Monday, May 4, 2026

REFLEXIONES SOBRE LA CUBANIDAD EN EL MARCO DE CONSILIENCIA (*)

Por Jorge A. Sanguinetty

Es necesario explicar por qué la república y la sociedad cubanas no resistieron el embate revolucionario y por qué y cómo los cubanos en masa se dejaron despojar de sus derechos y de sus propiedades en tan corto tiempo y de manera tan radical. 

Hombre crucificado en el basurero (1992). Tomás Sánchez.
@Fuente externa 

Cuando los edificios se derrumban sin una razón aparente se debe hacer una evaluación de las causas que provocaron el desastre. Cuando el derrumbe es provocado por alguna fuerza externa e inesperada, como un terremoto o una explosión, la evaluación de la estructura sigue siendo necesaria y hay que enfocarla en el por qué el edificio no resistió tal embate, en los factores determinantes de la debilidad estructural. En ambos casos la evaluación tiene que tomar en cuenta el diseño y la calidad de la estructura y las condiciones por las que no se mantuvo estable. Como se trata de una estructura física, la evaluación se puede hacer objetivamente con elementos o componentes tangibles y con instrumentos de medida y otras herramientas, de manera que la evaluación no dependa de opiniones subjetivas que vayan a predominar sobre la evidencia material y pueda alcanzarse un consenso sobre los orígenes del evento.

Sin embargo, cuando se trata del derrumbe de una república o sociedad la evaluación es infinitamente más compleja, pues se trata de una “estructura” intangible cuyos elementos o componentes no se pueden ver, tocar o medir. Lo que podemos percibir como estructuras sociales están sostenidas por fuerzas invisibles y con frecuencia la evaluación de las causas de su derrumbe se enfoca en lo que es aparentemente obvio, como las causas directas o externas. De este modo se puede afirmar que el derrumbe de la república y la sociedad cubanas que ocurre fundamentalmente entre 1959 y 1960 todavía no ha sido adecuadamente explicado. Abundan las evaluaciones que enfocan todo el análisis de las causas en la voluntad de Fidel Castro y su movimiento revolucionario, pero se quedan cortas en la explicación del fenómeno al no incluir los factores que permitieron que un grupo relativamente exiguo de guerrilleros se apoderara del país entero con sus siete millones de habitantes en menos de dos años. Las defensas de la sociedad, o sea, lo que se puede entender como su sistema inmune, no fueron lo suficientemente robustas para oponerse al proceso o revertirlo después, a pesar de la heroica resistencia de muchos ciudadanos.

Busco en el análisis de la cubanidad, como expresión de la cultura cubana en su sentido más amplio, las causas de ese derrumbe. Me interesan también los factores que han permitido que el régimen político, económico y social, que surge del derrumbe hayan perdurado por más de seis décadas a pesar de su incapacidad para gobernar satisfactoriamente y ser el único responsable del enorme deterioro del nivel de desarrollo económico y social del país alcanzado hasta 1959. Además, es notorio  que después de 62 años es sólo ahora con las manifestaciones de protesta del 11 de julio que aparece un desafío importante, sin duda el más serio, al poder del régimen instalado desde entonces. En principio se puede afirmar que los factores que explican el derrumbe de la República tienden a ser los mismos que explican la permanencia y estabilidad del nuevo régimen, tópicos que por su importancia y proyección hacia el futuro merecen ser analizados con un cierto grado de rigor y profundidad. Aunque sea someramente, me propongo tocar algunos elementos de análisis que no suelen ser considerados en muchas reflexiones y escritos.

Al sur del Calvario (1994). Tomás Sánchez
@Fuente externa

Los análisis y estudios que he leído sobre el cambio revolucionario y la estabilidad del régimen resultante son con frecuencia superficiales y no contribuyen a lograr una comprensión cabal del proceso y a que Cuba pueda superar esta situación en un futuro visible. No hay que conformarse con explicaciones triviales y simplistas como la de que todo ocurrió por la voluntad de un líder revolucionario y sus obedientes seguidores. Es necesario explicar por qué la república y la sociedad cubanas no resistieron el embate revolucionario y por qué y cómo los cubanos en masa se dejaron despojar de sus derechos y de sus propiedades en tan corto tiempo y de manera tan radical. 

No voy a referirme a la cubanidad vagamente y en abstracto, como si fuera una entelequia ambigua o caja negra sobre cuyo contenido sabemos poco. Para producir un análisis convincente y de utilidad práctica para los cubanos quiero referirme a algunos factores o variables específicas constitutivas de lo que conocemos por cubanidad. Con el fin de observar y evaluar la naturaleza de la cubanidad en su conjunto es necesario identificar y analizar los componentes que la definen y la hacen perceptible.  Fernando Ortiz habló de los componentes de la cubanidad a modo de metáfora comparándolos con los de un ajiaco, pero prefiero usar una analogía más dinámica y realista y con tal fin adopto la nomenclatura del economista Joel Mokir que ha estudiado las raíces culturales del crecimiento económico, en especial la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX. 

@Fuente externa
En su libro The Culture of Growth, The Origins of the Modern Economy, el autor agrupa los componentes que definen cada cultura en tres grandes clases de agregados: conocimientos y creencias, preferencias y valores predominantes o más frecuentes en una sociedad dada. Este enfoque nos permite ampliar la concepción de Fernando Ortiz abriendo oportunidades analíticas de gran utilidad práctica. Acercándonos a los tres vectores de Mokyr para ver con más detalle los componentes de la cultura cubana, el grupo de conocimientos y creencias incluye no sólo el saber hablar español con el léxico cubano sino también las formas en que el lenguaje se usa para adquirir, ampliar, transmitir y difundir conocimientos y creencias, además de preferencias y valores. Es fácil percibir las múltiples y muy complejas interacciones de estos componentes de la cultura, pero en extremo difícil describirlas con precisión y evaluarlas por su naturaleza intangible y hasta subjetiva. Esta condición no debe detenernos en la investigación de los fenómenos y componentes que nos interesan, en especial sobre cómo la cultura cubana influencia y hasta determina la evolución de la sociedad en todos sus aspectos, o sea, en su organización política, económica y social. 

Para mejor comprender o percibir la evolución de la cultura cubana podemos ampliar la concepción de Ortiz y comparar la cubanidad como algo análogo a una selva o bosque con sus componentes en materia de fauna, flora, clima y territorio, con todo y su ecología, con múltiples variables exógenas y endógenas, y una existencia e identidad propias. Al igual que una selva, la cubanidad tiene un origen en los múltiples organismos que aparecen de manera exógena pero van apareciendo, plantándose y creciendo en medio de una red compleja e indescriptible de innumerables interacciones.

@Fuente externa
En esta analogía aplico el marco analítico de Conciliencia desarrollado por el entomólogo Edward Wilson en su libro Consilience, The Unity of Knowledge, donde el autor explica cómo la expansión del conocimiento de las ciencias naturales como la física, la química y la biología, ha hecho que sus fronteras toquen a las de complejidad creciente en las ciencias sociales y las humanidades. Así, la analogía de la cultura como si fuera una selva nos permite usar las propiedades de la biología evolucionaria para mejor comprender los cambios culturales en el tiempo y sus variaciones en el espacio, en especial cómo los principios darwinistas de la selección natural entre los componentes específicos de la cultura. Del mismo modo que una selva es un super organismo compuesto de organismos vivos que interactúan entre sí para crear una dinámica conjunta, la cultura que llamamos cubanidad evoluciona como resultado del conjunto de sus organismos constitutivos, sus propias evoluciones individuales, pero no necesariamente independientes y de la misma evolución conjunta de todo el sistema.

Como expresión de la cultura cubana la cubanidad es una entidad viva, evoluciona en el tiempo, pero también varía en el espacio porque tiene rasgos regionales y la afectan los movimientos migratorios de sus portadores. Desde 1959 se puede afirmar que ha estado sufriendo cambios o choques abruptos, en algunos casos traumáticos, no evolutivos y difíciles de calibrar o evaluar aunque acaban afectando sus evoluciones futuras. Las presiones totalitarias provenientes del nuevo régimen de gobierno en Cuba para lograr un predominio ideológico basado en las ideas marxistas-leninistas e implementado mediante el monopolio estatal del sector educativo, la prohibición de toda forma de educación privada y el control de todos los medios de expresión, han estado modificando continuamente la cubanidad y sus componentes desde 1959. 

Independientemente de cómo se forma y evoluciona, los cubanos tomamos la cubanidad por dada de manera parecida a cómo tomamos el clima, algo a lo que nos acostumbramos desde el nacimiento, con lo que estamos forzados a vivir, como algo inmutable, a lo que tenemos que adaptarnos. Y nunca se nos ocurre que es algo a cuya formación y evolución contribuimos, aunque sea de manera infinitesimal e inconsciente pero que en conjunto conforman la cultura. Que además, como cualquier otra cultura, se forma, reproduce y crece como una selva, de manera silvestre, aunque puede haber sectores que se cultiven deliberadamente, de acuerdo a un plan. Pero es legítimo, a pesar de todo lo aparentemente inmutable o inconmovible de una cultura, preguntarnos: ¿Qué factores exógenos y endógenos conforman o influyen en la cubanidad y en sus variaciones? ¿Tiene sentido analizar críticamente algunos de sus componentes? Jorge Mañach lo hizo en su Indagación del choteo al que señaló como un rasgo no precisamente admirable de la cubanidad. A propósito, creo que lo que llamamos choteo es una forma de comportamiento que puede estar correlacionado con otras características de la cubanidad, como es la frecuente propensión de algunos o muchos ciudadanos de no tomarse muy en serio el cumplimiento de las normas o de las leyes. Pero yo quiero referirme aquí, aunque sea brevemente, a otros componentes, pues la cultura es la base determinante de los comportamientos ciudadanos que en conjunto generan o modulan los acontecimientos de una sociedad y lo hacen de una manera recurrente, como una serie interminable de cadenas de Markov, de manera que lo que pasa en un período dado está determinado o por lo menos influenciado por lo que pasó en el período anterior.

En este punto y a modo de aclaración metodológica quiero apuntar que se puede hacer de los componentes de la cultura una conceptualización o formulación más precisa y rigurosa mediante la lógica simbólica o la teoría de conjuntos con base en conjuntos confusos (“fuzzy sets”). Me refiero a conjuntos confusos porque la cubanidad u otra cultura no se define por los que se identifican con un grupo, tengan exactamente los mismos rasgos. O sea, en una cultura dada hay rasgos predominantes en el conjunto de los miembros de esa cultura, como es el hablar como cubano, por ejemplo, en el caso de la cubanidad, pero siempre hay otros miembros con conocimientos y creencias, preferencias y valores diferentes, que no los excluyen del mismo grupo. Dicho de otro modo y viéndolo con una perspectiva amplia, la cubanidad, como cualquier otra cultura reside en sus portadores y cada uno de ellos aporta, a su manera y con intensidades variables y casi sin saberlo a la cultura de la cual también se nutre. Con esta última observación no quiero dejar de reconocer en el marco de la cubanidad el acervo cultural acumulado desde su nacimiento en forma de arte, historia, literatura, arquitectura, etc., pero que no son pertinentes a este análisis.

Protestas del 11J. Esquina de Toyo,
La Habana. @Fuente externa

Para no abrirme en abanico y perder el foco de la exposición que más me interesa escojo un tema específico o grupo de componentes culturales que me preocupa sobremanera para poder ilustrar concretamente un modo de proceder en este análisis. Así me pregunto: ¿es la cultura cubana o cubanidad compatible con una organización democrática de la república? O planteado de otro modo: ¿son o han sido las actitudes, ideas y comportamientos cubanos compatibles con la promoción y mantenimiento de una democracia? ¿Son esos comportamientos motivados por la cultura prevaleciente de los cubanos, en materia de conocimientos, creencias, preferencias y valores? ¿Qué componentes concretos de la cubanidad son propicios a la democracia? ¿Es la falta frecuente de respeto por el cumplimiento de las leyes un rasgo de la cubanidad? ¿Hay algo en la cultura cubana que nos ayude a explicar por qué los cubanos en su gran mayoría acogieron con gran indiferencia la ruptura constitucional del 10 de marzo de 1952 orquestada por Fulgencio Batista y la aceptación y adaptación de muchos a la transfiguración revolucionaria que comenzó en 1959 y ha durado hasta hoy?

Las manifestaciones del 11 de julio demostraron que hay muchos cubanos que valoran y prefieren vivir en libertad, pero ¿cuántos son y qué tienen que hacer para lograrlo? ¿Qué saben cuántos cubanos cómo organizarse con tales fines? ¿Por qué tantos cubanos se han adaptado al totalitarismo y por qué los que no se adaptan prefieren irse del país en vez de intentar cambiar al régimen? Si, por alguna razón, el sistema actual de gobierno en Cuba desapareciera, como ocurrió con la Unión Soviética, ¿cuán preparados están los cubanos pare reconstruir la República sobre principios democráticos? Una democracia que funcione con un mínimo de estabilidad requiere una organización compleja, que resulte de acuerdos colectivos que no son fáciles de alcanzar, con leyes y reglas que deben cumplirse con cierta disciplina y regularidad. Esa organización necesita que, por lo menos, una masa crítica de ciudadanos tenga la capacidad de llegar a acuerdos estables y duraderos y saber cómo lograr un mínimo de apoyo del resto de la población. Para organizarse se requieren acciones colectivas coordinadas, lo cual a su vez depende de que los miembros de una acción colectiva dada lleguen a acuerdos que se puedan cumplir con un mínimo de disciplina, precisión y eficacia. Y para llegar a acuerdos se requieren diálogos organizados entre los actores.

Sin una capacidad colectiva para formar una sociedad organizada en favor de los ciudadanos, las sociedades tienden a depender de un poder que las organice, como un deus ex machina. De la demanda social para evitar el caos y tener un mínimo de orden y seguridad ciudadana surgen los poderes centrales. La historia nos enseña que esos poderes nacen y se consolidan en forma de caudillos o dictadores, y Cuba no es una excepción a lo que se puede postular como una regla o ley de la organización social: La incapacidad de una sociedad para organizarse crea un vacío que tiende a llenarse con una autoridad máxima o caudillo, que concentra grandes poderes que suelen administrarse dictatorialmente y a contrapelo de los intereses de la mayoría de los ciudadanos.

Caricatura de Abela. @Fuente externa

Sin el apoyo de investigaciones empíricas, mis observaciones del comportamiento típico de los cubanos (que se asemeja al de otros latinoamericanos) indican que en varios componentes de la cubanidad tenemos desventajas frente a otras culturas. Por ejemplo, por ser desorganizados los diálogos entre cubanos no facilitan lograr acuerdos sobre acciones colectivas prácticas y duraderas. Un detalle que no sólo es observable en Cuba sino también entre la mayor parte de los cubanos que vivimos en el llamado exilio. Ortega y Gasset propuso hace unos cien años en su España Invertebrada, que la desorganización de la política española estaba correlacionada con la desorganización de los diálogos entre los españoles, fenómeno que se puede extrapolar a los cubanos. Los diálogos sirven a los interlocutores para identificar sus intereses comunes y sus desacuerdos como fase preliminar a los acuerdos necesarios para acciones colectivas. En este contexto se puede señalar también que dentro de la cultura cubana no se destaca una gran capacidad de manejar y resolver conflictos, lo cual es esencial para llegar a acuerdos que puedan generar beneficios comunes.

Se puede afirmar que la cubanidad sufrió cambios traumáticos a partir de 1959. ¿Qué pasó con la cubanidad desde entonces? ¿Se puede decir que la capacidad de dialogar libremente se fortaleció o se debilitó? Es de esperar que la falta de libertad de asociación ha impedido que los ciudadanos desarrollen destrezas retóricas y organizativas necesarias en una sociedad democrática. La ofensiva ideológica revolucionaria, la supresión de la libertad de expresión y de prensa, el adoctrinamiento masivo y otras intervenciones deben haber dejado una huella en la cubanidad, pero creo que se puede postular, de nuevo sin el apoyo de evidencia rigurosa, que en el 11 de julio una masa significativa, acaso representativa, de cubanos mostraron preferencias y valores a favor de vivir en libertad, así definida vagamente aún cuando no tengan el conocimiento ni las destrezas de cómo lograrlo. Pero tales preferencias y valores no parecen ser compartidos por los cubanos que pertenecen al gobierno y al Partido. Pero ¿qué significa esto? ¿Se bifurcó la cubanidad? ¿Hay una cubanidad para los gobernantes y otra para los ciudadanos de a pie? Aunque no creo que tenga sentido afirmar que hay dos cubanidades, porque la predominancia de los rasgos originales de la cultura cubana así lo determinan, me parece que se puede reconocer que hay una segmentación cultural en Cuba que en la actualidad separa a los gobernantes de los gobernados.

La gran cuestión es si, en el largo plazo, podemos influenciar o incluso mejorar en alguna medida ciertos componentes de la cubanidad. Al fin y al cabo la cubanidad se fue formando evolutivamente desde el comienzo de la nación cubana y sus componentes resultaron de la combinación aleatoria de infinitos factores, muchos de los cuales fueron fortuitos pero otros resultaron de decisiones deliberadas en muchos sectores, familias, industrias, programas educativos, inmigraciones, clubes, religiones, la influencia de otras culturas, etc. No propongo someter a la cubanidad a ningún plan de ingeniería cultural pero definitivamente creo que es legítimo considerar cambios dentro de alguna perspectiva razonable. Independientemente del carácter “silvestre” de la “selva cultural” que es la cubanidad, sectores de la misma pueden ser cultivados deliberadamente del mismo modo que se planta y atiende un jardín o un parque. De la misma manera que el clima del planeta o de una de sus regiones no se cambia con facilidad, “mejorar” algunos componentes de la cubanidad parece una tarea imposible, pero no lo es. Hoy, las tendencias negativas del cambio climático nos obligan a tomar medidas que disminuyan o incluso detengan el calentamiento global. Lo que parecía descabellado pensar hace algunos años ahora se ha convertido en una tarea necesaria y factible, aunque costosa, para los habitantes de La Tierra.

Las Damas de Blanco son arrestadas en Lawton, La Habana

Pero aparte de estas disquisiciones, Cuba tiene un desafío gigantesco en el corto plazo y es el de construir una nueva república sobre una base democrática a partir de las condiciones actuales. Y ¿cómo puede lograrse semejante hazaña partiendo del gobierno y sociedad actuales y en el marco de la cultura cubana tal como existe ahora? Descontando la aparición de un superpoder político que pueda definir y dirigir el proceso, que dicho sea de paso no está entre mis preferencias, la solución está en el desarrollo de coaliciones que puedan converger hacia un acuerdo nacional empezando por mantener diálogos comprometidos con una meta concreta. El acuerdo tiene que formarse entre coaliciones e individuos que, conscientes de nuestras características culturales, puedan superar las limitaciones que he apuntado someramente arriba. Pero ¿cómo pueden formarse, en Cuba y fuera de la isla? En este sentido las experiencias de otros países en su formación democrática puede ser una fuente de conocimientos e inspiración.

Estos son temas que pudieran alimentar debates e intercambios entre los cubanos como una preparación para un futuro democrático en la Isla. El régimen dictatorial en Cuba no necesariamente será automática o fortuitamente reemplazado por una república como la que muchos cubanos desean. Mucho dependerá de cómo los cubanos de ambas orillas trabajen y se preparen.

(*) Tomado de la página Ego de Kaska

Thursday, April 30, 2026

PARA UNA EPISTEMOLOGÍA DEL EXILIO CUBANO

Por Alejandro González Acosta

La historia de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado, sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones. 


@Eleomar Puente

Al presentar en 1996 la Fundación Hispano-Cubana en Madrid, Mario Vargas Llosa afirmó: “El exilio cubano ha sido el más calumniado, difamado y satanizado del que tenga recuerdo”. Esto es una gran verdad comprobable y persistente en muchas partes. Pero, además, en los casos especiales del exilio cubano en todos los países de una extensa geografía, excepto quizá en los Estados Unidos, ha sido de los más ignorados y acallados.

Por otro lado, son muy pocos en la historia los exilios tan prolongados como el cubano: son 60 años ya, que suman al menos cuatro generaciones (si aceptamos el lapso de 15 años más empleado para definirlas), y ello ha determinado su subdivisión y creciente complejidad: se trata de un fenómeno que incluye a padres, hijos, nietos y hasta bisnietos en muchos casos. Cada oleada ha tenido su propia motivación y configuración, lo cual determina una psicología especial como grupo, y hasta una percepción propia del exilio y la forma de asumirlo y entenderlo.

Ante el exilio que provocó, el régimen castrista siempre ha mantenido una posición de fuerza y control, como el triunfador después de una guerra civil excluyente que derivó en totalitaria por decisión personal –pero compartida colectivamente por gran parte del pueblo cubano– de su máximo líder. De tal suerte, en relación con el exilio y los emigrados, siempre se ha reservado –y utilizado ampliamente– el “derecho de admisión”, de forma totalmente arbitraria y visceral, escudado en su muy particular y adulterada concepción de la “soberanía nacional” y de la “autodeterminación del pueblo” (la cual ha monopolizado), que es la más refulgente y empleada excusa para ejercer su control totalitario, al mismo tiempo que una afilada “Espada de Damocles” –o mejor aún “Machete de Castro” – pendiente siempre sobre las cabezas de sus rehenes, ya sean los recluidos en la isla, o los que aceptan regresar –transitoria o definitivamente– en algún momento a ella. Condicionar la aceptación del ingreso al país a su “buena conducta”, establece un mecanismo de control y atemorizamiento sutil o descarnado, según se requiera. Lo especialmente perverso del régimen es que no sólo controla y manipula la psiquis de sus reprimidos más inmediatos, sino también la de sus deudos y amistades, lo cual ha establecido una amplia red de vigilancia y amenazas de largo alcance: son rehenes a distancia, teledirigidos, sin estar demasiado conscientes de ello en muchos casos, pues esta imposición se acepta de forma resignadamente pasiva.

La gabela que les impone es tanto material –pagar altas sumas por pasaportes, permisos y renovaciones– como moral (el silencio cómplice, el apoyo tácito), que apaga el grito más comprometedor: en muchas partes, las llamadas “asociaciones de amistad” creadas y controladas desde las mismas embajadas castristas, son las “brigadas de respuesta rápida” (o retardada y de liberación prolongada, en las dosis necesarias), ubicadas atinadamente en puntos estratégicos para la geopolítica del régimen en el exterior. Este advierte: El compañero que te atiende viaja contigo y te sigue vigilante, o al menos finge o simula que lo hace, para hacer permanente un estado de peligro, temor y zozobra, angustiosa y paranoide. El cubano promedio, sometido a ese régimen de vigilancia y de “la selva de mil ojos” en la isla, cuando emigra tarda mucho –si lo logra– en desprenderse de esa sensación de estar bajo permanente observación.

Exilio, éxodo, destierro y diáspora:

@Eleomar Puente. Frozen Dreams

El exilio es un hecho físico (geográfico), temporal, material y espiritual, de origen político (histórico). Es también una cultura y una experiencia vital, de una persona, un grupo, toda una nación o parte de ella, durante una o varias generaciones, mientras dure la causa que la creó. Tiene que ver con la memoria, la historia del grupo y la identidad colectiva e individual. Tiene, también, su propia dinámica especial y sus mecanismos propios de adaptación y mimesis, según el caso. El éxodo es el traslado de un pueblo o una familia ocasionado por causas externas (políticas, históricas, geográficas y hasta climáticas). El destierro es el castigo de un gobierno o una persona de autoridad contra alguien o algunos ciudadanos en particular.

Todas las anteriores son formas de la emigración, que es el fenómeno que engloba a todas. La diáspora –vocablo de origen agrícola, pues significa la dispersión de las semillas– es una manera polisémica y en ocasiones eufemística de referirse a una emigración, ya sea exilio, destierro o éxodo. Aunque desde hace tiempo se trata de imponer desde la visión del régimen castrista una diferencia entre migración económica y política, en verdad, la primera sólo debería referirse propiamente a fenómenos climáticos (sequías, hambrunas, inundaciones y otros desastres naturales), pues realmente la migración política incluye la económica: gobiernos totalitarios, corrompidos y tiránicos, afectan las condiciones materiales de vida de las naciones, además de la vida política, pues una es el reflejo y la consecuencia de la otra. En definitiva, la propia definición del individuo ante su misma situación de extrañamiento, representa cómo se asume y cómo actúa ante esa situación, por la cual se trasladó hacia otro país distinto al nativo, pero a los efectos de un estudio, eso no resulta significativo, pues su misma subjetividad no puede afectar la objetividad sistemática del mismo. Es resumen: un emigrado o emigrante puede sentirse, asumirse o hasta autonombrarse “exiliado”, “desterrado”, “diasporizado” o “transterrado”, pero de acuerdo con su origen esencial eso no afecta su misma definición: él es más allá de lo que dice ser.

Por lo anterior, exiliados o desterrados, refugiados o asilados, expatriados –por decisión personal- o emigrados, cada quien en esta condición anómala (porque lo natural es morir donde uno nació y forjó su vida) asume su propia condición, aunque eso no signifique necesariamente que la misma se ajuste a su propia esencia. La gente en general se ve como se quiere ver, no como realmente es. Es lo que Freud definió como el yo en sí y el yo para sí. Y el fenómeno cruel de exilio es también un espejo, en el cual muchos no resisten mirarse, por la terrible imagen que se les devuelve de ellos mismos desde la implacable y verídica superficie pulida.

Torre de la Libertad del Miami Dade
@AGS

Quienes asumen un éxodo, siempre lo hacen en contra de una autoridad represiva o con la cual no se sienten confortables o seguros: Moisés –y en su origen divino Jehová, como causa eficiente– obliga al Faraón con las famosas Diez plagas de Egipto, para que permita la salida de los hebreos hacia la Tierra Prometida. No es una decisión libre del monarca egipcio, y el mismo origen divino del desplazamiento, parece autorizarlo, legitimarlo y bendecirlo. El éxodo hebreo se produce desde un lugar de opresión ajeno, a otro nuevo espacio de liberación propio: de esclavo en suelo extranjero el sujeto pasa a ser libre en un suelo ya propio. Pero cuando es la propia autoridad la que arroja y extraña a sus connacionales, no se trata de un éxodo, sino de una expulsión o destierro, como las decretadas contra los judíos y los moriscos españoles, en tiempos de los Reyes Católicos y sus sucesores.

Cuando quienes salen de su país nativo –por decisión propia o ajena, libre u obligadamente-  y se dispersan entre varios países o comunidades, y pierden parte de su identidad para integrarse progresivamente en sus lugares receptores, esto puede considerarse una diáspora: son semillas dispersas que germinan en otro suelo y se dispersan y fructifican. Dis: separar, sporas: semillas. El elemento extraño entra en simbiosis con su nueva realidad e interactúa con ella, y al mismo tiempo que recibe de la misma, aporta algunos de sus rasgos para formar una nueva identidad.

Cuando una cantidad significativa se traslada fuera de su origen y se concentra en uno o varios núcleos distintivos y distinguibles, pero conservan en lo posible su identidad por decisión propia dentro del receptor, eso es un transtierro, pues no renuncia al regreso al origen, y es una forma consciente de exilio, la cual también tiene el riesgo de conducir al gueto, o núcleo enquistado dentro de una sociedad a la cual siempre considera ajena e irreconciliable. El transtierro puede ser también una variante de la auto segregación.

La subjetividad influye poderosamente en la autodefinición de la situación personal ante la condición del exilio, pero no es significativa a los efectos del análisis sociopolítico y estadístico: el emigrado puede asumirse como exiliado o dispersado (o diasporizado), pero su imagen propia en realidad no define su ubicación grupal. Digamos que, de acuerdo con el nivel de asunción y autoconocimiento, existen “exilios en sí” y “exilios para sí”. La dialéctica social entre sus miembros también define cada caso.

Desde la formación de los estados nacionales a fines de la Edad Media, todo movimiento poblacional –pacífico o bélico– de una comunidad o país con rasgos de cierta comunidad, hacia otro de forma no autorizada o consensuada, es considerado una invasión, y está sujeto a las leyes y las costumbres. Anteriormente, las invasiones de los bárbaros en los restos del decadente Imperio Romano, o las invasiones de los godos hacia las regiones celtíberas, o de los musulmanes contra los godos, fueron fenómenos típicos de expansión territorial y de conquista, muchas veces generadores de nuevas culturas o civilizaciones, como la helénica que impulsa Alejandro Magno en el Asia, y la mozárabe, que funde los elementos ibéricos y árabes en España.

Los grandes traslados periódicos y transitorios de índole religiosa, como el viaje ritual de los creyentes musulmanes a La Meca y Medina, o de los católicos a Roma, Santiago de Compostela, Guadalupe de México, Fátima en Portugal o Lourdes en Francia, son peregrinaciones, éxodos simbólicos de purificación y perfeccionamiento, voluntarios y reversibles.

La historia de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado, sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones. La más antigua de éstas parece ser la del temprano Homo Sapiens, desde su origen africano hacia Europa y Asia. Más recientes, pero igualmente remotas, las oleadas migratorias que a través del Estrecho de Bering fueron poblando el continente americano de Norte a Sur.

Cuando un grupo intenta desplazar a otros ya establecidos y prevalecer sobre ellos, esto es una invasión y constituye un proceso de dominio y vasallaje, lo mismo si son egipcios, asirios, macedonios, romanos, godos, normandos, árabes, españoles, portugueses, franceses o ingleses; pero esto no excluye la posibilidad de ciertos avances civilizatorios: la conquista del imperio persa por Alejandro Magno creó la cultura helenística, lo mismo que el derecho romano benefició a las primitivas hordas salvajes europeas, y los árabes impulsaron el conocimiento y el refinamiento de los godos ibéricos, así como los normandos invasores pulieron a los sajones primitivos para crear una cultura inglesa, y sólo los miopes adictos a la Leyenda Negra contra España pueden persistir en negar el progreso que hasta los muchas veces brutales conquistadores españoles, pero también los piadosos religiosos evangelizadores de diversas procedencias, impusieron en las regiones conquistadas de América: cada pueblo dominante (es decir, el vencedor), tiene la convicción de ser superior al dominado, y esta consciencia es la base de su dominio y su legitimidad, sea cierto o no.

Todo exilio implica un movimiento impulsado por fuerzas ajenas al sujeto. Tzvetan Todorov se ha ocupado sustantivamente de los mecanismos y procedimientos del exilio en El hombre desplazado (Buenos Aires, Taurus, 2008). Pero no es el viaje como experiencia voluntaria, en un proceso de aprendizaje y perfeccionamiento (lo que Goethe llamó Bildungsreise, el “viaje educativo”, el cual se recomendaba a los jóvenes europeos de su época, como parte de su formación personal), sino tiene que ver con el naufragio, la huida, la orfandad, el escape, el dejar todo atrás y empezar de nuevo bajo otro cielo, muchas veces desde cero.

Una filósofa española muy cercana a Cuba, María Zambrano, no sólo fue una exiliada, sino devino en una teórica del tema. Con su propia experiencia como sustento, dijo:

Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de una patria desconocida. Una patria que, una vez que se conoce, es irrenunciable. Creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par cósmicos.

En esta definición entre filosófica y poética, puede advertirse la noción del exilio también como posibilidad para el crecimiento, en lo cual subyace una cierta reminiscencia estoica: entre los clásicos latinos, el propio Séneca vivió y de alguna forma disfrutó el exilio (curiosamente, se sentía más exiliado de Roma que de su natal Córdoba), así como Ovidio, Horacio y Cicerón, quien terminó por definir resignadamente: “Ubi panis, ibi patria”; definición que el cubano José María Heredia rectificó románticamente casi dos mil años después, para convertirla en su divisa personal y exlibris: “Ubi pacis et libertas, ibi patria”.

@Eleomar Puente / "The dreams bloom" / 80" x 90" in / A/C / 2024

El asunto del desarraigamiento que implica el exilio, tiene también componentes emocionales personales muy determinantes: la actitud individual que se asume ante esta experiencia traumática, contribuye de otro modo para su propia definición, en un diapasón de sentimientos que van desde la nostalgia, la melancolía, la desposesión, la mutilación, la resignación, la culpa, la adaptación y la rabia, hasta la rebeldía, la recuperación del origen y la voluntad del regreso y su reintegración.

El exilio está en el origen mismo y en la entraña más íntima de la historia humana: para la Biblia, Adán y Eva fueron exiliados del Jardín del Edén por su desobediencia, soberbia y apetito de conocimiento: se les castigó apartándolos, por la fuerza, del sitio donde habían nacido. Pero, además, la historia demuestra que, desde la cuna de los primeros homínidos en África, se produjeron grandes éxodos, formidables traslados naturales que dispersaron la raza humana por todo el planeta.

Mas la noción real del exilio como lo entendemos hoy, nace con el concepto de patria, aunque esta sea una ciudad: exiliados romanos fueron Horacio y Virgilio, como Dante Alighieri lo fue de Florencia. El Pentateuco incluye la relación de un viaje liberador: el Éxodo, que llevó a los esclavos hebreos desde Egipto hasta la Tierra Prometida, guiados por Moisés, quien simbólicamente, nunca llegó a la misma, pues murió a la vista de ella. Cumplió su misión hasta el punto que le resultó humanamente posible, pero no cosechó nunca el fruto final de su esfuerzo liberador, lo cual suele ocurrir con los guías de esclavos que buscan su emancipación: no siempre quienes inician las grandes liberaciones las culminan; generalmente, es todo lo contrario, desde Espartaco hasta Carlos Manuel de Céspedes.

Ha habido exilios como resultado de destierros: los monarcas católicos de toda Europa –salvo contadas excepciones– arrojaron a los judíos fuera de sus fronteras. España, además, expulsó a los moriscos sobrevivientes de la Reconquista. Luego, los mismos reyes cristianos extrañaron de sus reinos en el momento indicado a los jesuitas, tanto de España y Portugal, como de Francia e Inglaterra. Todos estos sujetos apartados de su origen nativo se consideraron desterrados y arrojados de su patria. Al ser obligados a irse por la fuerza, se llevaron con ellos un pedazo de aquella.

Modernamente, en el vocabulario de las emigraciones, se han incorporado las nociones de refugiado y asilado. La primera define el concepto de abrigo humanitario por razones de desastres diversos, pero fundamentalmente naturales, y la segunda se reserva para quienes se acogen al Derecho de Asilo, consagrado por el Pacto de Montevideo de 1933 (confirmados después en las Convenciones de Viena de 1969 y 1986), para pedir cobijo en sedes diplomáticas y por extensión, en los países suscriptores. La Organización de las Naciones Unidas (fundada en 1948) tiene una división especializada para la atención de los refugiados, la ACNUR, y los asilados corresponden a las diferentes cancillerías de los países involucrados. Este es un privilegio antiguo que proviene del derecho romano, feudal y eclesiástico: los templos (paganos y cristianos), así como algunas mansiones nobiliarias, gozaban de privilegios y fueros que convertían su espacio en sitios sagrados. Actualmente, las embajadas reclaman la defensa del principio de extraterritorialidad para sus sedes, y sus representantes disfrutan de las prebendas que los eximen y protegen.

En la Antigüedad, existía también la figura de la interdicción y la proscripción: ambas suspendían los derechos del ciudadano y lo expulsaban de sus comunidades, y hasta autorizaban matarlos por parte de cualquiera que los sorprendiera si violaban su destierro… Un proscrito era una no persona, un ser cuya vida no valía nada, pues había sido excluido de su origen: era un hijo negado por su madre.

Hay que asumir, sin embargo, una distinción esencial entre lo que es un emigrado y un exiliado. El primero se encuentra, en primera instancia, motivado por impulsos sociales, económicos, o particulares: puede sostener una relación apolítica y tersa con el gobierno de su país de origen, e incluso hasta colaborar con él, aunque éste sea indirectamente responsable de su emigración. El exiliado, por el contrario, se asume y se expresa directa y claramente como un transterrado[1] por cuestiones políticas, de las cuales se pueden derivar otras motivaciones (materiales, espirituales, personales). Un emigrado es un sujeto puramente social; en cambio, un exiliado, aún a su pesar, es un ente esencialmente político. El hecho de “residir” en un país ajeno al propio no confiere la condición de exiliado, pues sólo la participación franca y activa contra el régimen que lo convirtió en tal puede sustentarlo.

Debe distinguirse, por justicia y por propiedad, entre una y otra condición, aunque puede darse el caso que una persona que comenzó siendo “residente” o “inmigrante”, después asuma un compromiso más activo y se presente ya como “exiliado”. Pero ello requiere hechos y acciones, no sólo declaraciones (generalmente en consonancia con el contexto donde se expresan), a mi modo de ver; mucho más tratándose de una materia tan compleja e históricamente mutable como es la actuación cubana en el exterior: un emigrante es un sujeto social pasivo; un exiliado es un sujeto político activo. Uno es, malgré tout, colaborador; el otro es, per se, opositor.

Un ejemplo elocuente de la transformación de los migrantes la puede ofrecer el caso de los tabaqueros cubanos de Tampa, en el siglo XIX: en principio, fueron emigrados económicos, buscando mejores oportunidades en sentido general, aunque al apoyar con sus contribuciones las gestiones para la independencia realizadas por José Martí y otros revolucionarios, asumen su condición de exiliados. Sin embargo, no puede pasarse por alto el hecho que cuando decidieron salir de Cuba para buscar mejores condiciones de vida en los Estados Unidos, por el estado de ruina que las guerras habían ocasionado en la isla, aunque su causa inmediata fue económica, en última instancia ésta tuvo un origen político.

La relación entre el gobierno tiránico impuesto en la isla y el exilio no ha sido monolítica ni estática. Primero fue el odio feroz contra quienes escaparon, condenados sin apelación a un ostracismo eterno e inapelable y sujetos a agresiones y privaciones múltiples; en los pasaportes se estampaba el aviso que era como una condena de muerte: sin regreso al país; luego vino el silencio y la difusión de mentiras de que a quienes habían abandonado el país “les iba mal”, “los médicos limpiaban pisos”, “los abogados trabajaban en fábricas”, “nadie los saludaba”, “se caían en la calle y nadie los ayudaba”, “morían de frío y hambre”, “los negros son discriminados”…

Después los ideólogos de la tiranía castrista tuvieron que asumir, ante la evidencia de lo inocuo de sus distorsiones, la indiferencia y una falsa superioridad, y más tarde hasta una fingida neutralidad interesada, para lo cual impusieron el concepto de la “diáspora”, maniobra diversionista y distractiva que eludía la verdadera y dolorosa raíz del problema o conflicto: esa fue una forma retórica propagandística, copiada de Goebbels, para silenciar o neutralizar el exilio. Dispersaron entonces una espesa neblina propagandística en el Estrecho de la Florida, destinada a difuminar la, para ellos y su régimen, crecientemente amenazante silueta de un Miami (símbolo del exilio en los Estados Unidos, en particular, y en general en todo el planeta) triunfal y sibarítico en su mismo horizonte, mientras el territorio nacional se veía cada día más decadente y ruinoso.

Antes, los “de allá”, los que se habían marchado, se ilusionaban al principio de su destierro al creer ver a lo lejos el resplandor de las luces de una Habana ya perdida; pero ahora, “los de acá”, rodeados por sombras y ruinas, como el sediento viajero del desierto engañado por el espejismo del oasis, aseguran ver “en las noches más claras”, según cuidan de especificar para darle un cierto sentido racional a su afirmación, los destellos del otrora odiado y siempre envidiado Miami, como invitación, tentación, promesa y meta.

Pero debe enfatizarse que el exilio cubano tiene ciertas especificidades muy profundas y propias. Regresemos al Génesis: cuando Adán y Eva, los originales bíblicos, fueron expulsados del Jardín del Edén, lo hicieron con el dolor por la pérdida del Paraíso. Sus actuales émulos cubanos, cuando hoy abandonan el que solía ser el vergel tropical de las delicias, lo hacen sintiendo una alegría liberadora, porque ya aquello no es el paraíso y comienza a parecerse demasiado al infierno, y así lo será aún más cada día: ese infierno (por todos) tan temido, como dijo en una de sus visiones nocturnas Juan Carlos Onetti. Y los que suelen volver –adánicos readmitidos temporalmente, por graciosa y costosa concesión del siempre vigilante portero Cancerbero– con cierta periodicidad, confiesan que al abandonarlo de nuevo para regresar a la que ya es la otra su casa –porque aquélla “ya no es tu casa, ni tú eres ya Antonio el Camborio”, como diría Federico García Lorca– más que tristeza, sienten una profunda, intensa y casi culpable sensación de alivio: esos son los resultados de aceptar una esclavitud voluntaria y a veces hasta gozosa; o lo que es decir, la mentalidad del sobreviviente.

La “dulce Cuba” sigue siendo, con una espantosa fidelidad y fijeza, como dijo hace más de dos siglos el primer exiliado cubano, José María Heredia, ese triste lugar donde “en su seno se miran, en el grado más alto y profundo, las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral”.

(*) Tomado del anuario Histórico Cubanoamericano #3 (2019): págs. 20-32.


[1] Término propuesto por el filósofo español José Gaos, exiliado en México. El novelista cubano José Manuel Prieto ha propuesto, en su proyecto de cosmopolitización expresada en Rex, la clasificación para esta etapa, “una anterior a 1917 e incluso hasta 1789”, el concepto de “viajero” para el desarraigado que vive en otro país, por las razones que sean, como parte de sus ideas políticas, o como parte del “bildungsreise” o “viaje educativo”, concepto introducido por Goethe, Hegel y Heine. Soy (dice Prieto) “un extranjero a todas luces (…) sólo hay un pequeño territorio en todo el globo donde no solo soy; lo soy, por ende, más que cualquier otra cosa…”

Monday, April 27, 2026

“ENTONCES QUIEBRO MI COPA”. José Martí

Por Héctor Rodríguez, PhD

Miami es la obra del exilio cubano, teniendo en cuenta la pujanza de los cubanos, déjennos tener lo mismo en Cuba en 20 años.

Miami Beach @Fuente externa

Ante la crisis cubana actual provocada por la estulticia de personas que han usurpado el poder por las armas primero y por fuerza después, afectando a generaciones enteras en su formación integral, haciéndolos huir porque en un país donde solo piensa un hombre, los demás son esclavos como nos enseñó Simón Bolívar, hoy aparece uno de esos personajes declarando sin derecho alguno dinamitar la isla ante la solución que espera el pueblo hace 100 años.

Cuba se independizó de España luego de la derrota en la Guerra Hispano-cubana-americana. Como resultado, la isla pasó a ser controlada por Estados Unidos, que luego de una intervención militar, le da la forma de una República.

El 20 de mayo de 1902, el General Leonard Wood se retira de Cuba, y toma posesión el primer presidente electo de nuestra naciente república: Tomás Estrada Palma.

Máximo Gómez iza la bandera cubana en presencia de Leonard
 Wood, 20 de mayo de 1902. Foto: Gómez de la Carrera.

A partir de ese momento y hasta el 1º de enero de 1959 ocurrieron 19 cambios de gobierno. Es decir como promedio un presidente cada tres años. ¿Qué imagen le da eso de los cubanos? No todos los presidentes cumplieron a término su mandato, y como ejemplo de ello algunos datos curiosos:

En cuatro ocasiones Cuba ha tenido 3 o más gobernantes en un mismo día. Ocurrió el 12 de agosto de 1933, en que Gerardo Machado fue destituido, Alberto Herrera presidió durante solo unas horas y posteriormente Carlos M de Céspedes que lo hizo por poco menos de dos meses. ¡Todo en un mismo día!

El 4 de septiembre de ese mismo año 1933, Carlos M de Céspedes fue destituido y presidió el país una pentarquía constituida por Grau, Franca, Carbó, Portela e Irizarry que gobernaron durante seis días, hasta el 10 de ese mismo mes. Grau toma el poder y lo mantiene al menos durante cuatro meses, hasta el 14 de enero de 1934.El 14 de enero de 1934, Carlos Hevia, que fue presidente solo unas horas y sustituido por Márquez Sterling, cuyo “gobierno” duró cuatro días. Después Carlos Mendieta lograría mantenerlo al menos durante casi dos años…

Palacio Presidencial, La Habana, Cuba. Construido entre1909 y 1920
por los arquitectos 
Rodolfo Maruri Paul Belau

Y para los que pueda interesarles o no los recuerden, publico la lista con todos los presidentes anteriores a 1959.

1-TOMÁS ESTRADA PALMA(20 de mayo 1902 a 28 de septiembre 1906)

2- JOSÉ MIGUEL GÓMEZ(28 de enero 1909 a 20 de Mayo de 1913)

3- MARIO GARCÍA MENOCAL(20 de mayo 1913 a20 de mayo de 1921)

4- ALFREDO ZAYAS Y ALFONSO(20 de mayo 1921 a 20 de mayo 1925)

5- GERARDO MACHADO Y MORALES(20 de mayo 1925 a 12 agosto 1933)

6- ALBERTO HERRERA Y FRANCHI(12 agosto 1933 a 12 agosto 1933)

7- CARLOS M. DE CÉSPEDES Y DE QUESADA(12 agosto 1933 a 4 septiembre 1933)

8- LA PENTARQUÍA : (Ramón Grau San Martín, Sergio Carbó,Porfirio Franca, José Miguel Irisarri y Guillermo Portela(4 septiembre 1933 a 10 de septiembre 1933)

9- RAMÓN GRAU SAN MARTIN(10 de septiembre 1933 a 14 enero 1934)

10- CARLOS HEVIA Y REYES GAVILÁN(14 enero 1934 a 14 de enero de 1934)

11- MANUEL MÁRQUEZ STERLING(14 de Enero 1934 a 18 de Enero 1934)

12- CARLOS MENDIETA Y MONTEFUR(18 de Enero 1934 a 11 diciembre de 1935)

13- JOSÉ A. BARNET Y VINAJERAS(11 diciembre de 1935 a 20 de mayo 1936)

14- MIGUEL MARIANO GÓMEZ(20 de mayo 1936 a 23 diciembre 1936)

15- FEDERICO LAREDO BRU(23 diciembre 1936 a 10 octubre 1940)

16- FULGENCIO BATISTA Y ZALDÍVAR(10 octubre 1940 a 10 octubre 1944)

17- RAMÓN GRAU SAN MARTÍN(10 octubre 1944 a 10 octubre 1948)

18- CARLOS PRÍO SOCARRÁS(10 octubre 1948 a 10 marzo 1952)

19- FULGENCIO BATISTA Y ZALDÍVAR(10 marzo 1952 a 1º enero 1959)

A partir de aquí la desgracia se multiplicó por todos ellos quiero decir que lo que no hicieron los anteriores en 57 años tampoco lo hizo el último en 66 años ,lo que significa que el pueblo cubano no ha recibido de sus gobernantes en 123 años es suficiente ,como para tener derecho ahora cuando caiga el comunismo, decidir en las urnas que quiere y que necesita , que lo sigan maltratando gobiernos inescrupulosos o que nos dirija el gobierno de Los Estados Unidos al cual podríamos pertenecer si nos dan la posibilidad de un referendo de anexión no a este gran país.

Los cubanos tenemos una carta de presentación para demostrar qué seríamos capaces de hacer si nos anexamos: Miami.

Miami es la obra del exilio cubano, teniendo en cuenta la pujanza de los cubanos, déjennos tener lo mismo en Cuba en 20 años.

Le generación actual no lo disfrutará plenamente, se irá apagando, pero tendrán la tarea de preparar la felicidad de sus hijos y nietos y no habría mayor orgullo para ellos que dejarles un país del primer mundo, que de seguir gobernados como hasta ahora nunca lo alcanzarían.

Les dejo ahora un análisis y mis reflexiones de los beneficios de la anexión según mi punto de vista

Podríamos por vez primera tener un país basado en los mismos principios que Estados Unidos.

Derecho y respeto a la vida,

Derecho y respeto a la libertad,

Derecho y respeto a la propiedad.

¿Y si el pueblo cubano pudiera decidir en referendo si quiere ser el estado 51 de los Estados Unidos?

¿Por qué temerle a la libertad de elegir

Hoy nos enfrentamos a un nuevo desafío anunciado por un gobernante de facto.

Que un gobernante diga —o permita que se diga— que prefiere dinamitar la isla antes que entregarla, como interpreta CNN en el contexto de las negociaciones en Cuba, no es una metáfora: es una confesión moral.

Díaz-Canel no compró Cuba.

Cuba no es su propiedad.

La isla no es un rehén ideológico ni una finca personal del poder.

Ningún gobernante tiene derecho a destruir una nación por orgullo, por miedo o por fanatismo.

Imagen de una calle de Centro Habana, Cuba.
Ninguno tiene derecho a condenar a generaciones enteras a la ruina con tal de no soltar el poder.

Eso no es soberanía.

Eso no es patriotismo.

Eso es estulticia política y bancarrota ética.

Cuando un poder afirma: “prefiero destruirlo todo antes que perderlo”, lo que revela no es fuerza, sino debilidad.

El que ama a su país lo entrega vivo, no lo amenaza muerto.

Lo cuida, no lo dinamita.

Lo hereda a su pueblo, no lo secuestra.

Cuba es una obra secular: ciudades, campos, cultura, familias, memoria.

Nada de eso pertenece a un partido, a un apellido ni a un buró político.

Los países no se gobiernan como trincheras.

Se gobiernan como hogares.

Y ningún hogar se salva cuando quien manda está dispuesto a prenderle fuego.

Decir que “antes de entregar el poder se prefiere destruir la isla” no es una frase fuerte:

es una confesión peligrosa.

Cuba no es propiedad de ningún gobernante.

Nadie la compró.

Nadie tiene derecho a amenazar su destrucción.

Eso no es soberanía.

Eso no es patriotismo.

Eso es miedo a perder el poder.

Los países se gobiernan para salvarlos, no para incendiarlos.

Cuba pertenece a su pueblo, no a quienes están dispuestos a dejarla en ruinas.

Tomando las palabras de José Martí para terminar

En homenaje al destacado periodista Adolfo Márquez Sterling en Discursos Políticos de sus obras completas pronunciado bajo el título Prédicas Revolucionarias el 26 de abril de 1879 esbozaba al final igual que hoy sobre la política cubana lo siguiente:

Si tal y más amplia y completa, hubiera de ser la política cubana; si hubieran de ponerse en los labios todas las aspiraciones definidas y legítimas del país, bien que fuese entre murmullos de los timoratos, bien que fuese con repugnancia de los acomodaticios, bien que fuese entre tempestades de rencores:-si ha de ser más que la compensación de intereses mercantiles, la satisfacción de un grupo social amenazado y la redención tardía e incompleta de una raza que ha probado que tiene derecho a redimirse; si no se ha extinguido sobre la tierra la raza de los héroes, y a los que fueron, suceden los héroes de la palabra y del periódico; si al sentir, al hablar, al reclamar, no nos arrepentimos de nuestra única gloria y la ocultamos como a una pálida vergüenza ; por soberbia, por digna, por enérgica, yo brindo por la política cubana.

Pero si entrando por senda estrecha y tortuosa no planteamos con todos sus elementos el problema, no llegando, por tanto, a soluciones inmediatas, definidas y concretas; si olvidamos, como perdidos o deshechos, elementos potentes y encendidos; si nos apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se nos escapa por los labios; si hemos de ser más que voces de la patria, disfraces de nosotros mismos; si con ligeras caricias en la melena, como de domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana (1).

Así nos deja una enseñanza, que los gobernantes cubanos merecen igual que el apóstol declamó, quebrar nuestras copas por las fallidas políticas cubanas. Yo quiebro la mía.

1-Jose Martí Obras completas, Predicas Revolucionarias Abril 26,1879.