Monday, August 12, 2019

El exilio cubano en México: siglo XIX

Por Alejandro González Acosta

El país azteca ha sido sitio de asilo para varios exilios: en el siglo XIX muchos cubanos descontentos con la situación colonial en la isla vinieron para México; pero también de otras naciones latinoamericanas acudieron a esa tierra numerosos emigrados, algunos exiliados, como resultado de las guerras civiles y disturbios que también trajo, junto con la independencia, la emancipación americana. También, México fue la tierra de tránsito para exiliados que finalmente se dirigían a Estados Unidos –entonces las ciudades más populares eran Filadelfia (“paraíso de conspiradores latinoamericanos” lo llamó Martín Luis Guzmán para esa época”), Boston y Nueva York.
José María Heredia

Tres figuras capitales marcan la presencia de Cuba en México durante el siglo XIX: José María Heredia, José Martí y Pedro Santacilia.
José María Heredia y Heredia (Santiago de Cuba, 31 de diciembre de 1803 – Ciudad de México, 9 de mayo de 1839), fue el pionero de los exilios políticos cubanos en México. Vivió aquí durante dos etapas, una primera siendo niño y acompañando a su padre, como alto funcionario español, y otra, procedente de Estados Unidos a donde huyó disfrazado por haberse visto involucrado en la Conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar, que fue la segunda y definitiva. De todos los países donde residió (incluida Cuba) fue en México donde pasó la mayor parte de su vida y realizó la mayor parte de su obra, que hoy puede considerarse binacional, tanto cubana como mexicana. Su importancia está siendo crecientemente reconocida en su patria de adopción, de la cual, falseando la verdad, en algún momento hasta se declaró nativo.
José Julián Martí Pérez (La Habana, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, 19 de mayo de 1895) estuvo en dos ocasiones en México, pero dejó una honda huella: la primera, de apenas tres años, en 1875, donde trabajó intensamente en varios periódicos (Guillermo Prieto, que lo conoció a él y a Heredia, decía que “hasta los obituarios habría redactado si lo hubieran dejado” en la Revista Universal), dictó varias conferencias, amó y sufrió de amores, contrajo matrimonio aparentemente en el mismo sitio que Heredia (aunque muchos repiten que fue en el santuario, en realidad fue en la casa del Canónigo del mismo, residente en la Calle del Niño Perdido, hoy Eje Central “Lázaro Cárdenas”), el Sagrario Metropolitano, con Carmen Zayas Bazán y marchó con ella hacia Guatemala, embarcando en el Puerto de Acapulco, donde disfrutó su luna de miel.
Pedro Santacilia
Y una figura de relativamente menor trascendencia, pero también muy importante: Andrés Clemente Vázquez Hernández (San Julián de los Güines, 22 de noviembre de 1844 – La Habana, 23 de febrero de 1901). Este fue escritor, político, orador, pedagogo, diplomático y de modo destacado, un gran ajedrecista, como jugador e impulsor de ese arte deportivo. Escribió estudios históricos y diplomáticos, varias obras sobre ajedrez y varias novelas, una de las cuales, Enriqueta Faber: ensayo de novela histórica (1894), sobre un curioso y temprano caso de travestismo en Cuba, que al parecer será llevada al cine próximamente.
Otro caso es el de Ildefonso Estrada Zenea, primo del poeta fusilado en Cuba, Juan Clemente Zenea, quien también estuvo en México, invitado por el entonces poderoso Santacilia, quien lo empleó como Redactor (alguna fuente señala que como director) del diario Oficial de la Federación.

Muy interesante y poco conocido, es el caso del poeta y dramaturgo cubano Juan Miguel Lozada, que fue el autor de uno de los himnos nacionales mexicanos que precedieron a la elección del definitivo actual. También colaboró con la Sociedad Patriótica de Cuba y su Comisión de Historia el 10 de agosto de 1830 (Memorias, Tomo XII. Habana, Imprenta del Gobierno, 1841. Se asoció con el músico aventurero Nicolas-Charles Bochsa (Montmedy, 9 de agosto de 1789 – Sidney, 6 de enero de 1856), un virtuoso del arpa amancebado con la gran cantante inglesa Anna Bishop, para su “Marche mexicaine” que gozó de efímera popularidad y fue considerada como una suerte de protohimno nacional mexicano. Lozada se menciona en el Teatro del Circo su comedia en un acto “en extremo graciosa”, “El médico chino”, concluyendo un recitativo del Liceo Artístico y Literario, en la Sección “Revista habanera” del 1 de agosto de 1847, Compañías de las Damas, y su “hermoso drama” “Los amantes de Granada”. Después se anuncia la impresión de esta comedia junto con otra.[1] Poco más se sabe de Lozada y en las historias literarias cubanas no se encuentra su nombre.



[1] Vid. Samuel Máynez Champion, “Una probada de su propio chocolate”, Proceso, 8 de octubre de 2018.

Friday, August 9, 2019

Nat Chediak: contrabandista de sombras*


Nat Chediak
Por Enrique Del Risco

Nat Chediak es una suerte de rey Midas cultural. Pasó de fundar una Cinemateca en Coral Gables en 1973 a fundar el Festival Internacional de cine de Miami en 1984 y dirigirlo por 18 años. Y de ahí a crear junto al cineasta español Fernando Trueba el sello discográfico Calle 54 responsable de las grabaciones más exitosas de Bebo Valdés o del disco Boomerang de Habana Abierta. Hijo de diplomático libanés y madre cubana, y cubano de nacimiento y vocación, luego de salir en 1960 de Cuba creció entre Estados Unidos, México y el Líbano. No es extraña la insistencia con la que Chediak ha pugnado porque la cultura cubana del exilio sea menos provinciana y cerrada de lo que podría serlo de abandonarse a la nostalgia y el enclaustramiento. Y de que algunos de sus más acabados productos sean conocidos por medio mundo. Desde el 2014 vuelve a sus orígenes cinéfilos al ser nombrado director de programación del Coral Gables Art Cinema empeñado en seguir mostrando cine de calidad al público de Miami.

¿Hubo algo antes del cine?

Antes del cine, la oscuridad.

Llega en enero de 1960 a los Estados Unidos ¿Cómo y en qué circunstancias?

 Salí con mi madre y mi hermana, en la estampida de los que vieron lo que se había instaurado. Para mis padres el pistoletazo fue la intervención de las escuelas privadas. No quisieron que nos indoctrinaran. Mi padre, además de abogado especialista en derecho autoral, era cónsul honorario del Líbano en Cuba y permaneció un año más ayudando a los libaneses que querían irse de Cuba también.

Vivió en Cuba solo sus primeros nueve años de vida en el seno de una familia de origen libanés. Luego vivió en diferentes países a los que lo llevó la carrera diplomática de su padre. Sin embargo en algún momento ha dicho “Nunca me he despertado sintiéndome otra cosa que cubano”.  En su caso la cubanía más que fatalidad parece tener algo de vocacional ¿Es así?

Siempre me he preguntado como fui marcado por la cubanía y no lo entiendo del todo, pienso que estaba presente en mi ADN. Lo cierto es que los referentes en mi formación siempre han sido cubanos: el crítico Rene Jordán, Néstor Almendros (cubano adoptivo), Cabrera Infante, Cachao, Bebo Valdés... y muchos otros que no me saltan a la mente. En años recientes he forjado una estrecha amistad con Leonardo Padura, es decir, que la vocación perdura.

 ¿Cómo se fue forjando esa identidad?

 Ni idea, no fue forjada por mis padres. Tal vez por mi identidad de nacimiento. Recuerdo que mi primer interés por la cultura fue al comienzo de la secundaria en México cuando mi maestra de inglés sugirió que fuera a ver 8 y medio de Fellini. La pasaban en un cine de barrio. El cine estaba repleto y el público esperaba una película europea de relajo. Cuando se acabó la proyección volaron toda una serie de proyectiles a la pantalla: refrescos, rositas de maíz, nadie entendió nada; yo tampoco.

¿Cómo llegó al cine?

Mi padre fue diplomático del gobierno libanés y me tocó vivir de niño en varios países. El cine y la música fueron desde mi adolescencia mis inseparables amigos.

En esa adolescencia ¿qué cine le atraía más?

Recuerdo vestirme de saco y corbata para pretender ser mayor de edad y ver From Russia With Love en México, donde era “apta para adultos”. Recuerdo que el acomodador se rio al verme llegar con mi improvisada indumentaria y me dejó entrar. En Líbano vi Psycho de Hitchcock (con subtítulos en francés y en árabe). Pero mi primer encuentro con películas subtituladas ocurrió de niño en La Habana cuando me llevaron a ver una reposición de Casablanca con subtítulos en castellano. En México acompañé a mi madre a ver una reposición de An Affair to Remember, su película favorita, lloró cántaros con ella. En fin, que para mí no existe la noción de “cine extranjero”. Solo buenas y malas películas que vienen de todas partes. 


¿Y la música? ¿Qué música le hizo sentirse un poco más melómano que el resto de los adolescentes?

Para mí, ser hijo de un diplomático fue una desgracia en lo personal. Eso de hacer y perder amistades no es propio de la infancia. De país en país lo único constante para mí fue la música y el cine. En México fui amigo de un DJ que programaba el Top 40 americano. Los fines de semana compraba singles como “Pretty Woman” de Roy Orbison y “Help Me Rhonda” de los Beach Boys. Fue en México donde descubrí a los Beatles, gran revelación. Mi primer encuentro con la música cubana ocurrió acompañando a mi hermana a sus primeras fiestas de jovencitos donde bailaban cha cha chá. Si no sabías bailar le preguntabas a tu pareja ¿cuadrado o de lado? y echabas a andar. Años después, de regreso en Miami después de graduarme de secundaria en Beirut en el medio de la Guerra de los Seis Días, acompañé de chofer a mi padre a visitar un viejo amigo, Ramon Sabat. En Cuba, mi padre demandó a la RCA Victor por monopolio, avalando la creación de la Panart, el primer sello discográfico cubano, propiedad de Sabat. Al terminar esa visita, Sabat me obsequió un LP del Cuban Jam Session, diciéndome que era su favorito de todos los que había grabado. Al ponerlo yo en casa descubrí que la música cubana era más que un pretexto para que mi hermana bailara con sus amiguitos.

Cuénteme del ambiente cultural de Miami en su juventud. ¿Le quedaba grande la propia expresión de ambiente cultural?

Miami siempre ha sido receptivo a ofertas culturales. Sus instituciones han sido más lentas en responder a iniciativas. No así el público. Acostumbrados a ver cine de todas partes, los exiliados cubanos (y demás inmigrantes) fueron receptivos a mis actividades, primero en la Cinemateca y luego en el Festival. Siguen siéndolo hoy día. 

¿Cómo fue crear un festival de cine en esas circunstancias?

Diez años de preparación en la Cinemateca que fundé en Coral Gables hasta que estuve convencido que había desarrollado un público que aceptaría la propuesta. El apoyo/padrinaje de exiliados como Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros y el crítico de cine René Jordán fueron decisivos. Ellos fueron mis maestros y apostaron por el Festival con su presencia e influencia, desde su gestación. 

¿Cuáles fueron los mayores obstáculos que enfrentó?

Siempre los mismos. El apoyo económico de entidades públicas nunca fue suficiente. Nunca tuve ocasión de quejarme que el público no respondiera, aún con las más arriesgadas apuestas en programación.

¿Cuáles fueron para usted los principales logros del Festival de Cine de Miami en los años en que lo dirigió?

Presentar por vez primera en Estados Unidos relevantes directores internacionales, rendir homenaje a sendas figuras del cine mundial, develar corrientes trascendentales como el nuevo cine iraní, etc.

¿Qué presencia tuvo en esos festivales el cine cubano hecho en el exilio?

Estrenamos Conducta Impropia, Guaguasí, La Otra Cuba, Azúcar Amarga, Nadie escuchaba y documentales de otras latitudes que abordaron el tema cubano, como Buena Vista Social Club, Havana de Jana Bokova, Fin de Siglo, El Planeta de los niños, Balseros, etc.

¿Cuáles fueron los principales méritos de ese cine?

Dar a conocer una realidad desconocida, tanto de la isla, como del exilio.

¿Cuáles fueron sus principales limitaciones?

Eso le corresponde decir a los realizadores.


¿Cómo compararía el cine cubano hecho en el exilio con el cine de otros exilios?

No ha tenido el apoyo económico que requiere. La mayor parte del cine cubano en el exilio se ha hecho en Estados Unidos, un país donde hay menos tradición de subvencionar el cine. A diferencia, por ejemplo, de Francia que es el país que tradicionalmente más ha acogido a cineastas exiliados de todo el mundo.

Y con respecto al cine latinoamericano en general, ¿hay algo que distinga al cine cubano del exilio del resto del cine latinoamericano?

El cine latinoamericano suele tener un contexto político de izquierdas que, por supuesto, difiere del que se ha hecho a duras penas y a contracorriente en el exilio. Al final de cuentas, lo que trasciende es la calidad de la película, a pesar de su procedencia. En los setenta, con la visión que siempre lo caracterizó, Dan Talbot, creador de New Yorker Films, distribuyó cine cubano del ICAIC pero también El Súper y Conducta Impropia.

¿Hay algún género cinematográfico que por sus características haya florecido mejor en el exilio que en la isla?

No podemos hablar de géneros, salvo el documental. En el exilio el cine cubano se ha hecho contra viento y marea. Con mucha independencia y talento pero siempre con escasos recursos. En Cuba, el cine tiene el apoyo oficial. Salvo el cine independiente que, hoy día, es el que más interesa, por dar la cara de la realidad cubana, como lo hicieron en su momento los artistas plásticos, los cantautores, etc.

¿Hay piezas cinematográficas producidas en el exilio que merecerían ser mejor atendidas?

Todo el cine cubano del exilio que me ha tocado presentar siempre ha contado con un público nutrido y entusiasta.

¿Cuál ha sido para usted el principal aporte del cine del exilio a la cultura cubana?

Ya lo dije. Mostrar la realidad de la isla y del exilio.

*Entrevista aparecida en el número 2 del Anuario Histórico Cubanoamericano como parte de un dossier dedicado al cine cubano del exilio.

Tuesday, August 6, 2019

Un humanista cubano en la academia mexicana del siglo XVIII: Francisco Xavier Conde y Oquendo


Por Alejandro González Acosta  

El cubano Francisco Xavier Conde y Oquendo (San Cristóbal de La Habana, 3 de diciembre, 1733- Puebla de los Ángeles, 5 de octubre de 1799) desarrolló en sus poco más de 65 años de vida una trayectoria excepcionalmente brillante: Bachiller en Artes por la Universidad de San Jerónimo de La Habana a los escasos 12 años de edad y en la misma casa de estudios se doctoró en Teología también en edad tempranísima para pasar al Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio habanero a enseñar esta ardua disciplina. Por otra parte, se recibió como abogado y ejerció el puesto de fiscal en la curia diocesana de su villa natal. Conocedor profundo de las lenguas clásicas, las aplicó al mejoramiento de la castellana y fue muy bien reputado por sus colegas españoles quienes lo recibieron con grandes muestras de respeto y admiración en 1775, como se puede deducir de la honrosa invitación para predicar un sermón encomendado por el mismo Consejo de Indias, que deseaba ver en pleno ejercicio de sus dotes a un criollo tan excelentemente recomendado por sus prendas y los ecos de su elocuencia. En Roma, donde pasó después, también le llovieron honores, como su ingreso en la sociedad de los árcades romanos, que lo bautizaron “Ermindo Abidense”, y del mismo Papa Pío VI, que lo nombró Protonotario Apostólico y Caballero de la Cruz de Oro. Todos estos triunfos fueron pavimentando su camino hacia la concesión de una prebenda “de ración” en la Catedral de la Puebla de los Ángeles (1778), más tarde convertida en canonjía (1796). Beristáin dice de él:



Aunque su erudición fue vasta y universal parece que había nacido para la oratoria, pues estaba dotado de una imaginación fogosa y vehemente, de una elocuencia flúida y brillante, de una figura airosa y animada por la vivacidad de sus ojos y acciones, y de una voz suave y sonora. Con tales disposiciones, su principal estudio fue dedicarse a la pureza del idioma castellano, y a la observancia de los mejores preceptos e imitación de los mejores oradores, logrando en su patria, la Habana, que tocasen la retirada las reliquias que habían quedado del gerundismo.[1]



  Sin duda el reputado bibliógrafo tuvo la oportunidad de conocerlo personalmente cuando con tan vivos rasgos nos lo retrata (seguramente lo vio en algún sermón, cuando era Deán de la Catedral Metropolitana de México), y en la extensa relación de sus piezas oratorias destaca el “Elogio de Felipe V, Rey de España”, premiado por la Real Academia Española  en junta deliverativa realizada el 22 de junio de 1779 y en ese mismo año publicado a sus expensas y reimpreso más tarde por la imprenta mexicana de Felipe de Zúñiga y Ontiveros en 1785. Beristáin no duda en exaltar que esta pieza “marca con sello de oro el mérito oratorio del habanero” y aún agrega que “es obra valiente, de que debe gloriarse toda la América, como de una ejecutoria de sus ingenios, y de su ilustración y cultura ganada en juicio de oposición en el tribunal de la elocuencia española”.[2]




El Elogio:



  Al morir el último monarca español de la casa de Austria, Carlos II “El Hechizado”, en la noche entre el primero y el dos de noviembre (fechas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos) del año 1700, se desencadenó en España primero y en toda Europa después, un proceso de sucesión que ya se veía venir desde mucho antes, debido a la débil salud física y mental del rey y a la falta de hijos que lo heredaran. Un partido se inclinó por el pretendiente austriaco, archiduque Carlos de Habsburgo y la otra por el príncipe francés Felipe, duque de Anjou, nieto de Luis XIV. Después de una cruenta guerra que desangró España y especialmente algunas regiones como Cataluña, y con la victoria de Villaviciosa, salió triunfante el partido galo que contaba además con el indisputable derecho otorgado por el testamento dictado por Carlos II otorgándole la corona española a quien fue coronado como Felipe V de España, primer Borbón en el trono español. Nacido en Versalles a la sombra de su augusto abuelo en 1683, muere en Balsain en 1746, después de vivir 63 melancólicos años (la hipocondría fue una enfermedad que legó incluso a varios de sus hijos), de los cuales detentó el cetro español por un dilatado reinado de 46 años, con alguna abdicación brevísima en su hijo Luis I, muerto prematuramente. Una de sus grandes obras culturales fue precisamente la creación en 1715 de la Real Academia Española de la Lengua, siguiendo el modelo de la Academia Francesa instaurada por su abuelo Luis XIV, destinada a llevar adelante el lema que ostenta como blasón de defensa del idioma: “Pule, fija y da esplendor”. Es pues la Academia una institución de patronato real que debía no sólo acatamiento sino gratitud a su ilustre creador y benefactor; por ello, llama un tanto la atención la espera de 33 años para convocar un concurso dedicado a honrar la memoria de su alto fundador. Por otra parte, según se sabe, una primera convocatoria del concurso quedó desierta no sólo por la exigua cantidad sino por la notoria pobreza de los trabajos enviados a certamen, lo cual hizo que se publicara nuevamente y en ella resultó agraciada esta pieza de Conde y Oquendo con un prestigiosísimo segundo premio, el cual es dable suponer debió vencer si no la resistencia al menos la reticencia de los jurados extrañados de tan peregrino talento allende los mares. Es ante todo un ejercicio académico clásico, dentro de la norma establecida, dedicada a exaltar la memoria del monarca ya fallecido tanto tiempo antes.



  Desde su mismo arranque, la obra muestra sus modelos: “¿Hasta quando ha de ser desgraciada la virtud entre los hombres? ¡Que el trono de un mal Príncipe se vea sitiado de mil Oradores viles y mercenarios, que emplean su eloqüencia en dorar y canonizar los vicios; y el bueno, que ha vivido con los oidos cerrados á la adulacion, no haya de encontrar después de muerto quien haga el panegírico de sus virtudes!” El modelo ciceroniano se nos muestra de forma bastante evidente, pues su corte suasorio se inspira en la interpelación tomada de las famosas “Catilinarias” (“Quoque tandem, Catilina…”), pero lo invierte de diatriba en elogio. Es, como pudiéramos decir, una filípica antifilípica pues aunque dedicada también a un Felipe como aquel Filipo de Macedonia, es la exacta oposición de las piezas clásicas con las que cimentó su prestigio Demóstenes.



  La pieza reúne los tópicos clásicos en los elogios de este tipo, pero les aporta una cuota de originalidad. A las menciones obligadas de la providencialidad del monarca y la exaltación de la estirpe y de la virtudes guerreras de la valentía, la victoria y la modestia, se alude veladamente que vino a combatir igualmente la decadencia de España  proveniente de la anterior dinastía y  enviado por Dios desde otro pueblo para “restituir el de España a su antigua grandeza”. Epítetos como “Augusto Protector” y “Héroe” se van acumulando, pero todo el discurso tiene una secuencia progresiva lógicamente encadenada donde se van engarzando los argumentos como las joyas de una corona de consagración elevada como voto de gratitud hacia el desempeño del príncipe. No sólo de bueno lo califica sino que hasta casi de santo, pues “sus cenizas despiden todavía el buen olor de la virtud”, tópico bastante utilizado desde el barroco español en la literatura celebratoria; igualmente introduce el elogio de la institución convocante que “ha excitado los ánimos con el laurel en las manos, para escribir una oracion en alabanza de Felipe, capaz de realzar la gloria de su insigne Fundador, y desagraviar al mismo tiempo la literatura nacional” y para ello se apoya en los modelos antiguos pues “así como los nombres de Evágoras y Trajano han afianzado su inmortalidad con los Elogios de Isócrates y Plinio”, de igual manera los ingenios modernos –como el que habla- deben empeñarse en el dorado de la gloria de su rey y asegurar su inclusión en los portales de la fama. De todas las cualidades del homenajeado, el orador destaca la virtud y enuncia sobre ella el programa de su elogio, pues “sea que se considera en campaña, ó en el Trono, sus virtudes le hiciéron primero vencedor, y después padre de su Pueblo. Si fue virtuoso al hacer la guerra, no lo fue menos al dar y conservar la paz: dos tiempos, que dividiéron su vida y su reynado, y dividirán tambien mi discurso”. De tal forma que por su mismo contenido organiza la alocución encomiástica de forma bipartita.



  Un elemento no sólo de prestigio sino de legitimación, es la fusión de estirpes que se dan en este príncipe gobernante y que destaca el orador, al recordar cómo el matrimonio de Louis XIV con la infanta española María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, forjó las bases de una unión trascendente bendecida por los Cielos, pues así se amalgamaban las sangres de San Luis y de San Fernando en una sola, y por tanto fortalecida por la Divina Providencia y debido a ello mismo resulta completamente evidente el objetivo de “sobre todo engrandecer y fortalecer su Iglesia con la santa alianza de dos Naciones, las mas discordes entre sí, y las mas fieles depositarias de su culto”, es decir la Francia del rey Cristianísimo y la España de los Reyes Católicos, ambos títulos concedidos de muy antigua fecha por gracia especial de los papas. Supra eclesiae.



  A continuación, muy dentro de la cadena de pensamiento razonador, se impone el tópico de la educación del príncipe, que es uno de los principios sustentadores de la idea monárquica y así para garantizar la formación de un futuro gobernante fueron convocados Fenelon “El Xenofonte de la Francia” y Fleury “El Tucídides de la Iglesia” donde Felipe bebe “las ciencias saludables de la Religión y del Gobierno”, fe y política sumadas en la formación del carácter de un buen rey, junto con sus otros hermanos.



  El humor no está excluido de esta oración, como recurso a fin de cuentas para continuar cautivando la atención de los oyentes: “males y remedios acabaron con su salud” (de Carlos II), clara alusión a la fama negativa que los médicos tenían ya desde el siglo XVIII (aún desde el siglo anterior, Moliére los ridiculizó con gran regocijo). Pero este humor sólo viene en la dosis justa, de acuerdo con la gravedad del asunto.



  El espíritu ilustrado, aún dentro de una monarquía centralista como la borbónica en España, tiene modo de expresarse en ocasiones, pues al aludir al proceso de sucesión dinástica, dice el orador: “La muerte del Augusto Testador confirma su última voluntad: la parte acepta su institución: las leyes fundamentales del Reyno la protegen, y el consentimiento universal de los Pueblos, verdadero origen de esas Leyes, pone por aclamacion el Cetro de España en manos de Felipe”, de manera que puede percibirse el eco, aunque obviamente atenuado, de los razonamientos del ginebrino Rousseau en cuanto al origen del pacto social.



  De igual modo que los antiguos egipcios condenaban con el silencio y el olvido a aquellos que transgredían sus preceptos (incluidos faraones “disidentes” como Akenatón), Conde intencionadamente olvida mencionar por su nombre, aunque alude con fuertes términos de perfidia y deslealtad, a la insurrección de los Países Bajos y Flandes: esa innominación es una forma de silencio condenatorio por su deslealtad.

 
Catedral de Puebla

  La transposición de modelos clásicos a partir de la adecuación de apotegmas, también es un recurso oratorio que emplea en su elogio: el triunfo de Felipe V sobre sus enemigos se produce con la misma celeridad que el de César en las Galias, pues nada más aparecer “se llevó tras sí el amor de los Pueblos”, como una adaptación del histórico “Veni, vidi, vinci”.



  El tópico del valor personal del monarca dentro de una tradición heredada es otro recurso del que echa  mano el orador en su labor laudatoria: “Los Monarcas Españoles no saben hacer la guerra desde sus Palacios con la espada á la cintura, sino en las manos, y á la cabeza de sus tropas. El nuevo Rey hace mas, porque de las fiestas mismas de su primer tálamo sale con el rayo en la mano en busca del Marte del Imperio” (El príncipe Eugenio de Saboya, general de los austriacos). Y aún enfatiza: “Yo no sé de otra guerra mas dura y sangrienta que la de succesion: guerra civil y universal, que envolvió casi todas las Naciones, y arruinó todos los partidos”. Magnificar la empresa guerrera es un modo asertivo de encomiar al monarca triunfador.



  El motivo del rey-soldado se inscribe dentro de una antigua tradición guerrera de los monarcas europeos y por ello se destacan las virtudes concurrentes que apoyan dicha caracterización, como el “brío y denuedo natural”, pero el orador cuida de no deshumanizar su semblanza y seguidamente anota que “buscará a Felipe”, el hombre, en “su firmeza y constancia” que es virtud heroica y origen de otras muchas, “madre de la felicidad y fuente de la gloria”. Cada calamidad y revés enfrentados constituyen una prueba superada dentro de un camino de depuración que santifica su causa como la única legítima: el bloqueo de Cádiz por la flota enemiga, el incendio de su armada en la bahía de Vigo, las disensiones internas, las conspiraciones animadas por las ambiciones cortesanas… todos son obstáculos que con su firmeza y constancia va sorteando y venciendo el joven monarca, de tal forma que “antes pareció que los mismos reveses de la fortuna le infundian nuevo vigor y aliento para mantenerse firme contra los balances del Trono”, y en medio de esto la imperturbabilidad que debe caracterizar a un rey ponderado, virtud necesaria en la administración de justicia y recto gobierno, pues “su semblante siempre igual mantuvo derrotado la misma serenidad que victorioso”, alcanzando un perfil verdaderamente olímpico. Hábil expositor y comprendiendo que podría ser un tema adecuado, el orador incluye un subelogio de las lágrimas, pues los varones fuertes también pueden demostrar su humanidad de este modo: “Las almas baxas que os zahieren con el nombre de flaqueza, no saben que en vosotras reside la suma del poder, y no en las armas”. Pero seguidamente lo contrapone con la expresión avasalladora del poderío que conduce a la victoria. Con toques casi homéricos, el orador narra el torbellino belicoso del príncipe y lo compara con los grandes guerreros de la historia: “Felipe, entónces, sabiendo que Stanhope con un cuerpo de seis mil Ingleses, gente granada y aguerrida, habia hecho alto en Brihuega, va en su alcance, esguaza el Henáres, la Infantería por el puente, los Dragones á nado: y todo fue uno en los bravos Españoles, acometer, sitiar, abrir brecha, dar el asalto, y entrar la Villa á sangre y fuego. No fue mas rápida la sorpresa de Salamina”. Y la victoria, homéricamente también, debe dar pie a la profecía que sobre ella se sustenta: “Ea, llanuras de Villaviciosa: vosotras vais á decidir en tres horas la porfiada guerra de succesion, el destino de mas de treinta mil hombres, y la suerte de seis Soberanos y de dos Mundos”. El orador imprime dramatismo a su narración y con hermosas imágenes pinta la fluctuación de la fortuna guerrera entre los bandos contendientes: los soldados se inspiran para su desempeño en las virtudes de su rey, el valor y la constancia, y ellas los conducen al triunfo para que griten “victoria, victoria: y esta, que indecisa atravesaba de un campo á otro con el laurel en la mano, vuela derechamente á ceñir las sienes de Felipe, y afirma en ellas la Corona de España para siempre”. Pero al triunfo obtenido debe emparejarse la magnanimidad del buen monarca que castiga en la medida justa y premia igualmente el buen servicio y prefiere ingresar en su díscola familia no como disciplinador sino como patriarca proveedor, pues “entró en Zaragoza, no con aparatos de vencedor, sino con demostraciones de padre dulce, manso, piadoso, clemente, que incita á que le desarmen el brazo” y es que, según  puntualiza más adelante, “Felipe sabia otro modo mas heroico de vencer á sus contrarios” pues “desplegó toda su humanidad y mansedumbre, rasgó por su mano los procesos, y despachó tantos indultos, que en vez de anegar las plazas en sangre, bañó de alegría las calles y las casas”, pues en ello consiste la lección del verdadero triunfador: “Aprended, vencedores, á vencer a vuestras victorias, y á renunciar en obsequio del hombre los tristes derechos de la guerra. Aprendan todos á vencerse á sí mismos, y poner á raya las pasiones mas impetuosas de la ira y la venganza”. Ese es el fruto que la adecuada educación del príncipe ofrece a sus gobernados en el escenario de las naciones civilizadas temerosas de Dios. Esta utilización del recurso de la paradoja de vencerse a sí mismo, es frecuente en este discurso y constituye un elemento de meditación utilizado por el autor para no sólo conmover sino hacer entender a su auditorio, la magnificencia de su homenajeado. Y poco después, retoma con variantes la misma idea, al señalar el dolor del joven proclamado pues “nada sintió tanto al ceñir la Corona, como el no poder gobernar á los Españoles, sin vencerlos con los Españoles mismos. Amábalos como á hijos, y mas bien los queria felices, que victoriosos”. Esta dejación suprema es la virtud más señalada del rey, quien es padre al mismo tiempo de todos sus súbditos.



  En todo momento el orador vuelve sobre la idea de la dificultad del gobierno para un buen monarca y la provisionalidad e inseguridad de los logros alcanzados, pues en el escenario internacional se logró “una paz solapada, que restañó la sangre, sin cerrar las heridas”, pero esa misma amenaza de guerra contribuye para exaltar los valores de la paz con otro elogio y salutación de la misma, donde se destacan el valor del bienestar que ella propicia y hasta una velada advertencia muy sutil dirigida a España de combatir el ocio con la laboriosidad, y que en mi parecer es uno de los momentos más logrados de la pieza:



Pueblos agoviados y afligidos, levantad los ojos, enjugad las lágrimas, y asentaos de una vez en los tabernáculos de la paz: la hermosa paz, don de de Dios, y el mayor bien de los hombres, dispensado graciosamente á las diligencias y plegarias de vuestro pacífico Soberano. Ya podeis colgar el fusil y la espada, y echar mano del arado y del timon: surcad la tierra y el mar, y gozareis de la verdadera opulencia, que traen consigo la agricultura y el comercio, dos fuentes inagotables de la felicidad pública. Las verdaderas minas no estan en las entrañas de los montes, ni en los abismos de las aguas: los frutos son bienes mas preciosos que los metales. El oro no enriquece tanto las manos que le extraen y acuñan, como las industriosas, que se le llevan y atesoran en precio de sus manufacturas.



  Y como colofón de la idea, expone todo el programa político del rey que “conoce la importancia de estas máximas” y establece el paralelo contrastante entre el siglo de su momento y el anterior, como un balance del gobierno borbónico, donde se descubre que la verdadera intención del concurso, más que celebrar la memoria del fundador de la dinastía en el trono ibero, era en realidad reafirmar esa casa en el mismo; balance que no puede dejar de arrojar ópimos frutos:

         

          Comparen este siglo con el antecedente, y confiesen con sinceridad y acciones de gracias

quanto es lo que deben á la Augusta Casa de Borbon. Por un lado estan viendo la Magestad

sin fausto, la economía en Palacio, mesa frugal, trage ordinario, trenes modestos y leyes suntuarias, que han procurado extirpar el luxo y la vanidad de todo el Reyno. Si vuelven los ojos hácia otro lado ¡que infinidad de objetos no vistos, ni oidos por muchas Generaciones! Nuevas leyes y establecimientos, nuevas fábricas y telares, nuevas máquinas y maestros, nuevos caminos y canales, correo marítimo, comercio libre, revolucion general del Estado: todo se ha puesto en accion y movimiento: aquello va saliendo de la nada, y esto caminando á su perfeccion. Escuelas y Academias restauran la Milicia, las letras y la lengua: Seminarios y Monasterios educan la nobleza de ambos sexos: Hospicios y Sociedades destierran el ocio, ensalzan los oficios y honran los oficiales. Esto es ser los Reyes padres de la Patria, y padres de familias: esto es gastar con sus vasallos la ternura de una madre con sus hijuelos.



  Y es que la probidad del rey va pareja con su tangibilidad en las acciones hacia los súbditos, pues como juez supremo debe ser receptivo y dúctil a las opiniones de sus consejeros y aún los querellantes para una imagen de completa equidad, inclinada sin embargo al perdón antes que al castigo (“mas de una vez viéron al Monarca, deponiendo su propio juicio, someter su voluntad á lo que le representaban, como mas justo, ó saludable”). Los modelos que esgrime para ello el orador en su parangón con Felipe, son Jerjes (que conocía a todos sus soldados por su nombre, según la fama), Trajano (quien era un puntual cronista de los triunfos de sus compañeros) y Alejandro, reconocido como un gran premiador de las victorias de sus allegados. Pero sobre todo, en este elogio triunfal de Felipe V, Conde y Oquendo, hombre eclesiástico, no duda en afirmar como lo máximo: “¡O Religión, Reyna de las virtudes, tú sola eres quien haces temblar á los Reyes, y consuelas á los Pueblos!”



  No podía desperdiciar la ocasión el panegirista para culminar su ejercicio retórico comparando a Felipe V con el gran Carlos I, tomando como asunto el tema de la abdicación, que es la mayor muestra de renunciamiento que puede ofrecer un monarca;  asume un tono admonitorio cuando afirma: “Calle la envidia de esta vez, y cansada de romper sus dientes contra la piedad de Cárlos I. no toque en Felipe V. ni ose imputar un procedimiento tan christiano á maniobras políticas, ó manias del humor. Tiene mas en alto el manantial”. Clara alusión a una historiografía que imputaba a Carlos I su acción debido a la artritis y otros achaques de salud, y a Felipe V por su conocida hipocondría. Ambos inauguran dinastías y los dos reciben la corona en medio de graves desórdenes civiles e internacionales y ambos tienen también en común no haber nacido españoles. Este tópico lo utiliza el orador para hacerlos más afines en sus orígenes pero también en sus desempeños. Sin embargo, la excepcionalidad de Felipe excede la de Carlos, pues si bien el segundo abdica y muere fuera del trono, el primero debe asumir nuevamente su alto destino por el designio de la Divina Providencia que se ensaña con su heredero Luis I, fallecido poco después de su coronación. El mérito cristiano del Borbón es superior pues se resigna, dócil, al deseo divino y se coloca nuevamente la corona. Esto establece un parteaguas entre un primer y un segundo periodo de su gobierno, que le brinda pretexto apropiado al panegirista para hablar de dos edades, una de Hierro, la primera, empeñada sobradamente en luchas y guerras, y otra, de Oro, pletórica de bienestar y paz:



¡Que veinte y dos años los del segundo Reynado! Si quando hizo la guerra á Europa refrenaba con sus virtudes los vicios que de ordinario aborta aquel infernal monstruo, ahora en el sosiego de la paz toma con sus discretas y sabias leyes todas las medidas convenientes para que sean virtuosos los que allá contenia para que no fuesen desordenados. Si en la campaña atribuia sus triunfos al Señor de las batallas, y en señal de reconocimiento iba en persona á colgar los trofeos en el Santuario, ahora en la quietud de su Corte promueve el culto debido á la Majestad Suprema de Dios, ya con sus ejemplos de piedad, ya con sus eficaces providencias en apoyo de la Religión y de sus Ministros. Si con las armas en la mano ganaba á sus Pueblos una seguridad, que no pueden tener las Naciones que no son respetadas de sus contrarios, ahora con un gobierno dulce, prudente y justo les proporciona todos los medios de que plenamente la disfruten libres, no solo de los enemigos externos, sino aun de aquellos que dentro de los mismos poblados hacen con su ociosidad y vicios la mas cruda guerra á los virtuosos y honestos ciudadanos.



  El hábil orador que fue Conde y Oquendo, con un lenguaje claro que rehuye los retorcimientos tan en boga durante esa época, no teme acudir asiduamente a referencias clásicas que sintetizan su pensamiento y logran que este quede más profundamente impreso en las mentes de sus oyentes: para él, Felipe V es una suma de las virtudes de David (triunfador), Salomón (sabio), Augusto (constructor) y Carlomagno (fundador de dinastía), todo lo cual lo destaca como un señalado por Dios y coherentemente con este designio, después de una buena vida le corresponde el don de una buena muerte, final ejemplar también para sus sujetados. El cierre de la pieza es un compendio de los temas que sucesivamente ha recorrido el orador y merece ser consignado:



¡Virtudes gloriosas de Felipe! Que despues de haberle acompañado por quarenta y seis años en el Solio, le habeis seguido los pasos á la tenebrosa region de los muertos, y abierto, segun piadosamente creemos, las puertas eternales de la bienaventuranza: yo no sé explicar lo que me ha sucedido siempre que me he puesto delante del grandioso Mausoleo, donde estais de centinelas, guardando el precioso depósito de sus cenizas hasta el dia grande en que se vistan de la inmortalidad. De piedra sois, mas no mudas, pues quando he parado el oido interior me habeis dicho: Sí, mira bien, aquí yace un Rey virtuoso. Las principales virtudes que representamos han pasado realmente á sus hijos como mayorazgos de sangre, y pasarán de generacion en generacion, junto con las bendiciones del Cielo y el amor de los Pueblos. El Trono brillante de las Españas y las Indias será en los siglos venideros el patrimonio de esta Augusta rama de los Borbones-Austríacos, enxerto hermoso de gloria y de virtud, que no cesará de producir Reyes valerosos, constantes y humanos: Reyes amantes de la patria, de la justicia y de la Religion: Reyes al fin Católicos y Christianísimos, dignos sucesores de San Fernando y de San Luis, ligados por medio de una santa alianza, para exáltar el nombre de Dios, y hacer felices á los hombres.



  Ante el imponente mausoleo de Felipe V, el único de los monarcas españoles que desde Carlos V no descansa en El Escorial construido por Felipe II, pues por su propio deseo fue sepultado en el Palacio de la Granja de San Ildefonso, como muestra de piedad y modestia también ejemplares, el orador reflexiona en la ejemplaridad de la parábola vital del monarca, espejo de reyes en que deben mirarse sus herederos, a quien profetiza la continuidad de sus virtudes y ejemplo igualmente para sus súbditos quienes en la medida en que veneren su memoria garantizarán el bienestar y la prosperidad del reino y de cada uno de ellos.



Final:



  De esta forma, y tomando como muestra esta pieza laureada que entre sus contemporáneos cosechó aplausos y entre los nuestros admiración,[3] Francisco Xavier Conde y Oquendo, habanero lo mismo que novohispano, como uno más de los muchos provenientes de la isla antillana que se han beneficiado de la cultura y las instituciones mexicanas, y que en expresión de la debida gratitud han procurado con su esfuerzo devolver aunque fuese en una mínima parte los dones recibidos, es un hito señero dentro de una tradición que se continúa por diversos modos hasta nuestros días y es que la presencia cubana en México llega hoy, por el camino del corazón lo mismo que por la sangre. Ilustres mexicanos, por señalar sólo algunos ejemplos muy sobresalientes, que tienen raíces en Cuba son José Luis Cuevas, José Emilio Pacheco y Gonzalo Celorio. Otros, que se vinculan por el invariable afecto, son el erudito escritor Andrés Henestrosa y el médico Alfonso Herrera Franyutti, martiano devotísimo y aportador. Unidos en sus afinidades espirituales, los pueblos mexicano y cubano y muy señaladamente sus mayores talentos, figuran un abrazo multicentenario que ciñe como centro irradiador, la Casa Mayor, el Alma Mater nutricia, que convoca en sus fértiles 450 años de historia, esta reflexión humanista.



[1] Beristáin, op.cit.
[2] Idem.
[3] Vid. Manuel Toussaint, “La obra de un ilustre cubano en México, el Dr. Francisco Javier Conde y Oquendo”, Universidad de La Habana, enero-febrero de 1939, pp. 125-135.

Thursday, August 1, 2019

Cubanos ilustres en México (siglos XVI al XVIII)


Alejandro González Acosta

Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM.

Antecedentes:

Es un lugar común aludir a las relaciones históricas, artísticas y culturales entre México y Cuba desde muy antigua fecha. Pero no por ser referencia obligada y repetida deja de ser real y su estudio aún puede revelar nuevos datos o reavivar algunos un poco olvidados.
  A las figuras emblemáticas de José María Heredia (1803-1839) y José Martí (1853-1895), debe agregarse una rica relación que ha abonado las ciencias, las artes, el periodismo y hasta el deporte en México. Heredia vive en México, como ciudadano mexicano –de hecho, es en México donde pasa la mayor parte de su vida, aún más tiempo que en su Cuba natal- y aquí muere después de haber realizado una amplia y diversa actividad tanto en la tribuna, como en la administración pública, la enseñanza, el periodismo y la literatura en general. Las primeras revistas literarias del México independiente reciben de él aliento y sustento: El Iris, La Minerva y Miscelánea. Martí, que arriba a México por primera vez en 1875 a los cortos 22 años de edad, escribe apenas llegado sus crónicas en mayo de ese año, a propósito de las fiestas patrióticas de la victoria sobre el invasor francés y la inauguración del panteón de Tlalpan. Regresa dos años después para casar con la camagüeyana Carmen Zayas Bazán en el Sagrario de la Catedral Metropolitana (donde mismo había casado Heredia con la mexicana Jacoba Yáñez) y viaja hasta Acapulco para disfrutar su luna de miel. Guillermo Prieto, que conoció a ambos, decía del primero que “tenía dientes largos, hablaba con acento como andaluz y molestaba con una risa estruendosa” y del segundo, a propósito de su desempeño en la Revista Universal, que “lo hacía todo, desde artículos hasta reportajes y aún los obituarios y los anuncios, si lo hubieran dejado”. Intensidad y actividad, tal parecen ser las dos claves de la interpretación mexicana de “lo cubano”, a partir de este extraordinario protagonista y testigo del siglo XIX nacional.
  No debe ni puede olvidarse que el moderno vínculo cubano-mexicano se inicia con el viaje de Hernán Cortés desde San Cristóbal de La Habana –entonces en el sur de la isla- en 1519. Recientes hallazgos arqueológicos apuntan la idea de que las pictografías en la llamada Cueva de Punta del Este en la Isla de Pinos, la parte más próxima a México del archipiélago cubano, podrían ser de origen maya, pero no hay una certeza absoluta aún al respecto. En tiempos prehistóricos la península de Yucatán se encontraba unida a la mayor de las Antillas -quizá debió seguir así…- la cual se desprendió en uno de los formidables cataclismos que dieron perfil a nuestro planeta actual. 
  Respecto a estas relaciones, un sabio mexicano como Alberto María Carreño ha señalado:
Al correr de los tiempos, hijos de Cuba llegan a México para hacer de éste su asiento y establecer en él su hogar y su familia, para hacerlo partícipe de sus luces y de su cultura, de sus ideales y de sus penas, y aun para gobernarlo. En cambio, hijos de México llegan a Cuba y en ella se encuentran como en su propia casa, como en su propio hogar, como en su patria.[1]
 
Dentro del escenario cultural de las relaciones entre México y Cuba, debe mencionarse en primer lugar lo dispuesto en relación con el Colegio de San Ramón Nonato de Michoacán, el cual cuando fue fundado alrededor de 1630 se estableció que otorgaría apoyo permanentemente a tres becarios de La Habana junto con cinco de la región purépecha. Entre los primeros que llegaron por esta vía se encontraba José Martín Félix de Arrate (1701-1765), uno de los inauguradores de la historiografía cubana y autor de la clásica Llave del Nuevo Mundo (preparada entre 1750 y 1760, aunque no fue publicada sino hasta 1830), hermanado en un propósito de revelación y exaltación de lo autóctono americano con su insigne colega novohispano Juan José Eguiara y Eguren.
  El primer habanero graduado de medicina en la Universidad mexicana fue Diego Vázquez de Hinostroza, hacia 1651, quien también sería reputado astrónomo; a él se unirían más tarde Marcos Antonio Riaño de Gamboa, que además de la medicina ejerció en México como catedrático de matemáticas y astrólogo, alrededor de 1714. Estudiantes cubanos en la universidad mexicana durante el siglo XVII también lo fueron Diego de Sotolongo, Manuel Díaz Pimienta y Cristóbal Calvo de la Puerta (miembro del mayorazgo más antiguo de la isla). José Escobar y Morales, graduado de leyes y medicina en México, ejerció por más de 20 años como profesor de matemáticas en la Universidad de México hasta su muerte en 1737. 

  En la iglesia destacó Santiago José de Hechavarría y Elguezua Villalobos, quien llegó a ocupar el solio episcopal angelopolitano. Brillantes trayectorias eclesiásticas también tuvieron en México José Manuel Rodríguez, autor de un encomiable “Panegírico de la Virgen de Guadalupe”, Juan Manuel Irizarri y Peralta, vicario capitular de la Arquidiócesis de México, Antonio Pimentel y Calvo, visitador del obispado de Michoacán y el notabilísimo José Julián Parreño, decano del Colegio Canónico de México y uno de los mejores oradores sagrados de su época, cuyo necesario rescate moderno ha comenzado recientemente gracias a la labor erudita de Roberto Heredia Correa[2]. A Parreño le correspondió la triste tarea de recibir el mandato real de extrañamiento de los jesuitas en 1767 siendo director del Colegio de San Ildefonso de México, cargo al cual fue elegido por sus méritos desde 1763. Es fama que su prudencia y valor fueron sobresalientes en tan delicados momentos. Retórico sobresaliente, ya desterrado en Roma continuó sus aportes hasta su muerte en 1785, dejando honda huella como uno de los mejores oradores de su época y un gran reformador de la elocuencia académica.
  Otro científico cubano graduado en México fue Francisco González del Álamo (1675-1728), pionero de los estudios médicos en la isla, fundador en México de una cátedra de medicina en el convento de San Juan de Letrán y autor de un aún inencontrado primer impreso cubano: Disertación médica sobre que las carnes de cerdo son saludables en las Islas de Barlovento .[3] Trelles dice de esta obra, remitiéndose precisamente al historiador Arrate, como detalle curioso, “siendo los puercos de esta Isla muy ventajosos á los de otras partes. Así lo sintió D. F. González del Álamo, médico natural de esta ciudad, en la respuesta que dió á la consulta de su Ayuntamiento en 1706, la cual corre impresa, y en ella prueba con razones y autoridades, que por ser nutrimiento y común pasto la palmiche, que da la palma real, naranjas, guayabas agrias y jobos, es su carne más sana y sabrosa que la de aquellos que se sustentan con maíz y bellota”; y agrega: “el Dr. González del Álamo fue el primer fisiólogo que hubo en Cuba y uno de los primeros médicos cubanos. Enseñó Medicina en el Convento de San Juan de Letrán”. A continuación reproduce una nota del historiador Manuel Pérez Beato: “Nació en la Habana el día 3 de febrero de 1675 y fueron sus padres el capitán Lázaro González del Álamo, natural de la Orotava y Da. María Josefa de Figueroa. En la partida de su nacimiento hay una nota marginal que dice: Francisco González del Alamo, médico-Chaochao. Murió. Sabido es que esta familia fue conocida con el apodo Chauchau, que se vé consignado hasta en documentos oficiales. Casó con Doña María Josefa de Viera é Hidalgo, y se enterró el día 2 de Marzo de 1728. Sus hijos, José y Francisco, fueron Curas beneficiados de las parroquiales Mayor y del Spíritu Santo, respectivamente”.[4] El origen de esta cita es Beristáin, sobre quien dice Medina: “Ninguno de los bibliógrafos cubanos ha parado mientes en esta cita de Beristáin, tanto más digna de tomarse en cuenta, cuanto que se refiere al primer impreso de la Habana hasta ahora mencionado. El autor, según lo dice Beristáin, era médico de profesión”.[5]
Juan Vicente Güemes y Horcasitas
  Entre los cubanos que han desempeñado un papel destacado en México corresponde un lugar especial al gran virrey que fue el segundo Conde de Revillagigedo, Juan Vicente Güemes y Horcasitas, nacido en La Habana. Al igual que su padre, gobernó la Nueva España con probidad y eficacia, realizando importantes obras públicas, sobre todo en la capital del virreinato, “transformando ésta en la ciudad más hermosa del universo”, en palabras de Beristáin.[6]
  En el terreno forense destacó en México Juan de Alarcón y Ocaña, sacerdote doctorado en Ávila y quien fuera el primer Abad de la Insigne y Real Colegiata de Guadalupe, en cuya fábrica desplegó singular empeño, de lo cual dejó constancia en su “Memorial ajustado de los autos que se han girado sobre la erección de una iglesia colegiata en el santuario de Ntra. Sra. de Guadalupe, extramuros de la ciudad de México”. Por sus méritos fue nombrado consultor de la Nunciatura de España. Sus hermanos fueron igualmente notables: Diego, capitán de navío y alcalde mayor de Ixmiquilpan, y Francisco, oficial real de las Cajas de Veracruz.
  Ilustrados cubanos en México durante este germinal siglo XVIII fueron Rafael Castillo, doctorado por la Universidad de San Jerónimo de La Habana y consultor del entonces obispo de Cuba, quien se desempeñara como Maestrescuela en la catedral de Yucatán, y José Duarte Burón, colegial y rector del Seminario Tridentino de México, doctorado en la Real Universidad donde fue catedrático de Instituta, además de ejercer como abogado en la Real Audiencia. Más tarde fue canónigo y tesorero de la catedral angelopolitana, donde murió de una apoplejía durante un cabildo eclesiástico, antes de poder posesión de la mitra de Puerto Rico para la cual había sido designado.
  En tierras tarascas anduvo Juan Ferro Machado, quien después de un exitoso desempeño como visitador de la Florida es premiado con una canonjía en la catedral de Valladolid, hoy Morelia. Mientras, en Zacatecas, otro cubano, fray Enrique de la Concepción Argüelles es enviado al Colegio de Propaganda FIDE, semillero de misioneros geógrafos y más tarde pasa también a Michoacán, entonces provincia eclesiástica de San Pedro y San Pablo. El carmelitano cubano fray Manuel de San Juan Bautista fue tan notable que ocupó la alta responsabilidad de rector del Colegio de San Ángel y también fue Prior y Definidor de México y culminó su carrera al ser electo dos veces al provincialato de su orden, la máxima autoridad de los carmelitas novohispanos.
  Otro notable cubano en México de esta época fue Antonio Pimentel y Sotomayor, quien en su corta vida de 40 años (murió en 1753) se desempeñó como colegial de oposición en el importantísimo Colegio de San Ildefonso de México, obtuvo el grado de doctor en Teología y ocupó la cátedra de Sentencias en la Universidad mexicana; fueron tantas y tan evidentes sus dotes, que resultó nombrado visitador del obispado de Michoacán, más tarde juez eclesiástico del valle de San Francisco y culminó su triunfal carrera al obtener la alta dignidad de Canónigo Lectoral, reservada sólo para los más sabios sacerdotes, en la Catedral de Valladolid (Michoacán).
  Al mismo Colegio de San Ildefonso debió su formación Luis Umpierres y Armas, posteriormente doctorado en Salamanca y quien regresó a México nombrado Canónigo de la Catedral Metropolitana, ocupándose además como juez visitador de testamentos y las diversas obras caritativas del arzobispado. Otro notable eclesiástico insular en tierras aztecas fue fray Pedro Rodríguez, agustino electo procurador de su orden ante la Santa Sede y España. Este maestro fue antes prior de los importantes conventos de Veracruz y Puebla de los Ángeles, calificador de la Inquisición en Cartagena de Indias y vicario provincial de los agustinos en Cuba.
  Como prueba añadida de la importante presencia de cubanos en la cultura mexicana durante el siglo XVIII se encuentran dos jurisconsultos notabilísimos: Diego Sánchez Pereira –abogado de la Real Audiencia, donde desplegó intensa y fructífera actividad en beneficio de los miembros de la Orden de San Hipólito, quienes gracias a ello fundaron el hospital de Aguascalientes- y Ambrosio Melgarejo y Aponte, que comenzó sus estudios de artes y filosofía en La Habana para culminarlos en México en el Colegio de San Ramón cuando se licenció y pasó a trabajar como abogado en la Real Audiencia donde llamó la atención por su capacidad, lo cual favoreció fuera nombrado Fiscal y Oidor en Guatemala y Alcalde, Fiscal y Oidor en México. Fue tan reconocida su probidad, que el rey le encargó el proceso de residencia del virrey de la Nueva España, marqués de Valero, al término de su mandato.
  De alguna manera, estos célebres hombres de leyes heredaron la buena disposición hacia ellos proveniente desde el siglo anterior, a través de la presencia en México del cubano Juan Aréchaga y Casas, quien comenzó sus estudios en Cuba y México y más tarde se doctoró en Salamanca –llegó después de una accidentada travesía durante la cual fue capturado por piratas- y allí ganó por oposición la codiciada cátedra de Instituciones Imperiales. Más tarde se requirieron sus servicios en el Nuevo Mundo y aquí vino a desempeñarse como Oidor de la Real Audiencia de México, Visitador de Yucatán, Cozumel y Tabasco. Consultor de la Inquisición mexicana y del Tribunal de Cruzada, sus virtudes lo recomendaron para hacerse cargo de la responsabilidad como juez observador de los bienes de la herencia de la familia de Hernán Cortés, donde hizo especial énfasis en que la voluntad del conquistador fuera fielmente seguida en cuanto al mejoramiento del Hospital de la Limpia Concepción o de Jesús Nazareno, importante institución de beneficencia pública y primer hospital de pobres en tierra firme. Culminó su obra pía fundando con sus cinco hermanas el monasterio de dominicas de Santa Catalina de Siena.
  Esta fuerte y creciente presencia se continúa e incrementa durante el siglo XIX, pero no es ahora el momento de dedicarnos a ella.[7] Lo cierto es que la relación es antigua e intensa y para explicar específicamente en el terreno cultural este vínculo, el especialista Luis Ángel Argüelles, ha señalado sobre este lazo entre México y Cuba: “Sabido es que este país tuvo una mayor actividad cultural que la isla antillana (la Universidad se funda en 1553 y en Cuba en 1728, la imprenta se implanta allá hacia 1539 y por acá en 1723) como consecuencia de la impetuosa explotación minera a que estaba siendo sometido”.[8]


[1] Alberto María Carreño, “Algunos cubanos ilustres en México”.  Conferencia en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 14 de agosto de 1945. Revista Bimestre Cubana, La Habana, V. LIX, 1947. Todas las citas que incluyo son fieles a sus originales.
[2] Roberto Heredia Correa, investigador del Centro de Estudios Clásicos del Instituto de Investigaciones Filológicas, ha publicado el fruto de sus búsquedas alrededor de este personaje en su documentada monografía “José Julián Parreño según su biógrafo” (Jornadas Filológicas 1998, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Filológicas, 2000, pp. 395-400).
[3] Habana, 1707, 4°. Así lo considera Palau en su Manual del librero hispanoamericano… (Asiento 104968). En el registro siguiente consigna otra obra de este autor: Método con que deben gobernarse por sus respectivos mayorales los Ingenios de fabricar azúcar en esta Isla (Habana, 1796, 4°).
[4] Carlos M. Trelles, Bibliografía cubana de los siglos XVII y XVIII. La Habana, Imprenta del Ejército, 1927. Segunda edición. pp. 13-14. Existe reproducción facsimilar (Graus Reprint Ltd. Vaduz, 1965).
[5] José Toribio Medina, La imprenta en La Habana. 1707-1810. (Reprint series of  J.T.M.’s Bibliographical works. N. Israel-Amsterdam, 1964). p. xxxiii.
[6] José Mariano Beristáin de Souza, Biblioteca Hispano Americana Septentrional. Vol. III.
[7] Vid. Ana Gloria Mesa de la Fé, Escritores cubanos emigrados en Hispanoamérica (1868-1898). La Habana, Academia de Ciencias de Cuba-Instituto de Literatura y Lingüística, 1985. Especialmente, pp. 3-21.
[8] Luis Ángel Argüelles, “Cubanos en México”, Temas cubanomexicanos, México, UNAM-IIB, 1989. p.60.