Por Gustavo Pérez Firmat (**)
«Me hubiera gustado ser solo eso, un poeta, un escritor, no una persona afectada por la política».
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| Heberto Padilla (1932-2000) |
Aunque empezó a publicar muy joven,
Heberto Padilla no fue un poeta prolífico. Si dejamos a un lado Las rosas
audaces (1948), un libro juvenil que Padilla no reconoce como parte de su obra
(Zapata, 1987, p. 273), quedan: cuatro poemarios –El justo tiempo humano
(1962), Fuera del juego (1968), Provocaciones (1973), El hombre junto al mar(1981)–, dos cuadernos cuyos poemas, con alguna excepción, se incorporan a los
poemarios –La hora (1964) y Por el momento (1970)– y dos antologías bilingües
–Legacies (1982), A Fountain, A House of Stone (1991)–, aunque solo la segunda
de estas recoge poemas inéditos. Su primer libro aparece cuando ya había
cumplido treinta años y su último poco antes de cumplir los sesenta. De los
cincuenta poemas de A Fountain, A House of Stone, solo siete son nuevos.
Después de este libro, Padilla no volvió a publicar, y probablemente no
escribió más poesía. Lo que dice en El hombre junto al mar acerca del destierro
estadounidense de Luis Cernuda podría atribuirse a él: «La poesía / se le hizo
terriblemente arisca» (Padilla, 1981, p. 77).
La poesía de Padilla gira en torno a
tres actividades o núcleos argumentales: andar, objetar, cantar. Aunque las
tres actividades atraviesan todos los poemarios, su importancia varía. En El
justo tiempo humano prima el andar; en Fuera del juego y Provocaciones, el
objetar; en El hombre junto al mar, el cantar. Los poemas inéditos de A
Fountain, A House of Stone conforman una vacilante coda, como veremos.
ANDAR

Como se sabe, los adversarios de
Padilla le sacaron en cara las frecuentes ausencias de Cuba. Según Leopoldo
Ávila, la conducta de Padilla se caracterizaba por «el andar, despreocupado y
boquiabierto, por las capitales europeas». Es más, «la lista de sus viajes le
dan un récord que pocos pilotos han igualado» (Ávila, 1968, p. 17). Del mismo
modo, la «Declaración de la UNEAC» le reprocha no haber estado en Cuba en
momentos decisivos. Padilla (1968, p. 35) mismo, consciente de su
vulnerabilidad en este punto, incluye en Fuera del juego un poema titulado
«Siempre he vivido en Cuba», donde argumenta, con dudosa verosimilitud, que su
ausencia física de la isla está compensada por su compromiso con su historia:
«Yo vivo en Cuba. Siempre / he vivido en Cuba. Esos años de vagar / por el
mundo de que tanto han hablado. / son mis mentiras, mis falsificaciones».
Pero, contra lo que afirma en el
poema, desde muy joven Padilla alardeó de su vocación viajera. Empleado por el
Ministerio de Comercio Exterior del régimen castrista, se llama a sí mismo
«viajante de Comercio Exterior», un juego de palabras que nombra tanto su
ocupación como su trashumancia (Padilla, 1968, p. 64). En un poema dedicado a
Pablo Armando Fernández, se enorgullece de sus «viejos zapatones» que destrozó
«de tanto andar» (Padilla, 1981, p. 11). En el poema inicial de Fuera del
juego, «En tiempos difíciles», menciona sus «viejas piernas andariegas»
(Padilla, 1968, p. 23). Dada esta insistencia en «andar», cuando el verbo
recurre al final del poema –«Y finalmente, le rogaron / que, por favor, echase
a andar»– adquiere una carga semántica que va más allá del uso coloquial.
Echarse a andar, integrarse al proyecto de la Revolución, implica dejar de
andar, abandonar sus hábitos de viajero.
OBJETAR

Este ímpetu negador marca la distancia
entre El justo tiempo humano y Fuera del juego, que puede leerse como una
negación o retractación del compromiso con la Revolución del primero. La última
parte de El justo tiempo humano, la única que guarda relación con el título,
contiene siete breves poemas de sesgo político. Padilla toma el título de un
verso de Salvatore Quasimodo (1961, p. 117), pero altera su significado; en el
original giusto significa justo en el sentido de exacto o adecuado. El poema de
Quasimodo, de tema amoroso, nada tiene que ver con la justicia social. Padilla
desvía el significado de justo hacia la acepción ética del adjetivo y sustituye
el amor de un pueblo por el amor de una mujer. El primero de los poemas
«revolucionarios», «Pancarta para 1960», comienza: «Usureros, bandidos,
prestamistas, / adiós. / Os ha borrado el fuego / de la Revolución»
(Padilla, 1962, p. 119).
Los demás poemas de esta sección
comparten el «pancartismo». Cuando no es el pancartismo justiciero de este
poema, es el pancartismo cursi de «Playa Girón»: «Muerte, / no te conozco. /
Aún no hay víscera mía / que hayas tocado en lo más leve» (Padilla, 1962, p.
121). O el pancartismo sentimental de «Canción»: «Duerme, / mi guerrillera, /
La vida sigue en pie. / Por los caminos / tus ojos todavía resplandecen»
(Padilla, 1962, p. 125).
En Fuera del juego el fugaz fervor
revolucionario se ha desvanecido. Los tiempos han cambiado. Ya no estamos en el
justo tiempo humano sino «En tiempos difíciles», el poema que abre la
colección. Este poema debe leerse en relación con «Ahora que estás de vuelta»,
otro de los poemas revolucionarios de El justo tiempo humano. Al regresar a
Cuba en 1959, Padilla (1962, p. 129) enumera órganos para reprobar el uso que
ha hecho de ellos: su «corazón de elegía», sus ojos «habituados al resplandor /
de los desastres», sus oídos «rotos / por tanta furia y tanta muerte», su
lengua «de imágenes perecederas», y sus manos «que tiemblan, que solo / sabían
escribir “me muero”». La desesperanza de estas frases queda superada en el
poema siguiente, «El justo tiempo humano», que abre: «¡Mira la vida al aire
libre!».
«En tiempos difíciles» retoma el
listado anatómico. La Revolución le pide manos, ojos, labios, piernas, pecho,
corazón, hombros y lengua. Mas la enumeración no propicia una transformación
personal, como en el poemario anterior, sino un desmembramiento. No se trata de
dones sino de donaciones. Y finalmente la Revolución le pide la prueba
definitiva, que eche a andar, un andar que recuerda, con ironía salvaje, sus
antiguos hábitos de viajero. No en balde, este poema está entre los señalados
en la «Declaración de la UNEAC»: «Cuando Padilla expresa que se le arrancan sus
órganos vitales y se le demanda que eche a andar, es la Revolución, exigente en
los deberes colectivos, quien desmembra al individuo y le pide que funcione
socialmente». Pero el poeta se niega a «convertirse en combustible social»
(Padilla, 1968, p. 8). Como ha señalado Harris Feinsod (2017, p. 306), la
enumeración de partes del cuerpo remite al género poético del blasón francés,
dedicado a celebrar los encantos de una amada. Aquí, en cambio, sirve para
denunciar la violencia de Estado.
El ímpetu negador de Fuera del juego
culmina en los dos últimos poemas, «No fue un poeta del porvenir» y «Vámonos,
cuervo». Recuperando las negaciones del poema epónimo, el primero enumera los
atributos que Padilla no tuvo y los tributos que no le rindieron. El segundo
cita a Vallejo para contradecirlo al intercalar un «no» en medio del
endecasílabo final de «Intensidad y altura». Vallejo escribe: «Vámonos, cuervo,
a fecundar tu cuerva». Padilla (1968, p. 110) reescribe: «Vámonos, cuervo, no a
fecundar la cuerva». En vez de fecundación, lo que ocupa al hablante es buscar
«el hilo roto» –como el verso de Vallejo– de una cometa «que se enredó en el
trípode viejo del artillero». Si se tuviera que resumir el asunto de Fuera del
juego en una sola palabra, sería la partícula no.
Hay que destacar, además, que el
Padilla objetor no solo apunta contra la Revolución. También se usa a sí mismo
como blanco. Mucho antes de la famosa autocrítica, Padilla (1968, p. 99) ya
mostraba inclinación por flagelarse o ridiculizarse, por verse como un «títere
perplejo» o un «terco polichinela», como se moteja en La mala memoria (Padilla,
1989, p. 148). Así en «La sombrilla nuclear», de Fuera del juego: «Ese hombre
que fornica desesperadamente en hoteles de paso. / Ese desconcertado que se
frota las manos, / el charlatán sarcástico y a menudo sombrío, / solo como un
profeta, / por supuesto, soy yo» (Padilla, 1968, p. 66).
Hablando con Carlos Verdecia en 1992,
Padilla recuerda su último encuentro con Fidel Castro: «Me agradeció el libro
de poesía romántica inglesa traducido por mí que yo le había enviado. Sí,
porque yo le mandé el libro de poesía inglesa, y le mandé una carta que tú
leíste en aquella oportunidad, ¿recuerdas? Yo te pregunté: “¿Tú crees que sea
lo suficientemente abyecta?”» (Verdecia, 1992, p. 105). Padilla bromea, pero
debajo de la broma se solapa su tendencia a la autodegradación. Por eso la
autocrítica resultó tan espectacular. El poeta del no reaparece como la
hipóstasis del sí. Durante la autocrítica Padilla actuaba, disimulaba, mentía,
seguía un guión, se iba por las ramas, pero también se entregaba sin reserva
–casi diríamos, con gusto– a un papel que había ensayado en otras ocasiones (lo
cual no impide, por supuesto, que el episodio haya tenido una secuela
desastrosa para su estado anímico). «También los humillados», un texto que
parecería ser una amarga reflexión sobre la autocrítica, se escribió varios años
antes: «Ahí está nuevamente la miserable humillación, / mirándote con los ojos
del perro, / lanzándote contra las nuevas fechas / y los nombres. //
¡Levántate, miedoso!, / y vuelve a tu agujero como ayer, despreciado, /
inclinando otra vez la cabeza / que la Historia es el golpe que debes aprender
a resistir. / La Historia es ese sitio que nos afirma y nos desgarra» (Padilla,
1968, p. 73).

CANTAR
No me refiero aquí a los múltiples
poemas titulados «Canción» o «Canto», que pudieran o no ser instancias de lo
que entiendo por cantar. El acápite remite a una actitud que despunta en
Provocaciones y se desarrolla en El hombre junto al mar, cuyo primer poema
lleva por título «Lo mejor es cantar desde ahora». En este poema y otros del
libro el escritor se retira del «sitio» de la Historia, de los espacios
públicos que solía frecuentar, ya viajando, ya actuando como partidario u
opositor del régimen castrista. Al cantar, Padilla cambia el ágora por el
hogar. En lugar de la notoriedad del trotamundos o el disidente, el santuario
de lo doméstico.
No es esta la modalidad más frecuente
en su poesía, pero sí la que prevalece en los poemas recogidos en El hombre
junto al mar, casi todos escritos durante la década de los setenta, en tiempos
verdaderamente difíciles. Si el Padilla objetor niega, el Padilla cantor
afirma. Trueca la «caja de penumbras» de «Los enamorados del bosque Izmailovo»
por el «chaleco de feria» de «Lo mejor es cantar desde ahora». En poemas como
este Padilla deja de objetar y de andar, contrae el horizonte y reduce el mundo
al ámbito familiar. El poeta trotamundos «que huye a través del espejo, con
bufanda y abrigo, escaleras abajo», ahora se revela como «el último espejismo /
que ya ha curado el sol, / el último
síntoma de aquella enfermedad, / afortunadamente transitoria» (Padilla, 1981,
p. 34).
Uno de los poemas de Provocaciones,
«Pausa», ya había anticipado esta nueva actitud. En Fuera del juego, la
Historia invadía todos los rincones de la vida del hablante: «Siempre, más allá
de tus hombros veo el mundo. / Chispea bajo los temporales. / Es un pedazo de
madera podrida, un farol viejo / que alguien menea como a contracorriente. / El
mundo que nuestros cuerpos / (que nuestra soledad) no pueden abolir» (Padilla,
1968, p. 52).
Si cotejamos este poema, «En lugar del
amor», con «Pausa», podemos comprobar la distancia que el poeta ha recorrido.
El mundo de temporales y escombros, lo que sucede en las calles, pobladas por
milicianos armados y consignas revolucionarias, no hace mella en la intimidad
de la pareja: «Pero yo estoy aquí, / apretado a tu cuerpo, a tu sexo. / Yo no
soy un romano / ni venero sigilas en los nichos. / Esta noche / para mí no hay
Imperio como tu cama, / arma como tus brazos, / gloria como tus pechos» (Padilla,
1973, p. 55).
La abolición del mundo, entrevista en
esta composición, se hace recurrente en El hombre junto al mar (1981), donde el
poema también aparece. Lo que fue pausa ahora es costumbre. A pesar de que casi
todos los poemas se escribieron durante los largos años de arresto
domiciliario, El hombre junto al mar no es una obra negadora. Padilla se afirma
en el ámbito doméstico, refugio de las tormentas y los tormentos de la
Historia. Aquí, el calor de un cuerpo reemplaza la lealtad a un país: «Lo tibio
de tu cuerpo es mi bandera» (Padilla, 1981, p. 42). En «La vida contigo», «A
Belkis cuando pinta», «Día tras día», «Canción de aniversario» o «Amándonos»,
la tranquilidad del apartamiento disipa el terror y la rabia, tal como afirma
en el título de otro poema: «La alegría abre también los ojos en la negrura».
Así, la poesía de Padilla traza un arco que se extiende desde el compromiso de
El justo tiempo humano, pasando por las retractaciones y objeciones de Fuera
del juego y Provocaciones, hasta llegar a la apacibilidad de El hombre junto al
mar. El poeta ya no es «el bufón que a nadie hizo reír» ni el «corsario negro»
ni el «mercader de ungüentos». Los atavíos de los tres personajes se tiran «por
la borda» (el título del poema de donde proceden las citas). Lo único que no ha
desechado es la esperanza y el amor a la vida: «Por la borda el sueño torturado
/ la amargura / la costumbre de arquero y flecha y saltimbanqui / pero no la
esperanza / ni el amor a la vida / lo que impulsa / a seguir adelante»
(Padilla, 1981, p. 64).
El hombre junto al mar es un libro de
exilio, pero de exilio interior. Igual que en Provocaciones, las pocas
referencias a su trashumancia no son apuntes de viaje sino remembranzas, como
en «Un restaurante al aire libre en el otoño de Budapest», donde recuerda
«aquellas terrazas circulares / donde por un capricho del otoño de Hungría,
cenábamos temblando». Por eso dice, más adelante en el poema, que «hace mucho
tiempo que no hablo de países» y que los «temas casi obsesivos» de su poesía
han desaparecido (Padilla, 1981, p. 59). De hecho, los catorce años que
transcurren entre 1966, cuando Padilla regresa a Cuba, y 1980, cuando se le
permite emigrar a Estados Unidos, es el tramo más largo que Padilla se mantiene
sin viajar. Por primera vez en su vida adulta, se vio obligado al sedentarismo,
y la imposición se dirimió en goce.
En «El que regresa a las regiones
claras» Padilla (1981, p. 33) parafasea un conocido poema de Eliseo Diego, «El
sitio en que tan bien se está», al formular su apología del sedentarismo: «El
sitio –además– donde mejor / puede permanecer un hombre / es en su patio, su
casa, / sin gentes melancólicas que acechen en los muelles / la carne atroz de
las pesadillas».
En poemas como este Padilla descubre
otro lugar, más allá o más acá del sitio de la Historia: por una parte, los
muelles, los viajes, las pesadillas; por otra, la casa, la inmovilidad, el
bienestar (el bien-estar). El presente postraumático borra, o aspira a borrar,
lo pasado. El impulso claustral de estos versos constituye la última modulación
significativa en su poesía.

El último libro de Padilla, A Fountain, A House of Stone (1991), difícilmente podría considerarse nuevo, ya que casi todos sus poemas habían sido incluidos en libros anteriores. Los siete poemas nuevos, agrupados al final del libro, conforman una coletilla idéntica en número a la de El justo tiempo humano, pero muy distinta en intención. El exilio continuado ha socavado la tranquilidad que se observa en El hombre junto al mar. Son poemas que ni andan, ni objetan, ni cantan. Si exceptuamos «Recuerdo de Wallace Stevens en la Florida», los demás dan constancia de la vida de Padilla en Princeton, New Jersey. Al principio de la secuencia, el temple de ánimo del poeta es un difuso malestar: «¿A quién aúlla mi perro a media noche / si afuera solo hay árboles y nieve?» (Padilla, 1991, p. 104). A medida que se suceden los poemas, el malestar se agudiza hasta llegar al último del libro, y el último que Padilla publicó, «El cementerio de Princeton». Ya que fue escrito al menos diez años antes de su muerte, no creo que Padilla lo haya concebido como un texto testamentario, un balance de cuentas, pero su contenido alienta esta lectura. El poema abre con una ecuánime reflexión sobre la imbricación de la vida y la muerte: «Un pueblo puede ser la feliz reunión de muchos seres, / pero es también un escrutinio constante de la muerte» (Padilla, 1991, p. 108). A paso seguido el hablante describe el cementerio y la labor del sepulturero y el jardinero –«guardianes de estos muertos»–, y al hacerlo va perdiendo su ecuanimidad. El poema culmina en una dolorosa exclamación: «Oh, Dios, dinos dónde, por qué. / No solo hay un miércoles de ceniza en nuestra vida. / Hacia ese camposanto / todo el mundo camina con el mismo miedo, / los mismos ojos, los mismos pies» (Padilla, 1991, p. 109).
En estos versos aparece por última vez
el motivo del andar, excepto que ahora se trata del viaje definitivo. Unos años
después de la publicación de A Fountain, A House of Stone, Padilla (1994, p.
5A) resumió así su trayectoria: «Me hubiera gustado ser solo eso, un poeta, un
escritor, no una persona afectada por la política». Nunca lo logró y cabe
preguntarnos, en contra de lo que afirma, si su poesía hubiera alcanzado la
relevancia que alcanzó si no hubiese incidido en la política. Por memorables
que sean algunos de los poemas nutridos por sus viajes o su vida íntima, la
veta más fértil de su poesía es la política. Objetar le era más natural que
andar o cantar, lo cual nos ayuda a entender por qué el exilio lo extinguió
como poeta. Ya no tenía a la vista blancos a los que disparar. Ni escenario
desde donde hacerlo. Ni público que lo abucheara o aplaudiera. Fuera del juego,
no había razón para seguir jugando.
COLUMBIA UNIVERSITY
(*) Tomado de Cuadernos
hispanoamericanos
(**) Nació en La
Habana, Cuba y se crió en Miami, Florida. Estudió en el Miami-Dade Community
College, la Universidad de Miami y la Universidad de Michigan , donde obtuvo
un doctorado en Literatura Comparada. Impartió clases en la Universidad de Duke
de 1979 a 1999 y en la Universidad de Columbia hasta 2022. Actualmente es
Profesor Emérito David Feinson de Humanidades en la Universidad de Columbia.
BIBLIOGRAFÍA
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Heberto Padilla», Verde Olivo, 9.45, 1968, pp. 17-18.
Feinsod,
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humano, UNEAC, La Habana, 1962.
Fuera del juego (Premio Julián del
Casal), UNEAC, La Habana, 1968.
Provocaciones, La Gota de Agua,
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Legacies (edición bilingüe, traducido
por Alastair Reid y Andrew Hurley), Farrar Straus Giroux, Nueva York, 1982.
La mala memoria, Plaza & Janés,
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A Fountain, a House of Stone (edición
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Ponte, Antonio José. El libro perdido
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Quasimodo,
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Verdecia, Carlos. «Conversación con
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Kosmos Editorial, San José (Costa Rica), 1992, pp. 101-116.
Zapata, Miguel Ángel. «Entre la épica
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273-284.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]





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