130 años del nacimiento de Joaquín Blez. Recuerdos y
memorias.
Por Alejandro González Acosta
| Joaquín Blez retrató este Desnudo en 1920. Fue el gran pionero de la fotografía del cuerpo en Cuba. |
Mis padres habían decidido que nos mudáramos de El Vedado
donde nací –en la Clínica Nuestra Señora del Carmen, hoy «Hospital Camilo
Cienfuegos»- hasta el centro de La Habana, por el trabajo de mi papá. Tenía yo
entonces unos cinco años de edad, en 1958. Ocupamos una casa colonial amplia,
de altos puntales, pisos de mármol blanco, arcos de medio punto con coloridas
lucetas, espesas persianas y un comedor de losetas ajedrezadas, ubicada en
Neptuno 212, entre las calles de Industria y Amistad, en los altos de una
tienda llamada faraónicamente «Luxor». Junto a ella, pared con pared, en
Neptuno 210 y en los altos de «La Casa del Perro», tenía su estudio y vivía
Blez con su familia: la esposa, la bellísima Lydia D’Otres de la Riva, y su
hermana Olga. No tuvieron hijos. Se inició así un vínculo amistoso y vecinal,
casi familiar, que se prolongó hasta mis 20 años de edad.
| Joaquín Blez y Mercé (1886-1974) |
Entre ambas casas colindantes se mandó abrir una pequeña
puerta –originalmente parece que las dos habían sido en algún momento una,
según la tradición, perteneciente a un marqués español- para que yo pudiera
pasar gran parte del día acompañando a Blez, quien me adoptó como un tío
bonachón y consentidor. Me fascinaba revolver sus archivos y preguntarle la
historia de cada una de las piezas que tenía en su casa, un verdadero museo del
arte mundial. Con él también años después, ya adolescente, me iba de paseo los
fines de semana, en su poderoso Buick Special de 8 cilindros,
dorado y convertible, todo un acontecimiento que admiraba a quienes lo veían, y
que guardaba en un estacionamiento de varios pisos en Galiano y Concordia,
junto a la Iglesia de Monserrate, la cual era la parroquia que nos correspondía
al barrio. Para ascender en este estacionamiento había que colgarse
–literalmente- de un elevador en cinta que era toda una novedad modernista,
residuo de La Habana de los años 50. Blez tenía una nutrida colección de
fotografías de los diferentes automóviles que había conducido desde muy joven,
auténticamente fastuosos. Ojalá se conserven esas imágenes en algún sitio.
Solíamos ir a las ruinas del Ingenio Taoro, en las
afueras de La Habana, hacia el rumbo de Jaimanitas, por la carretera de
Cangrejeras cerca de la playita de Santa Fe, donde se había formado y gustaba
congregarse el Club de Fotógrafos de Cuba –según me dijo Blez- y me contaba mil
historias divertidas que había tenido en su inquieta vida de bohemio antes de
casarse con Lydia. Guardaba en su archivo numerosos testimonios gráficos de las
fastuosas fiestas que se realizaron en el Casino Español de La Habana, el
Miramar Yacht Club, el Havana Yacht Club y las elegantes mansiones de la
entonces muy divertida burguesía cubana, donde era presencia obligada y
solicitada como el fotógrafo oficial de la gente «chic». Recuerdo una foto en
especial donde aparecía el joven Blez vestido como Poseidón sobre un velero
colmado de flores, rodeado por una docena de hermosísimas mujeres con atuendos
de sirenas, ninfas y náyades: sabía divertirse y tenía los medios para ello.
Otras veces nos íbamos al antiguo Cafetal Angerona,
también en ruinas, por el rumbo de Artemisa y cerca de Cayajabos. Generalmente
almorzábamos en un antiguo restaurante de madera levantado casi sobre la
playa de Baracoa en Santa Fe, que creo recordar se llamaba «El Merendero de la
Puntilla», donde solía reunirse años antes el «Grupo Orígenes» en sus escapadas
de Bauta (cuando no comían en el restaurante del «Hotel Hollywood») con el
sacerdote Ángel M. Gaztelu, también antiguo amigo de mi familia[1]. Allí todos los pescadores viejos saludaban con sincero
afecto y admiración a Blez, quien siempre les llevaba algunos obsequios y les
tomaba fotos.
A mi «tío» Blez le debo el regalo de mi primera cámara
fotográfica, que él apreciaba mucho y aún conservo, una formidable Rolleiflex
con lente planar hecho por Carl Zeiss en Alemania, que es una pieza de
colección muy celebrada por mis amigos fotógrafos, que la consideran de las
mejores que han existido.
La madre de Blez fue Doña Felicia Marcé y Castellanos
(1850-1941), viuda de su primer matrimonio con Oscar de Céspedes y Céspedes
(1847-1870), segundo hijo varón de Carlos Manuel de Céspedes con su prima
hermana, fusilado por los españoles pocos días después de su boda. Doña
Felicia, entonces una joven prometida de apenas 18 años, confeccionó el 22 de
octubre de 1868 la bandera cubana bendecida en el Te Deum de
la Iglesia Parroquial Mayor de Bayamo, y es la que se exhibe en la Sala de
Banderas del Museo de la Ciudad de La Habana o de los Capitanes Generales, pues
las dos primeras no se conservaron[2]. Cuando murió en 1941, Doña Felicia –plenamente
reconocida como autora material de dicha bandera- fue enterrada con honores
militares correspondientes al grado de Coronel del Ejército Mambí, y recibió el
título de «Libertadora Insigne». Hoy es bastante desconocida en Cuba.[3]
El padre de Blez fue un hacendado prósperamente
establecido en la zona holguinera de Birán… Blez me mostró varios documentos
originales de los juzgados holguineros, donde su padre demandaba en reiteradas
ocasiones a un vecino colindante que se dedicaba por las noches a robarle
ganado y recorrer las cercas entre sus propiedades: Ángel Castro Argiz. No sé a dónde habrán ido a parar estos documentos, pero los vi y leí[4].
De joven, Blez sintió una gran fascinación por la
fotografía y entre su archivo –ahora por fortuna bien conservado en la Fototeca
Nacional de Cuba gracias a la generosa donación de su cuñada, Olga D’Otres
después de su muerte- había una foto borrosa por la que sentía un cariño muy
especial: era sólo una pared con una grieta, bastante «movida» y fuera de foco.
Me explicó así su afecto por ella: «Esa foto la tomé en Kingston, Jamaica, en
1907, durante un terremoto horroroso, y era la pared de la habitación del hotel
donde me hospedaba en el preciso momento cuando se estaba rajando y
desplomándose junto con todo el edificio. Después de tomarla, salté por la
ventana, desde un segundo piso». Había ido a esa isla desde Santiago de Cuba,
donde empezaba a trabajar entonces como aprendiz en un taller fotográfico, para
conseguir imágenes por un sismo violento ocurrido unos días antes y lo sorprendió
una de las réplicas.
| José Raúl Capablanca (1888-1942). Foto Blez |
Otra serie de fotos curiosas que conservaba Blez
correspondían al primer proyecto de construcción del Capitolio Nacional. Sobre
ellas publiqué hace años en la revista Opina de La Habana[5], un artículo que creo fue el primero donde se mencionaba
a Blez en la Cuba actual, pues durante muchos años se silenció su presencia,
por ser «el fotógrafo de los ricos»[6]. De esa época se destacaba sobre todo oficialmente al
artista Constantino Arias, «el fotógrafo de los burdeles»; por fortuna, ya no
es así. Captan el momento preciso, en una secuencia tomada con varias cámaras
sobre trípodes disparadas sucesivamente (no existían aún los obturadores
automáticos), del instante justo cuando explotaba la primera cúpula construida
del Capitolio, pues su altura no logró satisfacer a los constructores y
decidieron hacerla de nuevo, tal como está hoy. En la frente, algo borrada por
los años, Blez lucía una cicatriz: «Es que me acerqué demasiado para tomar esas
fotos y me cayó un pedazo de granito en la cabeza».
Pero Blez guardaba además muchas preciosas joyas en su
colección que compartió conmigo. Por ejemplo, una serie muy completa tomada por
él mismo de los frescos eróticos de Pompeya cuando apenas se había abierto el
sitio arqueológico a la visita de los curiosos. Aparecían ahí príapos
voladores, belerofontes enhiestos y mil desnudos en imaginativas y explícitas
posturas que incentivaron mi juvenil secreción hormonal.
Libros no le conocí muchos, pero gustaba especialmente de
dos autores italianos a los que trató personalmente: «Pitigrilli» (Dino Segre,
Turín, 1893-1975) y Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956), que eran sus
estrictos contemporáneos.
De Alemania guardaba un recuerdo muy especial:
Esos años de entreguerras en Berlín fueron gloriosos. El lujo y los placeres eran grandiosos. Había un frenesí desatado después de la Gran Guerra para vivir a toda velocidad y disfrutar al máximo. Los cabarets eran únicos: lo que parecía mármol, era mármol, y lo que relucía como oro, era realmente oro. ¡Qué mujeres! Había sitios con un sistema en que las mesas podían bajarse a un sótano para tener más privacidad…
Allí vio, en una cervecería de Múnich, subido sobre una
mesa, gritando furioso y gesticulando como orate, un pálido joven de intensos
ojos azules, quien hipnotizaba a la concurrencia: Adolfo Hitler. Luego buscó,
compró y conservó los dos tomos de la primera edición de Mi lucha (1925 y 1928), que pude examinar.
También, guardaba una serie de fotografías de juventud
que le tomó a una enigmática princesa hindú, quien residió un tiempo en La
Habana haciendo demostraciones de sus bailes exóticos. Parece que no era hindú
ni bailarina, sino una aventurera muy similar a la famosa Mata Hari, y Blez me
dijo que lo supo por confesión de ella, pues fueron amantes.
Blez estudió diseño y composición en Florencia y
procedimientos químicos en Berlín, cuando apenas finalizaba la Primera Guerra
Mundial –la Gran Guerra, como se la llamó pensando que nunca habría otra
barbarie semejante que le siguiera- y contaba regocijado la vida principesca
que disfrutó en esa Europa devastada, pues provenía de la próspera Cuba con
suficientes recursos para satisfacer sus necesidades y caprichos: entonces
compró una enorme cantidad de objetos de arte y antigüedades que le sirvieron
para montar su estudio fotográfico, considerado como el más elegante de Cuba en
esa época. En medio de esa profusa escenografía se podían encontrar armaduras
medievales, bargueños renacentistas, varios muebles firmados por Boulle, y un
espléndido mueble de fina marquetería de tres cuerpos, con un gran espejo
biselado central: «En ese mueble colgaron sus sombreros y sus paraguas los
hombres más eminentes de Francia, hasta Napoleón III: era de Sarah Bernhardt».
En la mano solía llevar un anillo precioso, de delicada factura, cincelado por
Benvenuto Cellini y que adquirió «por una bicoca» en Florencia, según me dijo.
Blez conservó su claridad mental y artística hasta los
meses finales de su vida. Lo acompañé una de las últimas veces que salió de su
casa, pues me propuso visitar la casa de un antiguo amigo suyo, Orestes
Ferrara, ya convertida entonces en el Museo Napoleónico. Allí deambulamos y él
recordó numerosas anécdotas de ese tiempo que ya se había ido, dejándolo a él
como uno de los últimos sobrevivientes: era la gran época de los años 20 al 50
en Cuba, donde fue, cuando no protagonista, muchas veces espectador –y
memorialista- de primera fila. Varias de mis fotografías infantiles fueron
realizadas por Blez e ilustran este texto. Y en especial la última que creo
tomó, pues a los pocos días ya cayó en cama postrado por una hemiplejia y murió
un par de meses después, a los 88 años de edad, atendido amorosamente por su
cuñada, la paciente Olga, que lo veneraba como a un padre, y rodeado por sus
sobrinos «Muñeca» y Pepito y todos los que le queríamos.
En esa última foto estoy sentado en una banca del jardín
del Museo Napoleónico, y llevo en la mano el bastón de Blez, una gruesa y
ligera caña de Indias, con empuñadura de marfil y un monograma en oro donde
aparecían entrelazadas sus iniciales, JBM: era el apoyo final de
aquel artista de fama internacional, que fotografió toda una época, del que hay
cuatro obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el Museo Nacional
de Bellas Artes de Cuba, y quien se llevó a la tumba el secreto para sensibilizar
la porcelana, el marfil y el terciopelo donde imprimía sus imágenes.
Descanse en paz, en la gloria de su arte, mi «tío» Joaquín Blez, tesoro cubano por fin en vías de recuperación. Este 2016, el 5 de
diciembre próximo, se cumplirán 130 años de su natalicio; sirva esta evocación
como un sencillo pero sincero y emocionado homenaje anticipado. Debe estar
ahora muy ocupado allá arriba, tomando fotos maravillosas de ángeles y santos,
dándoles, con la magia de su lente, una reforzada inmortalidad dentro de la
misma inmortalidad celestial.
Notas
del artículo
1. Años después, regresé por esos rumbos precisamente con el
Padre Gaztelu, para escribir un reportaje sobre la Iglesia de Nuestra Señora de
la Caridad de Baracoa, con un diseño que recordaba a Le Corbusier, del
arquitecto Eugenio Batista, con obras importantes de los pintores René
Portocarrero y Mariano Rodríguez y el escultor Alfredo Lozano. Mi trabajo se
publicó en la revista Cuba Internacional: «Dos iglesias, dos
pintores», Sección Contrapunto, La Habana, julio de 1983, p. 61. En esa época
el Padre Gaztelu estaba muy marginado de la cultura oficial por su cercanía con
José Lezama Lima (muerto en 1976). Al año siguiente -1984- se exilió en Miami,
donde lo visité varias veces. Falleció en 2003.
2. La primera bandera cubana, como se sabe, fue
confeccionada apresuradamente, con materiales bastos y perecederos, por
Candelaria Acosta Fontaigne, «Cambula», hija del mayoral de Céspedes y, ya
viudo este de su primera esposa, su amante; después, Isabel Vázquez y Moreno,
casada con Pedro (Perucho) Figueredo y sus hijas (Candelaria, Eulalia, Blanca,
Eloísa, Piedad y María) hicieron una segunda, con mejor resultado que la
anterior pero aún imperfecta. Como ninguna de las dos cumplió con lo deseado
por Carlos Manuel de Céspedes, le encargó a su futura nuera Felicia la
confección de una enseña con materiales de primera y con arreglo a las normas
de la heráldica. Fue cosida a máquina y con la estrella perfectamente delineada
a compás, todo lo contrario de la de «Cambula», cosida a mano, como puede
demostrar cualquier sencillo examen directo.
3. La página oficial cubana EcuRed dice: «aunque no se
cuenta con datos fidedignos acerca de su aspecto físico, cabe suponer que haya
sido una mujer blanca...» De su vínculo con el Padre de la Patria, su suegro,
no se menciona nada. También está bastante errada la entrada «Bandera de La
Demajagua» del mismo sitio EcuRed, pues confunde los datos y afirma que la
bandera hoy conservada es la de «Cambula», punto que, según se aclaró hace muchos años, no es así. También vinculan a Felicia Marcé casada con un coronel Manuel
Milanés Céspedes, cosa que no es cierta.
4. Conozco la existencia, pero no la he examinado, de una
caja de documentos titulada «Blez Family Papers (1863-1941)» en la Cuban
Heritage Collection de la University of Miami.
5. «El Capitolio dinamitado», Opina, La Habana,
Nº 41, Diciembre de 1982, p. 23.
6. Afortunadamente, la sensatez se ha impuesto finalmente y
desde hace algunos años el arte de Blez se ha venido recuperando y estudiando
por especialistas muy capaces. En la Fototeca Nacional de Cuba su obra ocupa
hoy un merecido y durante mucho tiempo negado lugar de honor.
Del Autor
Alejandro González Acosta
La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas
por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del
Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca
Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la
Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en
literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de
numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de
Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de
la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua
en el Exilio. Reside en México desde 1987.
Más del autor aquí
Tomado de: Este Lunes
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