Thursday, August 6, 2026

PÉRDIDA DE LA HABANA (1762) (*)

Por Pilar Castillo Manrubia (**)

Defensa del Morro de La Habana. Óleo de Rafael Monleón
(Museo Naval de Madrid.) 

El siglo XVIII fue un siglo de guerras para Cuba.· Desde 1702 hasta 1790 España sostuvo seis contiendas con Inglaterra, y en la quinta de estas luchas los ingleses se apoderaron de La Habana, permaneciendo en ella cerca de un año.

El 15 de agosto de 1761, España y Francia firmaron el Tercer Pacto de Familia, para evitar que Inglaterra se hiciera dueña absoluta de la navegación, y compelerla a volver en sí para una paz razonable. Carlos III se prometía humillar la soberanía de Inglaterra, conteniendo sus progresos en América. Pero este pacto fue un desastre y pronto se vieron sus funestas consecuencias.

La primera fue la declaración de guerra a España, publicada en Londres el 2 de enero de 1762. La respuesta española no se hizo esperar: fue impresa el 17 del mismo mes y año ordenando ejercer toda suerte de hostilidades permitidas contra los vasallos del Rey de Inglaterra (salir del reino a los no naturalizados españoles; prohibir el comercio y comunicación con la Gran Bretaña; autorizar el armamento de navíos y el corso con ellos, así como todos los medios admitidos por el derecho común de la guerra.

La Habana era la plaza más fuerte de las Antillas, y durante las últimas guerras, la gente de Cuba era la que había causado más daño a los ingleses; así es que, al empezar la nueva conflagración, éstos pensaron acabar de un solo golpe con el más fuerte de su enemigos, y enviaron una gran escuadra y un enorme ejército para apoderarse de La Habana. A su favor tenía dos circunstancias: después del anterior conflicto bélico (1747), se habían descuidado las fortificaciones, y las milicias del país habían perdido mucha de su organización y de sus hábitos de combatir. La segunda era que, el año anterior -1761- se había declarado la fiebre amarilla en Cuba, que causó muchas bajas entre la guarnición de La Habana.

El Gobierno inglés proyectó apoderarse de La Habana, intentándose de este modo cerrar el paso del océano a los tesoros de las colonias españolas, abrir un comercio libre a la navegación en aquellos mares, y amenazar las otras Antillas y demás posesiones enemigas.

Para desorientar a los aliados sobre el verdadero objeto de los preparativos, se hizo circular la voz de que se destinaban a atacar a Santo Domingo, lo que parecía ser más verosímil, por estar esta isla más próxima que la de Cuba a la Martinica . Además , la Gaceta de Londres del 9 de enero corroboraba la errada noticia. Como general en jefe de las fuerzas de Tierra, se eligió al teniente general Jorge Keppel, Conde de Albemarle, y al almirante Sir Jorge Pocock , para el mando de la escuadra . Y se ordenó que ésta y una división de 4.000 infantes se reunieran en Portsmouth, a la vez que se prevenía al general Monckton a fin de que las fuerzas enviadas para la conquista de Guadalupe y Martinica estuvieran preparadas a la llegada de Pocock, y que las autoridades de Jamaica y norte de América aprontasen dos divisiones (una de 4 .000 hombres en el norte de América, y otra de 2.000 en Jamaica).

En cerca de trece años que había sido capitán general de Cuba Cagigal, el astillero de La Habana fue elevado a la potencia y categoría de arsenal, como su puerto a la de Apostadero general de América Central. Se botaron siete navíos de línea inmejorables (el Tigre, de 70 cañones; San Alejandro, de 80; Rayo, de 80; Infante, de 70 ; Galicia, de 70; Princesa, de 70; Astuto, de 70), una fragata, un bergantín y un paquebote; y en el arsenal de La Habana, las fragatas (Flora, de 24 cañones ; Fénix, de 18) ; los bergantines (Triunfo, de 16 cañones y Cazador, de 18); y el paquebote Volante, también de 18 cañones. En 1760, al concluirse el gobierno de Cagigal, la población de la capital no pasaba de seis mil almas, sin exceder los 140.000 toda la isla. De los productos del país, sólo una parte recibía España los demás pasaban a los mercados extranjeros. La manifiesta protección del Gobierno inglés al tráfico ilícito en América, decidió a Ensenada a expulsar con las armas a los ingleses establecidos en el golfo de Honduras y Costa de los Mosquitos , si las negociaciones amistosas no bastaban.

El 27 de agosto de 1758 murió Fernando VI, sucediéndole Carlos III. Con el cambio de monarca, se modificó también de política. Carlos 111 nombró por sustituto de Cagigal a D. Juan Prado de Portocarrero, a quien despidió advirtiéndole que la conducta de aquella potencia -Gran Bretaña-podría obligarle a un rompimiento; y así estuviese con tal precaución como que podría, cuando menos se lo pensara, ser invadida y atacada la plaza de La Habana. Prado recibió su nombramiento el 13 de mayo de 1760 y se hizo cargo de la Capitanía el 7 de febrero siguiente. Carlos III le había encargado también reorganizar todas las tropas de la isla ; montar y habilitar toda la artillería; reparar todas las obras del recinto; emprender y ejecutar las que Cagigal dejó proyectadas para La Cabaña. Debía, además, examinar e informar sobre el estado de la Real Compañía, despojarla de sus atribuciones en el ramo de tabacos, y conferírselas por cuenta de la Hacienda a una factoría general de nueva planta.

Prado empezó por lo menos urgente. Convocó una diputación de labradores vegueros de la jurisdicción de la capital y de Matanzas, que se celebró el 27 de febrero, y en la que se fijaron, de común acuerdo, las cantidades, las clases y los precios respectivos del tabaco que había de recibir y pagar la factoría, medida que fue desaprobada por Esquilache.

Habían ido de España a Cuba con Prado dos hermanos franceses, ingenieros -el coronel y el teniente coronel O . Francisco y D . Baltasar Ricaud de Tirgale-, y había como peones disponibles unos trescientos, entre negros, esclavos del rey y presidiarios. Pero su actuación no se encaminó preferentemente~ a la fortificación de La Cabaña, ganado su espíritu por el desánimo que le producía el tener que sujetarse al extenso plan de Cagigal, habida cuenta la escasez de medios y la dureza del terreno. Sin embargo, pidió a Cagigal auxilio de forzados y envió a D. Juan Miralles, comerciante de La Habana, a comprar esclavos en· Jamaica. De Veracruz sólo recibió 70 presidiarios, y Miralles no encontró esclavos. En consecuencia, los ingenieros Ricaud y los pocos peones se entretuvieron en hacer un cuartel para 200 dragones que irían de España, sobre muros y solares cedidos por el Conde de La Bayona, a reparar el recinto, a reforzar la artillería en los castillos de Matanzas y Jagua, en los torreones de Bacuranao y La Chorrera, y en las baterías de la caleta de San Lázaro y de la rada de Batabanó.

Poco después llegaron de Veracruz algunos presidiarios para las obras de fortificación, que trajeron la peste que se extendió rápidamente a la población, escuadra y cuarteles. Entre marineros y soldados, perecieron más de 1.800 aquel verano, pues especialmente atacaba a los europeos.

Antes de mediar el año, se incorporaron a la guarnición trece compañías de los regimientos de Aragón y de España, uno de artillería y 200 dragones de Edimburgo, transportados en una escuadra de seis navíos, mandados por el Marqués del Real Transporte, con el cargo de comandante general de la escuadra América, quien tenía a sus órdenes catorce navíos y seis fragatas en La Habana, tres navíos y una fragata en Santiago de Cuba, un navío y dos fragatas en Veracruz, y tres navíos y una fragata en Cartagena, que sumaban 21 navíos de línea y diez fragatas. Y por R. O. de 14 de noviembre de 1761, se prevenía a Prado para que procurara mantener unida y dispuesta a la escuadra de La Habana, y en cuanto tuviese la más. mínima sospecha de ataque inglés, convocara Junta para deliberar lo que deberían hacer.

El Marqués del Real Transporte entregó a Prado una autorización para variar el proyecto que Cagigal había enviado a la Corte para fortificar La Cabaña. Animado por esto, Prado aumentó su maestranza con algunos negros, logrando el ingeniero Francisco Ricaud dar principio a la traza y cimientos de aquella obra. Pero éste, que en pocas semanas había desmontado y limpiado la meseta en que remata aquella altura, reduciendo a un polígono regular el anterior proyecto, y que a principios de octubre tenía los cimientos de los frentes este y sur, fue también víctima de la peste.

Entretanto, el 15 de agosto, el Marqués de Grimaldi, en nombre de Carlos III, y el Duque de Choiseul, en el de Luis XV, firmaron en París el desdichado Pacto de Familia, que nos obligó a salir de nuestra fecunda neutralidad y dio lugar a que Inglaterra nos declarara la guerra, como hemos dicho más arriba. La noticia del rompimiento con Inglaterra, la recibió Prado .el 26 de febrero de 1762. Inmediatamente convocó y reunió una Junta de Guerra que, presidida por él, estaba formada por el Marques del Real Transporte, el ordenador honorario de Marina D. Lorenzo Montalvo, el coronel del Fijo de La Habana D. Alejandro Arroyo, el ingeniero D. Baltasar Ricaud, y los capitanes de los buques, actuando como secretario D. José García Gago, principal confidente y auxiliar de Prado. También se sumaron a esta Junta el teniente general D. José Manso de Velasco y el mariscal de campo D. Diego Tabares, los dos bien entrados en años.

En principio, acordaron que la maestranza del arsenal suspendiera las construcciones y se _incorporara a la fuerza de la plaza, confeccionándose padrones de todos los individuos que estuvieran en edad de tomar las armas. Prado pidió a España mil veteranos y cuatro mil quintales de pólvora, y, tanto en los castillos como en el recinto, se remontó y repuso el cureñaje de las baterías, y Ricaud acometió las obras de La Cabaña con más bríos, hasta el punto de que, a fines de mayo, tenían profundizados los fosos de los frentes principales del polígono trazado por su hermano, guarneciéndolos de parapetos y reductos alzados con faginas, tierra y piedras .

El 5 de marzo partieron de Spithead para Jamaica 64 buques de guerra mandados por el almirante Sir Jorge Pocock y más de diez mil hombres que mandaba Lord Albemarle. Al mismo tiempo, se ordenaba a Sir James Douglas --quien mandaba la escuadra que había derrotado a los franceses- se incorporará a Pocock en Jamaica y que Sir Jeffrey Amherst, gobernador general de América del Norte, reuniera en Nueva York y Charleston los refuerzos de municiones y la gente que Albemarle necesitara. Todas estas fuerzas navales y terrestres se reunieron en Martinica -Cas de Navieres- el 26 de marzo. Albemarle dividió todo este ejército en cinco brigadas, y, además, formó dos cuerpos: uno, compuesto de cuatro compañías de infantería ligera perteneciente a los regimientos traídos de Inglaterra y de un batallón de granaderos al mando del coronel Guy Carleton; y el otro, de dos batallones de granaderos al mando del coronel Guillermo Howe. También compraron mil negros en Martinica. Las fuerzas navales se componían de 26 navíos de línea (uno de 90 cañones, uno de 80, cinco de 74, dos de 66, cinco de 64, tres fragatas de 40, dos de 32, cinco de 28, una de 24, cuatro de 20 , y varios, entre bergantines, trincaduras y brulotes), que sumaban 2.292 piezas de artillería de bronce, con repuestos. Además de la artillería --con parque de. Campaña y tren de sitio-, un cuerpo de ingenieros con gran acopio de tiendas, herramientas y pertrechos . Sumaban 12.041 los hombres de desembarco que, unidos a los de las tripulaciones y tropas de escuadra, y a dos mil peones negros, hacían un total de 22.327.

Viendo el almirante que faltaba como un mes para la estación de las aguas, eligió el camino más corto, aunque más peligroso, paso intrincado de más de doscientas leguas, conocido con el nombre de Canal Viejo de Bahama. De paso, se cortaba la única vía por donde los franceses podrían, desde Santo Domingo, acudir en auxilio de La Habana.

Esta armada salió lentamente de la Martinica el 6 de mayo, y el 27 se introdujo por las peligrosas angosturas del Canal Viejo de Bahama. El 2 de junio, al desembocar su vanguardia, avistó al NO. once embarcaciones españolas que iban a cargar madera a Jagua, con destino al astillero de La Habana, escoltadas por la fragata Tetis y la urca Fénix. Alcanzadas por los ingleses, se trabó combate que duró dos horas, y que terminó con la rendición de las españolas. El 5 de junio toda la escuadra apareció por Matanzas al amanecer y desde el 6 estuvieron a la vista de la capital los 53 buques de guerra y los doscientos transportes de aquella formidable armada .

La entrada de La Habana es un canal de poco más de media milla de largo y de cerca de 1.400 pies de ancho, que da paso a una gran taza en forma de óvalo, defendida de todos los vientos y, capaz por su extensión y fondo, de contener mil buques y que comunica con las ensenadas de Regla, Guanabacoa y Atarés. En el meridiano de La Habana se unen las aguas del golfo, las del Canal Viejo y las del Canal de Bahama. Esta Ciudad fue mirada con predilección por los reyes españoles. Está situada en una llanura al O. de la entrada del puerto y tenía unas tres mil casas que ocupaban una extensión de 6.300 pies de largo por 3.500 de ancho. Contaba con once iglesias y monasterios y dos grandes hospitales. Su población se calculaba en 70.000 almas. Su comercio con España era importante: exportaba gran número de cueros, azúcar, tabaco y frutas, y las importaciones se hacían por los buques matriculados en Cádiz y Canarias, además del convoy que, con los galeones, regresaba en septiembre, cargado con las riquezas del Perú y Chile, y la flota de Nueva España. Fácil es suponer que una ciudad tan importante estaría bien defendida. La entrada del puerto lo estaba hacia el E. por el fuerte Castillo del Morro, en cuyos muros y baluartes había montados cuarenta cañones; por la batería de los Doce Apóstoles, llamada así por montar igual número de cañones de a 36, situada en la parte baja del Morro que mira al SO, casi al nivel del mar; y enseguida de ésta, por la de la Divina Pastora, con catorce cañones a flor de agua; hacia el O. y como a 200 varas de la Punta, por el castillo de este nombre con cuatro baluartes bien montados de artillería, y en la misma dirección, por la fuerza, con. 22 piezas, la cual, además de ser la residencia ordinaria de los capitanes generales, servía de depósito a los caudales del rey. Las murallas corrían por la parte de tierra, desde la Punta hasta el arsenal, con baluartes y parapetos, y un foso derrumbado por varios puntos y casi vuelto a cubrir, en particular detrás de las puertas de Tierra y la Punta, en cuyo tramo el terreno se extiende en un ascenso suave, y en él se veían algunos jardines y dehesas cubiertas de innumerables palmeras. Delante de la Tierra había un revellín y el cerro que desde allí se extiende hasta el arsenal, era el más elevado de la ciudad, y más escabroso que el del lado de la Punta. Tales eran las fortificaciones de La Habana, las mejores que tenía España en las Antillas. Pero todas ellas estaban dominadas por alturas de fácil acceso, que no podrían menos de producir grandes ventajas a cualquier enemigo que intentara apoderarse de la plaza. Al E. del puerto, el monte de La Cabaña (donde después se construyó la ciudadela que lleva su nombre) domina en gran parte el Morro y enteramente la Punta, la Fuerza y el NE. de la ciudad, que era lo mejor fortificado. Hacia el O. había un suburbio llamado Guadalupe, cuya iglesia estaba en una eminencia, a media milla de la puerta de Tierra, al mismo nivel que ésta, y más alta que todas las demás fortificaciones en aquella dirección. Desde el lado norte de esa eminencia podría franquearse la puerta de la Punta, y por el SE., dominar la fábrica del arsenal. De estas observaciones se deduce que, la ciudad , aunque bien fortificada, no era inexpugnable en los tiempos de la invasión inglesa.

Además, y como ya hemos dicho, tuvo España la mala suerte de que en esta época fuese gobernador de la isla un general poco apto, pues Carlos III, cuando le encargó del mando de esta posesión, le recomendó muy especialmente la reparación y fortificación del recinto de La Habana y, sobre todo, levantar un castillo en las altura de La Cabaña. Es cierto que; en los primeros momentos, se encontró sin recursos suficientes para emprender las fortificaciones, y la fiebre amarilla de 1761 le restó muchas manos; pero lo que no es justificable es su incredulidad de haber pasado más de tres meses en una crimina inacción, después de recibida la noticia de la declaración de la guerra.

Prado era un hombre de una contumacia increíble. El 21 de mayo por la tarde, llegó cubierto de sudor y fango un hombre que penetró hasta la antesala de Prado, alegando que tenía que darle un aviso muy importante. Como no eran horas de audiencia, le despidió ásperamente el secretario García .Gago quien, al oír al recién llegado llamarse Martín de Arana y ser traficante de Santiago con Jamaica, desestimó el valor de sus noticias. A pesar de que el auditor de Guerra D. Martín de Ulloa y el capitán de navío D. Juan de la Colina respondieron de su veracidad, Prado no ojeó siquiera los papeles que le traía y las Gacetas de Jamaica, afirmando la imposibilidad de que una escuadra numerosa embocara el Canal Viejo de Bahama, tan largo y peligroso, donde sin absoluta necesidad apenas se arriesgaban los bajeles sueltos. Pero la realidad era que Arana había observado en Kingston acopio de víveres y municiones para muchas fuerzas, y oído que los ingleses iban a atacar La Habana; y deseoso de comunicar tal noticia con urgencia, se embarcó en un lanchón de contrabando, logrando con dinero que lo desembarcaran en el cabo de San Antonio, de donde había llegado hasta allí cabalgando día y noche, para prestar este servicio a su patria. ·Pero era tal la testarudez de Prado en rechazar la idea de que los ingleses pμdieran ir sobre la plaza-para él. inexpugnable-, que , después de haberse presentado enfrente de Cojimar, subió al Morro a observar sus movimientos, y como al volver a La Habana encontrase a las tropas sobre las armas por orden del teniente-rey, desaprobó su conducta y dispuso que volvieran a sus cuarteles. Y cuando pocas horas después avisaron del castillo que los navíos ingleses arribaban sobre la costa con evidentes señales de intentar un desembarco, entonces se dio cuenta de la verdad de lo que ocurría y pasó de la tranquilidad al nerviosismo. Y aún, al avistar la escuadra inglesa, aunque Prado ordenó que la guarnición se pusiera sobre las armas y se convocaran las milicias, y se trasladó con Hevia, Velasco Colina, Tabares y otros al Morro para observar los movimientos del enemigo, a las 12 se retiraron convencidos de que aquello no era otra cosa que la flotilla anual que regresaba de Jamaica a Europa. Al regresar a su residencia -Castillo de la Fuerza-, vio Prado a Martín de Arana hablando con Ulloa, y preguntó ¿Qué es esto, señor Arana? ¡Qué ha de ser, señor!, le respondió: Lo que vine a anunciar a usted quince días hace, atropellando todos los peligros, como buen vasallo :del rey y buen español. Apenas entró en la residencia, Prado fue avisado desde el Morro de que todas las embarcaciones enemigas viraban en dirección al puerto, y que multitud de vecinos se .agrupaban en los umbrales de la residencia de Prado pidiendo armas y -ofreciéndose para la defensa.

Desde que observaron la intención del .enemigo de desembarcar; el capitán general convocó .Junta de Guerra constituida por Superunda, Tabares, Hevia; Dionisio Soler, y los capitanes de navío Juan de la Colina, Francisco Medina, Garganta, Juan de Postigo, Francisco Medina, Juan Ignacio de Madariaga, Francisco Bermúdez, José Díaz de San Vicente y el Marqués González, actuando de secretario García Gago. Al saberse dónde desembarcaba el enemigo se juzgó acertadamente que sería La Cabaña el objetivo preferente, por lo que la Junta ordenó enviar a aquella altura a los ingenieros Ricaud y Juan de Cotilla, con toda la maestranza del arsenal y de la plaza, para formar y artillar varios reductos. En pocas horas fabricó la marinería del arsenal una gran balsa para transportar tropas, trabajadores y cañones. D . Pedro González de Castejón se trasladó a La Cabaña con sus fuerzas. Al anochecer, dos mil ingleses fueron a reconocer la posición y se produjo un tiroteo, dispersándose despavoridas las milicias. Entonces, sin pararse a reflexionar, la Junta juzgó indefendible un puesto que era la llave natural de todos los demás, y ordenó que Castejón lo abandonara. Por otro lado, creyendo la Junta que Pocock forzaría la entrada de la bahía, la mandó barrenar y sumergir en ella los navíos Neptuno, Asia y Europa, acordándose que tal medida proporcionó éxito veinte años antes a Eslava y Lezo en Cartagena, sin pensar en la diferencia de configuración de los dos puertos y la desigualdad de circunstancias.

Tan desacertadas órdenes obligaron a concentrar en el recinto y castillos a las fuerzas veteranas. Así, pues, se desaparejaron la mayoría de los buques para llevar a los marineros, el balerío, pólvora y las mejores piezas de los navíos, así como los pertrechos y víveres, a los castillos. La defensa se dividió en cuatro secciones encargadas a Garganta, Castejón, Arroyo y Panés Moreno, poniéndose también cada batería en particular al cuidado de diferentes oficiales dé Tierra y de Marina, con los artilleros y gente necesaria. Y tales disposiciones se tomaron también para la custodia y defensa de la parte interior del puerto, desde la puerta de la Punta hasta la de la Terraza, en la inteligencia de que por falta de tropa reglada para cubrir la mayor parte de la muralla, estaban las cortinas y los baluartes guarnecidos .de negros, mulatos y otras especies de gentes, a quienes la necesidad sola pudo elegir para unos destinos de tan recomendable consideración. (Diario militar de las operaciones ejecutadas en la ciudad y campo de La Habana). Prado, por acuerdo de la Junta, nombró comandante general de la isla al capitán de navío D. Juan Ignacio Madariaga, y comandantes de las fortalezas también a marinos: del Morro, a D. Luis Vicente de Velasco; del de la Punta a D. Manuel Briceño; de la puerta de Tierra a D . Pedro Castejón; y como defensor de la loma de Soto , a D. Juan Antoinio de la. Colina. Fueron quitados los aparejos a los barcos que, protegidos sus cubiertas y costados con sacos de tierra, sirvieron de baterías flotantes, concentrándose en los castillos y plazas las tropas regulares, y ordenándose que salieran de ella las personas inhábiles.

Cuarenta horas después de ser desalojada La Cabaña por Castejón, Albemarle ordenó que dos mil hombres fueran a ocuparla. La tarde del 11, al ver aquel enorme ejército, los milicianos se replegaron sobre el Morro, disparando desde lejos. Mientras, en La Chorrera, D. Antonio Trabejo, joven habanero, ingeniero voluntario, había abierto una trinchera que abrigaba las milicias mandadas por Aguiar, en donde estuvieron disparando contra los ingleses más de dos horas, con seis piezas de a ocho, hasta que, derruido el torreón, Aguiar se retiró por la costa hacia la plaza, dejando a los ingleses apoderarse de la única agua potable de aquel contorno.

Los capitanes Ruiz y Díaz operaban aisladamente con sus compañías, envolviendo a un piquete en Corral Falso; el alcalde de Guanabacoa, D. José Antonio Gómez de Bullones, reunió un ardoroso núcleo de ·adictos en cuerpo de guerrillas y les salió al paso conteniendo a los ingleses· durante varios días, haciéndoles infinidad de prisioneros· y muertos, pues cada disparo de su escopeta suponía un enemigo menos. Por tal motivo, a Guanabacoa se la denomina la villa de Pepe Antonio. Otra partida era dirigida por ei oficial veterano D. José Bernet, llamado el jerezano, a cuyos tiros sucumbían cuantos marinos y oficiales penetraban río adentro de La Chorrera.

Pocock organizó con parte de su escuadra dos cruceros: uno, entre La Habana y el cabo de San Antonio, para impedir los socorros que pudieran venir de ·Veracruz; y otro, en la costa meridional para interceptar los que pudieran llegar de Cuba, de las Antillas o de Tierra firme. Lord Albemarle decidió atacar el castillo del Morro y, en consecuencia, el 13 de junio' empezó a talar su pendiente, a la vez que lo sitiaba el general Kepel

El castillo del Morro había sido erigido a fines del siglo XVI por Antonelli. Abarcaba un recinto de 850 varas de circunferencia y consistía en un peñón saliente de 22 pies de alto sobre el nivel del mar. Era un polígono de frentes irregulares adaptado a la configuración del suelo, estando defendido al sur por un foso con puerta principal de rastrillo y revellín al centro, y flanqueado en sus extremos por dos baluartes triangulares (de Mar al E. y de Austria al O.). Contaba la fortaleza con 64 cañones de bronce y algunos de hierro, y la defendía una guarnición de 300 veteranos, 50 soldados de Marina y 50 artilleros, con doscientos trabajadores negros y mulatos. Las columnas y zapadores de Keppel establecieron del 13 al 28 una batería de cañones de 24 sobre el de Austria, y otra del mismo calibre sobre el del Mar, y una batería de dos obuses de catorce pulgadas detrás de la primera. También colocó Albemarle otra batería en la falda meridional de La Cabaña, pero Hevia frustró sus intenciones situando al Aquilón, Infante y Tigre de manera que estorbaran con sus fuegos a los trabajadores enemigos. Pocock lanzó más de dos mil bombas sobre la plaza, aunque en gran parte fueron detenidas a distancia por la artillería de La Punta, del baluarte de San Telmo y del mismo Morro. Pero ni estos disparos ni los de la Fuerza y de la fragata Perla, pudieron impedir que continuaran sus trabajos los zapadores de Keppel, bien resguardados por un enorme parapeto triangular de pacas y de sacos de arena.

Cansado Velasco de reparar de noche el daño que sufría de día, pidió a la Junta que se dispusiera una salida para destruir los trabajos de Keppel. En efecto, salieron 640 hombres a destruir cuatro baterías defendidas por más de cuatro mil. Se dividieron en tres destacamentos mandados por D. Alejandro Arroyo, coronel del Fijo de La Habana, se mantuvieron a la escucha, y a las dos de la mañana atacaron simultáneamente. La consecuencia de esta temeridad fue derrota, dirigiendo Prado y Hevia otro ataque simultáneo sobre la batería situada en la falda meridional de La Cabaña, que hostigaba al puerto. Aquella noche los ingleses tuvieron muchas bajas. ·

En l de julio se colocaron a tiro del Morro los navíos Stirling-Castle, Cambridge, Malborough y Dragon, con 288 piezas de grueso calibre entre los cuatro. Velasco, encomendando la defensa de los baluartes meridionales al sargento mayor D. Bartolomé Montes, se trasladó al baluarte Santiago que miraba a la entrada de la bahía, con 18 piezas y una batería baja con doce. También impusieron silencio aquella. tarde a fas baterías de Keppel los dos baluartes de Austria y Tejeda. Estas seis horas de lucha revelaron a los ingleses que la defensa del Morro la dirigía un genio heroico, lo que obligó al jefe de Ingenieros Patrick Mackellar a confesar en su Diario que desde el principio de aquella guerra jamás había encontrado más digno enemigo que D. Luis de Velasco, cuya conducta inspiraba veneración a sus mismos adversarios. Contribuyeron con el acierto de sus tiros al triunfó de este día, las baterías del castillo de La Punta y San Telmo, gobernadas por Briceño y el capi1tán de Artillería D. José Crell de la Hoz.

La fatiga de tantas horas de combate no le impidió a Velasco pasar la noche entera remontando en cureñas de repuesto las piezas demostradas durante la refriega, en reemplazar los parapetos destruidos de las plataformas con trozos de madera adaptados a sus dimensiones, que Montalvo le remitía desde el arsenal. Keppler redobló con vigor su cañoneo el día 2, pero no pudo impedir que los proyectiles y ollas de fuego de Velasco prendieran en los combustibles de la segunda y tercera paralelas, convirtiéndose en cenizas en menos de dos horas la labor de un millar de hombres en tres semanas. En su Diario de este sitio, dice Mackellar:

Funesto golpe y más sensible cuando las penalidades han llegado a hacerse insuperables. Las enfermedades traídas de la Martinica y visiblemente aumentadas por la insalubridad del clima y lo penoso del servicio, han reducido el ejército a la mitad de su número, y redoblado, por consiguiente, la fatiga de los pocos que conservan fuerzas para cumplir indispensables deberes. 5.000 soldados y 3.000 marineros están postrados por diversos males, al paso que la falta de buenos alimentos desespera a los enfermos y retarda su curación, siendo de cuantos males sufren la escasez de agua el que más agrava sus padecimientos. El tener que ir a buscarla a tanta distancia y en tan mezquina cantidad, agota las fuerzas del soldado. Disminúyense nuestras esperanzas de éxito a medida que se adelanta la estación de los huracanes en estas latitudes, porque si estallaran con su virulencia acostumbrada, se expondría la escuadra a un desastre inevitable, y tendría el ejército que renunciar al sitio sin su auxilio.

El 15 de julio, Velasco, con una fuerte contusión en la espalda y el capitán de fragata D. Ignacio de Orbe y el sargento mayor D. Bartolomé Montes rendidos de fatiga, sin haberse desnudado en más de un mes, tuvieron que retirarse a la ciudad para descansar. Fueron relevados por el capitán de navío D. Francisco de Medina, D. Diego de Argote y el capitán de España D. Manuel de Córdoba. (Montes volvió a los tres días para continuar la defensa.) El 22 de julio llegaron a Jagua en el navío Argonauta 350 hombres con 2.600 fusiles, alguna pólvora y pertrechos, ordenándose que de allí continuaran a la capital por tierra. Ya el 8 de julio habían llegado siete compañías de milicias, con armas y algunos caballos, mandados por sus capitanes.

Carta Esférica del Seno Mexicano en la que se manifiesta el crucero
que hacían los ingleses en la guerra próxima pasada. Realizado por
José de Toledo (1765) (Sección de Cartografía. Museo Naval de Madrid

Medina propuso continuar la defensa del Morro con diferente sistema que Velasco. En su deseo de ahorrar sangre y municiones, apostó a la gente detrás de las cortinas y baluartes; así, no pasaron de 250 las bajas de aquella guarnición en los nueve días que Medina defendió aquel fuerte. Pero Keppel, menos embarazado por sus fuegos, reforzó sus paralelas con dos baterías más de obuses y cañones, y el ingeniero Mackellar adelantó con menos riesgo los trabajos de dos minas (una en los cimientos del baluarte Tejeda y otra en la dirección del ángulo saliente del baluarte Austria). Inspirado por su intrepidez, Aguiar concibió el proyecto de destruir el nuevo padrastro de San Lázaro, y, cediendo a sus instancias, Prado le autorizó intentarlo con una compañía de migueletes, capitaneada por D. Fernando Herrera, y otra de negros escogidos. Dos horas antes de que amaneciera el 18 de julio, esta partida se deslizó desde la puerta de La Punta hasta San Lázaro, sorprendió a los centinelas, degolló a más de veinte hombres, hizo prisioneros a su comandante y a 16 más, poniendo en fuga a los restantes, clavó 16 piezas de a tres cañones y cuatro obuses, e incendió y desbarató la batería. Cuando Howe airado acudió a castigarlos, ya estaban fuera de su alcance, aunque restableció sus fueros en San Lázaro al día siguiente. 

En esta situación, la Junta decidió emplear el sistema que un mes antes le dio tan desastroso resultado, pero en esta ocasión, en vez de con veteranos, con las compañías de milicias de tierra adentro, mandadas por D. Juan Benito Luján, la de migueletes catalanes y la de negros, que acababan de destacarse en San Lorenzo, por un total de 800 hombres. En la madrugada del 22 desembarcaron al pie de la Pastora, treparon por la cuesta, degollaron a algunos centinelas y atacaron a los destacamentos avanzados. El teniente coronel Stewart dio tiempo, con su resistencia, a que acudiese Carleton con dos batallones. En los pocos minutos que duró la lucha, quedaron sobre el campo más de cien de Luján, otros tantos se ahogaron en la bahía, cuarenta fueron malheridos, y el resto huyeron. Las pérdidas inglesas fueron también muy considerables, por lo que Prado y Albemarle suspendieron las hostilidades todo el día para sepultar a los cadáveres. ·

El 24 de julio, mejorado de su golpe, Velasco volvió al Morro para defenderlo, llevando de segundo al Marqués González. Esto fue conocido en el campo inglés por la viveza con que, de repente, empezaron a disparar las baterías. Durante los días 25, 26, 27 y 28, Velasco disparó con tal tino sobre los trabajadores avanzados, que los ingleses sólo fiaban en los progresos de sus minas. El 24 desembarcaron en La Chorrera los refuerzos que, al mando del brigadier Burton , trajeron de Nueva York tres buques de guerra y un considerable número de transportes. Y al anochecer de este mismo día, Mackellar terminó los trabajos de las minas, labrando un vasto hornillo dentro de la misma roca.

El 30 de julio, adivinando Velasco -por el movimiento de los trabajadores y de las embarcaciones que se arrimaron casi a tiro de sus baterías- que el enemigo se preparaba para asaltar simultáneamente, por tierra y por mar la fortaleza, consultó a la Junta sobre cuál de los tres partidos debería tomar: si resistir o no el avance; Si esperar a que estuvieran perfeccionadas las brechas para capitular; o evacuar con tiempo el Morro. La Junta decidió que se preparara a resistir el asalto y prolongar la defensa. ·

Ya era más de la una de la tarde del 30 cuando la guarnición del Morro, después de comer, sesteaba con sus armas al lado, incluido Velasco. De repente, se oyó una extraña explosión y Velasco envió a averiguar la causa al oficial D. Manuel de Córdova, quien volvió a los dos minutos diciendo que no había novedad en el castillo, por lo que Velasco y González siguieron tranquilos. Pero listas y cebadas las dos minas por Mackellar, Albemarle había dispuesto que dos compañías de granaderos del regimiento real, más otras cuatro de zapadores, empezaran a trepar, dirigidas todas por el teniente coronel Stewart. Mackellar dio fuego a las minas estallando ambas a un tiempo; la del baluarte Austria no produjo efecto, y tampoco dio el resultado esperado la de Tejeda. Sin embargo, Albemarle ordenó que un piquete se encaramase por la brecha --el teniente Forbes y unos 20 granaderos- y detrás fue Stewart con sus tropas, apoderándose los ingleses del baluarte y de la cobertura, porque su guardia se sobrecogió de espanto al ver la cresta del bastión cubierta de gigantes, por lo que ni siquiera dio la voz de alarma. El capitán de fusileros de Aragón D. Fernando de Párraga, fue el primero que los descubrió, y con sus doce hombres se precipitó a defender la rampa por donde habían de subir para penetrar en la plaza y cuarteles del castillo. Al ruido de sus tiros se lanzó Velasco a detener a los asaltantes con dos compañías de Aragón y una del Fijo, ayudándole Montes y González. Pero le penetró entre los pulmones una bala y, caído al suelo, ordenó que a ningún cobarde le confiaran la defensa del pabellón nacional. González lo empuñó y, en pocos minutos, perecieron en sus puestos el capitán de Aragón D. Antonio Zubiría y D. Marcos Fort su alférez; los tenientes de navío D. Andrés Fonegra y D. Hermenegildo Hurtado de Mendoza; los oficiales subalternos de marina D. Juan Pontón y D . Francisco Ezquerra, y los del Fijo D. Martín de la Torre y D. Juan de Roca Champe, así como el Marqués González. Reducida la guarnición a menos de la mitad de su número, el capitán de granaderos de Aragón D. Lorenzo Milla, izó bandera blanca. Keppel se precipitó a la sala en donde curaban a Velasco y antes de que se lo indicaran, lo reconoció entre los demás por la expresión noble y guerrera de su rostro; lo abrazó, y lo dejó libre para pasar a curarse en la ciudad o por los mejores cirujanos de sus tropas. Aunque sus heridas no eran de muerte, su fiebre era tan alta que deliraba, por lo que consideraron indispensable extraerle la bala; pero tuvieron que profundizar tanto, que le sobrevino el tétanos, falleciendo a las cuatro del 31 en los brazos de su sobrino, y enterrado el 1 de agosto en el convento de San Francisco, disparando a tiempo descargas los dos bandos, en honor al héroe. Así, a los 44 días de trinchera abierta, terminó una de las defensas más gloriosas, que había costado más de mil vidas a los españoles y más de tres mil a los sitiadores.

Minutos después de ondear la bandera enemiga en las almenas del Morro, la Junta ordenó que el castillo de la Punta --donde, por enfermedad de D. Manuel Briceño, gobernaba el capitán de fragata D. Fernando de Lortiadirigiera sus fuegos sotire el Morro. Este jefe y los comandantes de las baterías de la Fuerza y de San Telmo dispararon con tal empeño y tino, que, a las seis de la tarde, no era más que un montón de escombros el castillo que se había perdido.

El 1 de agosto, un nuevo convoy de Nueva York desembarcó en La Chorrera con más de dos mil hombre, y el brigadier Burton con una columna de otros tantos y dos piezas de a lomo se encaminaban a Jesús del Monte y Lomas de Luz. El 2 de agosto la Junta dio orden de que entraran a defender la plaza las partidas de D. Fernando Herrera y de Aguiar. El jerezano Bernet, con unos trescientos tiradores de milicias, consiguió arrojar de las lomas de Luz a Burton; pero éste reconcentró sus fuerzas , y con una nueva columna de refuerzo, volvió a recuperar su posición.

Para proteger el arsenal mandó Prado a Colina ocupar la loma de Atares, donde colocó algunas piezas, así como remontó cañones en la Punta, San Telmo, el Boquete y la Fuerza, pensando la Junta así prolongar su defensa.

El 10 de agosto, un oficial con bandera de tregua llegó a las inmediaciones de la plaza, trayendo para el gobernador una carta de Albemarle, en la que decía tener tomadas sus medidas para la rendición de la ciudad, y que un principio de humanidad le estimulaba a hacérselo presente, para que se entregara a las tropas de S. M. B., evitando de este ·modo las desdichas y calamidades que serían inevitables en el caso de ser tomada por asalto. Como el gobernador no se avino, aquella noche prosiguieron los enemigos sus bombardeos en el castillo de La Punta, desde cuyos baluartes no dejaba de hacerse fuego .Pero, al amanecer del día 11, los ingleses no sólo disparaban sus baterías contra el castillo, sino que también arrojaban ollas de fuego, desmontando la mayor parte de los cañones, deshaciendo sus parapetos, con un considerable número de muertos y heridos, ocurriendo lo mismo con las planchas y goletas que custodiaban la entrada del puerto. A la vista de tales acontecimientos y, teniendo presente que a las siete de la mañana había dado parte el comandante de Artillería D . José Crell de que no existían en los repuestos de la plaza más que 427 quintales y 54 libras de pólvora, con los que no habría más que para mantener el fuego cuatro o cinco horas (gastando cincuenta quintales cada una), se pasó a tratar en Junta de Guerra acerca del partido que se había de tomar. Y expuesto por el ingeniero Baltasar Ricaud que el enemigo tenía ya abiertas brechas en el castillo de La Punta, haciendo irresistible el asalto se resolvió solicitar una honrosa capitulación que, conservando el honor de las armas del Rey conforme a la presente- situación de las cosas ,pusiera al mismo tiempo al resguardo la religión y el país de la total ruina, y que se pidiera suspensión de armas por veinticuatro horas para redactar en ellas los artículos de la capitulación. A las dos y media se pusieron banderas de tregua y el sargento mayor de la plaza D. Antonio-Ramírez de Estenoz pasó al campo enemigo con carta para el Conde de-Albemarle, regresando al anochecer, acompañado de un oficial, con el acuerdo de la tregua. Al día siguiente, el mismo sargento llevó los artículos de la capitulación a los generales ingleses, quienes pusieron las adiciones y reparos que creyeron oportunos. La capitulación presentada por D. Juan de Prado constaba de un artículo preliminar y 23 más, de los que fueron denegados el 9, 10, 15 y· 23, y los demás sufrieron algunas rectificaciones.

El 12 de agosto de 1762 se firmó la capitulación entre el almirante Jorge Pockok, Caballero de la Orden del Baño y el Conde de Albemarle, comandante de la Escuadra y del Ejército de S.M. B., y el Marqués del Real Transporte, comandante general de la Escuadra de S.M. C. en América, y D. Juan de Prado, gobernador de La Habana, para la rendición de la plaza y navíos españoles en su puerto.

En el artículo preliminar se estipuló que las Puertas de Tierra y Punta serían entregadas a las tropas inglesas el 13 de agosto, a las doce del día. En el artículo l se dice:

La guarnición compuesta de tropas regladas y Dragones, éstos desmontados, dejando sus caballos para el servicio de S. M. B., en consideración de la vigorosa y brava defensa del castillo del Morro y de La Habana, saldrán por la Puerta de La Punta, con dos piezas de cañón y seis tiros para cada uno, y el dicho número para cada soldado, tambor batiente con banderas desplegadas, y todos los honores militares. Al gobernador se le concederán todas las falúas que fueran necesarias para conducir sus equipajes y efectos a bordo del navío destinado para él. Todas las milicias, así fuera de la ciudad como dentro, entregarán sus armas a los comisarios de S. M. B. que se nombrarán para recibirlas.

El artículo 4º mandaba:

Que todas las tropas de mar y tierra comprendidas en la capitulación serían transportadas a España a expensas del gobierno inglés; y en consideración a su edad y alta jerarquía militar quedarán autorizados el Conde de Superunda, D. Diego Tabares, el Marqués del Real Transporte y D. Juan de Prado; para escoger los buques más cómodos y embarcarse cuando les conviniera, con sus familias, criados, equipajes y caudales particulares.

En el artículo 19 se ordenaba que los prisioneros hechos de uno y otro bando, desde el seis de junio en que se presentó la escuadra inglesa delante del puerto de La Habana, se restituirán recíprocamente, sin rescate alguno, en el término de dos meses. El 22 decía: Que el castillo de La Punta será entregado con los mismos honores que la plaza y su guarnición, saliendo ésta por una de las brechas accesibles.

El 14 de agosto, O. Juan de Prado firmó el siguiente parte:

Tomaron posesión las tropas de S. M. B. del castillo de La Punta y puertas de este nombre y la de Tierra, e igualmente de los puertos que teníamos fortificados fuera de la ciudad. El número de bombas y granadas arrojadas por el enemigo, según el más arreglado cómputo, ascendió a 21.174 (18.104 contra el castillo del Morro y las 3. 070 restantes contra el de La Punta y demás baluartes de la plaza, cuerpo de la ciudad, navíos y demás embarcaciones. y ·1a pérdida de gente, comprendidas las tropas de Tierra y Marina, tripulaciones de la Escuadra, milicias de todos colores y gente de tierra adentro, se consideró de 2.910 .hombres, sin incluir en este número al pie de 800 a 900 negros esclavos de particulares, que han perecido en los trabajos del Morro.

El castellano de Matanzas, D. Felipe Solís, cuando supo que se había rendido La Habana "hizo volar aquel castillo que tenía minado, despachando antes a la gente. Y cuando los ingleses lo supieron enviaron allí dos fragatas con doscientos hombres de tropa, que se apoderaron de él sin resistencia.

El honor militar se .había salvado, pero hubo 1.297 muertos y 1.313 heridos, de los 5.000 hombres que habían intervenido en la defensa de La Habana, con 4 .000 fusiles, utilizando los restantes tercerolas, lanzas, chuzos y machetes. El asedio duró sesenta y siete días . Y se perdieron los siguientes navíos de guerra: Reina, Infante y Tigre, de 70 cañones; Neptuno, Aquilón y Soberano, de 68; San Genaro y San Antonio, de 60; Asia, de 62; América, Conquistador y Europa, de 58; Ventura, de 28, y Venganza, de 245 (ambos tomados por los ingleses); la fragata Tetis, de 22 cañones; Cazadora, de 18; el paquebote Marte, de 16; la urqueta San Antonio y el jabeque San Francisco de Asís, también tomados por los ingleses.

El enemigo contaba con un ejército de 15.000 veteranos, y la escuadra, 1.842 cañones, además de otros 200 que se desembarcaron; 4.000 peones negros y 15.000 tripulantes. El simple cotejo de los números nos prueba que, por torpemente que la dirigieran, la defensa de La Habana fue gloriosa para los que a ella concurrieron.

El 14 de agosto .entraron los ingleses en la plaza. Sir Guillermo Keppel, con un batallón y como 1.000 infantes y algunas compañías de artillería permanecieron en La Cabaña, sin cuya ocupación no se sentían seguros.

Los restos de la guarnición española marcharon a las órdenes de D. Alejandro Arroyo a acantonarse en La Chorrera y Puentes Grandes, mientras se disponía su embarque para España. La fuerza de Marina que se había sacado regresó a sus buques, y a los milicianos se les recogieron las armas, despachándolos a sus casas.

Hasta el 30 de agosto no emprendieron el regreso a Cádiz 28 embarcaciones inglesas destinadas por el almirante a transportar a los rendidos: cuatro generales, siete jefes del Ejército, 15 de Marina, 17 capitanes, 60 oficiales subalternos y 845 individuos de tropa y de la escuadra. El mismo día salieron Superunda y Tabares solos en una fragata, con sus familias, criados y equipaje. Prado y las tropas de tierra se transportaron en nueve embarcaciones, y en otras 18, Hevia, las Planas Mayores y el resto de los marinos supervivientes.

El 8 de septiembre fue convocado extraordinariamente el Cabildo Municipal de La Habana, y cuando entró Albemarle pronunció un discurso en el que declaró que, conquistada la ciudad por las armas del Rey Jorge III, éste era el verdadero Soberano a quien debían jurar obediencia y vasallaje. Al instante, el alcalde D. Pedro Santa Cruz dijo en alta voz:

Milord, somos españoles y no podemos ser ingleses; disponed de vuestros bienes y sacrificad nuestras vidas antes que exigirnos juramento de vasallaje a un príncipe para nosotros extranjero. Vasallos por nuestro nacimiento y nuestra obligación jurada del Señor Carlos III, Rey de España, ése es nuestro legítimo monarca, y no podríamos, sin ser perjuros, jurar a otro. Los artículos de la capitulación de esta ciudad no os autorizan legalmente más que a reclamar de nosotros una obediencia pasiva y ésa ahora os la prometemos de nuevo y sabremos observarla.

Así las cosas, se supo que el 22 de noviembre se firmaron los preliminares de un tratado de paz, con el cual podía La Habana seguir siendo española. Esto preliminares fueron ratificados en Versalles el 10 de febrero, cediendo España, a cambio, los ruinosos presidios de Florida y los territorios al este y oeste del Mississippi, recibiendo, como indemnización de Francia, la Luisana· Conocidos los preliminares de paz, Albemarle se embarcó para Inglaterra el 22 de enero de 1763, dejando al mando de las tropas que quedaban en La Habana a Sir Guillermo Keppel y el 4 de marzo se publicó la terminación de las hostilidades. Carlos III ordenó a Madariaga, gobernador-de Santiago, que tomara posesión de La Habana en nombre de su Soberano, y con este cometido salió de Santiago el 16 de junio. Los ingleses, antes de abandonar la ciudad, destruyeron el arsenal y todo el material de guerra que no podían llevarse, como era de costumbre.

(*) Tomado de: Academia.edu

Publicación original: Revista de Historia Naval de la Armada Española.

(**) Castillo Manrubia, Pilar. Ex bibliotecaria del Estado Mayor de la Armada, está en posesión de la Cruz del Mérito Naval de primera clase con distintivo blanco. Obtuvo su licenciatura en la Universidad Complutense, donde permaneció como profesora y ayudante de la cátedra de Historia de España en la Edad Media. Su tesis doctoral, titulada: La Marina de guerra española en el primer tercio del siglo XIX, obtuvo el premio «Virgen del Carmen» para libros. Ha participado en congresos internacionales de Historia Militar y en las jornadas de Historia Marítima del Instituto de Historia y Cultura Naval. Colabora habitualmente en revistas castrenses como: General de Marina, Ejército, Historia y Cultura Naval, Formación, etcétera.

Para citar este artículo (APA): D.E.I., R. de H. N. (1990). Pérdida de La Habana (1762). Revista De Historia Naval Nº 28.

BIBLIOGRAFÍA

:.Legajo n.º 426. Secretaría de Marina. Inventario 51. Archivo General de Simancas.

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada española, tomo VII. Madrid. Museo Naval. 1973.

GUITERAS, Pedro José: Historia de la isla de Cuba. Segunda edición. La Habana , 1928.

GUERRA SÁNCHEZ, Ramiro: Historia elemental de Cuba. La Habana, 1922 .

MEMORIAS DE LA SOCIEDAD PATRIÓTICA DE LA HABANA . Tomos III y IV. 1837 .

PEZUELA Y LOBO, Jacobo de la: Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la isla de Cuba.

Cuatro volúmenes . 1863-1866. ·

Historia de la isla de Cuba. Madrid, 1868.

Monday, August 3, 2026

LAS CANCIONES QUE LECUONA NO QUISO CANTAR (*)

Por Antonio Gómez Sotolongo

 ...dispongo que mi entierro sea en Nueva York en el caso que Fidel Castro o cualquier otro jefe de gobierno en Cuba sea comunista o represente dicha facción, grupo o clase.  

Ernesto Lecuona (1895-1963)

Entre los días 16 de agosto y el 2 de septiembre de 1962 el Consejo Nacional de Cultura de Cuba organizó el primer Festival de Música Popular Cubana (FMPC) en el teatro Auditórium, al que para entonces ya el llamado gobierno revolucionario había expoliado a sus legítimos dueños y lo habían rebautizado con el nombre de Amadeo Roldán. Según una carta con fecha 21 de julio de 1962, firmada por Odilio Urfé, a la sazón Coordinador de la Comisión Nacional de Música, del Consejo Nacional de Cultura, enviada al doctor Francisco Carballido, quien representaba los asuntos legales de Ernesto Lecuona en Cuba, dice en uno de sus párrafos lo siguiente:

[...]. Como usted sabe, desde hace algún tiempo, personas mal informadas, desorientadas o enemigas de la Revolución, han echado a rodar la especie de que el Maestro Lecuona se encuentra exiliado por razones artísticas y políticas, y que viene actuando en Norteamérica como un contrarrevolucionario. Ante ese estado de cosas, el Gobierno Revolucionario se vio obligado, por tratarse de tan significativa figura nacional y mundial, a esclarecer y destruir esas insidias que mucho dañaban el prestigio y la admiración que el pueblo de Cuba profesa a tan notable músico (Fajardo 2014, t. 2, 150).

Después de darle a conocer los «cargos» de los que se le acusaba: «actuar en Norteamérica como un contrarrevolucionario activo», «cargos» por los que han sido encarcelados y fusilados miles de cubanos durante los últimos 62 años, Odilio Urfé, como mensajero del «Gobierno Revolucionario» le daba a Ernesto Lecuona, por conducto de Francisco Carballido, su representante legal en Cuba, un ultimátum para que definiera su adhesión política, y así lo hace saber en el siguiente párrafo:

[…], el Consejo Nacional de Cultura, una vez consultadas las más altas y responsables figuras del Gobierno Revolucionario Cubano, determinó invitar al Maestro Lecuona a que regrese y establezca su residencia en su patria (la cual nunca ha dejado de honrar artística y patrióticamente) y tome parte activa en la intensa labor que dicho Consejo viene realizando, a nivel nacional, en pro de la música cubana en todas sus manifestaciones. En este aspecto el Maestro podrá escoger la residencia y lugar donde desearía vivir el tiempo que esté en Cuba, una vez regrese de los viajes que acostumbra a realizar anualmente por otros países.

Deseo añadir que también tendrá garantizado un contrato anual para que realice las actuaciones que él desee para el pueblo cubano, que tanto lo admira y que se regocijará una vez que conozca que el Maestro Lecuona se encuentra de nuevo viviendo en su patria (Fajardo 2014, t.  2, 150-151).

En esta carta, el «Gobierno Revolucionario» le da la «oportunidad» al Maestro Lecuona para que se «reivindique» y puedan ser borradas de su «expediente» las acusaciones que se le imputaban, haciéndole saber «cordialmente» que se le «permitiría» elegir la residencia en la que quisiera vivir durante el tiempo que estuviera en Cuba, y más adelante se le «sugería» la fecha en la que debería regresar:

[…]. En la seguridad de que Ud. hará todo lo que a su alcance esté para que esa gestión se haga realidad, que ojalá se logre entre el 16 de agosto y el 2 de septiembre en que se celebrará el magno Festival de Música Popular Cubana (evento sin precedentes en la historia de la música popular cubana), queda de usted con toda consideración a nombre del Consejo Nacional de Cultura y el mío propio,

Odilio Urfé

Coordinador

Comisión Nacional de Música

Departamento de Coordinación Nacional de Actividades de Música Popular (Fajardo 2014, t. 2, 152-153).

Pero Lecuona no regresó, y «la especie de que el Maestro Lecuona se encontraba exiliado por razones artísticas y políticas», siguió rodando, ese es el hecho. Se me hace difícil saber si se cantaron o no las canciones de Ernesto Lecuona en aquel evento, porque si bien es cierto que al pie de una foto publicada en Bohemia (17 ago. 1962, 75), en la que aparecen Reinaldo Henríquez, Elena Burke y Bola de Nieve se dice que este último interpretaría en el FMPC canciones de cinco autores: Lecuona, Grenet, Simons y Gilberto Valdés, unos días después la Bohemia (24 ago. 1962) hizo saber a sus lectores que en el espectáculo se presentarían «más de cien intérpretes del género popular» y una extensa relación de autores, por lo que cada uno haría una obra solamente, subrayando además que aquel era un «evento artístico de profundo contenido revolucionario», prescribiendo así, sin margen de error, cuál sería el «significado correcto» de las obras que allí se debían interpretar.

El hecho cierto es que la nota que publicó el periódico Revolución (30 nov. 1963), órgano oficial del M-26-7, dando la noticia de la muerte de Ernesto Lecuona es demasiado escueta para la grandiosidad de la vida y la obra del Maestro. Lo cierto es que la revista Bohemia (6 dic. 1963), en una nota que no excede los cuatro párrafos, dio a conocer la irreparable pérdida, haciendo saber en los dos últimos que:

[…]. Muere el Maestro lejos de la tierra que lo vio nacer, precisamente cuando mayor -y más sentido- es el impulso que, a las artes musicales cubanas hoy al alcance del pueblo, le da nuestra Revolución Socialista.

Y como colofón una soberbia mentira:

[…]. En gesto de última voluntad, según informó al cable su secretario Armando de la Torre, Lecuona expresó el deseo de que se le sepultara en Cuba, su patria.

Cuando lo cierto es que, según nos dice CDA[1], Lecuona otorgó su testamento el día 1 de junio de 1963 ante tres testigos, en su casa 5004, North Tampania, Tampa, Florida, y de este documento, el citado autor, transcribe el siguiente párrafo:

Yo dispongo que sea enterrado en una tumba apropiada de acuerdo con el criterio de mi albacea aquí más adelante nombrado y siempre que el costo sea apropiado. Además, dispongo que mi entierro sea en Nueva York en el caso que Fidel Castro o cualquier otro jefe de gobierno en Cuba sea comunista o represente dicha facción, grupo o clase, que sea gobernada, dominada o inspirada por doctrinas extranjeras de fuera. Por otra parte, en el evento de que Cuba sea libre al tiempo de mi muerte, dispongo ser enterrado allí de acuerdo con las mismas condiciones antes señaladas[2].

 Tumba de Ernesto Lecuona en The Gate of Heaven Cemetery. NY 

El hecho cierto es que han sido cientos los artistas cubanos borrados de la historia de la cultura cubana por sospechas como esas que se le imputaron a Lecuona en la carta firmada por Odilio Urfé. Tanto dura la ignominiosa persecución y borrado de artistas que no comulgan con la dictadura, que, al momento de escribir este párrafo, una de las noticias que acapara la atención de los medios alrededor del mundo es el estado de salud de Manuel Otero Alcántara, un artista cubano que se ha vuelto incómodo para el régimen y hoy está preso en el hospital Calixto García de La Habana en circunstancias no esclarecidas.

Según nos cuenta Robreño (1985, 36-43), en el setenta y cuatro cumpleaños del ilustre guanabacoense Ernesto Lecuona (6 ago. 1969), fue develada una tarja en el lugar de su nacimiento, y, entre medias verdades y mentiras completas, nos dice lo siguiente:

[…]. Lecuona fue ante todo un hombre sencillo y un hombre bueno. Que hizo el bien a raudales a propios y extraños y que amó y quiso a su patria, de la que no podía estar ausente por espacio mayor de un año y a donde siempre regresaba y hubiese regresado si la muerte no trunca tan preciosa existencia, aunque fuese reclamado en otras latitudes, donde le esperaban, fama, gloria y dinero.

Así quedaba oficialmente «restituido» Lecuona, un artista imprescindible para hablar de música cubana.

Bibliografía:

Fajardo Estrada, Ramón, ed. 2014. Ernesto Lecuona. Cartas Tomo 1 y Tomo 2. Santiago de Cuba: Oriente.

Robreño, Eduardo. 1985. Como lo pienso lo digo. La Habana: Unión

(*) Tomado de Gómez Sotolongo, Antonio. 2024. Historia de la Música Popular Cubana. De las danzas habaneras a la salsa (1829-1976). Hypermedia pp 174-176


[1] Díaz Ayala, Cristóbal. 2013. «Excelente libro y crónica, pero... A propósito de Ernesto Lecuona: carta». En Cubaencuentro. [En línea] [Fecha de consulta 28 de mayo de 2021] Disponible en: https://www.cubaencuentro.com/cultura/articulos/excelente-libro-y-cronica-pero-284959

[2] El texto íntegro en inglés se puede confrontar en: Jacobson, Gloria Castiel. 1982. A dissertation presented to the graduate council of the university of Florida in partial fulfilment of the requirements for the degree of doctor of philosophy: Miami. University of Florida. [En línea] [Fecha de consulta 29 de sep. de 2022] Disponible en: https://www.google.com/search?q=THELIFEANDMUSICOF+ERNESTOLECUONA&oq=THELIFEANDMUSICOF+ERNESTOLECUONA&aqs=chrome..69i57j33i10i160l3.2730j0j1&client=ms-android-samsung-gj-rev1&sourceid=chrome-mobile&ie=UTF-8 

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Thursday, July 30, 2026

«ERNESTO LECUONA HIZO CANTAR AL MUNDO» (*)

Por Antonio Gómez Sotolongo

Ernesto Lecuona pudo interpretar todos los géneros y estilos de la música, podía crear o tocar números llenos de ingenuidad artística, pero era también un gigante al abordar obras de gran dificultad.

Ernesto Lecuona Casado nació el 6 de agosto de 1895 y fue un prolífico compositor y virtuoso instrumentista. Su padre, Ernesto Lecuona Ramos, emigró a Cuba procedente de Santa Cruz de Tenerife, donde había nacido en 1834. En la ciudad de Matanzas, alcanzó notoriedad en el periódico La Aurora de Yumurí, y fue en esa misma ciudad donde contrajo matrimonio con Elisa Casado Bernal el 7 de noviembre de 1885.

Al año siguiente, Lecuona Ramos fungía como Director del periódico El Comercial, en la capital cubana y nueve años después, el matrimonio esperaba su decimosegundo hijo. Entonces los esposos decidieron establecerse en la ultramarina villa de Guanabacoa. Allí nació el 7 de agosto de 1895, quien, por la magnitud de su obra musical, se colocaría entre los más importantes compositores de América.

Cuando tenía apenas un año, ya jugaba a tocar el piano. Con sus manos colocadas en el alfeizar de la ventana en actitud de tocar, le vieron sus padres más de una vez, y ya a los tres años, parado sobre un cajón, porque su estatura aun no le permitía estar sentado en la banqueta, fue sorprendido repitiendo algunas melodías populares en la época.

A los cinco años de edad tocaba de oído el Himno Nacional cubano, La Marsellesa y fragmentos de zarzuelas que fueron muy populares en aquellos días. En 1903, comenzó a estudiar formalmente el piano con su hermana Ernestina, y al año siguiente ingresó en el Conservatorio Carlos Alfredo Peyrellade. En 1908, publicó su primera obra musical, titulada Cuba y América, un two-step, ritmo que se puso de moda en Cuba por los días de la segunda intervención norteamericana.

El ciclo de estudios formales tuvo desde 1907 algunas fisuras. Las precariedades económicas de la familia, compulsaron al joven a emplearse tocando en los cines de barrio, creando obras para el teatro, dirigiendo orquestas y haciendo de todo cuanto su talento le permitía. Aún no había cumplido los quince años de edad y ya tenía estrenadas un puñado de obras en el teatro Martí de La Habana, lugar en el que subían a escena piezas de los más prestigiosos compositores cubanos, y por donde pasaban en cada temporada un sinnúmero de compañías extranjeras.

Ernesto Lecuona pudo interpretar todos los géneros y estilos de la música, podía crear o tocar números llenos de ingenuidad artística, pero era también un gigante al abordar obras de gran dificultad. Estuvo siempre entre los más importantes artistas del musical cubano, sin abandonar las salas de conciertos.

En 1911, en el concurso anual que realizó el Conservatorio, el joven de 16 años Ernesto Lecuona obtuvo la Medalla de Bronce (Bohemia, 9 jul. 1911, 252). En 1912, Hubert de Blanck le organizó su primer recital en el que interpretó, junto a obras de Schumann, Gottschalk, Chopin, Liszt y Penderewsky, sus Seis Danzas Cubanas. A este recital le siguieron muchas otras presentaciones en las más importantes salas de conciertos de Cuba. En 1916, Lecuona viajó por primera vez a los Estados Unidos, donde tocó durante cuatro semanas en el teatro Capitol. En 1918 inauguró, junto a José Mauri, el Instituto Musical, una academia que estuvo incorporada al Conservatorio Hubert de Blanck. En 1924, viajó por España en unión de la violinista, también cubana, Marta de la Torre, quien fuera primer premio del Conservatorio de Bruselas. París, lo recibió en 1928, año en el que otros cubanos habían triunfado en la Ciudad Luz; entre ellos, Sindo Garay, Rita Montaner, Carmita Ortiz y Julio Richard.

En la sala Gaveau de París lo presentó su compatriota Joaquín Nin, quien por entonces llevaba muchos años en Europa. Fue una audición privada, pero entre los asistentes se encontraban Maurice Ravel, Joaquín Turina, José Iturbi y otros grandes músicos, quienes aplaudieron largamente al artista. Fue en esa audición que le escucharon decir a Ravel, refiriéndose a Lecuona: “¡Eso es más que piano!”. Poco después, Lecuona se presentó ante el gran público en dos conciertos en la sala Pleyel de París. Allí, el programa incluyó obras para piano solo, y piezas suyas para voz y piano, que fueron interpretadas por la soprano cubana Lidia de Rivera.


En 1929 se presentó en el Teatro Nacional en un espectáculo en el que los compositores cubanos rindieron homenaje a Rita Montaner y en 1931, viajó a México con un espectáculo musical cubano integrado por renombrados artistas del género. En el mismo año lo contrataron para trabajar en la musicalización de la película Love song, de la Metro Goldwin Mayer, que fuera protagonizada por el barítono Lawrence Tibbet y Lupe Vélez. Al año siguiente, volvió a España, donde se presentó tanto en recitales como con su orquesta. De allí siguió por toda Europa y en el Lido de Venecia un empresario le cambió el nombre a la orquesta Lecuona por Lecuona Cuban Boys.

En ese incesante ir y venir, creaba y daba a conocer la música cubana por todo el orbe, y sus canciones, zarzuelas, y obras para piano eran de gran popularidad. María la O, Rosa la China, Niña Rita, El Batey y tantas otras eran aplaudidas en teatros de toda América.

“Ernesto Lecuona hizo cantar al mundo con acentos cubanos”, escribió Joaquín Aristigueta, en 1952, en un artículo desbordado de admiración por el artista. Ninguna otra frase sintetiza con tanta precisión el significado de la labor musical de un autor que atrapó en sonidos el alma de toda una cultura. Nada más justo para definir a un artista imprescindible en la historia de la música cubana.

En junio de 1958, como ya era habitual, Ernesto Lecuona realizó un concierto de despedida antes de emprender la gira de ese año, y según escribió Nena Benítez en el Diario de la Marina (13 jun. 1958), el público que llenó el Teatro Nacional, demostró, puesto de pie, cuanto quiere y cuánto gusta de la música de Ernesto Lecuona».

Buque Satrústegui (1952-1973)

En enero de 1959 Lecuona regresó de aquella gira a bordo del vapor «Sartrústegui» procedente de España, y comenzó sus presentaciones. El 25 de febrero actuó en el Estadio Universitario, el 1 de marzo convocó un concierto benéfico en donde recaudaron miles de pesos que estarían dedicados a la reconstrucción de los daños causados en Sagua de Tánamo por los choques armados entre los guerrilleros del movimiento 26 de julio y el Ejército Nacional. También participó en los festivales Lecuona que se realizaron esta vez en el Auditorium durante los días 23, 27 y 30 de mayo, en los que se presentaron el sainete lírico María la O., y las zarzuelas El Batey, y la Flor del Sitio, teniendo todas estas presentaciones una segunda parte en la que Lecuona se presentaba en un gran concierto con algunas de sus obras más populares.

El 6 de enero de 1960, doce meses después de su llegada a La Habana, visto el caso, retornó a los Estados Unidos. Fue su último adiós a Cuba. Allá quedó todo su amor. Allá quedaron sus ancestros. Trashumante hasta el final, viajó en septiembre de 1963 a Santa Cruz de Tenerife, lugar de origen de su familia paterna, y allí le sorprendió la muerte en el Hotel Mencey. Era la noche del viernes 29 de noviembre de 1963.

(*) Tomado del blog El Tren de Yaguaramas 2da. Época.