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Tuesday, September 8, 2026

CUBA: ETHOS, EROS Y ÁGAPE

Por Ángel R. Marrero

Si (como afirma el griego en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de 'rosa' está la rosa y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'. Jorge Luis Borges

Viene al ingrávido, cíclico y constante fluir de los recuerdos una lámina de metal –que la memoria colectiva de mi generación la registra ya oxidada– la cual tiene impresa una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre transformada en anuncio publicitario intentando persuadir al consumidor con una frase escrita sobre un simulado pergamino a modo de cartucho egipcio que substituía al epígrafe original (el cual en la tradición iconográfica se reserva para titular la imagen) con la frase publicitaria: «Obsequio de Mejoral contra [el] dolor de cabeza y [los] resfriados». La ilustración en cuestión, que forma parte de lo que podríamos denominar una imagen de tipología narrativa[1], de uso muy común en la Isla, más que intentar reconstruir, construye a la vez que promueve, en el imaginario popular una narrativa en la que se substituye el hallazgo de una imagen física por una aparición, que según la tradición sucedería más tarde pero bajo otras circunstancias muy distintas de, y no a los "tres Juanes" en la barca que eran tres, pero no todos Juanes, sino a la niña Apolonia.  Se precisa la aclaración anterior aunque no sea este directamente el tema a tratar ya que contribuye a una mejor comprensión de los hechos y arroja luz sobre lo que nos ocupa, que es precisamente el texto del epígrafe substituido en el cartucho egipcio del anuncio publicitario de Mejoral, es decir el rótulo con el que según el testimonio encontrado por Levi Marrero en 1973 en el Archivo de Indias de Sevilla, sirvió de epígrafe a la imagen hallada por los pescadores y que rezaba «Yo soy la Virgen de la Caridad».

El título proclamatorio del libro de la historiadora Olga Portuondo Zúñiga, «La Virgen de la Caridad: Símbolo de cubanía» establece una relación entre una imagen mariana que se conserva en el pueblo de Santiago del Prado, más conocido como el Cobre, y un ethos: el cubano. Nos proponemos descifrar la relación específica entre el nombre mismo con el que se conoce la imagen y el ethos al que Dra. Portuondo Zúñiga hace alusión: el cubano. Es preciso, ante todo, destacar que hablar de cubanía es hablar de identidad y hablar de identidad a la vez es entrar en un complejo tema que nos enfrenta a dos espinosos problemas, a saber: por un lado el esencialista y por el otro el constructivista conjuntamente con el multiculturalismo que sirve a éste de base, así como las políticas identitarias a las que da lugar, tan cuestionadas hoy día por pensadores de la talla de Roger Scruton. Todo ello sin ahondar en un tema subyacente: el nacionalismo –tanto el esencialista como también el liberal– esa invención del siglo XIX que además de regalarnos monumentales óperas, ofreció desde las metrópolis europeas, a muchos de sus territorios de ultramar un imaginario con el que labrarían nichos donde colocar sus realidades fragmentadas y convertidas en nuevas naciones una vez que el denominado colonialismo tocó a su fin.  Más allá de este complejo, y si se quiere delicado contexto, es cierto también que los individuos, como los pueblos, necesitan encontrar narrativas que den cohesión a su existencia, que marcando los orígenes les permitan a la vez, descubrir las rutas del pasado que forman parte de su historia y les conecten con aquel origen, y que, una vez definido el mapa, puedan intentar la posibilidad de discernir las posibles rutas del porvenir. Así pues, para lograr cumplir con nuestro propósito, lo más adecuado sería desligarnos de todo lo anterior y usar la palabra ethos en lugar de identidad.

Neil MacGregor, el historiador de arte y exdirector del Museo Británico, afirma que 

...desde las sociedades más antiguas que marcaban las superficies de las vasijas de cerámica formando dibujos de motivos repetitivos, todos los seres humanos parecen estar preprogramados  para las formas y comportamientos repetitivos agrupados en patrones. No sólo nos gustan los patrones repetitivos, nos producen satisfacción, placer, seguridad. Y no sólo en las cosas que creamos, sino que también los vamos buscando. Damos por supuesto que desde el más pequeño fragmento hasta la vida en su más grande escala, así como de alguna manera en las cosas y los acontecimientos, todo se produce generando patrones. Patrones que tal vez nos proporcionan una comprensión, una narrativa coherente, de nuestro lugar en el universo»[2] 

El comentario es a propósito del hallazgo de un grupo de fragmentos de marfil de mamut que una vez juntados resultaron ser la imagen del Hombre león, una escultura del paleolítico superior que está entre las más antiguas que conocemos. Meditando sobre esta escultura el historiador señala que dicha figura, de uso ritual –según concluyen las investigaciones científicas realizadas– nos permite asegurar que las creencias que son capaces de producir patrones para aplicarlos a los rituales, crean a su vez un sentido de pertenencia. Esto implicaría que, como los hombres del paleolítico superior, el cubano ha creado patrones de comportamiento en un ritual alrededor de una imagen que une en un mismo imaginario a vivos y muertos. Mirando la corta y accidentada historia de la Isla, desde su descubrimiento hasta el corto período republicano, seguido del revolucionario, es difícil imaginar –sobre todo teniendo en cuenta que este último intentó deshacerse de todas las tradiciones, que de por si generan patrones de comportamiento– qué otro quehacer ritual, pues incluso el creado alrededor del himno y la bandera son relativamente recientes, pueda haber reunido al cubano de todos los tiempos y lugares con sus difuntos como el culto a la Virgen de la Caridad. El argumento presentado por MacGregor añade peso a la declaración de Portuondo Zúñiga.

Al referirnos al epígrafe rotulado sobre «una tablita pequeña, y en unas letras grandes las cuales leyó Rodrigo de Hoyos y decían: Yo soy la Virgen de la Caridad»[3]  nos estamos refiriendo, implícitamente, a la primera vez que un oriundo de la Isla al leerla –imaginamos que lo hizo en voz alta para dejarle saber lo que decía la tablita a los otros dos que le acompañaban­– anunció y podríamos decir enunció tales palabras en tanto que éstas tienen como propósito manifestar lo que se ignora o se oculta . Ese enunciado, proferido por el único Juan que no lo era, es decir por el mencionado Rodrigo, siendo sus otros dos acompañantes: Juan de Hoyos y Juan Moreno, conocido éste ultimo cariñosamente como «el negrito de la Caridad», encierra según lo manifestado por la Dra. Portuondo Zúñiga las claves del ethos cubano.

En la sencilla estructura de la oración Yo soy la Virgen de la Caridad el uso del verbo copulativo soy construye una predicación nominal que declara en el sujeto Yo una condición intrínseca, natural o permanente. En este punto es indispensable resaltar la similitud de la estructura gramatical a la de la respuesta dada por el Dios al pueblo hebreo a Moisés: «Yo Soy el que Soy». Sin entrar en las profundidades teológicas o  filosóficas que unen y separan a ambas frases en el tiempo, podemos decir que en ambos casos se utiliza esta estructura que al definir la condición de su ser establece una relación entre la divinidad y un representante de un pueblo.

Entremos a analizar el término Yo que – a modo de resumen escueto– está vinculado tanto a la concepción biopsíquica de la persona, insertada en el tiempo y el espacio, como a los conceptos de conciencia y cognición, es decir la conciencia del conocimiento compartido de su entorno que a su vez permite valorar y procesar la información del medio que le rodea. En el caso que nos ocupa, ese Yo hace referencia a la persona histórica María de Nazaret, madre de Jesús. Pero ese mismo Yo histórico en el contexto cubano trasciende el tiempo y el espacio de María de Nazaret para decir Yo [María] soy la Virgen de la Caridad en la relación de substitución del pronombre por el nombre de María que a la vez que lo oculta lo revela, de ahí la importancia de adentrarnos en el significado del mismo. Tratemos de hacer un brevísimo bosquejo interpretativo del complejísimo significado de este nombre. Existe una antigua tradición que recoge Jerónimo de Estridón[4] a partir de la consideración de dos palabras hebreas que forman el nombre mir (amargo) y yam (mar) para lo cual habría que hacer uso de la versión del nombre como Miryam, pero el mismo Jerónimo introduce una segunda interpretación, aún más popular, la del nombre stella maris (estrella del mar)[5] compuesto por yam (mar) y ma-or (luminaria, estrella). Es preciso añadir la interpretación del nombre a partir del posible origen egipcio, que derivaría de la raíz mr (amor, amada) [6]

Existe una más reciente y compleja derivación del significado del nombre de María en su versión original de Mariam, menos conocida[7], que de alguna manera resume todas las anteriores y se basa en la grafía hebraica. En hebreo Mariam se escribe MRIM, ya que se omiten las vocales. I o Y es una semiconsonante y al ser un abyad, un sistema de escritura que sólo tiene símbolos para fonemas de consonantes, se toma en cuenta. En esta interpretación, el nombre se descompone de la siguiente manera: MIM y R. Al articular la vocal A en el grupo MIM se obtiene MAIM, que significa «las aguas». Mem (M) es el hierograma de la pasividad universal, la receptividad pura que en la tradición judía está simbolizada por el elemento “agua”. I o Y es el hierograma de la actividad divina que es el principio de dicha actividad una vez manifestada. Resh (R), como su sonido parecería indicar, es el despliegue de la energía divina. En esta interpretación, el nombre de MaRIaM representa el acto creador, la energía divina desplegándose sobre el agua, la Substancia cósmica en la «totalidad de las potencialidades y el medio receptor», manifestación humana de la posibilidad universal. Esta conexión tan directa como profunda del nombre de María con el agua trae a la mente los estudios de la antropóloga de la Universidad de Durham, Verónica Strang, sobre la relación simbólica entre el agua y la serpiente7, relación que de más está mencionarlo, forma parte intrínseca de la iconografía mariana como expresión de su realidad teológica en el contexto cristiano.

Continuamos con el vocablo Virgen, que como adjetivo hace referencia a la persona que no ha tenido relaciones sexuales y como sustantivo, específicamente en este caso, a la castidad consagrada –pues la tradición afirma que de niña María había sido consagrada al Dios del pueblo de Israel. Cabe aquí citar al filósofo y tradicionalista Jean Hani cuando para explicar la Virginidad de María desde el concepto de la Tearquía supra esencial (es decir el Dios no manifestado y por tanto in condicionado) de Dionisio el Areopagita, dice que La divinidad, lo Absoluto contiene la Masculinidad en sí y lo infinito contiene la Feminidad en sí…es la Pasividad pura, receptáculo cósmico, ella al ser «distinta» de la Esencia Divina permite que los arquetipos se manifiesten... [es] fundamentalmente Potencia pasiva, sin forma, pese a contener las formas es «siempre virgen», «inmaculada», totalmente disponible para la acción creadora, su «humilde sierva»… es el reflejo de la Omnipotencia del Principio en la potencialidad de la Materia prima[8]

Esta virginidad, o para usar las significativas palabras de Hani, su recepticularidad cósmica, pertenece a, es –así lo denota el uso de la preposición de y el artículo la–  de la Caridad. Ese sentido de pertenencia, si tomamos en cuenta lo que ésta representa, consta, como la imagen misma, de dos dimensiones: una trascendente y la otra inmanente, es decir una eterna y otra temporal. La temporal, inscrita en el tiempo y el espacio, es la que se relaciona según la propuesta de «símbolo de cubanía» con lo cubano, por estar éste último sujeto a las mismas constricciones del tiempo y el espacio. Ello nos conduce a indagar en el significado de la próxima palabra, Caridad, para lo cual no basta apoyarnos en su etimología, es necesario referirnos al contexto del que proviene, el concepto de la palabra usada en la traducción tanto de los textos de la Septuaginta como de los neotestamentarios en lengua griega, y hablamos específicamente de la epístola[9] donde Pablo de Tarso presenta al Amor como fuerza fundamental del cristianismo. En la traducción al latín vulgar o tardío realizada por San Jerónimo de Estridón, se vierte al latín por Caritas, del griego Ágape.

Este era uno de los varios tipos de amor que definieron los griegos: el amor-eros, el amor-ludus, el amor-storge, el amor-philia, el amor-pragma, el amor-philautia y el amor-ágape (al margen quedaba la manía, forma desequilibrada del amor). De todas estas especies la forma más alta, la expresión superior del amor era considerada el ágape, por eso no es de sorprendernos que Juan de Patmos escogiese ágape para definir la naturaleza de la divinidad cuando dice (en la traducción latina) Deus caritas est [10] (Dios es amor-caridad), pues la por él proclamada Encarnación del Verbo implicaba una comunidad divina de perfecta convivencia en dicho amor.

Para comprender la relación que guardaría el término caritas con el ethos cubano sería útil traer a colación a la «Cecilia Valdés» de Cirilo Villaverde que ha llegado a ser considerada como una novela fundacional dentro del canon literario de la isla y epítome de la cultura cubana. Sin que necesitemos citar los múltiples estudios culturales, como el de David Lisenby[11] podríamos sostener, sin temor a equivocarnos, que la mulata en el personaje de Cecilia Valdés encarna la sensualidad y el erotismo, que por lo prototípico del personaje de Cecilia, se asume como una de las características del ethos cubano a quien ella representaría. Podría discutirse si tal característica es endógena o si bien es el producto de una visión exógena impuesta a partir de la visión turística o colonial de lo cubano, pero la extensión de este trabajo nos lo impide. En cualquier caso la peculiaridad de manifestarse como condición óntica parece haber sido asumida y formar parte del ethos que define actualmente la cubanía. Apoyaría esta propuesta canciones de corte popular que apuntan al tema como «La Macorina» o «Suavecito» y en la música culta el uso de la forma habanera en L'amouret est un oiseau rebelle, la emblemática aria de seducción de la ópera «Carmen» de Georges Bizet[12]; o si damos una rápida pasada a la literatura podemos referirnos al capítulo VIII de «Paradiso», de Lezama Lima, una obra que ocupa un lugar tan importante dentro del canon literario cubano, y lo mismo podríamos decir de las creaciones de Carilda Olivier, Reynaldo Arenas o Zoe Valdés, por mencionar sólo tres de los escritores contemporáneos más destacados; mientras que en la plástica José Ramón Alejandro, Servando Cabrera Moreno, o Luis Trápaga, podrían presentarse como evidencia. Todo lo cual nos permitiría proponer con muy poco margen de error que la exaltación del eros forma parte del ser cubano.

En este punto es necesario recordar que la imagen encontrada en las aguas después de la tormenta, es decir sobre el caos ya ordenado, representa a dos personas unidas en una estructura triangular en la que de la madre el hijo brota como de una rama el retoño, como su entraña convertida en otra vida estableciendo de entrada una relación implícita de potencia y acto entre la causa material y la causa final, dándole así un orden, un telos a la función vital erótica. En la tradición en la que se inscribe la imagen, una de estas personas es persona divina, el Niño, y la otra ha sido asunta al cielo, la Virgen. Entendiendo cielo, a partir del contexto cristiano, el lugar donde habita la divinidad en sus tres personas divinas[13]. Carl Jung reconoce la importancia que tiene la persona de María en el inconsciente colectivo[14], mientras que Jordan Peterson señala por un lado la relación entre lo femenino y el caos y por el otro la maternidad representada arquetípicamente por María[15]: « …esta imagen [La Reina de los Ángeles de William-Adolphe Bouguereau] tiene que ser considerada como trascendente, y con ello quiero decir, que es una imagen que está en la base de la estructura de valores, porque no pueden existir seres humanos sin un niño y una madre. Entonces, si esta no es vista como una imagen representativa de un valor humano, todo se desmorona…»[16] Podríamos así deducir a partir de lo antes expresado por Jung y Peterson que María en el inconsciente colectivo ordena el caos que se presenta en la Vida, siendo como ella es una feminidad en consonancia con la divinidad, es decir, con el Bien, con el Orden, convirtiéndose pues en agente ordenador del caos ínsito en la madre naturaleza que lo devora a todo y a todos. En el caso específico que aquí tratamos se la podría interpretar como una llamada a devolver al orden, a corregir, los patrones de desorden provocados por las sensaciones primordiales del ethos cubano, y de ahí su consideración de patrona de la nación bajo la advocación de Virgen de la Caridad. 

Si el eros destaca de forma enfática dentro del ethos cubano, entonces podemos establecer una relación directa entre el eros y el ágape por constituir estos los dos polos opuestos en el espectro de los tipos de amor establecidos por la cultura griega, cultura que a su vez forma parte intrínseca de la herencia de la cultura cubana al encontrase en la base de la cultura occidental a la que la especificidad del ethos cubano pertenece. Esta relación fue la misma que establecieron intuitivamente los negros yorubas al sincretizar la Virgen de la Caridad con Oshún, en una relación de suelo-subsuelo que trae a la mente el nombre de la famosa Iglesia romana con la bella fachada de Maderno construida sobre un templo pagano, Santa Maria sopra Minerva. El hecho de que el amor-ágape se coloque por encima de todos los demás tipos de amores y que el eros sea la forma más básica o fundamental del amor, invoca una epistemología jerárquica que nos hace pensar que si el ágape, es decir la caridad, es el más alto nivel del amor, para usar las palabras de C. S. Lewis, tal cosa implicaría un llamado de superación del ethos cubano desde su enfaticidad erótica hacia la entrega caritativa. Tomando en cuenta la declaración de la Dra. Portuondo Zúñiga, tal implicación nos hace ver signado en el epígrafe rotulado sobre la tabla «Yo soy la Virgen de la Caridad» la máxima expresión de la potencialidad del ethos cubano. Lo cual permitiría, no sólo darle un sentido, al ingrávido, cíclico y constante fluir de los recuerdos que nos devuelve una y otra vez aquella misma imagen, sino que también facilitaría la posibilidad de encontrar en el llamado a la entrega altruista, un camino para reconstruir la patria, esa palabra que tristemente cae cada vez más en desuso, permitiendo a la vez probar lo declarado por la historiadora cubana en el lema que inspiró a superar con éxito la dura experiencia que significó el éxodo del Mariel: La Caridad nos une.[17]

[Discurso de investidura a la membresía de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, pronunciado el 19 de mayo de 2018 en la Biblioteca Pública del Este de Los Ángeles (CA) y publicado en el Anuario Histórico Cubanoamericano #2 (2018): 54-66.]


[1] Del programa «The Beginnings of Belief» que forma parte de la Serie radial de la BBC de Londres «Living with the Gods». La palabra pattern es utilizada por Neil MacGregor para referirse a los dibujos repetitivos generalmente geométricos en culturas primitivas. A continuación la cita del texto original (1:06 min) “From the earliest society making repetitive marks on their pottery, all human beings seem hardwired for patterns. It bring us satisfaction, pleasure, reassurance. And we don’t just make patterns in the things we make, we also seek it out. We assume that from the smallest fragments right up to life in the largest scale, somewhere right in the things and events of the world live patterns. Patterns that can turn perhaps into a coherent understanding, into a narrative of our place in the universe” https://www.bbc.co.uk/radio/play/b099xhmj

[2] Las populares ilustraciones de la Virgen de la Caridad «apareciéndose» a los «tres Juanes», uno rezando y los otros dos remando o justamente soltando los remos ante el asombro de lo sucedido, no corresponde a lo realmente acontecido de acuerdo a lo que aparece asentado en el Archivo de Indias de Sevilla (véase nota a continuación). Los «tres Juanes» recogieron de las aguas una imagen física que vieron flotar en la Bahía de Nipe. Según la tradición la «aparición» sucedería más tarde ya en las montañas del cobre para señalar el sitio donde debería construírsele el templo en el Cobre.

[3] Archivo de Indias de Sevilla, título: Audiencia de Santo Domingo, Legajo: 363. Los testimonios se pueden encontrar en la obra de Levi Marrero, Cuba: Economía y Sociedad, vol. 5to, pág. 92. San Juan y Madrid: Playor.

[4] En esta edición de Jerónimo de Estridón de Jean Martianay, San Jerónimo recoge las interpretaciones de Filón de Alejandría y de Orígenes como: pikra thalassa (mar amargo) Enciclopedia Católica (S. Hier. opp., t. II, Parisiis, 1699, 2°, cols. 109-170, 181-246, 245-270) aunque en esta interpretación se presenta el problema de que en hebreo el sustantivo sigue al adjetivo.

[5] Esta es producto de la traducción de San Jerónimo del Onomasticon Sacrum de Eusebio de Cesarea, pero la ley de Phillipi abre la posibilidad de una I tónica en sílaba cerrada dando lugar a una A, de donde deriva por ejemplo la forma aramea Maryam y de ellas las formas árabe, griega y Latina.

[6] Es bueno anotar que Von Hummelauer (Enciclopedia Católica, Exod. et Levit., París, 1897, p. 161) considera la posibilidad de que el nombre tenga un origen egipcio, puesto que Miryam es el nombre de la hermana de Moisés; pero existe un complejo argumento sobre el uso poco común del nombre en el Antiguo Testamento, lo cual no implicaría que éste no haya pasado al hebreo con un significado añadido.

[7] En Mitos Ritos y Símbolos, Jean Hani, Editor: José J. Oladeña, Palma de Mayorca, 2005, p. 451-2, el autor hace esta interpretación basándose en la grafía hebraica conservada intacta en la versión griega de San Lucas (1:28-30)

[8] La Virgen Negra y el Misterio de María. Jean Hani. Editor: José J. Oladeña, 1997, p. 70,71,73.

[9] Primera Epístola a los Corintios, 13:4-13.

[10] Primera Epístola de Juan, 4:8.

[11] “Frustrated Mulatta Aspirations: Reiterations of Cecilia Valdés" in Post-Soviet Cuba. David Lisenby. Afro-Hispanic Review. Vol. 31, No. 1 (Spring 2012), págs. 87-104

[12] El origen de la habanera es muy aún muy debatido tal como lo señala Manuel Peter (Creolizing Contradance in the Caribbean. Temple University Press. Philadelphia, 2009, p. 56) aunque la gran mayoría de los musicólogos la identifican con lo Cubano, como su nombre indica.

[13] Según la tradición cristiana, tanto de los Padres romanos como de los griegos, las Personas que integran el Dios uno y trino, se relacionan con la persona de María de manera directa, siendo ésta la hija de Padre, la madre del Hijo y la esposa del Espíritu Santo, como reza el principio de la oración de San Juan Audes (Orémos con san Juan Eudes, Impresora: Feriva, Cali 2005, pág. 28)

[14] . “But anyone who has followed with attention the visions of Mary which have been increasing in number over the last few decades, and has taken their psychological significance into account, might have known what was brewing. The fact, especially, that it was largely children who had the visions might have given pause for thought, for in such cases, the collective unconscious is always at work ... One could have known for a long time that there was a deep longing in the masses for an intercessor and mediatrix who would at last take her place alongside the Holy Trinity and be received as the 'Queen of heaven and Bride at the heavenly court.' For more than a thousand years it has been taken for granted that the Mother of God dwelt there.” (C.G. Jung. Answer to Job, trans. R.F.C. Hull. Princeton 2002: Princeton University Press, págs. 99 -100).

[15] Mythological representations of the world – which are representations of reality as a forum for action – portray the dynamic interrelationship between all three constituent elements of human experience. The eternal unknown – nature, metaphorically speaking, creative and destructive, source and destination of all determinant things – is generally ascribed an affectively ambivalent feminine character (as the “mother” and eventual “devourer” of everyone and everything). The eternal known, in contrast – culture, defined territory, tyrannical and protective, predictable, disciplined and restrictive, cumulative consequence of heroic or exploratory behavior – is typically considered masculine (in contradistinction to “mother” nature). The eternal knower, finally – the process that mediates between the known and the unknown – is the knight who slays the dragon of chaos, the hero who replaces disorder and confusion with clarity and certainty, the sun-god who eternally slays the forces of darkness, and the “word” that engenders creation of the cosmos.” Jordan Peterson, Maps of Meanings: The Architecture of Belief. London, 1999: Routledge, Pág 28.

[16] This image [William-Adolphe Bouguereau’s The Queen of the angels] has to be held up as transcendent, and by that I mean, it’s an image that’s got to be at the basis of a value structure insofar as there’s going to be human beings because there aren’t going to be any human beings without the infant and the mother. And so, if that’s not held up as an image of human value, then it all falls apart. It’s something our culture does extraordinarily badly.”  https://www.youtube.com/watch?v=kj7VgBnQNUc, 0:35 min.

[17] . El lema «La Caridad nos une» nace en 1980, producto del esfuerzo por salvar las marcadas diferencias creadas por los veintiún años de separación de los cubanos que llegaran a los Estados Unidos de América provenientes de la Isla, de los ya radicados en el exilio, ambos marcados por la radical experiencia de la revolución cultural cubana. Dicho lema fue creado por La asociación católica cubana Caridad del Cobre (ACCCC) fundada en Los Angeles, California con el mismo propósito y en el mismo año.