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Wednesday, May 8, 2024

Yesenia Selier o el saber en movimiento*

 

Fotografías de Geandy Pavón

Con nombre como de anagrama de río ruso Yesenia Selier es lo más cerca que he conocido de un perpetuum mobile, la máquina imposible con la que los físicos todavía sueñan. Bailarina, educadora, investigadora, promotora cultural, perpetua era la agitación de Yesenia, perpetua su alegría, sus creaciones alimentadas por una fuente de energía que parecía inagotable. De ahí que nos resultara a los que la conocíamos tan inexplicable que pusiese fin a su vida el pasado 22 de octubre con solo 48 años de edad. Con el egoísmo de los vivos, de los sobrevivientes, no dejaremos de echarle en cara que aquella noche de domingo decidiera privarnos de la infinita vitalidad que irradiaba.
Negra, cubana, intelectual, madre de trillizos, artista, bruja, era la tarjeta de presentación de una vida desbordada que la propia Yesenia no sabía cómo acotar. Había nacido en La Habana el 12 de abril de 1975 para luego pasar parte de su infancia en el pueblo de San Diego de Núñez, la patria diminuta del gran novelista cubano del siglo XIX Cirilo Villaverde. Esa experiencia infantil en un rincón de Pinar del Río la puso en contacto íntimo con la naturaleza, una naturaleza con la que sus ancestros desde siempre habían mantenido diálogo extenso y nutritivo. En ese sentido la fortuna de Yesenia fue doble: por lo que le venía de nacimiento y porque de regreso a La Habana pasó a vivir en El Vedado, justo enfrente de la casa de cultura municipal donde además de ser cuna de un famoso festival de jazz anual, el Jazz Plaza, era la sede de un proyecto de enseñanza de bailes afrocubanos. Allí Yesenia siendo niña tomó clases de baile y de teatro llegando a participar en presentaciones infantiles junto al reputado Conjunto Folklórico Nacional de Rogelio Martínez Furé.

Yesenia, mujer tan de espíritu como de cuerpo, terminó graduándose de Psicología en la Universidad de La Habana pero ningún pergamino con letras góticas bastó para retenerla como examinadora de angustias ajenas. Partícipe ubicua del movimiento cultural afrocubano que se empezó a gestar en la década de los noventa Yesenia ayudó a darle forma y consistencia con reflexiones que fue madurando en aquellos años: la primera ponencia que incluye su currículum lleva un título revelador: “Identidad y subjetividad: los negros cubanos”. Y premonitorio, porque las preocupaciones anunciadas en esa ponencia inicial no la abandonarían el resto de su vida. Luego escribiría que en Cuba “lo negro continúa siendo mayormente pensado por intelectuales blancos; reinventado por los poderes y saberes en cuanto aspecto sea posible imaginar” y nunca renunció a contrariar aquella visión ajena y condescendiente.



Al graduarse en 2000 Yesenia ya era una experimentada promotora y estudiosa del rap nacional, género que llevaba tres lustros de tortuosa pero prometedora existencia en la isla. Unos meses después de recibir su diploma de licenciada en sicología Yesenia se graduaba a su vez de madre de trillizos. Pero lo que dominaría la vida profesional de Yesenia fue su pasión por el baile. El baile, con sus exigencias físicas pero también intelectuales se ofrecía como campo propicio para un ser tan expansivo como ella. Junto con la música que lo incita, el baile es religión oficial entre cubanos. Falso que todos bailen en la isla: en Cuba se baila bien o no se baila. Allá, los parias incapaces de mover los pies con cierta sincronización, se apartan del centro de la fiesta para, desde su destierro en las orillas, burlarse de los pocos infelices que se atreven a exhibir su torpeza danzaria, casi siempre extranjeros. El bailador en Cuba es cosa silvestre, sin escuelas ni academias. Allá, o se nace para bailador, o algún condiscípulo compadecido dedica los ocios escolares a remediar la falta de talento que la naturaleza no te dio. En Cuba hay muchas más academias de bailes regionales españoles o de ballet que de ritmos cubanos. Como si se asumiera que los ritmos locales te vienen desde la cuna o no te quedará otro remedio que envidiar a los afortunados desde los rincones de la fiesta. De ahí la tremenda suerte que Yesenia desde niña encontrara buenos maestros que guiaran sus pasos.

Cuando Yesenia se profesionalizó como bailarina decidió llevar al plano del baile las costumbres analíticas adquiridas en las clases universitarias. Y cuando más adelante ingresó a un doctorado en la New York University su tema de investigación inicial fue precisamente la profesionalización de las danzas afrocubanas en la figura de las rumberas que inundaron las pantallas de la época de oro del cine mexicano. En un país donde el baile popular es religión resulta paradójico que apenas existan estudios comprehensivos sobre sus diferentes manifestaciones: a la incapacidad para valorar algo que parece parte de la naturaleza misma del pueblo se suma el típico desdén intelectual ante la cultura popular: “la centralidad de la noción de ‘alta cultura’, denotada por los cánones artísticos occidentales en nuestra apreciación del arte” se quejaba Yesenia, impedía a muchos intelectuales locales acercarse a esos fenómenos culturales con el respeto que merecían. Ella misma, ajena a cualquier prejuicio, era una de las llamadas a llenar ese vacío.


Su inmersión en las religiones afrocubanas le permitió a Yesenia reunir conocimiento de primera mano sobre la importancia esencial de estas en la coreografía de las danzas populares y su significado y sentido. El baile de Yesenia era saber en movimiento. Por eso cuando en 2014 Wynton Marsalis y Chucho Valdés preparaban el estreno mundial de la obra “Ochas” en el prestigioso Jazz at Lincoln Center la elegida para bailar la danza dedicada a Yemayá fue Yesenia, cometido que encarnó con una precisión y una gracia únicas. Al año siguiente la conocida artista visual Teresita Fernández al crear su instalación Fata Morgana en Madison Square Park también invitó a Yesenia junto a un grupo de bailarines a su cargo. Esta vez se trataba de interpretar a los principales orishas de la religión yoruba de los que la bailarina se reservó el papel de Oshún. A la orisha de la fertilidad y feminidad Yesenia supo sumarle, además de la proverbial sensualidad de la diosa, una destilada elegancia. Esa comprensión del profundo sentido ritual de las danzas africanas trasplantadas a América no siempre fue imitada por sus colegas, anticoloniales en teoría pero colonizados (o colonizadores) en la práctica. Así le ocurrió en el 2022 en el Smithsonian National Museum of African Art institución donde Yesenia había sido designada directora de Religiones Afro-Globales. Allí la directora del museo, empeñada en mostrar su visión de “qué es un museo de arte africano en el siglo XXI”, no supo encontrarle acomodo a todo el saber que Yesenia —quien siempre supo conciliar modernidad y tradición— le ofrecía.

Yesenia emigró a Estados Unidos en 2004 y no mucho después se casó con el intelectual cubano-americano Ariel Fernández. Su proceso de adaptación a una nueva realidad debió haber sido difícil, pero cuando la conocí, poco después, parecía que llevaba toda una vida acá y yo era el recién llegado: ya para entonces Yesenia tenía revolucionado el condado de Hudson con sus clases de danzas afrocubanas y de salsa para niños y jóvenes. Con el carisma y el ímpetu que nunca la abandonaron se hacía cómplice indispensable de todo el que la conociera. Escuchar su lista de proyectos daba vértigo. Y todavía más si comprendías que Yesenia no era de los arquitectos a tiempo completo de castillos en el aire. Si múltiples eran sus intereses y su ambición su capacidad de llevarlos a cabo no era menor. Desde fundar compañías de baile y crear coreografías hasta escribir y montar obras de teatro, desde realizar producir documentales a protagonizar videos musicales con la asistencia de sus talentosos hijos. Yesenia parecía una inagotable fuente de energía, de conocimiento, de vida, de movimiento. De todo eso nos alimentábamos dándolo por sentado, como si Yesenia compartiera la fuerza silvestre de sus bailes o los poderes sobrenaturales de las orishas que encarnaba.

La inmigrante, madre de trillizos, obtendría un master en el Center of Latin American and Caribbean Studies de NYU y a continuación entró en su programa de doctorado de la misma universidad. Pero el exigente régimen de estudios no consiguió apartarla ni de sus ocupaciones como madre, otra vez soltera, ni de las abundantes proyectos u obligaciones que se imponía. La última década fue la más prolífica de su intensa carrera. Años en que recibía una beca tras otra y difundía su visión sobre la danza afrocubana en lugares tan distantes entre sí como México, Grecia y Brasil. Y nada de lo anterior la hacía siquiera atenuar su activismo o su intensa vida social. Magnífica anfitriona, en su apartamento lo mismo se podía asistir a una descarga del cantautor Roberto Poveda, que ser testigo del virtuosismo del célebre instrumentista Pancho Terry que alternar con estrellas como el percusionista Pedrito Martínez o el actor Mat Dillon con quien Yesenia colaboró en un documental sobre Fellove, legendario músico cubano. Yesenia era el punto donde se tocaban mundos supuestamente afines pero ajenos en la práctica como el activismo feminista y el afrolatino, el cine independiente, la música y el baile caribeños, la literatura, las artes plásticas, la academia y la vida cotidiana del barrio. Porque una de las cosas que Yesenia ejercía con más persistencia era la creación de comunidades donde cabía todo el que las necesitara.


El último intercambio que tuvimos fue apenas un mes antes de su muerte. Me envió un viejo artículo para que fuera republicado en el sitio de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio a la que también Yesenia pertenecía. “La habitación propia de la negra cubana” se titulaba y ya había aparecido en una antología de pensadoras afrocubanas en 2011. Como Virginia Woolf, Yesenia reclamaba un espacio para pensar, un espacio tanto concreto como conceptual que necesitaba como pensadora negra para autorrepresentarse y crear, en una sociedad, un mundo, que tiene la necesidad constante “de contener lo negro”, de recluirlo en casillas o categorías más fáciles de manipular, necesidad que “se extiende como curiosa tendencia a lo largo de nuestra historia: en una cárcel, en la noción de lo ‘folklórico’ o en una agencia de rap”.

Al final de su vida el tema de su tesis de grado había evolucionado hasta convertirse en una indagación obsesiva sobre la construcción y representación de imágenes raciales del Caribe español. También trabajaba en otro ambicioso proyecto titulado “Desnudando el mito de la mulata”. No queda claro si este era parte de su tesis de doctorado, pero la meticulosidad con que se desgranan sus diferentes aspectos en el índice basta para imaginarlo como libro independiente, exhaustivo y al mismo tiempo polémico destinado a combatir las representaciones que retratan “blackness as an inert matter, awaiting the transformative touch of the West”.

La última vez que vi a Yesenia nos invitó a los presentes a participar en la siembra ritual de una ceiba, iroko en la tradición yoruba, en una maceta en su apartamento. “Iroko” era justo el título de uno de sus últimos proyectos: un documental que contaba la historia de su propia familia, la que se había encargado durante generaciones de la custodia secreta de la Ceiba de los Lukumíes, sembrada en tiempos de la esclavitud sobre reliquias yorubas. Según la descripción del proyecto, el documental incluía la peregrinación anual a la ceiba realizada esta vez el 31 de mayo del 2022, la misma fecha —insiste la descripción del proyecto— en que fueron procesados por el gobierno cubano los artistas afrocubanos Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Castillo, miembros del Movimiento San Isidro. “In their honor, Exu [o Eshú en la mitología Yoruba] offers to the Ceiba a Cuban flag as a prayer for Cuba and the life of the artists, who were finally sentenced to 5 and 9 years in prison”. En su descripción del documental, actualmente en post-producción bajo el cuidado de la productora Natalie Romero, Yesenia anticipa el ánimo de guerrero que alentaba una de sus últimas piezas, ese ánimo con que afrontaba todo en la vida: su condición de negra, de intelectual, de artista, de defensora de la igualdad y la libertad del ser humano.

Su brutal salida de este mundo, lanzándose desde el balcón de su apartamento, no solo interrumpe uno de los momentos más creativos de la carrera de Yesenia Selier. También elimina toda distracción y nos hace ver lo desesperada que debió ser su lucha contra la incomprensión ajena y los demonios propios. Yesenia Selier nos deja en cambio su energía ejemplar y esos claros en la selva de lo real que desbrozó con sus pies desnudos y que permanecen allí, como invitándonos a avanzar siempre más allá de lo que nos permiten nuestras pobres convenciones.

Nota: Agradezco a la mamá de Yesenia, Mercedes Crespo, a su hijo Malcolm Selier y a sus amigas Penélope Hernández y Natalie Romero su ayuda en la reunión de datos incluidos en este artículo.

*Tomado de la revista Esferas, del Departamento de Español y Portugués de NYU

Thursday, October 26, 2023

Yesenia Selier: notas sobre el vacío

 


Por Enrique Del Risco

Ha muerto Yesenia Selier, bailarina, coreógrafa, performer, investigadora, educadora, promotora cultural, activista por la igualdad racial y orgullosa madre soltera de trillizos. La lista de títulos podría ser mucho más extensa pero dejar de mencionar tan solo uno de los anteriores sería disminuir demasiado a alguien a quien la ahora corta vida que vivió desde siempre le quedó pequeña, estrecha a sus ambiciones múltiples y abrumadoras.

Yesenia, nacida en La Habana pero con hondas raíces en San Diego de Núñez, Pinar del Río, (la patria chica del novelista Cirilo Villaverde como no cesaba de recordarme) se graduó de psicología en la Universidad de la Habana para luego hacer un máster de Estudios Latinoamericanos en la New York University. Esa era la misma institución con la que pensaba graduarse de doctorado una vez que le pusiera punto final a la tesis sobre danza que pensaba defender el próximo año. Porque todo lo que había hecho hasta ahora —desde promotora de hip hop hasta profesora de danzas afrocubanas, desde realizadora de audiovisuales hasta colaboradora de artistas visuales estrellas musicales y cinematográficas como Wynton Marsalis, Chucho Valdés, Pedrito Martínez, Teresita Fernández, Coco Fusco, April Yvette Thompson o Matt Dillon— no era nada en comparación con lo que planificaba hacer en los próximos días, meses, años. Con todo y su abultado currículum cabía sospechar que lo mejor siempre estaba por venir.

“Pitia”, “maga”, “sacerdotisa” preferiría llamarse antes que cualquier clasificación ortopédica con la que los resumés reducen a quien desborda sus cuadrículas. Yesenia, ser tan actuante como inteligente, era capaz de explicar la naturaleza y el sentido de una danza con la misma precisión con que la ejecutaba. Verla inundar el escenario del Rose Hall con su interpretación de Yemayá que era a la vez orisha y oleaje marino suponía un privilegio y a la vez el redescubrimiento que el mundo se nos resiste a ser descuartizado en magia y razón. Maga era también Yesenia cuando convertía a un puñado de gringos pálidos, tan bienintencionados como cortos de talento rítmico, en solvente conjunto rumbero.

Cuando dije en su presencia que los cubanos en el exterior solíamos sobreactuar nuestra cubanía Yesenia se lo tomó como algo personal. La entiendo: lo que en otros sería sobreactuación en ella era naturaleza manifestándose. Nada tenía de complaciente o turístico su interpretación de lo afrocubano. Su performance sobre José Antonio Aponte, pionero de la rebeldía afrocubana fue justo lo contrario al exotismo complaciente. Había que ver las caras de terror mal contenido de los académicos espectadores cuando Yesenia, ataviada de Yemayá, destrozó una muñeca plástica lanzando griticos agudos, escalofriantes: más que de Aponte el público parecía sentirse cerca de los hacendados que celebraron su ejecución. Con un gesto similar Yesenia no acudía a los subterfugios de la meticulosa clasificación racial cubana para identificarse: negra se llamaba a sí misma para dejar claro que, aunque fuera mulata y bailara rumba, para nada quería congraciarse con el exotismo cómodo de la mulata rumbera.  

No puedo calcular hasta qué punto Yesenia sufrió el racismo o la misoginia en su tierra o en ésta pero sospecho que, aparte del desprecio grosero y asustado ante el fenómeno que era ella, su fina sensibilidad debió resentir el sofisticado racismo de salón de la academia norteamericana. Me permiten calcularlo los obstáculos que encontró como directora de Religiones Afro-Globales en el Smithsonian National Museum of African Art. O que, en medio de su actuación en el Rose Hall, al explicarle a alguien que además de bailar cursaba un doctorado comentara: “Ah, una mulata intelectual”. Como si ante el tremendo reto mental que representaba Yesenia para mi interlocutor su cerebro solo pudiera proporcionarle clasificaciones salidas del teatro bufo.

El respeto que merecía Yesenia por sus investigaciones, su reconstrucción y difusión de las danzas afrocubanas, su activismo, me llevó a proponer su candidatura como miembro de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, propuesta que fue aceptada de inmediato. Recuerdo el discurso que dio en al Asociación de Ex-Presos Políticos de Union City aceptando su inducción a la AHCE sobre la presencia afrocubana en la historia del país como uno de esos momentos que enaltecen y dan sentido a una institución que se precia de rescatar el pasado de la nación. Los múltiples compromisos de Yesenia académicos y artísticos hizo que su colaboración con la AHCE fuera menos abundante de lo que hubiera deseado. No obstante, y tras mucha insistencia, el mes pasado conseguí publicarle su magnífico ensayo “La habitación propia de la negra cubana”.

Sin embargo, de los sucesivos avatares de Yesenia creo que ninguno la define mejor que el de amiga. Esa continua exigencia entre iguales que es toda amistad verdadera Yesenia se la ofrecía y demandaba lo mismo a una estrella de cine que a su familia. Nos conocimos por más de tres lustros, fue maestra de mis hijos de todas las maneras posibles, vivíamos a quinientos metros de distancia, compartimos montones de alegrías y unas cuantas angustias, sus hijos crecieron junto a los míos, pero aun así nuestra complicidad con el mundo de Yesenia no tenía nada de especial: todos sus amigos, (que constituíamos legiones porque era imposible sustraerse al encanto de su entrega) éramos especiales. Especiales al punto que, pasadas las presentaciones en la sala de su casa, parecíamos un cónclave de los mayores genios que ha dado la humanidad, inflados por la inagotable generosidad de nuestra anfitriona.

Imposible no llegar a las lágrimas al pensar que esa sonrisa franca de trompeta de carnaval no estará esperándonos tras la puerta de su apartamento oloroso a puerco y pollo al horno. Junto al dominó de su madre y el cariño tímido de sus hijos ya hombres. Tan imposible como asomarnos al balcón desde donde contemplábamos el majestuoso paisaje de Manhattan entretenidos en despellejar el universo y no pensar que fue el último sitio que pisó, el último paisaje que retuvo antes de saltar al vacío. Desde donde escapó de sus bien disimuladas angustias quien tanto nos dio hasta decidir que ya era suficiente.

Empecé escribiendo “ha muerto Yesenia Selier”. “Fallecer” me parece un eufemismo cuando la muerte se te estrella contra la cara con su violencia congénita. En el caso de Yesenia “fallecer” solo tiene sentido si se recuerda su sentido original de “faltar”. Al margen de la imposible digestión de su muerte lo más definitivo que nos deja Yesenia Selier es el vastísimo vacío que intentamos ir rellenando con el recuerdo de su deslumbrante paso por nuestras vidas, ahora mucho más pobres; con la reunión de su obra ahora dispersa; con la tremenda mentira de que así no se irá del todo, cuando lo único cierto es que alguna vez una sola persona (mujer y negra, recalcaría ella) fue capaz de rellenar todo eso. Y no le pareció suficiente.

 

 

Tuesday, October 24, 2023

Yesenia Selier Crespo (1975-2023)


 

La artista e investigadora Yesenia Selier Crespo, miembro de la AHCE desde marzo de 2017, murió el pasado domingo 22 de octubre. Su muerte repentina ha dejado a esta Academia sin uno de sus miembros más jóvenes y prometedores y al resto de sus académicos aturdidos por un dolor inexpresable. Llegue a su madre, Mercedes Crespo y a sus hijos Leandro, Malcolm y Salvador nuestro adolorido pésame. 

A continuación reproducimos la informada nota publicada por Diario de Cuba:

La investigadora, bailarina y actriz cubana Yesenia Selier Crespo falleció este domingo en West New York, NJ, EEUU, a los 48 años. Uno de sus hijos lo informó en el perfil de Facebook de la artista, sin dar a conocer la causa de su muerte.

"Hola, es Malcolm Selier, uno de los tres hijos de Yesenia. Desafortunadamente, mi madre falleció ayer. Será recordada como una persona de gran pasión, una artista, una pensadora, una madre, una hija y una amiga. Descansa en paz mamá", escribió este lunes.

Nacida en Cuba en abril de 1975, Selier migró a EEUU en 2004, allí fue estudiante del programa doctoral Media, Cultura y Comunicación en la Universidad de Nueva York.Trabajó como actriz y bailarina con artistas como Teresita Fernández, Coco Fusco, April Yvette Thompson, Ivan Acosta, Septeto Nacional de Cuba, Jane Bunnett, Melvis Santa, Venissa Santi, Wynton Marsalis, Chucho Valdés,  Pedrito Martínez y Roman Díaz.

Yesenia Fernández Selier es Máster en Artes y Estudios Latinoamericanos y Caribeños por la Universidad de Nueva York (NYU) y se desempeñó como manager en Religiones Afro-Globales en el Smithsonian National Museum of African Art.  

En Cuba, Selier había trabajado como investigadora cultural en el Instituto Juan Marinello, en La Habana. Es además la creadora de espectáculos que ponen el foco en la historia y la identidad afrocubana como Women Orishas, Miami (2013), Cuba en Clave, Nueva York (2014) y Día de Reyes, una performance-procesión que propone al público interactuar con la escultura Fata Morgana, de la artista Teresita Fernández en Madison Square Park, en Julio del 2015.

Otras de sus obras son la performance Oshun-Inform, realizada en el Washington Square Park (2016), Love Vibration, en el Queens Museum (2017), Nigra Suns, en el Kennedy Center for the Performing Arts (2018) y Cachita, APAP (2019).

Durante su carrera recibió varias becas y reconocimientos de CLACSO, CUNY, la organización Save Latin America y la Colección de la Herencia Cubana en la Universidad de Miami. También es autora de artículos de referencia sobre música, cultura hip hop, raza e identidad afrocubana publicados en Brasil, Cuba y EEUU.

La artista fue fundadora de la iniciativa The Path of the Sibyls: The Past & Present of Feminine Power, donde hace confluir las espiritualidades griega y afrocubana.

Allegados y familiares de la artista han publicado condolencias en redes sociales. Su hermana, Yuniet Selier, escribió: "Hoy la vida me acaba de arrancar un pedazo de mi corazón, uno de mis más grandes complementos, mi alma gemela, mi única y gran hermana, única como nadie en este mundo. Ejemplo de mujer guerrillera incansable, grandeza de alma y espíritu, buena hija y maravillosa madre. My sister Yesenia Selier Crespo. Mujer llena de vida, amor, alegrías, proyectos encaminados hacia un futuro mejor. Sol que irradiaba con su luz el universo infinito en la vida de todo el que la conoció. No tengo palabras para expresar el dolor tan profundo que siento en mi corazón que me ha dejado tú partida, sin despedirte de mí, sin un abrazo, sin un beso".

Natalie Romero, amiga de la artista y académica cubana, ha abierto una recogida de fondos en la plataforma Gofundme "para honrar la memoria" de Selier. "Ella dejó huellas en muchas que tuvimos la fortuna de tenerla en nuestras vidas. Una fuerza inspiradora, madre, hija y amiga dedicada, artista, genia y visionaria. No hay suficientes palabras para manifestar el dolor de tu ausencia. Este fondo fue creado por sus amigas cercanas para apoyar a la familia con los gastos funerarios", escribió Romero.

"Yemayá": baila Yesenia Selier



Wednesday, September 6, 2023

La habitacion propia de la negra cubana*

Por Yesenia Selier


A Inés María Martiatu, intelectual afrocubana que se plantó y me dijo, “Afrocubanas no sale para la imprenta hasta que no me mandes tu ensayo. Este libro no estará completo sin tu voz.”



La vilipendiada identidad afrocubana, escarmentada sangrientamente en La masacre del Doce, La masacre de la Escalera y la Conspiración de Aponte, se ha hecho a la luz, acompasándose también a las tendencias globales de la Diáspora Africana. Ella, aún tierna criatura busca horizontes y espejos en que mirarse. Para los que la pensamos ha habido un marco de referencia en el Movimiento de los Derechos Civiles, la figura y el movimiento de Malcom X y Black is Beautiful.

Aunque el postmodernismo ha colocado en el centro la otredad, implosionando el esencialismo de siglos enteros de pensamiento humano; lo negro continua siendo mayormente pensado por intelectuales blancos; reinventado por los poderes y saberes en cuanto aspecto sea posible imaginar. En esta dinámica no solo se expresan realidades coloniales, post-coloniales?, sino también una falta real, numérica, de producción intelectual desde la negritud.

Virginia Wolf hace casi un siglo, en el ensayo “Una habitación propia” (2005) reflexiona sobre las condiciones necesarias para que una mujer pueda escribir novelas de ficción. “500 libras al año y una habitación propia, donde pueda escribir sin interrupciones”. Y me pregunto si detrás del análisis subsecuente que pudiera derivarse, salvando las inmensas distancias, geográficas, históricas y temporales, pudiéramos encontrar acá, alguno de los dilemas de nuestra ausencia discursiva, puesto que el icónico ensayo, ilustra excelentemente los dilemas del sujeto subalterno para articular su experiencia, recrear, crear. La Woolf ratifica la necesidad de ser sujeto de sí misma, como premisa fundamental del creador, mujer en este caso, con una denuncia explícita de la constricción mental que para la mujer supone la sociedad patriarcal

El patriarcado, tábula rasa contra la cual se han rebelado las feministas de todas las épocas, ha sido un paisaje, remoto o , cuanto menos, inconstante, para las mujeres negras. Según bell hooks, las construcciones simbólicas sobre las mujeres negras, fueron creadas para enfatizar su condición de cuerpo sacrificable (hooks, 1992). Pensemos en Cecilia Valdés, María la O, “La mulata” del teatro bufo, modelos todas, más allá de sus cualidades, de mujeres disponibles, o de moralidad caída (Martiatu, 2008), pero por sobre todo, sacrificables. Una mujer negra, y ahí hablan más las estadísticas que los esterotipos, se encontrará en cualquier época, más probablemente, en el fondo del continuo de la pobreza, menos educada y con más hijos y carecerá, también, más probablemente, de proveedores masculinos, económicos y/ o afectivos. Así también, una mujer negra, en cualquier época ha sido más fácilmente usada y abandonada sexualmente; diana fácil de la violencia verbal y física y degradada de sus atributos femeninos; del marco de la fragilidad y del de la belleza, despertando, en fin, menos simpatías por sus penas,

La alienación del negro y de lo negro, y muy especialmente de la negra, es una constante en el vaivén de lo histórico y lo cotidiano; y en él se imponen nociones fundamentales, fundacionales si se quiere, convenientemente distanciadas de los umbrales de la ética: nuestras valoraciones sobre el arte y nuestras valoraciones estéticas. En las primeras, en las que no ahondaré por falta de “una habitación propia”. Apenas nótese la centralidad de la noción de “alta cultura”, denotada por los cánones artísticos occidentales en nuestra apreciación del arte. Es interesante que el contestado término afrocubano, es aceptado por los académicos cubanos por más de cincuenta años para clasificar la música de ascendencia africana. La definición orticiana, crea una válvula de escape para digerir la ruidosa y temible omnipresencia del tambor y la clave en lo cubano. Tenemos un cuarto aparte no solo para lo que los sacos de ébano, pertinazmente recrearon de África, sino también creaciones autóctonas como la rumba y la conga, y hasta el mismo son y sus subgéneros; imposibles sin la alternancia de sus creadores en el “alto” y “bajo” mundo. La necesidad de contener lo negro, se extiende como curiosa tendencia a lo largo de nuestra historia: en una cárcel, en la noción de lo “folklórico” o en una agencia de rap. En esa contención se expresa la tensión omnipresente de la cubanidad, ¿qué hacemos con el negro?

A la negra, eterna doméstica en el imaginario popular le toca el incontestable terreno de la estética. Pasa, bemba, ñata, “negra bonita”, “tremenda blanca se perdió” ...juicios de valor empotrados al sentido común cubano, es el telón de fondo, uno de ellos, sobre el cual se constituyen nuestras identidades. La concomitancia de la condición femenina con lo bello, y la centralidad de la apariencia, es otro. Aunque se ha abundado el tema de la estética negra en diferentes documentos culturales, líricas de rap, poesía y algún que otro escrito en Cuba, después de la década del noventa, este continúa siendo el punto álgido, irresuelto, para la mayorÍa de las mujeres negras de la Diáspora y el que más nos afecta en la vida cotidiana.

Más allá del charco, otro telón lo constituye el carácter agresivo, sutil colonizador de la subjetividad, del estado postmoderno globalizado. En el contexto del neoliberalismo se exageran el lugar y el valor de la opción personal, con un rechazo a la acción colectiva y un enfoque mayor en el éxito propio. Son los ecos del neo-conservadurismo, uno bien despierto, revitalizado con Viagra y sangre nueva, listo a enterrar cada conquista social de los años sesenta, presto a certificar la defunción del feminismo y la instauración de su impostor, el postfeminismo.

La autora del artículo durante un performance en Washington Square

  El infame postfeminismo enmarca, al menos, una serie de actitudes de las mujeres contemporáneas. Rechazo al feminismo en sí, como doctrina estigmatizante y androgénica, que aunque gestó nuevos grados de libertad para la mujer, no consiguió su felicidad, y una noción extendida de que la equidad está garantizada legalmente en las sociedades contemporáneas. Así se orquesta un retorno a la geografía corporal y a las presiones normativas sobre el cuerpo: disminuido de tallas, mejorado con cirugías, corregido con inyecciones; en una estandarización extrema de lo bello y de lo sexy. Flaca, retocada, esquilada como una oveja, una mujer postmoderna se prescribe: exitosa profesionalmente, una dulce esposa, pero no espantar las ganas del esposo y una madre abnegada, empoderada solo por el consumo. “Sex and the City”, es el súmmum de la conciencia femenina ideal, en el contexto postfeminista.

En un contexto donde el poder se iguala a la capacidad para el consumo, la tábula rasa de las afrodescendientes dista abismalmente de las mujeres blancas. En Estados Unidos, investigaciones muestran que mientras el patrimonio neto promedio (entendido como la diferencia entre los valores acumulativos y la deuda) de una mujer blanca soltera entre los 36-49 años es cuarenta y cinco mil dólares el de una mujer negra soltera en el mismo rango de edades ¡es de solo cinco dólares! En el país del cual ha trascendido una discusión intelectual por más de 200 años sobre los derechos de los negros y un exitoso movimiento por los derechos civiles en los 60 se contempla en la actualidad una involución de los valores conquistados hace 50 años.

En el cuerpo de las mujeres negras estadounidenses, ha muerto el pelo malo, y se impuesto el pelo muerto. Los fabulosos “tachos” y los míticos “productos” que han aguado la boca de las negras cubanas por decadas, admirando los productos del “brutal”, consisten en casi 90%, implantes de pelo natural. La clientela del implante fue expandiéndose silenciosamente, en principio solo para iniciadas que “entraban por la puerta de atrás para que nadie se enterara”, alcanzando en la actualidad niveles prácticamente normativos.

La estigmatización de cada rasgo de la fisionomía negra, fue una de las obsesiones de la modernidad. Más que grito de moda, el “vicio” del implante, reempaqueta la noción del pelo bueno y es el centro de la exploración del documental de Chris Rock, “Good Hair (2009). Mujeres de distintas edades, clases y niveles educativos confiesan a la cámara, sin el menor conflicto que “el pelo lacio, relajado, ayuda a que los blancos se relajen y uno luce más compuesto”. “Hacerse el pelo” es parte de lo que es ser una mujer negra, nos dice la actriz Nia Long, “un hombre negro debe acogerlo, aceptarlo”. Debemos según esta afirmación, hacernos el pelo, porque no tenemos uno; un hombre negro debe aceptar el absurdo gasto de que una mujer sea completada en su opresión. “Hemos venido a peinar la opresión y explotación cada mañana. Te la pegas o la superpones cada día. ¿Cómo vas a pensar claramente cuando sufres explotación todo el tiempo? Hay necesidad de un movimiento básico para recapturar el hecho de que no controlamos algo tan cerca de nosotros como el pelo en nuestra cabeza” , dice el reverendo Al Sharpton, sobre el desriz que ha usado por más de 20 anos.

Los hombres afroamericanos, con las dificultades estructurales e históricas para su integración a la sociedad americana, y la definitiva tendencia endogámica, son los conejillos de indias de este vicio. “El vicio del implante es una inversión más costosa que la educación de los hijos”, comenta Sharpton. Andre Harrell, empresario musical, agrega que “El precio de mantener una mujer es como el precio de mercado de bienes raíces en Nueva York, va por el cielo. El precio de una visita a la peluquera te puede dejar en bancarrota”. Por si esto fuera poco el implante impone bizarros límites a las relaciones personales e íntimas de las parejas. En cuanto a las opciones recreativas: ni playas, ni piscinas, el pánico a la lluvia y el traumático, “Do not touch” en la cama. “Si estás con una chica con implante”, concéntrate en sus senos, aconseja Harrel, jocosa y dolorosamente a un tiempo.

El documental incluye voces menos adormiladas por las presiones del capitalismo tardío, que impone y rinde a muchas mujeres a esta aberración íntima, estética y económica. Sheila Bridges, diseñadora interior, una mujer negra con alopecia, abraza en lo más hondo su condición y su diferencia afirma que las mujeres negras “usamos el pelo como si fuera una divisa (...) y nuestra autoestima esta atada a él. En la actualidad los standares son completamente irreales e inalcanzables para una mujer negra.”

Más allá de una villanía preconcebida, según Derrida (1997) la noción de humanidad es definida ante todo como hermandad, es un concepto en fundamentalmente falocéntrico. La hegemonía es además, invisiblemente blanca. Mujeres, blancas y negras en cada lugar del globo, hemos avanzado increíblemente en términos de nuestra educación, participación económica y social, con derechos ganados de jure y de facto, pero hay mucho camino por recorrer aun en términos de una equidad y respeto consistentes, en nuestra vida diaria.

Este escrito no pretende impugnar a mis hermanas desrizadas, pero como parte de asumir su diversidad y complejidad, la subjetividad negra, me ha parecido indispensable, abordar críticamente algunas de nuestras realidades. Nuestras opciones, aún las más personales, tienen consecuencias políticas, más allá de los cantos de sirena. La negra y el negro, desrizados o no, blanqueados o no, no adulteran las consecuencias sociales de la tecnología clasificatoria del racismo. Pero, como afirma una de las entrevistadas por Rock en “Good Hair”, “dejar el pelo en la textura en que sale de mi cabeza, es visto como un acto revolucionario y hay que tener convicción para llevarlo”.

Las negras cubanas, en la periferia del consumismo, desde el lugar en que se encuentre en el continuo del tejido social y educacional, libran sus batallas diarias también frente al espejo. Mientras cantamos “ La Bayamesa” y honramos el escudo nacional con la imagen de “La Cubana”, trigueña hermosa de cabellos largos, lacios, bajo el gorro frigio, carecemos de una habitación propia. El diez por ciento de la población de la ardiente Habana donde se concentra la quinta parte de la población insular, vive aún en grimosos solares y de ellos la mayoría son negros y negras. Invito entonces a que nos atrevamos todas, a tomar una habitación para nosotras, a recrearla cada mañana ante el espejo, a documentar en cualquier modo posible nuestra experiencia y a pelear, cuesta arriba como el salmón, los criterios negadores y opresivos de nuestra auténtica belleza.

 

Bibliografía:

 

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Derrida, Jacques: “The Politics of Friendship”.  Verso Books.  1997

 

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____''Selling Hot Pussy:Representations of Black female Sexuality in the Cultural Marketplace."

 ____“Madonna: Plantation Mistress or Soul Sister?”

          “Understanding Patriarchy” En “The Will to Change: Men, Masculinity and Love". Atria Books,   2004.

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West, Cornell. Race Matters . New York:Vintage, 1994.

Woolf, Virginia, “Una habitación propia.” Seix Barral, Barcelona, 2005



*Publicado en Afrocubanas: historia, pensamiento y prácticas culturales. Edit. Daisy Rubiera Castillo, Inés María Martiatu. Editorial de Ciencias Sociales, 2011.

 

 

 

 

 

Saturday, June 18, 2022

Yesenia Selier: "Entender lo cubano en movimiento"*


[Una entrevista a la miembro de la AHCE Yesenia Selier]

Por Maikel Pons Giralt

Según se describe en su blog personal Yesenia Selier es una artista e investigadora nacida en Cuba. Durante más de 25 años ha estado estudiando, enseñando y realizando danza afrocubana, desde un estilo de enseñanza cálido y dinámico, dirigiendo talleres en los Estados Unidos, Europa y América Latina. Como intérprete de géneros tradicionales, su presencia en el escenario es emocionante, ferozmente hermosa; transmite una autenticidad amorosa. Yesenia ha trabajado junto a artistas como Teresita Fernández, Coco Fusco, Septeto Nacional de Cuba, Jane Bunnett, Wynton Marsalis, Chucho Valdés, Pedrito Martínez, Román Díaz.

Escribió y produjo la obra de teatro “Women Orishas” para el Museo Cubano de Miami (2013); el espectáculo “Cuba en Clave” para el Centro Cultural Cubano de Nueva York (2014); el performance-procesión “Día de Reyes” en el Madison Square Park (2015); el performance “Oshun-Inform” en el Washington Square Park (2016); “Love Vibration”, en el Queens Museum (2017); “Nigra Suns” en el Kennedy Center for the Performing Arts (2018); y “Cachita”, APAP (2019).

Su trabajo sobre la cultura afrocubana, que abarca la danza, la música y la identidad racial, ha sido publicado en Cuba, Estados Unidos, Colombia y Brasil. Yesenia Selier es Máster en Artes y Estudios Latinoamericanos y Caribeños por la Universidad de New York (NYU) y candidata a doctorado en el Departamento de Medios, Cultura y Comunicación de NYU. Actualmente se desempeña como Manager en Religiones Afro-Globales en el Smithsonian National Museum of African Art.

Con ella conversamos…

¿Cómo ha sido vivir fuera de Cuba y también con tu corazón, tu mente y tu cuerpo dentro de Cuba?

Bueno, es interesante que muchas personas cuando viven fuera de su territorio se apegan más a su cultura, a sus costumbres; en lo personal nunca he dejado a un lado mi cubanía. Además, he colocado siempre mi atención, mi interés, mi seguimiento y compromiso como investigadora y artista en representar a Cuba con el objetivo no sólo de compartir la cultura cubana, sino de expandir nuestra audiencia y ampliar el entendimiento que existe sobre lo cubano. Creo que una de las cosas más poderosas que me ha dado también estar fuera de Cuba ha sido entender lo cubano en movimiento, yo creo que eso es parte del trabajo que he estado haciendo.

Por una parte, está mi práctica como bailarina, como maestra de baile centrada en el performance conceptual en torno a los bailes afrocubanos, entonces por ahí definitivamente hay una conversación que siempre va ampliándose en torno a lo que es el movimiento del cuerpo cubano, los archivos que existen en torno a la africanía, al legado cultural africano. También creo que, desde el punto de vista investigativo, me ha interesado muchísimo entender la dinámica de los afrocubanos fuera de Cuba, ha sido el eje central de mi trabajo en los Estados Unidos, lo fue además durante la investigación de una maestría en estudios latinoamericanos que desarrollé en New York University (NYU).

¿En qué año saliste de Cuba?

Salí de Cuba en el año 2004, precisamente a través de un intercambio académico con Hunter College, ese programa para estudiosos del Caribe fue la razón que me trajo acá a los Estados Unidos. Tenía en ese momento una relación sentimental con una persona cubanoamericana, pues nos casamos y durante un tiempo considerable estuve trabajando como artista, como maestra de danza y ejecutiva de las artes en diferentes organizaciones en New Jersey y en New York.

¿Y cómo accedes a los estudios de maestría que mencionas, qué tema investigaste?

Apliqué a una beca en NYU, afortunadamente la recibí y pude dedicarme a realizar mi maestría. Para mí fue un momento transformador muy importante porque hasta entonces mi trabajo de investigación en Cuba se puede decir que estaba ubicado en el área de la piscología social, mirando a las interacciones de raza, con prácticas culturales de tipo religiosas, y musicales, como el hip hop.

Resulta que cuando comencé mi maestría (2010) ya llevaba seis años en Estados Unidos, estaba enseñando y de alguna manera experimentaba una cierta saturación en torno a los estudios cubanos sobre raza. En mi apreciación en esos estudios se hacía mucho énfasis en el aspecto cuantitativo, en la dimensión política, por lo cual necesité pensar en una búsqueda diferente respecto a lo racial dentro de nuestra historia cultural, sin abandonar la mirada a la dimensión política, que es central en mi trabajo.

Fue ahí que me decidí a incorporar parte de mi práctica artística, me cuestionaba por qué no utilizar esa experiencia e interacciones con una amplia comunidad de estudiantes y de artistas en los Estados Unidos, para desarrollar otro tipo de intervenciones. En lo que creo que, también, era una búsqueda de mi propia identidad académica, me decidí a investigar cómo el baile cubano se convirtió en un fenómeno transnacional. Me interesaba conocer cómo el baile cubano se reveló en algo reconocible internacionalmente, y además cómo empezó a participar de las industrias culturales fuera de Cuba. Fue un trabajo en cierto modo anticanónico, pero me ayudó de alguna manera a identificar mi especialidad, hoy me satisface decir que soy una etnógrafa del baile.

El estudio me ayudó a desarrollar mi propia metodología observando el momento de bailar, tan común pero tan íntimo, como un texto que nos informa sobre la historia, la identidad, la política y las transformaciones sociales.

¿Esa nueva perspectiva de la Yesenia investigadora, tenía más que ver con Yesenia la mujer negra, activista y preocupada por la problemática racial en Cuba?

¡Totalmente! Aunque valoro que esas facetas que describes siempre han estado arraigadas a mi identidad, de alguna forma encontraron un espacio en ideas que derivaron en investigaciones concretas, publicaciones, que para mi alegría sirven aún de referencia para muchas personas […]

¿Por ahí también va tu tesis de doctorado? ¿En qué universidad y programa la desarrollas?

Fui aceptada en el programa de doctorado Media, Culture and Communication de la misma NYU. La tesis doctoral viene a responder preguntas que quedaron de esa primera investigación. Específicamente intento entender cómo se desarrolla el lenguaje comercial que empieza a convenir qué cosa es lo negro pero sin ser lo negro; de dónde sale este lenguaje, esta serie de convenciones a nivel de performance…

¿Que no necesariamente salen de personas negras?

¡Exactamente! Lo curioso de esto es que no son los productores culturales negros quienes crean este lenguaje en medios de comunicación como el cine, ellos están en diálogo con las comunidades culturales endógenas. Entonces se manifiesta esta otra producción, esta especie de falsificación de lo negro que se presenta y que a veces se convierte en más verdadero que lo verdadero. Y esto no solo ocurre en Estados Unidos y en Cuba, sino en otros países de América Latina como México, donde se produjo la industria cinematográfica más importante del mundo hispano. En este país se creó toda una metodología que les permitió servir a los mercados locales importando artistas. A partir de la conexión entre los mercados locales y las industrias del entretenimiento se obtenía información de los trends, lo que permitía identificar los artistas más populares que eran llevados a México para producir los filmes ajustados al gusto del mercado interno…



¿Cómo es que una especialista en danza, una teatrista, una pedagoga del baile y la música afrocubana logra que su cuerpo se enfoque para comenzar ese proceso creativo en el ámbito académico formal? ¿Cómo has logrado, entre tantos desafíos, que la Yesenia en movimiento, que ya danzó Yemayá en el Lincoln Center con Chucho Valdés al piano y Wynton Marsalis en la dirección orquestal, logre salir de ese performance y lidiar además con el rigor de la investigación? Cuéntanos un poco de tus estrategias.

Lo más importante y que no dijiste es que también soy madre de trillizos (risas), eso es lo más importante. Sobre lo que me preguntas lo primero que se me ocurre compartirte es la anécdota de algo que me dijo mi amigo Arsenio Castillo, que ya no está entre nosotros, justo los primeros días que los trillizos nacieron, en el año 2000. En ese momento yo estaba en una agonía, estaba en pánico, en una conversación yo le decía a mi amigo Arsenio: ¡Si me convierto solamente en la mamá de los trillizos, que era el imperativo que me colocaba la vida, y dejo de hacer las cosas que quiero hacer, las cosas que son importantes para mí, no voy a ser una buena madre porque no seré una persona feliz, sino amargada! ¡Es que no hay un manual, no hay un manual de cómo voy a hacer esto! Y él me dijo muy tranquilo, fumándose un cigarro: ¡Lo que tienes que hacer es tirar el manual, tú no necesitas manual y si hubiera uno lo que tienes que hacer es tirarlo! Y eso me acompaña todavía hoy.

Sí, creo que lo que he hecho ha sido establecer mis prioridades día a día, a veces apagando el fuego que hay que apagar, dejando para mañana lo que se puede dejar. Pero mi realización profesional y artística ha sido siempre un regalo, no solo para mí, sino también para mis hijos. Es algo que no veo separado de ellos, le doy gracias a Olofin y a todos los Orishas porque tengo tres hijos saludables, que son extraordinariamente creativos, son gente asentada que saben lo que quieren, siempre lo han sabido. O sea, creo que valió la pena seguir adelante, seguir intentando, hacerlos parte también, en la medida de lo posible, de todos estos procesos.

Pero hay una cosa muy interesante en eso que me preguntas porque siempre es difícil lograr ese balance entre el arte, la danza y ser una académica, entonces mi estrategia ha sido que el día del cuerpo es el día del cuerpo y ya, al otro día lo dedico a los libros, a la escritura, a las ideas. Pero yo diría que mucho de mi crecimiento intelectual, de mi entendimiento de las filosofías y las epistemologías africanas, se ha profundizado a través de mi pedagogía del baile. Y esta interrelación es la que singulariza mi labor de enseñanza artística, pues me permite brindar aproximaciones desde la historia, la cultura, la filosofía, y eso a las personas que participan en mis talleres artísticos les resulta una experiencia particularmente interesante. Por ello considero que no existe un divorcio entre mi práctica artística y mi práctica académica.

Inclusive cuando realizo intervenciones más completas, como una pieza teatral, trato de ser vocera y también popularizar lo investigativo a través del arte que ofrezco a un público que no es el académico. Como mujer negra, rural, —soy pinareña—, para mí es muy importante mantener esas vías de comunicación con ese público no académico, que además sé que es mayoría, me interesa una tesis doctoral que pueda conveniar una información accesible a ese público popular.

¿Has tenido barreras raciales en Cuba o en Estados Unidos? ¿Te has llegado a sentir diferente por ser negra o te han querido hacer sentir diferente? ¿Ser una cubana negra marca la diferencia para moverte en determinados espacios?

En el proceso de venir de Cuba para Estados Unidos, creo que necesité varios años para restaurar mi mente desde el punto de vista racial, en cuanto a las experiencias concretas que tuve aquí y las expectativas que traía del Caribe. No es lo mismo ver las cosas en la distancia que experimentarlas en carne propia.

Por ejemplo, una de las primeras y más poderosas experiencias que tuve llegando acá fue la de notar miedo hacia mí como persona negra, o sea, caminando por la calle, sin hacer nada raro, he podido notar que mi presencia era percibida a veces como una amenaza. Yo tenía mi cabello con dreadlocks largos, que los tuve como nueve años, y esas percepciones nunca las experimenté en Cuba, realmente. También está el fenómeno del colorismo, en Cuba no soy la persona más oscura de piel y quizás eso me protege de otras experiencias, además de que hay una diferencia cuando estás en tu entorno cultural y hay maneras de que algunas personas puedan leerte más allá de lo racial.

¿Eres más negra en EE. UU que en Cuba?


Yo no creo que esa distinción aplica, pero para mí esa experiencia de notar que algunas personas tienen miedo del cuerpo negro es algo que descubro acá en los Estados Unidos. Pienso, por otro lado, que venir de Cuba es una de las cosas que me ha permitido moverme dentro de los espacios académicos, es que nosotros en Cuba, aun con todos los problemas que tenemos desde el punto de vista racial, no tenemos una sociedad totalmente segregada, que en el caso de los Estados Unidos yo sí diría que está, que se vive en una sociedad segregada. O sea, hay barrios exclusivamente latinos, barrios más negros, barrios de clase alta; existe toda una serie de mecanismos políticos que facilitan esos aislamientos.

Además, creo que estar en el mundo académico, en la educación posgraduada, es un espacio un poco solitario para cualquier persona de color. Y yo si utilizo el término de color, aunque no lo utilizaba en Cuba, porque aquí tenemos comunidades, somos más que negros las personas que experimentan racismo, entonces me parece que “de color” se convierte en una categoría inclusiva para entornos multiculturales, multirraciales y multiétnicos. Entonces para la gente que no es blanca estar en espacios como NYU es un poquito aterrador. Es aterrador moverse dentro de esa Universidad de élite mundial, sumamente cara, donde yo y otros muchos estudiantes negros o no blancos simplemente llegamos por becas, no porque estamos pagando la Universidad. De esa manera mi experiencia, como cubana, de haber crecido en un entorno racista pero no plenamente segregado, —porque crecí teniendo casi tantos amigos negros como blancos toda mi vida—, me ha facilitado moverme dentro de esos espacios que pueden ser muy agónicos, muy difíciles, y negociar esas diferencias.

Pero para mí no es una respuesta sencilla, no es una respuesta de una cosa o la otra, también intento hacer mi trabajo, académico y artístico, con una visión inclusiva, no solamente para los cubanos, los cubanos negros. Mi experiencia acá me permite también reconocer la similaridad en nuestras luchas como afrolatinos. Tenemos un problema grave con la invisibilidad de los afrolatinos en los diversos entornos nacionales, eso es algo que emerge conversando con otros activistas. En ese horizonte mi trabajo, aunque tiene un punto de partida en mis orígenes y repertorios culturales, no es solamente para nosotros, es para mucha otra gente. Es también para las personas blancas que yo pienso que sí, que tenemos que sentar en la mesa de nuestras agonías y de nuestras ansiedades, de nuestras esperanzas, porque yo pienso que son ellos los que tienen que hacer el mayor trabajo.

Creo que ha sido el camino de muchos inmigrantes negros llegados a los Estados Unidos. Por ahí hay un trabajo fabuloso de Nancy Mirabal que, entre otras cosas, muestra cómo los clubes afrocubanos en la ciudad de Nueva York se van convirtiendo en transnacionales. Porque realmente es muy difícil entender nuestras historias y avanzar nuestras agendas en solitario, por eso es el gran sentido y la verdad, el gran valor y la belleza también de la vida fuera, no estamos y no existimos en solitario […].

*Tomado de On Cuba Magazine

Monday, March 6, 2017

Discurso de investidura: Yesenia Fernandez Selier


 Discurso de investidura de la académica Yesenia Fernandez Selier, 4 de marzo 2017.


Estimados compatriotas y miembros de la Academia de Historia de Cuba:

Esta invitación es un honor inestimable, no solo en nombre propio sino también de la memoria intangible de cubanas y cubanos que por más de 20 años han sido el centro de mi labor investigativa y cultural. Mi adolescencia se forjó en el medio teatral habanero. El escenario fue el espacio mágico en que aprendí a soñar, sobrevolar las agonías cotidianas de una Habana decaída y decadente; las estrecheces y ruidos de solar que me tocaron en suerte. Por medio del teatro caí en la piel de Virginia, una niña que detestaba ser negra[1]. Para Virginia, su piel y pelo eran un motivo de vergüenza y escarnio, una especie de muerte social. La tragedia psicológica del ser en una sociedad que no ve más que su color,  tema encomiable de aproximación política e intelectual, sonó muy bien a mis oídos.  Pero la solución de la obra me pareció escandalosamente indigna: Virginia se resignaba a su negritud por temor a que la diosa de la muerte se la llevara después de tres días. La indolencia del autor, del director y mis compañeros de escena me llevó a la renuncia y también a mi compromiso de trabajar desde entonces por la justicia social y racial desde las Ciencias Sociales.  Ser apenas considerada para la integración a esta academia es una distinción que estimo desde la conciencia de la exclusiones históricas de los afrocubanos.
La historia nacional, los silencios y mitos de su narrativa tradicional, han jugado  un rol fundamental en cada una de mis intervenciones investigativas. Recuerdo como un latigazo en el rostro, la tarde en que uno de mis compañeros en la Facultad de Psicología, me espetó “no sé para qué tanto drama… ¿Qué es lo que han hecho los negros en este país?” Su interrogante, colectivamente asentida, me produjo una agonía, solo comparable a la de estar en la piel de Virginia. La ignorancia de mis compatriotas blancos y negros, así como la propia, sobre la contribución afrocubana a la construcción nacional fue un veneno que aprendí a transformar en medicina. Así en el año 1995, formé un pequeño grupo de investigadores que desarrollamos a pesar de las trabas institucionales, una serie de estudios sobre la identidad racial, al mismo tiempo que cazábamos y compartíamos libros de académicos americanos que nos contaban nuestra historia de otro modo.
Así supimos el origen del dicho “más malo que Aponte”, que ha vilificado por siglos la figura del intelectual, artista visual, educador y revolucionario José Antonio Aponte[2]. Así aprendimos que esa y otras represiones del siglo XIX ayudaron a contener una pujante clase media negra, que hasta la fundación de San Alejandro sostenía las artes y oficios de la isla de Cuba[3]. Que una de las primeras poetas negras de la diáspora africana, fue la también educadora Juana Pastor hacia 1830 en La Habana[4]. Supimos que la primera publicación femenina de la isla “Minerva”, fue editada, escrita y sostenida por mujeres negras[5].   Así supimos que el ejército libertador, contrario a la mayoría de sus representaciones, fue un ejercito mayoritariamente negro y que la Intervención Americana de 1898, tuvo entre sus muchas motivaciones el  desvirtuar el triunfo de un ejercito multirracial,  en el que destacaban con alto rango militar hombres negros[6].  La popularidad de Antonio Maceo entre cubanos de todas las razas tras participar en las tres guerras, su hidalguía en el combate, que le gané el título del Titán de Bronce, tenía para los afroamericanos, en particular para los del sur profundo, ribetes míticos. Los regimientos negros del ejercito de intervención, no podían entender en nombre de cuál progreso intervenían en una isla, cuyos nombres de color tenían grados y honores militares insanables para ellos.  Así también aprendimos que mambises negros, en 1912, protestaron la creciente segregación de la nueva república. Los Independientes de Color, símbolos hoy de las luchas por los derechos civiles de los Afro-Latinos, fueron pioneros de una plataforma política de integración y justicia social, que esperó casi tres décadas para manifestarse en la constitución de 1940. “La guerrita de los Negros”, como mal se le conoce a la protesta de hombres que lucharon por la independencia en la guerra, y por la igualdad en la paz, sesgó la vida de un numero aún indeterminado de cubanos. Pero los estimados adquieren  su verdadera dimensión si se les compara con el total de linchamientos de la historia de la Estados Unidos.  Entre 1877 y 1950, fueron linchados 4,875 afroamericanos; entre mayo y agosto de 1912 en Cuba fueron cercenadas las vidas de entre 3 mil y 15 mil  hombres y mujeres, la mayoría desarmados, preponderantemente ex-mambises[7].
Queridos compatriotas, no animan mis palabras el quitarles el sueño, el afán sincero de esta bienvenida. Hoy como ayer, los hombres y mujeres de los que hablo, fueron movidos por una fe profunda en el futuro, por un amor profundo por la patria. Maceo nos legó su obra y también esa esperanza cuando caracterizó que en la devoción de sus tropas no había: “nada como negro, todo como cubano”. Apenas señalar que en no pocas ocasiones malos patriotas han permitido que cubanos de piel negra no consigan- y cito aquí a los fundadores del PIC, Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet- “lo que les corresponde”.  Desde la luz titilante de mi acervo, simplemente afirmo, que el problema racial cubano ha definido en no pocas ocasiones nuestro pasado, cuelga como espada de Damocles en nuestro presente y sin debates, investigación, espacios de acuerdo, consenso y compromiso opacará también nuestro futuro.  El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud demostró que el trauma no resuelto, se convierte en una pesadilla circular, y también que solo reconocer y recordar es el camino de la cura. Ciencia, paciencia y conciencia, hagamos con nuestro trabajo y nuestra labor individual y colectiva una nación con todos y para el bien de todos[8]. Muchas gracias. 





[1] De Castro, Cesar  Virginia y los Orishas.  1991 obra que aún se representa en Cuba. Ver. http://www.radiococo.icrt.cu/noticias/culturales/virginia-una-nina-que-no-queria-ser/
[2] Childs, Matt. The 1812 Aponte Rebellion in Cuba and the Struggle Against Atlantic Slavery. Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2006.
[3] Deschamps, Pedro. El negro en la economía habanera del siglo XIX. La Habana, UNEAC, 1971.
[4] DeCosta-Willis, Miriam. Daughters of the Diaspora: Afra-Hispanic Writers, 2003
[5] Brooks, Lisa: http://www.afrocubaweb.com/brock3.htm
[6]Ferrer, Ada. Insurgent Cuba: Race, Nation, and Revolution, 1868–1898 
[7] Aline Helg.  Presentación de “ Lo que nos corresponde” Fundación Fernando Ortíz, 2002.
[8] “Ciencia, paciencia y conciencia” una de las frases recurrentes de Don Fernando Ortiz.  “Con todos y para el bien de todos”, discurso dado por José Martí en el Liceo Cubano en Tampa el 26 de Noviembre de 1891.