Wednesday, January 17, 2018

Fulgores de Fulgencio: ¿Fue Batista un “populista”? (II)

Alejandro González Acosta, México, UNAM.

¿Fue Batista un “populista”? Definitivamente, no. En todo caso, fue un gobernante popular, que es muy diferente. Los populistas se caracterizan, sobre todo, por prometer irresponsablemente lo que saben (o quizá creen que sí) no pueden cumplir. A pesar de su casi inexistente educación formal, obligado por su humilde origen, e impulsado por un afán de superación personal, Batista supo convocar y reunir a los especialistas más destacados y convocarlos alrededor de un proyecto de gobierno. Su talento natural y despejado, que muchos de sus cercanos detractores reconocen, no sólo posibilitó la formación de un equipo de asesores, a quienes escuchaba, sino la creación de un estilo de gobierno. Durante sus períodos de mando, Batista no sólo ayudó decisivamente para crear las condiciones de un desarrollo sustentable, sino que respetó los principios esenciales que lo posibilitaban y además, y esto no es asunto menor, colocó en los puestos decisivos para alcanzar los logros propuestos, a los mejores y más capacitados hombres para ello, con destacadas personalidades como Emeterio S. Santovenia, a quien le encargó la reestructuración del BANFAIC (Banco de Fomento Agrícola e Industrial de Cuba, creado en 1950), con tal amplitud de criterios que sin distinción de “ideologías” al historiador marxista y antiguo militante comunista (del Partido Comunista Francés) Julio Le Riverend Brussone, luego implacable represor desde la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí”, disfrutó de una de sus direcciones más estratégicas hasta 1959. Y tampoco desdeñó escuchar opiniones de otros comunistas ortodoxos como Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez y Salvador García Agüero, a quienes agració con los nombramientos de “ministros sin cartera”, los cuales distaban de ser simbólicos y testimoniales, según se ha tratado de menoscabar: sí opinaban y sí decidían en el Consejo de Ministros, como señaló Andrés Domingo Morales del Castillo.
Batista, todo lo contrario de su sucesor, sí reconocía, apreciaba y respetaba el talento de sus colaboradores más escogidos, que eran de los más graneado de la intelectualidad cubana: en su equipo estaban, además de Santovenia, el doctor Joaquín Martínez Sáenz, Presidente del Banco Nacional de Cuba, y el preclaro ingeniero pinareño Amadeo López Castro, al frente de la Comisión de Fomento, quien logró –con su grupo de activos colaboradores- la Ley de Coordinación Azucarera (extraordinario convenio para la protección de los medianos y pequeños productores, de avanzada a nivel continental), que Batista respaldó decididamente desde 1937. Batista estableció también el Banco de Desarrollo Económico y Social (BANDES) en 1955, organismo de breve pero prometedora vida, que se sumó a otras entidades creadas en el batistato para diversificar la economía cubana más allá de la excesiva concentración en la industria azucarera. Quizá este fue uno de los primeros proyectos para reducir el monocultivo y la monoexportación en la isla.
Varios analistas de la política económica impulsada por Batista no dudan en calificarlo como un keynesiano intuitivo, lo cual resulta congruente con su afinidad hacia una socialdemocracia responsable para las condiciones latinoamericanas. El ideario social de Batista proponía un compromiso responsable y solidario del capital con los obreros y campesinos, a través de un cuidadoso entramado regulado por las leyes, como un balance de intereses complementarios, estableciendo en el país la adopción de una función social para la propiedad privada. Fueron estas premisas las que posibilitaron una alianza –estratégica más que táctica- entre Batista y los comunistas cubanos, y que muchos de sus líderes expresaran sinceramente su admiración y reconocimiento, no sólo nacionales, sino también extranjeros, como el poeta Pablo Neruda.
Son los hechos y los documentos los que imponen considerar a Batista no como un sátrapa tropical –según se ha encargado de fijar la historiografía que lo denigra, incluso desde el exilio político- sino como un auténtico luchador por los intereses de la clase trabajadora, que lo aclamó numerosas veces y sostuvo su apoyo hasta el final, en contra de las fuerzas lideradas por la pequeña y mediana burguesía y sostenida por el gran capital, a quienes lógicamente tuvo que afectar en sus intereses. Su discurso en la Conferencia Anfictiónica de Panamá en 1956 lo confirma puntualmente. Quizá esto explique también el malestar que cierto sector del empresariado nacional profesó contra el mandatario, así como las regulaciones que aplicó en el recién fundado Banco Nacional de Cuba y las prioridades establecidas en la Financiera Nacional de Cuba. Al caer Batista, y junto con él, el proyecto modernizador cubano, el régimen castrista implantó en 1960 la inoperante pero dócil Junta Central de Planificación (JUCEPLAN) de tristísima y ruinosa memoria.

Batista creía, como buen keynesiano, en un Estado fuerte pero acotado. El BANDES, complementado por el Tribunal de Cuentas –extraordinario avance contenido ya desde la Constitución de 1940- creaban un sistema de contrapesos contra el poder absoluto del Estado sobre los ciudadanos: era una fuerte autoridad ejecutiva, pero limitada, regulada y balanceada, con una marcada presencia de la consulta a los sectores sociales (sindicatos, empresarios, líderes políticos de oposición…)
El apoyo que Batista brindó para la elaboración ecuménica de la Constitución de 1940 distó de ser algo coyuntural y de conveniencia política: su ideario social y económico se identificaba plenamente con el modelo propuesto por la carta magna cubana. No era asunto de coyunturas, sino de esencias. Su actitud era mucho más estratégica que táctica: apostaba al futuro más que a un presente inmediato. Tenía la idea de una Cuba no aislada ni enquistada, sino inserta en el mundo, como un país que pudiese satisfacer sus necesidades básicas a partir de una agricultura, ganadería y economía entregadas a las necesidades del mercado, donde además se apoyara la exportación de bienes de consumo externo (el tabaco, el ron, los minerales, el azúcar) e interno (el turismo), y buscaba pragmáticamente la prosperidad del país y sus ciudadanos, ajeno a etiquetas ideológicas y alejado de propósitos trascendentales y globalistas. Era, en esos términos, un gobernante, un estadista doméstico, no grandioso, sólo ajustado a una realidad y satisfecho con el progresivo y equitativo bienestar de sus gobernados, con una Cuba reducida sensatamente a sus límites geográficos, sin ningún propósito redentorista, ecuménico, o apocalíptico. Era, sencillamente, un hombre sensato. En ese sentido, un José de San Martín, que prefiere alejarse cuando no lo aceptan. Todo lo contrario del tremendismo de un proyecto majestuoso -y a qué precio- de un Bolívar poseído por la idea de trascendencia, de inmortalizarse en la gloria de todos los tiempos a costa del sufrimiento y el sacrificio de su pueblo: un Fidel Castro, por ejemplo.
Batista y Castro representan pues las antípodas respectivas, como en su época más de un siglo antes lo presentaron Bolívar y San Martín. El decursar de los acontecimientos ha demostrado quién tenía la razón. Hay pues que revisar los saldos históricos y ajustar las mirillas para guiar la brújula en la búsqueda de un camino que finalmente nos ofrezca un horizonte mejor, sobre todo, más realista.  El ajuste de un “liberal hobesbiano”, un “optirealista” (como en la visión estadística de Hans Rosling), y sobre todo el “posibilismo” que ofrece con testaruda persistencia la realidad, esa tumba de los proyectos utópicos.
Hoy América ofrece el paradójico panorama donde el “populismo” es más bien una opción que amarillea entre viejos y maduros, añorantes de otras épocas de sueños siempre frustrados, pero perversamente persistentes. Los más jóvenes piensan con mayor realismo, ajustando sus perspectivas a las posibilidades concretas y las metas que suponen. El populismo ha sido en realidad la enfermedad infantil del izquierdismo, así como este lo fue del comunismo. Todas estas utopías han terminado en pesadillas, pero los pueblos –los electores efectivos- empiezan poco a poco a desperezarse de sus ensueños y asumir una estimulante realidad, aceptando las reglas del mercado y la posibilidad de empoderamiento que brinda el liberalismo económico, regulado por leyes, aplicadas con equidad y sabiduría.
Con su propia legitimidad, Batista sanciona y consagra la legitimidad de la Constitución de 1940 y la afianza y consolida con su acción. Su magnífico ejemplo de no pretender contender de nuevo en 1944 –a pesar de las demandas de sus colaboradores, bien o mal intencionados- fue loable, aunque lo olvidó pronto, quizá movido por otras urgencias.
Es quizá ese el instante –fugaz pero brillante y ejemplar- más luminoso y glorioso del constitucionalismo cubano. Por eso frustra las expectativas existentes sobre los siguientes mandatos, pues tanto Grau como Prío, tuvieron gobiernos fallidos e inmorales. Lo que ganó en prestigio la legalidad cubana entre 1940–1944, lo perdió rápidamente en los ocho años siguientes, con los dos gobiernos “auténticos”, entre 1944-1948-1952. Se explica en ese contexto que el incruento golpe de 1952 fuera no sólo reclamado y demandado, sino aplaudido y apoyado mayoritariamente, con excepción de algunos sectores muy combativos e intransigentes, con intereses muy marcados.
Luego todo esto, obviamente, se suprimió, porque tenía que ser suprimido. El modelo estatal que impone Castro es el de un Estado todopoderoso, sin límites ni cotas, con un propósito superior intangible que justifica todos los excesos: el pretendido bienestar del pueblo… Nunca se ha explicado bien lo que significan en ese modelo ni el “bienestar” ni “el pueblo”, ese ente amorfo. Luego, ese concepto de “bienestar” fue sustituido retóricamente por la “dignidad y soberanía”, burdos disfraces para ocultar el fracaso. Cuando un gobernante habla para “el pueblo” en vez de “los ciudadanos”, algo empieza a descomponerse, pues la estratagema de manipulación es evidente. El “terrible dictador” Batista aceptaba y promovía ese sistema de pesos y contrapesos, que su sucesor, el “magnífico líder benéfico” suprimió, para llevar adelante su proyecto “bienhechor”, plenamente convencido que la bondad de su causa y la legitimidad de su sueño justificaban cualquier exceso, pues, como dijeron los franceses de 1789 y él asumió con entero beneplácito, “la revolución es fuente de derecho”.
Más allá del nombre y sus circunstancias, tan vilipendiado el primero y tan ignoradas y desvirtuadas las segundas, lo más importante, trascendente y rescatable es el saldo final incontrastable, y que por inevitable comparación resulta hoy abrumador. El saldo histórico de Batista y lo que él significó y quienes se agruparon bajo su bandera, es abismalmente superior al de la actualidad: de la cima a la sima, Cuba ha protagonizado como víctima uno de los descalabros mundiales más espectaculares en los últimos 60 años, que, aunque la oficialidad del régimen se empeñe necia y obtusamente en negar, ya ni maquillando sino intentando una cirugía reconstructiva mayor, puede ocultar esa empeñosa y testaruda opositora que es la realidad, su principal enemiga.
Batista no fue (ni quiso serlo) un líder, sino un conductor; un aglutinador propiciador, más que un tirano egocéntrico. Posiblemente eso mismo lo perdió, dadas las características de la Cuba que gobernó y lo arrojó del poder, configurando el peor atentado contra sus propios intereses, el triste suicidio de un país. Porque más que el caudillo de un país, se sentía el arquitecto de una nación. Por supuesto, aunque influido por modelos heroicos como Napoleón Bonaparte y José Martí, Batista carecía de una noción de él mismo como un Mesías; en todo caso, era el “hombre fuerte” que reclamaban las especiales y complejas circunstancias por las que había derivado históricamente la política insular, siempre presa de apetitos, ambiciones y egoísmos inenarrables, que marcaron la trayectoria de su apenas medio siglo de vida republicana, hasta conducirla finalmente al despeñadero irreversible.

Las cifras y las estadísticas pueden acumularse, de ambos lados, de forma casi infinita: pocas veces dos “verdades” han sido tan contrastantes, lo cual indica la certeza de que una de las dos es necesariamente falsa. Pero más allá de los guarismos y fórmulas, hay una piedra de toque para identificar el metal espurio del auténtico: Cuba, país con una antigua historia tradicionalmente de inmigrantes, desde 1959 se ha transformado en uno de emigrantes, sin haber padecido ninguna plaga, epidemia ni desastre natural: su hecatombe ha sido obra de los hombres, o mejor, de UN hombre, quien impuso su omnímoda voluntad a un grupo de cómplices solícitos y atemorizados.
La epidemia que ha asolado el país es una ideología represora que encarcela al individuo y el desastre ha sido el resultado evidente y monstruoso de un país en ruinas físicas y morales. ¿Cómo explicar y menos aún justificar que un país tenga más del 20% de su población fuera de sus límites nacionales y la cifra siga aumentando, y eso a pesar de todas las restricciones tanto del emisor como de los receptores?
¿Qué tipo de país quería Batista? Esencialmente, un país sensatamente reducido a ofrecer una vida de mejoras constantes y progresivas a sus pobladores, alejado humildemente de los grandes escenarios de la Historia. Un país modestamente satisfecho, sin trompetas ni clarines, con la saludable y razonable satisfacción de las necesidades y los sueños de sus ciudadanos: un país a la escala sencilla y cotidiana de sus habitantes. No un país de héroes permanente e infinitamente sacrificados, sino de ciudadanos contentos y esperanzados con sus sueños y proyectos individuales de legítimo mejoramiento. Un país a la medida y en la exacta escala de su estratégica ubicación en el ombligo del mundo, en el cruce de las principales rutas comerciales y turísticas del planeta, adecuado a su esencia de ser lugar de acogida y reposo.
Todo parecía disponer a Cuba para este propósito: su clima, su territorio con amplias bahías y hermosas playas, una vegetación exuberante de permanente verdor, un territorio predominante llano y fértil, con una dilatada temporada de lluvias, temperaturas cálidas pero refrescadas por las brisas marinas, el carácter normalmente cortés y hospitalario de sus activos y diligentes pobladores, con una agradable combinación racial y una cultura rica y en expansión, hacía posible suponer que la Cuba del futuro sería el emporio turístico del planeta. Mientras la “visión” cubana de Castro era “heroica” –sin contar con la voluntad de sus ciudadanos, a quienes él, quisieran o no, guiaría por el sendero de la Gloria para construir su propio pedestal- la concepción de Batista fue, ramplona y sensatamente, doméstica. Un hombre que amaba entrañablemente a su familia no podía condenar a su familia mayor, la nación, a un destino que la comprometía, todo lo contrario de Castro, que por la inexistencia de un sentido familiar –su misma vida lo demuestra, si no bastaran los testimonios de sus propios hijos y hermanos- no le importaba en lo más mínimo los destinos individuales de los ciudadanos, atento sólo a su engrandecimiento: Ad maioren gloriam mea. Pro domo sua.
Castro infundió la noción judeo-cristiana del odio a la riqueza, de la repulsión a la comodidad y la prosperidad: de la Atenas que podía y debía ser Cuba, se empeñó por obra de su monstruosa personalidad egoísta y megalomaníaca en transformarla en la caribeña Esparta contemporánea. Sustituyó la pluma por la espada, el automóvil por el cañón, la paz por la batalla permanente, y en primer lugar, contra sus propios ciudadanos, en esta inacabable guerra incivil de casi 60 años que hoy continúa.
De esta suerte, en la Cuba de los años de la década de 1950 se reprodujo el enfrentamiento de las dos formas de entender a la américa Hispana que pulsearon 120 años antes: la visión del autoritario Simón Bolívar, con una concepción individualista del poder guiado por una causa superior bajo su absoluto control, y la de un José de San Martín sensato, consciente de la diversidad que pretendió unificar, aceptando la diversidad y la coexistencia de fuerzas disímiles, pero complementarias. Una vez más, como en su momento original, la causa más sensata perdió ante la otra, más ejecutiva y grandiosa, pero con un costo mayor de sacrificios y fracasos.
Un Gran Sastre Mayor e inapelable despojó a los cubanos de sus trajes de Dril 100 y los obligó a vestir uniformes de milicianos, los finos zapatos bostonianos fueron sustituidos por incómodas botas de campaña, el jipijapa por la gorra de campaña, los festivos carnavales por desfiles militares, las carrozas por tanques y la Historia por un acto de incesante y eterno sacrificio. La Cuba que soñaron Batista y su equipo, como representación y condensación de sus factores integrantes y su papel en el presente del continente y de su futuro, fue demolida cuidadosa e implacablemente por la Cuba concitada por Castro y su camarilla: una negaba a la otra y por tanto, sólo podía sobrevivir una de ellas; por el momento, la última, pero la primera continúa pertinazmente prendida en el inconsciente colectivo de la Nación: a ella ha de volver, inevitablemente, en un acto de contrición y expiación de escala formidable y ejemplar.
En una de sus más reveladoras declaraciones, Batista no se concebía como un “policía” ni tampoco un “conductor”: la íntima y modesta comprensión de su papel era la de un “arquitecto de la Nación”, un unificador de voluntades, un forjador de destinos, quien conjunta los esfuerzos de distintos constructores para levantar un edificio, y esa vocación se concretó en numerosas obras que señalan su huella imborrable en el desarrollo de la nación cubana.
Cuando termine de desplomarse por su propio peso el engendro absurdo de la pesadilla castrista, quizá sólo sobrevivirán como pertinaces testimonios tétricos de proyectos anteriores, entre las ruinas humeantes, los últimos restos de lo que fue el pasado representado por Batista y los otros grandes constructores de Cuba: Gerardo Machado y Mario García Menocal. Muy poco, casi nada, por fortuna, sobrevivirá de la arquitectura “revolucionaria”, quizá sólo en un restaurante con nombre de rara y efectiva elocuencia: en el Parque Lenin (en cuyos árboles se ocultó Reinaldo Arenas, perseguido por la policía política, nuevo Tarzán cubano, famélico y acosado), “Las Ruinas”.
Los testimonios que mejor representarán este período serán, en difícil concierto polifónico, los libros del propio Arenas y de Zoé Valdés, Guillermo Cabrera Infante, Abilio Estévez, Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, Eliseo Alberto y Antonio José Ponte, como los autores más destacados, entre muchos más. Cada uno de los desmesurados “proyectos” castristas, tendrá su epitafio literario: desde las monstruosas UMAP’s (Un ciervo herido, de Félix Luis Viera) hasta el atropello sistemático de las mujeres cubanas (Habana-Babilonia, de Amir Valle). Con estos proscritos, habrá que escribir la verdadera historia de la literatura y cultura cubana del futuro.
Ícaros a su pesar, los cubanos, juguetes prescindibles de una monstruosa voluntad, finalmente se han precipitado al mar, con las alas quemadas por acercarse demasiado al “sol revolucionario”, ese que, según frustrada profecía de un poeta inmolado por sus propios camaradas, sería como “la gran aspirina” universal, pero que terminó partiéndole el corazón en una oscura e ignota selva centroamericana.
Tristemente, en el cubano actual de la isla predomina la asombrosa bipolaridad de una egoísta apatía temerosa, con un exaltado –exagerado- disfrute momentáneo sin futuro: la desoladora y deprimente imagen reciente de un grupo de vecinos en medio de la calle y ante un edificio con peligro evidente de derrumbe, jugando dominó en medio de una inundación de aguas negras, es el símbolo de esta época. “Sobrevivir” como sea y que los problemas que nos afectan a todos los solucionen los demás. Curiosa combinación de la tortuga escondiéndose en su caparazón, o el avestruz metiendo la cabeza en la arena para enfrentar la tormenta que le pasa por encima y lo aplasta.  “El cubano, avestruz del trópico” (1938) dijo en temprana y clarividente fecha Enrique Gay-Calbó. El “desmesurado delirio de grandeza” condujo inevitablemente a la ruina y el derrumbe: patético hybris tropical que nos trajo esta némesis interminable.
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Tuesday, January 16, 2018

Fulgores de Fulgencio (I)

Alejandro González Acosta, México, UNAM.
Unas palabras olvidadas.
“La finalidad de elevar el nivel de vida de nuestros pueblos y la movilización de las fuentes de riquezas, corresponde a cada nacionalidad, y aunque la cooperación se deriva de la misma naturaleza de los convenios, acuerdos o negociaciones, no debe esperarse que la ayuda principal nos venga de afuera. Nuestros países, incluyendo al Canadá, forman un formidable conglomerado que integran más de 357 millones de seres humanos. Son pueblos que aman su progreso y su libertad; que no tienen apetencia de expansión territorial, ni permiten que otros atenten, directa o indirectamente, contra su libre determinación. Debe aspirarse a que esos preciosos conceptos no descansen únicamente, para unirnos y compenetrarnos, en combatir al marxismo, que es deber e interés de todos, sino que tengan también una sólida arquitectura económica y social. Esa recia consolidación servirá de contén a las infiltraciones de la demagogia vernácula y a la acción corrosiva del comunismo. Es indispensable la facilitación de inversiones de capital privado y público, en forma que trasciendan al bienestar de la familia y a la prosperidad de las naciones. Es preciso un razonable balance entre lo que se importa y las exportaciones, y encauzar debidamente la producción interna. Todo eso, con la eliminación de la doble imposición fiscal, y dentro de las operaciones comerciales fijando adecuadas normas arancelarias y monetarias, sin abandonar ninguna de las partes de la defensa de los respectivos patrimonios, sería la mejor cooperación, en modos recíprocos, para lograr resultados fecundos. Debe propiciarse un ambiente social en que lo demagógico y especulativo no sea más fuerte que el imperativo económico.“Una de las maneras es propender a que se distribuyan más equitativamente los rendimientos de la producción, con el objeto de establecer la mayor circulación monetaria, el desarrollo de los negocios y la seguridad del capital y el trabajo.“Esta declaración recoge –entendemos- el deber de lograr un sistema de seguridad social que, apoyándose en los seguros obligatorios y en un eficiente sistema de asistencia pública, proporcione atención hospitalaria, viviendas higiénicas para el campesino y el obrero, y de interés social para los individuos de modestos ingresos, liberándose del miedo a la inestabilidad y a la miseria. Para que se eleve el nivel de vida, debe evitarse, al mismo tiempo, la competencia desleal basada en los bajos salarios y pobres condiciones de trabajo, sobre todo, cuando el obrero se encuentre impedido de organizarse para su defensa.“La enseñanza común, la guerra al analfabetismo, los establecimientos tecnológicos, los de educación y de cultura, con el intercambio cultural, nos ayudarán, cada vez más, a prevenirnos contra las actividades que tienden a despojar al ser humano de los atributos espirituales indispensables a la vida y al libre albedrío.“En el Tratado de Asistencia Recíproca de Rio de Janeiro se proveen los medios defensivos y se condena toda agresión a los Estados Americanos. Y en la era que vivimos, todos debemos estar listos contra la positiva amenaza del comunismo, más peligrosa cuanto más repudian la sangrienta y brutal tiranía que antes apoyaron los actuales sibilinos rectores rusos.“Nuestros pueblos, manteniendo cada uno la manera de vivir que les legó la tradición, su medio ambiente y sus características, podrían fortalecer los actuales vínculos de solidaridad, sintiéndose miembros felices de una próspera e invulnerable gran familia americana.”
En las palabras anteriores hay todo un programa social, político y económico, coherente y articulado: compromiso con los desfavorecidos, obligación del Estado para los pobres, combate a la miseria y al analfabetismo, cuidado de la salud comunitaria, equilibrio comercial, manejo responsable de la economía… Cualquier político europeo o latinoamericano de la actualidad suscribiría gustosamente esos conceptos citados, y formaría alrededor de ellos un plan de gobierno, que seguramente sería aplaudido y agradecido por sus gobernados…
Batista en un discurso ante el congreso norteamericano en 1940
Aunque parezcan cercanas, las palabras anteriores las pronunció hace más de 60 años, en 1956, Fulgencio Batista Zaldívar: fueron sus “Previsiones y advertencias en el Congreso Anfictiónico de Presidentes”reunido en Panamá, por el 120 Aniversario de aquel que convocó en ese mismo lugar Simón Bolívar en 1836, llamando de nuevo a la unidad –no geográfica ni política, pero sí de intenciones y compromisos democráticos- latinoamericana.
Para un lector razonable y atento quizá estas palabras despierten un cierto interés para conocer más profundamente a quien las dijo, más allá de la imagen que se ha construido sobre su perfil en estas seis décadas de velos y distorsiones. No se trata de un “rabioso anticomunista” como se ha dicho (desde posiciones diametralmente opuestas en el espectro ideológico) sino alguien que conoce bien la materia que trata, por su origen racial y clasista, mestizo y pobre, y por su relación (experiencia personal) con líderes y estrategas de esa militancia política. Sabe bien de lo que habla. Cuando muchos coqueteaban con la utopía comunista en Latinoamérica, ya Batista alertaba sobre el peligro que representaba y el desastre consiguiente que hemos visto cumplirse implacable y certeramente en el continente hasta nuestros días, cuando hasta su principal promotor mundial llegó a confesar en un arranque de inusitada sinceridad, o de decrépita senectud, ser “un sistema que no funciona ni para nosotros”.
De haber prestado atención a la certera llamada de alerta de Batista y seguido la línea que expuso, muy diferente hubiera resultado no sólo la historia de Cuba sino la de todo el continente.
Posiblemente esa crítica de Batista contra los Estados Unidos en un foro internacional molestó al gobierno yanqui y no se lo perdonaron: era la muestra de una independencia demasiado retadora y cuestionadora de la visión y la responsabilidad de la república americana. Después de esta reunión, lo cierto es que el gobierno de Eisenhower comenzó a distanciarse de Batista, suspendiendo la entrega de armas que ya habían sido compradas y pagadas, y apoyando subterráneamente al incipiente movimiento guerrillero de Castro, a quien nunca quisieron aceptar como un agente comunista a pesar de los numerosos y fuertes indicios. La tesis de “la revolución traicionada” ha sido suficientemente desacreditada y no tiene ningún sustento ya, así como la otra peregrina ocurrencia que fue “el impulso americano para que Cuba cayera en brazos de los soviéticos”: ambas forman parte sustantiva de una leyenda que trata de exculpar a los verdaderos responsables del desastre actual en la isla: el obtuso y miope gobierno americano y la falta de visión y de generosidad de las clases directivas de la Cuba republicana, que arrojaron el país en brazos de un hábil y ambicioso Castro. Hoy unos y otros continúan purgando sus pecados, pero a quien peor le ha ido es al empobrecido pueblo y la fracturada nación cubana en la más severa y total crisis de toda su historia.
Quizá por esa conciencia culpable y negra, los propios Estados Unidos, a través de elementos tan diferentes como el famoso “Papel blanco” del Departamento de Estado y las películas de Hollywood (en especial la serie de El Padrino), trataron de anatematizar el gobierno de Batista, creando la falsa e hiperbólica imagen de Cuba como un prostíbulo de los yanquis  y como la colonia de la mafia americana, cuando ni aún en Estados Unidos se reconocía la existencia de esa agrupación: hasta su último suspiro el director vitalicio del FBI, John Edgar Hoover negó terminantemente que existiera la mafia, y si en los Estados Unidos la máxima autoridad responsable de la política interior no lo aceptaba, ¿cómo pretendían que un gobierno extranjero sí lo hiciera, y además impidiera las inversiones que un grupo de empresarios realizaron en el país con el beneficio para la economía nacional y la generación de empleos? ¿Acaso los gobiernos de EEUU impidieron no sólo el emporio de Las Vegas y ni siquiera el de Atlantic City? ¿Por qué esperaban que un político extranjero, presidente de una república independiente, lo hiciera? Quizá lo que realmente les molestó a los intereses yanquis fue que esas inversiones se realizaran fuera y no dentro del territorio americano. Hoy sólo el turismo mentecato de los “compañeros de viaje” que nunca han faltado, pueden negar la realidad visible y palpable de una Cuba hundida en la miseria y convertida ahora sí en un gigantesco prostíbulo, con una población tan esclavizada como nunca soñaron Weyler ni Capone.
Los gobiernos de Estados Unidos tuvieron hacia Batista una actitud deleznable: nunca perdonaron sus orígenes sociales y políticos. ¿Cómo recibir con auténtico y sincero beneplácito a un presidente extranjero mestizo, mientras en el sur del país se aplicaba la más absurda segregación racial?

Batista no sólo fue un aliado sino un amigo de Estados Unidos y estos le correspondieron con la traición y una actitud, en el mejor de los casos, distante. Les repugnaba tener que tratar con un caudillo latinoamericano quien además tenía la insoportable tendencia a decirle ciertas verdades. Batista fue un aliado fiel y confiable durante el momento de difíciles decisiones cuando la Segunda Guerra Mundial. El gobierno de Batista no escatimó -como sí hicieron otros gobiernos latinoamericanos- el apoyo y la ayuda necesaria para conseguir la victoria sobre el nazi-fascismo primero, y contra el comunismo ruso después. A la lealtad y el abrazo, Estados Unidos correspondió con la traición y el distanciamiento. Batista apoyó, por coincidir con su proyecto propio de desarrollo y progreso nacionales, las iniciativas norteamericanas para una concertación continental y mundial. En gran parte, lo mejor del gobierno de Batista en ese sentido fue replicado por el mandato posterior de Carlos Prío Socarrás. Fue un aliado leal, compartiendo una visión democrática del continente. Y lo ignoraron y luego lo vendieron.
Fue un personaje como Batista, a quien se le ha negado sistemáticamente la condición de estadista y sólo se le considera como un “sangriento dictador”, quien pudo ver en el horizonte y alertar sobre los peligros y los males que nos acechaban en muy temprana fecha, más dada al irresponsable regocijo que a la reflexión prudente y visionaria.
El filósofo e historiador Emilio Ichikawa, en un artículo de su blog (e.i.), “Batista y el anticomunismo con rostro humano” (10 de Agosto, 2014), calificó como “observaciones agudas” esta histórica intervención del mandatario cubano, y las reconoció como “tesis bastante atinadas, al menos en lo político”, en relación con la expansión continental del comunismo. Ichikawa vincula el discurso de Batista a la luz del reciente XX Congreso del PCUS y del “Informe secreto” presentado el 25 de febrero de ese mismo año 1956 por Nikita Kruschov contra los crímenes de Stalin, como el contexto en el cual se inscribe y demuestra entre otros asuntos la información actualizada del estadista sobre el escenario internacional.
En ese discurso Batista hace mucho más que exponer una terapia, pues indica una labor profiláctica: prevenir en sus causas y orígenes, más que extirpar, el comunismo en América. Era una actitud pro-activa, no reactiva, que proponía tomar la iniciativa y demostraba así una penetrante visión como estadista. La tesis de Batista era sencilla y eficaz: el bienestar generalizado sería la mejor vacuna y la más efectiva prevención contra el comunismo. Pero no fue escuchado.
Ichikawa relaciona este llamado de Batista con los puntos de la Declaración final de la Conferencia de Presidentes, el 22 de julio de 1956. En el Punto 4 se señalaba el compromiso que debía mantenerse para enfrentar la expansión del comunismo infiltrante, pero el Punto 5reproducía en esencia la participación de Batista, donde enfatizaba que “debe existir un compromiso con la paz, la justicia y el bienestar”, como condiciones saludables de la vida democrática continental.
Batista resaltaba “una sólida arquitectura económica y social” para impedir la diseminación del mensaje disolutivo y de resentimiento social comunista, con “una distribución más equitativa” de la riqueza, donde los gobiernos garantizaran la seguridad social, la asistencia pública, la adecuada disposición de hospitales, la oferta de viviendas para los trabajadores, obreros y campesinos, y alertaba contra la empobrecedora competencia desleal, pues exigía mejores salarios y condiciones de trabajo, al mismo tiempo que hacía énfasis en la educación y la cultura como motores de la superación social y el desarrollo nacional.
Por las ideas que contiene este discurso, parece que en lugar de contar con la asesoría de Enrique Pizzi de Porras, su asistente personal, hubiera sido redactado por tres de sus antiguos colaboradores, Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez y Julio Le Riverend.
En una entrevista posterior a la conferencia, la aguda visión de Batista llama la atención para no distraerse ni equivocarse, y menos confiarse ante la “falsa apertura” del comunismo que trataba de vender Krushov por esos días. “Más peligrosa cuanto más repudian la sangrienta y brutal tiranía que antes apoyaron los actuales sibilinos rectores rusos”: Batista, un político intuitivo, tenía un buen olfato. Consideraba que todo esto era sólo “un cambio de estrategia”, pero que su agresividad quedaba igual. “El peligro comunista es tanto más intenso cuanto más suave parezca ser…”
Y oyendo todo esto, en primera fila, estaba Dwight E. Eisenhower, pero parece que no escuchó nada: pocos meses más tarde, su Secretario de Estado, John Foster Dulles declaraba el 8 de abril de 1958 el embargo norteamericano de armas contra Batista, que fue el golpe mortal para él y la democracia en Cuba cuando se enfrentaba a la insurgencia castrista. Al día siguiente del embargo, como si todo estuviera previamente acordado y coordinado, Fidel Castro declaraba la Huelga General Nacional Revolucionaria del 9 de marzo, que fue un absoluto fracaso por la falta de apoyo de los trabajadores, quienes seguían a Batista.

En el nivel debajo del despacho de Foster Dulles, el famoso Cuarto Piso del Departamento de Estado, continuaba, callada pero efectiva, la maquinación a favor de Fidel Castro…

Sunday, January 14, 2018

Un exiliado doble

Interesantísimo artículo en El País Semanal sobre el arquitecto español Martín Domínguez Esteban (San Sebastián, 26 de diciembre de 1897 - Nueva York, 13 de septiembre de 1970) quien se encargara de diseñar -entre otros- los edificios Radiocentro y FOCSA en La Habana, doble exiliado del franquismo y el castrismo:

Tras el triunfo de la revolución, el arquitecto recomienda a los dueños que vendan los terrenos al Estado, antes de que los confisquen. “Mi padre lo vio venir todo desde el principio, por su experiencia en el lado republicano. Pronto identificó los discursos de Fidel Castro con los de la Pasionaria. ‘Esto ya lo he oído yo antes’, decía. Sabía muy bien a dónde iba aquello. Mi madre no, pero él sí”. La junta de FOCSA le envía a hablar con el Che Guevara, que llevaba el Ministerio de Hacienda y la Fortaleza de La Cabaña. “Ahí todas las mañanas fusilaban gente. Las ráfagas se oían en toda La Habana. Negocia con él y venden los terrenos por debajo del precio de adquisición, claro. Luego el Che lo invita a cenar”. Y ahí Martín Domínguez sella su suerte. El comandante Guevara quiere saber más de él. “Bueno, Domínguez, usted es republicano español. ¿Y cuáles son sus ideas?”. “¿Mis ideas?”. “Sí, sus ideas”. “Pues desde el punto de vista personal soy conservador, y desde el punto de vista político soy liberal”. A partir de aquella conversación empezaron a llegarle agitadores a las obras, para sublevar a los obreros. Entre tanto, Domínguez, junto a Gómez Sampera e Ysrael Seinuk, había presentado el proyecto del edificio Libertad, un espectacular rascacielos de 50 plantas, a un concurso oficial para conmemorar la revolución. “El jurado de arquitectos iba a darles el primer premio. Mi padre no figuraba, claro, pero cuando le enseñan el proyecto a Fidel, dice que no lo acepta, y que ese gallego no vuelve a construir en Cuba”.

Saturday, January 13, 2018

Un cementerio del exilio

El ahora conocido como el Caballero Rivero Woodlawn North Park Cemetery and Mausoleum es uno de los cementerios más antiguos de Miami. Fue fundado en 1913 por tres de las figuras más importantes en el desarrollo inicial de Miami ―Thomas O. Wilson, William N. Urmey and Clifton D. Benson― establecida como ciudad menos de veinte años antes, el 28 de julio de 1896. En 1926 un reconocido arquitecto funerario McDonald Lovell fue contratado para diseñar el mausoleo principal del cementerio. La Funeraria Caballero, fundada en la Habana en 1857, que fue reabierta en la calle 8 en los años sesenta luego de que sus dueños se exiliaran desde Cuba, en 1990 se fusionó con Woodlawn Park Cemeteries and Funeral Home. Tres años más tarde, en 1993 la nueva entidad adquirió Rivero Funeral Homes fundada en la Habana en 1946 y que para entonces se había convertido en el mayor negocio funerario de la Florida con lo que asumió su actual nombre: Caballero Rivero Woodlawn North Park Cemetery and Mausoleum. Desde antes de estos cambios ya el cementerio situado en la calle 8 de SW entre las avenidas 32 y 33, corta distancia del concurrido restaurante Versailles acogía restos de cubanos, famosos o no fallecidos, en la ciudad.

Allí reposan los restos de los expresidentes Gerardo Machado y Carlos Prío Socarrás, el de los líderes del exilio Manuel Artime y Jorge Mas Canosa, el del afamado caricaturista Antonio Prohías y del bailarín y estrella del American Ballet Theater Fernando Bujones. El Caballero Rivero Woodlawn North Park Cemetery de la 8 calle con la 32 avenida del suroeste es, en mayor medida que otros, el cementerio del exilio cubano.

Recorrido:
Al entrar al cementerio y tomar la senda de la derecha a unos cincuenta metros de la entrada encontramos el mausoleo de Carlos Prío Socarrás (1903-1977) quien fuera el último presidente de la república elegido en elecciones democráticas (1948-1952) depuesto por el golpe de estado de Fulgencio Batista. 


Unos metros más adelante se encuentra la tumba de Jorge Más Canosa una de las figuras más importantes del exilio en las décadas del 80 y 90 del siglo pasado y fundador de la Fundación Nacional Cubano Americana.



Algo más adelante se encuentra el mausoleo principal del cementerio.



En este se encuentra el nicho que contiene los restos del caricaturista Antonio Prohías (1921-1998)

El de Gerardo Machado Morales (1871-1939)


 Y el del tristemente célebre Esteban Ventura Novo (1913-2001):


Cerca de la salida a mano derecha se encuentra la tumba del bailarín Fernando Bujones (1955-2005):


Muy cerca se encuentra la tumba del coronel Emilio Bacardí Lay (1877-1971), quien acompañara a Maceo en la invasión a Occidente y posteriormente fuera vicepresidente de la compañía de ron Bacardí. No confundir con su padre, el patriota, político y escritor Emilio Bacardí Moreau  (1844–1922) quien se halla enterrado en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba.






Thursday, January 11, 2018

ACTO DE INVESTIDURA Y FIRMA DE CONVENIO DE COOPERACIÓN


Dr. Oscar Belloso, dando la bienvenida
El pasado 9 de enero tuvo lugar en el Salón de Actos de la Universidad Rafael Belloso Chacín, de la ciudad de Doral (Florida), el acto de investidura de dos nuevas académicas y de firma del Convenio de Colaboración entre nuestra entidad y el Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo.
El acto comenzó con un saludo a los asistentes del Dr. Oscar Belloso Medina, Presidente-Rector de la universidad sede del evento, quien nos dio la bienvenida y brindó los locales de la nueva casa de altos estudios floridana para las actividades de la Academia que sus dirigentes consideren importantes. El acto de investidura, bajo la dirección de Pedro Corzo actuando como Maestro de Ceremonias, comenzó con el discurso de la Dra. Ellen (Lismore) Leeder, destacada pedagoga y estudiosa de la historia y la literatura cubanas, en especial de las obras de conocidas autoras del exilio tales como Hilda Perera, María Elena Cruz Valera, Josefina Leyva, etc. Su discurso de investidura tuvo como título Breve acercamiento a un suceso histórico cubano: “La Toma de La Habana por los Ingleses”.
La Dra. Mariela A. Gutiérrez fue la segunda académica investida. Como la Dra. Leeder, la Dra. Gutiérrez es, también, una distinguida educadora, como lo demuestran los galardones recibidos en ese campo de su vida profesional. Es Miembro de Número de la Academia de la Lengua Española (ANLE) y Académica Correspondiente en los Estados Unidos de la Real Academia de la Lengua (RAE), entre otras muchas posiciones en organizaciones académicas e intelectuales nacionales e internacionales. Sus libros constituyen lectura obligatoria en cursos universitarios relacionados con la historia del folklore afrocubano y/o la obra de Lydia Cabrera. Su discurso de investidura se tituló: José Martí: Amor Devoto a la Patria y a su América.
Los doctores Octavio de la Suarée y Eduardo Lolo escoltan a las dos nuevas académicas: las doctoras Ellen Leeder y Mariela A. Gutiérrez
El Discurso de Respuesta estuvo a cargo del Dr. Octavio de la Suarée, uno de los fundadores de nuestra entidad y su actual Secretario. El Dr. de la Suarée es, también, el Editor del Anuario Histórico Cubanoamericano, cuyo número inaugural vio la luz recientemente publicado por la AHCE. La ceremonia concluyó con la entrega de los diplomas de membrecía a las nuevas académicas por parte del Dr. Eduardo Lolo, Presidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y miembro de la Junta Directiva de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) entre otras responsabilidades. 
A continuación se procedió a la firma del Convenio de Colaboración entre la AHCE y el Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo. Estamparon sus rúbricas en el documento Pedro Corzo, Director del IMHCCT y Eduardo Lolo, Presidente de la AHCE.
Eduardo Lolo y Pedro Corzo firmando el convenio de colaboración
Mediante dicho convenio, ambas organizaciones se comprometieron a colaborar en el acopio, análisis, evaluación y registro de los hechos históricos cubanos, con especial énfasis en la lucha contra el totalitarismo en Cuba y en el Exilio. Igualmente, se propusieron como objetivos dar a conocer las publicaciones, actividades, convocatorias, etc. de la otra entidad entre sus afiliados y/o publicaciones así como organizar actividades de contenido cultural y científico con la finalidad de impulsar el conocimiento de la Historia de Cuba al margen de la falsificación castrista. También se acordó convocar, de manera conjunta, un concurso anual de Ensayo Histórico, con el nombre de Nicolás Pérez Díaz-Arguelles, para premiar la mejor pieza que se presente. 
Luego de firmados los dos originales, se procedió a su intercambio para que ambas organizaciones tengan en sus archivos los correspondientes documentos legales.
 El acto finalizó con unas breves palabras del Dr. Eduardo Lolo, quien informó públicamente de la próxima salida de la convocatoria para el Primer Congreso de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, dio la bienvenida a las nuevas académicas, y agradeció al Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo su alianza con la Academia. Concluyó el Dr. Lolo destacando la importancia de trabajar todos juntos en el registro histórico de la lucha del pueblo cubano por su libertad y los éxitos y fracasos del Exilio en tanto que parte integral de la nación.
Vista parcial del público asistente.


Monday, January 8, 2018

El asesinato de la Historia o Crimen en el Occidente Express

Reproducimos acá el artículo de nuestro presidente Eduardo Lolo que acaba de publicar la agencia española EFE:

El asesinato de la Historia o Crimen en el Occidente Express
          Por Eduardo Lolo*
 8 ene.- La vida no es un musical de Broadway. En las sabanas africanas, el leoncito huérfano de un padre vencido tendría muy pocas probabilidades de llegar a ser Rey León de la manada, pues es costumbre ancestral que el nuevo monarca, una vez victorioso en el duelo con su predecesor, mate a todos los cachorros hijos del soberano depuesto. Algo semejante entre seres humanos sería considerado una monstruosidad, aunque algunos magnicidios han comprendido el asesinato de los herederos al poder y hasta de la familia toda del destituido, como es el caso de la masacre de los Romanov a mano de los comunistas rusos en el poder, que incluyera los cinco vástagos del matrimonio. El carácter excepcional del nefasto final del último zar y toda su estirpe no puede, sin embargo, disimular el hecho de que el intento de asesinato de la historia por parte del hombre es mucho más trágico que entre animales, aunque no sea mediante acciones tan sangrientas. Porque es el caso que a los humanos no nos basta con borrar el ADN del vencido; es imprescindible anular, también, su memoria del tiempo, tercamente viva gracias a la historiografía desarrollada tanto en palabras, como en recuerdos esculpidos y hasta en el grafiti nervioso sobre una pared ansiosa, en su desnudez, de posteridad.
La historia sin registro corre el riesgo de no ser tal, degradada a mito o leyenda. Así, las pirámides egipcias sin jeroglíficos no serían más que saqueados montículos mortuorios; Ciro, sin Jenofonte, estuviera en la misma categoría que el Rey Arturo; al tiempo que la conquista del Imperio Azteca por un puñado de aventureros desprovistos de retorno sería inexplicable sin el recuento senil de un antiguo alférez. De la historia parte el registro; del registro, la autenticidad de la historia. De ahí que para extremistas de toda laya no basta la muerte de la persona: es necesario también matar al personaje; que es decir, eliminar el registro de la historia que lo convirtió de lo primero (carne fugaz) en lo segundo (memoria tenaz).
El intento de asesinato de la historia ha sido practicado en todas las épocas y civilizaciones. En el Occidente actual, como en la novela de Agatha Christie que parodio en el título, son muchos los que alzan vengativos el arma asesina ante un aterrorizado Poirot público: anarquistas (ahora llamados "antisistema"), comunistas reciclados con diversas etiquetas, religiosos fundamentalistas de disímiles credos "evangelizando" a la fuerza, nacionalistas excluyentes de intransigencia totalitaria, y otros de igual o semejante calaña; todos los cuales, en sentido general, no son más que entes frustrados o inadaptados que quieren culpar a la historia de sus propios fracasos.
Las justificaciones o recompensas para ser parte de la horda historicida son varias, tanto terrenales como celestiales: de enjuiciar pasadas actitudes deplorables como si estuvieran vigentes (aplicando códigos modernos y, consecuentemente, anacrónicos), a las mil vírgenes a la espera de ser desfloradas por un pene previamente destrozado por un cinturón suicida. En todos los casos los nuevos cruzados se masifican para llevar a cabo su misión; que es decir, dejan de ser individuos para convertirse en ciegos instrumentos de infalibles mesías de nueva factura.
Veamos unos pocos ejemplos:
Una de las primeras acciones que llevó a cabo Fidel Castro a su llegada al poder fue derribar las esculturas de algunos de los presidentes elegidos democráticamente que se habían erigido en una céntrica avenida habanera conocida como Avenida de los Presidentes. Abría el desfile la de Tomás Estrada Palma, primer Presidente de la República. Por impericia de los que tenían que llevar a cabo el derribo o una imprevista solidez del monumento, el caso es que la estatua de Don Tomás no pudo ser derribada, por lo que se optó por cercenarla por su parte más vulnerable: los tobillos. Quedaron, solitarios sobre el pedestal, los calzados de bronce. El Monumento a las víctimas del Maine fue otro caso de intento de asesinato castrista de la historia: el águila que la coronaba fue derribada estrepitosamente y el texto del pedestal alterado para culpar al propio gobierno norteamericano de la explosión del acorazado. Luego se cambiarían los nombres de las calles, escuelas, etc., etc.
Al otro lado del Atlántico, en España se promulgó a principios de este siglo una Ley de la Memoria Histórica que, en la práctica, solamente se utilizó para llamar la atención y denunciar los crímenes del bando nacionalista durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, pero dejando de lado los múltiples asesinatos de inocentes perpetrados por los militares republicanos. Más recientemente se ha comenzado el derribo de cuanto monumento pueda ser denunciado como la representación de un aliado de Franco y el cambio de nombre de las calles a las que puedan endilgárseles igual asociación. Tal parece que los Nacionalistas, quienes ganaron la guerra por las armas en 1939, van a perderla por decretos casi un siglo después. Y hasta se habla de destruir el gigantesco mausoleo conocido como El Valle de los Caídos, donde más de treinta mil combatientes de ambas facciones, entremezclados, yacen fundidos más que sepultados.
Pero el caso más destacado en la actualidad es el de Estados Unidos. Los monumentos a los soldados y destacados oficiales confederados, luego de respetados por más de un siglo al calor de la reconciliación lograda al final de la Guerra Civil, se han convertido en blanco casi sin defensores de los que parecen olvidar que muchos de esos oficiales ya lo eran previamente al intento secesionista, con una hoja de servicios a la nación que ahora se intenta desconocer. Hasta el sepulcro de Ulysses S. Grant está en el colimador de los revisionistas, por una ocasional actitud antisemita durante las hostilidades que luego enmendaría (inútilmente para sus perseguidores actuales). Pero hay más: la nueva guerra civil de un solo bando armado se desborda en el tiempo y abarca todas las épocas de la historia estadounidense, incluyendo aquella en la cual el país ni siquiera existía. Un ejemplo de ello es la campaña por derribar la icónica escultura de Cristóbal Colón en Columbus Circle (New York) por este haber traído esclavos africanos a la América.
Pese a lo anterior, y aunque asordinadas por la vocinglería "políticamente correcta" y una prensa cómplice, no han faltado voces sensatas en el desigual debate. Una muestra a destacar es lo expuesto en una reciente entrevista concedida a la revista Time por Henri Louis Gates, Jr., un conocido historiador norteamericano de origen africano. Dijo el popular conductor del programa de televisión Finding Your Roots: "Often people think, if I take down that statue, I will erase the racism that the person represented and the statue embodied. It doesn't work that way." Y aunque se queda corto en defender los monumentos en sus ubicaciones originales, propone llevar las estatuas a museos, por lo que el componente artístico lograría sobrevivir la demoledora ira impune contra mármoles y bronces hasta ayer respetados en tanto que obras de arte. Desafortunadamente, su lógica sugerencia ha caído en los oídos sordos de los destructores talibanescos y sus promotores.
No obstante todo ello, y pese al celo de sus verdugos, la historia casi siempre sobrevive, incluso cuando muchos la creen muerta. De ahí que en Rusia ya San Petersburgo haya recuperado su identidad luego de décadas de forzada nomenclatura espuria, que los moradores de las calles de Madrid y La Habana las sigan identificando por sus nombres originales, mientras que la real memoria histórica de los pueblos sigue llorando los crímenes de todas las facciones. Y hasta se dio el caso que el águila derribada del Monumento al Maine en la capital cubana no haya sido fundida como había ordenado el Comandante en Jefe, sino que fuese, con indiscutible valor, resguardada clandestinamente por quienes tenían que cumplir la orden destructiva y devuelta, décadas después, a la reinaugurada Embajada de los Estados Unidos en Cuba. No me extrañaría, entonces, que la estatua mutilada de Tomás Estrada Palma aparezca de igual forma en una etapa poscastrista y sea reunificada con sus afligidos zapatos luego de decenios descalza. Y sí, contradiciendo todo cálculo de probabilidades, eventualmente un leoncito huérfano puede llegar a ser Rey León de su manada.
Porque es el caso que la historia se puede enmascarar, secuestrar, escamotear, y hasta mutilar; pero no se puede hacer desaparecer: tarde o temprano, gracias a su tenaz capacidad de supervivencia, emerge entre brumas de tiempo, premiando a los veraces, enmendando a los equivocados, y juzgando a los historiadores del escarnio como lo que siempre fueron: cómplices de la mentira. Porque el registro histórico (ya sea en piedra, palabras, imágenes o impulsos cibernéticos) ha permitido alcanzar al ser humano en tanto que personaje (lo mismo sacro que execrable), algo que antes de su advenimiento estuvo reservado sólo a las deidades: la inmortalidad. Y no habrá turba política alguna, por muy poderosa que esta sea, capaz de lograr, como antiguo Dios irascible, expulsarlo de nuevo.

* Eduardo Lolo, escritor, bibliógrafo y catedrático jubilado residente en Nueva York, es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y Comendador de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V.

Clara Morera: “'El color del verano' es más autobiográfica que 'Antes que anochezca'”

Reproducimos a continuación la entrevista a la artista Clara Morera que forma parte del dossier dedicado a Reinaldo Arenas en el primer número del Anuario Histórico Cubanoamericano:

Clara Morera (Camagüey, 1944) estudió en la Academia de Arte San Alejandro, en La Habana y fue miembro del Grupo Antillano pionero en explorar “la influencia de las costumbres afrocaribeñas en la conformación de la identidad cubana”. Ha expuesto su obra en diversas galerías de todo el mundo y desde 1992 Morera vive y trabaja en el área metropolitana de Nueva York. Su amigo, el escritor Reinaldo Arenas dijo que en Morera encontramos “una de las expresiones más originales dentro de la pintura cubana contemporánea, donde acertadamente se fundan mito e imaginación, lo que equivale a la gran poesía”. Pero también, bajo el mal disimulado nombre de “Clara Mortera” aparece en las páginas de la novela de Arenas El color del veranocomo protagonista de algunos de sus capítulos más enloquecidos y anfitriona de un punto de reunión que Arenas mitificó como “el hueco de Clara”. Al personaje literario Arenas le atribuye esta declaración: “Ustedes saben que yo durante toda mi vida he sido puta. Conocen todos los riesgos que he tenido que padecer en el desempeño de mi oficio. Pero gracias a él he sobrevivido en todos los sentidos, los he ayudado a ustedes, he mantenido una enorme familia y he trabajado en mis cuadros. Pero sobre todo he vivido en forma independiente y desenfadada, practicando la única profesión que aún no se ha prostituido: la de la putería. Ese magnífico oficio me ha permitido mantener el timón de esta casa y el timón de mi vida. Pero, ahora, algo terrible me ha sucedido. Se me han caído las tetas. ¡Miren!”.   
Primero cuéntame de tus primeros años de vida. Naciste en la provincia de Camagüey y luego te trasladaste a Jagüey Grande, Matanzas. ¿Qué importancia crees que tuvieron esos años formativos en tu posterior desarrollo como artista? ¿Cómo fueron tus primeros contactos con la cultura afrocubana?
Me llevaron a Jagüey grande siendo bebita, ahí es que tengo recuerdos. Allí tuve un profesor de octavo grado, Anِíbal Pentón, que me quitó de las manos las novelitas de Corín Tellado y me dio a leer a Goethe. De alguna manera él separó un grupo de alumnos que después fueron artistas o maestros budistas. A él le debo haber decidido irme del pueblo y estudiar arte. Al principio fue solo por romper el ciclo que me estaba destinado por mi familia inmediata.
¿Cuál fue tu formación como artista?
Primeros estudios en la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas. Grandes recuerdos, el director Drake, era un escultor maravilloso. Después terminé en San Alejandro, hice tercer año por el día y al mismo tiempo el cuarto año por la noche. En San Alejandro tenía excelentes maestros pero lo que era pintura del tercer año no me convencía porque estaba de moda rechazar el realismo. No nos enseñaban a pintar lo básico, ahí empecé a buscar por mi cuenta. Dejé la escuela después del cuarto año y seguí aprendiendo sola. Estudié Tapicería Monumental por mi cuenta, con libros que me trajeron de Suiza.

 En varios libros Arenas presenta tu casa como centro de reunión de personas marginadas por el régimen. ¿Cómo fuiste empujada a ese punto de marginación? ¿Por qué fuiste expulsada de la Brigada Hermanos Saíz?
¿Éramos marginados? No lo sé, nunca nos sentimos marginados sino artistas aparte, si alguna patada era muy fuerte nos rebelábamos. Para mí, cada vez que me cerraban un lugar o me expulsaban de algún sitio (por ejemplo, de Brigada Hermanos Saíz, de la que fui fundadora, del Grupo Antillano) me hacían más fuerte. Me empeñaba en subirles la parada en cuanto a calidad. En realidad nunca sentíamos mucho nuestra separación de los canales oficiales y por otro lado todos los escritores oficiales que yo conocía me protegían. Siempre tuve mucha relación con ellos.
Yo nunca supe por qué me expulsaron de la Brigada Hermanos Saiz, quizás tuvo algo que ver con José Mario y la editorial El Puente. Yo vivía en su casa y otras escritoras vivían allí también. Después me mudé para la casa de Walterio Carbonell y Walterio fue expulsado de la Unión de Escritores. Y encima Bienvenido, el administrador de la UNEAC en aquella época, me esperó un día en la puerta y me dijo que no podía entrar más. Tarde, mucho más tarde y después de muchas exposiciones, Nuez me entró en la Unión y se ocupó de mis viajes. Nunca hubo una explicación al respecto ni me interesó pedirla.
¿Cómo conociste a Reinaldo Arenas? ¿Cómo eran tus relaciones con él?
 Cuando Walterio fue castigado a vivir en granjas del Partido por unos años me fui de su casa, aunque no nos divorciamos hasta mucho después. El vivía con su mama y aunque era una casa grande, allí su mama era de cierta forma racista.
Frémez me puso a trabajar con él, como una especie de realizadora de sus diseños. Era más bien una botella pero me sirvió para conseguir un estudio en Muralla 60, (el Hueco). Me casé con Tapia (Tapón en El color del verano) que era primo por parte de madre de Reinaldo. Reinaldo vivía cerca, empezó a visitarnos. Todavía El Hueco no se había abierto, vivía en el pequeño estudio con un portal, baño y un cuarto. Reinaldo me hizo una barbacoa, él era experto. Después un día me empeñé en que abrieran una ventana de mi cuarto a un antiguo convento que colindaba y que yo veía que no estaba habitado, buscando aire más bien. La pared era enorme de grosor y Reinaldo y Tapia abrieron un hueco pequeño para el aire. Pero cuando metimos la cabeza apareció lo que nos parecía un palacio en ruinas. Ellos abrieron un hueco mucho más grande, pusimos una escalerita para poder subirnos y lo tapamos con una gran tela que yo tenía llamada “La Tiñosa cuando el diluvio”. Estos eran mitos que yo inventaba con personajes mitológicos de los que también me apropiaba. Luego descubrimos aquel lugar lleno de tesoros y abrimos una puerta y nos mudamos para allí, un amplio espacio pegado a la pared que tenía techo y paredes. En los otros cuartos había muebles Luis XV, medio rotos algunos. Reinaldo encontró mármoles de Carrara… Vendíamos la entrada, se podía entrar pero para salir con algo había que pagarnos. Reinaldo ya se pasaba todos los días allí, mucho tiempo. Empecé a pintar en el Hueco y no en el estudio y, como era lógico, las tertulias se hacían allí. Nunca supe de El color del verano, pero la mayor parte de las maldades, (por ejemplo, las cartas al director del Seminario al que asistía Vicente Echerri) se hacían allí. Nos reíamos a morirnos. También allí tuvimos amarrado a una cama a Delfín Prats hasta que nos confesó a quienes habían metido en una cadena de sífilis.
¿Qué es esouna cadena de sífilis?
Te llevaban a la consulta del especialista y te interrogaban de tus relaciones sexuales. Yo recuerdo que yo estaba embarazada y tenía todos mis análisis al día y vinieron a buscarme dos enfermeras del policlínico, obligada, porque yo estaba en una cadena de sífilis y tenía que ir a decir con quién yo había tenido relaciones sexuales, etc. Reynaldo también fue interrogado. Yo logré librarme de la inquisición médica porque mi médico intervino a mi favor: yo tenía todos mis exámenes médicos bien. Reynaldo también tuvo que hacerse examen. Delfín Prats, falsamente y por hacer un chiste según él, había metido en esa cadena a cuanta persona se le ocurrió. Reynaldo, yo, Guillén, Barnet y quien sabe cuántos más. Lo amarramos hasta que confeso que sí, que él era el que había dado nuestros nombres.

 Es sabido que Arenas era un gran fabulador pero al mismo tiempo vivió realmente circunstancias que resultan difíciles de creer aunque pudieron haber ocurrido. ¿Qué hay de cierto y de invención en capítulos como “El hueco de Clara” de El color del verano?
 Tú eres escritor y sabes que un escritor siempre va a apoyarse en algo, pero en el caso de El color del verano, nosotros vivíamos una vida, digamos, "paralela". No teníamos idea ni de respeto ni de amistades intocables. Todo era bienvenido si nos divertía. Pensando ahora creo que era una diversión extraña pero a nosotros nos parecía muy normal. Por ejemplo, Cintio y Fina acostumbraban a visitarme y comprar alguna de mis cosas pero aunque no compraran, Cintio siempre me escondía sorpresas, billetes, cien o doscientos pesos cubanos que nos salvaban la vida. Al principio realmente me sorprendía, movía un plato o un cenicero y ahí estaba mi dinero. Después ya si no me dejaba algo yo me molestaba y nos divertíamos inventando historias con él. Reinaldo después las escribía. El vino de consagración que Echerri le traía a Reinaldo para vender, Reinaldo lo vendía por allí pero después hacía las cartas al director del Monasterio quejándose de que Echerri estaba cobrando muy caro el vino. Lo más gracioso es que Echerri después iba a ver a Reinaldo para quejarse de que le estaban mandando cartas anónimas a su superior. Las cartas se hacían en El Hueco. Casi no comíamos y tomábamos el fabuloso té negro ruso por galones. Así vivíamos. Aunque novelada, esa era nuestra realidad. El agua apareció también de verdad y como entenderás, con una cisterna de agua me convertí en la reina del comité pues si yo no autorizaba no podían poner el motor para sacar el agua y en el edificio aquel el agua no entraba casi nunca.
En una entrevista anterior decías que en la época en que conociste a Arenas habías dejado de pintar. Da la impresión que el impulso inicial por el que retomaste tu pintura era para tapar el ahora famoso “hueco de Clara”. En qué sentido tu encuentro con Arenas estimuló tu creatividad.
Yo apenas he estado un año o algo así sin pintar. Sobre todo cuando la vorágine era fuerte no pintaba. Pero no, nunca dejé de pintar por mucho tiempo. Pintar para mí era "sobrevivir", no solo en el sentido fisico. No sé por qué Liliane Hasson puso eso en su libro [Reinaldo Arenas : Un Cubain libre]. Nunca le dije semejante cosa. Yo pintaba de madrugada, o a veces después seguía, después de que habíamos conseguido la comida. Mi mamá me mandaba cajas de miel de abejas desde el pueblo y Reinaldo las vendía. Sí, me encantaba pintar con Reinaldo allí pero porque él me entretenía mucho y nos reíamos. Nunca he podido pintar como un maestro. De hecho, necesito hablar, oír música y hacer otras cosas mientras pinto. Eso debe ser Attention Deficit Desorder, pero nunca me preocupo. El Hueco siempre tenía a alguien leyendo o discutiendo o haciendo cuentos y siempre nos reíamos mucho. Éramos un planeta aparte, ni parecía que estuviéramos en Cuba. Un día mi hijo mayor que tenía cinco o seis años estaba jugando y se derrumbó un pedazo de piso en el lugar en que estaba. Él empezó a gritar porque se le estaban hundiendo los pies en una loza caída. Yo no lo oí pero unos ladrones que estaban forrajeando, lo oyeron y lo salvaron. Éramos una realidad aparte a todo lo que ocurría en ese país. Allí ni siquiera el Comité de Defensa sabía al principio que nosotros estábamos allí. Ni se oían los gritos del vecindario. Que entrara alguien ajeno a nuestro grupo era casi impensable. Para nosotros el comunismo casi no existía, no nos afectaba. No había ojos ni oídos siguiéndonos. Puedes imaginar que en un mundo donde todo estaba lleno de pinturas, se tomaba té sin parar, no se respetaban las reglas sociales y nos podíamos morir de risa un día entero por unos trabalenguas, etc. era un mundo que no tenía nada que ver con la Revolución del Proletariado.
 Diplomáticos y coleccionistas y escritores y nosotros, los otros: todos nos reunimos allí. A la Presidenta del Comité le regalamos un juego de sala Luis XV que estaba entre los muebles antiguos del convento y ella formaba parte de nuestra diversión.
 ¿Cómo era vivir y crear y conservar ese círculo creativo y de amistades bajo esas condiciones de marginación? Aquellos artistas y escritores que pasaban por tu casa ¿Se sentían como una república clandestina de las letras y las artes, como una banda de sobrevivientes o una combinación de ambas cosas?
 Éramos más divertidos que los demás. Venían también algunos a vigilarnos, estábamos seguros pero también se divertían y como sabíamos quiénes eran nos divertíamos dándoles noticias falsas. Reinaldo decía que era para ayudarlos a que resolvieran trabajos y eso. Nunca nos sentimos marginados. El grupo era más o menos, Reinaldo, los amantes de Reinaldo, (Lázaro no iba mucho debido a los amantes ocasionales de Reinaldo), Armando López, Poncito, La Goyesca, Echerri (pero Reinaldo se molestó con él y ya casi no iba), Delfín Prats, Tapia, algún amigo ocasional de Tapia. Creo que casi nunca iban mujeres. Después me invitaron a entrar al grupo Antillano y [Rafael] Quenneditt, el director, empezó a ir. Shelton iba también. Del mundo de afuera iban los Vitier, Pablo Armando Fernández, Luciana Guissi, diplomática, junto a otros diplomáticos italianos de los que no me acuerdo el nombre. Esos eran los habituales, siempre había dos o tres personas y nosotros que vendíamos miel y comprábamos té, huevos y espaguetis. Reinaldo vendía la comida de su libreta y con eso comprábamos comidas. Nos sentíamos reales, no marginados. Yo tenía una amiga suiza que me traía materiales de pintura.
 ¿Qué influencia crees que tuvo una personalidad como la de Arenas en tu vida y en la de aquellos que lo rodeaban en Cuba?
Hay algo. Reinaldo nunca hablaba de literatura, al menos no se hablaba mucho de eso, ni yo hablaba de pintura. Reinaldo era como un Quevedo, que todo lo transformaba en literatura, pero de eso no se hablaba. Yo apenas sabía cuándo había venido su editor de México porque eso salía en relación con alguna otra conversación. Por ejemplo, Reinaldo contaba cómo uno que parecía informante se aparecía en su casa cada vez que el editor venía y Reinaldo le decía, "pasé por aquí"’. ¡Y el personaje vivía en la Víbora! No se hablaba de sus novelas excepto alguna que otra vez que hacíamos tertulia por la noche y él leía o decía de memoria fragmentos de algo. El color del verano no existía cuando aquello. A veces había discusiones literarias. Pero en general discutíamos para reírnos. Como por ejemplo la competencia de poemas entre él y Rene Ariza: ellos tenían que decir el poema y nosotros éramos como jurados. También la de trabalenguas, que eran de Armando o eran de Reinaldo. Así nos divertíamos.
Hace tiempo se subastó en una pequeña librería una nota mecanografiada que él había escrito como para una de mis exposiciones pero que él nunca me la dio o me la leyó, pero el crítico de arte Rafael Díaz Casas logró que le dieran una copia.



¿Por qué no te pudiste ir en el éxodo del Mariel?
Reinaldo se fue cuando Mariel pero yo tenía que pedir permiso al padre de mi hijo mayor y no me pude ir. Traté de irme después por el Comité.
¿Por el CDR?
Sí, después que se acabó el Mariel todavía quedaron muchos barcos que empezaron a llenar a través de los Comités de Defensa. Para que te dejaran ir había que decir que uno era lumpen, ladrón, homosexual, etc. Pero luego cerraron todas las salidas.
¿Qué ocurrió después contigo?
Vino una época negra. Me botaron del Grupo Antillano por sospechas de que me iba y entonces vino un ciclón y Eusebio Leal aprovechó para sacarnos de allí [Muralla 60?], pues el edificio había sido declarado Monumento y hubiera tenido que buscarnos casa. Quemé muchos cuadros grandes que no tenía dónde meterlos, nos llevaron a un albergue horroroso por Guanabacoa. Los diplomáticos empezaron a irme a buscar allí y también los escritores. [El Ministerio de]Cultura me sacó y me dio un apartamento en un edificio de Escoltas de Cultura en San Agustín.
¿Qué significa “edificio de Escoltas de Cultura”?
Era un edificio de microbrigadas donde casi todos los que vivían eran personal burocrático del Minint, entre ellos dos o tres escoltas del Ministro de Cultura. A uno de ellos le dieron un apartamento de mejor calidad y cuando se desocupó una secretaria de Hart llamada Chela me lo dio a mí, que estaba en un albergue. Para que me lo dieran hubo mucha presión de parte de Naty Revuelta, Pablo Armando, Cintio y una agregada cultural. En cualquier lado sacaban ese tema de conversación: que había una pintora conocida que estaba en un albergue en Guanabacoa con sus niños. Extrañamente en ese edificio no había problemas porque aquellos vecinos no se metían en nada. Empecé a hacer tapicería monumental aunque ahora sí que no me invitaban a ningún evento cultural. Hasta el punto que yo tenía una nota de catálogo de Aimé Cesaire para mi primera exposición y después Cesaire fue el Gobernador de Martinica y Cuba mandó una exposición para Martinica y no me incluyeron. Pero por otro lado Naty Revuelta me gestionó el performance Cien años de soledad que Gabo promovió en la Escuela de Cine. A los periodistas les dijeron que lo que pasara allí no podía salir de allí. Armando López solo pudo sacar una pequeña reseña. Y a la cañona porque le dijeron que no podía escribir nada. Esa exposición que se inauguró el día antes del cumple del Gabo tuvo sin embargo una gran asistencia oficial y allí conocí a Nisia Agüero que se convirtió en mi protectora. Yo vivía bien decorando hoteles extranjeros y viajé a Rusia con una exposición-performance. Creo que fui una de las primeras artistas que no salió protegida por el gobierno. Nuez me sacó el pasaporte y la visa y me entró a la Unión de Escritores otra vez. De San Petersburgo (era cuando la Perestroika) me escapé a Suiza sin problema alguno a llevar unos tapices que había vendido. Regresé a Cuba pero dejé saber que yo había ido a Suiza y había virado.
Un día me llamó una artista amiga mía desde la Sección de Artes Plásticas de la UNEAC para decirme que Barnet había dejado un enorme sobre en la mesa de la secretaria para mí. El sobre venía de París. Lo enviaba Ramón Alejandro, el gran pintor cubano-francés. Traía una invitación al Simposio de Artistas de Canadá. Cuando llegué a Baie Saint Paul, una ciudad pequeña de Quebec Ramón Alejandro me estaba esperando con los libros de Reinaldo. Ahí supe que Reinaldo había muerto, que había escrito los libros y los leí. Tiempo atrás Ramón Alejandro había estado leyendo El color del verano, y Sergio Giral, el director de cine cubano, estaba de visita en su casa en París le contó quién yo era. Ahí es que Ramón Alejandro decide sacarme de Cuba. Y lo hizo. Estando en Canadá, ya se sabía que yo me quedaba pero no estaba muy segura de querer quedarme allí porque en aquella época a los cubanos que pedían asilo los llevaban a la isla de Saint George por unos cuantos años. Pero por suerte el Museo de las Américas en Washington se llevó obras del simposio y mandaron invitaciones a los artistas que habían seleccionado. Yo fui invitada y conseguí la visa. Ya Reinaldo había muerto en diciembre de 1990 y yo llegué a Estados Unidos en 1992 pero siempre he considerado que Reinaldo me sacó de Cuba, fue su último gran truco de magia conmigo.
¿Qué sentiste al ver que Arenas te había convertido en uno de sus personajes? Lo sientes como una maldición, una bendición o como algo irrelevante?
Yo me divertí mucho leyendo El color y Antes que anochezca, aunque considero El color del verano más autobiografía que Antes que anochezca. Como conocía a todos los personajes me divertía lo exacto de las descripciones. Las oraciones eran Reinaldo. Las Cartas eran Reinaldo. Arenas, Reinaldo y la Tétrica Mofeta eran Reinaldo.
Yo no tengo un sentido convencional de mí misma. El personaje de la Mortera era yo misma, lo soy y lo fui o al menos quise serlo, incluyendo la prostituta. Me encanta.

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