Por Antonio Gómez Sotolongo
A propósito del elogio oficial por el 50 aniversario
de la fundación de la Escuela Nacional de Arte, aquel sueño inacabado.
El fin de la educación no es hacer al hombre rudo, por
el desdén o el acomodo imposible al país en que ha de vivir, sino prepararlo
para vivir bueno y útil en él. José
Martí
| Escuela de Artes Plásticas |
Según el elogio que publicó en 2012 el Centro Nacional de
Escuelas de Arte (CNEART)[1], «La fundación de la
Escuela Nacional de Arte en 1962 dio inicio a la extraordinaria expansión de la
enseñanza artística, como una de las obras más trascendentales y hermosas de la
Revolución Cubana expresada en el desarrollo y prestigio alcanzados por el arte
en Cuba».
En este primer párrafo lapidario y contradictorio, se
entierra un pasado en el que gracias a los altos niveles académicos de la
enseñanza de las artes en Cuba y su expansión por todo el territorio nacional,
los artistas cubanos conquistaron el respeto y la popularidad internacional. Es
muy larga la lista de músicos, pintores, bailarines y actores que desde el
siglo XVIII habían llevado el arte cubano por todo el mundo, cientos de
artistas sin los cuales nunca se hubiera podido alcanzar «el desarrollo y
prestigio» que en ese mismo párrafo se reconoce como un logro de la «Revolución
Cubana».
Lo que ciertamente sucedió en 1962, fue que producto
del expolio de centenares de escuelas de música, la prohibición de impartir
clases particulares y el éxodo de un buen número de maestros, el país se vio
desprovisto de enseñanza artística por primera vez durante siglos, nunca había
faltado en Cuba uno o docenas de estudiantes para cualquier buen profesor de
música, lo mismo en Gibara que en El Vedado. Pero en 1962, a consecuencia de la
abolición de la propiedad privada en Cuba, la enseñanza de las artes fue
prácticamente anulada... tanto en Aguada de Pasajeros, como en La Habana.
Entonces, ante la necesidad de continuar adoctrinando
a los jóvenes, utilizar el arte como «un arma de la revolución» y seguir
disponiendo sin medida del patrimonio nacional, fueron depositados cientos de
niños, adolescentes y jóvenes en los ricos terrenos del expoliado Country
Club, en el entonces exclusivo reparto Cubanacán, y alojados en las casas
que recién habían sido confiscadas porque sus moradores habían cometido «el
delito de viajar fuera de su país».
Aquellos bienes inmuebles que formaban parte del
patrimonio de muchos de los que con su talento habían contribuido a crear las
riquezas de la nación, fueron los albergues de la ENA, y aquella fue la más
ominosa maniobra que el régimen pudo hacer para garantizar que nunca más todas
aquellas fortunas volvieran a ser de sus dueños, y nunca más los cientos de
estudiantes pudieran volver a sus pueblos, de donde fueron arrancados porque en
ellos no quedó ni la más modesta academia privada. Fue la más eficaz manera de
hacerles creer a aquellos niños «que los dueños de aquellas riquezas las habían
abandonado ante el paso arrollador de la justa revolución cubana».
Más adelante el documento afirma que: «Su fundación
se llevó a cabo a partir de todo el arsenal de tradiciones artístico-culturales
que se gestara en la práctica creadora de pedagogos y artistas cubanos desde
siglos anteriores». Esto tampoco se coteja con la realidad, porque de
todos aquellos pedagogos y artistas que dieron lustre y prestigio a la
enseñanza de las artes en Cuba, quienes no comulgaron con el castrismo fueron
acosados de tal modo que emigraron o se quedaron fuera del sistema de
enseñanza. No fue casual que en 1959 nombraran a Harold Gramatges asesor del
Departamento de Música de la Dirección General de Cultura, quien fue Presidente
de la Sociedad
Cultural Nuestro Tiempo, el ala cultural del Partido
Socialista Popular (comunista), desde su fundación en 1951 hasta su
desaparición en 1960, y quien, como escribe Helio Orovio en su Diccionario
de la música cubana, intervino «en la reforma de la enseñanza de la música»
en Cuba.
Para no hacer muy larga la lista de aquellos que no
pudieron participar por sus ideas contrarias al castrismo, solamente mencionaré
a Julián
Orbón (1925-1991), maestro, compositor y continuador del sistema de
enseñanza musical popularmente conocido como Plan Orbón, fundado
por su padre Benjamín (1874-1944) y que contaba con más de un centenar de
academias con aquella franquicia, un sistema de enseñanza muy extendido y
eficaz que fue eliminado con la expolio de las academias que lo implementaban;
y Aurelio de la
Vega (1925), quien salió al exilio en 1960. Ambos artistas ya tenían
en 1959 obras de importancia para la Historia de la Música cubana, muchas de
ellas estrenadas por la Orquesta Filarmónica, y ambos tenían una probada
capacidad pedagógica, pero fueron echados a un lado por aquella «reforma de la
enseñanza de la música» debido a sus ideas políticas.
Pero ni siquiera ellos, unos de los más sobresalientes
de esa larga lista, jamás fueron mencionados en las clases de Historia de la
Música que se impartieron en las habitaciones de aquellas majestuosas viviendas
arrebatadas a sus dueños y convertidas en salones de clases, jamás sus obras
fueron interpretadas como parte de aquel «arsenal de tradiciones
artístico-culturales» que menciona el documento del CENEART.
Y aunque el texto anota casi 50 escuelas fundadas por
«la revolución», era mayor la cantidad que para el estudio de las artes existía
en el país antes de 1959. Si tenemos en cuenta que de música, adscritas
al Plan Orbón, eran más de un centenar repartidas por toda la isla,
al sumarles las pocas que recopiló Orovio en su Diccionario, alcanzan una
cantidad sensiblemente superior a las que hoy existen.
La enseñanza privada, con sus altas y bajas se
reorganizó a partir de la década del treinta. Según Edgardo Martín, «la
enseñanza privada toma nuevos vuelos y procura ponerse en mejores condiciones
de rendimiento. […] aparecen nuevos tipos de enseñanza; se ensayan metodologías
nuevas, [y] se hace un trabajo más riguroso que antes»1. Pero
lo que mejor habla de la calidad de la enseñanza musical en Cuba antes de 1959,
es la impetuosa vida artística en ciudades como La Habana, Matanzas y Santiago
de Cuba. Y si bien es cierto que algunas instituciones públicas necesitaban que
el Estado les aportara más recursos, no era necesario que las convirtieran en
centros de adoctrinamiento, la educación musical no necesitaba una metodología
uniforme en todo el territorio nacional que amordazara las individualidades, el
estudio de las artes debió seguir siendo libre y abierto, público y privado.
Medio siglo es mucho tiempo en la Historia; sin
embargo, ha sido poco para superar el arte producido antes de 1959 en la mayor
de las Antillas. No era necesario hacer una Escuela Nacional de Arte para que
el Arte Cubano fuera universal, eso ya había sucedido, pero por todos los
medios, como filosofía política del castrismo, se ha hecho creer, borrando y
mancillando la obra de decenas de artistas e intelectuales cubanos que se
fueron al exilio, que «gracias a la revolución la cultura cubana floreció como
nunca antes».
Según Edgardo Martín2, desde las primeras
décadas del siglo XX se presentaron en el Teatro Auditorium, y otras salas de
la Sociedad Pro-Arte Musical, «Casi todo lo más grande del concertismo, la
ópera y el ballet en todo el mundo», lo que propició que se formara «en La
Habana un público, que aunque minoritario, estaba al día en cuanto a música,
ópera y ballet se refiere». Y aunque Martín anota en estas líneas que allí iba
una élite, en la misma obra nos informa que los abonados de Pro-Arte eran más
de cinco mil, y que los conciertos se repetían para que los no socios pudieran
disfrutar por precios populares las mismos conciertos. Si se toman en cuenta
esas cifras y se relacionan con la cantidad de habitantes de la isla entonces,
probablemente los guarismos nos sorprendan. También acusa Martín que en «esa
institución [Pro-Arte] prevaleció cierto conservatismo», pero a
pesar de eso, por sus salas pasaron casi todos los artistas cubanos de calidad
en la época y se presentaron en primera audición algunas de las más
representativas obras cubanas de entonces.
Del sueño a la pesadilla
De poco sirvió el sistema doctrinal que impuso el
castrismo en las Escuelas de Arte, porque se abolió, junto a la propiedad
privada, el mercado del arte, un mercado que se había hecho con todos y para
todos durante la colonia y la república. Para lo que sirvió la abolición de la
propiedad privada en Cuba fue para que la falta de recursos cundiera en todas
las escuelas, incluidas las de arte y la indigencia se enseñoreara en ellas.
Para lo que sí sirvió la destrucción del mercado del arte fue para que los artistas
y pedagogos cubanos alimentaran el arte en otros países, a donde van a parar
desde 1959 todos aquellos que pueden y quieren hacerse una mejor vida, para
ellos, sus hijos y sus nietos.
De nada valió el cerco y la represión contra los que
no se amoldaron a las ordenanzas y los dictados, porque al abolirse la
propiedad privada se suprimieron casi todas las fuentes de empleo de los
artistas, y el propio sistema debió sacar del país tanto a tirios como a
troyanos, por las buenas o por las malas, conformándose así un exilio
multicolor que se extiende ya por más de tres generaciones.
Y aunque hablar de lo que pudo ser y no fue es
metafísica, como apuntaba el sabio Roberto Pellón, si todos durante nuestra
niñez nos hubiéramos podido quedar en nuestros pueblos, al calor de nuestras
familias, en las academias más cercanas a nuestras casas, o aprendiendo con el
profesor que impartía clases particulares y luego, adultos y maduros,
hubiéramos decidido libremente buscar más allá, hoy seríamos seguramente los
mismos, pero con un pasado más apacible, agarrados a nuestro suelo y muy
probablemente con un mejor país, tal como lo hicieron quienes prestigiaron el
arte cubano durante tres siglos de Colonia y medio siglo de República. Hoy, muy
probablemente, estaríamos siendo buenos y útiles en nuestra patria, pero no se puede agradecer como un regalo la educación
gratuita que debemos aceptar obligatoriamente, la que se nos otorga a cambio de
nuestra lealtad a un régimen.
(*) Cfr.: «Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura». En revista Casa de las Américas, año XI, n. 65-66, marzo-junio, 1971.
1 Martín, Edgardo. 1971. «Panorama Histórico de la Música en Cuba». Cuadernos
CEU Universidad de La Habana, Cuba.182
2 Ídem, p.114
[1] Al parecer el elogio del CNEART por
el 50 aniversario de la fundación de la ENA trasladó su sitio en la red o fue
borrado por lo que no es posible compartirlo como es debido.
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