Monday, October 10, 2022

EL EJEMPLO DE LOS PROCERES

P
or Néstor Carbonell Cortina

Los tiranos a través de la historia se han valido de todo tipo de argucias para usurpar el poder, y han recurrido a todo género de coacciones para eliminar o neutralizar la resistencia. Pero los que perfeccionaron la técnica de yugulación han sido los regímenes totalitarios, maestros en el arte de sojuzgar y envilecer.

Una de las armas más eficaces que han utilizado para obnubilar y subyugar a poblaciones enteras ha sido la mentira. Cuando es grande, repetida y no impugnada, la mentira es un arma letal que no deja huellas físicas, pero que ofusca la mente, degrada el carácter, corroe la voluntad y envenena el espíritu.

Los tiranos totalitarios la utilizan sistemáticamente para encubrir su iniquidad. Con ese fin, deforman la historia, agigantando los errores pretéritos cometidos. Su objetivo es hacer table rasa del patrimonio nacional, cercenar todo nexo institucional y cultural con el pasado para consumar, en el vacío creado, la estafa totalitaria y convertir a las masas incautas en dóciles rebaños sin espinazo moral y sin perspectiva histórica.

Decía Ortega y Gasset que “el hombre es, por encima de todo, heredero. Y esto, y no otra cosa, es lo que lo diferencia radicalmente del animal. Tener conciencia de que se es heredero es tener conciencia histórica.” (1) Muy acertado el pensamiento de Ortega, porque cuando falta o se pierde esa conciencia, cuando se quiebran las raíces de la nacionalidad, los hilos de las tradiciones y los lazos de la cultura, los pueblos, aun los más civilizados, sufren hondas aberraciones y caen en el laberinto oscuro de la tiranía o en el vórtice asolador de la barbarie.

Eso fue, a grandes rasgos, lo que le aconteció a Cuba en 1959. Bajo un estado sicopático de histeria colectiva, el país, proclive al mito de la revolución, se entregó en manos de un megalómano que deformó el pasado para controlar el futuro. Desechando los valores, creencias y tradiciones de Cuba, y denigrando a sus héroes, el tirano reescribió la historia con los tintes biliosos del resentimiento y las consignas malévolas del comunismo.

Teniendo muy presente la necesidad de rescatar, no sólo la libertad de Cuba, sino también el patrimonio nacional, aplaudí la feliz iniciativa de la Editorial Cubana de publicar en 1999 una nueva edición del libro Próceres, escrito por uno de mis mayores: el diplomático, escritor, historiador y devoto de Martí, Néstor Carbonell Rivero. Asimismo, acepté la honrosa encomienda de redactar el prólogo en el exilio. Aquí va una síntesis evocando el pasado y mirando al futuro.

Contenido y Significación de Próceres

Próceres, libro cautivante que Néstor Carbonell Rivero escribió en 1919 y publicó, en edición especial, en 1928, es un devocionario patriótico que le dedicó a la juventud de Cuba, sedienta de fe y urgida de historia. Contiene treinta y seis ensayos biográficos o semblanzas de próceres cubanos, con ilustraciones del notable retratista Esteban Valderrama.

El autor se concentró en próceres fallecidos con anterioridad a la redacción del libro; por eso no figuran en sus páginas patricios como Manuel Sanguily, Enrique José Varona, Emilio Núñez y Juan Gualberto Gómez. La lista de los personajes seleccionados es representativa, pero no exhaustiva. En un sólo volumen no caben todas nuestras luminarias. Inevitables son, pues, las omisiones, pero éstas no le restan lustre ni valor a la colección de estampas egregias incluidas.

Siguiendo un orden alfabético, el libro comienza con Ignacio Agramonte, arquetipo de la epopeya del 68 a quien Martí llamara “un brillante con alma de beso,” y termina con Cirilo Villaverde, una de nuestras cumbres literarias y patrióticas.

Aparte de los libertadores más insignes y conocidos, como Carlos Manuel de Céspedes, Salvador Cisneros Betancourt, Francisco Vicente Aguilera, Antonio Maceo, Máximo Gómez, Calixto García y el sin par José Martí, el libro incluye a los protomártires de nuestra independencia, entre los cuales sobresalen Ramón Pintó, Joaquín de Agüero, Isidoro Armenteros y Narciso López.

No podían faltar, en el soberbio desfile de próceres, los forjadores de la nacionalidad cubana, aquellos que con tanto talento y fervor se esforzaron en cimentar nuestra identidad, sembrando ideas, formando hombres, hacienda patria: Francisco Arango y Parreño, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, y José Antonio Saco, entre otros. Y como máxima representación de los poetas que fueron surtidores de cubanía y abanderados de la libertad, figura el ínclito cantor de El Niágara, José María Heredia.

Es imposible recorrer las páginas de Próceres sin que se enardezca el corazón y se encumbre el orgullo patrio. Las semblanzas enmarcadas ponen de relieve el tesoro espiritual de heroísmos y grandezas que tienen los cubanos. Claro que hay gradaciones entre los grandes, pero el autor no hace comparaciones estériles y lesivas. Sólo muestra con fina sensibilidad y perspectiva, en todo su esplendor, las constelaciones de próceres que fulguran en nuestro cielo—algunas mayores, otras menores, pero todas imponentes y magníficas.

Diversas y excepcionales fueron las ofrendas de los treinta y seis próceres a la patria que tanto amaron. Unos le dieron la savia nutricia de su prosa cristalina; otros la lírica apasionada de su corazón poético; otros el verbo acendrado de su oratoria elocuente; otros la concepción filosófica de su mente fértil; otros el sacerdocio ejemplar su vida prístina; otros el genio económico para crear riquezas; otros la estrategia militar para sacudir el yugo; otros el viril martirio para conquistar la independencia.

No encontrará el lector en este libro la clínica frialdad de un diccionario biográfico, ni la petulante aridez de una disquisición erudita. Con prosa vibrante y fluida, el autor logra condensar el fruto de sus investigaciones, trazando con pulso firme y atinado los rasgos más sobresalientes de la personalidad y la vida de cada uno de los próceres.

Se leen las semblanzas de Carbonell Rivero como poemas homéricos, porque homéricos son muchos de los episodios narrados, de las hazañas que con unción patriótica el autor describe. Mas no hay fantasía en sus cantares; no hay adulteración ni rebuscamiento en sus épicos relatos; solo galanura y vehemencia con apego riguroso a los hechos.

El Culto a los Héroes

El autor de Próceres estudió seguramente a Carlyle. Este romántico de las letras inglesas fue el escritor de la era moderna que con mayor brillantez enfocó el culto a los héroes—seres excepcionales que por su genio visionario, su valor índómito o su dedicación sublime dejan huellas indelebles en la humanidad a su paso por la vida.

Según Carlyle, el mundo en todas las épocas se ha adherido a unas pocas personas magnéticas, intérpretes de inquietudes humanas, catalizadores de fenómenos sociales, que asumen la función de misioneros, guías, estadistas o libertadores. Por eso Carlyle llegó a sentenciar que la historia universal no es sino la historia de los grandes hombres sobre la tierra.

Esta tesis, que tuvo hondas resonancias en pensadores como Nietzsche, Maeterlink, James y Emerson, ha sido muy debatida por lo que tiene de individualismo hipertrofiado, de fatalismo encarnado en los seres providenciales. La crítica es válida, pero aun reconociendo el concurso de factores económicos, políticos y culturales que influyen en la organización y evolución de las sociedades, no puede negarse el singular impacto en la historia de los grandes hombres (expresión genérica que abarca naturalmente a ambos sexos).

La necesidad que tienen las democracias, en su maduración, de depender de la solidez de sus instituciones más que del carisma a veces embustero de sus líderes, no debe llevarnos a desdeñar u olvidar la estela luminosa de sus héroes y mártires, el ejemplo nimbado de gloria de los ciudadanos eminentes. Los pueblos requieren para progresar de una escala notable de valores, de una jerarquía sugestiva del intelecto y el espíritu que sirva de modelo para exaltar la virtud y superar la mediocridad, que estimule el avance de los que son, o pueden ser, realmente grandes por la inteligencia, el carácter o el dinamismo en la búsqueda afanosa y desprendida del bien.


Escala de valores no implica, desde luego, odiosas castas ni almidonado elitismo. Como decía Emerson, refiriéndose a lo que algunos llaman masas u hombres comunes: “…no existen hombres comunes. Todos los hombres son, al fin y al cabo, de alguna talla; y el verdadero arte es sólo posible por la convicción de que cada talento halla su apoteosis en alguna parte. ¡Juego limpio y campo abierto, y frescos laureles para todos los que los hayan ganado!” (2)

Mas, como sabemos los cubanos por trágica experiencia, no siempre los que aparentan ser grandes lo son en verdad. La historia está cuajada de farsantes y simuladores, de seudosalvadores de pueblos que enajenan con el paroxismo de su demagogia engañosa y subyugan con el latigazo de su tiranía vil. Hay que cuidarse de ellos, como advirtiera San Mateo en el Nuevo Testamento: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces.” ¿Cómo identificar a estos impostores? No por sus palabras ni por sus promesas. Como señalara San Mateo, “por sus frutos los conoceréis.” (3)

Ahora bien, el hecho de que haya falsos profetas no niega la existencia de genuinos y sabios guías. La aberración de la mentira confirma la norma de la verdad. Hay árboles que sólo dan abrojos espinosos, pero hay otros que dan higos frescos. Si hay seres malvados que enlodan y rebajan la especie humana, hay también seres excelsos que la eleven y dignifican.

Al escudriñar la vida de las luminarias, al reseñar la trayectoria de los héroes, algunos escritores se deleitan en agigantar sus fallos para poder así regañar al genio. Otros, por el contrario, los endiosan con loas desmesuradas, cubriendo sus lunares con incienso. El biógrafo o ensayista de nota debe evitar estos extremos. Siguiendo la regla de oro de Platón, ha de lograr la estrecha unión, la indispensable alianza de amor y de conocimiento. No puede el escritor ser un alegre sin pensar que es un necio, ni un romántico sin enjundia que es un tonto, ni un predicador del bien sin conciencia del mal que es un iluso.

El feliz balance de elogio edificante y juicio reflexivo, apoyado en sólida documentación, lo encontramos en las páginas de Próceres—líricas pero conceptuosas, emotivas pero lúcidas, apasionadas pero justas. Sin complejos bastardos ni motivaciones espúreas, Néstor Carbonell Rivero acomete la delicada tarea de enhebrar las semblanzas de nuestros grandes. El autor los ensalza sin raquitismo envidioso, mas no cae en la hibérbole vacua ni en la hagiografía pueril. Para él, los próceres no son semidioses de nuestra mitología ni arcángeles de nuestro cielo. Son seres superiores porque se sobreponen con talento y virtud a las flaquezas de su humana condición.

Perennidad de Próceres

Encomiable ha sido la decisión de Editorial Cubana, que con alta distinción presidió el Dr. Luis Botifoll, de publicar una nueva edición de Próceres. Libros como éste tienen lo que pudiéramos llamar perennidad, no sólo porque son clásicos de las letras, sino porque sirven de enseñanza histórica, de norte cívico y de ancla moral para todas las generaciones, en todas las épocas.

Esbozar en lienzos duraderos el perfil de patricios y repúblicos es sentar derroteros de grandeza; es abrirle a la mente inquieta vastos campos de ideación para enfrentar los retos; es impartirle a la imaginación feraz y al magno sentimiento el ímpetu vital para realizar los sueños. La vida inspiradora de los grandes deja siempre seguidores a su vera.

Antes de servir de acicate a los demócratas cubanos, Próceres nos ayudará a cumplir una misión esencial: remover la costra de falsedades con que el régimen de Castro ha tergiversado nuestra historia y denigrado a nuestros héroes. La tiranía que se implantó en Cuba en 1959 no solo contó con el terror difuso que intimida y con la fuerza bruta que esclaviza. Contó también con la mentira larvada que atonta, corroe y envenena.

Para rehacer a Cuba con molde totalitario, hubo que arrasar todos los cimientos, estructuras, tradiciones y creencias. Por eso el tirano, en su afán de justificar su monstruoso crimen social, reescribió la historia con tintes sombríos, pintando a nuestra isla progresista como un lodazal de corrupciones, como un páramo de indigencia y de miseria. Y en su campaña nihilista y vilipendiosa, profanó a nuestros próceres y los suplantó con falsas deidades que él cambiaba a capricho desde el olimpo de su vana omnipotencia. En el caso de Martí, no pudiendo esfumarlo, lo maquilló de socialista, presentando al Apóstol que luchó por la libertad de Cuba como precursor del régimen que la aniquiló.

Libros como Próceres servirán para limpiar la infamia y corregir los hechos. En la ingente tarea de reeducación cívica y moral que en el futuro se emprenda, habrá que separar lo falaz de lo genuino, lo pérfido de lo cubano. La consigna ha de ser una sola: a la mentira totalitaria, la verdad histórica; a la estafa encubierta, transparencia plena.

Pero antes, tenemos los exiliados cubanos que extraer nuevos bríos del ejemplo de los próceres, y luz orientadora de su credo, para acelerar la liberación de Cuba y ponerle fin a su larga agonía. Víctor Hugo, quien durante veinte años luchó desde su exilio contra el imperio despótico de Napoleón III, demostró la enorme importancia que tienen la militancia, la prédica y los versos de los desterrados, de los patriotas fieles a la causa de los vencidos.

Según Enrique José Varona, el gran poeta francés les enseño a todos los oprimidos “la fuerza oculta, pero incontrastable, del derecho, el triunfo final del bien contra el mal, de la inteligencia contra la pasión, de la libertad contra el despotismo; y les [hizo] repetir su invocación sublime: ¡ Resonad, resonad siempre, clarines del pensamiento, y las murallas de la iniquidad, los alcázares de la injusticia, se hundirán al cabo por su propio peso en los abismos!” (4)

Invocaciones como ésta, que alentaron a los mártires de nuestra independencia y a los miles que han caído en la actual epopeya, han de motivarnos hoy para vencer el escepticismo enervante y avivar la fe en nuestra capacidad para rescatar y mantener la libertad. El pasado glorioso de Cuba, condensado en el libro de Néstor Carbonell Rivero que me honro en prologar, puede y debe ser nuncio de un futuro promisorio. No se calibra a los pueblos por sus desviaciones y caídas, sino por su perseverancia, talento y denuedo en sacudirse el polvo y reencontrar su camino. No se juzga a los países por sus eclipses temporales de despotismo, sino por sus epifanías perdurables de libertad. La talla no la dan los tiranos y traidores. Los pueblos tienen el tamaño de sus próceres.



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Notas

1-José Ortega y Gasset, Ideas y Creencias, Obras Completas, vol. V, pág. 400.

2-Ralph W. Emerson, Hombres Representativos, Editorial Iberia, España, 1960, pág. 21.

3-San Mateo 7, 15-16.

4- Enrique José Varona, Estudios y Conferencias, Editorial Cubana, 1998, pág. 269.






Sunday, October 9, 2022

Nomenclatura y mayimbato*

 Por Rafael Almanza


¿Había hambre en la Unión Soviética?

Desde luego. Durante la Segunda Guerra Mundial.

En Kiev, en los años setenta, dos personas almorzaban por un rublo, y si añadían veinte centavos, tomaban sendos vasos de vino.

¿La colonia soviética en Alemania padecía la explotación de su metrópoli?

En Berlín Oriental se vivía mejor que en Moscú. Los restaurantes y cafeterías eran privados.

¿Cómo fue que en Polonia se levantaron cientos de templos católicos, unos cuantos de ellos verdaderas obras de arte, frente a la propaganda del ateísmo comunista?

Ah, es que Cuba siempre fue un país pobre y aquellos eran, de origen, ricos.

Pensemos en China, donde Mao mataba de hambre a millones. Se murió el abusador y el país descubrió que era riquísimo.

Una declaración del doctor Castro en 1959 establecía que su revolución se había efectuado sin necesidad de que el pueblo estuviera pasando hambre.

La asociación del socialismo con un régimen mao-castrista de miseria material absoluta no se corresponde con los datos históricos. Establece además el error que vemos ahora en China: un esplendor material sostenido en un intolerable despotismo.

Sí, sí, pero aquellos países no padecían el embargo de los Estados Unidos.

No. No tenían mucho interés en comerciar con ese país. Lo consideraban peligroso.

Y ¿para qué?

La Unión Soviética alardeaba de que el rublo era una moneda más fuerte que el dólar. Jruschov había dicho que iban a enterrar a los Estados Unidos, esto es, que para 1980 su país los habría vencido en el orden económico y tecnológico. A propósito del vuelo de Gagarin diría: "que prueben a alcanzarnos ahora los demás países".

En Corea del Norte sigue rigiendo la Idea Zuche: socialismo sin ayuda de nadie. Y se pagan sus armas nucleares.

Cuba, la miseria material y moral, y el marxismo

Para entender cómo en Cuba hemos llegado a este espantoso estancamiento en la miseria material y moral, pudiéramos atenernos, por ejemplo, al… marxismo.

En 1960 se publicó en nuestro país, por la editora todavía independiente Librerías Unidas, el texto La Nueva Clase, el libro de Milan Djilas que apenas tres años antes había estremecido el mundo académico marxista.

Djilas era un comunista yugoslavo, compañero del mariscal Tito, en cuyo gobierno alcanzó un lugar principal. Por poco tiempo, porque él venía del mesianismo de Marx, y de inmediato descubrió que el nuevo régimen no solo era distinto a esos sueños de liberación del hombre, sino que los traicionaban descaradamente.

A Tito, hombre de la praxis, no le quedó más remedio que destituirlo y encarcelarlo, aunque sin abusar demasiado porque Djilas era respetado y peligroso.

Lo que Djilas planteaba en su libro era la realidad a pulso, pero que el propio método marxista, empeñado en el análisis de clase, subrayaba con crueldad: el socialismo real, no el de los sueños, destruía el poder de la clase empresarial, pero no para realizar la igualdad social, sino para entronizar a una clase nueva, los dirigentes comunistas, que pasaban a detentar el poder y la riqueza social, mediante una cínica explotación del pueblo.

Djilas llamó a esa nueva clase como Nomenclatura, ya que no todos los comunistas la integraban, sino solo aquellos cuyos nombres integraban la lista de los posibles detentadores del poder y la riqueza.

Para salvar al mundo del fascismo...

Seguir los avatares de la Nomenclatura durante las siete décadas de su dominio mundial trasciende este artículo. Baste decir que esta Nueva Clase fue decisiva para salvar al mundo del fascismo, inició la conquista del espacio, construyó armas de tecnología de punta y logró un mínimo de desarrollo social, aunque siempre estancado, en Europa y finalmente en China y Vietnam.

Incluso en Corea del Norte, más fascista que comunista, la Nomenclatura puede alardear de una capital pretenciosa levantada sobre las ruinas de la guerra.

¿Qué tal La Habana, una metrópoli donde empezaban a alzarse en la década del cincuenta los primeros rascacielos de Latinoamérica, con capital, diseño y trabajo exclusivo de cubanos, hoy convertida en un montón de ruinas?

Eso sí, ahora que ha muerto Mijaíl Gorbachov, es imposible obviar el último avatar de la Nomenclatura: su transformación en burguesía. Djilas había pronosticado en su libro que la Unión Soviética duraría setenta años, profecía exacta que ya había lanzado antes Eduardo Chibás en la revista Bohemia.

La farsa mesiánica socialista

Después de siete décadas de esfuerzo por construir unos países en los que se pudiera vivir, cuando ya se habían ensayado todas las posibles rectificaciones y remiendos, la Nomenclatura soviética, y detrás de ellas las otras europeas, decidieron reconocerse orwelianamente como burgueses, pararse en dos patas y liquidar la farsa mesiánica socialista.

Además del fracaso social del permanente retraso con respecto a ese capitalismo cuyo final habían proclamado sin descanso, del disgusto creciente del pueblo y los intelectuales, y de la ausencia de soluciones viables incluso a corto plazo, los propios nomenclados enfrentaban también el fracaso personal.

Gorbachov, dirigente de esa agricultura soviética que garantizaba comida aun bajo la nieve de meses y meses, se sentía hundido en la impotencia. Querían una agricultura, una economía mejor que la yanqui o la europea.

Como marxistas, tenían además que desearlo y creerlo posible, pues para Marx el socialismo habría de ser una sociedad más avanzada que la capitalista en todos los órdenes, para nada un desastre permanente barnizado por una decadente ideología.

"Reconstruir el socialismo"

Pero Gorbachov, hombre fuerte y hábil, sin dudas el príncipe de su Nomenclatura, fracasaba en la tarea de que koljoses y sovjoses produjeran como en Montana o en Provenza. Había que enfrentarse al fracaso personal con la audacia personal. Había que reconstruir el socialismo.

Fue entonces cuando la Nomenclatura ensayó su ultima ratio, en la línea de Djilas aunque sin su participación: había que volver al socialismo de Marx, cambiar la propiedad estatal, cuyos dueños eran los nomenclados, por la propiedad social, en la que los trabajadores gobernaran las empresas.


Ya Tito, como sabía de sobra Djilas, había intentado algo similar, con su doctrina de la Autogestión. Otro fracaso asegurado, porque la gente no va a las empresas a dirigirlas sino a trabajar para ganarse la vida. Marx, que nunca trabajó dónde, estaba equivocado. La propiedad social resulta ser imposible, y lo que es peor, innecesaria.

El capitalismo, como aclararía Carlos Prío en la televisión cubana de entonces, socializaba la producción mediante la venta de acciones de las empresas. El capitalismo, siempre abierto y cambiante, había derrotado al socialismo socializando la producción. En Japón esos y otros mecanismos llegaron a una sofisticación de participación y eficiencia de veras impresionante.

La posibilidad de un retorno a Marx

Cerrada la posibilidad de un retorno a Marx, incluso a Lenin que en su lecho de enfermo terminal intentó recomendar algo en esa dirección, al sector reformista de la Nomenclatura soviética solo le quedaba la solución socialdemócrata, a la que terminó asociado Gorbachov, con la perspectiva de que Rusia se convirtiera, de un día para otro, y por obra de los nomenclados, en su vecina Suecia.

Pero ya eso no era reforma ni reconstrucción, era el paso a una sociedad capitalista.

Hasta cierto punto me inclino frente a esos reformadores. Para mí fueron en el primer momento de algún modo negativos, porque me hicieron esperar una reforma exitosa del sistema, cuando yo llevaba años de fracasos bastante más modestos pero no menos irritantes.

Hoy los veo como gente que se enfrentó a problemas colosales con la teoría que les copaba la cabeza, pero también con un corazón responsable y valiente y alejado de la violencia y el fraude. Hicieron lo que pudieron. Otros lo hicieron peor. Y con intenciones peores.

Por entonces veíamos en la TV el serial Kippenberg, de la República Democrática Alemana. Un científico mediocre y oportunista lo había logrado todo: mansión en la ciudad, casa de campo, autos, viajes.

Pero él mismo confesaba que su colega de la RFA disfrutaba más de dos casas, yate, avión y sobre todo, seguridad y libertad. Pues el nomenclado, si bien tiene muchísimo más que el pueblo, nunca llega a alcanzar demasiada riqueza, porque la sociedad que dirige falla en producirla, y porque hay un poder supremo y opulento que impide que se le haga la competencia.

Ese mismo poder puede liquidar tales privilegios en un instante, sin razón alguna. El nomenclado tiene siempre poco en comparación con lo que pudiera lograr si fuera un empresario capitalista, y nada de lo que posee es suficientemente seguro, ni siquiera la libertad de su persona.

La Nomenclatura Universal

El nomenclado vive en el mismo terror que la gente del pueblo, o más. Los reformadores socialistas contaban como aliados a esa gente que reclamaban un cambio porque querían ser mucho más ricos, más que Maia Pliteskaia con su limosina y Dmitri Shostakovich con su avioneta, artistas que se merecían eso y más y lo hubieran alcanzado en cualquier esquina de Occidente (y la Plisetskaia, en su vejez, se hizo española).

Para poseer propiedades seguras a la altura de su trabajo y de sus ambiciones, esos nomenclados suspiraban por el capitalismo rampante, y lo lograron saboteando a Gorbachov y luego robando sin fin bajo el déspota Yeltsin, heraldo del multimillonario Putin.

Y todavía habría que mencionar a los partidarios de la Continuidad Soviética, que dieron un golpe de estado risible que empoderó a sus enemigos. Su fracaso estrepitoso puso en claro que la inmensa mayoría de la Nomenclatura deseaba salir del socialismo, y que el pueblo la apoyaba.

La Nomenclatura Universal fue creada por ideas europeas equivocadas, aunque de mucha ambición. El capitalismo dista de ser el paraíso, y es inevitable que una y otra vez se busquen soluciones a sus miserias, muchas de las cuales proceden de la naturaleza humana, no del capitalismo en sí.

"Convertir a Rusia en Suecia era otro sueño equivocado más..."

Marx lo intentó frente a un capitalismo cuyas brutalidades ya no existen, pero en cuya evolución positiva hay mucho de las demandas de los revolucionarios marxistas. Los verdaderos herederos del método de Marx fueron los socialdemócratas. Lenin los acusó de revisionistas, pero el revisionista era él: se atuvo al voluntarismo de Marx, que es una de las fuentes de sus disparates.

Stalin revisó a Lenin con más voluntarismo, y errores y crímenes todavía mayores. Pero en la época de la perestroika los errores y los crímenes habían amainado, puesto que la Nomenclatura se sentía tranquila en su poder. La Unión Soviética era un club de borrachos, pero el número de presos políticos era pequeño. En ese ambiente de comodidad envenenada, los reformadores intentaron pensar y actuar responsablemente.

Recordaron que el partido al que pertenecían se había llamado Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, antes de que Lenin le cambiara el nombre. Pero convertir a Rusia en Suecia era otro sueño equivocado más. Primero Yeltsin y luego Putin se decidieron por la real politik: un despotismo capitalista con un barniz religioso. Que tiene ahora sus émulos en Polonia, Hungría y Serbia.

La Nomenclatura: ideas políticas inspiradas en Marx y manejadas por un partido

En otros países la Nomenclatura se retiró a sus mansiones o se recicló en cualquier opción de derecha o izquierda. En China y Vietnam al capitalismo de Estado lo han llamado socialismo, y el despotismo sigue igual.

Hay unas características comunes a toda la Nomenclatura: ideas políticas inspiradas en Marx y manejadas por un partido, y una necesidad de éxito que ante la evidencia del fracaso la conduce al intento de reforma o la re-conversión a alguna variante de capitalismo de Estado, o a la socialdemocracia o el liberalismo rampante.

¿Es esa la nomenclatura que tenemos instalada en La Habana? No, y eso es lo que explica que todavía esté ahí.

La nueva clase dominante cubiche no procede de un partido político, leninista o socialdemócrata radical, vinculado a la clase obrera, que conquista de alguna manera el poder con unas provisiones teóricas y una estrategia definida. Sino de una guerra civil encabezada por sectores de la clase media con aspiraciones de democracia popular.

¿Criticar a los soviéticos?

El líder de la insurrección contra la dictadura miente sobre sus propósitos y finalmente instaura, mediante otra guerra civil, su dictadura. Se apoya en el antiguo partido comunista para organizarla y sostenerla, y ese partido, lejos siempre de cualquier posibilidad de llegar al poder, se entrega alegremente al fraude.

Anibal Escalante

El nuevo partido resulta ser de tipo personal, carente de vida política interna, pues los modestos esfuerzos en ese sentido, la llamada microfracción de Aníbal Escalante y la actividad politológica de la revista Pensamiento Crítico, son eliminados enseguida. El dictador cambiará de orientación política práctica cuando le venga en gana, pero este partido carece de un Djilas o de una discusión como la de los soviéticos sobre el Cálculo Económico.

Guevara quiso abrir algún debate o por lo menos opinar él, digamos criticar, a los soviéticos, y fue exportado. A duras penas el partido presentó, con los años, un Programa destiladamente soviético y completamente inútil para ellos mismos, pues el dictador jamás se atuvo a programa alguno, ni a la ortodoxia marxista.

Al final de un Congreso lanzaba un discurso estableciendo lo contrario de lo que habían acordado esos súbditos, o se manifestaba contra la Crítica del Programa de Gotha, texto irrenunciable de Marx.

Finiquitado el sovietismo, el partido renuncia a debatir el escándalo y a última hora decide acordarse del origen de su fraude, definiéndose como martiano antes que marxista, lo que causaría el asombro y la burla de cualquier teórico de cualquier variante. Un partido comunista es nada más que marxista o es nada, porque el marxismo es una doctrina absoluta y excluyente.

Socialismo castrista...

Pero esas definiciones carecen de interés, excepto para que entendamos que el partido cubiche disiente de los partidos de la Nomenclatura Universal. Carece de la orientación filosófica y civil de un partido y también de vida política interna. Nadie puede discutir adónde se va, ni cómo, ni con quién.

Se trata de un equipo militar e ideológico para sostener de cualquier manera el poder de la clase dominante, detentado por una sola persona, su familia y sus compinches.

El programa del supuesto partido intentó explicar su llegada al poder como un proceso sometido a ley, endógeno y fatal, descifrado por el genio y la acción del doctor Castro. Pero si miramos bien, el socialismo castrista, a diferencia del coreano, nunca logra vivir de sí.

El fracaso de la Zafra de los Diez Millones, gran salto adelante maoísta concebido para pagar la deuda con la Unión Soviética, deja claro que esta nomenclatura va a depender siempre de la ayuda externa para sobrevivir. La incipiente nomenclatura cubiche se define desde 1970 como parasitaria. Los soviéticos aplazan la deuda y siguen enviando miles y miles de millones de rublos año tras año.

Cuba en el "club soviético"

Sin embargo, esa ayuda está envenenada. Cuba integra el club soviético no como miembro del Segundo Mundo sino como neocolonia, en condición de fuente de productos agropecuarios: azúcar y cítricos. La industrialización queda en los buenos deseos. El país que tiene un robot lunar nos diseña la KTP 1, cosechadora cañera a la que los obreros le agregan un tanque de agua encima, para cuando se incendie.

Y ni así, en condición de subdesarrollados subsidiados (la URSS pagaba el doble del precio del mercado mundial del azúcar, cualquiera fuese), lograba la nomenclatura cubiche un éxito: Cuba nunca logró cumplir con la cifra de azúcar convenida con la URSS. Unos tahúres de una novela de Vargas Llosa cantan aquello de que "no sabemos trabajar...".

La nomenclatura cubiche tampoco. Al final los soviéticos están desesperados y organizan en La Habana una reunión del Consejo de Ayuda Mutua Económica, el organismo de coordinación del imperio soviético europeo, a fin de recordarle al doctor que es necesario cumplir lo convenido. Por gusto.

Hubo países donde podía intentarse el socialismo, desde dentro o desde afuera, y alcanzar algunos resultados durante cierto tiempo. En Cuba es el costoso fraude de una persona que se sobrevalora. Y un fraude, cómo va a generar recursos y competencias.

Los sueños de las centrales electronucleares y la industrialización del país, incluyendo la agricultura, se quedan en un desperdicio mayestático de la ayuda soviética. Téngase en cuenta que Polonia y Alemania Oriental quedaron en ruinas después de la guerra mundial. Arruinada la Unión Soviética también, era inimaginable que recibieran demasiada ayuda. Transcurridos treinta años la RDA y Polonia eran potencias industriales.

El intento de socialismo y la incapacidad de la nomenclatura

Pero en 1989 Cuba era un país atrasado y arruinado, incapaz de sobrevivir sin ayuda extranjera, y de encontrarla, y de gestionarla.

El fraude del intento de socialismo y la incapacidad de la nomenclatura, encabezada por un individuo ignorante y delirante, para manejar la economía nacional, le pasaba al pueblo la implacable cuenta. Pero no a esos incapaces.

La nomenclatura caribeña se sumó a la universal en la atribución de privilegios materiales. Se dice que Ho Chi Minh vivía en una cabaña de troncos, pero el doctor Castro, tras su entrada en la capital, se instaló en la suite de lujo del Habana Hilton, y se hizo filmar por los yanquis en bata de seda.

Luego se trasladará al barrio ahora titulado humildemente Siboney, ciudad jardín creada por el millonario Pote para albergar a la alta burguesía. En torno a él se instala la Familia. Otras zonas residenciales acogen al resto de la cúpula militar y política. Obras maestras de la gran arquitectura moderna cubana de los cuarenta y los cincuenta están secuestradas ahí: es peligroso acercarse a ellas sin un permiso.

"Los mayimbes"

Hasta el día de hoy esas personas viven con mucha seguridad en un disfrute de lo mejor que la burguesía dejó, pues tampoco han manifestado la creatividad, grotesca por demás, del palaciego Ceaucescu.

A diferencia de la nomenclatura soviética, que compartía sus privilegios con gente socialmente destacada —escritores, artistas, científicos y tecnólogos cohabitaban con los dirigentes un Siboney de allá, el barrio moscovita de Peredélkino, incluso si se trataba del intratable Pasternak—, los mayimbes han mantenido la hermeticidad de sus barrios.

La casa de Alicia Alonso en Siboney, en la que estuve, fue una excepción, y distaba de ser una mansión. Para fingir austeridad, y por pánico a la ira popular, los mayimbes han ocultado siempre sus batas de seda, sus casitas expropiadas, sus cotos de caza con antílopes y perros de la casa real danesa, sus yates y sus aviones.

Solamente ahora el pueblo empieza a ver en las redes las imágenes de este interminable botín de guerra, y el compañero Lage puede alardear, ya qué importa, de su bienestar de siempre incluso habiendo sido defenestrado, y de su salud a los setenta con una raqueta de tenis, como cualquier yanqui que se respete. Mientras el pueblo pasa hambre, el doctor Castro enseña al hijo de Valdés a devorar quesos azules.

Todo un estilo: las playas paradisíacas y privadísimas de Cayo Piedra, la nube de galgos del general, los corceles árabes del comandante campesino, las pesquerías y cazas submarinas por el Caribe decoradas con un García Márquez, lo que se dice unas costumbres proletarias que caracterizan al mayimbe más que los palacios rumanos o el tren de lujo del alemán Honecker, al que el doctor le regaló uno de nuestros cayos, como si le dijera que aquí la opulencia es gratuita y es inmortal.

La homegeneidad de la miseria

La crisis de los noventa obligó a los mayimbes a permitir que algunos artistas hicieran dinero y se hicieran de aire acondicionado central y criados con librea, y a los intelectuales oficiales se les premió regularmente con una cesta que contenía un pavo de la granja del doctor y buenos vinos, y también pasta dental y detergente.

Los dirigentes de menor nivel han disfrutado de las casas de visita, para que eviten adelgazar en el comedor obrero y premien a sus colaboradoras más íntimas con un fin de semana de trabajo arduo. Pero estas magnanimidades jamás osan tocar el misterioso retiro del mayimbato, sus búnkeres espiados por la Seguridad del Estado.

La cerrazón del mayimbe en sus privilegios les ha llevado a perjudicar al pueblo con la prohibición de cualquier ingreso que haga salir al individuo de la homegeneidad de la miseria. Recuerdo aquel mayimbe que se indignó al saber que me habían pagado unos miserables derechos de autor por un libro en el que había trabajado años.

Los cuentapropistas ha sido una jugada de desesperación, y desde luego sus ingresos están bajo un control despiadado. El egoísmo del mayimbe es feroz. El botín de guerra cómo van a compartirlo con gente floja, mediocre.

Prefieren una economía colapsada, con la que ellos nada pierden, antes que permitir que alguien prospere con su trabajo. Buena parte de las nomenclaturas europeas, por no hablar de la China actual, fue menos salvaje.

Disidencia del Mayimbato

Otra disidencia del Mayimbato es su carácter estrictamente militar, como en la China de Mao o en la Corea de siempre. Las nomenclaturas europeas, que vivían del trabajo de sus países, necesitaban un enorme aparato burocrático que era la garantía paradójica de un mínimo de vida política interna del partido: en ese mar de funcionarios los militares significaban poco, excepto los miembros de la Seguridad del Estado.

Incluso en la Unión Soviética los militares eran profesionales casi al margen de los políticos y subordinados a ellos, lo que explica por qué no se sumaron al golpe de estado contra Gorbachov. En el otro extremo, fueron los militares rumanos los que fusilaron al dictador y acabaron con el socialismo en quince días.

Pero el Mayimbato, como ejército de un solo comandante, está dirigido por militares hasta el punto de que sus jefes se han convertido en burócratas y no hay en este momento una sola actividad importante del país que carezca de un general a su cabeza. Cuba es un castro, o con menos latín: un campamento. Así no se funda un pueblo, que huye despavorido; ni siquiera se puede manejar una economía viable.

Los funcionarios civiles saben que son nadie, y de ahí la increíble frase: "la orden de combate está dada". Porque el funcionario civil, que además ostenta un grado militar menor, se siente desprovisto de autoridad. El doctor Castro siempre cuidó de que hubiera guerras que formaran cuadros militares para mantener el orden mayimbe: incluso le dijo a Regis Debray"para los revolucionarios cubanos el campo de batalla es el mundo entero".

"Los militares son el núcleo del Mayimbato..."

En la actualidad la guerra se limita a América Latina con operaciones de inteligencia que fortalecen a los miembros de la Seguridad del Estado, encargados de la tarea única de combatir al pueblo. Se les puede escuchar celebrando sus vacaciones en la isla Margarita o en los volcanes nicaragüenses. Los militares son el núcleo del Mayimbato y su sector más hermético.

Posee cinco estructuras fundamentales: los guerrilleros históricos, en los que reside el poder total; los generales convertidos en burócratas, que encabezan la economía; los generales que velan por un ejército enorme pero mal armado y que no enfrenta guerras ni conflictos; y los que controlan el orden interior: la policía común y la policía política.


El hecho de que un policía disfrute hoy de un salario superior a un médico deja claro cuán militarizada está la sociedad y especialmente el Mayimbato, y cuán importante son sus privilegios, al margen de la ideología y sus griterías.

Mientras que en las nomenclaturas europeas el papel de los militares iba siendo cada vez menor por ausencia de enemigo real externo, en Cuba su papel se ha ido incrementando en forma desmedida en los últimos años. El Mayimbato es militar, es un régimen de soldados, es una anticultura de guerreros abusadores, eficaz solo para la represión y desde luego incapaz de cualquier tarea constructiva, pacífica y social.

El Mayimbato: una nomenclatura fraudulenta y primitiva

El castro hace aguas por todas partes y la reacción única de su senilidad y mediocridad es aumentar la represión, que es lo que saben hacer. Sartre dijo que lo mejor de la Revolución era que había llevado muchachos al poder. El resultado de esa juvenilia es un régimen esclerótico, que tendría aún muchas posibilidades de gestionar una continuidad menos desastrosa.

Pero lo que creen haber aprendido de las nomenclaturas que dejaron de caminar en cuatro patas, es que el más mínimo cambio real les garantiza el desastre.

El Mayimbato resulta ser entonces una nomenclatura fraudulenta y primitiva, rígida y aparentemente autocondenada a la hecatombe. ¿Temen a la hecatombe? Hasta cierto punto no. Goering dijo, al rendir su bastón de mando a los aliados: "durante doce años lo fui todo".

El Mayimbato ha sido todo, con la miseria de ese todo, durante más de medio siglo; y siendo, los que son, militares, y además nonagenarios los jefes, desaparecer en un conflicto violento está dentro de las expectativas de los que ascienden al Valhalla como héroes del Todo. Las ilusiones de la arrogancia sin embargo los impulsan a creer que nacieron para vencer y no para ser vencidos.

El lado civil del Mayimbato

No solo es que el socialismo ha sido vencido aquí como en cualquier otro lugar del mundo, sino que ellos mismos han sido vencidos, incluso se han hecho fracasar a sí mismos, como estadistas, como políticos africanos, como administradores de las bodegas y hasta como padres de familia. Como dice el pueblo: "no ponen una".



Ni siquiera llamando a las cumbres de la burocracia a un conjunto de burócratas de cuello blanquísimo, casi londinenses aunque obesos, que desde luego se revelan incapaces de criar un pollo o un cerdo, que emprenden reformas jurídicas y financieras que perjudican monstruosamente a todos excepto a ellos mismos, que enfrentan como si fuera una coyuntura la ruina del centro de toda economía contemporánea: el sistema energético nacional.

El lado civil del Mayimbato está lejos de mejorar al militar. Alardeando de inteligentes, su fracaso es mayor. Y aún tendríamos que considerar el lado floral de esta nomenclatura: los culturosos. Quisieran haber sido militares pero les sobraba suavidad. Y están faltos de talento para hacer obra de belleza y de servicio social, como los grandes de la creación cubana de los difíciles tiempos anteriores.

Acaban castigando brutalmente a las mujeres que le citan a Martí, que no tienen confusiones ideológicas, que saben que las tradiciones nacionales, como decía el doctor Castro en el programa Ante la prensa de la televisión en 1959, son incompatibles con el marxismo, el sovietismo y la dictadura. La gente fisna y curta del Mayimbato sale ahora en la televisión a partirle la cara a cualquiera.

Diferencias entre las Nomenclaturas y el Mayimbato

Las radicales diferencias entre las Nomenclaturas y el Mayimbato nos autorizan a dudar de que tendremos aquí una evolución similar a las de aquellas. Que por demás engendraron también los despotismos ruso o chino, ahora empeñados en una antigua tarea, ay siempre incumplida, de las Nomenclaturas: derrotar a Occidente y dominar el mundo.

Aquellas fueron revoluciones desde arriba, para los de arriba, que nunca renuncian al estilo de arriba. Los de arriba, aquí, están encantados con su estilo de absoluta y violenta soberbia. Ningún atropello les espanta, ninguna mentira los detiene.

Aunque la realidad suele dar sorpresas, y de hecho el hermetismo de los mayimbes nos impide saber qué piensan algunos de sus miembros, la aparición de un líder reformador o democrático se me antoja ilusoria. Debe haber sectores del Mayimbato que anhelan meterse a capitalistas, y siguen esperando con malicia, callados y pusilánimes.

Panorama de depravación y decadencia

Por otro lado, ciertos voceros menores proclaman un rechazo de la vía china, rusa o, peor, vietnamita. Dicen lo que sus jefes evitan decir, porque necesitan fingir con chinos y rusos.

Están identificados con este despotismo caribeño tal como es y como quieren que siga siendo, anclados en el vicio cubiche, y universal, del macho alfa, único que puede gobernar a un pueblo holgazán, indisciplinado y cobarde, y que ha de dominarlo mediante el engaño, el terror y el abuso.

Hay una enorme cantidad de gente floja y mediocre, repleta de aspiraciones al señorío, luchando por botellas y privilegios o que ya se instaló en esas bendiciones, que está dispuesta a arrodillarse ante cualquiera y a practicar el mal sin escrúpulos.

Frente a este panorama de depravación y decadencia, el pueblo llano grita en las calles y es reprimido una y otra vez con inmoral éxito, pero puede estar creando con ese unánime dolor, y Dios me oiga, la salida divina: la democracia desde abajo, como no se logró en ningún país socialista: el pueblo que recupera la realidad de su soberanía frente a los déspotas, sean los que sean, los de ahora y los que se atrevan en el futuro, y los liquida para siempre.


*Tomado de Arbol Invertido