Por Alejandro González Acosta
La historia de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado, sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones.
Al presentar en 1996 la Fundación Hispano-Cubana en Madrid, Mario Vargas Llosa afirmó: “El exilio cubano ha sido el más calumniado, difamado y satanizado del que tenga recuerdo”. Esto es una gran verdad comprobable y persistente en muchas partes. Pero, además, en los casos especiales del exilio cubano en todos los países de una extensa geografía, excepto quizá en los Estados Unidos, ha sido de los más ignorados y acallados.
Por otro
lado, son muy pocos en la historia los exilios tan prolongados como el cubano:
son 60 años ya, que suman al menos cuatro generaciones (si aceptamos el lapso
de 15 años más empleado para definirlas), y ello ha determinado su subdivisión
y creciente complejidad: se trata de un fenómeno que incluye a padres, hijos,
nietos y hasta bisnietos en muchos casos. Cada oleada ha tenido su propia
motivación y configuración, lo cual determina una psicología especial como
grupo, y hasta una percepción propia del exilio y la forma de asumirlo y
entenderlo.
Ante el
exilio que provocó, el régimen castrista siempre ha mantenido una posición de
fuerza y control, como el triunfador después de una guerra civil excluyente que
derivó en totalitaria por decisión personal –pero compartida colectivamente por
gran parte del pueblo cubano– de su máximo líder. De tal suerte, en relación
con el exilio y los emigrados, siempre se ha reservado –y utilizado ampliamente–
el “derecho de admisión”, de forma totalmente arbitraria y visceral, escudado
en su muy particular y adulterada concepción de la “soberanía nacional” y de la
“autodeterminación del pueblo” (la cual ha monopolizado), que es la más
refulgente y empleada excusa para ejercer su control totalitario, al mismo
tiempo que una afilada “Espada de Damocles” –o mejor aún “Machete de Castro” –
pendiente siempre sobre las cabezas de sus rehenes, ya sean los recluidos en la
isla, o los que aceptan regresar –transitoria o definitivamente– en algún
momento a ella. Condicionar la aceptación del ingreso al país a su “buena
conducta”, establece un mecanismo de control y atemorizamiento sutil o
descarnado, según se requiera. Lo especialmente perverso del régimen es que no
sólo controla y manipula la psiquis de sus reprimidos más inmediatos, sino
también la de sus deudos y amistades, lo cual ha establecido una amplia red de
vigilancia y amenazas de largo alcance: son rehenes a distancia, teledirigidos,
sin estar demasiado conscientes de ello en muchos casos, pues esta imposición se
acepta de forma resignadamente pasiva.
La gabela
que les impone es tanto material –pagar altas sumas por pasaportes, permisos y
renovaciones– como moral (el silencio cómplice, el apoyo tácito), que apaga el
grito más comprometedor: en muchas partes, las llamadas “asociaciones de
amistad” creadas y controladas desde las mismas embajadas castristas, son las
“brigadas de respuesta rápida” (o retardada y de liberación prolongada, en las
dosis necesarias), ubicadas atinadamente en puntos estratégicos para la
geopolítica del régimen en el exterior. Este advierte: El compañero que te atiende viaja contigo y te sigue vigilante, o
al menos finge o simula que lo hace, para hacer permanente un estado de
peligro, temor y zozobra, angustiosa y paranoide. El cubano promedio, sometido
a ese régimen de vigilancia y de “la selva de mil ojos” en la isla, cuando
emigra tarda mucho –si lo logra– en desprenderse de esa sensación de estar bajo
permanente observación.
Exilio, éxodo, destierro y diáspora:
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| @Eleomar Puente. Frozen Dreams |
El exilio es un hecho físico (geográfico), temporal, material y espiritual, de origen político (histórico). Es también una cultura y una experiencia vital, de una persona, un grupo, toda una nación o parte de ella, durante una o varias generaciones, mientras dure la causa que la creó. Tiene que ver con la memoria, la historia del grupo y la identidad colectiva e individual. Tiene, también, su propia dinámica especial y sus mecanismos propios de adaptación y mimesis, según el caso. El éxodo es el traslado de un pueblo o una familia ocasionado por causas externas (políticas, históricas, geográficas y hasta climáticas). El destierro es el castigo de un gobierno o una persona de autoridad contra alguien o algunos ciudadanos en particular.
Todas las
anteriores son formas de la emigración, que es el fenómeno que engloba a todas.
La diáspora –vocablo de origen agrícola, pues significa la dispersión de las
semillas– es una manera polisémica y en ocasiones eufemística de referirse a
una emigración, ya sea exilio, destierro o éxodo. Aunque desde hace tiempo se
trata de imponer desde la visión del régimen castrista una diferencia entre
migración económica y política, en verdad, la primera sólo debería referirse
propiamente a fenómenos climáticos (sequías, hambrunas, inundaciones y otros
desastres naturales), pues realmente la
migración política incluye la económica: gobiernos totalitarios,
corrompidos y tiránicos, afectan las condiciones materiales de vida de las
naciones, además de la vida política, pues una es el reflejo y la consecuencia
de la otra. En definitiva, la propia definición del individuo ante su misma
situación de extrañamiento, representa cómo se asume y cómo actúa ante esa
situación, por la cual se trasladó hacia otro país distinto al nativo, pero a
los efectos de un estudio, eso no resulta significativo, pues su misma
subjetividad no puede afectar la objetividad sistemática del mismo. Es resumen:
un emigrado o emigrante puede sentirse, asumirse o hasta autonombrarse
“exiliado”, “desterrado”, “diasporizado” o “transterrado”, pero de acuerdo con
su origen esencial eso no afecta su misma definición: él es más allá de lo que dice
ser.
Por lo
anterior, exiliados o desterrados, refugiados o asilados, expatriados –por
decisión personal- o emigrados, cada quien en esta condición anómala (porque lo natural es morir donde uno nació y forjó su vida) asume su propia
condición, aunque eso no signifique necesariamente que la misma se ajuste a su
propia esencia. La gente en general se ve como se quiere ver, no como realmente
es. Es lo que Freud definió como el yo en
sí y el yo para sí. Y el fenómeno
cruel de exilio es también un espejo, en el cual muchos no resisten mirarse,
por la terrible imagen que se les devuelve de ellos mismos desde la implacable y
verídica superficie pulida.
| Torre de la Libertad del Miami Dade @AGS |
Quienes asumen un éxodo, siempre lo hacen en contra de una autoridad represiva o con la cual no se sienten confortables o seguros: Moisés –y en su origen divino Jehová, como causa eficiente– obliga al Faraón con las famosas Diez plagas de Egipto, para que permita la salida de los hebreos hacia la Tierra Prometida. No es una decisión libre del monarca egipcio, y el mismo origen divino del desplazamiento, parece autorizarlo, legitimarlo y bendecirlo. El éxodo hebreo se produce desde un lugar de opresión ajeno, a otro nuevo espacio de liberación propio: de esclavo en suelo extranjero el sujeto pasa a ser libre en un suelo ya propio. Pero cuando es la propia autoridad la que arroja y extraña a sus connacionales, no se trata de un éxodo, sino de una expulsión o destierro, como las decretadas contra los judíos y los moriscos españoles, en tiempos de los Reyes Católicos y sus sucesores.
Cuando
quienes salen de su país nativo –por decisión propia o ajena, libre u
obligadamente- y se dispersan entre
varios países o comunidades, y pierden parte de su identidad para integrarse
progresivamente en sus lugares receptores, esto puede considerarse una diáspora: son semillas dispersas que
germinan en otro suelo y se dispersan y fructifican. Dis: separar, sporas:
semillas. El elemento extraño entra en simbiosis con su nueva realidad e
interactúa con ella, y al mismo tiempo que recibe de la misma, aporta algunos
de sus rasgos para formar una nueva identidad.
Cuando una
cantidad significativa se traslada fuera de su origen y se concentra en uno o
varios núcleos distintivos y distinguibles, pero conservan en lo posible su
identidad por decisión propia dentro del receptor, eso es un transtierro, pues no renuncia al regreso
al origen, y es una forma consciente de exilio, la cual también tiene el riesgo
de conducir al gueto, o núcleo
enquistado dentro de una sociedad a la cual siempre considera ajena e
irreconciliable. El transtierro puede ser también una variante de la auto
segregación.
La
subjetividad influye poderosamente en la autodefinición de la situación
personal ante la condición del exilio, pero no es significativa a los efectos
del análisis sociopolítico y estadístico: el emigrado puede asumirse como exiliado
o dispersado (o diasporizado), pero su imagen propia en realidad no define su
ubicación grupal. Digamos que, de acuerdo con el nivel de asunción y
autoconocimiento, existen “exilios en sí” y “exilios para sí”. La dialéctica
social entre sus miembros también define cada caso.
Desde la
formación de los estados nacionales a fines de la Edad Media, todo movimiento
poblacional –pacífico o bélico– de una comunidad o país con rasgos de cierta
comunidad, hacia otro de forma no autorizada o consensuada, es considerado una invasión, y está sujeto a las leyes y
las costumbres. Anteriormente, las invasiones de los bárbaros en los restos del
decadente Imperio Romano, o las invasiones de los godos hacia las regiones
celtíberas, o de los musulmanes contra los godos, fueron fenómenos típicos de
expansión territorial y de conquista, muchas veces generadores de nuevas
culturas o civilizaciones, como la helénica
que impulsa Alejandro Magno en el Asia, y la mozárabe, que funde los elementos ibéricos y árabes en España.
Los grandes
traslados periódicos y transitorios de índole religiosa, como el viaje ritual
de los creyentes musulmanes a La Meca y Medina, o de los católicos a Roma,
Santiago de Compostela, Guadalupe de México, Fátima en Portugal o Lourdes en
Francia, son peregrinaciones, éxodos
simbólicos de purificación y perfeccionamiento, voluntarios y reversibles.
La historia
de la Humanidad es en gran parte el relato sucesivo de antiguas y numerosas
migraciones; así se ha poblado el planeta y se han distribuido, dispersado,
sustituido y fusionado unas con otras o no, las distintas civilizaciones. La
más antigua de éstas parece ser la del temprano Homo Sapiens, desde su origen africano hacia Europa y Asia. Más
recientes, pero igualmente remotas, las oleadas migratorias que a través del
Estrecho de Bering fueron poblando el continente americano de Norte a Sur.
Cuando un
grupo intenta desplazar a otros ya establecidos y prevalecer sobre ellos, esto
es una invasión y constituye un
proceso de dominio y vasallaje, lo mismo si son egipcios, asirios, macedonios,
romanos, godos, normandos, árabes, españoles, portugueses, franceses o
ingleses; pero esto no excluye la posibilidad de ciertos avances
civilizatorios: la conquista del imperio persa por Alejandro Magno creó la cultura helenística, lo mismo que el
derecho romano benefició a las primitivas hordas salvajes europeas, y los
árabes impulsaron el conocimiento y el refinamiento de los godos ibéricos, así
como los normandos invasores pulieron a los sajones primitivos para crear una
cultura inglesa, y sólo los miopes adictos a la Leyenda Negra contra España pueden persistir en negar el progreso
que hasta los muchas veces brutales conquistadores españoles, pero también los
piadosos religiosos evangelizadores de diversas procedencias, impusieron en las
regiones conquistadas de América: cada pueblo dominante (es decir, el
vencedor), tiene la convicción de ser superior al dominado, y esta consciencia
es la base de su dominio y su legitimidad, sea cierto o no.
Todo exilio
implica un movimiento impulsado por fuerzas ajenas al sujeto. Tzvetan Todorov
se ha ocupado sustantivamente de los mecanismos y procedimientos del exilio en El hombre desplazado (Buenos Aires,
Taurus, 2008). Pero no es el viaje como experiencia voluntaria, en un proceso
de aprendizaje y perfeccionamiento (lo que Goethe llamó Bildungsreise, el “viaje educativo”, el cual se recomendaba a los
jóvenes europeos de su época, como parte de su formación personal), sino tiene
que ver con el naufragio, la huida, la orfandad, el escape, el dejar todo atrás
y empezar de nuevo bajo otro cielo, muchas veces desde cero.
Una filósofa
española muy cercana a Cuba, María Zambrano, no sólo fue una exiliada, sino
devino en una teórica del tema. Con su propia experiencia como sustento, dijo:
Yo
no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi
patria, o como una dimensión de una patria desconocida. Una patria que, una vez
que se conoce, es irrenunciable. Creo que el exilio es una dimensión esencial
de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que
no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par
cósmicos.
En esta definición entre filosófica y poética, puede advertirse la noción del exilio también como posibilidad para el crecimiento, en lo cual subyace una cierta reminiscencia estoica: entre los clásicos latinos, el propio Séneca vivió y de alguna forma disfrutó el exilio (curiosamente, se sentía más exiliado de Roma que de su natal Córdoba), así como Ovidio, Horacio y Cicerón, quien terminó por definir resignadamente: “Ubi panis, ibi patria”; definición que el cubano José María Heredia rectificó románticamente casi dos mil años después, para convertirla en su divisa personal y exlibris: “Ubi pacis et libertas, ibi patria”.
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| @Eleomar Puente / "The dreams bloom" / 80" x 90" in / A/C / 2024 |
El asunto del desarraigamiento que implica el exilio, tiene también componentes emocionales personales muy determinantes: la actitud individual que se asume ante esta experiencia traumática, contribuye de otro modo para su propia definición, en un diapasón de sentimientos que van desde la nostalgia, la melancolía, la desposesión, la mutilación, la resignación, la culpa, la adaptación y la rabia, hasta la rebeldía, la recuperación del origen y la voluntad del regreso y su reintegración.
El exilio
está en el origen mismo y en la entraña más íntima de la historia humana: para
la Biblia, Adán y Eva fueron
exiliados del Jardín del Edén por su
desobediencia, soberbia y apetito de conocimiento: se les castigó apartándolos,
por la fuerza, del sitio donde habían nacido. Pero, además, la historia
demuestra que, desde la cuna de los primeros homínidos en África, se produjeron
grandes éxodos, formidables traslados naturales que dispersaron la raza humana
por todo el planeta.
Mas la
noción real del exilio como lo entendemos hoy, nace con el concepto de patria, aunque esta sea una ciudad:
exiliados romanos fueron Horacio y Virgilio, como Dante Alighieri lo fue de
Florencia. El Pentateuco incluye la
relación de un viaje liberador: el Éxodo,
que llevó a los esclavos hebreos desde Egipto hasta la Tierra Prometida, guiados por Moisés, quien simbólicamente, nunca
llegó a la misma, pues murió a la vista de ella. Cumplió su misión hasta el
punto que le resultó humanamente posible, pero no cosechó nunca el fruto final
de su esfuerzo liberador, lo cual suele ocurrir con los guías de esclavos que
buscan su emancipación: no siempre quienes inician las grandes liberaciones las
culminan; generalmente, es todo lo contrario, desde Espartaco hasta Carlos
Manuel de Céspedes.
Ha habido
exilios como resultado de destierros: los monarcas católicos de toda Europa
–salvo contadas excepciones– arrojaron a los judíos fuera de sus fronteras.
España, además, expulsó a los moriscos sobrevivientes de la Reconquista. Luego,
los mismos reyes cristianos extrañaron de sus reinos en el momento indicado a
los jesuitas, tanto de España y Portugal, como de Francia e Inglaterra. Todos
estos sujetos apartados de su origen nativo se consideraron desterrados y
arrojados de su patria. Al ser
obligados a irse por la fuerza, se llevaron con ellos un pedazo de aquella.
Modernamente,
en el vocabulario de las emigraciones, se han incorporado las nociones de refugiado y asilado. La primera define el concepto de abrigo humanitario por
razones de desastres diversos, pero fundamentalmente naturales, y la segunda se
reserva para quienes se acogen al Derecho
de Asilo, consagrado por el Pacto de
Montevideo de 1933 (confirmados después en las Convenciones de Viena de 1969 y 1986), para pedir cobijo en sedes
diplomáticas y por extensión, en los países suscriptores. La Organización de las Naciones Unidas
(fundada en 1948) tiene una división especializada para la atención de los
refugiados, la ACNUR, y los asilados corresponden a las diferentes cancillerías
de los países involucrados. Este es un privilegio antiguo que proviene del
derecho romano, feudal y eclesiástico: los templos (paganos y cristianos), así
como algunas mansiones nobiliarias, gozaban de privilegios y fueros que
convertían su espacio en sitios sagrados.
Actualmente, las embajadas reclaman la defensa del principio de extraterritorialidad para sus sedes, y sus
representantes disfrutan de las prebendas que los eximen y protegen.
En la
Antigüedad, existía también la figura de la interdicción
y la proscripción: ambas suspendían
los derechos del ciudadano y lo expulsaban de sus comunidades, y hasta
autorizaban matarlos por parte de cualquiera que los sorprendiera si violaban
su destierro… Un proscrito era una no
persona, un ser cuya vida no valía nada, pues había sido excluido de su
origen: era un hijo negado por su
madre.
Hay que
asumir, sin embargo, una distinción esencial entre lo que es un emigrado y un exiliado. El primero se encuentra, en primera instancia, motivado
por impulsos sociales, económicos, o particulares: puede sostener una relación
apolítica y tersa con el gobierno de su país de origen, e incluso hasta
colaborar con él, aunque éste sea indirectamente responsable de su emigración.
El exiliado, por el contrario, se asume y se expresa directa y claramente como
un transterrado[1]
por cuestiones políticas, de las cuales se pueden derivar otras motivaciones
(materiales, espirituales, personales). Un emigrado
es un sujeto puramente social; en
cambio, un exiliado, aún a su pesar,
es un ente esencialmente político. El
hecho de “residir” en un país ajeno al propio no confiere la condición de
exiliado, pues sólo la participación franca y activa contra el régimen que lo
convirtió en tal puede sustentarlo.
Debe
distinguirse, por justicia y por propiedad, entre una y otra condición, aunque
puede darse el caso que una persona que comenzó siendo “residente” o
“inmigrante”, después asuma un compromiso más activo y se presente ya como
“exiliado”. Pero ello requiere hechos y acciones, no sólo declaraciones
(generalmente en consonancia con el contexto donde se expresan), a mi modo de
ver; mucho más tratándose de una materia tan compleja e históricamente mutable
como es la actuación cubana en el exterior: un emigrante es un sujeto social pasivo; un exiliado es un sujeto
político activo. Uno es, malgré tout, colaborador; el otro es, per se, opositor.
Un ejemplo
elocuente de la transformación de los migrantes la puede ofrecer el caso de los
tabaqueros cubanos de Tampa, en el siglo XIX: en principio, fueron emigrados económicos, buscando mejores
oportunidades en sentido general, aunque al apoyar con sus contribuciones las
gestiones para la independencia realizadas por José Martí y otros
revolucionarios, asumen su condición de exiliados.
Sin embargo, no puede pasarse por alto el hecho que cuando decidieron salir de
Cuba para buscar mejores condiciones de vida en los Estados Unidos, por el
estado de ruina que las guerras habían ocasionado en la isla, aunque su causa
inmediata fue económica, en última
instancia ésta tuvo un origen político.
La relación
entre el gobierno tiránico impuesto en la isla y el exilio no ha sido
monolítica ni estática. Primero fue el odio feroz contra quienes escaparon,
condenados sin apelación a un ostracismo eterno e inapelable y sujetos a
agresiones y privaciones múltiples; en los pasaportes se estampaba el aviso que
era como una condena de muerte: sin
regreso al país; luego vino el silencio y la difusión de mentiras de que a
quienes habían abandonado el país “les iba mal”, “los médicos limpiaban pisos”,
“los abogados trabajaban en fábricas”, “nadie los saludaba”, “se caían en la
calle y nadie los ayudaba”, “morían de frío y hambre”, “los negros son
discriminados”…
Después los
ideólogos de la tiranía castrista tuvieron que asumir, ante la evidencia de lo
inocuo de sus distorsiones, la indiferencia y una falsa superioridad, y más
tarde hasta una fingida neutralidad interesada, para lo cual impusieron el
concepto de la “diáspora”, maniobra diversionista y distractiva que eludía la
verdadera y dolorosa raíz del problema o conflicto: esa fue una forma retórica
propagandística, copiada de Goebbels, para silenciar o neutralizar el exilio.
Dispersaron entonces una espesa neblina propagandística en el Estrecho de la
Florida, destinada a difuminar la, para ellos y su régimen, crecientemente
amenazante silueta de un Miami (símbolo del exilio en los Estados Unidos, en
particular, y en general en todo el planeta) triunfal y sibarítico en su mismo
horizonte, mientras el territorio nacional se veía cada día más decadente y
ruinoso.
Antes, los
“de allá”, los que se habían marchado, se ilusionaban al principio de su
destierro al creer ver a lo lejos el resplandor de las luces de una Habana ya
perdida; pero ahora, “los de acá”, rodeados por sombras y ruinas, como el
sediento viajero del desierto engañado por el espejismo del oasis, aseguran ver
“en las noches más claras”, según cuidan de especificar para darle un cierto
sentido racional a su afirmación, los destellos del otrora odiado y siempre
envidiado Miami, como invitación, tentación, promesa y meta.
Pero debe
enfatizarse que el exilio cubano tiene ciertas especificidades muy profundas y
propias. Regresemos al Génesis:
cuando Adán y Eva, los originales bíblicos, fueron expulsados del Jardín del Edén, lo hicieron con el
dolor por la pérdida del Paraíso. Sus actuales émulos cubanos, cuando hoy
abandonan el que solía ser el vergel tropical de las delicias, lo hacen sintiendo
una alegría liberadora, porque ya aquello no es el paraíso y comienza a
parecerse demasiado al infierno, y así lo será aún más cada día: ese infierno (por todos) tan temido, como
dijo en una de sus visiones nocturnas Juan Carlos Onetti. Y los que suelen
volver –adánicos readmitidos temporalmente, por graciosa y costosa concesión
del siempre vigilante portero Cancerbero– con cierta periodicidad, confiesan
que al abandonarlo de nuevo para regresar a la que ya es la otra su casa –porque aquélla “ya no es tu casa, ni tú eres ya Antonio
el Camborio”, como diría Federico García Lorca– más que tristeza, sienten una
profunda, intensa y casi culpable sensación
de alivio: esos son los resultados de aceptar una esclavitud voluntaria y a
veces hasta gozosa; o lo que es decir, la mentalidad
del sobreviviente.
La “dulce
Cuba” sigue siendo, con una espantosa fidelidad y fijeza, como dijo hace más de
dos siglos el primer exiliado cubano, José María Heredia, ese triste lugar
donde “en su seno se miran, en el grado más alto y profundo, las bellezas del
físico mundo, los horrores del mundo moral”.
(*) Tomado del anuario Histórico Cubanoamericano #3 (2019): págs. 20-32.
[1] Término propuesto por el filósofo español José Gaos, exiliado en
México. El novelista cubano José Manuel Prieto ha propuesto, en su proyecto de
cosmopolitización expresada en Rex, la clasificación para esta etapa, “una
anterior a 1917 e incluso hasta 1789”, el concepto de “viajero” para el
desarraigado que vive en otro país, por las razones que sean, como parte de sus
ideas políticas, o como parte del “bildungsreise” o “viaje educativo”, concepto
introducido por Goethe, Hegel y Heine. Soy (dice Prieto) “un extranjero a todas
luces (…) sólo hay un pequeño territorio en todo el globo donde no solo soy; lo
soy, por ende, más que cualquier otra cosa…”



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