vivo de la segregación racial. Aurelio, su mujer y sus hijos eran de color blanco y no tenían problemas, pero Magdalena, la nana, una soberbia mulata cubana, tenía que separarse de ellos si subían a un bus o llegaban a un lugar público.

Aurelio Baldor, heredero de los ideales libertarios de José Martí, no soportó el trato y decidió llevarse a la familia hasta Nueva York, donde consiguió alojamiento en el segundo piso de la propiedad de un italiano en Brooklyn, un vecindario formado por inmigrantes puertorriqueños, italianos, judíos y por toda la melancolía de la pobreza. El profesor, hombre friolento por naturaleza, sufrió aún más por la falta de agua caliente en su nueva vivienda, que por el desolador panorama que percibía desde la única ventana del segundo piso.

La aristocrática familia que invitaba a cenar a ministros y grandes intelectuales de toda América a su hermosa casa de las playas de Tarará, estaba condenada a vivir en el exilio, hacinada en medio del olvido y la sordidez de Brooklyn, mientras que la junta revolucionaria declaraba la nacionalización del Colegio Baldor y la expropiación de la casa del director, que sirvió durante años como escuela revolucionaria para formar a los célebres “pioneros”. La suerte del colegio fue distinta. Hoy se llama Colegio Español y en él estudian 500 estudiantes pertenecientes a la Unión Europea. Ningún niño nacido en Cuba puede pisar la escuela que Baldor había construido para sus compatriotas.

Lejos de la patria Aurelio Baldor trató en vano de recuperar su vida. Fue a clases de inglés junto a sus hijos a la Universidad de Nueva York y al poco tiempo ya dictaba una cátedra en Saint Peters College, en Nueva Jersey. Se esforzó para terminar la educación de sus hijos y cada uno encontró la profesión con que soñaba: un profesor de literatura, dos ingenieros, un inversionista, dos administradores y una secretaria. Ninguno siguió el camino de las matemáticas, aunque todos continuaron aceptando los desafíos mentales y los juegos con que los retaba su padre todos los días.

Con los años, Baldor se había forjado un importante prestigio intelectual en los Estados Unidos y había dejado atrás las dificultades de la pobreza. Sin embargo, el maestro no pudo ser feliz fuera de Cuba. No lo fue en Nueva York como profesor, ni en Miami donde vivió su retiro acompañado de Moraima, su mujer, quien hoy tiene 89 años y recuerda a su marido como el hombre más valiente de todos cuantos nacieron en el planeta. Baldor jamás recuperó sus fantásticos cien kilos de peso y se encorvó poco a poco como una palmera monumental que no puede soportar el peso del cielo sobre sí. “El exilio le supo a jugo de piña verde. Mi padre se murió con la esperanza de volver”, asegura su hijo Daniel.

El autor del Algebra de Baldor se fumó su último cigarrillo el 2 de abril de 1978. A la mañana siguiente cerró los ojos, murmuró la palabra Cuba por última vez y se durmió para siempre. Pero sus siete hijos, quince nietos y diez biznietos, siempre supieron y sabrán que a Aurelio Baldor lo mataron la nostalgia y el destierro.

Un amigo me envió la historia completa, yo traté de escribir esta pequeña reseña para quienes ignoran la grandeza y dolores detrás de uno de los libros más conocidos del mundo: Álgebra de Baldor.

*Tomado de Nuevo Acción



Friday, April 19, 2019

La invasión: otra mirada*

Por Iván Acosta
La invasión de los mercenarios y vendepatrias ha llegado, pero nuestro glorioso ejército revolucionario está venciendo. Patria o Muerte. ¡Venceremos!”.

Esto lo repetían cada cinco minutos por todas las emisoras de radio en cadena
a través de la isla. Era el 17 de abril de 1961. Tito Gómez acompañado por la Orquesta Riverside cantaba “Vereda Tropical”. Repitieron la misma canción más de diez veces. Como a las 10:30 a.m. acompañé a mi tío Nené hasta la terminal de ómnibus, ya que él regresaba para Santiago de Cuba. Esa fue la última vez que lo vi. Ya las calles comenzaban a lucir desoladas. Sólo se veían vehículos militares o guaguas y camiones repletos de personas detenidas. Al regresar a mi trabajo, en el restaurante Las Avenidas, de Carlos III e Infanta, Bonifacio, un inspector de ómnibus que siempre estaba parado en aquella esquina, se me acercó y comentó en voz baja: “Ya llegaron los muchachos’”. Se le veía la emoción reflejada en los ojos, cosa que no podía exteriorizar, pues vivíamos momentos difíciles. No pasaron dos minutos cuando vimos, frente al establecimiento, dos camiones de milicianos. Entraron al restaurante en táctica de combate y uno de ellos gritó: “Todo el mundo quieto”, y todo el mundo quieto se quedó. Después sacaron a todos los empleados, a punta de pistola. Yo me había agachado detrás del mostrador y desde allí lo presenciaba todo, cuando de repente, me dí con una pistola calibre 45 apuntándome a la cara. Un miliciano negro portaba el arma, y me dijo: “Sal pronto de ahí, gusano de mierda”. Nos montaron en un camión de carne, con peste a carne podrida y lleno de moscas. Viajamos por unos veinticinco minutos; cuando el camión paró, se escucharon unos gritos que decían: “¡Qué vivan los invasores, abajo el comunismo!”. Nos bajaron del camión, apuntándonos con las ametralladoras, como si nosotros fuésemos los invasores. Nos registraron uno a uno, y nos metieron a todos en el edificio de la Ciudad Deportiva, un enorme estadio que fue construido para el pueblo, e ironicamente, ahí estaba el pueblo, pero encarcelado. Allí había mujeres; soldados rebeldes desarmados; choferes de guagua; sacerdotes; y hasta niños acompañando a sus madres. Un ministro evangélico se paró y comenzó a orar en voz alta, hasta que un miliciano se le acercó por detrás y lo silenció con un fuerte culatazo de rifle por la espalda. Un ingeniero, comandante rebelde, que también estaba arrestado, hizo un cálculo, y nos dijo que allí había alrededor de veinte mil almas inocentes. 
…………..

Mis 17 años me hacían el más joven de los seis mil  hombres detenidos en los fosos de El Morro, frente al litoral habanero. El 20 de abril llevábamos tres días sin ingerir ningún tipo de alimento. Ya había tres muertos de sed e insolación. El fuerte altoparlante de la fortaleza transmitía los partes militares: “La invasión de los gusanos mercenarios del imperialismo yanqui, ha sido derrotada por nuestras heroicas fuerzas armadas revolucionarias, lideradas por el comandante en jefe, nuestro máximo líder...”. Habían movilizado a más de 150,000 soldados y milicianos para luchar contra mil y pico de invasores que habían sido abandonados al garete por orden de la Casa Blanca. Para el 24 de abril, la invasión había sido totalmente derrotada. Comenzaron a liberar a los detenidos. Habían muerto cinco hombres sin asistencia médica. Llevábamos ocho días durmiendo sobre piedras y arena. Algunos habíamos logrado comer dos veces. Y a base de empujones, se luchaba para lograr un sorbo de agua, lanzado por una manguera a unos 30 pies de altura. En un rincón de los fosos, que se había usado como letrina improvisada, aún manchado de sangre se encontraba el fatídico paredón de fusilamientos. Me encontré un trozo de carbón, y desde una roca de arrecife pude escribir sobre el antiguo paredón una frase que me vino a la memoria: “La imposibilidad en que me encuentro de probar que Dios existe, me prueba su existencia”. Varios presos me aplaudieron, no sé si por la frase o por mi hazaña. Al medio día me soltaron. Afuera, entre cientos de rostros esperando a sus seres queridos, se encontraba mi papá. Dos de los empleados del restaurante y nosotros tomamos un carro de alquiler para que nos llevara de vuelta a casa. Por la carretera podíamos ver a unos milicianos terminando de pintar un enorme letrero sobre uno de los muros de la fortaleza: “Muerte al agresor - Cuba primer país socialista de América”. El chofer no nos quiso cobrar. Con el rostro apenado nos dijo: “De aquí hay que irse o hay que morir peleando”. Nadie dijo ni pío. Continuamos el viaje en silencio, escuchando en la radio a “la reina del guaguancó”, Celeste Mendoza y luego al colombiano Nelson Pinedo con la Sonora Matancera cantando “Me voy pa'la Habana y no vuelvo más”

*Fragmento del libro Con una canción cubana en el corazón.

Monday, April 15, 2019

Acto de investidura en Miami


LA ACADEMIA DE LA HISTORIA DE CUBA EN EL EXILIO, CORP.

INVITA

AL ACTO DE INVESTIDURA DE LOS NUEVOS ACADÉMICOS
Teresa E. Fdz. Soneira, Ángel R. Velázquez Callejas, y Pedro Camacho

A efectuarse el viernes 26 de abril de 2019 a las 6:00 PM en el
4000 West Flagler, Room: Auditorium
Miami, FL 33134

PROGRAMA

Discurso de Investidura de la Lic. Teresa E. Fernández Soneira, con el título de “La mujer cubana en las luchas por la independencia de Cuba.”

Discurso de Investidura del Dr. Ángel R. Velázquez Callejas, con el título de “Historia de la Formación del Capitalismo en Cuba: Centralización y Concentración Azucarera en la Región Manzanillo (1880-1898).”

Discurso de Investidura del Lic. Pedro Camacho, con el título de “Necesidad del Rescate de la Historia y la Historiografía Cubana.”

Discurso de Respuesta por el Dr. Eduardo Lolo, Presidente de la AHCE, Corp.

Entrega de Diplomas y Conclusiones por Amb. Armando Valladares, Presidente del Capítulo del Estado de Florida de la AHCE, Corp.

QUEDAN TODOS INVITADOS

Friday, April 12, 2019

“Cuba es uno de los mayores yacimientos de silencio del planeta”

El periodista Gonzalo Cachero entrevista al miembro de la AHCE a propósito de su novela "Turcos en al niebla" para el periódico español El País:

Foto de Jaime Villanueva para El País 
Defiende el escritor Enrique del Risco que su última novela, Turcos en la niebla (Alianza, 2019), que presentó en Madrid a finales de marzo, es un ajuste de cuentas con la esperanza de libertad que ha alentado a muchos cubanos a dejar su país por razones políticas. Más concretamente, con la engañosa promesa de felicidad que envuelven estas huidas y que termina por sumir al individuo en un baño de realidad andando el tiempo. Exiliado de la Cuba castrista, que abandonó en 1995 tras renunciar a una fe de la que fue militante, a Del Risco (La Habana, 52 años) le interesa más subrayar la ausencia de brújula vital que en su opinión caracteriza el exilio que la añoranza por la tierra perdida. Centrada parcialmente en Nueva York, ciudad en la que el autor reside desde hace más de 20 años, Turcos en la niebla, novela ganadora del XX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones, rebate, a través de las historias de cuatro protagonistas que abandonaron Cuba, la idea de que se puede acabar con los males interiores poniendo tierra (u océano, en este caso) de por medio.
Pregunta. ¿Qué imagen del exilio cubano ha buscado trasladar en Turcos en la niebla?
Respuesta. El exiliado es en general un tipo muy especial de emigrante, alguien que tiene que reconstruir el mundo que deja atrás y que al comienzo de esa operación trata de aislar los males del pasado y de mantenerse incontaminado de ellos, algo imposible, porque el mal se lo lleva uno siempre consigo mismo. Al final, acaba preguntándose por las cosas que no tienen que ver con el motivo que le llevó a partir y que, sin embargo, hacen que su vida sea peor de lo que podría ser en realidad. He tratado que todo eso esté en esta novela.
P. Sus personajes parecen incapaces de cambiar el rumbo de sus vidas. Uno de ellos llega incluso a preguntarse si podrá creer en algo que no sea la gravedad.
R. Los protagonistas tienen vidas que son un absurdo, pero un absurdo tan común que los propios personajes lo han naturalizado. Así es en gran parte la vida de los cubanos, incluida la de aquellos que han huido: un absurdo naturalizado que se explica por el mundo totalitario del que tratan de escapar. Los protagonistas de la novela no saben vivir en Cuba, pero tampoco están capacitados para hacerlo en otro lugar, porque piensan más en lo que ocurre en la isla que en su propia vida. El exilio les crea una especie de barrera que los aísla del presente y los hace impermeables a su realidad más inmediata. Y todo esto es muy curioso, porque esa naturalización inconsciente de la vida que hacen los cubanos también la realiza el mundo occidental.
P. ¿Qué quiere decir?
R. Los visitantes, no digo todos, pero sí muchos, acaban pensando que lo que ocurre allá es algo que no podría ser de otra manera. El sistema político y todas sus consecuencias, me refiero. Y eso puede tener algo de interesante, incluso atractivo para los occidentales que están insatisfechos con sus sociedades, pero solo porque no viven allí día a día. Si lo hicieran, se darían cuenta de que los cubanos no merecemos vivir de esa forma, por más que satisfaga la curiosidad de tantos turistas.
P. ¿Le parece que Occidente no juzga Cuba con los mismos cánones que a sí mismo?
R. Cuba ha sufrido un proceso de orientalización motivado por las condiciones en las que ha vivido los últimos 60 años. Al principio era para muchos un futuro, una utopía, pero después ha pasado a ser un modelo de sociedad alternativa. Ciertamente son imágenes trágicas ambas, no sé cuál de las dos es peor. Creo que con la primera es más fácil engañarse; la segunda es ya un poco más cínica, aunque de esta última no puedo hablar tanto porque me la perdí. La época en la que Cuba comenzó a ser percibida como un paraíso alternativo coincidió con el momento en el que yo salí del país. Ahora, desde la distancia, creo que Cuba sigue siendo ambas cosas: es el retrato del Che, pero en una extraña mezcla con el Chevrolet 53 de los tiempos de [el dictador Fulgencio] Batista.
P. El monólogo final de uno de los personajes es a evitar por todos los medios el silencio. ¿Qué sentido tiene esa llamada en la Cuba de 2019?
R. Cuba es uno de los mayores yacimientos de silencio del planeta. Pero es un silencio muy locuaz, que está acallado. Pongo un ejemplo. No hace mucho leí un artículo en un periódico importante que presentaba Cuba como un paraíso para los homosexuales, cuando el Gobierno tiene una trayectoria de homofobia de Estado más que demostrada, pero bastó que la hija de Raúl Castro se convirtiera en defensora de los derechos de estas personas para anular esa imagen. Por desgracia hay multitud de formas por las que se silencia lo que ocurre allí. En parte esto se explica porque Cuba interesa más como modelo que como realidad. Suelo decir que, más que un país, Cuba es una idea. Estoy de acuerdo con eso que dice [el filósofo Slavoj] Zizek de que los cubanos llevamos décadas condenados a ser siempre el sueño de los otros. Algo que tiene que ver con otra idea que comparto, de [el novelista] Reinaldo Arenas, que decía que los cubanos venimos del futuro. Venir de allí tiene sus desventajas: una de ellas es que no mejora nuestra capacidad de imaginarnos que lo que vendrá será mejor.