Por Pilar Castillo Manrubia (**)
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| Defensa del Morro de La Habana. Óleo de Rafael Monleón (Museo Naval de Madrid.) |
El siglo XVIII fue un siglo de guerras para Cuba.· Desde 1702 hasta 1790
España sostuvo seis contiendas con Inglaterra, y en la quinta de estas luchas
los ingleses se apoderaron de La Habana, permaneciendo en ella cerca de un año.
El 15 de agosto de 1761, España y Francia firmaron el Tercer Pacto de
Familia, para evitar que Inglaterra se hiciera dueña absoluta de la
navegación, y compelerla a volver en sí para una paz razonable. Carlos
III se prometía humillar la soberanía de Inglaterra, conteniendo sus progresos
en América. Pero este pacto fue un desastre y pronto se vieron sus funestas
consecuencias.
La primera fue la declaración de guerra a España, publicada en Londres el 2
de enero de 1762. La respuesta española no se hizo esperar: fue impresa el 17
del mismo mes y año ordenando ejercer toda suerte de hostilidades permitidas
contra los vasallos del Rey de Inglaterra (salir del reino a los no
naturalizados españoles; prohibir el comercio y comunicación con la Gran
Bretaña; autorizar el armamento de navíos y el corso con ellos, así como
todos los medios admitidos por el derecho común de la guerra.
La Habana era la plaza más fuerte de las Antillas, y durante las últimas
guerras, la gente de Cuba era la que había causado más daño a los ingleses; así
es que, al empezar la nueva conflagración, éstos pensaron acabar de un solo
golpe con el más fuerte de su enemigos, y enviaron una gran escuadra y un
enorme ejército para apoderarse de La Habana. A su favor tenía dos
circunstancias: después del anterior conflicto bélico (1747), se habían
descuidado las fortificaciones, y las milicias del país habían perdido mucha de
su organización y de sus hábitos de combatir. La segunda era que, el año
anterior -1761- se había declarado la fiebre amarilla en Cuba, que causó muchas
bajas entre la guarnición de La Habana.
El Gobierno inglés proyectó apoderarse de La Habana, intentándose de este
modo cerrar el paso del océano a los tesoros de las colonias españolas, abrir
un comercio libre a la navegación en aquellos mares, y amenazar las otras
Antillas y demás posesiones enemigas.
Para desorientar a los aliados sobre el verdadero objeto de los
preparativos, se hizo circular la voz de que se destinaban a atacar a Santo
Domingo, lo que parecía ser más verosímil, por estar esta isla más próxima que
la de Cuba a la Martinica . Además , la Gaceta de Londres del 9 de enero
corroboraba la errada noticia. Como general en jefe de las fuerzas de Tierra,
se eligió al teniente general Jorge Keppel, Conde de Albemarle, y al almirante
Sir Jorge Pocock , para el mando de la escuadra . Y se ordenó que ésta y una
división de 4.000 infantes se reunieran en Portsmouth, a la vez que se prevenía
al general Monckton a fin de que las fuerzas enviadas para la conquista de
Guadalupe y Martinica estuvieran preparadas a la llegada de Pocock, y que las
autoridades de Jamaica y norte de América aprontasen dos divisiones (una de 4
.000 hombres en el norte de América, y otra de 2.000 en Jamaica).
En cerca de trece años que había sido capitán general de Cuba Cagigal, el astillero
de La Habana fue elevado a la potencia y categoría de arsenal, como su puerto a
la de Apostadero general de América Central. Se botaron siete navíos de línea
inmejorables (el Tigre, de 70 cañones; San Alejandro, de 80; Rayo,
de 80; Infante, de 70 ; Galicia, de 70; Princesa, de
70; Astuto, de 70), una fragata, un bergantín y un paquebote; y en el
arsenal de La Habana, las fragatas (Flora, de 24 cañones ; Fénix, de
18) ; los bergantines (Triunfo, de 16 cañones y Cazador, de 18);
y el paquebote Volante, también de 18 cañones. En 1760, al concluirse el
gobierno de Cagigal, la población de la capital no pasaba de seis mil almas,
sin exceder los 140.000 toda la isla. De los productos del país, sólo una parte
recibía España los demás pasaban a los mercados extranjeros. La manifiesta
protección del Gobierno inglés al tráfico ilícito en América, decidió a
Ensenada a expulsar con las armas a los ingleses establecidos en el golfo de
Honduras y Costa de los Mosquitos , si las negociaciones amistosas no bastaban.
El 27 de agosto de 1758 murió Fernando VI, sucediéndole Carlos III. Con el
cambio de monarca, se modificó también de política. Carlos 111 nombró por
sustituto de Cagigal a D. Juan Prado de Portocarrero, a quien despidió
advirtiéndole que la conducta de aquella potencia -Gran Bretaña-podría
obligarle a un rompimiento; y así estuviese con tal precaución como que podría,
cuando menos se lo pensara, ser invadida y atacada la plaza de La Habana.
Prado recibió su nombramiento el 13 de mayo de 1760 y se hizo cargo de la
Capitanía el 7 de febrero siguiente. Carlos III le había encargado también
reorganizar todas las tropas de la isla ; montar y habilitar toda la
artillería; reparar todas las obras del recinto; emprender y ejecutar las que
Cagigal dejó proyectadas para La Cabaña. Debía, además, examinar e informar sobre
el estado de la Real Compañía, despojarla de sus atribuciones en el ramo de
tabacos, y conferírselas por cuenta de la Hacienda a una factoría general de
nueva planta.
Prado empezó por lo menos urgente. Convocó una diputación de labradores vegueros
de la jurisdicción de la capital y de Matanzas, que se celebró el 27 de
febrero, y en la que se fijaron, de común acuerdo, las cantidades, las clases y
los precios respectivos del tabaco que había de recibir y pagar la factoría, medida
que fue desaprobada por Esquilache.
Habían ido de España a Cuba con Prado dos hermanos franceses, ingenieros -el
coronel y el teniente coronel O . Francisco y D . Baltasar Ricaud de Tirgale-,
y había como peones disponibles unos trescientos, entre negros, esclavos del
rey y presidiarios. Pero su actuación no se encaminó preferentemente~ a la
fortificación de La Cabaña, ganado su espíritu por el desánimo que le producía
el tener que sujetarse al extenso plan de Cagigal, habida cuenta la escasez de
medios y la dureza del terreno. Sin embargo, pidió a Cagigal auxilio de
forzados y envió a D. Juan Miralles, comerciante de La Habana, a comprar
esclavos en· Jamaica. De Veracruz sólo recibió 70 presidiarios, y Miralles no
encontró esclavos. En consecuencia, los ingenieros Ricaud y los pocos peones se
entretuvieron en hacer un cuartel para 200 dragones que irían de España, sobre
muros y solares cedidos por el Conde de La Bayona, a reparar el recinto, a
reforzar la artillería en los castillos de Matanzas y Jagua, en los torreones
de Bacuranao y La Chorrera, y en las baterías de la caleta de San Lázaro y de
la rada de Batabanó.
Poco después llegaron de Veracruz algunos presidiarios para las obras de
fortificación, que trajeron la peste que se extendió rápidamente a la
población, escuadra y cuarteles. Entre marineros y soldados, perecieron más de
1.800 aquel verano, pues especialmente atacaba a los europeos.
Antes de mediar el año, se incorporaron a la guarnición trece compañías de
los regimientos de Aragón y de España, uno de artillería y 200 dragones de
Edimburgo, transportados en una escuadra de seis navíos, mandados por el
Marqués del Real Transporte, con el cargo de comandante general de la escuadra
América, quien tenía a sus órdenes catorce navíos y seis fragatas en La Habana,
tres navíos y una fragata en Santiago de Cuba, un navío y dos fragatas en
Veracruz, y tres navíos y una fragata en Cartagena, que sumaban 21 navíos de
línea y diez fragatas. Y por R. O. de 14 de noviembre de 1761, se prevenía a
Prado para que procurara mantener unida y dispuesta a la escuadra de La Habana,
y en cuanto tuviese la más. mínima sospecha de ataque inglés, convocara Junta
para deliberar lo que deberían hacer.
El Marqués del Real Transporte entregó a Prado una autorización para variar
el proyecto que Cagigal había enviado a la Corte para fortificar La Cabaña.
Animado por esto, Prado aumentó su maestranza con algunos negros, logrando el
ingeniero Francisco Ricaud dar principio a la traza y cimientos de aquella
obra. Pero éste, que en pocas semanas había desmontado y limpiado la meseta en
que remata aquella altura, reduciendo a un polígono regular el anterior
proyecto, y que a principios de octubre tenía los cimientos de los frentes este
y sur, fue también víctima de la peste.
Entretanto, el 15 de agosto, el Marqués de Grimaldi, en nombre de Carlos III,
y el Duque de Choiseul, en el de Luis XV, firmaron en París el desdichado Pacto
de Familia, que nos obligó a salir de nuestra fecunda neutralidad y dio lugar a
que Inglaterra nos declarara la guerra, como hemos dicho más arriba. La noticia
del rompimiento con Inglaterra, la recibió Prado .el 26 de febrero de 1762.
Inmediatamente convocó y reunió una Junta de Guerra que, presidida por él,
estaba formada por el Marques del Real Transporte, el ordenador honorario de
Marina D. Lorenzo Montalvo, el coronel del Fijo de La Habana D. Alejandro
Arroyo, el ingeniero D. Baltasar Ricaud, y los capitanes de los buques,
actuando como secretario D. José García Gago, principal confidente y auxiliar
de Prado. También se sumaron a esta Junta el teniente general D. José Manso de
Velasco y el mariscal de campo D. Diego Tabares, los dos bien entrados en años.
En principio, acordaron que la maestranza del arsenal suspendiera las construcciones
y se _incorporara a la fuerza de la plaza, confeccionándose padrones de todos
los individuos que estuvieran en edad de tomar las armas. Prado pidió a España
mil veteranos y cuatro mil quintales de pólvora, y, tanto en los castillos como
en el recinto, se remontó y repuso el cureñaje de las baterías, y Ricaud
acometió las obras de La Cabaña con más bríos, hasta el punto de que, a fines
de mayo, tenían profundizados los fosos de los frentes principales del polígono
trazado por su hermano, guarneciéndolos de parapetos y reductos alzados con
faginas, tierra y piedras .
El 5 de marzo partieron de Spithead para Jamaica 64 buques de guerra mandados
por el almirante Sir Jorge Pocock y más de diez mil hombres que mandaba Lord
Albemarle. Al mismo tiempo, se ordenaba a Sir James Douglas --quien mandaba la
escuadra que había derrotado a los franceses- se incorporará a Pocock en
Jamaica y que Sir Jeffrey Amherst, gobernador general de América del Norte,
reuniera en Nueva York y Charleston los refuerzos de municiones y la gente que
Albemarle necesitara. Todas estas fuerzas navales y terrestres se reunieron en
Martinica -Cas de Navieres- el 26 de marzo. Albemarle dividió todo este
ejército en cinco brigadas, y, además, formó dos cuerpos: uno, compuesto de
cuatro compañías de infantería ligera perteneciente a los regimientos traídos
de Inglaterra y de un batallón de granaderos al mando del coronel Guy Carleton;
y el otro, de dos batallones de granaderos al mando del coronel Guillermo Howe.
También compraron mil negros en Martinica. Las fuerzas navales se componían de
26 navíos de línea (uno de 90 cañones, uno de 80, cinco de 74, dos de 66, cinco
de 64, tres fragatas de 40, dos de 32, cinco de 28, una de 24, cuatro de 20 , y
varios, entre bergantines, trincaduras y brulotes), que sumaban 2.292 piezas de
artillería de bronce, con repuestos. Además de la artillería --con parque de.
Campaña y tren de sitio-, un cuerpo de ingenieros con gran acopio de tiendas,
herramientas y pertrechos . Sumaban 12.041 los hombres de desembarco que,
unidos a los de las tripulaciones y tropas de escuadra, y a dos mil peones
negros, hacían un total de 22.327.
Viendo el almirante que faltaba como un mes para la estación de las aguas, eligió
el camino más corto, aunque más peligroso, paso intrincado de más de doscientas
leguas, conocido con el nombre de Canal Viejo de Bahama. De paso, se cortaba la
única vía por donde los franceses podrían, desde Santo Domingo, acudir en
auxilio de La Habana.
Esta armada salió lentamente de la Martinica el 6 de mayo, y el 27 se
introdujo por las peligrosas angosturas del Canal Viejo de Bahama. El 2 de
junio, al desembocar su vanguardia, avistó al NO. once embarcaciones españolas que
iban a cargar madera a Jagua, con destino al astillero de La Habana, escoltadas
por la fragata Tetis y la urca Fénix. Alcanzadas por los
ingleses, se trabó combate que duró dos horas, y que terminó con la rendición
de las españolas. El 5 de junio toda la escuadra apareció por Matanzas al
amanecer y desde el 6 estuvieron a la vista de la capital los 53 buques de
guerra y los doscientos transportes de aquella formidable armada .
La entrada de La Habana es un canal de poco más de media milla de largo y
de cerca de 1.400 pies de ancho, que da paso a una gran taza en forma de óvalo,
defendida de todos los vientos y, capaz por su extensión y fondo, de contener
mil buques y que comunica con las ensenadas de Regla, Guanabacoa y Atarés. En
el meridiano de La Habana se unen las aguas del golfo, las del Canal Viejo y
las del Canal de Bahama. Esta Ciudad fue mirada con predilección por los reyes
españoles. Está situada en una llanura al O. de la entrada del puerto y tenía
unas tres mil casas que ocupaban una extensión de 6.300 pies de largo por 3.500
de ancho. Contaba con once iglesias y monasterios y dos grandes hospitales. Su
población se calculaba en 70.000 almas. Su comercio con España era importante:
exportaba gran número de cueros, azúcar, tabaco y frutas, y las importaciones
se hacían por los buques matriculados en Cádiz y Canarias, además del convoy
que, con los galeones, regresaba en septiembre, cargado con las riquezas del
Perú y Chile, y la flota de Nueva España. Fácil es suponer que una ciudad tan
importante estaría bien defendida. La entrada del puerto lo estaba hacia el E.
por el fuerte Castillo del Morro, en cuyos muros y baluartes había montados
cuarenta cañones; por la batería de los Doce Apóstoles, llamada así por montar
igual número de cañones de a 36, situada en la parte baja del Morro que mira al
SO, casi al nivel del mar; y enseguida de ésta, por la de la Divina Pastora,
con catorce cañones a flor de agua; hacia el O. y como a 200 varas de la Punta,
por el castillo de este nombre con cuatro baluartes bien montados de
artillería, y en la misma dirección, por la fuerza, con. 22 piezas, la cual,
además de ser la residencia ordinaria de los capitanes generales, servía de
depósito a los caudales del rey. Las murallas corrían por la parte de tierra,
desde la Punta hasta el arsenal, con baluartes y parapetos, y un foso
derrumbado por varios puntos y casi vuelto a cubrir, en particular detrás de
las puertas de Tierra y la Punta, en cuyo tramo el terreno se extiende en un
ascenso suave, y en él se veían algunos jardines y dehesas cubiertas de
innumerables palmeras. Delante de la Tierra había un revellín y el cerro que
desde allí se extiende hasta el arsenal, era el más elevado de la ciudad, y más
escabroso que el del lado de la Punta. Tales eran las fortificaciones de La
Habana, las mejores que tenía España en las Antillas. Pero todas ellas estaban dominadas
por alturas de fácil acceso, que no podrían menos de producir grandes ventajas a
cualquier enemigo que intentara apoderarse de la plaza. Al E. del puerto, el
monte de La Cabaña (donde después se construyó la ciudadela que lleva su
nombre) domina en gran parte el Morro y enteramente la Punta, la Fuerza y el
NE. de la ciudad, que era lo mejor fortificado. Hacia el O. había un suburbio
llamado Guadalupe, cuya iglesia estaba en una eminencia, a media milla de la
puerta de Tierra, al mismo nivel que ésta, y más alta que todas las demás
fortificaciones en aquella dirección. Desde el lado norte de esa eminencia
podría franquearse la puerta de la Punta, y por el SE., dominar la fábrica del
arsenal. De estas observaciones se deduce que, la ciudad , aunque bien
fortificada, no era inexpugnable en los tiempos de la invasión inglesa.
Además, y como ya hemos dicho, tuvo España la mala suerte de que en esta
época fuese gobernador de la isla un general poco apto, pues Carlos III, cuando
le encargó del mando de esta posesión, le recomendó muy especialmente la
reparación y fortificación del recinto de La Habana y, sobre todo, levantar un
castillo en las altura de La Cabaña. Es cierto que; en los primeros momentos,
se encontró sin recursos suficientes para emprender las fortificaciones, y la
fiebre amarilla de 1761 le restó muchas manos; pero lo que no es justificable
es su incredulidad de haber pasado más de tres meses en una crimina inacción,
después de recibida la noticia de la declaración de la guerra.
Prado era un hombre de una contumacia increíble. El 21 de mayo por la tarde,
llegó cubierto de sudor y fango un hombre que penetró hasta la antesala de
Prado, alegando que tenía que darle un aviso muy importante. Como no eran horas
de audiencia, le despidió ásperamente el secretario García .Gago quien, al oír
al recién llegado llamarse Martín de Arana y ser traficante de Santiago con
Jamaica, desestimó el valor de sus noticias. A pesar de que el auditor de
Guerra D. Martín de Ulloa y el capitán de navío D. Juan de la Colina
respondieron de su veracidad, Prado no ojeó siquiera los papeles que le traía y
las Gacetas de Jamaica, afirmando la imposibilidad de que una escuadra
numerosa embocara el Canal Viejo de Bahama, tan largo y peligroso, donde
sin absoluta necesidad apenas se arriesgaban los bajeles sueltos. Pero la realidad
era que Arana había observado en Kingston acopio de víveres y municiones para
muchas fuerzas, y oído que los ingleses iban a atacar La Habana; y deseoso de
comunicar tal noticia con urgencia, se embarcó en un lanchón de contrabando,
logrando con dinero que lo desembarcaran en el cabo de San Antonio, de donde
había llegado hasta allí cabalgando día y noche, para prestar este servicio a
su patria. ·Pero era tal la testarudez de Prado en rechazar la idea de que los
ingleses pμdieran ir sobre la plaza-para él.
inexpugnable-, que , después de haberse presentado enfrente de Cojimar, subió
al Morro a observar sus movimientos, y como al volver a La Habana encontrase a
las tropas sobre las armas por orden del teniente-rey, desaprobó su conducta y
dispuso que volvieran a sus cuarteles. Y cuando pocas horas después avisaron
del castillo que los navíos ingleses arribaban sobre la costa con evidentes
señales de intentar un desembarco, entonces se dio cuenta de la verdad de lo
que ocurría y pasó de la tranquilidad al nerviosismo. Y aún, al avistar la
escuadra inglesa, aunque Prado ordenó que la guarnición se pusiera sobre las
armas y se convocaran las milicias, y se trasladó con Hevia, Velasco Colina,
Tabares y otros al Morro para observar los movimientos del enemigo, a las 12 se
retiraron convencidos de que aquello no era otra cosa que la flotilla anual que
regresaba de Jamaica a Europa. Al regresar a su residencia -Castillo de la Fuerza-,
vio Prado a Martín de Arana hablando con Ulloa, y preguntó ¿Qué es esto,
señor Arana? ¡Qué ha de ser, señor!, le respondió: Lo que vine a
anunciar a usted quince días hace, atropellando todos los peligros, como
buen vasallo :del rey y buen español. Apenas entró en la residencia, Prado
fue avisado desde el Morro de que todas las embarcaciones enemigas viraban en
dirección al puerto, y que multitud de vecinos se .agrupaban en los umbrales de
la residencia de Prado pidiendo armas y -ofreciéndose para la defensa.
Desde que observaron la intención del .enemigo de desembarcar; el capitán general
convocó .Junta de Guerra constituida por Superunda, Tabares, Hevia; Dionisio
Soler, y los capitanes de navío Juan de la Colina, Francisco Medina, Garganta,
Juan de Postigo, Francisco Medina, Juan Ignacio de Madariaga, Francisco Bermúdez,
José Díaz de San Vicente y el Marqués González, actuando de secretario García
Gago. Al saberse dónde desembarcaba el enemigo se juzgó acertadamente que sería
La Cabaña el objetivo preferente, por lo que la Junta ordenó enviar a aquella
altura a los ingenieros Ricaud y Juan de Cotilla, con toda la maestranza del
arsenal y de la plaza, para formar y artillar varios reductos. En pocas horas
fabricó la marinería del arsenal una gran balsa para transportar tropas,
trabajadores y cañones. D . Pedro González de Castejón se trasladó a La Cabaña
con sus fuerzas. Al anochecer, dos mil ingleses fueron a reconocer la posición
y se produjo un tiroteo, dispersándose despavoridas las milicias. Entonces, sin
pararse a reflexionar, la Junta juzgó indefendible un puesto que era la llave
natural de todos los demás, y ordenó que Castejón lo abandonara. Por otro lado,
creyendo la Junta que Pocock forzaría la entrada de la bahía, la mandó barrenar
y sumergir en ella los navíos Neptuno, Asia y Europa, acordándose
que tal medida proporcionó éxito veinte años antes a Eslava y Lezo en
Cartagena, sin pensar en la diferencia de configuración de los dos puertos y la
desigualdad de circunstancias.
Tan desacertadas órdenes obligaron a concentrar en el recinto y castillos a
las fuerzas veteranas. Así, pues, se desaparejaron la mayoría de los buques para
llevar a los marineros, el balerío, pólvora y las mejores piezas de los navíos,
así como los pertrechos y víveres, a los castillos. La defensa se dividió en
cuatro secciones encargadas a Garganta, Castejón, Arroyo y Panés Moreno, poniéndose
también cada batería en particular al cuidado de diferentes oficiales dé
Tierra y de Marina, con los artilleros y gente necesaria. Y tales disposiciones
se tomaron también para la custodia y defensa de la parte interior del puerto,
desde la puerta de la Punta hasta la de la Terraza, en la inteligencia de que
por falta de tropa reglada para cubrir la mayor parte de la muralla, estaban
las cortinas y los baluartes guarnecidos .de negros, mulatos y otras
especies de gentes, a quienes la necesidad sola pudo elegir para unos
destinos de tan recomendable consideración. (Diario militar de las
operaciones ejecutadas en la ciudad y campo de La Habana). Prado, por acuerdo
de la Junta, nombró comandante general de la isla al capitán de navío D. Juan
Ignacio Madariaga, y comandantes de las fortalezas también a marinos: del
Morro, a D. Luis Vicente de Velasco; del de la Punta a D. Manuel Briceño; de la
puerta de Tierra a D . Pedro Castejón; y como defensor de la loma de Soto , a
D. Juan Antoinio de la. Colina. Fueron quitados los aparejos a los barcos que,
protegidos sus cubiertas y costados con sacos de tierra, sirvieron de baterías
flotantes, concentrándose en los castillos y plazas las tropas regulares, y
ordenándose que salieran de ella las personas inhábiles.
Cuarenta horas después de ser desalojada La Cabaña por Castejón, Albemarle ordenó
que dos mil hombres fueran a ocuparla. La tarde del 11, al ver aquel enorme
ejército, los milicianos se replegaron sobre el Morro, disparando desde lejos.
Mientras, en La Chorrera, D. Antonio Trabejo, joven habanero, ingeniero
voluntario, había abierto una trinchera que abrigaba las milicias mandadas por
Aguiar, en donde estuvieron disparando contra los ingleses más de dos horas, con
seis piezas de a ocho, hasta que, derruido el torreón, Aguiar se retiró por la
costa hacia la plaza, dejando a los ingleses apoderarse de la única agua
potable de aquel contorno.
Los capitanes Ruiz y Díaz operaban aisladamente con sus compañías, envolviendo
a un piquete en Corral Falso; el alcalde de Guanabacoa, D. José Antonio Gómez
de Bullones, reunió un ardoroso núcleo de ·adictos en cuerpo de guerrillas y les
salió al paso conteniendo a los ingleses· durante varios días, haciéndoles
infinidad de prisioneros· y muertos, pues cada disparo de su escopeta suponía
un enemigo menos. Por tal motivo, a Guanabacoa se la denomina la villa de
Pepe Antonio. Otra partida era dirigida por ei oficial veterano D. José
Bernet, llamado el jerezano, a cuyos tiros sucumbían cuantos marinos y
oficiales penetraban río adentro de La Chorrera.
Pocock organizó con parte de su escuadra dos cruceros: uno, entre La Habana
y el cabo de San Antonio, para impedir los socorros que pudieran venir de
·Veracruz; y otro, en la costa meridional para interceptar los que pudieran
llegar de Cuba, de las Antillas o de Tierra firme. Lord Albemarle decidió
atacar el castillo del Morro y, en consecuencia, el 13 de junio' empezó a talar
su pendiente, a la vez que lo sitiaba el general Kepel
El castillo del Morro había sido erigido a fines del siglo XVI por Antonelli.
Abarcaba un recinto de 850 varas de circunferencia y consistía en un peñón saliente
de 22 pies de alto sobre el nivel del mar. Era un polígono de frentes irregulares
adaptado a la configuración del suelo, estando defendido al sur por un foso con
puerta principal de rastrillo y revellín al centro, y flanqueado en sus
extremos por dos baluartes triangulares (de Mar al E. y de Austria al O.).
Contaba la fortaleza con 64 cañones de bronce y algunos de hierro, y la defendía
una guarnición de 300 veteranos, 50 soldados de Marina y 50 artilleros, con
doscientos trabajadores negros y mulatos. Las columnas y zapadores de Keppel
establecieron del 13 al 28 una batería de cañones de 24 sobre el de Austria, y
otra del mismo calibre sobre el del Mar, y una batería de dos obuses de catorce
pulgadas detrás de la primera. También colocó Albemarle otra batería en la
falda meridional de La Cabaña, pero Hevia frustró sus intenciones situando al
Aquilón, Infante y Tigre de manera que estorbaran con sus fuegos a los
trabajadores enemigos. Pocock lanzó más de dos mil bombas sobre la plaza,
aunque en gran parte fueron detenidas a distancia por la artillería de La
Punta, del baluarte de San Telmo y del mismo Morro. Pero ni estos disparos ni
los de la Fuerza y de la fragata Perla, pudieron impedir que continuaran sus
trabajos los zapadores de Keppel, bien resguardados por un enorme parapeto
triangular de pacas y de sacos de arena.
Cansado Velasco de reparar de noche el daño que sufría de día, pidió a la Junta
que se dispusiera una salida para destruir los trabajos de Keppel. En efecto,
salieron 640 hombres a destruir cuatro baterías defendidas por más de cuatro
mil. Se dividieron en tres destacamentos mandados por D. Alejandro Arroyo,
coronel del Fijo de La Habana, se mantuvieron a la escucha, y a las dos de la
mañana atacaron simultáneamente. La consecuencia de esta temeridad fue derrota,
dirigiendo Prado y Hevia otro ataque simultáneo sobre la batería situada en la
falda meridional de La Cabaña, que hostigaba al puerto. Aquella noche los
ingleses tuvieron muchas bajas. ·
En l de julio se colocaron a tiro del Morro los navíos Stirling-Castle, Cambridge,
Malborough y Dragon, con 288 piezas de grueso calibre entre los
cuatro. Velasco, encomendando la defensa de los baluartes meridionales
al sargento mayor D. Bartolomé Montes, se trasladó al baluarte Santiago
que miraba a la entrada de la bahía, con 18 piezas y una batería baja
con doce. También impusieron silencio aquella. tarde a fas baterías de
Keppel los dos baluartes de Austria y Tejeda. Estas seis horas de lucha
revelaron a los ingleses que la defensa del Morro la dirigía un genio
heroico, lo que obligó al jefe de Ingenieros Patrick Mackellar a
confesar en su Diario que desde el principio de aquella guerra jamás había
encontrado más digno enemigo que D. Luis de Velasco, cuya conducta inspiraba
veneración a sus mismos adversarios. Contribuyeron con el acierto de
sus tiros al triunfó de este día, las baterías del castillo de La Punta
y San Telmo, gobernadas por Briceño y el capi1tán de Artillería D. José
Crell de la Hoz.
La fatiga de tantas horas de combate no le impidió a Velasco pasar la noche
entera remontando en cureñas de repuesto las piezas demostradas durante la
refriega, en reemplazar los parapetos destruidos de las plataformas con trozos
de madera adaptados a sus dimensiones, que Montalvo le remitía desde el
arsenal. Keppler redobló con vigor su cañoneo el día 2, pero no pudo impedir
que los proyectiles y ollas de fuego de Velasco prendieran en los combustibles de
la segunda y tercera paralelas, convirtiéndose en cenizas en menos de dos horas
la labor de un millar de hombres en tres semanas. En su Diario de este sitio,
dice Mackellar:
Funesto golpe y más sensible cuando
las penalidades
han llegado a hacerse insuperables. Las enfermedades traídas de la
Martinica y visiblemente aumentadas por la insalubridad del clima y lo penoso
del servicio, han reducido el ejército a la mitad de su número, y redoblado,
por consiguiente, la fatiga de los pocos que conservan fuerzas para cumplir
indispensables deberes. 5.000 soldados y 3.000 marineros están postrados por
diversos males, al paso que la falta de buenos alimentos desespera a los
enfermos y retarda su curación, siendo de cuantos males sufren la
escasez de agua el que más agrava sus padecimientos. El tener que ir a
buscarla a tanta distancia y en tan mezquina cantidad, agota las fuerzas
del soldado. Disminúyense nuestras esperanzas de éxito a medida que se
adelanta la estación de los huracanes en estas latitudes, porque si
estallaran con su virulencia acostumbrada, se expondría la escuadra a un
desastre inevitable, y tendría el ejército que renunciar al sitio sin su
auxilio.
El 15 de julio, Velasco, con una fuerte contusión en la espalda y el
capitán de fragata D. Ignacio de Orbe y el sargento mayor D. Bartolomé Montes
rendidos de fatiga, sin haberse desnudado en más de un mes, tuvieron que
retirarse a la ciudad para descansar. Fueron relevados por el capitán de navío
D. Francisco de Medina, D. Diego de Argote y el capitán de España D. Manuel de
Córdoba. (Montes volvió a los tres días para continuar la defensa.) El 22 de
julio llegaron a Jagua en el navío Argonauta 350 hombres con 2.600
fusiles, alguna pólvora y pertrechos, ordenándose que de allí continuaran a la
capital por tierra. Ya el 8 de julio habían llegado siete compañías de
milicias, con armas y algunos caballos, mandados por sus capitanes.
Medina propuso continuar la defensa del Morro con diferente sistema que Velasco. En su deseo de ahorrar sangre y municiones, apostó a la gente detrás de las cortinas y baluartes; así, no pasaron de 250 las bajas de aquella guarnición en los nueve días que Medina defendió aquel fuerte. Pero Keppel, menos embarazado por sus fuegos, reforzó sus paralelas con dos baterías más de obuses y cañones, y el ingeniero Mackellar adelantó con menos riesgo los trabajos de dos minas (una en los cimientos del baluarte Tejeda y otra en la dirección del ángulo saliente del baluarte Austria). Inspirado por su intrepidez, Aguiar concibió el proyecto de destruir el nuevo padrastro de San Lázaro, y, cediendo a sus instancias, Prado le autorizó intentarlo con una compañía de migueletes, capitaneada por D. Fernando Herrera, y otra de negros escogidos. Dos horas antes de que amaneciera el 18 de julio, esta partida se deslizó desde la puerta de La Punta hasta San Lázaro, sorprendió a los centinelas, degolló a más de veinte hombres, hizo prisioneros a su comandante y a 16 más, poniendo en fuga a los restantes, clavó 16 piezas de a tres cañones y cuatro obuses, e incendió y desbarató la batería. Cuando Howe airado acudió a castigarlos, ya estaban fuera de su alcance, aunque restableció sus fueros en San Lázaro al día siguiente.
En esta situación, la Junta decidió emplear el sistema que un mes antes le dio
tan desastroso resultado, pero en esta ocasión, en vez de con veteranos, con
las compañías de milicias de tierra adentro, mandadas por D. Juan Benito Luján,
la de migueletes catalanes y la de negros, que acababan de destacarse en San
Lorenzo, por un total de 800 hombres. En la madrugada del 22 desembarcaron al
pie de la Pastora, treparon por la cuesta, degollaron a algunos centinelas y
atacaron a los destacamentos avanzados. El teniente coronel Stewart dio tiempo,
con su resistencia, a que acudiese Carleton con dos batallones. En los pocos
minutos que duró la lucha, quedaron sobre el campo más de cien de Luján, otros
tantos se ahogaron en la bahía, cuarenta fueron malheridos, y el resto huyeron.
Las pérdidas inglesas fueron también muy considerables, por lo que Prado y
Albemarle suspendieron las hostilidades todo el día para sepultar a los
cadáveres. ·
El 24 de julio, mejorado de su golpe, Velasco volvió al Morro para
defenderlo, llevando de segundo al Marqués González. Esto fue conocido en el campo
inglés por la viveza con que, de repente, empezaron a disparar las baterías.
Durante los días 25, 26, 27 y 28, Velasco disparó con tal tino sobre los
trabajadores avanzados, que los ingleses sólo fiaban en los progresos de sus
minas. El 24 desembarcaron en La Chorrera los refuerzos que, al mando del
brigadier Burton , trajeron de Nueva York tres buques de guerra y un
considerable número de transportes. Y al anochecer de este mismo día, Mackellar
terminó los trabajos de las minas, labrando un vasto hornillo dentro de la misma
roca.
El 30 de julio, adivinando Velasco -por el movimiento de los trabajadores y
de las embarcaciones que se arrimaron casi a tiro de sus baterías- que el
enemigo se preparaba para asaltar simultáneamente, por tierra y por mar la
fortaleza, consultó a la Junta sobre cuál de los tres partidos debería tomar:
si resistir o no el avance; Si esperar a que estuvieran perfeccionadas las
brechas para capitular; o evacuar con tiempo el Morro. La Junta decidió que
se preparara a resistir el asalto y prolongar la defensa. ·
Ya era más de la una de la tarde del 30 cuando la guarnición del Morro, después
de comer, sesteaba con sus armas al lado, incluido Velasco. De repente, se oyó
una extraña explosión y Velasco envió a averiguar la causa al oficial D. Manuel
de Córdova, quien volvió a los dos minutos diciendo que no había novedad en el
castillo, por lo que Velasco y González siguieron tranquilos. Pero listas y
cebadas las dos minas por Mackellar, Albemarle había dispuesto que dos
compañías de granaderos del regimiento real, más otras cuatro de zapadores,
empezaran a trepar, dirigidas todas por el teniente coronel Stewart. Mackellar
dio fuego a las minas estallando ambas a un tiempo; la del baluarte Austria no
produjo efecto, y tampoco dio el resultado esperado la de Tejeda. Sin embargo,
Albemarle ordenó que un piquete se encaramase por la brecha --el teniente
Forbes y unos 20 granaderos- y detrás fue Stewart con sus tropas, apoderándose
los ingleses del baluarte y de la cobertura, porque su guardia se sobrecogió de
espanto al ver la cresta del bastión cubierta de gigantes, por lo que ni
siquiera dio la voz de alarma. El capitán de fusileros de Aragón D. Fernando de
Párraga, fue el primero que los descubrió, y con sus doce hombres se precipitó
a defender la rampa por donde habían de subir para penetrar en la plaza y
cuarteles del castillo. Al ruido de sus tiros se lanzó Velasco a detener a los
asaltantes con dos compañías de Aragón y una del Fijo, ayudándole Montes y
González. Pero le penetró entre los pulmones una bala y, caído al suelo, ordenó
que a ningún cobarde le confiaran la defensa del pabellón nacional. González
lo empuñó y, en pocos minutos, perecieron en sus puestos el capitán de Aragón
D. Antonio Zubiría y D. Marcos Fort su alférez; los tenientes de navío D.
Andrés Fonegra y D. Hermenegildo Hurtado de Mendoza; los oficiales subalternos
de marina D. Juan Pontón y D . Francisco Ezquerra, y los del Fijo D. Martín de
la Torre y D. Juan de Roca Champe, así como el Marqués González. Reducida la
guarnición a menos de la mitad de su número, el capitán de granaderos de Aragón
D. Lorenzo Milla, izó bandera blanca. Keppel se precipitó a la sala en donde
curaban a Velasco y antes de que se lo indicaran, lo reconoció entre los demás
por la expresión noble y guerrera de su rostro; lo abrazó, y lo dejó libre para
pasar a curarse en la ciudad o por los mejores cirujanos de sus tropas. Aunque
sus heridas no eran de muerte, su fiebre era tan alta que deliraba, por lo que
consideraron indispensable extraerle la bala; pero tuvieron que profundizar
tanto, que le sobrevino el tétanos, falleciendo a las cuatro del 31 en los
brazos de su sobrino, y enterrado el 1 de agosto en el convento de San
Francisco, disparando a tiempo descargas los dos bandos, en honor al héroe.
Así, a los 44 días de trinchera abierta, terminó una de las defensas más
gloriosas, que había costado más de mil vidas a los españoles y más de tres mil
a los sitiadores.
Minutos después de ondear la bandera enemiga en las almenas del Morro, la
Junta ordenó que el castillo de la Punta --donde, por enfermedad de D. Manuel
Briceño, gobernaba el capitán de fragata D. Fernando de Lortiadirigiera sus
fuegos sotire el Morro. Este jefe y los comandantes de las baterías de la
Fuerza y de San Telmo dispararon con tal empeño y tino, que, a las seis de la
tarde, no era más que un montón de escombros el castillo que se había perdido.
El 1 de agosto, un nuevo convoy de Nueva York desembarcó en La Chorrera con
más de dos mil hombre, y el brigadier Burton con una columna de otros tantos y
dos piezas de a lomo se encaminaban a Jesús del Monte y Lomas de Luz. El 2 de
agosto la Junta dio orden de que entraran a defender la plaza las partidas de
D. Fernando Herrera y de Aguiar. El jerezano Bernet, con unos trescientos
tiradores de milicias, consiguió arrojar de las lomas de Luz a Burton; pero
éste reconcentró sus fuerzas , y con una nueva columna de refuerzo, volvió a
recuperar su posición.
Para proteger el arsenal mandó Prado a Colina ocupar la loma de Atares, donde
colocó algunas piezas, así como remontó cañones en la Punta, San Telmo, el
Boquete y la Fuerza, pensando la Junta así prolongar su defensa.
El 10 de agosto, un oficial con bandera de tregua llegó a las inmediaciones
de la plaza, trayendo para el gobernador una carta de Albemarle, en la que decía
tener tomadas sus medidas para la rendición de la ciudad, y que un principio de
humanidad le estimulaba a hacérselo presente, para que se entregara a las
tropas de S. M. B., evitando de este ·modo las desdichas y calamidades que
serían inevitables en el caso de ser tomada por asalto. Como el gobernador no
se avino, aquella noche prosiguieron los enemigos sus bombardeos en el castillo
de La Punta, desde cuyos baluartes no dejaba de hacerse fuego .Pero, al
amanecer del día 11, los ingleses no sólo disparaban sus baterías contra el
castillo, sino que también arrojaban ollas de fuego, desmontando la mayor parte
de los cañones, deshaciendo sus parapetos, con un considerable número de
muertos y heridos, ocurriendo lo mismo con las planchas y goletas que
custodiaban la entrada del puerto. A la vista de tales acontecimientos y,
teniendo presente que a las siete de la mañana había dado parte el comandante de
Artillería D . José Crell de que no existían en los repuestos de la plaza más
que 427 quintales y 54 libras de pólvora, con los que no habría más que para
mantener el fuego cuatro o cinco horas (gastando cincuenta quintales cada una),
se pasó a tratar en Junta de Guerra acerca del partido que se había de tomar. Y
expuesto por el ingeniero Baltasar Ricaud que el enemigo tenía ya abiertas
brechas en el castillo de La Punta, haciendo irresistible el asalto se resolvió
solicitar una honrosa capitulación que, conservando el honor de las armas del
Rey conforme a la presente- situación de las cosas ,pusiera al mismo tiempo al
resguardo la religión y el país de la total ruina, y que se pidiera suspensión
de armas por veinticuatro horas para redactar en ellas los artículos de la
capitulación. A las dos y media se pusieron banderas de tregua y el sargento
mayor de la plaza D. Antonio-Ramírez de Estenoz pasó al campo enemigo con carta
para el Conde de-Albemarle, regresando al anochecer, acompañado de un oficial,
con el acuerdo de la tregua. Al día siguiente, el mismo sargento llevó los
artículos de la capitulación a los generales ingleses, quienes pusieron las
adiciones y reparos que creyeron oportunos. La capitulación presentada por D.
Juan de Prado constaba de un artículo preliminar y 23 más, de los que fueron
denegados el 9, 10, 15 y· 23, y los demás sufrieron algunas rectificaciones.
El 12 de agosto de 1762 se firmó la capitulación entre el almirante Jorge Pockok,
Caballero de la Orden del Baño y el Conde de Albemarle, comandante de la
Escuadra y del Ejército de S.M. B., y el Marqués del Real Transporte, comandante
general de la Escuadra de S.M. C. en América, y D. Juan de Prado, gobernador de
La Habana, para la rendición de la plaza y navíos españoles en su puerto.
En el artículo preliminar se estipuló que las Puertas de Tierra y Punta serían
entregadas a las tropas inglesas el 13 de agosto, a las doce del día. En el
artículo l se dice:
La guarnición compuesta de tropas
regladas y Dragones, éstos desmontados, dejando sus caballos para el
servicio de S. M. B., en consideración de la vigorosa y brava defensa
del castillo del Morro y de La Habana, saldrán por la Puerta de La
Punta, con dos piezas de cañón y seis tiros para cada uno, y el dicho
número para cada soldado, tambor batiente con banderas desplegadas, y
todos los honores militares. Al gobernador se le concederán todas las
falúas que fueran necesarias para conducir sus equipajes y efectos a
bordo del navío destinado para él. Todas las milicias, así fuera de la ciudad
como dentro, entregarán sus armas a los comisarios de S. M. B. que se
nombrarán para recibirlas.
El artículo 4º mandaba:
Que todas las tropas de mar y tierra comprendidas en la
capitulación serían transportadas a España a expensas del gobierno inglés; y en
consideración a su edad y alta jerarquía militar quedarán autorizados el
Conde de Superunda, D. Diego Tabares, el Marqués del Real Transporte y
D. Juan de Prado; para escoger los buques más cómodos y embarcarse
cuando les conviniera, con sus familias, criados, equipajes y caudales
particulares.
En el artículo 19 se ordenaba que los prisioneros hechos de uno y otro
bando, desde el seis de junio en que se presentó la escuadra inglesa delante
del puerto de La Habana, se restituirán recíprocamente, sin rescate alguno,
en el término de dos meses. El 22 decía: Que el castillo de La
Punta será entregado con los mismos honores que la plaza y su
guarnición, saliendo ésta por una de las brechas accesibles.
El 14 de agosto, O. Juan de Prado firmó el siguiente parte:
Tomaron posesión las tropas de S. M.
B. del castillo de La Punta y puertas de este nombre y la de Tierra, e
igualmente de los puertos que teníamos fortificados fuera de la ciudad. El
número de bombas y granadas arrojadas por el enemigo, según el más arreglado
cómputo, ascendió a 21.174 (18.104 contra el castillo del Morro y las 3. 070
restantes contra el de La Punta y demás baluartes de la plaza, cuerpo de la
ciudad, navíos y demás embarcaciones. y ·1a pérdida de gente, comprendidas las
tropas de Tierra y Marina, tripulaciones de la Escuadra, milicias de todos
colores y gente de tierra adentro, se consideró de 2.910 .hombres, sin incluir
en este número al pie de 800 a 900 negros esclavos de particulares, que han
perecido en los trabajos del Morro.
El castellano de Matanzas, D. Felipe Solís, cuando supo que se había
rendido La Habana "hizo volar aquel castillo que tenía minado, despachando
antes a la gente. Y cuando los ingleses lo supieron enviaron allí dos fragatas con
doscientos hombres de tropa, que se apoderaron de él sin resistencia.
El honor militar se .había salvado, pero hubo 1.297 muertos y 1.313
heridos, de los 5.000 hombres que habían intervenido en la defensa de La
Habana, con 4 .000 fusiles, utilizando los restantes tercerolas, lanzas, chuzos
y machetes. El asedio duró sesenta y siete días . Y se perdieron los siguientes
navíos de guerra: Reina, Infante y Tigre, de 70 cañones; Neptuno,
Aquilón y Soberano, de 68; San Genaro y San Antonio, de
60; Asia, de 62; América, Conquistador y Europa, de
58; Ventura, de 28, y Venganza, de 245 (ambos tomados por los
ingleses); la fragata Tetis, de 22 cañones; Cazadora, de 18; el paquebote
Marte, de 16; la urqueta San Antonio y el jabeque San
Francisco de Asís, también tomados por los ingleses.
El enemigo contaba con un ejército de 15.000 veteranos, y la escuadra, 1.842
cañones, además de otros 200 que se desembarcaron; 4.000 peones negros y 15.000
tripulantes. El simple cotejo de los números nos prueba que, por torpemente que
la dirigieran, la defensa de La Habana fue gloriosa para los que a ella
concurrieron.
El 14 de agosto .entraron los ingleses en la plaza. Sir Guillermo Keppel, con
un batallón y como 1.000 infantes y algunas compañías de artillería permanecieron
en La Cabaña, sin cuya ocupación no se sentían seguros.
Los restos de la guarnición española marcharon a las órdenes de D.
Alejandro Arroyo a acantonarse en La Chorrera y Puentes Grandes, mientras se disponía
su embarque para España. La fuerza de Marina que se había sacado regresó a sus
buques, y a los milicianos se les recogieron las armas, despachándolos a sus
casas.
Hasta el 30 de agosto no emprendieron el regreso a Cádiz 28 embarcaciones inglesas
destinadas por el almirante a transportar a los rendidos: cuatro generales,
siete jefes del Ejército, 15 de Marina, 17 capitanes, 60 oficiales subalternos
y 845 individuos de tropa y de la escuadra. El mismo día salieron Superunda y
Tabares solos en una fragata, con sus familias, criados y equipaje. Prado y las
tropas de tierra se transportaron en nueve embarcaciones, y en otras 18, Hevia,
las Planas Mayores y el resto de los marinos supervivientes.
El 8 de septiembre fue convocado extraordinariamente el Cabildo Municipal de
La Habana, y cuando entró Albemarle pronunció un discurso en el que declaró
que, conquistada la ciudad por las armas del Rey Jorge III, éste era el
verdadero Soberano a quien debían jurar obediencia y vasallaje. Al instante, el
alcalde D. Pedro Santa Cruz dijo en alta voz:
Milord, somos españoles y no podemos ser ingleses;
disponed de vuestros bienes y sacrificad nuestras vidas antes que exigirnos
juramento de vasallaje a un príncipe para nosotros extranjero. Vasallos
por nuestro nacimiento y nuestra obligación jurada del Señor Carlos III,
Rey de España, ése es nuestro legítimo monarca, y no podríamos, sin ser
perjuros, jurar a otro. Los artículos de la capitulación de esta ciudad no os
autorizan legalmente más que a reclamar de nosotros una obediencia pasiva
y ésa ahora os la prometemos de nuevo y sabremos observarla.
Así las cosas, se supo que el 22 de noviembre se firmaron los preliminares de
un tratado de paz, con el cual podía La Habana seguir siendo española. Esto preliminares
fueron ratificados en Versalles el 10 de febrero, cediendo España, a cambio,
los ruinosos presidios de Florida y los territorios al este y oeste del
Mississippi, recibiendo, como indemnización de Francia, la Luisana· Conocidos
los preliminares de paz, Albemarle se embarcó para Inglaterra el 22 de enero de
1763, dejando al mando de las tropas que quedaban en La Habana a Sir Guillermo
Keppel y el 4 de marzo se publicó la terminación de las hostilidades. Carlos
III ordenó a Madariaga, gobernador-de Santiago, que tomara posesión de La
Habana en nombre de su Soberano, y con este cometido salió de Santiago el 16 de
junio. Los ingleses, antes de abandonar la ciudad, destruyeron el arsenal y
todo el material de guerra que no podían llevarse, como era de costumbre.
(*) Tomado de: Academia.edu
Publicación original: Revista de Historia Naval de la Armada Española.
(**) Castillo Manrubia, Pilar.
Ex bibliotecaria del Estado Mayor de la Armada, está en posesión de la Cruz del
Mérito Naval de primera clase con distintivo blanco. Obtuvo su licenciatura en
la Universidad Complutense, donde permaneció como profesora y ayudante de la
cátedra de Historia de España en la Edad Media. Su tesis doctoral, titulada: La
Marina de guerra española en el primer tercio del siglo XIX, obtuvo el premio
«Virgen del Carmen» para libros. Ha participado en congresos internacionales de
Historia Militar y en las jornadas de Historia Marítima del Instituto de
Historia y Cultura Naval. Colabora habitualmente en revistas castrenses como:
General de Marina, Ejército, Historia y Cultura Naval, Formación, etcétera.
Para citar este artículo (APA): D.E.I., R. de H. N. (1990). Pérdida de La Habana (1762). Revista De Historia Naval Nº 28.
BIBLIOGRAFÍA
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Simancas.
FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada española, tomo VII. Madrid. Museo
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GUITERAS, Pedro José: Historia de la isla de Cuba. Segunda edición.
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GUERRA SÁNCHEZ, Ramiro: Historia elemental de Cuba. La Habana, 1922
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MEMORIAS DE LA SOCIEDAD PATRIÓTICA DE LA HABANA . Tomos III y IV. 1837 .
PEZUELA Y LOBO, Jacobo de la: Diccionario geográfico, estadístico,
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Cuatro volúmenes . 1863-1866. ·
Historia de la isla de Cuba. Madrid, 1868.










