El 9 de febrero de 1897, Máximo Gómez Báez, General en Jefe del Ejército Libertador, firmó una carta dirigida al presidente de los Estados Unidos de América, Stephen Grover Cleveland, solicitando la intervención norteamericana bajo la explícita invocación de la doctrina Monroe. Estas fueron sus palabras:
“El pueblo norteamericano, que con todo derecho marcha a la vanguardia del Hemisferio Occidental, no puede y no debe seguir tolerando el asesinato sistemático y a sangre fría de indefensos americanos, por temor de que la historia pueda acusarlos de complicidad con tales atrocidades. Su acción estaría, además, sólidamente fundada en la Doctrina Monroe, ya que esa doctrina no puede referirse meramente a la usurpación de territorio americano, y no puede descansar solamente en la defensa de las potencias constituidas en América contra la ambición europea.”
Antes de estampar su firma, el hombre que mostró a los insurrectos la valía de cargar al machete, exhorta al mandatario de la Casa Blanca:
“Corone su honorable trayectoria de estadista con un noble acto de caridad cristiana. Dígale a España que el asesinato debe cesar, que la crueldad debe cesar, y ponga su sello de autoridad en lo que diga. Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en tu memoria, y Dios, el misericordioso, verá en ella la obra más meritoria de toda su vida.”
(La carta completa está reproducida por Florencio García Cisneros en: Máximo Gómez, ¿Caudillo o Dictador?, Miami, 1986.) (Documento original, archivado con el # 75 en: «Letters of Gen Máximo Gómez to the President», 55th Congress Session, Senat«U. S. Dept. Of State. The United States. Govt. Print off; 1897.)
Es de notar que los independentistas cubanos contaban con un poder civil, creado por una constitución, llamado Gobierno de la República en Armas, con su presidente y consejo, al cual estaba subordinado el General en Jefe. ¿Por qué no es el presidente de ese gobierno quien escribe, dejando al supremo mando militar la firma de una petición de tanta trascendencia política?
| Presidente Grover Cleveland |
La decisión responde a la popularidad del héroe militar en la gran nación vecina. La guerra de Cuba era reportada diariamente a los principales periódicos estadounidenses mediante corresponsales acreditados en la Isla y, aún de mayor relevancia, el propio Cleveland había mencionado al general Gómez Báez en su último mensaje al Congreso, previo a la sucesión presidencial.
Veamos el contexto del momento histórico.
Desde febrero de 1896 gobernaba en la Isla antillana el General Valeriano Weyler Nicolau, sagaz y despiadado militar, con amplia experiencia en el tipo de guerra irregular vigente entre españoles y cubanos. Con el objetivo de privar a los insurrectos de su base social y de sustento, Weyler decretó el Bando de la Reconcentración.
Dejemos que sea el remitente quien ilustre la situación, tal y como lo hizo para el presidente norteamericano:
“Los españoles, incapaces de ejercer soberanía sobre el interior de Cuba, han obligado a los campesinos a concentrarse en aldeas, donde se espera que la miseria los obligue a servir en los ejércitos de un gobierno que aborrecen. Estos infelices no solo se ven obligados a abandonar el único medio de vida que les permite vivir; no solo se ven obligados a morir de hambre, sino que se les tacha de firmes partidarios de nuestras armas, y contra ellos, sus esposas e hijos, se dirige una persecución terrible y cruel”.
El éxodo masivo incrementó la insalubridad reinante, provocando un notable aumento de las enfermedades infecciosas, en particular de la Fiebre Amarilla. Ambos contendientes ejecutaban una guerra total, destruyendo sembrados, fábricas y cuanto de valor pudiera servir al otro bando.
España gobernaba la otrora rica colonia bajo estado de sitio, aplicando un régimen de facultades omnímodas otorgadas al Gobernador, aún más severo que el absolutismo trasnochado reinante en la metrópoli. Para los alzados en armas, la victoria significaba no solo una independencia política, se trataba de fundar una república democrática ajena a toda forma de discriminación sobre sus ciudadanos.
| Soldados del Ejército Libertador |
La soberanía nacional no era en sí misma el fin último, era el instrumento para alcanzar democracia y progreso con igualdad ante la ley.
Los independentistas se sostenían en medio de dificultades extraordinarias. El ejército español contaba con 200 mil efectivos, las mejores armas de la época, bien avituallados, agregando inclusive a unos 30 mil nacidos en la isla a sus tropas, los llamados guerrilleros y voluntarios, colocados en la vanguardia de las columnas.
La cifra de combatientes insurrectos no pasaba de 25 mil, aplicando la única táctica posible frente a un enemigo superior 8 a 1, una guerra irregular: emboscadas, ataques sorpresivos con cargas de caballería al machete, provocando bajas, abasteciéndose en lo posible de armas y alimentos, pero sin aniquilar al adversario en batallas campales, menos aún tomar las ciudades.
El ejército colonial sufría este acoso, una guerra de desgaste que se prolongaba en el tiempo sin conseguir eliminar la resistencia libertaria.
La proverbial intransigencia española conducía la situación política al extremo, porque de ninguna manera la monarquía ibérica aceptaba negociación alguna que implicara la independencia. En el plano internacional ,a pesar de la probada vocación civilista de los cubanos, ningún estado había reconocido a la República de Cuba en Armas.
El General Gómez no recibió respuesta epistolar ni de Cleveland ni del sucesor McKinley, la respuesta vino con hechos: el 19 de abril de 1898, mediante una Joint Resolution, el Congreso de los Estados Unidos declaró: “El pueblo de Cuba es, y de derecho, debe ser libre e independiente:”
En tres meses la potencia emergente derrotó a España, con la valiosa participación de miles de combatientes cubanos en la toma de Santiago de Cuba. Gómez entró en la Habana, aclamado en apoteosis popular como libertador, el 24 de febrero de 1899.
La ocupación militar norteamericana se encargó de la transición, que duró casi 4 años, dada la necesidad de recuperar la economía, sanear las ciudades, erradicando la Fiebre Amarilla, organizar elecciones desde los municipios hasta las presidenciales, dotando al país de una Nueva Constitución.
¡Al fin llegamos!, exclamó el viejo Gómez, al izar la bandera de la estrella solitaria en el Castillo del Morro, el 20 de mayo de 1902, acompañando al General Leonard Wood, médico de profesión, quien momentos antes había arriado la insignia que hoy ostenta 50 estrellas.
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