Por Pedro Corzo
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| Foto tomada de la Internet. |
Destruir a Cuba y lo cubano era su objetivo; la ruina de la nación cubana, su principal meta. Después, escogió a Estados Unidos como enemigo internacional.
Han transcurrido 64 años. Las incontables crisis que le
han sucedido tal vez han deslucido un poco aquellos 13 días de octubre; pero
quienes los vivimos, los cargaremos en la mochila hasta el día del juicio
final. Aunque, en honor a la verdad, creo que muchos de los que estábamos
enrolados en la lucha contra el totalitarismo en gestación, en ese entonces, no
fuimos capaces de percatarnos de lo cerca que estuvimos de que el delirio de
grandeza del tirano en jefe, Fidel Castro, pulverizara el mundo.
Cuba era un caos controlado por la nueva clase: la
desorientación ciudadana era absoluta, el régimen incentivaba la envidia y la
confrontación, la represión estaba presente en toda la sociedad, y la
desconfianza y la duda hacían presa de todos.
Las consignas eran mandamientos de imperioso
cumplimiento; la progresiva falta de suministros, el control de la prensa y las
confiscaciones de bienes, todo era parte de un plan gubernamental para
desestabilizar a la población y aplastar la creciente oposición.
Los Castro y sus lacayos no dejaban nada al azar: el
miedo tenía que señorear sobre todos. La confusión era total. Reaccionábamos
ante la violación de nuestros derechos, la represión, los encarcelamientos
masivos y el fatídico paredón que resonaba de un extremo a otro de la Isla,
pero no nos percatábamos de la magnitud de los acontecimientos, que superaban
con creces nuestros niveles de comprensión.
Reconozco que no estábamos preparados para el reto que
enfrentábamos. Éramos unos adolescentes dispersos en varios centros de segunda
enseñanza; actuábamos por principios, inspirados en los valores trascendentales
de la Patria, pero no pasábamos de ser unos simples extras en la que sería la
gran tragedia cubana, que ni los más avispados de nosotros, Aquilino Álvarez y
el hoy escritor José Antonio Albertini, pudieron imaginar.
Por su parte, la entonces dictadura sabía lo que quería y
qué hacer; no conocía límites en la falta de escrúpulos de sus líderes. Entregó
la soberanía nacional a la Unión Soviética. El país se convirtió en el
portaaviones del Kremlin en el Caribe. Se militarizó la sociedad y el régimen
mostró su verdadero rostro, que muchos de nosotros ya conocíamos.
Destruir a Cuba y lo cubano era su objetivo; la ruina de
la nación cubana, su principal meta. Después, escogió a Estados Unidos como
enemigo internacional. Washington y el pueblo cubano lo subestimaron; nadie
concibió la ausencia absoluta de valores patrios del liderazgo castrista, su
propósito de convertir la Isla en una satrapía del Kremlin con tal de lograr el
apoyo material y político que requería para perpetuarse en el poder mientras
ascendía al liderazgo mundial que, al parecer, siempre ambicionó. Un proyecto
en el que la crisis de octubre le fue particularmente útil.
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| Reunión del Consejo de Seguridad de la ONU durante la que EEUU muestra pruebas sobre el armamento soviético en Cuba. Foto tomada de la Internet. |
Durante meses se dijo que había misiles en Cuba. Algunos
no lo creíamos. Recuerdo a un compañero con el sobrenombre de «Billín» que
repetía incesantemente que los misiles estaban camuflados dentro de las palmas;
insistía tanto en eso, que lo rebautizamos como «Palma Atómica». Ni los propios
enemigos del castrismo creíamos a Fidel capaz de hundir la Isla en el mar, tal
como había escrito en su manifiesto de La historia me absolverá. Nos
reíamos, pero las sospechas crecían.
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| Ametralladoras soviéticas conocidas como «cuatro bocas» emplazadas en el malecón habanero. Foto tomada de la Internet. |
Grandes camiones, conducidos y protegidos por soviéticos,
con cargas completamente cubiertas, atravesaban las zonas rurales, y se le
ordenaba a la población por donde transitaban que se encerrara en sus casas. La
resistencia lo informó; varios de sus integrantes fueron a presidio por sacar
información sobre esos manejos.
El despliegue de militares fue atemorizante. El ejército
y las milicias fueron movilizados. En cualquier lugar desplazaron unas
ametralladoras soviéticas conocidas como «cuatro bocas»; el miedo se expandió
como nunca antes.
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| Restos del U2 estadounidense derribado en Cuba mientras fotografiaba la base de misiles atómicos instalada en Cuba. Foto tomada de la Internet. |
El derribo del U2 fue falsamente atribuido a Fidel
Castro. Aun cuando parecía que el mundo se rompería en mil pedazos, el ego del
dictador supremo seguía creciendo. Castro estaba, como se dice coloquialmente,
en su salsa. Siempre había querido la muerte de los otros sin importar el
costo, al extremo de que le pidió a Nikita Jrushchov que bombardeara
preventivamente a Estados Unidos antes de que Cuba fuera atacada. No tengo
dudas de que soñaba con misiles atómicos ensombreciendo al sol: una especie de
Nerón que, deleitando un cohíba, disfrutaba cómo se extinguía la vida en la
Tierra, incluida la suya. Su fe de vida fue ganar, sin importar el costo.
Tomado de: Cuba Democracia y Vida.
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