Thursday, April 30, 2026

PARA UNA EPISTEMOLOGÍA DEL EXILIO CUBANO

Por Alejandro González Acosta

La historia de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado, sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones. 


@Eleomar Puente

Al presentar en 1996 la Fundación Hispano-Cubana en Madrid, Mario Vargas Llosa afirmó: “El exilio cubano ha sido el más calumniado, difamado y satanizado del que tenga recuerdo”. Esto es una gran verdad comprobable y persistente en muchas partes. Pero, además, en los casos especiales del exilio cubano en todos los países de una extensa geografía, excepto quizá en los Estados Unidos, ha sido de los más ignorados y acallados.

Por otro lado, son muy pocos en la historia los exilios tan prolongados como el cubano: son 60 años ya, que suman al menos cuatro generaciones (si aceptamos el lapso de 15 años más empleado para definirlas), y ello ha determinado su subdivisión y creciente complejidad: se trata de un fenómeno que incluye a padres, hijos, nietos y hasta bisnietos en muchos casos. Cada oleada ha tenido su propia motivación y configuración, lo cual determina una psicología especial como grupo, y hasta una percepción propia del exilio y la forma de asumirlo y entenderlo.

Ante el exilio que provocó, el régimen castrista siempre ha mantenido una posición de fuerza y control, como el triunfador después de una guerra civil excluyente que derivó en totalitaria por decisión personal –pero compartida colectivamente por gran parte del pueblo cubano– de su máximo líder. De tal suerte, en relación con el exilio y los emigrados, siempre se ha reservado –y utilizado ampliamente– el “derecho de admisión”, de forma totalmente arbitraria y visceral, escudado en su muy particular y adulterada concepción de la “soberanía nacional” y de la “autodeterminación del pueblo” (la cual ha monopolizado), que es la más refulgente y empleada excusa para ejercer su control totalitario, al mismo tiempo que una afilada “Espada de Damocles” –o mejor aún “Machete de Castro” – pendiente siempre sobre las cabezas de sus rehenes, ya sean los recluidos en la isla, o los que aceptan regresar –transitoria o definitivamente– en algún momento a ella. Condicionar la aceptación del ingreso al país a su “buena conducta”, establece un mecanismo de control y atemorizamiento sutil o descarnado, según se requiera. Lo especialmente perverso del régimen es que no sólo controla y manipula la psiquis de sus reprimidos más inmediatos, sino también la de sus deudos y amistades, lo cual ha establecido una amplia red de vigilancia y amenazas de largo alcance: son rehenes a distancia, teledirigidos, sin estar demasiado conscientes de ello en muchos casos, pues esta imposición se acepta de forma resignadamente pasiva.

La gabela que les impone es tanto material –pagar altas sumas por pasaportes, permisos y renovaciones– como moral (el silencio cómplice, el apoyo tácito), que apaga el grito más comprometedor: en muchas partes, las llamadas “asociaciones de amistad” creadas y controladas desde las mismas embajadas castristas, son las “brigadas de respuesta rápida” (o retardada y de liberación prolongada, en las dosis necesarias), ubicadas atinadamente en puntos estratégicos para la geopolítica del régimen en el exterior. Este advierte: El compañero que te atiende viaja contigo y te sigue vigilante, o al menos finge o simula que lo hace, para hacer permanente un estado de peligro, temor y zozobra, angustiosa y paranoide. El cubano promedio, sometido a ese régimen de vigilancia y de “la selva de mil ojos” en la isla, cuando emigra tarda mucho –si lo logra– en desprenderse de esa sensación de estar bajo permanente observación.

Exilio, éxodo, destierro y diáspora:

@Eleomar Puente. Frozen Dreams

El exilio es un hecho físico (geográfico), temporal, material y espiritual, de origen político (histórico). Es también una cultura y una experiencia vital, de una persona, un grupo, toda una nación o parte de ella, durante una o varias generaciones, mientras dure la causa que la creó. Tiene que ver con la memoria, la historia del grupo y la identidad colectiva e individual. Tiene, también, su propia dinámica especial y sus mecanismos propios de adaptación y mimesis, según el caso. El éxodo es el traslado de un pueblo o una familia ocasionado por causas externas (políticas, históricas, geográficas y hasta climáticas). El destierro es el castigo de un gobierno o una persona de autoridad contra alguien o algunos ciudadanos en particular.

Todas las anteriores son formas de la emigración, que es el fenómeno que engloba a todas. La diáspora –vocablo de origen agrícola, pues significa la dispersión de las semillas– es una manera polisémica y en ocasiones eufemística de referirse a una emigración, ya sea exilio, destierro o éxodo. Aunque desde hace tiempo se trata de imponer desde la visión del régimen castrista una diferencia entre migración económica y política, en verdad, la primera sólo debería referirse propiamente a fenómenos climáticos (sequías, hambrunas, inundaciones y otros desastres naturales), pues realmente la migración política incluye la económica: gobiernos totalitarios, corrompidos y tiránicos, afectan las condiciones materiales de vida de las naciones, además de la vida política, pues una es el reflejo y la consecuencia de la otra. En definitiva, la propia definición del individuo ante su misma situación de extrañamiento, representa cómo se asume y cómo actúa ante esa situación, por la cual se trasladó hacia otro país distinto al nativo, pero a los efectos de un estudio, eso no resulta significativo, pues su misma subjetividad no puede afectar la objetividad sistemática del mismo. Es resumen: un emigrado o emigrante puede sentirse, asumirse o hasta autonombrarse “exiliado”, “desterrado”, “diasporizado” o “transterrado”, pero de acuerdo con su origen esencial eso no afecta su misma definición: él es más allá de lo que dice ser.

Por lo anterior, exiliados o desterrados, refugiados o asilados, expatriados –por decisión personal- o emigrados, cada quien en esta condición anómala (porque lo natural es morir donde uno nació y forjó su vida) asume su propia condición, aunque eso no signifique necesariamente que la misma se ajuste a su propia esencia. La gente en general se ve como se quiere ver, no como realmente es. Es lo que Freud definió como el yo en sí y el yo para sí. Y el fenómeno cruel de exilio es también un espejo, en el cual muchos no resisten mirarse, por la terrible imagen que se les devuelve de ellos mismos desde la implacable y verídica superficie pulida.

Torre de la Libertad del Miami Dade
@AGS

Quienes asumen un éxodo, siempre lo hacen en contra de una autoridad represiva o con la cual no se sienten confortables o seguros: Moisés –y en su origen divino Jehová, como causa eficiente– obliga al Faraón con las famosas Diez plagas de Egipto, para que permita la salida de los hebreos hacia la Tierra Prometida. No es una decisión libre del monarca egipcio, y el mismo origen divino del desplazamiento, parece autorizarlo, legitimarlo y bendecirlo. El éxodo hebreo se produce desde un lugar de opresión ajeno, a otro nuevo espacio de liberación propio: de esclavo en suelo extranjero el sujeto pasa a ser libre en un suelo ya propio. Pero cuando es la propia autoridad la que arroja y extraña a sus connacionales, no se trata de un éxodo, sino de una expulsión o destierro, como las decretadas contra los judíos y los moriscos españoles, en tiempos de los Reyes Católicos y sus sucesores.

Cuando quienes salen de su país nativo –por decisión propia o ajena, libre u obligadamente-  y se dispersan entre varios países o comunidades, y pierden parte de su identidad para integrarse progresivamente en sus lugares receptores, esto puede considerarse una diáspora: son semillas dispersas que germinan en otro suelo y se dispersan y fructifican. Dis: separar, sporas: semillas. El elemento extraño entra en simbiosis con su nueva realidad e interactúa con ella, y al mismo tiempo que recibe de la misma, aporta algunos de sus rasgos para formar una nueva identidad.

Cuando una cantidad significativa se traslada fuera de su origen y se concentra en uno o varios núcleos distintivos y distinguibles, pero conservan en lo posible su identidad por decisión propia dentro del receptor, eso es un transtierro, pues no renuncia al regreso al origen, y es una forma consciente de exilio, la cual también tiene el riesgo de conducir al gueto, o núcleo enquistado dentro de una sociedad a la cual siempre considera ajena e irreconciliable. El transtierro puede ser también una variante de la auto segregación.

La subjetividad influye poderosamente en la autodefinición de la situación personal ante la condición del exilio, pero no es significativa a los efectos del análisis sociopolítico y estadístico: el emigrado puede asumirse como exiliado o dispersado (o diasporizado), pero su imagen propia en realidad no define su ubicación grupal. Digamos que, de acuerdo con el nivel de asunción y autoconocimiento, existen “exilios en sí” y “exilios para sí”. La dialéctica social entre sus miembros también define cada caso.

Desde la formación de los estados nacionales a fines de la Edad Media, todo movimiento poblacional –pacífico o bélico– de una comunidad o país con rasgos de cierta comunidad, hacia otro de forma no autorizada o consensuada, es considerado una invasión, y está sujeto a las leyes y las costumbres. Anteriormente, las invasiones de los bárbaros en los restos del decadente Imperio Romano, o las invasiones de los godos hacia las regiones celtíberas, o de los musulmanes contra los godos, fueron fenómenos típicos de expansión territorial y de conquista, muchas veces generadores de nuevas culturas o civilizaciones, como la helénica que impulsa Alejandro Magno en el Asia, y la mozárabe, que funde los elementos ibéricos y árabes en España.

Los grandes traslados periódicos y transitorios de índole religiosa, como el viaje ritual de los creyentes musulmanes a La Meca y Medina, o de los católicos a Roma, Santiago de Compostela, Guadalupe de México, Fátima en Portugal o Lourdes en Francia, son peregrinaciones, éxodos simbólicos de purificación y perfeccionamiento, voluntarios y reversibles.

La historia de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado, sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones. La más antigua de éstas parece ser la del temprano Homo Sapiens, desde su origen africano hacia Europa y Asia. Más recientes, pero igualmente remotas, las oleadas migratorias que a través del Estrecho de Bering fueron poblando el continente americano de Norte a Sur.

Cuando un grupo intenta desplazar a otros ya establecidos y prevalecer sobre ellos, esto es una invasión y constituye un proceso de dominio y vasallaje, lo mismo si son egipcios, asirios, macedonios, romanos, godos, normandos, árabes, españoles, portugueses, franceses o ingleses; pero esto no excluye la posibilidad de ciertos avances civilizatorios: la conquista del imperio persa por Alejandro Magno creó la cultura helenística, lo mismo que el derecho romano benefició a las primitivas hordas salvajes europeas, y los árabes impulsaron el conocimiento y el refinamiento de los godos ibéricos, así como los normandos invasores pulieron a los sajones primitivos para crear una cultura inglesa, y sólo los miopes adictos a la Leyenda Negra contra España pueden persistir en negar el progreso que hasta los muchas veces brutales conquistadores españoles, pero también los piadosos religiosos evangelizadores de diversas procedencias, impusieron en las regiones conquistadas de América: cada pueblo dominante (es decir, el vencedor), tiene la convicción de ser superior al dominado, y esta consciencia es la base de su dominio y su legitimidad, sea cierto o no.

Todo exilio implica un movimiento impulsado por fuerzas ajenas al sujeto. Tzvetan Todorov se ha ocupado sustantivamente de los mecanismos y procedimientos del exilio en El hombre desplazado (Buenos Aires, Taurus, 2008). Pero no es el viaje como experiencia voluntaria, en un proceso de aprendizaje y perfeccionamiento (lo que Goethe llamó Bildungsreise, el “viaje educativo”, el cual se recomendaba a los jóvenes europeos de su época, como parte de su formación personal), sino tiene que ver con el naufragio, la huida, la orfandad, el escape, el dejar todo atrás y empezar de nuevo bajo otro cielo, muchas veces desde cero.

Una filósofa española muy cercana a Cuba, María Zambrano, no sólo fue una exiliada, sino devino en una teórica del tema. Con su propia experiencia como sustento, dijo:

Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de una patria desconocida. Una patria que, una vez que se conoce, es irrenunciable. Creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par cósmicos.

En esta definición entre filosófica y poética, puede advertirse la noción del exilio también como posibilidad para el crecimiento, en lo cual subyace una cierta reminiscencia estoica: entre los clásicos latinos, el propio Séneca vivió y de alguna forma disfrutó el exilio (curiosamente, se sentía más exiliado de Roma que de su natal Córdoba), así como Ovidio, Horacio y Cicerón, quien terminó por definir resignadamente: “Ubi panis, ibi patria”; definición que el cubano José María Heredia rectificó románticamente casi dos mil años después, para convertirla en su divisa personal y exlibris: “Ubi pacis et libertas, ibi patria”.

@Eleomar Puente / "The dreams bloom" / 80" x 90" in / A/C / 2024

El asunto del desarraigamiento que implica el exilio, tiene también componentes emocionales personales muy determinantes: la actitud individual que se asume ante esta experiencia traumática, contribuye de otro modo para su propia definición, en un diapasón de sentimientos que van desde la nostalgia, la melancolía, la desposesión, la mutilación, la resignación, la culpa, la adaptación y la rabia, hasta la rebeldía, la recuperación del origen y la voluntad del regreso y su reintegración.

El exilio está en el origen mismo y en la entraña más íntima de la historia humana: para la Biblia, Adán y Eva fueron exiliados del Jardín del Edén por su desobediencia, soberbia y apetito de conocimiento: se les castigó apartándolos, por la fuerza, del sitio donde habían nacido. Pero, además, la historia demuestra que, desde la cuna de los primeros homínidos en África, se produjeron grandes éxodos, formidables traslados naturales que dispersaron la raza humana por todo el planeta.

Mas la noción real del exilio como lo entendemos hoy, nace con el concepto de patria, aunque esta sea una ciudad: exiliados romanos fueron Horacio y Virgilio, como Dante Alighieri lo fue de Florencia. El Pentateuco incluye la relación de un viaje liberador: el Éxodo, que llevó a los esclavos hebreos desde Egipto hasta la Tierra Prometida, guiados por Moisés, quien simbólicamente, nunca llegó a la misma, pues murió a la vista de ella. Cumplió su misión hasta el punto que le resultó humanamente posible, pero no cosechó nunca el fruto final de su esfuerzo liberador, lo cual suele ocurrir con los guías de esclavos que buscan su emancipación: no siempre quienes inician las grandes liberaciones las culminan; generalmente, es todo lo contrario, desde Espartaco hasta Carlos Manuel de Céspedes.

Ha habido exilios como resultado de destierros: los monarcas católicos de toda Europa –salvo contadas excepciones– arrojaron a los judíos fuera de sus fronteras. España, además, expulsó a los moriscos sobrevivientes de la Reconquista. Luego, los mismos reyes cristianos extrañaron de sus reinos en el momento indicado a los jesuitas, tanto de España y Portugal, como de Francia e Inglaterra. Todos estos sujetos apartados de su origen nativo se consideraron desterrados y arrojados de su patria. Al ser obligados a irse por la fuerza, se llevaron con ellos un pedazo de aquella.

Modernamente, en el vocabulario de las emigraciones, se han incorporado las nociones de refugiado y asilado. La primera define el concepto de abrigo humanitario por razones de desastres diversos, pero fundamentalmente naturales, y la segunda se reserva para quienes se acogen al Derecho de Asilo, consagrado por el Pacto de Montevideo de 1933 (confirmados después en las Convenciones de Viena de 1969 y 1986), para pedir cobijo en sedes diplomáticas y por extensión, en los países suscriptores. La Organización de las Naciones Unidas (fundada en 1948) tiene una división especializada para la atención de los refugiados, la ACNUR, y los asilados corresponden a las diferentes cancillerías de los países involucrados. Este es un privilegio antiguo que proviene del derecho romano, feudal y eclesiástico: los templos (paganos y cristianos), así como algunas mansiones nobiliarias, gozaban de privilegios y fueros que convertían su espacio en sitios sagrados. Actualmente, las embajadas reclaman la defensa del principio de extraterritorialidad para sus sedes, y sus representantes disfrutan de las prebendas que los eximen y protegen.

En la Antigüedad, existía también la figura de la interdicción y la proscripción: ambas suspendían los derechos del ciudadano y lo expulsaban de sus comunidades, y hasta autorizaban matarlos por parte de cualquiera que los sorprendiera si violaban su destierro… Un proscrito era una no persona, un ser cuya vida no valía nada, pues había sido excluido de su origen: era un hijo negado por su madre.

Hay que asumir, sin embargo, una distinción esencial entre lo que es un emigrado y un exiliado. El primero se encuentra, en primera instancia, motivado por impulsos sociales, económicos, o particulares: puede sostener una relación apolítica y tersa con el gobierno de su país de origen, e incluso hasta colaborar con él, aunque éste sea indirectamente responsable de su emigración. El exiliado, por el contrario, se asume y se expresa directa y claramente como un transterrado[1] por cuestiones políticas, de las cuales se pueden derivar otras motivaciones (materiales, espirituales, personales). Un emigrado es un sujeto puramente social; en cambio, un exiliado, aún a su pesar, es un ente esencialmente político. El hecho de “residir” en un país ajeno al propio no confiere la condición de exiliado, pues sólo la participación franca y activa contra el régimen que lo convirtió en tal puede sustentarlo.

Debe distinguirse, por justicia y por propiedad, entre una y otra condición, aunque puede darse el caso que una persona que comenzó siendo “residente” o “inmigrante”, después asuma un compromiso más activo y se presente ya como “exiliado”. Pero ello requiere hechos y acciones, no sólo declaraciones (generalmente en consonancia con el contexto donde se expresan), a mi modo de ver; mucho más tratándose de una materia tan compleja e históricamente mutable como es la actuación cubana en el exterior: un emigrante es un sujeto social pasivo; un exiliado es un sujeto político activo. Uno es, malgré tout, colaborador; el otro es, per se, opositor.

Un ejemplo elocuente de la transformación de los migrantes la puede ofrecer el caso de los tabaqueros cubanos de Tampa, en el siglo XIX: en principio, fueron emigrados económicos, buscando mejores oportunidades en sentido general, aunque al apoyar con sus contribuciones las gestiones para la independencia realizadas por José Martí y otros revolucionarios, asumen su condición de exiliados. Sin embargo, no puede pasarse por alto el hecho que cuando decidieron salir de Cuba para buscar mejores condiciones de vida en los Estados Unidos, por el estado de ruina que las guerras habían ocasionado en la isla, aunque su causa inmediata fue económica, en última instancia ésta tuvo un origen político.

La relación entre el gobierno tiránico impuesto en la isla y el exilio no ha sido monolítica ni estática. Primero fue el odio feroz contra quienes escaparon, condenados sin apelación a un ostracismo eterno e inapelable y sujetos a agresiones y privaciones múltiples; en los pasaportes se estampaba el aviso que era como una condena de muerte: sin regreso al país; luego vino el silencio y la difusión de mentiras de que a quienes habían abandonado el país “les iba mal”, “los médicos limpiaban pisos”, “los abogados trabajaban en fábricas”, “nadie los saludaba”, “se caían en la calle y nadie los ayudaba”, “morían de frío y hambre”, “los negros son discriminados”…

Después los ideólogos de la tiranía castrista tuvieron que asumir, ante la evidencia de lo inocuo de sus distorsiones, la indiferencia y una falsa superioridad, y más tarde hasta una fingida neutralidad interesada, para lo cual impusieron el concepto de la “diáspora”, maniobra diversionista y distractiva que eludía la verdadera y dolorosa raíz del problema o conflicto: esa fue una forma retórica propagandística, copiada de Goebbels, para silenciar o neutralizar el exilio. Dispersaron entonces una espesa neblina propagandística en el Estrecho de la Florida, destinada a difuminar la, para ellos y su régimen, crecientemente amenazante silueta de un Miami (símbolo del exilio en los Estados Unidos, en particular, y en general en todo el planeta) triunfal y sibarítico en su mismo horizonte, mientras el territorio nacional se veía cada día más decadente y ruinoso.

Antes, los “de allá”, los que se habían marchado, se ilusionaban al principio de su destierro al creer ver a lo lejos el resplandor de las luces de una Habana ya perdida; pero ahora, “los de acá”, rodeados por sombras y ruinas, como el sediento viajero del desierto engañado por el espejismo del oasis, aseguran ver “en las noches más claras”, según cuidan de especificar para darle un cierto sentido racional a su afirmación, los destellos del otrora odiado y siempre envidiado Miami, como invitación, tentación, promesa y meta.

Pero debe enfatizarse que el exilio cubano tiene ciertas especificidades muy profundas y propias. Regresemos al Génesis: cuando Adán y Eva, los originales bíblicos, fueron expulsados del Jardín del Edén, lo hicieron con el dolor por la pérdida del Paraíso. Sus actuales émulos cubanos, cuando hoy abandonan el que solía ser el vergel tropical de las delicias, lo hacen sintiendo una alegría liberadora, porque ya aquello no es el paraíso y comienza a parecerse demasiado al infierno, y así lo será aún más cada día: ese infierno (por todos) tan temido, como dijo en una de sus visiones nocturnas Juan Carlos Onetti. Y los que suelen volver –adánicos readmitidos temporalmente, por graciosa y costosa concesión del siempre vigilante portero Cancerbero– con cierta periodicidad, confiesan que al abandonarlo de nuevo para regresar a la que ya es la otra su casa –porque aquélla “ya no es tu casa, ni tú eres ya Antonio el Camborio”, como diría Federico García Lorca– más que tristeza, sienten una profunda, intensa y casi culpable sensación de alivio: esos son los resultados de aceptar una esclavitud voluntaria y a veces hasta gozosa; o lo que es decir, la mentalidad del sobreviviente.

La “dulce Cuba” sigue siendo, con una espantosa fidelidad y fijeza, como dijo hace más de dos siglos el primer exiliado cubano, José María Heredia, ese triste lugar donde “en su seno se miran, en el grado más alto y profundo, las bellezas del físico mundo, los horrores del mundo moral”.

(*) Tomado del anuario Histórico Cubanoamericano #3 (2019): págs. 20-32.


[1] Término propuesto por el filósofo español José Gaos, exiliado en México. El novelista cubano José Manuel Prieto ha propuesto, en su proyecto de cosmopolitización expresada en Rex, la clasificación para esta etapa, “una anterior a 1917 e incluso hasta 1789”, el concepto de “viajero” para el desarraigado que vive en otro país, por las razones que sean, como parte de sus ideas políticas, o como parte del “bildungsreise” o “viaje educativo”, concepto introducido por Goethe, Hegel y Heine. Soy (dice Prieto) “un extranjero a todas luces (…) sólo hay un pequeño territorio en todo el globo donde no solo soy; lo soy, por ende, más que cualquier otra cosa…”

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