Wednesday, September 2, 2020

Anatomía del infeliz*

Por Gustavo Pérez-Firmat

El cubano tiene la buena y la mala fama de ser un pueblo alegre, actualista, gozador. Como comprobación parcial, imparcial, ahí está la proverbial réplica, “Jodido pero contento,” que supedita la jodedura a la jodedera. O este otro dicharacho, “A mí me matan, pero yo gozo,” según el cual ni la muerte misma coarta la búsqueda de placer. No obstante, ese gozar a toda costa, a todo costo, a todo Castro, sólo dibuja una de las caras del cubano. Tal vez la más popular y rentable, la que se ha divulgado en innumerables libros, películas y cancionessobre todo extranjeroscon títulos como When It’s Cocktail Time in Cuba, Holiday in Havana,  I Came, I Saw, I Conga’d. Tal como afirma uno de los protagonistas de The Mambo Kings Play Songs of Love, la premiada novela de Oscar Hijuelos, Cuba es la tierra de rum, rump and rumba. Y no cabe duda de que el cubano, allá como aquí, propende a la alegría. Mas también es verdad que por debajo de esa alegría fluye una corriente de melancolía, una resaca de tristeza que arrastra a algunas de las figuras más representativas de la cultura de la isla: desde Luz y Caballero, Casal y Martí, pasando por Varona, Dulce María Loynaz y Jorge Mañach, hasta llegar a Carlos Victoria,  Manuel Díaz Martínez, Abilio Estévez y muchos más. 

Hallando –o más bien, buscando– un reflejo de su propia melancolía en la de sus compatriotas, Mañach no se cansaba de afirmar que Cuba era un pueblo triste. Para el autor de la Indagación del choteo, la ligereza del cubano, su tendencia a tirarlo todo a relajo, no era sino una vistosa capa que le echamos por encima a nuestra íntima tristeza. De ser así, el cubano padecería de lo que hoy en día los psicológos llaman “bipolaridad”: entre el Polo Norte y el Polo Sur, el Polo Cuba, vacilando entre rumba y tumba, canto y desencanto, deseo y desgano. Esa disposición melancólica también se vislumbra en muchas sentencias de nuestro refranero: “Un gustazo, un trancazo.”  O en este otro dicho, que predica la misma lección:  “Como quieras que te pongas, tienes que llorar.”

Dos de los tipos típicos del folklore cubano son el vivo y el bobo. Ya se sabe que todos los días sale un bobo a la calle, y que el vivo vive del bobo y el bobo de su trabajo. Pero hay otro personaje de nuestro folklore, protagonista tácito de incontables cuentos y chistes, que encarna el talante y talento melancólicos de la cultura cubana. Me refiero al infeliz. ¿Quién entre nosotros no ha dicho, explicando –y descontando– los infortunios de un amigo o, a veces, la maldad de un enemigo, “El pobre, es un infeliz”?  Rigurosamente, ser infeliz es carecer de felicidad. Pero esta definición no capta lo fundamental del tipo, ya que hay personas que, faltándoles la felicidad, distan mucho de ser infelices. Se puede ser desgraciado sin ser infeliz. Se puede estar descontento sin ser infeliz. La infelicidad del infeliz no tiene sólo que ver con la incidencia de episodios dolorosos en su vida. Cosas nos pasan a todos, pero el infeliz es aquel que padece por vocación, que sufre por gusto, aquel a quien los golpes que le pegan, le pegan. Lo que define al infeliz no es la infelicidad, sino lo que llamaría el infelicismo, cierta aptitud crónica para la infelicidad.    

El infeliz es el tarrudo que del cielo le caen los tarros, el que sale de Guatemala y termina en Guatapeor, el que se ha sacado todas las papeletas en la rifa de la galleta, el que no deja de cogerse el culo con la puerta. En el infeliz encarna un ejemplar de la no tan rara especie del cubano sin suerte, a quien no lo salva ni el médico chino. Primo criollo del nebbish judío y del loser norteamericano, el infeliz no sabe por dónde le entra el agua al coco, ni tiene la menor idea dónde el jején puso los huevos. Y aunque a veces se confunde con tipos aledaños –el pesado, el guanajo y el comemierda– estos pueden ser felicísimos (es más, generalmente lo son) mientras que el infeliz es sólo siempre infeliz. Su antónimo es el feliciano, invulnerable a los embates del destino. Si el feliciano disfruta a pesar de todo pesar, el infeliz sufre a pesar de todo placer.  

Cuando tildamos a alguien de infeliz, mezclamos la compasión con el desprecio. Los infelices nos dan lástima, sí, pero también nos molestan, tal vez por el temor de parecernos demasiado a ellos. El atribulado Liborio, emblema de la cubanidad, es un infeliz. En cambio, Tres Patines, el personaje hecho famoso por Leopoldo Fernández, es un vivo disfrazado de infeliz. Y nosotros los exiliados, por mucho que insistamos en negarlo, somos unos infelices disfrazados de vivos. Es más, después de sesenta años de dictadura, es posible que todos los cubanos –los de aquí, los de allá y hasta los del más allá– puedan hacer suyo el famoso lamento de Segismundo: “Ay, mísero de mí! ¡Ay, infelice!”

*Fragmento del libro en proceso Saber de ausencia 

2 comments:

  1. Me parece estar de acuerdo, pero no estoy seguro.

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  2. Me gusta. De acuerdo con lo que expones el infeliz no es capaz de sentir alegria de ningun tipo. Si pudiera dejaria de ser infeliz. Que piensas?

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