Sunday, April 29, 2018

INVESTIDO JORGE I. DOMÍNGUEZ LÓPEZ COMO NUEVO ACADÉMICO


Jorge I. Domínguez recibe diploma acreditativo de manos del presidente de la academia Dr. Lolo [Foto: Liu Santiesteban] 
El pasado sábado 28 de abril tuvo lugar en Union City (NJ), en el local de la Unión de Expresos Políticos Cubanos Zona Noreste, el acto de investidura de un nuevo miembro de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.: el Lic. Jorge I. Domínguez López.

Fungió como Maestro de Ceremonias el Dr. Octavio de la Suarée, Secretario de la AHCE, quien presentó a los oradores de la velada y dio a conocer el próximo acto de investidura de otros miembros electos que tendrá lugar en Los Ángeles (CA) el sábado 19 de mayo.

 El nuevo académico tituló su discurso “Rodolfo de Lagardere, el sueño de una Cuba mulata y española”, llamando la atención de un hoy olvidado (y en su época controversial) intelectual cubano que dedicó su pluma a denunciar la discriminación racial en la Cuba de finales del siglo XX al tiempo que, dado su inveterado integrismo, impugnaba las ideas autonomistas y separatistas. Domínguez basó su análisis de la inusual combinación de posturas señaladas, entre otros aspectos, tomando como punto de referencia la réplica que hiciera Lagardere de la tesis desarrollada por su contemporáneo Benjamín de Céspedes en su libro La prostitución en la ciudad de La Habana. De Céspedes, de un racismo feroz era, a su vez, un defensor de las ideas separatistas.

La dicotomía antitética personal resultante en las posturas por ambos mantenidas y a dúo en su relación, fueron detalladas y analizadas en profundidad por el orador, quien sacó a la luz las contradicciones de una época que la historiografía tradicional ha tratado de simplificar con la espuria imagen de polos de sólida homogeneidad. Otro personaje de la época presente en el discurso de Domínguez sirve de complemento y telón de fondo a las posturas de Lagardere y Céspedes: Martín Morúa Delgado.

Luego de reconocer el olvido en que se ha disuelto el nombre de Rodolfo Lagardere, el nuevo académico sintetizó así su tesis: “Pero perduran, testarudas, sus preguntas y sus obsesiones. Son el desmentido constante de la dicotomía falsa en que hemos parcelado nuestro siglo XIX, y que nos hace ver dos bandos donde hubo un abanico de sueños; y que nos hace identificar, con peligroso infantilismo, a uno de esos bandos como portador de todo lo que hoy nos parece deleznable, y al otro como dueño de las ideas que están de moda esta primavera. Quienes hablan de ‘estar del lado equivocado de la historia’ nunca se preguntan si la historia misma está siempre del lado correcto. En la mayor parte de las ocasiones, la historia no tiene ningún lado bueno, y uno sólo puede aspirar a ponerse del lado de la verdad y el bien, en la medida en que cada cual sea capaz de hacerlo.”

 El Discurso de Respuesta estuvo a cargo del Dr. Enrique Del Risco, Secretario de Publicaciones y Redes Sociales de la AHCE. Del Risco destacó la importancia del discurso del Lic. Domínguez dentro de los objetivos que, desde su fundación, persigue la institución que inviste al nuevo miembro. Señaló Del Risco a inicios de su alocución: “Como a cualquier historiador de raza a Jorge Ignacio Domínguez le apasiona hurgar en detalles que no le interesan a nadie para hablarnos de asuntos que nos atañen a todos. Sus obsesiones se nos revelan entonces no como majaderías sino como nudo esencial de un tejido de causalidades que nos justifican como habitantes de alguna provincia del universo.” Para concluir dándole la bienvenida al nuevo académico “con ese discurso que resulta modo ejemplar de acceder a ella.”
De izquierda a  derecha: Octavio de la Suareé, Enrique Del Risco, Jorge I. Domínguez y Eduardo Lolo [Foto: Liu Santiesteban] 


El acto terminó con unas breves palabras del Dr. Eduardo Lolo, Presidente de la AHCE, quien felicitó a los oradores, agradeció al público su presencia a pesar de las inclemencias del tiempo,

y destacó la generosidad y solidaridad de la Unión de Expresos Políticos Zonas Noreste por siempre permitir a la Academia  desarrollar los actos de investidura en su local, tan relacionado con la historia de Cuba. “Cada uno de nuestros investidos pronuncia su discurso bajo la mirada de nuestros mártires más recientes, quienes nos observan desde esa pared de retratos de hombres y mujeres asesinados por el castrismo que se resisten al olvido y nos impulsan a seguir adelante en nuestros propósitos como institución dedicada al estudio de la Historia de Cuba al margen de las falsificaciones totalitarias.” Finalmente, el Dr. Lolo hizo entrega al nuevo colega del Diploma que lo acredita como Miembro de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.



Los discursos de Domínguez y Del Risco serán publicados próximamente en este Blog.



JUNTA DIRECTIVA

ACADEMIA DE LA HISTORIA DE CUBA EN EL EXILIO, CORP.

Sunday, April 22, 2018

LA DRA. ONEIDA SÁNCHEZ, GALARDONADA POR LA AATSP



La Dra. Oneida Sánchez, Secretaria de Relaciones Públicas de nuestra institución, fue galardonada por su destacada contribución a los estudios hispánicos en los EE.UU. con el Ruth Bennett Award que otorga la American Asociation of Teachers of Spanish and Portuguese (AATSP). La ceremonia de entrega del premio tuvo lugar durante la 46ta Reunión de Gala Anual del Capítulo Metropolitano de Nueva York de la AATSP que se celebró el sábado 21 de abril en el John Jay College of Criminal Justice de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Dicha gala, que este año estuvo dedicada a España, contó con la participación de importantes funcionarios del Consulado Español en Nueva York y de otras organizaciones afines. La conferencia principal estuvo a cargo del Dr. Gerardo Piña Rosales, Director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) quien disertó sobre la estancia de Federico García Lorca en Nueva York.
La Dra. Sánchez, en sus palabras de agradecimiento, destacó la labor colectiva de los miembros del capítulo, quienes en todo momento comparten ideas y nuevos proyectos, sin los cuales (según sus palabras) ella no habría podido desarrollar exitosamente sus labores de promoción de los estudios hispánicos desde la cátedra universitaria, de la cual se jubiló el año pasado.
Vaya hasta la colega galardonada las calurosas felicitaciones de la Junta Directiva a nombre todos los miembros de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.


Oneida Sánchez en el momento de recibir la placa representativa del Ruth Bennett Award de manos de Bernard A. López, Presidente del Capítulo Metropolitano de Nueva York, y de la Vicepresidenta María del Pilar García


Thursday, April 19, 2018

Diamantes para el hombre nuevo

A continuación y como les prometimos los dejamos con el primer capítulo del libro de El Soviet Caribeño. La otra historia de la Revolución Cubana de César Reynel Aguilera

Capítulo I 
Diamantes para el hombre nuevo

El cubano es un pueblo condenado a observar cómo otros cuentan su historia reciente. Poco importa si el tema es la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, la Crisis de Octubre, la muerte del “Che” Guevara o la guerra en Angola; en cada uno de ellos nos espera una lista de expertos extranjeros y de instituciones que yacen en las antípodas de nuestra cultura.
Cada vez que leo a alguno de esos sabedores de la historia de Cuba no puedo evitar el recuerdo de una frase de Isaiah Berlin en su ensayo Las ciencias y las humanidades: “¿Qué saben hoy los grandes estudiosos de Roma que no fuera del conocimiento de la criada de Cicerón? ¿Qué pueden añadir esos señores al acervo de esa muchacha?”.2
Por razones familiares crecí en una casa que, si bien nunca llegó a ser tan importante como la de Cicerón, sí fue un sitio de visita y tertulia por el que pasaron muchas de las ideas, y algunas de las personas, que conformaron la historia reciente de Cuba.
Soy hijo de dos militantes del viejo Partido Comunista de Cuba (PCC). Mi padre, César Antonio Gómez Pérez de Medina, fue desde inicios de 1957 hasta enero de 1959, el secretario general de la Juventud Comunista en la Universidad de La Habana; una institución que por su importancia estratégica era considerada por el PCC como la séptima provincia de Cuba.3 Mi madre, Thais Orquídea Aguilera Baqués, fue una de las pocas personas capaces de mostrar una doble militancia al triunfo de la revolución: en las células de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio (M26-7) y en la Juventud Comunista.
El comentario sobre la valentía física de mi madre fue lo primero que me acostumbré a escuchar cada vez que alguien, amigo o enemigo, me reconocía como hijo de ella. A pesar de esos elogios, ella siempre tuvo a bien reconocer que llegó viva al 1 de enero de 1959 gracias a la astucia conspirativa de mi padre. Creo que fue esa combinación de belleza y coraje físico, por el lado materno, y astucia e ideología, por el paterno, la que hizo de mi casa un sitio tan atractivo para el paso de los más disímiles personajes de la historia reciente de Cuba.
Llegaban, pedían café y se lanzaban a despachar sobre los temas más candentes de una política que creían conocer al dedillo. Los niños podíamos asistir, siempre que nos mantuviéramos callados. Y así crecimos, entre ideas y análisis que no solo estaban mucho más allá de los que expresaban las páginas del periódico Granma, sino que permitían entender una buena parte de lo que ese libelo insinuaba entrelíneas. Fue escuchando aquellas tertulias, o recordándolas después —gracias a mi hermana mayor y a mis tíos—, que pude descubrir algo que todavía hoy, cuando leo a la mayoría de los cubanólogos, me hace preguntarme si están hablando del país donde nací.
La inmensa mayoría de esos expertos describen la historia de la revolución cubana a partir de la figura de Fidel Castro y analizan esa historia como una cadena de hechos que se consideran aislados. Esas dos limitaciones son imprescindibles para crear el legado histórico que el castrismo pretende dejarle al mundo. Un cuento de hadas que reza más o menos así: un líder carismático y nacionalista desató una revuelta agraria, engañó a la alta burguesía y a los estadounidenses, derrotó militarmente al ejército regular de Batista, tomó el poder y se lo entregó, por razones de sobrevivencia económica, a unos viejitos comunistas y cobardes que siempre le estuvieron eternamente agradecidos.
La versión que yo crecí escuchando siempre incluyó esa mitología de profetas barbados y aguas partidas, pero le añadió un nivel de complejidad mucho más cercano a la realidad. Es una narrativa que parte de reconocer que a partir del año 1925 no hay un solo evento de la historia de Cuba —incluida la guerra de Angola— que pueda ser explicado sin tener en cuenta a la organización política más importante del país. Me refiero al viejo Partido Comunista de Cuba, a la organización fundada en 1925 y que en 1944 —siguiendo las órdenes de Stalin— cambió su nombre por el de Partido Socialista Popular.4
Al mismo tiempo, durante esas décadas de la historia de Cuba no existe una sola figura política cuyas acciones puedan ser explicadas sin tener en cuenta la relación de esa persona —directa o indirecta, a favor o en contra, de pertenencia o rechazo— con el PCC. Por último —y para llevar la complejidad histórica hasta niveles de molestia física—, cualquier análisis de la relación de una persona con el PCC tiene que ser hecho sobre la base de saber, o al menos imaginar, con cuál de los anillos o niveles de esa organización se relacionó esa persona.
Desde su origen el PCC fue una organización con un carácter dual o heterogéneo. Ante las masas y muchos de sus militantes siempre se presentó como un partido político cuyo objetivo principal era la defensa de los derechos de los trabajadores cubanos. Para un grupo muy reducido de militantes, a los que yo denomino Núcleo Central de Inteligencia Soviética (NCIS), la verdadera esencia del Partido siempre fue la defensa de los intereses de la URSS y, eventualmente, el acatamiento de las órdenes de Stalin.
La estructura organizativa del PCC puede ser descrita —a grandes rasgos— con los siguientes anillos o niveles piramidales:
1. Núcleo Central de Inteligencia Soviética
2. Aparato de Inteligencia y espionaje del PCC
3. Comisión militar
4. Organización clandestina del PCC
5. Partido político en el sentido tradicional de las democracias burguesas
6. Organizaciones de base del Partido
7. Organizaciones sindicales
8. Trama empresarial y financiera
9. Organizaciones sociales
Es ahí, en esa madeja de niveles, círculos concéntricos, puentes y pasillos truncados donde se pierden muchos cubanólogos y donde otros aprovechan para reforzar el Castro-centrismo. La ignorancia de esa estructura tan compleja es la que permite equiparar a cuadros del ala política de la organización, como Blas Roca, Carlos Rafael Rodríguez o Lionel Soto, con cuadros que, como Fabio Grobart, Flavio Bravo o Isidoro Malmierca, siempre trabajaron para el NCIS. Esa homogenización a ultranza empobrece la historia del PCC y esconde muchos de los conflictos que la caracterizaron.
En varios momentos de su evolución, el PCC mostró contradicciones muy fuertes entre la proyección política de la organización y las decisiones que esta tenía que tomar para mantener su esencia prosoviética y estalinista. Como veremos a lo largo de este libro hay tres eventos de esa historia que, cuando se analizan desde la perspectiva de una organización política, pueden ser reconocidos como errores garrafales. Estos son: la expulsión de Julio Antonio Mella del PCC, en 1926; la negociación con el tirano Gerardo Machado durante la huelga general de 1933; y la alianza con Fulgencio Batista, en 1938.
Esas pifias políticas adquieren otra dimensión cuando se ven como triunfos de la línea de Moscú; o sea, como verdaderos aciertos de ese reducido grupo de hombres y mujeres que se encargaron de lograr que esa línea siempre se impusiera. Para garantizar esos triunfos, el NCIS tuvo que cumplir tres tareas fundamentales: 1) Controlar al PCC de una forma férrea. 2) Utilizar al PCC para proteger al NCIS. 3) Lograr que el PCC fuera algo más que una organización política y se convirtiera en un aparato de Inteligencia capaz de penetrar a la sociedad burguesa. Los tres verbos serían, entonces, controlar, proteger y penetrar.
Cuando se analizan los tres famosos errores desde esa perspectiva se puede ver que la expulsión de Mella encaja muy bien con el deseo de evitar que el control de la organización cayera en manos de un cubano valiente, carismático, inteligente y librepensador. De forma similar, la negociación con Gerardo Machado indica en el sentido de proteger al NCIS de los efectos devastadores que una intervención estadounidense podría haber tenido sobre el entonces frágil aparato clandestino del Partido. En cuanto a la alianza con Batista, es evidente que esta, además de tener su origen en la coalición entre Roosevelt, Stalin y Churchill, sirvió para que el NCIS penetrara a la sociedad cubana de una forma hasta ese momento inimaginable.
Como consecuencia de la tensión constante entre esas dos alas del Partido se generó, a principio de los años 50, una situación muy particular. Por un lado, el PCC sufrió un nivel tan alto de desprestigio político que su militancia se vio muy reducida y rechazada. Por el otro, sin embargo, la organización contaba con un aparato clandestino y de Inteligencia que, después de dos décadas y media de un riguroso e implacable trabajo de penetración, había logrado posicionar a sus agentes dentro de todos los niveles de la vida social, política, económica, militar y represiva del país.
Los comunistas estaban tan desprestigiados que no podían llegar al poder a cara descubierta, pero sí podían buscar a un candidato que se beneficiara de forma indirecta y, sin dejar muchos rastros, de una militancia relativamente pequeña pero muy disciplinada, de un aparato de Inteligencia muy eficiente, de grandes recursos económicos, de fuertes conexiones con el comunismo internacional, de cierto nivel de control sobre el movimiento obrero cubano, de cuadros con años de lucha clandestina y experiencia militar, así como de una organización con ramificaciones dentro de los Estados Unidos y, más importante aún, dentro de la Unión Soviética y el Campo Socialista.
Ese candidato fue Fidel Castro.
Fue ese pequeño núcleo de comunistas el que asesoró y protegió a los hermanos Castro desde finales de los años 40. Fueron esos cuadros los que prepararon la implosión o desmerengamiento de la tiranía de Fulgencio Batista. Fueron ellos quienes hicieron posible el triunfo tan rápido e inexplicable de la revolución castrista y guiaron, desde el mismo inicio de ese triunfo, la también rápida e inexplicable alianza del castrismo con la Unión Soviética.
Fueron ellos quienes catalizaron el enfrentamiento temprano y absurdo con los Estados Unidos, hicieron posible las primeras derrotas de la llamada contrarrevolución, protegieron la vida de Fidel Castro y garantizaron, de una forma todavía inexplicable para los cubanólogos, el fracaso de casi todas las acciones de la CIA contra el castrismo. Además de eso se encargaron de profundizar la dependencia cubana del petróleo de Moscú, el uso de Cuba como punta de lanza de la geopolítica soviética, la ayuda de Cuba a los llamados movimientos de liberación nacional y, eventualmente, la participación cubana en la guerra de Angola. En todos y cada uno de esos eventos de la revolución cubana estuvieron involucrados los antiguos miembros del NCIS del PCC.
¿Quiénes fueron esos militantes? ¿Cómo fueron escogidos? ¿Quién los escogió? ¿Dónde se formaron? ¿Por qué nunca han sido reconocidos como tales? Las respuestas a esas preguntas serán el objetivo de este libro. Para empezar, entre los viejos comunistas cubanos esos militantes eran identificados bajo el nombre genérico de la gente de Fabio, por Fabio Grobart, un militante polaco de origen judío que llegó a Cuba en 1924 enviado por el Comintern y que en 1925 fue uno de los fundadores del PCC.
Desde su llegada a Cuba, Grobart empezó a trabajar en la creación de un grupo de cuadros muy bien escogidos que se encargarían de las labores clandestinas del PCC. Muchos de los miembros de esa primera hornada todavía hoy no han sido identificados, aunque sí se sabe que contó con militantes comunistas como Pinjos Moiseevich Meshkop, Noske Yalob, Jacobo Hurwitz, Ángel Ramón Ruiz Cortés, Jaime Novomodni, Ramón Nicolau, Marcelino Menéndez, Juan Blanco Grandío, Pedro Piñeiro y Secundino Guerra, entre otros. De todos ellos, y de los que se mencionarán a continuación, se hablará de una forma u otra a lo largo de este libro.
En 1928, una vez controlado el vendaval de Julio Antonio Mella, Grobart pudo al fin pasar a dirigir la Liga Juvenil Comunista, un salto que le permitió establecer un proceso de selección mucho más riguroso y del que salieron los cuadros que conformarían la segunda generación de hombres del NCIS. Entre esos militantes destacan Manuel Porto Dapena, Mariano Faget, Gervasio Rieumont, Víctor Pina Cardoso, Ella Sunshine, Osvaldo Sánchez Cabrera, Mario Morales Mesa, etcétera.
En 1936, después del nombramiento en 1934 de un secretario general tan dócil y discreto como Blas Roca, Grobart pasó a desempeñar el cargo de secretario de organización del Buró Nacional del PCC, responsabilidad que tuvo hasta el triunfo de la revolución cubana. Eso no significó que abandonara su trabajo de identificación, selección y reclutamiento de militantes jóvenes para el aparato de Inteligencia del Partido. Todo lo contrario, aquellos fueron los años del llamado “frente amplio”, de la alianza entre Roosevelt, Stalin y Churchill, de la disolución de la Liga Juvenil Comunista y la creación de organizaciones pantallas, como la Hermandad de Jóvenes Cubanos, que sin dejar de ser controladas por el Partido aspiraron a tener una fachada más inocua.
Al frente de la Hermandad de Jóvenes Cubanos estuvo Osvaldo Sánchez Cabrera, el hombre que se encargaría de la selección y los primeros entrenamientos del militante que eventualmente estaría llamado a convertirse en el delfín de Grobart, en el seleccionador de la tercera hornada de los hombres de Fabio, en el arquitecto de la llamada Generación del Centenario y en el manejador de los vínculos tempranos y profundos que Fidel Castro siempre tuvo con los comunistas cubanos: Flavio Bravo Pardo. El líder discreto e indiscutible de un grupo de militantes como Jorge Risquet, Joel Domenech, Isidoro Malmierca, Antonio “Ñico” López, Emilio Aragonés, Pablo Ribalta y Raúl Castro, entre otros.
La inmensa mayoría de esos hombres y mujeres, con la sola excepción de Raúl Castro, han recibido un tratamiento histórico marginal y en ocasiones nulo. Justo es decir que la explicación de ese tratamiento radica en el hecho de que casi todos fueron cuadros profundamente clandestinos, personas acostumbradas a trabajar desde las sombras, militantes seleccionados y entrenados para despreciar cualquier tipo de protagonismo y que a lo largo de sus extensas carreras políticas se acogieron a un principio básico: mientras el proceso fuera en el camino deseado —prosoviético, estalinista y antiestadounidense—, a ellos bien poco les importaba quién se llevara la gloria. Y si esa supuesta gloria caía sobre los hombros de alguien que les recordaba a su adorado Stalin, pues mejor.
La pregunta inevitable es: ¿por qué fue enviado a Cuba Fabio Grobart? Para responderla hay que recordar que, durante la involución del comunismo soviético desde Marx hasta Stalin, muchos en la URSS coincidieron en la necesidad de diseminar la Revolución de Octubre y crear, para esos efectos, una organización internacional. Así surgió, en el año 1919, la llamada Tercera Internacional, un aparato de trabajo político, clandestino y de Inteligencia encaminado a la creación y al control de una confederación de partidos comunistas extranjeros que respondieran, con absoluta lealtad, a los intereses del comunismo soviético y, eventualmente, del estalinismo.
Fabio Grobart fue el cuadro que esa organización envió a Cuba y fue, por tanto, el arquitecto del aparato que eventualmente haría posible que Fidel Castro triunfara donde antes habían fracasado hombres de la talla de Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras o José Antonio Echeverría.5 Esa misión de Fabio tuvo dos razones fundamentales: la primera es evidente y tiene que ver con la importancia geopolítica de Cuba, ya fuera por su posición geográfica privilegiada o por su cercanía a los Estados Unidos. La segunda, sin embargo, estuvo escondida durante varias décadas y tiene que ver con el hecho de que ya desde 1919 el Comintern había fracasado en su intento de crear una sucursal en Cuba.
Durante décadas, la propaganda del PCC se llenó la boca para decir que el primer partido comunista de Cuba fue el que se fundó en agosto de 1925. Hoy los archivos muestran que en fecha tan temprana como diciembre de 1919 fue fundada en La Habana, bajo los auspicios de un enviado directo del país de los Soviets, la llamada Sección Comunista de Cuba. Una sucursal del Comintern que surgió a partir del encuentro entre el estadounidense Charles Shipman y Marcelo Salinas, un cubano con una larga historia dentro del movimiento sindical de aquellos años. Un encuentro cuyo origen se remonta a los primeros años de la Revolución de Octubre.
Unas semanas después de fundada la Tercera Internacional, Lenin nombró a Mijaíl Gruzenberg como representante secreto de esa organización en Latinoamérica y como cónsul general en México.6 Gruzenberg, que es conocido por los historiadores del Comintern como Mijaíl Borodin, fue un comunista bielorruso de origen judío que tuvo una gran amistad con Lenin. En 1906 emigró hacia los Estados Unidos, adoptó la nacionalidad estadounidense, vivió en Chicago, estudió en la universidad, fue profesor de una escuela para inmigrantes, hizo algunos trabajos para la Fundación Carnegie y tuvo dos hijos. Durante esos años se vinculó al Partido Socialista de los Estados Unidos con el pseudónimo de “Berg”.
Once años después regresó a Rusia para ponerse bajo las órdenes directas de Lenin y fue enviado a México.7 Para lograr el financiamiento de esa aventura Lenin ordenó que Borodin recibiera un grupo de diamantes de la antigua colección de los zares. Así empezó una historia llena de sorpresas y fracasos que llevarían al primer contacto de los radicales cubanos con la Tercera Internacional, y al surgimiento de la primera organización comunista de Cuba.
Una vez recibidos los diamantes, Borodin escondió algunos en el dobladillo de su abrigo y el resto los puso en el doble fondo de un maletín de cuero diseñado para esos menesteres. En algún momento, ya durante la travesía en el Atlántico y sospechando que había sido detectado, logró convencer a un pasajero holandés que iba en camino hacia Haití —llamado Henrik Luders—, para que se hiciera cargo del maletín, pero sin decirle que iba cargado con diamantes.8
Al llegar a Nueva York sus sospechas fueron confirmadas. El agente federal Jakob Spolansky lo detuvo para interrogarlo. Después lo dejó permanecer quince días en territorio estadounidense, pero con la condición de que reportara diariamente por teléfono.9 Borodin visitó a su familia en Chicago y les hizo saber a sus contactos de la decisión tomada con respecto a los diamantes, además les solicitó un traductor-asistente que hablara español. Sus camaradas del Partido Socialista de los Estados Unidos le recomendaron a un radical llamado Rafael Mallen.
Al llegar a México, Borodin inició sus exploraciones diplomáticas y sus contactos clandestinos. Enseguida logró reclutar a Charles Shipman, un objetor de conciencia que se había negado a entrar en el ejército estadounidense —para no combatir en la Primera Guerra Mundial— y había tenido que salir huyendo de los Estados Unidos. En sus memorias, Shipman describe a Borodin como un hombre capaz de empezar una conversación sobre ping-pong y al poco rato tener a su interlocutor jurando que estaba dispuesto a matar a alguien.10 En noviembre de 1919, ya establecido cierto nivel de confiabilidad, Borodin le pidió a Shipman que lo ayudara en una misión muy sensible.
Unas semanas antes el soviético había enviado a Mallen a Haití con la encomienda de recuperar el maletín con los diamantes. Y esas eran las santas horas que no tenía noticias de su enviado. El maletín, explicó, contenía unos planos que eran de vital importancia para su misión en Latinoamérica. Como no existía comunicación directa entre México y Haití, el viaje de Mallen, asumiendo que lo hubiera hecho, había tenido que pasar por La Habana antes de seguir camino hacia Puerto Príncipe. La misión de Shipman era agenciarse un pasaporte mexicano, repetir el periplo y regresar a México con los planos y con Mallen. La logística consistió en dinero para los pasajes y para el nuevo pasaporte (bajo el nombre de Jesús Ramírez), además de un revólver.
Shipman llegó a La Habana y no pudo encontrar a Mallen, pero en Puerto Príncipe sí pudo encontrar a Henrik Luders. El holandés le devolvió el maletín y lo botó de su casa gritando que poco había faltado para que el favorcito le costara varios años de cárcel en los Estados Unidos. En lo que a Shipman respectaba, la misión había sido un éxito, los planos estaban a salvo y ya podía regresar.
Cuando pasó por La Habana en camino hacia México decidió chequear por última vez la lista de los pasajeros que esperaban el buque hacia Nueva York. Grande fue su asombro cuando vio entre los nombres el de Rafael Mallen. Y decidió esperarlo junto a la rampa de embarque, y le dijo que en México lo estaban buscando y se lo llevó a punta de pistola para un hotel. Antes de embarcar hacia Veracruz envió un telegrama anunciando su llegada.
Fue recibido como un héroe en la estación de trenes de la ciudad de México. Borodin lo invitó a una comida de lujo en casa de un amigo y, no más llegando, se metió en una habitación con el maletín. Cuenta Shipman que lo que salió de esa habitación fue un león rugiente. Un agente bolchevique preguntando a gritos dónde estaban los diamantes mientras agarraba a Mallen, lo metía en la habitación y lo menos que le gritaba era que lo iba a raptar hacia Rusia para allá torturarlo hasta que dijera dónde estaban las piedras. Mallen confesó haber tenido miedo después de su encuentro con Luders en Haití y por eso decidió regresar a los Estados Unidos sin decir nada, pero juró no haber visto nunca esos diamantes.
Esa aventura hizo posible que Charles Shipman conociera La Habana y la visitara dos veces antes de regresar a México. Esas visitas sirvieron de antesala para una tercera que sería clave en el origen de la primera sucursal del Comintern en Cuba. A inicios de diciembre de 1919 Borodin se embarcó de regreso a Rusia. Como ya había perdido la confianza en Mallen, y ya Shipman tenía un pasaporte mexicano, decidió que el estadounidense lo acompañara hasta España y después siguiera por su cuenta hacia Moscú.
La primera escala del viaje fue en el puerto de La Habana. A Borodin no lo dejaron desembarcar, pero a Shipman sí. Y bajó el estadounidense a tierra y unas horas después regresó con la grata noticia de haber creado la primera organización comunista de Cuba. Una célula nacida al calor de su encuentro con Marcelo Salinas, un anarquista cubano al que contactó en cuanto bajó del buque.
A la conversación entre Salinas y Shipman se sumaron otros cubanos —entre los que estaba Antonio Penichet—, quienes, al rato de intercambiar ideas con el emisario de Borodin, decidieron crear el Comité Ejecutivo Provisional de la Sección Comunista de Cuba. Una organización cuyo primer acuerdo fue nombrar a Salinas como secretario general. El segundo fue escribir una carta, enviada el 6 de diciembre de 1919, solicitando la admisión de los comunistas cubanos en la Tercera Internacional y expresando sus deseos de afiliarse, sin compromisos, a la organización creada por Lenin.11
Nunca fueron aceptados como miembros plenos. Las razones de ese desencuentro son varias. Por un lado, los bolcheviques y los anarquistas rusos siempre se miraron con recelo desde el inicio, y con marcada hostilidad después. En la medida en que a Cuba empezaron a llegar las noticias de la represión de los anarquistas por los bolcheviques, Salinas se fue distanciando del comunismo soviético. Poco a poco fue pasando del fervor de una esperanza a la desilusión de una cruda realidad. Para el Comintern fue un rotundo fracaso ese primer intento de poner una sucursal en Cuba.
Salinas es una de esas figuras de la historia cubana que son casi desconocidas y no por ello menos extraordinarias. No alcanza el espacio de este libro para describir su vida política y literaria. Baste decir que al momento de su encuentro con Charles Shipman ya Salinas tenía una larga historia de lucha sindical, una gran experiencia como organizador de huelgas y protestas, una probada capacidad como escritor y una larga lista de acciones en defensa de la Revolución de Octubre. Esos méritos fueron reconocidos por el propio Shipman en su informe al Comintern, en el que dice, entre otras cosas, que Salinas era el alma del periódico obrero El Hombre Nuevo, el organizador de la Federación de Sindicatos y el líder del unionismo consciente de clase en Cuba.12
Aquí es importante detenerse. La idea del hombre nuevo en la Cuba del castrismo siempre se ha asociado con la figura de Ernesto “Che” Guevara. Esa asociación se inició a partir del año 1965 cuando el “Che” publicó su artículo “El socialismo y el hombre en Cuba”.13 Un texto en el que en una decena de páginas se repite más de diez veces la idea del hombre nuevo.
Lo que resulta irónico es que esa idea ya existía en la Cuba del año 1919 y era proclamada desde una revista anarcosindicalista cuya existencia reportan hoy los archivos del Comintern y confirmaron ayer las Crónicas cubanas de León Primelles.14
Lejos estaba Salinas de imaginar que cuarenta años después el “Che” Guevara acabaría con los sindicatos cubanos y se apropiaría de una idea muy antigua para darle nombre a una nueva aberración. A una forma de gobierno, el de la revolución cubana, que todavía hoy muestra rasgos de aquella antigua estructura del PCC, con su ala política, su NCIS, y su inevitable fachada castrista.
Cuando se mira la estructura del poder en la Cuba de hoy es posible identificar que Rodrigo Malmierca, el ministro de Comercio Exterior, es hijo de un antiguo miembro del NCIS; que Bruno Rodríguez, el canciller, es hijo de un militante del ala política del PCC, y que Alejandro Castro, el heredero real de la dinastía, viene de aquella fachada que el PCC tuvo que crear a inicios de los años 50. Muchos de esos vástagos, epítomes del hombre nuevo, estudiaron en la antigua URSS y cultivaron, como algunos de sus padres, fuertes lazos con la Inteligencia soviética de aquellos años, y con la rusa de hoy.
2. Berlin, Isaiah. The proper study of mankind, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2000, p. 332.
3. En aquella época Cuba tenía seis provincias; de Occidente a Oriente: Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Las Villas, Camagüey y Oriente.
4. En este libro, para evitar confusiones, llamaré al viejo Partido Comunista, al que surgió en 1925, como PCC; y al otro, al que fue fundado en 1965 por Fidel Castro, como PCC-castrista.
5. Para más información sobre ellos ver capítulos III, IV y XIV, respectivamente.
6. Lazar and Víctor Jeifets. “The International Newsletter of Historical Studies on Comintern”, Communism and Stalinism, vol. II, Nº 5/6, 1994/1995.
Centro Ruso para la Conservación y Estudio de los Documentos de la Historia Reciente (a partir de ahora RCChIDNI por las siglas en ruso), 497/2/1/3; citado en Lazar and Víctor Jeifets, 1994/1995.
7. RCChIDNI, 497/2/2/199, citado en Lazar and Víctor Jeifets, 1994/1995.
8. Contado por Norman Borodin (hijo de Gruzenberg-Borodin y también agente de la Inteligencia soviética) a K. Kasaturov, publicado en Latinskaja Amerika, Moscú, 1994, vol. 10, p. 107, referido por Lazar y Víctor Jeifets.
Diario de Borodin, Archivo Estatal Ruso de Historia Social y Política (sucesor del RCChIDNI) y a partir de ahora RGASPI por sus siglas en ruso, 497/2/7/92, citado en Lazar and Víctor Jeifets 1994/1995.
9. Spolansky, Jacob. The communist trail in America, Macmillan, Nueva York, 1951, pp. 173-175.
10. Shipman, Charles [Charles Francis Phillips]. It Had to be Revolution: Memoirs of an American Radical, Cornell University Press, Ithaca, 1993.
11. Carta de Salinas al secretario general de la Tercera Internacional, RGASPI 495/105/2/1, tomado de Lazar and Víctor Jeifets, Memoria, diciembre de 2009, Nº 239.
12. Informe de Shipman al Comintern, RGASPI, 495/105/2/2, tomado de Lazar and Víctor Jeifets, Memoria, diciembre de 2009, Nº 239.
13. Guevara, Ernesto. “El socialismo y el hombre en Cuba”, Marcha, Montevideo, 12 de marzo de 1965.
14. Primelles, León. Crónica cubana, 1919-1922, Editorial Lex, La Habana, 1957, p. 97.

Wednesday, April 18, 2018

Prólogo de EL SOVIET CARIBEñO de César Reynel Aguilera

Reproducimos aquí el prólogo del libro El soviet caribeño. La otra historia de la Revolución Cubana que la editorial Penguin Random House acaba de publicar en su edición electrónica.
Dicho libro fue prologado por el escritor argentino Juan Bautista Yofre antiguo secretario de Inteligencia del Estado en su país. Es autor entre otros libros de Fue Cuba. La infiltración cubano-soviética que dio origen a la violencia subversiva en Latinoamérica
Próximamente publicaremos en este mismo blog el primer capítulo de El soviet caribeño.






A manera de prólogo (sobre la historia de un gran engaño)

Por Juan Bautista Yofre
Hace poco menos de un lustro, cuando decidí escribir Fue Cuba como una forma de explicar a los lectores la desgracia argentina de los años 60 y 70, me sumergí en innumerables textos de autores muy reconocidos internacionalmente y con gran respaldo económico. Otros libros eran testimonios de diplomáticos sobre sus pasos por La Habana o simples observaciones sobre gestiones de personajes de la época pre y post dictadura de Fulgencio Batista Zaldívar. En la lista de libros observados tampoco faltaron los de varios que reflejaron un clima de época no del todo completo sobre la inevitabilidad de la llegada de Fidel Castro Ruz y el clandestino Partido Comunista al poder en Cuba (conocido como Partido Socialista Popular). También consulté los testimonios de algunos de los que acompañaron a Fidel Castro durante los días de la Sierra Maestra y más tarde, cuando vieron la luz de la verdad, lo abandonaron y fueron encarcelados por años o partieron al exilio. En escasas palabras, y sin ningún atisbo de vanidad, puedo decir que leí más de lo conveniente. Hasta de aquellos a los que considero cómplices de la tiranía castrista porque no contaron certeramente la verdad de la génesis del pensamiento de la revolución cubana, buscando un éxito editorial que en general nunca les faltó. Son los surfistas del progresismo, muchas veces acompañados por editoriales capitalistas. Fue cuando recordé a Eric Hobsbawn, que nos decía: “La historia tergiversada no es historia inofensiva. Es peligrosa”. A todos estos libros agregué los archivos secretos de la Inteligencia checoslovaca.
Fue en ese tiempo de gestación de mi libro sobre la responsabilidad cubana en la tragedia argentina (y latinoamericana) que comencé a prestar atención a detalles que venían del más allá, a miles de kilómetros de Buenos Aires, de Canadá, que me decían que en mi damero narrativo faltaban elementos informativos muy importantes y que, por lo general, nadie se atrevía a señalar y poner en su justo lugar. Observaciones que la Inteligencia estadounidense no tuvo en cuenta por simple estupidez o irresponsabilidad absoluta y que sí ilustraban el archivo de la Inteligencia checoslovaca en mi poder.
Esa voz que me venía de Canadá a través de relatos aislados —por el momento— sobre El soviet caribeño era la de César Reynel Aguilera, un joven médico y escritor cubano que nació cuando yo atravesaba los 17 años de mi existencia y faltaba un año (1964) para que una columna guerrillera entrara a la Argentina por el Norte para desafiar a los poderes constitucionales. La encabezaba un argentino amigo de Ernesto “Che” Guevara y contaba en su dotación con hombres forjados en la Sierra Maestra, algunos de los cuales llegarían a altos cargos en el gobierno cubano y el Partido Comunista de Cuba.
Con el paso de los días y las semanas, César Reynel Aguilera se convirtió en mi sherpa. Fue él quien me enseñó la importancia de personajes clave en la operación de apoderamiento comunista de la nación cubana, mientras muchos se distraían con los sones de Benny Moré. Al respecto, no faltó la ironía atribuida a Ernesto Guevara —y aceptada por Carlos Franqui— al decir que era “una revolución con pachanga”. Lastimosamente, cuando la pachanga —que es la expresión de la alegría— se apagó, Cuba cayó en la tristeza de la penumbra y llegaron los sonidos de las balalaikas.
Es de los pocos autores que pusieron su lupa sobre la personalidad y el trabajo en las sombras del polaco comunista Fabio Grobart en Cuba. Así se llega a saber que Fidel Castro Ruz ya era comunista antes de entrar en La Habana el 8 de enero de 1959. No lo digo yo, lo afirmó el propio Castro a los dos años de estar en el poder y tras haber ahogado en el silencio todo atisbo de oposición en Cuba. Fue el 22 de diciembre de 1961 cuando se sacó la máscara y declaró al diario Revolución: “Desde luego, si nosotros nos paramos en el pico Turquino cuando éramos ‘cuatro gatos’ y decimos: somos marxistas-leninistas, desde el pico Turquino, posiblemente no hubiéramos podido bajar al llano. Así que nosotros nos denominábamos de otra manera, no abordábamos ese tema...”.1
Acentúo el desafío-franqueza de Castro porque es bueno que se sepa que los funcionarios del Departamento de Estado de los Estados Unidos, hasta ese momento, vivían en Babia: “No encontramos evidencia creíble que indicara que Castro tenía lazos con el Partido Comunista o, incluso, que sintiera mucha simpatía por ese partido”, dijo el secretario de Embajada en Cuba Wayne Smith años más tarde. Era el encargado de cerrar la embajada estadounidense en La Habana en 1960 y partió para asesorar a la Casa Blanca como especialista en cuestiones cubano-americanas y miembro del Buró de Inteligencia de Foggy Bottom. En los peores años de la década del 70, Smith fungió en Buenos Aires de consejero político de los embajadores John Davis Lodge y Robert Hill.
Todo el recorrido del relato de Reynel Aguilera es una revelación tras otra que él pudo tomar en su casa paterna (su padre fue un importante miembro del PSP) y del propio conocimiento de sus años de observación y estudio. Para aquellos que trabajan en la investigación periodística, su capítulo “El quinto mártir” es un espejo donde reflejarse.
No soy proclive a escribir prólogos, pero estimé necesario hacerlo en este caso por dos razones. La primera, porque el lector va a conocer de primera mano y con certezas absolutas cómo el comunismo se apoderó de Cuba ante la sorpresa generalizada de su sociedad. Luego, por una cuestión de reconocimiento —y agradecimiento—, porque sin César Reynel Aguilera no hubiera llegado a profundizar los pliegues de la gran estafa castrista que lleva más de medio siglo en el poder.
Con El soviet caribeño el lector habrá de sumergirse en un mundo secreto, impreciso, cargado de hipocresías y mentiras; un universo de miradas de hombres de buena fe que confiaron en el discurso público de Castro mientras se maceraba ya en el poder, a través de un gobierno en las sombras, la tragedia cubana que se pretendería, más tarde, llevar o exportar a toda América Latina. Es un libro necesario para comprender lo que sucedió en Cuba y lo que puede ocurrir cuando lo que se dice no es lo que se piensa.

Friday, April 13, 2018

"The Cuba Reader"

La antología de textos "The Cuba Reader", por el que estudian en NYU y otras universidades norteamericanas es un compendio de lo que en estos tiempos se entiende por historia y cultura cubana en la academia. Véanse, por ejemplo, los títulos de las secciones del libro: 
"Sociedad indígena y conquista"
"Azúcar, esclavitud y colonialismo"
"Neocolonialismo", (para hablar de la República)
"Construyendo una nueva sociedad", (se refieren al castrismo)
"Cultura y Revolución", 
"La Revolución Cubana y el mundo" 
y
 (para los que piensan que la revolución se acabó hace mucho) 
"El Período Especial y el futuro de la Revolución". 

Hay otros detalles deliciosos como esa "Guantanamera" atribuida a José Martí (cuando lo correcto sería hablar de los "Versos sencillos" que con frecuencia se usan para cantar la famosa canción de Joseíto Fernández). 
O nótese como Fernando Ortiz, Reinaldo Arenas y Cabrera Infante aparecen una vez cada uno y Carlos Puebla, 2. 
Silvio Rodríguez 3, Lezama Lima y Virgilio Piñera 0. 
Miguel Barnet 3, Jorge Mañach y Ramiro Guerra 0.












Sunday, April 1, 2018

UN HOTEL DE PUTAS, UN MARICÓN DE CREDO, Y OTRO DE ALMA

Con muchísimo placer compartimos con nuestros lectores el siguiente artículo de Carlos Ferrera que tan bien complementa y enriquece otro publicado en estas mismas páginas sobre los sitios en que residió el escritor Reinaldo Arenas en Nueva York. Se trata de un texto sobre el Hotel Monserrate donde viviera Arenas sus últimos años habaneros. Un edificio que apareciera con frecuencia en sus libros, casi siempre asociado a algunos de los episodios y personajes más delirantes. "Aquel lugar, el hotel Monserrate, antes había sido bastante bueno, pero ahora no era otra cosa que un edificio de quinta categoría y completamente habitado por prostitutas" dice al inicio del capítulo dedicado al edificio en "Antes que anochezca". Sin más los dejamos con:

UN HOTEL DE PUTAS, UN MARICÓN DE CREDO, Y OTRO DE ALMA

 Por Carlos Ferrera


Los edificios de la Habana son añejos cajones polvorientos, llenos de secretos insondables, que mueren cada día que colapsan sus muros. Entonces también muere un trozo de la historia de esta vieja ciudad, harta ya de esperar por el auxilio de sus hijos.
Pero en algunas de esas carcasas viejas que inexplicablemente resisten al paso del tiempo y a la desidia que las está matando, a veces sobreviven historias escondidas entre ruinas. Y un día afloran de pronto, como intentando revelarse antes de perecer para siempre entre un montón de escombros.
Corrían los últimos días del verano de 1942, y un joven ambicioso de apenas 16 años, se bajaba de un ómnibus interprovincial en el Parque Central, con una maleta y muchas ganas de comerse el mundo. Su padre le había abierto las puertas a una vida nueva, que habría sido imposible en su pueblito desconocido y lejano de provincias. Estudiaría en un colegio habanero selecto para hacerse hombre, y hacer grandes cosas.
Por entonces, y hasta 1952, los ómnibus interprovinciales iniciaban y concluían su recorrido en las inmediaciones del Paseo del Prado, lo que explica la cantidad de hoteles de la zona, que a falta de estrellas que anunciaran su clase, se identificaban como hoteles «decentes». Uno de ellos era el hotel Montserrat, enclavado en la esquina de las calles Monserrate y Obrapía.
Allí en la habitación 303 de la tercera planta, se alojó temporalmente el joven pueblerino, a la espera del inicio del curso académico que iba a cambiar su vida. El hotel construido a principios de siglo por un catalán que le puso el nombre de la virgen de cabecera de su tierra, sería su primer hogar en la ciudad que lo acogería para siempre.
No era un hotel suntuoso, pero conservaba su digna hechura arquitectónica original. Era un edificio sobrio, de discretas líneas neoclásicas, con cuatro plantas altas de habitaciones balconadas y toldos verdes. La planta baja noble albergaba un bar-restaurante, cuya cocina era desde los años 30 un atractivo referente gastronómico de la zona.

Tiempo atrás, en el 36, el hotel Montserrat junto al Lincoln, habían sido centros de contacto y concentración de los voluntarios que movilizó el partido comunista para combatir en la guerra civil española, reclutados por Ramón Nicolau y otros comunistas de tendencia radical. En aquella operación de absurdo y primigenio internacionalismo, colaboraron las casas de empeño de la calle Suárez, cuyos propietarios eran españoles republicanos que transportaron y repartieron allí los uniformes que llevarían los voluntarios cubanos al conflicto español.
Tal era el pasado histórico de aquel modesto hotel de barrio, y allí dejaremos de momento a aquel jovenzuelo oriental afeitándose en la habitación 303, a la espera de comenzar su primer día de clases. Tendrá un futuro muchísimo mejor de lo que jamás habría podido soñar en su terruño lejano y polvoriento, y conseguirá cosas que nunca imaginó. Pero dejémoslo ahora frente al espejo, pensando en el futuro, para viajar nosotros hacia él, sin movernos del sitio.

Estamos en el mismo edificio, pero es 1972.

Ya no es un hotel, sino una ruinosa casa de vecindad atacada por la humedad, la dejadez y la miseria. Sus pasillos antes pulcros y bien iluminados, son ahora angostos corredores oscuros, sucios y malolientes. Solo el viejo ascensor Westinghouse continúa recorriendo a duras penas su eterno viaje de ida y vuelta vertical de cuatro pisos, entre chirridos y espantosos ruidos de cadenas.
El suelo es cemento deshecho y añicos de viejas losetas hidráulicas. Las puertas de madera se han podrido y hay ratones y cucarachas habitando en cada grieta. Lo que antes eran limpias habitaciones amuebladas con pulcritud, hoy son lúgubres estancias en ruinas, con paredes descascaradas que hace décadas necesitan pintura. Soportan a duras penas la techumbre podrida y vencida por el tiempo y el olvido, gracias a alguna milagrosa ley no descubierta de la física. Tampoco están los inquilinos de otros tiempos, sino gente de mal vivir, tramposos jugadores de bolita, borrachos, delincuentes, chulos y prostitutas. Muchas prostitutas.

En lo que antes fue la habitación 303, ha vivido alquilada hasta hace poco una mujer anciana, demasiado vieja como para ser puta, y también para estar sola. Por eso se fue a vivir con una hermana y le ha dejado el cuarto a su sobrino, un jovencito, que como aquél de tiempo atrás, también un día vino de un pueblo lejano para cumplir un sueño. 
Pero su sueño se ha convertido en la peor de las pesadillas.
No ha sido porque la rudimentaria estancia esté tan mal, que en el futuro su nuevo ocupante tenga que mudarse a otra del segundo piso, comprada a un vecino ilegalmente. Tampoco porque carezca de un baño y tenga que pagarle 50 centavos a este hombre cada vez que usa el servicio, y un peso cada vez que se ducha. Ni por las broncas constantes entre putas y chulos, ni por los apagones, ni por el hambre, ni por la abulia, ni por la gran tristeza que le deja en el alma este lugar inmundo, cada vez que regresa cada noche para dormir allí.
El chico es talentoso, y experto en expresar cosas hermosas con palabras. Tiene el divino don de saber escribir, y la constancia necesaria para hacerlo. Pero también es disoluto y descarado según la rígida moral revolucionaria, y profesa una peligrosa ideología que lo convierte en su enemigo. Es vulgar y procaz, y desea con lujuria insana y desmedida a cualquier hombre que sea capaz de provocarle una erección.
Es maricón hasta la última célula de su cuerpo, y eso es pecado mortal en la Cuba de los 70s.
Por eso lo veremos muchas veces llegar arrastrándose a la puerta de su viejo cuartucho, sin poder meter apenas la llave en la cerradura, porque no puede ni siquiera ver el rastro rojo que ha dejado su sangre en las losetas rotas del pasillo. Ha sido apaleado hasta la inconsciencia en alguna estación de policía por los sicarios de un régimen que lo estigmatiza y lo persigue. O quizás le ha pegado un delincuente bien dotado, que lo llevó a una oscura escalera de la calle Monte con la promesa de proporcionarle un supremo momento de placer, que después se convirtió en una paliza.
Pero a pesar de este presente infausto y ese futuro incierto que le brinda La Habana, el joven provinciano sigue escribiendo compulsivamente, como apurando un testamento literario trágico. Teme que caiga la noche irreversible, cruel y definitiva sobre su malogrado paso por la vida.
No sabe, no puede saber entonces, mientras escribe nervioso con un ojo hinchado y la cabeza rota, que finalmente conseguirá escapar de aquel infierno rojo sangre y verde olivo, cambiando las Arenas de su apellido fichado por sus torturadores, por un Arinas sacado de su ingenio, para burlar los controles y las listas negras donde está escrito su verdadero nombre. Reinaldo Arenas será Reinaldo Arinas en los papeles de Las Cuatro Ruedas, y el Mariel, el último lugar de esta Isla maldita, que dejará por fin tras sí como el peor de sus recuerdos.
Pero su nueva libertad será tan corta como exigua su vida.
Finalmente el exilio no podrá ser tampoco la cura al estigma que casi lo mató en la Habana. Miami está enferma de los mismos prejuicios y la misma indolencia. Tampoco existe aun la cura médica para una enfermedad mortal que hará por fin, que para él anochezca.
Reinaldo murió en tierra extraña sabiendo que su carcelero y su verdugo, causante de todas sus tragedias, era también de Oriente. Que también vivió una vez entre aquellas paredes del hotel Montserrat que fue su lupanar, su casa y su prisión. Que usó el mismo ascensor Westinghouse que usaría él años después para hacer felaciones a los chulos del barrio, en medio de aquel ruido infernal de cadenas. Que durmió donde él mismo reposó su cabeza rota por una hebilla de un cinto militar.

Quizás Reinaldo murió sabiendo ya que a la suerte no basta con buscarla, porque es del que la encuentra, y que aquel jovenzuelo imberbe de Birán encontró la suya, desde que llegó muchos años atrás a su propia casa, de camino al Colegio de Belén, para construirle a él una desgracia a medida y convertir su vida en un infierno, junto a las de otros diez millones de cubanos.
¿Por qué, si él solo era culpable de escribir sus miserias y de amar a todos los hombres de la Tierra?
El 2 de enero del 59, la Caravana de la Libertad llega hasta Malecón y gira por la Avenida 23, camino de la Ciudad Militar de Columbia. Una masa enardecida la sigue hasta el cuartel. Los turistas norteamericanos del Hilton destrozan con euforia las páginas de los directorios telefónicos y tiran los pedazos de papel sobre la comitiva, como en Broadway.
No hay en Columbia soldados que impidan la entrada del cortejo. De hecho, también asisten a los fastos los soldados del derrotado ejército. Fidel comienza el primero de sus discursos infinitos. Una paloma blanca se posa en su hombro izquierdo para dejar constancia histórica de la mayor mentira dicha a un pueblo jamás. El héroe ya es también el Dios, y arenga a su rebaño: «¡Esta guerra no la ganó nadie más que el pueblo, y por tanto, antes que nada está el pueblo!». Comenzaba el gran engaño.
En medio de una frenética ovación, termina. Es madrugada. Le ofrecen como cama la casa de Batista. No acepta. La Historia le pide hacer un último fouetté.
Entonces se traslada a una modesta esquina de La Habana Vieja, en las calles Monserrate y Obrapía. Y vuelve a ocupar aquella habitación 303 del hotel Montserrat, para dormir el más reparador sueño de su vida en la que fuera su primera casa en La Habana: La puerta de entrada a su paraíso de victimario y la puerta al infierno para una de sus más ilustres víctimas.
Hay historias que merecen sobrevivir a sus protagonistas, y el Hotel Montserrat sigue en pie, para contar la suya: La de cómo la casualidad y el destino unieron para siempre entre sus muros a un descarado maricón de credo, que vivió en otro tiempo, pero en el mismo lugar que su enemigo, un perverso y deleznable maricón de alma.