Saturday, February 21, 2026

Entrevista a Enrique Del Risco sobre la antología "El túnel al final de la luz"*



Por Luis de la Paz

El escritor y profesor Enrique del Risco nacido en 1967, cuando ya el castrismo había destruido gran parte de Cuba y adoctrinado a un considerable sector de la población, logró sobrevivir mejor que mucho de sus contemporáneos a la educación politizada.

En sus libros se aprecia un detallado poder de análisis y observación. Entre sus publicaciones se encuentran Nuestra hambre en La Habana y Los que van a escribir te saludan, y más recientemente, El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika, publicado por la editorial Hypermedia, en junio de 2025.

Eres el editor de El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika libro donde más de sesenta autores exponen “la revuelta cultural y social que se produjo en Cuba en paralelo a la perestroika soviética”. Háblanos del resultado de ese libro.

Estoy muy contento con el resultado. Fue un libro que nació de una conversación casual con mi mujer a la hora del desayuno y con el que terminé arrastrando a más de medio centenar de artistas, escritores, periodistas, críticos y activistas de todo tipo a reconstruir a través de la memoria unos años en los que muchos creímos que podíamos cambiar el país. Es un libro coral llenos de historias y observaciones importantísimas. El título ya revela el final penoso de ese intento, pero creo que tanto aquel movimiento como el libro que hemos hecho valieron la pena. En el caso del libro, porque ha servido para crear conciencia sobre aquel movimiento, sobre sus posibilidades y sus imposibilidades.

Cuando hablo de crear conciencia no solo me refiero a los que no tomaron parte en él. También hablo de los que participamos en ese proceso y, aun así, teníamos una visión fragmentaria de aquellos años. Creo que a través de los testimonios recogidos en el libro podemos ver ese fenómeno como lo que fue: un movimiento social y político -además de cultural y artístico- que pudo darse por circunstancias históricas muy específicas. Pero justamente esas circunstancias -las reformas que se acometieron en la URSS y el resto de Europa del Este- impedían ver de antemano la conclusión a la que arribó ese movimiento: que el socialismo -o sea, un régimen donde un partido tiene el monopolio de los mecanismos políticos y el Estado el del sistema productivo del país- es antidemocrático e irreformable por naturaleza.

Naces en 1967 en medio de apagones, colas y hambre, la misma situación (quizás menos dramática que la actual), pero con los mismos componentes. Pasas la infancia, la adolescencia… ¿en qué momento tomas conciencia del desastre nacional?

La conciencia del desastre en Cuba yo creo que todos la hemos tenido desde una edad muy temprana. Recuerdo un día, con menos de diez años, en que luego de larga odisea llegábamos por fin al Parque Lenin en la cama de un camión, le pregunté a mi padre: “Papi ¿cuándo es que vamos a salir del subdesarrollo?”. Esa pregunta ya encerraba la conciencia plena del desastre. Pero claro, siempre quedaba el recurso de echarle la culpa al pasado capitalista (que en esa época quedaba a unos quince años de distancia) o al embargo.

La adquisición de la otra conciencia, la de que el desastre era producto del mismo sistema fue más lenta y progresiva. Estudié tres años en la Escuela Vocacional Lenin que era una escuela-vitrina para mostrarla, junto con Ubre Blanca y otros logros de la revolución, a los visitantes extranjeros. O hasta a los mismos presos políticos cuando los excarcelaban luego de estar veinte años en la cárcel, para que se arrepintieran de haberse opuesto a una revolución capaz de crear escuelas así, como cuenta Jorge Valls en sus memorias. Pues mi estancia en La Lenin se convirtió en un curso intensivo sobre simulación socialista: desde cómo la comida mejoraba en momentos estratégicos hasta instalaciones deportivas, laboratorios de lengua, estudios de música que solo se abrían cuando llegaba una delegación extranjera. O piscinas que solo se llenaban un par de semanas al año. Por cierto, de esas falsedades mi amigo Ernesto Chao y yo dimos cuenta públicamente a Carlos Lage, entonces secretario general de la Juventud Comunista en una visita que hizo a la escuela y lo único que conseguimos fue que más tarde el director general intentara intimidarnos. Y de esa experiencia de simulación e intimidación salió el primer texto de ficción que escribí en mi vida, una obrita de teatro titulada “Galileo y el masarreal” que nunca pude montar. Pero aún así nos quedaba la excusa de que tanta falsedad era obra de funcionarios intermedios.

Llegado a la universidad, entre las conversaciones con condiscípulos más enterados que uno, la comparación entre las revelaciones sobre el comunismo en Europa del Este y la realidad cubana y el terror pánico de buena parte de mis profesores para lidiar con ciertas verdades, fue que me quedé sin excusas racionales que ofrecer. Luego, la vigilancia y la persecución sobre los que intentábamos mejorar la realidad en que vivíamos, de democratizarla (todavía la palabra “totalitarismo” no era parte de nuestro vocabulario, pero “democracia” definitivamente sí) hicieron el resto. Esos años cubanos de la perestroika me enseñaron no solo que era el sistema el que generaba el desastre, sino que este no estaba interesado en ningún cambio que significara renunciar a un ápice de su poder y cedérselo a los ciudadanos.

Tu libro brinda una cronología de los años ochenta en Cuba, y todo marca en general retrocesos. Aun así la juventud presenta nuevos proyectos y desafíos. Tú fuiste parte de ellos. Cómo es la visión de impulsar arte y cultura, sabiendo que lograr el éxito es difícil.

Había mucha ingenuidad por parte de nosotros, ingenuidad de la que nos fueron curando los agentes de la seguridad del estado, los funcionarios del castrismo y el propio Fidel Castro cuando no solo rechazaban nuestras propuestas, sino que nos perseguían por hacerlas. A esa ingenuidad inicial súmale el aliento que nos daba saber que en la Unión Soviética se estaban reconociendo los errores y horrores que se habían cometido y existía una voluntad real de cambios. Y ver que nuestros represores inmediatos también sabían lo que ocurría en la URSS y eso los hacía comportarse con más contención que unos años antes.

Por lo demás si uno es joven y está vivo lo mínimo que puede hacer es intentar dotar a la existencia (artística, social, política) de vitalidad y sentido. Eso fue lo que tratamos de hacer en esos años. Si no cambiamos el país al menos nos cambiamos a nosotros mismos. Y cambiamos la idea que se tenía en Cuba por entonces sobre el arte y sus posibilidades. Cuando uno ve un performance callejero de Luis Manuel Otero Alcántara o un monólogo crítico de cualquier humorista actual o una galería o una compañía teatral que usa un espacio privado para crear proyectos al margen del Estado comprende que esas posibilidades empezamos a crearlas en la segunda mitad de los ochenta, a pesar del rechazo del propio Fidel Castro a aceptar los cambios que se estaban produciendo en Europa del Este. Cuando al fin los represores vieron sus manos libres tras el derrumbe del Bloque Comunista ya era demasiado tarde para retrotraer la vida cubana a los años del totalitarismo más cerrado, meter al genio de la libertad en la botella de la que había salido.

Hay quienes dicen que los cubanos no han hecho nada para procurar un cambio en el país. ¿Qué responderían a ello?

Siempre ha habido cubanos deseando y tratando de cambiar el país. Lo mismo con los movimientos guerrilleros y clandestinos de principios de los sesentas, que la contracultura de catacumbas que surgió luego y que vino a florecer con la generación del Mariel, o los movimientos políticos y artísticos surgidos en los ochenta, así hasta llegar a hoy. Piénsese en un detalle: los que participaron activamente en el derrocamiento del régimen batistiano no pasaban de diez mil, la misma cantidad de personas que, por cierto, se apretujaron en la embajada de Perú en 1980 en cuanto quitaron la guardia. En cada momento del castrismo ha habido una cantidad semejante o mayor opuesta al régimen, solo que, a diferencia de los opositores a Batista, no tenían enfrente un estado totalitario capaz de aplastar la más mínima señal de disidencia. Si durante el castrismo unas generaciones consiguieron hacerse más visibles que otras ha sido por circunstancias históricas que contuvieron en cierto grado la ferocidad del estado totalitario.

¿Qué aporta el humor a un mejor entendimiento de tus libros y la situación cubana?

La respuesta más corta es la de Woody Allen: “comedia es tragedia más tiempo”. Y a la tragedia cubana le ha sobrado tiempo para convertirse en comedia. No se me malentienda, la situación en Cuba sigue siendo trágica. De hecho, ahora es mucho más trágica de lo que lo haya sido nunca con la hambruna, el despoblamiento galopante, el envejecimiento de la sociedad, la parálisis productiva, la caída abismal de las condiciones de vida y la represión rampante y descarada. Pero también hay que reconocer que el sistema que sostiene esa tragedia es profundamente ridículo: solo hay que ver las justificaciones que usan para explicar tanto desastre.

Por otro lado, el sistema que rige Cuba no es una simple dictadura. Es un sistema de control mucho más complejo -el del totalitarismo- que a su vez crea un impacto muy complicado en los seres humanos y en las relaciones que se establecen entre ellos. Y yo creo que el humor es la perspectiva ideal para lidiar con tanta complejidad asentada a su vez sobre una base tan ridícula: un tirano y un partido que determinan que la realidad es de cierto modo y todo el aparato del régimen -represivo, propagandístico, educativo, cultural- tiene que encargarse de acomodar el mundo real a como ellos digan. Y en esos casos solo te quedan dos opciones: el humor o la esquizofrenia. Yo prefiero el humor.

Asombra y entristece ver el grado de degradación a la que ha llegado Cuba como país. El castrismo tocó fondo hace mucho tiempo y sigue perforándolo con la esperanza de encontrar algo, que no sea otra cosa que más miseria y fango. ¿Qué más se puede esperar en Cuba?

Esa es una pregunta ante la que no tengo palabras ni ideas, solo fe o tozudez pura. Sospecho que si, luego de treinta años viviendo fuera de mi país, Cuba fuera un lugar medianamente normal y próspero me daría más o menos lo mismo ejercer de cubano. Es la tragedia en la que sigue atrapada Cuba la que nos hace seguir preocupados por su destino, la que nos convence de que su única esperanza -sus Obi Wan Kenobi- somos los que todavía nos desvelamos por ella.

Tus libros generalmente requieren trabajo de investigación, consulta y redacción. ¿Cuáles son tus próximos desafíos literarios y ensayísticos?

Tengo un par de libros terminados, buscando editorial: la novela “Los cimarrones de Greenwich Village”, que es la segunda parte de la Trilogía Cubana del Hudson en la que estoy empeñado y que trata sobre la presencia cubana en la zona de Nueva York y Nueva Jersey desde el siglo XIX hasta ahora. En 2019 se publicó la primera parte, “Turcos en la niebla” que se enfocaba en la época actual. Con “Los cimarrones…” retrocedo al siglo XIX, centrado en la figura de Cirilo Villaverde, el autor de la novela “Cecilia Valdés” quien vivió más de cuarenta años exiliado en Nueva York. El otro libro que tengo terminado es “Nueva York se escribe con Ñ” que es una historia de la presencia hispana en Nueva York desde el siglo XVI hasta 1960 contada a través de viñetas de corte humorístico. Por ejemplo, ¿sabías que el primer habitante no aborigen de Manhattan era dominicano? Por ese libro desfila todo el mundo: desde Francisco Miranda y José Martí hasta Diego Rivera y Rita Moreno.

Ahora mismo estoy trabajando en la tercera parte de la Trilogía Cubana del Hudson, la novela “Homero y yo”, que trata sobre la vida del gran músico ciego Arsenio Rodríguez en Nueva York, donde vivió sus últimos veinte años de vida. Ya terminé la primera versión, pero todavía requiere unas cuantas reescrituras. También trabajo en una obra de teatro, “Palíndrome”, con solo dos personajes remando en un kayak con los que abordo la actual polarización política en este país. En la primera mitad de la obra los personajes viven bajo una distopía de derechas y en la segunda mitad, una de izquierdas. Y ya que me preguntas por los ensayos empiezo a darle forma a uno sobre la recepción fuera de Cuba del arte y la literatura producida en el exilio. De este solo te adelanto el título: “¿Cubano o gusano?”.




*Aparecida en Libre.

Thursday, February 19, 2026

EL PATRIOTA QUE PRESERVANDO EL PASADO ESTÁ SEMBRANDO EL FUTURO

Por Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

Antonio Gómez Sotolongo (Aguada de Pasajeros, Cuba, 1954) es mucho más que un músico e investigador: es uno de esos cubanos que, desde el rigor intelectual y la pasión por la cultura, ha dedicado su vida a preservar la memoria musical de la nación. Formado como contrabajista en la Escuela Nacional de Arte y graduado en el Instituto Superior de Arte de La Habana, inició su trayectoria en los escenarios, pero muy pronto comprendió que su misión no se limitaba a interpretar la música, sino también a estudiarla, documentarla y defenderla del olvido.

Radicado desde 1991 en la República Dominicana, donde ha sido Contrabajista Principal de la Orquesta Sinfónica Nacional, Gómez Sotolongo ha desarrollado una obra investigativa que constituye un verdadero acto de patriotismo cultural. Sus libros y ensayos no solo describen géneros, fechas y nombres; reconstruyen procesos históricos, explican contextos sociales y revelan cómo la música ayudó a forjar la conciencia nacional cubana.

En obras como Historia de la música popular cubana y, especialmente, en su más reciente libro La música del Tacón en el Diario de la Marina (1844-1851), rescata un período esencial en la conformación de la cultura cubana. Al estudiar la relación entre el Gran Teatro de Tacón y el Diario de la Marina, demuestra cómo la escena musical habanera del siglo XIX contribuyó decisivamente a moldear el gusto estético, la sensibilidad colectiva y el sentido de pertenencia que terminó por definir a Cuba y a La Habana como espacio cultural propio.

Antonio es, sin duda, uno de los cubanos que con su trabajo ha preservado el pasado para que no se diluya en la desmemoria. Su labor confirma que proteger la herencia cultural no es un ejercicio nostálgico, sino una forma de construir identidad y proyectar futuro.

Mis más sinceras felicitaciones por este nuevo libro. Su investigación sobre el Tacón y el Diario de la Marina no solo reconstruye una etapa esencial de nuestra historia cultural, sino que nos ayuda a comprender cómo se fue gestando el sentido de pertenencia que define a Cuba y a La Habana. Al preservar esas riquezas del pasado, estás sembrando conciencia para las generaciones futuras.

Tuesday, February 10, 2026

Carta de Máximo Gómez sugiriendo la intervención estadounidense


 Por Enrique Del Risco

A continuación reproducimos íntegramente la carta de Máximo Gómez al presidente estadounidense Grover Cleveland del 9 de febrero de 1897 aludida en el artículo anterior de VicenteMorín Aguado. Ha sido traducida al español con la ayuda del traductor de Google. No obstante en el original hay un uso de la palabra “americans” cuya ambigüedad se le escapa al traductor automático que insiste en traducirla como “estadounidenses”.  Gómez, con la misma sutileza que exhibía en el campo de batalla aprovecha las posibilidades que le ofrece el concepto para referirse indistintamente a los ciudadanos de Estados Unidos y a los pobladores del continente que caerían la Doctrina Monroe a la que alude. En su carta el Generalísimo viene a decir “no es que le esté pidiendo la intervención, pero la situación a que ha llevado España a la población civil cubana, tan americana como la invocada por la Doctrina Monroe, hace que usted deba considerar esa posibilidad”.

Nótese también que, con igual sutileza, Gómez no solicita directamente la intervención militar e incluso parece rechazar la idea al decir “le ruego, no la considere como una solicitud de intervención en nuestros asuntos”.  No obstante, apenas un par de líneas después añade astutamente que “solo la sabiduría del pueblo americano debe decidir qué curso de acción deben tomar”. En cualquier caso, la carta del jefe de las fuerzas cubanas no parece ser la de alguien convencido de una victoria inminente que le podría ser arrebatada por la intervención estadounidense (que tan astutamente invoca) tal como reza la historiografía oficial cubana. A tres meses de la muerte de Maceo y en pleno desarrollo de la ofensiva de Weyler con toda su calculada reticencia esta carta de Gómez es una evidente petición de auxilio ante una situación que lo desborda.  

 

Sancti Spíritus, 9 de febrero de 1897

Sr. Grover Cleveland

Presidente de los Estados Unidos

Señor:

Permita que un hombre, cuya alma se desgarra ante la contemplación de crímenes indecibles, levante la voz ante el jefe supremo de un pueblo libre, culto y poderoso.

No considere, le ruego, esta acción como un acto inoportuno de oficialismo. Usted mismo la autorizó al concederme un lugar en su último mensaje al Congreso.

Más aún, le ruego, no la considere como una solicitud de intervención en nuestros asuntos. Los cubanos nos hemos lanzado a esta guerra, confiados en nuestra fuerza. Solo la sabiduría del pueblo americano debe decidir qué curso de acción deben tomar.

No hablaré de los cubanos en armas. No; alzo mi voz solo en nombre de los americanos desarmados, víctimas de una crueldad espantosa. Lo levanto en nombre de la debilidad y la inocencia sacrificadas, con el olvido de los principios elementales de humanidad y las máximas externas de la moral cristiana, sacrificadas brutalmente en los últimos días del siglo XIX, a las puertas mismas de la gran nación que se yergue tan encumbrada en la cultura moderna; sacrificada allí por una monarquía europea en decadencia, que tiene la triste gloria de representar los horrores de la Edad Media.

Nuestra lucha con España tiene un aspecto muy interesante para esa humanidad de la que usted es tan noble ejemplo, y sobre este aspecto deseo llamar su ilustre atención.

Mire a través del mundo y verá cómo todos, con la posible excepción de los americanos, contemplan con indiferencia, o con platonismo sentimental, la guerra que enrojece los hermosos campos de la fértil Cuba como si fuera algo ajeno a sus intereses y a los de la cultura moderna; como si no fuera un crimen olvidar de esta manera los deberes de la fraternidad social.

Pero usted sabe que no se trata solo de Cuba; Es América, es toda la cristiandad, es toda la humanidad, la que se ve indignada por la horrible barbarie de España.

Pues bien, los españoles luchan con desesperación y les avergüenza explicar los métodos que emplean en esta guerra. Pero los conocemos y los esperábamos.

Lo aceptamos todo como un nuevo sacrificio en el altar de la independencia cubana.


Es lógico que tal sea la conducta de la nación que expulsó a los judíos y a los moros; que instituyó y fortaleció la terrible Inquisición; que estableció los tribunales de sangre en los Países Bajos; que aniquiló a los indígenas y exterminó a los primeros pobladores de Cuba; que asesinó a miles de sus súbditos en las guerras de independencia sudamericana, y que colmó la copa de la iniquidad en la última guerra en Cuba.

Es natural que proceda así un pueblo que, por el mero hecho de una educación supersticiosa y fanática, y por las vicisitudes de su vida social y política, ha caído en una especie de deterioro fisiológico que le ha hecho retroceder siglos enteros en la escala de la civilización.

No es extraño que un pueblo así proclame el asesinato como sistema y como medio para sofocar una guerra causada por sus ansias de dinero y poder. Matar al sospechoso, matar al criminal, matar al prisionero indefenso, matar al herido indefenso, matar a todo aquel que pueda impedir su acción desoladora: todo esto es comprensible como la forma en que los españoles siempre han entendido y llevado a cabo la guerra.

Pero no detenerse en el hogar sagrado y venerado, personificación de todo lo más pacífico y noble; ni en las mujeres, emblema de la debilidad; ni en los niños, símbolo abrumador de la inocencia inofensiva. Atraer sobre ellos destrucción, ruina y asesinato, constante y cruel; ¡ah, señor, qué horrible es esto! La pluma se me cae de las manos al pensarlo, y a veces dudo de la naturaleza humana al contemplar, con los ojos empañados por las lágrimas, tantos corazones ultrajados, tantas mujeres sacrificadas, tantos niños cruel e inútilmente destruidos por las columnas españolas.

Los españoles, incapaces de ejercer soberanía sobre el interior de Cuba, han obligado a los campesinos a concentrarse en aldeas, donde se espera que la miseria los obligue a servir en los ejércitos de un gobierno que aborrecen. No solo se obliga a estos infelices a abandonar el único medio de vida que les permite vivir; no solo se les obliga a morir de hambre, sino que se les tilda de firmes partidarios de nuestras armas, y contra ellos, sus esposas e hijos, se dirige una persecución terrible y cruel.

¿Debe un pueblo civilizado tolerar tales hechos? ¿Pueden los poderes humanos, olvidando los principios fundamentales de la comunidad cristiana, permitir que esto continúe? ¿Es posible que un pueblo civilizado consienta el sacrificio de hombres desarmados e indefensos? ¿Puede el pueblo americano contemplar con culpable indiferencia el lento pero completo exterminio de miles de americanos inocentes? No. Usted ha declarado que no puede; que tales actos de barbarie no deben permitirse ni tolerarse. Vemos la brillante iniciativa que ha tomado al protestar enérgicamente contra la matanza de europeos y cristianos en Armenia y China, denunciándolos con sincera energía.

 Sabiendo esto, hoy me dirijo a usted con franqueza y legalidad, y declaro que no puedo evitar por completo los actos de vandalismo que deploro.

No basta con proteger a las familias de los cubanos que se unen a nosotros, ni con que mis tropas, siguiendo el ejemplo de la civilización, respeten y liberen inmediatamente a los prisioneros de guerra, curen y recuperen a los heridos del enemigo y eviten las represalias. Parece que los españoles no se dejan persuadir por ninguna forma de persuasión que no esté respaldada por la fuerza.

Ah, señor, las vicisitudes de esta cruel lucha han causado mucho dolor en el corazón de un anciano y desafortunado padre, pero nada me ha hecho sufrir tanto como los horrores que le cuento, a menos que sea ver que usted permanece indiferente ante ellos.

Dígale a los españoles que pueden luchar contra nosotros y tratarnos como les plazca, pero que deben respetar a la población pacífica; que no deben ultrajar a las mujeres ni masacrar a niños inocentes.

Tienen un precedente noble y admirable para tal acción. Lean la tristemente famosa proclama del general español Balmaceda, de 1869, que proclamaba, prácticamente, la reproducción de esta guerra, y recuerde la honorable y noble protesta que el Secretario de Estado formuló contra ella.

El pueblo americano marcha legítimamente a la cabeza del continente occidental, y no debe tolerar más el asesinato frío y sistemático de americanos indefensos, a menos que la historia les impute participación en estas atrocidades.

Imite el noble ejemplo que he indicado anteriormente. Su conducta, además, se basará sólidamente en la doctrina Monroe, pues esta no puede referirse solo a la usurpación de territorios americanos y no a la defensa del pueblo americano contra las ambiciones europeas. No puede significar proteger el suelo americano y dejar a sus indefensos habitantes expuestos a las crueldades de una potencia europea sanguinaria y despótica. Debe extenderse a la defensa de los principios que animan la civilización moderna y forman parte integral de la cultura y la vida del pueblo americano.

Corone su honorable trayectoria como estadista con un noble acto de caridad cristiana. Dígale a España que el asesinato debe cesar, que la crueldad debe cesar, y ponga el sello de su autoridad en lo que diga. Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en su memoria, y Dios, el sumamente misericordioso, verá en ella la obra más meritoria de toda su vida.

Soy su humilde servidor,

Máximo Gómez

Hace 129 años los cubanos en armas contra España solicitaron la intervención norteamericana.



Por Vicente Morín Aguado.

El 9 de febrero de 1897, Máximo Gómez Báez, General en Jefe del Ejército Libertador, firmó una carta dirigida al presidente de los Estados Unidos de América, Stephen Grover Cleveland, solicitando la intervención norteamericana bajo la explícita invocación de la doctrina Monroe. Estas fueron sus palabras:

“El pueblo norteamericano, que con todo derecho marcha a la vanguardia del Hemisferio Occidental, no puede y no debe seguir tolerando el asesinato sistemático y a sangre fría de indefensos americanos, por temor de que la historia pueda acusarlos de complicidad con tales atrocidades. Su acción estaría, además, sólidamente fundada en la Doctrina Monroe, ya que esa doctrina no puede referirse meramente a la usurpación de territorio americano, y no puede descansar solamente en la defensa de las potencias constituidas en América contra la ambición europea.”

Antes de estampar su firma, el hombre que mostró a los insurrectos la valía de cargar al machete, exhorta al mandatario de la Casa Blanca:

“Corone su honorable trayectoria de estadista con un noble acto de caridad cristiana. Dígale a España que el asesinato debe cesar, que la crueldad debe cesar, y ponga su sello de autoridad en lo que diga. Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en tu memoria, y Dios, el misericordioso, verá en ella la obra más meritoria de toda su vida.”

(La carta completa está reproducida por Florencio García Cisneros en: Máximo Gómez, ¿Caudillo o Dictador?, Miami, 1986.) (Documento original, archivado con el # 75 en: «Letters of Gen Máximo Gómez to the President», 55th Congress Session, Senat«U. S. Dept. Of State. The United States. Govt. Print off; 1897.)

Es de notar que los independentistas cubanos contaban con un poder civil, creado por una constitución, llamado Gobierno de la República en Armas, con su presidente y consejo, al cual estaba subordinado el General en Jefe. ¿Por qué no es el presidente de ese gobierno quien escribe, dejando al supremo mando militar la firma de una petición de tanta trascendencia política?
Presidente Grover Cleveland

La decisión responde a la popularidad del héroe militar en la gran nación vecina. La guerra de Cuba era reportada diariamente a los principales periódicos estadounidenses mediante corresponsales acreditados en la Isla y, aún de mayor relevancia, el propio Cleveland había mencionado al general Gómez Báez en su último mensaje al Congreso, previo a la sucesión presidencial.

Veamos el contexto del momento histórico.

Desde febrero de 1896 gobernaba en la Isla antillana el General Valeriano Weyler Nicolau, sagaz y despiadado militar, con amplia experiencia en el tipo de guerra irregular vigente entre españoles y cubanos. Con el objetivo de privar a los insurrectos de su base social y de sustento, Weyler decretó el Bando de la Reconcentración.

Dejemos que sea el remitente quien ilustre la situación, tal y como lo hizo para el presidente norteamericano:

“Los españoles, incapaces de ejercer soberanía sobre el interior de Cuba, han obligado a los campesinos a concentrarse en aldeas, donde se espera que la miseria los obligue a servir en los ejércitos de un gobierno que aborrecen. Estos infelices no solo se ven obligados a abandonar el único medio de vida que les permite vivir; no solo se ven obligados a morir de hambre, sino que se les tacha de firmes partidarios de nuestras armas, y contra ellos, sus esposas e hijos, se dirige una persecución terrible y cruel”.

El éxodo masivo incrementó la insalubridad reinante, provocando un notable aumento de las enfermedades infecciosas, en particular de la Fiebre Amarilla. Ambos contendientes ejecutaban una guerra total, destruyendo sembrados, fábricas y cuanto de valor pudiera servir al otro bando.

España gobernaba la otrora rica colonia bajo estado de sitio, aplicando un régimen de facultades omnímodas otorgadas al Gobernador, aún más severo que el absolutismo trasnochado reinante en la metrópoli. Para los alzados en armas, la victoria significaba no solo una independencia política, se trataba de fundar una república democrática ajena a toda forma de discriminación sobre sus ciudadanos.
Soldados del Ejército Libertador

La soberanía nacional no era en sí misma el fin último, era el instrumento para alcanzar democracia y progreso con igualdad ante la ley.

Los independentistas se sostenían en medio de dificultades extraordinarias. El ejército español contaba con 200 mil efectivos, las mejores armas de la época, bien avituallados, agregando inclusive a unos 30 mil nacidos en la isla a sus tropas, los llamados guerrilleros y voluntarios, colocados en la vanguardia de las columnas.

La cifra de combatientes insurrectos no pasaba de 25 mil, aplicando la única táctica posible frente a un enemigo superior 8 a 1, una guerra irregular: emboscadas, ataques sorpresivos con cargas de caballería al machete, provocando bajas, abasteciéndose en lo posible de armas y alimentos, pero sin aniquilar al adversario en batallas campales, menos aún tomar las ciudades.

El ejército colonial sufría este acoso, una guerra de desgaste que se prolongaba en el tiempo sin conseguir eliminar la resistencia libertaria.

La proverbial intransigencia española conducía la situación política al extremo, porque de ninguna manera la monarquía ibérica aceptaba negociación alguna que implicara la independencia. En el plano internacional ,a pesar de la probada vocación civilista de los cubanos, ningún estado había reconocido a la República de Cuba en Armas.

El General Gómez no recibió respuesta epistolar ni de Cleveland ni del sucesor McKinley, la respuesta vino con hechos: el 19 de abril de 1898, mediante una Joint Resolution, el Congreso de los Estados Unidos declaró: “El pueblo de Cuba es, y de derecho, debe ser libre e independiente:”

En tres meses la potencia emergente derrotó a España, con la valiosa participación de miles de combatientes cubanos en la toma de Santiago de Cuba. Gómez entró en la Habana, aclamado en apoteosis popular como libertador, el 24 de febrero de 1899.

La ocupación militar norteamericana se encargó de la transición, que duró casi 4 años, dada la necesidad de recuperar la economía, sanear las ciudades, erradicando la Fiebre Amarilla, organizar elecciones desde los municipios hasta las presidenciales, dotando al país de una Nueva Constitución.

¡Al fin llegamos!, exclamó el viejo Gómez, al izar la bandera de la estrella solitaria en el Castillo del Morro, el 20 de mayo de 1902, acompañando al General Leonard Wood, médico de profesión, quien momentos antes había arriado la insignia que hoy ostenta 50 estrellas.

Sunday, February 1, 2026

Marianao, primer destino veraniego de La Habana*



Por Yaneli Leal

Hasta 1976 todo el territorio habanero ubicado al oeste del río Almendares se llamaba Marianao. Con la nueva división político-administrativa el antiguo municipio se dividió en tres: Marianao, Playa y La Lisa. Sin embargo, la distribución histórica permite ilustrar mejor el carácter y evolución de una región que inició interrelacionada y que solo en el último siglo definió una urbanización diferenciada entre norte y sur.

Como otras regiones del contorno habanero, inicialmente sirvió de provecho por sus recursos naturales. Primero fueron sus bosques y luego la producción de sus fincas dedicadas a la agricultura y la ganadería. También hubo pescadores asentados en la costa, en las proximidades de los ríos Quibú y Almendares. El primer caserío oficialmente establecido fue el de Quemados, en 1720. Entonces todo estaba destinado a abastecer al núcleo portuario de La Habana Vieja, con el cual se conectaba por el Camino Real de Vuelta Abajo (más tarde Avenida 51). Esta primera población ubicada a la altura de la Calle 84, dio lugar al establecimiento de otros barrios cercanos.

El siglo XIX marcó un giro en el carácter eminentemente productivo de Marianao. Se cuenta que el primer gran estímulo fueron unas piscinas naturales creadas por manantiales que brotaban junto al río Quibú. Ellos definían una amplia zona de baño conocida como Los Pocitos, nombre que mantiene el barrio.

En 1827 se descubrió que uno de ellos tenía propiedades beneficiosas para el sistema digestivo, y en 1831 se le construyó una fuente con el objetivo de marcar el sitio y preservar sus aguas de fuentes contaminantes. Ubicada en las calles 57 y 138, la Fuente del Chorro es una sencilla pero vistosa estructura neoclásica construida por Ignacio Tovar. Se dice que desde entonces proveyó de agua potable al vecindario con el uso de "trenes de agua", caballos cargados con barriles de cinco galones a cinco centavos.

El maravilloso paisaje natural de este espacio campestre surcado por el río Quibú, las piscinas naturales y el manantial medicinal constituyeron un poderoso atractivo para muchos visitantes y motivó la construcción de casas de verano que, con el tiempo, se establecieron como residencias definitivas, fomentando la paulatina urbanización de la zona. De entonces se conserva el poema "Los baños de Marianao" escrito en 1829 por Ignacio Valdés Machuca, considerado uno de los precursores de la poesía romántica y patriótica cubana.

En el poema, Valdés Machuca convierte a las bañistas en ninfas en un paisaje tropical: "Las náyades festivas/ piraguas del amor, el manso río/ surcan de Marianao, dividiendo/ el líquido cristal con albos brazos,/ y sus turgentes pomas nacaradas/ a flor del agua lucen a pedazos:/ libre la cabellera/ de trasparentes perlas salpicada/ sobre el cándido cuello les ondea:/ allegan a la margen matizada/ de lirios, de jazmines y azucenas,/ y de Flora el tapete de esmeralda/ saltan de gozo llenas:/ se ocultan al momento./ Do las flexibles y crujientes cañas/ que a las brizas se mecen./ Y el bejuco galán trepa y entolda,/ al pudor nudo, pabellón ofrecen".

Poco tiempo después, se pusieron también de moda los baños de mar y en la costa marianense se instalaron unas casetas similares a las de Los Pocitos, cerca de la desembocadura del Quibú, donde existía un pequeño pueblo de pescadores. Sobre la concurrencia a estas playas escribió Manuel Costales en 1841: "en carretas cubiertas o enramadas con pencas de coco, y al lento paso de los bueyes empleaban una o dos horas en el tránsito y cantaban, reían o gritaban contestando los saludos de los vecinos que alborozados salían al encuentro".


El trayecto era tan largo porque el único cruce por el Almendares era a través de Puentes Grandes, con lo cual la diligencia debía ir por el sur para luego subir hasta el litoral. Entonces tuvo Marianao a su principal benefactor, Salvador Samá Martí. Este inmigrante catalán hizo una inmensa fortuna en Cuba con el comercio portuario, el tráfico de esclavos y la reparación naval, que luego diversificó hacia la banca, los ferrocarriles y los bienes raíces. En 1841, atraído por el manantial de aguas medicinales de Los Pocitos, alquiló una vivienda en 57 y 134, que luego compró y convirtió en su residencia definitiva de verano.

Probablemente en 1848 Samá Martí haya apoyado la construcción de La Glorieta, un inmueble de madera situado en la zona del actual Náutico, dedicado a bailes y fiestas. Pero su principal labor fue a través de la Sociedad de Fomento de Marianao, que presidió y fundó en 1857. Esta sociedad se encargó de la reparación de los baños, de apoyar los proyectos de urbanización y de obras puntuales como la recolocación de las vallas de peleas de gallos y la construcción del Teatro Concha (1857), luego Principal, en sustitución de La Glorieta.

La obra de mayor impacto promovida por Samá Martí fue la construcción del ferrocarril de Marianao en 1863, que dio vía expedita hacia La Habana del oeste y sus playas. La línea partía de la Estación de Concha, situada en Carlos III entre Árbol Seco y Retiro, y llegaba a la de Samá, en 43 entre 124 y 130. Puede tenerse una idea de la afluencia de visitantes y de su éxito si se conoce que, en el primer año, el ferrocarril tuvo una utilidad de 40.000 pesos. En 1884 se le extendió un ramal hasta la playa para agilizar la comunicación entre los poblados de Quemados de Marianao y Playa de Marianao, establecida desde antes por una calzada.

Esta vía fue construida por la Sociedad de Fomento entre 1858 y 1864, diseñada por el maestro de obras Simón Teja y concluida por el reconocido ingeniero Julio Sagebien. Desde Quemados pasaba entre los futuros terrenos de Columbia y Country Club, y terminaba en la zona del Náutico, donde entonces estaba el teatro y algunas residencias importantes como la casa de verano de Catalina Pons de Pérez de la Riva, y el histórico Torreón de Marianao.

A partir de entonces, las playas de Marianao se describen como improvisado casino que funcionaba en las casas, en el teatro y en las calles, donde se practicaban distintos juegos de azar. También por la playa se establecieron muchos puestos de frituras, que definieron el ambiente playero que pervivió durante la primera mitad del siglo XX. Acerca del destino de todos ellos y de los monumentos mencionados seguiremos hablando en el artículo próximo.

Parte II



Como vimos en un artículo anterior, con el atractivo de sus playas de agua dulce y salada, de su improvisada hostelería y espacios de juego y diversión, Marianao se convirtió en el siglo XIX en un importante destino turístico. Los enlaces viales y ferroviarios construidos por Salvador Samá fueron determinantes en su comunicación, en la popularidad de sus baños y en su progreso inmobiliario, llegando en 1878 a adquirir la categoría de municipio.

Como dato curioso, también fue marquesado, teniendo en cuenta que su principal benefactor recibió de la reina Isabel II el título de marqués de Marianao en 1860. Estos honores justifican por qué Marianao nombra un distrito en Cataluña, siendo una palabra que probablemente provenga de la voz aborigen Mayanabo. La razón es que el heredero nobiliario, Salvador Samá Torrens, hizo construir en Cataluña un palacio y un parque que dieron nombre a la localidad. Este parque y otro construido por él en Cambrils, están inspirados en la imagen paradisíaca caribeña. El parque Marianao y el parque Samá son en España un recuerdo del Marianao bucólico del siglo XIX, del edén conquistado por la saga familiar que querían ilustrar a sus congéneres, y que aún hoy continúan siendo muy aclamados.

Por otra parte, tras ocho marqueses, el título nobiliario se mantiene. En el siglo XIX, parte de la herencia de Salvador Samá financió en Marianao la construcción de la iglesia El Salvador del Mundo (1885), en 130 entre 45 y 49, nombrada así en su honor. Su casa de Los Pocitos, fue adquirida por Julio Hidalgo tras su muerte, y luego transformada en el Sanatorio Malberty. En 1950 se convirtió en la fábrica de tabaco José L. Piedra, función que mantiene hasta hoy con el nombre Héroes del Moncada.

Volviendo a las playas marianenses, mejor comunicadas por tren y carretera gracias a Samá, a partir de 1864 tuvieron nuevos baños, construidos al unísono que los de El Vedado, aunque estos últimos no tenían arena. Los baños de Marianao fueron conocidos por el nombre u origen de sus propietarios (Francisco Tuero —con diez casetas de madera—, Madiedo, de los Mallorquines y del Americano), y estaban situados principalmente en la enorme cala de la Avenida 146. Sobre ellos comentó Luis Bay Sevilla: "A pesar de su construcción primitiva y modesta, a estos baños concurría la mejor sociedad habanera de la época".

La popularidad alcanzada por esta zona de playa hizo que, en 1893, se creara la Sociedad de Fomento Playa de Marianao, fundamental en el futuro desarrollo urbanístico y progreso local. Asimismo, fue el lugar seleccionado para la construcción de la sede definitiva del primer club de yatismo, el Havana Yatch Club (1886). Este instaló su balneario en 1894, definido por una amplia construcción de madera, la más vistosa de la zona, muy reproducida en tarjetas postales antiguas. En 1925, fue reemplazada por el palacio ecléctico diseñado por el arquitecto Rafael Goyeneche, que hoy se observa clausurado junto a la glorieta de 5ta y 146.

Con la primera intervención norteamericana se construyó el cuartel Columbia, intermedio entre las poblaciones de Quemados y Playa, motivando la urbanización circundante y rellenando el terreno vacío entre las antiguas poblaciones. La paulatina instalación de industrias en el eje de 51 y en torno al río, así como la llegada de una población obrera, inmigrante, cambió el carácter del núcleo fundacional de Quemados, al tiempo que se dañaban las aguas del Quibú y Los Pocitos con múltiples fuentes contaminantes. De este modo, el litoral de Marianao quedó como el principal destino de baño hasta bien entrada la década de 1950 cuando, con el túnel de la bahía, se estableció un rápido enlace con las playas del este.



Durante la primera mitad del siglo XX, varios clubes deportivos y de recreo fueron ocupando el litoral marianense a ambos lados del núcleo original. Según la historiadora Hilda María Alonso, "los antiguos baños se convirtieron en aristocráticos clubes, los pequeños kioscos fueron demolidos, y los vecinos del caserío, cubanos y mallorquines, fueron expulsados a playas cercanas como Jaimanitas".

Desde los primeros años de la República, las playas de Marianao se beneficiaron con la construcción del tranvía (1903) y de los puentes de Asbert (1910) y Pote (1921). Los nuevos clubes deportivos y balnearios tenían en algunos casos una membresía selecta, otros fueron construidos para asociaciones profesionales, regionales y la población en general. Erigidos con distintos estilos arquitectónicos, eran instalaciones de gran confort que facilitaron el disfrute del mar así como la práctica de deportes náuticos como el yatismo y el remo.

También se convirtieron en espacios de fiestas, por lo que su historia ha quedado íntimamente relacionada con la de la música y el baile popular. Paralelamente, en las calles aledañas se establecieron pequeños negocios, timbiriches o puestos de fritas que funcionaban como especies de cabarets playeros. Según Cesar Beltrán, "allí sonaba lo estridente, lo más arrebatado, lo que de verdad hacía gozar". Alejo Carpentier le llamaba "música de fritas", subrayando el fuerte vínculo con el medio.

Siguiendo la línea de costa desde el inicio de Miramar, muchos nombres han quedado vinculados al pasado de Marianao como destino recreativo por excelencia: el Casino Deportivo, el Havana Esso Club, el Club de Profesionales, el Balneario Universitario, el Club Copacabana, el Club Comodoro, el Miramar Yatch Club, Cubanaleco, el Balneario Hijas de Galicia, el Balneario La Concha, el Coney Island Park, el Habana Yatch Club, el Círculo Militar y Naval, el Club Náutico y el Havana Biltmore Yacht and Country Club.

Contaba además Marianao con un famoso hipódromo (1915) y un cinódromo, construido en 1951 para carreras de galgos. Tenía los paradisíacos jardines de recreo de las cerveceras La Tropical (1904) y La Polar (1914), y el distinguido Country Club (1911), sin contar uno de los principales estadios de béisbol (La Tropical, 1929) y múltiples cabarets. De conjunto hacían del oeste habanero un destino de recreo variado y atractivo, tanto de día como de noche, donde podía disfrutarse de la playa y de las bondades de la naturaleza campestre.

Así lo inmortalizó Benny Moré en las primeras líneas de su canción "Marianao": "Marianao, qué bonito eres/ Tus lindas mujeres que dan el encanto de amar/ Del Wajay hasta El Almendares/ Hay bellos lugares que jamás podré olvidar/ Tus floridos y alegres repartos, sí/ En mis versos yo pudiera pintar/ Con tus parques y tus avenidas/ Con tus merenderos y tu boulevard/ Y el contraste de bellos palmares/ De cañaverales y un viejo Central".

Lamentablemente, después de 1959 todas estas instalaciones fueron nacionalizadas, los clubes convertidos en círculos sociales, algunos con entrada restringida a organismos estatales y al turismo internacional. Su explotación intensiva sin el mantenimiento periódico requerido, ha llevado a la ruina la mayoría de los inmuebles, muchos de los cuales se encuentran clausurados.

Marianao ha dejado de ser el destino predilecto de playa y ocio por el desgaste e inaccesibilidad de sus instalaciones, no porque hayan sido sustituidas por otras atracciones, dejando muy pocas alternativas de recreo a la sociedad habanera.

El patrimonio asociado a esta parte de la historia del antiguo municipio Marianao, fundamental en el entendimiento de su evolución y carácter, está en peligro. Todavía parte de la población recuerda el esplendor de sus balnearios, sin embargo, la historia de Los Pocitos se diluye en el olvido. Contaminadas las aguas, solo uno de ellos sigue siendo utilizado para el baño por los vecinos, aunque sin control sanitario. La fuente del manantial medicinal tiene el más alto grado de protección patrimonial, no obstante, está abandonada, rodeada de vegetación y a su lado se han construido tres viviendas.

El proyecto privado de desarrollo local Akokán es quien realiza acciones de sensibilización social y rescate del patrimonio local, desde la educación patrimonial y labores puntuales de mantenimiento con sus limitados recursos. Con ello intentan que el patrimonio cultural local aúne voluntades, fortalezca el sentido de pertenencia y genere mayor conciencia ciudadana y nuevas sinergias en la población. Muchos otros esfuerzos deberán sumarse para que Marianao vuelva a ser una ciudad que progresa y sus bondades sirvan a sus habitantes.

*Tomado de Diario de Cuba