Monday, August 13, 2018

Refranes, frases y citas


Por Alejandro González Acosta

En el caso mexicano en específico, quizá por encima de todos los errores y pecados (corrupción, ineficiencia, desmoralización, torpeza) el principal error del presidente Enrique Peña Nieto fue la incapacidad absoluta de él y su equipo, para establecer una política comunicacional adecuada y efectiva. De nada valieron las reformas estructurales y buenos actos de gobierno (que los hubo) si no se supieron difundir, explicar o respaldar. Aplica aquí el refrán mexicano: “La gallina no sólo debe poner huevos, tiene que cacarearlos”. El gobierno vivió de espaldas a lo que sucedía en las redes, que fueron como un volcán preparando la erupción, igual que los desprevenidos pompeyanos vieron una creciente columna de humo en el Vesubio sin tomar precauciones.
Fue una incompetencia colosal, casi criminal, la de Peña junto con su equipo, para difundir las bondades y logros de su gobierno, hoy ninguneados miope y egoístamente. Ya con el árbol caído, todos harán leña de él y levantarán la pira, negando absolutamente cualquier mérito o servicio, y resaltando solamente los vicios y errores, que también los hubo y muchos. Sólo ahora, con el bien enajenado, sabremos apreciar lo que se perdió. Nadie le “robó la inocencia a los ciudadanos” a través del internet: hace rato ya la tenían perdida. Las redes antisociales fueron el medio perfecto para reconocerse, comunicarse, coludirse y organizarse, de los hasta entonces miembros dispersos de esa “corte de los milagros”, canallesca y resentida, quienes carecían hasta ese momento del vehículo idóneo para formar un movimiento.
Desde el poder le pusieron la mesa cómodamente a los adversarios: con el candidato del partido en el gobierno, José Antonio Meade Kuribreña, ocurrió lo mismo que se dijo en su tiempo del Cid Campeador: “¡Qué gran vasallo sería si tuviese buen señor!”; a pesar de sus muchas cualidades personales y profesionales, no logró desprenderse de la reprobación que colmaba a los ciudadanos por varios sexenios y en especial del más reciente, que más allá de sus yerros y limitaciones evidentes, innegables y hasta groseros, ofreció una imagen de corrupción total, aunque para muchos esto fue exagerado, pero resultó precisamente aquello que alertó Marco Tulio Cicerón: “La mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo”. Sin duda alguna Meade era (es) de los tres candidatos (o cuatro, si aceptamos a “El Bronco”, producto del folkloreregional, quien sin embargo logró un sorprendente 5% de la votación con poco menos de tres millones de votos), el más preparado para encabezar un país que se enfrenta ahora a una extremadamente compleja relación nacional e internacional. Pero los pueblos suelen elegir a los menos indicados, y luego no sólo pagan sus consecuencias, sino que se quejan de ello.
Tampoco ayudaron muchas de las organizaciones no gubernamentales, más bien anti-gubernamentales, que se dedicaron a solapar delincuentes, socavar los cimientos sociales y atacar incansable y arteramente un Estado en situación de desconcierto, empeñado en hacer necia y limpiamente un juego democrático. El gobierno mexicano quiso emplear armas legales, contra el puñal, el veneno y el lazo traicionero. Además de los muchos propios, al gobierno le adjudicaron hasta los crímenes ajenos, como el de la matanza de los estudiantes normalistas rurales de Ayotzinapa, resultado del enfrentamiento de dos carteles del narcotráfico. Y le ocurrió a esa democracia indefensa (sustituta de aquella “dictadura perfecta”), lo que al esclavo nubio en el Coliseo romano, enterrado en la arena hasta el cuello, cuando al acercarse el feroz león hambriento sólo atinó a morderle apenas una pata: “¡Pelea limpio!” le gritó desde las gradas un enfurecido populacho que quería ver sangre ya.
Es una opinión bastante generalizada que a los mal llamados y peor entendidos Derechos Humanos también les corresponde una gran parte de responsabilidad, y algún día tendrán que dar cuenta de ello ante los ciudadanos y ante la historia. Lejos de defender a los ciudadanos agredidos, en muchos, demasiados casos, protegieron a los delincuentes, propiciando una impunidad a la que también abonaron muchos miembros del poder judicial, todavía dudo si ignorantes o vendidos, protegiendo, tolerando y multiplicando la espantosa criminalidad que hoy padece México. Espero ahora que con el nuevo gobierno elegido, al menos se aminore, regule o impida su desempeño igualmente vitriólico y corrosivo, pues la completa ruina republicana ya será de su entera responsabilidad. Por todo lo anterior debe entenderse que una muchedumbre desesperada e indefensa, optó en su pánico justificado por la peor opción, pero fue la que mejor se le vendió por los medios: la mercadotecnia política triunfó sobre el civismo y la sensata responsabilidad ciudadana.
Pero algo verdaderamente sorprendente y nunca antes visto fue que, en estas elecciones, contra todos los usos y costumbres, la izquierda (bueno, eso que se autodenomina “izquierda”) acudió en bloque cerrado y heterogéneo, y en cambio, la derecha (eso que en México tildan de “derecha”, pero que realmente no existe; es más bien un centro vergonzante y ambivalente), concurrió a los comicios ofreciendo un lamentable espectáculo de división, inquina, mezquindades, apetitos voraces y miopías suicidas. Fue el mundo al revés, que ni Bajtin pudo soñar.
El astuto AMLO vio todo esto con justificada satisfacción y se frotó gozosamente las manos, aplicando el viejo aforismo de El arte de la guerra de Sun Tzu: “Cuando veas a tus enemigos cometer errores y pelear entre ellos, no los distraigas”.
Dos países tan diferentes como Estados Unidos y México, sin embargo, y por curiosa paradoja, han elegido dos presidentes sumamente parecidos. Ambos son personajes que viven en el conflicto: la tormenta es su elemento y razón de ser.  Los dos fueron elevados por un malestar generalizado contra el status quo, y sobre todo contra los partidos políticos y sus operadores tradicionales. Comparten una decidida y antigua vocación por el poder, y la persistencia y perseverancia son sus rasgos fundamentales. Tienen olfato y músculo y, por tanto, el enfrentamiento entre ellos es inevitable, a pesar de las corteses cartas cruzadas que son más bien una finta de espadas ante un duelo cercano. Son demasiado parecidos para complementarse y, se sabe, dos narizones no se pueden besar. Además, sus mismos electores así se lo reclaman a ellos. Sólo hay que esperar el choque. Ante este panorama, las benditas redes sociales mexicanas podrán tener un nuevo empleo, movilizando una oleada de nacionalismo y reivindicaciones históricas.

[Continuará]

Sunday, August 12, 2018

La Bomba F


Por Alejandro González Acosta

Pero ya con las tecnologías más modernas, se acrecentó el carácter revolucionario tanto del mensaje como del medio. En 1979 triunfaba la revolución iraní del ayatolá Jomeini derrocando a Mohamed Reza Pahlevi, Sha de Irán, enviando con mensajeros de confianza numerosos casetes grabados con encendidas arengas religiosas, desde un pueblo francés donde pasaba su exilio: fue por ello llamada precisamente la revolución de los casetes. Nada hacía suponer a la empresa Philips que cuando lanzó al mercado su invento en 1962, el mismo serviría además para derrocar un imperio de dos mil quinientos años.
En fecha más cercana (2010-2013), el mundo asombrado contempló el rápido reguero de pólvora encendida que atravesó varios países musulmanes, desde Marruecos a Egipto, pasando por Libia, conocido como la “primavera árabe”, pues las imágenes de un autoinmolado vendedor callejero, un bonzo tunecino, distribuidas por Facebook, reventó un levantamiento general que metió en la cárcel a un anciano dictador y empaló públicamente a otro. Ese estallido fue el resultado de la nueva dinamita social de Facebook, la Bomba F.
Esto fue sólo en los países de Musulmania, y no se contagió al Caribe, pues la única primaveraque ha llegado a Cuba es la Negra, pero ya sabemos que en esa isla hay “un eterno verano” ... O, como decía el maestro Don Raimundo Lazo: “En Cuba sólo hay dos estaciones: el verano ... y la Estación de Ferrocarriles”: nada, nadita de primavera, y de invierno, menos.
Es un hecho admitido que el triunfo electoral de Barack Obama se atribuyó en gran parte a su empleo eficaz y certero del Facebook, con éxito semejante al que tuvo cincuenta años antes otro presidente de su mismo partido, John F. Kennedy, cuando derrotó ante la nación a un sudoroso y mal afeitado Richard Nixon, en el primer debate presidencial televisado.
No mucho tiempo después de Kennedy, el General Charles De Gaulle también empleó acertadamente la televisión para controlar los disturbios de 1968, en una Francia profundamente convulsionada.
El actual presidente norteamericano es temido por su carácter explosivo y por su obsesivo manejo del Twitter a cualquier hora, que al parecer opera personalmente, con todo lo que eso implica. Quizá a veces eche de menos su teléfono, más que a su bella y elegante esposa, en el amplio tálamo de la recámara presidencial de la Casa Blanca. Una amiga hermosa y sabia me confesó alguna vez que si una mujer quería realmente enloquecer a un hombre en la cama debía… esconderle el control remoto. Sospecho que si Melanie quiere exasperar a su distinguido conyugue bastará con que le oculte el celular. O la Tablet.
Quizá algún día se exhiba en el Smithsonian, junto a la chistera de Lincoln y la dentadura postiza de Washington, el Smart Phone de Trump.
En los Estados Unidos, mensaje y medio están en sus mismos orígenes: fue el jinete Paul Revere quien atravesó en veloz caballo la distancia desde Boston hasta un expectante Concord, alertando a todos con el grito “¡ya vienen los ingleses!”, convirtiéndose así en el símbolo del servicio postal estadunidense.
Si el medio es el mensaje según dijo el ballestero canadiense Marshall McLuhan (Understanding Media, 1964), ahora ya en este mundo globalizado de la cultura del espectáculo, así bautizada por Vargas Llosa, el medio es en sí mismo, todo el mensaje. A la Galaxia Gutenberg sucedió la Galaxia Marconi y hoy vamos viendo ya la consolidación universal de una nueva Galaxia que quizá ya deberemos llamar Berners-Lee (por Sir Timothy “Tim” John Berners-Lee, considerado “el padre de la web”). Se han cumplido perfectamente las dos premisas del canadiense: si “somos lo que vemos”, esto nos lleva a que “formamos nuestras herramientas y luego estas nos forman a nosotros”. Hoy somos biznietos del telégrafo y la radio, nietos de la televisión, e hijos del internet, que, aunque invenciones humanas, finalmente nos han formado a su imagen y semejanza.
El viejo grafiti, el añejo panfletoy el moderno twitter, comparten algunos rasgos: su consumo morbosamente masivo e instantáneo, su carácter perversamente maledicente, y el cobarde anonimato de su emisor, que garantiza su impunidad. Eso es bueno y malo a la vez. Además, las redes fueron el medio idóneo, perfecto, barato e impune, para que se identificaran entre sí elementos nocivos dispersos en el entramado social, e intercambiaran opiniones, trazaran planes y unieran sus fuerzas. Por eso países como Rusia, China, Cuba y Viet Nam tienen tanto cuidado en controlarlas y vigilarlas, pues saben muy bien el desmande que pueden provocar. Ahí no se consideran “benditas” sino las malditas redes sociales.

[Continuará]

Thursday, August 9, 2018

Batalla de ideas en México


Por Alejandro González Acosta

Al agradecer en el Zócalo capitalino a sus aliados y colaboradores el triunfo alcanzado en las elecciones mexicanas del 1 de julio pasado, Andrés Manuel López Obrador fue elocuente y rotundo al mencionar con un adjetivo enaltecedor a uno de los principales: “¡las benditas redes sociales!”
No exageró. En realidad, quizá el cómplice más activo, constante y decidido de toda su dilatada campaña estuvo en ese entramado virtual pero omnipresente, que formó lo que podría describirse como el ardiente campo virtual de una “batalla de las ideas”.
Aunque basta sumergirse en las mismas para comprobar que más que “ideas” y “propuestas”, las redes sociales a su favor repitieron consignas, distribuyeron abundantemente insultos, descalificaciones e infundios, y crearon una tormenta de lodo y excrementos. Eso ha sido lo normal en estos competidos comicios mexicanos, pero tampoco dista mucho del panorama mundial.
Si examinamos el “programa de gobierno” de AMLO que las redes han repetido hasta la saciedad, podremos comprobar que es una suma de ocurrencias y buenos propósitos, de difícil si no imposible cumplimiento, sobre el cual los hechos dirán al final la última palabra. Ahora comienza un progresivo desencanto sobre el publicitado programa, que ya tropieza con un primer y gran obstáculo: la dura, necia e impertinente realidad.
Ahora, después de la arrolladora victoria, las redes amloistas han quedado casi mudas, muy lejos de la febril actividad de los últimos meses –años- y se mantienen en reserva, esperando volver a ser requeridas como la primera trinchera de combate, las Sturmtruppen tecnológicas. Es el paisaje después de la batalla.
De haber tenido esas “benditas redes”, Lenin hubiera brincado de alegría, pues su convocatoria de asalto al Palacio de Invierno desde el femenino Instituto Smolny, habría sido un asunto de un par de horas, reduciendo a menos de la mitad aquellos famosos “diez días que conmovieron al mundo”: el reportaje de John Reed habría quedado en un par de jornadas. Y, por otro lado, me invade la imagen que, de haber contado con las computadoras y esas “benditas redes”, un monarca tan dedicado como el autócrata español Felipe II, quien despachaba personal y puntualmente cada asunto de su enorme imperio, habría mudado su habitual taciturno semblante por el gesto de una gran satisfacción.
A pesar de la novedad tecnológica, nada de esto es nuevo: los famosos mensajes insultantes de Facebook, Twitter y otros canales virtuales, son los herederos de aquellos antiguos libelos infamantes y procaces grafitis que forman una parte íntima de la historia cultural de la civilización. El ser humano, siempre proclive al agravio y la ofensa, ahora cuenta con esa magnífica impunidad del anonimato que hoy brindan ampliamente las “redes sociales”. Pero si buscamos lo suficiente en el pasado, sólo se trata de un antiguo género literario, que con la aparición de la imprenta terminó por conocerse como libelo, en la prosa, y como epigrama en la poesía. Aunque actualmente, por la rudeza de los tiempos que corren, no hay duda que predomina abrumadoramente la prosa sobre la poesía.
Insultar, agredir, degradar, falsear, mentir y perturbar, son en gran parte los signos de las redes sociales contemporáneas, como ayer lo fueron también los anónimos vitriólicos en las paredes de los templos egipcios (hasta en el sagrado Valle de los Reyes), en la antigua Grecia (en Atenas, la sal ática alcanzó niveles superiores, en comediógrafos como Aristófanes y Menandro, después emulada por los latinos Plauto y Terencio), en los lupanares de Pompeya, en los mingitorios de la Roma imperial… Dicen los cronistas que la sepulcral Vía Apia era una dilatada y densa exposición de grafitis injuriosos. Horacio, Persio, Juvenal, Lucilio y Varrón, le dieron categoría de género literario a la sátira.
En la Italia renacentista, eran famosos los carteles infamantes que aparecían en los muros de los palacios venecianos, florentinos y romanos. Y hubo autores que alcanzaron fama europea por su talento en la difamación y la injuria, como Pietro Aretino y Giovanni Bocaccio. Generalmente, el oficio de epigramista fue una ocupación mercenaria, igual que para muchos feisbukeros y tuiteros de hoy: Aretino recibía grandes sumas de dinero para que afilara sus dardos ponzoñosos, y también otros le pagaban generosamente para que no escribiera sobre ellos. Por cierto, irónicamente, hace apenas unos años (2010), Aretino alcanzó el pináculo de su fama al ser censurado nada menos que en Cuba por la revista UNIÓN (No. 69), debido a la atropellada decisión de una asombrosamente pudibunda Nancy Morejón. Por cierto, ¿se ruborizará ella?
En la España de los Austrias eran muy temidas las covachuelas de los mal pensados y peor hablados parroquianos de los “mentideros” de la Plaza Mayor de la Villa del Oso y el Madroño. En la cercana corte palaciega cruzaban sus lenguas como espadas (mucho antes de Luis Cernuda, pero ya después de los Salmos bíblicos) de fino y buido acero toledano, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, donde terciaban tanto el cura fray Félix Lope de Vega y Carpio como el viejo soldado manco Miguel de Cervantes, con general aplauso y regocijo.
En la América colonial competían parejamente con la metrópoli en este tema de los epigramas y fábulas licenciosas. En los amarillentos legajos del Archivo General de la Nación de México aparecen numerosos procesos contra injuriadores, heréticos y blasfemos, y fueron famosos por su esencia mordaz “El muerdequedito” (1714), del poblano Juan de la Villa y Sánchez, espléndidamente editado por mi amigo Arnulfo Herrera Curiel (Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2016; en colaboración con Flora Elena Sánchez Arreola); y “El Chuchumbé” (1766), que combinaba música sensual y baile erótico con letra procaz, algo así como un reguetón novohispano, rijoso y jarocho, sobre el cual publicó un magnífico estudio (1987) mi viejo maestro ya fallecido George Baudot, junto con María Águeda Méndez .
El siglo XIX fue abundante en epigramas y panfletos. A tal extremo, que todos los periodistas y escritores tomaban clases de esgrima, pues debían estar bien preparados para enfrentar un duelo si ofendían algún honor lastimado. Ireneo Paz, abuelo de Octavio Paz, tuvo que visitar varias veces el campo del honor para defender sus ideas, y así llegó a ser un excelente tirador y temido espadachín. En Francia murió en un confuso duelo por causa de una ofensa a un miembro del clan Bonaparte, el joven periodista Víctor Noir, cuya escultura yacente hoy en el parisino Cementerio de Père Lachaise es símbolo no tanto de honor ni de destreza militar, sino de portentosa virilidad, poseedor de “la entrepierna más famosa del mundo” … al que le ha dedicado una bella y pícara alusión mi querida amiga la gran novelista Zoé Valdés en su Café Nostalgia. Muchas hembras ansiosas van a visitar su sepulcro, y tienen muy bien pulida, casi hasta el desgaste, su notable protuberancia.
En el Madrid de Isabel II, cuando los tiempos previos y posteriores a “La Gloriosa”, la revolución de 1868 que impulsó la Primera República Española, circularon formidables libelos mucho antes de los feroces ataques de las hoy llamadas “redes sociales” (insociales o antisociales, diría yo mejor). El conjunto de láminas pornográficas tituladas con textos explicativos Los Borbones en pelota, fueron atribuidas nada menos que al dulce poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer y su hermano Valeriano, magnífico ilustrador.  Al parecer, el sevillano aplicó su grácil pluma, espantando las golondrinas de su balcón y sin mirar los poéticos ojos azules, para escribir con picante pormenor sobre la vida sexual de la familia reinante española, especialmente de Isabel II, conocida como “La Pepona” en ciertos círculos de su época. Eso no le impidió a Bécquer derramar su influencia en numerosos autores hispanoamericanos, como José Martí –según ha estudiado muy bien mi gran amigo fraternal Ángel Esteban, aragonés cubanizado (por la mejor de las vías) y Catedrático en la Universidad de Granada.
Hoy ya no hay dudas que Su Majestad Alfonso XIII, el digno nieto de Isabel II, fue productor de documentales pornográficos, que encargó al Conde de Romanones, para su sano entretenimiento y solaz. Y su misma abuela, casada con un primo afeminado, mandó ilustrar de forma muy explícita para su consumo privado una edición especial del Decamerón, obra que han reeditado primorosamente mis amigos editores de lujo Beatriz Urrizola y Juan José Izquierdo, de Líber Ediciones en Pamplona, con espléndidas ilustraciones de Celedonio Perellón.
Las ondas del éter también han sido terreno propicio para la diatriba y la injuria, con el propósito de manipular la sensibilidad y el entendimiento, como antecedentes de las “redes sociales” contemporáneas: durante la Segunda Guerra Mundial la radio japonesa fue especialmente efectiva para desmoralizar a los contrincantes, con sus venenosas emisiones de las varias “Rosa de Tokyo”, a través de The Zero Hour; y en los campos europeos los alemanes también atacaron con la pegajosa canción Lili Marleen, que circuló primero como poema en las trincheras de La Gran Guerra (que después tuvo pronto relevo para terminar nombrada como Primera Guerra Mundial), y luego, en 1939 como canción de batallaen la Segunda. Sucedió entonces el asombroso fenómeno que lo mismo la transmitía la radio nazi desde Radio Belgrado, que la BBC desde Londres, y también acompañó a los héroes aliados en el Desembarco por Normandía el Día D.
Todavía en los años 90 del siglo pasado circularon en México varios impresos anónimos muy hirientes y agresivos, que algunos malpensados informados achacamos a quien era entonces el mejor especialista y coleccionista de folletos y panfletos, profundo conocedor del mundo cultural y sus intrigas, vicios y pecados.
En la Cuba de alrededor de 1980, fueron famosos al menos en un círculo íntimo aquellos epigramas candentes como cantáridas de fuego, que bautizó como “Epitafios” el tempranamente malogrado Luis Rogelio Nogueras.
Desde muy antigua fecha, los medios han influido decisivamente en los acontecimientos históricos. La imprenta de Gutenberg ocasionó el derrumbe del mundo medieval; el periódico fue un poderoso impulsor de revoluciones, como la de las Trece Colonias (1776) y la Francesa (1789).


[Continuará]

Wednesday, August 8, 2018

Lógica y azúcar

En las próximas semanas reproduciremos una serie de artículos de tono humorístico que bajo el pseudónimo de Enrisco nuestro colega y miembro de la Academia Enrique Del Risco viene publicando en la revista mensual "Nuestra Voz" sobre la presencia cubana en Nueva York a lo largo de la Historia:

Lógica y azúcar

Por Enrisco

La lógica, como ciertos equipos deportivos, funciona casi siempre excepto cuando más lo esperamos. Como las consecuencias comerciales de las guerras de independencia en Hispanoamérica. En ellas la lógica se comportó con una eficacia digna de los Indios de Cleveland, que no ganan una serie mundial desde 1948. Pues con Hispanoamérica igual. Cuando la mayoría de las antiguas colonias se liberaron del yugo español fue la gran oportunidad comercial… para los únicos dos territorios que habían quedado bajo el dominio de la Madre Patria, que es como les gusta llamarle a los que no viven en ella. Y estas dos colonias eran las islas de Cuba y Puerto Rico.


Francisco de Arango y Parreño, prominente abogado, economista y político cubano del siglo XIX.

Resulta que en 1816 Francisco de Arango y Parreño, esforzado reformista cubano, fue nombrado por la corona española ministro del Supremo Consejo de Indias y de la Junta Real para la Pacificación de las Américas. Entre este y el ministro de Hacienda de la colonia de Cuba, andaban preocupados porque la isla se sumara a la moda de hacerse independiente que recorría a todo el continente. Así que consiguieron que se aprobara el importante decreto real del 18 de febrero de 1818. A partir de este decreto se le permitía comerciar libremente con todos los mercados extranjeros, algo que hasta entonces les estaba prohibido a todas las colonias españolas en América.
De manera que mientras en el resto de Hispanoamérica se dedicaban primero a liberarse de España y luego a recuperarse de las pérdidas de la guerra, los hacendados cubanos y puertorriqueños se esforzaban en producir toda la azúcar posible (gracias a la no muy voluntaria contribución de esclavos importados desde África) para vendérsela a Estados Unidos, el mercado más rentable que tenían a mano.
Así fue como Nueva York resultó el principal destino del azúcar cubano y puertorriqueño. La primacía de Nueva York no es casual. En 1817 había establecido una línea marítima directa con Liverpool y ocho años más tarde se inauguró un canal que conectaba el río Hudson con los Grandes Lagos convirtiendo a Nueva York en el principal punto de exportación del trigo norteamericano que se producía en el Medio Oeste. Los barcos que llegaban con azúcar desde el Caribe confiaban en regresar cargados de harina de trigo o importaciones inglesas. De modo que, además del azúcar antillana, Nueva York fue el destino de los cueros argentinos, el café brasileño y la mierda peruana. O mejor dicho, mierda de aves peruanas, más conocida como guano y que —por su calidad como fertilizante— se pagaba como si fuera defecada por la gallina de los huevos de oro.
Pero nada rivalizaba —ni siquiera la mierda de gallina de los huevos de oro— con el volumen y el valor de las importaciones de azúcar desde Cuba y Puerto Rico. Ya para 1860 la mitad de las caries norteamericanas tenían origen caribeño y los dentistas norteamericanos cada mañana dirigían sus rezos a las Antillas españolas. Y Williamsburg antes de ser la mayor productora de hipsters por metro cuadrado del país fue el centro de la producción mundial de azúcar refino. Ya en 1807 los hermanos alemanes Frederick y William Havemeyer habían establecido las primeras refinerías en Manhattan, y para 1857 sus descendientes establecieron una gigantesca fábrica en Williamsburg que convirtió a los Havemeyer en los Rockefeller del azúcar, con la diferencia de que un Havemeyer se hizo con la alcaldía de Nueva York más de cien años antes de que un Rockefeller llegara a gobernador del estado.


La histórica refinería Domino de Williamsburg. (Wikimedia Commons)

Pero el azúcar no llegó sola. Con ella desde Cuba también llegaban la mitad de los puros que se consumían en el país (ganándose con ello la devoción de especialistas en enfermedades pulmonares) y el mayor renglón de exportación de la isla en los últimos doscientos años: los exiliados. Que siendo tantos y tan variados mejor hablamos de algunos de ellos en las próximas entregas.
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Thursday, August 2, 2018

Semblanza de Orestes Ferrara

Por Hugo J. Byrne

“No hay en la bárbara guerra, del mundo más que un consuelo, las estrellas en el cielo y las niñas en la tierra.” 
(Estrofas iniciales de un poema de José Martí dedicado a la niña María Luisa Sánchez, futura esposa del Coronel Ferrara).

La historia contemporánea no es prolífica en individuos que se entregaran voluntariamente a la causa de la libertad de pueblos extranjeros.  Entre los pocos del siglo XIX se destacan algunos nombres como Lord Byron, Giuseppe Garibaldi y Máximo Gómez.  La historia confirió en algunos de ellos dos nacionalidades, como es el caso del último mencionado.   Gómez era dominicano por nacimiento y cubano por vocación y voluntad.  Él mismo lo aclaró afirmando: “Soy cubano y dominicano y es por eso que no puedo ser presidente de ninguno de los dos países”.  

Nadie pone en duda que al inaugurarse la República en 1902, la presidencia de Cuba hubiera sido del jefe supremo del Ejército Libertador, de haber éste aspirado a ella.  La Constitución de 1901 establecía que un extranjero podía ocupar la primera magistratura si cumplía una sola condición: la de haber combatido durante diez años en las guerras por la independencia de Cuba.   Los únicos veteranos en esa categoría eran Gómez y el General Carlos Roloff, quien no se acercaba al prestigio nacional o a la inmensa popularidad del primero. 

No cabe duda que la lealtad de Gómez a los ideales que lo impulsaron a la monumental tarea que culminara con la independencia, nunca se dividió.  Se sabía caudillo de guerra y sólo para la guerra, y ella la libró en nombre de esos ideales, ausentes de ambiciones de mando una vez alcanzada la libertad. 

Entre las pocas figuras históricas que tuvieran la rara oportunidad de escoger una entre dos nacionalidades en el ocaso de sus vidas, se destaca otro nombre de prosapia mambisa: Orestes Ferrara y Marino (1876-1972). Quizás el hombre público más influyente de la primera etapa republicana de Cuba (1902-1933), Ferrara era oriundo de la ciudad portuaria de Nápoles, Italia, siendo sus padres Vincenzo Ferrara y Annunciacione Marino. Vincenzo había luchado junto a Garibaldi, lo que no le impidió a Orestes ser el vástago de una familia prestigiosa y pudiente.  Orestes cursó sus primeros estudios en Génova.

Aunque sin pruebas precisas deduzco que Ferrara era más alto que el promedio de los hombres de su generación, especialmente entre los europeos meridionales. En cuantas fotos lo he visto en compañía de otros, el Coronel mambí sobrepasa en estatura al resto.   

Ferrara inició estudios de derecho en la Universidad de Nápoles, pero su inquieto temperamento y pasión por la libertad exigían actividades que no podía brindarle la sosegada vida académica.   La inquietud popular en la cercana Creta estaba al rojo vivo, y Ferrara demostraba gran interés en apoyar a los nacionalistas griegos en su lucha denodada por liberarse de la coyunda turca.  

Después de algún tiempo y ciertas desilusiones, su espíritu rebelde decidió buscar gloria surcando mares aún más lejanos, para ofrecer su brazo a otro pueblo heroico que  luchaba contra la última colonia española del Continente Americano. Para concretar su generoso propósito Ferrara se trasladó a Paris, recabando la ayuda del Doctor Emeterio Betances.  

Este galeno boricua, veía su hermosa tierra natal como una extensión ultramarina de Cuba, a cuyo destino la consideraba estrechamente unida por sangre y cultura. Betances era el representante en Francia de la Junta Revolucionaria Cubana.

Fue Betances quien facilitara a Ferrara, junto a otro napolitano llamado Gugliemo Petriccione, el cruce del Atlántico hasta Nueva York.  Una vez en territorio americano Ferrara y su amigo se dirigieron a Tampa, en aquel entonces un hervidero de insurrección cubana.  En Ibor City Ferrara conocería a María Luisa Sánchez, hija de un matrimonio cubano que había emigrado al oeste de Florida por convicciones separatistas y quien eventualmente desposaría al napolitano devenido en mambí.

En octubre de 1897 Ferrara y Petriccione navegaron a Cuba en el remolcador “Dauntless”, timoneado por el ya famosísimo capitán “Dinamita” Johnny O’Brian, en la sexta travesía en que este último burlara el asedio mortal de las cañoneras españolas.  O’Brian, por cuya cabeza Weyler ofrecía una jugosa recompensa, desembarcó sin problemas en la costa norte cubana.  

La casa del “filibustero” O’Brian en New York siempre estaba vigilada por agentes de la Compañía Pinkerton, en la nómina de Madrid.  Pero siempre a una prudente distancia.  La esposa de “Dinamita” no vacilaba en escaldarlos, derramándoles cubos de agua hirviendo si se acercaban más de lo debido.

Integrado como soldado raso a las huestes del General Calixto García, desde el primer momento Ferrara se destacó en el combate por su determinación e inteligencia.  Bajo las órdenes de García, Ferrara tomó parte en la toma de Santa Cruz del Sur y en el asedio de Victoria de las Tunas, la segunda ciudad más fortificada de Oriente. Tunas También capitularía después de tres días de lucha, ablandada por los cañones insurrectos que comandaba otro distinguido voluntario extranjero: Frederick Funston.

Ascendido a Teniente Coronel y en parte para recompensar sus deseos, Ferrara fue enviado al campamento del Generalísimo Máximo Gómez, para lo cual se vio en la necesidad de atravesar la notoria trocha de Júcaro a Morón.  En esta difícil travesía fue donde más se hiciera patente su fe en los destinos de la guerra y su confianza en sí mismo.  Durante ese trayecto Ferrara enfermó gravemente.

Para su suerte tenía como compañero de aventura otro oficial de nombre Aurelio Sonville, quien compensaba su frágil físico con una voluntad de acero.  Carentes de mapas o de un “práctico”, Sonville y Ferrara estuvieron perdidos en varias ocasiones.  Pasaron hambre y exposición a los elementos, siendo su mayor preocupación las columnas enemigas que peinaban los senderos, forzándolos a caminar entre las entonces vírgenes malezas de Cuba. Negociar matorrales frondosos sin hacer ruido es de por sí una labor muy ardua.

Pero hacerlo mientras los soldados coloniales lo buscaban por todas partes y cuando sus vacilantes piernas apenas resistían los estragos de la fiebre, elevan los esfuerzos de Ferrara a nivel heroico.  Ferrara y su compañero se tenían que postrar varias horas a pleno día.  

Después de atravesar los alambres de púas de La Trocha, los desgarrones en las ropas y las múltiples heridas en la piel los hacían lucir como pordioseros más que insurrectos. Los mosquitos y otros insectos los devoraban noche y día. Incluso se vieron forzados a vadear un gran lodazal del que Ferrara emergiera descalzo.

Una mañana les sorprendió la visita de un palurdo muy hablador, quien afirmaba venir del Campamento de Gómez, ser curandero y querer hacer algo por Ferrara.  Sin aportar ningún beneficio facultativo, el charlatán al menos entretenía al enfermo con su conversación absurda e interminable.  Ante la sonrisa de Ferrara el curandero diagnosticó su mal: los italianos “cantan constantemente y eso les infecta la garganta”.

Al final llegaron al campamento del General en Jefe.  Tanto Ferrara como Frederick Funston, en sus respectivas memorias, describieron certeramente la personalidad severa y agresiva de Gómez.  Desde su arribo supo Ferrara del Consejo de Guerra Sumarísimo al General Bermúdez y llegó a tiempo para presenciar su ejecución, en la que el propio Gómez se vio forzado a dirigir la escuadra.  En breve tiempo Ferrara pasó a formar parte del Estado Mayor de Gómez.

Las acciones de guerra en que Ferrara se involucró a las órdenes del Generalísimo fueron todas breves y vertiginosas.  Gómez era un artista de la escaramuza y la retirada.  Nunca pudo ser acorralado a pesar de acampar y combatir siempre dentro de la misma zona, kilómetros más o menos. El líder insurrecto desarrolló la más efectiva guerrilla de su tiempo.  Era el mismo juego de gato y ratón que había usado el “viejo” con espectacular éxito en el otoño de 1895.  A pesar de que tanto Weyler como Martínez Campos eran buenos guerreros (aunque muy distintos en otros aspectos), nunca pudieron tomar la medida del veterano guerrillero: se enfrentaban con Gómez y este pertenecía a una clase por sí sólo.

El último caudillo insurrecto bajo cuyas órdenes sirviera Ferrara y con quien mantuviera una duradera alianza política una vez establecida la República fue el General José Miguel Gómez, jefe de los alzados en Las Villas y futuro presidente de Cuba.  Con José Miguel, Ferrara participó en los combates del Jíbaro y Arrollo Blanco, después de desatada la guerra entre Madrid y Washington. Al finalizar la contienda Ferrara ostentaba el grado de Coronel.

Una lista de todas las funciones que Orestes Ferrara desempeñara en Cuba tras el fin del régimen colonial haría esta reseña interminable. Por eso me limitaré a las que considero principales.  La primera de esas fue durante la intervención norteamericana de 1898 a 1902: en 1901 el General Wood lo nombró Gobernador Interino de Santa Clara. 

Graduado en la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana y al poco tiempo Profesor de la misma disciplina en esa bicentenaria institución educativa, Ferrara fue periodista insigne y editor del primer periódico nacional de gran circulación: “El Heraldo de Cuba”. Fue Representante por Las Villas, Presidente de la Cámara, Embajador en Washington y Presidente del Consejo de Ministros durante el gobierno de Gerardo Machado.  Se cuenta entre los más destacados intelectuales de Cuba en todos los tiempos.  

A partir de agosto de 1933 vivió la mayor parte de su larga vida fuera del país.  La producción literaria de Ferrara durante esa época fue tan extensa como formidable. “El Papa Borgia” se considera la mejor biografía del Pontífice Alejandro VI hasta la fecha.

A fines de la década de los treinta, Ferrara brindó a Cuba la que estimo su mejor contribución: su trabajo en la Convención Constituyente a la Carta Fundamental de 1940, que, con todas sus evidentes lagunas, errores y fantasías, fuera adoptada libremente por el pueblo. Fue electo como constituyente representando a Las Villas, su vieja base política.

Esa última obra en pro de la patria adoptiva terminó abruptamente cuando un cobarde atentado contra su vida sólo lograra matar a su chofer.  Deseando terminar sus días en paz tras haber arriesgado tanto y tantas veces por Cuba, Orestes Ferrara optó por su exilio postrero.  Los asesinos nunca fueron identificados. Empero, no tengo dudas que representaban la  misma facción criminal que hoy rige Cuba.  El viejo insurrecto regresaría muy brevemente en 1955 y sus observaciones de esa visita merecen un análisis separado, que no compete a este trabajo.     

De Ferrara hay casi tantas anécdotas como de Francisco de Quevedo y por eso prefiero omitirlas todas, pues podría inconscientemente incluir alguna apócrifa.  Siempre actuó caballerosamente y en su trato con aquellos que admiraba o simplemente respetaba era correcto, aunque directo y honrado cuando mantenía una opinión opuesta.  También era capaz de ser mordaz e irónico con los que por diversas razones no se hacían merecedores de su respeto.  Durante la Constituyente, con mucha frecuencia hacía mofa del seudónimo del delegado comunista Francisco Calderío (“Blas Roca”), llamándolo “señorPiedra”.

En sus últimos años Ferrara pudo reclamar para su ventaja la ciudadanía de su tierra natal, pero optó por conservar la cubana en medio de su exilio definitivo en Roma, cuando se hizo evidente que su regreso a la patria de su adopción nunca se materializaría: “Fui cubano tanto en la batalla como en la victoria y moriré cubano”. Acaso el viejo insurrecto sentía, como Martí, que “de la patria puede tal vez desertarse, pero nunca de su desventura”

Orestes Ferrara se enamoró de Cuba y el verdadero amor nada demanda. Honor a su ilustre memoria.
 
 

Monday, July 30, 2018

LOS SEPULTUREROS DE LA DEMOCRACIA*

Por Eduardo Lolo

Hoy en día constituye un borroso trazo de pasado la imagen del militarote golpista o del populista iracundo echando abajo las puertas de la historia para tomar el poder por asalto: ahora de par en par se las abren desde dentro. Los asaltantes llegan a manos de la democracia con la intención, en la mayoría de los casos, de asfixiarla. Ya no se requiere derramamiento de sangre alguno; basta saturar el tiempo de desesperanzas.

Las condiciones para el triunfo de los aprendices de caudillos vitalicios son creadas, paradójicamente, por los partidos políticos tradicionales que fomentaron o solidificaron la democracia en sus respectivos países. La corrupción, la demagogia, la ineficiencia, la indolencia, el nepotismo, el compadrazgo, el sectarismo y otras aberraciones políticas afines de las cúpulas partidistas en decadencia crean en el electorado la ilusión de que la única opción de lo malo es lo bueno, olvidando que puede ser, en dirección contraria, lo peor.

            El fenómeno no es nuevo: baste recordar el trágico caso de Adolf Hitler. Más recientemente, y en nuestra cercanía, sirve de ejemplo, aunque con buena dosis de sainete infausto, el caso de Hugo Chávez y su caricaturesca extensión de ignorancia con tono doctoral que han convertido la otrora próspera Venezuela en un estado fallido de mendicidad generalizada. Los partidos demócratas que emergieron tras la dictadura de Pérez Jiménez ya prácticamente desaparecieron por suicidio histórico. Como lógico resultado, en la Venezuela chavista los nuevos ricos son mucho más ricos que los del viejo régimen; y los pobres, mucho más pobres y numerosos.

En México, tras décadas de dictadura de partido, lo que se creyó un cambio de sistema con el de institución no resultó ser otra cosa que más de lo mismo, aunque con siglas diferentes. Una segunda oportunidad al PRI fue del todo desaprovechada y el país quedó rendido ante un populista obcecado por el poder que, tras militar en cuando partido creyó le serviría de trampolín en su asalto al cielo, decidió frustrado crear una nomenclatura propia de nada disimulada demagogia que lo llevara, finalmente, a la añorada cúspide. La íntima relación de López Obrador con el totalitarismo cubano no hace presagiar nada bueno. Es muy probable que al PRI y al PAN le esperen el mismo destino que a COPEY y AD en Venezuela: inocuas notas al pie de una página amarillenta de historia prematuramente envejecida.

En otras de nuestras naciones el poder real no tiene cariz político alguno. Partidos y gobiernos han pasado a ser, en la práctica, figuras decorativas, pues la delincuencia organizada rige los destinos del país, distribuyéndose la nación como en feudos autónomos, aunque no siempre pacíficamente coexistentes. No es de extrañar, entonces, que en algunos países latinoamericanos se añoren viejos regímenes dictatoriales que mantenían a raya la delincuencia, aunque fuese mediante el terror. En dichos lugares el sueño sublime de la democracia se ha convertido en una pesadilla aparentemente sin despertares.

De más reciente factura es la alianza táctica entre malhechores y dictadores en crisis, quienes utilizan a los forajidos para realizar el ‘trabajo sucio’ de controlar la oposición democrática, sin descartar los asesinatos. Tal es el caso de Venezuela y Nicaragua, donde la ciudadanía carece de protección alguna ante los desmanes de tal nefasta coalición.

            En el Viejo Mundo, las políticas malogradas de la Unión Europea están dando lugar a la aparición de frenéticos partidos antieuropeístas y/o secesionistas que, a no ser que se enmienden, cuanto antes, las reglamentaciones erradas, es muy probable la desgajen cual árbol carcomido ante fieros vientos nuevos. El descontrol migratorio que muchos culpan no es causa del sueño fallido, sino uno de sus efectos; la diseminación del “brexit”, la única opción tangible en la mente popular, que ve a Bruselas como dogal extranjero. Mientras, nuevos y viejos regímenes autoritarios vecinos observan con atención a la espera del convite, que posiblemente haya comenzado con Crimea como la primera tajada del ansiado pastel. Así las cosas, o la Unión Europea evoluciona hacia lo que pudiera ser Estados Unidos de Europa, o habrá de quedar más fragmentada, disminuida y débil que nunca, pues la Historia no es adicta a los términos medios. Una nación sin control de sus fronteras no es nación, sino provincia de un país. En la actualidad los países europeos son poco menos que provincias de una nación todavía inexistente; frutos de un árbol que no fue en inexplicable inversión histórica.

En España en particular, la exitosa transición pacífica a la democracia tras la muerte de Franco no supo crear condiciones de unidad nacional como en Francia tiempos ha, donde los catalanes, en sentido general, se sienten tan franceses como los parisinos y orgullosos de ostentar uno y otro gentilicio. Las concesiones de los gobiernos españoles postfranquistas a las burocracias regionales superan, en algunos casos, el grado de autonomía de sus homólogas de estados federales. Es más, recientemente ha llegado al poder, mediante lo que no puede catalogarse como otra cosa que un golpe parlamentario, quien había sido reiteradamente rechazado en elecciones libres: ni un solo voto avala el mandato de Pedro Sánchez. Y lo más preocupante es que su alianza para hacerse inquilino espurio de la Moncloa fue con partidos que tienen como objetivo la destrucción de la nación española como unidad histórica, tal cual una siniestra metáfora de la víctima afilando presurosa el hacha de su verdugo.

            Los Estados Unidos no han sido inmunes a esa nueva rebelión de las masas en contra de los corroídos partidos políticos tradicionales, pues aquí también la política ha degenerado en botín de pedestales. Todos reconocen el fenómeno en el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales y la sorprendente atmósfera subsiguiente, que algunos ven alarmados como el preludio de una nueva Guerra Civil. Pero, en realidad, el proceso tuvo lejanos antecedentes y muy recientes preámbulos. Entre los primeros podrían contarse la deserción de Teddy Roosevelt del Partido Republicano y la ‘traición’ de Lyndon Johnson a la poderosa jefatura demócrata de los estados del sur. Los segundos nos son más cercanos y pueden identificarse comenzando en el proceso electoral que llevó a la Casa Blanca al primer Presidente mestizo de los Estados Unidos: Barack Obama.

            En las primarias presidenciales donde Obama hizo su aparición, resultaba evidente que la preferida de la cúspide partidista era Hillary Clinton; como que ‘le correspondía’ por su condición de mujer y su probada pertenencia a la cúpula del Partido Demócrata desde que fuera, en dos ocasiones, Primera Dama. La inserción de un novato y nada destacado senador de raza mixta (que no negra, como se ha pretendido hacer creer) en el grupo de candidatos tenía un cariz del todo demagógico: nadie le daba posibilidad alguna de ganar la nominación en medio de tantos experimentados ‘pejes gordos’ que se la disputaban. Sin embargo, el mensaje modular de “cambio” que esgrimiera el ‘recién llegado’, su verborrea de mensaje directo, y su carisma personal, pronto lo situaron entre las primeras posiciones en el favor de la masa de electores de su partido. Al final quedaron, de punteros, la evidente preferida de la Dirección Nacional y el emergente advenedizo seguro de alcanzar un triunfo que “sí se puede”. La mayoría de los demócratas de base, hastiados de un tiempo político al parecer detenido, votaron por el cambio. En las elecciones generales quedó demostrado que ese hastío no era exclusivo de los militantes del Partido Demócrata. El “sí se puede” devino en sí se pudo: Barack Obama llegó a la Casa Blanca porque supo encender en el electorado en su conjunto la esperanza de un cambio para bien en la administración de la nación.

            No obstante ello, una vez electo el cambio se hizo lento y, a la postre, casi caricaturesco. A la Clinton se le concedió, como en “lista de espera”, el más importante cargo gubernamental luego de la vicepresidencia ‒y con más tiempo en cámara. La cacareada promesa de una nueva ley de inmigración en los primeros 100 días de gobierno fue pospuesta una y otra vez ‒presumiblemente por presión de la dirección partidista‒, hasta las elecciones intermedias que todos sabían inclinarían la balanza a favor de los republicanos, de manera tal que su fracaso pudiera achacársele, demagógicamente, a la oposición. (El negocio billonario de la injusta explotación de los trabajadores ilegales en los Estados Unidos solamente ha sido verdaderamente enfrentado, hasta ahora, por Ronald Reagan).Obama sí logró un seguro médico universal que, aunque sin ser perfecto, puso el cuidado de salud al alcance de la clase media que no recibía los beneficios de los pobres. El temor de que su gestión hiciera un brusco cambio a la izquierda que pusiera en peligro la estabilidad del status quo nunca llegó a producirse. Posiblemente la única excepción haya sido su viaje a Cuba, adonde fue a hacer el ridículo en una versión inversa del teatro bufo cubano, pues por primera vez “el gallego” salía ganando por ser más listo que “el negrito”. (Su aparición en un programa de la TV cubana diciendo “¿Qué bolá?” resultó bochornoso; ¡y nadie se atrevió a decirle que se estaban burlando de él!). Obama fue, en sentido general, asimilado por el establecimiento político tradicional y garante de su supervivencia, aunque fuese temporal. Probablemente sus mejores logros hayan sido haber vencido el racismo remanente en la sociedad norteamericana, terminar exitosamente la caza a Bin Laden, el llamado “Obamacare” a pesar de sus deficiencias, y el no haber desestabilizado el entramado político estadounidense largo tiempo atrás cimentado y, hasta entonces, exitoso.

            Las masas del Partido Republicano no estaban menos desesperanzadas. En la competencia a Obama se dio el caso que la persona nominada a la Vicepresidencia tuviera más aceptación por su mensaje, y carisma por su personalidad, que el candidato a la Presidencia. Este último lo fue John McCain; pugnaba por la Vicepresidencia Sarah Palin. El primero contaba en su haber una célebre carrera como Senador avalada por una historia militar no por fracasada menos conocida y admirada; pero era el representante del cansancio histórico de las bases de su partido. La joven gobernadora de un estado ‘de segunda’ se convirtió en la variante republicana de Obama por su voz fresca y enérgica, al margen de la maquinaria política republicana, representando el cambio añorado o, al menos, la posibilidad de alcanzarlo. Sin embargo, su puesto secundario (por no decir que insignificante en las determinaciones políticas mientras el Presidente esté vivo), hacía poco creíble que pudiera liderar el ansiado cambio. Si el binomio hubiera sido a la inversa, es posible que habría espacio para la esperanza de los votantes. En esas condiciones, la mayoría del electorado prefirió confiar en quien tenía la posibilidad real de dar nacimiento a una nueva era política nacional, aunque a la postre no llegara a fundarla.

            Una vez concluido el segundo mandato de Obama, se reinició el proceso de las primarias partidistas para ocupar la Oficina Oval. En el Partido Demócrata era seguro que le correspondería el turno a Hillary Clinton. Se siguieron, como siempre, las normas de varios candidatos, aunque a ninguno de los otros se le concedía mucha atención. Pero también esta vez surgió, inesperadamente, una figura que puso en peligro la postergada nominación de la Clinton y la firme solidez del establecimiento político: el septuagenario Bernard Sanders. Paradójicamente, el anciano senador se convirtió en el aspirante más popular entre los jóvenes, aventajando a su contrincante en múltiples encuestas, con lo que quedó demostrado que no se trataba de una lucha generacional, sino ideológica. La cumbre política demócrata no podía permitir que se repitiera la derrota de su representante, y entonces ocurrió lo inverosímil: la propia Dirección Nacional del Partido Demócrata le puso una especie de zancadilla a Bernie (como le llamaban sus seguidores) para garantizar la candidatura de Clinton, a quien ‘le tocaba’ sin excusa. Más increíble fue que, una vez conocida la mala jugada resultante, su principal ejecutora no fuera expulsada del ente partidista ni se hubiera hecho la investigación que la gravedad del caso ameritaba, sino que todo se resumió a su renuncia a la Dirección Nacional. Huelga decir que la Clinton ganó la candidatura de la Presidencia por el Partido Demócrata.

            Las primarias republicanas de ese año fueron más inverosímiles todavía. Donald Trump rompió todos los moldes políticos hasta entonces conocidos, llevando su estilo de “reality show” televisivo a los debates y mítines asociados a la carrera pública. Más que políticamente incorrecto, Trump se proyectó del todo antipolítico, casi un antisistema. Si utilizó la plataforma republicana fue porque no quiso repetir el error de Teddy Roosevelt y Ross Perot, además de aspirar al apoyo de los remanentes del Tea Party y, forzados por estos, el de algunos de los caudillos históricos del GOP. En realidad, prácticamente nadie le auguraba éxito alguno al mordaz personaje de la pequeña pantalla en su versión de carne y hueso; las encuestas siempre lo situaban en desventaja ante sus experimentados contrincantes. Algunas de sus infortunadas declaraciones lo separaban cada vez más de lo que hasta entonces se consideraba un político ‘presidenciable’. Sin embargo, para asombro de todos, mientras más sarcástico y hasta descortés se comportaba, más popular se hacía (le subía el “rating”, en el argot televisivo), hasta que llegó a alzarse con la candidatura presidencial de un partido cuya dirección lo rechazaba.

            La carrera por la presidencia de Clinton y Trump, ‘sazonada’ de interferencias extranjeras, se convirtió en una lucha de todos contra uno y uno contra todos. La polarización resultante fue algo totalmente desconocido en la historia contemporánea de la política norteamericana. La inmensa mayoría de los analistas políticos y las encuestas daban por sentado el indiscutible fracaso de Trump. En los centros de trabajo y planteles estudiantiles, se acosaba a quienes expresaban públicamente su preferencia por el iconoclasta advenedizo, considerado poco menos que un traidor (o, al menos, un peligro letal) a los principios democráticos del país. Como paradójico remate, fuimos testigos de la más inusual de las alianzas: la de un burgués billonario apoyado por obreros y desempleados preteridos.

Luego, la debacle de la noche de elecciones fue el colofón de la inverosimilitud. Hillary Clinton había alquilado el Jacob K. Javits Conventional Center de Nueva York (con capacidad para miles de personas) ante quienes estaba segura acudiría a festejar su triunfo. En realidad, es la primera vez de que tengo noticias que el candidato perdedor de las elecciones presidenciales norteamericanas no haya podido dar la cara esa noche para reconocer su derrota y felicitar al ganador. Conocido el resultado, el Javits Center se convirtió en un mar de lágrimas incrédulas y, por lo tanto, más dolorosas; me recordó a los japoneses cuando escucharon en la radio al Emperador Hirohito anunciar la rendición del Japón.

            La tenaz resistencia al triunfo de Trump no se hizo esperar. Antes de tomar posesión ya se hablaba de impugnarlo. Las ‘nomenklaturas’ de ambos partidos no perdieron un minuto en atacarlo. La prensa, casi en su totalidad, ha hecho de la crítica al Presidente su pan de cada día. Se le ataca por lo que dice o deja de decir; por lo que hace o deja de hacer; por lo que propone o deja de proponer. Las críticas se extienden a su círculo familiar, y no solamente por razones políticas, pues cubren hasta el vestuario o gestos analizados con lupa parcializada. Incluso el más pequeño de los Trump, sin tomarse en cuenta su temprana edad, ha sido atacado con tan poca ética y respeto a la niñez que la hija de los Clinton tuvo que salir en su defensa. Los funcionarios de la administración son acosados en lugares públicos y discriminados hasta la expulsión en otros; se les viola toda privacidad y su derecho al descanso como ciudadanos en sus tiempos libres. No hay tregua en esa asociación de la política con la más impositiva intransigencia, rayana con la persecución. Todo lo que pueda asociarse a Trump es caza libre; hay que hacerles la vida imposible a sus seguidores. Ni siquiera Richard Nixon y Bill Clinton fueron atacados con tanta ferocidad, a pesar de haber denigrado con sus actitudes la Presidencia como institución hasta ellos casi sagrada. Los resultados positivos de la política de la actual administración son silenciados o ninguneados; los negativos, agigantados, etc., etc. Cada tuit insomne de Trump suena en la noche como un disparo ofensivo que lo hunde más ante muchos y, por el contrario, lo asciende ante no pocos. Los senadores McCain y Schumer son, respectivamente, las puntas de lanza de las jefaturas de republicanos y demócratas en la resistencia a la Administración Trump, secundados, en lo fundamental, por legisladores de minorías diversas. En realidad los partidos que representan, en su caída desorientada, como que están siendo secuestrados por las más absurdas facciones de extremos opuestos, al punto de unos exigir la abolición del control fronterizo, y otros la deportación de todos los inmigrantes ilegales; que es decir, el caos. No en balde ya hasta se habla, incluso, de una posible Guerra Civil.

            Toda esa atmósfera hasta ahora desconocida en la historia contemporánea norteamericana tiene como objetivo la revocación del titular o hacer del todo imposible su elección para un segundo período. La Administración Trump no puede ser exitosa; es necesario hacerla fracasar por todos los medios. ¿A qué se debe esa saña de las élites políticas de demócratas y republicanos y la prensa que a ellas responde? En realidad no es saña, sino aterrorizado instinto de conservación. Si Trump tiene éxito como Presidente, tanto el Partido Demócrata como el Republicano corren el riesgo que quedar como piezas políticas del pasado, en el mismo baúl que COPEY, AD y siguiéndole los pasos al PRI y el PAN. Y lo peor es que no hay, hasta el momento, una alternativa tangible como, por ejemplo, el Partido Ciudadanos en España. La rebelión de las masas estadounidenses, sin rumbo fijo y a merced de extremistas de toda laya, pudiera conducir a la anarquía política a nivel federal; o sea: al fin de la más consistente democracia de tiempos modernos cimentada, construida y evolucionada exitosamente durante más de 300 años.

            Llegados a este punto no puede uno menos que preguntarse si la democracia, de la Antigua Grecia a los Estados Unidos, ya habrá cumplido su ciclo de vida como componente básico de la cultura occidental. De ser así, tanto Europa como las Américas habrán de verse con unas Tablas de la Ley rotas sin que al menos se haya comenzado a pulir la piedra ansiosa de cincel para unas tablas nuevas, hoy ni siquiera a medio soñar.

Sin embargo, a pesar de toda esa imagen negativa esbozada, espero, deseo y confío estar equivocado. Es más, casos hay en que, de manera excepcional, la destrucción del status quo no ha degenerado en el caos y/o la tiranía. Los viejos partidos políticos han sido suplantados por nuevas agrupaciones dentro del marco democrático, o figuras de marcada asociación con un partido decadente y hasta dictatorial han dado un inesperado vuelco para bien en su comportamiento histórico. Sirven de ejemplos recientes Emmanuel Macron en Francia y Lenin Moreno en el Ecuador.

El primero, luego de ser una figura de primer orden del Partido Socialista en el poder, decidió abandonarlo y crear en 2016 su propia congregación más al centro del espectro ideológico: La République En Marche! Con ésta acaparando el descontento general, Macron ganó la Presidencia y la mayoría parlamentaria del país galo tan solo un año después, enfrentado en segunda vuelta a Marine Le Pen, del partido Rassemblement National, como rebautizara el Front National que fundara su padre. Los más importantes partidos políticos tradicionales hasta entonces (Les Républicains y Parti Socialiste) fueron del todo barridos en el campo político francés. No obstante ello, la V República, afortunadamente, no sucumbió.

Lenin Moreno fue Vicepresidente del 2007 al 2013 del gobierno de Rafael Correa, quien cambió la Constitución del Ecuador para establecer la reelección indefinida. Dejando la silla presidencial a su vice, pensando que sería momentáneamente, se tropezó con que éste llevó a cabo un referéndum que, entre otros aspectos asociados al régimen heredado (y del que fuera parte) eliminó la reelección indefinida, propició la invalidación de funcionarios corruptos y otras medidas de adecentamiento político desconocidas. No en balde Correa, en la actualidad refugiado en Bélgica como prófugo de la justicia ecuatoriana, lo llama “traidor”.

Aunque excepcionales, los casos apuntados arrojan un poco de luz sobre la oscura atmósfera política actual. Ojalá se generalicen y prevalezca el sentido común, se conjuren tantas ambiciones personales, se ponga coto a la demagogia institucionalizada y, consecuentemente, la política deje de ser botín de pedestales. De generalizarse la decencia, la buena voluntad y la honestidad en los líderes de partidos políticos y la administración pública, la actual realidad histórica no sería más que una tormenta de tiempos borrascosos, tras la cual vendría la calma de las eras. De lo contrario, corremos el riesgo de quedar como una del todo frustrada generación que habrá dejado a sus descendientes, como sórdido codicilo único, una amarga herencia de desesperanzas.


Miami, verano de 2018.


*Publicado en tres partes en la Sección Tribuna Abierta de la Agencia de Noticias EFE (Edición USA) los días 16, 17 y 18 de julio de 2018.

Thursday, July 12, 2018

CIEN BARCOS EN LA HISTORIA DE CUBA

Ediciones Universal tiene el placer de invitarlos a la presentación del libro

CIEN BARCOS EN LA HISTORIA DE CUBA O HISTORIAS DE CUBA EN CIEN BARCOS
del escritor e historiador cubano EMILIO CUETO

La presentación a cargo del historiador cubano
Dr. Marcos Antonio Ramos
LUGAR: SALÓN FÉLIX VARELA - ERMITA DE LA CARIDAD

3609 South Miami Ave. Miami

FECHA: Jueves 19de julio a las 6:30 PM.

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EMILIO CUETO (La Habana, 1944). Se graduó de bachiller en el colegio de Belén. Abogado, coleccionista e investigador. Reside en Estados Unidos desde 1961. Autor de Mial­he's Colonial Cuba (1992), Cuba in Old Maps (1999), Illustrating Cuba's Flora and Fauna (2002) La Cuba Pintoresca de Frédéric Mialhe (2010), La Virgen de la Caridad del Cobre en el alma del pueblo cubano (2014), Camagüey en la Música (2015) y Las Litografías santiagueras del Departamento Oriental de la Isla de Cuba (2015). Entre 2008 y 2013 colaboró con Florida International University (Miami) en la organización de conciertos de música relacionada con Cuba. Tiene en preparación Cuba en USA y Matanzas en la Mano.

CIEN BARCOS EN LA HISTORIA DE CUBA. Los principales hitos de nuestra Historia han sido marcados por barcos. En épocas remotas Cuba era territorio desierto… y en barcos llegaron nuestros primeros habitantes. Llegamos a ser una isla poblada de aborígenes caribeños, pero con las tres carabelas nos hicieron colonia española. Y eso fuimos hasta que explotó el Maine en La Habana, convirtiéndonos, simultáneamente, en un país independiente y muy dependiente de los Estados Unidos. Y entonces llegó el Granma, que enrumbó la Isla hacia el Este y a un buen número de cubanos hacia el Norte. Las embarcaciones de Bahía de Cochinos intentaron, sin éxito, abrir un nuevo capítulo. Los barcos nos hicieron españoles, ingleses y americanos. Pero, por encima de todo, nos hicieron cubanos: Con lo que trajeron (Cachita, el escudo, la bandera, los Versos Sencillos, el beisbol, la mariposa, flor nacional) —y llevaron (emigrados, azúcar, la habanera)— hicimos nuestra Cuba y nos convertimos en el pueblo que somos.

De una manera muy original y utilizando a los barcos que llegaron a, o salieron de,  Cuba durante toda su historia, el autor realiza una investigación que nos muestra una historia original que ayuda a comprender las esencias del cubano y asombra por la información histórica que presenta al lector.
Un libro de 544 páginas (978-1-59388-293-8).


                   Los que no puedan asistir y estén interesados en adquirir
                    este libro pueden ordenarlo a su librería o distribuidor
                                        favorito,  Amazon o escribiendo a:
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