Por Vicente Echerri
| Cadáver de José Calvo Sotelo tras su asesinato el 13 jul. 1936 @Museo Centro de Arte Reina Sofía |
Al tiempo de escribir esta nota, se cumplen exactamente
90 años de la sublevación que dio lugar a la Guerra Civil española: un
conflicto que duró casi tres años y enfrentó a buena parte de las Fuerzas
Armadas del país con el gobierno de la Segunda República que, secuestrado por
socialistas radicales, comunistas y anarquistas, había iniciado una deriva
hacia la imposición de un régimen totalitario, con los crímenes y desmanes que
le son inherentes.
Esta guerra civil, que concluyó con el triunfo de los
sublevados en abril de 1939, captó la atención del mundo y dio lugar, en favor
de los vencidos, a un relato romántico impulsado por toda una generación de
intelectuales y artistas de izquierda —poetas, narradores, ensayistas y
pintores— que construyeron una suerte de epopeya en la que los derrotados
aparecían como héroes de la libertad, la justicia y la solidaridad frente a las
fuerzas reaccionarias que resultaron triunfadoras —con ayuda de las potencias
fascistas— para imponer una implacable represión y una dictadura personal que
se prolongaría durante más de tres décadas.
La dictadura —que desmerecería la causa que le dio
origen— coadyuvó a la fabricación de un mito: el de la democracia traicionada,
que nueve décadas después del inicio de la contienda sigue presentándose como
una verdad indiscutible y distorsionando la historia de uno de los episodios
más cruentos y traumáticos del siglo XX.
Aunque el régimen franquista fue una secuela natural del
triunfo de los nacionales, no constituyó una consecuencia necesaria. Su
existencia sirvió para consolidar el relato de que la sublevación militar —o el
fallido golpe de Estado— se produjo contra un orden legítimo que encarnaba el
bien y el progreso de España, cuando, en realidad, se trataba de un régimen
degenerado cuya cúpula mostraba una creciente impotencia para controlar las
fuerzas disruptivas que bullían en su interior y que, de manera evidente,
tendían al establecimiento de una tiranía bolchevique.
Sin embargo, los derrotados contaron desde el principio
con un aparato propagandístico que exaltó su causa durante la guerra y que,
tras la derrota, se dedicó a exculparla. El malogrado experimento de la Segunda
República española se transformó, para los apologistas de la izquierda
internacional, en un proyecto prometedor —de libertad y justicia social para la
felicidad de todo un pueblo— que las fuerzas reaccionarias se habían encargado
de frustrar.
Curiosamente, el mayor aliado de este relato fue la
propia dictadura franquista, que, con su prolongada permanencia en el poder y
la supresión o el menoscabo de las libertades fundamentales, contribuyó a
justificar la existencia del régimen precedente y a atenuar o edulcorar sus
enormes crímenes y desatinos. La larga duración del franquismo sirvió para
enturbiar el fracaso y la esencia criminal de la Segunda República.
Casi un siglo después, es hora de decir con claridad que
la Segunda República española fue un gran fiasco, pese a sus buenas intenciones
—las mismas que pavimentan el camino del infierno—: un experimento de
ingeniería social que, como todos los de su clase, produjo decenas de millares
de víctimas, sin mérito alguno que pudiera redimirlo.
La sublevación y la consiguiente guerra civil que
condujeron al derrocamiento de la República están —en mi opinión— plenamente
justificadas como acciones nobles que los militares se ven instados a emprender
cuando las autoridades civiles traicionan sus obligaciones y acaudillan —o
permiten actuar— a fuerzas que postran a la sociedad y subyugan a los
ciudadanos. No así la larga dictadura que se derivó de aquellas acciones y que,
por sí misma, contribuyó a robustecer la leyenda de los vencidos.
© Imagen de portada: «El detonante de la sublevación». El 13 de julio, como
represalia por el crimen del teniente de la Guardia de Asalto José Castillo a
manos de pistoleros falangistas, miembros de su unidad y policías de simpatías
socialistas asesinaron al diputado monárquico José Calvo Sotelo. Desde febrero
se habían registrado al menos tres decenas de muertos en «incidentes»
políticos, pero el magnicidio hizo saltar todo por los aires. La tarde del 17
de julio, en Melilla, estalló la sublevación militar. (Fuente,
diario El Español).
Tomado de Hypermedia Magazine
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